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Victimización horizontal y Paz negociada

(estractos de un libro en preparación)


Por: Iván Orozco Abad
Profesor de la Universidad de Los Andes

Sobre los Modelos Verticales y Horizontales de Victimización

Para una adecuada comprensión de las disputas que tuvieron lugar en La Habana
entre el Gobierno Santos y la guerrilla de las FARC en torno al tema de las víctimas es
útil encuadrar dichas disputas en una reflexión sobre la naturaleza del conflicto, de las
dinámicas de victimización que en él tuvieron lugar durante largas décadas y a las
cuales se puso fin mediante una negociación política que incluyó un acuerdo sobre
justicia transicional.

Es necesario distinguir analíticamente entre modelos verticales y modelos


horizontales de victimización, a pesar de que en la realidad unos y otros suelen
entremezclarse. Se puede decir que se ha producido una dinámica de victimización
vertical allí donde, como en las dictaduras represivas no contestadas con violencia, el
Estado-victimario tiene el monopolio de la barbarie en tanto que los grupos sociales
victimizados tienen el monopolio de la indefensión. Una separación más bien clara de
los campos y de los roles del victimario y la víctima es un rasgo central de los procesos
de victimización vertical que en ellos tiene lugar.

Por el contrario, cabe decir que se ha desplegado una dinámica de victimización


horizontal allí donde, como en muchas guerras, las partes en conflicto, apoyadas por
segmentos más o menos numerosos de población, victimizan de forma cruzada las
poblaciones de referencia de sus enemigos, en circunstancias en que abundan en uno
y otro bando figuras de “zona gris”, es decir, individuos y grupos en los cuales, en
diferentes grados y de distintas maneras, se colapsan los roles del victimario y la
víctima, y falta claridad tanto en términos de jus ad bellum como de jus in bello sobre
quiénes son los buenos y quiénes son los malos. En la medida en que el balance entre
los roles del victimario y la víctima se aleja de un equilibrio perfecto, bien en la
dirección de un mayor peso de su ser victimario, bien en la del mayor peso de su ser
víctima, más fácil habrá de resultarle al juez decidir si se trata, finalmente, de lo uno o
de lo otro.

Decir que las guerras consisten siempre y exclusivamente en modelos de


victimización cruzada de grandes masas, en contextos en que toda la población está
dividida y de alguna manera soporta el esfuerzo bélico de una de las partes en
conflicto, puede resultar muy exagerado. En ese caso se infla excesivamente el
concepto de zona gris y se desconoce que importantes segmentos de población, con
frecuencia mayoritarios y que nada tienen que ver con los actores armados, son
injustamente victimizados. Pero decir que las guerras son siempre y en lo
fundamental “guerras contra la población”, como lo prefieren muchos defensores de
derechos humanos, y sugerir que consisten únicamente en una suerte de modelos
dobles de victimización vertical en los cuales las máquinas de guerra sin soporte
social político se “alían” para matar y dañar una población civil que es siempre y casi
por definición inocente, es igualmente exagerado. Desconocer que las guerras no se
hacen sólo contra sino también con la población le quita a muchas víctimas su
“agencia” y oculta los grises.

Sobre las Zonas Grises


Dada la importancia que tiene el concepto de “zona gris” en la definición aquí
propuesta de los modelos verticales y horizontales de victimización, antes de seguir
adelante con el análisis de algunas de las diferencias más relevantes en lo que atañe al
modo como se estructuran las transiciones desde la guerra y las transiciones desde la
dictadura, así como al comportamiento de los distintos actores que en ellas participan,
es importante hacer algunas observaciones sobre el mismo.

Pertenecen a las zonas grises aquellas personas y grupos que en el despliegue


temporal de una dinámica de victimización vertical u horizontal que puede ser más o
menos larga, han llegado a ocupar, en secuencias que varían de forma contingente,
tanto el rol del victimario como el rol de la víctima. Para observar en su verdad más
factual y más elemental las figuras de zona gris basta poder constatar los hechos en
que se han visto implicados quienes individual o colectivamente infligieron y
padecieron dolores injustos. La articulación de esas trayectorias en una narrativa
coherente y la comprensión de la interioridad tensa de las figuras de zona gris son
asuntos que pertenecen más bien al ámbito de la verdad de interpretación. Es una
figura de zona gris el niño reclutado coactivamente por un grupo armado que mata y
se convierte en homicida habitual, pero también el hacendado a quien un grupo
armado le secuestra un hijo y se convierte en financiador voluntario y habitual del
enemigo de quien lo victimizó. Inclusive el guerrillero que durante un enfrentamiento
armado es aprehendido, torturado y asesinado fuera de combate puede ser un
habitante de pleno derecho en esa zona de fantasmas que la moral y el derecho suelen
no querer ver. Las zonas grises se presentan tanto en el campo de los victimarios
como en el de las víctimas.

Las figuras de zona gris existen tanto en los modelos verticales de victimización como
en los horizontales, pero tienden a ser más abundantes y más variadas en los
segundos que en los primeros. La claridad en la separación de los campos del
victimario y la víctima propia de los modelos verticales en cuanto articulados sobre
formas monopolísticas de dominación y de ejercicio de la barbarie que tienen su
mejor ejemplo en los campos de concentración y de manera ampliada en los Estados
dictatoriales, suele excluir un número muy grande, pero sobre todo una gran variedad
de grises. Por lo menos en lo que atañe al campo de los victimarios, es más
contrastante la separación entre los campos del victimario y la víctima y más delgada
la franja de las zonas grises en las dictaduras autoritarias que en las totalitarias y que
en aquellos regímenes que como las dictaduras teocráticas y democrático-
mayoritarias del Norte del Sahara implican una mayor movilización fanatizada de la
población en apoyo de los victimarios (jihadistas etc.,).
La mayor fragmentación de las relaciones de dominación, así como la inestabilidad y
el carácter abierto y cambiante de las interacciones entre los bandos enemigos propia
de los modelos horizontales de victimización favorece, en cambio, la proliferación y la
mayor variación en la configuración de los grises. Por supuesto que también en lo que
atañe a las guerras el tamaño de las zonas grises cambia en función de factores como
el tamaño y la naturaleza de los apoyos poblacionales a las distintas máquinas de
guerra. De nuevo, mientras menos ideológicamente movilizada la población de
referencia sometida al dominio represivo y con frecuencia paranoide de un aparato
militar sobre un territorio más o menos consolidado, más contrastante resulta la
diferencia entre los campos del victimario y la víctima.

En lo que respecta a los modelos de victimización horizontal, el debate sobre las


figuras de zona gris se condensa en buena medida y a pesar de su enorme
variabilidad, en el debate sobre el vengador, la víctima-victimario por excelencia y que
era en el pasado el eje de comprensión de la guerra, sobre todo en las sociedades
tribales. Ya la Orestíada de Esquilo (457 a.c.) entendía las guerras inter-tribales de la
antigua Grecia como trampas colectivas de odio dominadas por el arcaísmo
(encarnado en las Erinias) de tener que vengar los daños infligidos a los miembros de
la propia estirpe, trampas de las que únicamente se pudo llegar a escapar mediante
ese gran salto civilizatorio en que consistió el establecimiento de la justicia y la
clemencia por parte de un tercero independiente e imparcial encarnado en los
tribunales de la polis. La Orestíada representa sobre la escena una historia inter-
generacional, en la cual Agamenón y Orestes cambian de roles pasando de la
condición de cazadores a presas y de victimarios a víctimas. Agamenón y Orestes se
presentan así, en una historia larga, como figuras de zona gris. Todavía en la Colombia
del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX las guerras civiles eran interpretadas como
“cadenas de venganzas” y los partidos políticos en ellas enfrentados como “odios
heredados”. El Frente Nacional con el cual se puso fin a la Violencia de los años 50s del
Siglo XX nació con el propósito de superar la pesada carga de esa herencia de odios
entre liberales y conservadores. Desarrollos morales y legales como la exclusión de la
venganza como causal de justificación en el derecho penal liberal, edificados sobre la
ilusión civilizatoria del mayor auto-control pulsional de los individuos modernos, y
desarrollos teórico-metodológicos como los que tienen que ver como la comprensión
de las guerras y de los ejércitos siguiendo el paradigma individualista de la “rational
choise” etc., como agregaciones de individuos interesados, han contribuido, con su
racionalismo, a invisibilizar la importancia de la rabia y del odio vengadores entre las
motivaciones profundas que alientan a los guerreros y a sus apoyos sociales, sobre
todo en contextos de guerra muy fragmentada, prolongada y degradada como la
colombiana.

Sobre las Víctimas puras:


Mediante el principio de distinción entre combatientes y no-combatientes, el moderno
derecho internacional humanitario (DIH) le reconoce la calidad de víctima a la
población civil y a los combatientes desarmados, heridos y enfermos en función de su
indefensión y no de su inocencia. En clave de DIH se puede ser víctima sin ser
inocente. Sin embargo, la centralidad del “Holocausto” como referente universalizado
para la conceptualización del fenómeno de la victimización en la cultura moral y
política de la segunda mitad del siglo XX y de los comienzos del siglo XXI, de igual
manera que la centralidad igualmente universalizada de la “bomba” como aquel
artefacto tecnológico que está en el corazón de la conceptualización de la guerra
moderna como “guerra total” así como de sus “daños colaterales”, y por supuesto el
fenómeno del “terrorismo” indiscriminado que amenaza hoy la seguridad de las
grandes poblaciones urbanas de los países centrales, acaso han sido determinantes
para que en las construcciones teóricas de la violencia contemporánea, con frecuencia,
de forma explícita o implícita, la inocencia no sea tenida por un elemento accidental
sino por un rasgo esencial de la definición de la víctima. En el entendido que en una
cultura liberal el individuo únicamente es culpable por lo que hace y nunca
exclusivamente por lo que es o por lo que tiene, está claro que los judíos europeos
fueron llevados a los campos de exterminio no por lo que hicieron sino por lo que
“eran”.

En ese sentido, los judíos exterminados por los Nazis no pueden ser comprendidos
sino como víctimas inocentes. Y como las víctimas judías del Holocausto han devenido
en La víctima por excelencia y con mayúscula, el concepto mismo de víctima ha
incorporado subrepticiamente la cualidad de la inocencia. Claro que también las
víctimas del Stalinismo en cuanto fueron victimizadas por lo que “tenían” y no por lo
que hicieron, eran víctimas inocentes. En su condición de fábricas de producción de
víctimas inocentes, se parecen, sin duda, los dos grandes totalitarismos del siglo XX.
Por su parte, la “bomba”, la muerte indiscriminada que cae de cielo y que convierte en
víctimas a quienes simplemente estaban en el momento y en el lugar equivocados, de
la misma manera que el “terrorismo” indiscriminado de los jihadistas suicidas,
también han contribuido a ese desarrollo conceptual. Como las víctimas de
“Auschwitz” también Las víctimas del bombardeo de “Guernica” y las de los atentados
suicidas contra transeúntes desprevenidos perpetrados por el grupo terrorista
“Estado islámico” en las grandes ciudades del primer mundo, son, primero que todo,
víctimas inocentes.

La idea de la víctima culpable y con ello la idea de las zonas grises de que habla Primo
Levi en su famoso texto sobre “los hundidos y los salvados” en referencia sobre todo a
los Sonderkomandos y los Kapos, figuras que hacían parte importante de esas fábricas
de la muerte en que consistían los campos de exterminio de los Nazis, como ejemplo
paradigmático de victimización vertical, les molestan a quienes como el filósofo
español Reyes Mate han hecho de la inocencia un elemento de la definición de víctima.
La idea de la víctima culpable estorba la posibilidad de que a través de la purificación
de roles se santifique a la víctima y se demonice al victimario como sin duda lo
prefiere el derecho penal, en cuanto regido por lógicas binarias en su producción de
sentencias. La purificación de los roles del victimario y la víctima facilita la imputación
de las responsabilidades legales y extralegales tanto a los individuos como a los
grupos, pero con frecuencia paga por ello un precio político muy alto: estimula la
polarización.
Pero piensan, además, aquellos que denigran de la zonas grises que quienes con la
intención de mostrar la complejidad de las identidades morales de quienes inter-
actúan en contextos de dictadura o de guerra llaman la atención sobre la frecuencia y
los distintos grados y maneras en que los roles del victimario y de la víctima se
colapsan en una misma persona o en un mismo grupo, lo hacen únicamente para
legitimar a los victimarios a través de convertir a las víctimas en cómplices de sus
propia destrucción. En ese sentido, no resulta casual que en su momento haya sido tan
profundo el rechazo de la comunidad judía a los esfuerzos de Hannah Arendt por
poner sobre la mesa de discusión el asunto de los Judenraete de Hungría en su famoso
texto sobre Eichman en Jerusalen. Al gobierno del naciente Estado de Israel y a sus
apoyos en la diáspora, interesados como estaban en dotar a los nuevos ciudadanos de
una identidad heroica para resistir la hostilidad del entorno político, les resultaba
intolerable que Arendt, con ocasión del juicio de Eichman, visibilizara el asunto de la
colaboración de algunas víctimas prominentes con sus victimarios. A H. Arendt le
puede haber faltado tacto y hasta información factual suficiente cuando hizo alguno de
sus juicios sobre materias tan controversiales como esa, pero el asunto era real y en
cualquier caso su intención al abordarlo no fue la de ensañarse con los líderes de la
comunidad judía en Europa oriental y justificar a los victimarios. Se piensa, así mismo
y en parte con razón, que el énfasis en la inocencia contribuye a liberar a las víctimas
sobrevivientes del Holocausto y de experiencias análogas del sentimiento con
frecuencia irredimible de culpa que les queda por haber salido con vida del infierno a
costa de o por haber sido menos decentes que sus compañeros de desgracia.
Conceptos como el de la “víctima política compleja” de que habla Erika Bouris han
tenido poca recepción en el debate moral y jurídico.

Dicho lo anterior, hay que aclarar que es cierto que también de cara a una
comprensión justa de guerras como la que ahora parece terminar en Colombia, lo que
sucedió en blanco y negro debe ser representado en blanco y negro. En ese sentido,
aquellas víctimas que fueron victimizadas por su condición de clase, o porque –como
suele decirse- simplemente estaban en el momento y en el lugar equivocados cuando
las máquinas de guerra y de terror de cualquier signo las sorprendieron en sus
lugares de trabajo o en sus casas y destruyeron sus vidas, tienen un derecho a que se
las represente y reconozca como víctimas inocentes. Muy seguramente también en
Colombia como en tantos otros lugares han predominado las víctimas inmaculadas.
Sin embargo, piensan algunos, con razón, que también hay que abrirle un espacio a la
visibilización de las victimas políticas complejas, vale decir, de aquellas víctimas que
de alguna forma contribuyeron con sus actos a su propia victimización, y en general, a
la visibilización de las figuras de zona gris que tanto abundan, porque son ellas los
grandes testigos de la humanidad compartida entre victimarios y víctimas, y porque
sin ellas la guerra no puede ser representada, por lo menos desde la perspectiva de la
víctima, como fenómeno político, sino apenas como fenómeno delincuencial. La
importancia de visibilizar las zonas grises no es tanto un asunto de número como de
calidad de la verdad y de la justicia de las representaciones a que da lugar. En esta
materia es en último término un error representacional y moral generalizar de forma
intencional la cualidad de la inocencia a partir de que la mayoría la posee y creyendo
que con ello se beneficia todas las víctimas.
Esa es, por lo pronto, una de las razones por las cuales los mecanismos judiciales
deben ser complementados por dispositivos de construcción extrajudicial de verdad
como las comisiones de la verdad. Y es que como bien lo muestra el informe del Grupo
de Memoria histórica que se creó en el marco de la Ley 975 de Justicia y Paz durante el
Gobierno de Álvaro Uribe en Colombia (2005) en desarrollo de las negociaciones
entre éste y los grupos paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC),
mientras los juicios penales tienden a invisibilizar las figuras de zona gris, las
comisiones de memoria histórica y de verdad, por lo menos en principio y si no se las
convierte siguiendo la ortodoxia humanitaria en simples “auxiliares de la justicia”,
favorecen por lo menos en parte su visibilización. En el marco de Justicia y Paz tuvo
lugar, en efecto, una doble operación de purificación de los roles del victimario y de la
víctima. De un lado, fue frecuente que durante la etapa inicial de los procesos
judiciales a los que dio lugar el sometimiento a la justicia por parte de los grandes
responsables de graves crímenes no amnistiables pertenecientes a las AUC, los fiscales
exigieran a los jefes paramilitares que rendían sus “versiones libres” que por respeto a
sus víctimas evitaran hacer “apología del delito” a través de presentarse como héroes
contra-insurgentes o como víctimas de la guerrilla –que con frecuencia sí eran-. Y del
otro, ya durante la etapa de juzgamiento, sucedió que los abogados representantes de
las víctimas como partes civiles en los incidentes de reparación les recomendaron a
éstas que evitaran auto-incriminarse a través de reconocer las culpas en que hubieran
incurrido y que incidieron en su propia victimización. Los jueces mismos, enfrentados
a figuras de zona gris, prefirieron en algunas ocasiones ignorar las complejidades
propias de sus historias y presentarlas de forma simple como víctimas o como
victimarios. Por lo menos en sus comienzos, como lo muestra uno de los dos Informes
del Grupo de Memoria Histórica que se ocupa del tema, cuando todavía dicho
dispositivo capturaba con fuerza la atención de los medios y de la sociedad, algunos de
los primeros operarios de Justicia y Paz la manejaron como una máquina de justicia
pedagógica que debía cumplir su propósito a través de humillar al victimario y de
exaltar a la víctima. Para ello era importante purificar los roles de uno y otra y evitar
la visibilidad de las zonas grises por su efecto allanador sobre las diferencias entre
ellos.

La tendencia a construir narrativas en blanco y negro que pasan por alto de manera
consciente o inconsciente la existencia de figuras de zona gris no es exclusiva del
derecho. En un campo del discurso y de la práctica social como el de la Justicia
transicional en el cual es hegemónica la perspectiva jurídica, también muchos
científicos sociales y activistas humanitarios que piensan como abogados y como
criminólogos la practican. Muchos investigadores sociales tienden en efecto a
identificar la “memoria de la víctima” con el “hecho víctimizante” y a producir con ello
un cortocircuito entre memoria histórica y testimonio de la víctima directa, así como
entre verdad histórica y verdad judicial, cortocircuito que le sigue los pasos, de forma
espuria, al paradigma investigativo del derecho penal liberal, individual y de acto en
su versión más tradicional. En la medida en que la historia de las víctimas pierde su
condición de historia de vida en la que se suceden, en una trayectoria larga, episodios
en los cuales alguien ocupa a veces el rol del victimario y a veces el de la víctima, de
manera que la narración queda reducida a los términos temporales y espaciales muy
recortados de los datos requeridos para construir el “hecho victimizante”, muchas
figuras de zona gris se invisiblizan. Y lo que es igualmente importante, en la medida en
que el hecho victimizante se construye como “porno-dolor” las victimas suelen
adquirir con frecuencia y para mal, lo que los antropólogos llaman un carácter
“sagrado”. Y es que mientras más espantoso lo que se cuenta sobre las circunstancias
y el modo de la victimización, más intocable se vuelve la imagen de la víctima.

En una narrativa de corto plazo segmentada y orientada exclusivamente a probar el


hecho victimizante, sobreviven pocos grises. Perduran sobre todo los grises que se
derivan de la cercanía temporal de las situaciones en las cuales una misma persona o
un mismo grupo ocupa los roles del victimario y la víctima. Sobrevive, por ejemplo, el
gris de un guerrillero que habiendo sido sorprendido mientras mataba por la espalda
a un soldado, inmediatamente después es torturado y desaparecido por los
compañeros del soldado asesinado. También sobrevive el gris del menor que
habiendo sido reclutado forzosamente pocos días antes de haber cumplido 18 años es
procesado penalmente por un homicidio perpetrado al día siguiente de haber
alcanzado esa edad, de acuerdo con los umbrales etarios previstos por el Estatuto de
Roma para el delito de reclutamiento forzado, que en un par de días convierten a la
víctima en victimario. En cualquier caso, muchas figuras de zona gris únicamente
resultan visibles en historias largas y llenas de vicisitudes como las que contó la
mayoría de las personas que participaron en la 4ª Visita de Víctimas a La Habana. En
dicha ocasión el dispositivo tripartito de selección de las víctimas, integrado por la
Universidad Nacional, Naciones Unidas y la Iglesia Católica facilitó que víctimas-
victimarios de trayectorias tan largas como inconcebibles contaran sus historias de
dolor a puerta cerrada.

En Chile, la claridad de los anclajes empíricos que sustentaban los marcos de


construcción de la verdad en torno a la responsabilidad exclusiva o por lo menos
cuasi-exclusiva del Estado dictatorial y de sus funcionarios fue en términos generales
determinante para que las comisiones de la verdad y los tribunales de la justicia
fueran concebidos como escenarios de imputación de responsabilidad dominados por
el blanco y el negro. Mientras en Argentina, a pesar de sus detractores en el mundo de
la Izquierda humanitaria, la llamada “teoría de los dos demonios” tenía sin duda algún
sustento empírico, en Chile fue apenas un engaño y un autoengaño ideológico
alimentado por el miedo profundo que despertó en muchos el gobierno comunista de
Allende. En Colombia, en cambio, presupuesto el carácter parcialmente horizontal de
las dinámicas de victimización que han tenido lugar y la existencia de toda suerte de
figuras de zona gris habitadas por hacendados, comerciantes, campesinos,
transportadores, menores reclutados etc., en las cuales por imbricación de la coacción
y de la voluntariedad se colapsan los roles del victimario y la víctima, es muy difícil,
por lo menos en lo que atañe al campo de los victimarios, que las partes en conflicto
estén dispuestas a reconocer su responsabilidad como victimarios, a menos que se les
reconozca simultáneamente su condición de víctimas. Al fin y al cabo, el
reconocimiento del victimario como víctima constituye en el plano de la moral una
suerte de causal de justificación. En el campo de las víctimas, en cambio, la disposición
dominante podría ser más bien la contraria. El hecho que la visibilización de la
responsabilidad moral y jurídica de las víctimas puede dar lugar a que los jueces dejen
de tratarlas como víctimas para pasar a perseguirlas como victimarios, suele resultar
determinante para que se prefiera ocultar las zonas grises.

En síntesis, cabe pensar que únicamente aquellos que han sido acusados política o
penalmente de haber perpetrado graves crímenes y se han visto compelidos a
reconocer su condición de victimarios, tienen un incentivo poderoso para presentarse
ante la opinión o ante los jueces, de manera a veces veraz y a veces mendaz, como
víctimas y con ello como habitantes de la zona gris, porque ello configura una suerte
de justa causa belli que justifica sus delitos. Las víctimas políticas complejas y quienes
las representan, suelen no contar, en cambio, por lo menos en escenarios judiciales,
con ningún incentivo para mostrarse como culpables de simpatías y de apoyos a una
de las partes en conflicto porque con ello debilitan la justicia de su causa y la fuerza de
sus demandas de justicia y de reparación, y aún se arriesgan en ocasiones a dejar de
ser tratadas como víctimas y a ser tratadas como victimarios. Únicamente aquellas
víctimas, siempre muy pocas, que sienten que hace parte de su dignidad poder decir
su agencia política y reconocer que fueron sus convicciones, por lo menos en parte, la
causa de su propia victimización, suelen estar dispuestas a decir públicamente su
compleja verdad como víctimas políticas, aunque no necesariamente a reconocer una
culpa de la que se arrepienten. Y en lo que atañe a los jueces, si bien está claro que la
vieja discusión sobre las causales de justificación y de exculpación y la más moderna
sobre los eximentes y los atenuantes de la misma son un espacio importante para la
iluminación de las zonas grises, tampoco parece que la justicia tenga en términos
generales un interés fuerte en desvelarlas. Y lo que es igualmente importante, dado el
carácter binario de la distinción entre culpables e inocentes que está en el corazón del
derecho como máquina de establecer e imputar responsabilidades, la justicia cuenta
con límites epistémicos internos para dar cuenta de los grises, sobre todo en sus
sentencias.

Antes de terminar este acápite sobre los modelos verticales y horizontales de


victimización y sobre la importancia de las zonas grises que subyacen a las
transiciones desde la dictadura y desde la guerra, es necesario dejar en claro que, a
pesar de la importancia aquí atribuida a la visibilización de las zonas grises, las
mismas permanecen en la sombra. En el marco de una confrontación política armada
crecientemente degradada y transversalmente mediada en la economía de las drogas
ilícitas como la que tuvo lugar en Colombia entre el Estado y sus aliados paramilitares
de un lado, y múltiples grupos guerrilleros del otro, desde comienzos de los años
sesenta del siglo pasado, confrontación que alcanzó su punto culminante durante la
llamada “guerra de masacres” que acompañó el cambio de milenio, las víctimas
producidas han sido vistas antes que nada como víctimas de crímenes de Estado y
como víctimas de crímenes de las guerrillas, en razón de la impronta que dejó en ellas
la identidad política de su victimario, independientemente del carácter de inocentes o
culpables que las mismas tuvieran. Así las cosas, no la identidad política endógena de
las víctimas, derivada de sus simpatías ideológicas o de sus actuaciones voluntarias en
beneficio de uno u otro bando, sino la identidad política exógena que les fue impuesta
por el victimario en razón del hecho mismo de la violencia que ejerció sobre ellas, ha
estado hasta ahora en el centro focal de las luchas por el reconocimiento de las
víctimas en Colombia y lo estuvo también –como podrá observarse a lo largo de este
capítulo- en las negociaciones de La Habana.

Y lo que es igualmente importante, obsérvese cómo en lo que atañe al campo de los


victimarios, la distinción exógenamente inducida entre víctimas de crímenes de
Estado y víctimas de crímenes de las guerrillas se presenta como una distinción entre
victimarios pura sangre que alienta la construcción de narrativas incompatibles en
“blanco y negro” que en un juego de suma cero reflejan y estimulan la polarización
propia de la guerra.

Tanto las FARC como sectores radicales entre los militares y el Centro Democrático,
en los extremos discursivos de la polarización, interpretaron el modelo más bien
horizontal de victimización que de manera creciente se cristalizó en Colombia como si
se tratara de un modelo vertical. Mientras las FARC entendían que como en las
dictaduras más represivas, el Estado tenía el monopolio de la barbarie, en tanto que
ellas, las guerrillas, tenían apenas el monopolio de la inocencia y de la cuasi-
indefensión. El Centro democrático, por su parte, en un juego de espejos invertido,
afirmaba que, en ausencia de una verdadera guerra, lo que el país enfrentaba era una
situación en la cual una democracia estable, funcional y legítima estaba siendo
agredida por grupos terroristas sin apoyo poblacional. El Gobierno, en cambio, en
representación de un Estado demo-liberal, partía más bien del carácter horizontal del
modelo de victimización que había tenido lugar, lo cual lo incapacitaba moral y
políticamente para adoptar a plenitud el rol de la víctima en la dialéctica excluyente la
víctima y el victimario y con ello, el juego invertido de espejos que sobre todo las
FARC practicaron en la Mesa de negociaciones a través de auto-representarse como
víctimas y como representantes de las víctimas, y de representarse al enemigo como
victimario.

Así las cosas, urge preguntarse ¿va a ser posible que la Jurisdicción Especial para la
Paz (JEP) o por lo menos la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia
y la No Repetición (CEV), además de reconstruir los blancos y los negros de las
dinámicas de victimización, aborden la tarea de estudiar las figuras fantasmagóricas
de la zona gris? No va a ser fácil. Como lo muestra lo sucedido en Justicia y Paz, pasar
por alto la culpa política de las víctimas las protege de la Justicia penal pero les niega
el derecho a ser reconocidas como agentes políticos, pero sobre todo, le niega a la
sociedad la posibilidad de entender la complejidad política de lo que sucedió en todas
sus dimensiones. Y sin dicha comprensión acaso no es posible la construcción de una
memoria colectiva capaz de contribuir a la reconciliación y a la garantía de no
repetición. Destapar la culpa política de las víctimas, por su parte, las expone y las
hace vulnerables no únicamente frente a los jueces penales sino también frente a los
cobradores implacables de las cuentas de la guerra. Pero de otro lado, como ya se dijo
más arriba, las figuras de zona gris, tanto las que habitan el campo de los victimarios
como las que habitan el de las víctimas, son la plena prueba de que los roles del
victimario y de la víctima y con ellos la maldad y bondad, no son compartimentos
estancos. Por eso hacerlas visibles contribuye a la despolarización. Si no en el corto,
por lo menos en el mediano y en el largo plazo, la verdad únicamente puede ser
suficientemente compleja, completa y reconciliadora si las nombra. Pero exponer los
grises a la luz de la opinión pública resulta tanto más difícil cuanto implica no tanto
destapar engaños como desvelar autoengaños y con ello ilusiones de las que
participan no únicamente las víctimas y los victimarios sino también la sociedad en
general.

¿Cabría esperar, por último, que la puesta en marcha de la Comisión de


Esclarecimiento, a la manera de una puerta grande por la cual van a entrar las
víctimas como un otro con su propia agencia, para interpelar al Estado, a los
paramilitares, a las guerrillas, a los ganaderos, agricultores y comerciantes, y a la
sociedad en su conjunto, sobre sus distintas responsabilidades en la crisis
humanitaria vivida, contribuya a que aquellos sectores que hoy están entrampados en
la ilusión ideológica de que lo que se ha producido en Colombia es una dinámica de
victimización vertical, descubran el carácter marcadamente horizontal de la dinámica
de victimización que han tenido lugar, y obren en consecuencia?

Sobre cómo se Negocian las Transiciones desde la Dictadura y desde la Guerra


La victoria militar como la post-dictadura hacen ambas justicias de forma
unidireccional. La victoria, proyectada como justicia de vencedores, distribuye de
forma distorsionada y asimétrica las culpas de la guerra en beneficio exclusivo del
vencedor y en detrimento del vencido. La democracia post-dictatorial, por su parte,
juzga exclusivamente los crímenes de la dictadura. La paz negociada, en cambio,
favorece el compromiso recíproco para que las partes en la Mesa acepten que un
tercero independiente e imparcial distribuya las responsabilidades entre todas las
partes en la guerra involucradas en crímenes graves.

Los juicios de Núremberg, a pesar de los esfuerzos que en ellos hicieron las potencias
vencedoras de tradición liberal y sus jueces –en contravía de la justicia política y
administrativa que los soviéticos practicaban en casa y que querían que se replicara
en el tribunal militar aliado- sin embargo de haber hecho una justicia respetuosa de
los principios del rule of law, fueron un ejercicio de justicia de vencedores. Por lo
pronto, ni en Núremberg ni en Tokio se juzgaron los graves crímenes de guerra
perpetrados por los aliados. La memoria de los bombardeos aliados de las ciudades
del Norte de Alemana y de lo que sucedió en Iroshima y Nagasaki son, por lo menos
para los vencidos, un monumento a la impunidad de los vencedores. Los juicios de
Núremberg le atribuyeron, tanto en términos de jus ad bellum como de jus in bello,
todas las culpas al vencido. La prioridad conferida en ellos al cargo de “agresión” jugó
un papel importante en ese ejercicio. La justa causa de la guerra defensiva contribuyó
a que las potencias vencedoras pudieran justificar el privilegio político-epistémico de
no ser juzgadas por sus propios crímenes de guerra. Como consecuencia de ello, una
dinámica de victimización horizontal como la que se puso de manifiesto en la llamada
“guerra total” fue judicialmente representada por ellos como si se hubiera tratado de
una dinámica de victimización vertical.
De lo dicho se derivan para la institucionalidad jurídica de los derechos humanos por
lo menos tres corolarios problemáticos: a) una separación excesiva entre los campos
del victimario y la víctima que se ha hecho extensiva al derecho humanitario, b) La
idea de que el Estado es por excelencia “El” gran victimario potencial, lo cual se
manifiesta en el carácter marcadamente anti-estatal de los derechos humanos, y c) un
punitivismo humanitario exacerbado que ha renegado de la vieja convicción liberal
según la cual la justicia penal funciona mejor como administradora de la paz que ya
existe que como negociadora de la paz que apenas se desea.

En lo que atañe a los orígenes del discurso hegemónico sobre la justicia transicional
en el mundo de hoy, es de capital importancia llamar la atención sobre cómo La
Herencia de Núremberg le vino como anillo al dedo a las transiciones de la dictadura a
la democracia que tuvieron lugar el Cono Sur suramericano durante la década de los
ochenta de la centuria pasada. La representación verticalizada de los fenómenos de
victimización, propia de la institucionalidad de los derechos humanos en la herencia
de Núremberg, constituyó un rasero jurídico-político perfecto para juzgar unas
dinámicas de victimización que como las de las dictaduras argentina y chilena
también habían sido, aunque en grados distintos, marcadamente verticales.

De esa congruencia entre las lógicas verticales y contra-estatales del discurso


ortodoxo de los derechos humanos y los escenarios marcadamente verticales de
victimización propios de las dictaduras que debieron juzgarse en el contexto de las
transiciones del Cono Sur, surgieron, en buena medida, la doctrina y la jurisprudencia
todavía hoy dominantes en el ámbito internacional, pero sobre todo en el regional, en
materia de derechos humanos y de justicia transicional. Se trata, por ello, de una
doctrina y de una jurisprudencia claramente apropiadas para el adecuado
encuadramiento de las dinámicas de la justicia transicional en contextos de paso de la
dictadura a la democracia, pero disfuncionales para el encuadramiento de las
dinámicas de la justicia transicional en los contextos de paso de la guerra a la paz.

Su mayor defecto radica en que debido a su abstracción y generalización


descontextualizadas, la doctrina y la jurisprudencia de los derechos humanos y de la
justicia transicional tienden a representar las transiciones desde la guerra como si se
tratara de transiciones desde la dictadura. Dicho defecto apenas empieza a corregirse,
pero ello no resulta fácil porque los principios y las rutas en torno a los cuales se
articula el discurso hegemónico de la justicia transicional están todavía, a pesar de su
juventud, jurídicamente muy dogmatizados y sacralizados.

En síntesis, cabe afirmar que las transiciones desde la dictadura tienden a


sedimentarse, por lo menos en el mediano plazo, en equilibrios y configuraciones en
los cuales las lógicas de la justicia penal tienen mayor peso que las lógicas de la
reconciliación, en tanto que las transiciones desde la guerra tienden a cristalizarse en
equilibrios y configuraciones en los cuales las lógicas de la reconciliación tienen un
mayor peso que las lógicas de la justicia penal. Y es que donde de entrada está claro o
por lo menos llega a estarlo en el mediano plazo quienes son los malos y quiénes son
los buenos, como suele ser el caso en las transiciones desde dictaduras represivas y no
contestadas o muy poco contestadas por grupos violentos, dicha claridad tiende a
disparar sentimientos retribucionistas que se expresan en fuertes demandas sociales
de castigo. Y por el contrario, allí donde hay un anclaje factual para una mayor
confusión en torno a quienes son los victimarios y quienes las víctimas, como suele ser
el caso en las transiciones desde la guerra, dicha confusión epistémica tiende, en
cambio, a favorecer la mirada trágica y el privilegio de las lógicas de la reconciliación
frente a las del castigo, a menos, por supuesto, que en la sociedad reine una falsa
claridad que se resista a ser removida, cosa que infortunadamente sucede con
frecuencia.

Caída la dictadura, en Argentina el movimiento de derechos humanos llegó al poder y


se mantuvo en la dirección del Estado hasta hace poco. Todavía hasta el ascenso
reciente de una Derecha moderada a la Presidencia de la república austral con
Mauricio Macri, el Estado argentino fue representado por sus sucesivos gobiernos de
Centro Izquierda como la cristalización de la victoria plena de los ideales
humanitarios de la justicia transicional sobre la dictadura. La memoria antimilitarista
de la resistencia humanitaria se convirtió en la memoria oficial del Estado argentino.
Las madres de la plaza de mayo obtuvieron una cede en los cuarteles de la ex ESMA.
Pulularon los juicios contra los militares de todos los rangos, responsables de la
represión. El caso argentino ha sido tenido dentro y fuera del país por un modelo que
debe ser imitado. Los argentinos convirtieron su experiencia en materia de justicia
transicional en un producto de exportación, tanto en lo que atañe a sus dispositivos
como a su secuenciación. Sus activistas y jueces ocuparon durante décadas posiciones
estratégicas en buena parte de los organismos oficiales, nacionales, regionales y
globales, que tienen que ver con el tema, y han recorrido el mundo como figuras
icónicas que enseñan la verdad revelada sobre como tramitar la justicia en las
transiciones. El sistema interamericano de derechos humanos parece haber
marchado, por lo menos hasta hace poco, al ritmo de sus dictados1.

Apenas muy recientemente, a través de su sentencia sobre el caso del Mozote, ha


empezado la Corte Interamericana de Derechos Humanos a enviar señales en el
sentido de que está dispuesta a reconocer que las transiciones desde la dictadura y las
transiciones desde la guerra deben recibir tratamientos distintos. Lo propio ha hecho
Naciones Unidas en sus más recientes informes sobre la Justicia de Transición. En su
último informe sobre la situación de la justicia transicional en el mundo, el Alto

1 No debe parecer extraño, en tal sentido, que en 2013, bajo el título “Repitiendo la Historia? El Modelo
Argentino aplicado a Colombia”, las Fuerzas Militares de Colombia hayan publicado un “Cuaderno de
Trabajo” en el cual denuncian que hay una suerte de conspiración internacional liderada por las ONGs de
Derechos Humanos para aplicar a Colombia el modelo argentino. Se trataría, en el caso colombiano, de la
misma manera que en el del país austral, de exonerar de responsabilidad a la subversión y de trasladarle
toda la responsabilidad a los militares, de manera que quienes salieron vencedores en la guerra contra la
subversión, terminen siendo derrotados en los estrados judiciales. El documento es especialmente
crítico de la CONADEP, por su sesgo narrativo, benévolo con las guerrillas y muy duro con los militares.
Dice el Cuaderno, además, que a pesar de que en Argentina se prometió que la Comisión de la Verdad
habría de cumplir una función extrajudicial y de que con base en esa afirmación engañosa se consiguió el
testimonio de muchos militares, en la práctica se la utilizó para alimentar los juicios contra miembros de
la institución.
Comisionado de ONU para la Justicia transicional, Pablo De Greiff, llama la atención
sobre la importancia creciente que tiene el debate sobre la diferencia entre
transiciones desde contextos en que el Estado es una unidad articulada y que cuenta
con un aparato de justicia dependiente del ejecutivo e hipertrofiado, y aquellos otros
en que el Estado está fragmentado y en los que el aparato de justicia es más bien
inexistente. No menciona en forma explícita la diferencia entre la dictadura y la guerra
como puntos de partida para la transición, pero se puede leer entre líneas que dicha
diferencia está allí. En cualquier caso, la generalización de los criterios de
comprensión y de valoración de modelos como el argentino y el chileno a casos como
el colombiano es muy problemática.

No es verdad que, como dicen algunos, el antónimo de la guerra no es la paz sino la


justicia, ni siquiera en el corto plazo, contrariando con ello una sabiduría de siglos y
alimentando la ficción armonista de que las relaciones entre justicia y paz no son
conflictivas. La justicia transicional es, sobre todo en contextos de negociación, trágica
y transaccional. Es por ello que para tramitar la paz negociada, la paz y la justicia, de la
misma manera que el deber estatal de perseguir crímenes graves y aún los derechos
de las víctimas, deben ser entendidos como principios flexibles que se ponderan y no
como reglas rígidas y absolutas.

Las guerras suelen ser, en realidad, una mezcla de dinámicas verticales y horizontales
de victimización. Las burocracias armadas en guerra suelen operar, al igual que las
burocracias dictatoriales en contextos de paz, como represores de sus poblaciones de
referencia, y no únicamente de las del enemigo. De la misma manera que en
situaciones de guerra las dinámicas de victimización pueden ser verticales u
horizontales, también las dinámicas de la reconciliación mediante las cuales se
construye una paz estable y duradera están llamadas a tener uno u otro carácter. En
cualquier caso, la reconciliación horizontal entre enemigos, sobre todo en cuanto
involucre dinámicas de perdón recíproco, tiene una mayor probabilidad emocional de
acaecer que la reconciliación vertical entre victimarios y víctimas.

En el Cono Sur y de cara a procesos de victimización marcadamente verticales, la


palabra reconciliación fue utilizada masivamente por los ideólogos y los esbirros de la
dictadura para favorecer si no para forzar su impunidad. Ello, sumado a la militancia
secularizante de algunos que con razón rechazaban el funesto papel que jugó un
sector importante de la iglesia católica durante las dictaduras, la desprestigió. La
verdad, sin embargo, es que acaso no hay un término en el lenguaje ordinario que por
su polisemia, por su fuerza semántica y por su presencia generalizada en la cultura
cotidiana pueda competir con la palabra reconciliación a la hora de definir el
horizonte último hacia el cual hay que orientar las políticas de la justicia transicional.
El término reconciliación puede significar, según las convicciones y las necesidades de
cada cual, desde la simple disposición a convivir políticamente respetando las reglas
del juego democrático, hasta la disposición a perdonar. Por supuesto que hay que
evitar que se lo asocie a un inexistente e infame deber de perdonar a sus victimarios
en cabeza de las víctimas. Por lo dicho y porque permite vincular a curas y chamanes,
pero también a políticos, a psiquiatras y a trabajadores sociales y a simples
ciudadanos a la tarea de reconstrucción del tejido social y con ello, a la búsqueda de
garantías fuertes de no repetición, se trata de un término insustituible. Y sin embargo,
en La Habana, para evitar las connotaciones peyorativas asociadas al término, se
prefirió rotular el dispositivo extrajudicial de verdad creado por las partes con el
término “convivencia”.

En cualquier caso, mientras en Argentina y en Chile, las luchas por la justicia


transicional parecen haber conducido, a pesar del freno que se les ha querido imponer
durante el Gobierno de Macri a las dinámicas justicieras, a un balance más bien
irreversible de mediano plazo entre las lógicas de la justicia y las de la reconciliación
favorable a las primeras; en España, en cambio, el pacto transicional determinó desde
el comienzo, que una transición desde una dictadura de más de cuarenta años haya
sido y siga siendo tratada oficialmente como si hubiera sido una transición negociada
desde la guerra, de manera que -por lo menos en lo que atañe a su modelo de justicia
transicional en cuanto articulado en torno a una amnistía general y olvidadiza y a una
falsa reconciliación-hoy es percibida y calificada como un tremendo fracaso. El país
parece cada vez más polarizado en torno a si hay o no que destapar, juzgar y reparar
los crímenes perpetrados por los rebeldes franquistas y por la larga y criminal
dictadura a través de la cual, sobre todo durante la inmediata post-guerra,
consolidaron su victoria. El Estado se niega, sin embargo, a abrirle espacio a las
demandas de las víctimas del Franquismo.

En Colombia, por su parte, el Acuerdo Final, edificado como está sobre el carácter más
bien horizontal del modelo de victimización subyacente refleja sin duda un balance
entre las lógicas de la reconciliación y las de la justicia retributiva, favorable a las
primeras. La amnistía amplia para todas las partes, las penas reparadoras y
restaurativas que se adoptaron para los condenados de todas las partes y la
integración política de las guerrillas, son apenas algunos entre los muchos indicadores
certeros de que las cosas son así. Está por verse, sin embargo, si a pesar del fin de la
guerra con las FARC, el nuevo Gobierno de Derecha consigue, contra toda evidencia,
convencer al país de que el modelo de victimización que tuvo lugar en Colombia fue
un modelo vertical, una suerte de inverso subversivo del terrorismo de Estado.

Y por último, en lo que atañe a la distinta forma en que se valoran las negociaciones de
élite que hacen posibles y dan su impulso inicial a las transiciones desde la dictadura y
desde la guerra, debido a su importancia para la comprensión comparada de lo
sucedido en Colombia, también es importante observar lo siguiente:

Los pactos mediante los cuales se negocian las transiciones de la dictadura a la


democracia suelen ser informales, ocultos y vergonzantes. Ello se explica porque están
edificados sobre el trasfondo de modelos verticales de victimización en los cuales es
claro que en términos generales la dictadura encarna el mal y la democracia
emergente encarna el bien, de manera que dichos pactos no pueden ser entendidos
sino como pactos de impunidad y como concesiones oprobiosas y moralmente
indefensables que los buenos les hacen a los malos para que estos no hagan imposible
u obstaculicen gravemente la transición. No debe extrañar por ello que muchos
defensores de derechos humanos no tengan dificultad en afirmar que se trata de
pactos que no merecen respeto y que por ello, si bien hay que tolerarlos un rato para
no poner en peligro la transición, en el mediano plato es lícito salir a cazar
judicialmente a los malos. Se trata de pactos a los cuales no se les suele reconocer
fuerza moral ni jurídica.

Los pactos mediante los cuales se negocian las transiciones de la guerra a la paz
suelen ser, en cambio, formales, públicos y honrosos para quienes los firman, sobre
todo si se trata de pactos para salir de un conflicto armado en los cuales las partes no
se amnistían recíprocamente sino por el contrario, se comprometen voluntariamente
a someterse a la justicia. Y es que las transiciones desde la guerra suelen ocurrir sobre
el trasfondo de modelos más bien horizontales de victimización, en los cuales las
responsabilidades por los crímenes perpetrados están distribuidas entre todas las
partes intervinientes en el conflicto y en los cuales abundan las figuras de zona gris
como los vengadores, y en las que se colapsan los roles del victimario y de la víctima,
de manera que resulta muy difícil, prima facie, determinar quiénes son los buenos y
quiénes son los malos, asunto que suscita titubeos y hasta una cierta impotencia
judicandi temporal en quien juzga como tercero imparcial. Es por ello que a los pactos
en los cuales se cristalizan las negociaciones mediante las cuales se busca terminar la
tragedia de una guerra se les atribuye un alto valor moral que invita al respeto del
principio pacta sunt servanda. Entonces se ve a todas luces como equivocado que los
defensores de derechos humanos anuncien que van a salir de cacería y su desatino
solamente se explica porque obnubilados por la herencia de Nuremberg y por
experiencias como la de las transiciones del Cono Sur, tratan las transiciones desde la
guerra como si se tratara de transiciones desde la dictadura.

El carácter solemne, público y honroso de los acuerdos de paz no es, por supuesto,
garantía de que los mismos se van a cumplir. Ello depende, además, de muchas otras
cosas. Por lo pronto, la historia reciente de lo sucedido en Colombia con los acuerdos
de La Habana después del triunfo del No en el plebiscito refrendatorio de los mismos,
dejó claro que la fuerza jurídica del principio pacta sunt servanda depende de la
solidez del piso político sobre el cual se asiente. Las negociaciones de La Habana se
habían adelantado con el apoyo de países garantes (Cuba y Noruega) y acompañantes
(Venezuela y Chile), y contaron, además, con la presencia de enviados especiales de
Naciones Unidas, Los Estados Unidos, La Unión Europea y Alemania. Y como si ello
hubiera sido poco, el Acuerdo de Bogotá fue depositado en Ginebra frente al CICR
como Acuerdo Especial y presentado después en Nueva York frente a Naciones
Unidas, a manera de declaración unilateral que expresaba la voluntad de
cumplimiento por parte del Estado colombiano. Todo fue en vano. Demolida su
legitimidad política, la fuerza jurídica del Acuerdo de Bogotá también se fue, en buena
medida, al piso.