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Le pegué una escucha al nuevo disco de Solari y de manera vomitiva salieron estas palabras.

Este disco no se lo escucha, se manijea de entrada. Manijear, no escuchar. Preparar el cuerpo


para los encuentros, calentar el ánimo, compartir temas -esas buenas nuevas- con los
inconsolables, los que están al acecho, los que saben que vivir cuesta vida. Puntuarse algunas
letras, una frase, que de entrada punzó. Preparar paradójicamente el desborde.

Es así. Uno al Indio le debe demasiado. La irrupción de los Redondos a eso de los 14 significó en
mi un punto de ruptura, una apertura, cierta liberación siempre precaria de la que -cuesta-
hacerse cargo en este día y cada día. Significó un esfuerzo por la escucha y la decodificación.
Significó, ir de la búsqueda del sentido de las letras, a entender que la palabra poética siempre
va cargada de múltiples sentidos, que ser oyente no es ser pasivo, que no hay un secreto
profundo que buscar, sino diferentes imágenes que se pueden ir componiendo. Que las letras
del Indio tienen efectos en nosotros, justamente porque no nos dicen qué pensar o qué hacer.
Porque no hay hermetismo sino apertura de la posibilidad de afección a cualquiera (como
demuestra esa multitud hereje que lo siguen) Que dejarse afectar y asumir los efectos, en todo
caso, es tarea y poder de uno, indelegable. Y que ahí hay una política en la poética. No porque
las letras hablen de lo social o el Indio abrace ciertas causas. La poética es política desde que
pone otro mundo en el mundo, desde que deja de reflejar la realidad, y ordena las palabras de
tal modo que logra modificar nuestra percepción de lo real. Cuando las palabras conmueven los
nervios de nuestra sensibilidad, cuando indeterminan a nuestros cuerpos y los conducen a “no
hacerse cargo de su destino”.

Solari me mostró y me vuelve a mostrar también, que el pensamiento crítico debe ser ritmo,
baile, agite y cuerpo-acuerpamiento. Sino es caretaje, posteo, multiplicidad de boqueo al pedo,
que no afecta -en su doble sentido- a nadie.