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Microextorsión en Colombia:

caracterizando el delito desde Medellín, Cartagena y Bogotá, 2011-2014.

Ponencia a cargo de: Juan Esteban Avila Saavedra.


Semillero de investigación: “Paz, violencia y orden social”.

En la presente ponencia, se tendrán en cuenta los aspectos tratados del articulo “Microextorsión
en Colombia: caracterizando el delito desde Medellín, Cartagena y Bogotá, 2011-2014” cuyos
autores son Ervyn Norza Céspedes y María Jimena Peñalosa, todo con el fin de encontrar
categorías de análisis que permitan estudiar el comportamiento del negocio de la extorsión en
el territorio nacional, con un énfasis especial en las ciudades de Medellín, Cartagena y Bogotá.
Teniendo como objetivo inicial indagar los principales factores de riesgo de victimas y
victimarios que hagan que se de la Microextorsión, intentando hallar una respuesta en
componentes psicosociales demográficos en las víctimas y victimarios en las ciudades
anteriormente nombradas.
Como primera medida, las autoras siguen la línea de Gordon Hostetter y su definición de la
extorsión, en donde, para él, existen parásitos humanos que se van a lucrar de los resultados de
la actividad económica de los demás, manteniendo su control por intimidación, fuerza y actos
de terrorismo. A partir de allí, existen tres maneras de explicar la extorsión. La primera vendría
a ser la roma depredadora, en donde el pago es exigido y realizado en una sola oportunidad, en
la parasitaria el victimario exige y consigue mantener largos pagos por periodos y por tiempo
prolongados y por último la simbiótica, en ella, tanto la víctima como el victimario
obtienen beneficios para cada uno de ellos.
Grupos armados al margen de la ley -como las FARC y el ELN- a principios del año 2000 van
a poner en práctica la extorsión como método de financiación de su accionar armado. Norza y
Peñalosa (2016) se encargan de dar las siguientes cifras:
“Entre los años 2000 y 2014 se reportaron 32.209 víctimas de extorsión en el territorio
nacional, en contraposición con 17.067 víctimas por secuestro (vid. gráfica 1), sin contar
con los casos que no fueron denunciados y las secuelas ocasionadas a sus familias, la
sociedad y el país en los ámbitos socioeconómicos, políticos y culturales.” (2016, pág. 133)
A pesar de los altos índices de extorsión, se ha presentado la mutación de la misma en otras
formas, un poco a menos escala en cuestiones económicas, teniendo como principal victima a
comerciantes tenderos, transportadores y agricultores, en donde se realiza un pago periódico
de dinero que no sobrepasa el salario mínimo. Los grupos que realizan estas prácticas, lo hacen
como una forma de cobra por permitirle a la víctima trabajar, su libre movilidad y su integridad.
Estos fenómenos se dan en zonas carentes de condiciones favorables, en donde impera el
consumo de drogas, marginación del entorno, baja situación económica, maltrato, deserción en
la educación, informalidad laboral, entre otros.
A la hora de definir la Microextorsión, cada grupo presentó una conceptualización distinta entre
cada uno de ellos, para algunos, era un mecanismo ilegal para obtener cuotas de dinero que
constituyen un factor importante para su lucro en particular o la financiación de sus
organizaciones delictivas. Para los judiciales, este más allá de ser un delito, es un fenómeno de
alto impacto, ya que desencadena diversos problemas sociales, vulnera derechos
fundamentales, ya que se amenaza, se agrede y se coacciona.
La edad de las victimas, según este estudio, está entre los 42 y 49 años, lo que nos da inferir,
que este es elegido en razón de su situación económica, familiar y personal, en su mayoría
comerciantes informales, en donde en sus actividades rutinarias se le permite a los victimarios
conocer su flujo de caja diario, para así realizarle exigencias de tipo económico. Dentro de este
proceso, sufrirán por ser receptores de amenazas, que produce emociones dañinas, lo que deriva
al deterioro a nivel social y político, daños a la salud física y mental, lo que repercute a la
perdida de credibilidad de los procesos de atención del delito por parte de las autoridades
correspondientes.
En el caso de los victimarios la situación es distinta, el 30% de ellos iniciaron en este negocio
siendo menores de edad o con 18 años, aunque prevalece el rango de edad entre los 28 y 36
años, estos son solteros, con una educación secundaria incompleta, con hijos en su mayoría
viviendo en distintos núcleos familiares, siendo esta su principal justificación para su actuar.
Entre las principales razones de los victimarios para realizar la microextorsión está en su
facilidad de lucro económico, bajos salarios, inestabilidad laboral, deserción escolar, lo que
genera a la victima una afectación económica, física y psicológica resultado de las amenazas
del extorsionador. Norza y Peñalosa (2016) afirman lo siguiente respecto a lo anterior:
“Estas circunstancias se ven agravadas en muchos casos por el desconocimiento de los
programas de atención a las víctimas y ausencia de fortalecimiento de programas de
inclusión social. La conjunción de estos factores mantiene la motivación en el
victimario para continuar con el ilícito, lo cual crea el imaginario de que sus acciones
serán invisibles para las autoridades, escenario que posteriormente puede mantenerse
cuando no se realiza un proceso de resocialización efectivo.” (Microextorsión en
Colombia: caracterizando el delito desde medellin, cartagena y Bogotá 2011-2014,
2016, pág. 143)
En el modus operandi de esta práctica, se puede identificar que en la ciudad de Medellín impera
la amenaza personal contra un sector o gremio, como lo son los conductores de vehículos de
transporte público, eligen a los vehículos que pasan por una zona, allí la victima paga una suma
de dinero. En Cartagena se da la amenaza y exigencia impersonal, por medio de métodos que
evitan el contacto directo entre victima y victimario. Esto va dirigido a una persona que cumple
con ciertas características de poseer dinero. Cuando las victimas no denuncian, según Norza y
Peñalosa (2016) dicen lo siguiente:
“se identificaron posibles causas asociadas a la no denuncia: información incompleta
sobre los pasos que se deben seguir para denunciar y programas de atención a víctimas,
incertidumbre frente a la solución del problema, existencia de una cultura ciudadana de
evasión a los procesos judiciales, búsqueda de solución sin ayuda de las autoridades, falta
de confianza en estas y en el sistema judicial, y el temor a las represalias como factor
determinante.” (pág. 145)
La denuncia no constituye un factor importante para las víctimas, esta se va a asociar con la
impunidad e inseguridad, para luchar contra estas prácticas ilegales, las autoras afirman que,
según los funcionarios judiciales, es necesario la aplicación de una serie de estrategias que
difundan medidas de prevención, una correcta capacitación de los funcionarios judiciales para
poder atender de manera correcta en cuestiones psicológicas a las víctimas, articular estos
procesos con otras instituciones para impulsar el procedimiento investigativo incluyendo
mayor flujo de información sobre los puntos de atención a la ciudadanía.
Las autoras concluyen que, efectivamente existen factores demográficos y psicosociales que
hacen más propensa la aparición de victimarios y víctimas de microextorsión, como lo son los
niveles bajos de escolaridad, ausencia de valores, familias disfuncionales, alta presencia de
hijos de diferentes madres, inestabilidad laboral, remuneraciones bajas, influencia de terceros
y la baja percepción de riesgo y contextos sociales desfavorables.

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