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Despojos de tristeza

I. A menudo, más acá de todas las cosas, me deslizo hacia el punto de inexistencia de
cada objeto. El yo: una etiqueta. Paralelo a mi rostro, me miro en mis miradas. Cada
cosa es otra, todo es otro. En algún sitio, un ojo. ¿Quién me observa? Tengo miedo y, sin
embargo, soy exterior a mi miedo.
Fuera de los instantes y fuera del sujeto que fui ¿cómo afiliarme al tiempo? La duración
se momifica, el devenir ya ha devenido. Ya no hay ninguna parcela de aire en la que
respirar, en la que gritar. El aliento ha sido negado, la idea se calla, el espíritu fue. He
arrastrado todos los «sí» por el barro y no me adapto mejor al mundo que el anillo al
dedo del esqueleto.
II. «Los otros, me decía un pordiosero, encuentran placer en avanzar; yo, en
retroceder». ¡Feliz pordiosero! Yo ni siquiera retrocedo; yo permanezco... Y la misma
realidad permanece, inmovilizado por mis dudas. Cuantas más alimento respecto a mí,
más proyecto sobre las cosas y me vengo en ellas de mis incertidumbres. Que todo se
detenga, ya que no puedo concebir ni dar un paso más hacia ningún horizonte
imaginable. Una pereza anterior al mundo me ata a este instante... Y cuando, para
sacudirla, alerto a mis instintos, caigo en otra pereza, en esa pereza trágica que se llama
melancolía.
III. Horror de la carne, de los órganos, de cada célula, horror primordial, químico. Todo
en mí se descompone, incluso ese horror. ¿En qué grasa, en qué pestilencia ha venido a
alojarse el espíritu! Este cuerpo en el que cada poro elimina los suficientes efluvios como
para apestar el espacio no es más que un conglomerado de basuras cruzado por una
sangre apenas menos innoble, un tumor que desfigura la geometría del globo. ¡Asco
sobrenatural! Nadie se me acerca sin revelarme pese a sí mismo el grado de su
putrefacción, el destino lívido que le acecha. Toda sensación es fúnebre, todo placer es
sepulcral. ¿Qué meditación, por sombría que fuese, podría elevarse hasta las
conclusiones -hasta la pesadilla- de nuestros placeres? Buscad los verdaderos metafísicos
entre los libertinos, pues no los encontraréis en otro lado. Es extenuando y martirizando
nuestros sentidos como advertimos nuestra nada, el abismo que nuestros abrazos nos
velan por un momento. Demasiado puro y demasiado reciente, el espíritu no podría
salvar esta vieja carne, cuya corrupción prospera ante nuestros ojos. Al contemplarla,
hasta nuestro cinismo retrocede y se desvanece en llantos. Merecemos otros suplicios un
espectáculo menos intolerable. Verdaderamente, no hay salvación por nuestros cuerpos
ni, por otra parte, tampoco por nuestras almas. Si hiciese el inventario de mis días, no
encontraría sin duda ninguno que no bastase por sí solo para colmar varios infiernos.
Se dice en el Apocalipsis que los peores tormentos esperan a aquellos cuya frente no
está marcada por el «sello de Dios». Todo el mundo se salvará, menos ellos. Sus
sufrimientos se parecerán a los de un hombre picado por un escorpión y buscarán en
vano la muerte, esa muerte que, empero está en ellos...
No estar marcado por el «sello de Dios» ¡Qué bien comprendo eso, qué bien comprendo
eso!
IV. Pienso en ese emperador de mi agrado, en Tiberio, en su acrimonia y su ferocidad,
en su obsesión por las islas, en sus sueños de juventud en Rodas, en su vejez en Capri.
Le amo porque el prójimo le parecía inconcebible, le amo porque no amaba a nadie.
Descarnado, pustuloso, monstruo helado que sólo el terror calentaba, tenía la pasión del
exilio: se diría que figuraba a la cabeza de la lista de proscripciones de la que era autor...
Para sentirse vivir, le era preciso experimentar miedo e inspirarlo: si bien teme a todo el
mundo, exige, a su vez, que todo el mundo le tema. Ese vaivén entre Capri y los barrios
de Roma donde no se atreve a entrar, esa aversión que le causaban los rostros... Sólo
como Swift, ese panfletario de otra era, ese panfletario anterior al hombre. Cuando todo
me abandona, cuando yo me abandono a mí mismo, pienso en ellos dos, me aferro a sus
ascos y a su crueldad, me apoyo en su vértigo. Cuando me abandono a mí mismo, sí, me
vuelvo hacia ellos: nada podría separarme entonces de su soledad.
V. Para algunos, la felicidad es una sensación tan insólita que, en cuanto la
experimentan, se alarman y se interrogan sobre su nuevo estado; no hay nada
semejante en su pasado: es la primera vez que salen de la seguridad de lo peor. Una luz
inesperada les hace temblar, como si soles colgasen de sus dedos para iluminar paraísos
desmenuzados. Esa felicidad de la que esperaban su liberación, ¿por qué toma ese
rostro? ¿Qué hacer? Quizá no les pertenece, quizá ha caído sobre ellos por error. Atónitos
y fascinados juntamente, intentan incorporarla a su naturaleza, poseerla, si es posible,
para siempre. Están tan mal preparados que, para gozarla, deben anexionarla a sus
antiguos terrores.
VI. La fe por sí misma no resuelve nada: uno lleva a ella sus inclinaciones y sus taras; si
uno es feliz, vendrá a aumentar la cantidad de dicha que al nacer habéis recibido en
suerte; si uno es naturalmente desdichado, no representará para uno más que un
aumento de desgarramiento, una deteriorización de su estado: una fe infernal. Excluido
para siempre del paraíso, uno experimentará su nostalgia como un tormento más y un
suplicio. Si uno reza, las oraciones, en lugar de aliviarlos, agravarán los pesares, los
remordimientos y los sufrimientos de uno. Verdaderamente, cada uno encuentra en su fe
lo que ha llevado a ella: por ella, el elegido saborea mejor su salvación y el réprobo se
hunde más en sus miserias. ¿Cómo pensar que basta creer para triunfar sobre lo
insoluble? No hay fe, no hay más que formas múltiples e irreconciliables de fe. De la
vuestra, sea la que sea, no esperéis ninguna ayuda: os permitirá tan sólo ser un poco
más lo que ya sois desde siempre...
VII. Nuestros placeres no se pierden ni desaparecen; a su modo, nos marcan tanto como
nuestros dolores. Tal de entre ellos que nos parecía desvanecido para siempre, nos
salvará de una crisis y abogará, sin que lo sepamos, contra tal de nuestras decepciones,
contra tal tentación de abdicación y de abandono; creará en nosotros nuevas ligaduras de
las que no somos conscientes y reforzará un montón de pequeñas esperanzas que
contrapesarán esa tendencia de nuestra memoria a no conservar más que los vestigios
de lo atroz y de lo terrible. Pues nuestra memoria es venal: apoya la causa de nuestros
dolores, se ha vendido a nuestros dolores.
VIII. Según Casiano, Evagro y San Nilo, no hay demonio más temible que el de la
acedía. El monje que sucumbe a ella será su presa hasta el fin de sus días. Pegado a la
ventana, mirará hacia el exterior, esperará visitas, no importa cuáles, para charlar, para
darse al olvido.
¡Despojarse de todo y descubrir después que uno se había equivocado de camino;
hastiarse en la soledad y no poder abandonarla! Por un eremita que ha triunfado, hay mil
que han fracasado. A estos vencidos, a esos caídos convencidos de la ineficacia de sus
oraciones, se esperaba volver a levantarlos por el canto se les imponía la exultación, la
disciplina de la alegría. Víctimas del demonio, ¿cómo habrían de poder elevar sus voces y
hacia quién? Alejados por igual de la gracia y del siglo pasaban horas comparando su
esterilidad con la del desierto, con la imagen material de su vacío.
Pegado a mi ventana, ¿a qué compararía mi esterilidad sino a la de la ciudad? Sin
embargo, el otro desierto, el verdadero, me obsesiona. ¡No poder irme a él y olvidar allí
el olor del hombre! Vecino de Dios, olfatearía su desolación y su eternidad con la que
sueño en los instantes en que se despierta en mí el recuerdo de una celda lejana. En una
vida anterior, ¿qué convento habré abandonado, traicionado? Mis oraciones inacabadas;
abandonadas entonces, prosiguen ahora, mientras que en mi cerebro no sé qué cielo se
hace y se deshace.
IX. ¡Alí! ¡Alí! Cierto derviche, habiendo renunciado a pactar con las palabras, salvo con
ésa, no pronunciaba nunca otra en ninguna circunstancia. Era la única infracción que se
permitía a su régimen de silencio.
La oración: una concesión hecha a Dios, frases y toda la complacencia que suponen.
Nuestro derviche, inmolándose a lo esencial, sacrifica el lenguaje, símbolo de la
apariencia: todo hombre que recurre a él se aparta de lo absoluto, aunque debiera, por
otro lado, mortificarse o suscribir las enormidades de la fe. Todo hombre, con mayor
razón todo santo. Francisco de Asís fue un discurseador como sus discípulos, como sus
rivales. Sólo una cosa importa, sólo una palabra. Si hablamos, es que esa cosa no la
hemos encontrado ni la encontraremos.
X. Sólo merece confianza quien se constriñe a perder la partida: si lo logra, habrá
matado el monstruo, el monstruo que él era en tanto que se empeñaba en actuar, en
triunfar. No progresamos más que en detrimento de nuestra pureza, esa suma de
nuestros retrocesos. Sostenidos, atravesados por un impulso hacia la mancilla, nuestros
actos nos apartan del paraíso, fortifican nuestra decadencia, nuestra fidelidad al mundo:
no hay movimiento hacia adelante que no excite y consolide en nosotros la antigua
perversión de existir.
Expulsar a los seres no basta; hay también que expulsar a las cosas, execrarlas y
abolirlas una a una. Para recobrar nuestra primera ausencia sigamos en sentido inverso
nuestras cosmogonías y ya que nos falta el pudor de morir, aniquilemos al menos todo
rastro en nosotros de este mundo y hasta el último recuerdo de lo que fuimos. ¡Que un
dios nos conceda la fuerza de apartarnos de todo y de traicionarlo todo, la audacia de una
cobardía sin nombre!

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