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La Vie en Rose

Bernarda Arce

Desde que tengo memoria nunca en mis veinte y un años me había sentido de
esta manera. Mis manos temblaban de forma imposible. Mi cuerpo no tenía
control de sí mismo, de repente se había desconectado completamente de
mi. Y ni hablar de mi cara. Parecía que alguien había prendido fuego justo al
frente de ella y hubiera dejado una quemadura de tercer grado. Si tan sólo
estos sentimientos tuvieran un botón para apagarlos.

Mis padres solían consolarme y aclaraban mis dudas cuando me sentía fuera
de lugar. A esta edad, ellos ya estaban casados. Algo que quedó en mi
cabeza de todos los consejos y palabreríos de mi mamá, era mirar la vida a
través de gafas color rosa, sin importar el precio de ellas.

Mientras mordía la parte interior de mi labio, sentía mi corazón latir más


rápido con el tiempo ¿Cómo es que me perdí de este sentimiento tan horrible
y cautivante durante toda mi vida? ¿Habrá sido mi culpa? ¿Habré tratado de
evitar esta sensación a toda costa? ¿Dónde están esas palabras que repetía
para sentir que el tiempo parara? Aunque sea por un segundo. Todas esas
respuestas estaban al fondo de mi cabeza, en un recuerdo color café y con
olor a miel y vainilla.

–Trata de ver la vida a través de gafas color rosa– Esa era mi oración a la cual
recurrir en momentos de crisis. Recuerdo muy bien a mi madre repetirlas
cada mañana acompañada de un café y una sonrisa acogedora que
aseguraba certeza en su filosofía, por mala suerte esas palabras no lograrían
que pudiera calmarme ahora y habían funcionado en muchas ocasiones.

Mi vista dirigida hacia su espalda sin saber que estoy aquí me da un


sentimiento de paz temporal. Veía como mi mano apretaba el material de
cuero que estaba sujetando. Me asusté al darme cuenta de que estoy a
segundos de lanzarla y salir corriendo, ahora que lo pienso no es mala idea.
Parece ocupado, preocupado incluso, sus manos pasaban por su pelo
revelando su perfil mientras palabras en francés salían de su boca. Aunque
estuviéramos a dos metros de distancia tenía vergüenza de que él me viera
así. Sin aire suficiente y el peso de estos sentimientos no descubiertos
llevándome a piso. Respire hondo, para, segundos después, quedarme fría.

¿Qué puedo decir? ¿Encontré tu billetera en la cafetería y decidí seguirte


hasta que estés solo para dártela? Pegué un grito interno mientras me daba
la vuelta para dejar este juego de si o no. Claro que no estaba lista, esto era
simplemente otra pérdida de tiempo en mi vida. Tenía tantas opciones,
dejarla en la tienda y decirle al dueño que la había perdido él. Pude haberme
no metido en sus asuntos y no hubiera cruzado medio París para seguir a
alguien que no conozco por una simple billetera, pero en ese instante
recordé su cara.

Sus ojos eran del tipo de los cuales uno podía perderse en cuestión de
segundos, y yo fui una víctima más de tal catástrofe. Me hicieron querer tener
una excusa para seguirlo, algo, alguien, pero lo deseaba, sabia que quería
estar con él.

–¿Hola?– Mi garganta ardió por un segundo hasta que me di cuenta de que


me había olvidado de cómo respirar por un momento. Y ahí estaban, esos
ojos que me trajeron hasta acá en primer lugar. Mi cara se sintió aún más
caliente ¿Era eso posible? Su voz había alcanzado my trance jalándome fuera
de él hasta que mi concentración fue solo a la persona en frente–¿Puedo
ayudarte?–

–¡Sí! ¡Bueno no! ¿O sea yo a ti si? no no bueno yo…– Precisamente por esto
evitaba sentirlo. Me había acordado de la vergüenza que viví la primera vez
que sentí esto.

–¿Qué es eso?¿Dónde la encontraste?–


–Se cayó cuando chocaste conmigo al salir del café– Una imagen de aquel
momento cruzó por su mente mientras

–¿Estás bien? Lo siento mucho–

–Tranquilo, no fue nada–

–¿Segura?– Y para quitarle las dudas asentí rápidamente con la cabeza. Lo


difícil ya pasó, y sentía el nudo en mi pecho soltarse poco a poco. Dejé que un
suspiro escarapara de mi boca lista para partir.

–Lindas gafas– Había olvidado por completo que las tenía puestas, me las
quité rápidamente y antes de que las pudiese guardar sentí mi cuerpo
estremecerse. Lo que había vuelto el aire a mis pulmones.

Rió colocando el accesorio de vuelta en mi cara con gentileza mientras me


miraba de reojo. El tiempo paró el momento en que las gafas volvieron a mi
cara. –¿Rosadas?– Sentí mi boca abrirse con el propósito de hablar, decir
algo, lo que sea, pero fue inútil, mis palabras se perdieron en sus ojos.

Sus manos encontraron su camino a mi cara cuando la sujetaron entre ellas –


¿Sabes? Tratar de ver la vida a través de estas va más allá de lo material–

El cielo se empezó a despejar y pude ver bien los colores que presentaba.
Sus ojos reflejaban tal cambio mientras seguían implantados en mi. Esa
sensación de sonreír de repente vino a mi cabeza como una orden, no pude
evitarlo. Me sentí pequeña tan de repente. Como en un sueño me sentí irreal.
Sabia que en algún momento se acabaría pero estaba segura que ese fue ahí,
después de tantos años, que las gafas color rosa empezaron a funcionar.

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