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Conectados-desconectados

Lic. Mónica Czerlowski, Lic. Lourdes Viamonte Leme

“cada época tiene las verdades que se merece,


corresponde a los jóvenes la tarea de descubrir “para qué se los usa”
Gilles Deleuze

Nos proponemos reflexionar acerca de los cambios introducidos en la construcción de


la subjetividad, a partir de la instauración del neoliberalismo como proyecto político
hegemónico. Partimos de la idea que el consumidor es el mayor referente de esta época,
pero no el único. En la actualidad los medios masivos de comunicación no son
solamente formadores de opinión pública, así como las nuevas tecnologías tampoco son
meras máquinas sofisticadas generadoras de mayor productividad. Planteamos que
ambos juegan un papel preponderante en la constitución de nuevas subjetividades.

El ser humano nace en un mundo cultural, en un contexto determinado que imprime


categorías simbólicas desde las cuales se constituye. La sociedad le provee bienes
culturales, de los que deberá apropiarse para ser un miembro más de ella. Los sujetos no
pueden ser sin cultura, pero estar dentro de ella genera malestar. "La cultura opera sobre
la subjetividad en forma doble, aliena, unifica, pero a la vez ofrece soportes para el
despliegue de la singularidad” (Fornari, Santos y Saragossi, 2002). El modo de ser
hombre en una situación sociocultural va a ser instituido a partir del lazo social. Es lo
que permite que un conjunto de individuos se constituya en sociedad. No depende de la
voluntad individual. Propicia la cohesión a partir de la identificación con ideales
comunes. En la modernidad el lazo social es nacional. La adhesión a los valores
nacionales garantiza la unión de los ciudadanos.

En la actualidad no se construye un lazo social universal que nuclee a todos los


miembros de la sociedad, se constituyen, grupos donde se estructuran mutuos
reconocimientos y reciprocidades. La desarticulación del lazo social y el
establecimiento de alianzas o ligaduras por sectores, barrios, grupos implican un claro
triunfo de la hegemonía neoliberal. Esta se vale de una trama social desintegrada, y
vínculos precarios para imponer su poder libre de revisiones e intervenciones.

El ciudadano moderno es un sujeto sujetado a leyes, a espacios de encierro, a normas


que le dicen cómo tiene que ser y cómo tiene que hacer las cosas. Pero esa sujeción le
da identidad, pertenencia y existencia. Las políticas neoliberales nos conducen a otro
modelo de sujeto. Se espera que las personas sean pro-activas, plásticas y creativas. Tras
el velo de libertad y autonomía, lo que se está promoviendo son sujetos efímeros,
inseguros y frágiles. Las certezas anteriores se reemplazan por verdades fugaces que
instantáneamente caducan. En este contexto la lógica voraz del mercado, oferta, liquida
y fagocita constantemente nuevas subjetividades.

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El ciudadano: conectado al Estado Nación

El Estado Nación es una forma de organización social, basada en una estructura


funcional de instituciones coordinadas entre sí que responden a la misma lógica. El
Estado como meta-institución coordina las prácticas sociales. A través de dos
instituciones pilares, la familia y la escuela, constituye un tipo de sujeto acorde a sus
necesidades: el ciudadano.
Las sociedades industriales desarrollaron toda una serie de dispositivos destinados a
disciplinar los cuerpos y las subjetividades de sus ciudadanos. Son las técnicas
aplicadas en las diversas instituciones de encierro características de los Estados
nacionales: escuelas, fábricas, hospitales, prisiones, cuarteles, asilos, etc. Entre esos
dispositivos, cabe destacar la arquitectura panóptica, la regulación del tiempo de todos
los hombres, desde el nacimiento hasta la muerte. La máquina emblemática de esa
época es el reloj. Para formar un nuevo orden social se necesita sincronizar las
actividades humanas y organizar los trabajos en intervalos regulares. Tal como lo
explica Foucault1 la sociedad industrial funciona con el ritmo cronometrado.

Esos dispositivos promovieron una autovigilancia generalizada, cuyo objetivo era la


“normalización” de los sujetos: su sujeción a la norma. Se trata de tecnología
de biopoder, es decir, de un poder que apunta directamente a la vida, administrándola y
modelándola para adecuarla a la normalidad. De esta manera se fueron configurando
ciertos tipos de cuerpos y determinados modos de ser.

Se apuntaba a la construcción de cuerpos dóciles y útiles destinados a alimentar los


engranajes de la producción fabril. Para construir socialmente a ese sujeto del estado
nación se desplegó una operación política: “aprisionarlo” en un determinado régimen y
someterlo a un conjunto de reglas y normas, capaces de amarrar los cuerpos y las
subjetividades al aparato de producción capitalista.

Las prácticas son coercitivas y alienantes pero otorgan identidad. Las instituciones
estables y seguras generan sentimiento de ser en tanto se pertenece a ella. Las
experiencias disciplinarias, mediante prácticas de vigilar y castigar, forman subjetividad
disciplinaria.

Los ciudadanos modernos son portadores de derechos, sujetos de la razón y de la


conciencia. Son iguales ante la ley, esto supone que todos están atravesados por las
mismas prohibiciones y habilitados por las mismas posibilidades. La ley empareja,
iguala y homogeniza. Son sujetos sujetados a una lógica institucional uniforme que
garantiza trayectos de vida. Se pasa de una institución a otra. Hay un orden que asegura
un progreso y la movilidad social es posible. La ley no sólo iguala, sino que sanciona.
Lo que no está dentro de ella es disruptivo, anormal, lo que hay que excluir. El objetivo
es la sujeción a las normas vigentes. La sociedad de vigilancia produce una población
homogénea. Las instituciones como la familia, la escuela, la fábrica, entre otras,
promueven individuos “normales” dentro de espacios de encierro1.

1
Foucault Michel “Vigilar y castigar”, 1989

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Sujeto de mercado: hiperconexión desconectada

En las últimas décadas de manera acelerada se produce un pasaje hacia un capitalismo


globalizado y postindustrial. Comienza a instalarse un sistema que propicia la actividad
financiera por sobre la industrial. La globalización del mercado trae como consecuencia
transformaciones geopolíticas. El Estado comienza a transformarse y a correrse de ese
lugar de regulación y coordinación. Se produce un vaciamiento del ámbito político.

El Estado-Nación muta en un Estado-técnico administrativo, propicia que los derechos


se convirtieran en servicios y los ciudadanos de Estado en ciudadanos de mercado. El
proyecto neoliberal discursivamente se instala cómo única opción y la más justa para
todos los “ciudadanos consumidores”. La propia Constitución Nacional reformada en
1994, en el artículo 42 dice:

“Los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la


relación de consumo, a la protección de su salud, seguridad e intereses
económicos; a una información adecuada y veraz; a la libertad de elección
y a condiciones de trato equitativo y digno”.

La digitalización, reemplaza a la mecánica y comienza a expandirse por todo el planeta.


El dinero se virtualiza y es reemplazado por las tarjetas de débito y transferencias
electrónicas. “En un clima que mezcla las tendencias virtualizantes con una
preocupación creciente por la seguridad física, proliferan las contraseñas, las tarjetas
magnéticas, las cifras y los códigos que permiten acceder a los diversos servicios
ofrecidos por el capitalismo de la propiedad volatilizada” (Sibilia, 2009).

Se recompone la hegemonía, se desmoronan los muros de las fábricas, de los hospitales,


de las escuelas, y se instala un nuevo mecanismo de dominación: el control. La
dominación pasa de la sujeción al control. Se produce un pasaje de una sociedad
disciplinaria a una sociedad controlada.

En la sociedad contemporánea imperan ciertas técnicas de poder cada vez más sutiles y
eficaces, pues permiten ejercer un control total de los espacios abiertos. A medida que
pierde fuerza la vieja lógica mecánica de las sociedades disciplinarias, nacen nuevas
modalidades digitales que se dispersan aceleradamente por toda la sociedad. La lógica
de funcionamiento vinculada a los nuevos dispositivos suele ignorar todas las fronteras:
atraviesa espacios y tiempos, devora el “afuera” y rechaza cualquier alternativa que se
interponga en su camino. Por eso, la nueva configuración social se presenta como
totalitaria en un nuevo sentido: nada, nunca, parece quedar fuera de control. De ese
modo, nace un nuevo régimen de poder y saber, asociado al capitalismo postindustrial.

Las nuevas formas de poder no remiten al encierro, sino a una supervisión permanente.
El ciudadano era parte de la masa homogénea, el consumidor está segmentado según sus
hábitos y gustos. Forma parte de bancos de datos y de perfiles de mercado. Se convierte
en un producto cuyos datos se venden y se compran. Las empresas lo compran para
ofrecerle propagandas personalizadas. Se produce un cambio en la forma de sujeción de
los sujetos. El control que ejerce el mercado, adquiere una fachada de flexibilidad. Es
abierto y fluido, opera sobre la base del cambio constante. Las personas se sienten

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libres, de decidir qué consumir, cómo y cuándo, mientras compran al ritmo de las
promociones de las tarjetas de créditos o descuentos y ofertas de los supermercados.

El nuevo orden social también impacta en las categorías de tiempo y espacio. Ya no se


necesita de tiempos segmentados, cronometrados y disciplinados, el tiempo pasa a ser
un continuo. Se pierden los intersticios, cortes que permiten establecer ritmos, y
regulaciones. Un ejemplo claro de esto son los shoppings, burbujas con microclima. La
persona entra y no sabe cuando sale. En su interior no se distingue el día y la noche, el
frío y el calor.

Esta forma de construir la categoría temporal genera un sujeto que no trabaja en una
cadena de montaje al estilo del fordismo o taylorismo del capitalismo industrial, ahora
él mismo se monta a esa cadena que nunca para. Está a ´full´, come ´fast food´, necesita
días de 30 horas y compra cosas en los ´open 25´.

La anulación del transcurrir del tiempo como un proceso que deja inscripciones,
también se plasma en los ideales de nuestra época de eterna juventud y belleza. El
cuerpo, base material de nuestro ser, es sometido a intervenciones constantes. Las
personas utilizan un arsenal tecnológico junto con una ortopedia farmacológica del
bienestar, para comprar esa ilusoria detención del trascurrir del tiempo y alimentar la
fantasía omnipotente de inmortalidad.

Las relaciones laborales también son afectadas. En la modernidad el tiempo y el espacio


de trabajo estaban delimitados. En la actualidad un trabajador puede continuar en la
computadora de su hogar la tarea que comenzó en la oficina. Las videocomunicaciones
permiten que los ejecutivos de una empresa organicen una reunión estando cada uno en
una parte diferente del globo. A partir de la masificación de la Red y telefonía celular
móvil no existe casi nadie que se pueda escapar de las demandas laborales, en horas no
laborales. El trabajo ´full time´ muta en trabajo ´all time´.

Con la lógica hegemónica del mercado se comienza a construir otro tipo de


subjetividad, con otros valores, necesidades, falencias. Un sujeto distinto que navega en
el flujo de los capitales y en muchos casos termina ahogado por éstos.

En la actualidad os medios de comunicación marcan la agenda del día dicen qué pensar,
cómo y cuándo. El hombre construye la realidad a través de una pantalla. La oferta de
mercado se traduce en ofertas de programación que invitan al televidente a un consumo
continuo. En su afán voraz de estar en todo, el sujeto se zambulle en un zapping en el
que poco importa lo que ve. Una serie de fragmentos se sustituyen unos a otros, se
suceden imágenes volátiles y fugaces que se “unifican” en el acto mecánico de pulsar un
botón.

Internet también modifica las relaciones humanas. Tareas cotidianas que requerían el
desplazamiento físico, desde hacer una compra, hasta consultas médicas, ya se realizan
por este medio. Se pasa del tradicional contacto persona a persona a la versión actual
del vínculo mediatizado vía mail, chat o redes sociales. Con las nuevas tecnologías los
sujetos están conectados, pero desconectados.

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La construcción de la subjetividad y la sociabilidad actual, se apoya en dos ejes la
visibilidad y la conexión permanente. En la sociedad voyerista del SXXI, la gente
muestra su vida privada a través de cámaras web, facebook, instagram. Los narcisismos
se proyectan en las pantallas. Hay una tendencia a borrar los límites que separan lo
público de lo íntimo. Este fenómeno que empezó con los talk shows se trasladó a las
redes, donde la gente narra o muestra en primera persona su vida. Twitter y facebook
son el equivalente a un g.p.s de lo que le está pasando a la persona minuto a minuto. Las
redes sociales funcionan como un mercado de redistribución de miradas. Una persona
muestra y mira; recíprocamente le dan para ver y es mirado por otros.

Conexión-desconexión en el SXXI

Como mencionamos en el comienzo del trabajo. Las personas nacen en un mundo


cultural, en un contexto determinado, que va marcando sus modos de ser. Hemos
desarrollado como la lógica de mercado va modelando modos de sentir, pensar y actuar
La instantaneidad gobierna a esta sociedad hambrienta de estímulos. La instalación de
un presente permanente que no se detiene impide pensar en proyectos futuros y
compartidos.

Las transformaciones que se van configurando afectan la constitución subjetiva de


niños, jóvenes y adultos que se sienten frágiles y evanescentes. La revolución
tecnológica de la que venimos hablando, ha dejado afuera a cierta generación de
adultos. Pareciera que éstos no pueden ser ejemplo para los chicos porque no dominan
los códigos de comunicación posmodernos. La particularidad de este cambio social y
cultural es que se pone en crisis el valor de la experiencia.

En la actualidad se habla de pérdida de autoridad del adulto. El cuestionamiento a la


asimetría entre adultos y niños hace vacilar la capacidad de los adultos para
responsabilizarse y hacerse cargo de ellos. Los niños pasan de ser meros receptores de
las certezas paternas a ser sujetos de opinión y de cuestionamiento de incertidumbres
adultas. Ellos saben y deciden Al no tener asegurado la protección y el amparo por la
fragilidad del adulto por querer ser ellos también adolescentes (a través del lenguaje, la
vestimenta, etc.), el niño queda vulnerable y en situación de riesgo.

Cabe preguntarse como impacta estos cambios en la constitución subjetiva en la


cotidianeidad de la escuela. Corea (2004) plantea que hay un desfasaje entre la
expectativa de subjetividad que la escuela supone a sus alumnos y los sujetos que
ingresan a la misma. La escuela del siglo XIX era funcional con el proyecto del
capitalismo industrial y estatal. La escuela formaba ciudadanos. Como institución
moderna tenía límites muy claros y usos muy pautados tanto del espacio como del
tiempo.

Los nativos tecnológicos, maman otra lógica. Hiperconectados a las redes, desconocen
las barreras espaciales y temporales. La subjetividad contemporánea se dirige hacia
otros, hacia afuera, es más susceptible a la dispersión y a la desconcentración. La
penetración del mercado, por el retiro del Estado como articulador, también favorece la
dispersión. Dado que a la dinámica del consumo le sirve una subjetividad
desconcentrada y deseosa de novedades.

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Pensamos que la escuela como institución necesita producir un cambio La pregunta es
hacia donde direccionar ese cambio. Las dos respuestas más frecuentes que aparecen y
que expresada de manera extrema son: la conservadora que propone volver a la escuela
tradicional y la otra que propone conectar a la escuela con el mercado, las empresas y
las redes de comunicación.

Nuestra propuesta es salir del binarismo. Tomar de la escuela tradicional su finalidad de


ser una institución encargada de enseñar, de transmitir cultura y no demonizar a la
tecnología, sino incorporarla como herramienta que mejor esa transmisión. Sin que eso
implique la delegación de la función que le compete al educador.

Transmitir es sostener la asimetría del vínculo. Como docentes debemos sostener esa
asimetría en un contexto social en el que se presentan múltiples cuestionamientos a la
autoridad del docente, como producto de la pérdida de prestigio del rol. Tenemos que
tener presente que es justamente la autoridad docente la que va a favorecer la autonomía
del alumno y la democratización del conocimiento.

De acuerdo con Dermeval Saviani (1986:22), “el dominio de la cultura constituye el


instrumento indispensable para la participación política de las masas”. Es indudable que
la apropiación de las herramientas que ofrece la cultura fortalece políticamente a los
sujetos que, de esta forma, se encuentran mejor posicionados para defender sus
intereses. El dominio de herramientas simbólicas como el lenguaje o el cálculo, la
interiorización de esquemas de percepción y valoración, la capacidad de analizar y
argumentar, constituyen el soporte mediante el cual se vuelve posible, la apropiación de
pensar y pensarse con autonomía. Estimular el pensamiento abstracto y la reflexión es
un camino que puede frenar las categorías de inmediatez, de saber práctico y efímero. El
‘pensar con’ ayuda y estimula la creación de lazo y reubica al adulto en el lugar de
portador de la experiencia.

Finalmente pensamos que la escuela- por ser la institución donde los niños y
adolescentes concurren diariamente- tendría que poner a disposición las herramientas
necesarias para que puedan cuestionar el orden establecido. Consideramos que es el
espacio específico para la desarticulación del discurso que homologa las prácticas de
subjetivación con actividades mercantiles. La escuela debería proponer un discurso de
subversión que reemplace la competividad por la cooperación, el individualismo por el
lazo social. Es decir, apostamos a que la escuela sea una institución constituyente de un
sujeto humanizado autónomo y conectado con otros.

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Bibliografía

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2006
 Caleta Sur. “La infancia de nuestro tiempo demandas en la formación docente”
Lucia Juarez X congreso NACIONAL y II internacional “Repensar la niñez en el
SXXI” ¿Por qué Hablamos de Niños de la calle? El Fraude de la Sociedad. 2004.
 Carli. Sandra Jornada de temas emergentes, cultural visual y educación. Universidad
Central de Barcelona Miradas de la Infancia desde la Argentina. Los sentidos de la
crisis. Barcelona, febrero de 2003
 Corea C, Lewkowicz I. Capítulo Medios ¿dominación, influencia, producción?
Escuelas destituidas y familias perplejas. Editorial Sudamericana 2004.
 Czerlowski, M., Meilerman D., Melamed, E., Mirochnik, P.: Psicoanálisis y
tecnología: encuentros y desencuentros XXVII Congreso FEPAL 2009. Santiago del
Estero
 Czerlowski Mónica, Unrein Ricardo Hernán,. Viamonte Leme Lourdes. “Hacia una
pedagogía de la transmisión”. X Encuentro de cátedras de pedagogía. Universidad
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 Degl’ Innocenti Marta “Hacia una pedagogía de la transmisión”. Pedagogía 2012.
 Dussel I, Caruso M. Capítulo Yo tu él, quién es el sujeto. De Sarmiento a los
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 Foucault Michel, Vigilar y Castigar.. Siglo XXI 1989
 Imen Pablo. La escuela pública sitia. Crítica de la transformación Educativa. Cosmovisión
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 Lewkowicz Ignacio. La subjetividad en la era de la fluidez. Pensar sin estado.
Editorial sudamericana. 2003.
 Sibilia Paula. El hombre postorgánico. Fondo de Cultura Económica 2009

Referencias

1 Para Foucault, en la sociedad moderna, la burguesía y el capitalismo crearon extensiones de control a través de
los ‘aparatos de encierro’. El objetivo era subsanar las anormalidades. Los ‘aparatos de encierro’ marcan las fases
del tiempo social y, a la vez, definen y controlan al individuo por la posición que adopta en esos espacios de
estancia reglada.