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Unidad 1.1 Texto 6 Ricardo Miralles. El sistema de Versalles y su crisis.

La I Guerra Mundial fue una “guerra total”, la primera de la historia que implicó no solo a los
combatientes, sino a la sociedad entera, movilizando al conjunto de fuerzas en cada uno de los
campos.

Clemenceau fue el primero que habló de “guerra integral” para referirse al nuevo estadio histórico
en el que la guerra lo ocupaba todo, y significaba todo, aunque en términos teóricos fue
Luddendorf quien elaboró el concepto de “guerra total”. Una guerra de este tipo suponía
movilizar todos los recursos y medios, militares, diplomáticos, económicos, psicológicos, tanto en
el interior como en el exterior, con un único objetivo, ganar la guerra.

La guerra total no podía conducir más que a una victoria total sobre el adversario, y a una “paz
dictada”, no negociada: en estos términos de “paz impuesta” fue realizada la Paz de París.

Los objetivos de la guerra comprometen la futura paz.

Después de toda guerra, la base principal de los tratados de paz suelen venir determinados por los
objetivos de guerra que previamente se han dado a sí mismos los Estados que resultan
vencedores. Durante la I Guerra Mundial los estados atacados por Alemania y Austria-Hungría en
1914 no tenían intereses comunes ni un proyecto único en cuanto a los objetivos de guerra. Sólo
al final de la guerra, en 1918, los aliados pudieron concretar sus objetivos de guerra.

Los aliados no solo habían entrado en la guerra por motivaciones diferentes sino que sobre los
problemas del futuro tenían puntos de vista divergentes. El precio de la alianza italiana fue el
Tratado secreto de Londres de 1915, por el cual Italia obtendría del Imperio Austro-Húngaro el
Trentino y el Tirol meridional, Trieste, Istria, Gorizia y Gradisca, las islas Cerso y Lussino; del
Imperio Otomano obtendría, además de la confirmación de los territorios obtenidos en 1912 en
Libia y el Dodecaneso, la reserva de un lugar en la Turquía asiática si esta llegaba a repartirse.

El Imperio Otomano debía ganar la guerra para poder conservar su integridad territorial. En caso
contrario su desaparición era segura, y de hecho quedó pactada rápido: en 1914, Gran Bretaña se
anexionó Chipre, y entre Gran Bretaña y Rusia acordaron para que la primera anexionara Egipto y
la segunda resolviera la cuestión de los Estrechos. Franceses y británicos se pusieron de acuerdo
secretamente para un reparto de Oriente Próximo, en el que Francia obtendría Líbano, Gran
Bretaña recibiría Mesopotamia y el resto de Siria, y Palestina sería administrada
internacionalmente.

Hasta finales de 1917, los aliados mantendrán una extrema prudencia con respecto a las
reivindicaciones de todos los pueblos alógenos del Imperio Austro-Húngaro, salvo en el caso de los
polacos. Los aliados esperaban llegar a una paz por separado con Austria-Hungría. Pero en 1918,
las cosas cambian cuando se desvanecen las esperanzas de alcanzar dicha paz por separado. En
1918, Francia reconoce al Comité Nacional checo como gobierno aliado, siendo imitada por Gran
Bretaña, EEUU y Japón. Los serbios, croatas y eslovenos que han llegado a ponerse de acuerdo
para construir un proyecto yugoslavo, de base trialista, mediante el compromiso de Corfú de 1917,
son reconocidos por Clemenceau y más tarde por Wilson.

En términos generales, la diplomacia europea se movió en función de las “necesidades de guerra”,


por un lado, y de ambiciones imperialistas, por otro, preparando los cambios territoriales de
posguerra.

Un nuevo sistema diplomático, ambicioso pero frágil.

La Paz de París estuvo constituida por 5 tratados que firmaron los países vencedores, con cada uno
de los cinco vencidos (Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía). Fueron tratados dictados
unilateralmente, no negociados.

La paz de París aspiró a organizar la vida internacional sobre las ideas de democracia, nacionalidad
y responsabilidad general en la seguridad colectiva. En la práctica, la organización de la paz debió
tener en cuenta las políticas de potencia y los intereses nacionales de los grandes estados. Francia
era la más perjudicada en términos demográficos y económicos. Clemenceau, jefe del gobierno
francés, estaba convencido de que en unos 20 años reaparecería el peligro alemán, por lo que
mantener los lazos con los países anglosajones y evitar el aislamiento de Francia eran cuestiones
fundamentales. Al mismo tiempo quiere que Alemania sea desmembrada en parte y que pague el
coste de la guerra. El primer ministro de Gran Bretaña era partidario de una paz no muy dura, que
hiciera posible restablecer el equilibrio continental a base de una recuperación de Alemania,
baluarte contra el bolchevismo en Centroeuropa. Italia exige sus tierras “irredentas” como
recompensa de guerra. El presidente de EEUU, Thomas W. Wilson, aspira a organizar el mundo de
la posguerra sobre una serie de principios universalistas de las relaciones internacionales, que
poco tiene que ver con el equilibrio europeo, al que incluso responsabiliza de la guerra. Wilson
presentó un programa de paz, concretado en 14 puntos, cuyos principales objetivos eran acabar
con las causas de la guerra (fin de la diplomacia secreta, libertad de navegación en los mares, fin
del proteccionismo aduanero, desarme general y arreglo de las cuestiones coloniales) y establecer
las bases de la futura paz sobre las ideas de nacionalidad (el nuevo mapa europeo debería basarse
en el principio de nacionalidad, de manera que Alsacia y Lorena volverían a Francia, las fronteras
italianas serían reajustadas, la autonomía les sería otorgada a los pueblos sometidos por los
Imperios Austro-Húngaro y Otomano, y Polonia se reconstituiría como Estado independiente) y de
colaboración internacional y seguridad colectiva entre los estados mediante la creación de una
organización internacional, la Sociedad de Naciones, encargada de salvaguardar la paz.

Los tratados de paz, instauraron un nuevo orden internacional basado en el “derecho” y la


“justicia”, pero extremadamente frágil. El sistema de Versalles se basó en la organización
internacional con escasos poderes, un equilibrio irreal hecho contra Rusia y Alemania, un pequeño
caos nacionalitario en Europa oriental, central y balcánica, y unos EEUU que ponen el mar de por
medio.

La Sociedad de Naciones nunca llegó a tener medios de acuerdo con sus ambiciones, al oponerse
los anglosajones desde el principio a la propuesta francesa de dotarla de un ejército internacional.
El hecho de que las sanciones militares no pudieran pasar de ser “recomendaciones” solicitadas, y
el hecho clave de que Estados Unidos, su principal garante, abandonara el proyecto, hizo de la
Sociedad de Naciones una organización carente de poder efectivo.

El tratado de Versalles.

De todos los textos de la paz de París, el Tratado de Versalles fue el más importante. El conjunto
de soluciones que ensayaron los aliados a partir de los Tratados de Versalles tenía su origen en el
problema principal de qué hacer con Alemania, ya que al no haber sufrido directamente la guerra
y permanecer intacta, seguía siendo, al menos potencialmente, la más poderosa de Europa.

Entre los que hicieron la paz surgieron no pocas diferencias en el tema de la fijación de las
fronteras de Alemania. En las occidentales, hubo unanimidad en que Alsacia y Lorena debían ser
integradas al territorio nacional francés, pero no se aceptó la reivindicación francesa sobre el
Sarre, basada en unos débiles derechos históricos. Teniendo en cuenta las pérdidas económicas de
Francia, se convino en crear un pequeño territorio autónomo llamado “Cuenca del Sarre”, durante
un plazo de 15 años y cuyas minas serían explotadas por los franceses.

Bélgica pidió que los pequeños cantones de Eupen y Maldmedy, que antes de 1789 habían
pertenecido a los Países Bajos austríacos cuya población era en su mayoría de origen valón, le
fueran concedidos, y el Tratado los incluyó dentro de las fronteras belgas.

Pero el problema principal de las fronteras occidentales de Alemania fue el de la margen izquierda
del Rhin. Clemenceau propuso la desanexión de Renania del resto de Alemania, para formar un
“Estado libre”, bajo el control de la Sociedad de Naciones. La oposición anglosajona, tanto a la
separación de Renania como a la posterior demanda de ocupación militar indefinida, fue sustituida
por la ocupación interaliada, durante los siguientes 15 años.

En las fronteras del norte de Alemania, no hubo demasiadas dificultades para incorporar a
Dinamarca la parte danesa de Schleswig. Pero el problema más difícil de resolver estaba en las
fronteras orientales, en donde había que conciliar la reconstrucción de Polonia con el difícil
esclarecimiento de las líneas de nacionalidad entre polacos y alemanes. En marzo de 1918, la Rusia
soviética abandonaba por el tratado de Brest-Litovsk , en beneficio de Alemania y de sus aliados,
importantes territorios que incluían prácticamente toda la antigua Polonia rusa, Lituania,
Curlandia, Finlandia, Livonia, Estonia y Ucrania. En la Conferencia de París, Polonia reclamaba
todos los territorios que habían tomado Prusia y Austria en los tres repartos, y los tomados por
Rusia en el segundo y tercero. Estas reivindicaciones, en relación a Alemania, provocaban un
doble problema, étnico y político: la recuperación de la Pomerania oriental por Polonia, o la Prusia
occidental, aislaba a Prusia oriental, país enteramente germanizado, del resto de Alemania.
Además la ciudad de Danzig, el puerto hanseático poblado por alemanes, quedaba en zona polaca.
Los polacos lograron que se creara el territorio de la “ciudad libre” de Danzig, que fuera incluido
en la frontera aduanera de Polonia, y que esta tuviera libertad de uso y paso de las vías de agua,
de los muelles e instalaciones del puerto, etc. Un artículo del tratado especificaba que los
“originarios alemanes perderían la nacionalidad alemana, convirtiéndose en nacionales de la
ciudad libre de Danzig, y que “la dirección de los asuntos exteriores de la ciudad libre estaría
asegurada por el gobierno polaco”. Estos territorios constituyeron un “corredor” que daba acceso
al mar.

El artículo 231 del Tratado, sin hablar expresamente de “culpabilidad”, solucionó el tema
insistiendo en el hecho de la “agresión”, jurídicamente demostrado por las declaraciones de
guerra de Alemania.

La seguridad quedó garantizada por el desarme de Alemania. El ejército alemán quedó limitado en
100.000 hombres, privados del Estado Mayor, de armas pesadas y de la flota. Francia y Gran
Bretaña se apropiaron de las colonias alemanas, gobernándolas bajo el régimen jurídico del
“mandato” internacional en nombre de la Sociedad de Naciones.

Los otros tratados.

Los Tratados de Saint-German-en Laye con Austria (septiembre de 1919) y de Trianon, con Hungría
(junio de 1920) determinaron la disolución de la monarquía de los Habsburgo. La República
austríaca renunciaba al Trentino, al Alto Adigio y a la península de Istria, con Trieste, a favor de
Italia. Serbia, Croacia y Eslovenia, reunidas en un estado independiente se hacen con la antigua
costa dálmata austríaca y con Bosnia-Herzegovina. Austria pierde también Bohemia-Moravia y
Eslovaquia, a favor del nuevo estado Checoslovaco, y Galitzia occidental a favor de Polonia. En
contra del principio de autodeterminación de los pueblos, los tratados de Versalles y Saint-
Germain establecían que Austria debía “permanecer independiente”, no pudiendo formar parte
de Alemania salvo con el consentimiento del Consejo de la Sociedad de Naciones.

Por el Tratado de Trianon, Hungría debió ceder los Cárpatos(Rutenia) a Checoslovaquia,


Transilvania y una parte del Bánato de Timisoara a Rumania, y Croacia y el Bánato de Boshka a
Yugoslavia. Un tercio de la población magiar quedó disperso entre Checslovaquia, Yugoslavia y
Rumania. Quedaba privada de acceso al mar.

Por el Tratado de Neuilly, Bulgaria perdía su salida al Mar Egeo y la Dobrudja al sur del rio
Danubio. El Tratdo de Sevres imponía a Turquía el desmembramiento de Anatolia, la pérdida de
Armenia, de los países árabes (Libia, Egipto, Palestina, Líbano, Siria y Mesopotamia) y la
neutralización de los Estrechos. Era el fin del antiguo Imperio Otomano.

Logros y fracasos del sistema de Versalles.

Políticamente, los tratados culminaban el movimiento de las nacionalidades en Europa e


integraban de manera definitiva el principio de nacionalidad en el derecho internacional. Pero no
significó una mayor estabilidad, ya que las dificultades en la aplicación de aquellos principios, la
balcanización de Europa que resultó, la desunión entre los países vencedores y su renuncia a
abordar los temas económicos, hicieron del sistema algo muy frágil.

Los tratados confiaron a la Sociedad de Naciones la solución de numerosos problemas dejados en


suspenso en la Conferencia de París, pero la debilidades congénitas del nuevo organismo
(principio de unanimidad, ausencia de fuerza militar y de sanciones eficaces) le privaron de
capacidad resolutiva.

Los trazados fronterizos produjeron una auténtica balcanización de Centroeuropa, sin que las
nuevas construcciones nacionales se hicieran siempre en función de los derechos de los pueblos.
La distribución geográfica de las etnias era de una complejidad tan inextricable que los repartos
hechos en función de criterios étnicos, religiosos y lingüísticos tuvieron que combinarse con
delimitaciones basadas en criterios históricos, e incluso económicos.

La frontera entre Alemania y Polonia fue la que dio mayores problemas. Pomerania oriental,
debía, desde el punto de vista histórico, económico y étnico, volver a Polonia. Pero esto implicaba
la separación por un pasillo de dos partes alemanas. Había una ciudad, Danzig, con una situación
distinta de la provincia: aquí, para Polonia jugaba a favor el factor histórico y el argumento
económico, pero no el argumento étnico, ya que la ciudad era en su mayoría alemana. La solución
dada en París, con estatuto libre para Danzig, participación de Alta Silesia y plebiscitos en Prusia
oriental y el resto de la frontera definido por el Tratado, hizo que la frontera polaco-alemana fuera
una línea nueva.

La frontera este de la Prusia oriental con Lituania fue fijada según el trazado de la antigua frontera
germano-rusa, excepto el territorio de Memel. También la frontera con Checoslovaquia seguía la
que, la que antes de la guerra, separaba a Alemania de Austria. Los sudetes germanófonos se
hallaron incluidos en Checoslovaquia, porque lo étnico dio paso a lo histórico (el gobierno checo
hizo ver que habían sido los checos los que habían edificados Bohemia y que los alemanes vinieron
después como inmigrantes).

Las soluciones adoptadas en París, en parte confirmaron fronteras ya existentes, y en parte


crearon otras nuevas. A falta de fronteras “justas”, el esfuerzo se dirigió a realizar fronteras
“justificadas”.

Europa dividida por los tratados

Los tratados de paz dividieron al mundo en dos, dejando de un lado a los países “satisfechos”,
pero temiendo por su futuro, y al otro lado a los países “revisionistas”, clamando contra la
injusticia perpetrada en París.

La Alemania vencida centra toda su política exterior, a partir de 1919, en acabar con las
estipulaciones de Versalles y en recuperar la posición de 1914. No aceptaban su responsabilidad
unilateral, pero tampoco la aceptaban los partidos de izquierda de Europa occidental, que
repudiaban las tesis de la “responsabilidad alemana” ni los partidos marxistas-leninistas, para los
cuales el conflicto había sido el resultado del choque entre los imperialismos. Los medios
industriales y financieros se oponen a los objetivos ocultos del Tratado, en lo que este tiene de
voluntad francesa de reducir la potencia económica de Alemania. Su objetivo era arrancar a
Alemania su potencial energético, mediante la cesión a Francia y Polonia de las minas del Sarre y
de Alta Silesia, y la entrega a los países beneficiarios de las reparaciones de importantes
cantidades de carbón y coque.

Sin embargo este proyecto siderúrgico francés fracasó, por la resistencia al mismo de los grandes
magnates de la industria y representantes del mundo de los negocios, que estuvieron asociados al
gobierno y al arreglo de los asuntos internacionales de Alemania desde el primer momento.

En el terreno militar, las autoridades alemanas hicieron todo lo posible para dificultar las
actividades de la Comisión interaliada de control, instalada en Berlín. Los franceses, encargados de
la supervisión de los efectivos, tropezaban con la mala voluntad alemana.

El gobierno francés aprovechó la ocasión tanto en términos económicos como políticos, creando
una red de alianzas militares y políticas, en la retaguardia de Alemania, con Polonia y con los
países de la Pequeña Entente, Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumania. En 1923 los inversores
franceses son los primeros en Polonia y Yugoslavia. Sin embargo, en pocos años, Alemania pudo
reconquistar los mercados de Europa central gracias a su buena red comercial y a los numerosos
“carteles” internacionales que dirige.

Gran Bretaña salió satisfecha de verdad de la paz, con el final de la amenaza naval alemana y la
progresión económica y colonial general del Imperio. Hacia Europa, Gran Bretaña volvió a su
tradicional política de equilibrio continental, sobre la base de contener a Francia en sus
ambiciones y de reintegrar a Alemania al concierto de naciones.

Las cuestiones no reguladas por los tratados

El tratado de Sevres impuso a Turquía unas condiciones tan duras que el Parlamento se negó a
ratificarlo. El sultanato fue derrocado por una revolución nacionalista, al mando del general
Mustafá Kemal, que llevó al poder a los partidarios de la Joven Turquía, rechazó el tratado y
emprendió una guerra contra los griegos, expulsándolos de Esmirna. El enfrentamiento entre los
británicos, partidarios de Grecia, y los franceses, de Turquía, facilitó a Ataturk la firma de la paz de
Lausana por la que Turquía recobraba su plena independencia nacional.

La cuestión del Adriático tomó un giro violento desde septiembre de 1919. Los aliados fueron
incapaces de trazar la línea de demarcación entre Italia y Yugoslavia. Cansados del litigio, en 1920
los aliados en decidieron en París dejar a italianos y yugoslavos que arreglaran solos el asunto,
cosa que hicieron mediante el Tratado de Rapallo: Italia renunciaba a Dalmacia y reconocía la
independencia del Estado de Fiume, pero obtenia toda Istria y Zara. Los yugoslavos aceptaron el
desmembramiento de Eslovenia.

En julio de 1920 los aliados decidieron fijar la frontera oriental de Polonia. Lenin se apresuró a
firmar tratados de reconocimiento y límites fronterizos con Estonia, Lituania, Letonia y Finlandia,
para poder enfrentarse sin más oponentes a la guerra que le habían declarado los polacos. El
ataque de Polonia a la Rusia bolchevique de 1920 deja un poso de profunda desconfianza que se
hará sentir en 1939. Los polacos con el apoyo de Francia, pudieron vencer a las tropas del Ejército
Rojo, e imponer a Lenin la Paz de Riga que fijó la nueva frontera oriental de Polonia, agrandando al
Estado polaco con habitantes en su mayoría rutenos y bielorrusos.

La cuestión de las reparaciones y su influencia en el curso de las relaciones internacionales.

En abril de 1921 la Comisión de reparaciones anunció a Alemania que debería pagar una suma
global de 132.000 de marcos oro. A partir de ese momento las crisis van a sucederse, motivadas
por la resistencia (o la tardanza) alemana a pagar y la intransigencia francesa en su determinación
de cobrar. Gran Bretaña ejerció de árbitro de la situación.

Las condiciones del Tratado de Rapallo fueron muy favorables para los soviéticos: reanudación de
las relaciones diplomáticas; renuncia por parte alemana a toda oposición al programa ruso de
nacionalizaciones y adopción del principio de la nación más favorecida en sus relaciones
comerciales. En términos políticos, el Tratado fue favorable para Alemania, ya que recuperaba su
iniciativa diplomática y volvía a ser una gran potencia independiente. Además, Rapallo estableció
una atmósfera de confianza entre Rusia y Alemania que Alemania aprovechó para reconstruir el
ejército alemán en tierras rusas.

Las cuestiones extraeuropeas.

Los problemas coloniales fueron resueltos por la Conferencia de la paz de París, sin demasiadas
dificultades. Solo el caso de las posesiones alemanas en China provocó una tensión grave con este
país. Expertos americanos e ingleses se pusieron de acuerdo para confiscar las colonias alemanas,
y algunos países que pertenecieron al Imperio Otomano, y entregarlos al régimen de mandato a
los países vencedores que ejercerían sobre ellas el gobierno en representación de la Sociedad de
Naciones. Sin embargo en la práctica fueron las potencias coloniales encargadas de ejercer la
autoridad las que asumieron el control total de los nuevos territorios: Francia se hizo cargo de los
mandatos orientales de Siria y Libano y de los africanos de Camerún y Togo, en las partes cedidas a
Alemania en 1911; Gran Bretaña, de los orientales de Irak, Palestina y Transjoordania, y de los
africanos de los restos de Camerún y Togo, y de Tanganica; Bélgica tomó bajo su control Ruanda y
Urundi; la Unión Sudafricana pasó a gobernar el África del SO (Namibia) alemana; en tanto que los
territorios del Pacífico Norte (Carolinas, Marianas, Palaos y Marshall) pasaron Japón, y los del
Pacífico Sur a Australia y Nueva Zelanda.

En 1921, los británicos reconocen la independencia formal de Afganistán, cosa que no hacen en
Egipto, que sigue bajo tutela, con tropas imperiales en el país. Fue un reparto desigual porque la
mayor parte de las reservas de petróleo quedaron en zona británica, de manera que la guerra
confirmó e hizo más fuerte la presencia de Gran Bretaña, a la vez que reavivó la rivalidad franco-
británica en Oriente Medio. Aparecieron nacionalismos que aspiran a la independencia, los
árabes, o a la construcción de un Estado propio, los judíos del movimiento sionista, a quienes Gran
Bretaña había prometido en 1917, en el mismo territorio, Palestina, en que simultáneamente
prometían a los árabes un Estado.
En el Pacífico, Japón salió muy reforzado y reanudó su expansión. Desde el comienzo de su etapa
como potencia imperialista, siempre había visto en China la solución de sus problemas. En 1915 le
impuso el “Tratado de las 21 demandas”, exigiendo la concesión de los territorios alemanes en
China, el refuerzo de su penetración económica en todo el país, además de en Manchuria y
Mongolia, el compromiso chino de no ceder ninguna isla ni puerto a otra potencia que no fuera
Japón. Todo esto reducía a China a un régimen de protectorado nipón.

Por el Tratado de Versalles, Alemania renunciaba a favor de Japón, a todos sus derechos en China.

China no firmó el tratado de Versalles. Sin embargo, la posición prooccidental de China le vale la
protección de las potencias anglosajonas contra el imperialismo japonés. EEUU Y Gran Bretaña se
muestran inquietas ante el expansionismo japonés y el crecimiento de su flota y deciden
interrumpir ese proceso en la Conferencia de Washington entre 1921-1922. En ella se limitó el
número de acorazados y portaviones de Inglaterra, EEUU, Japón, Francia e Italia, además del
tonelaje y el calibre de las armas que podían contar dichos navíos. Esta Conferencia marcó el
comienzo de una comunidad política entre EEUU y Gran Bretaña.

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