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SEMINARIO DIOCESANO DE
MORELIA

TEOLOGÍA

PNEUMATOLOGÍA Y EL MAGISTERIO ACTUAL DE LA


IGLESIA CATÓLICA

Materia: Pneumatología

Profesor: Pbro. Jesús C. Chicano Magaña

Alumnos: Miguel Martínez Cruz

Morelia, Michoacán. Junio de 2013


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INTRODUCCIÓN

El Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el que H. U. von Balthasar, con inquietante frase,
llama “el Desconocido más allá de la Palabra”, es el Espíritu que anima y actualiza la
obra de la redención efectuada por Cristo con su misterio pascual. Retomando lo dicho por
H. U. von Balthasar, es la Persona que pareciera ser el Gran Desconocido. Sin embargo, el
hecho en sí mismo no elimina su actuar manifestado a través de la Historia de la Salvación
y que tendrá su plenitud en la consumación de los tiempos cuando Cristo será todo en todos
(Ef 1, 23).
El desconocimiento del Espíritu ha sido la situación que la Iglesia vivió durante
muchos siglos. Pero tal parece que hoy día, después del “renovado pentecostés” que
produjo el acontecimiento del Vaticano II, estamos entrando en una etapa carismática como
Iglesia. Y esto es necesario, sino el influjo misionero, la nueva Evangelización, la
renovación de la vida eclesial, no será significativa para el hombre contemporáneo que está
ávido de la verdad y busca, no sólo que se le hable de Jesucristo, sino que en cierto sentido,
se le haga ver (cfr. NMI 3).
El presente trabajo es la síntesis de los pronunciamientos más significativos que el
magisterio ha dado sobre el Espíritu Santo, desde el Papa León XIII hasta Benedicto XVI.
Como se podrá apreciar, es un recorrido cronológico teniendo como punto central el
Vaticano II y la encíclica del Papa Juan Pablo II, que a nuestro parecer, es el
pronunciamiento más explícito e íntegro sobre el Espíritu Santo, pues desde una
perspectiva bíblica abarca todos los aspectos más importantes sobre el Espíritu en la vida de
la Iglesia y en el mundo.
Con las presente exposición no decimos que ya se haya dicho todo sobre el Espíritu
Santo, pero sí que hay nuevos matices para reflexionar su actuar en la vida de cada uno de
los creyentes, en la vida de la Iglesia y en la vida del mundo porque como lo veremos más
adelante, “el envío del Espíritu Santo, es la nueva manera de la presencia de Dios en el
mundo y en la historia” (DEV 14), dividido por el pecado. El Padre de los Pobres, el dador
de todos los dones, es el único que puede transformar las conciencias y abrirnos a la gracia
de Cristo para vivir no según el mundo, sino con la plenitud que da la vida según el Espíritu
(Ga 5, 25).
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1. Orientaciones del magisterio antes del Vaticano II


A partir de la época moderna, surgen nuevos aires en la reflexión teológica de la
Iglesia. El Concilio Vaticano I habría marcado ya las directrices: “la razón ilustrada por la
fe, cuando diligente, pía y sobriamente busca, alcanza con la ayuda de Dios alguna
inteligencia, ciertamente fructuosísima, de los misterios, ya por la analogía de aquellas
cosas que conoce naturalmente, ya también por el enlace de los misterios entre sí con el
último fin del hombre; por más que la misma razón, como lo advierte el mismo santo
Concilio, nunca llega a ser capaz de penetrarlos a la manera de aquellas verdades, que
constituyen su propio objeto” (DS 3034).
En este contexto, el Papa León XIII, en su encíclica, (primera que habla sobre el
Espíritu Santo en la época moderna) exhorta a los fieles a tomar conciencia de la presencia
del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Para ello invita primero a conocerle:
“Seguramente harán esto muy bien (volverse al Espíritu Santo llenos de amor y devoción)
y perfectamente los hombres cristianos si cada día se empeñaren más en conocerle, amarle
y suplicarle; a ese fin tiende esta exhortación dirigida a los mismos, tal como surge
espontánea de nuestro paternal ánimo” (DIM 13).
La invitación a conocer al Espíritu Santo es clara: Él está en los apóstoles, obispos y
sacerdotes, en las almas, en los sacramentos, en cada uno de los fieles en virtud de la
inhabitación, en los siete dones y sus frutos… Sin embargo, al continuar leyendo la
encíclica nos encontramos con una gran carencia: la invitación se queda en un discurso
racional pues afirma: “Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece
enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo,
mas evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que presume
indagar los secretos todos de Dios” (DIM 13). Podemos observar que, respondiendo a su
época, marcadamente modernista, busca hablar del Espíritu con cierto tinte de apologética
que limita la verdadera riqueza de la pneumatología. Por otro lado, el esfuerzo por tomar el
tema del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, es realmente meritorio pues también invita
a no entristecer al Espíritu con una conducta impura sino más bien, santa (cfr. DIM 14),
también llama a todos los fieles a la plegaria, a invocarle como “padre de los pobres, dador
de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de
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refrigerio;” y se le suplica encarecidamente que “limpie, sane y riegue nuestras mentes y


nuestros corazones, y que conceda a todos los que en El confiamos el premio de la virtud,
el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura” (DIM 15). Nos queda claro
que son más los elementos positivos que se proponen, sin embargo, el Vaticano II abrirá
otras perspectivas más plenas.
Por otro lado, la Encíclica Mystici Corporis del Papa Pío XII en 1943, se refirió al
Espíritu Santo como principio vital de la Iglesia, en la cual actúa conjuntamente con Cristo,
Cabeza del Cuerpo Místico, así lo leemos en el número 34: “Cristo está en nosotros por su
Espíritu, el cual nos comunica, y por el que de tal suerte obra en nosotros, que todas las
cosas divinas, llevadas a cabo por el Espíritu Santo en las almas, se han de decir también
realizadas por Cristo. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo -dice el Apóstol-, no es de
El; pero si Cristo está en vosotros…, el espíritu vive en virtud de la justificación (Rom. 8,
9-10).
Esta misma comunicación del Espíritu de Cristo hace que, al derivarse a todos los
miembros de la Iglesia todos los dones, virtudes y carismas que con la máxima excelencia,
abundancia y eficacia encierra la Cabeza, y al perfeccionarse en ellos día por día según el
sitio que ocupan en el Cuerpo místico de Jesucristo, la Iglesia viene a ser como la plenitud
y el complemento del Redentor; y Cristo viene en cierto modo a completarse del todo en la
Iglesia. Con las cuales palabras hemos tocado la misma razón por la cual, según la ya
indicada doctrina de San Agustín, la Cabeza mística, que es Cristo, y la Iglesia, que en
esta tierra hace sus veces, como un segundo Cristo, constituyen un solo hombre nuevo, en
el que se juntan cielo y tierra para perpetuar la obra salvífica de la Cruz; este hombre
nuevo es Cristo, Cabeza y Cuerpo, el Cristo íntegro (MCC 34).
Esta doctrina pasará al Vaticano II especialmente en la constitución sobre la Iglesia,
la Lumen Gentium. Aquí vemos atisbos del gran salto dado por el Concilio Ecuménico. Así
mismo nos damos cuenta que en el magisterio de Pío XII, la pneumatología no ocupa
mucho lugar dentro de sus vastas enseñanzas eclesiológicas.
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2. Vaticano II
El Vaticano II, el Concilio del siglo XX, ha sido todo un acontecimiento que hoy día
no hemos podido explotar al cien por ciento. En cuanto la pneumatología, se nos harán
grandes aportaciones, sobre todo desde su perspectiva, marcadamente eclesiológica. De
esta manera podemos enumerar las siguientes líneas más sobresalientes:

a) Una cristología más bíblica del cual se deriva una pneumatología con un matiz diferente:
El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús (LG 8), consuma su obra, construye el cuerpo de
Cristo y es origen de la vida de la Iglesia (CD 11,1; LG 21), garantizando la fidelidad a la
tradición y la verdad de su doctrina (LG 25; 43; DV 8,9 y 10).
Pero la obra del Espíritu es mayor que eso, la Gaudium et Spes en su número 44
dice: “Es propio de todo el pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los
teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples
voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad
revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más
adecuada”. Así pues, el Espíritu Santo anima y vivifica a la Iglesia para el acrecentamiento
de su cuerpo (LG 8); el Espíritu no es una fuerza impersonal, es Señor aunque sea el
Espíritu de Cristo y nos santifica en la Iglesia, igual como en la unción de Cristo por el
Espíritu (LG 7).

b) Diversos textos del Vaticano II toman de base lo trinitario de la economía, de la creación,


de la gracia y convergen en la pneumatología: Al participar la vida misma de la Trinidad, la
Iglesia viene a ser “como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo” (LG 4), con la misión de reunir a todos los hombres “en el Pueblo de
Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo” (LG 17).
La Iglesia está llamada a trascender el espacio y el tiempo: tiene un destino
escatológico: “Nacida del amor del Padre eterno, fundada en el tiempo por Cristo
Redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de
salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente” (GS 40).
Por tanto, en razón de su destino escatológico, la Iglesia se constituye como
“comunidad cristiana, integrada por hombres que, reunidos en Cristo son guiados por el
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Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre” (GS 1). Y, alentada por el
Espíritu, se reúne en torno a Cristo, presente en la liturgia, para celebrar en esperanza su
entrada definitiva “en la casa del Padre” (cfr. SC 1-12; 47-48).

c) En la eclesiología pneumatológica del Vaticano II se recuperan la conciencia de los


carismas: “Es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn
4,14; 7,38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que
resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rm 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y
en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da
testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). Guía la Iglesia a toda
la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con
diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1
Co 12,4; Ga 5,22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva
incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y
la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22,17)” (LG 4).
Y más abajo continúa: “Uno solo es el Espíritu, que distribuye sus variados dones
para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios (1 Co 12,1-11).
Entre estos dones resalta la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu
subordina incluso los carismáticos (cf. 1 Co 14). El mismo produce y urge la caridad entre
los fieles, unificando el cuerpo por sí y con su virtud y con la conexión interna de los
miembros. Por consiguiente, si un miembro sufre en algo, con él sufren todos los demás; o
si un miembro es honrado, gozan conjuntamente los demás miembros (cf.1 Co 12,26)” (LG
7).
Y en el decreto que habla sobre la actividad misionera de la Iglesia se dice: “Mas el
mismo Señor Jesús, antes de entregar libremente su vida por el mundo, ordenó de tal
suerte el ministerio apostólico y prometió el Espíritu Santo que había de enviar, que ambos
quedaron asociados en la realización de la obra de la salud en todas partes y para
siempre. El Espíritu Santo "unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos
dones jerárquicos y carismáticos", a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las
instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles
el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo. Alguna vez
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también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, lo mismo que la acompaña y


dirige incesantemente de varios modos” (AG 4) porque en la Iglesia hay medios instituidos
y dones para el bien de los hombres y la edificación eclesial, en la libertad del Espíritu
Santo que “sopla donde quiere” (Jn 3,8). Por eso existe comunión con los otros cristianos
(cfr. AA 3).

d) El Espíritu Santo hace a la Iglesia, es su cofundador y también es acontecimiento; las


estructuras sociales le sirven: “Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como
una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos
de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la
unidad católica” (LG 8). El Espíritu Santo actualiza el evangelio y la comprensión de la
palabra de Dios (DV 8, 23). Suscita la vida religiosa y las vocaciones (LG 44 y 45). En el
apostolado y la misión se anticipa a la acción de la jerarquía eclesiástica (AG 29), y se le
atribuye la constante renovación necesaria para poder ser fieles al Señor (LG 9). En el
ecumenismo se reconocen sus impulsos, actúa también en los otros cristianos y busca
mantener la unidad de todos; porque el movimiento ecuménico viene del pneuma de Dios:
“Este Sagrado Concilio desea ardientemente que los proyectos de los fieles católicos
progresen en unión con los proyectos de los hermanos separados, sin que se pongan
obstáculos a los caminos de la Providencia y sin prejuicios contra los impulsos que puedan
venir del Espíritu Santo. Además, se declara conocedor de que este santo propósito de
reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las
fuerzas y la capacidad humana. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo
por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu Santo. "Y
la esperanza no quedará fallida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros
corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (cfr. Rom., 5,5)”. (UR
24)

e) El Espíritu Santo mantiene la comunión de la totalidad de la Iglesia. Y en Lumen


Gentium 13 cada parte católica presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia:
“Envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y
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para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina
de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2,42
gr.).
Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues
de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial.
Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo, y así,
«quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos». Y como el reino de
Cristo no es de este mundo (cfr. Jn 18,36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo
este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y
asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y
costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno”; el todo eclesial se enriquece por la
comunicación mutua y llegan a la plenitud en la unidad. La universalidad de los fieles, con
la unción del Santo no pueden fallar en sus creencias (LG 12); porque el Espíritu guía el
tiempo histórico, renueva la faz de la tierra y está presente en su constante evolución (GS
26) y mueve el corazón de los hombres a Dios (GS 41).

3. Dominum et vivificantem del Papa Juan Pablo II


La pneumatología del Vaticano II (DEV 25) fue desarrollada de manera magistral
por la encíclica del Papa Juan Pablo II titulada “Dominum et Vivificantem” (El Espíritu
Santo en la vida de la Iglesia y del mundo) en el año 1986. La encíclica, por un lado, es un
desarrollo amplio de la misión del Espíritu y, por otro, no está tan centrada en la
eclesiología, más bien tiene un corte transversal sobre el Espíritu Santo. ¿A qué nos
referimos con esto? A una pneumatología más bíblica y por ello rica en contenido de
temas:
a) El envío del Espíritu Santo, el “otro Paráclito” (DEV 3) constituye la “Nueva
Creación”, una manera nueva de la presencia de Dios en el mundo y en la historia
(cfr. DEV 14).
b) La segunda parte de la encíclica se ocupa del difícil texto de Jn 16,7-8, que habla de
que el Espíritu convence al mundo en lo relativo al pecado: se trata de la acción del
Espíritu Santo en la conciencia humana y de la certeza de la redención. El Espíritu
Santo nos convence del pecado y de su muerte, es decir, el “convencer en lo
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referente al pecado” (Jn 16,7), llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión
de los pecados, por la misma virtud del Espíritu Santo (cfr. DEV 31).
c) En el ámbito moral, el Espíritu Santo es el “inspirador” que nos hace conocer o
discernir entre el bien y el mal, o sea es la “voz de nuestra conciencia” (cfr. DEV
43) para “vivir según el Espíritu” (cfr. DEV 58).
d) Enfatiza que sólo bajo el influjo del Espíritu Santo se realiza la conversión del
corazón humano, que es condición indispensable para el perdón de los pecados (cfr.
DEV 42).
e) En cuanto la universalidad de la salvación, el Papa Juan Pablo II nos dice que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios
conocida, se asocien al misterio pascual de Cristo, todos los hombres, sean católicos
o no católicos (cfr. DEV 53).
f) Respecto de los sacramentos, el papa observa que “en cierto modo la gracia de
Pentecostés se perpetúa en la Iglesia” a través de los sacramentos del orden y de la
confirmación y en general, el Espíritu Santo hace presente a Cristo por los
sacramentos en la vida de la Iglesia (cfr. DEV 61; 63).
g) En cuanto la eclesiología, el Papa Beato afirma que “la enseñanza del Vaticano II
es "pneumatológica", o sea, está impregnada por la verdad de que el Espíritu Santo
es el alma de la Iglesia (cfr. DEV 26)
h) Otros aspectos que se resaltan son “el Espíritu como vinculo de unidad” (DEV 30;
62, 64), la primacía de la vida interior, de la oración pues “nuestra difícil época
tiene especial necesidad de la oración” (DEV 65), de la renovación de la vida
espiritual (cfr. DEV 65) y sobre todo, da varias luces sobre cómo el “Espíritu Santo
es Espíritu Vivificador” en contraposición con la cultura de la muerte que
comenzaba a gestarse desde los años 80’s (cfr. DEV 58). Así, el Espíritu Santo es su
fundamento de la esperanza escatológica de la Iglesia (cfr. DEV 64).

4. Catecismo de la Iglesia Católica


El Catecismo de la Iglesia Católica, proclamado el 11 de octubre de 1992 por el
papa Juan Pablo II, es una maravillosa síntesis de lo que la Iglesia ha creído por más de dos
milenios. Contiene una riqueza de citas bíblicas, de los santos padres y de autores
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eclesiásticos desde la perspectiva del Vaticano II que pone en relación la doctrina


tradicional de la Iglesia con la inserción de ésta en el mundo moderno.
Respecto al Espíritu Santo, el catecismo nos dirá esencialmente tres cosas: Quién
es, su misión y sus manifestaciones. Con estos puntos nos quedará claro que al Espíritu se
le conoce más por sus obras y la experiencia que por disertaciones que no pocas veces se
quedan cortas para expresar su grandeza.
Respecto de su identidad, el CEC, retomando el tercer artículo del Credo Niceno-
constantinopolitano: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de Vida”, afirma que Él la
Tercera Persona de la Trinidad quien ya revoloteaba sobre las aguas en la Creación (cfr.
Gn 1, 2), de modo que Él es dador de Vida, es el Espíritu Creador, la fuente de todo bien
(CEC 243. 291). También le llamamos al Espíritu Santo “Señor y dador de vida”, porque
puede crear de la nada, puede dar la vida del alma a los pecadores creando en ellos un
corazón puro (cfr. Sal 51, 12), y la vida del cuerpo a los difuntos mediante la Resurrección.
El "da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean" (Rm. 4, 17). Y
puesto que, por su Palabra, pudo hacer resplandecer la luz en las tinieblas (cfr. Gn. 1, 3),
puede también dar la luz de la fe a los que lo ignoran (cfr. 2 Co 4,6). (CEC 298).

En cuanto la misión del Espíritu podemos decir tres cosas, además de ser “Señor y
dador de Vida”: Primeramente: es quien ha hablado por las Escrituras, esto quiere decir que
El Espíritu Santo ha estado presente en toda la historia de la salvación y ha inspirado a
todos aquellos hombres que dan a conocer el plan salvífico y hablan en nombre de Dios. A
estos hombres el Credo los llama “Profetas” por los cuales el Espíritu ha hablado para
llevar al creyente a la revelación plena del misterio de Cristo (cfr. Compendio 140).
Segundo: respecto de Cristo, tienen una misión conjunta atestiguada en el Nuevo
Testamento: Nos dice el Catecismo de la Iglesia en el número 690 que Jesús es el Cristo,
"el ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación
mana de esta plenitud (cfr. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede
a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su
Gloria (cfr. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (cfr. Jn 16, 14). La misión
conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el
Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir
en Él.
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Es también importante señalar como tercer punto, la misión “ad Extra” del Espíritu
Santo que consiste en edificar, animar y santificar a la Iglesia; como Espíritu de Amor,
devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir
en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de
Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del
Espíritu” (Ga 5, 22) (Compendio 145), " que es caridad, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza" (Ga 5, 22-23). (CEC736).
Otro aporte, muy novedoso, del Catecismo es la riqueza de simbolismos que el
Espíritu Santo ha tomado para manifestarnos su actuar. Dichos símbolos están
estrechamente ligados con la fuerza, la vida, la energía, la potencia, etc. Quizá porque así
logramos comprender a modo humano, con más claridad cómo es este Espíritu: El agua, la
unción, el fuego, la nube y la luz, el sello que es un símbolo cercano al de la unción, la
mano, el dedo y la paloma.

5. Magisterio del Papa Benedicto XVI


Nuestro Papa emérito en su magisterio, no escribió ninguna encíclica o algún
pronunciamiento específico que nos hablase del Espíritu Santo. Sin embargo, en las
homilías, sobre todo de Pentecostés nos dio las siguientes luces.
Identifica al Espíritu Santo con dos elementos que surgen de la Escritura: el Fuego y
el Soplo ¿Qué significa esto? Lo primero es que el fuego (en este caso “lenguas de
fuego”), se relaciona con la unidad y multiplicidad que se da en la Iglesia: “En el
acontecimiento de Pentecostés resulta evidente que a la Iglesia pertenecen múltiples
lenguas y culturas diversas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse recíprocamente.
San Lucas quiere transmitir claramente una idea fundamental: en el acto mismo de su
nacimiento la Iglesia ya es “católica”, universal. Habla desde el principio todas las
lenguas, porque el Evangelio que se les ha confiado está destinado a todos los pueblos,
según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado (cfr. Mt 28, 19). La Iglesia que nace
en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular –la Iglesia de Jerusalén-, sino
la Iglesia Universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego
otras comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son todas y
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siempre actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo” (Homilía de Pentecostés, 11 de


mayo de 2008).
Retomando la misma idea, en la homilía del 23 de mayo de 2010, afirma: “Desde el
principio, desde el día de Pentecostés, la Iglesia habla todas las lenguas. La Iglesia
universal precede a las Iglesias particulares, y estas deben conformarse siempre a ella,
según un criterio de unidad y de universalidad. La Iglesia nunca llega a ser prisionera de
fronteras políticas, raciales y culturales; no se puede confundir con los Estados ni tampoco
con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a cruzar todas
las fronteras humanas”. Como podemos ver, las aportaciones que hacen son
mayoritariamente eclesiológicas pues, al igual que el Papa Juan Pablo II, sabía que “toda la
Iglesia es un único gran movimiento animado por el Espíritu Santo, un río que atraviesa la
historia para regarla con la gracia de Dios y hacerla fecunda en vida, bondad, belleza,
justicia y paz” (Regina Caeli, 4 de junio de 2006).
El Espíritu Santo como fuego “es una llama que arde, pero no destruye; más aún,
ardiendo hace emerger la mejor parte del hombre, su parte más verdadera, como una
fusión hace emerger su forma interior, su vocación a la verdad y al amor” (Homilía de
Pentecostés, 23 de mayo de 2010).
El Espíritu es también comparado con el soplo. Recordemos el evangelio de san
Juan que nos narra cuando Jesús el Señor, sopla sobre sus discípulos (Jn 20, 23), y así les da
el Espíritu Santo, su Espíritu. El soplo de Jesús es el Espíritu Santo: “Aquí reconocemos,
ante todo, una alusión al relato de la creación del hombre en el Génesis, donde se dice: "El
Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida"
(Gn 2, 7). El hombre es esta criatura misteriosa, que proviene totalmente de la tierra, pero
en la que se insufló el soplo de Dios. Jesús sopla sobre los Apóstoles y les da de modo
nuevo, más grande, el soplo de Dios. En los hombres, a pesar de todos sus límites, hay
ahora algo absolutamente nuevo, el soplo de Dios. La vida de Dios habita en nosotros. El
soplo de su amor, de su verdad y de su bondad.
Así, también podemos ver aquí una alusión al bautismo y a la confirmación, a esta
nueva pertenencia a Dios, que el Señor nos da. El texto del evangelio nos invita a vivir
siempre en el espacio del soplo de Jesucristo, a recibir la vida de él, de modo que él inspire
en nosotros la vida auténtica, la vida que ya ninguna muerte puede arrebatar.
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Al soplo, al don del Espíritu Santo, el Señor une el poder de perdonar. Hemos
escuchado antes que el Espíritu Santo une, derriba las fronteras, conduce a unos hacia los
otros. La fuerza, que abre y permite superar Babel, es la fuerza del perdón. Jesús puede
dar el perdón y el poder de perdonar, porque él mismo sufrió las consecuencias de la culpa
y las disolvió en las llamas de su amor. El perdón viene de la cruz; él transforma el mundo
con el amor que se entrega. Su corazón abierto en la cruz es la puerta a través de la cual
entra en el mundo la gracia del perdón. Y sólo esta gracia puede transformar el mundo y
construir la paz. (Homilía de Pentecostés, 15 de mayo de 2005).
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CONCLUSIÓN

Es muy significativo que después del Vaticano II, el lenguaje teológico retoma la parte
bíblica como esencial. La reflexión sobre el Espíritu Santo que se ha seguido parte de los
textos neotestamentarios de los Evangelios y del Evangelio del Espíritu Santo (Libro de
Hechos). Esta vuelta a las “fuentes de la Escritura” nos ha hecho vislumbrar de un modo
amplio todo lo que el Espíritu hace en la Iglesia, pues por medio de Él, se constituye la
Iglesia, se viven los carismas, los dones y lo más importante de todo, se actualizan las
gracias de la salvación de Cristo, el enviado del Padre. De este modo, en el Vaticano II,
viene a ser un Concilio del Espíritu.
No menos significativa es la encíclica del Beato Juan Pablo II que desarrolla una
pneumatología muy vasta. Su reflexión es de corte transversal pues habla del Espíritu santo
y su relación con Cristo, la Iglesia, la moral, la misión, la espiritualidad, la escatología,
entre otros temas. De esta manera tomamos conciencia de que el papel del Espíritu es
protagónico, no sólo en la Iglesia sino en todo el mundo, pues Dios Padre lo ha enviado
junto con su Hijo como “Don” que renueva y anima el cosmos (cfr. DEV 24).
Otro documento de suma importancia es el Catecismo de la Iglesia Católica que
muestra de modo concreto la identidad, las manifestaciones y la actuación del Espíritu
Santo en la vida y misión de la Iglesia. Su reflexión parte siempre de la Revelación hecha
desde el Antiguo Testamento y llevada a su plenitud con la encarnación y Pascua de Cristo,
la cual inaugura los últimos tiempos (cfr. Hb 1, 2). Recupera los simbolismos con los que la
Tradición ha relacionado al Espíritu y lo más importante, nos muestra los “lugares
teológicos” en donde podemos captar la presencia del Paráclito. Así pues, llegamos a la
conclusión de que el conocimiento del Espíritu Santo procede ante todo de la experiencia
de los fieles que están en comunión y reciben la vida de gracia y los sacramentos de Él. Se
trata pues de una especie de conocimiento vital, distinto del conocimiento racional al que
estamos tan acostumbrados.
Las otras aportaciones que se han hecho, por ejemplo las del Papa Benedicto XVI,
vienen a reafirmar lo que ya se ha dicho, no por eso son menos importantes, pero son
muestra clara que todavía hay mucho que reflexionar sobre el Espíritu Santo, sobre todo
relacionarlo aún más con todos los ámbitos de la vida del creyente.
SIGLAS
15

NMI= NOVO MILLENNIO INEUNTE, Carta apostólica del sumo Pontífice Juan Pablo II
DEV= DOMINUM ET VIVIFICANTEM, Carta encíclica del sumo Pontífice Juan Pablo II
DIM= DIVINUM ILLUD MUNUS, Carta encíclica del sumo Pontífice León XIII
MCC= MYSTICI CORPORIS CHRISTI, Carta encíclica del sumo Pontífice Pío XII
LG= LUMEN GENTIUM, Constitución Dogmática Sobre la Iglesia.
DV= DEI VERBUM, Constitución Dogmática Sobre la Divina Revelación
GS= GAUDIUM ET SPES, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
SC= SACROSANCTUM CONCILIUM, Constitución Sobre La Sagrada Liturgia
CD= CHRISTUS DOMINUS, Decreto sobre el ministerio pastoral de los Obispos
AD= AD GENTES, Decreto Sobre La Actividad Misionera De La Iglesia
UR= UNITATIS REDINTEGRATIO, Decreto sobre el Ecumenismo
CEC= CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
DS= EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA, Heinrich Denzinger-Peter Hünermann.

ÍNDICE
16

INTRODUCCIÓN................................................................................................................2

1. Orientaciones del magisterio antes del Vaticano II............................................................3

2. Vaticano II..........................................................................................................................5

3. Dominum et vivificantem del Papa Juan Pablo II...............................................................8

4. Catecismo de la Iglesia Católica........................................................................................9

5. Magisterio del Papa Benedicto XVI.................................................................................11

CONCLUSIÓN....................................................................................................................14

SIGLAS................................................................................................................................16

ÍNDICE................................................................................................................................16