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Los nuevos juguetes

En la cuadra donde reinó la juguetería, el protagonismo lo tiene ahora el logo de la


tienda Apple.
Por: Yolanda Reyes

09 de octubre 2017, 01:02 a.m.

En un mundo interesado solamente por noticias muy malas, el cierre de una tienda
de juguetes no se considera noticia. Quizá por eso cuando cerraron la sucursal de
FAO Schwartz, una de las jugueterías más hermosas del mundo, situada en la
Quinta Avenida de Nueva York, no hubo cubrimiento mediático ni marchas de
protesta; tampoco se supo que se le hubiera roto el corazón a nadie, a pesar de
que varias generaciones de distintos lugares del planeta quedaron marcadas por
la visita a ese “mundo de juguetes”, como decía su canción de bienvenida.

Si bien en las épocas de oro de la juguetería no estaba de moda eso de llamar a


cualquier cosa “una experiencia” (gastronómica, turística, esotérica), entrar en ese
edificio que parecía un palacio era cruzar un umbral de ensoñación para
entregarse a esa experiencia de jugar que está en el ADN de la infancia y que es
inherente a la condición humana. No es casualidad que la última escena de ‘Ojos
bien cerrados’, esa inquietante película protagonizada por Nicole Kidman y Tom
Cruise que explora la delgada línea entre la fantasía y la vida cotidiana de una
pareja, haya sido filmada, justamente, en FAO.

Valiéndose de ritos, seguramente estudiados y aprendidos en el reino de todas las


infancias, los empleados de la juguetería recibían a los niños (y allá sí era fácil ese
lugar común de volverse niño a cualquier edad) con esa invitación infalible a
“hacer de cuenta”. Empleadas disfrazadas de enfermeras invitaban a conocer a
los bebés de un pabellón de recién nacidos, con todos los detalles hospitalarios de
juguete, o empleados vestidos de safari asustaban a sus clientes con serpientes
venenosas de peluche. Por supuesto, detrás de esos juegos había un cuidadoso
trabajo de mercadeo –nadie lo duda–, pero el hecho de vender mundos
imaginarios le imprimía cierto toque de altruismo al negocio.

Pues bien, en la cuadra donde reinó la juguetería durante tantas generaciones, el


protagonismo lo tiene ahora el logo de la tienda Apple, y ya se anuncia un nuevo
proyecto arquitectónico para ampliar los linderos del nuevo reino imaginario.
Precisamente, alrededor de una manzana, como en los tiempos del Antiguo
Testamento, se congrega gente de todas las edades –con sus recién nacidos y
sus cachorros digitales–, y todos hacen fila para encargar un nuevo objeto del
deseo: el iPhone X, cuyo lanzamiento (o, mejor, advenimiento) previsto para
comienzos de noviembre conmemora el décimo aniversario del teléfono.

Como fenómeno acústico y simbólico, el bullicio que produce ese murmullo en la


tienda Apple es muy distinto al que producían los niños que jugaban en la
juguetería. Ahora hay miles de personas, de todas las edades, etnias y geografías,
unas al lado de otras, sin tocarse y sin mirarse, absortas en esas pantallas que
necesitan reemplazar cada vez más pronto y que son sus talismanes para
moverse por los nuevos reinos mágicos.

Se trata de un vocabulario aún desconocido: de una nueva Tierra Incógnita que se


abre a la reflexión. Así como han surgido tantas preguntas a propósito de la
extinción de las tiendas de música, de las salas de cine y de las pequeñas
librerías, cabe preguntarse qué significa la extinción, no solo de la sede de una
juguetería, sino de tantas jugueterías que hoy parecen dinosaurios. ¿Qué tienen
que ver estas nuevas formas de jugar y estos nuevos juguetes virtuales con las
formas de inventar mundos posibles?

Una nueva infancia, eterna, quieta y solitaria, con nuevas formas de inteligencia y
de invención pero también con inmensos desafíos, se abre paso. Y como jugar es
siempre representar un tiempo y una cultura, es fascinante jugar a descifrar lo que
nos dicen los juguetes sobre los mundos que emergen y los mundos que
desaparecen.

YOLANDA REYES

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