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¿Preparados para el post-conflicto?

¿Preparados para el post-conflicto?

Desafíos para la reparación, la reintegración y la transicionalidad en Colombia

Juan Carlos Amador (Editor)

Desafíos para la reparación, la reintegración y la transicionalidad en Colombia Juan Carlos Amador (Editor)
Desafíos para la reparación, la reintegración y la transicionalidad en Colombia Juan Carlos Amador (Editor)
© Universidad Distrital Francisco José de Caldas © Instituto para la Pedagogía, la Paz y
© Universidad Distrital Francisco José de Caldas © Instituto para la Pedagogía, la Paz y
© Universidad Distrital Francisco José de Caldas © Instituto para la Pedagogía, la Paz y

© Universidad Distrital Francisco José de Caldas

© Instituto para la Pedagogía, la Paz y el Conflicto Urbano (Ipazud)

© Juan Carlos Amador (Editor)

Primera edición, octubre de 2015

ISBN: 978-958-8897-69-1

Dirección Sección de Publicaciones Rubén Eliécer Carvajalino C.

Coordinación editorial Miguel Fernando Niño Roa

Corrección de estilo Nathalia Salamanca Sarmiento

Diagramación Diego Abello Rico

Imagen de cubierta Rocío Neme

Editorial UD Universidad Distrital Francisco José de Caldas Carrera 24 No. 34-37 Teléfono: 3239300 ext. 6202 Correo electrónico: publicaciones@udistrital.edu.co

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¿Preparados para el post-conflicto? Desafíos para la reparación, la reintegración y la transicionalidad en Colombia / Juan

Carlos Amador

[et al.]. -- Bogotá : Universidad

Distrital Francisco José de Caldas, 2015. 144 páginas ; 24 cm. -- (Ciudadanía y democracia) ISBN 978-958-8897-69-1 1.Conflicto armado - Colombia 2. Víctimas de la violencia - Colombia 3. Derechos humanos - Colombia 4. Reparación (Justicia penal) 5. Justicia transicional I. Amador, Juan Carlos, autor II. Serie. 303.6 cd 21 ed.

 

A1505279

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

 
autor II. Serie. 303.6 cd 21 ed.   A1505279 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
autor II. Serie. 303.6 cd 21 ed.   A1505279 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo escrito de la Sección de Publicaciones de la Universidad Distrital. Hecho en Colombia

Contenido

Introducción

9

Primera parte:

Fin del conflicto armado, justicia transicional y reparación

21

Terminación del conflicto armado en Colombia Alejo Vargas Velásquez

23

La integralidad de la justicia transicional Gustavo Salazar

33

La perspectiva de las mujeres que participaron en el proceso de la Comisión de la Verdad: conclusiones Alejandra Miller

43

Tramas narrativas del mal y sentimientos morales:

entre el deber y la resistencia al relato Marieta Quintero

77

¿Escuelas reparadoras? Apuntes sobre la atención a niños, niñas y jóvenes víctimas del conflicto armado en Bogotá Juan Carlos Amador

87

La experiencia de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas Sandra Milena Santa Mora

105

Segunda parte:

Desarme, desmovilización y reintegración (DDR)

111

Desafíos para el desarme, la desmovilización y la reintegración (DDR) en Colombia Enzo Nussio

113

Desafíos de la reintegración en Colombia Omar Alfonso Ochoa Maldonado

123

Desmovilización y reinserción: una experiencia Enrique Flórez

133

Introducción

Juan Carlos Amador 1

¿El futuro?

En la historia de la humanidad, las sociedades organizadas suelen pensar en el futuro con optimismo, a pesar de la existencia de problemas que amenazan su realización. Dichas sociedades asumen que las generaciones venideras o las re- cién llegadas al mundo, tal como lo expresa Hannah Arendt (1991), tendrán los conocimientos, habilidades y criterios éticos para continuar por la senda de la civilización. Por esta razón, la educación y la cultura se constituyen en algunos de los dispositivos más efectivos para orientar las prácticas sociales, garantizar el respeto a la ley y generar iniciativas que propendan por el desarrollo y el progreso. Sin embargo, no siempre el futuro es promisorio, ni es seguro que la educación y la cultura cumplan su función reguladora o reproductora.

A veces los recién llegados al mundo optan por otros caminos tras la desilu- sión que provocan las herencias morales que les dejan otras generaciones. Prue- ba de esto son las generaciones baby boomer (década de 1950), insurrecta (década de 1960) y punk (década de 1970) (González y Feixa, 2014), las cuales promo- vieron el ideal de una sociedad distinta en tiempos de posguerra, alrededor de lo que se denominó en su tiempo contracultura. No obstante, los herederos

1 Profesor asociado e investigador de la Facultad de Ciencias y Educación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Juan Carlos Amador

de estas generaciones, llamados “hijos de la libertad” por algunos autores, no comparten este modo de ver la vida, prefieren actuar con sigilo y acomodarse al orden social, quizás de manera estratégica.

Al respecto, es posible considerar que, en Colombia, el optimismo sobre el futuro no ha sido palpable casi en ninguna generación. El futuro, los escenarios posibles y la opción de una sociedad distinta suelen ser parte de los discursos jus- tificatorios de campañas políticas, de firmas de tratados de libre comercio (TLC), de proyectos de reforma constitucional y hasta de concesiones al capital trans- nacional. Parte de este no futuro, tal como lo plasmó Víctor Gaviria en un filme en la década de 1990, está asociado con el sostenimiento de un conflicto armado interno que no solo ha provocado una crisis humanitaria sin precedentes, sino que ha roto lazos sociales, ha sembrado la desconfianza entre congéneres y ha obstaculizado, en muchas poblaciones, la posibilidad de ver la vida con ilusión.

Aunque las iniciativas de las nuevas generaciones han sido fundamentales en la conquista de derechos y en el reconocimiento de otras opciones de vida (por ejemplo en el terreno de los derechos económicos, sociales y culturales (DESC), o en la vindicación de los derechos de las víctimas), los colombianos estamos ancla- dos en una desesperanza colectiva que no nos deja ver futuros posibles.

Esta desesperanza tiene varias consecuencias, entre ellas la naturalización de la violencia, la desigualdad y la exclusión, asumiendo que este es el mundo que nos correspondió vivir, algo así como un castigo original. Asimismo, al pre- sumir que es algo inmodificable, aceptamos con cierta indiferencia o complici- dad otras formas de violencia que progresivamente complejizan el conflicto so- cial (por ejemplo, a través del racismo, el sexismo, el clasismo y el patriarcado), esto es, un patrón de poder colonial que se vuelve forma de vida, tal como lo expresa Aníbal Quijano (2005).

¿Conflicto y post-conflicto?

De acuerdo con el informe ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad (2013), a lo largo de las últimas cinco décadas el conflicto armado colombiano ha traído consigo 220.000 muertos, 5.700.000 víctimas por desplazamiento forzado, cerca de 250.000 desaparecidos y alrededor de 30.000 secuestrados. Aunque estas cifras son objeto de debates entre investigadores, uno de sus aspectos más llama- tivos es que durante este mismo periodo murieron 177.000 civiles y apenas 40.000 combatientes de los diferentes bandos. Estos números sugieren entonces que las consecuencias de la guerra se centran, principalmente, en la población civil.

Asimismo, este conflicto ha incluido formas deplorables de combate que contradicen los principios del Derecho Internacional Humanitario (DIH), ta- les como el reclutamiento de personas menores de edad, la siembra de minas antipersona y la perpetuación de condiciones de absoluta indefensión de la

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población, sucesos todos reflejados en las cerca de dos mil masacres ocurridas en Colombia entre 1998 y 2012. Para la Comisión Histórica sobre el Conflicto Armado y sus Víctimas (2015) existen múltiples causas que no solo originaron sino que han prolongado las confrontaciones.

Para Sergio de Zubiría, la genealogía de esta confrontación armada está en el fracaso o aplazamiento indefinido de reformas sociales. Para Darío Fajardo, las disputas por tierras y la ausencia de una reforma agraria efectiva constituyen parte de los factores que profundizan el conflicto. Francisco Gutiérrez resalta la presencia de nuevos actores armados que reclutan a personas que han sido parte de ciclos armados anteriores. Otros, como Víctor Moncayo y Jairo Estrada insisten en la asociación entre conflicto armado y modelo de desarrollo capita- lista. Otros académicos destacan el papel pasivo y hasta cómplice de la clase dirigente colombiana, al no adoptar las medidas que se requerían para preve- nir el recrudecimiento del conflicto. En algunos casos, incluso, dichos sectores aprovecharon estas condiciones, tal como ocurrió con la permisividad frente al narcotráfico y la parapolítica.

Finalmente, otros analistas coinciden en una evidente deficiencia del Es- tado colombiano para detentar con legitimidad el monopolio de la fuerza, lo cual, entre otros factores, contribuyó al surgimiento de grupos paramilitares. Un ejemplo de esta debilidad la presenta el aparato judicial, el cual, de alguna manera, ha contribuido al crecimiento de modalidades complejas de justicia privada. A esto se suman variables como las diferencias regionales y la vulne- rabilidad de las poblaciones rurales, las cuales han sufrido mayoritariamente los actos de guerra (masacres, asesinatos selectivos, torturas, ejecuciones extra- judiciales, desapariciones forzadas, uso de minas antipersona, desplazamiento forzado, secuestro, extorsión, reclutamiento ilícito, delitos sexuales, ataques contra bienes civiles y públicos, y daños ambientales).

En medio de esta desesperanza, particularmente asociada con la existencia de un conflicto armado interno y un modelo de desarrollo que precariza la vida, desde el año 2010 se ha abierto paso a la posibilidad de iniciar una etapa de post-conflicto. Esta perspectiva de futuro ha empezado a tener resonancia en algunos sectores de la sociedad, tras los avances de los diálogos de paz entre el Gobierno nacional y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), quienes han decidido dialogar en medio de las hostilidades 2 . La experiencia histórica de otros países muestra que

2 En el momento de cerrar esta edición se presentaron tres antecedentes importantes al respecto. En primer lugar, hacia el mes de diciembre de 2014, las FARC-EP declararon el cese unilateral del fuego. Luego, iniciando el mes de marzo de 2015, el gobierno del presidente Santos declaró el cese de bombardeos por parte del Ejército Nacional hacia este grupo armado. Finalmente, en hechos confusos, el 15 de abril de 2015 una columna de este grupo guerrillero atacó un puesto militar en el departamento del Cauca, dejando once militares muertos. Esto hizo que el presi-

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los diálogos prosperan una vez se da un alto al fuego, sin embargo en Colombia nos hemos acostumbrado a escuchar cómo se avanza, lentamente, en la agenda de conversación, mientras continúan las operaciones militares en varias regio- nes de la geografía nacional.

Diversas iniciativas desarrolladas por la sociedad civil, el Estado y las orga- nizaciones, en medio de sus aciertos y debilidades, constatan la necesidad de emprender acciones que contribuyan a restituir los derechos de las víctimas, que posibiliten reparaciones integrales y que faciliten condiciones jurídico-po- líticas para lograr procesos exitosos de desmovilización y reintegración de los integrantes de los grupos armados. Estos aspectos, que se configuran en herra- mientas y condiciones concretas para superar los conflictos armado y social, están antecedidos por cuatro iniciativas, así:

• Ley de víctimas y restitución de tierras (1448 de 2011): tiene por objeto establecer un conjunto de medidas (judiciales, administrativas, sociales y económicas, individuales y colectivas) a favor de las víctimas del conflicto armado, dentro de un marco de justicia transicional. Este ha de posibilitar el efectivo goce de sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación con garantías de no repetición. Apunta, además, a la materialización de sus derechos constitucionales mediante acciones precisas, tales como la defini- ción de montos de indemnizaciones por vía administrativa, la conforma- ción de mesas de participación de las víctimas, el proceso de restitución de tierras y la creación del Sistema de Registro Único de Víctimas.

• Unidad para la Atención y la Reparación Integral de las Víctimas: es una entidad que busca acercar al Estado con las víctimas mediante acciones transformadoras que promuevan su participación efectiva en el proceso de reparación. Dentro de sus objetivos están: brindar una respuesta integral a las víctimas para que sean y se sientan reparadas; fortalecer la capacidad del Estado para dar respuesta a las emergencias humanitarias y evitar nuevas violaciones a los derechos humanos; poner en marcha conjuntamente con las entidades (nacionales y territoriales) una estrategia integral para la mo- vilización del Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a las Víc- timas (Snariv); coordinar que la oferta institucional esté implementada en el territorio; visibilizar a las víctimas y garantizar su participación efectiva.

• Grupo de Memoria Histórica (GMH) y Centro Nacional de Memoria His- tórica (CNMH): se trata de un grupo de investigación perteneciente a la entonces llamada Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación

dente Santos, hacia el 17 de abril, anunciara la reanudación de los bombardeos. Tras la crisis, el Gobierno nacional ha manifestado la necesidad de definir plazos para cerrar el proceso de negociación. Ver http://www.elespectador.com/noticias/paz/hay-ponerle-un-plazo-al-proceso-

de-paz-santos-articulo-555647

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(CNRR), que tiene como propósito principal producir y divulgar narrati- vas sobre el conflicto armado en Colombia, capaces de identificar las razo- nes para el surgimiento y evolución de los grupos armados ilegales (con- forme a la Ley 975 de 2005), así como las distintas verdades y memorias de la violencia. El grupo trabaja a través del enfoque diferencial y una opción preferencial por las voces de las víctimas. También formula propuestas de política pública que fomenten el goce efectivo de los derechos a la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición.

• Marco jurídico para la paz: es un Acto Legislativo (014/11S-094/11C) que busca facilitar la terminación del conflicto armado. Se encarga de imple- mentar mecanismos extrajudiciales de justicia transicional, el estableci- miento de criterios de priorización y selección de casos, la suspensión de la ejecución de la sanción y la renuncia a la persecución penal para los hechos no seleccionados, como herramientas para las personas desmovilizadas de grupos armados ilegales.

Estas iniciativas constatan que no se trata únicamente de lograr un acuerdo entre las dos partes, cesar hostilidades e incorporar al grupo armado respectivo

a la vida social y política, sino de generar condiciones de reconciliación que

permitan avanzar en justicia, no solo como equidad (tal como lo propuso tem- pranamente John Rawls (2006), a propósito de su idea de instituciones justas), sino como reconocimiento (Fraser, 1997; Honneth, 2009). Esto significa transitar hacia otro estado de existencia colectiva, producir un giro en la vida moral con arreglo a pactos legales y legítimos y construir un proyecto ético que favorez- ca la compasión, esto es, reconocer que somos extremadamente vulnerables y adquirir capacidades para responder al dolor del otro. Se trata de no eludir la demanda del otro frente a la experiencia del mal (Mélich, 2010).

Es por esta razón que el término post-conflicto se convierte en una mediación narrativa que contribuye a explicitar esta necesaria transición-transformación. Por tanto, no se trata de negar el conflicto como un elemento constitutivo de la condición humana, ni mucho menos banalizar la complejidad que posee la su- peración plena de un conflicto armado y social. Desde nuestro punto de vista,

el post-conflicto (con el guion), comprendido como las nuevas condiciones de

vida social que se ponen en escena una vez se surten las etapas de resolución de un conflicto armado, sirve para propiciar tres niveles de reflexión colectiva en el país, que contribuyan a la reconciliación y correspondiente reconstruc- ción societal: la memoria (¿Qué ocurrió? ¿Por qué ocurrió? ¿Cómo ocurrió? ¿Quiénes lo hicieron? ¿Quiénes fueron afectados?); nuestro presente (¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo lo hacemos? ¿Cuáles son los compromisos?); y la utopía (¿Qué futuros posibles? ¿Qué planes? ¿A través de qué herramientas? ¿En qué condiciones?).

Juan Carlos Amador

Asumir la posibilidad de transitar del conflicto hacia el post-conflicto en Colombia, según tradiciones socio-antropológicas y jurídicas, exige trabajar al menos sobre cuatro aspectos concretos: (1) el fin del conflicto armado, (2) la reparación a las víctimas, (3) la justicia transicional y (4) la reintegración.

El primero, como se ha mencionado, tiene que ver con procesos de diálogo

y negociación, tal como se adelanta desde 2012 a la fecha de publicación de este

libro (2015) entre el Gobierno nacional y las FARC-EP en La Habana (Cuba). Lo extraño del actual proceso, a diferencia de lo ocurrido en otras experiencias, es que los diálogos y acuerdos se están produciendo en medio de periodos de confrontación y de cese de hostilidades parciales.

El segundo comprende un conjunto de condiciones y procedimientos que pasan por el reconocimiento de las víctimas, la memoria de los hechos victimi-

zantes, la difusión de la verdad histórica y jurídica de lo ocurrido, la reparación integral y la generación de condiciones sostenibles para que nunca más vuelvan

a ocurrir estos actos de violencia y negación de humanidad.

El tercero alude a las medidas judiciales excepcionales, extraordinarias y provisionales que pueden favorecer los procesos de tránsito, asunto que con- templa reparación a las víctimas y reintegración de los excombatientes. La justi- cia transicional no es amnistía ni impunidad, sino un conjunto de herramientas que posibilitan el tránsito hacia el post-conflicto.

Finalmente, la reintegración, que en términos más amplios hace parte del proceso de desarme, desmovilización y reintegración (DDR), incluye un con- junto de disposiciones y estrategias para que se cierre un ciclo de violencia armada, lo cual implica la entrega de armas, la desmovilización individual y colectiva de los grupos insurgentes así como las garantías jurídicas, sociales y políticas para que las personas excombatientes se reintegren a la vida civil.

Vale señalar que esta transición no solo es de tipo jurídico, sino también de carácter ético y político. En tal sentido, a propósito de los cuatro aspectos antes señalados, construir el post-conflicto exige ir más allá, es decir, se deben generar las condiciones necesarias para construir culturas de paz. Este proceso de transición hacia la paz contempla:

• El conocimiento de la verdad de los hechos sobre el conflicto armado: en el camino hacia las justicias transicional y social, la sociedad colombiana debe tener acceso a los hechos y a la polifonía de versiones sobre lo ocu- rrido. Es necesario entender cómo, a lo largo de las últimas cinco décadas, hemos llegado a 220.000 muertos, 5,7 millones de víctimas por desplaza- miento forzado, 25.000 desaparecidos y 30.000 secuestrados (GMH, 2013).

• La reparación a las víctimas: además de la reparación material, las vícti- mas del conflicto armado en Colombia deben ser apoyadas y restituidas

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en torno a cuatro tipos de daños: emocional, moral, cultural y político. Se requiere de un conjunto de iniciativas por parte del Estado y de la sociedad civil para que, más allá del asistencialismo predominante en el país desde hace varios años, se avance en la generación de herramientas de empode- ramiento para facilitar el ejercicio ciudadano de estas personas, familias y grupos.

• La construcción de planes y programas en los ámbitos familiar, comunita- rio e institucional, centrados en el respeto a la vida, el cuidado y el ejerci- cio ciudadano. Esta tarea implica un esfuerzo sostenido para transformar creencias y prácticas que naturalizan la desigualdad y la exclusión, alrede- dor de las etnias, los géneros, las sexualidades, las edades y las situaciones de discapacidad.

• Diseño de planes y programas para el DDR de combatientes: más allá de los debates sobre la implementación de mecanismos como la amnistía o la rebaja de penas, el Estado y la sociedad civil deben considerar alternativas para que estas personas se incorporen con garantías plenas a la vida social y política de la Colombia del post-conflicto.

Para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y

la Cultura (Unesco, 2005), la cultura de paz alude a una manera de entender y

vivir el mundo en el que sea posible: superar el flagelo de la guerra, dar protec- ción a las poblaciones en peligro, lograr desarrollo de forma armoniosa, tener plena capacidad de disfrute de los derechos humanos, vivir bajo el desarme

y con sostenibilidad ambiental. Si bien es posible identificar limitaciones en

este concepto, los principios planteados por la Unesco no están lejos de los principales desafíos que tiene la sociedad colombiana luego de que se firme el fin del conflicto armado con grupos guerrilleros (incluyendo aquí al Ejército de Liberación Nacional, ELN) y, quizás, con otras organizaciones que operan en muchos lugares de la geografía nacional.

Juan Carlos Amador

El libro

En este contexto, el Instituto para la Pedagogía, la Paz y el Conflicto Urbano de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas –IPAZUD– organizó el 14 de mayo de 2014 el seminario nacional Preparando el futuro: entornos y lími- tes del post-conflicto en Colombia, el cual tuvo lugar en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá. A través de la pregunta: ¿Cómo nos estamos preparando para el post-conflicto? se encontraron distintos actores sociales, involucrados en la idea de generar las condiciones sociales, políticas e institu- cionales necesarias para transitar hacia el post-conflicto en Colombia. Por esta razón, estuvieron presentes víctimas del conflicto armado; personas desmovili- zadas de grupos armados; representantes de entidades del Estado y organiza- ciones de la sociedad civil, y académicos.

Este encuentro tuvo como propósito construir colectivamente marcos com- prehensivos, críticos y propositivos, acerca de las lógicas del conflicto armado interno así como de los aspectos que pueden viabilizar la reconstrucción so- cietal, ética y política de la sociedad colombiana. En consecuencia, y dada la coyuntura de los diálogos de paz entre el Gobierno nacional y las FARC-EP en La Habana (Cuba), la pregunta descrita guió el desarrollo de dos grandes ejes de reflexión. El primer eje abarcó aspectos como el fin del conflicto armado, la justicia transicional y la reparación a las víctimas. Y el segundo abordó los elementos y variables que configuran el proceso de desarme, desmovilización y reintegración (DDR). En ambos se combinan tres lecturas: la de la sociedad civil (incluyendo a las víctimas), la de los investigadores y la del Estado.

Primera parte:

Fin del conflicto, justicia transicional y reparación

La apertura de la primera parte del libro estuvo a cargo de Alejo Vargas (Uni- versidad Nacional de Colombia), a través de un texto titulado Terminación del conflicto armado en Colombia. Sobre la base de una lectura optimista del actual proceso de diálogo de La Habana, como él mismo la señala, el profesor Vargas parte de asumir que construir la paz es, a la vez, avanzar de manera significa- tiva hacia una sociedad más equitativa, donde los derechos sean realidad en la vida cotidiana y no simples enunciados. Luego de un recorrido por los actores, temas y condiciones que configuran el actual proceso de paz entre el Gobierno nacional y las FARC-EP, concluye que, luego de la terminación del conflicto ar- mado, viene un reto “apasionante” para la sociedad colombiana. Este consiste fundamentalmente en impulsar trasformaciones en democracia, desarrollo y bienestar para los colombianos.

El segundo capítulo fue desarrollado por Gustavo Salazar, quien al momen- to de la presentación de su ponencia en el seminario ocupaba el cargo de coor-

¿Preparados para el post-conflicto?

dinador programático para Colombia del Centro Internacional para la Justicia Transicional –ICTJ–. En el texto La integralidad de la justicia transicional, Salazar analiza la importancia conjunta de aspectos como la justicia, la verdad, la re- paración y las garantías de no repetición en la construcción del post-conflicto. Justamente, la idea de integralidad está relacionada con la articulación de estos aspectos mediante herramientas jurídicas, pero también a través de una pers- pectiva estratégica de intersectorialidad. Para el profesor Salazar, por ejemplo, si solo se implementan tribunales legales para la sanción al victimario y no se trata a la víctima en otros escenarios, se pueden generar efectos materiales y morales nocivos que impidan la aplicación de justicia.

El tercer capítulo, titulado La perspectiva de las mujeres que participaron en el proceso de la Comisión de la Verdad, fue una contribución de Alejandra Miller, integrante de la Ruta Pacífica de las Mujeres. La Comisión de la Verdad de las Mujeres ha sido reconocida como un aporte a la construcción de paz en Colom- bia, dado que hace públicas las voces de mujeres víctimas del conflicto armado. En este escrito, Miller describe las acciones de las mujeres por la defensa de la vida y la dignidad de las personas cercanas a su situación de afectación por la violencia. Finalmente, expone cómo la Comisión reivindica a las mujeres como agentes políticos y sujetos de derechos para exigir verdad, justicia, reparación y la no repetición de violencias contra sus cuerpos.

El capítulo cuatro estuvo a cargo de Marieta Quintero, profesora e investi- gadora de la Universidad Distrital. El texto titulado Tramas narrativas del mal y sentimientos morales: Entre el deber y la resistencia al relato problematiza los he- chos atroces de la guerra a través de los sentimientos y la sensibilidad moral. Basada en sus investigaciones, la profesora Quintero plantea que esta pers- pectiva contribuye al fortalecimiento de juicios colectivos, acerca de la justicia ante la injusticia; demanda normas e instituciones jurídicas para restablecer los derechos vulnerados; y le da un lugar distinto a las emociones en la cons- trucción de cultura política. Precisamente, esta dimensión humana permitiría una apertura para construir en Colombia una ética relacional en el contexto del mal de la guerra.

En el quinto capítulo, Juan Carlos Amador propone un texto titulado Escue- las reparadoras: niños, niñas y jóvenes víctimas del conflicto en el sistema educativo de Bogotá. Con base en la existencia de más de 20.000 niños, niñas y jóvenes en los colegios oficiales de Bogotá, presenta dos preguntas iniciales: ¿El tipo de es- cuela que predomina hoy en Colombia, específicamente en Bogotá, favorece la reparación de niños, niñas y jóvenes víctimas del conflicto armado? ¿Qué claves pedagógicas, epistemológicas y culturales contribuirían a consolidar este proceso de reparación? Para tal efecto, el trabajo recorre tres grandes temas de discu- sión: en primer lugar, analiza algunas particularidades de niños, niñas y jóve- nes víctimas del conflicto armado en Bogotá; en segundo, aborda el concepto de

Juan Carlos Amador

reparación, no solo desde una perspectiva jurídica sino especialmente ética y política; y por último presenta tres estrategias pedagógicas para trabajar con las comunidades educativas en Bogotá, específicamente mediante los derechos, la interculturalidad y las narrativas y memorias.

Finalmente, Sandra Milena Santa, integrante de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, cierra esta primera parte del libro a través de un capítulo titulado La experiencia de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas. Guiada por la pregunta del seminario, Sandra Santa plan- tea como punto de partida que la prioridad en la construcción del post-conflicto es la reparación integral a las víctimas. Además de exponer los objetivos y ac- ciones de esta entidad, el texto explora el concepto de reparación integral con vocación transformadora: esto implica eliminar las condiciones de exclusión que facilitaron y permitieron que muchas personas fueran victimizadas. Una de las consecuencias de esta reflexión es, según Santa, reconocer que el sosteni- miento de esas condiciones pone en riesgo cualquier proyecto orientado hacia la paz, o cualquier proyecto de adecuación hacia el post-conflicto.

Segunda parte:

Desarme, desmovilización y reintegración (DDR)

La segunda parte del libro, dedicada al DDR, inicia con el trabajo del investi- gador Enzo Nussio (Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes), titulado Desafíos para el desarme, la desmovilización y la reintegración (DDR) en Colombia. El séptimo capítulo parte de la pregunta “¿Qué desafíos podemos esperar de un proceso de DDR con las FARC-EP?”, para desarrollar tres ideas claves. En primer lugar, experiencias previas investigadas por Nus- sio, como la desmovilización de las Autodefensas con la Ley 975 (de Justicia y Paz), muestran que hay posibilidades reales de rearme por parte de estos gru- pos. En segundo lugar, es necesario anticiparse a estos hechos para sostener la transicionalidad (post-conflicto). Y, en tercer lugar, es necesario aprovechar el conocimiento y cohesión de estos grupos para amortiguar la transición, lo que no significa entregar territorios. Se trata de darles a esas estructuras en proceso de DDR otras oportunidades diferentes, por ejemplo en el desminado humani- tario y en las actividades de reparación.

El octavo capítulo es desarrollado por Omar Alfonso Ochoa Maldonado, director de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), a través del título Desafíos de la reintegración en Colombia. El texto expone la transformación del proceso de reintegración, implementado en Colombia desde el año 2006. En su texto, Ochoa describe las fases que constituyen el proceso de reintegración tanto de tipo individual como colectivo. Uno de los aspectos más relevantes de la experiencia es la importancia que esta entidad le da al proceso de sostenibi- lidad legal, social, académica y política de la persona reintegrada, quien parti-

¿Preparados para el post-conflicto?

cipa en la ruta establecida. Al final, se presentan algunos desafíos que tiene la institucionalidad para avanzar en estos propósitos.

Finalmente, el capítulo noveno, presentado por Enrique Flórez (represen- tante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT) titulado Desmovili- zación y reinserción: una experiencia, hace una reflexión a partir de las vivencias de alguien que ha transitado por la desmovilización y la reintegración, desde la década de 1990, para explicitar algunas lecciones aprendidas. Flórez, plan- teando como premisa que la reflexión sobre estas experiencias aporta claves importantes para entender qué puede pasar frente a un posible escenario de post-conflicto con las FARC-EP, identifica varios elementos para construir una transición sostenible, entre ellos el derecho a la vida de las personas desmovi- lizadas, las garantías de participación social y política, y la necesidad de hacer reformas sociales y económicas que prioricen a las regiones.

Agradecimientos

Además de hacer un reconocimiento a los ponentes por su participación en el Seminario y su disposición para escribir y revisar la edición de su capítulo respectivo, vale expresar nuestro agradecimiento al Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, bajo la dirección de Camilo González Posso, y a la Vicerrectoría Académica de la Universidad Distrital, a la cabeza del profesor Borys Bustamante. Asimismo, es importante destacar la labor del equipo del IPAZUD, un grupo pequeño pero con una persistente y comprometida labor en este tipo de actividades: a Mauricio Hernández y Leopoldo Prieto, ambos investigadores; a María Isabel Parra, asistente académica; y a Angie Sánchez, asistente administrativa.

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1991). La crise de la culture. Paris: Editorial Gallimard.

Congreso de la República de Colombia. (2011). Ley 1448 de 2011. Gaceta oficial.

GMH y CNRR. (2013). Basta ya. Colombia memorias de guerra y dignidad. Bogotá:

Departamento de prosperidad social.

Fraser, N. (1997). Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición post-socia- lista. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.

González, Y. y Feixa, C. (2014). Generación XX: teorías sobre la juventud con- temporánea. En Feixa, C. (Ed.). De la generación @ a la # generación. Barcelo- na: Ediciones NED.

Honneth, A. (2009). Crítica del agravio moral. Patologías de la sociedad contemporá- nea. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Mélich, J. (2010). Ética de la compasión. Barcelona: Editorial Herder. Rawls, J. (2006). Teoría de la justicia. México: Fondo de Cultura Económica.

Primera parte:

Fin del conflicto armado, justicia transicional y reparación

Terminación del conflicto armado en Colombia 1

Alejo Vargas Velásquez 2

Introducción

La terminación del conflicto armado y la construcción de paz es un tema sobre el cual, como decía el profesor Chucho Bejarano nuestro colega asesinado, no podemos darnos el lujo de ser pesimistas, siempre debemos ser optimistas.

En las conversaciones sobre el proceso de paz en Colombia que se vienen desarrollando en La Habana, Cuba, es necesario diferenciar entre la termina- ción del conflicto armado y la construcción de paz. La primera, le compete fun- damentalmente a los actores armados: al Estado y a los grupos alzados en ar- mas contra este. Mientras que la segunda es una tarea, a mediano y largo plazo, que les compete a los colombianos, es una responsabilidad de todos.

Construcción de paz es avanzar de manera significativa hacia una sociedad más equitativa, donde los derechos sean realidad en la vida cotidiana y no sim- ples enunciados en un documento. Igualmente, es caminar hacia una democracia de mejor calidad, proceso que lleva múltiples cambios en los niveles macro y micro, en los que la sociedad colombiana tiene obligaciones sin distinción. Muy similar es la definición de construcción de paz, establecida en el documento

1 Agradecimiento a Pedro Enrique Espitia Zambrano por su apoyo en la edición de este capítulo.

2 Doctor en Ciencia Política. Director del Grupo de Investigación en Seguridad y Defensa. Profe- sor titular del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia.

Juan Carlos Amador

Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, firmado entre los delegados del Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y los delegados de las FARC-EP, que en su primera página afirma: “ (…) la construcción de la paz es asunto de la sociedad en su conjunto que requiere de la participación de todos sin distinción y hace un llamado a otras organiza- ciones guerrilleras a las que invitamos unirse a este propósito”.

Elementos que viabilizan un proceso de paz

El proceso de paz que se está haciendo en La Habana tiene algunos elementos a considerar, relacionados con la dinámica socio-política de Colombia:

• El Estado colombiano nunca ha controlado totalmente los monopolios clá- sicos que todo Estado aspira a controlar: los monopolios de la cohesión física, del control territorial, de la justicia y de la tributación. El Estado colombiano ha avanzado, desde una perspectiva histórica, en el control de estos monopolios pero nunca los ha controlado.

• Ha habido una recurrente y persistente violencia con motivaciones políti- cas en nuestra historia. Este conflicto armado no es la única expresión de la violencia. Nada más, medio siglo atrás, terminamos la violencia entre par- tidos conservadores y liberales, la llamada violencia bipartidista, en la cual aproximadamente 300.000 colombianos fueron asesinados. Y más atrás, las violencias de la década de 1920 y las guerras civiles, la última de las cuales, la guerra de los Mil Días, con la que hicimos el tránsito del siglo XIX al XX, fue probablemente la más violenta de nuestra historia. Las investigaciones de Gonzalo Sánchez (2004) nos hablan de 100.000 muertos en esta guerra civil de tres años, en una Colombia que no llegaba a más de ocho millones de habitantes.

• Al mismo tiempo, hemos tenido una gran capacidad para resolver los en- frentamientos violentos por las vías negociadas y concertadas. La mayo- ría de las guerras del siglo XIX se resolvieron, con excepción de una, con alguna forma de acuerdo. Igual pasó con la llamada insurrección de los Bolcheviques del año 1928, mediante un tratamiento penal benigno. Luego la violencia liberal-conservadora, y particularmente el movimiento de las guerrillas liberales, que se va a resolver mediante un tratamiento especial similar a la amnistía, la desmovilización y la reinserción. Recientemente, en este nuevo ciclo de violencia, esto también se hizo con las guerrillas más pequeñas que negociaron con el Gobierno colombiano, a final de la década de 1980, como lo fue el caso del Movimiento 19 de abril (M-19), un sector mayoritario del Ejército Popular de Liberación (EPL), el Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y la Corriente de Reno- vación Socialista.

¿Preparados para el post-conflicto?

• Un intento pionero de negociación con las guerrillas lo hizo el presidente Belisario Betancourt (1982-1986). Luego Virgilio Barco (1986-1990) logró con éxito la desmovilización de algunas guerrillas. Posteriormente, César Gaviria (1990-1994) intentó con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar que aglutinaba las guerrillas de la época. Igual se va a mantener en el Go- bierno de Ernesto Samper, donde se logró establecer el Consejo Nacional de Paz mediante ley de la república, en cumplimiento del artículo 20 de la Constitución Nacional de Colombia, el derecho a la paz, y en el cual par- ticipó activamente para lograr su consolidación la Universidad Nacional de Colombia. Además participaron otras organizaciones como la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), la Red de Iniciativas de Paz, el Consejo Gremial, entre otras. Sin embargo, a pesar de ser ley de la república, en los gobiernos de Pastrana, el Consejo Nacional de Paz nunca se convocó, y en el Gobierno Uribe (2002-2010), de ocho años, mucho menos.

• En agosto de 2012, el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, comunicaron cada uno por su lado que se daba inicio formal a las conver- saciones de paz para buscar un cierre negociado del conflicto interno ar- mado. Podemos decir que empezamos un nuevo esfuerzo como sociedad para finiquitar este conflicto.

Los objetivos generales trazados en este acuerdo de La Habana son: iniciar un proceso que proscriba el uso de la violencia para tramitar las diferencias po- líticas, es decir desterrar las armas de la política colombiana. De igual forma, proponen que un actor armado ilegal se transforme en un protagonista legal dentro de la política colombiana, lo cual no pretende modificar la manera de pensar ni los presupuestos ideológico-políticos de los actores, aunque sí redun- da en la eliminación del uso de las armas para hacer política.

Contexto internacional e interno que viabilizan el proceso de paz en Colombia

En el ámbito internacional, en la región latinoamericana existe una serie de go- biernos progresistas, de centroizquierda y de izquierda. Gobiernos que, sin duda, apuntan a buscar políticas de mayor inclusión social. Muchos de estos presiden- tes fueron miembros activos de los grupos insurgentes en sus países, como: Pepe Mojica, expresidente de Uruguay; Dilma Rousseff, presidenta de Brasil; Salvador Sánchez Cerén, presidente de El Salvador; y Daniel Ortega, presidente de Nicara- gua. Ninguno llegó al poder por la vía de las armas sino por la vía democrática. Y esto se lo han dicho a la guerrilla colombiana varios mandatarios, como los expresidentes de Cuba, Fidel Castro y de Venezuela, Hugo Chávez, y los presi- dentes de Ecuador, Rafael Correa, y de Bolivia, Evo Morales.

Asimismo, se dio una coincidencia atípica entre tres gobiernos disímiles: el del presidente Obama (Estados Unidos); el del presidente Raúl Castro (Cuba);

Juan Carlos Amador

y el del presidente Hugo Chávez, ahora liderado por el presidente Nicolás Ma-

duro (Venezuela). Estos se alinearon para apoyar este esfuerzo de paz. Es decir que, en el contexto internacional, existe favorabilidad y no hay una sola voz que se oponga al proceso de paz.

En el ámbito nacional también hubo cambios en la última década con el for- talecimiento de la fuerza pública. Un cambio en la correlación militar, que no

significa que la guerrilla esté al borde de la extinción. Estas guerrillas tendrían capacidad de mantenerse incluso decenios, haciendo algún tipo de daño, pero

sí han recibido unos golpes muy contundentes. De tal manera que la hipótesis

de triunfo militar que podría haberse dado a finales de la década de 1990 ya no existe. Cuando en un conflicto armado la hipótesis fundamental es que la posi- bilidad de triunfo desaparece, la opción de la salida negociada se constituye en una opción seria e importante.

Hoja de ruta

El Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, tiene un gran aporte que lo diferencia de los del pasado porque hay una hoja de ruta, un documento de ocho páginas con las firmas de los delegados de las FARC-EP y del Gobierno. El documento define que la ne- gociación se hará entre ambas partes durante un tiempo largo, de manera reser- vada, como es recomendable hacerlo en la terminación de conflictos armados, mecanismo que recibe el nombre de prenegociación. Además, la hoja de ruta acuerda una agenda en la que se estipula de qué se va a hablar. En este caso son seis temas muy precisos:

1. Desarrollo rural integral.

2. Participación política y social.

3. Terminación del conflicto.

4. Solución al problema de las drogas ilícitas.

5. Víctimas y derechos humanos.

6. Implementación de los acuerdos.

El procedimiento y el equipo negociador

Primero se define dónde se va a negociar, para lo cual se plantea que sea en un país exterior amigo. Para este caso se estableció Cuba y se partió de la base que nada está acordado hasta que todo esté acordado. Este es un modelo de nego-

ciación global, diferente al utilizado en El Salvador y en Guatemala, el cual tuvo un carácter parcial, pues en la medida que se acordaba cada punto, se firmaba

y se iniciaba su implementación inmediata.

¿Preparados para el post-conflicto?

También se definió quiénes van a acompañar la negociación así:

Participación internacional. Conformada por dos países garantes (Cuba y Noruega), los cuales están en la mesa, sentados a manera de testigos mu- dos. Asimismo, dos países acompañantes: Venezuela y Chile.

• Participación de la sociedad. Los colombianos pueden participar en la mesa mediante tres mecanismos: primero, enviando sus propuestas a tra- vés de un sitio web, de las cuales ya han llegado más de 19.000; segundo, participando en los foros organizados por el equipo que integra la Oficina de las Naciones Unidas en Colombia y el Centro de Pensamiento y Segui- miento del Diálogo de Paz de la Universidad Nacional de Colombia.

La tarea que hacen estas dos organizaciones delegadas por ambas partes nego- ciadoras es una relatoría acerca de lo que dicen los participantes en los foros, los cuales se organizan con los criterios de pluralidad, representación, posicio- nes políticas y regiones. Hasta la fecha se han realizado cuatro foros, tres en Bogotá y uno en San José del Guaviare. Estas propuestas se han hecho llegar a la mesa de La Habana con un promedio de catorce libros por cada foro. 3

• Participación de expertos 4 . Algo muy importante en una negociación son los equipos negociadores, quienes deben tener la capacidad para encon- trar soluciones a las dificultades. Al tiempo deben representar muy bien la parte. En la Mesa están dos generales en retiro en representación de la fuerza pública. En representación del sector empresarial, el presidente de la Asociación de Industriales de Colombia (ANDI). Los funcionarios repre- sentantes del Gobierno, encabezados por un expresidente de la república. Por otro lado, en representación de las FARC-EP, la mayoría con experien- cia previa en diálogos de paz.

Temporalidad del proceso

El punto de llegada está establecido también en la agenda. Se aspira a terminar el conflicto armado, a la dejación de las armas y a su trasformación en un movimien- to político. La implementación de los acuerdos en el post-conflicto constituye un periodo muy complejo, que no se puede acelerar y que tomará un buen tiempo. Recordemos que la terminación del conflicto en Nicaragua tomó seis años.

Salida jurídica

Este es el tema más complejo y no está presente en la mesa. En la época de la guerra fría, este tipo de conflictos armados se resolvía acudiendo al derecho

3 Este mecanismo de participación de la sociedad concluye con la refrendación de los acuerdos a que se lleguen, mediante el mecanismo que establece la Constitución Nacional, en el que todos los colombianos podemos aceptar o rechazar lo acordado.

4 Conformada por un grupo de expertos que ofrecen a la mesa negociadora conferencias y expo- siciones sobre el tema.

Juan Carlos Amador

político: rebelión, sedición y asonada, y la salida obvia era amnistía e indulto. Posteriormente, aparece en el ámbito internacional la llamada justicia transicio- nal. Esta es una posibilidad para este caso, pero es muy compleja debido al tipo de salidas planteadas, pues hoy en día no se dan amnistías e indultos.

Partir de las experiencias previas es determinante

El proceso de paz en desarrollo retoma lecciones aprendidas de los intentos previos. El único proceso de paz exitoso en Colombia fue el llevado a cabo por el Gobierno del expresidente Virgilio Barco. La experiencia muestra que un elemento destacado fue hacer las negociaciones en el marco de un cese de

hostilidades. Pero para el conflicto actual no es viable porque los actores de violencia no son solo una organización, las FARC-EP; hay otras como el Ejér- cito de Liberación Nacional (ELN), las bandas criminales emergentes (Bacrim)

y los neo-paramilitares. Además, porque la fuerza pública tiene un mandato constitucional.

No se puede hacer una negociación para terminar un conflicto armado a espaldas de la fuerza pública, la cual tiene que estar como actor central, porque ha sido un protagonista de la confrontación y es una institución del Estado que tiene el mandato del monopolio de la fuerza. Esta es una experiencia retomada del proceso de paz adelantado en el Gobierno del presidente Virgilio Barco, y es

comparable con la experiencia internacional. Este factor de presencia de la fuer- za pública también da tranquilidad al proceso. Es especial para la contraparte FARC-EP, porque sienten que los acuerdos también están siendo avalados por

el componente de su adversario directo.

Las víctimas del conflicto armado

Es un componente novedoso que no había sido tenido en cuenta por ningún proceso de negociación llevado a cabo antes en Colombia. Estos prácticamen- te hacían caso omiso a esta realidad. Hoy en día es la gran contribución, las víctimas de todos los lados del conflicto armado son centrales en el proceso de verdad, reparación y reconocimiento. Al respecto, es importante retomar lo expresado por el político colombiano Óscar Tulio Lizcano, secuestrado por las FARC-EP, por más de diez años, quien manifiesta “tenemos que prepararnos para perdonar lo imperdonable, no podemos continuar con la mirada hacia atrás, debemos seguir adelante”.

Avance de los acuerdos establecidos

Dentro del primer punto de la agenda, Desarrollo rural integral, las dos delega- ciones han planteado en los comunicados oficiales emitidos que esta reforma rural debe ser el inicio de las trasformaciones estructurales de las realidades

¿Preparados para el post-conflicto?

rural y agraria de Colombia con equidad y democracia, contribuyendo así a la no repetición del conflicto armado y a la construcción de una paz estable y duradera. La reforma rural integral está centrada en el bienestar y buen vivir de las gentes del campo, comunidades campesinas, afrodescendientes, negras, indígenas, palanqueras y raizales. Pretende lograr la integración de las regio- nes, la erradicación de la pobreza, la promoción de la igualdad, la protección y el disfrute de los derechos, de la ciudadanía y la reactivación del campo.

Lo acordado, en relación con este punto, reconoce y se centra en:

• El papel fundamental de la economía campesina, familiar y comunitaria en el desarrollo del campo.

• La promoción de diferentes formas de asociación y cooperativismo.

• La generación de ingresos y empleo.

• La dignificación y formalización del trabajo.

• La producción de alimentos.

• La preservación del medio ambiente.

Al respecto, se acuerda que la economía campesina debe estar articulada con otras formas de producción agropecuaria, como condición para garantizar el desarrollo rural. Además, señala que la reforma rural integral se adelantará en un contexto de globalización y de políticas de inserción en ella por parte del Es- tado. Indica que, con el propósito de democratizar el acceso a la tierra en benefi- cio de los campesinos (sin tierra o con tierra insuficiente) y de las comunidades rurales más afectadas por la miseria, el abandono y el conflicto armado, se ha acordado la creación de un fondo de tierras de distribución gratuita, el cual se alimentará de tierras que han sido indebida e ilegalmente adquiridas. Para ello se aplicará y fortalecerá la extinción judicial de dominio y se recuperarán bal- díos apropiados y ocupados contraviniendo la legislación vigente.

Asimismo, se acordó crear una jurisdicción agraria que tenga cobertura y capacidad regional. Se fortalecerán distintos mecanismos de acceso a la tierra. Se reconoce el papel de formalización de la propiedad rural como mecanismo de acceso. Se acuerda fortalecer mecanismos alternativos de conciliación y re- solución de conflictos. El Gobierno pondrá en marcha un plan para formalizar y actualizar el catastro rural. El acuerdo reconoce que las zonas de reserva cam- pesina son una figura que tiene el Estado para promover la economía campe- sina y contribuir al cierre de la frontera agrícola y la producción de alimentos.

En el campo de salud, se acuerda un modelo especial que atienda con enfo- que diferencial las zonas rurales dispersas con pertinencia y énfasis en preven- ción. En educación, el plan tiene como propósito brindar atención integral a la primera infancia, garantizar cobertura, calidad y pertinencia de la educación.

Juan Carlos Amador

Se plantea un plan de vivienda, agua y saneamiento básico, que mejorará condiciones de salud y de habitabilidad en el campo. Planes para proveer bie- nes y servicios sociales, que busquen disminuir brechas entre el campo y la ciu- dad. Se plantea que, en materia de alimentación y nutrición, se asegure para to- dos los ciudadanos disponibilidad y acceso en oportunidad, cantidad, calidad y precio de alimentos. Se acuerda poner en marcha programas de desarrollo con enfoque territorial, que permitan implementar con celeridad y recursos, planes nacionales sobre la base de la transformación regional.

En relación con el segundo punto, participación política y social, se plantea que hay que garantizar derechos y garantías para el ejercicio de la oposición

política en general. Y que el ejercicio de la política no se limita exclusivamente

a la participación en el sistema político y electoral, razón por la cual se deben generar espacios para la democracia y el pluralismo en Colombia. Esto requiere reconocer tanto la oposición que ejercen partidos y movimientos políticos como las formas de acción de organizaciones y movimientos sociales y populares.

Se plantea que partidos y movimientos políticos con personería jurídica van

a ser convocados en una comisión para definir los lineamientos del estatuto de

garantías para el ejercicio de la oposición. Se plantea un sistema integral de se- guridad para garantizar derechos y libertades a estos nuevos movimientos polí- ticos, el cual debe fundarse en el respeto a la dignidad humana, en la promoción

y respeto de los derechos humanos y en la defensa de los valores democráticos.

Se adoptarán medidas para garantizar reconocimiento, fortalecimiento y em- poderamiento de los movimientos y organizaciones sociales. El Gobierno elabo-

rará un proyecto de ley de garantías y promoción de la participación ciudadana

y de otras actividades que puedan realizar las organizaciones y movimientos so-

ciales. Se reconoce que la movilización y la protesta son formas de acción política en el ejercicio legítimo de los derechos: de reunión, de libre circulación, de libre expresión, de libertad de conciencia y de oposición en una democracia.

En lo que respecta a garantías específicas para el nuevo movimiento que surja del tránsito de las FARC-EP a la actividad política legal, se acuerda que esto se discutirá en el punto tres: Fin del conflicto.

El documento señala que en un escenario de fin de conflicto, todos deben contribuir a avanzar en la construcción de una cultura de reconciliación, con- vivencia, tolerancia y no estigmatización. Se propone crear un Consejo Nacio- nal para la Reconciliación y la Convivencia, integrado por representantes del Gobierno, el ministerio público, los que designen los partidos y movimientos políticos. En los territorios se implementarán consejos de este tipo.

Se fortalecerá la participación en la elaboración, discusión y seguimiento de los planes territoriales, es decir, se estimulará la participación en los consejos

¿Preparados para el post-conflicto?

territoriales de planeación. Para promover el pluralismo político, la igualdad de condiciones, la representatividad del sistema de partidos y la consolidación de la paz, se acuerda distinguir la obtención de curules de los partidos de su reconocimiento legal, independiente de si logra o no superar los umbrales.

Igualmente se plantea que, una vez se llegue al acuerdo final, se implemen- tará una misión electoral especial, conformada por expertos de alto nivel, que en un plazo de hasta seis meses presentará recomendaciones con base en bue- nas prácticas nacionales e internacionales. Esto con el fin de reformar todo el sistema electoral.

Con el fin de promover una cultura política, democrática y participativa, que fomente el tratamiento de los conflictos, a través de los mecanismos que brinda la política, descartando la violencia como método de acción política, se pondrán en marcha las siguientes medidas:

• Promoción de los valores democráticos.

• Promoción de la participación política y sus mecanismos.

• Garantizar y fomentar el conocimiento y uso efectivo de los derechos.

• Circunscripciones transitorias especiales de paz para la elección de un número, por definir, de representantes a la cámara de representantes.

• Se habilitará un canal institucional de televisión cerrada, orientado a los partidos y movimientos políticos, para la divulgación de sus platafor- mas, en el marco del respeto por las ideas y la diferencia.

En relación con el punto Solución al problema de las drogas ilícitas, se establece el compromiso de encontrar una solución definitiva a los cultivos de uso ilícito. En tal sentido, se determinó incluirlo en el punto de la reforma rural integral. La solución definitiva implica la construcción conjunta (incluyendo a las comunida- des) en el diseño, ejecución, seguimiento, evaluación y control de los planes. Un elemento importante es el fortalecimiento de la presencia institucional del Estado en los territorios afectados, promoviendo el desarrollo integral, la satisfacción de los derechos de los ciudadanos, y garantizando la seguridad y convivencia.

Dada la diversidad que caracteriza las regiones de Colombia, cualquier in- tervención debe tener un enfoque diferencial, reflejado en los planes que se construyan con las comunidades, de tal forma que se reconozcan necesidades, características, particularidades económicas, culturales y sociales de los territo- rios y las comunidades, garantizando sostenibilidad socio ambiental.

Por último, se determina que es necesario contribuir al cierre de la frontera agrícola, a la recuperación de los ecosistemas y al desarrollo sostenible. En conse- cuencia, se apoyarán planes de desarrollo de diferentes formas de organización y

Juan Carlos Amador

asociación, como las zonas de reserva campesina, constituidas o las que se consti- tuyan cuando coincidan con los territorios afectados por cultivos ilícitos.

Conclusiones

Colombia se encuentra en un periodo de construcción de paz. Actualmente se están adelantando diálogos con el ELN, en la denominada etapa de prenego- ciación, es decir en la construcción de una hoja de ruta. El fin del conflicto debe involucrar a las dos insurgencias, tanto al ELN como a las FARC-EP, y debe ser así para no repetir la historia de negociones a medias.

Si en esta ocasión realizamos la paz en Colombia, lograremos algo que para muchos pudiera ser imposible, incluso por encima de quienes se oponen a que se realice, porque están tan acostumbrados a vivir con el conflicto. Esto muestra que la violencia es casi una inercia nacional.

Luego de la terminación del conflicto armado entraremos en un periodo apasionante de construcción de paz, que no es otra cosa que impulsar cambios y trasformaciones en la sociedad colombiana.

Referencias bibliográficas

Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera (2012). Recuperado de https://www.mesadeconversaciones.com. co/sites/default/files/AcuerdoGeneralTerminacionConflicto.pdf

Sánchez, G. (2004). La violencia y la supresión de la política. Bogotá: Colección Biblioteca Banco de la República.

La integralidad de la justicia transicional

Gustavo Salazar Arbeláez 1

El siguiente escrito está estructurado a través de cinco puntos. El primero es bá- sicamente introductorio, se centra en la pregunta ¿Qué es el Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ)? El segundo plantea una definición básica de justicia transicional. El tercero aborda los objetivos centrales de la justicia transi- cional. El cuarto punto desarrolla el concepto de integralidad de la justicia transi- cional, asunto de gran trascendencia para entender tanto los procesos reparación como las medidas de justicia, verdad y memoria. Al final, se expondrán algunos elementos sobre el sentido y los parámetros de la reparación.

En primer lugar, vale señalar que el ICTJ es una organización no guberna- mental, de carácter internacional, con sede en Nueva York. Fue creada aproxi- madamente hace doce años y actualmente tiene oficinas en Colombia y participa en procesos en Latinoamérica, específicamente en países como Argentina, Perú y Guatemala. Esto en lo que atañe al hemisferio occidental, pues además cuenta con ocho oficinas a lo largo y ancho del mundo, a través de las cuales acompaña procesos de justicia transicional, tales como Sierra Leona, Kenia, Uganda, Nepal, Burundi, Birmania, Congo, Marruecos, Liberia y Sudán. También dispone de una oficina en el Líbano, aguardando los sucesos venideros en Siria.

1 Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. En el momento de producir este texto, se desempeñaba como Coordinador Programático para Colombia del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ).

Juan Carlos Amador

El ICTJ tiene tres líneas de acción. La primera, llamada incidencia política,

promueve una mirada específica de la justicia transicional para que se adopten

y desarrollen las medidas y los mecanismos necesarios, tendientes a la imple-

mentación de la justicia transicional, bajo ciertos parámetros, en situaciones de posguerra. En segundo lugar, se concentra en la producción de conocimiento, actividad central para el Centro, dado que produce documentos, normalmente gratuitos y de consulta directa en PDF, los cuales se divulgan a través de su si- tio web. 2 La tercera, y última línea de trabajo, corresponde a la asistencia técnica tanto a los gobiernos como a ONG, así como a promotores o defensores de la paz y los derechos humanos y las organizaciones de víctimas.

El ICTJ lleva varios años en Colombia trabajando con el Gobierno nacional. Con el actual gobierno, bajo la dirección del presidente Juan Manuel Santos, y

con el anterior Congreso de la República, el Centro ha apoyado el diseño, consul-

ta e intervención del proceso de estructuración de proyectos de ley, como la Ley

de Víctimas, el Marco Jurídico para la Paz, la reforma a la Ley de Justicia y Paz y

la Ley 1592. También ha intervenido en el proceso de reforma del fuero penal mi-

litar, oponiéndonos a este. Asimismo, asistió y acompañó técnicamente al Centro Nacional de Memoria Histórica. Tan amplio como ello es el espectro de trabajo del Centro Internacional para la Justicia Transicional.

Ahora, ¿qué es la justicia transicional? Lo primero es exponer qué no es la justicia transicional, a fin de evitar equívocos. En principio, es preciso aclarar que la justicia transicional no puede ser entendida como perdón y olvido, como amnistía total o como tolerancia y resignación. Este es, sin duda, el punto de partida, sobre todo porque en el escenario internacional existe una posición pri- vilegiada para las víctimas, en la que la memoria y la verdad son absolutamente necesarias para la sociedad. Por más dolorosos que sean los acontecimientos de violencia, las sociedades no deben quedarse ancladas en el pasado, sino que deben ser capaces de utilizarlos con miras a corregir las instituciones, a trans- formar los valores y a proponer dinámicas de cambio social.

La justicia transicional debe ser entendida no como un modelo específico de justicia, sino como un esquema de rendición de cuentas, plegado a las medidas que adopta un país para dar respuesta a un periodo de atrocidades masivas, derivadas de dos escenarios posibles: los conflictos armados o las dictaduras.

En el ámbito internacional-jurídico, hablar de conflictos armados implica entrever dos posibilidades. De un lado, conflictos armados internacionales. Y de otro, conflictos armados no internacionales, esto para dirimir cualquier dis- cusión respecto al caso colombiano. En el escenario jurídico internacional solo

2 Gran parte de los documentos están para su consulta en inglés, pero en la página web se encuen- tra un link de la oficina en Colombia escritos en español y, para aquellos muy versados, algunos documentos en árabe, sobre trabajos realizados en la zona de la primavera árabe: www.ictj.org

¿Preparados para el post-conflicto?

hay tres posibilidades de existencia para los estados: el estado de la paz; el estado de disturbios y tensiones internas; y el estado de conflicto armado. Sin embargo, en relación con el terrorismo, este no existe en términos jurídicos con total claridad, pues se limita a algunas conductas específicas, y la mayor parte de las conductas consideradas como tales son, en general, categorías más bien políticas o morales que adopta cada país, sociedad o gobierno, de acuerdo con sus intereses.

Los conflictos armados son internacionales cuando se involucran dos o más entidades del ámbito internacional, esto es Estado-Nación. Y contrario a esto, se trata de conflictos armados no internacionales cuando se dirimen o son de- terminados al interior de las fronteras de un Estado-Nación, reconocido en el ámbito internacional. Se trata de una situación que ha sido frecuentemente re- conocida con el término “guerra civil”, en oposición a la guerra pública, como guerra de los ciudadanos.

Así, por el contrario, un estado de paz implica el control de algún tipo de violencia básica, de violencia más bien de carácter cotidiano, desorganizado, esporádico, común, esto es, un escenario de menor violencia posible. Por otro lado, disturbios y tensiones internas caracterizan la existencia de violencias significativas, de carácter desorganizado y esporádico. Finalmente, el conflicto armado, de carácter internacional o no internacional, se encuentra determinado por el desarrollo de una violencia organizada, como consecuencia de disputas por el poder.

La justicia transicional es la respuesta a atrocidades masivas, producto de conflictos armados o dictaduras. Distinción referida básicamente a quien en- gendra la violencia, pues mientras en las guerras civiles la violencia es produ- cida por dos o más actores, en las dictaduras el escenario de la violencia está determinado, básicamente o de manera preponderante, por un actor: el Estado. De esta manera, la justicia transicional busca responder a violaciones masivas de derechos humanos, término abarcante que comprende desprendimientos tanto del Sistema de Derecho Internacional de los Derechos Humanos como del Derecho Internacional Humanitario.

Mientras que el primero prevalece en situaciones de no guerra, el segundo ha de verificarse en situaciones de conflicto armado (sea este internacional o no internacional), de acuerdo con las diversas normas aplicables para cada uno de ellos, y conforme a los cuatro convenios de Ginebra. El artículo tercero, común a ellos, establece el protocolo mínimo frente a los actores armados. Y el segundo comprende los dos protocolos adicionales a los protocolos de Ginebra, los cua- les regulan de manera específica los conflictos armados internacionales a partir del año 1977. Esto simplemente como reflejo de lo que ha sido la transforma- ción de los conflictos en las últimas décadas.

Juan Carlos Amador

Volviendo a la justicia transicional, es importante afirmar que esta refleja cómo las sociedades dan respuestas a situaciones de atrocidades masivas, es decir, cómo las sociedades pasan de una situación de negación de democracia a una situa- ción de democracia. Este proceso debe ser entendido como la transición hacia la consolidación o apertura democrática, porque la violencia, sea en un escenario de dictadura o de conflicto armado, implica básicamente el desconocimiento de la democracia. Aquí me acojo, básicamente, a los principios de Hannah Arendt (1970), para quien la violencia implica negación de democracia, en tanto negación de poder, entendido este como la posibilidad de actuar en forma consensuada.

La justicia transicional denota rendición de cuentas, en un escenario de atro- cidades masivas, con el fin de pasar de una situación de violencia a una demo- crática. En tal sentido, solo se puede hablar de justicia transicional en términos ontológicos, si el efecto de las medidas y de los mecanismos adoptados implica, de alguna manera, mayores niveles de democracia.

Es necesario, en este estado de la disertación, dar cuenta del momento en que surge la justicia transicional. En el caso colombiano, se habló de ella a partir de la Ley 975 de 2005, una normatividad excepcional para dar respuesta a un proceso de paz, sin antecedentes. Al respecto, es importante señalar que “justi- cia transicional” es un término acuñado en la década de 1980, específicamente a raíz de discusiones sobre cómo dar respuesta a situaciones de violencia masiva, pregunta que se profundiza a partir de la década de 1990 cuando se empieza a hablar de justicia transicional en estrictos términos.

Solo a partir de la década de 1990 se desarrolla realmente la justicia transi- cional. Esta se forjó a partir de tres periodos o fases de evolución, según Ruti G. Teitel (2003), quien advierte un importante momento de partida en el año de 1945, tras la experiencia de los Tribunales de Núremberg, luego de la Se- gunda Guerra Mundial. Se trata de un hito, un punto de inicio del sistema de justicia transicional, dado que por primera vez los individuos responden, gene- ralmente en escenarios públicos, por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Además de establecerlos fue la primera institución que terminó sancionando de manera efectiva a personas específicas por crímenes de guerra. Hay, en los Tribunales de Leipzig, luego de la Primera Guerra Mundial, un antecedente relevante relacionado con una experiencia más bien fracasada.

El Tribunal de Núremberg normalmente se asume como el punto de partida de lo que, autores como Teitel (2003) denominan justicia transicional. La autora propone tres periodos: uno de 1945 a 1990; el segundo de 1990 a 2000; y otro de 2000 en adelante. El primero constituye la fase de la justicia transicional de carácter retributivo, básicamente penal, centrada en la acción punitiva del Es- tado y en la sanción directa al victimario. La retribución se entiende aquí como la venganza mediada, a través de un organismo, un tercer organismo que, en

¿Preparados para el post-conflicto?

lo posible, respeta y debe garantizar los derechos del acusado y las normas básicas del debido proceso.

Entonces, entre 1945 y 1990 tuvo lugar el primer momento de la naciente justicia transicional, pues como lo señala Teitel (2003), para entonces el tema no estaba del todo acuñado, pero surgió la pregunta sobre cómo se da respuesta a periodos de atrocidades masivas, a la que siguió una respuesta de carácter pe- nal. Esto para entender que, en materia de justicia transicional, no es casualidad entenderla como un asunto jurídico, determinado por la responsabilidad penal de quien o quienes fueron responsables de dichas atrocidades. Sin embargo, esta mirada resulta muy restringida.

Con el paso del tiempo, esta perspectiva se fue transformando y, finalmente, cerrando la década de 1980, se acotó el término, convirtiéndose la justicia tran- sicional en una justicia ampliada, no limitada a la de carácter penal o retribu- tivo, sino focalizada en las víctimas. En este momento se empieza a hablar de justicia restaurativa, no centrada en la sanción del victimario, sino en la nece- sidad de recomponer un orden social y democrático, que implica construcción de ciudadanía, lo cual parece hipotético pero tiene bastante de realidad. Para señalar algunos puntos clásicos de justicia transicional, es preciso referir el Tri- bunal de Núremberg, el Tribunal de Eichman en Jerusalén en el año de 1961 y mecanismos importantísimos que van a plantear discusiones gruesas, por ejem- plo la Comisión de la Verdad en Argentina.

Frente al objetivo de la justicia transicional, que constituye el tercer punto

a abordar, es preciso señalar que solo es posible entender las medidas y me-

canismos de la justicia transicional a partir de sus metas. Todos asimilamos la justicia transicional a la verdad, a la justicia, a la reparación y a la garantía de no repetición, pero la pregunta clave es: ¿hacia dónde debe apuntar?

En tal sentido, esta ha de orientarse hacia dos tipos de objetivos: los media-

tos y los finales. Cada medida, atinente a la reparación, la justicia, la verdad y la garantía de no repetición, debe dar respuesta a objetivos específicos, es decir la reparación debe reparar, la justicia debe aplicar justicia, la verdad debe llevar a

la consecución de la verdad y la garantía de no repetición debe a garantizar que

no se repita lo ocurrido. Pero además de todo ello, estos objetivos tienen que in- clinarse hacia la satisfacción de objetivos mediatos, como lo son la dignidad, el reconocimiento y la confianza cívica, así como la reconciliación, la democracia

y el Estado de Derecho, como objetivos finales (De Greiff, 2009).

Lo anterior constituye un rápido paso hacia conceptos complejos. Primero, la dignidad, por ejemplo, cuya noción presume que la violencia afecta la dig-

nidad de los individuos, pues impone sistemas y categorías morales, jurídicas

y psicológicas que disminuyen la capacidad del individuo. En esa medida, la

afectación de la dignidad parte de un hecho central, que es el reconocimiento

Juan Carlos Amador

de la existencia de un acto violento, ejecutado por un sujeto activo que lo de- sarrolló de forma intencional y que generó en un sujeto pasivo un daño. Es un daño que se plasma no exclusivamente en el ámbito físico o psicológico, sino en dos escenarios bien complejos: el moral y el ciudadano (Walker, 2006). Aquí se disminuye la situación moral del individuo que sufre el daño, a quien como ciudadano se le disminuye o niega el ejercicio real de los derechos.

En el marco de una justicia restaurativa, de cara a la dignidad de las vícti- mas, las estrategias se centran en ellas, y buscan su dignificación, al reconocer que merecen una serie de medidas a su favor, como parte del camino para recomponer la situación previa, caracterizada por la existencia de un derecho posteriormente violado, vulnerado de manera injusta. 3 Todas las medidas de- ben conducir a la dignidad (Minow, 1998) y deben partir del hecho de que la víctima merece una atención específica por la incapacidad del Estado de garan- tizar la protección a sus derechos, o incluso por el hecho de que algunos de sus miembros efectuaron, de manera activa, actos que fueron en desmedro de los derechos de las víctimas.

El segundo es el sentido de reconocimiento (Honneth, 2006), el cual se con- juga con la confianza en el concepto fundamental de ciudadanía, a la que debe llevar la justicia transicional. Ciudadanía deberá ser entendida como la capaci- dad de los individuos de tomar sus propias decisiones, de manera autónoma. Y el reconocimiento como aquella actuación que implica reafirmar el valor del otro, que conlleva, en términos de la dignidad, a asumir la existencia de un acto injusto que disminuyó el valor del otro.

El tercero es la confianza cívica, la cual se ve seriamente afectada por la gue- rra, pues esta se teje entre los individuos y el Estado cuando ambos sienten que:

por un lado, el otro no va a causar daño alguno en su perjuicio (en una versión negativa de la definición); y, por el otro, atendiendo a una dimensión positiva de la misma, que este puede generar el bien. Es importante reiterar que uno de los primeros lazos que se rompe en la guerra es la confianza, lo que impli- ca la ruptura de la unidad social. Esto impide o limita las posibilidades de la acción colectiva, situación que va en menoscabo de los más pobres, a quienes más afecta la violencia en la medida en que disminuye su capacidad de actuar colectivamente al desvanecer la confianza.

La confianza entre los individuos, entre el individuo y las comunidades, entre diferentes comunidades, entre el individuo y las instituciones, conforme

3 La alusión a la injusticia aquí destacada obedece al hecho de que hay actos intencionales que generan daño, pero que pueden ser justos, como es el caso de aquellos permitidos por el Dere- cho Internacional Humanitario, cuyo ejemplo puede ser el siguiente: de dos combatientes en proceso de combate, uno de ellos muere a causa de un daño intencional, perpetrado por el otro, sin embargo tal daño se entiende justo, o por lo menos permitido.

¿Preparados para el post-conflicto?

tan variados escenarios, condensa distintos niveles. Acerca del último es con- veniente precisar que el individuo cree en las instituciones en la medida en que ellas respondan a sus necesidades y hagan valer sus derechos. En ese orden de

ideas, la justicia transicional implica una respuesta de las instituciones o la im- plementación de ajustes institucionales para que el Estado pueda dar respuesta

a las exigencias y necesidades de los individuos, de cara a sus derechos. La reparación se inscribe como parte de esa respuesta necesaria.

Frente al cuarto tema, relativo a qué son los derechos u objetivos finales, es preciso entender que la justicia transicional, en términos del Estado de derecho, implica una concepción normativa de la reafirmación de valores de convivencia básicos, lo que requiere: (i) Negar como válidos los actos de violencia, y (ii) Re- afirmar la dignidad de las víctimas. Negar como válidos los actos de violencia implica poner en su sitio a los victimarios, quienes siempre tienen excusas, jus- tificaciones o mitigaciones, cuyos actos siempre pretenden tildar como justos. Actos que son, por definición, injustos o por lo menos no validados en términos de legalidad.

La democracia implica la posibilidad de actuar, de consumo y de poder. También supone reconciliación, lo cual no sugiere el acuerdo de todos ni mu- cho menos la felicidad, sino que las diferencias puedan tramitarse a partir de mecanismos, pues la democracia implica el disenso mediado por un consenso procedimental, que en la arena política exige el tratamiento racional de las di- ferencias.

La integralidad que incluye la justicia transicional se refiere a la importancia

conjunta de la justicia, la verdad, la reparación y las garantías de no repetición,

a las que debe orientarse. Es decir, que las medidas asociadas a la justicia tran-

sicional no pueden estar separadas entre sí. Por ejemplo, si solo se implemen- tan tribunales legales para la sanción al victimario y no se trata a la víctima en otros escenarios, se generan efectos materiales y morales severos dado que se convierte en una respuesta incompleta.

Cuando se habla con las víctimas, ejercicio de gran relevancia para ellas, frecuentemente le dan mayor importancia a la verdad, queriendo saber qué pasó y por qué pasó. En orden descendente, luego posicionan la existencia de una condena. Y, por último, buscan las medidas consiguientes de reparación.

En términos de garantías de no repetición, entendidas como reformas ins-

titucionales, se destacan las atinentes a los servicios de inteligencia, la fuerza pública, el sistema judicial (permeado frecuentemente por actores armados),

el sistema de vetting o de veto (prohibiendo el ejercicio de funciones públicas a

quienes estén involucrados en violaciones o crímenes internacionales) y los sis- temas de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR), entendidos como parte de las garantías de no repetición.

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Frente a la temática propia de la reparación, pueden referirse básicamente cuatro medidas, que implican restitución, compensación, rehabilitación y sa- tisfacción. La restitución se concibe como un principio de restablecimiento del statu quo 4 que busca devolverse a la situación anterior. Se trata simplemente de un deber ser o de una norma que muchas veces no es posible dada la imposi- bilidad que representa. Con frecuencia, retornar a la situación anterior, dado un daño ya generado, verbigracia de un homicidio o una desaparición forzada, es meramente una ficción. Una ficción que sin embargo funge como guía de la acción estatal en términos de reparación.

Restitución entonces implica tratar de volver a la situación anterior, prevalen- te de derechos, cuando uno supone que la situación anterior contaba con vigen- cia de derechos, sin considerar qué otras condiciones preexistían en tal situación. Como ejemplo de lo que precede, puede traerse a colación la siguiente situación:

en algún lugar, como en Macayepo, en el departamento de Bolívar, donde no había acueducto, ni escuelas, ni alumbrado, no puede suponerse que antes de un daño existía una situación de valía de derechos. Esto para evidenciar que aquí hablamos de restitución y se asocia con la restitución de tierras y de bienes, pero es importante tener en cuenta que también debe haber restitución de derechos.

Otro ejemplo, en el caso colombiano, es la restitución de derechos que se está adelantando por parte de la Universidad de Córdoba. Con la importancia que ello tiene para su comunidad universitaria, en la medida que la apropiación paramilitar de dicha institución implicó la privación y la supresión de derechos de los educadores, del personal administrativo y de los estudiantes. Así, se está devolviendo la pretérita situación de valía o de vigencia de sus derechos.

De otro lado, la compensación (De Greiff, 2006) implica básicamente asig- narle un valor al daño, subrogado a los bienes materiales específicos o a aque- llos de carácter moral. En estos procesos se derivan pagos monetarios.

Por su parte, las medidas de reparación y rehabilitación contienen varios planos, entre ellos el moral, el psicológico, el físico y el jurídico. El psicológi- co y el físico son los más comunes, por ejemplo la atención psicosocial y un tratamiento de prótesis para víctimas de minas antipersona. El plano moral es mucho más complejo, y el legal se centra en la prestación de asistencia le- gal para que las víctimas ejerzan sus derechos. Finalmente, están las medidas satisfacción, las cuales implican la adopción de mecanismos de admisión de responsabilidades, ejercicios de memoria y verdad. Bajo esta perspectiva, inme- diatamente se entiende que la reparación está conectada con la justicia.

El punto de partida para la reparación lo constituye el consenso interna- cional. Las víctimas tienen derecho a ser reparadas, por tanto se encuentran

4 Para ilustrar esta discusión, ver Gómez (2006).

¿Preparados para el post-conflicto?

haciendo ejercicio de derechos y no están a merced de la potestad o la bene- volencia del Estado, pues resulta ser una de sus obligaciones, derivada de dos condiciones. De un lado, de la vulneración directa de derechos por parte de sus agentes. Y de otro, de la incapacidad o negligencia del aparato estatal para proteger esos derechos de la conducta de terceros. Ese es el corpus básico de los convenios en los sistemas interamericanos de protección, en los que está conte- nido el derecho a la reparación en una serie de normatividades.

El artículo octavo de la Declaración de los Derechos Humanos habla de recur- sos efectivos, y los artículos 10, 68 y 73 de la Convención Americana, que tratan de la adecuada compensación de los daños, contemplan la reparación, también contenida en la Convención contra la Tortura, en donde se habla de una adecua- da compensación o de una rehabilitación lo más competa posible (artículo 14). También se encuentra prevista en la Convención Europea de Derechos Humanos (artículo 50), cuando habla de la justa satisfacción de las víctimas.

En este punto es preciso mencionar que ha habido desarrollo de carácter doctrinal y normativo, en términos de resoluciones de las Naciones Unidas, que ha llevado a establecer los cuatro puntos específicos de reparación –ya explicados–, a partir de los principios dados aproximadamente en el año de 1997 y de los principios vigentes del 2005. El concepto que normalmente se relaciona con la noción de reparación es restitutio in integrum, que traduce restitución total, como un deber ser, puesto que la reparación total es mate- rialmente imposible.

¿A dónde apunta, o cuáles son los objetivos centrales de la reparación? Señalaré tres: (i) La neutralización de los elementos del acto violento, porque hay un daño que tiene carácter material, psicológico y moral; (ii) El impedimen- to a los victimarios del goce de cualquier beneficio derivado del acto violento, como una reafirmación normativa; y (iii) La obligación, en cabeza del Estado, para asumir la responsabilidad por acción o por omisión, que trajo como conse- cuencia la ocurrencia de ciertas acciones.

Finalmente, es preciso destacar tres conceptos de extrema complejidad, relacionados con la reparación: la asistencia humanitaria, la reparación y el desarrollo. Esto teniendo en cuenta que cuando uno habla con las víctimas, estas sienten que su suerte ya está echada, tal como lo refería una de ellas en el departamento de Santander: “ (…) yo tengo 48 años, yo ya no pude estudiar, quiero por lo menos que mi hijo tenga la posibilidad de estudiar”. Así, nor- malmente las víctimas solicitan tres tipos de cosas: atención en vivienda y en salud, y acceso a educación. Estas tienen un traslape, en la medida en que hay una intersección entre la reparación y las medidas de desarrollo, siendo una tendencia de los gobiernos confundir la reparación con medidas que corres- ponden al desarrollo.

Juan Carlos Amador

Una pregunta final: ¿Hasta qué punto podemos considerar que estas medi- das de desarrollo se derivan de la obligación del Estado, en tanto en el Estado social de derecho pueden ser asimiladas a reparación? Algo realmente comple- jo en el caso colombiano es que se han adelantado procesos de reparación en medio de un conflicto, lo que conduce a medidas de asistencia humanitaria que normalmente tienden a ser enfocadas por el Estado como reparación, cuando con ellas tan solo se pretende disminuir la afectación de un derecho específico, pero no reparar. La reparación implica una transformación de la situación o por lo menos un redireccionamiento de la vida en referencia a la vida anterior.

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1970). Sobre la violencia. Trad. Miguel González. México: Cuadernos de Joaquín Mortiz.

De Greiff, P. (2009). Una concepción normativa de la Justicia Transicional. En Rangel, A. (Comp.). Justicia y paz ¿Cuál es el precio a pagar? Bogotá: Interme- dio Editores.

De Greiff, P. (2008). Justice and reparation, Justice and reparations. Handbook of reparations, Oxford University Press, pp. 451-477.

Gómez Isa, F. (2006). El derecho de las víctimas a la reparación por violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos. En El derecho a la memoria. Bilbao: Deusto

Honneth, A. (2006). El reconocimiento como ideología. Isegoria, Nº 35 julio-di- ciembre, 129-150.

Minow, M. (1998). Between vengeance and forgiveness. Beacon Press.

Teitel R. (2003). Genealogía de la Justicia Transicional. Harvard Human Rights Journal, Vol 16, Spring, pp. 69-94.

Walker, M. (2006). Moral Repair, What is moral repair? Cambridge University Press.

La perspectiva de las mujeres que participaron en el proceso de la Comisión de la Verdad:

conclusiones

Alejandra Miller Restrepo 1

La verdad de las mujeres

La Comisión de la Verdad de las Mujeres supone un aporte a la necesidad de paz y a la construcción de la misma en Colombia, porque recoge y hace públi- cas las voces y las palabras de mujeres víctimas que han sufrido todo tipo de vejámenes y violaciones de derechos humanos en el conflicto armado y que, a su vez, han luchado por defender la vida y la dignidad de las personas cercanas reconstruyendo una y otra vez las relaciones y los espacios de vida. Mujeres y violencias que han sido históricamente calladas perpetuando y refrendando con este silencio el modelo patriarcal que impera en nuestra sociedad. Por tan- to, esta Comisión es un proceso de visibilización y reconocimiento social de las mujeres como actoras políticas y sujetas de derechos para exigir verdad, justi- cia, reparación y la no repetición de las violencias contra el cuerpo y vida de ellas. Con estas voces femeninas, se comienza a quebrar el silencio de las muje- res víctimas que ha normalizado o naturalizado la violencia contra las mujeres y las consecuencias de la misma en sus vidas.

1 El texto hace parte del informe de la Comisión de la Verdad realizado por la Ruta Pacífica de las Mujeres y que lleva por título: La verdad de las mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia. La presentación de este informe durante el seminario nacional: Preparando el futuro. Entornos y límites de posconflicto en Colombia estuvo a cargo de Alejandra Miller, investigadora del Informe y coordinadora de la Ruta Pacífica de las Mujeres Regional Cauca.

Juan Carlos Amador

Este Informe recoge la visión de numerosas mujeres de muy diferentes re- giones del país, que han afrontado por años el conflicto armado. Es la narra- ción del dolor y también la formulación de la esperanza de otro futuro de mil mujeres, que han dado testimonio acerca de lo que ha implicado la guerra y de sus sueños para una Colombia en paz. Es una narrativa femenina que constata los efectos del conflicto armado en el cuerpo y vida de las mujeres, en la que emergen repetidamente las preguntas: ¿por qué a mí?, ¿por qué sucedió esto? Estas preguntas muestran a la vez el impacto y la necesidad de construir una memoria que ayude a rescatar los fragmentos del sentido en un conflicto y de una represión política que han sobrepasado todos los límites de la lógica o la proporcionalidad, y que han convertido a la población civil, y en particular a las mujeres, en objetivo militar.

La Comisión muestra las distintas violencias que los diferentes actores ar- mados han ejercido sobre las mujeres, y cómo estas violaciones de los derechos humanos se han normalizado, y hasta consentido, por parte de las autoridades públicas a las que corresponde garantizar la seguridad y convivencia ciudada- nas. De ahí que sea indispensable que las mujeres víctimas reciban explicacio- nes sobre los hechos de barbarie cometidos por los victimarios y que el Estado las reparare por los graves daños que los actores armados ocasionaron en sus cuerpos y proyectos de vida. La Comisión es, en este sentido, una apuesta polí- tica para pensar y aportar a la reconstrucción del tejido social, y por ende, a la reconciliación nacional.

El proceso de la Comisión de la Verdad permitió conocer las experiencias de mujeres y sirvió para formalizar y sistematizar los efectos de las distintas violencias que sufren las mujeres en el marco del conflicto armado. Las muje- res hablaron de las violaciones a sí mismas y a otras mujeres, casi siempre sus propias hijas e hijos. Pero también decidieron confiar sus propias vivencias, los dramas y las violaciones sufridas rompiendo el silencio sobre ellas.

Las mujeres víctimas revelan en sus testimonios claves culturales que per- miten comprender el silencio de muchas de las mujeres víctimas. Confirman que es necesario erradicar la respuesta de cuestionar la credibilidad de las mu- jeres cuando hablan del impacto de la violencia, y la insensibilidad social hacia ellas, para que se las pueda reconocer como víctimas que deben ser atendidas en sus derechos, reparadas y protegidas evitando su revictimización.

Esta Comisión de la Verdad es una muestra de la valiosa aportación de las mujeres a la construcción de la memoria, la verdad y credibilidad desde la sen- sibilidad y subjetividad femeninas, que hasta hoy han sido sistemáticamen- te canceladas por el modelo androcéntrico. Modelo que los actores armados pretenden perpetuar envileciendo las mujeres por medio de la violencia y la coacción de las armas.

¿Preparados para el post-conflicto?

En sus testimonios las mujeres víctimas condenan el sinsentido de la guerra. Denuncian la actuación sistemática de los diversos actores armados que se han ensañado al violar sus cuerpos, sus espacios de vida y sus derechos como una forma de desprecio y de intimidación. Muestran cómo algunos de esos actores han atacado a las mujeres en sus procesos organizativos para que no interven- gan en la vida de sus comunidades y se sometan a la militarización de la vida cotidiana de quienes quieren controlar los movimientos o la protesta social, o están detrás de proyectos de despojo de la tierra que han formado parte del modus operandi de la violencia en Colombia, como parte de la construcción de una sociedad excluyente y de una desigualdad extrema.

Según las mujeres testimoniantes, en el proceso de militarización los actores armados, legales o ilegales, han quebrantado el valor y cohesión de la familia como el núcleo social que permite la más cercana protección y confianza, al incursionar en la vida privada por medio de las armas para exigir y apropiarse de los territorios o para obligar a las poblaciones a acatar sus órdenes y a cumplir sus demandas.

Las mujeres víctimas señalan la responsabilidad de todos los actores arma- dos en la guerra y reclaman la terminación del conflicto armado, porque las dinámicas del mismo son las responsables de los impactos sobre sus vidas, las de sus familias y sus comunidades, de la ruptura del tejido social y del cierre de las posibilidades de una vida más justa y en paz.

Las mujeres víctimas que decidieron confiar su testimonio a esta Comisión esperan que sus palabras y sus historias más íntimas contribuyan a que en Co- lombia el derecho a la paz y a una vida libre de violencias se haga realidad. Que esta memoria de la verdad de las mujeres sea parte de los acuerdos sociales y políticos relativos a la prevención de la violencia, y a una política de reconstruc- ción del tejido social y de reparaciones que el Estado debe garantizar.

Las recomendaciones que se incluyen en la sistematización de los mil tes- timonios deberán tenerse en cuenta como aporte a la paz, al respeto de los derechos y la dignidad de las mujeres, en cualquier proceso hacia la paz que se construya en el futuro. Entre los desafíos se encuentra la posibilidad de que las voces de las mujeres sean escuchadas en el país, uniendo el apoyo a las víctimas con la investigación de los hechos y la búsqueda de salidas políticas al conflicto. Una futura Comisión de la Verdad en el país debe considerar la experiencia de las víctimas como un elemento central de su trabajo. La experiencia de esta co- misión es una experiencia relevante de la que se desprenden aprendizajes que deben ser tenidos en cuenta.

Una mirada feminista

La lógica de la guerra exacerba el control y la dominación patriarcal sobre la vida y los cuerpos de las mujeres y lo hace no solo en los escenarios propios del

Juan Carlos Amador

conflicto, sino en todos los espacios donde las mujeres viven y se movilizan. Y son los cuerpos, sobre todo los cuerpos de mujeres jóvenes, campesinas, negras

e indígenas, los que operan como lugares de intersección y encuentro de identi- dades discriminadas que caracterizan los fundamentos de la exclusión.

Las mujeres víctimas del conflicto armado, de diversas etnias, territorios y edades se han visto afectadas por esta guerra a lo largo y ancho del país. Ellas han experimentado inenarrables sufrimientos, múltiples y recurrentes abusos

a su integridad física, sexual y psicológica. La intersección entre el género, la

etnia, la edad y la localización en el territorio de conflicto opera profundizando las discriminaciones contra las mujeres. La profunda articulación del género

con otras dimensiones de la identidad o situaciones vinculadas al conflicto, como el desplazamiento o la militarización de la vida, generan formas particu- lares de desigualdad y discriminación.

La vida de innumerables mujeres que habitan zonas de conflicto armado en Colombia, se ha visto profundamente impactada por la guerra y sus prácticas inhumanas y ha sido modificada, profundizando su opresión, subordinación

y discriminación, a través del incremento de las múltiples violencias ejercidas

contra ellas, a través de las experiencias de pérdida y desplazamiento, así como

de la exacerbación del control masculino sobre sus cuerpos y sus sexualidades. Esta dimensión de pérdida, de sufrimiento, y de control de la vida caracteriza la experiencia de las mujeres víctimas en Colombia.

Este informe incorpora el discurso y la práctica feminista puesto que parte del análisis de una sociedad patriarcal en la que la relación de dominación de los hombres sobre las mujeres cancela la palabra femenina y legitima la violen-

cia contra sus cuerpos. Este análisis permite vincular las violencias vividas en el ámbito de lo privado y en la esfera pública, con diferentes impactos y responsa- bilidades, como una continuidad. El patriarcado es un sistema de dominación e injusticia que se traduce asimismo en marginación social, económica y política

y converge en todos los contextos del conflicto armado empeorando las condi- ciones de vida de las mujeres.

Identificar el significado práctico de la perspectiva feminista para este tra- bajo y para las mujeres que participaron en él, ha conllevado desentrañar y vi- venciar el sentido profundo de escuchar la voz de las mujeres. Este proceso ha supuesto conocer, caracterizar y entender el conflicto armado desde el sentir de ellas, visibilizar las afectaciones en sus cuerpos –principal lugar de expresión de las violencias sufridas–, reconocer su contribución al esclarecimiento de la verdad y apoyar el fortalecimiento personal y social de las mujeres.

Para todas las mujeres participantes del proyecto de la Comisión de la Ver- dad, ya fueran coordinadoras, documentadoras, transcriptoras, digitadoras, codificadoras e investigadoras, este trabajo con las mujeres y sus testimonios

¿Preparados para el post-conflicto?

ha supuesto confrontarse con un dolor y un sufrimiento inimaginables. Ha des- encadenado una toma de conciencia de la profundidad y la extensión de la violencia contra las mujeres más allá de cualquier discurso. Tanto en los talleres de análisis como en el proceso de sistematización, los relatos del impacto de las experiencias de las mujeres en aquellas que las escucharon con calidez y profe- sionalidad fueron a su vez duros y conmovedores.

La Ruta Pacífica como organización se ha fortalecido a fuerza de marcar un derrotero constante y vigilante de los horrores de la guerra, en los medios de comunicación y en las mismas mujeres victimizadas. Ruta que canaliza desde el interior de cada mujer la constancia no solo para movilizarse y salir una y otra vez, un día y otro, durante años, a denunciar en silencio como el mayor grito de resistencia posible, que las mujeres no se resignan a callar, que son fuertes en la denuncia y capaces de acciones increíbles de sobrevivencia. Esa Ruta que moviliza a cientos y miles de mujeres por los caminos de Colombia para alertar, teatralizar, denunciar, apoyar, resistir, insistir, persistir, cantar, bailar, marchar por la justicia, la dignidad y el apoyo a las mujeres que en cualquier rincón su- fren la victimización de todos los grupos armados.

Por una construcción de paz

La Comisión de la Verdad desde las mujeres aporta a la construcción de la paz en cuanto es una iniciativa que abre nuevos canales de diálogo, puesto que per- mite romper el silencio de las mujeres que han sido quienes más han sufrido las consecuencias del conflicto armado colombiano, junto a las niñas y los niños.

La Comisión permite profundizar sobre lo que pasó, y sigue pasando en el país, abriendo un espacio a la memoria colectiva que recoja la experiencia de las víctimas, en una sociedad que ha normalizado la violencia o ha vivido en gran parte sin ser sensible a aquellas. También constituye una posibilidad para que más hombres y mujeres den un paso hacia la verdad compartida, lo que constituye un desafío a la realidad actual para construir una paz duradera. Una verdad que suponga un reconocimiento social de los hechos y de las víctimas. Una memoria incluyente del sufrimiento y las violaciones de derechos huma- nos cometidas como primer paso para la justicia y la reparación.

Las mujeres le otorgan mucha importancia a la verdad porque brinda la posibilidad de restaurar la dignidad personal, borrando estigmas, y levanta las salvaguardas contra la impunidad, lo cual es esencial para abordar la construc- ción de la paz.

Este Informe Final evidencia lo acontecido a mil mujeres colombianas de todo el país durante el conflicto armado. Asimismo pone de manifiesto cómo las violencias ejercidas sobre ellas no son solo resultado de la guerra, sino que han sido cotidianas a lo largo de sus biografías. Los testimonios de las mujeres

Juan Carlos Amador

muestran prácticas feministas ancestrales que se reivindican hoy para exigir detener la guerra como imperativo para ir hacia la búsqueda de la paz.

El proceso de trabajo de la Comisión de la Verdad llevó a confrontarse con el horror que viven las mujeres, una dimensión desconocida incluso para mu- chas investigadoras y organizaciones que trabajan con mujeres. A su vez, su- puso la confirmación de la opción por las víctimas como mujeres activas en el proceso de recuperación personal y colectiva, la reconstrucción del tejido social y la construcción de la paz en el país. Esta capacidad de resistencia y de sobreponerse al horror vivido, es parte del protagonismo de las mujeres en la resistencia a la guerra y en la lucha por la paz. El Estado y la sociedad deben re- conocer este valor y facilitar los espacios de participación por los que luchan las mujeres, removiendo los obstáculos que impiden que esta sea más efectiva. En este sentido, las mujeres no se presentan desde una posición victimizante, sino que emergen con sus capacidades para afrontar esa guerra que no eligieron, pero donde tuvieron que volver a empezar, seguir la vida, y constituirse como mujeres sujetas de derechos y con una dimensión más colectiva.

Las mujeres fueron protagonistas en la guerra sin quererlo, puesto que ellas han sufrido graves agresiones, han cargado con los muertos, siguen buscando a los desaparecidos y han asumido responsabilidades que en otras circunstancias no les hubieran correspondido. Esta experiencia de las mujeres hace que tengan sus propias visiones y conceptos sobre la construcción de la paz enfocada en las condiciones para tener un buen vivir y la prevención de la violencia contra las mujeres.

La Comisión de la Verdad puede incidir en el actual proceso de paz resca- tando la presencia de las mujeres, como sujetas políticas, para contar la verdad desde su propia vivencia. El empoderamiento de las mujeres, con la visibili- zación de los hechos ocurridos, contribuye a la transformación social desde el reconocimiento de sus derechos, a partir de la elaboración de los impactos su- fridos y las formas de afrontamiento desarrolladas.

Las mujeres como víctimas y sobrevivientes

La mitad de las mujeres se identifican a sí mismas como mestizas, una de cada cuatro son afroamericanas y una minoría se reconoció indígena. La media de edad de las mujeres que dieron sus testimonios fue de 45 años, oscilando entre los 17 y los 83. Una de cada dos tenía pareja estable y tres de cada cuatro tenía hijos o hijas (con una media de tres). Algo más de la mitad de las mujeres entrevistadas participa en alguna organización de la sociedad civil. Las mujeres que dieron su testimonio sufrieron entre cuatro y cinco violaciones de derechos humanos, mu- chas veces en distintos momentos. Además de su propio testimonio, refirieron la existencia de entre una y dos víctimas más como media en sus familias.

¿Preparados para el post-conflicto?

Entre las violaciones que las mujeres refirieron haber vivido en primera per- sona predomina el desplazamiento, que se dio en tres de cada cuatro casos. También tres de cada cuatro mujeres denunciaron tener familiares que sufrie- ron ejecuciones extrajudiciales o desapariciones forzadas. Ocho de cada diez mujeres entrevistadas reporta haber sido víctima de alguna forma de tortura, tratos cueles, inhumanos o degradantes. Más de la mitad de las mujeres su- frieron diferentes formas de tortura y maltrato psicológico como amenazas de muerte, hostigamientos o ser obligadas a presenciar torturas de otras personas Además, una de cada siete mujeres reportó haber sufrido torturas físicas y una de cada ocho sufrió tortura o violencia sexual. Por otra parte, la violencia contra las mujeres también conllevó pérdidas materiales en cuatro de cada diez casos. De forma menos frecuente se describieron distintas violaciones a la libertad personal en una de cada ocho víctimas tales como haber sido detenidas de for- ma arbitraria, confinamiento o toma de rehenes o reclutamiento forzado.

 

Violaciones de derechos humanos contra las mujeres

 

Hostigamiento

Tortura física,

Violaciones a la libertad personal

Despla-

Violaciones al derecho a la vida

y destrucción

psicológica y

zamiento

sexual

 

forzado

Requisas

Tortura

Detenciones

Desplaza-

Ejecuciones

Allanamientos

psicológica

arbitrarias

miento indivi- dual, familiar y colectivo

extrajudiciales

Tortura física

Reclutamiento

Desapariciones

Amenazas

Seguimiento y

vigilancia

Tortura sexual

forzado

Toma de rehenes

Rural-urbano

forzadas

Atentados y

Destrucción de

Confinamiento

heridas

bienes

64%

59,3%

10%

73,77%

72,6%

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

Los impactos del conflicto armado en las mujeres

Los impactos individuales y colectivos de la acción indiscriminada de los acto- res armados sobre el cuerpo y la vida de las mujeres, han devenido en la des- trucción de proyectos de vida individuales y comunitarios. El conflicto armado ha configurado resentimiento, confusión y desconfianza hacia el Estado como el garante de los derechos humanos. Las mujeres víctimas sienten que el Estado y los grupos paramilitares que han estado coludidos con él y las organizaciones guerrilleras, ignoran la destrucción emocional y social que han generado, bana- lizando el dolor y la impunidad.

Se destaca un fuerte impacto afectivo en ocho de cada diez mujeres entrevista- das, así como un severo impacto en sus condiciones económicas y de vida, en la

Juan Carlos Amador

misma medida. También tres de cada cuatro mujeres señalaron quiebre y pérdida de su proyecto vital por los hechos de violencia. Por otra parte, la violencia contra las mujeres también conllevó pérdidas materiales en más de cuatro de cada diez casos. El desplazamiento conlleva la mayor parte de las veces la soledad de la pérdida de una red de relaciones sociales en la que construimos nuestra identi- dad como personas. Este sentimiento de soledad y abandono estuvo presente en tres de cada cuatro mujeres entrevistadas. En el caso de Colombia, hay que tener en cuenta que además los hechos de violencia han seguido produciéndose y mu- chas mujeres han vivido diferentes episodios de terror y violencia que potencian sus efectos. Seis de cada diez mujeres entrevistadas señalaron tener problemas de sueño como pesadillas o insomnio, y no poder dejar de pensar en los hechos vividos, sus seres queridos o el impacto de la pérdida. La percepción de estar todavía en la actualidad emocionalmente muy afectadas se da más en las mujeres que tienen familiares asesinados o desaparecidos. En todas las áreas de la vida de las mujeres, las ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas son las violaciones de derechos humanos con mayor impacto.

Los datos sobre responsabilidad La mayoría de las mujeres hace referencia a la autoría material, es decir, a las fuerzas o grupos armados o las personas que de manera directa perpetraron los hechos. Algunas indican simplemente la parte en conflicto, otras identi- fican con mayor precisión la unidad de la fuerza o grupo armado específico,

y otras aún más, aunque en un porcentaje menor, dicen los nombres, apodos

o alias de las personas involucradas en los hechos. También otras mencionan las diferentes relaciones o alianzas entre los diversos grupos.

Por ejemplo, un 52 por ciento de las mujeres consultadas no señaló nin- gún responsable (n=486) directamente de los hechos; mientras que una de cada tres, el 35,9 por ciento (n=336), señaló a una fuerza responsable; pero en otros casos las mujeres sufrieron hechos por parte de diferentes “lados” del conflicto armado, un 11 por ciento (n=103) sufrió hechos de los que se- ñaló como responsables a dos fuerzas y un 1,1 por ciento (n=10) fue víctima de las tres fuerzas señaladas.

De los casos en que se pudo obtener información (48 por ciento del total de mujeres entrevistadas), las víctimas identificaron como responsables a los grupos paramilitares en el 32,6 por ciento (n=305), siendo señalada la guerrilla –aunque se trata de varias– como responsable en el 18,2 por ciento (n=170) de las violaciones; y a las fuerzas públicas o agentes del Estado en el 10,4 por ciento de los casos (n=97).

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

¿Preparados para el post-conflicto?

Las mujeres víctimas destacan que los impactos del conflicto armado prolonga- do han dejado graves e imborrables secuelas emocionales en las familias y los hijos. Secuelas afrontadas casi siempre por las mujeres, que muchas veces no se han logrado superar. En relación a esta situación, muchas mujeres aspiran a

que en la reconstrucción del tejido social roto por la guerra, sea posible quebrar

la frontera invisible entre lo privado y lo público. Eso supone reconocer y facili-

tar la participación social de las mujeres a partir de sus propias organizaciones

y liderazgos. También que la responsabilidad compartida del cuidado familiar

sea parte constitutiva de la transformación cultural que haga posible la justicia

y la equidad desde la casa, desde lo personal hasta lo colectivo y público, desde

lo micro a lo macro. Para que las mujeres no sigan sacrificando las posibilidades de actuar en lo público, ni los hombres renuncien o inhiban sus sentimientos

para criar y brindar afecto. Las mujeres en sus procesos de fortalecimiento per- sonal y social de empoderamiento, han descubierto y puesto en cuestión los estereotipos sobre los roles, que lo privado no es solo asunto de mujeres, así como lo público no concierne solo a los hombres.

Algunas mujeres expresan que la violencia contra los hijos, en el contexto del conflicto armado, es una forma de represalia contra los liderazgos feme- ninos. Liderazgos que las mujeres han asumido en los procesos de resistencia social frente a la arremetida constante de los actores armados, la continua vio- lación de los derechos humanos y, en particular, la violencia contra las mujeres.

En el Informe final se constata que cada familia se ha visto afectada por vio- laciones de derechos humanos sistemáticas a varios de sus integrantes. Estas experiencias han conllevado fuertes impactos personales y colectivos como la fragmentación familiar. En muchos casos, el desplazamiento forzado ha sido la única alternativa para huir de los actores armados, persistiendo a pesar de ello las amenazas a las mujeres también como madres, hermanas o hijas de defen- soras o defensores de derechos humanos. En la gran mayoría de los casos de los testimonios recogidos por esta comisión, los hechos no habían ocurrido en el lugar en el que viven actualmente las mujeres. Se demuestra así que el conflicto armado traspasa las fronteras territoriales.

Las renuncias y pérdidas experimentadas por las mujeres, que ellas definen como pérdida de una “vida buena”, tejida por múltiples dimensiones como la vinculación a las raíces, el trabajo familiar compartido, la posesión de bienes, la posibilidad de auto-sostenimiento, el hogar y los afectos, la tranquilidad y los proyectos comunitarios de vida, han impactado profundamente sus vidas, quebrando su ser mujeres e incrementando su sufrimiento, sus dificultades y su vulnerabilidad en los nuevos contextos.

Este Informe Final ratifica que la violencia sexual ha sido un arma de gue- rra utilizada contra las mujeres convertidas en objetivo militar. El cuerpo de

Juan Carlos Amador

las mujeres ha sido así mismo botín de guerra y territorio en disputa entre los actores armados. Esta práctica lesiva y denigrante de la sexualidad obligada y no consentida ha sido un ejercicio de poder de los actores armados en cualquier tiempo y lugar durante el conflicto. La experiencia de la violencia sexual o la amenaza de sufrir una agresión de carácter sexual han producido una distor- sión en la sexualidad de las mujeres, en la relación con su propio cuerpo y en la relación con los hombres. Esta violencia no ha sido reconocida ni investigada, muestra cómo las estrategias de control de la población civil han pasado por el territorio del cuerpo y la vida de las mujeres.

La experiencia de la maternidad se traduce como fuerza vital y emocional de las mujeres en los contextos de guerra, en los que ellas responden por los hijos y las hijas en constante amenaza o asedio por parte los actores armados. Esta fuerza interior de las mujeres relacionada con dar la vida y sentirse res- ponsables de protegerla, emerge de manera contundente en los testimonios e invita a repensar la maternidad en contextos de guerra, como raigambre emo- cional para vencer el miedo y afrontar la barbarie. Además, la maternidad ha sido utilizada en el conflicto armado como una forma de golpear a las mujeres, utilizando a sus hijos e hijas como amenazas contra las mujeres, sus acciones o su liderazgo. El terror del impacto en los hijos e hijas ha sido utilizado como un mecanismo de control social.

Impactos de las violaciones de derechos humanos contra las mujeres

Consecuencias socio-afectivas y proyectos de vida

Impactos específicos como mujer

Consecuencias en la salud y el cuerpo

Condiciones afectivas

Estigmatización social

Hospitalizaciones

Condiciones económicas

Identidad como mujer

Discapacidad física o sensorial

Se trunca el proyecto de vida

Sexualidad

Heridas

Deterioro en las condiciones de vida

Separación familiar aban- dono

Fracturas

Deterioro en las condiciones sociales

 

Dolores crónicos

Consecuencias en vida pública o privada

 

Adicciones

   

Enfermedades

91,6%

74%

79,3%

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

La maternidad forzada, como consecuencia de la violación sexual, vulnera la libertad y la autonomía de las mujeres, al obligarlas a enfrentar una maternidad no consentida ni planeada. Conlleva numerosos dilemas éticos y un profundo

¿Preparados para el post-conflicto?

cuestionamiento de las mujeres fruto de la violencia ejercida contra ellas. El em- barazo forzado constituye una expropiación a las mujeres de la capacidad de ser madres y de su libertad, al vulnerar sus derechos sexuales y reproductivos

y a su propia capacidad de decisión e integridad física y psicológica.

Existen impactos graves en la salud de las mujeres, tanto físicos como psi- cológicos. Dichos impactos propios de una guerra de varias décadas no se su- peran por el mero paso del tiempo, sino que se agravan como consecuencia del impacto emocional, el estrés, las consecuencias negativas en sus condiciones de vida o el envejecimiento prematuro, y requieren de tratamientos integrales que ayuden a su superación. Las secuelas personales más importantes son las consecuencias en la salud que se señalaron de forma grave en cinco de cada diez mujeres que dieron su testimonio. Además una de cada tres tuvo dolores físicos inmediatos como consecuencia de las violaciones sufridas y a largo pla- zo las secuelas en la salud fueron señaladas por cuatro de cada diez mujeres. Los programas de reparación deben poner énfasis en la atención a la salud de las mujeres víctimas, incluyendo la atención psicosocial.

Un impacto cultural del conflicto armado está relacionado con las pérdidas del territorio y el desplazamiento, así como la imposición de prácticas asocia-

das a la militarización. La pérdida de confianza en los otros forma parte de los impactos en las creencias básicas, el sentido de seguridad y de que el mundo y

la vida tienen un propósito compartido. Muchas mujeres afrontan los impactos

de la violencia centrándose en las prácticas religiosas promoviendo un sentido de protección y de delegación, o expresión de confianza, en que habrá una jus- ticia divina dado que el derecho a la justicia en el Estado social de derecho con- sagrado en la Constitución Política no ha llegado a sus vidas, manteniéndose la

mayor parte de los casos en total impunidad. Este descreimiento y pérdida de confianza en las instituciones es una muestra la responsabilidad del Estado, así como que la fractura con las víctimas que debe ser considerada en las políticas de reconocimiento y reparación.

Después de haber sufrido graves violaciones de derechos humanos, nume- rosas formas de nueva victimización fueron relatadas por las mujeres a la Co- misión. Esta situación de riesgo permanente, de sufrir de nuevo violaciones por no atender al mandato del terror o por seguir llevando adelante su liderazgo, ha llevado a sufrir nuevas violencias. La capacidad de las mujeres víctimas para intentar desde su cotidianeidad restaurar la “vida buena” queda rota cuando son revictimizadas tanto por los actores armados, como por las instituciones del Estado al no garantizarles acompañamiento psicosocial y protección.

El impacto cultural ha sido especialmente relevante entre las mujeres afro- descendientes e indígenas. Ser negra o indígena, ser pobre y mujer, han sido

Juan Carlos Amador

condiciones que han llevado a sufrir una mayor victimización. Las violencias son transversales a las condiciones de marginación y pobreza de diferentes grupos étnicos. Por otra parte, los impactos culturales como la pérdida de la relación con la naturaleza y el territorio o los ríos, o la conversión de lugares de respeto y vida comunitaria en cementerios o espacios del horror, han tenido un enorme impacto en las mujeres de dichas comunidades. Las relaciones con los ancestros, el territorio, la sabiduría tradicional y las autoridades propias se ha visto afectada por la violencia y ha supuesto un impacto añadido en las muje- res, sus procesos de duelo y la confianza en los demás.

El continuum de las violencias

Las mujeres sitúan la violencia que trastorna sus vidas en un continuum de vio- lencias en la historia de Colombia, que ha comportado toda suerte de violacio- nes y atentados contra su dignidad y sobre sus cuerpos. Ellas descubren este continuum de violencias no solo en sus propias trayectorias de vida, sino en la misma historia del país.

La Comisión ha constatado que numerosas mujeres que dieron testimonio como víctimas en el escenario de la guerra, habían estado expuestas a todo tipo de violencias en el lugar debería ser seguro para ellas, sus propios ho- gares, por parte de hombres que formaban parte del entramado familiar. Un 26,1 por ciento (n = 243) de las mujeres declara haber sufrido violencia en sus hogares siendo aun niñas. Una de cada siete mujeres había sufrido también violencia sexual y otras violencias, en el ámbito familiar durante algún pe- riodo de su vida. Se confirma así la existencia de un continuum de violencias que recorre las biografías femeninas, los espacios de vida y de relación de las mujeres en el patriarcado. Los actores armados refrendan y perpetúan la misoginia y la violencia contra las mujeres propias de la cultura patriarcal. En el conflicto armado las violencias contra las mujeres han cobrado el carácter de estrategia que busca aterrorizar a las poblaciones, destruir el tejido social y arrasar los espacios de vida para reducir al enemigo o contradictor. La lu- cha contra la violencia contra las mujeres debe llevar a logros que erradiquen el fondo de esta práctica que continua en contextos post-conflicto aunque se logren acuerdos de paz.

La discriminación es uno de los fundamentos básicos de las violencias contra las mujeres. Estas adquieren formas precisas en los vínculos familiares, labora- les, académicos, sociales y políticos. Excluir la voz de las mujeres, su opinión, no considerar sus necesidades singulares, ejercer poder sobre ellas mediante la im- posición de la propia voluntad haciendo caso omiso de sus requerimientos parti- culares, son situaciones que habitualmente viven niñas y mujeres en el contexto

¿Preparados para el post-conflicto?

de las relaciones familiares y sociales. Además de las descritas, existen formas extremas de imponer el poder, y estas se exacerban en el contexto del conflicto armado.

Al vulnerar el cuerpo se viola la dignidad de las mujeres. Cualquier agre-

sión y afectación al cuerpo y vida de las mujeres, es una afrenta a la dignidad,

y en consecuencia, a la capacidad de optar de las mujeres al decidir sobre su

cuerpo y sus proyectos de vida. Las violencias contra las mujeres atentan con-

tra la autonomía y el empoderamiento femenino como derechos y prácticas de libertad y de participación.

El Informe Final destaca cómo el continuum de las violencias también recorre las instituciones del Estado cuando se banalizan las reivindicaciones históricas de las mujeres, al no considerarlas como actoras políticas en la construcción de la paz, cuando no se las protege y repara de las agresiones sufridas, dejando en la impunidad los crímenes que los actores armados legales o ilegales han cometido contra ellas.

La violencia sexual en el conflicto armado

Los testimonios de mujeres recogidos por esta Comisión refieren numerosos hechos de violencia sexual en el marco del conflicto armado. Narran esta expe- riencia como una arbitrariedad y un ejercicio brutal de poder por parte de los perpetradores, hombres, que causa un gran dolor y aterroriza a las mujeres. De los testimonios se desprende que la violencia sexual ha sido una práctica frecuente, y que ha sido parte, aún con diferentes modus operandi, de la coac- ción sistemática por parte de los actores armados utilizándose como arma de guerra.

En el Informe Final se señala que la militarización con el fin de controlar

el territorio y la población que habita en este es un contexto favorecedor de la

violencia sexual contra las mujeres. La relación que se establece entre hombres armados y mujeres civiles incorpora la violencia sin solución de continuidad, convirtiendo la relación entre los sexos en una imposición de condiciones y poder que puede convertirse, en ausencia de garantías para las mujeres, en una

relación de victimario a víctima.

En el conflicto armado colombiano todos los actores armados que actúan ejerciendo control sobre las poblaciones que habitan el territorio, han perpe- trado violencia sexual contra las mujeres. Una de cada ocho mujeres entre- vistadas denunció violencia sexual. En particular la violación y la amenaza de violación, han tenido como objetivo el sometimiento, la expulsión o la eli- minación de mujeres en las zonas que pretendían dominar o mantener bajo control.

Juan Carlos Amador

La tortura y violencia sexual Una de cada ocho mujeres entrevistadas reportó haber sufrido violencia sexual (13,2 por ciento n=123), con una media de entre dos y tres formas de esta violencia por cada mujer que las denunció (M=2,33; s.d.=1,75). La tortura sexual fue más frecuente en los testimonios de mujeres afrodescen- dientes y mestizas, así como de las regiones de Antioquia, Bogotá, Chocó y Valle del Cauca.

Casi seis de cada diez mujeres que denunciaron violencia sexual sufrieron violación sexual (56,10 por ciento; n=69). También manoseos en el cuerpo (26,83 por ciento; n=33), la amenaza de violación sexual (25,20 por ciento; n=31), agresión o burla con contenido sexual (24,39 por ciento; n=30) y el control afectivo familiar (21,14 por ciento; n=26), seducción o insinuaciones a mujeres como ataques sexuales a personas menores de edad (15,45 por cien- to; n=19).

Por otra parte, se refirieron formas de tortura sexual contra las mujeres como el desnudo forzado (14,63 por ciento; n=18), los golpes en senos y/o genitales (8,94 por ciento; n=11), las marcas como símbolos de dominio en el cuerpo de las mujeres (8,13 por ciento; n=10) e impedimentos para usar determinadas ropas (3,25 por ciento; n=4) como parte del control sobre las mujeres, o la obligación a presenciar violencia sexual (7,32 por ciento; n=9). También esclavitud sexual (5,69 por ciento; n=7), embarazo forzado (4,07 por ciento; n=5), tortura durante el embarazo (2,44 por ciento; n=3), aborto forzado (2,44 por ciento; n=3), y algunos casos de esclavitud sexual, pros- titución forzada, mutilación sexual o trata de personas para explotación sexual.

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

La escucha de los testimonios permite afirmar que las agresiones sexuales son expresión del continuum de las violencias, por una parte, en cuanto a la relación entre los sexos y, por otra, como modus operandi de los actores armados que apunta a las mujeres en su calidad de objetivos militares.

Los patrones de violencia sexual más frecuentes fueron la violación sexual, la amenaza de violación sexual y las agresiones corporales, así como la seduc- ción forzada o la insinuación sexual, particularmente a mujeres menores de edad. Cabe destacar la extrema gravedad de algunos casos que incluyen atro- cidades que muestran el desprecio por la dignidad humana y el nivel de terror ejemplificante asociado a la violencia sexual por parte de algunos actores arma- dos, especialmente los grupos paramilitares.

¿Preparados para el post-conflicto?

La fuerza de las mujeres enfrentando la violencia

El afrontamiento a través de la solidaridad y el apoyo mutuo ha puesto de relie- ve el protagonismo de las mujeres víctimas del conflicto armado en los ámbitos familiar, comunitario y social. En estos procesos se han construido liderazgos femeninos muy valiosos, en especial entre mujeres en situación de desplaza- miento forzado. A su vez, la experiencia acumulada en el trabajo comunitario ha dado lugar a importantes cambios de roles de las mujeres implicadas en él.

Seis de cada diez mujeres optaron por centrarse en su familia para proteger su vida y la de los suyos, pero también transformando sus roles al interior de sus familias, siendo su principal sostenimiento económico y afectivo. Este afrontamiento muestra los esfuerzos de las mujeres por apoyar a los suyos y el fuerte sentir de deber colectivo, unido a la necesidad de afrontar cambios dramáticos en su vida, como la pérdida de seres queridos y el desplazamiento. Pero que también la mayor parte de las mujeres entrevistadas transformó su propio rol e identidad, como una forma de afrontar las consecuencias de la violencia.

La capacidad de las mujeres de afrontar, y superar las adversidades e inena- rrables sufrimientos producidos por los actores de esta guerra, se ha revelado como sorprendente a través de los testimonios dados a la Comisión. Las mu- jeres muestran una actitud activa en defensa de la vida y de manejo del dolor y sufrimiento. Dicha actitud no se queda en la resistencia a la destrucción y en la capacidad de protegerse y cuidar a sus familias, sino que se manifiesta en la fuerza para rehacerse, para empezar de nuevo, después de tantas pérdidas sufridas.

Las mujeres víctimas del conflicto armado, se revelan a través de los testi- monios como mujeres fuertes, creativas y recursivas. Frente a la inercia y des- protección del Estado, ellas han afrontado, con los escasos recursos disponi- bles, estrategias de seguridad y cuidado. Un tercio de las mujeres entrevistadas decidió no hablar sobre lo que había pasado como una forma de protección, debido al contexto de peligro y hostilidad de los perpetradores. En la mayoría de los casos, han tenido que tomar la difícil decisión de esconderse, huir, invi- sibilizarse, ocultar su identidad. Han logrado así salvar sus propias vidas y las de sus familiares. Han conseguido proteger asimismo organizaciones creadas para la defensa de las comunidades y de los derechos humanos.

A través de los testimonios se percibe cómo, en este proceso, se han sacrifi- cado cosas muy valiosas en función de la seguridad. Por ejemplo, la confianza mutua y los lazos de convivencia tejidos durante largos años de construcción colectiva de proyectos de vida. El conflicto armado ha herido de muerte relacio- nes y afectos, y ha sembrado la semilla de la desconfianza entre personas veci- nas y comunidades humanas asentadas en territorios asolados por los actores

Juan Carlos Amador

armados, tanto legales como ilegales. El miedo se ha instalado no solo en lo más profundo de cada persona afectada por este conflicto, sino en las relaciones con las demás.

Los contextos en que las mujeres han tratado de rehacer sus vidas han sido en la mayor parte de las ocasiones hostiles. En un contexto de respuestas frag- mentadas centradas en la ayuda humanitaria por parte del Estado, para las mujeres, la ayuda más importante y lo que cuenta sobre todo, es la fuerza que proviene de los lazos familiares y comunitarios que han tratado de fortalecer como parte de la reconstrucción de sus vidas.

La mayoría de las mujeres denunció los hechos, ante diferentes instancias, especialmente ante las instancias de control del Estado o la sociedad civil, pero muy escasamente ante las fuerzas de seguridad del Estado o militares lo que muestra su escasa confianza y en otros casos la participación de dichas fuer- zas en las violaciones sufridas. Sin embargo, solo una de cada seis denuncias presentadas por las violaciones sufridas estaban siendo investigadas según las mujeres entrevistadas, aunque, en la práctica, la totalidad de los casos, estas investigaciones no habían sido efectivas, ni habían llevado a procesos judiciales con sentencias condenatorias.

En general, los afrontamientos religiosos vividos por las mujeres remiten a situaciones de ausencia de poder, desprotección, y un sentimiento generalizado de falta de sentido y de futuro. Casi cuatro de cada diez mujeres refirieron haber realizado un afrontamiento de tipo religioso. Pero también expresan experien- cias que generan sólidas formas de resistencia y reconstruyen la capacidad de las mujeres para enfrentar situaciones de pérdida. En general, el afrontamiento religioso actúa como un poderoso mecanismo para la superación inmediata de los impactos de la guerra, proporcionando consuelo, protección y seguridad.

Las mujeres deben ser reconocidas en todos los niveles como protagonistas de una nueva historia en sus territorios. La esperanza de las mujeres se enmarca en el anhelo de seguir tejiendo la vida. Su capacidad de sobrevivir se manifiesta en expresiones como esta: “Como que no podía, pero sacaba la fuerza para salir adelante”.

Cuando las mujeres víctimas confrontaron a los actores armados, ejercieron y exigieron, de cierta manera, el derecho a la paz y se auto-legitimaron como sujetas de derechos para construir condiciones de reconciliación y paz. Esta confrontación noviolenta desubica y quiebra las estructuras de poder impues- tas por los actores armados.

El heroísmo femenino frente a los grupos armados se puso de manifiesto cuando algunas mujeres, en medio de la confrontación armada, se interpusieron para salvar a sus hijas e hijos o exigieron directamente el rescate de los mismos.

¿Preparados para el post-conflicto?

La confrontación directa con los perpetradores produjo alivio y ayudó a salvar a seres queridos. Esta es una demostración de la valentía de las mujeres para actuar en el riesgo, por lo general con la palabra, aunque con ello expusieran su vida.

En el Informe Final se destaca y se hace conciencia sobre las distintas formas de afrontamiento de las mujeres y de cómo se han valido para tratar de recom- poner sus vidas y para resistir la confrontación armada. Resalta las formas en que las mujeres han afrontado las violencias y sus impactos acompañados a veces por organizaciones sociales o por otras mujeres lideresas.

 

Enfrentando la violencia

 

Apoyo en organi- zación de mujeres

Cambio de rol y sostenimiento familiar

Protección y búsque- da de sentido

Organización, denuncia y apoyo psicosocial

Hace parte de organización de mujeres.

Transformación rol dentro de la familia.

No hablar.

Hizo denuncia.

Afrontamiento

Buscar apoyo

 

religioso.

psicosocial.

Acudió a or- ganizaciones de mujeres.

Apoyo mutuo y solidaridad.

Sostenimiento económico y afec- tivo de la familia.

Centrarse en su familia.

Darle un sentido.

Organizarse para defender sus

derechos.

40%

66%

 

78,2%

70,6%

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

Los procesos organizativos de las mujeres como forma de afrontamiento

En muchos de los testimonios, las mujeres víctimas narran cómo después de ser violentadas o violadas por los actores armados y por la desatención estatal, ellas en su afán por no dejarse abatir por la guerra, llegan a procesos organi- zativos de mujeres, organizaciones de víctimas o derechos humanos. Más de una de cada tres mujeres se organizaron para defender sus derechos o hacen parte de alguna organización de mujeres. Algunas ya antes habían sido parte de procesos organizativos en sus comunidades, otras parte del movimiento de la Unión Patriótica (partido político colombiano de izquierda fundado en 1985 como parte de una propuesta política legal de varios grupos guerrilleros). En- contraron en otras mujeres el ejemplo y la invitación a trabajar en grupo, para pensar en los derechos que tienen como mujeres y como víctimas. Es así como por la sororidad (solidaridad entre mujeres) muchas víctimas se convierten en lideresas y defensoras de derechos humanos, y entretejen sus vidas para va- lorarse y reconocerse como sujetas de derecho, para exigir atención estatal y contribuir a construir caminos que conduzcan a la paz.

Juan Carlos Amador

Los vínculos solidarios que se establecen entre mujeres víctimas del con- flicto armado, en su mayoría en situación de desplazamiento, parecen estar fortaleciendo la construcción de una identidad de mujeres, en la medida que ellas se reconocen en sus experiencias de desarraigo, pérdidas y violencias pa- decidas, pero sobre todo en sus luchas presentes por una mejor calidad de vida en nuevos y adversos contextos. Estos espacios donde las mujeres víctimas se encuentran, dialogan y establecen acuerdos, son una fuente muy importante de empoderamiento.

En la organización como un espacio de empoderamiento y exigibilidad, las víctimas forjan y proyectan escenarios en los que aprenden a reivindicar sus derechos. Otras llegan a estos espacios organizativos con el afán de sanar los dolores que les han causado los distintos actores armados y para buscar apoyo para afrontar las consecuencias de la violencia en sus propias vidas o las de sus hijos e hijas. Un tercio de las mujeres entrevistadas buscó apoyo de tipo psico- social y acudió a organizaciones de mujeres o de derechos humanos para soli- citar ayuda. Además, una cuarta parte trató de afrontar los hechos encontrando un sentido a lo ocurrido, a través de mecanismos como el análisis de la realidad o la conciencia política de lo sucedido. La organización es un espacio de protec- ción desde las mujeres, desde la conciencia y la identidad del “nosotras”.

Como mujeres en general, y como víctimas en particular, logran unirse para construir acciones en barrios, comunidades indígenas o afrodescendientes, grupos de estudio, organizaciones sociales femeninas o mixtas, para apoyar en la alimentación y protección de sus hijos e hijas, promover su propio cuidado personal y colectivo, y para evitar ser de nuevo violentadas. La búsqueda de protección, apoyo y orientación forman parte del sentido de estas organizacio- nes. Intentan de diversas maneras, retejer o remendar los proyectos de vida que la guerra les rompió. Proyectos que, por pequeños que fueran, estaban por fue- ra de sentirse amenazadas o ultrajadas hasta en su propio hogar o comunidad.

En los procesos de organización y de empoderamiento, las víctimas, a través de la palabra femenina con sus historias y con otras mujeres, hacen conciencia de las múltiples y continuas discriminaciones y violencias que han sufrido no solo en el conflicto armado sino en la vida familiar. Las mujeres sienten que la organización es la posibilidad de construir o reconstruir memoria indivi- dual y colectiva para comprender por qué el conflicto armado las ha afectado y cómo pueden ser constructoras de paz. Lo organizativo se vuelve un lugar de comprensión mínima donde se entablan nuevas relaciones con otras mujeres, y muchas se atreven a denunciar su caso.

Muchas mujeres se han convertido en estos procesos en lideresas mostrando su implicación y compromiso solidario con la reconstrucción de la vida colec- tiva. También por ello algunas de ellas han sufrido amenazas que han tratado

¿Preparados para el post-conflicto?

de paralizar sus acciones de denuncia o su trabajo de retejer un tejido social que quiere ser nuevamente controlado por actores armados en los lugares de desplazamiento donde las mujeres tratan de rehacer sus vidas.

Las mujeres están transformando sus vidas y las de sus comunidades a tra- vés de la participación en espacios que les permitan plantear alternativas de carácter productivo o empresarial como estrategia de reconocimiento de que otro país es posible desde el trabajo y no desde la mendicidad o la ayuda huma- nitaria concebida como donaciones o subsidios, sin un planteamiento integral orientado al apoyo en sus necesidades y el respeto a sus derechos.

El compromiso de reparar lo irreparable

Las mujeres señalaron la conciencia de lo irreparable del impacto de la violen- cia en sus vidas, como el primer paso para acercarse a las víctimas cuando se habla de reparación. También le dijeron a esta Comisión de la Verdad, que la re- paración es un derecho de las víctimas y un deber estatal, es uno de los caminos para garantizar el derecho a la paz en general, y los derechos de las mujeres en particular. Así lo consideran cuando afirman que no hay nada que les devuelva la dignidad pisoteada, y conciben la reparación como un ejercicio de reconoci- miento y de condiciones sociales para “empezar de nuevo” en muchos casos. El sentido de una compensación económica suficiente que les ayude a salir del impacto de la violencia sufrida, y alternativa social para hacerle frente al dolor y la impunidad. Antes que nada las mujeres víctimas, con sus familias y comu- nidades, refieren la necesidad de atención en salud y atención psicosocial para mitigar las heridas que el conflicto armado les ha dejado. La minimización de la reparación como “un cheque”, es criticada por las mujeres con expresiones como que “la plata no nos devuelve lo que la guerra nos quitó”.

Casi seis de cada diez mujeres mencionaron la necesidad de compensacio- nes de tipo económico. Con frecuencia demandaron medidas educativas para ellas y especialmente para sus hijos e hijas, y medidas de salud y atención psi- cosocial. Cinco de cada diez refieren la importancia del apoyo laboral para las mujeres. Es decir estas medidas tienen que ver sobre todo con la reconstruc- ción de sus proyectos y condiciones de vida, así como a la atención a impactos producidos por las violaciones. Las compensaciones económicas, muchas veces totalmente escasas o absolutamente insuficiente, no pueden ser el sustituto de este conjunto de medidas de reparación.

Las mujeres saben que los actores armados nunca podrán resarcir el daño que les hicieron. Sin embargo, la totalidad de las mujeres que tienen familiares desa- parecidos, exige la investigación del paradero o destino de las víctimas desapare- cidas o ejecutadas. Más de una de cada cuatro víctimas hizo referencia a medidas de reconocimiento de la responsabilidad como una forma de restitución de la

Juan Carlos Amador

memoria de las víctimas, y una de cada seis víctimas hizo referencia a la ne- cesidad de peticiones de perdón por parte de los responsables de la violencia.

A pesar de la fuerte demanda de justicia en un contexto de impunidad, las mujeres tienen una dimensión diferente de la justicia punible, son más amplias que la mera legalidad, porque antes que exigir que los victimarios vayan a la cárcel, piden ante todo la verdad y la reparación como opciones de ganar au- tonomía física, emocional y económica para salir de la pobreza, como la vía a la libertad y tranquilidad de no ser nunca más vulneradas. En otras palabras, proponen transformar las reparaciones económicas y escasas, basadas en un enfoque paternalista que casi nunca contempla a las mujeres como actoras de desarrollo y paz, para emprender procesos productivos y de crecimiento per- sonal o familiar de largo alcance, y no de mera subsistencia o simple rebusque para el diario vivir.

Otro conjunto de medidas señaladas por las mujeres hacen referencia a las condiciones políticas para la reparación. Así por ejemplo más de la mitad seña- la como condición imprescindible la desmilitarización del conflicto. Casi cinco de cada diez exigen medidas dirigidas a investigar y conocer la verdad de lo ocurrido, así como medidas de justicia para establecer la responsabilidad de los hechos. En una medida similar las mujeres reclaman la necesidad de cambios en el Estado. Las mujeres señalan la relevancia no solo de terminar con la vio- lencia y hacer justicia a las víctimas, sino también en la necesidad de superar la enorme iniquidad existente y que las priva de las posibilidades de mejorar su vida.

Las mujeres víctimas sienten que el conflicto armado les ha arrebatado su dignidad. Por ello se proponen reconstruir sus proyectos de vida y recuperar su ser personal, familiar y comunitario, pero en muchas ocasiones las condicio- nes no se los permiten. Los programas asistencialistas implementados por el Estado las mantienen en una situación de mayor vulnerabilidad, puesto que no les garantizan una adecuada continuidad, sino que las mantienen en una ines- tabilidad y dependencia que no contribuye a la construcción de autonomía. La reparación debe conllevar una energía de transformación de sus vidas y no solo medidas aisladas o fragmentadas consideradas como un donativo y no como una manera de retomar el control de su vida en sus manos.

Las mujeres víctimas entrevistadas por esta Comisión, aspiran a que el Es- tado con sus instituciones gubernamentales las proteja y les permita recuperar sus procesos identitarios y organizativos en los que participaban cuando fue- ron atacadas y desplazadas por los actores armados. En este sentido, mantie- nen la esperanza de retornar a sus lugares de origen pero con la garantía de poder reforzar su relación y visión de territorio más allá de querer un pedazo de tierra para sobrevivir. Conciben la reparación como la oportunidad para

¿Preparados para el post-conflicto?

hacer o rehacer proyectos de sostenibilidad económica y cultural. Las medidas de rehabilitación legal respecto la titularidad de las tierras o documentación y arreglo de la situación legal, fueron citadas por una cuarta parte de la población, así como la devolución de los bienes sustraídos y la devolución de las tierras apropiadas.

Nada repara las consecuencias de la guerra, pero las mujeres quieren contri- buir a la resignificación de sus casos colectivos o individuales frente a un nuevo proyecto de vida. Exigen que el Estado les satisfaga los estándares mínimos de los derechos sociales, el derecho a la vivienda como el territorio de sus casas que fueron destruidas y los espacios de retejer sus relaciones afectivas y senti- miento de seguridad para ellas y sus hijos e hijas. Una reparación que les ofrez- ca oportunidades para crear proyectos desde las mujeres y las organizaciones.

La reparación desde la escucha es una forma de alivianar las dolencias de

la guerra. El silencio de las mujeres ahora tiene una voz colectiva que se une a otras muchas voces de las mujeres y sus organizaciones amigas para los proce- sos de formación e incidencia que pueden generarse a partir del Informe Final

y los esfuerzos crecientes de las víctimas y las mujeres de Colombia por partici-

par en un proceso de paz y reconstrucción del tejido social que transforme sus

vidas y el país.

Hablar de reparación significa también hablar de resistencia, de re-insisten-

cia, de persistencia, de construcción de masa crítica para que, como un ave fénix de la mitología, en medio de la destrucción volver a levantar vuelo. Así como

dice una de las mujeres documentadas: “

y esto me repara”. Así cada una debe volverse colectivo, volverse movimiento,

volverse cuerpo político para la denuncia, para la reivindicación de derechos, para la exigibilidad, para alzar la voz y construir memoria. Una memoria de la verdad vivida por las mujeres.

Las mujeres víctimas entienden y piden que la no repetición signifique que el Estado les garantice protección para una vida digna, sin violencias físicas, emocionales, patrimoniales. Es decir, que la negociación del conflicto armado permita desmontar el sistema militar que asume la seguridad como el aumen- to de la militarización y de presupuesto para la confrontación armada. Dados los problemas de seguridad y amenazas que siguen viviendo en diferentes re- giones del país, más de cuatro de cada diez mujeres demandan medidas para proteger a las víctimas, y medidas de protección contra la violencia, así como una de cada tres refiere la necesidad de cambios legales e institucionales para la transformación del Estado.

están volviendo a crecer mis alas

Juan Carlos Amador

 

Medidas de reparación

 

Memoria y

Cambios en el Estado y medi- das legales

Verdad, justi- cia y protec- ción

Medidas distri- butivas y desmi- litarización

Devolución de tierras y bienes

perdón

Lugares de

Cambios en el Estado

Investigar

Compensación

Devolver la

memoria

paradero

económica

tierra

 

víctimas

Formas de me- moria colectiva

Cambios

Conocimiento

Medidas educati- vas para ella o sus hijos

Devolver los

legales

verdad

bienes

Perdón público

Medidas reha-

Medidas de

Apoyo laboral

 

bilitación legal

prevención de

la violencia

   

Protección a

Desmilitariza-

 

víctimas

ción

   

Juzgar a los responsables

Salud y atención psicosocial

 

30,3%

51,6%

68,5%

86,2%

32,2%

Fuente: Informe final Ruta Pacífica de las Mujeres.

Las mujeres demandan la desmilitarización del territorio puesto que ha sido la presencia y la actuación impune de actores armados la que ha trastocado sus vidas, expulsándolas del territorio, desposeyéndolas de sus bienes y controlan- do y torturando sus cuerpos. Una vida libre del acoso de grupos armados es una aspiración prioritaria para reconstruir la vida, la actividad económica y el tejido de relaciones afectivas y sociales que la sostienen.

La responsabilidad del Estado

El Estado debe asumir responsabilidad frente a las víctimas no como un favor, sino como una obligación y una forma de reconocer los derechos a la verdad,

a la justicia y a la reparación. Un Estado que debe proteger y ser garante de los derechos de las mujeres, si se convierte en violador de esos derechos, comete un doble delito. El Estado debe reconocer que también es victimario y que es responsable tanto por acción como por omisión de muchas de las violaciones de derechos humanos cometidas contra las mujeres.

Las mujeres víctimas del conflicto armado no confían en la justicia colom- biana, porque esta ni les cree, ni les garantiza protección y seguridad. Sienten que el aparato judicial está más al servicio de los violentos, pues cuando una mujer víctima decide poner su caso en manos de la justicia, superando el miedo

y la situación de inseguridad, frecuentemente es después perseguida sin que

haya medidas efectivas de protección frente a quienes la amenazan, que son quienes se ven señalados en su denuncia o pueden verse afectados por ella.

¿Preparados para el post-conflicto?

La verdad sobre lo que ha significado la guerra para las mujeres, no parece ser de interés para las instituciones obligadas a garantizar justicia. Para la recons- trucción de la historia, de la memoria y del tejido social es indispensable que las voces de las mujeres víctimas se escuchen y sean creídas. “Se pasan horas escu- chando a los victimarios y nosotras dónde estamos”, es una pregunta continua de las mujeres. Sienten que son mejor atendidos y acompañados los victimarios que las víctimas, y reclaman una respuesta a sus demandas y que sus voces sean tenidas en cuenta. Las mujeres víctimas no son solo portadoras de dolor, también tienen ideas de cómo reconstruir sus vidas que deben ser la base de la reparación.

Las mujeres víctimas del conflicto armado hacen un llamado al Estado y a la sociedad en su conjunto frente a la indiferencia, la inoperancia de la justicia y la impunidad ante sucesos como los denunciados en este Informe Final.

El Estado es responsable de la reparación de las afectaciones psicosociales que ha causado el conflicto armado a las mujeres. Responsabilidad que debe reflejarse en vencer la indiferencia social hacia las mujeres víctimas y darles acceso a servicios de atención y acompañamiento psicosocial que se basen en un enfoque de derechos humanos, se den con la necesaria continuidad, se base en estructuras y profesionales de confianza y que se oriente a la reconstrucción de sus lazos, afrontar el sufrimiento y fortalecerse como mujer en relación con otras, potenciando las experiencias de resistencia.

El compromiso del Estado de asumir sus responsabilidades se debe reflejar en el cumplimiento de los tratados internacionales suscritos y ratificados por Colombia, así como de las leyes nacionales para erradicar y sancionar las vio- lencias contra las mujeres, como deber indeclinable para la garantizar el dere- cho a la paz y a un país sin violencias.

La metodología y las voces de las mujeres

El proyecto de Comisión de Verdad, que ha dado lugar a este Informe Final, es una apuesta metodológica para visibilizar las violencias y hacer audibles las voces de las mujeres silenciadas por muchos años en el conflicto armado.

Al hablar de sus historias de infamia, las mujeres están tratando de enten- der y dar sentido a lo que pasó y porqué pasó; buscan asimismo el porqué del ensañamiento de los actores armados contra ellas.

Las mujeres víctimas también interrogan al modelo de Estado que permite las violencias contra las mujeres, que ha excluido a las mujeres de los espacios de toma de decisiones, y que ha legitimado el androcentrismo en las políticas públicas.

La riqueza de esta Comisión de Verdad es que tuvo la confianza de mujeres que han padecido en carne propia un sinnúmero de violencias en el marco del

Juan Carlos Amador

conflicto armado. Las voces de mujeres víctimas son una radiografía del horror del conflicto armado. Voces y radiografía que claman por la visibilización de las afectaciones de la guerra. Y por el urgente reconocimiento y acompaña- miento psicosocial que debe brindar el Estado a las víctimas, para enfrentar el dolor y el miedo y contribuir a la reparación integral tanto en medio del con- flicto armado, como en el buscado post-conflicto. Esta política de atención y re- conocimiento debe ser una prioridad y de largo aliento, en un país con víctimas masivas. Una dimensión que no cabe en los números que la describen.

La Comisión de la Verdad fue una apuesta por los diálogos de saberes como esperanza para hacer de la palabra el dispositivo por excelencia de la inventiva humana. Se puso en alto la palabra de las mujeres, a partir de la confianza que tejió la entrevistada con la entrevistadora, y las organizaciones de mujeres con las víctimas y la Ruta Pacífica.

La metodología de investigación permitió el acercamiento con las mujeres víctimas del conflicto armado de una forma ética, sin provocar formas de nueva victimización de sus violencias, gracias al apoyo emocional ofrecido, el ajuste de las expectativas, y al pertinente manejo de la información obtenida en cada testimonio. Dar su testimonio fue un ofrecimiento para las mujeres que tuvo sentido para ellas. La definición del guión y las características de la entrevista constituyeron el centro del proceso y fueron elementos clave para establecer confianza y acogida a las mujeres que participaron en el proyecto. Además, en muchas ocasiones se logró profundizar en las motivaciones y expectativas de las mujeres para tener en cuenta su situación y necesidades, lo que permitió tener una mejor claridad sobre las posibilidades y límites del proyecto.

El equipo de trabajo logró evidenciar una articulación entre lo profesional y lo humano. El compromiso de cada una logró hacer significativos aportes en términos logísticos, investigativos y de aprendizaje.

La relación de la Ruta de Pacífica de las Mujeres con otras organizaciones, sobre todo de mujeres, fue un elemento facilitador del proyecto y a su vez es un desafío de cara a tener una mayor incidencia y trabajo colectivo en el país.

Se hizo una investigación que además de cumplir con ciertos criterios me- todológicos, ha tenido un profundo rigor ético, político desde una postura fe- minista, que permitió generar estrategias de investigación y acompañamiento psicosocial, a pesar de los escasos recursos para tan ingente tarea.

La metodología adoptada permitió que se les creyera a las mujeres víctimas porque la memoria colectiva permite romper con el estigma y la duda sobre cada una de ellas. Confirma la construcción de memoria desde la base, desde sus vivencias y no desde análisis teóricos o distantes de su experiencia. Ha sido parte de un proceso de ponerse cerca del lugar de las víctimas y entender

¿Preparados para el post-conflicto?

profundamente sus miedos y admirar sus fortalezas para superar el horror de la guerra. Esta experiencia constituye una contribución a romper el silencio con una perspectiva de dignificación y reparación integral y un aporte para el fortalecimiento de redes de apoyo mutuo.

La voz de las mujeres víctimas debe ser escuchada en el país. Debe ser teni- da en cuenta por la sociedad, una buena parte de la cual ha vivido al margen de esta problemática y ha estado condicionada por el miedo o la representación de una realidad que no ha permitido dar sentido a esta experiencia masiva, de la que el Informe da una pequeña cuenta. Las violaciones de derechos humanos cometidas y la dignidad de las mujeres deben ser reconocidas por el Estado. Esta memoria también supone también una sanción moral a los perpetradores que han causado tanto dolor y destrucción, y una exigencia de compromiso en la prevención. La paz no es a estas alturas del conflicto armado un deseo bien intencionado e ingenuo, sino una exigencia social, moral y política. Una propuesta también de las mujeres, de la que este proceso y este informe dan cuenta, y forman parte.

Recomendaciones

En estas páginas se sintetizan las recomendaciones de la Comisión de Verdad

y Memoria de Mujeres colombianas. Forman parte de la reflexión compartida

de la Ruta con los testimonios de las víctimas y otras organizaciones y sectores cercanos. Recogen algunas propuestas para la transformación del conflicto ar- mado colombiano que surgen de este trabajo, y que quieren alimentar el debate

y la acción política a favor de la verdad, la justicia, la reparación y la paz.

La Verdad para Colombia

• Colombia requiere una Comisión de la Verdad que contribuya al esclareci- miento de lo ocurrido y a poner las bases de un proceso de transformación del conflicto incluyendo la perspectiva de las víctimas, como instrumento de reconstrucción del tejido social que ayude a generar una memoria colec- tiva incluyente, que debe recoger la voz y la participación de las mujeres. Esta Comisión debe ser realizada como un proceso desde la base, desde las narraciones de las víctimas, y contribuir a la reconstrucción comunitaria y con un profundo respeto a su dignidad. Esta Comisión de la Verdad y Memoria de Mujeres Víctimas llevada a cabo por mujeres con el lideraz- go de la Ruta Pacífica es un aporte a este propósito, y debe ser tenida en cuenta para las iniciativas que se construyan en el país como parte de un verdadero proceso de paz.

• Una Comisión de la Verdad debe contemplar en su composición la partici- pación de mujeres de manera paritaria, que deben de tener conocimiento

Juan Carlos Amador

de la situación de las mujeres como consecuencia del conflicto armado y destrezas para acoger y propiciar la inclusión de las mujeres en el desarro- llo de la misma.

• Una Comisión de la Verdad no es solamente un informe que describa lo sucedido o investigue sus causas en el país con independencia y legitimi- dad, sino que debe enfatizar la dimensión de proceso, estableciendo me- canismos eficaces de escucha y empatía, incorporando los testimonios de las mujeres víctimas y con acompañamiento psicosocial. Además, una Co- misión también es un proceso social, por lo que esta verdad tiene que ser difundida y escuchada por otros sectores de la sociedad, mediante audien- cias públicas y otros recursos que permitan no solo investigar los hechos sino difundir sus resultados.

• El derecho a la verdad es parte del sentido de justicia y reparación. Las víctimas necesitan que su experiencia sea reconocida y validada, que las víctimas sobrevivientes y las personas muertas y desaparecidas, así como las comunidades afectadas, sean reconocidas en su dignidad.

• Los enfoques sobre las víctimas deben poner énfasis en la situación de las mujeres que han cargado con el impacto del dolor y la reconstrucción de sus vidas, sus familias y comunidades en contextos precarios y en medio de una enorme sobrecarga afectiva y social. Se deben reconocer las graves discriminaciones en todos los ámbitos, las vulnerabilidades e injusticias promovidas por el mismo Estado que se expresan en la marginación, la violencia, la negación y la exclusión social que han padecido a lo largo de sus vidas y en el conflicto armado.

• Una Comisión de la Verdad oficial debe tener espacios propicios y condi- ciones adecuadas para que las mujeres cuenten sus historias y las violacio- nes de derechos humanos sufridas, en un contexto de confianza y teniendo en cuenta la confidencialidad cuando sea necesario. Especialmente la for- mación de las personas que entrevistan o investigan sobre los casos debe incluir herramientas de investigación propicias y ser sensibles respecto hechos frecuentemente estigmatizantes de los que las mujeres han sido objeto como la violencia sexual o el reclutamiento forzado.

Políticas de reparación

• Las demandas de las mujeres deben ser acogidas para ajustar y comple- mentar la Ley de Víctimas y Tierras que hoy se está aplicando en Colombia. Para una adecuada reparación se debe crear una estructura institucional transitoria con toda la capacidad política y operativa para lograr la repa- ración integral, que debe tener el poder de coordinación de ministerios e instituciones de acuerdo al nivel de la catástrofe social vivida por el país

¿Preparados para el post-conflicto?

con la guerra, dada la dimensión del impacto individual y comunitario en grandes áreas del territorio, la mentalidad y la cultura. Esto trasciende la actual Unidad de Víctimas y Tierras.

• Las políticas de reparación que tienen que ver con la memoria y la verdad para la no repetición de la violencia, deben develar los imaginarios y re- presentaciones que circulan alrededor de las mujeres en la confrontación armada, señalando las atrocidades, el dolor y las particulares formas de ensañamiento contra sus cuerpos, en tanto territorios reales y simbólicos en los cuales se ha llevado a cabo la guerra. Las políticas de memoria de- ben orientarse a transformar los enfoques de masculinidades militaristas que suponen una condición necesaria y una práctica de la violencia contra las mujeres en el país.

• El Estado y la institucionalidad pública y privada deben contribuir a la desestigmatización de la condición de las mujeres víctimas, con recono- cimientos y políticas públicas que muestren no solo su respeto y empatía, sino reconociendo sus capacidades de afrontamiento, resistencia y la ac- ción transformadora de las mujeres víctimas y sobrevivientes de la violen- cia para Colombia.

• Las medidas de reparación y reconocimiento deben poner énfasis en la situación de las mujeres víctimas. Entre las condiciones a superar están la exclusión y la discriminación histórica de las mujeres. Desde el enfoque de la interseccionalidad se debe tener en cuenta la triple discriminación de las mujeres, promoviendo cambios en las condiciones que faciliten una parti- cipación efectiva y que eviten la frecuente victimización de que son objeto las mujeres al no tener en cuenta las implicaciones subjetivas, familiares o sociales de muchos de estos procesos.

• Las políticas públicas sobre las víctimas deben considerar las experiencias organizativas y los liderazgos femeninos, tener en cuenta sus percepcio- nes, conocimiento de la realidad y confianza de las mujeres como energía de transformación. Las mujeres tienen percepciones propias sobre la repa- ración, el derecho a la paz y a una seguridad ciudadana no militarizada que deben ser escuchadas por las instituciones. Estas políticas y programas que deben contar con las asignaciones presupuestales específicas orienta- das a atender las necesidades económicas, sociales y culturales de las que las mujeres son portadoras y portavoces.

• Proporcionar a las mujeres ingresos para la sostenibilidad de sus proyec- tos productivos como parte de una política económica que les garantice una reparación integral. Se necesita que esos recursos no sean tramita- dos como una política de subsidios de programas como el de Familias en Acción y otros similares que han fomentado el clientelismo político y la

Juan Carlos Amador

pauperización de las economías propias. Ofrecer amplias posibilidades de fuentes de empleo digno o proyectos de generación de ingresos para las mujeres víctimas por parte del Estado y la empresa privada.

• Las mujeres deben de tener acceso a la restitución de la tierra en condi- ciones dignas y de seguridad, con un marco legal adecuado que ayuda a superar las dificultades de acceso a la propiedad o reconocimiento. Los programas de retorno o reactivación económica en el medio rural, deben

proporcionar garantías para la producción agropecuaria que las inserte en

el mercado productivo y a la vez se generen condiciones para la soberanía

alimentaria. La restitución de las pérdidas debe ser independiente de la posibilidad de retornar, dado que muchas mujeres se hayan ya integradas en su nuevo medio y eso no puede ir en contra de su derecho la reparación.

• Las instituciones del Estado en sus diferentes niveles deben abrir espacios para reformar las políticas de desarrollo haciendo énfasis en las necesi- dades y liderazgos de las mujeres, promoviendo la participación de las mujeres víctimas en dicha reformulación.

• Muchas mujeres han tenido una contribución clave en la construcción de la paz y la superación de las fracturas producidas por la guerra, sin embargo estas acciones han tenido en general un escaso reconocimiento. Se necesita promover la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida política, social y económica, especialmente en la construcción de paz, dado que las mujeres y sus movimientos han mostrado ser un motor esencial para enfrentar las secuelas de la guerra y por tanto lo son para la consecu- ción de una paz estable y duradera.

• Incrementar la divulgación de la Ley de víctimas y los decretos regla- mentarios de la misma. Ley que en su aplicación debe tener la perspec-

tiva de las necesidades y derechos de las mujeres y debe ser diferencial

a su vez con las mujeres aplicando el principio de igualdad y no dis-

criminación, teniendo en cuenta las diferencias étnicas, los sistemas de consulta y auto-organización propios de las comunidades indígenas y

afrodescendientes.

• El Estado tiene la obligación de garantizar a las mujeres una vida libre de violencia y la no repetición de los hechos victimizantes, incluso después de que finalice el conflicto armado y en el contexto de la construcción de

la paz. La existencia de mecanismos de participación de las mujeres en esa

fase del proceso es muy importante para consolidar los logros de la paz,

y para que no se privaticen las violencias contra las mujeres. Para ello el

Estado debe aplicar a fondo la debida diligencia en cuanto a prevención, investigación, sanción y protección a las mujeres en todos los ámbitos de su vida

¿Preparados para el post-conflicto?

• Garantizar la satisfacción de los derechos sociales como son la alimenta-

ción, la salud, la educación, la vivienda, las fuentes de empleo y el acceso

a la tierra, de las mujeres. Las garantías legales y la igualdad de derechos deben hacerse efectiva. La puesta en marcha de políticas para la igualdad

y la discriminación positiva de las mujeres deben contar con mecanismos

institucionales que puedan evaluar estas políticas, observar la evolución de la violencia contra las mujeres y promover cambios legales o institucio- nales para su erradicación.

Atención a mujeres y rutas de atención

• Fortalecer las rutas de acceso para las mujeres con el fin de erradicar las barreras que les impiden a ellas el consentimiento libre e informado para la reparación y restitución de tierras, tal como lo establece la Ley de víctimas.

• Garantizar que las y los servidores públicos tengan las condiciones para una adecuada atención a las mujeres víctimas en su acceso a sus derechos, lo que se hace a través de la capacitación y de medidas disciplinarias por el no cumplimiento de estándares calidad en la atención a las mujeres víc- timas. Se debe brindar una atención con respeto y sensibilidad hacia las mujeres y dando cabal cumplimiento a sus derechos.

• Las mujeres demandan medidas de atención en salud accesibles y que ten- gan una perspectiva de reparación con acceso a servicios de calidad. Así mismo se deben promover programas nacionales de atención psicosocial de calidad y confianza, que no revictimicen a las mujeres ni afiancen ac- titudes sumisas o dependiente, sino que se constituyan en procesos que permitan hacer el tránsito de la “condición de víctima” a la “posición de sujeta” y garanticen que las mujeres sean actoras, protagonistas, en los procesos de reparación y restitución de derechos.

• Promover la creación de clínicas o centros especializados para la atención integral a las mujeres víctimas de violencias sexuales, que ofrezcan servicios desde la atención psicosocial y jurídica que les garanticen sus derechos sexua- les y reproductivos con una política de cero barreras para estas situaciones.

• Este informe muestra cómo el afrontamiento de las víctimas ha resultado clave para las mujeres y la sobrevivencia colectiva. Las políticas de repa- ración deben ayudar a abrir espacios colectivos para las mujeres, y utilizar las experiencias positivas de apoyo mutuo que se han dado en el país para generalizar esas experiencias y favorecer el inter- cambio entre iguales, que tan importante es en el caso de las mujeres. Se necesita hacer un banco de estas experiencias y dotarlo de medios para el intercambio, la forma- ción y la generalización de las mismas, teniendo en cuenta la voluntad de las mujeres y los contextos locales y culturales.

Juan Carlos Amador

• Se necesita que la violencia sexual sea reconocida como actos de tortura y se proporcione a sus víctimas un estatus de legitimidad y de respeto del que han carecido hasta la actualidad. Un reconocimiento público de esas violencias contribuiría a que las mujeres sientan reconocida esa violencia y legitimado un dolor que llevan dentro y por el que muchas veces son estigmatizadas o culpabilizadas.

Educación y difusión

• Requerir al Ministerio de Educación Nacional para que promueva y diseñe una cátedra abierta en la que se analice, desde la diversidad de Colombia, cómo el conflicto armado ha impactado en cada región, en el cuerpo y la vida de las mujeres.

• Garantizar el derecho a la educación propia, donde no se normalicen las violencias contra las mujeres y se visibilicen los aportes de las mujeres in- dígenas y afrodescendientes.

• Asegurar a las mujeres víctimas el acceso a la educación formal y no for- mal, que impulse el libre pensamiento desde una visión laica no dogmá- tica, y que visibilice la situación y el valor como mujeres y la construcción de una identidad autónoma y propia con capacidad de decisión de las mu- jeres sobre sus roles y sus vidas.

• La educación es una demanda recurrente de las mujeres víctimas. Propor- cionar los recursos públicos necesarios para que las hijas e hijos de las mujeres víctimas puedan tener becas que les permitan acceder a estudios normalizados, sin que las pérdidas o el sufrimiento padecido sean un obs- táculo añadido para su acceso.

• Utilizar los medios radiales y televisivos para impulsar programas de sensibilización y de memoria sobre los impactos del conflicto armado, la guerra y las violencias en el cuerpo y la vida de las mujeres de todas las edades, clases sociales y grupos étnicos.

• Solicitar a la Comisión Nacional de Televisión que realice una serie de pro- gramas y documentales donde se reconstruyan las historias de mujeres víctimas del conflicto armado que las redignifiquen.

• Visibilizar los casos colectivos incluidos en este Informe Final para que el país conozca, desde las voces de las mujeres víctimas, lo que le ocurrió a las mujeres en esos hechos, y que son solo una muestra de lo ocurrido a lo largo y ancho del país. Cuidar en las políticas con las víctimas la necesa- ria consulta, la no exposición pública o utilización sin tener en cuenta sus criterios, abordando sus expectativas de una forma constructiva y siendo coherente con el comportamiento y la acción.

¿Preparados para el post-conflicto?

Satisfacción, acceso a la justicia, protección y derecho a la paz

• Los necesarios Acuerdos de Paz y su implementación deben abordar el

sufrimiento de las mujeres víctimas, sus necesidades deben ser escuchadas

y tenidas en cuenta desde un enfoque humanista que tenga a las mujeres y

a las comunidades como parte del necesario cambio social para la supera- ción del pasado y la transformación del presente.

• La justicia para las mujeres víctimas debe tener un enfoque reparador que se trabaje desde la transformación de los factores del contexto, las condi- ciones y los aspectos subjetivos que las oprimen. Debe pasar porque los perpetradores reconozcan sus crímenes y expresen su reconocimiento ha- cia las víctimas.

• Los procesos de memoria no deberían focalizarse solo en el horror vivido sino también en recordar, visibilizar y dignificar la capacidad y creativi-

dad de las mujeres víctimas del conflicto para resistir, y los costos físicos

y psicológicos que ha supuesto para ellas. Esto merece un reconocimiento

especial y hace parte de la Verdad que debe ser contada al país y a las ge- neraciones venideras.

• Las formas de memoria deben estar relacionadas con el sentir de las víctimas

y activar su participación en esos procesos y no ser vistas como un elemento

simbólico o estético construido desde fuera. La participación de las mujeres en la construcción de esas expresiones simbólicas es parte del sentido de la memoria como elemento de reconstrucción para las víctimas y la sociedad.

• Se deben hacer reformas institucionales del sistema de justicia, policía, fuerzas militares, reformas de propiedad de la tierra y hacia la erradicación de las grandes brechas de desigualdad que tiene el país. Esta desigualdad es mayor aún en el caso de las mujeres. El gobierno y las instituciones del Estado deben tener como un indicador de sus políticas económicas y de desarrollo el índice de desigualdad y de la posición de las mujeres en ella, como un elemento central y del que se debe proporcionar información pú- blica periódica.

• Instar a las autoridades públicas y militares que reconozcan de forma ofi- cial la responsabilidad estatal, tanto por acción como por omisión, de la violencia política en el país y ofrezcan disculpas públicas a las mujeres víctimas del conflicto.

• Garantizar el acceso a la justicia a todas las mujeres que ofrecieron su tes- timonio a esta Comisión de Verdad, siempre que ellas quieran llevar ade- lante dichos procesos. Las mujeres víctimas deben contar con atención, acompañamiento jurídico y la activación de acciones de litigio para el

Juan Carlos Amador

cabal acceso al derecho a la justicia por los hechos ocurridos y derivados del conflicto armado.

• Exigir que los programas de protección garanticen de manera real los dere- chos de las mujeres amenazadas que tengan en cuenta su situación perso- nal y familiar. Además brindar un entorno protector a las mujeres víctimas del conflicto armado, que posibilite agenciar sus demandas y las de sus organizaciones con relación a la reparación integral.

• En los Acuerdos de Paz y la refrendación de estos acuerdos se debe con- templar los derechos de las mujeres de manera independiente, específica y con fuerza vinculante.

• El Estado debe garantizar que hacia el futuro los perpetradores privados o públicos no van a seguir actuando con impunidad.

• El Estado debe promover en los procesos de negociación con los actores armados no estatales y los mismos estatales, la rendición de cuentas y la verdad que pueden aportar, como un elemento central del proceso que contribuye a la reparación para las mujeres y las víctimas en general.

• Lograr el pacto de paz con las insurgencias y cumplir cabalmente los acuer- dos como una garantía hacia la reconstrucción de la convivencia y crear las condiciones para la no repetición. Respaldar el proceso de negociación de paz que se desarrolla en la actualidad y alentar a que se pueda dar más globalmente para buscar una paz efectiva.

Desmilitarización de la vida y los territorios

• Desmovilizar y desarmar a los diferentes grupos armados no estatales, incluidas las denominadas “bandas criminales”. Con políticas de someti- miento a la justicia y desactivando los mecanismos de los que se alimentan de orden económico (tráfico de armas o narcotráfico) y político como la impunidad.

• Las insurgencias en los procesos de negociación deben garantizar la deja- ción de las armas y una clara voluntad de reincorporarse a la vida civil que posibilite una reconciliación en el post-conflicto.

• La desmilitarización también debe darse en el desmonte programado de la hipertrofia que ha traído el militarismo en las fuerzas armadas y de se- guridad privadas y los mecanismos que enaltecen los hombres armados y refuerza las mentalidades militaristas.

• Las condiciones de desmilitarización deben verificarse de forma efectiva con mecanismos de observación en los que puedan participar las mujeres con condiciones de seguridad.

¿Preparados para el post-conflicto?

• Generar las condiciones para el desminado de los territorios con minas antipersona u otros artefactos, como parte de las tareas conjuntas entre la insurgencia y las fuerzas armadas, dado que ambos actores han instalado minas en los territorios. La contribución de la población civil debe ser te- nida en cuenta en la localización y la prevención de nuevas víctimas. Estas víctimas deben ser atendidas como corresponde teniendo en cuenta sus frecuentes discapacidades.

• Cumplir con el mandato de que los hijos de las mujeres víctimas del con- flicto armado, no presten el servicio militar obligatorio. Promover una

ley que respete el derecho a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y promueva la cultura de la paz despenalizando la negativa

a contribuir a la guerra y considerándola como un valor positivo para la paz.

Memoria histórica y reconstrucción del tejido social

• Incluir en la historia de los textos escolares, la educación sobre el conflicto armado y los valores de construcción de la paz de forma que se destaque

el papel de las mujeres como actoras y protagonistas de la reconstrucción

social y política de Colombia.

• Impulsar en las diferentes regionales del país, casas de la memoria para las mujeres víctimas y desde las voces de las mujeres, como lugares de diálogos de saberes interculturales y de recreación artística en memoria a las víctimas y el respeto a los derechos humanos.

• Las medidas de reparación colectiva que beneficien el desarrollo de las comunidades deben tener un enfoque de reconocimiento del daño y la res- ponsabilidad del Estado, así como un reconocimiento a las víctimas.

• El Estado debe promover procesos de reconciliación ligados a la justicia transicional que no revictimicen y nieguen el dolor de las víctimas. Las percepciones de las víctimas deben ser escuchadas y tenidas en cuenta en la construcción de las alternativas de justicia transicional, siendo la pre- vención de la violencia y el compromiso en la paz su primera condición.

• La paz y la reconstrucción de la convivencia son tareas largas y suponen también un cambio cultural. Debe crearse y promover una cultura de reso- lución de conflictos desde la no violencia con programas, con los medios de comunicación masiva, basándose en la creatividad de las comunidades

y con políticas públicas que promuevan la cultura de paz.

• Dar apoyo a las iniciativas de mujeres surgidas de la sociedad civil relacio- nadas con la visibilidad de las experiencias de mujeres durante el conflicto armado y, en general, con la recuperación de la memoria.

Juan Carlos Amador

• El Estado y la sociedad deben cuidar que la memoria pueda elaborarse de manera activa y positiva para que esta cumpla un papel social y político sanador para la misma sociedad, evitando que se convierta en fuente de polarización que en una sociedad marcada por el conflicto armado basán- dose en los valores de los derechos humanos.

• Las mujeres instan a las insurgencias a aceptar que han cometido graves violencias contra las mujeres y deben disponerse a la verdad para el país como una forma de justicia y de no repetición.

• El Estado debe reconocer que los procesos de desmilitarización de grupos paramilitares ha vuelto a dejar a las mujeres y comunidades a merced de nuevos grupos paramilitares, y debe poner en marcha una política efectiva para su desmantelamiento de forma que se puedan dar condiciones reales para la paz y la seguridad de las comunidades y en los procesos de rein- tegración.

• Generar espacios de debate y deliberaciones públicas para afrontar el pa- sado, como un camino para llegar a la reconciliación que se dará si se atien- den adecuadamente las demandas de las víctimas. El proceso realizado por estas más de mil mujeres es un ejercicio colectivo de mirar de frente al dolor y tratar de darle un sentido. Un proceso que trata de contribuir con su testimonio a la reconstrucción de las relaciones fracturadas por la violencia. Esta es también una lección moral para la sociedad y los per- petradores, y supone una pequeña pero decisiva semilla que esperamos pueda germinar en otras muchas en el país. Escuchar y dejarse tocar por esta historia es parte de nuestro compromiso y de lo que nosotras hemos aprendido de la experiencia y del valor de estas mujeres. Este informe es una forma de reconocimiento hacia ellas.

Referencias bibliográficas

Ruta Pacífica de las Mujeres, (2013). La verdad de las mujeres. Víctimas del conflicto armado en Colombia. Bogotá: Creative Commons.

Tramas narrativas del mal y sentimientos morales:

entre el deber y la resistencia al relato

Marieta Quintero Mejía 1

Desde 1962, cuando los investigadores Guzmán, Fals Borda y Umaña asumie- ron la responsabilidad, y, por qué no, el coraje de realizar el primer estudio social e interdisciplinario acerca de la Violencia en Colombia, 2 hasta hoy encon- tramos que esta tragedia colectiva no cesa. Estos hechos atroces no solo se han ido acumulando y repitiendo, sino que, con el paso del tiempo, han mostrado la rapidez con que vuelven a suceder, su simultaneidad, la aparición de otros eventos, e incluso su internacionalización, más allá de la complicidad que este fenómeno ha tenido en las fronteras geográficas. Sumado a ello, encontramos el exceso de la violencia, lo siniestro de los actos atroces, la crueldad y el ensa- ñamiento contra la población civil atrapada entre los enemigos, especialmente, grupos de campesinos, indígenas, y afrodescendientes en su condición de in- fantes, jóvenes y mujeres. En otras palabras, han sido objeto de vulneración, particularmente ciudadanos, cuyas experiencias convocan y demandan por la distinción, la diferencia y la diversidad.

1 Docente de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Doctora y Post-doctora de Cien- cias Sociales Niñez y Juventud Cinde-Universidad de Manizales. Co-directora del grupo inves- tigación Moralia.

2 Aunque sitúo los tomos uno y dos de “La violencia en Colombia” de Guzmán, Fals Borda y Uma- ña como uno de los primeros estudios del discurrir de la violencia entre 1930 a 1958, considero que el informe “La violencia en el Tolima”, publicado en 1959 por la gobernación de dicho depar- tamento es una de las historias narrativas en las que se constata con cifras, las víctimas, pérdidas materiales y modalidades del despojo de tierra sucedidas en los periodos entre 1949 y 1957.

Juan Carlos Amador

En el prólogo de la segunda edición de este estudio, publicado en el 2005, Fals Borda indica que la protesta y la esperanza motivaron esta nueva edición, pues trascurridos cuarenta años, “la violencia y el terror” aún están presentes como “copia fiel de lo ocurrido antes” (2005, p. 13). También señala que hoy encon- tramos “suficiente ilustración” y poca “práctica eficaz”. Por ello, sostiene que si bien tenemos un importante cúmulo de producción por parte de académicos, investigadores, productores de cine y ficción literaria, son pocas las acciones encaminadas a su solución.

Siguiendo al sociólogo, no requerimos de ninguna teoría compleja o de abs- tracciones intelectuales para señalar que somos una sociedad que ha perdido el rumbo y que está agrietada en sus estructuras e instituciones (Fals, 2005, p. 16). Esta postura, no debe ser entendida como resistencia a la comprensión, sino como demanda por acciones para el restablecimiento de derechos. Para los colombianos es conocido y valorado el compromiso político de este pensa- dor, precisamente, con la protesta civil y con el ethos de la resistencia ante la violencia.

Sin embargo, considero que, justamente, la comprensión de estos hechos atroces no ha sido, no es, ni será suficiente. Agrego que dicha comprensión permitirá fortalecer juicios colectivos acerca de la justicia ante la injusticia, de- mandar normas e instituciones jurídicas para restablecer los derechos vulnera- dos y, en especial, situar los sentimientos o la sensibilidad moral en la cultura política (Nussbaum, 2014). 3 Creo que a esto último, objeto central de reflexión en esta ponencia, no se le ha otorgado un valor ético-político, a pesar de que las víctimas han imputado, a lo largo de este conflicto armado, reconocimiento de sus congéneres por sus sufrimientos, lo que podría traducirse como activación de todos aquellos sentimientos que convoquen a la solidaridad. No me estoy refiriendo a la solidaridad fría y ciega como acto de caridad ante el sufrimiento, sino como acción política.

¿Cómo entender esta demanda o imputación? Valdría la pena preguntarse si los sentimientos asociados al sufrimiento producido por la deshumanización en actos bélicos pueden tener un papel constructivo en las luchas por el reco-

3 Tomo esta idea de emociones y cultura política de la obra de Nussbaum (2014), en la cual se busca mostrar que el carácter de vulnerabilidad como seres humanos está directamente relacio- nado con la idea de emociones, pues estas registran los prejuicios que sufrimos y que podría- mos sufrir. Adicionalmente con esta noción, la autora busca mostrar que las emociones tienen un vínculo con el derecho, en la medida en que las leyes penales responden a los sufrimientos de la violación, el asesinato, el secuestro y los delitos contra la humanidad. Paralelamente, indica que las emociones contienen creencias, modos de razonar y de apreciar la magnitud de las cualidades con las cuales se producen los procesos de interacción. Destaco el lugar prepon- derante de las emociones como proclives en la vida pública, pues la cultura política debe estar atenta al egoísmo, la codicia y la agresividad con las cuales se rompe la confianza, pero también la posibilidad de generar instituciones decentes.

¿Preparados para el post-conflicto?

nocimiento, en la protección ante la presencia del mal y en el restablecimiento de derechos. A mi juicio, los sentimientos ante el sufrimiento hacen parte de una cultura política en la medida en que estos permiten la vinculación entre emociones con normas morales y jurídicas.

Al anterior interrogante le agregaría el valor que tiene que dicha imputación provenga de sentimientos de niños y niñas, pues pareciera ser que los hechos de violencia con los cuales se escenifica el mal en Colombia como masacres, minas antipersonales, desplazamiento, entre otros, son tan atroces que la infancia que- da invisibilizada y oculta, perdiendo con ello la singularidad del daño cometido.

Dicha singularidad, en el caso de los niños y niñas radica en la aparición del mal, asociada con los sentimientos de dolor, miedo o temor, no por la oscuri- dad, tal como lo analizan los psicólogos y psicoanalistas, sino como expresión de los momentos de oscuridad, siguiendo a Arendt, que representan el riesgo

y la amenaza a perder la vida, a ser víctima de las minas antipersonales ubi-

cadas por los criminales, intencionalmente, en los caminos que conducen a la

escuela y, a sufrir reclutamientos forzados en sus espacios de socialización más preciados: familia, escuela, barrio, vereda, entre otros. Singularidad del daño que puede ser, también, ilustrada en el peligro que representa ser niña (mujer)

y estar atrapada en medio de la guerra, pues su cuerpo y sexualidad infantil serán heridas y mancilladas (violencia sexual).

Precisamente, estas imputaciones de las víctimas y, en particular de la in- fancia, me permiten encontrar en los relatos de los crímenes del conflicto co- lombiano una vía ético-política para responder a sus demandas de sensibilidad moral y para hacer posible una cultura pública ante el sufrimiento. En esta pro- puesta del relato como vía ética y política, no desconozco, tal como se señaló anteriormente, que en Colombia existe una importante producción teórica en el tema del conflicto armado, acompañada de novedosas e inéditas metodologías de análisis, así como algunas normativas legales, las cuales siguen siendo abso- lutamente insuficientes.

El propósito es complementar la producción teórica y metodológica con narrativas de víctimas, como vía de comprensión y restauración del mal, con- templando las emociones que en esta subyacen y, con ello, dar cuenta de la singularidad del mal, de manera que las víctimas no queden atrapadas en una

universalidad del daño. Adicionalmente, estos relatos permitirían revelar que

el mal no radica en el fracaso para adoptar las máximas buenas. Este tiene que

ver, con la crueldad humana, con la ausencia de facultad de representación y, especialmente, con la incapacidad de afectación o sensibilidad moral y políti- ca. Incapacidad de sensibilidad tanto de los victimarios como de los mismos miembros de la sociedad colombiana. En otras palabras, el mal también implica incapacidad para sentir o de afectación.

Juan Carlos Amador

¿Por qué tramas narrativas como fuente de indagación del mal?

La teoría narrativa tiene su trayectoria en el campo de la lingüística y en la fi- losofía. A pesar de que estos fundamentos tienen sus inicios en el periodo de entreguerras, en su estudio predominó más la preocupación por sus componen- tes estructurales que por sus dimensiones ético-políticas. Precisamente, en este periodo de entreguerras, Bajtín en oposición a la búsqueda de cientificidad del estructuralismo lingüístico, denunció que las relaciones dicotómicas y formales, como objeto de estudio del lenguaje, despojan a las narrativas de su capacidad para la comprensión y, con ello, de la preocupación por el Ser. Por ello, en 1924 inaugura, a mi juicio, una de las primeras teorías en la cual se vincula la narrativa con la ética. El autor denomina esta conexión como filosofía del acto ético.

Para este teórico, las éticas formales se centraron en el deber ser, descono- ciendo que la acción humana no se debe restringir a una ley a priori, ni a la razón práctica limitada a su naturaleza cognitiva. Para Bajtín, el acto ético está constituido por dos aspectos: responsabilidad y participación. El primero de estos exige al sujeto reconocerse en comunidad, lo cual significa abandonar el uso de actos comunicativos en los que se incorpore la indiferencia ante los otros, nuestros congéneres. Actos comunicativos en cuyo sustrato encontra- mos vivencias, sentimientos y pensamientos que surgen en correspondencia con los otros.

Respecto al segundo aspecto del acto ético, la participación, Bajtín lo relacio- na con una concepción volitiva del Ser “… El otro tiene un lugar en mi conciencia emocionalmente volitiva y participativa, puesto que lo amo como a otro y no como a mí mismo” (Bajtín, 1997, p. 53). La participación con el otro es el aspecto ético que ratifica la idea de Bajtín de un “ser concreto” con emociones, distinto al sujeto abstracto del ser teórico kantiano, en palabras del autor.

El acto ético en el campo de la narrativa, también se acompaña de la noción de polifonía, con la cual el autor busca señalar que relatar, de un lado, hace parte de la vida vivida, y, del otro, configura la memoria social, en la cual encontramos un mundo poblado con distintas y diversas palabras; voces “ajenas” que configuran el tesoro de la comunicación dialógica presente en una cultura. Así, las narrativas hacen parte constitutiva de una vida vivida con, por y para los otros. Tesis que se relaciona con los postulados del mismo Ricoeur (2006) en La vida: un relato en busca de narrador, en donde sostiene la relación entre vida y relato.

Aunque la propuesta del acto ético en la narrativa de Bajtín queda atrapada en medio de la persecución y las políticas del terror impuestas por Stalin, sus postulados fueron adoptados por los seguidores del estructuralismo francés. Precisamente, Todorov señala que las narrativas fungen como correas de trans- misión de la historia ética y política de una sociedad, lo cual da lugar a la ins-

¿Preparados para el post-conflicto?

titucionalización de géneros discursivos con los cuales cada sociedad expresa sus vínculos con el sistema normativo y sus correspondientes ideologías:

(…) una sociedad elige y codifica los actos que corresponden más o menos a su ideología; es por esto que la existencia de ciertos géneros en una sociedad, o su ausencia en otra, son reveladores de ésta ideología y nos permiten establecerla más o menos con una gran certeza. No es un azar el hecho de que la epope- ya sea posible en una época, la novela en otra, el héroe individual de ésta se oponga al héroe colectivo de aquella: cada una de esas elecciones depende del cuadro ideológico en el cual se llevan a cabo. (Todorov, 2001, p. 54)

Para Todorov, el papel más importante de las narrativas está vinculado con el relato en situaciones de límites extremos, término que adoptó de Arendt para refe- rirse a la “encarnación del mal” en los campos de concentración.

Con este breve recorrido he querido mostrar algunos de los fundamentos que nos permiten señalar, siguiendo a Todorov, el por qué no debemos resistir- nos a abrir los expedientes del mal y a escuchar las narrativas de los infortunios (ética de la escucha). Ante los relatos del dolor, señala el autor, preferimos re- sistirnos a su escucha, pues, en buena medida, tenemos la tendencia a dividir la experiencia del mal entre: a) los otros, los culpables que cometieron las atro- cidades; b) los otros que la vivieron –víctimas–; c) nosotros los espectadores o testigos morales; d) los expertos. A continuación expongo algunos riesgos que tiene para el caso colombiano, estas discontinuidades actanciales.

Un primer riesgo lo expone Todorov cuando nos invita, justamente, a re- chazar las anteriores discontinuidades actanciales –participantes– porque estas hacen suponer que existen grupos humanos homogéneos (buenos y malos), sin darnos cuenta o advertir que, con dicha clasificación, no solo desdibujamos la esfera de la praxis humana, sino que despojamos de responsabilidad a quienes realizan actos atroces y, a los mismos miembros de la sociedad (responsabili- dad colectiva). Asimismo, esto llevaría, en palabras de Todorov, a que asumié- ramos una indignación fácil frente a los perpetradores, ignorando con ello la complejidad del mal (Todorov, 2002). Esta distinción actancial, efectivamente, atenúa lo corrosivo del mal, convirtiéndolo en un asunto bastante simple y aje- no para aquellos que no lo padecen.

Otro riesgo de estas distinciones artificiales entre personajes con sus accio- nes (modelo actancial) es suponer que en la sociedad hay elegidos a padecer la experiencia de la crueldad, y, por supuesto, en este reino del mal no estamos incluidos, ni tampoco hacen parte quienes integran nuestros círculos éticos cer- canos. Entonces, ¿por qué incomodarnos? Esta horrenda simplicidad se asocia con la indiferencia o mal consentido, siguiendo al filósofo Arteta (2010), que

Juan Carlos Amador

sería una especie de “mal extendido”, 4 en el que predomina, de un lado, la insensibilidad frente a lo acontecido y, del otro, la resistencia a escuchar los relatos de las víctimas, aunque incluyamos sus sufrimientos dentro de nuestra agenda televisiva o del espectáculo ficcional del mal.

Como consecuencia del anterior riesgo, el “mal extendido” ha permitido por muchos años convivir en una atmósfera del mal y, con ello, legitimar los excesos de la guerra, perder la capacidad de imaginar la muerte de nuestros congéneres en actos atroces e invisibilizar, insisto, la singularidad del daño causado (inca- pacidad de singularidad y de representación del mal). En Colombia, consignas como “no dejar ni la semilla”, es decir, matar a los niños y a las mujeres próximas al alumbramiento por tener la semilla del enemigo, cercenar los órganos de las víctimas y colocarlos en la boca, practicar orgías sexuales en cuerpos de las mu- jeres, así como realizar cortes sobre los cuerpos masacrados (bragueta, florero, franela, corbata, entre otros) representan los excesos, la singularidad del daño y dan lugar a la aparición del término tanatomanía, propuesto por Guzmán, Fals Borda y Umaña.

La noción de tanatomanía da cuenta de las atrocidades expresadas en las con- signas y en los cortes a los cuerpos de las víctimas, da luces para revelar que los sentimientos negativos como el odio y el rencor han sido el sustrato de justifica- ción de los actos criminales, pero también han sido los motores para generar en la sociedad, por parte de los perpetradores, el asco y la repugnancia. Con ello, cons- truir este fortín de la indiferencia. La repugnancia y el asco han sido utilizados para ejemplificar la destrucción de la humanidad al convertir un cuerpo en objeto (florero, cierre, corbata, entre otros). Esto resulta de la destrucción y ubicación de los distintos miembros en otras partes del cuerpo, comunicando suciedad, conta- minación y destrucción de la comunicación simbólica del cuerpo.

Estos sentimientos nos han hecho paralizar y enmudecer, y por qué no, extender el mal, es decir, volvernos cómplices y espectadores indiferentes, si- guiendo a Arteta (2010). En oposición a ello, no hemos logrado el florecimiento de otras emociones que promuevan la resistencia y la restauración. Quizás, los relatos de las víctimas permitirían comprender que la insolidaridad allana el camino para que el verdugo haga uso de la tortura, como señal de grandeza y como estrategia de extirpación de cualquier sentimiento de piedad colectiva.

Podríamos decir, entonces, que los sentimientos negativos hacen parte de las distinciones actanciales señaladas anteriormente, en las cuales hacemos ti- pologías del mal a partir de los hechos, lo que lleva a una homogenización y universalización del mal.

4 A juicio de Arteta (2010) en la sociedad se habla del daño que otros hacen o sufren, pero casi nunca de cómo y cuánto nosotros lo hemos dejado hacer y sufrir. Este autor señala que el espectador que- da por fuera del relato, como si el mal tuviera tan solo dos protagonistas (víctimas y victimarios).

¿Preparados para el post-conflicto?

Otro de los riesgos que, con mayor frecuencia se extienden entre los miem- bros de la sociedad, es la revictimización. No solo se padece el sufrimiento en manos de los perpetradores, sino que los estigmas y estereotipos de raza, etnia, ruralidad, orientación sexual, pobreza, condiciones sociales, entre otros, llevan a que se considere que existen ciudadanos receptores o cautivos de la violencia. Dichos estigmas naturalizan y justifican la existencia de víctimas destinadas a padecer la crueldad: los elegidos.

Insistiría en que los relatos de las víctimas pondrían obstáculos a estas natu- ralizaciones y, con ello, podríamos evitar o minimizar la extensión del mal. A manera de ilustración, en Colombia tenemos el mal llamado “falsos positivos” que comprometen al aparato militar y policivo del país. En esta estrategia del mal, la victoria bélica es lograda mediante la muerte de infantes y, especial- mente, de jóvenes inocentes a quienes se les hace pasar como miembros de grupos armados. Estos hechos se justifican con los estigmas de que es posible dar muerte niños y jóvenes por su condición de miseria y porque su ubicación en contextos frágiles y precarios, geográfica y socialmente, impediría el conoci- miento de la verdad y, con ello, la justicia.

En oposición a esta organización planeada y sistemática del mal, justamente, las narrativas y los relatos de sus familiares –madres–, y no las cifras presentadas en la prensa de muertos caídos en combate, han permitido mostrar la estructura, modo de organización y exacerbación con la que se realizan estos actos.

¿Por qué en tramas narrativas del mal las emociones?

La propuesta de Ricoeur acerca de las tramas narrativas ha sido empleada en Colombia en los estudios de las guerras civiles del siglo XX por la socióloga María Teresa Uribe. El propósito de este estudio es dar cuenta de la incidencia de las palabras de la guerra en los procesos de configuración de la nación ima- ginada. Para esta autora, los eventos bélicos narrados no se tornan “…mudos, son guerras con palabras, con relatos, con narraciones, con discursos y metáforas…” (Uribe, 2006, sp).

Siguiendo a esta autora, en las guerras civiles, a lo que agregaría, en el mis- mo conflicto armado, encontramos que los hechos trágicos y violentos se reve- lan en el espacio de lo público por medio de tramas narrativas. Estas últimas han sido construidas por ONG defensoras de los derechos humanos, colectivos, pero, también, por instituciones políticas y jurídicas, medios de comunicación e, incluso, por los mismos perpetradores. También hay que contemplar que hay narrativas del mal que aún no han sido situadas en la esfera de lo público, bien sea porque las víctimas prefirieron callar o porque las han silenciado.

En estas tramas narrativas encontramos, entre otros, agentes, circunstancias, interacciones que develan el horror del mal y la crueldad. Con ello, no solo

Juan Carlos Amador

aprendemos de lo que son capaces los perpetradores, la incapacidad del Estado para proteger nuestros derechos, su complicidad, en algunos momentos, sino, en especial, a ser indiferentes y carentes de sensibilidad, bien sea para proteger- nos o para no incomodarnos.

En nuestro país, las tramas narrativas tienen una mayor complejidad, pues dada la simultaneidad de los hechos atroces y la permanencia de los mismos en nuestra historia colectiva, no podríamos construir una narrativa resultado de la síntesis de lo heterogéneo, como lo propone Ricoeur, pues dadas nues- tras circunstancias del mal, no sería ética, jurídica y políticamente convenien- te. Tendríamos una narrativa en la cual los acontecimientos se superpondrían unos a otros, dando lugar a la construcción de una narrativa genérica sin las distinciones y particularidades del mal. Adicionalmente, las víctimas, victima- rios, testigos y perpetrados quedarían solapados unos con otros, como si en los eventos del mal el daño no fuera diferencial. Incluso se correría el riesgo de quedar reducidos los actores a la asignación de un rol o, en su defecto, a una simple nominación con escasos atributos o no atributos personales. Con estos modos del narrar universal, quedan en las tinieblas los sentimientos asociados al sufrimiento y a la búsqueda de imputación y responsabilidad jurídica, moral y política (emociones y ley).

Por ello, las tramas narrativas del mal en Colombia no pueden ser entendi- das como simples descripciones de hechos o sucesos, estas tiene unas implica- ciones en las luchas por el reconocimiento, en nuestros modos de obrar, desear, pensar e imaginar, entre otros. En estas están presentes los acontecimientos que sucesivas generaciones han padecido, los cuales, a mi juicio, han ido configu- rando nuestras aspiraciones democráticas y, con ello, nuestras pretensiones a una vida justa, digna o del buen vivir. Asimismo, estas tramas narrativas han ido creando nuestros modos de subjetivación y de vínculos con los otros. En buena medida, nos compartamos, emocionamos e imaginamos a través de los anteojos del mal.

Lo anterior explica por qué algunos miembros de la sociedad son capaces de participar y construir otras narrativas del mal usando distintos artefactos que van desde actos bélicos hasta los de orden jurídico y político (parapolítica). Otros, lo miran de refilo para no dejarse atrapar o sufrir vulneraciones, y otros lo hacen de frente para resistir y exigir justicia.

Por ello, podemos sostener que en su naturaleza pública, el relato de lo trá- gico algunas veces ha sido utilizado para dar argumentos y, con ello, justificar moral y políticamente una acción bélica o jurídica. Para ilustrar, en el conflicto armado los distintos actores enfrentados justifican acciones represivas que lle- van al uso de torturas, desapariciones forzadas, masacres, entre otros. En otros casos, los victimarios justifican la creación de normas jurídicas para cooptar el

¿Preparados para el post-conflicto?

Estado y, con ello, crear modos legítimos de organización del mal, sin el uso de armas o dispositivos bélicos, pues emplearlos los asimilaría al rango de sus soldados –ejecutores– cuando ellos son los intelectuales del mal (parapolítica).

En estos relatos del mal encontramos que los mecanismos de organización no solo se limitan al uso de instrumentos y herramientas que apoyen la puesta en marcha de los actos monstruosos, sino que emplean con intencionalidad las emociones para promover el miedo, es decir, hacer frágil la vida pública, de manera que pueda reinar la idea de que “en este pueblo no ha pasado nada”. Por la complejidad del uso de estas narrativas del mal en nuestra esfera pública considero de especial importancia seguir la máxima de Sócrates, retomada por Ricoeur, acerca de que una vida no examinada, no es digna de ser vivida.

Con esta tesis convoco a que reflexionemos acerca del fondo opaco de nues- tro vivir, presente en las tramas narrativas del mal. Dicha reflexión permitiría, precisamente, que en lugar de la opacidad aparezca la luz del vivir y del estar juntos, pues el narrador que entrega su obra –sufrir– a un lector, confía que este cambie el obrar oscuro. En otras palabras, cuando se narra el sufrimiento se esperan sentimientos asociados a la solidaridad y la puesta en marcha de acciones de imputación y restauración (emociones y vida pública).

La comprensión del sufrir no es solo un acto intelectivo, se trataría, siguiendo

a Ricoeur, de que la puesta a la luz pública de la trama narrativa del sufrir entre

al encuentro con sus lectores, a quienes demanda representar el mal y, con ello, actuar. Recordemos que para Ricoeur toda acción es mediación entre el mundo de la experiencia con el mundo del oyente o lector, la cual no se reduce a ser el esqueleto de la enunciación. Con esta narrativa, en la que se reconocen las dis-

tinciones del daño, también podríamos desenraizar el leguaje generalizado con el cual se nombra este conflicto y ponerle rostro al mal. Asimismo, haríamos po- sible que, al lado de los sentimientos de terror instaurados en nuestra vida ética

y política por los perpetradores, aparezca la solidaridad anamnésica.

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