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Así se inventaron las brujas

Publicado por Martín Sacristán

El aquelarre (detalle), por Francisco de Goya, (1797-1798).

Cada vez que imaginamos a una bruja volando en escoba, deberíamos pensar en él. Un monje
viejo, ascético y lleno de achaques, que recorre los caminos de la Europa medieval, en
dirección a Roma. En las paradas su hábito ha ido llenándose de piojos y pulgas. Su condición
de legado papal no le ha servido contra los insectos. Tampoco para impedir ser expulsado por
el obispo de su diócesis, en el Tirol. El prelado estaba harto de que lo acosase, día tras día,
solo para decirle que existen gentes que adoran al demonio, y lo convocan en sus reuniones
nocturnas. Cuentos de campesinos, le responde su superior jerárquico. Estupideces de viejo
senil. El obispo ha intentado explicarle las sutilezas de la teología, haciendo hincapié en que la
influencia del ángel caído inclina al hombre al pecado, como enseña la Biblia y los padres de la
Iglesia. Pero desde luego no se aparece desde el Infierno para pactar con él.

Pero con Konrad de Marburgo todo razonamiento es inútil. Tiene en los ojos la mirada febril
del iluminado. Como si aún estuviera entrando en la iglesia de Santa María Magdalena, en
Beziers, sur de Francia, y contemplando a las siete mil personas degolladas en su interior.
Aquellos herejes cátaros estaban refugiados allí, rezando, para pedir a Dios que les salvara de
la salvaje persecución a que estaba sometiéndolos el papado y el rey francés. Pero Dios les
había castigado. Él había estado allí, y en el resto de lugares donde se reprimió el movimiento
cátaro. Pudo observar cómo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, ordenaba que
a los prisioneros se les sometiera a la cuna de Judas. Desnudos, atados por las muñecas y
sostenidos en el aire por una cuerda, eran arrojados contra un saliente de hierro hasta
desgarrarles el ano y el perineo. Todos, sin excepción, confesaron su pecado de sodomía. Peor
aún, aseguraron que habían predicado a sus fieles que si hacían el amor usando este método,
no pecarían. Porque el Señor había hecho el sexo para la reproducción, y sin ella no había
pecado. Eran herejes, malvados, personas que querían impedir la salvación eterna de las
almas de los cristianos.
La visión de los hechos de Konrad, y de todos lo que participaron en aquella cruzada, está
contenida en la crónica de Cesáreo de Heisterbach. En ella se recoge la famosa frase
«Matadlos a todos, que Dios en el Cielo distinguirá a los suyos». Es la supuesta contestación
del papa Inocencio III a Arnoldo Almarico, inquisidor general y jefe de los ejércitos cruzados,
que le preguntaba cómo distinguir a los herejes de quienes habían seguido siendo buenos
cristianos, para no matar inocentes. La frase, seguramente, sea apócrifa, lo mismo que el resto
de la narración, la cual no es sino un panfleto, hecho con refritos de los juicios inquisitoriales y
con continuas alabanzas al exterminio de cátaros. Lo importante no es la verdad o mentira que
contiene, sino la idea que la obra transmite: que un conjunto de rebeldes pueda amenazar a
toda la sociedad y destruirla con ayuda de Satanás. Tal creencia quedó profundamente
arraigada, tanto en la Iglesia como en la sociedad medieval. Fue el origen de la Inquisición
como hoy la conocemos, y de las supersticiones que encenderían las hogueras en Europa y en
sus colonias. Konrad iba a ser, sin saberlo, su mejor representante.

Mientras recorría el camino que le separaba de Roma, el monje recordaba esos hechos. Sin
ser consciente de que había sido manipulado por una campaña de propaganda. Ideada por el
papa Inocencio III y por el rey de Francia Felipe II Capeto. Pretendían detener un movimiento
que era a la vez independentista, y contrario a pagar impuestos al papado. La región en que
había florecido, Occitania, era rica por su comercio con el Mediterráneo y por su clima benigno
que favorecía la agricultura y la ganadería. Contaba además con una lengua propia, diferente
de la hablada en París. Incluso con una orden religiosa, la de los cátaros, que había
conquistado el corazón de las gentes al predicar la pobreza. Impedían a los sacerdotes cobrar
por los sacramentos, librando del Infierno a los más pobres que no podían casarse, bautizar a
sus hijos o recibir la extremaunción. Aseguraban que las iglesias tenían que ser modestas, sin
adornos de oro ni plata. Y que ningún cristiano estaba obligado a pagar impuestos adicionales
al papa.

Lo que vieron Konrad y otros como él no fue este proceso político, sino a una multitud enorme
de herejes que en los juicios confesaban haber querido destruir las imágenes de Cristo, de la
Virgen, y los santos. Que querían prohibir los sacramentos. Y promover el intercambio de
parejas entre matrimonios. Eran adoradores del mismo Satanás. La opinión pública, que se
había horrorizado cuando el papa ordenó por primera vez una cruzada contra cristianos, quedó
tranquila al conocer los pecados cometidos por los seguidores del catarismo.

Konrad añadió a eso su mito sobre las brujas y los adoradores del demonio. No era un genio, ni
un gran inventor de cuentos. Solo había recogido aquí y allá ideas sueltas que pudieran
justificar sus delirios. La mayor aportación de una fuente escrita la obtuvo de un canon
legislativo reunido por el obispo Burcardo de Worms. Compilada cien años antes, se refería a
documentos aún más antiguos. Uno de ellos fechado en el momento en que ciertas tierras del
imperio carolingio se hallaban recién cristianizadas. El obispo Burcardo, tomándolo de ejemplo,
da por cierto que existe un culto cuyos partícipes se reúnen a la luz de la luna para realizar los
«vuelos de Diana». Sus asistentes creen salir volando y entrar en contacto con espíritus
malignos. Puede que en el siglo VIII quedasen restos de cultos paganos a la diosa protectora
de la naturaleza, y que sea a eso a lo que se refiere el texto. Pero desde luego a principios del
siglo XIII, con la Iglesia implantada en todas partes, ya no era posible.

Pero Konrad sí había crecido en una región donde las supersticiones que hoy los etnólogos
consideran restos del paganismo seguían presentes. No eran ya más que ritos de buena
suerte, transmitidos de padres a hijos, destinados a alejar la desgracia o a favorecer las
cosechas y la ganadería. Ideas como cruzar un hacha en la puerta para que las tormentas se
partieran en dos, haciendo desaparecer los rayos. O dejar algunas migajas de pan en las rocas
de las montañas, porque los espíritus del bosque se aparecían de noche para comérselas. Y
así las ovejas y cabras de las gentes engordaban más al pastar, y quedaban libres de
enfermedades. Todo serviría para alimentar el mito en la mente del inquisidor.

En cualquier otro momento histórico, e incluso con otro papa en el trono de san Pedro, Konrad
hubiera sido echado a patadas de Roma. Pero sus delirantes historias sobre adoradores del
diablo eran lo que necesitaba el nuevo pontífice, Gregorio IX. Estaba reuniendo las leyes
canónicas en un único código, que iba a ser la fuente del actual derecho canónico. Dentro de
sus muchas reformas, se incluía la de la Inquisición. El pontífice quería que fuera permanente,
en vez de convocarla cada vez que aparecían herejes, disolviéndola después. Para justificar
esta medida consiguió que ciertos teólogos aseguraran que la herejía existía siempre, y por
tanto había que perseguirla continuamente.

Gregorio IX escuchó con interés la denuncia de Konrad, hablándole de la injusta expulsión


hecha por su obispo, cuando él solo quería cumplir su papel de inquisidor. Y eso le inspiró al
papa una idea que pasó a formar parte de las leyes inquisitoriales. A partir de entonces, todo
obispo estaría obligado a buscar regularmente en sus diócesis evidencias de herejía. Si no las
encontraba, podía ser denunciado por un inquisidor, y apartado de su cargo. De ese modo, un
prelado como el del Tirol nunca hubiera podido expulsar a Konrad. Y la autoridad de los
inquisidores quedaba por encima de la de los obispos.

El aquelarre o El gran cabrón (detalle), por Francisco de Goya (1823).

Es fácil imaginar que Konrad pudiera haber hecho otra sugerencia al papa. Su tierra de origen
era parte del Sacro Imperio Romano Germánico, donde la hoguera se había hecho muy
popular como pena máxima a los traidores. Qué mayor traición que la de un hereje a Dios, y
qué mejor castigo que las llamas para él. Fruto de su influencia, o de la de la época, lo cierto es
que el fuego quedó instaurado como el castigo a los herejes. Y las llamas de la Inquisición
arderían en las plazas públicas desde entonces.

Pero la aportación indiscutible de Konrad es la que hoy constituye el segundo gran símbolo de
la Inquisición, junto a las llamas. Brujas, aquelarres y adoración del demonio salieron de su
prolífica imaginación, y lo sabemos gracias a la Gesta Treverorum, mandada redactar por su
amigo el arzobispo de Tréveris. El objetivo de esta crónica era dar relevancia a los hechos
llevados a cabo por los obispos de esa ciudad, haciendo especial hincapié en los
acontecimientos más modernos. Como las persecuciones contra herejes llevadas a cabo por
Konrad, que no tardó en ganarse la fama de admitir como cierta cualquier denuncia, siempre
que el motivo de sospecha fuera la brujería o el culto al diablo.

La crónica es escrupulosa al detallarnos las confesiones obtenidas por el monje, convertido en


inquisidor oficial por el papa Gregorio IX, y en las que tenía experiencia desde la persecución
cátara. Consiguió que sus víctimas afirmasen haberse reunido de noche y dar inicio a su
ceremonia quedándose completamente desnudos. Después confirmaban su pertenencia a la
secta besando el ano de sus compañeros, sin importar el sexo, como forma de reconocimiento
mutuo. Cuando el ritual estaba en su apogeo, se les aparecía un hombre calvo, de piernas muy
velludas, que sodomizaba a todos los hombres presentes. Y penetraba hasta la última de las
mujeres. Se hacían llamar a sí mismos luciferinos, por adorar a Lucifer, el ángel caído que se
rebeló contra Dios.

Puede parecer una imagen manida, pero esta es la primera descripción de un aquelarre en
Europa. Incluyendo una mención indirecta a lo que, con el tiempo y la labor de los inquisidores,
serían las brujas.

De hecho no hay, ni en la literatura, ni en los documentos oficiales, una sola mención a rituales
de brujería como el descrito antes de la Cronica Treverorum, del siglo XIII.

Las últimas ejecuciones en la hoguera de herejes se harían en la Europa del siglo XVIII.
España tardaría aún cien años más. En 1823 la política conservadora volvía a instaurar algo
llamado Juntas de Fe, revestidas de los mismos poderes que la Inquisición, abolida por los
liberales. Francisco de Goya pinta en ese mismo año su segundo aquelarre, el sombrío. Una
multitud de mujeres, sobre todo ancianas, están reunidas ante la aparición del demonio en su
forma de gran cabrón. La capacidad crítica del artista está en su apogeo, y la deformación de
los rostros, lo mismo que el diablo aparecido, son una denuncia de la absurda vuelta atrás que
su país estaba viviendo. Una caricatura. A la vez, y sin él saberlo, estaba elevando las
delirantes imágenes de Konrad de Marburgo a la categoría de arte moderno, preludiando los
lenguajes de la ilustración, la novela gráfica y el cine. Y anunciando algo que pasó tres años
después. Un maestro valenciano fue acusado de hereje, ahorcado, y su cuerpo encerrado en
un barril pintado con llamas que fue arrojado al río. El tribunal pidió quemarlo, pero no se lo
permitieron. Fue la última víctima de la Inquisición, en el tardío año de 1826.

Después de conocer al papa, Konrad regresó a su tierra de origen. Pero ya no llevaba consigo
solo sus obsesiones. También unos nuevos poderes, amparados por la ley que daba origen a la
Santa Inquisición, y desconocidos hasta entonces. De acuerdo a ellos, un denunciante no
podía desdecirse, o era acusado él mismo de hereje. Ahora los testigos se mantenían siempre
fieles a su primera declaración, sentenciando al culpable, que además podía ser sometido a
tortura si el inquisidor así lo solicitaba. Y desde luego que Konrad lo solicitó.

La Gesta Treverorum asegura que gracias a él fueron quemados doscientos treinta y siete
herejes en Stein, y otros ochenta entre mujeres, hombres y niños, en Estrasburgo. Pero no
eran unos simples herejes más, sino unos nuevos cátaros. Konrad inventó para ellos un
nombre, los luciferinos, adoradores de Lucifer, y el ritual, antes mencionado, de besos negros y
sexo bisexual en grupo. Los luciferinos aceptaron que hacían todo eso. Y de este modo, la
adoración al diablo y la reunión de brujas obtuvieron su base literaria, que iba a llegar hasta
nuestros días.

Obviamente, los delirios de Konrad de Marburgo no hubieran llegado tan lejos de no ser por los
manuales que fueron surgiendo para ayuda de los inquisidores, en cada vez mayor número. El
primero apareció en 1376, cuando Nicolás Aymerich escribió el Manual del inquisidor, que
bebía de las tradiciones iniciadas por Konrad. A su vez, en 1487 se publicó el Martillo de
brujas, un verdadero bestseller de su tiempo que fue a la vez una historia de la brujería y un
manual para inquisidores, tanto católicos como protestantes. No es casualidad que uno de sus
autores hubiera nacido al sur de Estrasburgo, la misma ciudad en que Konrad persiguió a los
luciferinos. Allí la tradición heredada de él y de Burcardo de Worms convirtió la imaginación y
las tradiciones populares en verdades de fe. Nadie dudó ya, a partir del Renacimiento, de que
las brujas realmente existían. Incluso de que se reunían en los términos propuestos en origen
por Konrad. Aunque posiblemente jamás hubo un aquelarre real en ninguna parte del mundo. Y
cabe suponer que diablos sodomizadores, tampoco.
El nombre de la rosa (1986). Imagen: Neue Constantin Film / Cristaldifilm / Les Films Ariane / ZDF.

Umberto Eco, que era no solo un conocedor de la Edad Media, sino que la comprendía de
manera magistral, se inspiró en personajes como Konrad para escribir El nombre de la rosa.
Debajo de su argumento, la novela esconde claves sobre el ambiente que dio origen a la
creencia en brujas y demonios. Precisamente Guillermo de Baskerville, protagonista y monje
erudito, de mente abierta, tiene que discutir la herejía de la pobreza, promovida por una rama
franciscana, los espirituales. Lo mismo que decían los cátaros, y otros movimientos de la
época. Jorge de Burgos, el monje más viejo de la abadía a la que llega Guillermo, representa la
mentalidad de los apocalípticos. Religiosos convencidos de que había señales en su tiempo del
fin del mundo, y que si esto era así, la presencia del demonio entre ellos era cierta, ya que
según el Apocalipsis de Juan su reinado precede al fin. Extraían de un principio teológico un
argumento para defender la existencia de fantasías, como Konrad. Finalmente está el
inquisidor, Bernardo de Gui, figura clásica del religioso intolerante y más dispuesto a condenar
a un hereje que a determinar si lo es o no. Con personajes históricos, que existieron realmente,
Umberto Eco nos transmite el sentir de una época, tanto como lo hacen en su contexto
histórico la crónica sobre la aniquilación de los cátaros, o la Gesta Treverorum.

En su traslado al cine, la película del mismo nombre tuvo aciertos magistrales en la


caracterización de sus protagonistas. El rostro del actor Feodor Chaliapin haciendo de Jorge
de Burgos podría ser, sin la ceguera, el del mismo Konrad. Hubo además en el largometraje un
cambio de argumento destinado al comercial final feliz. Por eso el inquisidor Bernardo acababa
trinchado en unos hierros, lo que no ocurre en la novela. Singularmente, el fin del inventor de
las brujas no fue muy distinto.

Los procesos contra los luciferinos habían vuelto al monje inquisidor extremadamente soberbio.
Estaba convencido de que su poder inquisitorial estaba por encima de cualquier poder terrenal,
y que solo respondía ante Dios. Tanto es así que acusó a un importante noble, Enrique III,
conde de Sayn, de participar en orgías satánicas. Después le declaró culpable, condenándolo a
morir en la hoguera. El conde apeló a un tribunal superior, y sus obispos, reunidos de Maynz, le
liberaron de todos los cargos. Konrad abandonó el juicio entre furibundas acusaciones de
traición, y asegurando que dejaban libre a un adorador del diablo.

Horas después, en el camino de vuelta a Marburgo, que recorría acompañado de un monje


franciscano, fue asaltado por un grupo de caballeros armados. Tras detenerle, le cortaron las
orejas, la lengua, y le arrancaron los ojos, mientras a su compañero se limitaban a matarlo
rápidamente. En la mentalidad medieval, las mutilaciones que acabaron con su vida eran el
castigo reservado a quienes usaban sus sentidos para mentir sobre otros. No hay evidencias
de que el conde Enrique III ordenara su asesinato, aunque todo parece apuntar en ese sentido.

Pero Konrad no había muerto del todo. El papa Gregorio lo declaró paladín de la fe, ordenando
ejecutar a sus asesinos, mandato que no llegó a cumplirse. En las tierras germánicas que lo
sufrieron su memoria prevaleció cuando ya los papas se habían olvidado de él. Durante siglos
fue recordado como el prototipo de inquisidor sádico. Hoy una lápida, dentro de una finca
privada, señala el lugar, cercano a la ciudad de Marburgo, donde que fue ejecutado.

En realidad, Konrad sigue con nosotros. Sin saberlo, invocamos su memoria al pensar en
brujas montadas en escoba y en adoradores del diablo. La bruja demoníaca se ha plasmado en
tantas ramas del arte que incluso ha podido volver al terror inicial que propagó su inventor. Ese
miedo a un poder superior, invisible, y peligroso, lo vimos renacer en 1999, cuando El proyecto
de la bruja de Blair convirtió a la vieja hechicera en una espeluznante película de terror
sicológico. El sentimiento que transmite este largometraje puede ser el mismo que sintió
Konrad ante sus herejes luciferinos. Y es algo que permanece muy en el fondo de todos
nosotros. La sospecha de que el mal puede cobrar forma y herirnos de manera que no
imaginamos. Ayer en forma de hechiceros adoradores de Satanás, y hoy como vacunas que
provocan autismo, chemtrails que dejan estéril, enfermedades creadas en laboratorio, o
sombríos poderes que lo controlan todo. Y ya quisieran. En el fondo, buscar soluciones fáciles
a problemas difíciles es algo tan humano que nunca nos libraremos de ello. Tanto es así que
los Konrad de Marburgo han vuelto a aparecer en nuestro tiempo, ahora bajo otros nombres.