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Un precio de risa

“¿Crees en el destino? ¿Que hasta los poderes del


tiempo pueden ser alterados por un propósito?”
Bram Stocker, Drácula.

Había nacido hace 11 años, en un cuerpo que insistía en jugarle malas pasadas. Clasificado poco
después como “el caso de porfiria”1, así fue conocido, hasta que se colgó al pecho un papel
manuscrito que rezaba “José”, para demostrar que él era más que un raro síndrome.

Papá, con su impecable tez blanca repetía hasta el hastío cuán afortunados eran porque tenían
a su disposición a la medicina moderna; mamá con su perfecta dentadura y su voz melodiosa, le
decía siempre que debía ser fuerte, jamás resistirse a las inyecciones, terminarse todas sus
verduras. Y José con su piel surcada de cicatrices por exposiciones involuntarias al sol, con sus
puntiagudos dientes encajados en desgastadas encías, con sus manos ligeramente torcidas por
la inflamación… asentía y los veía alejarse sin emitir queja: estaba en manos de la medicina
moderna, se quedaría en el hospital hasta que pudiesen encontrar los jinetes bioquímicos
capaces de domar a los caballos descarriados en su código genético. Creció en el hospital,
durmiendo de día, viendo a sus padres en horario de visitas. El hospital, pulcro y aséptico, un
bloque de cemento por cuyos recovecos paseaba José, rehuyendo la mirada de las personas,
hasta que algún enfermero o una puerta bajo llave le comunicaba que no podía continuar.

La pared cubierta de madreselvas al fondo, con su vieja puerta siempre cerrada, era el límite del
mundo, que una vez trató de traspasar, trepando. Alcanzó a ver las sombras de una vieja
mansión, cuando los descubrieron. Le administraron una dosis alta de somníferos que lo ahogó
en una absoluta oscuridad, consciente, pero sin sueños, que le provocó nictofobia2. Trató de
olvidar aquella mansión, pero le atraía el misterio de su oscuridad irremediable. Empezó a sufrir
ataques de pánico que derivaban en picos de fiebre inexplicable, se volvió un ser melancólico y
taciturno, que paseaba sigilosamente acechando para sacar tierra de las macetas y llevársela a
la boca obsesivamente3.

….

Una madrugada, sin saber cómo, José encontró la vieja puerta abierta y el vértigo del
descubrimiento lo arrastró hacia la mansión, con su obscuridad casi tangible. Tanteando pudo
descubrir un portón que cedió dando paso a una antigua plaza, ligeramente iluminada, del otro
lado de la casona. Avanzó huyendo de la densa oscuridad, pero se detuvo en seco ante la voz
que lo llamaba desde dentro. Al darse vuelta vio perfil humano y de inmediato pensó en el
enfermero que le administró los somníferos y estuvo a punto de gritar, cuando la silueta dio un
paso hacia adelante. Entonces José pudo ver un rostro surcado de cicatrices, piel pálida debajo
de ellas, ojos rojos, dientes afilados a través de la sonrisa chueca de aquel ser.

- Querido amigo – le dijo el ser, extendiendo una mano torcida – te he sentido deambular
en tu prisión, por eso te abrí las puertas de mi casa. Soy Vlad y soy un ser como tú: un vampiro.

José, con los ojos como platos, preguntó - ¿Qué soy qué?

- Eres un vampiro, aunque veo que aún eres pequeño. - respondió aún más sonriente Vlad. –
¿Ves cómo parecemos hermanos aunque recién me has conocido? Nos vemos diferentes al resto
de las personas y por eso hemos vivido solos: el sol nos causa dolor y horribles heridas, estos
dientes afilados parecen irremediablemente feroces, por eso salimos de noche, la gente nos
teme. Tampoco es fácil explicar porque necesitamos beber grandes cantidades de sangre de
animal, periódicamente. Nunca he bebido sangre humana, pero eso no lo creen las personas.
Quizás le temas a la oscuridad, pero a tu edad a mí me gustaba asustar a la gente, salir de repente
desde una esquina oscura y ver sus caras de espanto…

José lo miraba atónito. Se reconoció en la descripción, con excepción de una cosa. Sus padres
eran vegetarianos y las inyecciones le proporcionaban los suplementos ferrosos necesarios, así
que preguntó - ¿Bebes sangre? ¿Para qué?.

- ¡Para seguir vivo! o ¿Qué bebes? ¿Qué comes? - Vlad dudó - Han pasado mil años, pero no
pueden haber cambiado tantas cosas.

- Me como mis vegetales… - replicó José.

- ¿Vegetales?– Y después de una pausa de incertidumbre, Vlad empezó a carcajearse realmente


fuerte, al tiempo que decía – ¡No puede ser! JA, JA, JA, jamás había oído de JA, JA, JA, ¡Un
vampiro vegetariano que le teme a la oscuridad!!! JA, JA, JA…

- ¡Tengo Porfiria! ¡Son mis genes! – José repitió lo que había oído de los médicos - ¡Por eso son
las inyecciones diarias! ¡NO ENTIENDO POR QUÉ TE RÍES DE MÍ!!! - Con la cara roja de
indignación, ya punto de marcharse, José, sintió una mano fría en su hombro. Vlad aún reía
mostrando los puntiagudos dientes, pero trataba de disculparse.

– Lo siento, lo siento. Mira, exactamente hace mil años, yo viví en esta mansión. Mi familia me
desterró aquí, no me querían cerca. Me dejaron con algunos criados, pero ellos me temían. Salía
por las noches y encontré magia, perceptible para pocos. Pude verte, a través de un
encantamiento y recordé que nunca tuve ningún amigo. Morí hace novecientos cincuenta años,
pero usé un antiguo sortilegio para poder hablarte; mi espíritu habita las paredes de esta
mansión, dormido hasta que sintió tu presencia – Y continuó vehemente - Quisiera que vivieras
conmigo pero no voy a engañarte, si aceptas… ya no podrás irte.

Estremecido, José sintió como se desvanecía de su garganta aquella perenne sensación de


querer escapar. La oscuridad de la mansión de repente ya no se sentía amenazadora, se sentía
confortable, interesante, segura, allí seguramente ya no necesitaría huir.

- Si te decides a venir, deberás darle una moneda al enano que cuida el circo- Vlad sonrió
levemente y se encaminó hacia la mansión - Es tu decisión, pequeño.

Entonces José volteó hacia la plaza y vio una amplia carpa al centro. Sin vacilación entró y pudo
ver a un arrugado enano, quien en al centro levantaba un sombrero de copa en un gesto amplio
y gritaba:

- Estimado público, ¡Bienvenido al Circo sin payasos! ¡Por un precio de risa, encuentre su
destino! ¡Una sola moneda para hallar lo que busca!

Una salva de aplausos sonó desde ningún lugar y el ambiente reverberó. José avanzó y dejó
caer una oxidada moneda en el sombrero, siguió al enano que andaba bamboleando al compás
de su propio corazón y ambos desaparecieron por una puerta que daba exactamente hacia
donde se levantaba en ese momento el amanecer.

….

Esa madrugada, el caso de porfiria empeoro, registrando por seis horas fiebre con alucinaciones,
que no respondía a ningún tratamiento. Se declaró hora de muerte al amanecer, los padres del
niño con porfiria suspiraron aliviados y sin velarlo lo enterraron en un anónimo cementerio, sin
flores en la tumba.

En la vieja mansión detrás del hospital se oyen voces, sombras y luces misteriosas, ruidos
intermitentes, risas y hasta aullidos, porque los espíritus de Vlad y José se juegan bromas y les
parece divertido asustar a la gente que le teme a la oscuridad.

FIN

1. Porfiria: grupo de trastornos generados cuando existen deficiencias en las enzimas


implicadas en la conformación del compuesto químico que proporciona el color rojo a
la sangre. Tal vez por ello, y debido a que los que sufren este padecimiento padecen
sensibilidad a la luz solar, se le llamó alguna vez "enfermedad de los vampiros".
2. Nictofobia: Temor enfermizo a la noche y a la oscuridad en general.
3. Pica: trastorno alimenticio compulsivo en el que las personas ingieren objetos no
comestibles. La tierra, arcilla o pintura descascarada son los elementos más comunes.
En algunos casos, se trata de un mecanismo del cuerpo para suplir carencias de ciertos
elementos de la dieta.

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