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LOS SALMOS, LUGAR CRISTOLÓGICO DE LA LITURGIA:

EL SENTIDO CRISTIANO DE LOS SALMOS


EN LA TRADICIÓN Y EN LA LITURGIA
Jordi Latorre Castillo

Resumen: el artículo muestra el sentido cristiano de los salmos, tal y


como han sido leídos por la tradición de la Iglesia como por la Liturgia de
las Horas en la actualidad gracias a las antífonas, los títulos, las
sentencias o las oraciones sálmicas que acompañan a cada salmo. La
lectura literal, que muchos hacen hoy día de los salmos, impide descubrir
el valor fundamental que el salterio tiene para los cristianos: su profundo
sentido cristológico y sus referencias a la Iglesia.

¿Por qué rezar los salmos? En muchos contemporáneos el trato con


los salmos provoco la sensación de extrañamiento. El marco geográfico,
religioso y cultural de los salmos no es el nuestro: los toros de Basán,
los chacales del desierto, el desierto de Cadés; así como los holocaustos,
los sacrificios de acción de gracias, la sangre de los toros, la grasa de los
animales…; además, nuestros conocimientos científicos y técnicos
hacen inaceptables algunas de las expresiones sálmicas.
Además, los salmos parten de una teología balbuciente: donde no
hay causas intermedias y todo lo realiza dios directamente; algunas de
sus expresiones resulta extraña a la moral cristiana del perdón y la
misericordia; la teología de la retribución lo domina todo, y falta la
perspectiva del más allá; las representaciones de Dios que
frecuentemente aparecen son las de violencia y cólera.
Por ello, muchos cristianos piensan que los salmos deberían
sustituirse por otros textos bíblicos en la oración litúrgica cristiana; al
menos la gran mayoría de los salmos.
Frente a la sensación de extrañamiento, necesitamos un esfuerzo de
apropiación del lenguaje y del sentido cristológico de los salmos.
El libro de los salmos o es sólo el libro de la liturgia hebrea desde los
tiempos bíblicos (cfr. 1C 16; 25; 2C 7,3; Esd 3,10-11; Ne 11,17);
tampoco son sólo un reflejo del perpetuo interrogarse de la humanidad
sobre el sentido del dolor, de la felicidad, de la muerte. Los salmos,
usados por Jesucristo y sus discípulos, se han convertido en el libro de
oración de la comunidad cristiana, ya desde los primeros días después
del acontecimiento pascual. No podemos olvidar que fueron la oración
de Jesús, de María y de los primeros cristianos, que los sabían de
memoria, habituados al culto sinagogal. La Iglesia, a lo largo de los
siglos, los ha continuado usando sin interrupción referidos a Cristo y a
su cuerpo que es la Iglesia.
En el NT vemos cómo la comunidad cristiana de los orígenes hace
nuevas aplicaciones de los salmos (cfr. Ef 5,19; Col 3,16; St 5,13) y usa
una nueva hermenéutica de los mismos (cfr. Hch 1,16.20; 4,33-35;
Hbpassim). El influjo fue doble: algunos salmos sirvieron para expresar,
en un primero momento, la fe de la comunidad cristiana en Jesús,
muerto y resucitado y, al mismo tiempo, la fe en el resucitado provocó
una nueva relectura y una reinterpretación de esos mismos salmos.
En el siglo XII Hugo de San Víctor, el “segundo san Agustín”,
escribía: “Toda la divina Escritura constituye un único libro y este libro
es Cristo; porque toda la divina Escritura habla de Cristo y encuentra en
Cristo su plenitud” (De arca Noe II, 8). Estas palabras resumen uno de
los problemas hermenéuticos más delicados de la teología: la relación
entre los dos Testamentos y la hermenéutica cristiana del AT.

1. Lectura cristológica de los salmos en el NT

La frase del evangelio de Lucas: “Esto es lo que os dije mientras


estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito
en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí” (24,44), deja
entender que la lectura cristológica de los salmos se hunde en los
orígenes mismos de la Iglesia apostólica, y es posible que hasta el propio
Jesús.
En los evangelios encontramos tres citas explícitas de los salmos (Sal
8,3; 109[110],1; 117[118],22) y nueve implícitas (Sal 21[22],2; 30[31],6;
36[37],11; 40[41],10; 41[42],6; 47[48],3; 90[91],12; 109[110],1;
117[118],26). Encontramos además otras nueve reminiscencias sálmicas
(Sal 6,9; 8,7; 61[62],13; 64[63],8-9; 90[91],13; 106[107],3; 118[119],176;
125[126],5-6; 136[137],9). Y esto sin contar los otros libros del NT.
Esto basta para darnos cuenta de la importancia que tuvo el salterio
en la reflexión teológica de la primera comunidad cristiana. Y es que el
salterio era el libro que todos sabían, en buena parte, de memoria, por
su uso en el templo, en la sinagoga y en la piedad individual.
Los evangelios nos muestran a Jesús orando con los salmos; y así en
la boca de Cristo adquieren la plenitud de su sentido: en la última cena
se citan los salmos del Hallel 112-117[113-118] (cfr. Mt 26,30 par); en la
oración de Getsemaní (cfr. Mc 14,18 par cita el Sal 40[41],10; Jn 12,27
cita el Sal 6,4); y en la cruz (cfr. Jn 19,28 cita Sal 68[69],23; Mc 15,34
par cita Sal 21[22],2; Lc 23,46 cita Sal 30[21],6). Son tres momentos de
singular trascendencia que, más allá de su historicidad, ponen de
manifiesto la continuidad entre la oración de Israel, la oración de
Jesucristo, y la oración de la Iglesia apostólica (cfr. Hch 4,23-30 cita Sal
2,1-2; Hch 16,26 donde Pablo y Silas, en la cárcel, rezan con el salterio).
Después de Cristo, y a partir de la experiencia pentecostal del
Espíritu, los salmos adquieren una nueva luz que se proyecta no solo
sobre la vida de Jesús, sino también sobre la vida de la Iglesia y sobre la
existencia cristiana. Los salmos adquieren así una significación última y
profética (cfr. Lc 24,44-46, ya citado).
Algunos salmos han ayudado a comprender y presentar el misterio
de Jesús de Nazaret. Así, por ejemplo, los Sal 2; 8; 109[110] y 117[118]
han ayudado a expresar el carácter mesiánico de Jesús; y los Sal 21[22];
39[40] y 68[69] han ayudado a configurar el relato de la pasión. Los
evangelios usan el libro de los salmos, sobre todo, para explicar el
sentido de la muerte salvadora de Jesús. Así, Sal 8,3 es citado en Mt
21,16; Sal 109[110],1 lo es en Mc 12,36 par; Sal 21[22],2 se cita en Mc
15,34 par; y Sal 21[22],19 es citado en Mc 15,24 par.
Hechos de los apóstoles hace un uso abundante de los salmos
referidos al ungido del Señor el rey de Jerusalén, a la hora de
interpretar la resurrección de Cristo como una victoria sobre la muerte,
fruto de la promesa del Señor a su ungido. Dios hace sentar a su
derecha al Hijo (cfr. por ejemplo Hch 2,34 cita Sal 109[110],1; Hch 4,25-
26 cita Sal 2,1-2; Hch 13,33 cita Sal 2,7).
La carta a los Hebreos, con sus numerosas citas de salmos, insistirá
en la condición de Cristo, el cual, en su condescendencia, ha querido
solidarizarse compasivamente con la humanidad y se ha convertido en
causa de salvación. Aun ahora, resucitado, continúa intercediendo
eficazmente por sus hermanos, como único y definitivo sacerdote de la
nueva alianza, que cumple la voluntad del Padre: Hb 1,5 cita Sal 2,7; Hb
2,6-8 cita Sal 8,5-7; Hb 2,12 cita Sal 21[22],23; Hb 5,5 cita Sal 2,7; Hb
7,17.21 cita Sal 109[110],4; y Hb 10,5-7 cita Sal 39[40],7-9.
Presentamos, a título de ejemplo, una información detallada de la
influencia de los salmos más cristológicos en el NT:
Sal 2,1 (Ap 11,18).1-2 (Hch 4,25-26).2 (Ap 19,19).7 (Mt 3,13; 17,5;
Mc 1,11; Lc 3,22; 9,35; Hch 13,33; Hb 1,5; 5,5).8-9 (Ap 2,26; 12,5;
19,15; Hb 1,2).11 (Flp 2,12).
Sal 8,5-7 (Mt 12,16 [cfr. LXX]; 1Co 15,27; Ef 1,22; Hb 2,6-8).
Sal 22,1 (Mc 15,34; Mt 27,46).5 (Rm 5,5).7 (Mt 27,39; Mc 15,29).7-8
(Lc 23,35).15 (Jn 19,28).16-18 (Mt 26,24).19 (Mt 27,35; Jn 19,24; Mc
15,24; Lc 23,34).22 (Hb 2,12).23 (Ap 19,15).25 (Hb 5,7).28 (Ap 11,15;
19,7).
Sal 110,1 (Mc 12,36; Mt 22,44; Lc 20,42; Mc 26,64 par; Mc 16,19;
Hch 2,34; Rm 8,34; 1Co 15,25; Ef 1,20-23; Col 3,1; Hb 1,3.13; 8,1;
10,12-13; 12,2).4 (Hb 7,17-21).

Según los salmos, Cristo es la piedra que desecharon los


constructores (cfr. Sal 117[118],23) sobre la que subsisten todas las
cosas. Es el verdadero templo y morada del Señor (cfr. Sal
131[132],8.13). Es el justo sufriente (cfr. Sal 21[22]; 30[31]; 39[40];
68[69]), sacerdote eterno (cfr. Sal 109[110],3) levantado a la derecha de
Dios (cfr. Sal 109[110],1), porque, siendo verdadero hijo del Padre (cfr.
Sal 2,7) no permitió que su siervo conociera la corrupción (cfr. Sal
15[16],10). Él es nuestra paz, anunciada a los de corazón limpio (cfr. Sal
33[34],15.19). Es el que vine a traer la ley del Espíritu que aparta
nuestros pies de todo mal camino (cfr. Sal 118[119],101) y la palabra
eterna que, guardada en su corazón, mantendrá puro el camino, del
discípulo (cfr. Sal 118[119],9-11). Es el buen pastor (cfr. Sal 22[23]) que
cuida que a sus ovejas nada les falte. Cristo es el cántico nuevo (cfr. Sal
97[98],1) y la salvación con la que Dios ha mostrado su justicia a todas
las gentes (cfr. Sal 97[98],2). Él es nuestra victoria definitiva (cfr. Sal
3,9).
Podeos concluir afirmando que los salmos han constituido el tratado
de cristología de la comunidad cristiana apostólica. Los salmos sirvieron
para comprender y expresar el misterio de Cristo como mesías, hijo de
David, sumo sacerdote, justo sufriente, Señor resucitado, e Hijo de Dios.
La experiencia pascual encontró en el libro de los salmos el instrumento
adecuado para construir la cristología neotestamentaria. Sin los salmos
ignoramos a Cristo, sin Cristo los salmos resultan obsoletos. Los salmos
son profecía del misterio de Cristo.

2. La cristificación de los salmos en la tradición eclesial

Ya el NT comenzó la tarea de la cristificación de los salmos, es decir


de su lectura tipológica como profecía de Cristo. Tanto en el NT como en
los escritos patrísticos, el salterio es el libro del AT más citado y más
apreciado. No solo por el valor profundamente humano de los
sentimientos expresados en los salmos, ya que cualquier orante
monoteísta puede encontrar en él materia siempre actual para su
diálogo con Dios. La devoción al salterio como libro de oración cristiana
se afianzó en la Iglesia en la época patrística, en particular en el paso
del siglo II al III. Se hizo de él el libro de canto y de oración de la liturgia
cristiana, ya que se veían en él un libro de cantos de Cristo y un libro de
oraciones de Cristo. El motivo principal es que la Iglesia, desde la época
apostólica, ha contemplado el salterio en su totalidad como un libro
profético que ha tenido su cumplimiento en Jesucristo. Cada salmo, de
alguna manera, habla de Cristo, o bien habla a Cristo, o bien es Cristo
quien habla en él. Para la Iglesia apostólica y patrística, lo esencial es la
interpretación cristológica de los salmos (cfr. B. Fisher, “Cristo en los
salmos. La devoción a los salmos en la Iglesia de los mártires”).
Los santos padres aceptaron y comentaron todo el salterio a modo de
profecía acerca de Cristo y su iglesia; por el mismo motivo fueron
elegidos los salmos para su uso en la sagrada liturgia. Aunque a veces
eran aceptadas algunas interpretaciones artificiosas, sin embargo, por lo
general, tanto los padres como la liturgia procedieron rectamente al oír
en los salmos a Cristo que clama al Padre o el Padre que habla a su
Hijo, reconociendo incluso la voz de la Iglesia, de los apóstoles y de los
mártires.
La cristologización de los salmos siguió el camino de la interpretación
tipológica del resto del AT. Los salmos más fáciles de cristologizar fueron
los salmos reales-mesiánicos del salterio: Sal 2; 44[45], 71[72]; 88[89];
109[110]; y 131[132], y también los del justo sufriente: Sal 21[22];
30[31]; 39[40]; y 68[69]. También aquellos referentes al reinado del
Señor o YHWH-rey: Sal 46[47]; 92[93]; 95[96]; 97[98]; 98[99], y,
probablemente los salmos que expresan la victoria de Dios 28[29];
67[68]; 94[95] y 149. Poco a poco se fue proyectando el mesianismo a
todos los demás salmos por medio de una tipología espiritual. Los
salmos se fueron rezando en clara referencia a Cristo.
Rezar los salmos en referencia a Cristo, ya sea como destinatario de
la oración, ya sea viendo a Cristo en la persona del orante, se ha venido
denominando cristificación sálmica. Veamos su dinámica.
En los salmos suele haber un “yo” que se dirige a un “tú”. A veces el
salmista se exhorta a sí mismo (“Bendice, alma mía…”), o se dirige
poéticamente a las criaturas todas (“Bendecid al Señor…”), y en otros
casos en vez del “yo” tenemos la colectividad, “nosotros”. Pero lo más
típico es que haya un “yo” que se dirige a un “tú”: el orante que habla a
Dios. Cuando identificamos a Cristo con el “yo” del salmo entonces
cristificamos por abajo; en cambio, cuando identificamos a Cristo con el
“tú” del salmo, entonces cristificamos por arriba.
De esta manera, unas veces identificamos a Cristo con el salmista, y
otras veces lo identificamos con dios, como destinatario de la oración
eclesial. Lo que facilito este segundo modo de cristologización fue el
hecho que los cristianos tomaron la versión bíblica septuaginta como la
Biblia de la comunidad; en ella se emplea el término Kýrios (Dominus –
Señor), para traducir YHWH; al mismo tiempo que el título Señor ya era
aplicado a Cristo por la tradición apostólica.
En la cristificación por abajo, las palabras se convierten en las
palabras de Cristo a Dios, y en la cristificación por arriba, las palabras
del salmo se convierten en las palabras de la Iglesia a Cristo. Así lo
entiende la expresión patrística psalmus vox Christi!, psalmus vox
Ecclesiae! (El salmo es la voz de Cristo; el salmo es la voz de la Iglesia).
San Agustín, en sus Enarrationes in psalmos, fusiona estas dos
expresiones en una sola, resumiendo el salterio en su totalidad como
psalmus voz totius Christi, capitis et corporis (El salmo es la voz de cristo,
de su cabeza y de su cuerpo).
Siguiendo esta terminología podemos aun distinguir diversos matices
de cristologización de los salmos: Psalmus vox Christi ad Patrem,
psalmus vox Ecclesiae ad Patrem de Christo, psalmus vox Ecclesiae ad
Christum (El salmo es la voz de Cristo al Padre, el salmo es la voz de la
Iglesia al Padre sobre Cristo, el salmo es la voz de la Iglesia a Cristo).
Puesto que los salmos son oraciones dirigidas a Dios por un orante, y
como en la liturgia cristiana la oración se dirige al Padre por Cristo y en
Cristo, es sobre éste que se ha dirigido la atención de los padres siempre
que les ha sido posible; en los otros casos se ha visto a su cuerpo
místico, la Iglesia. De todos estos procedimientos, la cristificación por
abajo, es decir, el tema psalmus vox Christi ocupa el lugar principal en
la tradición patrística. Ello se explica a que, dado el carácter
eminentemente catequético de los escritos patrísticos, esta dimensión
tipológica de los salmos es la que más se presta para la catequesis. Los
salmos fueron, en un primer momento, interpretados como conteniendo
en ellos la voz de Cristo dirigiendo su oración al Padre. En un segundo
momento se consideró que era la Iglesia la que dirigía su voz al mismo
Cristo; y lo hizo con tal fuerza que los salmos como vox Ecclesiae,
llegaría a dominar la espiritualidad del salterio.

3. La cristificación de los salmos en la Liturgia

Hemos visto que la comprensión cristológica de los salmos arranca


del propio NT, y ha ido continuando a lo largo de la tradición eclesial.
Testimonios de esta comprensión cristológica de los salmos los tenemos
en los comentarios patrísticos a los salmos, en los sumarios y rúbricas
sálmicas de los antiguos salterios y las colecciones de oraciones
sálmicas de la antigua liturgia.
3.1. Los comentarios a los salmos

Los comentarios patrísticos a los salmos tienen su origen en los


sermones pronunciados en el curso de la liturgia comunitaria y su
objetivo era mover los corazones de quienes los escuchaban para que
vivieran lo que se expresa en ellos y sacar así fruto de la oración
litúrgica. Iban destinados a facilitar a los asistentes no solo la
comprensión del texto sálmico, sino también a prepararlos para la
comprensión del misterio de Cristo, y debían predisponer los corazones
para recibir la gracia que brota de él. Señalamos los principales
comentaristas de los salmos.

1. San Hilario de Poitiers (315-367), en el prólogo de sus tratados


sobre los salmos, que fueron pronunciados en forma de sermones
destinados a explicar el texto que acababa de cantarse en el curso de la
liturgia, expone sus principios de interpretación: los salmos nos hablan
de la venida de Cristo, de su encarnación, de su pasión, de su
glorificación, y, además, de nuestra resurrección en él. En su
explicación a cada salmo, Hilario busca comprender qué es lo que dice
el salmista y mostrar aquel a quien se dirige en su oración.

2. Los comentarios de san Ambrosio de Milán (334-397) no son otra


cosa que la redacción apenas modificada de los sermones pronunciados
en el curso de la liturgia, para explicar el texto que acaba de cantarse.
El mismo obispo de Milán lo expresa explícitamente en el prefacio,
donde ofrece también indicaciones precisas acerca de la interpretación
cristológica de los salmos, en unos términos que nos recuerda a los de
Hilario:
“En los salmos no solo vemos a Jesús nacer, le vemos también aceptando su
salvadora pasión corporal, descansando en el sepulcro, y resucitando y subiendo
a los cielos, y sentándose a la derecha del Padre” (PL XIV, 924).

Ambrosio refiere los salmos a Cristo, no solo en tanto en cuanto que


lo anuncian, sino en cuanto determinan las condiciones en las que el
Justo, y con él la comunidad cristiana, realizan en ellos el misterio de
Cristo.

3. San Jerónimo (347-420) también compuso comentarios y homilías


sobre los salmos, dirigidos a los monjes de la iglesia de Belén. Muy a
menudo indica al comienzo de cada comentario, en una fórmula breve,
qué sentido preciso cabe dar al salmo en la oración. Por ejemplo:
Salmo 3: “Este salmo puede ser propio de David y de Cristo y, por él, de todos
los santos”. Salmo 4: “Este salmo en su totalidad es propio del misterio de
Cristo”. Salmo 37[38]: “Todo el salmo habla desde la palabra de un penitente,
pero puede ser referido también a Cristo”.

En otros casos, Jerónimo escucha la voz de la Iglesia dirigiéndose a


Cristo en los salmos. Por ejemplo: Salmo 5: “La composición de este
salmo concierne a la Iglesia, que al final en la consumación del mundo
recibirá en herencia todas las naciones que creerán en Cristo”.
Alguna vez, Jerónimo admite dos interpretaciones, como es el caso
del Salmo 67[68]:
“Este salmo puede interpretarse de manera particular o bien de manera
general. De manera particular, habla del mismo Cristo, puesto que él resucita de
entre los muertos y dispersa a sus enemigos, es decir, al diablo y sus ejércitos, o
bien a los judíos. Se interpreta de manera general en relación a nosotros, cuando
nos encontramos en momentos de prueba o de angustia”.

4. San Agustín de Hipona (354-430) representa un estadio más


evolucionado de la interpretación cristiana de los salmos. Hasta
entonces, los comentarios se limitaban a explicarlos separadamente.
Agustín encuentra una vinculación entre todos los salmos, los interpreta
todos en función de una gran idea, dela que cada uno de ellos es una
expresión particular. En sus Enarrationes in psalmos, al tiempo que va
comentando los salmos cantados en la liturgia, Agustín traza una
historia espiritual de la humanidad bajo la imagen de dos ciudades:
Jerusalén y Babilonia. El fiel cristiano se encuentra en el exilio y debe
ejercitar su anhelo para alcanzar la verdadera patria. La ciudad de dios
o la casa de Dios, que se edifica en este mundo, pero que tendrá su
culminación cuando concluya nuestra cautividad en la Jerusalén
celeste.
Hay otras imágenes que se combinan con ésta, pero es siempre en el
mismo sentido, para unir de alguna manera todos estos poemas en una
sola idea: la del Cuerpo místico, del que es la cabeza, o la del esposo y
de la esposa. Agustín escucha, a lo largo de todo el salterio, su doble y
única voz: en este libro solo hablan, suplican y cantan Jesucristo y la
Iglesia.

5. San Próspero de Aquitania (390-455, discípulo de Agustín, en su


comentario, casi no hace sino reproducir, abreviándolo, a su maestro.
No duda en reproducir las indicaciones concernientes a la interpretación
cristiana, es más, las precisa y las pone en evidencia al principio de
cada una de sus explicaciones.
6. El comentario del monje africano Arnobio el Joven (†post 451) es
interesante, porque, siendo un adversario más o menos declarado de
Agustín, no deja de dar indicaciones análogas a las suyas en su
comentario, con todo se queda en un tono más general en cuanto se
refiere a la aplicación de Cristo mismo.

7. Casiodoro (485-580) resume también a san Agustín, pero de una


manera más sistemática y lógica que Próspero, con introducción,
división, exposición y conclusión en cada salmo; procurando equilibrar
el comentario de cada versículo. En su prefacio, Casiodoro nos explica
cómo de entenderse que los salmos nos puedan hablar de Cristo: en
tanto en cuanto nos hablan de su humanidad, o de su divinidad, o de
sus miembros en la Iglesia, de la cual es la cabeza.
Hay que reconocer que el gran esfuerzo de cristianización de los
salmos hecho por los Padres tuvo un gran valor y sus resultados han
sido duraderos. Gracias a ello, no sólo la piedad de los participantes en
el Oficio de aquellas comunidades pudo orientarse en sentido cristiano,
sino que la misma oración de la Iglesia se enriqueció profundamente por
el uso sistemático de los salmos, y la asimilación de su lenguaje orante.
De este modo se produjo en el ámbito popular la unión entre la
espiritualidad del AT y la confesión de la fe en Cristo.

3.2. Sumarios y rúbricas de los salterios manuscritos

Los sumarios y rúbricas son las anotaciones que precedían al texto


de los salmos en los manuscritos antiguos. En dichas anotaciones se
aporta la clave de lectura cristiana del salmo al que presenta. Estas
rúbricas se fueron componiendo a modo de breves sumarios extraídos
de los comentarios de los padres a los salmos. Señalaremos las
principales series de sumarios y de rúbricas conocidas que se
encuentran en la mayor parte de los antiguos manuscritos de los
salterios.

1. La primera serie se atribuye a Eusebio de Cesarea (275-339), y


contiene indicaciones para una interpretación cristiana de los salmos,
pero casi sin atribución al mismo Cristo, a no ser en relación a algunos
que hablan de él. He aquí, a título de ejemplo, las rúbricas a algunos
salmos entendidos como profecía de Cristo:
Salmo 2: “Profecía acerca de Cristo y la llamada a los gentiles”. Salmo 9: “La
muerte de Cristo, su resurrección y su entrada en el reposo, y la destrucción de
todos sus enemigos”. Salmo 11: “Acusación de los malvados y espera de la venida
de Cristo”. Salmo 17: “Acción de gracias del mismo David, y profecía de la venida
de Cristo y de su acogida”. Salmo 21: “Profecía de los sufrimientos de Cristo y la
llamada de los gentiles”.

Otros salmos son atribuidos a la Iglesia. Así, por ejemplo, el salmo 5.


“Oración en nombre de la Iglesia”. Otros salmos, en fin, son
interpretados simplemente en sentido literal:
Salmo 1: “Exhortación a la piedad y amenaza contra el impío”. Salmo 23:
“Profecía sobre la llamada de los gentiles y la perfección de los salvados”.

2. La segunda serie, que en algunos manuscritos se presenta con el


título de Argumenta in psalmos ex dictisorigenis, probablemente del siglo
V, es una aplicación continuada e íntegra de todo el salterio al mismo
Cristo. He aquí cómo comienza:
“El primer salmo muestra que Cristo es el árbol de la vida (Sl 2) que recibe de
su Padre todas las naciones en herencia (Sl 2) que, para nosotros duerme en el
suelo de lamuerte y resucita (Sl 4) que, después de su resurrección, es glorificado
por Dios Padre (Sl 5) que habita entre los santos y escucha a la Iglesia (Sl 6) que
es el vencedor de nuestros enemigos (Sl 7) que escruta todas las conciencias…”

El autor ha tomado de cada salmo una expresión o una idea que


considera puede atribuirse a Cristo y la pone en primer plano a modo de
título, llegando así, de forma continuada, hasta el salmo 150, donde
señala que “[Cristo] por una armonía espiritual debe ser alabado
conjuntamente por todos los santos”.

3. La tercera serie, que se halla en el llamado salterio de san Agustín


(British Museum, siglo VII), es más equilibrada. La preocupación de
cristianizar los salmos es constante, pero tiene en cuenta ante todo el
sentido literal de los mismos. Comienza así:
“El primer salmo se refiere a la persona de Cristo, porque él es el hombre
perfecto que jamás ha formado parte del consejo de los impíos. (Sl 2) Se refiere al
nacimiento de Cristo. (Sl 3) Se refiere a la pasión de nuestro Señor Jesucristo. (Sl
4) Se refiere al misterio del trigo, del vino y del aceite. (Sl 5) Se refiere a la Iglesia
que recibe la herencia del Nuevo Testamento. (Sl 6) Se refiere al hombre
penitente. (Sl 7) Se refiere a Cristo y a la sinagoga, porque Cristo se elevó hasta
los cielos, pero la sinagoga cayó en la fosa que había preparado para Cristo. (Sl 8)
Habla de la ascensión del salvador y de la alabanza de los niños que decían:
Hosanna in excelsis…

Hay un detalle sorprendente: las introducciones a los salmos 15 y


16, y del 24 al 103 se encuentran redactadas con la fórmula vox, por
ejemplo:
Salmo 43, “Voz de los mártires”. Salmo 44, “Voz del Padre a la Iglesia acerca del
Hijo de Dios”. Salmo 45, “Voz de los apóstoles”. Salmo 46 “Voz del Espíritu Santo
a las naciones”. Salmo 47, “Voz de los sacerdotes al pueblo, a cerca de Cristo y
de la Iglesia”. Salmo 48, “Voz del Espíritu Santo a las naciones acerca de Cristo”.
Salmo 49, “Voz del Espíritu Santo acerca del Padre y del Hijo”. Salmo 50, “Voz
del que practica la penitencia”…

4. La cuarta serie se halla testimoniada en diversos manuscritos del


siglo VI y VII, y en los sumarios de Beda el Venerable. Acentúa una
aplicación más clara a Cristo, sin llegar a atribuirle todos los salmos
como ocurre con la segunda serie. Se trata de una serie bastante
heterogénea, en la que un buen número de salmos se atribuyen a la
oración de Cristo, o de la Iglesia dirigiéndose a Cristo, pero en la que
también se hacen frecuentes referencias a profecías que atañen a Cristo,
a la Iglesia, o a las realidades cristianas. Por ejemplo:
Salmo 3, “Voz de Cristo en su pasión, dirigiéndose al Padre acerca de los
judíos”. Salmo 6, “Voz de Cristo dirigiéndose al Padre, para que la creación alabe
al creador; y también se dice que este salmo es propio del penitente”. Salmo 7,
“El profeta habla a Cristo de los judíos enemigos y del diablo”. Salmo 8, “La voz
de la Iglesia alaba a Cristo acerca de la fe de todos los creyentes”. Salmo 11,
“Cristo, ante los sufrimientos de sus santos, habla de los judíos al Padre”. Salmo
22, “Voz de la Iglesia después del bautismo”. Salmo 31, “Voz de los penitentes
después del bautismo”. Salmo 46, “Voz de los apóstoles después de la ascensión
de Cristo”. Salmo 47, “Figura de la Iglesia, Jerusalén futura”. Salmo 48, “En él se
dirigen reproches a los ricos que bajan a los infiernos después de su muerte”.
Salmo 49, “El profeta habla de la venida de Cristo y del juicio futuro; reproches a
los judíos”.

5. La quinta serie, hispana, se caracteriza por la ausencia casi total


de la vox Christi, mientras que casi todos los salmos se atribuyen a la
Iglesia. He aquí su comienzo:
Salmo 1, “Este salmo, por más que habla de todos los santos en general, habla
especialmente de José que sepultó el cuerpo del Señor”. Salmo 2, “Es la voz de
los apóstoles acerca de Pilatos, de Herodes y de la asamblea de los judíos, y
Cristo habla del poder que ha recibido del Padre”. Salmo 3, “La Iglesia hace una
interpretación en contra de los judíos, de los herejes y de los paganos, y Cristo
habla de su resurrección”. Salmo 4, “La Iglesia reprocha a los judíos y a otros
herejes su infidelidad, y los apóstoles hablan del Espíritu Santo”. Salmo 8, “Voz
de la Iglesia alabando a Cristo”. Salmo 12, “La voz de la Iglesia anhelando la
venida de Cristo”.

6. La sexta serie está compuesta a base de extractos de los


comentarios de Casiodoro. Es bastante difusa y extensa en sus rúbricas.
Veamos algunas más sintéticas:
Salmo 45, “Voz de los fieles que, en medio de la tribulación del mundo, nada
temen porque Dios es su protector”. Salmo 46, “Voz de la Iglesia alabando a Dios
y proclamando su ascensión”. Salmo 47, “Voz del profeta alabando a Dios por el
crecimiento de su Iglesia”. Salmo 48, “Voz de Cristo acerca de los méritos de los
justos y los castigos de los impíos, y advirtiendo que no teman a los ricos de este
mundo”. Salmo 49, “Voz de la sinagoga acerca de la primera y segunda venida de
Cristo. Advertencia para que los fieles ofrezcan a Cristo el sacrificio de alabanza”.
Salmo 50, “Voz del que practica la penitencia”.

Lo que sobresale de todas estas series de sumarios y rúbricas la


constancia en la interpretación cristiana de los salmos y, en su
conjunto, una acentuada sensibilidad para atribuir directamente los
salmos a Cristo o a su cuerpo la Iglesia; aunque sin excluir su
atribución también al Espíritu Santo, o al alma del justo, o a los herejes
personificados en los enemigos del salmista, y muy a menudo a Dios
mismo.

3.3. Las oraciones sálmicas

La oración sálmica es una oración vocal que se dirige a Dios después


del canto de un salmo, y cuyo pensamiento dominante, así como su
forma literaria, están tomados en buena parte del tema y de las
expresiones del mismo salmo.
Antiguamente, al recitar los salmos en común, después de cada
salmo se dejaba un rato de silencio para la oración personal, y este
silencio comunitario se concluía con una oración del presidente a
manera de colecta, que recogía la oración personal de los fieles, al
tiempo que partiendo de alguna de las afirmaciones expresadas en el
salmo apenas recitado ayudaba a interpretarlo cristianamente (cf. P.
Fernández, Historia de la Liturgia de las Horas [Biblioteca Litúrgica 16],
Barcelona: CPL 2002, 77-83).
Los estudiosos han podido establecer tres series de este tipo de
colectas que cubren la totalidad de los ciento cincuenta salmos (La serie
hispánica, con todo, no es completa). La primera serie se localiza
bastante claramente en África y data del siglo V, la segunda es
hispánica y más reciente, no más allá del siglo VII, y la tercera,
originaria del sur de Italia, es del siglo VI y podría estar vinculada a
Casiodoro. Estas tres series reciben el nombre de serie africana, serie
hispánica y serie romana (cf. J. Urdeix [ed.], Oraciones sálmicas. La serie
romana [Cuadernos Phase 178], Barcelona: CPL 2008).
Se ha hecho notar que la mayor parte de estas oraciones se dirigen a
Dios per Dominum y no a Cristo mismo, y que muy a menudo se
inspiran en el sentido literal del salmo. Incluso los salmos mesiánicos y
los del reinado de Yahvé no parece que hayan captado la atención de los
autores de estas oraciones como especialmente cristológicos.
Las oraciones se construyen no como una adaptación cristiana de la
idea general del salmo, sino que simplemente efectúa un desarrollo a
partir de alguna expresión o algún versículo del salmo –con frecuencia el
último o uno de los últimos–, en vistas al sentido de los misterios
cristiano. El procedimiento consiste a menudo en dar un nombre, un
epíteto cristiano, en encontrar un sinónimo, en añadir una explicación
que transforma el pensamiento del salmista. Se trata, en el fondo, del
mismo método que el empleado por los padres, sobre todo por Hilario y
Ambrosio.
La serie africana tiene un carácter teológico más acusado, y es
tributaria del pensamiento agustiniano: en el ámbito cristológico pone
su acento en la obra redentora histórica de Cristo y en sus grandes
etapas.
La serie hispánica, por el contrario, muestra una orientación que
tiende hacia la aplicación personal, moral o espiritual, de los misterios
de la redención.
La serie romana gusta de invocar a Cristo e invita a descubrir en los
salmos los sentimientos de su humanidad. A título de ejemplo, la
oración que acompaña al salmo 74(75) “Pastor de Israel”, reza así:
“Invocamos tu nombre, oh buen pastor, que bebiste hasta el final el
cáliz de tu pasión para redimir a las ovejas sometidas a muerte, y te
pedimos que, después de habernos establecido sobre las columnas de la
sabiduría, nos consolides con la santificación del Espíritu septiforme”.
Al salmo 109 (110) “Oráculo del Señor a mi Señor” le acompaña la
siguiente oración: “A ti, que fuiste engendrado antes de la aurora, que
existes desde antes del principio de la creación, te pedimos y te
suplicamos que así como, sentado a la derecha del Padre, sometiste a
tus enemigos bajo tus pies, de igual manera, destruido ya el poder del
pecado, nos concedas ser dignos de poderte servir”. Y al salmo 132 (133)
“Ved: qué dulzura” la oración reza: “Infunde en tu Iglesia, Señor, la
caridad de la verdadera fraternidad y de la paz; y haz que, llenos del
rocío de la unción espiritual, la gracia de tu bendición sea nuestro gozo”.
Las oraciones sálmicas se desarrollaron en el contexto de la
personalización y cristianización de los salmos. Después de la ejecución
del salmo y del consiguiente silencio que favorecía la interiorización
meditativa y orante del texto apenas proclamado, la colecta sálmica del
presidente cristianizaba el salmo, dirigiéndose a dios con palabras del
salmista, pero refiriéndolas a Cristo, a la Iglesia o a la vida cristiana de
los presentes.
4. La cristificación de los salmos en la actualidad

Así pues, la comprensión cristiana de los salmos es un hecho


histórico, una tradición eclesial constante que se consolidó, al menos en
la Iglesia occidental, en el curso de varios siglos. Este proceso se
desarrolló al tiempo en que se iba formando el Oficio divino.
Tanto los comentarios a los salmos como las oraciones sálmicas
nacieron en el contexto celebrativo de la liturgia comunitaria de las
catedrales y de los monasterios. Fruto de los comentarios son las
rúbricas que los sintetizan, y aunque no estaban destinadas apara ser
leídas en público, sin embargo aportaban a los monjes en su meditación
personal de los salmos y a su rezo en el coro la clave de la comprensión
cristiana de las antiguas oraciones de Israel.
Cabe destacar la gran libertad que presidió en aquella época la
cristianización de los salmos. No solamente no se da ningún tipo de
uniformidad en las fórmulas, sino que los procedimientos seguidos son
muy diversos, e incluso también lo son los principios de interpretación:
unas veces se sigue el sentido literal, otras la tipología, o también la
alegoría.
La interpretación cristiana retiene todo cuanto estos textos pueden
encerrar como figura e incluso como profecía de los misterios que se
revelan en Cristo y que tienen su prolongación en la Iglesia y en la vida
de los cristianos.
La Iglesia no dudó en utilizar los salmos como patrimonio propio, no
solo porque fueron usados por Jesús y por sus discípulos en la
composición de la tradición neotestamentaria, sino que incluso llegó a
considerar a los salmos como compuestos especialmente para ella, para
su oración; ya que solo en Cristo y en la Iglesia alcanzan su sentido más
pleno. Esto explica el abundante uso de los salmos en la liturgia y la
interpretación cristiana que de ellos dieron los autores del Nuevo
Testamento, los padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos
posteriores.
San Benito califica la Liturgia de las Horas como opus Dei (la obra de
Dios), a la que no hay que anteponer nada (Regla 43,3); y el celo por la
oración de Dios es uno de los indicativos para discernir la vocación del
candidato a la vida monástica (Regla 58,7). En su Regla en la línea de
San Agustín se deja intuir la oración de los salmos como una oración de
Cristo que ora en nosotros: él es la cabeza del cuerpo del que nosotros
formamos los miembros. La obra de Dios es sacramento de Cristo
orante, presente en la Iglesia; es memoria y Eucaristía de las maravillas
de Dios; es toma de conciencia de la comunión con Jesucristo y con tota
la comunidad de redimidos (cf. Regla de Sant Benet. Amb próleg i glosses
de l’abat Cassiá M. Just [Elo Gra de Blat 34], Barcelona 1981, 203-207).
En la actualidad, que disponemos de buenas ediciones litúrgicas del
salterio, constituye un reto el acostumbrar a nuestras comunidades a
continuar la lectura cristiana y, especialmente, cristológica de los
salmos. De hecho, la Ordenación General de la Liturgia de las Horas
(OGLH) continúa proponiendo la lectura cristiana de los salmos como el
uso primordial del salterio. Así, por ejemplo, afirma:
Quien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre
Propio como en nombre de todo el Cuerpo de Cristo, e incluso en nombre de la
persona de] mismo Cristo. Teniendo esto presente se desvanecen las dificultades
que surgen cuando alguien, al recitar el salmo advierte tal vez que los
sentimientos de su corazón difieren de los expresados en el mismo, así, por
ejemplo, si el que está triste y afligido se encuentra con un salmo de júbilo o, por
el contrario, sí sintiéndose alegre se encuentra con un salmo de lamentación.
Esto se evita fácilmente cuando se trata simplemente de la oración privada en la
que se da la posibilidad de elegir el salmo más adaptado al propio estado de
ánimo. Pero en el Oficio divino se recorre toda la cadena de los salmos, no a
título privado, sino en nombre de la Iglesia, incluso cuando alguien hubiere de
recitar las Horas individualmente. Pero quien recitare los salmos en nombre de la
Iglesia, siempre puede encontrar un motivo de alegría y tristeza, porque también
aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: "Alegrarse con los que se
alegran y llorar con los que lloran" (Rom 12, 1) y así la fragilidad humana,
indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden
el corazón y la voz del que recita el salmo (OGLH 108).
Quien recita los salmos en nombre de la Iglesia debe dirigir su atención al
sentido pleno de los salmos, en especial al sentido mesiánico que movió a la
Iglesia a servirse del Salterio. El sentido mesiánico se manifestó plenamente en el
Nuevo Testamento, y el mismo Cristo Señor lo puso de manifiesto al hablar a los
Apóstoles: "es necesario que se cumplan todas las cosas que fueron escritas de
Mí en la ley de Moisés, los profetas y los salmos" (Luc 24, 44). Es un ejemplo
conocidísimo el diálogo que nos refiere San Mateo acerca del Mesías, Hijo de
David y Señor suyo, en el que el salmo 109 es aplicado al Mesías. (OGLH 109a).

Dice la Ordenación General de la Liturgia de las Horas en el n. 110:


Tres cosas hay en la tradición latina que contribuyeron grandemente a la
inteligencia de los salmos o a su adaptación para la oración cristiana, a saber,
los títulos, las oraciones sálmicas y, sobre todo, las antífonas.

Con ello se recoge la rica tradición cristiana de comprensión


cristológica de los salmos, adaptándola, eso sí, a la actual situación de
la Liturgia de las Horas. Y añade:
En el Salterio de la Liturgia de las Horas, cada salmo va precedido de un título
que denota su sentido e importancia para la vida del creyente. Estos títulos se
proponen en el libro de la Liturgia de las Horas tan sólo para utilidad de los que
recitan los salmos. Para fomentar la oración a la luz de la revelación cristiana, se
añade una sentencia del Nuevo Testamento o de los Padres invitando a orar en
sentido cristológico (OGLH 111).
Las oraciones sálmicas que sirven de ayuda para su interpretación
específicamente cristiana, se proponen en el apéndice del libro de la Liturgia de
las Horas para cada uno de los salmos y pueden ser utilizadas libremente según
la norma de la antigua tradición: concluido el salmo y observando un momento
de Silencio, se concluye con una oración que sintetiza los sentimientos de los
participantes (OGLH 112).

Las antiguas rúbricas de los códices sálmicos medievales se han


transformado en la actual Liturgia de las Horas en los títulos y en las
sentencias que preceden al texto de cada salmo. Mientras que los títulos
–originariamente publicados en color rojo en la cabecera de cada salmo–
centran la atención del orante en el núcleo del sentido literal del salmo,
las sentencias del Nuevo Testamento o de los padres de la Iglesia –
ordinariamente escritas en letra negra pequeña, después del título y
antes del texto del salmo– aportan la lectura cristiana del salmo: el
sentido pleno que encuentra el salmo en Cristo, o en la Iglesia, o en la
vida de los cristianos.
Se afirma que se publicará un apéndice a la Liturgia de las Horas con
las oraciones sálmicas para uso individual y comunitario. Dicho
suplemento aún no ha sido publicado. En cuanto lo sea aportará un
precioso material para alimentar la oración de la comunidad y facilitará
la lectura cristiana de los salmos.
Las antífonas también han venido cumpliendo, y cumplen, el oficio
de ayudar a la oración cristiana de los diversos salmos a los que
acompañan:
Aunque la Liturgia de las Horas se celebre sin canto, todo salmo tiene su
antífona, que deberá recitarse incluso en privado. Las antífonas, en efecto,
ayudan a poner de manifiesto el género literario del salmo; lo transforman en
oración personal; iluminan mejor alguna frase digna de atención y que pudiera
pasar inadvertida; proporcionan a un determinado salmo cierta tonalidad
peculiar en determinadas circunstancias; más aún, siempre que se excluyan
arbitrarias acomodaciones, contribuyen en gran medida a poner de manifiesto la
interpretación topológica o festiva y pueden hacer agradable y variada la
recitación de los salmos.

El texto de la Ordenación clarifica que las antífonas corroboran el


papel de los títulos y de las sentencias que preceden a los salmos. Unas
veces las antífonas, al igual que los títulos, ayudan a centrar el sentido
literal del salmo en vistas a la oración personal y comunitarias; otras
veces, sobre todo las antífonas propias que acompañan a los salmos en
las fiestas y solemnidades del Señor y de los santos, suplen a las
sentencias del Nuevo Testamento y de los padres, al aportar
directamente la plenitud cristiana a las palabras del salmista. Por ello,
la tradición eclesial ha venido dando tanta importancia a las antífonas y
manda su uso, incluso en la recitación privada de la Liturgia de las
Horas, al menos antes de cada salmo.
No podemos concluir sin mencionar todavía un cuarto elemento de
cristificación de los salmos bíblicos, y es el contexto festivo de algunos
de los salmos del salterio:
Sobre todo en la salmodia de los días festivos, los salmos elegidos con cierto
criterio cristológico, para cuya ilustración se proponen generalmente antífonas
sacadas de los mismos salmos (OGLH 109c).

Las fiestas y solemnidades que celebran los misterios de Cristo a lo


largo del año cristiano, de acuerdo con una antiquísima tradición,
tienen asignados aquellos salmos en los que mejor se refleja de forma
tipológica el contenido mistérico de cada fiesta del Señor. Igualmente el
oficio para la dedicación de una Iglesia, así como los oficios de los
comunes de la Virgen María y de los santos tienen seleccionados para el
oficio de lectura, laudes y vísperas aquellos salmos y cánticos que la
tradición eclesial ha entendido como voz y figura de la Iglesia y de la
vida del cristiano. La misma selección de los salmos, aporta, pues, la
clave de lectura cristiana de los mismos.

***

Frente al extrañamiento que produce en nosotros la lectura literal de


los salmos, y a la tentación de substituir los salmos, al menos en la
oración privada, por otros textos más actuales, la tradición eclesial se
ha mantenido ligada siempre a estas oraciones bíblicas del antiguo
Israel. El motivo es claro y decisivo: además de haber sido usados por
Jesucristo y sus discípulos, fueron los primeros textos que ayudaron a
comprender y expresar el misterio pascual y sus consecuencias en
Jesucristo y sus discípulos.
Desde entonces, y de forma ininterrumpida, los salmos han sido la
oración de la Iglesia. En ellos ha descubierto a Cristo y ora al Padre, y se
ha visto a sí misma orando a Cristo en medio de la dificultad y alabando
su obra redentora. A lo largo de la historia los comentarios patrísticos a
los salmos, las rúbricas de los manuscritos del salterio y las series de
oración sálmicas conservadas, de forma unánime han visto y usado los
salmos como referidos a Cristo y a la Iglesia. Aún hoy, la Liturgia de las
Horas, fiel a la tradición, acompaña el texto de los salmos con antífonas,
títulos, sentencias y oraciones sálmicas, que facilitan la cristificación de
los salmos, y nos ayudan a ver en ellos reflejado el misterio de Cristo y
de su Iglesia y la misma vida de los cristianos.
Para nosotros, pues, el uso de los salmos solo puede tener sentido si,
fieles al ejemplo de los autores del Nuevo Testamento y los padres los
referimos a Cristo y a su cuerpo que es la Iglesia. La importancia que ha
cobrado, desde el siglo XIX a nuestros días, la interpretación literal del
salterio que ha visto los salmos como expresión de las grandes actitudes
orantes de la humanidad: la alabanza a la inmensidad de Dios, el
agradecimiento por la creación y la salvación de las enfermedades y
peligros, el sentimiento de culpabilidad y la petición de perdón, así como
la súplica confiada en las diversas necesidades… no debe hacernos
perder de vista el valor fundamental que el salterio tiene para los
cristianos y el uso que de él hacemos: su profundo sentido cristológico.
Y así, cuando ora la comunidad cristiana, es el cuerpo de Cristo
quien ora, en unión con el propio Cristo, la Cabeza; por ello nuestro
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en
nosotros y es invocado por nosotros. “Ora por nosotros como sacerdote
nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por
nosotros como Dios nuestro”. Reconozcamos pues, en él, nuestras
propias voces y reconozcamos también su voz en las nuestras (cf. OGLH
6 y 7; S. Agustín, Comentario sobre los salmos, 85,1: CCL 39, 1176).

El autor es sacerdote salesiano, licenciado en ciencias bíblicas y doctor


en teología bíblica, es profesor ordinario de Sagrada Escritura en el
Instituto Superior de Ciencias Religiosas Don Bosco de Barcelona e
imparte clases también en otros centros como la Facultad de Teología de
Catalunya y en su Instituto Superior de Liturgia de Barcelona.