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Historia de centro américa

La historia de Centroamérica reúne los eventos ocurridos en el subcontinente desde los primeros asentamientos
humanos en el subcontinente.
En la época precolombina, las culturas centroamericanas vivían en constantes guerras expansivas, sabotaje y
competencia mutua. La mayoría del territorio de Centroamérica era parte de la civilización de origen mesoamericana,
cuyas sociedades nativas ocuparon la tierra entre el centro de México en el norte, hasta el noroeste de Costa Rica en el
sur y sometían a tributo y explotación a las confederaciones indígenas y tribus de sus confines; mientras la civilización de
origen chibchaocupaba la tierra en el este de El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica en el norte, hasta Panamá en
el sur. Las culturas precolombinas de toda la región comerciaron y guerrearon entre sí, y con Sudamérica, creando
incipientes plazas comerciales, en esta llamada zona de transición entre dos áreas culturales continentales del norte y el
sur.
El registro arqueológico no permite deducir el origen de muchos de los pueblos precolombinos que poblaron
Centroamérica. En gran medida, la mayor parte de las culturas documentadas a la llegada de los europeos parecen
haberse formando autóctonamente en Centroamérica aunque algunos pueblos de Centroamérica parecen haber
migrado desde el norte, en Mesoamérica en tiempos relativamente reciente. La evidencia lingüística muestra que
los pipiles (utoazteca) y los chorotegas (otomangue) hablaban lenguas claramente relacionadas con lenguas del norte y,
por tanto, su origen debe situarse en Mesamérica. Otros pueblos importantes de Centroamérica como los lencas,
los kunas, los payas, los nasos o los bribris parecen tener su origen étnico en la propia Centroamérica. El estudio de
las familias lingüísticas puede ayudar a comprender las relaciones de etnogénesis de los antiguos pueblos de
Centroamérica. Las principales familias lingüísticas precolombinas de Centroamérica son la mayense (que también tiene
presencia fuera de Centroamérica), la xinca, la lenmichí (lenca, misumalpa y chibchense).
Desde el siglo XVI hasta principios del siglo XIX, Centroamérica estuvo incorporada en la Capitanía General de
Guatemala, algunas veces conocido como Reino de Guatemala, cuya integración y división interna varió repetidamente.
Oficialmente, la Capitanía era parte del Virreinato de Nueva España, y por lo tanto, bajo el control del virrey español
en Ciudad de México. Sin embargo, este no fue administrado por el virrey sino por un Capitán General independiente, el
cual primero tenía sus instalaciones en Antigua Guatemala y después en Ciudad de Guatemala.
Durante este período la región experimentó grandes cambios demográficos, sociales, económicos y lingüísticos.
Aparecieron ciudades importantes fundadas por los europeos y llegaron importantes contingentes de origen europeo
(colonizadores), así como contingentes africanos (esclavizados) que se sumaron a las poblaciones autóctonas. El español
se convirtió en la lengua principal de la región.
El registro arqueológico no permite deducir el origen de muchos de los pueblos precolombinos que poblaron
Centroamérica. En gran medida, la mayor parte de las culturas documentadas a la llegada de los europeos parecen
haberse formando autóctonamente en Centroamérica aunque algunos pueblos de Centroamérica parecen haber
migrado desde el norte, en Mesoamérica en tiempos relativamente reciente. La evidencia lingüística muestra que los
pipiles (utoazteca) y los chorotegas (otomangue) hablaban lenguas claramente relacionadas con lenguas del norte y, por
tanto, su origen debe situarse en Mesamérica. Otros pueblos importantes de Centroamérica como los lencas, los kunas,
los payas, los nasos o los bribris parecen tener su origen étnico en la propia Centroamérica. El estudio de las familias
lingüísticas puede ayudar a comprender las relaciones de etnogénesis de los antiguos pueblos de Centroamérica. Las
principales familias lingüísticas precolombinas de Centroamérica son la mayense (que también tiene presencia fuera de
Centroamérica), la xinca, la lenmichí (lenca, misumalpa y chibchense).
Debido a que los conservadores no querían ceder los privilegios a los que estaban acostumbrados desde la época
colonial, muy pronto estallaron una serie de disensiones y guerras civiles, que culminaron con el derrocamiento en 1829
del gobierno constitucional cuyo Presidente titular era el salvadoreño Manuel José Arce y Fagoaga, elegido en 1825, y
que ejercía desde 1828 el Vicepresidente Mariano Beltranena y Llano, guatemalteco. Ese año también fue derrocado el
gobierno conservador de Guatemala dirigido por Mariano de Aycinena y Piñol por una invasión dirigida por el general
hondureño Francisco Morazán quien confiscó todos los bienes a los miembros del Clan Aycinena, y los expulsó del
territorio centroamericano junto con los miembros del clero regular.4 Interinamente se hizo cargo del gobierno el liberal
guatemalteco José Francisco Barrundia y Cepeda y en 1830 fue elegido como Presidente el general hondureño Francisco
Morazán, quien posteriormente fue elegido otra vez para el período 1835-1839. Morazán empezó a hacer negocios con
los ingleses que tenían un puesto comercial en Belice y lo mismo hizo el gobernador del Estado de Guatemala, Mariano
Gálvez lo que junto con el intento de aplicar leyes novedosas en el país -como el divorcio y el uso de jurados- causó
resentimiento entre los pobladores guatemaltecos, quienes mirabana los ingleses y a los liberales como herejes.5
Antes de la pacificación española
En el año 1573 el rey de España Felipe II aprobó un paquete de leyes conocidas como las Ordenanzas de
descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias que cambiaron la forma en que se debía seguir
conquistando y poblando las nuevas tierras de las Indias. Antes se permitía la conquista violenta, ahora ya no podía
hacerse así, tenía que ser pacífica y bajo el control de religiosos que contuvieran los impulsos de los conquistadores.
Algo que moralmente es magnífico pero dificultó mucho más la ya ardua tarea de conquistar y consolidar nuevos
territorios.
Bajo estas nuevas premisas y leyes la corona española continuó en su proceso de expansión por las tierras
norteamericanas organizando nuevas expediciones.
En 1581 el virrey de Nueva España autorizó al fraile franciscano Agustín Rodríguez y al capitán Francisco Sánchez a
colonizar en Nuevo México. Para ello organizaron una expedición de 8 jinetes armados, un centener de vaqueros indios,
sí, vaqueros indios, 600 cabezas de ganado y 90 caballos. Tomaron dirección noreste hasta el río Grande y tras visitar
varias tribus indias en las que fueron bien recibidos fundaron el Reino de San Felipe a la altura de El Paso actual y
establecieron una base desde la que realizaron varias expediciones pequeñas por la zona de Taos y Tiguex accediendo a
las grandes llanuras centrales. A comienzos de 1582 el capitán Francisco Sánchez y sus hombres pensaron que ya era
conveniente regresar a Nueva España para informar al virrey de lo acontecido en esa expedición pero los franciscanos
no quisieron volver y se quedaron fundando una pequeña misión en Puaray, cerca de Bernalillo. Intentaron convencerles
de lo peligroso de esa decisión pero no hicieron caso y finalmente se quedaron allí. Con esta expedición se demostró
que no era necesario organizar grandes misiones conquistadoras y pobladoras sino que unos pocos hombres con
provisiones podían explorar y conquistar para España grandes terrenos solo llevándose bien con los nativos sin
necesidad de recurrir a la violencia.
Pasado el tiempo en Nueva España no se recibieron noticias de los dos religiosos que se quedaron en Nuevo México lo
que comenzó a preocupar mucho. Un padre franciscano, Bernardino Beltrán, presionó para organizar una expedición
para saber de su suerte y si era necesario ayudarles con lo que fuera necesario. Por allí se presentó el cordobés Antonio
de Espejo que tras conocer el resultado de la expedición de Francisco Sánchez se animó a intentarlo él y aprovechó la
excusa de los dos padres franciscanos para organizarla.
Partieron el 10 de noviembre de 1582 y siguieron la ruta de la expedición anterior y al llegar a Río Grande, Espejo lo
rebautizó como Río del Norte y al territorio circundante Nueva Andalucía. Recorrieron territorios de los
indios manso, suma y pueblo en donde se enteraron del triste final de los dos padres franciscanos. ¿Qué harían ahora?
Para el padre Bernardino Beltrán ya no había motivo para seguir adelante, sin embargo para Antonio de Espejo, que le
habían contado una leyenda de un lago de oro, sí había razones y decidió continuar mientras el religioso regresó a Santa
Bárbara, en Nueva España. Esto fue en marzo de 1583. Espejo entró en Acoma y el territorio Zuñi, en el actual Arizona.
Evidentemente no encontró nada, pero su ambición no le dejaba rendirse. Regresó a México en donde exageró su
informe tratando de buscar apoyo del virreinato para una nueva expedición pero no tuvo éxito y renunció a la misma.
Murió en 1585 en La Habana cuando regresaba a España para solicitar más apoyos.
Se dieron casos en los que conseguir permisos y licencias para emprender una expedición suponía un problema de
papeleos, requisitos y convencer a altos funcionarios por lo que algunos, sabiendo que no iban a ser aceptados,
organizaban la expedición y con cualquier excusa se lanzaban a tierras desconocidas en búsqueda de riquezas. Es el caso
del portugués Gaspar Castaño de Sousa que residiendo en la villa de San Luis, actual Monterrey en Nuevo León se cansó
de intentar prosperar en esa ciudad y equipó una expedición de 170 hombres y bajo el mando de un indio
llamado Miguel partió en 1590 en dirección a Río Grande con la intención de fundar una pequeña colonia cerca de la
actual Albuquerque. No tenía permiso del virrey ni de la Casa de Contratación de Sevilla por lo que su incursión en
Nuevo México sin dicha autorización suponía un delito. Gaspar seguramente pensaba que si lograba encontrar riquezas
y establecer la tan ansiada colonia en tan dificiles tierras lograría el perdón del Rey pero no fue así siendo acusado de
asociación ilícita con un judaizante en México y se envió un destacamento militar de 20 hombres a apresarlo. Fue
condenado y encarcelado en las Islas Filipinas.
Periodo de desarrollo virreinal y colonial
Consumada la caída del imperio azteca a manos de Hernán Cortés y enfrentados los españoles a la inmensidad de sus
nuevos dominios, en 1535 fue establecido el virreinato de Nueva España. Su territorio abarcó una gran extensión cuyo
centro natural sería el valle de México. Sobre los cimientos de la monumental Tenochtitlan se erigió la ciudad de México,
sede de la corte virreinal durante todo el período colonial. El primer virrey fue don Antonio de Mendoza, conde de
Tendilla.

Los límites del virreinato comprendieron, por el sur, toda la América Central (Guatemala, El Salvador, Nicaragua,
Honduras y Costa Rica), salvo la gobernación de Castilla de Oro con la estratégica ciudad de Panamá. Por el este, incluyó
al golfo de México y al mar de las Antillas. Sin embargo, el territorio isleño compuesto por las pequeñas y grandes
Antillas (Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico entre otras), no formó parte de Nueva España, constituyendo
gobernaciones independientes.

Al norte, la frontera del virreinato fue avanzando gradualmente y a medida que las huestes españolas doblegaban la
resistencia que oponían los temidos pueblos chichimecas. La jurisdicción de Nueva España incluyó, finalmente, gran
parte de la zona occidental de los actuales estados de California, Texas, Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada y parte de
Colorado, pertenecientes a Estados Unidos desde 1848. Hacia el oeste Nueva España limitaba con el Océano Pacífico
hasta que se le agregó la administración de las Islas Filipinas, conquistadas en 1564 por la expedición de López de
Legazpi.

La población de Nueva España sufrió altibajos a lo largo de todo el período colonial, siendo muy difícil determinar con
exactitud su número. Diversos investigadores de la demografía americana han publicado cifras de población muy
disímiles, debido a la escasez y poca confiabilidad en los censos y en las fuentes sobre población regional americana. El
cuadro que presentamos a continuación, con datos tomados de la Historia social y económica de España y América
dirigida por J.Vicens-Vives, nos parece uno de los más completos para captar las principales tendencias demográficas de
la época.

Cuadro de la población del virreinato de Nueva España y de las Antillas


s.XVI (1570) s. XVII (1650) fines s. XVIII

México 3.555.000 3.800.000 5.837.100

Centroamérica 575.000 650.000 870.200

Antillas 85.650 614.000 950.000

Total: 4.215.650 5.064.000 7.657.300

En la segunda mitad del siglo XVI, el virreinato de Nueva España empeñado en la consolidación de sus fronteras y la
búsqueda de recursos mineros y agropecuarios, allanó el camino a su futura preeminencia dentro del mundo colonial.
En efecto, tras un siglo XVII caracterizado por altibajos económicos que afectaron tanto a la metrópoli como a sus
colonias, México se convirtió, a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, en la unidad política hegemónica de
ultramar, superando al virreinato del Perú.
Guerra contra los filibusteros
En la segunda mitad del siglo XVI, el virreinato de Nueva España empeñado en la consolidación de sus fronteras y la
búsqueda de recursos mineros y agropecuarios, allanó el camino a su futura preeminencia dentro del mundo colonial.
En efecto, tras un siglo XVII caracterizado por altibajos económicos que afectaron tanto a la metrópoli como a sus
colonias, México se convirtió, a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, en la unidad política hegemónica de
ultramar, superando al virreinato del Perú
Guerra contra los filibusteros
Mientras Walker gobernaba desde Granada, la presencia del ex presidente Estrada en Somotillo, Nicaragua, levantó el
ánimo en los departamentos del occidente. Sin embargo, una partida de democráticos lo sorprendió en el Ocotal el 13
de agosto de 1856 y lo asesinó. El puesto de presidente fue ocupado por Nicasio del Castillo, el cual luego de organizar
un gabinete, se dirigió hacia Matagalpa con una fuerza militar, fortalecida con la ayuda del gobierno de Guatemala.

Los conservadores organizaron un ejército bajo el mando del general Tomás Martínez. Este envió 100 soldados
al Ocotal, quienes capturaron y fusilaron a varios de los asesinos de Estrada. Como respuesta, sus enemigos enviaron
una fuerza armada con órdenes de aniquilar a los conservadores de las Segovias.

La conformación de un nuevo gobierno legitimista en el norte de Nicaragua, complicó el panorama y dificultó la


guerra contra los filibusteros. Como resultado, el 12 de septiembre en León, se celebró un convenio que, entre otros
aspectos, aseguró las bases para la paz entre los grupos liberales y conservadores, lo que permitió la declaración
conjunta para hacerle la guerra a los filibusteros comandados por William Walker.

A continuación se sucederán una serie de batallas. Al inicio Costa Rica no aparece en el escenario de guerra,
pues enfrentaba el cólera y la falta de presupuesto para volver al combate. Cuando el gobierno de Mora supera estos
escollos, el país se reincorpora a la lucha. Entre los enfrentamientos mencionados se encuentra la única batalla naval en
la historia costarricense. Finalizó con los disparos al bergantín nacional Once de Abril, hecho en el cual murieron gran
cantidad de compatriotas.

Al final de la narración, los filibusteros abandonan y destruyen Granada. Walker sabía que la principal causa para
que el ejército filibustero pudiera sostenerse tan largo tiempo en esta ciudad, y lograra arrasarla, era las discordias entre
los jefes militares aliados, que no permitieron la unidad de acción. Lo que él ignoraba era que desde Costa Rica un
ejército expedicionario se preparaba para asestar el golpe más mortal que tuvo durante toda la guerra: la toma del
camino real del filibusterismo, la llamada Vía del Tránsito.

Ante la compleja situación, los ejércitos centroamericanos se unieron para enfrentar a Walker. Las tropas nacionales
salieron hacia aquel país el 5 de mayo de 1856.
Al mando, el general Mariano Paredes, —presidente de Guatemala de 1849 a 1851— quien permitió el regreso de
Carrera, a quien entregó la presidencia en 1851.
Lorenzo Montúfar, poco afecto al régimen de Carrera, comentó irónicamente que "con la campaña de Nicaragua se le
había presentado a éste una buena excusa para colocar a Paredes lo más lejos de su vista”, según la Historia General de
Guatemala.
En 1848, Carrera dirigió las acciones militares que buscaban la unificación de Los Altos. En ese año ejercieron la
presidencia Juan Antonio Martínez y José Bernardo Escobar, este último renunció el 29 de diciembre de 1848. Dos días
después asumió Paredes.
Tras su triunfo en la batalla de La Arada, Carrera fue llamado otra vez a la presidencia, conforme al Diccionario Histórico
Biográfico de Guatemala.
Las tropas pelearon con valentía y expulsaron a Walker y sus seguidores. Volvieron triunfantes a Guatemala, el 1 de julio
de 1857.
La población los recibió con una solemne recepción. Al lado derecho de Carrera caminó orgulloso José Víctor Zavala,
designado como segundo al mando, quien se ufanaba de que Walker le había regalado el día de su rendición un
ejemplar de La Eneida, con una dedicatoria de su puño y letra.
Paredes no gozó de las mieles del triunfo de las tropas que había dirigido, pues sucumbió en la guerra, víctima de la
epidemia del cólera. Murió el 2 de diciembre de 1856.
Siglo 19
El siglo xix d. C. (siglo diecinueve después de Cristo) o siglo xix e. c. (siglo diecinueve de la era común) fue del
noveno siglo del II milenio en el calendario gregoriano. Comenzó el 1 de enero del año 1801 y terminó el 31 de
diciembre de 1900. Es llamado el «siglo de la industrialización».[cita requerida]
La característica fundamental de este siglo es la de ser un período de grandes cambios. La ciencia y la economía se
retroalimentarían, el término ‘científico’, acuñado en 1833 por William Whewell,12 sería parte fundamental del lenguaje
de la época; la economía sufriría dos fuertes revoluciones industriales, la primera acaecida entre 1750 y 1840, y
la segunda entre 1880 y 1914.3 En política, las nuevas ideas del anterior siglo sentarían las bases para las revoluciones
burguesas, revoluciones que se explayarían por el mundo mediante el imperialismo y buscaría alianza con el movimiento
obrero al que, para evitar su triunfo, le cederían el sufragio universal; en filosofía, surgirían los principios de la mayor
parte de las corrientes de pensamiento contemporáneas, corrientes como el idealismo absoluto, el materialismo
dialéctico, el nihilismo y el nacionalismo; el arte demoraría en iniciar el proceso de vanguardia pero quedaría cimentado
en movimientos como el impresionismo. A finales de este siglo surgieron la cinematografía y la animación gracias a los
grandes avances tecnológicos de la época.
En 1821, Guatemala tenía unos 500,000 ó 600,000 habitantes, en su mayoría indígenas. Según el censo de 1893, la
población llegó a ser, aproximadamente, de 1 351 078 habitantes, con un 35.3 por ciento de ladinos (Diccionario
Histórico Biográfico, 2004).
El término ladino se generalizó, en el siglo XIX, para designar a los que no eran indígenas ni blancos, pero, con el tiempo,
fue adquiriendo connotaciones económicas y políticas. La población ladina acentuó también su dispersión en todo el
territorio nacional, asentándose en los municipios de mayoría indígena, donde se dedicaba generalmente al comercio.
Aquí constituyeron los ladinos focos de influencia cultural (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
La población blanca también se vio incrementada con la llegada de inmigrantes de Europa y de otros países de América.
El núcleo más importante fue el alemán, pero también llegaron franceses, italianos, ingleses, chinos y, desde luego,
españoles, hispanoamericanos y estadounidenses (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
Actividad económica
Después de la Independencia de Guatemala, la agricultura se mantuvo como la actividad económica más importante
(Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
La mayoría de los agricultores, indígenas y ladinos, continuaron cultivando productos para su propio consumo, aunque
los que tenían sus parcelas cerca de los centros urbanos comercializaban parte de sus cosechas, vendiéndola en los
mercados locales. La falta de medios adecuados de comunicación no permitía un mayor comercio interno (Diccionario
Histórico Biográfico, 2004).
El mayor producto de exportación, hasta la década del 1860, fue la grana o cochinilla, pero se siguieron cultivando el
cacao, la caña de azúcar y el algodón para el consumo interno. También comenzó a cultivarse comercialmente el café,
grano que, a fines del siglo, era el producto agrícola más importante y ya recibía el apoyo de los gobiernos liberales
(Diccionario Histórico Biográfico, 2004).

La industria estuvo reducida a los textiles y a las artesanías tradicionales. Entre estas últimas figuraba la elaboración de
objetos de cerámica y de madera para el consumo local. También tuvo importancia la fabricación de aguardiente, así
como la de cigarros y puros, elaborados con tabaco nacional. En 1875 se estableció la fábrica de hilados y
tejidos Cantel y una década después, la fábrica de cerveza Castillo Hermanos (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
Durante la época republicana se siguió usando como moneda el peso plata de ocho reales, aunque, desde luego, se
eliminaron el escudo español y las efigies de los reyes (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
En la época federal las monedas llevaban, en el anverso, los cinco volcanes del emblema oficial y en el reverso, un árbol
con la leyenda “Libre crezca fecundo”. Durante la época conservadora se sustituyó el escudo federal por el de la
república, de 1851, sustituido, a su vez, por el de 1858. Después de 1871, las monedas llevaron el actual escudo nacional
(Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
Siglo 20
El siglo xx d. C. (siglo veinte después de Cristo) o siglo xx e. c. (siglo veinte de la era común) fue el
último siglo del II milenio en el calendario gregoriano.12 Comenzó el 1 de enero de 1901 y terminó el 31 de
diciembre de 2000.32 Es llamado el «siglo de la vanguardización».
El siglo xx se caracterizó por los avances de la tecnología, medicina y ciencia; el fin de la esclavitud en los llamados países
subdesarrollados; la liberación de la mujer en la mayor parte de los países occidentales; pero más que todo por el
creciente desarrollo de la industria, convirtiendo a varios países, entre ellos Estados Unidos, en potencias mundiales.
También el siglo se destacó por las crisis y despotismos humanos en forma de regímenes totalitarios, que causaron
efectos tales como las Guerras Mundiales; el genocidio y el etnocidio, las políticas de exclusión social y la generalización
del desempleo y de la pobreza.4 Como consecuencia, se profundizaron las desigualdades en cuanto al desarrollo social,
económico y tecnológico y en cuanto a la distribución de la riqueza entre los países, y las grandes diferencias en la
calidad de vida de los habitantes de las distintas regiones del mundo.5
Los países americanos surgidos a raíz del colapso del Imperio español, construyeron su ideario nacional en el último
cuarto del siglo XIX, luego de un largo y doloroso período de guerras y luchas intestinas para alcanzar el poder. El triunfo
del partido liberal en la mayoría de estos países consolidó un discurso progresista, que buscó sus referentes en los
añejos países europeos, en donde despuntaba Francia como referente político e Italia, como referente cultural. Así,
como muestra de esta búsqueda de identidad occidental, en las capitales americanas surgieron construcciones
inspiradas en los referentes del Viejo Mundo. Monumentos públicos, paseos al aire libre, mausoleos, teatros y palacetes
fueron surgiendo en estas ciudades, sellando la identidad con Europa, con algunos tintes localistas, pero
predominaba poderosamente la visión del Viejo Mundo.
El arquitecto de origen Genovés, Francisco Durini Vasalli dejó su huella en Centro y Sur América. En Guatemala, su
empresa Taller Artístico Industrial Cemento y Yeso Durini y Cía[1], recibió los encargos de diseñar y construir los
monumentos a los líderes de la Revolución Liberal, García Granados y Barrios. En El Salvador, fue contratado para
diseñar y construir el hermoso teatro de Santa Ana, el monumento a la Independencia en la Plaza de la Libertad, varios
mausoleos en el cementerio de la ciudad y la estatua ecuestre de Gerardo Barrios, instalada en 1909. En la ciudad de
Guayaquil se levantan todavía varias obras suyas. Así, no sorprende que su firma, que se anunciaba desde México hasta
Ecuador[2], fuera beneficiado con el contrato de diseño y construcción del Teatro Nacional, para levantarse en la capital
de Costa Rica, San José.[3]
Costa Rica atravesaba un período de bonanza económica por su éxito con el café. El entonces presidente, Juan Rafael
Mora, llegado a la presidencia en la década de 1850 tomó varias medidas para consolidar el poder central, preparando el
camino para los ideales liberales de progreso y civilización que llegarían apenas unos años después. Mora fundó por
ejemplo, en 1860, la Dirección de Obras Públicas y los Talleres Nacionales, centralizando así en una oficina de gobierno,
las obras públicas, dándole coherencia y planificación a las mismas. La historiadora Florencia Quesada Avendaño, califica
de mano firme el gobierno del presidente:
“Mora, uno de los principales comerciantes y mayores productores de café en Costa Rica, promovió la centralización del
poder en el Ejecutivo, se aseguró el control del ejército, sometió a los poderes localistas y reforzó los monopolios de
licor y tabaco para financiar los gastos militares y obras de infraestructura. Inspirado en los ideales positivistas, Mora
desde el inicio de su gobierno, hizo énfasis en el orden y progreso como elementos fundamentales para transformar a
Costa Rica en un país civilizado.”[4]
Varios intentos fueron hechos para reunir las naciones centroamericanas durante el siglo xix, especialmente mediante
las conferencias unionistas centroamericanas, pero ninguno tuvo éxito. El primero sucedió en 1842, cuando el
expresidente Francisco Morazán, que se había apoderado del poder en Costa Rica, quiso restablecer la unión por la
fuerza, pero su intento terminó con su caída y ejecución. Pocos meses antes, se había firmado en Chinandega un pacto
de unión para establecer una Confederación de Centroamérica e incluía a El Salvador, Honduras y Nicaragua. Costa Rica
se adhirió condicionalmente; sin embargo, este intento duró muy poco, hasta 1844. Un segundo intento se llevó a cabo
de 1849 a 1852 entre El Salvador, Honduras y Nicaragua.

En 1885 se produjo la llamada intentona de Barrios. El presidente de Guatemala, Justo Rufino Barrios intentó unir la
nación por las armas, pero murió en el intento combatiendo contra las fuerzas salvadoreñas. Un tercer intento de
Honduras, Nicaragua, y El Salvador fue cuando intentaron crear la República Mayor de Centroamérica (después Estados
Unidos de Centroamérica) la cual duró entre 1896 y 1898. El último se produjo en una conferencia celebrada en San
José, Costa Rica, en 1920, en el cual Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Honduras firmaron un pacto de unión.