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MARIO ORELLANA RODRIGUEZ

PREHISTORIA Y ETNOLOGIA
DE CHILE
Colección de Ciencias Sociales
U N IV ERSID A D DE CHILE

1
P¿J B R A V O Y A L L E N D E E D I T O R E S
© Bravo y A llende Editores, 1994
Inscripción Ns 90.694

ISBN: 936-7003-23-8

Se term inó d e im prim ir e n los taUeres gráficos de


Valgraf Ltda ®
G eneral Bari 237, Providencia, Santiago de Chile,
e n el m es de agosto d e 1994

E d ición de 1 000 ejemplares.

Im preso en C hile/P rinted in Chile


m í esposa Noelia Torres C em ocb p o r su
inapreciable colaboración a ca dém ica
ÍNDICE

Prefacio

1 En b úsqu ed a de la d e fin ición de los conceptos de


Prehistoria y de E tnología. 14

2 Historia de la investigación arqueológica y etnológica


chilena. 23
2.1. El contexto teórico de la A rqueología C hilena. 32

3 El paisaje chile no . 39

4 Los antiguos po blado res de C hile 52


4.1. El Período P aleo indio. 58
4.2. El Período Arcaico. 67
4.3. Pescadores y Mariscadores Arcaicos. 74
4.4. Cazadores y Pescadores Arcaicos del Norte Chico y
Centro de C hile. 78
4.5 Las C om u nidad es Sedentarias y Productoras de
Alim entos: El Proceso de N eolitización. 81
4.6. Las Culturas A ldeanas del Norte A rido y Sem iárido de
C hile. 89
4.7. La Cultura de San Pedro de Atacama. 95
4.8. El C om plejo Cultural M olle 97
4.9. Cultura las A nim as. 99
4.10. La Cultura D iaguita. 101
4.11. Las Culturas Agroalfareras de C hile Centro-Sur. 104
4.12. Las C ulturas del Territorio M apuche. 107
4 13. El Extremo Sur. 110
4,14. Los Incas en Chile. 110
5 Los aborígenes del siglo XVI. 114

6 La vida fronteriza: entre la guerra, laev an ge lización y el


com ercio. 135

7 Las etnias sobrevivientes en el C hile actual. 163


7.1. Los Aymaras. 165
7.2. Los M apuches. 169
7.3. Los H u illiches. 171
7.4. Los A raucanos. 174
7.5. Los P ehuenches. 177
7.6. Los Pascuenses. , 182

8 C onclusiones. 188

9 M icrobiografías de cronistas einvestigadores. 201

10 A nexo Fotográfico. 209

11 B ib lio g rafía. 221

12 Abreviaturas. 240
Prefacio

En una prim era a p ro x im ación co nceptual, para algunos especialis­


tas, los estudios prehistóricos corresponden a una subárea del c o n o c i­
m iento in d e p e n d ie n te de los estudios históricos. Sobre todo en a q u e ­
llos países, en d o n d e existirían bien de lim itados los períodos co no cido s
por los d o cu m entos escritos, no habría inco nveniente para definir
d ó n d e c o m ie n za n los “tiem pos históricos” y d ó n d e los “tiem po s prehis­
tóricos". Estos últim o s serían estudiados a partir de los “restos a rq u e o ­
lógicos", y los especialistas dedicados a este m uy antig u o “pasado
c u ltu ra l” term inarían su quehacer científico cu an d o las fuentes escritas
c o m ie n za n a responder satisfactoriam ente las preguntas e incógnitas
form uladas por los estudiosos.

R ecuerdo que cu a n d o estudiaba en el D epartam ento de H istoria de


la U niversidad de C hile, en la década de 1950, varios d istin g u id o s
profesores e investigadores (Néstor Meza, Mario G ó n g o ra, Ricardo
Krebs, G u ille rm o Feliú Cruz) insistían, unos más otros m enos, en
conceptos co m o la s in g u larid ad histórica, el c o n o c im ie n to de las
in d iv id u a lid a d e s significativas, el co ncepto de Estado, el valor de la
historia de las ideas, etc. Todos ellos nos form aron con rigor y nos
re co m e nd aro n conocer los “d ocum entos escritos”. C u an d o co m encé a
m ostrar un interés especial por los estudios arq ue ológ icos, se me
adv irtió con cariño que entraba a un cam po diferente del saber, que
estaba co nstitu ido por el ser m ism o de sus fuentes de co no cim ie nto .
R ecuerdo que Néstor Meza desarrollaba su arg u m entación alrededor de
la carencia del c o n o c im ie n to de las “in d iv id u a lid a d e s ", del d e s co n o ci­
m iento de la historia interna de las instituciones; en resum en, que la
a rq u e o lo g ía prehistórica tenía lim itaciones m uy grandes frente a la
d is c ip lin a histórica.

Pero una prim era pregunta de tip o contestatario sería: los d o c u m e n ­


tos escritos ¿aparecen siem pre en un m o m e n to preciso y en ca n tid a d tal
que p u e d a n ser usados sin necesidad de otros tipos de fuentes, y
o to rg án d o n o s c o n o c im ie n to co m p le to del pasado que estudian?. Sabe­

9
mos que la ap a ric ió n de las fuentes escritas, de la d o c u m e n tación
escrita con fines religiosos, económ icos, sociales, políticos, etc., es un
proceso lento, que en algunos casos d e m oró varios siglos. Así, por
ejem p lo, se enseña que el co m ie n zo de los tiem pos históricos en el
Egipto antigu o o currió hacia el 3000 a.C. (es casi una fecha m ítica) y
aprox im adam ente se usa la misma fecha (retro cediéndo la u n po co )
para Sumeria. Pero sabem os que el co no cim ie nto que aporta la
investigación arq ueológ ica prehistórica para los siglos del períod o
Tinita y el Reino A ntiguo en Egipto y para las ciudades sum éricas es,
no sólo im portante sino m ayoritariam ente fundam ental para alcanzar
in fo rm a c ión sobre estos períodos. No basta conocer algunos nom bres
de dignatarios para saber sobre el pasado.

En A m érica, desde 1492 en adelante, lo acontecido refuerza la duda


legítim a q u e hem os planteado. Es verdad que los españoles (rig uro sa­
m ente m uy pocos) inform aron por escrito acerca de lo que veían, de lo
que creían conocer, describiendo especialm ente sus viajes, sus e x p lo ­
raciones, los encuentros con los nativos, etc. Sin em bargo, sus inform es
son tan escasos, tan parciales, tan incom pletos, que no es posible
construir un “historia de las culturas y civ ilizacio nes” que ellos obser­
v aban, por m ed io de sus textos escritos. Ha sido necesario el aporte de
los estudios arq ue ológ icos para com enzar a escribir la “historia" de
estas sociedades am ericanas. Aún más, el c o n o cim ie n to de 30.000 años
de historia am ericana, desde el prim er p o b la m ie n to en adelante, ha
sido po sible sólo al co m p lejo e interdisciplinario estudio del pasado, en
d o n d e la arq ue olo gía preco lo m bin a (es decir, prehistórica) ha desem ­
p e ñ a d o u n p ap e l m uy im portante.

Las propias civilizaciones precolom binas (mayas, te o tih uacán , tol-


tecas, aztecas, chavín, nazca, tiw an ak u , incas, etc.), tanto de Am érica
Central com o de Am érica del Sur, no dejaron en general d o c u m e n ta c ión
escrita (salvo ex cepciones), im p id ié n d o n o s así conocer los “detalles"
de los hechos históricos de estas civilizaciones. El esfuerzo por traducir
la .escritura m aya, por ejem plo, es valioso y obviam ente que ha
c o n trib u id o a m ejorar la info rm ación científica. Pero recordem os que
to d o el saber de las civilizaciones de Am érica del Sur es p ro d u cto de
la investigación prehistórica, enriquecida poco a po co , desde el siglo

10
XVI en adelante, por las inform aciones especialm ente escritas de los
españoles.
La situación de las investigaciones efectuadas en nuestro país, nos
refuerza en la tesis de com plem entar no sólo los estudios prehistóricos
e históricos, sino adem ás de considerar el objeto de la investigación
prehistórica (prehisp ánica), tam bién com o un fin histórico y, por lo
tanto, perteneciente al am plio cam po de los estudios históricos e
historiográficos.
Si revisamos las más im portantes historias de Chile, escritas por
Barros Arana, Encina, Eyzaguirre y V illalobos, encontram os un hecho
innegable: cada una de ellas tiene uno o varios capítulos referidos a los
“indios de Chile", a las “culturas precolom binas o prehispánicas", a los
“orígenes del poblam ie nto", etc. Es verdad que en algunos casos
aparecen com o capítulos “o bligatorio s”, casi pegados a la historia que
se desarrollará a partir de la gesta hispánica (Eyzaguirre); pero tam bién
es una realidad que en la “Historia del Pueblo C h ile n o ” de V illalobos
el estudio de las “Etapas Iniciales” es m ucho más que un com prom iso
académ ico; es la expresión real de una convicción que las experiencias
prehispánicas form an parte del co ntin uu m cultural de nuestro país

Sin em bargo, puede quedar dan do vueltas la idea de que a pesar de


las relaciones existentes, la form ación de prehistoriadores y de histo­
riadores se hace en Departam entos y Escuelas distintas, adscritas
incluso a Facultades universitarias diferentes Hay, incluso, sociedades
que reúnen a unos o a otros especialistas (Sociedad de A rqueología,
Sociedad de Historia).

Pero, reconozcám oslo, poco a poco estos estancos institucionales,


estas diferencias en la form ación, van perdiendo terreno. Así, recorde­
mos nuestra propia experiencia en Chile. C uando en la década de 1960
tres profesores de la Universidad de Chile (Grete Mostny, Bernardo
Berdichew sky y q uien escribe este libro) organizaron los estudios
arqueológicos, centrados en la prehistoria de Chile y de Am érica, es el
D epartam ento de Historia quien los acoge y los estim ula a reforzar esta
experiencia.

Sólo en 1970, cuando se había creado una Licenciatura de Arqueo-

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lo g ia, se organiza un D epartam ento ind epe nd iente, con el apo y o de
a n tro p ó lo g o s culturales, físicos y folkloristas; pero las relaciones con
los estudios históricos c o n tin ú a n en forma sólida. Y no pu e d e ser de
otra m anera, puesto que desde la perspectiva de c óm o alcanzar
c o n o c im ie n to (e p iste m o lo g ía) del pasado más antiguo de C hile, de sus
p o b la c io n e s, de sus expresiones culturales, de sus instituciones, de sus
creencias y valores m ás antiguos, la prehistoria, la historia, la etnología,
la etnohistoria, la antro po lo g ía física, la geografía, la g eo lo g ía, etc. son
discip linas que se necesitan para lograr u n saber s ó lid o y perm anente.

A lo anterior se puede agregar la in fo rm ación de que en m uchos


países de A m érica y de Europa, los estudios prehistóricos form an parte
de áreas del c o n o c im ie n to en do nde se reúnen los historiadores con los
arq ue ólo g os y los etnohistoriadores.

T odo lo anterior tiene im portantes consecuencias en la fo rm ación de


nuestros n iñ o s y jóvenes de la enseñanza básica y m edia. Parece cada
día m ás urgente insistir en que el c o n o cim ie n to de la prehistoria de
C hile, de las culturas y sociedades prehispánicas, no s ólo form a parte
de una c o m ú n realidad con las actuales etnias aborígenes, sino tam b ié n
con la actual sociedad nacio nal. El fe n ó m e n o del m estizaje se da en
todos los círculos y estratos de la sociedad chilena; todos tenem os un
p o o l genético que c o m b in a aportes bio lóg ico s diferentes. Ju n to a ésto,
nuestra m ejor característica es la c o m b in a c ió n de nuestros c o n o c im ie n ­
tos, tanto am ericanos co m o europeos. D ebem os enseñar a nuestros
estudiantes que la in fo rm ación que obtenem os del pasado más antigu o ,
co m o del m ás reciente, más allá de los m étodos y las técnicas científicas
e m plead as, es fu nd am e ntal para la integ ración de nuestro ser in d iv id u a l
y social.

Nuestros libros de historia deben todos iniciarse con la fo rm ación de


nuestros orígenes culturales, que no term inan en un pasado m ás o
m enos an tig u o , sino que c o n tin ú a n e n riq u e cién d o n o s en el presente.

Nuestros libros de prehistoria de C hile deben, a su vez acentuar la


c o n tin u id a d del legado aborigen, o bviam ente caracterizando la ex pe­
riencia cultural p reh ispánica, pero tam b ién insistiendo en el desarrollo
constante de m uchas ideas, instituciones, creencias, técnicas, etc., que
nos están a y u d a n d o a vivir en el presente.

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Hay sectores o áreas del conocim iento del pasado que sirven mejor
que otros para acentuar la interdisciplinariedad: es el caso de los siglos
XV y XVI, en donde se vive la experiencia del contacto entre culturas
de continentes diferentes (América y Europa). Los encuentros y desen­
cuentros, es decir, los contactos pacíficos y violentos de diferentes
sociedades, se h ab ían p ro d u cid o m uchas veces en estos continentes; no
se trataba de algo nuevo. Lo novedoso es esta conquista trascontinental
El descubrim iento de lo am ericano y de lo europeo fue para ambas
partes injusto, desigual y traum ático; ocurrió, y de alg una m anera nos
sigue ocurriendo. Ahora bien, el conocim iento de estos dos siglos ha
sido posible gracias a la labor concentrada de prehistoriadores, etno-
historiadores e historiadores.
El esplendor de las civilizaciones azteca e inca ha sido dado a
conocer especialm ente por la arqueología. La empresa conquistadora,
justificada o condenada, lo ha sido por los cronistas y, en general, por
los testim onios escritos de los españoles. C o m b in an d o estas dos
grandes fuentes científicas se han escrito im portantes libros sobre el
“descubrim iento y conquista de Am érica", o sobre el “surgim iento y
destrucción de las civilizaciones am ericanas".
De alguna m anera, todos estos estudios historiográficos nos han
form ado, nos han enseñado a amar lo am ericano y com prender a los
españoles.
Sólo una interpretación científica, enriquecida por la prehistoria, la
historia, la etnohistoria y la antropología, podrá hacer posible que
nuestras generaciones futuras sepan y en tie ndan lo que suce dió en su
pasado y aúnen esfuerzos para crear nuevas formas de experiencia, que
nos enriquezcan y no nos perm itan repetir algunos errores com etidos
por nuestros antepasados.

En esta tarea de reconstrucción, el papel de los historiadores y


prehistoriadores es muy im portante. Al tiem po de insistir en sus
singularidades intelectuales, es fundam ental su integración para alcan­
zar una síntesis creadora.

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1 En búsqueda de la definición de los conceptos de Prehistoria y
de Etnología.

C uand o se reflexiona sobre los conceptos de prehistoria y etnología


se descubre que bajo estos térm inos yacen varios otros: el de arqueo­
logía, el de prehistoria precolom bina, el de etnología y el de an tro p o ­
logía cultural. O bv iam en te que, incluso podrían agregarse otros térm i­
nos que resum en actividades m uy variadas que hacen los especialistas
del H om bre: pienso en la antropología física, en la genética m olecular,
en la geología y geom orfología, en el folklore, en la etnohistoria, en la
etnoarqueología, etc. Algunas de estas disciplinas nacieron en los
orígenes m ismos de las ciencias antropológicas alrededor del siglo XIX,
otros se han generado en p leno siglo XX y corresponden a avances
científicos m uy novedosos, casos de la genética m olecular o de la
etnoarqueología.

Preguntarse de manera conjunta sobre los estudios prehistóricos y


etnológicos no es una arbitrariedad, sobre todo en nuestra Am érica y
por lo tanto en Chile. A unque en Europa sus relaciones, siendo
paralelas en el tie m po , corresponden a actividades diferentes con
objetivos y m étodos distintos, en nuestro continente am ericano se
dieron las dos actividades de manera m uy estrecha. Si u n o piensa por
ejem plo en lo que nos co m unican los cronistas del siglo XVI, en cuanto
ellos y sus escritos son fuentes básicas para el conocim iento de los
aborígenes y sus respectivas culturas prehispánicas y contem poráneas
a los españoles, descubrim os que en sus textos hay una rica inform a­
ción que actualm ente separaremos en Arqueología-Prehistoria y en
Etnología-Etnografía. Por supuesto que las crónicas, las de Bibar o de
G óngora M arm olejo por ejem plo, no hacen la separación; ellas nos
cuentan, desde el p u n to de vista del español, los hechos de un tipo u
otro que están íntim am ente relacionados: las acciones de los guerreros
m apuches están asociadas a sus creencias, a sus relaciones sociales e
institucionales, a sus armas y tecnología, a su m edio am biente, etc.

Todo lo expuesto por el observador español es una u n id a d que,

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au n q u e puede hoy en día analizarse separadam ente, debe intentarse
unir de nuev o en una am biciosa síntesis expositiva.

Por estas razones creemos que los estudios prehistóricos y e tn o ló ­


gicos corresponden en nuestro continente y en nuestro país a dos
formas científicas de observar una misma realidad No som os, o b v ia ­
m ente, los prim eros en afirmar ésto, ya en la década del 80 del pasado
siglo, com o lo estudiarem os, José T oribio M edina escribió el prim er
libro sobre los Aborígenes de Chile que correspondió tam b ién al prim er
libro de prehistoria y etnología p u b lic a d o en Chile.

Más allá de definiciones que intentan ser precisas y exhaustivas ¿qué


se entiende por estudios de prehistoria de Chile y de etnología de Chile?

C u a n d o u n o inicia un curso de prehistoria de C hile lo prim ero que


hace es intentar definir el concepto m ism o de prehistoria. Así lo
relaciona con el de historia, con el de prehistoria, etc., hasta llegar a la
d e fin ic ió n clásica, tantas veces escrita y enseñada, que nuestra d is c ip li­
na expone los estudios hechos a partir de fuentes arqueológicas (los
restos culturales y todo su contexto) que existen cu an d o no hay otras
fuentes (las “escrituras”) que perm iten el co no cim ie nto de sociedades
del pasado.

O bv iam en te que estas definiciones, más o m enos elaboradas, son


insatisfactorias y n o dejan contentos a nadie. O curre lo m ism o con el
análisis introductorio que se hace cu ando se habla de etnología de
Chile. El especialista, que m uchas veces se siente m uy alejado de los
arq ue ólo g os y de los prehistoriadores, reflexiona sobre los conceptos
de grupos h um anos aborígenes co ntem poráneo s, con rasgos distintos
a los grupos urbanos, civilizados, y expone la situación con la sociedad
nacio nal co ntem poránea. El concepto de “etnia" resume el objetivo de
los estudios, y la descripción de las instituciones y características
sociales y culturales es el objetivo que perm ite conocer a los aymaras,
a los m apuches, a los rapa-nui, etc. Si el e tnó lo g o tiene alg ún interés
sobre el pasado de estos pueb lo s aborígenes co ntem poráneo s rem ite al
estudiante al curso de prehistoria respectiva; a lo sum o hace una
in tro d u c c ió n m uy superficial acerca del tem a, discu lp án d o se po rque no
es especialista.

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¿Por qué esta separación tan rigurosa en nuestras clases y en las
investigaciones? ¿será verdadera y por lo tanto necesaria de ex poner y
enseñar?. Si u n o hace cortes en el tie m po podría encontrar algo de
apoyo en el análisis in d e p e n d ie n te de una y otra discip lina. Una cosa
es estudiar por ejem p lo, ahora en 1993, a los actuales grupos pehuen-
ches del Alto Bío-bío y otra es excavar los yacim ientos arq ue ológ icos
situados en este m ism o sector geográfico. A parentem ente p u e d e n
haber 500, 1.000 o m ás años de separación, adem ás de no saber cóm o
se d e n o m in a b a n los antiguos pobladores de esta región, e incluso de
desconocer los m ovim iento s de pueb lo s y las interacciones con otros
grupos de aborígenes siglos atrás.

Parece entonces razonable tom ar el cam ino más fácil: estudiar


separadam ente a los “a n tig u o s” y a los “co ntem poráneo s". Sin em bargo,
hay m uchas pistas científicas que nos llevan a relacionar en p r o fu n d i­
d ad a unos y otros: no sólo un “se n tim ie n to ” de solid a rid ad con su
pasado, una “creencia” de ser los “due ños de siem pre de la tierra", e
incluso un c o n ju n to de costum bres, de técnicas, de cerem onias, que
trasladaban al pasado y que encuentran sus raíces hace 500 o más años,
según las propias descripciones de otros testigos, de otros estudiosos.

Nadie pued e negar que el desarrollo de las etnias aborígenes de


C hile tiene sus particularidades; corresponden a procesos históricos y
culturales que le dan a los grupos indígenas una “p articularidad"
especial; que los hacen aparentem ente diferentes de sus antiguos
antepasados; esto vale para los grupos m apuches actuales que han
v iv id o un acelerado proceso de intercam bios bio lóg ic o s, en d o n d e el
m estizaje es el rasgo característico más evidente, no sólo en lo
b io ló g ic o , sino tam bién en lo socio-cultural. C u an d o se descubren
diferencias interesantes en las características bio lógicas entre los
p e hue nch e s de ayer y de h o y (’ ) se tiende a pensar que se trata de dos
grupos distintos, en cuanto el más reciente, el co n te m p o rán e o , ha
sufrido un largo proceso ev o lu tiv o de cam bios m orfológicos. A esto se
u nen los intercam bios culturales propio s del m estizaje, en d o n d e la

(*) C onsúltese nuestro libro: H isto ria y A n tro p o lo g ía de la Isla de Laja, Ed. U niversitaria,
1993.

16
te cno lo g ía de la sociedad n acio nal, adem ás de sus creencias, valores,
e co n om ía y e d u c a c ió n , etc., co m ie nzan a jugar un papel m uy im p o rta n ­
te.

Pero desde otras perspectivas, creo que las relaciones entre los
antiguos aymaras, rapa-nui o m apuches (para m encio nar tres etnias con
fuerte p e rso n a lid a d , in d e p e n d ie n te de sus diferencias dem ográficas) y
los actuales m iem bros de estas etnias son tam b ién fáciles de dem ostrar.
Las cerem onias y ritos de los m apuches, tales com o el g u illa tú n , la
u n id a d p e rm anente del aymara con su cosm o altip lán ic o , o la c o n tin u i­
dad del trabajo artesanal y artístico de los rapa-nui, para citar en cada
caso un ejem p lo, son tan claros que u n id o a la c o n tin u id a d de la le ng u a,
a sus estructuras básicas sociales, etc., m uestran una re lación p ro fu n d a
entre el pasado y el presente.

Esto ocurre en C hile, en d o n d e el antig u o habitante de los oasis del


desierto de Atacam a o c u p ó estos lugares hace m iles de años, en d o n d e
luego de ser cazador y recolector, c o n tin u ó -a través de otras g enera­
ciones- s ie n d o agricultor y pastor; y hoy día se m antiene en los m ism os
sitios, cam biado s por el transcurrir de los siglos, siendo agricultor y
m a n te n ie n d o en lo básico una relación con su entorno natural que lo
u ne a prácticas y creencias pretéritas-. Lo m ism o p o d e m o s decir de los
habitantes de Rapa-Nui o Isla de Pascua, con sus tradicionales linajes,
con su C onsejo de A ncianos, y su relación cultural con su naturaleza
insular.

C u a n d o el esp año l po r prim era vez pisó lo que hoy día d e n o m in a ­


m os C hile, desde el desierto atacam eño hasta las frías regiones del sur,
c o n te m p ló grupo s h u m a n o s o rg anizado s que v ivían su presente -desde
1536 adelante- sum ido s en o rganizaciones sociales propias de su
contex to y su m e d io cultural y natural. T enem os en la seg unda m itad
del siglo XVI un núm e ro interesante de textos, in c lu y e n d o las cartas del
ca p itán Pedro de V aldivia, q u e describen las costum bres, las in s titu c io ­
nes, los instrum entos, en general la vida particular, el estilo de
co m p o rta m ie n to tanto de los habitantes de los valles no rteños, com o
del centro y sur de C hile. Se trata de una etnografía-etnología que
ex am ina los aborígenes co nte m p o ráne o s, pero que hoy día es una
etnografía-etnología prehistórica, que corresponde a una re alid ad

17
pretérita Pues bie n, estas descripciones, en algunos textos m uy super­
ficiales y escasas, nos perm iten hacer algunas co m paraciones y levantar
la teoría de la c o n tin u id a d cultural que hem os estado construyendo.

Así las de fin icio n es clásicas de la Prehistoria y de la E tnología no


sirven para estudiar la realidad am ericana cultural, sobre to d o en el
tie m p o del contacto aborigen-español T radicionalm ente el estudio de
este tie m p o -especialm ente del siglo XVI- se ha co n o c id o co m o etno-
histórico. En verdad en todos los lugares geográficos en d o n d e se han
p ro d u c id o estas situaciones de contacto e intercam bios de diferentes
culturas, y siem pre que haya testim onios escritos, la relación de
in fo rm a c ión entre la etnología y arqueología prehistórica ha sido más
o m enos efectiva e incluso exitosa.

Los tratados de prehistoria, o de arq ue olo gía prehistórica, han


insistido incluso en el uso de m étodos com parativos en d o n d e la
in fo rm a c ión etno lóg ica ayuda a interpretar co njunto s de restos a rq u e o ­
lógicos que corresponden a períodos prehistóricos. Así yacim ientos
pertenecientes a cazadores del Paleolítico Superior son interpretados a
partir de estudios conte m poráne o s de sociedades de cazadores actua­
les, por supuesto m uy escasas y a veces fuertem ente aculturizadas. Por
esta m ism a razón m uchos prehistoriadores desconfian de estos m é to ­
dos de análisis paralelos. Recientem ente, algunos arq ue ólo g os pertene­
cientes al m o v im ie n to de la arque olo gía nueva o procesual, han
insistido en el valor de los análisis com parativos y de observación
co nte m p o ráne a para explicar la fo rm ación de yacim ientos a rq u e o ló g i­
cos. Así se estudian grupos de esquim ales o bo squim an os que d e a m b u ­
lan estacionalm ente por sus territorios, a veces m uy extensos; los
arq ue ólo g os los siguen, observan d ó n d e se estacionan, q u é restos
dejan en sus provisionales lugares de descanso o de trabajo, describen
y a n a liza n la d is trib u c ió n de los artefactos dejados, las características
de los sitios, el n ú m e ro de ellos, la cantidad de personas que los
o c u p a n , cóm o se distribuyen espacialm ente en ellos, q u é actividades
realizan, etc. Así desde la década de 1960 adelante se ha o rg an izad o una
nueva d is c ip lin a , la E tno arque o lo g ía, que tiene com o objetivo p rincip al
conocer científicam ente cóm o se form an los yacim ientos a rq u e o ló g i­
cos. O b v ia m e n te que el interés está situado en los yacim ientos del
pasado, pero el estu d io se hace a partir de los yacim ientos del presente.
18
En estos ejem plos n o cabe la m enor duda que la observación, descrip­
ción, análisis e interpretaciones de realidades etnológicas hechas por
arqueólogos, ayudan a un mejor co no cim ie nto del pasado cultural
prehistórico.
Pero de todos m odos las disciplinas prehistóricas y etnológicas
m antienen académ icam ente su p ro p io perfil, sus características m e to ­
dológicas, sus objetivos, etc. ¿Vale la pena, entonces, seguir an alizan d o
el problem a?
Precisemos algunos conceptos, la etnología com o disciplina antro­
p o lóg ica tiene su quehacer p ro p io , ind epe nd iente del estudio de
culturas y sociedades prehistóricas. A la etnología le corresponde el
estudio sistem ático de los actuales pueblos aborígenes y etnias que
conviven, m uchas veces críticam ente, con otros grupos sociales y
culturales. Los casos de etnias, incluso urbanas y civilizadas que viven
en el presente situaciones de conflicto y pugnas violentas en Europa,
m uestran que el estudio científico debe hacerse por diversos especia­
listas, entre los cuales se encuentran los etnólogos.
A su vez los prehistoriadores no tienen la carga de actualidad que
tienen sus herm anos etnólogos; ellos sólo deben estudiar grupos
hu m an o s que vivieron, que hicieron cosas en el pasado, incluso en el
pasado más antiguo y que no se conoce por do cu m e n tación escrita.

Entonces los prehistoriadores y los etnólogos, au nqu e se interesan


por las mismas realidades sociales y culturales (grupos h u m an o s que se
o rg anizan , que vivien y m ueren según sus costum bres, valores y
religiones, que trabajan según econom ías y tecnologías propias de sus
contextos culturales) presentan diferencias interesantes en lo que se
refiere al “tie m po " en que transcurren los sistemas de vida, la “historia"
de estos grupos hum anos. Unos son nuestros “co ntem poráneo s p r im i­
tivos" otros son nuestros “prim itivos prehistóricos". Unos están ahora,
los otros estuvieron; unos son, otros fueron.

Por supuesto que la pregunta ¿cóm o es po sible conocer estas


realidades culturales distintas? nos ofrece m étodos y teorías diferentes
o por lo m enos formas de co no cim ie ntos que escogen técnicas y
m étodos, análisis y síntesis interpretativas, según sea lo q u e se preten­

19
de conocer. ¿Qué quieren conocer los etnólogos? ¿y q u é quieren
conocer los prehistoriadores?.
T radicionalm ente los prehistoriadores, en cuanto son arqueólogos,
tienen com o objetivo principal el conocim iento de culturas antiguas,
situadas en tiem pos pretéritos; los estudiosos de este pasado hu m an o
prehistórico, buscan los com ienzos de la sociedad hum ana, los oríge­
nes de la actividad hum ana; y una vez conocidos estos principios
culturales y biológicos, se afanan en conocer los cam bios, las transfor­
m aciones ocurridas a través de los m ilenios. Partiendo de una teoría
evolucionista escriben la historia de estas sociedades prehistóricas.
¿C uándo deben detenerse? Luego de estudiar los períodos M esolítico se
adentran en el relativam ente reciente N eolítico. Un par de m illones de
años son al m enos el escenario cronológico de los acontecim ientos
prehistóricos. En los com ienzos, el tema de los prehistoriadores es
disputado por etólogos y paleoantropólogos; se trata del proceso de
h o m in iza c ió n que se sitúa entre los 7 y 3 m illones de años. C on alguna
seguridad hacia los 2 m illones de años aparece la figura, aún no bien
conocida, de los primeros hom bres y sus primeros instrum entos. (Homo
Habilís y cultura de guijarros). De nuevo al final de esta larga historia
volvem os a entrar en disputa con otros especialistas: los historiadores
y los protohistoriadores. Entre el 3 500 y 3-000, por lo m enos en el
Cercano O riente, aparece un período que es reclam ado por diferentes
científicos. En otras regiones, que no tienen fuentes escritas con cierta
abu nd ancia, c o n tin ú an los arqueólogos dedicados a dar a conocer las
características de las culturas neolítica y eneolíticas.
Por lo m enos en el Viejo M undo hay 2 m illones de años de espacio
cronológico. Pero ¿qué sucede en América?. Lo que deben conocer los
prehistoriadores se resume, se concreta en no más de 35 m il años. Todo
lo que se llam a Paleolítico, M esolítico, N eolítico, E neolítico, C iv iliza­
ciones, se concentra en un tiem po corto, que hace que nuestro
contienente tenga una característica científica m uy especial: som os
culturalm ente un continente nuevo, el Nuevo M undo es una realidad
distinta del Viejo M undo. Los primeros pobladores que pisan la actual
Am érica, es verdad, vienen del Asia, pero cruzaron el estrecho de
Behring hace sólo unas decenas de miles de años, en el tiem po

20
Pleistocénico Tardío, en la glaciación W isconsin, en un p e río d o cultural
que se conoce co m o “P aleolítico Superior". C om o esto ocurre en los
com ienzos del p e río d o m e n cio n ad o , algunos rasgos del P aleolítico
M edio (tradiciones M ustero-levalloisienses) pasan con los prim eros
habitantes de América. Por varios m iles de años las “industrias líticas"
son industrias mestizas; por esto hay en tantos yacim ientos am ericanos,
in cluy e n d o algunos de Chile, m ezclas tecnológicas y entre los arqueo-
lógos cierto desconcierto en interpretar esta realidad.

La realidad social y cultural am ericana tan apretada, tan corta en el


tie m p o , exige nom bres nuevos, conceptos técnicos que interpreten lo
que se encuentra: así surgen los períodos: Lítico, P a le o in d io , Arcaico,
Form ativo Clásico y Post-clásico (o Tem prano-M edio y T ardío, según
sea la región estudiada; caso de Chile).

Estos objetos de estudio, estos períodos con sus culturas respecti­


vas, son conocidas a partir de los estudios sistem áticos que hacen los
arqueólogos. Pero la interpretación de los datos, de la em piria, exige
de la c o la b o ra c ió n de m odelos y teorías pertenecientes a otras d is c ip li­
nas (tanto naturales co m o sociales). Pero los hechos no sólo se
o btie ne n a través de las recolecciones o de las excavaciones estratigrá-
ficas o del uso de m étodos y tecnologías provenientes de las ciencias
exactas (m é to d o s físico-quím icos); hay tam bién una rica in fo rm ación
que proviene de las disciplinas históricas y de las descripciones
etnográfico-etnológicas. Más de alg uien ha llam a d o a la prehistoria
“E tnología Prehistórica" para insistir en el valor de los p u e b lo s , de lo
social y n o tanto de la descripción tecnológica (industrias paleolíticas).

En form a absoluta, entonces, si nos situam os en los extremos lím ites


de las áreas que cultivan los prehistoriadores y etnólog o s, no te n d re ­
mos inco nv e nie n te en observar diferencias y reconocer p a rtic u la rid a ­
des discip linarias. Pero ¿qué sucede c u a n d o nos aprox im am os a
territorios más lim ítrofes, e incluso a territorios de nadie? Tal es la
situ ación de los siglos XV, XVI y XVII en nuestra Am érica.

La presencia de la sociedad europea sólo afianza y enriquece el


aporte de los datos de los testigos, de los observadores q u e escriben
sobre “otra c u ltu ra ”, acerca de “otros hom bres". Pero ta m b ié n en las

21
prop ias sociedades aborígenes am ericanas había una apre ciación, una
in fo rm a c ió n , un c o n o cim ie n to sobre los “otros am ericanos”.

A través de varias generaciones se relataron los contactos culturales


y ed ucacio nales, las situaciones bélicas, las relaciones de trabajo y de
com ercio, etc. de unos y otros. El Im p e rio del T aw antinsuyu im p rim ió
fuertem ente su pe rso nalid ad, su estilo de vida entre los aborígenes del
norte y centro de C hile. Lo m ism o ocurrió con la c iv ilización de
T iw anaku en todo el actual norte de Chile.

Así nos parece que es necesario, casi o bligatorio , escribir una


prehistoria y una etno lo g ía de Am érica y obviam ente de C hile. Por
supuesto que es po sible hacer lo contrario: es decir sólo escribir una
prehistoria o una etno lo g ía, sin tom ar en cuenta la otra discip lin a . Se
p u e d e escribir sobre los o cupantes del centro sur de C hile, y dar por
term inada su historia en el siglo XVI o XVII.

Nosotros consideram os más científico y más en riqu ece do r co ntin uar


el texto hasta el m ism o presente. A u n q u e estamos conscientes que esta
larga historia, de varios miles de años, posee m uchos rasgos d is c o n ti­
nuos, con interrupciones y saltos a veces fuertes; siem pre hay e lem e n­
tos que relacionan el pasado más antiguo con el presente. En Rapa-Nui
los tem p los cerem oniales (los Ahus con sus m ohais) se levantan desde
a p rox im adam e nte el 600 o 700 d.C. Pues bien, los actuales habitantes
de la isla siguien re lacio nán do se con ellos de m anera que un extranjero
no entiende; incluso cada m oh ai tiene su nom bre p ro p io (caso de los
15 m ohais del Ahu T ongariki).

A llí d o n d e las d isco n tin u id a d e s son m ás fuertes, co m o es el caso de


las tierras de los atacam eños (II re g ión), sigue h a b ie n d o ü n h ilo
co nd ucto r, una relación telúrica con sus fuentes de agua, en sus
cerem onias agrícolas y pastoriles, que au n q u e entrem ezcladas po r otras
creencias religiosas propias de la h u m a n id a d cristiana, se descubren en
ciertos subsectores de la p o b la c ió n . Q u ie n sabe mirar, preguntar,
estudiar con respeto y p ro fu n d id a d , encontrará el Pasado en el Presen­
te, de igual m anera que el actual Presente sería parte integrante no sólo
del Pretérito sino del Porvenir de estos pueblos.

22
2 Historia de la Investigación Arqueológica y Etnológica Chilena

El estudio sobre los “in d io s de C h ile ”, en cuanto ellos se han


co n stitu id o en objeto de análisis científico se in ic ió en el siglo X IX Sin
em bargo, es verdad que desde que los españoles llegaron al territorio
de C hile, en el siglo X V I, h u b o alg uno s de ellos que escribieron y
describieron sobre los habitantes naturales o aborígenes de estas tierras
sureñas que c o m e n za b a n a ser explotadas por las e x ped icio n es de
D ie g o de A lm agro y de Pedro de V aldivia Pero estas parciales
descripciones hechas por el p ro p io cap itán y g o bernad o r Pedro de
V aldivia (en sus cartas), entre 1545 y 1552 y po r los cronistas G e ró n im o
de B ibar (1558), G ó n g o ra M arm olejo (1575) y M ariño de Lobera (1594),
e incluso por el poeta A lonso de Ercilla (La A raucana) y Pedro de O ñ a
(A rauco D o m a d o ) no responde, co m o es o b v io , a objetivos científicos,
tal co m o ahora lo de fin im o s. P rincipalm ente los cronistas aspiraban a
mostrar las características guerreras de los in d io s de C hile para, así,
elevar sus m éritos y hazañas bélicas ante los ojos de las autoridades del
Perú y sobre to d o de E spaña. Ig ualm e n te existía otro fin para m en cio n ar
a estos aborígenes, y éste era m ostrarlos co m o bárbaros, q u e necesita­
b an urgentem ente ser inco rporado s a la c iv iliza c ió n e spaño la y a la
re lig ió n cristiana. Hay que recordar que en C hile prácticam ente no
h u b o d isc u sió n sobre la calid ad h u m a n a de los ind íg en as y por lo tanto
los españoles re co no cieron en ellos a futuros cristianos que debe rían
c u m p lir las labores m ás pesadas del trabajo en las m inas y en los
cam pos.

Hay que buscar por lo tanto el inicio del estudio sistem ático de los
indíg enas y de su cultura, c u a n d o en Europa se o rg a n izó una in d a g a ­
ción de los p u e b lo s "p rim itivo s" (sobre costum bres, instituciones, y
cultura m aterial) que existían en A m érica, Africa y Asia y q u e eran
co n te m p o rán e o s de los franceses, ingleses, españoles, alem anes, etc.,
y c u a n d o ta m b ié n se c o m e n zó a investigar sobre el pasado pre-
d ilu v ia n o de los hom bres (estudios que hacia m ed iado s del siglo XIX
se lla m a ría n prehistóricos). Ya en la prim era m itad del siglo X IX (e n la

23
década de 1830) se o rganizaron las primeras sociedades de estudiosos
que intentaban conocer a los pueblos salvajes, bárbaros o prim itivos;
igualm ente en esta prim era m itad del siglo pasado los geólogos,
p a le n tó lo g o s, anticuarios y aficionados a la historia, buscaban huesos
de anim ales anti-diluvianos extinguidos y restos de cultura (artefactos,
herram ientas), situados en u n m ism o estrato, es decir que p o d ía n ser
co ntem poráneo s.

La c o n s o lid a c ió n de los estudios etnológicos (y etnográficos) y


prehistóricos se logró p rincipalm en te en la segunda m itad del siglo XIX.
Los nuevos datos científicos, las nuevas descripciones se interpretaban
a la lu z de la nueva "teoría D a rw in ia n a ”, au n q u e no faltaban opositores
de esta nueva ex p licación naturalista. En Chile algunos estudiosos han
escrito artículos recordando el valor de los cronistas, tanto de los siglos
XVI co m o del X VII y del X V III (N ú ñ e z de Pineda y B ascuñán, O v alle,
Rosales, M o lina, C arvallo y G oyeneche, etc.); entre otros sobresale
G ualterio Looser, q u ien en 1954 p u b lic ó un “Esbozo de los estudios
sobre los indios de C h ile ”. Nosotros no lo seguim os en la tesis de que
el origen de nuestras disciplinas antropológicas debe buscarse tan
atrás, estamos sí de acuerdo en que en los cronistas, cartas, inform es,
de los siglos anteriores hay m ucha in fo rm ación valiosa que nos ayuda
a organizar un estudio de acuerdo a las exigencias actuales de la ciencia
social, pero esto no significa afirmar que nuestras disciplinas tenían ya
un estatuto de cien tificid ad antes del siglo XIX.

Se pu ed e postular que a fines de la década de 1870 se in ic ió un


prim er intento sem i-institucional de com enzar los estudios a rq u e o ló g i­
cos y etno lóg ico s; así en 1878 se fo rm ó la Sociedad Arqueológica de
Santiago, Revista de
en 1880 se p u b lic ó el prim er y ú n ic o núm ero de la
la Sociedad Arqueológica, y en 1882 se p u b lic ó el libro de José T oribio
M ed ina,Los Aborígenes de Chile.
Estos tres acontecim ientos sólo se p u ed en explicar si recordam os
que en C hile, a lo largo del siglo XIX, se había p u b lic a d o un im portante
n úm e ro de artículos sobre temas que ahora consideram os pertenecen
a la espe cialid ad de etnología y de prehistoria (o arqueología prehis­
tórica). P rincip alm e nte , sig u ie n d o una antigua trad ición literario-histó-
rica iniciad a por los cronistas de los siglos XVI y X V II, en el siglo X IX

24
se pu blicaro n m uchos inform es y estudios sobre exploraciones de
regiones desconocidas del territorio nacional, que contenían algunas
noticias de sus aborígenes.
Investigadores com o Luis Montt, W enceslao D íaz, José T oribio
M edina, R odulfo A m ando P hilippi, Francisco Astaburuaga, etc., que
pertenecían a diferentes disciplinas, se congregaron el 1° de septiem bre
de 1878, bajo la presidencia del gran naturalista R A P h ilip p i, y se
propusieron “estudiar la etnografía am ericana", “estudiar las lenguas
am ericanas” y “estudiar las antigüedades americanas".
Este co njunto de naturalistas, literatos, historiadores e incluso
políticos, bien inform ados de lo que se estaba escribiendo en Europa,
especialm ente en Inglaterra, Francia y A lem ania y posiblem ente sin
conciencia clara de que estaban organizando una nueva disciplina
científica, son los verdaderos creadores de la Etnología y de la
Prehistoria de Chile.
El libro de José T oribio M edina, p u b lic ad o en 1882, es el resultado,
la síntesis creadora, de un conjunto de publicaciones y de estudios
hechos en los prim eros 80 años del siglo X IX .(*)

Los relatos y descripciones de los viajeros, exploradores y estu d io ­


sos, los trabajos de historiadores com o D iego Barros Arana, perm itieron
poco a poco, no sólo una acu m u lación im portante de datos relaciona­
dos con el pasado prehispánico, sino tam bién de inform es valiosos
sobre las costum bres de los aborígenes de C hile, especialm ente m a p u ­
ches.
La pregunta que debem os hacernos a c o n tin u ació n es ¿cóm o fue
posible esta a c u m u lación de inform ación científica? Postulam os las
siguientes hipótesis com o posibles respuestas al problem a planteado:

(•) En 1923. Ricardo Latcham, en la Revista C hilena de Historia y G eografía (N® 51, Tomo
XLVII, A ño X II) escribió: "En resum en, no podem os sino repetir que después de los largos años
que hem os d e d ic a d o a estos estudios, en nuestro concepto, los aborígenes de C h ile ... es el libro
que o c u p a el prim er lugar entre los que tratan de estos temas; que su valor científico es tan real
hoy co m o en el día en que se d io a luz; y qu e por m ucho que se escriba posteriorm ente, jamas
perderá su m é rito ” (pág . 307)

25
a) existencia de co m u nid ade s aborígenes en el territorio nacio nal.
b) v alo ración , desde el siglo XVI, de la presencia de estas socieda­
des y culturas nativas, y de su papel histórico en la co nfig u ración
de la sociedad nacional.

c) interés creciente por rescatar las fuentes y antigüedades del


p asado n a cio nal, e n fatizan do lo au tócto no y lo criollo.

d) influ en cia cultural y científica de los países europeos, especial­


m ente Francia y Alem ania.

D espués de la p u b lic a c ió n del estudio de J. T. M edina, en las


décadas de 1880 y 1890, se fund aro n dos sociedades científicas; una en
1885, la S ociedad C ientífica Alem ana, presidida por el naturalista
P h ilip p i, y la otra en 1891, la Sociedad Científica de C hile (francesa),
presidida por Albert O brecht.

Estas dos sociedades fueron, conjuntam ente con la U niversidad de


C hile y el M useo N acional, las instituciones que hicieron posible que
en Chile, sobre to d o en Santiago y en V alparaíso, se pensase, discutiese
y escribiese sobre diferentes problem as científicos.

Según algunos investigadores(*) estas sociedades fueron tan o más


im portantes que la p ro p ia U niversidad de Chile. En estas sociedades,
participaron diferentes estudiosos, haciéndose posible un am biente
intelectual científicam ente interesante “dentro de una c iu d a d tosca y
practicista”.

Los estudiosos que p articipaban en estas instituciones, tales com o


M edina, P h ilip p i, Barros Arana, escribían e incluso hacían inform es
científicos m uy relacionados con las disciplinas de la prehistoria y de
la etno lo g ía. No debem os dejar de recordar que en 1884 el historiador
Barros Arana escribió, en su prim er to m o sobre la Historia G eneral de
C hile, Ira parte, un núm e ro im portante de pág inas tituladas “Los
in d íg e n a s ”. C u a n d o tratemos las influencias de las teorías europeas
volverem os a este autor.

(*) H um b erto F u en zalid a, D o n Ricardo E. Latcham y el am biente cie n tífico de C hile a


c o m ie n zo s de siglo, N oticiero M e n s u a l del MHN-. a ñ o X I11 N* 87. 88; Santiago, C hile.

26
Los temas tratados por todos estos estudiosos se re lacio n ab an con
la teoría D arw inista o de la E vo lución; con las teorías A utoctonistas o
de la D ifu s ió n de los habitantes y de la cultura am ericana; con la
d escripción de algunos tipos de herram ientas ( “piedras h o rad ad as ” de
A lejandro Cañas P inochet), con la an tro p o lo g ía física (Dr. Luis Vergara
Flores), o con la descripción de territorios po co co nocidos (desierto de
A tacam a). En los libros de A lejandro Bertrand, 1885, y de Francisco San
R am ón, 1896, se d ab an noticias sobre los habitantes y sus tum bas,
herram ientas, creencias, ruinas, etc.

Hacia 1910 se p u b lic a n nuevos trabajos, se reúnen en un Congreso


Internacio nal grupos im portantes de estudiosos y se fu n d an nuevas
instituciones. Estamos, entonces, ante una situación que, a u n q u e
c o n tin ú a trabajos de ideas del pasado, ofrece nuevas características
especiales: entre éstas está la aparición de nuevos investigadores, tales
co m o Ricardo Latcham y el Dr. Max Uhle. Ju n to a ellos de be n ser
tam b ié n m en cio n ado s el Dr. A ureliano O y arzún y el sacerdote e tnólo g o
M artín G usind e. Así se inicia el segundo período de la a n tro p o lo g ía
chile na, tan rico en estudiosos y en investigaciones descriptivas.

En S antiago de C hile se in a u g u ró el 25 de diciem bre de 1908 el IV


C ongreso C ientífico y el 1 Panam ericano En este Congreso p a rtic ip a ­
ron, entre otros, Ricardo Latcham y el Dr. Max Uhle. El trabajo de
Latcham se lla m ó A n tro p o lo g ía C hilena y el m ism o autor lo consideró
un resum en de los estudios y observaciones hechos durante un largo
nú m e ro de años. Esta m onografía fue p u b licad a en 1911. A lgunas de las
co nclusio nes de Latcham fueron:

a) desde tiem pos rem otos han existido en el territorio ch ile no


num erosas razas que se han m ezclado.

b) desde m uy a n tig u o v ivió en C hile una raza au tócto na paleoame-


ricana, cuyos más antiguos representantes serían los alacalufes
y p ro b ablem en te “algunas fam ilias de los ch an g o s ”.

c) la actual p o b la c ió n aborigen se fo rm ó por sucesivas invasiones


del norte y el oriente

d) las m igraciones de pu eb lo s chilenos a tierras argentinas n o han

27
sido im portantes, en cam bio sí lo han sido los m ovim ientos de
los p u eb lo s que provienen del oriente de la cordillera de los
Andes (caso de los araucanos).

e) la o c u p a c ió n incásica “p u d o lograr resultados extraordinarios


porque había en el territorio chileno un nivel cultural con
rudim entos de agricultura y de pastoreo” ( “estado patriarcal”).
Es notorio, por otra parte, la ausencia de una secuencia cronológica
de los pueblos en Ricardo Latcham.

En cam bio Max Uhle, nos entregará un m od elo cro n ológ ico que será
acogido por todos los especialistas nacionales y extranjeros.

La obra en C hile del profesor Uhle (1911 -1919) puede resumirse así:

a) co nfeccio nó el prim er cuadro cro n ológ ico prehistórico, situ an­


do a las culturas del norte de Chile.

b) describió la cultura de los oasis del desierto de Atacam a


("A tacam eña”). C onsideró que la etnia atacam eña era subestrato
de todas las culturas del norte de C hile y, tam bién , un ing redie n­
te im portante en la form ación de algunos rasgos estilísticos
tiahu anaqu eño s.

c) dio a conocer, a partir de 1917, los principales elem entos


diagnósticos del períod o los Aborígenes de Arica, u n o de los
más antiguos junto al períod o del H om bre Prim ordial.

Estas descripciones de Uhle son usadas por m uchos arq ue ólo g os


para describir posteriorm ente el C om plejo C hinchorro.

d) fo rm u ló el período T iahuanaco y el S ubsiguiente E pigonal para


el Norte de C hile, para el Norte Sem iárido e incluso insistió en
la presencia de T iahuanaco en C hile Central.

Sus estudios sobre T iahuanaco (entre 1911 y 1922) inauguraron una


problem ática que hasta el presente co ntin úa investigándose con gran
interés.

Ju n to a estas dos figuras m uy im portantes investigan otros estu d io ­


sos tales com o Martin G usin d e , A ureliano O y arzún , Augusto Capdevi-
11e , Tomás G uevara, Carlos O liver Schneider y León Strube.

28
A dem ás entre 1909 y 1911 se o rg anizan dos sociedades científicas,
la S ociedad de Folklore, fu nd ada por R odolfo Lenz, y la Sociedad
C hilena de Historia y G eografía; esta últim a sociedad in ic ió las p u b li­
caciones de la Revista C hilena de Historia y G eografía (el N° 1 apareció
en 1911).
Este se g u n d o períod o de la A ntro po lo g ía C hilena term ina en la
década de 1940, sea p o rq u e estos investigadores m en cio n ado s m ueren
o p o rq u e dejan de p roducir científicam ente d e b id o a su avanzada edad

El tercer período de la A ntro po lo g ía de C hile lo situam os a partir de


co m ie nzo s de la década de 1940 (Latcham m uere en 1943 y O y arzún en
1947). P rincipalm ente en este nuev o pe ríod o destacan el a rq u e ó lo g o
norteam ericano Ju n iu s Bird y los estudiosos nacionales Francisco
C ornely, Jorge Iribarren y la Dra. Grete Mostny.

Ju n to a las p u b lic a cio n e s de Bird, con la ex posición de sus m étodos


estratigráficos y los resultados de sus excavaciones de los años 1940­
1941 en los cónchales del norte de C hile, y antes en el extrem o sur del
país, m erecen destacarse los trabajos de Francisco C ornely (cultura
D iag uita y cultura de El M olle) de Grete M ostny (culturas p re c o lo m b i­
nas de C h ile), de Jorge Iribarren con sus m onografías sobre petroglifos,
cam inos del Inca y cultura de H u e n te la u q u é n , y Stig Ryden sobre la
arq ue olo gía de la región del río Loa.

T am bién en la década de 1950 se co m ie nza a organizar un Centro de


Estudios A ntro po lóg ico s, de pe ndie nte de la U niversidad de Chile,
centro éste que cuenta con la presencia de profesores extranjeros (R
Schaedel, W. M ulloy y O . M en g hin) y en d o n d e se forma un g ru p o de
especialistas, alg uno s de los cuales aún perm anecen en actividades de
inv estig ación, sea en el país o en el extranjero (X im e n a Bunster, Ju a n
M unizag a, B ernardo B erdichew sky, G o n za lo Figueroa).

En este p e río d o aparece tam b ién la figura del padre jesuíta G ustavo
Le Paige, q u ie n desde 1955 centró sus estudios en la zona de San Pedro
de Atacam a.

Es interesante señalar que en las décadas de 1940 y de 1950


perm anece sin resolverse la discu sión sobre las dos secuencias c u ltu ­
rales y cro n ológ icas, una proveniente de Uhle-Latcham y la otra de Bird.

29
Se hicieron, hacia 1955-1957, esfuerzos por relacionarlas, pero no hu bo
consenso entre los especialistas.(*) Sin em bargo este período fue muy
im portante: se dieron a conocer nuevas culturas en el Norte C hico de
C hile; se expusieron científicam ente las excavaciones hechas en Taltal,
Pisagua, Q u ia n i (costa norte de C hile); se com enzaron a hacer estudios
en el interior del desierto no rtino y apareció una nueva síntesis de la
prehistoria de Chile, escrita por Grete Mostny, luego de 27 años, es
decir desde cu ando Latcham p u b lic ó su Prehistoria de C hile en 1928.

Pero ya c o m e nzan do la década de 1960 surge u n co njun to de


investigadores y se fu n d a n varias instituciones, que obligan al historia­
dor de la arq ue olo gía y antro po lo g ía de C hile a postular un nuevo
período, el cuarto, que se caracteriza por la presencia de eq uipo s de
investigadores, por la o rg anización institucional universitaria, por la
docencia sistem ática, y por la inco rporación de técnicas, m étodos y
teorías im portantes.

O bv iam ente esa eclosión intelectual y científica le debe m u ch o a la


década de 1950, pero tiene su p ro p io perfil, sus propias características
y nuevas personalidades.

El período que se in ic ió a com ienzos de la década de 1960, se


caracterizó por:

a) Form ación de nuevos m useos arqueológicos regionales, por


ejem plo en Arica y en Calam aí*).

b) Form ación de carreras universitarias: U niversidad de C o n ce p ­


ción; U niversidad de C hile, en Santiago.

c) O rg a n iz a c ió n de la Sociedad C hilena de A rqueología, en 1963.

d) Investigaciones de cam po y pu blicacio n es especiales que expre­


san un trabajo científico supra in d iv id ual, por eq uipo s, e inter­
disciplinario .

(*) A rq u e o lo g ía C h ile na, P u b lic a c ió n del Centro de Estudios A ntropológ ico s; U niversidad de
C hile; 1957;Santiago, C hile.

(*) Rigurosam ente el M ueso Regional de Arica, fu n d a d o por Percy Davelsberg, es de la


segunda m itad de la década de 1950.

30
e) In c o rp o ra c ió n de nuevas técnicas y m étodos de investigación
(m é to d o s estadísticos, de c o m p u ta c ió n , etc ).

0 In ic ia c ió n c o n tin u ad a de Congresos de A rqueología; desde 1961


hasta el presente se han efectuado 12 reuniones, todas con sus
respectivas Actas.

Se trata entonces de un pe ríod o p rin cip alm e n te caracterizado por


las instituciones, no por las in d iv id u alid ad e s; abierto a los m éto do s y
teorías de las ciencias exactas y sociales y que pretende form ar a nuevos
arq ue ólo g os y a n tro p ólo g o s en la docencia universitaria Ig ualm ente
los profesores jóvenes de estos decenios viajan al extranjero para
especializarse.

Para alg uno s estudiosos, ya en la década de 1980 se había p ro d u c id o


un relevo de investigadores (todos form ados por los investigadores y
profesores de las décadas de 1960 y 1970), lo que recom endaría crear
(el quinto).
un n u e v o p e río d o , Sin em bargo, adem ás de que varios
estudiosos de las décadas de 1960 y 1970 siguen investig ando y
e n se ñ a n d o , hay una situ ación política nacional que prod uce una
inte rru p c ió n en el desarrollo norm al de las disciplinas an tro p o lóg icas
y sociales. Entre 1973 y 1989, la U niversidad de C hile, centro del
desarrollo docente de la enseñanza a n tro p o ló g ica de pre-grado, es
intervenida por el G o b ie rn o M ilitar y, sobre to d o después de 1976 y
hasta m ed iado s de la década de 1980, sufre una serie de accidentes y
d is c o n tin u id a d e s en su desarrollo.

Por esta razón p ostulam os que desde 1990, con la p a rtic ip a c ió n de


antiguo s arq ue ólo g os y profesores, y sobre todo con la irru p ción de un
fuerte co ntinge nte de estudiosos form ados en 1970 y en 1980 (con todas
las frustraciones y problem as que presentaba la interve nción de las
universidades chilenas por el G o b ie rn o M ilitar) se iniciaría un nuev o
p e río d o para el desarrollo de la A rqueología chilena.

Hay q u e reconocer, sin em bargo, que en alg uno s m useos se p ro d u jo


entre 1973 y 1989 un desarrollo im portante, a p o y a d o por particulares
y alg u no s hom bres del g o bierno m ilitar que gustaban del estudio del
pasado. El tratam iento, así, fue distinto: por una parte las universidades
fueron m altratadas, en cam bio algunos m useos fueron respetados y, en
casos especiales, incluso apoyados.
31
El Contexto Teórico de la Arqueología Chilena

Se trata de analizar cuáles fueron los paradigm as que se construye­


ron, que fueron aprobados por los círculos científicos y que incluso la
sociedad nacional hizo suyos. Igualm ente varias teorías o explicaciones
antropológicas, propias del m u n d o europeo y norteam ericano, estuvie­
ron presentes en los arqueólogos y etnólogos nacionales desde fines
del siglo pasado en adelante.

C uand o ex poníam os el prim er período científico (1880-1911) de la


arq ueología recordam os el aporte del historiador D iego Barros Arana,
del naturalista R A. P h ilip p i y sobre todo de José T oribio M edina.

Todos estos estudiosos, unos más otros m enos, fueron progresistas


y evolucionistas. Creyeron en los procesos del evolucionism o expuesto
por D arw in; es verdad que se discutió sobre el D arw inism o en las
sociedades científicas m encionadas anteriorm ente, pero esta discusión
generalm ente no se refería a los aportes em píricos de D arw in. Así por
ejem plo las descripciones de éste sobre el estado cultural de los
aborígenes del extremo sur de Chile, p ro p io de “salvajes” y de seres
casi-humanos, según este naturalista, fueron recogidas por el historia­
dor Barros Arana.

Las reacciones no se hicieron esperar en el m u n d o de la an tro p o lo ­


gía internacional y tam bién en Chile; los escritos de Max Uhle, po r una
parte, y los del Dr. A ureliano O y arzún y, sobre todo, los del etnólog o
Martín G usind e, se fundam entaron en las teorías históricas (P articula­
rismo Histórico y de Círculos Culturales).

Entre estos dos extremos se situó el e tnólo g o y arq ue ólo g o Ricardo


Latcham, q u ien insistió en su em pirism o inglés. Así en 1909 en su
A ntropología Chilena (p u b lic a d o en 1911) escribió: “Hasta ahora no
había hecho más que anotar todos los hechos que se me presentan...
en algunos casos no he hecho más que dejar constancia de los hechos;
y si en algunas partes he ind icado lo que me ha parecido una o p in ió n
razonada, no por eso he querido establecer fin alid ad, sino sim plem ente
indicar la dirección que la evidencia existente tiende a señalar, dejando
al porvenir probar o desaprobar la hipótesis avanzadas".

32
El caso de M. Uhle es más difícil de analizar. En sus trabajos p u e d e n
descubrirse matices y orientaciones ideológicas que lo situarán en la
escuela Particularista H istórica, y algunos casos, lo aprox im arían a la de
os Círculos C ulturales. Así para Martín G usin d e , Uhle era u n especia­
lista que trabajaba con las categorías de la Escuela de Viena. Para
nosotros, en cam bio , está m uy p róx im o a las tendencias que favorecen
las ex plicaciones del desarrollo histórico, m ediante el estudio c ro n o ló ­
gico y la o rd e n a c ió n , en el espacio y en el tie m po , de las culturas
aborígenes prehispánicas (cuadros cronológicos de las diferentes civ i­
lizaciones y fases de ellas). Sus estudios areales (es el creador de la
arq ue olo gía del Pacífico: Chile-Perú-Ecuador), son un bue n ejem plo de
su esfuerzo científico por organizar grandes horizontes estilísticos,
precursores de otros, hechos décadas más adelante.

T odo este prim er p e río d o , caracterizado por sus descripciones, por


su positivism o, por su d arw inism o algo sim plista, fue tam b ién un
pe ríod o que inte n tó explicar e ir más allá de los hechos, de la em piria
más elem ental. Sin em bargo debem os reconocer que es el seg u ndo
p e río d o (1911-1940) el que será testigo de una interesante discusión de
teorías, entrem ezcladas con estudios descriptivos y factúrales.

En este seg u ndo p e río d o participaron activam ente, co m o ya lo


hem os escrito, los arq ue ólo g os Uhle (hasta 1919) Latcham, O y a rzú n ,
G u s in d e , G uevara, etc.

Por una parte las secuencias culturales y cro nológ icas m ostraron
una te nd encia histórica ind iscutible; de Uhle pasaron a Latcham y
fueron ta m b ié n usadas por G uevara y O y arzún. Siem pre en esta línea
hay un esfuerzo por construir una visión sintética de lo que aco nteció
en el p e río d o prehistórico de C hile (Latcham , 1928; 1936).

Por otra parte las traducciones del Dr A O y arzún perm iten conocer
los trabajos etno lóg ico s de la Escuela de los Círculos Culturales,
especialm ente de K oppers, Schm idt y otros. Pero el aporte científico
m ás significativo fue el trabajo de cam po del sacerdote Martín G usin d e ,
q u ie n llegó a C hile en 1912 a la edad de 25 años. R ápidam en te se
in co rp o ró al M useo de E tnología y A ntro po lo g ía, otra de las in stitu cio ­
nes creadas en 1911 y cuyo director fue Max Uhle. Esta co lab o ra ción
c o n tin u ó hasta 1924. Su aporte realm ente significativo está v in c u la d o el

33
estud io , de sc rip c ió n e interpretación de las costum bres, de la o rg a n i­
za c ió n social y de los estudios antro po lóg ico s físicos de los aborígenes
del extrem o sur de Chile. U no de sus intereses más particulares es el
estudio co m p arativ o , es decir, establecer relaciones iguales de cultura
entre diferentes grupos de indígenas: los alacalufes, los onas, los haus
y los yam anas.

Sin lugar a dudas este e tn ó lo g o de la escuela de los Círculos


C ulturales salvó para el co n o c im ie n to científico al “hom bre m ás p r im i­
tivo de A m érica” e incluso , al decir del Dr.. O y a rzú n , c o n trib u y ó al
c o n o c im ie n to fu n d a m e n tal de las culturas más antiguas de la raza
hum ana.

Entre 1940 y 1960 algunas líneas teóricas fueron aplicadas en Chile.


Así, por eje m p lo , el estudio del m ed io am biente y sus relaciones con
el desarrollo te c n o ló g ic o y cultural fue trabajado por Ju n iu s Bird y por
R ichard Schaedel; se po stularo n áreas o provincias ecológicas, que
p o s e ía n sus características tecno-am bientales y tecno-económ icas m uy
definidas.

El estudio del p asado más antig u o cultural de los cazadores y


recolectores del desierto de Atacam a fue hecho por G ustavo La Paige;
en sus estudios p o s tu ló incluso una p ro fu n d id a d c ro n o lóg ica no
aco stum brada en C hile (50.000-30.000 años).

M ediante análisis tip o ló g ic o s , en d o n d e se usaban criterios m o rfo ­


lóg ico s, de m ateria p rim a, c o m b in ad o s con alg uno s criterios te c n o ló g i­
cos y de m e d io a m b ie n te , p o s tu ló La Paige u n cuadro cro n o lóg ico que
iba desde G h a tc h i, caracterizado por sus instrum entos de núcleo s y
lascas gruesas paleo lítico s, hasta las industrias m uy desarrolladas del
M eso lítico A tacam eño (1.000 AC).

Todas estas investigaciones, fu nd am e ntad as en u n e v o lu cio n is m o


u n ila te ra l, fueron e n riq u e c ién d o se ya en el siguiente pe río d o , década
de 1960 en ade lante. En prim er lugar, este nu e v o p e río d o intro du jo
nuevos m éto do s y técnicas que alg uno s arq ue ó lo g o s trajeron de Europa
o de Estados U nidos: m éto do s estadísticos de Bordes; m éto d o de
c o m p u ta c ió n ; m é to d o de análisis de m ateriales culturales, bio lóg ico s,
m aterias prim as, relictos alim e nticio s, todos productos de excavacio­

34
nes. Estos m étodos dab an una info rm ación más com pleta de los grupos
hum anos y de sus sistemas de vida socio-económ ica.

Poco a p o co en las excavaciones se van d e jan do de lado los


hallazgos selectivos, casuales y se coloca el acento en las excavaciones
sistemáticas, no s ó lo en los cem enterios, sino tam bién en los asenta­
m ientos, en los análisis de talleres líticos, en los lugares de m atanza,
etc.

Ig ualm ente punto s de vista etno-históricos co m ie nzan a ser in c o rp o ­


rados (m étod o s de análisis de J Murra: control vertical del m áx im o de
pisos ecológicos).

H em os recordado (*) que el uso de las teorías fue una ad q u is ic ió n


lenta de la arq ue o lo g ía chile na, au n q u e nunca dejó de usarse. Así, las
teorías difusionistas, autoctonistas, evolucionistas, etnohistóricas (m o ­
delos de sociedad and ina apo y ado en el concepto de complem entarie-
dad; m o d e lo de verticalidad, m od elo de m o v ilid a d giratoria, m o d e lo de
esferas de interacción, etc.) fueron de una u otra m anera usadas por los
arqueólo g os chilenos.

Todos estos últim o s marcos teóricos se han desarrollado en este


período que lo hacem os term inar hacia fines de la década de 1980,
co lo cand o así el acento ex plicativo en una situ ación contextual acadé­
mica y política: vuelta de la libertad académ ica universitaria y científica,
gracias al regreso del sistema dem ocrático nacio nal.

Para co ncluir este m uy breve resum en del desarrollo de las te n d e n ­


cias teóricas antro po lóg icas, recordem os que han c o n tin u a d o los
esfuerzos de alg uno s m aterialistas culturales -progresivamente a le ján ­
dose del Marxismo- por explicar los procesos culturales y sociales,
fu n d a m e n tán d o s e en conceptos tecno-ecológicos y tecno-económ icos.

Sin em bargo, esta arque olo gía procesal se convierte en una co rrien­
te más en la a rq ue olo gía de Chile.

(•) Investigaciones y teorías en la A rqueología de C hile. Ed. Centro de Estudios H u m a n ís ­


ticos, U niversidad de Chile; 1982, Stgo., Chile.

35
Por influencias de las disciplinas etnológicas y etnográficas se
e nuncia una tendencia neo-com prensiva y anti-predictiva, en d o n d e la
b úsq u e d a de la causalidad, apoyada en la em piria, intenta ser re em pla­
zada por el c o n o c im ie n to com prensivo, subjetivo, en d o n d e se insiste
en la im portancia de la perspectiva personal del investigador, y en que
la realidad objetiva existe sólo a través del sujeto cognoscente.

En im portante, por lo tanto, insistir en que no hay que caer en


extrem ism os conceptuales: el estudio riguroso de la em piria (de la
realidad arq ue o lóg ica) nunca podrá dejarse de lado. A partir de ella,
entonces, organizarem os un co no cim ie nto explicativo provisorio; esta
epistem e (n o solam ente o p in ió n personal) deberá eq uilibrar el estudio
de la realidad m aterial cultural, del m edio am biente y de los factores
p o lítico s, socio lógico s y de creencias.

En el caso de nuestro libro, nos situarem os ante una realidad que se


reconoce co m o tal desde hace por lo m enos 10.000 años a.C., a lo largo
del territorio actual de C hile, desde los grados 18 al 56, es decir a lo
largo de 4.200 kms. de norte a sur, en el extrem o austral de Sud-
Am érica

Un re sum ido encuadre histórico-cronológíco de las sociedades


aborígenes pasadas y actuales sería el siguiente:

1) El prim er períod o que se estudia es el que corresponde al


P aleoindío. Este se postula entre el 20.000 y el 7.000 a.C.. La
fecha de 20.000 a.C. debe considerarse com o hipo tética y por
esta razón las fechas absolutas que se m anejan para los inicios
de este p e río d o no van más allá del 11.000 a.C..

2) A rcaícoy
El seg undo p e rio d o se d e n o m in a para el norte de C hile
com enzaría hacia el 8.000 a.C.; en cam bio para el sur las fechas
serían m ás tardías, hacia el 6.500 a.C.. El c o m ie n zo del arcaico
está re lacio nad o con un nuevo p e río d o g e o ló g ic o , el H o loce no ,
que presenta características especiales según sean las regiones:
por eje m p lo , en el extrem o sur de C hile la fauna pleistocénica
c o n tin ú a hasta el 6.500 a.C., lo q u e no ocurre en el centro y en
el norte árido. En este pe rio do la recolección, la caza y la pesca
especializadas son expresiones características de la eco nom ía;

36
ig u a lm e n te el fe n ó m e n o del sedentarism o se verifica c o m o una
re alid ad hacia fines del arcaico.

3) H acia el 1.000 a C. se inicia el p e rio d o Tem prano agroalfarero,


caracterizado po r la presencia de asentam ientos sedentarios,
aldeas de pastores y agricultores, y, en alg u no s casos, de
pescadores y m ariscadores. La presencia de u n c o n ju n to de
técnicas novedosas (alfarería, tejidos, m etales) señala relaciones
con regiones aldeanas prove nientes tanto del a ltip la n o b o liv ia ­
no c o m o del norte argentino.

4) H acia co m ie n zo s de la era cristiana se re co no cen en diferentes


regiones c o m p le jo s o culturas agroalfareras y pastoriles, tales
c o m o A lto Ram írez, San Pedro de A tacam a, M o lle, El Bato y
Llolleo q u e cu bren tanto el norte co m o el centro-sur de C hile en
el p e río d o T em prano A lgunas de estas culturas sólo lleg an hasta
el 800 d.C .; en c am b io otras, co m o la de San Pedro de A tacam a,
c o n tin ú a n co n fases m edias y tardías. Así el p e rio d o M edio
agroalfarero está representado en la re g ión de Arica (I R e g ión )
por la presencia de la c iv iliz a c ió n a ltip lán ic a de T iw an ak u ; en la
II R e g ión p o r la fase III de San Pedro de A tacam a; en el norte
s e m iárid o ( III y IV R e g ió n ) po r la cultura Las A nim as y en C hile
Central po r la fase final de la cultura Llolleo y po r los c o m ie n zo s
del c o m p le jo A co ncag ua. Este ú ltim o c o n tin ú a a lo largo del
p e rio d oTardío agroalfarero, s ie n d o c o n te m p o rá n e o a la cultura
D ia g u ita en el norte s e m iárid o , con las fases III (en su parte
fin a l) y IV de San Pedro de A tacam a, y la cultura Arica. En el sur
ya están de sa rro llán d o se , co n in flu e n cias de culturas de C hile
C entral, las culturas de Pitrén y El Vergel. En el caso de Pitrén
se p o s tu la ta m b ié n co m o o c u p a n d o parte del p e rio d o M ed io
agroalfarero.

5) H acia el 1.470 d.C . se reconoce la presencia del Im perto In ca e


n
diferentes regiones, a lc a n z a n d o su presencia, hasta ahora e s tu ­
d ia d a , al valle del C ach apoal.

Luego del siglo XVI se o rg aniza en los siglos de la C o lo n ia la cultura


y la etnia m apuche
o a ra u c a n a
, entre los grados 36°, 30' y 41°

37
fuertem ente m ezclada con otras etnias aborígenes y con los españoles-
chilenos.

En el norte, entre los 17° 30' y 23°, el territorio estaba ha b itad o por
aym aras.
p o b la c io n e s En San Pedro de Atacama y en los diferentes
p o b la d o s del Salar de Atacama estaban los atacam eños. Especialm ente
los aymaras se m antienen en la actualidad con sus tradiciones y su
lengua; en ca m b io los atacam eños la han perdido. Más al sur, entre los
grados 29 y 32, los españoles conocieron a los diaguttas, pero en el
presente han desaparecido co m o etnia.

Más al sur de los m apuches, los pueblos chonostam b ién se


e x tinguieron y sólo q u e d an algunos peque ño s grupos de a la ca lu fes^
n
Puerto Edén, grado 49 En el extremo sur de Chile, hasta hace unos
pocos años atrás, aún vivían algunos o n a sy ya g a n esio yam anas),
hoy
día ya no existen.

En el Pacifico, en la isla de Pascua (Rapa-Nui) viven en la actualidad


alrededor de 1.200 pascuenses, conservando algunas de sus tradiciones
y su lengua.

38
? El Paisaje Chileno

Rigurosam ente h a b la n d o , el C hile actual está situado en el extrem o


sur-occidental de Am érica del Sur, entre los paralelos 17° 30' y 56° 30'
p ro lo n g án d o se en el Polo Sur (la A ntártida) Esta realidad geográfica,
que recuerda artefactos tales com o la espada o el rem o, a decir del
cronista G ó ng o ra M arm olejo y de la poetisa G abriela Mistral, le otorga
al país ta m b ié n rasgos naturales extremos: en el norte la sequ ed ad y la
falta de lluvias propias del desierto; en el sur los fríos y las lluvias de
una región insular y desm em brada; al este el alto m u rallón de la
cordillera de los Andes y al oeste el mar azul y frío del Pacífico, con
unas pocas islas volcánicas (Juan Fernández, Pascua).

Este país, de más de 4.200 kms. de largo y de sólo 180 kms. de ancho,
no fue siem pre así. Se fue hacien do po co a po co a través de los m ilenios
y, sobre to d o, en los últim os siglos.
C u a n d o los españoles llegaron por prim era vez a C hile, en 1536,
tuvieron que atravesar extensas planicies desérticas que eran el lím ite
entre el T aw antinsuyu y este lejano m u n d o sureño, y s ó lo cu ando
acam paron en el rico valle del A concagua, aprox im adam e nte en el
paralelo 33 , al norte del futuro Santiago, iniciaron el co n o c im ie n to de
C hile. Sin em bargo en pocos años, ya con el capitán Pedro de V aldivia,
el territorio c o n o c id o con el nom bre aborigen de C hile, o h is p án ic o de
Nueva Extrem adura, c o m e n zó a crecer, extendiéndose po r lo m enos
hasta la actual Serena (paralelo 30). Por el sur, ya en 1550 su lím ite
alcanzaba el caudaloso río Bío-Bío, frontera natural y cultural por
varios siglos entre españoles e indígenas (araucanos). En pocos años
más fue el valle de C o p ia p ó el inicio del reino de C hile, ex tendiéndose
éste en form a c o n tin u a d a alrededor de 800 kms. hacia el norte de
S antiago y ap rox im adam e nte 600 kms. hacia el sur. Sólo en el siglo X IX
y co m o resultado de acontecim ientos de diferentes características
(c o lo n iz a c ió n , e x p lo tación e co n óm ica, guerras, tratados, etc.) el país
alcan zó los lim ites actuales. Pero n o sólo se ganaron nuevos territorios,
tam b ié n se pe rd ie ro n extensas zonas, especialm ente al oriente de la
cordillera de los Andes, que ahora pertenecen a la R e p úb lica A rgentina.
Esta situación actual geográfico-histórica podría recom endarnos no
insistir en una realidad geográfica pasada. Sin em bargo, el c o n o c im ie n ­
to de las sociedades y culturas situadas en el extremo norte del actual
Chile nos perm ite escribir u n capitu lo que relaciona a los habitantes del
desierto y del territorio a n d in o con aquellos que vivieron más al sur,
tam b ié n en terrenos sem iáridos. La u nid ad , la co lu m na vertebral está
dada por cuatro fenóm enos geográficos: la cordillera de los Andes, la
Depresión Interm edia, la cordillera de la Costa y las Planicies Costeras.
Estas realidades naturales, hum anizadas poco a poco a lo largo de miles
de años, hicieron que los procesos de adap tación, de d o m in io de las
altas y bajas tierras y del mar fueran ejem plos particulares de una gran
em presa, tan antigua com o la misma prehistoria. Tanto la cordillera de
la Costa, co m o la D epresión Interm edia o Central, con algunos acciden­
tes, están presentes por lo m enos hasta C hiloé, d o n d e desaparecen bajo
las aguas del G o lfo de Penas. T am bién en sus valles, unos áridos y otros
verdaderos vergeles, las co m unidades aborígenes com enzaron a vivir
hace miles de años su historia, prim ero com o recolectores y cazadores,
y lu e go com o pastores y agricultores. Especialm ente, desde que se
iniciaron las ex plotaciones agrícolas, las transform aciones del territo­
rio, con el lento deterioro de sus recursos naturales, form aron parte de
una experiencia histórica com ún.

Así parece necesario caracterizar, au nqu e sea brevem ente, este


largo escenario natural desde la perspectiva geológica, geográfica,
clim ato lógica y vegetacional.

Pero antes de describir los aspectos más sobresalientes de este


m ed io geográfico, agreguem os una nueva razón para insistir en la
u n id a d territorial y cultural.

Los actuales grupos étnicos que aún sobreviven en nuestro país son
de alg una m anera descendientes de las antiguas sociedades que
habitaron tanto el norte com o el centro-sur de Chile. Los aymaras del
extremo norte chile no , habitantes de los valles serranos y de la alta
planicie, a pesar de sus profundo s cam bios culturales y bio lógico s,
m antienen un nú c le o de creencias e instituciones, co m o tam bién rasgos
antropológico-físicos que los hacen los verdaderos contin uad o res de

40
las c o m u nid ade s pre-hispánicas Lo m ism o ocurre con los pueblos
m apuches, al sur del río Bío-Bío; incluso son más num erosos y más
hábiles para sobrevivir en una sociedad m oderna ( la chilena). Estos dos
ejem plos, los más característicos, apoyan nuestro m od elo interpretativo
que insiste en la relación del m edio am biente natural con las ex perien­
cias históricas y culturales, desde la prehistoria hasta el presente

Chile ha sido siem pre, en América del Sur, un territorio semi-aislado,


con lím ites naturales m uy bien estructurados y tam bién con un cierto
co m p ortam iento interno regional. Com o dicen nuestros geógrafos, este
aislam iento interno se refuerza con la variedad clim ática y vegetacional
de las diversas regiones de Chile: en el norte un paisaje desértico
extremo (sahariano), en el centro un paisaje m editerráneo, en el sur un
paisaje suizo y en el extremo sur u no parecido al de Noruega.
¿Cómo se form aron nuestras principales estructuras geográficas? De
acuerdo a la inform ación de los geólogos chilenos, el actual relieve, que
fue tam bién el que conocieron los más antiguos habitantes de C hile,
co m e nzó a estructurarse en el M esozoico y en el Terciario. E special­
mente en la época Terciaria se fueron co nfig urando las fajas fu n d a m e n ­
tales del relieve: cordillera de los Andes, cordillera de la Costa y
D epresión Interm edia Posteriorm ente, en el C uaternario, hace 2 m illo ­
nes de años, las fajas de relieve generados en el pe rio do anterior,
sufrieron solevantam ientos o hu nd im ie nto s, provocando im portantes
cam bios del nivel del océano. En esta época se v iv ió el fe nóm en o de
las glaciaciones e interglaciones, que tuvo com o consecuencia, entre
otras, la co nfig u ración de las planicies litorales y de la D epresión
Interm edia.

La cordillera de los A ndes le otorga a C hile una especial im agen de


país m on taño so, aum e ntad o por la presencia de la cordillera de la
Costa. A u nq u e sus características cam bian, no ab an d o na el paisaje
chile no en n in g ú n m om e nto , incluso reapareciendo en la A ntártida,
d o n de en la Tierra de O ’H iggins alcanza alturas de 3 000 mts.. En el
norte de Chile la cordillera de los Andes y el fe nóm en o del volcanism o
han co nfig urado un paisaje de grandes alturas (sobre 6.000 mts. s.n .m .)
y una altip la n icie de alrededor de 4.000 mts.. (A ltiplano e
n el extremo

41
norte y P una en la región de A ntofagasta).(’ ) Entre el A ltiplan o y la
D epresión Interm edia aparecen quebradas que corren de este a oeste
y serranías pre-cordilleranas semi-paralelas a los altos picachos a n d i­
nos. (*) Estos cordones m ontañosos aum entan c u a n d o se avanza hacia
el sur (Norte Chico: III y IV Regiones); se desprenden de los Andes en
dirección este-oeste, interrum pie nd o la D epresión Interm edia. La cor­
dillera de los Andes m antiene sus alturas sobre los 6.000 mts., au nque
no se caracteriza por fenóm enos volcánicos. En cam bio en Chile
Central, al interior de Santiago, reaparece el volcanism o y com ienza
una lenta d is m in u c ió n de las alturas. Este fe nóm en o de baja de altura
c o n tin ú a en el sur, con alturas entre 3.000 y 4.000 mts. El volcanism o
es fuerte y las mayores alturas de los Andes sureños corresponden a
volcanes. A su vez la erosión glacial prod ujo cam bios im portantes en
la c o n tin u id a d cordillerana, o rig in an d o form aciones lacustres im p o r­
tantes. Esta cordillera relativam ente baja puede ser cruzada con cierta
facilidad, prov o cand o im portantes contactos sociales y culturales entre
el occidente y el oriente de ella. Desde el períod o pre-hispano
diferentes grupos h u m an o s vivieron en sus faldas, cru zánd o la una y
otra vez (pehuenches, puelches, huilliches).

Más al sur del estrecho de R eloncaví (al sur de Puerto M ontt) la


cordillera está fuertem ente afectada por la acción de los hielos; incluso
en la provincia de M agallanes su disc o n tin uid ad es patente; finalm ente
vuelve a aparecer en la Antártida.

La im portancia de la cordillera de los Andes es m uy grande desde


la perspectiva de los recursos hídricos, siendo un reservario m uy
im portante de agua. Igualm ente es una reserva valiosa de m inerales. De
alg una m anera y desde m uy antigu o el habitante de estas tierras
privileg ió las altas m ontañas, haciendo de ellas incluso lugares de
cerem onias y rituales religiosos.

(•) A lg unos especialistas del Norte A rido (prim era reg ión ) d efin en 3 pisos ecológ ico s la
costa (in c lu y e n d o el litoral, la cordillera de la Costa, los valles bajos transversales y la dep re sión
interm edia), la Sierra (entre los i y 4 mil mets.) y el A ltip la n o o Puna Seca (sobre los 4000 mts.)

(*) En la prim era región tenem os por e jem plo, la Sierra de H uaylillas, y en la segunda región
la C ordillera de D om ey ko .

42
La otra cadena m ontañosa, paralela a los Andes y situada cerca de
las planicies costeras, es la cordillera de la Costa.
Nace algo al sur de
Arica y luego de diferentes accidentes y alteraciones a lo largo del
territorio, desaparece en la península de Taitao. Algo más antigua que
la cordillera de los Andes, ha sufrido fuertes erosiones, siendo m ás baja
y de formas más redondeadas.
En el norte aparece com o una cadena m ontañosa rugosa, de cierta
anchura (50 k m s ) , de unos 2.500 mts. de altura y que a veces cae
abruptam ente hacia el mar (acantilados), no perm itiendo la existencia
de planicies costeras antepuestas. A su vez, por el lado oriental,
desciende con cierta suavidad a la D epresión Interm edia.(*)

Entre C hañaral y el valle del río A concagua desaparece prácticam en­


te por acción de los agentes erosivos, por la acción del mar y por los
cordones m ontañosos que cruzan la región del Norte Chico. Vuelve a
aparecer en la Región Central con alturas aproxim adas de 2.000 mts..
Tanto en el Norte C hico com o en esta región hay un desarrollo
im portante para las planicies costeras.
Hacia el sur sufre diferentes accidentes y con dificultad llega al río
Bío-Bío, pero al sur de éste vuelve a elevarse form ando la cordillera de
N ahuelbuta, de gran im portancia histórica,por haber sido en m uchas
ocasiones centro de la sublevación m apuche-araucana.

Más hacia el sur, cuando reaparece, no llega a alturas superiores a


los 600 mts., prod ucién do se en varias partes la u n ió n de las planicies
costeras con la D epresión Interm edia (por ejem plo, entre el río Im perial
y el río Toltén). Al sur del canal de Chacao aparece de nuevo en la Isla
G rande de C hiloé (cordillera de Piuché), para hundirse en las aguas al
oeste de la p enínsula de Taitao.
Entre las dos cordilleras que caracterizan en C hile se forma un
p ro fu n d o y extenso corredor tectónico, que se extiende lo n g itu d in a l­
m ente hasta C hiloé, para desaparecer en las aguas del G o lfo de Penas.
(*) Entre Pisagua Viejo y Punta G orda, al sur de la desem bocadura de Cam arones, la
Cordillera de la Costa se retira del litoral perm itie n do la fo rm ación de am p lias playas. Más al
norte las desem bocaduras de las quebradas de Cam arones, Chaca y C o dp a, form aron extensas
playas (C am arones y Caleta Vitor) que fueron o cupadas desde m u y a n tiguo por grupos de
recolectores y cazadores.

43
En el norte esta Depresión Central,
desértica y resquebrajada por
diferentes quebradas y u no que otro río, tiene una altura m edia de 1.400
mts. s.n.m .. A la superficie de la depresión, situada entre las quebradas,
se le de no m ina Pampa. Estas planicies m erecieron la atención de los
primeros cronistas españoles, puesto que m uchas veces las ex ped icio ­
nes españolas, en el siglo XVI, tuvieron que cruzarlas, pad ecien do todo
tip o de sufrim ientos, especialm ente por la falta de ag ua.(’ )
D esciende poco a poco hacia el sur, alcan zand o entre Santiago, y el
río Bío-Bío una anchura m edia de 80 kms.. En algunos sectores forma
cuencas, tales com o los de Santiago y Rancagua. Más al sur, desde la
angostura de Pelequén hasta el río Itata se extiende sin interrupciones,
d e n o m in án d o se este sector Valle Longitudinal. Más al sur del Bío-Bío
el relieve interm edio se caracteriza por planicies relativam ente p e q u e ­
ñas, form adas por acarreo fluvial y glacial, y en general se presenta
o n d u la d o por la presencia de las primeras estribaciones m ontañosas.
U no de estos sectores, el de la Isla de la Laja, con figura de triáng ulo ,
fue im portante lugar de encuentro entre españoles, chilenos, mestizos,
pehuenches y m apuches.

Desde La U n ión hasta Puerto Montt esta faja interm edia se am plía
hacia la costa; hacia el oriente está caracterizada por un rosario de
lagos. Más allá de Puerto Montt aparece en forma interm itente, para
hundirse en las aguas del G olfo de Penas.

Hay que tener en cuenta que esta D epresión Interm edia fue y sigue
siendo, en la región central, el granero de Chile y el lugar en d o n de se
pro d ujo el mestizaje más intenso, form ando el núcleo de la nación
chilena.

Por ú ltim o , las planicies costeras,


antigu o habitat de los pu eb lo s
pescadores y mariscadores, y, en el presente, lugar privileg iado de

(*) El cronista G e ró n im o de Bibar (o Je ró n im o de Vivar) en su C ró n ic a y R e lación copiosa


y verdadera de los Reinos de C hile escribe ‘ Estos valles tienen de largo, el co m pás que hay de
las nieves hasta la costa del mar, que son q u in c e y diez y seis leguas. Tienen de a n c ho estos valles
a legua y a legua y m edia y algunos más o m enos. El com pás q u e hay de valle • valle son seis,
siete y o cho leguas, y en algunas partes hay más y m enos. Todo el com pás de tierra q u e está
fuera de los valles es estéril y d e s p o b lad o o de grandes arenales. En todo este co m pás de tierra
q u e hay estos valles n o llueve".(E d. Sáez-Godoy; cap. IV).

44
grandes centros urbanos, adquieren c o n tin u id ad clara entre el Norte
C hico y Puerto Montt. Estas planicies ganan presencia gracias a la
d is m in u c ió n de la cordillera de la Costa y m uchas veces, com o lo hemos
señalado, se u nen con la planicie allí d o n de el cordón m ontaño so
costero prácticam ente desaparece.

Los geógrafos chilenos han caracterizado las variaciones clim áticas


y en general el paisaje del país, de acuerdo a dos grandes regiones.
Desde C on c e p c ió n al norte se identifica un sistema de circulación
atm osférica sub-tropical, regido por los vientos alisios. En esta región
la aridez dura de seis a doce meses; en ella están co m p re ndid o s el Norte
G rande, el Norte C hico y Chile Central En cam bio, al sur de los 37°,
existe un sistema de circulación tem plada en d o n de p re d o m in an los
vientos oceánicos. En esta región la h u m e dad dura entre seis y doce
meses, y pertenecen a ella la región de la Frontera, de los lagos y de
los canales.

En el Norte G rande (I y II regiones) el paisaje está caracterizado por


la extrema aridez. Existe en el desierto nortino una antigua red
hidrográfica que testim onia mayor h u m e dad en el pasado Cuaternario.
Por m ilenios y siglos se han desarrollado habitats diferentes en las
quebradas que nacen en la sierra; u no que otro en el a ltip lan o y, en
general, en ciertos sectores privilegiados de los valles más cercanos al
mar. La presencia de restos propios de cazadores, tan antiguos co m o de
fines del Pleistoceno o com ienzos del H o loce no (alrededor del 8.000
a.C.), muestra que la alta meseta and ina y la sierra de la Primera Región
(Arica e Iq u iq u e al interior) constituyó u n buen am biente para estos
grupos de nóm ades. Las form aciones andinas sub-tropicales y xerofíti-
cas no sólo caracterizan las tierras altas, sino tam b ién la costa y el sector
pam p e a n o .

La costa desértica, con un m ín im o de precipitaciones y con alta


h u m e dad , nieblas o cam anchacas perm ite la presencia de una faja de
arbustos xerofitos; en cam bio , desde Taltal al sur, aparece la form ación
del jaral costero. En la D epresión Interm edia pred om ina el clim a
desértico norm al, en d o n de la vegetación es casi inexistente, excep­
tu an d o algunos liqúenes. En las quebradas de Lluta, Azapa, Camarores
se halla la brea y varias especies de juncos. La Pam pa del T am arugal aún

45
tiene algunos grupos de tam arugos, ejem plo de un pasado rico en
aguas.

La diferencia entre los sectores descritos y el A ltip lan o se da por la


presencia de las lluvias de verano (el «invierno boliviano-), que en el
A ltip lan o perm iten el desarrollo de un clim a estepárico de altura,
caracterizado por la paja brava y los bofedales, que han sido u tilizad os
por las c o m u nid ade s hum anas desde la prehistoria para hacer sus
viviendas y para el alim ento de sus rebaños de a u q u é n id o s (llam as,
alpacas).
En el Norte Chico (III y IV regiones), al sur del valle de C o p ia p ó , el
relieve cam bia. Desaparecen al altip lan o y la pre-cordillera; surgen las
planicies m arinas y toda la D epresión Interm edia o Central es cruzada
de este a oeste por cordones m ontañosos, en d o n d e se form an los valles
transversales. Surgen diversas formas de subsistencia: unas apoyadas
en los recursos m arinos, otras en la agricultura y, en los sectores de
secano, en la ganadería caprina. Poco a poco la agricultura se ha ido
im p o n ie n d o a la actividad m inera, que fue m uy im portante en el pasado
más cercano («región de las m il minas»). El «boom- frutícola actual es el
ú ltim o ejem plo de los cam bios vividos en esta región. Por lo dem ás la
agricultura siem pre ha sido más estable que otras formas de subsisten­
cia; lo dem uestran por ejem plo en los tiem pos pre-hispánicos las
culturas M olle y D iaguita. Desde el valle del E lqui hasta Z apallar,
d e b id o a las nieblas costeras y a la alta nu b o sid ad , se desarrollan
form aciones de m atorrales, abundantes en hidrófitas prim averales.

La p lu v io sid a d en La Serena alcanza una m edia de 133 mm. anuales.


Al interior, desde V allenar hasta el río A concagua, el clim a es tam bién
estepárico, con lluvias escasas y con baja hu m e d ad atm osférica; las
tem peraturas son más elevadas que en el sector costero: es un clim a
seco y lu m in o so , m uy a p ro p ia d o para la observación de los cielos. Por
esta razón, en el presente, la región se caracteriza por sus observatorios
astronóm icos. En el pasado tam bién los hubo , o bviam ente con otra
tecnología. Toda esta región está d o m in ad a por los m atorrales e s p in o ­
sos y arbustos bajos que se m u ltip lic a n cu an d o se avanza hacia el sur.

En la R egión Central, en d o n de los rasgos del relieve típico de Chile

46
se m anifiestan plenam ente (Cordillera de los Andes, Valle Central,
Cordillera de la Costa), el clim a es cada vez más m editerráneo:
tem plado-cálido, con estación seca y lluvias invernales. Las p re cip ita­
ciones van au m e ntan do , desde Santiago que tiene 360 m m ., a 1.030 mm
en C h illán Sus tem peraturas, por el contrario, sufren sólo variaciones
pequeñas; la m edia anual es de 13° a 14° Su vegetación, en el litoral
y en el valle central, se caracteriza principalm ente por bosques
subtropicales de esclerofilas y xerofíticas, con concentraciones en su
parte norte de form aciones subtropicales de suculentas y matorrales
espinosos propios del Norte Chico. En la cordillera de los Andes
co ntin úa el p re d o m in io de las form aciones subtropicales y xerofíticas.

Este C hile Central, núcleo de la n acio n alid ad chilena y en d o n de se


concentró el mestizaje, muestra la presencia hum ana a lo largo de los
siglos. En sus fondos planos predom ina la gran variedad de verdores,
que m uestran la presencia del agricultor; en cam bio en sus cerros el
color am arillo de su flora indica la ausencia hum ana. A quí, en esta
región, los prim eros grupos de conquistadores españoles levantaron
sus cam pam entos, construyeron la prim era aldea-ciudad (Santiago),
cultivaron la tierra sigu ien do la antigua costum bre aborigen, repartie­
ron indios (enco m ien das) y la tierra de acuerdo a sus necesidades y
am biciones.

Toda la región de C o n cepción y de La Frontera (río Bío-Bío) se


caracteriza por su clim a sem i-húm edo y por bosques de frondosas
caducifilias, hoy día m uy raleados por las industrias m adereras En
C o n ce p ción, fund ada por el capitán Pedro de V aldivia en 1550, llueve
1.292 m m . anuales; en cam bio al sur del río Bío-Bío, especialm ente en
los sectores costeros, las lluvias dism inuyen. A su vez, en las faldas
cordilleranas de los Andes la p lu v io sid ad aum enta en forma co nside ra­
ble; llueve más que en la D epresión Interm edia o Central

Uno de los bosques más interesantes, por su gran antigüe dad , por
su valor cultural e incluso por su herm osura, es el de las araucarias. Sin
em bargo, sólo se conserva en las tierras altas de los pehuenches (altos
del B ío) y en la cordillera de N ahuelbuta, hacia la costa, en tierra de los
m apuches-araucanos.

47
El am biente h ú m e d o y te m p lad o hizo posible la fo rm ación de un
bosque prim itivo, que en el últim o tiem po ha ced ido ante el hacha y el
aserradero del co lo nizad o r Las colinas boscosas son hoy cam pos en
que se cultivan cereales o sirven para el pastoreo.

La R egión de los Lagos se caracteriza por la presencia de una docena


de lagos situados entre los faldeos cordilleranos y la D epresión
Interm edia. El bosque, alim e ntad o por las abundantes lluvias, se
caracteriza por sus especies de hojas perennes, coriáceas, de color
verde oscuro; un soto-bosque de bam búes, quilas y trepadoras lo hace
casi im penetrable. El bosque ha sido parcialm ente destruido por los
roces.

R egión co lo nizad a en el siglo pasado po r grupos pe q ue ño s de


europeos, que no pasaron de 5.000 personas, tiene un potencial
agroindustrial m uy im portante. Fue esta región, por varios siglos y
sobre to d o en su interior, una verdadera ínsula alejada del C hile
co lo nial, puesto que los españoles y criollos no p u d ie ro n incorporarla
d e b id o a la resistencia de los araucanos y huilliches.

Al sur de Puerto M ontt se inicia la Región de los Canales, desm em ­


brado territorio devorado por el mar sureño y g o lp e ad o por los vientos.
En él diferentes grupos de aborígenes vivieron entre sus islas y
archipiélagos: los chonos, los kawascar y los yam anas en el extremo
sur; en el continente, a am bos lados del estrecho de M agallanes, los
onas, cazadores de la región de Tierra del Fuego. A lgunos de ellos
fueron exterm inados en la lucha con los europeos (caso de los chonos,
yam anas y onas) y ya en los siglos X IX y XX, los que lograron sobrevivir
se m ezclaron cada vez más con los chilotes. Hoy día el silencio es casi
com pleto; unas pocas fam ilias de kawascar, m uy m estizados y 3 o 4
in d iv id uo s yam anas, cerca de Puerto W illiam s, es lo ú n ic o que q u ed a
del pasado aborigen en este territorio aislado y desolado, que sigue
reclam ando la presencia del hom bre. Es ahora el ch ile no q u ie n , poco
a poco, va im p o n ie n d o su esfuerzo co lo nizad o r.

Las u nidad es propias del relieve chile no , excepto la cordillera de los


Andes, desaparecen en el rosario de islas, fiordos y canales.

En esta zona pre d o m in an las c o m u nid ade s vegetales resistentes a las

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bajas tem peraturas (especialm ente en las latitudes m agallánicas); se
encuentran la tu nd ra, el bosque caduco sub-antártico y la estepa fría de
la Patagonia. En el sector más occidental, en los cientos de islas, la
vegetación es la que corresponde a la selva de la lluvia y en el
sub o ccid ental extremo sur se encuentra la u n id a d b io d in ám ic a pro p ia
de la tundra.

En verdad este am biente, m uy frío, m uy llu vio so y u n o de los más


difíciles para vivir, pe rm itió a los hom bres antiguos sobrevivir de
acuerdo a sus conocim ientos. Ellos fueron derrotados s ólo por otros
hom bres. Entre el ayer y el hoy cultural la diferencia es drástica,
violenta e injusta, sobre todo en estas regiones. En cam bio en otras,
tam b ié n difíciles, sobreviven m iles de fam ilias pertenecientes a pu eb lo s
antiguos, a u n q u e m uy m ezclados y aculturizados; tienen un futuro en
cu anto se les respete lo que queda de su estilo de vida tradicio nal,
especialm ente su lengua y cerem onias religiosas.

Para term inar, resum am os lo que se refiere a la fauna a lo largo del


territorio nacio nal Para hacerlo nos apoyarem os en las grandes u n id a ­
des bio clim áticas, propias de la vegetación Así, en la fo rm ación a n d in a,
que se extiende aprox im adam e nte entre los grados 17 y 39 en la
cordillera de los Andes, sobresalen las especies de gran tam año , com o
los a u q u é n id o s (llam as, vicuñas, g uanacos), el h u e m u l, el c ó n d o r y
otras de m enor ta m a ño , com o la vizcacha y la c h in c h illa .(*)

En el desierto la fauna es más escasa, siend o com unes los lagartos


y lagartijas, co m o ta m b ién el la u c h ó n orejudo. En los aires d o m in a el
jote. En los oasis hab itan algunas especies tropicales co m o el picaflor
de Arica y la palom a de alas blancas.

D esde C o p ia p ó a Santiago, en la región de estepas de m atorrales, la


a b u n d a n c ia de especies se da en las estaciones de invierno y prim avera
T enem os al g uanaco, la chilla, las culebras, la iguana, el sapo de rulo,
las langostas, la p e rd iz, el ag uilucho .

( 9) Los restos prehistóricos del hu e m ul o Taruca, ju n to a los a u q u é n id o s , han sido


recientem ente estudiados po r la arq u e ó lo g a A ntonia Benavente, y un e q u ip o de zo ó lo g o s , todos
de la U niversidad de C hile: “C o n trib u c ió n a la d ete rm in ac ió n de especies anim ales en
arq ue olo gía: fam ilia C am elidae y Taruca del N orte” (D .T .I., 1993).

49
En el matorral y bosque m editerráneo existen especies asociadas a
los pocos bosques que existen, tales com o la g u iña, el carpintero, la
torcaza y la m adre de la culebra. En los cam pos viven el chirihue, el
zorzal, el chincol, el queltehue, el ratoncito com ún.
En los bosques y selvas de lluvias se encuentran el p u d ú , el pu m a,
el choroy, el ciervo volante.
En la Patagonia del extremo sur, en donde predom ina la estepa fría,
la fauna es sem ejante a la and in a, encontram os el guanaco, el ñ a n d ú y
el caiquén.

Finalm ente, a lo largo de la costa, tenem os la fauna más rica en


variedad: ballenas, elefantes m arinos, focas, delfines, p in g ü in o s , p e lí­
canos, guanay, albatros y gaviotas. Los peces más frecuentes son las
sardinas, jureles, anchovetas, corvinas, y m oluscos co m o el loco, las
almejas, choritos; entre los crustáceos tenem os las jaibas, el cam arón y
el krill.

En este largo y estrecho territorio las co m unidades vegetales p ro ­


po rcio naro n, desde que el hom bre su p o reconocerlas, alim e ntación
silvestre, tanto en las regiones de clim a desértico y sem iárido, com o en
las tem pladas y de tundra.

En el norte el chañar y el algarrobo, que se extienden desde Arica


hasta el valle del Elqui, y desde Antofagasta hasta C olchagua respecti­
vam ente, son citados por los cronistas del siglo XVI por sus frutos; del
chañar se com e la p u lp a , de color pardo, rica en azúcar y aceite; con
él se hace ta m b ié n arrope. Los cardones poseen un fruto am arillento,
cuya p u lp a es algo ácida; según el cronista Bibar «son gustosos* y los
indios los llam an en su lengua -neguey-. En las form aciones de altura
tenem os ta m b ié n la -puskaya-, de p u lp a dulce y el -pakotonko-, planta
de los bofedales, de fruto blanco y dulce.

A lo largo de las m ontañas de Chile se encuentra el tom atito del


pingo-pingo. En la región del valle del M apocho y sus alrededores, el
cronista B ibar inform a sobre el fruto del m olle, del que se hace un
«brebaje gustoso» y -cociendo estos granos en agua se hace miel-. En
Q u illo ta y tam bién en el valle del M aulé, el cronista m enciona las
■palmas».

50
El b o ld o , el p e u m o , el m aqui y el q u ilo son otros frutos que tam b ién
se encuentran desde el Norte Chico hasta el Sur. Especialm ente con el
m a q ui, cuyas bayas negras m aduran en verano y son dulces, los
m apuches preparan chicha. En la región de C on ce p ción Bibar señala la
presencia del q u e u le , de la avellana y, por cierto, del p iñ ó n del p e h u é n ,
alim e nto del p u e b lo pe hue nche . Los piño ne s los -asan los ind ios y los
com en cocidos».
En el sur ta m b ié n son m uy conocidas la m urta, la m urtilla y la frutilla
chilena, esta últim a m uy alabada por los cronistas españoles (G ón g o ra
M arm olejo).

51
4 Los antiguos pobladores de Chile

El estudio del prim er p o b lam ie n to ocurrido en el actual territorio


chile no nos conduce a enfrentarnos a una variedad de problem as y de
conceptos técnicos que es necesario intentar definir para que el lector
sepa de qué estamos h ab la n d o , ind epe nd ientem en te que esté de
acuerdo o no con nuestras ideas.
En prim er lugar está el co no cim iento del tiem po, del p e ríod o en que
ocurrieron las primeras llegadas de grupos hum anos, luego está la
caracterización de estos prim eros pobladores.

Si u no se-pregunta por los consensos probables que existen entre los


científicos dedicados a la prehistoria de C hile, no es difícil encontrar
que el pe ríod o que com prende a estos prim eros ocupantes es co no cido
con el nom bre de -Paleoindio»; sin em bargo este nom bre aparentem en­
te explica poco: se refiere a unos «antiguos indios o aborígenes» en
o p o sic ió n a unos pocos definidos -nuevos indios* ("neo-indio*). Sin
em bargo sabem os que el térm ino surgió en Norteam érica con el fin de
diferenciar lo especial, lo peculiar del desarrollo m ás antigu o aborigen
am ericano del concepto de -Paleolítico* y, por lo tanto, ele la e v o lu ció n
del cazador europeo y en general del Viejo M undo . Poco a po co , hay
que reconocerlo, los arqueólogos que vivim os en Am érica del Sur
hem os aceptado no sólo el concepto de P aleo ind io sino que tam bién
otros recom endados co m o el de -Arcaico*.

Sin em bargo, el concepto de Paleolítico es el que desde un poco


pasada la m itad del siglo X IX (1865: Lubbock) se u tiliza para co m p re n­
der la vida y el desarrollo del hom bre fósil o prehistórico; incluso se le
d iv id ió en varios períodos tales com o Paleolítico Inferior, M edio y
Superior. Es justam ente en el períod o Paleolítico Superior
cu an d o se
prod uce n las primeras llegadas del hom bre cazador asiático a Am érica.
C om o se ha escrito, los -primeros americanos* fueron los "últim os
asiáticos». Referirse, entonces al P ale o in d io , significa situarlo dentro
del con texto m ayor del Paleolítico Superior (37000-9000 a.C.); y es
ciertam ente en este tie m po cu an d o d e b ió producirse la o c u p a c ió n de

52
os nuevos territorios a través del pu ente p ro d u c id o en la región de
3ehringia.

Un seg u ndo aspecto que nos interesa m encionar es que c u a n d o se


nvestigan las costum bres de los antiguos o cupantes del territorio
ch ile no los conceptos de salvajism o, caza y recolección no sólo vienen
a la m ente, sino que se u tilizan sin reflexionar m ayorm ente.

En verdad estos térm inos son más antiguos de lo que m uchos


im aginan; por ejem p lo, ya se encontraban en los estudiosos españoles
del siglo XVI que intentaban explicar el origen de los prim eros
am ericanos. A dem ás, co m o se sabe, los conceptos de salvaje y c a za d o ­
res se h a lla n ta m b ié n en teorías que se cultivaron en los siglos X V III y
XIX. Por una parte el co ncepto -salvaje" tuvo en el siglo X V III, siglo de
la Ilu stración , de la R azón, una co n n o ta c ió n especial, sobre to d o en los
autores co m o el francés Rousseau. De n in g u n a m anera era un térm ino
peyorativo, to d o lo contrario El ho m bre del siglo X V III buscaba en el
ser no c iv iliza d o , es decir en el salvaje, una vida m ás auténtica, más
natural, m ás sencilla, más h u m an a De alg ún m od o la v isión del nuevo
co ntin en te, descubierto alg uno s siglos atrás, era una visión idílica; las
tierras am ericanas conservaban extensos territorios de scon o cid o s, no
ho llad o s por los europeos, en d o n d e la naturaleza y la cultura se
conservaban en e q u ilib rio .

C on la teoría evolucionista-darw inista, aplicada a la etnología de la


segunda m itad del siglo X IX , se transform ó el co nce pto , en cu anto éste
fue e n te n d id o co m o una prim era etapa de desarrollo, m uy alejada de
la re alidad civ ilizada europea. O bv iam en te que ésta era la m eta por
alcanzar, y por lo tanto, el estado de salvajism o debería ser superado ,
p asand o por la etapa de Barbarie hasta llegar a la C iv ilizació n ,
caracterizada por las urbes, las industrias, el desarrollo de las artes y de
la cultura, p o r la m o ralid ad cristiana, por el estado n acio nal, etc.

Entre las características de la vida salvaje se encontraba la actividad


de la caza; se trataba entonces de un sistema de subsistencia en d o n d e
los grupo s h u m a n o s más prim itivos, m enos e v o lu cio n a d o s , al no
conocer las actividades agrícolas y de pastoreo (es decir, la d o m estica­
ción de plantas y de anim ales), de bían vivir de la re co lección de
vegetales y de la caza de anim ales.

53
Ciertam ente que las disciplinas antropológicas, sin tener entre su:
ideas una actitud peyorativa de estos conceptos, no tienen inconve
nientes en reconocer, por interm edio de las investigaciones a rq u e o ló
gicas, la existencia de grupos de cazadores y recolectores que caracte­
rizaron el pasado más antiguo de la h u m a n id ad . El pe ríod o Paleolítico,
con su gran p ro fu n d id a d cronológica y su variedad de actividades
sociales, es m u c h o m ás co m p lejo que lo que se im ag in ab a n los
antro p ólo g o s y prehistoriadores del siglo XIX.

Sin em bargo, tam bién es verdad que la teoría evolucionista, en un


sentido a m p lio , ha logrado m antener su visión de un desarrollo de la
h u m a n id a d que com ienza con el períod o caracterizado por los c aza d o ­
res y recolectores. No hay libro de historia y de prehistoria que no tenga
u n prim er c apítulo referido a la vida paleo lítica, es decir, a la caracte­
rización de los grupos hu m an o s más antiguos, a los que inic iaro n el
lento avance cultural. No siem pre, co m o creían los teóricos del siglo
X IX , estas formas de vida se transform aban, cam biaban , e v o lu cio n ab an
a otros sistemas más elaborados, m ás com plejos. Bastaría m irar a
nuestro alrededor para observar que los desniveles de desarrollo social,
cultural, e c o n ó m ic o , te cno lóg ico son a veces m uy grandes. No se trata
sólo de países pobres o ricos, sino de diferencias notables dentro de los
m ism os países caracterizados por un m ism o desarrollo; hay pobreza
e co n óm ica, cultural, ética en ciertos grupos pertenecientes a un país
desarrollado, e je m p lificand o así subculturas y desniveles socio-econó­
m icos que coexisten en u n m ism o espacio y en u n m ism o tiem po.

El pe ríod o Paleolítico, especialm ente el llam ado Superior, presenta


un c o njun to de características culturales, tecnológicas, económ icas,
sociales que lo convierten en un tie m po de decenas de m iles de años
(por lo m enos 30.000 años de d u ración ), caracterizado por realidades
m uy distintas, algunas m uy com plejas, e incluso de un desarrollo
cultural altísim o. No hay que o lvidar que los -paleolíticos- no s ólo eran
cazadores especializados sino tam b ién m iem bros de una h u m a n id a d
que se expresaba tanto en los aspectos técnicos-económ icos, co m o en
los sociales, en los religiosos y artísticos, alcan zand o en estos últim o s
una p ro fu n d id a d y calid ad pocas veces superadas.

Es en este p e ríod o cu an d o grupos hum anos provenientes del Asia

54
itravesaron el estrecho de B ehring, posiblem ente alrededor de unos
ÍO.OOO años atrás, en un p e río d o g eo lóg ico co n o c id o con el no m bre de
’ leistoceno y dentro del p e río d o glacial W isconsin Hay ta m b ién
icuerdo entre los arq ue ólo g os y a n tro p ólo g o s físicos para declarar que
estos grupos de cazadores, pertenecientes al Paleolítico Superior
asiático, eran H o m o Sapiens; es decir pertenecían a los seres h u m an o s
más m odernos, m ás desarrollados que otros tipos de hom bres que
h ab ían existido a lo largo del Paleolítico.
Entonces, los prim eros hom bres que entraron al co ntin en te am eri­
cano pertenecían a la especie m ás perfeccionada, tanto bio lóg ica com o
cu lturalm ente, lo que les p e rm itió enfrentarse con éxito a un m ed io
am biente de scon o cid o , caracterizado por la presencia de grandes
masas de hielo , q u e no cubrieron solam ente los sectores más altos de
las cordilleras, sino q u e se ex tendieron tam b ién por mesetas y valles.
Las glaciaciones identificadas en el actual territorio de los Estados
U nidos son, de más antig u o a más m oderno, Nebraska, Kansas, Illin o is,
y W isconsin Esta últim a se in ic ió hace unos 50.000 años y te rm inó, al
parecer, hace unos 10.000 años.

Los estudios de diferentes yacim ientos arq ue ológ icos han pe rm itido
construir la h ipótesis de que los prim eros grupos llegaron en la
g lac ia c ió n W isconsin, apro v e ch an d o la existencia de un pu ente natural
que u n ió el co ntinente asiático con el am ericano, c u an d o la g la ciación
W isconsin estaba en un m o m e n to de gran desarrollo, lo q u e h izo que
el nivel de las aguas bajara bastante (alrededor de 80 a 90 mts.).

En Am érica del Norte, au n q u e no hay acuerdos u n án im e s ni


precisiones cro nológ icas satisfactorias, se ha logrado identificar a lg u ­
nos sitios antiguo s del p e río d o Pleistoceno. Así, en los llanos de O íd
Crow, en el territorio canadiense del Y u k o n , se han enco ntrado
materiales óseos. N um erosos huesos de fauna pleistocénica m ostraban
huellas de haber s id o m o d ificad os po r la acción del hom bre. Un
artefacto de hueso fue datado hacia el 27.000 ± 3.000. O tros huesos
alcanzaron m ás de 39.000 años de antigüe dad .

O tro yacim ie nto , el de T lapacoya (M éxico central) tendría una


a n tig ü e d a d de 20.000 años. Un tercer y acim ie nto , situ ado en Pennsyl-
vania, es el abrigo rocoso de M eadow craft, con fechas que oscilan entre

55
los catorce a diecinueve m il años de antigüe dad . Hay tam bién algunas
fechas, discutibles, que perm iten tentativam ente datar alg uno s restos
óseos hum anos; por ejem plo huesos de un n iñ o de m enos de dos años
fueron encontrados en Taber, Alberta, C anadá. El contexto g e o lóg ico
de este hallazg o fue situado en una edad m ín im a de 25.000 años.

Otros restos h u m an o s, encontrados en Laguna Beach han sido


fechados po r el m éto do rad io carb ónico en 17.150± 1.470.

¿Q ué cultura, q ué te cnología traían estos prim eros po blado res, aún


m al situados en el tie m p o pasado?. Podem os suponer, de acuerdo a lo
que nos perm iten los escasos contextos arq ue ológ icos estudiados, que
estos p e q u e ñ o s grupos de hom bres se o rg anizab an en bandas consti­
tuidas por la u n ió n de algunas fam ilias extensas y bajo el liderazgo de
alg ún fuerte y háb il cazador. Llevaban entre sus artefactos y he rram ie n­
tas algunas armas hechas de hueso y de piedras que form aban parte de
los contextos de los cazadores asiáticos. Si las primeras pasadas de
estos grupos ocurrieron entre los 40.000 y 30.000 años atrás, debem os
supo n er que sus armas y herram ientas corresponden a las del P aleo lí­
tico Superior más antigu o , es decir que entre ellas se encuentran
todavía artefactos y técnicas provenientes del Levallois-musteriense. Es
prob able que estos prim eros po blado res hayan hecho instrum entos
relacionados con los co m plejos industriales A urignaciense y Gravetien-
se. Esto po dría explicar la presencia de técnicas y artefactos del
Paleolítico m ed io que suelen encontrarse en alg uno s yacim ientos
am ericanos y que no son siem pre bien interpretados por los estudiosos,
sobre to d o si se buscan artefactos sólo del Paleolítico superior más
av anzado , tipos Solutrense y M agdalaniense.

Es m uy p ro b able que estos prim eros cazadores, sig u ie n d o algunas


m anadas de anim ales pertenecientes a la fauna pleistocénica, hayan
av anzado lentam ente por los nuevos territorios, desconocidos y sin
nom bre, bu scand o espacios y lugares adecuados para su subsistencia,
no sólo eco n ó m ic a sin o tam bién cultural. Es sabid o que los grupos de
cazadores del períod o paleo lítico superior no sólo eran nóm ade s, sino
que ta m b ié n p o d ía n desarrollar sistemas de perm anencia en un lugar y
territorio, que los convertían en sem isedentarios. Espacios ricos en
agua, flora y fauna, sectores lagunosos o situados cerca de ríos e incluso

56
io lejos de la costa, p o d ía n ser hab itado s satisfactoriam ente por
nuchos años. No debe pensarse entonces en un avance casi desespe-
ado hacia el sur, ade ntránd o se cada vez más en los nuevos territorios
>i calcu lam o s q u e los cam bios geo lóg ico s p ro d u c id o s dentro de la
g lacia c ió n W isco nsin (tie m p o de avance y retroceso de los hielo s),
tuvieron co m o consecuencia subidas de los niveles de las aguas,
procesos de deshielo, de saparición de los puentes naturales, etc.,
tenem os q u e d e du cir que tal vez por m uchos m ile nio s los g rupos de
cazadores 'am ericanos» no tuvieron ayuda de otros grupo s de cazadores
asiáticos.

Se ha c a lc u lad o que por lo m enos en dos ocasiones las aguas bajaron


y se form aron puentes que perm itían el acceso de anim ales y hom bres
entre u n o y otro co ntin e n te A n tro p o lóg icam e n te h a b la n d o los grupos
aislados de -nuevos» am ericanos de bie ro n crecer lentam ente, s u p o n ie n ­
do que tu vieron éxito no sólo en su a d q u is ic ió n de alim entos vegetales
y anim ales, sin o ta m b ié n en su m u ltip lic a c ió n de ideas, de co ncepto s
que e n riq u e c ie ro n su acervo id e o ló g ic o , sus creencias y en general su
vida social y cultural.

D esde u n p u n to de vista cro n o ló g ic o el avance fue lento, m uy lento.


Si aceptam os q u e ya hacia los 30.000 años de an tig ü e d a d estaban en el
norte de A m érica, sabem os que u n p o co antes del 10.000 a C. los
hom bres h a b ía n a lcan zad o el territorio sur de C hile y A rgentina.
O b v ia m e n te que los grupo s que llegaron al extrem o sur de A m érica
tenían p o co que ver con las prim eras bandas de cazadores. Sin
em barg o , c o m o to d o el proceso de p o b la m ie n to am ericano se h iz o en
el lla m a d o p e río d o p ale o lítico superior, debem os co n clu ir que había
alg unas sem ejanzas y relaciones culturales y tecnológicas. C aben por lo
m enos dos hipótesis: que alg u no s grupos de antiguo s po blado res, con
culturas y te cno lo g ías antiguas pro pias del c o m ie n zo del P aleolítico
superior, hayan sido e m p u jad o s hacia el sur am ericano, sufrie ndo
cam bios m enores; o que los grupo s que llegaron hacia el 10.000 a.C .,o
un po co antes, al extrem o sur de A m érica, hayan pertenecido a aq u éllo s
que lleg aron con los cazadores especializados de fines del Pleistoceno,
s ie n d o así su avance m ás rá p id o que lo pe nsado po r nosotros; en m enos
de m il años estos cazadores, con trad ición de p u ntas líticas de
proyectiles, h a b ría n a lcan zad o el sur de Chile.
57
El Período Paleoindio

En C hile son varios los yacim ientos que han sido aceptados com o
representativos de o cupaciones hum anas de fines del Pleistoceno,
asociados a fauna ex ting uida y con un contexto cultural p ro p io del
p e ríod o p a le o lític o , y que en Am érica se conoce tam b ié n co m o Lítico,
P ale o in d io o sim plem ente de Cazadores y Recolectores. A lgunos a u to ­
res usan incluso el concepto de Pre- agroalfarero, que estuvo de m oda
en las décadas del 50 y 60. Sin em bargo, po co a po co , se han ido
im p o n ie n d o los conceptos de P aleo ind io y de Arcaico. Este ú ltim o
n o m bre se refiere a los contextos culturales pertenecientes a los
cazadores y recolectores que vivieron en el p e ríod o g e o lóg ico Holoce-
no, cazaron fauna contem poránea y se sitúan entre los 8.000 y los 2.000­
1.500 a.C.

El prim er y acim iento p a le o in d io estudiado es el de Tagua-Tagua ( ’ ),


s ituado en la VI región, al sur del río C achapoal. En las orillas de una
laguna seca, investigadores del M useo de Historia Natural de Santiago
y de la U niversidad de C hile, excavaron sistem áticam ente en la década
del 60 un sitio que era c o n o cid o desde el siglo pasado. Luego, a fines
de la década del 80, se v o lv ió a excavar bajo la dirección de L. N úñe z
el y acim iento , encontrándose nuevas evidencias. Los resultados de
estas investigaciones perm iten concluir que bandas de cazadores que
vivían entre el 9.430 y el 9.000 a.C., es decir a fines del pe rio do
pleisto cénico , cazaron m astodontes, ciervos, caballos, zorros, coipos,
aves acuáticas e incluso pescaron. Todo esto o currió en una playa de
la laguna de Tagua-Tagua, al aire libre, en un tie m p o de clim a
te m p la d o , con pocas lluvias. Estos prim eros cazadores aprovecharon
po siblem ente que el sector era pantano so y que los m astodontes tenían
un d e sp lazam ien to difícil; los atacaban con grandes piedras y luego que
estaban m uertos los faenaban con sus cuchillos. Estos instrum entos

(*) La prim era p u b lic a c ió n hecha por un g ru p o de investigadores del M useo N acional de
H istoria Natural y de la U niversidad de C hile apareció en el N oticiero M e n su a l d e lM N. H .N . con
el títu lo de C o n v iv e n c ia d e l hom bre con el m astodonte en C hile Central-, Ns 132-Año X I, J u lio de
1967. Firm aron esta noticia sobre las investigaciones en la Laguna de Tagua-Tagua R odolfo
Casam iquela, Ju lio M ontané y R ó m u lo Santana.

58
estaban hechos de lascas, es decir de fragm entos de piedras go lpe ado s
en form a regular y a veces, m ediante la técnica de presión. Ju n to a estos
cuchillos se encontraron raspadores con retoque unilateral. Adem ás de
un c o n ju n to de artefactos hechos de lascas, poco trabajados, pero con
uso ind iscu tib le , se hallaron huesos de caballo utilizados com o retoca­
dores, percutores o p unzo ne s. Restos de carbón y de huesos q u em ado s
perm iten supo ner que en el m ism o lugar com ieron parte de los
anim ales, alrededor de una fogata que no sólo los calentaba sino que
les perm itía cocer parcialm ente la carne de los m astodontes y caballos

Las fechas de Tagua-Tagua son prácticam ente co nte m poráne as de


las que se conocen para otro yacim iento p a le o in d io , situado en la IV
R egión cerca de Los Vilos, en la quebrada de Q uereo (*). En efecto dos
fechas radiocarbónicas, que datan el nivel cultural más an tig u o , dan
9.650 y 9.450 a.C.. Esta antigua o c u p ac ión , que po dría serlo aún más
-según L. N ú ñ e z que excavó en Q uereo , tal vez varios miles de años
antes: 20.000 años de antigüedad- da a conocer un m om e nto de la vida
de estos cazadores de m astodonte, caballo, ciervo, paleo llam a y otros
anim ales . Estas bandas vivían en una época de clim a c álid o y seco, en
los alrededores de un bosque y cerca de una lag una Los anim ales se
e m p a n ta n a b a n y eran go lpe ado s por los cazadores con blo que s de
piedra. A dem ás de cazar se alim e ntab an de vegetales. Los artefactos
que se han en co ntrado n o son abundantes, están hechos de hueso y de
piedra; especialm ente se identifican instrum entos cortantes; alg uno s
huesos de los anim ales faenados tienen marcas de los instrum entos
usados.

O tro nivel cultural de Q uereo encontrado a 1 30 m. sobre el prim ero,


se caracteriza ta m b ié n por los restos de grandes hervíboros, m a sto d o n ­
te, caballo , ciervo, c a m élid o , aves y roedores Este nivel tie n t un
fechado rad io c a rb ó n ico de 9.150 a.C.. Parece que la recolección de
frutos, raíces, vegetales, mariscos e n riq u e c ió la dieta. Estos cazadores
tenían instrum entos de lám inas líticas y de huesos. Los dos niveles
culturales, tan p róx im o s en el tie m po , hecho que in q u ie tó a los

(*) J. M ontané y R. B aham ondes llam aron la ate nción en 1973 en la im po rta ncia del
yacim ie n to de Q u ere o. Su trabajo fue p u b lic a d o en el Boletín del M useo A rq u e o ló g ic o de La
Serena: Un nuevo sitio p a le o in d io en la p r o v in c ia de C o quim b o , Chile.

59
arqueólogos que estudiaron el sitio, pertenecen al pe ríod o g eo lóg ico
de fines del Pleistoceno y son sincrónicos a los cazadores de Tagua-
Tagua.
En el yacim iento de Q uereo el recuento de su contexto arq ue o lóg ico
no ha identificado puntas líticas de proyectiles. En cam bio en Tagua-
Tagua, las excavaciones de 1990-1991 perm itieron encontrar dos puntas
de proyectiles del tip o cola de pescado, lo que no debe causar asom bro
puesto que estamos an alizan d o sitios o cupados hacia el 9.430 a.C., es
decir dentro de un pe ríod o p a le o in d io caracterizado por la técnica de
puntas de proyectiles. Lo norm al sería, entonces, que en los y acim ie n­
tos de finales del Pleistoceno, propios de cazadores de grandes
anim ales, se hallaran los instrum entos y las armas características de su
nivel te cno lóg ico y de sus necesidades económ icas.

El prob le m a surge cu ando en algunos de estos yacim ientos no


aparecen ciertos tipos de instrum entos. Es razonable preguntarse por
qu é no se han encontrado artefactos líticos de puntas de proyectiles.
Las respuestas p u ed en ser variadas, com o lo veremos más adelante. En
este m om e nto nos interesa señalar que si por una parte se postula la
gran antig ü e d a d de un yacim iento (sobre los 20.000 años) debería
tam b ié n analizarse el contexto cultural que correspondería a ese
tie m p o , sobre to d o si sabem os que antes del 15.000 a.C. no hay
hallazgos de puntas de proyectiles, por lo m enos de acuerdo a la
investigación p u blicada. Así, la búsqueda de una respuesta adecuada
nos co nd uce a revisar otros yacim ientos situados en Am érica del Sur.

En prim er lugar una advertencia m etodológica; parece necesario


precisar bien lo que entendem os por puntas de proyectiles, situadas en
un tie m p o después del Pleistoceno; estamos h a b la n d o de las puntas
Clovis, Folsom y de otros tipos, tales com o la -cola de pescado*.
Sabemos ta m b ié n que en V enezuela, por ejem plo en el yacim iento de
El Jo b o , se encuentran puntas foliáceas, de un tie m p o pre-Clovis
(14.000 a 13 000 años de antigüe dad ). Así, cu ando nos plante am o s el
problem a de una p osible o c u p a c ió n de recolectores y cazadores sin
puntas líticas de proyectiles, estamos p e nsando en una antigua presen­
cia de grupos hu m an o s anteriores a las tecnologías solutrenses y
m agdalenienses, es decir más allá de los 18.000 a 16.000 años.

60
Ig ualm ente tenem os presente que m uchos yacim ientos situados a lo
largo del co ntinente am ericano no presentan puntas de proyectiles,
siendo en alg uno s casos co nte m poráne o s a otros, que sí tienen puntas
de proyectiles. Pero nuestro problem a no es del tip o teórico de
diferenciar sitios de fu n c io n a lid a d co m p lem e ntaria, ni tam po co de
reconocer tradiciones estilísticas coexistentes. Lo que estamos c o m e n ­
zando a discutir es la hipótesis que sostiene que algunos yacim ientos
co nte m poráne o s a fauna desaparecida tienen una p ro fu n d id a d cro n o ­
lógica m ayor a la de aquellos yacim ientos co nocidos co m o del Pleisto-
ceno final; en este caso nos sorprende que se b u squ en respuestas
superficiales para explicar la ausencia de puntas de proyectiles.

En el sur de Chile, m uy cerca del aeropuerto de la c iu d ad de Puerto


Montt, en las m árgenes del estero de C h in c h ih u a p i, en un am biente de
bosques h ú m e d o s, desde fines de la década del 70 se ha investigado un
yacim iento c o n o c id o con el nom bre de M onte Verde (*), cuyo contexto
cultural presenta características singulares Muy p ro b ablem en te se trata
de una o c u p a c ió n h u m an a que debe ser situada entre el 13.000 y el
11.000 a.C. y que está o rg anizada alrededor de una eco nom ía m ixta, en
d o n de la caza del m astodonte y de p aleo cam élido s es tan im portante
com o la recolección de una gran variedad de vegetales, frutos e incluso
de m oluscos de agua dulce. Estos cazadores y recolectores p a le o in d io s
constituyeron un e m p la zam ie n to sem isedentario, con viviendas rectan­
gulares hechas de m adera, con arena y grava com pacta R elacionadas
con estas habitaciones se encuentran fogones colectivos y braseros En
un am biente boscoso, junto a un riachuelo, los artefactos son de
m adera, de hueso y ta m b ién de piedra. Hay algunos artefactos líticos
que parecen ser usados co m o boleadoras y otros com o m ano de
m olien da. A lgunos trozos de m adera p u ed en ser m angos para artefac­
tos, m orteros, e incluso especie de puntas. El trabajo de cuero está
tam b ié n c o m p ro b a d o ; restos de éste se han en co ntrado ju n to a los
troncos de m adera de las habitaciones.

(*) Ha sido el a rq u e ó lo g o n orteam ericano Tom D ille hay , q u ie n ha insistido, c o n gran a c o p io


de m étodos y técnicas en el valor del yacim ie n to de M onte Verde. En 1989 la S m ithson ian
In stitu tio n Press p u b lic ó M onte Verde A late Pleistoscene Settiem ent in Chile; vol. I.

6l
El yacim ie nto de M onte Verde es hasta ahora u n o de los m ás
antiguos encontrados en C hile y presenta características novedosas de
la vida de los p a le o in d io s , explicadas entre otras cosas por el am biente
distinto de este sitio a rq u e o lóg ico y tam b ién p o rq u e pu e d e ser ejem plo
de a lg ú n tip o de tradiciones culturales diferente de los de Tagua-Tagua
y de Q uereo.

O tro yacim ie nto p a le o in d io en co ntrado m u c h o más al sur de C hile,


en la P atagonia, es el c o n o c id o con el nom bre de Cueva Fell, q u e tiene
una fecha de 9.050 a.C.. Por prim era vez se encuentran instrum entos de
piedra que son d e n o m in a d o s puntas. T enem os las llam adas «puntas de
cola de pescado- por su tip o de p e d ú n c u lo y algunas puntas foliáceas
que tienen una leve acanaladura, que recuerda las puntas acanaladas
(flu tted p o in t) del c o m p le jo de los Llanos de Norteam érica.

Se ha in te n ta d o conocer al itinerario de estos cazadores a través de


alg u no s hallazgos hechos en diferentes lugares de Am érica del Sur. Se
han e n co ntrado puntas del tip o «cola de pescado- en Panam á, Ecuador,
A rgentina (p ro v in c ia de B uenos Aires, Caleta O liv a, etc.) y el sur de
C hile (A ysén). En el extrem o sur de A rgentina (cueva de Los T oldos)
cazaron m ilo d ó n y caballo. Un tercer tip o de puntas son las triangulares
relacionadas con un contexto instrum ental variado: raspadores, raede­
ras, cu chillos, espátulas de hueso.

H em os lla m a d o la ate nción hacia los instrum entos de p u ntas q u e se


en cue ntran en la Cueva de Fell y en otros sitios del extrem o sur de C hile
y A rgentina, para insistir en algo que no se ha considerado significativo ,
por lo m enos en los últim o s años: la ausencia de instrum entos de puntas
líticas en alg u no s de los yacim ientos m ás antiguos p a le o in d io s . Es
verdad que en las décadas del 50 y del 60 varios investigadores
insistieron en la existencia de tradiciones líticas m uy antiguas, q u e ellos
llam aro n Pre-puntas de Proyectiles (Alex Krieger), Protolítico (O sv a ld o
M e n g h in ), P aleo lítico (G ustavo Le Paige) o A rq ue olítico (J. Luis Loren­
zo) (*). T am bién el a rq u e ó lo g o R.S. Mac Neish, en el Perú (A yacu cho ),

(*) En un trabajo de 1985 José Luis Lorenzo sigue e scrib ie n d o sobre el h o rizo n te arqueolí-
tico, el q u e defin e ‘ caracterizado po r la presencia de artefactos líticos realizados c o n lascas y
ta m b ié n co n cantos rodados, retocados som era y toscam ente para m ejorar los bordes cortantes
o rayantes"... La tie rra y su p o b la m ie n to e n v o lu m e n XV de la H is to ria U niversal Salva!.

62
había p o stu la d o , ya a com ienzos de la década del 70, para las fases m ás
antiguas de cazadores y recolectores la ausencia de la tradición
tecnológica lítica de puntas de proyectiles. Las fechas para la fase
A yacucho son de 14 000 a 12.000 a C.

C om o las po stulacio nes de M eng hin, Le Paige y Krieger no se


apo y aban en evidencias estratigráficas, éstas fueron rechazadas por
algunos arq ue ó lo g o s de la década del 80. No dejaban de tener cierta
razón, puesto que los sitios arqueológicos p a le o in d io s no eran a b u n ­
dantes y m uy pocos hab ían sido excavados. Pero es interesante señalar
que los m ism os arq ue ólo g os que fueron críticos con los antiguos
investigadores, c u a n d o excavaron tuvieron que reconocer que no
encontraban puntas líticas de proyectiles en los niveles m ás antiguos de
sus yacim ientos.

Así, y de acuerdo al estado actual de las investigaciones, a u n q u e


sabem os que en N orteam érica los cazadores con tecnologías líticas de
puntas llegaron hacia el 11 000 a.C. (C lovis), más al sur, en Sudam érica
y especialm ente en Chile, las prim eras industrias de puntas líticas
aparecen sólo entre los 9 300 y 9 000 a.C., es decir, en la parte final del
pe rio do g e o ló g ic o pleistocénico.

Los yacim ientos de Q uereo, M onte Verde, de Los T oldos y del C eibo
en sus estadios más antiguos, todos con fechas absolutas anteriores al
9 400 a.C., no presentan puntas líticas de proyectiles; en el caso de
Tagua-Tagua habrían aparecido dos puntas del tipo Fell I. C on seguri­
dad las prim eras culturas de cazadores que tienen instrum entos de
puntas son las bandas que habitaron entre el 9.050 y el 8.770 a.C..
Sabem os ta m b ié n que la fauna pleistocénica (c ab allo y m ilo d ó n )
p e rd uró en el extrem o sur de Sudam érica hasta el 6.689 a.C. (cueva de
Palli-Aike).

Ahora bien, la ex tinción de la m egafauna pleistocénica no fue


unifo rm e a lo largo del territorio chile no . En Tagua-Tagua, la d e sapa­
rición de ella d e b ió ocurrir con las m od ificacio ne s de dieta que
provo caro n los cam bios clim áticos del nuevo p e rio d o g e o ló g ic o lla m a ­
do H o lo c e n o . Este co m e n zó hacia el 8.000 a.C.. En Q u e re o , según los
datos de ra d io c a rb ó n 14, sabem os que ya en el 7.420 a.C. n o se
en co ntraban los grandes herbívoros.

63
El reem plazo de estos p ale o in d io s por otros grupos de cazadores y
recolectores, ta m b ié n de fines del Pleistoceno, no sabem os con segu­
ridad c ó m o ocurrió. C ulturalm ente la cueva de Los T oldos, en la
Patagonia oriental argentina y tan relacionada con el y acim ie nto de Fell
en C hile, p u e d e ayudarnos un p o co a entender al ca m b io contextual
arq ue ológ ico. C onocem os que en el 10.650 a.C., en la o c u p a c ió n m ás
antigua (niv el 11), un g ru p o de cazadores y recolectores co n feccio naba
cuchillos bien retocados, raspadores y raederas. Tenía tam b ién lascas
gruesas hechas de piedra, retocadas por técnica de presión m on o facial.

En c a m b io en los niveles 9 y 10 de la m ism a cueva de Los T oldos


encontram os los artefactos ya descritos parcialm ente en la C ueva de
Fell, es decir, algunas puntas que se acercan al tip o cola de pescado,
puntas sub-triangulares de ta m a ñ o m ed io (6-8 c m ) , raspadores, raede­
ras, espátulas de hueso, cuchillos bien retocados. Ju n to a estos instru­
m entos, esta segunda o c u p a c ió n m uestra la presencia de pinturas
rupestres del estilo -manos pintadas- que incluso p u d o ser c o n te m p o ­
ráneo a la prim era o c u p a c ió n Estos cazadores m ataban especialm ente
g uanacos, pero ta m b ién se encontraron restos de caballos y de cam é­
lidos desaparecidos. H acia el 6.800 a.C. el lugar fue a b a n d o n a d o ,
c o in c id ie n d o con un clim a algo seco. C u an d o alrededor de m il años
después llegaron otros cazadores (los casapedrenses), los anim ales
cazados eran los guanacos, y los instrum entos y armas estaban hechos
de lám inas (lascas alargadas) en form a de hojas.

A u n q u e a fines del Pleistoceno encontram os industrias líticas carac­


terizadas por sus puntas de proyectiles, la evidencia más antigua apu nta
a una o c u p a c ió n p a le o in d ia sin puntas. Sabemos que la estratigrafía de
la cueva de Los T oldos ha sido discutida, sobre to d o en lo que se refiere
a una d e lim ita c ió n segura entre los niveles 10 y 11. Sin em bargo, las
excavaciones hechas en la Cueva 7 del C eibo, han p e rm itid o identificar
una capa 12 que co ntie ne una industria sim ilar a la del nivel 11 de Los
T oldos. Esta capa 12 del C eibo aparece sellada según Cardich (1979)
por los escom bros de un antigu o derrum be; las piezas de esta industria
están constituidas por lascas de variado tam añ o , destacando las g ran ­
des. Se en cue ntran lascas espesas, de form a y c o n to rn o variables,
retocadas en parte y unifaciales; hay raederas con b u lb o s prom ine nte s

64
y ta m b ié n raspadores grandes. Se encuentran tam bién "fragmentos de
posibles puntas unifaciales». Ahora bien, los estudios de los m ateriales
de la capa 12 de El C eibo (Cardich,1982) han perm itido afirmar que
todos los artefactos analizados, sin ex cepción, fueron utilizados en
prehensión directa, sin n in g ú n dispositivo de enm angue ni de protector
m anual.

A dem ás se ha c o n c lu id o que todas las piezas observadas que tienen


retoque presentan huellas de u tilización La gran mayoría de los
artefactos fueron usados para trabajar pieles y para cortar carne, y sólo
unos pocos para trabajar madera.
Así las evidencias cruzadas apu ntan a que en la más antigua
o cu p a c ió n de cazadores no aparecen evidencias claras de puntas líticas
de proyectiles. Esta hipótesis no se o po ne a que tam bién hay relaciones
tecnológicas entre estos hipotéticos cazadores sin puntas y los cazado ­
res con puntas. Por ejem plo, las lascas gruesas retocadas m onofacial-
m ente se h allan en la o cup ación más antigua de Los Toldos y tam bién
en la prim era o c u p a ción de la Cueva de Fell, que es m il años más
reciente. Es decir, sostenem os que a pesar de las diferencias de las
tradiciones tecnológicas hay tam bién co ntinuidades culturales que no
se p u e d e n desconocer. Posiblem ente la explicación se encuentre en
que no hay diferencias étnicas significativas y, adem ás, que los
instrum entos siguen sirviendo a los cazadores. Por lo dem ás, la
conservación de algunas especies de fauna pleistocénica d e b ió obligar
a seguir usando algunos de los antiguos artefactos.

¿Q ué se puede decir de tantos otros sitios arqueológicos que fueron


o siguen siendo po stulados com o pertenecientes al períod o de fines del
Pleistoceno?. ¿Q ué queda de las hipótesis de Lanning o de Le Paige? ¿0
de las que pub lic a m o s en las décadas del 60 y 70?

Los materiales culturales superficiales descritos, u sando diferentes


m étodos y h a c ie n d o uso a veces de tecnologías elaboradas (c o m p u ta ­
ción, estadística), y que fueron de no m inado s com o núcleos, hachas de
m ano, bifaciales, etc., han sido en las últim as dos décadas rechazados
sistem áticam ente. La razón más usada para no aceptarlos es la que se
refiere a que no han sido encontrados en niveles estratificados.
T am bién se ha sostenido que ellos no son exactam ente instrum entos,

65
sino que partes residuales de la confección de verdaderos instrum entos
(lascas, lám inas, puntas, raspadores, cuchillos, etc.). Las hachas de
m ano encontradas, por ejem plo, en distintos yacim ientos de la II
R egión, en el norte desértico de Chile (G hatchi, A ltam ira, Pam pa U n ió n ,
T ulan, B aq ue d a n o ), no form arían parte de un co m p lejo cultural perte­
neciente a antiguos cazadores y recolectores de fines del Pleistoceno.
Incluso se ha sostenido que estos núcleos se encuentran en posteriores
períodos culturales.

Nosotros, desde la década del 60, rechazam os las cronologías largas


de G ustavo Le Paige, pero consideram os que artefactos de núcleos bien
percutidos, que eran producto de una tecnología com pleja, que tenían
la m ism a forma y que eran funcionales para ciertos trabajos de
recolección y de caza, no .p o d ían ser considerados s ólo co m o deshe­
chos o sim ples preform as de instrum entos. Gruesas lascas desprendidas
de estos núcleos fueron g o lpeados usando técnicas líticas de percusión
directa o indirecta, o de presión, perm itiendo la confección de puntas
de lanzas, de cuchillos, de raederas, etc., que se encuentran en forma
abu nd ante en distintos yacim ientos del norte de C hile. Creemos que no
hay razones técnicas para negarles su c o n d ició n de instrum entos. El
problem a se encuentra en la antigüedad, m ayor o m enor, de ellas. Es
razonable esperar que excavaciones sistemáticas perm itan situar con
cronología absoluta estos artefactos. Pensam os que incluso algunos de
los yacim ientos del sur m encionados por nosotros (Los T oldos y El
C eibo, por ejem p lo ) m uestran tradiciones de lascas gruesas, con
antig ü e d a d de fines del Pleistoceno. No debería entonces en forma
apriorística negarse la antigüe dad de estos materiales culturales, in d e ­
pe ndientem ente de que ellos se hayan encontrado sólo en yacim ientos
superficiales.
Por otra parte, el problem a de los yacim ientos p a le o in d io s crece
cu a n d o se tom a en cuenta que se conocen más de treinta yacim ientos
p a le o n to ló g ic o s con presencia de m astodontes, entre Illap e l y Puerto
M ontt; de éstos sólo tres han sido encontrados con contexto cultural.
Es decir, las p o sibilid ade s de hacer hallazgos culturales y de enriquecer
los contextos arq ueológicos son m uy grandes.

T erm inem os esta breve revisión de los sitios pale o ind io s in d ican d o

66
que a ún no aparecen ocupaciones de este tipo en el Norte G rande de
Chile y tam poco en la costa. Ocurre que en Q uereo, que está situado
en una quebrada costera, a no más de 200 ms., no hay prácticam ente
uso de una dieta apoyada en los productos del mar. Excepto algunas
escasas conchas de locos encontradas en el nivel dos de Q uereo, no hay
mayores evidencias de recolección m arina.

En verdad la o c u p ació n de la costa y la ex plo tación de anim ales y


vegetación pertenecientes al ecosistema m arítim o, sólo se producirá
cuando se inicie el período g eológico h o lo cénico y el períod o cultural
Arcaico.

El período Arcaico

M ientras en la región nortina árida, com o en la sem iárida y en la


centro-sur de C hile, aparecían los primeros grupos arcaicos de cazad o ­
res, recolectores y m ariscadores después del 9.000 a.C., no debem os
olvidar que en el extremo sur de Chile había todavía bandas de
tradición p a le o in d ia que cazaban fauna de fines del Pleistoceno e
incluso de com ienzos del H oloceno.
En este territorio estepario los grupos fam iliares de cazadores
seguían co m ie nd o fauna ahora extinguida (caballo , m ilo d ó n ) hasta
m ediados del séptim o m ile nio a.C., m ezclada con anim ales que carac­
terizan incluso hasta hoy día el paisaje m agallán ico (guanacos, zorro,
aves). El aum ento de estas bandas de cazadores, pro b ad o por la
o c u p a c ió n de m uchas cuevas, aleros y cam pam entos al aire libre, no es
sólo un fe n ó m e n o dem ográfico, sino que conlleva tam bién una mayor
riqueza de sus contextos culturales. Así por ejem plo, en Palli-Aike, se
encontraron evidencias de crem aciones de cuerpos hu m an o s, lo que
nos lleva a pensar en cerem onias relacionadas con creencias post
m ortem . Es prob able que estas creencias y rituales referidos al pasaje
de un tip o de vida a otro, sean ejem plos de las ideas y valores de estos
antiguos cazadores. Por n in g ú n m otivo consideram os que esta id e o lo ­
gía fue posible sólo cu ando los cazadores superaron sus problem as
vitales de subsistencia. D entro de una matriz cultural com pleja, los

67
prim eros ocupantes de las estepas frías del extremo sur de C hile y de
A rgentina creyeron, hicieron cerem onias, ritualizaron sus acciones más
im portantes, tuvieron expresiones artísticas. No necesitaron prim ero
com er, hacer reservas de alim entos para luego ponerse a pensar y a
creer, co m o más de alg ún arq ue ólo g o m aterialista cultural lo piensa y
escribe.

En el norte de C hile, en un tie m p o post-glacial, se identifican


num erosos grupos de cazadores y recolectores en la p u n a , sierra y
quebradas de altura, co m o tam b ién p o blacion es que co m e nzaro n a
vivir cerca del mar. Exam inarem os brevem ente las principale s ev id en­
cias culturales rescatadas por la arqueología en los territorios de altura
(a ltip la n o , p u n a , tanto seca com o salada, y los valles precordilleranos).

R ecordem os ante to d o q u e el piso altip lán ic o y p u n e ñ o está


caracterizado por una fo rm ación vegetal co no cida con el nom bre de
pajon al. Es en los bofedales, ricos en gram íneas perennes y otros tipos
de v egetación, en d o n d e los cazadores y recolectores encontraron
fauna y flora necesarias para ellos, a lo largo de to d o el año , au nqu e
las plantas de recolección no eran abund antes. En cam bio esto no
sucede en la p u n a salada, desde Isluga hasta el Salar de Atacam a, en
d o n d e el am biente más seco castiga los bofedales y deprim e el
am biente forrajero, pero a la vez hace posible en los sectores de oasis,
de altura m edia, que crezca gran cantidad de plantas y árboles de
recolección (alg arro bo , chañar, p im ie n to ).

A lgo m ás bajo, en el piso pre-puna, que corresponde a los valles


serranos entre los 3.000 y 4 .000 ms., se encuentra la fo rm ación de Tolar,
con pocos yacim ientos arq ue ológ icos estudiados. En cam b io entre los
1.500 y 3.000 ms. hay abu nd antes evidencias culturales de cazadores y
recolectores arcaicos que hacían uso de arbustos, cactáceas, hierbas y
fauna caracterizada p o r cam élido s, roedores y aves.

Es la región de los valles serranos, pre-puna salada (actual II R egión


del norte c h ile n o ), en d o n de han sido estudiados dos yacim ientos
antiguos. U no está al oriente de la ciu d a d de Calam a y en el cam ino que
co nd uce a San Pedro de Atacam a, con fechas de 8.870 a.C. y de 8.730
a.C.. En este sitio, llam ad o Alero de T uina, los cazadores q u e hacían

68
aspadores de dorso alto, raederas, cuchillos y pe que ñas puntas
riangulares a presión, co m ían cam élidos y roedores.

En el borde oriental del Salar de Atacam a, al sur de San Pedro de


\tacama se encuentra el yacim iento de San Lorenzo, tam b ién con una
fecha tem p rana de 8.450 a.C., en d o n de los grupos h u m an o s cazaban
cam élido s y roedores, con algunos instrum entos caracterizados por
pequeñas puntas triangulares, raspadores y cuchillos.

En cam bio en la p u na seca (I R egión, interior de Arica) las fechas son


algo más recientes; en el yacim iento de Las Cuevas hay una fecha de
7.590 a.C. y en Tojo-Tojone tenem os una fecha con am plios m árgenes
de v ariación de 7.630 a.C.. En este caso los sigmas (+) y (-) son de 1 950
y de 1.540 años. N uevam ente en estos dos sitios tendríam os puntas
triangulares, pero ahora p e du ncu lad as, asociadas a otros instrum entos
pertenecientes al contexto cultural de cazadores, com o puntas lan ce o ­
ladas y cuch illos bifaciales.

Hacia el 6320 a .C .-6210 a.C. el sitio de Patapatane, relacionado con


el se g u n d o nivel de o c u p a c ió n del sitio Las Cuevas, correspondería a
una especie de segunda fase del períod o de los cazadores arcaicos
tem pranos, siend o la prim era fase la caracterizada por el ya m e n c io n a ­
do y acim iento La T uina y por el prim er nivel de Las Cuevas. A lgunos
artefactos novedosos de estos cazadores arcaicos de la segunda fase
(P atapatane) serían puntas de form a ro m bo id al con aletas lanceoladas
de base re do nde ad a y con aletas en el sector proxim al.

Para estos m ism os años en la p u na salada tendríam os el sitio de


C h u lq u i, cerca de Toconce, fechado el 7640 a.C.. La capa 6a, contiene
artefactos útiles para raer, raspar y cortar, de fiso no m ía tosca y pesada,
con ausencia de artefactos de m olien da y puntas de proyectiles (*)

En general estamos en presencia de bandas de cazadores que


o cu p a ro n los territorios altos de la cordillera y algunas cuevas de la
precordillera, en u n tie m p o que oscila entre el 8.450 a.C. y el 6.000 a.C ,

(*) Carlos A ld u n a te y otros C ro n o lo g ía y a s e n ta m ie n to en la región d e l Loa Superior, D IB .


U. de C hile, 1989-

69
con cierta m o v ilidad especialm ente en el caso de los que vivían en la
puna salada y que se desplazaban estacionalm ente hacia los lugares de
m ayor altura. En cam bio, en la p u na seca los yacim ientos se presentan
más circunscritos a los bofedales (las Cuevas) o a ciertas quebradas del
piso p re altip lán ico (P atapatane). Todos ellos vivían no sólo de la caza
de au q u é n id o s, roedores y aves, sino tam bién de algunos recursos
vegetales; escasamente se han encontrado algunos restos propios de la
costa (conchas de choro m ytilus, dientes de tib u ró n ), que perm iten
suponer alg ún tip o de intercam bio con sus tem pranos ocupantes.

En la p u na seca, en el extremo norte chileno, el estudio de algunos


yacim ientos situados en el altip lan o y en la precordillera, indicaría un
co m p ortam iento de asentam iento de carácter estacional y referido sólo
a estos sectores.

Entre el 6.000 a.C. y el 4.000 a.C. se ha situado el período de los


cazadores y recolectores del Arcaico m edio.

En el sector de quebradas precordilleranas de la II R egión se destaca


el estudio del yacim iento del Alero de Toconce, en d o n de los a rq u e ó­
logos de la U niversidad de C hile, que excavaron entre 1969 y 1970,
p u d ie ro n identificar seis ocupaciones, de las cuales la más profun da (la
N°6) caracteriza un nivel de fines del Arcaico T em prano

Especialm ente se ide ntificó un contexto cultural form ado por cu ch i­


llos, puntas lanceoladas, raspadores de m orro y algunas escasas bifaces
de tam año m edio; tam bién hay algunas lascas de tam año m edio y
huesos de a u q u é n id o s y de roedores.

El estrato más p ro fu n d o fue fechado en el 6.040 a.C.. Es interesante


señalar que en el estrato inm ediatam ente superior (el N°5) se encontra­
ron puntas con p e d ú n c u lo , m uy parecidas a las encontradas en las
cuevas al interior de Arica, pertenecientes a cazadores arcaicos tem pra­
nos. Esto indicaría una cierta perm anencia de este tipo en el Arcaico
M edio. Así, este tipo p e d u n c u la d o se encontrará en varios yacim ientos
estudiados por la U niversidad de Chile en el sector de confluencia río
Loa y río Salado, cerca de C hiu C hiu, y que están fechados hacia el 4.000
a.C.; especialm ente el yacim iento C onfluencia 2, perteneciente a un
grupo de habitaciones circulares sem isubterráneas, que caracterizan el

70
habitat sem iperm anente de u n g rupo de cazadores que tenían el sector
p rivileg iado de la cuenca de Chiu-Chiu com o su territorio. T odo este
sector aterrazado de am plio s horizontes y surcado por el río Loa,
situado a 2.500 ms. sobre el nivel del mar, era a b u n d a n te en fauna y
flora actual; así lo dem uestran los depósito s de basura excavados en los
alrededores de las habitaciones de estos cazadores. Ju n to a este
yacim iento bien excavado tenem os otros que confirm an una o c u p a c ió n
sólida de cazadores, poseedores de un contexto cultural variado y
com plejo.

En ca m b io en el sector de Arica, en la sierra y en el a ltip la n o , no


contam os con buenos yacim ientos que caractericen este p e río d o del
Arcaico M edio. Se ha sugerido, entonces, u n relativo a b a n d o n o de las
tierras p u n e ñ a s, d e b id o a un clim a seco y cálid o que e m p o b re c ió las
po sib ilid a d e s de conseguir una dieta adecuada, o b lig a n d o aparente­
m ente a alg uno s grupos a o cupar sectores m ás próx im o s a la costa, o
en la costa m ism a, co m o Q u ia n i, Cam arones 14 y Cam arones Punta
Norte.

Sin em bargo existen algunas evidencias, tanto en los yacim ientos de


Patapatane co m o en Hakenasa. Los contextos de estos sectores, que
tam b ié n fueron o cup ad o s en el Arcaico T em prano, son la c o n tin u a c ió n
de las tradiciones pasadas. A parecen así tipos de puntas lanceoladas
con p e q ue ñ a s aletas, y u no que otro artefacto de hueso p o co elabo rado
La fauna cazada es p rin cip alm e n te de anim ales de tam año m ed io, com o
los cam élidos.

En cam bio el lla m a d o Arcaico Tardío, tanto en los sectores de la 1


co m o la II R egión (interior de Arica y sectores de Calam a y San Pedro
de A tacam a), está bie n representado por u n b u e n núm e ro de sitios
arq ueológ icos.

En la I R egión estos yacim ientos se sitúan tanto en la p u n a co m o en


la pre-puna, es decir en las quebradas del sector serrano. Así los sitios
de Patapatane, en la pre-puna y el ya c o n o cid o de Tojo-Tojone, m ás los
de P ux um a, Piñuta y G u a ñ u re , en la sierra y quebradas, son los más
estudiados por los a rq ue ólo g os, lográndose una caracterización relati­
vam ente com p leta.

71
Las fechas absolutas obtenidas por el m étodo de carbón 14, oscilan
entre 2.430 a.C. y 1.700 a.C.. Es el sitio de H akenasa, en la p u n a seca,
el que mejor caracteriza la vida de los cazadores arcaicos tardíos. Se
trata de un cam pam ento sem iperm anente, en donde la presencia de
huesos de cam élidos y diferentes tipos de artefactos, m uestran variacio­
nes tecnológicas interesantes y una reducción del tam año de los
instrum entos. Especialm ente se encuentran los tipos triangulares con o
sin escotadura, puntas pentagonales, algunas puntas lanceoladas con o
sin p e d ú n c u lo , diversos tipos de cuchillos, raspadores de uña, perfora­
dores y objetos de adorno (cuentas).

O tros yacim ientos, co m o ya lo hem os dicho , se sitúan en las


quebradas serranas (P uxum a, Piñuta, etc.) y caracterizan a c am p am e n ­
tos p e q ue ño s, en el fo n do de quebradas, que parecen depender de
otros cam pam entos más perm anentes situados en los pisos superiores,
o que se form aron por el ab a n d o n o de los cam pam entos de mayor
altura. Este a b a n d o n o , h ipo tético según algunos estudiosos, habría
ocurrido por la sobre-explotación de aquellos pisos de altura y un
cierto crecim iento dem ográfico.

Al final de esta fase de cazadores tardíos aparecen los prim eros


ejem plos de un cam bio te cno lóg ico im portante: la presencia de alfare­
ría con desgrasante vegetal hacia el 800 a.C. en el y acim iento de
H akenasa, asociada con el tipo de puntas triangulares de base escotada.

O tro aspecto cultural interesante lo constituye el hecho que estos


cazadores del Arcaico Tardío hacen pinturas en las paredes de sus
pe que ñas cavernas, representando especialm ente escenas de caza
(sitio de G uañu re , hacia el 2.430 a.C., y de Puxum a, hacia el 2.290 a.C.).

V olvie nd o a la II R egión, a la puna salada, tenem os varios yacim ien­


tos situados tanto en las quebradas altas del p lan o in clin ad o de la pu n a,
com o en los oasis del Salar de Atacama y en el sector m ed io del río Loa.

Al suroriente del Salar de Atacam a y en las quebradas del p la n o


in c lin a d o de la p u na m ism a, se han estudiado varios yacim ientos de
cam pam entos de cazadores, fechados entre 3.040 y el 2.390 a.C.. Se
trata de co njunto s de habitaciones circulares y sem isubterráneas e n c o n ­
tradas en la quebrada de T ulan (T ulan 51 y 52). Ju n to a los tipos de

72
instrum entos Uticos, tales com o puntas lanceoladas, cuchillos, raspado­
res, perforadores, hay artefactos de m olienda (morteros con sus m a­
nos). Según los estudiosos de estos sitios, se habría p ro d u c id o una
cierta m o v ilid a d entre estas quebradas y la puna.

Más al norte, en las quebradas altas situadas frente a San Pedro de


Atacama, se encuentra el yacim iento de Puripica, co no cido desde la
década de 1950 y excavado parcialm ente. En la excavación hecha, que
caracteriza sólo una parte del am plio com plejo de Puripica, el c am p a­
m ento de cazadores fue fechado entre el 2.865 y el 2.100 a.C.. En este
yacim iento hay una baja frecuencia de puntas y una alta de cuchillos,
todo asociado a morteros de forma cónica. Aquí la recolección habría
sido más im portante, com o tam bién la dom esticación de cam élidos
A lgunos tipos de artefactos sugieren relaciones con el Loa M edio.
T am bién en las cercanías del oasis de San Pedro de Atacama, a unos
2.500 ms. sobre el nivel del mar, está el yacim iento de T am billo, situado
en los lím ites del Salar de Atacama, en un am biente lacustre. La gran
cantidad de tipos de instrum entos, en d o n de ab u nd an las puntas
triangulares, las lanceoladas, las pedunculadas, los raspadores, raede­
ras y cuchillos, muestra una o cup ación com pleja que posiblem ente no
sólo caracteriza al Arcaico Tardío, sino que tam bién debería caracteri­
zar al Arcaico M edio. Lo m ism o pensam os de los yacim ientos de Tulan
y Puripica, que si fuesen más estudiados po drían dar ocupaciones de
por lo m enos el Arcaico Medio.

Asociado parcialm ente con T am billo y T ulan 52 se encuentra el


yacim iento de Calarcoco 3, con fecha de 3.170 a.C.. Se trata de un
cam pam ento de cazadores de cam élidos situado en la base del plano
in c lin a d o , cerca de la quebrada de Aguas Blancas, al sur de T oconao.

Lo más característico del sector Loa M edio, y especialm ente de los


alrededores de C hiu-Chiu, son los sitios estudiados desde la década de
1960 por los eq uip o s de arqueólogos norteam ericanos y los de la
U niversidad de Chile. Los yacim ientos de este sector tienen fechas que
van desde el 2.705 al 2.060 a.C.y presentan un contexto cultural muy
rico, en d o n d e incluso hay un enterram iento de una m ujer arcaica
d o lic o id e (Loa Oeste 3), dentro de una hab itación circular delim itad a
por piedras. En su mayoría los artefactos son puntas de varios tipos,

73
cuchillos, raederas, raspadores y una gran cantidad de instrum entos
pe q u e ñ o s (taladros, perforadores). A este co m p lejo industrial lo d e n o ­
m inam os «Pseudo M icrolítico». Los ocupantes de estos cam pam entos
sem iperm anentes eran cazadores y recolectores; cazaban espe cialm en­
te a u q u é n id o s , ta m b ién aves y posiblem ente los roedores form aban
asim ism o parte de su dieta. La presencia de morteros nos hace insistir
en las prácticas recolectoras. Ig ualm ente el hallazg o de conchas
perm ite suponer algunos intercam bios con la costa. Hacia el oriente hay
contactos, a través de la tecnología de pe q ue ño s perforadores y
taladros, con los asentam ientos del río Salado (alero T oconce) y con
varios yacim ientos del sector de San Pedro de Atacam a, sin que se
p u e d a de fin ir bie n desde q u é región se d ifu n d ió esta elaborada
tecnología.

Por ú ltim o sabem os que en yacim ientos m uy cercanos al actual


p u e b lo de Chiu-Chiu se encuentra en desarrollo la te cno lo g ía alfarera,
fechada hacia el 940 a.C., posiblem ente traída desde los sectores
orientales de la cordillera de los Andes y en un contexto aldeano
pastoril (*).

Pescadores y M ariscadores Arcaicos

La costa norte de C hile, según los especialistas, pu e d e ser div id id a


en dos sectores: u n o entre Arica y Pisagua, y el otro entre Pisagua y
C hañaral. En el prim er sector la costa es estrecha, llena de acantilados
y en general presenta lugares favorables para la o c u p a c ió n hum ana.
E specialm ente en las desem bocaduras de quebradas y allí d o n d e hay
aguadas, se encuentran alg uno s sitios excavados por diferentes a rq u e ó ­
logos desde la década de 1940.

A lgunos de estos yacim ientos no están exactam ente en la costa, sino


varias decenas de kilóm etros al interior. Es el caso de T iliviche, situado
a 40 kms. al interior y que en el c o m ie n zo de su prim era o cu p ació n

(*) M. A. Benavente: C hiu-Chiu. U na c o m u n id a d p a sto ra te m p ra n a en la P ro v in c ia del Loa


( I I R egión). A ctas d e l IX C.N.A. La Serena, C h ile , 1985.

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alcanza una fecha de 7810 a.C. Se trataría de un asentam iento de
cazadores y recolectores, caracterizado por tipos de instrum entos
lanceolados y de cuchillos hechos a partir de gruesas lascas bifaciales,
asociados todos a artefactos para m olien da. C om o se han encontrado
restos p ro p io s de la costa, se supone que ellos ex plotaban la franja
m arítim a más cercana. Sólo hacia el 5900 a.C., en niveles superiores de
o c u p a c ió n , se encuentran en sus basurales anzuelos de concha. Este
instrum ento especializado le va a perm itir a los habitantes de la franja
costera p ro fu n d iza r sus actividades de pesca, convirtiéndose en verda­
deros pescadores Por esta razón sólo en Cam arones 14, en Q u ia n i y en
Punta Pichalo encontram os la primera auténtica o c u p a c ió n perm anente
ya en el 5860 a .C .(’ ). Así habría una interesante relación con la fase
Arcaica M edia de las tierras altas interiores que, com o caracterizamos,
no son m uy abu nd antes en asentam ientos de cazadores.

Esta o c u p a c ió n está caracterizada por los anzuelos de concha (de


choro zapato: C horo m y tilus chorus) de contorno circular, arpones con
cabezales desprendibles y con barbas de hueso, lim as de areniscas,
pulidores de piedra, puntas líticas aguzadas en los dos extremos,
p unzones de hueso, raspadores, cuchillos, lascas percutidas b u rd am e n ­
te; cordelería de fibra vegetal, tejidos de m alla o red, técnica de esteras,
lana de cam élidos. Ju n to a todos estos instrum entos y m ateriales, se
encuentra una técnica de m o m ificación que sitúa a estos pu eb lo s en un
alto nivel de desarrollo cultural. Esta tradición de m o m ificación se
conocía desde com ienzos de siglo gracias a los estudios de Max Uhle,
el gran iniciad o r de la arqueología del norte de Chile y del Perú. El

(•) Sin em b arg o, e n recientes excavaciones se ha id e n tific a do y a n a liza d o con rigor, por los
arqueólogos de la U niversidad de Tarapacá, un nuevo yacim iento de pescadores, situado en la
confluencia del valle de A zapa con la quebrada de Acha, a seis kilóm etros de la costa El
yacim iento d e n o m in a d o Acha 2, se caracteriza por ser una o c u p a c ió n relativam ente p e qu eñ a que
se in ic ió hacia el 6950 a.C. ($.900± 150 a p .) Se trata de 11 estructuras semi aglutinadas, de planta
circular co n un fo g ó n central. Cerca del cam p am ento se encontró un entierro de un hom bre
dolicoide de estatura m edia que fue fechado en el 8.970 a.p (7020 a.C.). Probablem ente los
m iem bros de este c a m p am e n to sobrevivieron en espeial de recursos m arítim os y en m enor grado
de vegetales y anim ales terrestres del valle de Azapa.

Entre el m aterial lítico se id e ntificaro n puntas p e d un culadas, lanceoladas y cuchillos. Entre


los m ateriales de pesca se encontraron dos anzuelos de espinas de cactáceas. La presencia de
estos a n zu e lo s de espinas de cactus sería la evidencia más antigua que hasta el presente se ha
e ncontrado. Sin em b arg o, debe esperarse la verificación de este dato.

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d e n o m in ó a esta fase de pescadores -Los A borígenes de Arica-; poste­
riorm ente se la ha c o n o cid o con el no m bre de Tradición o Fase
C hinchorro .(*)

Ella se caracteriza por preparar los cuerpos antes de su enterram ien­


to, e im plica n o sólo un co m p lejo tratam iento artificial de los cadáveres,
sino ta m b ié n un ritual y un co njun to de creencias que va más allá del
culto a los muertos. En Arica m ism a, en el yacim iento M orro 1, estas
m om ias de c o m p licada preparación han sido fechadas entre el 5860 y
el 3090 a C.. En el m ile n io IV a.C. se p ro d uce n algunos cam bios en el
contexto cultural de estos pescadores; así se dejan de hacer los
anzuelos de concha de choro zapato y son reem plazados por los
anzuelos de espina de cactus. En estos m ism os siglos se co no cen
o cup acio ne s en quebradas interm edias com o A ragón 1, a 32 kms. de la
costa, cuyos basurales m uestran abundantes restos de m ariscos desde
su prim er nivel de antig üe dad , hacia el 6 710 a.C.. Pero es hacia el 3220
a.C. c u a n d o se encuentra gran cantidad de restos de peces y de
anzuelos de espina de cactus.

Los últim o s yacim ientos im portantes del pe rio do Arcaico pescador


de este sector no rteño de la costa, son C áñam o 1, en la costa de Iq u iq u e ,
y La C apilla 1. C áñ am o 1 se inicia hacia el 2 010 a.C., con la presencia
del a n zu e lo de espina de cactus y con evidencias de cestería en espiral.
Hacia el 860 a.C. aparece la cerám ica, c o in c id ie n d o así con la a p arición
de ella en todos los yacim ientos del norte chileno.

La C ap illa, a su vez, tiene evidencias de o c u p a c ió n entre el 720 a.C.


y el 840 a.C.. O tros yacim ientos, co m o Q u ia n i 7 y C am arones 15, se
asocian con La C apilla 1 y caracterizan estos ú ltim o s siglos preagroa-
lfareros con técnicas y productos nuevos: a lg o d ó n , calabaza, m andio ca,
tejidos de lana y la técnica de tintorería; estas dos últim as entre el 1640
y el 1100 a.C. La m o m ific a c ió n artificial ya ha desaparecido, pero se
están in tro d u c ie n d o nuevos elem entos y técnicas que a n u n c ia n cam ­

( •) Mario Rivera (1993) afirm a qu e ‘C hinchorro parece representar una a d a p ta c ió n h u m a n a


tem prana al m e d io costero que incluye algu n os e lem entos de la cultura m aterial de g rupos de
la selva tropical. Entre éstos, el c o m p le jo de alucin ó g e n o s es sig n ificativo " ( p íg . 338).

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bios significativos en el futuro p róx im o , tales co m o la do m esticación de
cam élidos, co m ie nzo s de la agricultura, tiestos alfareros, m etalurgia,
etc.

I.a costa entre Pisagua y C hañaral se caracteriza p o rq u e no desem ­


bocan en ella ríos o riachuelos, au n q u e sea en form a interm itente; la
única ex ce p ción es el río Loa. La extrema sequedad de este litoral se
expresa en una vegetación xerofita, que sólo es p o s ib le por el agua de
las cam a nch aca s
(n e b lin as). En la franja vegetal (m atorral), espe cial­
mente al sur de Paposo, viven los guanacos.

La o c u p a c ió n más antigua se encuentra en el sitio Q u e b ra d a de las


C onchas, en A ntofagasta, con una fecha de 7730 a.C. y está represen­
tada p o r u n contexto cultural de litos geom étricos y puntas de proyec­
tiles, cuya m ateria prim a es la arenisca. Se trata de una p o b la c ió n
posible m ente o rg anizad a en bandas, que explotaba los prod uctos
m arítim os m ás cercanos a la costa; co m o desconocía los anzu elo s es
posible que haya usado algunos tipos de redes. Su dieta sin em bargo
se centró en los m ariscos, especialm ente en el loco.

Según A. Llagostera que ha estu d iad o este y acim iento , la presencia


de artefactos discoidales podría relacionar este lugar con otros situados
m u c h o m ás al sur y que se fechan en el p e ríod o final del P a le o in d io .

A fines del m ile n io V, en C obija hacia el 4080 a.C. y m ás tarde en


Taltal, se encuentran o cup a cio ne s de pescadores q u e ya d o m in a n los
sectores p ro fu n d o s del mar, a través del uso del an zu e lo de co ncha,
cuyo vástago es m ás recto y más largo. Son tam b ié n m uy a b u nd antes
los instrum entos de piedra de do b le p u n ta , los anzuelos com puestos,
lim as de piedra y sierras delgadas de areniscas.

Es p o sib le que entre el 3450 y el 1550 a.C., toda la franja costera


árida haya sido o c u p a d a por pescadores em parentado s con los de más
al norte, pero cuyos instrum entos algo m o d ificad o s sean la respuesta a
las c o n d icio n e s del m e d io am bie nte natural (costa árida arreica). Estos
o cupante s, pertenecientes al Arcaico M edio y T ardío, c o m ie n za n a
tener u n h ab itat sedentario, co m o el e n co ntrado al norte de A ntofagas­
ta, al lad o de Cerro M oreno, en d o n d e hay casi dos centenares de
estructuras semi-circulares de piedra; incluso alg unas de ellas con un
e m p la n tilla d o de lajas y con pe que ñas estructuras anexas.
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Igualm ente en Caleta H uelén, adem ás de los anzuelos de espina de
cactus y de algunas m anifestaciones tardías de la tradición Chinchorro
(m o m ific a c ió n ), com o mascarillas de arcilla en el rostro de los m uertos,
tenemos recintos habitacionales en cuyos pisos de argamasa de ceniza
de algas se enterraron los muertos en po sición extendida. Esto ocurría
hasta el 1830 a.C.

Por últim o en El Bato, hacia 1550 a.C., tenem os puntas líticas


triangulares alargadas con base cóncava y convexa, asociadas a los
anzuelos de cactus, anzuelos de hueso y anzuelos com puestos.
Es probable que estas puntas triangulares se relacionen con otros
tipos que se encuentran más al sur. Así podría pensarse que varias
tradiciones sureñas alcanzan hasta la costa norte situada entre Antofa-
gasta y Chañaral.

Cazadores y Pescadores Arcaicos del Norte Chico y Centro de Chile

Los pescadores que habitaron la costa del Norte chico y la del


centro-sur de C hile tuvieron la p o s ib ilid a d de relacionarse m ás con los
cazadores y recolectores del interior. Esto fue posible porque la costa
situada entre los grados 26 a 32 se enriqueció con las corrientes de agua
de los ríos que vienen de la cordillera y desem bocan en el mar.

El co m p lejo cultural más antiguo está representado por los m ateria­


les arq ueológicos encontrados en las terrazas de las salinas de Huen-
te lau q u én, en el río C hoapa. Se trata de piedras de formas geométricas
(triángulos, po líg o n o s, círculos dentados) asociados con puntas trian­
gulares, especialm ente con p e d ú n c u lo ojival. T am bién en territorios
más norteños (II y III R egión) se encontraron estos litos geom étricos
que fueron usados, no por grupos especializados de pescadores, sino
por recolectores que explotaron las costas m ucho más a lo largo que en
p ro fu n d id a d o en anchura, y que adem ás cazaban.
Sólo hacia el 2550 a.C. llega a la costa de la IV Región la tecnología
del anzuelo de concha y con ella las tradiciones de los pescadores de
la costa norteña.

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Sin em bargo en G uan aque ro s todavía hay pruebas de las tradiciones
jue vienen del norte árido. Hacia el 1810 a.C. se encuentra un contexto
:ultural caracterizado por puntas de proyectiles triangulares, peduncu-
adas, arpones de hueso con barbas pe queñas, anzuelos com puestos
con pesa de hueso o piedra y g ancho de hueso, y escasos anzuelos de
concha.

Ya con los hallazgos de Punta Teatinos nos encontram os con


alg uno s cam bios interesantes en la subsistencia de estos pescadores:
aparecen los artefactos de m o lien da, utilizad os incluso para cubrir
sepulturas. Hacia el 1370 a.C. no se encuentran los anzuelos, hay puntas
triangulares. Los instrum entos de m o lien da y las piedras tacitas (b lo q u e
graníticos con o q ue dad es circulares o sem icirculares) po sible m ente
fueron usados para m achacar recursos vegetales.

Para term inar, en los com ienzos de la Era Cristiana (30 d.C .)
aparecen, en el sitio Q u e b rad a H o n da, las primeras pipas de piedra y
alg u no s tem betás, que a n u n c ian la prim era cultura agro-alfarera de la
región, la cultura M olle.
D esde los grados 32 al 42 h u b o un fuerte p re d o m in io de las
actividades de los cazadores y recolectores sobre las de los pescadores
y horticultores. Especialm ente en el sector de C on c e p c ión los asenta­
m ientos de pescadores y recolectores son im portantes, siend o en
general a lo largo de la costa centro-sur poco intensivos El contexto del
c o m p le jo H u e n te la u q u é n no llega más allá de P ichid ang ui. Más al sur
se encuentra una m ezcla de elem entos de pescadores asociados con
instrum entos p ropio s de cazadores (p un tas tipo A yam pitin).

En general las relaciones entre cazadores y recolectores de los


sectores lagunares, co m o Tagua-Tagua en la VI R egión, con los
o cupan te s de la costa fueron im portantes. Es probable que este sistema
lag u nar se haya desarrollado hacia el sur, siendo una instancia ocupa-
cional alternativa a la costa.
Insistie n d o en los cazadores de la IV R egión (Norte chico ) y en sus
contextos culturales, hay que m encio nar co m o la o c u p a c ió n arcaica
m ás antigua la que corresponde al sitio de San Pedro Viejo, en el valle
del río H urtado, cerca del p u e b lo de Pichasca. Hacia el 8000 a.C., en un

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alero pre cordillerano, se cazaban guanacos y se vivía tam b ién de la
recolección de vegetales. Los instrum entos eran puntas de proyectiles
alargadas, raspadores, cuchillos y artefactos de m o lie n d a; adem ás se
encontraron restos de cestería y algunas conchas de mar.

En este m ism o alero, en una o c u p a c ió n más tardía (San Pedro Viejo


II), hacia el 3000 a.C., los arqueólogos recuperaron restos de po ro to ,
calabaza y algunas pequeñas m azorcas de m aíz. Es po sible que estos
cazadores-recolectores hayan iniciad o las actividades agrícolas.

Entre la o c u p a c ió n de San Pedro Viejo I y II, tam b ién al interior,


hacia el 4000 a.C. se encuentran vestigios culturales de una tradición de
cazadores (C árcam o) que tenían puntas triangulares p e d u ncu lad as,
algunas con aletas, que se relacionan con el contexto de Huentelau-
q u é n , ya m e n cio n a d o por nosotros.
Más al sur, en la VI región los arqueólogos de la U. de C hile han
excavado en las últim as décadas, en C u c h ip u y .(’ ) un cem enterio del
pe río d o de fines del Arcaico T em prano y del Arcaico M edio, cerca del
y acim iento p a le o in d io de Tagua-Tagua. Dos fechas de carbón catorce
sitúan las tum bas entre 6120 y 4155 a.C. Los cuerpos enterrados
corresponden a dos tipos físicos: los más antiguos (precerám ico) tienen
cráneos do licoides; en cam bio los cuerpos más recientes (asociados
con alfarería y agricultura) tiene cráneos braquioides. La fecha más
antigua sitúa el cem enterio hacia fines del Arcaico T em prano y data un
contexto de puntas pe d u n cu lad as de tam año m ed io (6 a 8 c m ) .
T am bién el h allazg o de instrum entos de m o lie n d a en un nivel superior,
perm ite sostener que estos arcaicos, al igual que otros, c o m b in ab an la
recolección de vegetales con la caza de anim ales co m o co ipo s, ratones,
ranas, aves y la recolección de m oluscos.

(*) Este yacim ie n to fue trabajado por Alberto M edina, Jorge Katwasse y Ju a n M unizaga

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Las C om unidades Sedentarias y Productoras de A lim entos • el proceso
de neolitización

Se piensa que en el llam ado Arcaico Tardío (aproxim adam ente entre
el 4000 y el 1500 a.C.) se produjeron cam bios significativos en las
sociedades de cazadores, recolectores, m ariscadores y pescadores En
verdad la recolección de productos vegetales y las prim eras ex perim e n­
taciones de dom esticación de anim ales y de plantas, enriquecieron la
vida de los grupos hu m an o s situados en los sectores altos, en los valles,
com o en los sectores costeros.

A lgunos a rq ue ólo g os tienden, de acuerdo a sus evidencias cu ltu ra­


les, a interpretar los datos según una perspectiva de com p lejidad
creciente, en d o n d e los problem as de subsistencia deben ser resueltos
para lograr así un crecim iento de los conceptos e ideas, la form ación
de una «ideología progresista-, que a su vez enriquezca el contexto
sociocultural. Es una m anera de interpretar el fe n óm e n o de la seden-
tarización, de la fo rm ación de aldeas, de la p ro d u c c ió n perm anente de
alim entos. De acuerdo a lo estudiado hasta ahora descubrim os, por
ejem plo, que es entre los ocupantes de la pre-puna, de los valles de
altura, en d o n d e generalm ente se encuentran evidencias que les
perm iten a los prehistoriadores interpretar y explicar los cam bios en los
contextos arq ueológ icos. Pensando en el norte de Chile, creemos ver
que los cazadores del interior, re spo ndie nd o a cam bios am bientales,
reciben influencias exteriores, m o d ifican su co m p ortam ien to , transfor­
m an sus artefactos para lograr asentam ientos sem isedentarios que se
reconocen por los yacim ientos arqueológicos caracterizados por es­
tructuras circulares sem iaglutinadas. En estos cam pam entos, los c o n ­
textos culturales perm iten no sólo identificar la caza y la recolección,
sino ta m b ié n actividades referidas a la do m esticación de anim ales y las
primeras experiencias de dom esticación de plantas silvestres. Desde
una perspectiva evolucionista y progresista es tentador deducir que
estas nuevas situaciones co nd ujeron o bligatoriam ente a la fo rm ación
de las prim eras aldeas de agricultores, de pastores y de alfareros.

Así, diferentes yacim ientos arqueológicos arcaicos tardíos e je m p li­


fican nuevas experiencias, dom esticación de a u q u én id o s, otras arte-

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sanias y tecno lo g ías, a g lu tin am ie n to de viviendas, tales co m o T ulan
P uripica, C o n flue n c ia 1 y Loa O este 3., etc.. Pero curiosam ente obser­
vam os q u e n o es en estos sitios en d o n d e se c o n tin ú a n las transform a­
ciones y en d o n d e surgen las nuevas evidencias; son otros los y a c im ie n ­
tos que caracterizan los asentam ientos sedentarios (C hiu-C hiu 200,
T ulor, Calar, Caserones, etc.). D efin itiv am e nte la teoría evolucionista
u n ilin e a l no siem pre explica lo que realm ente sucedió.

En prim er lugar, falta inv estig ación y por lo tanto los yacim ientos
a rq u e o ló g ic o s a ú n son escasos; a su vez, los que han sido excavados
no son suficientes para llenar los grandes vacíos de co n o c im ie n to . Los
esfuerzos hechos por los a rq u e ólo g o s chile no s son m eritorios, pero
c o m o se desprende de sus propio s textos hay m uchas o p in io n e s,
declaraciones y reflexiones que no satisfacen las in q u ie tu d e s de los
estudiosos o de los que sim p le m e nte desean conocer.

Tal co m o los datos de las prim eras o cu p a cio n e s p a le o in d ia s se


en cue ntran sem i en p e num b ras, p o rq u e falta m ucha inv estig ación, así
ta m b ié n el se g u n d o gran p rob le m a de la prehistoria chile na, la ex p li­
c ac ió n de c ó m o se o rig in aro n las o cup acio ne s perm anentes y la vida
social sedentaria, perm anece sin ser resuelto. Los problem as se a c u m u ­
lan y los datos em píricos son contradictorios. Así, por ejem plo,
sabem os q u e las o c u p acio n e s prehistóricas arcaicas situadas en la
costa, especialm ente en el Norte G rand e de C hile, fueron en algunos
casos los lugares en d o n d e se p ro d uje ro n parcialm ente cam bios s ig n i­
ficativos q u e e x p lican el surg im ie nto de nuevas form as aglu tinad as de
co nv ive ncia social y co m u nitaria de carácter perm anente. La a lim e n ta ­
c ió n m arítim a, o b te n id a po r la e x p lo ta c ió n prim ero a lo largo de la costa
y lu e go en p ro fu n d id a d , satisfizo los prob le m as de subsistencia vital,
a u n q u e siem pre en c o m b in a c ió n con una dieta lograda por la caza y la
re co le cción. In c luso las avanzadas técnicas de m o m ific a c ió n , tales
co m o la p re p a ra c ió n co m p lic a d a de los cuerpos de los m uertos, se
d ie ro n en una re a lid a d q u e no c o n d u jo directam ente a otros cam bios.
H em os visto q u e el c o m p le jo o tradición C h in ch o rro tiene su p ro p io
ciclo de desarrollo, de existencia, entre el 6.000 y el 2.000 a.C.

En general se p o d ría afirm ar q u e la subsistencia que proviene de los


pro d ucto s del m ar fue en un c o m ie n zo , antes del 6000 a.C ., un

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co m p lem e nto que e n riq u e c ió la dieta alim enticia de cazadores y
recolectores, co m o p o r ejem plo de aquellos que vivían en T iliviche
hacia el 7850 a.C., o en Las C onchas hacia el 7730 a.C.. Luego, con el
d o m in io que se o b tu v o de la pesca en p ro fu n d id a d , encontram os
ejem plos de un habitat sem isedentario que no está a c o m p a ñ a d o de
otros cam bios, co m o ocurre en los valles del interior y de altura. Incluso
pasado el 2000 a.C. h u b o algunos cam bios im portantes en la o rg a n iza ­
ción de la estructura h ab itacion al de los costeños (Cerro M oreno, Caleta
H u e le n), con ejem plos de estructuras sem icirculares de piedras a g lu ti­
nadas.

E ncontram os así qu e, tanto en la costa com o en el interior, las


evidencias arq ue ológ icas n o m uestran procesos de desarrollo sem ejan­
tes, ni ta m p o c o e v o lu c io n is m o u n ilin e a l, en d o n d e los yacim ientos
e je m p lifiq u e n , a través de sucesivas o cupacio ne s, cam bios progresivos
en la vida cu ltural, social y eco n óm ica. Así en la cuenca de C hiuC hiu
hay evidencias bie n estudiadas de cazadores y recolectores desde el
4000 hasta el 1000 a.C.. Sus hábitats circulares, con un c o n ju n to de
artefactos e instrum entos bien elaborados, poseen una vida p ro p ia que
no im p id e relaciones e intercam bios con otros cazadores arcaicos de
más al interior, co m o los del área de San Pedro de Atacam a, o del río
Salado (alero de T oconce).

Por el m o m e n to no están bien verificadas las hipóte sis que plante an


la existencia de una -matriz» de vida que se generaliza a otros lugares
y regiones, sobre to d o po rqu e no hay diferencias cro nológ icas que le
den p rio rid a d a un lugar sobre otros (P uripica sobre los sitios de C h iu ­
C hiu). C uriosam ente la aldea de pastores m ás antigua es Chiu-Chiu 200
(940 a.C .), q u e de acuerdo a sus restos arq ue ológ icos está relacionada
con y acim ie nto s transandino s de las selvas occidentales (San Francisco,
Argentina).

Ig ualm ente el c o m p le jo instrum ental m icrolítico (taladros, perfora­


dores), estu d iad o por ejem plo en Loa Oeste 3 y en C on flue ncia 1, no
le debe nada, hasta d o n d e conocem os, a los sitios de San Pedro de
Atacam a y sus alrededores. Su an tig ü e d a d es por lo m enos tanta com o
la de estas m ism as industrias que se encuentran en los oasis del Salar
de Atacam a.

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Si m iram os más al sur, es decir hacia el centro-sur de C hile, no
parecen encontrarse en los yacim ientos a rq u e o lóg ico s de fines del
A rcaico y co m ie nzo s del Agro-Alfarero T em prano, características p ro ­
pias de u n c o n ju n to de habitaciones aglu tinad as que nos perm itan
d e fin irlo co m o aldea. Sólo p o d e m o s postular que en el norte árid o hay
evidencias indiscu tib le s de vida aldeana (C hiu-C hiu 200, Alto Ram írez,
T ulor, Caserones, Calar, Pircas, H u a ta c o n d o ). En c a m b io u n p o c o m ás
tarde, hacia el 400 d.C ., la vida aldeana en el norte sem iárid o se
e jem plifica en C arrizalillo A lto, perteneciente a la cultura M olle.

En el centro del país, las aldeas de la cultura Llolleo no están tan


bien de finidas; seria m ejor hablar de cam pam e ntos estacionales, los
cuales fueron a b u nd antes tanto en la costa co m o en el interior. Los
contextos co n firm a n los cam bios culturales y tecnológicos: se e n c u e n ­
tra cerám ica, tem betás y pipas.

M u ch o m ás al sur, en territorio m ap uch e , los cam bios ejem plificado s


por la presencia de la agricultura incip ie nte , cerám ica y artefactos de
m etal, se expresan en hab itaciones que aprovechan las cuevas (Qui-
llé n ), inc luso o c up a d as por cazadores y recolectores desde el 2725 a.C.

En la P atagonia, la ab u n d a n c ia de la fauna p e rm itió la vida de los


cazadores y recolectores sin necesidad de a d q u irir nuevas m o d a lid a ­
des, a u n q u e sí p u e d e postularse u n c o m ie n zo de d o m e sticac ión de
guanacos y del perro. In clu s o la d o m e stic ación de este anim al ha sido
a d ju d ic a d a a los cazadores del A rcaico, hacia el 2900 a.C. (n iv e l 6 de
la cueva de Los T oldos).

Si vo lvem o s al norte árid o de C hile po d e m o s describir, con todas las


d ificultad es que se presentan, la vida aldeana hacia el 200 a.C. Es
c o n o c id o el hecho que h a b ía varias aldeas en d o n d e se cultiv aba con
m ayor o m en or intensid ad , se hacían tiestos alfareros, se c o n fe ccio n a­
ban instrum entos no sólo de caza y ofensivas, sino ta m b ié n he rram ie n ­
tas para efectuar diferentes labores propias del dia rio vivir; igualm ente
las prácticas de pastoreo se c o m b in a b a n con otras actividades de
re co lección y caza. Desde 1986 hacia adelante hem os excavado el
y ac im ie n to de Calar, situ ado en la sub-área c irc u m p u n e ñ a , en una
terraza alta del río V ilam a, al no rorien te del actual p u e b lo de San Pedro

84
le Atacam a. Tiene 34 estructuras circulares que o rg an izan una planta
;eneral en form a de m edia luna.

En los espacios libres fuera de las hab itaciones se enterraron los


m uertos. Así la c o m b in a c ió n de los artefactos encontrados, tanto en las
h ab itaciones co m o en las tum bas, perm ite conocer el variado contexto
cultural de estos aldeanos. Eran agricultores, puesto que en una terraza
de 7 ms. del m ism o río V ilam a se encuentran las huertas y adem ás
p o rq u e en sus hab itacion es se han en co ntrado palas de piedra. En las
tum bas se enco ntraro n bolsitas con sem illas de algarrobo, cordeles de
fibras vegetales, espinas de cactus (para lim piar los tubos de m adera
usados en las prácticas de in h a la c ió n ), lo que expresa el e n riq u e c im ie n ­
to de las labores aldeanas con las actividades de recolección. Una
buena c antidad de fragm entos alfareros relaciona sus tiestos cerám icos
con tradiciones de la p u n a oriental y del sur del a ltip la n o b o liv ia n o . Las
personas q u e v ivían en la aldea hacia el 140 a.C., d e b ie ro n cu m p lir
distintas funciones: unas cu ltiv ab an , otras recolectaban y cazaban,
otras co m e rciab an y hacían viajes. Es m uy p ro b able que un jefe, tal vez
tam b ié n un brujo, haya conce ntrado el po de r alrededor de las prácticas
asociadas a los a lu c in óg e n o s. El hallazg o de tabletas de m adera en las
tum bas, de tip o lo g ía o b v iam ente pre-Tiw anaku, inv itan a pensar en una
ide o lo g ía c o m ú n asociada a estas prácticas de in h a la c ió n .

Relativam ente cerca, a unos 15 km s, en el actual p u e b lo de San


Pedro de A tacam a, otra aldea, la de T ulor, algo m ás antig u a en sus
orígenes, presenta sem ejanzas y diferencias con Calar. M ientras en
T ulor las h ab itacio n es está hechas de ado be y barro y presentan una
p la n ific a c ió n m ás c o m p le ja, las hab itaciones de Calar son m ás sencillas
y está hechas de piedra. De todos m od o s, en las dos aldeas hay
prácticas de a lm a c e n am ie n to (bo de g as), que m uestran las costum bres
sedentarias de estos habitantes. De alg una m anera el m e d io am bie nte
más áspero de la q u eb rad a de V ilam a, a 2.700 ms. sobre el nivel del mar,
h izo que la vida en Calar fuese más dura y esta s itu a ción p o sible m ente
c o n d u jo al a b a n d o n o de ella, en busca de m ayor protección en los oasis
situados m ás abajo , en los 2.400 m s.. In d u d a b le m e n te que las tierras
regadas de San Pedro de Atacam a eran un p o lo de atracción m uy fuerte
para los a ld ean o s que vivían en las altas quebradas circu m p u n e ñas.

85
Sabem os que hacia el 200 o 300 d.C. estaba o rg anizada una im portante
c o m u n id a d aldeana agro-alfarera y pastoril, que recibe el no m bre de
Cultura San Pedro, la que pe rm ane ció por más de m il años u n id a a sus
tradiciones y valores culturales.
Para el extrem o norte, p rincipalm en te en los valles de Arica y m uy
en especial en A zapa, se ha ide ntificado una fase cultural d e n o m in a d a
Alto Ram írez, situada entre 1 000 a.C. y 300 d.C .. Esta extensa fase
estaría representada en to d o el norte chile no , alcan zand o hasta San
Pedro de Atacam a. Lo representativo de ella se encontraría en el cultivo
del m aíz y del ají; en el uso de la m etalurgia (cobre y plata); en textiles
con m otivos decorativos en varios colores (rojo, azul, am arillo ) de tip o
geom étrico (cruces, escaleras, ajedrez) y de figuras de anim ales y de
rostros h u m a n o s radiales; en calabazas pirograbadas con relleno de
pasta blanca y con m otivos de figuras sáuricas, lo que tam b ién ocurre
en adornos de metal. Ig ualm ente se han en co ntrado bolsas con p u n to
tip o red, som breros o gorros y turbantes cefálicos. Los enterram ientos
de esta fase co nfo rm an túm u lo s y sus m uertos tienen de fo rm ación
craneal circular. El contexto cultural se caracteriza tam b ién por artefac­
tos del c o m p le jo a lu c in ó g e n o , cerám ica espatulada m uy dom éstica y de
otros tipos que incluyen urnas con m otivos antropom orfos. A partir de
estos contextos se ha p o s tu lad o la fase Alto R am írez com o una fase
a ltip lán ic a con una eco n o m ía, una tecnología y en general un desarro­
llo cultural diferente a las tradiciones del final del Arcaico (co m p le jo
C hincho rro tardío).

T endríam os entonces un co njun to de datos que p o d ría n servirnos


para construir una hipótesis (a n u n c ia d a ya por M ario Rivera) que
responda a nuestro problem a: ¿cóm o explicar científicam ente la apari­
c ió n de nuevas formas de vida hacia el 1000 a.C., expresada en un
desarrollo cultural ald eano , agro-alfarero, pastoril y en posesión de un
c o n ju n to im portante de técnicas de m a n u factu ración de herram ientas e
instrum entos variados?

La fase Alto R am írez correspondería al prim er m om e nto de un


contacto con culturas altip lán icas que tuvieron los habitantes de los
valles cercanos a la costa y tam b ién los habitantes de otras regiones del
norte ch ile no . La ex p ansión de los elem entos culturales característicos

86
Jel desarrollo a ltip lá n ic o circum Titicaca, explicaría la u n ifo rm id a d que
íay en las fechas para iniciar los tiem pos nuevos. Así entre el 1000 y
;1 500 a.C. se p ro d uciría en valles interiores altos p re p u n e ño s, en valles
aajos y en localidades de la costa, una cierta u n ifo rm id a d cultural
caracterizada por los m otivos y por las creencias altiplán icas que
trajeron grupo s de co lo no s. Incluso la futura influ e n cia T iw anaku
podría explicarse m ejor por este substratum cultural, tanto en la región
de Arica co m o en la de San Pedro de Atacam a . Esta hipóte sis es la
ne g ación de la teoría que postula el desarrollo ev o lu cio nista y gradúa-
lista, y q u e m anejan alg uno s arqueólogos.

Sin em bargo, se pu e d e tam b ién discutir y criticar esta hipótesis


altip lán ic a, sin negarla en forma total.

C on to d o s e 'la puede enriquecer recordando que hay evidencias


arq ue ológ icas suficientes para dem ostrar relaciones entre los sectores
orientales transandino s y los sectores p ú n e n o s y p re p u n e ñ o s del norte
chile no . Así alg u no s tipos de alfarería y de pipas enco ntrado s en
diferentes y acim ientos de la II R egión, com o T oconao O rie nte , T ulor,
C hiu-Chiu 200, etc., están em parentados con yacim ientos argentinos,
co m o por ejem p lo San Francisco. Varios arq ue ólo g os especialm ente
C arlosThom as en la II R egión han insistido que las prim eras aldeas de
pastores, alfareros y agricultores surgieron gracias a la presencia de
grupos inm igrantes ven id o s del otro lado de la cordillera En esta región
entonces no habría te n id o la influencia a ltip lán ica circum Titicaca tanta
im portan cia co m o en la I R egión. Sin em bargo, nosotros m ism os hem os
creído encontrar presencia de tipos alfareros provenientes del sur del
a ltip la n o b o liv ia n o en Calar y en otros sitios de San Pedro de Atacam a

Así las hipótesis difusionistas parecen tener pre e m in e ncia, en la


e x p lic a c ió n del ca m b io cultural, sobre las evolucionistas u n ilin e ale s y
de tip o gradualista.
Lo p rud e n te seria m anejar las dos explicaciones a partir de una
realidad cultural Arcaica tardia que se halla en los valles p re p u n e ñ o s y
en sitios de altura (a ltip la n o y p u n a ) y que por estar m ás cerca de las
regiones a ltip lán ic as circum Titicaca, o de más al sur (Tarija, Lipez), o
de las regiones norteñas argentinas (Salta) y del sector de las selvas
occidentales, po dría recibir influencias directas o incluso m ezclarse
con grupos transandinos. „7
En el caso del extremo norte chile no , la pe netración de las in flu e n ­
cias foráneas hasta la costa muestra m ejor la base au tócto na de los
habitantes, en cuanto la tradición m arítim a perm anece fuerte (yaci­
m iento Faldas del M orro en Arica). Sin em bargo, fueron los habitantes
de los valles los que acentuaron los cam bios agro-alfareros, construye­
ron aldeas y en general transform aron sus industrias y estilos. Estos
habitantes recibieron los elem entos culturales extranjeros y se m ezcla­
ron bio ló g ic a m e n te con los inm igrantes, creando así una nueva socie­
dad y nuevos rasgos culturales.

Se p o d ría co ncluir, siem pre en forma provisoria, que el nuevo


p e ríod o de desarrollo ald eano , con nuevos sistemas socio-económ icos,
con nuevas tecnologías y nuevas ideas y creencias, fue posible cuando
se diero n dos realidades: grupos locales que estaban abiertos a los
cam bios e influencias culturales externas, aco m p añad o s de personas
que im pactaron a los nativos, transform ándolos y m ezclándose con
ellos. En alg uno s casos las influencias fueron m enos im portantes, en
otras situaciones fueron básicas.

Lo m ism o se pued e decir de la penetración de nuevas ideas y


tecnologías en el Norte C hico y centro de C hile, en d o n d e los elem entos
m olles jugaron un papel tan im portante a com ienzos de la Era Cristiana.

Para el norte sem iárido o Norte C hico los arq ue ólo g os han aceptado
la hipótesis de m o v ilid a d de antiguos cazadores, desde el noroeste y
p u n a argentinas hacia territorios más cercanos al mar, es decir hacia el
territorio ch ile no . Esta ex p licación se hace más fuerte para el periodo
Arcaico T ardío y el p e río d o Agroalfarero. Tal com o lo hem os escrito, los
cazadores y recolectores del interior de San Pedro V iejo, ya hacia el
2750 a.C ., in ic ia n la ex p lo tación agrícola, sin ser ésta la subsistencia
m ás im portante. No parece po sible, sin em bargo, sostener una e v o lu ­
c ió n u n ilin e a l q u e lleve desde los arcaicos tardíos hasta los prim eros
agro-alfareros.

C u a n d o aparecen los representantes de una sociedad aldeana agro-


alfarera, a la que conocem os con el nom bre de M olle, m uy cerca de los
co m ie nzo s de la Era Cristiana, observam os que ellos se m o v ilizan desde
la cordillera hacia la costa y viceversa, e incluso a lo largo de la
cordillera de los Andes. Este co m p lejo cultural, que es c o n o cid o por

88
diversos sitios que ofrecen variables locales, representa una sociedad
agro-ganadera, de nivel aldeano y que posee u n id ad tecnológica
indiscutible en su hermosa alfarería. Sus características principales son
una gran variedad de formas, entre las cuales se distingue la abu nd ancia
de vasos y botellas, cuyas superficies pulidas son de color negro, gris,
rojo, m uchas con incisiones en gran parte de sus cuerpos. Esta bella
alfarería encontrada en las sepulturas, tiene varios ejemplares que
im itan formas de anim ales y de calabazas. Los cem enterios, conocidos
desde la década de 1930, se caracterizan porque sus sepulturas tenían
en la superficie ruedos de piedra. Ju n to a los vasos y botellas se
hallaban los adornos labiales conocidos con el nom bre de tem betás,
tam bién h ab ían pipas de piedra en forma de una T invertida. Ig u a lm e n ­
te estos aldeanos conocían bien la m etalurgia, especialm ente la del
cobre. Se puede resumir la o p in ió n mayoritaria de los especialistas,
señalando que el C om plejo El M olle corresponde a una etapa del
desarrollo 'aldeano con distribución dispersa y que se relaciona direc­
tam ente con culturas agro-alfareras del N O. argentino.

Esta com pleja cultura, que se encuentra representada tanto en la


costa co m o en los valles interiores e incluso en la cordillera, y que se
sitúa desde los com ienzos de la Era Cristiana hasta el 800 d.C., es
contem poránea a las grandes culturas del norte árido circu m p u n e ño
chileno, tales co m o la de San Pedro de Atacama, las de El Bato y Llolleo
del centro-sur, y la de Pitrén en el territorio m apuche.

Las Culturas Aldeanas del Norte Arido y Sem iárido de Chile

Las fechas y los acontecim ientos que perm iten caracterizar las
diferentes culturas agro-alfareras y pastoriles del territorio ch ile no no
siem pre co incide n y sus hechos sobresalientes tienen rasgos distintos.
Así por ejem p lo, mientras en el norte chileno la influencia de la
civ iliza c ió n T iw anaku juega un papel fundam ental, no sólo para
caracterizar una fase de sus culturas sino tam bién para situar con
seguridad sus contextos arqueológicos, en el Norte C hico y sobre todo
en el C hile centro-sur no se encuentran restos directos de esta civ iliza­
ción, a u n q u e sí influencias andinas. Por m uchos años fue la cultura

89
M olle la que c u m p lió el papel director para fechar e identificar
contextos culturales de esta región. Sin em bargo, en los últim o s años
ha surgido una nueva ex p lica ción que reconoce la presencia de culturas
agro-alfareras tem pranas en el centro de Chile, tanto en la costa com o
en el interior, q u e no le deberían a la cultura M olle el origen de su
desarrollo. .

La arq ue olo gía chilena n o siem pre ha lo g rad o identificar culturas o


co m p lejo s culturales que caractericen una reg ión, que se d iv id an en
fases o períodos y q u e tengan una d u ra c ió n de varios siglos. Una
e x ce p c ió n significativa es la cultura San Pedro de A tacam a, que en la
literatura anterior a la década de 1960 era co no cida con la d e n o m in a ­
c ió n de A tacam eña. Los clásicos de la arq ue olo gía chilena, es decir, Max
U hle, Ricardo Latcham e incluso G ustavo Le Paige, usaron este nom bre
para d e n o m in a r una cultura que se en te ndía por to d o el norte árido
c h ile n o (I y II Regiones) y que incluso ex plicaba parcialm ente la
a p a ric ió n de otras culturas and inas, co m o la de T iw anaku.

En los tres últim o s decenios las nuevas excavaciones hechas tanto


en las regiones de Arica co m o de San Pedro de Atacam a, han pe rm itido
fijar el h ab itat de esta cultura sólo en San Pedro de Atacam a y en sus
alrededores, es decir, en el interior de la II R egión. Esta cultura se sitúa
entre el 300 a.C. hasta la llegada de los españoles; o sea, posee una
d u ra c ió n de 1.800 años. A partir de la década de 1960 se d iv id ió en
varias fases, p o r lo m enos en tres (San Pedro I, II y III) y con el correr
de los años ha sufrid o algunas m od ificacio ne s, s u b ie n d o sus fases a
cinco. Lo interesante es q u e m ás allá del núm e ro de fases hay un
acuerdo g e n e ra liza d o en considerar esta cultura co m o una sociedad
q u e tiene en c o m ú n u na serie de rasgos te cno lóg ico s e id e o lóg ico s que
pe rm ane cen a través del tie m p o , d á n d o le una u n id a d de c o m p o rta ­
m ie n to y de estilo a través de m ás de m il q u in ie n to s años.

En c a m b io en la I R eg ión, en Arica, hem os visto que lo m ás p róx im o


de u n desarrollo c o n tin u a d o es la fase Alto Ram írez, que sin em bargo
sólo caracterizaría al Agro-alfarero más te m p rano , puesto que hacia el
300 a 400 d.C. desaparece. Lo interesante es que a c o n tin u a c ió n
ide ntificam o s otros desarrollos culturales ceram ológicos que poseen
u n id a d , en cu anto se encuentran en ellos los rasgos T iw anak u o

90
altiplánicos. Sólo en las últim as décadas se ha insistido en identificar
una cultura con dos fases, sigu ien do la recom endación de J. Bird, a la
que se ha d e n o m in a d o cultura Arica. Ella com enzaría hacia el 1000 d.C .,
una vez que la civ iliza ción T iw anaku dejó de cohesionar a los d iferen­
tes grupos de la costa y de los valles, y term inaría con la presencia
incásica en el siglo XV d.C.

Así en Arica, cu ando se intenta definir los periodos culturales, se


habla de un Form ativo (Faldas El Morro, El Laucho, Azapa, Alto
Ramírez), de un T iw anaku (C abuza, Loreto Viejo, Maitas, C hiribaya), de
los D esarrollos Regionales (San M iguel, G entilar) e Inca. La cultura
Arica, tanto para la costa com o para los valles y sierra pre-altiplánica,
caracterizaría el períod o de los Desarrollos Regionales. Para los ante­
riores tiem pos sólo tendríam os fa ses
y no culturas; situ ación ésta que
por lo m enos llam a la atención a más de un arqueólogo.

M ientras algunos estudiosos intentan definir 4 fases para el pe ríod o


Form ativo ( a) Faldas El M orro, b) El Laucho, c) Azapa y d) Alto
Ramírez) otros reúnen estas fases en una sola, la ya m en cio n ada Alto
Ramírez. En lo que sí todos están de acuerdo es en reconocer que las
diferentes fases hipotéticas del Form ativo se caracterizan po r tener
conexiones con las que corresponden a las del A ltiplano.

Hay acuerdo en situar la presencia de T iw anaku entre el 500 y el


1000 d.C ., tanto para Arica co m o para San Pedro de Atacama. Esta
influencia se d io de m anera diferente en el extremo norte ch ile no (I
R egión) y en la región del río Loa-San Pedro de Atacama. En prim er
lugar la fase Alto Ram írez, que u n ifo rm ó prácticam ente a todos los
grupos costeros y de los valles, desde Arica hasta C obija, al norte del
puerto de Antofagasta, preparó la presencia de po blaciones altiplánicas
pertenecientes al estado T iw anaku. Estos grupos T iw anaku, verdaderas
colonias, se ubicaron en los valles de Azapa y de Lluta, prod ucién d o se
una interacción cultural y biológica. Principalm ente sucede esto con la
llam ada fase C abuza, y luego con las de Loreto Viejo y Maitas-Chiribaya,
reconocidas p o r su fina cerám ica po lícro m a, sus tejidos, sus gorros de
cuatro p untas, sus enterram ientos especiales, sus tum bas en pozos
cilindricos, sus habitaciones rectangulares con cim ientos de piedra, sus
vestim entas que expresan una refinada te cnología textil, sus artefactos

91
de m adera y de m etal, etc.. La ex plo tación de los recursos del m ar y de
los valles cercanos, fue u n o de los alicientes que trajeron a estos
a ltip lán ic o s a los valles occidentales del norte chile no . Los intercam ­
bios de productos fueron im portantes; m ientras se llevaba a las
regiones altas, entre otros productos, pescado seco, m aíz, frutos,
calabazas, ají, se traían a las zonas bajas papa, q u in o a , c h u ñ o , charqui
y todos los artefactos e instrum entos propio s de la cultura altiplán ica.
Pero obv iam ente no sólo se traían productos m anufacturados, ni los
intercam bios tenían que ver únicam ente con la vida eco nóm ica; tam ­
b ién se intercam biaban ideas, creencias, cerem onias, ritos. Así a través
de las excavaciones de cem enterios, que estaban apartados de los
lugares de h a b ita c ió n , se caracterizan tanto las tum bas y las ofrendas
(cerám ica p intada p o lícro m a de formas variadas, la que era q u eb rad a);
arcos y flechas ta m b ién rotos; restos de anim ales com o a u q u é n id o s ,
cuyes y perros; co m o se reconocen sus sistemas de creencias y sus
rituales m ortuorios. Es adem ás co n o c id o el hecho qu e, desde el pe río d o
Form ativo, las prácticas de inhalacion es de productos a lu cin ó g e n o s
form aba parte de las actividades de sacerdotes o cham anes, q u e estaban
influ e n c iad o s p o r las creencias altiplánicas.

Es sin em bargo en San Pedro de Atacama en d o n de se enfatiza la


influ e n cia de T iw anaku , sobre todo en el aspecto religioso. Esto no
significa que no tengam os presencia de alg ún g ru p o de altip lán ico s, o
no se hayan p ro d u c id o intercam bios de productos y de m aterias prim as
entre los ayllus de la cultura San Pedro y los diferentes asentam ientos
a ltip lán ic o s del sur de Bolivia e incluso del gran centro u rb ano de
T iw anak u , situ ado a 900 kms. al norte de San Pedro de Atacama.
C onocem os así que en distintos yacim ientos de los oasis de esta región
p re p u n e ñ a , tales co m o Larrache y Q u ito r, hay presencia im portante de
artefactos T iw anak u de alta calid ad tecno lóg ica y artística, que hace
pensar q u e ellos pertenecían a un g ru po selecto y directivo de señores
del a ltip la n o , de la m ism a m anera co m o en Arica está e je m p lificad o por
Loreto Viejo. De todos m odo s, en esta cultura , bien d e fin id a y
estudiada po r los arq ue ólo g os desde la década de 1960, hay caracterís­
ticas culturales y sociales q u e perm iten situar el valor de la presencia
T iw anak u en sus verdaderas proporciones. No ocurre en San Pedro de
A tacam a lo que en los valles de Azapa y Lluta, en d o n d e T iw anak u da

92
•1 nom bre a una cultura. En verdad la presencia de T iw anaku en la II
(egión se sitúa dentro de la fase III, siendo u n o de los ingredientes
ulturales im portantes, pero no único. Mientras en Arica no hay culturas
hasta ahora estudiadas que hayan pasado por las fases T em prana,
Media y Tardía del desarrollo agro-alfarero, en los oasis situados
alrededor del Salar de Atacama tenem os una cultura com pleja que
com p rende un largo desarrollo, que se iniciaría antes de la Era
Cristiana, con rasgos tem pranos y que term ina con la presencia
española en los siglos coloniales.

Insistiendo en Arica, y antes de pasar a San Pedro de Atacam a,


señalem os que es prim ero Ju n iu s Bird y luego Percy D auelsberg
quienes le darían co nte nid o a la cultura Arica. G eneralm ente los
arqueólo g os han usado el concepto de Desarrollos Regionales para
no m inar el proceso socio-cultural situado entre los siglos X y XIV de
nuestra era.

Lo que p re d o m ina desde la perspectiva arqueológica es una u n id a d


contextual cultural ejem plificada por las fases San M iguel y G entilar
(Arica I y Arica II). Esta cultura poseía un sistema so cio p o lítico
caracterizado por señores independientes que, en lo p rin cip a l, se
concentró en los valles bajos y en la sierra ariqueña com o tam b ién en
los valles de la costa sur peruana, alcan zand o su influencia hasta la
costa de la II región (Taltal).

La fase San M iguel se sitúa entre el 1000 y el 1250 d.C.; entre sus
indicadores claves se encuentran su cerám ica y sus tejidos; igualm ente
sus artefactos de m aderas (keros, cucharas, cajitas), desapareciendo las
tabletas de alu cinóg e no s. T am bién las calabazas y la cestería a d q u irie ­
ron un alto nivel de desarrollo.

La forma alfarera más destacable es una vasija grande de forma


g lo bu lar, base cónica, pintada de blanco y decorada con figuras
geom étricas de color negro (zig-zag y espirales). T am bién hay piezas
de diferentes formas con decoración rojo, negro y fo n d o blanco .

Ju n to a la econom ía agrícola (p o r ejem plo m aíz y ají, en el Valle de


A zapa), la p ro d u c c ió n m arítim a fue tam bién im portante. Los restos
arq ue ológ icos m uestran la existencia de balsas de m adera de 3 cuerpos,
anzuelos de cobre, etc.
93
El tam año de las aldeas, en algunos casos, fue grande; así en el
sector de B elén, en H u a ih u aran i, hay m ás de 1000 recintos, con sus
callejuelas, sus casas, sus graneros, corrales y m urallas defensivas, en
algunos casos.

G entilar, entre los 1200 y los 1350 d.C. presenta una alfarería
po lícro m a y de decoración com pleja. Entre sus m uchas form as se
distin gu e n las jarras globulares, de cuello c ó n ic o invertido; su fo n d o es
rojo y sus figuras geom étricas, hum anas y de anim ales encerrados en
especies de m edallones son de color blanco y negro.

Si en la alfarería hay diferencias entre San M iguel y G entilar, no


ocurre lo m ism o en otras expresiones culturales. Así los tejidos G entilar
no son distintos en lo fund am ental de los de San M iguel: son diferentes
los m otivos que decoran las bolsas, las m antas, las cam isas, las fajas, los
gorros sem iesféricos y de cuatro puntas, sin de co ración po lícro m a. Las
calabazas pirograbadas se adornan con u n estilo g eo m étrico y ondas
entrelazadas.

Los artefactos m arítim os son prácticam ente los m ism os, e igual cosa
sucede con los artefactos agrícolas.

Hay por ú ltim o una gran variedad de instrum entos m usicales


(cornetas, tam bores, sam po ñas y sikus).

Paralelam ente a la cerám ica G entilar se ha id e n tificad o u n tipo


c o n o c id o con el no m bre de Pocom a, caracterizado por grandes jarras
de diseños de colores rojo y negro pintadas sobre la superficie de la
cerám ica.

Y a en 1972, D auelsberg escribía: •San M iguel y G entilar m arcan el


desarrollo local o el afloram iento regional. Se rompen los lazos con el
altiplano; la zo n a de Arica, Tacna, etc. entran a fo rm a r una u n id a d
política desvinculada con la zo na anteriorm ente indicada. Esto se
m anifiesta en nuevos rasgos de la cerám ica, tejidos, fo rm a s enterrato-
rias... es posible tam bién u bicaren este m om ento la gran m ayoría de los
pucaras defensivos -.
Los elem entos a ltip lán ico s aparecerán después del 1350 d.C. co n los
estilos Saxamar, C h ilpe e Inca im perial.

94
La Cultura de San Pedro de Atacam a

El prim er pro b le m a que surge c u an d o el investigador se enfrenta a


la m u ltip lic id a d inm ensam ente rica de los restos culturales p ro v e n ie n ­
tes de los yacim ientos de San Pedro de Atacama y de sus alrededores,
es ordenarlos, clasificarlos de acuerdo a rasgos com unes estilísticos,
m orfológicos, funcio nales, de m ateria prim a, etc. y sobre to d o to m a n ­
do en cuenta la situ a ción relacional de unos restos con otros, tanto en
el sentido espacial com o cro n o lóg ico . Es decir, el contexto a rq u e o ló ­
gico es u n o de los criterios m ás relevantes para organizar fases o
subperíodos culturales, que m uestren por una parte los cam bios
prod ucid o s a través del tie m p o y por otra la pe rm anencia, la c o n tin u i­
dad de rasgos culturales que le p u e d e n dar u n id a d y h o m o g e n e id a d a
la cultura estudiada.

H em os a de lan tado que en San Pedro de Atacam a se p ro d u jo un largo


desarrollo cultural; los com ienzos y los finales de esta cultura p u e d e n
y deben sin em bargo seguir siendo analizado s según los criterios que
se m anejen para definir la cultura q u e se investiga ¿C uándo y d ó n d e
tenem os un c o n ju n to de restos arq ue ológ icos que p u e d e n ser id e n tifi­
cados co m o prop io s de los que d e fin im o s co m o Cultura San Pedro de
Atacama?. La revisión del p e ríod o T em prano agro-alfarero a través de
los yacim ientos de T ulor, Calar y de otros que se en cue ntran en los
actuales ayllus del p u e b lo de San Pedro de Atacam a, indica q u e hay
suficientes datos para insistir en una ex periencia en d óg e na q u e está
enriquecida por elem entos contextúales exógenos, provenientes tanto
del sur del a ltip la n o b o liv ia n o , com o del suroriente a n d in o arg e ntin o
(selvas occidentales). Las pipas, las urnas antropom orfas, los tiestos
alfareros pertenecientes al tipo corrugado, etc. son ejem plos de estas
influencias externas.

En el p u e b lo de T oconao, situado a unos 40 kms. al suroriente de


San Pedro de Atacam a, se ha ide ntificado un y acim ie nto c o n o c id o por
el no m bre de T oconao O riente. Se trata de u n cem enterio que fue
excavado en la década de 1960 y que se sitúa cultural y c ro n o ló g ic a ­
m ente dentro del C o m p le jo C ultural San Pedro de Atacam a. Sus restos
se sitúan p rin c ip a lm e n te en las fases T em prana y M edia agroalfareras

95
en d o n d e p re d o m in a , adem ás de los artefactos -extranjeros-, un c o n ju n ­
to de tiestos alfareros co no cido s técnicam ente con el no m bre de
•alfarería del tip o San Pedro Rojo Pulido-, asociados a alg u no s tipos del
■San Pedro Negro Pulido-. Las fechas de term o lu m in isce ncia y de C14
oscilan desde el 580 a.C. hasta el 200-300 d.C.. Estas serían por lo dem ás
las fechas lím ites para la fase T em prana. Para nosotros los com ienzos
de la cultura San Pedro de A tacam a, tal com o ya la d e fin im o s a
co m ie nzo s de la década de 1960, deben ser n o m in ad o s co m o Fase
T em prana o San Pedro I y II. Así San Pedro III correspondería al p e ríod o
M edio, que se caracterizaría por la presencia de la c iv iliza c ió n T iw a­
naku la que introduce hacia el 500/600 d.C. y hasta el 900/ 1000 d.C .,
un im portante c o n ju n to de artefactos e ideas en la cultura San Pedro de
A tacam a. Luego San Pedro IV correspondería a la fase Tardía preinca,
entre el 1100 y el 1470 d.C .. El Im p e rio Inca c o n tro ló a San Pedro de
Atacam a en su fase V a través del centro adm inistrativo de Catarpe.

Lo q u e h o m o g e in iza a esta cultura son los tipos y sub tipo s alfareros


que se co no cen con el nom bre genérico de -San Pedro Negro Pulido*.
O b v ia m e n te que los especialistas han ide ntificado m ucho s tipos y
variedades de esta gran fam ilia ceram ológica, in c lu y e n d o tipos incisos
y grabados, s e m ip u lid o s, etc.

A sociados a estos tipos negro-pulidos se encuentran otros conjuntos


de m ateriales culturales: tejidos hechos de lana de a u q u é n id o s (bolsos,
fajas, gorros, m antas); artefactos de m adera (cajas, cucharas, vasos,
receptáculos del co m p lejo a lu c in ó g e n o ); artefactos de cobre (adornos);
artefactos de piedra (instrum ento s de caza, de agricultura y de recolec­
ció n ); artefactos de huesos (tem betás), etc.

La cultura San Pedro de Atacama se desarrolló en u n rico am biente


de oasis preco rd illerano s en d o n d e las u nidad es económ ico-sociales
(los ayllus) se expresaban en co njuntos de fam ilias que posiblem ente
co nstitu ían linajes, todos asociados por creencias com unes de carácter
totém ico. Los diferentes ayllus se caracterizan por cem enterios, cada
u n o con centenares de tum bas, que m uestran que en las fases citadas
alg u no s de ellos p re d o m in a n sobre otros. Así Q u ito r y Larrache, por
ejem p lo, son m uy im portantes c u a n d o las influ en cias T iw anaku se
hacen sentir en la región. En c a m b io C oyo, T ulor, S equitor, Solor

96
lebieron jugar un papel im portante no sólo en el pe rio do M edio sino
lam b ié n T em prano, junto a otros yacim ientos co m o T oconao O riente y
<-alar.

Ya en San Pedro IV se nota en toda la región un cierto p re d o m in io


de yacim ientos sem iurbanos, algunos defensivos co m o los pucaras
(Q u ito r) que nos p u e d e n hacer pensar que existían fricciones entre
diferentes p u e b lo s, algunos extranjeros provenientes tal vez del sur del
altip lan o bo livian o .
Es p ro b a b le que en San Pedro III (500- 1 000 d C.) se haya p ro d u c id o
cierta u n id a d socio-política alrededor del prestigio de alg uno s líderes
que co ntab an con el apoyo de T iw anaku, tal com o lo sugiere el rico y
variado contexto cultural descubierto en el ayllu de Larrache.

C u a n d o los españoles llegaron a Atacama la G rand e o Alta (San


Pedro de A tacam a) encontraron una c o m u n id a d agrícola pastoril que se
refugió en el pucara de Q u ito r y les ofreció una relativa resistencia A
través de las descripciones que hicieron los cronistas, especialm ente
Je ró n im o de Vivar, reconocem os sin em bargo algo de esta sociedad que
tuvo sin lugar a dudas un largo y rico desarrollo social y cultural
Creem os que prim ero los incas y luego los españoles deterioraron
bastante la vida in d e p e n d ie n te y creadora de esta sociedad atacam eña.
A u n q u e no a lc a n zó el nivel de c iv ilización (n o se han enco ntrado restos
de c iu dade s) estuvo m uy p ró x im o a él, e incluso sus expresiones
artesanales y artísticas, sus tecnologías y sus creencias la sitúan en un
am biente civ ilizado r. A u n q u e parezca algo raro, San Pedro de Atacama
es el e je m p lo de u n alto desarrollo cultural que no se expresó en el nivel
u rb ano , pero si en u n a vida aldeana caracterizada por un contexto
cultural variado, c o m p le jo y herm oso.

El Complejo C ultural Molle

R e to m and o el tema de las culturas agro-alfareras del norte se m iári­


d o , recordem os que el c o m p le jo cultural M olle se presenta desde el río
S alado hasta el río C h o ap a, es decir entre los 26° y 31° 41' (III y IV
R egiones). Toda esta a m p lia extensión de territorio posee rasgos

97
culturales com unes, situados en un tiem po que oscila entre el 130 a.C
en el yacim iento de El Torín, y el 665 d.C. en el nivel I de San Pedrc
de Pichasca. La m ayoría de las fechas van desde el 240 d.C. hasta el 48C
d.C ., s eñalando así una especie de m edia cro nológ ica en el desarrollo
de esta cultura o com plejo cultural. A pesar de la h o m o g e n e id a d de
algunos de sus rasgos se ha intentado diferenciar entre valle y valle el
desarrollo cultural de El M olle, según avanzan los estudios. Así, los
trabajos efectuados en El Torín, a 2.600 ms. sobre el nivel del mar, en
la cuenca and ina del río C o p ia p ó , hacen pensar en un asentam iento
aldeano, con presencia bien definida de artefactos agrícolas y con
contactos probados con la p u na de Atacama. Los datos arq ue ológ icos
m uestran una p o b la c ió n de braquicéfalos que tenían relaciones tanto
con las sociedades allende los Andes, com o con el co m p le jo cultural de
San Pedro de Atacama e incluso con algunos grupos de la costa. Adem ás
de practicar la horticultura de riego artificial, eran pastores y cazadores.
Sus contactos con el m u n d o final de los cazadores y recolectores del
Arcaico son tam bién un dato interesante.

Por otra parte, otros rasgos culturales que caracterizan a los


ocupantes m olles de los valles del Limarí y del C h o ap a, perm iten
sup o n er relaciones con las sociedades tem pranas de la zo na central
(trad ición El Bato).

En general esta cultura o co m p lejo cultural co n tro ló territorios


propios de los valles y de los interfluvios ; en cam bio la cordillera fue
m enos ex plotada. Sus rasgos culturales más com unes son el tem betá o
bezote de diferentes formas; la p ip a en form a de T invertida; el uso del
cobre (técnica de la m in ad o del cobre nativo); industria lítica (p u n tas de
proyectiles triangulares y pe d u n cu lad as, raspadores de u ña, etc.);
cerám icas pulidas de color negro, rojo y café, varios de cuyos tipos son
incisos o bicolores. Sin em bargo no hay que o lvidar que esta cerám ica
es m ayoritariam ente m ono cro m a. Ig ualm ente el arte rupestre está bien
representado en diferentes sitios de esta cultura.

Estos m olles eran aldeanos y sedentarios, a u n q u e su m o v ilid ad


tam bién está co m p ro bad a. Con todo, los hallazgos de aldeas no son
abundantes; por ejem plo, tenem os en C arrizalillo C hico u n c o n ju n to de
habitaciones sencillas, de alrededor de 320 habitantes y con ciertas

98
diferencias especiales en cuanto a la práctica de actividades (a g ric u l­
tores, artesanos).

C u ltiv aban m aíz, porotos, zapallos, q u in o a y tal vez a lg o d ón . Ju n to


a sus actividades pastoriles eran buenos cazadores En cam bio no
tenían especial interés por la ex plo tación de los recursos del m ar (no
se conocen anzuelo s en los yacim ientos m olles).

Hacia el 700 d.C. ya no aparecen rasgos culturales m olles. Los


yacim ientos del norte sem iárido se caracterizan por otros artefactos y
por otras actividades, tales com o el interés por el mar. Hacia el 800 d.C.
se co m ie nza a identificar una nueva cultura conocida con el no m bre de
Las A nim as, la que caracteriza el períod o M edio de esta región

Cultura las A nim as

Luego de la Cultura El M olle, se reconoce en el norte árid o un


co njunto de expresiones culturales que han sido reunidas con el
nom bre de cultura Las Anim as. Ya en la década de 1920 en la quebrada
de Las A nim as y en El O liv ar, todos en el valle del E lqui, se estudiaron
restos culturales pertenecientes a contextos funerarios que fueron
adjudicado s a los com ienzos de la cultura diaguita. Sin em bargo, a fines
de la década de 1960, h u b o acuerdo en considerar que estos restos
co rrespo nd ían a una p o b la c ió n que no era m olle ni diaguita. Así, varios
yacim ientos estudiados en diferentes lugares del Norte C hico, han
pe rm itido in d iv id u a liz a r una cultura que ocupa las tierras situadas entre
C o p ia p ó y el valle Limarí. Los sitios m ejor estudiados se encuentran en
los valles y en la costa, lo que perm ite afirm ar que las p o b lacio n e s de
esta cultura del p e río d o M edio se diferencian bastante de las del M olle,
en cu a n to a o c u p a c ió n y ex plo tación del litoral. En los sectores de
interfluvios la presencia de la cultura Las A nim as es m uy poca.

La erg o lo g ía, levantada prin cip a lm e n te en las tum bas estudiadas,


caracteriza a esta cultura por su cerám ica p o licro m a, de formas tronco-
cónicas de base p lana, cuencos y platos de paredes altas, ollas de
cuerpo esferoidal de cuello recto y con asa. El m otivo ornam ental más
usado de esta cerám ica rica en c o m b in a c ió n de colores, es u na franja

99
triangular de color negro, con dos pares de líneas oscuras, que tiene en
su centro una figura ancha en forma de rayo y de color rojo o crema.
En general los dib ujo s geom étricos son en negro, sobre fo n d o de color
rojo, salm ón y crema. Toda esta cerám ica ha sido diferenciada en 4 tipos
(A nim as I-II-III y IV), estando los tipos III y IV relacionados con la
diaguita posterior.

En las tum bas se han enco ntrado varios artefactos hechos de cobre
y tam bién de plata; igualm ente m uchas piezas han sido hechas en
huesos de cam élidos y de aves m arinas, entre las que se distingue n
artefactos que pertenecen al co m p lejo a lu c in ó g e n o . Entre estas piezas
que se usan para aspirar narcóticos las hay tam b ié n de concha y
m adera. Las pip as en forma de T invertida que usaban los m olles, ya no
se encuentran en los contextos de tum bas y fueron reem plazadas por
piezas q u e p o d ría n venir del norte árid o de C hile a través de Taltal y
del valle de C o p ia p ó .

El interés por los trabajos m arinos, por la e x p lo tac ión de productos


del mar se expresa en diferentes instrum entos especializados de cobre
y de hueso (anzu elo s en form a de J o de U, tubos de hueso de alcatraz,
que fueron utilizad os para inflar las bolsas de cuero de lo b o ). Así estos
pobladores, ubicados entre el 800 y el 1200 d C. fueron agricultores,
pastores, pescadores y m ariscadores. Es interesante insistir en q u e la
relación de estos po blado res con sus anim ales, sus g anad os do m estica­
dos, se expresa por la cantidad de huesos de llam as y alpacas, e incluso
cuerpos co m p leto s de ellos, que se encuentran en las tum bas, o currie n­
do en algunos casos que por cada m uerto h u m a n o hay dos, tres y hasta
cinco cuerpos de anim ales. En el cem enterio estudiado en la c iu d a d de
C o q u im b o , exactam ente en su plaza principal, se en co ntraro n pruebas
de un cerem onial bien preparado , rico en ofrendas (tiestos alfareros,
anzuelos, colgantes, cam panillas, puntas m uy bien trabajadas, collares,
tabletas de m adera y concha, espinas de cactus, etc. que m uestran que
los habitantes de este período no eran sólo agricultores, sin o que
ex plo tab an ta m b ié n activam ente el mar en sus balsas de cuero de lo b o
y tenían abund antes rebaños de cam élidos.

Es probable q u e sus prácticas m arítim as e x p liq u e n que sus instru­


m entos (barbas de a n zu e lo co m puesto, penetradores de a rp ó n , cuchi-

100
líos de piedra) conserven rasgos tecnológicos propios de las antiguas
tradiciones de pescadores, anteriores al periodo Form ativo M olle.
Curiosam ente, estos po bladores ánim as aparecen desconectados de los
m olles, pero conservando otras tradiciones antiguas, especialm ente
provenientes de los pescadores y recolectores. A su vez las prácticas
ganaderas hicieron p osible los contactos con el norte árido (San Pedro
de Atacam a) y con po blacion es del pe rio do M edio argentino. Ig u a lm e n ­
te será probada la relación que existe entre la cultura Las A nim as con
los co m ie nzo s de la cultura Tardía D iaguita. En este caso hay una
situación de c o n tin u id a d ejem plificada por la estratigrafía de los
cónchales y por los contextos culturales de las tum bas estudiadas.

Por ú ltim o recordem os que en un yacim iento de esta cultura


estudiado en la Plaza de Armas de la ciu dad de La Serena (sitio
C o m p añía de T eléfonos) se h izo un fechado de carbono catorce de 900
d.C. para restos de carbón asociado a tipos alfareros A nim as I y II

La Cultura D iaguita

Es sin lugar a dudas una de las más conocidas culturas del norte
chile no sem iárido y se sitúa aproxim adam ente desde el 1100 d.C. hasta
la llegada de los incas, hacia el 1470 d.C. A lgunas piezas, sin no m inarlas
com o diaguitas, fueron dadas a conocer a fines del siglo pasado. Sin
em bargo, fue en las décadas de 1920 y 1930 cu ando se relacionó
especialm ente la cerám ica prehispánica encontrada en diferentes lu g a ­
res de la región con la de los indios diaguitas de Argentina.

En la década de 1950 se d iv id ió esta cultura en 4 fases, a po y ándo se


en los contextos culturales que se estudiaron y, especialm ente, en los
diseños que presentaba la alfarería rescatada de las tum bas.

Hem os c o n o c id o en páginas anteriores la cultura Las A nim as, que


corresponde a la prim era fase de la cultura D iaguita (Fase Arcaica). Así,
sólo las fases T ransición, Clásica y Diaguita-Inca pertenecerían a esta
cultura que se sitúa en el pe rio do Tardío Agro-Alfarero.

De acuerdo a nuevas excavaciones efectuadas en las décadas de

101
1970 y 1980, hay acuerdo en div id ir esta cultura en tres fases. La Fase
I de la cultura D iaguita se relaciona con la Fase IV de la cultura Las
A nim as y con la fase T ransición. Las sepulturas de este prim er período
en su gran m ayoría ind ivid uales, no son profundas y los cuerpos
h u m a n o s están flectados en dirección oeste-este y en p o s ició n decúbito
lateral. Ju n to a los m uertos hay tiestos alfareros, en la m ayoría de los
casos cerca del cráneo; hay tam b ién artefactos tales co m o agujas,
p u n zo n e s, arpones de hueso, puntas de flechas y a veces urnas de
cerám ica. En estas tum bas, al igual que en las pertenecientes a la cultura
Las A nim as, se encuentran restos de llam as o alpacas, colocados
alrededor del cuerpo h u m a n o o sobre él. En los yacim ientos más
cercanos al litoral hay gran ab u n d an cia de restos de fauna m arina y de
arpones. Ju n to a esta m anifestación de econom ía m arítim a se expresa
tam b ié n la presencia de una actividad pastoril y ganadera.

La Fase II se conoce por una gran cantidad de sepulturas situadas en


la costa. T ienen ta m b ién poca p ro fu n d id a d ; son en su m ayoría tumbas
colectivas y han sido hechas con piedra laja de granito o de roca
sedim entaria; en gran parte los cuerpos tienen o rie ntación oeste-este.
Son abund antes los platos de paredes verticales, cuya superficie
externa tiene a veces representaciones antropom orfas. Son piezas
polícrom as , es decir, negro-rojo sobre blanco-rojo. Hay tam bién
espátulas de hueso bien trabajadas, con representaciones antro po o
zoom orfas; cuch illos, cinceles, aros de cobre y plata, anzuelo s, agujas,
arpones, puntas de flecha, morteros de piedra y de hueso. Igualm ente
aparecen tipos alfareros co no cido s con los nom bres de «jarros zapato»
y «jarros pato». Hay ta m b ién urnas decoradas con m otivos an tro p o m o r­
fos. C uriosam ente en esta fase la técnic 3 de la alfarería es muy
particular; por una parte el engobe y la decoración están m uy bien
hechos, mas por el contrario, la pasta y el desgrasante son deficientes
y la co c c ió n es incom pleta.

La Fase III está representada por la presencia inca; es por lo tanto


una fase que se caracteriza por u n contexto ya in flu e n ciad o claram ente
por los rasgos y las técnicas incas. Las sepulturas son m uy sem ejantes
a las anteriores, pero sus contextos son m uy ricos en tiestos alfareros

102
en donde aparecen los tipos cu zq u e ño s (aríbalos) asociados con
escudillas y «pucos» típicam ente diaguitas, más los jarros pato. Hay
también «tupus» (prendedores) y «tumis» (cuchillos en form a de s e m ilu ­
na).
Para esta fase se conoce u n im portante centro m etalúrgico situado
en Viña del Cerro, al interior del valle de C o p ia p ó .

C uando los españoles llegaron a las tierras de los diaguitas, se


dieron cuenta que sus valles estaban poco po b lad o s, c u lp a n d o de esta
situación a los incas.

Sin lugar a dudas que la cultura diaguita no sólo cu b rió físicam ente
desde el valle de C o p ia p ó hasta el de A concagua, sino que m ezclada
con rasgos y artefactos incásicos influ y ó en las culturas de C hile
Central. Es prob able que los incas hayan trasladado (sistema de «mita»)
a cam pesinos diaguitas hacia el sur, ex plicánd o se así la presencia de un
contexto diag uita transculturizado.

Los diaguitas del norte sem iárid o (especialm ente IV R eg ión) no


vivieron en grandes pu eb lo s ag lu tinad o s, sino que su sistema se
caracterizó por pe que ñas aldeas, cuyas habitaciones estaban hechas de
barro, paja y m adera. Los cam pesinos diaguitas cosechaban m aíz,
quinoa, papas, porotos y zapallo. T am bién cu ltivaban el a lg o d ó n , que
les servía de m ateria prim a para hacer sus vestidos y otros tipos de
textiles. Ju n to a la agricultura la dieta alim enticia se apo y aba en la
actividad pastoril, es decir, en el m anejo de grandes ganados de
auquénidos; la carne, la lana, los tendones, los huesos, to d o era
aprovechado. Ju n to a lo anterior las actividades m arítim as eran m uy
im portantes para ellos; el uso de las balsas de cuero de lo b o les
perm itió pescar en alta mar (atún , balle na). Esta pu jante sociedad
prehispánica fue som etida hacia el 1470-1490 al im perio inca; pocos
años después otros extranjeros term inarían de aplastarla. La crisis
dem ográfica y cultural de la cultura diag uita co m ie nza con los incas y
se ah o n d a con los españoles.

103
Las C ulturas Agroalfareras de Chile Centro-Sur

H em os visto ya que para C hile centro-sur se ha in ic ia d o el estudio


del p e rio d o P aleo ind io y del A rcaico (Tagua-Tagua y C u c h ip u y ). Luego,
desde la década de 1970 en adelante, se han ide n tificad o dos grandes
com p lejos culturales, u no Form ativo, co n o c id o con el no m bre de
Llolleo y el otro perteneciente al pe ríod o M edio, la C ultura A concagua.

El Bato y Llolleo se sitúan aprox im adam e nte entre el 300 a.C. y el


800 d.C.. Estas serían las fechas para el pe rio do T em prano, que posee
características propias, a u n q u e en algunos casos recuerdan las técnicas
y el estilo M olle. Ya hem os estudiado las diferencias entre estas culturas
de C hile central y las de más al norte. Entre las piezas alfareras de El
Bato se distin gue n formas de anim ales y de vegetales, es decir, figuras
estilizadas de a u q u é n id o s y de calabazas. Ig ualm ente hay piezas de
cuerpo g lo bu lar, con asa puente, bien pulid as y con de co ración
antro po m o rfa (rostros h u m an o s). Estos cam pesinos eran ta m b ié n m a­
riscadores, recolectaban m achas, locos, lapas, alm ejas, choritos. Entre
los artefactos recogidos hay ta m b ién pipas y te m te tás . Lo que n o se ha
re conocido hasta el presente son restos habitacion ale s ag lu tinad o s; por
lo tanto estaríam os frente a grupos fam iliares que v ivían en c a m p a m e n ­
tos situados entre el valle del C hoapa y el valle del C ach apo al. N o sólo
o cuparo n las p lanicies litorales, sino tam b ién los valles interiores.
Justam ente al interior del valle del río M aipo , en un sector precordille-
rano, se estudió un sitio (Chocayes) que d ió a conocer las sepulturas
de cerca de veinte in d iv id u o s , que tenían co m o contexto piezas
alfareras cercanas al tipo m olle, adem ás de tem betás y orejeras.

Entre los valles del Illapel y del C achapoal se ha ide n tificad o otra
cultura tem prana co no cida con el nom bre de Llolleo, que participa de
la m ayoría de los elem entos y estilo de vida de la cultura El Bato.
A u nq u e las fechas radiocarbónicas van del 140 al 280 d.C ., en los
yacim ientos situados en la desem bocadura del río M aipo y en el curso
superior del río C ach apoal se postula que esta cultura se m antie ne hasta
el m o m e n to de la a p a ric ió n de los rasgos culturales A concagua, hacia
el 800-900 d.C .. Si se confirm a la presencia de la cultura Llolleo, com o
ocurre ta m b ié n con la Cultura El Bato, estas fechas deberían subdividír-

104
se en fases, una de las cuales caracterizaría el pe rio do M edio agroalfa-
rero, tan mal estudiado en el centro de C hile. Esta hipo tética fase podría
caracterizarse por algunos tipos alfareros que recuerdan la cerám ica de
Las A nim as y por cerám ica negra p u lid a incisa.
La econom ía de los m iem bros de esta cultura d e p e n d ía de los
productos vegetales, co m p lem e ntán do se con las actividades de reco­
lección, pesca y caza. O c u p a b a n las terrazas fluviales, los sectores
lacustres y litorales. En este últim o caso debem os insistir que la
econom ía preferente era la agrícola, aprovechándose sólo algunos
recursos m arinos. A unque los yacim ientos cordilleranos son escasos, se
han encontrado algunas evidencias en M endoza y en N e uq uén (A rgen­
tina). Los sectores mejor estudiados son p rincipalm en te los valles del
Aconcagua y M aipo y el valle del C achapoal Así se ha co m p ro b ad o que
la p o b la c ió n Llolleo corresponde a un grupo braqu icéfalo , de estatura
m edia (entre 1.50 y 1.60 ms), con asentam ientos dispersos y cuyas
habitaciones eran hechas de barro y paja («quincha-); bajo éstas eran
enterrados los m uertos, usándose urnas para el entierro de niños.

La cerám ica le otorga gran h o m og e neid ad; se han descubierto en


diferentes yacim ientos tiestos alfareros con representaciones antropo-
y zoom orfas. T am bién la presencia de tiestos bicéfalos y el jarro-pato
son im portantes. Este últim o tip o es co no cido tam b ié n en las po sterio ­
res m anifestaciones de la cultura m apuche (sur de C hile).

En alg uno s yacim ientos de la región de Santiago (Parque La Quin-


trala) los arq ue ólo g os han encontrado evidencias m ezcladas que co­
rresponden a varias culturas El Bato, Llolleo y Pitrén (esta últim a del
sur de C hile). Las fechas de term olum iniscencia van del 20 a.C. al 280
d.C.. Esta m ism a situ ación se presenta en el valle del M aipo (C h iñ ig u e ),
en d o n de están m ezclados rasgos culturales El Bato (tem b etá) y Llolleo
(alfarería). Igualm ente ocurre esta integración de elem entos culturales
de distintas tradiciones en el valle del C achapoal.

Luego del 800 d.C. se co m ie nzan a reconocer entre los valles del río
A concagua y del C achapoal artefactos y estilos que pertenecen al
pe rio d o agroalfarero tardío y que to m an el nom bre de C ultura A co n ­
cagua.

105
De acuerdo a los arq ue ólo g os que han estu d iad o esta cultura de
fines del p e rio do M edio y que abarca to d o el p e río d o Tardío agroalfa-
rero, incluy e ndo un contacto con el m u n d o incásico, ella prod uciría
una cierta h o m o g e n iz a c ió n entre los valles del A concagua y el Cacha-
poal.
Se trata de co m u nid ade s de agricultores que cu ltiv aban porotos,
m aíz, zap allo y otros productos p ro p io s de sus chacras. C om o sus
viviendas estaban dispersas por valles, tanto cerca del litoral co m o del
interior y precordillera, su eco nom ía se adap taba a los diferentes
sectores ecológicos. Así recolectaban m ariscos y algas, ju n to a otras
actividades p rincipale s de la agricultura, para las que se usaban
técnicas de regadío que se apo y aban en la d is trib u c ió n del agua por
sistemas de canales y técnicas de sem brado consistente en abrir hoyos
en el terreno para lu e go depositar en ellos las sem illas. En los sectores
precordilleranos no sólo eran pastores, sino tam b ié n cazadores.

De este p e rio d o son co nocidos los túm u lo s funerarios (*ancuviñas»),


que caracterizan u na costum bre y un ritual re lacio nad o con sus
m uertos, especialm ente en los valles del interior Al excavarse estas
tum bas se ha en co ntrado un núm e ro im portan te de tiestos alfareros
(puco s, ollas, cuencos, botellas), decorados en su m ayoría con figuras
geom étricas (m o tiv o del trinacrio) de color negro sobre un fo n d o de
color anaranjado o salm ón. T am bién se encuentran tiestos rojo engo-
bado y en alg uno s cem enterios hay prepo nd erancia de ceram ios
■diaguita-incaicos». En general la cerám ica ‘A concagua salmón- es
prod ucto del trabajo de alfareros m uy especializados; está fechada
hacia el 990 d.C ., pero dura hasta la fase incaica. En la re g ión de
S antiago es este tip o , con sus variantes tipo lóg icas, el m ás p o p u la r,
seg uid o del tip o -rojo engobado- y el -pardo aislado-.

Las diferentes fechas de carb ón catorce, aú n insuficientes, sitúan


este c o m p le jo cultural entre el 990 y el 1210 d.C.. Pero sabem os, por
alg uno s contextos culturales de tum bas, que los tipos A concagua
salm ón y rojo e n g o b ad o están asociados a piezas incaicas.

Ig ualm ente las p o b lac io n e s A concagua están sobre las p o b la c io n e s


Llolleo y fueron co nte m poráne as con los diaguitas, te n ie n d o con éstos

106
contactos im portantes, expresados por el trabajo en hueso, por la
presencia de instrum entos m usicales, por la im portancia de las activi­
dades pastoriles y por una o rg anización política y social m anifestada en
el sistema de m itades (valles del A concagua y del M apo cho ), por lo
m enos en los tiem pos de la conquista española (cronista Je ró n im o de
Vivar).

Es m uy posible que los distintos tipos alfareros identificados por los


especialistas, situados en contextos que m uestran p ropo rcion alid ade s
diferentes, perm itan señalar en el futuro próxim o diferentes fases
dentro del co m p lejo cultural Aconcagua.

Las Culturas clel Territorio M apuche

C om o es c o n o c id o , los cronistas del siglo XVI, especialm ente Vivar,


hacían term inar la región de Santiago en el valle de Itata; desde a q u í
hacia el sur observaban -otro temple*, otras características am bientales
, en d o n d e hab ía invierno y verano bien diferenciados, llovía más y los
vientos eran m uy furiosos; no había regadío artificial y la actividad
agrícola se hacía con el agua que caía de las lluvias del invierno. Los
m ontes y los llanos eran m uy fértiles y había una gran p o b la c ió n ,
com puesta en el siglo XVI por cientos de miles de personas que
o cu p a b a n la costa, los valles del llano central, la precordillera y la
cordillera m ism a.
A partir del estudio de cem enterios se han identificado dos im p o r­
tantes co m p lejos culturales: Pitrén y El Vergel.

Pitrén, co no cido por los contextos culturales de tum bas, es la más


antigua o c u p a c ió n agroalfarera del sur de Chile (desde el río Bío-Bío
hasta el lago L lanq u ih u e). Una fecha radiocarbónica para un yacim iento
del valle del C autín d ió 660 d.C. Principalm ente se han conservado
tiestos alfareros: jarros asimétricos globulares con asa puente y de
formas zoom orfas (ranas, patos), antropom orfas y fitom orfas (alg u n o s
de estos tiestos tienen m odelados ojos tipo -granos de café-), y jarros
sim étricos globulares con asas Todos ellos están pintados de rojo con
de co ración de puntos y líneas de color negro.

107
E conóm icam ente h ab land o , las po blaciones pitrenes serían recolec­
tores y tam bién cazadores. No parece sin em bargo im posible que hayan
te nid o tam bién peq ue ño s huertos de papas y m aíz. Así por lo m enos lo
probarían las excavaciones hechas en los sectores argentinos (en
N e uq ué n ). Allí se encontraron, adem ás de los tiestos alfareros ya
descritos, pipas en forma de T invertida, hechas de piedra y cerám ica,
tembetás de piedra, fragmentos de m anos y m olino s, y m uchas piezas
líticas tales com o puntas de flecha triangulares y gran cantidad de frutos
de la araucaria (-pewen-), restos de huesos de avestruz y cuentas de
collar de conchas m arinas del océano Pacifico. Estos restos culturales
pertenecientes a paraderos, es decir sitios habitacionales transitorios,
están fechados hacia el 1050 d.C.
Las fechas antes m encionadas sitúan a este com plejo cultural más en
el período M edio agroalfarero que en el T em prano. Sin em bargo, son
evidentes las relaciones con las culturas tem pranas de C hile Central (El
Bato y Llolleo) y con culturas del noroeste argentino.
El Vergel. Después del año 1000 d.C. se superpone sobre la cultura
Pitrén la cultura identificada por primera vez en la IX R egión, cerca de
la ciudad de Angol. Los yacim ientos se encuentran entre el río Bío-Bío
y el Toltén, p rincipalm ente en el valle central. Esta cultura trae nuevos
elem entos, pero tam bién conserva rasgos de la antigua o cu p a c ió n . Una
nueva tradición de sepultación diferencia claram ente a las dos culturas:
la m ayoría de las tum bas se caracteriza por contener grandes tinajas
pintadas y decoradas con m otivos antropom orfos y geom étricos, de
color negro o rojo sobre fo n do blanco; las formas de otros tiestos
alfareros decorados corresponden a los de la cultura Pitrén. Pero las
tum bas de esta nueva cultura, que por fechados radiocarbónicos se
sitúa entre el 1100 y el 1300 d.C ., tam bién contienen urnas hechas de
troncos ahuecados, o bien se caracterizan por cistas de piedra o
sim plem ente por inh u m acion es sencillas.

A veces se encuentran asociados en las tum bas dos tipos de


enterram iento: los en troncos ahuecados con la se p u ltació n en urnas
co n te n ie n d o restos de niños.

Entre el contexto funerario p ro p io de la nueva cultura se encuentran


aros de cobre, piedras horadadas, pipas, esculturas líticas an tro p o m o r­

108
fas bicéfalas. Entre la cerám ica decorada aparece una conocida con el
nom bre de V aldivia, que puede ser prehispánica e incluso preincaica,
pero que in d u d a b le m e n te co n tin úa en el pe ríod o hispánico . A lgunos de
los m otivos, tales com o triángulos y estrellas, tam b ién se encuentran en
la alfarería preincaica e incaica de C hile central (c o m p le jo A concagua).

Los vergelenses eran agricultores; cultivaban la papa, el m aíz,


porotos y q u ino a; pero tam bién eran recolectores y cazadores. Ig u a l­
m ente dom esticaron una subespecie de a u q u é n id o c o n o c id o posterior­
m ente con el nom bre de chiliw eke. Su patrón de asentam iento era
disperso, no encontrándose nada parecido a aldeas. C om o no se
encuentran sitios vergelenses en los sectores cordilleranos ni en la
región de los lagos, en d o n d e sí se asentó la cultura Pitrén, es m uy
probable que su econom ía haya sido más agrícola que aq u élla, relacio­
n án do se este cam bio eco n óm ico con los cam bios culturales e je m p lifi­
cados por las urnas funerarias y la probable actividad m etalúrgica.

C u a n d o los españoles llegaron en la segunda m itad del siglo XVI a


las tierras de los m apuches o araucanos, se encontraron con ab u nd ante
p o b la c ió n de varios cientos de m iles de personas que cultivaban,
recolectaban, pescaban, cazaban y dom esticaban anim ales, según
fueran los am bientes naturales que ex plotaban. Todos hab lab an la
m ism a lengua, desde el C hoapa hasta la actual X R egión (Puerto M ontt).
Según los cronistas la sociedad estaba organizada en fam ilias extensas,
patrilineales, de m atrim onios exógenos, todas vinculadas a linajes más
am plio s que tenían sus orígenes en antepasados m íticos. En caso de
conflictos se producía una m om entánea u n ió n bélica alrededor del
•toki»; otras figuras líderes im portantes eran los «ulmenes» y los “c h a m a­
nes- o «machis».
A través de los siglos coloniales la etnia m apuche sufrió transform a­
ciones im portantes en lo relacionado con el m estizaje, no sólo p r o d u ­
cido con los españoles sino tam bién con grupos indígenas cordilleranos
y pam peanos. Así los puelches, los pehuenches, los pam pas adoptaron
la lengua aborigen m apuche , prod uc ién d o se desde el siglo X VII en
adelante una p ro fu n d a araucanización de todas estas etnias. A u nqu e
existen relaciones probadas entre los antiguos habitantes prehispáni-
cos y los po sth ispánico s (tipos de enterram iento, de alfarería, adornos,

109
le ng u a), es un hecho pro b ad o por los estudios antro po lóg ico s que los
actuales araucanos o m apuches son prod ucto de casi 500 años de
interrelaciones biológicas y culturales, no exentas de violencias e
injusticias.

El Extremo Sur
Mientras en el centro-sur y en el norte de C hile se puede escribir una
historia de la o c up a c ión hum an a caracterizada por diferentes fases del
desarrollo socio-cultural, no ocurre lo m ism o para el extremo sur.

Los arqueólogos (Bird, Laming-Emperaire, O rtiz, M assone) han


estudiado algunos yacim ientos pertenecientes a los períodos Paleo-
ind io y Arcaico; este últim o con razgos distintos a los co no cido s en el
norte.
Com o la satisfacción de las necesidades más vitales se lograba a
través de la caza y la pesca, no se co nfig u ró para estas regiones, de
clim a tan riguroso, un pe ríod o agro-alfarero.

Desde las primeras ocupacio ne s de la cueva de Fell, p asand o por


Palli-Aike, Cerro Sota, Tres Arroyos, M arazzi, etc. la presencia de los
cazadores y de los pescadores australes, con m od ificacio ne s en sus
contextos culturales, se puede conocer a lo largo de 10.000 años. Los
onas, los alacalufes y los yám anas, que co no ciero n los navegantes
europeos desde M agallanes en adelante, fueron los contin uad o res de
los antiguos canoeros y cazadores. En el presente, estas p o b lacio n e s
han desaparecido; el padre M artin G usind e fue u n o de los últim o s
etnólogos que los p u d o estudiar seriam ente.

Los Incas en Chile

Es m uy p robable que el inca T upak Y u p a n q u i haya in ic ia d o en la


década de 1470 la conquista de las tierras m eridionales del -Collasuyo*,
in c luy e n d o en ellas el valle de C hile (A concagua).

110
En el norte árido hay m uchos ejem plos de cam inos, edificios,
ofrendas m ortuorias, alfarería que m uestran sin d u d a la presencia
directa e indirecta de los incas. Así en Arica tenem os, en el valle de
A zapa, el centro adm inistrativo de Purisa; en el valle de Lluta, el de
M o lle p a m p a y en el lago C hungará, a 4.350 ms. sobre el nivel del mar,
el tam bo de C hungará. Este ú ltim o , descubierto po r nosotros en 1978,
se co m p o n e de tres unidades: una plataform a a la que se llega por una
escalera con 6 escalones de piedra, un gran patio rectangular y 9
recintos orientados de sur a norte, posiblem ente de fu n c ión habitacio-
nal. La ex cavación dio especialm ente cerám ica del tip o Saxamar (negro
sobre rojo con de co ración de cam élidos estilizados). Es casi seguro que
estas construcciones corresponden a una especie de plaza de control
estatal, que supervigilaba y perseguía una eficiencia en la alta p ro d u c ­
tiv idad del m anejo de una masa de cam élidos.

En general la presencia inca se expresa en cam inos, a veces m uy


estrechos, que corrían en el norte árido entre los 2.500 y 3 500 ms. de
altura; en los centros adm inistrativos; en los tam bos y tam billos; en los
centros m ineros; en los centros cerem oniales situados en las cum bres
de los cerros; en un control eco n óm ic o expresado en el pag o de
tributos; en la ed u c a ción de los hijos de los jefes de las c o m u n id ad e s
som etidas; en los traslados de po blaciones, p ro v o c an d o así intercam ­
bios culturales y bio lógico s.

En el norte la d o m in a c ió n inca se centró, en el aspecto e co n óm ico ,


en el cultivo de diferentes tipos de plantas y en la a p lic a c ió n de
tecnologías para la o b te n c ió n de recursos del mar (pescado seco, g uan o
de aves).

U no de los rasgos culturales más característicos de los incas son sus


tejidos y alfarería. E specialm ente piezas co m o el *aríbalo» (u n tiesto
alfarero te rm inad o en p u n ta ) y un plato con decoración zoom orfa
(generalm ente la cabeza de un ave). Los tejidos, hechos de alpaca,
llevan de co ración geom étrica, tam bién co m ún en la cerám ica, con
colores rojo y am arillo entre otros; son frecuentes las “Chuspas» o
■bolsas rituales».

Entre los santuarios de altura son co no cido s en el norte árid o los


encontrados en el v o lcán Licancabur (situad o frente a San Pedro de

111
Atacam a) y en el cerro Esmeralda, en la cordillera de la costa, al
noroeste de Iq u ique .
Igualm ente cerca de San Pedro de Atacama hay un centro ad m in is ­
trativo im portante en Catarpe. Más al norte, en el sector del río Salado,
en m edio del pucara de Turi (centro habitacional defensivo preincaico),
se construyó por los incas un gran edificio, -Kallanka-, de 26 ms. de
largo con techo de dos aguas. En la misma región cerca de C aspana,
explotaron una m ina de cobre en Cerro Verde.

En el norte sem iárido hay un gran yacim iento m inero situado al


interior del valle de C o p ia p ó , con im portantes construcciones; se trata
de Viña del Cerro.

Más al sur, en el centro de Chile, hacia 1490 d.C. los agricultores de


los valles de A concagua, M apocho, M aipo y Cachapoal-Rapel fueron
dom inados por los ejércitos del im perio inca. G obernaba el Tawantin-
suyu, a com ienzos del siglo XVI, el inca H uayna Capac, q u ie n inco rporó
m ediante la fuerza los territorios australes conocidos con el nom bre de
Chile. El pucara de C hena, situado en la ahora R egión M etropolitana
(Santiago), es un buen ejem plo de arquitectura inca regional y, por
supuesto, testim onio de la necesidad de defenderse de ataques. Esta
im portante estructura tiene doble m uro y está situado en un lugar de
altura, cerro de C hena, que d o m ina todos los territorios aledaños. M uy
recientem ente se ha descubierto un nuevo yacim iento m o n u m e n tal en
el cerro de la C o m p añía, en el valle del C achapoal, que se caracteriza
por una o c u p a c ió n preincaica (1380-1440 d.C) y una propiam ente
incásica (1430-1530 d.C).

No sólo la agricultura fue organizada con nuevas técnicas de


explotación de la tierra, sino que la actividad m inera fue m uy im p o r­
tante; especialm ente los lavaderos de oro del estero de Marga-Marga,
cerca de Viña del Mar, fueron trabajados por los incas y obviam ente
continuaron siendo explotados por los españoles que capitaneaba
Valdivia. Los diferentes cronistas recuerdan que C hile era c o n o cid o por
sus yacim ientos m ineros auríferos. La exageración de esta potencial
riqueza llevó al A delantado Alm agro a hacer una gran ex p e d ición , que
term inó en un fracaso cuando se com probaron las lim itaciones de la

112
e x p lo ta c ió n aurífera. Ya las co m u nid ade s de las culturas del p e rio d o
Tardío agroalfarero explotaban estas m inas; el tributo p ag ado con
regularidad a los incas, no más de 150.000 castellanos al año , en
m oned a españo la de 1576, explica el origen de esta leyenda

C om o los incas acostum braban a trasladar grupos de po blado res de


un valle a otro, se reconocen en diferentes lugares de C hile central
(Lam pa, La Reina, Q u ilic u ra , C hena, Talagante, M elipilla) diversas
m ezclas de estilo en los tiestos alfareros incaicos. Por ejem plo diseños
diaguitas, A concagua, etc. se encuentran en cerám icas de estilo incaico
(aríbalos, platos). Igualm ente los cem enterios que contie ne n ofrendas
del p e río d o inca ya no m uestran túm u lo s, sino que sencillas fosas en
las que los cadáveres eran depositados en forma ex tendida y en
d irección a la cordillera de los Andes.

Un cem enterio diferente es el de La Reina, en Santiago, que se


caracteriza por sus bien elaboradas tum bas; había un túnel que llevaba
a las cám aras m ortuorias.

Son co no cidas tam bién, com o en otras regiones, los santuarios de


altura, especialm ente frente a Santiago, en el Cerro del Plom o. A más
de 5.000 mts. de altura se hizo, en la década de 1950, el hallazg o de un
n iñ o ricam ente vestido que se conservaba m om ificad o . Su ofrenda
contenía diversas piezas de oro y plata, sus ropas eran de fina lana de
c am é lid o y su p e in a d o era altam ente sofisticado (tenia más de d o s cie n ­
tas trencitas); el rostro del n iñ o estaba p in ta d o de rojo y am arillo.

C u a n d o los españoles llegaron a Santiago, cuenta el cronista Vivar


que sorprendieron a los indígenas espián do lo s y h acie n d o cálculos de
sus tropas; los co ntab an usando los «quipus-, co m p lejo instrum ento
m atem ático que se u tilizaba en to d o el im perio.

Toda la estructura política que existía en el valle del M ap o ch o se


puso a las órdenes de los españoles; fue Q u ilic a n ta , el representante
inca, q u ie n ay ud ó a construir la aldea de Santiago. Luego, meses m ás
tarde, ju n to a M ich im alo nco , haría lo posible po r destruirla.

113
5 Los Aborígenes del Siglo XVI

C u a n d o los españoles lleg aron por prim era vez al territorio c h ile n o ,
en la e x p e d ic ió n liderada por el A de lan tado D ie g o de A lm agro, sus
intereses preferentes eran conquistar nuevas tierras que fuesen tan
ricas co m o las que se h a b ía n enco ntrado en el Perú. Los hab itante s de
los nuevos d o m in io s eran sólo u n co m p o n e n te del nu e v o paisaje; los
extensos territorios recorridos y especialm ente el cruce de la cordillera
nevada, con todos los sufrim ientos inherentes, eran una etapa s u p e ra­
ble si se lograba alcanzar el o bjetivo esperado: u na c iv iliz a c ió n
caracterizada por grandes edificaciones ricam ente alhajadas, en d o n d e
el oro y la plata les perm itiesen convertirse en -señores*, en hom bres
ricos y así co lo nizar con éxito, apro v e ch an d o la fuerza de trabajo de
m iles y m iles de indígenas. Entonces tendría sen tido el gran esfuerzo
de sp le gad o a lo largo de cientos de leguas.

Pero c u a n d o avanzaron desde el valle de C o p ia p ó hasta el valle de


A concagua (alred edo r de 700 km s., es decir, casi 120 leguas), fu ero n
p o co a p o c o observ ando grupo s de aborígenes, cultivadores y pastores,
que no co nstitu ían sociedades organizadas, tal co m o las h a b ía n c o n o ­
cido entre los incas. C u a n d o una e x p e d ic ió n av an zó m ás al sur, hasta
el río ¡tata, e n co ntró la creciente o p o s ic ió n de nativos que no o cu ltab an
su h o s tilid a d a los extranjeros.

Así, el interés p o r la e x p e d ic ió n , narrada por C ristóbal de M olina


(C onquista y Población del P erú)y otros cronistas (O v ie d o , Herrera) se
restringió a las situaciones difíciles vividas por los conqu istado re s en
sus largas travesías por desiertos y cordilleras, a sus esperanzas y
desilusiones, a los en frentam ientos co n los naturales, a la violen cia
com etida por los españoles en contra de éstos y n o co n s id e ró de
im portan cia caracterizar las costum bres de los grupo s h u m a n o s que
ha b ita b a n los nuevos territorios.

Luego de la e x p e d ic ió n de Alm agro pasaron casi cuatro años antes


que un nu e v o c o n q u istad o r mostrase interés por los territorios situados
al sur del d e s p o b la d o de Atacama.

114
C uand o la empresa poblacion al de Pedro de V aldivia en los nuevos
territorios del sur (C hile) co m enzó a ser conocida en el Perú, e m p e za­
ron a llegar a Chile, sobre todo desde 1548, algunos españoles que
tenían interés en escribir los actos heroicos de estos conquistadores y
colonizadores. El prim ero de ellos fue un soldado *a pié* llam ado
G e ró n im o de Bibar (o Je ró n im o de Vivar), quien desde 1548 y hasta
1558, escribió -todo lo que vió, and uv o y escuchó* sobre la conquista
de Chile hecha por el capitán Pedro de V aldivia y sus hom bres. A unque
no p a rtic ip ó en la ex ped ición de 1540-1541, la narra con detalles
sorprendentes y lo que más llam a la atención a los estudiosos es que
se interesa por los habitantes y por el paisaje natural, haciendo hincapié
incluso en detalles propios de un descriptor especializado.

La Crónica y Relación copiosa y verdadera de ¡os Reinos de Chile del


soldado Bibar fue, junto a las cartas de Pedro de V aldivia, la primera
narración en prosa que se hizo no sólo de los hechos heroicos de los
españoles, sino tam bién de la cultura de los aborígenes de Chile. Com o
lo hemos dem ostrado en otro libro(*), el cronista y soldado Bibar
co no ció las cartas de Pedro de V aldivia y se apo y ó en ellas para estudiar
su texto histórico. O bviam ente que el libro de Bibar no sólo expresa la
inform ación y las o p inio ne s de Valdivia, sino que tam bién agrega otras
inform aciones y, sobre todo, expresa su propia manera de pensar, a
través de su particular estilo.

Un segundo cronista, contem poráneo a Bibar, fue el capitán A lonso


de G óngora M arm olejo, quien llegó a Chile en 1549, y que en 1571
in ic ió la redacción de una obra histórica sobre los acontecim ientos de
la conquista, que term inó en 1575(**).

Un tercer cronista fue el capitán Pedro M arino de Lobera, llegado a


Chile en 1552 y fallecido en Lima en 1594. Su valiosa obra fue reescrita
por el jesuíta Bartolom é de Escobar, ignorándose el texto original de
M ariño de Lobera(*).

(•) La C ró n ic a de G e ró n im o de B ib a r y la C o n q u ista de Chile, Editorial U niversitaria,


Santiago, 1988.

( " ) H istoria de todas las cosas que h a n a caecido en el reino de C hile y de los que lo han
gobernado.

(*) La C ró n ic a del Reino de Chile

115
Nos vam os a centrar en especial en estas obras históricas para
caracterizar a los aborígenes que desde el norte de Chile (Arica) hasta
el sur (C h ilo é ), fueron conocidos por los españoles, co habitaro n con
ellos, lucharon y se m ataron m utuam ente, pero tam bién se m ezclaron,
creándose así, a lo largo del siglo XVI una nueva p o b la c ió n mestiza que
p rim ó en los siglos siguientes.
El cronista Bibar nos ayudará a describir los pueblos del norte y del
centro de Chile. En el sur, para los m apuches en general y para los
araucanos en especial, contarem os con el testim onio escrito de los
otros cronistas. Igualm ente las cartas del prim er gobernador de Chile,
don Pedro de V aldivia, nos enriquecerán con algunos datos de gran
valor etnológico y etnográfico.

Antes de describir, tal com o nos inform an los cronistas, a los


aborígenes y su cultura, deseamos alertar al lector en relación al valor
de ‘verdad- que tienen estas descripciones hechas por aquéllos.

En realidad, es aceptado por todos los especialistas que las descrip­


ciones de los cronistas deben ser leídas de acuerdo al -contexto*
histórico pro p io de los escritores españoles del siglo XVI. Tanto los que
relatan en prosa una narración cronológica, com o los que escriben en
verso, escogiendo los hechos más heroicos de los españoles (A lonso de
Ercilla y Z úñig a, autor del poem a épico La Araucana)-, o los m ism os
soldados, todos conquistadores de diferente rango y cultura, autores de
cartas o de declaraciones en favor de sus acciones; o los sacerdotes que
escriben para defender a los aborígenes, todos ellos están situados en
una realidad ideológica que se explica por su am biente cultural. Es a
partir de esta situación contextual de creencias y valores que los
observadores españoles m iran a los naturales que hab itan en las tierras
que serán conquistadas para la corona española.

Este contexto se expresa tam bién en una lengua distinta a las que
h ablan los nativos, en creencias religiosas m uy diferentes, en c o n o c i­
m ientos científicos y técnicos europeos, y en una pertenencia tanto a
organizaciones sociales y políticas propias de las sociedades o ccid e n ­
tales, com o a instituciones económ icas protocapitalistas.

Se podría resumir to d o lo anterior señalando que un p u n to de vista

116
histórico particular, una experiencia y una e x plicación del pasado
distintas, separaba al español de los aborígenes, que a su vez pertene­
cían a otras sociedades. ¿Cóm o describirlos entonces con alguna
objetividad? ¿C óm o com prenderlos en sus valores y en sus costumbres?
¿Cómo saber lo que decían, si no les en tendían sus palabras?.

A pesar de todas las dificultades que presentaban las c o m u n ic a c io ­


nes con los naturales que h ab itaban el largo territorio nacio nal, los
españoles que relataban lo que estaba aconteciendo o lo que había
ocurrido pocos años atrás, lo hicieron a veces to m an d o en cuenta a los
aborígenes. Esta p re o cu p ación selectiva no sólo fue para m ostrar las
grandes hazañas realizadas por los españoles frente a la fiereza y
barbarie de los nativos, o frente a su crueldad y los actos de hechicería
(dem oníacas); ta m b ié n les interesó protegerlos, en casos especiales, o
convertirlos al cristianism o. Sin em bargo, el objetivo m ayor era mostrar
a las autoridades españolas que los conquistadores hacían grandes
hazañas para m ayor gloria de D ios y del Rey, y sobre to d o que éstas lo
eran p o rqu e se lu ch ab a contra enem igos dignos y valientes, pero
tam b ié n fieros y salvajes.

Ju n to a lo anterior, en alg uno s de los cronistas se encuentra el deseo


ind iscutib le de m ostrar hechos, situaciones, cosas asom brosas y dignas
de ser recordadas; así, las costum bres extrañas, curiosas, diferentes
d e b ía n ser relatadas. En m uchos de los españoles hay razones que se
in clinan más por el aprecio de las grandes obras de los conquistadores
y co lo nizad o res, todos descubridores de nuevos territorios, pero en
unos pocos está ta m b ién el aprecio por los naturales y por sus formas
de vida diferente; entre ellos po de m os situar sin du d a a G e ró n im o de
Bibar.

Este so ld ad o , culto, que po sible m ente estuvo cerca del g o bernad o r


Pedro de V aldivia entre 1548 y 1553 (en diciem bre de este año V aldivia
fue m uerto por los araucanos) v ino a C hile entre los grupos de
ex ped icio n ario s que c o m an d ab an los capitanes Soza, U lloa y otros Así
recorrió, por tierra y a pie, el m ism o cam ino que h izo el capitán V aldivia
entre 1540 y co m ie nzo s de 1541.

D esde las prim eras pág inas de su texto B ibar reconoce, ante to d o,

117
una cultura de -pescadores* entre Arica y C o q u im b o , caracterizando sus
costum bres, sus artefactos, su econom ía, etc.. Estos son cazadores de
lobos; los m atan con sus -harpones de cobre*; com en su carne y con sus
cueros hacen -balsas para sí y vender». Cosen los cueros con espinas de
cardones y con -los nierbos de carnero y de obeja* hacen hilos. T am bién
hacen un betún con la sangre de lo b o y con la resina de los cardones
y de barro berm ejo, y con él «alquitrán y brean el cuero».

Estos indios que m atan lobos *no m atan otros peces*. -Así cada
género de pescador mata el género de pescado a que se aficiona y no
otro*.

C uand o m ueren son enterrados con sus instrum entos de pesca:


■redes, harponcillos y anzuelos sin lengüeta*.

Luego, en los valles de Tarapacá, identifica a los agricultores;


describe las acequias de los naturales que -riegan sus sementeras*.
Adem ás nos recuerda que todas las tierras que están fuera de los valles
son estériles y despobladas y de grandes arenales: es un territorio sin
lluvias.

En el valle de Tarapacá co m ie nzan a juntarse los españoles que


vienen del otro lado de la cordillera, de la provincia de Las Charcas y
de Tarija; en el p u e b lo de -los Capiruzones» se junta Francisco de
Villagra. La marcha hacia Atacama es penosa , d e b id o a la sequ ed ad del
clima: sólo unos pocos pozos de agua («jagüeyes») perm iten la vida,
ocurriendo que estas aguas, a veces m alolientes, dejaban tan contentos
a los españoles com o si bebieran las aguas del río G ua d a lq u iv ir. El
cronista m enciona a los aborígenes -de G uataco n do r y de Pica*, pero sin
decir prácticam ente nada de ellos. T odo cam bia cu an d o se refiere al
valle de Atacama. A quí surge la descripción de una sociedad aborigen
con p e rso nalidad propia. Este valle está situado a 70 leguas de Tarapacá
y es -un valle ancho y fértil- que tiene -las p o blacion es a las faldas de
las sierras que es parte provechosa para ofender y defender*. Precisan­
do un poco m ás, escribe que el valle -es llano y ancho y largo a la contra
del sitio de los otros valles*, es decir, que corre de norte a sur. A lgunos
estudiosos han creído que nuestro cronista se refiere sólo a San Pedro
de Atacama. A u nq u e en forma parcial este error debe ser corregido,
puesto que Bibar no sólo se refiere a este lugar, sino que tam b ién al
118
valle del río Loa (q u e va de norte a sur en una buena parte de su
recorrido), con sus pueblos situados en los sectores aledaños (caso de
Chiu-Chiu, Turi y C upo).

En u na descripción d o n de se co nfund en diferentes pueb lo s y


sectores de la gran región de Atacama, se destaca la tom a del pucará de
los aborígenes llam ado -el p u e b lo de las cabezas-. -Todos subieron al
fuerte con m ucho trabajo por ser un cerro agrio y m uy alto y sin tener
más que una vereda por donde los indios subían y se proveían y la
defendían*. Sin lugar a dudas que describe la tom a del pucará de Q uito r,
situado al noreste del p u e b lo de San Pedro de Atacama.

En cam bio , c u a n d o describe el pu eb lo , sus casas y sus entierros y


nos habla de la parte de la casa -de bóveda alta, hasta el entresuelo y
cuadrada, d o n d e enterraban a sus parientes-, se piensa tam bién en las
características del p u e b lo de Chiu-Chiu (Pucará) o de Atacama la Chica

El cronista vio a los aborígenes, tanto de Atacama la Chica com o de


la G rande, hacer un pan y un brebaje -gustoso- de los frutos de los
árboles algarrobos T am bién observó los árboles chañares con sus
frutos -a m anera de asofaifas, salvo que son mayores-.

E ntrando en el detalle, los españoles que aco m p añan a Bibar ven


que las casas -en que hab itaban los indios son de adobes y dobladas con
sus entresuelos, hechos de gruesas vigas de algarrobas , que es madera
recia-. Son estas casas hechas de tierra de barro -a causa que no llueve»
y -encima de estos terrados de las casas, hechos de adobes, ciertos
apartados p e q u e ñ o s y redondos a m anera de hornos en que tienen sus
com idas, que es m aíz, papas, frijoles y qu en oa, algarroba y chañar».

Entran a las casas y ven que a un lado está el lugar de dorm ir y en


d o n d e están las vasijas, tinajas -de a dos arrobas y más y m enos, y ollas
y cántaros para su servicio-...» en el otro apartado están los entierros de
sus antepasados, sepultados con todas las ropas, joyas y armas que,
siendo vivos, poseían, que nadie toca en ello».

Esta costum bre de enterrar en las casas se encuentra en Chiu-Chiu


y en San Pedro de Atacam a (Solor IV) y parece caracterizar no sólo al
siglo XVI, sino que es pro p ia tam bién del pe ríod o cultural, llam ado
Tardío p re c o lo m b in o (1100-1450 d.C ). En cam bio los periodos anti­

119
guos, M edio y T em prano, se caracterizan por sus cem enterios, co n ju n to
de entierros alejados de las habitaciones.
Los españoles se adm iraron, en toda esta región de Atacam a, de la
existencia de plata, cobre, estaño, p lo m o y -gran can tid a d de sal
transparente». T am bién les llam aron la atención el alabastro, el y o d o y
el azufre.
Ven a los aborígenes bien vestidos, -como los del Pirúv Las mujeres
son -de buen parecer-; las ven cam inar, con sus cabellos largos y
negros, vistiendo «un sayo ancho que cubre los brazos, hasta los codos
y el faldam ento hasta abajo de la rrodilla».
En lo referente al culto, los habitantes de Atacama tienen adorato-
rios y cerem onias, y sus sacerdotes acostum bran a hablar con el
d e m on io.

H ablan una lengua diferente a otras; es po r eso que la lengua de los


incas sirve a los españoles para darse a entender con los hom bres
principales de esta región.

Por ú ltim o , sus armas son pocas, «flechas y hondas-, lo que hace
supo ner un p u e b lo pacífico.

Esta caracterización de los habitantes de la región de Atacam a (río


Loa, río Salado, San Pedro de Atacam a) sirve, co m o ya lo hem os visto,
para mostrar una sociedad en plena vigencia, que es prod ucto de una
antigua tradición cultural. Gracias al relato de Bibar alcanzam os a
observar a los últim o s representantes de la gran cultura de San Pedro
(o atacam eña), que los estudios arq ue ológ icos sitúan desde antes de la
Era Cristiana hasta la llegada de los conquistadores españoles. Faltan
sin em bargo algunos datos im portantes. Nada nos dice Bibar directa­
m ente sobre el sistema po lítico , pero si sabem os interpretar su crónica
entenderem os que éste no se expresaba, a la llegada de los españoles,
co m o un sistema du al, tal co m o o currió en C o p ia p ó y otros valles
situados más al sur hasta el río M apocho. Adem ás, en esos años, la
d o m in a c ió n inca posiblem ente había term inado con cu alquiera que
fuese el sistema a u tócto no de gobierno. Recuérdese que cerca de San
Pedro de Atacam a, en Catarpe, se levantaba el tam bo incásico, centro
po lític o y adm inistrativo de gobierno.

120
La entrada de la ex p e d ición de Pedro de Valdivia al valle de C o p ia p ó
y su relación con los aborígenes, que nos relata el cronista Bibar años
más tarde, es la única ex posición sistem ática que existe en la crónica
del siglo XVI. Los otros escritores, M ariño de Lobera y G óng o ra
M arm olejo, apenas m e n cio n a n algunos hechos, sin detenerse en la
descripción de los habitantes, de su cultura y de este valle que -es el
p rin c ip io de esta g o b e rn ación de Chile-,

El prim er prob le m a de los españoles fue com unicarse con los


aborígenes; para esto se usaba un intérprete -o lengua que entendía la
lengua y lenguaje de C o p ia p ó y de toda la tierra-. Sus primeros
contactos m uestran el deseo de los españoles de congraciarse con los
nativos; les dan -chaquira y tijeras y espejos y... especialm ente cosas de
vidrio que ellos tienen en mucho-.

C o p ia p ó es un valle que tiene desde -las syerras nevadas fasta la


mar- unas q u in c e leguas y de ancho -una legua y en partes más». -Corre
por este valle un rrio p e q u e ñ o , que basta rregar sementeras de los
naturales que en él ay (q u e en esta sazón avía millyndios)-.

El clim a c o n tin u a b a siendo desértico y sólo -ay aquellas n e b lin a s ...


q u a n d o es el ynvierno*.

Los nativos de este valle eran principalm ente agricultores; cu ltiv a­


ban m aíz, el cual daba -tan grandes y gruesas las cañas- que contenían
hasta cinco m azorcas. T am bién -danse frisóles, papas y q u in o a y
algodón-.

Los árboles que vieron los españoles fueron los algarrobos, los
chañares y -calces-, y en las sierras árboles altos, -extraños de ver, sin
hojas. T ienen espinas m uy espesas del m od o de agujas de ensalmar».

Los aborígenes vestían trajes de a lg o d ó n y de -lana de ovejas- y a


Bibar le parece que sus trajes eran parecidos a los -de Atacama-,
T am bién en sus ritos y cerem onias ve relaciones con los aborígenes de
Atacama (especialm ente la adoración al sol), -porque lo tom aron de los
yngas c u a n d o de ellos fueron conquistados-

Bibar de scrib ió así a una especie de sacerdote: -Luego salió un ind io


vestido co m o un clérigo -éstos están dedicados para aquel efecto- con

121
un hacha en las m anos y se puso hacia el sol, h acien do u n parlam ento
en su lengua y ado ránd ole y d án d o le gracias por la victoria que hab ían
tenido. C on aquella hacha am agaba a los dos españoles ciertas veces
com o que les querían hender las cabezas. Hechas estas cerem onias les
volvieron los rostros y tornaron a hacer sus reverencias.....

Les lla m ó la atención la presencia de estos personajes que eran


am igos del d e m o n io , que h ab laban con él y que eran tem idos por los
dem ás; -creen y usan de las predestinaciones que aq u éllo s les dize».

C u a n d o los indígenas m ueren son enterrados debajo de la tierra, -no


hondo-, junto a sus armas, ropas y joyas. No deja de m encio nar el
cronista que hay metales preciosos, co m o la plata, y tam b ién cobre,
yeso y turquesa.
Su lengua es diferente a los de Atacama y, al parecer, tam bién su
o rg anización política. El cronista nos relata que son dos los jefes de
estos aborígenes: A de qu ín para las tierras altas y G ualen ica para las
tierras bajas.

Es interesante recordar que la teoría estructuralista de fe nd ida por


Levi Strauss (*), u no de los principales an tro p ólo g o s franceses del siglo
XX, ha p rivileg iado la ide ntificación de sistemas duales de g o b ie rno e
incluso de tipos de o rg anización caracterizados por divisiones llam adas
■mitades-. Pues bien, recordem os que cu an d o Bibar describe la socie­
dad y cultura de Atacam a, no m enciona nada parecido a u n sistema
dual; en cam bio sí lo hace para C o p ia p ó e incluso para los grupos que
viven en Huasco, A concagua y el M apocho. C u a n d o el cronista desea
enfatizar a lg ún tip o de relaciones lo hace claram ente; a él no le cabe
la m enor duda de que los habitantes de C o p ia p ó y de H uasco (el
próx im o valle a que llega V aldivia) pertenecen a un m ism o sistema
social y cultural: hab lan la m ism a lengua con pe q ue ñ as diferencias
regionales, tienen un g o bierno dual (hay dos jefes) y sus ritos y
cerem onias son semejantes.

Cada vez que los españoles a b a n d o n a b a n un valle y se en cam in ab an


al siguiente, situado al sur, ocurría que los habitantes de este nuevo

(*) A n tro p o lo g ía estructural. Ed. U niversitaria de Buenos Aires (E u d e b a ), Bs. Aires, 1968.

122
valle se esco nd ían en las sierras por «el tem or que tenían de los
cristianos*. O b v ia m e n te que ellos eran avisados por los aborígenes de
los otros valles, lo que estaría dem ostrando la existencia de un sistema
de relaciones entre los habitantes de estos valles, a pesar de que no
existía un sistema de g o b ie rn o co m ún

En el valle del «Guazco*, luego de recorrer «treynta leguas*, observan


un río m ayor que el de C o p iap ó: «es un valle más ancho*. Este valle tenia
•en esta sazón o chocientos indios. Avia en él dos señores que se
llam a b a n Sangotay* Csic). De nu ev o nos relata el cronista un go bierno
con dos jefes, a igual que en C o p ia p ó . Los agricultores de este valle
(«coxese mays e frisóles e q u in o a y zapallos*) h ab lan una lengua m uy
parecida a la de los c o p iap in o s («difieren de la lengua de C o p ia p ó com o
biscaynos e navarros»).
El valle de C o q u im b o fue para los españoles, hasta ese m o m e nto , «el
m ás vistoso e ancho». Se dieron cuenta de que el clim a era diferente
po rq u e a q u í co m e nzab a un régim en m oderado de lluvias.

El sistema agrícola perm itía el cultivo de m aíz, frijoles, papas,


q u in o a y zap allo s «Avia m uy m ucha gente y hera m uy poblado», pero
el cronista recuerda que los incas m ataron más de cinco m il indios.

Al com parar a los co q u im b an o s con los del valle anterior dice «que
son del traje de los del G uazco , y de sus rritos y cerem onias e
costumbres». Declara sin em bargo que su lengua es diferente.

Llama la ate nción que no hable del sistema de g o b ie rn o , com o lo


había he ch o anteriorm ente y com o lo hará, en especial, para el valle de
A concagua.

El cronista en ca m b io observa y anota los cam bios progresivos de


clim a, se ñ a la n d o que en los valles del »Chuapa» y de «la Liga- llueve m ás
recio y más tie m p o en el invierno y tam b ién escribe que están poco
p o b la d o s -en este tiem po», es decir, cu a n d o pasaron Bibar y sus
co m p añe ro s (1548)
En este viaje lleno de peligros, en d o n de el ham bre y el cansancio
d o m in a b a n la m ayor parte del tie m p o , el cronista sigue insistiendo en
las diferencias que existen entre los habitantes de un valle y otro.

123
Algunas de estas características son po co im portantes y se ex plican por
la presencia de los conquistadores españoles; así por ejem plo, al llegar
al Limarí, escribe que -hay pocos indios», pero tam bién hace ver con
insistencia que h ablan su propia lengua y que ésta es «diferente de la
de Coquimbo-. Sobre los valles de -Cocanbabala», -Chuapa» y -Liga-
insiste que -estaban estos valles no bien p o blado s de indios-. No dice
nada sobre su lengua ni tam poco sobre su g obierno. Por las descripcio­
nes que siguen, vemos que centra su atención en el valle de A concagua
C-Anconcagua-).
H ab ien do partido V aldivia con once caballeros, lleg ó a cuatro
leguas antes del valle de Aconcagua, en d o n de fue inform ado que valle
abajo, hacia la mar, -estaba un cacique que se llam aba A tepudo con una
guarnición de indios para guarda de su persona, po rque tenía c o n tin u a ­
m ente guerra con el cacique M ichim alo ng o , señor de las m ietadas del
valle de Aconcagua-,

Tenemos de nuevo la descripción clara de un sistema de g obierno


dual o por m itades, que rige a la sociedad aborigen de Aconcagua. -Este
valle de A concagua es mejor y más abu n d o so que todos los pasados.
Tiene leguas de ancho por las más partes... Tiene de la sierra a la mar
XX leguas. Tiene ovejas y m ucho m aíz y algarrobales... T ienen sacado
los naturales XX y dos acequias grandes para regar todas las tierras que
cultivan y siembran...-.

Bibar afirma que no pasan de 1.500 los indios (de be pensarse en los
guerreros), pero tam bién escribe -solía haber m ucha gente».

Insistiendo en la riqueza del valle, Bibar recuerda que v iv ió siete


meses en él el adelantado Alm agro con cuatrocientos hom bres, seis­
cientos caballos «y gran copia de gastadores».

Escribe que -los señores de este valle son dos», precisando que sus
nom bres son T anjalongo y M ichim alo ng o ; lo que nos hace pensar que
el cacique A tepudo , antes m en cio n ado , está bajo el m an d o de T an jalo n­
go Reconoce que M ichim alo ng o es el más tem ido señor -que en todos
los valles se ha hallado-.

En relación a los sistemas de g o bierno , el cronista nos habla en una

124
ocasión de cuatro im portantes señores: T anjalongo, M ich im alo n g o ,
A te p u d o y Q u ilic a n ta .

Los señores Q u ilic a n ta y A tepudo son del valle del M apo cho , y
Q u ilic a n ta incluso era tam b ién representante del Inca. C u an d o los
españoles llegaron a estos valles se dieron cuenta de que hab ía guerra
entre estos jefes. Esta situ ación bélica h izo que Q u ilic a n ta diese su
apo y o a V aldivia y -luego m a n d ó a los caciques que, con su gente por
mitas, les ayudasen a hacer las casas-.

La c o la b o ra c ió n in d íg e n a hacia los españoles proviene entonces del


incanato y en este caso de su representante, y no de los aborígenes del
M apocho.

El cronista describe to d o lo que parece interesante; recuerda por


ejem p lo que los indígenas usaban «quipus» para contar, lo que es una
prueba objetiva de la presencia del incanato.

En C olina los españoles apresaron a dos ind ios y éstos les «mostra­
ron un q u ip o , que es un h ilo grueso con sus nudos, en el cual tenían
tantos n u d o s hechos cuantos españoles hab ían pasado-.

La im p re sió n que surge del relato del cronista es que V aldivia se


en fren tó, en C hile Central, a una situ ación social y política llena de
contradicciones, de conflictos entre los aborígenes m ism os y entre el
representante del incanato y los otros señores (especialm ente M ic h im a ­
lo n g o ); y d o n d e alg u no s señores indígenas, com o Q u ilic a n ta , ofrecen
co la b o ra c ió n a los españoles, la retiran c u an d o hay su b le v a c ió n general
y vuelven a cooperar con los conquistadores si son derrotados.

La de sc rip c ió n que hace Bibar de la llegada de los españoles al valle


del M ap o ch o , la fu n d a c ió n de Santiago y las costum bres de sus
habitantes son parcialm ente conocidas puesto que falta u n folio.

Una vez fu n d a d a la c iu d a d de Santiago del N uevo Extrem o con la


ayuda del inca Q u ilic a n ta , los españoles intentaron im p e d ir la concer-
tación de los nativos de la región al m a n d o de M ic h im a lo n g o , pero todo
fue en vano.

El a lza m ie n to aborigen m ás im portante en el añ o 1541 es el que


p ro d u c e la destrucción de las viviendas de Santiago el 11 de Septiem bre

125
de ese año. C olaboraron los grupos indígenas que h ab itaban cerca, o
relativam ente cerca, del M apocho. -Para efectuarlo concertaron que se
ayuntasen por provincias y que se diesen avisos a los que co nvenía
darse. Fueron luego ayuntados diez m il indios en el valle de A concagua
del m ism o valle y de los más cercanos, a la voz del cacique Michima-
lo ngo , así m ism o por parte del cacique Q u ilican ta.

■Y ayuntándose más todos los indios del valle de M apo cho , y otros
que llam an los picones, que son los que ahora se dicen porm ocaes,
com o adelante diré por qué se llam aron picones y porm ocaes, q u e eran
todos diez y seis m il indios*.

Q uem adas las casas de Santiago el cronista recuerda que el general,


es decir V aldivia, d io la orden de reedificarla -y con un p rin cip al y sus
indios hicieron la iglesia, trabajando cristianos e indios, así en hacer
adobes, com o en asentarlos, y traer la m adera y paja de los cam pos.
Todo el verano, que fue aquel año largo, se o cu p a ro n en reformar la
ciudad*.
El cronista insiste en la co lab oración entre los diferentes grupos de
aborígenes situados al norte y sur de Santiago, sobre todo para com batir
a los conquistadores. El jefe M ichim alo ng o tenia la au to rid ad para
convocar no solam ente a los aborígenes del A concagua y del M apo cho ,
sino tam bién a los -pormocaes* que vivían al sur de Angostura hasta el
norte del río M aulé.

Surge así de los escritos del cronista una relación significativa, que
se enriquece c u a n d o describe la provincia de éstos: «Es tierra de m uy
lindos valles y fértil. Los indios son de la lengua y traje de los del
M apocho. A doran al sol y a las nieves po rqu e les da el agua para regar
sus sementeras, au nq u e no son m uy grandes labradores...».

En la cordillera nevada, *a quince y a veinte leguas hay unos valles


d o n de habita una gente, los cuales se llam an puelches y son pocos.
Había en una parcialidad quince y veinte y treinta indios. Esta gente no
siembra. Susténtanse de caza q u e hay en aquestos valles. Hay m uchos
guanacos y leones y tigres y zorros y venados pe q ue ño s y u no s gatos
monteses y aves de m uchas maneras. Y de toda esta caza y m ontería se
m antienen que la m atan con sus armas, que son arco y flechas-.

126
Estos cazadores cordilleranos bajaban a los llanos a com erciar y
tam bién a robar; traían m antas, plum as de avestruces y llevaban m aíz
y com ida.

Eran gente belicosa y guerrera.

Más allá del río M aulé y hasta el río Itata o cup ab an estas tierras
grupos de aborígenes que no son descritos por Bibar, pero que son
diferenciados de los prom ocaes y de los araucanos. Así, por ejem plo,
cu ando a com ienzos de 1544 se produjo un alzam iento de los p ro m o ­
caes, V aldivia salió con 60 hom bres «y cu ando entró en la provincia de
los porm ocaes, toda la gente de guerra se pasó de la otra banda del río
de M aulé Visto esto el general corrió toda la tierra y p ro v in c ia .... Llegó
de esta vez hasta el río de Maulé-.

Siem pre en m ed io de estas incursiones guerreras, V aldivia o rd e n ó


a Francisco de Aguirre que con 25 hom bres se hiciese fuerte en el río
M aulé y que -corriese la tierra adentro hasta veinte leguas por tres
cosas: la una, para que, (así) los indios porm ocaes huir quisiesen por
no servir, que hallasen q u ie n los castigase, y a los que topasen que los
constriñesen a que viniesen a sus tierras y a sus caciques a servir; de
esta suerte toda la tierra serviría; y la otra, po rque los indios m aúles ,
viendo aq u e llo y que les corrían la tierra, no consentirían a los
prom ocaes en su tierra y ellos se sujetarían y venían a la obediencia-.

En la parte sur, V aldivia y sus hom bres descubren nuevas tierras y


nuevos aborígenes cu an d o atraviesan el río Itata. Todas las descripcio­
nes que hace Bibar de estos aborígenes nos presentan una nueva
sociedad, un nuevo p u e b lo con características culturales precisas. A quí
el relato de Bibar, una vez más, coincide con los relatos del capitán
V aldivia (a través de sus cartas) y con la obra de A lonso de Ercilla y
La A raucana
Z ú ñ ig a ,

Varias recientes investigaciones arqueológicas han co m e nzad o a


identificar, para el centro de Chile, una cultura situada en un tie m po
tardío p re h isp án ic o , contem poránea en parte a la conquista incásica,
pero diferente a la cultura araucana.

Pues bien, Bibar, en diferentes partes de su crónica, identifica una


prov incia cultural situada entre el río C hoapa y el C ach apoal. Este

127
hábitat corresponde, adem ás, a los térm inos de la c iu d ad de Santiago
y treinta leguas al sur de la c iu d ad fund ada por el capitán Pedro de
V aldivia. Si relacionam os estos lím ites de Santiago con las descripcio ­
nes m uy bien hechas de los grupos de aborígenes que h ab itab an , entre
otros, los ríos A concagua, M apocho y M aipo (-aconcaguas-, -mapochi-
nos- y -promaucaes-, estos últim os alcan zan d o hasta el río M au lé) nos
enfrentam os a una interesante coincidencia: el hábitat d e fin id o para el
•com plejo cultural Aconcagua- se identifica bastante con el de estos
aborígenes y con el territorio ad ju d icad o a la ciu dad de Santiago.

O curre así que este extenso hábitat, situado entre los paralelos 32
y 35, fue o c u p a d o por la cultura, o m ejor dicho , c o m p le jo cultural
A concagua, luego por los incas y finalm ente por los españoles.

Más allá del río M aulé se com ienza a presentar una realidad
diferente.
Bibar, por ejem plo, muestra una o p o s ic ió n entre los indios m aúles
y los prom ocaes, -la otra, po rque los indios m aúles, v ie n d o a q u e llo y
que les corrían la tierra, no consentirían a los prom ocaes en su tierra,
y ellos se sujetarían y venían a la obediencia-.

D entro de la literatura arq ue ológ ica chilena de la década de 1920,


Ricardo E.Latcham (*) había ide ntificado el hábitat prom aucae al sur del
río M aipo, hasta el río M aulé, lla m a n d o -Aconcagua- a la región situada
entre el río C hoapa y el río M aipo. Latcham sin em bargo reconoce que
en la región co m p re n d id a entre el M aipo y el C ach apoal se nota una
transición, encontrándose ocasionalm ente tipos q u e recuerdan los de
Santiago y A concagua, pero que al sur del río C achapoal se halla -otro
estilo típ ic o de esta zona y que se extiende por las provincias
m eridionales hasta el canal de Chacao-,

V olvie nd o a Bibar, éste relata el prim er encuentro de V aldivia con


los araucanos, habitantes del río Itata al sur. El c ap itán españo l, con 60
soldados a caballo , pasa el río -que es pasado los térm inos de la c iu d ad
de Santiago, y lo ú ltim o de lo que él con sus co m p añe ro s hab ía

C ) La a lfa re ría in d íg e n a chile n a . Cap. X II, pág . 169; S antiago de C hile , 1928.

128
conquistado. Y de allá adelante no había pasado n in g ú n españo l, ni se
sabia que tan cerca estaba tierra poblada. Pasado este río, fue a dorm ir
a una laguna que estaba cinco leguas de aquel río, ad o n d e los v iniero n
acometer cierta cantidad de gente, y eran tan salvajes que se venían a
los españoles, p e nsando tom arlos a m anos, a causa de estar adm irados
en ver otros hom bres en h áb ito diferente que ellos. Y de ellos perdieron
m uchos las vidas*.

Estamos así frente a un p u e b lo belicoso, que Bibar reconoce com o


diferente de los otros aborígenes de más al norte. El pro p io Ercilla, en
la Araucana (Canto /, versos 409-416) escribe:
los indios promaucae es una gente
que está cien millas antes clel estado,
brava, soberbia, próspera y valiente
que bien los españoles la han probado,
pero en cuanto digo, es diferente
de la fiera nación, que, cotejado
el valor de las armas y excelencia
es grande la ventaja y diferencia.
Antes de insistir en esta diferenciación significativa, querem os
volver a la caracterización que hace Bibar de la provincia de los
prom ocaes: que com ienza de siete leguas de la ciu dad de Santiago, que
es una angostura y así le llam an los españoles estos cerros que hacen
una angostura. Y aq u í llegaron los incas cu a n d o v iniero n a conquistar
esta tierra Y de aquí adelante no pasaron...* *Y de aq u í hasta el río
M aulé, que son veinte y tres leguas es la provincia de los porm ocaes.
Es tierra de m uy lindo s valles y fértil. Los indios son de la lengua y traje
de los del M apocho.. no son m uy grandes lab rad o re s...’.

Nuestra o p in ió n es que la relación entre los aborígenes del M apocho


y los prom ocaes es estrecha. Por lo dem ás, ya hem os m e n cio n a d o la
diferencia entre éstos y los aborígenes del río M aulé. Ahora bien, desde
el río M aulé hasta el río Itata parece existir una tierra de transición, tal
co m o lo plantea el p ro p io Latcham, e incluso una «tierra de nadie*. La
id e ntificación segura de un nuevo p u e b lo , diferente de los que h a b ita ­
ban al norte del río M aulé, se logra cu ando los españoles pasan el río
Itata.

129
C uando Bibar nos relata la rebelión de los prom ocaes, en 1555,
vuelve a insistir en relaciones entre éstos y los del M apo cho y
Aconcagua. «Salido el general Francisco de V illagrán a socorrer las
ciudades de Im perial y V aldivia y llevado la más grande de Santiago, la
provincia de los porm ocaes, v iend o que quedaba poca gente en la
ciu dad... se rebelaron, haciendo el d año que en las haciendas de sus
amos po dían... y a enviar sus mensajeros a los caciques de la comarca
de la ciudad de Santiago. Y así se com enzaron a rebelar m uchos
caciques hasta el valle de Aconcagua...».
Pasemos ahora a la caracterización de los araucanos.
En arqueología y antropología, desde hace años, no se duda de que
los araucanos son un pu e b lo y una cultura bien definidos. No ocurre lo
m ism o cu ando el tema es tratado por los lingüistas y por algunos
historiadores, quienes tienden a m ezclar a los aborígenes de C hile
central con los araucanos, sobre todo cuando se usa el concepto
■mapuche- o -pueblos mapuches- Así por ejem plo se escribe que los
chilenos son producto de una m ezcla de españoles y m apuches, o de
españoles y araucanos.

La revisión de la crónica de Bibar es m uy aclaradora; confirm a en


todo el análisis arqueológico y antro po lóg ico más reciente.

El nuevo p u e b lo que los españoles co m ie nzan a conocer está bien


descrito por Bibar y, sobre todo, están bien expuestas sus característi­
cas guerreras. -Como el gobernador se vio pasando el río de Itata y en
tierra de gente de guerra, cuarenta leguas de la ciu dad de Santiago...»
Y con esta orden iba m archando, to p a n d o en cada valle indios que nos
daban guazavaras o reencuentros, p u g n a b a n y trabajaban con toda
diligencia defender nuestro viaje y entrada de su tierra-.

Algunas páginas más adelante el cronista nos relata la batalla de


A ndalién, la belicosidad de los aborígenes, de su jefe A ynavillo, y a
co ntin uación nos dice: -Hirieron los indios sesenta caballos y más de
cien caballeros españoles de flechas y botes de lanzas. Y luego otro día
se e n te ndió en curar caballeros, y dar a nuestro señor D ios inm ensas
gracias por las mercedes que les había hecho en haberles d ad o victoria
a tan pocos españoles, en tierra donde tanto núm ero de bárbaros hay,

130
y gente tan bestial que no dan la vida a su adverso, ni le tom a a rehenes,
ni por servir. Y por tanto conviene al español que no ha usado la guerra,
que pelee con g randísim o án im o , y venda bien su vida para vencer y
ganar, juntam ente con la vida, honra y fama-.

En otro c a p ítu lo el cronista nos describe otra batalla entre los


araucanos y los españoles, re conociendo que -la gente más belicosa era
la de Arauco y de más cantidad-. Luego de describir cóm o fueron
vencidos los araucanos y cóm o se les cortaron las narices y las m anos
derechas a los prisioneros, Bibar escribe que la victoria sólo fue posible
con la ayuda -de D ios y de su bendita m adre Santa María y del
b ie n a v e n tu ra d o apóstol Santiago-, En verdad -sin el favor de D ios tan
pocos españoles contra tantos enem igos no nos po d íam o s sustentar-.

T am b ién el h ábitat de los araucanos, así co m o su p o b la c ió n , q u e d an


m uy bien de fin id o s c u an d o escribe: -este térm ino de esta gente belicosa
es desde el río Ytata hasta el río C auten, que en ella hay sesenta leguas
de esta gente-. -Hay del río Ytata hasta el río de T olten (q u e está a 8
leguas de la c iu d a d Im p e rial) 60 leguas. Y todo este térm ino está m uy
p o b la d o de gente m uy belicosa*.

Al caracterizar -los árboles y yerbas que hay en el térm in o de la


c iu d a d de C oncepción-, el cronista señala que el clim a y el m edio
natural desde el valle del M aulé hasta el valle de Itata es -del tem ple del
M ap o ch o . Y desde a q u í escom ienza otro tem ple, que hay invierno y
verano, y llueve m ás, y los vientos más furiosos...-. En este am biente
viven nuestros araucanos, los que son -muy grandes labradores y
cultiv an m uy bien la tierra-,

Pero lo que más adm ira Bibar es el rasgo guerrero de los araucanos:
-esta gente antigu am ente tuvieron guerras unos con otros, co m o eran
todos p arcialidades, unos señores con otros. C u an d o vienen a pelear
v iene n en sus escuadrones por buen orden y concierto que me
perécem e a m í que, a u n q u e tuviesen acostum brado la guerra con los
rom anos, no v inieran con tan bue n orden-. Luego de describir cóm o
lu c h a n en o rd en y valientem ente, entrega otras características im p o r­
tantes. En prim er lugar, Bibar com para lo c o n o cid o por él en la com arca
de S antiago con lo que recién está co no cien do ; así ve costum bres y
rasgos culturales sem ejantes, au n q u e tam bién descubre diferencias.

131
Veamos algunos ejem plos: -Y de todas estas sesenta leguas y comarca
de Santiago es una lengua-. Estamos frente a u n dato im portante: los
aborígenes del centro y sur de Chile hablarían un m ism o idiom a. Esta
inform ación de Bibar, entregada en 1558, confirm aría lo que el padre
Luis de V aldivia escribió a com ienzos del siglo X VII en su -Arte y
G ram ática general de la lengua que corre en to d o el Reyno de Chile*.

Bibar tam bién observa relaciones entre el m od o de vestirse de las


mujeres araucanas con las del centro del país: «ellas andan co m o las de
M apocho, salvo que traen una manera de zarcillos de cobre... Son m uy
grandes hechiceras*. Los hom bres en cam bio visten de m anera diferen­
te. Com entem os que el cronista, cu ando se refiere a las costum bres de
los aborígenes del centro, los está co m p arand o con las de los incas, lo
que no sucede cu ando describe las de los araucanos. T am bién hay que
llam ar la atención sobre la fu n c ió n religiosa que cu m p le n algunas
mujeres araucanas, lo que las separaría en forma nítida de las mujeres
del M apocho.

Otras sem ejanzas se encuentran en cierto tipo de sepultura, au nqu e


tam bién hay diferencias: -sus enterram ientos son en el cam po con las
cerem onias que los del M apocho. Otros se entierran a las puertas de sus
casas en un alto que es hecho con dos horcones gruesos, y p o n e n dos
a manera de artesas angostas arriba, y m eten en la una y cúbrenle con
la otra. Este es un entierro y sepultura de algunos principales». Se sabe
que este ú ltim o tipo de entierro es característico de los araucanos,
au nque para algunos estudiosos com o G. Mostny -parece ser bastante
reciente y posiblem ente es una im itación de los ataúdes de madera
usados por los europeos*. Sin em bargo, lo concreto es que B ibar lo
describe hacia 1550, cu ando se produce el prim er contacto entre
españoles y araucanos.

C uand o habla de los placeres, bailes y regocijos de los araucanos


Bibar dice que -son com o los del M apocho*, pero agrega una diferencia
notable: *salvo que el cantar es diferente. Y lo que allí cantan son cosas
pasadas y presentes que les haya acontecido».

Tenemos pues un p u e b lo num eroso, o rg anizad o en -lebos», cada


u no con 1.500 y 2.000 indios. Según Bibar el lebo es -una parcialidad-,
co in c id ie n d o con el padre Luis de V aldivia, q u ie n lo define co m o -una
132
parcialidad y d iv isió n de tierras-. Es la u n id a d política de los araucanos.
Pero de acuerdo al pro p io Bibar tiene adem ás otra acepción: -son com o
ape llid o s y por d o n de los indios reconocen la sujeción a sus s u p e rio ­
res-. Estos lebos y -otros más-, cada u no con su señor -se ajuntan en
ciertos tiem pos del año en una parte señalada... Y adjuntados allí,
com en y beben, y averiguan daños, y hacen justicia al que la merece.
Y allí conciertan y o rdenan y m andan Y esto es guardado-. Este p u e b lo
así o rg anizad o tiene un espíritu guerrero m uy desarrollado, es am ante
de su tierra, con algunas costum bres y usos semejantes a los de C hile
central, a u n q u e ta m b ién con diferencias Por ejem plo, su costum bre de
cantar acerca de las cosas pasadas y presentes, de los hechos que
m erecen recordarse. Hay pues en los araucanos, según Bibar, una
c o n c e p c ió n épica que no se encuentra en los otros aborígenes de Chile
central.

Sobre el problem a que presentaría el uso de una m ism a lengua para


diferenciar dos culturas, pensam os que este sistema de co m u n ic a c ió n
no es suficiente para probar la presencia de una cultura y una sociedad
com unes a lo largo de C hile central y sur (desde el río C hoapa hasta el
río C autín). C om o bien lo escribe Lévi Strauss (*), para de fin ir de
m anera conveniente las relaciones entre lenguaje y cultura es preciso
excluir desde un p rin c ip io dos hipótesis -una, aquélla según la cual no
pu ed e haber n in g u n a relación entre los dos órdenes; otra, la hipótesis
inversa de una correlación total en todos los planos-.

Es prob able, entonces, que se p u e d an descubrir ciertas co rrelacio­


nes entre lenguaje y cultura, tal com o lo pretende probar el a n tro p ólo g o
Lévi-Strauss, y en este p la n o de la reflexión pensam os que Bibar ha
m ostrado relaciones interesantes y tam bién diferencias im portantes.
Así, y p o rq u e ta m b ié n la arqueología ha insistido en rasgos culturales
diferenciales y los an tro p ólo g o s físicos com o Ju an M unizag a, han
escrito que -desde el río M apocho hasta el golfo de Reloncavi existían
diversas p o b la c io n e s indígenas-, deseam os postular la presencia h istó­
rica de dos grandes provincias socioculturales en el siglo XVI. La
prim era, situada entre el río A concagua y el norte del río M aulé (con

( •) O b . C it.. pág. 73.

133
seguridad hasta el río C achapoal) y la otra, situada entre el río Itata y
el río C autín. A la prim era, siguien do en parte a R. Latcham y los más
recientes trabajos arqueológicos, la llam arem os prov isionalm ente «cul­
tura Aconcagua- y a la situada más al sur -cultura Araucana*.

El com plejo cultural A concagua se sitúa entre el valle del A concagua


por el norte y el valle del C achapoal por el sur, con ram ificaciones
transcordilleranas. Su situación cronológica es aproxim adam ente entre
el 800 d.C. hasta el contacto con la o c u p a c ió n inca.

Estaríamos así frente a una etnia que se asentó -de preferencia en los
valles del interior», siendo esta p o b la c ió n de eco nom ía agrícola, con
actividades com plem entarias económ icas en diversos am bientes bio-
geográficos (e x p lo tación de recursos m arinos, caza de aves, de p e q u e ­
ños roedores y, posiblem ente, dom esticación de cam élido s). Lo que
más llam a la atención en esta cultura es su alto desarrollo te cno lóg ico
en la co nfección de su cerám ica, la que fue influ en ciad a desde los valles
transversales (tipos D iaguitas) y por la co-tradición andina.

Q uedaría por ubicar la cultura situada entre los ríos M aulé e Itata.
Es prob able que frente a estas dos sociedades bien organizadas, con
personalidades culturales definidas, estas tierras -tal co m o lo in s in úa R.
Latcham- estuviesen bajo la influencia tanto del norte com o del sur, es
decir, de los habitantes de A concagua y de los araucanos. El p ro p io
Bibar tam bién muestra una situ ación de relativa in d e fin ic ió n . Para él
está clara la presencia de los aborígenes aconcagua y m apo cho, los que
ag lu tinan a los otros aborígenes hasta el norte del río M aulé; luego
define con claridad la presencia de una nueva p o b la c ió n el sur del río
Itata (los araucanos).

Q u e d a así en claro que Bibar, hacia 1550, veía dos provincias


culturales relacionadas, con rasgos com unes, pero ta m b ién con diferen­
cias im portantes. Estas diferencias son las que explicarían los rasgos
distintos del proceso histórico de transculturación que se v ivió en C hile
del centro y del sur.

134
6 La Vida Fronteriza: Entre la Guerra, la Evangelización y el
Comercio

La etnia m ap uch e , que en los tiem pos prehispánicos habitaba los


territorios costeños, de los llanos y precordilleranos, entre los ríos Itata
y T oltén, se vio forzada a reducir sus asentam ientos a algunos sectores
situados al sur del río Bio-Bío, siem pre en com petencia con los
conquistadores españoles del siglo XVI. Dos veces en ese siglo los
m apuches-araucanos se hab ían sublevado con éxito en contra de
fuerzas españolas; en 1553 habían dado m uerte al capitán Pedro de
V aldivia, prim er p o b la d o r del territorio chileno, y a fines del siglo al
g o bernad o r García O ñ e z de Loyola.

M ientras en otros territorios de C hile, en el norte sem iárido y en el


centro-sur del territorio hasta el río M aulé, los españoles habían
d o m in a d o a los pobladores aborígenes, en el sur los habitantes
indígenas ofrecían una resistencia vigorosa a los invasores de su tierra.

La actual investigación histórica, encabezada por el historiador


Sergio V illalobos, ha resaltado los rasgos pacíficos de las relaciones
entre los españoles y m apuches, no de sconociendo las situaciones
bélicas que acontecieron en los siglos XVII y XVIII

Nosotros, a p o y án d o n o s en nuestros estudios recién p u b licad o s (*),


expondrem os alg uno s aspectos de esta interrelación contradictoria
entre españoles, criollos, araucanos y pehuenches, especialm ente en
los territorios bañados por el río Bío-Bío. No sólo los soldados o los
guerreros son los sujetos de esta peque ña historia, sino tam b ién los
sacerdotes o «patirus-, jesuítas o franciscanos, y los com erciantes que
estim ulab an los «conchavos- o situaciones de intercam bio comerciales.
A lrededor de los pe q ue ño s fuertes construidos al norte del Bío-Bío,
después de 1723, los indígenas, españoles y mestizos convivieron, se
m ezclaron, se engañaron y tam bién se violentaron unos a otros.

(*) A n tro p o lo g ía e his to ria de la Isla de la Laja. Ed. U niversitaria, S antiago, 1992.

135
Ciertas figuras notables de estos siglos son recordadas, insistiéndose
en alg uno s loncos araucanos y pehue nche s, y en de term inados g o b e r­
nadores españoles, sobresaliendo entre todos el irlandés-español A m ­
brosio O ’H iggins, padre del libertador c h ile n o B ernardo O ’H iggins.

La derrota de Curalava, a fines de 1598, y la m uerte del g o bernad o r


Martín García O ñ e z de Loyola prov o có entre los m apuches-araucanos,
en m enos de cuatro años, un m o v im ie n to de re be lión g eneralizado ra,
que tuvo co m o consecuencia la destrucción de las ciudades y fuertes
■de arriba», todas fundadas al sur del río Bío-Bío. C o m o efecto de este
alzam ie nto general se revisaron los planes de co nqu ista, acep tánd ose ,
a pesar de la resistencia de m uchos m ilitares, que el Bío-Bío co nstituirla
la barrera natural que debería detener en sus entradas al norte a los
m apuches de la costa, de los llanos y de las faldas de la cordillera, com o
igualm ente a los aborígenes del sector alto co rdillerano . La fo rm ació n
de un ejército profesional, fin an c iad o por el -real situado», perm itiría
detener en prim er lugar el avance abo rigen hacia C o n c e p c ió n , San
B artolom é de G a m b o a (C h illá n ) e incluso más allá del río M aulé.
A dem ás este ejército profesional, que reem plazaba al co n s titu id o por
los vecinos y fin a n c ia d o por los encom enderos, po dría en el futuro
recuperar los territorios perdidos; tal era el proyecto del g o bernad o r
A lonso de Ribera.

Las políticas de la llam ada guerra defensiva estaban ta m b ié n in s p i­


radas por el pe nsam ie nto y la acción de la orden de la Sociedad de
Jesús. Recordem os que éstos, encabezados por el sacerdote Luis de
V aldivia, h a b ía n llegado a C hile en 1593, in ic ia n d o inm e d iata m e n te una
política evangelizadora que había superado ráp id am e n te a las que
hacían otras órdenes, co m o los franciscanos. C om o estos últim o s a su
vez lo reconocían, los jesuítas h a b ía n -extendido sus m isiones antes de
nuestra entrada en el reino por los tres vutha-m apus o cantones que
llam an de la Costa, Llanos e Inapire o Pie de la C ordillera. Por esta razón
los franciscanos p id ie ro n que se les adjudicase el Pire-vutha-mapu,
•terreno que o c up a la n ac ió n llam ada c o m ún m e n te Pehuenches». Lo
lograron en el Parlam ento general que en el Salto del río Laja celebró
el g o bernad o r M anuel Amat y Ju n ie n t, q u ie n , a instancias de los m ism os

136
indios entregó -la expresa nación- a los franciscanos. Esto ocurrió en
1756.

Pero m uch o antes de la im portante política m isional de la orden de


los franciscanos, de la guerra defensiva y de la acción evangelizadora
de los jesuítas del padre V aldivia, incluso antes de la derrota de
C uralava, los españoles estaban profun dam en te p reo cup ado s por los
intentos de los m apuches de los llanos y del Inapire, a veces apo y ado s
por los ind ios de la cordillera (puelches, según los textos españoles),
de incursio nar más allá del río Bío-Bío, cruzand o la isla de la Laja,
cam in o hacia el río M aulé. Un buen ejem plo de esta p re o c u p a ció n es
la carta de M artín R uiz de G am b o a a Su Majestad, el rey de España
Felipe II, de febrero de 1592: -Vine a las provincias de C h illán d o n de
yo había hecho un m uy b u e n fuerte y po rque aquella com arca era y es
frontera de la de Santiago y guarda de que los enem igos no pasen a sus
térm inos y reparo y sustento de la C on ce p ción y al p rin c ip io de los
indios de la guerra y en m edio de todo el reino, de d o n de se sustenta
la C o n c e p c ió n y qu ité los gastos que Su M agestad tan excesivos que allí
hacía para sustentarla y reparo que a sus térm inos no corran ni p u e d a n
los enem igos, p o rq u e en salie ndo luego desde C h illán les to m an las
espaldas y son pe rd id o s... allí determ iné de p o blar u n p u e b lo y p o b lé
lla m a d o San B artolom é de Gamboa-.

Esta c iu d a d de -tierra blanca y de m uy bu e n sitio y b u e n o s ríos y de


m u c h o pescado y m uchas tierras de pan y vino y frutas y carne, por
m ucho s y m uy bue no s pastos-, se constituyó en un baluarte que su p o
resistir m ucho s ataques de indios de los llanos y de la cordillera hasta
1655, c u a n d o se p ro d u jo q u izá la m ayor sub le vación de los m apuches.

M ientras el g o bernad o r A lonso de Sotom ayor estaba en C o n ce p ción ,


en 1585, fue in fo rm a d o que los indios de la Laja devastaban el partid o
de C h illá n , y te n ía n en m ucho riesgo la c iu d ad de San B artolom é de
G a m b o a . Salió a c o m p añ a d o del maestre de ca m p o A lonso G arcía
R am ón y de los principale s capitanes, al frente de dos c o m p añías con
la rap id e z que pedía la necesidad en que se hallaba aquella c iu d a d y
su com arca.
Nos relata el historiador Vicente Carvallo G oyeneche que -no le

137
aguardaban los indios, y v iéndo le llegar, se entraron en la sierra. El
gobernador, entonces m a n d ó ejecutar severos castigos en los que se
tom aron extraviados, para escarmentar a los dem ás. R eforzó la g u a rn i­
ción de la ciu dad, y levantó el fortín de San Fabián, cerca de C anucu,
en el paraje lla m a d o los Maquis*.
La situ ación en la región de los llanos y sobre to d o en el vértice
occidental de la isla de la Laja era conflictiva; por esta razón el
g obernador Sotom ayor fu n d ó al norte del Bío-Bío, cerca de Y u m b e l, el
fuerte *La Trinidad* y al sur-oeste de T alcam ávida, en la orilla sur del
Bío-Bío, el fuerte -Espíritu Santo*.

A fines del siglo XVI el g obernador Martín García de Loyola, hacia


enero de 1593 (cinco años antes de su m uerte), daba instrucciones al
capitán M iguel de O laverría sobre la -guerra de fuera*, es decir, aqu élla
que era prom ovida por los aborígenes que vivían a los pies de la
cordillera y dentro de ésta, e incluso en el sector oriental. Eran cuatro
las ciudades que d e fe nd ían los derechos de los españoles: C h illán ,
A ngol, Villarrica y La Im perial, y, según el gobernador, estas cuatro
ciudades habían estado por m uchos años o p o n ié n d o se a los habitantes
de la cordillera nevada con más de doscientos cincuenta españoles.
Agregaba que los indios de la dicha cordillera eran cuatro o cinco mil.

Pues bien, luego de la derrota de Curalava en los prim eros decenios


del siglo X V II, los aborígenes cordilleranos asaltaron varias veces, hacia
1629-1630, las haciendas de los alrededores de C h illá n y tam bién
colaboraron con los m apuches de los llanos en sus correrías por esta
región. De resultas de estas entradas y escaram uzas, los españoles
sufrieron algunas derrotas, siendo una de las conocidas la de las
Cangrejeras. C o m o consecuencia de este com bate un joven capitán ,
Francisco N úñe z de Pineda y B ascuñán, fue capturado y v iv ió alrededor
de siete meses entre los aborígenes de los llanos. En su «Cautiverio
Feliz», describió los contactos y las rivalidades entre estos aborígenes
y los de la cordillera, sin darle nom bre a esos últim os. Sin em bargo en
su obra, -Suma y Epílogo», los d e n o m in ó puelches o pehuenches.

T am bién el cronista D iego Rosales (*) de scrib ió detallad am e nte los

(*) D iego Rosales, H isto ria g e n e ra l de! reyno de C h ile F lan d es In d ia n o , 3 tom os; V alparaíso,
1877; tom o II, pág. 664; tom o III, pág. 174.

138
m últip les ataques y m alones, que los cordilleranos (pehu en ches y
puelches) hacían en contra de C hillán y sus alrededores; com o tam bién
los acuerdos de paz y los continuos quebrantos de ella

El jesuíta relata diferentes acciones bélicas en tiem pos del g o b e rn a­


dor m arqués de Baides (1639-1646), en que generalm ente el español
era burlad o y el cordillerano se iba a sus tierras, >muy contento y
jactancioso... cargado de despojos y de captivos».

C u a n d o estalló la rebelión de 1655, en tiem pos del g obernador


A ntonio A cuña y Cabrera, los ataques de los pehuenches-puelches y
araucanos se hicieron frecuentes entre los ríos Itata, Nuble y hasta las
p rox im idades del M aulé Sin em bargo los inform es de los españoles son
contradictorios o, por lo m enos, no m uestran cam bios en la actitud de
estos aborígenes cordilleranos, en cuanto que a veces favorecían a los
españoles y en otras ocasiones a sus herm anos aborígenes, los m a p u ­
ches de los llanos. El cronista Je rón im o de Q uiro g a escribió que los
pehuenches a co m p añaro n a los españoles en su lucha contra los indios
de la costa sur de V aldivia. Por otra parte, otro español, el fiscal de la
A udiencia de C hile A lonso de Solorzano y Velasco, en 1657, relató que
los aborígenes cordilleranos m alo qu earon una im portante cantidad de
estancias al sur del río M aulé, haciendo prisioneros y ro b and o ganad o,
yeguas y caballos. Esta situación, desastrosa para los pocos cientos de
españoles capaces de enfrentarse a los indios, se p o n ía m ás peligrosa
con la intervención de un jefe m estizo llam ado Alejo, q u ie n derrotó a
grupos de españoles cerca del fuerte de C onuco, a la altura de Tom é.
C om o resultado de estos contratiem pos, provocados por las acciones
de los m apuches de los llanos y de los aborígenes de la cordillera, el
fiscal A lonso de S olorzano p id ió trasladar la frontera al rio M aulé y
volver a la po lítica defensiva de los primeros años del siglo X VII. La
acogida de esta política habría significado la pérdida de to d o el sur de
C hile para los españoles.

Una vez m uerto el m estizo Alejo, el nuevo to q u i m apuche M isgui,


se enfrentó a los españoles al sur del río Laja, siendo derrotado por las
tropas del g o bernad o r Pedro Porter Casanate en C uranilahue , en 1661.
C on la llegada a C hile, en 1662, del nuevo g obernador Angel de Peredo,
se reforzaron los fuertes del C on uco (San Fabián) y se restauró el

139
antiguo fuerte de San Felipe de Austria, cerca de Y u m b e l. A Peredo le
interesó preferentem ente la defensa del río Laja, construyendo varios
fortines, y «casas-fuertes-.
Este m ism o gobernador re po bló C h illán es septiem bre de 1663. El
capitán y cronista José Basilio de Rojas y Fuentes c o n d u jo la o peración,
apoyado en un destacam ento de 200 soldados. C o m en zó así de nuevo,
lentam ente, el proceso de construcción de casas, graneros, m olinos; las
plantaciones de trigo, cebada y otros productos de las huertas y
chacras. H abían m uerto alrededor de 900 soldados, desde que se in ició
el levantam iento hasta el triunfo de las armas españolas, y se hab ían
destruido varios centenares de estancias entre el M aulé y el rio Bío-Bío.

A fines del siglo XVII tenem os dos situaciones interesantes, a m p a­


radas por la relativa paz que existía.

En 1680 se inician las peticiones del capitán español José N úñe z de


la Cantera, vecino de la C oncepción, para pedir una m erced de tierras
situadas en la isla de la Laja, exactamente en lo que hoy se conoce con
el nom bre de las Canteras. Este fue el co m ie nzo de la posteriorm ente
famosa hacienda de las Canteras, adquirida por do n Am brosio O 'H ig gin s
alrededor de cien años después.

Por otra parte, entre 1692 y 1700, g o bernó el reino de Chile Tomás
M arin de Poveda, quien im p u ls ó las políticas de ev an ge lización en el
territorio de los m apuches y de los pehuenches. El p ro p io gobernador,
en carta de abril de 1695, señala al rey Felipe V que fueron especialm en­
te los religiosos de la C o m pañía de Jesús y los de la orden de San
Francisco los que se dedicaron a este m inisterio. Se erigieron 9 m isiones
nuevas. El g obernador m enciona las de Im perial, Boroa, T ucapel,
Repocura, V irquén, M ulchén, Renaico, Q uecheregua y M aquegua.

Igualm ente este g obernador dispuso el envío de m isioneros entre


los pehuenches y puelches. El padre Nicolás Kleffer in ició estas
m isiones para «introducir la lu z del Santo E vangelio entre los puelches
y a otros innum erables indios-. Ya a fines del siglo XVII, o com ienzos
del siglo siguiente, es probable que fundaran una m isión en R ucalhue,
según escriben los padres franciscanos en un inform e que redactaron
en el siglo X V III acerca de las m isiones en el reino de Chile. D ebem os

140
cecordar que R ucalhue está situado al sur de Santa Bárbara, p u e b lo y
fortaleza im portante del siglo XVIII para la defensa de la isla de la Laja.
Este sector del río Bío-Bío, frente a Santa Bárbara, contó siem pre con
una m isión , cuya actividad sufrió, a veces, interrupciones d e b id o a las
sublevaciones de los aborígenes de la cordillera o de los llanos.
A pesar de estas penetraciones esporádicas, todo el territorio
situado entre el sur de C hillán y el Bío Bío estaba prácticam ente
a b a n d o n a d o y sólo sus territorios lim ítrofes, especialm ente al o ccid e n ­
te, en el territorio de los llanos, tenían fuertes y m isiones, cercanos a
la conflu encia del Laja con el Bío-Bío Por ejem plo al nor-oeste del rio
Laja, junto al tercio de Y u m b e l, se fu n d ó la m isión de San C ristóbal, en
1646. En todo el siglo XVII los jesuítas extendieron sus m isiones por el
territorio de la costa y de los llanos, y algo incursionaron hacia el
territorio de la cordillera a fines del siglo. Luego, en el siglo X V III, la
orden de los franciscanos ad q uirirla fuerza en la acción apostólica
m isional con los aborígenes cordilleranos de la isla de la Laja, e incluso
de más al sur. La ex p ulsión de los jesuitas los dejó com o señores de casi
todas las m isiones del sur de Chile.

Entrando en el siglo X V III, recordemos que la sub le vación de los


m apuches ocurrida en 1723, después de m ás de 40 años de vida
relativam ente pacífica, había convertido a los m apuches en dueños
absolutos de sus tradicionales tierras, perm itiéndoles algunas ho stilid a­
des aisladas en las tierras pobladas por los españoles, especialm ente en
aquellos sectores que no tenían defensa m ilitar com o era el caso del
territorio situado entre los ríos Laja y Bío-Bío. A dem ás, esta especie de
tregua h ab ía hecho d ism inuir el ejército de la frontera, que apenas
pasaba de 1.000 hom bres, com o tam bién las sum as del situado o
presupuesto para pagar y m antener el ejército de C on cepción.

Según la interpretación del historiador Barros Arana, «la v ecindad


había creado relaciones entre los indios i los españoles; i esas relacio­
nes, estim uladas por las necesidades de un orden eco n óm ico habían
fo m en tado el com ercio recíproco*. Este com ercio -si hubiese sido
ejercido con lealtad, habría dom esticado con el transcurso de los años
a aquellos bárbaros acercándolos más i más a los españoles, i h a c ié n ­

141
doles com prender las ventajas de una vida más regular i de las
com odidades que proporciona la civilización» (*).

La sublevación que ocurrió bajo el g obierno de G abriel Cano de


A ponte (1717-1733) ha sido estudiada por diferentes historiadores y
especialistas, los que escribieron en el pro p io siglo X V III, tales com o
G e rónim o Pietas, M iguel de Olivares, Jo a q u ín de Villarreal y Vicente
Carvallo y Goyeneche. En el siglo XIX, tenem os a José Pérez García,
C laudio Gay, D iego Barros Arana, José T oribio M edina, M iguel Luis
A m unátegui. En el presente siglo están, entre otros, Francisco A ntonio
Encina, Sergio V illalobos y H oldenis Casanova. Todos ellos han apo r­
tado docum entos, inform ación histórica bien controlada y hechos.
Tam bién han interpretado los acontecim ientos, no c o in c id ie n d o siem ­
pre sus ideas explicativas.

Q u ie n ha expuesto en la forma más com pleta los hechos históricos


ha sido D iego Barros Arana y por esta razón ha sido citado, com entado
y discutido una y otra vez. Por ejem plo, el historiador Francisco
A ntonio Encina ha escrito sobre esta sublevación sin agregar nada
nuevo a lo expuesto por Barros Arana, pero ex plicó la sublevación
desde otro p u n to de vista, restándole im portancia a la situación
guerrera de 1723, o p o n ién d o se a las conclusiones que c o nd enab an el
com portam iento del maestre de cam po general M anuel de Salam anca y
de los -capitanes de amigos-(’ ) y co ncluy en do que la decadencia de la
raza araucana, sum am ente m ezclada, explicaba el ráp ido térm ino de la
sublevación.

Muy recientem ente, H oldenis Casanova, dentro del m arco interpre­


tativo de las relaciones fronterizas, ha insistido por una parte en una
postura más docum entada y por otra ha ex plicado la rebelión de 1723
com o una situación ocurrida dentro del com plejo m u n d o de la vida

(*) H isto ria de Chile-, tom o 6; págs. 26 y 27.

(*) La in stitución de ‘capitanes de amigos-, según el cronista Pedro de C órdova y Figueroa


( H istoria de Chile, en C .H .C H ., tom o II). fue instituido en tiem pos del teniente general A lonso
de C órdoba, en el gobierno de Ju a n H enríquez (1670-1682). C om o dice S. V illalo bo s, en
Relaciones Fronterizas en la Araucanía, p íg s . 187-195, es m uy po sible que estos personajes
derivasen de los ¡ntépretes, dada cierta s im ilitu d en sus funciones y porque d e b ía n conocer la
lengua de los indios.

142
fronteriza. Su postura más eq uilibrad a le debe m u ch o a V illalobos,
co m o ta m b ié n a Barros Arana.

Ahora bie n, la sub le v ación de 1723 prov o có al traslado de los fuertes


españoles al norte del rio Bío-Bío. ¿Es verdad que el de sm antelam ie nto
de éstos s ó lo fue la consecuencia directa de la sub le vación m apuche?
¿O fue ex presión de una política defensiva bien de lin e ad a por los
autores de ella, incluso antes de que estallase el m o v im ie n to b élico
m apuche?.

Los acontecim ientos de 1723 seleccionados por los historiadores y


en d o n d e hay acuerdo entre ellos son los siguientes:

- La s u b le v a c ió n se in ic ió en forma específica para vengar afrentas


e injusticias som etidas por alg uno s -capitanes de amigos* en
contra de los m apuches de los alrededores de Purén (Queche-
reguas).

- Los m ap uche s, dirig ido s por el lo n co V ilu m illa no lograron


generalizar la s u b le v ación y no tuvieron éxito en sus asedios a
los fuertes y en los escasos enfrentam ientos con los españoles.
T am p o co prete nd ieron destruir las m isiones o atacar a los
sacerdotes.

- Fuera del tem or g en eralizado , de los rum ores, de las noticias


falsas, los españoles no tuvieron problem as serios de carácter
guerrero, a u n q u e sí ab a n d o n a ro n las m isiones situadas al sur del
Bío-Bío y vieron algunas estancias asaltadas.

- Los m apuches d ie ro n a conocer, ya en 1724, sus deseos de hacer


las paces.

- Los esp año le s dem oraron los acuerdos hasta co m ie nzo s de 1726,
c u a n d o se re alizó el parlam ento de Negrete.

- De acuerdo a lo co n v e n id o en el parlam en to , interesaba a las


partes re anudar p rin cip alm e n te el com ercio. A su vez, los
españoles ex igieron que los m apuches declararan una vez m ás
su lealtad al Rey, aceptaran la ev a n g e lización y ayudaran a las
obras p ú b lic a s de los españoles.

143
Por su parte, los m apuches insistieron en que hubiese u n tratam ien­
to más justo por parte de los capitanes de am igos y de los españoles en
general, que les perm itiesen trabajar librem ente, y pedir y tener justicia
ante las autoridades españolas.
El cronista Carvallo y G oyeneche ha insistido en que el maestre de
cam po general M anuel de Salam anca, pariente del g o bernad o r C ano de
A ponte, fue el principal causante de la sub le vación , en cuanto realizaba
negocios usando a los capitanes de am igos, los que causaban grandes
injusticias a los m apuches. A poyado en esta in fo rm ación y en otros
docum entos, Barros Arana interpretó los hechos exagerando la im p o r­
tancia de la rebelión En prim er lugar, escribió que en 1723 estalló una
form idable insurrección de los indios araucanos que o casio n ó grandes
daños y que estuvo a p u n to de producir la ruina total de las ciudades
y de las estancias del sur. Sin em bargo, el relato que hace este
historiador acerca de los acontecim ientos contradice su v alo rización .
Los aborígenes, excepto asaltar algunas estancias y m atar a unos
cuantos españoles, no lograron tomarse n in g ú n fuerte ni im ped ir la
llegada de refuerzos, que incluso en un prim er m om e nto no fueron
num erosos. T am poco p u d ie ro n im pedir el a b a n d o n o de los fuertes que
eran, al decir del sacerdote jesuita Jo a q u ín de V illarroel, -unos ranchos
cubiertos de paja i cercados de una m ala estacada*. Los ind ios se
lim itaron sólo a insultar de lejos a los españoles, c u an d o éstos
aban do naro n los fuertes, sin poder atacar ni tom ar nada.

Una vez p ro d u c id o , a fines de diciem bre de 1723, el traslado de


todos los hispano-criollos al norte del Bío-Bío, los m apuches co m e n za ­
ron de nuevo , según Barros Arana, sus -enredos y discordias-, no
p u d ie n d o renovar sus agresiones y v o lv ie n d o a -hacer el com ercio que
antes m antenían con las po blaciones vecinas a los fuertes-. Así desde
m ediados de 1725 hicieron llegar a C o n ce p ción sus p ropo sicio nes de
paz.

C om o sabem os, la paz se concertó en febrero de 1726.

El p ro p io Barros Arana escribió sig u ie n d o al historiador O livares,


que el gobernador Cano de A ponte logró reunir un núm ero im portante
de soldados (casi 4.000 hom bres), la m ayoría m uy inexpertos. Se
esperaba, entonces, una acción vigorosa contra los aborígenes; sin
144
em bargo, el gobernador ad o p tó una conducta diam etralm ente opuesta
y recom endó trasladar los fuertes situados al sur del Bío-Bío a la orilla
norte de él.

A lgunos cronistas, tales com o el padre jesuíta Olivares y el coronel


Carvallo y G oyeneche, nos han entregado una detallada info rm ación de
las razones que tuvo el gobernador para im poner su política defensiva.
Los dos, sin em bargo, no fueron partidarios de las m edidas propuestas
por C ano de A ponte. Los argum entos del gobernador habían sido:

- Los fuertes situados al sur del Bío-Bío, causaban gastos enorm es


y éstos no se relacionaban con los beneficios que p ro d ucían, es
decir, no lograban ni la pacificación ni la civ ilización de los
m apuches.

- Los fuertes, por el contrario, eran causa de conflictos con los


aborígenes. Estos veían en ellos la presencia invasora.

- Los fuertes no im ped ían los ataques de los m apuches a las


estancias de los españoles situadas al norte del Bío-Bío.

- En cam bio, los fuertes reconstruidos al norte del Bío-Bío eran


fáciles de socorrer y p o d ía n ser defendidos con éxito.

C om o resultado de estos argum entos, el gobernador im puso, a pesar


de la fuerte o p o sic ión de los m ilitares, que los fuertes situados en
territorio m ap uche fueran desalojados y destruidos; y que se constru­
yesen otros en la ribera norte del Bío-Bío y el Laja, para im pedir el paso
h ip o té tic o de los aborígenes hacia el norte, es decir, hacia C on cepción,
C h illán e incluso más allá, hacia el M aulé y el C achapoal.

Carvallo y G oyeneche com entó que -el p ú b lic o g rad uó de im pre m e­


ditada y de acelerada la resolución del gobernador- pensando que ella
era consecuencia de term inar rápidam ente la insurrección, sobre todo
po rqu e en el origen de ella se encontraba la codicia de su sobrino, el
maestre de cam p o M anuel de Salam anca. Adem ás se le acusó de hacer
nuevos gastos en la reedificación de nuevos fuertes y especialm ente no
se le p e rd o n ó su tolerancia y disim ulo en los hechos causados por
Salam anca.

A su vez el historiador A nton io Encina señaló que.

145
- No sólo había pocos deseos de guerrear entre los m apuches,
sino tam bién entre los españoles y criollos.

- A dem ás el ejército español, o rg anizad o con tantas dificultades,


estaba mal arm ado, no tenía disciplina ni m enos quería luchar.

Por estas razones, el g o bernad o r to m ó el partido de u tilizar su


aparatosa presencia para im pon er al enem ig o y traerlo de paz*. C ano de
A ponte -com prendió que el g o b ie rno español n o tenia fuerzas, recursos
ni v o lu n ta d para proseguir la pacificación-. Por esta razón , había
de cidid o desalojar y destruir los num erosos fuertes aislados, situados
en las tierras m apuches desde el siglo XVI. A dem ás los ay ud ó a tom ar
esta decisión el hecho de que en Arauco no q u ed aba un solo m isionero,
puesto que los jesuítas hab ían a b a n d o n a d o rápidam ente las m isiones,
al conocer -el conato de sublevación- iniciad o en el mes de m arzo de
1723.
Encina term ina su e x plicación escribiendo: -la co n c e p c ió n de Cano
y A ponte se apartaba fu nd am entalm en te de las dos tradicionales.
D ifería de la de A lonso de Ribera en cuanto im portaba la renuncia
definitiva a la conquista de A rauco, al paso que en la de este h áb il
estratega sólo se retrocedía para recom enzarla gradualm ente, sin dejar
enem igos a la espalda. C oin cid ía con la del padre V aldivia en la defensa
de la línea del Bío-Bío. Pero la del jesuíta tenía dos agregados: la
p ro h ib ic ió n de perseguir más allá de la raya al enem ig o y la conquista
espiritual de Arauco*.

H oldenis Casanova hizo suya la idea de Encina de que el traslado de


los fuertes im pedía una im portante p o s ib ilid a d de contacto civilizado r
en tierras araucanas y term ina precisando *que no fue la re be lión
ind íg ena lo que o b lig ó a desm antelar los fuertes. Parece claro que en
el pe nsam ie nto del G o b e rn ad o r éstos resultaban inútiles para realizar
la conquista definitiva del territorio araucano*.

A hora bie n, según Barros Arana, *a fines de enero de 1724 q u e d ab an


d e sp o blad o s todos aquellos fuertes i retiradas sus guarniciones al norte
del Bío-Bío. D ióse entonces p rin c ip io a la construcción de nuevos
fuertes, todos los cuales recibieron los m ism os nom bres de los que
acababan de ser abandonados».

146
Estos fuertes serían construidos en 1724 y principalm en te d o m in a ­
rían los pasos más usados por los m apuches de la costa, co m o de los
llanos, y q ue perm itían el cruce del río Bío-Bío Igualm ente, en la ribera
norte del rio Laja se construyó el fuerte de Tucapel para intentar detener
el paso de los m apuches de la pre-cordillera y de los pehuenches de la
cordillera; con los años se c o m p ro b ó que no c u m p lió este propósito .

El g o bernad o r pensaba, según escribió al rey Felipe V, el 21 de abril


de 1726, que al no tener la fuerza m ilitar necesaria para hacer la guerra
a los m apuches, el retroceso de la línea de la frontera nuevam ente a la
ribera norte del río Bío-Bío era una m edida necesaria. Asi lo e n te n d ió
más tarde u no de los mejores conocedores de la frontera, el coronel
Ju a n O jeda, q u ie n inform ó varias veces sobre esta región lim ítrofe. En
un escrito sobre la frontera de la C oncepción de Chile, hecho en 1803,
señaló *E1 señor do n G abriel C ano, gobernador i capitán jeneral de este
reino, m e d ita n d o con las más fina atención sobre la gran d ificu ltad de
sostener estas fortalezas (las de Purén, etc.) tan lejanas dentro del país
enem ig o, que cada provisión de auxilios era una guerra, i cada
destacam ento o refuerzo de tropas costaba m ucho i repetidos ataques,
i que su perm anencia no ofrecía más que inquietudes de los indios,
determ inó con m ayor acuerdo abando nar este puesto.. -; con esta
m edida y otros gratos y amistosos alicientes, se logró la pronta
pacificación de los aborígenes.

Q u e el g o bernad o r quiso desde el prim er m om e nto la paz con los


m apuches y con el to qui V ilum illa, es un hecho que surge de una
in fo rm a c ión entregada por G e rón im o Pietas en 1729 y que no ha sido
m uy tom ada en cuenta. C uand o en diciem bre de 1723 el gobernador
av a n zó a Purén Viejo con el lin de desm antelarlo, co nv o có a los
caciques, -vinieron luego algunos; reprendióles m u ch o ... y les m a n d ó
fuesen a decir al pertinaz rebelde V ilu m illa, que era la cabeza de la
c o n sp ira c ió n , y a los dem ás caciques viniesen a pedir pe rd ón de sus
yerros... El g o bernad o r los m iraría con co nm ise ración y los perdonaría-.
H u b o una segunda re u n ión con los loncos, pero V ilu m illa no particip ó
po r -hallarse enfermo-.

Este deseo de term inar la sub le vación fue reforzada por dos
situaciones que hay que eq uilibrar adecuadam ente. Una de ellas hacía

147
referencia a los negocios que su pariente, el maestre de cam po general
Salam anca, tenia con algunos capitanes de am igos, lo que se com entaba
y criticaba. H abía entonces que term inar pro n to con el levantam iento
que se había o rig inad o en Q uechereguas, al ser m uertos tres capitanes
de am igos por los m altratados m apuches. La otra situ ación se pro d u jo
con la intervención del Rey y del Consejo de Indias, quiene s en abril
de 1724 recom endaron que los indios fuesen tratados «con la m ayor
suavidad- y en caso de injusticias provocadas por alg uno s españoles se
procediese a castigarlos con toda severidad, -no p e rm itie n d o que a los
indios en sus tratos de po ncho s y dem ás granjerias que tuviesen, se les
hagan agravios ni vejaciones...* El 30 de diciem bre de 1724 el Rey
insistió en -que se tratase de aquietar a los ind ios, im p id ie n d o to d o mal
tratam iento, i que se les perdonasen los delitos q u e h a b ían co m e tid o
durante la insurrección*.

En este contexto debe com prenderse que la m edida más inteligente


era evitar cualq uier enfrentam iento con los m apuches; reforzar la línea
fronteriza con el rio Bío-Bío, que históricam ente tenia justificación; y
asegurar m ediante un tratado de paz que en el futuro se p o d ría n volver
a construir fuertes al sur del Bío-Bío, co ntinuar la e v an g e lización y
reanudar los -conchavos* tan necesarios para los españoles, m estizos y
m apuches.

La sub le va c ió n de 1723 fue el últim o im p ulso que llevó al g o b e rn a­


dor y a sus asesores, especialm ente civiles, a volver a situar la frontera
físicam ente en la ribera norte del Bío-Bío. Los fuertes reconstruidos en
el sector litoral y en los llanos, estaban m ás cerca de Y u m b e l y de
C on cep ción; p o d ía n ser de fe nd ido s con p ro n titu d en caso de ataques
indígenas; incluso los co lo no s que co m e nzab an a po blar la isla de la
Laja se sentirían algo más seguros, sobre todo por el fuerte de San
Carlos situado frente el territorio de los llanos.

El traslado de los fuertes fue, entonces, la consecuencia de una,


ev aluación pensada desde co m ie nzo s del siglo, co m o lo dem uestra el
inform e del jesuíta Covarrubias de 1708, que tenia com o razón princip al
el co nv e n c im ie nto de que era im practicable la co nquista de los
territorios de los m apuches situados al sur del Bío-Bío, excepto los
enclaves logrados en V aldivia y C hiloé. Esta de cisión , adem ás, corres­

148
p o n d ía m ejor al esfuerzo e c o n óm ic o de co lo nizar de finitivam e nte
aquellos sectores aún no p o b lad o s, com o los extensos territorios
situados entre los ríos Laja y Bío-Bío.

Asi, los fuertes, especialm ente los situados en territorios pre-


cordilleranos y los que fueron construidos para defender la isla de la
Laja de la entrada de los diferentes grupos de aborígenes, iniciaro n sus
actividades defensivas a com ienzos de 1724. Prim ero fueron Purén y
T ucapel. Purén fue construido en la ribera norte del Bío-Bío, te n ie n d o
al norte el río D u q u e c o y frente a unos vados que perm iten pasar el río
sin dificultades; hoy día el cam ino p a v im e ntado lo roza prácticam ente
antes de cruzar el Bío-Bío por m ed io del gran puente co nstruid o por la
ingeniería del siglo XX El de Tucapel fue levantado al norte del rio Laja
y a cierta distancia de él; a su vez tiene al norte el rio H u e p il.

Luego, bajo el g o b ie rno de José M anso de Velasco (1737-1745),


exactam ente en 1739, se buscó en el sector occidental de la isla de la
Laja un sitio ade cu ad o para concentrar la p o b la c ió n dispersa, o b v ia ­
m ente con su fuerte respectivo. Se c o n fió la b úsqu ed a y fu n d a c ió n de
la villa al sargento m ayor, do n Pedro de C órdoba y Figueroa, tam bién
im portan te por ser autor de una «Historia de Chile*. La nueva villa,
situada al norte del Bio-Bío y a unos 24 kms. en línea recta, fue fu nd ada
en 1742 y se lla m ó Santa María de los Angeles. Ya en 1743 la naciente
p o b la c ió n congregaba, entre colonos, soldados, com erciantes y m esti­
zos, alrededor de 47 personas.

A lg uno s años m ás tarde, en 1757, el g o bernad o r M anuel de Amat y


Ju n ie n t (1755-1761) o rd e n ó levantar la villa de Santa Bárbara, en ho no r
a la reina, con una p e q u e ña fortaleza en el sector preco rd illerano del
Bio-Bío, en su o rilla norte y a unos 25 kms. al oriente de Purén. En
tiem pos de este g o bernad o r se firm ó, en el parlam ento del Salto del Laja
de 1756, una paz relativam ente perm anente con los aborígenes c o rd i­
lleranos, que tuvo un corto p e ríod o de ex cepción entre los años 1769
y 1771. Este acuerdo im p lic ó , entre otras cosas, la ace p tación por parte
de los p e h ue nch e s de la presencia de m isioneros en su territorio. Se
fu n d ó en la plaza de Santa Bárbara una hospedería de religiosos
conversores del c o le gio de Propaganda, es decir, de los franciscanos,
y dos casas de co nv ersión a cargo de los m ism os religiosos, una de ellas

149
en la parc ia lid a d de Ruca-Alhué, y la otra en el centro de las m ism as
cuarenta leguas al sud-este de aquella plaza, en Lolco.

Igualm ente se acordó fundar una villa en el sector de A ntuco.


Recordem os que fray Angel Espiñeira, en su viaje al país de los
pehuenches, recorrió en enero de 1758 esta región, a p e tición de los
prop io s jefes de los aborígenes cordilleranos, quienes deseaban ser
evangelizados po r los franciscanos. Luego de pasar por el -castillo de
Tucapel- y conseguir intérpretes, pasó el río Laja d iv id id o en nueve
caudalosos brazos y m uchas ramas y llegó -bien azotado de las m alezas
que cubren el cam ino y fatigado del calor y m osquitos a alojar a esta
estancia de d o n Francisco Jara llam ada A ntuco, hasta d o n d e desde
Tucapel habrá ocho leguas*.

En el parlam ento de N acim iento, en diciem bre de 1764, bajo el


go bierno de G u ill y G onzag a (1761-1768), la idea central expuesta por
los españoles fue el p lan de reducir a los aborígenes a p u e b lo s al sur
del río Bío-Bío; idea ésta tradicional de la m on a rq u ía, q u e encontram os
ya en el siglo XVI y que contaba con el entusiasta apoyo de la m ayoría
de los jesuítas. Para m encionar u no de los textos de co m ie nzo s del siglo
X V III, bástenos citar al procurador general de la C o m p a ñ ía de Jesús,
A ntonio Covarrubias, q u ie n en un m em orial que en vió a la Real Ju n ta,
con fecha 24 de septiem bre de 1708, se refiere expresam ente a la
reducción de los indios a pueblos. En este im portante escrito el jesuíta
da las razones que tienen los españoles para insistir en que los ind io s
vivan en pueblos; las repugnancias, a su vez, que se observan en éstos
para hacerlo, y los m edios que habría q u e usar para convencer a los
aborígenes que acepten esta política. Veamos los argum entos de
Covarrubias:

■Manda S M. que los ind ios se re duzcan a p u e b lo s en la tierra


adentro. Punto es este el principal para conseguir la conversión de
estos infieles... p o rque las utilidades que trae consigo la vida sociable
son m uy poderosos, asi para los efectos del g o b ie rno p o lític o com o el
espiritual; pues to d o ayuda, la frecuencia de la doctrina, el e je m p lo de
unos a otros, observancia de las leyes, el prem io de los bu e n o s, castigo
de los m alos, y la perm anencia y co n tin ua asistencia del doctrinero que

150
con gran facilidad , c o m o d id a d y u tilid ad pued e dar gasto a sus
feligreses...»

Sin em bargo los aborígenes tienen gran repugnancia en vivir en


reducciones, «porque juzgan que estando en pueb lo s los han de
d o m in a r y avasallar los españoles, y tem en más este yugo que la m uerte,
por tener a los españoles o dio m ortal, acordándose de los agravios que
les han hecho desde la conquista de este reino-. A dem ás los aborígenes
co nfirm an su o p in ió n «viendo que los prim eros que se redujeron a
pu eb lo s están o p rim id o s, disipados y tratados peor que los israelitas en
Egipto-,

Antes de discurrir una so lu c ió n , el sacerdote jesuita suplica q u e «en


n o m bre de los m isioneros que doctrinan a estos indios reducidos- se
po ng a rem edio o p o rtu n o y se m ande -respecto a los m isioneros, que
a u n q u e se o p o n e n d e fe n d ie n d o a sus feligreses, no son ate nd id o s, sino
atro pellad o su respeto del po de r secular-.

•Por ú ltim o , el ú n ic o m ed io que han discurrido algunos para facilitar


se reduzcan los ind ios a pueblo s, es que m ande S.M. q u e los españoles
y soldados que estén en los presidios de Purén, Arauco y T ucapel, que
es el riñ ó n de la tierra de estos indios y de d o n d e reciben los mayores
agravios, salgan y se m ud en a la raya de dicha tierra, que son las
m arjenes del Bío-Bío, de esta parte d o n de hay tres fuertes que son San
Pedro, T alcam avida y N acim iento... y esto es más fácil estando hoy
dichas plazas de adentro (es decir Purén, Arauco, T ucapel) casi
arruinadas y faltas de armas y soldados*. Así la m o n a rq u ía ahorrará
■muchos sueldos que se gastan sin provecho; y q u e d a n d o toda la tierra
adentro en po de r de los m isioneros, que al presente sin armas se
m antie ne n en paz, y cesando los m alos ejem plos de la m ilicia y los
agravios que reciben los indios, po d rán dichos m isioneros con am or y
s u av idad reducirlos a vivir en pueblos- (*).

En esta a rg u m entación de Covarrubias hay varias ideas interesantes.


Prim ero que nada, el co njun to de sus conceptos se herm ana con la que
los jesuítas de co m ie nzo s del siglo XVII usaban: línea de la frontera en
el Bío-Bío, territorio libre hacia el sur, s ólo los m isioneros p o d rán

(•) C la u d io G ay, H isto ria Física y P o lític a de Chile; D ocum entos., to m o I, págs. 282-285

151
recorrerlo para atraer a los infieles al cristianism o, n in g ú n so ld ad o o
com erciante deberá pasar más allá del Bío-Bío. En seg undo lugar, las
plazas militares y los presidios deberán estar al norte del Bio-Bío, entre
otras cosas p o rq u e su estado de conservación es deficiente y, po r lo
tanto, poco sirven a la defensa del reino y m enos para el avance de la
c o lo n iz a c ió n . Por ú ltim o , si se logra tranqu ilizar a los aborígenes,
im p id ie n d o que los españoles los d añe n , aquéllos p o d rán aceptar ser
reducidos a pueb lo s dentro de su tierra libre.

T eniendo presente lo anterior se en tie nde n m ejor las decisiones de


Cano de A ponte en 1724 y de G u ill y G onzag a en 1764.
Pues bien, com o consecuencia de la apro b ación del proyecto
d e fe n d id o por el gobernador G u ill y G on zag a, se tom aron las precau­
ciones necesarias para hacerlo posible. En prim er lugar, se trasladó la
plaza de Purén a la parte m eridional del Bío-Bío, prácticam ente al
frente de d o n de había estado situada en los años anteriores; igualm ente
se dio orden al co m andante de Los Angeles para que desalojase de sus
estancias a los españoles que las tenían sobre las riberas del Bío-Bío,
y que entregase a fuego las casas, que dentro de un p e q u e ñ o núm ero
de días debían estar desem barazadas para trasladar a los españoles a la
parte sur del Bío-Bío.

El p la n proyectaba fundar, según el cronista Carvallo y G oyeneche,


más de cincuenta pueblos; cifra que prácticam ente ha sido prob ada por
diferentes estudios especializados. Ya en noviem bre de 1776 el maestre
de c am po general Cabrito iniciaba los trabajos, apo y ado por los
capitanes de am igos y varios sacerdotes jesuítas. De los prim eros
inform es favorables a la iniciativa se pasó ráp idam ente a la cruda
realidad; el 25 de diciem bre del m ism o año los aborígenes del litoral y
de los llanos, dirigidos por el to qui C uriñam cu, redujeron a cenizas
todos los pueb lo s que co m e nzab an a levantarse.

Ante el ataque, previsible por cualquiera que conociese en algo al


p u e b lo m apuch e , sus instituciones y valores sociales y culturales, otro
g ru p o de aborígenes, los pehuenches, au nqu e estaban fuertem ente
aculturizados con los m apuches, se acercó a los españoles para
prestarles su colab oración. Asi el cronista testigo de estos hechos,
Carvallo y G oyenech e, nos relata que los caciques P e q u e ip ill, C oliguir
152
y Lebian se presentaron con trescientos guerreros pehuenches para
participar en el castigo de los sublevados, es decir de los m apuches.

Con esta acción los cordilleranos m ostraban una clara in d e p e n d e n ­


cia cultural y eco n óm ica frente a los llanistas, com o tam bién lealtad a
sus acuerdos con los españoles.

Com o resultado de los com bates producidos entre cordilleranos y


llanistas m urió el to q u i C oliguir, y cientos de aborígenes de uno y otro
ban do m urieron o quedaron heridos.

A raíz de estas luchas, que disgustaban al o bispo de C on cepción, el


franciscano Espiñeira, que había sido contrario a la política de -reduc­
ción de los aborígenes a pueblos», y con el fin de term inar con la
sublevación m apuche, la Junta de Guerra de C on cepción, a pe tición del
señor o bispo , acordó alejar a los pehuenches de los llanistas e incluso
expulsarlos de los cam pos y bosques de V illucura, en el sector
precordillerano del D uq u e co , afluente del Bio-Bío.

Esta decisión de los españoles fue considerada una traición por los
pehuenches, quienes respondieron aliándose con los llanistas, con
ataques a las haciendas de los españoles Lebian con sus pehuenches
atacó, a com ienzos de diciem bre de 1769, la plaza de Santa Bárbara, y
Pilm igerem antu (m ás c o n o cid o com o Pilm i) derrotó a los españoles en
los cerros de la hacienda de las Canteras, cuyo du e ño era do n Ram ón
Zañartu.

El 12 de diciem bre del m ism o año, el toqui A yllapagui atacó la plaza


de San Ju a n Bautista de Purén. La guarnición q u e d ó sin víveres, puesto
que los m apuches se llevaron el ganado; su capitán Bernardo Recalde
p id ió au x ilio y avisó del mal estado de su fortificación

N uevam ente, el 23 de diciem bre, Lebian atacó Santa Bárbara,


resistiendo el fuerte con d ificultad y p id ie n d o auxilio. Sin em bargo,
com o dice E ncina, el mal m anejo de la guerra tanto por parte del
g obernador, com o del maestre general y del o bispo , y sus contradiccio ­
nes, im p e d ía n el triunfo de los españoles.

Es en este mes tan caótico para los intereses de los españoles,


cu ando se le ordena a A m brosio O ’H iggins, recién no m b ra d o por el

153
gobernador interino Balm aceda capitán de D ragones, construir un
fortín cerca del paso de A ntuco para im pedir los ataques de los
cordilleranos en la isla de la Laja y hasta las haciendas de C h illán.

Esta empresa se convirtió en una experiencia realm ente difícil para


O ’H iggins, q u ie n no tenía conocim ientos m ilitares. Los pehuenches no
respetaron la fuerza m ilitar española y prácticam ente la cercaron en el
T rubunleo, en el mes de enero de 1770, d ificu ltan d o la edificación del
fortín.
Am brosio O 'H ig gin s tenía en esos m om entos 49 años. H abía nacido
en 1720, en la villa de Ballenary (Irlanda). De religión católica, con
educación en m atem áticas y lenguas (entre otras, conocía el griego, el
francés, el español y, por supuesto, el inglés), no tuvo d ific u lta d en
radicarse en España, en C ádiz, y dedicarse a los negocios. Estos lo
trajeron a Buenos Aires, Santiago y Lima. Una vez en C hile, en 1763,
trabajó con el ingeniero irlandés Ju a n G arland en V aldivia y sus
alrededores; luego, en el cam ino de Uspallata, de acuerdo al proyecto
que presentó de hacer refugios cordilleranos. Se le dio el n o m b ra m ie n ­
to de «ingeniero delineador* D espués de buscar con afán m ejorar su
situación, ofreciéndose en diferentes trabajos y países, c o m e n zó a
hacer carrera adm inistrativa y m ilitar, especialm ente en la región de la
frontera. Ya en 1771 era *capitán efectivo de caballería*; en 1773,
teniente coronel y co m andante de caballería; y en 1776 fue n o m brado
por el gobernador Agustín de Jáu reg u i maestre de cam po interino en
reem plazo de Baltasar de Setmanat, el que, a su vez, había re em plazado
a Salvador Cabrito.

En general, toda la política decidida por O 'H ig g in s para afrontar las


diferentes situaciones fronterizas, fue acogida por el g o bernad o r
Jáureg ui. El c o no c im ie nto que había o b te n id o de los pehuenches y
m apuches le p e rm itió aprovecharse, por ejem plo, de las constantes
rivalidades que se presentaban entre los jefes aborígenes. Asi logró
ahorcar al m estizo Mateo Pérez, d e b ilitó el poder del gran jefe Lebian,
e incluso cu ando éste fue asesinado por algunos españoles c o n s ig u ió
que no se produjeran reacciones beligerantes entre los nativos. Ig u a l­
mente se deshizo de A illapangui.

154
En 1776, una vez m ás, in ic ió el traslado del fuerte de San Ju an
Bautista de Purén, al lado norte del rio Bío-Bío. En las m árgenes norte
del rio D u q u e c o , cerca de su confluencia con el Bío-Bío, le v antó el
fuerte de M esam ávida, prete nd iend o asi cerrar la entrada de los
llanistas a la isla de la Laja.

La p az ya se había logrado años atrás (febrero de 1771), en el


parlam ento de Negrete. Luego se había co nfirm ado en una re u n ió n
celebrada en Santiago, el 13 de febrero de 1772, en d o n d e asistieron
im portantes toquis y cau dillo s m apuches y pehuenches, in clu y e n d o a
Lebian. Estas asam bleas o reuniones sociales, que tenían por objetivo
princip al tra n q u iliza r a los indígenas con regalos y agasajos y lograr
declaraciones de fid e lid ad al m onarca de España por parte de éstos,
fueron organizadas por el brigadier Francisco Javier Morales C astejón,
qu ien g o bernab a el país en forma interina desde 1770. Este señalaba al
conde de A randa, en una carta del 31 de m arzo de 1771, que la falta de
recursos para proseguir las hostilidades, el cansancio de la p o b la c ió n
civil y el tem or de encontrarse a la vez en guerra contra los m apuches
y contra G ran B retaña, lo llevaron a firmar la paz con los aborígenes.

En verdad los aborígenes se habían tran q u ilizad o al ver que la


po lítica de construir pu eb lo s se había detenido; sólo les m olestaba la
presencia del fuerte Ju a n Bautista de Purén en el lado sur del Bio-Bío.
Pronto, co m o ya lo hem os dicho , lograrían el traslado del fuerte.

El nu e v o g o bernad o r de Chile, mariscal de cam po Agustín de


Jáu re g u i, ju ró en m arzo de 1773 ante el C abildo de Santiago. R áp id a ­
m ente in ic ió algunas políticas que correspondían a un siglo e m p ap ad o
en las ideas ilustradas, en d o n d e la razón, las leyes y la enseñanza
harían p o sible cu a lq u ie r cam bio en la naturaleza del hom bre y en la
sociedad En la c iu d a d deberían im perar los reglam entos de p o licía, es
decir de orden y justicia; y con los aborígenes, acuerdos d ip lo m ático s,
com o sucede entre naciones organizadas, Jáu reg u i intentó entenderse
con los aborígenes a través de em bajadores que, elegidos de acuerdo
al nú m e ro de b u ta lm ap u s, serían enviados a Santiago. A u n q u e los
■embajadores- llegaron y dijeron representar a sus regiones (costas,
llanos, pre-cordillera y cordillera), co m o no había una o rg a n iza c ió n
n acio nal, ni m enos g o b ie rno centralizado en cada b u ta lm a p u , los

155
acuerdos o recom endaciones tom ados y hechos en Santiago n o tenían
in flu e n c ia al sur del Bío-Bío. No debem os o lvidar q u e cada -lebo- era
in d e p e n d ie n te de los otros, excepto en situaciones m uy especiales
co m o defensa de enem igos o sublevaciones generales.

Igualm ente la p o lítica del g o bernad o r Jáu re g u i sobre los colegios


para n iñ o s indígenas, que ap o y ab an m ucho s otros fu n cio n ario s civiles
y sacerdotes, no c u m p lió con los objetivos propuestos; es decir,
transform ar la cultura abo rigen de acuerdo a los valores españoles de
la c iv iliza c ió n . La experiencia había c o m e n za d o en C h illá n , ya en 1700,
y estuvo a cargo de los jesuítas. N uevam ente, y ahora en S antiago, se
abrió u n c o le gio a cargo del presbítero A gustín E scandón; los cursos se
iniciaron en m ayo de 1775 con 16 alu m no s m apuche s enviad o s por el
maestre de cam p o general Setmanat. Dos años m ás tarde eran 24 los
alum nos: -se les vistió con sotana parda y ban da verde; y se les d io una
enseñanza casi idéntica a la q u e recibían los n iñ o s españoles de la alta
sociedad-. Según el historiador E ncina, lu e go de alg u n o s años de
enseñanza esp año la, los hijos de caciques v o lv ían a sus tierras y, entre
los suyos, la m ayoría de ellos perdía la e d u cación im puesta.

Más efectiva para la p acificación de la frontera y para las siem pre


crecientes relaciones de intercam bio y de com ercio entre españoles,
m estizos, p e hue nche s, llanistas y hu illich e s era la po lítica de O ’H ig g ins,
q u ie n desde 1786 era intendente de C o n ce p ción . En m e d io de com bates
entre aborígenes, que tenían com o objetivos concretos derrotar a los
jefes nativos más peligrosos (L lan q u itu r), O 'H ig g in s construyó en 1787
un fuerte cerca del p u e b lo de A ntuco, al q u e lla m ó Ballenar. C o m o u n o s
pocos años antes había co m p rad o la hacien da de las Canteras, tenía
especial interés en proteger este sector sub-cordillerano de la isla de la
Laja. T am b ién al interior del rio D u q u e c o fu n d ó el fuerte lla m a d o
P ríncipe Carlos, en el bo qu ete de cordillera n o m b ra d o V illu cu ra, que
no debe co nfund irse con el situado en el alto Bío-Bío, al norte de la
u n ió n del río Lolco y del río Bío-Bío.

En 1788 fue n o m b ra d o G o b e rn ad o r de C hile, n o solam ente po r las


peticiones que él m ism o hab ía hecho a los m inistros del rey, sino
p o rq u e se co nfiab a en su cap acid ad adm inistrativa, en su p e rso n alid ad
fuerte y en su fid e lid a d intransigente al sistema m o n árq u ic o españo l.

156
Luego q u e su p o lític a de alian za con los p e hue nche s llevase a la
derrota de los h u illich e s y a la m uerte de su jefe L lanqu itu r, el
g o bernad o r O ’H iggins co nv o có a un parlam ento para crear c o n d icio n e s
perm anentes de paz. Este se efectuó en m arzo de 1793 en los cam po s
de Negrete, lugar tradicio nal de m uchas reuniones. Una vez más los
aborígenes fueron bien agasajados y regalados; se estableció la p az
entre ellos; se p e rd o n ó a los huilliches; se pe rm itió el libre tránsito de
los españoles por las tierras aborígenes y se restableció el com ercio
entre españoles e indígenas.

En este m ism o año , incluso antes del parlam ento, Am brosio O 'H ig g in s
V allenar (así se firm a) m a n d ó al cap itán Ju a n O je da a reconocer las
plazas y fuertes de T ucapel, V illucura (P ríncipe C arlos), Santa B árbara,
San Carlos, N acim ien to y M esam ávida. Su p re o c u p a ció n por la s itu ación
de la frontera, por las tierras situadas al norte del río Bío-Bío, lo
llevaron a convertir la isla de la Laja en un lugar seguro para los cientos
de viejos soldad o s que recibían tierras para trabajar. A dem ás en este
m ism o añ o se convertía la isla de la Laja en prov incia separada de Rere.

C u a n d o en la década de 1790, C arvallo y G oy eneche q u e n o tenia


estim ación por O 'H ig g in s , de scrib ió la provincia de la Laja, adem ás de
caracterizar su m e d io natural y su p ro d u c c ió n eco n óm ica nos inform a
que la cap ital, -Nuestra Señora de los Angeles-, está d o m in a d a po r una
-plaza de armas», en d o n d e tiene su residencia el cu erpo de dragones
veteranos: -quedan en la plaza las cabezas de c o m p añías con 100
hom bres. Un escu adrón de m ilicias urbanas, i en 1778 se le v antó otro
de caballería, con cierta idea, d e n o m in a d a Las Canteras-’. Se trataba de
una c o m p a ñ ía q u e debería preocuparse en especial de la re g ión de
A ntuco , en d o n d e recién se fu n d ab a el fuerte de B allenar, y de la
h acien da de las Canteras, cuyo d u e ñ o , co m o lo hem os escrito, era
desde hacia a lg u n o s anos el g o bernad o r A m brosio O ’H iggins.

A lgo m ás ade lan te este m ism o historiador se refiere a la plaza y villa


de Santa Bárbara: -once leguas al sureste de la expresada villa de los
A ngeles la p laza y villa de Santa Bárbara, fu n d ad a por el Exsmo. señor
d o n M anuel de Am at en 1758, sobre la ribera septentrional del Bío-Bío,
cuyo risco le sirve de m uro por el lado sur. Es g o bernad a po r un
s u b a lte rn o , i g uarne cid a por un destacam ento de 20 hom bres i tiene la

157
villa de 40 vecinos*. Luego nos especifica que -de los 40 vecinos i de
los dem ás habitantes de su distrito, se ha form ado una c o m p añía de
m ilicias de caballería-. En to d o este sector, los intercam bios con los
aborígenes de la precordillera y de la cordillera o b lig a b a n a m antener
-dos o tres balsas con los hom bres pagados por el rei-.

Por estos m ism os años, el capitán Ju a n de O jeda nos inform a que -en
el centro de la isla de la Laja entre dos esteros no m brado s Paillague y
Q u ilq u e , que se derivan de los m ontes de la parte de nordeste de
aquellos llanos, a las orillas del ú ltim o se halla la Plaza de los Angeles
en un p la n o algo in c lin a d o hacia él. Su figura es un cuadro perfecto con
sus respectivos bastiones, levantado de m uro de piedra, y circuida de
com petente foso, y dispuesto en todas partes a una vigorosa defensa.».

Tres testigos más antiguos, el maestre de cam po general del Real


Ejército, d o n Salvador Cabrito, el veedor general d o n Ju ac h in del Río
y el contador do n M anuel Jo se p h de Vial, nos relatan cóm o vieron estas
m ism as plazas a fines de la década de 1760, exactam ente en octubre de
1768 (*). De Los Angeles se escribe: -Este fuerte, se co m p o n e su
fo rtificación de un cuadro con sus quatro Baluartes sum am ente vajo,
todo de tierra, de m od o que la altura de la m uralla se reduce a dos varas
y media-. Son num erosos los defectos que encuentran los visitadores a
este fuerte: debe elevarse la altura de los m uros a cuatro varas, hay que
hacer nuevas techum bres de tejas en -un c a ñ ó n de treinta varas de
largo-. Falta otro -cañón- -edificio- para -cuartel de la tropa-, tam po co
hay «cosina general- y, por ú ltim o , -los baluartes de la fortificación-
necesitan de -esplanadas para el juego del ca ñ ó n , co m o asim ism o de
m edias aguas para usar cañ ó n en tie m p o de Invierno-.

Acerca del fuerte de Santa Bárbara señala que tiene tres -semi
baluartes-, u n foso de ocho varas de p ro fu n d id a d y seis de ancho, -el
que se halla en dos partes derrumbado-. En general el fuerte necesita
urgentes reparaciones, sus m aderos están po drido s y am enazan sus
edificios de -heñirse abajo, co m o sucedió con la Iglesia de esta villa».
Incluso en este fuerte no hay -posito de la pólvora».

(*) Libreta de Revista de las obras de fo rtificación de las Plazas, y fuertes de la frontera...
en A rchivo N acional. C apitan ía G eneral, Vol. 861, folios 128-146.

158
O tro fuerte que nos interesa es el de Tucapel. Esta plaza co n no m bre
tan tradicio nal se encuentra -a orillas del caudaloso rio de la Laja,
acanton ada a las prim eras sierras de los Andes-. El objetiv o de ella es
■contener las hostilidades de los Pegüenches en sus frecuentes salidas
por el bo q u ete de la cordillera no m b ra d o Antuco-. La describe O je d a ,
en 1793, co m o -un cuadro regular con sus baluartes correspondientes,
levantado de m urallas de tierra, que circunvaladas de a n ch o y p ro fu n d o
foso, constituyen su defensa-. A lrededor de este fuerte, -bajo su
artillería hacen residencia 25 o 30 vecinos en p o b la c ió n ordenada-.

V einticinco años antes, el maestre de cam po Cabrito y sus a c o m p a ­


ñantes ya citados describen la plaza de Tucapel: -se c o m p o n e su
fo rtificación de un cu adro con cuatro valuartes, y su fozo de o c h o varas
de ancho, y diez de p ro fu n d o , todo en perfección y m uy defensable-.
Necesita sin em bargo re paración urgente el pu ente le v adizo , co m o
ig ualm e nte la -Capilla Real- y las habitaciones de los oficiales, del
ca p e llá n , del cuerpo de g uardia, sala de armas, alm acén de pertrechos,
•todo esto se halla al caer y con sus techum bres, en la m aior parte
descubiertas».

C om enta O jeda -del resguardo y defensa que hace el fuerte de


B allenar co lo cado en el bosque de A ntuco, con lo que q u ed a d ic h o en
la de scripción de la plaza de T ucapel, se concluye q u e esta no tiene en
el día a p lic a c ió n , ni destino-.

T am b ién en las serranías se levantó en tiem pos de O ’H ig g ins, en


1788, el fuerte Príncipe Carlos, -sobre la ribera m e rid io n al del rio
D u q u e c o ... de fie n d e el bo quete de V illacura por d o n d e se transitan los
Andes para viajar a su parte oriental, i es g uarne cid o co m o el de
V allenar, p o r u n sarjento i ocho hombres*. Nada más nos dice C arvallo
y G oy e nech e sobre este fuerte co nstruid o por orden de O ’H iggins. En
c am b io el c a p itán O jeda nos entrega m ayor inform ación :

«Retirado 6 leguas del mas elevado cuerpo de la cordillera, y en el


estrecho paso q u e deja la concurrencia de una alta p e in ad a lo m a con
el p ro fu n d o risco del peñascoso rio de D u q u e c o , m a n d o V I. form ar el
fuerte titu la d o Príncipe Carlos. A llí se rasgó un foso de u n o a otro
escarpe, y contra el del río se corto un cuadro o reducto con dos
bastiones a su frente, q u e estacado con robustos m aderos, y zanjadas

159
firm em ente su c ircu nv alación estrecha el cam in o de la tierra precisa­
m ente a sus fuegos; q u e d a n d o de este m o d o d e fe n d id o y resguardado
el bo quete de V illacura y avenida de San Lorenzo. Su recinto c o m p re n ­
de cuartel para el abrigo de la tropa y alm acén de provisiones de guerra
y boca y una grada para tom arse el agua de su abasto*.
En O jeda nos aproxim am os a las políticas de O 'H ig g in s cu an d o
explica el o bjetivo del fuerte: «este puesto observa de cerca las
intenciones de los indios y siem pre procura a fa b ilid a d y agasajo su
q u ie tu d y bue na am istad, y siendo preciso, po r sus em isarios la solicita
de las reducciones mas distantes de aquel B utalm apu*.

El pe nsam ie nto c o lo n iza d o r del g o bernad o r O ’H iggins, in iciad o ya


en la década de 1770, in d u jo a alg u no s españoles de Los A ngeles a
radicarse en el valle de A ntuco, después de haberse logrado la paz con
los pehuenches.
R esum iendo estas iniciativas de O ’H iggins, O je da escribió -haciendo
juiciosa inv estig ación del p a ñ o q u e co m p re nde , calid ad y circunstancia
de su terreno h a lló que su área, circunscrita por los ríos de Bío-Bío y
la Laja y cum bres de la tierra nevada- constituye «una país de los más
ventajoso que p o d ría n poblarse por nuestra parte, lo que en n in g ú n
tie m p o se h ab ía lo g rad o ... form ó V I la feliz idea de re po blar esta isla,
y asegurarla de m o d o que no p u die ra ser s o rp re n d id o , de spo jado s ni
saqueados sus m oradores...* Así toda la tierra, con las m edidas que
to m ó O ’H iggins a lo largo de casi 20 años, fue o cu p ad a «de españoles
que en riq u ecid o s de haciendas con la m ayor satisfacción y tra n q u ilid a d
gozan de tan gran ventaja; y adm irados de los progresos y a d e la n ta­
m ientos de este país, lo ven erigido en nuev o partid o de los de esta
In te n d e n c ia , liso njeándo se que será el m ejor de la Provincia».

Antes que nada y en parte estim ulado por los com bates que tuvo con
los peh ue nch e s desde 1769, im p u lsó O 'H ig g in s u n p lan de levantar
fuertes en el sector sub-cordillerano, pues los actuales fuertes de
T ucapel y Santa Bárbara no eran capaces de im p e d ir la entrada de los
aborígenes cordilleranos y el consecuente saqueo de las estancias de la
isla de la Laja y de los sectores aledaño s de C h illán . Asi le v antó los
citados fuertes de T ru bu nleo , de B allenar, del Príncipe Carlos o de
V illacura. Estos dos últim o s fueron especialm ente valiosos para in fo r­

160
mar sobre los grupos de pehuenches que entraban a intercam biar
productos: -el com ercio activo de los Pegüenches con los españoles
consiste en sal».

En resum en, en los siglos X V III y X IX , a pesar de algunas c o n fro n ­


taciones bélicas, la vida de aborígenes, españoles y chilenos se
caracterizó por un c o n ju n to de relaciones que abarcaban los aspectos
sociales, religiosos y o bviam ente los biológicos. Poco a poco, a lo largo
de los territorios de nadie, por ejem plo en la isla de la Laja y cerca o
más al sur de los fuertes alineados en las cercanías del gran río Bío-Bío,
o m ás al sur en los alrededores de la plaza- fuerte de V aldivia, las
relaciones fronterizas interrelacionaban y m ezclaban a los diferentes
pueblo s. Los acontecim ientos del siglo X IX , especialm ente la guerra de
la In d e p e n d e n c ia , div id ie ro n a los aborígenes, alin e án d o lo s o junto a
los criollos chilenos, o junto a los españoles, sus antiguos enem igos.

Las políticas de la R epúb lica de C hile a lo largo del siglo X IX , hasta


cu lm in a r con la d o m in a c ió n de la Araucania en la década de 1880,
fueron la consecuencia de la necesidad de organizar un país que en
teoría debería construirse en u n id a d y paz. Por una parte los rom ánticos
intelectuales chilenos tenían una gran adm iración por los araucanos;
éstos se enco ntraban en el origen de ia ind e p e nd e ncia de los chilenos.
Pero éstos no c o m p re n d ían que la adm iración no era m utua; la
resistencia araucana, no siem pre co ntin uad a ni m enos generalizada, era
de todos m odos la o p o sic ió n , no sólo a los españoles sino a toda
d o m in a c ió n extranjera, in clu y e n d o la chilena.

Es verdad que con los siglos de m ezcla b io lóg ica y cultural, los
procesos de a c u ltu ración son cada vez m ás intensos y tienen por
resultado que el co nce pto de lo ch ile no se generalice entre los
m apuches; pero, co m o com entarem os en las co nclusio nes, siguen
ex istiendo grupo s de descendientes de m apuches y de otras etnias que
aspiran a la in d e p e n d e n cia territorial. Una larga historia de m ezclas no
bastó para cerrar las cicatrices provocadas por las violencias e injusti­
cias de m ucho s siglos. Incluso la bon dad osa acción de los evangeliza-
dores n o fue a veces bien co m p re n d id a y se la ex plicó com o otra forma
de d o m in a c ió n extranjera.

161
En el presente las contradicciones do m inan a los grupos internos de
las etnias; unos aceptan ser chilenos, otros a ser naciones dentro del
Estado ch ile no y unos pocos a ser com pletam ente independientes.
Luego de conocer las características principales de las actuales etnias,
volverem os a este crucial tema de las relaciones entre aborígenes y
chilenos.

162
7 Las Etnias Sobrevivientes en el Chile Actual

Si m iram os a lo largo del territorio nacional descubrirem os que son


p rin c ip a lm e n te dos las sociedades aborígenes que pe rd uran a través del
tie m p o y de los com plejos procesos de m estización, de acu ltu ración y
de asim ilación: los aymaras y los m apuches En el norte de C hile
tenem os la sociedad aymara, que habita especialm ente en la sierra y en
el a ltip la n o de Arica e Iq u iq u e (Prim era R egión), con alguna presencia
en el interior de Antofagasta (Segunda Región) T am bién en este ú ltim o
territorio, árid o y caracterizado por los oasis generados por el río Loa
y por las quebradas del p la n o in clin ad o que desem bocan en el actual
salar de A tacam a, vive aún un p e q u e ñ o grupo étnico que posee su
p ro p ia historia, pero que cada día se asim ila más a la sociedad chilena:
los atacam eños. En el centro sur de C hile, especialm ente entre el río
Bío-Bío y la isla de C hilo é, habitan los m apuches, con sus propias
diferencias, siend o el grupo más im portantes de éstos el co n o c id o con
el no m bre p o p u la r de «araucanos». Desde la costa a la cordillera
tenem os a los m apuches o araucanos; a los pehuenches en el valle del
Q u e u c o y en el alto del Bío-Bío; y a los huilliches al sur del río Toltén,
a lca n za n d o por el sur hasta la isla de C hiloé y por el este hasta la
cordillera de los Andes.

El p u e b lo m apuche-araucano es hoy día el que m antiene una m ayor


id e n tid a d , con su lengua, sus creencias y cerem onias religiosas. Son
una socie dad sin o rg an ización estatal, integrada parcialm ente a la
sociedad ch ile na, pero que reclama el derecho a o p in a r sobre su
destino, sobre las reformas que se le pretende aplicar. Sólo en 1991 el
actual g o b ie rn o c h ile n o presentó al Parlam ento una ley que legisla
especialm ente sobre los m apuches, au n q u e tam bién recoge las aspira­
ciones de las otras etnias m encio nadas, incluy e ndo a una qu e, au nqu e
no pertenece a la historia de C hile, es ahora parte del p a trim o n io
nacio nal: la pascuense o Rapa Nui. Esta p re o cu p ación principal por los
m apuche s, in c lu y e n d o en esta n o m in a c ió n a los pehuenches y h u illi­
ches, se justifica p o rq u e esta com pleja y m estizada sociedad aborigen
debe alcanzar casi un m illó n de personas entre rurales y urbanos

163
siendo, co m o ya lo dijim os, los m apuches o araucanos el g ru po m ás
significativo. C om o veremos m ás adelante, es justo que se les re co n o z­
ca, con su propia n o m in a c ió n , co m o fo rm a n d o parte de la sociedad
m ayor chile na, com o lo son ta m b ién los otros grupos m ino ritario s
étnicos.
A p ro p ó sito de la exigencia de respeto que surge en favor de estas
m inorías y sin ser representantes del m o v im ie n to postm odernista,
p o de m os hacer nuestro el esfuerzo q u e hacen alg u no s pensadores por
reconocer el valor de una p lu ra lid a d de discursos, por la c o m p le jid a d
y sing ularid ad de los valores e intereses de diversas culturas. La
diversidad y las m ú ltip le s formas que alcan zan los otros,
en este caso
nuestras m inorías culturales, de be n ser reconocidas por las m ayorías de
nuestra sociedad.

Los tradicionales discursos universalizantes, p ro p io s del m o d e rn is­


m o, sólo apoyaron una actitud y una lógica reductora, adem ás descui­
daron las características singulares y obv iam ente no p u d ie ro n ni
pu e d e n reconocer las diferencias sociales y culturales, puesto que
tom aron y por lo tanto valorizaron actitudes etnocentristas e incluso
racistas.

Lo anterior no im plica que, com o an tro p ólo g o s, n o tengam os


presente que las identidades culturales, por ejem plo la m a p u ch e ,
cam bian a través del tie m po . Creer que los actuales m apuche s viven
una cultura p ro p ia de los siglos pasados no tiene sentido; en su leng ua,
en sus creencias, en sus instituciones, etc., se m anifiesta el transcurso
de los siglos, las relaciones violentas y pacificas con otras sociedades,
especialm ente la española y luego la chilena.

Los fe nóm en os de a cu ltu ración y de a s im ilación de esta etnia son


d em asiado co no cido s para olvidarlos, lo cual no significa q u e estos
aborígenes, es decir aquéllos que viven en sus tierras, escasas y pobres,
no tengan derechos que se apoyan p rin c ip alm e n te en la v in c u la c ió n
que m antie ne n con su pasado, a pesar de los cam bios b io lóg ico s,
culturales y sociales. Es su -historia- lo que les da fuerza para seguir
siendo m apuches, a pesar de las transform aciones vividas y que
c o n tin u a rán te niendo .

164
Los Aym aras

La sociedad aymara, que habita en el actual territorio ch ile no dentro


de la Primera Región, se encuentra al interior de Arica e Iq u iq u e ,
especialm ente en los pueblos de la sierra y en el A ltiplano. Más hacia
el sur llega hasta el río Salado (A yquina, Toconce) e incluso hasta
Talabre; en este ú ltim o caso de pe nde n adm inistrativam ente de la
Segunda Región.
En los actuales pueblos de Visviri, Putre, C h a p iq u iñ a , Livilcar,
Socorom a, Isluga, M am iña, Pica, A yquina, Toconce, Caspana, Parinaco-
ta y Talabre habitan alrededor de 10.000 personas, la m ayoría de las
cuales habla aymara y conoce el español; especialm ente los hom bres
son biling ües, m ientras que gran parte de las mujeres sólo habla el
aymara.

Estos agricultores y pastores serranos son de estatura baja o


m ediana, con un ancho pecho; su piel es oscura, su pelo negro y su
perfil es ag uile ño . En general pred om inan las cabezas redondas o
braquicéfalas.
La o rg a n iza c ió n básica es la fam ilia extensa. Esta estructura de
parentesco se ha constituido a partir de la o rg anización patriarcal y
patrilin eal, en d o n de el sistema de relaciones es generalm ente exogá-
m ico. A lrededor de esta fam ilia y gracias al aporte de todos sus
m iem bros, se efectúan las actividades del diario vivir, relacionadas
prin c ip a lm e n te con las faenas agrícolas, ganaderas, com erciales y las
fiestas religiosas. En estas últim as se observan con m ucha fuerza las
antiguas costum bres, a pesar del sincretism o andino-cristiano. El
carnaval, por ejem plo, es una fiesta que unifica, ordena y perm ite la
p a rtic ip a c ió n de todos los m iem bros de la c o m u n id ad fam iliar, de los
diferentes linajes, de las estancias y de los actuales pueblos

Así la fam ilia extensa, la reciprocidad (el -ayne*), la c o m u n id a d de


creencias, la p ro p ie d ad de la tierra (la estancia) y el uso de la lengua
co m ú n , son las instituciones que explican el éxito de la vida aymara,
a pesar de la fuerte erosión cultural que sufren, estim ulada especial­
m ente por la atracción de la vida urbana costeña (ciudades de Arica e
Iq u iq u e ).
165
A u n q u e política y adm inistrativam ente d e p e n d e n de la instituciona-
lid ad chilena, aún, y especialm ente en las actividades religiosas y
festivas, se conservan las instituciones tradicionales de los -mallkus- y
de los cabildos. Los cabildos o asam bleas co m unales presididos por los
m allkus o jefes, au nqu e no tienen la im portancia de antes, revisan
alg u no s problem as de interés c o m ú n , in tentando resolverlos sin crear
diferencias im portantes entre los distintos linajes, q u e generalm ente se
encuentran div id id o s en m itades (los de arriba y los de abajo ), por
ejem p lo en Isluga.
De acuerdo a las descripciones de los etnólog o s, en Isluga cada
m itad está s u b d iv id id a a su vez en dos -ayllus-, de m o d o que cuatro
ayllus co nform an el todo. Pero en la base de esta d iv is ió n territorial
están las estancias, integradas según los linajes y los territorios d e fin i­
dos por los co no cim ie ntos antiguos.

Estos aymaras se enfrentan actualm ente a situaciones co m p licadas,


a problem as de a d a p ta ción con la cultura nacio nal y su o rg an izació n
político-adm inistrativa Por una parte su vida co tidian a se hace en el
A ltip lan o y en las quebradas de la sierra (pre-cordillera); su m irada se
dirige al oriente, a las altas m ontañas de la cordillera, a sus bofedales
en d o n d e se alim enta su g anado co nfo rm ad o especialm ente p o r a u q u é ­
nidos (llam as, alpacas). El sol nace tras la cordillera para m orir en el
o ccidente, lejos, en el mar descono cido . La sabiduría de los ya tiri
(m éd icos tradicionales, y de los laika (brujos) proviene del extenso
p la n o alto, que es un territorio natural. Pero los aymaras chilenos que
viven en las quebradas, en la sierra precordillerana, en los p u e b lo s de
Socorom a, de Putre, de B elén, tam b ié n m iran al o ccidente, hacia la
c iu d a d de Arica, en d o n d e se encuentran las instituciones que ad m in is ­
tran, que educan, que dan salud, que enseñan a rezar al D ios cristiano,
que dan trabajo y pagan u n salario, que perm iten com erciar, vender sus
productos agrícolas, para así com prar otros productos que faltan. De
Arica salen los representantes de diferentes instituciones que se
instalan en sus pueblos: carabineros, practicantes, com erciantes, sacer­
dotes, profesores, soldados, etc. Vivir m od ernam en te significa cam biar,
incorporar las leyes, los reglam entos, las costum bres de los chilenos y,
por lo tanto, a b a n d o n ar las antiguas costum bres, las creencias de la

166
cultura a n d in a , que, para los chilenos, pertenecen a la sociedad
bo livian a. Un aymara ch ile no mira al mar, a la ciudad; un aymara que
no se siente ch ile no , pero tam poco es b o liv ian o , seguirá m irand o al
oriente, a las m ontañas nevadas, a los G uallatiris, al Parinacota, al lago
C hungará.

Un aymara de Parinacota ¿es chileno?, ¿debe serlo?. De acuerdo a la


propuesta del actual go bierno chileno se reconocerá en la constitución
de la R epública de Chile al pu eb lo aymara, en su ide ntid ad cultural
social; se les perm itirá participar en su desarrollo (etnodesarrollo),
respetando su o p in ió n y sus conocim ientos ancestrales. Incluso la
enseñanza deberá adecuarse a su experiencia histórica, cultural y,
sobre to d o, lingüística; el b ilin g üis m o será obligatorio.

Este aymara, si co n tin úa viviendo en la sierra o en el A ltiplan o, no


podría -ni debería por n in g ú n motivo- aban do nar sus co no cim ie ntos y
sus tecnologías tradicionales, sus creencias, sus cerem onias. En cam ­
bio, si se traslada o se vincula fuertemente con la vida urbana de Arica
o de Iq u iq u e tendrá que adoptar sistemas de co m portam iento propios
de la sociedad chilena; tanto el u no com o el otro sufrirán no pertenecer
plenam ente ni a una ni a otra sociedad

No sólo los estudiosos de esta etnia, sino tam bién los gobernantes
deberán tom ar en cuenta este desgarram iento cultural; su futuro
de p e nde rá de una acción conjunta que respete a unos y otros, pero
sobre todo a los m iem bros de esta antigua y m ilenaria etnia.

Estos aymaras tienen una cosmovisiónC*) com puesta en su gran


m ayoría por elem entos prehispánicos y por algunos co m ponentes de
las creencias cristianas El desgarram iento cultural se ejem plifica tam ­
b ién en esta do b le adscripción a dos sistemas religiosos: el precristiano
y el cristiano (el uyw ír-parte y el dios-parte).
Sin em bargo los c o m p o ­
nentes a n d in o s p re d o m in a n en las creencias de los aymaras altipláni-
cos. Su cosm os está com puesto por tres niveles: el araj-pacha
(el
sup e rio r), el taipi-pacha (el de los hom bres) y el m anqha-pacha
(el
s u b m u n d o ). Estos tres m undos, situados en forma vertical, incluyen una

(•) Esta co sm o v isió n ha sido estudiada por la a n trop olo gía María Ester Creve

167
parte sagrada y una parte profana. A su vez, en cada nivel, los
elem entos se div id en en m asculinos y fem eninos; así, po r eje m p lo , en
el m u n d o superior el sol y la Cruz del Sur pertenecen al sexo m asculino;
la luna es fem enina y las estrellas son sus hijos. En el m u n d o de los
hom bres los espíritus y lugares del pastoreo-m ontaña se d iv id e n en
m asculinos y fem eninos; igualm ente los espíritus y lugares de la
agricultura-tierra son m asculinos y fem eninos. T am bién los espíritus
guardianes de las iglesias y las torres y los santos católicos se d iv id en
en m asculinos y fem eninos. En el s u b m u n d o p re d o m in a n los espíritus
de la m úsica, en género m asculino y fe m enin o (Seren-M allku Seren-
y
t'alla. el espíritu de la m úsica y su esposa).

Estos tres m undos están relacionados por seres co m o el có n d o r y el


águila, que m ediatizan los tres niveles; tam bién los espíritus guardianes
de las iglesias y de sus torres relacionan las creencias cristianas con la
crianza; la lu na (la V irgen) y lap acham am a integran el m u n d o superior
con el m u n d o de los hom bres y la -parte de Dios- (cristiano) con la parte
crianza. Ig ualm ente los anim ales totém icos de los pastores, el pájaro
chullum pe
a n d in o lla m a d o y el pu m a cordillerano o títe (oawatíré)
relacionan el s u b m u n d o con la parte de crianza. Pero tal vez el
m ed iado r más eficaz de los tres niveles es el espíritu de la m úsica
Sereno,
d e n o m in a d a la m úsica se origina en el agua, es captada por los
hom bres y, por últim o , es d ifu n d id a al nivel superior del cosmos; así la
m úsica conecta los tres m undos.

En esta visión cósm ica aymara p re d o m in a n los principio s de d u a li­


dad, de relaciones sim étricas y de difere n c iac ión sexual. La d u a lid a d se
ejem plifica en las parejas sagrado-profano, am erindio cristiano, alto-
bajo, aldea profana (estancia) y aldea ritual (d o n d e está la iglesia). Las
relaciones sim étricas se ejem plifican en grupos tales co m o cuatro
m ontañas, cuatro santos. La difere n ciación sexual se encuentra en la
d iv isión m acho-hem bra de los cuerpos celestes, espíritus del pastoreo-
m ontaña y de la agricultura-tierra, espíritus guardianes de la iglesia y
torre, santos y espíritus de la m úsica.

La co sm o v isión aymara está p ro fun dam en te relacionada con la


o rg a n iza ció n social Así los conceptos de tetrapartición, tripartición y
b ip a rtic ió n se encuentran tanto en el m u n d o h u m a n o co m o en el

168
sagrado, la o rg a n iza ción dual alto-bajo de las sayas
(m itades de una
c o m u n id a d ) se encuentra igualm ente en los otros m undos. El par
m acho-hem bra constituye una o p o sición com plem entaria m uy im p o r­
tante, que da consistencia al m u n d o social y religioso aymara

C u a n d o se participa en las fiestas religiosas se descubre el sincre­


tism o de creencias; por ejem plo en el uso que se hace de la cópala
(resina nativa) o del incienso, o de la presencia de los espíritus
m asculinos (los m allkus) y fem eninos (t alla),
tanto en la m on taña, en
la tierra, en la iglesia, en la crianza, en las cosechas, en las torres de la
iglesia, en el ed ific io de la iglesia.

Estos espíritus, antiguos protectores de los aymaras, no s ólo se


p re o c u p a n del g a na d o , sino tam bién de las estancias y sus pastores.
Cada estancia, por ejem plo la de Isluga, está rodeada por cuatro
m on tañas sagradas, m asculinas y fem eninas. Los espíritus de la ag ricu l­
tura y de la tierra protegen los cultivos de papas y de q u in o a. T odo el
sistema de cosecha se asocia, en un ejem plo de sincretism o, en la
m adretierra (lapacham am a), los antepasados (los achicho y la Virgen
M aría ( Virgen Taykas).
En la actu alid ad cada aldea tiene sus fiestas patronales, en d o n d e los
santos católicos, que constituyen parejas mixtas, son celebrados dentro
de la co sm o v isión panteísta y espiritual andina.

Los M apuches

Al sur del río Bío-Bío y hasta aprox im adam ente el río T oltén,
especialm ente en el sector costero, incluy e ndo la cordillera de Nahuel-
buta y en los llanos (de pre sión interm edia), se encuentran las actuales
co m u n id a d e s m apuches-araucanas. Al oriente de ellas, en el sector de
Santa Bárbara, en el río Q u e u co y en el alto del río Bío-Bío se hallan
las c o m u n id a d e s pehuenches. Al sur del río T oltén, de costa a c o rd ille ­
ra, o c u p a n d o alg u no s sectores tam b ién en la costa, entre los ríos Calle-
Calle y el M a u llín , y parcialm ente en la isla de C hiloé, al sur oriente de
la isla, encontram os a los grupos de huilliches.

169
Esta d istrib u c ió n territorial no corresponde exactam ente a la que
tenían en los siglos p rehispánico s y en los prim eros siglos coloniales.
C u a n d o los españoles pisaron por prim era vez el actual territorio
c h ile n o , los m apuches se expresaban en la lengua c o m ú n , en m apu-
dungu, se reconocían a pesar de su gran in d iv id u a lis m o co m o pertene­
cientes a una m ism a h u m a n id a d o por lo m enos em parentado s entre si;
así ocurría entre el sur del río C hoapa hasta el g o lfo de R eloncavi. Pero
ta m b ié n es un hecho histórico bien p ro b a d o que sus divisiones
culturales, su in d iv id u a lis m o que sólo reconocía íntegram ente co m o
hom bres (che) a los m iem bros de su fam ilia y de su linaje, les im p id ió
constituir una sociedad integrada y por co nsig uie nte crear un Estado y
un g o bierno central, co m o ocurrió con otras sociedades preco lo m bin as.
Pues bien, estos habitantes de la tierra fueron, con el correr de los años
y especialm ente por la acción de los conquistadores europeos, ais lán ­
dose más; m ezclándo se con los españoles; p e rd ie n d o la v ida, sea por
las luchas defensivas que tuvieron que hacer ante la inv asión extranje­
ra, sea por las enferm edades traídas por los invasores. O tros, que v ivían
en el centro del territorio, retrocedieron hacia el sur, u n ié n d o s e con los
araucanos, o atravesaron la cordillera de los Andes.

D espués de la c h ile n iza c ió n de la A raucanía, desde 1881 en a d e la n ­


te, los miles de m apuches de la costa y de los llano s, co n tin u a ro n
v iv ie n d o com o agricultores, co nservando sus instituciones sociales y
culturales y sobre to d o su le ng ua y sus cerem onias religiosas, pero
pe rd ie n d o parte im p ortan te de sus tierras.

A partir de 1992 se vive entre estos aborígenes u n m o v im ie n to de


recuperación de su id e n tid ad cultural, e incluso surge u n m o v im ie n to ,
aún m ino ritario , de a u to n o m ía que insiste en conseguir un país, una
tierra in d e p e n d ie n te del Estado y del g o b ie rn o chile no s. Por esta razón
parece conveniente que, adem ás de caracterizar a los m apuche s, nos
refiram os más adelante a los esfuerzos q u e se hacen para d ialo g ar con
ellos, por hacerles justicia y por reconocerlos co m o parte im portan te de
C hile.

No es una casualidad que la in q u ie tu d aborigen se acrecente en


estos años; prim eros tenem os las «celebraciones» de los 500 años del
de scub rim ien to de A m érica, que grupos directivos de los in d io s de

170
diferentes partes de A m érica rechazaron con energía; según ellos no
hay nada que celebrar y sí m ucho que lam entar. A dem ás estos m o v i­
m ientos étnicos de protesta se podrían situar dentro de los m ov im ien to s
de carácter general que aprecian los nacionalism os, que insisten en el
valor de las m inorías culturales, en la im portancia de los pu eb lo s
aborígenes

Por lo anterior y por otras razones que p u e d e n agregarse, los


estudiosos chileno s, los políticos y el go bierno nacional están p re o c u ­
p ados por lo que pued e suceder Por una parte no se pu ed e desconocer
la existencia de la n ación chile na, con sus instituciones, con sus
creencias, con sus valores, con su historia, generada en un intenso
m estizaje de casi 500 años. Sin em bargo, esta inm ensa m ayoría (m ás de
13 m illo n es de habitantes) tam po co debe olvidar que alrededor de un
m illó n de personas exige por lo m enos un tratam iento respetuoso y un
re co n o c im ie n to de su historia y de su presente singular

Por lo tanto lo q u e a c o n tin u a c ió n escribirem os, lu e go de co ntin uar


caracterizando a los actuales m apuches aspira a encontrar una respues­
ta justa para todos, chilenos y aborígenes. Creemos que no es suficiente
ser m ayoría para im p o n e r un estilo de vida; se debe convencer con
razones que la u n id a d nacional no se o p o n e al respeto y desarrollo de
las m inorías étnicas.

Los H uilliches

Se en tie nde por hu ichilles a los indígenas que viven al sur del río
T oltén y que incluso hab itaro n hasta la isla de C hilo é, al sur del seno
de R eloncaví. R igurosam ente los hu illich es se concentran en tres sub-
áreas: la prim era desde el río Toltén hasta el Lago Raneo, la segunda
está bie n representada en el sector de San Ju an de la Costa y sus
alrededores, y la tercera en la isla de C hilo é, exactam ente al norocci-
dente de Q u e lló n .

Estos aborígenes tam b ién son conocidos con el nom bre de veliches.
Las diferencias som áticas son pocas entre m apuches-araucanos y

171
m apuches-huilliches; en general son m orenos, fornidos, de estatura
baja o m edia, boca grande y gruesos labios.

D e acuerdo a algunos estudiosos de esta etnia los hu illich es, al igual


que los araucanos y pehuenches, son p ro fun dam en te religiosos; in c lu ­
so su fam ilia y su co m u n id a d viven po rque fueron creados y son
perm anentem ente protegidos por sus divinid ade s. De esta m anera sus
instituciones religiosas, el N g u illatún y el M achitún, son las cerem onias
y ritos más im portantes. Son ritos colectivos que a p u n tan , el prim ero,
a m antener una estrecha relación con la d iv in id a d m ediante la rogativa
y el segundo, a hacer posible la curación, m ante niénd o se tam b ién la
súplica a las divinidades.

En los largos siglos de contactos con los españoles y luego con los
chilenos, la cultura h u illich e se transform a en una realidad de pe ndie nte
de la sociedad y cultura nacionales; se convierten en cam pesinos. Estos
cam pesinos em pobrecidos, po rqu e fueron despojados de sus tierras
m ediante acciones legales o ilegales, que ellos n o e n te n d ía n , sufrieron
en general de 1881 en adelante, un tratam iento injusto. Esta nueva
realidad social y cultural los separó en parte de su pasado , de su
historia; ésto se v ió acrecentado po r el proceso de ev an ge lización
cristiana, prim ero efectuada por los jesuítas y desde 1767 por los
franciscanos. Ahora bien, no debe verse este proceso de cristianización
parcial co m o una situ ación que el ind íg ena rechaza en forma absoluta;
todo lo contrario, existiendo sin lugar a dudas resistencia seria a
aspectos de la ética cristiana, se recogen tam b ién co nce pciones de la
d iv in id a d , p ro d uc ié n d o se un sincretism o creador, que perm ite a los
hu illiches, entre otros conceptos, hacer suyas ideas com o la lib eración,
la salvación e incluso la resurrección.

C om o ya lo hem os inform ado , los hu illich es que viven en el


territorio situado al sur del río T oltén hasta el g o lfo de R eloncaví (en
el sector co n tin e n ta l), no presentan grandes diferencias con los arau­
canos, que viven al norte de ellos. En cam bio los hu illich es que viven
en la isla de C h ilo é presentan algunas características especiales que los
diferencian parcialm ente de los otros m apuches; la eco n om ía m arítim a
(peces y m ariscos) y el cultivo de la p ap a caracterizan a estos
aborígenes.

172
Hay referencias especiales para definir una cultura chilota, que en
la actu alid ad se caracteriza por la presencia de mestizaje entre e s p a ñ o ­
les, chilenos y h u illiches. Son principalm en te p e q u e ño s agricultores y
parcialm ente pescadores. Existe tam bién una práctica ganadera referi­
da especialm ente a ovinos. Ju n to a lo anterior hacen trabajos com o
obreros en los aserraderos y en diferentes actividades cam pesinas.

V o lvie nd o a los huilliches, y sobre todo a los que hab itan el área de
San Ju a n de la Costa al sur del río B ueno, insistam os en que según varios
estudiosos,(*) los h u illiches, bien diferenciados de los araucanos según
los cronistas de los siglos XVI y XVII, organizan su vida, su fam ilia, toda
su c o m u n id a d , a partir de su concepto de religiosidad. El Chao D ios, el
ab u e lito H uentao, la m am ita Virgen, el taita Sol, etc. son las div inid ade s
que ellos m antie ne n en el centro de sus vidas. A través del N g u illatún,
rito sacrifical colectivo, se expresa la relación con lo d iv in o , adem ás de
fortalecer sus relaciones con su pasado y con su vida presente y futura

Lo d iv in o y la experiencia social contextual (a través del N g u illatún


y del M a c h itú n ), hace que el hu illich e se sienta seguro, no siendo un
gran p rob le m a (com o para el cristiano) la culpa, el mal y el dejar de
existir, es decir, la muerte.

Por supuesto que estas ideas fueron rem ecidas por la presencia de
los evangelizadores católicos, especialm ente desde m ediados del siglo
XVII. Prim ero la ev an ge lización jesuíta y luego la de los franciscanos,
influye ro n poderosam ente en los aborígenes de V aldivia y de más al
sur, p ro d u c ie n d o en ellos reacciones de a p ro b ación y de rechazo al
m ism o tie m p o . El rito católico, la cerem onia de la misa, atrajeron a los
aborígenes, a u n q u e no e n te ndían m ucho la lengua extraña, el latín;
c u a n d o las misas se hicieron en español el c o n te n id o del mensaje
cristiano se in c o rp o ró u n po co más entre los huilliches. Pero esto sólo
ha o c urrid o en los últim o s 30 años. A lgunas mujeres hu illich es re co no ­
cen que la Iglesia les ha dado fuerza, les ha enseñado sus derechos de
m ujer (ser respetada por el hom bre). Incluso hom bres hu illich es
reconocen que la Iglesia los de fie nd e de los -humeas- que los quieren
en g añar y d o m in a r a ún más. Sin em bargo otros hu illiches, m ás p ró x i­

( •) Entre otros el a n tro p ó lo g o Rolf. Foester

173
mos al discurso independentista , con creencias antiespañolas, a n tich i­
lenas y anti-curas, acusan a la Iglesia de ayudar a los opresores blancos
y de servir sólo a la causa de los chilenos, es decir, de los dom inadores.

Los A raucanos
Los araucanos form an parte de la gran sociedad m apuche , que tiene
alrededor de un m illó n derepresentantes m uy m ezclados entre sí y con
los chilenos; se extienden entre el río Bío-Bío y el río Toltén po r el sur.
En la actualidad el habitat de los araucanos se encuentra c o m p re n d id o
por la V III R egión y, especialm ente por la IX R egión, divisiones éstas
adm inistrativas de la R epúb lica de Chile.

C om o lo hem os m e n cio n ad o en el capitu lo de d ica d o a la geografía


de Chile, en el territorio m apuche-araucano están la cordillera de
N ahu elbu ta y los ríos Bío-Bío y T oltén. En verdad el río Bío-Bío
co m p rende en el sector norte no sólo a los araucanos, sino que en su
parte precordillerana (los altos del Bío-Bío) se adentra en el territorio
peh ue nche , que históricam ente tenia más ex tensión hacia el norte, pero
que ahora se encuentra constreñido entre el río Q u e u c o y el lago
P an g u ip u lli.

Estos araucanos (n o m in a c ió n dada por los españoles, pero que tiene


raíz ancestral, -rauco*: tierra gredosa) presentan, según los a n tro p ó lo ­
gos físicos, rasgos m on g olo ides generalizados: son braquicéfalos, de
estatura p e q u e ñ a o m ediana; su rostro es ancho, boca grande; sus
cabellos abundantes son negros, gruesos y lisos; en cam bio su cuerpo
es casi la m p iñ o y m acizo; poseen un tronco más largo que sus piernas.
Este tip o som ático, sin em bargo, ha sufrido m uchas variaciones d e b id o
al proceso de mestizaje v ivid o en los últim o s 100 años, co nv irtie nd o a
los m apuches-araucanos en chilenos pertenecientes a las clases bajas
o econ óm icam en te pobres; todo esto ind e p e n d ie n te m e n te del rechazo
de algunos a considerarse chilenos.

Los actuales araucanos, que viven especialm ente en las zonas


rurales de la IX R egión (sur de C hile), son pe q ue ño s agricultores que
trabajan sus tierras, constituyendo fam ilias ind epe nd ientes q u e , a lo

174
sum o, están em parentadas patrilinealm ente. La tenencia de la tierra en
la actu alid ad sufrió cam bios m uy im portantes con las políticas del
g o b ie rn o m ilitar (1973 - 1989), que hizo propietarios a m uchos m a p u ­
ches araucanos, ro m p ie n d o así con la tradición del trabajo en tierras
com unitarias.

En las c o m u n id a d e s no hay propiam e nte o rg anización que supere a


la que surge de la o rg anización fam iliar extensa. Así tenem os una
sociedad constituida por una estructura m o n o g ám ica, virilocal y patri-
lineal.

Esta fam ilia es la expresión, psicológicam ente h a b la n d o , de un


p u e b lo m uy individ ualista, que no acepta d o m in a c ió n ajena a su
c o m u n id a d , sea de otros m apuches o con m ayor razón de los extran­
jeros, es decir de los que no son m apuches. Varios especialistas han
insistido en que, au n q u e se reconoce la existencia de -caciques* o
«loncos- (esta últim a expresión es nativa, en cam bio la prim era la
trajeron los españoles desde el C aribe), en el siglo XX se ha p ro d u cid o
un ro m p im ie n to con la tradición y los grupos m apuches han perdido
relación con su pasado. Sin em bargo la persistencia de la le ng ua y de
algunas cerem onias, han logrado m antener entre los -araucanos* una
relativa h o m o g e n e id ad cultural. Por ejem plo, el valor que se le da al
discurso, característica del lo nco, nos rem onta al pasado que nos dan
a conocer los cronistas españoles del siglo XVI. Ig ualm ente las narra­
ciones históricas y m íticas que se hacen en las fiestas fam iliares,
dem uestran la c o n tin u id a d cultural de estos habitantes aborígenes.

Estos agricultores indígenas cultivan trigo, m aíz, lechugas, cebollas,


tom ates, zanahorias, repollos y otras hortalizas. Ig ualm ente son g an a ­
deros de ovinos y tienen gallinas, pavos, gansos y cerdos. Una que otra
fam ilia posee una o a lo sum o dos vacas; algunos tienen tam b ié n uno
o dos caballos. Estos anim ales son la fuerza de tracción que tienen los
m ap uch e s, siendo típ ico ver aún en el sur de Chile las carretas tiradas
por bueyes.

Im p o rta n te es todavía la p ro d u c c ió n del carbón vegetal en hornos


de barro. La c o m e rcialización de éste les perm ite obtener algo de dinero
para sus transacciones com erciales en las ciudades chilenas.

175
En el presente las políticas de turism o, estim uladas por el go bierno
c h ile n o central y regional, han pe rm itido que algunos grupos de
m apuches trabajen y vendan sus artesanías (m adera, piedra, cestería,
cerám ica) en diferentes ferias populares, tanto en las ciudades co m o en
sus propias com unidades. .

De acuerdo a la inform ación que nos ha entregado el a n tro p ó lo g o


m ap uche profesor D o m in g o C uraqueo po de m os resum ir desde dentro
de la etnia m apuche (criterio ém ico) cóm o ven ellos su o rg anización
tanto política com o fam iliar.

Nos relata C uraqueo que después del períod o de transhum ancia en


las regiones am azónicas y otros lugares orientales (P u e lm a p u ), m igra­
ron a C h illim ap u (C hile), g u iad o por sus dioses, U ñkuse U ñfichá, la
diosa m adre y el dios padre. El acontecim iento del traslado fue lento,
pasaron por m uchos lugares hasta llegar al sur de Chile.

Los nuevos m igrantes p o b laro n el vasto territorio de C hile sur, gran


parte del Valle Central, adem ás el W aid e f (la A rgentina).

La tribu, una vez asentada en estos lugares, se o rg anizó en pe que ñas


agrupaciones de fam ilias em parentadas; esta forma de ag ru pación
m apuche se conoce con el nom bre de Lof, cada una de las cuales se
co m p on e de die z a treinta viviendas; si éstas son más num erosas tom an
el nom bre de Karrá.

Las agrupaciones tiene com o jefe a Loncos o Ulmenes. El prim ero se


considera im b u id o de poderes divinos, y en cuanto al seg undo podría
ser igual al prim ero o sim plem ente un rico m uy o rg anizad o y respetado.

A dem ás había otro personaje m uy poderoso, el Toqui.


Era el jefe
guerrero elegido en asam blea p ú b lic a por sus cualidades sobresalien­
tes, juicioso, razonable, valiente y gran organizador. Todas las tribus en
tiem po de guerra q u e d ab an som etidas a su poder.

Los Loncos adm inistran el reparto de las tierras cultivables, y hacen


justicia en su Lof.

Igualm ente presiden las festividades folklóricas y o rganizan las


asambleas para el G u illa tú n y M am aricún. Eran patriarcas sacerdotales

176
para todos los actos religiosos Los Machis no tenían participación, sólo
eran curanderos particulares.

A u nq u e en la actualidad los Loncos o Ulmenes han sufrido deterioro


en su m andato, se m antiene sin em bargo en general gran respeto a los
líderes tradicionales.

Refiriéndose a los roles y a las actividades de los com ponentes de


la fam ilia según el sexo, nos explica que los varones se dedican a la
agricultura y al cu id ad o de los anim ales mayores. Los hijos varones
cooperan con su padre en todas las actividades que le corresponde

Las m ujeres se encargan de las actividades domésticas: cocinar,


tejer, coser, lim p iar la casa, atender a los niños, adem ás están a cargo
de la huerta o cultivo de las hortalizas. Las hijas ayudan en todas las
actividades que corresponden a su madre

Sin em bargo en la actualidad la división del trabajo es m enos estricta


que antes; los varones pueden desem peñarse tam bién en las activida­
des que le eran propias a las mujeres, com o ser el cultivo de las
hortalizas y crianza de aves.

Los actuales m apuches m antiene su identidad especialm ente porque


conservan algunos valores culturales. C uraqueo piensa que ellos tienen
gran respeto a la obediencia y a sus líderes, es decir no se dejan m andar
por otro que no sea su pro pio jefe de la etnia T am bién respetan su
pro p ia religión y poseen un gran orgullo por su lenguaje m apuche o
C h e d u n g ú n (el habla de la gente). T am bién participan en trabajos
com unes (M in g a p o ) y cooperan en forma efectiva en los funerales.
Igualm ente existe entre ellos un espíritu de ho spitalid ad hacia las etnias
extrañas, in c luy e n d o a los chilenos.

Los Pehuenches

Sobre los pehuenches se ha escrito m ucho m enos y solam ente en los


últim o s años los a ntro pólo g o s han m irado a los aborígenes que viven
actualm ente en el Valle del Q u e u co y en el Alto Bío-Bío (IX R egión, sur
de C hile). Esta reciente pre o cup ación científica se explica por los

177
proyectos de construir un co njun to de represas eléctricas en la región
que habitan estos aborígenes y por las protestas que se han levantado,
especialm ente en los círculos ecologistas y tam bién en los grupos que
de fie nd en el -turismo de aventura*.
Varios inform es técnicos han sido p u b lica d o s (D a n e m a n n , 1991),
co n te n ie n d o algunos de ellos descripciones de la vida cultural de los
pehuenches actuales. Nosotros m ism os nos hem os referido p arcialm e n ­
te al tema que se discute con calor en Chile (O re lla n a , 1990, 1992),
tratando de no abanderizarnos por una p o s ició n extrema. Las in fo rm a­
ciones científicas, relativam ente escasas, nos perm iten en este capítulo
resum ir los antecedentes históricos de los pehue nche s y, así, intentar
relacionar el pasado de los últim os siglos con el presente reciente de
esta etnia.
H istóricam ente (V illalo bos, 1988), estos aborígenes han sido id e n ­
tificados en el siglo XVI v iviendo en los sectores cordilleranos, desde
la c iu d a d de Talca (VII R egión) hasta el nacim ien to del río Bío-Bío (IX
R egión).

La ide ntificación de la etnia pe hue nche , desde los prim eros estudios
hasta los actuales trabajos antro po lóg ico s, se ha hecho a partir de los
bosques de araucarias y de su fruto, el pe h u é n . Estos bosques crecen
entre los 900 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Los prim eros
cronistas españoles (G e ró n im o de Bibar, G óng o ra de M arm olejo y
M ariño de Lobera) hacen m e n ción de los aborígenes de la cordillera,
serranos, dán d o le s el no m bre genérico de -puelches* (gentes del
oriente) e insistiendo que «el m ante nim ie nto de esta gente casi de
o rd inario es p iñ o n e s sacados de unas piñas de diferente hechura y
calid ad, así ellas co m o sus árboles* (M ariño de Lobera).

Hacia la m itad del siglo X V II, Francisco N ú ñ e z de Pineda y B ascuñán


y Santiago Tesillo hacen por prim era vez m e n ción del nom bre de
-pehuenches*. A lgo más tarde, en 1674, el padre D ieg o de Rosales
tam bién los identifica con el nom bre de pegüenches, d iferen cián do lo s
de los puelches.

En las primeras décadas del siglo X V III G e ró n im o Pietas inform a que


los peh ue nche s vivían el fin de verano y el o to ñ o -en los pinares, en lo

178
alto de la cordillera, y cada u no de ellos tiene com o hacienda propia
su pe dazo de pinar, com o sucede con la viña de los españoles*.

Hay, entonces, dos rasgos que nos interesa destacar de estos


indígenas: la recolección de piño nes y el d o m in io de los lugares
cordilleranos y de los bosques de araucarias por tradición fam iliar,
•heredado de sus antepasados*.

Especialm ente en el siglo XVIII se produjeron interesantes contactos


entre sacerdotes franciscanos y estos aborígenes. U no de ellos fue el
fraile Angel de Espiñeira quien, en 1758, recorrió m isionalm ente el
extenso territorio aborigen, país que era más am p lio que el que en la
actu alid ad ocupan. En el relato que hace el fraile franciscano es posible
conocer cóm o los jefes o "principales* están bastante influidos por las
formas españolas de vestimenta, por las armas y adornos, y por el
em p leo de los caballos. No dejan de usar, sin em bargo, sus propias
joyas, variedad de plum ajes, sus armas; y los regalos que hacen son
carne, huevos de avestruz, piñones, cueros, etc.

Los jefes pehuenches del siglo XVIII conservan su sistema fam iliar
extenso, con varias mujeres, hijos y nietos, alrededor de los cuales otros
grupos em parentados se organizan en forma jerárquica Los •guillme-
nes- m ás im portantes reúnen varios cientos de lanzas o guerreros. Sus
■tolderías- corresponden a tipos de habitaciones-m uebles que facilitan
sus háb ito s de m o v ilid ad , explicados por las estaciones y características
de los territorios de altura por donde circulan.

En relación al fe n óm e n o de asim ilación de una nueva religión, los


jefes pehuenches y sus extensas fam ilias no se o p o n e n a que se
practique en sus hijos el bautism o. En general hay una sim patía hacia
los sacerdotes; se reconoce en ellos un deseo de protegerlos de otros
españoles (com erciantes, soldados, capitanes de am igos); adm iran
tam b ié n el discurso de los sacerdotes, rasgo que saben apreciar puesto
que un jefe debe saber com unicar sus ideas.

A co m ie nzo s del siglo XIX, tanto Luis de la Cruz com o E duardo


P o e p pig (este ú ltim o en 1828), insisten en la relación que tienen los
p e h ue nch e s con sus tierras, en cuanto ellas les han pertenecido desde

179
tiem pos inm em oriales. T am bién se les caracteriza co m o seres m uy
ind ivid uales, cuyas bandas presentan una débil o rg anización social.

Insistam os en que el proceso de transculturización que vivieron


estos aborígenes m ontañeses fue m uy fuerte en el siglo X V III, d e b id o
al contacto con los españoles-chilenos. Incluso m uchas veces acorda­
ron alianzas con los cristianos y lucharon especialm ente contra los
hu illich es y, a veces, contra los m apuches de los llanos (araucanos).

Primero sufrieron un fuerte proceso de cam bio con la araucaniza-


c ió n de las regiones altas en el siglo X V II, y luego el com ercio con los
españoles y el temor a los hu illich es los acercó a los cristianos. T odo
el proceso de ev an gelización del siglo XV III (jesuítas y franciscanos)
ay udó a estos cam bios significativos.
A unque algunos observadores del siglo X V II intentaron con razón
separar a los pehuenches de la etnia araucana, puesto que hab lab an
otra lengua y eran físicam ente más esbeltos, no parece aconsejable
insistir en estas diferencias para los futuros siglos (X V III adelante).
Recordem os, por ejem plo, que P o e ppig escribió que -nadie pued e
distinguir por su aspecto exterior a un m olu che de un pehuenche-.

¿Q ué hay de parecido entre los antiguos pehuenches de los siglos


XVI y XVII con los actuales?. La lengua co m ún («m apudungo)*, los
rasgos físicos (m acizos y relativam ente bajos) acercan a p e hue nche s y
araucanos en forma considerable y, po r lo tanto, alejan a los p e h u e n ­
ches del siglo XX de sus antepasados históricos. Sin em bargo creemos
que hay un fo n d o c o m ú n entre unos y otros: un arraigam iento a sus
tierras com o sim ples agricultores de subsistencia; una actividad e c o n ó ­
mica tradicional que se pierde en los tiem pos pasados (recolección del
p iñ ó n ); un concepto co m u nitario que se m ezcla con su no desm entido
sentido in d iv id ua l; una estructura fam iliar e n dóg e na que los hace
mezclarse entre ellos, rechazando el m estizaje con los que n o h ab lan
su lengua, con los que no participan de su cultura.

A com ienzos de la década de 1990 tuvim os la o p o rtu n id a d de


acercarnos a los pehuenches del valle del Q u e u c o ; conversam os con los
loncos y con cam pesinos pehuenches. Luego de conocer las c o m u n id a ­

180
des de C a llaq ui, Pitril y C auñicú pu d im o s resumir lo expuesto en otro
lib ro (*).

Lo prim ero que se aprecia es que algunas co m unidades pehuenches,


co m o C allaq ui y Pitril, están sufriendo cam bios im portantes, sobre todo
p o rq u e están m uy cerca del p u e b lo chileno llam ado Raleo, del cam ino
pav im e ntado , de los cam iones, de los obreros, de los contratistas, de las
cantinas, de los prostíbulos, etc. Incluso más al sur, cam ino a la
c o m u n id a d de Quepuca-Ralco, los mestizos m uestran una tendencia
fuerte a incorporarse a la sociedad chilena. En cam bio la co m u n id a d de
C au ñ ic ú se conserva todavía com o un reducto tradicional.

¿Cóm o se descubren los cam bios y el acercam iento a la sociedad


chilena?.

En algunas casas de C allaqui y de Pitril se ha incorporado la cocina


de leña, dejan do de lado el fogón En estas habitaciones hay artefactos
y productos chilenos, las ojotas han sido reem plazadas por zapatos y
botas; se escuchan noticias y m úsica por m edio de las radios a pila,
algunas de las cuales cogen las emisoras de Santiago.
Entre los habitantes de C allaqui y Pitril hay un discurso en favor de
la in c o rp o ra c ió n a la civ ilización, a través del trabajo y la edu cación de
sus hijos. Se desea trabajar con los chilenos, «siempre que se les
respete-, Pero la situación en las escuelas públicas conduce al cam bio,
a la pérdida de la lengua materna y a la incorporación de los niño s
p ehuenches a la sociedad y a la historia chilena, m ediante la aplicación
de program as nacionales.

En todas las c o m u nid ade s el b ilin g ü is m o es un fe n óm e n o co m ún;


incluso en C allaq ui algunos niños sólo entienden la lengua de sus
padres, mas no la hablan

Poco a p o co la recolección de piño ne s, especialm ente en C allaqui


y en Pitril, no es ya el recurso principal de subsistencia Incluso en los
últim o s años, con las políticas aplicadas por el go bierno m ilitar (1973
- 1989), los títulos de d o m in io individuales fueron g anand o aceptación,

( •) H is to ria y A n tro p o lo g ía de la Is la de la L aja, Editorial U niversitaria, Stgo, 1992.

181
a u n q u e se sigue d e fe n d ie n d o la c o m u n id a d de los bosques de arauca­
rias.
En cam bio en C a uñicú, alejado del p u e b lo c h ile n o de Raleo y de los
trabajos que se hacen para construir las plantas hidroeléctricas, los
habitantes de la c o m u n id a d m antienen un im portante tradicio nalism o
religioso (tres ngu illatu nes al año ); cultivan sus huertas; recolectan el
p iñ ó n en m arzo; sus ropas son tradicionales (ojotas, p o n c h o , calcetines
de lana de varios colores). En sus habitaciones p re d o m in a la cocina-
fo g ó n , al m edio de la pieza más im portante. No hay lu z eléctrica, sólo
•chonchones-.
A lrededor del fo g ón , to m an d o mate, se cuentan las historias, se
m antienen las viejas tradiciones; la fam ilia en d óg e n a y extensa escucha
al p rin c ip a l, q u ie n es un buen orador. Pero apenas se escuchan las
palabras de la lengua aborigen, el -chedungu*.

En C a uñ ic ú , la im pre sión que da su c o m u n id a d es que, a pesar de


los contactos que hay con la sociedad chilena a través de los que viajan
a las ciudades, las novedades se observan antes de ser aceptadas. Su
leng ua, su estructura social, sus creencias, sus m itos e historias son el
filtro que separa los bienes y valores chilenos, sobre to d o si éstos
contradicen las costum bres pehuenches.

Estos pehuenches actuales n o se o p o n e n a trabajar ju n to a los


chilenos, pero exigen m antener sus costum bres y tradiciones id e o ló g i­
cas; deben saber que su futuro en form a inexorable los c o n d u cirá a
vincularse cada vez más con los chilenos; pero no desean m orir. Tal vez
piensan que aprenderán de los chilenos, pero tam b ién creen que a su
vez p u e d e n enseñar m ucho .

Los Pascuenses

Sólo desde 1888 la isla de Pascua o Rapa N ui, con sus habitantes,
pertenece a la R epúb lica de Chile. Es decir, los pascuenses llam ado s así
p o rq u e los prim eros europeos q u e la visitaron y descubrieron para
Europa lo hicieron en u n día de Pascua de Resurrección (6 de abril de

182
1722), no tienen relación histórica ni prehistórica con los naturales de
Chile. Recién en 1870, cu ando la corbeta O ’H iggins arribó a la isla, se
p ro d u jo el prim er contacto entre isleños y m arinos chilenos, entre los
cuales se contaba a Policarpo Toro. Seria este m arino q u ie n dem ostró
al g o b ie rn o del presidente José M anuel Balm aceda el valor geográfico,
e c o n ó m ic o y p o lític o de la isla Adem ás se agregó el argum ento de que
la isla era tierra de nadie, no reclam ada por país a lg u n o y sí presa de
las depredaciones de piratas y esclavistas.

' Esta isla, de forma triangular y de form ación v olcánica, se encuentra


a 3.600 kms. de distancia de la costa chilena, frente al puerto de
Caldera. Situada en m ed io del O céano Pacifico, a 27° 09* latitud sur y
109°27' de lo n g itu d oeste, tiene actualm ente alrededor de 2.200 h a b i­
tantes, de los cuales unos 700 son chilenos y unos 1.500 nativos.

C u a n d o en 1722 los m arinos holandeses, bajo la dirección de Jaco b o


R oggew een, llegaron a Te Pito te Henua (Ombligo del Mundo'), la
sociedad isleña se encontraba div id id a y sus tribus en serios conflictos
internos.

D esde 1770 naves españolas hicieron estudios prelim inares en la


isla. En 1774, el capitán inglés Jam es Cook no sólo de scub rió las
grandes estatuas ( m obais ) y algunos santuarios, sino que encontró a la
p o b la c ió n postrada en la pobreza.

En 1786 el co nd e francés Jean Francois de La Perousse realizó


estudios científicos, fijó la p o sición geográfica de la isla y co ntribu y ó
tam b ié n con nuevas especies vegetales y anim ales.

En el siglo X IX (hasta 1862) llegaron m uchos barcos a la isla,


in c lu y e n d o barcos norteam ericanos, peruanos y europeos, los cuales
v io le n ta ro n a la p o b la c ió n En el año 1862 una flotilla de barcos
peruanos c ap tu ró a unos mil isleños, incluy e ndo a su rey Ka-Makoi, y
los llev ó a trabajar a las islas C hinchas (guaneras). C om o resultado de
todas estas violencias la p o b la c ió n , en 1863, sólo alcanzaba a 600
in d iv id u o s y en 1875 sólo a 200 según datos de la m arina chilena.

Para en tender el verdadero sign ificado de estas cifras, hay que


recordar que los estudios arq ue ológ icos perm iten calcular una p o b la ­

183
ció n hacia m ediados de 1500 d.C., de unos 10.000 in d iv id u o s y en 1722,
añ o de la llegada de los holandeses, de uno s 5.000 habitantes.

Está co m p ro b ad o que la co ntinua llegada de barcos, especialm ente


europeos, desde 1722 en adelante, prov o có enferm edades venéreas,
trabajos forzados, esclavitud y, en general, apresuró la crisis d e m og rá­
fica y social de la civ ilización isleña. Según la m isión católica, en 1877
había sólo 111 habitantes.

La pertenencia de la isla al go bierno ch ile no no e lim in ó las


injusticias causadas, por diferentes explotadores, de los bienes y de las
tierras. Desde com ienzos del siglo XX una sociedad explotadora
(d irig id a por la firma W iltiam son B alfour y C ia.) m altrató a la isla y a
sus habitantes. Sólo en 1928 el go bierno ch ile no reaccionó y algunos
años m ás tarde, en 1936, se reservaron 2.000 hectáreas a los isleños por
un p e ríod o de 30 años.

En 1952 el G o b ie rn o ch ile no entregó a la Arm ada nacional la


adm inistración y ex plo tación de la isla. Desde ese m om e nto se in ic ió
la m ejoría de las co nd icio nes de vida de los isleños y un aum e nto
dem ográfico im portante.

Luego, en el go bierno del presidente E duardo Frei, se creó el


D epartam ento de Isla de Pascua con los servicios p ú b lic o s y la
infraestructura adm inistrativa para incorporar a los pascuenses a la vida
nacio nal. En 1970 había, según el censo, 1599 habitantes. P osteriorm en­
te, los diferentes gobiernos han insistido en las relaciones entre los
isleños y los habitantes del continente. En los últim o s años el turism o
internacional y la p re o cu p ación por los estudios arqueológicos, e n ca­
bezados por la U niversidad de Chile, han d ad o a los isleños p o s ib ilid a ­
des de trabajo, cu ltiv an d o diferentes artesanías. Igualm ente algunas
leyes especiales han ay ud ado a desarrollar pequeñas industrias y, en
general, actividades económ icas libres de algunos im puestos.

Es p ro b able que en los prim eros siglos de la Era cristiana (n o más


allá del 400 d C.) hayan llegado los prim eros inm igrantes de las islas
polinésicas, tal vez desde las islas Marquesas. Las tradiciones de los
isleños recuerdan al rey Hotu M atua, q u ie n habría lle g ad o en dos

184
grandes canoas con sus hom bres, anim ales, plantas y su cultura
polinésica.

A ntro p o lóg icam e nte h ab lan d o , los actuales habitantes de Pascua


pertenecen al tip o racial po lin ésico , es decir, son una m ezcla de rasgos
físicos caucásicos, negroides y m ongólicos. En general son altos y
esbeltos; el color de su piel oscila de claro a m oreno, su pe lo es
o n d u la d o y negro. Su lengua es un dialecto po lin ésico , es decir,
pertenece a la fam ilia lingüística m alayo-polinésica.

Su o rg a n iza c ió n social nuclear era la fam ilia extensa. Relaciones de


parentesco entre estas fam ilias y relaciones de p ro d u cción y co nsum o ,
to d o insertado en una ideología co m ún , los o rg anizó en tribus. Es
tradicional la existencia de diez tribus.

La presencia de aldeas, especialm ente en los sectores de la costa, ha


sido bien identificada por los estudios arqueológicos. Cada aldea tenia
su te m p lo tutelar com puesto por un m ausoleo y un espacio abierto. Los
ahus, es decir los tem plos, estaban caracterizados por una larga y
angosta plataform a de albañilería de grandes bloques de piedra. Sobre
esta plataform a se colocaban grandes estatuas m onolíticas (los m o ­
hais). Un p la n o in c lin ad o perm itía el acceso al altar. Hacia el interior
se form aba una extensa plaza nivelada, más allá se encontraban las
viviendas (casas-bote)(*).
En estos centros cerem oniales se rendía culto a los antepasados, a
los iniciadores de las estirpes, representados por las grandes esculturas
m onolíticas. Estas grandes estatuas, que han hecho famosa a la isla de
Pascua, son verdaderos bustos hum anos, con rostros gigantescos. Se
encuentran en diferentes lugares de la isla, especialm ente en la gran
cantera del vo lcán Rano Raraku. Desde aqu í eran trasladadas a los abti,
m ediante el uso de rodetes de madera y la fuerza m uscular de cientos
de nativos.
O tro y acim iento arq ue o lóg ico im portante es la aldea cerem onial de
O ro n g o , lugar del ritual del hom bre-pájaro (Tangata M anu). Esta aldea

( •) En la a c tu a lid a d (1992-1994) los a rq ue ólog os de la U. de C hile están reconstruyendo el


A hu T o ng ahike , co n 15 Mohais.

185
tiene m e d io centenar de casas sem isubterráneas construidas con piedra
de laja y posee un c o njun to m uy interesante de petroglifos. Está situada
junto a un acantilado m arino que tiene varios cientos de metros de
altura, al lado del cráter del volcán Rano Kao.
Ju n to a estos grandes yacim ientos y m o n um e nto s hay en la isla
centenares de cuevas que sirvieron de hab itación Hay tam b ién (ana).
decenas de torres de piedra (tupa),
cientos de construcciones de piedra
de form a cilindrica o cónica C ptptborekó),
cam inos, fosos defensivos,
pozos, etc.
Entre otros restos arqueológicos se han encontrados tabletas escri­
tas de estilo pictográfico bustrofedon, que hasta el presente no han sido
traducidas.
Sin lugar a dudas, antes de la llegada de los europeos, los isleños
de Rapa N ui eran m iem bros de una sociedad altam ente sofisticada que
no d u d am o s en calificar de civilizada.

El orden jerárquico de esta sociedad privilegiaba al rey-sacerdote


(artkO ,a los sabios o sacerdotes, a los artesanos y artistas, a los nobles
y a los guerreros.

Hacia el 1600 d. C., los estudiososO ) del pasado de la isla,


identifican yacim ientos y contextos culturales que se caracterizan por
estar destruidos. Esta evidencia hace pensar que en ese siglo h u b o
luchas entre las tribus y entre los grupos fam iliares. P osiblem ente el
creciente aum e nto de la p o b la c ió n en los siglos anteriores, creó una
crisis de subsistencia en una isla v o lcánica que posee u na cubierta
vegetal déb il y en d o n d e la riqueza de la fauna m arítim a no es
suficiente.

Un cierto cam bio en la convivencia se pro d u jo c u an d o en 1864 llegó


a la isla un m isionero católico, E ugenio Eyraud, q u ie n con m uchas
dificultades in ic ió el proceso de evan ge lización. Su actu ación, com o la
de sus futuros colaboradores (p o r ejem plo, el herm ano H ip ó lito
Roussel), hizo que los naturales recobraran una cierta co nfian za en los

(*) Entre ellos se d is tin g u e n PatriciaVargas y C la u d io Cristino

186
extranjeros. La m isión , situada en Hanga Roa, fue el co m ie n zo del
p u e b lo actual.

C on dificultades, no faltando las contradicciones, la p o b la c ió n


isleña, m uy m ezclada pero conservando su idiom a y algunas cerem o­
nias rescatadas del pasado, co ntinúa integrándose poco a poco al
Estado chileno.

Pero tam bién hay que explicar que aquélla está sufriendo un
conflictivo proceso de aculturación C om o consecuencia de este fe n ó ­
m eno de cam bio cultural forzado, que está dirigido a integrarlos a la
sociedad chilena, se está p rod ucie nd o desde hace m uchos años una
desintegración social y cultural.

Varias instituciones chilenas y en especial la ed ucación, en su afán


de incorporar a los pascuenses a la m od ernid ad co ntinental, están
causando algunos conflictos, tales com o un virtual desarraigo de los
niño s y jóvenes de sus tradiciones, de sus instituciones e incluso de su
lengua. No hay que olvidar que la p o b la ción de Rapa Nui es mayorita-
riam ente joven, puesto que el 73 % de ella tiene m enos de 35 años. El
aum ento de los delitos en la isla, en los últim os 20 años, es un
fe n ó m e n o cultural que preocupa a las autoridades y que muestra
dram áticam ente las contradicciones en que viven sus habitantes, espe­
cialm ente los jóvenes.
Los fe nóm en o s de aculturación form an parte de la realidad, pero
ellos de be n ser evaluados por el Estado chileno, pe nsando tanto en el
desarrollo interno de la co m u n id a d pascuense com o en la mejor
p artic ip a c ió n de ella en la vida nacional chilena. Lo que interesa es
incorporar la etnia pascuense, con todo lo que le pertenece, a la
sociedad chilena y por n in g ú n m otivo disolverla en la sociedad mayor,
destruyendo su ide ntid ad cultural ya bastante deteriorada.

187
Conclusiones

La revisión hecha en las páginas anteriores de la historia de los


aborígenes chilenos, desde unos 12.000 años atrás hasta el presente
muestra la presencia co ntinua de diferentes grupos o sociedades en el
actual territorio chileno, que han co ntrib u id o por una parte al cam bio
del am biente natural al enseñorearse de él y, por otra, al e n riq u e cim ie n ­
to de la cultura y las instituciones sociales.

Es in d u d a b le que si se mira en perspectiva, el gran cam bio cultural


y biológico ocurrió cu ando grupos extranjeros, europeo-españoles,
entraron a las tierras aborígenes situadas al sur del Im perio Inca, en el
territorio chileno. Con la presencia de estos extraños, que traían
costum bres diferentes, herram ientas, armas y anim ales (caballos) no
conocidos, se p ro d ujo un quiebre en la vida norm al de los nativos;
ocurrió un desorden que ro m p ió con el antiguo sistema de vida y
co m e nzó a reordenarse la vida cotidiana de acuerdo a otras institucio ­
nes, a otros valores y a otras creencias.

Es verdad que antes de 1536, año de la llegada del A delantado D iego


de Alm agro, la m irada de los arqueólogos ha pe rcibid o tam bién
cam bios significativos: m odificaciones económ icas, tecnológicas, insti­
tucionales y biológicas. A lo largo de m iles de años, los grupos
hum anos estudiados se caracterizan principalm en te por los restos
culturales y bio lógico s que se han conservado hasta el presente. A pesar
de todas las m odificaciones sufridas por los yacim ientos y por los
elem entos constituyentes de estos sitios arqueológicos, los estudiosos
del pasado han p o d id o conocer diferentes conjuntos contextúales que
perm iten caracterizar estilos de vida (culturas) diferentes unos de otros,
según fuera su situación espacial y cronológica.

En los prim eros m ile nio s de o c u p a c ió n hu m an a del territorio


chile no , a fines del período Pleistoceno, cu an d o los glaciales caracte­
rizaban aún el sector alto a n d in o , se o rganizaron en valles y quebradas
bandas de recolectores y cazadores que son ejem plo de las prim eras
experiencias hum anas, de las primeras formas de o rg anización social,

188
de las prim eras formas culturales (industrias) y de los prim eros intentos
de d o m in a r am bientes físicos diferentes.

Por alg uno s miles de años -según la m irada de los científicos del
pasado cultural- estos grupos de cazadores, que no tienen rostros
in d iv id u a le s identificables, aparecen co nsolidados a lo largo del terri­
torio, desde el a ltip la n o de Arica hasta las planicies m agallánicas del
extrem o sur. Su quehacer vital los relaciona con los anim ales que
form an parte de su habitat, con las plantas y frutos naturales, con las
aguas de los ríos, lagos y m anantiales, con los cerros y m ontañas, con
el cielo lejano o las o quedades de la tierra.

Sus industrias de artefactos (herram ientas y arm as), especialm ente


conservadas en piedras de diferentes calidades, nos h ab lan por una
parte de tecnologías con características especiales y a veces realm ente
com plejas, y por otra tam bién nos m uestran cóm o se relacionaron con
el m u n d o m ineral.

Cerca de la costa, o en ella m ism a, otros grupos sociales vivían


m irand o al mar y c o n o c ie n d o poco a poco los seres que lo hab itan Son
los pescadores y m ariscadores que tienen una p ro fu n d id a d cro nológ ica
de fines del Pleistoceno, y que con el correr de los m ilenios, ya en el
H o lo c e n o , se asentaron con seguridad en diferentes caletas o en las
alturas protectoras de las terrazas m arinas. Su vida se desarrolló junto
al mar, ap acible o furioso, navegando en sus balsas sim ples de cuero
de lo b o m arino o de m aderos, m uy cerca de la costa, cazando o
pe scan do la fauna, y recolectando las algas m arinas. T am bién los
diferentes tipos de aves m arinas constituían parte de su vida y,
o bv iam ente, de su sustento.

Por la riqueza de los contextos culturales descubiertos en cem ente­


rios situados cerca de la costa, o en ella m ism a, conocem os las
costum bres funerarias y los sistemas de enterram ientos de estos a n ti­
guos pescadores y m ariscadores, especialm ente en el norte de C hile.
D esde hace m iles de años sus sistemas de sep u ltació n , el tratam iento
de sus m uertos, los sistemas de conservación de sus cadáveres, sus
ofrendas, han lla m a d o la atención de los estudiosos en cuanto estas
costum bres y tecnologías relacionadas con la muerte (y con la otra
vida), sugieren no só lo creencias y valores especiales, sino tam b ién una

189
c o m p le jid a d cultural, superior a lo que po d ía suponerse si s ólo se
hubiesen estudiado sus artefactos y sus prácticas económ icas. Ig u a l­
m ente, la fase C hinchorro ha m ostrado v inculaciones con las culturas
am azónicas, siendo estas influencias im portantes para com prender la
c o m p le jid a d de esta experiencia.
C u a n d o la fauna del Pleistoceno desaparece, según las evidencias
de los yacim ientos estudiados, los arqueólo g os y prehistoriadores
hab lan de un nuevo pe rio do , el Arcaico. De alguna m anera él se
caracteriza por las nuevas interacciones de grupos h u m an o s con
anim ales y flora, y por los surgentes tipos de asentam iento en espacios
naturales diferentes (H o lo c é n ic o ) incluy e ndo la fase C hinchorro que
hem os m encio nado . Es decir, las sociedades de cazadores, de recolec­
tores, de pescadores y de m ariscadores c o m ie n zan a vivir según otras
formas, otras instituciones y ensayando nuevas tecnologías de a d a p ta ­
ción y de d o m in io del m edio am biente físico. C om o lo hem os estudia­
do, en este gran p e río d o cultural los tipos de asentam iento (c a m p a m e n ­
tos) se hacen algo más sedentarios, sin que se alcance su p le n itu d ; las
prácticas de la caza se especializan de acuerdo a los tipos de anim ales,
que son los m ism os que conocem os ahora, según sean las regiones que
ocupan . C om ienza un tipo de econom ía de recolección m ás especiali­
zada, dem ostrada por los tipos de artefactos encontrados y los restos de
alim e ntación que se han conservado. Por m iles de años los cazadores
especializados, m uy avanzados en sus tecnologías, conviven con
prácticas de recolección que los van acercando al m ejor c o n o cim ie n to
de las plantas silvestres, a una relación m ás estrecha con los lugares de
asentam iento escogidos. Así los arqueólo g os han descubierto en diver­
sos sitios del norte, centro y sur de C hile, fechados hacia el 1500 - 1000
a. C., lugares de o c u p a c ió n con características sedentarias, en d o n d e la
práctica del pastoreo y de la dom esticación de anim ales (a u q u é n id o s ,
cuyes) se c o m b in a n con los com ienzos de la agricultura (horticu ltura),
uso de tiestos alfareros, prácticas de cordelería, de trabajos de cuero y
con la sobrevivencia de las últim as tradiciones de cazadores especiali­
zados.

Se acostum bra en arqueología a destacar este p e rio d o de cam b io (en


el Cercano O riente se habla del N eolítico), en d o n de los procesos de

190
sed entarización, co m pro bados por la presencia de restos de po blado s
hab itacionales (aldeas), de agriculturación, de dom esticación de a n i­
males, de pastoreo creciente y de la co nfección de tiestos alfareros son
los hechos más relevantes. Ju n to a todo esto, los hallazgos de cem e n­
terios m anifiestan tam bién un crecim iento de la p o b la c ió n , que se va
acen tu ando con el cada vez m ayor d o m in io y conservación de a lim e n ­
tos.

Estos m ism os procesos, con algunos rasgos especiales, ocurren en


las c o m u n id a d e s costeras, en donde la alim e ntación proveniente del
o céano es el prim er recurso que da estabilidad hab itacion al, desde
m uch o antes, a los pescadores y mariscadores.

Ig ualm ente el intercam bio de mercaderías, de m ateriales culturales,


de tecnologías, de grupos hum anos (especialm ente m ujeres), hace que
estas culturas, del m ile n io anterior a Cristo, sean ricas en relaciones que
van más allá del territorio chile no , alcan zand o las regiones aledañas de
Perú, B olivia y Argentina.

Un p o c o antes de la Era Cristiana, en el territorio ch ile no se


o rg anizan diversos sistemas culturales, según sea la región y el territo­
rio o c u p a d o s, en d o n d e pred om inan , de acuerdo a los yacim ientos
estudiados y a los contextos culturales que se han conservado, las
o cup a c io ne s aldeanas autóctonas y en ciertas ocasiones las influencias
exógenas (extranjeras) de culturas andinas desarrolladas.

A u nq u e en C hile no se alcanzó a organizar una sociedad unitaria,


con un Estado y un G o b ie rn o centralizados, las instituciones que se
reconocen, los co ntenidos culturales de ellas, nos hab lan de desarrollos
a veces sofisticados, m uy com plejos en ciertas áreas de lo social
Ig ualm ente el alto nivel artístico logrado en m uchos de los conjuntos
industriales (artefactos), nos perm iten avanzar en el c o n o cim ie n to de
las creencias y de los valores de estos agricultores que hab itab an desde
el norte de C hile hasta el g o lfo de R eloncaví (de la I a la X Regiones).

Las culturas organizadas alrededor de Arica, de San Pedro de


Atacam a, de La Serena, del A concagua, de Chile Central hasta la región
de los m ap uch e s, son ejem plos variados de un alto desarrollo cultural

191
y artístico que no desm erecen en nada a los mejores exponentes de las
civilizaciones andinas.
La pregunta que nos acosa una y otra vez es ¿por qu é no se o rg anizó
en el territorio ch ile no un Estado centralizado?. Estados los h u b o ,
sociedades organizadas en diversas regiones se reconocen y sabem os
que incluso interactuaron activam ente. Pero la situ ación geográfica, así
co m o la o rg anización particular de estos grupos, algunos bastante
grandes y en d o n de se c u m p lía la satisfacción de sus necesidades
vitales, no hizo necesario organizarse m ás allá de señoríos o de
p e q ue ño s estados independientes.
C uand o en la primera m itad del siglo XVI los españoles com enzaron
a recorrer el norte y centro de Chile, lo que observaron fueron
co m u nid ade s autosuficientes de agricultores y pastores, de pescadores
y, a veces, de cazadores, que sólo se o rg anizab an más estrecham ente
cu a n d o un peligro extranjero las obligab a a cohesionarse en forma
tem poral.
Fueron los grupos de conquistadores españoles los que llevaron a
los agricultores de Chile central a reunirse y aceptar el señorío m ilitar
de M ich im alo nco , lonco de A concagua. Igualm ente los m apuches del
sur del Bío-Bío se juntaron y aceptaron jefaturas conjuntas (C a u p o lic án ,
Lautaro), pero sólo en casos de extremo peligro.

¿Q ué suc e d ió en cam bio cu ando otros extranjeros, pertenecientes a


civilizaciones and inas (que chuas y aymaras), invadieron los territorios
de estas sociedades sem iautárquicas?.

Sabem os que hacia el siglo V .d.C. aparecieron los prim eros e le m e n ­


tos culturales pertenecientes a la c iv iliza ción T iw anaku en el norte de
C hile, tanto en Arica com o en San Pedro de Atacama. Es po sible , com o
ya lo hem os escrito, que algunos p e que ño s grupos de hom bres
provenientes del A ltiplan o hayan llegado a diversas regiones del norte
chileno; en San Pedro de Atacama conocim os, por ejem plo, la presencia
de ellos en el ayllu de Larrache. Sin em bargo, m ás que una inv asión
m ilitar, la influencia de T iw anaku fue de carácter cultural, asociada a
materiales artísticos y a un co n ju n to de artefactos selectivos bellam ente
ejecutados. T odo el co m p lejo de a lu cin óg e n o s es la m ejor prueba no

192
sólo de un contexto arq ue ológ ico valioso, sino tam bién de una fina
e jecución estética. Este co njunto de artefactos que describen cerem o­
nias religiosas, con sus ritos y valores com plejos, es adem ás la mejor
prueba del alto nivel cultural que alcanzó la cultura de San Pedro de
Atacama.

En este caso la asim ilación de los artefactos extranjeros y de la ideas


propias del a ltip la n o , fue hecha a partir de una selección efectuada por
la pro p ia sociedad de agricultores de San Pedro de Atacama y en d o n de
los contactos de grupos hum anos se dieron más por la vía de los
intercam bios, de las peregrinaciones, de la búsqued a de materias
prim as, de las relaciones comerciales, etc.

No h u b o entonces necesidad de defenderse de ejércitos enem igos,


sobre to d o po rque no había intención por parte de los pocos extranje­
ros que llegaban a San Pedro de Atacama, de d o m inar políticam ente.

No pasó lo m ism o con la presencia incásica en Chile. El T aw antisuyu


(•el im perio de las cuatro regiones-) era un estado teocrático y m ilitar
que necesitaba de la o cu p a c ió n y c o lo n izació n de nuevas tierras. Por
eso se ex tendió desde Ecuador hasta el centro-sur de C hile (por lo
m enos hasta el río C achapoal, en la VI Región

Los ejércitos incásicos do m inaro n el territorio al sur del desierto de


A tacam a, ex plotaron las m inas, recogieron el tributo, dejaron destaca­
m entos m ilitares y entregaron técnicas y creencias por más de 60 años.

Sólo los m apuches del sur de Chile resistieron la entrada de estos


invasores, n o p e rm itie n d o así que sus tierras fueran holladas por los
extranjeros.

Serían estos m ism os m apuches -los conocidos con el nom bre de


araucanos- los que ta m b ién se o p o n d ría n a los españoles que c o n tin u a ­
ban las políticas expansionistas de los incas.

La d o m in a c ió n incásica en C hile del norte y del centro n o fue de


todos m odos violenta. De acuerdo a la in fo rm a ción o btenid a, au nqu e
en caso de resistencia h u b o represión, por ejem plo en el Norte chico
(La Serena). Los curacas y yanaconas del Im perio convivieron con los
naturales de Chile, a veces en arm onía y otras en rencillas sem ibélicas;

193
lo que le interesaba al do m inad o r inca era el re co no cim ie nto form al del
Im p erio, m ediante algún tipo de cerem onias, y el pago de tributos. Lo
dem ás, lo que se refería a la vida cotidiana de los naturales, no parece
haberle p reo cup ado m odificarlo.
El español intentó reem plazar el poder incásico po r su p ro p
poder; logró parcialm ente un cierto apoyo en lo que q u ed aba de
d o m in a c ió n quechua: así Q u ilican ta ay udó a Pedro de V aldivia en la
construcción de la aldea (c iu d a d ) de Santiago. Pero c u a n d o le fue
posible, él m ism o se levantó contra los españoles y apo y ó la re be lión
de M ichim alonco.

A dem ás, las formas controladas de convivencia que im p la n tó el


español chocaron con la relativa libertad que los incas hab ían otorgado
a los naturales. Esto se puede entender co no cien do las intenciones de
estos extranjeros europeos: ellos venían a quedarse para siem pre; ellos
aspiraban a civilizar a los aborígenes, a cristianizarlos; ellos tam bién
deseaban enseñorearse de las tierras, de las riquezas de los naturales;
todo estaba en cam in ad o a incorporar al Im perio español nuevos
territorios y nuevas almas para la Iglesia católica. Adem ás cada español
aspiraba a ser un señor, un hom bre rico; en resum en, a superar su
pasado estado de vida, generalm ente pobre.

Estas reflexiones nos llevan a co ncluir que los destinos de las


sociedades indígenas prehispánicas fueron violentam ente inte rru m p i­
dos en su desarrollo, en su haber histórico, en su vida de todos los días.
Cada vez que ha h a b id o una invasión han ocurrido parcialm ente
destrucción institucio nal, m uertes ind ivid uales, cercenam iento de las
libertades, opresiones ideológicas, etc. Pero el descubrim iento de un
nuevo co ntinente, que luego se llam aría Am érica y efectuado p o r los
españoles de C ristóbal C o ló n , fue m ucho más que una invasión. No
cu p o la m enor du d a a nadie, desde el prim er m om e nto , que las nuevas
tierras descubiertas deberían incorporarse al d o m in io de los Reyes
Católicos. C u a n d o con los años nuevas expediciones descubrieron las
grandes extensiones territoriales, las sociedades de alto desarrollo, las
ciudades y sus diferentes construcciones m on um e ntales y, sobre to d o,
la riqueza de oro y plata que ellas co ntenían, el deseo de d o m in io no
sólo fue un p rob le m a de Estado sino que u n objetivo in d iv id u a l que

194
cada u n o de los españoles, pobre o rico, v illan o o hijosdalg o, intentó
c u m p lir, no im p o rta n d o m uchas veces los m edios

H oy día, a 500 años de este gran acontecim iento histórico, surgen


con fa c ilid a d palabras y escritos condenatorios. In cluso se ide aliza la
vida aborigen, p e n sa n d o en una especie de paraíso q u e fue destruido
por los am biciosos y bárbaros españoles. Por otra parte no faltan los
que ju stifican do los hechos de fines del siglo XV, niegan valor a la
experiencia nativa y justifican las acciones de los conquistadores
insistiendo en el valor ú n ic o civ ilizado r y cristiano de la gesta españo la.

Más de una vez, al analizar y reflexionar sobre el c o n ju n to de


situaciones acaecidas a fines de los siglos XV y XVI, hem os intentado ,
s e p a rán d o n o s de posiciones extremas, com prender lo que o currió
desde las dos perspectivas, tanto desde el p u n to de vista aborigen com o
el del c o n q u ista d o r españo l. Pues bien, lo prim ero sobre lo que hay que
llam ar la a te nción es que no existe un solo punto de vista aborigen, ni
ta m p o c o u n o solo español. Según sea el desarrollo alcan zado por los
nativos, no es la m ism a la reacción de los m iem bros de una sociedad
civ iliza d a que co no cía el poder del g o bierno y del Estado centralizado,
que la de cam pesinos organizados en sociedades in d epe nd ientes,
s em iautárquicas, que no aceptaban d o m in io alg u no extranjero.

Ig ua lm e n te el españo l culto, o el religioso, veía las acciones


españo las de una m anera distinta a la que tenía el v illan o so ld ad o que
aspiraba a ser un ho m bre rico lo antes posible.

Sin lugar a du d as que tanto civilizado s co m o cam pesinos se o p u s ie ­


ron a la in v a s ió n de los españoles, pero tam bién está c o m p ro b a d o que
en alg u no s casos las resistencias fueron distintas, unas duraron m enos,
otras en c a m b io c o n tin u a ro n a través de los siglos.

La m ayoría de los hom bres que integraban u n im perio aborigen


estaba aco stum brado a c u m p lir con las norm as, las im posicio ne s, las
o b lig a c io n e s del Estado y del g o bierno . O bv iam en te que era un
g o b ie rn o abo rige n, pero no hay que o lvidar que el im perio se anexó,
m uchas veces por la v iolencia, territorios habitados por diferentes
sociedades nativas, por etnias diferentes a la qu echu a. Lo m ism o
ocurrió con los aztecas y su d o m in a c ió n m ilitar. Entonces, u n o de los

195
hechos más interesantes fue que los españoles, nunca más de unos
pocos cientos de soldados, contaron con la co lab oración de m uchos
m iles de nativos com ponentes de etnias que sólo aspiraban a in d e p e n ­
dizarse del d o m in io estatal quechua o nahualt.

La conquista exitosa de los españoles no se d e b ió tanto al p re d o m i­


n io técnico (armas, p ólvora, caballos) europeo, com o a la co lab oración
de m uchos indígenas que creyeron contar con los españoles para
obtener una libertad parcialm ente perdida. El dram a de estas etnias fue
que no sólo perdieron su libertad, sino adem ás que, por la co ncatena­
c ió n de los acontecim ientos, dejaron poco a po co de existir cultural y
biológicam ente. Las políticas españolas no de be n ser observadas
únicam ente com o justificando una gran invasión, sino tam b ién com o
resultado de un pensam iento anexionista, im perialista y sobre to d o -y
esto tal vez sea sorpresivo- recreador de una nueva sociedad. Con la
particip ación de los aborígenes y de los españoles co m e n zó a o rg an i­
zarse una nueva realidad bio lógica y cultural que no fue ind íg en a, pero
tam p o co española. Los españoles que pensaban y escribían las leyes y
ordenanzas del Estado dirigidas a los territorios am ericanos, tenían
co m o ú ltim o fin la integración de las nuevas regiones y de sus
habitantes naturales al Im perio español. Pero la realidad histórica,
plasm ada en siglos de acciones y reacciones co ncluy ó en las tierras de
Am érica en sociedades que, au n q u e conservan, unas más y otras
m enos, etnias aborígenes o descendencia directa españo la, son diferen­
tes de las que contribuyeron a su form ación.

Por una parte los am ericanos, en sus grandes mayorías sociales,


m estizos y generalm ente blancos pero de cabello oscuro, son form ados,
educados en la civ iliza ción europea, española, en la re lig ión cristiana
y católica. Pero tam bién nacen en un territorio, en u n paisaje q u e no
sólo posee una vitalidad natural, sino que tam bién le habla de sus
antiguas ciudades, de sus asentam ientos nativos prehispánicos. Tal vez
con el alm a y el cuerpo co m p artid o por fuerzas históricas co ntradicto ­
rias, el hom bre am ericano actual no condena ni m aldice al co nquistado r
español. ¿Como po dría hacerlo si de alguna m anera existe gracias a él?.

C ua n d o observa a los actuales m iem bros de las m inorías étnicas


aborígenes, siente tam bién una pertenencia p ro fu n d a, puesto que se

196
reconoce en ellos, se debe a ellos, nació porque ellos estaban en las
tierras antes de la invasión.

No todos obviam ente piensan y sienten lo descrito; algunos am eri­


canos s ó lo se sienten europeos, otros sólo se reconocen com o nativos.
Unos y otros están fuera de la historia, viven fuera de su actual tierra,
fuera de su cultura presente.

Ahora bien, la presencia de las etnias aborígenes en Chile ofrece hoy


en día varios problem as, que en parte p u ed en adivinarse por lo ya
expuesto, sobre todo por la situación de desgarram iento que vive el
actual am ericano.

C om o ya lo hem os d ich o vivim os en el presente cam bios im p o rtan ­


tes en el escenario po lítico y cultural internacional Para nadie es una
no v ed ad que desde hace años el despertar de las nacionalidades y de
las etnias, tanto en Europa com o en las Américas, ha provocado
transform aciones im portantes. La desintegración de Y ugoslavia y de la
U n ió n Soviética son dos m uy recientes y trágicos ejem plos.

Los conceptos de diversidad, heterogeneidad y de au to no m ía entran


en c o n tradicción con los de u nidad , de integración, y de asim ilación
Poco a p o co el análisis antro po lóg ico de la identidad cultural y social,
se hace to m a n d o en cuenta el diálo g o entre ho m og e neid ad y heteroge­
ne idad . La ide ntid ad de América debe partir del re conocim iento de su
diversidad étnica y cultural. La identidad es algo por conquistarse, algo
que se está h a cien do , no algo ya hecho, ya logrado. Los diversos
pu eb lo s con culturas propias reclam an el derecho -avalados por su
Historia- a conservar y a desarrollar sus instituciones culturales,
sociales, económ icas, políticas y religiosas, diferentes m uchas veces a
las de su sociedad nacional.

En Am érica el m ov im ien to de los pueb lo s indios ha insistido en que


la coyuntura de la c o nm em o ración del V Centenario del descubrim iento
de A m érica, u n id o a las presiones diplo m áticas ejercidas por los
organism os internacionales sobre los estados nacionales, y a la crecien­
te c o n s o lid a c ió n en algunos países del m o v im ien to ind io , han o b lig ad o
a los g o biernos am ericanos a producir m odificaciones constitucionales
,con el fin de dar cabida al reconocim iento de ciertos derechos de los
aborígenes.
197
Para m uchos especialistas sociales las políticas asim ilacionistas e
integracionistas se baten en retirada, d a n d o paso a una actitud de
acep tación de la diversidad pluriétnica, así com o el re co no cim ie nto del
derecho de gestión de los pueb lo s aborígenes.
De todos los cam bios pro d ucid o s en A m érica, es justo reconocer
que los proyectos del g o b ie rno dem ocrático chile no son u n o de los que
m ás se ap rox im an a las dem andas generales de los pu eb lo s indígenas
junto a Panam á, Costa Rica y Nicaragua.

Hay acuerdo g eneralizado con los conceptos expresados por el


g o b ie rno ch ile no que sostiene que la n ac ió n debe reconocer sus
características multi-étnicas; hay poco más de u n m illó n de habitantes
que tienen creencias, cerem onias, lenguas, valores, instituciones, etc.,
distintas de la gran mayoría nacio nal. Sabemos adem ás que C hile es una
n ac ió n h o m o g é n e a con una historia co m ún; sin em bargo co m o cie n tí­
ficos tam bién conocem os que hay interpretaciones, teorías e hipótesis
diferentes de esta historia. Incluso conocem os nuestra deuda bio lóg ica
y cultural con los p u e b lo s aborígenes prehistóricos; los chilenos som os
prin c ip a lm e n te una n ac ió n m estiza, en diferentes propo rcion es, con la
co n trib u c ió n de m uchas nacio nalidad es indígenas y europeas.

Creemos que es justo y científico que se establezca el re co n o cim ie n ­


to jurídico de las co m u nid ad e s indígenas, y por lo tanto que se
m o d ifiq u e el articulo prim ero de la C on stitución Política agregándose
co m o inciso final que «el Estado velará por la adecuada protección
jurídica y el desarrollo de los pueb lo s indígenas que integran la na ción
chilena-. Ig ualm ente nos parece adecuado que se establezcan b e n e fi­
cios determ inados en favor de las co m u nid ad e s aborígenes y que se den
sistemas de p rotección jurídica y franquicias para el desarrollo de las
etnias.

Así ta m b ié n reconocem os que es valioso q u e la ed u cación de los


niño s y jóvenes indígenas sea en su idiom a y que los program as de
estudios tom en en cuenta y respeten su historia y su cultura en los m ás
variados aspectos.

Hay que insistir que la defensa de la id e n tid a d de los pu eb lo s


indígenas no se o p o n e a una co nvivencia pacífica y respetuosa con los

198
otros habitantes de C hile. Somos todos m iem bros de una n ación ,
organizada en los últim os 500 años, m uchas veces con dolores e
injusticias, pero tam bién caracterizada por cam bios bio lóg ico s y por
im portantes desarrollos institucionales y culturales.

En el presente hay que incorporar a todos los grupos que habitan en


C hile en un proyecto justo, que elim ine la pobreza, que desarrolle a las
instituciones y a las personas, que haga posible el avance social y
eco n ó m ic o , pero sobre todo el respeto por los derechos del hom bre,
cualquiera sea su origen y su pasado. Así com o no po de m os seguir
v ivie nd o en el pasado ni m enos retroceder 500 años, tam po co debem os
o lvidar las injusticias del pasado. Los 500 años de Historia que
recordam os en el presente deberían ser la ocasión para hacer un
análisis crítico, serio y científico de nuestro pasado.

Así, m ás allá de recom endar una toma de p o sición absoluta y


extrema frente a los hechos del pasado que estudiam os, deseam os mirar
hacia el futuro con el pensam iento generoso de la re conciliación
histórica que se fundam enta en la investigación científica, en la
co m p re nsión de los hechos, en el co no cim ie nto de la verdad contras­
tada em píricam ente.

Tenem os ante nosotros una nueva m isión fundacional: la sociedad


am ericana del futuro. Más allá de las m ezclas ocurridas una y otra vez,
m ás allá de las injusticias y muertes, de las destrucciones de sociedades,
pensem os en las nuevas fundaciones que debem os hacer todos n o s o ­
tros.

Nuestra actual n a c ión , nuestro C hile, es el producto de m iles de años


de historia; nuestra sociedad fue y seguirá siendo m estiza. Ni los
españoles, ni los indígenas del siglo XVI existen ya; los actuales
chilenos, los actuales habitantes de esta tierra, unos más otros m enos,
todos han sufrido el proceso de sim biosis, de m ezcla, de interacción
bio ló g ic a y cultural. Unos tienen más genes nativos, otros m ás genes
europeos; la gran m ayoría de chilenos no son ni nativos ni europeos.
Som os los actuales hom bres de la tierra; tenem os una lengua com ún;
tenem os creencias, filosofías y religiones nacidas en el Viejo M u ndo
(cristianism o, racionalism o, m aterialism o, idealism o, post-modernis-
m o, etc ). Con estos conceptos pero tam b ién con esta realidad am eri­

199
cana, tenem os que esforzarnos para construir un futuro más feliz. El
pasado que estudiam os es el pasado. Lo investigam os, lo conocem os,
lo am am os para construir nuestro futuro, para enriquecer nuestro
presente. No olvidem os los dolores del pasado para hacer posible la
construcción de nuestro presente/futuro sin injusticias, sin sufrim ien­
tos.
Así, el estudio e investigación de los hechos pasados com ienza a
tener sentido, no im portan do cu án antiguo sea. Desde la m ás lejana
experiencia hum an a ocurrida en nuestro país, hasta el presente siem pre
cam biante, hay un c o n tin u u m de situaciones y de ideas que le dan no
sólo solidaridad a nuestras vidas, sino tam bién consistencia y estructura
perm anentes. Sólo ex am inan do el pasado prehistórico com o pasado
histórico, sólo considerando a los antiguos habitantes com o co nstitu­
yendo eslabones de un filuu m existencial que llega hasta nosotros,
podrem os encontrarle razón de ser al pasado h u m a n o y a su estudio
científico.

200
Microbiografías de Cronistas e Investigadores

Son m uchos los cronistas e historiadores del pasado y los investiga­


dores actuales que m erecen ser recordados. Hem os escogido a unos
pocos para ejem plificar su aporte al estudio arq ue ológ ico, etn o lóg ico
y etno h istórico M uchos otros son m uy conocidos, com o los h isto riad o ­
res J.T .M edina, Barros Arana o Encina; igual cosa ocurre con a rq u e ó ­
logos co m o Bird, M ostny, Le Paige e Iribarren Otros arq ue ólo g os y
antro p ólo g o s fallecidos, com o A M edina, C .M unizaga y P. D auelsberg
están siendo valorizados y reconocidos en todo lo que aportaron a
nuestras disciplinas.

J e r ó n i m o d e V iv a r (G e ró n im o de Bibar). N ació en el territorio de


Burgos, po sible m ente en Vivar, hacia 1525. Fue un n iñ o ed u cado por
los frailes jerónim os; pasó a Am érica a la edad de 14 años y se enro ló
con Pedro de V aldivia en 1548, co m o sim ple soldado. En 1558 lo
encontram os en Santiago, declarando en favor de Francisco de Villagra;
luego su figura se pierde para los estudiosos. Sabemos tam b ié n que en
este añ o te rm in ó su C rónica, que fue conocida por el gran cronista del
siglo XVII, padre D iego de Rosales. Igualm ente la c o n o c ió en España
A n to n io León Pinelo, en 1629. Posteriorm ente los m anuscritos q u e d a ­
ron o lv id a d o s y sólo en 1966 se p u b lic ó en Chile esta crónica del siglo
XVI. C onoce m os tres publicaciones: la del profesor Irving A Leonard,
p u b lic a d a po r el Fondo H istórico y B ibliográfico José T oribio M edina
en Santiago de C hile en la fecha señalada; la de L eopoldo Sáez-Godoy,
p u b lic a d a en Berlín en 1979 y la de Angel Barral G óm e z p u b lic a d a en
M adrid en 1988. Estas dos últim as corrigen varios errores paleográficos
de la e d ic ió n de Irv ing A Leonard
A l o n s o d e G ó n g o r a y M a r m o l e j o . O rig in ario de A nd alu cía nació
en la c iu d a d de C arm ona hacia 1522, siendo hijo de un regidor de la
villa. Llegó a C hile en 1549 con el refuerzo de tropas que trajo el p ro p io
Pedro de V aldivia. En 1569 era capitán, corregidor y justicia m ayor en
la c iu d a d de Castro. En 1575 te rm inó de escribir su Historia de C hile,

201
m u rie n d o un añ o después. De su Historia se conocen cuatro ediciones:
la de 1852, p u b licad a en M adrid en el tom o IV del M em orial Histórico
Español; la de 1862, p u b licad a en Santiago de C hile en la C olección de
H istoriadores de C hile y D ocum entos Relativos a la Historia Nacional;
la de 1960, que vio la lu z en M adrid en el tom o CXXXI de la B iblioteca
de Autores Españoles desde la Form ación del Lenguaje hasta nuestros
Días, d o n d e aparece la ed ición de Pascual de G ayanagos de 1852, bajo
la dirección de Francisco Esteve Barba; y finalm ente la de la U niversi­
dad de C hile, en 1989, que p u b lic ó con pequeñas correcciones la misma
e d ic ió n de 1960.
P e d r o M a r i ñ o de L o b e r a . N ació en Pontevedra, G alicia, hacia 1528
o 1530. Su padre fue regidor perpetuo de la villa. En 1545 partió a
América En 1552 se d irig ió de Lima a Santiago. En 1575 fue corregidor
de la c iu dad de V aldivia. En 1577 era vecino encom endero de C on cep­
ción. En el canto IX del Arauco D o m a d o de Pedro de O ña es m e n cio ­
nado co m o -varón ejercitado en la m ilicia y no b le caballero de Galicia*.
Regresó a Perú y fue no m brado corregidor de C am aná. En 1594 m urió
en Lima m ientras escribía su Crónica del Reino de Chile. El jesuíta
B artolom é de Escobar redactó en definitiva sus apuntes. La prim era
ed ic ió n de esta crónica fue p u b licad a en 1864 en el tom o VI de la
C olección de H istoriadores de Chile; la copia m anuscrita se encuentra
en el A rchivo N acional de la Biblioteca N acional de C hile. D on
Francisco Esteve Barba p u b lic ó en el tom o CXXI de la B iblioteca de
Autores Españoles, en 1960, la obra de M ariño de Lobera, hacien do
correcciones de p u n tu a c ió n y de ortografía.

A l o n s o de O v a lle . Este sacerdote jesuita, autor de -La Histórica


Relación del Reino de C hile y de las M isiones y M inisterios que ejercita
en él la C o m pañía de Jesús-, nac ió en Santiago de C hile en 1601. H izo
sus estudios en T ucum án y en 1625 p ro n u n c ió sus votos de jesuita.
A lcanzó gran fama com o predicador, siendo no m brado Rector del
C onvictorio de San Francisco Javier En 1640 fue en v iad o a Rom a,
in ic ia n d o su obra histórica en 1643 En un año y m ed io te rm inó de
escribirla, siendo impresa en 1646. In te n tan d o volver a Chile, m urió en
Lima el 11 de Mayo de 1651. No siendo una obra que m aneje una
in fo rm a c ión histórica directa, merece destacarse por sus valores litera-

202
ríos. Ya en 1726 la Real A cadem ia Española lo in clu y ó en la lista de
escritores españoles que tenían autoridad en asuntos de lenguaje. Así
por e je m p lo sus descripciones geográficas son herm osísim as y sus
textos del más alto nivel literario.

D i e g o R o s a le s . N ació en M adrid en 1601 y llegó a C hile en 1629.


A p re n d ió la le ng ua de los m apuches y se interesó p ro fu n d a m e n te en
sus costum bres y en general en lo ocurrido en el reino de C hile desde
la llegada de los españoles en 1536. Para escribir su H istoria leyó
m ucho s do c u m e n to s, m anuscritos y crónicas, entre los cuales se
contab a la de Je ró n im o de Vivar Estostextos hab ían sido co le ccion ado s
po r el g o b e rn a d o r Luis Fernández de C órdoba (1629). Rosales m u rió en
S antiago el 3 de J u n io de 1677.

Su obra histórica se pe rd ió y sólo a fines del siglo X V III fue


c o n o c id a por el historiador Carvallo y G oyeneche. Fue p u b lic a d a
fin a lm e n te en tres tom os en 1877 en V alparaíso por el historiador
V icu ña M ackenna. Recientem ente ha vuelto a editarse en Santiago de
C hile, en dos tom os (1990).
F r a n c i s c o N ú ñ e z de P i n e d a y B a s c u ñ á n . N ació en C h illán en 1607
y m u rió en Perú en 1680. Escribió dos libros m uy im portantes para el
c o n o c im ie n to a n tro p o ló g ic o de los m apuches, “C autiverio Feliz y R azón
de las G uerras D ilatadas de Chile* y -Suma y E pílogo de lo m ás esencial
que co n tie n e el lib ro in titu la d o Cautiverio Feliz y Guerras D ilatadas del
R eino de Chile*. C o m o resultado de su cautiverio, que d u ró siete meses,
lu e go de la batalla de las Cangrejeras en 1629, el joven prisionero
escribió una especie de reverso de la co nquista españo la, puesto que
a través del texto de N ú ñ e z de Pineda se dan a conocer las o p in io n e s
de los caciques m apuches que consideran m uy injusta la guerra de
Arauco.
F r ie d r ic h M ax U h le N ació en Dresden el 25 de M arzo de 1856 y
m u rió en Loben, Silesia el 11 de Mayo de 1944.

Su fo rm a c ió n universitaria c u lm in ó con la o b te n c ió n del d o ctorado


en lin g ü is tic a preclásica. En 1881 in ic ió su carrera etno lóg ica al ser
n o m b ra d o a y ud ante del D irector del M useo Real de Z o o lo g ía , A n tro p o ­
lo g ía y Etnografía de D resden. En 1883 p u b lica en B erlín su prim er

203
estudio sobre etnografía religiosa m alaya. Entre 1888 y 1891 trabajó en
el M useo E tno lógico de Berlín. En 1892, en v iad o por A d o lf B astían, se
em barcó a Am érica; tenía 36 años c u a n d o llegó a B uenos Aires para
iniciar su larga y fructífera labor científica am ericanista. En ese m ism o
año había p u b lic a d o con Alfons Stribel su fam oso lib ro «Las ruinas de
T iah uanacu en la región alta del Perú Antiguo*; sólo dos años m ás tarde,
el 20 de Abril de 1894 conocería el y acim iento de T iw anaku.

En 1896 fue contratado por la U niversidad de P ennsylvania e in ic ió


sus excavaciones en Pachacam ac; en 1903 p u b lic ó una lujosa e d ic ió n
de 104 páginas y 21 lám inas acerca de estas excavaciones. La U niver­
sidad de C alifornia desde m ediados de 1898 le encargó nuevas inves­
tigaciones en el norte del Perú. Excavó en M oche, en C hicam a, Viru y
Santa Desde 1900 investigó en el sur del Perú en C hincha, en Paracas,
en Pisco y en lea. En 1903, luego de hacer clases en la U niversidad de
C alifo rnia, excavó en A ncón , Chancay y Supe.

En 1906 fue n o m b rad o D irector de la sección arq ue o lóg ica del


recién fo rm ad o M useo H istórico del Perú.

C ontratado por el G o b ie rn o C h ile n o e inv itad o por la U niversidad


de C hile, lleg ó en 1911 a Santiago. Perm aneció en C hile hasta 1919,
re alizan do im portantes trabajos arq ue ológ icos en Taltal, C alam a, C ons­
titu c ió n y Arica, etc.

Sus p u b lic a c io n e s más im portantes para la arque olo gía de C hile son
•Los aborígenes de Arica»; -Fundamentos étnicos en la re g ión de Arica
y Tacna*; *La arq ue olo gía de Arica y Tacna-, etc.

En resum en se p u e d e decir que Max Uhle fue u n o de los iniciadores


científicos de la prehistoria de C hile, al confeccionar el prim er cuadro
cro n o ló g ic o de los periodos del pasado prehistórico de C hile, describir
de m anera sintética al p u e b lo atacam eño y estudiar la in flu e n cia de
T iw anak u en el norte de Chile.

204
R i c a r d o E. L a t c h a m N ació en 1869 en la c iu dad de Bristol.
Inglaterra y m u rió en 1943 en Santiago de Chile.

Se form ó en el Instituto Politécnico de Londres d o n de se recibió de


Ing e niero Civil En 1888 partió a Chile a realizar trabajos de ingeniería,
levantam ientos topográficos en la provincia de M alleco y sus a lre d e d o ­
res.

Con ciertos intervalos v ivió alrededor de 5 años en el territorio de


los m apuches, lo que le pe rm itió conocer su lengua, y en general su
núc le o cultural y psicológico.

Luego de vivir en La Serena y casarse con doña Sara Alfaro, residió


en Santiago a partir de 1902 El m u n d o de Santiago le pe rm itió conocer
a varios a ntro p ólo g o s y arqueólogos, frecuentar el M useo N acional, las
sociedades científicas y escribir sobre antro po lo g ía chilena. C o m en zó
con estudios sobre antropología física, para co ntin uar con trabajos
sobre a n tro p o lo g ía y prehistoria de Chile. Ya en 1928, vastamente
co n o c id o , p u b lic ó su -Alfarería Indígena Chilena- y su -Prehistoria de
Chile». En este m ism o año se le no m b ró Director del M useo N acional,
en 1936 h iz o clases de prehistoria en la Facultad de Filosofía y
E du cación de la U niversidad de Chile Fn 1938 recibió el hom enaje
p ú b lic o por c u m p lir 50 años en Chile. Este m ism o año p u b lic ó su
excelente -Arqueología de la Región Atacameña».

Luego de José T oribio M edina fue la segunda persona que escribió


libros de síntesis histórico-etnológica sobre la prehistoria de Chile.
A sim ism o, se co nv irtió en un especialista en el estudio de las culturas
atacam eñas y diaguitas A portó con im portantes datos a la investigación
de la influ e n cia de T iw anaku en el norte de Chile y tam b ién sobresalió
por sus estudios etnohistóricos de los aborígenes chilenos. Igualm ente
co n trib u y ó con estudios especializados sobre diferentes aspectos de las
culturas aborígenes, tanto en los ítems eco nóm ico s, sociales, religiosos
y tecnológicos. Por últim o , su aporte fue tam bién im portante en los
estudios bib lio g ráfic o s, c o n tin u a n d o así los trabajos de Carlos E Porter

Fueron fam osas las po lém icas científicas que tuvo con Tomás
G uevara sobre el problem a de los orígenes de la cultura araucana

205
En resum en, Lateham es un arq ue ólo g o y etnólog o que enriqueció
el estudio científico de las diferentes culturas y sociedades aborígenes
tanto prehispánicas com o actuales. No sólo las dio a conocer en los
aspectos cronológicos y tecnológicos clásicos, sino que enriqueció
todos los aspectos de la vida cultural y social de ellas.

M a r t í n G u s i n d e La vida del sacerdote católico Martín G usinde


transcurrió entre 1886 y 1969- Fue una larga y hermosa vida llena de
investigaciones, do m inadas por los estudios etnológicos, es decir, de
las sociedades más prim itivas del m un do . Representó en C hile a la
escuela de los Círculos Culturales de Viena, y trabajó en nuestro país
com o en m uchos otros lugares en co m u nicación directa con las
com unidades -no civilizadas*.
C uand o tenía 25 años en 1912, llegó a Santiago de C hile, in co rp o ­
rándose inm ediatam ente a la sección de Etnología y A ntro po lo g ía,
m ante nie nd o una relación de trabajo con Max Uhle y con el Dr.
A ureliano O y arzún. C om o era sacerdote de la orden del Verbo D iv in o
hizo clases en el Liceo A lem án, co m b in a n d o así la docencia con la
investigación científica.

Sus prim eras investigaciones fueron sobre la Isla de Pascua, los


araucanos y luego c o n tin u ó con los aborígenes del extremo sur de
Chile. Su p u b lic a c ió n científica más relevante es *Die Feuerland India-
ner- p u b lic a d a en idiom a ale m án entre 1931 y 1974. Se trata de 4
grandes tom os dedicados a los selknam , a los yám ana, a los h a la k u lu p
y a la antro po lo g ía física de estos aborígenes.

A b a n d o n ó C hile en 1924, convirtiéndose en un e tn ó lo g o m uy


c o n o c id o y respetado; co n tin u ó sus trabajos en diferentes países com o
Estados U nidos, H o land a, V enezuela, Ja p ó n , en Africa (C ongo Central
y Sur de Africa), etc., p u b lic a n d o m uchos artículos referidos a temas
etnográficos y etnológicos.

Sólo en 1980 se p u b lic ó en un libro de la Editorial Universitaria en


C hile, sus inform es prelim inares sobre las cuatro expediciones que hizo
al extremo sur de Chile; antes hab ían aparecido en form a separada en
la revista del M useo en do nde él era investigador (entre 1918 y 1924).

206
Luego, entre 1982 y 1992, el Centro Argentino de Etnología Am eri­
cana tradujo la obra de G usinde editando 9 tomos.

En resum en, los estudiosos de los aborígenes del extremo sur de


Chile y Argentina tienen en el padre Martín G usinde al mejor conocedor
de la etnografía y la etnología del extremo m eridional de América Sus
descripciones y análisis com plejísim os de las diferentes etnias que
vivieron (y que en el presente ya no existen) en las heladas regiones
de los estrechos e islas m agallánicas, son un ejem plo para cualquier
estudiante y especialista de la antropología chilena y am ericana.

M artín G usind e fue sin duda, junto a Max Uhle, a Ricardo Latcham
y el Dr. A ureliano O y arzún, uno de los organizadores de la ciencia
antro p o lóg ica en nuestro país y por lo tanto debe ser perm anentem ente
estudiado y analizado por los actuales y futuros etnólogos chilenos.

207
ANEXO FOTOGRAFICO
Guanacos en el Norte de Chile

211
Alfarería Gentilar (Arica) Alfarería Maytas (A rica)
212
Instrumentos líticos del Alero de Toconce
(11 Región)

Alero Salado Chico o Toconce Perfil Sur-Ble del Sector A con los 6 estratos culturales
Tipo alfarero -Negro Bruñido“
(San Pedro de Atacama)

Pinturas rupestres del Alero de Ayquina Tableta con motivos Tiwanaku


(II Región) (San Pedro UI)
214
Alfarería de la Cultura El Molle Tipos alfareros de las Fases Las Animas y
(La Serena) Diaguitas (La Serena)
215
Pucará de Chiu-Chiu; periodo agro
alfarero tardío

Alfarería del Complejo El Bato


(Zona Central) Alfarería de Pitrén (Sur de Chile)

Alfarería del Complejo El Bato Vista aérea del yacimiento de Monte Verde
(Zona Central) (Puerto Montt). (Foto de T. Dillehay, 1989)
216
Isla de Pascua Rapa Nui - Chile

Niñas Mapuches (Según R Latcham, 1911)

Ahu Tongariki (Isla de Pascua); última etapa de reconstrucción delgran centro ceremonial
217
•!

Grupo de Onas (foto de Ch W. Furtong)

218
CUADRO CRONOLOGICO DE CULTURAS-FASES Y YACIMIENTOS (')
Bibliografía
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RCHHG- Revista Chilena de Historia y Geografía

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