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¿Qué tan profundo puede calar una campaña

de manipulación colectiva?
Por Froilán Meza Rivera

¿Qué tan profundo puede calar en el ánimo y en la percepción de la gente, una campaña de
prensa, una verdadera, masiva, invasiva, colosal y global campaña de prensa? ¿Qué tanto
puede influir en formarle una opinión al ciudadano común y corriente? ¿Qué tan efectiva
puede ser una campaña que cuente con verdaderos y poderosos instrumentos de difusión
como la televisión de prácticamente todos los países alineados con el imperialismo; con casi
la totalidad de las agencias informativas internacionales (lo que significa en la práctica la
mayoría de los periódicos impresos en el mundo –o del área del mundo que corresponda con
la influencia del emisor-)? ¿Qué tanto puede? Todo, todo lo puede. Y si no lo cree el lector,
nada más fíjese en cómo aborda el ciudadano común y corriente el tema de Venezuela: mi
vecino de al lado, por ejemplo, dice, muy convencido y hasta motivado (¿quién le dio la
información, quién le metió esa motivación?), que allá existe una dictadura feroz que está
matando de hambre a la gente, y que los ciudadanos de esa república están huyendo por
millones, desangrándose literalmente el país con pérdidas increíbles de pobladores, hacia
otros países. Pero él no es el único, así opinan muchos. En verdad, cabe la pregunta: ¿es
posible un grado tal de manipulación?
Quienes estuvieron en la Ciudad de Nueva York el 7 de diciembre de 1988 y días
subsiguientes, fueron testigos de la cobertura informativa alrededor de la reunión cumbre que
sostuvieron los presidentes de los Estados Unidos (Ronald Reagan, el mandatario saliente, y
George Bush, el electo y muy próximo a tomar el cargo) con el entonces presidente de la
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la URSS), Mijaíl Gorbáchov. Especialmente
quienes vivían en Nueva York, se vieron envueltos en nubes de propaganda, porque unas dos
semanas antes de la llegada de Gorbáchov, todos los medios de difusión e información, y
cientos, tal vez miles de anuncios espectaculares, spots en la radio, notas en los noticieros
televisivos, pósters en las calles y en todas las líneas del metro, presentaban al presidente de
la URSS no sólo como un tipo confiable y bueno, sino que llegaron al extremo de llamarlo
“Gorby”, usando la forma cariñosa de su nombre, que es usual entre los anglosajones. Y
“Gorby” se convirtió de la noche a la mañana en una especie de héroe de la democracia, y en
el amigo preferido de los Estados Unidos. La gente lo adoró, y amó a la Unión Soviética,
contagiada de la imagen que se le presentaba de manera tan invasiva, “Gorby” para acá,
“Gorby” para allá. Los diseñadores de imagen utilizaron letras del alfabeto cirílico en sus
mensajes, en los pósters, imitando el idioma ruso y los diseños de carteles de los primeros
años de la Unión Soviética con sus colores preferidos, el amarillo, el negro y el rojo. No
tuvieron empacho en presentar incluso el símbolo del comunismo, la hoz y el martillo, en
todos lados, dando a entender que ya estaba muy lejos y sepultada, la antigua y arraigada
rivalidad que las clases poderosas inculcaron siempre al crédulo pueblo de los Estados
Unidos, la animadversión ancestral hacia todo lo que oliera a comunismo y a Rusia. Cuando
el presidente soviético se trasladó en un cortejo de limusinas por la Segunda Avenida de
Manhattan, de sur a norte, hacia su cita en la sede de las Naciones Unidas, donde tenía
programado dar un discurso referente al acuerdo de limitación de armas atómicas que
acababa de firmar con sus homólogos norteamericanos, la gente hizo vallas en ambas aceras
de la vialidad, lo que se hizo pasar como un gesto “espontáneo” del pueblo, agitando
banderines de Rusia, banderolas con la hoz y el martillo, con la efigie de Gorbáchov. Muy
animada, la gente, muy prosoviética, muy manipulada. Años después supimos con certeza,
porque él mismo lo confesó durante una conferencia, que Gorbáchov estaba secretamente
amafiado con el imperialismo en una operación política y de manipulación para favorecer el
ánimo del pueblo soviético en contra del comunismo, parte de un plan para desmantelar la
Unión Soviética e interrumpir la construcción del socialismo.
¿Y qué decir de los meses previos a que México firmara con los Estados Unidos y Canadá el
Tratado de Libre Comercio, el TLC? Los gringos echaron a andar una campaña similar a la
de “Gorby” para ablandar a la opinión pública de su propio país, así como para convencer a
las fuerzas económicas y a los grupos políticos renuentes, de que una unión comercial y
aduanera con México, era beneficioso para todos. ¿Cómo funcionó esa campaña? En un
mismo día, por ejemplo, tan sólo en la ciudad de Nueva York, había más de 90 eventos, desde
conciertos de música mexicana, proyección de películas mexicanas, presentación de
mariachis, de bailes y danzas mexicanas, degustación de platillos mexicanos, exhibición de
arte mexicano, venta de artesanías mexicanas… La película mexicana “Como agua para
chocolate”, se exhibió en prácticamente toda la Unión Americana, y se colocó como la
novena película extranjera más taquillera de Estados Unidos. Los azorados mexicanos que
vivían en Nueva York se enteraron y no daban crédito a ello, de que el principal museo de
arte del país, el Museo Metropolitano de Arte Moderno, el famoso MOMA, dedicó 30 salas
para una exhibición que nunca antes y desde entonces, no ha tenido parangón, para algo que
fue llamado “México: Treinta Siglos de Esplendor”, que en reproducciones y piezas
originales de arquitectura, de estatuas, de estatuillas, de murales, de objetos de la vida diaria,
y hasta con dioramas y representaciones escénicas, daban cuenta puntual y detallada de 3 mil
años de desarrollo del arte y de la cultura en territorio mexicano, dividido por siglos. Fue
algo espectacular y sin igual. ¿Puras casualidades? Como se sabe, el TLC fue firmado por
los tres países del subcontinente norteamericano el 17 de diciembre de 1992 y entró en
vigencia a partir del 1 de enero de 1994. El mexicano común y corriente en Nueva York, y
vale decir también en el resto de las grandes urbes de ese país, es decir, el trabajador
inmigrante ilegal, se sintió por esos días y meses previos al TLC, “apapachado”, “mimado”,
“querido”, “comprendido”, porque el ambiente era asfixiantemente pro mexicano. Nada que
ver con la atmósfera antiinmigrante y antimexicana de los años posteriores. ¿Casualidad?
Cabe la pregunta de si todo eso fue una suma de eventos casuales. Pero nada más recuerde el
lector que en esos días, una reina mexicana de belleza, Miss México, Lupita Jones, “ganó”
el concurso de Miss Universo, para el beneplácito de los mexicanos. ¿Casualidades? De
ninguna manera.
Hay otros muchos ejemplos. Antes de la invasión militar de los Estados Unidos a Panamá,
que fue perpetrada en diciembre de 1989 con la utilización de 26 mil soldados, de artillería,
de buques cañoneros, tanques, de aviones cazas y bombarderos, bajo el nombre de operación
“Causa Justa”, con una elevada tasa de víctimas civiles, el imperialismo emprendió una
campaña igualmente global, agresiva, envolvente y manipuladora, en contra del presidente
del país centroamericano, en vísperas de que se cumpliera el plazo histórico para que el Canal
de Panamá, entonces en poder de los Estados Unidos, pasara a la administración del gobierno
de Panamá. Al general Manuel Noriega, de tendencia nacionalista, las agencias informativas
le endilgaron una figura despreciable, lo catalogaron como un matón de barrio bajo, como
un dictador de república bananera, como narcotraficante y, en el colmo de la exageración,
como un viejo servidor de la CIA norteamericana, ahora traidor. Noriega era cacarizo, y en
las fotos difundidas en su campaña negra, los creadores de efectos visuales retocaban sus
puntitos para resaltar ese defecto físico y afear aún más su figura. Así justificaron y trataron
de cubrir la violación flagrante y brutal de la soberanía de un país ajeno, los halcones del
Pentágono y los fabricantes de armamento y de equipo militar que se enriquecen más con
cada conflicto armado. Hechos que se fueron conociendo posteriormente, evidenciaron que
las acciones militares tuvieron un objetivo más amplio y diferente que el de sólo actuar contra
Noriega y encarcelarlo, y que en verdad eran básicamente maniobras para seguir controlando
la estratégica zona del Canal de Panamá.
Con esa cauda de experiencias y otras muchas más, llegó un momento en la vida de México,
meses antes, muchos meses antes incluso de que se lanzaran las convocatorias para que los
partidos políticos definieran a sus precandidatos internos para la Presidencia de la República,
hubo, digo, un momento muy significativo, cuando a varios nos llamó mucho la atención un
hecho sospechoso: de repente, en los noticieros de Televisa, de Televisión Azteca, de Grupo
Imagen, dejaron de atacar al “Peje”. Ya no era el “peligro para México”, ya no lo trataron
con desprecio, como siempre; Andrés Manuel López Obrador dejó de ser “el enemigo”, y las
televisoras y los grandes periódicos nacionales empezaron a darle el tratamiento de un
político demócrata. Y de manera muy anticipada, con todo el cálculo político y con toda la
ventaja del mundo, las empresas encuestadoras (y los propios medios nacionales) se pusieron
a fabricarle esas encuestas a modo en las que aventaban a López Obrador a “competir” contra
Osorio Chong, contra el gobernador de tal o cual estado, contra aquel secretario de Educación
que se hizo célebre por su tropiezo de “ler”, y contra una serie de políticos anodinos… así,
pues, ¿cómo no iba a “ganar” en esas encuestas? Ya no se publicaban aquellas fotos en las
que el señor aparecía con un espantoso gesto feroz y con el índice apuntando hacia sus
enemigos. Ya no exhibían aquel video en el que mascullaba incoherencias aparentemente
ebrio. Ya nadie sacaba a la luz ninguno de aquellos recursos que en campañas anteriores muy
bien le sirvieron a la burguesía para desprestigiarlo. No. Ahora era la figura más destacada
de la política. Era el nuevo “Gorby”. Y esto sucedía muchísimo antes de las elecciones.
Considerando tantos antecedentes de manipulación pública, ya no había, a esas alturas,
ninguna duda: el señor había sido señalado como el siguiente presidente de México. Lo que
siguió hasta el triunfo del morenista, no fue otra cosa que un avasallamiento del ciudadano
inerme que se vio inundado con un chorro interminable de miles y hasta millones de
opiniones “favorables” al señor, presentadas en una portentosa cascada de notas
informativas, de artículos, de spots, de espectaculares… el radio, la televisión, los periódicos
volcados todos en favor del nuevo “mesías” que ya había sido tocado por el dedo de los
dueños de este país y designado, cómo no, para sustituir con otro lenguaje, con otra forma de
la misma gata nada más que revolcada, al viejo, desgastado y desprestigiado PRI en la
conducción del Estado burgués. Ah, claro, y sin que hubiera faltado la respectiva campaña
previa en la que el gobierno de Peña Nieto, él mismo y su familia, fueron tratados nada más
y nada menos que como el cacarizo Manuel Noriega mexicano. Remember la casa blanca y
los otros escándalos de corrupción, o cuando se tragaban a Peña por no hablar correctamente
el inglés. En el “Peje”, su ignorancia del inglés es, por el contrario, no sólo tolerada, sino
hasta una virtud. ¿Casualidades, pregunto, insisto? Queda al lector.