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tus ladrillos

tus ladrillos
historias que construyen sueños

rorro echávez
Título: Tus ladrillos
Historias que construyen sueños
Autor: Rorro Echávez

Primera edición: Agosto 2017


Portada: Daniela Guerrero
www.danielaguerrero.net
Arte: Monserrat Ramírez
www.monserratrt.com
Edición: Mariana Gaxiola

® Todos los derechos reservados


© Rorro

ISBN en proceso

Se prohíbe la reproducción de la presente obra por cualquier


medio impreso, electrónico o auditivo sin la autorización por
escrito del titular de los derechos.

Impreso en México
Serna Impresos, S.A. de C.V.
Calle Ignacio Zaragoza, Col. Centro
C.P. 64000, Monterrey, Nuevo León.

Tiraje: 2,000 ejemplares


www.tusladrillos.com.mx
A mi viejo y a su chiquita,
por darme su corazón y todo lo que soy.
Estimado lector,

Me encantaría darte un abrazo y decirte algo en este


momento, pero como me es imposible personalmente,
te comparto esta nota antes de que inicies el viaje.

El hecho de que tengas este libro en tus manos me


hace sentir una gran esperanza por tres razones:

La primera razón es tu apoyo a la causa. Si vas a leer


Tus Ladrillos, seguramente conoces su propósito. Este
pequeño gran libro tiene como objetivo combatir la
pobreza mediante la construcción de casas y centros
de formación en comunidades rezagadas, zonas don-
de viven personas que claman un mensaje de vida.
Y tú, con tu apoyo, estás gritándoles: “no están solos”.

La segunda razón son tus valores. El que hayas coin-


cidido con el propósito del libro no habla bien de ti.
Habla excelente de tu persona. Tu empatía, solidari-
dad y sentido humano brillan al apoyar esta causa. Y
en este mundo oscuro necesitamos de tu luz. Urgen
estrellas que iluminen a su comunidad.

Esto me lleva a la tercera y última razón para sentir


esperanza.

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El hecho de que tú existas, con tus valores e iniciativa
de apoyar causas sociales, confirma que sí es posible.

Sí es posible sonreír cuando nadie lo hace, abrazar


cuando alguien está triste y compartir cuando no sobra.
Sí es posible hacer el bien cuando no está de moda,
ser honesto cuando nadie te ve y colaborar cuando
todos compiten.

Sí es posible hacer de este mundo un lugar mejor.

Con gente como tú, lector, confío en que llegaremos


a ver el cambio que tanto queremos. Pero ese cambio
no se logra de manera individual. Recordemos que si
trabajamos solos llegaremos más rápido, pero si tra-
bajamos juntos llegaremos más lejos.

Este libro es un mensaje de esperanza para el mun-


do, un recordatorio de que sí somos más los buenos.

¡Disfruta del viaje!

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Recorrido

El pescador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 8
Cazadores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24
Mi chocolate . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
Sombreros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29
79 pesos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31
Atacama . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43
Estrella fugaz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 44
En tu patio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46
Eres nadie . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48
El hijo que nació lejos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50
Fragmentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
Miedo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
La oscuridad de la sala . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89
Querido ladrón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93
Carta a mí mismo cuando tenga 50 años . . . . 96
Permanencias finitas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 100
Sonrisas tristes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 102
El soñador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 104
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
El pescador

Seis de la mañana

Cada amanecer era único. La gama de azules se


asomaba encima de los montes. La oscuridad se en-
contraba con el reflejo del lago, y al mismo tiempo di-
ferentes tonalidades suavizaban su color. Entonces el
cielo se tornaba más claro, más sereno. El silencio de
los grillos solía protagonizar la hora en que el vecino,
por más arrugas presentes en su frente, se levantaba
diario, preparado con su caña de pescar y un frasco
anticuado lleno de anzuelos rústicos y coloridos.

Llamaba mucho mi atención ver a una persona


tan grande hacer lo mismo todos los días desde que
tengo memoria. Me despertaba su rasposa tos a dis-
tancia, no sabía si era por alguna enfermedad o si la
misma edad le raspaba la garganta. Yo sólo ponía
atención a su rutina mañanera desde mi diminuta
ventana. Colocaba mis pequeñas manos en el vidrio
helado para así observar mejor y no perder ningún
detalle de su rutina. Su viejo bote tenía una frase
célebre en la parte trasera, pero a esta distancia no
alcanzaba a leerla.

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Preparaba todo de manera sistemática, colocando
sus pertenencias dentro de su barquito de madera. Se
agachaba, tomaba dos remos, y con poca fuerza, lo-
graba su despedida de la orilla. Despacio, aquel pes-
cador se iba desvaneciendo a través del lago, dejando
su silueta vagando como fantasma; volando encima
del agua. Coincidía la hora en la que ya no alcanzaba
ver la lancha con el momento en que mi madre entra-
ba a despertarme.

–¿Qué haces despierto, Santiago?


–Nada, mamá…
–No se te olvide rezar tus oraciones de la mañana y
tender tu cama.
–Sí, mamá –contesté en automático, distraído por
mis pensamientos.

Había una voz dentro de mí que quería acompañar


a ese hombre, a perderse en el horizonte tal y como él
lo hacía todo el día. Soñaba despierto, ¿cómo sería es-
tar pescando en medio de un paisaje tan bello? Claro,
prefería eso a realizar las labores domésticas impues-
tas por mi madre, donde la diversión no era posible
debido al cansancio de llevarlas a cabo.

Después de un largo día de trabajo, aparecía el vie-


jo. Me impresionaba verlo entrar a su casa con el cue-
llo quemado, las venas del brazo saltando al cargar
la cubeta llena de pescados y con el sombrero de paja
que no podía faltar. Nunca lograba discernir si tenía

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pelo o si era calvo. Llegaba cansado pero rejuveneci-
do; con los hombros caídos pero con una sonrisa de
esas que contagian satisfacción y alegría. Quería ser
como él.

Abrí mi ventana y me atreví a hablarle.


–¡Señor! –grité con fuerza –. ¿Me puede enseñar
a pescar?
Su mirada cristalina me vio con tranquilidad, y
con una pequeña mueca me indicó que me acercara a
donde estaba. Fui enseguida para allá, sin interrum-
pir a la noche que empezaba a envolver el cielo.

–¿Así que quieres aprender a pescar? –preguntó.


Su afirmación sólo me hizo estar más seguro.
–Sí, señor, me gustaría acompañarle.
–Así será. ¿Cuál es tu nombre, joven?
Era la primer persona que me decía “joven” a lo
largo de mi corta vida.

–Santiago, señor.
–No me digas señor, así me dicen los desconocidos.
Mis amigos me dicen Mateo. Pide permiso a tu ma-
dre, Santiago, que mañana salimos temprano, como
bien sabes.

Corrí de inmediato a contarle a mamá de la futura


aventura. Llegué con ella mientras tendía la ropa. Mi
corazón brincaba, mis manos tiritaban y mis palabras
se enredaban entre ellas.

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–A ver, a ver, tranquilo, hijo, no te apresures.
Cuéntame.

Le conté del vecino y de su invitación para aprender


a pescar. Mi madre me miraba con un semblante algo
deprimido. Nunca la había visto así.

–¿Por qué te pones así, ma?


–Nada, hijo, es que no sé.
–Porfa, ma, he hecho muy bien las tareas de la casa.

Después de varios minutos de silencio, aquella ex-


presión negativa desapareció de su cara. Había con-
seguido el permiso.

Cinco y media de la mañana

Don Mateo no salía de su hogar, no se escucha-


ba su tos ni sus pasos. ¿Habrá pasado algo? Empecé
a acelerar el paso de la caminata alrededor de su
cabaña, intentando descubrir qué pasaba. Me man-
tenía tranquilo el hecho de nunca haber estado des-
pierto tan temprano, pero me creaba preocupación
el hecho de siempre haber escuchado su movimiento
cada madrugada. ¿Debía esperar? No sabía si gritar,
tocar o derribar la puerta.

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Seis y cuarto de la mañana

El sudor recorría todo mi cuerpo, mi frente y mis


manos. Tanto nervio me impulsó ir a la entrada. Iba
decidido a intentar entrar sin importar nada. Al mo-
mento de tocar la chapa, la puerta se abrió hacia den-
tro. Era el pescador con su sonrisa bien colocada, al
igual que su sombrero.

–Emocionado, ¿verdad, Santiago? Toma, ayúdame


con esto.

Enseguida limpié el sudor de mis manos con la par-


te trasera de mis rodillas. El viejo me pasó su frasco
anticuado, lleno de pececitos plastificados de diferen-
tes tamaños.

–Tardé en salir por estar buscando tu caña de pes-


car –me dijo mientras volteaba a ver el artilugio en su
mano derecha.
–Anda, toma, esta le pertenecía a mi hijo.

Su voz se escuchó frágil al darme el artefacto largo


y medio pesado.

La caña estaba cubierta de polvo, parecía que lleva-


ba años sin ser usada. Llamó mi atención un pedazo
de cinta anaranjada, enrollado poco arriba del man-
go negro y gastado.

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–Vamos, Santiago, se nos hará tarde.

Caminamos juntos. Los pastizales acariciaban


nuestras sandalias con delicadeza, remojando nues-
tros pies con las gotas recolectadas por el rocío del
alba. Me encantaba respirar el olor a madrugada,
sentir la frescura inundar mis pulmones, contemplar
cómo la naturaleza recorría mi esencia.

Por primera vez pude distinguir la frase escrita en la


parte trasera del bote: “El Soñador”.
–Señor, ¿quién es el …?
Mateo empezó a reír en silencio antes de que termi-
nara la frase. ¿Por qué reía?

–Ya te dije que no me digas señor. Dime Mateo.


–Mateo…
–Dime, Santiago.
–¿Por qué la lancha tiene escrito “El Soñador” ? –
retomé mi pregunta sin vergüenza.
–Por alguien que era como tú, alguien que vivía so-
ñando despierto.

Permanecí en silencio, intentando descifrar lo que


acababa de escuchar. No me hizo sentido. ¿Cómo sa-
bía que así era yo?

Mi confusión se desvaneció al contemplar el reflejo


del cielo en el lago; parecía ser la voz del agua mur-
murando con un tono sutil y delicado. En ese momen-

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to me despejé de todo pensamiento. Miré a Mateo, él
seguía concentrado, remando constante, tosiendo de
vez en cuando. Yo no dejaba de contemplar la sereni-
dad del paisaje, me brindaba paz y calma.

–Ahora es tiempo, ya estamos a buena distancia –


dijo el viejo.

Me enseñó a preparar el anzuelo de pala, a pescar


con lombriz, poner el corcho y unos plomos.

–Cada día se aprende algo nuevo, ¿verdad? –pre-


guntó mi maestro con satisfacción.
–Nunca había salido a pescar, y eso que vivo al lado
del lago –contesté con impresión.
–La gente tiene maravillas a su alrededor y se ciega
con su rutina, me da gusto que te hayas animado,
Santiago, deberías venir más seguido conmigo, pes-
car es algo muy bonito.
–Mateo, ¿y a ti por qué te gusta pescar?
–Por momentos como estos, Santiago. Convivir con
la naturaleza te hace vivir más años.
–¿Cuántos años tienes?
–Con decirte que cada año que pasa me siento
más joven.

Sus frases me dejaron pensando, no podía entender-


las pero intuía que significaban algo.

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–Y en todo este tiempo, ¿qué es lo más grande que
has pescado?
–Una vez pesqué a una mujer divina de 17, cuando
yo tenía veintinueve años.
–¿Cómo? ¿Hay mujeres nadando debajo de este lago?

Mateo soltó una carcajada que logró contagiarme.


No entendía; sabía que las mujeres eran diferentes,
pero no que pudieran respirar bajo el agua.

Aventamos los anzuelos, reímos y platicamos, yo


mis aventuras, él las suyas. Mis historias eran de niñas
bonitas y goles de futbol en el recreo de mi escuela, las
de Mateo eran de viajes místicos y recuerdos lejanos.
Me asombraba escuchar los detalles almacenados con
tanta felicidad en su memoria.

La pesca fue una experiencia asombrosa; sobraba


la risa, el silencio y la amistad. Pude notar el temblor
anormal de los brazos de mi nuevo amigo. Creo que
por eso sostenía la caña en un pequeño tubo metálico
soldado a la banca del bote. Mis pies tocaban el fon-
do de madera rústico bien sellado, sin dejar entrar el
agua que nos abrazaba.

Me asomé para ver a los peces nadando cerca, nin-


guno parecía estar interesado en la lombriz de mi
caña. Mientras, el sol salía cada vez más, marcan-
do su trayectoria a lo largo del cielo que apenas hace
unas horas estaba recién despierto.

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–Muchacho, no te distraigas, o no vas a pescar nada.
La curiosidad me había ganado y lo menos que es-
taba haciendo era pescar.

–Perdón –me disculpé.


–No te preocupes, hijo. Levanta la caña y mira el
anzuelo, pierde tu mirada mientras observas el agua,
verás cómo vas a concentrarte y así vas a pescar algo.
Ten paciencia.

¿Cómo era tan sabio? ¿Quién le habrá enseñado a


él? La duda me invadió de inmediato.

–Y a ti, Mateo... ¿quién te enseñó a pescar?


–Me enseñó mi padre cuando tenía tu edad –sus-
piró un buen recuerdo en forma de nostalgia –cada
día me aseguro de que si estuviera aquí, se sentiría
orgulloso de mí.

La frase se incorporó a mi corazón, como ladrillo a


la pared de una construcción.

–Yo nunca tuve un papá que me enseñara así como


a ti –continué con tristeza –hace muchos años un gru-
po de gente mala se lo llevó, me contó mi mamá.

Mateo volteó a verme, intentó decir algo pero se


quedó sin palabras. Quise cambiar el tema.

–Y tú, ¿le enseñaste a tu hijo a pescar? –pregunté.

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Sin darme cuenta, toqué fibras sensibles.
De inmediato toda la armonía de mi maestro se
alteró; su garganta se volvió débil, la tos repentina
cobró mayor intensidad, el temblor de sus brazos in-
crementó y su rostro cambió de color.

–¿Estás bien? –pregunté con un sentimiento de culpa.


–Sí, Santiago, no te preocupes, ya es hora de regre-
sar –dijo mientras tosía entre palabras.
–Pero no pescamos nada.
–No importa la pesca...
–¿Cómo que no importa?
– Lo que importa es salir a pescar.

No supe qué contestar.

–Entonces, ¿mañana saldremos a pescar otra vez?


–Claro que sí, joven compañero.

Doce del mediodía

Llegamos a la orilla, Mateo me pidió bajar las cosas.


Él caminó con indiferencia, tristeza y algo de enojo a
su casa, sin portar la sonrisa que tanto lo caracteriza-
ba. Dejé los artefactos en la entrada del viejo, entre
ellos la caña de pescar de su hijo, y pude ver a mi
madre lavando la vajilla en la cocina. Corrí a contarle
mi aventura.

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–Hijo, ¿cómo te fue con el vecino? –preguntó mi ma-
dre angustiada –parece que no la pasaron muy bien.
–Todo iba perfecto, ma, estábamos riendo, plati-
cando y divirtiéndonos, hasta que salió el tema de su
papá y de su hijo…
–¿Te platicó de su familia? –me cuestionó exaltada.
–Sí, ma, de cómo su papá le había enseñado a pes-
car, y de…
–¡Ya! ¡Ya no me cuentes nada, Santiago! No que-
ría decirte esto, pero ese señor tiene una familia muy
mala. No pensé que fuera a ser así de imprudente con-
tigo. No debí…
–No, mamá, no hizo nada malo.
–No, hijo, tú ya no vuelves a ir a pescar. Quédate
aquí, voy a hablar con él. No es posible…
–¡Pero, ma…!
Sentí la puerta en mi cara.

Por más que quería desobedecerla, prefería no verla


enojada. Salí corriendo a mi cuarto para poder ver
todo desde mi ventana. Mi madre llegó a la puerta del
vecino, estaba furiosa. Empezó a golpear la entrada
con mucha rabia. Salió Mateo, y antes de empezar a
hablar, voltearon a verme y cruzamos miradas. Me
escondí lo más rápido que pude. Después de unos
segundos me asomé con cuidado pero ya no estaban.
Me embargaron un sinfín de preguntas. ¿Por qué se
había enojado tanto? ¿La familia de Mateo le había
hecho algo a mi mamá? ¿Acaso era la misma gente
mala que se había llevado a papá?

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La curiosidad empezó a rasguñarme lenta y cons-
tantemente. Solo tenía que esperar a la salida de mi
madre para recibir una explicación, creo que ya no
iba a poder ser amigo del viejo pescador. Esperé pega-
do a mi ventana, intentando ver algo, aunque poco a
poco mis párpados luchaban por estar cerrados.

Estábamos tres personas sentadas en el bote; el veci-


no, un niño y yo. Mi caña la tenía el otro muchacho,
pero noté algo, no tenía el pedazo de cinta anaranja-
do. Intenté ver lo que tenía escrito pero no alcanzaba
a visualizarlo. La lancha era más larga y ellos estaban
sentados hasta la otra orilla. Me asomé al agua y veía
algodón de azúcar debajo, parecía que estábamos flo-
tando en el cielo. Los cerros a lo lejos ya no estaban,
solo había un paisaje de nubes blancas.

–¡Mateo! –grité lo más fuerte que pude.

Los dos voltearon a verme. El rostro del niño se veía


borroso, mientras que el del pescador resplandecía
un poco.

–Ven, Santiago, voy a enseñarles a pescar a los dos


juntos.
Me levanté de mi lugar y me apresuré para conocer
al nuevo compañero. De pronto, un fuerte golpe me
despertó. Enfoqué la vista; la puerta del vecino aca-
baba de ser azotada. Pocos segundos después entró mi
madre a mi cuarto muy indignada.

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–Santi, ya hablé con ese señor. Nunca más te vuel-
vas a acercar. ¿Entendido?
–Sí, mamá, pero ¿por qué?
–No cuestiones y haz caso. Es una persona mala.
–¿Cómo la que se llevó a papá?

La mirada de mi madre exhaló tristeza. Nos queda-


mos viendo. De pronto sus ojitos hermosos se empeza-
ron a mojar y estalló. Nunca antes había visto llorar
a mamá. Me quedé viéndola y no tuve otra respuesta
más que abrazarla con todas mis fuerzas.

–Solo haz caso, Santiago –me dijo mientras sus lá-


grimas besaban mi rostro.
–Sí, mamá –mentí.

Tenía que saber la verdad, no podía quedarme así.


La única hora donde no estaba despierta mi madre
pero el vecino sí, era un poco antes de las seis de la
mañana. No podía quedarme con la duda...

Cinco y media de la mañana

Tuve el mismo sueño. Se veían igual los integrantes


de la lancha: el rostro borroso del otro niño y la cara
del pescador mucho más luminosa. Pero ahora descu-
brí algo nuevo, pude notar con más detalle cómo lo
abrazaba y lo cuidaba, lo tomaba fuerte de los brazos
y le ayudaba a lanzar la caña. Creo que era su hijo.
Creo que yo le recordaba a su niño.

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Me levanté con cuidado, no podía hacer ningún
ruido. Recorrí la casa sigiloso y con cautela. Me
asomé a la recámara de mi madre, se veía tan bo-
nita mientras dormía, como de costumbre. Abrí la
puerta, salí de mi casa y me acerqué a la entrada
del vecino. No se escuchaba ningún ruido. Empecé a
deambular por los alrededores de su hogar y noté las
cortinas cerradas. Qué raro, nunca me había fijado
que tenía cortinas. Seguí caminando, presentí algo.
Regresé a la entrada principal para intentar entrar
a la casa. Intenté abrir la puerta, no tenía seguro, se
encontraba entreabierta.

Me introduje en el hogar del pescador. Era clásico,


rústico y olía a polvo. Mientras me deslizaba con cal-
ma, vi las fotografías familiares y mi curiosidad aler-
ta recorrió el pasillo. Estaba vacía, el viejo ya no se
encontraba. Creo que mi mamá tenía razón, la gente
culpable siempre se escapa y huye de sus problemas.

Al pasar por la sala vi la caña. Ya no tenía la cin-


ta anaranjada arriba del mango. Decía “Santiago”.
Creo que Mateo le había escrito mi nombre antes de
marcharse, aunque la letra se veía un poco desgasta-
da. Pero yo ya no quería esa caña que le perteneció
a gente mala. La empujé con desprecio y al mismo
tiempo saltó un pedazo de papel:

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25 de septiembre de 2000

Santiago,

Me tuve que marchar. No me odies, si me fui, fue por


buenas razones. Corría peligro nuestra amistad, y preferí
mejor cambiar de lugar. Me movió el deseo de continuar
platicando contigo, aunque sea por cartas...

–¡Qué haces, Santiago! –interrumpió la voz de mi


madre desde la entrada. Escondí la carta de inmedia-
to, no podía dejar que mi mamá la viera.
–Vine a buscar a Mateo, mamá. Quiero saber lo
que está pasando.
–Mateo ya se fue, Santiago.. ¿Ves? Es gente que no
vale la pena, manipuladora, todas las palabras que
salen de su boca son mentiras y engaños. No dudo
que haya dejado algún mensaje para ti. Él sabía que
vendrías a buscarlo.
–No dejó nada. Solo esa caña fea, pero ya no
la quiero.
–Vámonos, hijo. Regresemos a desayunar a la casa.
Gracias a Dios ya no pasó nada más.

Seis de la mañana

Cada amanecer era único. La gama de azules se


asomaba encima de los montes. La oscuridad se en-
contraba con el reflejo del lago, y al mismo tiempo
diferentes tonalidades suavizaban su color. Entonces

22
el cielo se tornaba más claro, más sereno. El silencio
de los grillos solía protagonizar la hora en que yo me
levantaba diario. Recargaba mis manos grandes en la
ventana, pensando que vería al viejo amigo que antes
a la misma hora despertaba.

Quizá fue una amistad de un día, pero sentí que lo


conocía de toda la vida. Quizá no debí de haber des-
preciado esa caña que me dio de regalo. Quizá, no sé,
algún día termine de leer la carta de Mateo.

23
Cazadores

Caminaron con cuidado, sin ruido, con las palabras


en las manos. Llegaron a tiempo a su destino. El hijo
volteó a ver a su padre, quien estaba perdidamente
concentrado.

–Pa… –inició el menor.

–Shh... no hagas ruido –murmuró el mayor –. Al


momento de cazar –continuó en voz baja –es necesa-
rio guardar silencio para obtener el trofeo.

Confundido y desconcertado, preguntó en un tono


más bajo.

–Pero, y si no hay ningún animal, ¿cuál es el trofeo?

–Espera un minuto, hijo.

Al poco tiempo salió el sol, iluminando la vista de


los espectadores.

–Hay cazadores de animales, hijo, pero nosotros...


nosotros somos cazadores de paisajes.

24
Mi chocolate

Me encantaba verla; su sonrisa perfecta, sus ojos co-


lor turquesa parecidos al mar que roza con la arena,
su piel de azúcar morena, su manera de hablar, todo
de ella.

Cada vez que salía del colegio, me sentaba en la


banquita dentro del portón, donde podía observarla
sin que ella lo notara, a escondidas, como estas mari-
posas ocultas dentro de mi mochila. Don Sotero nos
cuidaba a todos en aquel lugar, sin dejarnos salir a
menos de que trajéramos un recadito firmado por
nuestra mamá.

Pasaban las semanas, y entre más la escuchaba ha-


blar, más lindo sentía. Era una mezcla de nervios y
frío, pero bonito. Ella no tenía idea de todo lo que
provocaba en mí, no se imaginaba la forma en que me
gustaba. Era mucho más alta y delgada, como diría
mi madre, “parecía de porcelana”.

Solo había un pequeño detalle: otro le gustaba.


Creo que por eso me llamaba la atención. A todos mis
amigos nos encantaba, pero su corazón pertenecía a
uno que no era de nuestro salón. Suertudo, ¿qué tenía

25
él que no tuviera yo? Feo no estoy. Todas las amigas
de mi mamá siempre me chuleaban y me pellizcaban
los cachetes. Y por si fuera poco, sabía muy bien ha-
blar inglés, y la tabla del nueve te la podía recitar sin
problemas. Me daba coraje, enojo, pero sobre todo,
desamor.

Un día llegué triste a mi casa, mi hermana de inme-


diato se percató.

–¿Qué te pasa, Enrique? –preguntó.


–María, es que me gusta alguien –ella saltó con
emoción.
–Cuéntame, cuéntame, ¿quién es la afortunada?
–Me da pena contarte, ¿después, sí?
–Claro, pero me cuentas. Solo dime, ¿por qué tan
triste?
–Su corazón ya es de otro, y no sé qué hacer.
–Solo te diré algo, hermanito: en la guerra y en el
amor, todo se vale.
–¿Cómo? No entiendo.
–Si en verdad la quieres, ve y díselo, sin miedo, no
te quedes con las ganas. Anda, ve, inténtalo.

¿Cómo iba yo acercarme? Mis nervios me traicio-


narían, mis manos empezarían a temblar, todo mi
cuerpo dejaría de funcionar en el momento. Pero eso
sí, no podía rendirme todavía. Mi hermana se había
encargado de dejarme la espinita clavada, me sembró
esperanza. Si le decía que me gustaba, ¿qué perdería?

26
El “no” ya lo tenía.
Así fue como me armé de valentía. Le pedí a mi
hermana que me ayudara a conquistarla.

–¿Hoy le dirás? –preguntó feliz mientras yo por


dentro moría.
–Sí, María, hoy es el día.
–¡Qué emoción! Ve, dale esto, seguro le encantará.

Lo guardé muy bien en mi mochila, en el compar-


timiento secreto.

Sonó el timbre de salida. Nunca había sentido tanto


nervio, mi pecho latía muy fuerte. No le conté a nin-
gún amigo, no quería que mi plan fuera estropeado.
Cuando la viera, iba a llegar directo con ella, decirle
lo que sentía y entregarle lo que mi hermana me ha-
bía dado.

Caminé, y en cada paso, mi corazón iba botando,


más fuerte, más rápido. Pasé el portón, y me senté en
un lugar diferente.

En eso la vi.

“Ahora o nunca”, me dije a mí mismo, imitando


esas películas de acción donde el actor principal toma
valor. Me acerqué a la puerta sin miedo.

–Don Sotero, ¿me deja salir un momento?

27
–¿A dónde vas, Quique?
–Voy rápido a decirle algo a ella.

Sotero volteó a verla, y cuando regresó la mirada,


supo lo que tenía entre manos y sonrió con gusto.

–Claro. Vas con todo, campeón.

Pasé a todos los demás niños, quitando a unos y em-


pujando con cuidado a otros. Nada podía detener mi
camino. Iba decidido.

–Hola –le dije.

Nunca la había visto tan de cerca. Era mucho más


alta y más bella de lo que pensaba.

–Hola, Enriquito, ¿qué pasa?

No pude hablar, no pude moverme. No pude arti-


cular ninguna palabra. Me miró confundida, incli-
nando la cabeza. Actúe rápido, extendí mi brazo y
mirándola a los ojos, abrí mi mano.

–Solo quería decirte que te quiero, maestra, y que


te doy mi chocolate.

28
Sombreros

Volteo al reflejo del espejo; traigo puesto un som-


brero panameño.

Me recuerda a mi padre, ¿sabes?

Cada día, dependiendo de su humor, selecciona


la vestimenta adecuada que cubrirá ligeramente su
calva. Así como una dama selecciona con detalle las
armas que cargará y llevará puestas al final de sus
piernas, un caballero determina la forma, el color y el
ángulo del próximo atuendo de su cabeza.

Me intriga el ser humano, su vestimenta suele indi-


car las distintas maneras de percibir lo que le rodea.
Si usa una boina, se siente poeta, bohemio y quizá
aventurero de los años 20, vendiendo periódicos para
no dormir en el suelo. Si usa gorra, intenta ocultar su
pelo de la desvelada recién disfrutada, o quizá la fama
hace que quiera esconderse del ojo de la cámara. Y si
usa un sombrero panameño...

Volteo de nuevo al reflejo del espejo. ¿Cómo me


siento? ¿Imitaré los hábitos de mi viejo? ¿Seguiré mi
propio sendero cubierto de un cielo verde y espeso?

29
¿O recorreré su mismo camino por medio del desierto?

Mientras pienso en las respuestas, iré a comprar un


helado de Salcedo, uno que me recuerde a mi padre
cuando juntos caminábamos por la calle en busca de
su nieve favorita...sabor chocolate con almendras.

Que la vida nos pille preocupados disfrutando de


un buen helado.

30
79 pesos

–Y ya llegamos –te dice el señor. Volteas a ver


cuánto fue.

Sientes que ya has vivido esto; 79 pesos marca el


taxímetro.

Pones cara de susto.

Buscas tu cartera en el bolsillo izquierdo de tu pan-


talón medio desgastado. Metes la mano, temblorosa,
con miedo. Una gota de sudor empieza a recorrer tu
frente. Haces como si necesitaras lentes.

–¿79 pesos? –preguntas al mismo tiempo que ya


tienes tu precaria cartera entre las manos.

La abres y la cierras.

–79 pesos, joven –te contesta el taxista. Te quedas


en silencio.

No los tienes. Respiras profundo y abres la puerta.

Corres, corres sin voltear atrás. Escuchas gritos y


maldiciones, proviniendo de alguien que te dio un

31
buen consejo al final del recorrido.

Sigues corriendo, no paras. El cansancio no te de-


tiene. La vergüenza te impulsa. Doblas a la derecha,
luego a la izquierda. Llegas a la reja de Doña Lupita.
“Qué ingenua”, piensas mientras la saltas sin proble-
ma. Cruzas su pequeño patio, los perros del barrio te
desconocen, te ladran. Seguro es la loción, nunca te
la habías puesto, nunca habías utilizado perfume. Les
chiflas como siempre, se calman al reconocerte.

Te tranquilizas, el peligro ha pasado. Volteas a ver


las calles llenas de baches y de asaltos. Ves niños ju-
gando futbol, soñando en ser futbolistas, en ser héroes
nacionales. Los observas un rato más. Ves cómo ce-
lebran. Meten goles y se levantan la camiseta, besan
su escudo, se abrazan, observas la inocente fidelidad
hacia a su país. Tú eras idéntico.

Recuerdas y suspiras.

Te duele el brazo, sientes como un raspón.


Volteas y en efecto, tu camisa nueva está rasgada de
esa parte. Te da coraje, recién la habías comprado
con el 50% de descuento. Así son las cosas materiales,
espontáneas, no perduran. Bueno tu pantalón sí, esa
mezclilla que compraste en el bazar del barrio era de
calidad, seguro le perteneció a algún niño riquillo que
lo donó. Sí existe gente así, compasiva de corazón.

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Volteas al cielo, la noche crece y con ella también
las estrellas. A ella le encantaba ver las estrellas. Ha-
ces una mueca que denota tristeza, nostalgia, ganas
de volver a verla.

Basta. Basta de estar parado en media calle, soñan-


do, extrañando. Caminas cansado, aquella corrida
te agotó lo suficiente como para bajar tus hombros y
arrastrarlos. Los niños ya estaban en sus camas, hacía
rato que las doñas los llamaron con fuerza. Ninguno
desobedece, ninguno se atreve a recibir un chanclazo,
que quién sabe cómo cada señora del barrio tiene la
puntería para darles justo en la boca, tal y como a
ellas mismas las educaron: con golpes y uno que otro
cinturón blanco bien acomodado.

Sigues caminando, observando las fachadas llenas


de grietas y colores, mecedoras recopiladoras de mo-
mentos en las entradas de las casas, todas las azoteas
con perros observándote. Sucios, llenos de pulgas,
como tu casa.

–¿Hijo, dónde estabas? ¡Nos tenías con el Jesús en


la boca, hombre! –dice la hermosa voz de tu madre
enojada, entre gritando y calmada, claro, sin hacer
tanto ruido porque luego despertará a todos tus her-
manitos. Bajas la mirada.

–Después te cuento, ma –dices con decepción.


–¿Qué pasó, hijo? ¿Por qué la cara larga?

33
No quieres contarle, ahorita no. Recién te acaba de
ocurrir. Mejor lo guardas, luego le platicas. Se te que-
da viendo con duda, espera una respuesta. Mientes.

–Se me rompió la camisa –dices mientras estiras tu


codo. Ella toma tu brazo con fuerza y sin delicadeza.
–Y esa, ¿de dónde la sacaste?
–Me la prestaron, ma –dices sin verla a los ojos.
–Pos qué irresponsable, Hugo. A ver, quítatela,
ahorita la coso.

Pocas personas como ella; atenta, solucionadora de


problemas, luchona. Le das un beso en la frente, aun-
que sabes que se merece más que eso.

–Gracias, ma.

La abrazas, te abraza poco tiempo. Ella nunca ha


sido cariñosa. No es que no te quiera, más bien de-
muestra su amor por medio de su servicio incondicio-
nal, de diferente manera. Por eso, cada vez que lavas
los platos te besa y te apapacha tanto.

Caminas por tu humilde morada, pequeña, estrecha,


llena de retratos que van desde tu tatarabuela hasta tus
primas terceras. Tu cama te espera con tu hermanos
menores ya dentro de ella. Terminas de desvestirte, el
pantalón lo avientas a la esquina del cuarto, y te metes
en calzones con cuidado para no despertar a nadie.
Cierras los ojos para olvidarla, crees que con dejar

34
caer tus párpados podrás borrarla. Duermes, sueñas
con ella y despiertas.
Como cada mañana, la alarma de los gallos y los ra-
yos de sol te levantan. Caminas a la esquina, recoges
tu pantalón, vas al patio por una camiseta y te alistas.
Pan recién horneado y cafecito de olla te esperan en
la cocina. El vapor del piloncillo consiente tu nariz
y lo saboreas. Tu madre está ahí, esperándote como
siempre mientras prepara unos huevos con chorizo.

–Ya me voy, ma –te despides mientras terminas rá-


pido de desayunar.
–Hijo, ¿traes lana?
–No, no traigo nada.
–Agarra 50 pesos de ese cajón, por si acaso.

Abres el cajón; tus ojos se iluminan, hacía rato no


veías tanto dinero. Fácil habían como 200 pesos, si no
es que más. Te resulta sencillo tomar el billete de Sor
Juana, al cabo no lo piensas usar. Solo “por si acaso”.

Sales de tu casa con ganas de cambiar tu realidad


y la de toda tu familia. Caminas a la esquina, subes
al camión, sacas las monedas contadas dentro de tu
bolsillo izquierdo y le pagas a Don Carlos. Sostienes
el tubo para no caerte. La gente va empujando y em-
barrando su tristeza, pero a ti no te afecta, tu ves la
vida de diferente manera, todo, incluso a ella.

Recuerdas y suspiras.

35
Bajas del pesero a dos cuadras de donde trabajas.
Vas puntual, no hay prisa de caminar más rápido.
Contemplas la ciudad, es muy diferente a la de donde
vienes; bien conservada, moderna, limpia, higiénica.

Entras al café por detrás, tomas tu uniforme y te


cambias en el baño para empleados. Colocas la placa
de tu nombre con orgullo del lado de tu corazón. Sa-
ludas a tu compañera Carolina, la chaparrita, igual
que tú, echándole ganas a la vida.

Realizas a la perfección la rutina de siempre; atien-


des con tu sonrisa bien puesta, escuchas a los clientes,
tomas sus órdenes. Parece ser un día normal, hasta
que la ves entrar.

No hace falta cerrar los ojos para olvidar, hace fal-


ta un nuevo perfume que admirar. Nunca habías vis-
to algo parecido, desde que entró al lugar la atmósfera
tomó otra tonalidad, su cabello se mueve al ritmo de
su cadera y los lentes le agregan misterio y sensua-
lidad. Ese vestido amarillo le queda a la perfección.
Calculas con rapidez. 90–60–90. Bueno, quizá un 70
de cintura. Reaccionas. Si te ve con uniforme pierdes
cualquier futura oportunidad.

No, no puedes desperdiciar algo así.

–Carolina, ¿me puedes cubrir? Tengo que ir al baño


–dices fingiendo no aguantar las ganas.

36
–Claro, Hugo, yo te cubro.
–¡Gracias!

Huyes de la caja mostradora. Tomas tu camisa, te


cambias con rapidez y regresas el uniforme a su lugar.
Sales por donde entraste hace apenas unas horas. No
te puede ver con ropa tan fea. Checas tu cartera. Tie-
nes el billete verde patrocinado por mamá, y a lado
ves una tienda: “50% de descuento en todas las cami-
sas de vestir”.

Lo vale. Entras a la tienda confiado, aunque nunca


habías entrado a una antes. Tomas la primer camisa
decente a la vista, a parte de buena, era barata y
bonita. La pagas sin pensar. No preguntas cuánto
vale, sabes que contar el dinero enfrente de la caja
registradora es hacerle saber al cajero que batallas,
que no tienes para pagar. Y sí, batallas, pero no
importa. Ahí mismo te pones tu nueva compra, les
dejas a cuidar la camiseta vieja que traías puesta.
Por ti es mejor ya no tenerla.

Acomodas tu cabello, abrochas los botones y en-


tras por la puerta principal, no como empleado, sino
como un cliente frecuente. Carolina se queda viendo
impactada y confundida. Vas con ella.

–Caro, otro favorsote, dame un café, después lo


repongo.

37
Está molesta, pero accede. Deduce tu plan. Recoges
tu café; tiene escrito tu nombre por primera vez. Pe-
diste el que más te piden. Lo pruebas, nada parecido
al café de olla hecho en casa. Ves a la mujer, sentada
en un sillón con su computadora. ¿Cómo le harás?
Piensas alternativas, no encuentras ni una más que
acercarte. No te da pena ni miedo, y con tu camisa
nueva menos.

–¿Me puedo sentar contigo? –interrumpes mientras


ella escribe. Voltea a verte, no entiende –.Y te invito
un postre –dices la frase como un as bajo la manga.
Suelta una risa que levanta sus mejillas.
–Claro, siéntate.
–Señorita –le hablas a Carolina para pedirle el pos-
tre –. ¿Nos podrías traer un pay de queso?

Carolina te mira, cierra sus ojos con celos, ¿acaso


será envidia? Pero a ti no te importa, volteas con la
nueva chica. Sonríes y suspiras.

La plática parece de fantasía, hace mucho que no


te divertías así. Ríes y ella también, la tienes muerta,
fascinada. No tiene sentido, te enamoras con cada
mirada que cruzan. Te hace preguntas sobre la vida,
las contestas y ella se te queda viendo asombrada.
Pasan los minutos, las personas entran, toman sus
cafés, conversan y se van, pero ustedes ahí siguen,
intercambiando experiencias, sonrisas y demás.

38
–Aquí está su postre, señor –interrumpe Carolina,
con un tono descortés.

Te cae mal el detalle, la volteas a ver con disgusto.


Se retira. Ignoras lo sucedido y continúas.

Son los últimos del lugar, ya no hay nadie, solo que-


da su conversación y las pequeñas muestras de afec-
to que la mujer de amarillo hace, como acariciar tu
mano despacio y con cariño. Compartes tu vida con
ligeras modificaciones, no eres capaz de decirle la ver-
dad todavía. Ella igual, te cuenta sus problemas, sus
inquietudes y sus penas. No te percatas de que Caro-
lina poco a poco se acerca.

–Hugo, ¿me puedes cubrir? Tengo que ir a cuidar


a mi abuela, te dejé tu uniforme en donde siempre y
aquí está la cuenta.

Sientes cómo el mundo se desvanece; las historias


que contaste por horas se difuminan junto con las ca-
ricias de tu mujer. Tomas la cuenta, la miras y volteas
a ver a la chaparrita traicionera. Sacas con cuidado
tu cartera, toda descosida y vieja, mientras retiras di-
nero como en la tienda, sin saber cuánto te queda.
Detectas gozo y satisfacción en la sonrisa de Carolina.
El haberte dado la cuenta enfrente de tu damisela fue
la venganza perfecta.

–Claro que sí, Caro, tú tranquila, yo me encargo.

39
Volteas; tu mujer empieza a empacar sus cosas.
–¿A dónde vas? Podemos quedarnos un rato más.
–No te preocupes, ya es tarde.

Ignora tu mirada y apenas te besa en el cachete


por compromiso. En pocos segundos desaparece de
tu presencia. Se va del café tal y como la viste en-
trar; sensual y desconocida. Nunca olvidarás aquel
vestido amarillo.

Terminas de recoger todos los restos de conversa-


ciones que había en el café. Apagas las luces, cierras
la puerta de empleados, la misma que te vio entrar
en la mañana todo ilusionado, y caminas dos cuadras
para arriba. No lo puedes creer, por un momento
creíste que habías encontrado a la mujer con todo lo
que habías soñado. Efímera.

Falta poco para llegar a la parada, alcanzas ver


arrancar el vehículo que va directo a tu casa. Volteas
a ver tu reloj; es la hora del último camión.

Piensas en irte caminando a tu hogar, pero tu tris-


teza no te lo permite, tienes que tomar un taxi. Nunca
tomas el taxi por lo caro que está. Paras al primero
que ves, ya no quieres caminar más. Se orilla a unos
cinco metros de distancia. Abres la puerta de atrás, te
sientas y descansas.

–¿A dónde, joven? –pregunta el taxista.

40
– A Santa Adriana, si es tan amable.
Ves al taxista por el retrovisor, nunca lo habías vis-
to. Pudo haber sido conocido, algún papá de un ami-
go o algún otro tío que tienes por ahí perdido. No
aguantas las ganas de querer contar tu historia.

–Amigo –le dices –. ¿Por qué las mujeres son tan in-
teresadas? –detonas la pregunta que te llena de rabia.
–¿A qué te refieres, compadre? –contesta el taxista.
–Hoy conocí a una chava, guapísima, buena gen-
te, toda una dama. Yo estaba trabajando y tuve que
pedirle a mi compañera que me cubriera. Me fui a
comprar esta camisa nueva y llegué al local, disfraza-
do de cliente. Platicamos durante horas, hasta que mi
compañera llegó y arruinó todo, le hizo saber que yo
era un empleado más. A partir de ahí, todo se esfumó,
esta chava se fue y ni las gracias me dio por el postre
que le invité.

Volteas a ver al taxista, lo ves pensando. Miras ha-


cia la ventana, ya está cerca tu casa.

–Compadre, ¿por qué los hombres somos tan inte-


resados? –pregunta el conductor.
–¿A qué te refieres? –contestas.
–Me lo acabas de decir; la misma rabia que tú
sientes la sintió tu compañera, creo que tú le gustas,
pero ella a ti no te interesa. Tú prefieres mujeres más
esbeltas, pero más huecas de la cabeza. Si te dieras
una oportunidad con ella, sería muy diferente lo que

41
ahorita me estarías contando. Te quedas pensando.
¿Tendrá razón?

–Y ya llegamos –te dice el señor. Volteas a ver


cuánto fue.

Sientes que ya has vivido esto; 79 pesos marca el


taxímetro.

Pones cara de susto.

42
Atacama

Te contemplo lejana.

Ilusa, por desconocer mi mirada


distante, fuera de mi alcance
sin posibilidad alguna de abrazarte.

Te contemplo cercana.

Despeinada, con tu estela dispersa


brillante, basta con solo mirarte
con esperanza de recibir alguna caricia de tu
parte.

Te contemplo en medio del desierto


entre tanta arena y tanto recuerdo
a menos 4,200 metros del nivel del cielo
con los pronósticos bajo cero.

Te contemplo,
y estoy seguro
que tú también lo estás haciendo.

43
Estrella fugaz

Se miran directo al alma; el roce de sus narices


marca la línea clandestina que llevaban queriendo
cruzar desde el momento en que se conocieron.

Se analizan, cada uno repasa las facciones del otro.

Piensan si deberían de intentarlo.

Retoman el cruce de miradas; la llama arde más


fuerte. Lo saben: lo que de fuego está hecho no puede
quemarse. Es imposible sofocar el sentimiento.

Se suspiran mientras inhalan ese antojo.

Dejan caer sus miedos junto con sus párpados.

Se funden en uno mismo, los brazos fuertes separan


el cuerpo de la mujer del suelo.

Pierden la noción del tiempo.

Arañan su tentación.

El momento dura lo que una estrella fugaz.

44
Ella abre sus ojos repletos de lágrimas.

Empuja con fuerza al cuerpo de su cómplice.

Aleja sus ganas de querer más.

–Fernando, ¿cómo podemos hacerle esto a tu hermano?

45
En tu patio

El silencio era el protagonista del lugar.

El ruido áspero y vacío inundaba los oídos de los


presentes.

–Pedro, no estoy segura de esto, creo que mejor no


debemos hacerlo.

–¿Por qué razón, Andrea? ¿Acaso no me amas?

Las preguntas retadoras rasgaban la piel y el cora-


zón de la mujer.

–A estas alturas no es justo que preguntes eso, sim-


plemente creo que no estamos preparados para ha-
cerlo.

–¿Confías en mí?

La voz grave impactó con fuerza en el corazón de


Andrea.

–Sí confío.

46
A partir de ese momento, todo silencio desapareció;
los pájaros huyeron de sus nidos, el ruido se volvió tur-
bio y punzante. La luna fue testigo del acto de amor.

Ese disparo fortaleció aún más la relación.

–Es peligroso dejar aquí el cuerpo, debemos de en-


terrarlo, mi amor.

–¿Dónde prefieres? ¿En tu patio o en el mío?

47
Eres nadie

Hoy le quiero dar las gracias a todas esas personas


que son nadie para mí.

Eres nadie porque no eres una persona que mencio-


ne su apellido para resaltar méritos ajenos o reconoci-
mientos conseguidos por su familia.

Eres nadie porque los logros tan reconocidos que


has alcanzado, son pequeños a comparación de los
que vas a construir.

Eres nadie porque tu personalidad es tan grande


que la utilizas para engrandecer a otras personas.

Eres nadie por siempre reconocer la pequeñez de tu


existencia en esta vida.

De hecho, eres menos que nadie, nunca mencionas


tus logros al hablar, y siempre resaltas las virtudes de
los demás.

Me encanta que aparte de ser nadie, tienes nada.

Tienes nada porque tu tipo de riqueza no se puede

48
comprar, no la puedes hallar en ningún lado más que
ahí, en tu núcleo vital.

Tienes nada porque tu infinidad de amistades no


te pertenecen.

Incluso, tienes menos que nada, por siempre dar


más de lo que recibes.

Gracias por ser nadie y tener nada, porque créeme,


que tú y todo de ti se encuentran en cada persona
que conoces.

49
El hijo que nació lejos

Ayer fui al Museo de la Memoria en Santiago de


Chile. Te relata todo el suceso de la dictadura, cuan-
do en 1973 el ejército derrocó al presidente en un gol-
pe de estado y tomaron a miles de presos políticos.
Fueron 15 años de represión, donde desaparecieron
a las personas opositoras; las torturaban y las separa-
ban de sus familias.

Cabe recalcar, que muchos presos políticos era gente


intelectual, personas con estudios y bien preparadas.

Caminando por el museo, encontré un poema en


una vitrina. Alcancé a leer gran parte, pero no pude
leer el final, no se veía. Estaba incompleto.

Me quedé con las ganas de sentir el poema comple-


to. Sus palabras transmitían un sentimiento muy fuer-
te, y no pude dejarlo así. Decidí terminarlo. A partir
de “Dentro de este caluroso infierno” agregué mi
parte. No podía dejar de compartir las palabras que
me conmovieron. Palabras que partieron mi corazón.
Palabras que me hicieron sentir ahí, encerrado.

50
“Al hijo que nació lejos”
Autor: José Cavieres
Coautor: Rorro Echávez

Hijo mío pequeñuelo


te escribo desde la Pampa
desde un lugar del desierto
que un dia fue abandonado
pero no es un pueblo muerto
(sólo hay hombres que lo habitan)
aunque viven entre sombras
llevan una luz adentro.

Pero a pesar de las sombras


parados al mente, es cierto
quema el sol como una llama
de inmisericorde fuego
las estrellas silenciosas
alumbran más que el lucero
y el lucero es una lámpara
suspendida allá en el cielo.

Aquí recibí la nueva


que tuve un hijo, un pequeño
que se parece a la madre.

¡Ah cómo será de bello!


y a ese hijo le escribo
sin siquiera conocerlo.

51
Te escribo desde la Pampa
niño mío, rapazuelo
soplo vital, capullito
gracia de Dios, don del cielo
brote de la vida eterna
mamón, mañoso, sugurriento
nueva luz que me ilumina
en el medio del desierto
que eclipsa la luz del sol
y brilla más que el lucero.

Danos tu luz, la señera


la del amor verdadero
que disipara las sombras.

Dentro de este caluroso infierno


eres mi nuevo motor, mi futuro compañero
mi lucha aunque esté herido
mi bastón, mi cielo, mi lucero
por ti seguiré escribiendo
desde la Pampa, desde lo lejos
y espero, muy pronto, conocernos
hijo mío, pequeñuelo
hijo que nació lejos.

52
Fragmentos

Del lat. fragmentum


m. Pizcas de pláticas que tuve, escuché, soñé y que también me
encantaría tener. Distintas charlas que influyeron en mi mane-
ra de ser. Sin querer, estamos construidos de las conversaciones
que vivimos, ya sean imaginarias o verdaderas.

53
“No te voy a mentir, mis papás son ricos”
dijo con timidez Frank, el holandés. Me impactó este
enunciado que en mi país lo dirían con orgullo, sin
vergüenza y con bastante prepotencia.

54
Talmud le dio un sorbo al té
y dijo en voz baja:

“No vemos las cosas como son,


nosotros vemos las cosas
como somos nosotros mismos”.

55
–Toma, para que no tengas frío.

–Gracias, así disfrutaré mejor mi techo


de estrellas blancas.

56
–¿Cómo puedes
amar una bandera
que no es la de
tu país?

–Uno le toma
cariño a los colores
que le dieron vida.

57
–Ey, Ro, vamos a tomar el sol y descansar un rato
–me invitó Juho, mi buen amigo f inlandés.

–Hermano, es que necesito…


–Siempre “necesitas”...
–interrumpió con enojo.

Y tenía razón, siempre estaba “ocupado”.


En ese momento fuimos por un café y a tomar el sol.
Uno olvida que los amigos son la mejor medicina.

58
Un recordatorio diario
que debo de tener presente:

“Muchos temen perder la vida,


pero no muchos temen perder
el tiempo.”

59
–¡Que te excluyan otros!
Gritó César indignado al ver a su hermano menor
con miedo de intentar algo nuevo.

60
Después de días llegamos a la frontera de Chile y Bo-
livia, rumbo al mítico Salar de Uyuni en la región de
Potosí. Jorge preparó los alimentos para los integrantes
del tour, entre ellos, café, por supuesto. Sirvió la bebida
a todos. No hubo persona que no disfrutara de su calor.

La plática continuó y el guía con añoranza comentó


mientras tomaba de su café:

“Alrededor de un buen café


se forjan las mejores amistades,
se disfrutan momentos inolvidables
y se establecen los términos ideales”.

Seguro recordó aquellos acuerdos negociados en un


pasado quizá no muy lejano.

61
El príncipe lo tomó de los hombros, lo vio fijamente
a los ojos y le dijo:

“La gente no escoge sus sueños,


los sueños escogen a la gente.
Así que, ¿tienes el coraje para cumplir el sueño
que te escogió? ¿O vas a dejarlo ir por miedo?”

62
–Amigo, ten.

Tomé el pedazo de papel que el señor me dio.

–¿Qué es esto? –pregunté.

–Vida, amigo, un pedacito de vida.

63
Nadie traía suficiente comida,
más que Héctor, el vasco.
Tomó sus alimentos, los empezó a dividir
y los demás agradecieron ese pequeño gesto.

“Lo compartido bien sabe”,


comentó creyendo que su frase
se la llevaría el viento...

64
–Si no me la creo yo, ¿entonces quién? –repetí
mientras me miraba al espejo antes de salir a dar una
conferencia a un estadio lleno.

65
–Cosita linda.

Se sonrojó, volteo conmigo y me contestó:

–No español.

66
–Dime algo lindo.
–Tú

67
Neruda realizó varias preguntas.
Una de ellas me llamó bastante la atención:
–Si se termina el amarillo,
¿con qué vamos a hacer el pan?

Después de 42 años le pude contestar:


–Mientras haya comida y amigos, no importa si el
pan es morado o amarillo.

68
–Te vas a arrepentir si dejas
“Rorro” como autor de tu libro.

–¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

–Porque no se ve profesional,
no se ve serio.

–Pero yo no quiero ser serio,


yo quiero ser Rorro.

69
Dentro del hospital, su madre suspiró en voz baja:

“Nunca me voy a ir.”

Su hijo contestó:

“Yo sé, siempre vas a estar


aquí conmigo.”

70
No me antojes
la dulzura
de tus piernas.

71
– ¿Qué haces, hermano?

–Platico un ratito con mi compadre .

Me dijo mientras tenía su mirada perdida en donde


su mejor amigo descansaba en forma de ceniza.

72
La vida no se trata
de cuánto tienes.
La vida, compadre,
la vida se trata de
cuánto puedes dar.

73
–Hola, guapo.

–Hola, señorita,
¿estás aprendiendo español?

–Sí,
pero eres muy guapo.

–¿Yo? ¿Segura?

–Sí.

–Una palabra más


y no la dejo bajar del taxi.

74
–Tienes a Dios en tus manos, padre.
–No, Él me tiene a mí, hermano.

75
Cada mañana, antes de salir el sol,
tengo una pequeña conversación:

“Señor, te entrego mis manos para trabajar con amor.

Te entrego mis pies


para seguir tu camino con decisión.

Te entrego mis ojos


para ver las necesidades del mundo.

Te entrego mi lengua
para hablar tus palabras de caridad.

Mi alma es tuya,
habítala, allí crezca siempre tu amor.

En confianza y fe en ti, vive y ora siempre en mí”.

76
Escuché con mucha atención
lo que el señor iba a decirme:

–Ahora es tu momento para viajar.


Pero no viajes como los demás.
Viaja de manera única.
Viaja para conocer personas y no lugares.
Los lugares se quedarán en tu memoria,
pero las personas vivirán por siempre en tu corazón.

77
Que nadie te arrebate
tus sueños,
¡y menos tú mismo!

78
–¿Cuál es el objetivo de la vida?

–Ser feliz.

–No creo eso –levantó la voz Malika.

–¿Por qué no? –preguntamos más de tres personas al


mismo tiempo.

–El objetivo de la vida no sólo es ser feliz, el objetivo


de la vida es compartir tu felicidad con la mayor can-
tidad de gente posible.

¡Eso es vivir!

79
“Mi guerra fue hace 70 años, y ayer”
–recordó el veterano mientras se quebró su voz y sus
memorias llenaron de lágrimas sus ojos cristalinos.

80
Me dijo ya algo borracho y quizá un poco volado:

–Tú vas a cambiar el mundo.


Paró de fumar su cigarro y continuó:
–Nosotros pudimos haber cambiado el mundo,
pero nos fuimos por el camino fácil.
Nunca tomes el camino fácil.

Acercó su cigarro y continuó fumando.

81
–¿Por qué usas sombrero?

–Porque simboliza a mi papá,


y este rosario simboliza a mi mamá.
Así siento que me acompañan
a donde quiera que vaya.

82
–¿Cuántos días llevas
sin cerveza?

–13 días,
los mismos que llevo
sin ella.

83
–Es un día hermoso, joven.

–Qué buen clima, ¿verdad?

El señor volteó a ver a la persona


que lo llevaba en silla de ruedas.

Y lo reconoció.

–Soy tan afortunado de tener un hijo como tú.

El corazón del hijo se quebró.


No recordaba haber escuchado algo similar
de su padre desde que se enfermó.

–Y yo muy afortunado porque eres mi papá.

Se miraron sin pestañear

Pasaron cinco segundos de silencio, una eternidad.

–Es un día hermoso.


¿Qué opinas del clima, joven?

84
–¿Quién eres?–preguntó Roberto.

–Mis circunstancias y yo.– respondió Farid.

85
¿Y si subimos
el Everest?

86
Miedo

Te confieso... tengo miedo de intentarlo y que


sí funcione.

Me paraliza el hecho de verte en mi presente y mi


futuro, todas las mujeres que podría haber conocido,
mi sueño guajiro de viajar por el mundo, probar todo
tipo de platillos, ser de aquellos aventureros que reco-
rren países, conociendo extraños, encontrando her-
manos perdidos.

Tengo miedo de que eso y más no se cumpla por


estar contigo, de saber a mi edad con quién voy a es-
tar arriba en el altar. Como todo hombre creo que es
normal no querer renunciar a la conquista continúa
de mujeres divinas. El problema es que ya llevo tiem-
po en esto; no me llena una artista, no me emociona
una princesa, tú sí, por mucho más.

Le he contado a pocos de ti, ninguno quiere que te


diga que sí. Pero algo me insiste a mínimo intentar,
aunque el miedo me consuma, aunque no esté seguro,
porque si no me doy la oportunidad, nunca sabremos
lo que puede pasar.

87
Basta de pensarlo dos veces, ya estoy harto de es-
conderte. Entre estar contigo y sin ti, prefiero pasar el
resto de mi vida junto a ti.

Vamos a intentarlo. Este verano me iré contigo


al seminario.

88
La oscuridad de la sala

–¡Hijos! ¡Vengan! ¡Se aproximan!

La madre apresurada despertó a sus hijos empija-


mados, con los ojos entrecerrados llenos de lagañas.

–Debemos de ocultarnos –dijo la señora con miedo.


–Madre, ¿qué está pasando? –preguntó el hijo me-
nor, confundido.
–Juan, ¡haz caso! –contestó Pablo, su hermano ma-
yor.

Mientras alistaban sus pertenencias, escucharon un


grito que rompió las lagañas de los niños.

–¡Aquí es! ¡Vamos por ellos!

Las palabras rebotaron contra los oídos indefensos de


la familia. Ya no había tiempo. En cuanto la madre
tomó a sus hijos de las manos, se escuchó un fuerte gol-
pe en la puerta principal. Las tres víctimas se quedaron
paralizadas al no saber a dónde ir. Dieron la vuelta y
empezaron a correr hacia el otro extremo de la casa.
Los golpes eran cada vez más bruscos y persistentes,
imitando a los latidos de los corazones de los niños.

89
–¡Mamá! ¿Qué está pasando? –volvió a preguntar
Juan, más confundido que antes de haber sido des-
pertado.
–Ahorita te explico, hijo, tenemos que ocultarnos,
ustedes vayan abajo. Escóndanse bien, yo me quedaré
aquí arriba. Nunca se separen. Y los besó en la frente
a cada uno.

...

–General Vitores, ya localizamos la casa, se encuen-


tra rumbo al sur, a dos kilómetros del campamento.
–¡Qué milagro, Alvarado! ¿Pues qué estás esperan-
do? Junta a tu pelotón y vayan de inmediato por esa
familia, debemos de quitarle la vida a cada uno de
ellos antes del amanecer.
–¿También a los niños? –preguntó con tristeza el ca-
pitán Alvarado.
–¿Es en serio lo que me estás preguntando? Déjate
de sentimentalismos y ve de inmediato por ellos.

El capitán juntó a su equipo, subieron a sus caballos


y con velocidad empezaron a cabalgar hacia su obje-
tivo. Después de 40 minutos de viaje llegaron exhaus-
tos, pero con órdenes claras de ejecutar.

–¡Aquí es! ¡Vamos por ellos!

Los soldados se alistaron, cargaron sus rifles y de-


terminados fueron directo a la puerta principal de la

90
casa. Como era de esperarse, la entrada estaba con
cerraduras. El capitán tomó vuelo para dar una pa-
tada con fuerza pero no tuvo éxito. Después de varios
intentos, la puerta perdió su motivo de ser y cayó al
suelo, dejando pasar a los intrusos. Empezaron a ca-
minar con silencio y cautela, cuando el capitán paró
al grupo.

–Vayan a inspeccionar arriba, yo revisaré la planta baja.

El pelotón se distribuyó, y el capitán empezó a aden-


trarse en la casa. Mientras se deslizaba con calma,
veía las fotografías familiares y su arma recorría aler-
ta el pasillo. Al pasar por la sala, escuchó un disparo.

–¡Está muerta, capitán! Faltan los niños –gritó una


voz del segundo nivel.

El capitán volteó hacia atrás, y cuando regresó la


mirada los vio: dos hermanos abrazados, temblando,
viéndolo con ojos llenos de lágrimas mudas desbor-
dando por sus mejillas. Observándolos con el cañón
de su arma, Alvarado gritó con fuerza.

–¡Soldados, aquí no hay nadie! ¡Retirada!

Los demás bajaron. Antes de salir de la casa, se


escuchó un ruido dentro de ella.
–Capitán, ¿de dónde vino ese sonido? ¿No revisó
bien la planta baja?

91
–No sé, quizá. Vuelvan a revisar el pasillo, o la
oscuridad de la sala.

92
Querido ladrón

Nunca pensé expresarme de esta forma, pero bue-


no, te voy a contar. El domingo 29 de mayo del 2016
me robaron la bicicleta, la desmontaron de mi carro.

Tres cosas son las que más me duelen. La primera


es que era una bicicleta profesional, de esas para ha-
cer triatlones y entrenar. La segunda es que no era
mía, me la prestó una buena amiga. Y la tercera, que
es la que más me cala, es que me la robaron mientras
yo estaba en misa.

Más que triste y desalentado, tengo mucho coraje.


¿Cómo alguien puede ser tan egoísta? Y eso es lo que
me mueve a decirte esto.

Este mensaje va para ti, persona que me estás leyen-


do, para que aprendas de lo que estoy viviendo. Pero
también va para ti, ladrón, para que conozcas a la
persona que le robaste la bicicleta de su carro.

Querido ladrón,

¿Qué pensaste al robar la bicicleta de mi camione-


ta? ¿Qué podía comprar otra sin ningún problema?

93
Estoy seguro que ibas pasando, viste la oportunidad y
se te hizo fácil, pero no sé por qué no pudiste pensar
en los demás.

No sé de qué clase socioeconómica seas, si seas rico


o si seas pobre, si ibas saliendo de misa, o si ibas en
una camioneta con toda tu pandilla. No creo que ha-
yas robado la bicicleta para entrenar, quiero ser po-
sitivo y espero te la hayas llevado para cubrir alguna
necesidad. De corazón te digo, espero y la hayas ven-
dido a buen precio, porque en tan solo tres minutos
te robaste cinco meses de mi esfuerzo.

Ojalá el dinero lo utilices en cosas de provecho,


como en darle de comer a tu familia, o pagar la ope-
ración de tu esposa, o en terminar de pagar la cole-
giatura para que tu hija finalice la secundaria.

Voy a tomar lo positivo de esta situación, perdonar-


te, y darte las gracias por las cosas que me enseñaste.

Lo primero es que no vuelvo a pedir prestado, siem-


pre pasa algo con lo ajeno.

Lo segundo, es ser cuidadoso pero no desconfia-


do. No es lo mismo, ser cuidadoso es ser precavido,
ser desconfiado es tener miedo. Y no, no voy a tener
miedo, eso es dañar el tejido social, y de por sí ese lo
tenemos ya bien fregado.

94
Lo tercero que me enseñaste es a ser inmediato, no
dejar las cosas para el final. Esa bicicleta la iba a en-
tregar un día antes, pero por desidia, lo dejé pasar.
Pero lo más importante que me enseñaste, fue a no
quedarme callado. Gracias a ti, hice mi primer video
diciendo lo que siento y lo que pienso.

A ti, persona que me lee, te dejo este mensaje: apren-


de lo que yo te digo, es mejor y más barato aprender
en cabeza ajena. Pero a ti ladrón, te digo otra cosa:
espero y tu egoísmo dure poco, y espero que también
dure poco el tiempo de sufrimiento.

Comparte con alguien estos aprendizajes si alguna


vez te han robado. Quiero pensar que así, quizás los
ladrones puedan escucharnos, y de alguna manera
podamos cambiarlos.

95
Carta a mí mismo cuando tenga
50 años

Querido Yo de 50,

Espero que estés leyendo esto, que te quiero más


vivo que nunca.

Según mis cálculos, vas a tener, bueno tienes 49 casi


50 años. ¿En qué momento? Creo que eres todo un
hombre de familia y un agente de cambio.

¿Recuerdas cuando te ganaste la beca para estudiar


la carrera? Te dijeron que no ibas a poder, y mira,
¿quién te detuvo? Esas ganas de salir adelante es algo
que desde pequeño te caracteriza. Cada meta alcan-
zada y cada fracaso experimentado han construido al
ser humano que lee esta carta.

Recuerda a ese niñote que llevas dentro. Espero no


lo tengas regañado, y si es así, quítale el castigo y sá-
calo a jugar. Viviste los mejores momentos cuando te
rodeaste de niños, cuando eras uno de ellos.

¿Recuerdas que en secundaria le dijiste a toda la ge-


neración “No hay porque llorar, nos vamos a ver con

96
hijos”, y después estallaste en lágrimas? ¿Que desde
ahí eras medio sentimental? Espero sigas así a tus casi
50 años.

¡Celebra! Te recuerdo que nunca serás tan viejo


para disfrutar. Como bien decía un amigo: “Buenos
amigos con comida, ¡que bonita es la vida!”. Escoge
un motivo de los muchos que hay, márcales a los que
más aprecias y organiza una carnita asada.

Hablando de comida...

¿Recuerdas que querías probar toda la comida que


pudieras, viajar por el mundo, conocer demasiadas
personas, vivir en diferentes lugares y sobre todo, lle-
nar tu corazón de experiencias?

Si no lo has hecho, no te castigues por ello, pero,


¡haz algo al respecto!

¡Era tu sueño! ¿Qué pasó? ¿Qué pudo haber sido


tan grande para detenerte?

¿La edad?
¿El trabajo?
¿La familia?
¿Las deudas?
¿Los compromisos?

97
Confío en ti, porque confío en mí, y tú eres yo, aun-
que un poco más viejo. Tengo el presentimiento de
que sí lo lograste y lo disfrutaste de una manera ini-
maginable.

¿Recuerdas que querías cambiar al mundo? Cuén-


tame, ¿lo lograste? ¿Qué hiciste? ¿Qué estás hacien-
do? ¿Qué obstáculos superaste? Ay, cabrón, me siento
orgulloso de ti. Continúa pensando en los demás. Si-
gue compartiendo tu felicidad.

Y si no tienes porqué sonreír hoy, voltea a tu foto


del buró, donde seguro tienes a quién más amas: a
tu familia.

Puede que esté tu esposa que todavía no tengo el


gusto de saber quién es. Dime rápido, ¿cómo la cono-
ciste? ¿Cómo te enamoró? Dale un beso repentino sin
ningún pretexto. Si te pregunta por qué lo hiciste, le
dices que tu yo de 25 años te lo pidió.

En el buró puede también que estén tus hijos.


¿Cuántos tienes? ¿Cómo se llaman? Invítales una nie-
ve, escúchalos, platica con ellos de su vida, cuéntales
de tu graduación de carrera. Hazles saber que tú tam-
bién te sentías perdido, y que es necesario perderte
para encontrar el camino.

Pero seguro tienes esa foto que te acompañó toda tu


carrera, la de tus papás. ¿Cómo están papá y mamá?

98
¿Siguen contigo?
En todo momento hazlos sentir orgullosos. Recuerda
que un éxito tuyo siempre los ha llenado de satisfac-
ción, se encuentren ahí contigo o se hayan adelantado.
Yo llorando sin motivo, papá es todo un nogal, se-
guro dura más de 100 años, y mamá, no creo que
exista la manera de dejar de escuchar su risa.

Es difícil pensar cómo será tu vida en 25 años, si


ni siquiera tengo idea de qué pasará en 6 meses. Más
que exigirte o aplaudirte por lo mucho que has ca-
minado, quiero recordarte que el camino no se mide
en los pasos que has dado, sino en las huellas que
has dejado.

Date cuenta que te quedan mínimo otros 50 años


para seguir dejando huella.

Sigue avanzando, mi Yo de 50.


Te ama tanto, tu Yo de 24.

99
Permanencias finitas

Esta pluma fuente asegura, guarda y respalda la


memoria de una gran persona, del ingeniero Melga-
rejo, mentor, tutor y muy amigo mío.

Me dio la pluma el día de mi graduación de carre-


ra. Al entregarme el regalo, me compartió una his-
toria que quedó marcada en mi corazón, colgada en
mi alma, como el buen cazador de recuerdos que soy.

Todo empezó con su bisabuelo italiano, quien emi-


gró hacia México en busca de una nueva vida, pues
los tiempos en el viejo continente eran algo compli-
cados. Estuvo dentro de un barco por meses, y el
único artefacto que tenía para saber hacia dónde iba
era un compás.

Después seguimos con el abuelo, quien dio al papá


un reloj muy fino de aquellos tiempos.

Por último, terminamos con el papá de Melgare-


jo, quien en su día de graduación, le obsequió una
pluma fuente.

100
Un compás, un reloj y una pluma fuente como la
que estoy usando en este momento, son los artefac-
tos, y los regalos de mi colega.

Lo bonito de está colección, es que cada artículo sig-


nifica un enorme valor intangible para mi estimado:

El compás representa la dirección, hacia dónde ir.

El reloj representa el tiempo, el cual termina y es


por eso que hay que vivirlo como si no hubiera otro
día.

Y por último, la pluma, representa la decisión.

Cada regalo tiene un significado único. Y no por ser


edición limitada, olvidemos lo material. Los regalos
son extensiones de las personas que nos los dieron,
sentimientos envueltos en pequeños detalles. Emo-
ciones que trascienden del mundo invisible a nuestra
realidad perceptible. Recuerdos almacenados en es-
pacios limitados. Hermosas permanencias finitas.

101
Sonrisas tristes

19 de abril de 2083

Querido diario,

Llevo años contándote todo lo que vivo, pero como tú sa-


bes, no me gusta dar vistazos al pasado. Te platico que hoy
disfruté mucho de su compañía; su actitud alegre espar-
ciéndose por todo el patio me contagia su alegría radiante
y encantadora.

Me fascinó verlos desde mi terraza. Se acercaron conmi-


go transpirando felicidad y regalando abrazos sin juzgar.
Preguntaron mi edad, que cuántos años cumplo. No me
acuerdo. Creo que 100, ya no sé. Les contesté con gusto:
“entre más años cumplo, más joven me siento”. Doblaron
su cabeza intentando entender mis palabras. Toda la vida
he creído en esa bonita filosofía.

Mientras el sol se ocultaba, los padres de los niños em-


pezaron a llamarles. Corrieron a despedirse de mí como
siempre lo hacen. Me abrazaron con una fuerza tan tier-
na, sus caricias acompañadas de miradas encantadoras e
inocentes me hicieron sentir feliz.

102
Sus padres también lo hicieron, pero percibí algo, se
veían contentos y desalentados. Una pequeña muestra de
sentimientos encontrados. Me impactó presenciar aquellas
sonrisas tristes dibujadas en sus rostros.

¿Por qué están así? ¿Qué les falta? Tienen todo: hijos
hermosos, esposas divinas; tienen familia.

No que uno... solo y abandonado. Bueno, no tan des-


amparado, desde siempre me acompaña una enfermera de
buen cuerpo que me trata como rey y me ayuda desde la
mañana hasta el anochecer. Pobrecita, nunca logro recor-
dar su nombre.

Quizá mañana me acuerde. Quizá también vuelva a ver


a esos niños que alegran siempre mis atardeceres. Quizá,
no sé, algún día termine de leer la carta de Mateo.

103
El soñador

25 de septiembre de 2000
Santiago,

Me tuve que marchar. No me odies, si me fui, fue por


buenas razones. Corría peligro nuestra amistad, y preferí
mejor cambiar de lugar. Me movió el deseo de continuar
platicando contigo, aunque sea por cartas.

Tu madre es una mujer muy protectora, la vida le ha


dado golpes que no cualquiera soporta. Hoy me quedé im-
pactado cuando mencionaste que gente mala se había lle-
vado a tu papá. Eso no es verdad. Aquella historia la in-
ventó tu madre, quizá para no hacerte pensar que tu papá
no te quería. Todo este tiempo te ha ocultado el abandono
de su esposo. Yo estuve ahí, fue algo muy doloroso.

Ella nunca entendió a su marido, nunca te ha contado


cómo era su personalidad, estoy seguro que por miedo a
que seas igual y la llegues a abandonar. Tu padre era
un soñador, así como tú, vivía en otro mundo, crean-
do universos paralelos mientras miraba el cielo. Era una
persona muy inteligente, su conversación te mantenía in-
trigado, con todas las historias y teorías que en su tiempo
libre había investigado.

104
Un día me dejó pensando con una frase que me comentó
mientras comíamos juntos:
“Este lugar necesita personas estimuladas por la vida”.

La realidad de vivir en un pequeño pueblo pegado a un


hermoso lago le quedaba corta a su ambición; él buscaba
más. Le interesaba mucho viajar, conocer, platicar, estu-
diar, enriquecer el alma, la mente y el espíritu. Era un
genio incomprendido.

Tus padres todavía no se casaban, por eso antes de


atarse a alguien, Santiago decidió emprender su viaje.
Nunca supo de tu existencia, si hubiera sabido nunca
se hubiera ido. Él se marchó mucho antes de que tú
nacieras, y nunca más regresó. Al principio era fácil
la espera, pero duele y lastima el corazón una vez que
se vuelve eterna. Meses después tu madre se enteró de
su embarazo. Yo fui su apoyo incondicional por mucho
tiempo. Ella estaba muy agradecida conmigo, al menos
eso creía.

Se acercaba tu nacimiento y el trato de tu madre se vol-


vía más frío y menos atento. Tuvo miedo de que yo pudie-
ra hacerle lo mismo y me apartó. Me alejó de sus vidas.

Nos distanció a ti y a mí desde el principio. Los traumas


de tu madre hicieron que tú y yo fuéramos desde siempre
unos desconocidos. El recuerdo de tu padre la llevó a actuar
así; no quería que su hijo tuviera ningún tipo de influencia

105
de alguien que conociera a su padre.
Y tu padre, tu padre era mi mejor amigo. Él era mi
único hijo. La caña de pescar que hoy usaste le pertenecía
a Santiago, el soñador.

Espero y no te olvides de este viejo pescador que te


ama tanto.

Tu abuelo

106
Agradecimientos

Gracias a mi chiquita y a su viejo, por ser mi primer


y último pensamiento de cada día.

Gracias a mis hermanos Yaya, Joaco, Olguita y


Anita, por acompañarme siempre.

Gracias a mi cuñada y mis cuñados Tula, Vasco,


Manolo y Mario, por amar a mi familia de una ma-
nera inimaginable.

Gracias a mis sobrinos Michel, Adris, Valeria, Jo-


sema, María, Paula, Olguita, Dany, Paulina, Joaco,
Mario, Pato y Marcelo, por inspirarme a dar mi ma-
yor esfuerzo para ser su ejemplo a seguir.

Gracias, Felipe Montes, por darnos a tus alumnos la


valentía de escribir.

Gracias, Monse, Dany y Mariana, por compartir su


talento y hacer de este libro una realidad.

Gracias, amigos y amigas, por formar parte de


mi corazón.

107
Gracias, lectores, ustedes son mi inspiración y moti-
vación para seguir adelante.

Gracias a todos por formar parte de mi vida. Estén


o ya no se encuentren conmigo, cada plática, gesto,
experiencia y momento ha sido un ladrillo muy im-
portante en mi crecimiento.

Gracias, Dios, nunca terminaré de estar agradecido


contigo.

108
Rorro es el apodo de
Rodrigo Echávez, un jo-
ven mexicano, agente de
cambio, autor, e ingenie-
ro industrial nacido en
Torreón, Coahuila. Mi-
sionero por naturaleza,
Rorro siempre ha disfru-
tado servir a los demás.
Hace videos reflexivos,
realiza proyectos altruistas, da conferencias y gra-
cias a Tus ladrillos inicia una nueva etapa de
su vida como emprendedor y filántropo. Cuen-
ta con más de 430,000 personas que acompa-
ñan su trayecto en redes sociales. Al final del día,
Rorro sólo busca hacer de este mundo un lugar mejor.

Si coincides con su causa, puedes acompañarlo en:


/rorroechavez
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