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La Ruta de la Seda en América Latina: Impactos y desafíos para la región en el

nuevo milenio.

Objetivo:

El objetivo de este trabajo monográfico consiste en desarrollar el impacto de la Ruta de


la Seda en América Latina (Moneta, 2016) tomando como base los conceptos vistos en
clase sobre las tendencias de funcionamiento del sistema internacional, así como los
aportes contenidos en el “Nuevo orden mundial” (Kissinger, 2016) y los actores en las
relaciones internacionales (Bizzozero, 2015), haciendo también referencia a otros
autores seleccionados que posean una visión relevante a los efectos de este análisis.

Introducción:

La seda es una fibra de origen natural producida por las larvas de varios grupos de
insectos. Cada capullo de insecto es capaz de generar alrededor de 1500 metros de fibra
que se conoce como fibra de seda en bruto.

En China, el imaginario popular cuenta que el gusano de la seda fue descubierto por la
emperatriz Xi Ling-Shi. Se cree que ella fue quien comenzó la cría de gusanos de seda y
se le adjudica también la invención del telar. Los tejidos de seda fueron elaborados por
primera vez en la antigua China, y comenzaron a producirse hacia el año 3000 a.C.
Inicialmente, la seda era un tejido reservado a los miembros de la familia imperial
china, pero con el tiempo, su producción comenzó a extenderse hasta otras zonas de
Asia. La seda se convirtió rápidamente en un producto de lujo muy apreciado por los
comerciantes. (Llagostera Cuenca, 2008).

La Ruta de la Seda consistió en el conjunto de rutas comerciales organizadas


específicamente para el comercio de la seda desde el siglo I a.C., que alcanzaron su
apogeo durante la dinastía Tang (618-906 d.C.). Dicha ruta, abarcaba originalmente casi
todo el continente asiático, conectando a Mongolia con China, India, África, Europa,
Siria, Turquía, Arabia, Persia, Grecia y Roma, finalizando en el mediterráneo
occidental. Este recorrido legendario, a través del que, durante siglos transitaron
caravanas que comerciaban productos procedentes de Oriente y Occidente, funcionó

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también como un puente cultural a través del cual se transmitieron ideas, conocimientos
y también los fundamentos del budismo y el islamismo. (Referencia)

Inspirada en este vasto corredor comercial Oriente-Occidente, surge en 2013 la


iniciativa One Belt, One Road, OBOR (la franja y la ruta) o nueva Ruta de la Seda,
propuesta por el mandatario chino Xi Jinping. La misma consiste en la creación de un
cinturón económico y la ruta de la seda marítima del S. XXI, con el objetivo de generar
una gran red de comercio e infraestructura que conecte Asia, Europa y África a lo largo
y más allá de las antiguas vías de la Ruta de la Seda. (Casarini, 2016).

El megaproyecto OBOR comprende, además de infraestructura física y comercio, a


“cinco factores de conectividad: comunicación política, conectividad vial, fluidez de
esta última, circulación monetaria y entendimiento de los pueblos, incluyendo
intercambios y flujo turístico y educativo”. (Referencia)

En este nuevo escenario mundial, China se muestra como una nación pujante, con un
nuevo rol internacional en distintos escenarios, para asegurar y promover la apertura del
comercio, contribuir a la gobernabilidad y al nuevo modelo de crecimiento de “ganancia
compartida”, posicionándose como facilitador de los procesos de integración (Moneta,
2015).

La ruta de la seda en América Latina

La nueva ruta comprende 60 países y combina una vía terrestre (que aprovecha las rutas
de transporte ya existentes), y una vía marítima que conecta China con Europa a través
de Asia Sur-Oriental, Asia Central y Oriente Medio. En esta ruta se encuentran un 75%
de las reservas de energía conocidas, afectando a un 70% de la población mundial y se
genera un 55 % del PBI mundial (Casarini, 2016).

Imagen ruta de la seda

Según Casarini (2016) la iniciativa OBOR constituye una apuesta ambiciosa que
transforma a Asia una vez más en un centro de la lucha por el poder entre Estados
Unidos, Rusia y China, y, en menor medida, India y Japón.

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En este sentido, el autor expresa que Europa representa una de las prioridades actuales
de China. Actualmente existen múltiples proyectos por parte de dicho país en Grecia,
queriendo transformar al mismo en un centro logístico que conecte con los Balcanes y el
sur de Europa.

Si bien América Latina y el Caribe no estarían incluidas per se en la nueva ruta de la


seda, sí lo estarían sus extensiones, por ejemplo en el proyecto del ferrocarril
transcontinental que conectaría la costa del Pacífico de Perú con la del Atlántico de
Brasil. (Referencia)

Contexto Internacional

La concepción de un sistema internacional involucra a un conjunto de actores


interrelacionados en el espacio mundial. En este sentido, Bizzozero (2015) define a un
actor internacional como: “toda entidad (…) cuyas acciones transfronterizas generan
consecuencias en alguna medida, en el sistema internacional y en su funcionamiento”.

Desde mediados del siglo XX, el sistema se ha ido complejizando, integrando otros
actores importantes además del Estado en su análisis, como por ejemplo:
Organizaciones Interestatales, Organizaciones Internacionales (gubernamentales y no
gubernamentales), Empresas Trasnacionales, entre otros. (Bizzozero, 2015).

A continuación, se analiza la importancia de algunos de estos actores en el contexto


mundial contemporáneo, así como en el vínculo entre China y América Latina

Diferentes autores manifiestan que, si bien Asia posee una dinámica social y
organización interna diferente de la que fundó el orden mundial en Europa en el siglo
XVI, dicho continente se posiciona en la contemporaneidad como uno de los herederos
más significativos del sistema westfaliano, logrando establecerse como Estados
soberanos, y a través de la transformación de pueblos históricamente antagónicos en
regiones de muy alta efectividad política y económica (Becerra, 2016), bajo un proceso
de integración tanto económico-comercial como de construcción de una identidad
regional frente a otros actores económicos, articulando la región bajo un criterio de
democracias nacientes pero consolidadas (Moneta, 2015). En este sentido, Kissinger
(2015) expresa: “En Asia mucho más que en Europa, por no hablar de Oriente Próximo,
las máximas de orden internacional del modelo westfaliano han encontrado su expresión
contemporánea. La meta de la política estatal no es trascender el interés nacional –como

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proponen los conceptos de moda en Europa o en Estados Unidos–, sino perseguirlo
enérgicamente y con convicción. (…) Estados como Japón, Singapur, India, Corea del
Sur, entre otros, han logrado superar el pasado de su dominio colonial afirmando una
fuerte identidad nacional (…) reivindicando la vigencia del orden westfaliano y
convirtiendo a la región en un terreno fértil para el surgimiento de nuevas potencias
geoeconómicas y geopolíticas a nivel mundial”

Kissinger (2015) afirma que tanto China como Estados Unidos conforman los pilares
fundamentales del orden mundial en el siglo XXI. Sobre lo anterior, Becerra (2016)
expresa que ambas naciones poseen: “(…) un carácter de excepcionalidad (aunque en
diferentes versiones) y una serie de potencialidades estratégicas de muy alto nivel, así
como con diferentes culturas y premisas distintas que están viviendo ajustes internos
fundamentales y cuya relación definirá en buena medida el desarrollo que la humanidad
a nivel global seguirá en este nuevo siglo, ya sea que eso se traduzca en rivalidad o en
una nueva forma de asociación”.

A partir de los años 60, el rol histórico de China como Estado era transformarse en una
nación referencia pero sin tomar partido por los llamados “Primer y Segundo mundo” y
sin fomentar la intervención en los asuntos nacionales, lo que progresivamente lo llevó
a un acercamiento con los Estados de América Latina, el Caribe y África.

En este sentido, resulta relevante considerar la importancia que adquieren los


organismos internacionales. La ONU fue considerada por los líderes chinos como el
medio adecuado para relacionarse con las zonas periféricas del mundo y romper con el
aislamiento internacional en búsqueda del reconocimiento diplomático (Cornejo y
Navarro, 2010, en Bartesaghi, I.).

Refiriéndose particularmente a la interacción entre China y América Latina, Povse


(2017) considera, además, a los actores individuales o colectivos que han adquirido
importantes roles en las relaciones interestatales, como en el caso de los llamados
“embajadores populares”, es decir ciudadanos privados que actúan como agentes de la
diplomacia popular, dependiendo del gobierno “dentro de un modo de interacción
cooperativo, coordinativo y jerárquico”. Dicho autor hace referencia a un mecanismo de
creación de constelaciones de actores que resultan de posibilidades estratégicas
combinadas, en beneficio directo o indirecto del aparato estatal chino. Pese a esto, el
autor sostiene que, la lejanía geográfica entre China y América Latina representa una

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posible barrera para la construcción de relaciones estables intercontinentales, ya sea en
la forma de organizaciones sociales, no gubernamentales o grupos de lobby e interés,
entre otras.

Asimismo, destaca la fuerte interdependencia de las empresas privadas y ONGs chinas


con el estado, entendiendo lo anterior como un obstáculo en las relaciones con América
Latina.

Asia Pacífico y América Latina

Asia Pacífico fue identificada en su momento por la administración de Barack Obama


como la “zona pivote” del siglo XXI, debido a su gran importancia comercial, la
presencia de recursos estratégicos, la importante densidad poblacional que concentra, la
distribución geopolítica de sus canales de comunicación y las potencias en ascenso que
se encuentran distribuidas en su espacio.

La región asiática y particularmente China se posicionan como un gran socio comercial


a nivel mundial. Simonit (2016) sostiene que el nuevo posicionamiento internacional de
China, o “auge pacífico” puede verse reflejado en su participación en el PIB mundial
(PPA) de un 19%, cercano a los aportes de la Unión Europea y Estados unidos (20%
respectivamente).

En América Latina, las inversiones chinas se han multiplicado por 12 entre 2006 y 2017
según datos de Brookings Global/Ceres (2018). A pesar de esto, algunos analistas
económicos afirman que, si bien en 2017 la demanda de bienes latinoamericanos por
parte de este país fue más alta de lo que se esperaba, resultó menos significativa que lo
proyectado para la región en términos de fuente de capital. (Dollar, 2018).

Figura Stock de Inversión directa de China con América Latina y el Caribe (Fuente:
https://www.brookings.edu/es/research/la-inversion-china-en-america-latina-continua-creciendo/)

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El fortalecimiento y la construcción de vínculos por parte de los actores, así como la
observación de los procesos actuales y recientes de estas economías, resultan
fundamentales para poder comprender y establecerse en este nuevo escenario mundial,
maximizando las ventajas y oportunidades dadas por la iniciativa OBOR y el
crecimiento de la inversión en el área.

Análisis de situación actual

Según Ferrando (2016), en la actualidad existen 3 tratados de libre comercio vigentes


entre China y los siguientes países de América Latina y el Caribe: Chile (2006), Perú
(2010) y Costa Rica (2011).

El autor sostiene que dichos tratados, basados principalmente en la reducción de las


tasas arancelarias, no contemplan adhesión de terceros países, así como tampoco
incluyen los temas de la llamada “nueva agenda” del S. XXI que se encuentran
regulados (+) como no regulados (-X) por la OMC tales como: contratación estatal,
medidas antidumping, políticas de innovación, investigación y tecnología, energía y
minería, leyes ambientales, blanqueo de dinero, salud, educación, derechos humanos,
entre otros.

Según analiza el autor, los 3 tratados de libre comercio con América Latina poseen una
visión tradicional, o del S. XX dado que el concepto medular de estos acuerdos radica
en la reducción arancelaria, habiendo incorporado escasos temas de la llamada agenda
del S XXI, entre los cuales se destacan servicios, propiedad intelectual e inversiones.

Por su parte, Simonit (2016) analiza la relación entre China y los países del
MERCOSUR basándose en sus economías. Según la autora, estos últimos alcanzan los
niveles de renta media1 hacia fines de la década de los 60, permaneciendo atrapados en
esa etapa de desarrollo desde hace cuatro décadas en promedio. En cambio, China
alcanza el nivel de renta media-baja1 en 2001, y, en 9 años salta a la etapa siguiente,
uniéndose a los países de renta media-alta1, demostrando la rápida aceleración de su
desarrollo.

La misma puntualiza que: “Si la expansión comercial de China se presenta como una
oportunidad para las economías del MERCOSUR con ventajas comparativas basadas en

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recursos naturales, no es menor la oportunidad de capitalizar esa sinergia para avanzar
en la senda de la modernización (…) transformando sus desventajas en ventajas
comparativas”.

Por otra parte, actores de la minería en América Latina muestran su preocupación.


Particularmente en la producción de cobre (liderada por Chile y Perú) se considera que
la Ruta de la Seda podría facilitar la exploración y explotación del recurso mineral en
zonas de Asia Central, ricas en este tipo de yacimientos, y que antes se encontraban
aisladas, pudiendo eventualmente perjudicar a los países latinoamericanos que se
benefician de esta actividad. (Guajardo, 2017).

La Alianza del Pacífico (AP), integrada actualmente por Chile, Colombia, México y
Perú como miembros plenos, surge a inicios del siglo XXI para incrementar la
competitividad de las economías de los países miembros hacia la región del Pacífico
(León, 2016). La AP representa una oportunidad de conectar a los mercados asiáticos
por vía marítima a través del Pacífico, y luego por vía terrestre al resto de América
Latina.

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De acuerdo a la clasificación de los países según su nivel de ingreso realizada por el Banco Mundial

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Conclusiones

América Latina enfrenta el desafío de articular la región y generar posiciones


concertadas frente a los actores económicos externos. Además de las ventajas
económicas y comerciales que resultarían de formar parte de esta gran iniciativa de
integración y construcción de vínculos estratégicos con Asia, la región debe observar a
estas naciones y su proceso de organización para generar una identidad propia frente a
la competencia. En el caso de Asia, este proceso que lleva más de 50 años, ha
implicado, generar cohesión entre naciones disímiles no solo en cuanto a su economía y
sistema político, sino en cuanto a su cultura, idioma, religión. Para América Latina,
aparece como ventaja el hecho de poseer una identidad propia, consolidada desde una
perspectiva histórica y social y respaldada por los diversos acuerdos y convenios entre
los países de la región.

Asimismo, sería importante analizar en los próximos años, cuáles serán y cómo
operarán los bloques comerciales de la región para satisfacer la demanda de un mercado
que posee el 60% de la población mundial, y a la vez, generar ventajas económicas que
se puedan traducir en avances en materia de agricultura, energías renovables, actividad
industrial, cuidado del medio ambiente e inversión en ciencia e investigación aplicada,
que aseguren un crecimiento sostenido de la economía, y, consecuentemente un
aumento de la prosperidad para la región y sus habitantes.

La época que transitamos como sociedad implica para los actores pensar en los procesos
productivos que puedan dinamizar las economías regionales de forma responsable, es
decir, que además de generar dividendos a los países puedan asegurar el cumplimiento
los objetivos de desarrollo sustentable (ONU, 2015) para los próximos años,
protegiendo la biodiversidad, la calidad del aire, el agua y los suelos, disminuyendo el
uso de sustancias y materiales nocivos para el ambiente, y mitigando las consecuencias
negativas que las actividades pudieran generar.

En este sentido, sería importante, que, a la luz de nuevos acuerdos, puedan revisarse los
criterios contenidos en los mismos, no limitándose solamente a una reducción
arancelaria, sino incluyendo temáticas más amplias y actuales como por ejemplo
aquellas relacionadas con las normas OMC + y OMC- X (Referencia)

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En tanto la gran apertura asiática hacia nuevos mercados se vislumbra como beneficiosa
para Latinoamérica y el Caribe principalmente en las áreas de agricultura y recursos
renovables, además de producir una mejora sustancial de las vías transporte y los
medios de comunicación (sobre todo en áreas donde los mismos resultan nulos o
deficientes), sería oportuno considerar el efecto que esta iniciativa pueda generar en
términos de desarrollo y crecimiento de la industria en la región, que posibilitaría a
dejar atrás la fuerte dependencia de los recursos naturales de las economías actuales,
dando paso a sociedades más industrializadas con generación de tecnologías,
dinamizando y diversificando las actividades económicas, aumentando las fuentes de
empleo y la conectividad, creando así beneficios que puedan traducirse en un aumento
del desarrollo humano y estado de bienestar para los habitantes de la región.

Además, el modelo de crecimiento asiático demuestra la importancia de la planificación


a futuro, no solamente a nivel estado sino globalmente entre las naciones y sus
diferentes actores. En este sentido, sería importante para Latinoamérica observar estos
procesos para así poder generar una planificación adaptada a las realidades propias y
coyunturales, dando lugar a un proceso global de expansión de la economía y
crecimiento sostenido en la región en los próximos años.

Bibliografía

Moneta

Moneta

Bizzozero

Kissinger

Casarini

Becerra