Está en la página 1de 1

¡A NADIE LE IMPORTA NADA!

La nota fue escrita con mano trémula. Era la mano de una mujer judía que se hallaba en peligro de
muerte. La escribió en la última página de su diario mientras andaba en un autobús de Jerusalén. Iba
dirigida a sus tres hijos, Moshe, Itai y Yafit, y a su esposo Tzvika Sorek. Tres terroristas van a
matarnos — decía la nota —. Los amo mucho. Cuídense.
Nuestro gobierno trabaja muy lentamente, y al mundo no le importa nada.» Y la nota termina con
esta desesperada declaración: «¡A nadie le importa nada!» La firmaba la esposa y madre, Daisy
Sorek.
Unos terroristas se habían apoderado de un autobús, habían retenido como rehenes a todos los
pasajeros, y los habían amenazado de muerte. Daisy, ante su muerte inminente, escribió en su diario
su último mensaje dirigido a sus seres amados. «¡A nadie le importa nada!», fue su amarga frase
final. Y es una frase que, cuando menos, debe marcar con fuego las conciencias de millones de
personas. Parece que, en efecto, ¡a nadie le importa nada!
Esta frase debe quemar la conciencia del hombre que no siente ningún dolor al abandonar a su
esposa y a sus hijos, dejándolos en la miseria. Debe quemar la conciencia de la mujer que por una
pasión violenta abandona al esposo y al bebé que está en la cuna. Debe quemar la conciencia del
hijo al que nada le importa destrozar el corazón de sus padres al despreciarlos y abandonarlos.
Debe quemar la conciencia del estafador que, valido de su habilidad y astucia, despoja de su dinero
a personas sencillas y crédulas. Debe hacer arder la conciencia del narcotraficante al que nada le
importa envenenar la mente y destruir la vida de jóvenes y adolescentes a quienes les vende hierba
verde o polvo blanco. Debe hacer arder la conciencia de todo el que vive sólo para sí, para satisfacer
sus propios intereses egoístas, sin importarle nada lo mucho que está haciendo sufrir a los demás.
Lo cierto es que mientras Jesucristo no sea el Señor de nuestra vida y el Dueño de nuestra voluntad,
nada nos importará sino nuestros propios intereses egoístas. Y eso, para nuestra destrucción.
Hagamos de Jesucristo el Señor de nuestra vida y de nuestra voluntad. Sólo Él puede sanar nuestra
conciencia intranquila.