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LENGUA A: LITERATURA (2011-13)

Novela inglesa del siglo XVIII

ARÁNZAZU USANDIZAGA
LA NOVELA INGLESA DEL SIGLO XVIII
En el siglo XVIII se escribe en Inglaterra por vez primera de manera sistemática
novela, el más moderno de los géneros, el que ha absorbido la imaginación occidental
desde entonces. Todo ello tiene muchísimo que ver con la historia en un sentido
amplio del término, con las circunstancias ideológicas, científicas, sociales y
ambientales que la potencian y estimulan. lan Watt fue el crítico genial en determinar
los orígenes sociopolíticos del género en The Rise of the Novel, libro que en muchos
aspectos es insuperable e imposible de contradecir. Watt investiga lo que ocurre en la
cultura inglesa que produce una explosión narrativa sin precedentes en que la prosa
fecunda y fructifica en una progresión nueva e inesperada. Las condiciones históricas
son bien conocidas. La primera revolución burguesa se inicia en Europa cuando la
marina inglesa destruye a la Invencible porque permite a los ingleses hacerse los
dueños casi exclusivos de los mares; explorar y explotar el ancho mundo; porque
permite a los segundones y aventureros, a los menos afortunados pero más audaces,
lanzarse a la búsqueda y a la colonización paulatina de los lugares remotos. Con el
tiempo la aventura marítima permite al país la acumulación de un capital enorme,
fruto del comercio con las materias y productos obtenidos en los viajes. El colonialismo
provoca asimismo el enriquecimiento de personas de origen muy diverso en la escala
social, y la aparición de una clase nueva, la de los comerciantes, cada vez más rica y
poderosa. En una palabra, la expansión marítima provoca un cambio profundo en la
estructura social que se adelanta ya en el estallido violento de la Guerra Civil de 1640,
cuando Oliver Cromwell, coronel del ejército de religión puritana, es decir, protestante
de la reforma protestante, decapita al rey Carlos I Estuardo, católico y tradicionalista.
La revolución social progresa vertiginosamente durante la segunda mitad del si-
glo, y culmina en el año 1714 cuando el partido liberal llega al poder -desde la Res -
tauración se establece en Inglaterra un sistema parlamentario-, con Robert Walpole a
la cabeza, que representa los intereses de la nueva clase burguesa. Esta nueva clase,
cada vez más aposentada en Inglaterra, con medios y tiempo para leer, va poco a poco
imponiendo sus intereses ideológicos y culturales, que difieren profundamente de los
de las clases tradicionalmente acomodadas, es decir, de los de la aristocracia. Los

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estudios clásicos dejan de ser objetivo primordial, no sólo porque las nuevas clases
carecen de la formación en dichas disciplinas, sino también porque el panorama
científico ha cambiado. Son hechos bien sabidos: Locke, Berkeley y Hume, los filósofos
empiristas, definen una manera nueva de comprender la realidad. El conocimiento se
vincula ahora por vez primera rigurosamente a los procesos inductivos en vez de a los
deductivos, y se cree alcanzar el saber únicamente a través de los sentidos porque la
persona es como una tabula rasa sobre la que se imprime la información que
poseemos, que procede exclusivamente de lo que suministran los sentidos. La «Royal
Society», la universidad científica fundada durante el siglo XVII, y cuyo primer director
es Isaac Newton, se lanza vorazmente a observar y a definir la realidad con métodos
propios y nuevos. El empirismo, el pragmatismo, afectan profundamente a la literatura.
El interés por la observación, por la apreciación de los detalles, potencia la
consideración y la descripción de lo particular, el análisis de lo individual. La revolución
no es sólo ideológica, científica y cultural; es además lingüística. En sus primeros años
de existencia, la «Royal Society» define la necesidad de un lenguaje preciso,
denotativo, sin fantasías ni metáforas, lo más parecido posible al lenguaje de las ma-
temáticas, según cita textual de Sprat, el primer historiador de la «Royal Society». Es el
lenguaje que exigen la ciencia, el comercio y los negocios, y será el de los géneros
nuevos en prosa, el del ensayo periodístico, de la autobiografía, de la narrativa, y sobre
todo el que potencia el género objeto de nuestro trabajo: la novela.
Otro importante determinante en el nacimiento de la novela es el contexto reli-
gioso: la revolución protestante y los rigores posteriores de las sectas de los llamados
dissenters, puritanos, metodistas y cuáqueros. La reforma aparta a los fieles de la ora-
ción común y estimula la salvación personal que es fruto de la introspección. La religión
protestante fomenta y normaliza el acceso a dimensiones desconocidas de la in-
dividualidad, y suministra una retórica precisa para establecer el diálogo con Dios a
través de la propia intimidad. Esta tradición de análisis de la intimidad se convierte en
una práctica común a partir de la Reforma religiosa, y además de crear un importante
hábito de libre pensamiento y de libre interpretación de las Escrituras, establece una
retórica que incide, con la secularización que es ya muy intensa desde principios del
siglo XVIII, directamente sobre las técnicas de creación de los personajes literarios

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ficticios y autobiográficos, para cuya creación sus autores cuentan con los recursos
lingüísticos y estilísticos necesarios con los que explorar los aspectos más desconocidos
de la identidad literaria. La novela inventa muy pronto, y explora hasta la saciedad,
nuevas dimensiones de la vida personal que la literatura clásica había desconocido.
La expresión de nuevos aspectos de la personalidad se debe vincular
inmediatamente a otro fenómeno nuevo e insólito: el de la incorporación de la mujer a
la lectura, el de su creciente aunque lenta alfabetización, el de su inevitable aunque
limitada educación. La crítica contemporánea, en particular la feminista, ha debatido
ampliamente la estrecha relación entre la aparición del género novelístico y la
incorporación incipiente de la mujer a la cultura. Por una parte, ya Sir Philip Sidney, en
pleno Renacimiento, dedica su proto-novela Arcadia (1590-93) a su querida hermana,
la condesa de Pembroke, y a sus amigas, con las que convive durante los meses en que
la reina Isabel I le expulsa de la corte. O igualmente significativo, la obra en prosa de
John Lyly, Euphues (1578), recibe una gran acogida por parte de las lectoras femeninas,
tanto así que su autor decide escribir un segundo volumen. El prólogo a su segundo
relato reconoce y considera el gusto femenino, cosa que no ocurre en el primero. No es
difícil explicar estos hechos. La mujer, que no ha tenido nunca acceso a las
universidades ni estudios superiores, carece de la preparación necesaria para apreciar
los textos literarios clásicos más difíciles, en su mayoría poéticos. Durante el siglo XVIII
el bienestar económico creciente de las clases medias y la abundancia de servicio
doméstico en sus nuevas mansiones permiten a la mujer mucho tiempo libre. La nueva
organización económica ha alejado por primera vez en la historia el centro de
producción económica de la casa, y los hombres abandonan diariamente sus hogares
para trabajar en centros de producción: talleres, oficinas y fábricas. También las tareas
más duras de la producción doméstica, la elaboración del pan, del jabón, la crianza de
los animales y la confección textil, se realizan fuera del hogar. Todas estas
circunstancias, unidas a la obsesión del siglo por la educación y los logros de la razón,
ponen a muchas mujeres en situación de poder leer e incluso poco a poco también a
escribir. Las bibliotecas ambulantes, que se institucionalizan en Inglaterra durante la
segunda mitad del siglo XVII, convierten el acto de lectura en la más personal y secreta
de las actividades. La comedia de la Restauración está llena de referencias a jovencitas

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que leen a escondidas demasiadas novelas, sobre todo demasiadas novelas de amor, y
Swift en el primero de los viajes de Gulliver atribuye el incendio del palacio de la reina
de Lilliput al descuido de una criada absorta en la lectura de una novela. Charlotte
Lennox publica en 1760 una novela titulada The Female Quixote (La mujer Quijote) en
la que la protagonista ha perdido la razón por los excesos de lectura de romances o
novelas de amor, y Maria Edgeworth escribe en 1790 un relato similar en Angelina, en
que también la protagonista se convierte en una Quijota a la inglesa gracias a los
excesos de la lectura.
La crítica Nancy Armstrong atribuye esta vinculación entre la novela incipiente y
la cultura femenina a razones claramente políticas e ideológicas. La mujer, apartada
legal y definitivamente de los centros de producción y de poder, queda especializada
en la práctica imaginativa de una función única: la del amor, y su ámbito de acción se
limita al de la vida afectiva. La ley objetiva y comprobable se encarga de determinar
este destino a base de impedirle textualmente a la mujer el acceso a cualquier otra
dimensión de la experiencia, ya sea económico o laboral. Pero la tesis de Armstrong va
más lejos y sugiere que el relato amoroso burgués, que se inventa durante el siglo XVIII
en Inglaterra, no sólo ofrece unas pautas de comportamiento posible para la mujer en
un mundo cambiante, y un destino aceptable para la ideología dominante, sino que el
relato amoroso proyecta además unos ideales de reconciliación social y política
imposibles. La novela inventa el nuevo mundo a la vez que la identidad moderna, y
relata sus contradicciones y ansiedades más ocultas. Por primera vez un género se
compromete con la originalidad temática, y el relato se centra en el destino individual
de personajes cualesquiera, no príncipes o nobles. Por vez primera los objetivos son la
intensidad en la caracterización, en lo individual e idiosincrático, en la veracidad del
contexto sometido a procesos espaciales y temporales precisos, observables. El tiempo
se cuenta ahora por minutos y pierde su condición general y abstracta. El espacio se
localiza hasta sus últimos detalles. Son los métodos del realismo formal en que la ilu-
sión de autenticidad es total, el lenguaje descubre un destino eminentemente
referencial y se concentra en la enumeración exhaustiva.

Usandizaga, A., 1995, “La novela inglesa en el siglo XVIII”, en Llovet, J. (ed.), Lecciones de Literatura Universal,
Madrid, Cátedra, 429-432.