Está en la página 1de 209

M UI '_ A =D IE r

M 1!»|Λ- i. . J 1. X

JOHN C.H. LAUGHLIN

LA ARQUEOLOGÍA
Y LA BIBLIA
Crítica Arqueología

ns grandes e.vcava- ricas. No otra es la inten­


L ciones arqueológi­
cas que s<» realizaron en
ción de John C. H.
Laughlin con este libro en
Palesttn;! y zonas lim í­ el que nos ofrece un inte­
trofes durante el siglo resante panorama de la
XIX y p¡ n.cipios del XX historia métodos e impli­
desvelaron la e x p e n d a caciones de los descubri­
de un inmenso tesoro Je mientos arqueológicos lle­
conocimientos sobre cul­ vados a caí.o en el Pró­
turas oh l iadas tanto del ximo Oriente durante los
mundo prehfblico como últimos 150 años y nos
de! bíblico. Pronto se muestra, a lo largo de un
multiplicarían las exca­ fascinante recorrido que
vad, nos y uc .cubrimientos y nace­ va desde las chozas neolític. hasta las
ría lo qiv dio en llamarse «Arqueolo­ ruinas de Israel y Judá. cómo las herra­
gía bíblica». Dísde entonces, se popu­ mientas de la arqueología nos pro-
larizó la idea di; que i«*n hallazgos poicionan el «retrato» de la sociedad
arqueológicos habían confirmado d>; la que emanó el Antiguo Testa­
muchas de las afirmaciones históricas mento. «Esta disciplina -n o s dice el
it i: .íiblia porque ciertos arqueólo­ profesor Laughlin- nunca ha probado
gos H.'.zaron la interpretación de los ni probará la “verdad” de la Biblia, si
d¿t< arqueológici para hacerlos por ello entendemos probar la veraci­
coincidir con el reíalo bíblico. Sin dad de las interpretaciones teológicas
embargo, la visión actual de la mayo­ (jue los escritores bíblicos hic.eron de
ría de los arqueólogos es que la Biblia su propia historia». Lo que le intere­
no puede ser aceptada acríticamente sa al autor es más modesto, pero
<.· πιο un relato (histórico- del anti- mucho más interesante: desplegar ante
"ii Israel, sino como una m erpreta- nuestros ojos los vestigios de un pa­
I ión. través de lente teológica· e sado que nos habla de hombres y
incluso mitológicas, de lo que los mujeres de carne y hueso, de cómo
arqueólogos han interpretado. a su vez, vivían en sociedad, de su art i. y de su
a través Je lentes científicas e histó­ cultura.

T ohn C. H. ! .dHghlin es profesor u ‘el Dan y Cafamaum. Ha publicado


J Religión y près; lente del Dep; . úi- diversas obras ■-obre la arqueología del
m c.ru de Religión del A\ crett Colle Próximo Oriente y sobre la Biblia.
ge. Tomó parte en las excavaciones de
JOHN C. H. LAUGHLIN

LA ARQUEOLOGÍA
Y LA BIBLIA

Traducción castellan a de
Y O LA N D A M ONTES

CRÍTICA
BARCELONA
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las
sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de
ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

Título original:
Archaeology and the Bible

Cubierta: Joan Batalle


Fotocomposición: Fotocomp/4, S.A.
& 2000: Routlcdge, miembro de Taylor & Francis Group
€> 2001 de la presente edición castellana para España y América:
E d i t o r i a l C r í t i c a , S . L . , Provença, 260, 08008 Barcelona
ISBN: 84-8432-162-2
Depósito legal: B. 3.598-2001
Impreso en España
2001. - HUROPE, S.A., Recaredo, 2, 08005 Barcelona
LISTA DE A BREVIATURAS

AAI The A rc hae logy o f A ncient Israel, A. Ben-Tor, ed., Yale University Press,
New Haven, 1992
AAIPP The Architecture o f Ancient Israel from the Prehistoric to the Persian
Periods, A. Kempinski y R. Reich, eds., Israel Exploration Society, Jeru­
salem 1992
ABD The Anchor Bible D ictionary, 6 vols., David Noel Freedman, ed., Dou­
bleday, Nueva York, 1992
ABI Archaeology and Biblical Interpretation, L. G. Perdue, L. E. Tombs y
G. Johnson, eds., Scholars Press, Atlanta, 1987
AJR Ancient Jerusalem Revealed, H. Gcvc, ed., Israel Exploration Society, Je­
rusalén, 1994
ANET A ncient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament, James Prit­
chard, éd., Princeton University Press, Princeton, 1969
ASHL The Arehaelogy o f Society in the Holy Land, T. E. Levy, ed., Facts on
File, Nueva York, 1995
HA Biblical Archaeologist
BAR Biblical Archaeology Review
BA Reader Biblical Archaeologist Reader
BASOR Bulletin o f the Am erican Schools o f Oriental Research
BAT Biblical Archaeology Today, Proceedings o f the International Congress-
on Biblical Archaeology, Jerusalén, 1984, Janet Amitai, ed., Israel Explo­
ration Society, Jerusalén, 1985
BAT 90 Biblical Arehaelogy Today, 1990, Proceedings o f the Second Interna­
tional Congress on Biblical Archaeology, Jerusalén, 1990, A. Biran y
J. Aviram, eds., Israel Exploration Society, Jerusalén, 1993
BTC Benchm arks in Time and Culture, J. F. Drinkard, Jr., G. L. Mattingly y
J. M. Miller, eds., Scholars Press, Atlanta, 1998
CAH The Cambridge Ancient History, I. Edwards et al., eds., Cambridge Uni­
versity Press, Nueva York, 1971, 1973, 1975
EA El Armarna letters
EAEHL The Encyclopedia o f Archaeological Excavations in the Holy Land.
4 vols., M. Avi-Yonah y E. Stern, eds., Israel Exploration Society and
Massada Press, Jerusalén, 1977
LA A R Q U E O L O G IA Y LA B IB L IA

FNM From Nomadism to Monarchy: Archaeological and H istorical Aspects o f


Early Israel, 1. Finkelstein y N. Na’aman, eds., Israel Exploration So­
ciety. Jerusalcn, 1994
HBD Harper's Bible Dictionary, P. J. Achtemeier, ed., Harper and Row, San
Francisco, 1985
HNHAP The Hyksos: New Historical and Archaeological Perspectives, E. D. Oren,
éd.. University of Pennsylvania Museum, Filadelfia, 1997
IEJ Israel Exploration Journal
JBL Journal o f Biblical Literature
NDT The Nile Delta in Transition 4th-3rd M illennium BC, E. C. M. vanden
Brink, ed., Edwin C. M. van den Brink, Tel Aviv, 1992
NEA Near Eastern Archaeology (antes Biblical A rchaeologist; primera edi­
ción, 61, n.° I, 1998
NEAEH L The New Encyclopedia o f Archaeological Excavations in the Holy Land,
4 vols., Ephraim Stern, ed., Simon & Schuster, Jerusalén, 1993
O EANE The Oxford Encyclopedia o f Archaeology in the Near East, 5 vols., Eric
M. Meyers, ed., Oxford University Press, Nueva York, 1997
PBIA Palestine in the Bronze anil Iron Ages: Papers in H onour o f Olga Tujhell,
J. A. Tubb, ed.. Institute of Archaeology, Londres, 1985
PEQ Palestine Exploration Quarterly
REI Recent Excavations in Israel: Studies in Iron Age Archaeology, S. Gitin y
W. G. Dever, eds., Eisenbrauns, Winona Lake, 1994
WLS The World o f the Lord Shall Go Forth: Essays in H onor o f D avid Noel
Freedman in Celebration o f his Sixtieth Birthday, C. L. Meyers y
M. O ’Connor, eds., Eisenbrauns, Winona Lake, 1983
ZA W Zeitsclirift fiir die alttestamentliche Wissenschaft
1. IN TRO DU CCION : LA A RQ U EO LO G IA
Y LA BIBLIA

El presente libro se ocupa de la arqueología de cam p o tal y co m o se prac­


tica en el O riente P róxim o, particularm ente en el m oderno estado de Israel, y
de sus im p licacion es a la hora de leer y com prender la B iblia. N o está d irigi­
do a arq u eólogos y /o esp ecialistas b íb licos. Está escrito para a q u ellos que
sim p lem en te inician un estu dio serio de este com p lejo tema. En co n se cu en ­
cia, he intentado reducir las notas al m ínim o y al m ism o tiem po proporcionar
su ficien tes recursos en la b ibliografía para posibilitar un estudio posterior y
más técn ico a cualquier lector interesado. D ado su form ato e in tención , este
p equeño volum en no es m ás que una introducción general a un cam p o muy
am plio sobre el que se han escrito m iles de artículos y libros, m uchos de ello s
bastante técn ico s y d irigidos a esp ecialistas.
A sí pues, debo com enzar con una advertencia. Fue A lexan d er P ope quien
dijo « lo s n ecios se precipitan donde los án geles tem en pisar» {A n E s s a y on
C ritic ism , 1.625). Con el d eb ido respeto, por lo que atañe a este libro, me
apresuraría a parafrasearle y decir: «L os n ecio s escriben libros sobre tem as
con los que los án geles no se atreverían». D ig o esto porque las cu estio n es, los
estu d ios esp ecia liza d o s, las preguntas, controversias, m étodos, co n clu sio n es,
así co m o las p u b licacion es sobre el tem a de la arq u eología y la B ib lia son tan
num erosas y com p lejas que nadie hoy puede esperar controlarlas todas. Por
e s o el título «La arq u eología y la B iblia» es tan audaz co m o intim idatorio;
tan esperanzador co m o sin duda in com pleto.
A pesar de todo el trabajo a rq u eológico que se lleva a cab o hoy en el
m undo, ningu no atrae tanto la atención co m o el que se con sid era a so cia d o
de algún m odo con la B iblia. Es bastante com ún ver titulares en los p erió ­
d ico s sobre recien tes d escu b rim ien tos en Israel (o en un país v ec in o ) que
se cree están relacionad os con la B ib lia (D a v id so n , 1996). La portada de la
revista Tim e del 18 de diciem bre de 1995 dice: «¿Es la B ib lia realidad o f ic ­
ción ? L os arq u eólogos en Tierra Santa están vertiendo nueva luz sobre
lo que ocurrió — y no ocurrió— en la m ás grande historia jam ás contada»
(cf. el tem a de portada, «La ciudad de D io s -3 .0 0 0 años de Jerusalén: donde
10 LA A R Q U E O L O G ÍA Y L A B IB L IA

D avid reinó, Jesús en se ñ ó y M ah om a ascen d ió al c ie lo » d e la m ism a fech a


en U S N e w s & W orld R e p o rt).
A sí, el propósito de este libro será el de proporcionar al estudiante intere­
sado y serio una breve panorám ica de la historia, m étodos e im p lica cio n es de
los d escub rim ientos e investigación arq u eológicos que han sid o llevad os a
cabo en el O riente P róxim o durante los ú ltim os 150 años aproxim adam ente.
Pero es p reciso com prender que la in vestigación arq u eológica no se detiene,'
y cualquier valoración actual de la situación se queda anticuada in clu so antes
de que el m anuscrito lle g u e a publicarse. Sin em bargo, es de esperar que
sea de algún valor el detenerse el tiem po su ficien te para encontrar nuestros
propios p asos antes de continuar el cam in o. Este volu m en, al m en os es mi in­
ten ción , es esa parada. L o m ejor que puedo esperar es que la inform ación
aportada por este libro, aunque in com pleta en m uchos a sp ectos, sea al m enos
clara y precisa; un indicador hacia la d irección correcta para cualquiera que
esté interesado en el tem a de una form a seria. M i principal ob jetivo será la
cu estión de cóm o interrelacionar del m ejor m odo los datos co n o cid o s en el
m om ento presente por m ed io del d escub rim iento arq u eológico con el m undo
y el texto de la B ib lia hebrea, com ú nm en te llam ada A ntigu o Testam ento.
2. UNA B REV E HISTORIA

P alestina: D onde p ro b ab lem en te se han c o m e tid o


m ás pecados en nom bre de la arq u eo lo g ía que en c u a l­
q u ier p orción equivalente de la faz de la tierra.

S ir M o r t im e r W heeler , 1956

Tal y co m o ocurre siem pre que se intenta escribir la historia d e un tem a


co m p lejo, es d ifícil saber por dónde em pezar. A unque podría argum entarse,
y con razón, que la arqueología m oderna co m en zó en Israel con sir Flinders
Petrie en Tell el-H esi en 1890 (Callaw ay, 1980a), el interés del publico acerca
del Oriente P róxim o A n tigu o se despertó m ucho antes. Este interés se debía
en gran m edida a tres exploradores y aventureros.

H o rm uzd R assa m (1 8 2 6 -1 9 1 0 )

En la noch e del 2 0 de d iciem bre de 1853, H. R assam , un cristiano caldeo


aso cia d o con el in glés Layard, co m en zó a excavar en secreto en una parte del
m ontícu lo correspondiente a la antigua N ín ive (hoy en Iraq) asignada al fran­
c és por sir Henry R aw lin son, un funcionario pionero en descifrar el cu n ei­
form e. D o s n och es desp ués R assam entró en lo que resultó ser la b ib lioteca
del p alacio del rey asirio Ashurbanipal (6 6 8 -6 2 6 a.C.). R assam recibió lo s ata­
ques tanto de fran ceses com o de británicos, pero finalm ente m iles de tablillas
fueron a parar al M u seo B ritánico (R assam , 1897, pp. 23 y ss.; L loyd, 1955,
pp. 166 ss). C om o R assam exp resó de m odo áspero: «Porque era norm a esta ­
b lecid a que, siem pre que algu ien descubriera un n uevo p alacio, nadie más
p odía interferir, así, en mi p osición co m o agente del M u seo B ritánico, y o lo
había hallado para Inglaterra» (1 8 9 7 , 2 6 ).
U n os d iecin u eve años m ás tarde, en 1872, G eorge Sm ith, un p recoz jo v en
que tenía un profundo interés en lo que se descubría en el O riente P róxim o,
co n sig u ió una plaza en el M u seo B ritánico. Sm ith adquirió la habilidad de
12 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

leer el texto cuneiforme de las tablillas y se le asignó la tarea de la clasifica­


ción y recom posición de los fragmentos. Lo que ocurrió después es el sueño
de todo estudioso.1 Descubrió una historia no bíblica del diluvio acerca de un
barco que fue a detenerse sobre las montañas de Nizir y el envío posterior de
una paloma que regresó al no poder encontrar un lugar sobre el que posarse.
Cuando Smith informó de su descubrimiento en una com unicación leída en la
Sociedad de Arqueología Bíblica el 3 de diciembre de 1872, «causó una con­
siderable sensación» (Lloyd, 1955, p. 179).
A medida que su descubrimiento se iba difundiendo, los estudiosos bíbli­
cos, en particular, se concienciaban de que la Biblia pertenecía a un contexto
histórico mucho más amplio de lo que hasta entonces se había sospechado.
Así, em pezó a emerger una conciencia de lo que los descubrimientos arqueo­
lógicos podían hacer por los estudios bíblicos, y com o un arqueólogo afirmó,
«El saber bíblico ... dijo a la arqueología lo que M oisés a Jobab, “vente con
nosotros y te trataremos b ien ...” (Núm. 10,29)» (Callaway, 1961, p. 156).
Este descubrimiento de Rassam y su ulterior publicación por Smith, junto
a muchos otros descubrimientos de Mesopotamia, inscripciones en especial,
alertaron del hecho de que culturas olvidadas tanto del mundo prebíblico
com o del bíblico yacían enterradas en ruinas (llamadas tells, que son mon­
tículos artificiales) por todo el Oriente Próximo. Pronto se multiplicarían las
excavaciones y descubrimientos y nacería la «arqueología bíblica».2

H knry L ayard (1817-1894)

Uno de los más fam osos de estos «arqueólogos», que representa lo mejor
y lo peor de estos primeros tiempos, fue Henry Layard. Era resuelto, bien
educado, ingenioso, y muy experto en tratar con los habitantes del Oriente
Próximo, especialm eníe los árabes. Pero, por lo que se refiere a su faceta más
negativa, era poco más que un cazador de tesoros que no llegó a apreciar la
complejidad de un yacimiento antiguo.

Layard excavaba como por instinto, ignorante por completo de las com ple­
jas estructuras de los montículos, siempre en busca de monumentos pétreos y
sólo recuperando de los pequeños descubrimientos los más obvios y espectacu­
lares. Donde las esculturas de piedra revestían muros de ladrillos de barro él era
capaz de poner las estructuras sobre un plano. Cuando sólo el ladrillo de barro
y sus escom bros sobrevivían él se desconcertaba (Moorey, 1991, pp. 8-9).

Layard estaba especialmente interesado en excavar en Nínive. Obtuvo el


respaldo oficial para excavar en este yacimiento en 1846, y recibió la ayuda de
Rassam. A sí se preparó el escenario para la posterior aventura nocturna de 1853.
UNA BREV E H ISTO RIA 13

E dw ard R o b in so n (1794-1863)

Mientras la caza de tesoros continuaba de forma constante en Asiría, m o­


tivada por lo que W. K. Loftus describió com o «un deseo nervioso por encon­
trar grandes e importantes piezas de museo con el menor gasto de tiempo y
de dinero» (citado en Lloyd, 1955, p. 161), E. Robinson revolucionó el cono­
cimiento de la topografía de Palestina. Hombre de gran formación, especia­
lizado tanto en estudios de matemáticas com o bíblicos, Robinson hizo dos
largos viajes a Palestina, primero en 1838 y de nuevo en 1852.' Robinson
contó en sus viajes con la compañía de uno de sus antiguos alumnos, Eli
Smith, que había ido a Beirut com o misionero y hablaba árabe de forma flui­
da. Esta última cualificación de Smith resultó ser de valor inestimable, dado
que en esa época la mayoría de la población de Palestina era árabe, y se de­
mostraría que la clave para la identificación geográfica de los em plazam ien­
tos bíblicos antiguos eran los nombres de los lugares en árabe moderno.
Robinson no era arqueólogo, pero sin sus logros los especialistas posterio­
res lo habrían tenido más difícil para identificar los emplazamientos antiguos.
Durante sus dos visitas, siempre viajando a caballo, identificó correctamente
más de cien de ellos. Tan concienzudo fue su trabajo que un topógrafo suizo
contemporáneo dijo de él: «Los trabajos de Robinson y Smith por sí solos su­
peran el total de las contribuciones previas a la geografía palestina desde los
tiempos de Eusebio y Jerónimo hasta los inicios del siglo x ix » .J

S ir F i .i n d h r s P h t r i i -; (1853-1942)

Sin embargo el honor de ser considerado «padre de la arqueología palesti­


na» recae en sir Flinders Petrie (Callaway, 1980a). Sin tener una formación
regular, Petrie fue uno de esos individuos extraordinarios que a causa de su
personalidad, inteligencia, oportunidad y determinación dejaron una huella
indeleble en la emergente disciplina de la arqueología. Calificado com o «ge­
nio» por W. F. Albright (1949, p. 29), Petrie introdujo en las técnicas de cam ­
po arqueológicas dos de sus más importantes conceptos: tipología cerámica y
estratificación. Hasta entonces, la mayoría de las dataciones se hacían a partir
de inscripciones. En consecuencia, se prestaba poca o ninguna atención a los
restos pequeños, difíciles de describir, y ésta era la realidad de miles de frag­
mentos de cerámica sin pintar hallados en un típico yacimiento de Israel o en
cualquier otro lugar de Oriente Próximo.
Petric llegó a Tell el-H esi (que erróneamente identificó con el em plaza­
miento bíblico de Lachish) en 1890, tras haberse forjado una reputación
14 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

com o egiptólogo. R econoció que todos los pequeños objetos encontrados en


los escom bros de un yacimiento podían asociarse con un periodo de su ocu­
pación. La clave estaba en la datación de los fragmentos cerámicos: «Pri­
mero, establecem os la cerámica de una región, y la clave para toda futura
exploración está en nuestras manos» (Petrie, 1891, Ρ· 40).
Petrie también reconoció, aunque lo comprendió escasamente, que un tel!
estaba com puesto de diferentes capas o estratos de ocupación. Parecía haber
imaginado estos estratos com o una especie de pastel de varios pisos bien co ­
cinado: cada una de sus capas sería uniforme en tamaño y forma y claramente
distinta de todas las restantes. A sí creó un sistema que llamó «datación por
secuencias» (figura 2.1), que en realidad no fue un método que le permitiera
datar de forma absoluta todos los objetos que halló. Más bien le permitió cla­
sificar sus materiales en lo que él creía que eran grupos naturales, separando
lo que pertenecía a una familia (según el tipo, la decoración, la form a...) de
otro grupo. Cada secuencia podía entonces relacionarse con un estrato del
yacimiento (Callaway, 1980a, p. 64).
Aunque Petrie se mereció los elogios de los que ha sido objeto a través de
los años, sus técnicas de campo tienen muchos puntos débiles; uno de los prin­
cipales fue su entendimiento simplista de la formación de los estratos (cf. Da­
vies, 1988, p. 49; Dever, 1980a, p. 42; Wheeler, 1956, p. 29). No obstante, de­
bido a sus esfuerzos pioneros, la transformación de la arqueología del Oriente
Próximo de caza de tesoros en empresa científica dio un enorme paso hacia
adelante.

D e P e tr ie hasta e l p r e s e n te

Es habitual dividir la historia arqueológica de aproximadamente los últi­


mos cien años desde el trabajo de Petrie en Hesi en cuatro o cinco periodos.'
Aquí sólo podemos hacer un brevísimo resumen.

D e P etrie a la prim era guerra m undial

El trabajo de Petrie en Hesi fue responsable de lo que W. G. Dever ( 1980a,


p. 42) ha descrito com o una «Edad de oro» de las excavaciones en Palestina,
que se prolongó hasta el estallido de la primera guerra mundial. Por primera
vez se excavaron algunos de los principales tells de Israel. Se incluye aquí
el trabajo de R. A. S. Macalister en Gezer (1902-1909), y las excavaciones
alemanas en Jericó (1907-1909) y en M egido (que comenzaron en 1903).
Los americanos excavaron en Samaria bajo la dirección de D. G. Lyon y
U N A B R E V E H IS T O R IA 15

Fi g u r a 2.1. «D atación p or secuencias» de Petrie en Tell el-H esi. T om ada de Petrie,


Tell el H esy, Lachish, 1891.

G. A . R eisner (1 9 0 8 -1 9 1 0 ).'’ Por añadidura, un am ericano, F. W. B liss, co n ti­


nuó el trabajo que Petrie había com en zad o en H esi, aunque la idea d e Petrie
referente a la estratigrafía de un te ll parece perderse en B liss.
D eb em o s apuntar que ya se habían fundado varias so c ied a d e s n a cio n a ­
les de arq u eología antes de la aparición de Petrie en su elo p alestin o: la
P alestine E xploration Fund (británica, 1865); la A m erican P alestin e S o cie ty
(1 8 7 0 ); la D eu tsch er Palastina-V erein (1 8 7 8 ); y la É c o le B ib liq u e fra n ce­
sa (1 8 9 0 ).
A pesar de todo este fren esí de actividad arq u eológica, se com etiero n
m u ch os errores tanto en lo referente al m étodo (la falta de técn icas estrati-
gráficas adecuadas llev ó a M acalister a identificar só lo o ch o de v ein tisé is e s ­
tratos en G ezer) c o m o a la datación (M acalister co m etió un error en G ezer
de unos 8 0 0 años). La carencia de m ejores m étod os así c o m o de una m ejor
com p ren sión de la form ación de un te ll se reflejan claram ente en las p u b li­
ca c io n es de este periodo, las cu ales se han ca lifica d o co m o «abrum adoras
casas de tesoros fascin an tes, pero a m en ud o una inform ación inútil» (D ever,
1980a, p. 4 2 ). N o ob stante, dadas las d ificu ltad es que esto s p io n ero s tu v ie ­
ron que salvar o con las q ue tuvieron que aprender a vivir, sus logros fueron
notables.
16 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

1918-1940

Moorey (1991, p. 54; cf. Dever, 1980a, pp. 43-44) ha reservado para este
periodo el apelativo de «Edad de oro de la arqueología». Sea com o sea, du­
rante esta etapa, que ha dejado una marca indeleble en la arqueología del
Oriente Próximo, y en Israel en particular, se hicieron muchos progresos y sur­
gió mucha gente influyente en la disciplina. Políticamente los británicos to­
maron el control de Palestina y establecieron un Departamento de Antigüeda­
des (conocido hoy com o Israel Antiquities Authority), lo que proporcionó una
cierta estabilidad y control sobre las excavaciones de la región. Fueron las es­
cuelas nacionales las que llevaron a cabo las principales excavaciones: Beth
Shan (1921-1923) y M egido (1929-1939) los norteamericanos; Jericó (1929-
1936) y Samaria (1931-1935) los británicos. La excavación en Samaria es
singularmente importante porque introdujo a Kathleen Kenyon cn la arqueo­
logía de Israel. Su m eticulosa aplicación del análisis estratigráfico conduciría
casi por sí sola a lo que Dever llamó su tercera «revolución» (1980a, p. 44).
Este periodo también fue testigo por ve/, primera de la aparición en esce­
na de arqueólogos israelíes com o A. Biran, que ha dirigido la excavación más
prolongada de Israel, Tel Dan, iniciada en 1968 y aún en curso en el m omen­
to de la redacción del presente libro ( 1998). B. Mazar excavó el importante
yacimiento palestino de Qasile, entre otros. La escuela de arqueología israelí,
por razones obvias, es hoy el factor dominante cn la arqueología palestina.
Pero el genio de este periodo fue W. F. Albright ( 1891 -1971 ).7 Su excava­
ción en Tell Beit Mirsim (TBM ) entre 1926 y 1932 le condujo al dominio del
análisis y de la tipología cerámicos. Este dominio, junto a su comprensión es-
tratigráfica del yacimiento (que se identificó con la bíblica Debir, identifi­
cación discutida hoy por la mayoría de los arqueólogos), fue tan importante
que revolucionó el marco cronológico para las edades del Bronce y el Hierro
(r. 3300-540 a.C.; sobre la cronología véase más adelante). Su influencia se
ha dejado sentir ampliamente entre muchos estudiosos, bien en los formados
por él, bien en aquellos que han seguido sus métodos. Uno de sus más sobre­
salientes alumnos fue el rabino Nelson Glueck (1901-1971); véase Mattingly
(1983) para una útil crítica de Glueck. Glueck forjó su reputación explorando
las regiones de la Transjordania (Glueck, 1940; véase Moorey, 1991, pp. 75-
77). G. E. Wright (1909-1974), después, fue el alumno más influyente de A l­
bright (Wright, 1957; véase King, 1987). Wright, por encima del resto, popu­
larizó los planteamientos de Albright y preparó a una nueva generación de
arqueólogos en Shechem. Wright fundó asim ism o la publicación The B iblical
A rchaeologist en 1938.
UNA BREV E H ISTORIA 17

1948-1970

En 1948 la segunda guerra mundial había terminado, Israel era un estado


independiente y el Mandato Británico en Palestina había llegado también a
su fin. Las excavaciones arqueológicas se iniciaron una vez más con renova­
do vigor y controversia. La controversia se planteó principalmente acerca de
la cuestión de la m etodología de campo. K. Kenyon (1906-1978) introdujo
una elaborada técnica estratigráfica, primero en Jericó (1952-1958) y d es­
pués en Jerusalén (1961-1967). Su método consistía en una apertura menor
del yacim iento así com o un ritmo de trabajo más lento (Moorey, 1991, pp.
94-99).
Muchos arqueólogos israelíes, que comenzaron a excavar en algunos de
los más importantes tells de Israel — es el caso de Yadin en Hazor y Biran en
Dan— , se mostraron reticentes a adoptar el método de Kenyon de forma ex­
clusiva. Su principal preocupación era desenterrar los restos arquitectónicos
de los yacim ientos (Dever 1980a, p. 45). Sin embargo, es justo señalar que,
aunque posiblem ente aún no exista acuerdo entre los arqueólogos israelíes
por lo que respecta a la m etodología de campo, hoy por hoy todos ellos di­
bujan secciones estratigráficas (para un resumen breve pero informativo de la
arqueología israelí, véanse Ussishkin, 1982; A. Mazar, 1988).

De 1970 hasta la actual ¡clac!

Aproximadamente desde 1970 (según Dever) se ha producido un tipo dife­


rente de revolución en la «arqueología bíblica». El impacto de la llamada
«Nueva Arqueología», primero practicada en América, em pezó a sentirse en
Israel. Aunque simplificar en exceso siempre conlleva el riesgo de la distor­
sión, la clave principal de este movimiento parece haber sido el proporcionar
explicaciones para los cambios culturales registrados en los restos materiales
antes que descripciones de esos cambios, tal y com o había sido previamente la
norma. Así, una consecuencia natural de este cambio en los paradigmas fue el
énfasis en la multidisciplinariedad. Nunca más podría un único «genio» por
sí solo com o Petrie o Albright llevar a cabo una excavación y esperar respon­
der a todas las cuestiones que hoy se plantean. Científicos procedentes de mu­
chas disciplinas, tales com o la geología, la botánica y la zoología, comenzaban
a contribuir de forma inestimable al conocim iento global de las excavaciones
(Dever, 1980a, 1985b, 1988, 1989, 1992a; Moorey, 1991, pp. 114-175).
Las prospecciones regionales realizadas en los últimos años han tenido
asimismo un gran impacto en la arqueología de Israel y Jordania. Tales pros-
18 I \ A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

pccciones son esenciales para apreciar un panorama holístico de la cultura que


floreció en cualquier tiempo y lugar concretos y, com o se verá, pueden tener
un profundo impacto en áreas particulares de interpretación, corno puede ser
la «conquista de Canaán» por Israel (véase más adelante, capítulo 7).
Otro cambio que se produjo, al menos en algunos casos durante este perio­
do, es el que afecta a la planificación y realización de las excavaciones. Las
excavaciones hoy en día se llevan a cabo en cortos periodos de tiempo, quizá
con el objetivo de intentar responder a una cuestión específica. A lgunos
arqueólogos del Departamento de Antigüedades dirigen un buen número de
excavaciones de urgencia. Por desgracia, muchas de estas excavaciones son
precisas debido al rápido desarrollo que tiene lugar hoy en Israel y que está
destruyendo un índice alarmante de em plazam ientos antiguos. Estudiantes
voluntarios, muchos de ellos provenientes de universidades americanas, rea­
lizan gran parte del trabajo manual.
El método de campo de análisis estratigráfico Wheeler-Kenyon, aunque
m odificado, pervive. Hay más cooperación entre los arqueólogos americanos
y los israelíes, aunque los israelíes están haciendo cada vez más excavaciones
(A. Mazar, 1988, pp. 1 12-1 14). Y, por supuesto, cada excavación tiene hoy su
técnico informático, a menudo en el propio campo, donde registra diariamen­
te las actividades de la misma. Por el momento, sin embargo, no existe una
coordinación sistemática entre los arqueólogos en lo que se refiere a la pro­
gramación informática. Esto ha limitado el uso de los dalos generados por
ordenador. Es de esperar que pronto será posible acceder libremente a la in­
formación de todas las excavaciones (pasadas y presentes) de tal manera que
la investigación y el estudio puedan desarrollarse del modo más extenso posi­
ble. Con la tecnología actualmente disponible y aún más, sin duda, con la que
está por venir, las clases de preguntas que los arqueólogos formulen y los ti­
pos de datos que manejen para responder a esas preguntas estarán limitadas
sólo por la creatividad practicada en las actividades de campo y las técnicas
mismas de registro informático.

L a A R QU E O LO G ÍA Y LA B l B U A

El título del presente libro presupone que los descubrimientos arqueológi­


cos en Oriente Próximo, particularmente en Palestina, pueden tener conexión
con la interpretación y valoración de la Biblia. Sin embargo, los temas y pre­
guntas involucrados son muchos y com plejos. De hecho, incluso es controver­
tido dar un apelativo a lo que los arqueólogos hacen en esta parte del mundo.
Durante años la investigación arqueológica en Palestina (y países adyacentes)
se llamó «arqueología bíblica». Algunos estudiosos, en particular Dever, de la
i ;n a b r e v i ·: h i s t o r i a 19

Universidad de Arizona, han propuesto el abandono de este término y han su­


gerido alternativas tales com o «arqueología del Oriente Próximo» o más a
menudo «arqueología sirio-palestina».* Dever ha declarado que el termino
«arqueología bíblica» es propio de un fenómeno norteamericano ligado fun­
damentalmente a los profesores de religión protestantes. En su esfuerzo por
establecer la arqueología cn Levante com o una disciplina independiente, secu­
lar y profesional. Dever abogó por el cambio de nombre.
La reacción a su propuesta ha sido diversa. H. D. Lance, estudioso bíblico
y arqueólogo norteamericano, ha argumentado que la arqueología bíblica «es
una disciplina bíblica que existe en beneficio e interés de los estudios bíbli­
cos. Mientras la gente lea la Biblia y se formule preguntas sobre la historia y
la cultura del mundo antiguo que la generó, esas preguntas deberán ser con­
testadas; y la suma total de esas respuestas comprenderán la arqueología bí­
blica» ( 1981, p. 95).
V. Fritz, arqueólogo alemán, se ha resistido igualmente al cambio de
nombre. En su libro, titulado de forma significativa Ah Introduction to B ib li­
cal A rchaeology, concluye: «Desde un punto de vista académico no hay
razón para abandonar el término de “Arqueología bíblica” dado que está ju s­
tificada una relación entre ambas disciplinas. De todos modos el uso del ter­
mino puede referirse únicamente a la arqueología de la totalidad de la región
a través de todos los periodos y no al estudio de las antigüedades que estén
exclusivamente relacionadas con los textos bíblicos» (1994, p. 12).
Amnon Bcn-Tor, de la Universidad Hebrea, editor de un volumen sobre la
arqueología de Israel escrito exclusivamente por estudiosos israelíes, también
se ha opuesto a la sugerencia de abandonar el término de «arqueología bíbli­
ca»: «Ambas materias se relacionan de forma natural y se enriquecen mutua­
mente. Es tan poco razonable com o exigir que la arqueología clásica sea
separada de Homero y otros textos de la antigüedad. Eliminemos la Biblia de
la arqueología de la Tierra de Israel en el i y π m ilenio a.C., y la habremos
privado de su espíritu» (AAI, p. 9).
Para ser justos, se debe advertir que Dever nunca, que yo sepa, ha sugeri­
do que la Biblia debiera ser eliminada de la arqueología que se lleva a cabo
en Israel. Más bien, lo que ha propuesto es un diálogo honesto entre aquellos
que se dedican a la arqueología por un lado, y aquellos que se dedican a los
estudios bíblicos por otro. Como él dice: «La cuestión crucial para la arqueo­
logía bíblica, correctamente concebida com o diálogo, siempre ha sido (inclu­
so más hoy día) por un lado, su comprensión y uso de la arqueología, por otro
su comprensión de las cuestiones de los estudios bíblicos que son lemas apro­
piados para la aclaración de los dalos arqueológicos; y la adecuada relación
entre |subrayado en el original] las dos» (1985a, p. 61; véase Moorey, 1991,
pp. 133-145).
20 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

El objetivo de Dever es recordar que ni el significado de los datos arqueo­


lógicos ni el de los textos bíblicos son en sí evidentes. Ser competente en
cualquiera de las dos disciplinas requiere una preparación altamente especia­
lizada, algo que la creciente complejidad de ambos cam pos hace prácti­
camente im posible para un único individuo. D e ahí que sea tentador para
alguien formado en estudios tanto bíblicos com o arqueológicos estar a la de­
fensiva. Sin embargo, Dever ha hecho una valiosa contribución simplemente
por haber planteado la pregunta y forzado a la discusión de las cuestiones.
Me gustaría crcer que aún hay lugar para aquellos que en sus cargos deben
enseñar ambas disciplinas de modo que las contribuciones de los estudiosos
bíblicos y arqueólogos alcancen una mayor audiencia. Es poco probable en
esta época económ ica de recortes y restricciones que pequeños centros priva­
dos puedan permitirse el lujo de un arqueólogo «sirio-palestino» a tiempo
completo. Si los estudiosos, especialmente quienes diseñan los planes de las
carreras religiosas, así com o los seglares, pretenden informarse de lo que tie­
ne sentido y de lo que no cuando se acercan a la arqueología y a la Biblia, hay
todavía, creo, lugar para aquellos que instruyen en ambas disciplinas. Prepa­
rarse en arqueología debería ser obligatorio para aquellos estudiantes que pla­
neen ingresar en los ministerios profesionales de la Iglesia, por la sencilla
razón de que son los arqueólogos quienes en los últimos años han estado en
la vanguardia de una nueva evaluación de la historia y la cultura de la cual
emanó la Biblia.1’
Durante la primera mitad del presenle siglo e incluso hasta la década de
los sesenta muchos arqueólogos eran optimistas acerca del hecho de que los
descubrimientos arqueológicos habían confirmado muchas de las afirmacio­
nes históricas de la Biblia, si no las interpretaciones teológicas dadas a esa
historia por los autores bíblicos. Por ejemplo, Albright declaró triunfante a
mediados de los 30: «Un descubrimiento tras otro ha establecido la precisión
de innumerables detalles, y ha conducido a un creciente reconocimiento de la
Biblia com o fuente de la historia» ( 1974, p. 128). El discípulo más fam oso de
Albright, G. E. Wright, también creía que la arqueología y la Biblia se encon­
traban en una línea próxima cuando concluyó que «el principal interés de la
arqueología bíblica no son los estratos ni los pucheros ni la metodología. Su
interés central y dominante es la comprensión y comentario de las escrituras»
(citado cn Dever, 1985a, p. 55).
Muchos arqueólogos israelíes aún parecen actuar desde esta perspectiva.
Poco antes de su muerte, Y. Yadin (¡a quien Dever una vez llamó «fundamen-
talista secular»!) escribió a propósito de la historia de la conquista en la B i­
blia: «El hecho es que los resultados de excavación de los últimos cincuenta
años aproximadamente apoyan de un modo asombroso, excepto en algunos
casos, la historicidad básica del relato bíblico» (1982, p. 18).
UNA B R EV E H ISTORIA 21

Opiniones com o las descritas son ejemplos de lo que Lemche ha conside­


rado com o «la manía generalizada entre ciertos círculos arqueológicos por
correlacionar texto y excavación antes de que texto o excavación hayan tenido
la oportunidad de hablar por sí mismos» (1985, p. 388). Esta visión sumamen­
te optim ista de lo que la arqueología puede hacer por los estudios bíblicos
— históricamente hablando, al menos— está hoy prácticamente ausente ex­
cepto entre los arqueólogos e historiadores bíblicos más conservadores. La
visión contemporánea de la mayoría de los arqueólogos es que el propósito
de la arqueología, por mucho que se diga, no es probar la veracidad de la B i­
blia en ningún sentido, ni históricamente ni de ningún otro modo.
Dada la revolución que ha tenido lugar cn la disciplina de la «arqueolo­
gía bíblica» desde los años setenta, el problema, tal y com o un arqueólogo ha
declarado «es que no está realmente claro lo que la arqueología puede hacer
por los estudios bíblicos» (Strange, 1992, p. 23). Esto conduce a la cuestión
básica del objetivo de la arqueología en primer lugar. ¿Qué es lo que los ar­
queólogos deberían realmente intentar hacer si están haciendo lo que dicta la
lógica de la disciplina?
Quizá podem os empezar estableciendo lo que los arqueólogos no hacen.
Los arqueólogos no desentierran la historia, ni de la Biblia ni ninguna otra.
Tampoco excavamos sistemas económ icos, políticos o sociales antiguos. Cier­
tamente no recuperamos religiones antiguas. Lo único que el arqueólogo
descubre del pasado son «objetos»·, los restos materiales dejados por las ac­
tividades humanas y/o naturales (estos últimos son a veces llamados «eco-
factos»). Correctamente interpretados y entendidos, estos «objetos» pueden en
efecto informarnos sobre todos esos aspectos antes m encionados (cf. «m a te ­
rial correlate» de Dever, 1992c, p. 550). Sin embargo, los arqueólogos sólo
pueden excavar la realidad material del pasado, sea cual sea la forma que
esa realidad adopte. Cualquier interpretación de esta información material
recuperada es un añadido a los propios restos materiales. El problema, por
supuesto, es que los «objetos», incluso si incluyen inscripciones o textos,
no se interpretan por sí solos y pueden tener normalmente más de un sign i­
ficado. Aunque hay siempre una explicación o inferencia mejor por lo que
respecta a cualquier dato material dado, nunca podem os estar absolutamente
seguros de que tenemos la mejor, tal y com o P. de Vaux señaló hace años.
No debería sorprender, entonces, que los arqueólogos puedan estudiar los
m ism os datos pero lleguen a conclusiones diferentes, si no com pletam ente
opuestas. La totalidad de tales interpretaciones son altamente subjetivas, y
por eso arqueólogos diferentes pueden «ver» lo m ism o pero diferir de for­
ma radical acerca de lo que significa. Estos desacuerdos serán más obvios
a medida que estudiem os otros asuntos (véanse los comentarios de Knoppers,
1997, p. 44)."’
22 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Desde los años setenta ha aumentado enormemente la cantidad y el tipo


de datos materiales que hoy se están recuperando de los yacim ientos anti­
guos debido al uso del equipo multidisciplinar del que antes hablamos. Esto
ha dado com o resultado la recuperación de una amplia variedad de material
concerniente al marco global de los yacimientos antiguos, incluido su entorno
natural. Pero a pesar de la puesta en práctica de sofisticadas técnicas de recu­
peración así com o del incremento de la complejidad general de las excavacio­
nes contemporáneas, el desafío más importante al que se enfrentan los
arqueólogos es aún «el desarrollo de m edios seguros para justificar las deduc­
ciones» (Binford, 1989, p. 3). Se verá lo com plejo que resulta «justificar la
deducción» cuando abordemos la cuestión de los datos arqueológicos y el
surgimiento del antiguo Israel (véase más adelante, capítulo 7).
Para el estudioso interesado en la «arqueología bíblica» hay dos clases
de datos: los arqueológicos y los bíblicos. La Biblia ya no puede ser acepta­
da sin ningún sentido crítico com o un relato «histórico» del antiguo Israel, si
por histórico entendemos todas las connotaciones modernas de ese término.
Antes bien, la Biblia interpreta a través de lenles teológicas, e incluso mito­
lógicas, lo que los arqueólogos deben interpretar a través de lentes cientí-
ficas-históricas. El caso de la historia de la destrucción de Jericó en el libro
de Josué es un ejem plo clásico. La tentación fue, y aún es en algunos secto­
res, interpretar los datos arqueológicos de tal modo que se ajusten a una in­
terpretación preconcebida de la Biblia. Garstang, en los años 30, interpretó
sus descubrimientos en Jericó para apoyar su interpretación literal de la
historia bíblica. En efecto, los hay que hoy han buscado reescribir la tota­
lidad del armazón cronológico del Oriente Próximo para así hacer que las
historias bíblicas encajen con sus ideas preconcebidas. Com o mi antiguo
profesor, Joseph Callaway, gustaba de advertirnos, es preciso que seamos
cuidadosos para que no fabriquemos en la imaginación lo que nos falta en el
conocim iento.
Cuanto más se comprenda que cualquier historia que se encuentre en la
Biblia, particularmente de los periodos más antiguos, ha sido redactada des­
pués de las catástrofes de Israel, especialm ente la del 587 a.C. (el «Exilio»),
más obvio será que la Biblia no contiene un testim onio contemporáneo a mu­
chos de los acontecimientos que describe." La conclusión a la que llega
Joseph Blenkinsopp parece reflejar el consenso de la mayoría de los estudio­
sos bíblicos: «Asum im os que la Biblia hebrea es un producto del periodo del
Segundo Templo y que inevitablemente refleja los intereses del momento y
la ideología de la minoría religiosa e intelectual responsable de su redacción
final» (1995, p. 119). Sin embargo, esto no significa que ninguna parte de la
Biblia estuviera puesta por escrito con anterioridad a los periodos exílico o
postexílico (véase más adelante, capítulo 8).
UNA BREV E H ISTO RIA 23

Dada esta naturaleza literaria de la Biblia y el hecho de que existen mu­


chos datos arqueológicos cuya interpretación niega a la Biblia mucho de su
valor histórico, ¿qué puede hacer la arqueología por los estudios bíblicos? El
resto del presente libro se dedicará a intentar responder a esta pregunta. Pero
debe admitirse que la arqueología sencillam ente no ha hecho por la Biblia lo
que antiguos colegas profesionales esperaron que hiciese. Para un no creyente
este hecho no es particularmente problemático. Pero para aquellos que hacen
suyo el judaismo o la fe cristiana, el consenso que se está desarrollando hoy en
arqueología así com o en los estudios de crítica literaria da lugar a muchas y
agudas cuestiones acerca del uso de la Biblia com o fuente de verdad religiosa.
El creyente parece estar atrapado, com o un observador apuntó recientemente,
«entre la roca de la afirmación bíblica y el duro espacio de la contradicción
arqueológica» (Willis, cn Charlcsworth and Weaver 1992, p. 77).
El tema es com plicado, más incluso cuando se considera el hecho de que
el panorama arqueológico de Palestina está lamentablemente incompleto. En
la mayoría de los casos los excavadores descubren sólo trozos y fragmentos
del pasado. Todos estos fragmentos son importantes, sin duda, pero lo mejor
que podemos hacer es sacar únicamente conclusiones provisionales. Así,
cualquier valoración que se haga sobre la arqueología y la Biblia debe estar
siempre abierta a la modificación, si no a un rotundo rechazo, cn el momento
en que los nuevos testim onios así lo requieren. Aún así, a pesar de tales lim i­
taciones, la arqueología ha hecho muchas y valiosas contribuciones a nuestra
comprensión de la Biblia. Estas son sólo algunas indicaciones que serán de­
sarrolladas con posterioridad a medida que avancemos:

1. Los datos arqueológicos en múltiples casos proporcionan el único tes­


timonio contemporáneo que tenemos para muchos «acontecimientos» descri­
tos en la Biblia. Esto es especialm ente cierto para las historias paradigmáticas
de la «conquista» de Canaán y el surgimiento del antiguo Israel.
2. Los datos arqueológicos nos permiten crear un punto de vista dife­
rente (véase Lance, 1981) a partir del cual podemos comenzar a evaluar los
puntos de vista bíblicos, especialm ente los que se refieren al modo en que
los escritores bíblicos entendieron la historia y la cultura de Israel, y en par­
ticular su religión (véase más adelante, capítulo 8). A menudo estos dos pun­
tos de vista chocan. Cuando lo hacen, deben realizarse juicios críticos. Estos
juicios pueden en ocasiones ser com plejos, provisionales e incluso ambiguos,
pero no es culpa ni de la Biblia ni de los métodos del arqueólogo. Es sim ple­
mente reflejo del com plejo mundo en el que todos vivim os.

Los descubrimientos arqueológicos han ayudado a aclarar que la Biblia


no es un libro infalible ni de historia ni ciertamente de ciencia. Más bien, han
24 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

reforzado las conclusiones a las que han llegado los estudios literarios de que
la Biblia es un libro que refleja sensibilidades teológicas de generaciones de
pensadores que se enfrentaron a algunas de las cuestiones más problemáticas
y difíciles y al mismo tiempo más excitantes y esenciales. A veces los descu­
brimientos arqueológicos han forzado al estudioso honesto a cuestionarse y/o
rechazar la reconstrucción «histórica» que allí se encuentra y rechazar en
efecto mucho de lo que pasa por interpretación bíblica contemporánea hecha
por fundamentalistas que insisten en confundir verdad con literalidad y fe con
hecho. Aunque los datos arqueológicos pudieran justificar la historicidad de
los relatos bíblicos, esta justificación podría no decir nada acerca del uso que
de tales «acontecimientos históricos» han hecho los escritores bíblicos. Las
afirmaciones que la Biblia hace sobre las verdades esenciales sólo pueden ser
afirmadas o negadas, ni probadas ni refutadas por los datos arqueológicos o
por cualquier otro tipo de datos científicos. Los descubrimientos arqueoló­
gicos y las interpretaciones pueden llevar al umbral de la fe, pero no pueden
hacernos cruzarlo.
En los capítulos siguientes me ocuparé simplemente de sugerir lo que este
«punto de vista arqueológico» puede contribuir a nuestra com prensión de
la Biblia. Para lijar el tono de nuestra investigación será suficiente citar a
P. King, que ha pasado una buena parte de su vida profesional debatiéndose
sobre el mismo tema:

La arqueología impide que la Biblia sea mitológica manteniéndola en el


terreno de la historia. La arqueología proporciona el contexto geográfico y
cronológico del pueblo y los acontecimientos bíblicos. La arqueología recupera
los dalos empíricos necesarios para la clasificación del texto bíblico. La arqueo­
logía vierte luz sobre la vida diaria del pueblo bíblico al recuperar su cerámica,
utensilios, armas, sellos, óstraca, y su arquitectura. Dado que la arqueología
paleslina prolonga su horizonte geográfico a la Península Arábiga y dilata su
perspecliva cronológica hasla la época prehistórica, es posible com prender la
Biblia en un conlexto mucho más amplio (1983b, pp. 3-4).
3. CÓMO SE HACE: INTRODUCCIÓN
AL TRABAJO DE CAMPO

Los excavadores, por regla general, registran sólo


aquello que les parece importante en el momento de rea­
lizar su trabajo, pero constantem ente surgen nuevos pro­
blemas en Arqueología y Antropología ... Cada detalle
debería, por tanto, ser registrado del modo más propicio
para facilitar la consulta, y debería ser en lodo momento
el principal objetivo de un excavador reducir al mínimo
su deducción personal.

Ρ π ί -R i v I'RS, 1887; te n ien te g e n e ra l

Hoy en día las excavaciones arqueológicas son tareas muy com plejas y
multifacéticas. Requieren la participación de una serie de especialistas en dis­
ciplinas diversas, entre ellos técnicos informáticos. Sobre lodo, las excavacio­
nes consisten en tres actividades principales interrelacionadas: selección del
yacimiento, trabajo de campo y publicación.

S E L E C C I Ó N D HL Y A C I M I E N T O

Obviamente, la primera tarea que debe llevarse a cabo antes de que una
excavación pueda tener lugar es la selección de un yacimiento. En los inicios
de las excavaciones arqueológicas en Israel, la mayoría de los yacim ientos
seleccionados eran grandes tells (ruinas en forma de montículo; véase la figu­
ra 3.1) que eran identificadas (correctamente o no) con importantes ciudades
bíblicas. Aunque aquellos excavadores pioneros, tales com o Petrie, M acalis-
ter, Sellin y Watzinger, merecen la admiración y gratitud de los arqueólogos
actuales, sus técnicas de campo a menudo dejaban mucho que desear. En
consecuencia, con el transcurrir de los años se han vuelto a excavar muchos
de estos m ism os yacimientos, con el fin de comprobar y a menudo corregir o
26 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

F igu ra 3.1. Tel Beth Shan. Fotografía de J. Laughlin.

modificar las conclusiones a las que llegaron los primeros excavadores (sobre
Megido, por ejemplo). Así, no es inusual que los estudiosos descubran al inda­
gar en la historia de las excavaciones que algunos yacimientos se han excava­
do de forma repetida. De hccho, los arqueólogos hoy tienen la esperanza de
que sus yacimientos volverán a ser excavados en un futuro cuando las técnicas
de recuperación disponibles sean mejores. En consecuencia, es hoy práctica
común dejar deliberadamente áreas intactas en un yacimiento de tal modo que
futuros arqueólogos tengan la oportunidad de llegar a conclusiones indepen­
dientes con las que comprobar o contradecir las establecidas por excavadores
anteriores. Esto es una oportuna advertencia de que todas las interpretaciones
expuestas en las publicaciones arqueológicas, al margen de lo llamativas que
puedan resultar, son susceptibles de corrección y m odificación.
Muchas excavaciones que tienen lugar hoy en Israel son excavaciones de
urgencia dirigidas por arqueólogos de la Israel Antiquities Authority. En estos
casos el yacimiento es «seleccionado» por el arqueólogo, que de forma habi­
tual dispone de un periodo de tiempo prefijado bastante corto para excavar
antes de que el yacimiento sea parcial o totalmente enterrado o destruido.
Otros yacimientos son elegidos por su accesibibilidad o porque se piensa
que pudieran contener restos de aquellas épocas en las que el excavador está
particularmente interesado. Cualquier com binación de los factores m encio­
nados, entre otros, puede influir en la elección de un yacimiento. En Banias
(Cesarea de Filipo), yacimiento al que me encuentro actualmente vinculado,
la elección se vio afectada por las realidades políticas contemporáneas así
F igura 3.2. Plano topográfico de Tel Dan. en el que se observan las áreas de excavación de la campaña de 1992.
Tomado de Dan /. Cortesía de A. Biran. excavaciones de Tel Dan. Hebrew Union College, Jerusalén, 1996.
28 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

com o por la historia ocupacional del yacimiento. Antes de 1967 el lugar se


encontraba en Siria y era inaccesible para los arqueólogos que trabajaban en
Israel. Fue posible tras la guerra de los Seis Días en 1967, pero hasta 1988
no pudo organizar una excavación un arqueólogo interesado en los periodos
históricos reflejados en los restos materiales (principalmente del romano anti­
guo al otomano). Por supuesto, antes de que cualquier excavación legal pueda
desarrollarse en Israel, debe obtenerse una licencia del Departamento de
Antigüedades.

E l tr a b a jo de cam po

Se ha descrito a menudo la arqueología com o la sistemática destrucción


de un yacimiento de la Antigüedad (en cierta ocasión oí llamarla «vandalis­
mo controlado»). Para que tal destrucción pueda estar justificada el modo en
que el sitio es «destruido» debe registrarse de tal forma que el conocim iento
obtenido sobre él sea lo más preciso y com pleto posible. Para ayudar a alcan­
zar esta meta, las técnicas de excavación de campo se han desarrollado y han
mejorado a través de los años. Sólo cuando el excavador utiliza métodos de­
sarrollados y aceptados de forma consciente pueden esperarse resultados po­
sitivos, útiles.1Aunque en ocasiones se ha definido a la arqueología más com o
un «arte» que com o una «ciencia», se utilizan en ella muchos procedimientos
científicamente desarrollados, desde imágenes por satélite a análisis paleo-
botánicos m icroscópicos. Las excavaciones cuentan hoy con tantos especia­
listas trabajando com o el dinero y los intereses permitan. Sin embargo, en este
capítulo nos dedicaremos principalmente a las actividades de campo más nor­
males, de todos los días, con las que es plausible que tenga que enfrentarse en
una excavación típica un estudiante voluntario.
Una vez que se ha seleccionado un yacimiento, deben prepararse muchas
cosas antes de que la excavación pueda comenzar (D essel, 1997). Los topó­
grafos deben elaborar un mapa topográfico que muestre las curvas de nivel
del yacimiento (Blakely, 1997; véase la figura 3.2). Este tipo de estudio topo­
gráfico puede ser muy útil a la hora de planificar la estrategia global de la
excavación. Para un ojo experto, tales prospecciones y planos pueden sugerir
la situación de murallas defensivas enterradas o la posible localización de
fuentes de agua. Dado que los restos arquitectónicos permanecen al descu­
bierto y se dibujan a escala en el mapa, puede sugerirse el trazado o plano de
un periodo en la historia ocupacional del yacimiento. El plano además permi­
te a futuros arqueólogos localizar áreas excavadas con anterioridad las cuales
pueden haber sufrido erosión o haber sido eliminadas.
Una vez que se ha completado esta tarea, se divide normalmente el yaci­
IN TRO D U CCIÓ N A L TR A B A JO DE CA M PO 29

miento en sectores o áreas designados por números o letras. En Banias utili­


zamos letras: áreas A, B, C y así sucesivamente. Debem os mencionar también
que en algunos sistemas, las designaciones de «área» se refieren a «cuadra­
dos» individuales. Cada área o sector se dibuja en un «plano topográfico»
normalmente a escala 1:50. Este plano está orientado sobre el eje norte-sur y
dividido por una cuadrícula. Estos cuadrados miden normalmente cinco m e­
tros de lado. Sin embargo este número es puramente arbitrario, y cada exca­
vador puede optar por modificar el tamaño de la cuadrícula según sus propios
objetivos. Al margen de las m odificaciones del sistema de cuadrícula, éste es
hoy utilizado por todos los arqueólogos que trabajan en el Oriente Próximo.2
Sin embargo, a medida que la excavación avanza, esta cuadrícula puede alte­
rarse de forma radical según las condiciones lo requieran. Nunca se destacará
en exceso que el objetivo de todo trabajo arqueológico es, o debería ser, re­
cuperar los datos físicos dejados tanto por la actividad humana com o por la
actividad natural en un yacimiento y explicar las interrelacioncs entre estos
datos con el fin de comprender las culturas humanas del pasado. Las técnicas
de recuperación arqueológicas son los medios para este fin, no el fin en sí
mismo, y no hay nada sagrado en ellas.
No obstante, el sistema de cuadrícula ha probado su utilidad debido al
modo en que se formaron los yacimientos de la Antigüedad en el Oriente Pró­
ximo. Muchos de estos yacimientos estuvieron ocupados a lo largo de prolon­
gados periodos de tiempo por diferentes pueblos. En M egido, por ejemplo, se
han identificado unos veinticinco periodos, o estratos, de ocupación que datan
desde el iv m ilenio a.C. hasta el siglo iv d.C. Sólo recientemente se ha hecho
un gran esfuerzo por comprender cóm o se formaron los tells, y en consecuen­
cia se han producido en el pasado muchos errores en las estrategias de exca­
vación (véase capítulo 2).'

E st r a t ig r a fía

Fue sir Mortimer Wheeler quien dijo hace muchos años que «no existe un
modo correcto de excavar, pero sí muchas maneras erróneas» (1956, p. 15).
Una de estas últimas sería dar piquetas a un grupo de trabajadores y dejarles
picar donde les apetezca (véase la lámina 4a en W heeler). Este método, si
puede llamarse así, no funcionará por razones obvias. No sólo es imposible
controlar y registrar de forma precisa lo que ocurra, sino que también lo es una
interpretación de los datos. Otra forma errónea, en circunstancias normales,
sería utilizar grandes (¡o incluso pequeños!) equipos mecánicos de excavación,
tales com o bulldozers. Sin embargo, en circunstancias anormales o inusuales,
tal equipo no sólo es útil, sino realmente necesario si apelamos al sentido
30 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

F i g u r a 3.3. Excavación arqueológica realizada a partir del método de la «cuadrícu­


la». Fotografía de J. Laughlin.

común. Por ejemplo, algunos yacimientos están cubiertos por miles de metros
cúbicos de escom bros modernos o de material que contiene restos poco o
nada relevantes. Una ve?, que esto se ha establecido mediante una exploración
cuidadosa, el uso de un equipo moderno de excavación puede ahorrar las in­
contables y tediosas horas necesarias para quitar este material manualmente.
Pero esto es sólo la excepción que confirma la regla. La mayor parte de la
excavación debe hacerse manualmente. Cambios sutiles en la com posición del
suelo, niveles superpuestos, zanjas de cimentación de muros, incontables pe­
queños objetos y muchos otros datos serían completamente destruidos y per­
didos usando sólo equipo mecánico. El sentido común del excavador y las
particularidades y los objetivos de la investigación deberán jugar en cada caso
un papel decisivo al respecto.
Con el fin de atribuir los datos arqueológicos (muros, suelos, calles, pozos,
cisternas, tumbas, sepulturas, fragmentos cerámicos, derrumbes y demás) a
su periodo cronológico correcto, las diversas y a menudo complejas capas de
un tell deben quitarse del m odo más controlado posible. El periodo de tiempo
al cual se asignan los datos materiales recuperados se llama habitualmente
«estrato» (véase la nota 3). Son las cuadrículas de excavación las que permi­
ten está técnica de rem oción controlada, que deja, normalmente, un muro de
IN TR O D U C C IÓ N A L TR A B A JO D E CA M PO 31

F i g u r a 3.4. Sección que muestra una s e r i e de estratos superpuestos. Apréciese la


piedra de época romana encastrada en la parte superior. Fotografía de J. Laughlin.

un metro entre cada cuadrado (figura 3.3.). Sobre una cuadrícula donde el
lado de cada cuadrado tenga 5 metros de largo (un cuadrado de 5 metros es
un tamaño popular pero arbitrario, y las circunstancias pueden dictar cuadra­
dos de dim ensiones diferentes, incluso en el m ism o yacim iento) se crea un
cuadrado efectivo de excavación de cuatro metros de lado. Los muros artifi­
ciales que se hacen entre cada cuadrado se llaman «testigos». Nadie que yo
sepa cree que los antiguos vivían en cuadrados de 5 metros (¡o de 10, o 20
metros!) orientados sobre un eje norte-sur. Pero es la cara vertical del testigo
llamada «sección» (figura 3.4) lo que proporciona al excavador la posibilidad
de distinguir correctamente las capas superpuestas que existen en esa parte
del yacimiento. Sólo cuando se ha hecho esto, y todos los hallazgos se han
32 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

asignado correctamente a cada capa o estrato, el excavador puede comenzar a


componer un perfil estratigráfico del yacimiento.
Comprender la estratigrafía de un yacimiento es uno de los retos más difí­
ciles a los que se enfrenta el excavador. Esto es así especialmente en yaci­
mientos que han sido ocupados muchas veces a lo largo de miles de años.
Hay varias razones por las que esto es así. Sólo ahora estamos empezando a
comprender algo del complejo proceso que daba forma a los lells antiguos
(véase la nota 3). Hay depósitos de restos materiales dejados por muchas y
variadas actividades que se han prolongado en algunos casos durantes mile­
nios. No hay dos tells exactamente iguales en su formación o sus restos. Desde
la situación geográfica al clima, todo afecta a su formación e historia.
Comenzando por la cima del tell, uno espera poner al descubierto primero
el último estrato de ocupación. Pero ni siquiera es éste siempre el caso, ya
que el último periodo de ocupación puede estar situado al pie del tell. Algu­
nas veces es útil excavar lo que se llama una «zanja escalonada» desde la
cima del tell hasta su base para alcanzar una comprensión global de la histo­
ria ocupacional del mismo (figura 3.5).
Los estratos de un tell están naturalmente asociados a restos arquitectóni­
cos. Sin embargo, edificios, calles, suelos y otros restos pueden haber pasado
por varias fases de utilización y reutilización dentro del mismo periodo o estra­
to de ocupación. Además, una vez que la ocupación del tell ha terminado, por
la razón que sea, la actividad puede continuar indefinidamente dentro de los
restos materiales del emplazamiento. La construcción de madrigueras por parte
de algunos animales puede provocar que materiales de ocupaciones más tardías
aparezcan en los periodos más antiguos y viceversa.4 Pozos de almacenamien­
to, cisternas, tumbas, zanjas de cimentación de muros de periodos más tardíos
pueden introducirse en depósitos más antiguos. Este tipo de alteración conduce
frecuentemente a lo que en ocasiones se denomina «upward migration», un
proceso por el cual objetos más antiguos recorren un camino ascendente y
se mezclan con materiales más recientes (Schiffer, 1987, pp. 122-125). Es
también bastante común encontrar materiales de estratos antiguos reutiliza-
dos con posterioridad, a veces siglos más tarde, por otros grupos que ocupa­
ron el yacimiento. También existe la posibilidad de que la erosión causada
por el viento y el agua haya vuelto a depositar objetos y suelos o destruido
ambos. Por ahora estamos simplemente comenzando a comprender cómo el
medio ambiente ayudó a modelar y fue modelado por la actividad humana en
estos tells. Todo lo dicho, así como otras actividades, colaboraron a crear la
complejísima historia estratigráfica que es común en la mayoría de los tells
del Oriente Próximo. Uno de los principales objetivos del excavador es reco­
nocer cada capa o estrato e identificar correctamente todo el material que per­
tenezca a cada uno de ellos.
IN T R O D U C C IÓ N A L TR A B A JO D E CA M PO 33

F ig u r a 3 .5 . Excavación arqueológica en la que se emplea el método de la «zanja


escalonada». Fotografía de J. Laughlin.

«LOCUS»

Esencial para el sistema de registro en la mayoría de las excavaciones es el


concepto de locus (Lance, 1978; Nakhai. 1997b; Van Beek, 1988). Todo lo que
es excavado debe pertenecer a un locus, que puede definirse simplemente
com o cualquier sección tridimensional de un yacimiento que necesita diferen­
ciarse de cualquier otra sección tridimensional. A sí, un locus es aquello que
es preciso registrar com o diferente de todo lo que le rodea. Esto incluye capas
de suelo, pisos, derrumbes (Boraas. 1988), escombros de destrucción, capas de
ceniza, pozos, muros (en algunos sistemas a los muros se les da designaciones
separadas), pavim entos, calles, cañerías, umbrales, canales de agua, tumbas,
34 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

sepulturas, etc. Excavadores diferentes utilizan sistemas diferentes para regis­


trar los loci, pero, de cualquier forma, todo lo que se recupere en un yacim ien­
to arqueológico debe ser asignado a un número de locus.
En Banias, se dividió el yacimiento en áreas designadas por letras del al­
fabeto (Areas A, B, C ...). Al com ienzo de cada campaña el número de ésta se
anteponía al área que se estaba excavando. El primer número de locus asigna­
do a cada área fue el «001 ». Así, « 10B 025» se referiría al locus 25 del Area B
de la décima campaña. En la práctica es mejor tener muchos loci que pocos.
Si tras una reflexión y estudio más m inuciosos se descubre que los materiales
originalmente asignados a loci separados pertenecen al mismo, los números
de loci pueden convertirse en uno. Por otro lado, si los datos que pertenecen a
loci separados son excavados com o un locus, es normalmente imposible se­
pararlos después. Esto es así especialmente en el caso de la bolsa donde se re­
coge la cerámica (véase más adelante).
Otra importante, aunque a veces difícil tarea del supervisor de área, es
proporcionar una descripción detallada de cada locus en su área o sector. Esta
descripción debe incluir la identificación del tipo de locus (tal com o suelo,
pozo, entrada, foso), sus límites horizontales y sus niveles superiores e infe­
riores. Tal descripción es esencial a la hora de comprender el perlil estratigrá-
fico del área que se está excavando. Cada locus individual debe ser relacionado
con los loci adyacentes tanto vertical com o horizontalmente. Una de las fun­
ciones prácticas de los testigos es que proporcionan puntos de referencia fijos
para la descripción de los loci. Una vez que uno o más de los testigos se han
retirado deben establecerse otros puntos de referencia. La «retirada de los
testigos», por cierto, implica otra designación de locus.

L a n u m e r a c ió n de las bolsas

Debe registrarse todo artefacto hallado en un locus. Esto se hace etique­


tando los materiales recogidos con números de bolsa (Blakely y Toombs,
1980, pp. 87-108; Van Beek, 1988, pp. 155 y ss.). Dado que el artefacto más
comúnmente recogido en los tells del Oriente Próximo desde el periodo N eo ­
lítico cerámico (vi-v m ilenio a.C.) es el modesto fragmento de cerámica, la
mayoría de los números de bolsa se refieren a la cerámica recogida en cada
locus. Así, la numeración de esas bolsas es la ocupación diaria básica del su­
pervisor (Lance, 1978, pp. 75-76). Un solo locus puede dar lugar a muchas
bolsas, representando cada uno una sección tridimensional del locus del que
procede. La etiqueta de la bolsa (en muchos casos hoy se trata en realidad de
un cubo) contiene una información vital que acompaña al material desde
el campo, a través del proceso de limpieza, y de restauración, cuando ésta es
IN TRO D U CCIÓ N A L TR A B A JO D E CA M PO 35

necesaria, al laboratorio de almacenaje y finalmente hasta las fases de inter­


pretación y publicación de la excavación.
Una etiqueta típica contiene la siguiente información básica: el nombre
del yacimiento que se está excavando; el número de licencia para esa cam pa­
ña concedida por el Departamento de Antigüedades; la fecha en que se exca­
vó la bolsa; el área o sector y locus del que procede la bolsa; los niveles
superior e inferior de la bolsa; y una breve descripción del tipo de locus del
que se excavó, por ejemplo, «material de superficie», «umbral en construc­
ción B 2036», «derrumbe», etc. En Banias utilizam os un sistema diseñado de
forma específica para el uso informático. A sí, un número de bolsa típico se­
ría algo com o esto: «14DOI28p». El número «14» designa la décimocuarta
campaña de la excavación, en este caso el verano de 1996; la letra «D » se
refiere al área de procedencia de la bolsa; el número «128» a la bolsa núm e­
ro 128 que se había excavado; y la letra «p» a los contenidos de la bolsa, en
este caso fragmentos cerámicos. Si tenemos el número «I4D 0I281», se estaría
indicando fragmentos de mármol (indicado por la letra «1» en nuestro siste­
ma) hallados en el mismo locus y material que la bolsa de cerámica descrita
anteriormente.
La bolsa de cerámica es básica, ya que en un tell del Oriente Próximo son
normalmente los fragmentos cerámicos los que proporcionan la fecha más
fiable del horizonte cultural («Edad del Bronce M edio», «Edad del Hierro I»
y así sucesivamente) del que proviene el material. Otros materiales, tales com o
los fragmentos de mármol m encionados en el caso anterior, podrían datarse
según la fecha de los restos cerámicos encontrados en el mismo locus. Esto
presupone que el locus está «limpio» o sellado. Pero pueden darse, y de he­
cho se dan, intrusiones. Si el locus resulta ser un «depósito» o un «pozo», los
fragmentos de cerámica podrían provenir de diferentes periodos y es concebi­
ble que los fragmentos de mármol m encionados provinieran a su vez de otro.
Aunque suena bastante confuso y com plicado, sin duda es o puede ser así.
Ésa es otra razón por la cual la recuperación y las técnicas de registro contro­
ladas son esenciales para que la excavación tenga éxito.
Todo el material excavado en un locus es etiquetado y preparado para su
estudio posterior en el laboratorio. Pueden incluirse piezas com o huesos,
monedas, léseras (de m osaicos), lámparas de aceite, sílex, conchas, fragmen­
tos de yeso, carbón vegetal, fragmentos metálicos, raspadores y, con suerte,
algún tipo de inscripción. Y siempre está esa «cosa» retorcida, corroída o ese
fragmento cerámico de aspecto extraño que nadie parece ser capaz de identi­
ficar. Después de que finalice la excavación todos estos materiales, así com o
muchos otros encontrados en una excavación típica, deberán limpiarse, a m e­
nudo investigarse, y estudiarse de forma cuidadosa. Muchos de estos estudios
requieren de especialistas y pueden implicar un largo y costoso proceso.
36 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Por otro lado, los fragmentos recogidos cada día son normalmente limpia­
dos y «leídos» en el campo. Excavaciones diferentes usan métodos diferentes
para hacer esto. Un sistema que parece funcionar bastante bien requiere que
los hallazgos cerámicos de cada día sean puestos a remojo durante la noche.
Se lavan y se secan a la mañana siguiente y son «leídos» por la tarde después
de que el trabajo de campo ha terminado. La desventaja que tiene este método
es que la lectura se realiza un día después del trabajo de campo. Independien­
temente del método empleado, es esencial que el lavado, secado y ordenación
de la cerámica para su lectura, así como el etiquetado y almacenamiento de
los fragmentos más relevantes esté bien organizado, de lo contrario los resul­
tados habituales serán el caos y la confusión.
La lectura de la cerámica es esencial, tanto por su valor inmediato al in­
formar y guiar al excavador en el campo como en la identificación y datación
final de los estratos del conjunto del yacimiento. D ado que puede señalarse
en la cuadrícula la situación precisa de la que los fragmentos de cerámica
provienen, puede estimarse de forma alentadora la fecha de la actividad que
dejó tras de sí esos restos (de nuevo asumiendo que la cerámica no está «mez­
clada»), Encajando todos esos datos recogidos a lo largo del transcurso de la
excavación, es posible reconstruir la historia ocupacional global del yaci­
miento. Sin embargo, todo experimentado arqueólogo sabe que algo escondi­
do simplemente a unas pocas pulgadas dentro del testigo o en una cuadrícula
aún no excavada puede alterar radicalmente la comprensión o (quizá) la fecha
de una fase de ocupación o de la funcionalidad de una construcción. Así, pa­
rece ser que la mejor política que seguir para los arqueólogos es la form u­
lación de conclusiones provisionales abiertas a modificaciones a la luz de un
nuevo testimonio.

R e g is t r o i n f o r m â t íc o y a n á l is is

Desde la introducción de los ordenadores en la arqueología de campo en


la década de ios setenta, se han hecho grandes progresos en la utilización
en esta disciplina de los siempre en alza avances tecnológicos. Es hoy común
que las excavaciones cuenten con un especialista informático que registra las
actividades diarias de las mismas. J. Strange5 ha identificado tres usos princi­
pales del ordenador, el cual es hoy omnipresente en las excavaciones arqueo­
lógicas. En primer lugar, la utilización de los ordenadores permite al excava­
dor contemporáneo establecer una base de datos de un conjunto de objetos
siempre en aumento. Lo que habría precisado hace unos años cajas de fichas
escritas a mano puede hoy registrarse de forma fácil y rápida en un ordena­
dor. En segundo lugar, los ordenadores permiten el manejo de estas bases de
F igura 3.6. Dibujo de un perfil estratigráfico. Tomado de Dan I. Cortesía de A. Biran, excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College,
Jerusalén, 1996.
38 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

datos, siendo uno de los resultados más obvios la creación y publicación de


informes. La tercera de las principales aplicaciones es el análisis de los datos
arqueológicos. Las posibilidades son muchas. Según los objetivos del excava­
dor, el tipo de yacimiento que se esté excavando y los programas informá­
ticos que se utilicen, es posible desde el análisis de todos los objetos registra­
dos hasta las «estadísticas analíticas» o «inferenciales» (Longstaff, 1997). Hoy
es también posible trazar planos y añadir fotografías y grabaciones de vídeo
directamente en el ordenador.

A r q u it e c t o s y t o p ó g r a f o s

Como ya se dijo, una de las tareas más importantes del arquitecto y/o to­
pógrafo de la excavación es el trazado del mapa topográfico, el cual es esen­
cial a la hora de concebir y poner en marcha una bien diseñada estrategia de
investigación.'’ Además, si una excavación se puede permitir el lujo de contar
con los servicios de un arquitecto profesional a lo largo de la misma, es res­
ponsabilidad de dicho arquitecto proporcionar planos realizados de forma
profesional de todos los restos de estructuras, incluidas reconstrucciones hi­
potéticas de edificios, calles, cisternas, pozos, muros, etc., así com o «dibujos
de sección» (figura 3.6) y planos topográficos.7 Debem os siempre recordar
que sólo excava un yacimiento un número relativamente pequeño de perso­
nas. Cuando la excavación se ha completado lo único que queda son agujeros
en el suelo (es de esperar que en forma de «cuadrículas»), y que incluso éstos,
a menos que se haga un considerable esfuerzo por su conservación, pronto es­
tarán completamente irreconocibles a causa del crecimiento de la vegetación
y la erosión.
Así, hasta la publicación precisa (véase más adelante) de todas las activi­
dades de la excavación y mientras los resultados no estén disponibles, la exca­
vación tiene escaso valor. Esenciales para estas publicaciones son todos los
dibujos arquitectónicos. Dado que es bastante común que transcurran años
entre los primeros dibujos y las publicaciones finales, es necesario que todos
los dibujos arquitectónicos sean cuidadosamente archivados de tal manera que
estén disponibles para una referencia futura.
Las tareas del arquitecto han sido descritas en muchos manuales de cam­
po y las limitaciones de espacio nos impiden aquí una discusión amplia (véa­
se la nota 3 y la discusión previa). La importancia del trabajo del arquitecto
es que proporciona una especie de com plem ento pictórico a la descripción
verbal de una excavación. La necesidad y las contribuciones de un arquitecto
profesional han sido resumidas por D e Vries:
IN TR O D U C C IÓ N AL TR A B A JO DE CA M PO 39

Los dibujos arquitectónicos se basan en la medición precisa y la reproduc­


ción a escala de las características y los materiales de un yacimiento. Un objeti­
vo primordial es proporcionar un marco tridimensional en el que pueda situarse
todo lo excavado, incluidas las características estratigráficas del yacimiento y los
m ateriales encontrados dentro de los estratos. En este sentido, el dibujo arqui­
tectónico es similar a la cartografía, y los diferentes dibujos son componentes
integrales de un m apa maestro del emplazamiento. De forma vertical, todas las
características y m ateriales son situables en secciones que engloben todo el ya­
cim iento en relación a su distancia sobre el nivel del mar. Dicho marco tridi­
mensional aporta una localización precisa para todo lo hallado en el yacim iento
en cuestión y hace posible determinar la relación dimensional comparativa entre
éste y las características de otros yacim ientos (1997, p. 198).

P u b l ic ACiONHS

Sin publicaciones, el mejor de los trabajos de campo arqueológicos es un


fracaso. El trabajo de campo en sí m isino no tiene un valor intrínseco excep ­
to para las pocas personas que han participado en él.8 Publicar los resultados
de las excavaciones no sólo proporciona registros permanentes que sobrevi­
virán a los excavadores, también posibilita la investigación a otros arqueólo­
gos, incluyendo los que aún ni siquiera han nacido. Un volumen bien publi­
cado con planos, dibujos, fotografías y demás permite a otros reconstruir en
sus mentes el modo exacto en que el yacim iento fue excavado. Si un arqueó­
logo cualificado no sabe hacer esto, entonces la publicación es de uso de­
fectuoso y en todo caso limitado. Una buena publicación también permite
a otros arqueólogos interpretar por sí m ism os el significado de los datos ar­
queológicos. Aunque puede existir una explicación mejor para los restos ma­
teriales recuperados en cualquier excavación, los arqueólogos con frecuencia
y en ocasiones de forma enérgica, difieren en cuál es. La razón de que las
buenas publicaciones sean tan importantes fue bien apuntado por H. D. Lan­
ce hace varios años: «La excavación de cualquier conjunto particular de da­
tos arqueológicos sólo puede tener lugar una vez. No hay modo de repetir
la experiencia, tal y com o fue, aunque fuera realizada de m odo incom peten­
te» (1981, p. 49).
Lance identificó y habló sobre tres tipos principales de escritos arqueoló­
gicos: informes primarios, crítica y síntesis (1981, pp. 53-58). Más tarde, di­
vidió los informes primarios en tres tipos: los preliminares, los escritos prin­
cipalmente por especialistas (que se vuelven a subdividir) y los finales. Como
Lance observó, es imprescindible que cualquier estudiante de arqueología sea
capaz de utilizar estas fuentes de modo crítico.9 Finalmente aconsejó:
40 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

El investigador tendrá que trazar con cuidado el curso de la publicación,


aceptando el hecho de que toda excavación seguirá un modelo diferente. Algu­
nas van de los informes generales a los informes finales sin realizar informes
preliminares. Algunas, a causa del fallecimiento o desinterés del excavador
nunca van más allá de los informes preliminares o incluso de los generales.
Desde luego los informes generales y a veces incluso los informes preliminares
aparecen de forma imprevisible en diferentes publicaciones. Los informes fina­
les pueden publicarse años más tarde por personas que ni siquiera estuvieron
presentes durante las excavaciones.10 En resumen, el sistem a de publicación es
irregular, incierto, y despilfarra los datos arqueológicos.

A pé n d ic e : U na no ta c r o n o l ó g ic a

Desde los com ienzos de la disciplina se han discutido las fechas de los
periodos arqueológicos. Los problemas y diferencias de opinión son tan im ­
portantes que este campo de la investigación se ha convertido en sí m ism o en
un estudio especializado. Uno no debe desalentarse al leer fechas diferentes
en otras publicaciones. Lo importante aquí es que el lector se familiarice con
la terminología empleada para identificar estos periodos y sus fechas, si no
exactas, aproximadas.
Para la mayoría de ellas he seguido las indicaciones de la O EAN E, vol. 5,
p. 411 y/o las de N E A E H L, vol. 4, pp. 1.529-1.531.

P eriodos prehistóricos

Paleolítico 1.200.000-18000 a.C.


M esolítico 18000-8500 (8000) a.C.
Neolítico 8500-4500 (4200) a.C.
Neolítico precerámico 8500 (8300)-6000 (5500) a.C.
Neolítico cerám ico 6000 (5500)-4500 (4200) a.C.
Calcolítico 4500 (4200)-3300 a.C.

Periodos históricos

Edad del Bronce Antiguo 3300-2200 (2000) a.C.


Edad del Bronce Antiguo 1 3300-3000 a.C.
Edad del Bronce Antiguo II 3000-2700 (2800) a.C.
Edad del Bronce Antiguo III 2700-2200 (2800-2400) a.C.
Edad del Bronce Antiguo IV
(Bronce Medio 1) 2200-2000 (2400-2000) a.C.
Edad del Bronce Medio 2000-1550(1500) a.C.
Edad del Bronce Medio 1 (Edad
del Bronce Medio IIA) 2000-1800 (1750) a.C.
IN TRO D U CCIÓ N AL TR A B A JO DE CA M PO 41

Edad del Bronce M edio II (Edad


del Bronce Medio IIB) 1800-1650 a.C. (otros datan el Bronce
M edio IIB entre c. 1750-1550)
Edad del Bronce M edio III (Edad
del Bronce M edio IIC) 1650-1550 a.C.
Edad del Bronce Tardío 1550-1200 a.C.
Edad del Bronce Tardío 1 1550-1400 a.C.
Edad del Bronce Tardío IIA 1400-1300 a.C.
Edad del Bronce Tardío UB 1300-1200 a.C. (otros ven el Bronce
Tardío 11 entre 1400-1200)
Edad del Hierro 1200-587 (540) a.C.
Hierro I 1200-1000 a.C. (otros dividen el Hie­
rro 1 en dos periodos: IA: 1200-1150;
y IB: 1150-1000)
Hierro II A 1000-923 a.C. (1000-900 según otros)
H ierro 11B 923-700 (900-700)
Hierro IIC 700-540 a.C. (otros datan este periodo
del 700 al 586)
4. EL NACIMIENTO DE LA CIVILIZACIÓN:
DEL NEOLÍTICO A LA EDAD DEL BRONCE
ANTIGUO (c. 8500-2000 A.C.)

El paso más largo en la evolución del hombre es el


cambio del nomadismo a la agricultura aldeana.

Jacob B ro n o w sk i, 1973

LO S ANTECEDENTES

H oy se sabe que los seres humanos vivían en Palestina hace más de


un m illón de años en el periodo llamado «Paleolítico» ( ‘Piedra A ntigua’).
Durante cientos de m iles de años estas gentes permanecieron com o cazado­
res y recolectores.1 Pero en algún m omento del ix m ilenio a.C., tuvo lugar
ese «largo paso en la evolución del hombre» del que hablara Bronowski
(1973, p. 64). Durante los siguientes seis mil quinientos años, los poblado­
res del Oriente Próximo aprendieron a construir y mantener complejas
estructuras sociales, políticas, económ icas y religiosas que van a culminar
en las grandes ciudades fortificadas de la Edad del Bronce Antiguo (véase
más adelante). Entre el final de la denominada «Edad de Piedra Media»
(c. 18000-8500 a.C.) y el com ienzo de la Edad del Bronce Antiguo se sitúan
dos periodos arqueológicos sumamente importantes: el «N eolítico» ( ‘Piedra
N ueva’, c. 8500-4200 a.C.), y el C alcolítico ( ‘Piedra de C obre’, c. 4200-
3300 a.C.). A m bos estadios del desarrollo del ser humano han sido objeto de
un tratamiento m inucioso por parte de los especialistas y se merecen un
serio estudio. Sin embargo, debido a nuestras lim itaciones de espacio, sólo
podem os m encionarlos de m odo sucinto y remitir al lector interesado a la
bibliografía.2
44 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

F ig u r a 4.1. M apa de los yacim ientos neolíticos precerámicos.


EL N A C IM IE N T O D E LA C IV IL IZ A C IÓ N 45

El p erio d o n e o lític o

Este periodo se divide, a su vez, cn dos subperiodos principales: el N e o lí­


tico preccrámico (8500 -6 0 0 0 a.C.) y el N eolítico cerám ico (6 0 0 0 -4 2 0 0 a.C.).
Se han identificado varios cientos de em plazam ientos neolíticos (figura 4.1)
en el Oriente Próximo, desde el Eufrates m edio en Siria, al desierto del Sinaí en
el Levante m eridional. U no de los más fam osos es Jericó, aún llam ada «la
ciudad más antigua del mundo» (véase Kenyon, 1979). Entre los principales
logros de este largo periodo prehistórico se encuentra el «descubrim iento»
de la cerám ica en algún m om ento del vi m ilenio a.C., quizá propiciado por
el uso que se hacía de hogares enlucidos desde el N eolítico precerám ico B
(A. Mazar, 1990, p. 49). En consecuencia, los restos cerám icos que se en ­
cuentran en los yacim ientos del Oriente Próxim o son una de las principales
herramientas de diagnóstico a disposición del arqueólogo, no sólo a la hora
de establecer cronologías absolutas, sino también para com prender m uchos
otros aspectos de las sociedades antiguas.

E l pe r io d o c a l c o l ít ic o

En el vi m ilenio a.C., surge en el Oriente Próxim o la tecnología necesaria


para la producción del cobrc. D icha técnica no reem plazó sin em bargo el uso
de la piedra, de ahí el nombre de «C alcolítico» con que se describe el perio­
do. Aunque se conocen m uchos em plazam ientos calcolíticos, esta ép oca es
aún en cierta m edida un misterio por lo que se refiere tanto a su inicio com o
a su fin. Se han encontrado sólo cn Palestina más de 200 yacim ientos (fi­
gura 4.2). Se extienden desde el Golán cn el norte al N cguev en el sur; de la
llanura cosiera cn el oeste a la Transjordania en el este. Tres de los asenta­
m ientos permanentes más importantes son Shiqm im (Levy 1995 a) y Gilat en
la región de Beersheba, y Teleilat Ghassul en Transjordania. Estos yacim ien ­
tos han proporcionado la mayor parle de la inform ación de la que disponem os
para este periodo.
U no de los avances más sorprendentes de esta cultura se refiere a la esp e­
cialización artesanal. La alta calidad de los restos materiales sugiere la ex is­
tencia de una clase profesional de artesanos cualificados. Buena prueba de
ello son las piezas de cobre, cuyos ejem plos más fam osos se hallaron en la
«Cueva del Tesoro» en 1961 (Bar-Adon, 1980;M oorey. 1988; figura 4.3). Este
tesoro contiene 4 16 piezas de cobre, así com o objetos cn marfil tallados sobre
colm illos de hipopótam o y elefante. En la producción artesanal de este perio­
do se incluyen una industria del basalto en el Golán (Epstein, 1977), estatuí-
46 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

F ig u r a 4 .2 . M apa de los principales yacim ientos cerámicos del Neolítico y el


Calcolítico.
E L N A CIM IEN TO D E L A C IV ILIZA C IÓ N 47

Tesoro calcolítico de cobre procedente del desierto n de Judea, primera


F ig u r a 4 .3 .
mitad del iv milenio a.C., Nahal Mishmar. Colección del Departameiento de Antigüeda­
des de Israel. Fotografía del M useo de Israel, David Harris.

lias antropomorfas en marfil procedentes, entre otros lugartres, de Bir Safadi


(figura 4.4) (Levy, 1986, p. 92), y enigmáticas pinturas miaurales en Teleilat
Ghassul (Cameron, 1981). A esto se añade el hecho de que i las piezas en oro
más antiguas descubiertas en Palestina datan de esta época a (Gopher y Tsuk,
199i). Debemos mencionar, de forma especial, los numeierosos objetos de
pequeño tamaño con form a de violín hallados en muchos s yacimientos, fa­
bricados normalmente en piedra (granito o creta) con una 1 longitud de entre
20 y 25 cm. Un ejemplo destacable de estos objetos es e] qque se encontró en
Shiqmim, realizado en hueso (Levy, 1996). Esta figurilla tieiene sólo 10 cm de
altura y está decorada a base de varias líneas de perforacioneres. En el rostro se
resaltan los ojos y la nariz. Levy ha interpretado esta pieza a como una repre­
sentación de aspectos sincréticos y mnemónicos de la cultuiura calcolítica que
hoy por hoy desconocemos.
48 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Figura 4.4. Figurillas calcolíticas de marfil, primera mitad del iv milenio a.C. Colección
del Departamento de Antigüedades de Israel. Fotografía del Museo de Israel, Jerusalén.

Otra característica de esta cultura calcolítica son los cementerios tradicio­


nales situados fuera de las áreas de habitación. A lgunos de éstos se encuen­
tran en cuevas hechas por el hombre, muchas de ellas en la llanura costera.
Los enterramientos secundarios, a menudo en osarios (recipientes cerámicos
en forma de casa; figura 4.5), se convierten en una práctica popular para
los adultos. A los niños, sin embargo, se les enterraba con frecuencia bajo los
suelos de las casas (Teleilat Gbassul) o en grandes píthoi.
EL N ACIM IF.NTO D E LA C IV ILIZA C IÓ N 49

F ig u r a 4.5. Osario calcolítico. Fotografía de J. Laughlin.

Tras mil años de existencia, los calcolíticos desaparecen. Muchos yaci­


mientos fueron abandonados y nunca volvieron a habitarse. No conocemos
la razón de esta repentina marcha. Se han propuesto toda clase de hipótesis,
desde cam bios políticos y sociales hasta una catástrofe m edioambiental o un
trastorno de tipo económico. De hecho no se sabe la causa exacta de su
desaparición ni a dónde fueron a parar. Gonen, en su estudio, lo ha resum i­
do bien:

El periodo Calcolítico resulta un misterio de principio a fin. Si no está por


venir ningún avance significativo en la apreciación de su verdadera esencia,
sólo nos quedará contem plar sus creaciones, admirarlas, y preguntam os quié­
nes fueron sus creadores, cómo vivían, de qué modo interpretaban el mundo
que les rodeaba, y por qué finalmente desaparecieron de la escena de la historia
humana (1992a, p. 80).
50 LA A R Q U EO LO G ÍA Y L A BIBLIA

L a E dad del B ronce A n t ig u o (3300-2000 a .C .)

La comprensión de la Edad del Bronce Antiguo por parte de los arqueólo­


gos ha experimentado una gran revolución en los últimos quince o veinte
años. Las publicaciones acerca de este periodo han proliferado y han dado lu­
gar a una lista interminable de libros, artículos generales y estudios técnicos
especializados de todo tipo.3 Las antiguas síntesis se apoyaban principalmen­
te en los datos extraídos de los tells más importantes de Palestina, tales como
Arad, et-Tell (‘Ai), Beth Shan. Hazor, Jericó, Gezer, Megido, Tell el-F ar‘ah
Norte, Yarmuth y Lachish entre otros. Hoy, estos datos se han visto amplia­
dos gracias a recientes prospecciones y excavaciones de muchos yacimientos
circunscritos a un único periodo. Es más, el antiguo paradigma político-histó-
rico ha sido reemplazado por una aproximación más holística que tiene en
cuenta los modelos más novedosos de interpretación del pasado, tomados de
la antropología y las ciencias sociales. El resultado final ha sido un gran
aumento de los datos relativos a todo aquello que atañe, entre otras cuestio­
nes, a los patrones de asentamiento, la estratificación política, social y econó­
mica; la identificación del papel de los géneros; las relaciones m edioambien­
tales; los patrones de comercio; el aprovechamiento de la tierra... Aunque es
necesario emplear estos enfoques con una adecuada cautela, únicamente pue­
de esperarse que la información de base se incremente con el descubrimiento
y/o excavación de más enclaves.
También la cronología de la Edad del Bronce Antiguo ha experimentado
una serie de revisiones durante aproximadamente la última década. Las áreas
principales de discusión atañen tanto a las fechas de inicio como a las de fin.
En el caso de estas últimas, ha existido una enérgica discusión acerca de la
terminología para el periodo, lo que ha llevado a confusión.4 Basada en las
dataciones de carbono-14 y en las correlaciones con los periodos egipcios, la
siguiente division cuatripartita (con algunas subdivisiones) parece contar con
la aprobación de la mayoría de los arqueólogos, al menos entre aquellos que
escriben sobre este periodo; véase en particular Dever (1980b, 1995b), ambas
publicaciones con completas bibliografías.

Palestina Egipto

Bronce Antiguo I: 3400-3100 a.C. Gerzense: 3700-3100


Bronce Antiguo II: 3100-2700 Dinástico temprano: 3100-2700
Bronce Antiguo III: 2700-2300 Reino Antiguo: 2700-2200
Bronce Antiguo IV: 2300-2000 Prim er Intermedio: 2200-20005
E L N A CIM IEN TO D E LA C IV ILIZA CIÓ N 51

F ig u r a 4 .6 . M apa de los yacimientos de la Edad del Bronce Antiguo.


52 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Denominar a todos los años comprendidos entre el c. 3400 y 2000 a.C.


Edad del Bronce Antiguo es, en cierta medida, inapropiado. El bronce (aleación
compuesta de cobre y, normalmente, estaño) no está excesivamente difundido
antes del llamado Bronce M edio (2000-1550 a.C.). De hecho, incluso se ha
argumentado que ni siquiera aparecía hasta este periodo.6 Sin embargo, hoy dis­
ponemos de pruebas de que el bronce era conocido, al menos, en el Bronce An­
tiguo IV. Tales pruebas aparecen en forma de puñales fabricados de este metal y
que fueron hallados en una tumba del Bronce Antiguo IV en el valle de Huleh,
cerca de ‘Enan. Existe también testimonio literario de que en Siria (Ebla), en el
siglo X X I V a.C., ya se conocía el bronce (Palumbo, 1991, pp. 107-108).
N o sabemos cuántos emplazamientos del Bronce Antiguo existen o exis­
tieron (figura 4.6). Muchos, especialmente em plazamientos circunscritos a un
único periodo, pueden haber sido destruidos por la naturaleza o por la activi­
dad humana, y muchos oíros simplemente no se han encontrado. Pero para
el periodo com pleto de 1.400 años, contamos con un listado de miles de ya­
cim ientos (incluidos tanto asentamientos donde la población efectivamente
vivía com o enterramientos). Sin embargo, apenas cien de las áreas habitadas
se han excavado en cierta extensión.7
Las excavaciones, prospecciones, estudios especializados (com o por ejemplo
los cerám icos) y otros asuntos que se han convertido de una u otra forma en
tema de las publicaciones sobre este largo e importante periodo son dema­
siados para tratarlos eon detalle en este breve resumen. El lector deberá con­
sultar la bibliografía.

La E dad del Bronce A ntiguo I (3300-3000 a.C.)

Dado que durante mucho tiempo la Edad del Bronce Antiguo I fue cono­
cida principalmente a partir de los hallazgos en los cementerios (y todavía
ocurre hasta cierto punto así), los primeros arqueólogos explicaron la apari­
ción de las poblaciones del Bronce Antiguo I com o forasteros que, o bien mi­
graron a Palestina de forma pacífica, o bien la conquistaron por la fuerza.s
Aunque aún se debate la cuestión de la desaparición de las poblaciones
del Calcolítico y el origen u orígenes de las que habitaban los yacimientos del
Bronce Antiguo 1, existe un creciente acuerdo en vincular la cultura de la Edad
del Bronce Antiguo I a los grupos indígenas que se desarrollaron a partir del
periodo calcolítico precedente (Hanbury-Tenison, 1986, ilustración 14; R i­
chard, 1987; Schaub, 1982). Amiran ha argumentado que ciertos recipientes
de cerámica y basalto de la Edad del Bronce Antiguo I evolucionaron direc­
tamente de las formas calcolíticas, lo que demostraría la continuidad entre
las dos épocas (1985a; véase asimismo Hanbury-Tenison, 1986, pp. 72-103).
Amiran también ha sugerido que tanto el creciente contacto con Egipto com o
EL N A C IM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N 53

el posterior desarrollo de una econom ía agropastoril durante el Bronce Anti­


guo I ya se anticiparon en el periodo calcolítico, y apunta de este modo a un
origen indígena de la cultura de la Edad del Bronce Antiguo I.
El estudio de Hanbury-Tenison (1986) es, hasta ahora, el más profundo al
respecto. Mediante la comparación de aspectos tales com o patrones de asen­
tamiento, m odelos económ icos, tradiciones cerámicas y líticas, especializa­
ción artesanal y arquitectura, llegó a la conclusión de que aunque se produjo
una com pleta ruptura entre los dos periodos, es decir, entre el Calcolítico Tar­
dío y el Bronce Antiguo I, se trató más de una «transición gradual, que de un
cambio abrupto. N o hay fundamentos para una hipótesis invasionista o para
rastrear las raíces del Bronce Antiguo I fuera de Palestina y Transjordania»
(1986, p. 251; cf. la conclusión de Richard, 1987, p. 24).
Sin embargo, debido a la dificultad siempre presente cuando uno intenta
interpretar e 1 significado de los cambios en la cultura material, no todos los ar­
queólogos coinciden en que la transición desde el Calcolítico Tardío a la Edad
del Bronce Antiguo I fuera un asunto exclusivamente local. A. Mazar, en su
reciente estudio sobre este periodo, dice: «Así, parece que la cultura material de
la Palestina de la Edad del Bronce I fue una mezcla de rasgos nuevos —origina­
rios de Siria, Anatolia, y Mesopotamia— con elementos arraigados en la cultura
local del periodo precedente» (1990, p. 105; cf. Gophna, 1995). No obstante,
existe un creciente cuerpo de datos que indica que los elementos indígenas juga­
ron un papel sin duda más importante de lo que se creía hace no muchos años.
Uno de los cambios más evidentes que tuvo lugar durante el Bronce Anti­
guo I fue la elección de las áreas de asentamiento. En contraste con el perio­
do calcolítico previo, donde el patrón de asentamiento a menudo incluía
regiones áridas (tales com o el Neguev septentrional), se ha estimado que el
90 por 100 de los yacimientos del Bronce Antiguo I se encuentran en áreas de
asentamiento nuevas (Ben-Tor, 1992, p. 84). Estas áreas incluyen especial­
mente la región montañosa central de Palestina, el valle del Jordán y la Sefelá
(Hanbury-Tenison, 1986).
Un rasgo deslacable de este patrón es el gran incremento en el número de
asentamientos en el norte, y el casi total abandono de los que existían en el
sur. Finkelstein y Gophna han puesto de manifiesto que en el Neguev ese nú­
mero se redujo de setenta y cinco emplazamientos en el periodo calcolítico a
ocho en el Bronce Antiguo I. Por el contrario, en la región montañosa central,
se pasó de veintiocho durante el C alcolítico a más de sesenta yacim ientos
durante el Bronce Antiguo I (Finkelstein y Gophna, 1993). Este patrón ocu­
pacional de la región montañosa central durante el Bronce Antiguo I se re­
petirá sólo en dos ocasiones más: una durante la Edad del Bronce M edio
(2000-1550 a.C.) y, de nuevo, durante la Edad del Hierro (1200-587/540 a.C.;
Finkelstein y Gophna, 1993, p. 6; cf. A. Mazar, 1990, p. 95).
54 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Finkelstein y Gophna también explicaron este aumento del número de en­


claves habitados no corno una «explosión demográfica» (ya que algunos así
lo habían sugerido), sino debido a las ventajas económ icas que el entorno na­
tural de las tierras altas ofrecía. Este medio va muy bien para el cultivo de
aceitunas y uvas, así com o para la cría de animales. La producción a gran
escala de aceitunas y vino durante el Bronce Antiguo I abrió la posibilidad
del com ercio, en particular con Egipto (1993, pp. 12-13).1' La institución de
los patrones com erciales implicaría una cierta organización central y una
estabilidad política y social. Esto puede ayudar a explicar por qué, com o en
los periodos calcolíticos precedentes, la mayor parte de los yacimientos del
Bronce Antiguo I no estaban fortificados. En cualquier caso, el pastoreo
(principalmente de la cabra y la oveja) y la producción de aceituna y vino se
convirtió en la base de la vida económ ica de Palestina (Ben-Tor, 1992, p. 85;
Richard, 1987; Hanbury-Tenison, 1986).
Aunque la mayoría de los arqueólogos dividen la Edad del Bronce Anti­
guo I en dos periodos principales (Bronce Antiguo I y Bronce Antiguo II),"1
por razones de espacio consideraremos el periodo com o un todo. Muchas ciu­
dades importantes de la Edad del Bronce, com o Hazor, ‘Ai, Jericó, Lachish,
M egido, Gezer y Arad, por nombrar algunas, tienen restos del Bronce Anti­
guo I. Sin embargo muchos asentamientos del Bronce Antiguo 1 fueron bas­
tante pequeños y tuvieron una duración relativamente corta." Un ejemplo de
lo dicho es Ein Shadud, una aldea del Bronce Antiguo I no amurallada situa­
da a unos pocos kilómetros al noroeste de Afula, y cuya excavación se llevó a
cabo en 1979 (Braun y Gibson, 1984; Braun et al., 1985). Su econom ía se ba­
saba en la agricultura y en la cría de ganado, com o sin duda era el caso de la
mayoría de las aldeas de esta época. En algún momento hacia finales del Bron­
ce Antiguo I, el em plazamiento fue abandonado y riunca se volvió a ocupar.
Otro yacimiento importante del Bronce Antiguo 1 es Hartuv, situado cerca
de Beth-Shemesh cn la Sefelá (A. Mazar y P. de Miroschedji, 1996). Uno de los
principales descubrimientos que tuvieron lugar allí fue una estructura, quizá un
santuario, que contenía una serie de piedras colocadas verticalmente, llamadas
massebot. Tales pilares aparecen de forma recurrente en la religión cananea e is­
raelita (véase más adelante). Aquí, los excavadores las interpretaron com o pie­
dras en honor de patriarcas fallecidos.12 Hartuv fue también abandonada a finales
del Bronce Antiguo I, lo que indica que la transición al Bronce Antiguo II fue de
signo pacífico. En este caso los excavadores sugirieron que el naciente asenta­
miento urbano de Tel Yarmuth, que se convirtió en una gran ciudad fortificada
durante el Bronce Antiguo II, podría haber absorbido a los habitantes de Hartuv.
Sus m assebot y su «santuario», así com o los restos materiales de otras
construcciones identificadas com o «tem plos» plantean la cuestión de la natu­
raleza del culto (o cultos) religiosos que se desarrollaron durante este perio­
EL N A CIM IEN TO D E LA C IV ILIZA CIÓ N 55

do. El hecho de que los llamados «templos» sean los únicos edificios públi­
cos conocidos del Bronce Antiguo I puede indicar que los líderes religiosos
(¿sacerdotes?) tenían un considerable poder durante esta época prehistórica
(A. Mazar, 1990, p. 98). En este contexto podemos también mencionar un
grupo de pinturas encontradas en el pavimento de un patio asociado al templo
«doble» de M egido (estrato XIX). Estas pinturas incluyen imágenes de ani­
males, antropomorfas... entre otras. Tales ejemplos, junto a impresiones dis­
persas de sellos sobre recipientes cerámicos, constituyen la mayor parte del
trabajo «artístico» que conocem os correspondiente al Bronce Antiguo I.

La cerám ica de la E dad del Bronce A ntiguo I

N o podemos pasar por alto la importancia de los restos cerámicos en los


yacimientos del Oriente Próximo. La identificación cultural y/o étnica (que no
es lo m ismo) de un pueblo, sus relaciones con otros grupos (tanto extranjeros
com o locales), la cronología absoluta de su ocupación del lugar, así com o
otros aspectos, todos se reflejan en las colecciones cerámicas recogidas y estu­
diadas por los arqueólogos. La cuestión de la «etnicidad» es tan importante
com o compleja. El debate referente a este lema está abierto, especialmente por
lo que respecta a la cuestión del origen e identidad del «antiguo Israel» (véase
más adelante, capítulos 8 y 9 y notas). Existe una creciente discusión acerca de
si los restos cerámicos son o no un verdadero marcador étnico (véase en par­
ticular Dever, 1993b, 1995c; Finkelstein, 1996; y más adelante). Los argumen­
tos son com plejos y técnicos, y únicamente los especialistas están cualificados
para tratar estos planteamientos con detalle. No obstante, los conjuntos ce­
rámicos son esenciales (en especial en ausencia de textos escritos) com o es
el caso de Palestina y Transjordania durante la Edad del Bronce Antiguo. La
mayoría de las publicaciones sobre trabajo de campo, ya sea en sus páginas
preliminares o en las finales, incluyen descripciones del repertorio cerámico
(figura 4.7). Ser capaz de «leer» la cerámica lleva años de experiencia y estu­
dio sobre el tema. Aquí sólo podemos ofrecer un brevísimo resumen."
Las discusiones sobre la cerámica del Bronce Antiguo I se centran nor­
malmente en tres grupos principales: «roja bruñida», «gris bruñida» y las
«pintadas en rojo». Sin embargo algunos arqueólogos han utilizado nombres
diferentes para la misma cerámica, con lo que se ha creado de este modo una
confusión innecesaria. Kenyon, por ejemplo, llamó a la cerámica roja bruñi­
da «Protourbana A» o PUA; a la roja «Protourbana B» o PUB; y a la gris
bruñida «Protourbana C» o PUC (1979). Además, dado que la cerámica gris
bruñida se encontró por primera vez en el valle de Esdrelón, en particular en
M egido, a veces se la llama «cerámica de Esdrelón».
56 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Núm. de Núm. de
objeto registro Locus Descripción

1. Fuente 232/2 18 Pasta roja clara (10R 6/8); partículas blan­


cas y rojas. MW
2. Fuente 169/5 18 Pasta amarilla rojiza (5YR 7/6); partículas
blancas y marrones; borde bruñido; MW
3. Fuente 169/3 18 Pasta roja clara (10R 6/6); partículas blan­
cas y grises; labio rojo; bruñida
4. Fuente 230/4 18 Pasta marrón rojiza clara (2.5YR); núcleo
gris; partículas blancas y rojas; labio rojo;
bien cocida (MW?).
5. Cuenco 237/4 18 Pasta roja amarillenta (5YR 7/6); partículas
blancas, rojas y grises; labio rojo delgado;
cocción media
6. Jofaina 237/2 18 Pasta roja clara ( 10R 6/8); núcleo rojo claro;
partículas blancas y rojas; decoración a pei­
ne; MW
7. Cerámica de cocina 169/8 18 Pasta roja (2.5YR 5/6); partículas blancas,
rojas y grises: exterior ennegrecido; cocción
media
8. Cerámica de cocina 169/4 18 Pasta marrón rojiza (5YR 5/4); partículas
blancas, grises y de calcita; ennegrecida;
cocción media
9. Jarra 148/10 18 Pasta rosa (7.5YR 8/4); partículas blancas y
grises; decoración en rojo; cocción media
10. Píthos 235/1 18 Pasta roja clara (2.5YR 6/6); núcleo gris ro-
sácco; partículas blancas, rojas y marrones;
decoración a peine; MW
11. Cuenco 23200/1 4663 Pasta roja clara (2.5YR 6/8); superficie roja
clara (2.5YR 6/6); partículas blancas, rojas
y marrones; a torno; buena cocción
12. Cerámica de cocina 23223/5 4674 Pasta marrón rojiza clara (5YR 6/4); par­
tículas blancas, grises y de calcita; ennegre­
cida; buena cocción
13. Fragmento de asa 23200/7 4663 Pasta roja clara (2.5YR 6/6); partículas
blancas y de calcita; decoración a peine; en­
negrecida; cocción media
14. Fragmento de asa 23248/7 4674 Pasta gris (10YR 5/1); partículas de cuarzo;
impresión vegetal

F ig u r a 4.7. Clave.
EL NACTMIENTO DE LA C IV ILIZA C IÓ N 57

F i g u r a 4.7. Tipología cerámica del Bronce Antiguo III. Tomado de Dan l. Cortesía
de A. Biran, excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén, 1996.

Persiste además un debate entre los arqueólogos en torno a la cronología


de la aparición de ciertos tipos, así com o a su origen y distribución. Algunos
creen que los diferentes tipos cerámicos apuntan a variaciones regionales
dentro del periodo del Bronce Antiguo I. Por ejemplo, la mayor parte de la
cerámica gris bruñida se localiza en los yacimientos septentrionales y en
Transjordania.14 La discusión aquí afecta a la cronología de ciertos tipos cera-
58 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

m icos y lo que su presencia en los yacimientos arqueológicos nos dice sobre


la transición del C alcolítico a la Edad del Bronce Antiguo I, así com o de la
transición del Bronce Antiguo I preurbano al Bronce Antiguo II urbano.15
Junto a estas formas cerámicas distintivas del Bronce Antiguo I, existe
también lo que se ha llamado cerámica «lisa», que se repite en los diferen­
tes periodos (Hanbury-Tenison, 1986, pp. 119-121 y 129-131, ilustración 23).
Parte del problema consiste en que se han encontrado muy pocos yacimientos
con secuencias cerámicas de todo el Bronce Antiguo 1. Hanbury-Tenison
identificaron dos: Shunah Norte y Umm Hammad, ambos en la orilla este del
Jordán. En cuanto a la secuencia cerámica de Umm Hammad, «muestra un
desarrollo local intercalada por formas distintivas bien conocidas en otros
lugares, gris bruñida, tipo Jawa, y cerámica protourbana D, y ello nos propor­
ciona, por primera vez, un marco cronológico secuencial para estas cerámi­
cas» (1986, p. 120).
Es ésta una conclusión importante, ya que sólo mediante el hallazgo de res­
tos cerámicos en contextos cstratigráficos claros pueden hacerse juicios crono­
lógicos justificados. Tales contextos no son siempre el caso de las tumbas,
donde se ha encontrado la mayor parte de la cerámica del Bronce Antiguo I.

Las prácticas funerarias de la E dad del Bronce A ntiguo /

Dado que una gran parte de nuestro conocim iento del Bronce Antiguo I
proviene de los enterramientos, no ha de sorprendernos que éstos hayan re­
cibido una atención especial por parte de los arqueólogos.1'’ En el pasado,
se hizo un particular énfasis en los cementerios descubiertos en Jericó y Bab
edh-Dhra‘, entre otros. Al parecer, fueron com unes tres tipos de enterramien­
tos durante este periodo: «desarticulados» (los huesos de los esqueletos han
sido trasladados); «secundarios» (los huesos se entierran de nuevo tras la des­
com posición del cadáver); y «articulados» (los huesos no han sido traslada­
dos). Muchas de las tumbas de este periodo son cuevas artificiales excavadas
en las laderas de las colinas (Jcricó), o cuevas naturales (Tell el-Far‘ah Norte).
Otros son tumbas de cámara (Bab edh-Dhra‘), a las que se accede por una
galería excavada en la roca. El número de cámaras varía entre una y cuatro.
Existe algún ejemplo de cremación, entre otros yacimientos, en Gezer y en
los osarios de Bab edh-Dhra‘ (Hanbury-Tenison, 1986, pp. 234, 238). Sin
embargo, la cremación no parece haber sido demasiado común, y la razón
por la que algunos cuerpos fueron incinerados es aún un misterio (Hanbury-
Tenison, 1986, p. 247).
Otra forma de enterramiento son los dólm enes (del celta d o l = ‘m esa’ y
m en = ‘piedra’), la mayoría localizados en el Levante septentrional. Aunque
EL N A CIM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N 59

existen diferencias en la construcción de estos dólmenes, muchos están reali­


zados a partir de grandes bloques de roca utilizados en los lados y en la parte
superior, y a veces también en los extremos. Se encuentran normalmente
sobre un montículo de piedras y pueden tener una ventana o una puerta escul­
pida. Esta variedad es particularmente corriente en el caso de Transjordania.
N o hay acuerdo sobre su datación, pero Hanbury-Tenison apunta al gran
campo de dólmenes de Jebel Mutawwaq, en la Transjordania septentrional,
com o prueba para fecharlos en el Bronce Antiguo 1 ( 1986, pp. 244-245, e ilus­
tración 38). Zohar (1993), por su parte, aunque los data en un periodo tan
temprano com o el C alcolítico, sitúa su época principal de uso entre el Bronce
Antiguo IV y el Bronce M edio 1 (c. 2200-1800 a.C.).

Las conexiones egipcias

Existen numerosas pruebas de la presencia egipcia cn Palestina, cn especial


en la región costera, durante el Bronce Antiguo I. Buena parte de las mismas
provienen del yacimiento de Tei ‘Erani, donde se encontraron más de 1.000
recipientes cerámicos egipcios (Bcn-Tor, 1991; Brandi, 1992, 1997). En el pa­
sado, esto se interpretó com o un signo de la opresión militar egipcia. Pero
más recientemente se ha hecho hincapié en explicar estos enclaves egipcios
simplemente com o «asentamientos com erciales».17 En su estudio, Ward (1991)
llegó a la conclusión de que las razones de la presencia de colonos egipcios
en el norte del Sinaí y Neguev durante el Bronce Antiguo I fueron «com ercia­
les» y no militares.
Los hallazgos en el yacimiento de En Besor avalan la interpretación no
militarista de la presencia egipcia. El planteamiento que aboga por la convi­
vencia durante casi 200 años de una población egipcia de varios cientos de
individuos con los habitantes indígenas se basa en la presencia de numerosas
hojas de hoz y escasas puntas de flecha, lo que ha llevado a suponer que la
población era civil, no militar (Ben-Tor, 1991).
Sin embargo, durante el periodo posterior del Bronce Antiguo II, las rela­
ciones con Egipto se reducen drásticamente. La causa, aunque no se sabe con
exactitud, pudiera estar en los cam bios sociales-políticos-económ icos que
tuvieron lugar durante este periodo. Lo que sí está claro es que se produjo un
cambio radical que tuvo com o resultado la construcción, por vez primera, de
grandes fortificaciones.18 N o obstante, los contactos com erciales con Egipto
iniciados durante el Bronce Antiguo I fueron sólo el com ienzo de lo que un
arqueólogo ha descrito com o «una intrincada red de relaciones ... que se pro­
longarán a lo largo de tres m ilenios» (Richard, 1987, p. 27).
60 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

La E dad del B ronce A ntiguo / / - / / / (3000-2300/2200 a.C.)

Los periodos correspondientes al Bronce Antiguo 1I-III son el corazón de


la Edad del Bronce Antiguo en Palestina/Transjordania. Éste fue el momento
de las «ciudades-estado», la primera época realmente «urbana» en la historia de
esta región. Sin embargo, es preciso entender los términos «ciudad-estado»
y/o «urbano» de forma adecuada. A partir de los trabajos de prospección se
identificaron unos 260 yacimientos del Bronce Antiguo 11-111 en Palestina, de
los que más de un 60 por 100 (158) tenían una hectárea o menos (Broshi y
Gophna, 1984). A sí la palabra «ciudad», cuando es aplicada a estos asenta­
mientos primitivos, no tiene ninguna de sus connotaciones modernas en térmi­
nos de tamaño. Algunas de estas «ciudades» existieron a lo largo de los perio­
dos 11-1II del Bronce Antiguo, incluidas Dan (Laish), ‘Ai, ‘Erani, Yarmuth,
Jericó y Bab edh-Dhra‘. Otros yacimientos fueron abandonados o destruidos
durante el Bronce Antiguo 11, entre ellos Arad y Gezer. Para el final del Bronce
Antiguo 111, todos estos asentamientos serán destruidos o abandonados, y mu­
chos, tales com o Arad y ‘Ai, no volverán a ser ocupados durante siglos.
Mientras en el pasado se hizo especial énfasis en los grandes tells que
abarcaron la mayor parte del periodo del Bronce Antiguo, prospecciones re­
cientes (Finkelstein y Gophna, 1993; Palumbo, 1991) han puesto de manifiesto
que durante el Bronce Antiguo II-II1, prosperaron las comunidades rurales y
las aldeas. Parece lógico pensar que estos pequeños enclaves rurales estarían
vinculados económ icam ente y políticamente a las ciudades de mayor tamaño.
De hecho, en el estudio de Broshi y Gophna, veinte yacimientos, lo que supo­
ne casi la mitad del espacio total ocupado durante estos periodos, tenían más
de 10 ha de extensión. Algunos de estos yacimientos, com o Tel Dan (20 ha),
Hazor (10 ha), ‘Ai (11 ha) y Lachish (15 ha), figurarán en la historia de los
israelitas bíblicos siglos más tarde.
En el Sinaí, durante el Bronce Antiguo II, tuvo lugar lo que Beit-Arieh
(1981) describió com o una «expansión extensiva del asentamiento» vincula­
do a Arad. También concluyó que los restos materiales apuntan a un «único
grupo étnico» responsable de su crecimiento (p. 50). Aunque Beit-Arieh no
identificó a este «único grupo étnico», otros han argumentado que los asenta­
mientos amurallados del Bronce Antiguo II-III no eran el resultado de pobla­
ciones nuevas llegadas a la zona, sino de procesos internos (de tipo social y
económ ico) que se habían puesto en marcha en el largo periodo precedente
del Bronce Antiguo I (Gophna, 1995, p. 274; Hanbury-Tenison, 1986; para
un planteamiento más antiguo pero muy influyente véase Kenyon [1979,
pp. 84-118]). Es más, Richard llegó a la conclusión de que la semejanza de la
cultura material apuntaba a una «sociedad integrada» (1987, p. 29).
EL N A C IM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N 61

Sin embargo persisten muchas preguntas. ¿De qué m odo se relacionaban


aldeas y asentamientos fortificados? ¿Por qué fueron precisas esas im ponen­
tes fortificaciones? ¿Proporcionaban los núcleos no urbanos los materiales
que las ciudades requerían, tales com o alim entos y otros productos? ¿Qué
tipo de «administración» existía para supervisar aspectos tan críticos com o
el aprovechamiento de la tierra y el agua y la distribución de los bienes?
Todos estos temas llevaron a Richard a sugerir que durante este periodo
existía una sociedad organizada en tres niveles, com puesta de «ciudades,
poblaciones de menor tamaño y aldeas con una sociedad com pletam ente in­
tegrada en la que se darían unas com plejas interrelaciones e interdependen­
cias» (1987, p. 29).
Aunque algunos yacimientos del Bronce Antiguo II fueron abandonados
o destruidos y no volvieron a habitarse durante el Bronce Antiguo 111 (es el
caso de Arad, Tell el-F ar‘ah Norte), otros fueron reconstruidos (por ejem plo
Tel Dan, Megido, 'Ai, Beth Shan y Jericó). ¡Kenyon afirmó que en algunos
puntos las murallas del Bronce Antiguo de Jericó se habían reparado un total
de diecisiete veces! (1979, p. 29.) Para complicar aún más las cosas, aparen­
temente también se fundan nuevos yacimientos durante el Bronce Antiguo III
(así Bethel, Beth-Shemesh, Tell Beit Mirsim y Hazor). En la zona septentrio­
nal de Palestina, algunos de ellos adquirieron importancia durante el Bronce
Antiguo III. Se incluyen aquí Tel Dan, Tel Abel Beit M a‘acah, Tel Qadesh,
Hazor, M egido, Ta‘anach, Beth-Yerah y Beth Shan. En las colinas de Judea,
‘Ai se convirtió en un importante centro regional, tal y com o hizo aparente­
mente Arad en el Ncguev septentrional.
Una de las principales características arquitectónicas de este periodo fue
la construcción de grandes fortificaciones. Entre otros ejem plos tenem os las
de ‘Ai, la muralla de Jericó (de 8 metros de grosor)...¡y la muralla d efen si­
va de Arad, de más de 1.150 metros de longitud! No obstante, a pesar de tales
edificaciones, hacia el 2300 a.C., estos enormes lells fortificados o bien ha­
bían sido abandonados o bien destruidos. Después de haber sobrevivido
unos 700 años, los temores que indujeron al levantamiento de aquellas forti­
ficaciones se hicieron realidad. No está claro qué fue lo que ocurrió para
provocar el fin del periodo. Quizá se produjo un conflicto entre los centros
urbanos y las poblaciones no urbanas (¿nómadas pastoriles?); o bien, com o
indica un grupo de inscripciones, los egipcios atacaron algunas de las ciuda­
des. Podríamos pensar que las causas fueron m edioambientales. Cualquiera
que sea la razón o las razones, la urbanizada Edad del Bronce Antiguo se
derrumbó. Transcurrirán tres siglos antes de que estos asentamientos existan
de nuevo.
62 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

La E dad del B ronce A ntiguo IV (2300/2200-2000 a.C.)

D esde finales de los años setenta se ha llevado a cabo un estudio tan in­
tenso de aproximadamente los últimos tres siglos del m m ilenio a.C. que este
periodo se ha convertido en sí m ism o en un campo de investigación especia­
lizada.20 A pesar de este interés por parte de arqueólogos e historiadores, mu­
chas preguntas permanecen sin respuesta. ¿Quién o qué puso fin a la larga
cultura urbana del Bronce Antiguo II-III? ¿Cuál fue el origen (u orígenes) de
los pueblos que habitaban las ciudades, las aldeas y las cuevas del Bronce
Antiguo IV? ¿Qué tipo de relación podemos establecer entre la cultura del
Bronce Antiguo IV y la previa del Bronce Antiguo 11-111? ¿Qué conexiones,
si las hay, existieron entre esta cultura y la posterior de la Edad del Bronce
Medio?
Aunque aún carecemos de respuestas definitivas para estas y otras cues­
tiones, en algunos casos las viejas teorías y conclusiones se han visto supe­
radas, o seriamente modificadas. En las décadas de los sesenta y setenta era
común abogar por una com pleta ruptura entre el periodo llamado Bronce An­
tiguo IV y la precedente época urbana. Esta ruptura se atribuía habitualmente
a una invasión de amoritas o de algún otro grupo proveniente del norte (así
Kenyon, 1979, pp. 119-147; cf. Lapp, 1970; De Vaux, 1971). Del mismo
m odo, hasta no hace mucho, dado que la mayor parte de la cultura material
de esta época era conocida a partir de depósitos funerarios, el periodo recibía
frecuentemente el apelativo de «Edad Oscura».
Debido a lo poco que conocem os sobre este periodo, existía también de­
sacuerdo (y aún existe) acerca de cóm o llamarlo. Kenyon, sobre la base de su
interpretación de los restos funerarios de Jericó, lo denominó «Bronce Anti­
guo Intermedio-Bronce Medio» (1979, p. 119). Otros lo han llamado «Bronce
M edio I» (cf. terminología de N E A E H L y en O EAN E). No hay aún para este
periodo una nomenclatura aceptada unánimemente, aunque «Bronce Anti­
guo IV» parece ser la más defendida por todos los estudiosos, a excepción de
los israelíes, y será la que utilicem os aquí.
Una de las principales razones de que la antigua «hipótesis amorita» haya
sido desechada es que se apoyaba en la suposición de que la mayoría, si no
todas las ciudades del Bronce Antiguo III, tuvieron un final violento. En 'Ai,
Jericó y Bab edh-Dhra‘ parece haber sido efectivamente el caso. Pero la ma­
yoría de los yacim ientos fueron abandonados aunque no destruidos. Entre
éstos se incluyen Hazor, y probablemente Dan, Tell Beit Mirsim, Megido,
Lachish, Ta‘anach... Los datos arqueológicos hoy disponibles indican que
ninguna teoría o m odelo encaja con todos los testim onios con los que conta­
mos. En los últimos quince o veinte años, las prospecciones han identificado
EL N A CIM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N 63

miles de yacimientos del Bronce Antiguo IV (Palumbo, 1991; Haiman, 1996).


Es más, en la Transjordan i a, asentamientos fortificados, tales com o Khirbet
Iskander (Richard y Boraas, 1984, 1988; Schaub, 1982) han demostrado una
clara continuidad respecto de la cultura precedente del Bronce Antiguo III.
Así, la antigua visión del Bronce Antiguo IV (o com o quiera que se le llame)
caracterizado por estilos de vida nómadas o seminómadas, está dando paso a
puntos de vista más inclusivos que tienen en cuenta que durante este periodo
existió un elem ento sedentario extensivo que requería actividades agrícolas
permanentes.
Dever sugirió hace años que el m odelo del «nomadism o pastoril» era
quizá el mejor modo de explicar los datos materiales tal y com o se conocían
entonces (Dever, 1980b; y bibliografía). Este m odelo estaba en parte basado
en el trabajo de Dever en Beer R esisim , en las tierras altas del Neguev, y que
interpretó com o estacional. H izo hincapié igualmente en la naturaleza
regionalista de este periodo, particularmente en su expresión en los conjun­
tos cerám icos. De hecho, identificó seis grupos regionales que creyó podrían
funcionar com o indicadores cronológicos. Esto le llevó a proponer tres subfa­
ses principales para el Bronce Antiguo IV: Bronce Antiguo IV A-C. Otros han
cuestionado sus interpretaciones cronológicas (Palumbo, 1991; Goren, 1996;
Gophna, 1992),-' pero se acepta de forma general su insistencia en las dife­
rencias regionales.
En su último resumen sobre el Bronce Antiguo IV, Dever (1995b, p. 295)
sugirió el modelo del «ruralismo» para comprender este horizonte cultural. Se
basaba en los miles de emplazamientos rurales hoy conocidos a partir de las
prospecciones. Lo que esto significa es que durante aproximadamente los últi­
mos trescientos años del m milenio a.C., las sociedades de Palestina y Trans-
jordania fueron, con diferencia, más complejas de lo que las generaciones pre­
vias de arqueólogos habían sospechado. Esta complejidad limita la utilidad de
la mayoría de los modelos propuestos para la época, com o el del «nomadis­
mo», «nomadismo pastoril», «intervalo nómada» o «invasión amorita»... Cuan­
to más obvio es que poblaciones diferentes utilizan estrategias diferentes de
subsistencia, más obvia es la inadecuación de los antiguos m odelos.”
Las conclusiones sobre este periodo deben permanecer com o provisiona­
les y abiertas a la corrección y/o m odificación a medida que se identifiquen y
excaven más yacimientos. Cualquier hipótesis debe tener en cuenta su extre­
ma diversidad. Dever ha demostrado claramente que para que un m odelo sea
útil debe ser capaz de explicar el hecho de que durante el Bronce Antiguo IV
se produjera «una transformación de las estrategias económ icas y de la or­
ganización social junto a un continuum [subrayado en el original]; una casi
infinita variedad de respuestas adaptativas interrelacionadas sobre una escala
teórica desde lo “urbano” a lo “nómada”» (1995b, p. 295).
64 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

La ubicación de los yacim ientos

Aunque algunos yacim ientos del Bronce Antiguo IV se construyeron so­


bre los depósitos del Bronce Antiguo III (Jericó, por ejemplo), la mayoría
de ellos se encuentra cn zonas previamente deshabitadas o en lugares que
proporcionan lechas anteriores al com ienzo de la Edad del Bronce Antiguo
(Palumbo). Se han identificado más de 1.000 yacimientos del Bronce Anti­
guo IV en el Negucv y el Sinaí (Haiman, 1996), muchos de los cuales están
tan bien conservados que han recibido el apelativo de «m useos al aire libre»
(Gophna, 1992, p. 134). La mayor parte de estos yacimientos son muy peque­
ños (de 1.000 a 5.000 n f), y se localizan en áreas previamente deshabitadas.
C onocem os yacimientos más grandes, dos de los cuales están excavados:
Bcer Resisim (aproximadamente 1,5 ha) y Har Yeruham (5.000 m ’; véase
Gophna, 1992: ilustraciones 5.4-5.6, para los planos de ambos yacimientos).
En estos yacim ientos, así com o en otros de la misma zona, las estructuras
dom ésticas eran de forma oval, con un diámetro de 2 a 4 metros. La mayoría
de estos lugares tuvieron una ocupación breve, quizá no superior a dos o 1res
generaciones. Esta última característica llevó a Gophna a llamarlos «asenta­
m ientos transitorios» (1992, p. 137).
En agudo contraste con la cultura del Bronce Antiguo IV cn el Ncguev y
el Sinaí, en la zona de la Transjordania las prospecciones y excavaciones han
revelado una importante área fechablc en este mismo periodo. Aparentemente
existieron aquí particularidades regionales com o existen cn Cisjordania, plas­
madas cn las diferencias de los repertorios cerámicos. La existencia de estos
yacim ientos, com o Khirbet Iskander, con arquitectura monumental, fortifica­
ciones y barrios residenciales, sugiere que, en algunos casos al menos, no se
rompió la continuidad cultural con el Bronce Antiguo 11 y III (para más deta­
lles véase Richard y Boraas, 1988). Es obvio a partir de este breve examen,
que el patrón de asentamiento del Bronce Antiguo IV varió enormemente se­
gún las regiones. Queda por verse si esto tiene o no im plicaciones para la
identidad del pueblo (o pueblos) que las habitaron.
Interesantes son las prácticas de enterramiento de este periodo, que in­
cluían tumbas de fosa así com o túmulos, diseminados por diferentes partes de
la región. Por lo que respecta a este último caso, el cuerpo era colocado en
una sepultura poco profunda cubierta después con un montículo de piedras
o de tierra. También se utilizaron dólmenes, y, de hecho, hay miles de ellos en
el Golán y Transjordania (Gophna, 1992, mapa 5.2; Zohar, 1993).
Finalmente, por la razón que sea, en comparación con los periodos ante­
riores del Bronce Antiguo 11-111, se han recuperado más objetos de cobre, la
mayoría en forma de armas (puñales, lanzas, hachas de guerra y puntas de
EL N A CIM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N 65

Hecha; cf. Gophna, 1992, pp. 147-152). Aún hay muchas preguntas sin con­
testar acerca de estos objetos. ¿Fueron importados y, si es así, de dónde?
¿Quiénes fueron los artesanos que los produjeron? ¿Cuál es la fuente del co ­
bre? También se han encontrado adornos, entre ellos anillos, brazaletes y
pendientes.

C o n c l u s io n e s

Los restos materiales pertenecientes al Bronce Antiguo IV revelan clara­


mente un amplio grado de adaptación y subsistencia económica. Utensilios
de molienda y herramientas de sílex, junto a restos florales de cebada, trigo y
otros cereales, apuntan al cultivo del grano com o fuente principal de la eco ­
nomía. Por otro lado, los restos óseos de ovejas, bóvidos, cerdos y cabras in­
dican la práctica de la cría de ganado. Sin embargo, no se encuentran todas
las variedades de animales en las mismas regiones. Ésta es otra indicación de
que las diferencias regionales persistieron a lo largo del periodo. La presencia
de huesos de gacela y antílope también indican que la caza jugó un cierto
papel cn el conjunto del esquema económ ico. Los restos de cerámica y hallaz­
gos especiales, com o la famosa copa de plata encontrada en un tumba ccrca
de A yin Samiyu (Gophna, 1992, ilustraciones 5.21, 5.22), sugieren la ex is­
tencia de relaciones com erciales con áreas del norte de Palestina. Es Siria el
lugar más frecuentemente propuesto (Richard, 1987, p. 38).
Quizá la conclusión más trascendental a tenor de los datos arqueológicos
es que los tres últimos siglos del m m ilenio a.C. fueron tan sedentarios com o
nómadas. Así, el cambio pudo no haber sido tan abrupto com o suponía el
antiguo modelo del «nomadismo». De hecho, Richard y Boraas identificaron
catorce características del Bronce Antiguo IV que lo ligaban con el preceden­
te Bronce Antiguo 111 (1988, p. 127). Debería ser obvio a partir de tales es­
tudios que los antiguos m odelos no son ya suficientes para explicar esta
com pleja y diversa sociedad. Es de esperar que el llamamiento de Dever a la
realización de «un trabajo de campo y una investigación más precisos, sofisti­
cados y disciplinados en la próxima generación» (1995b, p. 295) sea escucha­
do y reciba respuesta.
5. LA EDAD DEL BRONCE MEDIO
(2000-1550 A.C.)

Este es el nacim iento, florecim iento y declive de


Canaán tal y como se refleja en la antigua tradición
israelita. Es realm ente el prim er periodo histórico en
Eretz-Israel del que se han preservado documentos
escritos ... lo cual da vida a los desnudos descubrim ien­
tos arqueológicos.
Y. A h a r o n i , 1978

En algún momento del siglo x x a.C.. se produjo un renacer de las ciuda­


des así com o la em ergencia de un alto nivel de cultura material en Palestina
que duraría cerca de 800 años. Los arqueólogos han dividido este largo perio­
do en dos subperiodos principales: Edad del Bronce Medio y Edad del Bronce
Tardío. La Edad del Bronce M edio ocupa la primera mitad del n m ilenio a.C.
Sobre la base de los restos materiales encontrados en los em plazamientos ex ­
cavados del Bronce M edio (figura 5.1), pueden identificarse varias caracte­
rísticas distintivas (véase Han. 1995). Éstas incluyen la extensión del uso del
bronce, especialm ente en la manufactura de las armas; nuevos patrones de
asentamiento, acompañados de la construcción de grandes ciudades fortifica­
das; y la extensión del uso del torno de alfarero. Contamos también con docu­
mentos escritos, particularmente procedentes de Egipto y M esopotamia, en
los cuales se nombran por primera vez ciudades palestinas, algunas de las
cuales m enciona la Biblia. De las misma época data una arquitectura monu­
mental que incluye, junto a imponentes muros defensivos y puertas tripartitas
de acceso a la ciudad, palacios y las llamadas casas «patricias». Se documen­
tan, asim ism o, nuevas prácticas funerarias (en el interior de los asentamien­
tos). Existen también indicios de prácticas com erciales a nivel internacional y
de una estructura jerárquica de tipo político y social.
En los últimos años se han publicado varios resúmenes de este periodo,
muchos con completas bibliografías. Su lectura es muy recomendable, no sólo
para obtener una buena impresión global de la Edad del Bronce M edio, sino
68 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

también para comprobar cóm o ha cambiado la comprensión de este periodo


en los últimos veinte o treinta años: véanse B. Mazar (1968); Kenyon (1973a);
A. Mazar (1990, pp. 174-231); Kempinski (1992b); Han (1995). Junto a estos
resúmenes, se han llevado a cabo muchos estudios especializados sobre varios
aspectos de la Edad del Bronce Medio. La lista es demasiado larga para reco­
gerla aquí, pero nos referiremos a muchos de ellos a lo largo de este capítulo.

L a C RO N O LO G ÍA DE LA E D A D DEL B R O N C E M E D IO

Muy pocos periodos en la arqueología del Oriente Próximo cuentan con


una cronología y una nomenclatura tan confusas y controvertidas com o la
Edad del Bronce Medio. Aunque todas las fuentes sitúan la Edad del Bronce
Medio (al menos la mayor parle de ellas) en la primera milad del π m ile­
nio a.C., persiste aún un gran desacuerdo sobre subfases, nomenclatura des­
criptiva y datación absoluta.1 Aquí, para ser consecuente, utilizaré la nomen­
clatura y las fechas sugeridas para la Edad del Bronce Medio en la reciente
publicación de O E A N E , vol. 5, p. 411. Hago esto por dos razones: primera,
esta publicación especializada sin duda se convertirá en el trabajo de referen­
cia habitual para la arqueología del Oriente Próximo durante m uchos años;
y en segundo lugar porque, a excepción de algunos integrantes de la escuela
israelí, la mayoría de los arqueólogos parece optar por este esquem a (véase
la discusión en Dever, 1987a). En esta publicación, la Edad del Bronce Medio
se divide en las siguientes fases:

Bronce Medio I: 2000-1800


Bronce Medio 11: 1800-1650
Bronce Medio III: 1650-1500

Es esencial darse cuenta de que el mismo periodo (o periodos) puede ser


nombrado y fechado de forma diferente en otras publicaciones (por ejemplo,
Bronce Medio I=Bronce Medio II). Es de esperar que un día cesará toda esta
confusión. Sin embargo, hoy por hoy, los arqueólogos no sólo debaten las
cuestiones de la nomenclatura y las fechas relativas para cada subperiodo que
hemos enumerado previamente, sino que también debaten de modo enérgico
el tema de la cronología absoluta de la Edad del Bronce M edio (inter a lia ,
véase Beck y Zevulum, 1996; Bietak, 1991; Dever, 1991a, 1992b; Ward, 1992;
Ward y Dever, 1994; Weinstein, 1991, 1992, 1996). Las discusiones son a
menudo bastante técnicas y tediosas, e implican asunciones por parte de los
arqueólogos que incluyen desde m etodología, perfiles estratigráficos, tipolo­
gía cerámica y datación, hasta la apropiada utilización de la cronología egip-
E l. N A CIM IEN TO DE LA C IV ILIZA CIÓ N

F ig u r a 5.1. Mapa de los yacimientos de la Edad del Bronce Medio.


70 LA A R Q U EO LO G IA Y LA BIBLIA

cia, así com o el valor y uso de los cilindro sellos y los escarabeos. El uso de
la cronología egipcia antigua, en particular, ha sido atacado recientemente
por Ward, que ha argumentado, de forma persuasiva, que la cronología egip­
cia es «poco concluyente» y que los planteamientos basados en ella reflejan
más «un juicio personal» que fechas absolutas establecidas por los egipcios
(Ward, 1992, p. 54).- A quellos que fechan el inicio de la Edad del Bronce
M edio en el siglo xx a.C. se dice que sustentan una cronología «ultra alta»,
mientras que aquellos que datan el com ienzo del periodo en el siglo xvm (por
ejem plo Bietak) abogan por una cronología «ultra baja».
Dever ha defendido una cronología alta (1992b, entre otras publicacio­
nes), argumentando que el Bronce M edio 1 comenzaría en una fecha tan tem­
prana com o es el siglo xix a.C. Para apoyar sus conclusiones, cita los mate­
riales arqueológicos hallados en tumbas y yacimientos com o Shechem, Gezer
y Avaris (Tell ed-D ab‘a) (véase en particular 1992b, ilustración 1). Bietak,
por su parte (1991, y la bibliografía allí citada), ha abogado por una cronolo­
gía muy baja para el com ienzo de la Edad del Bronce Medio, basándose en
sus interpretaciones de los mism os resultados de excavación en Tell ed-
Dab'a. Sus desacuerdos sobre esta cuestión deberían alertarnos del hecho de
que la arqueología no es esa cosa seca, polvorienta, objetiva que a veces se
cree que es. Los arqueólogos difieren en el significado de los m ism os datos
precisamente por la misma razón que los expertos literarios difieren sobre el
significado del mismo texto: preparación, experiencias vitales, disposiciones,
presupuestos, todo desempeña un papel en el intento de dotar de sentido a los
datos que son objeto de más de una interpretación o significado. Lo mejor,
quizá, es aprender a vivir con conclusiones provisionales, y a ser precavidos.
Nunca se dice la últim a palabra, porque iodos aquellos interesados en estos
asuntos saben que un único y novedoso descubrimiento puede forzar a eva­
luar nuevamente una posición sostenida con anterioridad. Al respecto, la con­
clusión de Dever es muy oportuna:

Aunque el objetivo final de todos los estudios arqueológicos e históricos


cronológicos es establecer una cronología absoluta, fijada con tanta precisión
científica que resulte aceptable para todos los estudiosos, tal objetivo es rara­
mente alcanzable. Así, todos los debates arqueológicos sobre el Próximo Orien­
te comienzan con secuencias relativas, basadas en cadenas de datos sumamente
complejas que son en gran parte circunstanciales. Incluso con una sola muestra
de un nuevo dato, un eslabón puede romperse, y la cadena se caerá a pedazos.
(1992b, p. 1).

Aunque la mayor parte de los estudios de la Edad del Bronce M edio divi­
den el periodo en, al menos, dos subperiodos, Bronce M edio I y Bronce M e­
dio II, por razones de espacio, trataré el periodo com o un todo.
LA EDAD DEL BRO N CE M ED IO 71

El o r ig e n d e l a E dad del B ronce M e d io

Del m ism o modo que los arqueólogos discrepan en la datación de la


Edad del Bronce M edio, así también discuten sobre el origen de la población
que la inició. Existen sólo tres opciones razonables: o bien el grupo (o grupos)
de población provenía del previo Bronce Antiguo IV (y, de este m odo, eran
indígenas), o bien venían del exterior, o bien, y esto es lo más plausible, la
población del Bronce M edio I se forjó a partir de una com binación de ambos
conjuntos humanos. En los años sesenta y setenta era corriente argumentar
que la cultura de la Edad del Bronce M edio se generó com o consecuencia de
la llegada de un nuevo grupo (o grupos) proveniente del norte, particularmen­
te de Siria, identificados com o «amoritas» (véase en especial Kenyon, 1973a;
1979, pp. 148-179; Dever 1970, incluida la bibliografía). Estos amoritas serían
los responsables de establecer la llamada cultura «cananea»1 que encontramos
en los textos ugaríticos y en la páginas de la Biblia. Otros (Gerstenblith, 1980;
Tubb, 1983) han argumentado que en el periodo de la Edad del Bronce M edio
en Palestina se produjo un «desarrollo indígena de la población com o res­
puesta a la reanudación de unas condiciones más favorables, tanto climáticas
com o económ icas, las cuales permitieron una vuelta al asentamiento urbano»
(Tubb, 1983, p. 59).
Más recientemente, Han (1995) ha llegado a la conclusión de que los
cambios visibles en los restos materiales de la Edad del Bronce M edio refle­
jan «una com pleja combinación de factores exógenos y endógenos» (p. 297).
Como él acertadamente apunta, el auténtico problema aquí es el de establecer
una m etodología válida que nos permita identificar los movimientos de po­
blación en el registro arqueológico.4 Ha sugerido cuatro criterios para apoyar
su hipótesis de que efectivamente tuvo lugar la inmigración desde Siria a Pa­
lestina durante la Edad del Bronce Medio, o al menos el «intercambio de in­
formación» (una expresión bastante ambigua). Sus criterios son interesantes
y merecen ser tenidos en cuenta (1995, pp. 300-301):

1. En varios casos, tales com o Tel Dan (la Laish cananea), A cco y Ashke­
lon, las puertas de ladrillo del Bronce M edio fueron construidas y rápidamen­
te obstruidas debido al rápido deterioro causado por un clim a más húmedo.
La postura de Han es que el ladrillo de barro secado al sol no funcionaba tan
bien en Palestina com o en Siria.
2. La presencia de nuevas prácticas funerarias (en el interior de los asen­
tamientos) que completaban, antes que reemplazaban, las tradiciones locales
(véase especialm ente 1995, pp. 318-319).
72 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

3. El análisis de los restos óseos, que indica que durante esta época esta­
ba presente más de una población.
4. La cerámica local («pintada en crema») cuyo estilo, forma, etc.,
apuntan a una fuente siria.

Si esta nueva población era o no «amorila» es una cuestión diferente (lian,


1995, p. 301). Pero la postura de Han de que al menos parte de la población del
periodo del Bronce M edio 1 tuvo conexiones con el norte parece razonable.

Los TEX TO S HISTÓ RICO S

Uno de los logros más importantes que tuvo lugar durante la Edad del
Bronce M edio fue la escritura, tanto en Egipto com o en Siria-Mesopotamia.
D e hecho, en algún momento de la primera mitad del π m ilenio a.C., los fe­
nicios hicieron al mundo uno de sus más grandes regalos: el alfabeto (véase
más adelante, capítulo 7). En consecuencia, se han hecho importantes descu­
brimientos de documentos escritos que datan de este periodo y que, por pri­
mera vez, proporcionan al arqueólogo textos coetáneos a los restos materiales
no textuales.
Dos importantes descubrimientos de Egipto son los denominados textos
de «execración» (inscripciones que contienen una maldición). El grupo más
antiguo (hallado en Tebas) aparece escrito sobre cuencos, se encuentra ac­
tualmente en Berlín y se ha fechado en el siglo xx a.C. El otro grupo, datado
a mediados del siglo xix, está inscrito sobre figurillas (hoy cn los museos de
El Cairo y Bruselas). Ambos grupos contienen los nombres de ciudades que
los egipcios consideraban sus enem igas. Los recipientes fueron rotos, al pare­
cer en algún tipo de ritual, para asegurar su derrota. Estos recipientes contie­
nen los nombres de algunas de las principales ciudades mencionadas en la B i­
blia, com o Beth Shan, Jerusalén, Laish (Dan), Shechem, Hazor y Belh-She-
mesh (A N E T , pp. 238-239; véase también Kempinski, 1992b, pp. 159-160).
Otra fuente escrita que se cree vierte algo de luz sobre la época, es la lla­
mada «Historia de Sinuhé» (AN ET, pp. 18-22). Sea o no ficción, la historia se
fecha en el siglo xx a.C. y trata de un hombre, Sinuhé, que de forma volunta­
ria se traslada de Egipto al norte de Canaán. A llí consigue el éxito aunque
añora su hogar. Antes de volver a Egipto a petición del dirigente egipcio,
San-Usert I (c. 1971-1928 a.C.), se encuentra con un grupo de nómadas en
Palestina. Finalmente, de la primera mitad del siglo xvm a.C. datan los llama­
dos «Textos de Mari» (Malamat, 1970), que contienen registros com erciales.
Según estos textos, el estaño, preciso para la fabricación del bronce, era co ­
mercializado en emplazamientos palestinos com o Hazor y Laish (Dan).
LA EDAD D LL BRO NCE M ED IO 73

L O S PATRONES DE A SENTAM IENTO

Estudios rccicntes (por ejemplo, Broshi y Gophna, 1986; Gophna y Portu­


gais 1988) han hecho hincapié en los patrones regionales a la hora de hablar de
la expansión y crecimiento de los emplazamientos de la Edad del Bronce M e­
dio. Broshi y Gophna dividieron Palestina en 10 regiones y catalogaron unos
400 yacimientos. Es más, sobre la base de una fórmula de 250 personas por cada
hectárea de área de ocupación, estimaron la población del Bronce Medio I (su
Bronce Medio lia) en aproximadamente 106.000 personas, 140.000 para el pe­
riodo del Bronce Medio II.S Asimismo, dedujeron que más del 75 por 100 de
los asentamientos eran considerablemente pequeños, entre 1.000 nv y 1 ha.
El área de mayor concentración fue la región costera (Gophna y Portugali,
1988, ilustraciones 7-9). Durante el Bronce M edio I existirían unos cuarenta
y nueve em plazamientos que vendrían a ocupar un área de más de 180 ha.
Durante el Bronce M edio II, el número de asentamientos se incrementó hasta
los sesenta y cinco sobre un área ocupacional de más de 200 ha. Que una bue­
na parte de esta población costera provenía de otro lugar (bien de dentro o de
fuera de Palestina) está indicado por el hecho de que se descubrió que el
80 por 100 de los em plazamientos identificados no contenían restos anterio­
res a la Edad del Bronce Antiguo (Broshi y Gophna, 1986, ilustración 2).
También otras áreas experimentaron un incremento en el número de asen­
tamientos durante el Bronce Medio II. La baja Galilea, por ejemplo, pasa de
cuatro asentamientos con unas 2 ha de área ocupada, a cincuenta y siete asen­
tamientos con más de 35 ha. Los valles medio y bajo del Jordán contaban con
dieciséis emplazamientos en unas 14 ha, durante el Bronce M edio 1, y treinta
y cuatro em plazamientos con unas 16 ha durante el Bronce M edio II. A lgu­
nas de las transformaciones más drásticas tuvieron lugar en Samaria. Con
sólo cuatro asentamientos identificados del Bronce M edio 1, ocupando alre­
dedor de 11 ha, el área pasó a 105 asentamientos con 83 ha ocupadas en el
Bronce M edio II. Todos estos datos ilustran claramente la expansión de los
asentamientos durante la última parte de la Edad del Bronce M edio (véase
Kempinski, 1992b, p. 166).
Aunque Broshi y Gophna identificaron unos 410 emplazamientos, debie­
ron de haber sido muchos más, especialmente pequeños asentamientos, los
cuales se pierden en el propio proceso de excavación. Gal (1991) dedujo a
partir de su prospección de los valles de Jezrael y Beth Shan, que muchas
aldeas agrícolas se hallarían enterradas bajo el suelo aluvial, donde son extre­
madamente difíciles de encontrar. ¡Incluso se descubrió una de estas aldeas
bajo un estanque en Kibbutz Kfar Rupin, donde había pasado desapercibida
durante treinta años (Gal, 1991, p. 29).
74 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Cualquiera que sea el número de asentamientos de la Edad del Bronce


M edio, muy pocos han sido excavados. En el norte, los más importantes son
Tel Dan y Hazor. En el valle medio del Jordán, Beth Shan (yacim iento de la
Edad del Bronce M edio de unas 5 ha de extensión) es el más importante
hasta ahora excavado. En el valle de Jezrael, M egido se convirtió en una gran
ciudad durante el Bronce M edio II y aparece en el grupo Poesner de textos de
execración que mencionamos anteriormente. Durante esta época mediría unas
16 ha, y contaría con una gran muralla, palacios y una nueva puerta.
Aunque la mayor parte de los yacim ientos de la Edad del Bronce Medio
en Samaria corresponden al Bronce Medio II, Shechem es una excepción.
Dominando la región montañosa central a lo largo de la Edad del Bronce, esta
ciudad (de aproximadamente 5 ha de extensión6 en el Bronce M edio I) pudo
haber sido un centro para los asentamientos rurales, especialm ente durante y
después del Bronce Medio II (Kempinski, 1992b, p. 172). En Judá, Bethel (la
Luz cananea), construida en el Bronce M edio II, medía aproximadamante
unas 2 ha. Por otro lado, Gezer existió a lo largo de la Edad del Bronce M e­
dio y alcanzó una extensión de unas 12 ha. Otros yacim ientos importantes de
la Edad del Bronce M edio de Judea son Hebrón, Lachish y Jerusalén. Esta úl­
tima ciudad se estim a que habría tenido unas 4 ha durante este periodo.
Con mucho, la mayor concentración de grandes asentamientos se produjo
en la llanura costera. En el norte, ocho asentamientos ocupaban en torno a
93 ha. Todos ellos, menos uno, estuvieron ocupados a lo largo de la Edad del
Bronce Medio. El yacimiento más grande es Tel Kabri, con cerca de 40 ha.
Seis de estos em plazamientos tenían sistemas de murallas defensivas (véase
más adelante). Al sur del Monte Carmelo, se han descubierto varios yaci­
mientos que también habían existido a lo largo de la Edad del Bronce Medio,
de los cuales el mayor de ellos es Yavne Yam (65 ha). Otros asentamientos
son Ashkelon (50 ha), Aphek (10 ha), Dor (10 ha), y Tell e l-‘Ajjul (12 ha).
‘Ajjul ha sido identificado con la antigua Sharuhen (fam osa gracias a los
hiesos) [ver más adelante]. Aphek fue un importante emplazamiento en la
cuenca del Yarkon (Kempinski, 1992b, p. 170). Aquí, se han descubierto res­
tos de grandes edificios identificados com o palacios y una casa patricia, da­
tados en el Bronce M edio I-II. La casa patricia tenía un grueso piso de cal,
rasgo que se ha descrito com o «lo más característico» de los suelos en los
palacios y las casas de este tipo en ese periodo (Kempinski, 1992b, p. 170).
Casas de esta clase se han documentado también en otros yacim ientos del
Bronce Medio, com o M egido (1992b, p. 172, figura 6.7). La gente de Aphek
practicaba enterramientos bajo los suelos de sus casas, tal y com o ocurre en
M egido. En contraste con estos ejemplos, el poblamiento del N eguev septen­
trional durante la Edad del Bronce Medio fue muy escaso. Sólo se han encon­
trado dos pequeños yacim ientos del Bronce M edio 11. Por otro lado, se piensa
LA EDAD D EL BR O N C E M ED IO 75

que la existencia de varias ciudades portuarias a lo largo de la costa, com o


Mevorakh, Tel Poleg, Jerishe y Nahariya, podría ser un indicador del com er­
cio entre Siria y Palestina durante la Edad del Bronce M edio (Kempinski,
1992b).
N o sabemos aún con certeza cóm o las grandes «ciudades» estaban rela­
cionadas con las poblaciones más pequeñas así com o con las aldeas. Algunos
autores han interpretado dos de los yacimientos conocidos más destacados,
Shechem y Jerusalén, com o «centros de control», contando cada ciudad con
su propio «jefe» (véase Finkelstein y Gophna, 1993). Por su parte, otros (por
ejem plo Bienkowski, 1989) consideran que existió un sistema político frag­
mentado en el que las diferentes ciudades-estado competían por los recursos,
lo cual condujo, en última instancia, al colapso de la cultura de la Edad del
Bronce Medio.
Han, en su estudio (1995, ilustración 6), habla de lo que él denomina
«ciudades puerta» que habrían existido a lo largo de los periodos de la Edad
del Bronce M edio II-III (c. 1800-1550 a.C.), y ha sugerido tres tipos diferen­
tes de «puertas», basándose en la situación geográfica, tamaño e indicadores
de tipo económ ico: de «primer orden», tales com o Hazor y Tell el-D a b ‘a
(Avaris, en el delta del Nilo); de «segundo orden», entre las que se incluyen
Ashkelon, Kabri y Pella; y de «tercer orden», tales com o Jericó y Dan (Laish).
Además, clasificó otros asentamientos com o «centro (o centros) regionales»
(así M egido, Beth Shan y Shechem ) y «subregionales» (entre ellos Tell el-
Hayyat y Afula). Las dos últimas categorías son «aldea» y «granja» o «alque­
ría» (lian, 1995, p. 305).
Parece factible suponer que las ciudades más grandes, tales com o Hazor,
controlaban el territorio circundante. La imagen que emerge a partir de estos
recientes estudios socioantropológicos es la de una sociedad compleja que
sostenía a una minoría que habitaba en las ciudades principales, muchas
de las cuales incluían instituciones del tipo «tem plo-palacio», más un cam ­
pesinado rural en la periferia sociopolítica (lian, 1995, p. 306; Kempinski,
1992b).

La a r q u it e c t u r a d e la E dad d el B ronce M e d io

Tomados com o un todo, los restos arquitectónicos de la Edad del Bronce


M edio pueden dividirse en cuatro categorías principales: domésticos; reales
(palacios); cultuales (especialm ente templos); y defensivos (puertas, murallas
y muros con talud).
76 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

R estos de tipo dom ésico (Kempinski, 1992b. pp. 194-196;


Ben Dor, 1992, pp. 99-102)

La construcción doméstica más común durante esta época fue la casa en


torno a un patio que aparece durante el Bronce M edio I y continúa a lo largo
de la Edad el Bronce. Sin embargo, debido a la inclinación de los arqueólo­
gos a concentrarse en los restos públicos monumentales tales com o «pala­
cios» y sistemas defensivos, se ha recuperado poca arquitectura doméstica.
Una construcción doméstica típica consistía en un patio normalmente rodea­
do por varias estancias (Ben-Dor, 1992, en especial las ilustraciones 1 y 2).
En los recintos amurallados, las casas tienen habitualmente paredes comunes
com o forma de aprovechar el espacio. Se han encontrado buenos ejemplos en
M egido y Tel Nagilah (Ben-Dor, 1992, ilustraciones 3, 4). Estos patios varían
en tamaño y van desde los 2-3 a los 4-4,5 metros. Es más, parecen haberse
utilizado para la reunión tanto de personas com o de animales, especialmente
en las pequeñas aldeas no amuralladas.
Un tipo especial de construcción dom éstica de mayor tamaño que las más
comunes es la llamada casa «patricia». Fue Albright quien primero utilizó
este término para referirse a una estructura que descubrió en Tell Beit Mirsim
(Kempinski, 1992b, pp. 195-196, ilustración 6.25; Ben-Dor, 1992, pp. 101-
102, ilustración 7; Oren, 1992, pp. 115-117). Ésta tiene casi 9 metros de largo
y 5 de ancho. Contamos con ejem plos de casas similares cn M egido (Kem ­
pinski, 1992b, ilustración 6.26), Ta'anach, y Tell e l- ‘Ajjul. La mayor parte de
los autores asume que este tipo de casas pertenecía a una elite dirigente-pu-
diente. Sin embargo, debido a la naturaleza fragmentaria de muchos de los
restos, y a la ausencia de textos escritos contemporáneos que describan tales
edificios y sus funciones, no conocem os su verdero uso.7

Palacios (Oren, 1992, pp. 105-115; Kempinski, 1992b, p. 196)

La misma dificultad que teníamos a la hora de identificar los restos mate­


riales com o casas «patricias» es la que tenemos para el caso de los «palacios»,
y por la misma razón: lo que queda de estas estructuras es o un accidente de la
naturaleza y/o lo que han dejado los ladrones, tanto antiguos com o modernos.
Sin embargo, se han hallado restos identificados com o palacios de la Edad del
Bronce M edio en lugares com o Megido, Tell e l-‘Ajjul, Aphek y Shechem
(Oren, 1992, ilustraciones 1, 6, 8, 9 respectivamente). Los estratos X1I-X de
M egido han servido durante tiempo com o m odelo de ciudad palestina cana-
nea. A llí, los arqueólogos pusieron al descubierto los restos de lo que se ha in-
LA EDAD D EL BRONCE M ED IO 77

terpretado com o ocho palacios en tres áreas: AA, BB y DD. Los vestigios m e­
jor conservados se encuentran en AA, y se han fechado a finales de la Edad
del Bronce Medio. Según Oren (1992, ilustración 2) este palacio continuó en
uso con pocas modificaciones en la Edad del Bronce Tardío.
Todas las estructuras que se cree pudieran tratarse de palacios consisten en
un patio rodeado por estancias en, al menos, tres de sus lados. Esta es la mis­
ma descripción general que hicimos de las casas privadas mencionadas con
anterioridad. Sin embargo, una de las principales diferencias entre ambas es el
tamaño. Los palacios son mucho más grandes, con muchas más habitaciones
(aunque sólo podemos suponer la función de la mayoría de las estancias), o s­
cilando entre los 740 m- (M egido, estrato X) y los 1.115 m: (Tell e l-‘Ajjul).
Sin embargo, comparados con los de Siria y M esopotamia, los palacios pa­
lestinos son muchos más pequeños y simples. En Mari (M esopotamia), uno
de los palacios encontrados medía más de 23.000 n f, y contaba con más de
300 habitaciones. Muchos arqueólogos creen que los palacios de estas regio­
nes tuvieron una considerable influencia en la construcción de los palacios
de Palestina.
Si es acertado describir tales vestigios com o palacios, entonces, política­
mente es también seguro concluir que durante la segunda mitad de la Edad del
Bronce Medio existió en Palestina un sistema político jerárquico centrado en
los reyes o en los gobernantes de las ciudades. Dever, en su resumen más
reciente de este periodo (1987a), concluyó que los grandes em plazamientos
urbanos (para Dever, los emplazamientos de más de 8 ha) dominaron a otros
asentamientos y constituyeron un «patrón organizado de forma jerárquica en
tres niveles» (véanse especialmente pp. 152-153). Otro indicio arqueológico
de esta dominación son los imponentes restos de muchas fortificaciones.

F ortificaciones

En una fecha tan temprana com o el Bronce Medio I, en yacimientos com o


Dan y Hazor en el valle de Huleh, Jericó en el valle bajo del Jordán, y en una
docena o más de enclaves en la llanura costera, empezaron a construirse gran­
des fortificaciones que incluían puertas de acceso triples y grandes terra­
plenes de tierra llamados «taludes». Se considera que la expansión de este
tipo de estructuras en el periodo del Bronce M edio II sería «el rasgo indivi­
dual más característico de las fases más desarrolladas de este periodo» (D e­
ver, 1987a, p. 153). En su estudio, Broshi y Gophna (1986) identificaron unos
veinticinco em plazamientos fortificados correspondientes al Bronce M edio l
(su Bronce M edio lia). De ellos, unos diez se mantuvieron durante las fases
siguientes de la Edad del Bronce Medio. Estos em plazamientos oscilan desde
78 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

los que tenían unas pocas hectáreas hasta otros mucho más grandes como
Hazor (80 ha) y Yavne Yam (65 ha).

Los muros con talud

Una de las principales características físicas de muchas ciudades y asen­


tamientos de la Edad del Bronce Medio es el talud de tierra (Kempinski,
1992b, p. 175, ilustración. 6.11). Durante años se creyó que el principal pro­
pósito de esta construcción era la protección frente a enemigos exteriores
(por ejemplo Kenyon, 1973a, p. 115). Se pensaba que protegían la ciudad de
tácticas de ataque como pudieran ser los arietes o los incendios. Es más, nor­
malmente se asume (véase Kempinski, 1992b, pp. 175-176) que este tipo de
construcción se originó en el norte de Siria y Mesopotamia. Recientemente,
sin embargo, las explicaciones defensivas han dado paso a nuevas teorías.
Bunimovitz (1992) ha argumentado que los taludes fueron construidos más
como un símbolo de status de los líderes locales (reyes de las ciudades-estado)
que por razones militares. Construir tales estructuras proporcionaba una «ex­
presión simbólica de la capacidad y poder del dirigente» (Bunimovitz, 1992,
p. 225). Finkelstein (1992) también ha revisado la interpretación tradicional y
ha concluido que fueron edificadas más bien como «propaganda» por parte
de los dirigentes locales que querían hacer alarde de su poder y riqueza.
Estas críticas de Finkelstein y Bunimovitz, entre otros, sin embargo no
excluyen las motivaciones defensivas. Los taludes eran imponentes cons­
trucciones de tierra y piedra que, incluso si no fueron construidos única o
principalmente por motivos defensivos, habrían dado protección a los habi­
tantes de su interior. M uchas de estas estructuras miden más de 30 metros de
ancho en la base y originalmente tendrían más de 12 metros de altura (Han,
1995, p. 316). En Tel Dan (Biran, 1994, pp. 58-73; ilustraciones 32, 34, 36,
38-41) el talud fue contruido en algún momento de los siglos xix-xvm a.C.,
comprendiendo el Bronce Medio I y II. Se descubrió que su núcleo tendría
más de 6 metros de grosor y conservaba una altura de más de 9 metros (figu­
ra 5.2). El talud se levantó a ambos lados del núcleo para impedir que la
masa exterior derrum bara la parte central. Biran ha estimado la anchura de
la muralla en su base en cerca de 60 metros. Se descubrió también que el nú­
cleo del muro difería según su situación. Esto es, los constructores utilizaron
aquellos materiales disponibles, adaptándose a la forma natural del terreno
y, desde luego, no se empleó un único sistema constructivo.8 Además de la
de Tel Dan, se conocen muros con talud en muchos otros yacimientos pales­
tinos, incluidos Hazor, Jericó, Beth Shan, Lachish, Ashkelon y Gezer.
LA ED A D D E L B R O N C E M ED IO 79

M uralla con talud de la Edad del Bronce M edio en Tel Dan. Apréciese
F ig u r a 5 .2 .
el núcleo pétreo en la parte superior. Fotografía de J. Laughlin.

Las puertas de la ciudad (Kempinski, 1992d, pp. 134-136)

Todos los emplazamientos fortificados deben tener un camino por el que


los habitantes entren y salgan; de ahí la necesidad de las puertas. Aunque no
todas las puertas de la Edad del Bronce Medio fueron construidas igual, el es­
tilo más común es la puerta triple, como las de Tel Yavne Yarn, Shechem, Ha­
zor, Tel Dan y Alalakh (Turquía) (Kempinski, 1992d, ilustraciones 18-22).
De todos los restos de puertas datados en la Edad del Bron;e Medio docu­
mentados hasta el m omento, ninguno es tan espectacular como el hallado
en Tel Dan (figura 5.3). Descubierta en 1979 (Biran, 1994, pp. 75-90) en el
80 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA B IB LIA

F ig u r a 5 .3 . Puerta de la Edad del Bronce Medio, Tel Dan. Fotografía de J. Laughlin.

extremo suroriental del yacimiento, la puerta de ladrillo se componía de dos


torres, cada una de cerca de 5 metros de ancho; una entrada de triple arco, y
cuatro cámaras, cada una de aproximadamente 4,5 por 2,5 metros (figura 5.4).
Los restos cerámicos hallados sobre el piso de una de las cámaras fecharon la
puerta en el Bronce Medio I-II (Bronce Medio IJA-B según la nomenclatura
de Biran), o en torno a mediados del siglo x v i i i a.C. En total, el complejo tie­
ne unos 7 metros de alto, con diecisiete hiladas de ladrillo conservadas sobre
los arcos. La entrada en sí misma tiene más de 3 metros de alto y casi 2,5 de
ancho. Cada arco se compone de tres hileras radiales de ladrillo. La estructu­
ra completa de la puerta tiene aproximadamente 13,5 metros de largo y 15 de
ancho. La distancia entre los arcos es de casi 10,5 metros. El acceso a la puerta
desde el exterior se hacía mediante escalones de piedra, veinte de los cuales se
LA ED A D D E L BRO N C E M ED IO 81

F ig u r a 5.4. Modelo de reconstrucción de la puerta de la Edad del Bronce Medio,


Tel Dan. Fotografía de J. Laughlin.

hallaron a unos 11 metros al este. También se encontraron escalones que con­


ducían por la parte interna a la ciudad. A unos 50 cm por debajo de los escalo­
nes exteriores, se halló otra hilera. Este descubrimiento, más el de un umbral
más antiguo, llevó al excavador a concluir que la puerta pasó por, al menos,
dos estadios de uso antes de que fuera tapada e incorporada a la muralla del
Bronce Medio.

Templos-lugares de culto (Dever, 1987a, pp. 165-71; A. Mazar, 1992a)

Es siempre difícil tratar de introducirnos en los pensamientos de las po­


blaciones antiguas, incluso cuando existen textos escritos contemporáneos al
momento que uno investiga. En ninguna otra esfera es esto más cierto como
en la de las creencias y prácticas religiosas. Está siempre presente el peligro
de leer las nociones propias en los restos materiales, o de no comprender el
verdadero significado de los datos. No obstante, parece haber una buena can­
tidad de lo que podríamos llam ar materiales de índole «cultual» en la Edad
del Bronce Medio. En este material se incluyen los «restos de templos»,
descubiertos en lugares tales como Hazor, Shechem y Megido. Los restos de
82 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Shechem, que han recibido la denominación de migdal o templo fortaleza


(cf. G. E. W right, 1965, pp. 80-102), consisten en gruesos muros de más de
5 metros de ancho que circundan un área total de 26 por 21 metros. Se halló
un edificio similar en Megido. Asociadas con el edificio de Shechem había
unas serie de piedras en posición vertical o massebot. El excavador, G. E.
W right, indicó que en el centro de la entrada a este templo existió una vez
una columna de piedra de más de 75 cm de diámetro. Algunos comentaristas
han asociado esta instalación de Shechem con las historias bíblicas de Jo­
sué 24, 21-27 y Jueces, 9, 6 (Campbell, 1983). En ocasiones se ha definido a
esta estructura como un «gran edificio» (A. Mazar, 1992a, p. 169), cuya tradi­
ción arquitectónica se remonta a Siria. Otros templos se creen originarios de
Canaán y el sur de Siria (para una discusión general, véase A. Mazar, 1992a,
pp. 164-169).9 También datan de la Edad del Bronce Medio dos edificios inter­
pretados como templos en Teli ed-D ab‘a (Avaris) de la época de los hicsos.
Además de los edificios cultuales, se han descubierto lugares al aire libre,
entre ellos destacan dos. Uno es Nahariya (A. M azar 1992 a: ilustración 1), al
norte de Acco, en la costa mediterránea. Se hallaron en este lugar una gran
cantidad de quemadores de incienso junto a una serie de figurillas femeninas
hechas de arcilla y bronce. Otro emplazamiento al aire libre del Bronce M e­
dio bien conocido es la «Acrópolis» de Gezer. Se compone de diez piedras
verticales o pilares. Datado a finales del Bronce Medio II por Dever, se cree
que quizá esas piedras representarían diez ciudades o asentamientos o incluso
dirigentes que formaron alguna especie de liga.
Entre los objetos cultuales de este periodo se incluyen figurillas fem eni­
nas, como las dos fabricadas en oro procedentes de Gezer. Dever ha inter­
pretado estos espectaculares hallazgos como representaciones de ‘Asherah,
la diosa de la fertilidad cananea (1987a: 168). Otros hallazgos (es el caso de
una serie de recipientes cerámicos en m iniatura o figurillas zoomorfas), se
han identificado como ofrendas votivas. Todos estos objetos estuvieron pro­
bablem ente asociados a ritos de la fertilidad propios de las deidades ca-
naneas.

A rtes y o f ic i o s

La producción artística de la Edad del Bronce Medio incluye esculturas


en las que se reflejan los estilos mesopotámicos (Kempinski, 1992b, ilustra­
ciones 6.31-6.33). Una de éstas es una estatua de basalto, encontrada en Ha­
zor, que pudiera representar a un dirigente. Se ha dicho de esta pieza que
sería «la única estatua descubierta hasta ahora en la Tierra de Israel que pue­
de ser adscrita con claridad a la escuela siria» (Kempinski, 1992b, p. 200).
LA EDAD D E L BRO N C E M ED IO 83

Fueron también populares durante la Edad del Bronce Medio las cajas de
madera con incrustaciones en hueso procedentes de las tumbas, con un tama­
ño que oscilaría entre 7,5 X 12,5 cm y los 12,5 X 17,5 cm (Kempinski, 1992b,
ilustraciones 6.34, 6.35). Los artesanos que fabricaron estas piezas estaban
también familiarizados con la fayenza (conseguida añadiendo arena a la arcilla
antes de la cocción), y comienzan a aparecer recipientes fabricados median­
te este proceso en el Bronce Medio II (Kempinski, 1992b, ilustración 6.36).
Muchos de estos objetos reflejan formas egipcias y son tomados por los ar­
queólogos como una prueba de la influencia egipcia en las prácticas fune­
rarias locales.
Era conocido tanto el alabastro importado como el fabricado a nivel local.
La diferencia entre ambos, según Kempinski (1992b, p. 202), es que el alabas­
tro egipcio está hecho de carbonato calcico y se modelaba mediante perfora­
ción, mientras que los recipientes locales se componen de sulfato cálcico y se
les daba forma utilizando un cincel. Otros objetos de este periodo son los ci­
lindro sellos, tanto importados como fabricados localmente. Los importados
provenían fundamentalmente de Siria, mientras que los locales reflejan una in­
fluencia egipcia (Kempinski, 1992b, pp. 202-203, ilustración 6.37).
Del mismo modo, se han recuperado figurillas metálicas y joyas. Las en­
contradas en Nahariya se interpretaron también como representaciones de la
diosa de la fertilidad. A diferencia de las figurillas de oro de Gezer, fueron
realizadas en plata. Un magnífico descubrimiento en Tell el-‘Ajjul, demuestra
el empleo del oro para las joyas personales (Kempinski, 1992b, p. 204, ilus­
traciones 6.40, 6.41, 6.44; véase también en el mismo volumen la lámina 31).
Según Kempinski, este uso personal del oro no tuvo lugar hasta finales de la
Edad del Bronce Medio. La razón no fue una carencia de orfebres, sino la fal­
ta de medios para pagar el metal (1992b, p. 204).

Armas (Kempinski, 1992b, ilustraciones 6.47-6.52, p. 206)

Las armas de la Edad del Bronce Medio estaban fabricadas en dicho me­
tal e incluían hachas, venablos y dagas. La form a de las armas muestra un
desarrollo evolutivo. Así, la denominada hacha «duckbill» (ornitorrinco) del
Bronce Medio I da paso al hacha «notched» (de muesca) del Bronce M e­
dio II. Aunque el carro de guerra era conocido en Siria hacia el siglo xix a.C.
(Kempinski, 1992b, p. 208), hay muy poca evidencia de su uso en Palestina
durante la Edad del Bronce Medio. Excepto un arnés hallado en Tell el-‘Ajjul,
no podemos relacionar ningún otro descubrimiento de la Edad del Bronce
Medio con la posibilidad de que existieran carros en la zona durante este
periodo.
84 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

La cerám ica

Con el extendido uso del torno rápido, la Edad del Bronce M edio fue la
más productiva desde el punto de vista cerámico de toda la larga Edad del
Bronce (para una antigua, pero aún útil descripción de la cerámica de la Edad
del Bronce Medio, véase Amiran, 1970b, pp. 90-123; véase también Dever,
1987a, pp. 161-163). Los ceramistas de esta época produjeron una variedad
de formas que incluían cuencos, cráteras, tazones, copas, cerámica de cocina,
jarras y lámparas (además de los m encionados, véase Kempinski, 1992b,
pp. 161-166; ilustraciones 6.3-6.4; pp. 14-15). Las fuentes de esta cerámica
incluyen Biblos en la costa libanesa. Siria, y la cerámica local, hecha normal­
mente en las aldeas (Kempinski, 1992b, pp. 165-166). El sabor internacional
de esta época se refleja también en la cerámica importada. A finales del pe­
riodo estaban difundidas bastantes variedades de la cerámica chipriota. La
presencia de esta cerámica, así com o de la cerámica de Tel el-Ychudiyeh pro­
cedente de Egipto, demuestra claramente que Palestina durante la Edad el
Bronce Medio participaba del com ercio internacional.
La cerámica de Tel el-Yehudiyeh es una importación cspccial. Llamada
com o el emplazamiento egipcio en el Delta donde se encontró por primera
vez, aparece a finales del Bronce M edio 1 (Kempinski, 1992b, p. 165, ilustra­
ción 6.1 y lámina 30). La singularidad de los recipientes radica cn la técnica
de frotar una sustancia blanca (cal o pigmento) cn las incisiones de la superfi­
cie, hecha de arcilla negra. Un raro hallazgo de este tipo es un recipiente con
forma de pez encontrado en Tel Poleg. Dever ha sugerido que las exporta­
ciones palestinas incluirían también grano, aceite de oliva, vino, madera, ga­
nado"1y quizá cobre e incluso esclavos (1987a, p. 162).

El p e r i o d o h i c s o (Dever, 1985;H ayes, 1973; Oren, 1997;

Rcdford, 1970; Van Seters, 1966; Weinstein, 1997a)

Uno de los aspectos políticos de la Edad del Bronce M edio más discu­
tidos es la llegada al Delta egipcio de un grupo de gentes que los egipcios
llamaron «asiáticos» o «habitantes del desierto» (W ilson, A N E T , p. 416).
Aprovechando y quizá contribuyendo al colapso del poder egipcio (el deno­
minado «Segundo Periodo Intermedio»), este grupo estableció su capital en
Avaris, identificada con Tell ed-D ab‘a. Los líderes de estos «asiáticos» eran
llamados kikau-khosw et, de donde se cree que procede el término hicsos, que
hoy utilizamos para referirnos a este pueblo (véase Hayes, 1973, pp. 54-55).
La palabra hicsos es un término griego tomado universalmente para referirse a
LA EDAD DEL BRO NCE M EDIO 85

algo así com o «gobernantes de tierras extranjeras». La palabra proviene de los


escritos del autor ptolemaico del siglo m a.C. Manetón, a través de Josefo, his­
toriador judío del siglo i d.C. (véase Contra Apión, libro I, capítulo I).
Los hicsos establecieron la XV dinastía y gobernaron Egipto (al menos la
zona norte) durante más de cien años, desde mediados del siglo xvn a media­
dos del siglo XVI a.C. No está claro quiénes eran estas gentes en términos de
identidad étnica, aunque el estudio de sus nombres, que aparecen sobre los
escarabeos, así com o de los materiales procedentes de Tell ed-D ab‘a, indican
que eran básicamente semitas. La antigua teoría de que consiguieron dominar
Egipto en un único ataque ha sido recientemente puesta en duda, especial­
mente a la luz de las recienles excavaciones en Avaris (Tell ed-D ab‘a). Su lle­
gada al poder parece hoy haber sido el resultado de una infiltración de varios
grupos de asiáticos a lo largo de un prolongado periodo de tiempo (Hayes,
1973, pp. 54-55; Dever, 1987a, p. 173). De hecho, Dever ha argumentado que
la toma de Egipto en el siglo xvu fue más el resultado que la causa del colapso
interno de la autoridad egipcia durante el Segundo Periodo Intermedio.
Fuera com o fuese, hacia finales del siglo xvin parecen estar bien estable­
cidos cn el delta del Nilo, y haber ubicado su capital en Avaris. La situación
de esta ciudad es probablemente indicativa de los estrechos lazos que man­
tenían con Paleslina (de donde habían venido), así com o del hecho de que
nunca tuvieran el control absolulo del Alto Egipto, que permaneció cn manos
de los príncipes tebanos durante esla época. Es a partir de esle grupo que la
lucha de los egipcios por derrolar a los hicsos se inició con los esfuerzos de
Ka-mose, el último dirigente del Alto Egipto de la XVII dinastía. Sin embar­
go, el honor de la expulsión definitiva de los hicsos de Egipto recae en el
hermano de Ka-mose, Ah-m osc (c. 1552-1527 a.C.), el fundador de la XVIII
dinastía. Hacia el 1540 a.C., había conseguido con éxito devolver a los hicsos
a Palestina hasta Sharuhcn, hoy identificada con Tell e l-‘Ajjul (Weinstein,
1991; Kempinski, 1992b, pp. 189-192). Tras el sitio de la ciudad durante tres
años, Ah-m ose logró expulsarlos.
La extensión del gobierno e influencia de los hicsos no está todavía clara,
pero las fuentes apuntan a Egipto, Palestina y partes de Siria. Hasta qué punto
se les debería conceder el mérito de la introducción en la zona de elementos
com o la muralla, el carro de guerra y el arco compuesto tampoco está del todo
claro, aunque los dos últimos son más plausibles que el primero. Políticamente
hablando, organizaron Palestina en un sistema de ciudades-estado, que produjo
una sociedad feudal con su consiguiente distribución desigual de la riqueza.
No obstante, Palestina experimentó uno de sus periodos más prósperos bajo el
dominio de los hicsos. Junto a los horitas y otros grupos, los hicsos formaban
la población de la que proceden los «preisraelitas» (término de Dever) a fina­
les de la Edad del Bronce Tardío y com ienzos de la Edad del Hierro I.
86 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

El f in d e l a E dad del B ronce M e d io "

Aunque persiste aún cierto debate entre los arqueólogos sobre la causa
(o causas) del final de la Edad del Bronce M edio, parece no haber duda de
que la causa principal fue la reafirmación del poder egipcio en la región, a fi­
nales de la dinastía XVII e inicios de Ia XVIII (Weinstein, 1981, 1991). Dever
ha concluido que las murallas descritas con anterioridad fueron contruidas
precisamente para defenderse de las represalias egipcias (1987a, p. 174) y no
por la rivalidad entre ciudades. Casi todos los asentamientos del Bronce M e­
dio que se han excavado en Palestina muestran signos de destrucción en los
niveles correspondientes a finales de la Edad del Bronce Medio. A lgunos em ­
plazamientos (com o Shechem ) muestran incluso más de un nivel de destruc­
ción en este periodo. Analizando la información arqueológica estratigráfica
de unos treinta yacim ientos en Palestina, fuentes textuales egipcias y nom ­
bres hicsos hallados sobre los escarabeos en yacimientos palestinos, W eins­
tein (1981) planteó la hipótesis de que la destrucción de la Edad del Bronce
M edio estuvo limitada en principio a los asentamientos bajo el control hicso
en las regiones meridional e interior del país. A sí, para él, las represalias
egipcias estaban causadas por su odio a los hicsos, y no por intereses de tipo
imperialista.

E l B ronce M e d io y l a B ib l ia

Hace unas pocas décadas muchos historiadores y arqueólogos bíblicos


habrían estado de acuerdo con la conclusión de Albright de que «la Edad del
Bronce M edio se corresponde con la Epoca Patriarcal de la Biblia» (1949,
p. 83). M uchos manuales introductorios, especialm ente los escritos durante
las primeras seis o siete décadas de este siglo, sitúan históricamente a los
patriarcas bíblicos (Abraham, Isaac, Jacob) en este periodo. D e Vaux, en su
m agnum opus (1978, pp. 257-266), aunque algo más prudente que Albright y
otros, explicó que, aunque era im posible dar fechas exactas para el periodo
patriarcal, la Edad del Bronce M edio era «el más plausible para el primer
asentamiento en Canaán de los antepasados de Israel» (1978, p. 265).
Lo que parecía ser un consenso académico ha sido recientemente puesto
en duda por los estudios literarios de investigadores com o T. L. Thompson
(1974) y J. Van Seters (1975). Aunque sus conclusiones no han recibido un
amplio respaldo entre los estudiosos bíblicos en general, Thompson, Van S e­
ters y otros com o ellos han tenido éxito a la hora de abrir un nuevo, y a m e­
nudo acalorado, debate sobre todos los puntos planteados por las historias
LA EDAD D EL BRO N C E M ED IO 87

patriarcales de la Biblia. En particular, han cuestionado seriamente la historici­


dad de las mismas y han fechado las tradiciones en el periodo postexílico.
Aunque son muchas las preguntas, dos de las más importantes y más fre­
cuentemente discutidas son la datación e historicidad de las citadas historias.
Por lo que respecta a la fecha de estas tradiciones, parte del problema radica
en que la Biblia por sí misma no aporta el tipo de precisión cronológica nece­
saria para que los arqueólogos modernos formulen fechas claras, exactas.
Poco hay en las historias bíblicas que pueda ponerse en relación con aconte­
cimientos históricos o políticos conocidos de la Antigüedad (Me Carter, 1988,
pp. 3 y ss.; D e Vaux, 1978, pp. 257-266). Es más, se ha dicho con frecuencia
que la cronología impuesta por los autores bíblicos acerca de las historias del
Génesis es muy problemática. Aquí debem os incluir la vida inusualmente
larga que se supone a los patriarcas: Abraham, 175 años (Gén. 25, 7); Isaac,
180 años (Gén. 35, 22); Jacob, 147 años (Gén. 47, 28); y José, 110 años
(Gén. 50, 26). Estas prolongadas vidas, si se toman de forma literal, son,
cuando menos, difíciles de conciliar con los datos arqueológicos procedentes
de m iles de tumbas y enterramientos antiguos, muchos de ellos datados en
una fecha bastante anterior a cualquier fecha posible para los Patriarcas, y
que sugieren que la esperanza de vida de los antiguos era de menos de cin­
cuenta años. En consecuencia, los datos bíblicos referentes a la duración de
las vidas de estas figuras son de escasa utilidad a la hora de intentar estable­
cer una cronología absoluta para el conjunto del periodo.
Incluso allí donde la Biblia parece dar una referencia cronológica útil,
existen problemas. Según 1 Reyes 6, 1, Salomón construyó el templo de Jeru­
salén 480 años después del Exodo. Datar a Salomón en el siglo x a.C. (para el
problema de Salomón, véase más adelante, capítulo 8) situaría el «Éxodo» y
la «Conquista» en algún momento del siglo xv a.C. Tal fecha no puede conci­
llarse con los datos arqueológicos que conocem os sobre esta época. Por otro
lado, los escritores bíblicos parecen situar la época de los Patriarcas tiempo
antes de M oisés y el Exodo. Es más, si estas tradiciones son tan tardías com o
Thompson y Van Seters, entre otros, han sugerido, es curioso el hecho de que
ningún nombre propio en el Génesis esté com puesto por el nombre del D ios
israelita, YHW H, y en cambio sí muchos com puestos con «El», el dios prin­
cipal de los cananeos, com o «Ismael», e incluso «Israel» (para más detalles
véase Hendel, 1995).12 Se ha dicho también que la visión social, política y
económ ica del mundo que se refleja en el Génesis está mucho más próxima
a la Edad del Bronce M edio conocida por los descubrimientos arqueológicos
que a cualquier otro periodo de la historia de Israel (véanse, por ejemplo, los
comentarios de A. Mazar, 1990, p. 225). N o obstante, el consenso, si es que
lo hubo, establecido por Albright, entre otros, hace una generación, ha experi­
mentado una ruptura más importante de lo que a menudo se reconoce. Muchas
88 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

preguntas no han sido contestadas satisfactoriamente para todos los intere­


sados. N o debería sorprender, entonces, que las autoridades en la materia
discrepen sobre las soluciones propuestas."
No está claro tampoco el papel que la arqueología puede o debe jugar en el
debate actual. Si las historias son efectivamente postexílicas y de naturaleza
ficticia, entonces los arqueólogos poco pueden añadir a las discusiones (véan­
se los comentarios de Dever y Clark, 1977). Por otro lado, si las historias bí­
blicas, o al menos parte de ellas, pueden ser situadas en un marco cronológico
más antiguo, com o se sugirió anteriormente,14 los arqueólogos sí pueden ilu­
minar la cultura de ese periodo. Esto está lejos de «probar» com o verdaderas
las historias. Hay dos puntos clave aquí: la fecha (o fechas) de las tradiciones
bíblicas sobre los Patriarcas; y la cuestión referente a la historicidad de los
Patriarcas mismos. Incluso si la última cuestión pudiera responderse afirmati­
vamente, por sí misma no «probaría» la historicidad de lo que los escritores
bíblicos les han hecho hacer y decir. (Wyatt Earp existió históricamente com o
una persona real, pero es muy cuestionable que hiciera y dijera todo lo que se
le atribuye.) Que se suponga que la Biblia es un texto «inspirado» difícilmente
resuelve este problema, excepto para el lector más conservador.
Antes de que pueda tener lugar una discusión seria, crítica, sobre esta
cuestión, deben comprenderse y apreciarse dos conjuntos de datos com plejos
y de gran amplitud: los dalos arqueólogicos hoy conocidos sobre el Oriente
Próximo en general, e Israel en particular (así com o las teorías-métodos em ­
pleados para interpretar estos datos); y los estudios crítico-literarios actua­
les sobre las tradiciones bíblicas. Si uno de estos componentes (o los dos) no
se tiene en cuenta, la visión resultante estará, com o poco, sesgada. Lo que se
pretende es una aproximación equilibrada que busque tratar equitativamente
y de forma imparcial ambos conjuntos de datos (véanse en particular los
comentarios de Dever, en Dever y Clark, 1977, pp. 71-79). Debem os evitar la
omnipresente tentación de utilizar lo que se conoce a partir de los descubri­
mientos arqueológicos para ponerlos en correlación con algún texto bíblico, a
m enos que se establezca de modo independiente el contexto claro de ambos
conjuntos de datos. Esto quiere decir que no puede utilizarse la arqueología
para fechar las historias bíblicas, ni las historias bíblicas para sugerir fechas
al registro arqueológico. Este razonamiento circular no es ajeno a los debates.
Lo que parece claro es que el antiguo intento de «probar» la historicidad del
periodo patriarcal de la Biblia es un tema zanjado salvo entre los estudiosos
más conservadores. Incluso aquellos que creen que los Patriarcas fueron per­
sonas de carne y hueso pueden basarse para su posición en los datos materia­
les sólo de forma indirecta, com o ilustra el último intento de Kitchen (1995).
Pero ni siquiera esta aproximación proporciona resultados concluyentes,
com o la crítica de Hendel ha demostrado (1995).
LA ED A D D EL BRO N CE M ED IO 89

¿A dónde nos conduce todo esto? Primero, es imposible a la luz de los


debates actuales conocer la verdadera antigüedad de las historias bíblicas de
los Patriarcas (si fueron figuras históricas o no parece más cuestionable que
nunca, salvo para aquellos que toman la Biblia al pie de la letra). Que la co m ­
p ilación final de estas historias data probablemente del periodo postexílico no
es la cuestión; lo es la fecha original de la com posición de las tradiciones. En
segundo lugar, si Kitchen asumió demasiado por lo que se refiere al marco y
antigüedad de las historias, Thompson y Van Setcrs asumieron demasiado
poco. Parte del material bíblico puede hacerse casar con lo que se sabe de la
Edad del Bronce Medio, pero «puede ser» y «necesita ser» no es lo mismo.
En tercer lugar, dada la información de la que hoy disponem os (textual y ar­
queológica), no parece haber ninguna razón válida para denegar una dalación
premonárquica (siglo x a.C.) a algunas tradiciones. Esto incluye los nombres
propios com puestos con «El», así com o la insistencia bíblica de que los Pa­
triarcas tenían lazos con la cultura amorita de Mesopotamia c interactuaban
con las ciudades cananeas y sus dirigentes, situación que encaja bien con
lo que sabem os de la Edad del Bronce Medio. Sin embargo, mucho de estas
historias puede ser, y ha sido, fechado con posterioridad, particularmente en
la Edad del Bronce Tardío (véase la referencia a Dever y Clark mencionada
anteriormente). En cuarto lugar, la forma final de las historias del Génesis
tuvo poco que ver con una preocupación del autor (o autores) por propor­
cionar material cronológico absoluto para los estudiosos bíblicos y/o arqueó­
logos. Su preocupación era la fe, no las fechas; la teología, no la historia
antigua.
Hasta que se lleve a cabo algún descubrimiento inesperado en forma de
prueba textual que pueda datar con precisión la época en la que vivieron los
Patriarcas (asumiendo que fueron figuras históricas), la discusión continuará
siendo empañada con teorías y conclusiones que a menudo descansan más en
el ingenio y habilidad del estudioso que en la dura evidencia. Dada esta situa­
ción, no está claro en absoluto qué contribuciones pueden hacer los arqueólo­
gos a esta discusión en curso (véanse las conclusiones de Dcvcr en Dever y
Clark, 1977, p. 79).
6. LA EDAD DEL BRONCE TARDÍO (1550-1200 A.C.)

La civilización de Palestina en el Bronce Tardío


continuó siendo un pariente pobre de la mucho más rica
cultura cananea de Fenicia y Siria meridional. Si no hu­
biera sido por la influencia procedente del norte, Pales­
tina podría haber perdido fácilmente su cultura propia
para convertirse en un burdo reflejo de la civilización
egipcia.
W. F. A l b r ig h t , 1949

Aproximadamente los últimos 300 años de la larga Edad del Bronce se ca­
racterizan por un nuevo patrón demográfico que supuso el casi total abando­
no de las áreas rurales así com o una urbanización de las regiones costeras. El
periodo vio cóm o se incrementaba el control egipcio de la región, especial­
mente en Palestina y Siria. Esto condujo a un empeoramiento de las condicio­
nes de vida para la mayoría de la población y, al m ism o tiempo, a una con­
centración del poder y la riqueza en manos de una minoría. Esta situación
queda reflejada en los vestigios arquitectónicos de las grandes casas «patri­
cias» o de las mansiones «de los gobernadores» identificadas en muchos ya­
cim ientos (por ejem plo Tell Beit Mirsim, M egido, Tell e l-‘Ajjul), las cuales
servían probablemente com o residencia bien de un funcionario egipcio, bien
de uno local a las órdenes de aquéllos. Ese control ejercido por Egipto es vi­
sible en el hecho de que, con pocas excepciones, la mayor parte de los empla­
zamientos palestinos de este periodo no estén fortificados. Es más, esta con­
centración de poder y riqueza se refleja en un incremento del com ercio, en
especial con el mundo mediterráneo, que hizo llegar a la zona artículos tan
lujosos com o marfiles tallados, cobre, vinos, aceite y, en especial, cerámicas
finas. A pesar de la impresión de decadencia que transmiten los restos mate­
riales de este periodo, una de las innovaciones más importantes en la historia
humana tuvo lugar entonces: el desarrollo del alfabeto por los fenicios (véase
más adelante). Es posible que a finales de la Edad del Bronce Tardío poda­
m os hablar, por primera vez, de un pueblo llamado «Israel».
92 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Nuestro conocim iento de la Edad del Bronce Tardío en Palestina está es­
trechamente ligado a la historia egipcia, gracias al descubrimiento y traducción
de muchas inscripciones y textos egipcios que datan de este periodo. En con­
secuencia, com o Dever afirmó hace más de veinte años (Dever y Clark, 1977,
pp. 90-91), aunque nuestra percepción de la Edad del Bronce Tardío se ve
constantemente matizada com o consecuencia de los nuevos datos procedentes
de las excavaciones en curso, la visión de este periodo no experimentó ninguna
tranformación drástica, com o sí lo hizo la de la Edad del Bronce Medio.
Sin embargo, eso no significa que no haya temas controvertidos. Arqueó­
logos e historiadores siguen sin ponerse de acuerdo en las fechas absolutas
tanto para el inicio com o para el fin de esta fase de la Edad del Bronce, así
com o en el número y la datación de las subfases de la misma. Las cuestiones
concernientes a la causa (o causas) del súbito fin de este periodo y el origen
de tina nueva entidad social-político-ctnica en Palestina llamada «Israel» no
han sido respondidas de un modo que satisfaga a lodos los especialistas.'

C r o n o l o g ía

Como ya mencionamos, la historia de la Edad del Bronce Tardío en Pa­


lestina (así com o en otros lugares del Levante) está estrechamente ligada a la
de Egipto, historia que ha visto en gran parte la luz gracias a los descubrimien­
tos de textos, inscripciones, sellos y estelas (Weinstein, 1981; Leonard, 1989,
pp. 6-7; Dcvcr, 1992b, ilustración 1). En general, este periodo coincide con las
dinastías X V III y XIX de Egipto. La dinastía XVIII com enzó con Ah-m ose
en el siglo xvi a.C., y la dinastía XIX terminó con el reinado de Tewosrct a fi­
nales del siglo xm o principios del xn. Sin embargo, se debaten aún las cro­
nologías absolutas para los faraones de ambas dinastías.:
Además, no hay todavía unanimidad entre los arqueólogos acerca del ini­
cio y el fin de la Edad del Bronce Tardío (Bunimovitz, 1995, p. 330), así com o
sobre el número de subfases del periodo (Dever, en Dever y Clark, 1977, pp. 90-
91; sobre el fin de la Edad del Bronce Tardío véase Ussishkin, 1985). Los te­
mas son sumamente com plejos, y no podemos tratarlos aquí con excesivo
detalle. Para intentar evitar la confusión y para ser lo más coherentes posible,
la mayor parte de las fechas empleadas en este capítulo seguirán, una vez
más, las sugeridas por los editores de O EAN E. Allí, se desglosa la Edad del
Bronce Tardío del siguiente modo:'

Bronce Tardío IA: 1550-1450 a.C.


Bronce Tardío IB; 1450-1400 a.C.
Bronce Tardío IIA: 1400-1300 a.C.
Bronce Tardío IIB: 1300-1200 a.C.
LA EDAD DEL. BRO N CE TA RDÍO 93

Por lo general, el inicio de la Edad del Bronce Tardío está ligado a la des­
trucción que puso fin a la Edad del Bronce Medio. Parte del problema, sin
embargo, radica en que no todas las ciudades o asentamientos de la Edad del
Bronce M edio sufrieron esa destrucción al m ism o tiempo. Entre los ejemplos
se incluyen Lachish, Gezer, M egido, Beth Shan y Hazor. Es más, dicha des­
trucción no puede ligarse a un único suceso (Bunimovitz, 1995, p. 322). E xis­
ten problemas similares en lo que se refiere al término de la Edad del Bronce
Tardío. A finales del siglo xm a.C., buena parte de los mundos m icénico y del
Oriente Próximo fueron testigos de grandes trastornos y colapsos. Podemos
observar igualmente esta desintegración en Palestina, donde fueron destrui­
dos muchos emplazamientos (por ejemplo Hazor y Bethel). Por otro lado, el
control de Egipto sobre Palestina no finalizó com pletam ente hasta la prime­
ra mitad del siglo xn a.C. Además, varios yacimientos (tales com o M egido,
Lachish, Beth Shan y Ashkelon) no sufrieron destrucciones a finales del si­
glo xm a.C., y los dos signos distintivos de la Edad del Hierro I, esto es, la
expansión de la cultura material filislea y la difusión del uso del hierro, no
parecen haber ocurrido hasta la segunda mitad del siglo xn (Ussishkin, 1985;
Gonen, 1992b, p. 216). Bajo tales condiciones es difícil abogar por una cro­
nología absoluta que resulte válida para todos los autores. Estos aspectos, al
menos por ahora, deberán permanecer com o cuestiones abiertas, sujetas a
modificaciones a medida que se descubran nuevos datos.

La p o b l a c ió n

La transición de la Edad del Bronce M edio a la Edad del Bronce Tardío


tuvo com o resultado una disminución tanto de la población en general com o
de la densidad de los asentamientos en varias regiones. En un resumen re­
ciente sobre la Edad del Bronce Tardío, Gonen (1992b) llegó a la conclusión
de que se produjo un «cambio drástico» en las áreas urbanas de Palestina, las
cuales asistieron al abandono de muchos em plazamientos de la región monta­
ñosa central y al establecim iento de nuevos asentamientos cn las llanuras y
valles costeros (para un mapa de los yacimientos de la Edad del Bronce Tar­
dío, véase Gonen, 1992b, p. 215, mapa 7.2). En un estudio previo, Gonen
(1984) calculó que, de los aproximadamante 272 emplazamientos que con o­
cíam os de la Edad del Bronce Medio en Palestina a partir de las prospeccio­
nes, se pasó a 101 en la Edad del Bronce Tardío (1984, p. 66, tabla 2). No
sólo se aprecia una disminución del número y una variación de la situación de
las áreas habitadas, sino que del mismo modo se redujo drásticamente el ta­
maño de los asentamientos de la Edad del Bronce Tardío. Durante el periodo
del Bronce M edio II, sólo el 11 por 100 de los em plazamientos conocidos te­
94 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

nían en torno a una hectárea. A finales de la Edad del Bronce Tardío, esta ci­
fra se incrementó hasta el 43 por 100. Si incluim os los emplazamientos de
hasta 5 ha, ¡la proporción llega hasta el 95 por 100!
Por lo que se refiere a los grandes enclaves (con una extensión de 20 ha
o más, según Gonen), la cifra cae de veintiocho en el Bronce M edio II a seis
en la Edad del Bronce Tardío. D e estos seis, sólo Lachish (20 ha) y Hazor
(más de 80 ha; Hazor es el yacimiento antiguo más grande jamás descubierto
en Palestina) existieron a lo largo de toda la Edad del Bronce Tardío (Gonen,
1984, pp. 66-67, ilustración 2). Es más, la extensión del área habitada se re­
dujo de más de 425 ha durante el Bronce M edio II a apenas 200 ha en el
Bronce Tardío II (Gonen, 1984, p. 68, tabla 4; Gonen, 1992b, pp. 216-217).
Especialm ente significativo a la hora de comprender la ocupación «israeli­
ta» de Palestina a com ienzos de la Edad del Hierro (véase más adelante) es el
hecho de que la región montañosa central, así com o las colinas de Galilea,
estaban escasamente pobladas durante este periodo. Importantes excepciones
a esta observación son ciudades com o Shechem, Tell cl-Far'ah Norte, Bethel y
Jerusalén.J
Se cree que muchos de los nuevos em plazamientos de pequeño tamaño
(especialm ente en la región costera) habrían servido bien com o puestos fron­
terizos egipcios o bien com o residencias de funcionarios (probablemente para
la protección de sus actividades com erciales). También otros asentamientos
sirvieron a los intereses egipcios, tales com o Beth Shean, que vigilaba el lí­
mite oriental del valle de Jezrael. D e hecho, la presencia egipcia en Palestina
en este periodo puede explicar una de las características más sorprendentes
de los asentamientos ocupados de la Edad del Bronce Tardío: la ausencia de
muros defensivos.

V e s t ig io s a r q u it e c t ó n ic o s

D om ésticos

Los debates sobre los restos arquitectónicos de la Edad del Bronce Tardío
que conocem os a partir de las excavaciones en Palestina suelen centrarse en
aquellos identificados com o «tem plos» y «casas patricias». Esto es así porque
se sabe muy poco de las viviendas privadas típicas debido a la falta de ves­
tigios de las mismas en la mayoría de los em plazamientos de la Edad del
Bronce Tardío (para una descripción general de la arquitectura, véase Gonen,
1992b; Oren, 1992). La mayor parte del material recuperado proviene de luga­
res com o M egido y Hazor. Los restos descubiertos en ellos sugieren que exis­
tió una continuidad con los estilos arquitectónicos dom ésticos de la previa
LA ED A D D EL BRO N CE TA RD ÍO 95

F ig u r a 6 .1 . M apa de los yacimientos de la Edad del Bronce Tardío.


96 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Edad del Bronce Medio, incluidos los ubicuos patios rodeados de pequeñas
estancias. Sin embargo, detalles com o las ventanas, los tejados, los segundos
pisos y el método constructivo están a menudo ausentes debido al pobre esta­
do de conservación de los restos materiales.

Los tem plos

Los restos arquitectónicos identificados com o «templos», sin embargo,


son más abundantes. De hecho, Gonen llegó a la conclusión de que el templo
es la estructura pública más común que se ha recuperado de la Edad del
Bronce Tardío (1992b, p. 219). Se han encontrado restos de estas estructuras
cn muchos emplazamientos. Múltiples ejemplos provienen de Hazor, Megido,
Beth Shan y Lachish. La característica física más sobresaliente de estas
construcciones es su diversidad, dado que no parece que hubiera un tipo o
estilo fijo (para una discusión general sobre los templos, véanse Biran, 1981;
A. Mazar, 1990, pp. 248-257; A. Mazar, 1992a, pp. 169-180; Gonen, 1992b,
pp. 222-231; Nakhai, 1997a; Ottosson, 1980). Nos es imposible entraren de­
talles, pero estas estructuras van desde los lugares de culto «al aire libre»
(com o los encontrados en el área F de Hazor y sobre una colina de Samaria
septentrional) a los edificios «monumentales» hallados en Shechem, Hazor y
M egido (también se ha llamado a estas estructuras migdcil, o templos «forta­
leza»). El edificio hallado en Shechem merece una mención especial, ya que,
si en efecto fue un templo, es el mayor jamás descubierto en Palestina. Erigi­
do durante la Edad del Bronce M edio (véase capítulo 5), este edificio medía
unos 21 X 2 6 metros con muros de 5 metros de grosor, y pasó por diferentes
fases de utilización a lo largo de la Edad del Bronce Tardío y la Edad del
Hierro I. El excavador, G. E. Wright, sugirió que esta contrucción era el tem ­
plo de El Bcrith («D ios de la A lianza») m encionado en la historia recogida
cn Jueces 9, 46-49 (Wright, 1965, pp. 80-102; véase también Campbell, 1983).
Asociadas a este templo había unas piedras dispuestas verticalmente llamadas
m ossebot.
Algunos templos presentan una estructura tripartita y reflejan la influencia
siria. Uno de los mejor conservados es el de Hazor, el cual habría pasado, al
menos, por tres fases de utilización (figura 6.2; cf. A. Mazar, 1992a, pp. 171-
172). Otros templos, com o los que se encontraron en Beth Shan, reflejan la
influencia egipcia. Sin embargo los hay que parecen resistirse a una clasifi­
cación y reciben el apelativo de «irregulares». Entre éstos se encuentra una
estructura hallada en Beth Shan correspondiente al siglo xiv a.C. (Gonen,
1992b, pp. 229-231). Otros hallazgos interesantes son una estela del dios Me-
kal y un relieve grabado en piedra que representa la lucha entre un león y otro
LA LOAD DEL BRO N C E TA RDÍO 97

Figura 6.2. Planos de los templos de la Edad del Bronce Tardío, Hazor. Cortesía de
J. Fitzgerald.

animal que normalmente se identifica o com o una leona, o com o un perro


(A. Mazar, 1990, p. 267, ilustración 7.17). También pertenece a esta categoría
de templos «irregulares» el famoso Templo Foso de Lachish (A. Mazar, 1992a,
p. 179; p. 174, ilustraciones 21, 22).5 Este templo pasó, al menos, por tres fases
de uso antes de ser definitivamente destruido a finales de la Edad del Bronce
98 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Tardío. Quizá el más interesante de estos «santuarios irregulares» sea el descu­


bierto en Hazor, en el área C de la Ciudad Baja (A. Mazar, 1990, pp. 253-254;
Gonen, 1992b. p. 231). Los restos de esta estructura incluyen once piedras
colocadas en posición vertical, o m assebot, así com o una estatua sedente.
A. Mazar interpretó estos restos, especialmente las m assebot, com o prueba del
nexo entre los lugares de culto al aire libre de la Edad del Bronce Medio y las
prácticas similares de la época de la Monarquía ( 1990, p. 254). Se han encon­
trado otros templos semejantes en el valle del Jordán, en el Neguev septen­
trional y, quizá, en el aeropuerto de Ammán, en Jordania (Herr, 1997c).
Junto a la abundancia de restos arquitectónicos pertenecientes a templos,
apenas tenemos nada sobre los rituales o las creencias de la población de la
época. Poco más puede decirse, aparte de sugerir complejas y plurales prácti­
cas religiosas que parecen haber incluido el politeísm o (las m a sseb o t) y «la
heterogeneidad demográfica» (A. Mazar, 1990, p. 257).

Los palacios; las casas patricias

Otros restos materiales de la Edad del Bronce Tardío se han identificado


com o residencias reales o palacios y casas patricias (Oren, 1992, pp. 114-120).
Aunque la terminología es problemática («patricia», «gobernador», etc.; véase
Oren, ibid.), se han encontrado restos pertenecientes a estas estructuras en lu­
gares tales com o Tell el-F ar‘ah Sur, Beth Shan, Tel Sera‘. Tell Jemmeh, Tell
el-H esi y Tell Beit Mirsim (Oren, 1992, p. 119, ilustraciones 18-23). Estos
edificios dan a entender que cada ciudad tenía su propio funcionario local que
bien podía ser un egipcio, com o parece el caso de Beth Shan (Gonen, 1992b,
p. 221). Estas «residencias» son una sólida prueba material de la concentra­
ción de la riqueza y el poder durante esta época en m anos de unos pocos
(véase Jofle, 1997b).

La cerám ica de la E dad del Bronce Tardío

A pesar del declive cultural que se refleja en los restos materiales de mu­
chos em plazam ientos de la Edad del Bronce Tardío, este periodo experim en­
tó un com ercio floreciente (especialm ente en los estadios más tardíos) con el
mundo mediterráneo, así com o con otras zonas. Junto a la cerámica cananea
local, que se desarrolló a partir de la Edad del Bronce M edio, se ha recu­
perado mucha cerámica importada. Para el análisis del corpus cerámico ver:
Amiran, 1970b, pp. 124-190; Gonen, 1992b, pp. 232-240; A. Mazar, 1990,
pp. 257-264.
LA ED A D D EL BRO N CE TARDÍO 99

L a « É po ca de A m arna»

La situación política en el Oriente Próximo durante el Bronce Tardío II


(1400-1200 a.C.) se ha visto iluminada de forma notable gracias a un grupo
de tablillas de arcilla descubiertas en 1887.6 Fueron los lugareños7 quienes
encontraron dichas tablillas (escritas la mayoría en acadio) cuando buscaban
fertilizante (ladrillo de barro descompuesto) en las ruinas de un em plaza­
miento construido por Akhenaton (Am enophis IV) durante la primera mitad
del siglo XIV a.C.s Este lugar, hoy llamado Tell el-Amarna, está situado en el
margen oriental del N ilo, a unos 305 kilómetros al sur de El Cairo. El nombre
«Amarna» es un término híbrido que proviene, aparentemente, del nombre de
una tribu local, Beni Amran, en combinación con el de la aldea, El Till. El
nombre es en cierta medida inapropiado, dado que el lugar no es realmente
un tell.
Nadie sabe con seguridad cuántas tablillas se encontraron y cuántas de
ellas se extraviaron o se destruyeron. Hoy conocem os unas 382 (Moran,
1992) repartidas entre los m useos de Londres, Berlín (más de 200) y El
Cairo.1’ D e estas tablillas, 350 son cartas entre varios reyes y vasallos y el fa­
raón. Aunque algunas de estas cartas provienen de potencias del Oriente
Próximo independientes de Egipto (Babilonia, Mittani, A lasia [probable­
mente Chipre], Asiría, Arzawa y Hatti [los hititas]), la mayoría son de jefes
o dirigentes vasallos que vivían en Siria-Palestina. Unas 150 cartas vienen
de la propia Palestina (Albright en A N ET, p. 483; véase N a‘aman, 1992), y
sólo unas pocas son originarias de Egipto. No está claro por qué se encon­
traban en el m ism o archivo com o correspondencia extranjera (Moran, 1992,
p. X V II).
Las cartas de los vasallos palestinos, com o acertadamente expuso Moran,
describen «un panorama de constantes rivalidades, coaliciones cambiantes, y
ataques y contraataques entre las pequeñas ciudades-estado» (1992, p. xxxm ).
Por ejemplo, Biridiya de M egido acusa a Lab'ayu, el dirigente de Shechem
(Harrelson, 1975) de intentar destruir su ciudad (EA 244). En otra carta
(EA 289), esta vez de ‘Abdu-Heba de Jerusalén, Lab‘ayu es acusado de dar la
«tierra de Shechem » a los ‘apiru, a los que a su vez se acusa de dedicarse al
pillaje en «todas las tierras del rey» (EA 286). Las cartas, por tanto, si no exa­
geran la realidad, dibujan un escenario de deterioro político con los dirigentes
locales luchando entre ellos, a veces incitados por un grupo al que se identifi­
ca com o ‘a p iru .10
Estas referencias a los ‘apiru (originariamente H ab/piru), atrajeron de
forma inmediata la atención de los estudiosos bíblicos, muchos de los cuales
pensaron que los ‘apiru estaban relacionados de algún modo con los hebreos
100 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

del Antiguo Testamento (Bruce, 1967, pp. 11-14; Lemche, 1992a). Algunos,
incluso, fueron más allá hasta equiparar los ataques de los ‘apiru que descri­
bía la correspondencia de Amarna con el relato de Josué de la invasión de
Canaán tal y com o cuenta la Biblia (Campbell, 1960). La pregunta de cóm o
están relacionados los ‘apiru que mencionan las cartas de Amarna y los he­
breos de la Biblia es difícil de responder. Aunque carecemos de respuestas
definitivas, podemos decir que hasta ahora, nadie ha probado de forma con­
cluyente que los términos « ‘apiru », e «ibri»= ( ‘hebreo’) se relacionen desde el
punto de vista etim ológico (véase Lcmche, 1992b), ni que los hebreos forma­
ran alguna vez parte del m ovim iento de los ‘apiru. En primer lugar, la po­
blación a la que se aplica el término ‘apiru existió por lodo el Oriente Próxi­
mo a lo largo del n m ilenio a.C. (M. Greenberg, 1955). En consecuencia, es
acertado decir que no todos los ‘apiru eran hebreos. Si los hebreos fueron al­
guna vez ‘apiru es, por el momento, una cuestión abierta (véase Fritz, 1981,
p. 81, que creyó que estaban relacionados).
El significado exacto del término 'apiru es también difícil de determinar.
¿Se refiere a un grupo étnico, a un grupo social, a una clase económ ica, o a
todo ello? Chaney (1983, pp. 72-83) llegó a la conclusión de que el mejor pa­
radigma (que toma prestado de Landsberger, 1973) con el que describir a los
‘apiru en las cartas de Amarna, así com o en otros textos, es el de «bandidaje
social» (1983, p. 79). Sin llegar a identificar a los ‘apiru com o hebreos, Cha­
ney argumentó que existía una continuidad socio-política ente los ‘apiru de la
época de Amarna y los «israelitas» premonárquicos de la Edad del Hierro I,
que ocuparon el mismo territorio de Palestina que previamente habían habita­
do los ‘apiru. Cita a 1 Samuel 22, 1-2 com o un ejemplo «clásico» de una tra­
dición israelita temprana que tiene paralelos con la actividad de los ‘apiru de
las cartas de Amarna. Pregunta Chaney:

¿Puede no haber continuidad, por tanlo, entre la dinám ica social de la Pa­
lestina de la época de Amarna y la de la formación de Israel, cuando las áreas
de fuerza esenciales del Israel prcmorrárquico, sus enemigos, y sus formas de
organización social fueron lodas coineidenies con las de los ‘apiru de Amarna y
sus aliados? (1983, p. 83)

Lo que esto parece significar es que aunque « ‘apiru» y «hebreo» no pue­


den ser dos términos diferentes para la misma población, el desorden político
y militar asociado a los ‘apiru en las cartas de Amarna ayuda ciertamente
a generar la agitación social y política que hizo posible la em ergencia de
«Israel» aproximadamente 200 años más tarde (véase Lemche, 1992b).
LA ED A D DEL BR O N C E TARDÍO 101

El problem a del Éxodo

Sin duda, una de las historias más importantes (si no la más importante)
de la Biblia hebrea, al menos desde la perspectiva de los propios escritores
bíblicos, es la de la huida milagrosa de Egipto de las doce tribus de Israel
bajo el liderazgo de M oisés (Éxodo 1-12). Celebrada en cánticos y fiestas
(Deuteronom io 26, 5-11; Éxodo 15, 1-18; 1 Samuel 12, 7-8; O seas 11, 1; Mi-
queas 6, 4; etc.), esta historia, junto a las de la Alianza en el Sinaí o Horeb
(Éxodo 19-24) y la entrada en la tierra de Canaán (Josué 1-12), se convirtió
en el sine qua non de la existencia de Israel. D e hecho, esta historia (o histo­
rias) es tan esencial para la comprensión misma de la Biblia que los estudio­
sos bíblicos, y especialmente los arqueólogos «bíblicos», dieron por sentado
hasta no hace mucho que en su núcleo debía haber existido un acontecim ien­
to «histórico», por m ucho que lo adornaran las generaciones posteriores de
israelitas.
Son múltiples las preguntas y los problemas que la historia del Éxodo
plantea, tanto desde el punto de vista literario com o arqueológico. Sin embar­
go, en los últimos diez o quince años el aumento permanente de los datos ar­
queológicos ha creado serias dudas sobre la historicidad de tal historia, valga
la redundancia, así com o sobre el relato de la conquista de Canaán que hace
Josué (véase más adelante, capítulo 8). En el centro de este debate está la
cuestión del origen último de los israelitas. Aunque todavía hay quien aboga
por la existencia de algún tipo de «acontecimiento histórico» tras la historia
bíblica," es cada vez más evidente que tales argumentos se están volviendo,
a su vez, menos convincentes. La razón está en la ausencia de testim onios,
tanto literarios com o arqueológicos.

Las fu en tes literarias

Al margen de la historia bíblica, no existe mención literaria alguna de una


permanencia y un éxodo egipcios tal y com o describe la Biblia. Esto es así in­
dependientemente de la fecha que se asuma para el acontecimiento, si es que
tal «acontecimiento» se produjo.12 En el pasado (así com o en el presente), ha
sido motivo de discusión una estela egipcia datada en la época del faraón
Merneptah (cuyas fechas revisadas suelen ser c. 1213-1203 a.C.), que reinó
a finales del siglo xm (acerca de la estela, véase Hasel, 1994, y notas). Fue
Petrie quien, en 1896, encontró esta estela, de 2,25 metros de altura y fabrica­
da en granito negro, en el templo de Merneptah, en Tebas (figura 6.3).
La estela data del quinto año del reinado de Merneptah (c. 1208-1207, se­
gún la cronología baja), y contiene un himno o una serie de himnos que cele-
102 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Figura 6.3a. Estela de M em eptah; «Estela de Israel» de M em eptah. Fotografía:


© Jürgen Liepe.
LA EDAD D E L B R O N C E 'T A R D ÍO 103

Figura 6.3b. Dibujo de la estela de Merneptah con el nombre de «Israel» en detalle.


Tomado de Ancient Inscriptions: Voices fro m the Biblical World, P. Kyle Me Carter,
Jr., Biblical Archaeology Society, 1996, W ashington D.C.
104 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

bran la victoria del faraón sobre sus enem igos (para una traducción del himno
véase Pritchard, 1969, pp. 376-378). Hacia el final de la inscripción aparece
un himno que menciona enem igos en Canaán. Éstos incluyen Ashkelon, Gezer
y Yanoam. Pero el nombre que ha recibido la mayor atención de los estudio­
sos bíblicos es el de «Israel» (a causa de esta referencia, a menudo se deno­
mina a la inscripción com pleta la «estela de Israel»). Los lingüistas inmedia­
tamente señalaron que al nombre «Israel» le precede un jeroglífico egipcio
que se refiere a una población, por oposición a una ciudad o región. Esta es la
referencia más antigua a Israel com o comunidad que conocem os a partir de
los textos antiguos (para la presencia de la palabra «Israel» com o nombre
propio, véase Hasel, 1994). La inscripción dice:

Los príncipes están postrados, diciendo: «¡Clemencia!».


Ninguno alza su cabeza a lo largo de los Nueve Arcos.
Libia está desolada, KhaUi eslá pacificada,
Canaán eslá despojada de todo lo que tenía malo,
Ashkelon eslá deportada, G ezer está tomada,
Yanoam parece como si no hubiese exisiido jam ás,
Israel eslá derribado y yermo, no lienc semilla,
Siria se ha convertido en una viuda para Egipio.
¡Todas las fierras están unidas, están pacificadas!

En efecto; esta mención a «Israel» ha hecho correr ríos de tinta, pero ¿qué
nos dice realmente sobre el origen y la naturaleza del «Israel» de la Biblia?:
no mucho. Los intentos de algunos (por ejemplo, Yurco, 1997; D e Vaux, 1978,
pp. 390-391, 4 9 0 -4 9 2 )11 por identificar el «Israel» de la estela con el «Israel»
de la Biblia que supuestamente salió de Egipto a las órdenes de M oisés han
sido infructuosos. Sin asumir la historia bíblica por anticipado, no hay abso­
lutamente nada en la propia inscripción de la estela que sugiera que este «Is­
rael» estuvo alguna vez en Egipto. Todo lo que razonablemente podemos in­
ferir de ella es que un escriba egipcio a finales del siglo xm a.C. incluyó en la
lista de los enem igos derrotados por el faraón a un grupo de gente que vivía
en Canaán y que eran conocidos colectivam ente com o «Israel» (véase Miller
y Hayes, 1986, p. 68). Ni se menciona (ni siquiera se sugiere) en ninguna par­
te cóm o se organizaba este «Israel», a qué deidad o deidades adoraba, y, so­
bre todo, de dónde era originario este «Israel» y de qué forma o formas puede
relacionarse con el «Israel» que em ergió 200 años más tarde bajo el mando
de Saúl y David (véanse Dever, 1997b; Weinstein, 1997b; Ward, 1997). Así,
la estela de Merneptah, junto a otros textos egipcios frecuentemente m encio­
nados,14 son en última instancia irrelevantes para la cuestión de si hubo o no
alguna vez un éxodo israelita de Egipto tal y com o cuenta la Biblia. Alguna
LA EDAD D EL BRO N CE TA RDÍO 105

fuente textual, com o el papiro Anastasi V (W ilson, A N E T , p. 259), haría po­


sible plantear la hipótesis de que unos pocos esclavos egipcios podrían haber
salido esporádicamente de Egipto, pero ni todos los textos egipcios juntos
dan a entender un éxodo de las dim ensiones del que se describe en la Biblia.
La estela de Memeptah es, simplemente, irrelevante para esta cuestión.

El testim onio arqueológico (Dever, 1997b; Weinstein, 1997b)

Cuando uno recurre al testimonio arqueológico acerca del tema del É xo­
do, el panorama, si lo hay, es incluso más desolador que el que presentan
las fuentes literarias. A pesar de los repetidos esfuerzos de algunos (Mala-
mat, 1997, 1998; Sarna, 1988; Yurco, 1997) por defender la historia bíblica, «si
no fuera por la Biblia, cualquiera que echara un vistazo a los datos arqueoló­
gicos palestinos concluiría que, sea cual sea el origen de los israelitas, éste no
fue Egipto» (Weinstein, 1997b, p. 98). Esta franca afirmación de Weinstein
traza claramente la línea entre los que interpretan los datos arqueológicos de
forma negativa en lo que respecta a unos antecedentes egipcios para el origen
de Israel y aquellos que los interpretan de forma diferente. Los temas son mu­
chos y complejos. Es más, es únicamente por conveniencia que este debate del
Éxodo se separa de la cuestión de la Conquista, que trataremos en el próximo
capítulo. Cualquier duda sobre la historicidad del Éxodo tiene también reper­
cusiones en la comprensión de la Conquista.
Aunque una objetividad total es una utopía, comenzaré tratando de sepa­
rar los «hechos» arqueológicos tal y com o se conocen hoy, de cualquier inter­
pretación de los mismos. Toda tentativa de confirmar la historia bíblica del
Éxodo tendrá que explicar lo siguiente: primero, si los habitantes de la región
montañosa central de Palestina en el periodo de la Edad del Hierro 1 provenían
de una comunidad que permaneció durante largo tiempo (más de 400 años
según la Biblia, 1 Reyes 6, 1) en Egipto, ¿por qué las excavaciones y las pros­
pecciones de estos asentamientos han proporcionado tan escasa prueba de la
influencia egipcia? (véase Weinstein, 1997b, p. 88). Segundo, según la tradi­
ción bíblica, varios m illones de personas (cf. Éxodo 12, 37; Núm. 1, 45-46)
vagaron por la península del Sinaí durante «cuarenta» años. Sin embargo,
jamás se ha recuperado ni un solo vestigio de tal grupo.
Lo único que podemos decir al respecto se refiere a la historia arqueoló­
gica de Tell el-Qudeirat, identificado com o la antigua Kadesh-Barnea. Las
excavaciones de este yacimiento, situado en el norte del Sinaí, no han puesto
al descubierto nada anterior a los siglos x-ix a.C. (M. Dothan, 1977; Cohen,
1997). Kadesh-Barnea jugó un importante papel en las tradiciones bíblicas
del Éxodo y la marcha errante por el desierto (Núm. 13, 26; 20, 1 y 14). Pero
la falta de restos materiales en este lugar que puedan datarse con anteriori­
106 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

dad al siglo x plantea serios problemas a la historicidad de estas tradiciones


(cf. Dever, 1997b, pp. 72-73). Intentar explicar esta falta de vestigios dicien­
do que es lo que se puede esperar de un grupo errante por el desierto es más
un recurso que una objeción válida, desde el momento en que este plantea­
miento no tiene en cuenta el hecho de que, según la Biblia ¡se trataba de m i­
llones de personas! Seguramente, si este acontecimiento ocurrió en realidad
com o lo describe la Biblia, algo de la presencia de tanta gente habría apareci­
do ya, siquiera algún campamento con restos cerámicos que pudiéramos fe­
char. Mi punto de vista es que el Exodo pudo haber ocurrido, pero no hay ab­
solutamente ninguna prueba arqueológica incontrovertible para apoyar dicha
conclusión.
Cuando se suman a lo dicho los problemas arqueológicos que rodean las
tradiciones de la Conquista cn los libros bíblicos de Números y Josué, la hi­
pótesis de un éxodo histórico de proporciones bíblicas se vuelve menos con­
vincente si cabe. El paradigma para la com prensión del origen del antiguo
Israel ha cambiado drásticamente cn los últimos años, gracias tanto a los re­
cientes datos arqueológicos com o a las novedosas aproxim aciones literarias
a los textos bíblicos (para un ejemplo de lo último, consultar Exum y Clines,
1993). Aunque es preciso ver los planteamientos sobre un éxodo israelita de
Egipto com o provisionales, ya que algún material aún por descubrir podría
transformar el panorama actual, es cada vez más obvio que de haber algún
«núcleo histórico» en la historia de unos «israelitas» huyendo de Egipto a fi­
nales del siglo XIII (o cualquier otro) a.C., éste tiene escasa semejanza con la
versión bíblica (cf. Redford [ 19971, que argumentó que la totalidad de la his­
toria bíblica data del periodo persa). Uno de los más importantes arqueólogos
del Oriente Próximo de nuestros días, W. G. Dever, ha declarado reciente­
mente que la cuestión de la historicidad del Exodo es una «discusión bizan­
tina» (1997b, p. 81). Se esté de acuerdo o no con Dever, es sencillam ente im­
posible armonizar (com o Malamat y otros han intentado hacer) o reconciliar
las versiones bíblica y arqueológica de esta historia (Ward, 1997).
7. LA EDAD DEL HIERRO I (c. 1200-1000 A.C.)

El problema que plantea cl asentamiento de los israe­


litas en Canaán y el origen del sistema de las doce tribus,
es el más difícil de toda la historia de Israel

P. ni; Vaux, 1978

La Edad del Hierro en Palestina se divide en dos periodos principales de


duración desproporcionada: la Edad del Hierro I, desde aproximadamente
el 1200 al 1000 a.C.; y la Edad del Hierro 11 (de la que nos ocuparemos en el
próximo capítulo), desde el 1000 al 587/540 a.C. Aunque los arqueólogos
c historiadores aún polemizan sobre la cronología absoluta de la Edad del
Hierro 1, y se han propuesto diferentes posibilidades, tomaremos las fechas
que ya avanzamos, dado que existen tanto argumentos arqueológicos com o
históricos que las apoyan.
Durante este periodo de 200 años, tuvieron lugar en Palestina grandes
transformaciones sociopolíticas. Estas transformaciones incluyeron el debili­
tamiento, y la definitiva retirada, de la presencia egipcia en la región; la apa­
rición en las regiones cosieras de los Pueblos del Mar (en especial los filis­
teos), y la construcción de cientos de pequeñas aldeas y alquerías en las tierras
altas por gentes cuyos descendientes. 200 años más tarde, verían cóm o David
fraguaba el estado político de «Israel». En consecuencia, algunos expertos
consideran que la Edad del Hierro I coincide con la época bíblica de los
«Jueces» (por ejemplo Stager, 1985). El periodo de la Edad del Hierro II co ­
menzaría, por tanto, con la fundación por parte de David de la Monarquía
Unida, y finalizaría con la catástrofe de Judea provocada por los babilonios
en 587/586 a.C.
Buena parte de la cronología absoluta de Palestina durante la Edad del
Hierro I está ligada a la de Egipto. Esto incluye de forma específica las fechas
de las dinastías XIX y XX. Sin embargo, se ha puesto también en tela de jui­
cio la datación atribuida a los faraones de estas dinastías. Con el fin de evitar
108 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

una discusión casi interminable sobre estos temas, seguiré aquí las fechas que
recientemente ha sugerido el egiptólogo K. Kitchen, presentadas en un co lo ­
quio internacional sobre cronología absoluta que tuvo lugar en la Universidad
de Gothenberg en agosto de 1987 (Kitchen, 1987):

D in a stía X IX D in a stía X X

Ramsés 1: 1295-1294 Setnakhi: 1186-1184


Sethos 1: 1294-1279 Ramsés III: 1184-1153
Ramsés 11 1279-1213 Ramsés IV: 1153-1 147
Merneplah: 1213-1203 Ramsés V: 1 147-1 143
Sethos II: 1200-1 194 (Hay otros faraones en esta dinastía pero no
nos alañ en )1
Sipiah: 1194-1188
Tewosret: 1188-1186

Para algunos expertos, la Edad del Hierro 1 es el periodo más antiguo al


que podemos aplicar el termino de «arqueología bíblica». La razón es senci­
lla: no hay «israelitas» antes de este periodo. Esto no supone prejuzgar el
tema hoy tan en boga de quién construyó y vivió en las aldeas de la Edad del
Hierro I que actualmente se sabe que existieron en la región montañosa cen­
tral de Palestina. No obstante, la cuestión de la «etnicidad», hoy en primera
plana del debate acerca del nacimiento del «primitivo Israel»,1 ha demostrado
claramente lo presuntuosos que fueron los antiguos estudios al asumir que las
gentes de las tierras altas cn la Edad del Hierro I pertenecían a un grupo étnico
(a saber, los israelitas).1 Ni que decir tiene que a medida que dispongamos de
más datos arqueológicos, y que los m odelos de interpretación de estos datos
sean cada vez más sofisticados, la cuestión del nacimiento del antiguo Israel
se verá com o un proceso más com plejo y m ultifacetico de lo que se ha asumi­
do hasta ahora. Aquí, el papel de los arqueólogos será incluso más importan­
te, ya que la mayoría de los críticos creen que los textos bíblicos que relatan
la historia primitiva de Israel son tardíos, y en cualquier caso, concernientes
a cuestiones teológicas, no históricas.
Esto no quiere decir que los arqueólogos especialistas en esta área estén de
acuerdo sobre el significado de los restos materiales (véase más adelante). El
hecho de que, en ocasiones, los estudiosos com petentes lleguen a conclusio­
nes diametralmente opuestas puede ser una fuente de frustración y confusión
para cualquier interesado en el tema, especialmente para el principiante. Estas
diferencias de opinión deberían servir com o advertencia de que las interpreta­
ciones de los datos arqueológicos no siguen una fórmula fija. Una m ezcla de
suposiciones, personalidades, intuición y experiencias previas forma parte de la
ecuación. «La interpretación histórica y cultural de los hallazgos arqueológi-
LA EDAD D EL H IERRO 1 109

cos es una tarea controvertida y complicada. Cualquier interpretación implica


inferencias y deducciones, y el mismo conjunto de datos puede dar lugar a
conclusiones diversas.» (Finkelstein y N a‘aman, 1994, p. 15.)

El f in d e l a E dad dhl B ronce T a r d ío y e l c o m ie n z o d e

la E dad del H ie r r o I: t e r m in o l o g ía y f e c h a s

Algunos arqueólogos (por ejemplo, Aharoni, 1978, pp. 153 y ss.; M. D o­


than, 1989, p. 63) se han referido al periodo que nos ocupa com o «israelita»,
por contraste a la Edad del Bronce previa, a la que se ha denominado «ca-
nanea». Esto resulta un tanto engañoso. Aunque pudiéramos concluir (y es
discutible)4 que los israelitas de la Biblia aparecieron por primera vez en Ca­
naán en la Edad del Hierro I, también se encontraban allí muchos otros gru­
pos «étnicos». Entre ellos los egipcios, los hurritas, los hititas y los Pueblos
del Mar, cn especial los filisteos, así com o otros grupos cn la Transjordania
(véase A. Mazar, 1990, pp. 295-296; 1992b, pp. 258-260). En consecuencia,
referirse al periodo de la Edad del Hierro I com o «israelita» evidencia una
selección que ni las fuentes arqueológicas ni las literarias justifican.
Como ya dijimos, se discuten aún las fechas absolutas para el com ienzo
de la Edad del Hierro 1. Aunque el 1200 a.C. es una fecha arbitraria en algu­
nos aspectos, puede estar justificada en parte por el hccho de que, a finales
del siglo xm a.C., habían tenido o estaban teniendo lugar importantes tras­
tornos de tipo político cn todo el Oriente Próximo. El imperio hitita se había
derrumbado, y los Pueblos del Mar estaban de camino hacia el mundo m icé-
nico. Finalmente, alcanzaron las costas de Canaán, y dejaron tras de sí una
estela de destrucción. En este periodo fueron devastadas muchas ciudades
cananeas (A. Mazar, 1992b, pp. 260-262; cf. Dever, 1990a). Es más, cesó la
importación de cerámica chipriota y micénica en Canaán, lo cual supuso el
fin de un com ercio internacional que tan notable había sido durante los últi­
mos estadios de la Edad del Bronce Tardío.
Por otro lado, la cultura material que conocem os de la primera mitad del
siglo xn a.C. indica que la transición al periodo del Hierro I no tuvo lugar en
todas partes al m ism o ritmo. Beth Shan, un destacado centro administrativo
egipcio, fue destruido a finales del siglo xm, aunque se reconstruyó rápida­
mente. Entre los hallazgos de esta última fase de ocupación, encontramos
material egipcio datado en la época de Ramsés 111. Si utilizamos la cronolo­
gía baja, esto indicaría que la influencia egipcia continuó en este em plaza­
miento hasta al menos mediados del siglo xn. Otros lugares (Lachish y Tell
el-Far‘ah Sur) también parecen encontrarse bajo la influencia egipcia durante
este periodo. Sin embargo, M egido, destruida también a finales del siglo x i i i ,
LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

fue reconstruida com o ciudad cananea (A. Mazar, 1992b, pp. 260-262). Todo
lo dicho ha incitado a algunos arqueólogos a fechar los últimos momentos de
la Edad del Bronce Tardío con posterioridad al 1200 a.C. (cf. Dever, 1995c,
p. 206). Otros, han dividido la Edad del Hierro I en dos subperiodos: Edad del
Hierro 1A (c. 1200-1150), y Edad del Hierro IB (c. 1150-1000) (cf. A. Mazar,
1992b, p. 260). Nosotros, por nuestra parte, nos referiremos a estos 200 años
sim plem ente com o Edad del Hierro I. A sim ism o, no nos es posible aquí des­
cribir pormenorizadamente el periodo del Hierro I en términos de cultura
material. Para tales descripciones están disponibles varios resúmenes recien­
tes. Véanse en particular los siguientes: Finkelstein (1995); Fritz ( 1987a); Fin-
kelstein y Na'aman ( 1994); A. Mazar ( 1990, pp. 295-367; 1992b).
Me centraré, más bien, en dos de las más importantes realidades sociales
y políticas de la Palestina de este periodo: la llegada y establecim iento de los
llamados «Pueblos del Mar», especialmente los filisteos, y el nacimiento de
muchas aldeas y alquerías en la región montañosa central. La discusión sobre
este último fenóm eno nos permitirá enfrentarnos cara a cara con la muy dis­
cutida hipótesis de una conquista de Canaán por parte de los «israelitas».

Los P u e b l o s DHL M a r : l o s f i l is t e o s

Se ha escrito mucho sobre la llegada y el asentamiento de los Pueblos del


Mar en la región costera de Palestina. Se suele hablar de dos oleadas, la prime­
ra acaecida durante el primer cuarto del siglo xn. Su llegada se señala con la
presencia de un tipo particular de cerámica llamada micénica 1IIC: 1B, descu­
bierta en yacimientos com o A cco, Ashdod y Tell Miqne-Ekron (T. Dothan,
1989, 1990; M. Dothan, 1989; Stager, 1995; Gitin y T. Dothan, 1987). Fuera
cual fuera el lugar del que vinieron (se sugieren normalmente las regiones
egea y/o anatolia [T. Dothan, 1982, pp. 21-23J), Ramsés III evitó que invadie­
ran Egipto en el octavo año de su reinado (r. 1175 a.C.). El faraón registró esta
batalla en los rhuros de su templo de Medinet Habu, en Tebas, donde se identi­
fican cinco grupos diferentes de Pueblos del Mar: filisteos, tjeker, shekelesh,
denye (danaoi) y weshesh (Wilson, A N E T , p. 202; figura 6.1). De estos cinco
grupos, el más famoso, y el único que menciona la Biblia, es el de los filisteos.
Sin embargo, según la historia de Wen-Amon {ANET, pp. 25-29), fechada en
el c. 1100 a.C., los tjeker se establecieron en Dor, emplazamiento situado en la
costa norte de Palestina. Es más, M. Dothan ha afirmado (1989) que los shar-
dina, también incluidos entre los Pueblos deJ Mar, llegaron a Palestina en una
fecha tan temprana com o el siglo xiv y ocuparon la ciudad de A cco y sus in­
mediaciones. Al parecer, los tjeker y los shardina no pudieron competir con los
filisteos, y pronto fueron absorbidos por éstos o por la población cananea local.
LA EDAD D EL H IERRO I 111

L os filisteos"'

Los filisteos empezaron a controlar la región costera de Palestina en algún


momento de la primera mitad del siglo xn a.C. Durante más de 100 años serían
la fuerza militar y política con la que había que contar, tal y com o descubri­
rían los incipientes clanes de «israelitas» en la región montañosa central.
Aunque desconocem os el origen último de los filisteos,'’ sí sabemos que for­
maron parte del amplio m ovimiento de esos Pueblos del Mar que acabamos
de tratar. Existen tres fuentes principales para reconstruir su historia: los re­
gistros egipcios, la Biblia y los descubrimientos arqueológicos.

Los textos

Según los textos egipcios de Medinet Habu, los filisteos se encontraban


entre los Pueblos del Mar que Ramsés III venciera en torno al 1175 a.C. Se
ha interpretado que los relieves de los muros representan una batalla tanto
terrestre com o marítima, suponiendo que los Pueblos del Mar llegaran a Ca­
naán por ambos caminos (véase figura 7.1). Tras su victoria, al parecer Ram­
sés 111 reclutó a muchos de los supervivientes com o mercenarios, y a muchos
de ellos los apostó en guarniciones en Palestina (en lugares com o Beth Shan
y Tell el-F ar‘ah Sur). Se cree que esta táctica de los ramésidas sería el modo
en que los egipcios ejercían su control sobre las principales rutas de la época
(véase T. Dothan, 1982, pp. 1-13, que incluye reproducciones de las escenas
de los muros del templo; cf. Singer, 1994, pp. 290 y ss.).
Ciertos autores han puesto en duda aquella interpretación tradicional
(Stager, 1995, con multitud de referencias; cf. Wood, 1991) al apostar por
que los filisteos, así com o el resto de los Pueblos del Mar, llegaron exclu si­
vamente por mar. Es más, no está claro si realmente los filisteos, entre otros,
fueron apostados en Palestina com o mercenarios egipcios. Actualmente, se
cree más problable el establecim iento de un centro de influencia filisteo en
el sur de Canaán vinculado a las cinco ciudades-estado filisteas. A llí, deten­
taron un considerable poder hasta su derrota por David a com ienzos del si­
glo X a.C. Esta reciente interpretación plantea serias objeciones a la validez
histórica de las escenas murales de M edinet Habu. Si los egipcios derrota­
ron a los filisteos, así com o a otros Pueblos del Mar, de un modo tan contun­
dente, tal y com o indican las inscripciones de M edinet Habu, entre otras
fuentes (véase el «papiro Harris I» en A N E L , p. 262), ¿cómo es que en un pe­
riodo de tiempo tan corto los filisteos se convirtieron en el mayor poder polí­
tico de Canaán tal y com o sugieren tanto los textos bíblicos com o los datos
arqueológicos?
112 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Figura 7.1. Escena que refleja la batalla ente Ramsés III y los Pueblos del Mar. To­
mada de T. Dothan, The Philistines and their M aterial Culture, Israel Exploration
Society.

La Biblia trata a los filisteos de ιιη modo despectivo. Este desprecio .se de­
muestra de la forma más intensa en los pasajes que los describen com o «no
circuncisos» (Jueces 14, 3; 15, 18; 1 Samuel 17, 26; 18, 25), así com o en la
historia de Ocozías cn 2 Reyes 1, cn la que el dios de Ekron, Baal-zebul ( ‘re­
gio señor’), es ridiculizado com o «Baal-zebub» ( ‘el señor de las m oscas’).
Pero a pesar de la escasa estima en la que los israelitas tenían a los filisteos,
las referencias bíblicas a estas gentes nos proporcionan algunas claves sobre
la cultura filistea.

La organización política

La estructura-política filistea se centraba en torno a las cinco ciudades-es­


tado de Ashkelon, Ashdod, Gaza, Gath y Ekron (cf. Josué 13: 3; figura 7.2).
LA EDAD DEL H IERRO I 113

La mención en Jueces 3, 3 (cf. 1 Samuel 6, 4 y 16) a los «cinco príncipes


de los filisteos» es una aparente referencia a los dirigentes de cada una de
estas ciudades. Es más, aunque los detalles del procedimiento no están claros,
según 1 Samuel 29, 1-7, estos «príncipes» podían hacer caso om iso de la deci­
sión de un señor o tirano. La palabra traducida por señor es en el texto hebreo
el plural de la palabra seren y se cree que es un préstamo filisteo (Singer, 1994,
p. 335). La Biblia utiliza este término sólo al referirse a los filisteos y en su
origen puede estar la palabra griega dórica τ ύ ρ α ν ν ο ς (tyrannos), aplicada
a todo aquel que se hubiera nombrado rey a sí mismo por la fuerza. Si esta
derivación es cierta, sería otra prueba más del posible origen egeo de los filis­
teo s.7 La carencia de cualquier inscripción filistea, puede ser un indicativo
de la rapidez con que com enzaron a adoptar la lengua cananea com o pro­
pia. Esta puede ser una de las razones de su declive cultural (Singer, 1994,
pp. 335 y ss.).

La organización m ilitar

Es también en la Biblia donde encontramos referencias a su estructura y


fortaleza militar. Según 1 Samuel 13, 5, el ejército filisteo se com ponía de
aurigas y jinetes (sin embargo, las cifras que se han dado pueden ser ex c esi­
vas). En otro lugar ( I Samuel 31, 3) se mencionan arqueros y, por supuesto,
debía de haber soldados de infantería. Si la descripción de la armadura de
Goliat (1 Samuel 17, 5-7) es la típica de este pueblo, los guerreros filisteos
estaban, cn efecto, bien armados. Según esta descripción (a pesar del carácter
literario de la historia), todo el metal de la armadura de Goliat era bronce,
excepto la punta de su lanza, de la que se dice que pesaba 600 shekels de
hierro, ¡en torno a 7 kilos! A menudo se ha dicho que los filisteos poseían el
m onopolio del trabajo del hierro, especialmente a la vista de que lo nos cuen­
ta 1 Samuel 13, 19-22. Sin embargo, estudios recientes han cuestionado esta
conclusión.

La religión

Más adelante examinaremos lo que se conoce del culto filisteo a partir de


los restos materiales de que disponemos. La Biblia da escasa información.
Este título podría llevar a pensar que adoptaron rápidamente los cultos locales
cananeos, ya que todos sus dioses m encionados en la Biblia tienen nombres
sem íticos. Al parecer, en las diferentes ciudades-estado se adoraban deidades
diferentes. Se dice, por ejemplo, que en Ashdod se adoraba a Dagón ( 1 Sa­
muel 5, 1-5), pero en Ekron a Baal Zebub (Zebul) (2 Reyes 1, 1-4). Sin em ­
bargo, el registro arqueológico indica claramente que también trajeron con
14 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Figura 7.2. M apa de Jos yacim ientos de la Edad de] Hierro I.


LA ED A D D EL H IERRO 1 115

ellos, al menos, algunas de sus prácticas religiosas indígenas (véase más ade­
lante).
Así, la Biblia, aunque de modo parcial en algunos aspectos, presenta a los
filisteos bien organizados desde el punto de vista político y militar, y com o
un pueblo que se adaptó rápidamente a su nuevo hogar. Esta adaptación in­
cluyó tanto la religión com o la lengua cananeas. La Biblia, por supuesto, no
se ocupa de los logros culturales de los filisteos sino por la amenaza política
y militar que representaban para los israelitas. El alcance de su superioridad
cultural, al menos durante la mayor parte del periodo de la Edad del Hierro Γ,
se refleja de forma nítida en los restos arqueológicos.

Los restos arqueológicos

El conjunto de los restos arqueológicos identificados com o filisteos aumen­


ta constantemente gracias a las aportaciones de las excavaciones en curso
(véase la nota 6). En su estudio de 1982, T. Dothan identificó unos cuarenta
yacimientos con restos materiales filisteos en Palestina (para un mapa de es­
tos yacimientos véase T. Dothan, 1982, p. 26). Entre sus señas de identidad
más características se encuentra la cerámica.

Lu cerám ica filiste a

Uno de los restos materiales más característicos de este pueblo es su cerá­


mica (figura 7.3). No debe sorprender, por tanto, que este material haya recibido
gran atención por parte de los arqueólogos (véase en especial T. Dothan, 1982,
capítulo 3). Esta cerámica bicroma (normalmente negra y roja) contiene moti­
vos muy interesantes, incluidos frisos de espirales, semicírculos entrelazados y
ajedrezados. Pero quizá el signo más distintivo sea el de los pájaros, a menudo
representados con las cabezas giradas hacia atrás. El repertorio cerámico in­
cluye cuencos, cráteras, jarras, anforiscos, píxides, cántaros con un pitón con
colador, botellas cilindricas y recipientes en forma de cuerno.
Estos restos cerám icos, entre otros, se atribuyen a los filisteos por tres
razones (T. Dothan, 1982, pp. 94-96). Primera, la distribución geográfica de
esta cerámica encaja bien con lo que se conoce del patrón de asentamiento
filisteo (los restos cerám icos se concentran en la región costera y en los lím i­
tes de la región montañosa, pero aparecen muy esporádicamente en la región
montañosa central [ver el mapa de T. Dothan en 1982, 26]). Segunda, la e s­
tratigrafía de los yacim ientos a los que se asocia esta cerámica indica clara­
mente que apareció por primera vez en la costa palestina durante la primera
mitad del siglo xn a.C. Esta fecha coincide con la fecha egipcia de la con ­
frontación de Ramsés (aunque haya sido exagerada) con los Pueblos del
116 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Figura 7.3. Cerámica fîlistea. Tomada de T. Dothan, The Philistines and their Mate­
rial Culture, © Israel Exploration Society, 1982.

Mar. Tercera, la comparación de los estilos cerám icos que com ponen gran
parte del corpus los vincula al área del Egeo, de donde se cree que los filis­
teos habrían venido. Al m ism o tiem po, el análisis de la arcilla por termo-
lum iniscencia ha demostrado de forma concluyente que la cerámica era de
fabricación local, lo que im plica la existencia de artesanos locales con oce­
dores de esos tipos cerám icos (para la cerámica de Ekron, véase Gunneweg
et al., 1986).
LA ED A D D EL H IERRO I 117

Figura 7.4. Sarcófago antropomorfo en arcilla. Fotografía de J. Laughlin.

El corpus de la cerám ica filistea es muy ecléctico, y refleja influencias


mieénicas (egeas), chipriotas, egipcias y cananeas locales (para una completa
descripción, con abundantes ilustraciones de estas influencias, véase T. Do­
than, 1982, pp. 132-155). Uno de los tipos cerámicos que se atribuyen a la
cultura cananea local es la denom inada «jaira de cerveza». Este recipiente
tiene un colador en su interior que se pensó que habría servido para colar los
granos de cereal empleados eti la elaboración de esta bebida. Sin embargo, se
ha afirmado recientemente que estos recipientes se usaban para servir vino,
no cerveza (Stager, 1995, pp. 345).
118 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Las prácticas fu n era ria s

Cuando por primera vez se documentaron enterramientos asociados a los fi­


listeos en lugares com o Beth Shan y Tel el-Far‘ah Sur, se dio por sentado que
los característicos ataúdes antropomorfos en arcilla (figura 7.4) localizados en
estos enterramientos surgieron con ellos (véase T. Dothan, 1982, pp. 252-288);
A. Mazar, 1990, pp. 326-327; Dothan y Dothan, 1992, pp. 57-73). Sin embar­
go, excavaciones más recientes, en especial la de Deir el-Balah (en la costa a
unos 40 km al sur de Ashkelon), han demostrado que la tradición del enterra­
miento en féretros antropomorfos de arcilla provenía de Egipto y que precedió
a la llegada de los Pueblos del Mar (Dothan y Dothan, 1992, pp. 202-208, véa­
se en especial la p. 207; Stager, 1995, pp. 341-342; para una mapa de los ya­
cim ientos en los que se han encontrado tales féretros véase T. Dothan, 1982,
p. 253). Todo ello implica que los filisteos adoptaron esta práctica funeraria
con gran rapidez, tal y com o ocurrió con otros aspectos de la cultura local.

Los restos arquitectónicos

Los más claros ejem plos de la arquitectura filistea son los que conocem os
a partir de las excavaciones de Tell Qasile, Ashdod, Ashkelon y Ekron. Aun­
que debem os ser cautelosos a la hora de elaborar nuestras conclusiones, debi­
do a la limitada excavación de los estratos filisteos, se sabe lo suficiente com o
para afirmar que los filisteos impusieron en su nuevo hogar sus propios tipos
constructivos (Stager, 1995, pp. 345-348). En Ashkelon, Stager descubrió un
edificio público (que pasó por varias fases), similar a los hallados en Ashdod,
Tell Qasile y Ekron (1995, p. 346). A soció provisionalmente este edificio a una
industria del tejido a causa de las más de 150 fusayolas que encontró allí.
Ekron (figura 7.5) es un claro ejem plo de la planificación arquitectónica
filistea, en cuyo centro se han documentado construcciones de carácter públi­
co (T. Dothan, 1990; T. Dothan y Gitin, 1990; Gitin y T. Dothan, 1987). En el
área IV (en el centro de la ciudad) se encontró un «edificio monumental bien
planificado», posiblem ente la residencia de un gobernador o quizá un palacio
(Gitin y T. Dothan, 1987, p. 205). Este edificio contenía varias habitaciones,
dos de las cuales podrían estar asociadas a prácticas cultuales. Son de especial
interés los restos de un hogar circular hallado en un patio conectado con las
dos habitaciones superiores. Se piensa que estos hogares son la principal ca­
racterística arquitectónica de los m égara del mundo egeo (figura 7.6; T. D o­
than. 1990, p. 35; Dothan y Dothan, 1992, pp. 242-244 y láminas 24, 25, 26).
Sólo conocem os hogares com o éstos en otros dos yacimientos filisteos: Tell
Qasile (A. Mazar, 1985) y Ashkelon (T. Dothan, 1982, p. 205).
LA ED A D D EL H IERRO I 119

Figura 7.5. Mapa topográfico de Tell Miqne-Ekron. © Excavaciones de Tell Miqne-


Ekron, J. Rosenberg.

En varios emplazamientos contamos con restos de lo que se ha identifi­


cado com o casas privadas (entre ellos Ashdod y Tell Qasile). Estos edificios
estaban contruidos de ladrillo de barro y se componían cada uno de varias es­
tancias. Concretamente en Tell Qasile parece ser que existiría un edificio co-
lumnado (A. Mazar, 1990, p. 319). Puede que los filisteos trajeran consigo este
120 LA A RQ U EO LO G IA Y LA BIBLIA

Figura 7.6. Reconstrucción de un hogar griego. Cortesía de J. Fitzgerald.

estilo arquitectónico, dado que fueron ellos los primeros en ocupar el lugar. Se
han encontrado construcciones similares cn otros yacimientos no asociados
normalemente a los filisteos, com o son ‘Ai, Bethel, Raddana .y Gibeon. ‘Ai y
Raddana tienen una particular importancia, dado que ambos son lugares sella­
dos desde el punto de vista estratigrafía», sin rcslos de las edades del Bronce
Tardío o Medio. Esto supone que los ocupantes de estas aldeas de la región
montañosa central en la Edad del Hierro I tenían más en común con los filis­
teos de la región cosiera que con los nómadas del desierto oriental.

La religión fU istea

A excepción de los textos bíblicos (breves, al tiempo que poco concluyen­


tes) que hemos mencionado, la única fuente para la religión palestina es ar­
queológica, especialmente la de Ashdod, Tell Qasile y Ekron. De Ashdod
procede la famosa «A sh d o d a », una pequeña figurilla femenina unida a la re­
presentación de un trono (figura 7.7; Dothan y Dothan, 1992, pp. 153-157;
M. Dothan, 1971 ; T. Dothan, 1982, pp. 234-237). Este objeto, junto a cabezas
y asientos fragmentados de figurillas similares, llevó al excavador a concluir
que durante la primera mitad del siglo xn a.C., los filisteos aún adoraban a la
llamada «D iosa Madre» del mundo tnicénico. Otros hallazgos de figurillas de
barro se han interpretado, sin embargo, com o plañideras (A. Mazar, 1990,
p. 323, ilustración 8.16). Lo cierto es que no sabemos cuál era el uso real de
estas piezas en el contexto de las prácticas cultuales filisteas. De Tell Qasile
procede el único tém enos (área sagrada) de un yacimiento filisteo que ha sido
completamente excavado (A. Mazar, 1997, pp. 374-376). Durante los siglos xn
y xi (niveles XII-X), los edificios del área sacra experimentaron constantes
l.A EDAD D EL H IERRO I 121

Figura 7.7. La «Ashdoriu». Cortesía de J. Fitzgerald.

transformaciones. Se ha identificado un gran templo (eon unas dimensiones


exteriores de 7,75 por 8,5 metros) en el nivel XI, formado por varias habita­
ciones y un gran patio (figura 7.8). En dicho patio se encontró un pozo que
contenía abundantes huesos así com o recipientes de desecho, muchos de los
cuales se piensa que serían de signo cultual. El excavador llegó a la conclu­
sión de que los estilos arquitectónicos que aparecen en este com plejo son des­
conocidos en las estructuras cananeas.
Entre los objetos cultuales recuperados se encuentra una placa con la re­
presentación de lo que se cree que son diosas, un recipiente de libación con
forma femenina, una copa en forma de león, pedestales cilindricos decorados
con m otivos zoom orfos y antropomorfos, así com o cuencos de ofrendas de­
corados con imágenes de pájaros (A. Mazar. 1990, p. 325, ilustraciones 8.17,
18). Sin embargo, no se ha encontrado ni rastro del culto a «A sh d o d a» en Tell
Qasile (Dothan y Dothan, 1992, p. 232). Otro objeto interesante es un cuchillo
122 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

cuya hoja está hecha de hierro mientras que los remaches unidos al mango
son de bronce y el mango m ism o es de marfil. Se descubrió un cuchillo sim i­
lar en Ekron (T. Dothan, 1990, pp. 31, 33; Dothan y Dothan, 1992, láminas 29,
30). Con la destrucción del estrato X, posiblem ente llevada a cabo por David,
los días de esplendor de Tell Qasile llegaron a su fin.
En Ekron (Tell Miqne) aparece ante nuestros ojos una gran ciudad pa­
lestina (figura 7.5). Fortificada con un muro de ladrillo de barro de más de
3 metros de grosor (Dothan y Dothan, 1992, 239), la ciudad tenía una exten­
sión de más de 20 ha e incluía una zona industrial, un área de edificios públi­
cos entre los que se encuentra un posible santuario y un área doméstica (para
una descripción general con fotografías y dibujos, véanse T. Dothan, 1987,
1990; Dothan y Dothan, 1992, pp. 239-257). En el santuario, (que pasó por
dos fases de utilización), se halló el hogar que m encionam os anteriormente,
así com o muchos objetos de pequeño tamaño, algunos de ellos posiblem ente
relacionados con el culto filisteo. Entre estos objetos se encuentran tres rue­
das de bronce con radios y parte de un bastidor con lo que podría ser un agu­
jero para un eje (T. Dothan, 1990, pp. 30-35; Dothan y Dothan, 1992, pp. 248-
250). Poco frecuentes entre los hallazgos en Palestina, se han encontrado
objetos de este tipo en Chipre. T. Dothan ha apuntado que la descripción de
las basas que hace Salomón a Hiram, rey de Tiro (1 Reyes 7, 27-33) incluye
una referencia a «ruedas de bronce y ejes de bronce» (v. 30). Otro descubri­
miento de importancia es un cuchillo similar al ya mencionado de Tell Q asi­
le. N o está claro el significado cultual o ceremonial que pudo haber tenido.
Se encontraron también otros tres mangos fechados en la primera mitad del
siglo XII a.C. Durante la última fase (estrato IV; finales del siglo xi, principios
del X a.C.) de este edificio, el hogar ya no estaba en uso y los pequeños obje­
tos apuntan a una creciente influencia egipcia. En el momento de su destruc­
ción (en la primera mitad del siglo x), Ekron había perdido ya gran parte de su
caracterización filistea (T. Dothan, 1990, pp. 25-36; Dothan y Dothan, 1992,
pp. 250-253).

E lfin

A partir de los testim onios textuales y arqueológicos, podemos concluir


que los filisteos fueron durante 150 años un pueblo altamente organizado,
superior desde el punto de vista militar, y sofisticado desde el económ ico,
cuyos logros culturales superaron con mucho los de cualquier otro grupo
conocido en Palestina durante la Edad del Hierro I. Su cerámica y sus restos
arquitectónicos e industriales atestiguan el carácter sumamente laborioso y
artístico de este pueblo, lo cual, y de una vez y para siempre, debería acabar
con la connotación popular de crudeza y falta de sofisticación cultural asocia-
LA EDAD DHL H IERRO I 123

1— i---------------- 1_______ i i

Figura 7.8. Plano del templo filisteo de Tell Qasile. Cortesía de J. Fitzgerald.

das al termino «filisteo». Lo que se sabe de sus prácticas funerarias, así com o
de sus vestigios dom ésticos, indica que a menudo llegaron a gozar de un cier­
to nivel de riqueza, así com o de una elevada posición, dado que sólo tal clase
de individuos podrían haberse permitido el tipo de casas en las que habitaban
y las tumbas en las que eran enterrados.
Aunque hoy se sabe tanto por la arqueología com o por los textos (Jere­
mías 25, 20; Sofonías, 2, 4; Zacarías 9, 5-8) que los filisteos existieron a lo
largo del periodo de la Edad el Hierro II (véase Stone, 1995), hacia mediados
del siglo X, si no antes, parecían haber perdido buena parte de su singularidad
cultural. ¿Cómo ocurrió esto teniendo en cuenta su riqueza, artesanía y supe­
rioridad política y militar? Sin duda, la derrota sufrida ante los israelitas fue
la causa de parte de esa decadencia, pero por sí sola esta explicación parece
insuficiente, dado su rápido declive. La clave, creo, está en las dos facetas
menos conocidas de este pueblo: su lengua original y su religión. Aunque el
de la identidad étnica es un tema com plejo, ciertamente lengua y religión
juegan un papel en él. Los filisteos parecen haber sido tan eclécticos en estas
cuestiones com o lo fueron con sus tipos cerámicos. Este eclecticism o les per­
mitió asimilar con gran rapidez la cultura cananea, pero esta asim ilación tam­
bién les arrebató mucho de su identidad propia. La tierra que compartieron
con los israelitas se convirtió en última instancia en su tumba cultural, y el
nombre por el que esta tierra se ha conocido durante al menos 2.000 años,
«Palestina», figura hoy com o su epitafio.
124 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

E L N A C IM IE N T O D E L A N T IG U O « I S R A E L »

De todos los problemas a los que deben enfrentarse los arqueólogos e his­
toriadores bíblicos, ninguno ha sido tan com plejo y controvertido, com o el de
la conquista de Canaán por parte del pueblo que la Biblia llama «israelitas».
En su mayor parte, el relato de la Biblia cn los libros de Números y Josué es
claro y realista.
Tras la salida de Egipto bajo el liderazgo de M oisés y su milagrosa huida
del Mar de Juncos (el mar Rojo), los israelitas estaban aterrorizados a causa
de los informes de aquellos que se habían adelantado para explorar la tierra
de Canaán. Ante la noticia de que allí había gigantes (Números 13-14), la
gente se rebeló contra M oisés y Aarón y planearon regresar a Egipto. Final­
mente, estuvieron de acuerdo en entrar en Canaán por el sur, y allí amalckitas
y cananeos hicieron fracasar sus planes (Números 14, 45). Condenados a va­
gar por el desierto durante «cuarenta años», tropezaron con varios grupos de
gentes con los que se enfrentaron. Entre ellos se encontraban el rey de Arad, los
ainoritas y el rey de Bashan (Números 21). Al final del libro de Números, se
dice que los israelitas se unieron en la Transjordania contra Jericó. Tras la
muerte de M oisés y bajo el liderazgo de Josué, invadieron la tierra de Canaán
(Josué 1-12), organizando su ataque cn tres lases: I) un ataque contra la re­
gión montañosa central, incluidas Jcricó y A i (Josué 6-10); 2) una campaña
meridional que conduce a la derrota de ciudades com o Linah, Eglón, Hebrón
y Debir (Josué 10, 29-43); y 3) un asalto septentrional que tuvo com o resul­
tado la destrucción de Hazor (Josué 11, 1-15). Así, se nos dice que en un pe­
riodo de cinco años (Josué 14, 7 y 10): «Josué conquistó toda la tierra; la
montaña, el Neguev, la Sefelá y las pendientes con todos sus reyes. No dejó
ningún superviviente. Entregó el anatema a todo viviente, com o había man­
dado Yavé, D ios de Israel» (Josué 10, 40).
La impresión que uno obtiene de esta historia es que un Israel unido atacó
Canaán desde el este y que la victoria sobre sus habitantes fue, al menos en la
región montañosa central, rápida y completa. Es un eufem ism o decir que algo
no encaja en esta descripción.
A causa de nuestras lim itaciones de espacio, es im posible plantear una
discusión en profundidad de los muchos problemas y soluciones que se han
propuesto. Es más, cualquier tentativa por simplificar un tema tan com plejo
corre el riesgo de distorsionarlo. No obstante, debemos correr ese riesgo.
Existen dos puntos esenciales. Primero, están las historias bíblicas en sí
mismas. Las com pilaciones de Números, Josué y Jueces son historias largas y
complejas, según la mayoría de los críticos literarios. El acuerdo principal es
que estos textos fueron escritos en una época tardía de la historia de Israel (el
LA EDAD D EL H IERRO I 125

periodo más plausible es el postexílico, incluido Jueces 1 (véase P. K. Me Car­


ter, Jr., 1992, pp. 1 19-122), y que dada su motivación principalmente teológi­
ca, deben ser utilizados con extrema precaución al intentar reconstruir la pri­
mitiva historia de Israel. Aún así, las historias de la permanencia de «Israel»
en Egipto, su milagrosa huida con M oisés, la alianza fraguada en Sinaí-Horeb
y la enérgica entrada en la tierra de Canaán, son el sine qua non de la presen­
tación que hacen los autores bíblicos de su historia.
Sin embargo, los nuevos datos arqueológicos plantean serias dudas respec­
to a la historicidad de este relato bíblico. Es de estos datos de los que funda­
mentalmente voy a ocuparme. Como siempre, los lectores deberán recordar
constantemente que cualquier intento de evaluar estas fuentes, tanto desde la
perspectiva textual com o arqueológica, con el objetivo de reconstruir el verda­
dero proceso por el cual «Israel» vino a ocupar la tierra de Canaán, lleva im­
plícito un significativo número de juicios subjetivos independientemente de la
interpretación que uno escoja (véase el ensayo programático de Dever, 1992c).

M odelos de interpretación de /a ocupación de C anaán p o r «Israel»

A ntes de m ediados de los ochenta

Con anterioridad a la década de los ochenta existían básicamente tres mo­


delos para la interpretación de la Conquista. Dado que estos enfoques son
bien conocidos, sólo les dedicaremos un brevísimo resumen.

El m odelo m ilitar de A lbright


Una de las teorías más influyentes a la hora de explicar la Conquista es la
de W. F. Albright. Profesor durante muchos años cn la Universidad Johns
Hopkins, Albright conocía las inconsistencias de las historias bíblicas. No
obstante, el creía que estas historias eran de carácter esencialm ente histórico,
y hacía uso de lo que comenzaba a saberse a partir de las excavaciones arqueo­
lógicas para apoyar su interpretación. En particular, recurría para ello a lo que
la arqueología había aportado sobre Lachish (Josúe 10, 31-32), Bethel (Jue­
ces 1, 22 y siguientes) y Tell Beit Mirsim, que identificó con la antigua Debir
(Josué 10, 38-39; identificación hoy discutida). Todos estos lugares fueron
destruidos a finales de la Edad del Bronce Tardío o, en el caso de Lachish, a
mediados del siglo xn a.C. Si Tell Beit Mirsim no es la antigua Debir, enton­
ces es un emplazamiento no identificado que también sufrió una destrucción
en esta época.
La reconstrucción de Albright ha tenido una enorme influencia, especial­
mente en América, ya que parecía haber demostrado que en efecto la arqueo-
126 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

logia podía utilizarse para corroborar los relatos bíblicos. Por razones que dis­
cutiremos más tarde, no hay prácticamente nada de esta reconstrucción que los
arqueólogos e historiadores actuales tomen en serio. Como dijera un arqueólo­
go americano bien conocido: «Una década de excavaciones intensivas, m ul­
tidisciplinares, en su mayoría llevadas a cabo por arqueólogos israelíes, ha
barrido completamente los “modelos de conquista” ... En la actualidad ningún
reputado estudioso o arqueólogo bíblico adoptaría las opiniones de Albright»
(Dever, 1993c, p. 33;* véanse también los comentarios de Dever en 1992c).

E l m odelo m ilitar m igratorio de Alt


Mientras en América Albright y sus discípulos, en particular G. E. Wright
(1957) y John Bright (1981), formulaban y defendían el modelo de «conquis­
ta militar», en Alemania, Albrecht Alt (1968, pp. 173-221) y sus discípulos,
de los cuales el más notable fue M. Noth (1960, pp. 68-84), abogaban por un
planteamiento completamente diferente. Estos estudiosos no eran arqueólo­
gos, pero sí cualificados críticos literarios. Llegaron a la conclusión de que
los relatos de la conquista que aparecen en Josué, entre otros libros, eran fun­
damentalmente leyendas etiológicas con escaso valor histórico. Israel nació
en la tierra de Canaán por medio de la infiltración pacífica de grupos pastori­
les o nómadas a lo largo de un dilatado periodo de tiempo. Uno de los puntos
fuertes de esta teoría es su reconocimiento de que el asentamiento «israelita»
fue un proceso largo, complicado y multifacético. Sin embargo, la teoría de Alt
sobre el origen de estos «israelitas» ha sido seriamente cuestionada (para una
crítica de esta y otras teorías que hemos planteado aquí, ver, junto a las notas,
Finkelstein, 1988, pp. 295-314, 1995, p. 363;'’ véase también Dever, 1992c,
para las críticas de todos estos modelos).

La «revuelta cam pesina» de G. M endenhall


En 1962, Mendenhall, de la Universidad de Michigan, escribió lo que se
ha convertido en un artículo am pliamente leído y debatido, titulado «The
Hebrew Conquest of Palestine». En este ensayo, él argumentaba que la lla­
mada conquista de Palestina por parte de Israel era en realidad una revuelta
de «cam pesinos contra la red de ciudades-estado cananeas» (1970, p. 107).
Según Mendenhall, quienes desencadenaron esta revuelta fueron un pequeño
grupo de esclavos que huyeron de Egipto a Canaán, llevando consigo el culto
de una deidad llamada YHWH. Este pequeño grupo religioso fue capaz de
reunir en torno a él a la población indígena de Canaán — a saber, los campe­
sinos— quienes en su mayoría unieron sus fuerzas con las de aquéllos, y se
enfrentaron a los reyes de las ciudades-estado que se les opusieron. Final­
mente, vencieron los cam pesinos, y los reyes y sus partidarios fueron, bien
expulsados, bien aniquilados.
127

Figura 7.9. M apa del


asentamiento israelita
a finales de la Edad
del Hierro I. Tornado
de Israel Finkelstein,
The A rchaeology o f
the Israelite Settle­
ment, © Israel Explo­
ration Society, Jerusa­
lén, 1988.
128 LA A R Q U E O L O G ÍA Y LA BIBLIA

Aunque este ensayo recibió el apoyo de algunos sectores, muchos espe­


cialistas no lo aceptan. Por un lado, se sabe que muchas ciudades cananeas
situadas en la región costera del país no fueron destruidas cn esta época, y de­
berían haberlo sido si se hubiera producido una revuelta general de las masas.
Por otro lado, se cree que habrían sido los filisteos, o incluso los egipcios, los
responsables de la destrucción de muchas de las ciudades. Además, la des­
com posición y fragmentación general que experimentan las sociedades a fi­
nales de la Edad del Bronce Tardío dio com o resultado la puesta en m ovi­
miento de un buen número de pueblos, y entre ellos, los Pueblos del Mar. Por
lo tanto, no es preciso atribuir a una revuelta de campesinos ninguna de las
destrucciones que tuvieron lugar en Canaán (véase Dever en Shanks, 1992,
pp. 29-30). Es más, este modelo de la «revuelta interna» no explica en abso­
luto cl énfasis bíblico cn que los «israelitas» vinieran de otro lugar. N o obs­
tante, en muchos aspectos, los datos arqueológicos actuales respaldan este
m odelo (véase Dever, 1992c, p. 553).

D espués de m ediados de los ochenta

Lo que se ha producido a partir de mediados de la década de los ochenta


es poco menos que una revolución en la comprensión del nacimiento del anti­
guo «Israel», y ello com o resultado de prospecciones regionales, excavacio­
nes arqueológicas y estudios dem ográficos y etnográficos; de hecho, estos
planteamientos son tan recientes y tan «revolucionarios» a la hora de enten­
der los orígenes de Israel (con profundas im plicaciones para la comprensión
del relato bíblico) que no han sido, a mi juicio, integrados en la corriente
principal del debate científico. Sin embargo, no existe en absoluto un consen­
so académ ico sobre algunas de las cuestiones clave.1"
El catalizador del inicio de gran parte de esta discusión fue el libro de
I. Finkelstein, The A rchaeology o f the Israelite Settlem ent, publicado en 1988
(véase la reseña de Dever en 1991c). A partir de los nuevos datos procedentes
de las excavaciones, prospecciones y estudios demográficos, Finkelstein demos­
tró que habían surgido cíenlos (más de 300, p. 333) de nuevas aldeas y alque­
rías en la región montañosa central de Canaán durante la Edad del Hierro I
(figura 7.9). Además, la principal área de asentamiento fue la parte norte de la
región montañosa, situada entre Jerusalén y el valle de Jezrael. Judá, a com ien­
zos del periodo (c. 1200 a.C.) estaba prácticamente deshabitada, y así permane­
ció hasta el siglo x a.C. (Finkelstein, 1988, pp. 326 y ss.). Finkelstein calculó
que la población de la región montañosa no superaría los 50.000 habitantes,
o incluso no llegaría a esa cifra (p. 333), un número considerablemente peque­
ño si lo comparamos con los millones que supuestamente abandonaron Egipto
junto a M oisés, sólo «cuarenta» años antes (Exodo 12, 37; Números 1, 45-56).
LA EDAD DEL H IERRO I 129

Otros estudios (Stager, 1985; Coote, 1990, pp. 13-139), han apuntado tam­
bién que la población que .se instaló en las tierras altas eran granjeros u horticul­
tores, no invasores nómadas venidos del este. Las estructuras arquitectónicas,
cn especial las famosas «casas de cuatro habitaciones», que se identificaban
hasta no hace mucho com o «israelitas», se sabe hoy que tienen pocas o nin­
guna implicación de tipo étnico (Finkelstein, 1988, pp. 254-259; 1996, pp. 200
y 204; D. R. Clark, 1996; London, 1989, pp. 47-48). Lo mismo podem os de­
cir de la igualmente famosa «tinaja de borde engolado», que en un tiempo se
consideró una forma cerámica israelita característica." Se han interpretado
otros restos tecnológicos, com o las cisternas de agua enlucidas y la disposición
en terrazas de las laderas de las colinas, para dar a entender que una pobla­
ción no nómada habitaba estas aldeas del Hierro I. Estos y otros datos ar­
queológicos han llevado a Dever a concluir que los habitantes de estas aldeas
de la región montañosa central en el Hierro I no eran en absoluto nómadas
invasores del desierto, com o refleja la Biblia. Más bien, «parecen ser cam pe­
sinos expertos y bien adaptados, ampliamente familiarizados con las condi­
ciones locales de Canaán» (Dever, 1992c, pp. 549-550).
Esto no quiere decir que todos los arqueólogos estén de acuerdo en lo que
ello significa. La pregunla parece ser si deberíamos interpretar estos recur­
sos técnicos com o innovaciones que posibilitaron la ocupación de la región
montañosa central o com o consecuencias del proceso de asentam iento.1’ En
cualquier caso, ya interpretemos estos datos com o innovaciones o com o con­
secuencias, o bien com o ambas cosas, lo importante es que el pueblo (o pue­
blos) que edificó, vivió y trabajó en estas aldeas de la región montañosa cen­
tral durante la Edad del Hierro I no eran invasores nómadas provenientes del
desierto.
Esta nueva hipótesis plantea muchas preguntas sobre estas gentes, entre
ellas la pregunta esencial de quiénes eran y de dónde venían. Hasta no hace
mucho tiempo, la mayoría de los estudiosos asumían que los habitantes del
Hierrro I eran israelitas. Un rápido vistazo a las recientes publicaciones pon­
drá de manifiesto la carencia de sentido crítico de esta suposición (por ejem ­
plo, T. Dothan, 1985. p. 165; Stager, 1985; London, 1989; Gal, 1992, pp. 84-
93). Gracias al esfuerzo pionero de arqueólogos com o Dever y Finkelstein,
tal suposición ya no es aceptable. La identidad étnica de este pueblo debe ser
probada mediante la evidencia, y no simplemente asumir que son «israelitas»
a partir de una lectura no crítica de los textos bíblicos.
Finkelstein ha demostrado que la ocupación de la región montañosa cen­
tral a com ienzos de la Edad del Hierro I constituyó el tercer periodo de pobla-
miento de esta región, y que los otros dos habían tenido lugar durante el Bron­
ce Antiguo I (r. 3200-2900 a.C.), momento en el que fueron ocupados unos
88 emplazamientos, y durante el Bronce M edio II (c. 2000-1550), en el que se
130 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA ií IB LIA

crearon 248 asentamientos (1994; 1995; 1996, pp. 199 y ss.). A partir de esta
perspectiva a largo plazo, Finkclstein llegó a la conclusion de que, desde fina­
les del IV hasta finales del ii m ilenio a.C., grupos pastoriles se establecieron
en las tierras altas. De esta forma, la población que se instaló allí (incluida la
Transjordania) durante la Edad del Hierro ( se vio implicada en un proceso
que «formaba parte de un mecanismo cíclico de procesos alternos de sedenta-
rización y nomadismo de los grupos indígenas, en respuesta a circunstancias
políticas, económ icas y sociales cambiantes» (1996, p. 208). En otras pala­
bras, los habitantes de estas aldeas del Hierro I eran nómadas pastoriles que
habían vuelto a convertirse en sedentarios, con escasa o ninguna conexión
con las poblaciones canancas de las tierras bajas (1995, p. 363). Según Fin-
kelstein, es difícil decir a que etnia pertenecían estas poblaciones. En un tra­
bajo anterior (1988), él también se refirió a ellos com o «israelitas». Con pos­
terioridad, sin embargo (1994; 1995; y especialmente 1996) ha empleado el
término de «protoisraelitas», que ya sugiriera Dcvcr (en Shanks, 1992c, entre
otros trabajos). Excepto por vagas referencias a «nómadas pastoriles» o «gru­
pos trashumantes», Finkelstcin no apuntó quiénes podían haber sido con exac­
titud estos «protoisraelitas» (1996, p. 208). Para él, ei «verdadero fsrael» no
nace antes de los siglos ix-vm a.C. ( 1996, p. 209). Es m ás, los únicos restos
materiales de los que Finkelstein pensó que pudieran tener im plicaciones
étnicas son huesos de cerdo (o más bien la ausencia de ellos) en el caso de las
aldeas de la región montañosa central (1995, p. 365). ¿Qué tiene todo esto
que ver con el relato bíblico de la entrada de Israel en Canaán'?

A sí pues, es evidente que el nacim iento de Israel no fue un episodio único,


m eta-histórico en el devenir de un pueblo elegido, sino más bien parte de un
proceso histórico mucho más amplio, que luvo lugar en el Oriente Próximo An­
tiguo; un proceso que causó la destrucción del inicien régime |subray¿tdo por el
autoi'l y el surgim iento de un nuevo orden, de estados nacionales, lerriloria-
les ... La combinación de la investigación arqueológica e histórica demuestra
que existe un ('omjileto divorcio entre el relato bíblico de la conquista de Ca­
naán y la realidad histórica |la cursiva es m ía|. La tardía techa, así eomo el
carácter literario-leológico de los reíalos bíblicos requieren un análisis prelim i­
nar cauteloso, crítico y nuiltifaeético, antes de que podamos extraer cualquier
conclusión sobre su posible contribución a la hora de descifrar la primitiva his­
toria de Israel (Finkelstein y N a'am an, 1994, pp. 12-13; véase también Finkels­
tein. 1996, p. 203).

Aunque Dever (1993b, 26*; 1995c) coincide con Finkelstein en la opi­


nión de que la población de las aldeas del Hierro I no estaba formada por
invasores nómadas del desierto, discrepa completamente con aquél sobre la
cuestión de su origen. Para Dever, la mayoría de los aldeanos de la región
LA EDAD D EL HIHRRO I 131

montañosa central cn el Hierro 1 provendría de la población cananea ya se­


dentaria (Dever, 1992c; 1993b, 26* y ss.; 1995c), no de grupos pastoriles nó­
m adas.1’ Es a estos recién llegados a la región montañosa a los que Dever ha
etiquetado com o «protoisraclitas», «que fueron los «antecesores del Israel pos­
terior» (1993b, 31*; véanse sus observaciones en 1995c). A partir de otras ca­
racterísticas definitorias de la cultura de la región montañosa: sus tipos de
asentamiento (pequeñas aldeas y alquerías); un incremento de la población que
no podemos explicar únicamente por un crecimiento de tipo natural; una eco­
nomía basada en la agricultura y la cría animal; un trazado de la aldea que in­
cluía la casa de cuatro habitaciones con patio, a menudo con cisternas enluci­
das para el almacenamiento del agua; el uso de silos para almacenar grano, la
creación de terrazas en las laderas... De ver llegó a la conclusión de que estas
gentes no eran «cn su mayor parte invasores, rel'ugiados políticos, revoluciona­
rios, “bandidos sociales” o similares, sino simplemente inmigrantes provenien­
tes de alguna otra zona de Canaán. la mayoría de ellos al parecer campesinos
y ganaderos experimentados» (1995c, p. 208).14 Para Dever, utilizar el término
étnico israelita (o al menos proloisraeliia) para referirse a la población de la
región montañosa cn el Hierro I es tan justificable com o utilizar otros términos
étnicos tales com o cananeo, egipcio y filisteo ( 1995c, p. 209).
N o es probable que las discrepancias entre Dever y Finkelstein se resuel­
van a gusto de lodos, especialm ente cuando ellos m ism os parecen incapaces
de ponerse de acuerdo en una de las cuestiones más básicas: ¿qué cuenta y
qué no com o marcador étnico? Aunque Dever ha admitido el callejón sin sa­
lida al que han llegado los expertos, incapaces de ponerse de acuerdo en el
significado de los materiales, ha aportado poco a su solución, excepto lamen­
tar el hecho de que no hay «acuerdo sobre las reglas de base» (1993b, 30*).
Hasta que dichas reglas sean especificadas, no parece plausible un acuerdo
entre los investigadores.

C o n c l u s io n e s

Aunque es posible que los estudiosos de la cuestión del nacimiento de Is­


rael nunca lleguen a estar completamente de acuerdo en lo que respecta a los
restos materiales de las aldeas de la Edad del Hierro I en la región montañosa
central de Palestina, sí existe al menos acuerdo suficiente com o para apuntar
algunas conclusiones acerca de la versión bíblica de la ocupación de Ca­
naán.'5 En primer lugar, se ha probado que todas las interpretaciones que apo­
yaban una invasión militar a gran escala por parte de nómadas del desierto,
sean «israelitas» o cualquier otro grupo, son falsas. Así, está condenado al
fracaso cualquier intento de interpretar los relatos bíblicos de modo literal. Es
132 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

incalculable el coste en sufrimiento humano y muertes causados a través de


los milenios por los que han interpretado literalmente esta mentalidad de la
«guerra santa» para apoyar sus propias guerras.
En segundo lugar, podemos suponer razonablemente que los habitantes
de la región montañosa central durante el Hierro 1 formaban el «pool» gené­
tico del cual nacería con posterioridad el «Israel bíblico»; por tanto, ¡os ante­
cesores directos de Israel eran un grupo diverso, no sólo en términos de
identidad étnica sino también, probablemente, religiosa. Ha sido Callaway
quien ha planteado de forma sucinta las im plicaciones de lo dicho para la
formación del estado de «Israel»: «El inicio de su andadura com o nación jse
refiere a las tribus del Hierro I|, con una religión nacional, fue el resultado
de un largo proceso de lucha modelada, desde la perspectiva interna, por
unos líderes dinám icos que conocem os com o Jueces, y, desde la perspectiva
externa, por las presiones políticas ejercidas fundamentalmente por los filis­
teos» (1988, pp. 77-78)."'
En tercer lugar, nos son prácticamente desconocidas las prácticas religio­
sas de estas poblaciones del Hierro I. El tema de la religión de un colectivo es
siempre com plejo y fácil de distorsionar mediante sim plificaciones ex cesi­
vas. Sin embargo, la cultura material de estas aldeas de las tierras altas difícil­
mente nos conduce por sí sola al m onismo yavista del Israel posterior (Calla­
way, 1988, pp. 81-83; Dever, 1995c, p. 211; A. Mazar, 1990, pp. 348-352;
1992b, pp. 292-294). Cualquiera que pretenda manejar con honestidad la
información hoy disponible, debe enfrentarse de forma directa a (as implica­
ciones teológicas de este hecho, así com o a la cuestión del origen (u orígenes)
del yavism o de Israel.
8. LA EDAD DEL HIERRO II ( 1000-550 A.C.)

Llevado por el entusiasm o en la investigación ar­


queológica, a veces se siente la tentación de ignorar la
prueba más palpable sobre cualquier tema relacionado
con Palestina; casi todo el Antiguo Testam ento Hebreo
es un producto de la tierra palestina y de los escritores
israelitas.

W. F. A lb r ig h t , 1949

In t r o d u c c ió n : L a A r q u e o l o g ía y la B ib l i a

C om o consecuencia del desarrollo que ha experimentado en los últimos


tiem pos la llamada «arqueología bíblica», la observación que hiciera Albright
hace cincuenta años nos parece hoy pintoresca y anticuada. Sin embargo,
creo que plantea algo muy válido para todos los estudiosos de la arqueología
palestina y de la Biblia. Realmente dudo que mucho de lo que se ha publica­
do a lo largo de los años sobre esta tierra se hubiera hecho de este m odo si no
lucra por la sencilla razón de que Palestina es la cuna de la Biblia. No estoy
denigrando en absoluto el interés contemporáneo (que incluso hem os adopta­
do en este libro) existente entre los arqueólogos y los historiadores bíblicos
por presentar una historia «secular» de Israel. Se trata, a mi juicio, de la muy
necesaria e importantísima cuestión, una vez más, de la relación de los datos
arqueológicos con los textos bíblicos y viceversa.
Ya hemos tratado a lo largo de este libro de cóm o se relacionan, y de cóm o
deberían relacionarse la arqueología y la Biblia. Ahora es el momento de
abordar la cuestión principal. ¡Si hay un periodo arqueológico que merezca el
apelativo de «bíblico», ése es la Edad del Hierro II.1 Es la época de David y
Salomón (al menos para aquellos que aún creen que fueron algo más que un
producto de la imaginación de algún escritor postexílico); es la época de los
reyes de Israel y de Judá; de los profetas y del primer templo. Es también la
época de la destrucción de Israel por los asirios (722 a.C.), y de Judá por los
134 LA A R Q U EO LO G ÍA Y L /\ BIBLIA

babilonios (587-586 a.C.) La Edad del Hierro II es la época principal de la


Biblia hebrea.
Esto no significa que uno pueda excavar hoy con la «Biblia en una mano
y la pala en la otra», com o a veces se ha dicho de la «arqueología bíblica».
Com o he argumentado a lo largo de este libro, puede llevarse a cabo, en todo
caso, la aplicación direcla de los datos arqueológicos a los tcxlos bíblicos
únicamente después de que tanto los datos arqueológicos com o los textos bí­
blicos se hayan entendido de una forma crítica. Sin embargo, el dogma con­
temporáneo adoptado en algunos círculos de investigación sobre la no validez
histórica de la Biblia antes del periodo postexílico me parece tan extremo
com o injustificado. Como J. M. Miller ha explicado de modo firme (aunque
muchos han hecho oídos sordos), no es cuestión de «si deberíam os o no utili­
zar la Biblia hebrea en la investigación histórica, sino de cóm o deberíamos
utilizarla» (1991, p. 100, subrayado en el original). Miller ha señalado con
acierto que buena parte de la discusión científica se caracteriza por los razo­
namientos circulares y las discusiones bizantinas.·
Un ejem plo clásico es el reciente artículo de J. Holladay, publicado en
enero de 1995. Holladay comenzaba con la afirmación de que expondría una
historia de las «monarquías hebreas antiguas» «únicamente sobre la base de la
arqueología misma ... y que aceptaría com o prueba histórica sólo los datos
aportados p o r las fuentes contem poráneas» ( 1995, p. 368, la cursiva es mía).
Estas «fuentes contemporáneas» no incluyen la Biblia hebrea porque, según
Holladay, ésta fue escrita, en su mayor parte, en el periodo postexílico, y es,
por tanto, poco fiable com o fuente histórica para la mayor parte de la Edad
del Hierro II. Tras exponer su metodología, inmediatamente iniciaba una dis­
cusión sobre «David» y «Salomón» e identificaba a los habitantes de la re­
gión montañosa central en la Edad del Hierro 1 com o el «Israel primitivo».'
Citemos a Miller de nuevo:

Únicamente a partir de lo material, no verbal ... no podríamos nunca con­


jeturar la aparición en escena del pueblo conocido como «Israel» en la antigua
Palestina. Siempre que los historiadores, arqueólogos, sociólogos o cualquiera
hablan de las tribus israelitas de la región montañosa central palestina a co­
mienzos de la Edad del Hierro I, o sobre la m onarquía de David o Salomón
o sobre dos reinos contem poráneos que surgen de esta monarquía primitiva,
están suponiendo una información que proviene única, y exclusivamente, de la
Biblia hebrea (1991, pp. 94, 95).4

N o debería entenderse nada de lo dicho com o un ataque a la interpretación


crítico literaria que hoy se hace de la Biblia. En gran parte los críticos tienen
razón. La Biblia, tul y com o la conocem os, es un producto del periodo postexí-
LA EDAD D EL H IERRO II 135

lico, escrita en un primer momento por un pequeño número de literati (Dever.


1995a, p. 73) con unas prioridades en esencia teológicas. Nada de la informa­
ción «histórica» de la Biblia debería tomarse al pie de la letra (cf. Miller,
1991). Sin embargo, está hoy en boga en algunos círculos, descartar sin más
esta información antes que intentar utilizarla de fo rm a crítica en las recons­
trucciones históricas (Schniedewind. 1996). Como Dever ha dicho (1995a,
p. 61), tales críticos asumen que nuestros textos son tardíos no sólo en su re­
dacción, sino también en su contenido, y en consecuencia «ahistóricos». Por
desgracia, este tipo de afirmaciones no demostradas se lian convertido, para al­
gunos, en conclusiones académicas. Espero que las próximas páginas constitu­
yan un tratamiento equilibrado de los aspectos básicos del debate.

La E dad d e i. H ie r r o 11. I n t r o d u c c i ó n general

Aunque persiste el desacuerdo sobre la cronología y la terminología de


este periodo,5 nosotros utilizaremos las siguientes fechas y términos:

• Edad del Hierro lia: 1000-r. 923 a.C. (siglo x a.C.; el periodo de la
Monarquía Unida)
• Edad del Hierro 11b; 923-722/721 a.C. (siglos ix-vm a.C.; com ienzo de
las monarquías «divididas» y de la destrucción de Israel en 722/721 a.C.)
• Edad del Hierro lie: 722-540 a.C. (finales del siglo vm -m ediados del
vi a.C.; este periodo incluye la destrucción de Jerusalén, entre otros lu­
gares de Judea, por los babilonios en 587/586 a.C., y el exilio babilo­
nio, 587-540 a.C.

Existen tres fuentes principales para una reconstrucción crítica de este pe­
riodo: los datos arqueológicos, las tradiciones bíblicas y las fuentes escritas
no bíblicas. Entre estas últimas se incluyen las inscripciones egipcias, asirías
y babilonias; los ó stra ca , las bullae y las estelas e inscripciones hebreas. La
mayoría de estas fuentes escritas data de los siglos vin-vn, y son testimonio
por tanto de la creciente alfabetización de la población.

Los vecinos de Israel

El periodo de la Edad del Hierro II no sólo fue testigo del nacimiento de


los estados de Israel y Judá, sino también del de varios estados-nación de su
vecindad. Entre ellos Edom, Moab y Ammón, todos en la Transjordania; Fe­
nicia y Aram al norte y al noreste; y Filistea al oeste.
136 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Una completa exposición de la Edad del Hierro II precisaría incluir a es­


tos otros estados, dado que todos ellos influyeron en el devenir histórico de
Israel y Judá. Sin embargo, por motivos de espacio, sólo nos referiremos a
ellos cuando sean cruciales para comprender nuestro discurso. El lector de­
berá recurrir a la bibliografía.*'

L a E d a d d e l H i e r r o H a : [.a M o n a r q u í a U n i d a (c . 1000-923 a . C . )

La dificultad de relacionar los datos arqueológicos y las tradiciones bí­


blicas queda patente cuando estudiamos el periodo de la Edad del H ie­
rro IIA. Desde el punto de vista bíblico, ésta es la época de David y S alo­
món y de la Monarquía Unida, del impresionante programa constructivo
atribuido a Salomón por los editores deuteronóm icos ( I Reyes 6-9), y de la
destrucción de muchos asentamientos que provocó el fin del periodo con el
cierre del siglo.
Sin embargo, quedan muchos problemas sin resolver y muchas preguntas
sin contestar. Aunque se han excavados múltiples yacimientos con materiales
fechados en el siglo x (figura 8.1 ; Herr recoge unos sesenta y un yacimientos,
1997b, p. 121), en pocos casos se ha conseguido una excavación extensiva, lo
cual limita tanto la cantidad com o la diversidad del material descubierto. Entre
estos yacimientos se encuentran algunas ciudades bíblicas tan bien conocidas
com o Arad, Beersheba, Beth Shan, Dan, Gezer, Hazor, Jerusalén, Lachish,
M egido, Samaria y Ta‘anach.7
Es poco, sin embargo, lo que podemos atribuir desde el punto de vista ar­
queológico a la época de David. De hecho, hasta el extraordinario descubri­
miento de la llamada «estela de Tel Dan» (véase más adelante) en el verano
de 1993 (Biran y Naveh, 1993), no se conocía ninguna mención a «David»
fuera del texto bíblico, con la excepción posible de la inscripción de Meshe
(«Piedra moabita»). La inscripción de Tel Dan, así com o la estela de Meshe,
datan de finales del siglo ix a.C. Aunque la traducción «Casa de David» de la
estela de Dan ha sido muy discutida por algunos investigadores, la mayoría
de los expertos que han exam inado la inscripción ha confirmado dicha lec­
tura. Sin embargo, incluso si asumimos que la autenticidad de esta lectura no
prueba nada sobre un supuesto monarca del siglo x a.C., su fecha (finales del
siglo ix) proporciona lo que en arqueología se conoce com o un term inus po st
qu em , esto es, la fecha más antigua para un acontecimiento o resto material
sobre la base, exclusivam ente, ele los datos arqueológicos. Lo que efectiva­
mente prueba es que, a finales del siglo ix a.C., podía mencionarse en una
inscripción pública una entidad política conocida com o la «Casa de David»,
mención que se suponía sería comprendida por los transeúntes. Sin embargo,
LA EDAD D E L H IER R O 11 137

F ig u r a 8 .1 . Mapa de los yacimientos de la Edad del Hierro II.


138 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

la conexión del «David» de esta estela con el «David» de la Biblia es una


cuestión de interpretación, no una cuestión arqueológica (cf. Knoppers, 1997),
además, esta mención a «David» no prueba nada sobre «Salomón».
Muy poco del panorama arqueológico del siglo x a.C. puede ponerse en
relación con David (para una exposición de la escasa evidencia que pudiera
o no pudiera existir, véanse Cahill, 1998; Na'aman, 1998; Steiner, 1998). El
registro arqueológico es limitado, a menudo controvertido, y raramente puede
relacionarse de forma directa con cualquier relato bíblico sobre este persona­
je.8 Incluso los límites geográficos del imperio de David son difusos (cf. Herr,
1997b, p. 130). Aunque desconocem os los índices dem ográficos del periodo,
se piensa que la mayoría de la gente viviría cn pequeñas aldeas y alquerías. Por
otro lado, los materiales procedentes de algunos yacimientos, com o M egido y
Hazor, indican la existencia de una clase alta (Hcrr, 1997b, p. 124). La econo­
mía, bien documentada por O. Borowski (1987), se basaba fundamentalmen­
te en la agricultura y la crianza de ovejas y cabras.
Una de las características arqueológicas más evidentes del periodo, nor­
malmente atribuida a la época de Salomón, son los restos de imponentes for­
tificaciones, en especial murallas y puertas. Se ha escrito mucho sobre las
puertas salom ónicas de seis cámaras (figura 8.2); y algunas de esas publica­
ciones no carecen de polém ica (para una breve exposición, con planos, véase
A. Mazar, 1990, pp. 380-387). Se han documentado este tipo de puertas en
yacimientos com o Hazor, Gezer, M egido (el yacimiento más controvertido,
debido al modo en que se excavó), Beth-Shemesh, Ashdod y Lachish. Otros
restos importantes, que indican un proceso de urbanización y centralización
durante este periodo, son aquellos que se han identificado com o «palacios»
(M egido, Hazor). A esto se añaden las construcciones domésticas más senci­
llas, entre ellas la omnipresente «casa de cuatro habitaciones» a lo largo de
todo el periodo del Hierro 11 (para una reconstrucción de este tipo de casa,
véase Hcrr, 1997b, p. 125).
Aunque la tradición bíblica (1 Reyes 10, 28-29) recoge la importación de
caballos y carros por Salomón, existe escasa prueba arqueológica de com er­
cio durante esta época. Sin embargo, las investigaciones han demostrado que
Palestina podría haber producido excedentes agrícolas durante el periodo del
Hierro IIA, excedentes que podrían haberse utilizado com o bienes com ercia­
les. Aunque es razonable pensar que el gobierno de Salomón tomara parte en
el com ercio, la prueba directa de dicha actividad en el registro arqueológico
no está clara (cf. comentarios de Herr, 1997b, p. 127).
Otro avance importante que tuvo lugar en la época fue la extensión del
alfabetismo. El alfabeto sem ítico noroecidental (del que el hebreo es una va­
riante) estaba en esta época bastante perfeccionado, aunque por el momento
apenas se han encontrado ejem plos del siglo x. La excepción más notable
LA EDAD D EL H IERRO U 139

Gezer Hazor

Lachish

0 5 10 m

Megido

F ig u r a 8.2. Piano de lus puertas «salomónicas» del siglo x a.C. C ortesía de J. Fitz­
gerald.

es el famoso «calendario de Gezer», habitualmente interpretado com o el


ejercicio de escritura de un escolar (para una traducción véase Albright,
A N E T , p. 320).

Jerusalén (figura 8.3)

Jerusalén merece una mención especial a causa de su enorme peso especí­


fico en la Biblia.9 Según la tradición recogida en 2 Samuel 5, 6-10, David
tomó la ciudad mediante una conspiración, hizo de ella su capital y «constru­
yó un muro alrededor, desde M ilo hacia el interior» (2 Samuel 5, 9). Se nos
dice que Salomón ( I Reyes 6-9), fue el responsable de un proyecto construc­
tivo aún mayor, que incluía un palacio y, por supuesto, su famoso templo.
Desde el punto de vista arqueológico, no contamos con pruebas incontrover­
tibles de ninguno de estos proyectos.
Entre todos los yacimientos palestinos, Jerusalén destaca com o uno de los
más difíciles de comprender arqueológicamente hablando, si no el más difí-
140 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

Fig u r a 8.3. Mapas de los posibles límites de Jerusalén en la Edad del Hierro. To­
rnados de A. Ben-Tor, ed., The Archaeology o f Ancient Israel, Yale University Press,
© 1992.

cil. Las razones son varias. Primero, han excavado el lugar muchas personas
diferentes a través de los años, empezando por F. de Saulcy en 1860. Los in­
formes de estas excavaciones se encuentran diseminados en un amplio con­
junto de publicaciones en varios idiomas. En segundo lugar, Jerusalén es aún
una ciudad «viva», no un telI abandonado. En muchas ocasiones las estruc­
turas contemporáneas están situadas sobre áreas que resultarían sumamente
atractivas de excavar."’ A eso se añade que la ciudad ha sido destruida y
saqueada numerosas veces a lo largo de su historia, lo cual ha supuesto, sin
duda, una pérdida incalculable de material. Finalmente, una de las áreas de
mayor interés arqueológico, el llamado «Monte del Templo», está fuera
de las posibilidades de los arqueólogos.
A pesar de todo, se han identificado alrededor de veintiún niveles arqueo­
lógicos en la «Ciudad de David», niveles que van desde el Calcolítico (iv mi­
lenio a.C.) al M edievo tardío (siglos x iv-xv d.C.) (Cahill y Tarler, 1994). Sin
embargo, muy pocos de estos restos pueden datarse con seguridad en el si­
glo x a.C. Esto incluye la famosa estructura escalonada de piedra (figura 8.4),
que excavara Shiloh, fechada en un momento tan temprano com o son los
periodos del Bronce Tardío/Hierro I (Cahill y Tarler, 1994, p. 35); el propio
Shiloh la situó en el siglo x (1985, p. 454). No podemos estar seguros de que
esta estructura tenga algo que ver con el «M ilo» que menciona la Biblia
(2 Samuel 5, 1 1; 1 R eyes 9, 15).
LA ED A D D EL H IER R O II 141

Fk'iURA 8.4. Excavaciones cn la Ciudad de David. Fotografía de J. Laughliri.

El tem plo de Salom on (figura 8.5)

El edificio más lam oso y más polém ico que supuestamente construyó
Salomón es, sin duda, el Primer Templo." A pesar de todo el trabajo arqueo­
lógico que se ha llevado a cabo en esta ciudad, nunca se ha hallado un solo
fragmento de este ed ificio.1- N o obstante, la descripción del templo de Salo­
món (I Reyes 5, 16-6, 38; cf. 2 Crónicas 4) encaja mejor con lo que se sabe
de edificios similares datables en su mayor parte en el n m ilenio a.C. La des­
cripción es tan precisa que C. Meyers la calificó de «reproducción fotográfi­
ca» (1992b, p. 352). Se ha dicho que un escritor postexílico que nunca hu­
biera visto un edificio com o éste no podría conocer tales detalles, a menos que
tuviera acceso a tradiciones veraces acerca de su descripción (Dever, 1995a,
p. 33; cf. A. Mazar, 1990, p. 377).
Esta descripción es, asim ism o, importante por otro motivo. La Palestina
del siglo x a.C. carece de lo que podemos llamar «producción artística». Si la
descripción de detalles com o «querubines» (1 Reyes 6, 29), «palmas», «flo­
res» (1 Reyes 6, 29), «jambas talladas» (1 Reyes 6, 31 y ss.) y otros objetos
asociados al templo (I Reyes 7, 13-50) es exacta, nos proporciona la prueba
literaria de la existencia en este periodo de una producción artística de carac-
142 LA A RQ U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

teristicas monumentales (Herr, 1997b, pp. 128-129). Insisto, sin embargo, en


que lo cierto es que jamás se ha encontrado nada que pudiera pertenecer a
este templo.

Los asentam ientos del N eguev

Un aspecto de la cultura material de la Edad del Hierro lia que a menudo


se pasa por alto es el de los muchos asentamientos que se documentan ahora
en el Neguev, tras haber permanecido abandonados durante la mayor parte
del (i m ilenio a.C. (A. Mazar, 1990, pp. 390-397). Más de medio centenar de
estos yacimientos han recibido el apelativo de «fortalezas» y se cree que el
poder político las construiría con el fin de proteger las rutas com erciales ha­
cia el mar Rojo. N o hay consenso acerca de la identidad de las poblaciones
que habitaban la zona, aunque a tenor de la cerámica es posible que se tratara
de al menos dos grupos diferentes.
Uno de ellos se asocia a la que se llama «cerámica neguevita», caracteri­
zada por sus recipientes toscos, hechos a mano, quizá característicos de gru­
pos nómadas. El otro tipo cerámico presenta similitudes con las formas del
siglo x en Judea (para una exposición de eslas últimas, véase Amiran, 1970b,
pp. 191-265; hay que tener en cuenta que lo que yo llamo «Edad del Hierro lia»
para Amiran es «Hierro IC»), y se cree que indicaría la presencia de forasteros
que llegarían a la zona com o guarniciones para las fortalezas. En cualquier
caso, la vida de estos em plazamientos fue corta, y la mayoría de ellos fueron
destruidos a finales del periodo. Tal destrucción se atribuye normalmente a
Shishak de Egipto, que afirmaba haber acabado con setenta asentamientos en
el N eguev.1' La evidente destrucción en el Neguev es observable en otras
zonas de Palestina a finales del siglo x, y también suele atribuirse a Shishak
(c. 935-914 a.C.). Sin embargo, las pruebas arqueológicas de esta masiva des­
trucción egipcia son ambiguas.

L a Edad del H ie r r o H b-c (923-550 a .C .)

Tras la ruptura de la Monarquía Unida. Judá e Israel se convirtieron en es­


tados independientes, cada uno con su propio gobierno, así com o con sus pro­
pias organizaciones sociales y religiosas. Israel, con capital en Samaría (desde
aproximadamente mediados del siglo ix), junto a otras ciudades regias corno
Dan, Hazor y Megido, sobrevivieron durante unos 200 años hasta que fueron
abandonadas o destruidas por los asirios en el 722/721 a.C. Judá, por su parte,
consiguió sobrevivir hasta el 587-586 a.C., fecha en la que los babilonios la
F igura 8.5. Reconstrucción del templo de Salomon. Cortesía de M. Lyon.
144 LA A R Q U EO LO G ÍA Y LA BIBLIA

devastaron. Este periodo, la Edad del Hierro llb-c, que se corresponde con la
época central de la Biblia, ha sido objeto de un estudio más intenso que cual­
quier otro de la historia palestina. De este modo, la cantidad de fuentes secun­
darias dedicadas a los aspectos más relevantes del mismo es inmensa. A m e­
dida que se prospecten y/o excaven más yacim ientos, es de esperar que tales
fuentes incrementen su número. Aquí sólo podemos hacer un breve resumen.
Entre los restos materiales precedentes de los yacimientos excavados se
incluyen sistemas defensivos (murallas, puertas, torres de guardia), arquitec­
tura dom éstica y pública, sistemas hidrológicos, tumbas, calles, lugares de
culto, cerámicas, joyas y toda una serie de innumerables hallazgos de peque­
ño tamaño. Quizá lo más dcstacablc de la cultura material de la época (espe­
cialmente cn el Hierro 11c) sean las miles de inscripciones de diverso tipo que
conocem os. Su importancia para comprender muchos aspectos de la historia
de Israel y Judea, especialmente su religión (o religiones), es enorme (véase
más adelante).

Israel (923-722/721 a.C .)

Se han excavado docenas de yacimientos israelitas del Hierro 1Ib (para un


listado de los m ism os véase Herr, 1997b, p. 135), aunque no conocem os el
trazado com pleto de ninguno. Entre los más importantes se encuentran Dan,
Hazor, M egido y Samaria. Las prospecciones en la región han localizado nu­
merosas aldeas de reducidas dimensiones y alquerías (véase, por ejemplo,
Gal, 1992).14 Se estima la población de Israel durante el Hierro Ilb entre los
250.000 y los 350.000 habitantes.(Broshi y Finkelstein, 1992; Herr, 1997b,
p. 137). Debido a nuestras limitaciones de espacio, sólo nos referiremos a
Dan y Samaria.

Tel Dan (figura 8.6; Biran, 1994)

Uno de los yacim ientos más impresionantes del Hierro II hasta hoy exca­
vados en Palestina es el montículo de Tel Dan, de 20 ha de extensión. Situado
en el límite septentrional del valle de Huía, Dan fue, sin duda, un gran centro
económ ico, político y religioso en el Hierro II. Entre los descubrimientos de
esta época debem os señalar un imponente sistema de fortificación y un em ­
plazamiento cultual de gran tamaño.

E l sistem a de P uertas del H ierro (figura 8.7)


Los niveles IV-II se corresponden con el Hierro Ilb (siglos ix-vm ).^ De
esta época data uno de los sistemas de fortificación de mayores dim ensiones
CQ
<

C
U

o
πO

E
e2

H tí

ο ω
S ?,u
c ü
'5 o
M U
ao 2c
« c

VO
00
c3
û
O
iZ
F ig u r a 8.7.
Puertas de la Edad del H ierro en Tel Dan. Tomado de Dan ¡. Cortesía de
las excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén.
LA EDAD DEL HIERRO II 147

F ig u r a 8.8.Piedras en posición vertical; m assebot en Tel Dan. Puerta de la Edad d el


Flierro. Cortesía de las excavaciones de Tel Dan, Hebrew Union College, Jerusalén.

descubiertos en Palestina. Aunque el excavador identificó un sistema defen­


sivo anterior erigido a finales del siglo x, la entrada (áreas A y B) experi­
mentó una enorme ampliación durante la primera mitad del siglo ix (atribui­
da a Ahab [c. 871-852]. Biran. 1994, p. 247). En el periodo correspondiente
al Hierro Ilb, se accedía a la puerta de la ciudad por medio de un pavimento
de piedra que conducía a una puerta exterior. Una vez atravesada esla puerta,
un patio pavimentado llevaba hasta ia entrada principal: una estructura com ­
puesta por cuatro cámaras con dos torres de vigilancia. Esta imponente
estructura medía unos 29 por 17 metros, y fue destruida por los asirios en el
último tercio del siglo vni a.C .16 I ras esta puerta, una calzada conducía al
viajero al interior de la ciudad. Se halló una puerta en la parte alta del m on­
tículo fechada en tiem pos de Jeroboam Π (c. 784-748), lo cual indica que en
esta época no se consideraban las defensas más bajas suficientes para la pro­
tección de ia ciudad. Esta puerta correspondía también al tipo de las cuatro
cámaras.
A sociado a esta entrada tenemos un interesantísimo hallazgo. Se trata de
cinco piedras verticales (m assebot) descubiertas a la derecha de la puerta más
exterior, conu'a el muro defensivo (figura 8.8). (Cuando este volumen estaba
de camino a la imprenta, Biran com unicó el descubrimiento de otros tres con­
juntos de m assebot. Véase Biran. 1998.) Junto a estas piedras se encontraron
148 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

F ig u r a 8.9. Podio con banco de piedra caliza, Tel Dan. Fotografía de J. Laughlin.

restos cerámicos de lámparas de aceite y cuencos de incienso entre otros. Esta


construcción podría ser de naturaleza cultual, aunque desconocem os la deidad
o deidades a las que estaría vinculada. Aunque algunas tradiciones bíblicas ha­
blan de forma positiva del uso de piedras sagradas o pilares (por ejemplo, Gé­
nesis 28, 18 y 22; 31, 13 y 45; 35, 14), otras reflejan claramente que se trataba
de una práctica asociada al baalismo y que fue condenada, en particular, por
los editores deuteronómicos (2 Reyes 10, 26: 17, 10; Deuteronomio 16, 22;
Oseas 10, 1; véase Dever, 1994, p. 149). Entre los descubrimientos realizados
en este complejo de entrada se encuentran unos capiteles protoeólicos y un
fragmento arquitectónico que se cree sería la base de algún tipo de estructura
de baldaquino. Asociada a ésta, se halló un banco de piedra caliza de una lon­
gitud de aproximadamente 4,5 metros (figura 8.9; Biran, 1994, p. 239).
Sin embargo, el descubrimiento más sensacional llevado a cabo en esta área
es el famoso fragmento de la «estela de Tel Dan», que ya mencionamos ante­
riormente (figura 8.10). Dicho fragmento fue encontrado reutilizado com o
parte de una muralla israelita situada en el lado oriental del pavimento que con­
ducía a la puerta exterior.17 Hallado en julio de 1993, este fragmento formaba
parte de una piedra conmemorativa más grande erigida por un conquistador de
Dan; se piensa que se trataría o bien de Ben-Hadad de Aram (Biran, 1994 y
Halpern, 1994; cf. I Reyes 15, 20), o bien de Hazael (Schniedewind, 1996).
LA EDAD DLL HIERRO U 149

F i g u r a 8.10. Estela ararnea, Tel Dan. Cortesía de las excavaciones de Tel Dan,
Hebrew Union College, Jerusalén. Fotografía de Zev Radovan.
150 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

F ig u r a 8.11. Area T de Tel Dan, bamah. Fotografía de J. Laughlin.

Está escrita en arameo y se fecha en la segunda mitad del siglo ix a.C. Contiene
la primera referencia literaria clara a David que se ha encontrado al margen del
texto bíblico, aunque hoy se afirma algo similar de la llamada «Piedra moabi-
ta», fechada en la misma época que la estela de Dan (Lemaire, 1994).
Es difícil pasar por alto la importancia histórica de esta referencia (contie­
ne también las palabras «rey de Israel» en la linca 8). Esta inscripción de­
muestra claramente que la expresión «Casa de David» era un término político
utilizado para referirse a Judá (si asumimos su existencia com o una monar­
quía en esta época) a finales del siglo ix a.C. (Schniedewind, 1996, p. 86).
Esto por supuesto no prueba la historicidad de los relatos bíblicos sobre Da­
vid, aunque proporciona un apoyo considerable a aquellos que creen en su
existencia (véase más arriba, además de lo expuesto por Knoppers, 1997).

E l recinto sagrado: Á rea T (véase la figura 8.6)


En Tel Dan se excavó una significativa área cultual (Biran, 1994, pp. 159-
233), situada en el ángulo noroccidental del m ontículo, junto a un manantial.
El registro arqueológico, que incluye fragmentos de estatuillas pertenecientes
a la Edad del Bronce Tardío, indica que el área tuvo una función cultual des­
de bastante antes de la época de los israelitas. Sin embargo, durante el perio­
do del Hierro Ilb, se contruyeron una serie de estructuras monumentales, en-
LA EDAD DEL HIERRO II 151

F ig u r a 8.12. Á rea T de Tel Dan, lishkah. Fotografía d e J. Laughlin.

tre ellas lo que el excavador identificó com o b a m a h 18 (figura 8. i 1; sobre estas


construcciones, véase Nakhai, 1994). Aparentemente este área pasó por varias
fases constructivas, las cuales se han fechado en las épocas de Jeroboam 1
(c. 928-907), Ahab (c. 871-852) y Jeroboam Π (c. 784-748). Entre otros ha­
llazgos figuran altares, estatuillas votivas, restos cerámicos varios, entre ellos
lámparas de aceite de ocho pitones, p íth o i (grandes tinajas) con relieves en
forma de serpiente y vasijas para incienso. Un descubrimiento realmente
asombroso es el de un altar o cámara (lishkah ) de época de Jeroboam II en­
contrado aproximadamente a 15 metros al suroeste del bam ah (figura 8.12;
Biran, 1994, p. 194). Además del altar, la estancia contenía palas de incienso
(las más antiguas hasta ahora encontradas en el antiguo Israel), y un recipien­
te para depositar cenizas. Enterrada bajo el altar se encontró una espectacular
152 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

8.13. Cabeza de cetro de bronce y plata. Cortesía de las excavaciones de Tel


F ig u ra
Dan, Hebrew Union College, Jerusalén. Fotografía de Zev Radovan.

pieza. Se trata de un objeto de bronce y plata (del que se piensa que podría
ser una maza o la cabeza de un cetro) utilizado posiblemente por los sacerdo­
tes, aunque no sabem os con qué fin (figura 8.13; Biran, 1987; 1994. láminas
32-34; Shanks, 1987). U no de los hallazgos más controvertidos del Área T es
una instalación datada a finales del siglo x o principios del ix a.C., que el ar­
queólogo interpretó com o una estructura para la preparación de las libaciones,
mientras otros la han identificado com o una prensa de aceituna (figura 8.14).■’
LA EDAD DEL HIERRO II 153

F ig u r a 8 .1 4 . Á r e a T d e T el D ;in, c o n s tru c c ió n d e p ie d r a e n y e s a d a . F o to g ra fía de


J. Laughlin.

La importancia de estos descubrimientos, así com o los procedentes de


otros iugurcs. para la comprensión de la religión (o religiones) del antiguo Is­
rael, parece haber recibido escasa atención por parte del conjunto de los estu­
diosos bíblicos (Dever, 1991c). Sin embargo, los restos físicos demuestran
claramente que, a través de su historia, los habitantes de Dan tomaron parte
en prácticas religiosas que los editores bíblicos consideraron apóstatas (1 R e­
yes 12, 25-31). D e hecho, cuando se suma la información que nos ha aporta­
do Dan a otros descubrimientos, com o pueden ser el altar de culto de Ta'anach
(sobre los altares en general, véase DeVries, 1987); los cientos de figurillas
de la fertilidad de ‘Asherah; la práctica del culto solar (Taylor, 1994) y el
m arzeah (véase más adelante); la imaginería serpentiforme de los recipientes
cerámicos; las m assebot de Dan así com o de otros yacimientos; otros objetos
de culto o los textos religiosos de el-Qom y Kuntillet Ajrud (véase más ade­
lante) parece justificada la conclusión de Dever de que la religión israelita se
desarrolló de forma gradual a partir de los cultos de la fertilidad cananeos de
la Edad del Bronce Tardío (1983. pp. 578-579; véase también 1987b, 1994b y
las notas de dichas publicaciones).20
Aunque los asirios destruyeron muchos asentamientos israelitas del H ie­
rro Ilb, y dichos asentamientos fueron abandonados en el periodo siguiente
154 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA
>

F i g u r a 8.15. Piano de la acrópolis de Samaria. Tomado de A . Ben-Tor, éd., The


Archaeology o f Ancient Israel, Yale University Press, © 1992.

(Hierro lie; véase Gal, 1998), ése no fue el caso de Dan. Durante el siglo vu,
la ciudad, implicada en el com ercio internacional, experimentó una época de
expansión. Sin embargo, la com posición de la población no está clara y, en
cualquier caso, la ciudad se encontraría bajo el control asirio. Su fin llegó
en el primer cuarto del siglo vi a.C., en que el yacimiento fue abandonado, po­
siblemente cuando la población huyó ante la llegada de los babilonios.21

Sam aría

Situada a unos 56 km al norte de Jerusalén, Samaria fue la capital del


reino israelita durante prácticamente 150 años.:: La mayoría de los hallazgos
se asocia a un palacio monumental (figura 8.15) que se ha interpretado com o
la prueba arqueológica de la existencia de una organización política indepen­
diente en la época de la llamada «Monarquía Dividida» (Herr, 1997b, p. 137).
Fueron Omri (c. 882-871 a.C.) y su hijo, Ahab, quienes construyeron la ciu­
dad según la tradición bíblica (1 Reyes 16, 21-24). En la época del profeta
A m os (c. 750 a.C.), la ciudad se encontraba en su momento final de grandeza.
Dicho profeta dirigió sus críticas contra Jeroboam II, dirigente de la ciudad, y
contra otros habitantes ricos y poderosos de la misma, a causa de su explota­
ción social, económ ica y legal de los pobres y más desfavorecidos, así com o
por su religión corrupta (Am ós 2, 7; 4, 1; 5, 21-24; 8, 4-8).
LA EDAD DEL HIERRO II 155

F ig u r a 8.16. Óstraca de Samaria. Fotografía de J. Laughlin.

Aunque hay pruebas de que ya tuvo lugar aquí algún tipo de actividad en
un momento anterior a la Edad del Hierro llb (Dtager, 1990). los descubri­
mientos arqueológicos más destacados datan precisamente de este periodo. El
hallazgo más importante es lo que se ha identificado com o una acrópolis real,
la cual abarcaría un área de casi 2 ha. A sociados a esta acrópolis se documen­
taron murallas y almacenes. A los restos arquitectónicos de carácter monu­
mental se añaden otros dos descubrírmenos esenciales.

Los óstraca
Se han encontrado más de 100 ó stra c a 23 (figura 8.16), de los cuales sesen­
ta y tres eran lo suficientem ente legibles com o para publicarlos.24 Estos frag­
mentos, junto a la estela de Tel Dan. son los vestigios escritos más importantes
que conocem os del reino de Israel. Aunque aún se debate la fecha (o fechas)
absoluta de los fragmentos, así com o su función (Kaufman. 1982; Rainey,
1988), la opinión más difundida es la que los data en el siglo vm a.C. Se cree
que servirían com o sistema de registro de artículos tales com o aceite y vino,
entregados a Samaria, quizá com o im puestos (A. Ma/.ar, 1990, p. 410). La
importancia de estas inscripciones radica no sólo en lo que revelan acerca de
la escritura hebrea antigua y el sistema impositivo, sino que. además, contie­
nen información sobre la topografía en torno a Samaria, con la mención de
156 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

F ig u r a 8 .1 7 . Marfil d e S a m a ria , « la m u je r e n la v e n ta n a » . C o rte s ía d e J. F itz g e ra ld ,

«Yasith», «Yashub» y «Qosoh», lugares que la Biblia no nombra. Es más, al­


gunas de los óstraca contienen nombres propios com puestos por la palabra
«Baal» (com o «Abibaal», «Meribaal»). Esto indica claramente la participa­
ción de los israelitas en el culto a este dios cananeo, que los profetas conde­
nan en la Biblia (por ejem plo, Oseas 2, 16-17). Si los nombres que aparecen
en los fragmentos se refieren a los destinatarios de los artículos, esto podría
significar que esos destinatarios recibían provisiones de sus propiedades en
el campo. Tales prácticas habrían contribuido a la explotación de los más des­
favorecidos económ icam ente, lo que A m os condenaba de manera rotunda
(cf. 2, 6-8).

Los m arfiles
La riqueza material de la que disfrutaban al menos algunos de los habi­
tantes de la ciudad queda reflejada en los cientos de fragmentos de marfil
que se han hallado en el lugar. Una vez más, su fecha no está clara debido a
la circunstancias de su descubrim iento (estos fragmentos se encontraron en
LA EDAD DEL HIERRO II 157

un antiguo vertedero). N o obstante, se cree que la mayoría data de los si­


glos ιχ-νιιι a.C. Se han descrito com o «la colección más importante de arte
en miniatura de ia Edad del Hierro descubierta en Israel» (Avigad, 1993,
p. 1.304), y se cree que estos fragmentos serían artículos importados, proba­
blem ente de Fenicia.35 En los marfiles están representados varios motivos,
entre ellos mitos egipcios, peleas de animales, y, quizá, el tema mejor con o­
cido, la «mujer en la ventana» (figura 8.17). Se cree que se emplearían com o
incrustaciones decorativas en el mobiliario del palacio real, así com o en las
casas de los más pudientes. Ahab es recordado por haber construido una
«casa de marfil» (1 R eyes 22, 39; Salm os 45, 8), y el profeta A m os, cien
años más tarde, anunció que las «casas de marfil» (3: 15) de su época serían
demolidas. El profeta también acusaba a los ricos y poderosos de yacer en
«camas de marfil» mientras participaban en un festival llamado m arzeah
(Am os 6, 4 -7 ).26 Este festival parece ser que incluiría com ida, bebida y quizá
relaciones sexuales, todo ello al son de la m úsica y las canciones. A menudo
tomaba la forma de un culio funerario (Jeremías 16, 5). Los estudios que
sobre estos marfiles han llevado a cabo King y Beach (véase nota 24) son un
ejem plo excelente de cóm o los descubrimientos arqueológicos, utilizados de
forma apropiada, pueden verter una importante luz sobre los textos bíblicos
(cf. Dever, 1994b).
Samaria sufrió el m ism o destino que Dan, y fue conquistada por los
asirios a finales del siglo VIII, convirtiéndose en un centro administrativo asi-
rio. El emplazamiento estuvo ocupado al menos hasta el periodo bizantino.
Pero, con escasas excepciones, los restos arqueológicos de estos periodos
más tardíos son escasos.

J U D Á EN I.A L D A D DEL H I E R R O I l B - C ( c . 923-550 A .C .)

Judá existió com o entidad política autónoma en el Levante meridional du­


rante más de 350 años (c. 923-587/586). Se trata de una de las monarquías
más prolongadas que conocem os en el mundo del Oriente Próximo Antiguo.
Durante esta época, en especial durante los siglos vm -vii, Judá, junto con sus
estados vecinos, disfrutó de un periodo de prosperidad, con Jerusalén com o
capital y centro urbano más importante. Muchos de los yacimientos arqueoló­
gicos excavados incluyen niveles de estos periodos.2. Se ha estimado que la
población de Judá en el Hierro Ilb estaría en torno a los 110.000 habitantes
(Broshi y Kinfelstein, 1992).
Además de Jerusalén, otros emplazamientos importantes del Hierro II son
Lachish, Tell en-Nasbeh (la antigua Mizpah), todos en la región montañosa
central. Entre los yacimientos más grandes que se lian excavado en la Sefelá
158 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

0 10 20 m
O

8.18. Plano general de Beersheba en la Edad del Hierro II, nivel II. Z e'ev
F ig u r a
Herzog, Archaeology o f the City, monográfico de la Universidad de Tel Aviv, n.° 13.

están Beth-Shem esh, Azekah y Tell B eil M iisim . En el Neguev septentrional,


yacimientos com o Arad, Beersheba, Tel ‘Ira y Ároer, han proporcionado un
importante volumen de información sobre este periodo (para una breve des­
cripción de estos enclaves, véase A. Mazar, 1990, pp. 438-451). Destacables
son también Jericó y En G edi.2S Todos estos yacim ientos (a excepción de
Lachish, que llegaría a las 8 ha) rondarían las 2-3 ha de extensión, con una
población estimada de aproximadamente 500-1.000 habitantes cada uno. Je­
rusalén, por supuesto, era la ciudad más grande, con una extensión aproxima­
da de 60 ha a finales del siglo vrn. N o se ha excavado completamente ningún
yacim iento, pero la información que nos han suministrado Nasbeh y Beershe­
ba es suficiente para hacernos una idea general de cóm o serían estas ciudades
(figura 8.18). Para la mayoría de ellas, el periodo de ocupación correspon­
diente al Hierro Ilb terminó con la destrucción que los asirios llevaron a cabo
a finales del siglo vm; el caso más fam oso y también el mejor documentado
es el de Lachish (véase más adelante).
LA EDAD DEL HIERRO II 159

F i g u r a 8.19. P la n o del túnel del rey E z e q u ía s . Tomado de A. B e n -T o r, ed., The


Archaeology o f A ncient Israel, Yale University Press, © 1992.

La escritura

Uno de los avances más importantes de toda la Edad del Hierro llb -c es la
difusión de la escritura, que conocem os a partir de cientos de inscripciones,
la mayoría de las cuales datan de los siglos vra al vi a.C. Aunque no conoce­
mos el porcentaje de población alfabetizada, el número y la variedad de los
materiales escritos es tan abundante que, desde al menos el siglo vm. «parece
que fue común en los centros urbanos israelitas un conocim iento básico de
la escritura» (Demsky, 1997, p. 366; cf. Herr, 1997b, p. 145; A. Mazar, 1990,
p. 515).29 El material más frecuentemente utilizado debió de ser el papiro,
pero éste raramente sobrevive a los estragos que ocasiona el paso del tiempo.
160 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

8.20. Asa de jarra estampillada. La inscripción dice «LMLK» (‘propiedad


F ig u r a
del rey’). Bajo las alas aparece el nombre de Hebrón. Tel Lachish. Cortesía del Depar­
tam ento de Antigüedades de israel.

De este modo, la mayor parte de las inscripciones que hem os encontrado


son las que se realizaron sobre unos fragmentos de cerámica denominados
«óstraca». Se han descubierto inscripciones de este tipo en Jerusalén, Arad,
Samaria (véase más arriba), Lachish, M esad Hashavyahu y Khirbet Ghazza
entre otros yacimientos. Además de la estela de Tel Dan que ya mencionamos,
otros hallazgos textuales son la llamada «inscripción del túnel de Ezequías»,
las asas de las «jarras LMLK» y las inscripciones religiosas de Kuntillet ‘Ajrud
y Khirbet el-Qom. Aquí únicamente haremos una breve exposición de estos
materiales, en concreto, nos dedicaremos a dos de las grandes ciudades de Judá
en el Hierro II: Lachish y Jerusalén.
LA EDAD DEL HIERRO II 161

Judá en el siglo vi/ι a. C.

La inscripción del túnel de E zequías (la «inscripción de Siloam »P°


Una de las inscripciones más importantes y famosas encontradas en Judá
es la de un túnel hidráulico excavado en Jerusalén (figura 8.19). Descubierta
en 1880. la inscripción describe el encuentro de dos cuadrillas de trabaja­
dores que trabajaron en el túnel, el cual tiene forma de «S» y una extensión
de más de 500 metros. El túnel se realizó con el fin de traer agua del manan­
tial de Gihon, situado en el lado oriental de la llamada «Ciudad de David»,
hasta un pozo ya dentro de la muralla. A. Mazar ha calificado esta inscripción
com o «uno de los textos hebreos monumentales más extensos e importantes
de la época de la monarquía» (1990, p. 484). Tradicionalmente se ha fechado
a finales del siglo vm a.C., y se relaciona con la preparación del enfrenta­
miento con los asirios por parte del rey Ezequías (cf. 2 Reyes 2, 20; Borows-
ki 1995).

Las asas de las ja rra s LMLK (lamelkh) (figura 8.20)


Otro grupo importante de inscripciones de la misma época que la anterior
son unas 2.000 im presiones en asas de jarras (Bordreuil, 1997, p. 166; Bar-
kay, 1992, p. 346, habla de 1.200). Los análisis quím icos han demostrado que
todas estas jarras fueron fabricadas cerca de Jerusalén, en la Sefelá, siendo to­
das las impresiones producto de unos 22 o 25 sellos (M om msen et al., 1984;
Barkay, 1992). Los sellos representan o bien un escarabajo con cuatro alas, o
bien un disco solar con dos. Sobre el escarabajo o el disco se lee «LMLK»,
‘propiedad del rey’. Algunos de los sellos incluyen, además, debajo del esca­
rabajo o del disco, el nombre de uno de estos cuatro lugares: «Hebrón»,
«Ziph», «Sochoh» o «mmst» (nombre que no encontramos en ninguna otra
fuente). Estas asas se localizaron en muchos yacimientos, entre ellos Lachish
(más de 400), Jerusalén (unas 300), Ramat Rahel (próximo a Jerusalén, 170),
Tel Batash, Beth-Shem esh, Gibeon (36), y Tell en-Nasbeh (85). Aunque no
hay acuerdo acerca de su función, muchos expertos creen que estas jarras
estarían relacionadas con las actividades reales y/o militares de Ezequías. S e­
gún esta interpretación, los nombres de lugares se referirían a los centros ad­
ministrativos donde se encontraban las guarniciones del ejército de Judea
(para otra opinión véase M ommsen et al., 1984). Por qué los sím bolos que
aparecen impresos tienen la forma de un escarabajo o de un disco solar es,
hoy por hoy, una cuestión muy debatida. A la vista de la distribución regional
de estos sím bolos (el disco solar alado es más frecuente en Jerusalén y en los
yacim ientos septentrionales de Judea), se ha sugerido que el escarabajo de
cuatro alas era el sím bolo de la realeza en Israel, y el disco el sím bolo de Judá
162 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

8.21. Dibujo de la inscripción de la jarra de Kuntillet ‘Ajrud, «a Yahweh y su


F ig u r a
Asherah». Cortesía de Ze'ev Meshel, arqueólogo. Excavaciones de Kuntillet ‘Ajrud.

(Tushingham, 1992). Sin embargo, dado que todas las jarras parece que fue­
ron fabricadas en el mismo lugar, y dadas las realidades políticas existentes a
finales del siglo vm a.C., es más probable que ambos símbolos fueran propios
de la realeza de Judá (Barkay, 1992).31

K untillet ‘A jru d y K hirbet el-Q om


El yacimiento de la antigua Kuntillet ‘Ajrud se encuentra a unos 48 km
al sur de Kadesh-Bam ea y se cree que habría sido un caravasar (especie de
motel antiguo para caravanas o viajeros) para los comerciantes que se despla­
zaban de Tsrael-Judá al mar Rojo. Se excavó en 1975-1976 (Meshel, 1997), y
su periodo de ocupación se fecha en torno al 950-850 a.C. El descubrimiento
más controvertido del lugar es una inscripción, con una serie de dibujos, ha­
llada sobre una gran tinaja de cerámica. La inscripción transcrita dice: «lyhwh
smron wl'srth», y se ha traducido del siguiente modo: «A Yahweh de Samaria
y a su a/Asherah» (figura 8.21). Una de las cuestiones principales es si el
LA EDAD DHL HIERRO II 163

A lta r de Ta'anach, finales del siglo X a.C. Colección del Departamento


F i g u r a 8 .2 2 .
de Antigüedades de Israel. © M useo de Israel. Jerusalén.

término «Asherah» se refiere a la consorte femenina cananea de Baal, o a un


símbolo cultual, a menudo identificado como un árbol. También está relacio­
nada con está discusión otra inscripción del siglo vm a.C., que W. G. Dever
descubrió a finales de los años sesenta en Khirbet el-Qom, un yacimiento si­
tuado a unos 20 km al oeste de Hebrón. Dever halló una inscripción en una
tumba (1997d) que decía: «Que Yahweh bendiga a Uriyahu, ya que su a/‘Ashe-
164 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

rah le ha salvado de sus enemigos» (Dever, 1997d, p. 391 ; véase también Ze-
vit, 1984 y notas).
Estas referencias a «a/‘Asherah» han generado una importante controver­
sia entre los estudiosos acerca de su significado exacto. Al margen de los re­
sultados de este debate, estas inscripciones (así como otros restos materiales
que ya mencionamos anteriormente) apuntan al hecho de que, al menos en la
religión popular, muchos israelitas asociaban a Yahweh con una consorte fe­
menina. La conclusión de Dever sobre estas referencias tiene su repercusión
a la hora de comprender de un modo crítico la forma definitiva de la Biblia
hebrea: «Podemos entender hoy el “silencio'7 sobre A sherah como consorte
de Yahweh, sucesor del “El” cananeo, como resultado de la casi total supre­
sión de su culto por parte de los reformadores de los siglos vm al vi» (1984,
p. 31; véanse asimismo sus comentarios en 1995e y 1996b; véase también más
arriba y nota 20). Las preguntas que conlleva el estudio de la religión (o reli­
giones) israelita antigua son muchas y difíciles de responder. Pero a partir del
crecimiento que está experimentando ei conjunto de los datos arqueológicos
— como es el caso del altar de Ta‘anach (figura 8.22), de finales del siglo x
a.C.— está cada vez más claro el hecho de que durante la mayor parte de la
historia israelita de Judea, se creía que Yahweh, la deidad nacional, tenía una
consorte, ‘Asherah. Aunque la Biblia (por ejemplo 1 Samuel 4, 4; 2 Samuel 6,
2; 2 Reyes 19, 15; Isaías 37, 16; Deuteronomio 33, 2) refleja tales prácticas
religiosas, es la arqueología la que ha puesto de manifiesto su difusión, y pa­
liado algo del «silencio» al que se refería Dever anteriormente.

Siglos vil-vi a.C.

Contamos con un buen número de sellos y óstraca de esta época. Recien­


temente se han hecho públicos dos de estos últimos, pertenecientes a una co­
lección privada, fechados en la segunda mitad del siglo vil a.C. (Bordreuil
et al., 1998). Uno se refiere a un impuesto religioso y el otro a la súplica que
una viuda dirige a un funcionario tras la muerte de su esposo. Se han encon­
trado más óstraca en Mesad Hashavyahu, los más importantes de los cuales
son seis fragmentos que pertenecen al mismo documento. El texto trata de la
petición de un trabajador para que le sean devueltas sus ropas, ya que le ha­
bían sido confiscadas (Pardee, 1997b). Estos textos nos permiten acceder a^
las realidades sociales y políticas de la época. 1
En Arad se encontró una de las más amplias colecciones de inscripciones
hebreas (más de 100) (Lemaire, 1997). La datación de estos óstraca no está
clara, y se suelen fechar entre los siglos x al vi. El contenido de estas ins­
cripciones es muy variado. Algunas tratan de asuntos militares; otras son
listas de nombres y al menos dos parecen ser abecedarios. Nueve de ellas
LA EDAD DEL HIERRO Π 165

vUlWVttUVW

".'ππηΐ”'

8.23. Plano general de Lachish. Tomado de Tel Aviv, volumen 5, ilustra­


F ig u r a
ción I. Cortesía de D. Ussishkin.

son impresiones del sello real (LMLK) sobre asas de jarras, y datan del si­
glo vin. A esto se añade el hallazgo de trece pesos grabados. A. M azar ha
expuesto de manera sucinta la importancia de estas inscripciones: «Las ins­
cripciones de Arad incluyen gran riqueza en variedad de datos muy reve­
ladores de la geografía histórica de esta región: el papel de la fortaleza, la
jerarquía m ilitar en la zona, los usos lingüísticos, las estructuras de los nom­
bres propios en Judá, la cantidad de comida que consumían las tropas, y as­
pectos de la vida diaria como el sistema numérico, de pesos y distancias»
(1990, p. 441).
166 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Lachish

Lachish es uno de los yacimientos más importantes de Judea, situado en


la Sefelà (figura 8.23). El lugar (la moderna Tell ed-Duweir) fue identificado
por W. F. Albright en 1929. A llí se han desarrollado numerosas excavaciones,
la prim era de ellas a cargo de J. L. Starkey en los años treinta. Por desgracia
Starkey fue asesinado en enero de 1938 cuando se dirigía a Jerusalén. Desde
entonces la excavación más reciente ha sido la de D. Ussishkin de la Univer­
sidad de Tel Aviv (Ussishkin, 1997, con referencias a publicaciones previas).
Los niveles IV-II datan, según la opinión del arqueólogo, del Hierro Ilb-c. La
ciudad del nivel III sufrió la destrucción que llevó a cabo Senaquerib (704-
681) en el año 701 a.C., y la ciudad del nivel II la de Nabucodonosor durante
la conquista babilonia en el 588-586 a.C.
En la Biblia, Lachish aparece mencionada en el contexto de la guerra asi­
ría (2 Reyes 18, 13-19 y 37), pero sólo incidentalmente. La Biblia hace hinca­
pié en la milagrosa liberación de Jerusalén. Aquí tenemos un ejemplo clásico
de cómo los datos arqueológicos pueden contarnos «el resto de la historia»,
tal y como ocurrió. Según los textos (cf. Oppenheim, en ANET, pp. 287-288)
y relieves asirios (véase la explicación y la fotografía de uno de los detalles
de los relieves en Ussishkin, 1997a), así como por los restos de la destrucción
de Lachish, la ciudad fue violentamente asaltada a finales del siglo vra a.C.
La convergencia de los datos, tanto arqueológicos como textuales, hacen de la
destrucción asiría de Lachish uno de los «acontecimientos mejor documenta­
dos del periodo de la M onarquía» (A. Mazar, 1990, p. 432). A esto se añade
que los restos de unas 1.500 personas hallados en unas cuevas cercanas apun­
tan a la posibilidad de que el ejército asirio llevara a cabo una despiadada
masacre. Los vestigios cerámicos que se encontraron bajo los niveles de des­
trucción son de una enorme importancia a la hora de establecer la cronología
cerámica de este periodo de la historia de Judá. Entre los descubrimientos se
incluyen cientos de las asas de jarras con impresiones de las que ya se habló
antes, lo cual da pie al debate sobre su datación.
Por lo que respecta a la destrucción asiría, Ussishkin llegó a la conclusión
de que la ciudad estuvo abandonada durante aproximadamente setenta años
hasta que volvió a ocuparse en la época del rey Josías (639-609 a.C.). A este
periodo pertenecen las famosas «cartas de Lachish» (Pardee, 1997c, y notas).
Se encontraron entre los escombros de una prisión, y reflejan los últimos días
de Judá antes de ser destruida por los babilonios en el 587/586 a.C. Una de
las cartas mejor conocidas, la número 4, dice en un determinado momento:
«Ya que estamos observando los puestos de señales de Lachish, según todas
las indicaciones que mi señor da, porque no vemos las señales de Azekah»
LA EDAD DEL HIERRO II. 167

CASA DE AHI'EL

LA ESTANCIA-
s QUEMADA. .
LA CASA DE LAS BULAS

8.24. Construcciones domésticas, excavaciones de la «Ciudad de David».


F ig u r a
A. Ben-Tor, ed., The Archaeology of Ancient Israel, Yale University Press, © 1992.

(Albright, en ANET, p. 322, cf. Jeremías 34, 7). Tras la caída de Azekah en
manos babilonias, la suerte de Lachish estaba echada. Aunque el yacimiento
volvió a ocuparse en época romana, nunca recuperó su grandeza pre exílica.

Jerusalén en la Edad del Hierro Hb-c

Se han recuperado muy pocos restos del siglo ix a.C. Sin embargo, hacia
finales del v i i i , la ciudad se expandió hacia el oeste (Avigad, 1985). Habitual­
mente se explica esta expansión como consecuencia de la llegada de refugia­
dos procedentes del norte durante la época de Ezequías (727-690 a.C.) Entre
168 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

los restos arqueológicos de esta época se incluyen, entre otros, una imponen­
te muralla de 5 metros de grosor y un pavimento empedrado (Avigad, 1985;
Cahill y Tarler, 1994; Shiloh, 1985, 1989). Shiloh estimó que la extensión de
Jerusalén iría de las casi 16 ha en el siglo x a aproximadamente 60 a finales
del siglo vin. También calculó que la población se incrementaría de los 25.000
a los 40.000 habitantes (1989, p. 98). La expansión geográfica de la ciudad
estaba dictada por los numerosos enterramientos en cuevas que rodeaban el
asentamiento.32 Este hecho, junto al crecimiento demográfico, el cual hizo de
la Jerusalén de la época un lugar populoso y lleno de ruido, fue uno de los
principales factores que determinaron la construcción del palacio real en Ra-
mat Rachel, situado entre Jerusalén y Bethlehem (Belén). El importante núme­
ro de asas de las llamadas «jarras LMLK» que se encontraron allí (unas 170)
indica su uso durante la época de Ezequías.
Otro importante resto arqueológico de Jerusalén es su sistema de distribu­
ción de aguas, especialmente el «túnel de Ezequías» (véase la figura 8.19) y
el «pozo de Warren». Este último fue descubierto por Warren en 1867, y de
ahí su nombre. Este sistema de conducción de aguas se relaciona en ocasio­
nes con la historia bíblica de la toma de Jerusalén por parte de David (2 Sa­
muel 5, 18; 1 Crónicas 11,6), aunque no se ha probado, a lo que se añade el
hecho de que la fecha de su construcción no está clara. Shiloh (1994) lo fechó
entre finales del siglo X y principios del íx, en cuyo caso sería posterior a la
época de David. Otros autores han sugerido que existiría ya tiempo antes del
siglo x (Cahill y Tarler, 1994, p. 44).
Contamos, gracias a las excavaciones de los últimos años, con muchos e
interesantes descubrimientos de la Jerusalén de la Edad del Hierro (nivel X
de la excavación de Shiloh), especialmente en la «Ciudad de David». Entre
éstos se encuentran una serie de construcciones arquitectónicas, quizá de tipo
doméstico (figura 8.24). Una de ellas es una «casa de cuatro habitaciones», y
cerca de ella se encuentra la «casa de A hi‘el», llamada así porque se encontró
su nombre grabado en una vasija de almacenamiento. Uno de los descubri­
mientos más importantes se produjo entre los restos de un edificio situado a!
este de la casa de A hí‘el. Se trata de la «casa de las bulas», llamada así a cau­
sa de las cincuenta y una bulas que se encontraron allí.13 A partir de ellas se
han recuperado ochenta y dos nombres, dos de los cuales aparecen m enciona­
dos en la Biblia: «Gemaryahu, hijo de Shaphan» (en castellano Gamarías,
hijo de Safán; Jeremías 36, 10 y 25) y «Azaryahu, hijo de Hilqiyahu» (Azaría,
hijo de Helcías; I Crónicas 9, 10-11 ).14
Si el «Gemaryahu» de la bula es el mismo que el escriba que menciona
Jeremías, entonces este testimonio epigráfico nos proporciona un importante
punto de referencia cronológica. La noticia de Jeremías se fecha en el quinto
año del reinado de Joaquim, en torno al 603 a.C. (Jeremías 36, 9; cf. Shi­
LA EDAD DEL HIERRO II 169

loh, 1989, p. 104). Así, los datos bíblicos y arqueológicos coinciden en situar
las actividades de la «casa de la bulas» inmediatamente antes de la destrucción
de Jerusalén, en el 587/586 a.C.

La B iblia

A menudo, en las discusiones sobre los textos hebreos antiguos, se pasa


por alto que la producción literaria más significativa de la Edad del Hierro II
en Judea es, precisamente, una buena parte de la Biblia. Aunque no existen
manuscritos bíblicos de este periodo,’5 muchos críticos literarios han defen­
dido que gran parte del material que hoy encontramos en el Pentateuco, Deu­
teronomio (Josué, Jueces, Samuel y Reyes), así como en muchos de los pro­
fetas preexílicos y los Salmos, se compuso en el Hierro lie.36 Que la forma
definitiva de estos escritos deba datarse en el periodo postexílico no es aquí la
cuestión.
EPÍLOGO

Hemos recorrido un largo camino desde las chozas neolíticas hasta las
ruinas de Israel y Judá tras las catástrofes militares de la Edad del Hierro II.
Durante este lapso de tiempo de aproximadamente 8.000 años, vivió y murió
un número incontable de personas, la mayoría de las cuales nos ha dejado un
testimonio escasísimo de sus pobres vidas. El paisaje arqueológico de este
pueblo se encuentra salpicado de innumerables publicaciones, muchas de
ellas técnicas y, en cierta medida, inaccesibles para el no especialista. No
obstante, es a este pueblo, en especial a esos que conocemos como «hebreos»
o «israelitas», a los que debemos una de las grandes religiones del mundo.
Los fragmentos de su existencia yacen enterrados bajo el suelo de Palestina,
¡a menudo sobre los vestigios de sus ancestros neolíticos! Con este breve
estudio he pretendido iluminar de algún modo esta asombrosa historia, m u­
chas de cuyas piezas aún no las hemos encontrado, y otras sólo las hemos
comprendido parcialmente. A ello se añade el que muchas otras piezas de im ­
portancia se hayan omitido por necesidad.
A pesar de estas omisiones, espero que algo haya quedado claro a lo largo
de nuestro recorrido: la importancia de la arqueología, que es mucha. La ar­
queología es un puente que puede llevarnos al pasado, al lugar en el que nues­
tros ancestros nacieron, vivieron, amaron, temieron y murieron. Es la única
disciplina que puede proporcionamos el retrato contemporáneo de la cultura
de la que emanó la Biblia. Dicha disciplina nunca ha «probado» ni «probará»
la «verdad» de la Biblia, si por ello entendemos probar la veracidad de las
interpretaciones teológicas que los escritores bíblicos hicieron de su propia
historia. La arqueología es una materia humanista, no teológica, aunque en
ocasiones puede iluminar el contexto en el que los autores de las historias bí­
blicas las situaron y puede aportamos una perspectiva diferente a la que con­
servamos en el texto sagrado. Además, al excavar las ruinas del pasado nos
enfrentamos cara a cara con nosotros mismos, dado que somos los descen­
dientes de esos ancestros cuyas ciudades y aldeas, chozas, palacios y tumbas
buscamos y estudiamos. Si somos o no los más indicados para ello, es, supon­
go, un veredicto aún sin pronunciar. En estos años de gastos de excavación
172 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

excesivos, de incontables horas de esfuerzo físico y, para muchos de nosotros,


de separación de nuestros seres queridos y amigos, surgen las preguntas sobre
el valor de las excavaciones arqueológicas. Por muchas justificaciones que
pudiéram os encontrar para esta actividad, ninguna, a mi juicio, sería m ejor
que la de Paul Lapp:

Quizá los descubrimientos de Jerusalén son incluso más importantes que


los de Cabo Cañaveral. Los descubrimientos de Cabo Cañaveral tienen que ver
con la expansión del universo del hombre. Los descubrimientos de Jerusalén
tienen que ver con el hombre mismo. Q uizá los historiadores puedan contribuir
a nuestra sociedad en mayor medida que los teóricos del cosmos. Quizá los
descubrimientos arqueológicos de Palestina iluminen a los hombres más que
una excavación en la Luna. Quizá es más importante para el hombre com pren­
derse a sí mismo que expandir su universo. Q uizá los seres humanos necesiten
con mayor desesperación comprenderse entre ellos que descubrir la existencia
de nuevas criaturas en el espacio exterior. Si ésa es vuestra convicción, la histo­
ria antigua y la historia bíblica os ofrecen estimulantes oportunidades de am ­
pliar vuestros horizontes (1969, p. 113).
NOTAS

]. In tro d u cció n : la a rq u eo logía y la B iblia (p p . 9 -1 0 )

1. C l. K in g (1 9 8 5 , p. 4 9 ): « D e s d e la g u e rra á ra b e - is r a e lí, la a c tiv id a d a rq u e o ló g ic a a a m ­


b o s la d o s d e l río J o rd á n h a a c e le ra d o su p a so d e tal m o d o q u e e s in c lu s o d ifíc il n o m b r a r to d o s los
p ro y e c to s q u e h o y se lle v a n a c a b o e n Isra e l, J o rd a n ia , y p a íse s v e c in o s» .

2. Una breve histo ria (pp. 11 -24)

1. S o b r e el d e s c u b r im ie n to d e S m ith , v é a s e L lo y d (1 9 9 5 , p p . 176 y s.s.); M o o re y (1 9 9 1 ,


pp. I 1-12). P a ra u n a tra d u c c ió n (e n in g lé s ) d e e s ta h is to ria , c o n o c id a c o m o el « P o e m a d e G ilg a -
m e s h » , v é a s e Α Ν Κ Γ . p p . 4 2 -4 4 .
2. V é a s e T a d m o r (1 9 8 5 , p p . 2 6 0 -2 6 8 ) . tin lo s ú ltim o s a ñ o s se h a g e n e r a d o u n a c o n tr o v e r ­
sia a c e rc a d e l té rm in o « a rq u e o lo g ía b íb lic a » , c o n tro v e rs ia e n c a b e z a d a p rin c ip a lm e n te p o r VV. G .
D e v e r, d e la U n iv e rs id a d d e A riz o n a . E n tre su s m u c h a s p u b lic a c io n e s s o b re e s te te m a , v é a n s e :
1 9 8 5 a , 1 9 8 5 b , 19 8 8 , 1 9 9 2 a , 1 9 9 6 a , 1 9 9 6 b , 1 9 9 7 a. Fis a s im is m o re c o m e n d a b le p a ra u n re s u m e n
c o n c is o c in fo rm a tiv o d e la h is to ria d e la « a rq u e o lo g ía b íb lic a » la c o n s u lta d e la p u b lic a c ió n d e
M o o re y ( 19 9 1).
3. S o b r e la v id a d e R o b in s o n y su.s c o n trib u c io n e s a lo s e s tu d io s b íb lic o s , v é a s e M o o re y
( 1 9 9 1, pp. 1 4 - 17 ); y, e n e s p e c ia l K in g ( 1 9 8 3 c). Fin O E A N E se p u e d e n e n c o n tr a r las b io g ra fía s de
m u c h o s d e e s to s p io n e ro s , a s í c o m o las d e o tro s im p o r ta n te s a r q u e ó lo g o s d e l m u n d o p ró x im o -
o rie n la l.
4. S e a trib u y e n e sta s p a la b ra s a T itu s T o b le r. C ita d o e n A lb rig h t ( 1949, p. 2 5 ).
5. V éanse, inter alia. D e v e r (1 9 8 0 a , 1 9 8 5 a, 1 9 9 2 a ); M o o re y (1 9 9 1 ); y M ille r ( 19 8 7 ). D a d o
q u e e l a n á lis is q u e h ic ie ra D e v e r d e e s ta h is to ria e s a m p lia m e n te c o n o c id o e n tre los a r q u e ó lo g o s ,
n u e s tr a e x p o s ic ió n s e g u irá su s p la n te a m ie n to s b á sic o s . E l lla m a a e s to s e s ta d io s e n e l d e s a rr o llo
d e la d is c ip lin a a rq u e o ló g ic a « re v o lu c io n e s » .
6. D e v e r ( 1 9 8 5 a ); v é a n s e lo s re s ú m e n e s d e las h is to ria s d e las d ife re n te s « e s c u e la s » n a c io ­
n a le s e n los c a p ítu lo s in ic ia le s d e BTC.
7. N u e s tr a e s c a s a d is p o n ib ilid a d d e e s p a c io n o n o s p e rm ite d e s a rr o lla r más 'a m p lia m e n te
la s c o n tr ib u c io n e s d e A lb rig h t al d e s a r r o llo d e la « a r q u e o lo g ía b íb lic a » y su in tlu e n c ia e n la
m is m a . El e s tu d ia n te , tan p ro n to se fa m ilia ric e c o n las p u b lic a c io n e s s o b re la m a te ria , se d a rá
c u e n ta d e lo in flu y e n te q u e h a s id o , y a ú n e s, la fig u ra d e A lb rig h t. A u n q u e se tra ta d e u n a v a lo ­
ra c ió n b re v e s o b re A lb rig h t, v é a n s e M o o re y (1 9 9 1 , p p . 6 7 -7 5 ) ; y K in g (1 9 8 3 a ). S e ría im p o s ib le
e n u m e r a r to d a s la s o b ra s d e A lb rig h t, p e ro es re c o m e n d a b le q u e , p a ra in tr o d u c ir s e e n la p ro lu n -
d id a d y m a g n itu d d e su p e n s a m ie n to , el e s tu d ia n te c o n o z c a e n e s p e c ia l d o s d e su s tra b a jo s : From
the S lo n e A g e to C h ristia n ity y The A rch a eo lo g y o f P a lestin e. S o b re su v id a y su s a p o rta c io n e s ,
v é a s e ta m b ié n B A , 5 6 , η ° I (m a rz o d e 19 9 3 ).
174 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

8. D e v er (1 9 8 2 a, 1985a, 1990a, 1992a). Un d iá lo g o in te re san te , al tie m p o q u e in fo rm ai,


so b re e sta co n tro v e rsia , en tre o tras c u estio n e s, p u ed e leerse en S h anks (1 9 9 6 a, b).
9. N o hay, hoy p o r hoy, q u e yo sep a, un so lo a rq u e ó lo g o de c am p o que im parta clases en
nin g u n o de los sem in ario s v in cu lad o s a mi trad ició n relig io sa.
10. Un eje m p lo c lá sic o de e sta c o n tro v e rsia es la d iscu sió n actual sobre la e x isten c ia de
Jeru sa lé n an tes y d u ra n te la ép o ca de la « M o n arq u ía U nida». V éanse C ahill (1998): N a 'a m a n
(1998); S le in e r (1998),
11. C f. las h isto rias de Israel y .luda de J. A. S o g g in ( 1984). J. M M iller y J. H ayes ( 1986).
La co n clu sió n de esto s ú ltim o s es q u e las h isto rias b íb licas previas a la é p o ca de D avid son «un
c o n stru cto literario artificial e in flu id o p o r p la n te am ien to s de tipo te o lógico» (p, 78). L em che
llega a u n a c o n clu sió n s im ila r ( 1985, p. 4 1 4 ). [islas c u estio n e s so b re la h is to rio g rafía isra elita se
m erecen una a m p lia d iscu sió n , lo cual es im p o sib le aquí. Hntre las p u b lic a cio n e s so b re el tem a,
a d em ás de los trab ajo s ya m en cio n ad o s, será de gran u tilid ad para el lector la co n su lta de los
s ig u ie n tes e stu d io s y sus resp ectiv as b ib lio g rafías: M . Z. B rettlcr (1 9 9 5 ); R. B. C o o le (1990);
B. H alpern (1983); J. Van S elers (1983).

3. Cómo sc hace: introducción al trabajo tic cam¡H> (pp. 25-41 )

1. B uena p arte de la «p ren sa a rq u e o ló g ic a» no e sp e c ia liza d a , la cual puede in d u c ir a e rro r


a un púb lico incauto, es a m en u d o o b ra de « arq u eó lo g o s» cu y o s m éto d o s son, cu an d o m enos,
c u estio n a b le s. V éase al resp ecto la et ílica de D aniel C. B row ning. Jr. ( 1996) a cie rta s in vestiga­
cio n e s de V. Jo n es. V éase tam b ién I.. D av id so n ( 1996).
2. Las técn icas d e ex cav ació n , in clu so los n o m b res de las m ism as, tienen su p ro p ia h isto ­
ria. Los a rq u e ó lo g o s se esfu erza n p e rm a n e n tem e n te p o r m ejo rar esto s m étodos. La literatura
cie n tífic a al resp ecto es d e m a sia d o am p lia para h a ce r un listado, pero son re c o m e n d ab le s, por
sus e x p lic ac io n e s y sus re fe re n c ias b ib lio g ráficas, los sig u ie n tes trabajos: D ever (1974. 1985b);
R. L. C h ap m an 111 ( 1986); G . W. Van B eek ( 1988). Los sig u ie n tes m a n u a les a ce rc a rá n al le c to r a
la te rm in o lo g ía, las té c n ica s y los sistem as de reg istro en arq u eo lo g ía: B lakelv y T oom bs ( 1980);
D ever y L an ce (1 9 7 8 ); Jo u k o w sk y ( 1980).
3. V éan se W. D ev er (1 9 9 6 a ): M. B. S c h ille r (1 9 8 7 ). A u n q ue S c h iffer se refiere en raras
o c asio n e s a los lell s del O rien te Pró x im o , su trab ajo es de gran in terés para c u estio n e s co m o la
fo rm ació n y el d e te rio ro de los lell s. También serán de gran a y u d a los d ife re n te s cap ítu lo s que en
B TC llevan p o r títu lo « M eto d o lo g ía a rq u eo ló g ica: las técn icas» . S obre el p ro b le m a de la e stra ti­
grafía, véase J. H o llad ay ( 1997a. b). a sí co m o el breve artícu lo de A. M. R osen ( 1997). T am bién
m erece la pena la lectu ra del e n sa y o de (¡. H. W rig h t ( 1974).
4. Para una ex p lic ac ió n d e los p ro c e so s de a lte ra ció n q u e p ueden c au sa r la m e z cla de los
niveles y los m ateriales p e rte n e cie n te s a un lell véase S h iffc r ( 1987, pp. 199-234). F.sta a ctividad
se d e n o m in a « p o sd ep o sic ió n » .
5. S tran g e (1 9 8 8 ). V éase tam bién l.o n g sta ff (1 9 9 7 ). Para una e stu d io m ás am p lio de las
ap lic ac io n e s in fo rm á tica s en a rq u e o lo g ía v éan se los rep erto rio s b ib lio g ráfico s que in cluyen estos
a rtículos.
6. C f. D essel (1997).
7. En alg u n as e x cav acio n es los d ib u jo s de las seccio n es estratig rá fic as son resp o n sab ilid ad
del su p e rv iso r de área. V éase D ever (1 978, pp. 164-172).
8. El e sc á n d alo de las p u b lic a cio n e s arq u e o ló g ic as en Israel e s b ien c o n o cid o . V éase
S h an k s (1 9 9 6 c). S ab em o s q u e d e sd e 1967 se han e n co n tra d o 3 0 .0 00 m onedas en las e x ca v a c io ­
nes llevad as a c ab o en Jeru sa lé n . En julio de 1996 aún no se h ab ía p u b lic a d o n inguna d e estas
m o n ed as. V éase B A R , 2 2 -2 4 (ju lio -a g o sto d e 1996), p. 9).
9. L an ce (1 9 8 1 , p. 57). P ara u n a ex p o sic ió n m ás d e ta llad a sobre el p ro b le m a de las p u b li­
c ac io n e s arq u e o ló g ic as, v éan se B o raas ( 1988) y S h an k s ( 1996c).
NOTAS 175

10. D o s d e s ta c a d o s e je m p lo s son las p u b lic a c io n e s q u e se e stá n p re p a ra n d o s o b re d os


e x c a v a c io n e s d ife re n te s d e J e ru sa lé n , u n a la d irig id a p o r K. K e n y o n y la s e g u n d a p o r Y. S h ilo h .

4. E l nacim iento de !a civilización: del N eolítico a la E dad del Bronce


A n tig u o fe. 8500-2000 a.C .) (p p . 4 3 -6 5 )

1. V é a n s e los p rin c ip a le s c a p ítu lo s d e ASHL.


2. S o n m u c h o s los e stu d io s, ta n to d e tip o g e n e ra l c o m o e sp e c ia liz a d o s , s o b re e sto s p e r io ­
d o s. P a ra el N e o lític o so n in te re s a n te s y, sin d u d a , d e g ra n a y u d a a la llo ra d e e m p re n d e r e s tu ­
d io s p o ste rio re s, las sig u ie n te s p u b lic a c io n e s (to d a s e lla s c o n c o m p le ta s b ib lio g ra fía s): A . G o p h e r
(1 9 9 5 ); A . Μ . T. M o o re ( 19 8 2 ); O . B a r-Y o se f (1 9 9 2 , 1995). P a ra el C a lc o lític o , v é a n s e R. G o -
n en (1 9 9 2 a ); T. L e v y (1 9 8 6 . 1995a).
3. P ara c o n s u lta r in v e stig a c io n e s m ás a n tig u a s v é an se : L a p p ( 1970); G . E. W rig h t ( 19 7 1 );
R. d e V aux (1 9 7 1 ); K . K e n y o n (1 9 7 9 , p p . 84-1 18); R. A m ira n (1 9 7 0 a ). P a ra p e rs p e c tiv a s m ás
re c ie n te s , v é an se R ic h ard ( 19 8 7 ); A . M a z a r ( 19 9 0 , pp, 9 1 -1 5 0 ); A . B en -T o r ( 1992).
4. W. F. A lb rig h t p a re c e h a b e r sid o el p rim e ro en a c u ñ a r el té rm in o «H dad del B ro n c e A n ­
tig u o » . V é a s e R ic h a rd (1 9 8 7 , ju n to a la b ib lio g ra fía q u e a llí a p a re c e ). G . E. W rig h t en 1937 d iv i­
d ió el p e rio d o en c u a tro fa ses, del B ro n c e A n tig u o I al IV. I.a m a y o ría de los a rq u e ó lo g o s u tiliz a n
hoy e sta te rm in o lo g ía . Sin e m b a rg o , a lg u n o s is ra e lita s u tiliz a n el té rm in o é tn ic o « C a n a a n ita » o
« C a n a a n ita A n tig u o » p a ra re fe rirse al m ism o p e rio d o ; v éase M . D o th a n ( 1985).
5. C f. U EAN E, vol. 4, pp. 4 1 2 -4 1 3 ; p a ra un tra b a jo lig e ra m e n te d ife re n te , v é a n s e S. R i­
c h a rd (1 9 8 7 ) y N E A E llL , vol. 4.
6. P. G c rsle n b lith ( 1980, p. 6 6 ); v éase ta m b ié n sus n o tas fin ales, n ú m e ro s 6 y 7. C f. S. R i­
c h a rd ( 1987, p. 23).
7. En su a rtíc u lo d e 1987, J. K R o ss id e n tific ó u n o s 102 y a c im ie n to s del B ro n c e A n tig u o
e x c a v a d o s y m ás de 5 5 0 p ro s p e c ta d o s . In c lu y ó a d e m á s a m p lia s b ib lio g ra fía s p a ra c a d a y a c im ie n ­
to d e su lista. P ara un c s lu d io d e los p a tro n e s d e a se n ta m ie n to en P a le stin a d u ra n te el B ro n c e
A n tig u o II y el B ro n c e A n tig u o III, v é ase B ro sh í y G o p lm a 1984; v é ase ta m b ié n F in k e ls te in y
G o p h n a ( 1993). P ara un e stu d io d e los p a tro n e s de a se n ta m ie n to en el s u r de P a le stin a y el S in a í
d u ra n te el m m ile n io a.C’., v é ase 1. B eil-A rie li ( 1981 ). M . H a im a n lia e stim a d o en u nos 1.000 los
y a c im ie n to s c o n o c id o s d el B ro n c e A n tig u o IV en el d e sie rto d el S in a í (1 9 9 6 ). P a lu m b o , p o r su
p a rte , e le v a la c ifra a m ás d e 3 .0 0 0 p a ra el m is m o p e rio d o . P o r lo q u e se re fie re al tra b a jo de
T. T h o m p so n ( 1979) d e b e ría m a n e ja rse con c au te la . V é a n se las c rític a s d e R o ss ( 1987, p. 3 1 6 ) y
W. G . D e v er ( 1980b, pp. 53 y ss.).
8. P. L a p p (1 9 7 0 ); D e V aux k le n lifó a lo s « fu n d a d o re s » d e la E d a d d e l B ro n c e A n tig u o
c o m o « c a n a n e o s» q u e m ig ra ro n d e sd e el n o rte (1 9 7 1 , p. 2 3 4 ). K. K e nyon a rg u m e n tó , so b re la
b a se d e su s e stu d io s d e la c e rá m ic a fu n e ra ria d e J e ric ó . q u e tres g ru p o s trib a le s p ro v e n ie n te s del
e ste , y q u iz á ta m b ié n del n o rte , era n los re s p o n sa b le s d e la c u ltu ra del B ro n c e A n tig u o I, a la q u e
lla m ó « p e rio d o p ro to u rb a n o » ( 1979, p. 6 6 ). L o s m ás re c ie n te s h a lla z g o s y la m e jo r c o m p re n sió n
e in te rp re ta c ió n a ctu al d e los d a to s a n tig u o s h an p u e sto en d u d a e sta s te o ría s. V c a se e s p e c ia l­
m e n te J. W. H a n b u ry -T e n iso íi (1 9 8 6 ), p a ra u n a a m p lia d is c u s ió n del h o riz o n te del C a lc o lític o
T a rd ío -B ro n c e A n tig u o I en P a le stin a y T ra n s jo rd a n ia a sí c o m o p a ra la c o n su lta d e a lg u n a s v iejas
te o ría s fo rm u la d a s p o r los m ás d e sta c a d o s a rq u e ó lo g o s d e sd e el p e rio d o a n te rio r a 1945 h a sta la
d é c a d a de lo s o c h en ta.
9. P a ra u n a e x p o sic ió n m ás d e ta lla d a de la e c o n o m ía d el B ro n c e A n tig u o 1 v é ase H a n b u ry -
T e n iso n (1 9 8 6 , pp. 7 2 -1 0 3 ).
10. En el p a sa d o a lg u n o s in c lu ía n u n a te rc e ra d iv is ió n . B ro n c e A n tig u o IC. V é a n s e , po r
e je m p lo , P a u l L a p p (1 9 7 0 ) y J. A . C a lla w a y ( 1978). S o b re la h ip ó te s is de q u e n o e x iste B ro n c e
A n tig u o 1, v é a se S. R ic h a rd (1 9 8 7 . p. 2 5 ); cf. ta m b ié n S c h a u b (1 9 8 2 , p. 69).
176 LA ARQUHOLOGÍA Y LA BIBLIA

1I. B ro sh i y G o p h n a (1 9 8 4 , p. 41 ); seg ú n la in v e stig a c ió n d e F in k e ls te in y G o p h n a (1 9 9 3 ),


el ta m a ñ o m e d io d e los 35 y a c im ie n to s d e l B ro n c e A n tig u o I e s tu d ia d o s en e l n o rte de S a m a ria
es d e a p ro x im a d a m e n te 2 ha, y el d e los 29 y a c im ie n to s d el su r d e S a m a ria y J a d e a , d e I ha.
12. A . M a z a r y D e M iro sc h c d ji (1 9 9 6 . ilu s tra c io n e s 4 -1 5 ). N u e stra s lim ita c io n e s d e e s p a ­
c io no n o s p e rm ite n d e te n e rn o s en las m assebot , las c u a le s se re m o n ta n a un p e rio d o tan a n tig u o
c o m o es el N e o lític o . E stu v ie ro n a m p lia m e n te e x te n d id a s en el m u n d o a n tig u o y fu e ro n a m e n u ­
d o c o n d e n a d a s p o r la B ib lia a c au sa d e su v in c u la c ió n a las p rá c tic a s c a n a n e a s. C o n ta m o s con
s u fic ie n te s p ru e b a s a rq u e o ló g ic a s p ro c e d e n te s d e y a c im ie n to s ta le s c o m o Tel D a n c o m o para
a firm a r q u e e sta s p ie d ra s ju g a ro n un d e sta c a d o p a p el a lo la rg o d e to d a la h is to ria d e la re lig ió n
isra elita. V é a n se M a z a r y D e M iro s c h c d ji ( 1996) y n u e stro c a p ítu lo X.
13. A u n q u e el e s tu d io c lá s ic o d e R. A m ira n , A ncien! P ottery of the H oly L and ( 1970b) n e­
c e s ita s e r re v is a d o , e s aú n d e e n o rm e u tilid a d p a ra el c o n o c im ie n to de la h is to ria d e la c e rá m ic a
de la a n tig u a C a n a á n y d e Israel.
14. H a n b u ry -T e n is o n (1 9 8 6 , pp. 1 0 4 -1 3 8 ; ilu s tra c io n e s 15 y 2 3 ). H a n b u ry -T e n is o n , a s i­
m ism o , h a c ritic a d o la h ip ó te s is d e R. A m ira n ( 1 9 7 0 b ) de u n a c u ltu ra « m e rid io n a l» co n c e rá m ic a
d e d e c o ra c ió n lin eal c o n te m p o rá n e a d e u n a c u ltu ra s e p le n rio n a l d e c e rá m ic a « g ris b ru ñ id a » , c a li­
fic a n d o d ic h a h ip ó te sis d e « e n g a ñ o s a » . V é ase H a n b u ry -T e n is o n (1 9 8 6 , pp. 125-126).
15. L o s p la n te a m ie n to s s o b re e ste te m a so n b a sta n te té c n ic o s . V é a se A m ira n (1 9 7 0 b ,
pp. 3 5 -5 7 ) y H a n b u ry -T e n is o n ( 1986).
16. P a ra un re s u m e n d e los p rin c ip a le s p u n to s del te m a a sí c o m o p a ra un lis ta d o de los
y a c im ie n to s, v éase H a n b u ry -T e n is o n (1 9 8 6 , p p . 2 3 1 -2 5 0 ).
17. Finire las p u b lic a c io n e s s o b re las re la c io n e s e g ip c io -p a le s tin a s d u ra n te el B ro n c e A n ti­
g u o , v é a n s e W. A . W ard (1 9 9 1 ); I. B e it-A rie h (1 9 8 4 ); J. M . W eiste in (1 9 8 4 ); M . W rig h t (1 9 8 5 ).
18. S o b re la h ip ó te s is d e q u e la c o n stru c c ió n d e e sto s a se n ta m ie n to s a m u ra lla d o s del
B ro n c e A n tig u o 11 se d e b ió m ás b ie n a fa c to re s d e ín d o le so cia l q u e a fa c to re s de tip o e c o n ó m i­
co. v é a se H a n b u ry -T e n is o n ( 1986, p. 102).
19. N o s es im p o s ib le a q u í h a c e r u n a e x p o sis ic ó n d e ta lla d a d e lo d o s e sto s y a c im ie n to s.
P a ra el c a s o d e D an , v é a n s e B iran (1 9 9 4 , p p . 3 3 -4 5 ); R. G re e n b e rg ( 1996); R. G re e n b e rg y P o rat
(1 9 9 6 ). Para el c a s o d e ‘A i, v é an se C alla w a y ( 1 9 7 2 , 1978, 1980b, 1987). P a ra el c a s o d e A ra d ,
v é a n s e A m ira n el al.. (1 9 7 8 ); A m ira n ( 1985a); A m ira n e lian ( 1996). Se p u e d e n e n c o n tra r a rtíc u ­
los b re v e s so b re lo s y a c im ie n to s m e n c io n a d o s , e so sí, co n c o m p le ta s b ib lio g ra fía s , en N E A E H L
y OEANE.
20. L os s ig u ie n tes tra b a jo s in clu y en bien re sú m en e s bien e stu d io s e sp e c ia liz a d o s d e e ste p e ­
rio d o (to d o s e llo s con c o m p le ta s b ib lio g rafías). S. R ic h ard (1 9 8 0 ); W . G . D ever (1 9 8 0 b , 1995b);
S. R ic h a rd y R. B o ra as (1 9 8 4 , 1 9 88); R. T. S c h a u b y W . E. R ast (1 9 8 4 ); G . P a lu m b o (1 9 9 1 ),
R. G o p h n a ( 1992); G . P a lu m b o y G . P e te rm a n ( 1993); Y. G o re n ( 1996); M. H a im a n ( 1996).
2 1. A u n q u e D e v er a b o g a p o r la u tilid a d d e la c e rá m ic a c o m o in d ic a d o r c ro n o ló g ic o , ha su ­
g e rid o ta m b ié n q u e en a lg u n o s c a s o s los c o n ju n to s c e rá m ic o s p u e d e n s o la p a rs e y e n to n c e s re p re ­
s e n ta r ú n ic a m e n te d ife re n c ia s d e tip o re g io n a l ( 1995b, p. 2 9 6 , n. 21 ).
2 2. P a ra u n a b re v e c rític a d e e sto s m o d e lo s , v é a s e D ev er ( 1995b).

5. La Eihiil del B ronce M edio (2000-1550 a.C .) (p p . 6 7 -8 9 )

I. L a n o m e n c la tu ra p u e d e re s u lta r c o n fu sa . A lg u n o s e stu d io so s (e s p e c ia lm e n te isra elíes) se


re fie re n a la p rim era p a rte d e e ste p e rio d o c o m o « E d a d d el B ro n ce M ed io IIA » (cf. N EAEH L.
vol. 4; B. M azar. 1968; A . M az a r. 1990. p. 174). P ero in c lu so e x isten d is c re p a n c ia s d e n tro de este
g ru p o . A lg u n o s de e llo s d iv id e n el p e rio d o en d o s su b fa se s: B ro n c e M e d io IIA (2 0 0 0 -1 7 5 0 a .C .)
y B ro n c e M e d io 11B (1 7 5 0 - 1 5 5 0 a.C..), c o m o h a c e N E A E H L . O tro s (p o r e je m p lo A . M az a r,
1990) u tiliz a n e sta n o m e n c la tu ra p e ro d iv id e n la ú ltim a la se d e la E d a d d e l B ro n c e M e d io en
NOTAS 177

B ro n c e M ed io IIB -C (cf. K e m p in sk i. 19 9 2 b , lab ia 1.1. q u e c u e s lio n a la v a lid e z de d iv id ir la ú lti­


m a fase d e l p e rio d o e n d o s su b fa se s, b, c). El d e n o m in a d o r c o m ú n d e to d o s e sto s e s q u e m a s es
q u e to d o s a su m e n q u e el « B ro n c e M e d io l» d e b e ría s itu a rse a fin a le s del m m ile n io a.C . (2 2 0 0 -
2 0 0 0 a .C .), y no a c o m ie n z o s del seg u n d o .
2. E s p re c iso c o n sid e ra r las c o n c lu s io n e s d e W ard d e fo rm a c a u te lo s a a la lu z d e la u tiliz a ­
c ió n , ta n to p a sa d a c o m o p re s e n te , q u e se ha h e c h o d e la c ro n o lo g ía e g ip c ia en un in te n to de e s ta ­
b le c e r fe c h as a b so lu ta s. Él p la n te a q u e los in v e stig a d o re s m o d e rn o s h an im p u e s to a los a n tig u o s
e g ip c io s un a « p re c isió n m o d e rn a » q u e e llo s (lé a se los e g ip c io s ) «ni n e c e s ita b a n ni les p r e o c u ­
p a b a » (p. 60).
3. L as c u e s tio n e s e n to rn o al o rig e n , s ig n ific a d o y u tiliz a c ió n d e los té rm in o s « C a n a á n »
y « c a n a n c o » e x c e d e n los o b je tiv o s de e ste e stu d io . V é a n se J. C . H . L a u g h lin (1 9 9 0 ) y A . F. R a i­
ney ( 1996).
4. E l p ro b le m a d e id e n tific a r g ru p o s « é tn ic o s» s o b re la b a se d e los re s to s a r q u e o ló g i­
c o s e s s u m a m e n te c o m p le jo . V é ase K a m p y Y offee (1 9 8 0 ), e n p a rtic u la r su c rític a a la « h ip ó ­
te sis a m o rita » . P o r lo q u e se re fie re a « Is ra e l» , v é a n s e D e v e r (1 9 9 3 b . 1995a, 1995c); F in k e ls -
lein ( 1996).
5. La « c ie n c ia » q u e c a lc u la los ín d ic e s d e m o g rá fic o s d e las s o c ie d a d e s a n tig u a s e s m u y
im p rec isa. L os d ife re n te s a u to re s u tiliz a n m é to d o s d ife re n te s y su s c ifra s son ig u a lm e n te d ife re n ­
tes. P ara la re g ió n c o ste ra , G o p h n a y P o rtu g a li ( 1988) c o n fe c c io n a ro n un lista d o de u nos 5 0 y a c i­
m ie n to s del B ro n c e M ed io 1. y e stim a ro n q u e la p o b la c ió n d e los m is m o s h a b ría sid o d e u n o s
2 8 .0 0 0 h a b ita n te s ; los 6 0 y a c im ie n to s d e l B ro n c e M e d io II h a b ría n te n id o u na p o b la c ió n d e u nos
3 7 .0 0 0 h a b ita n te s. K e m p in sk i ( 1992b, p. 194), p o r su p a rle , c a lc u ló q u e la p o b la c ió n d e to d a P a­
lestin a d u ra n te el B ro n c e M e d io II (su B ro n c e M ed io II b ) ro n d a ría los 2 0 0 .0 0 0 h a b itâ m e s .
6. U na v ez m ás, la p a la b ra ciudad q u e u tiliz a m o s p a ra d e s c rib ir e sto s a se n ta m ie n to s a n ti­
g u o s n o tie n e las c o n n o ta c io n e s d el u so c o n te m p o rá n e o del te rm in o , en e sp e c ia l p o r lo q u e se
refie re al ta m a ñ o . L a m a y o r p a rte d e las « c iu d a d es» p a le stin a s fu eron b a sta n te p e q u e ñ a s , in c lu so
para los p a tro n e s de su p ro p ia é p o c a (c o m p á re n se , si no, c o n el ta m a ñ o de las c iu d a d e s de S iria y
M e s o p o ta m ia ).
7. O re n (1 9 9 2 , p. I 15) d a u n a serie d e c rite rio s m e d ia n te los c u a le s v a lo ra r e sto s re sto s.
E n tre o tro s , in c lu y e la p ro x im id a d d e las c a s a s « p a tric ia s» a o tra s e stru c tu ra s d e im p o rta n c ia
(c o m o te m p lo s, p a la c io s y p u e rta s d e la c iu d a d ), las d im e n s io n e s y c a lid a d c o n stru c tiv a , la p re ­
se n c ia d e su e lo s e n lu c id o s y la e x iste n c ia d e re s id e n c ia s para los s irv ie n te s y a lm a c e n e s.
8. S o b re la c o n stru c c ió n de los ta lu d e s d e sd e el p u n to d e v ista de un in g e n ie ro , véase E. P e n ­
n e lls (1 9 8 3 ).
9. El te m a d e la te rm in o lo g ía e stá s ie m p re p re sen te . V é ase c ó m o A . M a z a r c a lific a a los
re sto s d e S h e e h e m . H a z o r y M e g id o d e « te m p lo s m o n u m e n ta le s s im é tric o s» (1 9 9 2 a , p. 166).
10. D e v er a d m ite q u e las p ru e b a s a rq u e o ló g ic a s d e la s e x p o rta c io n e s p a le stin a s son e s c a ­
sas d u ra n te e ste p e rio d o . N o e x p lic a c ó m o se tra n s p o rta ría el g a n a d o , a u n q u e c re e m o s q u e se
e m p le a r ía a lg ú n tip o d e e m b a rc a c ió n .
I I. P ara u n a a m p lia d is c u s ió n d e las te o ría s a c e rc a d el c o la p so d e las s o c ie d a d e s a n tig u a s,
v é ase Y offee y C o n g ill (1 9 8 8 ).
12. A lb re c h t A lt h iz o e sta o b s e rv a c ió n h ace casi s e te n ta añ o s en su b ien c o n o c id o e n sa y o
« T h e G o d o f th e F a th e rs» . R e im p re so en A lt ( 1968).
13. L a h is to ria d el d e b a te e n tre e stu d io so s b íb lic o s, a rq u e ó lo g o s e h is to ria d o re s s o b re el
lem a d e los P a tria rc a s y su u b ic a c ió n h is tó ric a , in c lu id a la c u e s tió n d e si los P a tria rc a s fu e ro n o
n o p e rs o n a s d e c a rn e y h u e so es d e m a sia d o a m p lia y c o m p le ja c o m o p a ra e x p o n e rla a q u í con
d e ta lle . U n e x c e le n te p u n to de p a rtid a p a ra lo s e stu d ia n te s so n los e n sa y o s d e D e v e r y C la rk
(1 9 7 7 ), lo s c u a le s in c lu y e n se n d a s b ib lio g ra fía s q u e re s u lta rá n , sin d u d a , d e g ra n a y u d a. M á s b re ­
ves, a u n q u e ta m b ié n d e g ra n u tilid a d , so n las v a lo ra c io n e s q u e re a liz a n M e C arte r, Jr. (1 9 8 8 );
M illa rd (1 9 9 2 ).
178 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

14. E s to n o sig n ific a q u e lo d o s lo s e stu d io so s q u e c o n sid e ra n q u e al m e n o s p a rte d e las


tra d ic io n e s p a tria rc a le s so n a n te rio re s a la é p o c a d e la M o n a rq u ía e sté n d e a c u e rd o en las fe c h as.
C la rk (1 9 7 7 ), p o r e je m p lo , a b o g a p o r la E d a d d e l B ro n d e T ard ío .

6. La E dad del B ronce Tardío ( 1500-1200 a.C .) (p p . 9 1 -1 0 6 )

1. S o y c o n sc ie n te d e q u e n o p u e d o o c u p a rm e a q u í d e to d o s los a sp e c to s im p o rta n te s de
e ste p e rio d o tra tá n d o s e e ste tra b a jo d e u n a p re s e n ta c ió n g e n e ra l del e s ta d o d e la c u e s tió n A sí
p u e s, se ría m uy re c o m e n d a b le la le c tu ra d e las s ig u ie n te s p u b lic a c io n e s (en e sp e c ia l d e sd e una
p e rs p e c tiv a p o lític o -h istó ric a ), m u c h a s d e las c u a le s in c lu y e n , a d e m á s, u n a c o m p le ta b ib lio g ra ­
fía: A h a ro n i (1 9 7 8 , p p . I 1 2 -152); A lb rig h t (1 9 4 9 , pp. 9 6 -1 0 9 ); B u n im o v itz (1 9 9 5 , pp. 180-21 1);
D ra w e r (1 9 7 3 ); G o n e n (1 9 9 2 b ); K en y o n (1 9 7 9 , p p . 1 8 0 -2 1 1 ); L e o n a rd ( 1989); A . M a z a r (1 9 9 0 ,
p p . 2 3 2 -2 9 4 ); D e V aux (1 9 7 8 , p p . 8 2 -1 5 2 ).
2. La u tiliz a c ió n d e le c h a s d ife re n te s p a ra un m is m o a c o n te c im ie n to o p e rs o n a je p o r p arte
de los d is tin to s a u to re s re s u lta e n o rm e m e n te c o n tu s a , e sp e c ia lm e n te p a ra a q u e l q u e se a c e rc a a
e sto s te m a s p o r p rim e ra vez. H a sta n o h a ce m u c h o , la lla m a d a c ro n o lo g ía « alta» u tiliz a d a en
C am bridge A n cien t H isto ry (vol. 11, 2 B , p. 1.038) e ra a m p lia m e n te a c e p ta d a . H oy, sin e m b a rg o ,
a lg u n o s in v e stig a d o re s a b o g a n p o r una c ro n o lo g ía « b a ja » (v é a se P. A stro in , 1987). E n N E AE H L,
vol. 4, se in c lu y e un c u a d ro en el q u e se c o m p a ra n a m b a s c ro n o lo g ía s .
3. A . M az a r, en su e s tu d io so b re la h is to ria e s lr a lig rá ílc a d e 19 y a c im ie n to s d e la E d a d del
B ro n c e T a rd ío , id e n tific ó 1res p e rio d o s o c u p a c io n a le s p rin c ip a le s: B ro n c e T a rd ío , II; IIA y 11B
(1 9 9 0 , p. 2 4 2 , ta b la 5).
4. L a e stim a c ió n d e l n ú m e ro d e y a c im ie n to s , d e los ín d ic e s d e m o g rá fic o s y d e la e x te n ­
sió n to tal d e te rre n o o c u p a d a n o e s en a b s o lu to e x a c ta . En la m a y o ría d e los c a s o s los y a c im ie n ­
to s a rq u e o ló g ic o s d e la E d a d d el B ro n c e T a rd ío só lo se h a n e x c a v a d o p a rc ia lm e n te , y p u e d e ser
q u e o tro s ni s iq u ie ra los h a y a m o s d e le c ta d o . S in e m b a rg o e s tá p e rfe c ta m e n te d e m o s tra d o q u e ,
en té rm in o s g e n e ra le s , to d o s e so s p a rá m e tro s d is m in u y e n re s p e c to a la p re v ia E d a d d e l B ro n c e
M e d io .
5. A u n q u e O tlo s o n (1 9 8 0 ) lleg ó a la c o n c lu sió n d e q u e e ste « te m p lo » no e ra m ás q ue un
ta lle r c e rá m ic o , e s ta h ip ó te sis n o ha sid o a c e p ta d a p o r un bu en n ú m e ro d e in v e stig a d o re s (A . M a ­
zar. 1992a, p. 179, n. 6 5 ). S in e m b a rg o , p a ra u n a v a lo ra c ió n d ife re n te a la d e O tto s o n , v é ase
C a lla w a y (1 9 8 2 a ).
6. A u n q u e h a b itu a lm e n le la le c h a q u e se m e n c io n a p a ra e ste d e s c u b rim ie n to es el añ o
1887, e x iste n v e rs io n e s d ife re n te s . A lg u n o s sitú a n el d e s c u b rim ie n to e n 1886; v é a se M o ra n
(1992, p. xiit).
7. A lg u n a s fu e n te s h a b la n d e u n a m u je r b e d u in a (C a m p b e ll, 1970, p. 2).
8. L as fe c h as para A k h e n a to n v arían c o n sid e ra b le m e n te seg ú n la p u b lic a ció n q u e c o n s u lte ­
m o s. Si a c e p ta m o s una c ro n o lo g ía « alta», su re in a d o h a b ría te n id o lu g a r a p ro x im a d a m e n te en tre
1 3 7 9 -1 3 6 2 ; si, p o r el c o n tra rio , a c e p ta m o s una c ro n o lo g ía « b a ja » , e n tre 1352-1336. V é a s e M oran
(1 9 9 2 , pp. x x x iv -x x x tx ).
9. E x iste un im p o rta n te v o lu m e n d e p u b lic a c io n e s a c e rc a d e e sta s ta b lilla s. E n tre e lla s, son
re c o m e n d a b le s : A h a ro n i (1 9 7 9 , pp. 1 6 9 -1 7 6 ); A lb rig h t (1 9 7 5 ); B ru c e (1 9 6 7 ); B ry a n (1 9 9 7 );
C a m p b e ll, Jr. (1 9 6 0 ); H a rre ls o n (1 9 7 5 ); lz re 'e l (1 9 9 7 ); M o ra n (1 9 8 5 , 1992); N a 'a m a n (1 9 9 2 ).
P a ra un m a p a d e la s c iu d a d e s c a n a n e a s m e n c io n a d a s en la c o rre s p o n d e n c ia , v é a se A h a ro n i
(1 9 7 9 , p. 173, m a p a 1 1). V e in tic in c o d e e sta s c a rta s, la m a y o ría d e re y e s p a le stin o s v a sa llo s, a p a ­
re c e n re c o g id a s en A N E T , pp. 4 8 3 -4 9 0 .
10. L o s 'a p ir u a p a re c e n m e n c io n a d o s e n vinas 53 c a rta s; v é a s e M o ra n (1 9 9 2 , p. 3 9 3 ).
1 1. V é a se , p o r e je m p lo , S a rn a ( 19 8 8 ). S u s a rg u m e n ta c io n e s m e p a re c e n fo rz a d a s, en o c a ­
sio n e s in c lu s o triv ia le s (cf. D e v er, 199 7 b , p. 6 9 ); M a la m a t (1 9 9 7 ) (e ste ú ltim o a u to r re c o p ila sus
NOTAS 179

p rin c ip a le s a rg u m e n to s en su a rtíc u lo d e 1998); Y u rco (1 9 9 7 ). L as p u b lic a c io n e s s o b re el É x o d o


son ta n ta s q u e in c lu s o d u d o en in c lu ir u n lista d o d e re fe re n c ia s b ib lio g rá fic a s . S in e m b a rg o , re ­
c o m e n d a ría a a q u e llo s e stu d ia n te s q u e se a c e rc a n a e s ta c u e s tió n p o r p rim e ra v e z la le c tu ra d e
d o s re c ie n te s p u b lic a c io n e s : The Rise o j A ncient Israel ( 1992), e d ita d o p o r H. S h a n k s; E xodus:
the E giptian E vidence (1 9 9 7 ), e d ita d o p o r E. S. F re ric h s y L. H. L esko.
12. S e g ú n la tra d ic ió n q u e se re c o g e en 1 R ey e s 6. 1 y s s„ el É x o d o h a b ría te n id o lu g a r a
m e d ia d o s del s ig lo x v a .C ., u n a fe c h a q u e la m a y o ría d e lo s e stu d io so s re c h a z a . P o r m i p a rte ,
a su m iré la fe c h a del sig lo x m a .C ., o p in ió n q u e m u c h o s o tro s in v e stig a d o re s c o m p a rte n . S in e m ­
b a rg o , so n irre le v a n te s lo s a rg u m e n to s s o b re c u a lq u ie r fe c h a si re su lta q u e n o e x istió un é x o d o
c o m o el q u e c u e n ta la B ib lia.
13. L as p u b lic a c io n e s s o b re e sta e ste la , e sp e c ia lm e n te so b re e sa re fe re n c ia a « Isra e l» , son
d e m a s ia d a s c o m o p a ra h a c e r a q u í un lista d o . El m o d o en q u e las p u b lic a c io n e s tra ta n la e s te la es
s e n c illa m e n te re p re s e n ta tiv o d e la fo rm a en q u e el a u to r la in te rp re ta .
14. E s s u m a m e n te in te re s a n te v e r c ó m o a lg u n o s a u to re s tra ta n d e re s c a ta r a lg ú n « h e c h o
h is tó ric o » o c u lto tras la h is to ria b íb lic a . A sí, M a la m a t (1 9 9 7 . 1998), tras a d m itir q u e la r e fe re n ­
c ia a Israel d e la e ste la d e M e rn e p ta h p o c o tie n e q u e v er co n la c u e s tió n del É x o d o , c ita o tra s
fu e n te s e g ip c ia s p a ra a firm a r q u e d e b ió d e h a b e r a lg ú n tip o d e É x o d o d e Israel h a c ia fin a le s del
sig lo xm a .C . In c lu s o s u g irió q u e p o d ría n h a b e rse p ro d u c id o v a rio s E x o d o s a lo la rg o de v ario s
sig lo s. S u s a rg u m e n to s no so n e x c e s iv a m e n te c o n v in c e n te s , y fin a lm e n te b a te n id o q u e a d m itir
q u e « n in g u n a fu e n te e g ip c ia p ru e b a la h is to ria del é x o d o » ( 1997, p. 15).

7. La E dad del H ierro 1 (c. 1200-1000 a.C .) (p p . 1 0 7 -132)

1. L as le c h a s de K itc h e n se s u ele n c a lific a r d e « b a ja s» . P ara u n a c ro n o lo g ía « alta» a m p lia ­


m e n te a c e p ta d a p o r los e sp e c ia lista s , v é ase CAH , vol. II, 2 B , p. 1.038. C f. a sim ism o NEAH H L,
vol. 4, p. 1.530, d o n d e a p a re c e n ta n to la c ro n o lo g ía a lta c o m o la baja.
2. A u n q u e han to m a d o p a rte en e ste d e b a te m u c h o s in v e stig a d o re s, m e c e n tra ré e n las
a p o rta c io n e s d e d o s d e los m ás d e sta c a d o s: W. G . D c v cr, a rq u e ó lo g o n o rte a m e ric a n o d e d ic a d o al
m u n d o de S iria -P a le stin a , y I. F in k e lsle in , a rq u e ó lo g o israelí. V é a n se D e v er ( 1993b y 1995c, a m ­
bos c o n b ib lio g ra fía s ); F in k e ls tc in (1 9 8 8 , 1994 y 1996, ta m b ié n c o n re fe re n c ia s b ib lio g rá fic a s ).
3. L o c o rrie n te q u e e sta s u p o sic ió n h a sid o , y aún es, en el c o n te x to de los e stu d io s b íb lic o -
a rq u e o ló g ic o s q u e d a ilu s tra d o en el g ra n n ú m e ro d e p u b lic a c io n e s al re s p e c to q u e e x iste n , y q u e
no p o d e m o s c ita r aq u í. El e stu d ia n te só io d e b e rá c o m e n z a r la le c tu ra d e las p u b lic a c io n e s m ás
re le v a n tes p a ra d a rs e cu en ta. J u n to a lo s tra b a jo s m e n c io n a d o s en la n o ta 3, v é ase F in k e ls tc in y
N a 'a m a n (1 9 9 4 ).
4. C f. la a d v e rte n c ia d e F in k e ls tc in y N a 'a m a n d e q u e c u a lq u ie r té rm in o e m p le a d o para
id e n tific a r a los « h a b ita n te s d e la re g ió n m o n ta ñ o s a d u ra n te la E d a d del H ie rro í se rá in c o rre c to »
( 1994, p. 17). P o r m i p a rte u tiliz a ré el té rm in o q u e D e v e r s u g irie ra d e « p ro to is ra e lita s » (v é a s e
D ever, 1993b, y, en e sp e c ia l, 1995c). T a m b ié n F in k e ls tc in e m p ic ó e ste té rm in o en su a rtíc u lo
de 1996. E s m ás, c re o q u e el té rm in o p u e d e e s ta r ju s tific a d o p o r el h e c h o d e q u e es ra z o n a b le
a s u m ir q u e e sta s p o b la c io n e s del H ie rro I. in d e p e n d ie n te m e n te d e su lu g a r d e p ro c e d e n c ia , fu e ­
ron los a n te c e s o re s d ire c to s d el p u e b lo q u e la B ib lia lla m a « Isra e l» .
5. S o n m u c h a s las p u b lic a c io n e s s o b re el te m a de lo s filiste o s , d e m a s ia d a s c o m o p a ra in­
c lu ir a q u í un lis ta d o d e las m ism a s. L as q u e se in d ic a n a c o n tin u a c ió n s e rv irá n p a ra o rie n ta r al
e s tu d ia n te s o b re los p rin c ip a le s a sp e c to s d e la c u e s tió n . A d e m á s , tre s d e las c in c o c iu d a d e s de
la p e n tá p o lis filis te a (A s h d o d , A sh k e lo n y T ell M iq n e -E k ro n ) h an s id o o e stá n s ie n d o , c o m o en
el c a s o de A s h k e lo n , e x c a v a d a s. G a z a , id e n tific a d a c o n T e ll H a ru b e , fu e e x c a v a d a en 1 922, p e ro
la e s c a s e z d el m a te ria l filis te o re c u p e ra d o n o ha p e rm itid o e s ta b le c e r la id e n tific a c ió n d e e ste
y a c im ie n to d e u n m o d o c o n c lu y e n te . S e d e s c o n o c e p o r el m o m e n to la lo c a tiz a c ió n d e G a th ,
180 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

a u n q u e se h a s u g e rid o T ell e s-S a fi c o m o p o s ib le e n c la v e (T. D o lh a n , 1982, pp. 4 8 , 5 0 y n. 133;


v é ase S c h n ie d e w in d , 1 9 9 8 ). S e p u e d e n e n c o n tra r a rtíc u lo s s o b re e s to s y a c im ie n to s en las
s ig u ie n te s p u b lic a c io n e s : EAEHL, N E A E H L y O E AN E. P a ra un tra ta m ie n to m ás e n p ro fu n d id a d
c o n s ú lte n s e : R . D . B a rn e tt ( 19 7 5 ); A . M a z a r ( 1990, pp. 3 0 0 -3 3 4 ; 1992b, pp. 2 6 2 -2 8 1 ): I. S in g e r
(1 9 9 4 ); L. S ta g e r ( 1995). D o s c o n o c id o s a rtíc u lo s so n lo s d e A . R a b a n y R . R. S tie g litz ( 1991 ) y
B. W o o d (1 9 9 1 ).
S o b re E k ro n v é a n s e T. D o th a n (1 9 9 0 ); G itin y T. D o th a n (1 9 8 7 ); T. D o th a n y G itin (1 9 9 0 );
G itin (1 9 9 0 ). P a ra un c o n o c id o re s u m e n d e la p re s e n c ia p a le stin a en A sh k e lo n , v é a se S ta g e r
(1 9 9 1 , 1993). L as e s c a v a c io n e s d e A sh d o d tu v ie ro n lu g a r e n tre 1962 y 1972 c o n M . D o th an
c o m o d ire c to r. M u c h o s d e su s in fo rm e s p u e d e n e n c o n tra rs e en la re v ista 'A tiqot, p u b lic a d a p o r el
D e p a rta m e n to d e A n tig ü e d a d e s d el E sta d o d e Israel. P ara u n b u en re s u m e n d e los d a to s a rq u e o ­
ló g ic o s d e e ste y a c im ie n to , v é ase M . D o th a n (1 9 9 3 ).
6. L a p ro p u e s ta d e S ta g e r ( 1991, p. 14) d e q u e lo s filiste o s no e ra n o tro s q u e los g rie g o s
m ic é n ic o s no h a re c ib id o e x c e siv a a c e p ta c ió n .
7. H o y p o r hoy, lo d o el v o c a b u la rio filiste o q u e c o n o c e m o s se lim ita a d o s p a la b ra s: seren
y k/qoba, tra d u c id o h a b itu a lm e n te c o m o « c asc o » ( 1 S a m u e l 17, 5 y 3 8 ); es in te re s a n te el h e c h o
de q u e la m a y o ría d e los u so s d el té rm in o k /t f o b a so n ta rd ío s ; Isa ía s 5 9: 17; J e r e m ía s 4 6 , 4; Ez.e-
q u ie l 23, 2 4 ; 2 7 , 10; 3 8 , 5; 2 C ró n ic a s 2 6 , 14. P o r su p u e s to , la p a la b ra e g ip c ia p a ra re fe rirse a
este p u e b lo , peleset, p u e d e s e r ta m b ié n u n a p a la b ra filistea.
8. Para u n a v a lo ra c ió n c rític a de los p la n te a m ie n to s d e A lb rig h t, v é ase B iblical A rchaeo­
logist, 61 , n.° I (m a rz o d e 1992). S o b re el a s e n ta m ie n to « isra elita» en Israel, v é a se D e v er ( 1990a,
c a p ítu lo 2).
9. U n a de las ra z o n e s q u e e sg rim e E in k elste in , e sto es, q u e los c a m e llo s , n e c e s a rio s para
lo s n ó m a d a s d el d e sie rto , aú n n o se h a b ía n d o m e stic a d o , h a sid o re b a tid a p o r o tro s e stu d io s.
V é a se en p a rtic u la r R. D. B a rn e tt (1 9 8 5 ).
10. L a s p u b lic a c io n e s so b re e ste te m a son m u c h a s. S ó lo m e n c io n a ré a q u e lla s q u e c o n s i­
d e re las m á s d e sta c a d a s y ú tile s p a ra el e stu d ia n te . U n b u en p u n to d e p a rtid a s o b re el e s ta d o d e la
c u e s tió n en la d é c a d a d e los o c h e n ta e s la sec c ió n «II S e ssio n : A rc h a e o lo g y , H isto ry a n d the B i­
b le - th e Isra e lite S e ttle m e n t in C a n a a n : a C a s e S tu d y » , HAT (1 9 8 5 ). P a ra d o s in te rp re ta c io n e s
d ife re n te s s o b re e sto s n u e v o s te stim o n io s y su s im p lic a c io n e s a la h o ra d e e s c rib ir la h is to ria del
a n tig u o Isra e l, v é a n s e los s ig u ie n te s tra b a jo s d e W. G . D e v er e I. E in k elste in : D e v er (1 9 9 0 a ,
1990b, 1991b, 1992c, 199 3 b , 1995a, 19 9 5 c); I. E in k elste in ( 1988, 1994, 1995, 1996). V é a se ta m ­
bié n el v o lu m e n e d ita d o p o r E in k elste in y N a 'a m a n (1 9 9 4 ). C o m o fu e n te s s e c u n d a ria s v é a n s e
C o o le ( 1990); S h a n k s ( 19 9 2 ); L e m c h e (1 9 8 5 ); cf. H a lp e rn (1 9 8 3 ).
11. Ya en 1978, Ib ra h im a rg u m e n tó q u e n o p o d ía a sig n a rs e e ste tip o c e rá m ic o a n in g ú n
g ru p o « é tn ic o » c o n c re to . E n su a rtíc u lo se in c lu y e n re fe re n c ia s a e stu d io so s a n te rio re s (A lb rig h t,
A h a ro n i, A m ira n e n tre o tro s) los c u a le s in te rp re ta ro n la ja rra c o m o « is ra e lita » . V é a n se ta m b ié n
E in k elste in (1 9 9 6 , p. 2 0 4 ); L o n d o n ( 1989, p p . 4 3 -4 5 ); Y cllin y G u n n e w e g (1 9 8 9 ).
12. E in k elstein a p u e s ta p o r lo s eg u n d o ( 1996; F in k e lste in y N a 'a m a n , 1994), y a c u s a a D e ­
ver d e lo p rim e ro . D ev er h a id o , a m i ju ic io , d e m a sia d o le jo s al v a lo ra r e sta s te c n o lo g ía s de fo rm a
a is la d a (1 9 9 2 c , 199 3 b , 1 9 9 5 c) e in c lu irla s e n el d e b a te m á s a m p lio del c a m b io c u ltu ra l y los
« c o rre la to s m a te ria le s» .
13. El d e b a te a c tu a l e n tre D e v e r y E in k elste in s o b re el s ig n ific a d o de los d a to s a rq u e o ló ­
g ic o s n o s sirv e p a ra a d v e rtir q u e to d o s e sto s te m a s son d e u n a g ra n c o m p le jid a d y q u e es p o sib le
m á s d e u n a in te rp re ta c ió n . E ste « d e sa c u e rd o » ta m b ié n in c lu y e a la c e rá m ic a , sig n ific a tiv a ú n i­
c a m e n te p a ra los e sp e c ia lista s . S im p le m e n te c o m e n ta ré q u e D e v er a b o g a p o r la c o n tin u id a d e n tre
la s fo rm a s c e rá m ic a s d e la E d a d d e l B ro n c e T a rd ío e n C a n a á n y la s d e las a ld e a s d e la re ­
g ió n m o n ta ñ o s a c e n tra l (1 9 9 3 b , 2 7 * , 3 0 * ; v é an se e sp e c ia lm e n te las ilu s tra c io n e s 3.1, 2; 1995c,
pp. 2 0 1 -2 0 7 ), m ie n tra s F in k e ls te in d ifie re al re s p e c to .
14. D e v e r n o m e n c io n ó la a u s e n c ia d e h u e s o s d e c e r d o e n tre lo s re s to s d e fa u n a de la c u l­
NOTAS 181

tura de la reg ió n m o n ta ñ o sa c en tra l, h e ch o q u e F in k e lstc in p o n e de reliev e (F in k elste in , 1996,


p. 206).
15. U n tra ta m ie n to a m p lio de las im p lic a c io n es de los re c ie n tes dato s a rq u e o ló g ic o s a sí
c o m o de los e stu d io s literario s c o n te m p o rá n eo s su p era co n m u c h o los o b jetivos de e ste volum en.
A d e m ás de los trab ajo s de D ev er y F in k elstein , v éan se C o o te (1 9 9 0 ); L em che (1995). D e sg ra c ia ­
d a m e n te el d e b ate se h a co n v ertid o en o c asio n e s en a lg o p erso n al. V é ase el ata q u e d e T h o m p so n
a D ever en F ritz y D avies (1 9 9 6 , pp. 26 -4 3 ); y cf. los co m e n tario s de D ever en D ever (1 9 9 5 c,
p. 2 1 2 y n. 15; q u e d e b ería ser n. 14).
16. C f. D ever: «La in ev itab le c o n clu sió n ... es q u e el a se n ta m ie n to israelita en C an a á n se
inclu y e d e n tro del largo p ro ceso d e tran sició n en tre el B ro n ce T ardío y la E dad del Flierro. Fue
un p ro c e so g rad u al, e x tre m a d am e n te c o m p le jo , q u e su p u so un c am b io social, e co n ó m ico y p o lí­
tico, a sí c o m o relig io so , con m u ch as v ariacio n es reg io n ales» (1 9 9 0a, p. 79; v é an se tam b ién sus
c o n clu sio n e s en 1992c, p. 548).

8. La Edad del Hierro II ( 1000-550 a.C.) (pp. 133-169)

1. D ice B ark ay : «El term in o “ arq u e o lo g ía b íb lic a ” ... es el m ás a p ro p ia d o cu an d o lo c ir­


c u n sc rib im o s a la E d ad d el H ierro 11-111» (1 9 9 2 , p. 302).
2. E n tre sus eje m p lo s in clu y e a W. D ever, q u ien p arece h ab erse v u elto m ás pru d en te. V é a ­
se D ever (1 9 9 5 c).
3. El sarca sm o de H o llad ay de q u e los « p u ristas» p o d rían su stitu ir «proto rey rojo b ru ñ id o
n ú m ero 1 (y q u izá II o III)» p o r D avid y «rey rojo b ru ñ id o » p o r S alo m ó n (1995, p. 368) carece
d e interés. El h e ch o e s qu e, so b re la b a se d e los m a te ria le s a rq u e o ló g ic o s, in clu id a la c erám ica ,
es im posib le afirm ar la e x isten c ia de u n a m o n arq u ía u n id a h e b re a en P ale stin a d u ra n te el sig lo x
a.C . A l tie m p o q u e c u estio n a la v alid ez h istó rica de la B iblia, H o lladay, y m u ch o s o tro s, parece
c re er a p ies ju n tilla s la cre d ib ilid a d h istó ric a d e o tras fu en tes escritas, tales co m o la lista d e Shi-
shak de los y a cim ien to s p a le stin o s su p u esta m e n te d estru id o s. V éan se a sim ism o los c o m e n tario s,
m ás p ru d e n te s, d e J. W ilso n , en ANET, pp. 2 6 3 -2 6 4 ; v éan se tam b ién las pp. 2 4 2 -2 4 3 , así co m o
los c o m e n tario s d e B arkay (1 9 9 2 , pp. 3 0 6 -307).
4. C f. A. M azar: «L a B ib lia es la ú n ica fu e n te e sc rita so b re la M o n arq u ía U n id a y es por
tan to la base d e c u a lq u ie r p re sen ta c ió n h istó ric a del p erio d o » ( 1990, p. 369). C f. D ever ( 1995a, y
la b ib lio g rafía q u e a llí se incluye). V éan se tam b ién las in te re san te s o b serv ac io n e s d e D. N . F re­
e dm an (1985).
5. Para un resu m en de g ran u tilid ad so b re esto s tem as, v éase H e rr (1 9 9 7 b , pp. 116-118);
para un e sq u e m a alte rn a tiv o , v éase B ark ay (1 9 9 2 ); para la co n su lta d e un trab ajo a rq u e o ló g ic o
recien te so b re el H ierro II, v éan se B arkay (1 9 9 2 ); H err (I9 9 7 h ); A. M azar (1990, pp. 368-5 3 0 ).
Para e stu d io s e sp e c ia liza d o s so b re el p erio d o , v éan se D ev er (I9 9 5 d ); H olladay, Jr. (1995).
6. P ara un e stu d io d e ta llad o d e la te o ría de la fo rm ació n del estad o , v éase F rick (1985);
para un re su m en de las h isto rias a rq u e o ló g ic as de los e sta d o s m e n c io n ad o s, véase H err (1997b),
inter alia\ p ara la a rq u e o lo g ía de M o ab , v éase BA, 60 (4 ) (d ic ie m b re de 1997). S obre los am m o -
n itas, v éase H err (1 9 9 3 ); so b re A rrim ón, M o ab y E dom , v éase L a B ian ca y Y ounker (1995).
7. S o b re las e x cav acio n es de esto s y o tro s y a cim ien to s m en c io n ad o s en el p re sen te c a p ítu ­
lo, v é an se los artícu lo s p e rtin e n te s d e NEAEH L y OEANE.
8. L os te stim o n io s arq u e o ló g ic o s so b re « S aú l» son in sig n ific a n te s. P ara u n a d iscu sió n al
resp ecto , v éase A . M azar (19 9 0 , pp. 37 1 -3 7 4 ).
9. L a s p u b lic a cio n e s so b re e sta c iu d ad son n u m e ro sísim as. El le c to r deberá c o n su lta r los
a rtícu lo s de NEAEH L y O EAN E; v éan se tam b ién G eve (1 9 9 4 ); K enyon (1974).
10. ¡En 1984, Y. S h ilo h m e señ a ló una casa so b re la c o lin a de O fel de cu y o d u e ñ o tenía
q ue c o n se g u ir el p erm iso p ara p o d e r e x cav ar en el su elo de la m ism a!
182 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

1 1. V éan se los artíc u lo s de F ritz (1 9 8 7 b ) y C. M ey e rs (1 9 9 2 b), a m b o s in cluyen rep erto rio s


b ib lio g ráfico s.
12. El ú n ico o b je to q u e p o d ría p ro v e n ir del P rim e r T em p lo es u n a p e q u eñ a g ra n a d a in scri­
ta fe c h ad a en el sig lo vm a.C . V é ase A vigad (1994).
13. En los m u ro s del te m p lo d e K arn ak se c o n se rv a la lista de los lugares que S h ish ak afir­
m aba h a b er c o n q u istad o . C f. H err (1 9 9 7 b , p. 134).
14. E s im p o sib le in c lu ir a q u í to d o s los d ato s arq u e ó lo g ic o s ap o rta d o s p o r las m em orias
de e x cav ació n a sí c o m o p o r o tras p u b lic a cio n e s. El le c to r d e b erá, una vez. m ás, rem itirse a los a r­
tículos d e NEAEH L y OEANE.
15. A . B iran lleg ó a la co n clu sió n d e q u e el y a cim ien to fu e o c u p ad o tras el a taque asirio.
Este p e rio d o d e o c u p ac ió n se ha d en o m in a d o «N ivel 1», y se h a fe c h ad o en tre el final del
siglo vm y c o m ie n zo s del sig lo vi a.C . Sin e m b a rg o , d u ra n te e sta é p o ca (H ierro 11c en esta pu b li­
cació n ), D an, au n q u e d e n sa m e n te o c u p ad a , se e n co n tra b a b ajo el co n tro l asirio. N o nos o c u p are ­
m os de e sto aquí.
16. Para un p lan o d e e sta p u e rta a sí c o m o p ara u n a re c o n stru cc ió n de la m ism a, v éase B i­
ran (19 9 4 , p. 2 3 6 , 248).
17. L a d iscu sió n so b re e ste d e sta c a d o d e sc u b rim ien to no h ace m ás que au m en tar. L os si­
g u ie n te s trab ajo s serán una b u en a g u ía p ara el lector: B iran y N aveh (1 9 9 3 ); D ever (1 995a); H al-
pern (1 9 9 4 ); S c h n ie d e w in d (1 9 9 6 ); S h an k s (1 9 9 4 ). Se lo c a liza ro n dos frag m en to s de la m ism a
e ste la en 1994.
18. La p ro p u e sta d e B arkay de q u e esta e stru c tu ra d eb ería in te rp reta rse co m o los restos de
un p a la cio no ha re c ib id o e x ce siv o a p o y o (B arkay, 1992, p. 312).
19. A u n q u e la h ip ó te sis d e la p re n sa de a ce itu n a p a re ce ser la o p ción m ás p la u sib le (véase
S ta g e r y W olff, 1981 ), es p reciso d e c ir qu e la p arte s u p erio r de e sta e stru ctu ra e stá c o n stru id a con
p ie d ra s d e fo rm a irreg u lar sin en y esar, lo q u e h a b ría h e ch o q u e se p e rd ie ra m u c h o aceite. A d e ­
m ás, y au n q u e su p o n e un arg u m en to ex silentio, no se ha e n co n tra d o a so c ia d o a e sta in stalació n
un solo h u e so de aceitu n a.
20. Q u e y o sep a la m a y o ría de los in v e stig ad o res no h a in c o rp o ra d o a los e stu d io s sobre la
B iblia h eb rea lo q u e hoy se c o n o ce c o m o « relig ió n p o p u lar» (D ever, 1994b). V éanse A lb ertz
(19 9 4 ) y D ev er (1 9 9 6 ). F.stc te m a m erece un tra ta m ie n to m u ch o m ás a m p lio del que nos es p o si­
ble aquí.
21. El y a cim ien to fue reo c u p ad o en los p e rio d o s h elen ístico , ro m a n o y b iz a n tin o , pero la
discu sió n so b re e sto s niveles e x ce d e n u estro s pro p ó sito s.
22. P ara un resu m en de la historia de las ex cav acio n es de este yacim ien to , véanse los
artícu lo s d e NEAEH L y OEANE.
23. Un óstracon es un fra g m e n to d e c e rá m ic a q u e c o n tie n e una in scrip c ió n . V é ase L e-
m airc (1997).
24. V éan se alg u n o s eje m p lo s en ANET, p. 3 2 1.
25. P ara la d iscu sió n y la co m p a ra ció n d e los m arfiles de S a m a ria co n o tro s m arfiles c o n o ­
cid o s del O rien te Pró x im o , v éase B arn ett ( 1982).
26. S o b re este festiv al v é an se K ing (1 9 8 8 b , 1988c); B each (1993). T odos esto s trab ajo s in­
c lu y e n re fe re n c ias a in v estig acio n es an terio res. A p a rtir d e las e d ic io n es c aste lla n a s d e la B iblia
d ifícilm en te p o d e m o s p e n sa r en la e x isten c ia de un gran festival re ligioso. E n A m o s 6, 7, marze-
ah se su ele tra d u c ir c o m o « jú b ilo » , m ien tras q u e en J erem ías 16, 5 se trad u ce co m o «duelo».
27. H e rr (1 9 9 7 b ) h a b la d e 22 y a cim ie n to s p rin c ip a le s p a ra el p e rio d o del H ie rro 11b
(p. 142), y d e 42 p a ra el H ierro lie (p. 155). D e los 22 y a cim ien to s del H ierro Ilb , 16 e stu v iero n
o c u p ad o s tam b ién d u ra n te el H ie rro Tic.
28. Para la co n su lta de a rtícu lo s so b re to d o s esto s y a cim ien to s véan se NEAEHL y OEANE.
29. El c o m e n tario es d e B ark at (1 9 9 2 , p. 349): « H acia finales del sig lo vm la sociedad
israelita en co n ju n to e ra u n a so cied ad alfab etizad a» .
NOTAS 183

30. En los ú ltim o s a ñ o s ha c re cid o la co n tro v e rsia so b re la fe c h a de esta in scrip c ió n , hoy


en el m u seo de E stam b u l. R o g erso n y D av ies la sitú an en el sig lo 11 a.C . (1996). E sta d a ta ció n ha
sido re c h az a d a p o r otro s e sp e c ia lista s en e p ig ra fía (H en d el, 1996; H ack ett et al., 1997) y en h is­
to ria y arq u e o lo g ía (C ah ill, 1997). Para u n a tra d u c c ió n (en in g lés) de e sta in scrip c ió n v éase
A lb rig h t en A N E T ( 1969, p. 321).
31. Ju n to a e sto s sello s d e é p o ca d e E zeq u ías, se h a p u b lic a d o re c ie n tem e n te un sello q u e
se su p o n e del rein ad o de A h az (7 3 3 -7 3 7 a.C .), el p ad re de aquél. V éase D e u tsc h (1998).
32. E stas p rá c tic as fu n e ra ria s tien en un sig n ificad o eco n ó m ico , social, a rtístic o y re ligioso.
Para una d e sc rip c ió n de los e n te rra m ie n to s en cu ev as en Jeru sa lé n véanse B arkay y K loner
(1 9 8 6 ); B ark ay (1 9 9 4 ); B ark ay el al. (1 9 9 4 ); K lo n er y D av is (1 9 9 4 ); R eich (19 9 4 ); H e rr (1 9 9 7 b ,
pp. 161-162). Para u n a e x p o sic ió n d e ta llad a d e las p rá c tic as fu n e ra ria s en Ju d á, v éase E. B loch-
S m ith (1992).
33. El té rm in o «bula» d eriv a del latin o butta, -ae y se refiere a la im p resió n de un sello
so b re un tro zo d e arcilla u tiliz a d a p ara sellar d o c u m e n to s. A m en udo c o n tie n e el n o m b re de la
p e rso n a a q u ie n p e rte n e cía el sello (v é a se S h ilo h , 1985).
34. S h ilo h só lo se refiere al n o m b re d e « G e m ary ah u » (1 9 8 9 , p. 104). S o b re « A zaryahu»
v é an se S c h n e id e r (1 9 9 4 ) y S h o h am (1994).
35. El tex to b íb lic o m ás an tig u o q u e se h a d e sc u b ie rto es la ben d ició n que a p arece en N ú ­
m eros 6, 2 4 -2 6 , h allad o en Jeru sa lé n (K e te f H in n o m ) so b re do s p e q u eñ o s am u leto s de plata fe ­
c h ad o s a fin ales del siglo vu o p rin c ip io s del vi a.C . (B ark ay , 1994).
36. Un buen p u n to d e p a rtid a p ara c o m e n z a r el e stu d io de este c o m p le jo y co n tro v e rtid o
tem a es la p u b lic a ció n de F ried m an (1987).
BIBLIOGRAFÍA

Aharoni, Y. (1978), The Archaeology o f ¡he Land o f Israel, W estminster Press, Fila-
delfia.
— (1979), The Land o f the Bible: A Historical Geography, W estminster Press, Fila-
delfia.
Albertz, R. (1994), Λ H istory o f Israelite Religion in the Old Testament Period, vol. I:
From the Beginnings to the E nd o f the Monarchy, Westminster/John Knox Press,
Louisville.
A lbright, W. F. (1931) «Recent Progress in the Late Prehistory of Palestine», BASOR,
42, pp. 13-15.
— (1932), «The Chalcolithic Age in Palestine», BASOR. 43, pp. 10-13.
— (1949), The Archaeology o f Palestine, Penguin Books, Londres.
— (1957), From the Stone Age to Christianity, Doubleday Anchor Books. Garden
City (primera edición de 1940).
— (1974), The Archaeology o f Palestine and the Bible. 3.a éd., ASOR, Cambridge.
— (1975), «The A m am a Letters from Palestine», en CAH, vol. II/2, pp. 98-116.
Alón, D. (mayo de 1977), «A Chalcolithic Temple at Gilath», BA. 40(2), pp. 63-65.
Alt, A. (1968), Essays on Old Testament History and Religion, Doubleday & Co.,
Garden City.
Amiran, R. (1970a), «The Beginnings of Urbanization in Canaan», en James A. San­
ders, ed.. N ear Eastern Archaeology in the Twentieth Century, Doubleday, Garden
City, pp. 83-100.
— (1970b), A ncient Pottery o f the Holy Land, Rutgers University Press, New B runs­
wick.
— (1985a). «The Transition from the Chalcolithic to the Early Bronze Age», en BAT,
pp. 108-112.
— (1985b), «A Suggestion to See the Copper “Crow ns” of the judean Desert Treasure
as Drums o f Stand-like Altars», en PBIA, pp. 10-14.
Amiran, R. (1978), Early Arad. The Chalcolithic Settlement and Early Bronze City
1 First-Fifth Seasons o f Excavations, 1962-1966, Israel Exploration Society, Jerusalén.
Amiran, R. y lian, O. (1996), Early A rad 11: The Chalcolithic and Early Bronze 1 B
Settlem ents and the Early Bronze 11 City - Architecture and Town Planning, Sixth
to Eighteenth Seasons o f Excavations, 1971-1978, 1980-1984, Israel Exploration
Society, Jerusalén.
186 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Astroms, P. (1987), éd.. High, Middle or Low ? Acts o f an International Colloquium


on Absolute Chronology H eld at the University o f Gothenburg 20th-22nd August
1987, Paul Astroms, Gothenburg.
Avigad, N. (1985), «The Upper City», en BAT, pp. 469-475.
— (1993), «Samaria (City)», en NEAEHL, vol. 3, pp. 1.300-1.310.
— (1994), «The Inscribed Pom egranate from the “House of the Lord” », en AJR,
pp. 128-137.
Banning, E. B. (1996), «Highlands and Lowlands: Problems and Survey Frameworks
for Rural Archaeology in the Near East», BASOR, 301, pp. 25-45.
Bar-Adon, P. (1980), The Cave o f the Treasure: The Finds from the Caves in Nahal
Mishinar, Israel Exploration Society, Jerusalén.
Bar-Yoscf, O. (1992), «The Neolithic Period», en AAI, pp. 10-39.
— (1995), «Earliest Food Producers - Pre-pottery Neolithic (8000-5500)», en ASHL,
pp. 190-204.
Barkay, G. (1992), «The Iron Age 11-111», cn A A I, pp. 302-373.
— (1994), «Excavations at Ketef Hinnom in Jerusalem», en AJR, pp. 85-106.
Barkay, G. y Kloner, A. (marzo-abril de 1986), «Jerusalem Tombs from the Days of
the First Temple», BAR, 12(2), pp. 22-39.
Barkay, G., Kloner, A. y Mazar, A. (1994), «The Northern Necropolis of Jerusalem
during the First Temple Period», en AJR, pp. 1 19-27.
Barnett, R. D. (1975), «The Sea Peoples», en CAH, vol. 11/2, pp. 359-378.
— (1982), Ancient Ivories in the Middle East, Institute of Archaeology, Jerusalén.
— (1985), «Lachish, Ashkelon and the Camel: A Discussion of its Use in Southern
Palestine», en PBIA, pp. 15-30.
Baumgarten, J. J. (1992), «Urbanization in the Late Bronze Age», en AAIPP, pp. 143-
150.
Beach, E. F. (junio de 1993), «The Samaria Ivories, Marzeah, and Biblical Text», BA,
56(2), pp. 94-104.
Beck, P. y Zevulun, U. ( 1996), «Back to Square One», BASOR, 304, pp. 64-75.
Beit-Arieh, 1. (1981), «A Pattern of Settlement in Southern Sinai and Southern C a­
naan in the Third Millennium B.C.», BASOR, 243, pp. 31-55.
— (1984), «New Evidence on the Relations between Canaan and Egypt during the
Protodynastic Period», IEJ, 34, pp. 21-23.
Ben-Dor, M. (1992), «Middle and Late Bronze Age Dwellings», en AAIPP, pp. 99-
104.
Ben-Tor, A. (1978), Cylinder Seals o f Third-millennium Palestine, BASO R Supple­
ment Series 22, ASOR, Cambridge.
— (1991), «New Light on the Relations between Egypt and Southern Palestine during
the Early Bronze Age», BASOR, 281, pp. 3-10.
— (1992), «The Early Bronze Age», en AAI, pp. 81-125.
— (1994), «Early Bronze Age Cylinder Seal Impressions and a Stamp Seal from Tel
Qashish», BASOR, 295, pp. 15-29.
Betts, A. V. G. (1997) «Jawa», en OEANE, vol. 3, pp. 209-210.
— ed. (1991), Excavations al Jawa, 1972-1986, Edinburgh University Press, Edimburgo.
BIBLIOGRAFIA 187

Bienkowsky P. (1989), «The Division of M iddle Bronze 11 B-C in Palestine», L e­


vant, 21, pp. 169-179.
Bietak, Μ. (1991), «Egypt and Canaan during the M iddle Bronze Age», BASO R , 281,
pp. 27-72.
— (1997) «Avaris, Capital o f the Hyksos Kingdom: New Results o f Excavations», en
HNHAP, pp. 87-139.
Binford, L. (1989), Debating Archaeology, A cademic Press, Nueva York.
Biran, A., ed. (1981), Temples and High Places in Biblical Times, Nelson Glueck
School of Biblical A rchaeology Hebrew Union Collcge-Jewish Institute of Reli­
gion, Jerusalén.
— (1987), «Prize Find: Tel Dan Scepter Head: Belonging to Priest or King?», BAR,
15 (1), pp. 29-31.
— (1994), Biblical Dan, Israel Exploration Society, Hebrew Union College-Jewish
Institute o f Religion, Jerusalén.
— (1996), éd., Dan I: A Chronicle o f the Excavations, the Pottery Neolithic, the Early
Bronze Age and the Middle Bronze Age Tombs, Nelson Glueck School of Biblical
Archaeology, Hebrew Union College-Jewish Institute of Religion, Jerusalén.
— (1998), «Sacred Spaccs of Standing Stones, High Places and Cult Objects at Tel
Dan», BAR, septiembre-octubre, 24/5, pp. 38-45, 70.
Biran, A. y Naveh, J. (1993), «An Aramaic Stela Fragment from Tel Dan», lE f, 43,
pp. 81-98.
Blakely, J. A. (1997), «Site Survey», en OEANE, vol. 5, pp. 49-51.
Blakely, J. A. y Toombs, L. E. (1980), The Tell El-Hesi Field Manual, American
Schools o f Oriental Research, Cambridge.
Blau, J. (1997), «Hebrew Language and Literature», en OEANE, vol. 3, pp. 5-12.
Blenkinsopp, J. (1995), Sage, Priest, Prophet: Religious and Intellectual Leadership
in Ancient Israel, Westminster/John Knox Press, Louisville.
Bloch-Srnith, E. (1992), Judahite Burial Practices and Beliefs about the Dead, Jour­
nal fo r the Study o f the Old Testament, Sheffield.
Boraas, R. S. (1988), «Publication of Archaeology Reports», en BTC, pp. 325-333.
Bordreuil, P. (1997), «Northwest Semitic Seal Inscriptions», en OEANE, vol. 4, pp. 166-
169.
Bordreuil, P. Israel, F. y Pardee, D. (marzo de 1998), «K ing’s Command and W idow ’s
Plea: Two New Hebrew Ostraca of the Biblical Period», NEA, 61(1), pp. 2-13.
Borowski, O. (1987), Agriculture in Iron Age Israel, Eisenbrauns, W inona Lake.
— (septiembre de 1995) «H ezekiah’s Reforms and the Revolt against Assyria», BA,
58(3), pp. 148-155.
Brandi, B. (1992), «Evidence for Egyptian Colonization in the Southern Coastal Plain
and Lowlands of Canaan during the EB I Period», en NDT, pp. 441-447.
— (1997), «Erani, Tel», en OEANE, vol. 2, pp. 256-258.
Braun, E., Rosen, S. A. y Horwitz, L. K. (1985), En Shadud Salvage Excavation at a
Farming Community in the Jezreel Valley, Israel, BAR, Londres-Oxford.
Braun, E. y Gibson, S. (1984), «En-shadud: An Early Bronze I Farming Community
in the Jezreel Valley», BASOR, 253, pp. 29-40.
188 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Brettler, Μ. Z. (1995), The Creation o f History in Ancient Israel, Routledge, Londres.


Bright, J. (1981), A History o f Israel, 3.a éd., Westminster, Filadelfia.
Bronowski, J, (1973), The Ascent o f Man, Little, Brown & Co., Boston.
Broshi, M. y Finkelstein, I. (agosto de 1992), «The Population of Palestine in Iron
Age 11», BASO R, 287, pp. 47-60.
Broshi, M. y Gophna, R. (1984), «The Settlements and Population o f Palestine during
the Early Bronze Age 11-111», BASO R, 253, pp. 41-53.
— (1986), «Middle Bronze Age 11 Palestine: Its Settlements and Population», BA ­
SO R , 261, pp. 73-90.
Browning, D. C., Jr (1996), «The Strange Search for the Ashes of the Red Heifer»,
BA, 59(2), pp. 74-89.
Bruce, F. (1967), «Tell el-Am arna», en D. Thomas, ed., Archaeology and Old Testa­
ment Study, Clarendon Press. Oxford, pp. 3-20.
Bryan, B. M. (1997), «Amarna, Tell El», en OEANE, vol. 1, pp. 81-86.
Bunimovitz, S. (1992), «The Middle Bronze Age Fortifications in Palestine as a So­
cial Phenomenon», Tel Aviv, 19(2), pp. 221-234.
— ( 1995), «On the Edge of Empires - Late Bronze Age ( 1500-1200 BCE)», en ASHL,
pp. 320-331.
Bunimovitz, S. y Lederman, Z. (enero-febrero de 1997), «Beth-Shemesh: Culture
Conflict on Judah’s Frontier», BAR, 23( 1), pp. 42-9; 75-77.
Cahill, J. M. (setiembre de 1997), «A Rejoinder to “Vas the Siloam Tunnel Built by
Hezekiah?”», BA, 60(3), pp. 184-185.
— (julio-agosto de 1998), «It is There: The Archaeological Evidence Proves It», BAR,
24 (4), pp. 34-41, 63.
Cahill, J. M. y Tarler, D. (1994), «Excavations Directed by Yigal Shiloh at the City of
David, 1978-1985», en AJR, pp. 31-45.
Callaway, J. A. (1961), «Biblical Archaeology», Review & Expositor, 58, pp. 155-
172.
— (1972), The Early Bronze Age Sanctuay at Ai (et-Tell), n.° 1, Bernard Quariteh,
Londres.
— (1978), «New Perspectives on Early Bronze III in Canaan», en R. Moorey y
P. Parr, eds.. Archaeology in the Levant: Essays fo r Kathleen Kenyon, Aris & Phil­
lips Ltd, Warminster, pp. 46-58.
— (1980a), «Sir Flinders Petrie: Father of Palestinian A rchaeology», BAR, 6 (6),
pp. 44-55.
— (1980b), The Early Bronze Age Citadel and Lower City at A i (Et Tell): A Report o f
the Joint Archaeological Expedition to A i (El-Tell), n.° 2, American Schools of
Oriental Research, Cambridge.
— (1982a), reseña de Temples and Cult Places in Palestine por M. Ottosson, JBL,
101(4), pp. 597-598.
— (1982b), «A Review of Arad I», BASOR, 247, pp. 71-79.
— (1985), «A New Perspective on the Hill Country Settlem ent of Canaan in Iron
Age I», en PBIA, pp. 31-49.
— (1987), «Ai (Et-Tell): Problem Site for Biblical Archaeologists», en ABI, pp. 87-99.
BIBLIOGRAFÍA 189

— (1987), «Ai (Et-Tell): Problem Site for Biblical Archaeologists», en ABI. pp. 87-99.
— (1988), «The Settlement in Canaan: The Period of the Judges», en H. Shanks, ed.,
A ncient Israel - A Short History from Abraham to the Roman Destruction o f the
Temple, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, pp. 53-84.
Cameron, D. O. (1981), The Ghassulian Wall Paintings, Kenyon-Deane Ltd, Londres.
Campbell, E. F., Jr (febrero de 1960), «The Amarna Letters and the Amarna Period»,
HA, xxiii/l. pp. 2-22; reimpreso en BA Reader, 3 ( 1970), pp. 54-75.
— (1983). «Judges 9 and Biblical Archaeology», en WLS, pp. 263-271.
Chaney, M. L. (1983), «Ancient Palestinian Peasant M ovements and the Formation of
Premonarchic Israel», en D. N. Freedman y D. F. Graf, eds., Palestine in Transi­
tion: The Emergence o f Ancient Israel, The Almond Press, Sheffield, pp. 39-90.
Chapman III, R. L. (1986), «Excavation Techniques and Recording Systems: A Theo­
retical Study», PEQ, 1 18, pp. 5-26.
Charlesworth, J. H. y Weaver, W. P. (1992), eds.. What Has Archaeology ίο Do with
Faith?, Trinity Press International, Filadelfia.
Chase, D. A. (primavera de 1982), «A Note on an Inscription from Kuntillet ‘Ajrud»,
BASOR, 246, pp. 63-67.
Christopherson, G. L. (1997), «Computer Mapping», en O EANE, vol. 2, pp. 55-57.
Clark, D. L. (1978), Analytical Archaeology, Colum bia University Press, Nueva York.
Clark, D. R. (diciembre de 1996), «Early Iron I Pillared Building at Tell al-'U m ayri»,
BA, 59(4), p. 241.
Cohen, R. (1997), «Qadesh-Barnea», en OEANE, vol. 4, pp. 365-367.
Conrad, D. (1984), «An Introduction to the Archaeology o f Syria and Palestine on the
Basis of the Israelite Settlement», en A History o f Ancient Israel From the Begin­
nings to the Bar Kochba Revolt, A D 135, por J. A. Soggin, W estminster Press,
Filadelfia, pp. 357-367.
Coote, R. B. (1990), Early Israel: A New Horizon, Fortress Press, Minneapolis.
Davidson, L. (1996), «Biblical Archaeology and the Press», BA, 59(2), pp. 104-1 14.
Davies, G. I. (1988), «British Archaeologists», en BTC, pp. 37-62.
Day, J. (1992), «Asherah», en ABD , vol. 1, pp. 483-487.
Demsky, A. (1997), «Literacy», en OEANE, vol. 3. pp. 362-369.
Dessel, J. P. ( 1997), «Excavation Strategy», en OEANE, vol. 2, pp. 293-294.
Deutsch, R. (mayo-junio de 1998), «First Impression: What We Learn from King
A haz’s Seal», BAR, 24(3), pp. 54-56, 62.
De Vaux, R. (1971), «Palestine in the Early Bronze Age», en CAH , 1/2, pp. 208-237.
— ( 1978), The Early H istory o f Israel, Westminster Press, Filadelfia.
Dever, W. G. (1970), «The “Middle Bronze” Period in Syria and Palestine», en J. A.
Sanders, ed., Near Eastern Archaeology in the Twentieth Century: Essays in Honor
o f Nelson Glueck, Doubleday & Co., Garden City, pp. 132-163.
— (1973), Archaeology and Biblical Studies: Retrospects and Prospects, Seabury,
Evanston.
— (1974), «Two Approaches to Archaeological Method - the Architectural and the
Stratigraphie», Eretz-Israel, I L pp. 1-8.
190 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

— (1978), «Field Surveying and Drafting for the Archaeologist», en W. G. Dever y


H. D. Lancc, eds., A Manual o f Field Excavation, Hebrew Union College-Jewish
Institute of Religion, Nueva York, pp. 138-174.
— (1980a), «Archaeological Method in Israel: A Continuing Revolution», BA, 43,
pp. 40-48.
— (1980b), «New Vistas on the EB IV (‘MB Γ ) Horizon in Syria-Palestine», BASOR,
237, pp. 35-64.
— (1981), «The Impact of the “New Archaeology” on Syro-Palestinian A rchaeo­
logy», BASOK, 242, pp. 14-29.
— (1982a), «Retrospects and Prospects in Biblical and Syro-Palestinian Archaeo­
logy», BA, 45, pp. 103-107.
— (1982b), «Monumental Architecture in Ancient Israel in the Period of the United
M onarchy», en T. lshida, ed., Studies in the Period o f David and Solomon and
O ther Essays, Eisenbrauns, Winona Lake, pp. 269-306.
— (1983), «Material Remains and the Cult in Ancient Israel: An Essay in Archaeolo­
gical Systematics», en WI.S, pp. 571-587.
— (verano de 1984), «Asherah, Consort of Yahweh? New Evidence from Kuntillct
‘Ajrud», BASOR, 255, pp. 21-37.
— (1985a), «Syro-Palestinian and Biblical Archaeology», en D. Knight y G. M. Tuc­
ker, eds., The Hebrew Bible and Its Modern Interpreters, Fortress, Filadelfia, pp.
31-74.
— (1985b), «Archaeology, Methods of», en HBD, pp. 53-59.
— (1985c), «From the End o f the Early Bronze Age to the Beginning of the Middle
Bronze», en BAT, pp. 113- 135.
— (I985d), «Relations between Syria-Palestine and Egypt in the "H yksos”, Period»,
en PB1A, pp. 69-87.
— (1987a), «The M iddle Bronze Age: The Zenith o f the Urban C anaanite Era»,
BA, 50(3), pp. 148-177.
— (1987b), «The Contribution of Archaeology to the Study of Canaanite and Early Is­
raelite Religion», en P. D. Miller, Jr, P. D. Hanson y S. D. McBride, eds., Ancient Is­
raelite Religion: Essays in H onor o f Frank Moore Cross, Scholars Press, Filadelfia.
— ( 1988), «Impact of the New Archaeology», en BTC, pp. 337-352.
— ( 1989), «Archaeology in Israel Today: A Summation and Critique», en REI, Eisen­
brauns, Winona Lake, pp. 143-152.
— (1990a), Recent Archaeological Discoveries and Biblical Research, University of
Washington Press, Seattle.
— (1990b, febrero-mayo), «O f Myths and Methods», BASOR, 277/278, pp. 121-130.
— (199 la), «Tell el-D ab’a and Levantine Midelle Bronze Age Chronology: A Rejoin­
der to Manfred Bietak», BASOR, 281, pp. 43-79.
— (1991b, noviembre), «Archaeological Data on the Israelite Settlement: A Review
of Two Works», BASOR, 284, pp. 77-90.
— (1991c), «Archaeology, Material Culture and the Early Monarchical Period in Is­
rael», en D. V. Edelman, ed., The Fabric o f History, Text, Artifact and Isra el’s
Past, Sheffield: Journal fo r the Study o f the Old Testament, pp. 103-115.
BIBLIOGRAFÍA 191

— (1992a), «Archaeology, Syro-Palestinian and Biblical», en ABD, vol. 1, pp. 354-367.


— (1992b), «The Chronology of Syria-Palestine in the Second M illennium BCE:
A Review o f Current Issues», BASOR, 288, pp. 1-25.
— (1992c) «Israel, History of (A rchaeology and the “C onquest” )», A BD , vol. 3.
pp. 545-558.
— (1993a), «Biblical Archaeology : Death or Rebirth?» BAT, 90, pp. 706-722.
— (1993b), «Cultural Continuity, Ethnicity in the Archaeological Record and the
Question of Israelite Origins», Eretz-lsrae\, 24, pp. 22*-33*.
— (1993c, marzo), «What Remains of the House that Albright Built?», BA , 56(1),
pp. 25-35.
— (1994), «The Silence of the Text: An Archaeological Commentary on 2 Kings 23»,
en M. D. Coogan, J. C. Exum y L. E. Stager, eds.. Scripture and Other Artifacts;
Essays on the Bible and Archaeology in Honor o f Philip .1. King, W estminster/John
Knox Press, Louisville.
— ( 1995a), «“Will the Real Israel Please Stand Up?” Archaeology and Israelite H isto­
riography: Part I», BASO R, 297, pp. 61-80.
— (1995b), «Social Structure in the Early Bronze IV Period in Palestine», en ASHL,
pp. 282-296.
— (1995c, diciembre), «Ceramics, Ethnicity, and the Question of Israel’s Origins»,
BA, 58(4), pp. 200-213.
— (1995d), «Social Structure in Palestine in the Iron II Period on the Eve Destruc­
tion», en ASHL, pp. 416-43 1.
— (I995e, mayo), «“Will the Real Israel Please Stand Up?" Part II: Archaeology and
the Religions of Ancient Israel», BASOR, 298, pp. 37-58.
— (1996a), «The Tell: Microcosm of the Cultural Process», en J. D. Seger, ed., R e­
trieving the Past: Essays on Archaeological Research and M ethodology in Honor
o f G us W. Van Beek, Cobb Institute of Archaeology, Mississippi Slate University,
Starkville, pp. 37-45.
— (1996b, febrero), «Archaeology and the Religions of Israel», reseña dc A History
o f Israelite Religion in the Old Testament Period, vol. I: From the Beginnings to
the End o f the Monarchy, por Rainer Albertz, 1994, Westminster/John Knox Press,
Louisville, BASOR, 301, pp. 83-90.
— (1997a), «Biblical Archaeology», en OEANE, vol. 1, pp. 315-319.
— (1997b), «Qom, Khirbet El-», en OEANE, vol. 4, pp. 391-392.
— (1997c), «Is There any Archaeological Evidence for the Exodus?» en E. S. Frerichs
y L. H. Lesko, eds.. Exodus: The Egyptian Evidence, Eisenbrauns, W inona Lake,
pp. 67-86.
— (1997d), «Settlement Patterns and Chronology of Palestine in the Middle Bronze
Age», en HNHAP, pp. 285-301.
— (marzo de 1998), «Archaeology, Ideology, and the Quest for an “Ancient” or “Bi­
blical” Israel», NEA, 61(1), pp. 39-52.
Dever, W. G. y Clark, W. M. (1977), «The Patriarchal Traditions», en J. H. Hayes y
J. M. Miller, eds., Israelite and Judaean History, W estminster Press, Filadelfia,
pp. 70-148.
192 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Dever, W. G. y Lance, H. D. (1978), A M anual o f Field Excavation, Hebrew Union


College-Jewish Institute of Religion, Nueva York.
De Vries, B. (1997), «Architectural Drafting and Drawing», en OEANE, vol. J, pp. 197-
200 .
DeVries, L. F. (julio-agosto de 1987), «Cult Stands - a Bewildering Variety of Shapes
and Sizes», B AR , 12 (4), pp. 26-37.
Dornemann, R. H. (invierno de 1981 ), «The Late Bronze Age Pottery Tradition at Tell
Hadidi, Syria», BASOR, 241, pp. 29-47.
Dothan, M. (1971) «Ashdod 11-111», 'Atiqot. pp. 9-10.
— (1977), «Kadcsh-Barnea», en EAEHL, vol. Ill, pp. 697-698.
— (1981), «Sanctuaries along the Coast o f Canaan in the MB Period», en A. Biran,
ed., Temples and High Places in Biblical Times, Nelson G lueck School of Bibli­
cal Archaeology, Hebrew Union College-Jewish Institute of Religion, Jerusalén,
pp. 74- 81.
— (1985), «Terminology for the Archaeology of the Biblical Periods», en BAT, pp. f 36-
141.
— (1989), «Archaeological Evidence for Movements of the Early “Sea Peoples” in
Canaan», en REI, pp. 59-70.
— (1993), «Ashdod», cn N EAEH L, vol. 1, pp. 93-102.
Dothan, T. (1982), The Philistines and llieir M aterial Culture, Israel Exploration So­
ciety, Jerusalén.
— (1985), «The Philistines Reconsidered», en BAT, pp. 165-176.
— (1989), «The Arrival of the Sea Peoples: Cultural Diversity in Early Iron Age Ca­
naan», en REI, pp. 1-22.
— (enero-febrero de 1990), «Ekron of the Philistines Part I: W here They Came from.
How They Settled Down and the Place They Worshiped in», BAR, 16 ( I ), pp. 26-36.
— (1994), «Tel Migne-Ekron: The Aegean Affinities of the Sea Peoples’ (Philistines)
Settlem ent in Canaan in the Iron Age I», en S. Gitin, ed., Recent Excavations in
Israel: A View to the West, Archaeological institute o f America, Conference and
Colloquium Series, n.c 1, cap. 3, Archaeological Institute of America., Boston.
Dothan, T. y Dothan, M. (1992), People o f the Sea: The Search fo r the Philistines,
Macmillan Publishing Co., Nueva York.
Dothan, T. y Gitin, S. (enero-lebrero de 1990), «Ekron of the Philistines», BAR, I6( 1),
pp. 20-25.
Drawer, M. S. (1973), «Syriac. 1550-1400 BC», en CAH, II/1, pp. 467-525.
Emerton, J. (1982), «New Light on Israelite Religion: the Implications of the Inscrip­
tions from Kuntillet ‘Ajrud», 7AW, 94, pp. 2-20.
Epstein, C. (1977), «The Chalcolithic Culture o f the Golan», BA, 40(2), pp. 56-62.
— (1985), «L aden A nim al F igurines from the C h alco lilh ie P eriod in P alestine».
BASO R, 258, pp. 53-62.
Exum, J. C. y Clines, D. J. A. (1993), eds., The New Literary Criticism and the Hebrew
Bible, Trinity Press International, Valley Forge.
Finkelstein, I. (1988), The Archaeology o f the Israelite Settlement, Israel Exploration
Society, Jerusalén.
BIBLIOGRAFÍA 193

— (1992), «Middle Bronze Age “Fortifications”: A Reflection of Social Organization


and Political Formations», Tel Aviv, 19, pp. 201-220.
— (1994), «The Emergence of Israel: A Phase in the Cyclic History of Canaan in the
Third and Second M illennia BCE», en FNM, pp. 150-178.
— (1995), «The Great Transformation: The “Conquest” of the Highlands Frontiers
and the Rise o f the Territorial States», en ASHL, pp. 349-365.
— (diciembre de 1996), «Ethnicity and Origin of the Iron 1 Settlers in the Highlands
of Canaan: Can the Real Israel Stand Up?», BA. 59 (4), pp. 198-212.
Finkelstein, 1. y Gophna, R. (febrero dc 1993), «Settlement, Demographic, and Eco­
nomic Patterns in the Highlands of Palestine in the Chalcolithic and Early Bronze
Periods and the Beginning o f Urbanism», BASOR. 289, pp. 1-22.
Finkelstcin, I. y N a’aman, N. (1994), «Introduction: From Nomadism to Monarchy -
the Stale o f Research in 1992», en FNM , pp. 9-17.
Fisher, C. S. (1929), The Excavation o f Armageddon, University of Chicago Press,
Chicago.
Franken, H. y Frankcn-Battershill, C. A. (1963), A Primer o f Old Testament Archaeo­
logy, E. J. Brill, Leiden.
Freedman, D. N. (enero-febrero de 1985), «Remarks», BAR, I 1(1), p. 63.
— (diciembre de 1987), «Vahwch of Samaria and His Ashcrah», BA, 50(4), pp. 241-249.
Frerichs, E. S. y Lcsko, L. H., eds (1997), Exodus: The Egytian Evidence, Eiscnbrauns,
W inona Lake.
Frick, F. S. (1985), The Formation o f the State in Ancient Israel: A Survey o f M odels
and Theories, Almond, Sheffield.
Friedman, R. E. (1987), Who Wrote the Bible?, Harper & Row, Nueva York.
Fritz, V. (invierno de 198 I ), «The Israelite “Conquest” in the Light of Recent Excava­
tions at Khirbet el-M eshash», BASOR, 241, pp. 61-73.
— (1987a, junio), «Conquest or Settlem ent? The Early Iron Age in Palestine», BA,
50(2), pp. 84-104.
— ( 1987b, julio-agosto), «W hat can Archaeology Tell us about Solom on’s Temple?»
BAR, 13(4), pp. 38-49.
— (1994), An Introduction to Biblical Archaeology, Journal fo r the Study o f the Old
Testament, Sheffield.
Fritz, V. y Davies, P. R. (1996), eds., The Origins o f the Ancient Israelite Stares, Shef­
field Academic Press, Sheffield.
Gal, Z. (1991) «A Note on the Settlement Pattern of the MB U Jezreel and Beth Shan
Valleys», BASOR, 284, pp. 29-31.
— (1992), Lower Galilee during the Iron Age, Eisenbrauns, Winona Lake.
— (mayo-junio de 1998), «Israel in Exile», BAR, 24(3), pp. 48-53.
Gerstenblith, P. (1980), «A Reassessment of the Beginning of the Middle Bronze, Age
in Syria-Palestine», BASOR, 237, pp. 65-84.
Geve, H. (1994), ed., Ancient Jerusalem Revealed, Israel Exploration Society, Jerusalén.
G ilead, I. (junio de 1987), «A New Look at Chalcolithic Beer-Sheba», BA, 50(2),
pp. 110-117.
194 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

— (1994), «The History of Chalcolithic Settlem ent in the Nahal Beer Sheva Area:
The Radiocarbon Aspect», BASO R, 296, pp. 1-13.
Gitin, S. (marzo-abril de 1990), «Ekron o f the Philistines Part II: Olive-oil Suppliers
to the World», BAR, 16(2), pp. 32-42, 59.
Gitin, S. y Dothan, T. (diciembre de 1987), «The Rise and Fall o f Ekron of the Philis­
tines: Recent Excavations at an Urban Border Site», BA, 50(4), pp. 197-222.
Gittlen, B. M. (invierno de 1981), «The Cultural and Chronological Implications of
the Cypro-Palestinian Trade During the Late Bronze Age», BASOR, 241, pp. 49-59.
Glueck, N. (1940), The Other Side o f the Jordan, American Schools o f Oriental Re­
search, New Haven.
Gonen, R. (invierno de 1984), «Urban Canaan in the Late Bronze Period», BASOR,
253, pp. 61-73.
— (1992a), «The Chalcolithic Period», en AAI, pp. 40-80.
— (1992b), «The Late Bronze Age», cn AAI, pp. 21 1-257.
Gopher. A. (1995), «Early Pottery-bearing Groups in Israel - the Pottery Neolithic
Period», en ASHL, pp. 205-225.
Gopher, A. y Goren, Y. (1995) «The Beginning of Pottery», en ASHL, pp. 224-225.
Gopher, A. y Tsuk, T. ( 1991 ) Ancient Gold - Rare Finds from the Nahal Qanah Cave,
Israel Museum, Jerusalén.
Gophna, R. (1992), «The Intermediate Bronze Age», cn AAI, pp. 126-158.
— (1995), «Early Bronze Age Canaan: Some Spatial and Demographic Observa­
tions», cn ASHL, pp. 219-280.
Gopnna, R. y Portugali, J. (1988) «Settlement and Démographie Processes in Israel’s
Coastal Plain from the Chalcolithic to the M iddle Bronze Age», BASOR, 269,
pp. 11-28.
Goren, Y. (1996), «The Southern Levant in the Early Bronze Age IV. The Pétrogra­
phie Perspective», BASOR, 303, pp. 33-72.
Greenberg, M. (1955), The Hah/Piru, American Oriental Socicty, New Haven.
Greenberg, R. ( 1996), «The Early Bronze Age Levels», en A. Biran, ed., Dan !: A Chro­
nicle o f the Excavations, the Pottery Neolithic, the Early Bronze A ge and the
Middle Bronze Age Tombs, Nelson Glueck School of Biblical Archaeology, H e­
brew Union College-Jewish Institute of Religion, Jerusalén, pp. 83-160.
Greenberg, R. y Porat, N. (1996), «A Third M illennium Levantine Pottery Production
Center: Typology, Petrography, and Provenance of the M etallic Ware of Northern
Israel and Adjacent Regions», BASOR, 301, pp. 5-24.
Grigson, C. (1995), «Plough and Pasture in the Early Economy of the Southern Le­
vant», en ASHL, pp. 245-268.
Gunneweg, J., Perlman, 1., Dothan, T. y Gitin, S. (1986), «On the Origin of Pottery
from Tel Miqne-Ekron», BASOR, 264, pp. 3-16.
Hackett, J. A. et al (marzo-abril de 1997), «Defusing Pseudo-scholarship: The Siloam
Inscription A in’t Hasmonean», BAR, 23(2), pp. 41-50, 68.
Haiman, M. (1996), «Early Bronze Age IV Settlem ent Pattern of the Negev and Sinai
Deserts: View from Small Marginal Temporary Sites», BASO R, 303, pp. 1-32.
Halpern, B. (1983), The Emergence o f Israel in Canaan, Scholars Press, Chico.
BIBLIOGRAFÍA 195

— (noviembre de 1994), «The Stela from Dan: Epigraphic and Historical C onsidera­
tions», BASOR, 296, pp. 63-80.
— (marzo de 1998), «Research Design in Archaeology: The Interdisciplinary Pers­
pective», ΝΕΑ, 61(1), pp. 53-65.
Hanbury-Tenison, J. (1986), The Late Chalcolithic to Early Bronze Transition in Pa­
lestine and Transjordan, BAR International Series 311, Oxford.
Harrelson, W. (febrero de 1957), «Shechem in Extra-Biblical References», BA, x x (l),
pp. 2-10; reimpreso en BA Reader, 2 (1975), pp. 258-265.
Harris, M. (1978), Cows, Pigs, Wars and Witches, William Collins Sons & Co. Ltd,
Glasgow.
Hasel, M. G. (noviem bre de 1994), Israel in the M erneptah Stela», BASO R, 296,
pp. 45-61.
Hayes, W. C. (1973), «Egypt: From the Death o f Ammenemes 111 to Seqencnre 11»,
CAH, vol. ÍI/1, pp. 42-76.
Hendel, R. S. (julio-agosto de 1995), «Finding Historical M emories in the Patriarchal
Narratives», BAR, 21(4), pp. 52-59, 70-71.
— (diciem bre de 1996), «The Date o f the Siloam Inscription: A Rejoinder to Roger-
son and Davies», BA, 59(4), pp. 233-237.
Herr, L. G. (noviembre de 1988), «Tripartite Pillared Buildings and the Market Place
in Iron Age Palestine», BASOR, pp. 47-67.
— (noviembre-diciembre de 1993), «W hatever Happened to the Ammonites?», BAR,
19(6), pp. 26-35, 68.
— (1997a), «Periodization», en O EANE, vol. 4, pp. 267-273.
— (1997b, septiembre), «The Iron II eds. Period: Emerging eds. Nations», BA, 60(3),
pp. 114-183.
— (1997c), «Ammon», en OEANE, vol. I, pp. Ι02-Γ23.
Herzog, Z. (1992), «Cities in the Levant», en ABD, vol. I, pp. 1.032-1.043.
— (1997), «Fortifications of the Bronze and Iron Ages», en O EANE, vol. 2, pp. 322-
326.
Hestrin, R. ( 1987), «The Lachish Ewer and the ‘Ashcrah», IEJ, 37, pp. 212-223
Hodeler, 1. (1991), Reading the Past: Current Approaches to Interpretation in Archaeo­
logy, Cambridge University Press, Nueva York.
Holladay, J. S., Jr (1995), «The Kingdoms of Israel and Judah: Political and Economic
Centralization in the Iron II A-B (c. 1000-750 BCE)», en A SH L, pp. 368-398.
— (1997a), «Stratum», en O EANE, vol. 5, pp. 88-89.
— (1997b), «Stratigraphy», en O EANE, vol. 5, pp. 82-88.
Ibrahim, M. M. (1978), «The Collared-rim Jar of the Early Iron Age», en R. Moorey y
P. Parr, eds., Archaeology in the Levant: Essays fo r Kathleen Kenyon, Aris & Phil­
lips, Ltd, W arminster, pp. 116-126.
1lan, D. (1995), «The Dawn o f Internationalism - the Middle Bronze Age», en ASHL,
pp. 297-319.
— (1996), «The Middle Bronze Age Tombs», en A. Biran, ed., Dan I: A Chronicle o f
the Excavations, the Pottey Neolithic, the Early Bronze Age and the M iddle Bron-
196 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

ze Age Tombs, Nelson Glueek School of Biblical Archaeology, Hebrew Union


College-Jewish Institute of Religion, Jerusalén, pp. 163-267.
lian, O. y Amiran, R. (1997), «Arad: Bronze Age Period», en OEANE, vol. 1, pp. 169-
174.
lzre’el, S. (1997), «A m am a Tablets», en OEANE, vol. 1, pp. 86-87.
James, F. (1978), «Chariot Fittings from Late Bronze Age Beth Shan», en J. N. Tubb,
ed., Archaeology in the Levant: Essays fo r Kathleen Kenyon, Aris & Phillips Ltd,
Warminster, pp. 102-1 15.
Joffe, A. (1997a), «Far‘ah, Tell el- (North)», en OEANE, vol. 2, pp. 303-304.
— (1997b), «Palestine in the Bronze Age», en OEANE, vol. 4, pp. 212-217.
Joukowsky, M. (1980), A Complete M anual o f Field Archaeology: Tools and Techni­
ques o f Field Work fo r Archaeologists, Prcntice-Hall, Englewood Cliffs.
Kamp, K. A. y Yoffce, N. (1980), «Ethnicity in A ncient Western Asia during the Early
Second M illennium BC: Archaeological Assessments and Elhnoarchaeological
Prospectives», BASOR, 237, pp. 85-104.
Kaufman, 1. T. (1982), «The Samaria Ostraca: An Early W itness to Hebrew Writing»,
BA, 45(4), pp. 229-239.
Kempinski, A. (1992a), «Reflections on the Role of the Egyptians in the Shefelah
[.s'i'c] of Palestine in the Light of Recent Soundings al Tel Erani», en NOT, pp. 419-
425.
— (1992b), «The Middle Bronze Age», en AAI, pp. 159-210.
— (1992c), «Urbanization and Town Plans in the Middle Bronze Age II», en AAIPP,
pp. 121-126.
— (1992d), «Middle and Late Bronze Age Fortifications», en AAIPP, pp. 127-142.
Kenyon, K. (1971), «An Essay on Archaeological Technique», Harvard Theological
Review, 64 (2,3), pp. 271-279.
— (1973a), «Palestine in the Middle Bronze Age», en CAH, II/1, pp. 77-116
— (1973b), «Palestine in the Time o f the Eighteenth Dynasty», en CAH, II/1, pp. 526-
556.
— (1974), Digging Jerusalem, Ernest Benn, Londres.
— ( 1979), Archaeology in the Holy Land, 4.a edición, Ernest Benn, Londres.
King, P. J. ( 1983a), American Archaeology in the Mideast: A History o f the American
Schools o f Oriental Research, Eisenbrauns, W inona Lake.
— (1983b), «The Contribution of A rchaeology to Biblical Studies», Catholic Biblical
Quarterly, 45, pp. 1-16.
— (1983c), «Edward Robinson: Biblical Scholar», BA, 45, pp. 230-232.
— (1985), «Archaeology, History, and the Bible», en HBD, pp. 44-52.
— (1987), «The Influence of G. Ernest W right on the Archaeology of Palestine», en
A B I, pp. 15-30.
— (1988a), «American Archaeologists», en BTC, pp. 15-35.
— ( 1988b, julio-agosto), «The Marzeah Amos Denounces: Using Archaeology to In­
terpret a Biblical Text», BAR, 15 (4), pp. 34-44.
— (1988c), Amos, Hosea, Micah: An Archaeological Commentary, W estminster Press,
Filadelfia.
BIBLIOGRAFÍA 197

Kitchen, K. A. (1987), «The Basics of Egyptian Chronology in Relation to the Bronze


Age», en P. Astroms, ed., High, M iddle or Low? Acts o f an International Collo­
quium on Absolute Chronology Held at the University o f Gothenburg 20th-22nd
A ugust 1987 - Part 1, Paul Astroms Forlag, Gothenburg, pp. 37-55.
— (1993), «New Directions in Biblical Archaeology: Historical and Biblical A s­
pects», en B AT 90, pp. 34-52.
— (m arzo-abril de 1995), «The Patriarchal Age - Myth or History?» BAR, 21(2),
pp. 48-57, 88, 90, 92, 94-95.
Kloner, A. y Davis, D. (1994), «A Burial Cave of the Late First Temple Period on the
Slope of Mount Zion», en A JR , pp. 107-110.
Knoppers, G. N. (primavera de 1997), «The Vanishing Solomon: The D isappearance
of the United M onarchy from Rccent Histories o f A ncient Israel», JBL, 1 16(1),
pp. 19-44.
Krahmalkov, C. R. (septiem bre-octubre de 1994), «Exodus Itinerary Confirmed by
Egyptian Evidence», BAR, 20(5), pp. 54-62, 79.
La Bianca, O. y Younker, R. W. ( 1995), «The Kingdoms of Ammon, Moab and Edom:
The Archaeology of Society in Late Bronze/Iron Age Transjordan (c. 1400-500
BCE)», en A SH L, pp. 399-415.
Lance, H. D. ( 1978), «The Field Recording System», en W. G. Dever y H. D. Lance,
eds., A M anual o f Field Excavation, Hebrew Union College-Jcwish Institute of Re­
ligion, Nueva York, pp. 73-107.
— ( 1981 ), The Old Testament and the Archaeologist, Fortress Press, Filadelfia.
Landsberger, H. A. (1973), «Peasant Unrest: Themes and Variations», en Rural Pro­
test: Peasant M ovements and Society Change, H. A. Landsberger, ed., Barnes &
Noble, Nueva York.
Lapp, P. W. (1969), Biblical Archaeology and History, The World Publishing Co.,
Nueva York.
— (1970), «Palestine in the Early Bronze Age», en J. A. Sanders, ed., N ear Eastern
Archaeology in the Twentieth Century, Doubleday & Co., Garden City, pp. 101-131.
Laughlin, J. C. (1990), «Canaan», en W. E. Mills, éd., M ercer D ictionary o f the Bible,
Mercer University Press, Macon, pp. 128-130.
Lemaire, A. (mayo-junio de 1994), «“House o f David” Restored in M oabite Inscrip­
tion», BAR, 20(3), pp. 30-37.
— (1997), «Ostracon», en OEANE, vol. 4, pp. 189-191.
Lemche, N. P. (1985), Early Israel, E. J. Brill, Leiden.
— (1992a), «Habiru, Hapiru», en ABD, vol. 3, pp. 6-10.
— (1992b), «Hebrew», en ABD, vol. 3, p. 95.
— (1995), Ancient Israel. A New History o f Israelite Society, trad. Fred Cryer, Shef­
field Academic Press, Sheffield.
Leonard, A. J. (1989), «The Late Bronze Age», BA, 52, pp. 4-39.
Levy, T. E. (1986), «The Chalcolithic Period - Archaeological Sources for the History
of Palestine», BA, 49(2), pp. 82-108.
— (1995a), «Cult, Metallurgy and Rank Societies - Chalcolithic Period (c. 4500-3500
BCE)», ASHL, pp. 224-244.
198 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

— (1995b, julio-agosto), «From Camels to Computers: A Short History of Archaeolo­


gical Method», BAR, 21(4), pp. 44-51, 64-65.
— (1996), «Syncretistic and M nem onic Dim ensions of Chalcolithic Art: A New
H uman Figurine from Shiqmim». BA, 59(3), pp. 150-159.
Lloyd, S. (1955), Foundations in the Dust, Penguin Books, Bristol.
Londres, G. (febrero de 1989), «A Comparison of Two Contem poraneous Lifestyles
of the Late Second M illennium BC», BASOR, 273, pp. 37-55.
Longstaff, T. R. W. (1997), «Computer Recording, Analysis, and Interpretation», en
OEANE, vol. 2, pp. 57-59.
M cCarter, P. Κ., Jr. (1988), «The Patriarchal Age - Abraham, Isaac and Jacob», en
H. Shanks, ed., A ncient Israel: A Short History from Abraham to the Roman D es­
truction o f the Temple, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, pp. 1-29.
— ( 1992), «The Origins o f Israelite Religion», en H. Shanks, ed., The Rise o f Ancient
Israel, Biblical Archaeology Society, W ashington, pp. 1 19-136.
— ( 1996), Ancient Inscriptions: Voices from the Biblical World, Biblical Archaeology
Society, Washington.
Malamat, A. (1970), «Northern Canaan and the Mari Texts», en Sanders, ed., Near
Eastern Archaeology in the Twentieh Century: Essays in Honor o f Nelson Glueck,
Doubleday & Co., Garden City, pp. 164-177.
— (1997), «The Exodus: Egyptian Analogies», en E. Frerichs and L. Lesko. eds.. The
Exodus: The Egyptian Evidence, Eisenbrauns, Winona Lake, pp. 15-26.
— (enero-febrero de 1998), «Let my People Go and Go and Go and Go», BAR, 24( I ),
pp. 62-66, 85.
Massoni, S. (1985), «Elements of the Ceramic Culture of Early Syrian Ebla in Com ­
parison with Syro-Palestinian EB IV», BASOR, 257, pp. 1-18.
Mattingly, G. (1983), «The Exodus-Conquest and the Archaeology o f Transjordan:
New Light on an Old Problem», Grace 'Theological Journal, 42, pp. 245-262.
Mazar, A. (1985), Excavations at Tell Qasile, Fart 2, The Philistine Sanctuary: Van-
rious Finds, the Pottery, Conclusions, Appendices Series: Qedem 20, The Hebrew
University, Jerusalén.
— (1988), «Israeli Archaeologists», en BTC, pp. 109-128.
— (1990), Archaeology o f the Land o f the Bible 10,000-5H6 BCE,Doublcday, Nueva
York.
— (1992a), «Temples o f the Middle and Late Bronze Ages and the Iron Age», en
AAIPP, pp. 161-187.
— (1992b), «The Iron Age I», en AAI, pp. 258-301.
— (1997), «Qasile, Tell», en OEANE, vol. 4, pp. 373-376.
Mazar, A. y de M iroschedji, P. (1996), «Hartuv, an Aspect of the Early Bronze I Cul­
ture of Southern Israel», BASOR, 302, pp. 1-40.
Mazar, B. (1968), «The Middle Bronze Age in Palestine», IEJ, 18(2), pp. 65-97.
— (invierno de 1981), «The Early Israelite Settlement in the Hill Country», BASOR,
241, pp. 75-85.
Mazar, E. (enero-febrero de 1997), «Excavate King D avid’s Palace!» BAR, 23(1),
pp. 50-57, 74.
BIBLIOGRAFÍA 199

M endenhall, G. (1970), «The Hebrew C onquest o f Palestine», en E. Cam pbell y


D. Freedm an, eds., BA R eader 3 (originally published in BA, XXV(3) (1962),
pp. 66-87), Anchor Books, Doubleday & Co., Garden City, pp. 100-120.
M errillees, R. S. (marzo de 1986), «Political Conditions in the Eastern M editerranean
during the Late Bronze Age», BA, 49(1), pp. 42-50.
Meshel, Z. (1978), Kuntillet ‘Ajrud: A Religious Center from the Time o f the Judean.
Monarch on the Border o f Sinai, Israel Museum, Jerusalén.
— (1997), «Kuntillet ‘Ajrud», en OEANE, vol. 3, pp. 310-312.
Meyers, C. ( 1992a), «Temple, Jerusalem», en ABD, vol. 6, pp. 350-369.
— (1992b), «The Contributions o f Archaeology», en J. Suggs et a i, eds., The Oxford
Study Bible, Oxford University Press, Nueva York, pp. 48-56.
Meyers, E. M. (1984), «The Bible and Archaeology», BA, 47(1), pp. 36-40.
Millard, A. R. (1992), «Abraham», en ABD, vol. I. pp. 35-41.
Miller, J. M. (1987), «Old Testament History and Archaeology», BA, 50(1), pp. 55-63.
— (1988), «Antecedents to Modern Archaeology», en BTC. pp. 3-14
— (1991), «Is it Possible to Write a History of Israel without Relying on the Hebrew
Bible?» en D. V. Edclman, ed., The Fabric o f History: Text, Artifact and Isra el’s
Past, Journal fo r the Study o f the O ld Testament, Sheffield, pp. 93-102.
Miller, J. M. and Hayes, J. H. (1986). A History o f Ancient Israel and Judah, W est­
minster Press, Filadelfia.
Mommsen, H., Yellin, J. y Perlman, I. (1984), «The Provenance o f the Imlk Jars»,
IEJ, 34, pp. 89-113.
Moore, A. M. T. ( 1982), «A Four-stage Sequence for the Levantine Neolithic., c. 8500-
3700 BC», BASOR, 246, pp. 1-34.
Moorey, P. R. S. (1988), «The Chalcolithic Hoard from the Nahal Mishmar, Israel, in
Contexi», World Archaeology, 20(2), pp. 171-189.
— (1991), A Century o f Biblical Archaeology, Westminster/John Knox, Louisville.
Moran, W. L. ( 1985), «Rib-Hadda: Job at Byblos?» en A. Kort y S. Morsehauser, eds.,
Biblical and Related Studies Presented to Sam uel /wry, Eisenbrauns, Winona
Lake, pp. 173-181.
— (1992), The Amarna Tablets, The Johns Hopkins University Press, Baltimore.
N a’aman, N. (1992), «Amarna Letters», en ABD, vol. 1, pp. 174-181.
— (1994), «The “Conquest of Canaan” in the Book of Joshua and History», en FNM,
pp. 218-228.
— (julio-agosto de 1997), «Cow Town or Royal Capital? Evidence for Iron Age Jeru­
salem», BAR, 23(4), pp. 43-47, 67.
— (julio-agosto de 1998), «It Is There: Ancient Texts Prove It», BAR, 24 (4). pp. 42-44.
Nakhai, B. A. (1997a), «Syro-Palestinian Temples», en OEANE, vol. 5, pp. 169-174.
— ( 1997b), «Loeus», en OEANE, vol. 3, pp. 383-384.
— (m ayo-junio de 1994), «W hat's a Barnah? How Sacred Space Functioned in A n­
cient Israel», BAR, 20(3), pp. 18-29, 77-78.
Netzer, E. (1992), «Massive Structures: Processes in Construction and Deterioration»,
en AAIPP, pp. 17-27.
Noth, M. ( 1960), The H istory o f Israel, 2.a edición, Harper & Row, Nueva York.
200 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Oren, E. D. (1992), «Palaces and Patrician Houses in the Middle and Late Bronze
Ages», en AAIPP, pp. 105-120.
Oren, E. D., (1997), ed., The Hyksos: New H istorical and Archaeological Perspective,
University of Pennsylvania Museum, Filadelfia.
Oren, E. D. y Yekutieli, Y. (1992), «Taur Ikhbeineh: Earliest Evidence for Egyptian
Interconnections», en NDT, pp. 361-384.
Ottosson, M. (1980), Temples and Cult Places in Palestine, Alm quist & Wiksell,
Uppsala.
Palumbo, G. (1991), The Early Bronze Age IV in the Southern Levant. Settlem ent
Patterns, Economy, and M aterial Culture o f a D ark Age, University of Rome,
Roma.
Palumbo, G. y Peterman, G. (1993), «Early Bronze Age IV Ceramic Regionalism in
Central Jordan», BASOR, 289, pp. 23-32.
Pardee, D. (1997a), «Gezer Calendar», en OEANE, vol. 2, pp. 400-401.
— (1997b), «Mesad Hashavyahu Texts», en OEANE, vol. 3, p. 475.
— ( 1997e), «Lachish Inscriptions», en OEANE, vol. 3, pp. 323-324.
Pennells, E. (1983), «Middle Bronze Age Earthworks: A Contem porary Engineering
Evaluation», BA, 46( 1), pp. 5 7 -6 1.
Petrie, W. M. F. ( 18 9 1), Tell el Hesy, Lachish, A lexander P. Watt, Londres.
Pitt-Rivers, A. L. E. (1887), Excavations in Cranborne Chase near Rushmore, on the
Borders o f Dorset and Wiltshire, vol. 1, Londres.
Porat, N. (1992), «An Egyptian Colony in Southern Palestine during the Late Predy-
nastic-Early Dynastic Period», en NDT, pp. 433-440.
Pritchard, J., ed. (1969), Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament
with Supplement, 3rd edn, Princeton University Press, Princeton.
Raban, A. y Stieglitz, R. R. (noviembre-diciembre de 1991), «The Sea Peoples and
their Contributions to Civilization», BAR, 17(6), pp. 34-41, 92-93.
Rainey, A. F. (1988), «Toward a Prccisc Date for the Samaria Ostraca», BASOR, 272,
pp. 69-74.
— (noviembre-diciembre de 1991), «Rainey's Challenge», BAR, 17(6), pp. 56-60, 93.
— (1996), «Who is a Canaanite? A Review of the Textual Evidence», BASOR, 304,
pp. 1-15.
Rassam, Hormuzd (1897), Asshur and the Land o f Nimrod, Eaton & Mains, Nueva
York.
Rast, W. (1992), Through the Ages in Palestinian Archaeology, Trinity Press Intena-
tional, Filadelfia.
Redford, D. (1970), «The Hyksos Invasion in History and Tradition», Orientalia, 39,
pp. 2-51.
— (1997), «O bservations on the Sojourn o f the Bene-Israel», en E. S. Frerichs and
L. H. Lesko, eds., Exodus: The Egyptian Evidence, Eisenbrauns, W inona Lake,
pp. 57-66.
Redford, D. y Weinstein, J. M. (1992), «Hyksos», en ABD, vol. 3, pp. 341-348.
Redmount, C. (diciembre de 1995), «Ethnicity, Pottery, and the Hyksos at Tell el-
M askhuta in the Egyptian Delta», BA, 58(4), pp. 182-190.
BIBLIOGRAFÍA 201

R eich, R. (1994), «The A ncient Burial G round in the M am illa N eighborhood, Jerusa­
lem », en A JR, pp. 111-118.
Richard, S. (1980), «Toward a C onsensus o f O pinion on the End o f the Early Bronze
Age in Palestine-Transjordan», BASOR, 237, pp. 5-34.
— (1987), «The E arly Bronze Age - T he Rise and C ollapse of U rbanism », BA, 50(1),
pp. 22-43.
R ichard, S. y Boraas, R. S. (1984), «Prelim inary R eport o f the 1981-1982 Seasons of
the Expedition to K hirbet Iskander and its Vicinity», BASOR, 254, pp. 63-97.
— (1988), «The Early Bronze IV Fortified Site o f K hirbet Iskander, Jordan: Third
Prelim inary Report, 1984 Season», B A SO R , S u p p lem en t, 25, pp. 107-130.
R obinson, E. (1841), B iblical Researches in Palestine, M ount Sinai, and A rabia Pe­
traea, vol. 3, Boston, reim preso en Nueva York. 1977.
— ( 1856a), L ater B iblical Researches in P alestine and in the A djacent Regions, Bos­
ton, reim preso en Nueva York, 1977.
— (1856b), B iblical Researches in Palestine and the A djacent Regions: A Journal o f
Travels in the Years 1832 and 1852, 2.a edición, vol. 1, C rocker & Brew ster, L on­
dres.
— ( 1857), Later B iblical Researches in Palestine and in the Adjacent Regions: A Jour­
nal o f the Travels in the Year 1852, vol. 3, C rocker & Brew ster, Boston.
— (1868), B iblical R esearches in P alestine a n d in the A d ja cen t Regions: A Jo u rn a l
o f Travels in the Year 1838, vol. 2, C rocker & Brewster, Boston.
Rogerson, J. y D avies, P. R. (septiem bre de 1996), «Was the Siloam Tunnel B uilt by
H ezekiah?», BA, 59(3), pp. 138-149.
R ollefson, G. O. (1983), «8,000-Year-Old Hum an Statues D iscovered at ‘Ain G hazal
(Jordan)», A SO R Newsletter, 35(2), pp. 1-3.
— ( 1997), « ‘Ain G hazal», en OEANE, vol. I , pp. 36-38.
R osen, S. A. (1996), «The C hipped Stone A ssem blage from H artuv», BASOR, 302,
pp. 41-50.
— (1997), «Tell», en OEANE, vol. 5. p. 183.
Ross, J. F. (1979), «Early Bronze Age Structures at Tell el-Hesi», BASOR, 236, pp. 11-21.
— (1987), «A Bibliography o f Early Bronze A ge Sites in Palestine», en ABI, pp. 315-
353.
Sarna, N. Μ. (1988), «Israel in Egypt: The E gyptian Sojourn and the E xodus», en
H. Shanks, ed., A ncient Israel: A Short H istoy fro m A braham to the Rom an D es­
truction o f the Temple», Prentice-H all, Englew ood Cliffs, pp. 31-52.
Sauer, J. (1982), «Syro-Palestinian A rchaeology, H istory and Biblical Studies», BA,
45(4), pp. 201-209.
Schaub, R. (1982), «The O rigins o f the Early Bronze A ge W alled Town C ulture of
Jordan», Studies in the H istory and A rchaeology o f Jordan, 1, pp. 67-75.
Schaub, R. y Rast, W. E. (1984), «Prelim inary R eport o f the 1981 Expedition to the
D ead Sea Plain, Jordan», BASOR, 254, pp. 35-60.
Schiffer, Μ. B. (1987), F orm ation Processes o f the A rchaeological Record, U niversity
o f New M exico Press, A lbuquerque.
202 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Schneider, T. (1994), «A Biblical N ame on a City of David Bulla: Azariah Son of Hil-
kiah», en AJR, pp. 62-63.
Schniedewind, W. M. (mayo de 1996), «Tel Dan Stela: New Light on Aramaic and
Jehu’s Revoit», BASOR, 302, pp. 75-90.
— (febrero de 1998), «The G eopolitical History o f Philistine Gath», BASOR, 309,
pp. 69-77.
Schovillc, Κ. N. (1978), Biblical Archaeology in Focus, Baker Book House, Grand
Rapids.
Shanks, H. (julio-agosto de 1987), «Avraham Biran: Twenty Years of Digging at Tel
Dan», BAR, 12(4), pp. 12-25.
— ( 1992), ed., The Rise o f Ancient Israel, Biblical Archaeology Socicty, Washington.
— (marzo-abril dc 1994), « ‘D avid’ Found at Dan», BAR, 20(2), pp. 26-39.
— (1996a, julio-agosto), «Is This Man a Biblical Archaeologist?» BAR, 22(4), pp. 30-
39, 62-63.
— ( 1996b, seticm bre-octubrc), «Is the Bible Right After All?» BAR, 22(5), pp. 30-37,
74-77.
— (1996c), Archaeology's Publication Problem, Biblical Archaeology Society, W ash­
ington.
— (1996d, julio-agosto), «Coin flip», BAR, 22(4), p. 9.
— (julio-agosto de 1997), «Face to Facc: Biblical M inimalists Meet their Challen­
gers», BAR, 23(4), pp. 26-42, 66.
Shiloh, Y. (1984), Excavations at the City o f David, /, 1978-/982. Qedem 19 M ono­
graphs o f the Institute o f Archaeology, The Hebrew University, Jerusalén.
— ( 1985), «The City o f David: 1978-1983», cn BAT, pp. 45 I -462.
— (1987), «The Caseinate Wall, the Four Room House, and Early Planning in the Is­
raelite City», BASOR, 268, pp. 3-15.
— ( 1989), «Judah and Jerusalem in the Eighth-Sixth. Centuries BCE», cn RE/, pp. 97-
105.
— (1994), «The Rediscovery o f the Ancient Water System Known as ‘W arren’s
Shaft.’», en AJR, pp. 46-54.
Shoham, Y. (1994), «A Group of Hebrew Bullae from Yigal Shiloh’s Excavations in
the City of David», cn AJR, pp. 55-61.
Singer, I. (febrero de 1988), «M erneptah’s Campaign to Canaan and the Egyptian
Occupation o f the Southern Coastal Plain of Palestine in the Ramesside Period»,
BASOR, 269, pp. 1-10.
— ( 1994), «Egyptians, Canaanites, and Philistines in the Period of the Emergence of
Israel», en FNM, pp. 282-338.
Soggin, J. A. (1984), A Histoy o f Ancient Israel, Westminster, Filadelfia.
Stager, L. (lebrero-mayo de 1990), «Shem er’s Estate», BASOR, pp. 277-278, 93-107.
— (1985, finales de noviembre), «The Archaeology of the Family in A ncient Israel»,
BASOR, 260, pp. 1-35.
— ( 1991 ), Ashkelon Discovered. From Canaanite and Philistines to Roman and M os­
lems, Biblical Archaeology Society, Washington.
— (1993), «Ashkelon», en NEAHL, vol. I, pp. 103-112.
BIBLIOGRAFÍA 203

— (1995), «The Im pact o f the Sea Peoples in C anaan ( 1 185-1050 BCE)», en ASHL,
pp. 332-348.
Stager, L. y Wolff, S. R. (verano de 1981), «Production and C om m erce in Tem ple
Courtyards: An Olive Press in the Sacred Precinct at Tel Dan», BASOR, 243, pp. 95-
102.
Stech, T., Muhly, J. y M addin. R. (1985), «M etallurgical Studies on A rtifacts from the
Tomb near ‘Enan, ‘Atiqot, 17, pp. 75-82.
Steiner, M. (julio-agosto de 1998), «It Is Not There: A rchaeology Proves a Negative»,
BAR, 24 (4), pp. 26-33, 62-63.
Stone, B. J. (m ayo dc 1995), «The Philistines and A cculturation: Culture C hange and
Ethnic C ontinuity in the Iron A ge», BASOR, pp. 7-32.
Strange, J. F. (1988), «Com puters and A rchaeological Research», en BTC, pp. 307-324.
— ( 1992), «Som e Im plications o f A rchaeology for New Testam ent Studies», cn J. H.
C harlesw orth y W. P. Weaver, eds., Wat H as A rchaeology to Do with Faith?, T ri­
nity Press International, Filadelfia, pp. 23-59.
Sussm an, V. (1980), «A R elief of a Bull from the Early Bronze A ge», BASOR, 238,
pp. 75-77.
Tadmor, H. (1985), «N ineveh, Calah and Israel: On A ssyriology and the O rigins of
Biblical A rchaeology», en BAT, pp. 260-268.
Taylor, J. G. (m ayo-junio de 1994), «Was Yahwch W orshiped as the Sun?» BAR,
20(3), pp. 52-61, 90-91.
T hom pson, T. (1974), The H istoricity o f the P atriarchal N arratives, de G ruyter,
Berlin.
— ( 1979), The Settlem ent o f Palestine in the Bronze Age; Series; Beihefte Zmot Tubin-
g er A tlas D es Vorderen O rients, Reine B, N r H, Ludw ig Reichert, W iesbaden.
Toombs, L. B. (1982), «The D evelopm ent o f Palestinian A rchaeology as a D iscipli­
ne», BA, 45(2), pp. 89-91.
Tubb, J. N. ( 1983), «The MB IIA Period in Palestine: Its Relationship with Syria and
its O rigin», Levant, XV, pp. 49-62.
Tushingham , A. (verano de 1992), «New Evidence Bearing on the Tw o-w inged
LM LK Stam p», BASOR, 287. pp. 61-65.
U ssishkin, D. (1982), «W here is Israeli A rchaeology G oing?» BA, 45(2), pp. 93-95.
— (1985), «Level VII and VI at Tel Lachish and the End of the Late B ronze Age in
Canaan», en PBIA, pp. 213-230.
— (enero-febrero de 1987), «Lachish: Key to the Israelite C onquest o f C anaan»,
BAR, 13(1), pp. 18-39.
— (1989), «N otes on the Fortifications o f the M iddle B ronze II Period at Jericho and
Shechem », BASOR, 276, pp. 29-53.
— (1997a), «Lachish», en OEANE, vol. 3, pp. 317-323.
— (1997b), «M egiddo», en OEANE, vol. 3, pp. 460-469.
Van B cek, G. W. (1988), «Excavation o f Tells», en BTC, pp. 131-167.
Van Seters, J. (1966), The H yksos: A N ew Investigation, Yale University Press, New
Haven.
— (1975), Abraham in H istory and Tradition, Yale U niversity Press, New Haven.
204 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BtBUA

— (1983), In Search o f History: Historiography in the Ancient World and the Onkins
o f Biblical History, Yale University Press, New Haven.
Wachsmann, S. (marzo de 1986), «Is Cyprus Ancient Alashiya? New Evidence from
an Egyptian Tablet», BA, 49(1), pp. 37-40.
Wapnish, P. (1997), «Middle Bronze Equid Burials at Tell Jemmeh and a Reexamina­
tion of a Purportedly ‘Hyksos Practice’», en HNHAP, pp. 335-367.
Ward, W. A. (1991), «Early Contacts between Egypt, Canaan, and Sinai: Remarks on
the Paper by Amnon Ben-Tor», BASOR, 281, pp. 11-26.
— (1992), «The Present Status of Egyptian Chronology», BASOR, 288, pp. 53-66.
— (1997), «Summary and Conclusions», en E. Frerichs and L. Lesko, eds., Exodus:
The Egyptian Evidence, Eisenbrauns, W inona Lake, pp. 106-1 12.
Ward, W. A. y Devcr, W. G. ( 1994), Scarab Typology and Archaeological Context. An
Essay on Middle Bronze Age Chronology, Van Sicien Books, San Antonio.
Watson, P. J. (1997), «Jarmo», en OEANE, vol. 3, pp. 208-209.
Weinstein, J. M. (invierno de 1981), «The Egyptian Empire in Palestine: A Reassess­
ment», BASOR, 241, pp. L28.
— (1984), «The Significance of Tell Areini for Egyptian-Palestinian Relations at the
Beginning of the Bronze Age», BASOR, 256, pp. 61-69.
— (1991), «Egypt and the Middle Bronze IlC/Late Bronze IA Transition in Palesti­
ne», Levant, XXIII, pp. 105-115.
— (1992), «The Chronology of Palestine in the Early Second M illennium BCE»,
BASOR, 288, pp. 27-46.
— (1996), «A W olf in Sheep’s Clothing: How the High Chronology Became the
Middle Chronology», BASOR, 304, pp. 55-63.
— (1997a), «Hyksos», en O EANE, vol. 3, pp. 133-136.
— (1997b), «Exodus and Archaeological Reality», en E. Frerichs y L. Lcsko, eds.,
Exodus: The Egyptian Evidence, Eisenbrauns, W inona Lake, pp. 87-103.
Wheeler, S. M. ( 1956). Archaeology from the Earth, Penguin Books, Baltimore.
Wood, B. (noviembre-diciembre de 1991 ), «The Philistines Enter Canaan - Were They
Egyptian Lackeys or Invading Conquerors?» BAR, 17(6), pp. 44-52, 89-90, 92.
Wright, G. E. (1937), The Pottery o f Palestine from the Earliest Times to the End o f
the Early Bronze Age, ASOR, New Haven.
— (1957), Biblical Archaeology, Westminster, Filadelfia.
— (1965), Shechem: The Biography o f a Biblical City, Me Graw-Hill, Nueva York.
— (1971), «The Archaeology of Palestine from the Neolithic through the Middle
Bronze Age», Journal o f the American Oriental Society, 91, pp. 276-293.
— (1974), «The Tell: Basic Unit for Reconstructing Complex Societies of the Near
East», en C. B. Moore, ed., Reconstructing Complex Societies: An Archaeological
Colloquium, ASOR, Baltimore, pp. 123-130.
— ( 1983), «What Archaeology Can and Cannot Do», en E. F. Campbell y D. N. Freed-
men, eds., BA Reader IV; (originalmente publicado en BA (1971), pp. 70-76), The
Almond Press, Sheffield, pp. 65-72.
Wright, M. (1985), «Contacts between Egypt and Syro-Palestine during the Protody-
nastic Period», BA, 48(4), pp. 240-253.
BJBLIOGRAFÍA 205

W right, R. B. (1997), «Photography o f Fieldwork and A rtifacts», en OEANE, vol. 4,


pp. 331-336.
Yadin, Y. (m arzo-abril de 1982), «Is the Biblical A ccount of the Israelite C onquest of
C anaan H istorically Reliable?» BAR, VII(2).
— (1985), «Biblical A rchaeology Today: The A rchaeological A spect», en BAT, pp.
21-27.
Yellin, J. y G unneweg, J. (1989), «Instrum ental Neutron Activation A nalysis and the
O rigin o f Iron A ge I C ollared-rim Jars and Pithoi from Tel D an», en R E I, pp. 133-
141.
Yoffee, N. y Congill, G. L., (1988), eds., The Collapse o f A ncient States and C iviliza­
tions, University o f A rizona Press, Tucson.
Yurco, F. J. (septiem bre-octubre de 1990), «3,200-year-old Picture o f Israelites Found
in Egypt». BAR, 16(5), pp. 20-38.
— (1997), «M erenptah’s [.v/V ] C anaanite Cam paign and Israel’s O rigins», en E. S.
Frerichs y L. H. Lesko, eds., Exodus: The Egyptian Evidence, E isenbrauns, W ino­
na Lake, pp. 27-55.
Zeder, M. A. (1996), «The Role o f Pigs in Near Eastern Subsistence: A View from the
Southern Levant», cn J. D. Seger, ed., Retrieving the Past: E ssays on A rchaelogi-
ca / Research and M ethodology. In H onor o f G us W Van Beek, Eisenbrauns, W ino­
na Lake, pp. 297-312.
Zertal, A. (septiem bre-octubre de 1991 ), Israel Enters C anaan - Follow ing the Pottery
Trail», BAR, 17(5), pp. 28-47.
Zevit, Z. (verano de 1984), «The K hirbet el-Qom Inscription M entioning a G oddess»,
BASOR, 255, pp. 39-47.
Ziffer, 1. (1990), A t That Time the Canaanites Were in the Land: D aily Life in Canaan
in the M iddle Bronze Age 22000-1550 BCE, Eretz Israel M useum , Tel Aviv.
Zohar, M. (1993), «D olm ens», en NEAEHL, vol. 1, pp. 352-356.
Zorn, J. R. (1994), «Estim ating the Population Size o f A ncient Settlem ents: M ethods,
Problem s, Solutions, and a Case Study», BASOR, 295, pp. 31-48.
INDICE ONOMÁSTICO

Los núm eros en cursiva remiten a las figuras

A arón, 124 A siria. 99


‘A b d u -H e b a. 99 A varis, 70, 76, 82, 85; véase también Tell el-
A b ra h a m , 86, 87 D a b 'a
A fu la . 54, 76 A vigad, N ., 157. 167. 168
A h a b , 147. 151. 154 'A yin S am iy u , 65
A h a ro n i, Y., 67. 109 A zaria, h ijo de H elcías, 168
A h -m o se , 85. 92 A z ec a (A zek ah ), 158, 167
‘A i, 50, 54, 60. 6 1 ,6 2 , 120, 124
‘A jju l. véase Tell e l-’A jjul
A k h e n a to n (A m e n o p h is IV ), faraó n . 99 B aal-zeb u l. d io s de E kron, 112, 113
A k k o (A cco ), 71. 82. 110 B ab e d h -D h ra '. 58. 60. 62
A la la k h (T u rq u ía). 81 B an ias. y a cim ien to de, 26, 29. 34. 35
A la sia . 99 B ar-A d o n , P.. 45
A lb rig h t, W. F.. 13. 16. 17. 20. 86. 87. 91. 99. B arkay, G .. 161, 162
125-126 , 133. 139. 166 B ash an , 124
A lt. A lb re c h t, 126 B atash , véase Tel B atash
A m a rn a , véase Tell e l-A m a rn a B ea c h . E. F„ 157
A m e ric a n P ale stin e S ociety, 15 B eck. P.. 68
A m ira n , R ., 52. 84, 98. 142 B ee r R esisim , 63. 64
A m m á n , en Jo rd a n ia, 98 B ee rsh e b a. 4 5. 127. 136. 158, 158
A m m o n , 135 B eit M irsim , véase Tell B eit M irsim
A m o s, pro feta. 154, 156, 157 B eit-A rie h , I.. 60
A n a to lia , 53 B en -D o r, M .. 76, 77
A p h e k , 74 B en -H ad a d , 148
'A p iru , 99 B eni A m ra n , trib u , 99
A ra d , 5 0 , 54, 6 0. 6 1 , 124. 136, 160. 164. B en-T or. A m n o n , 19, 53, 54. 59, 140
165 B erith , E l, tem p lo de, 96
A ra m . 135. 148 B eth S h an , 16. 26. 50. 61, 72, 74, 76. 80, 96,
Á ro e r, 158 98, 109. I l l , 118, 136
A rz a w a . 99 B eth S h ean , 93. 94. 96, 98
A sh d o d . 110, 112, 113, 118. 120, 138 B eth el, 6 1 . 7 4 ,9 3 , 9 4 , 120. 125
‘A sh e ra h , d io sa c an a a n ita , 82, 153, 164 B eth leh e m , 168
A sh k e lo n , 71, 74. 76. 80, 93. 104. 112, 118 B eth -S h e m e sh . 54. 61, 72, 138, 158, 161
A sh u rb a n ip a l. rey asirio . 11 B eth -Y erah , 61
208 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

Biblical Archaeologist, The , 16 D em sky, A ., 159


B ienkow sk i, P., 75 D essel, J. P., 28
B ietak, M ., 68, 70 D e u tse h e r P a lastin a-V erein, 15
B inford, L ew is R ., 22 D ever, W. G „ 14, 15, 16, 17, 1 8 -2 0 ,2 1 ,5 0 ,5 5 ,
B ir S afad i, 47 63, 6 5, 68, 70, 71. 76, 81, 82, 84, 85, 86, 88,
B iran, A ., 16, 1 7 ,2 7 , 8 0 ,8 1 ,9 6 , 136, 147, 150, 89, 92, 104, 105, 106, 109, 110, 125, 126,
151, 152 128, 129, 130, 131, 132, 141, 148, 153, 157,
B iridiya d e M eg id o , 99 163, 164
B lakely, J. A ., 28, 34 D or, 74, I 10
B le n k in so p p , Jo se p h , 22 D o th an . M „ 105, 109. 110, 118, 120
B liss, F. W „ 15 D o th a n , T „ 110, 111, 115, ¡16, 117, 122,
B oraas, R. S., 33, 63, 6 4, 65 129
B o rd reu il, P., 161, 164 D tager, 155
B o ro w sk i, O ., 138
B randi, B „ 59
B raun, E., 54 E arp , W yatt, 88
B right, Jo h n , 126 E bla, en S iria, 52
B ro n o w sk i, Jac o b , 43 É c o le B ib liq u e , 15
B roshi, M „ 60, 73, 77, 144, 157 E dom , 135
B ruce, F. K , 100 E g ip to , 52, 54, 59, 67, 72, 84, 85, 92, 93, 99,
B un im o v itz, S., 7 8, 92, 93 104, 105, 128
E g ló n , 124
Ein S h ad u d , 54
C ah ill, J., 138, 140, 168 E kron (Tell M iq n e), 112. 113, 116, 118, 120,
C airo , El, 99 122
C allaw ay, Jo se p h A .. I I , 12, 13, 14, 22, 132 E n B esor, y a cim ien to de, 59
C am p b ell, E. F„ 82, 96, 100 E n G e d i, 158
C an a a n , 1 8 ,2 3 ,7 2 ,8 2 , 86, 100, 101, 104, 109, ‘E nan, 52
1 10, I 1 I, 124, 125. 126, 128, 131 E p stein , C ., 45
C arm e lo , m o n te, 74 E sd rcló n , valle de, 55
C haney, M . L., 100 E u frates, río, 45
C h arlc sw o rth , J. H., 23 E n seb io , 13
C hipre, 122 Exum , J. C.. 106
C isjo rd a n ia, 64 E /.eq u ías, rey, 159, 161, 161, 167, 168
C lark , D. R „ 129
C lark , W. M „ 88, 89, 92
C lin e s, D . J. A ., 106 F a r’a h S u r, véase Tell e l-F a r’ah S ur
C o h en , R., 105 F en icia, 91. 135, 157
C oote, R. B., 129 F ilistca. 135
F in k e lste in , Isra e l, 53, 54, 55, 75, 78, 109,
1 10, 126, 127, 129, 130, 131 ; The A rchaeo­
D a b 'a , véase Tell e l-D a b ’a logy o f the Israelite Settlem ent, 128, 144,
D agón, d io s, I 13 157
D an, véase Tel Dan F ritz, V., 19, 100, 110; An Introduction to B i­
D avid, rey, 10, 104, 107, 111, 133, 136, 138, blical Archaeology, 19
150, 168
D avidson . L., 9
D avies, G. I., 14 G al, Z „ 73, 129, 144
D ebir, 16, 124, 125 G alilea, 73, 94
D eir e l-B a lah , 11 8 G a m aría s, h ijo d e S a la n , 168
ÍNDICE ONOMÁSTICO 209

G a rstan g , J., 22 Israel, 14, 16, 17, 18, 25, 82, 87, 91, 104, 106,
G ath , 112 108, 124-125, 132, 133, 135, 136, 142, 144 ’
G a za , 112 171
G e rsten b lith , P., 7 1
G ezer, 14, 15, 50, 54, 58, 6 0, 70, 74, 78, 82,
83, 93, 104, 136, 138 Jac o b , 86, 87
G ib eo n , 120, 161 Jeb el M u taw w a q , c am p o de d ó lm e n e s de,
G ib so n , S., 54 59
G ilat, 45 Jerem ías, 168
G itin , S., 110, 118 Jericó , 14, 16. 17, 22, 50, 5 4 , 58, 6 0 , 6 1 , 62,
G lu eek , N elso n , rab in o , 16 6 4 , 7 6 ,7 9 , 8 0 , 124, 158
G olán, 4 5, 64 Jerish e, 75
G o liat, 113 Jero b o am I, 151
G on en , R „ 49, 9 3 -9 4 , 9 6, 98 Jero b o am II, 147, 151, 154
G o p h e r, A ., 47 Jeró n im o , 13
G o p h n a , R „ 5 3 , 54, 60, 6 3, 64, 6 5, 73, 75, J e ru sa lé n , 17, 7 2, 74, 7 5 , 94, 128, 136, 139-
79 140, 140, 157, 158, 160, 161, 166, 167-
G o re n , Y., 63 169
G reen b erg , M ., 100 Jesú s, 10
G u n n e w e g , 116 Jez ra e l, valle de, 74, 94, 128
Jo aq u im , rey, 168
Jo ffe, A ., 98
H aim an , M ., 63 Jo rd án , valle del, 53, 58, 74, 79, 98
H alpern , B., 148 Jo rd a n ia, 17
H a n bury -T en iso n , J., 52, 53, 54, 58, 59, 60 José, p a tria rc a , 87
H ar Y eru h an i, 64 Jo sefo , 85
H a rre lso n , W ., 99 Jo sías, rey, 166
H artuv, 5 4 Jo su é, 22, 82, 100, 101, 124
H asel, 101, 104 Ju d á, 74, 128, 133, 135, 136, 142, 157-164,
H atti, 99 165, 166, 171
H ayes, J. H „ 84, 85 Ju d ea , 6 1 ,7 4 , 107, 142, 144, 161, 164, 169
H ayes, W. C „ 104
H azael, 148
H azor. 17, 50, 54, 60, 6 1, 62, 7 2, 7 4 , 75, 77, K abri, 75
78, 81, 82, 9 3, 94, 96, 97, 98, 124, /2 7 , 136, K a d esh -B a rn e a (Tell e l-Q u d e ira t), 105, 162
138, 142, 144 K a-m o se, 85
H ebrón, 7 4 , 124, /2 7 , 163 K au fm an , 1. T., 155
Hendel, R. S „ 87, 88 K en ip in sk i, A „ 68, 73, 74, 75, 76, 78, 79, 82,
H err, L. G „ 98, 136, 138, 142, 144, 154, 159 83, 84, 85
H esi, véase Tell el-H esi K enyon, K a th le en , 16, 17, 18, 4 5 , 55, 60, 62,
H iram , rey de T iro , 122 6 7 , 7 1 ,7 8
H olladay, J., 134 K far R u p in , k ib b utz, 73
H om ero, 19 K h irb et e l-Q o m , 160, 162-163
H uía, valle de, 144 K hirbet G h azza, 160
H uleh, valle de, 52, 77 K h irb et Isk an d er, a se n ta m ie n to fo rtific a d o , 63,
64
K ing, P h ilip J,, 16, 24, 157
Han, D ., 68, 7 1 , 7 2, 76, 78 K itch en , K. A ., 8 8-89, 108
Isaac, 86, 87 K n o p p ers, G . N ., 21, 138, 150
Israel Antiquities A ulhorithy, 26 K u n tillet ‘A jru d , 153, 160, 162, 162-164
210 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

L a b ’ayu, 99 M o isés, 12, 87, 101, 104, 124, 125, 128


L a c h ish , 13, 5 0, 54, 60, 6 2, 74, 7 8, 93, 94, 96, M o m m se n , H ., 161
97, 109, 125, 136, 138, 157, 158, 160, 161, M oorey, P. R. S., 12, 16, 17, 1 9 ,4 5
165, 166-167 M o ran , W, L „ 99
L aish (D an ), 72
L ance, H. D ., 19, 23, 33, 34, 39
L an d sb erg er, 100 N a ’a m an , N „ 9 9, 109, 110, 138
L a p p , P., 62 N ab u co d o n o so r, 166
L app, Paul, 172 N ah ariy a, 75, 82, 83
L ay ard , H enry, 1 1 ,1 2 N ak h ai, B. A ., 33, 96, 151
L e m a ire , A ., 164 N av eh , 136
L e m c h e , N. P., 100 N eguev, 53, 59, 6 3, 64, 74, 98, 124, 142, 158
L e o n a rd , A. J., 92 N ilo, d elta d el, 76, 84, 85
Levy, T., 4 5, 47 N inive, 1 1 ,1 2
L inah, 124 N o th , M .. 126
L loyd, S., 11
L o ftu s, W. Κ ., 13
L o n d o n , G ., 129 O m ri, 154
L o n g staff, T. R. W ., 38 O p p e n h eim , 166
L yon, D. G ., 14 O ren , E. D „ 76, 84, 94, 98
O tto sso n , M ., 9 6

M acalister, R. A . S „ 14, 25
M ah o m a , 10 P a le stin a, 13, 14, 16, 17, 1 8 ,2 3 ,4 3 , 5 2 ,5 3 , 5 5 ,
M ala m a t, A „ 72, 105 59, 6 0, 61, 63, 65, 67, 71, 73, 75, 76, 83, 84,
M an e tó n , 85 8 5 ,9 3 ,9 4 , 96, 105, 107, 108, 111, 126, 131,
M ari (M e so p o ta m ia ), 76 133, 141, 171, 172
M attingly , 16 P alestin e E x p lo ra tio n Fund, 15
M azar, A ., 17, 18, 4 5, 53, 55, 6 8, 79, 82, 87, P alu m b o , G ., 52, 60, 63, 63, 64
96, 97, 9 8, 109, 110, 118, 119, 121, 132, Pard ee, 164, 166
141, 142, 155, 158, 159, 161, 165, 166 P ella, 76
M azar, B ., 16, 68 P etrie, sir F lin d ers, I I , 13-14, 17, 25
M e C arter, P. Κ ., 87, 125 P itt-R iv ers, ten ien te g en eral, 25
M cd in e t H ab u , te m p lo de, 110, 111 P o p e, A le x an d e r, 9 ; A n Essay on Criticism, 9
M cg id o , 14, 16, 29, 50, 5 4, 55, 61, 62, 7 5, 76, Po rtu g al i, J., 73
80, 82, 91, 93, 94, 96, 109, 136, 138, 142, P ritc h ard , Jam es, 104
144
M ek al, dios, 96
M en d e n h a ll, G ., 126, 128 Q asile, véase Tell Q asile
M ern ep ta h , faraó n , 101, 102, 103, 105 Q o m , el-, 153
M esad H ash av y ah u , 160, 164
M esh e, 136
M esh el, Z e ’ev, 162 R ad d an a, 120
M eso p o ta m ia , 12, 53, 67, 7 2, 7 8, 89 R ainey, A . F., 155
M evorak h , 75 R am at R ah el, 161, 168
M eyers, C ., 141 R am sé s III, faraó n, 109, 110, 111, 115
M iller, J. M „ 104, 134, 135 R assam , H o rm u z d , 11-12
M iq n e-E k ro n , Tell, 110, 119, 122 R a w lin so n , sir H enry, 11
M ittani, 99 R ed fo rd , D. B ., 84, 106
M oab, 135 R eisn er, G , A ., 15
INDICE ONOMÁSTICO 211

R ichard, S., 52, 5 4, 59, 6 0, 6 1 , 63, 6 4, 65 Tel el-Y eh u d iy eh , 84


R ob in so n , E d w ard , 13 Tel e n -N a sb e h , 157, 158, 161
Tel ‘E ran i, 59, 60
Tel ‘Ira, 158
S alo m o n , rey, 87, 122, 133, 136, 138, 139, Tel K ab ri, 74
141, 143 Tel N a g ila h , 76
S am a ria , 14, 16, 73, 74, 96, 136, 142, 144, Tel P oleg, 75, 84
/5 4 ,1 5 4 - 1 5 5 , 156, 160 Tel Q adesU , 61
S a n -U sert I, 72 Tel S e ra ', 98
S arna, N . Μ ., 105 Tel Y arm uth, 54
S aúl, 104 T eleilat G h a ssu l, 4 5 , 4 7 ,4 8
Saulcy, F. de, 140 Tell B eit M irsim (T B M ), 16, 61, 62, 7 6 , 91, 98,
S ch au b , R. T., 52, 63 125, 158
Schiffer, Μ . B ., 32 Tell e d -D u w eir, 166
S c h n ie d e w in d , W. M ., 135, 148 Tell el A jjul, 74, 76, 8 3 ,8 5 ,9 1
S efelà, 54, 124, 158, 166 Tell e l-A m a rn a , 99-1 0 0
S e llin , 25 Tell e l-D a b ’a, 70, 75, 82, 84, 85
S e n a q u erib , 166 T ell e l-F a r’ah Sur, 50, 98, 109, 111, 1 18
Sh an k s, H „ 130, 152 Tell e l-H a y y at, 75
S h a ru h e n , 85 Tell e l-H e si, I I , 13, 14, 15, 98
S h e e h em , 1 6 , 7 0 ,7 2 , 7 4 ,7 5 , 76, 81, 86, 9 4, 96, Tell e l-Q u d e ira t, 105
99, 127 Tell Jem m eh , 98
S hiloh, Y., /2 7 , 140, 168 Tell Q asile, 16, 1 18, 1 19, 120, 121, 123
S h iq m im , 45, 47 T ew o sret, 92
S h ish a k , 142 T h o m p so n , T. L., 86, 87, 89
S h u n ah N o rte, 58 Till, E l, 99
Sinaí, d e sie rto d el, 44, 4 5 , 59, 64, 105 Time, rev ista. 9
S inger, I., I l l , 1)3 T o o m b s, L, E., 34
S in u h é, 72 T ran sjo rd a n ia , 16, 4 5 , 53, 55, 57, 59, 63, 64,
S iria , 4 5 , 53, 6 5 , 7 1 , 75, 7 8, 82, 83, 84, 85, 109, 124, 130, 135
91 T su k , T., 47
Sm ith, Eli, 13 T ubb, J. N „ 71
S m ith, G eo rg e, 11-12 T u sh in g h am , 162
S tager, L „ 107, 110, 111, 117, 118, 129
Starkey, J. L „ 166
S tein er, M ., 138 U m m H am m ad , 58
S tran g e , J., 2 1, 36 U ssish k in , D ., 1 7 ,9 2 ,9 3 , 166

T a’a nach , 61, 6 2 , 7 6, 136, 153, 163, 164 Van B eek , G. W „ 33, 34
T arler, D „ 140, 168 Van S eters, J„ 84, 86, 87, 89
T aylor, J. G „ 153 V aux, P. de, 21, 62, 86, 87, 104, 107
T ebas, 7 2 , [0 1 , 110 V ries, Jan de, 38, 153
Tel A bel B eit M a ’a cah , 61
Tel B atash , 161
Tel D an, 16, 17, 27, 37, 5 7, 60, 61, 6 2, 71, 74, W ard, W. A ., 59, 68, 70, 104, 106
79, 76, 80, 81, 8 0, 81, 136, 1 4 4-154, 145, W arren, 168
146, 147, 148, 149, 150, 151, 152, 153, 155, W atzin g er, 25
160 W eaver, W. P., 23
Tel e l-F a h ’ ah N o rte, 58, 6 1 ,9 4 W ein stein , J. M ., 68, 84, 85, 86, 92, 104, 105
212 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

W h eeler, sir M o rtim er, 11, 14, 18, 29 Y arkon, c u en c a del, 74


W illis, W „ 23 Y arm uth, 50, 60
W ilso n , Jo h n , 84, 110, 105 Y avne Y am , Tel, 74, 7 7 ,8 1
W ood, B „ 111 Y urco, F. J „ 104, 105
W rig h t, G . E., 16, 20, 82, 96, 126

Z ev it, 164
Y adin, Y„ 17, 20 Z e v u lu m , U ., 68
Y a n o a m ,104 Z o h ar, 59
IN D IC E D E FIG URA S

2.1. «D atación por secu en cias» de Petrie en Tell e l - H e s i ..................... 15


3.1. Tel Beth S h a n .................................................................................................. 26
3.2. Plano topográfico de Tel D an, en el que se observan las áreas
de excavación de la cam paña de 1992 .............................................. 27
3.3. E xcavación arq u eológica realizada a partir del m étodo de la
«cuadrícula» ................................................................................................ 30
3.4. S ecc ió n que m uestra una serie de estratos superpuestos . . . . 31
3.5. E xcavación arq u eológica en la que se em p lea el m étodo de la
«zanja e s c a lo n a d a » ..................................................................................... 33
3.6. D ibujo de un perfil e s tr a tig r á fic o ............................................................ 37
4 .1 . M apa de los y acim ien tos n eo lítico s p r e c e r á m ic o s ......................... 44
4 .2 . M apa de los principales y acim ien tos cerám icos del N e o lític o y
el C a l c o l í t i c o ................................................................................................ 46
4 .3 . T esoro c a lco lític o d e cob re p rocedente del d esierto de Judea,
prim era mitad del IV m ilen io a.C ., N ahal M i s h m a r ................... 47
4.4 . Figurillas ca lco lítica s de m arfil, prim era m itad del IV m ile­
nio a .C ................................................................................................................ 48
4.5 . O sario c a l c o lí t ic o .......................................................................................... 49
4.6 . M apa de los yacim ien tos de la Edad del B ronce A n tigu o . . . 51
4.7 . T ip ología cerám ica del B ronce A n tigu o I I I .................................... 57
5.1 . M apa de los yacim ien tos de la Edad del B ronce M ed io . . . . 69
5.2 . M uralla en talud de la Edad del B ronce M ed io en Tel D an . . 79
5.3. Puerta de la Edad del B ronce M edio, Tel D a n ................................. 80
5.4. M od elo de reconstrucción de la puerta de la Edad del B ronce
M edio, Tel D a n ............................................................................................ 81
6.1 . M apa de los y acim ien tos de la Edad d el B ronce Tardío . . . . 95
6 .2 . Planos de los tem p los de la Edad del B ronce Tardío, H azor . . 97
6.3a. E stela de M erneptah «E stela de Isr a e l» ................................................ 102
6.3b. D ibujo de la estela de M erneptah con el nom bre de «Israel» en
d etalle ............................................................................................................ 103
ÍNDICE DE FIGURAS

Escena que refleja la batalla ente R am sés III y los Pueblos


del M a r ..................................................................................................... 112
Mapa de los yacim ientos de la Edad del Hierro I ...................... 114
Cerámica filistea .................................................................................. 1 16
Sarcófago antropomorfo en a r c i l l a ................................................ 117
Mapa topográfico de Tell M iqn e-E k ron ......................................... 119
Reconstrucción de un hogar g r i e g o ................................................ 120
La « A sh d o d a » ......................................................................................... 121
Plano del tem plo filisteo de Tell Q a s ile ......................................... 123
Mapa del asentam iento israelita a finales de la Edad del
Hierro I ....................................................................................................... 127
Mapa de los yacim ientos de la Edad del Hierro I I ................... 137
Plano de las puertas «salom ónicas» del siglo x a.C .................... 139
M apas de los posibles lím ites de Jerusalén en la Edad del
H i e r r o ........................................................................................................ 140
E xcavaciones en la Ciudad de D a v i d ............................................. 141
Reconstrucción del tem plo de S a lo m ó n ......................................... 143
Mapa topográfico de Tel D a n ............................................................ 145
Puertas de la Edad del Hierro en Tel D a n ..................................... 146
Piedras en posición vertical; m asseb ot, en Tel Dan. Puerta de
la Edad del H ie r r o .................................................................................. 147
Podio con banco de piedra caliza, Tel D a n .................................. 148
E ste la aram ea, T el D a n . C o rtesía d e la s e x c a v a c io n e s
de Tel D a n .............................................................................................. 149
Área T de Tel Dan, b a m a h ................................................................... 150
Área T de Tel Dan, l i s h k a h ............................................................... 151
Cabeza de cetro de bronce y p l a t a ................................................. 152
Área T de Tel Dan, contracción de piedra e n y e s a d a ............... 153
Plano de la acrópolis de S a m a r ia .................................................... 154
Ó straca de S a m a r ia .............................................................................. 155
Marfil de Samaria, «la mujer en la v e n t a n a » .............................. 156
Plano general de Beersheba en la Edad del Hierro II, nivel II . 158
Plano del túnel del rey E z e q u í a s .................................................... 159
A sa de jarra estampillada. La inscripción dice «LM LK» . . . 160
Dibujo de la inscripción de la jarra de Kuntillet ‘Ajrud,
«a Yahweh y su A sh e ra h » ................................................................... 162
Altar de Ta‘anach, finales del siglo x a.C ....................................... 163
Plano general de L a c h i s h ................................................................... 165
Construcciones dom ésticas, excavaciones de la «Ciudad de
D a v i d » ....................................................................................................... 167
INDICE

Lista de abreviaturas ....................................................................................... 7

1. Introducción: la arqueología y la Biblia ........................................... 9

2. Una breve h isto r ia ....................................................................................... 11


Hormuzd Rassam ( 1 8 2 6 - 1 9 1 0 ) ...................................................... 11
Henry Layard.......................................................................................... 12
Edward Robinson ( 1 7 9 4 - 1 8 6 3 ) ...................................................... 13
Sir Flinders Petrie ( 1 8 5 3 - 1 9 4 2 ) ...................................................... 13
De Petrie hasta el p resen te................................................................. 14
D e Petrie hasta la primera guerra m u n d ia l............................. 14
1918-1940 .......................................................................................... 16
1 9 4 8 -1 9 7 0 .......................................................................................... 17
De 1970 hasta la actualidad ...................................................... 17
La arqueología y la B i b l i a ................................................................. 18

3. Cómo se hace: introducción al trabajo de c a m p o ............................. 25


Selección de y a c im ie n to ..................................................................... 25
El trabajo de c a m p o ............................................................................ 28
E s tr a tig r a fía .......................................................................................... 29
«Locus» ................................................................................................. 33
La numeración de las b o ls a s ............................................................. 34
Registro informático y análisis ...................................................... 36
Arquitectos y top ó g rafo s.................................................................... 38
Pub licaciones.......................................................................................... 39
Apéndice: una nota c r o n o ló g ic a ...................................................... 40

4. El nacimiento de la civilización: del N eolítico a la Edad del


Bronce (c. 8500-2000 a.C.) 43 ..........................................................
Los an teced en tes................................................................................... 43
El período neolítico............................................................................... 45
216 LA ARQUEOLOGÍA Y LA BIBLIA

El período calcolítico ........................................................................ 45


La Edad del Bronce Antiguo .......................................................... 50
La Edad del Bronce Antiguo 1 (3300-3000 a.C.) ............... 52
La cerámica del Bronce Antiguo I ........................................... 55
Las prácticas funerarias de la Edad del Bronce Antiguo I . 58
Las conexiones egipcias ............................................................. 59
La Edad del Bronce Antiguo II-TII (3000-2300/2200 a.C.) . 60
La Edad del Bronce Antiguo IV (2300/2200-2000 a.C.) . . 62
C o n c lu s io n e s .............................................................................................. 65

5. La Edad del Bronce Medio (2000-1550 a.C.) ................................. 67


La cronología de la Edad del Bronce Medio ............................. 68
El origen de la Edad del Bronce M e d i o ........................................ 71
Los textos h is tó r ic o s ............................................................................ 72
Los patrones de a se n ta m ie n to .......................................................... 73
La arquitectura de la Edad del Bronce M e d io ............................. 75
Restos de tipo d o m é s tic o ............................................................. 76
P a la c io s .............................................................................................. 76
Fortificaciones ............................................................................... 77
Templos - lugares de c u l t o .......................................................... 81
Artes y o f i c i o s ....................................................................................... 82
A r m a s ................................................................................................. 83
La ce rá m ic a ....................................................................................... 84
El período H i c s o ................................................................................... 84
El fin de la Edad del Bronce M e d i o ............................................... 86
El Bronce Medio y la B ib lia ............................................................. 86

6. La Edad del Bronce Tardío ( 1550-1200 a.C.) ................................. 91


C r o n o lo g ía .............................................................................................. 92
La p o b la c ió n .......................................................................................... 93
Vestigios a rq u itectó n ico s........................................................................ 94
D o m é s t ic o s ....................................................................................... 94
Los te m p lo s ....................................................................................... 96
Los palacios; las casas p a t r i c i a s ............................................... 98
La cerámica de la Edad del Bronce T a r d ío ............................. 98
La «Epoca de A m a r n a » ..................................................................... 99
El problema del Exodo ..................................................................... 101

7. La Edad del Hierro I (c. 1200-1000 a .C .) ........................................... 108


El fin de la Edad del Bronce Tardío y el com ienzo de la Edad
del Hierro I: terminología y fechas ............................................... 109
INDICE 217

Los Pueblos del Mar: los f i l i s t e o s .................................................. 110


Los f ilis t e o s ...................................................................................... 111
El nacimiento del antiguo «Israel» ............................................... 124
M odelos de interpretación de la ocupación de Canaán por
« I s r a e l» .............................................................................................. 125
C o n clu sio n es.......................................................................................... 131

8. La Edad del Hierro II (1000-550 a . C . ) ...............................................


Introducción: la arqueología y la B i b li a ........................................ 133
La Edad del Hierro II. Introducción g en er a l................................ 135
Los vecinos de I s r a e l.................................................................... 135
La Edad del Hierro lia: la Monarquía Unida (c. 1000-923 a.C.) . 136
Jerusalén .......................................................................................... 139
Los asentamientos del N e g r e v .................................................. 142
La Edad del Hierro Ilb-c (923-550 a.C.) .................................... 142
Israel (923-722/721 a . C .) ............................................................. 144
Judá en la Edad del Hierro Ilb-c (c. 923-550 a . C . ) .................. 157
La e s c r itu r a ...................................................................................... 159

E p í l o g o ................................................................................................................ 171
N o t a s .................................................................................................................... 173
B ib lio g r a fía ......................................................................................................... 183
índice o n o m á stico .............................................................................................. 207
Indice de figuras .............................................................................................. 213