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Desljamosconfervor que esteseael Rostro en la sole- ~
\~ dad que don Héctor Rojasljcrazo qllerfa.Después¡deI
publicada (a primera ediciónen 1952, y durante /ossi- '; /1
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g/~ien(es cincllenta años, el sol de su Vida se fiJe haciendo ""
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y a srr hlz el poetaqlliso hacerprecisiolleSen -1"" .
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Los peqlleñoscambiosqu!!les rea./iz(lrano son merasco-


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~ /' su ainigoGabriel García Márquez. Su importanciay!s~ '

vigenciase compnlebanconfacilidad. -,,1;


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Estf libro esfrntode la generosidad:la del poetaRojas I ,"
Herazo, y la de su hija Patricia, qllien nosdio acceso
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~ " l/lío de los dosejemplaresde la primera ediciónconco- \ \,) ?

rre;cionesdel poetaq/lese usaronco/nobase;ara este/i-? ,


bro, a los diblljos del/naestroque lo ilustran y lafotogra- , (";
"' i fla (la úllimaq/!e sele tomara). Y la de don Gabriél 1_, r)
/ Garría Márquez al a/ltorizar qlle pub)icárdmosaq/lí el"' ~
texto con el quesal'ldara la aporicióndel Ros~o en la -,-/ "I,j

soledad. Graciasa el/os/loy podemosrecordara Héctor "1,,


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Rostro
en la soledad

Réctor Rojas Rerazo

Saludo
de Gabriel García Márquez

~SA""ia
SerieSinAusencia
Primeraedición: Antares,abril de 1952
Segundaedición,corregidae ilustrada:
"Ediciones SanLibrario", abril del 2004
@Herederosde Héctor RojasHerazo
@Del prólogo: Gabriel GarcíaMárquez
Ediciones SanLibrario
Calle 70 12-48,Bogotá,Colombia
sanlibrario@yahoo.com
ISBN 958-33-6039-2
Diseño y produccióneditorial:
Jaime SepúlvedaF.

Hecho en Colombia
Rostro en la soledad1

Por Gabriel Garcla Márquez

Con ésta, van por lo menos diez veces que co-


mienzo una nota sobre Rostroenla Soledad,el libro
de poemas que acaba de publicar Héctor Rojas
Herazo. Desde el tercer intento habría desistido
de la empresa, de no ser ésta -si es que ha de ser
ésta la definitiva- una nota que me estoy de-
biendo a mí mismo desde mucho antes de que
Rojas Herazo publicara su libro; desde cuando
padecí la tremenda y comprometedora experien-
cia de conocerlo. E~tonces -hace seis, siete
años- habría podido escribir, vociferar sobre el
libro de poemas que aquel inquietante amigo ha-
bía de publicar alguna vez. y creo q)le habría P()'"
dido hacerlo incluso aunque en esa ~casión Rojas
Herazo no hubiera pensado en la posibilidad de
escribir un poema. Todo esto que ahora viene en
el libro, estaba desde entonces en él. Sólo que
quizás un poco más confuso e indefinido. Y acaso
a eso se hayan debido los tropiezos que he encon-
trado para comentar Rostro en la Soledad:porque
yo tengo la pretensión de haber participado un
poco de esa soledad y de haber penetrado en ella
antes de que Rojas Herazo -a golpes, a rasguños,
a gritos- hubiera abierto estabrecha por donde
ahora se precipita una torrentera de caliente y ba-
beante poesía.
Lo que han debido experimentar los lectores
de Rostroen la Soledad,lo habíamos advertido en él
mismo los amigos de Rojas Herazo, cada vez que
lo veíamos enfrentarse con una casi instintiva

1 El Heraldo,Barranquilla,junio de 1952.

3
vehemencia a sus propios conflictos. El suyo, era
el espectáculo de un implacable animal de pelea.
Así es su libro y así el sabor que queda después de
él: la sensaciónde haber masticado escombros, de
haber visto derrotar ante nuestros propios ojos las
fuerzas que se hicieron adversasal hombre con el
pecado original. En muy pocas veces se tiene el
privilegio, el regocijo o la desdicha, de estar tan
cerca de tanta beligerancia.
y es preciso decir que es legítimo y cierto el
cordón medular de este libro. Es preciso decir a
quienes deseen pesar y medir estos poemas, que
Héctor Rojas Herazo ha vivido realmente esta
batalla. Él, como hombre y como poeta -que lle-
vado a sus últimas consecuencias es lo mismo-
se ha enfrentado así a los seres y las cosas; los ha
abatido y descuartizado. Y ahora, todavía jadean-
te, sin haberse tomado siquiera una tregua para
purificar su ángel de tanta humanidad, levanta ese
montón de entrañas, de glándulas, de vísceras ca-
lientes y vivas, y literalmente nos lo arroja a la cara
en cincuenta páginas y un título: Rostroenla Sole-
dad.
No habría tregua en este libro. No habría re-
poso si en medio de esa barahúnda del hombre
defendiendo su sitio central en la naturaleza, no
surgiera de pronto, como algo extraño, pero tam-
bién como el remanso que era preciso presentir,
uno de los poemas más gloriosos que se han es-
crito entre nosotros: «La Casa Entre los Robles».
Al leer el libro por primera vez, había comen-
zado esta nota: «Héctor Rojas Herazo nos trae
una poesía para la cual no estábamosdebidamen-
te preparados». Luego, al repasarlo, al descubrir

4
de nuevo «La Casa Entre los Robles», había pre-
guntado: «¿Qué hace aquí este advenedizo?».
Porque aún no era entonces el animal de pelea y
el viento venía a mendigar las migajas de pan dis-
persas en los manteles.
Fue preciso una lectura más. Y otra y otra,
para que llegara a este final: «Creo que es allí, en
'La CasaEntre los Robles', donde está el orden de
poesía en que ha de mecerse el autor de este libro
cuando el misterio tenga que someterse a su agre-
sividaru>.Así de grande y de hermoso ha de ser su
trofeo. Porque «La Casa Entre los Robles» no es
una pausa ni una capitulación. Es el armisticio.
Allí logra el hombre su sitio indisputable después
de esa larga y desesperadacontienda. Para llegar
hasta allí ha sido preciso recorrer íntegramente el
trecho amargo, la febril y desmedida distancia
que va desde Adán hasta el hombre. Desde la
criatura inicial que aún tiene arena de ángel en los
hombros hasta el hombre -ya perfectamente
justificado-- que se sienta a la cabecera de su
mesa a recrearse en la contemplación y enumera-
ción de su dura conquista: «Todos allí presentes,
hermano con hermana, mi padre y la cosecha, el
vaho de las bestias y el rumor de los frutos».

5
"...Esa luz puestaal aireque esun hombre..."
QUEVEDO
Límite y resplandor

Algo mefije negadodesdemi comienzo,


desdemi profundoconocimiento.
y he veladodulcemente
sobrelasespadas
quesegaronmi luz.
Con nocturnorostromehe alzado
a batallar en el esplendor
de misdormidasnormas,
con el pavor de mi júbilo primero
y en otra sombraabatidahepronunciadomi nombre,
mi tremendo,mi orgániconombre,
mi nombredefilo y desimiente
bajo elsueñode un ángel.
Mis apetitostotaleshe derramado
comoun tributo de reconocimiento,
mi olfatoy mi tactocomodurospresentes.
Mis olvidadossacrijlcioshe reunido,
misanterioresfuerzas,
mi casto
fiJror,
mi másantiguoy añoradofuego.
y he aquí que todasmispotencias
no logranarribar al límite de lo perdido.
En otraedaddichosa
mi palabrafue heridade te"estreamargura.

9
La casa entre los robles

A un roido vago, a una sorpresa en los armarios,


la casaera más nuestra, buscaba nuestro aliento
como el susto de un niño.
Por sobre los objetosera un dulce romor,
una espina, una mano,
cruzando las alcobasy encendiendo su lumbre
fi¡rtiva en los rincones.

El sonido de un hombre, el retrato,


el reflejo del aire sobre el pozo
y el día con sufirme venablo sobre el patio.
Más allá las campanas, el humo de los ce"os
y en un dulce y remoto confín, entre la brisa,
el pájaro y el agua levementecantando.

Todos allí presentes,hermano con hermana,


mi padre y la cosecha,
el vaho de las bestiasy el romor de losfrotos.

Adentro, el sacríflciofilial de la madera


sosteníala techumbre.

Una lluvia invisible mojaba nuestrospasos


de tiempo rumoroso, defuerza de autoridad y límite.

Pasaba el aire suavemente,buscaba sombras,


vocesque derramar,
respiraba en los lechos,
dejaba entre los rostrossu ceniza dorada.
Era entoncesel día de hojas, de potente zumbido,
el día para el cántaro, la miel y la faena.

Como un don de reposollegaba a nuestro cuerpo


la noche con su carga de remotas espigas.

10
Nuestro pan de anhelado resplandor,
nuestro asombro
y las lámparas derramando sus ángeles
sin prisa en los espejos.

Como un hombre que anhelara su parte,


su sitio en nuestra mesa,
el viento dulcementeflotaba en los manteles.

La quietud de los muebles,las voces,los caminos,


eran todo el silencio de la noche en el mundo.

Llenando de invisible presencia las paredes,


habitando las venasde pie frente a las cosas.

Buscaban nuestras manos un calor circundante


e indagaban los ojos otra piel impalpable.

Algo de Dios, entonces,llegaba a las ventanas


algo que hacía más honda la casa entre los robles.

;\,

1.'"'

11
Segundaestanciay un recuerdo

Recuerdo tu voz en estaaldea curvada por el tiempo


y tus manos
pájaros y pery;Jmesremando al aire,
delirantes a bordo de las nubes.
Tus labios lo sabían en la fruta y el beso.
Aire sí, dichoso,espadasme circundan
yfieramente nutren mi cuerpo.
Sobre estayerba, verde luz transparente,
riqueza a imágenesperdida,
canto.
Tu propia vida y muerte me rodean.
Para tu ausencia estavoz mía,
este labio, este diente de muerte
que nutren mi ansia y a otro espaciome elevan.

Sobre esteoro lejano


tu cuerpo enciende, tu cuerpo asciende,
como alzando el paisaje.
Tus manos resbalan por otra piel, no mía,
por otra piel más allá de mis venas
como si navegarapor mi sangre un cadáver.
Otro perfume para aspirar tu paso por la tarde
y otros ojos,no éstos,para reconocertu ademán y latido.
Yo quiero, sí,
Tu aire, tu larva lejana, tu acento en el polvo,
tu voz a claro río y nube al nivel de los trigos.
Tu cristal, tu sustancia, tu vientre misterioso.

Con todo estoque soy,


con estafuerza ciega y sus impulsos,
con estosárboles,con estavigorosagavilla de sonidos,
a ti elevo mi carne
y crezcosobre ti, asciendo dulcemente,
como el humo de un viejo sacrifICio.

12
y todo canta y me alimenta
y a espaldas mías
esotra voz segadala queflota en mi acento.

13
Ráfaga de humo

Veníamos de los muertos


y traíamos la seguridad
de haber encontradopalabras nuevas
con qué nombrar su reposo.
Habíamos hollado la yerba
que crecesobre las tumbas.
Habíamos visto un nombre,
un lejano dolor en un túmulo cualquiera.
Un año, una planta y una cruz de madera.
En algunas había ángeles
dividiendo el silencio con su dedo de mármol.

14
Santidad del héroe

Estaba
gigantescoy tumbado en la mitad del tiempo.
Ancha vena fecunda, musical y tem"ble,
le nacía del costado.
A su lado los ángelesde la paz y la muerte
vigilaban su sueño como castoslebreles.
Estaba desnudo y era bella su desnudez.
Yen su cuerpo era el número, la medida y el orden.
Sobre sus cabellostemblaba la luz como un ala

purísima.

Por sus oídos, resbalando en el tiempo,


fluía el sordo rumor de ciudades lejanas,
el redoble de cascosen apagadascolinas.
y danzaba en sus ojos la embriaguez de los torsos,
los brazos angustiados,las manos triunfales,
los troncos cercenados,
sosteniendo elfriso bárbaro de las batallas.

No más para su sueño el clarín ni el tambor.


Ni la lumbre de las lanzas y los estandartes
en el delirio de las contiendas.
Estaba allí para crecer,
para cantar,
para abrevar en la alegría de sus hermanos.
Para seguir oyéndoseen el martillo y en la fragua.
En las palabras de amor
y en laspalabras que se cruzan en el atrio
para cambiar una paloma por un!ruto.
La oreja del héroe estaba sellada,
como los símbolos en los tabernáculos
a la piel de su raza:
tranquila era la respiración de sus leyes,
el pulso de sus dioses,el ritmo de sus estaciones.

15
La arcilla del héroeseendulzabadejúbilo
y el tamañode su cuelpo
era másgrandeque el tamañode su pueblo.
Estabaallí
para hilar la mirada de las vírgenes
al deseode losmancebos.
Para llenar de claridadlaspupilas de losvagabundos.
Para darseen el carbón,en la espigay en la lluvia.
Para llevar el día en lasalasde lospájaros
y nutrir el asombrode losniños.
Para vigilar el reposode los muertos
o balancearse
en la esperanzade lascunas.

Estabaallí,
presentey colporal,hechode tiempoy ritmo,
ordenandolas vidasy losríos
y ardiendoen el temblorde lasbanderas.

16
Adán

Estás solo,
biológica y hermosamente solo,
anterior a lospadres
en la satisfacciónde tus miembrosfrente a la lluvia.
Rodeado de substanciasestrenadaspor tus sentidos.
El vello irrumpe sobre tu piel
y la luz viene alborozada al encuentro de tus ojos.
Todo esperabaúnicamente tu llegada
para la perfección y el regocijo.
Contémplate solitario, corazón primero
ante elfulgor de la luz,
y escuchabien tu sangre
porque de ti han de crecertodos los ruidos del hombre.
De tu aliento descenderáel ásperoflujo de lasfamilias
y el vaho de las descendencias.
Tu ámbito es elfruto y la maleza
y sólo tu voz es madre para el ala de lospájaros.
Estás verde de soledad y Paraíso.
Has llegado a tus huesosde hombre
como a un lugar remota y duramente anhelado.
Ahora puedes andar, triturar la semilla,
asomarte a tus pies,
olvidar el círculo de tu ombligo
porque no hay vientre que haya engendrado tus pasos.
Adán, estásbello de soledad,estásoloroso a soledad.
Atento únicamente a la huella de tu cuerpo inesperado.

Tus músculosse ordenan seguros,


se regocijan tus órganos en el verdor inusitado.
Pero aún hay arena de ángel en tus hombros,
temblor que te sacudetodavía.
Tu soledad escostumbre de días,

olfato vigoroso,
hambre.

17
Hierve tu soledad como la noche sobre elfuego.
Los símbolosson posteriores a tu desnudez.
Las normas se nutren primero de pavor
para llegar a tu círculo de castigo.
iQué hermoso es tu suplicio, Adán,
hombre lejano, hombre solo,
dueño de las criaturas en el primer silencio
del aguafrente a la voz!

Dios no ha tocado tufrente ni ha arrogado tus párpados


ni la espigasacudede tus manos
el dolor de una ceniza llorada.
Tú, anterior a ti mismo,
sin nombre con que indagar llamadas en el viento.
Por tus órganossube el instinto
y empuja tus células al sol, a la brisa,
porque tus cabellosestánfirmes
e ignoran el peso y el destino de las piedras.

Puedes rugir o cantar


o tenderte en la yerba
y sólo encontrarás el rumbo hacia ti mismo.
Tienes que llegar, a zancadas de hijos y de pueblos,
a la voz, a esavoz tuya que te esperaencendida.
Qué espanto el de tus venas
puestas allí, de pronto, como el arpa de un Dios,
a stifrir el temblor, la fuerza, los colores.
Sin recuerdo,sin pecho donde lactar su curso.
Sufriendo los sonidosque tu piel les refleja.

Tu orgánico suplicio de ángel que se despierta hombre,


de hombre sin respuestas,
defruta sin raíz.
Te palpas tu vientre y los labios

18
y miras el azul
riendo comoun niño olvidado por su madre en un jardín.
Habitas un tiempo sin límite ardoroso,
sin espumas, sin tribus ni apetitos remotos.

Estás castigado,Adán, castigadode hombre,


no puedes ni siquiera sollozar
porque no tienes orilla para sentirte desterrado.

19
Narciso incorruptible

iElemento dichoso!
Espejo que tal vez atesora, lento, el aire.
Suave empuje de oro sobre el hombre y el día.
Navegas y mi ser consume su planta, su perfume,
en el tensoequilibrio de tu jluír, tu sonido
y ese tibio compásde tus móviles bordes.
iAy! iLlorado, doblado en el olvido,
apenas en mi luto tu huella cenicienta!
Tu asombro inclinaba tu belleza
y era el vuelo ante ti,
las hojas encendidas,
elfino ardor del agua.

*
Sobre lo que pasa, lo que nos mira y huye
inclinas tu tristeza adolescente,
tu carne conseguida
y duras, cálidamente duras,
mientras vibra la muerte sin herir tu hermosura.
Algo socava, vive,
nos empuja los árboles,
los días, las preguntas,
curva sobre nosotros
elfilo de un idioma ignorado.
y nosotrosde ti, bajo tu sombra,
bajo tu frío aliento de niño milenario,
a augurar en los pájaros, en la luz, en la noche,
tu impasible vendimia de yelo inacabable.

*
iAy albor! mármoles seguros,
fiesta de lo concretoy duro,
de lo opuestoal morir,
sentid ahora las hojas,

20
elfuego delicado de una rosa en el aire
y el vuelo de estamano
obstinada en perseguir tu sonrisa
firmemente dibujada en la piedra.
Si fuera, no más, la penumbra de tu candor,
el pulso riguroso,
el impasible recreode tu sonrisa
sobre el cristal inconmovible.
Miraríamos, entonces,la yerba,
sufirme hambre te"estre
y la seguridad de nuestrossentidos
sin tu apetito indescifrable.
Pero vives, reclamas,retornas cada día
a mirarte, a mirar por nosotros
nuestra arcilla extasiada sobre el agua del mundo.
y puro, sí, lejano,
Narciso incorruptible,
rostro inmarchito,
norma del alba y de la noche,
perpetuamente ardiendo en la zarza
de un hechizado pensamiento.i

21
Palabras para aventar en el olvido

Estos eran nuestrosamados impulsos.


Esta era, en verdad, nuestra llegada.
Todo nos esperabacomo elfin de un camino.
Habíamos contado con nuestro Cllerpo
y ntlestros sentidoshan huído.
Nada hemosrealizado.
Detrás no pueden justificarnos
ni el almendro que creciójtmto al pozo,
ni la ventana abierta para darle
los buenos días a un vecino,
ni el sabor de nuestra primera fruta de convalescientes
llevada a nuestro lechopor una hermana muerta.
Estamos como los niños
cuando tropiezan con el muro en la mitad de un juego.
Nos tocamosla frente e invocamos los vocablosamados
y recordamosaquella mujer ql/e se aferró a nuestrosojos
desdeuna acera difilsa.
y nada es nI/estro.
En verdad todo quedaba al borde de nosotros.
Todo nos veía pasar,
con una cal1Cióno una lágrima,
hacia los talleres y los circos.
Íbamos creciendo,fabricando nuestro cuerpo,
nl/estra sangre ignorada,
a temores,a risas, a urdidas alegrías.
Nos acodábamosa lospuentes y escuchábamos
los sonidos lejanos,
La respiración de las ciudadesy el latido de los puertos.
Pero en todosfuimos carga intítil.
Nuestro nombrefiJe solamente un ntJmero
transitando en avenidas innecesarias.
Nos hirieron de soledad.
y sin embargo
todospodrían reconocernos,

22
'. ,\ ':'\\ ,

en los parques o en los suburbios,


viendo crecerun árbol o ayudando al viento
a empujar las cometasde los niños menesterosos.

23
El encuentro
(Diálogo de las tres agonías)

" DlIro serát// ejercicio terrestre


cllandoal/eglles
a tll hijo "
ECLESIASTÉS

EL HOMBRE
Me prolongaré y he de darte, al fin,
La parte de árbol y piedra
que largamente he soportado como un secreto.
Entonces podrás verme tal cual soy
hecho de tus mis/nos elementos
y regocijado de tus mismas substancias.
No nos miraremos atónitos
ni opondremos el índice para dividir nuestras bocas
en señal de que algo debe ser retenido y callado.
iAy! iLargamente he esperadoesto!
Mis sentidosse inclinaban,
mi olfato se aguzaba,
mi hambre llegaba casi a ser inocencia.
Todo me empujaba, me alzaba,
me dividía sin herirme como la luz.

Más tarde preguntaba por tu nombre,


a todaslas cosasllamaba.
Prenéticamentesacudía
todo lo que en mí es distancia y negación.
Pero aún no había aprendido las palabras
y me quedaba ciego
y era terrible escuchartu soledad y tu llamado.
Yo iba a ttl encuentro, lentamente, ardiendo,
como un cuerpo sin piel
mis nervios indefensos,mendigos,imploraban tu pulso,
querían llegar a ttl silencio suplicante.
Yo sentía, aquí, en mi más hondo lugar de hombre,
tu necesidady tu reclamo.

24
Ay! hijo mío, mi camino,
¿dónde estabasentonces?
Todo era llamar, golpear,
saberpor el puño que existen muros,
que crecenpiedras que nos niegan el paso.

Yo te llevaba la luz,
zumbando el aire te llevaba,
el sonido para tu voz, tu llanto primero.
Mis hombros soportaban un fardo de padres,
de te"ibles castigos.
Algo mío era inferior a tu llamado.
Pero tu voz seguía creciendo,crujiendo, destrozando.
Venías hacia mí, obscuro,
me miraba y no reconocíami lumbre antigua.
Nada era cierto a mis ojos
porque tú eras lejano y me llamabas.

LA MUJER
De adentro, de muy adentro,
del más viejo limo de lo más viejo de nosotros.
Porque tu voz se quebraba y el lecho era como la piedra
mientras mis huesosquerían estallar,
ser otros huesos
y mis poros cantaban alegremente
esperandola lluvia depalabras apenasoídas en el sueño.
Yo sabía que mi hijo estaba allí,

esperándome,
acurrucado desdeel principio de mis cabellos
cuando apenasyo misma era música de otra sangre.
Mi hijo, sí,podía tentar la madera
y los huecosde los muros donde se asolean los lagartos
y los sentía llenos de tiempo, de soledad.
Porque mis manos sólo buscaban eseba"o

25
que mi vientre definitivamente había escogido.
Ay, icómo fue aquello!
Clamaba por mi hijo,
su ecoera mi llamado,
mis cabellosseponían tensos.
iCada día me traía su pisada, su pulso,
su tremendo suspiro!
Cada díafugitivo era supie esJX'rado,recobrado,cantado.

Yo lo miraba arder, subterráneo, en mi vientre,


sacudir mis entrañas, doblarme,
lo miraba crecer,
llamarme como un hombre que mostrara un camino.
Yo estabasola
iera como luchar con mi propio resuello!
Me sentía como un bosque
sacudido por una voz a medianoche.

Yo te decía: míralo
y me quedaba con los ojos lejanos y huecos
porque algo de él subía a perderse,a gritar,
a quitarme la ÚIZ,
a batallar con los objetosmonstruosos.
Yo estabamuda en el centro de mi júbilo
y mi cuerpo era como una lámpara.

Me sentía desconocida
y eran extrañas mis pisadas afirmadas por el doble peso
y mis muslos eran lejanos y nuevos
porque mi hijo se empinaba asombrado
a descubrir cada sitio de mi cuerpo.

Lo demás
file natural y profundo como la muerte.

26
EL HIJO
De muy atrás -hoy estoyvivo y no puedo recordarlo---
ordené tus célulasy escogítu piel como un techo remoto.
Hijo mío, me llamabas,
y enumerabaspara mi silencio
todo lo que entoncesera tuyo y meformaba.
Simplemente decías:
he ayudado a anochecer,
éstees el día y la piedra,
ésta la cosecha,éstemi hermano.
¿Pero dónde estás tú, por quién es cierto todo esto?
¿Por quién acepto el castigodel día
y la maldición de lafaena?
Yo tesentía y era más hondo mi silencio que tu llamado.

Porque era anterior a ti


y era lo más profundo de ti
y tú no podías oírmeporque erasciegoen medio de la luz.
iAy, yo soy quien más duramente ha luchado!
Palabras extrañas, palabras que debieron ser ángeles,
terriblementebuscabanuno bocaen mi sombra sin rostro.
Me atenazaban, me hacían subir,
golpear en la piel de mi madre,
herir todas las cosasque sus ojos tocaban.
Yo soplaba dulcemente, decía mi nombre,
contaba el secretode mi baffo,
sollozaba hasta doblarla, hasta casi ser quejido.
Yo miraba hacia arriba,
veía su lumbre hermosa recoffiendo mi sueño.

Pero sólo pavor eran mi voz y mi dulzura.


Ahora estoyjunto a ti,
ahora mis sentidospueden oír tu voz
y reconocerlo que largamente ha esperadomi llegada.

27
Aparición del mediodía

A espaldasde todo
crecela palpitación
como una suave dádiva
o una ofrenda visible.

Sobre mis pies


el huerto defiende su helada transparencia,
sufecundo soplo,
la profilnda energía del aroma
y la crepitación de los sitnples animalillos
con sus tímidas bocas
al borde del zumbido de las hojas
y su temblor inacabable.

Ay, hijos míos,


los amados mendigos
por mi olfato concebidoshasta la altura del rniseñor
y el asonlbro del día.
Venid y enlazaremos el ávido musgo a la loza
y juntaremos hueso y piel,
labio y mejilla
en el calor de nuestra arcilla meritoria.

Ay, aninlales, raíces,


oleajes minerales,
que dulcemente reclamaís
la hermandad de mlestros dientes
y el suplicio de mlestra cabellera.
Cálidos, vivos,
por vosotroshe de tomar
a mi sinlple condición de hlz primera.
De llama o sal,
de _~alivasobre la madera
y al silencio de las grandesputrefacciones y de la lluvia.

28
En esta agua con mi tiempo necesario,
con mi vacío,
con mi dura piel a flor de alma,
con mi soledad primera,
con mi rumor,

a disolverme en la gran marea que me llama insistente


con el inocente pavor de la distancia y de la espuma.

,
.

I
I

29
El extraño

Un día vendrán
todos aquellosque me amaron
para decir:
no nos reconocemosen tusgestos.

Otros vendrán cantando


a decir con dulzura:
sólo el tiempo ha podido
doblar su cabellera.

Pero vendrá el hermano


con un ángel y un niño:
mirarán simplemente mis ojos
y arderán en silencio.

30
El habitante destruido

1 Aquí el tiempo en altos círaúos, en ávidas lenguas,


, en dura soledad.

\ Aquí el tiempo sin hombre y sin espacio.


~ Sin pan, ni agua, ni bestia,
ni humo para dorar la lejanía.
Sólo el tiempo resbalando en la piedra de las ruinas.
Más eterno que la cal, el lamento y las inscripciones
y más hermoso que los pórticos y las hojas de arena.
Por estashuellas de hombre, de pájaro o suspiro,
podríamos alzarnos hasta aquella ciudad
y verla nuevamente en la plenitud de sus to"es
y en el rumor de sus ventanas.
Sentirla reposaren el hervor de los muertos
y alargarse,más allá de sus lámparas,
en la fatiga de los viajeros
o en los belfos de las bestiasa la hora de la sed.

*
Porque un niño tuvo una espiga entre las manos
y fue dueño de algo que ahora reposajunto a su sonrisa.
y un hombre entibió lecho con mujer
y no hubo otro nombre para el amor
que aquel con que nombraron sus cabellosy sus ojos
y las manos urgidas y la candela de sus espasmos.
Todo estolo sabemosporque no hay nada ante nosotros
y pudo ser un muro, una voz o un suspiro
el dueño de esteaire
o la firme certezade los mercaderes
habitando su universo de hierro
o los árbolescubriendo a las doncellas
y escondiendode la mtlerte losflancos de las estatuas.

31
*
Aquí fue el agua, sangre mía, aquí la sed.
Aquí fue el pan, carne mía, aquí el hambre.
Aquí la mujer, pecho mío, aquí el suspiro.

*
Todos iban al día o a la noche o a la muerte.
Pero tenían un destino.

Estaban urgidos de su propia presteza.

Cortaban al sol las gavillas


o tiraban su fortuna sobre las túnicas

o subían a las colinas a ver llegar el horizonte.

Amaban sus odios y sus leyes

y sabían, entre los miles de ojos y de voces,


guiarse por una voz y arribar a unos ojos.

*
Pero todo fluía más hondo que sus palabras

y másfinne que las estrellas que vigilaban la seguridad


de su crecimiento.
Si hubiesen visto a un hombre llegar

después de su realidad
y preguntar a las ruinas

por aquellos que modelaron su geometría


e invocaron en plazas y templos su extirpación definitiva

¿hubieran sido, acaso, mayores que estepájaro?


¿D mi puño cerrado hubiese golpeado

el portón de una casa mmorosa?

No todos habrían acudido a mis sentidos


ni el peso de las sandalias

hollaría el sendero de los jardines


para que un corazón danzara entre lasflautas.

32
*
Este viento, estaalta soledad en círculos dichosos
l y esteorbe rumoroso de arenas en el tiempo.

I
I Ay, salía el amor a nuestro encuentro
y lo esperábamoscon los brazos extendidos.
Venían las estacionesa nuestro olfato
y las recibíamos en las ramas de los árboles
y en el pezón de losfrutos.
Nos llamaba la lejanía y respondíamos
en el ladrido de losperros.
Nuestra victoria sobre el tiempo estaba en no luchar
contra la muerte.
1 Yen sersuperiores al crtljido de las hogueras

y al relincho de los corceles.

*
Todo, en verdad,file construido por el tiempo.
Él quiso ser ladrillo y bronce
y sopló en nuestrasmanos
para que aprisionáramos el aire y el perfume
en el recinto de los edifICios.
Entonces todostrabajaban como construyendo
I
algo que iba a ser tranquilo y perdurable.
y recibían sujornal dejúbilo
por cada espaciohabitable robado a la soledad.
Era bello mirar a los niños bajo la sombra de las madres
I ya los doncelesen el efímero equilibrio de sus cuerpos.

*
Aquí, en estaspiedras sacrifICadas,
donde tiene la muerte su potestad inagotable,
el tiempo se detuvo
para que hubiese árbolescreciendosobre las tumbas
y sacerdotesy doncellas en los portales y en los atrios.

33
Era bello, osjuro en verdad que era bello,
mirar los dulces ojos de los ancianos
y sentir el olor del pan despertando
el sueño de los dinteles.
También había mendigos, con los brazos hacia el aire,
como si esperasenuna paloma o un saludo.

*
Palabras, palabras en el polvo,
mi voz también ruina y espaciomarchitable.
El día dulcemente camo lágrima o beso
sobre losguija"os, sobre las huellas
que un soplo habita y asordina.
El día sobre la arena, sólo un día,
sólo un pensamiento doloroso
para alzar la basílica del rumor,
el pecho de los salmos,
el humo de los cementerios.

Sufriendo,
ardiendo,
viajando por la escalatotal hacia elgrave latido de Dios,
hacia la palabra desnuda de lengua,
hacia donde palpita, eterna, total y rumorosa,
la ciudad extinguida, olvidada,
que ahora vuela en imágenes rescatadasal cielo.

34
Agonía del soldado

Esto pedimos, estono más


un niño
viendo pasar el aire dulcemente.
: Una mlljer, un surcoy unajlalJta.
Un pan bajo la lámpara.
El saludo de un amigo, SIJrisafatigada.
El llanto por un muerto.
La sombra de la casay un camino
para llegar, para soñar con todos.

Esto pedimos, recuérdalo, estosolo.

35
Los relatos
en el umbral

"...Lo que nunca podrá borrar la muerte..."


HERRERA
Viento del huésped

Todos esperábamosal huésped


en el umbral de nuestrasmoradas.
Todos habíamos traído
lo que nospertenecía verdaderamente.
Bajo las lámparas dulcementereconocimosnuestrosrostros
en la alegría y el ungimiento.
De olvidados confines llegamosal e/1Cuentro
de la cosecha
con los mejoresdías del año.
Ancianos graves nos esperaron colmándonosde dones
para asistirjubilosamente al primer día de las doncellas.
Las hojaspardas, el viento, la risa de loshombresde mar,
los mendigos,
los niños dormidos entre las redes
y el balanceo de las barcas, los estibadores.
Teníamos los ojos limpios, las manos limpias,
t el cuerpo tembloroso bajo las vestiduras de hilo.
,I Simplemente los lechosnos esperaban

y losfrutos dorados y el calor de las hojas


amortajadaspor la lluvia.
iMuchachos! Nos gritaban frenéticamente
y deteníamosla cafferafrente a las bardas delpuerto.
Los mástiles embanderados,
las últimas velasapenas en el azul,
los martillos de los hombres
que alegrementetemplaban el vientre de las balandras.
En nosotros,ebriosdegozo entre las espigas,
i cuando perseguíamoslos muslos de los esclavos
i más rápidos y fugitivos que nuestro deseo.

1 y la risa de los mercaderes


con sus baratijas en las toldas de los estllarios.
Todos esperábamosal huésped
con laspalabras acodadasen elfulgor de los anillos.
Nos traían de beber engrandes tazas de barro rojo.

39
Éramos aquellosque aplicábamos el labio
y urgíamos el líquido.
y los niños, atónitos, nos contemplaban
con sus brazos detenidos en el ajetreo de los aros.

II
No queríamos morir
sin ver el último filo de las hojas,
el último romor ardiendo sobre octubre.
Ver el valle desdela colina.
Ver el humo de las viejas ciudades.
Ver los grandes roblessombreando los báculos
de losperegrinos.
Las lámparas se encendían una a una como palabras.
Los soldados nos miraban severamente
cuando queríamos atravesar el vastopatio
dondejugaban sus compañeros
con las cabezasde los ajusticiados.
Los doncelesquedaban perplejos
al medir su piel con los hombros de las estatuas.
Lentamente -porque en verdad crecimossin roido-
a palabras, a voces,a heridas en los tobillos y los muslos,
con pequeñas cicatricesen las mejillas,
con el miedo como un amigo poderoso
a quien invocábamos en la soledad
de nuestros días imltiles.

III
Pusieron las tazas repletasde alimento
para que el viento del huésped laspaladeara con delicia.
Nos miramos largamente y comprendimos.
Nuestra alegría era nueva
pero llena de sobresaltocomoelprimer vuelo de un pájaro.

40
Guerrero entre la luz

¡ Se despojódel casco
i e hizoflotar suscabellos
frente al asombrode losmancebos.
Una lentamúsicadescendía
de su cuerpo
envolviendoenhúmedalejanía
sussandaliasgue"eras.
En la nochellegaríanlos emisarios
conlosescudos
agobiados
por la vendimiadela victoria.
Yalzarían la hoguerade sustiendas
dondeahorajugueteabala arena
conel vidrio de lasarmaduras.
Todospudimos apreciarsu estaturabajo losárboles.
y miramos:
iQué dureza en el cielopor el empujedel verano!

41
Canción

Después vino el encuentro con el mar


y la construcción de losgrandes navíos
para alcanzar el horizonte.
Los belfosde loscorcelesera todo el recreode losguerreros
en la vastacontienda de arena.
Yelmos de"amados y lanzas
iy mujerespariendo frente a la espuma!

""-,

.'-, :"'-;:'1',\

42
t

La sombralejana

Una tempestad
de aplausosinsignes
hizo volverlosojosde los invitados
al centrode losgiros y losgiros
por la consumación
de susmanosy susmanos
sobreel murmullo de losaposentos.
Cálidamenteel oleajede susmiembros
empujabahaciala muertela claridadde lasantorchas.
iQué alegría!qué infinita alegría,
sobrela cabellerade losguefferos,
sobreloscuelposde oro,
sobrelas bocasdesmayadas
hastala altura del sacrificio.
iYel último pájaro sobrela última rama de septiembre!
y la desolación,
la amargurade las bestias
sobreloscoffedores
y lospatios.
Más tarde,todoseríarecordadocondureza
y palabrasaciagas
enlutaríanuna conversación
coffÍente
cuandotodaaparienciadepaz
habitaralos racimosy las aldeas.
Y aquelloera elgran silenciode los hombres
en tornodel palacio.

43
Elegía

Todo fue del olvido.


Los vastossalones, el aire, los espejos.
Todo, por el perfume, hacia el amor,
hacia elfestejo de las lámparas,
hacia los rostrosiluminados
por el severo resplandor de las espadas.

Cancionesfueron en nosotros
y palabras amargas en la sabiduría de los ancianos.
Los niños sosteníanaldeas en sus ojos.
Aldeas tranquilas
como el rumor de las venas en el vientre de loscatafalcos.

Atravesamos el bálsamo de los umbrales


y encontramosa las mujeres esperando
con su sexo en reposoy los ojos colmados
para saciar nuestrafatiga.

44
Reposodelguerrero

Esta será algún día tu dulce soledad.


Tu completo dominio.
El aire perseguido,
el ademán remotamente anhelado por tus miembros.
En esta tieffa descansarás
y estemurmullo será la fiesta
por tus sentidoseternamente repetida.
Bajo losgrandes follajes,
a la sombra de la luz,
tu cuerpo se tenderá severamente
agozar de su desnudez
en el duro temblor de su victoria iluminada.

i
I
¡

45
La sombra
inalcanzable

" y las yerbasde mi corazónestánen otro sitio "

F. GARCL4
LaRCA
Miramos una estrella desdeel muro

Ahora se derrumba la techumbre


y la carcoma habita el bostezo del peffo
y la sombra de los armarios.
Ahora esla vida de la casabajo los élitros de los insectos.
iYel buey lejano y elflujo de la espiga
extraños para siempre!
y la boca del niño se abre
para recibir lactancia de las hormigas en el seto.
Exprime ahora los humores del leproso
y escondesuspiernas
para darlas en regalo a unos jóvenes desposados.
Y abre la garganta del grillo
para escanciaruna gota de luz al mediodía.
No intentes otra cosaque escucharrumor de destrucción
en el chalecoy las zapatillas
que te negaron la víspera de un festín.
No intentes otra cosa
o responderáspor la fuga de estoshierbajos humildes.
Porque alzamos el esplendorde nuestros muros
en lugares que no habíamos santificado --aún-
con el alarido de una parturienta.
y nuestrossímbolosfileron ceniza.
y descolgadosfteronpor nuestra ira
la yerbabuena y el tomillo que perfiJmaba
el cedro de los umbrales.
y ya esolvido
estelugar quefue de nuestrogozo
en un solo día del tiempo.

49
r

Losflautistas cautivos

Todos en su sitio para responder a un hondo llamado.


El hombre en su sitio con sus venas
cálidamente distribuídas.
y el perro en su sitio
para ladrar o para morder a los vecinos en su sitio.
y la piedra y el árbol y el moribundo.
Preguntaremos al retórico
y dirá en memoria nuestra palabras de alabanza.
y un ataúd, un fresco ataúd de pino,
que empieza a podrir se en la lengua de las moscas.
y un hombre triturado sobre el hombro de estaanciana!
que inútilmente trata de alimentar a lospájaros ¡
desdeel repechode su ventana.
Todos estamosen nuestro sitio.
y no nos llamen por otro nombre
que nuestro nombre verdadero.
Oye tú --el de las posaderascorrectamentede"amadas
en el asiento trasero del ómnibus-
¿acasome reconoces
plenamente?
¿o tengo un gorro y una mueca
y un ademán definitivamente innecesarios? l
iSea! No he podido evitarlo. ¡
iAcaso sería más verdadero si mepresentasea ti
y te hiciese una austera reverencia
con mi soledadfiJera de sitio,
con mi risa impúdica mentederramada sobre mis dientes,
con el otro número de mi piel
y unfalso espesoren mis cabellos?
Bien lo veo.Y el periódico y la fruta
discretamente escondidosbajo tu axila.
y la nariz con que olfateas las revistas
en el puesto de la esquina.
Nada. Ya nos dieron nuestra ración de palabras
y con ellas hemosde alimentar nuestroshumores.

50
Ponte tu nueva piel, estrenalas migajas de células
que has implorado al retórico,
grita en las esquinas
y escuecetu piojo en los dormitorios de los suburbios.
iEstamos salvados!, tú lo dices
-verdaderamente tú lo estásdiciendo-
y lo afirmas con el cristal de tus lentes
y la mugre de tus uñas.
iSea! Pero tenemosun sitio, hombre de Dios,
recuerda que tenemosun sitio,
un verdadero sitio,
junto al pe"o y el ataúd de pino
y la anciana que avienta sus desperdiciosa lospájaros.

51
Criatura y estrella

¿Quién eras entonces,


quién era esetranseúnte desconocido
que preguntaba por mis venas
en los espejosde lasfarmacias
I
yen lasportezuelas de losautomóviles?
¿y aquel que una tarde rotularon
en la caldera de un anfiteatro?
Yo solamentejiJi la marca de un vestido
y una corbata con unas manos suplicantes.
Yel niño que cumplió su cita en una calle abandonada
para fecundar a una ramera.
Pero ahora, he aquí que he recuperado
el libre ejercicio de mi odio y mi risa
y camino -justo y total-
con elfardo de mi gozosa podredumbre.
Ahora puedo arrancar un cartel
y lamer con delicia sus bordesdespedazados.
O ponerme a llorar agritos en una esquina
por la muerte de un insecto.
O mirar furiosa mente a los transetíntes
para entregar al primero de ellos un sobre lacrado
donde he depositado mi falsa, mi anterior alegría.

52
Castigoy soledad

Este hombre de todos,lleno de contextura,


mira arder en el sol la gavilla del humo
ygrita con todo el empuje de sus células
para agrietar los muros
dondeempieza a agitarsela primera lechede lasdoncellas.
Este hombre puro
conun instinto virginal bajo su rostro
toma laflor del viento y dulcemente la deshoja
en el esplendorde los edifICios.
Callado, máscallado que un poco de a~ en una huella,
ardiente únicamente para el contacto
del espasmoy el perfume.
Lo más terrible, lo más indefensoy te"ible
esun hombre solo
conla pura soledad de su cráneofrente a nosotros.
Nos mira con pómulos y orejas
y buscaun soloporo, un soloporo indecisoen nuestrapiel
para empujamos degolpe toda su soledad.
Su castigadasoledad de escaleras
y lunas en la madrugada.
Su agria soledad,sus tumores, sus comarcasce"adas.
Y esacicatriz de su cuello sólo descubierta
cuandopavorosamenteestalla supalabra en nuestro oído.
Porque un hombre es una comarca
de tufos sin conocimiento,
de vahosque conocen el lugar de su axila
yel vello de su sexo
y los orifICiospor donde la nariz olfatea nuestra de"ota.
Este hombre ha estrujado su risa
como un documento inútil frente a nosotros.
y ha unido sus dientespara silbarnos una confidencia,
una confidencia monstruosa que no podremos
acabar de oír. I

i 53II
r
Porque la soledad de un hombre es,
únicamente, su soledad,
y no puede partirla como un pan
en la mesade nuestro suplicio.
y no digáis que un hombre puede decir a nadie,
con toda la potestad de sus órganos,
estaspalabras de te"iblesimpleza:
"Estoy solo".
Porque todospasarán a su lado
y mirarán su cabello y su estornudo
y el sudario de su pañuelo desdeun aeródromo.
Porque nadie, absolutamente nadie,
podrá segaruna espiga en su soledad,
en su terrible soledad de hombre solo,

revolcándose,chapoteando,
en el obscurocaldo de sus humores.

I
!

54
Verano

Me iré de mañana
y buscaré un color lila sobre el campo
y me detendré bajo un árbol grande
a contarme,
hasta lograr sumas musicales,
los diez dedosde mis manos.
y miraré las hormigas royendo un zapato
mientras los saltamontes
fabrican, élitro por élitro,
el zumbido del día.

55
Los grandes gusanos

Nos affastramos.
¿Quién dice "esta multitud camina"?
Nos arrastramos.
Pesadamente nuestro hilo de baba,
la niebla de nuestro vaho en los mueblesy los espejos
y el tiempo espeso
llenando nuestrosórganos de viscosoalimento.
Llenando de maderas,de hojas podridas,
de cal y de palabras
el insaciable laberinto de nuestroshuesos.
Chupamos con infinitas ventosas
el color de las sillas y las sábanas
y la mugre de las sentinas
y la piel del hermano que dulcemente
reconoceel sonido de nuestrosórganos.
Nuestra boca se multiplica,
nuestros dientesse agrandan,
en el suplicio del paladar ante losfrutos.
A grandes dentelladas
desgranamosel color, las ventanas
y alzamos el olfato,
el terrible, el doloroso olfato, sobre los seres.
y conocemosa la mujer
por el apetito de nuestras células
y el esplendorde nuestra agonía.

56
Recado para un transeúnte

Antes de mirar por el ojo de una ceffadura


o de aspirar el olor a hombre escondido
que tiene el aire en un patio abandonado.
Antes de redondear una uña con tus dientes
o degustar el sabroso saborgástrico
que tienen tus encíasa la madrugada.
Antes de mirar el sol dorando la testade un convakciente.
Antes de todo esto,
ordena bien un grupo de minutos amargos
que subsistan más allá de tu vientre.
Entoncespodrás sorprender un brazo
al saludar a nadie desde el más claro sitio de una casa.
O encontrar a una mujer
en una ciudad populosa y desconocida
guiándote, únicamente,por el olor de susgestos
y la energía de suspezones.
Después hablaremos.
Algún día hablaremos de todo estoen una isla olvidada
donde los cocoterostienen un timbre, musical y doloroso,
como el de una anciana que acabade dar un paso enfalso
y escupesus miembros sobre raícespolvorientas.

57
Índice

Rostro en la soledad
por Gabriel García Márquez 3

Límite y resplandor 9
La casaentre los robles 10
Segunda estanciay un recuerdo 12
Ráfaga de humo 14
Santidad del héroe 15
Adán 17
Narciso incorruptible 20
Palabras para aventar en el olvido 22
El encuentro
(Diálogo de las tres agonías) 24
Aparición del mediodía 28
El extraño 30
El habitante destruido 31
Agonía del soldado 35

Los relatos en el umbral


Viento del huésped 39
Gue"ero entre la luz 41
Canción 42
La sombra lejana 43
Elegía 44
Reposo delgue"ero 45

La sombra inalcanzable
Miramos una estrella desdeel muro 49
Losflautistas cautivos 50
Criatura y estrella 52
Castigo y soledad 53
Verano 55
Los grandesgusanos 56
Recadopara un transeúnte 57

59
~
~
"3
~
I
-8
9
~

Héctor RojasHerazo. Poeta, pintor y nove-


lista. Nació en Tolú (Sucre) el12 de agosto
de 1921 y murió en Bogotá el11 de abril
del 2002. Su obra poética comprende: Ros-
tro en la soledad (1952), Tránsito de Caín
(1953), Desde la lnz preguntan por nosotros
(1956), Agresión de lasfonnas contra el ángel
(1961) y Las ,¡/ceras
deAdán (1995). Su obra
novelística conforma el tríptico La sagade
Cedrón: Respirandoel verano (1962), En no-
viembrellega el arzobispo (1967), ganadora
del Premio Esso de novela y Celia sepudre
(1985). Publicó también el libro de notas y
ensayos Señales y garabatos del habitante
(1976). Su obra periodística se reunió en
dos tomos en el 2003: Vigilia de laslámparas
y La magnitud de la ofrenda.
Recibió numerosos reconocimientos:
Medalla del Congreso de la República gra-
do de Comendador (1991), Cruz de Boya-
cá al mérito literario (1998), Medalla Gran
Orden del Ministerio de Cultura (1998),
Premio de Poesía José Asunción Silva
(1999). Doctor Honoris Causa de la Uni-
versidad de Cartagena (1977); las universi-
dades de Antioquia (1998) y Santo Tomás
(2000) exaltaron su labor.

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¡Elemento dichoso! ,
Espejo que tal vez atesora. lento. el aire. / \ j
Suave empuje de oro sobre el hombre y el día. '" > ¡ t
Nave¡as y mí s:~ c?nsume su !,lanta. s~ perfume. , ,;{:"
en el t~n.so equdibno de tu f!u~r. tu somdo ir (/.~ \'.1
y eseJlblo compás de tus movl!es bordes.
lAr! llorado. doblado en el olvido.
-
' l' r '!: \-~: ¡", "

'.
,
apenas en mi luto tu huella cenícíenta!
Tu asombro ínclinaba tu belleza
Y "ra el vuelo ante ti.
las hojas encendídas.
el fíno ardor del agua.
'/
ti '

) (
PO:'
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"1
(
' ~ I
1
*
i ~ \;;
,_:' Sobre lo que pasa. lo que nos mira y huye i~ '\ í
,:W inclinas tu tristeza adolescente. ) r
,. tu carne conse¡uida 1 "
\ Y duras. cálidamente duras. , ;- " ,.!
mientras Vibra la muerte sin herir tu hermosura. ), \ " ;;
~')~osotro~ de.ti, bajo t~ som~ra, .( ~ j v;
baJo tu fno aliento de mño mdenano.
'" a augurar en los pájaros. en la luz. en la noche. -~ '
,1 tu ímpasible vendimia de yelo Inacabable. .,/
." -( " 1r-1

~ Ay albor! mármoles seguros, " I " 1 '


' fiesta de lo concreto y duro. \, 1:- "

-de lo opuesto al morir, 1/


sentid ahora las hojas. '--
\ el fuego delicado de una rosa en el aire / '
Y el vuelo de esta mano '"
, obstinada en perse¡uir tu sonrisa
[. firmemente dibujada en la piedra. '"' \',
Si fuera, no más. la penumbra de tu candor. 1 '\
el pulso riguroso. \ '/
el Impasible recreo de tu sonrisa c.c'
sobre el cristal inconmovible. ~1
Miraríamos. entonces, la yerba, J, ,,;J
su fírme hambre terrestre ( ,(~' I}..~
Y la se¡Urídad de nuestros se¡ttidos !~;'
sin tu apetito indescifrable., '
Pero vives. reclamas, retornas cada die i ..
a mirarte, a mimr por nosotros // "
nuestra a~cill~ extasiada sobre el agua del mundo. .) , ',;
y puro, SI, lejano. l' \ r,'.
/' Narciso incorruptible. ,..
rostro inmarchíto. ::¡ ,!i'
norma del alba y de la noche. .í
~ perpetuamente ardíendo en la zarza
de un hechizado pensamiento.
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(-1) áfcc ~)"27Wt. ~ i
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