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Ojala seas como un viejo sillar oculto”

No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté,
no importa para la solidez de la obra. –Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo
tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa. (Camino, 590)

Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

––pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás; ––querer salirte siempre
con la tuya; –disputar sin razón o –cuando la tienes– insistir con tozudez y de mala manera;

—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad; —despreciar el punto de vista de los demás;

—no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

—no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que
posees; —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan; —excusarte cuando se te
reprende;

—encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene; —oír con
complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

—dolerte de que otros sean más estimados que tú;

—negarte a desempeñar oficios inferiores;

—buscar o desear singularizarte;

—insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o
destreza, tu prestigio profesional...;

—avergonzarte porque careces de ciertos bienes... (Surco, 263) [Subir]

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13 de agosto de 2007
“Si somos humildes, Dios no os abandonará nunca”
Esas depresiones, porque ves o porque descubren tus defectos, no tienen fundamento... –Pide la
verdadera humildad. (Surco, 262)

Cuanto más grande seas, humíllate más y hallarás gracia ante el Señor. Si somos humildes, Dios no os
abandonará nunca. El humilla la altivez del soberbio, pero salva a los humildes. El libera al inocente, que por
la pureza de sus manos será rescatado. La infinita misericordia del Señor no tarda en acudir en socorro del
que lo llama desde la humildad. Y entonces actúa como quien es: como Dios Omnipotente. Aunque haya
muchos peligros, aunque el alma parezca acosada, aunque se encuentre cercada por todas partes por los
enemigos de su salvación, no perecerá. Y esto no es sólo tradición de otros tiempos: sigue sucediendo ahora.

(…) Nosotros, sin portentos espectaculares, con normalidad de ordinaria vida cristiana, con una siembra de
paz y de alegría, hemos de destruir también muchos ídolos: el de la incomprensión, el de la injusticia, el de la
ignorancia, el de la pretendida suficiencia humana que vuelve arrogante la espalda a Dios.

No os asustéis, ni temáis ningún daño, aunque las circunstancias en que trabajéis sean tremendas, peores
que las de Daniel en la fosa con aquellos animales voraces. Las manos de Dios son igualmente poderosas y,
si fuera necesario, harían maravillas. (Amigos de Dios, 104) [Subir]

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14 de agosto de
2007
“Sentiré el calor de tu divinidad”
Cuando se trabaja por Dios, hay que tener "complejo de superioridad", te he señalado. Pero, me
preguntabas, ¿esto no es una manifestación de soberbia? –¡No! Es una consecuencia de la humildad,
de una humildad que me hace decir: Señor, Tú eres el que eres. Yo soy la negación. Tú tienes todas
las perfecciones: el poder, la fortaleza, el amor, la gloria, la sabiduría, el imperio, la dignidad... Si yo me
uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su padre o en el regazo maravilloso de
su madre, sentiré el calor de tu divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi sangre
tu fortaleza. (Forja, 342)

Os recuerdo que si sois sinceros, si os mostráis como sois, si os endiosáis, a base de humildad, no de
soberbia, vosotros y yo permaneceremos seguros en cualquier ambiente: podremos hablar siempre de
victorias, y nos llamaremos vencedores. Con esas íntimas victorias del amor de Dios, que traen la serenidad,
la felicidad del alma, la comprensión.

La humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores; pero a condición de que no perdamos de
vista la conciencia de nuestra poquedad, con un convencimiento de nuestra pobre indigencia que crezca cada
día. (Amigos de Dios, nn. 104-106) [Subir]

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15 de agosto de
2007
“Se ha dormido la Madre de Dios”
Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: "qui facit voluntatem Patris mei
qui in coelis est, ipse intrabit in regnum coelorum" -el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!
(Camino, 754)

Assumpta est María in coelum: gaudent angeli! –María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los
cielos: ¡y los Angeles se alegran!

Así canta la Iglesia. –Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación en esta decena del
Santo Rosario:

Se ha dormido la Madre de Dios. –Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. –Matías sustituyó a Judas.

Y nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también.

Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. –Y la Corte celestial despliega todo su
aparato, para agasajar a la Señora. –Tú y yo –niños, al fin– tomamos la cola del espléndido manto azul de la
Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla.

La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios... –Y es tanta la majestad
de la Señora, que hace preguntar a los Angeles: ¿Quién es ésta? (Santo Rosario, 4º Misterio Glorioso). [Subir]

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16 de agosto de
2007
"Un querer sin querer es el tuyo"
Un querer sin querer es el tuyo, mientras no quites decididamente la ocasión. -No te quieras engañar
diciéndome que eres débil. Eres... cobarde, que no es lo mismo. (Camino, 714)

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que
llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregues el oro
fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio
y el tesoro de tu eternidad. (Camino, 708)

Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte?... No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor
Misericordioso de Jesús. -Un "miserere" y ¡arriba ese corazón! -A comenzar de nuevo. (Camino, 711)

¡Muy honda es tu caída! -Comienza los cimientos desde ahí abajo. -Sé humilde. -"Cor contritum et humiliatum,
Deus, non despicies". -No despreciará Dios un corazón contrito y humillado. (Camino, 712)

Tú no vas contra Dios. -Tus caídas son de fragilidad. -Conforme: pero ¡son tan frecuentes esas fragilidades!
-no sabes evitarlas- que, si no quieres que te tenga por malo, habré de tenerte por malo y por tonto. (Camino,
713) [Subir]
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17 de agosto de
2007
“No dialogues con la tentación”
Chapoteas en las tentaciones, te pones en peligro, juegas con la vista y con la imaginación, charlas
de... estupideces. –Y luego te asustas de que te asalten dudas, escrúpulos, confusiones, tristeza y
desaliento. –Has de concederme que eres poco consecuente. (Surco, 132)

Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. ¡Señor –repítelo con corazón contrito–,
que no te ofenda más!

Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente
pueril que te enterases ahora de que "eso" existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas
más a Dios, para que le busques con constancia, porque El nos purifica. (Surco, 134)

No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no
manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones! (Surco, 137)

No tienes excusa ninguna. La culpa es sólo tuya. Si sabes –te conoces lo suficiente– que, por ese sendero –
con esas lecturas, con esa compañía,...–, puedes acabar en el precipicio, ¿por qué te obstinas en pensar que
quizá es un atajo que facilita tu formación o que madura tu personalidad?

Cambia radicalmente tu plan, aunque te suponga más esfuerzo, menos diversiones al alcance de la mano. Ya
es hora de que te comportes como una persona responsable. (Surco, 138) [Subir]

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18 de agosto de
2007
“Deberemos contar con decaimientos y derrotas”
Si eres fiel, podrás llamarte vencedor. En tu vida, aunque pierdas algunos combates, no conocerás
derrotas. No existen fracasos –convéncete–, si obras con rectitud de intención y con afán de cumplir
la Voluntad de Dios. Entonces, con éxito o sin éxito, triunfarás siempre, porque habrás hecho el
trabajo con Amor. (Forja, 199)

Somos criaturas y estamos llenos de defectos. Yo diría que tiene que haberlos siempre: son la sombra que,
en nuestra alma, logra que destaquen más, por contraste, la gracia de Dios y nuestro intento por corresponder
al favor divino. Y ese claroscuro nos hará humanos, humildes, comprensivos, generosos.

No nos engañemos: en la vida nuestra, si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con
decaimientos y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que
veneramos en los altares. ¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas
biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las
hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las
verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y
perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha.

No nos extrañe que seamos derrotados con relativa frecuencia, de ordinario y aun siempre en materias de
poca importancia, que nos punzan como si tuvieran mucha. Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay
perseverancia y tenacidad en nuestra milicia, esas derrotas no adquirirán demasiada importancia. Porque
vendrán las victorias, que serán gloria a los ojos de Dios. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de
intención y queriendo cumplir la voluntad de Dios, contando siempre con su gracia y con nuestra nada. (Es
Cristo que pasa, 76) [Subir]
19 de agosto de 2007

“Saberse vencer todos los días”

No es espíritu de penitencia hacer unos días grandes mortificaciones, y abandonarlas otros. Espíritu
de penitencia significa saberse vencer todos los días, ofreciendo cosas –grandes y pequeñas– por
amor y sin espectáculo. (Forja, 784)

Pero nos acecha un potente enemigo, que se opone a nuestro deseo de encarnar acabadamente la doctrina
de Cristo: la soberbia, que crece cuando no intentamos descubrir, después de los fracasos y de las derrotas,
la mano bienhechora y misericordiosa del Señor. Entonces el alma se llena de penumbras -de triste
oscuridad-, se cree perdida. Y la imaginación inventa obstáculos que no son reales, que desaparecerían si
mirásemos sólo con un poquito de humildad. Con la soberbia y la imaginación, el alma se mete a veces en
tortuosos calvarios; pero en esos calvarios no está Cristo, porque donde está el Señor se goza de paz y de
alegría, aunque el alma esté en carne viva y rodeada de tinieblas.

Otro enemigo hipócrita de nuestra santificación: el pensar que esta batalla interior ha de dirigirse contra
obstáculos extraordinarios, contra dragones que respiran fuego. Es otra manifestación del orgullo. Queremos
luchar, pero estruendosamente, con clamores de trompetas y tremolar de estandartes.

Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier
otro instrumento, por contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas
de la peña, hasta arruinar su estructura. (Es Cristo que pasa, 77) [Subir]

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20 de agosto de 2007

“La pureza nace del amor”

Mira cuántos motivos para venerar a San José y para aprender de su vida: fue un varón fuerte en la
fe...; sacó adelante a su familia –a Jesús y a María–, con su trabajo esforzado...; guardó la pureza de la
Virgen, que era su Esposa...; y respetó –¡amó!– la libertad de Dios, que hizo la elección, no sólo de la
Virgen como Madre, sino también de él como Esposo de Santa María. (Forja, 552)

No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se
haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven,
fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía
humana.

Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del
amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud. Joven era el corazón y
el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad
divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más
de su venida entre las criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el
verdadero amor, y desconoce por entero el sentido cristiano de la castidad. (Es Cristo que pasa, 40) [Subir]

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21 de agosto de
2007

“Necesitas un buen examen de conciencia”

Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá
también a los que te rodean. –Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las
fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones –como se cultivan los microbios en el
laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber,
con tu falta de propio conocimiento... Y, después, esos focos infectan el ambiente. –Necesitas un buen
examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero
dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados. (Surco, 481)

La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la
caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que
respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a
recomenzar, a reencontrar –en las nuevas situaciones de nuestra vida– la luz, el impulso de la primera
conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al
Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino,
si hemos de convertirnos de nuevo. (Es Cristo que pasa, 58) [Subir]

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22 de agosto de
2007

“Examínate: despacio, con valentía”

Examen. -Labor diaria. -Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio
que valga más que el negocio de la vida eterna? (Camino, 235)

Examínate: despacio, con valentía. -¿No es cierto que tu mal humor y tu tristeza inmotivados -inmotivados,
aparentemente- proceden de tu falta de decisión para romper los lazos sutiles, pero "concretos", que te tendió
-arteramente, con paliativos- tu concupiscencia? (Camino, 237)

Acaba siempre tu examen con un acto de Amor -dolor de Amor-: por ti, por todos los pecados de los
hombres... -Y considera el cuidado paternal de Dios, que te quitó los obstáculos para que no tropezases.
(Camino, 246)

Hay un enemigo de la vida interior, pequeño, tonto; pero muy eficaz, por desgracia: el poco empeño en el
examen de conciencia. (Forja, 109)

No esperes a la vejez para ser santo: ¡sería una gran equivocación!

–Comienza ahora, seriamente, gozosamente, alegremente, a través de tus obligaciones, de tu trabajo, de la


vida cotidiana...

No esperes a la vejez para ser santo, porque, además de ser una gran equivocación –insisto–, no sabes si
llegará para ti. (Forja, 113) [Subir]

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23 de agosto de
2007

“Has de pensar en tu vida, y pedir perdón”

Con serenidad, sin escrúpulos, has de pensar en tu vida, y pedir perdón, y hacer el propósito firme,
concreto y bien determinado, de mejorar en este punto y en aquel otro: en ese detalle que te cuesta, y
en aquél que habitualmente no cumples como debes, y lo sabes. (Forja, 115)

Llénate de buenos deseos, que es una cosa santa, y Dios la alaba. ¡Pero no te quedes en eso! Tienes que ser
alma –hombre, mujer– de realidades. Para llevar a cabo esos buenos deseos, necesitas formular propósitos
claros, precisos.

–Y, después, hijo mío, ¡a luchar, para ponerlos en práctica, con la ayuda de Dios! (Forja, 116)

Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a
los que te rodean.

–Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas
equivocaciones –como se cultivan los microbios en el laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de
oración, con tu falta de cumplimiento del deber, con tu falta de propio conocimiento... Y, después, esos focos
infectan el ambiente.

–Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque
sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados. (Forja, 481) [Subir]

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24 de agosto de
2007
“Es corto nuestro tiempo para amar”

Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida
espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es
toda la Bondad. Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios? (Forja, 987)

A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna
manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un final desastroso. Un año que
termina -se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso
más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto:
tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano
coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como
una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para
desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la
ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

(…) Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de
Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles,
a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo.
(Amigos de Dios, 39-40) [Subir]

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25 de agosto de
2007

“Si te falta afán apostólico, te harás insípido”

Como quiere el Maestro, tú has de ser –bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas
las actividades de los hombres– sal y luz. –Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que
da sabor y preserva de la corrupción. Por eso, si te falta afán apostólico, te harás insípido e inútil,
defraudarás a los demás y tu vida será un absurdo. (Forja, 22)

Muchos, con aire de autojustificación, se preguntan: yo, ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás?

–¡Porque tienes obligación, como cristiano, de meterte en la vida de los otros, para servirles!

–¡Porque Cristo se ha metido en tu vida y en la mía! (Forja, 24)

Si eres otro Cristo, si te comportas como hijo de Dios, donde estés quemarás: Cristo abrasa, no deja
indiferentes los corazones. (Forja, 25) [Subir]
Señor, ¡tantas almas lejos de Ti!”

Veo tu Cruz, Jesús mío, y gozo de tu gracia, porque el premio de tu Calvario ha sido para nosotros el
Espíritu Santo... Y te me das, cada día, amoroso –¡loco!– en la Hostia Santísima... Y me has hecho ¡hijo
de Dios!, y me has dado a tu Madre. No me basta el hacimiento de gracias: se me va el pensamiento:
Señor, Señor, ¡tantas almas lejos de Ti! Fomenta en tu vida las ansias de apostolado, para que le
conozcan..., y le amen..., y ¡se sientan amados! (Forja, 27)

¡Qué respeto, qué veneración, qué cariño hemos de sentir por una sola alma, ante la realidad de que Dios la
ama como algo suyo! (Forja, 34)

Ante la aparente esterilidad del apostolado, te asaltan las vanguardias de una oleada de desaliento, que tu fe
rechaza con firmeza... –Pero te das cuenta de que necesitas más fe, humilde, viva y operativa.

Tú, que deseas la salud de las almas, grita como el padre de aquel muchacho enfermo, poseído por el diablo:
«Domine, adiuva incredulitatem meam!» –¡Señor, ayuda mi incredulidad!

No lo dudes: se repetirá el milagro. (Forja, 257) [Subir]

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27 de agosto de 2007

“La religión es la mayor rebeldía del hombre”

Hoy, cuando el ambiente está lleno de desobediencia, de murmuración, de trapisonda, de enredo,


hemos de amar más que nunca la obediencia, la sinceridad, la lealtad, la sencillez: y todo, con sentido
sobrenatural, que nos hará más humanos. (Forja, 530)

La religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma -no se
aquieta- si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero -¡nos
quiere Cristo!- hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o
esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen
debatirse.

El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al
Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin
importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad -tesoro incalculable, perla
maravillosa que sería triste arrojar a las bestias- se emplea entera en aprender a hacer el bien. (Amigos de
Dios, 37-38) [Subir]

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28 de agosto de
2007

“Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”

Para que no lo imites, copio de una carta este ejemplo de cobardía: “desde luego, le agradezco mucho
que se acuerde de mí, porque necesito muchas oraciones. Pero también le agradecería que, al
suplicarle al Señor que me haga “apóstol”, no se esfuerce en pedirle que me exija la entrega de mi
libertad”. (Surco, 11)

Entiendo muy bien, precisamente por eso, aquellas palabras del Obispo de Hipona [San Agustín], que suenan
como un maravilloso canto a la libertad: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti, porque nos movemos
siempre cada uno de nosotros, tú, yo, con la posibilidad -la triste desventura- de alzarnos contra Dios, de
rechazarle -quizá con nuestra conducta- o de exclamar: no queremos que reine sobre nosotros (...)

¿Quieres tú pensar -yo también hago mi examen- si mantienes inmutable y firme tu elección de Vida? ¿Si al
oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que sí? Volvamos la
mirada a nuestro Jesús, cuando hablaba a las gentes por las ciudades y los campos de Palestina. No
pretende imponerse. Si quieres ser perfecto..., dice al joven rico. Aquel muchacho rechazó la insinuación, y
cuenta el Evangelio que abiit tristis, que se retiró entristecido. Por eso alguna vez lo he llamado el ave triste:
perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios. (Amigos de Dios, 23-24) [Subir]

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29 de agosto de
2007

“Disculpar a todos”

Sólo serás bueno, si sabes ver las cosas buenas y las virtudes de los demás. –Por eso, cuando hayas
de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de
mejorar tú mismo en lo que corrijas. (Forja, 455)

Una de sus primeras manifestaciones se concreta en iniciar al alma en los caminos de la humildad. Cuando
sinceramente nos consideramos nada; cuando comprendemos que, sin el auxilio divino, la más débil y flaca
de las criaturas sería mejor que nosotros; cuando nos vemos capaces de todos los errores y de todos los
horrores; cuando nos sabemos pecadores aunque peleemos con empeño para apartarnos de tantas
infidelidades, ¿cómo vamos a pensar mal de los demás?, ¿cómo se podrá alimentar en el corazón el
fanatismo, la intolerancia, la altanería?

La humildad nos lleva como de la mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a
todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras; comportarse -¡siempre!- como
instrumentos de unidad. No en vano existe en el fondo del hombre una aspiración fuerte hacia la paz, hacia la
unión con sus semejantes, hacia el mutuo respeto de los derechos de la persona, de manera que ese
miramiento se transforme en fraternidad. Refleja una huella de lo más valioso de nuestra condición humana: si
todos somos hijos de Dios, la fraternidad ni se reduce a un tópico, ni resulta un ideal ilusorio: resalta como
meta difícil, pero real.

(…) En la oración la soberbia, con la ayuda de la gracia, puede transformarse en humildad. Y brota la
verdadera alegría en el alma, aun cuando notemos todavía el barro en las alas, el lodo de la pobre miseria,
que se está secando. Después, con la mortificación, caerá ese barro y podremos volar muy alto, porque nos
será favorable el viento de la misericordia de Dios. (Amigos de Dios, nn. 233. 249) [Subir]

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30 de agosto de
2007

“¿Qué tal andas de presencia de Dios?”

Te falta vida interior: porque no llevas a la oración las preocupaciones de los tuyos y el proselitismo;
porque no te esfuerzas en ver claro, en sacar propósitos concretos y en cumplirlos; porque no tienes
visión sobrenatural en el estudio, en el trabajo, en tus conversaciones, en tu trato con los demás... –
¿Qué tal andas de presencia de Dios, consecuencia y manifestación de tu oración? (Surco, 447)

Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y
buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria
las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer. La oración es el fundamento de
toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no
lograríamos nada.

Quisiera que hoy, en nuestra meditación, nos persuadiésemos definitivamente de la necesidad de


disponernos a ser almas contemplativas, en medio de la calle, del trabajo, con una conversación continua con
nuestro Dios, que no debe decaer a lo largo del día. Si pretendemos seguir lealmente los pasos del Maestro,
ése es el único camino.

Es muy importante -perdonad mi insistencia- observar los pasos del Mesías, porque El ha venido a
mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con El, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las
actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y
comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios:
para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o,
sencillamente, para estar con El. (Amigos de Dios, nn. 238-239) [Subir]

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31 de agosto de
2007

“¡A recomenzar de nuevo!”

El convencimiento de tu “mala pasta” –tu propio conocimiento– te dará la reacción sobrenatural, que
hará arraigar más y más en tu alma el gozo y la paz, ante la humillación, el desprecio, la calumnia...
Después del “fiat” –Señor, lo que Tú quieras–, tu raciocinio en esos casos deberá ser: “¿sólo ha dicho
eso? Se ve que no me conoce; de otro modo, no se habría quedado tan corto”. Como estás
convencido de que mereces peor trato, sentirás gratitud hacia aquella persona, y te gozarás en lo que
a otro le haría sufrir. (Surco, 268)

Continuamente experimentamos nuestra personal ineficacia. Pero, a veces, parece como si se juntasen todas
estas cosas, como si se nos manifestasen con mayor relieve, para que nos demos cuenta de cuán poco
somos. ¿Qué hacer?

Expecta Dominum, espera en el Señor; vive de la esperanza, nos sugiere la Iglesia, con amor y con fe. Viriliter
age, pórtate varonilmente. ¿Qué importa que seamos criaturas de lodo, si tenemos la esperanza puesta en
Dios? Y si en algún momento un alma sufre una caída, un retroceso -no es necesario que suceda-, se le
aplica el remedio, como se procede normalmente en la vida ordinaria con la salud del cuerpo, y ¡a recomenzar
de nuevo!

(...) Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores -aunque, por la gracia divina, sean de
poca monta-, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en
este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y -con mi dolor y con tu perdón- seré más fuerte y
más gracioso que antes! Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre
barro nuestro. (Amigos de Dios, nn.94-95) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=12467
01 de septiembre
de 2007

“Se hizo comida, se hizo pan”

El más grande loco que ha habido y habrá es El. ¿Cabe mayor locura que entregarse como El se
entrega, y a quienes se entrega? Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero,
entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso
anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan. ¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los
hombres?... ¿Yo mismo? (Forja, 824)

Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar
siempre juntas, pero el deber -el que sea- les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no
pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden
se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda
la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.
Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un
símbolo, sino la realidad: se queda El mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará
un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo,
como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron
protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente:
con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. (Es Cristo que pasa, 83) [Subir]

TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA


27 de enero de 2008

“Acude perseverantemente ante el Sagrario”

28 de enero de 2008

“Servir al Señor y a los hombres”

29 de enero de 2008

“Para servir, servir”

30 de enero de 2008

“No pongas el corazón en nada caduco”

31 de enero de 2008

“No te crees necesidades”

01 de febrero de 2008

“Renueva la alegría de luchar”

02 de febrero de 2008

“¡Tú y yo sí que necesitamos purificación!”

27 de enero de 2008

“Acude perseverantemente ante el Sagrario”


Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para
sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!
(Forja, 837)

Copio unas palabras de un sacerdote, dirigidas a quienes le seguían en su empresa


apostólica: "cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar,
mirad qué amor, qué ternura la de Cristo. Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si
pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo
haría!

Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y El, que nos ama con un amor infinitamente superior al que
puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos
siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos,
para que seamos fieles". (Forja, 838)
Las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio
de conducta cristiana. Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor,
hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de
entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan
consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones
sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi, el buen olor de
Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir. (Es Cristo que pasa, 156) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11992
28 de enero de 2008

“Servir al Señor y a los hombres”


Cualquier actividad –sea o no humanamente muy importante– ha de convertirse para ti
en un medio de servir al Señor y a los hombres: ahí está la verdadera dimensión de su
importancia. (Forja, 684)

No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada
en nuestro corazón. Hemos de pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra
ingratitud. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestras almas.

No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y
entrega, porque el Amor no pide derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino.
Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis, hasta la muerte y
muerte de la cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios
y de las almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera; pero Dios
quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser corregida, para identificarse con
la voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya.

Yo he visto con gozo a muchas almas que se han jugado la vida -como tú, Señor, usque ad
mortem-, al cumplir lo que la voluntad de Dios les pedía: han dedicado sus afanes y su trabajo
profesional al servicio de la Iglesia, por el bien de todos los hombres.

Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse
voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de
nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir
que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos identificaremos
con Cristo en la Cruz, no molestos o inquietos o con mala gracia, sino alegres: porque esa
alegría, en el olvido de sí mismo, es la mejor prueba de amor. (Es Cristo que pasa, 19) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11993
29 de enero de 2008

“Para servir, servir”


Tú también tienes una vocación profesional, que te "aguijonea". –Pues, ese "aguijón"
es el anzuelo para pescar hombres. Rectifica, por tanto, la intención, y no dejes de
adquirir todo el prestigio profesional posible, en servicio de Dios y de las almas. El
Señor cuenta también con "esto". (Surco, 491)

Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en
primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de
intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir
debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay
que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner
los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.

Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber
realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo
de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de
trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que
mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él
una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la
voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el
bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret. (Es Cristo que pasa, 50-51) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11994
30 de enero de 2008

“No pongas el corazón en nada caduco”


No pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por nosotros, y
no tenía dónde reclinar su cabeza. –Pídele que te conceda, en medio del mundo, un
efectivo desasimiento, sin atenuantes. (Forja, 523)

Somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio


de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro
trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando
a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera
Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional
realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio
directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis
tantas obras asistenciales -a nivel local y universal- en pro de los individuos y de los pueblos
menos favorecidos.

Al comportarnos con normalidad -como nuestros iguales- y con sentido sobrenatural, no


hacemos más que seguir el ejemplo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la
atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero. A lo
largo de su vida pública, tampoco se advierte nada que desentone, por raro o por excéntrico.
Se rodeaba de amigos, como cualquiera de sus conciudadanos, y en su porte no se
diferenciaba de ellos. Tanto, que Judas, para señalarlo, necesita concertar un signo: aquel a
quien yo besare, ése es. No había en Jesús ningún indicio extravagante. A mí, me emociona
esta norma de conducta de nuestro Maestro, que pasa como uno más entre los hombres.
(Amigos de Dios, nn. 120-121) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11995
31 de enero de 2008

“No te crees necesidades”


No lo olvides: aquel tiene más que necesita menos. –No te crees necesidades. (Camino,
630)

Hace muchos años –más de veinticinco– iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros
que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba de un local
grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para
recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la
atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del
bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar
la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡es mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la
guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya!
Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba
rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España. Delante de
Dios esto no cuenta nada: todos somos iguales, todos hijos de Adán y Eva, criaturas débiles,
con virtudes y defectos, capaces –si el Señor nos abandona– de los peores crímenes. Desde
que Cristo nos ha redimido, no hay diferencia de raza, ni de lengua, ni de color, ni de estirpe,
ni de riquezas...: somos todos hijos de Dios. Esta persona de la que os hablo ahora, residía en
una casa de abolengo, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio,
retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando
ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes
que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por
completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del
Señor: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt V,
3.).

Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con
los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no
te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en
abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad:
todo lo puedo en Aquel que me conforta (Phil IV, 12–13.). Y como el Apóstol, también así
saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de
ataduras. (Amigos de Dios, nn. 123-124) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11996
01 de febrero de 2008

“Renueva la alegría de luchar”


En algunos momentos te agobia un principio de desánimo, que mata toda tu ilusión, y
que apenas alcanzas a vencer a fuerza de actos de esperanza. –No importa: es la hora
buena para pedir más gracia a Dios, y ¡adelante! Renueva la alegría de luchar, aunque
pierdas una escaramuza. (Surco, 77)

Con monótona cadencia sale de la boca de muchos el ritornello, ya tan manido, de que la
esperanza es lo último que se pierde; como si la esperanza fuera un asidero para seguir
deambulando sin complicaciones, sin inquietudes de conciencia; o como si fuera un
expediente que permite aplazar sine die la oportuna rectificación de la conducta, la lucha para
alcanzar metas nobles y, sobre todo, el fin supremo de unirnos con Dios.

Yo diría que ése es el camino para confundir la esperanza con la comodidad. En el fondo, no
hay ansias de conseguir un verdadero bien, ni espiritual, ni material legítimo; la pretensión
más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad -aparente- de
una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de
sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin
aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el
riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el
deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta! (Amigos de Dios,
nn. 206-207) [Subir]

http://www.opusdei.es/art.php?p=11997
02 de febrero de 2008

“¡Tú y yo sí que necesitamos purificación!”


«Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!» –invoca al Corazón de Santa María, con
ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los
hombres de todos los tiempos. –Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente
en nosotros la aversión al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las
contrariedades físicas o morales de cada jornada. (Surco, 258)

Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el


Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. (Luc., II, 22.)

Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. –¿Te fijas? Ella –¡la
Inmaculada!– se somete a la Ley como si estuviera inmunda.

¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios
personales, la Santa Ley de Dios?

¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación,


el Amor. –Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que
encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.

Un hombre justo y temeroso de Dios, que movido por el Espíritu Santo ha venido al templo –le
había sido revelado que no moriría antes de ver al Cristo–, toma en sus brazos al Mesías y le
dice: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa...
porque mis ojos han visto al Salvador. (Santo Rosario, IV misterio gozoso). [Subir]