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Quedo yo, contra el rosáceo recuerdo


del último sueño en que hablé contigo
y en los huecos de tus palabras, definitivamente mías,
me ahogué al verte sin el aroma de hace un mes,
sin tus poemas que por enero recitabas de memoria,
tus dedos sin la fuerza que adormecía mi cuello
reposado sobre la clavícula más suave y amorosa,
sin los consejos, ni las historias de otra vida.
Me ahogué al ver la sombra artificial,
yo contra un fantasma de pseudo-mujer que llamo con tu nombre,
yo contra un resquicio de hombre que no sabe rehacer
ni detener tu cuerpo devorado por la noche,
yo contra un remedo de la hoguera
que fue nuestro destino mientras se incendiaba
tocando el cielo con sus navecillas rojas
que nos disfrazaron de villanos,
yo contra mi afán de repararte cada una de las tardes
bajo la luz de esa sonrisa que hace la resolana en el insomnio,
las coordenadas de tu tatuaje, la forma de los dedos de tus pies,
el color de tu labial que no distingo,
el orden del concierto de Silvio que nos pagamos
y las palabras que usaste para decirme que sí, por siempre.
2/

Quizá el sueño

sea la maldición de inventarse a medias

una sombra incontrolable del deseo,

Tu contorno me recorre una vez más,

y otra más, y más, cada tarde

y cada esfuerzo, empeñando por recobrar tu gesto,

y tanta locura recorrida que ya es mi paisaje natural,

y aún con todo no ando a prisa ni más pronto,

sino a gatas, fijamente al horizonte inalcanzable

de aquello que ya no habrá de ser.

La sombra, sombras largas sombras del deseo.

¡Ven a mí pedazo de premura!

¡Ven al filo de la cama inabarcable!

¡Ven a mí vapor de carne!

¡Ven a mí con tu mordida

y hazte de mi piel hasta que muera!

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