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Aunque trata sobre el juicio a la Manada, la obra se llama Jauría.

El más mediático y
publicitado caso de los últimos años se convierte en manos de Jordi Casanovas y Miguel
del Arco en una especie de 12 hombres sin piedad donde los espectadores nos convertimos
en el jurado. A partir de una selección de los testimonios extraídos de las actas del juicio
contra los cinco hombres acusados de violar a una mujer durante San Fermín, el teatro se
convierte en una sala judicial donde todo depende de la credibilidad de lo que se dice, de
cómo se dice, de quién lo dice y, claro está, de nuestra receptividad a lo que se dice.

Casanovas y Arco ajustan al máximo posible el lema de que “lo personal es político”.
Usualmente se interpreta como un pasaporte a la tendenciosidad partidista. Sin embargo,
los dramaturgos lo hacen suyo como una variante de que todo lo que nos pasa a título
individual tiene un marco social. Y unas consecuencias que nos atañen por el simple hecho
de que estamos conectados en la red de lo humano. Lo que sucedió en un portal
pamplonés entre cinco sevillanos y una madrileña es algo que interpela a todo el mundo en
cualquier sitio.

¿Y qué sucedió? Al fin y al cabo una sala judicial es algo muy parecido a una
representación teatral donde cada una de los personas intervinientes representa un papel.
La tarea de los jueces es tan problemática porque tras los simulacros han de descubrir la
verdad cuando muchas veces debajo de las máscaras no hay nada. U otras máscaras.

En la primera escena escuchamos las versiones de los cinco acusados. Nos repele su
vulgaridad pero parecen sinceros. En sus manos la mujer que los acusa de violación
parece una marioneta pero no es menos creíble. Cabe la duda pero ¿una duda razonable?
Casanovas y Arco no cargan las tintas contra los acusados pero sí, en la segunda escena,
contra los abogados de la defensa a los que acusan implícitamente de haberse comportado
como una manada con togas. Esta es la única objeción (forma parte del derecho a la
defensa tratar de poner en evidencia las posibles incoherencias del acusador) que se le
puede poner a una versión que trata por todos los medios de convertirse en un linchamiento
a unos tipos que, mereciendo la repulsa social, les sigue asistiendo el derecho no solo a un
juicio justo, propio de un Estado de Derecho, sino también a que se les escuche en un
teatro, propio de una sociedad civilizada. Incluso Medea, Creonte, Macbeth y Shylock tenían
sus razones para hacer lo que hicieron.

El elenco actoral es prodigioso. María Hervás viene de interpretar un personaje tan


desmesurado como el de Iphigenia en Vallecas y aquí vuelve a ser desgarradora haciendo
esta vez de una mujer frágil y sobrepasada por los acontecimientos pero que aún así planta
cara con entereza y convencimiento. Fran Cantos, Ignacio Mateos, Álex García, Martiño
Rivas y Raúl Prieto se multiplican para transformarse en acentos y gestos de zoquetes
sevillanos a la búsqueda de un polvo fácil en inquisidores que tratan de desequilibrar la
credibilidad de la víctima, hasta devenir unos peripatéticos jueces debatiendo sobre la
indeterminación empírica de unos vídeos y la interpretación más o menos plausible de las
leyes. Afuera se escuchan las voces de las manifestaciones que presionaban desde la
indignación justiciera para que se cambiaran las leyes.

Como en el caso de la serie American Crime Story: The People v. O.j. Simpson, Jauría se
sostiene sobre unos brillantes mecanismos de dramaturgia que le permitirá sobrevalorar el
momento histórico para representar el modelo del descubrimiento de la verdad judicial y que
la hacer ser eléctrica, absorbente y misteriosa. Tanto por la calidad de la obra como por la
actualidad de la temática, Jauría es la obra del año. Pero solo habrá surtido real efecto si el
espectador no sale con la duda de si no forma parte él mismo, en algún sentido y en alguna
medida, también parte de la jauría.