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Santiago Navajas Teorías del Contrato Social

Máster en Filosofía Contemporánea 2018-19

El ogro filantrópico de Thomas Hobbes


Leviathan or The Matter, Forme, & Power of a Commonwealth Ecclesiasticall and Civill

“Tú no eres capaz de enfrentarte con la verdad, hijo. Vivimos en un mundo separado por grandes
muros y esos muros tiene que ser guardados por hombres armados. ¿Quién va a ser capaz de
hacerlo?, ¿Tú?.... Yo tengo una responsabilidad mucho mayor de la que puedas imaginar (...). Eres
afortunado de no saber lo que yo sé. (...) ¡Y mi existencia grotesca e incomprensible para ti, salva
vidas! Tú no quieres saber la verdad, no quieres profundizar ni hablar sobre ello en tus bonitas
fiestas. Tú solo necesitas a gente como yo guardando los muros. Nosotros usamos palabras como:
Honor, código, lealtad […].”

Coronel Nathan R. Jessup, ​Algunos hombres buenos​ (Rob Reiner, 1992)

En la Biblia hay varias menciones a un animal marino poderoso y peligroso denominado Leviatán.
Pero sin profundizar en la simbología judeo-cristiana de este monstruo podemos reparar más bien en
el subtítulo con el que lo explica Hobbes, “La materia, forma y poder de un “commonwealth”
eclesiástico y civil”. Originariamente “​Commonwealth” significa específicamente un periodo
republicano en el siglo XVII y también, más en general, una república democrática. Pero podemos
hacer una hermenéutica creativa. ​El significado clave en esta expresión es “wealth” que viene a
connotar tanto riqueza como “health” en el sentido de “the state of being free from illness or injury”, es
decir, un estado de bienestar. Se suele mencionar a Hobbes, desde el punto de vista político, como
un proto liberal, un proto totalitario (desde un punto epistemológico, un proto empirista). Pero
también cabe considerarlo más bien un “proto-bienestarista” en el sentido de que su objetivo es
alcanzar la paz y el bienestar de la sociedad, valores a los que subordinará el resto, de la libertad a la
justicia. De hecho, la gran figura de la portada no da miedo sino más bien tranquilidad.

La portada del libro se divide en dos planos. En la parte de arriba una gran representación de un
hombre gigantesco cuyo cuerpo aparece como tatuado de una miríada de seres humanos o, más
bien, que está formado por ellos. Lo más relevante de dicho “monstruo benévolo” (o como lo llamará
más tarde ​Octavio Paz​ “ogro filantrópico”) es que contiene dentro de sus límites una multitud
abigarrada a la que ordena, sistematiza y da sentido. Si dicha figura y sus límites se disolviese la
multitud se convertiría en una especie de metástasis. Salvo en la cabeza, que está coronada y en
ella no hay una miríada de ojos sino un único rostro. Recordemos que Hobbes ha defendido que
todos los seres humanos somos iguales en lo físico y lo mental pero, en la estela de los sabios
platónicos y anticipando el lema de los cerdos comunistas orwellianos, hay algunos, los que poseen
el conocimiento científico, que son más iguales que otros.

Con esta figura, Hobbes parece estar sugiriéndonos que las masas inarticuladas son incapaces de
hablar con una voz única y con sentido más o menos preciso. Que el momento exclusivamente
individual es radicalmente anárquico por lo que para configurarse como sujeto histórico, y no solo
como entidad natural, se necesita de una entidad que sea como un dios inmanente pero al modo
tiránico del trascendente dios bíblico. Además del gigante eucariota formado por individuos
procariotas, también podría haber usado Hobbes la metáfora de la colmena, el hormiguero o el
termitero, constructos colectivos jerarquizados con una “cabeza” dominante.

Con la mano derecha sostiene una espada y con la izquierda un bastón de mando. Frente al miedo
que inspira la violencia en el estado de naturaleza, provocada por la anarquía de la libertad absoluta,
el Leviatán trata de que el Terror de la espada/bastón sea todavía mayor. Hobbes piensa

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estratégicamente de manera parecida al lema latino “si quieres la paz, prepara la guerra” en un
paradójico pero eficaz equilibrio entre fuerzas destructoras.

Se alza sobre el horizonte de unas colinas y dominando un paisaje en el que se alza una ciudad en la
que destaca un edificio que podría ser un palacio o templo. Podemos, por tanto, ver a este gigante
como el Leviatán al que se refiere Hobbes. Sin embargo, frente al Leviatán mítico y religioso, este
Leviatán laico y político no tiene a nadie a quien temer por encima de él. El Leviatán es también Dios
en el sentido de que establece las “tablas de la Ley (moral y política)”. Como el dios bíblico, su único
temor y amenaza viene por una rebelión interna, que alguna de las células tome una dirección que
vaya en contra del cuerpo, un cáncer. Por el contrario, es él quien inspira temor (tanto por su
gigantez como por sus instrumentos de violencia y poder) y a la vez muestra las virtudes del orden
complejo originado de la subordinación de las partes al todo.

La figura del poder como un organismo, sin embargo, también expresa una posibilidad de
destrucción: la interna al propio organismo mediante la “rebelión” de alguna de las partes que lo
constituyen. De ahí que al disidente se le trate con la misma dureza que a una célula cancerígena en
un organismo vivo. Esta visión organicista y vitalista de las entidades políticas nos permite comparar
la visión de Hobbes, materialista y mecanicista, con una analogía que le habría gustado: la formación
de organismos multicelulares eucariotas a partir de células procariotas.

Dicho panteón laico se sostiene sobre dos columnas que ilustran lo que sostiene al Soberano desde
el punto de vista civil, el ejército, y el eclesiástico, la iglesia. El miedo a la armas y el terror que
provoca la amenaza del castigo divino (que encuentra una ilustración contemporánea en la disputa
por la legitimidad del poder en Venezuela, donde es crucial, por una parte, el apoyo del Ejército y, por
otra, el apoyo espiritual de las ideologías internacionales y sus líderes espirituales.)

Por la parte de la violencia física: el castillo, la corona, un cañón y diversas armas y los ejércitos. Por
la parte de la violencia espiritual: el templo, la mitra, las amenazas divinas e infernales y un tribunal
eclesiástico (¿inquisitorial?). Es significativo que la columna eclesiástica haya disminuido en
importancia a lo largo de los siglos en Occidente, al tiempo que su función espiritual ha quedado
subsumida por la estrictamente civil. A medida que Dios agoniza, el Leviatán se hace más fuerte
porque finalmente el paraíso, en forma de “common health”, se ha realizado aquí y ahora.