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Nietzsche y Sade: los malditos de occidente o la crisis de

la cultura occidental vista a través de los ojos de dos


filósofos condenados.

JOSE ALFREDO ORTIZ MADRIGAL

NIETZSCHE

La moral ha constituido para el ser humano el fundamento de su actuar en el mundo


y del establecimiento de las relaciones entre los individuos. La norma moral, que el
hombre percibe en su conciencia como obligatoria y universal, se consolida en un
conjunto de preceptos que se manejan de manera distinta en las diferentes épocas
y lugares. Los valores que emanan de ese conjunto de reglas se imponen a los
individuos de una manera tan arraigada que se considera que sin la realización de
ellos no se puede lograr una adecuada integración en la estructura social y, por
ende, una formación integral como ser humano. El sistema moral se ha convertido
así, desde la antigüedad, en el referente esencial que permite conocer y comprender
a una sociedad en determinada época.

Para Nietzsche, este sistema de valores ha llegado, en su época, a una degradación


tal que él considera que se vive en una absoluta decadencia, tal como afirma en El
Anticristo: “todos los valores en los que la humanidad cifra hoy sus más altas
aspiraciones son valores de décadence…Llamo corrupto a un animal, a una
especia o a un individuo cuando pierde sus instintos, cuando elige, cuando prefiere
lo que le es perjudicial.”1 Los valores morales son decadentes porque han llevado
al ser humano a negar sus impulsos más básicos, a negar la vida misma. El
moralista es un ser cuya voluntad está debilitada, su acción responde únicamente
a los imperativos morales, al “tú debes” que denuncia Zarathustra en su discurso de
“las tres transformaciones”.2 Pero, sobre todo, lo que más condena Nietzsche es

1 Nietzsche, Friedrich. El Anticristo, p. 117.


2 Cfr. Así habló Zarathustra, pp. 49-51.
que ese sistema de valores morales es producto del engaño y la mentira provocados
por del desarrollo de las propias concepciones filosóficas y religiosas de Occidente.
De esta forma, el autor considera que esos valores han surgido de una
transvalorización, de una degeneración creciente de antiguos valores que eran
superiores.

Según Nietzsche los falsos valores que dominan toda la cultura occidental surgen
en el momento en que Sócrates, a partir de sus doctrinas morales, situó la vida, lo
terrenal, y lo inmanente en función de la muerte, lo suprasensible, lo trascendente
y el ser eterno. La filosofía socrática, continuada por Platón, puso los valores más
allá de lo contingente, en lo eterno e inmutable; sacó de la tierra el fundamento de
la acción humana. Fue así como se rompió el equilibrio entre los aspectos
apolíneos y dionisíacos, que habían surgido en la Grecia primitiva consolidándose
en la tragedia3, y se invirtieron los valores. Esta inversión llegó a su cima con la
imposición del cristianismo, que generó una moral de resentimiento contra todo lo
vital, una moral de esclavos y débiles; una moral de renuncia que pone toda la vida
en función de un falso trasmundo, que va en contra de la propia naturaleza:
“La moral que va en contra de la naturaleza, esto es, casi toda la moral que se ha
enseñado, respetado y predicado hasta hoy, va precisamente en contra de los instintos,
a los que condena, unas veces de una forma solapada y otras de un modo más ruidoso
y descarado. Cuando asegura que «Dios ve lo que hay en nuestro corazón», la moral
está negando los deseos más bajos y más elevados de la vida y está considerando a
Dios como enemigo de la vida… El santo en el que Dios tiene puesta su complacencia
es el castrado ideal. La vida termina donde empieza el «Reino de Dios».”4

La crítica a la moral y a la religión se vuelve una constante en el pensamiento


nietzscheano.

Transvaloración

Los valores se han considerado, dentro de la historia del pensamiento, como algo
trascendente, como algo ideal, fuera del sujeto que debe normar la voluntad y la
vida de una manera rígida e inalterable. Los valores son universales, por lo tanto

3 Cfr. La obra El Nacimiento de la Tragedia, donde Nietzsche hace un análisis bastante completo
sobre esta temática.
4 Nietzsche, Friederich. El ocaso de los ídolos, en: OBRAS SELECTAS, p.575.
no emanan de la experiencia vivencial del individuo. El punto de inicio es que esta
postura debe modificarse, se debe considerar la importancia que puedan tener los
valores para la vida individual. De acuerdo con Herbert Frey: “Nietzsche es el
primero que abordó con rigor la interpretación del carácter subjetivo-relativo de los
valores. Estos sólo tienen validez en relación con el ser humano perceptivo,
sensible y pensante que necesita de valores para poder vivir según sus propias
concepciones.”5 Los valores, de acuerdo con lo anterior, deben existir para que la
vida de quien los realiza adquiera un sentido en sí misma, un sentido práctico y
único. Surgen a partir de la experiencia subjetiva y adquieren su importancia en la
vida individual al permitir de este modo, que el ser humano que los crea tome
conciencia de su propia naturaleza como ser vivo. Esta manera de concebir los
valores da como consecuencia, tomando en cuenta lo que expresa el autor antes
mencionado, que no se puedan concebir “valores generales en la naturaleza.”6 En
otras palabras, los valores no existen fuera del sujeto, es él quien los genera a partir
de su propia experiencia, de su sensibilidad y sólo son útiles cuando permiten que
el sujeto logre la plenitud de su vida, de su propia vida. Quien crea sus propios
valores se levanta por encima del rebaño, se autoafirma como un ser capaz de
valorar su voluntad y su vida, como un espíritu libre: “El aristócrata tiene conciencia
de que es él quien otorga sus propios valores morales, sin necesidad de que estos
sean aprobados, y juzga: «Lo que me es perjudicial, es perjudicial en sí mismo»
Tiene conciencia de que es él el que atribuye valor a las cosas, quien crea los
valores.”7 Con esta concepción de los valores Nietzsche puede declarar que hay
una moral decadente, falsa, negadora de la vida, una moral de esclavos y una moral
auténtica, que afirma la vida, una moral de señores (es en este sentido que utiliza
el término aristócrata, como un espíritu con voluntad de poder sobre sí mismo, un
espíritu libre de las cadenas que implican los valores de una falsa moral).
De modo que el individuo humano posee la capacidad de crear sus propios valores
que lo lleven a una vida autentica y sin los prejuicios que implican los valores

5 Frey, Herbert. Nietzsche, Eros y Occidente, p. 141.


6 Ibidem.
7 Nietzsche, Friedrich. Más alla del bien y del mal, II, 179. (Citado en: Gentil, Carlo. Nietzsche, p.

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morales. Pero antes tiene que romper con esos falsos valores que se le han
impuesto, tiene que llevar a cabo una transvalorización de todos los valores para
que pueda emerger como un espíritu libre.

El tema de la transvalorizción es central en el pensamiento de Nietzsche. Según él,


los valores morales han llevado al hombre a la negación de su propia vida al poner
lo más valioso fuera de la tierra, en un más allá ideal. La ruptura con esos valores
para la creación de unos nuevos es imprescindible para que se dé la superación del
hombre en aras del advenimiento del superhombre, que es el verdadero detentador
de una moral de señores. Para que esto suceda se tienen que desenmascarar los
falsos valores, de ahí que el primer paso de la tansvaloración sea el nihilismo. Este
término tiene dos connotaciones en el pensamiento de Nietzsche: una negativa y
otra positiva. En el sentido negativo hace referencia al proceso de decadencia que
se viene operando desde Sócrates y Platón y culmina con el cristianismo. Esta
decadencia se ha manifestado como una inversión de los valores de vida por los
valores de negación propios de la religión cristiana, que ensalza el sometimiento, la
resignación y la culpabilidad, todos ellos valores que son fruto del resentimiento
contra la vida y el mundo. Se anteponen a las acciones vitales principios metafísicos
que hacen que se pierda todo sentido de grandeza y autoafirmación. El cristianismo
es la religión de los resentidos, de los esclavos que imponen su moral de rebaño,
de sumisión. El triunfo del cristianismo es la negación astuta de los valores vitales,
es el nihilismo negativo. En La Genealogía de la Moral Nietzsche condena este
nihilismo de esta forma:
“La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se
vuelve creador y engendra valores: el resentimiento de aquellos seres a quienes les
está vedada la auténtica reacción, la reacción de la acción, y que se desquitan
únicamente con una venganza imaginaria. Mientras que toda moral noble nace de un
triunfante sí dicho a sí mismo, la moral de los esclavos dice no, ya de antemano, a un
“fuera”, a un “otro”, a un “no-yo”; y ese no es lo que constituye su acción creadora. Esta
inversión de la mirada que establece valores este necesario dirigirse hacia fuera en
lugar de volverse hacia sí -forma parte precisamente del resentimiento: para surgir, la
moral de los esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo,
necesita, hablando fisiológicamente, de estímulos exteriores para poder en absoluto
actuar- su acción es, de raíz, reacción. Lo contrario ocurre en la manera noble de
valorar: ésta actúa y brota espontáneamente, busca su opuesto tan sólo para decirse sí
a sí misma con mayor agradecimiento, con mayor júbilo -su concepto negativo, lo “bajo”,
“vulgar”, “malo”, es tan sólo un pálido contraste, nacido más tarde, de su concepto
básico positivo, totalmente impregnado de vida y de pasión, el concepto “¡nosotros los
nobles, nosotros los buenos, nosotros los bellos, nosotros los felices!” 8

La inversión negativa se ha llevado a cabo. Sin embargo, Nietzsche concibe un


sentido positivo del nihilismo al tratar de desenmascarar los falsos valores a partir
de la genealogía. Para él, es necesario que los valores tradicionales sean destruidos
desde sus cimientos; para esto es necesario conocer cuál es el origen de tales
valores a través de la realización de una genealogía que evidencie claramente la
falsedad y la mentira en que se basan. Hay que demostrar, entonces que aquellos
valores tradicionales no tienen sentido, hay que desvalorizarlos para poder operar
una transvaloración, para permitir que los valores del espíritu fuerte surjan al negar
activamente esos valores decadentes, para permitir el nacimiento del superhombre.
Esta faceta del nihilismo positivo es expresada por Nietzsche de la siguiente
manera:
Se deja oír una nueva exigencia. Enunciémosla: necesitamos una crítica de los valores
morales, hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de estos valores -y
para esto se necesita tener conocimiento de las condiciones y circunstancias de que
aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral como
consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como
malentendido; pero también la moral como causa, como medicina, como estímulo, como
freno, como veneno), un conocimiento que hasta ahora ni ha existido ni tampoco se lo
ha siquiera deseado. Se tomaba el valor de esos "valores" como algo dado, real y
efectivo, situado más allá de toda duda; hasta ahora no se ha dudado ni vacilado lo más
mínimo en considerar que el "bueno" era superior en valor a "el malvado", superior en
valor en el sentido de ser favorable, útil, provechoso para el hombre como tal (incluido
el futuro del hombre). ¿Qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario? ¿Qué ocurriría si
en el "bueno" hubiese también un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, una
seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de esto el presente viviese tal vez
a costa del futuro? ¿Viviese quizá de manera más cómoda, menos peligrosa, pero
también con un estilo inferior, de modo más bajo?... ¿De tal manera que justamente la
moral fuese culpable de que jamás se alcanzasen una potencialidad y una
magnificencia sumas, en sí posibles, del tipo hombre? ¿De tal manera que justamente
la moral fuese el peligro de los peligros? ...”9

El resultado de este cuestionamiento genealógico de la moral que hace Nietzsche


es contundente: para poder lograr la transvalorización es necesario separar a Dios
del mundo, eliminar los falsos ideales que surgen de la concepción religiosa: es
necesaria la muerte de Dios. Desde el proceso genealógico, Dios está condenado
a su aniquilación, ya que preguntarse por el origen de algo (labor de la genealogía)

8 Nietzsche, Friedich. La Genealogía de la Moral, pp. 42-43.


9 Ibid. pp- 23-24
es aceptar que ese algo no ha existido desde siempre. Cuando Nietzsche aplica
este método genealógico a la religión, cuando pregunta sobre el origen del Dios del
monoteísmo judeo-cristiano, disuelve ese ideal en la propia pregunta. Si el hombre
se libra de ese lastre que es el idealismo, puede efectuarse una crítica radical a la
religión a la institución eclesiástica, que liberara al individuo del yugo que le impone
la propia religión a través de los dogmas convertidos en reglas morales.
La crítica a la religión (concretamente al cristianismo y a la casta sacerdotal que
emana de él) se convierte en el elemento central en el pensamiento de Nietzsche.
En sus obras se evidencia un rechazo total y un desprecio absoluto por los dogmas
y el sistema cristiano. En El Anticristo declara con vehemencia: “Guerra a muerte
contra el Vicio: El Vicio es el Cristianismo.”10 Esta aseveración tan implacable es
producto de la consideración de Nietzsche de que el cristianismo es el origen de
todo el sistema decadente de valores que se han impuesto en Occidente. Para él,
los judíos son un pueblo que históricamente ha sufrido varios exilios y
persecuciones, por lo que se convierten en un pueblo cuya idiosincrasia es la del
resentimiento contra el mundo y a vida. Esto tiene su origen en el hecho de que el
dios nacional judío es un ser dictatorial, cruel, posesivo, que exige de sus elegidos
sumisión y obediencia absoluta; en el ritual la postura del hombre es de postración
y humildad frente al poder de Dios. La idea del pueblo elegido cobra vigencia
cuando se concibe a un Dios único, fusión del dios nacional con el dios creador,
paradigma universal que se impondrá en Occidente bajo la forma del monoteísmo
judeo-cristiano.
Cuando irrumpe el cristianismo en el mundo se lleva a cabo una inversión de los
valores del hombre superior, el «noble», quien esa por encima de los supuestos
valores del mundo suprasensible, quien detenta los valores activos y afirmativos de
la vida. El espíritu libre que concibe el concepto “bueno” de un modo previo y
espontáneo, es decir, lo concibe a base de sí mismo, y sólo a partir de él se forma
el concepto “malo”. Con el cristianismo se impone la moral del resentimiento, la del
esclavo, el débil, el impotente, la de aquél que, resentido contra la vida, le dice no y
en su lugar defiende valores reactivos: la compasión, la humildad, la resignación, la

10 op. cit. p. 243.


obediencia, la renuncia. En el cristianismo “los miserables son los buenos; los
pobres, los impotentes, los bajos son los únicos buenos; los que sufren, los
indigentes, los enfermos, los deformes son los únicos piadosos, los únicos benditos
de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza.”11

Esta inversión de valores operada por el cristianismo es la que ha llevado a la cultura


occidental a la decadencia:
“El cristianismo es también antitético de toda buena humana constitución espiritual, -
sólo puede utilizar como razón cristiana la razón enferma, toma partido por todo lo
idiota, lanza una maldición contar el “espíritu”, contra la superbia (soberbia) del espíritu
sano. Dado que la enfermedad forma parte de la esencia del cristianismo, también el
estado de ánimo típicamente cristiano, la “fe”, tiene que ser una forma de enfermedad
todos los caminos derechos, honestos, científicos del conocimiento tienen que ser
rechazados por la Iglesia como caminos prohibidos. Ya la duda es un pecado... La falta
completa de limpieza psicológica en el sacerdote - que se delata en su mirada - es un
fenómeno consecutivo de la décadence.”12

El cristianismo es una enfermedad, y como tal hay que erradicarla del espíritu
humano para que el último hombre, representante de la moral decadente, pueda ser
superado e irrumpa el superhombre, prototipo del espíritu libre y de la moral noble,
donde los valores son afirmación de la vida.

11 La Genealogía de la Moral, p.39.


12 El Anticristo, pp. 205-206.
SADE

El Marqués de Sade presenta argumentos muy similares en cuanto a la concepción


que tiene sobre la universalidad de los valores que guían la conducta del ser
humano. Para él, no pueden existir valores, o leyes universales, porque los
caracteres de cada ser humano son esencialmente distintos y de cualquier manera
se afectaría a uno u otro. En “el discurso a los franceses“ se lee:

“Que la humanidad, la fraternidad y la beneficencia nos prescriban, conforme a ello,


nuestros deberes recíprocos. Cumplámoslos individualmente con el simple grado de
energía que nos ha dado a ese respecto la naturaleza, sin culpar y sobre todo sin
castigar a quienes, más fríos o más atrabiliarios, no experimentan en estos vínculos, tan
conmovedores empero, todas las dulzuras que otros encuentran en ellos; pues, ¿quién
podría dudar de que sería aquí un absurdo evidente tratar de prescribir leyes
universales?; dicho procedimiento sería tan ridículo como el de un general que quisiera
que todos sus soldados llevasen uniformes para la misma talla; es una espantosa
injusticia exigir que hombres de caracteres desiguales se sometan a leyes iguales: lo
que a uno conviene puede no convenir al otro.”13

La naturaleza no puede producir valores universales, válidos para todos, porque


cada individuo es, por la naturaleza misma, diferente tanto en la personalidad y
carácter como en lo referente a sus condiciones fisiológicas. Los instintos se
presentan de manera diversa en cada sujeto y sus deseos y voluntad van
encaminados a la satisfacción de ellos. Al igual que Nietzsche, Sade considera que
los valores deben generarse a partir de la experiencia del sujeto, a partir de su
propia vida; los valores universales carecen de sentido, son huecos y vacíos,
porque no están arraigados en lo más profundo del sujeto humano.

Por eso, en la obra de Sade, los que se atreven a romper con los valores impuestos
y a crear sus propios valores son considerados como “inmorales” o, en palabras del
autor, “libertinos”. Sin embargo, el Marqués da argumentos suficientes para
demostrar que esos adjetivos carecen de sentido puesto que los valores son
absolutamente relativos y pueden variar de un sujeto a otro; aún los valores
considerados como “universales” son modificados en la acción particular de cada
sujeto. En la obra Justina, hay un pasaje en el cual un clérigo, después de haber

13 Sade, Marqués de. La Filosofía en la Alcoba, p. 250.


participado con dos jovencitas en actos de masturbación mutua y flagelación,
reflexiona de esta manera tratando de convencer a las muchachas de la honestidad
de sus actos:
“[…] tú, por una parte, dices «esto es bueno y voy a hacerlo», y la cosa a la que te
refieres suele llamarse «virtud». Por lo tanto llevas a cabo un acto virtuoso con el fin
de llegar a un bien subjetivo, y crees que debes ser alabada por ello. Por otra parte,
yo digo: «Esto es bueno voy a hacerlo», y la cosa a la que me refiero se le llama
comúnmente « vicio», por lo tanto llevo a cabo un acto vicioso… lo mismo que tú, con
el fin de lograr un bien subjetivo. ¡Y tú crees que debo ser censurado por ello! ¿Es
eso coherente?14

VALOR NATURAL: PLACER

Tesis de Sade sobre el placer.

PRIMER PUNTO: CONDICIÓN HUMANA.


Posturas materialistas La Mettrie: lo natural como un proceso igualdad del hombre
frente a los otros seres (mecanicismo: Juliette 2, p. 328. “Ningún ser de aquí abajo
está expresamente formado por la naturaleza, ninguno está hecho a propósito
por ella; todos son el resultado de sus leyes y de sus operaciones, de tal forma
que en un mundo construido como el nuestro debía haber necesariamente
criaturas como las que vemos en él; de la misma forma que sin duda las hay muy
diferentes en otro globo, en otro hormiguero de globos de los que llenan el espacio.
Pero estas criaturas no son ni buenas, ni hermosas, ni preciosas, ni creadas, son
la espuma, son el resultado de las leyes ciegas de la naturaleza, son como los
vapores que se elevan del licor rarificado en un vaso por el fuego, cuya acción
expulsa del agua las partículas de aire que este agua contiene. Este vapor no ha
sido creado, es un resultado, es heterogéneo, saca su existencia de un elemento
extraño, y en sí mismo no tiene ningún valor; puede ser o no ser sin que por ello se
vea afectado el elemento del que emana.”)
Helvetius: El hombre es un ser natural que no es ni bueno ni malo, sino que es
moldeado por la sociedad (moral, religión, filosofía, costumbres)>>> idea de virtud:
“El hombre más virtuoso no es aquel que sacrifica sus placeres, sus costumbres,
sus pasiones más fuertes al interés común, ya que un hombre así no es posible,
sino aquel cuya más fuerte pasión concuerda de tal manera con el interés general,
que se ve arrastrado a la virtud casi por necesidad.” (Del hombre, sus facultades
intelectuales y su educación.)

14 Ibid. Justina, p. 135.


SEGUNDO PUNTO: LA NATURALEZA EN SADE
En la obra de Sade la Naturaleza sufre un proceso de degradación: en el “dialogo
entre un sacerdote y un moribundo” es una benefactora, filantrópica, para
convertirse en una bestia desconocida sin condiciones morales, en una madrastra
y recaer (en la Nueva Justine) en una especie de deidad malévola que daña a la
humanidad.
La naturaleza procede por creación y destrucción (la filosofía en la alcoba, p. 122-
23) Ahora yo pregunto qué valor pueden tener para la naturaleza individuos que no le cuestan
ni el menor esfuerzo ni el menor cuidado. El obrero sólo estima su obra en razón del trabajo
que le cuesta, del tiempo que emplea en crearla. ¿Le cuesta el hombre a la naturaleza?
Suponiendo que le cueste, ¿le cuesta más que un mono o que un elefante?
Voy más lejos: ¿cuáles son las materias generadoras de la naturaleza? ¿De qué se componen
los seres que vienen a la vida? Los tres elementos que los forman ¿no resultan de la primitiva
destrucción de los demás cuerpos? Si todos los individuos fueran eternos, ¿no se le haría
imposible a la naturaleza crear otros nuevos? Si la eternidad de los seres es imposible para la
naturaleza, su destrucción se convierte, por tanto, en una de sus leyes. Ahora bien, si las
destrucciones le son tan útiles que en modo alguno puede prescindir de ellas, y si no puede
llegar a sus creaciones sin abrevar en esas masas de destrucción que le prepara la muerte,
desde ese momento la idea de aniquilación que achacamos a la muerte no será ya real; no
habrá aniquilamiento comprobado; lo que nosotros llamamos fin de un animal que tiene vida
no será entonces un fin real sino una simple transmutación, cuya base es el movimiento
perpetuo, verdadera esencia de la materia, admitida por todos los filósofos modernos como
una de sus primeras leyes. La muerte, según estos principios irrefutables, no es por lo tanto
más que un cambio de forma, un paso imperceptible de una existencia a otra: esto es lo que
Pitágoras llamaba la metempsícosis.

La naturaleza es cruel y sanguinaria, pero certera en sus fines; el mal es una forma
de ser de la naturaleza. Para ella no hay desgracias ni crímenes, no existen
diferencias cualitativas ni distintivas. El bien no es el bien, el mal no es el mal: todos
los dualismos son sólo la forma en que la naturaleza actúa y se conserva a sí misma.
Lo bueno y lo malo son tan necesarios como la vida y la muerte.
El único objeto de la naturaleza es la creación en el placer de destruir; cuando el
hombre destruye, da rienda suelta a todos los instintos criminales que la naturaleza
ha puesto en él, es un ser natural, sigue sus fines; la virtud y la educación son
antinaturales: (LFA, p. 41) DOLMANCÉ:
¡Ah, renuncia a las virtudes, Eugenia! ¿Hay uno solo de los sacrificios que pueden hacerse
a esas falsas divinidades que valga lo que un minuto de los placeres que se gustan
ultrajándolas? Bah, la virtud no es más que una quimera, cuyo culto sólo consiste en
inmolaciones perpetuas, en rebeldías sin número contra las inspiraciones del temperamento.
Tales movimientos, ¿pueden ser naturales? ¿Aconseja la naturaleza lo que la ultraja? No seas
víctima, Eugenia, de esas mujeres que oyes llamar virtuosas. No son, si quieres, nuestras
pasiones las que ellas sirven: tienen otras, y con mucha frecuencia despreciables... Es la
ambición, es el orgullo, son los intereses particulares, a menudo incluso sólo la frigidez de
un temperamento que no les aconseja nada. ¿Debemos algo a semejantes seres, pregunto?
¿No han seguido ellas sólo las impresiones del amor propio?
Por lo que a mí respecta, creo que tanto valen unas como otras; y quien sólo escucha esta
última voz tiene más razones sin duda, puesto que ella sola es el órgano de la naturaleza,
mientras que la otra lo es sólo de la estupidez y del prejuicio. Una sola gota de leche
eyaculada por este miembro, Eugenia, me es más preciosa que los actos más sublimes de una
virtud que desprecio.

El placer y el dolor son las formas en que la naturaleza actúa en el ser humano.
El placer sólo se consigue siguiendo la voluntad natural, que se vivencia en el dolor.
Por ejemplo: la procreación, que sólo es valorada como buena a los ojos del
hombre, altera el orden natural: el placer consistirá en actuar conforme a la
naturaleza misma y evitar la procreación humana, sin importar que se cometan
crímenes, ya sean de orden legal (asesinatos) o moral (crímenes sexuales:
sodomía, prostitución, pedofilia, etc) (Juliette 2, p. 329-30: “Si (el hombre) se
multiplica, se equivoca, porque le quita a la naturaleza el honor de un fenómeno nuevo, al
ser necesariamente el resultado de sus leyes nuevas criaturas. Si las que están lanzadas
no se propagasen, lanzaría nuevos seres y gozaría de una facultad que ya no tiene. No es
que no pudiese tenerla si lo quisiese, sino que jamás hace nada inútil y en tanto que los
primeros seres lanzados se propaguen por las facultades que tienen en sí mismos, ella no
propaga: nuestra multiplicación, que sólo es ya una de las leyes inherentes a nosotros,
perjudica pues decididamente a los fenómenos de los que la naturaleza es capaz. De esta
forma, lo que nosotros consideramos como virtudes se convierten en crímenes a sus
ojos. Al contrario, si las criaturas se destruyen, tienen razón respecto a la naturaleza, porque
entonces dejan de usar una facultad recibida, pero que no es una ley impuesta, y vuelven
a poner a la naturaleza en la necesidad de desarrollar una de sus más hermosas
facultades, que mantenía encadenada por su inutilidad.”)

De esta manera, la destrucción y la corrupción humanas siguen las leyes de la


naturaleza. Aquel que se abandona con frenesí a los impulsos de la naturaleza
obtendrá el mayor placer, será el más feliz. En ello no hay ninguna forma de
moralidad pues los gustos e inclinaciones, del tipo que sean, constituyen la
condición natural que debe guiar al hombre al placer. (LFA, p. 18)
“EL CABALLERO: No te ocultaré mis extravagancias con él; tienes demasiada inteligencia
para censurarlas. De hecho, me gustan las mujeres, y sólo me entrego a estos gustos
extravagantes cuando un hombre amable me acosa. No hay nada que no haga entonces. Estoy
lejos de esa altanería ridícula que hace pensar a nuestros jóvenes mequetrefes que hay que
responder con bastonazos a proposiciones semejantes; ¿es el hombre dueño de sus gustos?
Hay que compadecer a quienes los tienen singulares, pero no insultarlos nunca; su error es el
de la naturaleza; no eran dueños de llegar al mundo con gustos diferentes, como nosotros no
lo somos de nacer patituertos o bien hechos. Además, ¿os dice un hombre algo desagradable
al testimoniaros el deseo que tiene de gozar de vosotros? Indudablemente, no: es un cumplido
que os hace; ¿por qué, pues, responder entonces con injurias o insultos? Sólo los tontos
pueden pensar así; jamás un hombre razonable hablará de esta materia de modo distinto a
como yo lo hago; pero es que el mundo está poblado de sandios imbéciles que creen injuria
el declararles que uno los encuentra idóneos para los placeres, y que, echados a perder por
las mujeres, siempre celosas de cuanto parece atentar contra sus derechos, se imaginan los
quijotes de esos derechos ordinarios, brutalizando a quienes no reconocen toda su extensión.
TERCER PUNTO: PLACER Y SEXO

Para Sade, la manifestación más aguda de la materia, de la Naturaleza, es el


cuerpo, este es el principio del placer.
La actividad sexual es la manifestación más pura del placer corporal (del
seguimiento de las leyes de la naturaleza). Para él, la búsqueda del placer es el
objetivo de la vida humana: no importa a costa de que o de quien. (LFA, p. 11)
Voluptuosos de todas las edades Y de todos los sexos, a vosotros solos ofrezco esta obra:
nutríos de sus principios, que favorecen vuestras pasiones; esas pasiones, de las que fríos e
insulsos moralistas os hacen asustaros, no son sino los medíos que la naturaleza emplea
para hacer alcanzar al hombre los designios que sobre él tiene; escuchad sólo esas pasiones
deliciosas, su órgano es el único que debe conduciros a la felicidad.
Mujeres lúbricas, que la voluptuosa Saint Ange sea vuestro modelo; a ejemplo suyo
despreciad cuanto contraría las leyes divinas del placer, que la encadenaron toda su vida.
Muchachas demasiado tiempo contenidas en las ataduras absurdas y peligrosas de una
virtud fantástica y de una religión repugnante, imitad a la ardiente Eugenia; destruid,
pisotead, con tanta rapidez como ella, todos los preceptos ridículos inculcados por imbéciles
padres. Y a vosotros, amables disolutos, vosotros que desde vuestra juventud no tenéis más
freno que vuestros deseos ni otras leyes que vuestros caprichos, que el cínico Dolmancé os
sirva de ejemplo; id tan lejos como él si como él queréis recorrer todos los caminos de flores
que la lubricidad os prepara; a enseñanza suya, convenceos de que sólo ampliando la esfera
de sus gustos y de sus fantasías y sacrificando todo a la voluptuosidad es como el
desgraciado individuo conocido bajo el nombre de hombre y arrojado a pesar suyo sobre
este triste universo, puede lograr sembrar algunas rosas en las espinas de la vida.

Categorías de la vida sexual:


1) Las personas con una imaginación, un valor o unos deseos débiles o
reprimidos.
2) La constituida por pervertidos naturales.
3) La constituida por libertinos que imitan conscientemente las obsesiones de
la segunda categoría para ampliar sus experiencias. (Geoffrey Gorer, Vida
e ideas del Marqués de Sade).

Las ciento veinte jornadas de Sodoma como una clasificación exhaustiva de las
perversiones. (P. 64)
“Es ahora, querido lector, cuanto tienes que preparar tu corazón y tu espíritu para el
relato más impuro que haya sido nunca hecho desde que el mundo existe, ya que no se ha
encontrado un libro parecido ni entre los antiguos ni entre los modernos. Imagínate que
todo el placer aceptado o prescrito por esta bestia de la cual hablas sin cesar y sin
conocerla, y que llamas naturaleza, que estos placeres, digo, serán expresamente
excluidos de este libro y que si por azar los encuentres irán acompañados de algún crimen
o coloreados por alguna infamia. Sin duda, muchos de los extravíos que verás pintados te
disgustarán, lo sé, pero habrá algunos que te enardecerán hasta el punto de costarte
semen, que es lo que se requiere; ¿si no lo hubiésemos dicho todo, analizado todo, cómo
querrías que hubiésemos podido adivinar lo que te conviene? Eres tú quien tiene que
tomarlo o dejarlo y abandonar el resto, otro hará lo mismo que tú, y poco a poco todo habrá
encontrado su lugar. Supón una magnífica comida donde se ofrecen seiscientos platos a tu
apetito; ¿los comerás todos? No, sin duda, pero este número prodigioso amplía los límites
de tu elección, y encantado por este aumento de facultades, no regañas al anfitrión que te
regala. Haz lo mismo aquí: escoge y deja el resto sin declamar contra él, sólo porque no
tiene el talento de complacerte. Piensa que complacerá a otros, y sé filósofo.”

CUARTO PUNTO: PROYECCIÓN DEL PLACER SEXUAL COMO AFIRMACIÓN


DEL INDIVIDUO EN EL VALOR.

La felicidad humana consiste en la máxima extensión del placer en el sexo.


La práctica sexual es considerada por el ser humano como “normal” o “pervertida”.
¿De dónde proceden estas consideraciones?= de la costumbre y de la educación
moral, que nos llevan a aceptar algo o a rechazarlo. Ejemplo: el arte y el gusto por
las cosas “bellas” o los gustos gastronómicos.
Por lo tanto, si se quiere extender la experiencia del placer hay que hacerlo
deliberadamente y mediante un esfuerzo intelectual.
Los placeres más intensos son hijos de repugnancias vencidas. (Juliette)
Los placeres sexuales sólo pueden ampliarse si se vencen temores (pudores) y
repulsiones físicas provocadas por la costumbre.
Esto último se vence si la práctica sexual considerada como “anómala” se realiza
gradualmente y sin temor de tal manera que adquiera la forma de una costumbre
que poco a poco se convierta en una experiencia irremplazable.
(Juliette 1, pp. 22-23) La verdadera sabiduría, mi querida Juliette, no consiste en
reprimir los vicios, porque, siendo los vicios casi la única felicidad de nuestra vida,
sería un verdugo de sí mismo el que quisiera reprimirlos; la sabiduría consiste en
entregarse a ellos con tal misterio, con tan grandes precauciones, que nunca nos
puedan sorprender. Y que nadie tema que esto disminuirá sus delicias: el misterio
aumenta el placer. Por otra parte, una conducta semejante asegura la impunidad,
¿y no es la impunidad el alimento más delicioso de los libertinajes? Una vez que
te he enseñado a dominar el remordimiento nacido del dolor de haber hecho el mal
con demasiada evidencia, es esencial, mi querida amiga, que ahora te indique la
manera de extinguir totalmente en uno esta voz confusa que, en los momentos de
reposo de las pasiones, viene todavía algunas veces a protestar contra los extravíos
a los que nos condujeron aquéllas; ahora bien, esta manera es tan segura como
dulce, puesto que consiste en repetir tan a menudo lo que nos ha provocado los
remordimientos que la costumbre de cometer esta acción, o de combinarla, impida
toda posibilidad de lamentarse por ella. Esta costumbre, al aniquilar el prejuicio, al
obligar a nuestra alma a moverse con frecuencia en la forma y la situación que
primitivamente le desagradaban, acaba por hacerle fácil el nuevo estado adoptado,
e incluso delicioso. El orgullo sirve de ayuda; no sólo hemos hecho algo que nadie
se atrevería a hacer, sino que además nos hemos acostumbrado de tal forma a ello
que ya no podemos existir sin esa cosa: éste es un primer goce. La acción cometida
engendra otra; ¿y quién duda de que esta multiplicación de placeres no acostumbra
pronto al alma a plegarse a la forma de ser que debe adquirir, por muy penoso que
haya podido parecerle, al comenzar, la situación forzada en la que le ponía esta
acción?”
La extensión del placer se convierte, así, en un acto de valor consciente.
Toda acción que de cómo resultado el placer sexual es un acto natural porque el
placer es únicamente un estímulo de la naturaleza.
Es por eso que los principios morales y religiosos carecen de fundamento y hay que
combatirlos (Franceses….) Si el objeto del placer es otro ser humano se debe
garantizar el derecho momentáneo sobre el cuerpo de cada ciudadano, para que se
permita el libre curso de la naturaleza a través del mismo placer.

PUNTO FINAL: EL DOLOR COMO EL MÁXIMO PLACER (falacias incluidas)


1) El placer es el signo de que estamos de acuerdo con la naturaleza y con
nuestra propia naturaleza.
2) Todos los actos que producen placer deben ser naturales y justos.
3) Una de las finalidades principales del placer sexual es el de producir cambios
visibles y audibles en el compañero.
4) Todo acto que determina cambios visibles y audibles en otro tiene un
componente de placer sexual.
5) El dolor tiende a producir cambios más acusados que el placer en los seres
humanos.
6) “Yo” encuentro que “yo” obtengo un placer más intenso al sufrir un dolor
infligido por otro cuando la situación está totalmente bajo “mi” control. “Yo”
pienso también que “yo” obtengo un intenso placer al infligir dolor a los otros.
7) “Mi” experiencia me lleva a creer que el vínculo entre el dolor impartido y el
placer sexual está muy difundido, y tal vez sea una ley universal. La mayor
parte de la gente no tiene bastante valor (debido a las virtudes, normas
morales y leyes humanas) o poder (Valor) para poner en práctica sus deseos
ocultos, pero cuando se consigue cierto poder o se evade la norma siempre
se permiten estos placeres.
8) Debemos esperar un mundo en el cual el poder o valor y la aniquilación de
la moral vayan siempre acompañados de la imposición placentera del dolor.
Esta es la regla de la Naturaleza y debe ser justa. Cualquier punto de vista
que anule el innato placer del hombre en el dolor es falso
9) Las personas valerosas siempre buscaran el poder sobre los otros para
provocar en si el placer de provocar cambios dolorosos en ellos.

El mundo sería mejor si se reconoce el mal en el corazón del hombre y se le permite


un desahogo dentro de ciertos límites que le permitan aplicar dolor a otros o a sí
mismo.