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ÉTICA,

ECONOMÍA
Y POLÍTICAS
SOCIALES
Jorge Iván González B.

1
SERIE PENSAMIENTOS
Ética, Economía y Políticas Sociales
Primera edición
Abril del 2006
Medellín, Colombia

ISBN: 958-8134-29-3
ISBN Serie Pensamientos: 958-8134-25-0

Edita:
CORPORACIÓN REGIÓN
Calle 55 Nº 41-10 Tel: (57-4) 2166822
Fax: (57-4) 2395544 Medellín, Colombia
coregion@region.org.co
www.region.org.co

Coordinación editorial
Luz Elly Carvajal G.

Carátula
Carlos Sánchez E.

Diseño e impresión: Pregón Ltda., Medellín

Para esta publicación la Corporación Región recibe el apoyo


de las agencias de cooperación internacional Diakonia y Misereor.

2 Impreso en papel ecológico fabricado con fibra de caña de azúcar.


A Clara,
que me acompañó estos años.

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4
CONTENIDO

Capítulo I: TEORÍAS ECONÓMICAS ..................................................... 11


– El teorema de la imposibilidad de Arrow: Una invitación
a recrear el camino hacia una teoría de la justicia................................... 13
– La elección social y los límites del mercado ........................................... 25
– Elección social y macroeconomía ........................................................... 35
– Comentarios a “Elster para economistas”
de Salomón Kalmanovitz ......................................................................... 49
– La dimensión de lo razonable en la micro
de William Vickrey (1914-1996) ............................................................. 57
Capítulo II: ÉTICA Y ECONOMÍA .......................................................... 103
– El pensamiento económico es por naturaleza ético ................................. 105
– La simpatía en la “Teoría de los sentimientos morales”
de Adam Smith ........................................................................................ 127
– El utilitarismo de Bentham ...................................................................... 139
– Las dos tríadas de Bejarano ..................................................................... 175
Capítulo III: POLÍTICAS ECONÓMICAS
Y SOCIALES ......................................................................................... 201
– Reflexiones sobre las causalidades entre
la distribución del ingreso y el crecimiento............................................. 203
– Una aproximación, desde la macroeconomía,
a la pobreza y a la distribución del ingreso ............................................. 233

5
– El valor razonable y los derechos
económicos, sociales y culturales ............................................................ 257
– Apuntes para una agenda de estudios sobre la pobreza .......................... 269
– Exclusión y gobernabilidad en el caso colombiano ................................ 283
– Salud para los pobres en Colombia: De la planeación centralizada
a la competencia estructurada. Análisis del régimen subsidiado de
salud en Colombia ................................................................................... 319
– Imparcialidad financiera y equidad
Otra lectura del informe de la
Organización Mundial de la Salud, 2000 ................................................ 343
– Salud y seguridad social: Entre la solidaridad y la equidad .................... 353

Listado de tablas ............................................................................................ 381


Listado de gráficas ......................................................................................... 382

6
PRESENTACIÓN

Un reconocimiento a la coherencia teórica


y al compromiso social y político
“En las facultades de economía no se enseña economía, lo que se hace, en la
mayoría de ellas, es dictar matemáticas”.
“En las facultades no se promueve la lectura de los clásicos, lo que se lee son
malas interpretaciones de esos autores”.
“El pensamiento económico es por naturaleza ético, con lo cual es imprescindible
establecer relaciones adecuadas entre el estudio y la aplicación de la economía
y de la ética”.
“No hay que seguir exigiendo sacrificios a la gente, con la promesa de que,
los sacrificios actuales, se verán recompensados con la felicidad en un futuro
bastante incierto. Hay que buscar y garantizar esa felicidad hoy y para todos.
Recursos hay para lograrlo, lo que se precisa son políticas y acciones redistri-
butivas, democratizadoras”.

Estas son algunas frases que reiteradamente le hemos escuchado a Jorge Iván
González y que, reflejan, de algún modo, el pensamiento del sabio. Sí, a Jorge Iván,
sus amigos y amigas, lo llaman cariñosamente el sabio y al conocer la dimensión
y profundidad de su obra, tienen razón en esta alusión.
Jorge Iván hace una lectura juiciosa de los clásicos de la economía, de la
filosofía, del derecho y de otras disciplinas. A más de conocer los fundamentos

7
de estas disciplinas, tiene la capacidad, nada fácil en nuestro medio, de aplicar
creativamente las enseñanzas y reflexiones de esos autores a los problemas con-
cretos de la economía y el desarrollo social de Colombia.
Persona comprometida con los problemas y demandas del tiempo y lugar en
que se ha desenvuelto. Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia;
ha sido decano de la facultad de economía y director del Centro de Investigaciones
para el desarrollo (CID) de esta universidad, y es docente de otras importantes
universidades del país, participa de varios grupos de investigación y ha publicado
más de 180 artículos en revistas nacionales e internacionales.
Desde los años setenta ha sido uno de los principales investigadores del Ci-
nep; tiene vínculos de distinta naturaleza con otras ONG y con organizaciones
y movimientos sociales. Igualmente ha apoyado con gran generosidad, con sus
conceptos y recomendaciones a distintos gobiernos locales, a movimientos y par-
tidos políticos democráticos.
El reconocimiento a su trabajo hace que organismos internacionales lo bus-
quen, lo consulten y lo tengan como un importante asesor en materia de políticas
y programas económicos y sociales. Organismos como Planeación Nacional, con
su Misión Social lo tuvo como consultor por varios años y hasta Álvaro Uribe lo
llamó a ser asesor de la Misión de lucha contra la pobreza.
En todos estos espacios mantiene su postura independiente y crítica, lo que
hace incómoda su presencia para algunos directivos y funcionarios de estas insti-
tuciones, pues, la costumbre, la norma, en muchos organismos gubernamentales
y en algunos internacionales es la actitud incondicional, el acomodamiento y,
sobre todo, el arribismo de querer buscar a toda costa un “cupito” en la burocracia
internacional o en la obtención de prebendas de distinta naturaleza.
Jorge Iván es firme en sus convicciones teóricas y políticas y hasta ahora opta
por seguir su vida como docente, investigador y activista social y político con la
clara intención de contribuir a la construcción de un país más democrático, justo y
equitativo. Es un buen ejemplo del intelectual riguroso, creativo y comprometido
que la sociedad colombiana requiere y reclama.
Por todas estas razones, la Corporación Región decide embarcarse en la difícil
misión de efectuar una selección de su basta obra de este autor y presentarla a la
comunidad académica y a la sociedad en general convencidos como estamos de que
será de gran utilidad tanto en los espacios universitarios como en los organismos
gubernamentales y no gubernamentales y la sociedad en general.
La obra se agrupa en tres grandes capítulos. El primero, recoge elaboraciones
y debates en el plano de la teoría económica. Aquí se desarrolla el debate sobre el
teorema de la imposibilidad de Arrow, las distintas perspectivas sobre la elección

8
social (de la elección individual a la elección colectiva), la justicia social y los
límites del mercado. Las complejas relaciones entre la eficiencia y la equidad y
entre la libertad y la igualdad social.
El segundo, aborda los vínculos entre la ética y la economía. Aquí se demuestra
cómo para los grandes teóricos de la economía siempre estuvo presente el efecto
ético y moral de las políticas y acciones económicas. Desde la gran obra de Adam
Smith, La teoría de los sentimientos morales queda clara la exigencia ética para
la actividad económica.
El tercero, incluye una serie de análisis y de propuestas sobre la política social
que debe corresponder a un proyecto de sociedad democrática e igualitaria. Los
asuntos de la distribución del ingreso, de la pobreza, de los derechos económicos
y sociales y de la salud y la seguridad social. En este campo, Jorge Iván es cate-
górico en afirmar que sólo un crecimiento pro-pobre que garantice un desarrollo
productivo de la economía y una profunda redistribución del ingreso y de la riqueza
permitirá construir una auténtica sociedad democrática en Colombia.
Es un privilegio y una gran alegría poder entregar esta selección de la gran
obra.

Jorge Bernal Medina


Director General Corporación Región

9
10
Capítulo I

TEORÍAS ECONÓMICAS

11
12
El teorema de la imposibilidad de Arrow:
Una invitación a recrear el camino
hacia una teoría de la justicia*

Así pues, aún bajo los supuestos más favorables para la descentralización de
la toma de decisiones, hay una necesidad inevitable de una elección social o
colectiva sobre la distribución.
Arrow (1972:184).

El 12 de diciembre de 1972, Arrow terminaba su conferencia en homenaje


a Alfred Nóbel con estas palabras: “Todavía no están claras las implicaciones
filosóficas y distributivas de la paradoja de la elección social. Ciertamente no hay
una solución sencilla. Espero que otros tomarán esta paradoja como un reto y no
como una barrera desalentadora” (Arrow, 1972:187).
Esta perplejidad de Arrow frente a la teoría de la elección social, no era sino
el reflejo de sus profundas dudas con respecto a la teoría del equilibrio general:
“El equilibrio de la oferta y la demanda dista mucho de ser perfecto” (Arrow,
1972:156). Así, Arrow vinculaba las debilidades de la teoría de la elección social
con las limitaciones metodológicas de la economía.
Hoy, veinte años después de que Arrow recibiera el premio Nóbel1, la teoría
de la elección social ha ganado un espacio importante, no sólo en el campo de la
economía sino también en el de las otras ciencias sociales2.

∗ Texto publicado en Cuadernos de Política de Desarrollo. Nº 1. Bogotá: Universidad Javeriana,


1994.
1. En 1972 el premio Nóbel de Economía se otorgó conjuntamente a Arrow y a Hicks.
2. Comenta Sen que ante la proliferación de artículos sobre la elección social, los editores de Eco-
nometrita, Journal of Economy Theory, Review of Economic Studes, no tuvieron más alternativa
que escribir notas informando a sus potenciales colaboradores que, por favor, no enviaran más

13
La teoría de la elección social ha puesto sobre el tapete dos problemas fun-
damentales: La necesidad de examinar el método de equilibrio desarrollado por
el programa de investigación neowalrasiano3, y la importancia de un acercamiento
interdisciplinario al estudio de la decisión —individual y social—.
Ambos aspectos están íntimamente ligados. La revisión del programa de
investigación neowalrasiano nos llevará a concluir que no es un sistema cerrado.
Su gran debilidad radica en que todavía no logra incorporar los juicios de valor
dentro del corpus teórico. En otras palabras, la teoría neoclásica no sabe cómo
abordar la dimensión ética sin socavar el método del equilibrio.
A lo largo del ensayo me sumergiré en algunos temas de la microeconomía
—relacionados con la elección social— del programa de investigación neowal-
rasiano. Ello implica dejar de lado otros aspectos de la micro, como la teoría de
la firma. No me referiré a importantes discusiones macroeconómicas. Apenas si
menciono las propuestas keynesianas, marxista, o la de otros programas de inves-
tigación que no se inscriben en la lógica walrasiana.
Las razones que han motivado esta decisión son las siguientes: En primer
lugar, hago énfasis en la micro y no en la macro, porque la teoría neoclásica cada
vez insiste más en la conveniencia de fundar la macro sobre la microeconomía4.
Referirse exclusivamente a los temas macro sería como quedarse en las ramas.
Una aproximación desde la macro no sería compatible con el método neoclásico
que exigiría una crítica que también tocase los aspectos microfundantes.
A nivel internacional, el replanteamiento de la macro ha estado acompañado
de un renovado interés por aquellos tópicos de la microeconomía que contribuyan
a fundar la teoría de la elección social. Algunos autores, todavía minoritarios,
vuelven los ojos a Arrow y asumen con rigor el reto planteado por su teorema de
la imposibilidad, aún cuando ello implique enunciar a la pretensión de construir
un sistema cerrado. Las puertas están abiertas y allí tienen cabida todos los cien-
tíficos sociales. Si aceptamos la invitación de Arrow no sólo araremos en tierra
fértil, sino que estaremos perforando los cimientos de la teoría del equilibrio,
fundamento del pensamiento neoliberal.

artículos sobre el tema. Se fundaron revistas especializadas en el área: Social choice and welfa-
re, Journal of Mathematical Economics, Theory and Decisión, Mathematical Social Sciences,
entre otras. La creciente importancia de la elección social está ligada al desarrollo de la teoría
de la decisión racional (Sen, 1985:1.765). Y como bien lo anota Medina, esta ha adquirido un
importante estatus en las ciencias sociales: “Lo que hoy conocemos como la teoría de la decisión
racional se inició como un subproducto de la economía a finales del siglo pasado y ha tenido
tal desarrollo, que hoy día la situación ha revertido, de modo que ahora es la teoría económica
la que constituye un caso particular de la teoría de la decisión (Medina, 1993:25).
3. Sobre el significado de la categoría programa de investigación neo-walseriano, véase Weintraub, 1979.
4. Un excelente resumen de este debate se encuentra en Weintraub, (1979 y 1985).

14
Los economistas neoclásicos no han tenido cabeza para repensar el programa
de investigación neowalrasiano dentro del cual están inmersos. En los años setenta
sus preocupaciones eran de otra índole: Con Friedman a la cabeza luchaban por
mostrar que en el terreno de la política económica Keynes se había equivocado. A
partir de numerosos ejercicios empíricos, Friedman y Schwartz (1963) llegaban a
la conclusión de que la demanda de moneda era estable en el largo plazo, que la
política fiscal era ineficiente y que, finalmente, la disyuntiva inflación-desempleo
no era pertinente (Friedman, 1978). Desde los años ochenta los neoclásicos hacen
ingentes esfuerzos por incorporar la teoría de la decisión dentro del viejo molde
del equilibrio walrasiano5. No están dispuestos a replantear su método como lo
proponía Arrow en 1972.
La corriente neoclásica no es un bloque monolítico. Por ello, numerosos au-
tores han tomado en serio las preocupaciones de Arrow (Hahn, 1973; Buchanan,
1978; Tullock, 1974), aceptan que la teoría de la elección social debe abordarse
con una perspectiva interdisciplinar (Blaug, 1985:702), aún cuando ello implique
renunciar al equilibrio.
En el campo de la elección social, Sen es el autor que mejor expresa la rup-
tura desde dentro6. Cito a Sen porque, además de la simpatía que siento por su
obra, considero que nos ofrece luces para entender de qué manera podría hacerse
compatible la eficiencia con la equidad. Esta preocupación que siempre ha estado
en el corazón de la teoría del bienestar, debe hacer parte de la agenda de toda
Política de Desarrollo.
En segundo lugar, dejo por fuera los enfoques keynesiano y marxista porque la
academia colombiana ya ha recorrido este camino. Es necesario que los problemas
también se analicen desde otros ángulos.
En los años setenta la crítica se hizo desde el marxismo. Se trataba de en-
frentar dos sistemas, suponiendo que ambos eran internamente consistentes. Los
postulados de la elección social neoclásica se rechazaban con argumentos de
este tipo: “(…) El consumidor no es soberano (…)”, “(…) la agregación de las
utilidades individuales no es pertinente (…)”, etc. La teoría neoclásica de la firma
se cuestionaba porque suponía que “(…) la productividad marginal del trabajo
es igual al salario real”. Esta lógica discursiva no nos permitió comprender las
características internas de los sistemas y no entendimos que la crítica formulada
por los grandes artífices del pensamiento neoclásico contemporáneo, como Arrow
y Hicks, era más contundente que la crítica marxista. Hicks, por ejemplo, tenía

5. Sargent (1987), expresa bastante bien esta problemática.


6. De la extensa obra del autor destacamos: Sen: 1973, 1976, 1982, 1983, 1985, 1985b, 1987,
1987b, 1992; Sen y Williams, 1982.

15
serias reservas sobre la validez factual de la identidad: Productividad marginal-
salario real. Insisto en que este comentario se refiere a la academia marxista co-
lombiana. A nivel internacional no siempre sucedió lo mismo. Hubo excelentes
trabajos críticos que desde el marxismo trataron de entender la dinámica interna del
programa de investigación neowalrasiano. Me refiero, por ejemplo, a los estudios
de Dobb (1969) y de Kornai (1971).
A finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la crítica se hizo desde
Keynes. Las obras de Davidson (1978, 1982, 1983) y Minsky (1975, 1986) marcan
una ruptura7. Estos autores no sólo replantean la visión que tradicionalmente se
tenía de Keynes, sino que la relectura que proponen de su obra —especialmente
el Tratado sobre la moneda— abre un rico campo de investigación en el área de
las relaciones monetarias y financieras. Por vías diferentes, marxistas heterodoxos
como Aglietta (1979)8, llegan a conclusiones similares. No obstante, las especi-
ficidades de cada autor, los trabajos críticos que se realizaron durante la década
pasada tienen dos características comunes: Reconocen que los sistemas no son
cerrados y le otorgan una gran importancia a los factores noeconómicos —éticos,
jurídicos, institucionales, antropológicos, sociológicos—.
La revisión de los textos de Keynes sobre la moneda, facilitó la comprensión
de las debilidades de la Síntesis neoclásica, dejando en evidencia la poca capacidad
explicativa de la macroeconomía convencional —neoclásica y keynesiana—. Los
nuevos keynesianos —Davidson, Minsky— y los nuevos neoclásicos —Lucas,
Sargent— han intentado reformular la macro, dándole una importancia capital
a las relaciones monetarias y financieras. Los aspectos noeconómicos han sido
introducidos a través de las expectativas y de la teoría de la decisión9.
Aunque en Colombia se han dado pasos importantes en el campo de la teoría
monetaria y financiera10, se ha avanzado muy poco en la elaboración de un dis-

7. Desde una perspectiva diferente, los trabajos de Benassy (1975, 1984); Benassy, Boyer y Gelpi
(1979); Chand (1984); Chick (1987) también insisten en la conveniencia de rescatar los aspectos
monetarios dentro de un marco de desequilibrio.
8. Además de este estudio vale la pena mencionar los siguientes trabajos: Aglietta y Orleans,
(1982); Aglietta y Brender (1984); De Vroey (1981, 1985); Lipietz (1983, 1985, 1987).
9. En la violencia de la moneda, Aglietta y Orleans van mucho más lejos. Ponen al desnudo la
dimensión ética de la economía. Retoman las conclusiones del antropólogo Girard (1972) para
mostrar que la moneda es el vehículo de la violencia y que la cuestión monetaria es ante todo,
“una cuestión política” (Aglietta y Orleans, 1982:52). La teoría institucionalista también rescata
la dimensión social y política de la economía. “Cuando la fuerza bruta queda confinada a un
substrato de la actividad social, el dinero se convierte en el principal instrumento para obtener
el poder político y económico. El dinero es poder” (Peterson, 1992). La cursiva es mía.
10. Algunos de los trabajos más significativos que se realizaron en Colombia desde esta perspectiva
fueron los de: Chica, 1984a, 1984b; Kalmanovitz y Tenjo, 1983; Kalmanovits, 1988; Tenjo, 1983;
Ocampo, Londoño y Villar, 1985; Misas, 1985, 1986; y Contraloría General de la República, 1985.

16
curso que involucre los aspectos neomonetarios. La reconstrucción del camino
metodológico seguido por la teoría de la elección social puede ayudarnos a llenar
este vacío.

Eficiencia y equidad: Un problema no resuelto


La vieja distinción entre justicia en el intercambio y justicia distributiva ha
adquirido relevancia en los últimos años. La teoría de la justicia de Rawls (1971),
renace con nuevo vigor. Para quienes no creemos que la democracia occidental
haya alcanzado su máximo desarrollo, la reflexión sobre significado de lo justo
adquiere una relevancia de primer orden.
La pregunta por las condiciones de posibilidad que permitirían un quehacer
ético basado en la justifica distributiva, no es ajena a la economía. Por el contra-
rio, esta reflexión ha sido constitutiva del discurso económico desde sus orígenes.
No haré referencia a la filosofía moral de los pensadores clásicos. Comenzaré el
análisis a partir de Pareto11.
En 1938, Bergson afirmó que la eficiencia paretiana no tiene nada que ver con la
justicia distributiva. Para que una asignación sea paretoeficiente, basta con que haya
justicia en el intercambio. Las modificaciones que se produzcan en la distribución
del ingreso son irrelevantes. Al decir de Blaug (1985:701), la formulación de Pareto
tiene el gran mérito de haber permitido la separación analítica entre eficiencia y
equidad12. En efecto, la propuesta paretiana: Primero, encaja perfectamente en el
sistema walrasiano de equilibrio (Jeffe, 1977), ya que permite hacer una síntesis
perfecta entre los óptimos del productor y del consumidor. Segundo, no implica
realizar comparaciones interpersonales en términos de utilidad.
He resaltado equilibrio y comparaciones interpersonales para subrayar la
naturaleza diferente de ambas cuestiones. Mientras que el equilibrio tiene una

11. Pareto nació en Italia, vivió entre 1848 y 1923. De él dijo Schumpeter (1983): “Pareto consi-
guió lo que Walras no había sido capaz de lograr: formar una escuela en el pleno sentido de la
palabra”
12. No es fácil precisar el significado de los conceptos eficiencia y equidad. Con el ánimo de ofre-
cerle al lector una pauta de referencia general, propongo la siguiente definición. Un sistema
es eficiente si está en equilibrio y si garantiza los óptimos del productor y del consumidor. El
significado de la equidad todavía menos preciso que el de la eficiencia. En los casos de Pareto
y de Pigou, la equidad es consistente con la idea de la justicia en el intercambio y, en este sen-
tido, la equidad se identifica con la equiproporcionalidad: Dadas las asignaciones iniciales, un
sistema es equitativo si todos los individuos pueden participar en igualdad de condiciones en el
proceso de maximización de sus utilidades. La equidad en los casos de Arrow y Sen se basa en
la justicia redistributiva y exige replantear las asignaciones iniciales. Sen enfatizará los aspectos
relacionados con la distribución del ingreso.

17
connotación objetiva, las comparaciones interpersonales remiten a una realidad
más subjetiva. Recuérdese que en la Universidad de Lausanne, Pareto no sólo
sucedió a Walras en la cátedra de economía política; en 1912 ocupó en propiedad
la cátedra de sociología. Pareto concebía la economía política como una rama de
la sociología. En la época en que Pareto escribe su tesis de ingeniería, La elasti-
cidad de los cuerpos sólidos, las ciencias sociales estaban tratando de desarrollar
un discurso objetivo, comparable al de las ciencias físicas. Pareto lucha, entonces,
por minimizar la distinción entre el sujeto que actúa de manera caprichosa y la
realidad que responde a leyes y normas preestablecidas. Este ingeniero, profesor
de sociología y de economía política, intenta construir una ciencia objetiva de la
sociedad y para que ello sea posible, debe subsumir al individuo en relaciones
armónicas de equilibrio.
El óptimo de Pareto no es una mera proposición económica. Es la expresión
de la totalidad de un sistema. Allí se conjugan maravillosamente las ciencias del
hombre y la naturaleza. Dentro de este esquema, internamente cerrado y lógica-
mente consistente, las reflexiones éticas tenían cabida. En cierta forma, ya todo
estaba resuelto. Bastaba con que en el momento del intercambio se respetasen
unas reglas previamente establecidas. De manera enfática, Robbins declaraba en
1932 que en el análisis científico no hay lugar para los juicios éticos13.
Al sistema paretiano le cabe el comentario que hacen Prigogine y Stenger a
propósito de la ciencia clásica: “(…) la nitidez extrema, la claridad, la certeza no se
obtienen más que en detrimento de la realidad” (Prigogine y Stenger, 1983:56).
Después de Pareto la teoría neoclásica ha ido redefiniendo el significado y
las implicaciones de los dos supuestos sobre los cuales se construyó el sistema
paretiano: El equilibrio y el de la ausencia de comparaciones interpersonales.
Independientemente de la corriente teórica, en todos los casos se busca conjugar
la eficiencia con la equidad.
Pigou14 propone dos mecanismos a través de los cuales podría mejorarse el
bienestar general:
1. “Cualquier causa que —aceptada libremente— lleve a los individuos a traba-
jar más de lo que lo harían normalmente, a incrementar la productividad y a
mejorar el ingreso nacional, siempre y cuando no perjudique la distribución
del ingreso, ni disminuya el nivel de consumo, mejora el bienestar” (Pigou,
1920:47).
2. “Cualquier causa que incremente la proporción del ingreso nacional que re-
ciben los pobres, siempre y cuando no ocasione una reducción del ingreso
nacional, mejora el bienestar económico” (Pigou, 1920:53).

13. Sobre esta posición de Robbins, véase Samuelson (1947:220).


14. Pigou nació en Inglaterra, vivió entre 1877 y 1959. Sucedió a Marshall en Cambridge.

18
Estas dos proposiciones se refieren, respectivamente, al mejoramiento de
las condiciones de productividad en un sistema de equilibrio y al problema de
las comparaciones interpersonales. Para expresarlo en otras palabras, la primera
proposición concierne a la eficiencia y la segunda a la equidad.
Aún cuando Pigou va a reafirmar el método de equilibrio y los principios de
la utilidad marginal, su planteamiento avanza considerablemente con respecto a las
formulaciones paretianas: Introduce las comparaciones interpersonales de utilidad.
Pigou muestra que las comparaciones interpersonales de utilidad —proposición 2—
no riñen con los óptimos del productor y del consumidor —proposición 1—.
La segunda proposición de Pigou no rompe con el principio de la utilidad
marginal decreciente. La utilidad que experimenta una persona pobre por cada nivel
adicional de ingreso, es mayor que la utilidad marginal de una persona rica. Por
consiguiente, cuando se mejora la utilidad del pobre, el bienestar social aumenta
más que cuando se mejora la utilidad del rico. Formulado así, el principio del
maximin15, se inscribe perfectamente dentro de la lógica de la utilidad marginal.
La introducción de las comparaciones interpersonales representa un paso sig-
nificativo en el desarrollo de la teoría de la elección social. Años antes de Pigou,
Jevons había objetado cualquier pretensión de hacer comparaciones interpersona-
les: “(…) no entiendo cómo pueden hacerse comparaciones interpersonales si la
mente de cada individuo es inescrutable y, además, los sentimientos humanos no
tienen un denominador común que los haga comparables” (Jevons, 1879:125). Para
responder a esta vieja preocupación, Pigou sostenía que, aún cuando las personas
son diferentes, las comparaciones de utilidad son posibles si se consideran grupos
de individuos —los ricos o los pobres—, por ejemplo. En este caso es factible
establecer ciertos criterios de homogeneidad. Nótese que en la lógica de Pigou,
la homogeneidad se origina en la semejanza que habría en las utilidades de los
individuos pertenecientes a cada grupo y no en la similitud de sus ingresos.
El mérito de Pigou consiste en cerrar un sistema que admite comparaciones
interpersonales de utilidad. La consistencia interna se logra gracias a la reafirma-
ción del principio de la utilidad marginal decreciente. Así, Pigou encuentra una
vía que le permite conciliar eficiencia y equidad.
Arrow16 critica la forma como la teoría económica ha tratado de integrar las
comparaciones interpersonales y la lógica del equilibrio. Considera que hay pro-
blemas fundamentales de método que no están resueltos. Y, además, acepta que
él no tiene la solución. Para Arrow la eficiencia y la equidad no son lógicamente
conciliables. No hay un método que permita integrar consistentemente ambas rea-

15. Es decir, maximizar la situación del mínimo. Maximizar la situación del más pobre.
16. Arrow nació en 1921.

19
lidades. En lugar de un sistema cerrado, la economía tiene que desarrollar caminos
alternativos en donde no tendrían cabida la formulación de conclusiones ciertas y
predeterminadas. Arrow nos coloca a las puertas de una auténtica revolución: La
nueva economía debe fundarse en el azar, la incertidumbre17 y el equilibrio.
Como en los casos de Pareto y Pigou, me referiré a dos puntos: La concepción
del equilibrio y las comparaciones interpersonales.
1. Piensa Arrow que la teoría del equilibrio general es “incompleta” e “incon-
gruente con algunas de sus tesis fuertemente arraigadas en la teoría económica.
El programa de investigación walrasiano, dentro del cual se inscribe pareto,
presenta numerosas fisuras (Arrow, 1967, 1972, 1981; Arrow y Hahn, 1971).
Arrow critica el equilibrio del mercado y las condiciones de posibilidad de
los óptimos del consumidor y del productor.
– El sistema de ecuaciones que define el equilibrio general no tiene una solución
única. Entre otras razones, porque si se abandona el numerario y se introduce
la moneda, el sistema de precios relativos ya no opera. La economía walrasiana
es una economía de trueque, donde no hay lugar para la moneda. Cuando ésta
es endógena el equilibrio se derrumba. A diferencia de Walras, Arrow afirma
la importancia de la moneda. El mercado es incapaz de resolver los desbara-
justes creados por la relación monetaria. Para contrarrestar las distorsiones
originadas por la moneda, se establece un sistema de contratos que reduce la
incertidumbre y obliga a honrar a los compromisos adquiridos. Los contratos
y las instituciones extramercado18. Sin ambages, Arrow (1972:66) concluye
que la igualdad entre la oferta y la demanda es un estado transitorio. No es la
situación habitual, como en el esquema de equilibrio walrasiano-paretiano.
– Los supuestos que fundamentan la teoría de la producción no son suficientes
para analizar los procesos productivos reales. Bajos rendimientos constantes
a escala no hay una solución de equilibrio única19.

17. La incertidumbre no es exactamente lo mismo que el riesgo. En el caso de éste último la persona
conoce la distribución de las probabilidades del evento futuro. Por ejemplo, si en un talego hay
10 bolas negras y dos blancas, de antemano se sabe que la probabilidad de sacar una bola blanca
es de 1/5. En cambio, cuando se habla de incertidumbre no se conoce cuál es la probabilidad de
que se cumpla el evento “X”.
18. “(…) si se toma en serio la moneda, el hecho de que los contratos se realicen en términos
monetarios es de suma importancia” (Arrow y Hahn, 1971:357). Los aspectos institucionales
que subyacen a este tipo de afirmación, han sido estudiados por la teoría “institucionalista”
(Peterson y otros) y, en menor medida por los “regulacionistas” (Aglietta y otros). No obstante
sus diferencias, estos trabajos parten de una hipótesis común: las instituciones son necesarias
para contrarrestar las fallas del mercado.
19 “(…) bajos rendimientos constantes a escala no existirá nunca una función de un solo valor, que
defina los insumos y productos como una función de los precios; por el contrario, para conjunto

20
– En el esquema de Pareto se consigue el óptimo del consumidor en el momento
en que se igualan las tasas marginales de sustitución y las razones de precios.
El óptimo paretiano no se cumple cuando hay una situación de esquina; es
decir, cuando el individuo decide no consumir algún bien. Arrow señala que
en la vida cotidiana todos nos abstenemos de consumir muchos bienes. Por
consiguiente, la situación de esquina no es la excepción sino la regla. La crí-
tica de Arrow es más contundente cuando se refiere a la función de bienestar
social. Deja sin piso las soluciones de Pigou y Pareto.
2. El Teorema de la posibilidad general, conocido como el Teorema de la im-
posibilidad de Arrow, trata de responder a la pregunta: ¿Cómo combinar las
preferencias de los individuos en una función de bienestar social? En palabras
de Arrow:
(…) un ordenamiento dado de las preferencias corresponde a muchas funcio-
nes de utilidad diferentes. Para cualquier conjunto dado de ordenamientos de
preferencias de los miembros de la economía, escójase para cada uno de ellos
las funciones de utilidad que impliquen ese ordenamiento de las preferencias, y
luego el bienestar social se expresará como alguna función W (U1,….., Un) de
las utilidades individuales. La función W cambiará adecuadamente si cambia
el indicador de utilidad de los ordenamientos dados de las preferencias, de
modo que toda la representación es congruente con la interpretación ordinal.
Sin embargo, la función W no está prescrita en forma única, como en suma
de utilidades de Edgerworth-Bentham, sino que es ella misma la expresión
de las actitudes hacia el bienestar social que pueden diferir de un individuo
a otro (Arrow, 1972:162-191).
En otras palabras, un sistema eficiente con conduce por sí mismo a una
solución de equidad única. Obsérvese que esta conclusión parte de la premisa de
que el sistema es eficiente. Ya he mostrado que Arrow pone una serie de cortapisas
que llevarían a dudar de la posibilidad de tal eficiencia. Pero si, en gracia de la
discusión, se aceptase que el sistema es eficiente, la solución de equidad no sería
única. De esta reflexión se sigue que cuando se parte de un sistema de ineficiencia,
los resultados del teorema de la imposibilidad serían aún más contundentes.
La aceptación del teorema de Arrow implica que la función de bienestar
social tiene que ser definida de manera deontológica. Los juicios de valor y la

dado de precios no hay ningún vector de insumo-producto maximizador del beneficio o hay
toda una gama de tales vectores” (Arrow, 1972:164). La teoría neoclásica de la firma funciona
adecuadamente cuando los rendimientos son decrecientes a escala. En la realidad numerosas
firmas operan con rendimientos crecientes. La teoría de equilibrio neoclásica es incapaz de
explicar este tipo de situaciones. Sobre las fallas de mercado y las limitaciones analíticas de la
teoría neoclásica, véase Chica, 1992.

21
normatividad que subyacen a cualquier función de bienestar social no son ajenos
a la teoría de economía. Son constitutivos de ésta. En contra del planteamiento
de Robbins, la ciencia económica tiene que vérselas con los juicios de valor. Las
consecuencias que se desprenden de esta nueva perspectiva analítica son tan azaro-
sas que la teoría neoclásica continúa encontrando subterfugios para minimizar las
conclusiones radicales de Arrow. Los textos de microeconomía siguen presentando
sistemas cerrados inmersos en la lógica del equilibrio. La teoría económica, no se
atreve a considerar en serio los juicios de valor porque le teme a la incertidum-
bre. La economía no dispone de los instrumentos metodológicos que la ayuden
a convivir con el azar20.
El teorema de la imposibilidad de Arrow coloca en el centro de la teoría de
la elección social el problema de la justicia distributiva. En la definición de és-
ta, “intervienen las cuestiones filosóficas más profundas” (Arrow, 1972:161). El
campo para el ejercicio disciplinar está abierto. En la terminología de Arrow, la
formación de los juicios de bienestar se expresa en la “constitución”21. Sin entrar
en los detalles relacionados con las condiciones que debe reunir todo proceso de
elaboración de una “constitución”, Arrow llega a la conclusión de que la regla
de la mayoría no es suficiente para legitimar un ordenamiento específico de las
preferencias sociales. Desde el punto de vista lógico, un ordenamiento de prefe-
rencias definido de acuerdo con la regla de la mayoría puede resultar injusto para
una minoría.
Si, como dice Rawls, la justicia “es la primera virtud de las instituciones
sociales”, ¿cómo hacer, entonces, que el sistema democrático garantice una jus-
ticia para todos? La búsqueda de una respuesta a esta pregunta debería ser el eje
articulador del trabajo de un instituto de políticas de desarrollo.

Algunas pistas para el futuro


La elaboración de un programa de investigación alternativo, debe consolidar
dos procesos que siendo relativamente autónomos, no son independientes: El
análisis de relaciones económicas neoeficientes y el estudio de las condiciones de
posibilidad de una sociedad gobernada por la justicia distributiva.

20. Los estudiosos de las ciencias naturales han avanzado mucho más en esta dirección. Por lo me-
nos son más conscientes del problema que los economistas: “(…) sabemos que estamos sólo al
principio de nuestra exploración; no se encontrarán síntesis teóricas universales justo después de
un gran descubrimiento en cualquiera de los campos de la física. No vislumbramos un final a la
incertidumbre o al riesgo. Hemos escogido presentar las cosas en su estado actual, plenamente
conscientes de lo incompletas que son nuestras respuestas” (Prigogine y Stenger, 1983:25).
21. “(…) la constitución es una regla que asocia a cada conjunto posible de ordenamiento de pre-
ferencias individuales una regla de elección social” (Arrow, 1972:185).

22
Con respecto al análisis de relaciones económicas neoeficientes, se ha avanzado
bastante. La propuesta analítica de Arrow sienta las bases necesarias para romper
con el método de equilibrio. Este replanteamiento del programa walrasiano desde
su interior, ha dado lugar al nacimiento de una teoría de desequilibrio walrasiana
cuyos representantes más significativos son: Arrow y Hahn, 1971; Drèze, 1973,
1975 y Benassy, 1975, 1984. En los terrenos de la firma y del comercio interna-
cional también se han dado pasos significativos22.
No creo que una teoría macroeconómica pensada en términos de desequili-
brio tenga que fundarse necesariamente en una teoría de desequilibrio walrasiana.
La micro y la macro tienen sus especificidades y sus dinámicas particulares. No
obstante, y retomando lo dicho en las primeras páginas, es importante continuar
desarrollando ambas dimensiones. Como decía atrás, en Colombia hemos avan-
zado más en el campo macro que en las áreas micro. La reflexión académica
sobre las políticas de desarrollo debe involucrar los aspectos micro. El trabajo
de Benassy, por ejemplo, ofrece numerosos elementos de articulación entre lo
micro y lo macro. Este autor comparte con los keynesianos la preocupación por
las relaciones monetarias y está de acuerdo con Arrow en las limitaciones del
método del equilibrio.
En cuanto a la justicia redistributiva, ya decía atrás que los trabajos de Sen
son los más promisorios. Sen va mucho más lejos que Arrow. No sólo considera
que las comparaciones interpersonales son indispensables sino que, además, piensa
que éstas deben realizarse en términos de ingreso. El mejoramiento de la calidad
de vida no puede lograrse sin una redistribución del ingreso. Pero el ingreso no
lo es todo. “En numerosos escritos he insistido —dice Sen— que el espacio ade-
cuado para abordar el tema de las desigualdades, no es el de la utilidad, ni el del
ingreso, ni el de la apropiación de las mercancías, sino el de las realizaciones y
capacidades” (Sen, 1985:1768). También Rawls considera que el ingreso no es sino
uno de los bienes sociales básicos, al lado de otros como la libertad, la igualdad
de oportunidades o la participación democrática. ¿Cómo lograr, entonces, que
las transformaciones económicas favorezcan la constitución de la ciudadanía?
(Corredor, 1992:314).
La pregunta deontológica por el tipo de sociedad que permita el logro de la
justicia distributiva, tiene que ser el núcleo fundante de la dinámica investigativa
de un Instituto de Políticas de Desarrollo. Si la invitación de Arrow sigue vigente a
nivel internacional, en Colombia —el país más violento del mundo— se convierte
en un reto acuciante.

22. No conozco suficientemente la literatura en estos campos. En el caso de la teoría de la firma, el


lector interesado puede consultar el trabajo de Chica, 1992. Allí se ofrece una amplia bibliografía
sobre el tema.

23
24
La elección social y los límites del mercado

Elementos para una crítica al neoliberalismo∗


Desarrollaré la hipótesis siguiente. El pensamiento neoliberal no es conse-
cuente con las premisas éticas, ni con la concepción del mercado de la teoría
neoclásica.
De esta hipótesis se deriva una consecuencia básica: La ruptura que existe
entre los postulados neoliberales y la teoría económica ha permitido el desarro-
llo de una ideología conservadora y de una práctica económica concentradora y
empobrecedora23.
Los neoliberales han declarado que la cientificidad de su propuesta económica
se deriva de la tradición neoclásica. Aceptando este punto de partida, dialogaré
con el neoliberalismo y con algunas vertientes de la teoría neoclásica a la luz del
pensamiento de Arrow.
Arrow recibió el premio Nóbel de Economía en 1972. Su obra es un punto de
bifurcación. Por un lado, junto con el trabajo de Debreu, ha servido para fundar
y desarrollar los modelos de equilibrio general. Pero, por otra parte, sigue siendo

∗ Texto publicado en Theologica Xaveriana Nº 125. Año 48/1. Enero-marzo 1998.


23. El reciente debate entre López y Gaviria es interesante porque explicita las implicaciones eco-
nómicas del modelo. Desde el punto de vista académico, las dos posturas más claras han sido la
de Londoño (1997). Cfr Ocampo (1997). Mientras que el primero considera que la apertura ha

25
la percepción crítica más aguda de la imposibilidad de resolver, a través del mer-
cado, el conflicto entre la elección individual y la elección social. Su trabajo del
51 marca la frontera entre el utilitarismo y el contractualismo.
En una entrevista reciente, Arrow (1995:2), decía:
Los mercados no son la solución a ningún problema. Los mercados no se inte-
resan por el bienestar de los individuos porque la dinámica del sistema deja de
lado las preguntas por la distribución. En los Estados Unidos y en Inglaterra ha
ido creciendo una ideología del mercado. Fuera de otras patologías, estamos
presenciando una caída en el bienestar de la población trabajadora.

La ideología del mercado, de la que habla Arrow, expresa la displicencia del


discurso neoliberal frente a la forma crítica como algunos autores neoclásicos han
asumido el mercado. La filosofía moral liberal de autores como Rawls (1971,1980,
1990) o Arrow, no está presente en la práctica neoliberal.
Mostraré que para Arrow la reflexión ética no es externa a la economía. Por
el contrario, es constitutiva de la función de utilidad, que es el núcleo de la teo-
ría neoclásica. Desde aproximaciones muy disímiles, la teoría neoclásica vuelve
continuamente sobre Arrow. Pero ni siquiera autores los autores neoclásicos más
progresistas han logrado asumir seriamente la propuesta de Arrow de introducir
los esquemas valorativos en la función de utilidad. En cambio, por fuera de la
tradición neoclásica, el reto sí ha sido aceptado por Sen, quien ha llegado a la
conclusión de que la única manera de llevar el pensamiento de Arrow hasta sus
últimas consecuencias es rompiendo radicalmente con el utilitarismo24.
Del planteamiento de Sen sigue que la bifurcación planteada por Arrow (1951,
1972) es definitiva. Es irreconocible. Desde el utilitarismo neoclásico no sería

favorecido el crecimiento y la distribución del ingreso, al tiempo que ha contribuido a reducir


el número de pobres, Ocampo piensa que “(…) la experiencia latinoamericana en materia de
equidad es particularmente frustrante. A las inequidades históricas tradicionales, se han agre-
gado nuevas fuerzas que han tendido a deteriorar la distribución del ingreso” Ocampo, 1997:9).
En González, (1997) criticó la incoherencia entre el discurso y la práctica neoliberal. Además
Iguiñez, 1997; Parra, 1993 y Arroyo, 1993.
24. Sen (1963) trata de examinar cuidadosamente las implicaciones de Arrow en Social Choice
and individual values, 1951. Con el transcurrir del tiempo, Sen se distancia cada vez más del
utilitarismo. Piensa que el espacio del ingreso o de las utilidades es insuficiente para entender las
necesidades humanas: “(…) La caracterización de las necesidades humanas implica ir más allá
del marco de la utilidad, en el que estaba más o menos inmerso el libro del 73. En particular, es
fundamental considerar cuál es el ‘espacio’ de la desigualdad analizada” (Foster y Sen, 1997).
Las reflexiones de Sen sobre la pobreza absoluta lo llevan a concluir que el conflicto planteado
por Arrow entre la elección individual y la elección social, no puede ser resuelto en el seno de
la concepción utilitarista.

26
posible desarrollar una ciencia económica cuyo núcleo fuera la ética. Por tanto,
Arrow no sería el gran armador de la teoría neoclásica sino, al contrario, su mayor
crítico25.

Los límites del mercado y los límites de las instituciones


La teoría económica siempre ha estado intrigada por el mercado. No puede
explicarlo. El mercado es fascinante. El propósito de la economía es entender cuáles
son los mecanismos que hacen posible la articulación de las decisiones autónomas
de los agentes económicos26. La teoría neoclásica se inclina a pensar la relación
entre agentes como armónica, en el sentido de que tiende al equilibrio.
Walras y Edgeworth, dos autores de la misma época, ofrecen pistas diferentes
para entender el mercado. Elementos de economía pura de Walras se publica en
1887. En 1881, Edgeworth escribe Psíquica matemática. Takas recurre al subas-
tador central, mientras que Edgeworth antepone las relaciones contractuales entre
individuos a la dinámica propia de las mercancías.
Walras enfoca el mercado desde perspectivas de las mercancías. Al final del
día, cuando las transacciones han terminado, la demanda excedente debe ser igual
a cero. A Walras le importa que exista un sistema flexible de precios que garantice
el equilibrio entre la oferta y la demanda de mercancías. Por su parte, Edgeworth
centra la atención en la forma como los individuos contratan. Los acuerdos entre
las personas no se realizan a través de un subastador central.
Las percepciones diferentes de Takas y Edgeworth muestran que desde finales
del siglo XIX el debate de la teoría neoclásica ha oscilado entre dos extremos: El
de la autonomía del mercado —así sea centralizado— y el de autonomía de los
individuos que contratan.
La reflexión de Arrow (1951), que se inscribe en la línea de Edgeworth, se ha
nutrido de la teoría de juegos y, recientemente, del pensamiento institucionalista.

25. Agradezco a José Felix Cataño, colega de la Universidad Nacional, la lectura cuidadosa de
una primera versión de este trabajo. Comparto con él su admiración por la forma como la
teoría neoclásica ha ido incorporando, junto con la dimensión ética, la historia, la familia, las
instituciones, etc. Así lo evidencian los trabajos de algunos de los recientes Nóbel: Buchanan,
Coase, Becker, Fogel y North. No obstante, con Sen habría que preguntarse si estos autores han
llevado la propuesta de Arrow hasta sus últimas consecuencias. Quizá no puedan hacerlo y, lo
más probable, es que quizás no les interese hacerlo. No hay que olvidar que la vigencia de la
teoría neoclásica como paradigma dominante se explica por su capacidad de incorporar nuevos
elementos sin necesidad de renunciar a los teoremas básicos, que han sido construidos bajo el
enfoque utilitarista.
26. De Vroey (1987), considera que la teoría económica avanza en la medida en que explique el
funcionamiento de mercados descentralizados.

27
Para Arrow el contrato tiene relevancia analítica porque expresa una elección. Es
sorprendente que la corriente principal haya reducido la obra de Arrow a ciertos
aspectos aislados de su teoría del equilibrio general. Al despojarlo de la compleji-
dad subyacente al proceso de elección, el modelo Arrow-Debreu se ha convertido
en uno de los pilares de la ingeniería económica.
La excesiva formalización no permite ver que la axiomática de Arrow (1951)
se inscribe en un contexto en el que la filosofía moral juega un papel determinan-
te. Entre uno y otro teorema, Arrow va intercalando sus apreciaciones sobre: La
concepción platónica del bien, la agudeza crítica de Veblen, la relevancia de la
incertidumbre de Knight, el conocimiento de la naturaleza humana de Freud, el
conflicto entre razón e imaginación de Shackle, los análisis sobre la participación
política de Duncan Black, la diferencia entre los imperativos práctico y moral
de Kant. Arrow toma en serio los aportes de estos autores. Se lamenta porque el
rigor de la axiomática no le permite aprehender la riqueza del pensamiento de
estos grandes maestros.
Reconoce que la teoría de la utilidad no es más que una mala caricatura del
complejo mundo del deseo de Freud. Acepta la validez de los argumentos que
subyacen a la mordaz ironía de Veblen. Admite que la envidia juega un papel
central en el proceso de elección. No duda que la teoría de la elección debe ex-
plicitar el imaginario shackliano. Valida el principio kantiano de la autonomía de
la voluntad. También se pregunta hasta qué punto la función de bienestar social
puede asemejarse al reino de los fines. Inmerso en la reflexión kantiana, indaga
por las condiciones que hagan posible “(…) alguna suerte de consenso sobre los
fines de la sociedad” (Arrow, 1951:83).
La lectura que hace Arrow (1972:155) cuando recibe el premio Nóbel tiene
dos grandes partes bien diferenciadas. En la primera (secciones l-VI), relacionada
con el equilibrio, el autor reconoce el grado notable de coherencia que existe entre
el vasto número de decisiones individuales y aparentemente separadas acerca de
la compra y venta de bienes. Después de expresar su admiración por el mercado,
el autor muestra que el equilibrio de la oferta y la demanda “dista mucho de ser
perfecto” y formula pruebas de existencia y unicidad del equilibrio. En la segunda
parte (sección VIII), Arrow (1972) explicita el problema de la elección. Su pre-
ocupación es similar a la de Rawls (1971): La normatividad constitucional debe
realizarse de tal manera que los individuos realicen su elección pensando en el
bien de la sociedad y no en el beneficio personal.
(…) la formulación de juicios de bienestar es lógicamente equivalente a lo que
yo llamaré una constitución. En forma específica la constitución es una regla
que asocia a cada conjunto posible de ordenamientos de preferencia individuales
una regla de elección social. A su vez, la regla de elección social es una regla
para la selección de una acción socialmente preferida en cualquier conjunto de

28
alternativas que pueda ser viable (…) el problema real son las condiciones que
hayan de imponerse a la constitución (Arrow, 1972:85).
Rawls recurre al velo de la ignorancia. Se trata de aquel estado ideal en el
que “nadie conoce su situación en la sociedad ni sus dotes naturales y, por lo tan-
to, nadie está en posición de diseñar principios que le sean ventajosos” (Rawls,
1971:166). En el texto del 51, Arrow compara su función de bienestar social con
el ideal kantianao:
El imperativo moral [de Kant] que corresponde a nuestro concepto del orden
social, también constituye el ordenamiento individual para cada persona; esto
es el principio de la voluntad que regiría a cada individuo si fuera plenamente
racional (Arrow, 1951:82).
En palabras de Kant:
Como he sustraído la voluntad a todos los afanes que pudieran apartarla del
cumplimiento de una ley, que no queda nada más que la universal legalidad de las
acciones en general —que debe ser el único principio de la voluntad—, es decir,
yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba
convertirse en ley universal (Kant, 1785).
La lectura del 72 reafirma la idea básica, que ya Arrow había expresado en
el 51: La lógica del mercado es incapaz de hacer compatibles los ordenamientos
de las preferencias individuales con los de la sociedad. El mercado no zanja la
profunda brecha que existe entre los valores individuales y la escogencia social.
Esta percepción de los límites del mercado también se expresa en el método de
análisis. En el texto del 72, Arrow trata de integrar los teoremas de existencia y
unicidad del equilibrio con la reflexión ética introduciendo el concepto de estado
del mundo en un contexto de incertidumbre (sección VII) (Arrow, 1972). Más
adelante volveré sobre este punto.
El llamado Teorema de la posibilidad general (Arrow, 1951:82), o Teorema
de la imposibilidad27, pone en evidencia la grieta profunda que existe al interior

27. En sentido estricto, se trata de los Teoremas 2 y 3 (Arrow, 1972) respectivamente. Arrow los
formula en sentido positivo. Ambos teoremas afirman que el ordenamiento de las preferencias
individuales es compatible con el ordenamiento social sólo si la función de bienestar es impuesta
o si hay un dictador. El paso del ordenamiento individual al social es posible únicamente si media
la imposición o la decisión dictatorial. En negativo, los Teoremas 2 y 3 expresan la imposibili-
dad de que —en ausencia de imposición o de dictador— los ordenamientos individuales sean
compatibles con el ordenamiento social. Además de los Teoremas 2 y 3 Arrow (1951: 48 y 78)
también formula los Teoremas 1 y 4. El Teorema 1 muestra que el problema de elección no se
presenta cuando sólo hay dos alternativas. El Teorema 4 afirma que tampoco hay problema de
elección si todos los individuos tienen las mismas preferencias frente a las alternativas sociales
y, además, si las relaciones de preferencia son fuertes (no se admite la indiferencia). En tal caso,
se dice que las preferencias son de un solo pico, o de un solo máximo.

29
de la teoría neoclásica: El mercado no garantiza el paso de la elección individual a
la elección social. La formación de juicios de valor únicamente es posible gracias
a la constitución, que es un ordenamiento —una regla— extramercado. En otras
palabras, la función de bienestar social tiene que definirse por fuera del merca-
do. Pensar que la función de bienestar social se deriva de las fuerzas autónomas
del mercado es negar la complejidad inherente al proceso de elección social. El
discurso neoliberal repite, una y otra vez, que la eficiencia del mercado conduce
al bienestar general. Esta posición prekantiana no es más que una ideologización
del mercado28.
La teoría neoclásica no ha asumido las implicaciones profundas de la reflexión
de Arrow. Sigue confundida en medio de un simplismo sorprendente. Acepta que el
mercado tiene fallas, pero supone ingenuamente que la intervención institucional,
llámese Estado o como se quiera, corrige la falla. La externalidad termina siendo
internalizada. Este enfoque no sólo obstaculiza el mercado, sino que también
obstaculiza la institución. La visión simplista del mercado se completa con una
concepción ingenua de las instituciones.
En Los límites de la organización, Arrow (1974) va mucho más lejos. No sólo
el mercado es imperfecto. También las instituciones son limitadas. El mercado es
intrínseca e irremediablemente incompleto. Las fallas del mercado no pueden ser
corregidas por institución alguna. Los límites de las organizaciones interactúan
con los límites del mercado.
El mercado es incompleto porque jamás podrá subsumir los “principios de la
ética y la moralidad” que son “instituciones invisibles” (Arrow, 1974:26). Pero,
además, las instituciones tampoco son la panacea porque se mueven dentro de los
límites que les imponen “el poder y la corrupción del dinero” (Arrow, 1974:24).
La responsabilidad individual va mucho más allá del sistema de precios: “(…)
los precios no nos exoneran de nuestra responsabilidad hacia los otros” (Arrow,
1974:27). El mercado deja por fuera “la justicia distributiva” (Arrow, 1974:20).
A lo largo del proceso del mercado “no hay nada que garantice la justicia de la
distribución” (Arrow, 1972:182). Por consiguiente, la asignación de recursos debe
realizarse a través de “métodos que no son los del mercado” (Arrow, 1974:26).
Arrow diferencia la justicia en el intercambio de la justicia distributiva. La
primera puede ser garantizada por un mercado bien organizado, que disponga de
las instituciones reguladoras que sean necesarias. Pero la justicia distributiva, que es
la expresión de la elección social, no cabe dentro de los cánones del mercado.
Al explicitar los límites del mercado y de las instituciones, Arrow le muestra
a la teoría neoclásica que tiene que asumir seriamente la dimensión ética y que

28. El llamado “agente representativo” de los libros de textos neoclásicos desconoce el conflicto de
la elección social porque, de hecho, actúa como un dictador.

30
ésta debe ser un elemento constitutivo del núcleo duro de la teoría. Para él no hay
otro camino. Rechaza de plano la visión maniquea que lleva a separar la elección
económica (que se realiza en el mercado), de la elección política (que se mani-
fiesta a través del voto)29. El voto y los mecanismos de mercado no son más que
“(…) casos especiales de la categoría más general: La elección social colectiva”
(Arrow, 1951:5). La teoría de la elección es el elemento articulador. Aquí radica
el quid del asunto.
A pesar de la radicalidad de su crítica, Arrow no deja a la teoría neoclásica en
el vacío. Cree que es posible encontrar salidas que, desde el punto de vista de la
elección social colectiva, integren los procesos de decisión política y económica.
Pero para que la teoría de la elección social pueda cumplir esta tarea, se requieren
dos condiciones: Primera, un cambio en el objeto de la elección y, segunda, un
cambio en la percepción del proceso de elección.

Hacia un cambio del objeto y


de la percepción del proceso de elección
Arrow (1951) propone que el objeto de la elección no sean “canastas de
mercancías” sino “estados sociales” o “estados del mundo”. El “estado social”
es un concepto amplio que incluye las mercancías que poseen los individuos,
sus dotaciones, el trabajo que puede ofrecer, los recursos invertidos en cada tipo
de actividad productiva, las diversas modalidades de organización, los servicios
comunales y cualquier tipo de actividad social como la “erección de las estatuas
a los hombres famosos” (Arrow, 1951:17)30. El estado del mundo compromete al
individuo y a su entorno.
Esta modificación del objeto de la elección implica un cambio radical: Los
ordenamientos de preferencia no dependen de los gustos sino de los valores. “El
ordenamiento individual que entra como argumento en la función de bienestar

29. Robbins (1932), llevó el maniqueísmo hasta el extremo, diferencia al economista como técnico
del economista como ciudadano.
30. Arrow, define de maneras muy diversas el “estado del mundo”: “Tomamos de la teoría de la
probabilidad el concepto de un estado del mundo, que es una descripción del mundo tan precisa
que define por completo todas las dotaciones iniciales de bienes y todas las posibilidades tecno-
lógicas. La incertidumbre consiste en no saber cuál estado existirá en realidad. Arrow (1972:182),
habla de “estados de la naturaleza” y de “acciones sociales”. “Podemos usar i para representar
la acción, en este caso la acción social. Llamemos j a los individuos. Cada individuo ordenará
sus posibles acciones y, por supuesto, los ordenamientos de los individuos serán diferentes. El
problema es cómo conjugar estos ordenamientos de tal manera que sea posible escoger una
acción social (Arrow, 1958:64).

31
social definida aquí se refiere a los valores de los individuos más bien que a sus
gustos” (Arrow, 1951:23).
Desde esta óptica, el espacio dejado por el hedonismo es ocupado por los
juicios de valor. Arrow incrusta la ética en el corazón de la función de utilidad.
Los estados del mundo son los argumentos de la función de utilidad. El forma-
lismo neoclásico —y mucho menos el discurso neoliberal— no ha percibido este
cambio dramático.
La teoría neoclásica convencional sigue considerando que los argumentos de
la función de utilidad son las canastas de bienes. Esta posición no rompe con el
hedonismo utilitarista y cierra las puertas a la incorporación de los juicios de valor.
El temor a cambiar es explicable, ya que asumir la propuesta de Arrow implica
dudar de algunos de los postulados fundantes de la teoría del equilibrio. Aceptar
los postulados de Arrow exige:
– Reconocer la irreversibilidad del tiempo. Aunque ninguna elección es re-
petible, la escogencia entre estados del mundo sí evidencia más claramente
que la elección entre canastas de bienes, la irreversibilidad en el tiempo.
El bachiller que eligió estudiar medicina puede arrepentirse y cambiar de
carrera. Pero la segunda escogencia no es lo mismo que la primera. Son dos
elecciones cualitativamente diferentes. Esta percepción no es aceptada por la
teoría convencional. Los teoremas fundantes del núcleo duro neoclásico se
han definido en condiciones de estática comparativa. Gracias a que el tiempo
está ausente, la sustitución siempre es posible y la reversibilidad de la elección
no es puesta en duda.
– Incorporar la probabilidad subjetiva. La capacidad predictiva de la teoría entra
en cuestión. Puesto que el estado del mundo es complejo, la información es
limitada y la probabilidad de acertar en la predicción disminuye.
– Explicitar las limitaciones del sistema de precios. Los estados del mundo
incorporar realidades que escapan a la valoración monetaria.
– Destacar la relevancia de las dotaciones iniciales. Las dotaciones iniciales ya
no son un dato exógeno, porque cualquier escogencia entre estados del mundo
obliga a revelar la forma como se percibe la justicia distributiva.
– Aceptar que es factible hacer comparaciones entre estados del mundo. Pierde
sentido la idea bergsoniana de que las comparaciones interpersonales no son
posibles.
– Explicitar el proceso de elección. El agente representativo de la teoría neoclá-
sica actúa como un pequeño dictador. El proceso de elección se oscurece. La
dinámica agregativa desconoce la naturaleza intrincada de la escogencia. El
paso de lo micro hacia lo macro es el resultado de una serie de elecciones,
en las que interactúan las instituciones y los individuos. La explicitación del

32
proceso de elección obliga a la teoría económica a pensar en la dimensión
política, en el papel de las organizaciones y en la incidencia que tienen fenó-
menos como el de la selección adversa o el “azar moral”.

Una reflexión final


En una parte de su libro On ethics & economics, Amartya Sen (1987:22) resalta
los principios morales de Smith y nos recuerda que en La teoría de los sentimien-
tos morales, Smith afirma que “(…) en aras del interés de la gran comunidad, el
ciudadano debe estar siempre dispuesto a sacrificar su interés particular” (Sen,
1987:23). Además, Sen propone una relectura de La riqueza de la naciones, que
muestra otra cara de Smith, radicalmente diferente a la que nos ha transmitido el
discurso neoliberal. En general, Sen piensa que:
(…) Smith no le asignó un papel superior a la búsqueda del interés individual
en ninguno de sus escritos. La defensa del interés particular la hace en contextos
muy específicos, especialmente cuando se refiere a las barreras burocráticas y a
otras restricciones que entorpecían las transacciones económicas y que dificul-
taban la producción (Sen, 1987:25).

El utilitarismo de Bentham también está muy marcado por principios morales


de un alto contenido social.
Los grandes enemigos de la paz pública son las pasiones egoístas e insociables
(…) La sociedad se mantiene unida únicamente por los sacrificios que pueden
ser inducidos a hacer sus miembros, de las satisfacciones que exigen: Lograr
estos sacrificios es la gran dificultad y la mayor tarea del gobierno (Bentham,
1789:11).

El discurso neoliberal considera la dimensión ética como algo marginal, que


no hace parte del corpus de la teoría. Esta percepción maniquea riñe con el utili-
tarismo, con la visión de autores como Smith y, especialmente, con el enfoque de
Arrow, uno de los grandes artífices del pensamiento neoclásico contemporáneo.

33
34
Elección social y macroeconomía*

La teoría de la elección social ha tenido una incidencia muy pequeña en


la macroeconomía. La explicación es relativamente clara: La macro sigue muy
apegada al agente representativo. En la última década, gracias a la influencia de
la teoría de juegos, se ha buscado diversificar los agentes: Gobierno, sindicatos,
banco central, ciudadano, etc. Pero esta ampliación del número de agentes repre-
sentativos no resuelve el problema de fondo: La macro continúa desconociendo la
forma como cada uno de estos agentes decide. Los procesos de elección al interior
de cada institución siguen tratándose como una caja negra.
Los trabajos de Arrow (1951, 1963) tienen la virtud de que formalizan las
dificultades que se presentan cuando se pasa de la decisión individual a la elección
social. El análisis lógico está acompañado de una cuidadosa axiomática que se
ha convertido en el “álgebra” de la teoría de la elección social. La formulación
de Arrow explicita la naturaleza de una preocupación que ya estaba presente, de
muchas maneras, en la reflexión económica. El problema de la elección social
aparece siempre que la utilidad individual se confronta con las funciones agregadas
de utilidad o con las funciones de bienestar social.
La elección individual, que ha sido la base de la conceptualización económica
convencional, presenta dos caras: La del objeto de la elección y la del sujeto que
elige. La teoría neoclásica ha avanzado mucho más en la ampliación del objeto
de la elección que en la comprensión de la manera como las decisiones de los
individuos se van ampliando hasta expresarse en una elección colectiva.

∗ Texto publicado en Agenda, N° 2, oct. 1999. pp. 189-206.

35
El objeto de la elección: De los bienes a la moneda
Comparada con las demás ciencias sociales, la economía ha avanzado con-
siderablemente en la formalización de los procesos de elección. El impacto de la
revolución marginalista ha sido de tal magnitud que continúa siendo el paradigma
dominante. Uno de los mayores éxitos de la revolución marginalista radica en su
capacidad de explicar además de la demanda de bienes, la demanda de moneda.
El objeto de la elección se ha ampliado, pasando de la dimensión de los valores al
campo monetario. La formulación inicial de la teoría de la elección giró alrededor
del valor. Esta aproximación tenía el inconveniente de que no contemplaba la
decisión de demandar la moneda para propósitos diferentes a las transacciones.
La ampliación del objeto de la elección fue posible gracias a Hicks (1935),
quien propuso extender los principios de la utilidad marginal al dinero, de tal forma
que la teoría de la elección no sea válida únicamente en el mundo de los bienes
sino que también tenga aplicabilidad en el campo monetario: “(...) si he llegado
a interesarme en los problemas del dinero es porque no podía prescindir de él al
tratar mis problemas no monetarios” (Hicks, 1935:82). Puesto que el principio de
la utilidad marginal le dio sentido a la teoría del valor, dice Hicks, es necesario
realizar una “revolución marginalista” que permita extender la utilidad marginal
a la teoría monetaria. La ampliación propuesta por Hicks tiene una doble ventaja:
De un lado, incrementa notablemente las posibilidades analíticas de la teoría de la
elección y, de otra parte, ayuda a entender la complejidad de la teoría monetaria.
Refiriéndose a la “simplificación” de Hicks (1935), dice Benetti: “(...) al asociar-
la a la teoría del valor, Hicks plantea la cuestión de la moneda en su nivel más
profundo” (Benetti, 1997:1).
Siguiendo la línea enunciada por Keynes (1930), Hicks distingue entre las
demandas voluntaria e involuntaria de dinero. La primera se presenta cuando
las personas demandan el dinero por él mismo. El dinero que se demanda de
manera voluntaria no se utiliza para efectuar transacciones reales. La segunda es
la demanda de dinero para realizar las transacciones entre bienes. Esta demanda
es involuntaria porque una vez que la persona ha elegido un bien, no tiene más
alternativa que pagarlo con dinero.
Para Hicks la pregunta central de la teoría monetaria es: ¿Por qué la gente
demanda dinero si no lo va a gastar inmediatamente? ¿Por qué mantiene dinero
en forma líquida? Esta preocupación lleva a Hicks a mostrar bajo qué condiciones
la teoría de la elección puede extenderse adecuadamente a la demanda de dinero.
Gracias a Hicks, el espacio de aplicación de los principios de la utilidad marginal
se amplía considerablemente.
La teoría cuantitativa de la moneda se ha preocupado por estudiar la rela-
ción entre la cantidad de dinero y el valor monetario de las transacciones. Esta

36
aproximación tiene el inconveniente de que reduce el dinero a un simple medio
de cambio. Desde esta perspectiva no habría, en sentido estricto, una demanda de
dinero sino, más bien, una demanda de mercancías que se intercambian gracias al
dinero. Los enfoques cuantitativos, como el de Friedman, terminan reduciendo la
teoría monetaria a la demanda de dinero para transacciones. Este dinero involun-
tario, que está amarrado a las operaciones reales no es interesante para formular
una teoría de la elección. Así que la ampliación de la teoría de la elección a la
moneda tiene sentido únicamente en el caso de la demanda voluntaria. A pesar
de representar una fracción pequeña de la masa monetaria, el dinero voluntario
“(...) es tremendamente importante: Porque es a través de esta parte “voluntaria”
como se producen los desequilibrios monetarios y es sobre esta parte donde tiene
sus efectos la política monetaria” (Hicks, 1966:31). Gracias a que hay demanda
voluntaria de dinero, la teoría monetaria es “algo vivo e interesante” (Hicks,
1966:31-32).
Con el paso del tiempo, especialmente después de los años setenta, la demanda
voluntaria de dinero se ha ido incrementando de manera notable. La globalización
financiera ha conllevado un aumento del número de operaciones monetario-financie-
ras31 y, como ya lo advertía Hicks desde mediados de los años treinta, el crecimiento
de la demanda voluntaria de dinero se refleja en una mayor fragilidad del sistema
financiero. Los efectos perversos de la volatilidad financiera internacional han sido
denunciados, entre otros, por Tobin desde comienzos de los años setenta 32.
La percepción inicial de Keynes sobre la demanda voluntaria de dinero ha tenido
dos tipos de desarrollo. Uno liderado por Davidson (1978, 1982), que se inscribe
en el pensamiento poskeynesiano. Y, otro, que sigue de alguna manera la línea de
Hicks, en el que participan Patinkin (1956), Clower (1967), Sidrauski (1967).
Davidson está más preocupado por la incertidumbre y la relación entre la
moneda y el mundo real, que por el problema de la elección como tal. En cambio,
los análisis de Patinkin y de Clower parten de unos supuestos y desarrollan una
lógica analítica que dialoga de cerca con el tema de la elección, tal y como es
concebido por Hicks.

31. A comienzos de los setenta diariamente se realizaban en el mundo operaciones financieras por
valor de 70 mil millones de dólares. Actualmente la cifra oscila alrededor de billón y medio
de dólares. El aumento del número de operaciones financieras supera considerablemente el
crecimiento de las transacciones reales. La mayor diferencia entre las transacciones reales y las
operaciones monetarias significa que la demanda voluntaria de dinero cada vez es más impor-
tante.
32. A raíz de la crisis financiera actual, Tobin (1998) concede una entrevista a Le Monde en la que
reitera la necesidad fijar un impuesto a las transacciones financieras internacionales con el fin
de reducir la volatilidad y la especulación.

37
Para Clower (1967) la pregunta por la elección monetaria es ineludible. Ar-
gumenta que el sistema neowalrasiano produce una concepción de la moneda que
es “(...) empírica y analíticamente vacua”33. La reflexión de Clower va en dos
sentidos. De un lado, explicita la interacción entre la moneda y los bienes. Y, del
otro, muestra que los desajustes que se presentan tienen que ver con la demanda
voluntaria de dinero.
En una economía monetaria, dice Clower, las transacciones no son de bienes
con bienes, sino de bienes con moneda. Este postulado que parece evidente, no
es reconocido por los modelos de equilibrio general de corte neowalrasiano, que
conciben el intercambio como un simple trueque34.
Según Clower, el individuo está sometido a dos restricciones: De gasto y de
ingresos. Por el lado del gasto,
(...) todas las compras netas deben estar respaldadas por una oferta de moneda
suficiente para el intercambio... Durante un período dado, el valor total de los
bienes demandados no puede, en ninguna circunstancia, exceder la cantidad de
moneda que poseen los agentes que participan en las transacciones (Clower,
1967:209)35.

En cuanto a los ingresos, la restricción es que “(...) en el mercado las ventas


netas implican la demanda de una sola mercancía: La moneda” (Clower, 1967:209).
Así que la moneda es constitutiva de las restricciones de gasto y de ingreso.
Clower distingue entre las demandas nocional y efectiva. La demanda no-
cional, que es compatible con el sistema walrasiano, no coincide con la demanda
que efectivamente se presenta en el mundo real. La falta de correspondencia entre
ambos tipos de demanda ha obligado a pensar en los problemas relacionados con
las expectativas, el desequilibrio y las limitaciones que tienen los precios como
mecanismos eficientes de asignación36.

33. Más recientemente, Clower y Howitt (1995:33) han insistido en que todas las economías modernas
son monetarias. Argumentan por qué en el sistema de Walras la moneda no es importante. Y,
además, consideran que para avanzar en la comprensión del sistema walrasiano es indispensable
renunciar a la falsa imagen del subastador, que no aparece en Walras, y que ha sido introducida
por la literatura neowalrasiana de los años sesenta. “No hemos podido seguirle la pista al “inven-
tor” (de la categoría “commissaire-priseur”). Podría haber sido Richard Quandt. Ciertamente, el
término se utilizaba oralmente en la Universidad de North-Western en 1959 y 1960. En Walras
no aparece de manera explícita ningún “mediador” (Clower y Howitt, 1995:31). La presencia
de un subastador tiene implicaciones inmediatas en la definición de la forma como se elige en
el mercado walrasiano de bienes.
34. Este postulado de Clower ha tenido una gran incidencia en la macroeconomía contemporánea.
Ver, por ejemplo, Snowdon, Vane y Wynarczyk (1994:144 y ss.), Blanchard y Fischer (1990:155
y ss).
35. Ver, Weintraub (1979:77 y ss).

38
La idea de Clower es similar a la preocupación de Keynes, ya que en una
economía monetaria de la producción, la elección lleva consigo intercambios mo-
netarios. De los tres motivos keynesianos para demandar dinero: Transacciones,
precaución y especulativo, los dos últimos dependen del nivel de incertidumbre.
La desconfianza frente al futuro impide que todo el dinero se destine a las tran-
sacciones37. Los individuos guardan una parte del dinero e interrumpen el ciclo de
compra y venta. La demanda voluntaria de dinero crea un desbalance que obliga
a realizar transacciones por fuera del equilibrio.
La secuencia: mercancía ⇒ moneda ⇔ moneda ⇒ mercancía, se rompe al
introducir la especulación (Hahn, 1970:3), que es una de las manifestaciones de la
demanda voluntaria de dinero. El cambio de mercancía a moneda no tiene mayor
dificultad. La situación se complica al tratar de realizar el segundo paso, ya que
quien posee moneda no necesariamente está dispuesto a adquirir mercancías38. La
explicitación de la moneda y la extensión de la teoría de la elección a la demanda
de moneda, ponen en evidencia la fragilidad del método del equilibrio.
Frente a la elección monetaria, la nueva macroeconomía ha tomados dos vías.
Una, la de los modelos de ciclo real, consiste en decir que la moneda es neutra o
superneutral, dependiendo de si el análisis se refiere a la estática comparativa o a
la dinámica39. En cualquiera de los dos casos, la moneda no pasa de ser un medio
de cambio y, por tanto, no hay demanda voluntaria de dinero.
La otra vía busca endogeneizar la moneda. Y para ello se diferencia la moneda
“inside”, de la moneda “outside”. La primera, que se define como los “(...) de-
pósitos bancarios que se originan en préstamos al sector privado” (Snowdon,
Vane y Wynarczyk, 1994:108), es la moneda propiamente endógena. La moneda
“outside” corresponde al efectivo y a los depósitos bancarios que no implican la
generación de créditos.

36. “La insistencia de Clower en el papel único que cumple la moneda reforzó el estudio de las
diferencias entre las economías de intercambio y monetaria y ayudó a combatir la visión de
que en la macroeconomía la moneda no importaba, porque los numerarios no importan en los
sistemas neowalrasianos” (Weintraub, 1979:78).
37. Refiriéndose a la tasa de interés y a la incertidumbre frente al futuro, dice Shackle: “No es la
impaciencia, sino la ignorancia, lo que entra en escena a través de la brecha temporal entre el
préstamo y el pago” (Shackle, 1972:203, subrayado mío).
38. “(...) si alguna vez se escribe seriamente una teoría monetaria, debe tenerse en cuenta que es
de considerable importancia el hecho de que los contratos se realicen en términos monetarios”
(Arrow y Hahn, 1971:357).
39. “Se dice que la moneda es neutral si los cambios en el cantidad nominal no tienen efectos en el
equilibrio real. Se dice que es superneutral si los cambios en el crecimiento de la cantidad de
moneda no tienen efectos en el equilibrio real” (Blanchard y Fischer, 1990:207, subrayado mío).

39
La categorización “inside”, “outside” no logra involucrar, con todas sus im-
plicaciones, la diferencia entre las demandas voluntaria e involuntaria de dinero.
No hay correspondencia entre estos tipos de demanda y las monedas “inside” y
“outside”. Hay demanda voluntaria e involuntaria para la moneda “inside” como
para la moneda “outside”.
Desde una perspectiva más global, Sidrauski (1967) incluye la demanda de
moneda como uno de los argumentos de la función de utilidad, de tal forma que
u = u (c, m); u es la utilidad, c es el consumo y m representa el saldo monetario real.
El modelo de Sidrauski introduce de manera explícita la preocupación de Hicks:
La elección, tanto de los bienes, como de la cantidad de dinero, debe responder a
los principios de la utilidad marginal. Pero, como sucede con la moneda “inside”
y “outside”, la “m” del modelo de Sidrauski no permite hacer una distinción clara
entre las demandas voluntaria e involuntaria de dinero.
La teoría neoclásica no sólo ha intentado ampliar el campo de la elección
individual. También ha buscado replantear el contexto en el que se realiza dicho
escogimiento. Inicialmente la atención se centró en la elección bajo condiciones
de certeza. Y, posteriormente, se ha ido avanzando hacia el estudio de la elección
bajo riesgo e incertidumbre40.
Sin entrar en los detalles de este proceso, baste con decir, a manera de resu-
men, que la nueva macroeconomía clásica sigue teniendo numerosas dificultades
para ampliar el campo de la elección individual. Continúa en el espacio del valor
y no logra saltar hacia el espacio monetario. Todavía no ha sido capaz de asimilar
las propuestas de Hicks y Clower. La elección bajo incertidumbre también ha
sido difícil de asimilar porque pone en tela de juicio postulados centrales de la
macroeconomía clásica como el de las expectativas racionales.

El sujeto de la elección: De la elección individual


a la elección colectiva
La teoría de la elección social se preocupa por la consistencia entre la elección
individual y la elección colectiva. Pero lo colectivo tiene múltiples dimensiones,
que van desde organizaciones como la familia hasta niveles más globales como
la nación. En la medida en que la teoría de la elección se ha preocupado por la
decisión política y por la forma como funcionan el sistema democrático en occi-
dente, lo colectivo, o lo social, corresponde al nivel de agregación propio de una
comunidad que elige: Nación, municipio, etc.

40. Ver, por ejemplo, Kreps (1990), Arrow (1951b, 1963b, 1965).

40
En la sección anterior se decía que la ampliación del campo de la elección
de los bienes a la moneda se realiza en el marco del escogimiento individual. Al
examinar el tema de la elección social, Arrow (1951) muestra que es necesario
replantear la función de utilidad individual, con el fin de que incorpore estados
del mundo (E). Y, entonces, u = u (E). Algunos estados del mundo serían, por
ejemplo, estudiar medicina, votar por la paz, censurar a Clinton, etc. La decisión
entre estados del mundo está muy marcada por la escala valorativa del individuo.
La elección individual que incorpora bienes y cantidad de moneda, u = u (c, m),
como en el modelo de Sidrauski, es insuficiente para subsumir los aspectos nor-
mativos inherentes a la elección social (González, 1998). Arrow considera que
en el campo de la elección social la dimensión valorativa termina haciéndose
explícita y, por tanto, lo mejor es introducir, desde el comienzo, los estados del
mundo, como argumentos de la función de utilidad. Esta relevancia de los valores
se hace evidente cuando el centro de atención pasa de los objetos de la elección
al sujeto que elige.
Una buena teoría de la elección debe encontrar reglas de decisión que sean
aplicables a los diferentes niveles de lo colectivo. El método de Arrow (1951, 1963)
consiste en formular teoremas de consistencia a partir de las características de la
elección en su nivel más general. Y si estos resultados son los suficientemente
sólidos podrán aplicarse a grupos más pequeños como la familia o la empresa:
“(...) el paso del mapa del individuo al de la familia es un caso especial del paso
de los ordenamientos individuales al social” (Arrow, 1951:9).
El examen del paso de la elección individual a la elección colectiva tiene
sentido bajo ciertas condiciones mínimas:
– Las personas que participan en el proceso de elección deben ser racionales.
Para Arrow esto significa que deben ser maximizadoras y que la secuencia
de preferencias debe ser transitiva.
– La elección debe ser libre. La dictadura y la coacción quedan por fuera del
análisis.
– El campo de decisión tiene que ser amplio. El dominio del conjunto de elec-
ción debe incluir todas las combinaciones lógicamente posibles de los orde-
namientos individuales.
– Debe existir una relación positiva entre el bienestar del individuo y la sociedad.
Si la situación de una persona mejora, sin que ninguna otra se perjudique,
también debe mejorar el bienestar colectivo.
– La decisión debe ser independiente de las alternativas irrelevantes.
Arrow (1951, 1963) muestra que si se respetan estas condiciones mínimas, no
hay ningún mecanismo que garantice la consistencia entre la elección individual
y la elección social. Estos resultados descorazonadores, que se conocen como los

41
teoremas de imposibilidad, no desvirtúan la pertinencia de la problemática plan-
teada por Arrow. Por el contrario, el notable desarrollo de la teoría de la elección
social y el premio Nóbel otorgado a Sen, indican que el camino de investigación
propuesto por Arrow es relevante.
Hasta hace muy poco la economía convencional consideraba que la teoría de
la elección social no tocaba los aspectos centrales del núcleo de la disciplina. A
comienzos de los sesenta, tal y como lo reseña Arrow (1963), autores como Little,
Bergson y Mishan pensaban que la teoría de la elección social ni siquiera hacía
parte de la economía del bienestar. Y, con cierta ironía, Arrow les concede la razón.
Al fin y al cabo, la Nueva Economía del Bienestar “(...) no dice nada acerca de
la elección entre las alternativas que son Pareto óptimas” (Arrow, 1963:108), que
es el punto partida de la teoría de la elección social.
En palabras de Arrow, la teoría de la elección social busca las condiciones que
posibiliten el paso del cuasi orden unánime paretiano a un ordenamiento social
completo41. Las alternativas Pareto óptimas representan un cuasi orden porque no
son completas: Entre varios óptimos la sociedad no tiene criterios para establecer
relaciones de preferencia. Y lo paradójico es que el cuasi orden paretiano es com-
patible con la unanimidad: Todos están de acuerdo en que las diferentes alternativas
son Pareto óptimas, pero no hay forma de escoger entre ellas. Aquí termina la
Nueva Economía del Bienestar. La teoría de la elección social pretende superar
dicho límite. Y al colocarse en la frontera queda en una especie de limbo. De un
lado, se la puede considerar como una extensión de la Economía del Bienestar y,
entonces, no sólo haría parte de ésta sino que representaría un estadio superior
de su desarrollo. Pero, de otra parte, la posición de frontera también puede llevar
a pensar que se trata de una teoría diferente y, por tanto, que no tiene cabida en
la Economía del Bienestar. De hecho, así fue como sucedió inicialmente. Pero
con el paso del tiempo la teoría de la elección ha ido ganando un espacio impor-
tante, no sólo en el campo de la Economía del Bienestar sino en el corazón de la
disciplina económica.

La esquizofrenia de la macroeconomía
En lugar de abordar seriamente esta problemática, la macro convencional ha
optado por desconocer la complejidad de la decisión colectiva y sigue resguar-
dándose en el agente representativo. La nueva macroeconomía clásica, que es la
corriente dominante, no está interesada en explorar los caminos abiertos por Arrow
(1951, 1963) y, mucho menos, por Sen (1970, 1970b, 1987).

41. Una relación de preferencias es un cuasi orden si cumple las propiedades de reflexividad y
transitividad. Es un orden si, además, es completa. Ver Arrow (1951:35), Sen (1970:8-9).

42
La nueva macroeconomía clásica sufre una profunda esquizofrenia. De una
parte, considera fundamental avanzar en la microfundamentación, que consiste
en partir de las realidades micro. Y, específicamente, de la función de utilidad
individual. Esta inclinación por la micro nace de su convicción de que la mi-
croeconomía walrasiana es más consistente que la macro de Keynes. Pero, de
otra parte, a pesar de reconocer la importancia del individuo, niega la diferencia.
Considera que todos los agentes económicos tienden a comportarse de la misma
manera. Y de allí nace el postulado básico del agente representativo, que aparece
de diversas maneras: El individuo representativo, la empresa representativa, el
sindicato representativo, etc.
Guiada por esta lógica esquizoide, la nueva macroeconomía acepta los aportes
de Arrow en los aspectos concernientes al equilibrio general. En este mundo que
se nutre del pensamiento de Walras, el individuo decide en el mercado frente a
precios y cantidades. Pero en el momento en que Arrow plantea los problemas
inherentes a la elección social, la nueva macroeconomía clásica se aleja, argumen-
tando que a ella no le conciernen las decisiones políticas que toman individuos
libres y distintos. La macroeconomía suele plantear juegos en los que interactúan
el gobierno y el elector42. Cada parte decide como si fuera un agente homogéneo.
Estos juegos tratan de explicitar las tensiones que se presentan entre las partes,
pero continúan dejando por fuera el problema central de la elección colectiva, que
es la pregunta por la consistencia entre la elección individual y la elección social.
La macro no considera la naturaleza de la elección en el seno del gobierno, ni al
interior del sindicato. La macro tampoco indaga por la forma como la regla de la
mayoría termina legitimando la noción de un elector representativo.
En los modelos dinámicos la macro opta por la vía fácil de suponer que existe
un dictador benevolente, o un planificador central, que elige una tasa de preferencia
intertemporal que satisface a la generación presente sin perjudicar a las generaciones
futuras43. Puesto que esta tasa refleja las preferencias de consumo de la generación
presente, la pregunta por su valor absoluto termina siendo ineludible. Como la tasa
de preferencia es social e intertemporal, el desarrollo lógico de los modelos de
crecimiento obligaría a explicitar la regla mediante la cual la decisión individual
se convierte en decisión social. Pero para evitar las complicaciones inherentes a la
elección social, se escoge el camino fácil de suponer la existencia de un dictador

42. El libro de Attfield, Demery y Duck (1985) ilustra este tipo de interacciones. Blanchard (1997:559
y ss) propone juegos sencillos en los que participan los políticos y los electores. Repullo (1993)
y Urrutia (1993) examinan juegos en los que intervienen el banco central, que lucha por reducir
la inflación y los sindicatos que aspiran a tener salarios más altos.
43. Esta suposición es explícita, por ejemplo, en Blanchard y Fischer (1990).

43
benevolente que impone una tasa de preferencia intertemporal positiva pero no
demasiado alta, de tal manera que la generación presente disfrute del consumo,
pero sin perjudicar a las generaciones futuras. Al recurrir de manera explícita al
dictador o al planificador, se desconoce completamente la elección social: Una
sola persona decide por el resto. Y, todavía más, este individuo no sólo tiene en
sus manos el destino de la generación presente, sino también el de las futuras.
Gracias al dictador benevolente, la macro clásica evita el problema de la
elección pero, además, rehuye la pregunta por el significado de lo bueno. El tema
del bien ronda la teoría de la elección social. Cada individuo busca que la decisión
colectiva refleje su visión de lo bueno. En las democracias modernas, dice Arrow
(1951:86), lo bueno no puede ser definido por una persona o por un grupo de
guardianes especializados, como sucede en el mundo de Platón. El ejercicio de la
elección colectiva permite que la sociedad vaya reconstituyéndose en la medida
en que va redefiniendo su percepción del bien.
Estos comentarios no desconocen los avances que ha tenido la macro al in-
volucrar la teoría de juegos. Anteriormente, cuando prevalecía el modelo IS-LM,
las variables determinantes de las decisiones de la política fiscal y monetaria eran
los precios y las cantidades. Y el proceso de negociación entre agentes ocupaba un
lugar muy secundario. Las elasticidades que resultan de la hidráulica del modelo
IS-LM no dicen absolutamente nada sobre los actores involucrados. Ahora, gra-
cias a la teoría de juegos, la dimensión política es explícita. El gobierno no puede
aumentar demasiado el déficit fiscal con el fin de mantener contento al electorado,
porque en el mediano plazo tendrá que incrementar los impuestos y, sin duda, el
mandatario o su partido perderán popularidad. Las orientaciones de la política
económica están mediadas por la forma como interactúan los agentes.
La incomodidad de la macro con la elección social se hace más evidente
frente a los planteamientos de Sen (1970, 1970b), quien además del agente re-
presentativo, también pone en tela de juicio otros cimientos de la macro actual,
como la ausencia de comparaciones interpersonales y la bondad de la neutralidad
de la intervención estatal.
Sen muestra la necesidad de hacer comparaciones interpersonales con el fin
de tener elementos de juicio que le permitan a la sociedad y al gobierno definir
políticas públicas en favor de quienes están en la peor situación44. Este enfoque es
radicalmente diferente al de la macroeconomía clásica que, fiel a los principios de

44. El criterio del maximin (lo máximo a quien tiene el mínimo) ha sido ampliamente desarrollado por
Rawls (1971). Este principio también es compartido por Arrow. La política pública es eficiente,
dice Arrow, si recibe más quien tiene menos. La Contraloría General de la República (1995)
aplica algunos de los principios de Arrow, de Rawls y de Sen al análisis del efecto redistributivo
del gasto público en Colombia.

44
la Nueva Economía del Bienestar45, no admite las comparaciones interpersonales de
utilidad. Algunas de las soluciones de Sen a los teoremas de imposibilidad de Arrow,
están basadas en la aceptación de las comparaciones interpersonales. Y a partir del
reconocimiento de las diferencias, de ingreso y de oportunidades, Sen propende
por una intervención compensadora del Estado que favorezca a los pobres.
Para Sen hay un vínculo directo entre la elección colectiva y la política pú-
blica. La elección colectiva se refleja en el quehacer gubernamental. Gracias a
la elección social, la política económica es economía política. Y, por tanto, la
intervención fiscal y monetaria del Estado finalmente expresan una elección co-
lectiva. La nueva macroeconomía clásica, que alaba el equilibrio fiscal y la acción
neutra del Estado, no tiene instrumentos para asimilar los principios rectores de
la concepción de Sen.
Al desconocer los procesos de elección y al homogeneizar a los individuos
bajo la figura del agente representativo, la macro no sólo choca con la teoría de
la elección social, sino que también tiene dificultades con la teoría de la elección
pública46. Buchanan, que es uno de los pensadores más representativos de esta
corriente, no está satisfecho con la macro porque deja por fuera la elección. Tam-
poco está de acuerdo con la forma como Arrow plantea la elección social.
Buchanan le critica a la teoría de la elección social su idea de que exista una
“racionalidad colectiva”. La elección, afirma Buchanan, es exclusivamente indi-
vidual. La colectividad no puede escoger. A este comentario Arrow (1963:107)
responde diciendo que la elección social no niega la elección individual. Por el
contrario, su fundamento y su razón de ser es la elección individual. Además,
continúa Arrow, la “racionalidad colectiva” es una forma de decir que las eleccio-
nes sociales correspondientes a un conjunto de ordenamientos individuales están
interrelacionadas de tal manera que satisfacen la definición de un orden. Arrow
termina su argumentación señalando que Buchanan y Little “(...) sustituyen los
argumentos genuinos con sofismas verbales”.
No obstante la importancia de la polémica entre Buchanan y Arrow, el as-
pecto que interesa destacar para los propósitos de este ensayo es la insatisfacción

45. Samuelson (1947:249 y ss) asocia la Vieja Economía del Bienestar a Pigou y la Nueva Economía
del Bienestar a Pareto. Mientras que la primera acepta comparaciones interpersonales de utilidad
y bienestar, la segunda no.
46. Cuevas (1998:123) explica el lugar que le corresponde a la teoría de la elección pública dentro
de la llamada economía constitucional. “(...) el enfoque de public choice es apenas un segmento
del enfoque global de la Economía Constitucional o de la “Nueva Economía Política”, al lado
de otros segmentos, como el análisis económico de los derecho de propiedad y de las leyes,
la Nueva historia económica”, la Nueva economía institucional y la Economía política de la
regulación.

45
de Buchanan (1989:86) con la macroeconomía. “El ingreso o el producto na-
cional, la tasa de empleo, la capacidad utilizada, o el crecimiento, son variables
agregadas que no están sujetas, directa o indirectamente, a la elección (...)”. Y
de manera enfática, considera que la macroeconomía “(...) no debería haber na-
cido”. Independientemente de sus divergencias, Arrow y Buchanan coinciden en
que los agregados de la macro desconocen la complejidad de la elección indi-
vidual.
La aplicación de la teoría de juegos a la macro no resuelve los inconvenien-
tes señalados por Buchanan. Primero, porque los jugadores actúan con la misma
lógica del agente representativo. El gobierno, o el sindicato, se presentan como
si cada uno fuera un bloque monolítico. Y, adicionalmente, porque estos agentes
buscan incidir sobre variables, como los salarios o el empleo, que en términos de
Buchanan, “(...) no están sujetas, directa o indirectamente, a la elección”.
Es interesante constatar que la microfundamentación también ha sido criticada
por autores, como Solow, que no están preocupados por la elección social. Para
Solow, la microfundamentación busca “(...) construir modelos macroeconómicos
sobre bases walrasianas” (Solow, 1989:29). Pero la dificultad con estos procedi-
mientos radica en que “(...) la teoría walrasiana del equilibrio general comienza
dejando de lado los problemas que hacen que la macroeconomía sea interesante”
(Solow, 1989:29). Al pretender microfundamentar la macro se parte de la idea de
que la micro y la macro tienen preocupaciones similares. Solow no está de acuer-
do con este postulado, ya que la macro analiza problemas que no son relevantes
para la micro y, por consiguiente, no pueden ser microfundamentados. En lugar
de microfundamentar la macro, Solow considera que es indispensable prestarle
atención a la “(...) macrofundamentación de la microeconomía” (Solow, 1989:32).
La especificidad de los fenómenos micro depende del contexto en el cual operan.
Por tanto, la micro es incomprensible por fuera del espacio que determina la par-
ticularidad de los procesos microeconómicos. Para estudiar el comportamiento de
las firmas, diría Solow, es indispensable entender los factores estructurales que
condicionan las decisiones de la unidad productiva.
Estos comentarios de Solow son interesantes porque el autor siempre ha sido
considerado como uno de los principales exponentes del pensamiento neoclásico.
Solow, al igual que Keynes (1936), critica el simplismo de la lógica agregativa
basada en el agente representativo. Los autores destacan la especificidad de las
relaciones macro. Sin desconocer la crítica de Buchanan a la macro, las reflexiones
de Keynes sobre las convenciones y la idea de Solow de macrofundamentar la
micro, abren espacios en los que cabrían algunas de las apreciaciones de Buchanan
sobre el ordenamiento constitucional: Las reglas que se derivan de la Constitución
condicionan el comportamiento de los individuos.

46
Una vieja preocupación que sigue sin resolverse
La nueva macroeconomía clásica se ha quedado corta en dos sentidos. Pri-
mero, no ha sido capaz de involucrar la elección colectiva. Y, segundo, tampoco
ha logrado asimilar las ampliaciones que ha realizado la micro en el terreno de la
elección individual: La macro continúa haciendo abstracción de la moneda.
No obstante la preferencia de la macro por la elección individual, resulta
inevitable que en el campo del bienestar y de la economía pública se explicite
algún criterio de compensación o una regla de elección. La macroeconomía clásica
acepta que el gasto público, los impuestos, los subsidios, la inflación, y muchas
otras variables macro, tienen claros impactos redistributivos. Pero al desconocer
la elección social, la macro no puede explicar por qué la sociedad prefiere un tipo
de compensación a otra. Para evitar esta pregunta ética fundamental, la nueva
macroeconomía clásica busca minimizar los impactos distributivos. De ahí nace,
entre otras, la pretensión de que el sistema tributario sea neutro.
El corazón del problema de la elección social ya había sido planteado por
Vickrey en el 45:
Desde el punto de vista teórico, la aproximación a la medición de la utilidad
marginal a través de la “elección bajo riesgo” tiene la ventaja de que ofrece un
vínculo directo con las cuestiones relacionadas con la distribución del ingreso y
con la forma como se deben ir graduando los impuestos progresivos, especialmen-
te cuando estos problemas se plantean desde la perspectiva de la maximización
de la utilidad agregada. Si la utilidad se define como la cuantificación de la
expectativa matemática que maximiza la decisión individual bajo condiciones
de riesgo, entonces la maximización de la utilidad agregada del conjunto de la
población es equivalente a escoger la distribución del ingreso que tal individuo
escogería si se le preguntase de cuál de las variantes de la economía quisiese
llegar a ser miembro, asumiendo que una vez que seleccione una economía
particular con una distribución del ingreso dada, él tiene la misma probabilidad
de estar allí que cualquiera de sus miembros (Vickrey, 1945:24).

Obsérvese que el punto de partida de la reflexión de Vickrey es la utilidad


marginal y la elección bajo riesgo. Estos principios se inscriben en la línea definida
por Hicks (1935). Pero en el campo de la elección social, Vickrey va más lejos
que Hicks porque formula de manera explícita la conexión entre la maximización
de la decisión individual y la “maximización de la utilidad agregada”. Y, antes de
Harsanyi y de Rawls, Vickrey propone una regla que haría compatible la utilidad
individual y la utilidad social: Cada individuo elige una economía particular asu-
miendo que “él tiene la misma probabilidad de estar allí que cualquiera de sus
miembros”.

47
Pero dada la dificultad de conjugar la elección individual con la elección
social, el pensamiento ortodoxo, el más cercano al enfoque neowalrasiano, con-
tinúa minimizando la relevancia de la elección social y pretende seguir centrado
en la elección individual. Pese a su reticencia a entrar de lleno en el terreno de
la elección social, la teoría neoclásica ha tenido que reconocer que la pregunta
por la elección social no puede seguir postergándose. Y que, de alguna manera,
debe responderse.

48
Comentarios a “Elster para economistas”
de Salomón Kalmanovitz*

El pensamiento de Elster, como afirma Kalmanovitz, ayuda a ampliar la dis-


cusión en economía. Elster llama la atención sobre las limitaciones de la elección
racional. Algunas escuelas económicas han absolutizado la importancia de la ra-
zón, dejando de lado el impacto que tienen los deseos y las creencias en la acción
humana. Y además, han supuesto que la racionalidad opera en un contexto en el
que la información es completa. Esta forma de percibir la racionalidad ha marcado
el método de análisis de la llamada corriente principal. Pero cuando se mira el
panorama desde un horizonte más amplio, se observa que pese al desprecio de
la corriente principal las preocupaciones de Elster sí han estado presentes en el
pensamiento económico. Desde mediados de los años cuarenta, Simon (1945) ya
insistía en que la información es limitada y que la decisión de los empresarios no
depende solamente del cálculo racional. Al examinar la naturaleza jerárquica de la
empresa Coase (1937) muestra que las relaciones entre el gerente, los empleados
y los clientes no pueden ser entendidas a la luz de los mecanismos propios del
mercado. La información limitada de Simon y las reflexiones de Coase sobre las
jerarquías no caben en los patrones convencionales de la corriente principal de la
llamada teoría neoclásica. Si la información es limitada no hay forma de precisar las
condiciones de optimización bajo los lentes del cálculo racional. Elster nos invita

∗ Texto publicado en Economía Colombiana, N° 297, jul.-agosto. pp. 118-123.

49
a volver sobre estos tópicos recordándonos que su comprensión no es posible en
el marco estrecho de la economía. Es necesario hacer una lectura comprehensiva
de los problemas en la que intervengan el conjunto de ciencias sociales.
También comparto la invitación de Kalmanovitz a estudiar las potencialidades
analíticas del individualismo metodológico sin prejuicios. Buchanan y Tullock
(1962) recuerdan que el individualismo metodológico es compatible, tanto con el
egoísmo como con el altruismo. El individuo escoge una u otra alternativa. Ovejero
(1994) va en la misma dirección y considera que el individualismo metodológico
es un instrumento que no conduce a una opción moral específica47. A continuación
examino cada uno de los puntos mencionados por Kalmanovitz.

La racionalidad
Elster (1983) distingue entre la racionalidad en sentido estrecho y la racio-
nalidad en sentido amplio. La primera centra la atención en la consistencia. La
segunda va más allá de los requerimientos formales. Cada una de las dos formas de
racionalidad involucra las dimensiones individual y colectiva. La teoría económica
ha girado básicamente alrededor de la racionalidad en sentido estrecho, y en este
terreno el paso de la elección individual a la elección colectiva se ha reducido a
un problema de consistencia48. La economía ha dejado de lado los aspectos sus-
tantivos de la racionalidad amplia. No se ha preocupado por entender la naturaleza
de los deseos y de las creencias, ni la forma como inciden en la racionalidad. La
perspectiva amplia obliga a preguntarse por los aspectos históricos, sociológicos,
antropológicos, etc., que condicionan y moldean la elección racional. A la luz de
la racionalidad amplia pierden su razón de ser principios como la completitud, la
estabilidad intertemporal de las preferencias, y la transitividad. La racionalidad
amplia abre un mundo en el que las situaciones óptimas son la excepción.

47. “Del mismo modo que se puede hacer uso del mismo instrumento matemático en una pieza
explicativa y en una normativa, sin que nadie piense que, por ello, el instrumento matemático en
cuestión está subordinado a creencias teóricas o éticas, el individualismo metodológico, en tanto
instrumento analítico, no supone ninguna doctrina moral. El individualismo metodológico puede
servir tanto para formular el altruismo, cuando el individuo siente como propio el bienestar de
los demás, como el egoísmo, la doctrina ética que sostiene que el único criterio de valoración
moral es la obligación de promover el bienestar propio. Sin embargo, es independiente de cada
una de esas teorías morales. Sencillamente, es una herramienta que ayuda a su formulación
clara” (Ovejero, 1994:213).
48. La paradoja de Condorcet expresa bien la inconsistencia entre la elección individual y la co-
lectiva. Mientras la primera cumple con los principios de la transitividad, la segunda no. La
inconsistencia entre las elecciones individual y colectiva es el punto de partida de los teoremas
de imposibilidad de Arrow (1951).

50
La teoría de juegos permite poner en evidencia las limitaciones del ejercicio
racional. El caso de los miembros de una pareja que tienen gustos distintos es
suficiente para ilustrar las complejidades de las interacciones sociales. Si él pre-
fiere la ópera y ella el cine, pero ambos quieren estar juntos, la pareja enfrenta
una situación insoluble en el espacio de la optimización racional. Cualquier alter-
nativa es subóptima porque en la ópera o en el cine, alguno de los dos no estará
completamente satisfecho.
La consistencia intertemporal de las preferencias, dice Elster, tampoco se
mantiene. La corriente principal en economía, muy inspirada por Barro (1974),
afirma que las preferencias no se modifican a lo largo del tiempo. Y como en los
modelos intergeneracionales el período dura 25 años, supone Barro que durante
este lapso de tiempo las preferencias no cambian. El joven que el primer día de su
trabajo decidió ahorrar el 20% de su ingreso en un fondo de pensiones, mantiene
este porcentaje durante los 25 años de su vida productiva. Este supuesto de Barro
ha sido criticado duramente por autores keynesianos como Tobin (1980), quien
considera que las personas tienen horizontes de corto plazo y, fácilmente, modi-
fican sus preferencias. Shackle (1961) va más lejos. Muestra que la consistencia
intertemporal no es posible porque segundo a segundo los individuos reconstruyen
sus imaginarios. Elster ilustra muy bien la forma como el don Juan modifica las
estrategias de conquista a medida que va percibiendo las reacciones de la mujer
amada. Hicks (1985) se coloca en una posición intermedia. Sostiene que las per-
sonas son consistentes durante un día, y propone que el período de análisis de la
teoría económica sea el día.
Kalmanovitz se refiere a Uvas amargas (Elster 1983) y a Ulises y las sirenas
(Elster 1979). No estoy de acuerdo con Kalmanovitz cuando afirma que de acuerdo
con el fenómeno de Uvas amargas la persona se “autoengaña”. El mecanismo
de uvas amargas es de otra naturaleza: La persona reduce el espacio de elección
eliminando las opciones que no son factibles. La familia de clase media que de-
sea comprar un nuevo apartamento, no consulta las opciones que se ofrecen en
el centro de París o de Londres. Únicamente incluye en su conjunto de elección
las alternativas posibles, y ello no significa que se autoengañe. La zorra se aleja
porque comienza a ver que, efectivamente, las uvas están verdes. El fenómeno de
uvas amargas puede sintetizarse así: Dado que el individuo no puede modificar
las restricciones reduce el conjunto de elección eliminando las opciones que no
son posibles. Y como las alternativas imposibles están por fuera del conjunto no
pueden ser preferidas a las opciones factibles. El mecanismo de Ulises es de una
naturaleza diferente: Dado que no puede cambiar las preferencias, modifica las
restricciones. Ulises les pide a los marinos que lo amarren al mástil porque sabe
que el canto de las sirenas es irresistible.

51
Las normas sociales
Las normas sociales tienen sentido desde la perspectiva de Ulises. Puesto que
en determinadas condiciones el individuo difícilmente modifica las preferencias,
la sociedad tiene que fijar normas. El equilibrio de poderes y las restricciones
constitucionales evitan que algunos individuos caigan en la tentación de imponerle
sus preferencias al resto de la sociedad.
Puesto que la presencia del otro modifica la elección individual, Sen (1970b)
considera que no es posible encontrar un liberal paretiano49. En primer lugar
porque, así lo quiera, el liberal no puede desconocer la presencia del otro. Y ade-
más, porque cada persona juzga el óptimo paretiano en interacción con el otro50.
La consistencia falla en presencia del otro. Esta idea es muy clara en un “viejo”
institucionalista como Commons (1934). El autor introduce dos categorías: Per-
sonalidad institucionalizada y razonabilidad. La decisión individual está mediada
por las normas. Y en presencia del otro el comportamiento no es racional sino
razonable. En el mundo de lo razonable los equilibrios son subóptimos51.
Aunque Kalmanovitz muestra acertadamente que las normas pueden tener
efectos sociales negativos, no explica por qué razón la sociedad construye reglas
que finalmente no son convenientes. Desde la mirada de Elster, las normas inade-
cuadas podrían estar relacionadas con una falla en la intencionalidad: Queriendo
ir desde A hacia B la sociedad llega a C. Las normas persiguen unos objetivos que
finalmente no se alcanza. Y es probable que ello suceda porque la propia norma
no permite que, efectivamente, se pueda ir de A a B.

Constituciones y desempeño económico


Los aspectos constitucionales, tal y como lo señala Kalmanovitz, presentan
diversos grados de formalidad. Las constituciones son relevante no son por su
nivel de formalidad, sino por su capacidad de contribuir al ordenamiento de la
sociedad. La constitución toma formas muy diversas. Para Buchanan y Tullock
(1962) la constitución puede ser el prólogo de un libro en el que el compilador
define la regla básica que aceptan los autores que participan en la edición: Escribir

49. Sen (1997) muestra de manera formal las implicaciones que tiene en la elección individual la
presencia del otro. Sin el otro, el individuo i podría preferir x a z (x Pi z). Pero si la persona j
está presente, la decisión de i cambia radicalmente y ahora prefiere z a x (z Pji x). Pji significa
la elección de i en presencia de j.
50. El óptimo de Pareto se alcanza cuando el aumento del bienestar de un individuo implica una
disminución del bienestar de la otra persona.
51. Los equilibrios subóptimos de Nash ayudan a formalizar este tipo de situaciones. Ver, por
ejemplo, Nash (1953).

52
sobre el tema Z. A los colaboradores se les deja total libertad de opinión y tan
sólo se les pide que opinen sobre el asunto Z. Ahora, si alguien considera que no
puede hablar de la cuestión Z sencillamente queda por fuera de la edición. Las
constituciones breves que explicitan claramente las normas mínimas, continúan
Buchanan y Tullock, ganan adeptos más fácilmente que las constituciones largas
y ambiciosas, que buscan prefigurar el tipo ideal de sociedad. El reto es encon-
trar una dinámica procedimental que logre conjugar de la mejor manera posible
la eficiencia con la seguridad. A partir de Elster, Kalmanovitz reconoce que no
hay ninguna fórmula que permita encontrar la dosis adecuada entre eficiencia y
seguridad. Vickrey (1945) muestra que hay una tensión permanente entre libertad
e igualdad. En palabras de Kalmanovitz diríamos que la libertad es compatible
con la eficiencia, mientras que la igualdad tiene relación con la seguridad. En
virtud de la inconsistencia intertemporal, las constituciones no son eternas. Bien
sea porque la interpretación de la norma cambia a lo largo del tiempo. O bien
sea porque la regla se modifica. Cada sociedad va diseñando la combinación de
libertad e igualdad que juzga más conveniente52. Este ejercicio de redefinición de
la inclinación de la balanza se realiza de manera adecuada si existen los controles
y los contrapesos adecuados.
Además de la tensión entre eficiencia y seguridad, Kalmanovitz pone en
evidencia la tensión entre la formulación ideal de la norma y su aplicabilidad. No
basta con definir la norma adecuada. Es necesario, además, que la norma pueda
ponerse en práctica.

Funcionalismo e independencia del Banco de la República


Kalmanovitz analiza la independencia del banco central a la luz de los con-
troles y de los contrapesos institucionales. Y muestra que la autonomía del banco
es legítima si otros poderes tienen la posibilidad de cambiar a los miembros de
la Junta, o de modificar la ley que regula el funcionamiento del banco central.
Estoy de acuerdo con Kalmanovitz en que la existencia de contrapesos efectivos
es una garantía necesaria para evitar arbitrariedades. Pero dicha condición no es
suficiente. A pesar de que Kalmanovitz incluye una cita de Elster en la que éste
explicita con claridad la intencionalidad del banco central, termina dándole más

52. Fortman (2001) muestra que el derecho se va construyendo lentamente, de manera difícil y pe-
nosa. Y en este proceso juegan un papel central la participación y la discusión de la ciudadanía.
Fortman explicita las dificultades inherentes a la convergencia entre, de un lado, los derechos
universales y, del otro, las posibilidades de que cada una de las personas pueda llevar una vida
digna. Sobre la construcción de la ley en el pensamiento de Fortman, ver González (2002).

53
importancia a los contrapesos institucionales que a la propia intencionalidad el
banco. Así que el juicio sobre la independencia del banco central debe realizarse
a dos niveles. El primero tiene que ver con la intencionalidad y el segundo con la
institucionalidad y los contrapesos.
En el primer capítulo de Ulises y las Sirenas, Elster (1979) critica la preten-
sión que han tenido las ciencias sociales de recurrir a la biología. En el mundo
animal predomina la lógica funcionalista que se manifiesta en la búsqueda de
máximos locales. En cambio, los seres humanos actúan guiados por una lógica
intencional que se expresa en la búsqueda de máximos globales. En los noventa
el Banco de la República obró con una lógica más funcional que intencional. La
reducción de la inflación (el máximo local) fue el criterio determinante de su
acción. En su afán por conseguir este máximo local, el Banco de la República no
vio el máximo global (empleo y bienestar de la población). Kalmanovitz afirma,
sin demostrarlo, que el régimen de meta de inflación resuelve el conflicto entre
objetivos y medios. Lo sucedido en los noventa (baja inflación a costa de alto
desempleo) indicaría, más bien, que en las decisiones de la autoridad monetaria
predominó la visión funcionalista de corto plazo, y ello impidió que la sociedad
avanzara hacia el máximo global.
La argumentación de Kalmanovitz está basada en un silogismo que tiene
fallas. La premisa uno sería: Las sociedades con contrapesos institucionales tie-
nen la capacidad de sancionar a quienes se equivocan. La premisa dos sería: En
Colombia existen contrapesos institucionales a la autonomía del banco central.
Y la conclusión sería: Puesto que los contrapesos no han actuado en contra del
banco central, sus decisiones han sido buenas. Estoy de acuerdo con la premisa
uno. No comparto la premisa dos, ya que en la práctica en Colombia no existen
contrapesos institucionales a la autonomía del banco central. Y si la premisa dos
es falsa la conclusión también.
En el país todavía no se ha desarrollado un contrapeso institucional que tenga
la fuerza suficiente para evaluar y pedir cuentas a los banqueros centrales. En gra-
cia de la discusión podría aceptar que la norma es suficientemente buena, y que
ya existen los mecanismos legales que se requerirían para que tales contrapesos
actuaran. Pero aún así, ni el Congreso, ni la sociedad encuentran los medios para
ejercer un contrapeso real al Banco de la República. Y retomando a Fortman (2001),
la construcción de la ley y la definición de las condiciones de su exigibilidad es
un proceso “laborioso” y doloroso.
Y el Banco de la República todavía no tiene un contrapeso institucional efectivo
porque hábilmente justifica su gestión con escenarios contrafactuales, que son la
manifestación de lo que Elster llama la falacia intelectual del subproducto. Cuando
pretendemos ir desde A hacia B fácilmente terminamos en C. El resultado (C)

54
es un subproducto. Llegar a C sin quererlo es la falacia moral del subproducto.
Y una vez que la persona está en C trata de reconstruir racionalmente el camino
que la llevó de A a C. Esta reconstrucción racional es la falacia intelectual del
subproducto. Cuando por causa de la política monetaria la economía termina en
C y no en B, la afirmación típica (falacia intelectual) del Banco de la República
es: gracias a que actuamos sobre A evitamos caer en una situación peor que C. Y
frente a este argumento contrafactual y falaz, no hay réplica posible. Cualquier
contra-argumento sería igualmente contrafactual y falaz. Y aunque entre dos ar-
gumentos contrafactuales siempre puede decirse que uno es más plausible que el
otro, la lógica demostrativa es tan débil que no alcanza a configurar un contrapeso
institucional. Para salir de este callejón se requiere ir más allá de la argumentación
contrafactual. Y ello es posible si se le abre espacio a los deseos y a las creencias. El
contrapeso institucional al Banco de la República se construye, fundamentalmente,
en la esfera política. Primero, porque el espacio de la técnica es muy limitado y
termina ahogándose en argumentaciones y contra-argumentaciones de naturaleza
contrafactual. Y segundo, porque en la política se manifiestan con toda su fuerza
los deseos y las pasiones. Y desde esta perspectiva, “Elster para economistas”
debería ser, ante todo, un llamado a los economistas para que volvamos a darle a
la lucha política la importancia que merece.

55
56
La dimensión de lo razonable en la micro
de William Vickrey (1914-1996)*

Hace más de dos años recibí una carta del Secretario Perpetuo de la Acade-
mia Colombiana de Ciencias Económicas, Raúl Alameda, comunicándome que
había sido elegido como miembro correspondiente, e invitándome a presentar un
ensayo en el que “trate el tema de ciencias económicas de su preferencia”. Por
aquellos días había leído dos trabajos de Vickrey (1996) que me llamaron mucho
la atención. El primero, Quince falacias funestas del fundamentalismo financiero.
Disertación sobre la economía de la demanda; y el segundo, Measuring marginal
utility by reactions to risk (Vickrey, 1945). La lectura de ambos textos me llenó
de inquietudes. Vickrey parecía contradictorio. Por un lado, Quince Falacias... es
un artículo que toca aspectos macroeconómicos de una forma heterodoxa, es un
crítico radical de las falacias que han guiado la política económica en los años
noventa. Y de otra parte, Measuring Marginal... es un texto micro, elaborado de
una manera cuidadosa y rigurosa y, aparentemente, ortodoxo. A medida que fui
conociendo más de cerca la obra de Vickrey crecía mi entusiasmo por su pensa-
miento. Desde que recibí la carta de Raúl Alameda tuve claro que el trabajo de
ingreso a la Academia debería ser sobre Vickrey, pero necesité más tiempo del
previsto inicialmente para organizar algunas ideas. En dos seminarios de la Facultad

∗ Texto publicado en “The Dimension of the Reasonable in the Microeconomics of William


Vickrey”, Colombian Economic Journal, vol. 2, no. 1, 2004, pp. 45-80.

57
de Economía de la Universidad Nacional, tuve la fortuna de contar con un grupo
de estudiantes, que me acompañaron en la lectura del autor.
El 8 de octubre de 1996 la Academia Sueca anunció a los ganadores del premio
Nóbel: James Mirrlees y William Vickrey. Tres días después, el 11 de octubre,
Vickrey moría de un infarto mientras conducía su automóvil. Estas páginas son
un homenaje a Vickrey y, sobre todo, la expresión de mi asombro por la forma
como el autor muestra que los postulados básicos de la micro tienen implicaciones
normativas sustantivas. Discutiré cuál es la naturaleza y las consecuencias que se
siguen de esta aproximación metodológica. Agradezco la invitación de la Acade-
mia Colombiana de Ciencias Económicas, y espero que mi lectura de la obra de
Vickrey no demerite la majestad de su pensamiento.
Quince Falacias... es un artículo muy crítico de los principios de la macro-
economía neoclásica, es muy duro contra los programas de estabilización y, sobre
todo, es de un espíritu profundamente keynesiano. Tan keynesiano que llevó a
Paul Davidson, el editor del Journal of Post Keynesian Economics, a considerar
a Vickrey como un preclaro poskeynesiano. Davidson matricula a Vickrey en su
escuela, que es la más heterodoxa de las vertientes del pensamiento keynesiano53.
Para Davidson el keynesianismo de Vickrey se refleja claramente en un artículo,
A Trans-Keynesian Manifesto - Thoughts about an Asset-Based Macroeconomics
(Vickrey, 1997), que va en la misma dirección de las Quince Falacias... Incluso,
varios párrafos son idénticos. En A Trans-Keynesian..., Vickrey comienza diciendo
que en lugar de poskeynesianismo, o nuevo keynesianismo, etc., debería hablarse
mejor de trans-keynesianismo, porque esta noción pone en evidencia la presencia
permanente de Keynes. La reflexión keynesiana dice Vickrey sigue permeando
el análisis macroeconómico. ¡Keynes no ha pasado! Y gracias a sus políticas
macroeconómicas será posible alcanzar el pleno empleo. A comienzos de los
años noventa decía que la tarea urgente de los economistas es luchar contra el
desempleo (Vickrey, 1993).
Recuerda Canova (1997) que para Vickrey es inadmisible cualquier nivel de
desempleo estructural. El desempleo masivo contribuye a generar “patologías
sociales” como pobreza, falta de vivienda, crimen, consumo de droga, divorcio,
violencia doméstica, hogares destruidos, luchas raciales y religiosas, desprecio de
oportunidades educativas. Rechaza los intentos que se hacen desde la micro para
combatir el desempleo. Tales medidas serían similares a “mover a los individuos
seleccionados al comienzo de la cola”. No solucionan ningún problema funda-
mental, ya que el primero de la cola sigue tan desempleado como el último. Las

53. En una breve reseña que hace Davidson (1997:493) de la obra de Vickrey muestra que su visión
de la economía se aleja de la del “saber convencional de la corriente principal”.

58
respuestas al desempleo deben plantearse desde la perspectiva macro. Vickrey
(1996) critica el Nairu (tasa de desempleo que no acelera la inflación)54 porque
lleva implícito un mensaje de impotencia. Una vez que la economía ha alcanzado
la tasa de desempleo compatible con el Nairu no hay nada que hacer porque cual-
quier intento de reducir la tasa de desempleo acelera la inflación. Esta pasividad
de la política económica es inaceptable porque menosprecia la difícil situación de
las personas que no tienen empleo. Detrás de un Nairu, por ejemplo, del 4% hay
miles de familias que viven los dramas causados por el desempleo. Y frente a esta
situación el gobierno no puede negarse a actuar con el argumento de que cualquier
medida que tome para reducir el desempleo es de naturaleza inflacionaria.
En lugar de permanecer a la expectativa, la política económica debe imaginar
mecanismos que reduzcan la tasa de desempleo más allá del Nairu. El objetivo final
de la política económica tiene que ser el pleno empleo. Para lograr este propósito
es necesario recurrir a políticas de naturaleza keynesiana. Vickrey considera que
el déficit es un instrumento fundamental de la política económica. Rechaza la
forma como en los últimos años se ha absolutizado la búsqueda del equilibrio de
las finanzas públicas. La política fiscal debería ser un instrumento al servicio del
pleno empleo. Como alternativa al Nairu, Vickrey (1966) propone el Nairru, o la
tasa de reducción del desempleo que no acelera la inflación. Se trata de disminuir
el desempleo a un ritmo suave de tal manera que no acelere la dinámica de los
precios. En su opinión “no hay nada” que impida bajar gradualmente el desempleo
a niveles inferiores al 2%. La tasa correspondiente al Nairru no puede determinarse
a priori. Depende del estado de la distribución, del exceso de capacidad instalada,
especialmente en las industrias productoras de bienes de capital, del nivel educativo
y del entrenamiento de la población desempleada, del grado de optimismo o de
pesimismo, etc. Obviamente, reconoce Vickrey, la tarea será más difícil a medida
que la población se va acercando al pleno empleo.
El Nairru es un camino esperanzador porque ofrece soluciones y evita el sino
trágico anunciado por el Nairu. Por lo menos el Nairru invita a los economistas
a que sean imaginativos. La política fiscal es uno de los instrumentos privilegia-
dos con los que cuenta el gobierno para estimular el empleo. Y por esta razón el
tamaño del déficit debe juzgarse a la luz de los objetivos de pleno empleo. La
consecución del equilibrio fiscal no puede ser un principio absoluto. El déficit
debe ser considerado un medio para otros propósitos. Y el objetivo último, insiste
Vickrey, tiene que ser el pleno empleo. Los logros de la política fiscal tienen que
juzgarse a la luz de sus éxitos en el empleo y la producción.

54. Un nivel de desempleo inferior al Nairu únicamente podría alcanzarse si se acelera la tasa de
inflación.

59
Para hacer compatible la lucha contra el desempleo y el control de la inflación,
Vickrey (1986, 1992c) propone, entre otras medidas, el Plan de Mercado Anti-
Inflacionario (Market Anti-inflation Plan –MAP–). La idea original es de Abba
Lerner y David Colander. Se trata de crear un mercado en el que las empresas
puedan negociar sus derechos de aumentar los precios. Una vez fijada la meta de
inflación agregada, la autoridad monetaria le otorga un derecho a cada empresa
para subir los precios hasta determinado nivel. Y esta opción puede ser negocia-
da en el mercado55. Los acuerdos entre las empresas contrarrestan la apariencia
impersonal de la inflación. Quienes participan en el MAP son corresponsables
del aumento de los precios. Las empresas que no respeten el precio límite deben
pagar un impuesto56.
El análisis micro de Vickrey, que trata de llevar la argumentación neoclásica
hasta sus últimas consecuencias, exige un principio de razonabilidad que coloca
el análisis en un campo distinto al de la lógica racional propia de la teoría con-
vencional. Este distanciamiento es reiterativo. Se evidencia cuando el autor trata
temas tan disímiles, como la función de utilidad (Vickrey, 1945, 1960, 1961c), la
eficiencia y la fijación de tarifas a partir del costo marginal57, la determinación de
peajes para túneles y autopistas (Vickrey, 1952, 1955, 1963b), la progresividad y la
eficiencia del sistema tributario58, las finanzas públicas59, los sistemas electorales
(Vickrey, (1961b), los mecanismos de subasta (Vickrey, 1961, 1962), la naturaleza
de la ciudad como firma60, el método en la economía61. Así que lo razonable es un
elemento constitutivo de la obra microeconómica de Vickrey. En el campo ético
ello significa que la teoría micro tiene que hacerse la pregunta normativa desde
sus fundamentos. Y de allí se deriva una consecuencia práctica que tiene enormes
implicaciones: No es legítima la distinción maniquea que hace Robbins (1932)
entre el economista como científico y el economista como ciudadano.

55. Es un mecanismo similar al que se utiliza con los cupos o derechos a la contaminación.
56. En opinión de Canova (1997:104), este tributo sería comparable al impuesto de Tobin a las
transacciones financieras internacionales. En ambos casos el principal objetivo del impuesto es
la estabilización. El MAP reduce la volatilidad de los precios y el impuesto de Tobin frena la
especulación financiera y contribuye a estabilizar la tasa de cambio.
57. Jorgenson, Vickrey, Koopmans y Samuelson (1964), Vickrey (1948c, 1955b, 1958, 1961, 1961b,
1961c, 1961d, 1969, 1971, 1972, 1973, 1985, 1987).
58. Vickrey (1939, 1943, 1944, 1944b, 1945, 1945b, 1945c, 1945d, 1945e, 1947, 1947b, 1948,
1948b, 1948c, 1949b, 1950, 1954c. 1955c, 1957, 1968, 1972, 1972b, 1991, 1992). Entre los
comentarios a Vickrey (1947) se destacan: Davidson (1997), Due (1947), Groves (1947), Hicks
(1948), Jorgenson, Vickrey, Koopmans y Samuelson (1964).
59. Salant, Spahr, Vickrey y Groves (1948), Vickrey (1948, 1949, 1961b, 1961d, 1962b, 1962c,
1966, 1973b, 1992b).
60. Vickrey (1958, 1959, 1960, 1962, 1962b, 1962c, 1963, 1963b, 1969, 1969b, 1970, 1973, 1973b, 1977).
61. Vickrey (1950, 1951, 1952, 1954, 1954b, 1955, 1995b, 1964, 1964b, 1964c)

60
La macro de Vickrey conduce a la heterodoxia poskeynesiana62, y la mi-
cro a la explicitación de lo razonable que, a la luz de la teoría convencional, es
otra heterodoxia. El uso de las categorías micro y macroeconomía no es el más
adecuado. Vickrey (1964, 1964b) prefiere hablar de microestática, metaestática
y macroeconomía. No profundizo en la discusión que plantea el autor sobre el
significado de estos conceptos y, por simplicidad, continuaré utilizando los tér-
minos micro y macro, aceptando de antemano que cualquier línea divisoria que
se pretenda establecer entre ambos es arbitraria.
Drèze y Arnott (1994) destacan tres cualidades del pensamiento de Vickrey:
Anticipación, originalidad y clasicismo. Ya desde la década de los cuarenta el autor
se anticipa en el sentido de que utiliza conceptos y problemas que sólo años más
tarde se incluirán en el corpus de la teoría económica. Algunas de sus preocupa-
ciones iniciales fueron: Los resultados subóptimos, o los segundos mejores, la
fijación de tarifas a la hora pico, la polución, la congestión en los servicios públicos,
la fijación de tarifas cuando los costos marginales son decrecientes, etc. Vickrey
también anticipa el principio de equiprobabilidad de Harsanyi (1953, 1955), y el
concepto de “posición original” de Rawls (1971b)63. Vickrey es original porque
es independiente y creativo. Va más allá de los límites convencionales. Pone en
evidencia las fronteras de los análisis usuales. El clasicismo tiene que ver con
la forma elegante y rigurosa como se presentan los diversos problemas. Es una
búsqueda minuciosa de la perfección. La obra de Vickrey está llena de pequeños
detalles. Se asemeja a la pintura miniaturista. No quiere dejar nada suelto. No se
contenta con esbozar los problemas porque todo lo lleva hasta sus últimas conse-
cuencias. No se queda a mitad de camino.
No obstante su rigurosidad y su afán perfeccionista, Vickrey reconoce los
límites del mercado y de la lógica de los precios. En palabras de Drèze y Arnott
(1994:7), Vickrey “no es un prisionero del paradigma competitivo”. Los instru-
mentos analíticos de la economía siempre se quedan cortos y las decisiones rele-
vantes tienen que tomarse en la esfera política. La decisión colectiva entre óptimos
paretianos es de naturaleza política. Los modelos económicos son insuficientes
para determinar, por ejemplo, el monto del subsidio y los grupos beneficiarios.

62. Además de los textos macro ya mencionados, ver Vickrey (1959, 1986, 1991, 1992, 1992b,
1992c,1993, 1993b).
63. “Vickrey ocupa un lugar privilegiado entre los economistas contemporáneos. Ya desde 1945
había esbozado las bases del utilitarismo moderno que posteriormente sería desarrollado por
Harsanyi (1953, 1955). Introdujo el concepto de “posición original” (subyacente al de “velo
de ignorancia”), que es central para la construcción de la Teoría de la Justicia (Rawls, 1971)”
(Drèze y Arnott, 1994:5).

61
Tampoco hay manera de saber por fuera del espacio político, cuál es el valor de
la compensación que debe dársele a las familias pobres que están obligadas a
utilizar los servicios públicos a las horas pico, cuando las tarifas son más altas.
Estas decisiones, dice Vickrey, tienen que ser tomada por el Concejo de la ciu-
dad de New York. Este llamado insistente a la esfera política es la mejor prueba
de que el sistema de Vickrey es abierto. El autor muestra, una y otra vez, que la
lógica económica se agota y que los problemas de la sociedad siempre terminan
resolviéndose en la esfera política.

La micro tiene implicaciones normativas sustantivas


Por su misma naturaleza, la micro de Vickrey, la microestática, es normativa.
Y para clarificar los términos de la discusión sin necesidad de entrar en los detalles
de la microestática, es pertinente afirmar que los temas que considera Vickrey en
microestática son cercanos a la microeconomía, tal y como la conocemos hoy en los
libros de texto (teoría del consumidor, teoría del productor, monopolio, economía
del bienestar, introducción a la teoría de juegos, etc.). El acercamiento de Vickrey
es interesante por dos razones. Primero, porque los problemas convencionales de
la micro los enfoca desde una óptica analítica más rica. Y segundo, porque la di-
mensión normativa aparece como una dimensión consustancial. A continuación me
refiero a este último aspecto. La reflexión micro es más interesante precisamente
porque incorpora los aspectos normativos.
Para ilustrar el significado de las implicaciones normativas sustantivas vale
la pena traer a colación la crítica que le hace Walras (1926:53) a la definición de
economía política propuesta por Smith (1776). En la Riqueza de las naciones,
Smith define dos objetivos de la economía política. El primero es “ofrecer un
ingreso pleno, o de subsistencia para la población”. Y el segundo, “garantizar
que el Estado, o la nación, dispongan de los recursos suficientes para suministrar
los servicios públicos”. La riqueza del pueblo y del soberano está garantizada
si ambos propósitos se cumplen. La definición de Smith es consecuencialista
porque los resultados importan más que el método. A Walras no le satisface la
definición de Smith porque no distingue los aspectos relacionados con la ciencia,
que corresponden a lo que Walras llama la “economía pura”, de los temas que
tienen que ver con la aplicación de los principios de la ciencia a la industria, o al
arte. La mezcla de la ciencia y el arte genera confusión. Para poder avanzar en la
comprensión de la naturaleza de la disciplina económica, Walras propone distin-
guir entre la ciencia, o la teoría pura; la industria, o el arte, que tiene que ver con
la transformación que hace el hombre de la naturaleza; y las instituciones, que se
refieren a las relaciones que establecen los hombres entre sí. Smith, dice Walras,

62
no se concentra en la comprensión de la naturaleza de la ciencia porque termina
definiendo “la ciencia por sus aplicaciones”.
En otras palabras, Smith se mueve en el campo de la teoría aplicada y no en el
de la teoría pura. La naturaleza de la ciencia no puede confundirse con sus resultados
prácticos. No es pertinente afirmar, por ejemplo, que la astronomía es la ciencia
que se encarga de la navegación de los barcos. Gracias a la astronomía los barcos
pueden orientarse mejor, pero la naturaleza de la astronomía no puede reducirse
a las técnicas de navegación. Tampoco tiene mucho sentido decir que el objeto de
la ingeniería es la construcción de puentes. El conocimiento científico, concluye
Walras, tiene que ver con los elementos puros y no con las aplicaciones.
La distinción walrasiana entre ciencia, arte e instituciones llevó a los autores
neowalrasianos a identificar el arte y las instituciones con la ética y la economía
pura con la neutralidad valorativa. Diferencio a Walras de sus seguidores neowal-
rasianos porque no hay una línea de continuidad64. Aunque Vickrey no entra en
la discusión walrasiana sobre la ciencia, el arte y las instituciones, esta distinción
facilita la comprensión de su búsqueda teórica. Desde la perspectiva de Walras es
claro que la mayoría de la obra de Vickrey correspondería a la ciencia pura. Pero a
diferencia de los neowalrasianos, Vickrey introduce la dimensión normativa en el
campo de la teoría pura. La ética no es un tema de la economía aplicada, sino que
es constitutiva de la economía pura. A partir del lenguaje de Walras podría decirse
que la micro de Vickrey es un intento por poner en evidencia la dimensión del otro
(las instituciones) desde la formulación de los teoremas básicos de la ciencia. En
otras palabras, para Vickrey la pregunta por el otro es consustancial a la economía
pura. El autor trata de llevar hasta sus últimas consecuencias las implicaciones
que se derivan del principio paretiano: La maximización del bienestar de cada
individuo no puede ir en contra del bienestar de los demás. Frecuentemente se
olvida que el postulado paretiano tiene en cuenta al otro. El punto de referencia
del bienestar de cada persona es el bienestar del otro.

Utilidad y elección
Después de discutir las características de la función de utilidad y de mostrar
sus limitaciones técnicas relacionadas con la homogeneidad, separabilidad e in-
dependencia, Vickrey (1945) piensa que es necesario introducir una función de
utilidad que incluya la probabilidad y el futuro. La función de utilidad convencional

64. Clower y Howitt (1995:31) muestran que los neowalrasianos cada vez se alejan más de los
planteamientos originales de Walras. Recuerdan, por ejemplo, que la imagen del subastador
del modelo de equilibrio no es de Walras.

63
no incorpora la probabilidad65. La función que propone Vickrey permite comparar
escenarios alternativos de bienestar en un contexto incierto.
En estas reflexiones el autor no cuestiona de manera explícita la noción de
utilidad66, aunque algunos de sus planteamientos dan pie para pensar que su per-
cepción de la utilidad se aleja de Bentham y del utilitarismo clásico67. Menciono
tres distanciamientos: i) Vickrey no es consecuencialista y cree en el contrato.
Bentham piensa lo contrario. Es consecuencialista porque le importan los resul-
tados y menosprecia la formalidad del contrato68. ii) El axioma fundamental de
Bentham, “la máxima felicidad para el mayor número” resulta de una agregación
por suma. Vickrey no propone agregar por suma sino elegir, bajo condiciones de
igual probabilidad, entre las sociedades alternativas. iii) Vickrey acepta la noción
de utilidad ordinal y no requiere, como Bentham, de la cardinalidad.
Vickrey tampoco pone en tela de juicio la percepción de la utilidad que tiene la
microeconomía contemporánea. Sus críticas tienen que ver con las características
técnicas y metodológicas de la función de utilidad, más que con la noción misma
de utilidad. El autor tiene el mérito de que desde una noción estrecha de la utilidad
logra mostrar aspectos éticos fundamentales como: La igualdad de oportunida-
des, la simpatía69, la tensión entre libertad y equidad. Al poner en evidencia estos
espacios Vickrey encuentra un camino para avanzar desde la elección individual
hacia la elección colectiva.
Sin necesidad de cuestionar la noción de utilidad, el autor explota las poten-
cialidades normativas de la microeconomía convencional. Asume todas las implica-
ciones que se derivan de la lógica procedimental. Vickrey no es consecuencialista.
Centra la atención en los aspectos deontológicos. Su pregunta fundamental no es
por lo bueno sino por lo correcto y lo justo. Para él la dimensión deontológica es
inherente y constitutiva de los teoremas económicos básicos. Si expresáramos esta
idea en las palabras de Walras diríamos que los postulados éticos subyacentes al
arte y a las instituciones, también son constitutivos de la economía pura.

65. En la maximización intertemporal de la función de utilidad diseñada por Samuelson (1937), hay
futuro pero no probabilidad ni incertidumbre.
66. Como sí lo hace, por ejemplo, Sen (1979, 1979b, 1985c), quien no acepta la visión subjetiva
del utilitarismo clásico. Sen diferencia tres niveles: welfare, well-being y agencia. El welfare
es la noción más cercana a la utilidad de Bentham, y es afín a nociones como placer, felicidad,
etc. El well-being tiene que ver con la concepción de simpatía de Smith (1759): Ponerse en los
zapatos de los demás. Y el estado superior, la agencia, el ser agente, significa decidir libremente,
aún en contra de la propia satisfacción.
67. Sobre el utilitarismo de Bentham, ver González (2003). Y sobre Mill, ver Pérez (2003).
68. Bentham (1776) no está de acuerdo con dedicarle demasiado tiempo a discutir las características
del contrato porque finalmente lo que cuenta son los resultados.
69. La simpatía es el sentimiento moral que lleva a cada persona a colocarse en los zapatos de los
otros (Smith, 1759:3).

64
El primer aspecto que destaca Vickrey en su examen de la función de utilidad
es la incertidumbre. El autor muestra que la reflexión sobre los estados futuros
alternativos no puede hacer abstracción de la relevancia del otro. Propone una
función de utilidad en la que se destacan dos dimensiones: El futuro y el otro.
Reproduzco un párrafo que ya es célebre,
Desde el punto de vista teórico, la aproximación a la medición de la utilidad
marginal a través de la “elección bajo riesgo” tiene la ventaja de que ofrece un
vínculo directo con las cuestiones relacionadas con la distribución del ingreso y
con la forma como se deben ir graduando los impuestos progresivos, especialmen-
te cuando estos problemas se plantean desde la perspectiva de la maximización
de la utilidad agregada. Si la utilidad se define como la cuantificación de la
expectativa matemática que maximiza la decisión individual bajo condiciones
de riesgo, entonces la maximización de la utilidad agregada del conjunto de la
población es equivalente a escoger la distribución del ingreso que tal individuo
escogería si se le preguntase de cuál de las variantes de la economía quisiese
llegar a ser miembro, asumiendo que una vez que seleccione una economía
particular con una distribución del ingreso dada, él tiene la misma probabilidad
de estar allí que cualquiera de sus miembros (Vickrey, 1945:25).

Vickrey conjuga el tiempo y la otredad de tal forma que logra desarrollar


simultáneamente tres aspectos sustantivos a la teoría de la utilidad: El riesgo, la
elección colectiva y la simpatía.

La simpatía y el colocarse en los zapatos de los otros


Para Smith (1759:5) la simpatía es el sentimiento moral que lleva a las per-
sonas a tratar de ponerse en los zapatos de los otros. Hay simpatía cuando se mira
el mundo desde la perspectiva del otro. El mayor nivel de la simpatía se identifica
con la máxima de la cristiandad “ama a los demás como a tí mismo”. Este ideal,
dice Smith, sigue siendo egoísta porque el amor a los demás se mide a partir
del amor a sí mismo. Hay un nivel superior, el de la magnanimidad, que se guía
por la regla “ámate a ti mismo como amas a los demás”. Como este sentimiento
moral es tan excepcional, Smith opta por construir una teoría económica que sea
compatible con la simpatía y el egoísmo impuro.
La simpatía de Smith llega hasta el punto de que la percepción que cada
individuo tiene de sí mismo depende de cómo se siente observado por los demás.
Así que mi visión de la mirada que los otros tienen sobre mí determina la propia
autoestima. De aquí se deriva una conclusión fundamental: Ni siquiera el egoísmo
puede entenderse sin la simpatía. Si la visión de mí mismo está influenciada por
la forma como me imagino que los otros me ven, el egoísmo está mediado por el
imaginario que tengo de la percepción que los otros tienen de mí.

65
No es extraño, dice Smith, que quien se ponga en los zapatos del otro tenga
sensaciones encontradas (admiración, envidia, etc.). La simpatía no se reduce al
sentimiento de aprecio por el otro. Es más complicada. Al tratar de comprender
la perspectiva del otro es necesario diferenciar: La motivación del acto, el acto
mismo, y sus consecuencias. La forma de juzgar cada una de estas dimensiones
es diferente. Puedo considerar, por ejemplo, que la motivación que impulsa a la
persona es buena, a pesar de que el acto sea reprochable. La buena voluntad del
agente no garantiza la bondad del acto. Las consecuencias, que pueden ser buenas
o malas, son independientes de la motivación de la acción y de las características
del acto. Smith es consciente de las complejidades inherentes a la simpatía, y
acepta que de todas maneras, la simpatía supone un ejercicio de la imaginación.
Puesto que nunca sabemos cuál es la percepción que el otro tiene del mundo, no
queda más remedio que imaginarla70. A pesar de que Vickrey no hace referencias
explícitas a la simpatía de Smith, su aproximación al otro tiene elementos comunes
con la de Smith.
El óptimo de Pareto obliga a hacerse la pregunta por el bienestar del otro y,
en este sentido, incorpora la simpatía. Con el ánimo de profundizar en la rela-
ción entre el óptimo de Pareto y la simpatía, traigo a colación los dos teoremas
del bienestar. El primero y el segundo teorema no son simétricos. Ambos son
de naturaleza cualitativamente diferentes. El primer teorema, directo, explicita
la relación que va del equilibrio de mercado al óptimo de Pareto. Y el segundo
teorema, inverso, va en la dirección contraria: Del óptimo de Pareto al equilibrio
de mercado. El análisis de los dos teoremas del bienestar puede hacerse desde tres
perspectivas. La primera aproximación, que correspondería al teorema directo, la
llamaré liberal. La segunda, que sigue la lógica del teorema inverso, es la revo-
lucionaria (Sen, 1993). Y la tercera, que desconoce las complejidades inherentes
a los dos teoremas del bienestar, la catalogaré de estrecha. Este último enfoque
supone que los teoremas son simétricos.
La aproximación liberal comienza afirmando que en un proceso de contrata-
ción, como el de la caja de Edgeworth, ninguno de los agentes necesita colocarse
en la situación del otro, porque bastaría con que cada persona revelara, a través
de las preferencias, su bienestar. Pero en la realidad el vínculo con el otro va más
allá de la simple constatación de las preferencias del otro. Y de alguna forma el
individuo termina poniéndose en la situación del otro. De ahí la imposibilidad
de que exista un liberal paretiano (Sen, 1970b, 1983b, 1992b). El conflicto po-
dría plantearse en estos términos: Aún en la formulación paretiana más sencilla

70. “Puesto que no podemos experimentar directamente lo que los otros hombres sienten, no lo-
gramos tener una idea de la forma como los hechos los afectan, pero sí podemos imaginarnos
lo que nosotros mismos podríamos sentir en una situación similar” (Smith, 1759:3).

66
el bienestar del liberal afecta el bienestar del otro. Si el liberalismo se llevara
hasta sus últimas consecuencias se caería en la dictadura, o en la imposición. Y
si se busca evitar estas formas de dominación, aún en el caso más simple, el del
liberalismo mínimo, debe contarse necesariamente con la posición del otro. La
opción liberal, por radical que sea, es incompatible con el óptimo de Pareto. El
liberalismo radical es impensable desde el óptimo de Pareto. La micro de Vickrey
es consecuente con el postulado paretiano y por ello coloca en primer lugar la
dimensión del otro.
El teorema inverso es revolucionario. Si el óptimo de Pareto es un equilibrio
de mercado, entonces es posible iniciar el proceso de contratación al interior de la
caja de Edgeworth con unas asignaciones de recursos que sean equitativas. Dado
que todos los óptimos de Pareto alternativos conducen al equilibrio de mercado,
el revolucionario escoge el que sea más equitativo. La polémica alrededor del
óptimo de Pareto y la distribución del ingreso adquirió relevancia en el debate
entre, de un lado, Lange y Taylor (1938) y, del otro, las ideas liberales defendidas
por autores como Hayek (1935). Haciendo eco de la argumentación de Lange y
Taylor, Sen (1993) ha retomado el segundo teorema del bienestar, diciendo que
puede ser considerado un verdadero manual del revolucionario, ya que implica
una reformulación sustantiva de las dotaciones iniciales71. Si cualquier óptimo de
Pareto es un equilibrio de mercado entonces, se preguntaría el revolucionario, ¿por
qué no iniciar el proceso de contratación a partir de un óptimo de Pareto que sea
más igualitario que otro? La discusión es apasionante porque la pregunta ética es
explícita, tal y como se observó en el debate propuesto por Lange y Taylor.
El acercamiento a Pareto desde la óptica liberal es más próximo al espíritu
y a la preocupación de Vickrey, que la discusión que se plantea alrededor de la
distribución del ingreso y del óptimo de Pareto, tal y como se desprendería del
segundo teorema del bienestar.
Las dos aproximaciones a los teoremas básicos del bienestar, ponen de mani-
fiesto la falta de completitud del principio paretiano. Los ordenamientos parciales
(incompletos) de Pareto tocan ambos teoremas pero desde énfasis diferentes. La
relación entre el equilibrio de mercado y el óptimo de Pareto obliga a pensar en la
relación con el otro, y en la medida en que se avanza desde el liberalismo mínimo
hacia la elección colectiva, se acentúan las imperfecciones que se desprenden de
los ordenamientos parciales.

71. Refiriéndose al “teorema inverso”: “Si queremos utilizar el equilibrio de mercado competitivo
para conseguir cualquier óptimo social, tenemos que disponer de la distribución inicial de re-
cursos correcta y, dependiendo de cómo de equitativos sean nuestros objetivos, tal cosa podría
exigir una reasignación total de las relaciones de propiedad de cualquier sistema de relaciones
que hayamos heredado históricamente. El “teorema inverso”, pues, pertenece a un “manual del
revolucionario” (Sen, 1993:127).

67
Desde la lógica de Vickrey el primer teorema es mucho más interesante que
el segundo. Acepta el principio paretiano pero muestra sus limitaciones. Busca
poner en evidencia las implicaciones que se derivan del óptimo de Pareto aún
desde la perspectiva del primer teorema del bienestar. Puesto que no es posible
que exista un liberal paretiano, ni siquiera en la versión más ortodoxa del óptimo
de Pareto puede hacerse abstracción de la utilidad del otro. Vickrey no construye
un teorema de imposibilidad, sino que prefiere expresar el problema en función
de la tensión entre liberalismo y equidad.
Vickrey hace un ejercicio en tres etapas. En la primera muestra que el equi-
librio de mercado que es óptimo de Pareto no puede concebirse sin el otro. Y en
la formación de los precios de equilibrio el impacto de la congestión debe ser
considerado de manera expresa. En la segunda etapa plantea el problema de la
elección entre óptimos de Pareto alternativos, y sin demasiados rodeos reconoce
que la decisión final es de naturaleza política. Y en la tercera etapa examina los
equilibrios subóptimos que se alcanzan por fuera del núcleo 72. Hay situaciones,
como las que se presentan cuando los costos marginales son decrecientes, en las
que no es posible determinar los precios de equilibrio73.
Vickrey (1962b) analiza el significado económico de la filantropía y las conse-
cuencias fiscales que se derivan de los subsidios y las exenciones que el gobierno
le otorga a instituciones como las iglesias. Con respecto a la filantropía, reitera que
en la vida real no opera el modelo rígido y “sin corazón” de la teoría del equilibrio
general. La filantropía es un elemento constitutivo de la organización social. Sin
ella la convivencia con los otros no sería “tolerable”. En este contexto las iglesias
cumplen una función importante porque sirven de vehículo a los sentimientos
filantrópicos. El autor considera que, en la medida de lo posible, deben evitarse
los subsidios y las exenciones. Estas transferencias no son convenientes. Lo ideal
sería que estas instituciones fueran financiadas por sus propios miembros. Es muy
fácil que las organizaciones filantrópicas abusen y, sobre todo, nunca es clara la
frontera que divide las actividades que el gobierno debe, o no, apoyar. Se pregun-
ta si es pertinente que el Estado destine recursos para el cementerio de perros,
para el grupo de alpinista amantes del Everest, para los discípulos de Sarasvati,
para las hermanas auxiliadoras del purgatorio, etc.74. El mecanismo de precios es
insuficiente para resolver los dilemas que plantean las situaciones que acabo de

72. Sobre el significado de los equilibrios por fuera del núcleo, ver Vernon Smith (1974).
73. El sistema de precios también opera de manera muy imperfecta en el caso de bienes como la
educación y la salud.
74. Los abusos son de muy diverso grado. Pueden ir desde el uso que hace una iglesia, sin ninguna
compensación, del parqueadero público ubicado en su vecindad, hasta acuerdos más complejos
como los que se presentan entre una religión específica y el Estado.

68
describir. En estos casos, por fuera del núcleo, los precios operan de manera muy
imperfecta y no queda más camino que recurrir a los acuerdos razonables.
Al examinar el comportamiento económico de los donantes deben considerarse
dos aspectos. Por un lado, la satisfacción que siente el donante. La contribución
voluntaria causa una satisfacción que es, por lo menos, igual a la que la persona
habría experimentado gastando el dinero de otra manera. Pero, adicionalmente,
el comportamiento del donante incentiva el sentimiento altruista de otros. La
donación de A mejora el estándar de vida de X, Y, Z. E, igualmente, estimula el
sentimiento altruista de B y C. Y se crea un círculo virtuoso porque las contribu-
ciones voluntarias de B y C confirman la bondad de la acción de A, quien mejora
su propia satisfacción. Inclusive, para forzar las contribuciones voluntarias de B
y C, el primer donante (A) puede exigir una contrapartida. Este mecanismo, de
interacciones positivas, puede ser contrarrestado por otro, de relaciones negativas,
que se deriva de la competencia ente A y B.
En la gráfica 1 se describe el comportamiento económico del donante. El
nivel de ingresos se representa sobre el eje horizontal. Los estados de ánimo del
donante pueden ser de empatía (E) o de rivalidad (R). En la parte superior de la
gráfica, la curva EA(Y) indica el bienestar que siente el donante A por la satisfac-
ción del beneficiario. La intensidad de la curva depende del temperamento de A.
En el extremo derecho se presenta una situación excepcional, que correspondería
a la actitud de un donante carismático, que se siente muy bien con la satisfacción
de los otros. Recordando a Smith, este nivel carismático podría ser alcanzado por
una persona muy rica animada por los sentimientos propios de la máxima de la
cristiandad, o de la magnanimidad.
La gráfica 1 muestra los sentimientos de rivalidad. La curva RA(Y) es más
pronunciada que EA(Y) pero con una varianza menor. Rápidamente cae a cero. La
empatía es un sentimiento positivo y la rivalidad negativa. De la diferencia entre
ambas resulta la curva de interacción neta NA(Y). Antes del punto A es positiva,
y después se vuelve negativa, dado el gran peso que tiene el sentimiento negativo
de rivalidad. La actitud carismática no alcanza a ser contrarrestada por la rivali-
dad, que en esos niveles ya es cero. La utilidad marginal del dinero UA(Y) sigue
la tendencia usual. A medida que el ingreso es mayor, la utilidad del dinero va
disminuyendo.
El balance final, o la utilidad marginal de las contribuciones MA(Y), se repre-
senta en la gráfica inferior. MA(Y) resulta de multiplicar NA(Y)*UA(Y). MA(Y),
dice Vickrey, incorpora un “efecto contagio” difícil de precisar. Puesto que en el
área que está a la izquierda de la línea vertical, la utilidad marginal del dinero es
mayor, la satisfacción del donante alcanza sus puntos máximos en V, W. Estos
niveles son superiores, incluso, a los que consigue el carismático (puntos K, L

69
a la derecha de la línea vertical). La persona carismática de nuestro ejemplo es
muy rica, y como la utilidad marginal del dinero que entrega es muy pequeña,
la satisfacción puede ser menor a la que experimenta un donante menos rico y
menos carismático.

Gráfica 1. El estatus económico del donante

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El nivel de ingresos (Y) se representa en el eje horizontal. A es el donante. La empatía de A es EA. La rivalidad es
RA. La interacción neta entre la empatía y la rivalidad es NA = EA-RA. La utilidad marginal del dinero para la persona
A es UA. El balance final, o la utilidad marginal de las contribuciones es MA = NA*UA.
Fuente: Vickrey (1962b:511).

70
El ejercicio realizado por Vickrey pretende mostrar que las motivaciones
que intervienen en la acción humana son de muy diversa índole. Y no obstante
su complejidad, deben ser una preocupación central del análisis económico. La
incidencia de la filantropía en la actividad económica puede pensarse por el lado
de los impuestos. Dependiendo de la legislación, en mayor o menor grado, la fi-
lantropía es un sustituto de los impuestos. Ya señalé algunos de los inconvenientes
que le ve Vickrey a una política gubernamental que incentive la filantropía. Pero
como el sentimiento humano de la filantropía es inevitable, la sociedad siempre
tendrá que convivir con donantes que actúan por motivos muy diversos (amor,
rivalidad, prestigio, ambición, etc.). Y aunque los costos de la filantropía pueden
ser muy altos, es imposible fijar el nivel óptimo de donaciones75.

El futuro para cada persona es incierto


Al proponer la función de utilidad con una perspectiva de futuro, Vickrey
vincula la elección colectiva con la necesidad de colocarse en los zapatos del otro.
Para resolver el conflicto entre las elecciones privada y colectiva el autor propone
avanzar por etapas. En un primer momento supone que cada persona tiene cono-
cimiento de las características de los mundos alternativos. Posteriormente, en un
segundo momento, el individuo imagina cuál puede ser su bienestar en cada uno
de los mundos posibles y escoge el mejor. En una tercera etapa la persona acepta
que la equiprobabilidad es la regla de juego fundamental: Cada individuo tiene
la misma probabilidad de ocupar cualquiera de los roles ofrecidos en el mundo
preferido. Y finalmente, en la cuarta etapa, se realiza un sorteo con el fin de de-
terminar cuál es la posición que cada quien ocupa en el mundo seleccionado.
Estas cuatro etapas se perciben mejor retomando la analogía que propone
Vickrey. Supóngase que del puerto de Nueva York parten, de manera simultánea,
barcos a diferentes islas. Para cada isla sale el barco una sola vez, así que no
hay posibilidad de regresar para cambiar de destino. Cada isla tiene característi-
cas particulares que los pasajeros conocen. Por ejemplo, la isla Aphrodita ofrece
condiciones que favorecen la vida de los amantes. En la isla Hércules se propicia
el desarrollo de las artes marciales. En la isla Zephyrus se desarrollan activida-
des que permiten conocer y aprovechar el comportamiento de los vientos. En la
isla Hermes hay condiciones favorables para los viajeros y comerciantes. Y así
sucesivamente.

75. Sería muy interesante, dice Buchanan (1994), que la sociedad no tuviera que pagar el costo de
los predicadores que son los principales promotores de los sentimientos de filantropía y de amor
a los demás. Y al igual que Vickrey, Buchanan tampoco logra precisar cuál puede ser el balance
óptimo entre los beneficios y los costos de la filantropía.

71
Los requisitos de la primera etapa se cumplen una vez que cada viajero co-
noce los detalles de los diferentes destinos. Todas las personas tienen información
completa sobre las características de cada isla. En un segundo momento, y una
vez que el individuo conoce la naturaleza de las distintas islas, trata de imaginarse
cuál sería su bienestar en cada uno de los posibles destinos. Y de acuerdo con su
percepción del bienestar aborda el barco que se dirige a la isla de su preferencia.
Una vez en el barco, y es la tercera etapa del proceso, se discuten las funciones
que garantizan la vida en la isla. Se llega a un primer acuerdo en el que se definen
las funciones y el número de personas necesarias para llevar a cabo la tarea. Por
ejemplo, diez se dedican a preparar la comida, cinco a hacer el aseo, tres a organi-
zar la infraestructura física, etc. Este ejercicio imaginativo es realizado con plena
conciencia de que habrá un sorteo, con equiprobabilidad, para determinar quien
desempeña cada oficio. Puesto que todas las personas tienen la misma probabi-
lidad de terminar realizando las tareas molestas, es muy factible que en el barco
se decida que tales actividades son rotatorias. La equiprobabilidad garantiza que
la forma de distribución de las tareas sea la más favorable a todos. Y finalmente,
es la cuarta etapa, se hace el sorteo.

Agregación y elección colectiva


En opinión de Arrow (1994:14), Drèze y Arnott (1994:5) la solución que pro-
pone Vickrey (1945:25) al problema de elección colectiva se anticipa al principio
de equiprobabilidad de Harsanyi (1953, 1955), y al velo de ignorancia de Rawls
(1971b). Antes de Rawls, Vickrey (1945) y Harsanyi (1953, 1955) ya habían for-
mulado acercamientos a la justicia como imparcialidad. Ambos autores identifican
la imparcialidad con la equiprobabilidad76. Harsanyi va más lejos que Vickrey y

76. “(...) un juicio de valor sobre la distribución del ingreso alcanza la mayor impersonalidad posible
si quien realiza dicho juicio escoge una distribución del ingreso específica, ignorando comple-
tamente cuál sería su posición relativa (y la de quienes están cerca de su corazón) en el sistema
elegido. Ello sería equivalente a si la persona tuviera exactamente la misma probabilidad de
obtener la primera posición (correspondiente al ingreso más alto), o la segunda, o la tercera,
etc., hasta la última posición (correspondiente al ingreso más bajo) disponible en el abanico de
alternativas” (Harsanyi, 1953: 434-435. Subrayado mío).
“En efecto, los postulados éticos propuestos en las secciones II y III —o sea los postulados
D, E y c— pueden ser considerados simplemente como una definición implícita de la clase de
actitud “imparcial” o “impersonal” que se requiera para hacer resaltar las preferencias “éti-
cas”: Estos postulados sirven esencialmente para excluir las preferencias subjetivas no éticas
de las funciones de bienestar social. Sin embargo, este objetivo se puede lograr, también, más
directamente, definiendo en forma explícita la actitud imparcial e impersonal que se requiere.
En otra ocasión sostuve (Harsanyi, 1953) que las preferencias de un individuo satisfacen este
requerimiento de impersonalidad, si indican la situación social que escogería cuando no supiese

72
afirma que en presencia de equiprobabilidad no importa que la persona sepa cuál
sería su situación en uno de los mundo alternativos. La lectura post-rawlsiana del
texto de Harsanyi permite concluir que cuando se garantiza la equiprobabilidad
el velo de ignorancia es redundante.
Si se acepta que en condiciones de velo de ignorancia una de las reglas posibles
es la equiprobabilidad, habría convergencia entre ambos principios. La equiproba-
bilidad implica la ignorancia. Pero en condiciones de velo de ignorancia se puede ir
más allá de la equiprobabilidad. Puede afirmarse, por ejemplo, que las personas en
las peores condiciones recibirán un tratamiento privilegiado. Esta regla de maximin
es compatible con el velo de ignorancia porque ninguno de los participantes sabe si
en el futuro tendrá un accidente y será una de las personas débiles. Pero la norma
de maximin ya no encaja tan fácilmente en un postulado de equiprobabilidad, a no
ser que se vaya restringiendo la cobertura con postulados como: Todas las personas
con un handicap del tipo x tendrán un tratamiento igual.
La justicia en la perspectiva de Walras tiene tres dimensiones: i) justicia como
imparcialidad, ii) justicia como equidad, iii) justicia como tratamiento igual. La
justicia como imparcialidad es, al decir de Rawls, el significado más intuitivo de
la justicia. Vickrey introduce la imparcialidad sin entrar en discusiones detalladas
sobre su significado. Antes de proponer una definición precisa de la imparcialidad,
Vickrey prefiere formular alternativas de financiación en las que la imparcialidad
opera. Al exponer las características de los distintos sistemas de financiación,
Vickrey identifica equidad e imparcialidad. Y la equidad tiene connotaciones di-
ferentes, porque sus facetas son muy diversas. Normalmente la equidad suele
identificarse con la equidad en términos de ingresos. La llamada equidad vertical
supone que quien recibe más paga más. La equidad horizontal parte del principio
de que ingresos iguales pagan el mismo impuesto.
Vickrey aplica el principio equiprobabilidad a múltiples situaciones de la vida
social. Menciono el caso de gerrymandering (gráfica 2). La gerrymandering se
presenta cuando la distribución espacial de los distritos electorales lleva a que la
proporción de los representantes de un determinado partido supere la que resultaría
del número de electores. La gerrymandering es una práctica censurable cuando la
división espacial se realiza con el propósito de favorecer los intereses de un cierto
partido. En líneas generales, es claro que la proporción de los representantes de

cuál sería su personal posición, sino que tuviese una probabilidad igual de obtener cualquiera
de las posiciones sociales existentes en esta situación, desde la más elevada hasta la más baja.
Por supuesto, no importa que este individuo ignore, en realidad cómo afectará su elección a sus
intereses personales, o que se olvide de ese conocimiento mientras decide su elección” (Harsanyi,
1955: 74-75, subrayado en el texto original).

73
cada partido según las áreas geográficas y según el número de electores no tiene por
qué coincidir. Observa Vickrey (1961:495) que la representación geográfica suele
ser ligeramente mayor que la correspondiente a la población. En principio, habría
gerrymandering si “la minoría de los votos elige un número de representantes más
que proporcional” (Vickrey, 1961b:495). Aceptando la pertinencia de este postulado
básico, el problema radica en determinar el margen de diferencia permisible, o el
límite más allá del cual la práctica puede ser considerada dolosa.

Gráfica 2. Dos ejemplos de “gerrymandering”

Gráfica A - Situación inicial

Gráfica B - Alternativa 1 Gráfica C - Alternativa 2

Suponga dos partidos políticos: El gris y el blanco. La distribución geográfica de la población según la simpatía
partidista se presenta en la gráfica A. Es claro que el partido gris predomina en las regiones por donde cruzan las
diagonales del rectángulo. El país debe dividirse en cuatro distritos electorales, y cada uno nombra un congresista.
La distribución de la población en los cuatro distritos electorales puede hacerse de muy distintas maneras. Entre
las alternativas posibles se escogen dos representadas por las gráficas B y C. En el escenario 1 (gráfica B), el
partido gris nombra 4 congresistas. Con la alternativa 2 (gráfica C), el partido gris elige 2 congresistas y el partido
blanco otros 2.
Los diversos escenarios presentados en la gráfica han sido construidos a partir de Vickrey (1961b:494-495).

Con el fin de evitar cualquier tipo de arbitrariedad, la escogencia de los


distritos electorales debe responder a un proceso “completamente mecánico”, en
el que “no haya ningún espacio para la elección humana” (Vickrey, 1961b:495).
El procedimiento debe ser de tal naturaleza que el desenlace sea impredecible.
Debe buscarse, entonces, que las personas que participan en el proceso no puedan
afectar el resultado con sus preferencias partidistas. Para evitar que conozcan el
desenlace final, en el camino debe introducirse un elemento aleatorio.
Para determinar los distritos de votación allí donde no existan, debe iniciarse
un proceso cuyo punto de partida sea la información del censo de población. En-

74
tre la población que no ha sido asignada a ninguno de los distritos electorales, se
escoge de manera aleatoria una zona que llamamos A. El siguiente paso consiste
en determinar cuál de las zonas censales que no están asignadas a ningún distrito
electoral se encuentra más lejos de A. Esta nueva zona es B. Y una vez situados
en B, se van agregando las vecindades más próximas sin asignación hasta que
la cuota de población ha sido alcanzada. En cada etapa del proceso, la cuota de
población (CP) es igual a la relación entre la población sin asignación (PSA) y
los escaños sin asignación (ESA), así que CP = PSA/ESA. Delimitado el nuevo
distrito electoral se vuelve a A y, otra vez, se busca la zona censal sin asignación
que esté más distante. Digamos que es C. Y desde C se repite el ejercicio reali-
zado en B. El espacio sin asignación se va reduciendo a medida que el proceso
iterativo avanza.
Con este artículo Vickrey muestra que es factible encontrar un método trans-
parente para delimitar distritos electorales. Y la pureza del método nace de la
imposibilidad de conocer el resultado del proceso. La escogencia de A es aleatoria.
Incluso, podría aumentarse la incertidumbre si después de seleccionar el distrito
electoral B, se vuelve a escoger de forma aleatoria un nuevo A. Vickrey termina el
artículo expresando su confianza en que los políticos honestos acepten la bondad
de un método como el propuesto.
Tal vez Vickrey cree demasiado en la equiprobabilidad. Sen (1970) critica
el excesivo entusiasmo con el que suele defenderse una regla de esta naturaleza.
La equiprobabilidad es un método apropiado pero insuficiente para determinar
lo bueno. Un juego de ruleta rusa cumple con el principio de equiprobabilidad
pero puede ser censurado desde el punto de vista ético. Un determinado grupo de
personas, como los pasajeros que se dirigen a una de las islas, puede decidir que
uno de ellos sea el esclavo. Para Sen esta sociedad no tendría ninguna justificación
ética así todas las personas hubieran estado de acuerdo en participar en el sorteo,
con igual probabilidad, para decidir quién es el esclavo.
Y en cuanto al velo de ignorancia que se deriva de la equiprobabilidad, traigo
a colación la crítica de Habermas a Rawls. Para Habermas el velo de la ignoran-
cia deja por fuera los problemas ligados a la acción comunicativa y al diálogo.
No es claro cuál es el mecanismo a través del cual se llega al acuerdo. El velo
de ignorancia supone un compromiso primigenio. Es un a priori no demostrado.
En el planteamiento de Rawls no hay una explicación suficientemente clara de la
forma como las personas se ponen de acuerdo sobre el mundo futuro que juzgan
más apropiado. No basta con que las personas decidan cubiertas con el velo de
ignorancia. Es indispensable, además, que se tenga en cuenta la forma como estos
individuos desprevenidos, y sin segundas intenciones, se ponen de acuerdo sobre
lo bueno.

75
Neutralidad y progresividad de los impuestos
Por el lado tributario Vickrey (1947) considera que, en principio, el sistema
impositivo debe ser neutral en el sentido de que no afecte la decisión económica
de los agentes. La progresividad tiene que responder a un propósito expreso de la
política económica, y sus implicaciones sobre la estructura tributaria y la actividad
económica deben ser lo más transparente posibles77. La neutralidad sirve como
punto de referencia para captar las dimensiones del tributo progresivo.
El impuesto es progresivo si “la tasa varía en una proporción mayor que la
base”. Mientras que el propósito distributivo no sea claro y explícito, el sistema
tributario debe ser lo más neutral posible. Un sistema impositivo es neutral si no
afecta las decisiones individuales. Evidentemente, la disminución del ingreso se
refleja en un menor consumo. La capacidad de demanda es mayor antes que des-
pués de los impuestos. Y la definición de la neutralidad no pretende desconocer
este hecho. La neutralidad significa que la caída en la demanda es proporcional,
así que la estructura de consumo no cambia. El sistema impositivo es neutro si los
tributos no modifican el orden de preferencias, y si el peso que tiene cada bien en
la estructura de consumo no cambia.
Entre las medidas que Vickrey (1947) propone para mejorar la progresividad
del sistema tributario mencionamos las siguientes. i) El impuesto a las ganancias
de capital no debe tener privilegios y tiene que ser igual al de los otros ingresos.
ii) Las exenciones a los intereses de los bonos del Estado y de los gobiernos locales
deben ser reemplazadas por un crédito tributario fijado como un porcentaje de los
intereses. iii) Los intereses provenientes de los seguros de vida deben incluirse en
el ingreso imponible. iv) Se deben definir períodos de tiempo que permitan hacer
un “saldo de cuentas” con la administración tributaria.
La tributación anual está muy marcada por los ciclos de corto plazo, y ello
hace que los ingresos que más dependen del ciclo tengan, de hecho, un tratamiento
fiscal distinto a los ingresos originados en actividades menos volátiles. Vickrey
(1939, 1945d, 1947, 1972b) se preocupa por analizar de qué manera podría defi-
nirse un sistema impositivo que sea neutro con respecto al momento en el que se
generan o se informan todas las formas de ingreso. Para corregir las iniquidades
intertemporales de cualquier sistema tributario, cada cierto tiempo debe hacerse
un corte de cuentas con el fisco de tal forma que los impuestos provenientes de
los ingresos cíclicos terminen siendo similares a los originados en los ingresos
estables.
El autor muestra la tensión entre los impuestos de carácter general, que se
determina en función de la capacidad de pago, y los tributos que están asociados al

77. Ver, además, Due (1947).

76
beneficio del contribuyente. La frontera entre las dos modalidades de financiación
es etérea. En parte porque los bienes no son homogéneos. Y también porque la
modalidad de oferta del servicio incide en la demanda y en la manera de revelar
las preferencias78.
En las consideraciones que hace Vickrey sobre la financiación de los servi-
cios públicos destaca la relevancia del principio de la capacidad de pago frente
al principio de beneficio. La progresividad de los impuestos tiene que ver con la
capacidad de pago. Y la neutralidad está relacionada con el principio de beneficio.
La aplicación de los postulados correspondientes a la capacidad de pago es más
apropiada en el caso de los bienes que están más alejados de la lógica de los precios.
A medida que el bien se va acercando a los criterios de mercado el principio de
beneficio adquiere mayor relevancia. Vickrey pone en evidencia la tensión entre
los dos principios. Y concluye que el conflicto no tiene solución. No cae en la
tentación de considerar que uno de los polos que marca la tensión es mejor que
el otro. Autores como Becker79 optan, claramente, por el principio de beneficio
que lo considera más adecuado que el de capacidad de pago.
La teoría del capital humano en las versiones de Mincer, Blaug y Becker80
asocia el ingreso de la persona a los años de educación y a la experiencia laboral.
Esta aproximación ha tenido gran aceptación, especialmente entre las entidades
de crédito multilateral. Los modelos de capital humano colocan en primer plano la
relación costo/beneficio desde la perspectiva individual. La secuencia del análisis
es clara: La persona, que decide estudiar en lugar de trabajar, incurre en un costo
(en términos monetarios y de tiempo), que posteriormente puede compensar, una
vez que se vincule al mercado laboral. Se espera que el ingreso laboral sea mayor
que los costos en los que incurrió el trabajador durante el tiempo de su formación.
Este enfoque individualiza la relación costo/beneficio. Los afanes por estimular
la eficiencia y al competitividad en el sector educativo han llevado a darle una
importancia central a la individualización de la relación costo/beneficio.
En este marco se inscriben las propuestas que estos días están haciendo el
FMI y el BM con el ánimo de incentivar el crédito educativo. La individualización
a la que lleva la dinámica del crédito, establece una obligatoriedad de pago bajo
el supuesto que el salario que recibirá la persona es, por lo menos, suficiente para

78. Si es ofrecido por empresas privadas que cobran una tarifa por unidad de consumo, la lógica de
financiación es más cercana al principio de beneficio. Si, en cambio, el servicio es ofrecido de
manera gratuita por una entidad pública a quien lo solicite, la forma de financiación corresponde
más a la capacidad de pago.
79. Ver, por ejemplo, Becker (1962, 1968, 1973, 1974, 1974b).
80. Por ejemplo, Mincer (1958, 1974), Blaug (1965, 1972), Becker (1962, 1968, 1973, 1974, 1974b,
1976, 1976b, 1981).

77
pagar el crédito. Pero el modelo de capital humano es frágil porque el equilibrio
entre ingresos y gastos puede romperse fácilmente. Si por alguna razón el trabajador
no encuentra empleo, o si el salario no es suficiente, el equilibrio financiero no
se cumple. El estudiante que desea inscribirse en filosofía o historia romana tiene
dificultades para conseguir el préstamo si el acreedor considera que la inversión
es riesgosa. Y en caso de que consiga el crédito, el estudiante no tiene ninguna
certeza de que en el futuro los ingresos laborales sean suficientes para pagarlo.
Al individualizar la relación costo/beneficio, la persona termina llevando sobre
sus hombros toda la sanción del mercado.
Vickrey aborda el tema de la financiación de la educación desde una perspectiva
más global. El autor expresa su simpatía por la declaración de renta como criterio
para evaluar el efecto de la educación en el ingreso. Con esta información puede
determinarse una tasa que explicite la corresponsabilidad del egresado frente a la
sociedad. Bastaría, dice Vickrey, con preguntarle a la persona en la declaración de
renta, de qué universidad es egresado. Y esta información, conjuntamente con el
ingreso, se convierte en un insumo muy poderoso para definir criterios de finan-
ciación de la educación. El Estado conoce el ingreso de la persona y, además, sabe
de dónde es egresado. Desde el punto de vista de la equidad el gobierno podría
decidir, por ejemplo, que a un mismo nivel de ingreso las personas que terminan
sus estudios en una universidad pública pagan un porcentaje por el que no tienen
que responder los egresados de las universidades privadas. Esta alternativa tendría
dos ventajas. La primera es la socialización del riesgo. Y la segunda la introducción
de un principio de beneficio que no riñe con la equidad, y que puede mejorar los
recursos de las universidades públicas.
La socialización del riesgo rompe la visión individual que marca la financiación
a través del crédito. La afirmación subjetiva del riesgo tiene el inconveniente de que
amarra la decisión sobre la escogencia de la profesión a la demanda del mercado.
Puesto que la persona debe pagar el crédito, tiene que estar atenta a la selección
de una carrera que le permita obtener los recursos necesarios para responder por
la deuda. Esta lógica es perversa porque la persona no selecciona los saberes que
puedan ser más pertinentes desde el punto de vista individual y social.
El segundo aspecto tiene la ventaja de que evalúa el ingreso ex-post, una vez
que la profesión ha sido filtrada por el mercado. Si el mercado reconoce la perti-
nencia de la profesión a través de un mejor ingreso, la persona puede contribuir con
la universidad pública por la vía impositiva. Quien ha recibido educación gratuita,
o subsidiada, y posteriormente es reconocido por el mercado, debe contribuir a la
financiación de la universidad.
En fin, Vickrey acepta que el conflicto entre eficiencia y equidad es insolu-
ble. Ningún sistema tributario puede conjugar sencillez, eficiencia y equidad. No

78
queda más remedio que hacer un compromiso, siempre incompleto e imperfecto,
entre eficiencia y equidad. Y es inevitable que la inclinación hacia cualquiera de
los dos lados de la balanza termine riñendo con la simplicidad.

El costo marginal social de corto plazo


Vickrey introduce la categoría costo marginal social de corto plazo (CMSCP),
que le permite explicitar la dimensión del otro, y los límites intrínsecos de la lógica
micro. Desde esta perspectiva deben entenderse el costo marginal social de corto
plazo. El autor le da especial importancia a la situación de las empresas que tienen
costos marginales decrecientes. Centra la atención en algunos servicios públicos y
en las aerolíneas. Explico el significado de la categoría por partes. Comienzo con
el costo marginal (CM), continúo con el costo marginal de corto plazo (CMCP),
y termino con el costo marginal social de corto plazo (CMSCP).
Vickrey considera que el costo marginal debe ser el punto de referencia para
la determinación de los precios. Trata de llevar hasta sus últimas consecuencias
la relación entre el costo marginal y el precio. Piensa que no es conveniente re-
nunciar a la relación entre el costo marginal y el precio, ni siquiera cuando los
costos marginales son decrecientes. Siempre debe ser mantenida como un punto
de referencia.
La teoría económica tiene dificultades para determinar el precio cuando los
costos marginales son decrecientes. Si el precio se fija de acuerdo con el costo
marginal, habría un momento en que el precio sería cercano a cero. El costo mar-
ginal del último pasajero que sube a un avión es una gaseosa y un sandwiche. El
costo marginal del minuto de una llamada telefónica también va disminuyendo a
medida que el servicio se utiliza más. Cuando el costo marginal es decreciente, dice
Vickrey, es muy fácil caer en la tentación de recurrir a los precios regulados. Pero,
en su opinión, esta solución no es adecuada. Los precios regulados son exógenos
y su distanciamiento del costo marginal siempre es arbitrario. La instancia que
determine dicho precio (comisión de regulación, secretaría de servicios públicos,
etc.) puede actuar con criterios que se alejen demasiado de la lógica del mercado.
Para Vickrey el costo marginal debe mantenerse como el punto de referencia.
Y entre el costo marginal de corto y de largo plazo, es preferible el costo
marginal de corto plazo. El costo marginal de largo plazo (CMLP) es demasiado
complejo de calcular. Los métodos de estimación existentes son heterogéneos y
hay poco consenso sobre cómo medir componentes del costo tan neurálgicos como
la depreciación. Además el tiempo conlleva la incertidumbre. Y en el largo plazo
el desconocimiento es mayor que en el corto plazo. La estimación de los costos
futuros tiene dificultades especiales relacionadas con la valoración de la tasa de

79
rentabilidad esperada. Vickrey es muy escéptico sobre la posibilidad de precisar en
el largo plazo, y desde la perspectiva intergeneracional, el balance entre el beneficio
y el costo. El costo marginal de corto plazo tiene la ventaja de que establece una
relación directa, en el momento presente, entre el beneficio recibido y el pago
correspondiente. En otras palabras, el CMCP es más transparente que el CMLP.
El autor reconoce que el costo marginal de largo plazo tiene bastante acogi-
da. Especialmente, porque tiene en cuenta el valor de la inversión futura. Pero,
se pregunta Vickrey, ¿por qué la generación presente debe pagar los servicios de
las generaciones futuras? El autor rompe la solidaridad intergeneracional, que es
constitutiva del modelo de Barro (1974, 1976) y, en general, de los modelos de
generaciones traslapadas. Piensa Vickrey que la generación presente debe mejorar
los servicios, la infraestructura y, en general, las condiciones de vida. No importa
que ello requiera aumentar la deuda. La próxima generación dispondrá de mejores
medios y ella resolverá el problema del pago de la deuda. El ahorro presente en
aras del bienestar de nuestros hijos no tiene mucho sentido. Importa, sí, que los
dineros sean bien gastados, de tal manera que nuestros hijos encuentren en mundo
mejor, así tengan que pagar la deuda.
Paso al tercer nivel de análisis. Al costo marginal de corto plazo Vickrey le
agrega el calificativo de social. El costo marginal social de corto plazo es abordado
desde dos perspectivas: La eficiencia económica y la dimensión del otro. El CMSCP
es eficiente porque: i) mantiene el costo marginal como punto de referencia; ii) le
permite a las empresas generar beneficios e, incluso, acumular para invertir en el
futuro. Y la eficiencia es posible porque el CMSCP involucra la congestión, que
es una forma de evidenciar la otredad.
La propuesta de Vickrey es muy sencilla en su formulación básica: La con-
gestión debe ser castigada. Aunque cada persona es consciente de los costos aso-
ciados a la congestión, motu propio no toma las precauciones necesarias para
evitarla. Por tanto, es necesario crear incentivos para que las personas eviten la
congestión. Y el mejor incentivo es el precio, así que la congestión es sancionada
con un mayor precio.
La reflexión de Vickrey sobre los límites del análisis micro se manifiesta
de varias formas. La fijación de las tarifas teniendo en cuenta la congestión es
conveniente porque incorpora la dimensión del otro. Pero tiene la desventaja de
que puede castigar injustamente a quienes están en la obligación de utilizar el
servicio a las horas pico. Esta situación se presenta muy claramente en el caso
de los obreros que deben tomar el metro para ir a su trabajo a una hora precisa.
Algo similar sucede en las familias pobres con el consumo de energía. Tienen que
cocinar los alimentos a determinadas horas, sin que les sea posible escapar a las
franjas pico. La situación es muy distinta cuando se trata de llamadas telefónicas

80
internacionales o de tiquetes de avión. En estos casos las tarifas más altas deriva-
das de la congestión no están sesgadas en contra de nadie. La persona paga más
simplemente porque prefirió llamar a determinada hora, o porque resolvió viajar
en el último minuto. Sin duda, puede haber circunstancias en las que el margen
de elección es muy estrecho, como cuando el individuo debe hacer la llamada a
una hora específica, o cuando tiene que salir corriendo al aeropuerto porque un
ser querido ha sido hospitalizado de urgencia. No parece difícil aceptar que estas
circunstancias que constriñen el espacio de elección son de una naturaleza cua-
litativamente distinta a las que impiden que los trabajadores pobres viajen en el
metro en los momentos de menor congestión. Las inequidades que se presentan
porque los pobres no tienen otro camino que usar algunos servicios básicos en
horas pico (transporte, luz, agua, etc.), deben ser solucionadas razonablemente
en la esfera política. Desde la economía no hay una respuesta única y por ello es
indispensable recurrir a las alternativas políticas.
La presentación de Vickrey es esencialmente dinámica. Sería ideal que el
precio se pudiera fijar en cada momento en función del nivel de congestión. Pero,
en la práctica ello no siempre es posible y el precio debe determinarse ex-post,
dependiendo de las horas en las que se presenta la congestión. Desde los años
cincuenta Vickrey expresa una permanente preocupación por discutir los instru-
mentos técnicos que permitan establecer en tiempo presente la relación entre el
nivel de congestión y el precio. Menciona, por ejemplo, el conteo de automóviles
y la determinación de las distancias recorridas mediante la instalación de radares
en las carreteras. Actualmente ya hay mecanismos que permiten determinar, en
tiempo presente, la relación entre el nivel de congestión y el precio. El valor de
la llamada telefónica, por ejemplo, puede ser función del grado de congestión de
la línea. Basta con que el consumidor digite el teléfono al que quiere llamar y
se le informe cuál es el valor del minuto. Y la comunicación continúa sólo si la
persona está de acuerdo con pagar la tarifa indicada.
El ejercicio analítico de Vickrey trata de aproximar la lógica de funcionamien-
to de servicios como las carreteras, el transporte, los teléfonos, la energía, etc.,
a relaciones de mercado donde la utilidad marginal de cada persona explicite la
demanda del otro. La utilidad marginal del individuo i es función de la utilidad
marginal de j. La teoría de la utilidad marginal ha sido concebida sin referencia al
otro, desconociendo las comparaciones interpersonales que son inevitables cuando
hay congestión. En el debate sobre las comparaciones interpersonales suele hacerse
explícita la preocupación por la unidad de medida. Pero Vickrey logra introducir
las comparaciones interpersonales de tal manera que la discusión sobre la unidad
de medida pase a un segundo plano. La solución no es conceptual sino práctica.
Retomo el ejemplo de la llamada telefónica. El diferencial del tiempo de espera es

81
una forma de expresar la heterogeneidad de las utilidades. Si los precios pueden
determinarse en función del grado de congestión, el costo del tiempo de espera
se sustituye por una mayor tarifa.
Cuando existe un precio regulado que es fijo, el usuario que desea llamar a
una hora en la que la línea está congestionada, no tiene más remedio que esperar.
La rivalidad lo obliga a pagar un costo que se expresa en el tiempo de espera. Esta
lógica, dice Vickrey, es ineficiente porque la persona que desea usar el servicio a
una hora específica no lo puede hacer. En estas circunstancias no hay lugar para
ningún tipo de comparación interpersonal porque en un momento del tiempo la
rivalidad se convierte en exclusión, hasta el punto que el usuario que queda por
fuera ni siquiera puede revelar su preferencia. Peor aún, no puede usar el servicio.
Esta forma de no revelación de preferencias es diferente a la que se presenta con
los bienes públicos puros. En este caso sí es posible disfrutar del bien, ya que la
persona no revela la preferencia pero está incluida. El sistema de precios regula-
dos lleva, entonces, a una rivalidad que termina reflejándose en exclusión y en la
imposibilidad de usar el servicio.
En lugar del precio regulado Vickrey propone evitar la congestión a través de
un precio más alto. Si el precio sube con la congestión, se logra un doble propó-
sito: i) se reduce la congestión y se estimula la eficiencia, ii) la persona revela la
preferencia en función de las opciones de los otros, ya que la decisión del resto
de personas está presente de manera directa en su elección.
Entre las perspectivas de Vickrey y de Walras hay una diferencia sustantiva.
En Walras el precio sube porque el bien es escaso. En Vickrey el precio sube por-
que hay congestión. En la oferta y demanda de Walras sólo hay bienes escasos.
No importa si la escasez es ocasionada por el verano, o porque la víspera hubo
mayor demanda. Walras únicamente considera al otro de manera indirecta, cuando
relaciona los derechos de propiedad a la escasez. Pero en la determinación de la
función de utilidad no importa el otro.
En la función de demanda, o de utilidad indirecta, hay un doble supuesto81.
Primero, la utilidad del individuo i es independiente de la del individuo j. Y
segundo, la utilidad que experimenta la persona por el consumo de cada uno de
los bienes es independiente. La congestión de Vickrey responde a una función de
utilidad de la forma ui = u (x; uj), siendo x el vector de bienes y uj la utilidad de
la persona j. Otros autores también han propuesto funciones de utilidad altruistas
pero la discusión ha girado alrededor de la función de utilidad de la familia82.
El sentido altruista se percibe claramente en la propuesta que hace Barro (1974)

81. Ver, Samuelson (1937, 1938, 1938b).


82. Ver, por ejemplo, Barro (1974), Becker (1976, 1976b, 1981).

82
en su artículo clásico sobre la llamada equivalencia ricardiana. El bienestar de
la generación presente depende del consumo actual y del bienestar futuro de la
próxima generación. La perspectiva de Vickrey es más amplia. Se interesa, sobre
todo, por la presencia del otro a través de los fenómenos de congestión, aunque
reconoce la importancia de la filantropía y el altruismo.
Vickrey no discute el significado de una función de utilidad colectiva. Prefiere
concentrarse en los aspectos más procedimentales83. No entra en la polémica que
plantea Samuelson (1956) cuando critica las curvas de indiferencia comunitarias
de Scitovksy (1942). Para Samuelson este tipo de función es demasiado general
puesto que no es posible unificar las motivaciones y los comportamientos de todas
las personas. La función agregada, continua Samuelson, apenas tendría sentido
en el caso de las familias porque en dicho contexto es más plausible pensar en
una motivación común, como la que se supone existe en una función de demanda
unitaria. La preocupación por entender lo que sucede al interior de la familia se ha
intensificado en los últimos años84. La reflexión de Sen también aborda el tema de
la elección al interior de la familia pero la noción del otro desde una perspectiva
más general85.
Pero el enfoque de Vickrey se diferencia de los anteriores en un punto crucial:
El otro es incorporado en la teoría de los costos. El autor se preocupa por aplicar la
dimensión del otro en todos los aspectos sustantivos de la micro. En este caso, en
el análisis de los costos. Para Vickrey el otro importa en una dimensión diferente
a la de Smith. Vickrey trata de asumir al otro desde los fundamentos de la micro.
Lleva la preocupación de Smith hasta sus últimas consecuencias. Va tan lejos que,
incluso, el espacio del otro le permite solucionar los vacíos de la teoría básica. La
forma como el otro participa en la solución de inconsistencias lógicas del análisis

83. En una mesa redonda sobre los trabajos de Hirshleifer y Harberger (Jorgenson, Vickrey, Ko-
opmans y Samuelson (1964), Vickrey opina que Harberger no debería centrar la atención en la
medición de la ineficiencia de una opción entre varias alternativas sino, más bien, en la evalua-
ción de la eficiencia a partir de la forma como el individuo escoge entre diversos métodos de
elección. Estas apreciaciones muestran la naturaleza procedimental de la reflexión de Vickrey.
Y sobre Hirshleifer acepta la idea de que la evaluación de la inversión del capital público se
realice a partir de una tasa de interés propia. Pero observa que el riesgo del proyecto no puede
analizarse de manera independiente. También debe considerarse el peso relativo que tiene cada
inversión del capital público en el conjunto de las inversiones realizadas por el Estado. Cuando
se examina la inversión pública total se presentan compensaciones porque los proyectos menos
riesgosos soportan a los más riesgosos. Además, el conjunto de los proyectos estatales involucra
a la población total y ello reduce el riego por persona.
84. Por ejemplo, Browning, Bourguignon, Chiappore, Lechene (1994), Bourguignon y Martínez
(1996).
85. Sen (1985c, 1986, 1987c, 1990, 1992b, 1992c, 1995, 1999), Sen y Sengupta (1983).

83
económico se ilustra muy bien con la dificultad que se presenta para definir los
precios cuando el costo marginal es decreciente. En lugar de fijar un precio muy
bajo acorde con el costo marginal, el precio debe tener en cuenta la congestión.
Si ésta aumenta, el precio debe subir. Por este camino, la dimensión del otro se
presenta como una alternativa a la inconsistencia de la teoría básica.
Vickrey considera que las soluciones que tratan de ser compatibles con la teoría
convencional presentan muchas dificultades. El costo marginal social de corto
plazo resuelve parte de los problemas pero no todos. Ya decía que la valoración
del costo marginal tiene problemas intrínsecos. Además, el costo marginal social
de corto plazo no se puede utilizar en todos los casos en los que se presentan
costos marginales decrecientes.
Pero aún suponiendo que el principio del costo marginal social de corto plazo
pueda aplicarse sin ningún problema, subsisten preguntas sobre la forma de determi-
nar los precios de congestión. Es claro que la congestión debe ser desestimulada a
través de un mayor precio. A diferencia de los precios regulados, la congestión tiene
la virtud de que pone en evidencia los diferenciales que ocasiona la aglomeración
en el sistema de precios. Frente a los precios regulados, los precios derivados de
la congestión son sensibles al nivel de demanda en cada momento.
Pensando alternativas que favorezcan la justicia y que no interfieran con la
equidad, propone la subasta de “segundo precio”, que también se conoce como
la “subasta de Vickrey”86. Puesto que no hay individuos aislados, la subasta de
segundo precio pone en evidencia la relevancia del otro y la necesidad de recurrir
al espacio de lo razonable.
La idea del segundo precio es relativamente sencilla. En un proceso tendiente
a otorgar una concesión, gana el proponente que ofrezca el mayor precio pero
efectivamente tiene que pagar el valor ofrecido por el segundo proponente. Los
participantes deben entregar sus propuestas en sobre cerrado, así que ningún parti-
cipante conoce el monto ofrecido por los demás. A través de la lógica del segundo
precio, Vickrey muestra las potencialidades de la maximización en presencia del
otro. Si en algunas circunstancias la presencia de los demás lleva a situaciones
subóptimas. Ahora, en el caso del segundo precio, la dimensión del otro tiene la
implicación contraria: El precio propuesto por el segundo proponente (el otro)
favorece la eficiencia.
La lógica del segundo precio es maximizadora desde la perspectiva de quien
recibe los recursos. En efecto, el posible concesionario ofrece pagar más porque
sabe que finalmente no tiene que responder por el monto que él ha prometido

86. Vickrey (1961). Sobre el tema, ver. Rothkopf y Harstad (1995), Rothkopf, Teisberg y Kahn (1990).

84
sino por la suma fijada por el segundo proponente87. El mecanismo de segundo
precio es preferible a la subasta de un sólo precio porque crea una doble tensión.
De un lado, estimula el alza de todas las propuestas porque el participante tiene
incentivos para subir el monto de su propuesta con el fin de ganar, pero sintiéndose
tranquilo porque finalmente no debe pagar el monto elevado que propone. Los
incentivos colectivos que halan las propuestas hacia arriba favorecen a la entidad
que abre la concesión.
Vuelve a ser evidente el papel que cumple la ignorancia en el proceso de
elección. Ninguno de los proponentes conoce el precio que va a pagar porque
no sabe cuál es el monto ofrecido por el segundo proponente. La ignorancia
favorece la imparcialidad. La subasta de segundo precio tiene dos ventajas. Por
un lado, mejora la eficiencia. Y por otra parte, contribuye a la transparencia y a
la imparcialidad.
El segundo precio de la subasta de Vickrey es consistente con su percepción
del otro y con su postulado de razonabilidad. El comportamiento del otro no es
conocido y, sin embargo, condiciona la preferencia e incentiva incrementos en el
monto ofrecido. La solución final está marcada por la razonabilidad en la medida
en que cualquier propuesta realizada por el individuo está condicionada por la
percepción que cada quien tiene de las iniciativas del otro. Los individuos tratan
de no hacer ofertas excesivas porque si todos lo hacen, el ganador se verá obli-
gado a pagar un segundo precio muy alto. Es un proceso de maximización en el
que la presencia del otro estimula el mayor valor y, al mismo tiempo, evita que el
monto sea excesivo. El incentivo y el control están condicionados por el otro. El
proponente no es un ser aislado que busca maximizar una función de beneficios,
sino un individuo interactuando de manera explícita con otras personas.
En los acercamientos micro del libro de texto la presencia del otro no es tan
clara como en Vickrey. Al poner de relieve la percepción del otro, el principio
paretiano se presenta en toda su plenitud. Así que la subasta de segundo precio es
perfectamente compatible con el óptimo de Pareto. Este acercamiento al óptimo
es consecuente con el postulado que años más tarde expresa Sen (1970b): Es im-
posible que exista un liberal paretiano. Para Vickrey sería claro que el liberalismo
radical no es factible en virtud de la presencia del otro. En otras palabras, no hay
liberalismo puro. La conclusión es similar a la percepción que tiene Smith de la
simpatía y Edgeworth del egoísmo impuro. Ambos autores saben que los indi-
viduos no pueden actuar por fuera de la perspectiva de los demás. Y, por tanto,
reconocería que no hay razón para afirmar la existencia de un liberal paretiano.
Vickrey, como Smith y Edgeworth, no es ingenuo y acepta la pertinencia de la
interacción entre las personas.

87. Quizás sobra advertir que el ordenamiento de los proponentes depende del valor ofrecido.

85
El teorema GHV
La disparidad entre precios y costos marginales, cuando éstos son decrecientes,
también se presenta en el caso de las ciudades. En The city as a firm (Vickrey,
1977), el autor muestra que la ciudad combina dos dinámicas: De un lado, las
economías de escala; y de otro, los costos de transporte. Las economías de escala
se derivan de las ventajas de la aglomeración. Pero junto a este aspecto positivo,
la aglomeración puede llevar a un aumento de los costos de transporte. Vickrey
muestra que el transporte en las aglomeraciones puede tener costos elevados, es-
pecialmente a las horas pico. Aún después de incorporar los costos de transporte,
y gracias a las ventajas de la aglomeración, los costos marginales podrían conti-
nuar siendo decrecientes. Y si el precio se fija de acuerdo con el costo marginal,
la empresa experimenta pérdida porque el costo medio total es más alto. El autor
llama la atención sobre los costos intramarginales que se refieren al espacio que
hay entre la curva de costos marginales y la curva del costo medio total. Para
llenar la brecha entre el costo marginal y el costo medio total podría recurrirse
a un subsidio. Pero los recursos para financiar este subsidio deben provenir de
las mismas empresas que se favorecen de la aglomeración urbana. Gracias a la
valorización de la tierra, fruto de las mejoras urbanas, los propietarios obtienen
una plusvalía, que deben convertirse en la fuente principal del subsidio.
Desde la perspectiva de la ciudad como un todo, tiene que buscarse un equi-
librio entre rentas y subsidios. En otras palabras, los recursos para financiar los
subsidios deben provenir de las rentas. Vickrey propone el teorema GHV (Henry
George, Harold Hotelling, William Vickrey)88.
En una economía de ciudades eficientemente organizadas y bajo condiciones
de competencia perfecta, la renta de la tierra (calculada como el costo marginal
social de tener una propiedad) generada por la aglomeración urbana, y que re-
sulta de las economías de escala creadas en la ciudad, será igual a los subsidios
requeridos para que estas actividades vendan sus productos a precios equivalentes
a sus costos marginales (Vickrey 1977:344-345).

El teorema GHV pone en evidencia la necesidad de balancear la plusvalía


derivada del desarrollo urbano con los subsidios necesarios para integrar a todas
las personas en la dinámica de la ciudad. La inclusión tiene que ver con el acceso
a los diferentes servicios que ofrece la aglomeración. El principio que inspira el
teorema es muy simple: Quienes reciben beneficios especiales del desarrollo urbano
tienen que garantizar los recursos necesarios para que la ciudad sea de todos.

88. George se preocupa por el diseño de los impuestos prediales de tal forma que beneficien al
conjunto de la sociedad. Para Hotelling los tributos a la tierra deben financiar la diferencia entre
los costos totales y los costos marginales.

86
A partir de la reflexión de Vickrey es interesante traer a colación el pensa-
miento de Walras sobre la importancia de la democratización de la propiedad de
la tierra. Para él no hay duda que la tierra es el principal factor de producción. Y
en virtud de la importancia fundamental de la tierra, llega a la conclusión de que
el Estado tiene que ser el propietario de la tierra. Walras dice que es socialista
por razones científicas y liberal por motivos políticos. Desde la perspectiva eco-
nómica la propiedad estatal de la tierra favorece la competencia y el equilibrio
del sistema de precios. Y estas son las razones por las cuales el socialismo es el
camino más científico. Así que Walras relaciona la propiedad estatal de la tierra
con la competencia y el equilibrio del mercado. La propiedad estatal de la tierra
favorece el equilibrio más que la empresa privada. Menciono a Walras para poner
en evidencia la importancia que tiene la gestión de la propiedad de la tierra en la
consolidación del modelo de equilibrio.
Aunque Vickrey no parte de la propiedad estatal de la tierra como Walras,
sí pone en primer plano la relevancia que tienen los impuestos sobre la tierra en
la construcción de una sociedad justa. Este comentario adquiere importancia en
el contexto colombiano porque en el país se observa una actitud muy displicente
frente a la tributación de la tierra. Por un lado, los prediales continúan siendo
bajos, especialmente el predial rural, cuya tasa efectiva no es superior al 2 por
mil. Y de otra parte, los concejos municipales siguen siendo muy reacios a aplicar
las normas existentes sobre plusvalías del suelo. Las disposiciones legales que
favorecen la distribución de la tierra existen pero no se aplican. Las plusvalías del
suelo originadas en las ventajas de la urbanización no se han reglamentado en la
mayoría de las ciudades del país. En Colombia se desprecian las potencialidades
del suelo como fuente de ingresos. Vickrey insiste en que los recursos necesarios
para financiar los subsidios destinados a los pobres de la ciudad tienen que pro-
venir del suelo, ya que el desarrollo urbano favorece de manera privilegiada a los
propietarios de la tierra. Es importante orientar el análisis de la financiación de
los subsidios hacia la dirección propuesta por Vickrey. Y en esta mirada, la tierra
se convierte en una fuente privilegiada de recursos. Sería muy interesante que en
estos momentos, cuando el país atraviesa por una situación fiscal difícil, se pen-
sara en los tributos al suelo más que en otras alternativas como el impuesto a los
pensionados. La tierra también puede ser una fuente de ingresos para financiar la
seguridad social. La Ley 100 de 1993 supone que el sistema de seguridad social
debe financiarse al interior de él mismo. Vickrey diría que la cobertura universal
únicamente se conseguiría si los recursos necesarios provienen de la riqueza de la
sociedad. Y entonces, la tierra aparece como una fuente privilegiada de fondos.
Es interesante observar que el equilibrio definido en el teorema GHV no es el
resultado de una relación o de una fórmula técnica endógena. El monto del sub-

87
sidio y el valor del impuesto se definen en la esfera política. No cree Vickrey que
sea posible encontrar algo así como un nivel óptimo de subsidio o de impuesto.
Estos valores no resultan de un modelo de equilibrio fundado en los postulados
de racionalidad, sino de un acuerdo político en el que priman los criterios de
razonabilidad.

Lo razonable en Vickrey y en Rawls


Hice mención a la racionalidad y a la razonabilidad. La primera es cercana
a los principios de optimización y la segunda a la maximización sin optimización.
La optimización conlleva a la maximización, pero no toda maximización es op-
timizadora. De acuerdo con Sen (1997b:746), “la optimización es absolutamente
innecesaria para la maximización, que únicamente requiere escoger una alternativa
que no sea considerada peor que cualquier otra”. La maximización es compatible
con mundos imperfectos, al estilo de los equilibrios subóptimos de Nash.
La lógica racional de la micro de texto lleva a la optimización. Lo razonable
en la perspectiva de Vickrey confluye en acuerdos posibles que no necesariamente
son óptimos. Lo razonable acepta la pertinencia de lo racional sin absolutizarlo.
Para Rawls (1993:69-70) “en la justicia como imparcialidad, lo razonable y lo
racional se consideran dos ideas básicas distintas e independientes (...) como
ideas complementarias, ni lo razonable ni lo racional pueden existir lo uno sin
lo otro”.
Y de manera más amplia,
Más que definir lo razonable directamente, especificó dos de sus aspectos básicos
como virtudes de las personas. Las personas son razonables en un aspecto básico
cuando, por ejemplo, entre iguales, están dispuestas a proponer principios y
normas como términos justos de cooperación y cumplir con ellos de buen grado,
si se les asegura que las demás personas harán lo mismo. Consideran que esas
normas son los suficientemente razonables para que todos las acepten y, por
tanto, justificables para ellos; y están dispuestos a debatir sobre los términos
justos que propongan las demás personas (Rawls, 1993:67).

Y
(...) Las personas son irrazonables en el mismo aspecto básico cuando planean
comprometerse en esquemas de cooperación, pero no están dispuestas a buscar,
ni siquiera a proponer, excepto como una simulación pública y necesaria, ningún
principio general o normas para especificar los términos justos de la cooperación.
En cambio, están dispuestos a quebrantar tales términos como convenga a sus
intereses, cuando las circunstancias lo permitan (Rawls, 1993:68).

88
Hay puntos comunes en las percepciones que tienen de lo razonable Vickrey
y Rawls. La comparación es desigual en el sentido de que las referencias de Rawls
a lo razonable son claras, directas y sistemáticas. Las de Vickrey son indirectas y
tienen que ser derivadas de otras consideraciones, especialmente de las que tienen
que ver con la equiprobabilidad.
En ambos casos el acercamiento a lo razonable se hace desde la óptica proce-
dimental. Lo razonable se refiere, fundamentalmente, a la dimensión deontológica.
En el caso de Vickrey, lo razonable nace de la regla básica que es la equiproba-
bilidad del sorteo. El desconocimiento de los resultados puede ser equivalente al
velo de ignorancia rawlsiano. El sorteo de Vickrey es compatible con la noción
de razonabilidad de Rawls. Los individuos que aceptan participar en el sorteo
consideran a los otros iguales y proponen principios y normas como términos
justos de cooperación. Cada uno de los implicados tiene la certeza de que las
demás personas harán lo mismo. La equiprobabilidad obliga a que los individuos
discutan la regla básica que los afectará a todos. A la equiprobabilidad subyace
un principio de reciprocidad, que también es una característica que le atribuye
Rawls a lo razonable89. La reciprocidad ayuda a legitimar socialmente la regla. La
simpatía de Adam Smith es una forma de reciprocidad. Pero la equiprobabilidad
va más lejos porque no basta con colocarse en los zapatos de los otros. Una vez
que la norma ha sido definida, es necesario que todas las personas estén en la
misma situación.
Lo razonable conlleva una sensibilidad moral que no está presente en lo
racional. Y a partir de allí es posible avanzar hacia la cooperación social justa90.
Vickrey muestra que la micro se queda corta. Va más allá del sujeto individual a
través de la equiprobabilidad. Y reconoce que es una condición necesaria para
construir una sociedad justa, pero no es suficiente. Una regla de elección como la

89. “Decimos que a las personas razonables no las motiva el bien general como tal, sino el deseo
mismo de que hay un mundo social en que ellas, como ciudadanos libres e iguales, pueden co-
operar con los demás en términos que todos puedan aceptar. Insisten en que la reciprocidad debe
regir en ese mundo, de manera que todo el mundo se beneficie” (Rawls, 1993:68. Subrayado
mío).
90. “En realidad, los agentes racionales pueden tener toda clase de afectos por las personas y vín-
culos con comunidades y lugares, incluso amor al país y a la naturaleza; y pueden seleccionar y
ordenar sus fines de muy distintas maneras. Lo que le falta a los agentes racionales es la forma
particular de sensibilidad moral que subyace en el deseo de comprometerse en la cooperación
justa como tal, y para hacerlo en términos que otras personas, en tanto que sus iguales, podrían
suscribir razonablemente. No pretendo decir que lo razonable constituye el todo de la sensibili-
dad moral, pero incluye la parte que se conecta con la idea de la cooperación social justa. Los
agentes racionales se acercan a la psicopatía cuando sus intereses sólo redundan en beneficio
de sí mismos” (Rawls, 1993:69. Subrayado mío).

89
equiprobabilidad, por conveniente que sea, no resuelve todos los problemas de la
sociedad. Es inevitable que las decisiones colectivas de la sociedad se tomen en la
esfera política. Y no sólo las opciones que tienen que ver con la regla básica, sino
todas aquellas que no pueden ser resueltas en el marco de dicha regla. Por acabada
que sea, la regla fundamental siempre es perfectible. Y la equiprobabilidad no es
una regla perfecta. Favorece la justicia como imparcialidad pero no la garantiza
de manera autonomática. La obra de Vickrey tiene el gran mérito de que abre la
puerta a la discusión política entre personas razonables.

90
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102
Capítulo II

ÉTICA Y ECONOMÍA

103
104
El pensamiento económico
es por naturaleza ético∗

Jesús Antonio Bejarano insistió en la importancia de que la teoría económica


tenga en cuenta la dimensión del otro. En su opinión la economía no puede ser
pensada por fuera de la ética. La inevitable presencia del otro hace que la reflexión
económica sea, por naturaleza, ética. Y si el sentimiento moral nos lleva a colocarnos
en los zapatos de los otros, como diría Adam Smith, el análisis económico no puede
pretender construir un núcleo duro. El núcleo únicamente podría consolidarse en
caso de que se hiciera caso omiso del otro. Y como ello no es posible, se equivocan
quienes piensan que la economía avanza hacia la consolidación de sus axiomas
fundantes. Apoyándose en los desarrollos de la economía institucional, Bejarano
no cree que exista un núcleo duro. La diversidad de enfoques, los desacuerdos
que se observan frente a principios básicos, y la heterogeneidad de los métodos,
indican que en lugar de dar pasos hacia la unificación de la ciencia, y hacia la
integración de los teoremas de la micro y de la macro, la economía mantiene la
tensión, que fue claramente percibida por los grandes maestros, entre la ética y la
ingeniería. Estas dos categorías las propone Sen (1987:3) en su libro On Ethics
and Economics. Según este autor, a lo largo de la historia económica siempre se ha
presentado el conflicto entre dos visiones de la disciplina. Una pone el énfasis en

∗ Texto publicado en: Economía y ética. Ensayos en Memoria de Jesús Antonio Bejarano, Uni-
versidad Externado. Compilador Jorge Iván González. Bogotá, 2003.

105
la “ética” y la otra en la “ingeniería”. Y aunque no falta alguna posición extrema
que niegue la pertinencia de la ética en el discurso económico, lo cierto es que
los grandes maestros de la disciplina siempre han sido conscientes que la teoría
económica no puede hacer abstracción de la dimensión ética. Solamente con el
ánimo de ilustrar esta idea, menciono algunos autores.
Smith (1759) destaca la importancia de sentimientos morales como la simpatía,
la prudencia, la magnanimidad. Considera que la sociedad de personas magnáni-
mes, y no la de individuos egoístas, sería el mundo ideal. Bentham (1776) propone
el axioma fundamental que es la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor
número. Mill (1848) amplía el horizonte de Bentham e incorpora dimensiones que
no aparecen con suficiente claridad en el axioma fundamental. Piensa Mill que la
felicidad no puede identificarse, sin más, con el placer.
Edgeworth (1881) pone en primer plano la tensión entre egoísmo y utilitarismo.
Y como lo recuerda Sen (1977:84), termina reconociendo que no es posible concebir
una sociedad de egoístas “puros” así que, en algún sentido, todas las personas son
egoístas “impuras”, cruzadas por sentimientos de simpatía más o menos intensos.
Edgeworth acepta que la pregunta por la justicia distributiva, que es equivalente
a decidir el monto de las dotaciones iniciales, exige introducir algún principio
utilitarista. El egoísmo puro es una conducta compatible con las condiciones de
contratación al interior del núcleo, pero deja de ser relevante cuando la sociedad
tiene que elegir entre diferentes óptimos de Pareto. El proceso de escogencia entre
alguno de los óptimos supera el espacio de la decisión individual. En el momento
en que se pasa al terreno de la elección colectiva la lógica del egoísmo puro se
agota. Y las salidas alternativas obligan a considerar, de alguna forma, el axioma
fundamental del utilitarismo: La mayor felicidad para el mayor número. Así que
el principio de Bentham no cabe en el espacio de los egoístas puros.
Marshall (1892) muestra la necesidad de contextualizar la ley de pobres de
manera que incorpore elementos estructurales que vayan más allá de la caridad.
Walras (1936) afirma que la propiedad estatal de la tierra es una condición básica
para que la competencia funcione. El monopolio de la tierra no es compatible con
la competencia entre iguales.
Veblen (1899, 1904) analiza el consumo conspicuo y las implicaciones que
tiene la envidia en la formación de las preferencias. Tanto el consumo conspicuo
como la envidia incorporan elementos que son compatibles con la simpatía de
Smith. El consumo conspicuo se caracteriza porque la preferencia de cada persona
es función de su percepción de la visión que los otros tienen de él. La envidia
es una expresión de la simpatía. Smith define la simpatía como el ejercicio de
“ponerse en los zapatos de los otros”. Y la envidia es una forma de estar en los
zapatos de los otros porque el individuo se siente mal frente a los bienes que posee

106
el vecino. En la reflexión económica de Veblen el consumo conspicuo y la envida
son aspectos sustantivos de la teoría. No se trata, entonces, de temas marginales.
Las características del consumo conspicuo están determinadas socialmente. Las
formas de comportamiento son validadas en una dinámica compleja. Entre las
diversas maneras de echar la casa por la ventana sólo unas son aceptadas por la
sociedad y calificadas como “apropiadas”1. Veblen (1904) pone sobre el tapete el
conflicto entre las actividades empresariales y las pecuniarias. Las primeras están
destinadas a la producción de bienes, mientras que las segundas a la especulación.
El hombre de negocios produce bienes pero con la finalidad de hacer dinero. No
le interesa la producción de bienes por sí misma, sino porque a través de ella
accede al dinero2.
Después de Veblen otros dos “viejos” institucionalistas, Commons (1934,
1936) y Mitchell (1913, 1918) que también explicitan el espacio de la ética3. Com-
mons introduce dos nociones que tienen un alto contenido ético: La personalidad
institucionalizada y el valor razonable. La primera categoría obedece al principio
siguiente: Las decisiones individuales están condicionadas por las instituciones
que son el conjunto de reglas formales e informales. La historia, la cultura y, en
general, la forma como se organiza la sociedad, inciden en la decisión individual.
Desde la perspectiva de Commons no tiene mucho sentido pensar en individuos
aislados que toman decisiones de manera autónoma. Así que la personalidad
institucionalizada incorpora una dimensión ética fundamental.
El valor razonable pone en evidencia las limitaciones de los análisis basados
en nociones estrechas de racionalidad. Los principios básicos de la racionalidad
son la transitividad y la completitud. Bajo ciertas condiciones el comportamiento
racional de los agentes conduce a soluciones que no son óptimos de Pareto. La
elección entre los diversos óptimos de Pareto únicamente es posible por fuera
de la lógica del mercado y en un contexto en el que los precios ya no operan. Y
salirse del mercado es, en cierta forma, pensar la economía como una “institución

1. “Es muy claro que Veblen rechazó cualquier tipo de explicación hedonista del comportamiento
del consumo; más aún, cualquier tipo de explicación hedonista de cualquier aspecto del com-
portamiento. Para Veblen, el comportamiento humano era un comportamiento social, es decir,
que está moldeado por un condicionamiento cultural. La teoría de la clase ociosa era una teoría
del consumo explicado en términos culturales, no en términos individuales. Rechazaba el su-
puesto básico de la teoría convencional de que las necesidades de cada individuo brotan de su
esencia individual, que las necesidades deben ser consideradas como algo dado, cuyo origen es
desconocido” (Hamilton, 1987:171).
2. Al destacar la predominancia del dinero Veblen se anticipa a Keynes. Dillard (1980) compara
los enfoques de Keynes y Veblen.
3. La reflexión ética de Mitchelll se inscribe en el análisis de los ciclos económicos y de la incer-
tidumbre frente al futuro.

107
liberada del núcleo” (Williamson, 1993:103)4. La liberación del núcleo puede
darse en dos sentidos. El primero tiene que ver con la naturaleza del bien. Y el
segundo con la elección colectiva.
Para que tenga lugar el proceso de contratación al interior del núcleo se
requiere que al bien se le pueda asignar un precio mayor que cero. Los bienes
escasos y útiles tienen un valor. Pero al decir de Walras (1926) hay bienes muy
útiles como el aire que no tienen precio porque son abundantes. Este tipo de bienes
no se negocia en el núcleo. También están por fuera del núcleo aquellos bienes,
como la educación y la salud, que siendo útiles y escasos no pueden ser valorados
en el mercado5. Para analizar esta segunda clase de bienes se requiere pensar la
economía como “institución liberada del núcleo”. Y una vez que se está por fuera
del núcleo, el análisis económico ya no puede ocultar la relevancia de lo ético. De
ahí la preocupación permanente de Smith (1759, 1776) por los daños que causa
la división del trabajo6, y por la necesidad de pensar la educación, la salud y la
exclusión social, desde la perspectiva de los sentimientos morales.
La liberación del núcleo también se hace evidente cuando se pasa de la elección
individual a la elección social. La escogencia entre óptimos de Pareto alternativos
coloca la decisión en el terreno de lo colectivo. Y entonces ya no se trata sim-
plemente de la escogencia individual, en la que cada persona toma su decisión a
partir de la información proporcionada por los precios. La elección colectiva, que
obliga a preguntarse por el tipo de sociedad que se quiere, involucra anchuras que
no caben en el espacio de la elección individual. La escogencia entre óptimos de
Pareto obliga a pensar en el significado y los alcances de la justicia distributiva.
Y en este campo lo razonable adquiere toda su relevancia. Frente a la justicia
distributiva la dimensión ética es insoslayable.
Keynes (1936, 1937), como Marshall, también insiste en que la dinámica de la
economía debe ser incluyente. Los empresarios mejoran sus ganancias si el salario
aumenta y si la demanda crece. Sin que Keynes realice un análisis sistemático de

4. La expresión original es de Vernon Smith (1974).


5. Vernon Smith pone en evidencia los límites de la teoría de Becker sobre la familia y el matrimonio.
“Gary Becker (1981) ha mostrado que la economía puede ser relevante para la institución del
matrimonio. Pero si el divorcio es pensado como un problema social, dudo que pueda resolverse
con su teoría del matrimonio” (Smith, 1974:321).
6. En su ensayo Medina trae a colación la preocupación de Adam Smith por los daños que ocasio-
na la división del trabajo. “El hombre que gasta toda su vida realizando unas cuantas, simples
operaciones, cuyo efecto es siempre el mismo, o casi el mismo, no tiene ocasión para ejercitar
su entendimiento o su inventiva en buscar la forma de remover dificultades que nunca ocurren.
Pierde, así, el hábito de tal ejercicio y, generalmente, se vuelve tan estúpido e ignorante como
una criatura humana se puede volver” (Smith, 1776: Libro V, cap. 1, art. 2).

108
la relación entre ética y economía, su preocupación por la demanda agregada lo
lleva a plantear un modelo de desarrollo incluyente.
En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX la dimensión ética aparece
con mucha fuerza en el debate económico. La consolidación de la Unión Sovié-
tica y, en general, el avance de las economías socialistas pone al orden del día la
tensión entre libertad (eficiencia) e igualdad (justicia). La pregunta subyacente es
¿cómo avanzar hacia una sociedad justa sin renunciar a la libertad individual? El
pensamiento económico liberal de mediados del siglo XX busca que la sociedad
sea justa sin que la consecución de este objetivo sea incompatible con la libertad
individual.
Mises (1949) en Human action analiza los determinantes y las características
del comportamiento de las personas y de las sociedades. Desarrolla la noción de
catalaxia que incorpora aspectos que van más allá de las relaciones de mercado.
La catalaxia comprende, además de las transacciones, la relación entre las per-
sonas y la conversión del enemigo en amigo. Este enfoque del mercado como
catalaxia contiene una clara dimensión ética. La catalaxia es retomada por Hayek
(1976:109).
En el caso de Arrow la liberación del núcleo se presenta tanto por el camino
de la naturaleza del bien como por la vía de la elección social. Es muy interesante
que sea Arrow quien muestre los límites intrínsecos de la teoría del equilibrio ge-
neral, ya que él ha sido uno de sus grandes artífices. La liberación del núcleo en
el primer sentido la expresa claramente en sus análisis sobre los servicios médicos
y la salud (Arrow, 1963b, 1965). Estos bienes, por su naturaleza misma, están por
fuera de la lógica del mercado. Y la liberación del núcleo en el segundo sentido,
en el de la elección colectiva, es clara desde comienzos de los cincuenta cuando
Arrow (1951, 1952) se plantea la pregunta por el paso de la elección individual
a la elección colectiva. Y al tocar el terreno de la elección social Arrow se libera
del núcleo, hasta el punto de que reconoce de manera explícita que los instru-
mentos analíticos que dan cuenta de los procesos de contratación al interior del
núcleo, dejan de ser pertinentes cuando se pasa al campo de la elección social. En
el mundo de la decisión colectiva no se cumplen postulados tan básicos como la
transitividad. Y si el andamiaje falla desde la formulación de este principio fun-
damental, las pruebas de existencia, unicidad y estabilidad del equilibrio también
pierden consistencia. La reflexión de Arrow sobre elección colectiva comienza
proponiendo una función de utilidad cuyos argumentos son estados del mundo, en
los que las opciones valorativas son evidentes. En esta presentación de la función
de utilidad no hay dicotomía entre ética y economía. La ética es constitutiva de
la función de utilidad. La liberación del núcleo por la vía de la elección colectiva
tiene un costo: La renuncia a soluciones óptimas. En otras palabras, los equilibrios
que tienen lugar en el espacio de la elección social son subóptimos.

109
En los últimos cincuenta años el conflicto entre las elecciones individual y
colectiva, que finalmente es de naturaleza ética, ha sido una preocupación central
de la teoría económica. No obstante la heterogeneidad de las aproximaciones, en
todos los casos se acepta que la elección colectiva obliga a expresar las opciones
valorativas. Aunque el paso de la elección individual a la elección colectiva se ha
reformulado desde distintos enfoques, para los propósitos de esta introducción no
importa discutir cuál de las alternativas es superior. Basta con destacar que ninguna
de ellas es posible por fuera del espacio ético. Entre las diversas formulaciones
que desde la economía se han propuesto destaco las siguientes: Vickrey (velo de
ignorancia), Arrow (imposibilidad), Buchanan y Tullock (negociación), Harsanyi
(1953) (equiprobabilidad), Olson (acción colectiva), Simon (subsunción de la
preferencia individual en la preferencia colectiva).
Vickrey (1945), antes que Rawls (1971), muestra la importancia de optar entre
mundos alternativos sin que la persona sepa cómo le irá en cada uno de ellos. El
autor introduce la incertidumbre en la función de utilidad. Y además, reconoce
que la elección entre los mundos posibles depende de las opciones valorativas.
Así que la función de utilidad no es concebible por fuera de la ética.
En numerosos artículos Vickrey reconoce las limitaciones de la microecono-
mía. Puesto que la lógica micro se agota queda abierto el espacio para la discusión
política. Después de examinar los criterios que deben regir la fijación de las tarifas
cuando los costos marginales de los servicios son decrecientes, y una vez que
ha explicado el significado de la categoría costo marginal social de corto plazo,
concluye que preguntas neurálgicas como la forma de financiación del subsidio
y el destino de las transferencias, tienen que ser resueltas en la arena política. La
decisión final, concluye, está en manos de los concejales de la ciudad.
Arrow (1951b:82), citando a Kant, reconoce que la persona es fin y no me-
dio . Pero el problema radica en que los individuos conciben de manera distinta
7

la relación entre medios y fines. Y desde el punto de vista lógico no es posible


conciliar las preferencias individuales y colectivas. Arrow llama la atención sobre la
necesidad de resolver el conflicto por la vía de lo razonable, que va más allá de la
lógica puramente racional. Y lo razonable, el valor razonable de Commons, libera
del núcleo. Al interior del núcleo de contratación el ejercicio de Arrow llega a una
situación de imposibilidad. Sencillamente, no hay forma de que las elecciones de
cada individuo sean compatibles con la decisión colectiva.

7. “Cada individuo debe tratar al otro como un fin en sí mismo (...) Un grupo de individuos en el
que cada uno obedece su imperativo moral conforma un “reino de los fines” lo que en nuestra
terminología sería equivalente a una sociedad con una función de bienestar social satisfactoria”
(Arrow, 1951:82).

110
Buchanan y Tullock (1962) proponen resolver el conflicto entre elección
individual y colectiva por la vía de la negociación. Las preferencias individuales
se negocian. Los acuerdos políticos permiten avanzar hacia soluciones colectivas
que resultan de la forma como los individuos ponderan la relación costo/beneficio
que se desprende del pacto político. Y la discusión programática obliga a explicitar
los valores éticos. Mientras más básico sea el acuerdo, más fácil es la negociación.
Buchanan y Tullock critican el énfasis que pone Arrow en los aspectos conse-
cuenciales. El acuerdo colectivo es muy difícil de alcanzar cuando se somete a
consideración de las personas un modelo muy acabado de sociedad. El acuerdo
debe ser sobre reglas fundamentales, relativamente sencillas.
Olson (1965) muestra que hay una tensión permanente entre las preferen-
cias de la persona y las preferencias del grupo. Por un lado, la persona busca la
acción colectiva porque los objetivos de ésta le convienen pero, por otro lado,
debe renunciar a sus pretensiones individuales en aras del éxito de la acción del
grupo. El ejemplo que utiliza Olson para mostrar el conflicto entre los intereses
individuales y colectivos es muy sencillo. Si un grupo de empresas decide utilizar
su poder oligopólico para reducir la demanda y aumentar los precios, cada una
de las empresas que participan en el acuerdo no puede, así lo quiera, aumentar su
cuota de producción. En el momento en que una de las firmas decida incrementar
la oferta, el pacto se rompe, los precios bajan y todas las empresas que hacían
parte del grupo pierden los beneficios derivados del mayor precio8.
Simon (1945, 1955, 1983) muestra que el individuo puede renunciar a su pre-
ferencia individual en aras de la preferencia colectiva. Las formas que adquiere esta
subsunción son variadas. En la relación laboral, por ejemplo, el trabajador acepta
las decisiones del jefe a cambio de un salario. La menor libertad del empleado es
compensada con el salario. Y en función de la situación del mercado laboral y de
las posibilidades de conseguir un nuevo empleo, el trabajador tiene un “margen
de tolerancia”. Soporta más al jefe cuando el mercado laboral está deprimido. Y
lo acepta menos cuando percibe que tiene buenas posibilidades por fuera de la
empresa. En la perspectiva de Simon el salario tiene un alto contenido social. Y
en lugar de la firma, Simon (1952) prefiere pensar las relaciones entre los traba-
jadores, el empresario y los clientes a través de la organización. La firma es una
caja negra. La organización, en cambio, permite captar las interacciones complejas
que se presentan entre sus integrantes. Mientras que en la firma el salario óptimo
resulta de un proceso matemático impersonal, en las organizaciones el salario es
la expresión de fenómenos tan variados como autoridad, lealtad, eficiencia, etc.

8. “(...) mientras que todas las firmas tienen un interés común en vender a un precio más alto, ellas
tienen intereses antagónicos en los que respecta a la cantidad de producto” (Olson, 1965:9).

111
Simon formula sus planteamientos en el contexto de información limitada. La
organización no puede ser concebida por fuera de las interacciones sociales que
vinculan a sus integrantes.
No obstante la heterogeneidad de enfoques, las distintas aproximaciones a la
elección colectiva tienen un elemento en común: La relevancia sustantiva de la
ética. La economía es ética.
Jaime Lozano examina el “rompecabezas” de Jesús Antonio Bejarano: La
relación entre ética, instituciones y economía. Para Bejarano siempre fue motivo
de preocupación la relación entre ética y economía. El problema se manifiesta en
los tres grandes tópicos que en los últimos años llamaron su atención: El proceso
de paz, la construcción de una comunidad académica y el estudio del pensamien-
to económico de las instituciones. La dimensión ética, piensa Bejarano, se hace
realidad a través de un ordenamiento institucional9. No basta con las reglas, “lo
que está en juego son las posibilidades reales que las instituciones de un siste-
ma económico y político pueden ofrecer a los individuos para la realización de
sus libertades” (Lozano, 2001). La economía institucional tiene la virtud de que
explicita las interacciones complejas que se presentan entre, libertad, igualdad
y eficiencia. Sin duda, el ideal sería que las tres fueran de la mano. Pero en la
realidad ello no es posible.
En el pensamiento de Bejarano, recuerda Lozano, es claro que “la prosperidad
material no puede agotar la idea de bien común”. La asignación de los recursos
de la sociedad no puede realizarse por fuera de los valores y de las instituciones.
Pero al mismo tiempo, Bejarano reconoce las bondades del mercado, pero se
cuida de no absolutizarlo. Tampoco lo sataniza. Y como señala Lozano, en ello
se diferencia de algunos colegas de su generación, que le atribuían los males de la
sociedad al mercado. Uno de los problemas más complicados que se presentan al
analizar el mercado es que se trata de una categoría resbalosa. “Bejarano, guiado
por Barber, señalaba la perplejidad que produce revisar la historia del pensamiento
y no encontrar menciones explícitas sobre lo que quiere decir mercado” (Loza-
no, 2001). El mercado se absolutiza cuando se confunde sociedad de mercado y
economía de mercado.
Ya decía que Bejarano no cree que la ciencia económica esté avanzando
hacia la consolidación de un núcleo duro. Esta percepción del desarrollo de la
ciencia, que es de corte lakatiano, no lo convence. Mucho menos después de que
la economía institucional ha ido ganando espacio. En lugar de un núcleo duro que

9. “(...) para Bejarano la pregunta por la ética del sistema económico, no es por un aspecto más de
la realidad como el político o el económico. Está inmersa más bien en un papel integrador de
todas las esferas de las actividades humanas. Esta forma de plantear la pregunta es esencial para
entender el vínculo entre el análisis económico de las instituciones y la ética” (Lozano, 2001).

112
se va fortaleciendo, la economía institucional proporciona un “gran costal” en el
que conviven enfoques y teorías muy diversas. La abundancia de temáticas es una
ventaja en el sentido de que amplía el horizonte de análisis. Pero es una desventaja
porque genera dispersión. De todas maneras, Bejarano encuentra en la economía
institucional una respuesta a la crisis de la ciencia económica contemporánea. La
crisis se manifiesta en falta de coherencia, de pertinencia y de realismo. Lozano
explica el significado que Bejarano le atribuye a cada una de estas categorías y
muestra las razones por las cuales el programa de investigación walrasiano no es
pertinente.
Gracias a la economía institucional es posible retomar las preguntas básicas
formuladas por Smith y Marx. Lozano recuerda que el trabajo de North como
historiador partió de la obra de Marx. Lejos de cualquier dogmatismo, Bejarano
encuentra elementos comunes entre Polanyi y Hayek. Ambos, cada uno a su ma-
nera, son institucionalistas.
Hayek identifica la sociedad con el orden espontáneo de mercado. Polanyi,
aunque también se centra en el intercambio reconoce en las bases instituciona-
les del sustento del hombre el problema económico. Es decir no reduce ni lo
económico al mercado, ni la sociedad al mercado, pero coincide con Hayek en
que la supervivencia del orden social depende de las normas y valores (reglas)
que sostienen los intercambios (Lozano, 2001).
Bejarano retoma la idea de catalaxia de Hayek y deriva sus implicaciones
institucionales. Comparte con Hayek su crítica al intervencionismo. Pero no está
de acuerdo en identificar el orden de mercado con el de la sociedad10. Polanyi
reconoce los límites de la sociedad mercantil. Considera que el mercado apenas
es “un tipo de interacción social” (Lozano, 2001).
Bejarano siempre se preocupó por la relación entre economía y política. Uno
de los autores que más avanzó en este tema, aunque con profunda desconfianza,
fue Barry11. Por fin hoy, y a pesar del escepticismo de Barry, la aplicación de la
elección racional a la política ha sido aceptada12.

10. “El mercado no integra a la sociedad y por tal razón es importante reconocer en contra de lo
que cree Hayek, que el mercado es una categoría analítica diferente de la sociedad. La virtud
de la espontaneidad no puede llegar tan lejos. Bejarano desarrolla su crítica de Hayek en estos
términos guiado por Buchanan y Polanyi” (Lozano, 2001).
11. “En 1970 Barry creía imposible encontrar una explicación de la estabilidad del orden social que
partiera de la elección racional. Para él las deducciones que partían de argumentos basados en
la racionalidad individual perdían toda su fuerza predictiva al integrarlos a las explicaciones del
orden social o al articularlos a las instituciones” (Lozano, 2001).
12. “Treinta años después no solamente ha crecido en magnitud la aplicación de la teoría de la elec-
ción racional a la política sino que, diría Bejarano, surgen disciplinas híbridas como la elección
pública y la socioeconomía” (Lozano, 2001).

113
En este contexto casi que es inevitable referirse al individualismo metodoló-
gico. Para Bejarano el punto de partida del imperialismo económico es el indivi-
dualismo metodológico. Y Lozano explica por qué el individualismo metodológico
ha pasado por “períodos de prestigio y desprestigio”. No obstante sus bondades,
Bejarano lo considera muy restrictivo. Le preocupa la fundamentación excesiva-
mente individualista de la teoría de la elección pública. Expresa su desconfianza
frente a muchos de los trabajos de los economistas sobre el crimen, la familia,
el sexo. Para Bejarano estos análisis suelen ser muy restrictivos, ya que dejan de
lado interacciones sociales estructurales que a su juicio son fundamentales. La
fragmentación entre la política y la economía le hace daño a ambas, “los límites de
la especialización han llevado al estancamiento intelectual de ambas disciplinas”
(Lozano, 2001). La economía institucional es un campo ideal para que se lleve a
cabo un diálogo fértil entre economía y política.
Varios obstáculos impiden el acercamiento entre economía y política. Amén de
la excesiva formalización de la economía, Lozano menciona también: La “ideología
que limita los intercambios”, la metodología, el objeto de estudio y los paradigmas.
Las interacciones entre el derecho y la economía guardan mucha relación con el
tema anterior. En el análisis institucional la mediación del derecho es central.
La crisis no es sólo de la economía. Afecta al conjunto de las ciencias sociales.
Sería ideal poder microfundamentar las grandes macrohipótesis. Bejarano observa
que las decisiones políticas individuales pueden darle el poder a un partido que
no favorece el empleo. Y para el votante este resultado puede ser totalmente in-
esperado. Desde la perspectiva de Bejarano sería ideal derivar las consecuencias
macro de las decisiones individuales que las ocasionan.
Bejarano busca la pertinencia, el realismo y las posibilidades efectivas de la
transformación que se consiga mediante los intercambios entre la economía, el
derecho y la política. Por ello cuando “identifica los aportes de la teoría política
al análisis económico tenía en mente la necesidad de construir una idea de lo co-
lectivo fundamentada en lo económico y no en una idea etérea de interés público”
(Lozano, 2001). De ahí la importancia que le dio al análisis de la violencia en
Colombia a la luz de los elementos teóricos que le proporcionan la ciencia po-
lítica, el derecho y la economía. En sus aproximaciones a la violencia Bejarano
privilegia el enfoque procedimentalista. Es posible llegar al acuerdo si se busca
el consenso sobre principios mínimos que sean básicos. Las conversaciones de
paz lideradas por la administración Pastrana le dieron demasiada importancia al
tipo de sociedad que se quería construir. En lugar de discutir sobre las reglas, las
conversaciones se centraron en el imaginario de sociedad. Para Posada, Deas y
Powel (2002) el énfasis que tomaron los aspectos consecuenciales fue una de las

114
causas del fracaso de las conversaciones13. Es muy probable que Bejarano también
hubiera compartido este tipo de diagnóstico. Su percepción era más deontológica,
como la de Buchanan, que consecuencialista, como la de Arrow.
Piensa Bejarano que frente al conflicto entre los óptimos de Pareto y la efi-
ciencia no queda más alternativa que recurrir a un criterio normativo de justicia. Y
entonces, deben hacerse comparaciones interpersonales de bienestar. En la discusión
sobre la forma de hacer compensaciones, Bejarano no cree que sea necesario acabar
con la propiedad privada. La defiende. En su opinión, allí no radica el problema
de la justicia. “La posición de Bejarano sobre la moralidad del sistema, en una
primera aproximación, lo llevaba a aceptar la legitimidad moral de la propiedad
privada, la búsqueda del propio interés y el mercado como mecanismo de coordi-
nación” (Lozano, 2001). Al afirmar la propiedad, Bejarano es consecuente con su
percepción del mercado y con su reconocimiento de las bondades de la sociedad
liberal. Más interesante que la discusión sobre la propiedad privada puede ser la
reflexión sobre el proceso mediante el cual se determina lo que socialmente se
considera bueno. Bejarano rechaza las visiones monista del bien. “Ninguna idea
del bien puede depender de un único principio” (Lozano, 2001).
El análisis de Luis Fernando Medina (1993) pone en evidencia la importan-
cia que tiene la razón en la determinación del juicio moral. Ya desde el título del
artículo, Ética racional y racionalización social, se muestra la pertinencia de la
fundamentación racional de la ética. El texto de Medina comienza con una cita de
Tomás de Aquino. Y a partir de allí el autor nos propone tres temas de reflexión:
i) la existencia de un orden natural, ii) el sentido de los fines de acuerdo con el
orden natural, iii) la preeminencia de los fines espirituales frente a los fines ma-
teriales. Medina nos muestra de qué manera estos tres aspectos son retomados
por Hegel, quien explicita la pertinencia de la razón en la configuración de la
estructura social.

13. "El proceso de negociación con los grupos armados ilegales ha estado en buena parte determina-
do por una amplia noción de la paz que, a su turno, condicionó la definición de los contenidos
y del ritmo de las negociaciones. Según dicha noción, la paz no sería solucionar el conflicto
armado entre el Estado y los grupos subversivos que le disputan su autoridad; la paz sería darle
solución a los problemas sociales, económicos, políticos y hasta culturales de los colombianos.
Esta diferenciación conceptual no es retórica: ella ha contribuido a la aceptación de una agenda
negociadora en extremo ambiciosa, que aspira redefinir el modelo de la sociedad. Parecería
entonces que la búsqueda de darle fin al conflicto armado no es prioritaria. Lo prioritario sería
discutir el modelo de la sociedad. Mientras tanto, se posterga la discusión sobre las condiciones
de reinserción de los grupos armados a la vida civil y constitucional del país (a menos que se
entienda que tales condiciones son precisamente la solución de los problemas del país (con lo
que la paz se ha vuelto así una meta utópica)” (Posada, Deas y Powel, 2002:40-41).

115
Tomás de Aquino, siguiendo el camino propuesto por Aristóteles, busca afirmar
la relevancia de la razón. Aquino, advierte Medina, no es oscurantista, ya que trata
de fundar los principios teológicos en la razón. Y este ejercicio es revolucionario.
En palabras de Medina (1993),
(...) la solución de Santo Tomás es todo, menos oscurantista. Al contrario, su
propósito es generar certezas teológicas derivadas, no de la autoridad jerárquica,
sino del examen riguroso del mundo mediante principios racionales.

El proceso iniciado por Aquino crea condiciones que favorecen el avance de


la razón. Entre los siglos XIII y XVIII el progreso de la razón está acompañado
de una afirmación del individuo. Pero el individuo racional vive en comunidad.
Y para Medina la “tesis central” de su ensayo es: “Algunas de las preguntas fun-
damentales sobre el diálogo entre ética y economía son preguntas sobre teoría
social”. La razón ha cumplido diversas funciones a lo largo de la historia. En el
orden medieval, “podía servir como instrumento para descubrir las normas del recto
obrar” y así la percibía Aquino. Pero en los “nuevos tiempos”, “el orden que hacía
tal empresa posible estaba siendo destruido, precisamente por el ejercicio de la
actividad racional de los hombres”. Así que la pregunta por el poder normativo de
la razón es neurálgica14. Hegel propone una solución. En su opinión los principios
racionales no existen puros y abstractos, por fuera de la experiencia.
La racionalidad en Hegel, dice Medina (1993), “sólo se puede desplegar en
un constante diálogo con las experiencias mundanas que le acaecen”. Pero Hegel
defiende, incluso con mayor fuerza que Kant, el poder normativo de la razón. Y
cuando la razón entra en escena genera dinámicas irreversibles: Una vez que la
creencia ha sido juzgada por la razón el individuo nunca la volverá a ver con los
mismos ojos. La creencia no es la misma después de que ha pasado por el filtro
de la razón. Medina observa que en Hegel la historia y la filosofía no pueden se-
pararse. Y por ello en Lecciones sobre filosofía de la historia, Hegel reconstruye
la historia con un enfoque filosófico, y en la Fenomenología del espíritu contex-
tualiza la filosofía en la historia. Y, concluye Medina, para Hegel “la sociedad
debe ser entendida como en permanente proceso de racionalización”. Gracias a
la razón el individuo se cuestiona su propia forma de vida hasta el punto de que
se cambia a sí mismo. En la óptica de Hegel, no es posible entender la relación
entre ética y economía, sin una teoría de la sociedad. La sociedad civil se conso-
lida en la medida en que los individuos puedan expresar sus opiniones e influir
en la esfera pública.

14. Saúl (1992) muestra los daños que le ha causado a la sociedad la absolutización de la razón.

116
La relación entre ética y economía, afirma Medina, “se juega fundamental-
mente en la política”. Porque es en la esfera política donde se explicita en toda
su dimensión el proceso complejo que lleva a la construcción de un orden social
a partir de las acciones individuales. Medina termina el artículo recordando que
la economía de mercado es un “hecho social”.
Pero la economía de mercado sólo puede existir en un entorno institucional
que bien puede tomar muchas manifestaciones. Por ejemplo, para que exista
un mercado es necesario que existan derechos de propiedad. Pero, contrario a
lo que bien podríamos llamar ‘fetichismo jurídico’, un derecho de propiedad
no es algo que exista independientemente de las demás esferas de la sociedad
civil. La sociedad civil define y redefine permanentemente tales derechos y de
esas definiciones y redefiniciones depende hasta qué punto una economía de
mercado particular es percibida por sus miembros como justa. Así, la economía
de mercado es un hecho social que condiciona y es condicionado por otros
hechos sociales (por ejemplo, la política, la legislación, la constitución, entre
otros) (Medina, 1993).

Gran parte de la teoría económica contemporánea se ha construido sobre el


utilitarismo. Y no obstante su importancia, en las escuelas de economía no suele
estudiarse el pensamiento de Bentham y de Mill. En el artículo que escribí sobre
el utilitarismo de Bentham muestro la relevancia actual de muchas de sus ideas.
En la primera parte se pone en evidencia la importancia que le atribuye Bentham
al individuo. El punto de partida del análisis es la persona. Rechaza las visiones
organicistas de la sociedad y del Estado. En la polémica entre Arrow y Buchanan
este tema es recurrente. Piensan Buchanan y Tullock (1962) que la función social
de Arrow supone una especie de racionalidad colectiva. Bentham, Buchanan y
Tullock defienden con énfasis el principio de que sólo los sujetos individuales
deciden15. Consideran inapropiado atribuirle características de sujeto racional a las
instituciones. Para Bentham el individualismo metodológico está relacionado con
el empirismo. La moral, dice, debe utilizar el método experimental propio de la
física. La reflexión moral se funda en la experiencia. Bentham asocia el placer al
bien, sin que desarrolle una reflexión sistemática sobre lo bueno. Podría afirmarse
que entre el placer y el dolor hay un continuum. Lo mismo sucede entre el bien y
el mal, entre la subsistencia y la abundancia. Y aunque estas tres líneas guardan
una cierta correspondencia las interacciones no son unívocas.
En el contexto del pensamiento de Bentham, es apenas lógico que la teoría
del valor sea subjetiva. El individuo valora la mercancía de acuerdo con la utilidad

15. En su respuesta a Buchanan y Tullock (1962), Arrow (1963) insiste en que la función de bienestar
social no desconoce que, finalmente, la decisión es individual.

117
que le proporciona en el margen. A finales del siglo XIX y principios del XX
se consolida el enfoque subjetivo que se expresa en la teoría de las preferencias
reveladas. Dado que no es posible conocer directamente la utilidad de cada per-
sona, debe recurrirse a aproximaciones indirectas como la demanda del bien. El
individuo revela la preferencia una vez que adquiere el producto: Compra el bien
porque le proporciona satisfacción.
Para Bentham el bien y el mal están asociados al placer y al dolor. La virtud
se sustenta en la utilidad. Esta forma de acercarse al bien y al mal riñe con los
enfoques platónicos, que suponen que el bien está dado y que existe por fuera de
los individuos. Bentham parte de una noción inmanente del bien. En la presen-
tación que hacen Nussbaum y Sen (1993) del libro La calidad de vida recuerdan
que la discusión sobre el utilitarismo conserva su actualidad, especialmente en
el campo de la filosofía. Y autores como Bentham y Mill continúan siendo un
punto de referencia obligado. Así que la relectura de esta literatura es bienvenida.
A pesar de que una gran parte del corpus teórico de la economía se ha construido
sobre los principios utilitaristas, al interior de la profesión suele reflexionarse
muy poco sobre el significado y los alcances del utilitarismo. Habría una especie
de acuerdo tácito de que basta con compartir cierta intuición sobre el significado
del utilitarismo, sin que sea necesario tratar de avanzar en la comprensión de su
significado. Este enfoque lleva a una simplificación inadecuada16.
Para Bentham el utilitarismo tiene sentido porque permite transformar la
sociedad. Su espíritu pragmático y reformador lo lleva a concebir el utilitarismo
desde una perspectiva cardinal. La utilidad debe ser cuantificada porque de otra
manera no es posible mejorar la sociedad y poner en práctica el axioma funda-
mental. El gobernante debe contar con la ayuda del médico y del estadístico. El
primero conoce las artes para aumentar el placer y reducir el dolor. Y el segundo
sabe cómo medir. La comparación cardinal de la utilidad de los individuos ayuda
a diseñar el tipo de sociedad que se desea construir.
Bentham hace consideraciones sobre el dinero, la riqueza y la intervención
del Estado. Advierte que el dinero no es riqueza. Muestra que se equivocan las
naciones que se sienten ricas cuando el dinero abunda. No basta con que haya
dinero. Los gobiernos y los comerciantes son incautos cuando pretenden “(...) au-
mentar el dinero más bien que la riqueza, aumentar el intercambio a expensas de
la producción” (Bentham, 1801:248). El axioma fundamental también es la guía
para determinar el grado de intervención del Estado. Aquí también se expresa el
pragmatismo de Bentham: La acción del gobierno es bienvenida si contribuye a
hacer realidad el axioma fundamental.

16. En su ensayo, Pérez muestra que ya Mill criticaba esta lectura estrecha y cerrada del utilitarismo.

118
El texto de Mauricio Pérez (1999) sobre John Stuart Mill revela facetas muy
interesantes de su pensamiento. Pérez destaca la prudencia epistemológica de
Mill, quien reconoce que “los límites del conocimiento son estrechos y la certeza
es imposible”. Recuerda Pérez que para Mill “el dogmatismo, cualquiera que sea,
no sólo es un error intelectual sino que además es moralmente reprochable”. Mill
amplía el espacio de la reflexión benthamiana. La utilidad, dice, es “la instan-
cia suprema de toda cuestión ética, pero debemos entenderla en el sentido más
amplio del vocablo, como fundada en los intereses del hombre en cuanto ente
progresivo”.
Pérez organiza su ensayo alrededor de tres preguntas: “¿qué es lo bueno?;
¿cómo deben actuar los individuos para lograrlo?; y ¿de qué manera debe organi-
zarse la sociedad con este propósito?”. Lo bueno es la felicidad. Esta aproximación
ética es “endógena” en el sentido de que nace de la persona. Mill reconoce que
la felicidad está relacionada con el placer, pero insiste en que no es lo mismo. La
naturaleza del placer es distinta a la de la felicidad. El placer, dice Mill, apenas
dura un momento. La felicidad “es la finalidad de la vida”. Y la felicidad no es
“una vida en continuo éxtasis, pero sí una existencia integrada por momentos de
exaltación, dolores escasos y transitorios y muchos y variados placeres”. Las per-
sonas perciben los placeres y la felicidad de manera distinta. Además, hay placeres
de placeres. En palabras de Mill, es preferible “ser un hombre insatisfecho que
un cerdo satisfecho, es mejor ser Sócrates insatisfecho, que un loco satisfecho”.
Piensa Mill que debe avanzarse en la comprensión de aquellas dimensiones de la
felicidad que superan el espacio del placer.
Para Mill, nos recuerda Pérez (1999), el cálculo cardinal es insuficiente porque
los placeres son de naturaleza muy diversa. No tiene mucho sentido medir con el
mismo rasero la satisfacción producida por una buena comida y la emoción que
se experimenta al escuchar una pieza de Mozart. La naturaleza de estas sensa-
ciones es tan diferente que ni siquiera vale la pena tratar de buscar un parámetro
estándar. La felicidad pasa por un proceso que va más allá del placer. El espacio
multidimensional de la felicidad no puede ser captado por una medida cardinal.
Mediante este tipo de reflexión Mill muestra la complejidad de la felicidad, y
pone en tela de juicio la identidad entre felicidad y placer. Lo bueno no está re-
lacionado con el placer sino con la felicidad. Al vincular el bien al placer, dice
Mill, se cae en un mundo tan vulgar como el de los cerdos. Aunque ambos están
relacionados, la felicidad humana tiene dimensiones que van mucho más allá del
placer inmediato.
La idea de felicidad es más compleja en Mill que en Bentham. Para Bentham
la felicidad resulta del balance neto entre el placer y el dolor. La agregación por
suma de la lógica benthamiana no le gusta a Mill porque la considera demasiado

119
restrictiva, y propone otra alternativa de valoración estrechamente relacionada con
la noción de progreso. La felicidad puede ser alcanzada por las personas nobles
y virtuosas.
Pérez observa que en la aproximación de Mill, los medios empleados para
conseguir la felicidad pueden convertirse en fines. En un primer momento, el dinero,
la fama y el poder suelen considerarse como medios para alcanzar la felicidad.
Pero en un segundo momento pueden convertirse en fines. Y entonces, la felicidad
termina identificándose con la fama, el dinero y el poder. Independientemente de
las complejas razones que motivan la conversión de los medios en fines, a Mill le
interesa mostrar que entre el placer y la felicidad hay mediaciones importantes.
Las fuentes de satisfacción van cambiando con el tiempo y las sociedades.
Para superar el relativismo utilitarista, Mill propone que el progreso sea un pun-
to de referencia objetivo. Pérez (1999) resume así la definición que hace Mill
del progreso. “El progreso no es un resultado mecánico, pero puede esperarse,
normalmente, del desarrollo de la potencialidad humana mediante el avance del
conocimiento y su difusión por medio de la educación”.
La segunda pregunta tiene que ver con la forma cómo las personas alcanzan
lo que consideran bueno. Mill acepta que el propio interés es el motor de la acción
humana. Pero al mismo tiempo reconoce que el altruismo también juega un papel
muy importante. Muestra que es factible conjugar el egoísmo con el altruismo.
Las personas expresan sentimientos como la simpatía que ayudan a cotejar los
sentimientos de dolor que experimenta el individuo con el dolor de la sociedad. En
ciertas ocasiones y para algunas personas, el dolor de los demás cuenta más que
el dolor propio. La simpatía unida a la educación amplía el horizonte y permite
conciliar el egoísmo y el altruismo.
Al explicar la tensión entre obligación y virtud, Mill relaciona la virtud a la
segunda parte del axioma fundamental: El mayor número de personas. La virtud
estimula el sacrificio individual en aras de la felicidad colectiva. La virtud genera
externalidades positivas que favorecen al conjunto de la sociedad. El costo que
conlleva el sacrificio debe reflejarse en un mayor bienestar colectivo. No tiene
mucho sentido el sacrificio individual que no redunde en una mayor felicidad. Por
esta razón, dice Mill, el sacrificio del asceta no es digno de admiración, ya que la
persona únicamente está preocupada por su propio sacrificio, sin importarle cómo
se refleja este sufrimiento individual en la felicidad colectiva.
La tercera pregunta tiene que ver con la forma como la sociedad se organiza
para conseguir el bien. El tema corresponde al campo de la elección colectiva y
la filosofía política. Pérez muestra que al pasar al terreno de la decisión social es
inevitable hacerse la pregunta por la justicia distributiva. En la perspectiva liberal
del pensamiento de Mill la distribución de los derechos de propiedad es neurálgica.

120
El continuo replanteamiento de los derechos de propiedad es una condición del
pensamiento liberal. La preocupación por la justicia distributiva también es explícita
en otros autores liberales como Bentham y, más tarde, Walras (1926, 1936). Para
Walras, ya decíamos, la propiedad estatal de la tierra es una condición necesaria
para el funcionamiento del mercado. En este sentido la justicia distributiva es una
precondición para que el mercado sea compatible con la justicia conmutativa. Del
mercado no se deriva la justicia distributiva, sino que ésta es una precondición del
mercado, o de la justicia en el intercambio.
La búsqueda del bienestar para el mayor número obliga a realizar políticas
públicas distributivas que, en opinión de Pérez, tienen una estrecha relación con
la felicidad colectiva. El principio de la mayor felicidad para el mayor número
requiere tener en cuenta la justicia distributiva.
La tensión planteada por Coase (1937) entre el mercado y la firma se refleja
en el teorema de Coase. Pérez lo resume así:
En la ausencia de costos de transacción cualquier distribución inicial es compatible
con la asignación óptima de los recursos productivos. Pero como los costos de
transacción siempre están presentes, su corolario es: Los costos de transacción
hacen que ciertas distribuciones iniciales de los derechos de propiedad sean
incompatibles con esa asignación óptima (Pérez, 1999).

Esta reflexión de Coase permite retomar la discusión sobre el sentido del


análisis económico por fuera del núcleo. Cuando no hay costos de transacción,
la asignación inicial es compatible con el óptimo. Y en presencia de costos de
transacción, tales asignaciones no son óptimas. En otras palabras, basta con que
haya costos de transacción para que la reflexión económica tenga que realizarse
por fuera del núcleo.
La libertad negativa es para Mill una condición necesaria para el ejercicio de
la libertad positiva. Sin la primera no es posible la segunda. Pérez recuerda que
Berlín defiende la libertad negativa porque la considera una precondición de la
libertad positiva.
Para Mill, continúa Pérez, hay dos tipos de injusticias. Por un lado, las in-
justicias que nacen de lo que hace la sociedad. Y del otro lado, las injusticias que
tienen su origen en lo que no hace la sociedad. Los derechos que nos protegen de
la injusticia deben ser seguros. La justicia no puede construirse sobre bases incier-
tas. La imparcialidad garantiza que frente a la misma acción todas las personas
sean juzgadas de igual manera. Y para que ello sea posible es necesario limitar el
margen de acción del Estado y de la sociedad. “La seguridad de los derechos sólo
puede garantizarse mediante arreglos institucionales que limitan los alcances de
la potestad del Estado y de la sociedad sobre el individuo” (Pérez, 1999).

121
Pérez termina su artículo preguntándose si es pertinente seguir calificando
como utilitarista el pensamiento de Mill reconociendo, de antemano, que el utili-
tarismo de Mill es más rico y complejo que el de Bentham.
(...) Lo que se observa [en Mill] es un razonamiento mucho más complejo y po-
siblemente más realista que el de los utilitaristas clásicos pero que no contradice
el postulado de la mayor felicidad para el mayor número. Mill sí incorpora a
ese razonamiento valores e ideas del pensamiento ético de la antigüedad (Pérez,
1999).

Y, de todas maneras, Mill afirma la pertinencia de la lógica consecuencialista


del utilitarismo17.
Carolina Esguerra (2001) compara la racionalidad social en Arrow y en Bu-
chanan. La autora comienza definiendo la naturaleza de la función de bienestar
social de Arrow. Muestra que es distinta a la de Bergson porque los estados del
mundo que son constitutivos de la función de Arrow involucran las dimensiones
valorativas que Bergson trata de ignorar.
Esguerra contextualiza la escuela de la elección pública que en gran medida
se deriva del trabajo de Buchanan y Tullock (1962). Describe las características
generales de las cuatro corrientes principales: Virginia, Rochester, Chicago e In-
diana. La economía constitucional de Buchanan hace parte de la corriente de
Virginia. La autora muestra que el balance costo-beneficio que guía los análisis de
la economía constitucional tiene como punto de referencia el mercado. A partir de
esta consideración de Esguerra se me antoja la siguiente reflexión: Mientras que
Arrow muestra las condiciones de imposibilidad que se desprenden de la lógica
de los precios, Buchanan trata de ampliar el espacio de los precios con el fin de
llevarlos hasta la esfera de lo político y de la elección colectiva. Pero Buchanan es
consciente de que el criterio costo-beneficio cuando se aplica a lo político, requiere
de una noción de mercado amplia. Y por ello recurre a la catalaxia.
Después de explicar cada una de las condiciones que debe cumplir la fun-
ción de bienestar social Esguerra (2001) recuerda las razones por las que Arrow
llega a una situación de imposibilidad. Contrarresta las posiciones de Buchanan
y Arrow. Buchanan evita caer en un callejón sin salida como el de Arrow porque
los individuos que participan en el juego pueden definir unas reglas que permitan
el intercambio de votos. De esta manera la negociación política entra en escena.
Mientras más sencilla sea la regla más fácil es llegar a la unanimidad o a la cua-
si-unanimidad. Los jugadores de dos equipos de fútbol pueden llegar fácilmente,

17. El consecuencialismo de Mill tiene en cuenta la historia y, en opinión de Hancock (1957), su


pensamiento ético tiene una dimensión histórica más profunda que el de Kant.

122
y por unanimidad al siguiente acuerdo: El árbitro del partido debe tener una
nacionalidad diferente a la de los equipos enfrentados. Otro ejemplo de la regla
mínima de Buchanan es el prólogo de un libro, que no compromete a ninguno de
los articulistas invitados. El problema de Arrow, dice Buchanan, es que propone
llegar a acuerdos sobre estados de mundo, sobre alternativas de sociedad. Y enton-
ces el panorama se complica. A Buchanan le parece que la función de bienestar
social de Arrow es demasiado consecuencialista.
También analiza Esguerra la forma como los dos autores asumen la condición
de “independencia de las alternativas irrelevantes”. Buchanan acepta que en el
proceso de negociación las alternativas irrelevantes vayan modificando las prefe-
rencias de los participantes. En su opinión la regla de la mayoría no es suficiente
para dirimir el conflicto y, por tanto, se requiere que haya “pagos adicionales”.
Las reflexiones sobre la elección colectiva son incomprensibles por fuera
del individualismo metodológico. Que no significa, como lo afirma Arrow, el
desconocimiento de los valores sociales.
(...) La aproximación de Arrow al problema de la elección social evidencia su
reconocimiento de las categorías sociales, pues es precisamente la tensión que
existe entre los intereses individuales y los intereses colectivos lo que fundamenta
la búsqueda de una función de bienestar social que cumpla con unas condiciones
mínimas de consistencia (Esguerra, 2001).

En opinión de Esguerra el individualismo de Buchanan es estrecho y no


involucra de manera explícita, como en Arrow, los valores sociales. Dado el afán
del individualismo metodológico de Buchanan por poner en primer lugar la regla
mínima y los aspectos instrumentales, “no asume ninguna tensión entre los inte-
reses individuales y los intereses colectivos” (Esguerra, 2001).
Para explicar el significado del individualismo metodológico, Buchanan sigue
a Hayek y diferencia el verdadero del falso individualismo. El primero considera
que las relaciones sociales resultan de las acciones no intencionadas de los in-
dividuos. El falso individualismo supone que las relaciones sociales obedecen a
un diseño pre-establecido. El verdadero individualismo centra la atención en los
procedimientos mínimos. Le resta importancia a las consecuencias y a los criterios
valorativos que les sirven de guía. La óptica de Arrow es muy distinta porque la
función de utilidad del individuo que se hace la pregunta por el bienestar social
involucra los valores. Arrow admite que las decisiones sociales inciden en la elec-
ción individual. En cambio, Buchanan se esmera por encontrar las condiciones de
posibilidad de la neutralidad valorativa.
La economía constitucional supera la imposibilidad de Arrow a través de la
“reconciliación de los intereses individuales por medio de las reglas de la toma
de decisiones” (Esguerra, 2001). El consenso sobre la regla básica es justo si es

123
voluntario. La noción de justicia, dice Esguerra, “se asocia a la legitimidad que el
acuerdo voluntario posee”. La aceptación de la regla lleva, implícita, una “promesa
de conducta”. La aceptación de la regla conlleva un compromiso de cumplimiento.
La regla voluntaria es justa y, además, la conducta es justa si sigue las prescrip-
ciones de la regla. Ello implica, entonces, “que la justicia se deriva de la voluntad,
y no de la utilización de una regla específica” (Esguerra, 2001).
La autora se pregunta si la salida de Buchanan efectivamente es una respuesta
al teorema de imposibilidad de Arrow. En su opinión, Buchanan “rompe el diá-
logo con Arrow” porque excluye de su análisis las categorías sociales que son
fundamentales en la función de bienestar de Arrow. Así que “Buchanan abre un
campo nuevo de discusión, en donde los argumentos de Arrow no tienen cabida”
(Esguerra, 2001). Buchanan cambia el paradigma.
En la última parte del artículo Esguerra pone en evidencia la distinción entre
los enfoques consecuencialistas, como el de Arrow, y los procedimentalistas, o
deontológicos, como el de Buchanan. Esguerra se pregunta por la fundamentación
moral de la lógica procedimentalista de Buchanan y advierte sobre los peligros
derivados de la absolutización de la regla. El camino de Buchanan, concluye Es-
guerra, no es una solución a la imposibilidad de Arrow, sino una vía alterna.
Esguerra termina el artículo mostrando los alcances que han tenido los de-
sarrollos más recientes de la teoría de la elección. Destaca los aportes de Sen y
trae a colación la discusión sobre la pertinencia de las comparaciones interperso-
nales como una manera de sortear los obstáculos de la imposibilidad de Arrow.
La propuesta de Sen se enmarca en una perspectiva amplia en la que el bienestar
social incorpora las relaciones entre las capacidades y las realizaciones efectivas
de las personas.
Mauricio Uribe (2003) examina la relación entre economía del bienestar y
justicia distributiva. Si la ética y la economía van de la mano, Uribe se pregunta
por la “guía normativa apropiada para enfrentar los problemas de la distribución”.
El autor parte de la distinción propuesta por Samuelson (1947:249) entre la vieja
y la nueva economía del bienestar. La primera está asociada al nombre de Pigou
y la segunda a Pareto. La aproximación de Pigou tiene dos características: La
medición cardinal de la utilidad y las comparaciones interpersonales de bienestar.
La nueva economía del bienestar, la de Pareto, propone la ordinalidad en lugar
de la cardinalidad, al tiempo que rechaza la posibilidad de hacer comparaciones
interpersonales de bienestar.
El óptimo de Pareto, eje de la nueva economía del bienestar, tiene dos di-
ficultades. Primero, es un ordenamiento incompleto. Y segundo, es insensible a
la distribución del ingreso. En el mercado se puede llegar a un óptimo paretiano
independientemente de las asignaciones iniciales de los participantes. Si el com-

124
prador y el vendedor están satisfechos con el pan de $500 pesos, se llega a una
situación óptima, y no importa que el comprador de pan sea un mendigo, o un
magnate. “Que el hinchado plutócrata tuviese un plato adicional en su mesa sin
que eso dañara a nadie –decía Hicks– no merecía necesariamente un título con-
gratulatorio” (Uribe, 2003).
Una vez expuestos los términos de la discusión, Uribe retoma el teorema de
imposibilidad de Arrow y destaca la alternativa seguida por Sen, haciendo énfasis
en la importancia que tienen las asignaciones iniciales y las opciones valorativas en
la escogencia de los estados del mundo posibles. Para Sen (1992) el juicio sobre
la forma más conveniente de distribuir el ingreso obliga a hacer comparaciones
interpersonales. Harsanyi (1955) explora, después de Pigou, el camino de la car-
dinalidad. Y además, incorpora el principio de la equiproporcionalidad. Uribe
llama la atención sobre las limitaciones que tiene la equiproporcionalidad, como el
desconocer que las personas no son iguales y que algunas carentes de talentos no
pueden competir en igualdad de condiciones. Considera Sen que Harsanyi no logra
construir una teoría que sea consistente con la diversidad de los individuos.
Rawls critica al utilitarismo. La visión teleológica del utilitarismo es intui-
tivamente muy atractiva pero no da cuenta de la justicia. Subsume lo justo en lo
que considera bueno. En la justicia como imparcialidad, que propone Rawls, hay
una prelación de lo justo sobre lo bueno18. El enfoque deontológico de Rawls no
es ajeno a las consecuencias. En sus palabras, “todas las doctrinas éticas dignas
de atención, toman en cuenta las consecuencias al juzgar la corrección” (Rawls
1971:48). Uribe defiende las características del contractualismo hipotético de Rawls.
En su opinión, “la posición original, en los términos en los que Rawls desarrolla
su propuesta y asume las críticas, es mucho más que una simple apelación contra
fáctica: Es la caracterización de las condiciones ideales para la deliberación demo-
crática”.
El principio de la diferencia de Rawls es central en la discusión ética sobre
los aspectos distributivos. El criterio rector es claro: “Siempre ha de preferirse una
distribución igualitaria de los bienes sociales primarios, a menos que una distri-
bución desigual permita mejorar la situación de quienes están más desfavorecidos
en la estructura básica de la sociedad” (Uribe). El principio de la diferencia puede
aplicarse sólo si se hacen comparaciones interpersonales porque de otra manera
no es posible determinar quiénes son los menos favorecidos.

18. “(...) en la justicia como imparcialidad, el concepto de lo correcto es previo al del bien (...) Esta
prioridad de lo correcto sobre lo bueno, dentro de la justicia como imparcialidad, se convierte
en un rasgo central de nuestra concepción” (Rawls, 1971:50).

125
Observa Uribe (2003) que Rawls no se preocupa por la forma como las
personas usan los bienes y deja abierta la puerta a una discusión a la que Sen le
da mucha importancia: No basta con que las personas dispongan de bienes, es
fundamental preguntarse por la forma como los convierten en realizaciones. Sen
insiste, entonces, en la necesidad de que las personas sean agentes, en el sentido
de que puedan escoger el tipo de vida que deseen llevar.
La justicia como imparcialidad, nos recuerda Uribe, ha sido criticada desde
horizontes muy distintos: Los libertarianos, la economía constitucional, la teoría
de la acción comunicativa, el comunitarismo, el republicanismo, el feminismo,
Sen, etc. “Prácticamente no hay hoy en día discusión relevante de filosofía política
o política social que no tome en cuenta —a favor o en contra— la Teoría de la
justicia” (Uribe). De estas críticas, Uribe destaca las de los libertarianos (Hayek
y Nozick), la de economía constitucional (Buchanan y Tullock), y la de Sen.
Menciono la primera y la última.
Hayek y Nozick encabezan la crítica libertaria. A pesar de su rechazo a cual-
quier política redistributiva, Nozick reconoce que para “rectificar” injusticias
pasadas no queda más alternativa que redistribuir. Y como bien lo señala Uribe
(2003), “la aplicación del principio de rectificación conduce paradójicamente a
justificar políticas redistributivas cuya amplitud puede llegar a ser considerable”.
Y este tipo de intervención, agrega Van Parijs, puede dejar “perplejo a más de
un libertariano entusiasta”. Los libertarianos no logran ser consecuentes con su
defensa, a ultranza, de una posición deontológica. La cláusula lockeana termina
resultándoles incómoda. En palabras de Uribe, “la aplicación de la cláusula loc-
keana implica una sensibilidad a las consecuencias que choca con la perspectiva
deontológica radical postulada por Nozick”.
Sen es consecuencialista pero no de la misma manera que el utilitarismo.
Tampoco acepta las posiciones libertarianas. Uribe muestra que para Sen “los
individuos no solamente valoran sus fines en términos de bienestar sino también
la libertad que tienen para obtener esos logros”, así que “no sólo son importantes
los fines o los logros en sí mismos, sino la libertad que ha tenido la persona para
escoger unos fines y no otros”.

126
La simpatía en la “Teoría de
los sentimientos morales” de Adam Smith∗

Como suele pasar con los grandes pensadores, la lectura de Smith ha sido muy
sesgada. Han prevalecido dos tipos de interpretación. Una, muy influenciada por
Marx (1867), ha girado alrededor de la teoría del valor trabajo. La polémica entre
Marx y Smith tiene que ver con el significado del trabajo productivo, el origen y
la medición del valor, la relación entre valores y precios, los excedentes agrícolas,
el sentido del fondo de salarios, los ciclos de la agricultura y de la industria, etc.
Smith, junto con Marx y Ricardo, asocia el valor de la mercancía a una medida
objetiva: El tiempo de trabajo incorporado.
La otra lectura de Smith pone en primer plano la analogía de mano invisible.
Desde esta perspectiva, Smith sería un defensor acérrimo del libre mercado, y habría
supuesto que las fuerzas autónomas de la oferta y la demanda convergen hacia el
equilibrio. Esta visión de Smith ha ganado aceptación entre los economistas más
ortodoxos, y ellos han propagado la idea de que Smith pone todo el énfasis en la
mano invisible del mercado, y en el sentimiento egoísta que anima a las personas.
Menciono, por ejemplo, el manual de Friedman y Friedman (1979), en el que la
mano invisible adquiere tal preponderancia, que el resto de reflexiones de Smith
pasa a un segundo plano19. Las dos aproximaciones a Smith, la “marxista” y la
“friedmaniana”, son reduccionistas.

∗ Texto publicado en Justicia Social. Teología-Economía, Universidad Javeriana, Bogotá, 2003.


19. “(...) la obra maestra [La Riqueza de las Naciones Smith, 1776] que convirtió al escocés Adam
Smith en el padre de la economía moderna. Dicha obra analiza el modo en que un sistema de
mercado podía combinar la libertad de los individuos para lograr sus propios objetivos con la
amplia cooperación y colaboración necesarias en el campo de la economía para producir nuestros

127
Habría una tercera forma de acercarse a Smith en la perspectiva propuesta
por Sen (1986, 1987, 2000, 2001). Este tipo de acercamiento es menos conocido
que los dos anteriores. Sen pone en evidencia la riqueza del pensamiento de Smith
y advierte sobre los peligros que se derivan de una lectura simplista. En opinión
de Sen, la Riqueza de las naciones (Smith, 1776) no puede descontextualizarse
de la Teoría de los sentimientos morales (Smith, 1759). La una no se entiende
sin la otra. Smith es consciente de que el mercado y el sistema de precios apenas
funcionan en un espacio relativamente estrecho. Por fuera de la panadería o de la
zapatería la lógica del mercado se agota. El mercado no opera frente bienes como
la educación y la salud, ya que su naturaleza es compleja y no hay criterios claros
para valorarlos en términos de precios. Sen destaca del pensamiento de Smith su
dimensión del otro. La importancia que le atribuye Smith al otro se manifiesta
en su concepción de la simpatía y de la justicia. La Riqueza de las naciones es
incomprensible por fuera de los sentimientos morales.
Cuando el mercado funciona y los precios son flexibles la mano invisible re-
suelve dos problemas. En primer lugar permite alcanzar el equilibrio. Y segundo,
la preferencia individual termina siendo compatible con la preferencia colectiva.
De esta manera Smith logra sintetizar el interés individual con el interés general20.
Pero esta armonía, como él mismo lo reconoce, únicamente es factible si los pre-
cios funcionan. Por fuera del mundo de los precios empiezan a presentarse fisuras
e inconsistencias. Y los conflictos entre elección individual y elección colectiva
aparecen en primer plano.

El mercado y la mano invisible


Smith (1759, 1776) no hace una defensa a ultranza del mercado. Sus comen-
tarios son, al mismo tiempo, una exclamación de admiración, y una advertencia
cautelosa. Admiración, porque en algunos mercados, como el del pan, el equilibrio
se alcanza de manera autónoma. Y cautela, porque hay un sinnúmero de activida-
des humanas en las que no cabe la lógica del mercado. Tanto en la Riqueza de las
naciones como en la Teoría de los sentimientos morales, Smith muestra que las
complejas interacciones que existen entre las personas van más allá de los marcos
estrechos de la oferta y la demanda.

alimentos, ropas y viviendas. El hallazgo clave de Adam Smith consistió en afirmar que todo
intercambio voluntario genera beneficios para las dos partes y que, mientras la cooperación
sea estrictamente voluntaria, ningún intercambio se llevará a cabo, a menos que ambas partes
obtengan con ello un beneficio” (Friedman y Friedman, 1979:15-16).
20. Sobre este punto, ver Cuevas (1998).

128
La división del trabajo se aplica sin dificultad en sectores como calzado, textil,
panadería, etc. Y deja de ser apropiado en áreas como la educación y la salud,
porque allí no opera la lógica de los precios y del mercado. En aquellos sectores
en los que el mercado funciona y la división del trabajo mejora la productividad,
se logra un doble beneficio. En primer lugar, la oferta y la demanda se equili-
bran. Y segundo, el interés individual es compatible con el interés colectivo. El
equilibrio entre la oferta y la demanda es posible porque los precios se ajustan a
las cantidades. Al final del día, cuando el mercado se cierra, no hay excesos de
demanda. El segundo beneficio es más interesante: Comprador y vendedor que-
dan satisfechos. El comprador que desea buen pan está dispuesto a pagarle más
al buen panadero que al mal panadero. A su vez, el vendedor se esmera por hacer
buen pan porque ello se reflejará en ganancias más elevadas. Cada quien busca
su interés y el resultado final es el bienestar colectivo.
Pero no obstante sus beneficios, la división del trabajo es problemática, ya
que puede crear situaciones socialmente indeseables. La especialización lleva a
la realización de tareas mecánicas que limitan el horizonte de las personas que
las ejecutan. Y la repetición continua de la misma actividad mejora la eficiencia
pero aniquila la iniciativa del trabajador hasta volverlo un estúpido21. Smith asu-
me, entonces, el reto de conciliar los sentimientos morales con la eficiencia del

21. “Con el desarrollo de la división del trabajo, el empleo de la mayor parte de quienes viven de
su trabajo, es decir, de la mayoría del pueblo, llega a estar limitado a un puñado de operaciones
muy simples, con frecuencia sólo a una o dos. Ahora bien, la inteligencia de la mayoría de las
personas se conforma necesariamente a través de sus actividades habituales. Un hombre que
dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cuyos efectos son quizás siempre
o casi siempre los mismos, no tiene ocasión de ejercitar su inteligencia o movilizar su inventiva
para descubrir formas de eludir dificultades que nunca enfrenta. Por ello pierde naturalmente
el hábito de ejercitarlas y en general se vuelve tan estúpido e ignorante como pueda volverse
una criatura humana. La torpeza de su mente lo torna no sólo incapaz de disfrutar o soportar
una fracción de cualquier conversación racional, sino también de abrigar cualquier sentimiento
generoso, noble o tierno, y en consecuencia de formarse un criterio justo incluso sobre muchos
de los deberes normales de la vida privada. No puede emitir juicio alguno acerca de los grandes
intereses de su país; y salvo que se tomen medidas muy concretas para evitarlo, es igualmente
incapaz de defender a su país en la guerra. La uniformidad de su vida estacionaria naturalmente
corrompe el coraje de su espíritu, y le hace aborrecer la irregular, incierta y aventurera vida
de un soldado. Llega incluso a corromper la actividad de su cuerpo y lo convierte en incapaz
de ejercer su fortaleza con vigor y perseverancia en ningún trabajo diferente del habitual. De
esta forma, parece que su destreza en su propio oficio es adquirida a expensas de sus virtudes
intelectuales, sociales y marciales. Yen cualquier sociedad desarrollada y civilizada este es el
cuadro en que los trabajadores pobres, es decir, la gran masa del pueblo, deben necesariamente
caer, salvo que el estado tome medidas para evitarlo” (Smith, 1776:717-718).

129
mercado. Después de describir la forma como la especialización y la división del
trabajo llevan a que el operario no tenga “ocasión de ejercitar su inteligencia o
movilizar su inventiva para descubrir formas de elucidar dificultades que nunca
enfrenta (...)”, Smith reclama la acción educativa del Estado con el fin de evitar
que el trabajador pobre se vuelva “tan estúpido e ignorante como pueda volverse
una criatura humana”. Puesto que el mercado tiene limitaciones intrínsecas, la
sociedad debe crear las condiciones que eviten que alguien termine embrutecido,
o tenga que salir a la calle sintiendo vergüenza. Si el mercado excluye, le corres-
ponde al Estado generar dinámicas de inclusión.
Smith (1759) muestra que además de las pulsiones egoístas, las personas
actúan animadas por la prudencia, que es la unión de la razón y del autocontrol.
Junto con la prudencia la vida en sociedad obliga a cultivar otras virtudes como
la humanidad, la generosidad, la justicia y el espíritu de lo público. La condición
ideal es la del hombre sabio y virtuoso que “desea, en todo momento, sacrificar
su interés privado en favor del interés público” (Smith, 1759:346).
Con el fin de entender mejor el significado que tiene el egoísmo en Smith,
retomo dos textos de la Riqueza de las naciones que son citados con frecuencia.
Pero el hombre se halla siempre constituido, según la ordinaria providencia,
en la necesidad de la ayuda de su semejante, suponiendo siempre la del primer
Hacedor, y aún aquella ayuda del hombre en vano la esperaría siempre de la
pura benevolencia de su prójimo, por lo que la conseguirá con más seguridad
integrando en favor suyo el amor propio de los otros, en cuanto a manifestarles
que por utilidad de ellos también les pide lo que desea obtener. Cualquiera que en
materia de intereses estipula con otro, se propone hacer eso: Dame tú lo que me
hace falta, y yo te daré lo que te falta a ti. Esta es la inteligencia de semejantes
compromisos, y éste es el modo de obtener de otro mayor parte en los buenos
oficios de que necesita en el comercio la sociedad civil. No de la benevolencia
del carnicero, del vinatero, del panadero, sino de sus miras al interés propio
es de quien esperamos y debemos esperar nuestro alimento. No imploramos su
humanidad, sino acudimos a su amor propio; nunca les hablamos de nuestras
necesidades, sino de sus ventajas (Smith, 1776:14; Bastardillas mías).

Cualquier persona, dice Smith, necesita la ayuda de sus semejantes.


Pero para conseguir esta colaboración no debe invocarse la benevolencia,
sino que se le tiene que mostrar al otro que la cooperación terminará favo-
reciéndolo. El motor de la acción debe ser el “amor propio” y no el sen-
timiento humanitario. Es más fácil que las personas actúen motivadas por
el interés individual que por el interés de los otros. Mostrarle al otro “sus
ventajas” no significa engañarlo. Realmente, se trata de que la sociedad

130
se organice de tal manera que la afirmación del amor propio contribuya al
bienestar colectivo22.
Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo
persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir
un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en
otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en
sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al
perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho
más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas
cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo (...) (Smith,
1776:554; bastardillas mías).

Una vez que la persona actúa siguiendo su propio beneficio, la “mano invisi-
ble” se encarga de hacer el resto. El “objetivo que no entraba en sus propósitos”
es el bienestar general. Así que la “mano invisible” es el mecanismo maravilloso
que logra transformar el interés individual en bienestar colectivo. Smith no con-
sidera que el amor propio unido a la mano invisible conduzca a la sociedad ideal.
Tan sólo afirma que al perseguir el interés personal se fomentará el interés de
la sociedad “mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo”. El
punto de llegada no es la sociedad perfecta, sino una sociedad mejor que la que
se alcanzaría si en lugar de fomentar el amor propio se incentivara el amor hacia
los otros. Para Smith la sociedad ideal es la de personas sabias y virtuosas, y no
la de individuos egoístas. Analiza esta última porque le parece posible. Y además,
porque asume el reto de mostrar bajo qué condiciones la búsqueda del interés
individual puede ser compatible con el interés colectivo.

22. Entre los desarrollos más notables de este principio de Smith, destaca los trabajos de Bucha-
nan y Tullock (1962) y Buchanan (1994). En este último texto, Buchanan hace una serie de
consideraciones sobre el predicador. El predicador representa el conjunto de instituciones que
tienen como función persuadir a las personas para que actúen con un espíritu altruista. No
duda Buchanan que una sociedad de individuos altruistas puede tener más ventajas que una
sociedad de personas egoístas. Si doy sin esperar que el otro también me dé, ambos quedamos
satisfechos y el efecto final es más positivo que si ambas personas hubieran actuado motivadas
por sentimientos egoístas. Buchanan, como Smith, también cree que este tipo de sociedad no
es realista o, en caso de que fuera posible, es muy costosa, porque habría que pagarle a muchos
predicadores. Cada sociedad evalúa si vale la pena pagarle al predicador para que estimule el
altruismo, o si reduce al mínimo los costos del predicador, y se organiza de tal forma que las
acciones egoístas redunden en bienestar general. Y Buchanan concluye diciendo que en este
ámbito, como en los otros de la organización social y política, no queda más remedio que hacer
un frío balance en términos de costo/beneficio. A propósito de los predicadores, ver González
(1999).

131
La prioridad del interés individual y la simpatía
“Nuestras ideas iniciales sobre la belleza personal y la deformidad se confi-
guran a partir de la forma y apariencia de los otros (...)” (Smith, 1759:163).
La simpatía es el sentimiento que nos lleva a ponernos en la situación del
otro, a colocarlos en sus zapatos (Smith; 1759:5). Se trata de mirar el mundo
desde la perspectiva del otro. La simpatía incluye toda la gama de sentimientos
que van desde el amor hasta el odio. El pensamiento de Smith es incomprensible
sin la dimensión del otro. La percepción que tengo de mi belleza o fealdad está
marcada por la forma como percibo que los otros me perciben. Así que cualquier
sentimiento egoísta no puede ignorar al otro. En otras palabras, no es posible un
egoísta puro. La simpatía está presente en todo momento.
Ya decía Sen (1977) refiriéndose al trabajo de Edgeworth (1881), que no tiene
sentido concebir una sociedad de egoístas puros. El problema lo expresó claramente
Edgeworth al reconocer que por fuera del núcleo de contratación (por fuera del
mundo de los precios), no hay más remedio que hacerse la pregunta ética por la
sociedad buena. En el núcleo de contratación, hay equilibrio siempre que las per-
sonas compran el pan a dos mil pesos. Tanto el panadero como sus clientes están
satisfechos. Él, porque mejora la ganancia, y ellos porque consumen buen pan.
Pero Edgeworth reconoce que la historia no termina allí. Es inevitable preguntarse
si para la sociedad es conveniente que una persona que llega a comprar el pan
de dos mil pesos tenga una finca de 23 mil hectáreas, mientras que otra persona
que también compra el pan de dos mil pesos, obtiene el dinero mendigando en
la calle. La reflexión sobre la mejor forma de distribuir las dotaciones iniciales
(23 mil hectáreas en un caso, y la capacidad de mendigar en el otro) obliga a
Edgeworth a renunciar al egoísmo puro y a preguntarse por algún principio que
ayude a ordenar la sociedad. Edgeworth explicita el conflicto entre el egoísmo
puro y el axioma fundamental del utilitarismo de Bentham (1776:3): “La máxima
felicidad para el mayor número”. El utilitarismo de Bentham entra en conflicto
con el egoísmo puro de Edgeworth.
Smith, contemporáneo de Bentham, también analiza el conflicto que se presenta
entre los intereses individuales y los colectivos. Y al igual que Bentham niega los
egoísmos puros. La gráfica 3 ayuda a explicar el sentido de la reflexión de Smith.
La parte izquierda de la gráfica tiene que ver con los bienes y el mercado. La parte
derecha corresponde a las intensidades del egoísmo.
En el lado izquierdo la flecha, que va desde abajo hacia arriba, marca el pro-
ceso de alejamiento del mercado. En la parte inferior, por debajo de la línea doble
horizontal, el sistema de precios funciona bien, y la dinámica del mercado conduce
al equilibrio. Y, adicionalmente, el bienestar individual es bienestar colectivo.

132
Gráfica 3. Smith, los límites del mercado
y el paso del egoísmo a la magnanimidad

Verg
Mag

Salud

Xtian

Educ

Ego

Pan

La parte izquierda de la gráfica tiene que ver con los bienes y el mercado. La tendencia de la flecha indica el
alejamiento progresivo del mercado. La línea doble horizontal marca el límite de los precios y de la lógica del
mercado. “Pan” es pan, “Educ” es educación, “Salud” es salud, “Verg” es la posibilidad de salir a la calle sin sentir
vergüenza. La parte derecha de la gráfica representa las intensidades del egoísmo. La flecha marca la tendencia hacia
la virtuosidad y la magnanimidad. La línea gruesa horizontal es el límite marcado por la “gran ley de la cristiandad”
(“Xtian”). Hasta la máxima de la cristiandad, incluyéndola, la motivación del comportamiento es egoísta (“Ego”). Por
encima de la línea gruesa horizontal no hay egoísmo. Es el mundo de los hombres magnánimos (“Mag”), sabios
y virtuosos.

El bien que ejemplifica esta situación es el pan. Pero el mercado se agota y ello
lo expresa claramente Smith a lo largo de su obra. Por encima de la línea doble
horizontal, la lógica del mercado y el sistema de precios dejan de ser relevantes.
El distanciamiento del mercado se va acentuando al pasar del pan a la educación
(Educ), a la salud (Salud), hasta llegar a un bien muy preciado por Smith: La po-
sibilidad de salir a la calle sin sentir vergüenza (Verg)23. Y a este nivel del análisis
ya se está muy lejos del mundo de los precios. A medida que los precios se van
quedando atrás, el sentimiento moral emerge con más fuerza. El sentimiento moral
se acentúa frente a una persona herida, o ante el individuo que sufre. En un bello
pasaje Smith (1759:174 y ss.) narra los dolores de la persona inocente que ha sido
injustamente condenada. Por fuera del mercado los conflictos entre los intereses
individual y colectivo son evidentes. Y en numerosos casos no pueden resolverse.

23. “A menudo es más mortificante aparecer en público después de un pequeño desastre, que hacerlo
cuando se ha sufrido una gran tragedia. La primera situación no estimula la simpatía, mientras
que la segunda genera una intensa compasión, aunque nadie logre aproximarse a la angustia de
quien sufre” (Smith, 1759:81).

133
Hay situaciones insolubles como la del inocente que es condenado. Smith termina
su descripción diciendo que el único consuelo que le queda al condenado es su
certeza de la imparcialidad de la justicia divina. El recurso a la justicia divina
simplemente muestra que Smith ha llegado a un callejón sin salida.
En el lado derecho de la gráfica 3 la flecha se va alejando del egoísmo. El
punto de llegada es la magnanimidad y el intermedio es la máxima de la cristiandad.
Pero aún en el nivel más bajo, que representa el máximo egoísmo, sigue habiendo
espacio para la simpatía. Nunca hay egoísmos puros. El amor a sí mismo puede
leerse de maneras diversas. La más simplista consistiría en decir que la persona se
ama a sí misma haciendo caso omiso del otro. Pero para Smith el amor a sí mismo
está mediado por el otro. La autovaloración se construye sobre la forma como
cada persona percibe que los otros la ven. En otras palabras, la autoestima también
implica la simpatía. La persona, no importa su grado de egoísmo, se coloca en
los zapatos de los otros tratando de imaginar cómo la perciben. El egoísmo tiene
grados. El mayor desprendimiento, pero todavía dentro del rango del egoísmo, es
el que propone la “gran ley de la cristiandad, según la cual debemos amar a los
otros tal y como nos amamos a nosotros mismos” (Smith, 1759:27). El parámetro
de referencia del amor a los otros es el amor a sí mismo. Así que cuando la persona
obra de acuerdo con esta máxima todavía se mueve en el espacio del egoísmo. El
interés individual sigue primando sobre el interés colectivo.
La “gran ley de la cristiandad” sería una de las maneras de expresar la sim-
patía. No es extraño, dice Smith, que quien se ponga en los zapatos del otro tenga
sensaciones encontradas (admiración, envidia, etc.). Y esta mezcla de afectos tiene
que ver con la forma como juzgamos la motivación del acto, el acto mismo, y sus
consecuencias. La evaluación de cada uno de los momentos es diferente. Puede
ser, por ejemplo, que aunque la motivación sea buena el resultado final no sea el
adecuado. Al hacer la diferencia entre la motivación, el acto y sus consecuencias,
Smith pone en evidencia lo difícil que resulta juzgar al otro, aún si hacemos el
ejercicio de colocarnos en sus zapatos. La simpatía supone un ejercicio de la
imaginación. Dado que nunca sabemos cuál es la percepción que el otro tiene del
mundo, no queda más remedio que imaginarla.
Puesto que no podemos experimentar directamente lo que los otros hombres
sienten, no logramos tener una idea de la forma como los hechos los afectan,
pero sí podemos imaginarnos lo que nosotros mismos podríamos sentir en una
situación similar (Smith, 1759:3).

Muy pocas personas alcanzan a cumplir con la gran ley de la cristiandad.


Pero, continúa Smith, hay otro nivel más exigente: La magnanimidad, que coloca
el amor a sí mismo en segundo lugar, después del amor a los otros. En la gráfica

134
la magnanimidad (“Mag”) ocupa la parte superior del lado derecho.
La magnanimidad rompe con el egoísmo. Cambia el punto de referencia.
Ya no amamos a los otros como a nosotros mismos, sino que “nos amamos a
nosotros mismos tanto como amamos a los otros” (Smith, 1759:28). Por tanto, el
parámetro es el amor al otro. El espacio del egoísmo termina con la gran ley de
la cristiandad. De allí para arriba, el mundo es de las personas no egoístas. De
los magnánimes.
Smith califica la magnanimidad como una virtud “grande y loable”, pero
reconoce que apenas la alcanza un número muy reducido de personas. Al tiempo
que exalta la magnanimidad pone en evidencia la dificultad de conseguirla. Ape-
nas algunas personas logran anteponer el amor a los otros al amor a sí mismo. La
mejor sociedad es la de personas magnánimes. La magnanimidad es una virtud
encomiable que supera cualquier comportamiento egoísta. Pero como se trata de
una virtud tan escasa, es ingenuo pretender que pueda servir de fundamento a
la sociedad real. En lugar de soñar con un mundo de personas magnánimes, es
mejor tratar de entender el funcionamiento de una sociedad que va consolidando
la división del trabajo, y en la que el egoísmo es el factor determinante de la
producción y del consumo.
Y la preferencia de Smith por la magnanimidad se observa más claramente
cuando asocia la magnanimidad a la “sabiduría” que, además, coloca por encima
de la “riqueza”. La sabiduría, que es superior a la riqueza, se consigue por el
camino de la magnanimidad y no por la vía del egoísmo.
El amor por sí mismo y la simpatía conviven. Y la forma como se presenta
esta interacción está mediada por dos consideraciones. La primera tiene que ver
con la naturaleza del bien. Y la segunda con los diferentes niveles desde los cuales
se analiza la simpatía. En los Sentimientos morales Smith explora, sobre todo, el
segundo tema.
En la realidad ambas dimensiones (la naturaleza del bien, los niveles de la
simpatía) están interactuando. La naturaleza del bien repercute en la intensidad de
los sentimientos. En el caso de la producción y venta de pan, la simpatía puede ser
un sentimiento muy tenue. En cambio cuando se trata de bienes como la educación,
o la salud, es muy probable que los sentimientos de simpatía sean más fuertes. El
espectro de la simpatía es muy amplio. En el campo de la salud, la enfermedad
del otro despierta sentimientos de compasión y de dolor. Y estas sensaciones son
perfectamente compatibles con el amor por sí mismo. En el caso de la producción
y venta de pan la simpatía pierde relevancia porque la búsqueda de la satisfacción
individual es compatible con el bienestar general. Las interacciones mencionadas
también podrían verse en la gráfica 3. El lado izquierdo incorpora los aspectos
relacionados con la naturaleza del bien. Y el lado derecho con la intensidad del

135
egoísmo. Sin que la relación sea uno a uno, sí es posible afirmar que a medida que
se va ascendiendo en la gráfica, el mercado va quedando atrás (lado izquierdo) y se
le va dando más espacio a la simpatía (lado derecho). La relación no es uno a uno
porque para solucionar las dificultades de la persona que siente vergüenza de salir
a la calle no se necesita ser magnánime. Tampoco es necesario que el benefactor
cumpla la gran ley de la cristiandad. Basta que la persona actúe motivada por el
dolor que le causa el malestar del otro.
La lectura que proponen Friedman y Friedman (1979) de Smith supone que
el equilibrio del mercado y que la conciliación de los intereses individual y colec-
tivo, conduce a situaciones óptimas. En realidad no es así. Por fuera del espacio
estrecho del mercado el interés individual lleva a situaciones subóptimas. Con el
propósito de aclarar esta idea de Smith, propongo distinguir tres tipos de socieda-
des. La primera (α) es una sociedad que se pretende construir sobre los llamados
al altruismo y al sentimiento humanitario. La segunda (β) tiene como fundamento
el interés individual. Y la tercera (γ) es la sociedad de personas magnánimes.
Por orden de preferencia, Smith organizaría así estas tres sociedades: γ P β P α.
P significa “preferida”. Así que la tercera sociedad es preferida a la segunda y, a
su vez, ésta es preferida a la primera. Las sociedades α y γ no son posibles. Los
llamados al altruismo no logran contrarrestar los impulsos egoístas. Los intentos de
los predicadores son vanos y generan frustración y desconcierto. Frecuentemente
se les pide a los políticos que obren pensando en el bienestar de los demás. Esta
pretensión es ingenua y engañosa. No se puede fundar la sociedad política en la
premisa de que los representantes del pueblo colocaran los intereses de los demás
por encima de los propios.
Y la sociedad de personas magnánimes no existe porque la magnanimidad es
una virtud excepcional. Hay personas magnánimes en una sociedad de egoístas, pero
no es posible concebir una sociedad de seres magnánimes. La sociedad γ, de personas
magnánimes, es tan lejana que no suele presentarse como una alternativa práctica.
La sociedad posible es β. Y hacia allá deben orientarse los esfuerzos, con la
clara consciencia de que no es la sociedad ideal. Es el mundo posible, subóptimo.
Y no obstante el predominio del egoísmo puede ser una sociedad amable porque
las personas finalmente están guiadas por sentimientos de simpatía.

La justicia como no exclusión


La justicia en Smith está asociada al sentimiento moral de la simpatía. La
justicia hace posible la “objetivación” del sentimiento moral de la simpatía. Al-
gunos de los sentimientos favorables a los otros deben ser regulados mediante la
norma. La ley también busca frenar el odio que impulsa a hacerle daño al otro o a

136
sus bienes. “Aunque la ruina de nuestro vecino nos afecte menos que una peque-
ña desgracia nuestra, no debemos contribuir a su ruina” (Smith, 1759:119). Las
restricciones al comportamiento egoísta nacen de la justicia. Para que la simpatía
sea justa desde el punto de vista ético se requiere que la persona se coloque en los
zapatos del otro considerándolo como igual. Sin esta igualdad, la simpatía apenas
es “epistemológica” (Sen, 2001:19).
A diferencia de la benevolencia, de la magnanimidad y de otras virtudes,
la justicia no proviene de “motivos propios”. La justicia se caracteriza porque
su observancia “no es dejada a la libertad de nuestra propia voluntad” (Smith,
1759:114). Y en virtud de ello las injusticias deben ser castigadas. La simpatía
lleva a sentir dolor por el herido que está tendido en el camino. Pero la justicia
obliga a recogerlo y a prestarle auxilio. Dado que la observancia de la justicia no
depende de los “motivos propios”, el culpable debe ser castigado.
Las reglas de la justicia son comparables a las reglas de la gramática (Smith,
1759:250). La justicia obliga a respetar lo mínimo. Tanto en la gramática como
en la justicia, una vez que se ha cumplido con la regla básica, queda el espacio
para que quien lo desee pueda dar más de lo que fija la norma. Sin duda, además
de ser justo también se puede ser magnánime. Y en el mundo de la literatura,
además de observar los principios básicos de la gramática se pueden escribir
hermosas novelas.
Entre las “sagradas” leyes de la justicia, Smith (1759: 121) prioriza tres. Las
más importantes son las que tienen que ver con la vida de las personas y de sus
vecinos. Le siguen las que tocan la propiedad y la posesión. Y en tercer lugar
están los derechos individuales. Es el piso mínimo sobre el que se construye el
andamiaje legal.
A la luz de las teorías contemporáneas de la justicia, podría decirse que la
justicia social en Smith es inclusión. Sen (2000, 2001) fundamenta su reflexión
sobre el significado de la exclusión y la inclusión en la Teoría de los sentimientos
morales. Muestra la pertinencia de rescatar el término exclusión. Considera que
es pertinente para analizar fenómenos sociales contemporáneos como el desem-
pleo, la xenofobia, la asimetría de los procesos migratorios, la concentración del
ingreso, etc. Por su naturaleza con respecto a la deprivación, la exclusión puede
ser instrumental o constitutiva. Y por la dinámica que la ocasiona, la exclusión
puede ser activa o pasiva.
En líneas generales, la exclusión social se manifiesta en una deprivación de
las capacidades, pero la exclusión puede ser parte constitutiva de la deprivación,
o una causa instrumental (Sen, 2000:5). La persona desempleada no tiene dinero
para acceder a algunos bienes, así que individuo queda excluido del consumo de
bienes de manera indirecta. Y en este sentido el desempleo es causa instrumen-

137
tal24. Pero si la persona tiene dificultades para hablar con los demás, y se siente
inferior a los otros, su exclusión es parte constitutiva de la deprivación de las
capacidades.
La exclusión es activa cuando ofrece a un propósito deliberado. El control a
la inmigración es un ejemplo claro de exclusión activa. La exclusión pasiva resulta
de dinámicas que en principio no buscan la exclusión.
Smith no sólo es crítico de todas las formas de exclusión, sino que también
pone en tela de juicio la inclusión perversa, fruto de la especialización. La división
del trabajo genera carencias, en términos de libertad y capacidades. El éxito de la
industria radica en la posibilidad de especializar a los operarios. Los alfileres se
producen más rápidamente y son de mejor calidad si los obreros se distribuyen
las tareas. Pero el operario especializado pierde iniciativa y se vuelve estúpido. El
drama de la filosofía moral de Smith radica en que la especialización del trabajo
es causa instrumental de exclusión. Los obreros eficiente están incluidos, porque
tiene empleo y hacen parte del proceso productivo, pero esta forma de inclusión
es perversa porque al castrar la iniciativa y reducir el conjunto de capacidades,
obstaculiza el ejercicio de la libertad.

24. Sen (2000:22) enuncia algunas de las incidencias negativas del desempleo: la caída del ingreso,
la disminución de la producción corriente, la pérdida de habilidades y destrezas, el deterioro de
la libertad, el daño psicológico, la enfermedad y la mortalidad (incluso el suicidio), el daño de
las relaciones con los demás, la menor motivación, el debilitamiento de los valores sociales.

138
El utilitarismo de Bentham∗

La obra de Bentham25 (1748-1832) es extensa. Se estima que la obra completa


de Bentham llegará a unos 112 volúmenes. Frente a esta impresionante producción
académica, las páginas siguientes apenas son una modesta reflexión sobre algunos
de sus Escritos económicos26.
En opinión de Viner (1949:360), entre los pensadores ilustres del siglo XVIII,
Bentham es el que tiene las ideas “menos originales”, pero fue “el más original en
encontrar los medios y los mecanismos para darle a su filosofía un uso práctico”.
Las reflexiones de Bentham están marcadas por una preocupación permanente
por las condiciones que hacen posible la aplicación de la ley. Bentham desconfía
de las reflexiones teóricas generales, o de los contratos formales, que no tienen
implicaciones prácticas. Juzga los métodos por sus resultados.
La palabra “utilidad” no es de Bentham. El utilitarismo ya estaba presente en
Hume, Beccaria y Helvétius (Harrison 1988:xiv). Y según Rawls (1971:40), fue
Hutcheson (1725) quien primero definió claramente el principio de utilidad: “La

∗ Texto publicado en: González, J. (comp.). Economía y ética. Ensayos en Memoria de Jesús An-
tonio Bejarano, Universidad Externado, Bogotá. Agradezco los comentarios de Mauricio Pérez.
25. Las características del Bentham-Project pueden consultarse en la página web http://www.ucl.
ac.uk/Bentham-Project/.
26. La edición inglesa de los Escritos Económicos fue realizada por Stark (1952b) consta de tres
volúmenes. La versión en español (Stark, 1952) selecciona algunos de los textos de la publicación
inglesa. La edición española apenas es de un volumen. La mayoría de los textos a los que haré
referencia en estas páginas están incluidos en la edición española.

139
mejor acción, dice, es aquella que procura la mayor felicidad al mayor número
y la peor acción la que, del mismo modo, otorga miseria”. La discusión sobre la
paternidad del utilitarismo no es lo más importante. Basta con señalar que en el
ambiente intelectual de la época ya se agitaban los principios utilitaristas. De todas
maneras, la categoría “utilitarian” se populariza más tarde con la sociedad de los
jóvenes benthamistas liderados por John Stuart Mill (Colomer, 1987:16).
En la época en la que vive Bentham ya comienza a criticarse con mucha fuer-
za la verdad revelada de la teología, y la absolutización de la razón. El “axioma
fundamental” de Bentham (1776:3), “la mayor felicidad para el mayor número es
la medida de lo correcto y de lo erróneo”, va en contra de los principios enseñados
por la teología y, además, pone en evidencia los límites del juicio racional. Los
sentimientos mueven la razón. Para Bentham el individuo es el juez supremo de
sus sensaciones de placer y de dolor. Y dependiendo de la intensidad de los senti-
mientos, la persona va formando su propia opinión sobre lo “correcto”27. El axioma
fundamental libera al individuo de las tutelas de las iglesias cristianas (católica y
reformadas) que en su búsqueda de la verdad le dan prioridad a la revelación. Y
en el terreno práctico, la defensa benthamiana de las virtudes del hedonismo choca
con las prácticas cristianas que invocan el altruismo y el sacrificio personal.
Los juicios racionales también sucumben ante el axioma fundamental. La
medida de lo correcto está dada por el sentimiento, así que la razón no tiene la
última palabra. Bentham reconoce que la razón cumple un papel importante, pero
no puede ser absolutizada. Sin la razón no es posible organizar la sociedad de
tal forma que las acciones de todos contribuyan a la mayor felicidad. La razón
permite hacer el balance entre el placer y el dolor. Harrison (1988:vii) resume
así la tensión benthamiana entre sentimiento y razón: La “felicidad es el fin” y
la “razón y la ley son los medios”. La razón y la ley se juzgan por sus resultados
en términos de felicidad.
Cuando las leyes operan, dice Bentham (1776:10), el buen ciudadano debe
regirse por la siguiente máxima: “Obedecer puntualmente, criticar libremente”.
Y la censura es fundamental porque “un sistema que nunca es criticado nunca
mejorará”. Bentham (1776) diferencia entre el ser y el deber ser de la ley. Aunque
la ley es diferente en cada país, el deber ser tiene vocación universal. La distinción
entre el ser y el deber ser está relacionada con la distinción entre las funciones

27. Frey (1977) examina las distintas ópticas desde las cuales se mira el juicio moral (Sidwick,
Bentham y Smart). Sidgwick, influenciado por Bentham, opina que el “sentido común”, la
“moralidad del sentido común”, es el criterio que en último término decide sobre la bondad de
la acción. Smart no está de acuerdo porque la moral de cada persona no es “sacrosanta”, como
lo sugiere la visión de Sidgwick. Goldworth (1972) muestra que Bentham no considera que lo
placentero y lo bueno sean sinónimos.

140
del “Expositor” y del “Censor”. La exposición tiene que ver con la forma como
se aplica la ley en cada país (Bentham, 1776:8). Y la censura con la percepción
que se tiene, a partir de los principios generales, de la forma como se aplica la
ley en cada país. A la luz del deber ser la crítica pone en evidencia las fallas que
se presentan en la aplicación de la ley. El Expositor es el ciudadano de un país
determinado. El Censor es el ciudadano del mundo28.
Bentham no es el único que está en contra de los dogmas nacidos de la reve-
lación y de la razón. Su posición crítica frente al oscurantismo recibe la influencia
de Hume, Helvétius y Beccaria. Por aquel entonces Hume (1739) busca una nueva
forma de razonar en los asuntos morales, que no esté marcada ni por las verdades
divinas, ni por las verdades absolutas racionales29. Bentham también se inspira en
Helvétius (1759), quien considera que la principal motivación humana es el amor
a uno mismo, expresado en la búsqueda del placer y el rechazo al dolor. Helvétius
es consciente de que es necesario avanzar hacia sociedades más igualitarias porque
de lo contrario no es posible que las personas satisfagan sus necesidades básicas
y gocen de la vida. Critica el “arte de la legislación” porque no ha servido más
que para que una infinidad de individuos contribuyan al bien de pocos”. Bentham
aspira a completar la propuesta de Helvétius, ya que en su opinión se quedó a
mitad de camino. Beccaria (1767), quien propone buscar “la massima felicita
divisa nel maggior número”, es otra fuente de inspiración de Bentham. Además
de los principios utilitaristas, Bentham también retoma sus apreciaciones sobre el
sistema penal. Beccaria observa que las penas crueles, los calabozos, las torturas,
etc., causan un dolor enorme que no tiene ninguna justificación. Bastaría con que el
“mal de la pena exceda el bien que nace del delito”. En esta dirección, el Panóptico
propuesto por Bentham (1791) busca humanizar las prisiones. La vigilancia central
(a los presos, a la guardia, a los visitantes), la iluminación, la limpieza, etc., son
algunos de los elementos constitutivos del proyecto carcelario benthamiano. Los
principios de economía, eficiencia, transparencia, etc., subyacentes al proyecto
de Panóptico tenían un alcance mayor que el sistema carcelario. En opinión de
Bentham deberían extenderse al resto de organizaciones sociales30.

28. Hart (1982) analiza la relación entre el Expositor y el Censor.


29. Decía Hume que la razón “es y debe ser la esclava de las pasiones, y no debe tener otra pretensión
distinta que la de servir y obedecer a las pasiones”.
30. Foucault (1975) ha popularizado una lectura del Panóptico muy crítica. En su opinión, la exten-
sión de los principios fundantes del Panóptico a otras instituciones, como los hospitales y las
escuelas, llevaría a la generalización de una lógica de poder autoritaria, que coarta la libertad.
Para Foucault es inaceptable el autoritarismo subyacente a la idea del Panóptico. Y todavía es
más censurable que la perspectiva vertical del Panóptico se extienda a otras organizaciones de
la sociedad. Piensa Cutler (1999:323) que el enfoque de Foucault no permite captar los aportes
que hace Bentham en su afán de modificar un sistema carcelario que le parecía excesivamente

141
Para Bentham los derechos civiles son el resultado de las leyes y están limi-
tados por la utilidad social. Rechaza los principios del derecho natural que supone
que los hombres nacen libres e iguales. Muestra que las personas pueden nacer
sometidas como sucede con las colonias. Critica el contrato social porque consi-
dera que es ficticio y, además, porque no tiene manera de recrear el acto fundador.
“Si, en realidad, los gobiernos se han originado por la fuerza y se mantienen por
la costumbre, se hace imprescindible una legitimación del ejercicio” (Colomer,
1987:35). Gracias a la utilidad es posible evaluar el desempeño del gobernante. No
es pertinente juzgar la conducta de un gobierno por sus logros en cuanto al “bien-
estar general”, sino por sus realizaciones en términos del placer y de la felicidad
de las personas. Bentham rechaza las formulaciones abstractas sobre el interés
común. Así que el juicio último sobre el “buen” gobierno depende de la percepción
que tenga cada individuo de la forma como el manejo del Estado contribuye a su
propia felicidad. La persona es capaz de definir sus propios intereses, “siempre
que se liberen de la ceguera creada por los prejuicios ideológicos y en particular
por las irracionales supersticiones de la religión, y por ello [Bentham] propugna
que “cada uno sea su propio abogado” (Colomer, 1987:37).
Bentham critica las concepciones organicistas del Estado. La “fraseología”
de la moral está llena de expresiones vacías como “el interés de la comunidad”.
La comunidad únicamente tiene razón de ser en cuanto está compuesta de perso-
nas que experimentan placer y dolor. El interés de la comunidad tiene sentido si
está fundado en el de los individuos que la componen. El interés siempre es de
los individuos y no de entes “ficticios” como la comunidad. La concreción del
interés de la comunidad está mediada por las aspiraciones de los individuos31. Es

cruel. A la visión crítica de Foucault, Cutler opone la de Habermas, para quien la insistencia de
Bentham en un Tribunal de Opinión Pública es una expresión de su espíritu democrático. Para
Habermas la perspectiva de Bentham es democrática porque el Tribunal abre el espacio para la
discusión y la comunicación entre las partes. Para que el Tribunal funcione de manera adecuada
se requiere que haya diálogo entre las personas y que, además, se conozca el punto de vista del
otro. Así que la comunicación se constituye en una pieza neurálgica del Tribunal de Opinión.
Para que la opinión sea posible se requiere conocimiento, comunicación y diálogo.
31. “Lo que en el lenguaje sentimental se llama un sacrificio de los intereses privados en bien del
interés público, es sólo el sacrificio de un autosupuesto interés particular en una forma a un
autosupuesto interés privado en otra forma; por ejemplo: del interés que corresponde a la am-
bición del poder al interés correspondiente al amor por la reputación: de esa reputación cuyo
ansiado fruto es el poder (...). El ánimo de todo hombre público está sujeto en todo tiempo a la
acción de dos intereses distintos: Uno público y el otro privado. Su interés público es el que está
constituido por la participación que él tiene en la felicidad y el bienestar de la comunidad en
total, o de la mayor parte de ella; su interés privado está formado de, o por, la parte que tiene en
el bienestar de alguna porción de la comunidad, menor que la mayor parte, y del cual, la parte
más pequeña posible es la que está compuesta de su particular - y propio - interés personal.

142
pertinente hablar de la promoción del interés común si los individuos aumentan
la suma total de sus placeres o, de manera equivalente, si disminuyen la suma
total de sus penas.
En la primera parte de su vida Bentham confió en que los cambios podrían
hacerse a través de la monarquía, pero con el tiempo se fue convenciendo de las
bondades de la democracia. Dice Colomer (1987:41) que Bentham se decepcionó
“de la virtualidad del racionalismo arbitrarista”, y del poco compromiso de la
monarquía con el interés general32. A medida que se agudizaba su insatisfacción
con la monarquía, crecía su admiración por Thomas Jefferson y su entusiasmo
por los avances de la democracia en Estados Unidos, que lograba conjugar la
libertad con las reformas sociales. Bentham consideró que era importante que la
sociedad contara con un Tribunal de Opinión Pública en el que los ciudadanos
pudieran expresar libremente sus puntos de vista sobre las acciones del gobierno
y del legislador (Cutler, 1999; Greaves, 1931)33. El Tribunal debe tener un poder
judicial, de tal manera que permita evaluar el trabajo de los gobernantes, así como
un juez decide si alguien es culpable. No hay “buenos políticos”, dice Bentham,
sin opinión pública. Y para que la opinión sea una realidad se requiere que haya
comunicación y diálogo. Y sin educación ninguno de los dos es posible. Por esta
razón Bentham “defendió con pasión la financiación pública de la educación”
(Viner, 1949:371). Bentham propende por la libertad de prensa, y la relaciona
con el Tribunal de Opinión Pública. La prensa ayuda a propagar las ideas y a
difundir los distintos puntos de vista. Cutler (1999) llama la atención sobre una
dificultad que no fue ajena a Bentham: Si los individuos están motivados por su
propio interés, entonces la opinión que expresan en el Tribunal es la que más le

En el mayor número de los casos, estos dos intereses no sólo son distintos sino opuestos, y a
tal grado que, si cualquiera de ellos se persigue exclusivamente, el otro deberá ser sacrificado”
(Bentham, 1789:9).
32. Sobre los intentos que hace Bentham por modificar el funcionamiento del parlamento inglés,
ver Greaves (1931).
33. El Tribunal de Opinión Pública era para Bentham la “institución social más importante para
prevenir las desviaciones de los gobernantes” (Cutler, 1999:321). El Tribunal cumple cuatro
funciones: i) ayuda a que las personas tengan información y evidencia, ii) emite juicios y cen-
sura el comportamiento de los gobernantes, iii) castiga y premia a las personas (por ejemplo, a
través de las elecciones), iv) propone soluciones que ayuden a mejorar el manejo de los asuntos
públicos. En el Tribunal deben participar todos, incluyendo a las mujeres y a los analfabetos que
no tenían derecho a votar. Aún más, está abierto a los extranjeros. La prensa sería el órgano de
difusión por excelencia de los asuntos del Tribunal. La prensa tiene dos ventajas: La constancia y
la visibilidad. La prensa prende las alarmas porque los ciudadanos no pueden estar supervisando
a cada momento las acciones del gobierno. La ciudadanía debe estar pendiente de las alertas de
la prensa.

143
conviene a cada uno y no la que favorece el interés de la mayoría. Frente a esta
objeción, piensa Bentham que el intercambio de opiniones ayuda a dilucidar lo
que más le conviene a la sociedad.
A pesar de que gran parte de las propuestas de Bentham no se pusieron en
práctica durante su vida, Viner (1949:362) cree que exceptuando a Marx, Bentham
fue el reformador social más exitoso de la historia34. Y sin duda, esta voluntad
transformadora se refleja en los Escritos Económicos.
Bentham reconoce que el juicio sobre lo bueno debe partir de cada persona.
El criterio moral individual es una pieza central del análisis. Para Bentham la
elección tiene sentido en cuanto decisión personal. Y por ello critica las perspec-
tivas basadas en cualquier forma de racionalidad colectiva. Junto con el indivi-
dualismo metodológico Bentham introduce, por lo menos, dos temas que siguen
siendo motivo de preocupación de la teoría económica actual. El primero tiene
que ver con la disyunción cardinalidad/ordinalidad y el segundo con la tensión
entre deontología y consecuencialismo.
Es inevitable que la lectura de Bentham esté muy marcada por las preocupacio-
nes que ocupan la teoría económica contemporánea. A medida que la lectura avanza
parecería que las afirmaciones de Bentham van ganando actualidad. La selección
de los temas que propongo en las páginas siguientes, está muy condicionada por
las motivaciones que animan las discusiones actuales de la teoría económica. Esta
aproximación podría criticarse porque “descontextualiza” el pensamiento de Ben-
tham. Pero siendo realistas no queda alternativa. Primero, porque la lectura siempre
estará sesgada por la posición de cada persona. Y en segundo lugar, porque la obra
de Bentham aborda tal cantidad de temas que resulta muy difícil hacer una lectura
comprehensiva. La objetividad es “posicional” (Sen, 1993), en el sentido de que
la objetividad únicamente puede ser comprendida desde la perspectiva de cada
individuo. Y dado que no hay una objetividad universal, mi lectura de Bentham
es también es parcial, y está muy influenciada por las aproximaciones que hoy

34. “La lista de reformas que se realizaron en Inglaterra y que en gran medida se derivan de las
propuestas de Bentham es impresionante. Sólo menciono algunas: Reformas legales fundamen-
tales en varios campos; reforma de las prisiones; sufragio para la población adulta, incluyendo
el voto femenino; libre comercio; reformas en el gobierno de las colonias; legalización de los
sindicatos; universalización de la educación pública; libertad de palabra y de prensa; votación
secreta; servicio civil por mérito; rechazo de las leyes de usura; registro general de los títulos de
propiedad; reforma de los gobiernos locales; código de seguridad para el transporte de mercan-
cía; reforma sanitaria y medicina preventiva financiadas a través del gasto público; recolección
sistemática de estadísticas; justicia libre para los pobres. Bentham fue la primera persona que
propuso control natal como un instrumento de las reformas económicas, antes de que Malthus
(1789) hubiera publicado su primer Essay on the principle of population” (Viner, 1949:362).

144
se hacen a problemas como la elección social, la cardinalidad, el ordenamiento
por suma, los equilibrios subóptimos, la intervención del Estado, etc. Aunque el
acercamiento esté marcado por un sesgo a favor de determinados temas, trataré
de ser lo más fiel posible al pensamiento de Bentham.

Método
Para Bentham no tiene mucho sentido hablar de unos “intereses verdaderos”
que están por fuera de los “intereses individuales”. No existe una noción de la
verdad que esté por fuera de los sentimientos de las personas, así que el acerca-
miento a la verdad es inmanente y no trascendente. Al mismo tiempo que Bentham
explicita la importancia del individuo y de la inmanencia, también reconoce que
“(...) el fundamento de la moral y de la legislación es la mayor felicidad para el
mayor número”. Y como este principio prevalece sobre la felicidad individual,
Bentham acepta que algunas personas sacrifiquen una parte de su bienestar si ello
contribuye a aumentar la felicidad de la mayoría. Es claro, afirma, que la insatis-
facción que siente el rico cuando se le quita una “porción de su superficialidad”
es compensada por la alegría del indigente que la recibe.
Bentham asocia la inducción experimental con el individualismo metodológico.
Este vínculo se desprende directamente de su afán por aplicar el razonamiento
de la física al mundo de la moral. Expresa claramente su preferencia por el mé-
todo inductivo. Se trata de ir desde lo particular hacia lo general 35. El método
es experimental, “(...) una teoría, en verdad, no es buena hasta en tanto que sus
indicaciones no reciban, en su oportunidad, la confirmación de la experiencia”
(Bentham, 1786:174). Se trata de aplicar “el método experimental de razona-
miento de la rama física a la moral”. En opinión de Stark (1941:57), Bentham
habría logrado la síntesis entre empirismo y racionalismo. Al mismo tiempo que
insiste en una psicología de corte empirista, Bentham muestra la importancia que
tiene la razón en la búsqueda de los medios que garanticen el máximo placer y el
mínimo dolor. Stark (1941:57-58) afirma, con un tono optimista, que la síntesis
entre empirismo y racionalismo que logra Bentham es la síntesis entre igualdad
y libertad36. El empirismo es igualitario porque coloca a todas las personas en la

35. “La única forma de razonar por medio de la cual se obtiene el conocimiento, y por la que Bacon,
por ejemplo, y Locke y Newton aprendieron lo que nos han enseñado, es la que procede de los
“particulares a los generales”. Esta forma es la inducción” (Bentham, 1786:177). Commons
(1934:243) le critica a Bentham su excesivo “atomismo”. La comunidad benthamiana sería,
simplemente, una ficción que se reduce a la suma de individuos.
36. La aproximación de Stark es optimista porque le atribuye a las nociones de igualdad y de libertad
un significado muy general. Es cierto que todos los individuos experimentan placer y dolor,

145
misma situación. Y en virtud de la razón, el individuo puede dirigir sus acciones
de modo que conduzcan al logro del máximo placer. Esta aspiración de conju-
gar la libertad y la igualdad muestra que el pensamiento de Bentham estaba en
consonancia con el espíritu transformador de la época, expresado en el ideal de
la revolución francesa de 1789 (libertad, igualdad y fraternidad). Entre libertad
e igualdad, Bentham termina optando por la primera, ya que produce más satis-
facción adquirir el bien que disfrutarlo. A Bentham no le basta con enunciar los
principios, sino que trata de buscar el tipo de organización social que posibilite
llevarlos a la práctica.
Al fundar la reflexión moral en la experiencia, Bentham aspira a encontrar una
especie de ley mecánica que explique la conducta humana37. No duda Stark (1965)
en calificar la teoría de Bentham como mecanicista. Y la perspectiva inductiva de
Bentham es compatible con una acción transformadora del agente externo. Como
en el laboratorio del físico, en la vida social también hay espacio para moldear los
cambios. Bentham acepta que muchas reformas sociales son posibles gracias a la
acción del Estado, pero aspira a que su intervención no sea excesiva. El contrato
social es, en sí mismo, una falacia. Una “quimera”. La validez y la pertinencia
del contrato se juzgan a la luz de sus resultados.
Bentham (1776) critica duramente a Blackstone entre otras razones, porque
no define de manera precisa el significado que tienen categorías como: “estado
natural”, “contrato original de la sociedad”, “contrato original”, “gobierno”, “estado
de gobierno”, “sociedad natural”, “sociedad”, “sociedad política”, etc. Blackstone
usa los términos de manera muy ambigua, y erróneamente cree que ha logrado
delimitar la frontera que separa un tipo de estado del otro. Bentham argumenta
que en medio de la confusión de las definiciones propuestas por Blackstone, el
estado natural puede servir para calificar realidades tan distintas como la desobe-
diencia civil, la insubordinación, la relación entre Estados independientes, etc. El
análisis descuidado de Blackstone contribuye a consolidar una lógica formalista,

pero cada uno tiene características y dotaciones específicas que se reflejan en la intensidad de
las sensaciones. El placer que sienten dos personas que reciben un premio de $1 millón es muy
diferente si una de ellas gana $15 millones mensuales y la otra apenas $500.000. Y en cuanto
a la libertad, las potencialidades para su ejercicio varían considerablemente entre personas. En
vista de todas las dificultades que se presentan al tratar de conciliar igualdad y libertad, Ben-
tham “(...) rechaza un sistema de estricta igualdad en el que la ley elimine las posibilidades de
ascenso” (Stark, 1941:74).
37. “La presente obra así como cualquier otra obra mía, que haya sido o que sea publicada sobre el
tema de la legislación o de cualquier otra rama de la ciencia moral, es un intento para difundir
el método experimental de razonamiento de la rama física a la moral. Lo que Bacon fue para el
mundo físico, Helvétius lo fue para el moral. El mundo moral, por consiguiente, ha tenido su
Bacon; pero todavía falta por llegar su Newton” (Bentham, 1786:178).

146
que termina minimizando la importancia de los resultados prácticos de las diversas
modalidades de la organización social.
La crítica de Bentham a las concepciones organicistas del Estado nace de
su afirmación del individuo. La frase el “interés de la comunidad” tiene sentido
únicamente desde la perspectiva de los placeres y de las penas de cada uno de los
miembros de ese “cuerpo ficticio” que es la comunidad38. Bentham reconoce que
hay una enorme brecha entre el interés privado y el interés general. Y no es tan
ingenuo como para pensar que el “axioma fundamental” resuelve el conflicto39.
La mayor felicidad para el mayor número no soluciona el problema porque la
consecución de este fin puede llevar a reducir la felicidad de algunos. El axioma
no dice “la mayor felicidad para todos” sino “la mayor felicidad para el mayor
número”. Y si el axioma fundamental se cumple, es posible que una minoría
no alcance la “mayor felicidad” e, incluso, es factible que caiga en desgracia.
El axioma fundamental no es purista. Es suficiente con que mejore la felicidad
del mayor número de personas. Esta condición no soluciona el conflicto entre
elección individual y elección colectiva40, que únicamente puede resolverse si
todas las personas sienten que su preferencia se refleja en la elección colectiva.
El realismo de Bentham lo lleva a postular, a través del axioma fundamental, un
acercamiento menos exigente.
El mayor número de Bentham no se refiere a la regla de la mayoría de las
democracias occidentales contemporáneas41. El axioma fundamental se aplica

38. La argumentación de Bentham ya incorpora los elementos básicos de la crítica que se hace desde
el individualismo metodológica a los enfoques organicistas del Estado. Desde una perspectiva
más general, el individualismo metodológico tiene mucha fuerza. “Cualquier filosofía moral
razonable asume lo que se ha llamado “individualismo ético”, esto es, la tesis de que desde el
punto de vista de la fundamentación moral y, en particular, de la justicia distributiva, lo único que
racionalmente debe importar son los individuos. Es una sensata tesis que no se puede formular
fuera del individualismo ético y éste, desde el punto de vista analítico, requiere un compromiso
con el individualismo metodológico” (Ovejero, 1994:213).
39. “Bentham no logró completar el puente sobre el abismo que separa los intereses privados del
interés general, pero nunca negó la existencia de tal abismo. Propuso dos caminos para redu-
cirlo: La educación y el gobierno. A regañadientes aceptó que la religión es una parte útil de la
educación, en la medida en que forma para la virtud” (Viner, 1949:371).
40. La forma como se relacionan la elección individual y la elección colectiva era una preocupación
que era explícita en la filosofía moral y en la literatura política de finales del siglo XVIII. El
tema es central en la obra de dos autores contemporáneos de Bentham: Kant (1724-1804) y
Rousseau (1712-1778). Sobre el proceso de decisión colectiva en Rousseau, Kant, Hegel y Mill,
ver el artículo de Dyke (1969).
41. Burne (1949) discute el significado que podría tener “el mayor número” en el pensamiento de
Bentham. En su opinión, el mayor número no es simplemente la mitad más uno. El axioma
fundamental busca incluir a la mayoría más amplia posible.

147
tanto a las sociedades monárquicas, como a las democráticas. El distanciamiento
de Bentham de la monarquía y su acercamiento a la democracia no modifica el
axioma fundamental42. La finalidad continúa siendo la misma aunque la forma
de alcanzarla se modifica.
Bentham (1793:31) considera que la economía política es una ciencia y un
arte. La ciencia es una guía para el arte43. El sentido pragmático de Bentham lo
lleva a considerar que la teoría debe estar al servicio de la industria que, desde
una perspectiva genérica, es el arte. La economía política es ciencia porque está
fundada en la ética que debe ser “exacta” y “científica” como la psicología44. Pero
no es una ciencia abstracta aislada del quehacer cotidiano. Critica a Smith porque
en su obra, “(...) la ciencia sola ha sido el objetivo constante y directo en mira:
El arte, el colateral y ocasional” (Bentham, 1801d:265)45. La opinión que tiene
Bentham de Smith contrasta con la que más de un siglo después expresará Walras
(1926), para quien Smith pone un énfasis excesivo en los resultados (el arte), y
ello lo lleva a descuidar el examen detallado de los elementos constitutivos de la
ciencia. Así que mientras que Bentham acusa a Smith de centrar la atención en
la ciencia y de restarle importancia al arte, Walras le reprocha su descuido por la
ciencia y sus excesivos afanes por el arte. Tiene más razón Walras que Bentham, ya
que en realidad Smith sí tiene una clara preocupación por el arte. En su opinión, la
economía política debe permitir que aumente la riqueza, “tanto del pueblo, como
del soberano”46. Esta aproximación a la economía política mostraría que, de la

42. La solución de la tensión entre elección individual y colectiva es diferente dependiendo de si


la sociedad es monárquica o democrática. La monarquía puede resolver el conflicto por la vía
de la imposición, pero la democracia queda presa en la trampa de la imposibilidad. Este tipo
de reflexión no es central en Bentham. Desde su perspectiva pragmática, la discusión sobre
los inconvenientes lógicos que se presentan al pasar de la elección individual a la elección
colectiva no es tan relevante como el debate alrededor de la forma de organización social que
más contribuye al cumplimiento del axioma fundamental. Bentham reconoce, de hecho, que la
democracia es más compatible con el axioma fundamental que la monarquía.
43. “La economía política puede considerarse como una ciencia y un arte. Pero en este caso, como en
otros, la ciencia está utilizada únicamente como una guía para el arte” (Bentham, 1793:31).
44. Sobre la forma como Bentham concibe la exactitud y la ciencia, ver Stark (1941:56 y ss).
45. En líneas generales Bentham es muy respetuoso de la obra de Smith. “Si [Bentham] no dedicó
más tiempo a la teoría, esto se debió en parte al hecho de que creyó que la tarea intelectual
necesaria ya había sido hecha por el gran Adam Smith. La Riqueza de las Naciones era un libro
por el cual Bentham sentía la más grande admiración posible, obra a la cual tenía él muy poca
crítica que hacer” (Stark 1965:xxii).
46. “La economía política, considerada como una rama de la ciencia del estadista o legislador, tiene
dos objetivos distintos: Primero, ofrecer un ingreso pleno, o de subsistencia para la población; o
más específicamente, incentivar a las personas para que obtengan tal ingreso por ellas mismas;
segundo, garantizar que el Estado, o la nación, dispongan de los recursos suficientes para su-

148
misma manera que Bentham, Smith también considera que la economía política
debe contribuir a resolver los problemas de la sociedad. Bentham diría que estas
referencias del Smith al arte son ocasionales y no constituyen el principal obje-
tivo de su obra. De todas maneras el sentido pragmático de Bentham sí es más
acentuado que el de Smith. Ambos autores privilegian el arte sobre la ciencia y
por ello son consecuencialistas. Este enfoque contrasta con el de Walras (1926)
para quien la “ciencia” económica, o los “elementos puros” de la economía son
autónomos frente al arte y a la transformación. Walras va más allá, y piensa que
además de ser autónoma, la economía pura también es autocontenida47.
Las concepciones de Smith y de Bentham se enmarcan en dos contextos muy
distintos. Smith es partidario de una teoría objetiva del valor, mientras que Ben-
tham se inclina por una teoría subjetiva del valor48. En sus Escritos económicos
Bentham no discute las implicaciones que se derivan de estas aproximaciones
alternativas al valor. No le da demasiada importancia a sus diferencias con Smith.
Y cuando compara su Manual de economía política con la Riqueza de las naciones
(Smith, 1776) dice que el Manual puede no ser mejor que la Riqueza, pero de
todas maneras “no es mucho peor”. En su opinión ambos libros se diferencian en
el método de exposición. El Manual, dice, es más sencillo de leer y para muchas
personas puede ser más fácil de entender que la Riqueza. En el mundo de la teoría
del valor trabajo de Smith, la meta de la economía política (la mayor riqueza del
pueblo y del soberano) es objetiva, en el sentido de que el monto de la riqueza
es un valor que no depende de los sujetos. En el campo de la teoría subjetiva del
valor de Bentham también se acepta que el aumento de la cantidad de la riqueza
es importante, pero se pone el énfasis en la forma como la percepción individual
de la riqueza incide en la felicidad.

El balance entre el bien y el mal


Bentham considera que el bien supremo es la felicidad. Su teoría es conse-
cuencialista y no contractualista porque le da más importancia al resultado que a

ministrar los servicios públicos. Se busca, entonces, que aumenta la riqueza, tanto del pueblo,
como del soberano” (Smith, 1776:12).
47. Esta percepción de Walras no riñe con su actividad militante y revolucionaria. Influenciado
por los ideales de la Comuna de París de 1848, Walras fue un republicano radical. Una de sus
prioridades fue buscarle solución al problema de la distribución de la riqueza. Para él, “(...) la
economía política pura aparecía como paso previo necesario para la economía social” (Segura,
1987:22).
48. La percepción subjetiva de Bentham es desarrollada posteriormente por autores de gran influencia
como Jevons. Sobre la influencia de Bentham en Jevons ver, por ejemplo, Collison (1972).

149
la enunciación formal de los contratos. Si el acuerdo no conduce efectivamente
al objetivo buscado, no pasa de ser una declaración formal, quedando reducido a
un enunciado vacío49.
El bien y el mal están asociados al placer y al dolor. Bentham (1776:51) retoma
el principio de Hume (1739), según el cual “la virtud se sustenta en la utilidad”.
Esta línea de reflexión ya había sido abordada por Helvétius (1759) para quien
las verdaderas virtudes son aquellas que al ser puestas en práctica mejoran la
felicidad del pueblo. De alguna manera Hume, Helvétius, Beccaria y Bentham se
inclinan hacia la tradición filosófica de corte epicúreo, que rechaza la naturaleza
trascendental del bien, propia del platonismo50.
La cristiandad había fundado su percepción del bien en una lógica platónica.
En opinión de Ángel (2001) esta perspectiva trascendente es retomada por la
modernidad gracias a Kant, quien establece una dicotomía entre el quehacer del
hombre libre y la dinámica de la naturaleza. Mientras que el examen de la libertad
corresponde al mundo de la moral, la reflexión sobre la naturaleza es tarea de la
ciencia. Kant (1785) mantiene el enfoque trascendental sin quitarle el espacio al
desarrollo de la ciencia. La libertad plena sólo se alcanza en virtud de la naturaleza
trascendental de la personal. Kant es aceptado por la modernidad porque logra
diferenciar los espacios de la moral y de la ciencia. Cada esfera tiene su propia
autonomía, sin interferirse. A diferencia de Kant, Bentham piensa el bien desde
una perspectiva inmanente. La felicidad no es un bien trascendental. Todo lo
contrario. La felicidad es inmanente porque la siento y no porque la imagino en

49. Rawls (1971) y Sen (1985) coinciden en criticar al utilitarismo porque apenas informa sobre
la felicidad subjetiva. Pero divergen en su análisis de las implicaciones del consecuencialismo.
Desde una posición deontológica, Rawls rechaza la perspectiva teleológica del utilitarismo y
su menosprecio por el contrato. En cambio, Sen rescata las potencialidades de la lógica con-
secuencialista de Bentham y, como él, también pone el énfasis en el resultado, o en aquello
que la sociedad considera como bueno. Refiriéndose a Mill y a Rawls, Gaus (1981) analiza la
posibilidad de convergencia entre las teorías basadas en derechos (Rawls) y las teorías basadas
en resultados (Mill). En opinión de Gaus, para defender el principio de “igual libertad”, tanto
Rawls como Mill deben recurrir a supuestos no-morales (nonmoral claims or assumptions). Por
consiguiente, no tiene razón Rawls cuando considera que su teoría es más perfecta que la de Mill,
y por ello no requiere de los supuestos no-morales que sí son indispensables en la concepción de
Mill. Para Gaus ambos enfoques, el de Rawls y el de Mill, se apoyan en una concepción de la
naturaleza humana “fuertemente desarrollada” y a partir de allí elaboran supuestos no-morales.
La convergencia entre Rawls y Mill no sería, entonces, de naturaleza ética sino psicológica. Estos
rasgos sicológicos tendrían que ver, por ejemplo, con la afirmación de la naturaleza egoísta de
las personas.
50. Ángel (2001) analiza la forma como en la historia de occidente la visión platónica y trascendental
del mundo va ahogando el inmanentismo del pensamiento jonio.

150
la perfectividad de la trascendencia. Al derivar el bien y el mal de las sensaciones,
Bentham se coloca por fuera de la visión cristiana trascendental51.
El pensamiento de Bentham no es dicotómico, puesto que allí no hay una
separación, como en Kant, entre el mundo de la libertad regido por la conciencia
moral, y el mundo de la ciencia amarrado a la naturaleza. Al romper esta dicotomía,
Bentham se inscribe en la corriente inmanentista de origen Jonio, y contribuye a
debilitar el pensamiento moral fundado en la separación del alma y del cuerpo.
Bentham no absolutiza la razón. La pone al servicio del axioma fundamental.
La maximización del placer y la minimización del dolor es un proceso complejo.
Tanto desde la perspectiva individual, como desde la óptica colectiva, la razón
juega un papel central en el cumplimiento del axioma fundamental. La dosificación
del placer y la disminución del dolor es un arte. Y allí la razón tiene un amplio
margen de acción.
Entre el bien y el mal hay una relación de continuidad: “(...) dentro de la idea
del bien en todas sus formas, está incluida la idea del mal, en todas sus formas”. Y
del mismo modo, “(...) bajo la idea del mal, en todas sus formas, está incluida la
idea del bien, en todas su formas” (Bentham, 1786:180). Gracias a esta continui-
dad, el bien positivo “es un bien que no consiste en la ausencia o extirpación del
mal”. Y el bien negativo “es un bien que consiste en la exclusión o extirpación del
mal”. La relación simétrica52 entre el bien y el mal tiene ventajas en los campos
de la teoría y de la práctica, porque facilita la comprensión de la naturaleza de la
felicidad y del dolor, y agiliza la acción del legislador. En estos espacios simétricos
y continuos, la aritmética y la medicina se convierten en instrumentos de gobierno
y de legislación muy apropiados53. La aritmética es necesaria para cuantificar, y
la medicina para reducir el dolor y proteger el placer.

51. Las ideas de Bentham fueron discutidas intensamente en Colombia. La Iglesia y los sectores
conservadores se oponían a que se enseñara el pensamiento de Bentham en las escuelas y las
universidades. “La moral utilitarista, basada en el principio que identificaba el placer con el
bien, se consideraba contraria a la moral cristiana” (Jaramillo, 1978:237). La obra de Bentham
puso sobre el tapete la polémica sobre las características y la pertinencia del pensamiento liberal.
“El debate entre Caro y Ezequiel Rojas sobre la adopción de los textos de Bentham y Tracy
en la Universidad Nacional en 1870, y luego en 1876 por la introducción de un compendio de
ideología en los colegios oficiales, fue el gran debate político y filosófico del siglo XIX (...)”
(Sáenz, Saldarriaga y Ospina, 1997:71).
52. “Siendo opuestos el bien y el mal, lo que se afirma de cada uno de ellos, puede ser, con un
cambio adecuado en el texto, con igual veracidad y propiedad, afirmado del otro; y de igual
modo con respecto al premio y al castigo” (Bentham, 1786:180).
53. “Aritmética y Medicina, éstas son las ramas del arte y la a ciencia a las cuales, por cuanto el
máximo de felicidad es el objeto de sus esfuerzos, debe acudir el legislador para utilizarlas
como medios de acción: Los dolores o pérdidas de placer ocasionados por un acto maléfico
corresponden a los síntomas producidos por una enfermedad” (Bentham, 1786:181).

151
La aritmética y la medicina son adecuadas para organizar la sociedad porque
la primera proporciona la cuantificación necesaria para informar al legislador
sobre el tipo de transferencias que debe realizar con el fin de que se cumpla el
axioma fundamental. Gracias a la aritmética es posible saber cuál es el impacto
que tiene en la utilidad de la persona los cambios en la distribución del ingreso.
La matemática es un instrumento adecuado para realizar el balance neto de la
utilidad que resulta de descontar las pérdidas y de sumar las ganancias que se
derivan de las transferencias de recursos entre agentes económicos. La matemática
no supone la cardinalidad, pero en el contexto pragmático de la teoría de Bentham
la matemática no tiene mucho sentido sin la medición cardinal. Las operaciones
de suma y la resta se realizan sobre unidades cardinales.
El legislador debe tratar de que los placeres permanezcan “(...) imperturba-
dos y protegidos contra la perturbación (pues, en cuanto a incrementarlos, por
medio del poder del legislador, a algo más que una cantidad insignificante, ni
es necesario ni posible)” (Bentham, 1786:180). La frase citada diferencia entre
las acciones, negativas y positivas, que puede realizar el legislador con el fin de
proteger los placeres y estimularlos. Bentham confía más en el éxito de las inter-
venciones que buscan proteger los placeres existentes, que en aquellas que tratan
de estimularlos.
Y en cuanto a los dolores, el legislador, debe “(...) saber disminuirlos, en
cada caso, con respecto a la magnitud y al número, el número de individuos que
los sufren y la magnitud del sufrimiento en cada caso individual” (Bentham,
1786:181). Las acciones del legislador en contra del dolor deben contemplar no
sólo su intensidad, sino también el número de personas que lo padecen. Hay una
tensión permanente entre, de un lado, reducir la intensidad del dolor de unas pocas
personas y, de otro, disminuir el dolor, no muy severo, de numerosas personas. En
el primer caso, el legislador centra la atención es un grupo pequeño de personas
que sufren mucho. Y en el segundo, el legislador expresa su interés por la situa-
ción de una mayor cantidad de personas cuyo sufrimiento no es muy intenso. El
éxito en determinar el balance neto entre la intensidad del dolor y el número de
personas que lo sufre depende de la precisión que se consiga en la cuantificación
de las utilidades marginales54.
La política y la moral buscan aumentar la felicidad y disminuir el dolor. La
política tiene que ver con “las operaciones del gobierno”, y la moral con las “ac-
ciones individuales”. Puesto que ambas persiguen el mismo objetivo, “lo que es
políticamente bueno no puede ser moralmente malo”.

54. La utilidad marginal mide el cambio en la utilidad ocasionado por una variación del bien con-
sumido (δu/δx). u es la utilidad y x es el bien. La utilidad marginal informa sobre la intensidad
del placer y por ello Bentham la prefiere a la utilidad total.

152
El trabajo tiene sentido porque es un medio para conseguir riqueza y, por ende,
felicidad. La sociedad, dice Bentham (1789:8), disfraza con el nombre de deseo
de trabajo, el deseo de riqueza. El trabajo no despierta el deseo sino la aversión.
Por ello, “(...) decir amor al trabajo, es expresar dos términos contradictorios”
(Bentham, 1789:8).

La búsqueda de la propia felicidad: Egoísmo y utilitarismo


El pensamiento de Bentham explicita la tensión entre egoísmo y utilitarismo.
El primero tiene que ver con la propia felicidad y el segundo con la felicidad de
la mayoría. Sen (1987:19 y ss.) muestra que no puede hacerse una distinción
tajante entre egoísmo y utilitarismo. Sen (1987:19) critica a Sidgwick (1874)
y a Edgeworth (1881), porque hacen esfuerzos fallidos por definir una frontera
clara entre el egoísmo y el utilitarismo. Sen (1977:84) califica a Edgeworth de
“egoísta impuro”, porque no logra explicar la tensión entre el egoísmo que motiva
el contrato al interior del núcleo, y el utilitarismo que entra en escena cuando se
tiene que escoger entre uno de los múltiples óptimos de Pareto que resultan de la
diversidad de alternativas de contratación que se presentan en la Caja de Edgeworth.
Dependiendo de las dotaciones iniciales, los óptimos de Pareto que resultan del
proceso de contratación son la expresión de sociedades muy heterogéneas desde
el punto de vista de la distribución del ingreso y la riqueza. La escogencia entre
estas sociedades alternativas obliga a recurrir a un principio utilitarista que va
más allá del egoísmo puro.
Las interacciones entre egoísmo y utilitarismo son complejas. Entre otras
razones porque la relación de cada persona con los otros está mediada por gru-
pos, clases, etc., que condicionan el comportamiento de los individuos. Bentham
es consciente de la tensión entre egoísmo y utilitarismo y la expresa de diversas
maneras55. En esta dinámica, el egoísmo es el polo que más fuerza tiene. “Mi
noción de hombre es la de un ser que anhela la felicidad, tanto en el éxito como
en el fracaso, y en todos sus actos continuará haciéndolo, mientras siga siendo
hombre” (Bentham, 1789:3). La persona actúa en función de su propia felicidad.
En “todo corazón humano”, continúa Bentham, “el interés de la propia conside-
ración predomina sobre todos los demás en conjunto”56.

55. “Tolera hasta el límite tu placer o tu pena,/Sea ésta intensa, larga, fugaz, pura, fecunda o cier-
ta./Si tu mira es privada, búscate esos placeres,/ y si es pública que ampliamente se extiendan.
Cualquiera que sea el fin, evítate las penas;/ pero si han de llegar, que hacia pocos se extiendan”
(Bentham, 1789:14).
56. El sentimiento egoísta, dice Cutler (1999), es el que finalmente determina el juicio en el Tribunal
de Opinión Pública.

153
El principio de autopreferencia, debe entenderse como la propensión de la natura-
leza humana, por la cual, con motivo de cada acto que ejecuta, todo ser humano
se ve inclinado a seguir la línea de conducta que, en su inmediata estimación del
caso, contribuirá en el más alto grado a su propia felicidad máxima, cualquiera
que sea su efecto en relación con la dicha de otros seres similares, uno cualquiera
o todos ellos en conjunto (Bentham, 1789:3).

La frase es contundente. El motor de la conducta humana es la autopreferen-


cia, sin importar el impacto que tengan en los otros las acciones encaminada a
lograr dicho propósito. Pero páginas más adelante Bentham amplía los alcances
de la reflexión.
La única causa eficiente de la acción es el interés, si tomamos el término en su
más amplio sentido; es decir, según la percepción que, en el momento de que se
trata tenga de su interés más enérgicamente persuasivo: El interés determinado
por la antipatía y simpatía sociales, incluyendo de igual modo al que es de na-
turaleza puramente autoestimativa (Bentham, 1789:5).

Ahora el interés tiene un sentido “amplio”, que incluye la “antipatía” y la


“simpatía”. Así que la autopreferencia no es independiente de los sentimientos
hacia el otro.
Para Smith (1759) la simpatía también es compatible con el egoísmo. La
simpatía es el sentimiento que nos lleva a ponernos en la situación del otro (Smith,
1759:5). Se trata de mirar el mundo desde la perspectiva del otro. La simpatía
incluye toda la gama de sentimientos que van desde el amor hasta el odio. No es
extraño, dice Smith, que quien se ponga en los zapatos del otro tenga sensaciones
encontradas (admiración, envidia, etc.). Y esta mezcla de afectos tiene que ver
con la forma como juzgamos la motivación del acto, el acto mismo, y sus conse-
cuencias. La evaluación de cada uno de los momentos es diferente. Puede ser, por
ejemplo, que aunque la motivación sea buena el resultado final no sea el adecuado.
Al hacer la diferencia entre la motivación, el acto y sus consecuencias, Smith
pone en evidencia lo difícil que resulta juzgar al otro, aún si hacemos el ejercicio
de ponernos en sus zapatos. La simpatía supone un ejercicio de la imaginación.
Dado que nunca sabemos cuál es la percepción que el otro tiene del mundo, no
queda más remedio que imaginarla.
Puesto que no podemos experimentar directamente lo que los otros hombres
sienten, no logramos tener una idea de la forma como los hechos los afectan,
pero sí podemos imaginarnos lo que nosotros mismos podríamos sentir en una
situación similar (Smith, 1759:3).

El amor por sí mismo y la simpatía conviven. Y la forma como se presenta


esta interacción está mediada por dos consideraciones. La primera tiene que ver

154
con la naturaleza del bien. Y la segunda con los diferentes niveles desde los cuales
se analiza la simpatía. En los Sentimientos morales Smith explora, sobre todo, el
segundo tema.
En la realidad ambas dimensiones (la naturaleza del bien, los niveles de la
simpatía) están interactuando. La naturaleza del bien repercute en la intensidad
de los sentimientos. En el caso de la producción y venta de pan, la simpatía
puede ser un sentimiento muy tenue. En cambio cuando se trata de bienes como
la educación, o la salud, es muy probable que los sentimientos de simpatía sean
más fuertes. El espectro de la simpatía es muy amplio. En el campo de la salud,
la enfermedad del otro despierta sentimientos de compasión y de dolor. Y estas
sensaciones son perfectamente compatibles con el amor por sí mismo. En el caso
de la producción y venta de pan la simpatía pierde relevancia porque la búsqueda
de la satisfacción individual es compatible con el bienestar general.
Aunque en sus Escritos económicos Bentham apenas enuncia la simpatía
sin darle un tratamiento tan sistemático como lo hace Smith, no parece que haya
diferencias sustanciales en la concepción que ambos autores tienen de la simpatía.
El propósito es claro: Conciliar el interés individual con la preocupación por el
otro. El otro siempre está presente, así que es imposible desconocerlo. Y si el otro
está ahí, no tiene sentido actuar como si no existiera. La búsqueda de la autopre-
ferencia no puede obviar la dimensión del otro57.
Puede afirmarse como una verdad amplia y generalizada que, cualquier cosa
que reduzca el bienestar y la felicidad personales de cualquier individuo, lo
inhabilita, en igual grado, para impartir felicidad a sus semejantes; y no sólo
a ese extremo, sino que lo predispone a reducir la cuota de disfrute de ellos al
nivel de la suya propia (Bentham, 1789:11).

La felicidad del individuo está ligada a la felicidad de los demás, hasta el


punto que
(...) los grandes enemigos de la paz pública son las pasiones egoístas e insociables,
necesarias como son, una a la existencia misma de cada individuo, y la otra a su
seguridad. En lo que concierne a estos sentimientos, nunca es de sospecharse defi-
ciencia alguna por cuanto a su fuerza; todo lo que hay que esperar con respecto a
ellos, es que sean temidos por causa de su exceso. La sociedad se mantiene unida
únicamente por los sacrificios que pueden ser inducidos a hacer sus miembros,
de las satisfacciones que exigen: Lograr estos sacrificios es la gran dificultad y
la mayor tarea del gobierno (Bentham, 1789:11. Bastardillas mías).

57. Sen (1970, 1971, 1973) propone la versión moderna de esta tensión: no hay liberales paretianos.
En otras palabras no es posible actuar exclusivamente en función del propio bienestar.

155
Así como Smith pensaba que la sociedad ideal era la de personas magnáni-
mes, Bentham también hace un llamado al sacrificio. Ambos autores aceptan que
la sociedad debe fundarse en principios egoístas pero reconocen, de antemano,
que se requiere que haya personas dispuestas a sacrificarse por las demás. En
condiciones ideales sería deseable que en la sociedad predominaran las personas
dispuestas a sacrificarse por los demás.
En virtud de la magnanimidad ya no amamos a los otros como a nosotros
mismos, sino que “nos amamos a nosotros mismos tanto como amamos a los
otros” (Smith, 1759:28). Por tanto, el parámetro es el amor al otro. Smith califica
la magnanimidad como una virtud “grande y loable”, pero reconoce que la mayoría
de las personas no la alcanzan. Los sentimientos de magnanimidad van más allá de
la gran ley de la cristiandad. Smith exalta la magnanimidad al mismo tiempo que
reconoce que muy pocas personas logran anteponer el amor a los otros al amor a
sí mismo. Y vale la pena reiterarlo: Smith considera que el comportamiento mag-
nánimo es benéfico para la sociedad. Para Smith la magnanimidad es una virtud
encomiable, que supera cualquier comportamiento egoísta. Pero como se trata
de una virtud tan escasa, es ingenuo pretender que pueda servir de fundamento
a la sociedad real. En lugar de soñar con un mundo de personas magnánimes, es
mejor tratar de entender el funcionamiento de una sociedad que va consolidando
la división del trabajo, y en la que el egoísmo es el factor determinante de la
producción y del consumo.
La sociedad, tal y como es concebida por Bentham y Smith, no puede edi-
ficarse sobre las bases de personas que sean puramente egoístas. La simpatía de
Smith y el axioma fundamental de Bentham rompen los marcos de una lógica
puramente egoísta.

Cardinalidad y ordenamiento por suma


El examen de la cardinalidad tiene su razón de ser en las preocupaciones
pragmáticas de Bentham. La medición de la utilidad importa porque permite ha-
cer comparaciones interpersonales de utilidad. Y gracias a dichas comparaciones
es posible saber cuál es el grado de felicidad de cada persona, y esta es una in-
formación básica para que el gobernante pueda determinar la naturaleza de las
transferencias de recursos que favorecen el cumplimiento del axioma fundamental.
Hay una secuencia que podría representarse así:
utilidad cardinalidad comparaciones interpersonales interven-
ción redistributiva del gobernante máxima felicidad para el mayor número.

Así que la cardinalidad tiene una clara finalidad pragmática, que está relacio-
nada con el axioma fundamental. La cardinalidad es relevante porque es una pieza

156
central de la política económica. El consecuencialismo se desprende del enfoque
pragmático de Bentham. Lo importante para el autor no es el procedimiento sino
los resultados. Bentham no está de acuerdo con darle énfasis a los aspectos proce-
dimentales, porque su punto de atención es la consecución de la mayor felicidad.
Las reglas tienen sentido por los resultados y no por ellas mismas. Para Bentham
la cardinalidad está al servicio de la felicidad, que es el objetivo fundamental. El
autor no tiene la pretensión de hacer una reflexión sistemática sobre la naturaleza
de la cardinalidad. Tampoco busca indagar por la razón última de la medición,
o de las comparaciones interpersonales de bienestar. El aspecto central de la re-
flexión de Bentham sobre la cardinalidad es la aplicación y la instrumentación.
Las implicaciones que se derivan de la cardinalidad en las comparaciones interper-
sonales se desarrollarán mucho más tarde. Samuelson (1947) plantea la distinción
entre la vieja y la nueva economía del bienestar. La diferenciación depende de
la forma como se incorporan las comparaciones interpersonales de bienestar. La
vieja economía asociada al nombre de Pigou, dice Samuelson, tiene que ver con
la medición cardinal y con la posibilidad de hacer comparaciones interpersonales
de bienestar. La nueva economía del bienestar, que comienza con Pareto, no acepta
las comparaciones interpersonales de bienestar.
La cuantificación es un elemento constitutivo del axioma fundamental por dos
razones. En primer lugar, porque Bentham busca llegar a una medición de la utilidad
de tipo cardinal. Y además, porque el axioma fundamental es un ordenamiento
por suma58. La cardinalidad y el ordenamiento por suma tienen una doble virtud:
Permiten hacer comparaciones interpersonales de utilidad, y son un instrumento
de gestión adecuado porque le dan señales claras al legislador.
El ordenamiento por suma permite hacer compensaciones, de tal manera que
si en razón de una política redistributiva el rico reduce la utilidad en un monto
λ, y el pobre la aumenta en una cantidad α > λ, el bienestar global mejora. Debe
tenerse presente que para Bentham lo que finalmente importa son las variaciones

58. “Súmense todos los valores de todos los placeres por una parte, y los de todos los dolores por
otra. Si la balanza se inclina hacia el lado del placer, señalará una buena tendencia del acto
en su totalidad, respecto a los intereses de la persona individual; si se inclina hacia el lado del
dolor, la tendencia será mala en su conjunto. Llévese una relación del número de personas cuyos
intereses parecen estar afectados, y repítase el proceso anterior respecto a cada una de ellas.
Súmense los números que expresan el grado de buena tendencia que tiene el acto respecto a cada
individuo, en relación con los cuales la tendencia es buena en general; hágase nuevamente esto
respecto a cada individuo, en relación con los cuales su tendencia es mala en general. Cotéjese
la diferencia o saldo, el que, si es favorable al lado del placer, producirá una buena tendencia
general del acto respecto al número total o la comunidad de individuos de que se trata; si lo es
del lado del dolor, la tendencia general será mala respecto a la misma comunidad” (Bentham,
1789:16).

157
de la utilidad y no la utilidad en términos absolutos, así que los componentes de
la suma son las utilidades marginales. Desde la perspectiva del legislador la car-
dinalidad tiene la virtud de que guía las transferencias de recursos, de tal forma
que los montos a repartir sean compatibles con el axioma fundamental.
Además del ordenamiento por suma podrían considerarse otras modalidades
de ordenamiento como el multiplicativo59.
El ordenamiento por multiplicación no proporciona una información tan clara
como el ordenamiento por suma. Primero, porque la medida es ambigua. Una de
las propiedades básicas de la multiplicación es que el producto de dos números
negativos es un valor positivo. Al aplicar este principio al bienestar se llega a una
situación contraevidente: Si la utilidad de dos personas se deteriora, la utilidad
global mejora. Y segundo, el ordenamiento multiplicativo tiene el inconveniente
de que cuando la utilidad marginal de alguna persona es cero, la utilidad global
también es cero. Esta condición es muy restrictiva y le quitaría cualquier viso de
realidad al axioma fundamental. Así que el ordenamiento por suma termina siendo
preferido al ordenamiento multiplicativo.
La cardinalidad resuelve de manera inmediata el problema de las compara-
ciones interpersonales de utilidad. Una vez que la medida cuantitativa ha sido
establecida, no hay ninguna dificultad con las comparaciones interpersonales. En
el mundo de la cardinalidad, la continuidad y las comparaciones interpersonales,
el paso de la elección individual a la elección colectiva puede ser menos tortuoso
que en un mundo en el que no se acepten las comparaciones interpersonales de
utilidad60. Y si además, las comparaciones interpersonales están acompañadas

59. En el caso del ordenamiento por multiplicación, la utilidad de la sociedad (U) es:
donde ui es la utilidad del individuo i (i = 1, ..., n). Esta forma de ordenar no permite compen-
saciones. Si la utilidad de una persona es cero (u = 0), la del conjunto de la sociedad también
es cero (U = 0).
Algunas medidas contemporáneas de pobreza, como el Índice de Necesidades Básicas Insatis-
fechas (NBI), utilizan el ordenamiento por multiplicación.

xj representa los j bienes (j = 1, ... m) consumidos por la persona i. De acuerdo con los criterios del
NBI, para que i sea pobre (pi) basta con que uno de los bienes juzgados como básicos tenga una
valoración de cero. Se asigna el valor de cero cuando la persona i no puede disponer del bien j.
60. Arrow reconoce que si las comparaciones interpersonales fueran posibles, se allanaría el camino
para resolver el problema de elección colectiva. “Si excluimos la posibilidad de hacer compara-
ciones interpersonales de utilidad, entonces la imposición y la dictadura son los únicos métodos
que permiten pasar de los gustos individuales a preferencias sociales que sean satisfactorias y
que estén definidas para un rango amplio de conjuntos de ordenamientos individuales” (Arrow,

158
de un ordenamiento por suma como el propuesto por el axioma fundamental, la
elección individual y la colectiva tienen el mismo parámetro informativo y ello
facilita considerablemente la elección colectiva. La capacidad informativa del
ordenamiento por suma ayuda a determinar qué es lo bueno para la sociedad, así
que la cardinalidad y el ordenamiento por suma facilitan la gestión y la toma de
decisiones en el campo de las políticas públicas.
No obstante sus ventajas, la cardinalidad y la continuidad no son condiciones
suficientes para que el ordenamiento sea completo61. La incompletitud puede pre-
sentarse por diversas razones. Sen (1985) destaca dos: El conflicto valorativo y la
insuficiencia de información. En el primer caso la persona no puede decidir porque,
al decir de Mill, no existe un “principio último de valoración”. En opinión de Mill,
la incompletitud puede superarse si existe algún postulado global “armonizador”62.
En esta misma línea, para Rawls (1971:56) el utilitarismo es intuicionista porque
“(...) no proporciona ninguna regla de prioridad para determinar cómo han de
valorarse estos principios entre sí”63. La segunda razón tiene que ver con la falta
de información. Piensa Sen que esta limitación se presenta aún si contamos con
el principio último de valoración64.
Todo el andamiaje construido sobre la cardinalidad puede derrumbarse si falla
el punto de partida: La posibilidad de medir la utilidad. A pesar de que Jevons
acepta muchas ideas de Bentham, no ve claro el asunto de la cuantificación de la

1951:59). Arrow siempre ha sido muy escéptico sobre la posibilidad de hacer comparaciones
interpersonales de utilidad.
61. Un ordenamiento es completo si dado el conjunto S de alternativas posibles, pueden establecerse
relaciones de preferencia o de indiferencia entre todos los pares de elementos del conjunto. Basta
con que el elector no pueda decidir frente a uno sólo de los pares para que el ordenamiento sea
incompleto.
62. “Si los conflictos de valor permanecen sin resolver y si los principios en conflicto no son “ar-
bitrados” a la vez (para usar la expresión de Mill) por algún principio armonizador, entonces
el ordenamiento global puede que sea incompleto (si tal ordenamiento combinado es lo que se
busca). La “intersección” de los diferentes criterios, naturalmente, producirá un orden parcial y
aunque ese “orden parcial de intersección” pueda ser extendido por ponderaciones que no están
plenamente determinadas (y que podrían variar en un amplio espectro), es posible que el orden
parcial “maximal” —dado todo— aún sea gravemente incompleto. Entonces, quizás, no puede
existir ninguna acción “mejor” (o “estado mejor”) (Sen, 1985:51). Mill le critica a Bentham la
excesiva importancia que le atribuye a la motivación egoísta. La preocupación por los otros,
dice Mill, puede ser un determinante del comportamiento tan importante como la preocupación
por uno mismo.
63. Hall (1949) se pregunta por la prueba última de que el utilitarismo es un buen punto de partida
para juzgar el bien moral.
64. “(...) puede que tengamos que enfrentarnos con ordenamientos incompletos, incluso si dispo-
nemos de un principio último de valoración. La razón más obvia de esto es la limitación en la
disponibilidad de información” (Sen, 1985:52).

159
utilidad. Admira la forma de exposición de Bentham y la precisión de sus argumen-
tos, pero “(...) no sé en dónde encontrar sus datos numéricos” (Collison, 1972:17).
Bentham se aproxima a la cuantificación a través de dos principios. El prime-
ro, es la relación entre la utilidad (felicidad) marginal y la riqueza. Y el segundo,
es la felicidad marginal decreciente. Ambos principios subyacen a un proceso de
cuantificación que tiene tres etapas: i) la asociación de la felicidad al valor de la
riqueza, ii) la felicidad decreciente y iii) la definición de la escala.
La primera etapa del proceso de cuantificación de Bentham consiste en asociar
la felicidad al valor de la riqueza. La felicidad se mide en términos de riqueza.
Bentham prefiere la riqueza al dinero porque en su opinión el dinero no necesaria-
mente es riqueza. Hay una relación uno a uno entre la felicidad y la riqueza. “Cae-
teris paribus. A cada partícula de la materia de riqueza corresponde una partícula
de la materia de felicidad” (Bentham, 1786:186). Y este postulado básico tiene
consecuencias prácticas inmediatas. Si dos personas tienen fortunas desiguales,
la que tiene más riqueza es más feliz65. Con esta información el legislador puede
saber si un individuo se encuentra entre el grupo de los más felices.
Bentham va más allá y da un segundo paso: Cualifica la medida con el postu-
lado de la felicidad marginal decreciente. Es cierto que cada partícula de riqueza
tiene como equivalente una partícula de felicidad, pero a medida que la riqueza va
aumentando, las partículas de riqueza se reflejan en partículas de felicidad cada
vez más pequeñas. Desde el punto de vista de la materialidad de la riqueza, cada
partícula adicional es igual a la anterior. Pero desde la perspectiva de la persona,
una partícula adicional de riqueza equivale a una partícula menor de felicidad66.
La proporcionalidad se rompe ya que el monto absoluto de la riqueza termina
incidiendo la intensidad de la felicidad marginal.
El efecto de la riqueza en la producción de la felicidad continúa disminuyendo,
a medida que la cantidad, por la cual la riqueza de un hombre excede a la de

65. “Hasta dónde depende de la riqueza, de dos personas que tienen fortunas desiguales, la que tiene
más riqueza debe ser considerada por el legislador como la que posee más felicidad” (Bentham,
1786:186).
66. “Pero la cantidad de felicidad no irá creciendo, ni siquiera aproximadamente, en la misma pro-
porción que la cantidad de la riqueza; diez mil veces la cantidad de riqueza no traerá consigo diez
mil veces la cantidad de felicidad. Será aun motivo de duda saber si diez mil veces la riqueza,
en general, traerá consigo dos veces la felicidad. Eso es así” (Bentham, 1786:186).
“Tómese, por ejemplo, la misma causa anterior: el dinero. Tomemos además un individuo: Désele
cierta cantidad de dinero y producirá en su ánimo cierta cantidad de placer. Désele otra vez la
misma cantidad, y se habrá hecho un aumento a la cantidad de su placer. Pero la magnitud del
placer producida por la segunda suma no será el doble de la producida por la primera” (Bentham,
1789:19).

160
otro, va en aumento; en otras palabras, la felicidad producida por una partícula
de riqueza (siendo cada partícula de la misma magnitud) irá disminuyendo en
cada partícula; la segunda producirá menos que la primera; la tercera menos que
la segunda, y así sucesivamente (Bentham, 1786:186).

En el lenguaje de la microeconomía contemporánea ello significa que la función


de utilidad es cóncava: La felicidad aumenta pero a ritmos decrecientes67.
Y finalmente, el tercer paso, tiene que ver con la fijación de la escala numérica,
que debe seguir la lógica decreciente de la felicidad marginal68. El ordenamiento
es continuo porque la riqueza, que es el punto de referencia de la felicidad, tiene
una expresión cuantitativa. En estas reflexiones sobre la cardinalidad, Bentham
deja de lado la distinción entre riqueza y dinero. Y así como el termómetro es el
instrumento para medir la temperatura, “(...) el dinero es el instrumento para estimar
la cantidad de placer y de dolor”69. Bentham pide disculpas a sus lectores por esta
simplificación, pero la justifica porque a pesar de sus numerosas limitaciones es
absolutamente necesaria para el ejercicio de la política y de la moral70.
El afán de encontrar una medida cuantitativa lleva a una doble simplificación.
De un lado, Bentham identifica la utilidad con la felicidad71. Y del otro, asocia

67. La primera derivada de la utilidad con respecto a la cantidad consumida es positiva. Y la segunda
derivada es negativa.
68. “Mínimo de riqueza, digamos, 10 libras esterlinas por año; - el máximo exceso de felicidad
producido por exceso en la cantidad de la riqueza, es como 2 es a 1: - magnitud de una partícula
de riqueza igual a 1 libra esterlina al año. Con estos datos podría hacerse una escala o tabla
exponiendo las cantidades de felicidad producida por tantos aumentos hechos a la cantidad de
la riqueza, al principio de la escala, como hay libras entre 10 y 10.000” (Bentham, 1786:187).
69. “De su dinero es de donde procede la parte principal de los placeres del hombre, y es la única
que es susceptible de cálculo” (Bentham, 1789:17).
70. “Pido a nuestros hombres de sentimiento y compasión, que me concedan una tregua, mientras
por necesidad, y sólo por necesidad, hablo e incito a la humanidad a hablar un lenguaje merce-
nario. El termómetro es el instrumento para medir la temperatura del tiempo; el barómetro es
el instrumento para medir la presión atmosférica. Los que no estén satisfechos con la exactitud
de estos instrumentos deben buscar otros que sean más exactos, o despedirse de la Filosofía
Natural. El dinero es el instrumento para estimar la cantidad de dolor o de placer. Los que no
estén satisfechos con la exactitud de este instrumento deben buscar algún otro que sea más
exacto, o decir adiós a la política y a la moral” (Bentham, 1786:188). Y más adelante agrega:
“Por consiguiente, que nadie se sorprenda o escandalice si me encuentra, en el curso de esta
obra, valorizando todo en dinero. De este modo, únicamente, es como podemos obtener partes
alícuotas para medir. Si no podemos decir, de un dolor o de un placer, que vale tal o cual can-
tidad de dinero, es en vano, con respecto a cantidad, decir algo acerca de él: no hay proporción
ni desproporción entre Castigos y Crímenes” (Bentham, 1786:189-190).
71. “(...) el principio de la utilidad, que se expresa mejor diciendo, el principio de la mayor felicidad”
(Bentham, 1789:18).

161
la felicidad a la riqueza72. El reduccionismo es el precio que Bentham tiene que
pagar para poder llegar a una medida cuantitativa. Esta simplificación es criticada
por Sen (1979b, 1985) para quien el utilitarismo es monista desde el punto de
vista informacional73.
La falta de pluralismo (el monismo) del utilitarismo de Bentham tiene un lado
positivo que es muy importante: Su potencialidad redistributiva. La maximización
de la felicidad de la sociedad es posible porque las utilidades marginales son
diferentes. Para que se cumpla el axioma fundamental es necesario hacer transfe-
rencias de recursos en favor de los menos afortunados: “(...) por una partícula de
riqueza, si se agrega a la riqueza del que tiene menos, se producirá más felicidad,
que si se agrega a la riqueza del que tiene más” (Bentham, 1786:186)74. El autor
desarrolla una compleja ingeniería redistributiva.
En consideración a lo que antes se ha afirmado, se encontrará que el plan de
distribución aplicado a la materia de la riqueza, que es más favorable a la uni-
versalización de la subsistencia y, por consiguiente, en otras palabras, a la ele-
vación al máximo de la felicidad, es aquel en que, mientras la fortuna de los
más ricos, de aquellos cuya situación se encuentra en la cima de la escala, es la

72. “En lugar del placer mismo, para mostrar cómo se puede formar un cálculo de la disminución a
que está sujeto el valor, por la reducción de la proximidad y la certeza, se hizo necesario sustituir
el placer mismo por algún objeto externo, que por experiencia, se conoce que es el número de
sus orígenes, o digamos, de sus causas: por ejemplo, dinero” (Bentham, 1789:19).
73. Bentham acepta que la riqueza no es el parámetro de medida ideal porque no capta bien cua-
tro dimensiones valorativas del placer o del dolor: “... i) su intensidad, ii) su duración, iii) su
certidumbre o incertidumbre, iv) su proximidad o lejanía” (Bentham, 1789:14). Estas “circuns-
tancias” del placer, o del dolor, se reflejan de manera muy imperfecta en la riqueza y el dinero.
El momento de acceso a los bienes modifica el grado de felicidad. “La utilidad inmediata no
admite grados; pero la no-inmediata puede tener cualquier número de grados. La escala a que
pertenecen estos grados, puede denominarse escala de cercanía al uso. Los instrumentos cuya
situación está en el grado más alto de la escala, digamos el primer grado - el más cercano al uso
inmediato - pueden denominarse instrumentos de primer orden; y así sucesivamente, a través
de cualquier número de grados que, en un sistema de instrumentos relacionados, en cualquier
momento pueden encontrarse como ejemplos” (Bentham, 1789:26).
74. “Partícula de riqueza a la disposición de legislador: 10.000; felicidad del más rico con relación a
la del menos rico es como de 2 a 1: Dando a cada una de las 10.000 personas una partícula de la
riqueza, el legislador producirá 5.000 veces la felicidad que producirá dando 10.000 partículas a
una sola persona (...). Por la substracción de una partícula de la materia de riqueza, se producirá
una substracción menor de felicidad, si ésta se hace de la riqueza del que tiene la materia de la
abundancia, más que si se hace de la riqueza del que solamente tiene la materia de subsistencia
(...). A fortunas iguales, y siendo dada la suma total substraída, a mayor número de personas
de cuya fortuna se haga la substracción, menor será la substracción hecha, por este motivo, al
conjunto de la felicidad (...). A fortunas desiguales, será aun menor la substracción de la felici-
dad, si ésta se hace en relación con sus fortunas; substrayéndose la cantidad mayor a aquellos

162
más grande, los grados entre la fortuna de los menos ricos y de los más ricos
son muy numerosos; en otras palabras: La gradación es más regular o insensible
(Bentham, 1786:187).

Y,
Mientras mayores son las fortunas de los ricos, más pequeño será el número de
aquellos cuyas fortunas se aproximan a este alto nivel; por lo tanto, más peque-
ño el número de los que se puedan hacer las más grandes reducciones de sus
volúmenes de propiedad; y, además, mientras más grandes sean esos volúmenes,
mayor sería la dificultad que experimentaría el legislador para obtener a su costa,
las reducciones que, por la naturaleza del caso no excluiría la posibilidad de
hacer (Bentham, 1786:188).

La redistribución es un elemento central del pensamiento de Bentham. Sin


transferencias de recursos el axioma fundamental sería un enunciado vacío. La
búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número únicamente es factible si el
gobierno redistribuye la riqueza. Y Bentham afirma, explícitamente, la necesidad
de la intervención del legislador.
Aún cuando para cada individuo su propia subsistencia sea, por la naturaleza
humana, el objeto principal de su cuidado, y, durante su infancia, el objeto
de cuidado del autor de su existencia, sin embargo, siempre habrá una parte
considerable del conjunto de los miembros de la comunidad, en cuyo caso la
subsistencia no podrá tener lugar sin la provisión que el legislador puede hacer
al efecto (Bentham, 1786:183).

Subsistencia (pobreza absoluta), desigualdad y felicidad


El mínimo de desigualdad es una condición básica de la felicidad. Y expresando
de nuevo su sentido pragmático, Bentham (1789:21) afirma: “(...) por igualdad
nos referimos aquí, no a la máxima igualdad concebible, sino únicamente a la
igualdad practicable”. Bentham no propende por una sociedad de óptimos ideales,
sino de máximos posibles.
La seguridad, la subsistencia y la abundancia son instrumentos inmediatos
de felicidad. La igualdad, en cambio, es un instrumento indirecto, que “(...) actúa

cuyas fortunas son mayores (...). Puede señalarse una cantidad de la materia de riqueza, tan
pequeña, que si se resta de la fortuna de una persona poseedora de cierta cantidad de la materia
de abundancia, el resultado no sería una substracción sensible de la felicidad (...). Mientras más
grande sea la fortuna del individuo de que se trate, mayor probabilidad habrá de que, por la
substracción de una cantidad determinada de la materia de riqueza, no se hará reducción alguna
de la cantidad de su felicidad” (Bentham, 1786:186-187).

163
únicamente por medio de las tres, especialmente por la abundancia y la seguridad”.
La seguridad, la subsistencia y la abundancia tiene como finalidad el logro de la
mayor felicidad, pero “(...) la magnitud de este máximo depende del grado de
igualdad que se verifica en las proporciones en que estas tres están distribuidas”
(Smith, 1759:22)75.
En el campo de la subsistencia no hay grados en la escala de la igualdad,
porque “(...) la mínima cantidad de ellos es tal, que con una cantidad menor
no podría haber existencia; si no hay subsistencia no hay existencia” (Bentham,
1789:22). Dado que la subsistencia remite a una noción absoluta, a un mínimo
indispensable, no puede haber espacio para la desigualdad. A diferencia de la
subsistencia, la abundancia sí admite grados diversos de desigualdad, dándole al
legislador un amplio margen de acción76. La masa de la materia de la subsistencia
se encuentra en la masa de la materia de la abundancia. La materia de la riqueza
“(...) es, al mismo tiempo, materia de subsistencia y materia de abundancia; la
única diferencia está en la cantidad: Menos en el caso de la subsistencia, mayor
en el caso de la abundancia” (Bentham, 1786:185).
Bentham evita los análisis dicotómicos. Entre el placer y el dolor, el bien y
el mal, la subsistencia y la abundancia, hay líneas de continuidad que facilitan la
comprensión conceptual de los fenómenos y la tarea del legislador.
En la práctica, la igualdad requiere que “(...) el ingreso de aquellas personas
en que está compuestos por el salario del trabajo, sea elevado al máximo” (Ben-
tham, 1786:189). Y esta política salarial se justifica porque los trabajadores son
“(...) la inmensa mayoría del número total de los miembros de la comunidad”
(Bentham, 1786:189).

75. “Seguridad, subsistencia, abundancia, igualdad, esto es: mínimo de desigualdad: con estos nom-
bres se han designado a las finalidades particulares que están próximas, en orden, a la felicidad
universal y a la mayor felicidad para el mayor número de individuos” (Bentham, 1786:182).
76. Si de dos personas, una tiene el mínimo de subsistencia sin adición, y la otra ese mismo mínimo
con una adición: la primera tiene la materia de subsistencia, y la última la materia de abundancia;
entiéndase que es en comparación con quien no tiene nada más que el mínimo de la materia de
subsistencia: el término abundancia se usa como comparativo, es un término relativo. La materia
de la subsistencia es, en el caso de cada individuo, necesaria para la existencia, y la existencia
necesaria para la felicidad; supongamos una cantidad de materia de riqueza suficiente para la
subsistencia de 10.000 personas, a disposición del legislador: Se producirá mayor felicidad dando
a cada una de las 10.000 una partícula de la materia de subsistencia, que dando a 5.000 de ellas
una parte de la materia de abundancia compuesta de dos partículas de la materia de subsistencia,
y no dando nada a los restantes 5.000, ya que, en esta suposición los 5.000 así desamparados
pronto morirían, con una muerte lenta y prolongada” (Bentham, 1786:185).

164
El dinero no es riqueza
De manera enfática, Bentham (1801:247) afirma que “el dinero no es rique-
za”. Los gobiernos se equivocan buscando el dinero. El estímulo al comercio ha
estado muy marcado por el deseo de aumentar la cantidad de dinero, y no tanto
por la convicción de incrementar la riqueza. Los gobiernos y los comerciantes
son incautos cuando pretenden “(...) aumentar el dinero más bien que la riqueza,
aumentar el intercambio a expensas de la producción” (Bentham, 1801:248). Al
confundir el dinero con la riqueza, se piensa que la economía va bien simplemente
porque la balanza de comercio es favorable. Es equivocado pedirle al legislador
que aumente el saldo positivo de la balanza de comercio. Aunque Bentham ana-
liza la relación entre el dinero y la riqueza más desde una perspectiva macro que
micro, sus apreciaciones son válidas en uno y otro caso.
Piensa Bentham que la identificación errónea del dinero y la riqueza se basa
en dos suposiciones:
1. La riqueza nacional no puede aumentarse sin aumentar la existencia nacional de
dinero, lo que equivale a decir que el dinero es la única causa inmediata de la riqueza real.
2. Que la riqueza nacional no puede aumentarse excepto por el aumento de la cantidad
de comercio nacional; o, en otras palabras, que el incremento del comercio es necesa-
rio para el incremento de la riqueza, porque es necesario para el aumento del dinero.
Por tanto, dos cosas deben hacerse: 1. Hacer que la cantidad de dinero en el país sea
lo más grande posible; 2. Hacer la cantidad de comercio tan grande como sea posible.
Como estas dos proposiciones son erróneas, el sistema de legislación que de ellas
se deriva, no puede ser otra cosa que erróneo (Bentham, 1801:248-249).

Bentham no está de acuerdo con las proclamas que se hacen a favor del co-
mercio exterior. Aunque el superávit comercial puede abultar la masa de dinero,
ello no significa que la riqueza crezca. El dinero por sí mismo “(...) es incapaz de
aumentar la masa de la riqueza nacional” (Bentham, 1801:249).
Las personas piensan ingenuamente que el aumento del dinero, del territorio
y de la riqueza marchan al unísono. La avaricia y la ambición impulsan a las per-
sonas a tener más, sin darles tiempo para que reflexionen sobre las consecuencias
reales del aumento del dinero77.
El dinero se ha identificado con la riqueza porque se ha caído en una doble
equivocación. De un lado, se ha supuesto que la comparación entre las personas

77. “La avaricia y la ambición, elevadas a cierto punto, ciegan y hacen sordos a los hombres con
relación a los hechos y razones que se oponen a sus prejuicios; es decir, las pasiones producen
en la mente enfermedades que corresponden a las que provocan ciertas enfermedades en los
órganos del cuerpo” (Bentham, 1801c:153).

165
es similar a la comparación entre las naciones. Y de otra parte, se ha supuesto
que la persona que posee más dinero es la más rica. La riqueza real no depende
del monto de oro que posea sino de la “cantidad de trabajo empleado en la pro-
ducción” (Bentham, 1801:254). La verdadera riqueza está en el trabajo y no en
el dinero78. Por lo tanto, si el aumento del dinero se traduce en más trabajo, la
riqueza aumenta (Hayek (1932).
Es interesante, además, la distinción que hace Bentham entre la renta “ver-
dadera” y la renta “pecuniaria”. La primera tiene que ver con “(...) toda clase de
cosas empleadas o consumidas por los individuos para su propio uso”. Y “(...) por
renta pecuniaria entiendo lo que todo el mundo comprende el dinero empleado por
los individuos para la compra de cosas que componen su renta verdadera” (Ben-
tham, 1801c:87). La distinción entre las dos formas de renta es relevante porque
no toda la renta pecuniaria se convierte en renta verdadera79. Este acercamiento
de Bentham a la naturaleza del dinero, introduce una idea que va a ser central en
la teoría monetaria posterior: Parte del dinero se destina a la especulación. Y ello
tiene dos consecuencias. Primero, la economía puede entrar en procesos inflacio-
narios perversos. Y segundo, el ciclo de las transacciones se rompe, porque parte
del dinero no se destina a la compra de nuevas mercancías.
La inflación no contribuye a la felicidad general. “La pérdida sufrida por
ciertas clases de la comunidad, como resultado del alza de precios es, de esta
manera, una pérdida sin compensación para la comunidad en general. Los indivi-
duos sufren, y la comunidad no gana” (Bentham, 1801c:111). Dados los efectos
perversos de la inflación, cuando los precios suben más allá de cierto límite, es
indispensable “tomar medidas para limitar el aumento del dinero en metálico hasta
el grado requerido por el fin propuesto”. Bentham ya percibía que la inflación es
un impuesto que es recaudado por quien tiene la capacidad de emitir80.

78. “El trabajo, no el dinero, es el origen real de la riqueza. Si todos los trabajadores estuvieran
empleados y de la manera más ventajosa, la riqueza, la riqueza real, no sería susceptible de
admitir aumento alguno posterior; pero el dinero sería acrecentable ad infinitum” (Bentham,
1801d:286).
79. “Un hombre puede utilizar su ingreso pecuniario en cinco formas diferentes: él puede: 1. emplearlo
en la compra de renta verdadera; 2. guardarlo; 3. invertirlo en forma de capital; 4. depositarlo
en un banco que lo presta con interés; 5. distribuyéndolo libremente o en forma de obsequios
condicionales. Con respecto a la parte pecuniaria que él emplea en la compra de renta verda-
dera, en la medida que obtiene una de ellas se priva de la otra: a medida que la renta verdadera
ingresa, la renta pecuniaria egresa” (Bentham, 1801c:87).
80. “Todo aumento de dinero en papel moneda produce una depreciación correspondiente en el
valor del volumen pre-existente de dinero, y por esta razón obra como un impuesto indirecto
sobre los ingresos pecuniarios. El provecho de este impuesto es recibido por el que lo emite, y
la carga la llevan los poseedores de los llamados ingresos fijos” (Bentham, 1801d:287).

166
Hayek (1932) discute el significado que tiene el “ahorro forzoso” en el pen-
samiento de Bentham. Los impuestos, entre ellos el impuesto inflacionario, es un
ahorro forzoso que le permiten al gobierno “acelerar” el aumento de la riqueza
real. Los tributos y la inflación apenas son dos mecanismos a través de los cuales
el gobierno podría forzar el ahorro, con miras a una mayor felicidad futura. El
hecho de que el gobierno lo pueda hacer, concluye Bentham, no quiere decir que
lo deba hacer.
Por la recaudación del dinero, como cualquier otro, por medio de impuestos
(el monto de los cuales es tomada por los individuos de sus gastos dedicados a
manutención), el gobierno tiene en su poder acelerar, a un grado sin paralelo, el
aumento de la masa de la riqueza real. Por medio de un sacrificio proporcional
de la comodidad actual, puede hacer la adición que desee a la masa de la riqueza
futura; esto es, al incremento de la comodidad y la seguridad. Pero aunque está en
poder de hacer, no se sigue que deba ejercer ese poder y obligar a la comunidad
a hacer este sacrificio (Bentham, 1801d:285).

Aunque el gobierno puede “acelerar” la sustitución de sacrificio presente por


bienestar futuro, no debe hacerlo. Son los individuos quienes determinan hasta
qué punto hacen sacrificios hoy en aras a disfrutar de una mayor felicidad el día
de mañana81.
El papel moneda tiene la ventaja de que es portátil. Esta cualidad “(...) com-
pensa su falta de valor intrínseco, y la que confiere a esta sombra de propiedad
un valor de cambio superior al de la verdadera sustancia” (Bentham, 1801c:103).
Se maravilla el autor porque gracias a que el papel moneda es portátil “(...) pro-
piedades en volúmenes de cualquier tamaño pueden transportarse de 150 a 200
millas por día”.
Bentham explicita otro principio básico de la teoría monetaria contemporánea:
La confianza.
Cierto es que la bondad de un papel negociable aumenta en proporción el número
de manos por las que ha pasado, de tal manera que recibe, con cada endoso, un
nuevo aumento de garantía; pero el grado de responsabilidad es susceptible de
una variedad infinita en el caso de cada individuo que se hace responsable con
respecto a la obligación (Bentham, 1801c:103).

81. En la teoría moderna del crecimiento, especialmente a partir del modelo de Ramsey (1928),
se muestra que la bienaventuranza (la felicidad futura) se alcanza más rápido mientras mayor
sea el sacrificio presente. Y los ministros de hacienda, muy influenciados por las directrices
del Fondo Monetario Internacional, se sienten con el derecho de imponer sacrificios presentes
(sudor y lágrimas). Para Bentham esta forma de actuar es improcedente, porque no respeta la
libre decisión de los individuos.

167
El papel moneda cumple su función de medio de pago si las partes lo aceptan.
Y en cada nueva transacción el vendedor recibe el dinero porque tiene plena con-
fianza en que el día de mañana los otros también aceptarán el papel moneda.
El crédito del papel moneda es consecuencia de un estado de ánimo de la opinión
pública que, por el ejemplo y la costumbre generalizada, se fortifica a tal grado
que llega un momento en que nadie piensa en convertirlo en dinero en efecti-
vo; hablando en sentido abstracto, todo el mundo puede saber que el volumen
existente no tiene una base sólida, pero esta reflexión ideal no interfiere en las
transacciones comunes de la vida, y la desconfianza no está ligada con este o
aquel pedazo de papel en particular. Se recibe en la misma forma que se da. Si
otros han tenido confianza en él, del mismo modo, nosotros podemos también
confiar. Implica un esfuerzo, un movimiento de locomoción y una pérdida de
tiempo ir al banco a cambiarlo (Bentham, 1801c:135).

Visto en perspectiva, el pensamiento monetario de Bentham ya involucra las


dimensiones institucionales que desarrollarán autores como Keynes (1930, 1936) y
Hicks (1935), quienes colocan en el centro del análisis monetario la confianza y la
percepción que tienen las personas sobre el comportamiento futuro de los negocios.
El dinero es contradictorio porque al mismo tiempo que aumenta la riqueza
la disminuye. Aumenta la riqueza puesto que “(...) cuando se da a cambio, ya sea
de trabajo productivo o por un artículo ya elaborado, da nacimiento a una parte
de la riqueza que, de otro modo, no habría existido” (Bentham, 1801c:105). Pero
disminuye la riqueza porque “(...) aumentando la cantidad de dinero disminuye
su valor”. Los precios se elevan y el dinero se deprecia. Independientemente de
cuál sea el efecto neto que resulta de las tendencias positivas y negativas, es claro
que el dinero no es equivalente a la riqueza.
La influencia de Hume aparece claramente en lo que hoy llamaríamos una
concepción cuantitativa de la inflación. “El monto de la elevación en los precios
—de la depreciación del dinero— está en exacta proporción a la cantidad adicional
de dinero que no ha sido acompañada y equilibrada por una adición correspondiente
al volumen de la riqueza” (Bentham, 1801c:111, énfasis mío). El aumento de la
cantidad de dinero tiene un impacto proporcional y directo en el nivel de precios.
Este es el principio rector de la teoría cuantitativa contemporánea.

Libertad de acción y liberalismo


Necesaria intervención
El pragmatismo de Bentham se aprecia con claridad en su posición frente a
la intervención. Sin duda, sería mejor que el gobierno no tuviera que intervenir.

168
“Cualquier cosa que sea sponte actum por parte de las personas, queda, por eso,
dentro de la clase de non-agenda por parte del gobierno” (Bentham, 1801d:284).
Pero en múltiples circunstancias de la vida real es inevitable que lo haga. La regla
general es que el gobierno se esté quieto82.
Regla general: Sin alguna razón especial, nada debe hacer o intentar el gobier-
no con el propósito de causar un aumento que ocurra en la masa de la riqueza
nacional, con miras a incrementar los medios, ya sea de la subsistencia o del
disfrute. Estarse quieto, en esas ocasiones debe ser el lema y la consigna del
gobierno (Bentham, 1801d:277).

Pero este principio general no es una camisa de fuerza. “No tengo, nunca
he tenido ni tendré jamás horror alguno, anárquico o sentimental, por la inter-
vención del gobierno” (Bentham, 1801b:296). La pertinencia de la intervención
tiene que juzgarse a la luz de los objetivos que se buscan y de la ventaja que se
busca obtener.
La intervención del gobierno, tan a menudo como, según mi humilde punto de
vista del asunto, sea necesario siempre que haya la más pequeña posibilidad de
que el resultado se incline aunque ligeramente en favor de la ventaja, es un suceso
que yo contemplo en conjunto con tanta satisfacción como vería su abstención
y, con mucha más de lo que vería su negligencia (Bentham, 1801b:296).

El axioma fundamental es el criterio último para juzgar la pertinencia de la


intervención. La máxima felicidad es el fin supremo y a ella deben estar supedi-
tadas las acciones del gobierno83. La intervención del gobierno es bienvenida si
mejora, así sea levemente, la felicidad de las personas.
En la discusión contemporánea se ha planteado la distinción entre lo públi-
co, lo estatal y lo privado. Si estas dimensiones se expresaran en el lenguaje de
Bentham podría decirse que el axioma fundamental es propio de la esfera de lo
público. La pregunta por la felicidad de los otros cae en el ámbito de lo público.
El fin supremo sólo tiene sentido en el marco de lo público. En otras palabras, la
dimensión pública está asociada al fin supremo que es la felicidad.

82. Bentham hace la distinción entre agenda, non-agenda y sponte actum. La agenda incluye las
“funciones adecuadas del gobierno”, la non-agenda cubre las actividades que el gobierno no
debe realizar. Y el sponte actum corresponde a las actividades que los individuos realizan de
manera espontánea, cuando se sienten libres de la interferencia del gobierno.
83. “Lo que incumbe al legislador es tener cuidado de que la línea de conducta seguida por toda la
comunidad, sea la más conducente al fin general en perspectiva: el máximo de bienestar; que
la subsistencia, la seguridad en todas sus divisiones, la opulencia (incluyendo la abundancia de
población) y al igualdad, se logren colectivamente en su más alto grado en totalidad, y separada-
mente en sus máximos grados proporcionados, respectivamente, a los grados de su importancia
comparativa” (Bentham, 1801d:260).

169
La concepción que tiene Bentham del gobierno es instrumental. La felici-
dad es el fin supremo y por ello la acción del gobierno debe estar supeditada al
objetivo final. Las instituciones públicas deben estar al servicio de los intereses
generales de la sociedad expresados a través del axioma fundamental. En los es-
critos económicos de Bentham no hay una reflexión sistemática sobre el Estado
y el gobierno.
Si la seguridad es el germen de la opulencia, el gobierno debe tratar de centrar la
intervención en la primera, que es un medio para la segunda. Lo ideal sería que los par-
ticulares luchen por la opulencia, mientras que el gobierno les garantiza la seguridad.
En materia tributaria, el autor prefiere los impuestos indirectos a los directos
porque los primeros distorsionan menos. Bentham defiende los impuestos a las
herencias porque favorecen la igualdad. Se muestra a favor del impuesto a las
herencias porque “(...) entre todos los tributos es el que más consecuente con el
principio de la libertad” (Stark, 1941:67). Algunos de los principios que deben regir
las normas sobre las herencias son: i) No debe haber distinción entre los sexos.
ii) Cuando muere el esposo, la viuda puede quedarse con la mitad de la propiedad
común. iii) La otra mitad será distribuida entre los hijos en igual proporción. iv) Si
no hay descendientes, la propiedad se reparte en igual proporción entre el padre
y la madre del difunto. v) Si el padre y la madre ya han muerto, la propiedad se
reparte por igual entre los descendientes. vi) En caso de que no haya familiares
de primer grado, la propiedad pasa a manos del Estado. vii) La repartición de la
propiedad entre los herederos se hará mediante subasta. No se trata, entonces, de
un impuesto radical a las herencias, sino de medidas que obstaculicen la transmi-
sión intergeneracional de la riqueza. El impuesto a las herencias es una medida
que se articula muy bien en el corpus del pensamiento liberal: Los miembros de
cada generación deben competir en condiciones similares. La idea es retomada
por Mill. Y Walras va más lejos, y propone que la propiedad de la tierra, que es
el principal factor de producción, debe ser del Estado. Los mecanismos propios
de la competencia operan mejor cuando las personas tienen acceso a la tierra.
Jefferson siempre consideró que la democracia tenía que estar fundada en una
sociedad de pequeños propietarios.
En defensa de la usura
Piensa Bentham que Smith no es consecuente con su defensa del libre mer-
cado, puesto que considera pertinente que el Estado intervenga para fijar la tasa
de interés84. No entiende por qué razón Smith apoya normas contra la usura, que

84. “En los países que permiten cobrar intereses, y con el fin de evitar las extorsiones propias de
la usura, la ley debe fijar la tasa de interés máxima permitida. Esta tasa debe ser ligeramente
superior a la más baja del mercado” (Smith, 1776:338).

170
imponen trabas en la relación entre prestamista y deudor. Si la persona necesita
dinero y está dispuesta a pagar una tasa de interés elevada, no debería impedírsele
que lo hiciera. Bentham considera que si el prestatario está dispuesto a pagar un
interés alto, bien puede hacerlo. La persona que toma dinero prestado es consciente
de las dificultades y de los costos. Nadie mejor que él conoce los riesgos en los que
incurre. Y si ello es así, se pregunta Bentham, ¿por qué negarle la posibilidad de
endeudarse? La relación entre prestamista y prestatario tiene la suficiente autonomía
para que ambos determinen la tasa de interés que juzguen más conveniente. No
tiene mucho sentido que una norma externa a las personas implicadas sea la que
fije el precio de la negociación. Ninguno de los criterios utilizados para definir
la tasa de interés, logra captar la complejidad de los factores que la determinan.
Ninguna tasa fijada desde afuera deja satisfecha a todas las personas. El Estado
no tiene los medios para conocer con certeza cuál es el nivel de la tasa de interés
más adecuado. Y para evitar estas equivocaciones, lo mejor es que el Estado no
intervenga, y que deje actuar libremente a las partes.
En una palabra, el razonamiento que acostumbro formularme a mí mismo sobre
este tema, es el siguiente: ningún hombre de edad madura y en su sano juicio,
que actúe libremente y tenga los ojos abiertos, debe ser obstaculizado para que
pueda, considerando su propio beneficio, realizar una transacción con el objeto
de obtener dinero en la forma que crea conveniente; ni que nadie le impida
(como consecuencia necesaria), proporcionárselo en las condiciones que juzgue
conveniente aceptar. (...) si esta proposición se aceptase, barrería de un solo
golpe con todos los obstáculos que las leyes de derecho escrito o consuetudi-
nario, con un buen criterio, han interpuesto contra el atroz pecado de la Usura
o contra la tan duramente calificada y poco conocida práctica de la Tercería 85
(...) (Bentham, 1787:195).

Si la persona necesita el dinero no debe impedírsele que lo busque al costo


que considera adecuado. Las disposiciones legales contra la usura también son
hipócritas porque hay otros negocios más rentables que no son censurados86.
Bentham tampoco está de acuerdo con que el comercio exterior se regule por
razones políticas. Smith, por su parte, ve con buenos ojos el Acta de Navegación

85. “Tercería (en inglés Champerty). Intervención de una tercera persona en un litigio que se ventila
entre otras dos, prestando su ayuda económica o sus servicios a una de ellas para percibir, en
caso de ganar el juicio, una participación o utilidad” (Bentham, 1787:195).
86. “Es más de lo que puedo soportar, el que a un hombre que recibe lo más que está en su mano,
ya sea el seis, siete, ocho o diez por ciento, por el uso de una suma de dinero que presta, se le
llame usurero y se le abrume con un nombre oprobioso, lo que no sucedería si con ese mismo
dinero hubiese comprado una casa y al venderla obtuviese una ganancia proporcional” (Bentham,
1787:198).

171
que controla el comercio, y la considera “(...) la más sabia de todas las regulaciones
comerciales de Inglaterra” (Smith, 1776:429). Smith fundamenta su apreciación
en razones políticas: “La defensa es más importante que la opulencia”. A lo que
Bentham le respondería: La opulencia es la base de la defensa87.

Subsidios y subvenciones
Siguiendo principios similares a los que guían su defensa de la usura, Bentham
advierte sobre los peligros que tienen las intervenciones que tratan de favorecer a
determinadas empresas. El gobierno debe proporcionar información, sin pretender
orientar la actividad productiva en una u otra dirección88. Las personas necesitan
información. “Si el gobierno no puede decir cuál es la aplicación debida, no puede
dar al dinero esa dirección; si puede decirlo, eso es todo lo que él necesita hacer”
(Bentham, 1793:46). Las subvenciones siempre son ambiguas y los criterios sub-
yacentes nunca son claros y transparentes. Las personas siempre tendrán algún
argumento para justificar la pertinencia de alguna subvención89.
No obstante la posición aparentemente radical que tiene Bentham en contra
de los subsidios y subvenciones, deja abiertas varias puertas. Admite los auxilios
“cuando la finalidad es la subsistencia y la defensa”. También los considera apro-
piados “para impedir el perjuicio que podría resultarles a las personas, trabajadores
y maestros, que de hecho están vinculadas con el negocio” (Bentham, 1793:49). Y
como norma general propone que las subvenciones y auxilios nunca deben ser per-
manentes. Deben mantenerse únicamente durante el tiempo estrictamente necesario.
Bentham está de acuerdo con subsidiar la agricultura si ello es un “(...) medio
para mejorar la igualdad” (Stark, 1941:589). También acepta que el Estado subsidie
el desempleo. Además, el legislador debe establecer “(...) una contribución regular
que satisfaga las necesidades de los indigentes”.

87. Sobre las opiniones divergentes de Bentham y Smith sobre este punto, ver Stark (1941:62-
63).
88. “La cantidad de riqueza producida entonces en una determinada sociedad, en un tiempo dado,
dependerá de su capital: en parte del valor del capital empleado, y en parte, de la dirección más
o menos ventajosa que se dé a ese capital. A menos que sea en una forma directa, suministrando
información, el gobierno no puede hacer nada con el objeto de mejorar la dirección” (Bentham,
1793:42, énfasis mío).
89. “Se han hecho subvenciones a un negocio porque es viejo, y porque es nuevo; porque está flo-
reciente, y porque está en decadencia; porque produce ganancias, y porque produce pérdidas;
porque hay esperanzas de que mejore, y porque hay el peligro de que empeore; y como por
todas estas razones opuestas, se han otorgado y empleado subvenciones y otros estímulos, y
aún se continúan otorgando, no existe negocio bajo el sol que, fundado en alguna parte de este
razonamiento, no se crea con derecho a reclamar una subvención en todos los períodos, reales
y posibles, de su existencia” (Bentham, 1793:48).

172
Conclusión
Los libros de texto de microeconomía comienzan con la presentación de la
función de utilidad, que se considera un componente neurálgico del corpus de
la disciplina. Y a pesar de que se reconoce su importancia, los economistas no
suelen profundizar en el significado y en la naturaleza de la utilidad. La lectura
de Bentham muestra que la aproximación a la utilidad es más compleja de lo
que usualmente se piensa. Además de que el concepto es difícil de aprehender,
no es fácil precisar las implicaciones que se derivan de la teoría de la utilidad
en la organización de la sociedad. La opción por el utilitarismo no es un recurso
metodológico marginal. Es una concepción del mundo, y la lectura de Bentham
transmite este enfoque integral.
La microeconomía estándar pretende aplicar los principios utilitaristas en un
contexto en el que los individuos son maximizadores egoístas. Pero en la perspec-
tiva de Bentham el utilitarismo lleva a relativizar el egoísmo en aras del axioma
fundamental. La obra de Bentham expresa la tensión entre el quehacer individual
marcado por el egoísmo y el quehacer social que se rige por el axioma fundamen-
tal. El autor inclina la balanza hacia el utilitarismo, que es una forma de egoísmo
impuro. La vida en sociedad sería imposible si todas las personas se comportaran
como egoístas puros. Este principio también lo comparte Smith, quien destaca la
importancia que tiene el sentimiento de la simpatía. Los individuos, por egoístas
que sean, dice Smith, experimentan la simpatía en algún grado.
La filosofía moral de la segunda mitad del siglo XVIII —expresada en au-
tores como Kant, Rousseau, Bentham, Smith— busca el origen del bien en el
individuo. Y una vez que se acepta la relevancia de la elección individual, el paso
siguiente es preguntarse por las condiciones de posibilidad de la elección colectiva.
Las respuestas son de muy diversa naturaleza: La conversión de la norma moral
individual en norma moral universal (Kant, 1785), el contrato (Rousseau, 1769),
el axioma fundamental (Bentham), y la magnanimidad (Smith, 1759). En este
proceso se hace evidente el conflicto entre el interés privado y el interés general.
Las modalidades de intervención del gobierno dependen de la forma como se vaya
moldeando dicha tensión. Para Bentham el grado de intervención del Estado debe
juzgarse a la luz del fin supremo: La máxima felicidad para la mayoría.
El consecuencialismo de Bentham tiene mucho que enseñarle a algunas es-
cuelas económicas contemporáneas, como la teoría del ciclo real, que han puesto
todo el énfasis en el formalismo procedimental, olvidando que el objetivo final
de la sociedad es el mejoramiento del bienestar de la mayoría. Recientemente
Stiglitz (2002) ha traído a colación el axioma fundamental. Dice que en lugar de
propender por el crecimiento del Producto Interno Bruto, los gobiernos deberían
esforzarse por aumentar la Felicidad Nacional Bruta.

173
174
Las dos tríadas de Bejarano∗

Se discuten aquí “dos tríadas” que propuso Bejarano para calificar a la teoría
económica en su momento. La primera tríada tiene que ver con el realismo, la
pertinencia y la relevancia de la teoría. Y la segunda tríada con sus dimensiones
política, institucional y moral. La atención se centra en esta segunda tríada, ar-
gumentando que la teoría no es apolítica, ainstitucional y amoral como afirma
Bejarano. El examen crítico de la posición de Bejarano se sustenta en algunas de
las tesis de: Walras, Marshall, Hicks, Vickrey, Samuelson y Arrow.
Primero, pongo en evidencia el significado que Bejarano le atribuye a cada
categoría. Segundo, muestro que los calificativos negativos de Bejarano ocultan la
riqueza de un debate apasionante que siempre ha estado presente y, que a mi modo
de ver, no da pie para que la teoría económica neoclásica merezca adjetivos tan
taxativos. Y en tercer lugar, hago una brevísima reflexión sobre el quehacer de la
teoría económica, con el ánimo de explotar al máximo el tenue halo de optimismo
que se desprende del texto de Bejarano.

Las dos tríadas de Bejarano


La primera tríada de Bejarano está directamente relacionada con el método.
Nos dice que la teoría económica no es realista porque:

∗ Texto publicado en Cuadernos de Economía, vol. 21, N° 36, primer semestre. Pp. 11-40. Re-
producido en: E. Rodríguez y L. Vallejo Luis (Comp.). 2002. comp. Perfiles de un economista
heterodoxo. Reflexiones sobre la Obra de Jesús Antonio Bejarano. Tunja: Cenes, Universidad
Pedagógica y Tecnológica de Colombia. pp. 61-88. Agradezco los comentarios de Alberto Su-
pelano y Mauricio Pérez.

175
(...) se concentra en problemas lógicos derivados de una estructura axiomática
que nada tiene que ver con la realidad, así algunos profesores sigan insistiendo
en que para acercarse a ella basta manipular supuestos. La falta de realismo de
la teoría es hoy reconocida universalmente. Más aún, desde las grandes polé-
micas de los años cincuenta y sesenta, se admite que las tipificaciones de los
mercados, las empresas, los consumidores, que describen los libros de texto,
no son descripciones realistas sino meras ficciones, si ustedes quieren metodo-
lógicas, construcciones analíticas que se necesitan para explicar la asignación
de recursos y el equilibrio general pero que nada aportan a la comprensión de
cómo funciona realmente el mundo (Bejarano, 1999:84).

La teoría económica no es pertinente


(...) en el sentido de que para los grandes problemas que enfrenta la economía
de hoy, no hay una explicación satisfactoria: Por ejemplo, apenas estamos dando
los primeros balbuceos para incorporar la economía ambiental, apenas atisbamos
una teoría coherente sobre las fallas de mercado o sobre los bienes públicos. En
definitiva, para los grandes problemas del mundo actual, la teoría que tenemos
—aún si fuera realista— no es útil para resolver los problemas principales aunque,
por supuesto, sirve para abordar algunos problemas pequeños (Bejarano, 1999:84).

Y, es irrelevante
(...) en el sentido de que la teoría disponible se ocupa del 5 por ciento de la
realidad mientras que carecemos de teoría para el 95 por ciento restante; por
ejemplo, todo el proceso de asignación de recursos es un proceso que descansa
en el supuesto de competencia perfecta, pero resulta que —como también se ha
mostrado suficientemente— apenas el 5 por ciento de las actividades normales
de la economía se realiza en condiciones de competencia y el 95 por ciento no. Y
parece imposible elaborar una teoría de la asignación de recursos en condiciones
no competitivas (Bejarano, 1999:84).

La segunda tríada tiene que ver con las implicaciones éticas y políticas. La
teoría es apolítica porque
(...) el individualismo metodológico del programa walrasiano y la proposición
positivista de la teoría económica terminaron por expulsar la política de la econo-
mía desde el punto de vista del núcleo y fue incapaz de tender un puente, desde
el punto de vista práctico, al proceso político (Bejarano, 1999:82).

Es ainstitucional porque
(...) en la medida en que la teoría microeconómica y el programa walrasiano
concentraron su atención en la asignación generalizada de recursos y no espe-
cíficamente en los problemas del intercambio, resultó en una economía ainsti-
tucional (Bejarano, 1999:83).

176
Es amoral
(...) no en el sentido de inmoral sino en el sentido de que la economía es incapaz
de proporcionar un marco ético basado en conceptos de interés común, de interés
público, derivados de la propia teoría económica, y no de criterios políticos e
ideológicos (Bejarano, 1999:83).

Bejarano no deriva de manera explícita la tríada normativa de la tríada positiva.


Y, a la inversa, tampoco pone en evidencia las limitaciones del análisis positivo
que podrían desprenderse de una posición ética. Los vínculos propuestos por
Bejarano son tenues e implícitos. Por ejemplo, podría decirse que la irrelevancia
crea condiciones propicias para la amoralidad. Pero este tipo de aproximación no
es explícita. Bejarano no se preocupa por demostrar de una manera sistemática
los vínculos lógicos que pudieran existir entre una tríada y la otra90.
La primera dificultad que plantea la lectura del texto de Bejarano es el objeto
de la crítica. La argumentación de Bejarano puede ser pertinente, y se aplica de
manera legítima, a ciertas expresiones del programa de investigación neowalra-
siano, como la teoría del ciclo real de los negocios91, pero pierde fuerza cuando se
generaliza. En alguna parte Bejarano (1999:82) explicita que su crítica se refiere al
“programa walrasiano-keynesiano”. Pero a lo largo del artículo abundan generaliza-
ciones que se reflejan en frases como “la economía”, “la teoría microeconómica”,
“la economía es incapaz”, “la teoría económica”, etc., que transmiten la sensación
de que se está haciendo una crítica al conjunto de la teoría económica y no sólo
a expresiones estrechas del programa de investigación neowalrasiano.
El objeto de la crítica de Bejarano podría aclararse releyendo el texto que
escribió hace veinte años (Bejarano, 1981). En estas páginas el autor centra la
atención en lo que he llamado la primera tríada, destacando la falta de realismo y
la no pertinencia de la teoría del equilibrio general. Bejarano critica con especial
énfasis las aproximaciones de Walras, de Arrow y de Hahn. Y en el campo de la
macroeconomía muestra su desacuerdo con la síntesis neoclásica, y con los aná-
lisis de Friedman92. Expresa su simpatía por la relectura de Keynes que proponen

90. El trabajo de Lozano (2001) ofrece una visión de conjunto de las preocupaciones de Bejarano
en estas áreas.
91. Entre los trabajos representativos de la teoría del ciclo real de los negocios se destacan: Barro
(1974, 1977, 1978, 1979, 1984, 1989, 1990, 1996, 1997); Barro y Sala-i-Martin (1992, 1992b,
1995); Barro y King (1984); Kydland y Prescott (1977, 1980); Lucas (1975, 1983, 1987); Plosser
(1987); Sala-i-Martin (1994, 1997).
92. “Las hazañas intelectuales de la teoría del crecimiento neoclásico y la elegancia en el estable-
cimiento de las condiciones de estabilidad sin incluir factores institucionales no deja de ser una
hazaña del arte abstracto sin mayor relevancia para la realidad observada. Entre tanto, la política
económica recomendada seguirá chocando con la tozuda realidad de los precios rígidos y con
la rigidez de las estructuras oligopólicas a los cambios en la demanda” (Bejarano, 1981:72).

177
Clower (1960, 1965) y Leijonhufvud (1968). Y, claramente, muestra que es ne-
cesario explicitar el papel de las instituciones, y la presencia de fenómenos como
el monopolio, los rendimientos crecientes, la rigidez de precios, etc., que desen-
mascaran la naturaleza “metafísica” de los supuestos de la teoría neowalrasiana.
Bejarano termina el artículo manifestando su confianza en que la obra de Sraffa
puede convertirse en el punto de partida para construir un paradigma alternativo93.
A pesar de que Bejarano menciona diferencias relevantes que se presentan entre los
autores neowalrasianos, considera que a esta diversidad de enfoques subyacen los
problemas metodológicos de la primera tríada. El artículo de Cataño (1999) también
ayuda a entender cuál es el centro de la crítica de Bejarano. Cataño (1999:154)
recuerda que “(...) siguiendo la tradición inglesa, Bejarano identifica el paradigma
neoclásico con la “revolución marginalista, cuya síntesis es Marshall”. Así que el
objeto de atención de Bejarano sería la economía neoclásica.
Bejarano (1984, 1999b) se preocupó por hacer la distinción entre el libro de
texto y el artículo de revista. El economista que argumenta de manera simplista
en el libro de texto, suele ser más cuidadoso y preciso en el artículo de revista.
Así que las dos tríadas son más aplicables a los manuales de divulgación y a los
libros de texto que a la teoría neowalrasiana, tal y como ha sido presentada por los
teóricos en los artículos de las revistas y en los libros académicos. La diferencia
entre el libro de texto y el artículo de revista no es explícita en Bejarano (1999),
y esta es otra razón más para pensar que la crítica formulada a través de las dos
tríadas no se reduce al libro de texto sino que tiene pretensiones más amplias. Y
si ello es así, las dos tríadas de Bejarano pierden fuerza cuando la economía se
observa desde un ángulo que va un poco más allá de las presentaciones simplistas
del programa neowalrasiano. Más aún, creo que las dos tríadas difícilmente son
aplicables a Walras y, mucho menos, a Marshall. Traigo a colación una afirmación
de Clower y Howitt (1995:29), quienes consideran que “(...) por su forma de pensar
y su marco conceptual, Walras, así como su contemporáneo Alfred Marshall esta-
ban mucho más cerca de los economistas clásicos (desde Smith hasta J. S. Mill)
que de los neowalrasianos”. La preocupación de Bejarano es explicable porque

93. “Lo que emerge de la obra de Sraffa es un nuevo paradigma que en los términos de Dobb,
cuestiona la estructura subyacente total de la teoría neoclásica y conduce a una reubicación de
las preguntas pertinentes que debe responder una teoría de la economía [...]. La posición de
Sraffa constituye entonces la única posición posible [...]. La reconstrucción de conjunto de todas
las categorías económicas, la reformulación de los problemas, en fin, la reorientación a fondo
del discurso económico ya ha comenzado. Habrá sólo que implorar para que no se produzca
una nueva “síntesis” que haga de Sraffa un “caso especial” o en todo caso, que acabemos con
que al contrario de Keynes, Sraffa haya ganado la guerra teórica y Friedman la guerra política”
(Bejarano, 1981:74-75).

178
la enseñanza de la economía y los libros de texto suelen poner en primera línea
las presentaciones más simplistas y maniqueas del programa de investigación
neowalrasiano. Pero esta desviación de los manuales no justifica las aseveraciones
que hace Bejarano contra “la teoría económica”.
Desde el punto de vista de la pedagogía y de la enseñanza de la disciplina,
la descalificación generalizante tiene dos inconvenientes: Primero, alimenta la
trampa de las versiones simplistas del programa de investigación neowalrasiano;
y segundo, oculta la riqueza y las polémicas apasionantes que subyacen a la
construcción del pensamiento económico. La trampa consiste en aceptar que las
reglas de juego impuestas por las lecturas estrechas de Walras definen el método
de la economía. En cierta forma, Bejarano cae en la trampa. La apreciación de
Benetti y Cartelier (1995:218), según la cual los economistas han escogido aquellas
relaciones sociales que “se presentan bajo una forma cuantitativa” es una manifes-
tación del espíritu reduccionista que no contribuye a superar la trampa sino que,
incluso, la agranda. En su comentario a la obra de Bejarano, Cataño (1999:163)
afirma que “los fenómenos monetarios son en esencia también numéricos” y,
por tanto, “debemos aceptar que las matemáticas son un instrumento necesario
e ineludible de la economía” (Cataño, 1999:164). Y es cierto que para algunos
autores, como Debreu, las matemáticas son ineludibles94. Pero para otros, como
Marshall, las matemáticas tienen una función limitada, y no son ineludibles. Si
los “los problemas económicos no son mecánicos, sino que tienen que ver con la
vida orgánica y el crecimiento” (Marshall, 1898:44), las matemáticas apenas son
una herramienta más.
Las aplicaciones más útiles de las matemáticas en la economía son aquellas
cortas y simples, que utilizan pocos símbolos; que pretenden iluminar claramente
algunas partes pequeñas del gran movimiento económico, sin la pretensión de
representar la totalidad de sus infinitas complejidades (Marshall, 1898:39).

Las complejidades de la economía son de tal naturaleza que no se pueden


captar a través de las matemáticas, “en los últimos estadios de la economía, cuando
nos estamos aproximando a las condiciones de la vida, las analogías biológicas
son preferibles a las mecánicas” (Marshall, 1898:43)95. Y concluye, “la Meca del

94. En las primeras páginas de su artículo, Pérez (1999) pone en evidencia la importancia que Debreu
le atribuye al uso de las matemáticas en economía.
95. “En cada primavera las hojas de los árboles crecen, alcanzan su pleno desarrollo, y una vez
alcanzado su cénit decaen; entre tanto, el árbol está creciendo año tras año hasta alcanzar su
cénit, para después decaer. Y aquí encontramos una analogía de la biología con las oscilaciones
del valor de las mercancías y de los servicios alrededor de centros que están avanzando, o quizás
oscilando en largos períodos” (Marshall, 1898:43).

179
economista es la biología económica más que la dinámica económica” (Marshall,
1898:43).
Sin duda, Walras (1926:43) defiende el uso de las matemáticas, pero no las
considera ineludibles. La matemática es relevante para la realización de las de-
mostraciones lógicas, pero no son absolutamente necesarias. Puesto que Walras
no es tan reduccionista como algunos de sus seguidores, la crítica debe ser más
matizada. Si Walras y, mucho más, Marshall piensan que el uso de las matemáticas
es eludible, ¿por qué enfocar la crítica hacia allá? No es pertinente actuar como
aquellos iconoclastas que se ven en la obligación de construir imágenes para
después poder expresar su furia destruyéndolas.
Si se le hace el quite a la trampa reduccionista, la teoría neoclásica ya no ad-
mite los calificativos de apolítica, amoral y ainstitucional. Y, en cuanto al método,
una vez que el horizonte se amplía, las críticas de irrealismo, falta de pertinencia
e irrelevancia pueden ser examinadas en un contexto global que las hace menos
taxativas, en el que las limitaciones metodológicas de la aproximación positiva
no se reflejan lógicamente en el campo normativo.

Walras, Marshall, Hicks, Vickrey, Arrow y Samuelson


Durante el siglo XX, la teoría económica mantuvo la tensión entre el desa-
rrollo de un método científico y la consolidación de la perspectiva moral tan cara
a los economistas clásicos96. A continuación menciono algunos trabajos que me
parecen bastante dicientes, que la preocupación normativa siempre ha estado pre-
sente y que la calificación de apolítica, amoral y ainstitucional no es pertinente.
Las referencias a la primera tríada serán más marginales.
En la primera lección de Elementos de economía pura, Walras trae a colación
la definición que hace Adam Smith (1776) de la economía política en La riqueza
de las naciones.
La economía política, considerada como una rama de la ciencia del estadista o
legislador, tiene dos objetivos distintos: Primero, ofrecer un ingreso pleno, o de
subsistencia para la población; o más específicamente, incentivar a las personas
para que obtengan tal ingreso por ellas mismas; segundo, garantizar que el Estado,
o la nación, dispongan de los recursos suficientes para suministrar los servicios
públicos. Se busca, entonces, que aumente la riqueza, tanto del pueblo, como
del soberano (Smith 1776, citado por Walras (1926:51-52).

96. Los clásicos tenían una visión amplia del pensamiento económico, en la que los vínculos con
la filosofía moral son evidentes. De todas maneras, “Dada la naturaleza de la economía, no es
sorprendente que desde sus orígenes hayan convivido dos perspectivas: de un lado, la que pone
énfasis en las relaciones éticas y, del otro, la que se basa en la ingeniería” (Sen, 1987:6).

180
Walras (1926:53) considera que esta definición es “incompleta”. Le inco-
moda que Smith defina la economía política por su aplicabilidad, sin tratar de
entender los elementos que constituyen su naturaleza científica. Walras diferencia
la ciencia, el arte y las instituciones. A la ciencia le corresponde el estudio de la
economía pura. La tarea de la ciencia económica es descubrir aquellos principios
básicos que son irrefutables. Así como en las ciencias naturales decimos que un
objeto cae por la fuerza de la gravedad, en el campo de la teoría económica pura
debemos afirmar con igual certeza que si la demanda de un bien excede la oferta,
el precio sube. El arte, o la industria, tienen que ver con las transformaciones,
con la relación del hombre y la naturaleza. Las instituciones, dice Walras, tienen
que ver con las relaciones que los hombres establecen entre sí97. Adam Smith se
mueve en el mundo del arte pensando equivocadamente que está proponiendo
verdades en el campo de la ciencia.
La definición de Smith es incompleta, porque no menciona el objetivo de la
economía política como ciencia en sentido estricto. Afirmar que el propósito de
la economía política es ofrecer un ingreso suficiente y garantizarse al Estado los
ingresos adecuados, es como decir que el fin de la geometría es construir casas
resistentes y que el propósito de la astronomía es navegar con seguridad en alta
mar. En otras palabras Smith define la ciencia por sus aplicaciones (Walras,
1926:53).

Después de mencionar la distinción walrasiana entre ciencia, arte e institucio-


nes, vuelvo a las dos tríadas de Bejarano. La primera tríada tiene implicaciones
diferentes según se trate de la ciencia, el arte y las instituciones. Sin duda, en el
ámbito de la ciencia, el modelo walrasiano no es realista, porque como el propio
Walras lo reconoce, la competencia perfecta es una condición exigente, como la
que reina en el laboratorio98. Cuando nos movemos del campo de la ciencia pura,
hacia los mundos del arte y de las instituciones, el calificativo de no realista va
siendo menos apropiado. Walras no pide que la teoría sea realista en el mundo de

97. Pérez (1999) explica las diferencias entre la ciencia y el arte en el pensamiento de Mill.
98. Samuelson (1947) también reconoce que la teoría no tiene que ser realista. Más aún, ni siquiera
tiene que ser verdadera. Esta apreciación es clara en la definición que hace Samuelson del teo-
rema significativo. “Para mí un teorema significativo es, simplemente, una hipótesis acerca de
datos empíricos que podrían ser refutados únicamente bajo condiciones ideales. Un teorema
significativo puede ser falso. Puede ser válido pero de importancia trivial. Su validez puede ser
indeterminada y prácticamente difícil o imposible de determinar. Así, con los datos existentes,
puede ser imposible constatar la hipótesis de que la demanda de sal tiene una elasticidad de − 1.0.
Y, no obstante, esta hipótesis es significativa, ya que bajo circunstancias ideales podría diseñarse
un experimento que llevara a refutarla” (Samuelson, 1947:4, bastardillas mías). Para Samuelson
basta con que el desarrollo de la argumentación sea consecuente con los supuestos.

181
la ciencia, pero sí aspira a que lo sean en el campo del arte. Tiene razón Bejarano
cuando afirma que la teoría neoclásica no es realista. Pero esta apreciación también
es compartida por Walras y los neowalrasianos. Bejarano simplemente hace eco
de una percepción que es explícita en la teoría neoclásica.
La irrelevancia y la no pertinencia llevan a la discusión clásica planteada por
Friedman (1953). Este artículo suele leerse desde una óptica muy cerrada, por-
que toda la atención se centra en el vínculo que existe entre irrealismo y certeza
predictiva: Aunque los supuestos no sean realistas, la teoría es relevante porque
puede hacer uso de su capacidad predictiva. Pero esta aproximación es recortada.
Friedman va más allá y muestra que hay una interacción permanente entre los
supuestos, la historia, la cultura, la autobiografía, etc.99. Los supuestos sí importan.
Y todavía más, importa la forma como se han construido y la manera como se van
renovando a lo largo del tiempo. Friedman está preocupado por la relevancia y la
pertinencia de la teoría, especialmente cuando se aplica al campo de la política
fiscal y monetaria. En este aspecto Friedman se diferencia de Samuelson y de
Walras.
Estas breves reflexiones sobre la primera tríada tocan aspectos metodológi-
cos que no profundizaré en el resto del artículo. A continuación me centraré en
la segunda tríada.
Aún en el examen de los elementos de economía pura, Walras explicita con
mucha fuerza la dimensión institucional. Y, entonces, ni siquiera en el campo
de la economía pura, la economía de Walras es apolítica, amoral, ainstitucional.
Mucho menos en las esferas del arte y de las instituciones. Dice Walras que la
riqueza social existe porque los bienes son útiles y escasos. El intercambio de
mercancías a un precio determinado tiene sentido cuando el bien es útil y escaso.
No decimos que un país es rico porque dispone de aire abundante. La escasez,

99. “Si queremos hacer un uso efectivo de esos modelos abstractos y de su material descriptivo,
debemos hacer una exploración comparativa de los criterios con el fin de determinar cuál es el
mejor modelo para interpretar el problema particular, cuáles circunstancias del modelo teórico
se identifican mejor con los fenómenos observados y, finalmente, cuáles características del pro-
blema o de las circunstancias tienen el mayor efecto sobre la confiabilidad de las predicciones
producidas por un modelo o una teoría específica. El progreso en la economía positiva requiere
no sólo que se pongan a prueba y que se mejoren las hipótesis existentes, sino también que se
construyan nuevas hipótesis. Desde el punto de vista formal es muy poco lo que podemos decir
al respecto. La construcción de hipótesis es un acto creativo de inspiración, intuición e invención;
su esencia radica en la posibilidad de ver algo nuevo a partir de los instrumentos familiares. Este
proceso debe ser discutido a partir de categorías sicológicas y no lógicas. Debe ser estudiado
en las autobiografías y en las biografías y no en los tratados sobre el método científico. Debe
ser promovido mediante la persuasión y el ejemplo y no a través de silogismos o teoremas”
(Friedman, 1953:42-43).

182
continua Walras, lleva necesariamente a explicitar las relaciones de propiedad. Y
“la apropiación de las cosas por las personas o la distribución de la riqueza so-
cial entre los hombres en una sociedad es un fenómeno moral y no un fenómeno
industrial, porque se trata de una relación entre personas” (Walras, 1926:77). Un
poco más adelante afirma que “el modo de apropiación depende de las decisiones
humanas, y si estas decisiones son buenas o malas, el modo de apropiación será
bueno o malo” (Walras, 1926:77). Si no hay apropiación, el intercambio no tiene
sentido. La escasez relativa, que tiene un impacto claro en la determinación del
precio, está íntimamente ligada a la manera como se distribuye la riqueza. La
forma como se realiza la apropiación configura las características de la sociedad.
Así que la preocupación de Walras por encontrar los elementos sustantivos de
la economía pura no desconoce la relación intrínseca que los precios tienen con
la propiedad, ni la forma como ésta incide en la organización de las sociedades.
Termino la referencia a Walras, recordando su frase, “entre el hecho objetivo y el
derecho, hay espacio para la teoría moral” (Walras, 1926:78).
Tal y como lo señala Cataño (1999), la lectura que hace Bejarano de Marshall
está muy influenciada por la discusión planteada por Sraffa a medianos de los
años veinte sobre las curvas de oferta y las características del equilibrio parcial100.
Pero esta lectura de Marshall no destaca aspectos relevantes de su obra que, en el
mismo sentido en que he argumentado a propósito de Walras, ponen en evidencia
dimensiones complejas directamente relacionadas con la organización de la so-
ciedad y de los mercados. Y también en Marshall, como en el caso de Walras, las
preguntas básicas sobre las dimensiones ética e institucional son constitutivas de
la teoría. No se trata, entonces, de la reflexión moral de ciudadanos bondadosos,
sino de la preocupación de teóricos que en el proceso de fundamentación de los
principios esenciales de la disciplina no pueden dejar por fuera el estudio de la
organización social, ni el examen normativo.
Destaco, y casi que apenas con el ánimo de ilustrar los argumentos, algunos
aspectos que me parecen indicativos de la perspectiva de la reflexión marshallia-
na. El primero tiene que ver con la enseñanza de la economía. En el documento
presentado ante el Senado de la Universidad de Cambridge pidiendo la creación
de una escuela de economía, Marshall (1902:166) afirma: “Por urgente que sea
estudiar las causas de la “riqueza de las naciones” en conexión con la estabilidad
política, es todavía más urgente, estudiarlas en relación con la calidad de vida”.
En sus análisis sobre la teoría de la utilidad, Marshall no puede dejar de lado las
consideraciones sobre el “arte de vivir” que, finalmente, incide en la cantidad de
bienes demandados.

100. Esta preferencia por Sraffa ya era explícita en Bejarano (1981).

183
En el anexo I de los Principios, titulado La teoría del valor de Ricardo,
Marshall (1920:670-676) repasa las críticas que le hace Jevons (1879) a la teoría
objetiva del valor de Ricardo (1817). En contra de Ricardo, Jevons defiende la
teoría subjetiva del valor. Después de considerar los argumentos de uno y otro,
Marshall llega a la conclusión de que no vale la pena tomar una posición radical,
a favor o en contra, de las teorías objetiva y subjetiva del valor. Marshall piensa
que la escritura confusa de Ricardo impide que Jevons se percate de que en Ri-
cardo también hay una teoría subjetiva del valor. Jevons, continua Marshall, se
equivoca cuando dice “reflexiones e investigaciones constantes me han llevado a
formular una nueva opinión: El valor depende enteramente de la utilidad” (Jevons,
1879:1). Para Marshall el error de Jevons radica en pensar que la aproximación
subjetiva al valor es nueva, desconociendo que ya estaba presente en Ricardo.
Marshall propone articular los dos lados de la reflexión. Por el lado de la oferta,
el análisis de los costos de producción requiere una teoría objetiva del valor. Pero
por el lado de la demanda, la conducta del consumidor, está determinada por la
utilidad. Y, como Bentham, Marshall también “monetiza” la felicidad101. Marshall
intenta conciliar las teorías subjetiva y objetiva del valor a partir de la siguiente
fórmula de compromiso:
La utilidad determina la cantidad que es ofrecida; la cantidad ofrecida determina
el costo de producción; el costo de producción determina el valor, porque de-
termina el precio de oferta que se requiere para que los productores continúen
trabajando (Marshall, 1920:674).

La secuencia de Marshall parte de la utilidad, pasa por el costo de producción


y termina en el valor. La teoría del valor está amarrada a la teoría de la utilidad
y como ésta tiene que ver con el arte de vivir, es necesario considerar de manera
explícita la forma como se monetiza la felicidad. Pero como la conversión del
ingreso en bienestar es un asunto tan complejo, piensa Marshall que se requeriría
de otro tratado, distinto a Los principios, para analizar de qué manera los postu-
lados de la ciencia económica se aplican al “arte de vivir”.
Los fabricantes pueden continuar trabajando porque el precio al que cierra
el mercado es un incentivo suficiente para elaborar los planes de producción que
garantizan que haya bienes en la ronda de mercado siguiente. El plan de producción
y los aspectos institucionales que implica son inherentes a la teoría de Marshall.

101. “Si la moneda que mide la felicidad causada por dos eventos es igual, entonces es de esperar
que no haya una gran diferencia entre la cantidad de felicidad experimentada en cada uno de los
dos casos” (Marshall 1890:52). Y en la octava edición de los Principios, dice que “el deseo por
la utilidad que le proporciona un bien a la persona normalmente se mide por el precio monetario
que ella desea pagar” (Marshall, 1920:175).

184
Los ajustes vía cantidades incorporan la dimensión intertemporal e institucional
de manera explícita.
Ya hice referencia a algunos textos de Marshall en los que el autor destaca
la relevancia que tiene la biología en la interpretación de las interacciones eco-
nómicas. Es importante recurrir a la biología, porque con el paso del tiempo, los
agentes económicos y las interacciones que establecen van cambiando de manera
irreversible102. La visión del mundo que tienen los agentes económicos se modifica
permanentemente. Estas transformaciones del sujeto que decide no pueden ser
captadas por las matemáticas. La propuesta metodológica de Marshall no se con-
solidó, y a pesar de su insistencia en la importancia de la biología sus discípulos
continuaron haciendo uso de los instrumentos de la mecánica clásica103.
Un componente sustantivo de la función de producción de Marshall es el
tiempo. A medida que van entrando los insumos, van saliendo los productos, en
un proceso en el que las expectativas cambian, los precios se modifican y los
planes de producción se alteran. La forma como Marshall presenta su función
de producción no tiene nada que ver con las versiones de estática comparativa
de los libros de texto. Shackle (1972) dedica varias páginas, primero a expresar
su admiración por Marshall y, después, a mostrar que de la visión intertemporal
de la función de producción de Marshall se derivan conclusiones revolucionarias
en la concepción del método de la economía. Si hay futuro e incertidumbre, se
requieren instituciones que garanticen una mínima estabilidad. Este Marshall, que
no tiene nada que ver con el de los libros de texto, no es ainstitucional. Tampoco
es amoral.
En sus mordaces críticas a la Ley de Pobres, Marshall (1892, 1892b) muestra
que los defensores de la caridad olvidan que el número de pobres puede reducirse
si se busca que las condiciones económicas sean más favorables para todos. Pone
en tela de juicio la dicotomía entre la ética y la economía subyacente a la Ley de
Pobres. Considera que los elementos éticos y económicos “están tan íntimamente
mezclados que es inútil pretender considerar, así sea provisionalmente, el uno sin
hacer referencia al otro” (Marshall, 1892b:186). La Ley de Pobres, dice, es “la

102. “Desde el inicio de su carrera, Marshall comenzó a ver las limitaciones que tiene el razona-
miento mecanicista en la economía. En particular, en sus investigaciones sobre los rendimientos
crecientes, se dio cuenta de que los movimientos, hacia arriba o hacia abajo, de la curva de oferta
de largo plazo son irreversible” (Hodgson, 1993:407).
103. “En este artículo muestro que aunque Marshall reconoció el valor que tiene para la economía
la metáfora biológica, la influencia spenceriana impidió, al menos parcialmente, el desarrollo de
un adecuado análisis evolutivo. Después de la muerte de Marshall sus seguidores reemplazaron
con suma facilidad los elementos biológicos presentes en el sistema por nociones más cercanas
a la mecánica newtoniana” (Hodgson, 1993:406).

185
más seria amenaza que ha tenido Inglaterra”. Llega a esta conclusión después
de considerar dos formas de acción alternativas. La primera busca actuar sobre
las condiciones que inciden en el empleo y en el ingreso. Y la segunda, que co-
rresponde al espíritu de la Ley de Pobres, centra la atención en la caridad, lo que
lleva a que “cada nación tenga el número de pobres que haya escogido pagar”
(Marshall, 1982:186). Marshall, que se inclina por el primer tipo de acción, pone
en evidencia las inconsistencias de la Ley de Pobres, tanto en su formulación
conceptual, como en la forma de aplicarla.
Frente a la magnitud y heterogeneidad de la obra de Marshall, se vuelve difusa
la distinción entre ciencia, arte e instituciones. Y cómo los diferentes niveles se
traslapan, habría que hacer un examen muy cuidadoso para determinar a qué aspec-
tos del método de Marshall se les aplican los calificativos de la primera tríada.
En el estudio de los aspectos metodológicos, es muy iluminador el artículo
que escribe Schumpeter (1930) reseñando una nueva edición del Ciclo de los
negocios de Mitchell (1913). Schumpeter compara los métodos de Marshall y de
Mitchell. Le critica a Mitchell el excesivo énfasis que pone en los hechos factua-
les, y lo invita a iluminar el dato con un armazón teórico como el de Marshall,
cuya obra la considera “el mejor tratado de nuestros días”104. Retomando las
preocupaciones de Bejarano, podría decirse que por su afán de realismo, Mitchell
no desarrolla un marco teórico apropiado que le permita ordenar los numerosos
hechos factuales105.
Retomando la célebre sentencia de Robbins106, en la que se establece una
distinción entre el economista como científico y el economista como ciudadano,
Bejarano aspira a que los economistas podamos “decir algo sobre la moral desde
nuestra propia ciencia y no sólo en calidad de ciudadanos”. Walras y, sobre todo,
Marshall, cumplen con este requisito.
No me voy a referir a las dos grandes obras de Keynes (1930, 1936), El tra-
tado, y La teoría general, sino a la interpretación hicksiana y a la llamada síntesis
neoclásica, que sería la estructura básica del núcleo duro o de la corriente principal.
Hicks no se cansó de recordar que su artículo de 1937 no era una presentación
completa de Teoría general, sino una aproximación muy parcial. Digamos, en
gracia de discusión, que al Hicks del 37 le caben los calificativos de las dos tríadas

104. La admiración de Schumpeter por Marshall la reitera años después (Schumpeter, 1941:135).
Dice que la obra de Marshall “nunca pasará”, aunque reconoce que ha sido superada en varios
aspectos.
105. Coase (1937) considera que los viejos institucionalistas como Commons y Mitchell, siendo
“hombres de gran estatura intelectual”, eran “anti-teóricos”.
106. La reflexión sobre Robbins y la interpretación de Bejarano es analizada por Pérez (1999).

186
de Bejarano. Pero cuando nos salimos de este artículo107, nos encontramos con un
gran pensador, para quien las instituciones son importantes.
El dinero no es un mecanismo; es una institución humana, y, por cierto, una de
las más sobresalientes. Incluso las formas más simples del dinero —hasta la
acuñación de metales— necesitan para funcionar una cierta confianza mutua.
A medida que esta confianza aumenta (en círculos que van ampliándose más y
más), las formas de dinero que pueden ser utilizadas son más y más sutiles, más
económicas, pero también más frágiles. Para las etapas primitivas, las teorías
mecánicas (como la teoría cuantitativa) nos dan una visión aproximada razonable
de cómo funciona el dinero; pero la sutileza de los hechos monetarios es creciente
y a la teoría le es difícil estar a la altura de esta evolución (Hicks, 1966:79).

En su artículo clásico del 35, Hicks realiza el ejercicio admirable de aplicar


la teoría de la utilidad al dinero. En sus palabras, se trata de extender la revolu-
ción marginalista a la teoría del dinero. Una interpretación que consolida Arrow
(1951, 1964, 1974) y que se convierte en el fundamento de la teoría neoclásica
del dinero. Al final del artículo del 35, Hicks explica la diferencia entre dos tipos
de ahorradores: Los sensibles y los insensibles. Los insensibles son los pequeños
ahorradores que no están muy pendientes de los cambios de la tasa de interés,
porque dados los pocos recursos que manejan, perciben como muy elevados los
costos de mover dinero de un lado para el otro. Los sensibles son los especulado-
res y los grandes tesoreros, que están dispuestos a pasar el dinero de un lado al
otro, en función de pequeñas modificaciones de la tasa de interés. Y de manera
profética, Hicks termina su artículo con esta frase que tiene un alto contenido
político e institucional.
Si quien preserva la estabilidad del capitalismo es la gente insensible, en buena
medida porque para ésta el coste de transferir activos es demasiado elevado
relativamente al volumen de activos que controla, entonces el desarrollo del
capitalismo, al hacer bajar estos costes, será probablemente una causa directa
de fluctuaciones crecientes. El desarrollo del capitalismo hace bajar aquellos
costes de dos maneras: mediante avances técnicos (de los que los bancos son
un ejemplo) e introduciendo un espíritu más “capitalista” que, al atender más
ampliamente al beneficio, reduce los costes subjetivos. Al hacer esto, el capita-
lismo se convierte en su propio enemigo porque pone en peligro la estabilidad,
sin la cual se derrumbaría (Hicks, 1935:104).

107. Atrás comentaba que Bejarano (1981) comparte la ruptura con la síntesis neoclásica propuesta
por Clower y Leijonhufvud. No creo que sea necesario ir hasta Leijonhufvud, para encontrar
una lectura más integral de Keynes. El enfoque amplio se encuentra en el propio Hicks, siempre
y cuando nos coloquemos por fuera del artículo del 37.

187
Gracias al desarrollo de la tecnología, el pequeño ahorrador tiene incenti-
vos suficientes para actuar como un especulador. Basta con llamar por teléfono
para mover dinero de un sitio al otro. A medida que el sistema financiero se va
sofisticando más, se hace más frágil. Esta paradoja ha sido estudiada por autores
contemporáneos como Tobin (1967, 1980, 1998) y Triffin (1989).
En su Teoría de la historia económica, Hicks (1969:34) expresa un principio
que refleja muy bien la preocupación de la teoría institucional: “Aún el más simple
intercambio es una especie de contrato”. El texto de Hicks está lleno de aprecia-
ciones de corte institucional. Por ejemplo, recuerda que Montaigne, al describir
la visita que hizo a la ciudad de Urbino en 1851, decía: “era sábado porque en
la plaza había mercado”. Las relaciones sociales que rodean el mercado son tan
intensas, que la evidencia del sábado está dada por el mercado, y no al contrario.
Para Hicks es claro que el mercado no se reduce al acto de compra y venta, sino
que se recrea en las dimensiones espacial, temporal y cultural, fijada por las co-
munidades implicadas.
Hasta ahora me he referido únicamente a tres autores: Walras, Marshall y
Hicks que han sido considerado los fundadores de la teoría convencional, a la
que Bejarano le aplica sus seis calificativos. No menciono los trabajos de los
viejos institucionalistas (Veblen, Commons y Mitchell) porque contra ellos no va
dirigida la crítica de Bejarano. Sin entrar en los detalles, me parece importante
hacer explícito el significado que Commons (1934, 1936) le atribuye al “valor
razonable”. Commons (1936:237) piensa que la economía debe avanzar hacia la
construcción de una teoría del “valor razonable”, que incluya de manera integrada
la ética, el bienestar público y los intereses nacionales.
La teoría del valor razonable puede ser sintetizada, en su aplicación pragmática,
como una teoría del progreso social a través de una personalidad, controlada,
liberada y ampliada mediante la acción colectiva. No es una personalidad indi-
vidualista. Es una personalidad institucionalizada (Commons, 1934:874).
La noción de razonabilidad, que los teóricos de la justicia de mediados del
siglo XX van a explotar desde diversos puntos de vista, es asimilada de diversas
maneras por economistas como Vickrey, Samuelson y Arrow. Lo razonable es
diferente de lo racional. Lo racional es lo óptimo, lo razonable es lo subóptimo.
Ambos conceptos parten del individualismo metodológico, pero lo razonable obliga
a que el individuo se piense en relación con los otros. Y mostraré que estos tres
autores introducen en el corpus de su teoría, no en el margen, lo razonable, lo
que hace que tales aproximaciones sean, en el sentido más sustantivo, políticas,
morales e institucionales108.
108 . Sen (1997) muestra la diferencia entre maximización y optimización. Relaciona la maximización
con lo subóptimo y lo razonable, y la optimización con lo óptimo y lo racional.

188
El trabajo de Vickrey (1945) busca explicitar, desde la función de utilidad más
básica, las implicaciones normativas que le son constitutivas. Lo normativo no es
ad hoc. Es sustancial. El autor busca que el conflicto entre equidad e incentivos
sea explícito desde el corazón de lo que Walras llamaría la economía pura. Esta
pieza maestra, dice Arrow (1994), es una formulación temprana del velo de la
ignorancia rawlsiano, y de la justicia como equiproporcionalidad de Harsanyi.
Desde el punto de vista teórico, la aproximación a la medición de la utilidad
marginal a través de la “elección bajo riesgo” tiene la ventaja de que ofrece un
vínculo directo con las cuestiones relacionadas con la distribución del ingreso y
con la forma como se deben ir graduando los impuestos progresivos, especialmen-
te cuando estos problemas se plantean desde la perspectiva de la maximización
de la utilidad agregada. Si la utilidad se define como la cuantificación de la
expectativa matemática que maximiza la decisión individual bajo condiciones
de riesgo, entonces la maximización de la utilidad agregada del conjunto de la
población es equivalente a escoger la distribución del ingreso que tal individuo
escogería si se le preguntase de cuál de las variantes de la economía quisiese
llegar a ser miembro, asumiendo que una vez que seleccione una economía
particular con una distribución del ingreso dada, él tiene la misma probabilidad
de estar allí que cualquiera de sus miembros (Vickrey, 1945:25).

Esta frase de Vickrey pone en evidencia: i) que la función de utilidad debe


involucrar el tiempo; ii) que el riesgo es inherente a cualquier enfoque intertem-
poral, iii) que la utilidad individual está ligada de manera directa a la distribu-
ción del ingreso y a las modalidades del sistema tributario, iv) que el proceso de
agregación de las utilidades individuales debe estar mediado por una función de
probabilidad; v) que la elección individual bajo condiciones de riesgo, teniendo
en mente la sociedad que la persona quisiera, obliga a cada individuo a ponerse
en los zapatos del otro, así que la percepción individual de la utilidad del otro se
convierte en un elemento constitutivo de la función de utilidad; vi) todas las per-
sonas que participan tienen las mismas oportunidades. Por lo menos, los puntos
iii), v) y vi) tienen implicaciones éticas explícitas.
En este artículo, así como en sus trabajos sobre impuestos, evaluación de
proyectos y subastas, Vickrey reconoce que la solución entre igualdad e incenti-
vos no puede conseguirse a través de la optimización racional, sino mediante la
búsqueda del acuerdo razonable.
El trabajo de Arrow (1951b) formaliza los problemas básicos de la elección
social y se constituye en el estudio pionero sobre las dificultades que se presentan
al pasar de la elección individual a la elección colectiva. No dudo en calificar de
ética esta obra, que refleja el conflicto que viven las sociedades liberales que buscan
mejorar el bienestar colectivo, sin sacrificar la libre iniciativa. Las preocupaciones

189
de Arrow son las mismas que animan los grandes trabajos de Hayek (1944, 1948,
1952) de la época: Cómo evitar que el afán de justicia no derive en el totalitarismo.
Frente a este trabajo magistral de Arrow, a quien Bejarano no dudaría de incluir
en la corriente principal, no tienen ninguna validez los calificativos de la segunda
tríada. A pesar de que las obras de Hayek y de Arrow estén motivadas por la mis-
ma preocupación, Bejarano no da importancia a éste y a otros trabajos de Arrow,
que tienen dimensiones éticas de proporciones similares a las de Hayek. Vuelvo
a la trampa. Bejarano cae en la trampa y centra toda la atención en el modelo de
equilibrio Arrow-Debreu, que es apenas uno de los seis tomos de las obras esco-
gidas de Arrow. ¿Y es que acaso los cinco tomos restantes, donde el autor estudia
los conflictos, los problemas de racionalidad, la ética médica, la incertidumbre, el
riesgo, etc., no son también piezas centrales de la teoría neoclásica?
En Los límites de la organización, Arrow (1974) incluye de manera explícita
los aportes de Simon (1945, 1957), para quien el análisis de la eficiencia de las
administraciones debe realizarse a partir de la psicología social. El proceso de
elección es dinámico porque los individuos deciden entre “cursos de acción” al-
ternativos. La racionalidad que anima las decisiones en la empresa y la sociedad
es limitada, lo que nos lleva a movernos en el mundo de los subóptimos109. Así
que Arrow, uno de los grandes teóricos del equilibrio general, reconoce la validez
de la racionalidad limitada. Las decisiones en la familia, la empresa y la sociedad
no responden a la racionalidad optimizadora, porque esta genera situaciones de
imposibilidad, sino a dinámicas subóptimas.
Bejarano también acepta que Samuelson es otro de los grandes pensadores de
la teoría neoclásica. Él se propone pensar el equilibrio general introduciendo los
bienes públicos (Samuelson, 1954, 1958, 1969). Es decir, los bienes que no admiten
exclusión ni rivalidad. Si no hay exclusión ni rivalidad, la persona no revela sus
preferencias y, entonces, los precios no operan. Al mencionar a Walras decía que
para él, los bienes que constituyen la riqueza social son escasos y útiles. Desde la
perspectiva de la persona individual, el bien público puro deja de ser escaso, con el
grave inconveniente de que ya no es posible la valoración a través de los precios.
Frente a bienes públicos como la salud, la justicia, la sostenibilidad ambiental, la

109. “Cualquier decisión es un asunto de compromiso. La alternativa finalmente escogida nunca


permite el logro perfecto o completo de los objetivos; tan sólo es la mejor solución posible
en determinadas circunstancias” (Simon 1945:5). Esta manera de presentar el problema será
formalizada posteriormente a través del equilibrio de Nash (1951).
“Verdaderamente - y como va siendo cada vez más evidente - es precisamente en el mundo real
donde el comportamiento humano es intencionalmente racional, pero sólo de manera limitada,
lo que abre el espacio para el desarrollo de una teoría genuina de la organización y de la admi-
nistración” (Simon, 1945:88).

190
educación, etc., el mecanismo de los precios deja de ser pertinente. A Samuelson
(1969:109) no se le escapa el conflicto entre “bienes privados puros en los cuales
los mecanismos de mercado operan de manera óptima [...], versus el amplio campo
de los bienes públicos, que es el de las externalidades del consumo”.
El reto de Samuelson es ampliar el horizonte del modelo de equilibrio general,
de tal manera que también incluya los bienes públicos. Y en este ejercicio, que
toca las raíces de la teoría básica, Samuelson se tropieza inevitablemente con la
pregunta por la justicia110. Puesto que los precios de los bienes públicos no se
forman en el mercado, Samuelson construye una “seudo función” de demanda,
en la que los “precios” de los bienes públicos tienen que ser asemejados a los
impuestos y a las tarifas. La función de demanda es incompleta porque frente al
bien público la persona no puede revelar sus preferencias. Samuelson reconoce
que el acercamiento a través de los impuestos y las tarifas es muy imperfecto. El
problema radica en que los impuestos, más que las tarifas, reflejan la capacidad
de pago del individuo. El monto de impuestos que paga cada persona es diferente.
Al tratar de asimilar el impuesto a una forma de precio, se termina en una especie
de personalización del precio.
En Elementos de economía pura Walras define las condiciones bajo las cuales,
los procesos de tâtonnement conducen a que para cada bien haya un solo precio
de equilibrio. El vector de precios resultante es impersonal ya que nace de las
condiciones del mercado. En cambio, el vector de “precios” de los bienes públi-
cos es función de los impuestos, o de la tarifa, que cada persona pague. Y hay
tantos precios como personas. Una vez que ha llegado a este callejón sin salida, a
Samuelson no le queda más remedio que abordar el tema de la justicia. La expli-
citación de los criterios distributivos, del monto del impuesto y de quien lo paga,
es una condición inherente a la formación de los precios de los bienes públicos.
Samuelson acepta que detrás de toda tasa impositiva hay un criterio implícito de
justicia redistributiva. Y también es consciente de que al introducir el tema de la
normatividad subyacente al tributo, debe indagar por la forma como se pasa de la
elección individual a la elección colectiva, ya que en una sociedad liberal no hay
impuesto sin representación.
A lo largo de la exposición he tratado de mostrar que en la teoría neoclásica sí
hay una preocupación explícita por los aspectos políticos, morales e institucionales.
Los autores mencionados se refirieren a estos temas fundamentalmente porque
no los pueden dejar de lado. Así lo quisieran, no pueden desconocer la naturaleza
social de la economía. La reflexión de Walras es interesante por esta razón. El autor
indaga por los aspectos constitutivos de la “economía pura”, y en el camino se da

110. Desarrollo esta idea de manera más extensa en González (2001).

191
cuenta de que una dimensión sustancial de la teoría económica es la propiedad. Y
acepta que el tema de la propiedad obliga a explicitar lo moral y lo institucional.
Es cierto que Walras no hace un tratamiento sistemático de estos temas, y por ello
sería un error considerarlo un institucionalista, o un filósofo moral. Pero el hecho
de que Walras no haga un análisis profundo de las instituciones no significa que
sea ainstitucional. Los autores que he comentado abordan los aspectos morales,
institucionales y políticos con intensidades y grados de formalización analítica
muy heterogéneos. Mientras que un texto como el de Arrow (1951b) dialoga di-
rectamente con la filosofía moral, otros trabajos, como el de Walras (1926), tienen
alcances más limitados, sin que por ello sean ainstitucionales, o amorales.
El repaso de estos autores es suficiente para mostrar que aún quienes hacen
parte de lo que podríamos llamar la corriente principal en economía, de diversas
maneras han involucrado la dimensión normativa en el corpus básico de su teoría.
Y, por tanto, la segunda tríada de Bejarano únicamente tendría validez en el caso de
interpretaciones muy miopes. Y, reitero, la denuncia de Bejarano adquiere especial
interés en el campo de la enseñanza de la economía porque, por razones complejas
que escapan a los propósitos de este ensayo, los currículos se han convertido en
el medio más efectivo para reproducir los manuales propagandísticos de la más
estrecha y sesgada lectura del pensamiento neoclásico.

Compartiendo una esperanza


Bejarano (1997) no cree que en la economía contemporánea exista un paradig-
ma que domine a los demás. Y nos invita a “la búsqueda de una teoría que tenga
más sustancia, aunque se sacrifique un poco de la elegancia formal”. Comparto
esta intención y este llamado. Se trata de liberarnos, en palabras de Sen (1997),
de la “tiranía” de los ordenamientos completos.
Pero complementaría el llamado de Bejarano con una invitación a una lectura
retrospectiva con lentes institucionales. No creo que el pensamiento institucional
se limite a los “viejos” (Veblen, Commons y Mitchell) y a los “nuevos” (Coa-
se, North y Williamson) institucionalistas. La teoría económica del siglo XX,
aún la más ortodoxa, ha vivido la tensión entre el desarrollo de la ciencia y la
comprensión de las instituciones, en el lenguaje de Walras. En lugar de deslum-
brarnos por la moda que nos trata de imponer el nuevo institucionalismo, en las
versiones simplistas de los funcionarios medios de la banca internacional, y de
los remozados libros de texto, debemos releer a los grandes maestros con otros
ojos y, sin duda, encontraremos unas vetas inexploradas que nos darán elementos
más sólidos para atender la invitación de Bejarano a buscar una teoría económica
con más “sustancia”.

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200
Capítulo III

POLÍTICAS ECONÓMICAS
Y SOCIALES

201
202
Reflexiones sobre las causalidades entre la
distribución del ingreso y el crecimiento∗

A mi juicio, un requisito indispensable para el crecimiento económico moderno,


la filosofía básica en que se asienta éste y que le transmite su gran dinamismo,
es la creencia de que hay que hacer llegar a todos los grupos comprendidos en
la sociedad la igualdad de oportunidades tanto políticas como económicas (...)
(Kuznets, 1959:173).

En los últimos años las agencias internacionales de desarrollo se han preocu-


pado por luchar contra la pobreza. En este contexto, se hace evidente la necesidad
de medir la pobreza y de precisar cuáles son los pobres que se beneficiarán con
los programas sociales. En la lucha contra la pobreza la focalización del gasto
se ha convertido en uno de los instrumentos privilegiados por los gobiernos, ya
que se supone que al hacer énfasis en el lado de la demanda, mejora la eficiencia
del gasto.
Dejando de lado el juicio sobre las bondades y las debilidades de esta aproxi-
mación, quisiera destacar un punto que considero relevante: El combate a la po-
breza ha opacado la reflexión sobre la distribución del ingreso y la riqueza1. Esta
preferencia por la pobreza refleja una posición política que, en el fondo, expresa
la opción de no modificar las dotaciones iniciales.
A pesar de que la preocupación por la distribución del ingreso y de la riqueza
ha ocupado un lugar secundario en los planes de las agencias de desarrollo, el

∗ Texto para Fescol, Bogotá, 1998. Mimeo.


1. Generalmente me referiré a la distribución del ingreso, en sentido amplio, suponiendo que
también incorpora la riqueza.

203
enfrentamiento entre los ex presidentes López y Gaviria muestra que el tema es
crucial. Y, sobre todo, evidencia lo poco que sabemos sobre la forma como ha ido
evolucionando la distribución del ingreso a lo largo del tiempo. López ataca el
modelo neoliberal porque es concentrador. Gaviria cita a Londoño para argumentar
que apertura ha reducido, conjuntamente, la concentración y la pobreza2. Ocampo
ha intermediado en el debate para mostrar que a diferencia de lo que piensa Lon-
doño, en Colombia y en América Latina hay indicios de que la distribución del
ingreso se ha empeorado3.
Londoño piensa que el efecto benéfico de la apertura ha sido doble. De un lado,
ha estimulado el crecimiento y el empleo, sin que haya ocasionado un deterioro
de los salarios4. De otra parte, en virtud de la mayor competencia, la apertura ha
contribuido a reducir los márgenes de ganancia y ello ha repercutido positivamente
en la distribución del ingreso5. Ocampo no está de acuerdo con esta apreciación.
Considera que los impactos que tiene la apertura sobre el aparato productivo y la
recomposición factorial han desmejorado la distribución del ingreso6.

2. “ Del artículo se desprende que la desigualdad distributiva y la pobreza absoluta están comenzando
a dejar de ser los problemas sociales dominantes en Colombia. El progreso de los últimos 25
años ha sido poco menos que espectacular. El vertiginoso avance económico generó enormes
cambios distributivos y de bienestar, reduciendo la desigualdad y la pobreza, y el mayor gasto
social en la población más pobre generado por la Constitución de 1991 fortaleció el progreso
distributivo, que se aceleró en los años noventa” (Londoño, 1997:20, subrayado mío).
3. “La experiencia latinoamericana en materia de equidad es particularmente frustrante. A las ine-
quidades históricas tradicionales, se han agregado nuevas fuerzas que han tendido a deteriorar
la distribución del ingreso en décadas recientes. Durante los años ochenta, según lo señalan los
estudios de la Cepal, el BID y el Banco Mundial, tanto los indicadores de pobreza como los de
desigualdad tendieron a deteriorarse. En la actual, gracias al mayor ritmo de crecimiento eco-
nómico, los de pobreza han mostrado alguna mejoría, pero ha habido pocos avances en materia
de desigualdad” (Ocampo, 1997:9-10).
4. “El prolongado auge de la construcción, el dinamismo de las exportaciones manufactureras y
del comercio minorista de importaciones y la flexibilización de la legislación laboral habrían
desplazado la curva de demanda laboral para el conjunto urbano, produciendo mayor empleo sin
reducir los salarios. Con esto, los salarios urbanos tendieron a crecer por encima de la inflación,
especialmente en el período 1992-1994” (Londoño; 1997:26). Debe advertirse que en los noventa
las llamadas exportaciones menores, que incluyen las manufactureras, han perdido participación
dentro de las exportaciones totales. El petróleo, el carbón y el ferroníquel han desplazado a las
exportaciones menores. Por tanto, el dinamismo de las exportaciones manufactureras de que
habla Londoño no sería tan evidente.
5. “Las rentas monopólicas de los mercados de productos agrícolas y manufactureros se habrían
aminorado con la creciente competencia de productos externos originada por la apertura eco-
nómica” (Londoño, 1997:27).
6. “[Berry] ha señalado en varios trabajos que existe evidencia en el último cuarto de siglo según
la cual la introducción de medidas de liberalización económica han estado asociadas en América
Latina con deterioros en la distribución del ingreso, a veces sustanciales. Esta evidencia proviene,

204
Si las conclusiones de Londoño y Ocampo son radicalmente diferentes, ¿quién
tiene la razón? Esta pregunta remite a un problema metodológico central, que toca
tres aspectos: Los supuestos, la consistencia interna y la verdad.
Cuando la teoría reflexiona sobre los datos empíricos, dice Samuelson, los
teoremas además de ser generalizables, deben ser significativos.
Para mí un teorema significativo es, simplemente, una hipótesis acerca de datos
empíricos que podrían ser refutados únicamente bajo condiciones ideales. Un
teorema significativo puede ser falso. Puede ser válido pero de importancia
trivial. Su validez puede ser indeterminada y prácticamente difícil o imposible
de determinar. Así, con los datos existentes, puede ser imposible constatar la
hipótesis de que la demanda de sal tiene una elasticidad de -1.0. Y, no obstante,
esta hipótesis es significativa, ya que bajo circunstancias ideales podría diseñarse
un experimento que llevara a refutarla” (Samuelson, 1947:4, subrayado mío).

El comentario de Samuelson contiene, por lo menos, dos aspectos que val-


dría la pena analizar con algún detalle. En primer lugar, los alcances del teorema
significativo. Y segundo, el significado de las “condiciones ideales”.
Los principios del teorema significativo se aplican a las hipótesis que se
desprenden de los datos empíricos. Por consiguiente, sólo tendría sentido en el
marco de la economía positiva aplicada (Hicks, 1985)7.

según el autor, de las experiencias de Argentina, Chile, Colombia, República Dominicana, México
y Uruguay, en tanto que Costa Rica es una excepción notable. Conclusiones muy similares han
sido derivadas por otros autores, entre ellos Oscar Altimir en la Cepal y Donal Robbins en la
Universidad de Harvard” (Ocampo, 1997:10).
“La apertura generó tres efectos diferentes (…): En primer término, desencadenó una fuerte
caída de los ingresos rurales, en particular de los propietarios y de los trabajadores asalariados
de la agricultura comercial, que constituyen en este último caso lo que podríamos denominar
la “clase media rural”. El resultado de ello fue paradójico: un aumento de la pobreza con una
reducción simultánea de desigualdades, es decir, una igualación hacia abajo de los ingresos.
El segundo efecto, derivado del anterior, fue la migración masiva hacia las ciudades. Ella se
tradujo en una mayor oferta de mano de obra no calificada en los centros urbanos. El tercero fue
un claro sesgo de la demanda de mano de obra urbana hacia trabajadores con mayores niveles
de capacitación. Este hecho, conjuntamente con la menor oferta de trabajadores calificados,
generada por la menor inversión en capital humano durante los años ochenta, y la mayor oferta
de mano de obra no calificada, se tradujo en un aumento significativo de los diferenciales de
ingreso, especialmente entre trabajadores con educación universitaria y el resto de la fuerza de
trabajo. Estos diferenciales se tradujeron, a su vez, en un deterioro de la equidad” (Ocampo,
1997:13).
7. Hicks distingue entre economía del bienestar y economía positiva. Esta última se divide en
economía positiva pura y economía positiva aplicada. “(...) la economía positiva posee tanto
una rama “pura” como una rama “aplicada” (...) La economía del bienestar es economía pura,
pero no es el único elemento de la economía pura. Una gran parte de la teoría económica no

205
Las condiciones ideales pueden enfocarse desde dos perspectivas: La del
contexto de la experimentación —el laboratorio— y la de los supuestos.
En las ciencias sociales el diseño del experimento no se realiza de la misma
manera que en las ciencias naturales. En economía, y en las otras ciencias sociales,
las variables relevantes no pueden aislarse y ello dificulta el control, la repetición
y la predictividad.
El investigador social no controla las condiciones del experimento. El eco-
nomista se asemeja mucho al historiador: Clasifica y ordena la información una
vez que ésta se ha producido. La aproximación a la realidad es ex-post. Y, en el
mejor de los casos, el “control” se reduce a la posibilidad de seleccionar y abstraer
aquellas variables que se consideran relevantes. La falta de control se traduce en
una imposibilidad de repetir el experimento y ello va en contra de la predicti-
vidad8.
Dadas las restricciones de la experimentación, las condiciones ideales en
economía están muy ligadas a los supuestos. Estos determinan las características
de la condición ideal. Los supuestos moldean la condición inicial.
Las condiciones ideales del teorema significativo obligan a reflexionar sobre
dos tipos de problemas: La consistencia interna y la verdad. Lo uno no implica
lo otro. La consistencia interna significa que la relación entre los supuestos y el
resultado respeta los principios de aquella lógica que el investigador considera
más apropiada. La consistencia interna es una condición necesaria y suficiente
para que un teorema sea significativo. Ello significa que una vez aceptado los su-
puestos, el teorema es irrebatible. La única forma de criticarlo sería cambiando los
supuestos, lo que equivaldría a redefinir las condiciones del experimento. Si una
hipótesis puede ser refutada utilizando los supuestos y los métodos propuesto por
el investigador, el teorema no es significativo. La solidez del teorema significativo
es intrínseca y autocontenida.
La reflexión sobre la verdad remite a una problemática diferente a la de la
consistencia interna. Un teorema significativo que es internamente consistente,

es economía del bienestar, pero al igual que ella es teoría pura que no está ligada a ningún
momento y lugar particulares” (Hicks, 1985:12). La economía positiva pura es positiva porque
“supone un determinado tipo de organización” (Hicks, 1985:20). Leyendo en sentido inverso
la clasificación de Hicks, tendríamos que la economía del bienestar es economía pura porque
no “está ligada a ningún momento y lugar particulares”. Y no es economía positiva porque no
supone un determinado tipo de organización. Las características del teorema significativo no
serían aplicables ni a la teoría del bienestar, ni a la economía positiva pura.
8. La crítica de Lucas a la estabilidad paramétrica muestra que aún en el marco de las expectativas
racionales se duda de la posibilidad predictiva de la teoría económica. Sobre la crítica de Lucas,
véase Leslie (1993:185-195).

206
puede ser falso. Y, peor aún, tal y como lo reconoce Samuelson, es posible que el
teorema siga siendo relevante y que nunca llegue a ser falseado.
El resultado está marcado por el tipo de supuestos (técnicos y analíticos)
inherentes a cada momento del proceso de estimación. De manera magistral,
Samuelson (1947) muestra que mínimos cambios en la formulación matemática
del modelo inciden considerablemente en las condiciones de convergencia. Basta
con que una variable sea expresada en tiempo continuo, en lugar de hacerlo en
tiempo discreto, para que las conclusiones del ejercicio cambien radicalmente. Al
cambiar los supuestos varían las conclusiones.
El supuesto más problemático de Londoño es su interpretación de la secuen-
cia de Kuznets. Londoño lee la U invertida de Kuznets como una relación causal
que va en la dirección crecimiento → distribución9. Con esta lógica interpreta la
historia de Colombia y de América Latina. A lo largo de este artículo cito varias
frases de Kuznets que admiten una lectura de la dirección de la causalidad di-
ferente a la de Londoño. Mostraré que a partir de Kuznets también es legítimo
afirmar que la mejor distribución del ingreso es una condición —y no una mera
consecuencia— del crecimiento (distribución → crecimiento).
El debate sobre la distribución del ingreso no se dirime en el terreno empíri-
co. Entre otras razones, porque la información es deficiente10. Pero, en gracia de
la discusión, aceptemos que el trabajo de Londoño es internamente consistente
y, por tanto, que su teorema es significativo. Este reconocimiento no implica
afirmar que las conclusiones son verdaderas. El teorema significativo puede ser
falso. Los resultados de Ocampo y de otros investigadores latinoamericanos, que
no coinciden con los de Londoño, indican que bajo otras condiciones analíticas
y partiendo de supuestos diferentes, pueden formularse teoremas significativos
alternativos, que siendo tan válidos como el de Londoño, tienen implicaciones de
política diametralmente opuestas.
Londoño concluye que en vista de los avances considerables que hemos lo-
grado en materia distributiva, la pobreza y la concentración ya no son los temas

9. Esta percepción es clara en la frase: “Las variaciones prevista por Kuznets normalmente toman
mucho tiempo en desarrollarse. Un aumento de la desigualdad como el que mostró Colombia
en los años sesenta - de 10 puntos en el coeficiente de Gini - normalmente tomaría 100 o 150
años en un país promedio. Y la disminución en la desigualdad colombiana en los 25 años con-
siderados se observaría en otros países en un plazo tres o cuatro veces más largo” (Londoño
1997:27 y 28).
10. Esta debilidad la reconoce el propio Londoño, a pesar de que apoya toda la argumentación en
sus hallazgos empíricos. “Infortunadamente, la mayor parte del debate reciente sobre el efecto
de las políticas económicas en la distribución del ingreso o la situación social ha tenido un
referente empírico bastante débil” (Londoño, 1997:20).

207
centrales de la nueva agenda social11. No comparto esta idea. Sin desconocer la
relevancia de la lucha contra la pobreza, la agenda social en Colombia y en América
Latina debe volcarse hacia la distribución del ingreso. La mejor distribución no
es el resultado, como piensa Londoño, de un crecimiento más acelerado. Quizás
sea la condición de éste. En este artículo argumentaré que las políticas tendientes
a mejorar la distribución del ingreso no sólo favorecen la lucha contra la pobreza,
sino que también estimulan el crecimiento.

Gráfica 4. U invertida de Kuznets

El eje horizontal (Y) representa el ingreso per cápita y el vertical


la desigualdad (G). Esta aumenta a lo largo del eje vertical.

Los países ricos son más equitativos


Las gráficas 4, 5 y 6 traen a colación la discusión planteada por Kuznets
(1955, 1959) sobre los nexos que existen entre el crecimiento y la distribución
del ingreso12. Kuznets encontró que la relación entre la distribución del ingreso
y el crecimiento tiene la forma de una U invertida (gráfica 4). El autor constata
que “(...) en los países desarrollados la mayor acumulación absoluta de riqueza
per cápita productora de ingresos tiende a estar distribuida más equitativamente”
(Kuznets, 1959:169). Esta frase no expresa una relación de causalidad.
La gráfica 5 representa la relación entre el nivel de ingreso y la desigualdad
en la distribución del ingreso. El ingreso aumenta a lo largo del eje horizontal. La

11. “Se concluye que el país [Colombia] ha experimentado enormes cambios distributivos y de
bienestar que han ido reduciendo la desigualdad y la pobreza, pero que al parecer ha habido un
desplazamiento de los problemas sociales predominantes en el país, ya que las insuficiencias
y desigualdades en el nivel educativo y las esperanzas de vida de la población joven habrían
comenzado a tener un papel dominante” (Londoño, 1997:19).
12. Véase también Kuznets (1959, 1973); Camparo y Salvatore (1988); Haddad y Kambur (1992);
Solomou (1987), Jaramillo (1995).

208
desigualdad se acentúa a medida que se avanza sobre el eje vertical. Muy bajos o
muy altos ingresos coinciden con mejor distribución. Cuando la curva alcanza el
punto máximo, la desigualdad también llega al nivel más alto.
Independientemente de la forma como Kuznets construyó la curva, las inter-
pretaciones actuales la leen desde dos ópticas: Corte transversal y dinámica en el
tiempo. Pero desde ninguna de las dos perspectivas debe suponerse, sin más, que
la causalidad va desde el crecimiento13 hacia la distribución.

Gráfica 5. Ingreso per cápita y relación entre la participación


que tiene en el ingreso total el 20% más rico
y el 20% más pobre. Muestra de 150 países. Año 1992


��

��

��

��

��


� ����� ����� �����

El eje horizontal representa el ingreso per cápita en dólares de 1992. El eje vertical relaciona la participación que
tiene en el ingreso total el 20% más rico y el 20% más pobre de la población de cada país. Un valor de 10, por
ejemplo, significa que el 20% más rico de la población posee un porcentaje del ingreso diez veces mayor que el
20% más pobre.
Fuente: Cálculos del autor a partir de Banco Mundial (1994).

En las gráficas 4, 5 y 6, el eje horizontal representa el ingreso per cápita. El


eje vertical se ha construido utilizando una de las medidas de desigualdad más
sencilla: La relación entre los ingresos del 20% más rico y del 20% más pobre
de la población14. La relación entre el ingreso de los ricos y el de los pobres varía

13. Normalmente se considera que un ingreso alto está acompañado de un mayor crecimiento. No
objetaré este supuesto porque no es relevante para la discusión.
14. Esta medida de desigualdad es:

209
mucho. En el grupo de los 150 países incluidos en las gráficas, el rango va desde
3.5 en Bulgaria hasta 32.1 en Brasil. En Japón la relación es de 4.3, en Alemania
de 5.8 y en Colombia de 15.5. La distribución del ingreso en Colombia no es
tan desigual como en Brasil, pero sí es muy inequitativa con respecto a Japón o
Alemania.
La gráfica 6 conserva las mismas relaciones que la gráfica 5, pero ahora el
ingreso (eje horizontal) se expresa en logaritmos15. El logaritmo tiene la ventaja
de que permite ver más claramente la diferencia del ingreso entre países. La línea
horizontal que divide las cuadrículas corresponde al valor 10 del eje vertical. Esto
significa que por encima de la línea horizontal están los países en los que el in-
greso de los ricos es 10 veces mayor que el de los pobres. Por debajo de la línea
horizontal, la relación es inferior a 10 veces. Se sigue, entonces, que la distribución
del ingreso es más desigual en los países que están sobre la horizontal.
La gráfica 6 insinúa un comportamiento como el postulado por Kuznets. Habría
una especie de U invertida, aunque mucho más suave que la dibujada en la gráfica
4. Inicialmente, en los cuadrados j y k de la gráfica 6, la pendiente de la curva
sube y, posteriormente desciende, en los cuadrados n y o. Estas relaciones no
dejan duda de que la distribución del ingreso tiende a ser más igualitaria en los
países que han alcanzado un mayor nivel de desarrollo. Y esta constatación encaja
perfectamente con la de Kuznets.
Obsérvese que en la tabla l no hay ningún país. El cuadrante está desocu-
pado. Por tanto, cuando el ingreso per cápita es alto, la relación entre el ingreso
de los ricos y el de los pobres es inferior a 10 veces. La situación de la tabla l
es muy diferente a la observada en los países ubicados en los cuadrantes j y k,
que además de ser pobres, también son inequitativos.
Las gráficas 5 y 6 apoyan la constatación de Kuznets. No obstante, la U
invertida no debe interpretarse como el fin de la historia (Piketty, 1994). Kuznets
no contempla dos situaciones que hoy en día han llegado a ser muy importantes:
La no convergencia entre países y el aumento de la concentración del ingreso en
las naciones desarrolladas.

ymax es el ingreso del 20% más ricos, ymin es el ingreso del 20% más pobre; el ingreso total de
las personas i es ∑ yi. Esta medida de desigualdad tiene el inconveniente de que no proporciona
ninguna información sobre lo que pasa con la distribución del ingreso en los niveles intermedios.
Esta limitación no afecta las conclusiones de la primera parte del ensayo. Los textos de Cowell
(1977) y Sen (1973, 1992) discuten las características de las principales medidas de desigual-
dad.
15. La distribución logarítmica tiene la ventaja de que se aproxima más a la curva normal (Cowell,
1977:73 y ss.).

210
Gráfica 6. Ingreso per cápita y relación entre la participación
que tiene en el ingreso total el 20% más rico
y el 20% más pobre. Muestra de 150 países. Año 1992.
Escala logarítmica

���

� � �

��

� � �

��� ���� ����� ������

El significado de los ejes se explica en la gráfica 5. Mientras que los datos del eje vertical son los mismos
que los de la gráfica 5, los del eje horizontal corresponden a la escala logarítmica.
Fuente: Gráfica 5.

El tema de la convergencia está muy relacionado con la idea que tenía la


teoría neoclásica de que con el correr del tiempo las diferencias entre países se
irían reduciendo. Puesto que la tecnología es considerada como un bien público
accesible a todos, para alcanzar una senda de crecimiento autosostenido, bastaría
con garantizar tasas de ahorro adecuadas16. Esta concepción ha sido rechazada por
la moderna teoría del crecimiento endógeno17, que ha mostrado que la dinámica de
los países no es convergente. Las etapas del desarrollo no son iguales y los países
no siguen la misma senda de crecimiento. Prueba de ello es que algunos países no
han logrado superar la trampa de la pobreza (González y Hernández, 1996).
De otra parte, hay síntomas de que la distribución del ingreso en los países
desarrollados se ha vuelto más inequitativa (Piketty, 1994). Cada día parecen
intensificarse las fuerzas que halan a las naciones desarrolladas del cuadrante o
hacia el cuadrantel. En estos países la política social del Estado se ha ido reza-
gando frente a las necesidades. La conservación de las adquisiciones del antiguo

16. Sala-i-Martin (1994) explica, de manera muy pedagógica, el funcionamiento de los modelos de
crecimiento neoclásicos.
17. El autor más destacado es Romer (1986, 1987, 1989, 1990, 1994).

211
Estado del Bienestar se va haciendo cada vez más difícil. La financiación de la
seguridad social se ha convertido en el principal problema de las finanzas públicas
de los países desarrollados18. Es previsible que en el futuro la acción del Estado
tenga un menor impacto en la compensación de las desigualdades sociales. En
tales circunstancias, el reto consiste en generar procesos de desarrollo endógeno
que sean compatibles con una mejor distribución del ingreso.
Independientemente de lo que pueda suceder en el futuro, las gráficas 5 y 6
indican que actualmente la desigualdad tiende a ser menor en los países de altos
ingresos que en los de bajos ingresos. Frente a este hecho, cabe preguntarse por
la relación de causalidad que existe entre la distribución y el nivel de ingreso: ¿La
mejor distribución del ingreso es una condición o una consecuencia del mayor
nivel de ingreso de país? A pesar de que esta pregunta es neurálgica, la teoría del
desarrollo todavía no tiene respuesta. Para facilitar la explicación diferenciaré las
causalidades uno y dos.
La causalidad uno es: Mientras mayor sea el ingreso per cápita del país más
igualitaria es la distribución del ingreso.
La causalidad dos es: Mientras más igualitaria sea la distribución del ingreso,
más alto es el ingreso per cápita del país.
Las interacciones que subyacen a cada una de las causalidades son muy dife-
rentes. Como los ejercicios empíricos no son suficientes para validar o invalidar
cualquiera de estas dos causalidades19, la preferencia por una u otra explicación
obedece a principios valorativos y a intuiciones teóricas.
Así se planteó Kuznets el interrogante por la causalidad:
Puesto que el crecimiento económico requiere cierta inversión adicional (material
o en seres humanos), o algún cambio social o institucional, o ambas cosas, ¿están
plenamente justificados los ingresos bajos en las proporciones de distribución
—en el sentido de que su aumento contribuiría a un menor crecimiento (debida-
mente descontado su carácter futuro) que un empleo alternativo de los recursos
adicionales; o son injustificados— en el sentido de que su aumento contribuiría
a un mayor crecimiento económico (también en este caso descontado) que el
empleo alternativo de capital o de cambio institucional? (Kuznets, 1959:175).

18. La edición de Drovers y Kerans (1993) ofrece una visión global de las limitaciones que tiene la
concepción tradicional del Estado del Bienestar. En uno de los artículos de esta compilación, Offe
(1993) muestra que el Estado tiene límites intrínsecos —financieros y políticos— que le impiden
responder por todas las demandas que los ciudadanos consideran como derechos adquiridos.
Según cálculos de la Comisión de Racionalización del Gasto y de la Finanzas Públicas (1996:22),
en Colombia “(...) el valor presente de la deuda acumulada por el antiguo régimen [pensional]
de beneficios hasta el año 2025, es del orden del 63% del PIB de 1994”.
19. La comparación de las historias de los países tampoco permite sacar conclusiones definitivas
sobre la capacidad explicativa de una u otra causalidad.

212
Sin el ánimo de responder de manera definitiva a la pregunta, el autor analiza
la participación que tienen los diferentes grupos sociales en el ingreso, “con arreglo
a tres criterios: suficiencia, equidad y eficiencia” (Kuznets, 1959:172).
La suficiencia tiene que ver con las medidas compensatorias que la sociedad
debe tomar para “(...) satisfacer las necesidades de suficiencia mínima” de sus
miembros. Si la sociedad no asume este compromiso crea “(...) un elemento des-
integrante en el consenso social que difícilmente se puede permitir que prospere”
(Kuznets, 1959:173).
La equidad, tal y como la definía Kuznets a finales de los cincuenta, tiene
elementos que la asemejan a las funciones y capacidades de que habla Sen (1992).
En palabras de Kuznets,
Por equidad no queremos dar a entender solamente la ausencia de una discri-
minación sistemática en las tasas de ganancias sobre bienes y servicios econó-
micamente similares, sino también la supresión de desigualdades para que los
miembros de la sociedad tengan oportunidad de asumir funciones más productivas
y que rindan más ingresos, si poseen la capacidad necesaria para esos cargos
(Kuznets, 1959:173).

La eficiencia “(...) implica una relación con alguna meta deseable que hay que
tener presente para evaluar la proporción de la distribución” (Kuznets, 1959:173).
Esta concepción de la eficiencia tiene un contenido claramente normativo, que no
coincide necesariamente con la lógica maximizadora de la teoría utilitarista.
Las tres definiciones de Kuznets indican que su constatación empírica de la U
invertida estaba acompañada de una profunda reflexión sobre las complejas interac-
ciones que se presentan entre la equidad y el crecimiento. Si la no convergencia y
el aumento de la desigualdad en los países ricos llegan a poner en tela de juicio la
permanencia de la U invertida, ello no demerita los aportes analíticos de Kuznets.
El autor era consciente de las restricciones de sus hallazgos empíricos (Kuznets,
1959, 1971). Refiriéndose a lo que podría suceder en otros países que no conocía,
decía: “(...) mi información es muy limitada (...) (Kuznets, 1959:173).

Mayor ingreso per cápita entonces mejor distribución


En el seno de la teoría neoclásica la causalidad uno (mientras mayor sea el
ingreso per cápita del país, más igualitaria es la distribución del ingreso) tiene
más aceptación que la dos (mientras más igualitaria sea la distribución del ingre-
so, más alto es el ingreso per cápita del país). Esta preferencia se explica por las
siguientes razones:
– No amenaza el equilibrio
– Pospone el debate ético

213
– Resalta la neutralidad de los mecanismos de mercado
La causalidad uno no atenta contra el equilibrio neoclásico, porque permite
seguir tratando la distribución del ingreso como una variable exógena 20. La di-
mensión ética queda supeditada a la justicia en el intercambio. La responsabilidad
de la escogencia normativa en materia de distribución del ingreso se diluye en la
impersonalidad del mercado: Los más eficientes en el mercado ganan más y por
ello tienen más.
El segundo teorema de la Teoría del bienestar dice que:
(...) si todos los agentes tienen preferencias convexas, siempre habrá un con-
junto de precios tal, que cada asignación Pareto eficiente será un equilibrio de
mercado, para una asignación apropiada de dotaciones (Varian, 1992:495, el
subrayado es mío).

Este Teorema admite que los mecanismos de mercado son neutros desde el
punto de vista de la distribución y, además, supone que las dotaciones iniciales
están dadas.
La forma como se analicen las dotaciones iniciales tiene implicaciones direc-
tas en el campo de la política fiscal y en el desarrollo del régimen tributario. La
teoría neoclásica considera que la intervención del Estado es ineficiente porque
altera la escogencia individual. Sería eficiente si no perturbara la escogencia de
los agentes. Este principio de eficiencia se cumple aún en el caso de que régimen
impositivo modifique las dotaciones iniciales21.
La dinámica del mercado no se altera mientras que las dotaciones iniciales
sean tratadas como variables exógenas. Este razonamiento se adecua bastante bien

20. Al referirme al equilibrio neoclásico no niego las diferencias profundas que existen al interior
de la escuela neoclásica. Arrow, por ejemplo, siempre ha afirmado claramente que los principios
valorativos y éticos son constitutivos de la teoría. Arrow (1951, 1972) propone que los estados
del mundo sean los argumentos de la función de utilidad y, de esta manera, los juicios de valor
quedan enraizados en la teoría neoclásica. La mayoría de los autores neoclásicos han despreciado
este postulado central de Arrow.
21. “De hecho el Estado no necesita transferir las dotaciones físicas. Basta con transferir el poder
de compra de las dotaciones. El Estado podría fijar un impuesto al consumidor sobre la base
del valor de sus dotaciones y, posteriormente, transferir este dinero a otra persona. En la medida
en que los impuestos estén basados en las dotaciones de los bienes del consumidor, no habrá
pérdida de eficiencia. La ineficiencia resulta cuando los impuestos dependen de la escogencia del
consumidor, porque en este caso los impuestos afectan la escogencia marginal del consumidor.
Es cierto que un impuesto sobre las dotaciones generalmente cambiará el comportamiento de
las personas. Pero, de acuerdo con el Primer Teorema del Bienestar, las transacciones realizadas
a partir de una dotación inicial serán asignaciones Pareto eficientes. Así que no importa de qué
manera estén distribuidas las dotaciones, porque la asignación de equilibrio que finalmente
resulta de las fuerzas del mercado será Pareto eficiente” (Varian, 1992:497).

214
a la cosmovisión walrasiana: El individuo llega al mercado con unas dotaciones
iniciales que no sufren transformaciones entre los momentos de apertura y cierre
del mercado. El sistema impositivo es eficiente si los cambios en las dotaciones
iniciales no perturban la autonomía de los agentes. En otras palabras, si los aspectos
ético-distributivos no interfieren la lógica del mercado.
Volviendo a las gráficas 5 y 6, la conclusión práctica que se sigue de la
causalidad uno es muy sencilla: La eficiencia del mercado mejora el ingreso per
cápita y, por esta vía, favorece la equidad.

Mejor distribución entonces mayor ingreso per cápita


La segunda causalidad tiene menos cabida en el corazón de la teoría neoclá-
sica, porque:
– Amenaza el método de equilibrio.
– Antepone el debate ético.
– Lleva a dudar de la neutralidad de los mecanismos de mercado.
En la causalidad dos, la definición normativa sobre el grado de desigualdad
socialmente deseado aparece como una precondición. El ritmo de crecimiento y
la eficiencia del mercado están supeditados a los propósitos redistributivos. La
distribución del ingreso pasa a ser un elemento constitutivo del modelo22.
Desde la perspectiva de la causalidad dos la argumentación cambia: El ingreso
relativo de los pobres tiene que mejorar porque si ello no es así, la demanda agre-
gada, la producción, el empleo y la inversión caen. La causalidad dos explicita las
interacciones entre los mecanismos de mercado y la distribución del ingreso. Ya
no puede desconocerse el efecto redistributivo de las políticas fiscal, monetaria,
cambiaria, etc. La hipótesis de neutralidad del mercado deja de ser válida.
En el marco de análisis propuesto por la causalidad dos es muy pertinente
la pregunta de Sen (1992): “¿Igualdad de qué?”. Por su misma naturaleza, la
respuesta a este interrogante involucra aspectos éticos y normativos. Todas las
sociedades han combinado unos principios de igualdad con el reconocimiento de
heterogeneidades fundamentales, como la de género, o la inherente a la división
del trabajo. La aceptación de la diferencia puede llevar a poner en tela de juicio
la validez de la universalidad del concepto de ciudadanía (Pascall, 1993; Jenson,
1993). Habría que postular, entonces, formas de ciudadanía que respetando las
diferencias fundamentales, no lesionen los derechos de los implicados.

22. Jaramillo (1995) defiende la hipótesis de que existe una relación positiva entre crecimiento y
equidad: “(...) la igualdad tiene un efecto positivo sobre el ingreso nacional medido en unidades
salario, pero también sobre el crecimiento de largo plazo” (Jaramillo, 1995:115).

215
La teoría utilitarista, a través del individualismo metodológico y del agente
representativo, afirma el derecho a la igualdad de oportunidades y a la libre elec-
ción. El corolario de esta igualdad es la libertad para entrar y salir del mercado.
El utilitarismo considera, además, que la conducta maximizadora es el principio
rector de las decisiones de consumidores y productores23. Estos supuestos fundantes,
y el óptimo derivado de ellos, son compatibles con distribuciones inequitativas
del ingreso y de la riqueza24. Los teoremas básicos de la microeconomía se han
construido haciendo caso omiso de los aspectos distributivos.
Las reflexiones alrededor de la curva de Kuznets obligan a explicitar el papel
que le corresponde jugar a una igualdad en particular —la igualdad de ingresos— en
el proceso de crecimiento. A primera vista, la opción por esta igualdad particular
no parece problemática. Podría pensarse que se trata de una escogencia metodo-
lógica que, utilizada ad hoc, ayuda a comprender la dinámica del crecimiento.
Pero estas apariencias son engañosas. Al escoger la igualdad de ingresos, como
la igualdad relevante, la teoría sufre profundas modificaciones. Primero, porque
la distribución de ingresos no puede plantearse como una elección metodológica
ad hoc. Segundo, porque al incorporar la distribución del ingreso, la teoría con-
vencional se ve obligada a abandonar la seguridad que le ofrecen los principios
inherentes al equilibrio.
Los modelos recientes de generaciones traslapadas expresan muy bien las
dificultades que enfrenta la teoría neoclásica con el manejo de la distribución
del ingreso. Aunque la teoría quisiera tratar la distribución del ingreso como un
asunto ad hoc, se encuentra con el problema de que los modelos de generaciones
traslapadas pierden capacidad explicativa si se dejan de lado las transferencias
de ingresos entre generaciones. Independientemente del grado de altruismo de
los agentes, en estos modelos el stock de capital es una herencia que condiciona
las dotaciones iniciales de la generación siguiente. A pesar de que la distribución
del ingreso es una consecuencia directa del legado intergeneracional, la teoría
neoclásica insiste en desconocerla.
Los modelos de generaciones traslapadas recomienzan el examen de cada
período suponiendo que las dotaciones iniciales están dadas. Este supuesto que es

23. “(...) la igualdad que el utilitarismo busca toma la forma de igual tratamiento de los seres humanos
en el espacio de las ganancias y pérdidas de utilidad. En el contexto de la función objetivo del
utilitarismo se insiste en que haya una ponderación igualitaria de las ganancias individuales de
utilidad” (Sen, 1992:13).
24. Este diagnóstico es ampliamente reconocido. La teoría económica ha aceptado, “(...) en forma
más explícita quizá por Bergson (1938), que la eficiencia de Pareto no implica una justicia dis-
tributiva. La asignación de los recursos podría ser eficiente en el sentido de Pareto y producir
sin embargo enorme riqueza para algunos y enorme pobreza para otros” (Arrow, 1972:158).

216
compatible con la lógica atemporal del mercado walrasiano, no tiene mucho sentido
en procesos intergeneracionales que, por su misma naturaleza, son temporales.
En cada uno de los momentos T0, T1, Λ, Tn, los modelos de generaciones
traslapadas reconstituyen un mercado atemporal de corte walrasiano, que se abre
y se cierra durante el período y en el que las dotaciones de los agentes son irrele-
vantes. Las dotaciones siempre se consideran como si fueran dotaciones iniciales.
Este recurso metodológico tiene el gravísimo inconveniente de que al romper los
encadenamientos temporales elimina la condición de posibilidad de la dinámica
intergeneracional. La desigualdad del ingreso tiene que ser tratada como una
variable exógena, porque de lo contrario el análisis no sería compatible con el
equilibrio.
La distribución del ingreso no es endógena porque ello implicaría aceptar
cambios en la tasa de preferencia intertemporal individual y en la tasa de des-
cuento social. Y si estos parámetros son inestables, el proceso de convergencia se
dificulta. Los modelos de generaciones traslapadas no tienen en cuenta que la tasa
de preferencia intertemporal está condicionada por la elasticidad de la demanda
con respecto al ingreso. Olvida que las prioridades de consumo de las personas
dependen de su ingreso. Este principio elemental, descrito por Engel, explica por
qué los ricos tienen un patrón de consumo distinto al de los pobres25. En lugar
de reconocer esta diferencia fundamental, la teoría neoclásica homogeneiza el
comportamiento del agente representativo. La incorporación de la distribución del
ingreso debilita la estructura de equilibrio de los modelos convencionales.
Por fuera del marco neoclásico, autores keynesianos como Kaldor (1957)26,
Kalecki (1971) y Robinson (1960) explicitaron la importancia de la desigualdad.
Para estos pensadores el crecimiento es incomprensible por fuera de la distribu-
ción del ingreso.

Bajo nivel de ingreso per cápita


y heterogeneidad de la aversión a la inequidad
Las causalidades uno y dos tratan de explicar un fenómeno que se ve con
claridad: En los países ricos la desigualdad es menor (gráficas 5 y 6). Al observar

25. Las curvas de Engel miden la relación entre el consumo de una mercancía particular y el ingreso.
Los patrones de consumo cambian con el nivel de ingreso.
26. Kaldor (1957) habló del principio de compensación y se preocupó por estudiar bajo qué circuns-
tancias el crecimiento no afecta la “constancia de la distribución”, de manera que el bienestar del
individuo no se deteriore y éste pueda permanecer en la misma curva de indiferencia. Además
del “principio de compensación” de Kaldor, el estudio de Dobb (1969:86 y ss) también considera
el de Pigou (1912, 1920) y Scitovsky (1952).

217
lo que pasa en los países cuyo ingreso per cápita es inferior a los 3.500 dólares
al año27, el panorama se complica, porque el mayor nivel de ingreso per cápita ya
no está acompañado de una menor desigualdad (gráfica 7).

Gráfica 7. Ingreso per cápita y relación entre la participación


que tiene en el ingreso total el 20% más rico y el 20% más pobre.
Grupo de países con ingreso per cápita inferior a 3.500 dólares de 1992


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El significado de los ejes se explica en la gráfica 5.


Fuente: Cálculos del autor a partir del Banco Mundial (1994).

De la comparación de la gráfica 7 con las gráficas 5 y 6 se concluye que la


relación positiva entre mayor nivel de ingreso y mayor igualdad únicamente se
presenta después de que se ha superado una cierta frontera. Por debajo de los 3.500
dólares el diferencial de ingresos, representado en el eje vertical, va desde 4 hasta
más de 30. En este grupo de países desaparece cualquier indicio de la presencia
de una curva de Kuznets. La gráfica 7 llama la atención sobre varios puntos:
– Ante todo, pone en tela de juicio la unidireccionalidad de las causalidades
uno y dos. No hay una secuencia única. Quizás la causalidad sea circular. Y si
ello es así, la causalidad uno tendría que ser planteada desde una perspectiva
diferente a la del equilibrio. Los defensores de la causalidad uno tendrían

27. Colombia pertenece a este grupo de países. Según el Banco Mundial (1994), en 1992 el ingreso
per cápita de Colombia era de 1.330 dólares al año.

218
que aceptar que, por lo menos en un segundo momento, la distribución del
ingreso repercute en el crecimiento.
– El ordenamiento político e institucional debe estar jugando un papel muy
relevante en la explicación de la distribución del ingreso. La sociedad va
definiendo poco a poco su grado de aversión a la inequidad. En los países
en los que la distribución del ingreso es más igualitaria, es posible que la
sociedad tenga una mayor aversión a la inequidad que en aquellos países
donde la distribución es más desigual. También hay espacio para otro tipo
de explicaciones. Puede ser que la sociedad no tenga aversión a la inequidad
y que la mejor distribución se deba a la decisión unilateral de un gobierno
dictatorial que resuelve repartir la riqueza.
– La diversidad de situaciones que se presentan en la gráfica 7 indica que no es
fácil superar los obstáculos que dificultan la convergencia hacia la zona † de
la gráfica 6. La teoría del crecimiento endógeno considera que la trampa se
supera si los países diseñan los mecanismos necesarios para apropiarse de la
nueva tecnología. El fortalecimiento del capital humano debería ser una de las
prioridades, porque la calificación de la mano de obra facilita la asimilación
de la nueva tecnología y, además favorece la equidad en la medida en que
amplia la gama de oportunidades de participación28.

Invención inducida, cambio técnico


y distribución del ingreso
Relaciones micro
La distribución del ingreso está muy ligada a la estructura productiva y al
costo diferencial de los factores. Berry (1995) sospecha que en América Latina la
apertura y la política cambiaria han tenido impactos significativos en la estructura
productiva y en la distribución del ingreso29. El autor muestra que en los últimos

28. Los esfuerzos que se están haciendo por introducir el capital humano en los modelos de desa-
rrollo todavía son insuficientes. Tiene razón Cuevas cuando dice: “(...) desde Petty hasta las más
recientes contribuciones de Walsh, Mincer, Schultz y Becker, el capital humano ha sido objeto
de un reconocimiento privilegiado en la historia del pensamiento económico. Sin embargo,
por paradójico que ello parezca, este privilegio ha resultado inútil para garantizarle un status
equivalente, o un derecho de admisión siquiera, en los modelos de equilibrio general, es decir,
en la teoría sistemática de la distribución y los precios” (Cuevas, 1996:10).
29. Al explicar la relación de la distribución funcional del ingreso con la curva de Kuznets, Londoño
(1995) destaca la importancia del costo factorial. El tema también es mencionado por Reyes
(1996) y Reyes, Farné, Perdomo y Rodríguez (1996). La presentación de Piketty (1994) hace una
comparación de los enfoques globales desde los que se ha abordado el tema de la distribución.

219
años, el manejo de la tasa de cambio ha repercutido en la competitividad y en la
estructura productiva de los países de América Latina y ello ha afectado de manera
negativa la distribución del ingreso.
Los economistas clásicos siempre se preocuparon por la forma como inter-
actúan el cambio tecnológico y los costos factoriales. De acuerdo con la teoría
convencional, las productividades marginales de los factores están relacionadas con
sus respectivos precios. En el caso de la función de producción, los precios son la
tasa de interés y el salario. La tasa de interés refleja el costo de oportunidad del
capital. Y el salario, que se supone igual a la productividad marginal del trabajo,
expresa el costo de la mano de obra. Si el salario es el principal ingreso de los
trabajadores y si la tasa de interés es fundamental para determinar la ganancia de
los productores, la forma como se remuneren los factores (trabajo y capital) tiene
un impacto directo en la distribución. La prelación de la causalidad uno también
se manifiesta en la forma como se conciben estas relaciones microeconómicas.
La perspectiva neoclásica supone que el salario y la tasa de interés reaccionan,
ex-post, a los cambios en las productividades físicas del trabajo y del capital.
Marcando su diferencia con la concepción neoclásica, Kalecki destaca lo que
he llamado la causalidad dos. En numerosas circunstancias las empresas (sobre
todo, los monopolios) y los trabajadores (especialmente cuando están sindica-
lizados) pueden fijar, respectivamente, el margen de ganancia y el salario. Este
procedimiento se diferencia del neoclásico porque las participaciones distributivas
ya no se definen ex post sino ex-ante. En la visión de Kalecki los salarios y las
ganancias no son el resultado pasivo de la dinámica del mercado, sino que resul-
tan de los acuerdos institucionales y contractuales. Esta causalidad dos es muy
molesta para la teoría neoclásica porque genera imperfecciones de mercado que
conducen a situaciones de desequilibrio.
La teoría neoaustríaca ayuda a trazar un puente entre las versiones clásicas
y las aproximaciones recientes, cercanas a la teoría del crecimiento endógeno. El
punto de partida neoaustríaco es que el estudio micro de la producción tiene que
tener en cuenta, simultáneamente, dos aspectos: el tiempo y la distribución.
La gráfica 8 incluye tres curvas de eficiencia. La primera (E0) representa
la técnica vieja. Las otras dos (E1 y E2) corresponden a dos nuevas técnicas. La
curva E0 es paralela a E1 porque ambas técnicas guardan la misma relación entre
las variables que conforman los ejes.
El eje horizontal incluye dos variables: El salario (w) y la productividad media,
o el producto por trabajador (Y/L). El eje vertical representa los movimientos de
la tasa de crecimiento (g). x indica la escala de producción. La escala de produc-
ción está determinada por la tecnología y el momento en el que comenzaron los
anteriores procesos de producción230.

220
Gráfica 8. Método neoaustríaco.
Comparación de tres “curvas de eficiencia”

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La curva de eficiencia E0 representa la técnica vieja. E1 y E2 son dos técnicas nuevas. w y wH corresponden a la
tasa de salarios en dos situaciones diferentes, g es la tasa de crecimiento, Y es el producto, L es la mano de obra
empleada. Las nuevas técnicas mejoran la tasa de crecimiento. La curva E1 es paralela a la vieja técnica E0. x es un
factor para indicar la escala de producción.
Los rasgos principales de la gráfica los he tomado de Hicks (1985:139 y ss).

Para entender las características de la gráfica 8 comenzaré con la vieja téc-


nica (E0). Inicialmente, con la escala de producción x0, la tasa de crecimiento del
producto es g0. La producción obtenida en x0 es insuficiente para responder a la
demanda. Si con la misma técnica se aumenta la escala de producción hasta x1, la
cantidad producida aumenta, pero el ritmo de crecimiento disminuye. Al aumentar
la escala de producción, el empresario tiene que contratar más trabajadores y ello
implica un mayor salario.
Si las presiones por el lado de la demanda continúan, se hace indispensable
cambiar de técnica. Con cualquiera de las dos nuevas técnicas (E1 ó E2), la escala

30. G es igual a (1 + g); l representa los insumos de mano de obra. LT incluye los l0 xT proce-
sos comenzados en el período en curso (T) y los procesos comenzados en períodos anteriores
(l1 xT − 1 + … + ln xT − n).
1. LT = l0 xT + l1 xT − 1 + Λ ln xT − n
= xT (l0 + l1 G − 1 + l2 G− 2 + Λ ln G− n)
La misma técnica podrá desarrollarse a una escala mayor mientras más alto sea el valor de x.
El producto Y en el momento T es igual a
2. YT = xT (y0 + y1 G− 1 + y2 G− 2 + Λ yn G− n)
“y” son los bienes terminados en cada proceso. La relación entre 2 y 1 muestra que la produc-
tividad del momento T, correspondiente a la técnica (YT/LT), es constante.

221
de producción x2 es compatible con el último salario de la vieja técnica. Con la
nueva técnica la tasa de crecimiento es g2. Aumentos de la demanda obligan a
cambiar la escala de la producción hacia x3. En este punto el producto total y la
tasa de crecimiento vuelven a g0. En x3 el salario sube a wH.
La tensión entre la productividad y el salario crea condiciones propicias para
que haya una nueva invención y un mejoramiento de la productividad. En el mo-
mento en que se introduce la nueva técnica es posible mantener el antiguo salario,
pero si la demanda continúa aumentando, es necesario modificar la escala de pro-
ducción y ello obliga a subir el salario. El costo de la mano de obra es un incentivo
para cambiar de técnica. La política redistributiva, inherente a la definición de
w, incide en el desarrollo tecnológico. La gráfica 8 explicita la relación entre la
estructura productiva y el costo diferencial de los factores productivos.
La duración temporal del proceso está influenciada por la situación inicial de
la economía. Si existe un excedente de mano de obra (Lewis, 1954), la presión
sobre los salarios tomará más tiempo que si el proceso comienza en un estadio
próximo al pleno empleo.
Las gráficas 7 y 8 están relacionadas. Podría decirse que en el grupo de
países incluidos en la gráfica 7 la invención inducida ha sido muy pobre y el
estancamiento salarial ha estado acompañado de un ritmo de crecimiento de la
productividad muy débil. La depresión salarial no ha sido un aliciente para el
mejoramiento tecnológico.
La teoría del crecimiento endógeno ha tratado de mostrar que la potencialidad
del cambio técnico está directamente relacionada con el desarrollo del capital
humano. La reflexión sobre las causalidades uno y dos también es pertinente a
este nivel micro, que no es captado por las gráficas 5, 6 y 7.

Relaciones macro
La remuneración a los factores aparece en la contabilidad nacional de una
manera muy agregada, que no permite sacar conclusiones definitivas sobre la
distribución del ingreso. La distribución del ingreso entre el capital y el trabajo
involucra procesos, reales y contables de diversa índole que no pueden discernirse
con claridad.
En las Cuentas Nacionales el “excedente bruto de explotación” representa
los ingresos del capital y la “remuneración a los asalariados” los ingresos de los
trabajadores. Esta clasificación de las Cuentas Nacionales es muy agregada y se
presta a todo tipo de interpretaciones31. El estudio de Harberger (1969) ya mos-

31. En las Cuentas Nacionales el ingreso de un carpintero que trabaja en su taller con uno o dos
ayudantes, se contabiliza como excedente bruto de explotación. La discriminación de los im-
puestos y de los subsidios tampoco es clara.

222
traba la imposibilidad de inferir conclusiones sobre la distribución funcional del
ingreso a partir de las Cuentas Nacionales.

Gráfica 9. Colombia. Relación entre el excedente bruto


de explotación y la remuneración a los asalariados
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El eje vertical representa la relación EBE/REA, siendo EBE el excedente bruto de explotación y REA el valor de la
remuneración a los asalariados.
Fuente: Cálculos del autor a partir del Dane.

La curva de la gráfica 9 presenta la evolución que ha tenido la relación entre


el excedente bruto de explotación y la remuneración a los asalariados. Las rectas
horizontales indican los valores máximo y mínimo. Las líneas verticales ayudan
a identificar los años correspondientes. Entre 1973 y 1974 la relación alcanzó su
punto máximo (1.5 veces). Entre 1983 y 1984 llegó al nivel mínimo (cercano a
1.1 veces). En 1994 también alcanzó un nivel muy bajo (1.2)32.
La interpretación de estas tendencias requiere un análisis más cuidadoso, pero
sí es significativo que en los momentos en que la relación alcanza su nivel mínimo
(83-84 y 94), se haya presentado una agudización de los déficit externo y fiscal.
Este hecho muestra la estrecha relación que existe entre el ciclo económico y la
distribución factorial del ingreso.

32. Las tendencias de la gráfica 9 no coinciden con las estimadas por Londoño: “En medio de algunas
fluctuaciones cíclicas, la participación del trabajo ha descrito en el largo plazo una clara curva
en forma de U: tras representar más del 60% del ingreso nacional a fines de los años treinta,
descendió hasta el 50% al final de los cincuenta y ascendió en los 35 años siguientes hasta
alcanzar el 70% del ingreso nacional a mediados de los años noventa” (Londoño, 1997:22).

223
Precios y distribución del ingreso
La acción del Estado incide en la distribución del ingreso de muchas maneras.
Las políticas monetaria y cambiaria tienen claros impactos distributivos. Puesto
que sólo se le presta a los ricos, “(...) la principal consecuencia del racionamiento
del crédito es que la distribución del capital productivo en la economía estará
parcialmente determinada por la distribución de la riqueza inicial (...)” (Piketty,
1994:775). Este tipo de situaciones acentúa la trampa de la pobreza. Los propieta-
rios que pueden ofrecerles a los intermediarios financieros garantías reales tienen
más capacidad de endeudamiento que los asalariados.
El impacto que tiene la política monetaria en la distribución del ingreso se
ha estudiado menos que el efecto equidad de la política fiscal33. En la teoría con-
vencional los precios cumplen el doble papel de asignar y distribuir. Los precios
tienen que ver con la asignación de recursos porque informan sobre la escasez
relativa. También están relacionados con la distribución porque determinan la
cantidad que cada agente puede comprar. Uno de los problemas de la inflación
radica en que mientras favorece a unos, perjudica a otros.
Desde 1991, cuando se realizó la apertura cambiaria, la política monetaria se
ha visto obligada a responder a las perturbaciones causadas por las fluctuaciones
del mercado internacional de capitales. En este contexto, los propósitos fiscales
han terminado supeditado a las prioridades que el gobierno le ha otorgado a la
política monetaria. El hecho más significativo ha sido el aumento considerable
de los títulos del Banco de la República y de la Tesorería. Estas emisiones se han
realizado con el fin de evitar el impacto inflacionario ocasionado por la mone-
tización de las divisas. El gobierno ha ofrecido altas tasas de interés a quienes
adquieren dichos papeles. Los recursos del Estado que han recibido estos ahorra-
dores tiene un claro impacto redistributivo. Con la información disponible no se
puede saber cuáles han sido las consecuencias que ha tenido la política monetaria
en la distribución del ingreso.
Las medidas restrictivas se expresan en el comportamiento de la base monetaria.
Las operaciones de esterilización llevadas a cabo por el Banco de la República se
reflejan en una disminución del ritmo de crecimiento de la base monetaria y, por
consiguiente, en una caída del señoraje (impuesto de inflación). El señoraje es la
expresión del monopolio de la emisión de moneda. Si el gobierno emite con el
fin de financiar el déficit público, la inflación resultante disminuye la capacidad
de compra. Esta pérdida del poder adquisitivo equivale a un impuesto y por ello
se habla del “impuesto de inflación”.

33. Los trabajos más recientes son el de Vélez (1996) y el de la Contraloría General de la República
(1995, 1995b).

224
Obsérvese que la política monetaria tiene un doble efecto sobre la distribución
del ingreso. De una parte, la emisión de títulos —por parte del gobierno y de la
autoridad monetaria— favorece a los ahorradores34. De otra parte, la inflación
perjudica a las personas que no poseen activos fijos, ni activos financieros con
rentabilidad real positiva.

Gráfica 10. Colombia.


Señoraje (como porcentaje del PIB) e inflación


��

��������

��

� ��

���������
� ��
�� �� �� �� �� ��

El eje vertical derecho representa la inflación. La curva correspondiente es la delgada con triángulos. El eje vertical
izquierdo corresponde al señoraje, como porcentaje del PIB. La curva correspondiente es la más gruesa.
El señoraje se define como el cambio en la base monetaria sobre el PIB:

Ñ es el señoraje, B es la base monetaria, en los momentos T0 y T1, PIB es el PIB en T1


Fuente: Cálculos del autor a partir del Banco de la República.

La gráfica 10 compara el señoraje y la inflación. Después de la apertura


disminuyeron el señoraje y el ritmo de crecimiento de los precios. No hay duda

34. Los estudios sobre la concentración en el mercado bursátil son escasos. En la bolsa se transan
papeles de renta fija y acciones. Una investigación realizada recientemente por la Supervalores
—reseñada en la República del 26 de sept. de 1997. p. 2C, indica que el coeficiente de Gini del
mercado accionario pasó de 0.9926 a 0.9916 entre diciembre de 1994 y diciembre de 1995. La
concentración es enorme.

225
de que el control de la inflación es conveniente porque evita que la capacidad de
compra se erosione rápidamente. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que los
precios no cambian al mismo ritmo y que la estructura de consumo de las familias
depende del nivel de ingreso (curvas de Engel). La composición de la demanda
de las familias de altos ingresos es muy diferente a la de las familias de bajos
ingresos. Los alimentos, por ejemplo, tienen un mayor peso en el consumo de las
familias pobres que en el de las ricas.

Gráfica 11. Efecto de la inflación −según nivel de ingresos−


sobre el valor de los alimentos

���
����

�����
���

�� ��������

�� ����

��
�� �� �� ��

El eje vertical corresponde al índice de precios de los alimentos. Cada línea corresponde a un nivel de ingreso:
bajo, medio, medio-alto y alto.
Fuente: Cálculos del autor a partir del Dane.

La gráfica 11 es muy ilustrativa. Tanto por la estructura de la canasta de


consumo, como por la propia dinámica inflacionaria, el aumento de los precios
de los alimentos ha golpeado más a las familias de bajos ingresos. El impacto de
la inflación es diferente porque la composición de la canasta varía con el nivel
de ingreso.
La inflación afecta la distribución del ingreso no sólo porque cada agente
económico la percibe de manera diferente, sino porque los índices de precios son
imperfectos. El esquema propuesto por Arrow (1958:88 y ss) ayuda a reflexionar
sobre la relación entre las curvas de Engel y la distribución del ingreso.

226
Sea G0 y G1 el gasto correspondiente a los años T0 y T1. A su vez, q0 y q1
representan las canastas de bienes consumidas en cada año. Por tanto, q0 (G0) es
la cantidad de bienes q0 comprada en T0.
El consumo global de la canasta de bienes q1 comprada en T1 a los precios
de T0 es
1. ∑ p0 q1 (G1)
Esta sumatoria puede expresarse como G10 (G1).
El consumo global de la canasta de bienes q0 comprada en T0 a los precios
de T1 sería
2. ∑ p1 q0 (G0)
que equivale a G01 (G0).

Gráfica 12. Relación entre las curvas de


Engel y los precios, momentos T0 y T1

�� � �


��
El eje horizontal representa el gasto en el año cero.
El eje vertical corresponde al gasto en el año uno.
La curva C es igual a G01 (G0).
La curva D es igual a G10 (G1).
La línea punteada del medio es la curva de gasto equivalente.
El punto H sobre el eje vertical es igual a G*10 (G0).

La curva C (gráfica 12) representa la sumatoria 2 y la curva D la sumatoria


1. Para encontrar el verdadero costo de vida es necesario hallar, para cada valor
de G0, un valor mínimo de G1 que produzca el mismo nivel de satisfacción. La
línea punteada (Z), o curva de gasto equivalente, relaciona los puntos de G0 con
el valor correspondiente de G1. La línea no es recta, porque el índice del costo de

227
vida varía con el nivel de ingreso35. El valor de la curva de gasto equivalente (Z)
en cada punto es36:

3.

a*10 es la pendiente de la curva D en el punto A. a01 es la pendiente de la


curva C en el punto B.
La gráfica 12 enseña: Primero, que la comparación intertemporal de la capa-
cidad de compra (curva Z) es fundamental para saber de qué manera los cambios
en los precios y en el ingreso están determinando la capacidad de compra de los
distintos grupos sociales. Segundo, que el comportamiento de la demanda y la
estructura de consumo es muy sensible a los cambios en el ingreso. Tercero, la
curva Z pasa por la mitad de las curvas D y C en cada punto, únicamente si el
sistema de precios relativos y la estructura de consumo no se modifican.
A la luz de las curvas de Engel estos dos comentarios parecen verdades de
Perogrullo. Sin embargo, y a pesar de que sean constataciones elementales, “(...) la
literatura sobre el crecimiento endógeno no ha estudiado la problemática relativa
al efecto sobre la demanda de las propensiones a consumir de los ricos y de los
pobres” (Jaramillo, 1995:117). Los modelos de generaciones traslapadas hacen
caso omiso de las curvas de Engel y suponen que el patrón de consumo de los
ricos es igual al de los pobres37.
El pensamiento keynesiano y kaleckiano ha mostrado que la distribución
desigual del ingreso genera problemas por el lado de la demanda. Cuando la des-
igualdad es muy marcada, se agudiza el desbalance entre el consumo de bienes
de lujo y de bienes básicos y ello repercute de manera negativa en la industria.
Cuando la desigualdad es muy aguda resulta perjudicada toda la sociedad. A la
inversa, cuando la distribución del ingreso es más equitativa, todos se benefician,
tal y como se aprecia en el modelo de Jaramillo (1995)38.

35. Las líneas de la gráfica 12 puede convertirse en una curva de gasto equivalente si se modifican
los ejes y se toman únicamente dos niveles de ingreso y dos años.
36. Esta fórmula desarrollada por Wald (1939), es citada por Arrow (1958:90).
37. “(...) ningún modelo macroeconómico formalizado matemáticamente ha podido explicar el
efecto de la composición de la demanda sobre el crecimiento de largo plazo... En los modelos
de investigación y desarrollo de aprendizaje (learning by doing), la distribución del ingreso no
tiene ningún efecto ni sobre la demanda agregada ni sobre la composición de la demanda. De
hecho, estos modelos suponen una elasticidad de la demanda de cada bien igual a uno con el
fin de obtener un sendero de crecimiento de steady state” (Jaramillo, 1995:117).
38. Jaramillo propone la igualdad,

228
A propósito del Gini
En Colombia sabemos muy poco sobre la evolución de concentración del
ingreso y de la riqueza. Nuestra sociedad tiene muy poca aversión a la inequidad
y quizás por ello es tan notaria la ausencia de estadísticas que permitan conocer
los niveles de desigualdad. El coeficiente de Gini es la medida más utilizada39. La
mayor parte de las estimaciones del Gini se han realizado a partir de la Encuesta
de Hogares. La información de las Encuestas de Hogares se refiere, fundamental-
mente, a los ingresos del trabajo y por esta razón la medida resultante es un Gini
del ingreso y no de la riqueza.
Además de la subdeclaración de ingresos (Reyes, Farné, Perdomo y Rodríguez,
1996), la Encuesta de Hogares tiene problemas de censuramiento (Sarmiento, 1995;
Rivas y Sánchez, 1995; Reyes, Farné, Perdomo, Rodríguez 1996)40. La subdeclara-
ción normalmente se corrige con modelos de capital humano. Después de ajustar
subdeclaración, el Gini disminuye (Reyes, Farné, Perdomo y Rodríguez, 1996).

Gráfica 13. Distribución lognormal

Y es el ingreso

g es el crecimiento del producto, N* representa a los agentes más ricos, γ* es el porcentaje de


acciones poseídas por el agente más rico, T es el porcentaje de la ganancia que corresponde a
los pobres. Hay una relación positiva entre T y g (Jaramillo 1995:127-128). El crecimiento es
más dinámico si la parte de la ganancia correspondiente a los pobres aumenta.
39. Véase: DNP-UDS-Diogs (1994); Fresneda (1993); Lasso, Moreno (1993); Reyes (1996); Reyes,
Farné, Perdomo y Rodríguez (1996); Rivas y Sánchez, (1995). Para el sector rural, véase Aguilar
y Perfetti (1987).
40. En las Encuestas de Hogares comprendidas entre septiembre de 1973 (EH-1) y junio de 1993
(EH-80), se truncó la información de ingresos. En la casilla superior se agrupan todas las perso-
nas que ganan más de 999.998 pesos. En los ingresos en especie la casilla última es de 99.998
o más. Este error técnico reduce el Gini y presenta la distribución del ingreso más igualitaria
de lo que realmente es. “El censuramiento de ingresos en las encuestas de hogares del DANE
produce una subestimación creciente en la medición de la desigualdad, porque el porcentaje de
personas u hogares afectados crece con el tiempo, lo cual obliga a hacer algún supuesto sobre la
distribución de ingresos no observada de la cola superior de ingresos” (Reyes, Farné, Perdomo
y Rodríguez, 1996:9).

229
Para corregir el censuramiento se utiliza la distribución de Pareto, que se ajusta
mejor a la cola superior que la función lognormal (gráfica 13)41. El censuramiento
de la Encuesta de Hogares se manifiesta en el hecho de que no conocemos lo que
sucede con el ingreso de las personas ubicadas en la zonak. El Gini que resulta de
la Encuesta de Hogares, sin corrección por censuramiento, únicamente proporciona
información sobre la distribución del ingreso en la zonaj. El coeficiente de Gini
aumenta una vez que se ha corregido el censuramiento42.

Gráfica 14. Evolución del coeficiente de Gini (descensurado)


y de la brecha de ingresos

������

����

�� �� �� ��

La brecha resulta de dividir la suma de las columnas 8 y 9 de la tabla 1 Sobre la suma de las columnas 1 y 2.
Fuente: Tabla 1 y DNP (1996:77).

41. Reyes, Farné, Perdomo, Rodríguez (1996:11) descensuran utilizando la distribución de Pareto.
Los autores suponen que “(...) la función generatriz de los ingresos reales es única a nivel nacional
e invariante en el tiempo controlando por tipo de ingreso (salarios e ingresos por cuenta propia
o ganancias) (...) los parámetros de la función de Pareto para los años 1990-1993 se pueden
estimar con los ingresos reales observados en 1994 o 1995 entre uno y diez millones, y con
base en esa distribución se puede calcular el ingreso medio de los censurados en años anteriores
a precios de cada año. Para calcular el ingreso medio de los casos censurados en 1994 y 1995
con el nuevo punto de corte en diez millones es necesario extrapolar la función de Pareto con
base en la distribución observada para ingresos de más de un millón de pesos en 1995”.
42. “En 1993, que fue el año crítico, este problema (el censuramiento) significó una subestimación
de la desigualdad de cerca de 2.8 puntos en el Gini, equivalente a cerca de 5%-6% del valor
ajustado” (Reyes, Farné, Perdomo y Rodríguez, 1996:21).

230
Tabla 1. Número de salarios mínimos del ingreso superior del decil
Encuestas de hogares, septiembre

Decil 1 2 3 4 5 6 7 8 9
82 0.9 1.1 1.4 1.9 2.3 2.8 3.7 4.9 7.5
83 0.9 1.1 1.6 1.9 2.3 2.9 3.7 5.0 7.6
84 0.9 1.2 1.5 1.9 2.4 2.9 3.6 4.9 7.5
85 0.7 1.0 1.3 1.7 2.1 2.6 3.3 4.4 6.6
86 0.8 1.1 1.3 1.8 2.1 2.6 3.3 4.4 6.5
87 0.9 1.1 1.5 1.7 2.2 2.6 3.3 4.4 6.5
88 0.8 1.2 1.4 1.8 2.2 2.7 3.5 4.5 6.9
89 0.9 1.2 1.5 1.8 2.3 2.8 3.6 4.7 7.5
90 1.0 1.2 1.5 1.9 2.2 2.8 3.5 4.7 7.1
91 0.9 1.2 1.5 1.9 2.3 2.9 3.5 4.6 7.1
92 0.9 1.1 1.5 1.8 2.2 2.8 3.5 4.6 7.0
93 1.0 1.2 1.6 2.0 2.4 3.0 3.7 4.9 7.9
94 1.0 1.2 1.7 2.0 2.5 3.1 4.1 5.6 8.6
95 1.0 1.3 1.7 2.1 2.5 3.2 4.0 5.3 8.2

No se incluye el decil superior (10).


Fuente: Cálculos del autor a partir de las Encuestas de Hogares del Dane

Al analizar la evolución del coeficiente de Gini no debe olvidarse que las


correcciones por censuramiento y subdeclaración conservan las varianzas y la es-
tructura de los errores de la información original. La gráfica 14 compara la brecha
de ingresos de la Encuesta de Hogares sin haberle hecho ninguna corrección, con
el Gini “descensurado”. La brecha de ingresos es la relación entre, de un lado,
el número de salarios mínimos de los deciles 8 y 9 y, de otro lado, el número de
salarios mínimos de los deciles 1 y 2.
Aunque los valores absolutos necesariamente son distintos, el interés de la
gráfica radica en la similitud de la tendencia de ambas curvas. El Gini descensurado
se asemeja mucho a lo que sería una curva suavizada de la brecha. Ello indica que
al respetar la estructura de la distribución original, el Gini descensurado continúa
midiendo la desigualdad del ingreso de sólo una parte de la distribución.
La corrección por subdeclaración disminuye el Gini, mientras que el descen-
suramiento lo aumenta, “(...) de forma que hacer simultáneamente las dos correc-
ciones dejaría la medición de la desigualdad prácticamente inalterada” (Reyes,
Farné, Perdomo y Rodríguez, 1996:22)43.

43. Reyes, Farné, Perdomo, Rodríguez (1996) encuentran que la distribución de los ingresos urbanos
se deterioró entre 1990 y 1993. A partir de marzo del 95 comienza a observarse un mejoramiento
en la distribución del ingreso.

231
Conclusión
Al tratar de explicar la relación entre el crecimiento y la distribución del
ingreso, la teoría económica convencional ha preferido la causalidad que va del
crecimiento hacia la distribución. Este enfoque es muy favorable para la concep-
ción neoclásica porque le evita tener que anteponer el debate ético a los principios
de la eficiencia paretiana. Así se mantiene la vieja concepción maniquea que
diferencia el economista como “científico”, del economista como “ciudadano”.
Mientras que al primero se le pide que no deje traslucir sus juicios de valor, al
segundo se le permite votar y expresar sus opiniones personales sobre el modo
de organizar la sociedad.
Al dejar de lado la causalidad que va desde la distribución hacia el creci-
miento, la teoría neoclásica ha querido opacar los aportes de autores como Pigou,
Kaldor, Robinson, Kalecki, Keynes y, más recientemente, Arrow. Sin duda que
este segundo camino —el de la causalidad dos— es más problemático. Entre otras
razones, porque las preguntas éticas resultan inaplazables. Además, desde el punto
de vista técnico, la causalidad dos conduce a soluciones que no son compatibles
con el equilibrio.
La preferencia por la primera causalidad ha obnubilado el análisis, hasta
el punto de que los modelos de crecimiento neoclásicos desconocen hechos tan
contundentes como las curvas de Engel. Es explicable que inmersa en esta lógica,
la corriente teórica dominante no se haya preocupado por desarrollar sistemas
estadísticos que permitan conocer qué está pasando con la distribución del ingreso
y de la riqueza.
Nuestras aproximaciones a la distribución del ingreso y de la riqueza son
muy limitadas. El debate entre las distintas posiciones no se resuelve en el terre-
no empírico. Es indispensable explicitar los supuestos y, sobre todo, el grado de
aversión a la inequidad.

232
Una aproximación, desde la macroeconomía,
a la pobreza y a la distribución del ingreso∗

La pobreza es un fenómeno multidimensional. Hemos avanzado mucho más


en los métodos para cuantificar e identificar a los pobres que en la reflexión sobre
la naturaleza y los determinantes de la pobreza. En estas páginas no ahondaremos
en la naturaleza de la pobreza, sino que propondremos algunas hipótesis sobre la
forma como inciden las principales variables macroeconómicas en los niveles de
pobreza y de desigualdad. Las ocho proposiciones son:

P. 1: De no neutralidad

P. 4: De prioridad del
P. 2: De globalización financiera
desequilibrio externo

P. 5: De relevancia de la
P. 3: De autonomía restringida
interacción desempleo-inflación

P. 6: De la diferencia entre
pobreza y desigualdad

P. 7: De la necesidad de avanzar
en las mediciones

P. 8: De la combinación de los
programas de focalización con los de
cubrimiento universal

∗ Texto presentado en: Equidad y política social en Colombia I. Seminario pobreza y política
social en Colombia, Universidad. Nacional, Fescol, Viva la Ciudadanía, Cinep, Consejo Nacional
de Planeación, Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, Bogotá, 1999. pp. 57-64.

233
La proposición central es P. 1. Las dos de la izquierda (P. 2 y P. 3) son con-
textuales y se refieren a la forma como la globalización y, específicamente, la
globalización financiera incide la autonomía de las políticas fiscal y monetaria.
Las proposiciones del lado derecho P.4, P. 5 y P. 6 tienen que ver con los des-
equilibrios macroeconómicos y con la forma como éstos inciden en la pobreza y
la equidad. La proposición 7 plantea algunos problemas de medición. La propo-
sición 8 muestra la necesidad de conjugar los programas focalizados con los de
cubrimiento universal.

Proposición 1: De no neutralidad
Los cambios de las variables macroeconómicas tienen impactos, directos o
indirectos, sobre la pobreza y la equidad.
La no-neutralidad es fundamental en esta reflexión. Es la proposición básica.
Tiene la ventaja de que su enorme potencialidad ética no riñe con la rica argu-
mentación técnica que puede construirse a su alrededor.
La proposición remite a una idea sencilla: Los movimientos de las variables
macroeconómicas necesariamente afectan la pobreza y la equidad. Las principales
variables macroeconómicas son: Inflación, salarios, empleo, tasa de interés, tasa de
cambio, cantidad de dinero, consumo, ahorro e inversión. Cuando, por cualquier
razón, estas variables cambian, la pobreza y la equidad también se modifican. Los
movimientos de las variables macro pueden originarse en decisiones expresas del
gobierno o en procesos autónomos de la economía.
La proposición de no-neutralidad desvirtúa las pretensiones asépticas de los
gobiernos, que frecuentemente hablan de la “transparencia y neutralidad” de las
medidas de política económica44. Pero éstas no son neutras ya que las personas las
resienten de manera diferente. Sus impactos son diferenciados. Ante la ausencia
de neutralidad, es fundamental entender de qué manera las modificaciones de las
variables afectan la pobreza y la equidad.
Hay variables macro, como la inflación y el desempleo, que afectan direc-
tamente el bienestar de las personas. La sociedad percibe este vínculo sin nin-
guna dificultad y los gobiernos saben que un mal manejo de alguna de estas
dos variables compromete su legitimidad. El desempleo se ha convertido en el
rompecabezas de los gobiernos europeos, así como la hiperinflación fue el gran

El autor se ha beneficiado de las discusiones sostenidas en el seminario interno de la Misión


Social —DNP— sobre pobreza y desigualdad. De manera especial, agradezco los comentarios
de Leticia Arteaga, Esteban Nina, Jorge Bernal y Mauricio Uribe.
44. Hay neutralidad cuando el sistema de precios relativos no se modifica.

234
problema de América Latina durante los ochenta. De alguna manera, así no sea
muy precisa, la sociedad percibe que la inflación y el desempleo inciden en la
pobreza y la equidad. Sin embargo, aunque intuyamos y sintamos que la inflación
y el desempleo afectan negativamente el bienestar de los individuos y sus familias,
todavía no contamos con los instrumentos necesarios para explicitar las particu-
laridades de tales interacciones. Dicha tarea se hace más difícil si asociamos el
menor bienestar a la pobreza y a la mala distribución del ingreso y de las oportu-
nidades.
Algunos movimientos de las variables macro podrían aparecer como neutrales
por dos razones. Primero, porque hay compensaciones y, segundo, porque cuando
los impactos sobre la pobreza y la equidad son indirectos, no es fácil precisar la
secuencia de las interacciones.
El caso de compensación se observa claramente cuando un aumento de los
salarios del 18% va acompañado de una inflación del 18%. El efecto final sobre
el poder de compra de los trabajadores es nulo, ya que el alza de los salarios es
absorbida por los mayores precios.
Hay otras variables macro como la base monetaria, la tasa de cambio, o la
productividad total de los factores (PTF)45, que también inciden en el bienestar de
las personas. Pero a diferencia de lo que sucede con la inflación y el desempleo,
en estos casos los nexos que existen entre la variable macro y el bienestar de los
individuos es más volátil y difícil de precisar. Los impactos no son directos. La
tasa de cambio sirve para ilustrar el fenómeno de efectos indirectos. La revaluación
del peso se traduce en una disminución del precio de los artículos importados. Y
si algunos de estos bienes hacen parte de la canasta de consumo de los pobres, sin
duda que habrá una disminución de los niveles de pobreza. Obsérvese que el vín-
culo entre tasa de cambio y pobreza está mediado por los precios. En este ejemplo
la mediación de los precios es relativamente clara. Pero hay otros casos en que
las relaciones no son tan explícitas y los ejercicios de sensibilidad se complican,
especialmente cuando junto con los efectos indirectos también se presentan las
compensaciones. La revaluación no sólo tiene efectos positivos. También tiene
impactos negativos. La revaluación hace más difícil la competencia internacional
y las empresas que no logran colocar sus productos en el exterior se ven obligadas
a expulsar trabajadores. Así que para conocer el efecto final que tiene la tasa de
cambio sobre la pobreza y la equidad es necesario determinar el impacto neto de
las tendencias positivas y negativas.

45. En una función de producción la PTF mide el aporte que le hacen al producto total otros factores
diferentes al trabajo y al capital. En las últimas negociaciones del salario mínimo se ha utilizado
la PTF como la medida de la productividad.

235
De la proposición 1 se sigue que las políticas dirigidas a reducir la pobreza
y/o a mejorar la equidad deben ser compatibles con las orientaciones macro. Si
la política económica es política social, la neutralidad es inconcebible. La forma
como se manejan las variables macro va configurando un tipo de Estado.
Salama (1995) se pregunta por qué razón el aumento que ha tenido la pobreza
en América Latina durante estos diez últimos años no se ha traducido en inesta-
bilidad política. Al contrario, la agudización de la pobreza ha ido a la par con la
consolidación de la democracia. Salama propone una explicación: El control de
la inflación ha legitimado a los gobiernos. La certeza sobre el valor adquisitivo de
la moneda ha hecho más llevadera la pobreza. Ahora, dice Iguiñiz (1993), en el
continente latinoamericano hay “(...) más pobreza pero menos opresión”. Desde dos
ángulos muy diferentes Salama e Iguiñiz coinciden en que no obstante la mayor
pobreza, los gobiernos han encontrado mecanismos de legitimación.
Lautier (1994) va más lejos. Considera que en los tiempos actuales la natu-
raleza del Estado se define a partir de la forma como éste gestiona la pobreza. El
combate a la pobreza no es una tarea más del Estado, sino que es el quehacer que
lo constituye como tal. La apreciación de Lautier tiene dos implicaciones.
La primera, para conservar el poder legitimador de la lucha contra la pobreza
se requiere que haya pobres. En las condiciones actuales el Estado latinoamericano
es incapaz de enfrentar los condicionantes estructurales de la pobreza. La gestión
de la pobreza se está realizando de tal manera que permita alcanzar las metas
blandas del desarrollo social de las que habla Kaztman46. El logro de las metas
duras, que finalmente son las que permitirían abolir la pobreza, implica modifi-
car las dotaciones iniciales y ello tiene costos políticos enormes que el Estado es
incapaz de asumir. Las metas duras de desarrollo social necesariamente tocan la
distribución del ingreso y la riqueza. Y no parece existir la voluntad política de
darle prioridad a la lucha contra la desigualdad. Nuestra sociedad presenta poca
aversión por la inequidad. Los leves esfuerzos que se han hecho por medir la
desigualdad es una de las manifestaciones del desinterés que existe por el tema.
Aunque se tiene alguna noción de la forma como ha ido evolucionando la distri-
bución del ingreso de los asalariados, lo que ha sucedido con la distribución de
la riqueza sigue siendo un misterio.
La segunda implicación del análisis de Lautier tiene que ver con el carácter
político de la pobreza. Las aproximaciones económicas son muy limitadas y no
alcanzan a dar cuenta de la complejidad del fenómeno.

46. Lograr la cobertura total en primaria sería una meta blanda. La reforma agraria, el aumento del
impuesto a la gran propiedad urbana, o la restricción de las herencias, son ejemplos de metas
duras.

236
Proposición 2: De globalización financiera
La globalización financiera ha avanzado considerablemente más que la co-
mercial (bienes) y la laboral.
Al término globalización suele dársele un significado excesivamente amplio,
olvidando que los procesos de apertura de los tres grandes mercados (de capitales,
de bienes y laboral) han sido muy disímiles. La globalización financiera ha dejado
atrás a las otras dos.
La Organización Mundial de Comercio (OMC) reconoce que todavía estamos
lejos de una verdadera liberación de los flujos comerciales. Subsisten numerosas
trabas al comercio internacional, que son defendidas por los interesados con ar-
gumentos de todo tipo: Autonomía, soberanía, compromisos regionales, seguridad
nacional, control de calidad, etc. Los países y los bloques regionales que tienen
mayor poder, terminan imponiendo sus condiciones. Y, entonces, no es extraño
que la Unión Europea continúe otorgando enormes subsidios a la agricultura, que
Japón sigue entrabando la importación de arroz, que Estados Unidos mantenga
altísimos estándares sanitarios y de calidad. Este tipo de medidas crea tensiones
entre países y bloques. Y muestra que los flujos comerciales están lejos de la
flexibilidad buscada por la OMC.
Lejos de globalizarse, el mercado laboral se ha regionalizado. En lugar de
abrirse, las fronteras se han cerrado. Después de la firma del tratado de libre co-
mercio con México y Canadá (TLC), Estados Unidos ha intensificado el control
a la inmigración a lo largo de la frontera con México. A medida que avanza el
proceso de integración de la Comunidad Europea, se ha ido haciendo más drástico
el control a los trabajadores provenientes de del norte de África y de los países
del este. La integración regional europea garantiza la libre movilidad de la fuerza
de trabajo únicamente al interior de sus fronteras.
A diferencia de lo que sucede en los mercados de bienes y de trabajo, el mer-
cado de capitales sí se ha globalizado. Los flujos de los capitales internacionales
se han intensificado.

Proposición 3: De autonomía restringida


La globalización financiera ha intensificado la volatilidad de los flujos de
los capitales internacionales y ello se ha traducido en una mayor inestabilidad de
las economías nacionales y en una pérdida de autonomía de las políticas fiscal y
monetaria.
La inestabilidad financiera genera incertidumbre en las economías nacionales
y le resta autonomía a las políticas fiscal y monetaria. En las actuales discusiones
sobre el ajuste fiscal se ha minimizado el efecto desestabilizador que han tenido
los capitales internacionales. A principios de los noventa se hizo la liberación cam-

237
biaria en Colombia. A partir de ese momento, las políticas monetarias y fiscales
han estado sometidas a choques exógenos que les han quitado margen de manio-
bra. La forma abrupta como se hizo la liberación cambiaria dejó a la economía
colombiana sometida al vaivén de los capitales internacionales.
Esta dependencia del capital internacional no debe entenderse de manera
determinista. A finales de los setenta y comienzos de los ochenta en Colombia
tuvieron algún auge las ideas de la escuela de la “lógica del capital”. De acuerdo
con esta visión el capital posee, por decirlo de alguna manera, una racionalidad
articulada y consistente que, poco a poco, lo va permeando todo. Desde el punto
de vista analítico este enfoque es determinista y absolutizante. Y, en el campo de
la política, conduce a la inactividad o al radicalismo fundamentalista.
Al partir de la idea de que existe una lógica del capital, no se captan las
contradicciones inherentes a la organización capitalista. No se percibe que el
sistema financiero tiene problemas intrínsecos que lo hacen muy débil. Lejos de
responder a una lógica predeterminada, el sistema financiero va dando tumbos.
Siempre está aprendiendo y reconstituyéndose. Minsky, un autor que ha analizado
cuidadosamente el funcionamiento del sistema financiero, piensa que la fragilidad
de éste tampoco significa el colapso inevitable. El sistema financiero se mantiene
en medio de sus contradicciones e incoherencias. El FMI (1995) está sorprendido
por lo que sucede en Asia y Brasil. Hace dos meses confiaba en que el dominó
había terminado. Y, a pesar de las precauciones que se tomaron, las bolsas siguen
cayendo. El determinismo que anuncia la catástrofe inminente es tan dañino como
el determinismo triunfalista que predica el fin de la historia y proclama la victoria
definitiva de la sociedad liberal.
No obstante las limitaciones existentes, la política económica tiene un margen
de maniobra importante, que debe ser aprovechado. Entre la paridad total que existe
en la Argentina y la banda cambiaria colombiana hay diferencias significativas.

Proposición 4: De prioridad del desequilibrio externo


El desbalance macroeconómico de los noventa tiene su origen en el des-
equilibrio del sector externo (cuenta corriente de la balanza de pagos) y, por
consiguiente, el ajuste externo debe ser prioritario. Incluso, es más urgente que
el ajuste fiscal.
El ajuste fiscal es importante. Pero más importante es el ajuste en el frente
externo. Es decir, en la cuenta corriente de la balanza de pagos. En los últimos días
se ha hecho demasiado énfasis en el problema fiscal, desconociendo la urgencia
de comenzar a tomar medidas que cierren el déficit en la cuenta corriente de la
balanza de pagos. Al centrar toda la atención en el ajuste fiscal se está olvidando

238
que el origen de los desequilibrios macroeconómicos comenzó en el frente externo
y no en el fiscal. La secuencia causal del desajuste macroeconómico es:
desbalance cuenta corriente ⇒ desbalance privado ⇒ desbalance fiscal
Obsérvese que el desajuste fiscal es el resultado de los otros dos y no el
causante de los problemas.
Este proceso se observa claramente en la tabla 2. En 1991 la economía pre-
sentaba un superávit de la balanza en cuenta corriente equivalente al 5,5% del
PIB. En ese momento, además de que había equilibrio fiscal, el ahorro privado
era positivo e igual a 5,5% del PIB. La compensación de los superávit privados
y externos se traducía en un equilibrio fiscal pleno. El déficit del sector público
era 0% del PIB. La apertura indiscriminada y la liberación cambiaria hacen que
el superávit en la cuenta corriente se vaya convirtiendo en déficit. Nótese que en
1995 el superávit externo de comienzos de la década ya se había convertido en
un déficit de -5,4% del PIB. Este faltante se expresaba en un desahorro del sector
privado de -5.0% del PIB.

Tabla 2. Balance macroeconómico. Porcentaje del PI

Sec. Púb Sec. Ext Bal. Priv


j k l
1991 0,0 5,5 5,5
1992 -0,1 1,8 1,9
1993 0,1 -4,0 -4,1
1994 0,0 -4,4 -4,4
1995 -0,4 -5,4 -5,0
1996 -1,9 -5,6 -3,7
1997 -3,1 -5,8 -2,7
1998 -2,8 -4,8 -2,0

“Sec. Púb” es el balance del sector público consolidado.


“Sec. Ext” representa el saldo en la cuenta corriente de la balanza de pagos.
“Bal. Priv” es el balance del sector privado.
k=l+j
Fuente: Banco de la República.

Entre 1991 y 1995, el saldo de la cuenta corriente pasó de +5,5% del PIB a
-5,4% del PIB, así que en sólo cuatro años el país perdió 11 puntos del PIB en la
cuenta corriente que, de alguna manera, es un reflejo de la competitividad del país
en los mercados internacionales. Hasta el 95 el déficit en la cuenta corriente se
compensó con el desahorro privado. Y, entre tanto, la situación fiscal continuaba
equilibrada. En el 95 el déficit del sector público apenas era de –0,4% del PIB.
Entre el 91 y el 95 se produjo la primera relación de causalidad: El déficit externo

239
se manifestó en un desahorro privado (déficit externo ⇒ déficit privado). No puede
hablarse, entonces, de un desbalance fiscal que estuviera generando desequilibrios.
Por el contrario, mientras que el déficit del sector externo se agudizaba, el frente
fiscal no estaba desbalanceado. El desequilibrio externo se traducía en una pérdida
del ahorro privado. Sólo en el 96, cinco años después de la apertura, comienza
a manifestarse el déficit fiscal. Y este desbalance del sector público se produce
cuando el ahorro privado ya no es suficiente para compensar el desequilibrio en
el frente externo. A partir del 96 se cumple la segunda parte de la relación de
causalidad (déficit privado ⇒ déficit fiscal).
Si el actual desajuste macroeconómico tiene sus orígenes en el frente ex-
terno y en la política cambiaria, no tiene mucho sentido que todo el ajuste gire
exclusivamente alrededor de lo fiscal. El país está en mora de tomar medidas que
cierren la brecha en la cuenta corriente de la balanza de pagos. La abundancia de
divisas ha aplazado el ajuste. A diferencia de lo que sucede hoy, en los ochenta el
déficit en cuenta corriente estuvo acompañado de una pérdida sostenida de divisas.
Cuando la situación llegó a un nivel crítico y sólo había reservas para 2 meses
de importaciones, al gobierno no le quedó otro camino que realizar el ajuste y
devaluar el peso. El déficit actual de la cuenta corriente ha sido más prolongado
que el de los ochenta. Y a pesar de que la brecha entre las importaciones y las
exportaciones se ha ido ahondando, las reservas caen muy lentamente y el peso
continúa revaluándose. Y como las reservas son abundantes (US$9.500 millones),
la economía todavía no ha generado las fuerzas contracíclicas que fuercen el
equilibrio en la cuenta corriente.
Si no se realiza el ajuste en el frente externo el país seguirá quemando las reservas
en la lucha por defender la banda cambiaria, sin que se rompa la dinámica perversa:
Altas tasas de interés y devaluación. Este proceso continuará hasta que se agoten
las reservas y entonces sí habrá necesidad de realizar el ajuste en la cuenta corriente
de la balanza de pagos. El ajuste externo no debe posponerse más. La devaluación
del peso tiene que estar acompañada de acciones que dinamicen las exportaciones
y que reduzcan importaciones. Se ha insistido mucho que la devaluación debe ir a
la par con un ajuste fiscal drástico. Este diagnóstico le saca el cuerpo al problema
fundamental. La devaluación será efectiva únicamente si está acompañada de un
ajuste en el frente externo. Si conlleva a un replanteamiento de la actual política
industrial y agropecuaria, con el fin de recuperar la competitividad internacional.
Es necesario abrir la discusión sobre la política de aranceles, el control de cambios,
los impuestos a los flujos especulativos de capitales, etc. A raíz de la crisis asiática
y de Rusia, Krugman recomendaba regular el flujo de los capitales internacionales.
Es necesario volver a discutir la conveniencia de establecer un impuesto, como
el propuesto por Tobin, a las transacciones internacionales de capitales. Durante

240
la emergencia económica se debatió este tema pero no sin mayor profundidad. El
Fondo Monetario se equivocó en su diagnóstico sobre la situación de Asia, Japón
y Rusia. Y, en general, sobre la estabilidad de las economías emergentes. No es
extraño que también se esté equivocando en su diagnóstico sobre la situación
colombiana. El FMI le pide cuentas a Colombia sobre el ajuste fiscal y apenas si
menciona el ajuste en la cuenta corriente de la balanza da pagos.
Sin desconocer la necesidad de realizar un ajuste fiscal, éste debe hacerse de
manera progresiva y, sobre todo, una vez que se hayan comenzado a corregir los
males que están causando el desequilibrio en el frente externo. El asunto fiscal es
importante, entre otras razones, porque está muy amarrado a la forma como se ha
manejado la política monetaria y, a su vez, ésta ha dependido enormemente de las
fluctuaciones erráticas de los capitales internacionales (proposición 3). La forma
como se ha realizado el manejo cambiario y la política monetaria restrictiva se han
traducido en un aumento de la deuda pública interna. El enorme costo cuasifiscal
de estas medidas es uno de los principales componentes del déficit público. Así
que el déficit fiscal tiene una relación directa con la política monetaria y ésta con
el manejo de la tasa de cambio.
En los ochenta el déficit en cuenta corriente estuvo acompañado de una pér-
dida sostenida de divisas. Cuando la situación llegó a un nivel crítico y sólo había
reservas para 2 meses de importaciones, al gobierno no le quedó otro camino que
realizar el ajuste y devaluar el peso (gráfica 15). El déficit actual de la cuenta co-
rriente ha sido más prolongado que el de los ochenta. Y a pesar de que la brecha

Gráfica 15. Tasa de cambio real. Promedios anuales


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El eje vertical representa el valor del dólar (pesos por dólar) y el horizontal los años.
La tasa de cambio real tiene en cuenta la inflación interna y las relaciones de intercambio con los principales socios
comerciales de Colombia.
La curva ascendente significa que hay una devaluación real del peso. La pendiente negativa, curva descendente,
quiere decir que el peso se está revaluando, porque el dólar se hace más barato.
Fuente: Banco de la República, 1998.

241
entre las importaciones y las exportaciones se ha ido ahondando, las reservas caen
muy lentamente y, en términos reales, el peso continúa revaluado. Y como las re-
servas son abundantes (US$9.500 millones), la economía todavía no ha generado
las fuerzas contracíclicas que fuercen el equilibrio en la cuenta corriente.
Las medidas que se tomen para solucionar el desequilibrio fiscal deben ser
progresivas, de tal manera que todo el peso del ajuste no recaiga sobre los hom-
bros de los pobres.

Proposición 5: De relevancia de
la interacción desempleo-inflación
La disyuntiva inflación-desempleo sigue siendo un punto neurálgico de la
política económica. Las medidas que toma la autoridad monetaria con el fin de
controlar la inflación deben tener en cuenta los impactos que tiene en el frente
real, especialmente en la inversión y el empleo.
Tobin (1966) se refirió a la disyuntiva inflación-desempleo como el “cruel
dilema” al que están abocados todos los gobiernos. Treinta años después, la infla-
ción y el desempleo continuando siendo las dos variables centrales de la política
económica. Entre las razones que las colocan en el primer plano mencionamos
las siguientes.
La lucha contra la inflación es el principal objetivo de los bancos centrales.
Las otras metas, intermedias, están al servicio de la estabilidad de la moneda. En
el informe que presentó en marzo del 98 la Junta Directiva del Banco al Congreso
se diferencian: La meta final (u objetivo último), la meta intermedia, los instru-
mentos y las variables operativas.
Para el logro de la meta de inflación, el Banco de la República emplea un es-
quema denominado de meta intermedia, comúnmente usado por otros bancos
centrales. Este esquema surge porque el banco central no controla directamente
la meta final (la inflación) pero cuenta con un conjunto de instrumentos que
afectan esta última de manera indirecta, aunque con un rezago. En la práctica
funciona de la siguiente manera: el Banco define la meta de inflación (objetivo
último) y el crecimiento del agregado monetario coherente con su logro (meta
intermedia). Si el comportamiento del agregado monetario escogido como meta
intermedia se desvía de la trayectoria esperada, el banco la corrige interviniendo
en el mercado monetario con operaciones de mercado abierto (instrumento) y
con modificaciones de la tasa de interés a la vista (variable operativa) (Banco
de la República, 1998:6, subrayado mío).

Estas relaciones de causalidad propuestas por el Banco de la República darían


pie para diversos tipos de comentarios. Hacemos dos.

242
Primero, el manejo de la “variable operativa”, la tasa de interés, puede no
ser compatible con el de los agregados monetarios, “meta intermedia”. La Junta
Directiva del Banco supone que la variable operativa va en consonancia con la meta
intermedia. Pero es muy probable que el buen manejo de la variable operativa se
traduzca en un comportamiento no deseado del agregado monetario (Dornbusch
y Fischer, 1992:471).
El segundo comentario nace de la propuesta realizada hace poco por Blinder
(1998). El autor propone utilizar como meta intermedia la tasa de interés en lugar
del agregado monetario. Habla de la “muerte del monetarismo” (Blinder, 1998:28)
y de la necesidad de acabar con la regla monetaria que asocia el crecimiento de
los medios a la dinámica del producto. Citamos a Blinder porque es un autor que
además de pertenecer a la tradición neoclásica es respetado por los banqueros
centrales.
Refiriéndose a los estudios que han encontrado que en los países desarrolla-
dos existe una relación inversa entre inflación e independencia del banco central
(más independencia, menor inflación), Blinder (1998:56) hace dos observaciones:
Primero la correlación negativa “(...) no es robusta”. Y segundo, no hay ninguna
certeza de que dicha correlación implique causalidad.
Barro (1997:104-111) reseña algunos estudios que se han realizado reciente-
mente sobre la relación entre la independencia del banco central y la inflación. Y
no encuentra una evidencia sólida de que la mayor independencia del banco central
se traduzca en una menor inflación. El autor concluye que “... la baja inflación no
puede ser alcanzada exclusivamente a través de cambios legales e institucionales
que buscan un banco central más independiente” (Barro, 1997:111).
De los comentarios anteriores se desprenden dos lecciones. La primera es
que el ordenamiento institucional no basta. La norma no es suficiente. Y la se-
gunda es que las bondades de la independencia del banco central todavía están
por demostrarse.
La inflación tiene un alto contenido político y social. Aglietta y Orleans
(1982) destacan la importancia de la moneda como vehículo del conflicto so-
cial47. La inflación es interesante porque no es neutra: Siempre perjudica a unos

47. Y desde una perspectiva menos radical que la de Aglietta y Orleans, Hicks quien fuera premio
Nóbel de economía en el 72 propone una bella interpretación de la moneda: “(...) el dinero
no es un mecanismo; es una institución humana, y, por cierto, una de las más sobresalientes.
Incluso las formas más simples del dinero —hasta la acuñación de metales— necesitan para
funcionar una cierta confianza mutua. A medida que esta confianza aumenta (en círculos que
van ampliándose más y más), las formas de dinero que pueden ser utilizadas son más y más
sutiles, más económicas, pero también más frágiles” (Hicks, 1966:76).

243
y favorece a otros. La inflación distribuye el ingreso, ya que transfiere recursos
de unas manos a las otras.
El índice de precios y la tasa de desempleo son indicadores intuitivamente
claros y que ya han sido aprehendidos por la sociedad. Independientemente
de la complejidad inherente a su estimación, el índice de precios al consumidor y
la tasa de desempleo tocan realidades que afectan directamente el bienestar de la
gente. Ya decíamos que otras variables macro como la PTF o la base monetaria
únicamente son comprendidas por los especialistas. En cambio, la inflación y el
desempleo están tan cerca de los intereses cotidianos de la gente que, incluso,
llegan a tumbar gobiernos48.
La inflación y el desempleo sintetizan las dimensiones monetaria y real.
La esfera de lo monetario finalmente queda subsumida en el índice de precios.
Y el mundo de lo real termina expresándose en el empleo, que es el reflejo de la
dinámica de factores relacionados con la competitividad, la tecnología, etc. Así
que la inflación y el desempleo tienen una gran capacidad comprehensiva.
La inflación y el desempleo siguen siendo problemas sociales de actuali-
dad. Las políticas económicas se siguen juzgando por los logros que consigan en
materia de inflación y empleo. Los dos temas centrales de la discusión europea
son la moneda única y el aumento del desempleo.
La relación entre inflación y desempleo ha sido un terreno de permanente
lucha entre las escuelas económicas. La llamada curva de Phillips, que expresa
la relación entre inflación y desempleo, sigue siendo un punto neurálgico en la
controversia entre economistas. Friedman (1975, 1976) y sus colegas monetaristas
piensan que la curva de Phillips es vertical, porque en el largo plazo no existe
ninguna relación entre inflación y desempleo. Los keynesianos, por su parte,
piensan que la curva tiene pendiente negativa, como la de la gráfica 16. Y, por
consiguiente, la lucha contra la inflación tiene un costo que se expresa en mayo-
res tasas de desempleo. La reducción de la inflación implica hacer un sacrificio
en términos de empleo. El ideal es bajar la inflación y aumentar el empleo. Pero
como en la práctica es muy difícil conciliar ambos objetivos, inevitablemente
deben hacerse compromisos.
La gráfica 16 muestra la relación inversa que ha existido en los noventa entre
la tasa de inflación y la tasa de desempleo: Menos inflación más desempleo. Al
paso de A a B indica que la disminución de la inflación ha tenido un costo alto: El
mayor desempleo. Los pequeños diamantes negros representan los años, pero debe
tenerse presente que la secuencia que va desde A hasta B no es cronológica.

48. Este comentario no pretende negar los vínculos que existen entre la base monetaria y la inflación
o entre la PTF y la tasa de desempleo. Pero estas relaciones únicamente son claras para los
técnicos.

244
Gráfica 16. Relación entre la tasa de inflación y la
tasa de desempleo (enero 1990 - mayo 1998)

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El eje horizontal representa la tasa de desempleo y el vertical la tasa de


inflación. Los diamantes negros corresponden a los años.
Fuente: Cálculos realizados a partir del Dane y Banco de la República.

La inflación y el desempleo obligan a valorar la tasa de sacrificio. El


costo que tiene la política monetaria en la actividad real se conoce como la “tasa
de sacrificio”. Representa el costo que en el mundo de la producción y el empleo
tienen las medidas tomadas en el frente monetario. La tasa de sacrificio es alta si
la política monetaria tiene un costo elevado en términos de empleo y producción.
La tasa de sacrificio es baja, o cero, si la política monetaria no tiene un impacto
negativo en el mundo real. La teoría monetaria convencional parte del principio
de que la tasa de sacrificio es cero. A principios del año el ex ministro Urdinola
reconocía que la defensa de la banda cambiaria se realizaría “(...) a cualquier cos-
to”. Aceptaba que las medidas afectarían negativamente la actividad productiva.
Hoy, cuando la economía colombiana está en una de las situaciones más difíciles,
es necesario hacer el balance de los beneficios y de los costos que ha tenido esta
priorización de lo monetario. La gráfica 16 indica que la tasa de sacrificio ha sido
elevada. La fidelidad a la ortodoxia monetaria que ha mostrado el banco central
se ha pagado caro en materia de empleo.
La relación expresada en la gráfica 16 tiene un doble impacto sobre la pobreza.
El control de precios tiene un efecto positivo porque conserva el poder adquisitivo
de la moneda. Y ello favorece a los asalariados que no disponen de activos fijos
que los protejan contra el aumento de los precios. Pero la conservación de poder
de compra de la moneda beneficia a los asalariados únicamente si éstos logran

245
mantener su nivel de ingreso y el empleo. En caso de que haya pérdida de empleo,
el ingreso cae y el efecto positivo que tendría el control de precios se desvanece.
No es fácil precisar con certeza si en la dinámica de la pobreza termina primando
el efecto positivo que se desprende del control de la inflación o el negativo que
resulta del desempleo.

Proposición 6: De la diferencia entre pobreza y desigualdad


La pobreza y la desigualdad son dos fenómenos diferentes. Sus causas no son
las mismas y las políticas para enfrentarlos tampoco. La lucha contra la pobreza
debe realizarse de tal manera que sea compatible con una mejor distribución del
ingreso.
La pobreza y la desigualdad no siempre van en la misma dirección. A priori no
es posible determinar el tipo de interacciones que se presentan entre ambas. Nor-
malmente se piensa que la lucha contra la pobreza favorece la equidad. Pero de lo
uno no se deriva necesariamente lo otro. La contra la pobreza debe realizarse de tal
manera que sea compatible con una mejor distribución del ingreso49. El monitoreo
de la pobreza y de la desigualdad debe realizarse de manera permanente. En los
últimos años se ha observado una disminución de la desigualdad en el campo, que
no debe llevar a interpretaciones alegres. Una de las explicaciones de esta menor
desigualdad es el empobrecimiento que se observa en el sector rural.
La relación de la pobreza y la desigualdad con el crecimiento tampoco puede
determinarse a priori. La curva de Kuznets (1959) no resuelve el dilema de si
primero es la distribución y después el crecimiento, o a la inversa. La U invertida
de Kuznets es, ante todo, una constatación. No es pertinente interpretarla como
una causalidad que va del crecimiento hacia la distribución (crecimiento → dist
ribución). La otra secuencia también cabría dentro de la perspectiva de Kuznets
(distribución → crecimiento). La literatura neoclásica ha mostrado sus claras pre-
ferencias por el primer tipo de causalidad.
La gráfica 17 da una idea de las combinaciones que se presentan entre la po-
breza (P), la desigualdad (D) y el ingreso nacional (Y). Las interacciones posibles
son de muy diversa índole. Las sendas de desarrollo pueden tomar formas muy
variadas. Hay países con un elevado ingreso promedio y con poca pobreza, pero
muy desiguales. Kuwait podría ser un buen ejemplo. Hay otros que en medio de

49. “Las políticas sociales de los países en desarrollo en la última década se han definido casi en
forma exclusiva en términos de reducción de la pobreza. Es preciso también dar una mirada
renovada al problema de la reducción de la desigualdad social como mecanismo adicional para
reducir la pobreza y para lograr otros objetivos socioeconómicos” (Solimano, 1998:43).

246
Gráfica 17. Ingreso, pobreza y desigualdad


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Los tres ejes son: ingreso nacional (Y), desigualdad (D) y pobreza (P). Los valores aumentan a medida que nos
alejamos del origen. En el punto O, donde no hay pobreza, ni desigualdad, el ingreso es cero. En Z hay pobreza
sin desigualdad. En cambio, en M hay desigualdad sin pobreza. En L hay más pobreza que desigualdad. En H hay
más desigualdad que pobreza. En todos los puntos que están sobre el plano el ingreso es cero. En el punto B el
ingreso es elevado y, además, los niveles de pobreza y desigualdad son inferiores a los de H y L.

su pobreza son equitativos. No hay una relación unívoca entre igualdad, pobreza
y crecimiento.
Con el fin de mostrar las diversas sendas de crecimiento que se derivan de la
gráfica 17, hemos construido un diagrama más sencillo en dos dimensiones (gráfica
18). P representa el eje de la pobreza y D el de la desigualdad. Los puntos negros
son diferentes estados posibles. Como en la gráfica 18, L corresponde a una situa-
ción de mucha pobreza y poca desigualdad. H indica mucha desigualdad y poca
pobreza. B corresponde a un estado ideal: Poca desigualdad y poca pobreza.
Digamos que el punto C representa la situación de Colombia y que, tal como
lo expresa el constituyente del 91, aspiramos a alcanzar una situación cercana a
B. Las sendas convergentes π y γ implican comenzar con una reducción de la
pobreza (senda γ) o con una disminución de la desigualdad (senda π). Aunque
ambos caminos conduzcan a B, las implicaciones económicas y políticas de cada
opción son radicalmente diferentes.
La desigualdad puede combatirse de dos maneras: Distribuyendo el ingreso
o dándole igual oportunidades a todos50.

50. “Las políticas sociales de los países en desarrollo en la última década se han definido casi en forma
exclusiva en términos de reducción de la pobreza. Es preciso también dar una mirada renovada

247
Gráfica 18. Relación entre pobreza (P) y desigualdad (D)



El eje horizontal representa alguna medida de pobreza. La pobreza es mayor a medida que se avanza sobre el eje
a partir del origen.
El eje vertical corresponde a alguna medida de desigualdad. Esta es mayor a medida que se avanza sobre el eje
a partir del origen.
Los puntos de la gráfica 18 tienen una ubicación similar a la de la gráfica 17. L representa una situación de mucha
pobreza y poca desigualdad. H indica mucha desigualdad y poca pobreza. B es una especie de bienaventuranza:
poca desigualdad y poca pobreza. C es Colombia.
Si el estado socialmente preferido es B, las sendas π y γ son convergentes. En cambio, las sendas α y β son
divergentes.

Desde el punto de vista político es menos costoso iniciar el proceso luchando


contra la pobreza. La senda γ permite posponer las decisiones sobre la distribución.
Aún más, si el proceso de convergencia es largo —por ejemplo, tres generacio-
nes— el costo político de la distribución puede aminorarse si la lucha contra la
pobreza está acompañada de mayores oportunidades educativas. En tal caso, los
hijos de los pobres podrán competir en mejores condiciones por los puestos de
trabajo. El mejoramiento de la distribución del ingreso se logrará mejorando las
oportunidades.

al problema de la reducción de la desigualdad social como mecanismo adicional para reducir la


pobreza y para lograr otros objetivos socioeconómicos. A nivel analítico, la teoría moderna de la
justicia distributiva distingue entre los factores “externos” o condiciones iniciales “moralmente
arbitrarios” (género, raza, dotes iniciales, talento) y los elementos de “responsabilidad personal”
(esfuerzo, actitudes frente al riesgo) al evaluar los determinantes de la desigualdad de riqueza
e ingresos en la sociedad. La desigualdad social es un reflejo de las diferencias individuales en
estos dos conjuntos de factores que crean riqueza” (Solimano, 1998:43).

248
La otra senda de convergencia es π. Esta vía antepone la lucha contra la des-
igualdad al combate a la pobreza. Quizás este camino conduzca más rápidamente
a B que la senda γ. La gráfica 18 es una presentación general en la que no se
especifica cómo se mide la desigualdad o la pobreza. Las sendas divergentes son
α y β. Colombia parece haber optado por una de estas dos vías. Si la pobreza se
mira en términos relativos (incidencia), tanto por NBI, como por LP, entre 1988
y 1995 el país habría escogido el camino α (tablas 3 y 4). Pero si el número de
pobres por LP se mide en términos absolutos, estamos en la senda β: Aumentos
en la pobreza con un ligero incremento de la desigualdad.

Proposición 7: De la necesidad de avanzar


en las mediciones de la pobreza y la desigualdad
Las mediciones de la pobreza y, sobre todo, las de desigualdad deben me-
jorarse.
En los últimos años el país ha avanzado en el desarrollo de indicadores socia-
les. Este proceso debe continuar. En la medición de la desigualdad es muy poco
lo que se ha hecho.
De acuerdo con la tabla 3 en las 7 ciudades incluidas en la Encuesta de
Hogares, entre 1991 y 1995 el número absoluto de pobres pasó de 4.953.965 a
5.069.279. Así que hay 115.314 pobres más. A nivel nacional el cambio en el
número de pobres por LP ha sido más notorio: Pasó de 14.8 millones en 1978 a
18.9 millones en 1995 (Nina, 1997)51.
Sin entrar en demasiados detalles, nuestra hipótesis es que el manejo mone-
tario, excesivamente ortodoxo, ha tenido impactos negativos en la producción y
el empleo. Y ello termina reflejándose en un aumento del número de pobres y en
una mayor concentración del ingreso.
En los últimos 20 años el PIB per cápita ha crecido (gráfica 19), al mismo
tiempo que el número de pobres ha aumentado (tabla 3) y la distribución del ingreso
se ha deteriorado: El Gini aumentó de 0.542 a 0.556 (tabla 4). La mayor pobreza
ha estado acompañada de un deterioro en la distribución del ingreso laboral52.
Obsérvese que las variaciones de la LP y del Gini han sido muy pequeñas.
Sorprende que los indicadores de pobreza y desigualdad hayan tenido fluctuacio-
nes tan leves, en momentos en que la economía experimenta fuertes cambios. No
contamos con una medida de la pobreza que sea sensible a las fluctuaciones del
ciclo económico.

51. Medidos por NBI, el número absoluto de pobres sí ha disminuido.


52. Nos referimos al ingreso laboral porque las estimaciones de la tabla 3 están basadas en las
Encuestas de Hogares. Véase, también, Nina (1997b).

249
Tabla 3. Población e incidencia de la pobreza,
medida por Línea de Pobreza (LP) Siete ciudades

1988 1991 1992 1993 1994 1995


Población
Total 7 Ciudades 10040523 10970620 11034122 11262080 11502653 11730990
Bogotá 4351343 4787913 4855368 4968872 5080363 5190281
Barranquilla 1101632 1128073 1221071 1246415 1275371 1300682
Bucaramanga 556306 696096 627426 639909 653479 671925
Cali 1490487 1366150 1620084 1659505 1694376 1726832
Manizales 303094 461509 319284 320586 323772 326450
Medellín 2021794 1867653 2151666 2183461 2224080 2256610
Pasto 215867 663226 239223 243332 251212 258210
Población bajo la línea de pobreza
Total 7 Ciudades 4588502 4953965 4810961 4894631 4925370 5069279
Bogotá 1828657 2137331 2066942 2210556 2096854 2139194
Barranquilla 645355 622620 665193 698424 705925 679704
Bucaramanga 211649 251896 225983 241266 233250 205049
Cali 705836 584136 691152 655335 713349 764302
Manizales 151123 203655 128912 133260 134309 167598
Medellín 938255 836161 921359 849941 926740 1003540
Pasto 107627 318166 111420 105849 114943 109892
Porcentaje de personas pobres (incidencia) según el método de Línea de Pobreza
Total 7 Ciudades 0.457 0.452 0.436 0.435 0.428 0.432
Bogotá 0.420 0.446 0.426 0.445 0.413 0.412
Barranquilla 0.586 0.552 0.545 0.560 0.554 0.523
Bucaramanga 0.380 0.362 0.360 0.377 0.357 0.305
Cali 0.474 0.428 0.427 0.395 0.421 0.443
Manizales 0.499 0.441 0.404 0.416 0.415 0.513
Medellín 0.464 0.448 0.428 0.389 0.417 0.445
Pasto 0.499 0.480 0.466 0.435 0.458 0.426

La “incidencia” de la pobreza es el porcentaje de pobres con respecto a la población total.


Fuente: Cálculos de DNP-DIOGS-Misión Social basados en ENH del Dan.

Tabla 4. Coeficiente de Gini


1978 1988 1991 1992 1993 1994 1995
0.542 0.554 0.554 0.564 0.584 0.569 0.556

Fuente: Cálculos de la Misión Social, DNP, con base en DANE, Encuesta


Nacional de Hogares, septiembre de cada año.

El Gini calculado a partir de las Encuestas de Hogares tiene el inconveniente


de que no refleja la concentración de los activos (tierra, capital, acciones). Úni-
camente capta la desigualdad de los ingresos laborales.

250
Gráfica 19. Logaritmo del PIB per cápita. Pesos constantes del 75

����

����

����

����
�� �� �� �� �� �� ��
Fuente: Dane

Proposición 8: De la necesidad de combinar los programas


de focalización con los de cubrimiento universal
Los programas focalizados deben estar acompañados con políticas sociales
de cobertura universal.
La enorme influencia que ha tenido el utilitarismo en el análisis económico
ha llevado a considerar la pobreza y la desigualdad como fenómenos que tienen
su origen en el individuo. Y, desde esta lógica, las soluciones propuestas también
se caracterizan por su énfasis en la persona. Los programas de focalización y los
subsidios a la demanda centran la atención en el individuo o en su familia. Por sí
solas estas medidas micro son insuficientes. Para que sean exitosas, deben estar
acompañadas de acciones globales que persigan propósitos similares. La reducción
de la pobreza y el mejoramiento de la distribución del ingreso deben conjugar
políticas micro y macro que vayan en la misma dirección. Los subsidios contri-
buyen efectivamente a resolver el problema de la pobreza si están acompañados
de políticas macro que halen el empleo y los salarios. En el país ha faltado co-
herencia entre los programas que atienden directamente a los pobres y la política
macroeconómica. Por eficientes que sean los programas sociales dirigidos a la
población necesitada, los recursos que se entregan —en dinero o en especie— ja-
más alcanzarán a compensar los salarios que dejan de percibir los pobres cuando
la tasa de desempleo llega a un nivel, como el actual, de 16%.
Tradicionalmente los economistas han divido el campo de análisis que les
compete en dos: Micro y macro. La microeconomía tiene que ver con los agen-
tes económicos (individuos, firmas, empresas, etc.) y con las interacciones que

251
éstos realizan a través de los precios y las cantidades. A la macroeconomía le
competen los agregados: Empleo, inflación, ahorro, balance fiscal, balanza de
pagos, etc. La micro observa los precios y las cantidades desde la óptica de los
agentes individuales. La macro lo hace desde la perspectiva del conjunto de la so-
ciedad.
Últimamente se ha tratado de buscar un espacio de análisis intermedio entre la
micro y la macro. No es extraño que ahora se hable de la mesoeconomía. La meso
correspondería a la región, y a la ciudad, ciertos tipos de contratos53, etc. A pesar
de las limitaciones que tiene la división entre la macro y la microeconomía, las
otras alternativas metodológicas todavía no están suficientemente consolidadas. Y
por esta razón las facultades de economía y los gobiernos continúan organizando
el quehacer académico y la política económica a partir de la distinción entre lo
macro y lo micro.
Entre muchos de los problemas interesantes que giran alrededor de la dis-
tinción entre la micro y la macroeconomía se destaca el de los fundamentos. La
pregunta es si la micro debe construirse sobre la macro o, más bien, si ésta debe
basarse en la micro. La discusión metodológica tiene importantes aplicaciones
en el campo de la política económica. Fundar la macro en la micro significa que
el análisis de los agregados debe realizarse con los mismos criterios con los que
se estudian las relaciones entre individuos. Desde esta perspectiva se supone que
los principios de la microeconomía también son válidos en el terreno de la macro.
Esta posición, que ha sido defendida por la mayor parte de la teoría neoclásica
convencional54, inspira numerosos programas sociales cuyo punto de partida es
la atención al individuo aislado.

53. Revéiz (1989, 1997) habla de los “meso-contratos”. El gran contrato, el macro-contrato, sería
la Constitución. Los micro-contratos son los que realiza cada ciudadano cuando compra un ca-
rro, arrienda un apartamento, etc. Los meso-contratos, en los que se centra Revéiz, son los que
tienen una dimensión que concierne a una buena parte de la sociedad. Por ejemplo, el contrato
firmado entre la Federación de Cafeteros y el gobierno para administrar el Fondo Nacional del
Café, o el Pacto Social acordado entre gobierno, empresarios y sindicatos, etc.
54. La posición no es homogénea. La idea de microfundamentar la macro no es aceptada por todos
los teóricos neoclásicos. Solow, uno de los neoclásicos más prestigiosos, critica la microfunda-
mentación y defiende la macrofundamentación. Para Solow las relaciones entre los agentes y
sus decisiones sobre los precios y las cantidades únicamente son comprensibles a la luz de lo
que suceda a nivel macroeconómico. Por consiguiente, se hace indispensable macrofundar la
micro. La microfundamentación busca “(...) construir modelos macroeconómicos sobre bases
walrasianas” (Solow, 1989:29). Pero la dificultad con estos procedimientos radica en que “(...) la
teoría walrasiana del equilibrio general comienza dejando de lado los problemas que hacen que
la macroeconomía sea interesante” (Solow, 1989:29). Al pretender microfundamentar la macro
se parte de la idea de que la micro y la macro tienen preocupaciones similares. Solow no está

252
La afirmación de lo micro ha llevado a considerar el problema de la pobreza
como un asunto que compete exclusivamente a los individuos y a sus familias. La
idea de que los pobres son “perezosos” expresa muy bien el extremo al que puede
llevar la absolutización de la dimensión individual. Al decir que el pobre es pobre
porque quiere serlo, se exime de toda responsabilidad al resto de la sociedad. La
lógica argumentativa es muy sencilla: El pobre es pobre porque, finalmente, ha
preferido el ocio al trabajo. Y frente a esta decisión voluntaria no hay nada qué
hacer, puesto que en las democracias liberales cada cual decide hacer lo que con-
sidera más conveniente, siempre y cuando ello no moleste a los demás.
El rechazo de la macro se hace desde perspectivas muy diferentes. Una consiste
en partir de la idea de que la formulación de los principios teóricos básicos es más
clara, y más sólida, cuando se trabaja a nivel de cada agente, que cuando se mira
el agregado. Otra, que ha sido defendida por autores como Buchanan, muestra que
los agregados macro tienen el gran inconveniente de que desconocen el proceso de
elección: La heterogeneidad de la decisión individual se pierde en el dato global.
La teoría de la elección, aún dentro de la escuela neoclásica, ha mostrado que
existe una ruptura entre los niveles micro y macro y, por lo tanto, que no existe
una línea de continuidad entre los dos. En otras palabras, el todo nunca es la suma
de las partes. Y mucho menos cuando se trata de la elección social. Los autores
neoinstitucionalistas han rescatado la importancia de la elección porque ésta fa-
cilita la participación, la eficiencia y el control. La teoría de la elección que sigue
la línea propuesta por Arrow (1951) reconoce las dificultades que se presentan
cuando se quiere pasar de la elección individual a la elección social.
Fundar la micro en la macro significa que el estudio del comportamiento
económico de los individuos y de las empresas debe realizarse a la luz del con-
texto global que los condiciona. Ello quiere decir que la situación de la empresa,
de la familia o de la persona, no puede entenderse por fuera de sus determinantes
estructurales. La especificidad de los fenómenos micro depende del contexto en
el cual operan. Por tanto, la micro es incomprensible por fuera del espacio que
determina la particularidad de los procesos microeconómicos. Para estudiar el
comportamiento de las firmas es indispensable entender los factores estructurales
que condicionan las decisiones de la unidad productiva.
Keynes siempre destacó el papel de la macroeconomía. Estaba preocupado por
la elaboración de una teoría general que diera cuenta de los fenómenos agregados.

de acuerdo con este postulado, ya que la macro analiza problemas que no son relevantes para la
micro y, por consiguiente, no pueden ser microfundamentados. En lugar de microfundamentar la
macro, Solow considera que es indispensable prestarle atención a la “(...) macrofundamentación
de la microeconomía” (Solow, 1989:32).

253
Insistió en que los intereses de los individuos no pueden ser el punto de partida
para estudiar la dinámica global de la economía. Keynes ofreció un ejemplo muy
claro de la incompatibilidad que existe entre los objetivos individuales y los de la
sociedad. El empresario, decía Keynes, prefiere pagar salarios bajos porque ello
aumenta su tasa de ganancia. Pero para el conjunto de la sociedad la depresión
salarial no es conveniente porque reduce la demanda agregada. Desde la óptima
macro es positivo que crezca la masa salarial, ya que ello estimula la capacidad de
compra y hala la producción y el empleo. Así que lo que favorece al empresario
no necesariamente contribuye al bienestar de la sociedad. En numerosas circuns-
tancias los propósitos de ambos no son compatibles. Este ejemplo muestra bien
que en el campo de la política económica se llega a conclusiones muy diferentes,
dependiendo de si el punto de partida es el empresario (micro) o si es la demanda
agregada (macro). En virtud de estos comentarios sería erróneo concluir que siempre
es preferible aumentar los salarios. El propio Keynes reconocía que además de
pensar en la demanda agregada, era necesario considerar otros aspectos como la
estabilidad. Y concluía advirtiendo que el alza salarial debe evitarse si ello genera
expectativas que causen inestabilidad.
Las interacciones macroeconómicas no operan exactamente de la misma ma-
nera en todo tiempo y lugar. Hay particularidades que dependen de cada coyuntura
y del país. Un mismo déficit en cuenta corriente, digamos del 5% del PIB, tiene
explicaciones e implicaciones diferentes en dos momentos del tiempo. Así el déficit
sea similar en términos cuantitativos, los contextos en que tienen lugar hacen que
sean dos realidades cualitativamente distintas. El déficit en cuenta corriente de
mediados de los ochenta y el de ahora obedece a circunstancias específicas. Quizás
la diferencia más notable sea que en los ochenta el déficit estuvo acompañado de
un agotamiento progresivo de las reservas, mientras que el déficit de los noventa
ha ido agudizándose al mismo tiempo que las reservas aumentan y el peso continúa
revaluándose (gráfica 19). En los ochenta la ausencia de reservas obligó a realizar
el ajuste en el sector externo. Ahora, en cambio, no hay alicientes para cerrar la
brecha de la cuenta corriente de la balanza de pagos, ya que mientras tengamos
dólares y el peso siga revaluándose, la dinámica de las importaciones continuará
primando sobre la de las exportaciones. Así que el déficit de ambas coyunturas
no debe mirarse de la misma manera. La reflexión es similar en el caso del déficit
de las finanzas públicas. En los ochenta estuvo muy marcado por los desbalances
de las empresas descentralizadas. Mientras que ahora el principal causante del
déficit público es el gobierno central.
Al proponer una reflexión sobre la pobreza desde la perspectiva macro esta-
mos aceptando, sin absolutizarla, la validez metodológica de la dimensión macro.
Decimos que “sin absolutizarla” porque reconocemos, con Buchanan, que lo macro

254
deja por fuera aspectos fundamentales de la decisión individual. Pero así como no
absolutizamos la macro, tampoco compartimos la absolutización de lo micro. Ni
mucho menos creemos que los principios microeconómicos sean el fundamento de
las relaciones macro. No obstante la fragilidad de la dicotomía micro-macro, los
énfasis que se le den a lo uno o a lo otro tienen implicaciones, tanto en la forma
de concebir la política económica, como en las soluciones propuestas12.

55. El excelente debate entre Sarmiento E. (1998) y Wiesner (1997) sobre los criterios que deben
guiar la transferencia de los recursos para educación, evidencia las implicaciones que sobre la
política social tiene la priorización de la lógica de la escogencia individual (Wiesner), o de la
distribución guiada por postulados más universales (Sarmiento). En palabras de Wiesner, “(...) esta
ruta de reforma, como se dijo atrás, no terminaría con la capitación sino que tendrá que seguir
hacia esquemas donde el “escogimiento” por parte de los actores económicos y políticos del
proceso tenga un creciente papel. Se entiende por “escogimiento” todo el entorno que regula al
nivel territorial, al plantel, al estudiante y al profesor. La premisa analítica es que entre mayor
descentralización y autonomía exista más alta será la probabilidad de obtener mejores resulta-
dos. Esto no quiere decir que “school choice” o un sistema de “vouchers” se consideren como
panaceas sino que esa es la dirección en que se debe mover el proceso de reforma. En breve, el
énfasis hay que buscarlo más del lado de la demanda que de la oferta” (Wiesner, 1997:15).

255
256
El valor razonable y los derechos
económicos, sociales y culturales∗

El análisis de las dimensiones individual y colectiva de los Derechos Eco-


nómicos Sociales y Culturales (Desc) lleva a plantear tres temas que considero
relevantes. El primero, tiene que ver con la progresividad de los derechos de
segunda generación, frente a la exigencia más inmediata de los derechos de pri-
mera generación. El segundo, está relacionado con el conflicto entre la atención
individual y la ampliación de la cobertura. Y el tercero, hace referencia a la forma
de ordenar prioridades. Estos tres aspectos son aplicables al conjunto de derechos
económicos sociales y culturales. De manera más específica, en el tema del trabajo
mencionaré el vínculo entre el empleo, las titularidades y el ingreso.

La progresividad de los derechos de segunda generación


Los derechos de primera generación “(...) son concebidos como las condi-
ciones que el hombre requiere para afirmarse como una criatura digna” (Gaviria,
2001:98)56. Estos derechos “(...) son de aplicación inmediata” (Gaviria, 2001:99).

∗ Texto publicado en Revista Derecho del Estado, N° 13, dic- 2002.


56. “Entre ellos se destaca el que recoge también la Constitución colombiana: Los hombres nacen
libres e iguales ante la ley. El hombre, para afirmarse como tal, necesita ser libre y tratado en
igualdad de circunstancias, como los otros. El derecho a la libertad, el derecho a la igualdad, a
la libertad de conciencia y de expresión, el derecho al debido proceso, el derecho a la propiedad,
etc., se afirman como derechos universales. Esta primera generación de derechos corresponde a
un paradigma de la dignidad humana. En ese momento se consideraba que el hombre digno no

257
Los derechos de segunda generación tuvieron su origen en la crítica que le hacían
los países socialistas a las democracias capitalistas, porque no acompañaban su
discurso en favor de la libertad con acciones que posibiliten su ejercicio real. Con
la finalización de la guerra fría no termina la tensión entre los derechos de primera
y segunda generación. No basta con proclamar la libertad formal sino que, además,
es necesario crear las condiciones económicas, sociales y culturales mínimas que
permitan que las personas efectivamente puedan elegir. La interacción entre los
derechos de primera y segunda generación es un tema suficientemente complejo,
que no pretendo abordar en esta presentación. Me centraré en el examen de la
progresividad de los derechos de segunda generación. La siguiente frase de Gaviria
me ayudará a organizar la argumentación.
(...) Los derechos de segunda generación, no son aplicables directamente, sino que
están sometidos a un desarrollo gradual y progresivo que depende del legislador,
convirtiéndose en una instancia mediadora entre el constituyente y el ciudadano,
en la medida en que el legislador regule esos derechos (Gaviria, 2001:99).

Gaviria explicita tres dimensiones: La gradualidad57, la mediación del legis-


lador y la regulación de los derechos.
Podría decirse, de manera sencilla, que la gradualidad es necesaria porque
los recursos de la sociedad son limitados y, por tanto, es necesario programar el
gasto. No niego que esta aproximación sea pertinente. Pero es muy reduccionista.
La gradualidad no tiene su explicación únicamente en la escasez de los recursos.
También está ligada, de manera muy estrecha, a los hábitos y a las costumbres de
cada sociedad. La percepción de los derechos va cambiando con el tiempo. No
es fija. Para captar mejor la complejidad de la gradualidad propongo estudiar los
derechos de segunda generación a partir de su valor razonable.
El concepto de valor razonable es de Commons (1934, 1936), un “viejo
institucionalista”58. Es una lástima que la teoría económica convencional no haya
incorporado en sus análisis el valor razonable. Esta noción tiene la ventaja de
que explicita las restricciones económicas, sin desvincularlas de los hábitos y las
costumbres de la sociedad. Frente a una cantidad de recursos dada, las sociedades

podía ser sino pensado bajo esas circunstancias y provisto de una serie de facultades y sobre la
base de que el poder estaba limitado por ellas” (Gaviria, 2001:98-99).
57. La gradualidad de los DESC es discutida en los informes nacional e internacional sobre desarrollo
humano (Misión Social, DNP y Pnud, 2000;).
58. Los “viejos” institucionalistas son Veblen (1899, 1899b, 1899c, 1901, 1904), Commons (1905,
1924, 1934, 1936) y Mitchell (1913, 1935). Los “nuevos” son Coase (1937, 1960, 1988, 1998),
North (1965, 1971, 1991, 1993) y Williamson (1985). Sobre esta clasificación, ver Hodgson
(1997, 1998).

258
priorizan de forma muy diversa. Y entonces, la gradualidad se desarrolla a velo-
cidades muy distintas. Por razones muy diversas, que tienen su raíz en la historia
y las tradiciones, algunas sociedades avanzan más lentamente que otras en el
reconocimiento efectivos de los Desc59. El valor razonable ayuda a comprender
los ritmos heterogéneos de las sociedades.
La teoría del valor razonable puede ser sintetizada, en su aplicación pragmática,
como una teoría del progreso social a través de una personalidad, controlada,
liberada y ampliada a través de la acción colectiva. No es una personalidad in-
dividualista. Es una personalidad institucionalizada (Commons, 1934:874).

Esta personalidad institucionalizada significa, en el contexto de la reflexión


de Commons, que la acción colectiva controla la acción individual (Commons,
1936:237)60. En otras palabras, la reflexión sobre la dinámica de la gradualidad
debe considerar, junto con las restricciones económicas, la pregunta por los cri-
terios subyacentes al imaginario social. Pero el diagnóstico sobre las condiciones
presentes y la magnitud de las restricciones está marcado por las percepciones
heredadas, y por la forma como la acción colectiva incide en el análisis de las
condiciones actuales. La sociedad se piensa a sí misma con los criterios que ella
ha ido construyendo a lo largo de la historia. Este enfoque no es determinista.
Reconoce la influencia del pasado pero deja abierta las puertas para recrear alter-
nativas nuevas. Para Commons la economía institucional es una ciencia evolutiva
en el sentido de que indaga por lo que ha ocurrido en el pasado. La economía
institucional “(...) retoma los escritos de los economistas, desde John Locke hasta
el siglo XX, con el fin de descubrir dónde han introducido, o dejado por fuera, la
acción colectiva” (Commons, 1934:5).
Las fórmulas que en las dos últimas décadas ha propuesto la economía del
crecimiento reflejan un profundo desconocimiento de las implicaciones que se
derivan de la personalidad institucionalizada de la que habla Commons. A partir
de un diagnóstico estrecho, la tecnocracia económica nos señala caminos que a su
juicio son ineluctables. Se nos dice que por fuera de la lógica del mercado no hay
salvación; que el déficit fiscal es el principal causante de todos los males que nos
aquejan; que la flexibilidad del mercado laboral es la condición indispensable para

59. Fortman (2001) muestra que la sociedad holandesa ha creado mecanismos institucionales que
facilitan la aprehensión individual de las titularidades necesarias para el ejercicio efectivo de
los derechos. El autor argumenta que la concreción de los derechos está mediada por la lucha
política.
60. Commons diferencia entre las instituciones y los institutos. Para que la acción colectiva pueda,
efectivamente, controlar la acción individual se requiere que haya institutos, así que estos son
funcionales a la economía institucional.

259
reducir el desempleo; que la lucha contra la inflación es intrínsecamente buena,
etc. Si alguien se distancia mínimamente de dichos postulados se le considera
“ignorante” o “irresponsable”. Y obviamente, a partir de este tipo de diagnóstico,
la gradualidad de los Desc está supeditada a la consecución de los “equilibrios”
macroeconómicos.
Algunos renombrados economistas nacionales han descalificado las sentencias
de la Corte Constitucional en materia económica con el argumento de que “la Corte
no sabe”61. Pero esta posición olvida que desde la perspectiva del valor razonable
y desde la lógica institucional de Commons, la elaboración de los diagnósticos y
la construcción de los imaginarios pasan por la personalidad institucionalizada.
Y ésta no es única. Por tanto, hay espacio para evaluaciones y apreciaciones al-
ternativas. Las gradualidades no pueden estar definidas por fuera de la mediación
del legislador.
El valor razonable también va moldeando el nivel de perfección de los Desc.
Aunque en cada momento del tiempo podrían definirse las condiciones mínimas
que requiere el ejercicio de la libertad, siempre es posible avanzar en la ampliación
del conjunto de capacidades62. Y cada sociedad tiene una noción relativamente
clara de los bienes necesarios. No hay duda de que las carencias elementales de
vivienda, nutrición, vestido, etc., impiden el ejercicio de la libertad. No es difí-
cil determinar con cierta precisión cuáles son los mínimos absolutos que en el
espacio de las capacidades se requieren para que las personas puedan actuar con
cierta libertad. Es de esperar que en el futuro estos umbrales mínimos vayan su-
biendo.
La otra dimensión a la que se refiere Gaviria hablando de los derechos de se-
gunda generación es la mediación del legislador. Y de nuevo, retomo a Commons.
El autor considera que la economía se ha preocupado por estudiar la relación del
hombre con la naturaleza, pero ha llegado el momento de examinar la relación de
las personas entre sí. La economía no debería fundarse en el egoísmo y la búsqueda
del interés propio, sino en la voluntad común de compradores y vendedores.
En opinión de Commons, los economistas y los abogados han leído de manera
muy diferente el trabajo de Bentham (1776). Mientras que los primeros enfatizan

61. En el N° 19 de Coyuntura Política se organizó un debate muy interesante sobre las institucio-
nes, la ley, las sentencias de la Corte, etc., a propósito de la reciente recopilación de artículos
de Kalmanovitz (2001). Ver, García (2001), Lozano (2001), Molina (2001), Rodríguez (2001),
Uprimny (2001). Adicionalmente, ver Esguerra (2001).
62. Este comentario no es incompatible con la insistencia de Sen (1983:153) en que en el espacio de
las capacidades es posible definir unos niveles absolutos de deprivación, mientras que en el nivel
de las mercancías, ingresos y recursos, los niveles de deprivación son relativos. El que existan
niveles absolutos de deprivación, aclara Sen, no significa que sean fijos a lo largo del tiempo.

260
los aspectos que tienen que ver con la felicidad, los segundos destacan los temas
relacionados con el derecho común. La teoría de la felicidad parte del supuesto de
que los intereses están en armonía. En cambio, el derecho se construye a partir de
los conflictos de intereses que se plantean entre querellantes y acusados. El juez,
que interpreta la ley, decide lo que en cada caso es razonable para las partes. Y
trata de ponderar, de un lado, los intereses privados involucrados en el conflicto
específico y, del otro, el interés público. Puesto que cada individuo tiene una
percepción diferente de lo razonable, el juez debe dirimir el conflicto de la mejor
manera posible.
El legislador, dice Gaviria, es la instancia intermedia entre el constituyente
y el ciudadano. La legitimidad del juez constitucional radica en su capacidad de
resolver los conflictos a la luz del interés general expresado en la norma cons-
titucional. Si la Constitución del 91 es la expresión de la elección colectiva, no
es pertinente criticar al juez constitucional porque no se está de acuerdo con la
Constitución. Y, desgraciadamente, entre los economistas colombianos que han
criticado a la Corte esta confusión ha sido muy frecuente.
Y, finalmente, anota Gaviria, el legislador regula los derechos. Y así determina
la forma como se concretan en la vida cotidiana de las sociedades63. Y una vez
que la ley ha sido promulgada es de esperar que la interpretación del juez tenga
cierta consistencia. Los artículos de Arrow (1997) y Gaertner (1997) examinan el
problema de la inconsistencia intertemporal (no transitividad a lo largo del tiempo),
de las sentencias judiciales. La inconsistencia intertemporal plantea dificultades
especiales cuando se trata de la norma constitucional. Pierde legitimidad el juez
constitucional que no es consistente a lo largo del tiempo. Es comprensible que
cuando la norma es antigua, aumente el margen de la inconsistencia intertemporal.
De todas maneras, en cualquier caso, el juez trata de minimizar dicha inconsis-
tencia. En los Estados Unidos de la época del apartheid se decía que los negros
tenían iguales posibilidades educativas que los blancos porque las escuelas para
los negros tenían dotaciones similares a las de los blancos. Evidentemente, ahora

63. Hoyos (1993) diferencia la racionalidad interna de la norma, que es el campo donde opera
la moral, de la institucionalización externa, que es el terreno del derecho y de la legislación.
“Para la democracia sólo pueden reclamar legitimidad las leyes, que al establecerse legalmente
en un proceso discursivo pueden encontrar acuerdo entre los asociados. Mientras el principio
moral opera en el nivel de una racionalidad interna de las normas, el de su validez universal y
categórica, el principio de la democracia se ocupa de la institucionalización externa de las nor-
mas: Es decir de todo aquello que tiene que ver con los presupuestos y desarrollos discursivos
de los acuerdos, a partir de los cuales se establecen leyes, se las hace aceptables y viables su
cumplimiento” (Hoyos, 1993:10).

261
la interpretación es diferente: Hay igualdad porque negros y blancos pueden ir a
la misma escuela.

El conflicto entre la atención individual


y la ampliación de la cobertura
El conflicto podría plantearse en estos términos: Mientras más cuidadosa
sea la atención individual, es necesario hacer un mayor sacrificio en términos de
cobertura. La atención universal no sufriría daño bajo alguno en los dos siguien-
tes casos hipotéticos. Uno, que la personalidad institucionalizada fuera de tal
naturaleza que se aceptara la equiproporcionalidad. Y, dos, que la abundancia de
recursos sea tan grande, que el conflicto entre lo individual y lo colectivo pierda
su razón de ser. En el primer caso, todas las personas disfrutarían de los mismos
beneficios, aunque no necesariamente en condiciones óptimas. Y evidentemente,
el postulado de la equiproporcionalidad puede llevar a extremos como: Dado que
todos no podemos estar en la cama, entonces todos nos vamos para el suelo. Como
en la vida real estas situaciones no son plausibles, el conflicto entre la atención
individual y la ampliación de la cobertura es inevitable.
En el caso colombiano la tensión entre la atención individual y la cobertura
se presenta en esferas muy diversas. El debate ha aparecido con especial fuerza
en los campos de la salud y de la educación. En el caso del trabajo aparece bajo
las siguientes formas: ¿Se favorece la burocracia y los privilegios de los obreros
aunque ello pueda acentuar el desempleo? ¿Se aumenta el salario de quienes
tienen trabajo remunerado con el riesgo de que las empresas no puedan contratar
nuevos operarios? ¿Se reduce la inflación y se garantiza el poder de compra de la
moneda con el peligro de contraer la economía y aumentar el desempleo? ¿Se le
da mayor estabilidad a los fondos de pensiones aumentando la cotización de los
trabajadores y patronos con la duda de si ello desestimulará el empleo?
Frente a estas y otras disyuntivas no hay soluciones acabadas. Y, otra vez,
la respuesta depende del valor razonable. El dogmatismo no contribuye a la bús-
queda de soluciones. En todos los ejemplos mencionados, la decisión se tiene
que tomar aceptando que hay relaciones de preferencia que no son completas,
ni desde la perspectiva del individuo, ni desde la óptica de la sociedad. Las re-
laciones de preferencia son completas cuando entre todos los pares de alternati-
vas las elecciones son siempre posibles. Pero en los casos anteriores, las zonas
grises abundan y las preferencias están marcadas por numerosas dudas. Además
de que la información es incompleta, no es posible predecir las secuencias que
desencadenan las decisiones actuales. Es ingenuo pretender que las relaciones de
preferencias sean completas. Sen (1985:21) se va lanza en ristre contra la “tiranía

262
de los ordenamientos completos”. Puesto que no sabemos, debemos aceptar que
la racionalidad es limitada (Simon, 1982), y que los conjuntos de elección son
borrosos (Pattanaik, 1997).
Las posiciones que ha tenido el Ministerio de Hacienda, junto con algunos
colegas economistas, en las discusiones sobre la flexibilización del mercado laboral
parten del supuesto de que es posible tener ordenamientos completos. Y con una
prepotencia sin límites afirman: “(...) o flexibilización o caos”. Es la misma lógica
del ministro Santos: “(...) o sudor y lágrimas o catástrofe”. Y el anterior ministro,
Restrepo, no se queda atrás: “(...) o reforma fiscal o recesión”. El Fondo Monetario
Internacional también acostumbra argumentar a partir de ordenamientos comple-
tos: “(...) o ajuste fiscal o recesión”. Los ejemplos pululan. Las premoniciones
deterministas de los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República
son del mismo corte.

Ordenamientos y metaordenamientos, preferencias,


metapreferencias
En la teoría de la elección algunos autores hacen la distinción entre ordena-
mientos y metaordenamientos (el ordenamiento de los ordenamientos)64, y entre
preferencias y metapreferencias (las preferencias de las preferencias)65. Estas dis-
tinciones son pertinentes porque para avanzar en las discusiones relacionadas con
las dimensiones individuales y colectivas de los Desc es indispensable introducir
ciertos niveles de metaordenamientos y de metapreferencias, que han estado au-
sentes. Aunque siempre habrá problemas de incompletitud, la elección puede ser
más rica si se pasa de un ordenamiento a un metaordenamiento, o si la preferencia
actual se interpreta a la luz de una metapreferencia.
Los metaordenamientos de Sen se plantean en una perspectiva consecuen-
cialista, mientras que las metapreferencias de Brennan y Buchanan responden a
una óptica más deontológica. Dado que los contextos analíticos son diferentes,
no pretendo hacer el ejercicio de relacionar ambas categorías porque el ejercicio

64. Ver, por ejemplo, Sen (1974, 1976b, 1977, 1979, 1982).
65. Por ejemplo, Brennan y Buchanan (1985), Priddat (1992). Estos autores introducen la meta-
preferencia con el fin de comprender la formación de preferencias a lo largo de la historia.
“Si admitimos que una ordenación de esta clase es posible y si se reconoce que las elecciones
hechas ahora afectan a las de mañana y más tarde, el análisis tiene que implicar una especie de
“preferencias de preferencias”. Alguna clase de futuros tienen que estimarse mejor que otros y
las elecciones en el tiempo presente tenderán a reflejar estas preferencias” (Brennan y Buchanan,
1985:109). En González (2000) se precisan las implicaciones de los metaordenamientos y las
metapreferencias en el análisis de las conductas ilegales.

263
puede ser infructuoso. Basta con resaltar que ambos autores reconocen que los
ángulos de aprehensión de los problemas pueden ampliarse, y que ello ayuda a
entender mejor las formas como se realizan los ordenamientos.
Para comprender la gradualidad de los Desc y para, eventualmente, proponer
una gradualidad diferente, es necesario explicitar los metaordenamientos y las
metapreferencias. Ilustro brevemente estas reflexiones con un comentario sobre
la salud. Más adelante retomo el tema a propósito del mercado del trabajo.
Lo que está sucediendo con la salud, y en concreto la Ley 100 de 1993, es
bastante diciente de la forma como los ordenamientos se pretenden autoconte-
nidos. A través del régimen subsidiado, la ley avanza considerablemente en el
campo de la solidaridad, pero al depositar su confianza en la elección racional ha
obstaculizado el paso de la solidaridad a la equidad. La potencialidad que tiene
la Ley 100 al conjugar los regímenes contributivo y subsidiado, no se ha podido
desarrollar porque los incentivos propios de la elección racional han encubado dos
tendencias contraproducentes: De un lado, el afán de ganancia de los intermedia-
rios está yendo en contra del interés general. Y del otro, la equivocada percepción
de que los servicios de salud son autocontenidos, no ha permitido mirar la salud
desde una perspectiva más global que abarque el conjunto del sistema de segu-
ridad social.
La Ley 100 está concebida de tal forma que los problemas de la seguridad
social en salud se resuelven desde el interior del sector. La lógica de los ordena-
mientos no supera los procesos de las aseguradoras y las prestadoras. Para ir más
allá se requiere que haya un metaordenamiento, en el que la seguridad social en
salud sea uno de los elementos de un conjunto más amplio que podría ser el sis-
tema global de la seguridad social. Los cubanos dicen, por ejemplo, que la salud
es un proyecto nacional. Esta tipo de expresión refleja una metapreferencia que
va más allá del sistema de salud en sí mismo. La Ley 100 es compatible con la
solidaridad pero no con la equidad. Para caminar hacia la equidad es necesario
salirse del campo de la salud y pensar en metapreferencias que lleven a optar por
procesos redistributivos que tocan aspectos tributarios que están por fuera de los
cánones de la seguridad social en salud.
Durante los diez años de vigencia de la Constitución del 91 el país ha vivido
una tensión que tiene tres vértices. Primero, la Corte trata de definir el meta-
ordenamiento constitucional. Segundo, las autoridades económicas operan con
diversos metaordenamientos, y el de la Junta Directiva del Banco de la República
suele ser más claro que el del Ministerio de Hacienda. Pero ambos se traslapan
y en ocasiones se enfrentan. Y adicionalmente, es factible que ambos riñan con
los principios constitucionales. Tercero, los problemas sectoriales se tratan de
resolver a partir de ordenamientos estrechos que pueden no ser compatibles con

264
los metaordenamientos explícitos de la Corte, ni con los metaordenamientos de las
autoridades económicas. Esta confusión de niveles y la diversidad de propósitos
es una manifestación de una sociedad “no ordenada”66.

El mercado del trabajo, las titularidades y el ingreso


Commons recuerda que para maximizar el ingreso neto es necesario crear las
instituciones apropiadas. Y critica a Bentham por no haberle dado a este tema la
importancia que merece. Cualquier transacción, por elemental que sea, involucra
una doble operación: De un lado, la transferencia de la titularidad y, del otro, la
transferencia del bien. Al estudiar el mercado, afirma Commons, la teoría econó-
mica ha dejado de lado las transferencia de titularidades, y ha reducido el campo
del análisis a las transferencias de bienes. La gente que va por la calle no entra a
los almacenes y se lleva, sin más, las mercancías que le producen mayor utilidad.
Si el individuo respondiera a sus instintos de manera inmediata, se iría a la cárcel
por ladrón. Antes de salir del almacén con la mercancía, la persona debe “negociar
con el propietario” (Commons, 1936:242).
Para que la teoría económica logre comprender las formas que adquieren las
transferencias de titularidades y sus implicaciones, debe incorporar los contratos,
los mercados de futuros, los derechos, el sistema jurídico, etc. El intercambio de
titularidades es más complejo que el de bienes. La transferencia de una titularidad
puede ser efectiva aunque no se hayan realizado las operaciones monetarias y el
intercambio de bienes correspondiente67. Además, entre las distintas transacciones
(de propiedad, de bienes, jurídica) transcurre un período de tiempo, más o menos
largo, que incide en la percepción del riesgo futuro y en la fijación del nivel de
la tasa de interés.
La relevancia de las instituciones, continúa Commons, aparece claramente
cuando se analiza el monopolio68, y los aspectos jurídicos y legales relacionados
con: El interés público, la igualdad de oportunidades, y la equivalencia de poderes
en la negociación. Frente a las complejidades inherentes a estas tres dimensiones,

66. “(...) una sociedad está bien ordenada no sólo cuando está diseñada para promover el bien de sus
miembros, sino cuando también está efectivamente regulada por una concepción de la justicia.
Esto quiere decir que se trata de una sociedad en la que: 1) cada cual acepta y sabe que los
otros aceptan los mismos principios de justicia y 2) las instituciones sociales básicas satisfacen
generalmente estos principios y se sabe generalmente que lo hacen” (Rawls, 1971:21).
67. “La entrega física de la mercancía tiene lugar después de que la propiedad ha sido transferida”
(Commons, 1936:241).
68. Commons expresa su simpatía por los trabajos de Chamberlin (1933) y de Robinson (1933),
que ayudan a entender la naturaleza económica del monopolio.

265
se quedan cortos los instrumentos analíticos propios de la teoría de Bentham (el
placer, el dolor o el ingreso neto máximo). La relevancia de las instituciones se
hace evidente cuando a raíz de los monopolios se discuten problemas como el
sentido de las patentes, el valor del “goodwill” de la empresa, etc. En ausencia
de monopolio, y en competencia perfecta, el “goodwill” corresponde al grado de
“deseabilidad” de la empresa revelado por compradores y vendedores69. Cuando
hay monopolio, el “goodwill” se distorsiona porque está influenciando por el po-
der que tiene la empresa para imponer condiciones en el mercado y obtener unos
beneficios extras (“mark-up”).
En las sociedades contemporáneas el trabajo remunerado es la forma privile-
giada a través de la cual el individuo obtiene los ingresos que le permiten acceder
a las titularidades. Y la transacción se realiza en un medio en el que interactúan
personas desiguales. Si el individuo no tiene trabajo y no recibe ingreso, la acción
colectiva debe permitirle, de alguna manera, tener acceso a los bienes básicos. Por
esta razón, los diversos mecanismos de organización del mercado laboral deben
considerar explícitamente la forma como se le garantizará la adquisición de titu-
laridades a los desempleados. En la parte relacionada con el mercado laboral, el
informe de la Cepal (2001) explicita algunos de estos puntos.
La Cepal (2001:124) expresa su preocupación porque entre 1990 y 1999, en
América Latina el desempleo pasó del 5,8% al 8,7%70. Y esta situación es grave
porque el desempleado no cuenta con ingresos para adquirir las titularidades que le
permitan disponer de los bienes necesarios para satisfacer las necesidades básicas.
En opinión de la Cepal las políticas públicas deberían considerar de manera explícita
el impacto que tienen sobre el empleo. El mercado laboral no puede abandonarse
a su suerte. No está bien que los instrumentos de la política económica se pongan
al servicio de los equilibrios macroeconómicos, con la idea de el mercado laboral
terminará encontrando la forma de auto-ajustarse. Para la Cepal esta lógica es
inaceptable71. La política económica debe diseñarse pensando en el bienestar final

69. “El ‘goodwill’ es la economía institucional fáctica del deseo del comprador y el vendedor”
(Commons, 1936:241). “El ‘goodwill’ es un valor institucional puro, es un ‘valor intangible’,
que tiene que ver con las relaciones equitativas entre personas” (Commons, 1936:242).
70. “(...) la situación del empleo en la región se caracteriza por una importante insuficiencia en
cuanto a su nivel, marcadas inequidades de acceso a ocupaciones productivas y un deterioro de
las condiciones de protección social. Estas tendencias tendieron a agravarse hacia el final de la
década como resultado del impacto de la crisis de algunos países de la región asiática, y repre-
sentan importantes desafíos para una estrategia de crecimiento y equidad” (Cepal, 2001:124).
71. “Hay múltiples facetas del mercado de trabajo que le otorgan un carácter clave a la política
pública en esta área. En primer lugar, es responsabilidad de la autoridad crear un entorno macro-
económico estable y dinámico, conducente a niveles de inversión y crecimiento adecuados que

266
de la población. La estabilidad macro no es un fin en sí mismo. Únicamente tiene
sentido si contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas.
Entre las lógicas ineluctables de las que hablaba atrás hay una que se repite
constantemente y que se ofrece como la fórmula mágica contra el desempleo:
La flexibilización del mercado laboral. Esta idea ha sido defendida por varios
economistas colombianos han venido insistiendo en la necesidad de eliminar las
“rigideces” de la contratación laboral. En los diagnósticos han predominado los
ordenamientos estrechos, muy inclinados hacia el lado de la oferta (demografía,
educación, capacitación, flexibilidad de las normas de contratación, etc.)72. Aspectos
cruciales como la demanda, los costos financieros, el monopolio, la protección
social de los desempleados, etc., no se han incorporado de manera sistemática
en el debate.
La Cepal no considera que la flexibilización del mercado laboral sea la panacea.
Mira el tema con mucha cautela. Dice que bajo el “rótulo” de la flexibilización
(...) se expresa una tendencia al deterioro de las condiciones de trabajo y de
seguridad laboral, y de reducción del pago de obligaciones previsionales, con
el propósito de reducir los costos laborales. Este tipo de medidas no da lugar a
ganancias sostenibles de productividad y empleo, e incluso sus efectos sobre la
rentabilidad pueden ser sólo temporales (Cepal, 2001:133).

En caso de que sea necesario flexibilizar la contratación, continúa la Cepal,


el proceso debe ir de la mano “de niveles mínimos de protección social que res-
guarden los derechos laborales”. Y retoma la idea de los salarios participativos,
que había sido propuesta hace unos diez años (Cepal, 1992). Un componente del

estimulen la demanda de trabajo. El crecimiento económico sostenido es, sin duda, el principal
estímulo a la demanda de trabajo, por lo que es exagerado esperar que la política laboral sea
capaz de revertir los efectos sobre el empleo de políticas macroeconómicas que se traducen en
un crecimiento inestable o insuficiente” (Cepal, 2001:126).
72. Este enfoque recortado se observa en los estudios de Villar (2001), Lora (2001) y Leibovich
(2001). El estudio de la OIT (1999) tiene un enfoque muy diferente, porque destaca la incidencia
que tienen en el desempleo la baja demanda, el manejo de la política monetaria y cambiaria que
durante los noventa llevó a una revaluación del peso, etc. Comparto el enfoque de la OIT. Los
problemas estructurales del desempleo tienen que ver no sólo con los factores de oferta, sino
también con los de demanda. Si la elasticidad producto de la demanda de empleo (los cambios
en la demanda de empleo generados por variaciones en el producto) es mayor que la elasticidad
salario de la demanda de empleo (los cambios en la demanda de empleo ocasionados por varia-
ciones en el salario), los estudios sobre el mercado laboral deberían considerar, por lo menos,
con la misma importancia, el lado de la demanda en toda su complejidad. Y ello significa que
además de la respuesta del empresario a los cambios salariales debe contemplarse: el impacto
de los costos financieros, los cambios tecnológicos, la incidencia de la revaluación del peso en
la producción nacional, el consumo agregado, etc.

267
salario debe estar en función de las utilidades de la empresa. Al permitir que los
trabajadores participen de los beneficios de la empresa mejora la equidad y la
calidad de vida.
El desempleo es un tema relevante básicamente porque sin trabajo los indi-
viduos no pueden adquirir las titularidades básicas que les permitan el ejercicio
de la libertad. Y si en lugar de pensar en términos de ordenamientos estrechos,
la reflexión sobre el mercado laboral considerara los metaordenamientos, habría
que articular las políticas de flexibilización con las de seguridad social. Aún si
se aceptase, en gracia de la discusión, que la flexibilización es la mejor solución
al desempleo, valdría la pena preguntarse, entonces, por la forma como la acción
colectiva garantiza que las personas que salgan del mercado laboral puedan te-
ner acceso a los bienes básicos, y gozar de los derechos económicos, sociales y
culturales mínimos.

268
Apuntes para una agenda
de estudios sobre la pobreza∗

En los últimos años se han multiplicado los estudios sobre la pobreza. Junto
con las agencias de desarrollo, la academia también ha mostrado un creciente
interés por el problema. La pobreza se ha convertido en un tema central de la
política económica y de la teoría del bienestar. Es un mal que también afecta a
los países avanzados. Y el hecho de que la pobreza esté avanzando en el norte
como en el sur, puede analizarse desde dos posiciones metodológicas. La primera
muestra la necesidad de cuestionar no sólo éste o aquél modelo de desarrollo, sino
la dinámica perversa que parece subyacer a los diferentes esquemas de desarro-
llo. La segunda destaca la relevancia de los estudios regionales o nacionales, ya
que no habría una pobreza sino múltiples formas de pobreza, dependiendo de las
características propias de cada país.

∗ Texto publicado en: Temas para Investigación sobre Pobreza y Desarrollo. Serie soluciones en
desarrollo, Nº 7. Instituto de Políticas de Desarrollo, Universidad Javeriana. Bogotá. He reali-
zado los “apuntes” atendiendo una amable invitación de Alejandro Vivas, director del Instituto
de Políticas de Desarrollo de la Universidad Javeriana, 2000. En los tres últimos años he tenido
la fortuna de discutir estos temas con Consuelo Corredor, Alfredo Sarmiento, Clara Ramírez,
Manuel Muñoz, Oscar Arcos, Emperatriz Becerra, Erik Bloom, Leticia Arteaga y Esteban Nina,
así que numerosas ideas que aparecen en el texto son el fruto de estos diálogos. Este sentimiento
de gratitud guarda la esperanza de que, alrededor del tema de la pobreza, vayamos construyendo
una comunidad académica cuyo punto de encuentro sea la explicitación de la dimensión ética
de la economía. Sin duda, el Nóbel otorgado a Sen estimula este esfuerzo.

269
Para la primera posición la mayor integración entre las economías ha llevado
a que las diversidades nacionales sean subsumidas bajo la lógica homogénea del
mercado que, por su misma naturaleza, genera exclusión. La dinámica del mer-
cado no se traduce en mayor competencia e igualdad, sino en concentración y
exclusión. Este enfoque es claro en autores como Marques-Pereira (1998) y Loy
(1997). Marques-Pereira considera que hemos caído en la trampa del “pensamiento
único” y que la absolutización del mercado nos ha llevado a aceptar como inevi-
table un modelo de desarrollo que es intrínsecamente excluyente. Loy devela la
mistificación del mercado. Para él, la religión del mercado no permite ver salidas
alternativas. El pensamiento único y la religión de mercado proponen un análisis
global de la pobreza. La causa final del mal sería la misma en todos los países e
iría más allá de las especificidades nacionales o regionales.
El segundo tipo de enfoque destaca la pertinencia de los estudios particulares
(IDS, 1989; McGee, 1997; Lampis, 1997, 1998). No es lo mismo ser pobre en
New York que en Bogotá. Cada pobreza tiene sus particularidades y estos aspectos
específicos deberían ser el principal objeto de estudio. La especificidad de la pobreza
puede asociarse a cada región o localidad. Pero, llevando el argumento hasta el
extremo, la pobreza es un fenómeno profundamente subjetivo, ya que finalmente
depende de la percepción individual. Y, en tal caso, la pobreza está asociada al
ciclo de vida de la persona o de la familia. Mientras mayor sea la vulnerabilidad,
eventos como la enfermedad o el desempleo tendrán impactos de largo plazo en
la vida del hogar. No es posible generalizar la forma como cada hogar reacciona
ante los distintos eventos. Lampis define la vulnerabilidad como “(...) la capacidad
de enfrentar, prever, resistir y recuperarse de los efectos de eventos de vida que
impliquen la pérdida de activos materiales e inmateriales” (Lampis, 1998:21).
Al lado de estos dos enfoques que insisten en la caracterización de la pobreza,
se ha desarrollado una extensa literatura sobre mediciones de la pobreza, que no
ha explorado suficientemente el vínculo que existe entre la medición y el con-
cepto (Sen, 1973). En Colombia la mayoría de los trabajos han puesto el énfasis
en el indicador, dejando de lado los problemas conceptuales. Este sesgo hacia la
medida ha estado motivado por los afanes de la política pública, que han llevado
a privilegiar las herramientas que permitan identificar a los posibles beneficiarios
de los programas sociales.
Sen (1976:373) distingue entre “identificar a los pobres entre toda la población”
y “construir un índice de pobreza utilizando la información disponible sobre los
pobres”. En Colombia la principal preocupación ha sido la primera. La identifica-
ción de los pobres ha estado muy influenciada por los programas de focalización.
Y por esta razón la construcción de los índices de pobreza se ha realizado casi que
exclusivamente con el propósito de identificar pobres. Existen índices, como el de

270
condiciones de vida, (ICV) que tienen otros propósitos adicionales al de identifi-
car pobres73. Pero la relevancia que la política social le atribuye a la focalización,
termina reduciendo el uso del índice a la identificación de los pobres.
Por su naturaleza la pobreza toca todas las disciplinas sociales. No obstante,
y aceptando de entrada que el acercamiento que se hace desde la economía es
parcial, proponemos algunas ideas que podrían contribuir a definir una agenda de
estudios sobre la pobreza. De todas maneras, la aproximación interdisciplinar es
indispensable, ya que los instrumentos de la economía son limitados.
En algún momento pensamos que sería conveniente que esta agenda tuviera
dos grandes secciones. La primera dedicada a la pobreza urbana y la segunda a
la rural. Pero a medida que se avanzaba en la redacción del proyecto, nos hemos
ido convenciendo de que esta distinción es legítima, más bien, al interior de cada
sección y, especialmente, en las partes que tienen que ver con la medición y con
las políticas. Para los propósitos que nos interesan, de la lectura de algunos de los
trabajos que acaba de realizar la Misión Rural (Gómez y Molano, 1998; Gómez
y Duque, 1998; Duque, 1998) podría sacarse una doble conclusión. En primer
lugar, los temas fundantes de la discusión sobre la pobreza son los mismos, tanto
para la pobreza rural como para la urbana. Y, segundo, los problemas relacionados
con la cuantificación y la solución de la pobreza rural sí tienen especificidades
valiosas.
Las preguntas relevantes, que nos van a permitir articular este texto son: ¿Qué
es la pobreza? ¿Quiénes son los pobres? ¿Cuántos son los pobres? ¿Cómo viven
los pobres? ¿El Estado cómo realiza la gestión de la pobreza?
La primera parte del trabajo gira alrededor de la conceptualización de la
pobreza. El segundo capítulo busca contextualizar la pobreza desde cuatro án-
gulos de la teoría económica: La macroeconomía, los mercados de trabajo, las
instituciones y la familia.

Conceptualización y medida de la pobreza


En la presentación general de la problemática relacionada con la conceptua-
lización de esbozan las implicaciones de la pregunta ¿qué es la pobreza? En la
sección siguiente proponemos algunas ideas sobre el ciclo de vida y la pobreza. Y

73. El ICV es, al mismo tiempo, un índice y un instrumento para captar incidencia. Desde el
punto de vista de la medida, Sarmiento y González (1998) discuten si el ICV es una proxy del
bienestar o es un argumento de una función de bienestar. La discusión sobre las características
conceptuales del ICV también pueden consultarse en Sarmiento y Ramírez (1997), Sarmiento,
Ramírez, Molina y Castaño (1996), Acosta (1997), Castaño y Moreno (1994).

271
en la tercera sección introducimos la discusión sobre la relación que existe entre
la pobreza y la distribución.

Presentación general
La pregunta ¿qué es la pobreza? es fundamental. Y, sin embargo, en nuestro
medio ha recibido muy poca atención. Sin duda, porque no es fácilmente ac-
cesible, especialmente para los economistas, que prefieren ir rápidamente a las
mediciones. Hay tres etapas: El concepto de pobreza, la creación de un indica-
dor y la cuantificación de los pobres. Los tres momentos del proceso tienen sus
especificidades y la secuencia corresponde a un orden lógico-analítico. Primero
es la conceptualización, después la construcción del indicador y, finalmente, la
cuantificación de los pobres.
El aporte de la economía a la conceptualización de la pobreza no puede redu-
cirse al campo de las mediciones. Antes de la cuantificación debería avanzarse en
la conceptualización. Refiriéndose a los indicadores, dice Sen, “(...) difícilmente
una medida puede ser más precisa que el concepto que ella representa” (Sen,
1973:5-6). Sin saber de antemano ¿qué es la pobreza? ni ¿quiénes son los po-
bres? se pretende responder a la pregunta ¿cuántos son los pobres? Es indudable
que dada la complejidad de las dos preguntas iniciales, no tiene mucho sentido
esperar a tener resueltas todas las dudas conceptuales antes de hacer los ejercicios
de cuantificación. Pero tampoco debe caerse en el extremo de cuantificar sin que
medie una cierta claridad sobre el concepto.
En nuestro medio la construcción de los índices rápidamente pasa a la cuan-
tificación de la pobreza74. Y ello nos ha impedido ahondar en el análisis de los
implícitos conceptuales de los indicadores75. Al preocuparnos por la cuantificación,
la identificación de los pobres, hemos dejado en un segundo plano los aspectos
conceptuales y la discusión se ha centrado alrededor de cómo establecer la di-
ferencia, siempre arbitraria, entre los pobres y los no pobres. Y una vez que los
“expertos” determinan esta línea divisoria, parecería como si las complejidades

74. Sobre las características de la medida y su aplicabilidad, véase Muñoz (1990, 1991, 1995).
75. En varios documentos Corredor ha insistido en la necesidad de avanzar en la conceptualización de
la pobreza. “No deja de resultar paradójica la existencia de numerosos indicadores de medición
de la pobreza y de análisis en materia de política social y de instituciones gestoras de la misma,
sin que se haga explícito el concepto que se está manejando. Una pregunta central de enorme
importancia e implicaciones: cuál es el referente con el que se están orientando los diagnósticos,
las mediciones y diseñando, ejecutando y evaluando las distintas políticas y programas socia-
les?” (Corredor 1998:1). Véase, también, Corredor (1997, 1998b), Ramírez (1998), Sarmiento
y Ramírez (1997).

272
inherentes al concepto de la pobreza ya hubieran sido resueltas. La fijación de
la línea de corte dice muy poco acerca de la naturaleza de la medida. Es posible
que la incidencia resultante de dos medidas (Línea de Pobreza –LP– e Índices
de Condiciones de Vida –ICV–, por ejemplo) sea similar, aún cuando los índices
tienen características cualitativamente diferentes.
La conceptualización debe comenzar poniendo en tela de juicio la categoría
pobreza. Es necesario precisar su pertinencia analítica y, sobre todo, su validez para
caracterizar un fenómeno complejo que, de alguna manera, se asocia a carencias.
Habría que indagar si otros conceptos, como “exclusión social” (De Haan, 1998;
De Haan y Maxwell, 1998) tienen mayor capacidad explicativa que la pobreza.
Incluso, valdría la pena examinar si actualmente sigue siendo válido utilizar ca-
tegorías más amplias como la de “clase social”.
Mientras que en la tradición marxista el concepto de clase social tiene una
clara relación con el proceso productivo, con el Estado, con el excedente de mano
de obra, con la noción de plusvalía, etc., la noción de pobreza no está articulada
a dimensiones analíticas más amplias. A primera vista el poder explicativo de la
pobreza parecería ser mucho menor que el de categorías más comprehensivas como
la clase social. Y no obstante, el uso de la pobreza, o de variantes de ésta, se ha
generalizado. Antiguos marxistas como Salama (1995), Salama y Valier (1997)
y Gough (1993), recurren a categorías como pobreza o necesidades humanas
(Doyal y Gough, 1991), en un contexto muy diferente al que rodeaba el concepto
de clase social.
Desde la óptica de Sen, la categoría pobreza tendría la ventaja de que permite
asociarla a la teoría de la elección y a la política social. La elección colectiva se
manifiesta en la política social. Y, a su vez, ésta se relaciona directamente con
“(...) las preferencias y aspiraciones de los miembros de la sociedad” (Sen, 1970:1).
La política social no es un apéndice de la política económica. Es la política eco-
nómica en tanto ésta es la expresión de una elección colectiva. Sen (1970) está
dispuesto a sacrificar el preciosismo de la axiomática de Arrow (1951) si a cambio
de ello logra explicitar los vínculos que unen la elección colectiva y la política
social. La demostración, dice Sen, necesariamente tiene fisuras. Ni siquiera la
relación de preferencia social derivada del principio de Pareto, que es tan caro a
los economistas, reúne las características de un orden de preferencias completo
(reflexividad, transitividad y completitud). Del criterio paretiano se desprenden
una relación de preferencia social que apenas es un cuasi-orden (reflexividad y
transitividad)76.

76. El principio paretiano únicamente representaría un orden de preferencias completo en caso de


que exista unanimidad.

273
Sen (1970) muestra que para avanzar en la comprensión de la política social
no hay más remedio que relativizar la rigidez de la axiomática. De lo contrario,
tarde o temprano, se cae en el teorema de imposibilidad de Arrow. Y aunque el
principio de Pareto no sea un orden completo, debe ser utilizado para propósitos
específicos. “En el difícil campo de la economía del bienestar, aún los pequeños
favores cuentan. A pesar de su falta de completitud, el criterio de Pareto tiene
mucho que aportar” (Sen, 1970:22).
En la lógica de Sen hay una noción de pobreza objetiva que se deriva de su teoría
de la elección. Dicho proceso de derivación está mediado por la política social. La
legitimación teórica de la categoría pobreza es compatible con un enfoque ordinal
de la medición, que acepta comparaciones interpersonales de bienestar (Sen, 1976).
Esta derivación del concepto de la pobreza a partir de la teoría de la elección no
ha sido suficientemente estudiada y valdría la pena avanzar en tal dirección.
Entre la teoría marxista y la visión de Sen cabrían las numerosas variantes que
utilizan los organismos internacionales y que tratan de dar cuenta de un fenómeno
difícil de aprehender.
Suponiendo que en aras de la discusión se acepte la pertinencia de la categoría
pobreza. El siguiente paso analítico tiene que ver con las dimensiones “objetiva”
y subjetiva de la pobreza.
La aproximación objetiva está relacionada con las necesidades básicas. Y aquí
habría espacio para considerar los factores biológico-reproductivos. Pero en el
campo de la ética también hay una noción de objetividad, de carácter normativo.
Previo un proceso de elección, la sociedad debe regirse por juicios imparciales y
razonables. La justicia como imparcialidad (Rawls, 1971) es sinónimo de obje-
tividad (Porter, 1995).
El acercamiento subjetivo a la pobreza enfatiza el estudio de la percepción
que tiene los pobres de sí mismos. Para comprender la pobreza es indispensable
captar la autopercepción de los pobres. Este es el punto de partida de algunos de
los estudios del IDS (1989) y de McGee (1997) y Lampis (1997, 1998). Al destacar
la relevancia de la visión subjetiva de la pobreza, estos autores evitan caer en un
enfoque subjetivista de la pobreza. Puesto que su análisis está motivado por el
convencimiento de que es necesario mejorar la situación de los pobres, escapan
a la posición bergsoniana que lleva a negar las comparaciones interpersonales de
bienestar. Más allá de la forma como los pobres se miren a sí mismos, es nece-
sario establecer algunos criterios objetivos que permitan hacer comparaciones
interpersonales —o intergrupales— de bienestar. Sin estos criterios objetivos sería
imposible desarrollar políticas públicas que busquen combatir la pobreza.
Además de distinguir entre las visiones objetiva y subjetiva, la pregunta ¿qué
es la pobreza? obliga a diferenciar las nociones absoluta y relativa (Boltvinik, 1991,

274
1991b; Sen, 1983). Los estudios que se han realizado en Colombia no abordan de
manera sistemática este problema y se contentan con afirmar que el indicador de
necesidades básicas insatisfechas (NBI) y la canasta normativa de alimentos remite
a una noción absoluta de la pobreza (Boltvinik, 1991:27-28), mientras que la LP
es una medida relativa de la pobreza. Pero ni siquiera los mínimos nutricionales
responden a criterios objetivos precisos. El contexto sociocultural condiciona la
interpretación de la utilidad, su forma de valoración y, saliendo del esquema uti-
litarista, el estándar de vida (Sen, 1987, 1987b).
Sarmiento y González (1998) proponen el siguiente esquema para mostrar
las interacciones planteadas por Sen (1987, 1987b) entre la utilidad y sus formas
de valoración.

Tabla 5. Tres interpretaciones de la utilidad y dos formas de valoración

Utilidad como objeto de valor El objeto de valor como un medio para obtener la utilidad

Como La utilidad es el placer y la


La utilidad depende de los medios que proporcionan la felicidad
placer felicidad

Como La valoración de la utilidad La función de consumo tiene dos características: revela el deseo
satisfacción está directamente asociada a la y hace depender la utilidad de la canasta de bienes. La función de
del deseo valoración del bien. utilidad es indirecta.

El individuo escoge entre ocio La persona selecciona medios para alcanzar la utilidad. Como
Como (placer) y trabajo (displacer). El consumidor escoge canastas de bienes. Como trabajador elige entre
elección ocio o el trabajo tienen valor en ocio (menos ingreso) y trabajo (más ingresos). La decisión entre ocio
sí mismos. y trabajo se hace teniendo como punto de referencia el ingreso.

Ciclo de vida y pobreza


La mayoría de los estudios de pobreza no tienen en cuenta el ciclo de vida.
La pobreza puede ser el resultado del círculo vicioso generado por un choque
externo como, por ejemplo, la pérdida del trabajo. El desempleo tiene una serie
de secuelas intertemporales que adquieren dinámica propia, en la medida en que
se van haciendo endógenas.
El ciclo de la pobreza tiene componentes objetivos y subjetivos. El accidente
de trabajo, que es un hecho objetivo, es asimilado de manera muy diferente por
cada uno de los hogares. La investigación sobre el ciclo de vida debe involucrar
ambas dimensiones.
En Colombia se han realizado pocos estudios sobre historias de vida, que
permitan entender de qué manera las situaciones traumáticas debilitan la capa-
cidad de respuesta del núcleo familiar y van creando una cultura de la pobreza.
Ya hicimos referencia a las aproximaciones de Lampis (1997, 1998) y McGee
(1997). Este examen intertemporal de la pobreza tiene una relación estrecha con

275
la forma como los miembros de la familia perciben los choques externos. El
desempleo que es un trauma objetivo, es asimilado de manera diferente por cada
familia, dependiendo de la vulnerabilidad. Si el hogar cuenta con un acervo grande
de activos físicos y humanos, el desempleo del perceptor principal quizás tenga
un impacto menor que en el caso de un hogar que no haya logrado acumular un
abundante stock de capital.
Los acercamientos objetivos a la historia de vida, deben combinares con estu-
dios que ayuden a conocer la percepción que tienen las personas de su situación a
lo largo del ciclo de vida. La hipótesis que el investigador formula sobre el efecto
objetivo que causa un choque externo (positivo o negativo), debería ser confrontada
con estudios sobre la forma como el hogar resiente el impacto exógeno.
A través de las encuestas, sobre todo de las Encuestas de Hogares, los “ciclos
de vida” se construyen intercalando de manera secuencial a lo largo del tiempo los
diferentes “cross-section”77. Este camino es una aproximación al análisis intertem-
poral. En el futuro la investigación debería avanzar en dos direcciones. Primero,
en la comprensión de las implicaciones analíticas que tienen las historias de vida
en los estudios de pobreza. Y, segundo, en las posibilidades de elaborar encuestas
que arrojen información sobre el ciclo de la pobreza. La Encuesta de Calidad de
Vida (ECV) que acaba de realizar el Dane, con la participación de la Misión Social
–DNP– y otras entidades del Estado, incluye una serie de preguntas que permiten
conocer el capital social de tres generaciones (padre del jefe del hogar, jefe del
hogar e hijo del jefe). Esta es una aproximación valiosa al conocimiento de los
factores objetivos que inciden en el ciclo de vida de la pobreza.
La teoría del ciclo de vida se emparenta bien con los avances que se han rea-
lizado últimamente en el campo de la dinámica y en el de la teoría de juegos.

Pobreza, desigualdad y crecimiento


La pobreza y la desigualdad tienen dinámicas relativamente autónomas. No
van en la misma dirección. Ni en Colombia, ni en América Latina, tenemos claridad
suficiente sobre la dirección de ambas y, mucho menos, sobre la forma como inter-
actúan. El artículo de Ocampo, Pérez, Tovar y Lasso (1998) plantea ambos proble-
mas, explicitando algunos de los posibles vínculos que existirían entre crecimiento,
pobreza y desigualdad. El debate Londoño (1997), Ocampo (1997) y Ocampo,
Pérez, Tovar y Lasso (1998), ilustra muy bien los términos de la discusión.

77. Este procedimiento es utilizado por López (1996). En el último informe de la Cepal (1998:57-92)
hay un capítulo dedicado a la Transmisión intergeneracional de las oportunidades de bienestar.
Esta preocupación es una completa agenda de trabajo.

276
A priori no es posible determinar el tipo de interacciones que se presentan entre
crecimiento, pobreza y distribución. Normalmente se piensa que la lucha contra
la pobreza favorece la equidad. Pero de lo uno no se deriva lo otro. De la misma
manera, las políticas que buscan mejorar la equidad no necesariamente disminuyen
la pobreza. La curva de Kuznets (1955) no resuelve el dilema de si primero es la
distribución y después el crecimiento, o a la inversa. La U invertida de Kuznets
es, ante todo, una constatación. No es pertinente interpretarla como una causalidad
que va del crecimiento hacia la distribución (crecimiento → distribución). La otra
secuencia también cabría dentro de la perspectiva de Kuznets (distribución →
crecimiento). La literatura neoclásica ha mostrado sus claras preferencias por el
primer tipo de causalidad.

La pobreza y el contexto macro e institucional


Macroeconomía, desarrollo y pobreza
Otro tema de investigación posible es la relación entre las dinámicas macro-
económicas, el desarrollo y la pobreza. Berry (1995) se ha preocupado de manera
explícita por este problema78. Especialmente, ha tratado de examinar la relación
entre la distribución factorial del ingreso, la productividad, los salarios y la po-
breza.
Berry plantea, por decirlo de alguna manera, el debate en los términos con-
vencionales. Los estudios de Marques-Pereira (1998) y Salama (1995) analizan
la relación entre lucha contra la inflación, la “financiarización” y la pobreza,
desde una perspectiva menos convencional. Para los autores la gestión monetaria
y financiera en América Latina ha respondido a una doble tensión. De un lado, la
pérdida de autonomía de las políticas fiscal y monetaria derivada de la globaliza-
ción financiera. Y, de otra parte, las restricciones impuestas por los programas de
ajuste estructural. La prelación dada a lo monetario y al control de la inflación ha
generados choques estructurales importantes, como la pérdida de competitividad
internacional. No hay duda de que estas dinámicas inciden en el empleo, los sa-
larios y el nivel de pobreza. El problema radica en determinar las formas como
tienen lugar estas interacciones.
En Colombia ya se empiezan a realizar aproximaciones al estudio de la relación
entre la macroeconomía, la pobreza y la desigualdad. Uno de los fenómenos que

78. Los estudios de Berry y Tenjo (1994), Londoño (1997), Ocampo (1997), Ocampo, Pérez, Tovar
y Lasso (1998), Cárdenas, Sánchez, Núñez y Bernal (1998), Sánchez (1998), Fresneda, Gonzá-
lez, Sarmiento y Cárdenas (1997) relacionan la evolución macroeconómica y los cambios en la
desigualdad.

277
expresa nuestra falta de conocimiento sobre el impacto que tienen las variables
macroeconómicas en la pobreza es la estabilidad que muestra la incidencia, medida
por línea de pobreza (LP)79.
Durante la última década la economía colombiana ha experimentado choques
muy fuertes y, sin embargo, la incidencia apenas si ha variado. La estabilidad de la
incidencia por LP es sorprendente, sobre todo, en un período en el que la economía
ha estado tan convulsionada. La LP debería expresar, por lo menos, el impacto
que ha tenido la tasa de desempleo en la remuneración. Pero los cambios macro
no hacen mella en el indicador de incidencia. O es mentira que la LP refleje cam-
bios coyunturales, o los efectos compensatorios son de tal naturaleza que logran
estabilizar el indicador. Ambas hipótesis son plausibles. Tal vez la estabilidad de
la LP sea una falsa preocupación.
No hay duda de que la medición de la pobreza es deficiente. Pero esta debilidad
de la medición refleja carencias conceptuales, ya que no sabemos de qué manera las
variables macro están incidiendo en los niveles de pobreza. La secuencia de estas
causalidades no ha sido estudiada. Un trabajo de investigación podría comenzar
preguntándose por las razones de la estabilidad de la incidencia.
Ha sido mucho menos estudiada la relación entre pobreza y desarrollo. Estas
investigaciones se mueven en horizontes temporales más amplios que los estudios
macro. La trampa de pobreza, de la que habla la teoría del desarrollo, puede enfo-
carse desde dos perspectivas. La de Sala-i-Martin (1994)80, o la de Kuznets (1971)81.
La primera ha estado muy marcada por la realización de test de convergencia, pero
sin una reflexión analítica sobre la forma como se relaciona la no convergencia y
las carencias estructurales82. La segunda línea, de orientación kuznetiana, ha sido
menos explorada en Colombia. Kuznets muestra que la no convergencia tiene que
ver con limitantes históricos, culturales y estructurales de muy diverso tipo como,
por ejemplo, el peso dejado por la colonización83.

79. Ver los cálculos de Nina (1997, 1997b).


80. Véase, también, Barro y Sala-i-Martin (1992, 1995), Barro (1997). Para Sala-i-Martin (1994:40
y ss), hay trampa de pobreza cuando el stock de capital inicial se encuentra por debajo del nivel
que posibilita la convergencia.
81. “(...) La difusión del crecimiento económico moderno, a pesar de sus efectos parciales mundiales,
está limitada por cuanto el desempeño económico de los países que albergan a tres cuartas partes
de la población del mundo se encuentran todavía muy lejos de los niveles mínimos viables con
la potencialidad de la tecnología moderna” (Kuznets 1971:115).
82. En los últimos años en Colombia se han realizado algunos estudios sobre convergencia, muy
influenciados por la visión de Barro y Sala-i-Martin. Véase, por ejemplo, Cárdenas (1993),
Cárdenas, Pontón y Trujillo (1993), Uribe (1993), Rocha y Vivas (1998).
83. Esta perspectiva del análisis de Kuznets no puede ser captada en presentaciones simplistas, y a mi
modo de ver equivocadas, de la llamada curva de Kuznets. Londoño (1995), por ejemplo, interpreta
la curva de Kuznets, suponiendo que hay una causalidad que va del desarrollo hacia la desigualdad.

278
Mercados de trabajo y pobreza
En el país se ha explorado bastante la relación entre los mercados laborales y
el ingreso. Se ha estudiado menos el vínculo entre la dinámica de estos mercados
y la pobreza. Los cambios que tienen lugar en el mercado del trabajo repercuten
directamente en el ingreso. Y estas variaciones deberían reflejarse en la incidencia
medida por la LP. Ello no sucede así. Al restringir las mediciones de la pobreza
a la LP, no se han explorado otras alternativas de evaluación de la pobreza que
sean más sensibles al ciclo económico.
En esta área la investigación debe cubrir varios frentes. El más general, tendría
que ver con la falta de correspondencia entre los ciclos del empleo y la tasa de
incidencia medida por LP. Otros más específicos, con la incidencia que tiene la
dinámica del empleo en la pobreza de los miembros del hogar (mujeres, jóvenes
y niños). La Cepal (1998:43-56) ha tratado de avanzar en esta dirección.
Desde el enfoque de la vulnerabilidad, Lampis (1998) encuentra que el desem-
pleo es un evento determinante del ciclo de vida del hogar. A partir del momento
en que se pierde el empleo se desencadenan procesos endógenos que fortalecen
una espiral viciosa que intensifica la trampa de pobreza. Los miembros del hogar
reaccionan ante la falta de empleo y tratan de buscar diversas alternativas.
El tema del mercado de trabajo también puede abordarse desde el ángulo
de las oportunidades. La desigualdad suele enfocarse del lado de los ingresos,
descuidando el tema de la desigualdad de oportunidades.

Instituciones y pobreza
La relación entre instituciones y pobreza podría enfocarse desde dos perspec-
tivas. La primera, desde la teoría general de las instituciones y, segundo, desde el
ordenamiento institucional en función de la política social.
El primer camino lleva a la teoría institucional. Para el caso colombiano el
neo institucionalismo de Wiesner (1997, 1997b) abre numerosas posibilidades
de análisis84.
El segundo camino tiene que ver con la forma como el ordenamiento institu-
cional (público y privado) afecta la política social. A medida que la frontera entre lo

84. Piensa Wiesner (1997b:15) que la eficiencia y la equidad del gasto público mejoran con la
generalización del escogimiento público. “Se entiende por “escogimiento” todo el entorno que
regula al nivel territorial, al plantel, al estudiante y al profesor. La premisa analítica es que entre
mayor descentralización y autonomía exista más alta será la probabilidad de obtener mejores
resultados. Esto no quiere decir que “school choice” o un sistema de “vouchers” se consideren
como panaceas sino que esa es la dirección en que se debe mover el proceso de reforma. En
breve, el énfasis hay que buscarlo más del lado de la demanda que de la oferta”.

279
estatal y lo privado se ha ido diluyendo, lo público adquiere una nueva dimensión.
Usualmente la política social se ha financiado a través del gasto público. Pero la
crisis fiscal ha obligado a abrir nuevas alternativas de financiamiento en las que
los particulares interactúan de manera más directa con el Estado.
La focalización de los programas sociales no es sólo un instrumento. Refleja
una concepción teórica que privilegia los subsidios a la demanda frente a los
subsidios a la oferta (Sojo, 1990). Detrás de ambas posiciones hay una visión de
las instituciones y de la elección pública. Los estudios de Wiesner (1992, 1994,
1997) avanzan en esta dirección y muestran el abanico de las escuelas.
Las políticas de focalización han mostrado la necesidad de sopesar la per-
tinencia de los programas orientados hacia el lado de la oferta o hacia el lado
de la demanda. La Ley 60 sobre transferencias y la Ley 100 sobre salud son las
manifestaciones más claras de estas dos lógicas. Mientras que la Ley 60 se inclina
hacia la oferta, la Ley 100 prioriza la demanda. El impacto sobre la pobreza es
diferente, dependiendo de si las políticas sociales estimulan la oferta o la demanda.
Este debate se ha politizado y ha alcanzado altos grados de ideologización. No se
ha investigado de manera juiciosa el funcionamiento de los mercados de la salud
y de la educación, que son los más sensibles a los programas sociales.
Pocas investigaciones han buscado la relación entre pobreza y gestión estatal.
A título de ejemplo mencionamos la propuesta de Lautier (1994). El autor con-
sidera que la naturaleza del Estado debe definirse a partir de la forma como éste
gestiona la pobreza. Esta hipótesis abre numerosas posibilidades de análisis. La
pobreza sería un elemento constitutivo de la regulación estatal. Desde esta pers-
pectiva, la lucha contra la pobreza no sería más que un discurso porque el Estado
latinoamericano es incapaz de enfrentar los condicionantes estructurales de la
pobreza. La gestión de la pobreza se realiza de tal manera que permita alcanzar
las metas blandas del desarrollo social de las que habla Kaztman. La obtención de
las metas duras implicaría realizar rupturas políticas demasiado comprometedoras,
porque afectan las dotaciones iniciales. En otras palabras, concluye Lautier, el Es-
tado latinoamericano no puede resolver el problema de la pobreza, pero tampoco
puede renunciar al discurso en contra de la pobreza porque pierde legitimación.
Independientemente de la validez de la hipótesis de Lautier, su forma de enfocar
el problema sí tiene elementos metodológicos novedosos: La gestión de la pobreza
define la naturaleza del Estado. Esta aproximación convierte la pobreza en un
concepto central de la economía política.
Marques-Pereira (1998) se pregunta por qué el aumento de la pobreza en
América Latina ha sido compatible con una cierta legitimación de los gobiernos.
La respuesta habría que buscarla en la aceptación que ha tenido la estabilidad
monetaria y el control de la inflación. En la conciencia de los pobres la ausencia

280
de hiperinflaciones ha creado una sensación de seguridad frente a la capacidad
adquisitiva de la moneda. Y este beneficio compensa los altos costos de los pro-
gramas de ajuste. A pesar de que en los últimos 15 años el número de pobres ha
aumentado, los gobiernos han ganado mayor legitimidad. Iguiñiz (1993) muestra
que en América Latina los pobres no se rebelan porque la mayor pobreza se da
en un contexto de menor opresión. Quizás los pobres no se sientan peor. Aparen-
temente el incremento de la pobreza no es percibido por la población como una
desmejora de su bienestar. Es muy posible que las aproximaciones cuantitativas
que estamos realizando a la pobreza no sean el mejor instrumento para captar el
bienestar de las personas a las que consideramos pobres.

Familia y pobreza
Las encuestas de hogares y las encuestas de ingresos y gastos hacen una sim-
plificación fundamental: La función de utilidad del hogar es única. Se reconoce
la heterogeneidad de los preceptores del ingreso, pero se supone que el consumo
es homogéneo. Becker afirma, claramente, que el matrimonio unifica la función
de utilidad del hogar. Pero esta simplificación niega el proceso de decisión que
tiene lugar al interior de la familia y desconoce las desigualdades que se presentan
entre sus miembros.
La encuesta de hogares diferencia por tipo de perceptores y discrimina las
características de vinculación de los miembros del hogar al mercado laboral. Esta
aproximación es legítima y útil, pero es insuficiente para captar la forma como los
miembros del hogar responden al ciclo económico. Se requieren otras variables
adicionales.
La familia no es la unidad de análisis de la encuesta de hogares, aunque sí
lo es del Sisbén. Este es un punto que debe explorarse mucho más. El Sisbén ha
cumplido un papel importante en la selección de beneficiarios, pero se ha avanzado
muy poco en la caracterización de las familias pobres.

281
282
Exclusión y gobernabilidad
en el caso colombiano∗

Gobernabilidad y teoría económica


La aproximación al análisis de la gobernabilidad debe partir de un enfoque de
la teoría económica que trate de ser lo menos reduccionista posible. Puesto que la
gobernabilidad tiene varias dimensiones (política, económica, financiera, medio
ambiental, migratoria, etc.)85, la economía debe dialogar con las otras disciplinas
sociales. Debe tender puentes que faciliten la interdisciplinariedad. Es conve-
niente retomar la propuesta de Williamson (1993:103) y Vernon Smith (1974):
La economía tiene que ser pensada como una institución “liberada del núcleo”86.
Y este principio adquiere plena validez cuando se examina la gobernabilidad con
los lentes de la economía.

∗ Texto para la Cepal, Bogotá, 2003. Mimeo.


85. El estudio reciente de la Cepal (2002) pone en evidencia la multidimensionalidad de la gober-
nabilidad.
86. Para Vernon Smith (1974) la necesidad de pensar la economía por fuera del núcleo no inválida
los intentos que se hacen por consolidar una teoría que al interior del núcleo sea libre de va-
lores. Este ejercicio es conveniente porque ayuda a explicitar los intereses que subyacen a los
diferentes análisis. El ideal científico en economía sigue siendo el de examinar las condiciones
de contratación al interior del núcleo dejando por fuera de todo criterio institucional-valorativo.
Pero, concluye Smith, a pesar de todos los esfuerzos la dimensión valorativa termina permeando

283
El núcleo, que es una categoría central en la teoría microeconómica, tiene la
virtud de que permite captar claramente los límites del equilibrio y del mercado87.
Sin entrar en detalles técnicos, basta con afirmar que en el núcleo el equilibrio
es óptimo y el sistema de precios funciona. Por fuera del núcleo es factible que
no se cumplan ninguno de estos dos principios. Así que el equilibrio, en caso de
que exista, es subóptimo. Y además, pueden presentarse situaciones en las que
los precios sean inoperantes.
Si se acepta que la economía puede ser pensada como institución liberada
del núcleo se llega a la conclusión de que el mercado tiene límites intrínsecos,
que no permiten que desde su interior puedan comprenderse dimensiones tan
complejas como la gobernabilidad. El mercado se agota en dos situaciones. La
primera tiene que ver con la naturaleza del bien y la segunda con el paso de la
elección individual a la elección colectiva.
Hay bienes que por su misma naturaleza no pueden ser transados en el mercado.
Bien sea porque no admiten una valoración monetaria. O si ésta puede hacerse,
no es el resultado de la dinámica propia de la oferta y la demanda. La educación,
la salud, la justicia, la seguridad, por ejemplo, son bienes cuya valoración en el
mercado es muy imperfecta88. El comentario es relevante porque los bienes so-
ciales, que tienen una relación directa con las posibilidades y condiciones de la
gobernabilidad, suelen escapar a la dinámica del mercado. El distanciamiento del
mercado comienza por la definición de la naturaleza misma del bien. El objeto
de la transacción no es preciso. En el acto médico no es claro cuál es el bien
que se compra y se vende. Tampoco lo es en la relación maestro/alumno. En el
proceso de formación de los precios de estos bienes intervienen consideraciones
no-mercantiles89.

el núcleo. “La nueva microteoría tratará, y deberá hacerlo, los aspectos relacionados con los
fundamentos económicos de las organizaciones y de las instituciones (...)” (Smith, 1974:321).
Al seguir este camino es imposible dejar de lado los valores.
87. Se refiere al núcleo de contratación de la caja de Edgeworth (1881). El núcleo de una economía
de intercambio se define como el conjunto de todas las asignaciones que son posibles y que no
están dominadas por ninguna coalición.
88. Adam Smith (1759, 1776b) reconoce que el sistema de precios actúa muy bien en ciertas áreas
(panadería, calzado, muebles, etc.), pero no es apropiado en campos como la educación y la
salud, porque frente a este tipo de bienes se acentúa el impacto de sentimientos morales como
la simpatía y la prudencia. Entre los autores contemporáneos, se destaca Arrow (1963, 1963b,
1965, 1967). El autor muestra que la lógica de precios tiene límites intrínsecos y, por tanto, es
inútil tratar de aplicarla a bienes como los servicios médicos. Mucho menos a la salud.
89. La siguiente frase de Vernon Smith explicita las limitaciones de la teoría económica cuando los
bienes no pueden valorarse en términos de precios. “Gary Becker (1981) ha mostrado que la eco-
nomía puede ser relevante para la institución del matrimonio. Pero si el divorcio es pensado como
un problema social, dudo que pueda resolverse con su teoría del matrimonio” (Smith, 1974:321).

284
El mercado también se agota cuando nos movemos en el terreno de la elección
social90. Puesto que la gobernabilidad corresponde al mundo de la elección colec-
tiva, para entender sus características es necesario salir de la esfera del mercado.
En otras palabras, debe emprenderse el camino hacia la liberación del núcleo. No
importa que el economista deba reconocer que no sabe. “Algunas veces, una de
las funciones importantes de un análisis económico desapasionado es mostrar que
ciertos problemas sociales pueden no tener solución” (Smith, 1974:321).

Gráfica 20. La gobernabilidad y su relación con la no-exclusión,


el bien-estar y los indicadores de Pigou

Gobernabilidad

No exclusión Bien-estar

Pigou

Propongo un acercamiento a la gobernabilidad que aunque tiene sus raíces en


lo económico va más allá. La gráfica 20 describe las relaciones básicas. La primera
categoría es la no-exclusión de la vida de la comunidad. Aunque la intensidad de
la exclusión varía, hay límites que son inaceptables. En el caso colombiano la
Constitución de 1991 establece los umbrales mínimos, por debajo de los cuales
pierde su razón de ser el Estado Social de Derecho. Desde la no-exclusión sale
una flecha que llega a Pigou. Traigo a colación el nombre de Pigou (1912, 1920)
porque el autor propone evaluar el avance la sociedad a partir de un indicador
que no obstante su sencillez, tiene mucha fuerza analítica: Una comunidad mejora
cuando el producto per cápita crece sin que haya un deterioro de la distribución del
ingreso. El tercer componente de la gráfica es el bien-estar. Esta categoría tiene una

90. La formalización inicial del conflicto entre las elecciones individual y colectiva es de Arrow
(1951). Las reflexiones alrededor de estos temas han dado origen a las escuelas de la elección
pública (Buchanan y Tullock 1962, 1964, 1966) y de la elección social (Arrow 1951, 1963c;
Sen, 1970).

285
significación más amplia que el bienestar, que suele estar asociado a una noción
de felicidad individual. Finalmente, en la parte superior de la gráfica aparece el
último componente: La gobernabilidad. En la literatura sobre gobernabilidad el
término se aplica tanto a las corporaciones privadas como al gobierno en la esfera
de lo público91. En el primer caso, uno de los problemas relevantes es la relación
entre los propietarios de la empresa (los accionistas) y los administradores. Y en
el segundo caso, la discusión gira alrededor de las interacciones que se presentan
entre quienes tienen el poder y los gobernados.
Defino la gobernabilidad como la respuesta adecuada del gobernante a las
demandas de quienes se sienten excluidos. Esta definición de la gobernabilidad
tiene más relación con la gobernabilidad pública que con la gobernabilidad de
las corporaciones. El juicio sobre lo “adecuado” de la respuesta del gobernante
lo expresan los gobernados de maneras muy heterogéneas (voto, manifestaciones,
paro, violencia, etc.). La definición supone que en ausencia de exclusión no hay
problemas de gobernabilidad. Basta con que una persona se sienta excluida para
que haya, así sea en mínimo grado, un problema de gobernabilidad. La unanimidad
es una situación extrema que deja sin sentido la pregunta por la gobernabilidad. En
el caso de la dictadura, que sería el otro extremo, la pregunta por la gobernabilidad
tampoco es pertinente. El dictador impone su preferencia a los demás. Mientras
que el dictador logre hacer que los demás sigan sus órdenes, no hay espacio para
preguntarse por la gobernabilidad. Pero desde el momento en que las personas
descontentas pueden comenzar a expresar su insatisfacción, el poder dictatorial
empieza a fracturarse. Y la forma como el dictador responde a estas demandas
también es un asunto de gobernabilidad. El juicio sobre lo “adecuado” de la res-
puesta del gobernante finalmente tiene que realizarse en términos de poder. En
este momento de la discusión es inevitable hacerse la pregunta por la legitimidad
del gobernante y de los medios que utiliza. La gobernabilidad del dictador no
es legítima. Pero por otro lado, hay gobiernos legítimos que van perdiendo los
márgenes de gobernabilidad. Dejando de lado las dos situaciones extremas, la
unanimidad y el dictador sin fisuras, siempre se presentan, en mayor o menor
medida, problemas de gobernabilidad. Podría ser más útil recurrir a un término
como gobernabilidad democrática o gobernabilidad legítima. Estos conceptos
restringen la noción de gobernabilidad a las sociedades que eligen sus mandatarios
mediante la regla de decisión por mayoría.
A medida que explico cada uno de los componentes, voy desarrollando las
interacciones presentadas en la gráfica 20.

91. Sobre las diferentes aplicaciones de la gobernabilidad, ver North y Weingast (1989), Pérez (2001,
2002), Shleifer y Vishny (1997), Williamson (1988).

286
La no-exclusión
El punto de partida del análisis es la no-exclusión. He escogido la categoría
exclusión porque ofrece un marco analítico suficientemente comprehensivo. Sen
(2000) muestra la pertinencia de rescatar el término exclusión92. Considera que
es conveniente para analizar fenómenos sociales contemporáneos como el des-
empleo, la xenofobia, la asimetría de los procesos migratorios, la concentración
del ingreso, etc.
La simpatía es el sentimiento que lleva a la persona a colocarse en los zapatos
del otro (Smith, 1759:5). Se trata de mirar el mundo desde la perspectiva del otro.
La simpatía incluye toda la gama de sentimientos que van desde el amor hasta el
odio. El pensamiento de Smith es incomprensible sin la dimensión del otro. La
percepción que tengo de mi belleza o fealdad está marcada por la forma como
percibo que los otros me perciben. “Nuestras ideas iniciales sobre la belleza per-
sonal y la deformidad se configuran a partir de la forma y apariencia de los otros
(...)” (Smith, 1759:163). Así que cualquier sentimiento egoísta no puede ignorar
al otro. En otras palabras, no es posible un egoísta puro. La simpatía está presente
en todo momento. La peor forma de exclusión, recuerda Smith, es la eliminación
violenta del otro93.
Ya decía Sen (1977) refiriéndose al trabajo de Edgeworth (1881), que no
tiene sentido concebir una sociedad de egoístas puros. El problema lo expresó
claramente Edgeworth al reconocer que por fuera del núcleo de contratación (por
fuera del mundo de los precios), no hay más remedio que hacerse la pregunta
ética por la sociedad buena. Edgeworth explicita el conflicto entre el egoísmo
puro y el axioma fundamental del utilitarismo de Bentham (1776:3): “La máxima
felicidad para el mayor número”. El utilitarismo de Bentham entra en conflicto
con el egoísmo puro de Edgeworth. Hay una tensión inevitable.

92. En los últimos años el debate sobre la exclusión ha sido muy rico. Ver, por ejemplo, Bula
(1999), Corredor (1999), Dasgupta (1999), De Haan (1997, 1998, 1999), De Haan y Maxwell
(1998), Efilwc (1995), Evans (1998), Gaventa (1998), Harwin y Fajth (1998), Paugam (1996),
Sen (2000), Silver (1994), Sindzingre (2000), Van Parijs (1994).
93. La violencia política tiene una larga historia en Colombia. El exterminio de la Unión Patriótica
(UP) es una expresión evidente de exclusión política. Jaime Pardo, el candidato presidencial
de la UP, es asesinado en 1987. Adicionalmente son asesinados 4 congresistas, 5 diputados,
45 concejales, 4 alcaldes y 15 candidatos a las elecciones siguientes. El siguiente candidato
presidencia, Bernardo Jaramillo, es asesinado en 1990. Entre 1985 y 1992 hubo 717 homicidios
contra miembros de la UP. La impunidad es alarmante. Se abrió investigación apenas en el 22%
de los casos. Hubo sentencia en el 6% y solamente hubo 4 condenas. No sólo se persigue a los
miembros de la UP. El Ministro de Justicia, Rodrigo Lara, es asesinado en 1984. Luis Carlos
Galán, el candidato del Nuevo Liberalismo, es asesinado en 1989. Pablo Escobar y Rodríguez
Gacha mueren en 1993. Entre 1979 y 1991 fueron asesinados 290 funcionarios judiciales.

287
La no-exclusión tiene grados diversos, y por ello es posible pensarla como
un proceso dinámico que, dependiendo de las circunstancias, puede evolucionar
hacia situaciones de mayor o menor exclusión. Por su naturaleza con respecto a la
deprivación, la exclusión puede ser instrumental o constitutiva. Y por la dinámica
que la ocasiona, la exclusión puede ser activa o pasiva.
En líneas generales, la exclusión social se manifiesta en una deprivación de
las capacidades, pero la exclusión puede ser parte constitutiva de la deprivación,
o una causa instrumental (Sen, 2000:5). La persona desempleada no tiene dinero
para acceder a algunos bienes, así que individuo queda excluido del consumo de
bienes de manera indirecta. Y en este sentido el desempleo es causa instrumen-
tal94. Pero si la persona tiene dificultades para hablar con los demás, y se siente
inferior a los otros, su exclusión es parte constitutiva de la deprivación de las
capacidades.
La exclusión es activa cuando ofrece a un propósito deliberado. El control
a la inmigración es un ejemplo claro de exclusión activa. La exclusión pasiva
resulta de dinámicas que, por sí mismas, no buscan la exclusión. Es posible que
en determinada coyuntura la política cambiaria tenga impactos negativos en la
producción nacional y el empleo. En un caso como este no tendría sentido afirmar
que la política cambiaria es excluyente.
El punto de partida de la gráfica 20 es la no-exclusión. Esta decisión obede-
ce a las razones siguientes: i) es un imperativo constitucional, ii) tiene una clara
fundamentación teórica, iii) favorece el crecimiento.

El imperativo constitucional
La no-exclusión en aspectos fundamentales (nutrición, vivienda, educación,
empleo, agua, etc.) es una premisa del Estado Social de Derecho, tal y como ha
sido definido por la Constitución de 1991. En este sentido, la no-exclusión es un
imperativo constitucional95. Los Talleres del Milenio reafirman este principio.
Postulado programático para el desarrollo productivo y la inclusión social. Cons-
trucción de un contrato social sobre la generación de riqueza y la inclusión.
Colombia hoy más que nunca se ve enfrentada a la necesidad de construir co-
lectivamente una visión de futuro del país, en el que el desarrollo productivo y

94. Sen (2000:22) enuncia algunas de las incidencias negativas del desempleo: la caída del ingreso,
la disminución de la producción corriente, la pérdida de habilidades y destrezas, el deterioro de
la libertad, el daño psicológico, la enfermedad y la mortalidad (incluso el suicidio), el daño de
las relaciones con los demás, la menor motivación, el debilitamiento de los valores sociales.
95. Si se desea profundizar en el significado y las implicaciones del Estado Social de Derecho, ver
entre otros, Cepeda (1993), González (1999), Kalmanovitz (1999, 2001), Medina (1993), Pérez
(2001, 2002), Uprimny (2001, 2001b).

288
la generación de empleo socialmente eficiente conduzcan al aprovechamiento
de las potencialidades sociales, a la adecuada utilización de los recursos dispo-
nibles y a la mejora en la equidad y el acceso de oportunidades, como factores
fundamentales para la transformación social del país en el mundo de hoy (Garay,
2002:34).

Así que el contrato social debe estar basado en la generación de riqueza y en


la inclusión. La “mejora en la equidad y el acceso de oportunidades” son “factores
fundamentales para la transformación social del país”.

La fundamentación teórica
Hay una segunda razón para considerar la no-exclusión como un postulado
básico: Su clara fundamentación teórica. Las referencias que ya hice a Adam Smith,
a Bentham y a Edgeworth muestran que la preocupación por la no-exclusión es
constitutiva de la naturaleza del pensamiento económico96. De manera mucho más
enfática, Walras (1936, 1936b) insiste en que la competencia funciona siempre y
cuando el Estado sea el propietario de la tierra. El monopolio privado de la tie-
rra, que es el principal factor de producción, no favorece la competencia. No hay
competencia sin distribución. Las críticas de Marshall (1892, 1892b) a la Ley de
Pobres están basadas en un principio elemental: No se necesitan leyes de pobres
si las personas tienen empleo. Keynes (1936, 1937) retoma la idea de Marshall y
pone el énfasis en acciones públicas que favorezcan el empleo.
Desde un marco teórico muy distinto al de Keynes, Hayek (1976:108 y ss.)
concibe el mercado como catalaxia. El término que inicialmente fue propuesto
por Whately (1885) para explicar el “orden del mercado”, es retomado por Mises
(1949). Catalaxia viene del verbo griego katallattein (o katallassein). Y tiene tres
significados que Hayek acepta: i) el intercambio, ii) ser admitido en la comunidad
y iii) cambiar, pasando de ser enemigo a ser amigo97. La característica ii) remite
a las nociones de simpatía de Smith (1759) y de no-exclusión de Sen (2000). Y
el punto iii) pone en evidencia la necesidad de que los individuos renuncien a
sus intereses, de tal manera que la relación de enemistad se convierta en una de

96. Bentham admira a Jefferson y comparte su idea de que la democracia norteamericana debe estar
fundada en una sociedad de pequeños propietarios.
97. Hayek está de acuerdo con la visión de catalaxia que ya había propuesto Mises treinta años
atrás. “La catalaxia se ocupa de los fenómenos del mercado con todas sus raíces, ramificaciones
y consecuencias. No hay duda de que las personas que participan en el mercado están motiva-
das no sólo por el deseo de conseguir comida, vivienda, goce sexual, sino también por ideales
múltiples. Las acciones humanas tienen que ver con “cosas” materiales e ideales. La persona
escoge entre varias alternativas, no importa si son clasificadas como materiales o ideales” (Mises,
1949:233).

289
amistad. El orden del mercado es posible entre amigos. La no-exclusión es una
precondición para que el mercado sea factible. La catalaxia incluye la relación con
el otro desde dos dimensiones: La admisión en la sociedad y, la transformación del
enemigo en amigo. No se trata de hacer una lista exhaustiva de los economistas.
Los que ya he mencionado son suficientes para mostrar que la no-exclusión es
constitutiva del pensamiento económico98.

Favorece la dinámica de crecimiento


La no-exclusión favorece la dinámica de crecimiento. De alguna manera, los
autores mencionados estarían de acuerdo con este principio general. Y de una
manera más específica, en los últimos años se ha desarrollado una extensa litera-
tura que muestra la pertinencia de considerar la no-exclusión como una condición
necesaria para que haya crecimiento99. Esta mirada no es compartida por quienes
consideran que la no-exclusión es el punto de llegada más que el punto de partida.
La moderna teoría del crecimiento, que está muy bien expresada en los modelos
de Barro (1974, 1976, 1989), Barro y Sala-i-Martin (1992, 1992b), Sala-i-Martin
(1994, 1997), está basada en el principio de que hay que sustituir sacrificio presente
por bienestar futuro. Este llamado a la austeridad suele estar asociado a la idea de
que la agenda distributiva tiene que posponerse. El reciente estudio de Cárdenas
(2002) centra la atención en la violencia y la corrupción y desconoce la incidencia
que pueda tener la exclusión en la caída de la productividad. El autor muestra
que la productividad total de los factores ha caído. Y explica la disminución por
la criminalidad la que, a su vez, se explica por la violencia100.

98. En González (2002) muestro que la tradición económica siempre ha tenido presente la dimen-
sión del otro. Y que la tensión entre libertad e igualdad, tal y como la describe Vickrey (1945),
subyace a la construcción de la teoría económica.
99. Menciono algunos estudios, la mayoría referidos al caso colombiano. Berry (2002), Berry y
Tenjo (1994), Birdsall, De la Torre y Menezes (2001), Bula (1999), Cepal (1990, 1991, 1992,
2001), CGR (1993), Di Marco (1996), Garay (2002 b), Jaramillo (1995), López (1998), Nina y
Grillo (2000), Ocampo, Pérez, Tovar y Lasso (1998), Piketty (1994), Prealc (1990), Sarmiento
(2000).
100. “El crecimiento anual del PIB colombiano cayó de un promedio cercano a 5% entre 1950 y
1980 a sólo 3% entre 1980 y 2000. La descomposición de las fuentes del crecimiento indica que
este retroceso puede atribuirse enteramente a los cambios en la productividad. De hecho, entre
1960 y 1980 las ganancias por productividad incrementaron el producto per cápita en cerca de
1% por año. En contraste, desde 1980 las pérdidas de productividad han reducido el producto
per cápita en un monto similar. El análisis de las series de tiempo sugiere que semejante implo-
sión de la productividad está estrechamente relacionada con el incremento en la criminalidad
en Colombia, la cual ha dado origen a una desviación de factores productivos hacia actividades
improductivas. A su turno, el incremento en la criminalidad ha sido el resultado de una típica
expansión de las actividades de narcotráfico, que hicieron erupción alrededor de 1980. Esta

290
Quienes piensan que la no-exclusión va a la par con el crecimiento tienen
posiciones heterogéneas. En un extremo se afirma que la equidad es una precondi-
ción absoluta del crecimiento. Hacia allí apuntan los argumentos de Berry (2002)
sobre las consecuencias nefastas que ha tenido en el país la incapacidad secular
de realizar la reforma agraria. Desde un enfoque más general, Sen (1970, 1974,
1998, 1999) también considera que la no-exclusión es una condición necesaria
para avanzar hacia el crecimiento. En el otro extremo se dice que el crecimiento
es sostenible si es compatible con la equidad. El estudio reciente de Birdsall, De
la Torre y Menezes (2001) se acerca más a esta última posición: Es importante
“auspiciar la equidad sin menguar el crecimiento”101. No obstante la diversidad
de enfoques, para todos estos autores es claro que la equidad no puede pospo-
nerse. Que no tiene sentido afirmar que primero es el crecimiento y después la
no-exclusión102.
La tesis doctoral (Sen, 1960) es sobre la función de producción y la sustitución
de técnicas. En el trabajo, que fue dirigido por Joan Robinson, el autor muestra
que la sustitución tecnológica no puede descontextualizarse. Que las técnicas
intensivas en mano de obra tienen consecuencias distintas en el empleo según
sea el nivel de capitalización de cada sociedad. Y en trabajos posteriores (Sen,
1970, 1974, 1998, 1999), el autor muestra que es inaceptable desde el punto de
vista ético la idea de que primero es necesario crecer (sudor y lágrimas) antes de
poder compartir el bienestar.
Junto con Sen, otros dos premios Nóbel recientes, Vickrey y Stiglitz103, han
argumentado que las condiciones de la población pueden mejorar desde ahora
si los criterios que guían la política económica se modifican. Se trata entonces,
de concebir el desarrollo de tal forma que las medidas que se tomen comiencen
a favorecer a los más pobres y vulnerables. La transmisión intergeneracional de
la pobreza debe romperse lo más rápidamente posible104. Poco a poco se ha ido

explicación se encuentra apoyada, además, en la evidencia internacional. Los estudios de corte


transversal entre países muestran que Colombia es un caso atípico en términos de la intensidad
del conflicto y la fragmentación social e indican que un nivel de criminalidad alto está asociado
a una baja productividad” (Cárdenas, 2002:1).
101. Los autores critican el círculo vicioso en el que cayó América Latina durante los noventa. “Un
círculo vicioso en el que la pobreza y la desigualdad impiden el crecimiento, y el bajo índice
de crecimiento agrava la pobreza y la desigualdad, es particularmente preocupante en América
Latina” (Birdsall, De la Torre y Menezes, 2001:17).
102. Martínez (2001) hace una cuidadosa presentación la visión de algunos autores colombianos
sobre la relación entre economía, crimen y conflicto.
103. Ver, por ejemplo, Vickrey (1996, 1997) y Stiglitz (1997, 1998, 2002).
104. “Al menos la mitad de los latinoamericanos ven limitadas tempranamente sus oportunidades de
bienestar como consecuencia de las características que asume la transmisión intergeneracional
de capital educativo y de oportunidades laborales, que junto a otros factores son determinantes

291
haciendo una lectura menos ideológica de la llamada curva de Kuznets (1955). A
partir de las preocupaciones de Kuznets se ha dicho que primero debe crecerse y,
posteriormente, mejorar la distribución. Pero en el artículo de Kuznets en ningún
momento se dice que el crecimiento es condición previa de la equidad. El autor
constata que los países más desarrollados son más equitativos. Pero en ningún
momento se atreve a proponer relaciones de causalidad. Incluso, termina el artí-
culo diciendo que la información disponible es muy limitada y que el 5% de lo
dicho corresponde a la evidencia empírica y el 95% restante a la “especulación”
(Kuznets, 1955:26). La aproximación des-ideologizada de Kuznets es compatible
con la gráfica 20.

Los indicadores de Pigou


Continúo leyendo la gráfica 20 de izquierda a derecha. La flecha que parte
de la no-exclusión llega a Pigou. La referencia a este autor tiene el propósito de
recuperar la propuesta que él hace (Pigou, 1920:47 y ss) de evaluar el bien-estar
de la sociedad a partir de dos criterios: El aumento del producto per cápita y la
mejor distribución del ingreso. Los dos indicadores de Pigou todavía son vigentes.
No basta con crecer. Es necesario, además, que el mayor producto sea distribuido
de forma equitativa.
Gráfica 21. PIB per cápita (1980-2001)
Decenas de pesos constantes de 1975
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Fuente: Tabla 6.

de la elevada y persistente desigualdad socioeconómica y regional” (Cepal, 1998:59). Sobre


la transmisión intergeneracional de la pobreza ver, además, Corchuelo, Rodríguez, Acosta y
Baquero (1999), Nina (1997c), Nina y Grillo (2000).

292
Tabla 6. PIB per cápita anual
- Pesos constantes 1975

Año PIB/Cápita
1980 184,825
1981 184,915
1982 182,660
1983 181,614
1984 183,799
1985 185,592
1986 192,473
1987 198,755
1988 202,639
1989 205,478
1990 210,256
1991 207,916
1992 214,335
1993 221,491
1994 229,900
1995 237,515
1996 237,732
1997 239,609
1998 236,543
1999 222,223
2000 224,492
2001 223,895 Fuente: Dane

Desde la segunda mitad de los años noventa el país no cumple con ninguno
de los indicadores de Pigou. El PIB per cápita ha disminuido y la distribución del
ingreso ha empeorado.
Tal y como se aprecia en la tabla 6 y en la gráfica 21, el PIB per cápita em-
pieza a caer en la segunda mitad de los años noventa. Entre 1997 y 2001 pasó de
$75 239.609 a $75 223.895105. La última vez que había caído el ingreso per cápita
fue a comienzos de los ochenta. Pero en aquella ocasión la disminución fue leve y
la senda de crecimiento se retomó en un período relativamente corto. En el tabla 6
se observa que en 1985 el ingreso ya había superado el nivel de 1981. La situación
actual es muy distinta. Después de cinco años el ingreso per cápita todavía no
logra recuperar el nivel que tenía en 1997.

105. El subíndice 75 significa que son pesos de 1975 ($75).

293
La mayor caída del ingreso per cápita tuvo lugar en 1999 (gráfica 21). El rit-
mo de recuperación todavía es muy lento. La recesión de finales de la década del
noventa ha sido muy honda. En 1999 el producto cayó a un nivel sin precedentes.
En las comparaciones internacionales se suele destacar el buen desempeño de la
economía colombiana.
El panorama también es difícil cuando se considera únicamente el PIB. En el
largo plazo (1930-2001) el PIB no fue negativo ni siquiera en los ochenta, cuan-
do los demás países de la región pasaban por situaciones muy difíciles (Berry,
1997, 1997b). La última vez que el PIB había sido negativo fue a comienzos de
los años treinta, en la época de la gran depresión internacional, pero la recesión
de aquellos años no alcanzó la profundidad de la actual. En 1999 el PIB cayó
tres veces más que en el 1931. Así que a la luz de la evolución que ha tenido
el producto, no hay duda de que la economía colombiana está pasando por una
situación muy crítica.

Gráfica 22. Tasa de crecimiento anual del PIB per cápita (1980-2001)

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Fuente: Tabla 6.

En la gráfica 22 se observa claramente la burbuja de la primera mitad de


los años noventa. Hay indicios suficientes para pensar que en estos años hubo
enfermedad holandesa (PDH, 2002b)106. La abundancia de recursos externos se

106. Ocampo resume así la experiencia colombiana de los noventa. “Visto en esta perspectiva,
la experiencia económica colombiana de los años noventa puede explicarse como resultado de
la conjunción de cinco procesos básicos, ninguno de los cuales puede dejarse de lado para tener
una visión apropiada de nuestra realidad: (1) la avalancha de financiamiento internacional que
generó una “burbuja especulativa” que finalmente estalló con la crisis asiática; (2) el ajuste
lento e incompleto de la economía frente a la apertura económica; (3) la fuerte expansión del

294
traduce en una revaluación de la tasa de cambio, en un encarecimiento relativo
de los bienes no transables, y en menores precios de los bienes transables. Los
productores nacionales de transables tienen que competir con los artículos impor-
tados. Puesto que el precio de los bienes transables disminuye en términos rela-
tivos, los recursos destinados al sector de bienes transables tienden a desplazarse
hacia la producción de no transables. Como la producción nacional de transables
disminuye, a las dificultades para atender la demanda doméstica se agrega el de-
bilitamiento de la capacidad exportadora del país107. En la primera mitad de los
noventa el crecimiento económico estuvo fundado, principalmente, en el sector
financiero y en el comercio (PDH, 2002b). Esta distribución sectorial del producto
es compatible con la hipótesis de enfermedad holandesa. La apertura y la reva-
luación crearon condiciones que favorecieron la consolidación de una burbuja de
naturaleza especulativa. La apertura tuvo un impacto muy fuerte en contra de la
industria y, sobre todo, de la agricultura108.
La segunda medida propuesta por Pigou es la distribución del ingreso. El
coeficiente de Gini pasó de 0.524 en 1995 a 0.532 en el 2000109. El aumento en
el coeficiente de Gini significa que la distribución empeoró110. Ya desde inicios de
los ochenta, Gillis y McLure (1980:49) pensaban que la distribución del ingreso
de Colombia podía ser la más desigual del mundo111. En general con respecto a los

gasto público, en medio de un rápido proceso de descentralización; (4) los avances mixtos en el
frente social; y (5) el deterioro de la cohesión social en medio de una crisis de gobernabilidad”
(Ocampo 2001:12).
107. Sobre este punto, véase: Perry, Lora y Barrera (1994). El efecto que tienen los capitales
internacionales en la economía doméstica, ha sido cuidadosamente desarrollado por: Calvo,
Leiderman y Reinhart (1993, 1994).
108. El panorama en América Latina tampoco es muy positivo. Al final de los noventa, la Cepal
(1998:21-22) observaba: “Uno de los objetivos perseguidos mediante la apertura comercial, las
privatizaciones y la desregulación de los mercados ha sido modificar la asignación de los re-
cursos productivos, mediante un uso más eficiente. Estas transformaciones, según se anticipaba,
generarían inevitablemente algún costo social, ya que los sectores antes protegidos o favorecidos
por las regulaciones reducirían sus niveles de producción y de empleo de recursos humanos y
capital. Sin embargo, se esperaba que las reformas impulsarían a corto y mediano plazo fuertes
aumentos de productividad, que dinamizarían la economía en su conjunto. En ese marco, los
sectores más beneficiados por las reformas generarían un dinamismo suficiente como para
absorber, directa o indirectamente, el desempleo inercial. A la fecha, tales expectativas sólo se
han cumplido muy parcialmente”.
109. Estas cifras son de la Misión Social. Pero de acuerdo con las últimas estimaciones que hizo el
DNP para el plan de desarrollo (Presidencia y Planeación, 2002), entre 1995 y el 2001 el Gini
habría aumentó de 0.56 a 0.58.
110. El informe del Banco Mundial (World Bank, 2002) muestra, con lujo de detalles, el deterioro
de la situación social en Colombia.
111. Esta reflexión se amplía en Arcos, Becerra, Corredor, González y Rivera (2002).

295
ochenta112, durante los noventa la distribución del ingreso empeoró113. En América
Latina también empeoró la distribución del ingreso114.
El coeficiente de Gini se estima a partir de las Encuestas de Hogares, que no
informa sobre los activos ni de la riqueza de las personas. Así que, fundamental-
mente, es un Gini de ingresos laborales. Con el fin de proponer una perspectiva
más amplia, menciono algunos estudios que incluyen activos en el análisis de la
distribución.
Sarmiento y González (2000) observan que la posesión de vivienda tiene una
notable incidencia en la distribución de los activos. El Gini calculado a partir del
valor que asignan a la vivienda quienes declaran poseerla es de 0.59. Pero cuando
se incluye en la estimación a todos los hogares, independientemente de que posean
o no una vivienda, el valor del Gini aumenta a 0.75.
Bonilla (1999:113) muestra que el Gini aplicado a las empresas que cotizan
en bolsa es de 0.9869. Este nivel de concentración es, por utilizar algún califica-
tivo, alarmante.
Tabla 7. Estructura de la propiedad rural (1984-1997)
Número de predios y de hectáreas

1984 1997 1984 1997


Nº pred. % Nº pred. % Has. % Has. %
Pequeña 1.712.676 89,9 2.200.590 91,1 8.211.781 23,2 11.080.025 21,4
Mediana 165.414 8,7 188.693 7,8 10.818.073 30,5 12.839.508 24,8
Grande 26.656 1,4 25.931 1,1 16.435.369 46,3 27.851.176 53,8
TOTAL 1.904.746 100 2.415.214 100 35.465.223 100 51.770.709 100

Comprende la región de la Costa Atlántica, el Occidente, Centro-Oriente y Piedemonte llanero (Caquetá, Meta,
Casanare y Arauca). Excluye Antioquia y San Andrés.
Fuente: Gómez (1999) a partir de Machado (1998).

112. A lo largo de la década la distribución del ingreso mejoró. De acuerdo con las estadísticas de
Berry y Tenjo (1994), el Gini pasó de 0.492 en 1980 a 0.470 en 1989. Según el estudio de Be-
cerra y González (1999), el Gini se redujo de 0.496 en 1982 a 0.481 en 1989. Londoño (1996)
observa que entre 1978 y 1988, el coeficiente de Gini bajó de 0.481 a 0.476. Los datos de la
Misión Social- DNP (2000) confirman la tendencia descendente: entre 1978 y 1988 el Gini pasó
de 0.513 a 0.489. Ocampo (1992) no es de la misma opinión, considera que durante los ochenta,
“(...) la distribución del ingreso no mejoró y, antes bien, a partir de 1983 parecen haberse rever-
tido parcialmente las tendencias favorables que se habían experimentado en la década anterior”
(Ocampo, 1992:23). Para el período 1976-1985, Ocampo toma la serie de Reyes (1987), y para
el período 1988-1991, de Sarmiento L. (1992). Arcos, Becerra, Corredor, González y Rivera
(2002) hacen un análisis cuidadoso de estas tendencias.
113. Exceptuando los resultados de Londoño (1996:15), para quien la distribución del ingreso
“mejoró en la primera mitad de los noventa”, los demás autores (Becerra y González (1999),

296
Otra activo fundamental es la tierra. En la tabla 7 se presenta la evolución de
la estructura de la propiedad (número de predios y hectáreas) entre 1984 y 1997.
La pequeña propiedad se ha fragmentado y el latifundio se ha consolidado. En
1984 el 89,9% de los predios eran pequeñas explotaciones. Este porcentaje subió
a 91,1% en 1997. Y el peso relativo de las hectáreas destinadas a las pequeñas
explotaciones se redujo de 23,2% a 21,4%. Así que la pequeña propiedad se ha
fragmentado y, además, dispone de una menor porción de la tierra disponible. La
participación de la gran propiedad en el total de hectáreas disponibles aumentó
de 46,3% a 53,8%115. En el sector agrícola se presenta un fenómeno interesante:
La mayor concentración de la tierra no ha ido a la par con un aumento de la con-
centración del ingreso. La Misión Social estima que el Gini del “resto” disminuyó
de 0.511 en 1988 a 0.497 en 1997. Este resultado podría explicar por qué los
cambios en la tenencia de la tierra se han reflejado en una menor producción y en
un empobrecimiento generalizado que ha impacto relativamente más a los ricos.
La disminución del producto termina expresándose en una especie de nivelación
por lo bajo116.
Leibovich y Núñez (1999) realizan una investigación que incorpora los activos
de los pobres. Se trata, en palabras de los autores, de “tener una comprensión cua-
litativa y cuantitativa de los principales activos y acceso a recursos que poseen de
manera deficiente los pobres de Colombia para proponer algunas recomendaciones
de política que podrían ayudar a disminuir la pobreza de manera permanente”.
Entre las conclusiones, destaco las siguientes. Primero, “se comprobó que existe
un vínculo importante entre la posesión de algunos activos y acceso a recursos
por parte de los individuos y su situación de pobreza”. El activo más importante
es el capital humano, medido por años de escolaridad. También observan que en
la lucha contra la pobreza el acceso al crédito es importante. En general, observan
los autores, la reducción de la pobreza que se nota en algunos años se debe más al
impacto del crecimiento que a la puesta en práctica de políticas redistributivas.
La tabla 8, ayuda a describir las relaciones entre crecimiento per cápita (C)
y equidad (E). Las flechas significan que la situación mejora (↑) o empeora (↓).
La barra sobre la letra crecimiento () o la equidad () no varían.
La celda 1 (C↑, E↑), representa el escenario óptimo desde la perspectiva de
Pigou: El crecimiento per cápita aumenta y la equidad mejora. Un país está bien

Baldión y Nina (2001), Misión Social, DNP) muestran que la distribución también se deterioró
en la primera mitad de los noventa.
114. “Durante los años noventa se ha mantenido o acentuado la alta concentración de la distribución
del ingreso que caracteriza a la mayoría de los países de América Latina” (Cepal, 1998:31).
115. Este análisis se amplía en Arcos, Becerra, Corredor, González y Rivera (2002).
116. En esta dirección apunta la reflexión de Ocampo (2001).

297
Tabla 8. Diversas combinaciones de crecimiento (C) y equidad (E)
C C C

E 1 2 3

E 4 5 6
E 7 8 9

C es crecimiento per cápita, E es equidad

si aumenta el ingreso per cápita y si, al mismo tiempo, mejora la equidad. La


celda 9 (C↓, E↓) es la peor: El crecimiento per cápita baja y la equidad empeora.
Tal y como se desprende de los comentarios anteriores, Colombia está viviendo
la situación correspondiente a la celda 9.
En las celdas 2 y 3, la equidad mejora, pero el crecimiento se estanca (2) o
disminuye (3). La celda 2 (, E↑) significa que los recursos existentes se están
distribuyendo mejor. La situación de la celda 3 (C↓, E↑) refleja bien lo sucedido
en el sector agrícola en la segunda mitad de los noventa: La equidad mejoró porque
hubo un deterioro de la producción, el empleo y el ingreso. La celda 7 (C↑, E↓)
podría corresponder a la mala lectura de Kuznets, a la que ya hice referencia. Sin
necesidad de comentar cada una de las celdas, propongo los siguientes ordena-
mientos: i) 1 f 2 f 3; ii) 1 f 4 f 7; iii) 7 f 8 f 9. El signo f significa “preferido
a”. La relación i) ordenan las celdas de la primera fila. La relación ii) ordena la
primera columna. Y la relación iii) ordena la tercera fila. No es posible ordenar
todas las celdas porque se presentan situaciones de incompletitud. No hay ninguna
razón para afirmar, por ejemplo, que la celda 3 es preferible a 7, o a la inversa.
A pesar de las dificultades que existen para establecer ordenamientos completos,
sí es factible definir algunas relaciones de transitividad. De las relaciones ii) y
iii) se desprende que 1 f 9. Tanto la tabla, como las relaciones de preferencias
definidas en i), ii) y iii) tratan de ser fieles a la secuencia causal propuesta en la
gráfica 22.
La tabla 8 no incorpora relaciones de causalidad. Los datos que se presentan
indican que Colombia está en la celda 9. Pero esta situación es ex-post. No infor-
ma sobre las dinámicas causales. Y aunque el debate sigue abierto, la secuencia
propuesta en la gráfica 20 indica el sentido de la causalidad subyacente: El menor
crecimiento es uno de los resultados del empeoramiento de la equidad y de la
acentuación de la exclusión.

298
Bien-estar
El otro componente de la gráfica 20 es el bien-estar. Esta noción de bien-estar
va más allá de la de Pigou, y trata de incorporar las ideas de Sen (1985, 1985b,
1999) y de los informes de Naciones Unidas sobre desarrollo humano117. El de-
sarrollo humano avanza si se amplía el espacio de capacidades y el margen de
libertad crece. Entre las medidas de bien-estar posibles he escogido el Índice de
Desarrollo Humano (IDH) por tres razones. Primero, es un índice que dialoga di-
rectamente con las preocupaciones de Sen (1999b) sobre la medición del desarrollo
humano (Anand y Sen 1992, 1997). Segundo, porque facilita las comparaciones
internacionales. Y tercero, porque es posible corregirlo por equidad.

Tabla 9. Índice de Desarrollo Humano y sus componentes (1990-2001)

EV PA EC ILE IEV IPA IDH IDHG


1990 67.8 10,8 0.594 0.793 0.714 0.625 0.711
1991 68.1 10,5 0.602 0.797 0.719 0.668 0.728
1992 68.6 10,2 0.608 0.801 0.726 0.668 0.732
1993 69.0 9,9 0.617 0.806 0.732 0.677 0.739
1994 69.4 9,4 0.645 0.819 0.740 0.702 0.754 0.637
1996 70.2 8,9 0.701 0.841 0.753 0.731 0.775 0.643
1997 70.7 8,6 0.720 0.849 0.762 0.717 0.776 0.642
1998 71.0 8,6 0.712 0.847 0.766 0.699 0.771 0.639
1999 71.3 8,3 0.700 0.845 0.771 0.662 0.759 0.636
2000 71.6 8,0 0.673 0.838 0.776 0.679 0.764 0.638
2001 71.9 7,5 0.682 0.844 0.781 0.688 0.771 0.646

EV esperanza de vida en años. PA población analfabeta (%). EC escolaridad combinada, tasa. ILE índice de logro
educativo. IEV índice de esperanza de vida. IPA índice de PIB ajustado. IDH índice de desarrollo humano. IDHG
índice de desarrollo humano corregido por Gini.
Fuente: Cálculos del Programa Nacional de Desarrollo Humano, con base en Dane, Censos de Población, Encuestas
de Hogares y Cuentas Nacionales. Ver, igualmente, PDH (2002).

La tabla 9 muestra la evolución de los componentes del IDH entre 1990 y


2001. Es lógico esperar que las situaciones extremas de los indicadores de Pigou
(celdas 1 y 9 de la tabla) se reflejen en una medida de bien-estar como el IDH,
que es más integral que la de Pigou. Si las relaciones se presentan en la dirección
esperada, podría afirmarse que el bien-estar pigouviano tiende a ser compatible con
el IDH. La secuencia esperada es: Si (C↑, E↑) → IDH↑ y si (C↓, E↓) → IDH↓.

117. Los informes nacionales (Misión Social, DNP y PNUD 1998, 2000, 2001) siguen las líneas
directrices de los informes mundiales (Undp, 1990, 1991, 1992, 1993, 1994, 1995, 1996, 1997,
1998, 1999, 2000, 2001).

299
Puesto que Colombia se encuentra en la celda 9 (C↓, E↓), se trata de ver si de
acuerdo con el tabla, el IDH ha disminuido.
Las dos últimas columnas representan el IDH y el Índice de Desarrollo Hu-
mano corregido por Gini (IDHG). En la columna del IDH se destacan dos ten-
dencias. Una creciente que cubre el período 1990-1997. Y el otro descendente y
errático que va desde 1997 hasta el 2001. En el primer lapso de tiempo el IDH
mejoró y pasó de 0.711 a 0.776. Y entre 1997 y 2001 empeoró y bajó de 0.776 a
0.771. Por tanto, se cumple la secuencia (C↓, E↓) → IDH↓. Y esta constatación
es importante porque de allí se desprenden orientaciones claras para la política
pública. Por el lado de Pigou, las acciones deben apuntar hacia un aumento del
PIB per cápita y hacia una distribución del ingreso más equitativa. Y por el lado
del IDH se añaden dos recomendaciones más: Mejorar la educación y contribuir
a reducir los obstáculos que impiden ampliar la esperanza de vida.

De regreso: Del bien-estar hacia la no-exclusión


Una vez descrito el indicador de bien-estar regreso a la gráfica 20. Hay una
flecha que va de bien-estar a la no-exclusión. Si el bien-estar mejora se reduce
la inclusión. El abandono de la escuela por parte de los jóvenes, que se refleja
en la caída que ha tenido la escolaridad combinada desde 1997 (tabla 9), agrava
la exclusión. Cuando los componentes del IDH avanzan en sentido positivo, las
personas amplían el espacio de sus capacidades y el desarrollo y la libertad se
retroalimentan. Sen (1999) muestra que la libertad es, al mismo tiempo, resultado
y condición del desarrollo. Al regresar del bien-estar a la no-exclusión se hace
explícita la circularidad de la causalidad. Este ejercicio puede realizarse retomando
la secuencia (C↓, E↓) → IDH↓ y mostrando de qué manera esta dinámica perversa
incrementa la no-exclusión.

La caída de PIB per cápita genera dinámicas excluyentes


En la interpretación de la caída del PIB per cápita (C↓) se destacan dos en-
foques. Uno, que considero más adecuado, busca las interacciones entre las va-
riables monetarias, financieras y cambiarias, con las variables reales expresadas
en la producción y el empleo. Sin duda, este marco de análisis está muy marcado
por Keynes (1930, 1936, 1937). De manera más taxativa, se trata de afirmar la
relevancia de lo financiero y de lo monetario. El otro enfoque trata de desconocer
la relevancia de las variables monetarias y financieras, hasta el extremo de afirmar
que la tasa de sacrificio de la política monetaria es cercana a cero118. Quizás el

118. A esta conclusión llegan Uribe (1994), Uribe y Arias (1998), Partow (1995, 1995b).

300
ejemplo más claro del desprecio por lo monetario y financiero es el nuevo plan
de desarrollo, Hacia un Estado comunitario (Presidencia y DNP, 2002), que deja
por fuera cualquier reflexión sistemática sobre el tema de la deuda. La deuda pú-
blica se menciona, apenas de paso, dos veces, como si fuera un asunto puramente
marginal. Más adelante mostraré que para Williamson (1988), el tema de la deuda
es neurálgico desde el punto de vista de la gobernabilidad119. Es increíble que el
crecimiento exponencial de la deuda, que cada vez limita más el margen de acción
del gobierno, ni siquiera merezca ser considerado en el plan nacional de desarrollo.
Para la Cepal (2002:14-26), la gobernabilidad también involucra lo financiero.
El BID (1998) formula un principio que puede ayudar a entender parte de las
dificultades actuales: Las fluctuaciones financieras (internacionales y nacionales)
generan trampas de pobreza y de desigualdad. Esta aproximación analítica tiene
la ventaja que asocia los movimientos de capitales y las políticas monetaria y
cambiaria a la dinámica de la pobreza y de la desigualdad. En la mayoría de los
diagnósticos sobre la pobreza y la desigualdad suele dejarse de lado la política
monetaria y cambiaria. Parecería como si las variables monetarias no tuvieran
ninguna incidencia en el bienestar la población. Tanto el BID (1998), como la
Cepal (2002) muestran que tal neutralidad no existe. Y por ello es indispensable
asumir la pregunta por la gobernabilidad del sistema financiero120.
Las finanzas importan porque afectan la vida de las personas. Y cuando las
fluctuaciones de los capitales se intensifican, la vulnerabilidad crea condiciones
adversas que acentúan la pobreza y la desigualdad. El estudio de estos mecanismos
de transmisión es fundamental para determinar, primero, el margen de maniobra
de la política económica y, segundo, las acciones que deban tomarse para evitar
caer en las trampas de pobreza y desigualdad121.

119. “Es necesario examinar simultáneamente el trabajo, la administración, y las finanzas. Además
es urgente que en la estructura de la gobernabilidad se haga la diferencia precisa entre el finan-
ciamiento de la deuda y el financiamiento de las acciones” (Williamson, 1993:105-106).
120. “La falta de una gobernabilidad internacional adecuada ha sido reconocida, por su parte, como
un problema especialmente grave en el caso de los flujos financieros y ha dado lugar a múltiples
iniciativas de reforma en los últimos años” (Ocampo, 2001).
121. “En el capítulo anterior se insiste en que el logro de una mayor estabilidad financiera y ma-
croeconómica internacional debe considerarse como la provisión de un bien público global,
que ofrece externalidades positivas a todos los países participantes en los mercados mundiales.
Se destaca, asimismo, el papel esencial que desempeña una buena institucionalidad financiera
internacional en la corrección de las grandes disparidades en el desarrollo de los mercados fi-
nancieros y las asimetrías en el comportamiento macroeconómico de los países industrializados
y en desarrollo. Estas asimetrías están asociadas a un rasgo estructural que comparten todas las
economías en desarrollo: la no utilización de sus monedas como medio de cambio y activo de
reserva en las transacciones internacionales. Esta asimetría las sitúa en un plano desfavorable

301
La tasa de cambio se revaluó durante la primera mitad de los noventa. A partir
de 1996 la tendencia se reversa y comienza la devaluación. Pero en los dos últimos
años se observa un proceso de revaluación que no es fácil de explicar. Dada la
profundidad de la actual crisis económica, lo más lógico habría sido que la deva-
luación de la tasa de cambio se hubiera acelerado. Entre las razones que explican
la reciente revaluación del peso se han mencionado las siguientes: El adelanto de
los giros de la deuda pública externa, el aumento de las reservas que envían los
colombianos que viven fuera del país y, finalmente, el narcotráfico.
Desde la perspectiva de la economía en su conjunto es importante crear con-
diciones favorables a la devaluación. Esta afirmación general no desconoce que
la devaluación les cause dificultades a algunos agentes económicos, como a las
personas que tienen deudas en dólares. Al ponderar los efectos positivos y ne-
gativos que tendría una mayor devaluación, se llega a la conclusión de que es
mejor devaluar que revaluar122. La tasa de cambio incide en la pobreza a través
de su impacto en: i) la balanza en cuenta corriente y el empleo, ii) la capacidad
de compra de los bienes importados123.
No obstante la menor tasa de interés, la cartera de los bancos sigue descendien-
do. En los últimos tres años se ha ampliado el margen de maniobra de la política
monetaria y ello se ha reflejado en una disminución de la tasa de interés. Era de
esperar que la menor tasa de interés hubiera estado acompañada de una mayor
demanda de crédito. Pero ello no ha sucedido así y la cartera de los intermediarios
financieros todavía no se dinamiza. A pesar de que el crédito se ha abaratado, la
demanda sigue muy débil. Este fenómeno puede explicarse por cuatro razones.
La primera, de naturaleza keynesiana, estaría relacionada con la percepción que
los inversionistas tienen del futuro: Todavía ven nubes muy grises. Keynes no creyó
que existiese una relación directa entre los salarios y el empleo. “La propensión a
consumir y la tasa de crecimiento de la nueva inversión determinan el volumen de
empleo (...)” (Keynes, 1936:32). Se sigue, entonces, que la causa del desempleo no

para enfrentar la volatilidad que caracteriza la globalización financiera, por cuanto induce un
acceso inestable a los mercados internacionales y un sesgo procíclico de las políticas macroeco-
nómicas. La superación de estos problemas exige tanto una buena formulación de las políticas
nacionales como una institucionalidad internacional que respalde los esfuerzos desplegados en
esa dirección” (Cepal, 2002:166).
122.En las industrias productoras de bienes transables la revaluación tiene impactos de signo cruzado.
Por un lado, es conveniente porque abarata los insumos traídos del exterior y la maquinaria,
Pero por otro lado, es perjudicial porque hala hacia abajo los precios de los bienes finales. Chica
(1996) concluye que, para el conjunto de la economía, la revaluación de la primera mitad de los
noventa fue más negativa que positiva.
123. En PDH (2002b) se amplían estas interacciones.

302
radica en la inflexibilidad de los salarios. Si existe desocupación, la única forma
de incrementar el producto es a través de la expansión de la demanda.
La segunda explicación está asociada con la exclusión. Los bancos son reticen-
tes a prestar, especialmente a los pequeños y medianos productores. Es claro que
en Colombia hay muy pocas instituciones financieras que realmente se preocupen
por reorganizar el sistema de tal manera que las personas con baja capacidad de
pago y pocos activos puedan tener acceso al crédito124.
La tercera razón, de carácter especulativo, se reflejaría en una preferencia de
los intermediarios a prestarle al gobierno (compra de TES), más que a los particu-
lares. Al fin y al cabo la compra de TES es una inversión segura y rentable.
La cuarta explicación podría estar relacionada con los altos costos financieros
que ya están pagando las empresas. El espacio para contratar nuevos créditos se
ha reducido.
Los hechos anteriores ponen en evidencia la relevancia de lo monetario y,
además, van mostrando la circularidad de la causalidad que se presenta entre
exclusión → crecimiento → exclusión. La curva de Phillips sintetiza los vínculos
entre lo monetario y lo real: El control de la inflación tienen un impacto negativo
en el empleo y en el ingreso125.
Sin duda, hay un problema estructural de las finanzas públicas. La gráfica
23 lo ilustra bien: La relación entre los ingresos tributarios y los gastos de fun-
cionamiento presenta una tendencia decreciente. A partir de 1993 los tributos ni
siquiera alcanzan para pagar los gastos de funcionamiento. Mucho menos para
financiar la inversión, o para pagar la deuda.
La reforma tributaria no es la mejor alternativa para solucionar la crisis fiscal.
Va en contravía de un principio que expresó el presidente Uribe: “El crecimiento
es el mejor antídoto contra la crisis fiscal”. En otras palabras, el equilibrio fiscal
no es una condición para crecer, sino un resultado. No obstante la percepción
del presidente, el equipo económico sigue empeñado en que la primera tarea es
alcanzar el equilibrio fiscal. El Ministro de Hacienda ha propuesto convertir el
déficit primario (déficit sin intereses) en superávit primario (superávit sin contar
los intereses). Este camino es recesivo y no favorece el crecimiento.
Además, la crisis fiscal no puede ser resuelta sin atacar directamente el pro-
blema de la deuda. De acuerdo con el diagnóstico del gobierno, la deuda se explica
porque el déficit público aumenta. Pero en realidad, una parte importante del déficit
tiene su origen en la forma inconveniente como se ha manejado el endeudamien-

124. Sen (2000:32) considera que la accesibilidad y democratización del crédito es uno de los as-
pectos que más positivamente ha influido en el desarrollo del sudeste asiático.
125. López y Misas (1999) muestran que en Colombia sí hubo curva de Phillips durante los noventa.

303
Gráfica 23. Gobierno Central. Relación entre los ingresos tributarios
y los gastos de funcionamiento

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Los gastos de funcionamiento incluyen: servicios personales, gastos generales y transferencias.


Fuente: Cálculos del autor a partir de la Contraloría General de la República.

to, especialmente el interno. Se siguen cometiendo errores muy costosos. En la


última subasta de TES (agosto 16 de 2002) la tasa de interés de los títulos a 10
años subió a 15,7%. En la emisión anterior (junio 28 de 2002) la tasa de interés
había sido 12,58%. En términos reales ambas tasas son muy altas. Pero lo más
preocupante es que las nuevas subastas se realicen a tasas de interés todavía más
elevadas. El gobierno y crédito público tienen los instrumentos necesarios para
direccionar el mercado de los TES de manera que se reduzca el peso de la deuda
pública interna. Y en cuanto a la deuda pública externa, es conveniente pensar
seriamente la propuesta que han hecho analistas como Javier Fernández: El go-
bierno debería hacer uso de una parte de las reservas, unos US$1.000 millones.
Los nuevos recursos podrían destinarse al desarrollo de obras públicas intensivas
en trabajo. Este tipo de solución apenas es el primer paso del proceso de recons-
trucción de la economía.
El servicio de la deuda (interna y externa) cada vez absorbe una porción mayor
del presupuesto. Muy rápido será el 50%. Y si la mitad del gasto del gobierno
central se destina a servir la deuda, es evidente que disminuyen los recursos dis-
ponibles para la inversión pública y para el cumplimiento de las funciones básicas
del Estado. En estas condiciones la política fiscal no cumple un papel anticíclico
y, por tanto, no contribuye a solucionar la crisis de la producción y el empleo. En
la coyuntura actual no es conveniente reducir el gasto público.

304
La gráfica 23 compara el déficit y el déficit primario del gobierno central. El
hecho más significativo es la forma como las dos curvas se han ido separando.
Aunque ambos déficit disminuyeron en el 2001, el peso de los intereses se acen-
túa. El déficit primario ya se ha reducido considerablemente y por ello no tiene
sentido continuar presionando el ajuste. Es necesario evitar que el déficit primario
crezca. Se puede dejar al nivel en el que está. Y en lugar de insistir en una reforma
tributaria que en el mejor de los casos únicamente alcanzará para pagar 4 meses
de intereses de la deuda pública126.

Gráfica 24. Gobierno Central. Déficit y déficit primario (1990-2201)


Porcentaje del PIB

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La línea punteada corresponde al déficit primario, y la seguida al déficit.


Fuente: Cálculos del autor a partir del Banco de la República.

La crisis de las finanzas públicas es estructural. Esta advertencia ya la había


hecho la Comisión de Racionalización (1997). Por consiguiente, no es conveniente
que el déficit fiscal siga aumentando. En la coyuntura actual, responsabilidad fis-
cal significa: i) no permitir que el déficit primario continúe creciendo, ii) realizar
una política fiscal contracíclica. Es tan irresponsable recomendar que el déficit
público continúe aumentando sin ningún control, como negar las potencialidades
contracíclicas del déficit. Ambas posiciones extremas son inaceptables. El popu-
lismo fiscal conduce a una inestabilidad estructural del balance del sector público.
Pero la reducción de la inversión y del gasto público en momentos de recesión,
genera un círculo vicioso que a la postre se manifiesta en una profundización del

126. En el 2001 el valor de los intereses pagados por la deuda interna y externa del Gobierno Na-
cional Central fue cercano a los $ 8 billones.

305
desequilibrio fiscal. La reactivación económica por la vía de la inversión pública
tiene la ventaja de que aumenta la base tributaria, y ello se traduce en un aumento
del recaudo. Tampoco tiene mucho sentido que en momentos de crisis se hagan
reformas tributarias. Esta salida desesperada terminará agudizando la recesión.
En lugar de pensar en una rápida reducción del déficit, es factible imaginar
un escenario en el que durante los tres próximos años el déficit primario, como
proporción del PIB, se mantenga constante. Para que ello sea posible los gastos
de funcionamiento no deben crecer en términos reales. Incluso, podrían disminuir
como proporción del PIB. Los mayores ingresos, o los ingresos que excedan los
necesarios para que el déficit primario no aumente, deberán destinarse a realizar
inversión pública con claros efectos multiplicadores sobre la actividad econó-
mica interna, la inversión doméstica y la generación de empleo. Estos ingresos
adicionales se originarían en una reducción de la evasión y en la reactivación de
la economía. La congelación del gasto debe obligar a mejorar la eficiencia de la
administración, de tal manera que no disminuya la cobertura, ni se deteriore la
calidad. De todas maneras, si los recursos disponibles se administran mejor que
antes, es factible avanzar en cobertura y calidad.
A partir del cuarto año, y dependiendo de los resultados, podrá iniciarse el
proceso de reducción del déficit primario. En ese momento se contaría con dos
elementos favorables: i) un mayor dinamismo de la economía, lo que facilitaría
el aumento de los impuestos y ii) una gestión pública más eficiente.
Esta propuesta es políticamente viable porque, por primera vez, no se estaría
diciendo que la solución al problema fiscal debe pasar por un recorte del número
de funcionarios. A cambio de la no reducción del empleo y del no recorte del gas-
to, los servidores públicos tendrían que firmar compromisos creíbles que lleven a
mejoras efectivas en la gestión. Y desde el punto de vista económico la propuesta
tiene la ventaja de que no es recesiva, ya que respeta un postulado elemental: En
medio de la recesión es contraproducente reducir el gasto público.
La mayor inversión pública debería ir a la par con incentivos que favorezcan
la demanda interna. En materia de comercio exterior y de política arancelaria, el
equipo económico ha mostrado confusión y desconcierto. No sabe qué es lo más
conveniente. No hay una política clara de estímulo al mercado interno. Lo sucedido
recientemente en Lima es muy diciente. Mientras que el Ministerio de Agricultura
era partidario de que Colombia junto con la Comunidad Andina subiera aranceles,
el Ministerio de Desarrollo se mostró en contra.

La falta de atención a la equidad fomenta la exclusión


El tema de la equidad todavía no se asume seriamente. En varios lugares del
plan de desarrollo se identifica la búsqueda de la equidad con la lucha contra la

306
pobreza. Parece como si se desconociera que ambas dimensiones del problema son
distintas. La redistribución del ingreso, los subsidios y los activos debería estar en
el primer lugar de la agenda de la sociedad colombiana (Garay, 2002b).
Todo parece indicar que el gobierno no tiene la intención de redistribuir por
el lado de los ingresos. Lo que está sucediendo con el IVA ilustra muy bien el
punto. La gráfica 25 muestra la participación del IVA en el gasto de los hogares,
por deciles. La línea superior (1) ya incorpora la reforma tributaria que se discute
actualmente en el Congreso. A lo largo del tiempo, el IVA no sólo ha ido aumen-
tando sino que, además se ha ido aplanando. Cada vez es menos progresivo, ya
que los ricos destinan al pago del IVA un porcentaje de su gasto (más o menos el
6%), que es muy similar al de los hogares pobres. En la estimación se han inclui-
do las principales modificaciones que se le han hecho a la reforma tributaria que
ahora se debate en el Congreso.

Gráfica 25. Participación del IVA en el gasto de cada decil


(1995, 1998, 2000, 2002)

� 1

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Línea 4 (1995), línea 3 (1998), línea 2 (2000), línea 1 (2002).


Fuente: Cálculos del CID a partir de la Encuesta de Ingresos y Gastos del Dane (1994-1995).

En medio de confusiones y ambigüedades, las grandes líneas de la política


económica del actual gobierno ya se han ido explicitando. Y todo parece indicar
que las medidas no se van a reflejar en un mejor bienestar de la población, porque
no tienen la fuerza necesaria para incentivar el crecimiento per cápita, y no están
guiadas por un criterio redistributivo.

307
Gobernabilidad
El último componente de la gráfica 20 es la gobernabilidad. En comentarios
previos decía que hay dos extremos en los que la pregunta por la gobernabilidad
pierde sentido: La unanimidad y la dictadura. Y agregaba que una noción como
gobernabilidad democrática ayuda a precisar los términos de la discusión. La
relación entre gobernabilidad y no-exclusión adquiere plena validez si las perso-
nas pueden escoger libremente a sus mandatarios. En los países sin elecciones
democráticas y sin prensa libre, recuerda Sen127, la exclusión llega hasta el extre-
mo de las hambrunas. En esta sección la gobernabilidad significa gobernabilidad
democrática.
Las relaciones entre la gobernabilidad y la no-exclusión van en los dos senti-
dos. La no-exclusión incide en la gobernabilidad y a la inversa. La gobernabilidad
es mayor si se amplía el espacio de inclusión. La gobernabilidad se favorece si la
sociedad va rompiendo los obstáculos que generan exclusión. Entre inclusión/ex-
clusión hay un continuo que también se refleja en la dinámica gobernabilidad/no
gobernabilidad. No hay una línea fronteriza taxativa.
Para Echeverri y Ribero (2002:130) la gobernabilidad es la “expresión de una
legítima ubicación de la competencia (competencia como capacidad de asumir
una responsabilidad en el mundo institucionalizado, que optimice el beneficio
colectivo) que corresponde a cada actor”. Es interesante observar que en esta
definición de gobernabilidad ya se incluye la noción de legitimidad, así que la
gobernabilidad se refiere a mandatarios legítimos. Echeverri y Ribero no analizan
con detalle el significado de la legitimidad. Cada actor se mueve en un espacio en
el que se define su legitimidad y en el que establece relaciones con los otros. Hay
gobernabilidad si cada actor asume su responsabilidad. Y es de suponer que cuando
cada quien hace lo propio se logra optimizar el bienestar colectivo. Los autores
diferencias tres tipos de competencia: Pública, corporativa, privada. La primera
le corresponde al Estado y a los partidos políticos. La segunda, la corporativa, le
corresponde a los gremios y a los sindicatos. Y la tercera, la privada, tiene que
ver con las empresas o los ciudadanos.
La formulación de Echeverri y Ribero tiene la virtud de mostrar que la go-
bernabilidad corresponde a un espacio específico. Es distinto el mundo de la
empresa que el de la localidad. Pero no es claro qué significa optimizar el bien-
estar colectivo. La optimización supone que hay un fin y, además, que es posible
alcanzarlo. Las interacciones de la gráfica buscan dar la idea de que el proceso es
continuo y que nunca termina. Así que el bienestar colectivo nunca es óptimo. La

127. Ver, por ejemplo, Sen (1981, 1981b, 1987d, 1999), Drèze y Sen (1986, 1989).

308
gobernabilidad es un proceso que no termina. Incluso, valdría la pena preguntarse
por la pertinencia de la categoría bienestar colectivo. Buchanan y Tullock (1962)
critican a Arrow (1951) porque supone que la sociedad tiene algo así como una
función de bienestar colectivo. Buchanan y Tullock tratan de ser consecuentes
con el individualismo metodológico y ellos los lleva a rechazar la pertinencia de
categorías que involucren algún tipo de racionalidad colectiva.
La noción de bienestar colectivo de la definición de Echeverri y Ribero habría
que restringirla a dimensiones más específicas, por ejemplo, bienestar de la ma-
yoría. La mayoría transmite una idea de incompletitud que no es tan clara en lo
colectivo. La presencia de la mayoría implica la existencia de minorías. La tensión
entre mayorías y minorías pone en evidencia la importancia de la gobernabilidad.
La relevancia de la gobernabilidad no es explícita cuando se hace referencia a lo
colectivo, porque esta noción oculta la dinámica conflictiva que se presenta entre
minorías y mayorías.
La Cepal (2002:105) define cuatro principios de gobernabilidad: i) Las fun-
ciones gubernamentales deben ser llevadas a cabo por una entidad que tenga
capacidad ejecutiva. ii) Los derechos civiles de los gobernados priman sobre las
normas de los diferentes niveles de gobierno. iii) El gobierno tiene la obligación
de informar (transparencia e información). iv) Las autoridades deben aceptar la
auditoria de entidades independientes.
Aunque los cuatro principios tienen que ver con la no-exclusión, el tercero
es el más específico. El primer principio explicita la importancia de la capacidad
de ejecución. Si las entidades gubernamentales no realizan los proyectos pierden
credibilidad. Y ello tiene implicaciones de diversa naturaleza dependiendo del
grado de inoperancia y del espacio en el que el Estado no sea operativo. En el
caso colombiano el Estado ha mostrado serias limitaciones en su capacidad de
proteger los bienes y la vida de las personas. El segundo principio pone en eviden-
cia la prioridad de los derechos civiles sobre las normas emanadas de gobiernos
subnacionales. Las autoridades locales no pueden limitar derechos ciudadanos.
El tercer principio, relacionado con la transparencia y la información, reafirma
un postulado que es neurálgico en cualquier sociedad democrática: Las personas
informadas deciden con mejor criterio. Ya mencioné la relevancia que le atribuye
Sen a la prensa libre128. En los años noventa en Colombia se ha consolidado un

128. Desde el siglo XVIII Bentham ya destacaba la relevancia del Tribunal de Opinión Pública. El
Tribunal era para Bentham la “institución social más importante para prevenir las desviaciones
de los gobernantes” (Cutler, 1999:321). El Tribunal cumple cuatro funciones: i) ayuda a que
las personas tengan información y evidencia, ii) emite juicios y censura el comportamiento de
los gobernantes, iii) castiga y premia a las personas (por ejemplo, a través de las elecciones),
iv) propone soluciones que ayuden a mejorar el manejo de los asuntos públicos. En el Tribunal

309
proceso que no favorece la libertad de prensa: La concentración de la propiedad
de los medios, y el vínculo que existen entre los grupos económicos y la prensa.
Y finalmente, el cuarto principio introduce el tema de los controles y de las audi-
torias. El asunto ha ganado relevancia en los últimos meses, especialmente a raíz
de la crisis que estalló en Estados Unidos a propósito de la auditoria de Arthur
Andersen a Enrom129. La Misión Alesina destaca la importancia de los controles
mutuos. La Misión afirma que en Colombia el contrato social está “amenazado”
(Alesina, 2000:4). Considera Alesina que Colombia se encuentra “al borde del
colapso”. La Misión le atribuye gran parte de los problemas colombianos a la falta
de un adecuado equilibrio entre los poderes (“check and balances”).
Williamson hace dos aproximaciones a la gobernabilidad. Una de carácter
general (Williamson, 1994, 1998), que resulta de comparar el proceso de mercado,
que es impersonal, y las formas de organización de las empresas, en donde no cabe
la mano invisible del mercado. En el modelo sencillo de mercado no hay espacio
para la gobernabilidad porque se supone que las fuerzas autónomas encuentran el
equilibrio. En cambio, cuando se está al interior de la empresa se explicitan los
acuerdos voluntarios entre las partes130.
La otra aproximación a la gobernabilidad es más específica. Y Williamson
(1988) muestra que la deuda del gobierno y las acciones de las corporaciones son
objeto de gobernabilidad. En su opinión, las acciones y la deuda no son “instru-
mentos financieros” sino “estructuras de gobernabilidad diferentes” (Williamson,
1988:576)131. Piensa que el manejo de las acciones de las empresas admite un mayor
margen de discrecionalidad que el de la deuda pública. Los vínculos de la deuda
con el mercado son más estrechos que el de las acciones. En las decisiones sobre

deben participar todos, incluyendo a las mujeres y a los analfabetos que no tenían derecho a votar.
Aún más, está abierto a los extranjeros. La prensa sería el órgano de difusión por excelencia de
los asuntos del Tribunal. La prensa tiene dos ventajas: la constancia y la visibilidad. La prensa
prende las alarmas porque los ciudadanos no pueden estar supervisando a cada momento las
acciones del gobierno. La ciudadanía debe estar pendiente de las alertas de la prensa.
129. Stiglitz ha examinado las características de la información como bien público. Ver, por ejem-
plo, Gale y Stiglitz (1989), Greenwald y Stiglitz (1986, 1990), Greenwald, Stiglitz y Weiss
(1984), Grossman y Stiglitz (1976, 1980, 1982), Nalebuff y Stiglitz (1983, 1985). Ver, además,
Perdomo (2002).
130. Desde el punto de vista del ejercicio del derecho, hay una diferencia notoria entre las empre-
sas y el mercado. En el mercado las partes recurren a la ley para resolver sus conflictos. Pero
en la empresa, las dificultades que se presentan entre departamentos se dirimen por otras vías
que dependen de los reglamentos y de las modalidades de gobierno propias de cada empresa
(Williamson, 1994).
131. En condiciones ideales debería pensarse en una nueva estructura de gobernabilidad, la dequity,
que combina lo mejor de la gobernabilidad de la deuda (debt) y de las acciones (equity).

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la colocación de acciones la estructura administrativa de la empresa se siente más
que en el caso de la deuda. La relación entre las deudas y las acciones da pie para
plantear la tensión entre reglas vs. discreción. La deuda se guía más por las reglas.
Y las acciones más por la discreción132. De todas maneras, e independientemente del
grado de discrecionalidad, en ambos casos la gobernabilidad es un tema relevante.
El autor compara la economía de los costos de transacción (ECT) y la teoría de
la agencia (TA)133. Considera que ambos enfoques son complementarios. Y uno
de sus elementos comunes es la pregunta por las condiciones de posibilidad de
la gobernabilidad. La unidad básica de análisis de la ECT es la transacción, y la
de la TA es el agente individual. Ambos enfoques tienen implicaciones distintas
sobre la gobernabilidad. La ECT tiende a concebir la gobernabilidad como un
proceso ex-post. Desde la perspectiva de la TA el conflicto es explícito y, entonces,
la pregunta por la gobernabilidad es relevante desde el momento en que se fijan
las mínimas reglas de juego.
La aproximación de Williamson tiene la ventaja de que es suficientemente
amplia para involucrar los aspectos que he mencionado en las páginas anteriores.
Desde esta perspectiva, y reitero lo dicho atrás, el manejo de la deuda pública, o la
política cambiaria, o la forma como se lucha contra la inflación, etc., son asuntos
centrales de la gobernabilidad. Por tanto, la gobernabilidad no puede reducirse
a diseñar redes de protección social que hagan menos angustiosa la vida de las
personas vulnerables. Al pensar la economía como institución liberada del núcleo
es factible concebir la gobernabilidad como una noción mucho más amplia. Y
entonces se presenta la siguiente paradoja: A medida que la economía amplía
su visión va siendo más consciente de sus propias limitaciones. Cuando se está
al interior del núcleo el sistema es cerrado y el análisis económico se pretende
autosuficiente. La reflexión sobre la gobernabilidad obliga a realizar el doble
ejercicio: Primero, ampliar el espacio de lo económico y, segundo, reconocer

132. Si la deuda es más cercana al mercado, su costo es menor que el de las acciones. Sea D (k)
el costo de la deuda y A (k) el costo de las acciones. k es el capital. En el momento inicial
D (0) < A (0). Pero, agrega Williamson (1988:580), en el margen el costo de la deuda es mayor
que el de las acciones, D’ > A’ > 0. El costo inicial es más alto porque la gobernabilidad de la
deuda es menos compleja. Pero en el segundo momento, una vez que la empresa ha organizado
la gobernabilidad inherente al proceso de emisión de acciones, los costos marginales de las
acciones son menores que los de la deuda. En el caso de la dequity (δ), δ (0) = D (0) y, adicio-
nalmente, δ’ = A’. La dequity equivale a una “intervención selectiva”. Se trataría, entonces, de
“obedecer las reglas de manera discrecional”. Este camino “intermedio” podría expresarse así:
D (0) < δ (0) < A (0), y en el margen: D’ > δ’ > A’ > 0.
133. El trabajo clásico en la economía de los costos de transacción es el de Coase (1937), y en la
teoría de la agencia el de Berle y Means (1932). Los estudios de W