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Cuando

me
gustaba
el
fútbol

UNIDAD EDUCATIVA
LEOPOLDO MERCADO
PRÓLOGO

Creo yo, que todos los niños nacemos gritando gol y por
eso hay tanto ruido en las maternidades, llenándolas
siempre de un estrépito tremendo.

Yo quiero ser un jugador de fútbol como todos los niños de


mi país, empecé a jugar desde los 8 años y me fue muy
mal porque siempre fui un “pata dura”, terrible para la
pelota.

Pretendo que entre la pelota y yo nunca podremos


entendernos, es como el amor no correspondido.

También soy un desastre en otro sentido: cuando mis


rivales hacen una linda jugada yo voy y los felicito, lo cual
es un pecado imperdonable para las reglas del fútbol
moderno.

Marvin Guallichico

Curso: Octavo “D”


INICIO

Bajaba con Ariel por la calle Leopoldo Mercado, rodando


la pelota con pasos largos de vereda a vereda, de pronto
mi padre salió por la puerta de la casa y me llamo a gritos.

Me quede asustado y solo miraba como la pelota se iba


solita, sin que nadie la detuviese comer sin que nada
detuviera, que la cogiera, como lo hacía yo con mis
zapatos de caucho grises y ya con enmendaduras.

Ariel sorprendido por un momento, corrió luego tras ella y


yo regresé de mi casa lavándome las manos.

Mi madre, molesta y frustrada, llena de grandes


expresiones en sus mejillas, me habló de la misma manera
que hablan todas las madres humildes, me recrimino mi
suciedad por ese juego maldito que destroza mis zapatos
y toda mi ropa, que estaba sucia y manchada.

Luego llevándome a la habitación me dijo: “saca el cuadro


que tienes en la pared y límpialo, hay que empeñarlo”.
NUDO

Me dediqué por entero a es labor y Ariel me ayudaba,


tratábamos de sacarle el mejor brillo con un trapo que
utilizaba mi mamá para limpiar los trastes, era un cuadro
plateado de “LA DIVINA CENA”, tallado a mano.
Despreciado ese cuadro, siempre lo había mirado desde
mi silla y no servía para nada; ese hombre, el tipo de
barbas largas sentado en la mitad de la mesa mira siempre
nuestro almuerzo, cuando comemos sopa de fideos. Ariel
me dice: “hay que jalarle las barbas a este” y yo siempre
me río. Me pongo triste y con ganas de decir: “maldita
vida”, me daba pena ver cómo poco a poco nos vamos
quedando sin nada, primero el televisor, luego la radio que
nos regalaron, después el abrigo de Mateo que heredó de
mi abuelo y por último los aretes que le regaló el tío José a
mamá antes de morir.

Cada vez que entro a la casa de empeño miro las cosas


que eran nuestras, por eso y por muchas cosas más me
pongo triste y me digo a mi mismo, podría comer en paz
mirando las paredes vacías y todas esas telas de araña
que hay en la casa.
Lo único que nos quedaba era la pelota en aquella red que
tejió mi tía y era lo único que teníamos para empeñar. Fui
caminando muy despacio por esas baldosas para tratar de
no ensuciarlas, llegué a la casa de empeño y Don Juan el
dueño me dijo: “veamos, veamos que me traes ahora
condenado niño”.

Estiré el paquete y Don Juan pregunta ¿qué es esto? a la


vez que habría el envoltorio con sus manos temblorosas.

Me desentendí del asunto y me puse a mirar todo lo que


había en ese lugar, sorprendido de todo lo que mis ojos
observaban, medallas, trofeos, chalinas de todo color,
radios, televisores, joyas de todo tipo y porte, ropas de
damas y caballeros.

Don Juan susurro a mi oído como un cuervo diciendo, esto


no vale nada. Mire a Ariel, estaba escondido tras la puerta
y me hizo una seña como de miedo, yo frotándome las
manos le decía: es un balón que me trajo mi tío de España.

Don Juan pasaba sus manos por toda la pelota, luego poco
y se iluminó un cuarto con miles de reflejos dorados y por
tanto insistirle accedió a darme algo de dinero por el balón.
Al preguntarle la cantidad de dinero que me daría, Don
Juan se acercó a su escritorio y sacó dos billetes de diez
dólares y me dijo: “toma esto condenado para que no
vayas con las manos vacías, firma aquí”.

Antes de salir pedí a Ariel que saliera primero y me


avisaras si Mateo estaba en la ventana. Ariel salió alegre,
pateando su pelota vieja y rota, me hizo unas señas que
no entendía bien.

Cuando salí la voz inconfundible de Mateo me grito:


“chamo, le quité la pelota vieja Ariel”.

Fuimos a jugar, corría con todas mis fuerzas y al poco


tiempo me encontré con un grupo de mis compañeros en
la esquina de la calle y me dijeron: “chamo, vamos un
partido”.

Había una canchita frente a la escuela Juan Montalvo, ahí


jugaba siempre que yo podía porque mi mamá no lo
permitía, en ese momento recordé que ella quería que yo
esté en casa para enviarme a todos sus mandados.

En la cancha me olvidaba de todo y solo hacía lo que me


gusta y disfrutaba de eso, de jugar fútbol.
FINAL

Fui a ponerme la camiseta y estaba desaparecida, me


puse a buscarla con muchos nervios, luego me angustié y
con lágrimas en los ojos seguía buscando y nada, todos se
iban abandonándome.

De un lugar oscuro salió mi madre con Mateo pero no les


puse atención, seguía buscando debajo de las piedras y
no encontré la camiseta.

Empezó a oscurecerse y el frio empezó a cobijarme, yo con


mucho miedo y lleno de tristeza, como la que tenía mamá
cuando perdió a mi abuelo, llegué a la parada de los buses
para esperar a que pase Ariel pero no llegaba. Los minutos
y las horas pasaban, yo con mucho frío seguía sentado allí,
esperando que llegara para pedirle algo para cubrirme, lo
único que me quedaba era ese consuelo, de jugar futbol
en aquella cancha, donde juego desde los 8 años y hasta
ahora lo sigo haciendo y espero seguir adelante y
perseguir mi sueño de ser el mejor futbolista de todos los
tiempos.