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Los Cuarzos y la electrónica

Aún no hace mucho tiempo que los relojes hacían tic-tac, le dábamos cuerda y teníamos
que corregir constantemente sus errores horarios. Hoy, son silenciosos, muy precisos y
funcionan con pilas que duran años. De la misma forma, otros numerosos dispositivos
electrónicos han evolucionado en precisión gracias a un componente sin igual: el cristal de
cuarzo.

El cuarzo es un mineral muy común, de hecho forma parte del granito, que como sabemos
es una roca muy utilizada en la construcción. Tiene una curiosa propiedad llamada “piezo-
electricidad”: si se presionan las dos caras de un cristal de cuarzo, obtendremos entre ellas
un voltaje eléctrico. Pero, este efecto es reversible, ya que si aplicamos un voltaje eléctrico
con la misma polaridad entre ambas caras, el cristal se comprime de la misma forma que si
lo hubiésemos presionado físicamente. Si alternamos la polaridad, el cristal vibrará
(comprimiéndose y expandiéndose) al ritmo de la frecuencia del voltaje aplicado, y si esa
frecuencia es similar a la de vibración natural del cristal, entonces entrará en lo que se
llama “resonancia”, momento en el cual alcanza su máxima intensidad de vibración.

Por tanto, un cristal de cuarzo es capaz de convertir una fuerza mecánica en una energía
eléctrica, y al revés, una energía eléctrica en una fuerza mecánica. El fenómeno
piezoeléctrico es una propiedad de los cristales cuya red cristalina no es simétrica; además
del cuarzo, también lo poseen la turmalina y la sal de Rochela.

Tal propiedad ha sido aprovechada en el diseño de numerosos circuitos que utilizamos en


nuestra vida cotidiana: este componente es el “corazón” del sintonizador de nuestro
televisor, del aparato de video, del receptor de radio, del teléfono móvil, del reloj de
pulsera, incluso del mechero; y como no, de nuestro idolatrado ordenador. De hecho,
nuestro ordenador puede compartir varios “corazones” de cuarzo, el del microprocesador y
sus periféricos (impresora, escaner…), todos ellos latiendo sincronizadamente para que no
se produzcan atropellos ni atascos en las autopistas electrónicas por donde tienen que
circular los bits.

El número de “latidos” de un cristal de cuarzo depende del tipo de circuito: en un reloj de


pulsera suele vibrar a 32.768 hz, es decir, vibra 32.768 veces en un segundo. Dado que este
valor es múltiplo de 2, puede ser introducido en un divisor electrónico, y tras consecutivas
subdivisiones convertirlo en un único latido por segundo, que una vez aplicado a un servo
hará avanzar con gran precisión la manecilla del segundero, o mostrar los dígitos (en el
caso de un reloj con visualizador digital). Si tomamos como ejemplo un sintonizador de
radio de FM, su cristal de cuarzo puede oscilar a varios millones de ciclos por segundo; esa
señal introducida en un circuito resonante variable, permitirá situarnos sobre la frecuencia
de la emisora que nos interesa recibir.

En algunas otras aplicaciones, es suficiente con un solo ciclo de presión, ejemplo de nuestro
mechero de cocina, de bolsillo, o del encendido de algunos calentadores de gas, los cuales
funcionan “golpeando” bruscamente la superficie de un cristal mediante un percutor o
martillo.

Los cristales de cuarzo utilizados en los circuitos pueden llegar a ser del tamaño de una
cabeza de cerilla. Pero, este factor tiene una limitación, ya que la cantidad de superficie
cristalina es un parámetro directamente relacionado con su frecuencia fundamental de
vibración. Además, por cuestiones técnicas, en ocasiones no conviene que los cristales
vibren a frecuencias demasiado elevadas.

Sin embargo, estas limitaciones físicas pueden ser salvadas eléctricamente, gracias a que un
cristal de cuarzo no vibra solo en un sentido, pues lo hace longitudinalmente,
transversalmente, y en modo flexor (curvándose o arqueándose), esto significa que además
de resonar en una frecuencia fundamental determinada, también lo hace en múltiples
frecuencias armónicas, llamadas también “sobretonos”. Por ejemplo, si quisiéramos
seleccionar un cristal para pilotar un sintonizador de FM que trabajara en una frecuencia
fija de 100 Mhz, podríamos utilizar uno que vibrara a 100 Mhz (frecuencia fundamental), a
50 Mhz (primer sobretono), a 25 Mhz (segundo sobretono), o a 12,5 Mhz (tercer
sobretono), etc. Lógicamente, cuanto más alejado esté el sobretono de la frecuencia
fundamental, más débil será la señal entregada, lo que en electrónica se denomina “pérdida
de factor Q” (o pérdida de calidad).

La construcción de un cristal de cuarzo resulta curiosa: primero se corta una lámina


(normalmente de forma circular) de sección aproximada a la frecuencia de resonancia
fundamental que se desea obtener. Como es técnicamente imposible conseguir la frecuencia
exacta durante el corte, es necesario esmerilarla con máquinas muy precisas. Seguidamente,
se pulveriza y hornea en ambas caras unas finas películas metálicas de solución de plata, o
también mediante evaporación de oro, plata o aluminio, con objeto de disponer de dos
superficies de contacto (los electrodos). Mediante una soldadura de bajo punto de fusión, se
conectan a las superficies metálicas dos alambres conductores. El punto donde se sueldan
los alambres debe ser elegido cuidadosamente, y tiene que ser forzosamente en un punto
llamado “nodal”, es decir, donde el cristal no produzca vibración, pues en caso contrario el
alambre amortiguará la resonancia y dejará de vibrar, de la misma forma que una
campanilla se ahogaría si la tocamos con la mano cuando está sonando. Finalmente, el
cristal es encapsulado en una caja herméticamente cerrada, de vidrio, metálica u otro
material adecuado.

Antes de su comercialización, al cristal se le hace vibrar durante unas horas para que
envejezca y se estabilice, igual que sucede en fábrica con el rodaje de los motores de los
automóviles.
Hoy en día los equipos electrónicos ya montan resonadores cerámicos, similares a los
cristales de cuarzo, pero construidos con diversos materiales con propiedades
piezoeléctricas.

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