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RECTIFICACIONES HISTORICAS

HERNAN CORTES -EL CLERO - BENITO JUAREZ


Por
Pedro Sembrador

¡Alerta, estudiante! ¡Mira cómo se


falsea la Historia!

http://www.evc.org.mx/
RECTIFICACIONES HISTORICAS

HERNAN CORTES — EL CLERO


BENITO JUAREZ
atrc

Como se falsea la Historia de México en las


escuelas oficiales

La Historia de México tal como se enseña en las escuelas


oficiales no merece tal mombre, pues dista mucho de la impar-
cialidad que es la primera cualidad que debe tener un relato
para poder llamarse Historia.
Los escritores oficiales están muy lejos de tener esa noble-
za que reconoce no solamente los méritos del vencido, sino
también los defectos del vencedor.
Para los historiadores oficiales de México nada bueno ha
habido en el Partido derrotado y todo ha sido lealtad y bien
en el Partido triunfante que muchas veces, por medios repro-
bables, ha logrado apoderarse del poder.
Imposible de todo punto sería que pudiéramos presentar
aquí una información completa a este respecto, pero esperamos
que lo que aquí decimos baste para hacer ver a los alumnos
de las escuelas oficiales el poco, el ningún crédito que merecen
algunos profesores, así como algunos de sus libros de texto;
al efecto vamos a poner en evidencia la injusticia con que se
ha procedido:
— con Hernán Cortés, el forjador de la nacionalidad mexicana.
— con el Clero, al que se achaca haber fomentado las revolu-
ciones que han ensangrentado nuestra Patria y que en la
inmensa mayoría han sido obra de la masonería; y
— con Benito Juárez, cuya actuación estuvo muy lejos de ser
inmaculada.

Hernán Cortés forjador de la nacionalidad mexicana

Sólo sabiendo hasta qué grado puede cegar la pasión, se


explica ese odio que hacia Hernán Cortés hay en los medios
oficiales. No se admite en él mérito alguno y se le inculpan
muchas, muchas cosas, si ciertamente algunas de ellas con so-
brada razón, otras en cambio contra toda justicia.
4 Folleto E. V. C. 556

En el primer mes del año, que comenzaba el 2 de febrero,


rendían culto a sus dioses Tlalocues o dioses de la lluvia, a la
diosa del agua Chalchiucué y al dios de los vientos Quetzal-
coatl. En este mes se mataban muchos niños, pues mientras
más se sacrificaran más abundantes serían las lluvias, se ha-
cían de ellos comprándolos a sus madres y los seguían ma-
tando durante el segundo, tercero y cuarto mes, hasta quello-
vía copiosamente.
En el décimo mes era festejado Xiuhtecutli, el dios del
fuego, echando al fuego muchos esclavos vivos, a los que em-
polvaban la cara con unos polvos que llamaban yiauhtli; ata-
ban a los esclavos de pies y manos, los izaban sobre los hom-
bros y bailaban alrededor del fuego y conforme danzaban los
iban arrojando sobre un montón de brasas, uno después de
otro. Dejaban que se tatemaran un poco y aún vivos y bas-
queando, los sacaban del fuego con un gancho, los arrastraban
hasta la imagen del dios, los tendían sobre el tajón y abierto
el pecho les arrancaban el corazón,
Y si basta con estos sacrificios para dar idea de lo salvaje
que eran los aztecas, dará idea del atraso de su civilización
simplemente considerar que desconocían la escritura fonética
y los más importantes cultivos y hasta el uso industrial y me-
cánico de la rueda, etc., etc.; y en fin, lo atrasado de su ré-
gimen de gobierno, que consistía en un despotismo ilimitado en
que la voluntad incontrastable del gran cacique era la ley
única, por lo que la condición del indio, antes de la conquista,
era mil veces peor que después de ella, a pesar de que durante
el virreinato se le consideraba como individuo inferior.

Hernán Cortés benefactor


de los indios.
El primer beneficio que a Hernán Cortés debieron las ra-
zas indígenas del Anáhuac, fué haberlas liberado de la barba-
rie canibal y de las prácticas abominables de los sacrificios
humanos.
El, con la clara visión de su genio, comprendió que para
dar al país conquistado una organización que correspondiese
a sus amplias miras y a los recursos naturales de la tierra,
era necesario empezar la obra desde sus cimientos. Tratá-
base de fundar una nueva nacionalidad con los elementos de
las dos razas, la española y la indígena; no de exterminar
ésta como lo hicieron los ingleses en sus colonias americanas
y, con la penetración del hombre que se ha echado a cuestas
una empresa de titán, buscó en la Moral y en la Religión, las
Folleto E. V. C. 556 5

bases que habían de sustentar tan grande obra, y pidió a


Carlos V que le enviase misioneros de santidad acrisolada.
El Emperadoratendió la súplica y el 13 de mayo de 1524,
fecha memorable en los fastos de México, llegó a Veracruz
el insigne Fray Martín de Valencia, con los religiosog fran-
ciscanos como él, todos ellos de tan aquilatada virtud, que con
justicia se les- ha comparado con los primeros apóstoles de
Cristo, y a su acción maravillosa y fecunda débese en gran
parte, la evangelización del indio mexicano y eso que ahora
se llama, con pedantería y mal gusto, “incorporar el indio a la
civilización”.
Bernal Díaz del Castillo nos narra la llegada de estos san-
tos varones al Anáhuac, de él tomamos estas palabras: “Cuan-
do Cortés supo que llegaban, se apeó del caballo, y todos nos-
otros juntamente con él, ya que nos encontrábamos con los
reverendos religiosos, el primero que se arrodilló delante de
Fray Martín de Valencia y le fué a besar las manos, fué Cor-
tés, y no lo consintió y le besó los hábitos, y a todos los más
religiosos, y ansí hicimos todos los más capitanes y soldados
que allí íbamos, y el Guatemuz y los señores de México, que
se espantaron de gran manera al ver a Cortés ir de rodillas
a besar las manos a esos frailes descalzos y flacos, con los
hábitos rotos y que no llevaban caballos, sino iban a pie.
“Cortés, siempre que hablaba con aquellos religiosos, te-
nía la gorra quitada y en todo les tenía gran acato”.
Conforme a las Leyes Españolas, expedidas durante la
colonia, la condición de los indios era privilegiada: “mandóse
y reiteróse continuamente que fuesen tratados como hombres
libres y vasallos dependientes de la corona de España; no es-
taban sujetos a servicio militar, ni al pago de diezmos y con-
tribuciones. Fuera de un moderado tributo personal que paga-
ban una vez al año; no les cobraban derechos en sus juicios;
tenían abogados obligados por la ley a defenderlos de valde;
la inquisición no les comprendía y en lo eclesiástico tenían
también muchos y considerables privilegios”, etc., etc.
Que había crueldades y atropellos, es cosa que no se ha
puesto en duda, como se siguen cometiendo hoy en no pequeña
escala, aún por aquéllos que se dicen protectores de los indios.
Sin apostólicos misioneros y sin Leyes como las de Indias,
los ingleses perpetraban en sus establecimientos del Norte de
América mucho peores excesos. “Sir Richard Grenville —dice
Quekenbes— era valeroso, pero violento. Para castigar a los
indios por haber robado una copa de plata, quemó un pueblo
entero”.
6 Folleto E. V. C. 556

“Encomendero” es un vocablo que, en boca de los enemi-


gos de España, suena a ofensa grave, y sin embargo las en-
comiendas fueron necesarias para la reorganización y el des-
arrollo de los países conquistados,
“Hoy, a 4 siglos de distancia, es lo más sencillo pontificar
contra las encomiendas, pero si estudiamos imparcialmente el
asunto, nos daremos cuenta de que fué en parte, gracias a ellas,
que las razas indígenas no desaparecieran de muestro suelo,
como sucedió en los Estados Unidos y como sucedería en nues-
tra época, al cabo de algunos años, si se adoptara el sistema
que han observado en México ciertas compañías petroleras
que, para extraer el aceite por centenares de millares de ba-
rriles, no se pararon en escrúpulos de humanidad, y plagiaban
indios o los mataban, y simulaban “herederos” para despojar
de sus tierras a los legítimos propietarios. “¡Y esto en pleno
siglo XX y ejecutado por magnates y empresarios de campa-
nilla!”. (España en los destinos de México, por José Elguero,
Pág. 19).
Se piensa generalmente que a todos los españoles, que
vinieron con Cortés, solamente los traía el deseo desordenado
de enriquecerse, y tal vez ello haya sido así, pero Bernal Díaz
del Castillo nos refiere que buena parte de ellos acabaron por
meterse de frailes franciscanos.
El empeño de Cortés por hacer del Anáhuac una gran
Nación, nos es revelado por las cartas que escribía a Carlos
V. En una de ellas le pedía que “mandase a la Casa de Con-
tratación de Sevilla, que no se haga a la vela ningún buque
para este país, sin que traiga plantas y semillas” y así debido
al celo del conquistador, llegaron a muestro suelo, en poco
tiempo, aparte del trigo, cebada, arroz, centeno, habas, gar-
banzo, lentejas, frijoles, almendros, morales, castaños, lino,
alfalfa, manzanos, naranjos, limas, limones, rosales, lirios,
otras muchas plantas y árboles, legumbres y hortalizas que
no se conocían en Anáhuac.
Y debido a la inteligencia y a la energía de los conquis-
tadores, de los misioneros y de los gobernantes de Nueva Es-
paña, se convirtió en pocos años el Anáhuac semibárbaro en
tierra le civilización, al grado de que en 1539 (¡18 años des-
pués de la conquista!) habíase establecido la imprenta, y en
1551, la Universidad de México, que fué suprimida por Benito
Juárez en 1861 y que precedió al “Harvard College” de las co-
lonias inglesas, en poco menos de 100 años y en más de 200
a la fundación de la primera Universidad de los Estados Uni-
dos.
Folleto E. V. C. 552 1

Creemos que bastarán los breves apuntes anteriores para


hacer ver cuán injusto es tener en mal concepto a Cortés y a
los conquistadores españoles y vamos solamente a referirnos
a 3 de los cargos más importantes que se hacen contra aquél,
a saber: —el tormento de Cuauhtémoc, —la muerte de su es-
posa y —la de Cuauhtémoc,

El tormento de Cuauhtémoc.
No fué Cortés el responsable, por lo menos directo, del
tormento de Cuauhtémoc, sino Alderete el tesorero del Rey.
He aquí cómo sucedieron las cosas.
Al evacuar Cortés en la Noche Triste la Ciudad de México,
perdió todos los tesoros de que se habían apoderado los espa-
ñoles. Cuando después de la toma de esta ciudad, los quiso
recuperar, Cuauhtémoc, que indudablemente tenía que saber
dónde se encontraban, se negó a revelarlo. Como la quinta
parte de este tesoro correspondía al Rey, la reclamó el tesorero
real, ordenando que se le diera tormento a Cuauhtémoc para
que lo descubriera, Cortés se opuso a ello, pero entonces Al-
derete lo acusó de estar de acuerdo con Cuauhtémoc para apo-
derarse de dicho tesoro y Cortés no tuvo más remedio que
permitir que se atormentara a aquél para librarse de este
cargo.
Acerca del tormento de Cuauhtémoc mucho se ha fanta-
seado, nunca dijo él estas palabras que se han puesto en sus
labios: “Estoy yo acaso, en un lecho de rosas”, por el contra-
rio, Cuauhtémoc reveló el lugar del Lago de Texcoco en que
se habían tirado los tesoros, alguno de los cuales se pudieron
rescatar.
Y el tormento de Cuauhtémoc, no fué tan cruel como se
pretende, pues es un hecho que pronto sanó de sus pies y pudo
volver a caminar normalmente (Historia de la Nación Mexi-
cana por el R. P. Mariano Cuevas, S. J., pág. 152).

Cortés no mató a su esposa.

El R. P. Cuevas, que no puede ser sospechoso de parcia-


lidad a favor de Cortés, pues ácremente lo inculpa y hace res-
ponsable de varios crímenes, entre ellos la matanza de Cho-
lula y la muerte de Cuauhtémoc, en las páginas 170 y siguien-
tes de su obra ya citada, demuestra, con acopio de pruebas,
que Cortés no fué el autor de la muerte de su esposa doña
Catalina Juárez, llamada la Marcaida, a la que en el año de
8 Folleto E. V. C. 556

1522, mandó traer a México y que murió víctima de un ata-


que cardíaco, la misma noche en que, para festejarla, Cortes
había dado un banquete con cantos y bailes en su casa de Co-
yoacán.
No fué sino hasta 6 años después de su muerte cuando
la primera Audiencia, ese corrompido tribunal de los enemigos
de Cortés, lo enjuiciaron para poder robarle sus propiedades,
como en efecto se las robaron, a pesar de que a la postre
tuvieron que reconocer su inocencia.

La muerte de Cuauhtémoc.

He aquí cómo el P. José Bravo Ugarte, en la Pág. 99 del


II tomo de su Historia de México, narra la muerte de Cuauh-
témoc en la expedición de Honduras:
“Estando los expedicionarios en la Provincia de Acallán
(Chiapas) y en el lugar llamado Teotilac (según Ixtlixóchitl);
hambrientos todos y agobiados de las penalidades del viaje,
supo Cortés, por cierta figura que secretamente le dió y ex-
plicó Mexicaltcingo, de las conversaciones sediciosas que entre
sí platicaban Cuauhtémoc, Tetlepanquétzal y Tacitecle, seño-
res de México, Tlacopan y Tlaltelolco, concertándose para ma-
tar a los españoles, volverse a México y recobrar el poder
perdido (Cortés, Bernal, Motolinía). Comprobada la conspi-
ración, cuyos planes no estaban aún acabados, fueron ahorca-
dos Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal (martes de Carnaval, 28
febrero 1525). “Los frailes franciscanos les ayudaron a bien
morir, con la lengua doña Marina... y Fr. Juan el merceda-
rio, que sabía algo de la lengua, los fué confesando”.
o:

NO ES EL CLERO SINO LA MASONERIA LA RESPONSA-


BLE DE LAS LUCHAS EN NUESTRA PATRIA
Desde las postrimerías del Virreinato hubo masones en
México entre los oficiales españoles del tiempo del Virrey
Flores; y en el mes de abril de 1812, el Virrey Francisco Xa
vier Venegas dirigió 'a las autoridades subalternas de la Nue
va España, una circular poniéndolos alerta contra las activi.
dades subversivas del nefasto masón Mr. Joel R. Poinsett,
que se dirigían a fomentar la revolución, con el objeto de
unir el Reino de la Nueva España a la Confederación Norte
americana,
Folleto E. V. C. 556 9
»
La historia de las logias masónicas llena gran parte de
la Historia de México, desde los últimos años de la Colonia,
hasta muy entrado el siglo XIX (y hasta la fecha, pues ¿no
se encuentra acaso y se exhibe en el Museo de la Logia Yor-
kina de Filadelfia, E. U. el mandil masónico del Presidente
Francisco 1. Madero?).
En 1817 ó 1818 vinieron de España, según el historiador
Alamán muchos masones, y establecieron su sociedad en la
Capital del Virreinato.
Poco tiempo después la masonería tomó gran incremento
bajo la denominación de “rito Escocés”, y a ella pertenecían
personas de importancia en la política, en el ejército y aún
en el clero.
Las logias se declararon en abierta hostilidad contra el
imperio de Iturbide y trabajaron tenazmente hasta conseguir
su caída.
Desterrado éste y ejecutado después, el'18 de julio de
1824, parecía que la República iba a encaminarse por un sen-
dero de prosperidad y de paz, cuando por segunda vez llegó
a México Mr. Poinsett, en 1825, ya con el carácter de Minis-
tro de los Estados Unidos. Uno de los trabajos del, flamante
diplomático fué establecer, en el mes de agosto o septiembre,
5 logias del rito de York, que gozaba de preponderante acep-
tación en Norteamérica por aquellos tiempos. Tratábase de
combatir contra la masonería escocesa y con tal propósito
Poinsett se asoció a don Lorenzo de Zavala y con el senador y
presbítero don. José Ma. Alpuche; nombró Gran Maestre al
Ministro de Hacienda Esteva y Venerable al Canónigo Ramos
Arizpe. Los yorkinos dominaban en casi todo el país a fines
de 1826.
Al rito de York se adhirieron los antiguos insurgentes ma-
sones, Guerrero, Gómez Pedraza, Lobato y muchos otros más,
quienes bajo la influencia del Ministro americano, se declara-
ron abiertamente enemigos de los españoles, aprovechando
todos los pretextos que se presentaban para hostilizarlos y
expulsarlos de la manera más injusta y cruel, a pesar de que
conforme al Plan de Iguala y a la “Garantía de la Unión”,
disfrutaban de la ciudadanía Mexicana.
Con motivo del decreto de expulsión, que excitó fuerte-
mente los ánimos y exaltó las pasiones, algunos españoles
_ prominentes fueron asesinados, muchos despojados de sus
bienes y la Nación contempló el espectáculo conmovedor y
vergonzoso, de innumerables hogares deshechos y no pocas mi-
10 Folleto E. V. C. 556

siones abandonadas, como las de las Californias y otras, pre-


cisamente cuando más las necesitaba el país, porque eran cen-
tros de civilización y de riqueza.
Los generales Negrete y Echavarri que a pesar de su na-
cionalidad española, habían prestado tantos servicios en la gue-
rra de Independencia, murieron en el destierro en medio de
la mayor miseria.
Los escoceses en el terreno de la política seguían perdien-
do terreno y, para recuperarlo, apelaron a las armas como
era de rigor yy sigue siéndolo todavía hasta la fecha. Encabezó
la rebelión el teniente coronel masón dor» Manuel Montaño,
pero muy pronto asumió la jefatura del movimiento, el masón
don Nicolás Bravo, gran maestro de las logias del rito Esco-
cés, Enviaron éstas, para batir a los alzados, a su gran maes-
tro también, que lo era el masón don Vicente Guerrero, quien
con la ayuda del masón Santa Anna, violando un armisticio
pactado con Bravo, lo hizo prisionero en Tulancingo, dando
por terminada la sublevación.
Las logias escocesas quedaron definitivamente vencidas y
dueños del campo los del york, pero entonces empezó la divi-
sión entre ellos, fenómeno que en este país se repite constante-
mente, poniendo de manifiesto el sagrado anatema: Non erit
pax inter impios. Disputáronse así el poder supremo los ma-
sones Guerrero y Gómez Pedraza, afiliándose a aquél los an-
tiguos insurgentes, bajo la dirección del funesto Poinsett, de
Zavala y de Alpuche, Pedraza, que contaba con los masones
Victoria, Esteva y Ramos Arizpe, triunfó en las elecciones;
pero no se conformaron los vencidos y el masón Santa Anna
fué el primero en rebelarse en favor del masón Guerrero.
Los masones Zavala y Lobato partidarios del masón Gue-
rrero, conspiraron en la Capital de la República, y, para con-
quistarse el favor del populacho, lo incitaron a saquear el
Parián, donde los españoles tenían sus principales comercios,
que fueron, en efecto, robados totalmente, La Cámara declaró
nula la elección del masón Pedraza :y designó al masón Gue-
rrero como Presidente y al masón Bustamante como Vice-Pre-
sidente de la República.
Pero faltaba el remate de la obra para que ésta fuera per-
fecta: la expulsión total de los españoles que se decretó el
20 de marzo de 1829.
El masón don Guillermo Prieto, nada sospechoso de es-
pañolismo, ciertamente, en sus memorias dice:
Folleto E. V. C. 556 11

“Las escenas resultado de la expulsión de españoles aún


se sucedían, desgarrando el corazón de las familias, mutilán-
dolas y sembrando por todas partes el duelo y la consterna-
ción... la expulsión de los españoles fué una medida bárbara
a todas luces y ruinosa para todo el país”.
La facción yorkina, encabezada por el Ministro america-
no Poinsett, triunfaba en toda la línea, pues no quedaba en
México un solo español a excepción de los inválidos; acababa
así de conseguir uno de sus mayores triunfos.
Los designos aparentes de Poinsett eran desarraigar las
ideas radicales y el federalismo en México; pero, en el fondo,
tratábase de algo peor, que conocían quizá solamente los di-
rectores, como tan a menudo sucede en la masonería de todos
los países: dividir a los mexicanos y debilitarlos para que los
Estados Unidos pudiesen sin dificultades, someterlos a su vo-
luntad.
El masón Zavala era un instrumento magnífico en manos
de Poinsett para el desenvolvimiento de esa política. Yancó-
filo rabioso, casó con una señora americana y unióse a los
texanos separatistas traicionando a su patria y, una vez con-
sumada la independencia de Texas fué su primer Vice-Presi-
dente, acabando sus días en los Estados Unidos como un re-
negado.
Tal fué el personaje de que se valió Poinsett para intro-
ducir en México las logias yorkinas, anexar Texas a los Es-
tados Unidos y preparar los acontecimientos desastrosos que
vinieron después. (La guerra del 47).
El masón Zavala prestó a Poinsett todo su apoyo; éste
consiguió de la masonería de Estados Unidos las grandes
cartas reguladoras que permitieron la instalación de la gran
logia y que se crearan logias en todos los Estados, cuyo nú-
mero pronto llegó a ser de 130,
En ellas se discutían los asuntos públicos, las elecciones,
los proyectos de Ley, las resoluciones del Gabinete, la coloca-
ción de los empleados, a ellos concurrían diputados, ministros,
senadores, generales, eclesiásticos, gobernadores, comerciantes
y toda clase de personas que tenían influencia.
La perfidia subterránea de Poinsett evitó que se precisa-
ran er aquel tiempo, los límites entre nuestro país y los Esta-
dos Unidos.
La expulsión de los españoles fué obra suya con objeto de
quitarle al país el apoyo que pudieran proporcionarle los paí-
ses europeos y dejarlo a merced de la ambición yankee.
12 Folleto E. V. C. 556

La masonería en las revoluciones


y en el Gobierno de México.

Deseábamos dejar aquí debidamente listadas todas las re-


voluciones, cuartelazos, asonadas, etc., que Se han sucedido
en nuestra Patria desde la independencia hasta la fecha, de-
mostrando cómo es falso que hayan sido originadas por el
Clero, pues la inmensa mayoría de ellas han sido acaudilladas
por masones; pero ellas son tantas, la Historia de nuestra Pa-
tria ha sido de tal manera enmarañada, azarosa, que nos lle-
varía fuera de la brevedad que debe caracterizar un Folleto
E. V. C., pero referimos al lector a la bien documentada obra
de don Félix Navarrete, titulada “La masonería en la Histo-
ria y en las Leyes de México”; No. 46 de la Colección Figu-
ras y Episodios de la Historia de México, publicada por la
Editorial JUS, S. A., y que puede el lector encontrar en la Li-
brería de Porrúa Hnos. y Cía., Esq. Av. de la República de
Argentina y Justo Sierra.
En esta obra su autor, con documentos fehacientes, de-
muestra cómo han sido masones todos los Presidentes de Mé-
xico, muchos de los cuales han asaltado el poder a fuerza de
revoluciones y cuartelazos, a saber:
Gral. Guadalupe Victoria, Presidente de 1824 a 1829, masón
del rito Yorkino ca
Gral. Vicente Guerrero, Presidente en 1829, de abril a diciem-
bre,
Gral. Anastasio Bustamante, Presidente de 1830 a 1832: pri-
mero del Rito Yorkino y después del Escocés.
Gral. Manuel Gómez Pedraza, del Partido Escocés, Presidente
de 1832 a 1833, fundador del Rito de los Anfictiores.
Gral. Antonio López de Santa Anna, Presidente 9 veces, la pri-
mera en 1823, la última en 1,853 masón Escocés.
Dr. Valentín Gómez Farías, del Rito Mexicano, siempre en
unión de Santa Anna, Vice-Presidente en funciones de Pre-
sidente 4 veces, de 1833 a 1834.
Gral. Nicolás Bravo, Gran Maestre de las logias escocesas ocu-
pó el Gobierno con diversos títulos 4 veces, de 1824 a
1842. á
Gral. Mariano Paredes de Arriyaga, del rito Escocés. Presi-
dente en 1846.
Gral, Mariano Arista, Presidente de 1851 a 1853. Gran Maes-
tre del rito Yorkino.
Lic. Juan B. Ceballos del rito nacional, Presidente en 1853.
Gral. Manuel Ma. Lombardini, masón yorkino. Presidente en
1853.
Folleto E. V. C. 556 13

Gral. Ignacio Comonfort del rito nacional mexicano, Presidente


3 veces en 1856, en 1857 y en 1858.
Lic. Benito Juárez del rito nacional mexicano. Presidente desde
1858 hasta su muerte en 1872,
ral. Manuel M. Almonte, del rito nacional mexicano, en 1863,
miembro de la Regencia del Imperio y en 1864 lugartenien-
te del Imperio,
Emp. Maximiliano 1, Emperador de 1864 a 1867. El Gran
Oriente de México, ofreció a Maximiliano la Presidencia
del Supremo Consejo, a lo que él contestó: “que las cir-
cunstancias políticas del país no le permitían aceptar este
puesto honorífico, pero que estaba dispuesto a aceptar
el título de protector de la orden; que mientras sus ocu-
paciones y las referidas circunstancias públicas le permi-
tían asistir a los trabajos, vería con gusto que se afiliasen
al Supremo Consejo, en representación suya a los señores
Federico Semeleder su médico y Rodolfo Cunner, su Cham-
belán”.
Así fué nombrado Maximiliano protector de la orden
:y Se recibieron masones a dichos señores, siendo elevados
inmediatamente al grado 33 en junio de 1866, como miem-
bros del susodicho Supremo Consejo.
Gral. Porfirio Díaz. Presidente desde 1876 a 1880 y de 1884
a 1911,
Dice el historiador Mateos, que el 28 de abril de 1868 se
reunieron en México, en sesión extraordinaria, los miembros
del Supremo Consejo del 33 y último grado del Rito Escocés
antiguo y aceptado.
Se aceptaron los masones Esteban Zenteno, Francisco
Zerga, Nicolás Pizarro y Alfredo Chavero y el primero de los
citados manifestó que no se presentaba el ilustre hermano Por-
firio Díaz por hallarse ausente.
El hermano Pizarro hizo saber que el Supremo Consejo
de México y Centroamérica quedó constituído como sigue:
Serenísimo Soberano, Gran Comendador, el ilustre herma-
no Ignacio Comonfort... y que con posterioridad han ingre-
sado al mismo y elevados al sublime Grado 33... Porfirio Díaz
y Alfredo Chavero.
El 9 de agosto de 1890 Porfirio Díaz y otros varios pidie-
ron al Supremo Consejo del Gran Oriente de México del Rito
Escocés antiguo y aceptado, autorización para fundar en Oa-
xaca una logia con el nombre de “El Cristo” y el 30 del mismo
14 Folleto E. V. C. 556

mes y año, dieron aviso de haber quedado instalada la logia:


firmando Porfirio Díaz 338vo. en el cuadro como Venerable
Maestro; el 15 de mayo de 1883 hubo elecciones en el Rito
Nacional Mexicano y fué elegido por unanimidad de votos el
Gral. Porfirio Díaz, muy respetable Gran Maestro.
El 27 de mayo de 1883 firmaron un “balautre” Carlos Pa-
checo 33, Alfredo Chavero 33; Porfirio Díaz 33; Manuel Gon-
zález 353; Ignacio Mariscal 38; Manuel González 33; Ignacio
Mariscal 33; el 18 de julio de 1890 fueron firmadas las “Cons-
tituciones Generales” y las firmaron entre otros: “el Gran
Maestro de la Gran Dieta Porfirio Díaz”, Porfirio Parra, Joa-
quín de Casasús, Eduardo Zárate, Manuel Romero Rubio, En-
rique C. Rébsamen, Rafael de Zaya Enríquez.
Con fecha 31 de agosto de 1895 renunció el Gral Díaz a los
cargos que tenía en Ja Gran Dieta, de la que era Gran Maestro,
diciendo que si le sobraba voluntad, sus imprescindibles ocupa-
ciones profanas le impedían el desempeño de tan alto cargo,
añadiendo: “suplicándoos contéis siempre con mi adhesión a
la orden, os envío mi abrazo fraternal”.
Díaz murió reconciliado con la Iglesia Católica y por eso
su nombre no se encuentra en el Diccionario de la Masonería
Escocesa publicado en Buenos Aires.
Gral. Manuel González. Presidente de 1880 a 1884. Publica Ma-
teos un larguísimo documento masónico fechado el 27
de mayo de 1883 y lo firman los masones Carlos Pache-
co, Mariano Escobedo, Alfredo Chavero, Ignacio Mariscal
y otros menos conocidos. Cada uno de los firmantes os-
tentan el nombre de 32 (Mateos 359-362).
Pdte. Francisco I. Madero fué espiritista y masón, lo primero
es público y notorio y ya dijimos que una de las pruebas
de que Madero fué masón es que en el Museo de la logia
yorkina de Filadelfia, se exhibe su mandil masónico; otra
prueba es la tenida blanca que celebró en el Panteón de
San Fernando, en la que estuvo también presente el ahora
Fr. José Guadalupe Mojica y de la que da amplia informa-
ción en el tan interesante libro que publicó y que tituló
“Yo Pecador”.
Lic. Emilio Portes Gil. Presidente de 1928 a 1930.
Pdte. Venustiano Carranza, Adolfo de la Huerta y el Gral. Al
varo Obregón, seguramente fueron masones, pues en el
banquete que celebraron los masones el día 27 de junio de
1929, para festejar el solsticio de verano, el Lic. Portes
Gil en el brindis que pronunció dijo: “En México el Es-
Folleto E. V. C. 556 15

tado y la masonería en los últimos años han sido una mis-


ma cosa; dos entidades que marchan aparejadas...”.
Gral. Plutarco Elías Calles. Presidente de 1924 a 1928, masón
condecorado en ocasión de su sangrienta persecución a la
Iglesia, por sus hermanos, con medalla de oro el 26 de
mayo de 1926 “para hacer público testimonio de que los
masones reconocían, aplaudían y secundaban su patriótica
labor”.
Gral. Manuel Avila Camacho. Presidente de 1940 a 1946. En
concepto de quien escribe este folleto, el testimonio que
presenta don Félix Navarrete de que el Gral. Manuel Avi-
la Camacho fué masón, no tiene mayor valor probativo.
Gral. Lázaro Cárdenas, Presidente de 1934 a 1940 reformó el
rito masónico y quiso hacer una masonería de rito ente-
ramente nacional.
Lic. Miguel Alemán, Presidente de 1947 a 1952. No presenta
Navarrete en la obra de donde hemos tomado estos datos,
ninguna prueba fehaciente de que haya sido masón, pero
si no lo era antes de ser Presidente, ingresó poco después
a la masonería según informaron los diarios de la Capital.
O:

BENITO JUAREZ

De igual manera que no todo cuanto hizo Hernán Cortés


fué malo, no todo cuanto hizo Benito Juárez fué bueno, pues
n
hubo en su vida política lacras que honradamente no se puede
disculpar.
Bastará para que el lector se dé cuenta de ellas con que
indague lo que la Historia dice acerca de
—El tratado Mc. Lane-Ocampo.
—La Batalla de Antón Lizardi; y
cabo atro-
—La. Incautación de los Bienes del Clero, llevada a
ra-
pellando todos sus derechos, lo que está en plena cont
o es
dicción con el apotegma: “El respeto al derecho ajen
la paz” que se atribuye a Juárez.
Puntos que no tratamos aquí por estarlo ya en la obra
A, Chá-
“Benito Juárez, Estadista Mexicano” por Dn. Ezequiel
puede en-
vez, por cierto nada sospechoso de parcialidad y que
S. A.
contrar el lector en la Librería de Porrúa Hnos. y Cía.,

“INSTRUCCION RELIGIOSA Y EUCARISTIA”