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Blanchot, Iniesta y la desmesura del Otro

por Jorge Fernández Gonzalo

http://www.ariadna-rc.com/numero49/critica03.htm

El filósofo Maurice Blanchot nos ha legado, quizá como máxima realización


de su obra, la inquietud de lo otro, de pensar lo exterior, de asistir a ese afuera
resbaladizo, al exceso de la otredad que nos sobrepasa.

Quizá debamos, para entender esta desmesura del Otro a la que hacemos
referencia, atender a las palabras de Andrés Iniesta, el jugador del Fútbol Club
Barcelona, en unas declaraciones tras un partido contra el Valencia: “las dos
partes fueron muy diferentes. Sobre todo la primera”. Les dejo dos segundos por
si aún no han pillado el chiste. Bien. El caso es que, si queremos asimilar lo que
significa lo Otro para Blanchot, hay que leer estas palabras como si nuestro
futbolista entendiera perfectamente la filosofía del pensador francés. Es decir,
Blanchot concibe que en una relación de diferencia pueda llegar a existir una
parte más alejada de la otra, una parte mucho más diferente que su compañera,
un Otro lejano e indescifrable en la región de una noche que no se alcanza a
decir.

Blanchot habla para ello de una relación neutra, es decir, asimétrica, ajena a
toda dependencia de unidad e incluso de presencia. Hay algunos ejemplos
recurrentes en sus obras, como las referencias al olvido, a la muerte o a la obra
literaria. Parémonos a considerar el lugar del olvido, la relación que tiene
conmigo lo que denomino bajo el impetuoso nombre de olvido. ¿Qué
correspondencia se establece? Hay una posesión, es cierto: digo mi olvido, tu
olvido, el olvido de toda una generación. Sin embargo, ¿se posee algo
realmente? Pareciera que, en la espesura de la consciencia, se hubiera encerrado
una caja fuerte, como si existiera una puerta cerrada entre los laberínticos
pasillos de la memoria y del Yo. Mi olvido me pertenece: insolente aserción,
pues, ¿qué hay de pertenencia en lo que es no siendo, en lo que existe sólo
cuando me falta? Por decirlo de otro modo, el olvido es siempre el testimonio de
una ausencia, no es más que un signo que, desde la perspectiva del rechazo,
oculta lo rechazado sin absolución ninguna. La única relación con mi olvido
sería que no hay relación, que su existencia depende de mi incapacidad para dar
con ello. Así, puede decirse que mi memoria me une con una ausencia, con el
recuerdo como falta de algo, con lo pasado ya puesto sobre el tamiz de la
carencia irresoluble. Por otro lado, no se convoca nada con el olvido. No hay
relación, ni con algo presente, ni con algo ausente (el olvido es ya una ausencia
en sí misma). Analicemos las partes que nos quedan: si mi memoria es una falta,
la ausencia de un hecho que no poseo, que se ha desvanecido de toda forma
presente, y el olvido es el desvanecimiento mismo de la memoria, entonces el
olvido no se ofrece más que como la ausencia de una ausencia.

Algo similar nos deja la experiencia de la muerte. Es imposible morir, viene a


decir Blanchot. No porque la gente no muera, sino porque la muerte anula la
posibilidad de la experiencia. Entonces, nadie puede vivir su propia muerte, no
existe relación alguna con mi muerte, sino tan sólo esa neutralidad, esa
separación inconcebible que hace de mi experiencia del acabamiento una
experiencia a la que ni el suicidio ni el deseo de morir me acercan. La
interrogación sobre la muerte se ha desplazado, la pregunta por la muerte tiene
que sucederse fuera de la palabra, en un no-lenguaje, porque el signo une y
separa mi lenguaje de la muerte, mi pregunta y el suceso que no llega a
acontecer nunca sino por ese lenguaje que lo pone en falta, que hace de la
muerte, en cierto modo, el acorde de la literatura, la clave de la escritura
literaria.

La literatura nos indica por esa separación radical que es ella misma la
separación que constituye la muerte: la palabra es ya la muerte de la cosa, la
muerte del autor, mi propia muerte en esa infinita espera que nos permite
concebir la experiencia de la mortalidad. La literatura es para Blanchot su
propia pregunta, el hueco de su existencia puesto en su mismo centro, y por esa
inanidad de su ser inconcebible, la falta de centro hecha palabra. La obra, en
cierto modo, rompe con la unidad por esa falta que la constituye, por esa
pregunta que la retiene. La obra está entonces desobrada, luego mi
acercamiento a la obra, como Orfeo incapaz de retener el rostro de Eurídice, me
sobrepasa, sobrepasa mi lectura y el comentario, establece una relación en
donde ya no hay relación, sino una falta que no alcanzamos a comprender. Lo
que hace posible a la literatura, pues, es el hecho de que sea imposible leerla.

El olvido, la muerte y la literatura son formas de esa otredad que se nos


escapa, de ese Otro inquietante, inconmensurable. Blanchot ha aprendido de
Levinas que la otredad siempre supera a mi condición de sujeto, que mientras
yo me creo Uno y me constituyo en esa separación frente a las cosas, el otro, el
prójimo o cualquier forma de otredad, se aproxima a mí mediante la desmesura
que no arraiga en la unidad, de manera grotesca o desmedida. El otro es más
que yo por esa incapacidad de que el otro participe de mí, por lo que el otro
desborda toda presencia, todo cierre. Se trataría de lo que Blanchot denomina
como una relación de tercer género. ¿A qué se refiere con ello? El primero de los
tipos de relación remite a la unidad, a la aclimatación de lo otro a lo mismo, y es
la relación que impone la ciencia y el pensamiento racional:

El hombre quiere la unidad, y constata la separación. Con respecto


a lo que es otro, ya se trate de otra cosa o de otra persona, esta
relación debe trabajar para volverlo idéntico: la adecuación, la
identificación, usando como medio la mediación, es decir, la lucha y
el trabajo dentro de la historia, son los caminos por los que ella
quiere no sólo reducirlo todo a lo mismo, sino también dar a lo
mismo la plenitud del todo en que debe convertirse, al final. En este
caso, la unidad pasa por el todo, así como la verdad es el movimiento
del conjunto, afirmación del conjunto como única verdad (La
conversación infinita: 83).

Habría un segundo tipo de relación entre el yo y el otro que representa la


unión, el enlace dialéctico, en el cual

se sigue exigiendo la unidad, pero obtenida inmediatamente.


Cuando, en la relación dialéctica, el Yo-sujeto, ya sea dividiéndose, ya
sea dividiendo lo Otro, lo afirma como intermediario o se realiza en
ello (de modo que pueda reducir lo Otro a la verdad del Sujeto), en
esta nueva relación lo absolutamente Otro y el Yo se unen
inmediatamente. Es una relación de coincidencia y de participación,
a veces lograda por métodos de inmediación. El Yo y el Otro se
pierden uno en otro. Hay éxtasis, fusión, fruición. Pero aquí el «Yo»
deja de ser soberano. La soberanía está en lo Otro que es lo único
absoluto (La conversación infinita: 83-84).

La relación de tercer género, sin embargo, es aquella que no se soporta sobre


la unidad, que no tiene al Uno como horizonte, ni al ser, ni a la continuidad,
sino que trata al otro como una otredad con respecto a sí misma, una
exterioridad que me sobrepasa y que sobrepasa todo poder de asimilación. Se
trata de una asimetría, de una polaridad que no se deja recoger por ningún
pensamiento que augure la certeza de lo mismo. Campo no isomorfo, distorsión
infinita, juego de perspectivas en donde cada elemento constituye un espejo
deformante del otro, una otredad del otro que ninguno en la relación logra
contener. Irrelación, desastre, discontinuidad, fragmento. Se ha roto con esa
simpleza que nos obliga a determinar el mundo, a realizar el proyecto de la
verdad, de la unión, de la certidumbre, del todo. Se han desgajado los signos de
una escritura total, del texto completo, y el mundo no nos deja nada más que la
distancia con todo aquello que nos acompaña en nuestro camino, la escritura de
unos signos que no cabe en la partitura de ningún dios, en la interpretación de
ningún libro, en la lectura de obra alguna.

La relación que plantea Blanchot con lo Otro es, por tanto, una relación de la
desmesura, que no estaría determinada por lo Uno ni lo múltiple, sino por una
ausencia de subjetividad y de mismidad que, en lugar de establecer el ser de la
relación, nos entrega a su deriva, al devenir, al eterno retorno siempre
cambiante y siempre como desgarro de la unidad. La relación con lo otro es, por
tanto, asimétrica, sin reciprocidades ni continuidad dialéctica, sino franqueada
por ese abismo de lo neutro, es decir, de la diferencia vista como lo diferente,
como si la primera parte, señala Iniesta, fuera infinitamente más diferente que
la segunda, en la medida en que una y otra parte no pueden ser comparadas, un
tiempo y otro no entran en relación, no hay relato, no llegan a formar la unidad
del encuentro, ni su expresión dialéctica, sino una falta de correspondencia que
nos obliga a pensar el partido de fútbol como una relación que ha puesto de
relieve la falta de relación entre sus componentes, la imposibilidad de pensar el
todo de dicho encuentro desde la cordura de la unidad. Quién hubiera
imaginado todo lo que se nos escapaba de estas sencillas palabras.

Bibliografía
Maurice Blanchot. La conversación infinita. Madrid: Arena Libros, 2008.