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Misterios pitagóricos (I)

De acuerdo con Cicerón: “De todas las instituciones excelentes y en verdad divinas que Atenas
ha llevado y contribuido a la vida humana, ninguna, en mi opinión, es mejor que los misterios.
Esto debido a que a través de ellos hemos crecido más allá del modo salvaje de existencia en el
que estábamos y hemos sido educados y refinados a un estado civilizado; y como los ritos son
llamados iniciaciones, así en verdad hemos aprendido sobre el inicio de la vida y hemos
obtenido fuerza no sólo para vivir felizmente sino para morir con esperanza” (1).

Esta afirmación se hace patente si investigamos la vida de los primeros filósofos, entre ellos
Tales de Mileto y Pitágoras, que viajaron hasta Egipto para recibir instrucción directa en las
“Casas de vida”, donde se les transmitió un inmenso caudal de conocimiento científico e
iniciático que constituyó el fundamento cultural de la Grecia clásica.

Ávido de aprender, Pitágoras de Samos viajó por el mundo conocido durante 34 años,
estableciéndose por un largo período en Fenicia, Egipto y Babilonia. Jámblico cuenta que
Pitágoras “se inició en todos los rituales sagrados que en especial se celebraban en Biblos, Tiro
y en muchas partes de Siria (…) por deseo y afán de asistencia a la ceremonia y por la
precaución de que se le escapara algo digno de aprenderse, que se salvaguarda en los cultos
secretos o misterios de los dioses. Comprendió, además, que los rituales sagrados de allí son,
en cierto modo, importados y originariosde Egipto y confió, por ello, en participar en rituales
más bellos, más divinos y más puros en Egipto y, maravillado por las enseñanzas de su maestro
Tales, se embarcó sin demora con unos marineros egipcios que, en un momento muy
oportuno, habían llegado a la costa que se extiende al pie del Monte Carmelo de Fenicia,
donde muchas veces Pitágoras se retiró en soledad por la zona del templo” (2).

Ya en Egipto, “frecuentó todos los santuarios con muchísima diligencia y con un riguroso
estudio, siendo admirado y apreciado por los sacerdotes y profetas con que se relacionaba y
recibiendo un aprendizaje muy detallado sobre cada asunto” (3). Después de esta larga
permanencia en Egipto de 22 años, viajó como prisionero a Babilonia (apresado por las tropas
de Cambises) donde “se relacionó gustoso con los magos que lo recibieron con el mismo
agrado y fue instruido en lo que ellos veneraban y aprendió perfectamente el culto de los
dioses, llegando junto a ellos a la cumbre de la aritmética, de la música y de las demás
disciplinas”.

Al regresar a su tierra natal -la isla de Samos- fundó una escuela de corte sapiencial (“el
semicírculo”) que sería el germen para otras iniciativas académicas en otras partes del
mediterráneo, especialmente en Crotona (en la actual Sicilia), donde fue establecido el centro
pitagórico más importante de la historia.

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La Escuela pitagórica

Pitágoras fue el primer pensador que se llamó a sí mismo “filósofo” que en su acepción clásica
significa “amante de la sabiduría” y, con esta idea, reunió a su alrededor a un grupo de
“filósofos” que aceptó como discípulos a los que enseñó todos los conocimientos que había
recogido durante su largo periplo por el extranjero.

La Escuela pitagórica se constituyó a imagen y semejanza de las escuelas iniciáticas de Egipto y


Cercano Oriente, con un sistema de grados que diferenciaba a los “acusmáticos” que tan solo
repetían de memoria las enseñanzas y a los “matemáticos” que podían razonarlas, asimilarlas y
conocer su trasfondo trascendente.

En el pórtico del edificio de Crotona había una estatua de Hermes con la inscripción “Eskato
bebeloi” que significa “¡Fuera, profanos!” (4), que se corresponde a la advertencia usada en los
misterios de Eleusis: “Hekas, Hekas, Este Bebeloi” o -siglos más tarde- a la que aparecía en la
“Eneida” de Virgilio: “¡Lejos, quedáos lejos, profanos! ¡alejaos del bosque entero!”. (VI, 255), e
incluso en “Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz”: “Procul binc, procul ite prophani”
(“¡Lejos de aquí, alejaos profanos!”).

Pitágoras era muy exigente en el ingreso de nuevos estudiantes pues sostenía que “no todas
las maderas son buenas para tallar un Hermes”, por lo cual cada nuevo candidato debía pasar
un periodo preparatorio (paraskeié) que podía durar hasta cinco años y donde debía
permanecer en completo silencio.

Según cuenta David Hernández, “al principio los iniciados atendían las palabras del líder desde
fuera de una cortina, en un círculo exterior; pasaban al interior del círculo conforme
avanzaban en su nivel jerárquico. Si los jóvenes superaban todos estos períodos, después de
ser puestos a prueba en su modo de vida y guardar silencio durante cinco años, se convertían
en “homakooi”, o “cooyentes”, nombre genérico para los seguidores de Pitágoras, que le
“escuchaban juntamente” (de homos y akouo). Los que sólo participaban de sus enseñanzas
escuchándole desde fuera de una cortina, sin poder verle en absoluto, se llamaban
“exotéricos”, porque asistían a las clases desde fuera (exo) del círculo del maestro. Esto
sugiere un nuevo grado de división jerárquica dentro de la secta: los esotéricos frente a los
exotéricos” (5).

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Akoúsmata y pruebas iniciáticas

Dentro de la formación de la escuela existían una serie de máximas mistéricas llamadas


“akoúsmata” (“cosas oídas”) y “symbola” (claves simbólicas) que buscaban estimular la
capacidad de reflexión del estudiante. Estos enunciados, que también eran utilizados como
reglas para la vida cotidiana, debían repetirse constantemente a modo de “mantras” y tienen
un sentido análogo a los koan del budismo zen.

Algunas de estas máximas son las siguientes: “Huye de los caminos concurridos, ve por los
senderos”, “No dividas el fuego con la espada”, “Cuando entres en el templo, adora, allí no
dirás ni harás nada relativo a la vida”, “Haz sacrificios y reverencia descalzo”, etc. Aunque
muchas de estas frases se han perdido para siempre, muchas de ellas fueron compiladas en
una obra post-pitágorica (a veces atribuida al propio Pitágoras) que lleva el título de “Los
versos de oro”.

Jámblico comenta que estos enunciados leídos de forma literal parecen rídículos y hasta
“cuento de viejas”, pero “cada vez que se aclaran estos símbolos, a tenor de sus
características, y se hacen visibles y accesibles a la mayoría en lugar de oscuros, se asemejan a
los presagios y oráculos de Apolo Pitio, puesto que descubren un pensamiento admirable e
infunden un espíritu divino a los estudiosos que los han comprendido” (6).

El pitagorismo era un estilo de vida que integraba perfectamente a la filosofía y la religión, y


que era puesto a prueba en un marco comunitario donde se realizaban diferentes tipos de
rituales y se ejecutaban prácticas ascéticas que incluían ejercicios de meditación y respiración
heredados de la tradición egipcia y mesopotámica.

Como en toda escuela tradicional, en la de Pitágoras los discípulos tenían que atravesar
diferentes pruebas iniciáticas que estaban vinculadas a los cuatro elementos, a saber: prueba
de coraje (Tierra), de bondad (Agua), de inteligencia (Aire) y de carácter o “tentación” (Fuego).

Según Bergua, este tipo de pruebas imitaba las que se realizaban en las iniciaciones egipcias
“pero muy dulcificadas y adaptadas a la naturaleza griega, cuya impresionabilidad no hubiera
soportado los terrores mortales de las criptas de Menfis y de Tebas” (7). Aún así, “se hacía
pasar la noche al aspirante pitagórico en una caverna de los alrededores de la ciudad, donde se
decía que había monstruos y apariciones. Los que no eran capaces de soportar las fúnebres
impresiones de la soledad y de la noche, los que se negaban a entrar o escapaban antes del
amanecer, eran juzgados demasiado débiles para la iniciación y despedidos” (8).

Este tema será concluido en la próxima entrega de “El árbol del conocimiento”.

Autor: Phileas del Montesexto

www.phileasdelmontesexto.com
Pitágoras emergiendo del Hades. Pintura de Salvator Rosa basada en el relato de Diógenes
Laercio.

Bibliografía anexa

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Notas del texto

(1) Cicerón: “Leyes” II, xiv, 36.

(2) Jámblico: “Vida pitagórica”

(3) Jámblico: op. cit.

(4) Bergua, Juan B.: “Pitágoras”

(5) Hernández, David: “Vida de Pitágoras”

(6) Jámblico: op. cit.

(7) Bergua: op.cit.