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El medio de poder

Por: Alfredo Molano Bravo


LA CORTE CONSTITUCIONAL SE HA convertido en el estrecho túnel por donde puede
pasar o se puede trancar —Dios ilumine a los Honorables Magistrados— el embuchado
del referendo.

Uno de los argumentos del ponente, doctor Sierra Porto, en contra de la


impopular trapisonda es que los organizadores de la recolección de firmas se
volaron los topes de financiación. Los ricos, por tanto, podrían en adelante —
como lo han hecho siempre, digo yo— “terminar apropiándose de la voluntad
popular ciudadana”. Un togazo por la cabeza a Uribe. La financiación de las
campañas electorales se rige por idéntico principio constitucional: hay límites
de financiación para impedir que la plata se lleve en los cachos a nuestra
manipulada democracia. Es un hecho constatado que la propaganda electoral
es cada día más costosa y que los políticos no tienen empacho alguno en
apelar al dinero de cualquier origen, en cualquier cantidad y usando cualquier
subterfugio para financiarse.

Pero poco o nada se ha hecho para impedir que el Estado, y en particular el


Poder Ejecutivo, costee su propia propaganda con los dineros públicos. Basta
mirar los periódicos, escuchar las emisoras o ver la televisión: la pauta oficial
es aplastante. El caso más patético es el del gobernador del Valle. Sabido es
que su imagen ha sido asociada al narcotráfico. Cierta o no esa relación, la
gente tiene la sensación de que algo huele mal por ahí. Y el Gobernador se ha
dedicado a mejorar su imagen personal metiéndoles el oro y el moro a los
medios nacionales y locales. Uribe ha hecho lo mismo con base en idéntica
premisa y con un resultado hasta ahora similar. Cifras hay, aunque las
escamoteen. Según Ibope, solamente los departamentos gastaron en 2009 la
bicoca de $20.000 millones en propaganda. Sobresalen el Valle, con $6.276
millones; Boyacá, con $4.400 millones; Quindío, con $2.000 millones. En
realidad, estas son sumitas, porque los presupuestos de ministerios, institutos
descentralizados, Congreso, Fiscalía, Contraloría, etc., deben sumar varios
millones de millones. El secreto del Estado de opinión es, pues, simple: plata.
Razón por la cual el Presidente y su cuadrilla de asesores se permiten andar
de emisora en emisora, de cadena en cadena, de canal en canal haciendo
campañas electorales gratuitas montadas en el caballito de la insostenible
Emergencia Social que, por lo demás, la Corte también podrá tumbar. ¿Quién
le niega un favorcito a un pautante como ese? ¿Cómo podría el Gobierno
contrarrestar manifestaciones de protesta tan masivas y justas como las que
tuvieron lugar el jueves pasado en todas las ciudades del país, si no fuera
apelando al uso arbitrario y abusivo de los medios, con mensajes parcializados,
sibilinos que desconocen con cinismo la Ley de Garantías?

La cosa va más allá: ¿puede el medio opinar libremente sobre actos de


gobierno cuando un porcentaje importante de su negocio depende del dinero
oficial? No. Es evidente y lógico que las empresas mediáticas no pueden coger,
como se dice, la lonchera a patadas. La censura hoy por hoy no se ejerce ya
por medio de tijeretazos y allanamientos, sino a través de la administración de
la pauta. Es el caso de Cambio, donde a la desaforada codicia por el dinero de
Planeta se sumó la ya fatigante ambición de Juan Manuel Santos y la peligrosa
paranoia de José Obdulio. El efecto alcanza, por supuesto, a los periodistas.
Como ha pasado, para no ir muy atrás, con Claudia López y Javier Darío
Restrepo, echados de El Tiempo y de El Colombiano, respectivamente, por
criticar al Gobierno. Eso lo sabe todo el mundo.

La pauta publicitaria de origen oficial está en mora de ser reglamentada en su


cuantía y en su función. No podemos seguir permitiendo que con el dinero de
los impuestos se continúe falsificando y corrompiendo la voluntad popular. Así
como existen topes a las contribuciones para las campañas electorales,
debería haber topes a las inversiones publicitarias del Estado. La ponencia del
magistrado Sierra, de ser adoptada por la Corte, sepultaría el referendo y, de
paso, dejaría herida de muerte la doctrina craneada originalmente por Joseph
Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, bautizada por José Obdulio
“Estado de opinión”.

¿Cuál cohesión social?


Por: Alfredo Molano Bravo

EN EL OPORTUNO Y EXCELENTE LIbro de Jorge Cardona, Días de memoria, escribe


que cuando comenzó el exterminio de la Unión Patriótica, y en el Congreso sus
representantes denunciaron la monstruosidad que se le venía encima al país, el general
de la Policía José Guillermo Medina Sánchez justificó la creación de comités de
autodefensa contra la subversión.

El entonces viceministro de Asuntos Políticos, Fernando Botero Zea, aclaró que


de lo que se trataba era de crear “comités de vigilancia como los que organizan
las juntas de acción comunal en los barrios”. ¡Todo tan legal, todo tan limpio! Y
la opinión pública se comió entero el cuento y quien ponía en duda la versión
oficial era mirado con desconfianza, cuando no acusado de colaboración.
Veinte años después y con 150.000 muertos a cuenta del paramilitarismo y
25.000 desaparecidos, según cifras de la Fiscalía, el señor Uribe vuelve a las
andadas de siempre, creando un cuerpo de inteligencia mercenaria con
estudiantes en Medellín. El argumento de Botero Zea —el Andrés Felipe de la
época— es el mismo que ahora esgrimen el ex ministro de Defensa Juan
Manuel Santos y su amigo y sucesor, Silva Luján: la juventud debe abrazar a
su ejército: la colaboración de la ciudadanía es obligatoria en la lucha contra el
crimen. La opinión pública, que no se deja ya meter gato por liebre, sabe que
se trata de un nuevo y diabólico intento de meter a la población civil —así se
llamen esta vez “estudiantes con criterio”— en la guerra. Sabemos a qué
condujo la política de armar civiles bajo la fórmula de las Convivir, justamente el
cabezazo de Botero Zea, cuando fue ministro de Defensa, y de Uribe como
gobernador de Antioquia.

El reclutamiento de estudiantes en Medellín —que será pronto extendido al


resto del país— es diabólico y perverso. Se apela a un estrato social, siempre
necesitado de dinero, para convertirlo en instrumento de inteligencia de unas
fuerzas que no son éticamente confiables, como puede deducirse de los miles
de militares empapelados por la justicia civil: asesinatos fuera de combate,
torturas, desapariciones. Es perversa la medida porque pondrá a darse bala a
un sector civil contra otro, a denunciarse mutuamente, a legitimar el ajuste de
cuentas y, en general, a dividir a la gente. Ha sido la política de Uribe, dividir,
dividir, dividir para aislar a un sector y proceder contra él. Y ese sector es, al fin
de cuentas, la oposición a los interese económicos y políticos del Gobierno.
Eso es lo que pomposamente llama Uribe la “Cohesión Social”, tercera pata del
trípode Seguridad Democrática e Inversión Económica, con el que apalanca el
Estado de Opinión.

Creación de un Eurocaos
Por: Paul Krugman
ÚLTIMAMENTE, LAS NOTICIAS FInancieras han estado dominadas por reportajes sobre
Grecia y otros países de la periferia europea. Y con toda razón.

Sin embargo, me preocupan los artículos que se centran casi exclusivamente


en las deudas y déficits europeos, lo que transmite la impresión de que todo se
trata del derroche gubernamental; esto alimenta el discurso de nuestros propios
halcones del déficit, que quieren cortar el gasto, aun de cara al desempleo
generalizado, y levantar a Grecia como ejemplo perfecto de lo que sucederá si
no lo hacemos.

La verdad es que la falta de disciplina fiscal no es el único origen, ni el


principal, de los problemas de Europa; ni siquiera en Grecia, cuyo gobierno fue
en efecto irresponsable (y ocultó su irresponsabilidad con una contabilidad
creativa).

No, la historia verdadera detrás del Eurocaos se encuentra, no en el derroche


de los políticos, sino en la arrogancia de las élites; específicamente, en las
políticas que empujaron a Europa a adoptar una sola moneda mucho antes de
que el continente estuviera listo para tal experimento.

Hay que considerar el caso de España, que en vísperas de la crisis parecía ser
un modelo de ciudadano fiscal. Sus deudas eran bajas —43% del PIB en 2007,
en comparación con 66% en Alemania—. Administraba excedentes
presupuestales. Y tenía regulaciones bancarias ejemplares.

Sin embargo, con su tiempo cálido y sus playas, España también era la Florida
de Europa —y como Florida, experimentó un enorme auge en la vivienda—. El
financiamiento de este auge provino principalmente del exterior: hubo una
afluencia gigantesca de capital del resto de Europa, de Alemania en particular.

El resultado fue un crecimiento rápido, combinado con una inflación


significativa: entre 2000 y 2008, los precios de bienes y servicios producidos en
España aumentaron 35%, en comparación con un incremento de sólo 10% en
Alemania. Gracias a los costos en aumento, las exportaciones españolas se
hicieron cada vez menos competitivas, pero el crecimiento en el empleo siguió
siendo fuerte gracias al auge de la vivienda.

Y, entonces, reventó la burbuja. Creció el desempleo español y el presupuesto


entró en un déficit profundo. Sin embargo, la avalancha de tinta roja —causada
en parte por la forma en que la depresión redujo los ingresos y en parte por el
gasto de emergencia para limitar sus costos humanos— fue el resultado, no
una causa, de los problemas de España.

Y no hay mucho que el Gobierno español pueda hacer para mejorar las cosas.
El problema económico central del país es que los costos y precios están fuera
de control con respecto a los del resto de Europa. Si España todavía tuviera su
antigua moneda, la peseta, podría remediar ese problema rápidamente
mediante una devaluación —por decir algo, reduciendo el valor de la peseta en
un 20% contra otras monedas europeas—. Sin embargo, España ya no tiene
su propia moneda, lo que significa que puede recuperar competitividad sólo
mediante el proceso lento y agotador de una deflación.

Ahora, si España fuera un estado estadounidense en lugar de un país europeo,


las cosas no serían tan malas. Por una parte, los costos y precios no se
habrían salido tanto de control: Florida, que, entre otras cosas, pudo atraer
libremente a trabajadores de otros estados y mantener bajos los costos
laborales, nunca experimentó algo parecido a la relativa inflación española. Por
otra, España recibiría mucho apoyo automático en la crisis: quebró el auge de
la vivienda en Florida, pero Washington sigue enviando los cheques de la
asistencia social y Medicare.

Pero España no es un estado estadounidense y, como resultado, tiene


problemas profundos. Grecia, claro, tiene problemas más profundos porque los
griegos, a diferencia de los españoles, fueron en realidad irresponsables
fiscalmente. No obstante, Grecia tiene una economía pequeña, cuyos
problemas importan principalmente porque se desbordan a economías mucho
más grandes, como la de España. Así que la inflexibilidad del euro, no el gasto
deficitario, está en el centro de la crisis.

Nada de esto debería ser una gran sorpresa. Mucho antes de que existiera el
euro, los economistas advirtieron que Europa no estaba lista para una sola
moneda. Sin embargo, se ignoraron estas advertencias, y llegó la crisis.

¿Ahora qué? Prácticamente es impensable la dispersión del euro, por una


mera cuestión de viabilidad. Como lo expresa Barry Eichengreen, de Berkeley,
un intento por reintroducir una moneda nacional dispararía a “la madre de todas
las crisis financieras”. Así que la única salida es avanzar: para hacer que
funcione el euro, Europa necesita avanzar muchísimo más hacia la unión
política, para que así los países empiecen a funcionar más como estados
estadounidenses.

Sin embargo, eso no sucederá pronto. Lo que probablemente veamos en los


siguientes años es un proceso doloroso de arreglárselas de una u otra forma:
rescates acompañados de demandas de austeridad brutal, todo contra el fondo
de un desempleo muy elevado, perpetuado por la agotadora deflación que ya
mencioné.

Es un panorama horrible. Sin embargo, es importante entender la naturaleza


del fatal error de Europa. Sí, algunos gobiernos fueron irresponsables; pero el
problema fundamental fue la altanería, la creencia arrogante de que Europa
podría hacer que una sola moneda funcionara a pesar de razones
contundentes de que no estaba preparada.

Las burbujas especulativas y


los bancos
LA REFORMA AL SISTEMA DE SALUD ES casi un hecho (tocando madera). Lo siguiente:
arreglar el sistema financiero. ¿Qué deberían intentar lograr los reformistas?

Gran parte del debate público se ha centrado en proteger a los que piden
prestado. Es correcto: es buena idea lanzar una nueva Agencia de Protección a
Usuarios Financieros que ayude a impedir prácticas crediticias engañosas. Y
una mejor protección a los usuarios pudo haber limitado la magnitud total de la
burbuja especulativa de viviendas.

Pero la protección a los usuarios, pese a que pudo haber evitado muchos
préstamos riesgosos, no hubiera evitado la cada vez más grande tasa de
morosidad en las hipotecas convencionales. Y ciertamente no hubiera evitado
el monstruoso auge y quiebra de los bienes raíces comerciales.

La reforma, en otras palabras, probablemente no podrá evitar ni los malos


créditos ni las burbujas especulativas. Pero puede hacer mucho para asegurar
que las burbujas no colapsen el sistema financiero cuando estallen.

Recuerden que la implosión de la burbuja bursátil de la década de 1990, pese a


que fue desagradable —las familias perdieron 5 billones de dólares— no
provocó una crisis financiera. Entonces, ¿qué cosa fue diferente en la burbuja
especulativa de viviendas subsecuente?

La respuesta corta es que mientras que la burbuja bursátil creó mucho riesgo,
éste se disolvió a lo largo de toda la economía. En contraste, los riesgos
creados por la burbuja especulativa de viviendas se concentraron fuertemente
en el sector financiero. Como resultado, el colapso de esta burbuja amenazó
con quebrar a los bancos de la nación. Y los bancos juegan un papel especial
en la economía. Si no pueden funcionar, los engranes del comercio en general
se paran por completo.

¿Por qué los banqueros se arriesgaron tanto? Porque les convenía hacerlo. Al
incrementar el apalancamiento —esto es, al hacer inversiones arriesgadas con
dinero prestado— los bancos pudieron incrementar sus ganancias a corto
plazo. Y éstas, a la vez, se reflejaban en inmensos bonos personales. Si la
concentración de riesgo en el sector bancario incrementaba el riesgo de una
crisis financiera sistémica, ese no era problema de los banqueros.

Por supuesto, ese conflicto de intereses es la causa de que exista regulación


bancaria. Pero en los años previos a la crisis, las reglas eran pocas. El
resultado fue una industria financiera enormemente lucrativa, siempre y cuando
el precio de la vivienda creciera —el financiamiento representó más de un
tercio del total de las ganancias en Estados Unidos mientras se inflaba la
burbuja—, pero que llegó al filo del colapso una vez que la burbuja estalló. Para
sacar a la industria del precipicio fue necesario ayuda gubernamental a enorme
escala, y la promesa de aún más fondos si era necesario.

Y esta es la cosa: dado que esa ayuda se otorgó con pocas condiciones —en
particular, ningún banco importante fue nacionalizado aún cuando algunos de
ellos claramente no hubieran sobrevivido sin la ayuda gubernamental— los
banqueros tienen incentivos para volver a comportarse igual. Después de todo,
ahora está claro que están viviendo en un mundo donde si cae cara ellos
ganan, si cae cruz los contribuyentes pierden.

La prueba para la reforma, entonces, es si reduce los incentivos y capacidad de


los banqueros para concentrar el riesgo.

La transparencia es parte de la respuesta. Antes de la crisis, difícilmente


alguien se percataba de cuánto riesgo tomaban los bancos. Claramente sería
útil contar con más información, especialmente respecto a complejos derivados
financieros.

Más allá de eso, un aspecto importante de la reforma debería ser la aparición


de nuevas reglas que limiten el apalancamiento bancario. La reforma realmente
debería arremeter contra las prácticas de compensación de la industria
financiera. Si el Congreso no puede legislar para evitar las recompensas
financieras por tomar riesgos excesivos, por lo menos puede intentar fijarles un
impuesto.