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I CONGRESO BINACIONAL DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

JÓVENES INVESTIGADORES

(Argentina-Chile)

SAN JUAN 2017

LA TERCERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y EL UMBRAL POSTPOLÍTICO DE LA CUARTA


DISCONTINUIDAD: TECNOLOGÍA Y CIBERSOCIEDAD EN EL SIGLO XXI

Línea temática: Estado, Sociedad, Poder y política.

Lic. Marco Germán MALLAMACI


(CONICET – UNSJ – UNC)
marcomallamaci@gmail.com / marcomallamaci@ffha.unsj.edu.ar

Palabras claves: Digitalización, Globalización, Política económica, Siglo XXI.


I Congreso Binacional de Investigación Científica, Argentina – Chile. 2017, San Juan.
Lic. Marco Germán MALLAMACI (CONICET – UNC – UNSJ)

Introducción
Sin pensamiento crítico, sin el espesor temporal que posibilita
el conocimiento, sin el sentido narrativo del logos
y sin la contingencia de la acción política,
solo hay esclavitud.

La revolución digital ya es parte del pasado, el siglo XXI se presenta como un horizonte en donde algo
ha cambiado profundamente para las sociedades. Las dimensiones político-económicas han sido
reconfiguradas por una nueva matriz de generación de conocimiento y procesamiento de información. Se
trata de algo comparable a lo que ocurrió con la constitución de las sociedades industriales; en aquel
momento, más allá del avance técnico de la máquina a vapor (primero) y la electricidad (posteriormente),
se conformó un proceso de convergencia para toda la cultura: la política, la guerra, la producción, la
economía, la educación, etc. fueron atravesadas por las pautas de la industria. En el fin del siglo XX la
convergencia fue hacia una red global de dispositivos y capacidades para procesar, generar y distribuir
datos, información y energía en forma ubicua sobre el conjunto de las actividades humanas (Cfr. Castells,
2001). El capitalismo global ha entrado en una etapa donde la reconfiguración de criterios y funciones
pareciera derivar en un horizonte de perplejidad e incertidumbre para el pensamiento político, las
estrategias sociales, los roles del Estado y los modos de comprender el poder.
El mundo contemporáneo es una formación histórica edificada sobre la Modernidad
eurocentrada, el capitalismo y la revolución industrial. A fines del siglo XVIII Gran Bretaña impulsó la
industria textil y el uso de la máquina a vapor, Occidente experimentó un salto productivo y el despliegue
de la cultura europea por el planeta generó la ampliación de los mercados y la conformación del comercio
mundial. A mediados del siglo XIX la avalancha de la segunda revolución industrial afianzó tanto la
onda expansiva del mercado mundial, como la estructura capitalista de producción planetaria: ferrocarril,
telégrafos, tendido de cables submarinos, comunicaciones inalámbricas, metalurgia, metalmecánica, etc.
Hacia el siglo XX las telecomunicaciones, la microelectrónica, la informática, y la digitalización abrieron
el camino a una tercera fase que deriva en el escenario contemporáneo. Desde fines del siglo XVIII el
planeta vive en una constante revolución industrial (Cfr. Ferrer, 2015). La última gran transformación
técnico-económica fue la digitalización social y la conformación de una nueva trama política que funciona
a través de la gran red de bits.
Las máquinas, los algoritmos, Big Data, Internet de las cosas, la programación de la economía
digital, etc. dibujan el mapa sociopolítico del capitalismo del siglo XXI. Las estructuras e instituciones
heredadas de las sociedades industriales ya no cumplen sus roles tradicionales; las reconfiguraciones
abren un signo de interrogación en torno a las estrategias políticas y a los modos del ejercicio del poder
en el próximo siglo. Las asimetrías del capitalismo, las desigualdades socioeconómicas y los problemas
ambientales son los tres ejes del sistema mundial construido la industrialización. Mientras muchos creen
en la fuerza emancipadora de la tecnología, como una especie de dispositivo universal que puede
solucionar todos los trastornos de la sociedad global, otros alertan de las nuevas catástrofes y algunos
planifican los reposicionamientos políticos para la segunda mitad del siglo XXI.

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I. Tercera Revolución Industrial


El sociólogo y economista Jeremy Rifkins ha trabajado en conceptualizar y en diagramar las
estrategias para la agenda político-económica del siglo XXI. Su diagnóstico se enfoca en la idea de que,
la convergencia entre las formas de generación de energía y la red informática es la clave para planificar
la política global del futuro. Se trata de lo que el autor denomina La Nueva Agenda Energética de la
Unión Europea para el Siglo XXI. El planteo es que, a lo largo de la historia, las sociedades transforman
en base a la convergencia de modos de producción energética y sistemas de comunicación1. Para Rifkins
se está abriendo una nueva etapa en la que el ocaso del petróleo deja su lugar a las energías renovables y
estas confluyen con la comunicación digitalizada en red. Las decisiones económicas y políticas de los
próximos cincuenta años están atravesadas por dos fenómenos fundamentales: por un lado, los problemas
climáticos y el paso de las energías fósiles a los sistemas renovables y por el otro, las nuevas formas
socioeconómicas construidas sobre la digitalización. La pregunta de Rifkins es ¿cómo se logra que la
economía global crezca durante el ocaso de un régimen energético?
En cada gran transformación socioeconómica de la historia los reajustes decisivos se
conformaron sobre la asociación entre un régimen energético y un régimen de comunicaciones. Las
primeras sociedades agrícolas2 logaron controlar el agua, gestionar las formas de cultivo y de
almacenamiento, mientras simultáneamente surgieron las primeras estructuras de escritura articulada.
Comunicación escrita y energía almacenada en forma de excedente de cereales marcaron el inicio de la
revolución agrícola. En la primera revolución industrial de la Modernidad la conjunción fue entre la
tecnología del vapor generado con carbón y la imprenta. Este modo de ordenar la historia permite ver
cómo se acompasan las diversas dimensiones culturales; la codificación antigua y la comunicación oral
implican un ritmo más pausado en la circulación social, mientras que el aumento de la velocidad, el flujo,
la densidad y la conectividad de las actividades económicas surgidas a raíz del motor de vapor es
absolutamente coherente con la potencia masiva de la imprenta. La siguiente convergencia que marca
Rifkins es la que se da durante las primeras décadas del siglo XX entre medios de telecomunicación
eléctricos (el telégrafo, el teléfono, la radio, el televisor, la máquina de escribir eléctrica, las calculadoras,
etc.), la introducción del petróleo y la aparición del motor de combustión interna. Hacia fines de los años
noventa se asiste a la segunda generación de medios eléctricos de telecomunicación, pero en su versión
digital: ordenadores personales, Internet, tecnología inalámbrica, etc. Este nuevo salto permite una
aceleración impensada a lo largo de la historia, surge la conexión de más de mil millones de personas a
la velocidad de la luz; una especie de sistema nervioso central de la sociedad global. Esta revolución
comunicacional coincide y se coordina con el ocaso del régimen energético basado en los fósiles y el
desarrollo de las nuevas energías renovable, lo cual abre la posibilidad para los primeros regímenes de
energía “descentralizada”.
Inmediatez, velocidad y energía renovable convergen en el esquema de las sociedades en red y
la descentralización. El planteo de Rifkins (Cfr. 2014) para pensar las estrategias político-económicas
del siglo XXI, es avanzar coherentemente con esta nueva revolución: esto significa utilizar los mismos
principios de diseño y las mismas tecnologías inteligentes que hicieron posible el desarrollo de Internet

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Cfr. con la obra de Harold Innis, quien ya había trabajado sobre una teoría del desarrollo social y la configuración del poder en base a los
sistemas de comunicación.
2
Mesopotamia, Egipto, China, India

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y la descentralización de la comunicación global, para reconfigurar las redes, de manera que las personas
puedan generar su propia energía renovable. De eso se trataría la tercera revolución industrial, de la
construcción de una nueva matriz económica basada en tres pilares fundamentales: la energía renovable,
la tecnología del almacenamiento y la red eléctrica inteligente.
Algunos autores nombran la nueva infraestructura global de la economía como un sistema
nervioso. Lo cual hace referencia a un sistema biológico complejo formado desde una matriz neuronal.
Se trata de un gesto teórico que linda con la negación de lo político. La acción política es lo que separa
a los humanos de la naturaleza desnuda y de la autoregulación neuronal. Pero cada una de las
convergencias que enumera Rifkins se tratan de procesos políticos conflictivos, que han dado forma a
sistemas sociales históricos. ¿No hay en la obnubilación tecnocrática una negación de la contingencia
política?
Las sociedades modernas del capitalismo avanzado, que comenzaron con la convergencia entre
la imprenta y la energía a vapor y derivaron en el sistema de telecomunicaciones eléctricas y el régimen
de energía fósil, no son otra cosa que procesos político-económicos: la conformación del sistema-mundo
moderno (Cfr. Wallerstein, 2005, 2011a, 2011b). Dicho sistema-mundo emerge de la expansión europea
y la configuración del sistema planetario interestatal, donde se conformó una división internacional de la
producción y a una estructura jerarquizada de poder geopolítico. Ciertos Estados lograron ubicarse en el
centro hegemónico del sistema productivo capitalista y otros debieron ocupar posiciones funcionales
periféricas, se trata de una dinámica que se reproduce en el tiempo y establece las condiciones de
posibilidades económicas para cada región. El marco geopolítico surge con el avance del homo
economicus, la industrialización y la expansión de las pautas gubernamentales del biopoder. El planteo
de una tercera revolución industrial tiene que ver con pensar que la nueva convergencia entre tecnología
digital y energías renovables permitirá pasar de dicho marco de referencias geopolíticas a una conciencia
de la biosfera (Cfr. Rifkins 2014). La propuesta de Rifkins pasa por concebir una economía global
análoga a un sistema nervioso, donde supuestamente la descentralización y la hipereficiencia de la
inteligencia artificial, conjugada con el avance del régimen de energías limpias, deriva en el
empoderamiento de los pueblos y una matriz social más justa y libre. ¿No se podría pensar que en realidad
la convergencia específica del siglo XXI nos enfrenta a un nuevo escenario político de conflictos, que
impulsan un reposicionamiento de la estructura económica? ¿O acaso habría que confiar en que la tercera
revolución industrial no tendrá ganadores y perdedores, sino simplemente una sociedad global
absolutamente igualitaria?

II. Cuarta Discontinuidad: homo digitalis, enjambre y cibereconomía


En el planteo de Rifkins, la llave que permite la entrada en un nuevo periodo económico es la
conjunción entre régimen energético y régimen de comunicaciones. El capitalismo del siglo XXI produce
dicha convergencia sobre el telar de la tecnología, la informática, la digitalización, las máquinas y el
desarrollo de la inteligencia artificial. El eje está en la relación humanidad-máquinas. La problemática
pasa por cómo entendemos el mundo artificial, sus funcionalidades y las condiciones de posibilidad que
de allí se plantean para las sociedades. Para conceptualizar este tema, el sociólogo Mazlish propone la
idea de la “cuarta discontinuidad”. El objetivo es hacer visible como a lo largo de la historia se han ido

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construyendo teorías que permiten romper ciertas discontinuidades conceptuales y formar epistemes
comunes que funcionan como matriz para lo social. Una dis-continuidad3 es un problema filosófico que
se desarrolla y monta un sistema de pensamiento.
La primera continuidad habría sido el problema del Ser de los físicos-filósofos griegos (siglo VI
a.C.). De allí surge el pensamiento metafísico, sobre el cual (luego) Platón y Aristóteles fundarían la
columna vertebral de la episteme occidental. La segunda continuidad aparece con la teoría de Darwin y
la concepción de una evolución coherente que une a los seres humanos y al reino animal en una sola
dinámica de mutación adaptativa. Luego con Freud se formulan las siguientes continuidades: la
explicación de lo primitivo, infantil y arcaico, que coexisten con lo “civilizado” y racional; y la relación
entre enfermedad y salud mental4. La tesis de Mazslish es que la humanidad ha llegado al umbral decisivo
para romper con una discontinuidad que no había sido (aun) problematizada en forma radical: la relación
entre los humanos y las máquinas. El planteo es que, por un lado, los humanos están acabando con la
discontinuidad porque ahora pueden percibir la propia evolución como algo inevitablemente entrelazado
con el uso de herramientas; las máquinas modernas serían la última extrapolación del proceso evolutivo
humano-artificial. Una sociedad sin herramientas y sin máquinas es inconcebible, aun cuando se limite
el problema a pensar un mundo pre-tecnológico, siempre aparece el utensilio y la prótesis como
herramientas5.
Si la dependencia humana de lo artificial había sido algo no del todo obvia, hoy el sistema social
tecnologizado hace evidente que ya no se puede pensar en un mundo sin máquinas. Este es el nudo
conceptual que marca el umbral de la cuarta discontinuidad, para Mazlish es el fundamento para llegar a
un acuerdo armonioso con el mundo industrializado. Por otro lado, Occidente (una sociedad impulsada
por máquinas) ha impuesto la industrialización mundial y con ello ha extendido su dominio sobre el
planeta. Para Mazlish dicha hegemonía occidental es deudora de las máquinas; con esto se está diciendo
que la revolución industrial eurocentrada y la explosión del dominio planetario, son parte del mismo
fenómeno: el despliegue de la cuarta dis-continuidad. La transformación económica que comenzó en
Europa y permitió su posicionamiento geopolítico termina dando forma a la condición de posibilidad de
la humanidad global: se trata del movimiento conceptual que permite que los seres humanos crucen la
frontera entre lo animal y lo mecánico: cruzar la cuarta dis-continuidad es comprender lo humano como
algo esencialmente artificial.
Dicho umbral está en el comienzo del siglo XXI; el desarrollo informático, los microchips, la
construcción de la red global de comunicaciones digitalizadas, la nanotecnología, la inteligencia artificial,
los algoritmos, etc. han construido un nuevo ciberespacio: el horizonte del homo digitalis. Dicho homo
digitalis es quien logra cruzar el umbral de la cuarta dis-continuidad. Tal como lo plantean Rifkins o
Ganteför, el problema sociopolítico del siglo XXI solo tiene un camino explorable, la tecnología. Ahora
bien, este panorama tecnocrático plantea un tema que muchos autores, enfocados exclusivamente en lo
económico, lo energético, lo ecológico y lo eficiente, no ven; el paso de la cuarta dis-continuidad es una

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El uso del guion (dis-continuidad) o de los términos continuidad y discontinuidad ponen de relieve los diversos estadios del fenómeno. El
planteo es que existen discontinuidades que son superadas conceptualmente en diversos momentos de la historia. Por ejemplo, la
discontinuidad teórica entre los humanos y los animales es superada con el trabajo de Darwin. Cuando se utiliza el guion (dis-continuidad) se
está haciendo referencia al umbral de paso de la discontinuidad a la continuidad epistémica.
4
Mazlish toma esta serie de dis-continuidades del pensamiento de Bruner.
5
Stiegler (2002) y Simondon (2007) han conceptualizado profundamente este tema avanzando desde donde Heidegger planeara el problema
de la técnica.

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posible entrada al enjambre. La cibernética, Internet de las cosas, la sociedad digitalizada en base a
algoritmos y la artificialidad programada dibujan el sueño de muchos tecnócratas: un mundo
hipereficiente, programado, calculable y absolutamente predecible. Cuando se piensa en la red global
como un sistema nervioso-neuronal (como lo hace Rifkins), se camina hacia la autoregulación de los
enjambres. Un enjambre es lo contrario a un mundo político; el enjambre tecnológico es la puerta hacia
la postpolítica.

III. La ecuación político-económica del siglo XXI: del sistema-mundo a la ciudad global

Cuando Rifkins propone el siglo XXI como un posible eclipse de un capitalismo que se
transforma en una economía de coste marginal cero y abre un nuevo paradigma social en base a la
convergencia de la tecnología digital y el régimen de energías renovables, permitiendo el apoderamiento
de los pueblos por medio de la descentralización de lo político-económico y la formación del gran sistema
nervioso global, se está frente a la utopía de la hipereficiencia tecnócrata. Pero esas revoluciones
económicas, a la que hace referencia Rifkins, como también cada uno de los procesos conceptuales que
marcaron las discontinuidades de las que habla Mazlish, no han sido otra cosa que configuraciones
políticas y entramados de poder. La nueva convergencia tecnológica del siglo XXI no trae consigo la
formación del sistema neuronal global limpio, eficiente y programable, sino un nuevo mapa de poder. Si
no fuese así, la humanidad estaría frente a la concreción distópica de una posthumanidad autómata6. Más
que una red nerviosa hiperconectada y autoregulada, la tercera revolución industrial y el umbral de la
cuarta dis-continuidad traen un horizonte de nuevos bloques hegemónicos. De hecho, el mismo Rifkins
plantea que la Unión Europea ya tiene los conocimientos científicos, tecnológicos y financieros
necesarios para encabezar la transición hacia una nueva era económica; con lo cual, al ser la primera en
comercializar los productos, se podría convertir en el líder del siglo XXI, lo que le daría una ventaja
comercial en la exportación hacia todo el mundo, de conocimientos y equipos tecnológicos (Cfr. Rifkins,
2011). De eso trata, de la formación del agón político del siglo XXI.

El nuevo mapa del poder no es una red neuronal que funciona como el sistema nervioso de una
sociedad global hipereficiente; la tecnocracia y la convergencia entre digitalización y energías limpias,
no traen el apoderamiento de los pueblos, ni la igualdad fraternal que proponían los pensadores de la
Revolución Francesa; en todo caso se trata del paso a una nueva pauta de poder. Lo específico de la
nueva configuración económica es el paso del marco geopolítico del sistema-mundo (Wallerstein) a la
red de circulación e hipermovilidad de las ciudades globales (Sassen).

Ciudad Global. El concepto de ciudad global intenta enfocar el borde donde se acoplan las
espacialidades tradicionales con la matriz de la globalidad (Cfr. Sassen, 2002). Se trata de la
conformación de una nueva temporalidad económica y de lógicas que escapan al modelo centrado
(exclusivamente) en las dinámicas interestatales. La información telemática, la telepresencia, la

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No es que Rifkins obvie el problema político-económico, (por el contrario) su trabajo pone el foco en el tema energético-tecnológico-
comunicacional como un fenómeno de poder; pero se plantea desde un juego teórico dual, donde si bien se analiza el capitalismo desde lo
económico, la solución tecnológica descentralizada del siglo XXI aparece como la puerta hacia la eficiencia de un sistema cuasi neurobiológico
que asegura un futuro más igualitario para los pueblos, pero a la vez (paradójicamente) se propone a Europa como el motor propulsor de dicha
transformación.

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indexación de datos, la desmaterialización del capitalismo y el avance de la lógica financiera construyen


una red interurbana que atraviesa el planeta y sobrepasa la capacidad de control de los Estados. Se
produce entonces una hipermovilidad de la información que domina el circuito de capitales. Con la
emergencia de la red cibernética y la jerarquización de las ciudades, los Estados, las regiones y el sistema-
mundo se reorganizan y cada ciudad se transforma en un nodo que se conecta con el globo.

El sistema de ciudades globales, interconectadas en el espacio cibernético, implican una nueva


dispersión geográfica de las actividades económicas, junto con la simultánea integración sistémica de
dichas actividades. Se forman así, centros transterritoriales constituido parcialmente en espacios
digitales, a través de transacciones económicas en la red de las ciudades globales. Estas redes, que se
forman como centros internacionales de negocios, constituyen nuevas geografías de la centralidad, en
espacios generados electrónicamente. A diferencia de lo que ocurre con el capitalismo clásico y su marco
de referencia geopolítica, el siglo XXI ya no se organiza económicamente sobre la matriz de centros y
periferias, sino sobre ejes hegemónicos de poder: o sea la red de ciudades globales7. Esta es la matriz del
siglo XXI y no la absoluta descentralización de la economía y el régimen energético. La nueva pauta del
poder está en entender cómo se integran las ciudades a la red global de hipermovilidad económica.

Homo digitalis. El cruce del umbral de la cuarta dis-continuidad de Mazlish y la convergencia


del nuevo régimen económico en términos de convergencia digital, toman forma en la figura del homo
digitalis. Hay una nueva matriz de producción de valores y un nuevo modo de controlar la sociedad. La
otra cara del paso del sistema-mundo a la red de ciudades globales es el paso de la sociedad de masas al
enjambre del homo digitalis. Las masas fueron la forma social fundamental del capitalismo avanzado del
siglo XX; pero con la transformación técnica derivada de los ordenadores digitales y las redes virtuales,
se construye una nueva matriz social: entonces, el enjambre digital marca la dinámica cibernética del
siglo XXI. Hoy los mecanismos cibernéticos del medio digital forman los modos de convivencia, si bien
algunos valoran la era digital como la puerta hacia un flujo simétrico de datos, donde la comunicación
participativa avanza sobre la pasividad de la sociedad de masas tradicional, en realidad se forma un
dispositivo de control más sutil y eficaz.

El enjambre digital es una red que consta de individuos y colectivos fugaces, pero no de masas
unificadas. El homo digitalis hereda de la sociedad de masas centrada en la pantalla televisiva el
convencimiento de que las imágenes tiene más vida que la gente real, las pantallas son más reales que la
calle. La pantalla es la interficie fundamental de la sociedad global del siglo XXI. La dinámica central
del enjambre cibernético está en el Big Brother digital que funciona en términos de Big Data, lo cual
conforma un dispositivo amable de control. La era digital, por medio de la interacción de programadores,
usuarios, servicios e indexación de datos, ha construido un panóptico digital. El Big Data permite hacer
pronósticos de comportamiento, extrae de los recorridos ciberespaciales los hábitos, gustos y formas
íntimas, pero sin utilizar ningún principio negativo, sino abriendo un espacio de juego espontáneo. El
concepto de enjambre se relaciona con la idea de un superorganismo autoregulado, donde los individuos

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Saskia Sassen describe detalladamente el funcionamiento de estas redes, mostrando cómo se producen nuevos ensamblajes socioeconómicos
de redes globales; por ejemplo, el eje Tokio-Frankfurt-New York. Su planteo no es que las ciudades globales surjan de la digitalización, en
todo caso la emergencia de la red económica desensamblada de los Estados tiene que ver con los emprendimientos financieros de las últimas
décadas del siglo XX

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no accionan desde el libre albedrío, sino que funcionan desde la sintaxis general del proceso operativo;
el modelo clásico es el de las abejas. Esta es la distopía de un futuro sin política.

La tercera revolución industrial como dispositivo de poder. La complejidad de las


sociedades digitales y la articulación entre la cuarta discontinuidad y el régimen tecnocrático de
comunicación y energías limpias abren dos problemáticas socioeconómicas. 1) El capitalismo digital del
siglo XXI produce un reensamblaje de dimensiones sobre la red de ciudades globales, se conforman
entonces nuevos ejes hegemónicos que resignifican la cartografía geopolítica heredada de la
omnipotencia de los Estados. 2) El funcionamiento de los espacios y tiempos cibernéticos son el tejido
del mundo contemporáneo, no se trata del futuro, sino de un presente donde una red de redes de
ordenadores organiza las dinámicas de la sociedad global. Se configura una economía capitalista basada
en la hipermovilidad.

Si se toman las perspectivas tecnócratas que confían ciegamente en un futuro de hipereficiencia


algorítmica, se abre la discusión sobre la mutación hacia algo que puede ser llamado “postpolítica”. Los
robots, las computadoras, Internet de las cosas y los algoritmos no necesitan descansar, no se equivocan,
no se toman vacaciones ni feriados y son más rápidos y eficientes que los humano; cuando las dinámicas
del sistema socioeconómico se configuran desde la automatización absoluta, se termina cruzando el
umbral de la cuarta dis-continuidad para entregar, al poder de las máquinas, el funcionamiento de lo
social. Los dispositivos de control digital son amables, invisibles y omnipotentes, todos miran, todos
controlan y todos desnudan sus deseos voluntariamente, sumergidos en la corriente de la emoción, la
motivación y la sensación de libertad absoluta. Pero cuando los algoritmos dominan lo social nada queda
de libertad; el deseo (la dimensión más compleja de los humanos), explotado por la programación
económica digital, termina siendo el talón de Aquiles del libre albedrío. La libertad es necesariamente
un concepto político; libertad, acción y política forman una trenza íntegra que se disuelve en el reino
algorítmico. La postpolítica de la sociedad digitalizada dibuja un horizonte de posthumanidad.

Por otro lado, se puede plantear que dicho análisis es solo un espejismo; el capitalismo del siglo
XXI no se configura como el reino hipereficiente de los algoritmos, sino como un nuevo ágora de poder
global. La configuración de sus dispositivos debe ser analizada sobre el cruce entre la red de ciudades
globales y el régimen tecnocrático de comunicación digital y energía renovable. Tal como lo entiende
Rifkins, el planeta está cruzando el umbral hacia una nueva pauta de convergencia entre energía y
comunicación. Y tal como lo entiende Mazlish la discontinuidad entre los humanos y las máquinas se
disuelve rápidamente. Ninguno de los dos escenarios prometen una sociedad donde se empoderen los
pueblos. En todo caso se puede perfilar un nuevo mapa de hegemonías y tensiones de dominio.
Comprender la cartografía de la sociedad digital, de la red de ciudades globales y de las pautas del nuevo
régimen energético-comunicacional, conforman la clave para pensar el rol de los Estados, los ciudadanos
y los gobiernos en la hipermovilidad capitalista del siglo XXI.

Los estudios de Rifkins despliegan un análisis detallado y apasionante del posible escenario final
del capitalismo. Si cada sociedad crea una imagen idealizada diferente del futuro (Cfr. Rifkins, 2010), la
Modernidad ha estado guiada por un Dios secular: la tecnología. Tal como lo entiende Rifkins, la
expansión y el fortalecimiento de dicha sociedad tecnoindustrial ha llegado a un punto de desarrollo en

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el cual es imposible no aceptar que, en los próximos cincuenta años se construirá un mundo sobre nuevas
formas de trabajo, nuevas formas de intercambio, de consumo y de movilidad. La transformación de las
dinámicas del trabajo y sus divisiones es inevitable, se abre un periodo de la historia en el que las
máquinas sustituyen, cada vez más, a los seres humanos en los procesos de fabricación, de venta, de
creación y suministro de servicios, etc. Rifkins propone pensar en la aparición de un sistema económico
nuevo: el procomún colaborativo. Se trata de la creación de una sociedad global más democrática y
sostenible. Allí plantea que hacia 2050 el capitalismo habrá dejado de reinar, pero seguirá prosperando
en una forma más racionalizada y organizada sobre una estructura procomún colaborativa mundial (Cfr.
Rifkins, 2010). Dicha transformación emerge de la infraestructura inteligente, la unión de las
comunicaciones, la energía y la logística en un único Internet que se extiende de una región a otra,
cruzando continentes y conectando las sociedades en una gran red neuronal mundial.

El siglo XXI de Rifkins supone la conexión entre todos los seres y todas las cosas, la Internet de
las cosas transformaría la historia de la humanidad creando una especie de familia extensa por primera
vez en la historia, ese es el salto hacia la Edad Colaborativa y la conciencia de la biosfera. Esta imagen
tecnócrata del futuro esconde el peligro de una posible sociedad postpolítica, el mundo neuroglobal de
Rifkins pierde de vista la matriz contingente del poder y nos enfrenta al riesgo de repetir los errores de la
Modernidad industrial (Cfr. Virilio, 1997). Así como la única alternativa para planear el siglo XXI está
en la tecnología, la única alternativa para pensar la acción social y sus funciones está en los
posicionamientos políticos. Galeano sostenía que el lugar de América Latina en la geopolítica moderna
se trata de una herencia doblemente trágica; por un lado, ser el sector perdedor en el capítulo del proceso
de concentración de capitales impidió que las periferias dieran el salto hacia la acumulación originaria y
por el otro, afrontar la necesidad de compensar el atraso en un mundo ya industrializado impuso una
carrera siempre asimétrica. El siglo XXI abre un nuevo mapa de posibilidades; como propone Rifkins,
algunas regiones ya han tomado el mando y se perfilan hacia la nueva concentración de capitales en la
sociedad digitalizada. Este es el jeroglífico del poder, cómo participar y cómo posicionarse ante la
economía digitalizada y su red de dispositivos en el mapa de ciudades globales.

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