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LIBERTAD DE CREER

JUSTICIA Y LIBERTAD RELIGIOSA EN LA SOCIEDAD LIBERAL

Gonzalo Gamio Gehri1

Hace sólo unos meses, la directora del Concytec – institución del Estado peruano dedicada
a la promoción y difusión de la investigación científica en el país – envió un comunicado a
los trabajadores del Consejo, en el que manifestaba su preocupación por la abundancia de
símbolos religiosos en los diversos ambientes del local institucional, y anunciando la
prohibición de esas manifestaciones puntuales de fe en sus instalaciones. “Debemos
impulsar el pensamiento crítico basado en la evidencia. Este es la piedra angular de la
ciencia. He visto con preocupación la proliferación de imágenes religiosas en Concytec.
Las que han aumentado al punto que visitantes extranjeros de diverso origen me han hecho
sorprendidas reflexiones”, advierte el mensaje de Gisella Orjeda, la directora del Consejo2.
“De lo dicho anteriormente se desprende que como institución de un estado laico e
independiente de la Iglesia, que respeta todas las religiones, debemos mantenernos
independientes de cualquier demostración religiosa en el ámbito institucional”3. Esta
medida no fue bien recibida por un grupo de empleados, que elevaron una queja al
Arzobispo de Lima.

Este incidente resulta interesante para quien – desde la Academia o desde una inquietud
religiosa o ciudadana – se acerca al problema de la relación existente entre las Iglesias y el
Estado en el seno de una sociedad democrática y nuestros modos de regularla en una
perspectiva legal y política. El debate público se encendió brevemente: numerosos
ciudadanos apoyaron la decisión de la directora del organismo estatal, a la vez que no pocas
personas cuestionaron la medida, invocando el carácter mayoritario de la confesión católica
en el Perú y señalando que la prohibición violaba el principio de libertad religiosa. Es de
lamentar que la discusión en torno a un tema tan importante haya durado tan poco y haya
suscitado sólo un relativo interés entre los ciudadanos4. De hecho, pasados unos días, la
medida fue retirada con una escueta nota.

Me propongo volver sobre la naturaleza y alcances de este incidente, con el objetivo de


discutir con algún detalle el sentido de la separación entre la política y la religión desde un

1
Doctor en filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España). Profesor de ética y de
filosofía política en la PUCP y en la UARM. Autor de los libros Tiempo de memoria (2009) y Racionalidad y
conflicto ético (2007).
2
Véase la nota del diario Perú 21 en: http://peru21.pe/actualidad/concytec-prohibe-imagenes-religiosas-
2128672 .
3
Ibid.
4
Luego el CONCYTEC envió un Comunicado breve pero más claro y más acorde con la ley. Véase el
documento en: http://lamula.pe/2013/05/01/comunicado-de-concytec/pedrosalinas/ .

1
punto de vista liberal. Esta cuestión filosófica está estrechamente ligada a la conexión
conceptual entre la agencia, el florecimiento humano y el reconocimiento, categorías que
nos toca formular y esclarecer en este Congreso Latinoamericano. Al mismo tiempo, estas
reflexiones me permitirán reforzar una tesis poco novedosa pero especialmente importante,
a saber, que en nuestra sociedad la secularización y la laicidad constituyen procesos
precarios y evidentemente inconclusos, revelándose como factores puntuales que impiden –
al lado de otros factores de similar importancia – la afirmación de una genuina cultura
democrática en el país.

1.- Concepciones y circunstancias liberales.

El liberalismo propone la necesidad de un Estado que permanezca imparcial frente a los


diversos credos que cultivan los miembros de la sociedad. Los primeros autores que
formularon los principios liberales vivieron las guerras de religión y fueron testigos de los
efectos funestos del integrismo religioso sobre el destino de las personas. Cuando las
religiones de salvación cuentan con el compromiso no cuestionado de la entidad política,
las autoridades se perciben como guardianes de la “recta doctrina”, tutores que deben velar
por la salud de las almas de quienes viven bajo su jurisdicción. La discrepancia en torno al
sentido de la vida, lo divino o la trascendencia es vista como un síntoma de corrupción
espiritual, una situación de peligro para el creyente y su potencial acceso a la vida eterna.
La corrección de las herejías – por la razón o por la fuerza – se considera una meta política
tanto como religiosa. Si lo que está en juego es la salvación, quizás la represión de la
diversidad puede ser percibida como una medida justa o ineludible.

Para el hombre del Renacimiento y de los albores de la modernidad, la diversidad religiosa


es un hecho con el que hay que lidiar. Si lo que buscamos es que la convivencia social sea
viable, es preciso renunciar a la idea de que la violencia puede convertirse en un método
adecuado para superar conflictos de orden doctrinal. De hecho, El Estado debe limitar el
ámbito de su jurisdicción a proteger el acceso de los individuos a las condiciones primarias
de una vida humana de calidad en el seno del mundo ordinario. Debe garantizar el derecho
a la vida, a la libertad de conciencia y a la propiedad de sus ciudadanos. El conjunto de
principios que rige la estructura básica de la sociedad – que configura la administración del
poder político, la construcción de la ley y el diseño de instituciones fundamentales – no
proviene de un orden divino, sino de la deliberación y la elección de los individuos. La
fuente de legitimidad del gobierno constituido es el consentimiento de los ciudadanos,
cuyas libertades y derechos básicos debe ante todo cautelar. El enfoque liberal es en ese
sentido compatible con el proceso de secularización, concebido en términos del
reconocimiento de la autonomía de lo temporal5.

5
He discutido el concepto filosófico en Gamio, Gonzalo “¿Qué es la secularización? Reflexiones desde la
filosofía política” en: Páginas 207 pp. 32 – 40.

2
¿Qué tipo de principios busca establecer la separación liberal entre el Estado y la Iglesia?
Voy a seguir aquí parcialmente – y con cierta libertad, debo decirlo - los análisis de Charles
Taylor sobre el tema, aunque advierto que me mantendré más cerca del espíritu desplegado
en la obra de John Rawls, Michael Walzer y Martha C. Nussbaum en torno al carácter no
público de la pertenencia a las comunidades religiosas, a la vez que modificaré en cierta
medida los términos empleados por Taylor cuando la cuestión a examinar así lo requiera. El
filósofo canadiense sostiene que el Estado debe declararse neutral en materia religiosa y de
visión del mundo6 con el objetivo de asegurar tres bienes compatibles con el contexto social
de ‘pluralismo razonable’ que marca el trasfondo de las sociedades democráticas, a la vez
que desde la vindicación de estos bienes se determinan importantes derroteros normativos
al interior de las democracias contemporáneas: a) promover el ejercicio de la libertad
religiosa; b) garantizar la igualdad de los individuos que suscriben diferentes credos y
cosmovisiones; c) permitir la participación de las diversas perspectivas espirituales en la
construcción de proyectos comunes que la sociedad se traza en cuanto entidad propiamente
política7 .

2.- Libertad religiosa y “vida examinada”.

Un principio fundamental es aquel que establece la no coacción de los individuos en


materia religiosa e ideológica. En un régimen democrático constitucional, las personas son
libres para decidir creer en tal o cual visión de la divinidad o la trascendencia, o no tener
creencias religiosas en absoluto. Esta clase de decisiones no debe repercutir en la condición
ciudadana de los agentes, puesto que a la instancia política no le corresponde evaluar las
convicciones de los agentes, o tomar decisiones en materia de su “verdad”. La búsqueda de
la verdad no constituye una meta para el Estado moderno, su meta concreta es la justicia, la
forja de una saludable coexistencia social basada en la observancia de principios, normas e
instituciones elegidas razonablemente por los involucrados. El problema de la verdad en
cuanto a las creencias religiosas y las visiones del mundo es un propósito que se plantea el
creyente y se lo formulan expresamente las comunidades religiosas a las que el individuo
ha accedido conscientemente pertenecer.

Este es un punto particularmente importante. Desde un punto de vista liberal, el Estado no


debe pronunciarse acerca de la validez de las convicciones religiosas o cosmovisionales de
sus ciudadanos, sino que debe ofrecer espacios autónomos para que el agente discuta y
discierna su propio camino espiritual. Esto no significa que las consideraciones religiosas
sean estrictamente individuales, o que constituyan un asunto meramente privado. La
religión puede constituir una faceta central de la identidad. Como se sabe, la imagen del yo
es fruto de la interacción con otros, lo que se conoce como el fenómeno del

6
Dejaré para otra ocasión la importante discusión filosófica acerca de la pertinencia del término “neutralidad”
sobre “imparcialidad” o “laicidad”.
7
Taylor, Charles “Por qué necesitamos una redefinición radical del secularismo” en. Habermas, Jurgen y
otros El poder de la religión en la esfera pública Madrid, Trotta pp. 39-40.

3
reconocimiento. La Iglesia o la comunidad religiosa en la que uno participa es un lugar de
encuentro y de comunicación con otros creyentes, además de ser en primera instancia, a
juicio de sus miembros, un lugar de encuentro espiritual con lo divino. Se trata de espacios
que pueden convertirse en auténticos foros de diálogo en torno a la verdad o a la corrección
de la senda de vida que la comunidad propone8. Del mismo modo, las religiones pueden
convertirse en potenciales matrices de sentido para el discernimiento de la vida ética de los
agentes (como es el caso de otras disciplinas, saberes y formas de vida seculares – como
ciertas obras literarias, corrientes filosóficas o concepciones sociales – que pueden
formularse como fuentes morales importantes).

Una sociedad liberal alienta el ejercicio del derecho de las personas a entrar y a salir de
comunidades de todo tipo (si así lo desean), incluidas las comunidades religiosas o de
visión del mundo. Mientras las sociedades confesionales consideran la apostasía como un
delito tipificado en sus normas legales, las democracias liberales reconocen el derecho a
suscribir un credo o a abandonarlo si se encuentran buenas razones para hacerlo; dicho
cambio de perspectiva puede tener consecuencias decisivas en la comprensión de la propia
identidad – puesto que introduce modificaciones y giros decisivos en la narración que da
cuenta del curso de nuestra existencia como un todo -, pero la reflexión en torno a tales
consecuencias queda en manos del agente y en las de su entorno más inmediato. La
instancia política ha de mantenerse al margen de este movimiento; sólo le corresponde
garantizar que éste pueda llevarse a cabo sin coacciones.

Las sociedades democráticas suelen propiciar asimismo lo que desde tiempos de Sócrates
se denomina una “vida examinada”, un modo de pensar y de vivir fundado en el cuidado de
la crítica y en la evaluación permanente de las propias creencias. Esa actitud pretende alejar
el fantasma del integrismo del propio juicio y carácter, y construir una disposición vital
hacia el diálogo y el intercambio de argumentos. Este espíritu, común a Sócrates y a
Voltaire, reivindica la potestad de los agentes de considerar críticamente sus convicciones,
con el fin de asumir aquellas que cuentan con el respaldo de sólidas razones9. Nos invita a
moderar la intensidad de nuestras adhesiones morales y espirituales. “Tener convicciones es
algo admirable”, sostiene Michael Walzer, “pero también lo es no estar demasiado seguro
de ellas”10. Incluso aquel que comparte este talante liberal admite la posibilidad de estar
equivocado, y reconoce que quien piensa diferente podría tener la razón, situación que
podría revelarse como tal en el libre escrutinio de los argumentos. Por supuesto, la razón
pública liberal precisa de una observancia estricta de las libertades de creencia, pero no
impone a los creyentes este sano espíritu falibilista – aunque probablemente lo recomiende

8
Consúltese sobre este tema Hortal, Augusto “Hacer creíble y atractiva la fe recibida” en Red Ignaciana Nº
21 Diciembre 2012 pp. 4–6.
9
Véase Nussbaum, Martha La nueva intolerancia religiosa Barcelona, Paidós 2013, capítulos 4 y 7.
10
Walzer, Michael Razón, política y pasión. 3 defectos del liberalismo Madrid, Visor 2004 pp. 75-76. Las
cursivas son mías.

4
en términos sustantivos -, sólo espera de los creyentes un respeto básico por la diversidad
de confesiones y concepciones del mundo.

En términos liberales, esta disposición al examen de las propias creencias y valores está
estrechamente ligada a la idea moderna de autonomía. La autonomía se refiere a la
capacidad humana de juzgar por uno mismo los principios que pueden guiar las propias
acciones, o que puedan cimentar las propias convicciones. Desde un punto de vista político,
se trata de construir un sistema de instituciones que permita la libre expresión de las ideas
(recuérdese la sabia expresión de Voltaire, repetida cientos de veces por los defensores del
principio de la libertad de conciencia: "puede que no comparta tu idea, pero daré mi vida
por que la puedas expresar"), y la planificación consciente del proyecto de vida siempre y
cuando éste no vulnere la ley. La autonomía – hoy la llamamos “agencia” o “razón
práctica”, en el sentido que le asignan Harry Frankfurt, Amartya Sen y Martha Nussbaum –
supone la disposición del individuo a examinar críticamente los fundamentos de la propia
tradición, a fin de suscribirlos, modificarlos o abandonarlos a partir del ejercicio de la
autorreflexión.

Esta actitud crítica no merma o fractura el sentimiento religioso; desarrollada lúcidamente,


puede llegar a apuntalarlo y renovarlo. En el mundo antiguo encontramos numerosos
ejemplos de cómo la convicción no es anulada por el espíritu de discernimiento racional y
la atención a la diversidad de puntos de vista. Conocido es el espíritu de piedad que
animaba al propio Sócrates (que concebía la enseñanza de las bondades y la sabiduría
implícitas en el ejercicio de la vida examinada una verdadera misión encomendada por
Apolo). Sólo la tozudez de Aristófanes no pudo llegar a comprender el núcleo de este
poderoso magisterio crítico. En el mundo hebreo, esta disposición a la reflexión en torno a
los principios y relatos de la propia tradición la encontramos en los textos proféticos, y
también en el propio Evangelio. En los tiempos modernos, encontramos este mismo pathos
en los Ensayos de Montagne, y también claramente en el Natán el sabio de Lessing.

3.- La lucha por la igualdad religiosa.

¿Cuál es el espacio para el ejercicio de la libertad religiosa? Son los escenarios de la


sociedad civil, instituciones no estatales que median entre el individuo y el sistema político,
y que se proponen como foros de deliberación ciudadana, encuentro y movilización. Son
lugares para el debate y la formación del juicio en torno a asuntos comunes. Pertenecen a la
sociedad civil las universidades, los sindicatos, los colegios profesionales, las ONGs, los
grupos de reflexión, las comunidades religiosas, etc. Los espacios institucionales del Estado
no constituyen lugares propicios para la discusión o la difusión de creencias religiosas o de
visión del mundo (tampoco son espacios para el proselitismo ideológico-partidario, porque
se trata de lugares que pertenecen a todos los ciudadanos, y el Estado no puede patrocinar
algún punto de vista religioso o ideológico sin discriminar de facto a los ciudadanos que no

5
compartan tales posiciones)11. Los lugares que dispone el Estado restringen su uso a
actividades que entrañan el cuidado o el logro del bien público.

Emitir un juicio concluyente sobre si la prohibición de las expresiones de religiosidad en el


Concytec vulneran las libertades religiosas de sus trabajadores requeriría de una mayor
información respecto de cuáles eran las áreas de la institución de las que debían retirarse las
imágenes. Las estampas pequeñas en los escritorios de los empleados o los papeles tapiz en
sus computadoras acaso podrían reconocerse como parte del ámbito de los elementos de
uso personal del trabajador, como las fotos de familiares. Por supuesto, podría discutirse si
esto es así (podría alegarse que los escritorios y los ordenadores pertenecen al Estado
peruano y no a los empleados), pero no cabe duda de que existen casos menos
controvertidos. El uso de ambientes compartidos de las oficinas o de otras instalaciones de
la institución para realizar ritos, hacer proselitismo o para colocar símbolos de una fe
particular (por ejemplo, instalar grutas con representaciones religiosas en los jardines o
cruces en ambientes comunes) evidentemente trasgrede el principio de imparcialidad estatal
frente a las manifestaciones religiosas.

Algunos empleados del Consejo vieron en la prohibición de la Dirección del Concytec una
forma de restricción ilegítima de su libertad religiosa. En una sociedad democrática,
quienes consideran honestamente que sus derechos están siendo lesionados al interior de
un organismo público elevan una queja ante la autoridad correspondiente dentro del
esquema jerárquico estatal, o denuncian el hecho en las instancias legales pertinentes, y
llevan el asunto a los tribunales. Lo que resulta desconcertante y completamente fuera de
lugar es que estas personas invoquen la intervención de una autoridad eclesiástica – el
cardenal – que no tendría ninguna potestad para resolver este conflicto. La reacción de los
trabajadores revela que ellos no tienen una perspectiva clara sobre lo que significa vivir en
una sociedad en la que la esfera estatal y las Iglesias están nítidamente separadas (o
deberían estarlo).

El principio que establece que el Estado debe guardar una estricta neutralidad frente a
cualquier manifestación religiosa o visión del mundo en particular - de modo que los
espacios públicos no deben destinarse a ninguna práctica religiosa o ideológica puntual -,
obedece a la necesidad de garantizar la igualdad religiosa y cosmovisional en el seno de
una sociedad liberal. La adhesión a alguna forma de credo o sistema de creencias espiritual
es responsabilidad de los agentes, y no una potestad de la instancia política; depende de la
elección consciente de cada uno. El Estado sólo debe asegurar el acceso por parte del
individuo a la comunidad religiosa en la que escoja participar si lo considera pertinente. Si
promoviera alguna confesión en desmedro de otra, estaría discriminando (tratando de modo
desigual) a aquellos ciudadanos que no suscriben la fe que cuenta con el patrocinio estatal.

11
Consúltese al respecto Walzer, Michael “Cómo trazar la línea” en: Pensar políticamente Barcelona, Paidós
2010, particularmente pp. 240-2.

6
Importa poco que el credo en cuestión sea “mayoritario”, o que el Estado reconozca una
“relación histórica” con la iglesia correspondiente: el principio de neutralidad no admite
privilegios ni excepciones. Un Estado democrático rechaza cualquier forma de exclusión y
no reconoce “ciudadanos de segunda clase”.

En cierto sentido, la prohibición emitida por la Dirección del Concytec se justifica a partir
de la observancia del principio de igualdad religiosa. Sin embargo, el argumento que invoca
para anunciar dicha prohibición vulnera dicho principio. “Debemos impulsar el
pensamiento crítico basado en la evidencia”, dice el mensaje redactado por Orjeda. Tal
declaración parece asumir la discutible hipótesis de la superioridad de la “cosmovisión
científica” sobre el ideario de las religiones, sugiere a primera vista que debemos sustituir
en la propia vida una imagen defectuosa del mundo (la religión) por una imagen acertada
de la realidad (la ciencia), en la línea reductiva formulada por la Ilustración (y también por
el positivismo). Se trataría de superar las sombras del dogmatismo con las luces del
conocimiento científico. Una perspectiva tan estrecha no admite el carácter heterogéneo del
discurso religioso (un discurso que no es asimilable sin más a los cánones de la ciencia
natural). Tampoco es capaz de reconocer que el pensamiento crítico no es ajeno a las
formas proféticas de religiosidad y al ejercicio del espíritu crítico. El Estado y sus
organismos no pueden asumir un compromiso institucional con una concepción cientificista
de lo real sin atentar contra el principio de igualdad en materia religiosa y de visión de
mundo. Que ésta no sea explícitamente religiosa no significa que no se trate de una
ideología más. Nuevamente, es preciso recordar que el problema de la verdad y de cómo es
el mundo no es un asunto que competa al cuerpo político como ente configurador de la
estructura básica de la sociedad y de sus instituciones. Las ideas de “progreso cognitivo”
que entrañan los términos del mensaje reseñado no corresponden a lo que el Estado liberal
puede decidir y establecer desde el trabajo propio de la razón pública. Él debe cimentar las
normas, instituciones y modos de acción política que produzcan una convivencia social
pacífica, armoniosa y fructífera en el marco de una situación de ‘pluralismo razonable’,
para decirlo usando el lenguaje del segundo Rawls. La imparcialidad frente a los credos e
ideologías es una cuestión política, no epistémica.

4.- Religiones e identidad política en un mundo diverso. La construcción del lenguaje


político democrático.

Las religiones encarnan modos de discurso y de práctica que tienen un gran significado
para la vida de mucha gente. Contribuyen a dar forma a la visión de las cosas que
numerosos creyentes invocan para conducir sus vidas. Identificar la creencia religiosa con
la distorsión integrista constituye un error de verás mayúsculo. Muchas comunidades
religiosas observan la tolerancia y entablan una comunicación fecunda con asociaciones
que profesan un credo diferente al suyo, privilegiando el diálogo a la preocupación por los
desacuerdos existentes entre los sistemas dogmáticos de las distintas perspectivas sobre
Dios. Del mismo modo, no estigmatizan al no creyente ni condenan al ateo. Se acercan a lo

7
que John Rawls denomina “religiones razonables”, religiones que reconocen habitar un
mundo diverso, y aprecian el respeto de esa diversidad sin dejar de desarrollar sus
creencias, a la vez que están dispuestas a aceptar que se profesan en un escenario social y
político en el que se concibe esa pluralidad desde el prisma del sistema de derechos del
individuo. Ellas no encuentran problemas en promover una ética ciudadana y en admitir “la
razón pública como un ámbito de lo político. En parte la importancia que esto reviste es que
la religión de una persona a menudo no es ni mejor ni peor que las propias personas, y que
la idea de lo razonable, o alguna idea análoga, siempre tiene que darse por presupuesta”12.

Los miembros de las Iglesias y las comunidades religiosas son también ciudadanos de una
sociedad más amplia. A pesar de la necesidad de separar institucionalmente los fueros de la
política y de la religión, a los agentes políticos les es preciso reflexionar en torno a la
conexión entre las prácticas religiosas y las cuestiones estrictamente políticas – así como
los discursos que las articulan - en cuanto a su contenido y en cuanto a su condición de
potenciales fuentes de inspiración para la acción cívica. El espacio público, lo hemos dicho,
ha de ser un escenario plural, abierto a quienes actúan en él desde múltiples derroteros
espirituales: exigencias éticas, reivindicaciones en cuanto a identidades culturales y de
género, religiones, ideologías políticas, y un largo etcétera. El lenguaje en el que articulan
sus alegatos tiende a ser el del léxico político de los derechos, que es el vocabulario
compatible con las normas constitucionales y el ethos de acción democrática y de
pertenencia política comunitaria que precede a nuestro comportamiento público. El
lenguaje de la acción política no puede ser el de una confesión particular por la sencilla
razón de que no todos los ciudadanos comparten esas creencias o aceptarían traducir sus
vindicaciones de derechos e invocaciones a la justicia (o a la libertad individual) en
términos religiosos. No obstante, es posible que la motivación y el esfuerzo por la
afirmación de los derechos o la vindicación de la justicia tenga una matriz originariamente
religiosa o espiritual. Es el caso de la lucha por los derechos civiles que emprendió Martin
Luther King en los años sesenta, o la intensa influencia de la teología de la liberación en los
movimientos de derechos humanos y a favor de la reconstrucción de la memoria histórica
en la región. Estos movimientos tradujeron sus alegatos originales al lenguaje de los
derechos y de la justicia pública – y acogieron la voz de un alto número de no creyentes, así
de militantes de otras denominaciones -, sin abandonar esa fuente espiritual.

Este proceso de configuración del discurso público es denominado estipulación en el


contexto de los escritos de John Rawls sobre la cultura política democrática. Esta clase de
trabajo tiene lugar tanto en el debate cívico como en la edificación de los principios del
orden constitucional13. Pensemos en el famoso discurso de Martin Luther King,
pronunciado ante el Lincoln Memorial. El registro general del texto es el de la invocación
12
Rawls, John “Sobre mi Religión” en: Consideraciones sobre el significado del pecado y la fe. Sobre mi
Religión Barcelona, Paidós 2010 p. 291.
13
Cfr. Rawls, John “Una revisión de la idea de la razón pública” en: El derecho de gentes y “Una revisión de
la idea de la razón pública” Barcelona, Paidós 2001, examínese especialmente el capítulo 4.

8
ciudadana de una igualdad civil sin restricción alguna como condición de existencia de una
genuina república democrática, que incluya a todos las personas en su seno. Piensa en la
promesa histórica implícita en la Constitución y en la gesta de los abolicionistas
estadounidenses.

“Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy,
firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como
un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros,
chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso
amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el
negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente
lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien
años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano
de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las
esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia
tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto
sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando
los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la
Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que
todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de
que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la
vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Más adelante, el discurso asume una tonalidad más bíblica, una forma de expresión moral
y simbólica que le permite encontrar una formulación poderosa de la esperanza que puede
abrigarse en torno a la construcción de una comunidad libre e inclusiva.

“Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe
podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza.
Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una
hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar
juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo
que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un
nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra
de libertad donde mis antecesores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de
cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de
ser grande, esto tendrá que hacerse realidad” 14.

Aunque los referentes de estos últimos pasajes nos remiten a una tradición particular,
difícilmente alguien que valora las libertades cívicas podría estar en desacuerdo con el
“espíritu” general del discurso. Sus términos inflaman el corazón y alimentan la energía
crítica; uno puede comprender perfectamente - más allá de sus creencias puntuales - las
imágenes religiosas que acompañan el canto sobre una comunidad sana y plena, sin
personas discriminadas ni violentadas por razones de etnia, cultura, condición

14
Puede encontrarse el discurso en http://www.marxists.org/espanol/king/1963/agosto28.htm .

9
socioeconómica o género. El discurso efectivamente puede inspirar a cualquier ciudadano
que promueva desde la arena cívica el diseño y ejecución de políticas de reconocimiento e
inclusión. Las palabras de King van más allá de sus contextos originarios y de su audiencia
inicial y contribuyen a crear o a consolidar una cultura política. En este como en otros
casos, el mensaje religioso aporta su profundidad y su gran potencial para la cohesión y la
movilización social a una poderosa causa moral y política por la liberación de grupos
oprimidos.

El orden público propio de una sociedad democrática y liberal – el sistema de derechos e


instituciones – está cimentado por lo que John Rawls describe como una concepción
política de la justicia, una perspectiva en torno a la conducción del gobierno, la edificación
de la ley y el diseño de instituciones basada en la idea de la libertad y la igualdad de todas
las personas. Dicha idea – asevera el autor – es fruto del consenso traslapado de diversas
doctrinas comprensivas (doctrinas que versan acerca del sentido general de la vida humana)
en el marco de una situación de ‘pluralismo razonable’. Cada una de estas doctrinas
comprensivas arriba por razones diferentes a la defensa de la condición de seres libres e
iguales que asignamos a los individuos: unas apelan a que los seres humanos son agentes
racionales capaces de elegir un proyecto de vida, otras aludirán a que fueron creados a
imagen y semejanza de un Dios amoroso, otros invocarán la definición del hombre como
un “animal social”, y así en otros casos. Para los propósitos de la razón pública – el tipo de
argumentación que cimenta la estructura de la sociedad y el debate político - lo
políticamente relevante es que abonan el terreno para la construcción de la noción liberal de
ciudadanía. Estas doctrinas generan una suerte de “núcleo político” que cimenta la
concepción de la justicia; los compromisos extrapolíticos de tales visiones del mundo y la
vida son tema de reflexión y discusión fuera de los márgenes del sistema político, en las
diversas instituciones de la sociedad civil. Entre estas doctrinas encontramos
interpretaciones religiosas, morales y filosóficas, así como el propio acervo de ideas y
experiencias cívicas provenientes de las tradiciones democráticas15.

Las religiones y visiones del mundo pueden formar las bases de una concepción de lo
público centrada en la defensa de las libertades y los derechos de los individuos. El único
requisito fundamental – esto es central para las políticas liberales – es que los sistemas de
creencias sean ‘razonables’, que reconozcan que ocupan un lugar al interior de un escenario
social plural (no un lugar privilegiado o excluyente) y perciban la presencia de un espacio
político que no se agota en los valores y exigencias que nutren su propio programa
espiritual y su legado. No aspiran ya a erigirse en “doctrinas oficiales” ni sueñan con
convertir al Estado en confesional. Saben que habitan una democracia constitucional que
merece su respaldo. Estas perspectivas sobre el sentido de las cosas han de reconocer la
existencia y el derecho al desarrollo de otros credos e ideologías, así como la significación

15
Cfr. Rawls, John Liberalismo político México, FCE 1997 Conferencia IV.

10
y la vigencia de un régimen político que requiere la lealtad y el compromiso de todos los
ciudadanos.

5.- La democracia liberal requiere pluralismo. Reflexiones finales.

Estas consideraciones permiten observar el incidente del Concytec bajo una nueva luz. Los
documentos disponibles no dicen mucho acerca de los alcances y límites de la norma
propuesta. No se especifica muy bien cuáles son los ambientes en los que se exhiben los
símbolos religiosos, lo cual impide señalar si se está realmente trasgrediendo el principio
que protege el carácter plural de los lugares propios de la esfera pública. El mensaje de la
directora que transmitió la prohibición del uso de símbolos religiosos en los espacios de la
organización justifica la acción con argumentos extraños al uso de la razón pública. Alude a
la presunta primacía de la objetividad científica sobre la fe como discurso conductor de la
vida, reproduciendo el viejo esquema propagandístico de la Ilustración que evoca el
combate entre la razón y la fantasmagoría clerical. El documento no apela así a un principio
ordenador de la justicia política (la separación entre el Estado y las diversas comunidades
religiosas o la neutralidad de las instituciones), sino que destaca la rivalidad entre visiones
inconmensurables del mundo y la vida . La razón de ser de la separación entre la política y
la religión es la protección de los derechos de los individuos, no la emisión de un fallo
sobre la presunta supremacía de una Weltanschauung sobre otra.

La salida esbozada por los empleados del Consejo revela un grave error. Apelar al juicio de
una autoridad religiosa para enfrentar dicho incidente en circunstancias en las que se cree
que se ha vulnerado el principio de la libertad religiosa implica incurrir en una severa
confusión en cuanto a las cuestiones de justicia básica. Dicha autoridad no tiene
jurisdicción en torno a un asunto que entraña la protección pública de un derecho. A
menudo esta clase de situaciones motiva que algunos creyentes apelen a la hipótesis
conservadora de que las consideraciones sobre la neutralidad estatal en materia religiosa
entraña una perspectiva hostil a la fe, que pretende erradicar la vida del espíritu de la mente
y del corazón de las personas. Ese punto de vista expresa una cierta lectura de la propia
doctrina – una lectura particular entre otras, recordémoslo – que busca explícitamente
debilitar la significación de la razón pública en el juicio ciudadano, y dificulta la
inscripción de la propia fe en una situación social de ‘pluralismo razonable’. De hecho,
empuja la compresión del propio credo fuera de los cánones de lo estrictamente razonable y
lo aproxima peligrosamente al viejo derrotero integrista.

La separación liberal de fueros se propone salvaguardar los derechos de la persona a


suscribir o a abandonar un credo religioso sin coacción externa ni violencia; no está
fundada en la pretensión de reducir la espiritualidad a su mínima expresión. “Es (…) un
grave error”, advierte Rawls, “pensar que la separación entre la Iglesia y el Estado tiene
como objetivo primario la protección de la cultura secular; por supuesto, protege la cultura

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pero no más que a todas las religiones”16. La instancia política no puede hacer distinciones
de valor entre las confesiones y las visiones del mundo: ese trabajo crítico le corresponde
hacerlo a los propios agentes en los escenarios deliberativos presentes en las propias
comunidades religiosas – si ellas los propician – o en los restantes foros de la sociedad
civil. El Estado ha de tratar a las Iglesias y denominaciones de un modo igualitario (de una
manera análoga a como trata a sus ciudadanos y a las organizaciones sociales). En el
contexto nacional, este argumento debería plantearnos seriamente la tarea de revisar el
Concordato celebrado entre el Estado peruano y la Santa Sede, para juzgar honestamente si
es compatible con los principios de libertad e igualdad religiosa. Es una lástima que este
incidente en el Concytec no haya generado una discusión rigurosa y extensa sobre la
laicidad del Estado.

La discusión pública sobre estos principios no debería formularse entonces a partir del
conflicto entre dos modos de pensar y de ser, uno “mundano” y “científico”, y otro
“espiritual” y “religioso”: esa clase de debate entre posiciones extremas corresponde al
nivel de las doctrinas particulares de vida - que reconocerán la tensión entre visiones
inconmensurables - y resulta poco interesante y esclarecedor desde la perspectiva de la
argumentación pública. Las escaramuzas sobre la verdad no corresponden al plano de la
justicia política que se propone alcanzar un régimen democrático constitucional. La razón
pública exige de sus usuarios esfuerzo por argumentar, sentido de justicia y veracidad – la
disposición a no mentir -, no una toma de posición sobre cómo está organizado el universo.
Constituye una evidente confusión identificar la “vida examinada” con la posición
cientificista, renuente a apreciar la importancia de las religiones en la vida de la gente. Una
sociedad democrática promueve que sus ciudadanos evalúen críticamente sus creencias y
valores – sean de inspiración religiosa o secular – porque reconoce la enorme importancia
de la compleja tarea de construcción de una identidad individual, razonable y consistente,
en la vida de las personas. La actividad reflexiva no es patrimonio de una única tradición
cultural o sistema de pensamiento.

La libertad y la igualdad religiosas constituyen derechos y principios morales y políticos


diseñados para enfrentar y erradicar la discriminación en un mundo diverso. Como ha
aseverado categóricamente Isaiah Berlin, “la diversidad es la esencia de la raza humana y
no una circunstancia pasajera”17. Los agentes elaboran y examinan sus planes de vida –
aquellos que tienen razones para valorar, siguiendo la formulación de Sen – recurriendo a
fuentes morales y espirituales diferentes. Estas fuentes ponen de manifiesto a su vez formas
de pertenencia a múltiples comunidades de memoria y asociaciones voluntarias. Un Estado
democrático debe respetar estas formas de adhesión y participación. Las únicas condiciones
que establece son fundamentalmente dos: que estos compromisos sean compatibles con las
exigencias del sistema de derechos que regula la convivencia social, y que estas matrices de

16
Rawls, John “Una revisión de la idea de la razón pública” op.cit., p. 191.
17
Berlin, Isaiah “Libertad” en: Sobre la libertad Madrid, Alianza 2008 p. 324.

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sentido sean “razonables” y respeten la existencia y el cuidado de otros modos de creer y
vivir. Bajo estas condiciones, las religiones y visiones del mundo razonables pueden
contribuir a la gestación de un proyecto político común que honre diversas fuentes de
inspiración ética y espiritual y diferentes formas de razonamiento cívico. Esta actitud
pluralista cimenta la posibilidad de cultivar libremente las propias convicciones y ejercitar
la política en el marco de una vida social saludable.

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