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DOS MUNDOS AL ENCUENRTO.

El doctor Vincent Krasvlov, cuyo nombre real lo mantendré en anonimato, fue una de las
mentes más brillantes que el universo ha podido presenciar, quien fue dado de baja en el
término de la Revolución Rusa, al cual me deleitaba llamarle mi amigo.

Para nadie es un secreto que soy un hombre parco y amargado, al contrario de mi amigo
que siempre fue ese tipo de persona parlante y jovial.

Nos conocimos durante el primer consenso Bolchevique en Moscú. Tomó lugar a las seis y
quince de la madrugada, y yo, soñoliento como de costumbre, entre equívocamente a la
tienda del reconocido Doctor Vincent Krasvlov. Al ver lo que hacía quedé horrorizado; el
Doctor se pinchó sin suplicio el abdomen y extrajo una pequeña muestra de sangre que
adjuntó a un suero fisiológico, o solución salina para muchos, y a una reacción de
hidrogeno y helio. Lancé un pequeño gemido de asombro, y el señor parado delante de mí
salió de su frenesí mirándome a los ojos como si pudiera ver a través de ellos. Yo,
engulléndome el miedo de que fuera un espía del Ejercito Blanco perteneciente a los
Zares, le pregunté con un valor majestuoso que era lo que hacía, y para mi grata sorpresa,
me respondió como si fuera su más leal compañero. Me ilustró de un nuevo experimento
en el que trabajaba; trataba de hacer una yuxtaposición entre estos fluidos para
comprobar y sacar a relucir su inigualable creación: las estrellas pueden ser creadas por
mortales. Yo, como creyente arraigado, refuté inmediatamente su teoría y salí con prisa de
ahí.

Al caminar ofuscado por las irreverencias tan absurdas que este “doctor” proclamaba,
comencé a pensar con más claridad. De repente recordé una lección de química básica del
conservatorio de Kazan, donde culminé mis estudios de química nuclear: “al cohesionar
fluidos corporales esenciales como la sangre con soluciones salinas y reacciones entre el
hidrogeno y el helio, se puede crear polvo estelar; además, con la correcta neutralización
de producto, dará como resultado una estrella con luz y energía propia”. Me sentí como la
persona más ignorante y estúpida del mundo, y como hombre de buenos principios me
dirigí a la tienda del doctor a manifestarle mis sinceras disculpas. De nuevo, me sorprendió
su espontaneidad y me comentó los millares de veces que lo habían tratado de loco.

Al pasar los días, me interesé cada vez más en su trabajo y llegué al punto de ser su mano
derecha en su campo laboral.

Al pasar tanto tiempo con él, empecé a sentir sentimientos inexorables; no una clase de
sentimientos amorosos, sino una clase de admiración e idolatría. Me impresionaba que en
un hombre existiera tanto ingenio e intelectualidad.

Trabajábamos recién comenzaba la madrugada, con el mayor recelo existente. Era esencial
que no se percataran de nuestro descubrimiento o nos acusarían de espionaje y nos
fusilarían a sangre fría.

Siendo sincero, lo único que conocí del señor Krasvlov fue su amor irrevocable por la
ciencia. Cada vez que trataba de sacarle información acerca de si, me persuadía con la
misma frase: “no hay tiempo para mis pueriles anécdotas, la ciencia es más interesantes” y
yo, por vergüenza me percataba de lo intempestivo que había sido. Cada vez que le veía
sentía carcomer en mi mente una ingrata y absurda curiosidad, y resignado, empecé a
entender que nunca revelaría ante mi todas esas beldades y hórridas hazañas vividas.

Ambos empezamos a tomar lugar en las primeras manifestaciones de la revolución, lo que


nos dejaba escaso tiempo y energía para seguir con la investigación.

En una de esas manifestaciones, le pregunte con expectación cuál era el propósito del
proyecto, y él, con un sinsabor en su voz, me comentó su utilidad: “me centro en las
necesidades básicas de las personas, y teniendo en cuenta lo desagradecidos que somos
con el medio, he decidido crear una magnifica fuente infinita de energía y luz para cada
quien”.
Al cabo de dos años de un rudimentario itinerario, que básicamente consistía en luchar
como desquiciados con los Zares por nuestra nación, y después muy entrada la
madrugada, terminar los últimos detalles del proyecto estelar, me sentía realmente
engorroso e irritable.

Sinceramente, esta rutina me estaba sacando de mis cabales; no dormí en varios meses,
estaba ofuscado todo el tiempo con unas insaciables ganas de aniquilar todo a mi paso.
Tenía apenas treinta y cinco años y mi cabello negro ceniza se tornó blanco en un
santiamén. Sentía que mi queridísimo amigo Vincent le sucedía lo mismo y sospechaba de
sus desquiciables ganas de terminar con todo a su paso, desgraciadamente hasta con él
mismo.

El domingo primero de abril de 1917, marchábamos en escuadrones hacia el palacio del


despreciable Zar Nicolás II, y noté en mi amigo un escozor que le recorría el cuerpo, sus
manos temblaban y podía su palidez a través del sudor. No dudé un instante en
preguntarle que acontecía y para mi desagrado, me respondió con la voz más siniestra que
alguna vez escuché. Las únicas palabras que me dijo quedaron en mi memoria
causándome horror: “cuida bien la fuente de poder que descubrimos, amigo”, y con un ágil
movimiento se desplomó en mis brazos; asustado, tomé el arma calibre 22 para tratar de
pensar que lo que pasaba no era real, y en ese instante, los demás militantes se volvieron
consternados por el estruendo, y, claro está, pensaron que yo había dado final a la vida de
mi gran compañero y amigo, el Doctor Vincent Krasvlov

Así que aquí me encuentro, contándoles la mayor hazaña que he vivido en la más
miserable celda de Moscú, sacando a relucir parte de mi vida jamás contada. Me acusaron
de espía, homicida y conspirador contra el Ejército Rojo Bolchevique y en pocas horas iré a
mi juicio final y fusilaran mi cabeza en la plaza central. Aun así, con todas mis desgracias,
recordaré eternamente ese glorioso momento en el que pude considerarme su amigo.

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