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LINO ENRIQUE PALACIO

Derecho Procesal Civil


Tomo II

Cuarta edición actualizada por Carlos Enrique Camps

© Palacio, Lino Enrique


© de esta edición, AbeledoPerrot S.A., 2017
Tucumán 1471 (C1050AAC) Buenos Aires
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ISBN 978-950-20-2839-2 (obra completa)
ISBN 978-950-20-2843-9 (tomo II)
SAP 42076901
Camps, Carlos Enrique
Derecho Procesal Civil cuarta edición actualizada por Carlos Enrique Camps / Carlos Enrique Camps;
Lino Enrique Palacio - 4a. ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Abeledo Perrot, 2017.
v. I, 928 p.; 24 x 17 cm.
ISBN 978-950-20-2843-9
1. Derecho Procesal. I. Palacio, Lino Enrique II. Título
CDD 347.05


 
CONTENIDO

Derecho Procesal Civil 4a. Ed. - Tomo II


Capítulo XIX - Las partes
Capítulo XX - La representación procesal
Capítulo XXI - Auxiliares de las partes
Capítulo XXII - Procesos con partes múltiples
Capítulo XXIII - Procesos con partes múltiples (Cont.)
Capítulo XXIV - Procesos con partes múltiples (Cont.)
Capítulo XXV - Modificación de las partes
Capítulo XXVI - Sustitución procesal
Capítulo XXVII - Responsabilidad de las partes por los gastos del proceso
Capítulo XXVIII - Responsabilidad de las partes por los gastos del proceso
(Cont.)
Capítulo XXIX - Los actos procesales en general
Capítulo XXX - Los actos procesales en general (Cont.)
Capítulo XXXI - Nulidad de los actos procesales
Capítulo XXXII - Inactividad procesal
Capítulo XXXIII - Actividad procesal anormal
Capítulo XXXIV - Actos de iniciación procesal
Capítulo XXXV - Actos de desarrollo procesal: La instrucción del proceso
Capítulo XXXVI - La prueba en general
Capítulo XXXVII - Prueba documental
Capítulo XXXVIII - Reconocimiento judicial
Capítulo XXXIX Prueba de confesión
Capítulo XL Prueba de testigos
Capítulo XLI - Prueba de informes
Capítulo XLII - Prueba percial


 
CAPÍTULO XIX - LAS PARTES

I. GENERALIDADES(1)

287. Concepto de parte


a) La exacta enunciación del concepto de parte reviste una señalada importancia
práctica desde el punto de vista procesal, ya que son numerosos los principios y
las instituciones que funcionan necesariamente en torno a la determinación de dicha
calidad. Tal lo que ocurre, entre otros casos, con la admisibilidad de la recusación o
la excusación de jueces y funcionarios; el alcance de la litispendencia y de la cosa
juzgada; la responsabilidad por los gastos del proceso; la determinación de la
competencia por razón de las personas; la admisibilidad de la prueba de confesión,
etcétera.
b) En nuestra opinión es parte toda persona (física o de existencia ideal) que
reclama en nombre propio, o en cuyo nombre se reclama la satisfacción de una
pretensión, y aquella frente a la cual se reclama dicha satisfacción(2).
El concepto precedente, con el cual coincide, básicamente, la mayor parte de la
doctrina actual(3), pone de resalto las siguientes notas fundamentales:
1) Constituye una noción circunscripta al área del proceso. Son partes, en efecto,
quienes de hecho intervienen o figuran en aquél como sujetos activos o pasivos de
una determinada pretensión(4), con prescindencia de que revistan o no el carácter
de sujetos legitimados para obrar o para contradecir en el concreto proceso de que
se trate(5). La ausencia de legitimación, en efecto, puede determinar el rechazo de
la pretensión por no concurrir, respecto de ésta, uno de los requisitos que
condicionan su admisibilidad; pero no afecta la calidad de parte de quien ha
deducido o frente a quien se ha deducido esa pretensión(6).
2) Sólo es parte quien actúa en nombre propio, o en nombre de quien se actúa.
Por consiguiente, aquella calidad no puede atribuirse a quien, como el
representante, sea voluntario o necesario, interviene en el proceso en nombre y en
defensa de un interés ajeno(7).
El ordenamiento jurídico, sin embargo, autoriza la formulación de pretensiones
procesales por obra de determinados órganos estatales que no cumplen esos actos
en nombre propio, sino en defensa de intereses que afectan al orden público o
social.
En esta categoría encontramos el caso de los representantes del ministerio
público (supra, nro. 261), entre los cuales cabe a su vez distinguir los que integran
el ministerio de menores, y las defensorías de pobres y ausentes, de los que forman
parte del ministerio público fiscal. La naturaleza de la actuación que incumbe a los
funcionarios que componen el primero de los mencionados grupos no ofrece, en el
caso, ninguna dificultad: se trata de representantes de determinadas personas
(incapaces, pobres y ausentes), o bien, integran una representación legal(8), y no
cabe, por lo tanto, adjudicarles el carácter de partes. En cuanto a los funcionarios
del ministerio público fiscal, si bien no ejercen ese tipo de representación (salvo en
los regímenes que les confiere la defensa de los intereses patrimoniales del Estado),
personifican, genéricamente, el interés social comprometido en la más adecuada
realización del ordenamiento jurídico(9), y su equiparación a las partes que ya hemos


 
señalado en su oportunidad sólo pone de manifiesto la existencia de un arbitrio legal
tendiente a diferenciarlos formalmente del órgano judicial, al que en cierta medida
se aproximan desde el punto de vista del criterio que debe presidir su actuación
procesal(10).
Asimismo puede mencionarse al defensor del pueblo, con particular
trascendencia en el contexto de los derechos difusos. Respecto de su actuación
podemos leer la nota(11)al fallo de la C. Nac. Civ. y Com. Fed., sala 1ª, del
16/3/2000, in re "Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires v. Edesur",
titulada "El 'apagón' de febrero de 1999, los llamados intereses difusos y la
legitimación del defensor del Pueblo".
"SUMARIO: I. El caso. II. Los llamados intereses difusos y las categorías
subjetivas tradicionales. III. Los intereses difusos como derechos subjetivos. IV. La
calidad procesal del defensor del Pueblo. V. Conclusión.
"I. El caso
"1. Con motivo del catastrófico corte de energía iniciado el 15/2/1999 que, como
es notorio, sumió durante varios días en la oscuridad a un inmenso sector de los
habitantes de la Ciudad de Buenos Aires, el defensor del Pueblo de ese distrito
dedujo, contra Edesur SA, una pretensión de responsabilidad y resarcitoria de los
daños sufridos por los afectados (tanto usuarios como terceros, entre los que
se incluyó) a causa de la falta de provisión eléctrica imputable a la empresa
demandada.
"2. Recurrida por ambas partes la sentencia de primera instancia que declaró la
responsabilidad de la mencionada empresa y la condenó a pagar a la Defensoría
del Pueblo los daños cuyos montos se determinarían en la etapa de liquidación,
la sala 1ª, C. Nac. Civ. y Com. Fed., confirmó el pronunciamiento en cuanto acogió
la demanda promovida por la Defensoría 'por su propio derecho' y la revocó en
cuanto desestimó la legitimación invocada por el referido organismo, dejando a
salvo el derecho de los usuarios para que, ante los tribunales competentes y por la
vía que estimen adecuada, promuevan las pretensiones resarcitorias a las que se
consideren con derecho.
"3. El presente comentario omitirá el examen de los impecables fundamentos que
sustentaron el fallo de la alzada para declarar la responsabilidad objetiva de Edesur
SA y se ceñirá, por lo tanto, a analizar los aspectos concernientes al tipo de derechos
vulnerados en el caso y a la legitimación invocada por el defensor del Pueblo de la
Ciudad de Buenos Aires.
"II. Los llamados intereses difusos y las categorías subjetivas tradicionales
"1. Con anterioridad a la reforma constitucional de 1994, la precisa
conceptualización de los denominados derechos o intereses difusos tropezaba, en
el marco de la legitimación procesal de sus presuntos portadores y, por consiguiente,
en el de su eventual protección en sede judicial, con la clásica diferenciación
postulada por la mayor parte de la doctrina administrativista entre los derechos
subjetivos, los intereses legítimos y los intereses simples.
"Concebidos en efecto los intereses o derechos difusos como aquellos que,
subjetivamente, no pertenecen a una persona en particular ni a un grupo nítidamente
determinado de personas, sino a un grupo indeterminado o de dificultosa o imposible
determinación, cuyos integrantes tampoco se hallan vinculados por una concreta
relación jurídica y, objetivamente, versan sobre un bien indivisible y no fraccionable,
por ende, en cuotas adjudicables a cada uno de sus titulares (1) la doctrina, en


 
general, no pudo eludir su emplazamiento en alguna o algunas de las citadas
categorías.
"En ese rumbo se los ubicó, conforme a las circunstancias del caso aunque
también con ciertas variantes y reservas, como coincidentes con los intereses
simples o como una situación intermedia entre los intereses simples y los intereses
legítimos (2); se los asimiló en todo caso a los intereses simples (3) y, dentro de una
concepción amplia, estimada compatible con el régimen constitucional argentino, se
propuso su encuadramiento en el ámbito de los derechos subjetivos (4).
"2. Tales criterios se relacionaron, naturalmente, con la medida de la legitimación
para cuestionar el acto u omisión de que se tratara, pues de acuerdo con el primero
sólo hubiese sido admisible, en el mejor de los casos, un reclamo en sede
administrativa (5); de adoptarse el segundo se habría descartado, frente a
la inexistencia de una acción popular, toda posibilidad de protección (tanto judicial
como administrativa) (6), y conforme al tercero la legitimación debería haberse
admitido siempre que, desde luego, se demostrara, así fuese prima facie la
ilegitimidad de la conducta denunciada y el perjuicio sufrido por los accionantes (7).
"3. Apenas resta añadir, para completar este aspecto del tema analizado, que a
diferencia de lo que ocurra con los intereses legítimos, que sólo pueden hacerse
valer en sede administrativa (8), la eventual legitimación pasiva frente a
la invocación de intereses difusos puede pertenecer no sólo al Estado o a quienes,
como los concesionarios de servicios públicos (caso de Edesur), actúan por
delegación de aquél, sino también a particulares. Sería, por ejemplo, el caso de una
planta industrial que, merced al arrojo de residuos nocivos, contamina un curso de
agua y tal proceder afecta a los propietarios ribereños.
"III. Los intereses difusos como derechos subjetivos
"l. Las dificultades doctrinarias reseñadas en el parágrafo precedente han sido
superadas por la reforma constitucional de 1994, que al incorporar, como capítulo
segundo de la primera parte del texto primitivo la enunciación de 'nuevos derechos
y garantías' incluyó, entre otros de índole semejante, los derechos de 'los
consumidores y usuarios de bienes y servicios' y el correlativo deber de
las autoridades en el sentido de proveer 'a la protección de esos derechos' y al
control 'de la calidad y eficiencia de los servicios públicos' (art. 42, párr. 2º).
"Resulta de tal suerte evidente que los denominados intereses difusos o
supraindividuales fueron elevados, en esa esfera, lo mismo que en la relativa a la
preservación del ambiente y en otras análogas, a la categoría de verdaderos
derechos subjetivos, por cuanto el cumplimiento del deber jurídico impuesto al
Estado o prestadores, por concesión, de servicios públicos en orden a mantener su
calidad y eficiencia es jurídicamente exigible por parte de los usuarios y su
transgresión, por consiguiente, genera la facultad de promover el amparo judicial a
través de las vías procesales pertinentes.
"2. Si bien, por otra parte, la deficiente prestación del servicio eléctrico
compromete los intereses individuales de cada uno de los usuarios en tanto
éstos, aunque en calidad de 'clientes cautivos' por adhesión a cláusulas
predispuestas, se hallan contractualmente vinculados con la empresa
concesionaria, esa circunstancia en modo alguno entraña óbice a la configuración
de un genuino derecho difuso que todos aquéllos comparten, como
grupo indeterminado, y frente a dicha empresa, en lo que atañe al deber jurídico que
pesa sobre ésta en cuanto al mantenimiento de la calidad y eficiencia de la
prestación.


 
"En otras palabras, el derecho particular de cada usuario coexiste con el derecho
supraindividual de todos ellos en conjunto, tanto más si se tiene presente que,
conforme a difundida doctrina administrativa, constituyen caracteres esenciales de
todo servicio público la continuidad, la regularidad, la uniformidad, la generalidad y
la obligatoriedad (9), en todos los cuales subyace, primordialmente, un signo
axiológico de cooperación y solidaridad, es decir, de valores jurídicos que
conciernen a 'la coexistencia en cuanto suerte común' (10).
"No se requiere entonces un mayor análisis para concluir que, frente al prestador
de un servicio público, el indeterminado núcleo humano al que éste se halla
destinado configura un incuestionable derecho de 'incidencia colectiva' en los
términos del art. 43, CN.
"3. No cabe por ello compartir el argumento expuesto por el Tribunal de Alzada
conforme al cual 'la situación que se genera a partir de los hechos que causan daños
estrictamente patrimoniales e individuales a una inmensa cantidad de personas es
diferente a la que contempló el art. 43, CN' (consid. 16), pues el 'apagón' de febrero
de 1999 no sólo afectó a más de ciento cincuenta mil abonados de Edesur en cuanto
los privó, durante varios días, de luz, provisión de agua, utilización de ascensores y
demás artefactos sólo accionables eléctricamente, sino también a eventuales
terceros que pudieron experimentar —y seguramente experimentaron— graves
perjuicios derivados de la ausencia de semáforos encendidos (11) y de alumbrado
en numerosas calles y avenidas de la ciudad.
"La Cámara, en suma, no necesitó acudir a la norma del art. 137, Const. Ciudad
de Buenos Aires, para fundar la legitimación del defensor del Pueblo. Un tema es,
en efecto, el relativo a la declaración de responsabilidad de la empresa demandada,
que pudo ser requerida mediante demanda deducida por cualquier afectado por el
siniestro (con prescindencia de su calidad de usuario) (12), el defensor del Pueblo o
alguna asociación registrada (art. 43, párr. 2º, CN), y otro, nítidamente diverso, el
referente a la cuantificación de los daños, que sólo es susceptible, como es obvio,
de reclamos individuales (13).
"IV. La calidad procesal del defensor del Pueblo
"1. Tanto en el orden nacional como en el de la Ciudad de Buenos Aires el
defensor del Pueblo se encuentra caracterizado como un órgano unipersonal
e independiente cuya misión consiste, fundamentalmente, en la defensa y
protección de los derechos humanos y demás derechos colectivos y difusos
fundados en la Constitución y en las leyes frente a hechos u omisiones de la
Administración o de prestadores de servicios públicos, así como en el control de las
funciones administrativas públicas (art. 86, CN; art. 137, Const. Ciudad de Buenos
Aires).
"Fuera, por lo tanto, de la posibilidad de controlar el funcionamiento de los
Poderes Judicial y Legislativo (art. 16, ley 24.284) (14) ambos ordenamientos
constitucionales han estructurado al defensor del Pueblo como un organismo apto
para obviar los inconvenientes de orden práctico involucrados en la
presentación individual, ante la justicia, de grandes núcleos de personas que
comparten, como ocurre en el caso de los derechos difusos, un interés común.
"2. Por ello las normas constitucionales citadas otorgan a dicho funcionario
legitimación procesal. En tanto, sin embargo, el defensor del Pueblo no es el titular
del derecho invocado como fundamento de sus posibles pretensiones, tal
legitimación reviste carácter anómalo o extraordinario (15), y en virtud de esa
circunstancia se lo ha perfilado como un sustituto procesal (16). En razón, empero,


 
de que carece de interés personal en relación con el objeto del proceso es,
simultáneamente, representante legal de los sujetos en cuyo nombre pretende, del
mismo modo que el Ministerio Público Pupilar es representante promiscuo de
los incapaces en todos los juicios en que éstos revistan la condición de partes (art.
59, derogado CCiv.).
"3. De lo dicho se sigue que cuando la sentencia anotada confirmó el fallo
recurrido 'en cuanto hace lugar a la demanda promovida por la Defensoría del
Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires por su propio derecho' generó un artificio que
configura, en rigor, una contradictio in terminis, pues al margen de que el
ordenamiento jurídico argentino no ha mantenido la institución del procurator in rem
suam del derecho romano, no es concebible un defensor del Pueblo que, en
última instancia, y por más que el edificio en el que funciona la Defensoría haya sido
afectado por el siniestro en cuestión, aparezca defendiéndose a sí mismo.
"V. Conclusión
"Más allá de los equívocos de que en mi entender adolece en cuanto a la índole
de los derechos en juego, y de la contradicción señalada en el parágrafo precedente,
la sentencia anotada arriba a un resultado sin duda conciliable con las exigencias
de la justicia y resuelve inteligentemente el tema relativo al procedimiento aplicable
a los eventuales reclamos resarcitorios.
"Notas:
"(1) BARBOSA MOREIRA, José C., 'A legitimação para defensa dos «intereses
difusos», no direito brasileiro', Temas de direito processual, Saraiva, São Paulo,
1984, p. 183.
"(2) GRECCO, Carlos M., 'Ensayo preliminar sobre los denominados intereses
«difusos» o colectivos y su protección judicial', LL 1984-B-865.
"(3) MARIENHOFF, Miguel S., 'Delfines o toninas y acción popular', ED 105-244.
"(4) MAIRAL, Héctor A., 'Sobre legitimación y ecología', LL 1984-B-779.
"(5) LINARES, Juan F., Derecho administrativo, Astrea, Buenos Aires, 1986, p.
358, con referencia al interés legítimo.
"(6) MARIENHOFF, Miguel S., 'Delfines...', cit.
"(7) MAIRAL, Héctor A., 'Sobre legitimación...', cit., donde señala que 'la noción de
derecho subjetivo que se propone amplía su cobertura pero no lo identifica con
el interés legítimo. Las situaciones que encuadran en este último concepto serán,
fundamentalmente, de dos tipos: la de quienes alegan un perjuicio remoto, en
comparación con el de otros afectados, y la de quienes sólo cuestionan la
oportunidad del acto administrativo pero no su legitimidad'. En contra de tal
diferenciación se pronuncian, en cambio, Augusto Morello y Carlos Vallefin, quienes
adoptan una postura amplia en orden a la tutela judicial de los intereses difusos
(MORELLO, Augusto - VALLEFIN, Carlos, El amparo, Librería Editora Platense, La
Plata, 1992, ps. 204-207).
"(8) Es la regla en el orden nacional. Ver, sin embargo, LINARES, Juan
F., Derecho..., cit., p. 544.
"(9) Ver, por todos, MARIENHOFF, Tratado de derecho administrativo, t. II,
Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1962, ps. 62 y ss.


 
"(10) Ver, sobre este tema, COSSIO, Carlos, La teoría egológica del derecho y el
concepto jurídico de libertad, 2ª ed., Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1964, ps. 587 y
ss.
"(11) De acuerdo con la relación de antecedentes contenida en la sentencia de
primera instancia, el corte de energía afectó a más de 270 semáforos. En el mismo
pronunciamiento se señaló, a modo de ejemplo, que la propia Defensoría no pudo
desarrollar sus actividades durante 48 horas y que el edificio del Congreso Nacional
debió ser evacuado y no pudo funcionar durante varios días.
"(12) Siempre que acredite un interés 'personal y directo' con el siniestro de que
se trata, pero no su sola condición de habitante de la Ciudad de Buenos Aires
(cfr. BUSTAMANTE ALSINA, Jorge, Derecho ambiental, Abeledo-Perrot, Buenos Aires,
1995, ps. 86 y ss.), aunque en el caso que motivó el pronunciamiento del fallo
comentado cualquier argentino (habitante o no de dicha Ciudad) no
pudo experimentar más que vergüenza frente al espectáculo de tierra arrasada
que exhibió una extensa zona de Buenos Aires durante el 'apagón'.
"(13) No se alcanza por otra parte a comprender el verdadero alcance de los
'intereses individuales' cuya protección encomienda a la Defensoría del Pueblo el
art. 137 de la Const. Ciudad de Buenos Aires.
"(14) Ver Corte Sup., Fallos 319:1828, donde se desestimó la petición de pronto
despacho formulada por el defensor del Pueblo respecto de causas vinculadas a
pedidos de actualización de haberes. El art. 16, ley 24.284, también excluye de la
competencia de dicho funcionario a la municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires
y a los organismos de defensa y seguridad.
"(15) PALACIO, Lino E., Derecho procesal civil, t. III, infra, nro. 299, F.
"(16) Así, por ejemplo, GIMENO SENDRA, Vicente, Constitución y proceso, Tecnos,
Madrid, 1988, p. 229".
3º) En la medida en que la noción de parte implica un enfrentamiento que se
suscita, por lo menos, entre dos sujetos, aquélla sólo es aplicable a los
procesos contenciosos(12).
c) En el proceso de conocimiento, los sujetos activo y pasivo de la pretensión
procesal reciben, respectivamente, la denominación de "demandante" y
"demandado", o de "actor" y "demandado"(13). Tales denominaciones, que tienen
carácter genérico, son utilizadas junto con otras que se vinculan con ciertos tipos de
procesos o con la etapa procesal en que las partes intervienen. Así, v.gr., en los
procesos de ejecución aquellos sujetos son también denominados "ejecutante" y
"ejecutado" (arts. 528, 534, 541, 542, 545, 547, 549, 551, 553, etc., CPCCN), o
"acreedor" y "deudor" (arts. 531, 533, 534, 535, 536, 539, 541, 552, etc., CPCCN);
en los procedimientos de impugnación de la sentencia, las partes son indicadas con
los nombres de "apelante" y "apelado" (arts. 246, 249, 250, 259, 266, 267, etc.,
CPCCN) o de "recurrente" y "recurrido"(14), sin que ello altere la posición originaria,
activa o pasiva, que aquéllas han asumido en el proceso(15).
d) A todos los sujetos que no son partes, de acuerdo con el concepto que
anteriormente se ha enunciado, les cabe la denominación genérica de terceros
procesales. A su vez, dentro del concepto de "tercero" corresponde distinguir entre
aquellas personas que son absolutamente extrañas al proceso y las que, en mayor
o menor medida, se hallan expuestas a ser alcanzadas por sus resultados, según
ocurre, v.gr., con el acreedor o deudor solidario en la relación sustancial
controvertida. Interesa destacar, empero, que este segundo grupo de sujetos goza


 
de una eventual aptitud para participar activa o pasivamente en el desarrollado el
proceso, sea espontáneamente o a raíz de una citación judicial, en cuyo caso se
verifica su conversión en verdaderas partes procesales.

288. Principios inherentes a la calidad de parte


Los conceptos formulados en el número anterior, sumados a otros que han sido
objeto de análisis en su oportunidad, permiten la enunciación de tres principios
fundamentales que se vinculan directamente con la posición jurídica que caracteriza
a las partes. Son ellos los de dualidad, igualdad y contradicción, a los cuales nos
referimos seguidamente.
a) No cabe concebir la existencia de un proceso contencioso con una sola parte
ni con más de dos (principio de dualidad de las partes). El hecho de que el proceso
pueda desarrollarse, total o parcialmente, mediante la participación de varios actores
o demandados, como ocurre en las hipótesis de litisconsorcio y de intervención
adhesiva, no obsta a esa necesaria dualidad, ya que ésta no se halla referida al
número de personas que intervienen o figuran en el proceso como partes, sino a la
posición (actora o demandada) que asumen en él(16).
Tampoco enerva la vigencia del principio analizado la circunstancia de que en el
proceso intervenga, de hecho, una sola parte, como ocurre en el caso de la rebeldía.
b) Según lo puntualizamos en su momento (supra, nro. 46), las partes se
encuentran, por debajo del órgano judicial, en una posición igualitaria (principio
de igualdad de las partes). Ello significa que, dentro de una sustancial similitud de
condiciones o de circunstancias, no caben discriminaciones entre los derechos y los
deberes que incumben a cada una de las partes, y que, dentro de sus respectivas
posiciones, ninguna de ellas puede gozar de un privilegio en desmedro de la otra.
Tampoco el Estado, cuando actúa en calidad de parte, se halla exento de la
aplicación de este principio. No obsta a ello el procedimiento especial previsto por
la ley para el trámite de las demandas contra el Estado, por cuanto aquél no
comporta una discriminación arbitraria, tendiente a consagrar un régimen de injusto
privilegio o indebida persecución(17), sino a adecuar razonablemente el sistema
procesal común a las particularidades que reviste la organización administrativa
estatal(18).
Debe repararse, sin embargo, en la circunstancia de que el principio de igualdad
sólo juega en un plano formal. Desde un punto de vista material, en cambio, las
partes se hallan ubicadas en distintas perspectivas, pues mientras el actor,
con excepción del pago de las costas y de las multas por inconducta a que puede
ser condenado, sólo se halla expuesto a que su pretensión sea rechazada, el
demandado, además de las costas y multas, puede ser condenado al cumplimiento
de una prestación a favor del actor. La posibilidad inversa no es concebible, salvo
en el caso de que el demandado interponga una pretensión autónoma por vía
reconvencional. Por lo demás, la índole de cierta clase de procesos descarta la
posibilidad de una igualdad absoluta entre las partes (v.gr. entre el acreedor
ejecutante y el deudor)(19).

10 
 
c) Finalmente, cada una de las partes debe tener una razonable oportunidad
de audiencia y de prueba (principio de contradicción). Por lo tanto, así como al sujeto
frente al cual se interpone la pretensión debe acordársele la facultad de hacer valer
las alegaciones y los medios de prueba tendientes a obtener el rechazo de aquélla,
la misma facultad incumbe al sujeto activo de la pretensión siempre que deba
dictarse alguna decisión susceptible de afectar su situación jurídica.
Cabe recordar, asimismo, que el principio de contradicción se satisface mediante
el otorgamiento de posibilidades de defensa y que no exige, por lo tanto,
la efectividad del ejercicio de las correspondientes facultades procesales (supra,
nro. 51).

289. Clases de partes


a) Aunque el concepto de parte es único, admite ciertas variantes que permiten
distinguir entre distintas clases de partes. Las circunstancias que,
fundamentalmente, pueden ser útilmente adoptadas como criterios clasificatorios
residen en la composición de las partes, en su recíproca situación procesal, en su
grado de vinculación con el objeto del proceso y en la mayor o menor amplitud de
las facultades que pueden ejercer durante el desarrollo de éste.
b) De acuerdo con su composición, existen partes simples y partes
complejas o múltiples, según que, respectivamente, estén constituidas por un solo
sujeto o por dos o más. Este último supuesto se configura en los casos de
litisconsorcio y de intervención adhesiva (litisconsorcial y simple).
c) Si se tiene en cuenta la recíproca situación en que se encuentran, corresponde
diferenciar entre partes principales y partes accesorias. Las primeras son aquellas
que hacen valer, como fundamento de su pretensión u oposición, un derecho propio,
al paso que las segundas son las que sólo están habilitadas para invocar un interés
coincidente con el derecho aducido por las partes principales. La importancia
práctica de esta distinción radica en que mientras las partes principales
(demandante y demandado, intervinientes litis-consorciales, etc.) gozan
de autonomía en la gestión procesal, la actuación de las partes accesorias se halla
subordinada a la de aquéllas. Tal lo que ocurre con el caso del interviniente adhesivo
simple (arts. 90, inc. 1º, y 91, CPCCN).
d) Según el grado de vinculación que tengan con el objeto del proceso, existen
partes permanentes y transitorias o incidentales. Cabe la primera denominación a
los sujetos activos o pasivos de la pretensión que motiva el proceso, sea que actúen
desde el comienzo de éste (actor y demandado) o que se incorporen con
posterioridad como intervinientes principales o accesorios, cualquiera que sea la
forma en que se haya verificado esa intervención (espontánea o forzosa). Son
partes transitorias o incidentales aquellas que, durante el transcurso del proceso,
hacen valer un derecho propio e independiente del invocado por las partes
permanentes, limitando su actuación a una determinada etapa o trámite de aquél(20).
En esta categoría de partes cabe incluir al perito, en el incidente promovido con
motivo de su recusación (arts. 465-468, CPCCN), al abogado o procurador en
el incidente de ejecución de honorarios regulados en concepto de costas,
etcétera(21).

11 
 
e) Finalmente, sobre la base de la mayor o menor amplitud de las facultades
procesales que pueden ejercer, cabe distinguir entre partes en sentido
amplio y partes en sentido restringido. El primer tipo es, desde luego, el más
frecuente, pues fuera de ciertas limitaciones fundadas en la estructura del proceso
de que se trate, las partes están habilitadas para ejecutar todos los actos que
propendan a la defensa de sus respectivas posiciones jurídicas. Ejemplos de partes
en sentido restringido son los del interviniente adhesivo simple, quien no puede
alegar ni probar lo que está prohibido a la parte principal (art. 91, ap. 1º, CPCCN);
del denunciante y denunciado en el proceso de declaración de incapacidad, pues el
primero únicamente puede aportar pruebas que acrediten los hechos que
ha invocado y el segundo, sólo las que hagan a la defensa de su capacidad (art.
627, CPCCN); del demandado por alimentos, quien para demostrar la falta de título
o derecho de la parte actora sólo puede ofrecer prueba documental y de informes
(art. 643, CPCCN); etcétera.
f) Un sector de la doctrina, asimismo, propicia una distinción entre las partes en
sentido material y las partes en sentido procesal o formal, división que se vincula
con la clasificación de aquéllas en directas e indirectas. Carnelutti denomina parte
en sentido material al sujeto de la litis o del negocio, es decir, a quien sufre los
efectos del proceso pero no le presta su obra (noción pasiva de las partes), y califica
como parte en sentido procesal a la persona que hace el proceso y reviste, por ello,
el carácter de sujeto de éste (noción activa de las partes). "A veces —agrega—
opera en el proceso la parte misma en sentido material; en cambio, otras veces lo
hace una persona distinta de ella, pero que tiene con ella una determinada relación.
Se entiende que esta relación debe ser tal, que la haga idónea para dicha operación.
En tales casos es conveniente hablar de parte indirecta en contraposición con la
parte directa; la noción de la parte indirecta presenta, por lo tanto, una escisión entre
la parte en sentido material y la parte en sentido procesal. Las figuras de
parte indirecta son dos: representante y sustituto"(22). Esta distinción entre parte
directa e indirecta es también admitida por Guasp, quien, no obstante, critica la
diferencia propiciada desde los puntos de vista material y formal(23). Prieto Castro,
por su lado, denomina parte formal a la persona a quien la ley atribuye la facultad
de ejercer en él una titularidad jurídico-material ajena(24), como el caso del sustituto.
Tales distinciones carecen, a nuestro juicio, de importancia práctica, e introducen
un factor perturbador en la comprensión del problema en tanto equiparan
sustancialmente al representante y al sustituto. Mientras este último, en efecto, es
parte, el representante carece de tal calidad porque, como hemos visto, no actúa en
nombre propio ni pueden comprenderlo, por lo tanto, los efectos de la litispendencia
y de la cosa juzgada(25). Por lo demás, la circunstancia de que el sustituto haga valer
un derecho derivado de una relación jurídica ajena no basta para configurarlo como
una parte que difiere, esencialmente, de las partes comunes. Es, igual que éstas, el
sujeto activo o pasivo de una pretensión procesal, y si le está vedado el
cumplimiento de determinados actos que impliquen una disposición del derecho del
sustituido, es porque se halla dotado en una legitimación anómala o extraordinaria,
lo cual constituye, como lo hemos destacado anteriormente, un problema que no
afecta al concepto de parte.

290. Concepto de peticionario


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a) De las consideraciones precedentemente expuestas se infiere que el concepto
de parte procesal supone la existencia de un conflicto suscitado entre personas que
se encuentran en posiciones jurídicas contrapuestas y que, por lo tanto, sólo es
aplicable a los procesos contenciosos. La misma palabra "parte" implica un
necesario enfrentamiento entre esas personas, que vienen a constituir, en sus
respectivas posturas, elementos parciales de un todo.
b) Por consiguiente, la idea de parte, como lo anticipamos supra, nro. 69, es ajena
al ámbito de los procesos voluntarios, en los cuales no existe conflicto a resolver ni,
por ende, la aludida contraposición personal. En este tipo de procesos, según lo
hemos señalado reiteradamente, corresponde reemplazar el concepto de parte por
el de peticionario(26), a quien cabe definir, en concordancia con el objeto del proceso
voluntario, como la persona que, en nombre propio o en cuyo nombre se reclama la
emisión de un pronunciamiento judicial que constituya, integre o acuerde eficacia a
determinado estado o relación jurídica privada.
Sin embargo, dado que, según se señaló oportunamente (supra, nro. 61), los
procesos voluntarios pueden transformarse, total o parcialmente, en procesos
contenciosos, dicha contingencia determina la conversión del peticionario en parte.
Ello ocurre cuando, dentro del proceso voluntario, se suscita un conflicto entre los
propios peticionarios o en el caso de que, a raíz de mediar oposición de un tercero
o del ministerio público con respecto al pronunciamiento requerido, aquéllos
adquieren el carácter de sujetos pasivos de la correspondiente pretensión.
c) En general, es aplicable a los peticionarios el mismo régimen
procesal instituido con relación a las partes, salvo aquellos aspectos de ese régimen
que impliquen la existencia de dos esferas jurídicas opuestas, como, por ejemplo,
los atinentes a la imposición de las costas, a la represión de la inconducta
procesal exteriorizada por actos temerarios o maliciosos, a la rebeldía, etcétera.
Interesa destacar, sin embargo, que a diferencia de lo que ocurre en los procesos
contenciosos, todos los menores adultos (denominación en base al anteriormente
vigente Código Civil) gozaban de plena capacidad procesal para intervenir en los
procesos voluntarios tendientes a suplir la autorización de sus representantes para
realizar determinados actos jurídicos (v.gr., arts. 874 y 780, CPCCN).

291. Capacidad para ser parte

A) Concepto
a) Este tipo de capacidad, en tanto se refiere a la posibilidad de figurar como
parte en un proceso, constituye una proyección, en el orden procesal, de la
capacidad de derecho genéricamente considerada. Se la puede definir, por lo tanto,
como la idoneidad reconocida por el ordenamiento jurídico para ser titular de
derechos y de deberes procesales, de lo cual se sigue que la capacidad jurídica

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procesal y la capacidad para ser parte constituyen conceptos sustancialmente
equivalentes.
b) La delimitación de esta clase de capacidad se encuentra establecida en las
leyes sustanciales, particularmente en la norma general en cuya virtud toda persona
humana goza de la aptitud para ser titular de derechos y deberes jurídicos (CCiv. y
Com., art. 22). De ella se infiere que toda persona, por el solo hecho de serlo, goza
de capacidad para ser parte. La adquisición y pérdida de esta clase de capacidad,
en consecuencia, han de coincidir necesariamente con la adquisición y la pérdida
de la personalidad jurídica.

B) Distintas hipótesis

1) Personas humanas
a) Por aplicación de los principios generales contenidos en la legislación civil,
debe reconocerse capacidad jurídica procesal a toda persona humana(27).
Dicha capacidad se adquiere con la concepción (art. 19, CCiv. y Com.). Sin
embargo, al respecto se establece lo siguiente "Nacimiento con vida. Los derechos
y obligaciones del concebido o implantado en la mujer quedan irrevocablemente
adquiridos si nace con vida. Si no nace con vida, se considera que la persona
nunca existió. El nacimiento con vida se presume" (art. 21, CCiv. y Com.)(28).
Interesa añadir que si bien el art. 64, derogado CCiv., parecía limitar la
personalidad jurídica de las personas por nacer a los casos en que éstas "hubieren
de adquirir bienes por donación o herencia", se ha interpretado, sobre la base del
principio general contenido en el art. 53 del citado código y de disposiciones
concordantes, que dicha personalidad debía considerarse extensiva a todos los
supuestos que impliquen, en forma directa o indirecta, una fuente de adquisición de
bienes; de allí que no cabría desconocer capacidad procesal a las personas por
nacer para revestir el carácter de sujetos activos de pretensiones alimentarias o
fundadas en hechos ilícitos cometidos contra el padre u otra persona obligada a
prestarle alimentos, etcétera(29).
b) La capacidad jurídica procesal de las personas humanas se extingue con la
muerte, sea ésta constatada (CCiv. y Com., art. 93) o presunta (CCiv. y Com., art.
85 y ss.). No cabe, por consiguiente, reconocer dicha capacidad a las personas
fallecidas, sin perjuicio de que, por aplicación de las normas del derecho sucesorio,
la titularidad de derechos y de deberes que es inherente a aquélla se transfiera a
personas vivas, quienes revestirán el carácter de partes a título de sucesoras
procesales (infra, nros. 368 y 369, B]).

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2) Personas jurídicas
a) Tienen también capacidad para ser partes las personas jurídicas (CCiv. y
Com., art. 141), sean públicas (Estado nacional, provincial o municipal,
entidades autárquicas, estados extranjeros, etc. e Iglesia Católica, CCiv. y Com.,
art. 146) o privadas (asociaciones, fundaciones, sociedades, iglesias, cooperativas,
consorcios, etc., CCiv. y Com., art. 148).
Dice el código unificado respecto de esta última categoría: "Las personas
jurídicas privadas que se constituyen en la República, se rigen: a. por las normas
imperativas de la ley especial o, en su defecto, de este Código; b. por las normas
del acto constitutivo con sus modificaciones y de los reglamentos, prevaleciendo las
primeras en caso de divergencia; c. por las normas supletorias de leyes especiales,
o en su defecto, por las de este Título. Las personas jurídicas privadas que se
constituyen en el extranjero se rigen por lo dispuesto en la ley general de
sociedades" (art. 150).
Entre otras disposiciones, el art. 405, inc. 3º, CPCCN(30), reafirma la existencia de
esa capacidad cuando establece que pueden ser citados a absolver posiciones "los
representantes de las personas jurídicas, sociedades o entidades colectivas, que
tuvieren facultad para obligarlas".
b) Entre las personas jurídicas de carácter público tiene capacidad jurídica
procesal, en primer lugar, el Estado nacional con prescindencia de que, en la
relación o situación jurídica controvertida en el proceso, aquél haya actuado en el
ámbito del derecho privado o en su calidad de poder público(31). Dicha capacidad,
por otra parte, se halla plenamente reconocida por la ley 11.634, que condiciona la
admisibilidad de las pretensiones interpuestas frente al Estado nacional a la previa
reclamación del derecho controvertido ante el Poder Ejecutivo y su denegación por
parte de éste(32).
De la misma capacidad gozan las provincias y las municipalidades, aunque estas
últimas en un plano de subordinación con respecto a las primeras(33). En cambio,
carecía de personería jurídica autónoma el Territorio Nacional de Tierra del Fuego,
Antártida e Islas del Atlántico Sur —hoy provincia—, pues constituía una simple
división administrativa integrante del Estado nacional(34).
Asimismo, en su carácter de organismos constituidos por desprendimiento del
Estado (nacional o provincial), son personas jurídicas públicas las denominadas
"entidades autárquicas", quienes tienen, por lo tanto, capacidad jurídica
procesal autónoma con relación a la que corresponde al Poder Ejecutivo(35). Cabe
aquí recordar que la admisibilidad de las pretensiones formuladas frente a las
entidades autárquicas no está subordinada al requisito de la reclamación
administrativa previa (supra, nro. 241, A]).
La Iglesia Católica figura, finalmente, entre las personas jurídicas de carácter
público y provistas, por ende, de capacidad jurídica procesal. Tal personalidad y
consecuente capacidad corresponde tanto a la Iglesia Católica considerada
como institución universal reconocida en el derecho internacional cuanto a las
divisiones territoriales que la integran (diócesis y parroquias)(36)y a las órdenes
religiosas(37). También tienen personalidad jurídica las congregaciones religiosas, es

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decir, las instituciones en las que no se profesan votos solemnes, con la diferencia
de que se trata de personas jurídicas privadas (art. 148, CCiv. y Com.)(38).
c) Entre las personas jurídicas de carácter privado, el CCiv. y Com., distingue las
que ineludiblemente deben obtener autorización para funcionar, de aquellas que
pueden o no cumplir con ese requisito. Dentro del primer grupo están comprendidas
las asociaciones civiles ("Contralor estatal. Las asociaciones civiles
requieren autorización para funcionar y se encuentran sujetas a contralor
permanente de la autoridad competente, nacional o local, según corresponda",
art. 174) y las fundaciones ("Concepto. Las fundaciones son personas jurídicas que
se constituyen con una finalidad de bien común, sin propósito de lucro, mediante el
aporte patrimonial de una o más personas, destinado a hacer posibles sus fines.
Para existir como tales requieren necesariamente constituirse mediante instrumento
público y solicitar y obtener autorización del Estado para funcionar. Si el fundador
es una persona humana, puede disponer su constitución por acto de última
voluntad", art. 193). Al segundo grupo pertenecen las simples asociaciones
("Existencia. La simple asociación comienza su existencia como persona jurídica a
partir de la fecha del acto constitutivo", art. 189).
Con respecto a las personas jurídicas incluidas dentro del primer grupo, podría
ponerse en tela de juicio la capacidad jurídica procesal de las asociaciones que no
han obtenido autorización para funcionar. Sin embargo, el texto del art. 46 del
derogado CCiv., constituía suficiente fundamento de la solución favorable en tanto
establecía que ese tipo de asociaciones eran sujetos de derecho, siempre que la
constitución y la designación de autoridades se acredite por escritura pública
o instrumentos privados de autenticidad certificada por escribano público. Dicha
norma, por otra parte, tampoco excluía la posibilidad de reconocer capacidad
jurídica procesal a las simples asociaciones que no hayan observado los
mencionados requisitos, pues éstos funcionaban como elementos determinantes del
alcance de la responsabilidad de los fundadores y los administradores, y no
afectaban la eventual posición de actoras o demandadas que aquéllas pudieran
asumir en el proceso. Ése era, además, el criterio que predominaba en la
jurisprudencia con anterioridad a la reforma del art. 46(39). Era menester, en síntesis,
diferenciar el problema de la capacidad jurídica procesal de las simples
asociaciones, de la cuestión referente a la eventual responsabilidad de los
coasociados y los administradores. Dicha capacidad, en efecto, debía ser
ampliamente reconocida(40). En lo que concierne a la responsabilidad, cabía
distinguir según que se haya o no cumplido el requisito a que aludía el art. 46: en el
primer caso, y si se trataba desde luego de una pretensión de condena, la sentencia
debía ejecutarse contra cada uno de los coasociados, individualmente, pues ellos
respondían únicamente por su porción viril (arg. arts. 46 y 1747, derogado CCiv.);
en el segundo caso, en cambio, la sentencia condenatoria podía hacerse efectiva
contra cualquiera de los miembros fundadores e incluso de los administradores,
pues el art. 46, derogado CCiv., preveía la responsabilidad solidaria de aquéllos por
los actos de la asociación.
Hoy, al respecto, señala el art. 142 del CCiv. y Com. "Comienzo de la existencia.
La existencia de la persona jurídica privada comienza desde su constitución. No
necesita autorización legal para funcionar, excepto disposición legal en contrario. En
los casos en que se requiere autorización estatal, la persona jurídica no puede
funcionar antes de obtenerla" y en lo que hace a las asociaciones civiles, "Forma del
acto constitutivo. El acto constitutivo de la asociación civil debe ser otorgado
por instrumento público y ser inscripto en el registro correspondiente una vez

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otorgada la autorización estatal para funcionar. Hasta la inscripción se aplican las
normas de la simple asociación" (art. 169).
En lo que atañe a las asociaciones profesionales de trabajadores que hayan
obtenido personería gremial en los términos de los arts. 25 y 27, ley 23.551,
adquieren, por el solo hecho, el carácter de personas jurídicas y, por ende,
capacidad para ser partes. A dicha capacidad se refiere, en particular, el art. 23 de
la ley mencionada, en tanto enuncia, entre los derechos exclusivos que
corresponden a la asociación profesional más representativa en la actividad o
categoría profesional de que se trate, el de "peticionar y representar, a solicitud de
parte, los intereses individuales de sus afiliados" y el art. 31: "Son
derechos exclusivos de la asociación sindical con personería gremial: a) Defender y
representar ante el Estado y los empleadores los intereses individuales y colectivos
de los trabajadores".
Cabe añadir que, según el art. 25 de la derogada ley 14.455, el hecho de que a
una asociación profesional se le hubiera acordado personería gremial, o hubiese
cesado de tenerla, no la priva del derecho de solicitar y obtener en su calidad de
simple asociación la personería jurídica, ajustando su funcionamiento a las
disposiciones legales y reglamentarias vigentes. Asimismo, la suspensión o el retiro
de la personería gremial no priva a la organización del derecho a continuar
funcionando como simple asociación regida por el derecho común (art. 25 de la ley
citada), de manera que si bien, en tales casos, la asociación profesional tiene
capacidad para ser parte, carece en cambio de legitimación procesal en los procesos
a que se refieren hoy los mencionados arts. 23, inc. a), y 31, inc. a), ley 23.551.
Con relación a las personas jurídicas comprendidas en el segundo de los
mencionados grupos, sólo podría dudarse acerca de la capacidad jurídica procesal
de las llamadas sociedades irregulares o de hecho, es decir, de aquellas que se han
formado al margen de los requisitos de instrumentación y publicidad que exige la
ley. Pero la jurisprudencia, en general, sin desconocer el carácter limitado y precario
de la personalidad de este tipo de sociedades, se ha pronunciado en sentido
afirmativo(41).
Interesa añadir que la redacción del art. 33, ap. 2º, inc. 2º del derogado CCiv., en
tanto atribuía el carácter de personas jurídicas privadas a las "entidades que
conforme a la ley tengan capacidad para adquirir derechos y contraer obligaciones",
vino a robustecer la reiterada tesis jurisprudencial en cuya virtud el consorcio de
propietarios instituido por la ley 13.512 es un verdadero sujeto de derecho, diverso
de los miembros que lo componen, y tiene por consiguiente capacidad para ser parte
actora o demandada en todo proceso que verse sobre actos relacionados con los
fines de su creación(42).
Hoy el consorcio se encuentra incluido en el elenco de personas jurídicas
privadas que contempla el CCiv. y Com. (art. 148, inc. h).
d) Disfrutan, asimismo, de capacidad jurídica procesal, en virtud de la
personalidad que les acuerda el art. 146 inc. b, CCiv. y Com., los
Estados extranjeros, las organizaciones a las que el derecho internacional público
reconozca personalidad jurídica y toda otra persona jurídica constituida en
el extranjero cuyo carácter público resulte de su derecho aplicable. Son distintas, sin
embargo, las reglas aplicables según se trate de personas jurídicas extranjeras
públicas o privadas. Las primeras (Estados, provincias, comunas y establecimientos
públicos extranjeros), en tanto se hallan expresa o tácitamente reconocidas como
órganos integrantes de la comunidad internacional, pueden ejercer su capacidad

17 
 
jurídica, en general, sin necesidad de un nuevo reconocimiento o de autorización
por parte del Estado nacional, estando por lo tanto habilitadas para asumir el
carácter de partes actoras o demandadas en cualquier proceso que tramite ante
órganos judiciales argentinos. Sin embargo, como lo destacamos oportunamente,
gozan del privilegio de exención de jurisdicción, salvo en los supuestos referidos a
actos del derecho privado que se contemplen en las convenciones internacionales
(supra, nro. 71). En cuanto a las personas de derecho privado, el ejercicio de su
capacidad jurídica puede o no estar supeditado a la previa autorización del Estado
según que, respectivamente, se trate de la realización de una actividad permanente
o de actos aislados(43).
El alcance de la personalidad jurídica procesal de las sociedades
comerciales extranjeras se infería de las disposiciones contenidas en los arts. 285 a
287 del derogado CCom., hoy reemplazados por el régimen de la ley 19.550 (arts.
118 a 124 inclusive(44)). De acuerdo con el régimen establecido por esas normas, es
menester diferenciar las sociedades constituidas en el extranjero para ejercer su
comercio principal en la República, donde tienen su sede social efectiva o han
levantado la mayor parte del capital, de las sociedades constituidas en el extranjero
que, sin reunir esas condiciones, realicen en forma aislada o permanente actos de
comercio en el país. Las primeras deben ser consideradas, para todos sus efectos,
como sociedades nacionales sujetas a las disposiciones del Código de Comercio
(art. 124, ley 19.550) y gozan, por ende, de capacidad jurídica procesal en tanto se
hayan ajustado a las formalidades de constitución y funcionamiento previstas por la
ley nacional. En cuanto al segundo tipo de sociedades, las que no cuentan en la
República con una representación social permanente, sea por sucursal, agente o
representante(45), se rigen en cuanto a su existencia y formas por las leyes del lugar
de constitución, se hallan habilitadas para realizar en el país actos aislados y estar
en juicio, y para el ejercicio habitual de actos comprendidos en su objeto social,
establecer sucursal asiento o cualquier otra especie de representación permanente,
debe: 1) Acreditar la existencia de la sociedad con arreglo a las leyes de su país. 2)
Fijar un domicilio en la República, cumpliendo con la publicación y
la inscripción exigidas por esta ley para las sociedades que se constituyan en la
República. 3) Justificar la decisión de crear dicha representación y designar la
persona a cuyo cargo ella estará. Si se tratare de una sucursal, se determinará,
además, el capital que se le asigne cuando corresponda por leyes especiales (art.
118, ley 19.550). Su capacidad jurídica procesal, en consecuencia, se halla limitada
a los procesos que versen sobre tales actos. En cambio, la capacidad de las
sociedades que establezcan en la República una representación social permanente
está condicionada al requisito de la inscripción y la publicación, en su caso, del acto
constitutivo y de los mandatos conferidos a sus representantes(46), cumplido el cual
gozan aquéllas de plena capacidad jurídica procesal. En el supuesto de que la
sociedad fuere anónima, puede funcionar en la República y adquiere la consiguiente
capacidad, siempre que acredite ante juez competente que se ha constituido de
acuerdo con las leyes del país respectivo, inscriba sus estatutos y documentos
habilitantes en el Registro Público de Comercio(47)y el país de origen admita la
reciprocidad (arts. 1º y 2º, ley 8867(48)), es decir, que no exija autorización previa
respecto de las sociedades constituidas en la República Argentina(49).

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3) Entidades patrimoniales
Resta por analizar, finalmente, el problema relativo a la personalidad jurídica
procesal de ciertas entidades que, en razón de hallarse exclusivamente constituidas
por una masa o conjunto de bienes, carecen de una titularidad personal definida. Es
el caso de la herencia yacente y de la masa en concurso o quiebra, las cuales, no
obstante su condición de meras entidades patrimoniales, pueden ser objeto de
relaciones jurídicas que deban ventilarse judicialmente.
Dado que, en tales casos, no es posible adscribir esos conjuntos de bienes a una
persona física o jurídica determinada, tampoco parece admisible reconocer a
aquéllos capacidad para ser partes(50). El ordenamiento jurídico, sin embargo, allana
el problema a través de la intervención procesal de personas físicas (administrador,
síndico) que lo hacen en representación de los futuros titulares de los derechos y
las obligaciones que pueden hallarse en juego(51), a quienes corresponde, en rigor,
la verdadera personalidad jurídica procesal.

292. Capacidad procesal

A) Concepto
a) No todas las personas que tienen capacidad para ser partes o peticionarios se
hallan dotadas de la aptitud necesaria para realizar, por sí mismas, actos procesales
válidos. Dicha aptitud, que junto con la capacidad jurídica procesal integra uno de
los requisitos extrínsecos de admisibilidad de la pretensión o de la
petición extracontenciosa, se denomina capacidad de obrar procesal o,
simplemente, capacidad procesal(52).
Este tipo de capacidad supone, por lo tanto, la aptitud legal de ejercer los
derechos y de cumplir los deberes inherentes a la calidad de parte o peticionario, de
allí que, así como la capacidad para asumir tales calidades constituye un reflejo de
la capacidad jurídica genéricamente considerada, la capacidad procesal viene a
reeditar, en el ámbito del proceso, los principios que el derecho privado contiene en
materia de capacidad de obrar o de hecho reglamentada en el derogado Código
Civil, hoy denominada capacidad de ejercicio (CCiv. y Com., art. 23), cuyas normas
sobre el tema resultan aplicables a ella.
b) La capacidad procesal debe ser claramente diferenciada de la legitimación
procesal. Mientras la primera habilita para actuar en un número indeterminado de
procesos, con prescindencia de las concretas relaciones o estados jurídicos que en
ellos se controvierten, la segunda se refiere a la idoneidad especialmente atribuida
para pretender o para contradecir con respecto a la específica materia sobre que
versa el proceso (supra, nro. 80, A], b). La legitimación, por consiguiente, puede
corresponder a un incapaz procesal, pues la incapacidad sólo implica la ineptitud
legal de ejecutar personalmente (o a través de un representante convencional) actos
procesales válidos, pero en modo alguno afecta la calidad de parte que reviste

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el incapaz ni su eventual titularidad de la relación jurídica sustancial controvertida en
el proceso. En cambio, el representante necesario del incapaz, que no es parte ni
puede estar procesalmente legitimado, tiene capacidad procesal(53).

B) Distintas hipótesis
El CCiv. y Com. sienta la regla de la capacidad de ejercicio de los derechos. De
allí que toda limitación o restricción a la misma debe ser considerada excepcional
frente a la regla general de la capacidad de las personas. Entre los incapaces
procesales corresponde, asimismo, diferenciar las personas que carecen de toda
aptitud para realizar personalmente actos procesales válidos de aquellas que gozan
de una capacidad restringida.

1) Grados de incapacidad procesal


Dentro del primero de los grupos precedentemente mencionados se
hallan incluidos —como incapaces de ejercicio—: a. la persona por nacer; b. la
persona que no cuenta con la edad y grado de madurez suficiente, con el alcance
dispuesto en la Sección 2ª de ese Capítulo, dedicada a las personas menores de
edad y c. la persona declarada incapaz por sentencia judicial, en la extensión
dispuesta en esa decisión (CCiv. y Com., art. 24).
Las personas precedentemente mencionadas carecen(54)de aptitud para actuar
válidamente por sí dentro de un proceso, debiendo hacerlo, en su lugar, los
representantes a los que se refiere el art. 101, CCiv. y Com. ("Son representantes:
a. de las personas por nacer, sus padres; b. de las personas menores de edad no
emancipadas, sus padres. Si faltan los padres, o ambos son incapaces, o están
privados de la responsabilidad parental, o suspendidos en su ejercicio, el tutor que
se les designe; c. de las personas con capacidad restringida, el o los apoyos
designados cuando, conforme a la sentencia, éstos tengan representación para
determinados actos; de las personas incapaces en los términos del último párrafo
del artículo 32, el curador que se les nombre"), sin perjuicio de la actuación acordada
al ministerio pupilar (art. 103, CCiv. y Com., supra, nros. 274 y 285, C]).
Al segundo grupo pertenecen los menores con edad y madurez suficiente, los
menores emancipados, los inhabilitados y los condenados a que se refiere el art. 12,
CPen. A cada uno de tales incapaces nos referiremos seguidamente, considerando
luego el caso particular de quienes han sido declarados en estado de quiebra o de
concurso civil, los que si bien no son verdaderos incapaces, se hallan sometidos a
ciertas restricciones que en alguna medida permiten equipararlos a éstos.

20 
 
2) Menores con edad y madurez suficientes
Conforme el art. 26CCiv. y Com. y las normas concordantes, el menor "que
cuenta con edad y grado de madurez suficiente puede ejercer por sí los actos que
le son permitidos por el ordenamiento jurídico. En situaciones de conflicto
de intereses con sus representantes legales, puede intervenir con asistencia
letrada". Se presenta aquí el caso en el que habrá que indagar respecto del "grado
de madurez" de un menor para determinar si es o no capaz de ejercicio y, por ende,
si posee capacidad procesal.
Existen, en ese mismo artículo legal, casos de "madurez —y, consecuentemente,
capacidad de ejercicio— presumidos por la ley": " Se presume que el adolescente
entre trece y dieciséis años tiene aptitud para decidir por sí respecto de aquellos
tratamientos que no resultan invasivos, ni comprometen su estado de salud o
provocan un riesgo grave en su vida o integridad física. Si se trata de
tratamientos invasivos que comprometen su estado de salud o está en riesgo
la integridad o la vida, el adolescente debe prestar su consentimiento con la
asistencia de sus progenitores; el conflicto entre ambos se resuelve teniendo en
cuenta su interés superior, sobre la base de la opinión médica respecto a las
consecuencias de la realización o no del acto médico. A partir de los dieciséis años
el adolescente es considerado como un adulto para las decisiones atinentes al
cuidado de su propio cuerpo".
Debe entenderse, asimismo, que el menor adolescente goza de plena capacidad
procesal para intervenir en todos aquellos juicios relacionados con actos civiles que
puede válidamente ejecutar sin autorización paterna (v.gr. reconocimiento de
hijos: CCiv. y Com., art. 680) o con actos respecto de los cuales ha mediado
tal autorización (v.gr. ejercicio de oficio, profesión o industria, CCiv. y Com., art. 681,
etc.).
Interesa señalar, sin embargo, que los menores adolescentes gozan de plena
capacidad procesal para intervenir en aquellos procesos voluntarios que tienden a
suplir la autorización de sus representantes legales para realizar determinados actos
jurídicos (v.gr. CPN, arts. 774 y 780).
Cabe añadir, por último, que de acuerdo con el art. 30, CCiv. y Com., "La persona
menor de edad que ha obtenido título habilitante para el ejercicio de una profesión
puede ejercerla por cuenta propia sin necesidad de previa autorización. Tiene la
administración y disposición de los bienes que adquiere con el producto de su
profesión y puede estar en juicio civil o penal por cuestiones vinculadas a ella".
Por lo pronto, el art. 281 acordaba(55)a los menores adultos la facultad de asumir
la posición procesal de partes actoras, previa autorización dada por el padre, y el
art. 282, contemplando la hipótesis de que se deniegue autorización por los
padres —ambos o uno de ellos—, admite la posibilidad de que el juez, "con
conocimiento de los motivos que para ello tuviera el oponente, podrá suplir la
licencia, dando al hijo un tutor especial para el juicio"(56).
En el supuesto precedentemente referido la incapacidad del menor queda suplida
mediante la habilitación(57), acerca de cuya forma y alcance interesa señalar: 1) No
es necesario que se otorgue por escrito(58). Es admisible, por lo tanto, cualquier otra
forma idónea de exteriorización de la voluntad paterna, aunque con los

21 
 
consiguientes riesgos que, en materia probatoria, ofrece la falta de documento
escrito(59). 2) Debe ser expresa y especial para un determinado proceso, no
procediendo, en consecuencia, la habilitación genérica. 3) Es susceptible de
revocación por parte del padre, pero no con efecto retroactivo, es decir, sin que
aquélla sea susceptible de afectar la validez de los actos procesales ya
cumplidos. 4) En el supuesto de que el menor haya deducido la demanda sin
hallarse habilitado para ello, el padre puede ratificar lo actuado(60). 5) No obstante
los términos en que se hallaba concebido el art. 281(61)del derogado CCiv., la
habilitación también procede en los casos en que el menor adulto sea demandado
en un proceso civil(62)o asuma la función de querellante en un proceso penal(63).
La habilitación procesal del menor adulto podía ser judicial en el supuesto, ya
señalado, de que los padres nieguen la autorización para litigar (art. 282,
derogado CCiv.). En esa hipótesis correspondía que el juez designase al menor un
tutor especial para el juicio (norma citada y art. 397, inc. 1º, derogado CCiv.)(64),
salvo que aquél se encontrara habilitado para ejercer comercio, profesión o industria
y la pretensión versase sobre algún acto propio de tales actividades(65), o que el
padre hubiera perdido el ejercicio de la patria potestad(66).
En segundo lugar, los menores adultos se encontraban indirectamente
habilitados para asumir el carácter de actores o demandados en todos los procesos
que versaran sobre actos que aquéllos pueden realizar con autorización paterna.
Tal lo que ocurría cuando han sido autorizados para ejercer oficio, profesión
o industria (arts. 275 y 283, derogado CCiv.) o para ejercer el comercio y la
pretensión se funde en relaciones jurídicas atinentes a tales actividades(67).
En tales casos, el menor adulto podía actuar en el proceso por sí mismo, siendo
por lo tanto innecesaria la asistencia de un tutor ad litem(68). La solución contraria,
que se ha fundado en la necesidad de suplir la inexperiencia del menor, perdía
justificación frente a las garantías que supone, por un lado, la función de control y
vigilancia que debe ejercer el ministerio público de menores (art. 59,
derogado CCiv.) (supra, nros. 271 a 274 y 285, C]), y, por otro lado, la asistencia
letrada obligatoria que la ley impone respecto del cumplimiento de los actos
procesales de mayor trascendencia jurídica (art. 56, CPCCN)(69).
Finalmente, los menores adultos no requerían habilitación paterna ni judicial y
gozaban, por lo tanto, de plena capacidad procesal, en los siguientes casos: 1) en
las pretensiones civiles o penales derivadas de profesión para cuyo ejercicio se
encuentre habilitado mediante título (art. 128, derogado CCiv.(70)); 2) cuando
revistieren la condición de imputados en un proceso penal (art. 286,
derogado CCiv.)(71); 3) en los procesos laborales: "Los menores adultos —disponía
el art. 37, ley 12.948— tendrán la misma capacidad de los mayores de edad para
estar en juicio y podrán otorgar mandato en la forma prescripta por el artículo anterior
(es decir, por carta poder extendida ante el presidente de la comisión de conciliación
o secretario del Juzgado de Primera Instancia), previa autorización del ministerio
público del trabajo"(72); 4) para intervenir en los procesos relacionados con actos que
el menor puede cumplir sin autorización paterna (disposiciones de última voluntad y
reconocimiento de hijos naturales: art. 286, derogado CCiv.)(73); 5) para requerir la
licencia judicial en las hipótesis contempladas en los arts. 282, 284(74)y 285, todos
del derogado CCiv.(75).
Naturalmente que, en los casos mencionados, la intervención procesal del menor
no requería ser complementada mediante la asistencia de un tutor ad litem, sin
perjuicio de la actuación del ministerio pupilar.

22 
 
3) Menores emancipados(76)

La situación procesal de los menores emancipados había sufrido una fundamental transformación con motivo de las
reformas introducidas por la ley 17.711 a los arts. 131, 133, 134 y 135, derogado CCiv., disposiciones éstas que, aparte
de instituir una nueva forma de emancipación y de ampliar considerablemente el margen de capacidad de aquéllos, habían
venido a eliminar la aparente desigualdad que el régimen anterior parecía establecer de acuerdo con el sexo de los
emancipados(77).

Cualquiera que sea la forma en que se haya producido la emancipación, es decir,


por matrimonio o por habilitación de edad(78), los menores adquirían plena capacidad
para administrar y disponer de sus bienes, salvo que se tratase de bienes adquiridos
por título gratuito antes o después de la emancipación, para disponer de los cuales
se requería autorización judicial o, en el caso de emancipación por matrimonio, el
acuerdo de ambos cónyuges siempre que uno de éstos sea mayor de edad (art. 135,
derogado CCiv.).
Por consiguiente, los menores emancipados gozaban de capacidad procesal
para intervenir en cualquier proceso que verse: 1) sobre actos de disposición
relativos a bienes adquiridos por título oneroso o gratuito, a condición, en este último
caso, de que haya mediado autorización judicial para disponer de ellos o acuerdo
de ambos cónyuges en los términos precedentemente señalados(79); 2) sobre actos
de administración relacionados con bienes adquiridos por cualquier título. Ninguna
limitación rige, en cambio, respecto de otro género de pretensiones, tengan o no
contenido patrimonial.
Hoy el Código Civil y Comercial contempla una sola forma de emancipación: por
matrimonio.
El art. 27 establece al respecto: "La celebración del matrimonio antes de los
dieciocho años emancipa a la persona menor de edad. La persona emancipada goza
de plena capacidad de ejercicio con las limitaciones previstas en este Código. La
emancipación es irrevocable. La nulidad del matrimonio no deja sin efecto la
emancipación, excepto respecto del cónyuge de mala fe para quien cesa a partir del
día en que la sentencia pasa en autoridad de cosa juzgada. Si algo es debido a la
persona menor de edad con cláusula de no poder percibirlo hasta la mayoría de
edad, la emancipación no altera la obligación ni el tiempo de su exigibilidad".
Sin embargo, esta forma de emancipación no brinda plena capacidad, tal como
ocurría en el Código de Vélez.
El art. 28 del digesto citado prevé: "La persona emancipada no puede, ni
con autorización judicial: a. aprobar las cuentas de sus tutores y darles finiquito; b.
hacer donación de bienes que hubiese recibido a título gratuito; c. afianzar
obligaciones". A ello se suma la previsión del art. 29: "El emancipado
requiere autorización judicial para disponer de los bienes recibidos a título gratuito.
La autorización debe ser otorgada cuando el acto sea de toda necesidad o de
ventaja evidente".

23 
 
4) Inhabilitados
Con respecto a las personas judicialmente inhabilitadas por razón de ebriedad
habitual, uso de estupefacientes, disminución de sus facultades mentales y
prodigalidad (art. 152 bis, derogado CCiv.), su capacidad procesal debía ser
encarada de acuerdo con la naturaleza de las relaciones jurídicas en que se
fundamentaban las respectivas pretensiones.
La incapacidad de dichas personas se circunscribía, en efecto, al ámbito de
ciertos actos de contenido patrimonial, ya que no podían disponer de sus bienes por
actos entre vivos sin la conformidad del curador ni otorgar por sí solos los actos de
administración que hayan sido limitados por la sentencia declarativa de
la inhabilitación (art. 152 bis, aps. 3º y 4º, derogado CCiv.).
Los inhabilitados, por lo tanto, tenían capacidad procesal para intervenir
personalmente en los juicios que versaren sobre actos de disposición realizados con
la conformidad del curador o sobre actos de administración no
prohibidos expresamente por el respectivo pronunciamiento.
Dicha capacidad debía considerarse extensiva a las restantes pretensiones de
contenido patrimonial y a las que se funden en las relaciones de familia o en
derechos personalísimos (divorcio, nulidad de matrimonio, filiación, etc.)(80).
La ley 22.434incorporó, como art. 637 bis del CPN, el siguiente: "Las
disposiciones del Capítulo I del presente Título regirán en lo pertinente para la
declaración de inhabilitación a que se refiere el art. 152 bis, incs. 1º y 2º del CCiv. La
legitimación para accionar corresponde a las personas que de acuerdo con
el Código Civilpueden pedir la declaración de demencia".
En la actualidad y con la sanción del Digesto unificado de derecho privado, la
figura de la inhabilitación quedó reservada para el pródigo. Ello así a tenor de lo que
prescribe el art. 48: "Pródigos. Pueden ser inhabilitados quienes por la prodigalidad
en la gestión de sus bienes expongan a su cónyuge, conviviente o a sus hijos
menores de edad o con discapacidad a la pérdida del patrimonio. A estos fines, se
considera persona con discapacidad, a toda persona que padece una alteración
funcional permanente o prolongada, física o mental, que en relación a su edad y
medio social implica desventajas considerables para su integración familiar, social,
educacional o laboral. La acción sólo corresponde al cónyuge, conviviente y a los
ascendientes y descendientes".

5) Penados
El alcance de la incapacidad de los penados se halla previsto en el art. 12, CPen.,
en cuya virtud la reclusión y la prisión por más de tres años importa la privación,
mientras dure la pena, de la patria potestad, de la administración de los bienes y del
derecho de disponer de ellos por actos entre vivos.

24 
 
De conformidad con dicha norma, el penado queda privado de capacidad
procesal con relación a las pretensiones de contenido patrimonial o derivadas del
ejercicio de la patria potestad. Tal incapacidad, por lo tanto, no le impide deducir u
oponerse a pretensiones fundadas en otras clases de relaciones jurídicas, como,
por ejemplo, las de divorcio, filiación, nulidad de matrimonio, etc. En ese orden de
ideas se ha resuelto, v.gr., que si bien la condena determina la pérdida del ejercicio
de la patria potestad, no ocurre lo mismo con la titularidad de ese derecho y que,
por lo tanto, el penado tiene capacidad procesal para contestar la demanda
relacionada con la tenencia de un hijo(81).

6) Fallidos
Si bien la declaración de quiebra no engendra una verdadera incapacidad(82), lo
cierto es que, como consecuencia del desapoderamiento de bienes que aquella
declaración trae aparejado, la representación patrimonial del deudor queda confiada
al síndico y aquél, por lo tanto, privado de capacidad procesal para intervenir en
cualquier juicio que verse sobre bienes de pertenencia del concurso(83). Pero el
deudor conserva aquella capacidad respecto de los procesos que tengan por objeto
pretensiones derivadas del derecho de familia o de derechos personalísimos (arts.
104 a 107, ley 11.719(84)).
Es menester recordar que la ley 19.551 instituyó reglas uniformes respecto de los
concursos civiles y las quiebras, derogando implícitamente los arts. 681 a 731,
CPCCN, los que fueron luego eliminados por la ley 22.434(85).
La ley 24.522 (arts. 106 a 114) regula el desapoderamiento del deudor en
términos similares a los previstos en los arts. 104 a 107, ley 11.719, aludidos en el
texto.

II. FACULTADES, DERECHOS Y DEBERES DE LAS PARTES

293. Generalidades
a) Puesto que la iniciación y el desarrollo de la actividad procesal, en materia civil,
se hallan determinados por el propio interés de las partes, quienes actúan frente a
la necesidad de asumir posiciones jurídicas ventajosas y de superar, por ende, la
posibilidad de eventuales perjuicios en la defensa de sus derechos, es comprensible
que, en lo que a ellas atañe, predomine por sobre la existencia de deberes
procesales la titularidad de un variado conjunto de facultades y de derechos (supra,
nro. 48).

25 
 
b) Pero si bien los deberes procesales, concebidos como prestaciones instituidas
en beneficio de la otra parte o de la administración de justicia, implican con respecto
a las partes una categoría jurídica excepcional, su importancia se ha acrecentado
notablemente con motivo de las limitaciones que la legislación moderna, en general,
impone a la vigencia estricta del principio dispositivo.

294. Facultades y derechos de las partes


a) En sentido amplio, constituyen facultades de las partes todas las posibilidades
lícitas que, a través de actos u omisiones, aquéllas pueden asumir autónomamente
durante el curso del proceso, y frente a las cuales existe un correlativo deber
impuesto al órgano judicial o a la parte contraria.
b) Un sector de la doctrina procesal ha intentado diferenciar las facultades o
poderes jurídicos de las partes, de los llamados derechos subjetivos procesales.
Sin dejar de percibir las dificultades que se oponen a un nítido deslinde
conceptual, consideramos que la ejecución de todo acto procesal de parte implica
el ejercicio de una facultad jurídica que puede a su vez configurar, o no, el ejercicio
de un derecho subjetivo y que éste, por lo tanto, constituye una especie dentro de
aquélla.
De acuerdo con esa idea general, existirá derecho subjetivo procesal siempre
que cualquiera de las partes tenga la potestad de hacer efectivo el cumplimiento de
un determinado deber y, por consiguiente, la de actualizar la sanción
normativamente imputable al incumplimiento de ese deber. Existe, por ejemplo, el
derecho subjetivo procesal de reclamar al adversario el pago de las costas a que
fue condenado o el de exigir que el órgano judicial se pronuncie acerca de cualquier
petición formulada en el proceso, pues en ambos casos median deberes
específicos cuya transgresión justifica la aplicación de determinadas sanciones(86).
Se configura, en cambio, una simple facultad, cuando a la ejecución de un acto
procesal sólo es correlativo el deber genérico de no impedirlo, o, en otras palabras,
cuando la conducta exigible a la otra parte o al órgano judicial sólo consiste en
respetar la libertad de obrar, siempre que ésta, desde luego, se exteriorice dentro
de un marco de licitud(87). Constituyen simples facultades procesales, por ejemplo,
la de alegar o argumentar en un determinado sentido, la de controlar la prueba
producida por el adversario, etcétera.
Debe repararse, sin embargo, en el hecho de que un mismo acto procesal puede
configurar una simple facultad y, además, un derecho subjetivo, si se atiende al
sujeto o sujetos involucrados en la situación de que se trate. El ofrecimiento de una
medida de prueba, v.gr., es una mera facultad procesal si se la considera desde el
punto de vista de la posición que con respecto a ese acto debe asumir la parte
contraria; pero involucra, además, el ejercicio de un derecho subjetivo frente al
órgano judicial, ya que éste tiene el deber específico de pronunciarse sobre la
admisibilidad o la inadmisibilidad de la medida(88).
c) Corresponde destacar, finalmente, que las nociones precedentemente
enunciadas deben indefectiblemente asociarse al concepto de carga procesal, ya
que, como se señaló supra, nro. 48, ésta juega no sólo como el elemento que

26 
 
sustenta el ejercicio de toda facultad y derecho subjetivo, sino como el elemento
condicionante de su eficacia y validez en cada caso concreto.

295. Deberes de las partes


Los deberes procesales de las partes pueden diferenciarse sobre la base de que
impliquen, sea un comportamiento exigible durante todo el desenvolvimiento del
proceso o con motivo del cumplimiento de actos procesales determinados, o bien,
una conducta que corresponde observar frente al contenido de una determinada
resolución judicial.
Dentro de esa primera categoría de deberes, que son extensivos a los auxiliares
de las partes, se hallan comprendidos los de respeto al órgano judicial, y de lealtad
y probidad, los cuales serán particularmente analizados a continuación. De los
deberes comprendidos en la segunda categoría nos ocuparemos posteriormente,
bajo la denominación de "cumplimiento de resoluciones judiciales".

A) Respeto al órgano judicial


a) El principio de autoridad, unido a elementales exigencias de orden, imponen
la necesidad de que los actos procesales se cumplan dentro de un marco de respeto
y compostura; de allí el deber que incumbe tanto a las partes como a sus
representantes o asistentes en el sentido de observar una conducta compatible con
el buen orden del proceso y con la autoridad, dignidad o decoro del juez o jueces
que integran el órgano judicial.
b) Las transgresiones al deber que analizamos pueden configurarse a través de
una variada gama de actitudes; pero, fundamentalmente, consisten en la indebida
perturbación de algún acto procesal que se desarrolla en presencia del juez y en la
utilización, en los escritos o audiencias, de expresiones indecorosas u ofensivas,
cualquiera que sea el sujeto procesal al que se dirijan(89). Esta última circunstancia
no obsta a que igualmente se infrinja el deber de respeto al órgano judicial, pues
siendo éste el sujeto ante quien deben necesariamente cumplirse todos los actos
procesales, parece claro que se incurre en irrespetuosidad hacia él,
menoscabándose su autoridad, en tanto se lo utilice como medio de inferir una
ofensa a la otra parte o a cualquiera de las personas que intervienen en el proceso.
c) Las sanciones a que puede dar lugar la infracción del deber analizado han sido
objeto de estudio en oportunidad de referirnos a las facultades disciplinarias de los
jueces (supra, nro. 190).

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B) Lealtad y probidad
a) La legislación procesal moderna aparece decididamente orientada en el
sentido de instituir, con relación a las partes y a sus representantes o asistentes, el
deber de actuar en el proceso con lealtad y buena fe(90).
Esa línea legislativa fue abierta por la ordenanza civil austríaca, proyectada por
Franz Klein, cuyo parágrafo 178 establece, entre otras prescripciones, que las partes
deben, en sus exposiciones, "alegar íntegra y detalladamente todas las
circunstancias efectivas para fundar, en el caso concreto, sus pretensiones con
arreglo a la verdad". Instituyen, asimismo, el deber de veracidad la ley húngara de
1911 (parágrafo 222), la Novela alemana de 1933 (parágrafo 138), el código
soviético de 1923 (art. 6º) y otras leyes europeas(91).
El código italiano de 1940, en cambio, adoptó una fórmula provista de mayor
elasticidad y más adecuada a la naturaleza del proceso civil, estableciendo, en el
art. 88, la regla general de que "las partes y sus defensores deben comportarse en
juicio con lealtad y probidad". Los códigos argentinos modernos contienen
disposiciones sustancialmente similares: del deber de "actuar lealmente y con
probidad" habla el art. 22 del Código de Mendoza; al deber de "veracidad y buena
fe" alude el art. 50 del Código de Jujuy; al de "lealtad y probidad", el Código de La
Rioja (art. 15), etcétera.
Sobre la base de tales antecedentes, el art. 21, ley 14.237, disponía que "en
cualquier estado del juicio los jueces y tribunales podrán disponer las medidas
necesarias para (...) prevenir y sancionar todo acto contrario al deber de lealtad,
probidad y buena fe...", norma que, según hemos visto al referirnos a las facultades
de los jueces (supra, nro. 192), ha sido sustancialmente reproducida por el art.
34, inc. 5º, ap. 4º), del código vigente.
b) Se impone pues esclarecer, como cuestión preliminar, el sentido que cabe
asignar al deber de lealtad, probidad y buena fe, y cuál es, por lo tanto, el límite a
partir del cual la conducta de las partes puede ser objeto de sanciones por infracción
a ese deber.
A tal efecto, corresponde ante todo reparar en la circunstancia de que el proceso,
considerado como un conjunto de conductas que intervienen organizadamente en
la creación de una norma individual, requiere irremisiblemente un operar conjunto
de quienes en él participan. En otras palabras, es el valor jurídico de cooperación el
que infunde sentido a tales conductas y en el cual encuentra fundamento el deber
que analizamos(92).
Cabe sin embargo observar, por otro lado, que la propia estructura del proceso
contencioso, de la cual derivan las posiciones de igualdad y contradicción en que se
encuentran las partes (supra, nro. 288), descarta desde ya la hipótesis de que, en
virtud del mencionado deber, sea exigible a aquéllas la total o mediana certidumbre
de que sus pretensiones o defensas hayan de ser favorablemente acogidas, a la
observancia de una conducta que redunde en perjuicio de sus propios intereses,
como podría ser, por ejemplo, la que consistiera en no omitir alegaciones o actos
probatorios que perjudiquen, en beneficio del adversario, la postura que han
asumido en el proceso. "Una obligación en tal sentido —dice Liebman— no tendría
ninguna posibilidad de ser observada y ofrecería, como único resultado, el de crear
dificultades y embarazar la situación de la parte más honesta"(93).
De allí que no pueda calificarse, como conducta incompatible con la cooperación
que el proceso requiere y que, por lo tanto, infrinja el deber de lealtad y probidad,

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aquella que simplemente traduzca la destreza o la aptitud defensiva de las partes.
La habilidad e incluso la astucia son armas lícitas dentro del funcionamiento de la
contradicción procesal(94), ya que ésta, sin dejar de ser una tarea común de los
contradictores, implica necesariamente la adopción de posturas opuestas(95). Como
es obvio, tampoco constituye conducta procesal censurable la que se manifiesta a
través de argumentaciones jurídicas respaldadas por un mínimo de
seriedad, aun cuando mediante ellas se persiga obtener la modificación de una
doctrina jurisprudencial reiterada.
Pero cuando la conducta de la parte deja de ser la manifestación de su propia
habilidad o capacidad de defensa para colocar a la otra en la necesidad de sufrir
una pérdida inútil de tiempo, o de desplegar una actividad superflua y onerosa, la
cooperación procesal pierde su signo axiológico positivo y desaparece, por lo tanto,
la base que brinda sustento al deber de lealtad, probidad y buena fe, ya que éste no
se compadece con la conducta disgregante de una de las partes.
A diferencia del art. 21, ley 14.237, y de algunas leyes provinciales, el Código
Procesal Civil y Comercial de la Nación no se ha limitado a encarecer el
cumplimiento de dicho deber, sino que ha calificado, como temeraria o maliciosa, a
la conducta incompatible con su observancia; de allí que sea necesario precisar el
alcance de las expresiones temeridad y malicia, pues se trata de patrones
axiológicos o "estándares jurídicos" de los cuales deben valerse los jueces para
determinar el límite hasta donde se extiende la conducta lícita de las partes y
comienza la que cabe estimar reñida con el deber de lealtad y probidad(96). Las
otras expresiones que el código utiliza como presupuestos normativos de la
aplicación de sanciones por inconducta procesal constituyen, en rigor, simples
variantes de aquéllas.
La temeridad consiste en la conducta de la parte que deduce pretensiones o
defensas cuya injusticia o falta de fundamento no puede ignorar de acuerdo con una
mínima pauta de razonabilidad. Se configura, por lo tanto, frente a la conciencia de
la propia sinrazón(97); de allí que no sea suficiente, para calificar a una conducta
como temeraria, el elemento objetivo representado por la falta de fundamento o por
la injusticia de la pretensión o de la oposición(98). Es además necesario el factor
subjetivo que se manifiesta a través de la conciencia de que tales circunstancias
concurren en el caso concreto. Con relación al juicio ejecutivo, tal es el concepto
que subyace en la norma del art. 551, CPCCN, en tanto autoriza a sancionar "al
ejecutado que hubiese litigado sin razón valedera"(99).
La malicia es la conducta procesal que se manifiesta mediante la formulación de
peticiones exclusivamente destinadas a obstruir el normal desenvolvimiento del
proceso o a retardar su decisión. El mencionado art. 551 se refiere a esta modalidad
de la conducta procesal cuando autoriza a sancionar al ejecutado que hubiese
"obstruido el curso normal del proceso con articulaciones manifiestamente
improcedentes o que de cualquier manera hubiese demorado injustificadamente el
trámite"(100).
De las consideraciones precedentemente expuestas se desprende que mientras
la temeridad se vincula con el contenido de las peticiones comprendidas en la
pretensión o en la oposición, la malicia se halla referida al comportamiento
observado en la ejecución material de los actos procesales(101). La distinción entre
ambos conceptos, sin embargo, puede no llegar a resultar suficientemente nítida,
especialmente cuando, como es frecuente, a la conciencia de la injusticia de la
oposición va unido el deliberado objetivo de diferir el pronunciamiento de una
decisión judicial.

29 
 
c) Según se anticipó supra, nro. 192, el CPCCN instituye dos sistemas
sancionatorios de la inconducta procesal según que ésta se manifieste en forma
continuada o persistente a través de las distintas etapas del proceso, consideradas
en su totalidad (inconducta procesal genérica) o con motivo del cumplimiento de
actos procesales determinados (inconducta procesal específica)(102). Con relación a
este último aspecto, sin embargo, conviene anticipar que los poderes del órgano
judicial incluyen la represión de cualquier conducta que implique una transgresión al
deber de lealtad y probidad, aun cuando no exista una norma expresa que prevea
una sanción determinada, ya que el art. 34, inc. 5º, ap. 4º), CPCCN, faculta a los
jueces y tribunales para sancionar todo acto contrario al referido deber.
En su régimen original, ambos sistemas diferían, básicamente, en cuanto a los
sujetos destinatarios de las correspondientes sanciones, a la oportunidad en que
deben aplicarse, a las bases que corresponde computar para ello y al destino de las
multas.
En lo que atañe al primero de los aspectos mencionados, sólo podía ser pasible
de sanción por inconducta procesal genérica la parte que resultare total o
parcialmente vencida en el proceso(103). Así lo establecía con carácter general el art.
45, CPCCN, anterior a la reforma de la ley 25.488(104), y con referencia a los
procesos de ejecución los arts. 551 y 594 de dicho ordenamiento. Asimismo, cabe
sancionar por este tipo de inconducta al letrado patrocinante, sea con
carácter exclusivo o junto con la parte vencida. Corresponde añadir que si bien las
normas citadas en último término no aluden explícitamente al letrado patrocinante,
del carácter general que revestía el art. 45 puede deducirse que en los procesos de
ejecución las sanciones pertinentes pueden aplicarse tanto al ejecutado como a
aquél, o a ambos en forma conjunta, de acuerdo con las circunstancias del caso(105).
En cambio, cuando se trata de conducta procesal específica, la sanción puede
aplicarse a cualquiera de las partes, según cuál de ellas haya sido la autora del acto
procesal incriminado.
Con relación al segundo aspecto referido, es decir al momento de su aplicación,
las sanciones imputables a la inconducta procesal genérica sólo pueden ser
impuestas en la sentencia definitiva, ya que únicamente en oportunidad de cumplirse
dicho acto es posible determinar cuál de las partes resulta total o parcialmente
vencida, así como efectuar la valoración integral o, en conjunto, de su
comportamiento procesal(106).
Por el contrario, la parte que incurre en inconducta procesal específica es pasible
de sanción inmediatamente después de cumplido el acto de que se trate.
Interesa señalar, por otra parte, que cualquiera que sea el tipo de inconducta que
se halle en juego, su calificación y la aplicación de la multa consiguiente constituyen
facultades privativas del juez cuyo ejercicio, por ende, no está supeditado al pedido
de parte(107).
Finalmente, si bien todos los casos de inconducta procesal son sancionados con
multa(108), las bases sobre las cuales ésta debe aplicarse, así como su destino,
difiere según se trate de inconducta genérica o específica.
Con relación al primer aspecto, la inconducta procesal genérica es pasible de
aplicación de multas cuyo importe siempre se fija dentro de ciertos porcentajes
calculados sobre el valor discutido en el proceso. El art. 45, en efecto, disponía que
aquélla "se fijará entre el diez y el treinta por ciento del valor del juicio, o entre diez
mil y quinientos mil pesos moneda nacional si no hubiese monto determinado"(109).

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Con respecto al juicio ejecutivo, el art. 551 prescribe que la multa debe fijarse "entre
el cinco y treinta por ciento(110)del importe de la deuda"(111), y los mismos porcentajes,
determinados sobre la base de la liquidación aprobada, establece el art. 594 con
referencia a los trámites correspondientes a la ejecución de la sentencia de remate.
Cuando se trata, en cambio, de supuestos de inconducta procesal específica, el
importe de las multas debe fijarse hasta o entre determinados límites, o bien, como
en las hipótesis de inconducta genérica, de acuerdo con porcentajes aplicables
sobre el valor cuestionado. Ejemplos del primer criterio son el art. 29, según el cual
en el caso de desestimarse una recusación con causa cabe aplicar una multa de
hasta novecientos mil pesos por cada recusación, si ésta fuera calificada de
maliciosa por la resolución desestimatoria; el art. 145, que prevé una sanción de
multa de cincuenta a quince mil pesos aplicable a la parte que afirma falsamente
ignorar el domicilio de la persona a quien corresponde notificar, y el art. 372, CPCC
Bs. As., en cuya virtud la parte a quien se hubiese concedido exclusivamente el
plazo extraordinario de prueba y no ejecutare la que hubiere propuesto, es pasible
de una multa de cincuenta a dos mil quinientos pesos. Ejemplos del segundo criterio
son los arts. 525, inc. 2º, y 528, que, respectivamente, autorizan a imponer una
multa equivalente al 30% del importe de la deuda a quien hubiere impedido la
apertura de la vía ejecutiva con motivo de negar su condición de inquilino y esta
calidad resultare probada durante la sustanciación del juicio sumario, y al ejecutado
que hubiere desconocido la firma en la preparación de la vía ejecutiva y
la autenticidad de aquélla resultase acreditada mediante prueba pericial.
En lo que atañe al destino de las multas aplicadas, en los supuestos
de inconducta genérica el importe de aquéllas ingresa al patrimonio de la parte
vencedora (actora o demandada en los procesos de conocimiento y ejecutante en
los procesos de ejecución)(112). Cuando se trata de inconducta específica, la misma
solución rige en los casos contemplados en los arts. 525, inc. 2º, y 528,
precedentemente analizados; en tanto que, en los restantes casos, el destino de la
multa es el fijado por la Corte Suprema de Justicia (art. 35, inc. 3º, CPCCN)(113).
d) Con respecto al alcance del art. 45, CPCCN, se ha resuelto, entre otros casos,
que corresponde aplicar la multa prevista en dicha norma al demandado que adujo,
como defensa, ignorar las manifestaciones formuladas por el actor en una escritura
pública en la que consta que se dio lectura de lo actuado, ratificándose y firmando
los comparecientes, entre los cuales se encontraba(114); al actor que fundó una
demanda indemnizatoria en un supuesto accidente de trabajo en día domingo en
que no se trabajaba, hallándose, además, el reclamante sin prestar servicios por
enfermedad(115); al demandado que fundó su defensa y la reconvención en un hecho
totalmente inexacto (estado de destrucción del departamento adquirido y mal
funcionamiento de sus instalaciones), según se desprende del desinterés
demostrado en la efectiva producción de la prueba ofrecida para acreditarlo, del
resultado adverso de la única que llegó a diligenciarse, del desistimiento de la
reconvención y de la prueba corroborante de tales conclusiones producida por la
otra parte(116); al litigante que incurriendo en error inexcusable y falta de seriedad,
revela el propósito de dilatar los procedimientos en beneficio de alguno de los
condóminos que ocupan el inmueble y en detrimento del derecho de los
restantes(117); etcétera.
Con relación al art. 551 se ha decidido que es procedente sancionar al ejecutado
que después de haber negado la firma desiste de la excepción fundada,
precisamente, en tal negativa(118); al ejecutado que, habiendo apelado la sentencia
de remate, limita luego la apelación al monto de los honorarios regulados y reconoce

31 
 
que las excepciones opuestas, entre ellas la de falsedad, no debieron siquiera
admitirse, pues ello demuestra que el escrito de excepciones no tuvo otro objeto que
obstruir el curso del procedimiento con articulaciones manifiestamente
improcedente(119); a la parte que, en el trámite de la ejecución de la sentencia
condenatoria, presenta un documento con abuso de la firma en blanco a fin de
acreditar el pago del sueldo anual complementario y vacaciones(120); al demandado
que actúa ignorando una jurisprudencia mantenida en forma constante(121); etcétera.
e) Como se señaló más arriba, la transgresión al deber de lealtad y buena fe no
puede considerarse limitada a los supuestos expresamente contemplados por el
CPCCN, sean ellos calificables de inconducta genérica o específica. Los jueces, en
efecto, están facultados para prevenir y sancionar todo acto contrario a dicho
deber, aun cuando no se configure una actuación temeraria o maliciosa evidenciada
a través de todo el desarrollo del proceso, o no se trata de aquellos actos particulares
que el código sanciona expresamente con la aplicación de multas. Por consiguiente,
a los casos de inconducta específica previstos por la ley corresponde agregar todos
aquellos que traduzcan temeridad o malicia en el cumplimiento de actos procesales
determinados, como puede ser, v.gr., la promoción de un incidente
manifiestamente inadmisible(122), el ofrecimiento de pruebas o la interposición de
recursos que pongan en evidencia un deliberado propósito dilatorio(123), etc. Las
sanciones, en tales casos, deben ser las previstas en el art. 18, dec.-ley 1285/1958,
a las que remite el art. 35, inc. 3º, CPCCN, con exclusión, a nuestro juicio, del arresto
personal, el que, en razón de su naturaleza, debe reservarse para las actitudes que
impliquen un manifiesto menoscabo a la autoridad, dignidad o decoro del órgano
judicial.
f) Finalmente, no cabe objetar la validez constitucional de las sanciones previstas
por el Código para los supuestos que impliquen una transgresión a los deberes de
lealtad y probidad. No menoscaban, en efecto, la garantía de la defensa, sino que
simplemente implican uno de los aspectos en que se manifiesta la reglamentación
de aquélla, impidiendo su ejercicio abusivo(124). En cuanto no constituyen, por lo
demás, sanciones de carácter penal, sino procesal, se hallan sujetas al mismo
régimen de las correcciones disciplinarias y no requieren, por lo tanto, la imputación
y la defensa previas a su aplicación(125). A esto cabe añadir que las partes o sus
letrados cuentan, a través de los recursos, con el medio apropiado de alegar todas
aquellas circunstancias susceptibles de desvirtuar los fundamentos que han
sustentado la sanción.
g)(126)La ley 22.434 amplió el número de sanciones aplicables a los supuestos
de inconducta procesal específica mencionados por el CPCCN en su versión
originaria, pero mantuvo el régimen anterior en lo que concierne a la represión de
la inconducta procesal genérica, prevista por los arts. 45 y 551 de dicho
ordenamiento.
h) Posteriormente, la ley 25.488 modificó el texto del art. 45 por el siguiente:
"Cuando se declarase maliciosa o temeraria la conducta asumida en el pleito por
alguna de las partes, el juez le impondrá a ella o a su letrado o a ambos
conjuntamente, una multa valuada entre el diez y el cincuenta por ciento del monto
del objeto de la sentencia. En los casos en que el objeto de la pretensión no fuera
susceptible de apreciación pecuniaria, el importe no podrá superar la suma de $
50.000. El importe de la multa será a favor de la otra parte. Si el pedido de sanción
fuera promovido por una de las partes, se decidirá previo traslado a la contraria".
Sin perjuicio de considerar otras circunstancias que estime corresponder, el juez
deberá ponderar la deducción de pretensiones, defensas, excepciones

32 
 
o interposición de recursos que resulten inadmisibles, o cuya falta de fundamento
no se pueda ignorar de acuerdo con una mínima pauta de razonabilidad o que
encuentre sustento en hechos ficticios o irreales o que manifiestamente conduzcan
a dilatar el proceso.
i) El texto del nuevo art. 45 evidencia que el legislador ha persistido, también en
este aspecto, en el error derivado de considerar como deber del juez el consistente
en declarar, en oportunidad de dictar la sentencia definitiva, la temeridad o la malicia
en que hubiesen incurrido los litigantes o los profesionales intervinientes, pues tal
declaración, en tanto se halla supeditada a la valoración de la conducta observada
por aquéllos en cada caso concreto, y su incumplimiento carece de sanción, no
puede caracterizarse más que como una mera facultad.
j) De la norma transcripta se sigue que, al igual que el art. 45 en su redacción
anterior, se refiere a la inconducta procesal genérica, vale decir, a aquella que
se exterioriza en forma continuada o persistente a través de las diversas etapas del
juicio apreciadas en su totalidad, de modo que las sanciones a que alude sólo
pueden aplicarse, como por lo demás lo prescribe el art. 34, inc. 5º, ap. 4º), en
oportunidad de dictarse la sentencia definitiva.
k) Además, el nuevo art. 45 no circunscribe la declaración de inconducta a la
parte vencida en el pleito, total o parcialmente, sino que la extiende a cualquiera de
las partes o sus letrados, cualquiera que sea el carácter en que hubiesen actuado,
es decir, como patrocinantes o apoderados. Aunque, normalmente, la sanción es
aplicable a la parte vencida, cabe actualmente su aplicación al vencedor frente a los
supuestos excepcionales en los que resulta comprobada la utilización abusiva del
proceso, sea a raíz de su manifiesta inutilidad (v.gr., art. 76, párr. 1º, CPCCN) o de
la finalidad espuria perseguida(127).
l) Los porcentuales de la sanción se han elevado considerablemente, pero no hay
duda de que hubiese sido más claro continuar aludiendo al monto del juicio o a
una expresión análoga, en lugar de mencionar un ambiguo monto del objeto de la
sentencia.
m) Si bien la experiencia demuestra que los jueces son generalmente reacios a
sancionar de oficio la inconducta de las partes, tampoco alcanza a percibirse el
momento en que, conforme al nuevo texto, puede pedirse la aplicación de la sanción,
porque puede ser notoriamente prematuro el formulado en los escritos iniciales y
es inoficioso el realizado en los alegatos, a cuyo respecto la ley no prevé, como es
obvio, traslado alguno a la parte contraria.
n) El párr. 2º del citado art. 45 se ha limitado a ensayar una definición de la
temeridad y la malicia, a cuyo fin no hizo más que apropiarse de conceptos vertidos
por la doctrina nacional y reiterados por diversos precedentes judiciales.
Es, sin embargo, de lamentar que la ley 22.434 no haya extendido la
responsabilidad por inconducta del letrado patrocinante al caso del art. 551, punto
acerca del cual no existe uniformidad en la jurisprudencia, aunque la mayoría de los
precedentes se ha pronunciado, correctamente, en sentido favorable a la extensión.

C) Cumplimiento de las resoluciones judiciales

33 
 
Todas las resoluciones judiciales constituyen, por esencia, actos de autoridad y
revisten, por lo tanto, carácter imperativo (supra, nro. 66, D). Con relación a las
partes, sin embargo, dicha imperatividad tiene distintas consecuencias de acuerdo
con el tipo y el contenido de la resolución de que se trate.
Si la resolución es una sentencia definitiva, vale decir, el acto que dirime el
conflicto suscitado entre las partes, éstas se hallan obligadas a observar la conducta
prescripta en la correspondiente norma individual. Pero en lo que atañe a la forma
de hacerse efectivo el cumplimiento de la sentencia, cabe a su vez formular una
distinción basada en el contenido de ésta, es decir, atendiendo al hecho de que se
trate de una sentencia de condena, declarativa o determinativa (supra, nro. 90).
Cuando la sentencia es condenatoria, nace a cargo de la parte vencida el deber
de cumplir la prestación (de dar, de hacer o de no hacer) impuesta por aquélla y, en
el supuesto de incumplimiento, el derecho de la parte vencedora de hacer valer, a
través del procedimiento de ejecución de sentencia (arts. 499 a 516, CPCCN), las
medidas de coacción directa o sustitutivas que la ley autoriza. En la hipótesis de que
el cumplimiento dependa exclusivamente de la voluntad del obligado (como ocurre,
v.gr., con las obligaciones de hacer y de no hacer), procede todavía que, frente al
fracaso, la inoperancia o la insuficiencia, en el caso concreto, de aquellas medidas,
se recurra a la aplicación de las sanciones conminatorias que prevé el art.
37, CPCCN, acerca de las cuales nos hemos ocupado oportunamente (supra, nro.
191).
A todo ello cabe añadir la responsabilidad penal en que puede incurrir la parte
que, después de una sentencia condenatoria, maliciosamente
destruyese, inutilizare, dañare, ocultare o hiciere desaparecer bienes de su
patrimonio o fraudulentamente disminuyere su valor y, de esta manera, frustrare, en
todo o en parte, el cumplimiento de las correspondientes obligaciones civiles (art.
179, párr. 2º, CPen., introducido por la ley 17.567).
En cambio, el incumplimiento de una sentencia declarativa o determinativa
descarta, por su misma naturaleza, la posibilidad de adoptar, inmediatamente, la
clase de medidas precedentemente mencionadas. En su caso, aquella circunstancia
puede servir de fundamento a una pretensión de condena que, en la hipótesis de
ser favorablemente acogida, hará surgir el deber y el correlativo derecho a que nos
hemos referido.
En lo que concierne a las restantes resoluciones judiciales (providencias simples
y sentencias interlocutorias), es menester distinguirlas sobre la base de que
impongan el cumplimiento de un deber (v.gr., pago de una multa, exhibición de una
cosa mueble o de un instrumento) o de una simple carga procesal (v.gr., contestar
la demanda, concurrir a la audiencia fijada para la absolución de posiciones).
Las primeras generan, para las partes, el inmediato deber procesal de cumplirlas,
dando lugar, en caso contrario, a su ejecución coactiva o a la eventual aplicación de
sanciones conminatorias. El incumplimiento de las segundas no autoriza, por el
contrario, la imposición de sanción alguna y sólo se traduce en la pérdida de una
facultad cuyo oportuno ejercicio pudo redundar en beneficio de la parte omisa.
Reviste carácter excepcional, por último, el deber de las partes de comparecer
personalmente ante el llamamiento del órgano judicial. El Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación sólo lo instituye en los arts. 640 y 691, que sancionan con la
aplicación de multas, respectivamente, al demandado por alimentos que no
compareciere sin causa justificada a la audiencia preliminar y a quienes, en el

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proceso sucesorio, adoptaren la misma actitud frente a la citación dispuesta para
lograr la simplificación de los procedimientos.

CAPÍTULO XX - LA REPRESENTACIÓN PROCESAL

I. GENERALIDADES(1)

296. Clases de representación


a) Sin perjuicio de la dirección o asistencia técnica que la ley exige como requisito
de admisibilidad de ciertos actos procesales (infra, nro. 315), toda persona humana
que goce de capacidad procesal tiene también, en nuestro ordenamiento jurídico, el
derecho de postulación procesal (ius postulandi), es decir, el poder de ejecutar
personalmente todos los actos procesales inherentes a la calidad de parte(2).
El ejercicio del derecho de postulación, sin embargo, puede ser delegado en un
tercero, desde luego capaz, a fin de que actúe procesalmente en nombre y en lugar
de la parte. Configúrase así el supuesto de la representación voluntaria, la que se
halla jurídicamente regulada por las pautas que contempla el nuevo Código Civil y
Comercial de la Nación en lo relativo a la representación (arts. 358 a 381) y en lo
atinente al contrato de mandato (arts. 1319 a 1334).
De acuerdo con ello y las prácticas al respecto, la elección del mandatario o
apoderado no puede, empero, recaer en cualquier persona capaz, sino en
determinados profesionales especializados. En el orden nacional, v.gr., como se
verá más adelante, la representación en juicio sólo puede ser ejercida por abogados,
procuradores o escribanos (ley 10.996,art. 1º), salvo cuando se trate de parientes
dentro de ciertos grados o de mandatario con poder general de administración.
b) Cuando se trata de personas humanas procesalmente incapaces, el derecho
de postulación corresponde a sus representantes legales (padres, tutores o
curadores) y a los funcionarios del ministerio público pupilar (art. 103, CCiv. y Com.).
Los primeros, a su vez, pueden delegar el ejercicio del poder postulatorio en
representantes convencionales, cuya personería cesa al extinguirse la
representación que aquéllos revestían (art. 53, inc. 3º, CPCCN).
Asimismo, aunque respecto de las personas jurídicas o de otras entidades
colectivas no cabe sostener que carezcan de capacidad procesal(3), lo cierto es que,
en razón de su propia naturaleza, están de hecho impedidas para actuar en el
proceso, debiendo asumir esa función sus representantes legales o estatutarios.
Dicha situación equivale, en alguna medida, a la de las personas ausentes, respecto

35 
 
de las cuales el ordenamiento jurídico organiza un régimen especial de
representación.
En síntesis, siempre que la parte carezca de idoneidad para actuar
personalmente en el proceso, sea en razón de estar afectada por una incapacidad
o en virtud de mediar circunstancias de hecho que obsten a su comparecencia
directa, cabe hablar de representación necesaria(4).

297. Justificación de la personería


a) El art. 46, CPCCN, impone a los representantes, sean necesarios o
voluntarios, la carga de acreditar ab initio la personería que invocan. Dispone, en
efecto: "La persona que se presente en juicio por un derecho que no sea
propio, aunque le competa ejercerlo en virtud de una representación legal, deberá
acompañar con su primer escrito los documentos que acrediten el carácter
que inviste"(5).
De acuerdo con los términos de esa norma, incumbe a los representantes
necesarios de los incapaces la agregación inicial del testimonio de la resolución que
los haya designado en tal carácter, o de la escritura relativa al discernimiento de la
tutela o curatela. El tutor especial que se designe en los supuestos del art. 109, CCiv.
y Com., debe acreditar su personería mediante la presentación del testimonio de la
correspondiente resolución judicial.
Por el contrario(6), y en virtud de que el estado civil no requiere demostración en
tanto no sea categóricamente desconocido(7), la ley exime de dicha carga a los
padres que comparecen en juicio en representación de sus hijos. El art. 46, ap. 3º,
CPCCN, en efecto, recogiendo la solución jurisprudencial predominante con
anterioridad(8), así como también la establecida por diversos códigos provinciales(9),
establece que aquéllos "no tendrán obligación de presentar las partidas
correspondientes, salvo que el juez, a petición de parte o de oficio, los emplazare a
presentarlas, bajo apercibimiento del pago de las costas y perjuicios que
ocasionaren"(10). La norma mencionada hacía extensivo el régimen al marido que
comparezca en juicio en nombre de su mujer, aunque en virtud de la
reforma introducida al art. 1276, del derogado CCiv., por la ley 17.711, aquélla
comprendía a cualquiera de los cónyuges que tuviera mandato expreso o tácito para
administrar los bienes propios o los gananciales cuya administración le está
reservada al otro.
Sobre el tema del epígrafe dispone el art. 46, CPCCN, conforme a la modificación
que le introdujo la ley 22.434(11), lo siguiente: "La persona que se presente en juicio
por un derecho que no sea propio, aunque le competa ejercerlo en virtud de una
representación legal, deberá acompañar con su primer escrito los documentos que
acrediten el carácter que inviste. Si se invocare la imposibilidad de presentar el
documento, ya otorgado, que justifique la representación y el juez considerare
atendibles las razones que se expresen, podrá acordar un plazo de hasta veinte
(20) días para que se acompañe dicho documento, bajo apercibimiento de tener
por inexistente la representación invocada. Los padres que comparezcan en
representación de sus hijos no tendrán obligación de presentar las partidas
correspondientes, salvo que el juez, a petición de parte o de oficio, los emplazare a

36 
 
presentarlas, bajo apercibimiento del pago de las costas y perjuicios que
ocasionaren".
La única innovación introducida por la norma precedentemente transcripta
consistió en la circunstancia de haber previsto la situación de quien, no obstante su
carácter de apoderado de la parte, se encuentra imposibilitado de presentar el
documento justificativo de su representación. La jurisprudencia ya se había
pronunciado reiteradamente, con anterioridad a la reforma, en el sentido de que la
omisión de acompañar los documentos habilitantes autoriza al juez a exigir de oficio
el cumplimiento de ese requisito y a fijar un plazo para ello, bajo apercibimiento de
tener al compareciente por no presentado(12), sin perjuicio de que, si
por inadvertencia del juzgado se constituye como representante a quien omitió el
cumplimiento de la referida carga, resulte admisible la excepción de falta de
personería (art. 347, inc. 2º, CPCCN). La nueva disposición, en cambio, exige que
el documento que acredita la representación haya sido ya otorgado y que se invoque
la imposibilidad de presentarlo, lo que ocurriría, v.gr., si el poder se hubiese
conferido en el extranjero y su oportuna presentación, tropezado con obstáculos
derivados de su legalización o de cualquier otra contingencia semejante. El juez,
además, debe expedirse sobre la atendibilidad de las razones expresadas, y si su
juicio al respecto es favorable, acordar un plazo de hasta veinte días para justificar
la representación, si bien las partes pueden pedir su ampliación frente a
circunstancias de fuerza mayor o causas graves (art. 157, ap. 3º, CPCCN).
La situación contemplada por la norma guarda alguna semejanza con la del
gestor, aunque sobre éste pesan otras cargas y puede intervenir en el
juicio aun cuando carezca de mandato para ello.
Los representantes de las sociedades o asociaciones deben justificar tal carácter
mediante presentación del testimonio del contrato social o del acta de la asamblea
o reunión de socios o asociados que los hayan designado(13).
Los administradores de una sucesión, albaceas, síndicos, liquidadores, etc.,
deben presentar el testimonio de su designación por los interesados o por el órgano
judicial correspondiente, así como, en su caso, de su aceptación del cargo(14).
En todo caso, si los documentos habilitantes emanan de organismos provinciales,
deben presentarse legalizados conforme a la reglamentación vigente en el orden
local (arts. 2º y 4º, dec.-ley 14.983/1957). Si se trata de documentos expedidos por
tribunales de justicia de la Nación, son aplicables las normas establecidas en la
acordada dictada por la Corte Suprema con fecha 22/9/1958.
A quienes invocan la representación del Estado nacional o de sus entidades
descentralizadas les corresponde acreditar su personería mediante la presentación
del testimonio de decreto o de resolución que los haya designado a esos efectos(15).
b) Puede ocurrir que el compareciente no tenga a su disposición los documentos
demostrativos de la personería que invoca. En tal supuesto, por aplicación de la
norma contenida en el art. 333, CPCCN, la presentación de aquéllos puede suplirse
con la mención concreta del lugar en que se encuentren y el pedido de que se
recaben copias autorizadas a fin de ser agregadas al expediente(16).
c) En el supuesto de que no se justifique la personería en la oportunidad que
determina el art. 46, el juez debe exigir de oficio el cumplimiento de ese requisito y
fijar un plazo para ello, bajo apercibimiento de tener al compareciente por no
presentado(17). Puede suceder, sin embargo, que por inadvertencia del juzgado se
constituya como representante a quien ha omitido el cumplimiento de la referida

37 
 
carga. En tal hipótesis, es admisible la excepción de falta de personería (art.
347, inc. 2º, CPCCN) o, si se trata de quien compareció invocando la representación
del demandado, tanto dicha excepción como el recurso de reposición contra la
respectiva providencia (art. 238, CPCCN).
d) El art. 47, ap. 1º, CPCCN, contempla en particular la hipótesis de la
representación voluntaria(18)y establece que "los procuradores o apoderados
acreditarán su personalidad desde la primera gestión que hagan en nombre de sus
poderdantes, con la pertinente escritura de poder"(19), regla procesal que habrá de
ser interpretada hoy a la luz de lo que contempla el nuevo Código Civil y Comercial
de la Nación en lo relativo a la representación (arts. 358 a 381) y en lo atinente al
contrato de mandato (arts. 1319 a 1334).
Son aplicables, al caso, las consideraciones precedentemente expuestas con
referencia a la falta de disposición del documento habilitante y al incumplimiento de
la carga correspondiente en el momento oportuno.
Interesa tener presente, asimismo, que si el mandato ha sido conferido en
el extranjero, se rige, desde el punto de vista formal, de acuerdo con las normas
vigentes en el respectivo Estado(20).
e) El segundo apartado del art. 47, CPCCN, reproduciendo sustancialmente la
norma contenida en el art. 1º, dec.-ley 23.398/1956, agrega que "sin embargo,
cuando se invoque un poder general o especial para varios actos, se lo acreditará
con la agregación de una copia íntegra firmada por el letrado patrocinante o por el
apoderado. De oficio o a petición de parte, podrá intimarse la presentación del
testimonio original"(21).
La norma comprende los dos tipos de poderes que mencionaba el art. 1879, del
derogado CCiv.(22), debiendo considerarse excluidas de su ámbito a las
representaciones de carácter necesario, como las que emanan de la ley o las que
se ejercen por los órganos naturales de las personas u otras entidades jurídicas(23).
Abarca, en cambio, a todos los tipos de representación voluntaria, incluso a la que
pueden ejercer las personas de familia dentro del segundo grado de consanguinidad
y primero de afinidad (art. 15, primera parte, ley 10.996) y los mandatarios generales
con facultad de administrar(24), aunque la representación de éstos se halla
circunscripta a los actos de administración (art. 15, segunda parte, ley citada) (infra,
nro. 300).
Es innecesario que el letrado o apoderado formulen declaración jurada acerca de
la fidelidad de la copia(25), pero es obvio que aquéllos son legalmente responsables
de cualquier falsedad o inexactitud.
Consideramos, finalmente, que si no se cumple la intimación tendiente a la
presentación del testimonio original dentro del plazo que el juez determine a tal
efecto, corresponde, por aplicación extensiva del art. 48, declarar la nulidad de las
actuaciones producidas con intervención del representante e imponer a éste el pago
de las costas ocasionadas, sin perjuicio de su eventual responsabilidad por los
daños que haya podido producir(26).

298. El gestor(27)

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a) Desde el punto de vista procesal, denomínase gestor a quien, limitándose a invocar la representación de un tercero o
careciendo de poder suficiente, comparece en nombre de aquél para realizar uno o más actos procesales que no admiten
demora, aunque con la condición de acreditar personería o de obtener la ratificación de su actuación dentro de un plazo
determinado.

b) El art. 48, CPCCN, de acuerdo con la modificación resultante de la ley


22.434, expresa que cuando deban realizarse actos procesales urgentes y existan
hechos o circunstancias que impidan la actuación de la parte que ha de cumplirlos,
podrá ser admitida la comparecencia en juicio de quien no tuviere representación
conferida. Si dentro de los cuarenta días hábiles, contados desde la primera
presentación del gestor, no fueren acompañados los instrumentos que acrediten la
personalidad o la parte no ratificase la gestión, será nulo todo lo actuado por el
gestor y éste deberá satisfacer el importe de las costas, sin perjuicio de su
responsabilidad por el daño que hubiere producido. En su presentación, el gestor,
además de indicar la parte en cuyo beneficio pretende actuar, deberá expresar las
razones que justifiquen la seriedad del pedido. La nulidad, en su caso, se producirá
por el solo vencimiento del plazo sin que se requiera intimación previa(28). La facultad
otorgada por este artículo sólo podrá ejercerse una vez en el curso del proceso.
c) La gestión procesal, como también ocurría con anterioridad a la reforma del
art. 48, sólo puede admitirse en los casos urgentes(29). Los fallos anteriores a la
promulgación de la ley 22.434, si bien pusieron énfasis en puntualizar el
carácter excepcional de la facultad acordada por el art. 48, CPCCN(30),
generalmente resolvieron que la urgencia requerida por la norma puede
objetivamente resultar de la petición misma o de la índole de la situación procesal
de que se trate(31), lo que ocurre, v.gr., si se encuentra en curso el plazo para
contestar la demanda(32)u oponer excepciones(33), o está por prescribir la acción(34).
Otros fallos, en cambio, se pronunciaron en el sentido de que la mera
perentoriedad de un plazo no configura la urgencia requerida para encuadrar el
supuesto en el ámbito de la norma analizada(35), siendo por lo tanto necesario que
el compareciente invoque los motivos en que se funda la ausencia de
representación(36).
La ley 22.434 se inclinó hacia este último criterio, pues condiciona la
admisibilidad de la comparecencia de quien carece de representación conferida a
la existencia de hechos o circunstancias que impidan la actuación de la parte que
ha de cumplir los actos procesales de que se trate, e impone al gestor la carga
de indicar la parte en cuyo beneficio pretende actuar(37)y de expresar las razones
que justifiquen la seriedad del pedido.
Si bien, por lo tanto, carece de trascendencia el hecho de que no se haya
alegado expresamente la configuración de una situación de urgencia si ella resulta,
manifiestamente, de la naturaleza del acto a cumplir(38), es necesario, cuando ello
no ocurre, que el compareciente indique los motivos en que se funda la ausencia de
representación, debiendo el juez limitarse a ponderar si las razones esgrimidas la
justifican, sin que sea necesario requerir o admitir prueba alguna para conceder o
negar, en su caso, la franquicia legal(39).
d) La norma contenida en el art. 48, CPCCN, es aplicable a cualquier clase de
representación (voluntaria o necesaria)(40)y no sólo rige con respecto a los actos de
constitución del proceso (demanda, reconvención o contestación de ambas), sino
que es extensiva a cualquier acto urgente que deba realizarse dentro de un proceso
en trámite, con prescindencia del estado de éste. Ello puede ocurrir, por ejemplo, en
los casos de muerte o incapacidad del apoderado o de la parte que actúa sin

39 
 
representación, en los cuales, por cualquier circunstancia, medie algún impedimento
que obste a una presentación regular con posterioridad al vencimiento de la
suspensión de los plazos. Pero en virtud de la índole excepcional que reviste la
facultad acordada por la norma examinada, ella puede ejercerse una sola vez en el
curso del proceso, según lo dispone, con acierto, el apartado final del art. 48 en su
actual redacción.
e) A diferencia de la hipótesis contemplada en el art. 46, examinada en el nro.
107, la calidad de gestor, en sentido estricto, depende de la circunstancia de que el
otorgamiento del poder sea posterior al momento en que aquél se presente en
el expediente, invocando el impedimento de la parte en cuyo reemplazo actúa,
siempre, naturalmente, que el documento habilitante se acompañe dentro del plazo
de cuarenta días hábiles que fija el art. 48, por cuanto la mencionada circunstancia
importa ratificación en los términos del art. 370, CCiv. y Com. Incluso cabe, de
acuerdo con la redacción acordada a la norma (o la parte no ratificase la gestión), la
convalidación de lo actuado por quien en momento alguno obtuvo el correspondiente
mandato(41).
Pese a la diversidad de situaciones previstas por los arts. 46 y 48, corresponde
entender que debe admitirse, como gestor y, por consiguiente, beneficiario del
mayor plazo establecido en la segunda de las normas citadas, a quien, no obstante
tener representación conferida, acredita no sólo la imposibilidad de presentar el
documento, sino también los hechos o circunstancias que obstan a la actuación de
la parte que debe cumplir el acto o actos procesales urgentes.
El plazo legal, por lo demás, se computa desde la primera presentación del
gestor, o sea, a partir de la fecha en que éste se arroga la facultad de actuar en
sustitución de la parte impedida, con prescindencia de su eficacia y de toda
declaración sobre el particular(42).
Finalmente, dispone el art. 48, en su actual redacción, que la nulidad, en su caso,
se producirá por el solo vencimiento del plazo sin que se requiera intimación previa.
Esta norma, sin embargo, no ha hecho perder virtualidad a la jurisprudencia en cuya
virtud la tardía acreditación de la personería sanea la nulidad cuando la agregación
del poder o de la ratificación ha sido admitida expresa o tácitamente por la parte
contraria y no ha mediado hasta entonces decisión judicial que la declare(43).
Cabe concluir, en efecto, que ni la referencia al solo vencimiento del plazo ni
mucho menos la circunstancia de no requerirse la intimación previa pueden inducir
a postular el carácter automático de la nulidad, que contraría ostensiblemente el
régimen vigente en materia de nulidades procesales y a nadie beneficia(44).

299. El caso del agente marítimo


a) Un tipo de representación procesal que reviste en nuestro derecho
características especiales es la que se reconoce al agente marítimo en los procesos
que versan sobre actos referentes al viaje en que se desempeñó en aquella
calidad(45).
Aun frente a la ausencia de disposiciones específicas del derogado Código de
Comercio, que incluso omitía toda referencia al agente marítimo, la jurisprudencia

40 
 
ha decidido, reiteradamente, que aquél tiene personería para actuar activa y
pasivamente en representación del transportador, propietario o armador del
buque(46), siempre que éstos, o el capitán, no se encontraren en el lugar del juicio o
no tuvieren en él un apoderado legítimamente constituido(47).
De acuerdo con ese principio, se ha admitido que el agente solicite el embargo
de la carga en garantía del pago del flete o interponga pretensiones por cobro de
fletes, estadías o sobreestadías, o por constitución de tribunal arbitral para
determinar la responsabilidad derivada de choques o abordajes(48), o que sea citado
para intervenir en los procesos promovidos por los consignatarios de la carga en
virtud de diferencias surgidas con ocasión del transporte marítimo(49). Corresponde
destacar, sin embargo, que tales pretensiones no pueden ser interpuestas frente a
los agentes marítimos como responsables directos, sino en su calidad de
representantes de los propietarios o armadores(50).
b) La particularidad más saliente de este tipo de representación reside en la
circunstancia de que, para intervenir en los procesos precedentemente
mencionados, el agente marítimo no requiere hallarse munido de un poder otorgado
en forma expresa, siendo por lo tanto inaplicable, a su respecto, la exigencia
contenida en el art. 47, ap. 1º, CPCCN (supra, nro. 297). La personería se acredita,
en el caso, mediante la certificación expedida por la Aduana en el sentido de que la
persona que comparece al juicio se ha desempeñado en calidad de agente marítimo.
Las conclusiones jurisprudenciales a que nos hemos referido encuentran su
justificación en razones prácticas derivadas de la índole de las relaciones jurídicas
que emanan del derecho de la navegación, particularmente en la conveniencia de
evitar las dilaciones que supone el trámite de la notificación por exhorto en
el extranjero. Desde el punto de vista normativo, dichas conclusiones encuentran
apoyo en el principio según el cual, siendo el capitán el representante legal del
armador en todo lo referente al buque y a la expedición, y dado que el agente se
subroga en determinadas funciones que competen a aquél, es admisible extender
esa subrogación a la representación procesal cuando el capitán está ausente del
país.
c) El capítulo VI del título V del Libro Primero del Anteproyecto de Código de la
Navegación reglamenta las funciones del agente marítimo, receptando,
esencialmente, la doctrina judicial precedentemente mencionada. El art. 195 asigna
al agente marítimo nombrado para realizar o que realice ante la Aduana las
gestiones relacionadas con la atención de un buque en puerto argentino, la
representación activa y pasiva, judicial o extrajudicial, conjunta o separadamente,
de su capitán, propietario o armador, ante los entes públicos y privados, a todos los
efectos y responsabilidades del viaje que el buque realice a dicho puerto o desde él,
y hasta tanto se designe a otro en su reemplazo. El agente, sin embargo, no tiene
la representación del propietario ni del armador que estuviere domiciliado en el lugar.
El art. 196 contempla la posibilidad de que el capitán, propietario o armador nombren
como agente a otra persona distinta del agente marítimo aduanero, en el caso de
que éste haya sido designado por el fletador de acuerdo con las facultades del
contrato de fletamento, y dispone que el primero tiene también la personería judicial
activa y pasiva del capitán, propietario o armador cuando acredite su designación
por escrito; pero agrega que en el supuesto de ser citado a juicio el agente marítimo
aduanero éste puede declinar su intervención indicando la persona del otro agente
designado por el capitán, propietario o armador y su domicilio. De acuerdo con el
art. 197, la representación del agente marítimo subsiste aun en el caso de renuncia,
hasta tanto el propietario, armador o capitán designen a otro en su reemplazo,

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pudiendo hacerse la sustitución aunque el buque haya zarpado de puertos
argentinos y continuando la representación judicial mientras no intervenga el
reemplazante en el juicio. El art. 198 establece que, en su primera gestión aduanera,
el agente debe denunciar ante la Aduana el domicilio del armador, agregando que
en los casos de fallecimiento o incapacidad de aquél, debe considerarse válida toda
notificación practicada en dicho domicilio por quienes no sean los sucesores o el
representante del agente. Según el art. 200, el agente marítimo, con la salvedad que
contempla el citado art. 196, sólo puede declinar su comparecencia a juicio en el
caso de que el capitán, propietario o armador del buque tengan constituidos
mandatarios con poder suficiente para entender en los hechos vinculados al viaje
en que se desempeñó como agente.
Sólo cabe aclarar que los arts. 193 a 200 de la Ley de Navegación (20.094)
receptó la doctrina allí expuesta en tanto las mencionadas normas coinciden, con
algunas variantes de numeración, con las allí referidas al entonces Anteproyecto de
Código de la Navegación(51).

II. LA REPRESENTACIÓN VOLUNTARIA

300. Generalidades
a) Hemos anticipado que, en el orden nacional, la ley 10.996 determina quiénes
se hallan habilitados para ejercer la representación en juicio, limitando por lo tanto
la facultad de delegar el ejercicio del derecho de postulación procesal.
De conformidad con lo dispuesto en el art. 1º de dicha ley, la representación
voluntaria(52)sólo puede ser ejercida: 1) Por los abogados, procuradores y
escribanos —que no ejerzan la profesión de tales— inscriptos en la matrícula
correspondiente. 2) Por las personas de familia dentro del segundo grado de
consanguinidad y primero de afinidad, vale decir, los padres, hijos, abuelos, nietos,
hermanos, suegros, yernos y nueras (art. 15, primera parte, ley citada). 3) Por los
mandatarios generales con facultad de administrar, respecto de los actos de
administración (art. 15, segunda parte).
Entre las personas precedentemente mencionadas corresponde formular dos
clases de distinciones. Una se funda en la posesión de título habilitante y en la
necesidad de cumplir el requisito de la inscripción en la matrícula creada por la ley
10.996, que sólo rige con relación a las personas aludidas en primer término(53). La
otra se vincula con la extensión del derecho de postulación procesal de los
representantes, ya que mientras los profesionales matriculados y los parientes
dentro de los referidos grados están habilitados para ejercer el mandato con
respecto a cualquier género de pretensiones o de peticiones, los mandatarios
generales con facultad de administrar sólo pueden actuar en los procesos que
versen sobre gestiones de mera administración(54), estándoles vedado intervenir,
v.gr., en el proceso tendiente al cobro ejecutivo de un documento(55); en la ejecución

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hipotecaria donde la defensa deducida contra la pretensión del actor no puede
considerarse un acto de administración(56); en el juicio por indemnización de daños
y perjuicios derivados de la locación, aun cuando no exista mandato para arrendar
el inmueble respectivo(57); en el juicio que versa sobre cumplimiento de contrato y
rendición de cuentas(58); etc. Esta clase de mandatario estaría, en cambio, habilitado,
entre otros casos, para pedir el levantamiento del embargo trabado sobre bienes de
su mandante(59), o para percibir fondos de éste que se encuentren depositados a la
orden del juez que entiende en el juicio sucesorio(60)y (61), o para iniciar un juicio de
desalojo(62).
b) Corresponde advertir que la circunstancia de que los representantes
mencionados anteriormente bajo los números 2º y 3º no requieran título habilitante
ni deban cumplir con el requisito de inscripción en la matrícula no implica que se
encuentren al margen del régimen general instituido en materia de procuraciones
judiciales(63).
c) Con respecto a la justicia del trabajo de la Capital Federal, el art. 35, ley 12.948,
establecía(64)que ante los jueces y Cámara de Apelaciones, las partes podían ser
representadas de acuerdo con las disposiciones de la ley 10.996, pero agregaba
que ante la Comisión de Conciliación y las de arbitraje, aquéllas debían comparecer
personalmente, pudiendo, en caso de impedimento, ser representadas por parientes
dentro del tercer grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o, tratándose de
empleados u obreros, por compañeros de trabajo. Por su parte, el art. 35, ley 18.345
(t.o. por dec. 106/1998), tras reiterar el principio de que las partes pueden actuar
personalmente o representadas de acuerdo con las disposiciones establecidas para
la representación en juicio, dispone que "el trabajador también podrá hacerse
representar por la asociación profesional habilitada legalmente para hacerlo"(65).
d) Las leyes provinciales, por regla general, limitan la facultad de ejercer la
representación judicial voluntaria a los abogados y procuradores inscriptos en las
respectivas matrículas(66). Algunas de ellas, sin embargo, la extienden a favor de los
parientes en los mismos grados previstos por la ley 10.996, aunque condicionan la
representación al requisito de que aquéllos fueren solventes al arbitrio del juez o
presten una fianza suficiente(67).

301. Efectos de la presentación del poder y admisión de la personería


a) Por la circunstancia de presentarse en juicio a ejercitar el mandato, y de ser
admitida su personería, el apoderado asume todas las responsabilidades que las
leyes le imponen y sus actos obligan al poderdante como si él personalmente los
practicase (art. 49, CPCCN)(68).
b) La asunción de responsabilidades, por parte del apoderado, depende en
primer lugar de la presentación del mandato, único hecho al cual la ley procesal
asigna el efecto de la aceptación de aquél, limitando de tal manera las diversas
modalidades que la aceptación puede revestir de acuerdo con las normas
contenidas en los arts. 1319 a 1334, CCiv. y Com.(69). A tal requisito el código añade
el de la admisión de la personería, que debe tenerse por configurado mediante la
providencia que constituye al compareciente en calidad de apoderado o, en su caso,
a través de la resolución que desestima la correspondiente excepción dilatoria.

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c) En cuanto al contenido de la responsabilidad que asume el apoderado, el art.
49, CPCCN, debe considerarse referido a las normas contenidas en dicho
ordenamiento (arts. 50 y 52), en las leyes reglamentarias de la procuración judicial
(v.gr. art. 11, ley 10.996) y en el Código Civil y Comercial (v.gr., arts. 358 a 381 y
1319 a 1334).

302. Deberes de los apoderados


a) "El apoderado —dice el art. 50, CPCCN— estará obligado a seguir el juicio
mientras no haya cesado legalmente en el cargo. Hasta entonces las citaciones y
las notificaciones que se hagan, incluso las de las sentencias definitivas, tendrán la
misma fuerza que si se hicieren al poderdante, sin que le sea permitido pedir que se
entiendan con éste. Exceptúanse los actos que por disposición de la ley deban ser
notificados personalmente a la parte"(70).
En consecuencia, mientras la representación no haya cesado en virtud de alguna
de las causales que determina el art. 53, CPCCN (infra, nro. 305), el apoderado
debe cumplir todos los actos procesales que no requieran la actuación personal de
la parte a quien representa. Requieren tal actuación, por ejemplo, la comparecencia
al juicio verbal que prevé el art. 34, inc. 1º, ap. 3º, en los juicios de divorcio,
separación personal y nulidad de matrimonio, la absolución de posiciones (art. 404),
la formación del cuerpo de escritura en la hipótesis del art. 394, el reconocimiento
de firma de los documentos que por sí solos no traigan aparejada ejecución (arts.
525, inc. 1º, y 526), la comparecencia a la audiencia preliminar que establece el art.
639 con relación a los juicios de alimentos, etc. Todos esos actos, en razón de su
carácter, deben ser notificados personalmente a la parte, aun cuando la ley no lo
disponga expresamente.
b) Asimismo, el art. 11, ley 10.996, y el Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación imponen a los apoderados los siguientes deberes:
1) Interponer los recursos legales contra toda sentencia definitiva(71)adversa a su
parte y contra toda regulación de honorarios que corresponda a aquélla, salvo el
caso de tener instrucciones por escrito en contrario de su respectivo
comitente(72)(art. 11, ley 10.996).
2) Asistir, por lo menos en los días designados para las notificaciones en la
oficina, a los juzgados o tribunales donde tengan pleitos y con la frecuencia
necesaria en los casos urgentes (art. 11, cit.).
3) Notificarse expresamente de las resoluciones mencionadas en el art. 135 en
oportunidad de examinar el expediente (art. 143, CPCCN)(73).
4) Presentar los escritos, debiendo llevar firma de letrado los de demanda,
oposición de excepciones y sus contestaciones, los alegatos y expresiones de
agravios, los pliegos de posiciones e interrogatorios, aquellos en que se
promuevan incidentes en los juicios y, en general, todos los que sustenten o
controviertan derechos, ya sean de jurisdicción voluntaria o contenciosa (art. 11, ley
10.996)(74). Se tendrá por no presentado y se devolverá al firmante, sin más trámite
ni recursos, todo escrito que debiendo llevar firma de letrado no la tuviese, si dentro
del segundo día de notificada por ministerio de la ley la providencia que exige el

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cumplimiento de ese requisito no fuese suplida la omisión. Ello tendrá lugar
suscribiendo un abogado el mismo escrito ante el secretario o el oficial primero,
quien certificará en el expediente esta circunstancia o por la ratificación que por
separado se hiciere con firma de letrado (art. 57, CPCCN)(75).
5) Concurrir puntualmente a las audiencias que se celebren, en los juicios en
que intervengan(76).
c) Cabe agregar, finalmente, que la legislación provincial, en su mayor parte,
contiene previsiones análogas a las precedentemente señaladas(77).

303. Responsabilidad de los apoderados


a) Con motivo del ejercicio del mandato judicial, los apoderados pueden ser
pasibles de diversos tipos de responsabilidad. Ésta, en efecto, puede ser civil, penal,
fiscal y disciplinaria, según que emerja de la inejecución total o parcial del mandato
(arts. 1319 a 1334, CCiv. y Com.), de la comisión de algún delito (v.gr., art. 271,
CPen.), de la falta de pago o del pago incompleto de los gravámenes judiciales
(v.gr., art. 11, ley 23.898) y de cualquier actitud que implique obstruir el curso de la
justicia o menoscabar la autoridad, dignidad o decoro de los jueces (art. 18, dec.-ley
1285)(78).
b) Algunas leyes provinciales, además, imponían a los apoderados de la parte
condenada en costas la obligación de pagar total o parcialmente el importe de
aquéllas(79), creando de tal suerte un tipo de responsabilidad estrictamente procesal
frente a la otra parte. A esa orientación respondía también el art. 15, ap. 2º, del
anterior Código de Procedimiento Civil de la Capital Federal(80).
El código vigente, apartándose del criterio precedentemente mencionado,
establece, en cambio, que "sin perjuicio de la responsabilidad civil o criminal por el
ejercicio del mandato, el mandatario deberá abonar a su poderdante las costas
causadas por su exclusiva culpa o negligencia, cuando éstas fueran declaradas
judicialmente". Agrega que "el juez podrá, de acuerdo con las circunstancias,
establecer la responsabilidad solidaria del mandatario con el letrado patrocinante"
(art. 52)(81).
La norma transcripta, que cuenta con antecedentes en la legislación provincial(82),
no comporta, en rigor, la creación de una nueva modalidad de responsabilidad
procesal, sino la institución de una forma de hacer efectivo uno de los aspectos de
la eventual responsabilidad civil del apoderado, dentro del mismo proceso en que
dicha responsabilidad se configuró. Dado, en efecto, que los "daños y perjuicios" a
que se refería el art. 1904, CCiv., incluían el reintegro de lo pagado por el mandante
en concepto de costas producidas por culpa o negligencia del mandatario, el citado
art. 52 constituye un medio de evitar la interposición de una pretensión
resarcitoria autónoma tendiente a obtener tal reintegro y a que éste puede
concretarse, a través de la ejecución del pronunciamiento declarativo de la culpa o
la negligencia del apoderado, en el proceso en el cual las costas se originaron. El
fundamento de la norma reside, por lo tanto, en una razón de economía procesal.

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La declaración de culpa o negligencia puede comprender la totalidad de las
costas del proceso, o las ocasionadas con motivo de alguna etapa o acto particular
de aquél (v.gr., caducidad de una prueba)(83).
Finalmente, la responsabilidad solidaria con el letrado patrocinante debe
suponer, por parte de éste, una actitud incompatible con la diligencia que cabe exigir
a una razonable dirección técnica.

304. Alcance del mandato


a) "El poder conferido para un pleito determinado, cualesquiera que sean sus
términos —prescribe el art. 51, CPCCN— comprende la facultad de interponer los
recursos legales y seguir todas las instancias del pleito. También comprende la
facultad de intervenir en los incidentes y de ejercitar todos los actos que ocurran
durante la secuela de la litis, excepto aquellos para los cuales la ley requiera facultad
especial o se hubiesen reservado expresamente en el poder"(84).
La norma es aplicable tanto a los poderes otorgados para intervenir en todos los
procesos iniciados o a iniciarse por o frente al mandante(85)cuanto a los que se
confieren con respecto a uno o más procesos determinados(86).
Las facultades que requieren mención expresa en el poder son las enumeradas
en el art. 375, CCiv. y Com., que constituye la "ley" a que se remite el art. 51,
CPCCN. Por lo tanto, es preciso que el poder contenga la concesión de facultad
especial para: a. peticionar el divorcio, la nulidad de matrimonio, la modificación,
disolución o liquidación del régimen patrimonial del matrimonio; b. otorgar el
asentimiento conyugal si el acto lo requiere, caso en el que deben identificarse los
bienes a que se refiere; c. reconocer hijos, caso en el que debe individualizarse a la
persona que se reconoce; d. aceptar herencias; e. constituir, modificar, transferir
o extinguir derechos reales sobre inmuebles u otros bienes registrables; f. crear
obligaciones por una declaración unilateral de voluntad; g. reconocer o novar
obligaciones anteriores al otorgamiento del poder; h. hacer pagos que no sean los
ordinarios de la administración; i. renunciar, transar, someter a juicio arbitral
derechos u obligaciones, sin perjuicio de las reglas aplicables en materia de
concursos y quiebras; j. formar uniones transitorias de empresas, agrupamientos de
colaboración empresaria, sociedades, asociaciones, o fundaciones; k. dar o tomar
en locación inmuebles por más de tres años, o cobrar alquileres anticipados por más
de un año; l. realizar donaciones, u otras liberalidades, excepto pequeñas
gratificaciones habituales; m. dar fianzas, comprometer servicios personales, recibir
cosas en depósito si no se trata del necesario, y dar o tomar dinero en
préstamo, excepto cuando estos actos correspondan al objeto para el que se otorgó
un poder en términos generales(87); etcétera.
En cambio, no se requiere el otorgamiento de facultades especiales, entre otros
casos(88), para solicitar alimentos(89), para desconocer las firmas de documentos
atribuidos al mandante(90), para pedir la sustitución de un embargo(91)o la verificación
de un crédito en la convocatoria de acreedores de un deudor del mandante(92), para
percibir, en el supuesto de que el poder contenga la facultad de gestionar el cobro
de sumas de dinero que se adeuden al mandante(93), etcétera.

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305. Cesación del mandato
El art. 53, CPCCN, prevé las siguientes causales de cesación de la
representación de los apoderados:
1) Por revocación expresa del mandato en el expediente. En este caso, el
poderdante debe comparecer por sí o constituir nuevo apoderado sin necesidad de
emplazamiento o citación, so pena de continuarse el juicio en rebeldía. La sola
presentación del mandante no revoca el poder(94).
Del inciso precedente se sigue que no es aplicable, en materia procesal, la
revocación tácita del mandato que autorizaba el art. 1972, derogado CCiv., razón
por la cual aquélla sólo puede tenerse por configurada mediante la constitución de
un nuevo apoderado con facultades suficientes para continuar interviniendo en el
mismo asunto, o a raíz de la presentación directa del mandante acompañada de
la expresa manifestación de haber revocado el poder(95). Dado que, por lo tanto, la
revocación extrajudicial del mandato carece de relevancia a los efectos de la norma
mencionada, deben tenerse por válidos los actos procesales realizados por el
mandatario hasta tanto ocurra alguno de los supuestos que aquélla contempla(96).
2) Por renuncia, en cuyo caso el apoderado debe, bajo pena de daños y
perjuicios, continuar las gestiones hasta que haya vencido el plazo que el juez fije al
poderdante para reemplazarlo o comparecer por sí. La fijación del plazo debe
hacerse bajo apercibimiento de continuarse el juicio en rebeldía, y la resolución que
así lo disponga, notificarse por cédula en el domicilio real del mandante(97).
En consecuencia, el apoderado renunciante está obligado a
continuar interviniendo en el proceso hasta el vencimiento del plazo acordado al
mandante, siendo inadmisible, por ejemplo, la suspensión de los plazos procesales
que estuvieren corriendo en el ínterin(98).
3) Por haber cesado la personalidad con que litigaba el poderdante(99). El inciso
contempla la hipótesis de que el mandante haya conferido el poder en su calidad de
representante necesario de otra persona y de que haya cesado el motivo de esa
representación. Tal lo que ocurriría, por ejemplo, en el caso de cesación de la tutela
por haber llegado el pupilo a la mayoría de edad(100).
La ley no prevé expresamente el procedimiento que corresponde observar
cuando ocurre la cesación de la personalidad de quien otorgó el poder. Pensamos,
sin embargo, que acreditada aquella circunstancia, debe citarse al ex representado
para que comparezca al proceso personalmente o por medio de mandatario(101), bajo
apercibimiento de declararlo en rebeldía.
4) Por haber concluido la causa para la cual se le otorgó el poder(102). Este inciso
se refiere, como es obvio, al mandato conferido para actuar en un determinado
proceso.
5) Por muerte o incapacidad del poderdante. En tales casos el apoderado debe
continuar ejerciendo su personería hasta que los herederos o el representante legal
tomen la intervención que les corresponde en el proceso. Mientras tanto,
comprobado el deceso o la incapacidad, el juez debe señalar un plazo para que

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los interesados concurran a estar a derecho, citándolos directamente si se
conocieren sus domicilios o por edictos durante los días consecutivos si no fueren
conocidos, bajo apercibimiento de continuar el juicio en rebeldía en el primer caso y
de nombrarles defensor en el segundo (ap. 1º, inc. 5º)(103).
Para que se opere la cesación de la representación, como consecuencia del
fallecimiento o de la incapacidad sobreviniente del mandante, es preciso, en primer
lugar, que tales circunstancias sean denunciadas y resulten debidamente
comprobadas en el proceso(104). El deber de formular la denuncia incumbe al
apoderado, pero su incumplimiento voluntario no determina la nulidad de las
actuaciones realizadas con posterioridad al fallecimiento o a la incapacidad(105), sino
que genera, como veremos más adelante, otro tipo de consecuencias jurídicas.
En razón de que el código derogado no preveía específicamente el trámite a
observar con posterioridad a la comprobación de la muerte o incapacidad del
demandante, la jurisprudencia consideró, por aplicación de la norma contenida en
el art. 1969 del derogado CCiv., que hasta tanto los herederos o el representante
legal no asumieren la intervención correspondiente, el apoderado se hallaba
habilitado para realizar todos aquellos actos procesales que no admitiesen demora.
La doctrina judicial sobre el punto no era sin embargo uniforme, ya que mientras
algunos fallos se atenían a la índole que, en cada caso particular, revestía el acto(106),
otros calificaban como acto urgente a todo el trámite de un proceso ya iniciado(107).
El criterio adoptado por el art. 53, inc. 5º, del código vigente, por el contrario,
supera el riesgo de inseguridad jurídica que supone dejar librado a la
discrecionalidad judicial el carácter de cada acto o conjunto de actos procesales,
e instituye una clara directiva de orden, como la de prever un lapso dentro del cual
subsiste plenamente la personalidad del apoderado, cualquiera que sea la índole de
los actos o los trámites de que se trate. El arbitrio del juez queda de tal manera
circunscripto a la determinación de la duración del plazo que corresponde conceder
a los interesados (herederos o representante legal) para que concurran a estar a
derecho, a cuyos efectos debe aquél tener en cuenta, primordialmente, el estado en
que se encuentre el proceso al momento de verificarse la muerte o la incapacidad
del poderdante, en forma tal de facilitar la ulterior actuación procesal de quienes
fueron citados a comparecer.
"Cuando el deceso o la incapacidad hubieren llegado a conocimiento del
mandatario —dispone el ap. 2º, inc. 5º, art. 53—, éste deberá hacerlo presente al
juez o tribunal dentro del plazo de diez días, bajo pena de perder el derecho a cobrar
los honorarios que se devengaren con posterioridad. En la misma sanción incurrirá
el mandatario que omita denunciar el nombre y el domicilio de los herederos o del
representante legal, si los conociere"(108).
En consecuencia, si bien no procede invalidar la actuación procesal del
mandatario posterior a la muerte o a la incapacidad del poderdante, la omisión
voluntaria de formular la pertinente denuncia trae aparejada la pérdida del derecho
a percibir los honorarios correspondientes a esa actuación.
6) Por muerte o inhabilidad del apoderado. Producido el caso, se suspende la
tramitación del juicio y el juez debe fijar al mandante un plazo para que comparezca
por sí o por nuevo apoderado, citándolo en la forma dispuesta en el caso de muerte
o incapacidad del poderdante, es decir, por cédula o por edictos. Vencido el plazo
fijado sin que el mandante satisfaga el requerimiento, corresponde que el juicio
continúe en rebeldía(109).

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Cuando se configuran los eventos mencionados por el inc. 6º, la cesación del
mandato se produce ipso facto, por cuanto desaparece o pierde capacidad procesal
la persona con quien deben entenderse todas las diligencias del proceso; de allí que,
a partir de ese momento, se justifique la suspensión de los plazos procesales y sean
susceptibles de nulidad los actos realizados hasta que se produzca el vencimiento
del plazo acordado al mandante para comparecer al proceso, siempre, desde luego,
que no se compruebe que éste haya omitido, voluntariamente, denunciar la muerte
o la incapacidad de su mandatario(110).
La suspensión de los plazos, en consecuencia, debe tenerse por configurada, de
hecho, desde el momento en que se produjo la muerte o la incapacidad, hasta el
momento en que, de las constancias del proceso, surja que el mandante tuvo
conocimiento de aquellas circunstancias, las haya o no denunciado. En cambio, la
suspensión debe ser expresamente declarada en la hipótesis de que la muerte o
la incapacidad sea denunciada por la otra parte o resulte de las constancias
del expediente, debiéndosele acordar efecto retroactivo a la fecha en que aquellos
hechos se produjeron.
Consideramos que en el supuesto de que la denuncia sea formulada por el
poderdante, la suspensión sólo debe ser decretada con relación al tiempo
transcurrido entre la fecha de la muerte o la incapacidad y el momento de la
denuncia, salvo que aquél pidiere expresamente la prolongación de la suspensión
si mediara alguna circunstancia que imposibilitara o entorpeciera su actuación
procesal inmediata (por carecer, v.gr., de elementos de juicio que se encontraban
en poder del mandatario).
En el caso precedentemente examinado es innecesaria la concesión de un plazo,
ya que la presentación de la parte denunciando la muerte o la incapacidad equivalen
a la comparecencia a que se refiere la norma analizada.
La ley 22.434(111)no sólo previó las mismas causales de cesación de la
representación contempladas por el art. 53, CPCCN, en su versión originaria
(revocación expresa; renuncia; cese de la personalidad con que litigaba el
poderdante; conclusión de la causa para la cual se le otorgó el poder; muerte
o incapacidad del poderdante y muerte o inhabilidad del apoderado), sino que
reprodujo el texto del mencionado artículo introduciendo, en su inc. 5º, un párrafo
carente de mayor relevancia.
Al referirse a los casos de muerte o incapacidad del poderdante, en
efecto, expresaba el inc. 5º que el apoderado continuará ejerciendo su personería
hasta que los herederos o el representante legal tomen la intervención que les
corresponda en el proceso, en tanto que la ley 22.434 agregó: o venza el plazo fijado
en este mismo inciso. Sin embargo, la norma nunca pudo interpretarse en el sentido
de que la cesación de la personería se halla supeditada a la efectiva comparecencia
de los herederos o del representante legal del poderdante, pues revistiendo los
plazos legales o judiciales carácter perentorio (art. 155, párr. 1º, CPCCN), su solo
vencimiento determina, en forma automática, la caducidad de la facultad procesal
para cuyo ejercicio se conceden.

306. Sustitución del mandato

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a) El art. 377, CCiv. y Com., autoriza al mandatario para sustituir en otro la
ejecución del mandato, pero lo responsabiliza de la persona que ha sustituido
cuando no ha recibido el poder de hacerlo o cuando, habiendo recibido ese poder,
sin designación de la persona en quien podía sustituir, hubiese elegido a una
persona notoriamente incapaz o insolvente.
b) Con anterioridad a la vigencia de la ley 14.237, la jurisprudencia se había
pronunciado por la inadmisibilidad de la sustitución que no hubiese sido prevista en
el poder, pues tal era la solución establecida por las Leyes de Partidas (ley 19, título
V, Partida 3), aplicable al caso en virtud de lo que disponía el art. 814 del código
derogado con relación a la vigencia de las leyes españolas anteriores a la legislación
patria. Luego de la promulgación de la ley 14.237, cuyo art. 95 derogó la citada
disposición del código, la jurisprudencia se orientó en el sentido de que el
mandatario judicial está facultado para sustituir el mandato, aunque no se le hubiere
acordado tal prerrogativa en el poder, pues el alcance general con que se hallaba
concebido el art. 1924 del derogado CCiv., no permitía distinguir entre mandatos
para estar en juicio o fuera de él(112).
c) Se ha resuelto, asimismo, que el mandatario que ha sustituido el mandato en
favor de un tercero no pierde su condición de tal, por cuanto el art. 1925 del derogado
CCiv., lo autorizaba para revocar la sustitución cuando lo juzgara conveniente y le
imponía el deber de vigilar el ejercicio de los poderes conferidos al sustituto(113).

307. Ratificación del mandato


a) En virtud de que, en el orden civil (art. 369, CCiv. y Com.), la ratificación suple
el defecto de representación, no existe razón, frente a la inexistencia de una norma
prohibitiva, que impida extender dicho principio al ámbito de las representaciones
judiciales(114).
b) Dada la señalada equivalencia, la ratificación tiene como efecto subsanar las
deficiencias o la ausencia de representación y convalidar retroactivamente los actos
realizados con anterioridad(115). Pero aquélla debe resultar de actos inequívocos,
careciendo de relevancia jurídica las actitudes confusas o dudosas (arts. 369, 370 y
371, CCiv. y Com.)(116).
c) Corresponde destacar, finalmente, que la ratificación debe tener lugar con
anterioridad al vencimiento de los plazos dentro de los cuales el acto o actos
procesales debieron realizarse, pues de lo contrario se afectaría el efecto preclusivo
de las distintas etapas del proceso(117).
Con relación al caso del gestor, ya hemos señalado (supra, nro. 298) que la
ratificación debe tener lugar, bajo pena de nulidad, dentro del plazo previsto por el
art. 48, CPCCN.

308. Unificación de la personería(118)

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A) Concepto y fundamento
a) La unificación de la personería es el acto mediante el cual, en los supuestos
de intervenir con carácter autónomo varios actores o demandados vinculados, sin
embargo, por un interés común, se designa a un apoderado único para que asuma
la representación procesal de todos ellos. Supone, por lo tanto, un estado
litisconsorcial activo o pasivo, la actuación independiente de cada uno de los
litisconsortes y una comunidad de intereses entre éstos.
Se trata de un supuesto distinto del contemplado por el art. 1899 del derogado
CCiv., pues éste se refería al caso de que una parte hubiese instituido en un
mismo instrumento a dos o más representantes. Cabe agregar, sin embargo, que en
la hipótesis de no configurarse alguna de las excepciones que dicha norma
establecía a la regla general de que si "se hubiesen nombrado dos o más
mandatarios, entiéndese que el nombramiento fue hecho para ser aceptado por uno
solo de los nombrados", no correspondía hablar, en rigor, de "unificación de
representación", como suele hacerse(119)—ya que difícilmente puede establecerse
un distingo conceptual entre "unificación de representación" y "unificación de
personería"—, sino de "falta de personería" en los apoderados que se presentan en
forma conjunta.
b) Si bien con anterioridad a la promulgación de la ley 14.237 no existía, en el
orden procesal nacional, ninguna norma que instituyese la unificación de personería
con carácter general, la jurisprudencia la había admitido ya fuere por aplicación del
art. 52, Código de Procedimiento derogado, que imponía a los jueces el deber de
mantener el "buen orden en los juicios"(120), ya por interpretación extensiva de las
normas contenidas en los arts. 633 y 722 del mismo ordenamiento (relativos,
respectivamente, al pedido de partición por los sucesores del heredero fallecido y a
la oposición a la apertura del concurso civil formulada por varios acreedores)(121), o
mediante la aplicación subsidiaria de las reglas establecidas sobre el punto en las
antiguas leyes españolas (ley 3, título 2, libro 2 del Fuero Juzgo y ley 6, título 1, libro
2 del Fuero Real), vigentes entonces en virtud de lo dispuesto en el art. 814 del
código(122).
El art. 13, ley 14.237, recogió sustancialmente las conclusiones de esa
jurisprudencia, y el mismo criterio ha sido adoptado por el Código, cuyo art. 54
establecía lo siguiente: "Cuando actuaren en el proceso diversos litigantes con
un interés común, el juez de oficio o a petición de parte y después de contestada la
demanda, les intimará que unifiquen la representación siempre que haya
compatibilidad en ella, que el derecho o el fundamento de la demanda sea el mismo
o iguales las defensas. A ese efecto, fijará una audiencia dentro de los diez días y
si los interesados no concurriesen o no se aviniesen en el nombramiento del
representante único, el juez lo designará eligiendo entre los que intervienen en el
proceso. La unificación no podrá disponer si tratándose de un juicio ordinario, las
partes, en el mismo acto, no llegaren a un acuerdo sobre la persona que ha de
asumir la dirección letrada. Producida la unificación, el representante único tendrá,
respecto de sus mandantes, todas las facultades inherentes al mandato"(123).
De los términos de la norma precedentemente transcripta(124)se infiere, con
claridad, que la unificación de la personería es admisible en cualquiera de las

51 
 
modalidades que puede presentar el litisconsorcio y que el fundamento de
la institución reside en la necesidad de evitar la profusión de trámites y el
consiguiente desorden procesal que es susceptible de traer aparejado la
actuación independiente de cada uno de los litisconsortes (multiplicidad de
traslados, notificaciones, etc.).
Pero la norma que analizamos también es clara en el sentido de que no es
suficiente, para que proceda la unificación, la mera circunstancia de existir pluralidad
de partes actoras o demandadas; es indispensable, además, que los litisconsortes
se hallen vinculados por un interés común o compatible(125). Por lo tanto, la
unificación no sería admisible si no existiese compatibilidad entre la causa y el objeto
de las pretensiones interpuestas por los litisconsortes, o uno o algunos de éstos
hubieren invocado defensas opuestas a las de los restantes. Pero cuando media
un interés común, extremo que en cada caso queda reservado a la apreciación del
juez, no es óbice a la unificación el hecho de que los litisconsortes demandados, por
ejemplo, no hayan contestado la demanda en forma absolutamente coincidente(126),
pues no es menester atenerse a la total identidad entre el contenido de las
pretensiones o de las oposiciones, sino a su compatibilidad.
Debe agregarse que la jurisprudencia anterior a la sanción de la ley 14.237
dejaba a salvo, como razón que podría obstar a la unificación de la personería, pese
a mediar el requisito del interés común, la existencia de "motivos especiales" que
impusiesen o aconsejasen la actuación procesal autónoma de los litisconsortes(127),
habiéndose considerado incluido entre esos motivos, por ejemplo, el hecho de
resultar evidenciado un estado de tirantez en las relaciones personales de
aquéllos(128).
Consideramos que, aun en presencia de una norma que, como la del art. 54,
CPCCN, no da literalmente cabida a ese tipo de excepciones, no puede
desconocerse a los jueces un razonable margen del arbitrio para denegar la
unificación cuando, por las circunstancias especiales del caso, concurren razones
de orden que así lo aconsejan(129).
Entendemos, asimismo, que la procedencia de la unificación debe juzgarse con
criterio restrictivo, en forma tal que, aun mediando los presupuestos previstos por la
ley, corresponde declararla inadmisible cuando el número de litisconsortes no es lo
suficientemente elevado como para obstaculizar el adecuado orden del proceso(130).
Cabe agregar, finalmente, que la unificación de la personería es pertinente en
cualquier clase de proceso, con la variante de que, en el proceso ordinario, su
admisibilidad se halla condicionada al avenimiento de los interesados con respecto
a la dirección letrada.

B) Oportunidad
La unificación de la personería puede disponerse en cualquier estado del
proceso, pero siempre con posterioridad a la contestación de la demanda(131). Tal es
la solución que consagra el art. 54, cuyo fundamento radica en la consideración de
que es recién a partir de esa oportunidad procesal en que el juez se encuentra en

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condiciones de comprobar si existe la necesaria compatibilidad de intereses que
constituye uno de los presupuestos esenciales de la unificación(132).
Si se trata de un juicio ejecutivo, consideramos que la unificación de la personería
debe decretarse con posterioridad a la oposición de las excepciones(133).

C) Procedimiento
a) Sea que el juez haya dispuesto, prima facie, la admisibilidad de la unificación
o que haya mediado petición de parte favorablemente proveída, aquél debe fijar
una audiencia a celebrarse dentro de los diez días de dictada la correspondiente
resolución, citando a ella a los litisconsortes que se encuentren vinculados por
un interés común(134). La convocatoria a dicha audiencia debe considerarse hecha
bajo apercibimiento de celebrarse con cualquiera de los litisconsortes que
concurran, de acuerdo con la regla general contenida en el art. 125, inc. 3º,
CPCCN(135), siendo irrecurrible, en razón de no causar gravamen irreparable, la
resolución que dispone la comparecencia de los interesados(136). No corresponde,
en cambio, que la notificación de la audiencia sea hecha personalmente o por
cédula, por cuanto no se trata de una resolución comprendida en la enunciación del
art. 135, CPCCN.
b) Abierta la audiencia, debe comenzarse por conceder la palabra a los
litisconsortes que deseen oponer objeciones respecto de la admisibilidad de la
unificación, pues la resolución mediante la cual se dispone la convocatoria no implica
un juicio definitivo, sino prima facie, sobre dicha cuestión. Una vez resuelta la
admisibilidad de la unificación y siempre que hayan concurrido a la audiencia todos
los que fueron citados, corresponde acordarles la posibilidad de que se pongan de
acuerdo acerca de la designación del representante único. En el supuesto de que
los litisconsortes no lleguen a un acuerdo unánime, la designación del representante
debe ser hecha por el juez, ya que los términos en que se halla concebida la norma
contenida en el art. 54, CPCCN, no justifican la solución aceptada por los tribunales
con anterioridad a la promulgación de la ley 14.237, de que en el nombramiento
debía prevalecer la opinión de la mayoría(137), sin perjuicio, no obstante, de que dicha
opinión sea especialmente computada por el juez cuando no exista una razón
fundada para apartarse de ella(138). Por consiguiente, y en síntesis, bastará que
cualquiera de las partes no concurra a la audiencia designada o que, habiendo
concurrido todos los citados, no arriben en ella a un acuerdo unánime, para que la
designación del representante único quede librada al arbitrio del juez.
c) En virtud de la regla general contenida en el art. 34, inc. 5º, ap. I), CPCCN, el
nombramiento del representante debe efectuarse en la misma audiencia. Asimismo,
a partir de la fecha en que ésta se ha celebrado comienza a correr el plazo para
deducir recurso de apelación contra lo decidido en ella acerca de la admisibilidad de
la unificación. Consentido, en cambio, el pronunciamiento relativo a dicha
admisibilidad, es irrecurrible la decisión adoptada acerca de la persona a quien se
confiere la calidad de representante único, pues se trata de una cuestión librada al
arbitrio del juez(139). La regla, sin embargo, admitiría excepción en la hipótesis de
que éste se hubiese apartado, en la designación, del procedimiento establecido por
el art. 54.

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d) Dado que, en el caso de que los interesados no concurran a la audiencia o no
se avengan en el nombramiento del representante único, el juez debe designarlo
"entre los que intervienen en el proceso"; no cabe la designación de un extraño al
proceso(140), aun cuando se trate de un profesional inscripto en la matrícula de
procuradores(141).
Asimismo, en virtud de que el nombramiento debe recaer forzosamente en un
profesional que se encuentre inscripto en la matrícula (ya que el código no ha
alterado en este punto el régimen general instituido por la ley 10.996)(142), en el
supuesto de que todos los litisconsortes actúen personalmente o por medio de
representantes necesarios resultaría excluida, en principio, la posibilidad misma de
la unificación. Pensamos, sin embargo, que si ésta fuese realmente indispensable
para lograr el buen orden del proceso, el juez estaría habilitado para instituir como
representante único a uno de los letrados patrocinantes que se encuentre inscripto
en la matrícula de procuradores. Se trataría, a nuestro juicio, de una solución de
orden que encuentra suficiente respaldo en el sentido de la norma analizada.
e) Según se ha visto, el art. 54, CPCCN (ap. 2º), condicionaba la admisibilidad
de la unificación de la personería, en el proceso ordinario, al requisito de que las
partes, en el acto de la audiencia, lleguen a un acuerdo acerca de la persona que
ha de asumir la dirección letrada(143).
Por lo que concierne a esta materia(144)la ley 22.434 se limitó a reproducir, con
una leve corrección gramatical ("les intimará que" por "les intimará a que"), el texto
del art. 54, CPCCN.
Con buen criterio, sin embargo, eliminó el segundo apartado de dicha norma,
según el cual la unificación no podrá disponerse si tratándose de un juicio ordinario,
las partes en el mismo acto no llegaren a un acuerdo sobre la persona que ha de
asumir la dirección letrada. Se trataba, sin duda, de una solución injustificada
e inconveniente; en primer lugar, porque no existía razón alguna para introducir
una excepción de esa naturaleza en relación con un tipo de proceso que perdió el
carácter común que presentaba con anterioridad a la vigencia del Código Procesal
Civil y Comercial de la Nación, ya que éste sujetó la sustanciación de los conflictos
más frecuentes al trámite de los denominados procesos sumario y sumarísimo (arts.
320 y 321), encontrándose en la actualidad, a raíz del sistema instituido por la ley
25.488, virtualmente asimilado al primero de ellos, y, en segundo lugar, porque dejó
librada a la voluntad de cualquiera de los litisconsortes, que
puede incluso exteriorizarse en la mera actitud de no comparecer a la audiencia
correspondiente, la posibilidad de frustrar sin ningún motivo el funcionamiento de
una institución que concierne, primordialmente, al ordenado desarrollo del proceso.
Por consiguiente, la unificación puede disponerse actualmente en cualquier clase de
proceso contencioso.
Desde luego que no puede ocultarse, por un lado, la anomalía que implica la
representación única y el patrocinio letrado plural ni, por otro lado,
los inconvenientes y los riesgos inherentes a la unificación de la dirección letrada.
Cuadra entender, no obstante, que frente a los indiscutibles beneficios que reporta
la unificación de la personería la solución debe consistir, en todos los casos, en
conferir dicha dirección al letrado que actuaba como patrocinante de quien es
designado representante único de los litisconsortes(145), sin perjuicio de que pueda
acordarse la dirección letrada al representante único, en el caso de que éste posea
título de abogado.

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D) Título habilitante y facultades del representante único
a) Por aplicación de lo dispuesto en los arts. 1870, 1873 y 979 del derogado
CCiv., se decidió que la resolución que designa al representante común constituía
suficiente título habilitante a los efectos de la ulterior actuación procesal de aquél(146).
Entendemos, sin embargo, que hallándose actualmente reglamentada la
unificación de la personería, dicha conclusión encuentra fundamento normativo
suficiente en las disposiciones contenidas en los arts. 54 y 55, CPCCN, que
establecen, implícitamente, una solución opuesta a la del art. 1184, inc. 7º del
derogado CCiv., autorizada por el art. 1870, inc. 6º, del mismo código(147).
Resulta innecesario, por otra parte, que el representante único acepte
formalmente el cargo, ya que la resolución que lo designa en tal carácter equivale a
la presentación del poder y admisión de la personería a que se refiere el art. 49. Ello,
desde luego, sin perjuicio de la renuncia que aquél puede formular antes de realizar
cualquier acto procesal en representación de los litisconsortes.
b) El último apartado del art. 54 dispone, como hemos visto, que una vez
producida la unificación el representante designado tiene, respecto de sus
mandantes, todas las facultades inherentes al mandato. Ello significa que queda
habilitado para realizar todos los actos procesales que no requieran facultades
especiales, salvo que éstas le hayan sido conferidas por los litisconsortes y consten
en la resolución que le discierne la representación (arg. art. 51). Pueden aquéllos,
asimismo, limitar expresamente las facultades del representante común.
Obviamente, éste asume también los deberes y las responsabilidades que las
leyes imponen a los mandatarios (v.gr., arts. 50 y 52, CPCCN y disposiciones
contenidas en la ley 10.996 y en el Código Civil y Comercial)(148).
Cabe agregar, finalmente, que la actuación del representante único no
es incompatible con la representación que incumbe al ministerio pupilar (art. 103,
CCiv. y Com.) ni con la intervención del defensor oficial(149).

E) Revocación y cesación de la representación común


a) Una vez efectuado el nombramiento común, éste puede revocarse de dos
maneras: por acuerdo unánime de los litisconsortes representados o por decisión
del juez dictada a petición de uno de ellos; "siempre que en este último caso hubiere
motivo que lo justifique" (art. 55, párr. 1º, CPCCN)(150).
En el primer supuesto, la revocación no requiere fundamento alguno: basta la
manifestación de voluntad unánime de los litisconsortes, que puede exteriorizarse
mediante un escrito en el cual designen a otro representante o se limiten a revocar
el mandato y solicitar la fijación de una nueva audiencia.
En el segundo caso es necesaria la invocación de alguna causa que justifique la
separación del representante. Antes de resolver acerca de la admisibilidad de la

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revocación, el juez debe oír a aquél y a los restantes litisconsortes, disponiendo la
apertura a prueba del incidente si fuere menester. En el supuesto de admitirse la
revocación procede observar, a los efectos de la designación de un nuevo
representante, el procedimiento anteriormente analizado.
El art. 55, segunda parte, del párr. 1º, establece que "la revocación no producirá
efectos mientras no tome intervención el nuevo mandatario". De acuerdo con
una interpretación estrictamente literal de esta disposición, resultaría que cualquiera
que sea la forma en que se verifique la revocación, el representante designado en
primer término debe continuar interviniendo hasta tanto comparezca el nuevo
representante. Consideramos, sin embargo, que tal solución normativa sólo rige en
el caso de revocación pedida por uno o algunos de los litisconsortes, pues la
hipótesis de revocación por acuerdo unánime puede importar la exteriorización de
una pérdida de confianza que resulta incompatible, ciertamente, con la continuidad
de la representación.
b) En general, la representación unificada cesa cuando se configuran las
causales previstas en el art. 53, CPCCN, aunque con la variante introducida por el
art. 55 en materia de revocación y de que la muerte o la incapacidad sobreviniente
de algún litisconsorte no determina la cesación del mandato(151).
Un caso particular de cesación de la unificación hállase contemplado por el último
apartado del art. 55, según el cual "aquélla se dejará sin efecto cuando
desaparecieren los presupuestos mencionados en el primer párrafo del artículo
anterior".
La norma transcripta se refiere a los casos en que la unificación de la personería
pierde su razón de ser, lo cual puede ocurrir cuando desaparece la situación
litisconsorcial que la motivó(152)o cuando, a pesar de subsistir dicha situación, los
litisconsortes adoptan posiciones procesales opuestas o antagónicas,
desapareciendo, por lo tanto, el interés común que los ligaba.

III. LA REPRESENTACIÓN NECESARIA

309. Plan expositivo


Ya hemos señalado (supra, nro. 296) que la representación necesaria funciona
como medio de suplir la incapacidad procesal o la ausencia de las personas
humanas, o el impedimento de hecho que se opone a la comparecencia de
la multiplicidad de individuos que integran las entidades sólo dotadas de existencia
jurídica.
A continuación, se analizarán las diversas modalidades de representación
necesaria que prevé el ordenamiento jurídico vigente, diferenciándolas sobre la base
de que dicho tipo de representación se ejerza respecto de personas humanas o de
personas jurídicas.

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Como observación de carácter general, cabe señalar, sin embargo, que las leyes
argentinas reconocen a los representantes necesarios capacidad de postulación
procesal, es decir, la facultad de actuar en juicio personalmente, en nombre de sus
representados, sin necesidad de poseer título profesional ni de hallarse inscriptos
en las respectivas matrículas de procuradores.

310. Representación de las personas humanas


Corresponde, al respecto, examinar separadamente las situaciones derivadas de
la incapacidad y de la ausencia.

A) Representación de los incapaces


Con relación a la primera de dichas situaciones, la ley acuerda representantes
necesarios a las personas por nacer, a los menores no emancipados, a las personas
con capacidad restringida e inhabilitados, y a los penados que se encuentren en las
condiciones del art. 12, CPen.
a) Son representantes de los incapaces, según refiere el art. 101, CCiv. y Com.:
a. de las personas por nacer, sus padres; b. de las personas menores de edad no
emancipadas, sus padres. Si faltan los padres, o ambos son incapaces, o están
privados de la responsabilidad parental, o suspendidos en su ejercicio, el tutor que
se les designe(153); c. de las personas con capacidad restringida, el o los apoyos
designados cuando, conforme a la sentencia, éstos tengan representación para
determinados actos; de las personas incapaces en los términos del último párrafo
del artículo 32, el curador que se les nombre"(154).
A ello debe sumarse la actuación acordada al ministerio pupilar que, a partir de
lo que contempla el art. 103, CCiv. y Com., posee las siguientes características:
"Actuación del Ministerio Público. La actuación del Ministerio Público respecto de
personas menores de edad, incapaces y con capacidad restringida, y de aquellas
cuyo ejercicio de capacidad requiera de un sistema de apoyos puede ser, en el
ámbito judicial, complementaria o principal. a. Es complementaria en todos los
procesos en los que se encuentran involucrados intereses de personas menores de
edad, incapaces y con capacidad restringida; la falta de intervención causa la
nulidad relativa del acto. b. Es principal: i. cuando los derechos de los representados
están comprometidos, y existe inacción de los representantes; ii. cuando el objeto
del proceso es exigir el cumplimiento de los deberes a cargo de los representantes;
iii. cuando carecen de representante legal y es necesario proveer la representación.
En el ámbito extrajudicial, el Ministerio Público actúa ante la ausencia, carencia
o inacción de los representantes legales, cuando están comprometidos los derechos
sociales, económicos y culturales" (supra, nº 83).
b) La representación legal de la mujer por el marido desapareció con la sanción
de la ley 11.357, cuyo art. 2º, inc. 2º, g) autorizaba a aquélla para estar en juicio en

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causas civiles que afecten su persona o sus bienes o a la persona o bienes de sus
hijos. El punto había sido reafirmado por el art. 3º de la ley 17.711.
Hoy, la cuestión se encuentra absolutamente superada, no existiendo diferencia
alguna entre la actuación de cualquiera de los cónyuges —sin que importe el sexo
de éstos—.
c) Los condenados a más de tres años de reclusión o prisión quedan sujetos a la
curatela establecida por el Código Civil para los incapaces (art. 12, CPen.). Al
curador designado incumbe la representación procesal del condenado en todos los
procesos que tengan por objeto pretensiones de contenido patrimonial o derivadas
del ejercicio de la patria potestad (supra, nro. 292, B], 5º]). Dicha representación, en
cambio, no tiene lugar cuando se trata de pretensiones fundadas en los restantes
derechos inherentes a su persona.
La figura, ante el cambio de paradigma en lo que hace a la capacidad de ejercicio
de derechos de las personas, se encuentra hoy profundamente cuestionada. Al
punto de que ya existen pronunciamientos que declaran su inconstitucionalidad por
restringir innecesariamente la capacidad de las personas privadas de la libertad.
d) Interesa recordar que, como regla general, en el caso de que los intereses de
los incapaces estuviesen en oposición con los de sus representantes legales
(padres, tutores o curadores), éstos deben dejar de intervenir en el proceso
correspondiente y el juez, designar un curador especial o ad litem para que asuma
la representación (arts. 61 y 397, derogado CCiv. y 109, CCiv. y Com.)(155).
Además de por sus representantes necesarios, los incapaces deben ser
representados en juicio por el Ministerio de Menores, aunque, según lo señalamos
oportunamente (supra, nro. 274), la intervención procesal de los funcionarios de
dicho ministerio no es pertinente cuando los padres actúan por sus hijos menores
en ejercicio del cuidado personal, salvo que los poderes de aquéllos se encuentren
limitados o sujetos a intervención judicial, como ocurre en los supuestos
contemplados por los arts. 278, 282, 285, 294, etc., del derogado CCiv.(156).
Corresponde destacar, asimismo, que mientras los padres pueden estar en juicio
por sus hijos menores como podrían hacerlo por sí mismos, los tutores o los
curadores requieren autorización judicial para interponer u oponerse a pretensiones,
en representación de sus pupilos o curados, cuando aquéllas versen sobre alguno
de los actos enumerados en el art. 121, CCiv. y Com.
e) Finalmente, si bien la declaración de quiebra no constituye una causal de
verdadera incapacidad, trae aparejado el desapoderamiento del deudor y priva a
éste de capacidad procesal para actuar en los procesos que tengan por objeto
pretensiones relativas a los bienes sujetos a la ejecución colectiva, debiendo
hacerlo, en calidad de representante necesario, el síndico o el liquidador que se
designe en el correspondiente proceso universal(157).

B) Representación de los ausentes


a) En lo que atañe a la ausencia judicial declarada, ella no importa un supuesto
de incapacidad, como erróneamente lo calificaba el art. 54, inc. 5º, CCiv. (hoy

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derogado), sino la imposibilidad material de comparecer judicialmente en que se
encuentra la persona respecto de quien concurren los presupuestos legales que
condicionan la declaración de ausencia(158); de allí que el ordenamiento jurídico
organice un sistema de representación necesaria del ausente, la que perdura hasta
tanto, si se da el caso, recaiga declaración judicial relativa al fallecimiento presunto
de aquél y sus herederos reciban los bienes.
b) Acerca de la cuestión en examen corresponde distinguir, en primer lugar, dos
situaciones: 1) La de la persona que ha desaparecido del lugar de un domicilio o
residencia, sin que de ella se tenga noticias y sin haber dejado apoderado, o cuyos
poderes sean insuficientes, no desempeñe convenientemente el mandato o éste ha
caducado (art. 15, ley 14.394). 2) La de la persona respecto de quien quepa la
presunción de que ha fallecido, sea en razón de su ausencia del lugar de su domicilio
o residencia sin que de ella se tengan noticias por el término de tres años (art. 22,
ley citada), sea a raíz de haberse encontrado en el lugar en que se produjo una
catástrofe (incendio, terremoto, etc.) susceptible de ocasionar la muerte, o en una
nave o aeronave naufragada o perdida, y no se tengan noticias de su existencia por
el término de dos años y de seis meses, respectivamente (art. 23, incs. 1º y 2º, de
la ley citada).
En el primer supuesto, el presunto ausente debía ser representado, en el proceso
declarativo de la ausencia, por el defensor oficial o por el defensor ad litem que el
juez designara(159), sin perjuicio de la intervención que incumbía al ministerio público
pupilar, a quien el art. 18, ley 14.394, asignaba el carácter de "parte necesaria en el
juicio"(160). El defensor interviniente no sólo tenía la misión de representar al
presunto ausente en dicho proceso, sino en todos los procesos que se iniciaren con
anterioridad a la designación del curador y tuvieren por objeto
pretensiones interpuestas frente a aquél (art. 20, párr. 2º, de la ley citada). Una vez
dictado el pronunciamiento declarativo de la ausencia y designado el curador, a éste
correspondía la representación necesaria del ausente en los procesos que versen
sobre pretensiones de carácter patrimonial, ya que la curatela se hallaba limitada a
los bienes. Si se trata de procesos que tengan por objeto otro tipo de pretensiones,
la representación debía ser ejercida por el defensor(161).
En la hipótesis de fallecimiento presunto, una vez justificados los extremos
legales y la realización de diligencias tendientes a la averiguación de la existencia
del ausente, el juez debía proceder a la designación de un defensor de aquél, que
podía o no recaer en el defensor oficial, y de un curador de los bienes siempre que
no hubiese mandatario con poderes suficientes, incluso el que prevé el art. 19, o
cuando por cualquier causa aquél no desempeñase convenientemente el mandato.
En razón de que en la hipótesis que estamos analizando la designación de los dos
representantes debía efectuarse en forma conjunta, cabe concluir que la
representación del defensor comprendía el proceso declarativo del día del
fallecimiento presunto y los procesos de contenido extrapatrimonial. En los restantes
procesos, el presunto ausente debía ser representado por el curador, cuya
personería subsistía hasta tanto los herederos entrasen en posesión de los bienes
de la persona cuyo fallecimiento presunto se ha declarado.
c) Las dos hipótesis precedentemente enunciadas se diferencian de la situación
que contempla el art. 343, CPCCN(162), con respecto a la citación de personas cuyo
domicilio o residencia se ignore, ya que estas últimas circunstancias no implican
necesariamente la ausencia, sea simple o con presunción de fallecimiento. De
acuerdo con la norma citada, la representación necesaria de esas
personas incumbe en todo caso al defensor oficial(163), quien "deberá tratar de hacer

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llegar a conocimiento del interesado la existencia del juicio y, en su caso, recurrir de
la sentencia" (ap. 2º).
Finalmente, aunque la ausencia judicialmente declarada no comporta un
supuesto de incapacidad, la ley 14.394instituía un sistema de representación que
subsistía hasta la declaración de fallecimiento presunto.
d) Hoy, el Código Civil y Comercial unificado prevé lo siguiente: "Procedimiento.
Curador a los bienes. El juez debe nombrar defensor al ausente o dar intervención
al defensor oficial, y citar a aquél por edictos una vez por mes durante seis meses.
También debe designar un curador a sus bienes, si no hay mandatario con poderes
suficientes, o si por cualquier causa aquél no desempeña correctamente el mandato.
La declaración de simple ausencia no constituye presupuesto necesario para la
declaración de fallecimiento presunto, ni suple la comprobación de las diligencias
realizadas para conocer la existencia del ausente" (art. 88) y "Declaración del
fallecimiento presunto. Pasados los seis meses, recibida la prueba y oído el
defensor, el juez debe declarar el fallecimiento presunto si están acreditados
los extremos legales, fijar el día presuntivo del fallecimiento y disponer la inscripción
de la sentencia" (art. 89).

311. Representación de las personas jurídicas


Las personas jurídicas deben ser necesariamente representadas, en razón de su
naturaleza y composición, por los órganos de gestión instituidos en sus leyes o
estatutos (art. 150, CCiv. y Com.). Estudiaremos sucesivamente el régimen de
representación aplicable a las personas jurídicas públicas y privadas.

A) Personas jurídicas públicas


a) En lo que concierne a éstas debe comenzarse por señalar que la
representación judicial del Estado nacional y de sus entes descentralizados
corresponde, siempre que no existan disposiciones que establezcan un régimen
especial: 1) En la Capital Federal, a los letrados dependientes de los servicios
jurídicos de los respectivos Ministerios, Secretarías de Estado, reparticiones o entes
descentralizados(164). 2) En el interior de la República, cuando el
organismo interesado carezca, en el lugar, de los servicios jurídicos mencionados,
a los procuradores fiscales federales(165)y, en su defecto, a los letrados designados
especialmente, dándose preferencia a funcionarios de entidades oficiales. 3) Al
procurador del Tesoro de la Nación, cuando el Poder Ejecutivo lo estimare
conveniente (art. 1º, ley 17.516)(166).
De acuerdo con lo dispuesto en el art. 2º de la ley citada, la representación
precedentemente referida bajo los números 1 y 2 debe ejercerse en todas
las instancias. En los casos en que la defensa del Estado corresponda a los
procuradores fiscales federales resulta aplicable el régimen instituido por la ley

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3367 y concordantes(167), debiendo los fiscales de Cámara y los procuradores
fiscales de la Corte Suprema de Justicia ajustarse a las instrucciones que hayan
impartido o impartan el Poder Ejecutivo, los Ministerios, Secretarías de Estado,
reparticiones o entes descentralizados y, en defecto de ellas, desempeñar su
cometido en la forma que mejor contemple los derechos confiados a su custodia
conforme a las disposiciones legales aplicables. En el supuesto de que la defensa
se ejerza en el interior de la República en cualquiera de las formas señaladas bajo
el número 2 (es decir, por los procuradores fiscales o por letrados especialmente
designados), el servicio jurídico del respectivo organismo puede intervenir en la
sustanciación de recursos ordinarios o extraordinarios ante la Corte Suprema de
Justicia de la Nación.
La representación de la Ciudad de la Ciudad de Buenos Aires se encuentra
regulada en su Constitución(168)y en la ley 1218(169).
b) En lo que atañe a las provincias, ellas son representadas, como regla general,
por funcionarios denominados fiscales de Estado o de gobierno. La mayor parte de
las constituciones argentinas establece que dicho funcionario es el encargado de
defender el patrimonio del Fisco, y "parte legítima" en los juicios contencioso-
administrativos y en todos aquellos en que se controviertan los intereses de la
provincia(170). La representación de los municipios provinciales, a su vez,
corresponde a los funcionarios previstos en las respectivas leyes orgánicas.

B) Personas jurídicas privadas


El régimen de representación de las personas jurídicas privadas depende,
naturalmente, del tipo de entidad de que se trate.
Las asociaciones y las fundaciones con personería jurídica son representadas
por el administrador o administradores designados de conformidad con sus
estatutos(171). Ya hemos visto, asimismo, que la jurisprudencia ha admitido
generalmente la personalidad jurídica procesal de las asociaciones carentes de
personería jurídica, las que pueden por lo tanto actuar en juicio por intermedio de
los órganos o autoridades constituidas conforme a los estatutos.
La representación de las sociedades civiles corresponde al administrador que
debe ser asociado (arts. 171, CCiv. y Com.).
En lo que atañe a las sociedades comerciales, su representación debe ser
ejercida de acuerdo con las pautas de la ley 19.550:
1) En las sociedades colectivas, "el contrato regulará el régimen de
administración. En su defecto, administrará cualquiera de los socios indistintamente"
(art. 127) (172). Lo mismo se aplica para las sociedades de capital e industria (art.
143).
2) En las sociedades en comandita simple, "la administración y representación
de la sociedad es ejercida por los socios comanditados o terceros que se designen,
y se aplicarán las normas sobre administración de las sociedades colectivas" (art.
136).

61 
 
3) En las sociedades de responsabilidad limitada, "la administración y
representación de la sociedad corresponde a uno o más gerentes, socios o no,
designados por tiempo determinado o indeterminado en el contrato constitutivo o
posteriormente. Podrán elegirse suplentes para casos de vacancia. Si la gerencia
es plural, el contrato podrá establecer las funciones que a cada gerente compete en
la administración o imponer la administración conjunta o colegiada. En caso de
silencio se entiende que puede realizar indistintamente cualquier acto de
administración" (art. 157), aunque la jurisprudencia ha establecido que la
designación de gerente no es esencial(173)y que en el caso de haberse convenido
que la sociedad fuera administrada por todos los socios, no previéndose que lo
harían conjuntamente, las facultades inherentes a la gerencia y, por lo tanto, la
representación de la sociedad incumben a cada uno de los socios(174).
4) En las sociedades anónimas, "la administración está a cargo de un directorio
compuesto de uno o más directores designados por la asamblea de accionistas o el
consejo de vigilancia, en su caso. En las sociedades anónimas del art. 299
se integrará por lo menos con tres directores. Si se faculta a la asamblea de
accionistas para determinar el número de directores, el estatuto especificará el
número mínimo y máximo permitido" (art. 255).
5) En las sociedades en comandita por acciones, "la administración podrá ser
unipersonal y será ejercida por socio comanditado o tercero, quienes durarán en sus
cargos el tiempo que fije el estatuto sin las limitaciones del art. 257" (art. 318).
6) En las sociedades no constituidas regularmente (sociedades de hecho e
irregulares), "en las relaciones con los terceros, cualquiera de los socios representa
a la sociedad" (art. 24)(175).
Finalmente, en lo que respecta a cooperativas, el art. 73, ley 20.337, establece
que "la representación corresponde al presidente del consejo de administración. El
estatuto puede, no obstante, autorizar la actuación de uno o más consejeros. En
ambos supuestos obligan a la cooperativa por todos los actos que no sean
notoriamente extraños al objeto social. Este régimen se aplica aun en infracción de
la representación plural, si se tratara de obligaciones contraídas mediante títulos,
valores, por contratos entre ausentes, de adhesión o concluidos mediante
formularios, salvo cuando el tercero tuviera conocimiento efectivo de que el acto se
celebra en infracción de la representación plural. Esta consecuencia legal respecto
de los terceros no afecta la validez interna de las restricciones estatutarias y la
responsabilidad por su infracción".

CAPÍTULO XXI - AUXILIARES DE LAS PARTES

I. GENERALIDADES(1)

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312. Clases de auxiliares
a) La circunstancia de que en nuestro ordenamiento jurídico la capacidad
procesal implique, como regla general, el poder de postulación no significa, sin
embargo, que las partes estén habilitadas para exponer por sí mismas, ante el
órgano judicial, las razones que pueden alegar en defensa de sus pretensiones u
oposiciones, ni para conferir su representación en juicio a cualquier persona capaz.
Por un lado, ocurre, en efecto, que el apasionamiento u otras reacciones
psicológicas que normalmente engendran las controversias judiciales en el espíritu
de sus protagonistas directos constituyen factores difícilmente conciliables con la
serenidad y la ponderación que deben inspirar a la actividad tendiente a aportar los
elementos de hecho y de prueba, así como los argumentos idóneos para producir el
convencimiento del juzgador.
Por otro lado, es preciso tener presente que la creciente complejidad del derecho,
determinada por el incesante incremento de leyes escritas que, paralelamente con
el progreso de la civilización, afrontan la regulación de situaciones jurídicas cada
vez más complicadas, tampoco se compadece con la conveniencia de que el
ejercicio del poder de postulación quede exclusivamente librado a la actividad de
quienes carecen del tecnicismo que ineludiblemente requiere el adecuado
entendimiento de ese aparato normativo, cuya vastedad, por otra parte, ha motivado
la creación de diversas especializaciones dentro de la ciencia jurídica(2). El aserto
precedente adquiere aun mayor relevancia frente al hecho de que las leyes
modernas, como principio general, organizan la administración de justicia mediante
la institución de órganos judiciales técnicos (supra, nro. 128)(3).
b) Las razones expuestas constituyen suficiente justificación de las normas
vigentes en cuya virtud las partes deben ser auxiliadas, en el cumplimiento de los
actos procesales dotados de mayor significación desde el punto de vista de la
defensa de los derechos controvertidos, por quienes, en razón de poseer una
especial capacitación profesional, se hallan en condiciones de exponer las razones
de aquéllas al margen de perturbaciones subjetivas y de acuerdo con las directivas
derivadas de la ciencia y de la experiencia del derecho(4).
Dicha función auxiliar recibe, en nuestro derecho, la designación de patrocinio(5),
y sólo puede ser ejercida por quienes posean título de abogado(6)y hayan cumplido
los requisitos que las leyes exigen para el desempeño de esa profesión.
Dentro del concepto de patrocinio se encuentran comprendidas dos actividades
procesales básicas. Una consiste en la facultad de asesorar a las partes en el
planteamiento de las cuestiones de hecho y de derecho involucradas en sus
pretensiones o defensas, y se exterioriza mediante la suscripción, por el abogado,
de todos aquellos escritos que la ley menciona, atendiendo a la trascendencia
jurídica de las peticiones que contienen (infra, nro. 315)(7). La otra actividad se
traduce en la facultad de asistir a las partes en la ejecución de los actos procesales
que requieren el uso de la expresión verbal como medio de comunicación con el
órgano judicial (audiencias y juicios verbales). En este tipo de actos, la práctica
consiste en que el abogado formule directamente (aunque en presencia de la parte
o de su representante), las peticiones o los planteamientos que correspondan (v.gr.,
repreguntas o ampliación de preguntas a los testigos, ampliación del pliego de

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posiciones, oposición a preguntas o posiciones consideradas inadmisibles o
impertinentes, etc.)(8).
c) La función auxiliar prestada a las partes no se agota, sin embargo, en la
dirección jurídica del pleito que incumbe a los abogados. Todavía cabe agregar que
si bien las partes capaces están facultadas (sin perjuicio del patrocinio letrado,
cuando corresponda) para ejecutar actos procesales válidos, en el supuesto de que
decidan hacerse representar por un tercero deben acudir, salvo
casos excepcionales que ya hemos analizado (supra, nro. 300), a los servicios de
una categoría de profesionales a quienes se presume particularmente idóneos en el
manejo de la estricta técnica procesal, y cuya intervención, por lo tanto, garantiza el
orden y la celeridad en el desarrollo de los procedimientos.
Dichos profesionales reciben, en nuestro derecho, el nombre de procuradores(9),
y su función consiste en actuar procesalmente en lugar de la parte a quien
representan (o del representante necesario de ésta). Tal es la circunstancia que
fundamentalmente diferencia al procurador del abogado, pues este último, en
principio, no interviene "en lugar" de la parte, sino junto a ella o a su representante
(voluntario o necesario).
El ejercicio de la procuración, sin embargo, no sólo se halla reservado a quienes
poseen el título de procurador, sino que también corresponde a los abogados y a
los escribanos, siempre que estos últimos no ejerzan la profesión de tales (infra, nro.
321). En consecuencia, los abogados pueden intervenir en el proceso como
patrocinantes o apoderados, o simultáneamente en ambas calidades (el
comúnmente llamado letrado-apoderado).
Cabe añadir que, a diferencia del abogado patrocinante, cuya constitución como
tal se exterioriza simplemente a través de los escritos que llevan su firma o de su
asistencia a los actos orales, el procurador (cualquiera que sea el título universitario
que posea) sólo puede ejercer sus funciones en el proceso si se halla munido de
un poder conferido en la forma establecida por las leyes.

313. Sistemas legales


a) Los sistemas legales vigentes que se relacionan con el ejercicio de las
profesiones de abogado y procurador pueden clasificarse en dos grandes grupos
según que se atienda a la diferenciación funcional entre ambas profesiones o a la
índole, forzosa o no, de la intervención de dichos profesionales en el proceso.
b) Dentro del primero de los mencionados grupos, el análisis comparativo de la
legislación procesal vigente permite comprobar la existencia de dos
sistemas extremos, caracterizados por la separación o por la unificación totales de
las profesiones de abogado y procurador, y de un sistema intermedio o ecléctico,
según el cual es admisible el ejercicio acumulativo de ambas profesiones(10).
El sistema de la separación ha sido adoptado por las leyes francesas, inglesas y
españolas. De acuerdo con los regímenes legales vigentes en esos países, mientras
el abogado (avocat en Francia, barrister en Inglaterra y abogado en España) tiene
como única función la consistente en asistir a las partes, exponiendo verbalmente o
por escrito las razones que aquéllas pueden argüir en apoyo de sus derechos, el

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procurador (avoué, solicitor y procurador, respectivamente) tiene a su cargo la
representación de las partes, estándole particularmente encomendado el
cumplimiento de los actos de impulso procesal y la confección de los escritos(11).
La legislación alemana, en cambio, adhiere al sistema de la unificación: el
abogado (Rechtsanwalt) cumple, simultáneamente, las funciones de asesor
(patrocinante) y de representante (mandatario) de la parte(12).
En Italia rige el sistema intermedio. Si bien las de abogado y procurador
constituyen profesiones distintas en cuanto a su régimen legal, quien reúne los
requisitos prescriptos con respecto a cada una de ellas puede ejercerlas en forma
acumulativa(13).
Ése es también el sistema que han adoptado las leyes argentinas, pues las
personas que poseen el título de abogado pueden, como señalamos anteriormente,
desempeñarse en el proceso como patrocinantes o apoderados, o bien, asumir
acumulativamente ambas calidades. Corresponde tener presente, sin embargo, que
mientras algunas leyes habilitan a los abogados inscriptos en la matrícula respectiva
para ejercer la procuración(14), otras exigen que aquéllos obtengan, además,
la inscripción en la matrícula de procuradores, cumpliendo previamente los
requisitos correspondientes (juramento, fianza, etc.)(15).
c) En lo que atañe al segundo grupo de sistemas, gran parte de la legislación
moderna adhiere a aquel en cuya virtud el poder de postulación procesal
corresponde, como principio general, a los auxiliares de las partes, de manera tal
que estas últimas no pueden comparecer personalmente y deben formular sus
peticiones por intermedio de un abogado o procurador(16).
Las leyes argentinas han adoptado el sistema opuesto, es decir, el de la libertad
de comparecencia. Hace excepción a esa regla el Código Procesal Civil y Comercial
de la Provincia de Santa Fe, cuyo art. 31 establece que en los juicios universales y
en los contenciosos ante los jueces letrados es obligatorio para las partes hacerse
representar por apoderado inscripto en la matrícula de procuradores, salvo: 1)
cuando se actúe con firma de letrado; 2) para solicitar medidas precautorias o
urgentes; 3) cuando los abogados o los procuradores actúen en causa propia; 4)
para contestar intimaciones o requerimientos de carácter personal; 5) para la
recepción de órdenes de pago; 6) para solicitar declaratoria de pobreza(17).

314. Colegiación de las profesiones forenses


a) La constitución de "colegios" o de "asociaciones" profesionales, en general,
encuentra fundamento en la natural inclinación humana de obtener, a través de la
acción de grupos que aglutinan intereses comunes, el logro de determinados
objetivos que resultan difícilmente alcanzables mediante la iniciativa personal de
cada uno de los interesados.
Con particular referencia a las profesiones de abogado y procurador, se trata aquí
de establecer, ante todo, si la colegiación de aquéllos debe hallarse sometida a un
régimen de libertad absoluta, de modo tal que la constitución de una o de diversas
asociaciones quede exclusivamente librada a la voluntad de los profesionales, o si,
por el contrario, la ley debe condicionar el ejercicio de la profesión al requisito de

65 
 
que el interesado se encuentre inscripto en un determinado colegio al que compete,
fundamentalmente, el gobierno de la matrícula y el ejercicio de la potestad
disciplinaria sobre sus integrantes.
En nuestro país no existe, al respecto, un sistema uniforme. Mientras en el orden
de la justicia nacional y en algunas provincias rige el primero de los mencionados
sistemas, diversas leyes locales han instituido el régimen de la colegiación
obligatoria y atribuido, a las respectivas entidades profesionales (colegios de
abogados y de procuradores), las funciones precedentemente referidas(18).
Este último sistema —al que generalmente adhiere la legislación moderna(19)—
reúne una serie de ventajas que lo hacen, a nuestro juicio, decididamente preferible
al régimen de la libertad absoluta.
Por lo pronto, las potestades disciplinarias de los tribunales se hallan
circunscriptas, como es sabido, a la conducta observada por los abogados y los
procuradores con motivo de su intervención en el proceso, no alcanzando, por lo
tanto, a las múltiples actividades que aquéllos despliegan fuera de los estrados
judiciales(20). Sólo un sistema de autocontrol disciplinario —ínsito en todo régimen
legal de colegiación obligatoria— es susceptible de llevar a la práctica una
fiscalización que abarque el comportamiento integral en el ejercicio de las
profesiones forenses y de preservar, incluso, el prestigio de éstas, ya que los propios
profesionales, por razones de experiencia, se encuentran en mejores condiciones
que cualquier otro órgano para juzgar adecuadamente la conducta de sus colegas y
refirmar la vigencia de las reglas de ética(21), sin perjuicio, desde luego, de que en
los casos de sanciones disciplinarias graves se acuerde la facultad de recurrir ante
un órgano judicial.
Asimismo, los colegios prestan una importante colaboración a los órganos
que integran la administración de justicia, no sólo en tanto los alivian del
cumplimiento de ciertas tareas que son ajenas al específico quehacer judicial (v.gr.,
gobierno de la matrícula), sino también en la medida en que los proveen
de auxiliares para la ejecución de actividades procesales dotadas de alta
significación social, como, por ejemplo, la defensa gratuita de los declarados pobres.
Finalmente, la colegiación obligatoria fortalece el espíritu de solidaridad que debe
animar a todos aquellos que ejercen una misma profesión y otorga, además, a los
poderes públicos, la posibilidad de conocer la auténtica opinión profesional acerca
de cualquier proyecto legislativo atinente a la regulación de materias estrictamente
jurídicas, sin perjuicio de las iniciativas que, en ese orden, pueden promover los
propio colegios(22).
Cabe añadir que la conveniencia del régimen se ha puesto de manifiesto a través
de diversos proyectos legislativos, conferencias nacionales y provinciales, y
opiniones emitidas por profesionales de prestigio(23), y que la experiencia recogida
en las provincias que lo han adoptado es, en líneas generales, satisfactoria(24).
b) En oportunidad de discutirse la validez constitucional del art. 163, ley 1733 de
la provincia de Santiago del Estero, que condicionaba el ejercicio de la profesión de
abogado dentro del ámbito local al requisito de pertenecer al colegio profesional
correspondiente, la Corte Suprema declaró que la norma mencionada, en tanto
comportaba la necesidad de incorporarse a una asociación determinada por medios
compulsivos, era violatoria de los derechos de asociarse con fines útiles y de
trabajar, los cuales resultaban alterados en su esencia y no reglamentados en forma
razonable(25). Sin embargo, como lo demostraron los jueces de la Corte que en esa
oportunidad votaron en disidencia(26)y lo puntualizó el mismo tribunal en una

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sentencia posterior(27), media en el caso la existencia de un indiscutible interés o
beneficio común, cual es la actividad de un organismo a quien incumbe velar por la
preservación del decoro en el ejercicio profesional y hacer efectiva una verdadera
responsabilidad social que justifica suficientemente la razonabilidad de la
reglamentación legal, tanto más cuanto que ella no obsta a que los profesionales
constituyan, con fines lícitos, las asociaciones privadas que deseen.
c) La ley 5177(28)de la provincia de Buenos Aires reglamenta el funcionamiento
de los colegios de abogados y de procuradores, fijando su competencia, personería,
atribuciones y deberes, poderes disciplinarios y composición de sus órganos.
En lo que atañe a los colegios de abogados, dicha ley prevé el funcionamiento
de un colegio en cada uno de los departamentos judiciales en que se divide la
provincia, el que debe tener su asiento en el lugar donde se hallan instalados los
tribunales a que corresponda. Son miembros de cada colegio los abogados que
ejercen su profesión en el respectivo departamento (arts. 15 y 16). El abogado que
ejerce su profesión en más de un departamento pertenece al colegio donde tiene,
además, su domicilio real; pero, en todos los casos, los actos que ejecuta en otro
departamento son juzgados por el colegio de éste (art. 17). El conjunto de colegios
departamentales integra el Colegio de Abogados de la provincia, organismo que
tiene su asiento en la ciudad de La Plata y sesiona en ella o en el lugar que determine
el propio organismo (arts. 47 y 48).
Los colegios de abogados funcionan con el carácter, derechos y obligaciones de
las personas jurídicas de derecho público (art. 18), y tienen, según el art. 19, las
siguientes atribuciones: 1) El gobierno de la matrícula de los abogados y de los
procuradores. 2) La defensa y la asistencia jurídica de las personas que carezcan
de recursos. 3) El poder disciplinario sobre los abogados y los procuradores que
actúen en su Departamento. 4) Asistir y defender a los miembros del Colegio,
ejerciendo las acciones pertinentes, administrativas o judiciales, para asegurarles el
libre ejercicio de la profesión. Velar por el decoro de los matriculados y afianzar la
armonía entre éstos. 5) Fundar y sostener una biblioteca pública de preferente
contenido jurídico. 6) Participar en estudios, informes, dictámenes, proyectos y
demás trabajos que estimen convenientes y oportunos o que los poderes públicos
les encomienden, sean o no a condición gratuita, que se refieran a la profesión, a la
ciencia del derecho, a la investigación de instituciones jurídicas y sociales, al
funcionamiento de la administración de justicia y a la legislación en general. 7)
Promover y participar en congresos o conferencias, por medio de delegados. 8)
Suscribir convenios con el Poder Judicial, a los efectos de facilitar la consulta y la
transmisión por medios informáticos de los datos referidos a expedientes
judiciales. 9) Cumplir y hacer cumplir el mandato ético superior de la abogacía, de
defender la justicia, la democracia, el estado de derecho y las instituciones
republicanas en toda situación en la que estos valores se encuentren
comprometidos, conforme a los derechos y las garantías constitucionales. 10) Hacer
conocer, a los matriculados, a las autoridades públicas y a la comunidad, las
irregularidades y las deficiencias que se advirtieren en el funcionamiento de los
organismos públicos, y las situaciones en las que se requiera la defensa del valor
justicia para el aseguramiento de los derechos constitucionales. 11) Acusar a los
funcionarios y magistrados de la Administración de Justicia, por las causales
establecidas en la legislación vigente. Para ejercer esta atribución, deberá concurrir
el voto de dos tercios de miembros que integran el Consejo Directivo. 12) Oponerse
al ejercicio ilegal de la abogacía y de la procuración y denunciar a quien lo
hiciere. 13) Fijar las bases para un sistema de ayuda judicial que, con la participación
activa de todos los colegios departamentales, brinde cobertura de acceso a la

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justicia en el territorio de la provincia. 14) Otorgar poderes generales o especiales,
cuando así fuere necesario, para asumir la defensa de los intereses de
la institución. 15) Dictar los reglamentos inherentes al funcionamiento interno de
la institución y proponer, al Consejo Superior del Colegio de Abogados de la
provincia, los proyectos de reglamentación que entienda útiles para el mejor
funcionamiento de los colegios. 16) Adquirir bienes y derechos, y disponer de éstos,
con las limitaciones establecidas en la presente ley; contraer obligaciones y gravar
aquéllos con el propósito exclusivo de cumplir los fines de la institución; aceptar y
rechazar donaciones y legados. 17) Instituir becas, subsidios, aportes y premios de
estímulo, con preferente destino a especialización en estudios de derecho. 18)
Promover la creación de institutos para la formación de los abogados en nuevas
especialidades y su perfeccionamiento en el conocimiento del derecho; propiciar el
establecimiento de centros de mediación, conciliación y tribunales de arbitraje; y
celebrar convenios con organismos municipales o entidades privadas para contribuir
al mejoramiento del servicio de justicia o prestar asistencia a los abogados y
procuradores en el ejercicio de su ministerio. 19) Informar al Consejo de la
Magistratura sobre el estado de matrícula y antecedentes disciplinarios de
los inscriptos en aquél. 20) Participar de las funciones que le corresponden en el
Consejo de la Magistratura. 21) Representar, en calidad de agente natural, a la Caja
de Previsión Social para Abogados, en el ámbito departamental. 22) Participar en la
obra del patronato de liberados en la forma que se determine por ley. 23) Propender,
en general, al mejoramiento y atención del bienestar del matriculado y su familia, en
relación con sus necesidades y recreación física y espiritual, dentro del marco de
confraternidad que emana de esta ley.
Las facultades enunciadas en los incisos precedentes no se entenderán como
negación de otras atribuciones que correspondan a la capacidad reconocida por la
ley a las personas jurídicas o se relacionen con el ejercicio de la abogacía y la
procuración considerado como problema provincial o nacional, con la institución de
la justicia, con el estudio y el progreso de la legislación y la jurisprudencia, su
actualización, perfeccionamiento y especialización de los conocimientos científico-
jurídicos de los profesionales. Asimismo, cada colegio departamental está obligado
a establecer un consultorio para personas carentes de recursos y a organizar la
asistencia jurídica de éstos, pudiendo admitirse en tales funciones, como
practicantes, a los estudiantes de derecho que lo soliciten, en el número y requisitos
fijados por el consejo directivo (arts. 22 y 23).
Cuando un colegio de abogados departamental intervenga en cuestiones
notoriamente ajenas a las específicas y exclusivas previstas que la presente ley le
asigna o no las hace cumplir, podrá ser intervenido por el Consejo Superior del
Colegio de Abogados de la provincia a los efectos de su reorganización, mediante
resolución fundada debidamente documentada. El cargo de interventor recaerá en
el presidente del colegio de abogados departamental más cercano. La
reorganización deberá cumplirse dentro del término de cuatro meses de comenzada
la intervención. El interventor tendrá las mismas atribuciones reconocidas por esta
ley al Consejo Directivo, pudiendo designar como colaboradores a abogados
colegiados en ejercicio activo de la profesión. Si no se cumpliere la reorganización
dentro del plazo establecido, cualquier abogado de la matrícula del
Colegio intervenido podrá recurrir a la Suprema Corte de Justicia de la provincia
para que esta disponga la reorganización dentro del término de treinta días. Las
disposiciones previstas en los párrafos anteriores serán aplicables al Consejo
Superior del Colegio de Abogados de la provincia cuando deje de observar lo
dispuesto en la presente ley, con la salvedad de que en este caso la intervención

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podrá alcanzar también a los colegios departamentales cuyos representantes ante
el Consejo Superior se hubieran apartado de lo previsto en esta ley, con la salvedad
de que la intervención recaerá en el funcionario que al efecto designe el Poder
Ejecutivo. La resolución que disponga la intervención, en todos los casos, deberá
ser fundada y hacer mérito de las actas y demás documentación de los colegios,
previa certificación de su autenticidad en caso necesario (art. 20).
A los efectos de fiscalizar el correcto ejercicio de la función de abogado y el
decoro profesional, los colegios departamentales se hallan investidos del poder
disciplinario, que deben ejercer sin perjuicio de las responsabilidades civiles y
penales, y de las medidas que pueden aplicar los magistrados judiciales (art. 24).
En lo que atañe a la clase de medidas disciplinarias que pueden aplicar los colegios,
así como a la forma y los procedimientos que deben observar al efecto, nos
remitimos a lo que expondremos infra nro. 319, letra D).
Son órganos directivos de los colegios departamentales la asamblea, el consejo
directivo y el tribunal de disciplina. Estos dos últimos órganos son elegidos por la
asamblea, y sus miembros duran cuatro años, renovándose por mitades cada bienio
(art. 34).
Constituye carga pública(29)el desempeño de las funciones de miembro del
Consejo Superior, Consejo Directivo y Tribunal de Disciplina, pudiendo excusarse
los mayores de 70 años y los que hayan desempeñado algunos de esos cargos en
el período inmediato anterior (art. 35).
No serán elegibles ni pueden ser electores, en ningún caso, los
abogados inscriptos en la matrícula que adeuden la cuota anual establecida en el
art. 19 ni los que se encuentren suspendidos o excluidos de la matrícula por sanción
disciplinaria, a la fecha del acto eleccionario. El voto es obligatorio y quien, sin causa
justificada comprobada, no emitiese su voto sufrirá una multa de cinco jus que le
aplicará el tribunal de disciplina (art. 36)(30).
La asamblea se reúne cada año, en la fecha y la forma establecidas en el
reglamento, a fin de considerar asuntos de competencia del colegio y los relativos
al bienestar de la profesión en general, debiéndose, el año que corresponda
renovar autoridades, incluir en el orden del día la pertinente convocatoria (art. 38).
Se citará a asamblea extraordinaria cuando lo solicite por escrito no menos de un
quinto de los miembros del colegio, lo resuelva el consejo directivo o una asamblea
ordinaria, con los mismos objetivos señalados en el artículo anterior. Cuando los
miembros del colegio excedan de dos mil, bastará con la firma de cuatrocientos
profesionales (art. 39).
La asamblea funcionará con la presencia de más de un tercio de los
colegiados inscriptos legalmente. Los abogados y los procuradores jubilados podrán
asistir con voz pero sin voto. Será citada para una sola fecha. Si a la hora prevista
no se reuniere el tercio exigido, funcionará válidamente una hora después con los
miembros presentes. La citación se hará personalmente y en un diario de la ciudad
cabecera del departamento judicial, en este caso, por un día. Ninguna asamblea
podrá tratar asuntos no incluidos en la convocatoria y en el orden del día respectivo.
Para que las decisiones sean consideradas válidas, se exige que hayan sido
adoptadas por un voto más que los votos en contra computables. Los integrantes
del consejo directivo y el tribunal de disciplina serán elegidos en comicios en los que
el voto será secreto y obligatorio. Cuando se oficialice más de una lista, se
consagrará ganadora la que obtenga mayor número de votos, quedando elegidos
todos sus candidatos si ninguna de las demás listas obtuvieran el veinticinco por

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ciento de los votos. Si hubiera una o más listas, que sigan en número de votos a la
ganadora y que hayan obtenido no menos del veinticinco por ciento de los votos
válidos emitidos, la distribución de los cargos se hará mediante el sistema
proporcional. Los consejeros suplentes llamados a sustituir a los consejeros titulares
serán los electos en el mismo acto y pertenecientes a la misma lista que los titulares
que deban reemplazar (art. 40).
El consejo directivo de los colegios de abogados se compondrá de un presidente
y once miembros titulares, que durarán cuatro años en sus funciones. En la primera
reunión que celebre el cuerpo se designarán los miembros de la mesa directiva por
el término de dos años, y se proveerán los demás cargos que se consideren
necesarios. Se elegirán, asimismo, nueve consejeros suplentes en los colegios cuya
matrícula de profesionales en actividad de ejercicio exceda de un mil y cinco
consejeros suplentes en los restantes, con igual duración de mandato. Para ser
elegido miembro del Consejo se requiere tener domicilio real en el departamento o
estudio instalado en éste con una antigüedad mínima, en ambos casos, de tres años
(art. 41).
Corresponde al Consejo Directivo: 1) Resolver los pedidos de inscripción. 2)
Llevar la matrícula. Ésta se organizará sobre la base de un doble juego de
ejemplares, uno de los cuales será remitido al Colegio de Abogados de la provincia
para su centralización y a los fines del art. 11. 3) Convocar las asambleas y redactar
el orden del día. 4) Representar a los matriculados en ejercicio, dictando las
disposiciones necesarias y ejerciendo las acciones judiciales y administrativas
pertinentes, para asegurarles el legítimo desempeño de su profesión. 5) Defender
los derechos e intereses profesionales legítimos, el honor y la dignidad de los
abogados, velando por el decoro y la independencia de la profesión. 6) Cuidar de
que nadie ejerza ilegalmente la abogacía y la procuración, y denunciar a quien lo
haga sin estar debidamente habilitado. 7) Hacer conocer a los tribunales superiores
las irregularidades y las deficiencias que notare en el funcionamiento de la
administración de justicia. 8) Intervenir a solicitud de parte, en los conflictos que se
susciten entre colegas, o entre abogados y clientes, y por restitución de papeles o
documentos con motivo de gastos y honorarios, sin perjuicio de la intervención que
corresponda a los jueces. 9) Establecer el monto y la forma de percepción de la
cuota anual que deberán abonar los colegiados, administrar los bienes del colegio,
proyectar el presupuesto de gastos y cálculo de recursos para someter a la
consideración de la asamblea y fomentar su biblioteca pública. 10) Cumplir y hacer
cumplir las resoluciones de las asambleas. 11) Proponer al Consejo Superior del
Colegio de Abogados de la provincia los proyectos de reglamentos, a los que se
refiere el art. 19, inc. 15), así como las modificaciones que estime necesarias. 12)
Nombrar y remover sus empleados. 13) Informar al Consejo de la Magistratura sobre
los antecedentes de matrícula de los inscriptos que aspiren a desempeñarse en
cargos judiciales, sin perjuicio de otros que, vinculados a la cuestión, se prevean en
otras leyes. 14) Disponer la iniciación de los trámites disciplinarios de acuerdo con
lo establecido en el art. 31, párr. 1º. 15) Promover y resolver el funcionamiento
de institutos vinculados a la mediación, al arbitraje y a la conciliación (art. 42).
El consejo directivo deliberará válidamente con la presencia de, por lo menos, la
mitad más uno de sus miembros, tomando sus resoluciones por mayoría de votos.
En caso de empate el voto del presidente se computará doble. Funcionará,
asimismo, una mesa directiva, integrada como mínimo por el presidente, el
secretario y el tesorero, pudiendo los colegios ampliar el número de sus miembros,
conforme a las circunstancias que se valoren en cada caso. La mesa directiva tendrá
a su cargo la atención del despacho diario, la representación social del colegio, el

70 
 
manejo del personal y asuntos administrativos, pudiendo adoptar de medidas
urgentes que no admitan dilación, con cargo de dar cuenta al consejo directivo en la
primera sesión que se realice (art. 44). Las funciones del presidente consisten en
presidir las asambleas, mantener las relaciones de la institución con sus similares y
con los poderes públicos, ejecutar los créditos por cuota(31)o multa, notificar las
resoluciones, y cumplir y hacer cumplir las decisiones del colegio departamental y
del Colegio de la provincia (art. 43).
El tribunal de disciplina se compone de cinco miembros titulares e igual número
de suplentes, los cuales son elegidos por la asamblea por el plazo de cuatro años y
deben reunir, aparte de los requisitos exigibles para integrar el consejo directivo, el
de diez años de ejercicio profesional, no pudiendo formar parte de él los miembros
del consejo. Al entrar en funciones, el tribunal debe elegir un presidente, un
vicepresidente y un secretario (art. 45). Los miembros del tribunal de disciplina son
recusables por las mismas causas que los jueces en lo civil (art. 46)(32).
El Colegio de Abogados de la provincia, órgano que, como señalamos
anteriormente, nuclea a los distintos colegios departamentales, es representado por
un Consejo Superior compuesto por los presidentes de los demás colegios
departamentales. Los vicepresidentes de los colegios tienen carácter de consejeros
suplentes (art. 49). De entre sus miembros, debe designar un presidente, un
vicepresidente, teniendo el presidente doble voto en caso de empate, y puede
sesionar con la presencia de la mitad más uno sus miembros (art. 52).
Son funciones de este organismo: a) Representar a los colegios departamentales
en sus relaciones con los poderes públicos. b) Promover y participar en conferencias
o congresos vinculados con la actividad jurídica por medio de sus delegados. c)
Propender al progreso de la legislación de la provincia y dictaminar o colaborar con
los estudios, proyectos de ley y demás trabajos de técnica jurídica que le solicitaren
las autoridades. d) Elaborar proyectos vinculados a la legislación que atañe a la
abogacía y a la procuración. e) Dictar el reglamento que, de conformidad con esta
ley, regirá el funcionamiento de los colegios departamentales y el uso de sus
atribuciones. f) Centralizar la matrícula de los abogados y procuradores, sobre la
base de los datos provistos por los colegios departamentales. g) Resolver, en grado
de apelación, aquellas cuestiones expresamente previstas en esta ley. h) Fijar la
contribución de los colegios departamentales, administrar sus fondos, proyectar el
presupuesto de gastos y cálculo de recursos para ser elevado a la asamblea,
nombrar y remover a sus empleados, y cuantas más atribuciones sean conducentes
al logro de los propósitos de esta ley. i) Velar por el fiel cumplimiento de las
disposiciones de la presente ley y resolver en última instancia las cuestiones que se
suscitaren en torno a su interpretación y aplicación. j) Fijar, de manera uniforme, el
monto y la forma de percepción de la cuota anual que deberán abonar los
colegiados. k) Actuar judicial o administrativamente en defensa de los intereses
profesionales, pudiendo otorgar mandatos a tal efecto. l) Celebrar convenios con
organismos provinciales conforme a los cuales el colegio colabore en el
mejoramiento del servicio de justicia, y con entidades privadas y fundaciones para
prestar asistencia a los abogados en ejercicio de su profesión. m) Promover el
desarrollo de medios alternativos para la solución de conflictos. n) Integrar el
Consejo de la Magistratura conforme a lo dispuesto en la ley específica. ñ) Organizar
un registro centralizado por profesión, de las causas disciplinarias que se sustancien
ante los colegios departamentales, y llevar asimismo un registro de sanciones. o)
Distribuir mensualmente entre los colegios departamentales los importes que se
recauden en concepto del derecho fijo creado por la ley 8480, previa deducción del
porcentaje atribuido al consejo superior y las retenciones que reglamentariamente

71 
 
correspondan. Las atribuciones enumeradas no importan negar el ejercicio de otras
que respondan al cumplimiento de sus fines (art. 50).
El Colegio de Abogados de la provincia puede ser intervenido por el Poder
Ejecutivo en el supuesto de que haya tomado injerencia en cuestiones notoriamente
ajenas a las especificadas precedentemente. El procedimiento de la intervención se
describe en el art. 20.
La ley 5233 de la provincia de Tucumán ha organizado un sistema que coincide,
básicamente, con el de la ley 5177. Difiere de ésta, entre otros puntos de importancia
secundaria, en cuanto a que prevé el funcionamiento de un solo colegio, el cual tiene
su asiento en la ciudad de San Miguel de Tucumán (art. 17), y en lo que atañe a
la intervención del organismo, que constituye una facultad de la Corte Suprema de
Justicia de la provincia (arts. 22 a 27).
d) La ley 5177 de la provincia de Buenos Aires instituía también, como
anticipamos, colegios de procuradores(33). Funcionaba un colegio en cada
departamento judicial, integrando, en su conjunto, el Colegio de Procuradores de la
provincia (arts. 95 y 98). Les eran aplicables, en lo pertinente, las disposiciones
relativas a los colegios de abogados (art. 96).
Disposiciones análogas al sistema referido del anterior régimen de la ley 5177 —
Colegio de Procuradores diferente del de abogados— contiene la ley 5233 de la
provincia de Tucumán (arts. 75 y 76).

II. ABOGADOS

315. Alcance del patrocinio letrado


a) Según lo señalamos oportunamente (supra, nro. 302), el art. 11, inc. 3º, ley
10.996, instituyó la carga del patrocinio letrado en la presentación de los escritos
mediante los cuales se cumplen los actos procesales dotados de mayor significación
desde el punto de vista técnico-jurídico(34). La norma citada vino a restringir el
principio de la absoluta libertad de defensa que admitía el art. 8º del Código de
Procedimiento derogado(35), aunque corresponde recordar que la jurisprudencia,
fundándose en las facultades ordenatorias que concedía a los jueces el art. 52 de
ese mismo código, había decidido que entre aquellas facultades se hallaba incluida
la de exigir el patrocinio letrado en el supuesto de que cualquiera de las partes
trabase la marcha regular del proceso mediante la articulación de cuestiones
manifiestamente inadmisibles(36).
Posteriormente, la carga del patrocinio letrado fue reafirmada por el art. 45, ley
12.997, disposición que ha sido sustancialmente reproducida por el art. 56, CPCCN,
en tanto éste dispone que "los jueces no proveerán ningún escrito de
demanda, excepciones y sus contestaciones, alegatos, expresiones de agravios,
pliegos de posiciones o interrogatorios, ni aquellos en que se promuevan incidentes,

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o se pida la nulidad de actuaciones y, en general, los que sustenten o controviertan
derechos, ya sean de jurisdicción voluntaria o contenciosa, si no llevan firma de
letrado"(37).
Respecto de la cuestión del epígrafe(38), la ley 22.434 sustituyó el texto del art.
56, CPCCN, por el siguiente: "Los jueces no proveerán ningún escrito de demanda
o excepciones y sus contestaciones, alegatos o expresiones de agravio, ni aquellos
en que se promuevan incidentes o se pida nulidad de actuaciones y, en general, los
que sustenten o controviertan derechos, ya sea en procesos de jurisdicción
voluntaria o contenciosa, si no llevan firma de letrado. No se admitirá tampoco la
presentación de pliegos de posiciones ni de interrogatorios que no lleven firma de
letrado, ni la promoción de cuestiones, de cualquier naturaleza, en las audiencias,
ni su contestación, si la parte que las promueve o contesta no está acompañada de
letrado patrocinante"(39).
La norma precedentemente transcripta reprodujo esencialmente el contenido del
anterior art. 56, CPCCN, en lo que atañe a los actos procesales que deben llevar
firma de letrado. En lo sustancial, la única modificación consistió en exigir la
asistencia letrada en las incidencias que pueden suscitarse durante la ejecución de
aquellos actos procesales que requieren el uso de la expresión verbal como medio
de comunicación con el órgano judicial, consagrándose de tal manera un
requisito exigido por la práctica y la jurisprudencia. Ello reafirma la necesidad de la
asistencia letrada en la realización de otros actos que pueden cumplirse en el curso
de las audiencias, como las repreguntas o la ampliación de preguntas a los testigos
y la ampliación del pliego de posiciones(40), pues son aquéllos, precisamente, los
que originan la promoción de cuestiones a que se refiere el art. 56.
b) Pese a la claridad de sus términos, la interpretación de la norma análoga
contenida en el art. 45, ley 12.997, motivó conclusiones jurisprudenciales dispares.
Mientras algunos fallos, en efecto, consideraron que aquélla extendió la
carga instituida por la ley 10.996 a todos los casos, es decir, aun a aquellos en los
cuales las partes actuasen personalmente(41), otros llegaron a la conclusión de que
la exigencia legal sólo regía en las hipótesis en que las partes actuasen mediante
la intervención de apoderados(42).
La primera de dichas soluciones —a la que adhiere la mayoría de los
precedentes judiciales— es a nuestro juicio la apropiada, no sólo porque los
términos generales en que se halla concebida la norma no dan pie al distingo
formulado, sino también porque, de aceptarse semejante distinción, el citado art. 45
de la ley arancelaria no hubiese representado más que una inútil repetición de la
norma contenida en la ley 10.996. La conclusión precedente resulta aplicable, desde
luego, al art. 56, CPCCN, tanto más cuanto que este ordenamiento no instituye
ningún derecho análogo al que reconocía el art. 8º del código derogado.
No parece dudoso, por lo demás, que la solución que propiciamos es la que en
mayor medida se ajusta al claro sentido de orden que las disposiciones
mencionadas proyectan tanto en beneficio de la regular administración de justicia
cuanto en el propio interés de las partes(43). Y, precisamente, es en consideraciones
de esa índole en las que encuentra apoyo la reiterada jurisprudencia establecida en
el sentido de que la carga del patrocinio letrado no implica una restricción irrazonable
del derecho de defensa(44).
Algunas leyes provinciales eximen a los procuradores matriculados de la carga
del patrocinio letrado, autorizándolos a actuar directamente en determinada clase
de procesos. El art. 71, ley 5177 de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo,

73 
 
dispone que los procuradores podrán prescindir de dirección letrada en los juicios
ejecutivos y de desalojo, mientras no se opongan excepciones o defensas,
con excepción de los juicios ejecutivos hipotecarios, las actuaciones en
las audiencias y en los incidentes en que haya contienda entre partes(45). El art.
3º, ley 1361 de la provincia de Mendoza, facultaba a prescindir del patrocinio letrado
en los juicios que correspondían a la competencia de la justicia de paz y en las
sucesiones en las que el monto del caudal hereditario no alcanzara a cinco mil
pesos.
c) El art. 57, CPCCN, al regular las consecuencias jurídicas imputables
al incumplimiento de la disposición que lo precede establecía que "se tendrá por no
presentado y se devolverá al firmante, sin más trámite ni recursos, todo escrito que
debiendo llevar firma de letrado no la tuviese, si dentro de veinticuatro horas de
notificada la providencia que exige el cumplimiento de ese requisito no fuese suplida
la omisión. Ello tendrá lugar suscribiendo un abogado el mismo escrito ante el
secretario o el oficial primero, quien certificará en el expediente esta circunstancia o
por la ratificación que por separado se hiciere con firma de letrado"(46).
De conformidad con lo establecido por la norma transcripta, en el caso de no
cumplirse la carga del patrocinio letrado el juez o tribunal ante el cual se presente el
escrito, debe abstenerse de proveer las peticiones en él contenidas e intimar a la
parte, o a su apoderado, para que subsanen la omisión dentro del plazo previsto. La
providencia correspondiente se notifica personalmente o por cédula (art. 135, inc.
6º) y es irrecurrible.
En la hipótesis de que, por inadvertencia o error, se hubiese proveído un escrito
que, debiendo llevar firma de letrado, no la tuviere, corresponde que la
parte interesada requiera la aplicación del efecto normativo antes de consentir la
providencia de que se trate, sin perjuicio de que el juez o el tribunal dispongan de
oficio la subsanación del defecto y siempre que lo hagan, también, con anterioridad
al momento en que la providencia quede consentida (doct. arts. 170 y 172, párr. 2º,
CPCCN)(47).
La norma examinada no contemplaba expresamente el caso de que no
aparezcan firmados por un letrado los pliegos de posiciones o los interrogatorios. La
oportunidad procesal en que éstos deben presentarse no se compadece, desde
luego, con la posibilidad de que se practique la intimación a que se refiere el art. 57.
Tampoco resultaría justo que, en el caso de presentarse el pliego o el interrogatorio
sin firma de letrado, se diera por perdido el derecho de producir la prueba
correspondiente. Por ello consideramos que, en estos casos, el incumplimiento de
la carga examinada sólo puede tener como consecuencia que se disponga el
aplazamiento de la audiencia por un plazo breve, siempre, como es obvio, que el
letrado no haya concurrido a aquélla, pues la presencia del profesional en el acto
convalida el defecto.
En esta materia(48)la ley 22.434 sustituyó el texto del art. 57, CPCCN, por el
siguiente: "Se tendrá por no presentado y se devolverá al firmante, sin más trámite
ni recursos, todo escrito que debiendo llevar firma de letrado no la tuviese, si dentro
del segundo día de notificada por ministerio de la ley la providencia que exige el
cumplimiento de ese requisito no fuese suplida la omisión. Ello tendrá lugar
suscribiendo un abogado el mismo escrito ante el secretario o el oficial primero,
quien certificará en el expediente esta circunstancia o por la ratificación que por
separado se hiciere con firma de letrado"(49).

74 
 
Aunque no se trató de una modificación significativa, la nueva norma aclaró
debidamente la forma en que corresponde notificar la providencia que exige la
suscripción del escrito por un letrado, aventando cualquier duda que pueda
presentarse frente a lo dispuesto por el art. 135, inc. 6º. En la hipótesis de que,
por inadvertencia o error, se hubiese proveído un escrito que, debiendo llevar firma
de letrado, no la tuviese, corresponde que la parte interesada requiera la aplicación
del efecto normativo antes de consentir la providencia de que se trate, sin perjuicio
de que el juez o el tribunal disponga de oficio la subsanación del defecto y siempre
que lo haga, también, con anterioridad al momento en que la providencia quede
consentida (arg. arts. 170 y 172, CPCCN)(50).

316. Requisitos para el ejercicio de la abogacía


a) El primer requisito exigible para el ejercicio de la profesión de abogado
consiste en la posesión de título habilitante expedido por universidad nacional o
privada debidamente reconocida, o por una universidad extranjera en el caso de que
las leyes nacionales le otorguen validez(51)o haya sido revalidado en alguna de las
universidades de la República precedentemente mencionadas(52).
b)(53)Aparte de la posesión de título profesional, el abogado debe
hallarse inscripto en la matrícula correspondiente(54), cuyo gobierno en el ámbito de
la Capital Federal, así como la potestad disciplinaria, la ley 23.187, siguiendo el
criterio adoptado por algunas leyes provinciales, ha sido conferido al denominado
Colegio Público de Abogados, que funciona con el carácter, derechos y obligaciones
de las personas jurídicas de derecho público, siendo sus órganos, que se eligen por
el voto directo, secreto y obligatorio de los matriculados, la Asamblea de Delegados,
el Consejo Directivo y el Tribunal de Disciplina.
Conforme a lo dispuesto en el art. 2º de la mencionada ley, para ejercer la
profesión de abogado en la Capital Federal (y en todo el territorio de la República
conforme al régimen desregulatorio establecido por el dec. 2293/1992) se
requiere: 1) Poseer título habilitante expedido por la autoridad competente. 2)
Hallarse inscripto en la matrícula que lleva el referido colegio, no siendo exigible este
requisito al profesional que litigue ante la Corte Suprema o ante tribunales
administrativos por causas originadas en tribunales federales o locales en las
provincias (en cuyos casos basta la inscripción en las cámaras federales con asiento
en el interior o ante las autoridades locales respectivamente). 3) No
encontrarse incurso en las incompatibilidades o impedimentos que se mencionarán
más adelante.
Para inscribirse en la matrícula se requiere: 1) Acreditar identidad personal. 2)
Presentar título de abogado expedido o reconocido por autoridad nacional
competente. 3) Denunciar el domicilio real y constituir uno especial en la Capital
Federal. 4) Declarar bajo juramento no estar afectado por ninguna de
las incompatibilidades o impedimentos legales. 5) Prestar juramento profesional. 6)
Abonar las sumas que establezca la reglamentación (art. 11).
Aprobada la inscripción por el Consejo Directivo del Colegio, el abogado debe
prestar, ante el citado organismo, juramento de fidelidad en el ejercicio profesional
a la Constitución Nacional y a las reglas de ética, tras lo cual corresponde comunicar

75 
 
la inscripción a la Corte Suprema (arts. 12 y 16). Si la inscripción es denegada, lo
que sólo puede fundarse en el incumplimiento de algunos de los requisitos previstos
en el art. 11, el interesado puede interponer y fundar, dentro de los diez días desde
la notificación de la resolución, recurso ante la Cámara Nacional de Apelaciones en
lo Contencioso Administrativo Federal, el que debe concederse en efecto devolutivo.
El tribunal debe decidir la impugnación previo traslado al colegio y eventual apertura
a prueba (art. 13).
El ulterior incumplimiento de las mencionadas reglas de ética, que se hallan
meticulosamente contenidas en un código aprobado por el colegio(55), es susceptible
de sanciones aplicables por el Tribunal de Disciplina con arreglo a su menor o mayor
gravedad y con sujeción a diversas pautas atenuantes o agravantes vinculadas con
la antigüedad en la matrícula y en los antecedentes del imputado.
Cuestionada en su momento la validez constitucional de la ley 23.187 en virtud
de considerársela violatoria de los arts. 14 y 14 bis, CN, la Corte Suprema desestimó
el planteo con esencial fundamento en que el colegio creado por dicha ley no es una
asociación que se integra con la adhesión libre y espontánea de cada componente,
sino una entidad destinada a cumplir fines públicos que originariamente pertenecen
al Estado y que éste por delegación, circunstanciada normativamente, transfiere a
la institución que crea para el gobierno de la matrícula y el régimen disciplinario de
todos los abogados de la Capital Federal, como auxiliares de la administración de
justicia, y agregó que la matriculación obligatoria en el Colegio Público de Abogados
sólo entraña la imposición de las razonables cargas públicas y servicios personales
que cabe imponer con apoyo en los arts. 16 y 17, CN(56).
c) En el ámbito provincial existen, por lo general, minuciosos ordenamientos que
supeditan la inscripción en la matrícula profesional a otros requisitos
complementarios de los precedentemente referidos, así como a la existencia de
determinadas causales de inhabilidad. Prevén, igualmente,
algunas incompatibilidades con el ejercicio de la profesión de abogado.
Los ordenamientos vigentes en las provincias de Buenos Aires(57), San Juan(58)y
Tucumán(59), entre otros, exigen que el solicitante, aparte de acreditar identidad
personal y de presentar el diploma universitario, manifieste si se encuentra afectado
por alguna causal de inhabilidad o de incompatibilidad, y declare sus domicilios real
y especial.
En las provincias de Buenos Aires(60), Catamarca(61), Entre Ríos(62), San Juan(63),
Santa Fe(64)y Tucumán(65), están inhabilitados para inscribirse en la matrícula de
abogados quienes hayan sido condenados por delitos contra la propiedad o contra
la administración o la fe pública y, en general, todos aquellos condenados a pena
de inhabilitación profesional(66). Las leyes vigentes en las provincias de Buenos Aires
y de Santa Fe también prohíben la inscripción a los fallidos no rehabilitados(67).
En lo que atañe a las incompatibilidades con el ejercicio de la abogacía, sean
totales o parciales, se hallan instituidas por las leyes provinciales atendiendo a la
circunstancia de que el profesional desempeñe cargos de cierta relevancia en la
administración, pertenezca a los cuadros permanentes del Poder Judicial, o ejerza
cargos públicos o profesionales que, en general, o en el proceso de que se trate,
sean susceptibles de afectar principios inherentes a la ética de la abogacía.
Es ilustrativo sobre este punto el art. 3º, ley 5177 de la provincia de Buenos Aires,
en cuya virtud no pueden ejercer la profesión de abogados, por incompatibilidad:

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Absoluta: a) El presidente y vicepresidente de la Nación, el jefe de Gabinete, los
ministros, los secretarios y los subsecretarios nacionales, y el defensor del
Pueblo. b) Los gobernadores y vicegobernadores de las provincias. c) Los ministros,
los secretarios y los subsecretarios del Poder Ejecutivo provincial, el fiscal de Estado
y el asesor general de gobierno, al igual que sus reemplazantes legales, el
presidente y vocales del Tribunal de Cuentas y los miembros del Tribunal
Fiscal(68). d) Los magistrados, funcionarios y empleados judiciales(69). e) Los
abogados y los procuradores que no cancelen su inscripción como escribanos
públicos(70), doctores en ciencias económicas, contadores públicos, martilleros
públicos, o cualquier otra profesión o título que se considere auxiliar de la
justicia(71). f) Los abogados y los procuradores, jubilados en ese carácter, y los
escribanos que hubieren ejercido como procuradores de conformidad lo dispuesto
en el art. 62, inc. 1º, y se hubieren jubilado como tales.
Relativa: g) Los abogados, funcionarios de servicios policiales, penitenciarios y
de todo organismo de seguridad, en materia criminal y correccional(72). h) Los
abogados, para intervenir en procesos judiciales que tramiten ante el tribunal en que
se hayan desempeñado como magistrados o funcionarios, antes de haber
transcurrido dos años desde que cesaron en el cargo. En tal supuesto, el tribunal, a
pedido del profesional alcanzado por la prohibición o de alguna de las partes, deberá
remitir las actuaciones al que le sigue en orden de turno. i) Los legisladores
nacionales o provinciales, mientras dure el ejercicio de sus mandatos, en causas
judiciales o gestiones de carácter administrativo en las que particulares
tengan intereses encontrados con el Fisco(73). j) Los intendentes y los concejales
municipales, mientras dure el ejercicio de su mandato, en causas judiciales y
gestiones de carácter administrativo, en que particulares tengan intereses
encontrados con el municipio. En el caso previsto en el inc. f), si el profesional
optase por ejercer la profesión previamente, deberá pedir la suspensión del
beneficio previsional de que gozare.
En el orden nacional(74), pesan sobre los abogados las siguientes
prohibiciones: 1) Representar, patrocinar o asesorar simultánea o sucesivamente,
en una misma causa, intereses opuestos. 2) Ejercer la profesión en procesos en
cuya tramitación hubiese intervenido anteriormente como juez de
cualquier instancia, secretario o representante del Ministerio Público. 3) Autorizar el
uso de su firma o nombre a personas que, sin ser abogados, ejerzan actividades
propias de la profesión. 4) Disponer la distribución o la participación de honorarios
con personas que carezcan de título habilitante para el ejercicio profesional. 5)
Publicar avisos que induzcan a engaño u ofrecer ventajas que resulten violatorias
de las leyes vigentes o que atenten contra la ética profesional(75). 6) Recurrir
directamente o por terceras personas a intermediarios remunerados para obtener
asuntos(76)(art. 10, ley 23.187).
No pueden ejercer la profesión por incompatibilidad:
1) El presidente y el vicepresidente de la Nación, los ministros, secretarios y
subsecretarios del Poder Ejecutivo nacional, el procurador y subprocurador del
Tesoro, el intendente de la Ciudad de Buenos Aires y los secretarios de la
municipalidad de esa ciudad.
2) Los legisladores nacionales y concejales de la Capital mientras dure su
mandato en causas judiciales y gestiones administrativas en que particulares
tengan intereses encontrados con el Estado nacional, la municipalidad de la misma
Ciudad, sus respectivos entes autárquicos o empresas estatales, excepto en las
causas penales y correccionales.

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3) Los magistrados, funcionarios y empleados judiciales de cualquier fuero y
jurisdicción, y los que se desempeñen en el Ministerio Público y Fiscalía Nacional
de Investigaciones Administrativas, así como los integrantes de tribunales
administrativos, salvo cuando el ejercicio profesional resulte una obligación legal
representando al Estado nacional, provincial o municipal.
4) Los miembros de las Fuerzas Armadas, y los funcionarios y autoridades de la
Policía Federal, Gendarmería Nacional, Prefectura Naval Argentina, Policía
Nacional Aeronáutica, Servicio Penitenciario Federal, cuando las normas que
regulen dichas instituciones así lo dispongan.
5) Los magistrados y funcionarios de los tribunales municipales de faltas de la
ciudad de Buenos Aires.
6) Los abogados jubilados como tales, cualquiera que sea la jurisdicción donde
hayan obtenido el beneficio, en la medida dispuesta por la legislación previsional
vigente a la fecha en que aquél se concedió.
7) Los abogados que ejerzan la profesión de escribano público.
8) Los abogados que ejerzan las profesiones de contador, martillero o cualquiera
otra considerada auxiliar de la justicia, en la actuación ante el tribunal en que hayan
sido designados como auxiliares y mientras duren sus funciones.
9) Los magistrados y funcionarios jubilados como tales en la actuación ante el
fuero al que hubieran pertenecido y por el plazo de dos años a partir de su cese.
Por especial impedimento no pueden ejercer la profesión: 1) Los suspendidos en
el ejercicio profesional por el colegio. 2) Los excluidos de la matrícula tanto de la
Capital como de cualquier otra de la República, por sanción disciplinaria aplicada
por el colegio o por los organismos competentes de las provincias y mientras no
estén rehabilitados (art. 3º).

317. Derechos y deberes de los abogados


a) Corresponde a los abogados, en primer lugar, el derecho de ejercer su
actividad profesional, la que puede comprender, por un lado, la defensa, el patrocinio
o la representación de terceros en asuntos que se ventilan ante los órganos
judiciales o administrativos y, por otro lado, la evacuación de consultas jurídicas(77).
En lo que atañe al primero de los aspectos señalados, la ley acuerda al abogado
una particular prerrogativa en tanto establece que, "en el desempeño de su
profesión", aquél "será asimilado a los magistrados en cuanto al respeto y
consideración que debe guardársele" (art. 58, CPCCN)(78).
El derecho al ejercicio profesional implica, en principio, la libertad del abogado
para elegir los asuntos en que ha de desempeñarse como tal, aunque algunas leyes
provinciales, como se verá más adelante, restringen en alguna medida esa libertad
sobre la base de consideraciones de cooperación que hacen al más adecuado
servicio de la administración de justicia.
En razón del desempeño de sus actividades, los abogados tienen el derecho de
percibir una remuneración que se halla tarifada en las respectivas leyes arancelarias

78 
 
de acuerdo con la índole y el monto de los asuntos en que aquéllos han realizado
su labor. De este tema nos ocuparemos en el Capítulo XXVIII.
A esos derechos se suman los que incumben a los abogados en los ámbitos
previsional y asistencial, cuyo contenido varía, en nuestro país, de acuerdo con las
distintas reglamentaciones vigentes en el orden nacional y en las provincias.
Tras establecer(79), en el art. 5º, reproduciendo sustancialmente el texto del art.
58, CPCCN, que el abogado en el ejercicio profesional estará equiparado a los
magistrados en cuanto a la consideración y el respeto que se le debe, la ley
23.187 prescribe, en el art. 7º, que son derechos específicos de los abogados, sin
perjuicio de los acordados por otras disposiciones legales, los siguientes: a) Evacuar
consultas jurídicas y percibir remuneración. b) Defender, patrocinar o representar
judicialmente a sus clientes. c) Guardar el secreto profesional. d) Comunicarse
libremente con sus clientes respecto de los intereses jurídicos de éstos, cuando se
hallaren privados de libertad. e) La inviolabilidad de su estudio profesional, en
resguardo de la garantía constitucional de la defensa en juicio. En caso de
allanamiento, la autoridad competente que hubiere dispuesto la medida deberá dar
aviso de ella al Colegio al realizarla, y el abogado podrá solicitar la presencia de un
miembro del Consejo Directivo durante el procedimiento, sin que ello implique
suspenderlo. Sin perjuicio de los demás derechos que les acuerdan las leyes, es
facultad de los abogados en el ejercicio de su profesión requerir a las entidades
públicas información concerniente a las cuestiones que se les hayan encomendado
y, asimismo, tener libre acceso personal a archivos y demás dependencias
administrativas en las que existan registros de antecedentes. Se exceptúan de esta
disposición aquellas informaciones de carácter estrictamente privado y aquellos
registros y archivos cuyas constancias se declaren reservadas por disposición legal.
En estos casos el abogado deberá requerir el informe por intermedio del juez de la
causa (art. 8º). Asimismo, en dependencias policiales, penitenciarias o de
organismos de seguridad deben proporcionarse al abogado, por escrito,
los informes que éste requiera acerca de los motivos de detención de cualquier
persona y el nombre del juez que conozca en la causa (art. 9º).
b) El abogado es sujeto de deberes hacia su cliente, el órgano judicial y la parte
frente a la cual ejerce su patrocinio.
Con relación a su cliente, está obligado a orientarlo y a asistirlo de acuerdo con
la técnica que aconseje la naturaleza del asunto de que se trate. Ello implica, por un
lado, que el abogado debe ante todo abstenerse de ejercer su patrocinio en
la interposición de una pretensión o el planteamiento de una oposición fundadas en
hechos cuya falsedad le conste de modo indudable(80)y, por otro lado, que una vez
asumido el patrocinio, está obligado a empeñar toda su diligencia profesional en la
defensa de los intereses que le han sido confiados.
Con respecto al órgano judicial, el abogado está obligado a observar una
conducta compatible con el buen orden del proceso y con la autoridad, dignidad y
decoro del juez o jueces que integran a aquél, absteniéndose por lo tanto de obstruir
la adecuada ejecución de los actos procesales y de utilizar expresiones indecorosas
u ofensivas. Son, pues, extensivas a los abogados las consideraciones
formuladas supra, nro. 295, A), al referirnos al deber de respeto al órgano judicial.
Finalmente, con relación a la parte contraria a aquella que patrocina, debe el
abogado comportarse con lealtad, probidad y buena fe(81), pues, como vimos, el art.
45, CPCCN, lo hace pasible de responsabilidad, con carácter exclusivo o

79 
 
solidariamente con el patrocinado vencido en el pleito, en los supuestos de conducta
temeraria o maliciosa (ver supra, nro. 295, B]).
Son deberes específicos de los abogados(82), de acuerdo con lo prescripto en
el art. 6º, ley 23.187, sin perjuicio de otros previstos en leyes especiales, los
siguientes:
1) Observar fielmente la Constitución Nacional y la legislación dictada en su
consecuencia.
2) Aceptar y ejercer los nombramientos de oficio que por sorteo efectúan
las autoridades del colegio para asesorar, defender o patrocinar gratuitamente a
litigantes carentes de recursos suficientes.
3) Tener estudio o domicilio especial en la Capital.
4) Comunicar al colegio todo cambio de domicilio, así como la cesación o la
reanudación de sus actividades profesionales.
5) Comportarse con lealtad, probidad y buena fe en el desempeño profesional.
6) Observar con fidelidad el secreto profesional, salvo autorización fehaciente
del interesado.
Aparte de los deberes precedentemente analizados, que revisten carácter
general, las leyes provinciales imponen a los abogados otros deberes
complementarios, sea en forma de prestaciones positivas, instituidas en beneficio
de la administración de justicia o de los intereses de los clientes, sea en forma de
prohibiciones que se fundan, básicamente, en consideraciones de ética profesional.
Concordantemente con lo establecido en otras leyes locales, el art. 58, ley
5177 de la provincia de Buenos Aires, prescribe que son obligaciones de los
abogados:
1) Prestar su asistencia profesional como colaborador del juez y al servicio de la
justicia, pudiendo la inobservancia de esta regla dar lugar a la formación de causa
disciplinaria(83);
2) Patrocinar o representar a los declarados pobres en los casos que la ley
determine y atender el consultorio gratuito del colegio en la forma que establezca el
reglamento interno(84);
3) Aceptar los nombramientos que le hicieren los jueces o tribunales con arreglo
a la ley, pudiendo excusarse sólo por causas debidamente fundadas(85);
4) Tener estudio dentro del departamento en el que se encuentre matriculado; sin
perjuicio de su ejercicio profesional en otros departamentos judiciales;
5) Dar aviso al colegio de abogados departamental de todo cambio de su
domicilio; como así del cese o reanudación del ejercicio de su actividad profesional;
6) Guardar el secreto profesional respecto de los hechos que ha conocido con
motivo del asunto que se le hubiere encomendado o consultado, con las salvedades
establecidas por la ley(86);
7) No abandonar los juicios mientras dure el patrocinio(87);
8) Ajustarse a las disposiciones del art. 107 cuando actuare en calidad de
apoderado(88).

80 
 
Por su parte, el art. 60, ley 5177, prescribe que, sin perjuicio de lo que disponen
las leyes generales, está prohibido a los abogados:
1) Patrocinar o asesorar a ambos litigantes en un juicio, simultáneamente o
sucesivamente, o aceptar la defensa de una parte, si ya hubiere asesorado a la
otra(89).
2) Patrocinar y representar, individual y simultáneamente a partes contrarias, los
abogados asociados entre sí(90).
3) Ejercer su profesión en un conflicto en cuya tramitación hubiere intervenido
como magistrado, funcionario judicial o administrativo(91).
4) Aceptar el patrocinio o la representación en asuntos en que haya intervenido
un colega, sin dar previamente aviso a éste, excepto en casos de extrema urgencia
y con cargo de comunicárselo inmediatamente(92).
5) Sustituir a abogado o procurador en el apoderamiento o patrocinio de un
litigante, cuando ello provoque la separación de juez de la causa por algún motivo
legal(93).
6) Procurarse clientela por medios incompatibles con la dignidad profesional(94).
7) Publicar avisos o realizar propaganda, por cualquier medio de difusión que
pueda inducir a engaño a los clientes u ofrecer servicios contrarios o violatorios de
las leyes. La publicidad profesional se habrá de limitar a su nombre, dirección del
estudio, títulos científicos, horario de atención al público, fuero, materia o asuntos a
los que especialmente se dedique(95).
8) Requerir directamente o por terceras personas o intermediarios remunerados
para obtener asuntos(96).
9) Celebrar contratos de sociedad profesional con personas que no sean
abogados o procuradores(97).
10) Celebrar contrato de sociedad con quienes no posean título de abogado o
procurador, o integrar asociación o sociedad comercial que pueda tener por
objeto exclusivo el ofrecimiento de servicios jurídicos. Sin embargo, el abogado o el
procurador podrá establecer formas asociativas no comerciales con otros
profesionales universitarios, a través de la prestación de servicios con
sentido interdisciplinario, siempre que ello no altere la independencia funcional
e individualidad de la profesión y preserve la responsabilidad inherente a su calidad
de profesional del derecho. En todos los casos deberá declarar la existencia de esa
relación ante el colegio departamental respectivo.
11) Constituir domicilio en oficinas públicas, excepto cuando se trate de
funcionarios o empleados públicos que litiguen en calidad de tales y específicamente
con motivo de su función.
Los deberes enunciados en los arts. 58 y 60, ley 5177, se complementan con las
normas de ética para los abogados que dictó el Colegio de Abogados de la provincia
de Buenos Aires con fecha 25/2/1954, en uso de las atribuciones conferidas por el
art. 25, inc. 8º, de la ley citada, y por el art. 32, inc. b), dec. 5410/1949(98).
Dicho ordenamiento, que reconoce como fuentes, entre otras, las Reglas de Ética
adoptadas por la Asociación del Foro de Nueva York en 1909, las normas
sancionadas por la Federación Argentina de Colegios de Abogados el 26/5/1932, y
el anteproyecto redactado por la Barra Mexicana sobre la base de las conclusiones
aprobadas por la V y VI Conferencias Interamericanas de Abogados, se caracteriza

81 
 
por la extrema minuciosidad con que contempla las variadísimas facetas que
presenta el quehacer profesional desde el punto de vista ético. Ello explica,
asimismo, la heterogeneidad de sus normas, que comprenden desde las meras
recomendaciones hasta la incriminación de las conductas ostensiblemente reñidas
con la dignidad en el ejercicio de la abogacía.
Interesa recordar, finalmente, que la legislación de fondo impone a los abogados
otras clases de prohibiciones. Aquéllos no pueden, v.gr., comprar bienes que
estuviesen en litigio ni ser cesionarios de las pretensiones de cualquier naturaleza
en los procesos en que ejerciesen o hubiesen ejercido el patrocinio o la
representación (arts. 1361, inc. 6º, y 1442, derogado CCiv.).

318. Funciones del abogado ajenas al patrocinio o a la representación


a) El CPCCN y algunas leyes locales asignan a los abogados el cumplimiento de
diversas funciones que resultan ajenas, en rigor, al concepto de patrocinio o
asistencia que hemos definido en los números precedentes y que en cierta medida
confieren a dichos profesionales el carácter de auxiliares del órgano judicial.
A su vez, entre tales funciones cabe distinguir las que importan una sustitución
en cierto tipo de tareas que normalmente incumbe al personal auxiliar de los
órganos judiciales, de aquellas que necesariamente requieren un específico
conocimiento técnico.
b) Entre las funciones comprendidas en la primera de las mencionadas
categorías, cuya asignación a los abogados propende a la economía y simplificación
de los trámites procesales, se encuentran las siguientes:
1) Certificar la fidelidad de las copias de los poderes generales o especiales para
varios actos (art. 47, ap. 2º, CPCCN)(99).
2) Firmar las cédulas de notificación que interesen a las partes que patrocinan,
salvo las que tengan por objeto hacer saber medidas cautelares o entrega de bienes
y aquellos en que no intervenga letrado, síndico, tutor o curador ad litem, salvo
notificación notarial. El juez puede ordenar que el secretario suscriba
los instrumentos de notificación cuando fuere conveniente por razones de urgencia
o por el objeto de la providencia (art. 137, CPCCN)(100).
3) Firmar y diligenciar los oficios mediante los cuales se
requieran informes, expedientes, testimonios y certificados de oficinas públicas o de
entes privados (art. 400, ap. 1º, CPCCN)(101).
4) En los juicios sucesorios, dirigirse directamente mediante oficio, sin necesidad
de previa petición judicial, a bancos, oficinas públicas y entes privados al único
efecto de acreditar el haber (art. 400, ap. 2º, CPCCN)(102).
5) En las sucesiones extrajudiciales, una vez cumplidas las operaciones
de inventario, avalúo, partición y adjudicación, solicitar directamente la inscripción
de los bienes registrables y entregar las hijuelas a los herederos (art. 698, ap.
3º, CPCCN)(103).

82 
 
c) En la segunda de las categorías más arriba señaladas, se hallan comprendidas
las funciones de partidor en los procesos sucesorios (art. 727, CPCCN)(104), cuyo
cumplimiento requiere la posesión de título de abogado.

319. Responsabilidad de los abogados


Como consecuencia del incumplimiento de los deberes que le corresponden
como profesional, el abogado puede ser pasible de cuatro tipos de responsabilidad:
civil, penal, procesal y disciplinaria.
a) Desde el punto de vista civil, el régimen jurídico de la responsabilidad de los
abogados difiere según que éstos asuman la representación de sus clientes (letrado
apoderado) o que se limiten a ejercer el patrocinio o dirección letrada.
En el primer supuesto, el abogado está sujeto a las reglas del mandato y su
responsabilidad frente al mandante es la misma que incumbe a los procuradores(105).
En el segundo caso, cualquiera que sea la naturaleza jurídica del
vínculo existente entre el abogado y la parte(106), la responsabilidad de aquél no
puede tenerse por configurada ante la mera circunstancia de que la pretensión u
oposición del patrocinado no hayan en definitiva prosperado, siempre que la
dirección técnica asumida en el proceso encuentre razonable apoyo en alguna de
las fuentes del derecho vigente(107). El abogado, en cambio, compromete su
responsabilidad cuando la pérdida del pleito ha obedecido a una actuación
negligente o a errores jurídicos inexcusables(108).
Cuando el daño deriva, no ya de negligencia o error en el planteamiento de las
cuestiones de fondo, sino de una defectuosa conducción del proceso, la eventual
responsabilidad del abogado debe juzgarse en función de las características
especiales de cada caso, aunque no cabe admitir —con carácter general— que el
abogado, pese a no haber asumido el carácter de apoderado, pueda desentenderse
totalmente de la forma en que se ejecutan los actos procesales, prescindiendo de
tomar contacto directo con la marcha de los procedimientos(109).
La responsabilidad del abogado con respecto a su cliente reviste carácter
contractual. Por el contrario, en el caso de que aquél, en el ejercicio de sus funciones
profesionales, ocasionase un daño a un tercero, su responsabilidad será delictual o
cuasidelictual, debiendo regirse, en consecuencia, por el principio general contenido
en el art. 1109, derogado CCiv.(110).
Cabe recordar, finalmente, que como forma de hacer efectivo uno de los aspectos
de su responsabilidad civil, el abogado puede ser condenado, solidariamente con el
apoderado, a pagar al patrocinado las costas causadas por su culpa o negligencia,
cuando éstas fueren declaradas judicialmente (art. 52, ap. 2º, CPCCN) (ver supra,
nro. 303).
b) La responsabilidad penal de los abogados se genera con motivo de la comisión
de delitos que la ley tipifica, sea con específica referencia de aquéllos, sea con
relación a cualquier actividad profesional.
A la primera categoría pertenece el delito de prevaricato, una de cuyas especies
se configura respecto del "abogado o mandatario judicial que defendiere o

83 
 
representare partes contrarias en el mismo juicio, simultánea o sucesivamente o que
de cualquier otro modo, perjudicare deliberadamente la causa que le estuviere
confiada" (art. 271, CPen.).
Dentro de la segunda categoría debe incluirse la especie del delito de violación
de secretos descripto por el art. 156 del mencionado código, que sanciona a quien
"teniendo noticia, por razón de su estado, oficio, empleo, profesión o arte, de un
secreto cuya divulgación pueda causar daño, lo revelare sin justa causa".
c) Desde el punto de vista procesal, incurre en responsabilidad frente a la parte
vencedora, en forma exclusiva o junto con la parte que ha patrocinado, el abogado
cuya conducta hubiese sido declarada maliciosa o temeraria por la sentencia
definitiva (arts. 45 y 34, inc. 5º, pto. VI, CPCCN) (ver supra, nro. 295, B]).
d) De acuerdo con los distintos regímenes legales vigentes en nuestro país sobre
el ejercicio de la abogacía, corresponde diferenciar dos modalidades de
responsabilidad disciplinaria a las que cabe denominar, en atención a la naturaleza
del órgano competente para hacerla efectiva, judicial y colegial(111).
La responsabilidad disciplinaria judicial puede producirse como consecuencia de
cualquier actitud asumida por el abogado con motivo de su intervención ante la
justicia, que implique una infracción al deber de respeto al órgano judicial, con el
alcance que a dicho deber hemos atribuido oportunamente (supra, nro. 295, A]).
Cabe añadir que es éste el único tipo de responsabilidad disciplinaria previsto en el
ordenamiento jurídico de la justicia nacional(112)y en algunas leyes
provinciales(113), aunque con la variante de que algunas de estas últimas autorizan
a los órganos judiciales para sancionar conductas que afectan, en general, la
dignidad profesional o implican el incumplimiento de otros deberes legales y
contemplan, aparte de las correcciones disciplinarias comunes (arresto, prevención,
apercibimiento y multa) (ver supra, nro. 190), las consistentes en la suspensión en
el ejercicio de su profesión durante un determinado período(114), e incluso en
la exclusión de la matrícula(115).
La responsabilidad disciplinaria colegial, que funciona concurrentemente con la
judicial, rige en aquellos sistemas que han adoptado el sistema de la colegiación
obligatoria y comprende, en términos generales, las infracciones que comprometen
la honorabilidad, el prestigio y la aptitud profesionales(116). Dicha responsabilidad se
hace efectiva por los órganos disciplinarios de los respectivos colegios, a los que se
habilita para fiscalizar el correcto ejercicio de la función de abogado y para aplicar
las correspondientes sanciones.
Son ilustrativas, acerca de esta clase de responsabilidad, las disposiciones
contenidas en la ley 5177 de la provincia de Buenos Aires.
El art. 25 de la ley citada establece, en efecto, que los abogados pertenecientes
al colegio quedan sujetos a las sanciones disciplinarias de éste por las causas
siguientes: 1) pérdida de la ciudadanía, cuando la causa que la determine
importe indignidad; 2) condena criminal; 3) violación de las prohibiciones
establecidas en el art. 60 (sobre ellas, ver supra, nro. 317); 4) retención indebida de
fondos o efectos pertenecientes a sus mandantes, representados, asistidos o
patrocinados; 5) infracción manifiesta o encubierta a lo dispuesto sobre aranceles y
honorarios en la ley que regula la materia; 6) retardo o negligencia frecuentes
o ineptitud manifiesta y omisiones en el cumplimiento de las obligaciones y los
deberes profesionales; 7) violación del régimen de incompatibilidades establecidas
en el art. 3º de la ley; 8) abandono del ejercicio de la profesión o traslado de su
domicilio profesional fuera del departamento judicial, sin dar aviso dentro de los

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treinta días al colegio de abogados departamental, cuando se deviene perjuicio a
terceros; 9) inasistencia por parte de los miembros del Consejo Superior, Consejo
Directivo y Tribunal de Disciplina a tres sesiones consecutivas o cinco alternadas en
el curso de un año, sin causa justificada(117); 10) toda contravención a las
disposiciones de esta ley y del decreto reglamentario(118).
De acuerdo con el art. 28, las sanciones disciplinarias pueden consistir en alguna
de las siguientes medidas: 1) Advertencia individual o en presencia del consejo
directivo, según la importancia de la falta. 2) Multa, hasta un importe equivalente a
cien jus arancelario. 3) Suspensión en la matrícula profesional, hasta dos años. 4)
Exclusión de la matrícula profesional. Esta última sanción sólo puede ser aplicada
por haber sido el abogado inculpado suspendido tres o más veces, o por la comisión
de delitos de acción pública, y siempre que de las circunstancias del caso, cuyo
juzgamiento compete al Tribunal de Disciplina, se desprenda con evidencia la
conducta dolosa del abogado(119)(art. 30).
La ley 5177 reglamenta, asimismo, el número de votos necesarios para la
aplicación de las mencionadas sanciones y los recursos que proceden contra las
respectivas resoluciones. Establece, en efecto, el art. 29, que "la sanción prevista
en el inc. 1º, artículo anterior se aplicará por el Tribunal de Disciplina con el voto de
la mayoría de los miembros que lo componen. Las previstas en los incs. 2º, 3º y 4º,
del mismo artículo, se aplicarán por el voto de dos tercios de los miembros del
tribunal. En todos los casos, la sanción será apelable por ante el Consejo Superior
del Colegio de Abogados de la provincia de Buenos Aires, recurso que
se interpondrá por escrito y fundado ante el Tribunal de Disciplina, dentro del plazo
de diez días desde la fecha de la notificación, ampliable en razón de la distancia. La
resolución que dicte el Consejo Superior, que determine la aplicación de las
sanciones previstas en los incs. 2º, 3º y 4º, art. 28, podrá recurrirse ante los
tribunales contencioso-administrativos, conforme a lo establecido en el art. 74, ley
12.008. La sanción prevista en el inc. 1º sólo será apelable cuando se alegue
haberse operado la prescripción"(120).
En la Capital los abogados matriculados pueden ser pasibles de sanciones
disciplinarias por: 1) Condena por delito doloso a pena privativa de la libertad cuando
de las circunstancias de la causa surja que el hecho afecta al decoro y ética
profesionales; o condena que importe la inhabilitación profesional. 2) Calificación de
conducta fraudulenta en el concurso comercial o civil, mientras no sean
rehabilitados. 3) Violación de las prohibiciones y las limitaciones establecidas en el
art. 3º. 4) Retención indebida de documentos o bienes pertenecientes a sus
mandantes, representados o asistidos. 5) Retardo o negligencia frecuente
o ineptitud manifiesta, u omisiones graves en el cumplimiento de los deberes
profesionales. 6) Infracción manifiesta o encubierta a lo dispuesto por la ley
arancelaria. 7) Incumplimiento de las normas de ética profesional sancionadas por
el Colegio. 8) Todo incumplimiento de las obligaciones o los deberes establecidos
en la ley analizada (art. 44, ley 23.187).
Las sanciones disciplinarias son: 1) Llamado de atención. 2) Advertencia en
presencia del Consejo Directivo. 3) Multa cuyo importe no podrá exceder la
retribución mensual de un juez de primera instancia de la Capital. 4) Suspensión de
hasta un año en el ejercicio profesional(121). 5) Exclusión de la matrícula que sólo
podrá aplicarse: a) Por haber sido suspendido el imputado cinco o más veces con
anterioridad dentro de los últimos diez años. b) Por haber sido condenado por la
comisión de un delito doloso a pena privativa de la libertad y siempre que de las
circunstancias del caso surja que el hecho afecta el decoro y la ética profesionales

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(art. 45). Conforme a lo dispuesto en el art. 47, las sanciones mencionadas
requieren, de acuerdo con su gravedad, distintos números de votos de los miembros
del Tribunal de Disciplina, pero todas son apelables con efecto suspensivo(122). El
recurso debe ser interpuesto y fundado dentro de los diez días de notificada la
resolución, entendiendo de aquél la Cámara Federal de Apelaciones en lo
Contencioso Administrativo Federal, la que, antes de resolver, debe conferir traslado
al Consejo Directivo del Colegio.
El siguiente es el texto del Reglamento de Procedimiento para el Tribunal de
Disciplina del Colegio Público de Abogados (RPTD), aprobado por Asamblea de
Delegados el 11/12/2008:
"Art. 1º.— Ámbito de aplicación: El presente reglamento será aplicable por el
Tribunal de Disciplina del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal,
conforme la competencia asignada por el art. 17, ley 23.187. Se ratifica y se sostiene
plenamente el principio de derogación de la facultad sancionatoria de los jueces, la
que es de competencia exclusiva y excluyente del Tribunal de Disciplina, conforme
lo normado en la ley 23.187 y el Código de Ética.
"Art. 2º.— Carácter: a) La acción disciplinaria sólo se extingue por fallecimiento
del denunciado o por prescripción; ésta no es susceptible de renuncia, ni
desistimiento.
"b) En el proceso disciplinario no opera la caducidad de instancia.
"c) La prescripción podrá ser declarada de oficio por el Tribunal de Disciplina u
oponerse en cualquier estado del proceso.
"d) Las demás excepciones y nulidades podrán oponerse en la primera
presentación en que el denunciado, su defensor particular o la Unidad de
Defensoría intervengan y serán resueltas por el Tribunal de Disciplina, como de
previo y especial pronunciamiento, dentro del plazo de quince días. Igualmente
podrá replantearlas al hacer su defensa en la audiencia de vista de causa.
"Art. 3º.— Facultades. Deberes del Tribunal: Sin perjuicio de las facultades
conferidas por la ley de su creación, el Tribunal de Disciplina asumirá la dirección
del proceso. Dentro de los límites establecidos en el presente, actuará de acuerdo
con los siguientes principios:
"a) De concentración: disponiendo en lo posible que en un mismo acto
o audiencia se lleven a cabo todas las diligencias que sea menester realizar y —en
su caso— ordenando la acumulación de los procesos que presentaren identidad o
conexidad de conexidad, sujeto y causa.
"b) De saneamiento: disponiendo de oficio toda medida que fuere conducente
para la causa o necesaria para evitar nulidades y defectos de procedimiento que
impidan el normal avance de la causa.
"c) De economía procesal: vigilando que en toda la tramitación de la causa se
persiga este propósito, adoptando las medidas tendientes a evitar la paralización del
proceso, disponiendo las que fueren necesarias para evitar nulidades y defectos de
procedimiento.
"d) De oralidad: garantizando su plena vigencia en todas las etapas del proceso.
"e) De inmediación: debiendo actuar todos sus miembros personalmente, de
acuerdo con lo que establece el presente Reglamento de Procedimiento y el
Reglamento Interno, como garantía de la pluralidad de ideas y de respeto por las
minorías, no pudiendo delegarse actos concernientes a las etapas sustanciales del

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proceso, a cuyo fin la Secretaría General o las Secretarías de Sala, en su caso,
deberán llevar un Registro del sorteo del orden de las votaciones, que serán
nominales y fundadas.
"f) De gratuidad: garantizando su vigencia en la sustanciación del proceso
disciplinario.
"Art. 4º.— Legitimación del denunciante: El denunciante no adquiere la calidad
de parte, pero está obligado a comparecer ante el Tribunal las veces que sea citado,
aportando los elementos probatorios en su poder.
"Art. 5º.— Iniciación de las causas: Las causas de competencia del tribunal
se iniciarán:
"a) por denuncia;
"b) por pedido de un abogado de cuya conducta se tratare; o
"c) de oficio.
"La denuncia podrá ser formulada por cualquier persona que se sintiera agraviada
por el proceder de un abogado en el ejercicio de su profesión. En el acto
de interposición o en el momento de su ratificación, el denunciante deberá fundarla,
ofrecer la prueba y constituir domicilio en la Capital Federal. No se admitirán
denuncias anónimas.
"La denuncia deberá presentarse o formularse por ante la Mesa de Entradas,
oficina ésta que entregará constancia al denunciante de su iniciación, debiendo
girarla dentro de los tres días a la Secretaría General del Tribunal de Disciplina.
Recibida la causa y dentro del plazo de cinco días, la Secretaría General asignará,
por sorteo en presencia de autoridades del tribunal, la sala que intervendrá. El
sorteo será público exclusivamente para los matriculados.
"Efectuado el sorteo y en todos los casos, la Secretaría General del Tribunal de
Disciplina, en forma directa y sin más trámite, remitirá la causa a la Unidad de
Instrucción. En el caso previsto por el inc. c) la Unidad de Instrucción emitirá su
dictamen, el que será elevado a la sala interviniente. Si se propiciare el traslado de
la denuncia, la Unidad de Instrucción indicará la supuesta infracción disciplinaria, el
tiempo y el modo en que llegó a su conocimiento, el lugar en que se habría cometido
y cualquier otra circunstancia que estime de interés.
"Art. 6º.— Recusación. Excusación: El trámite de la recusación, en los supuestos
admitidos por el art. 40, ley 23.187, serán los previstos por los arts. 17 y 30, CPCCN;
y 55 y 58, CPPN. También procederá la excusación con los alcances establecidos
por los Códigos citados.
"Art. 7º.— Instancia previa: Recibido el sumario en la Unidad de Instrucción
asignada, y dentro del plazo de treinta días, se citará al denunciante para que
ratifique su denuncia en la audiencia que a tal efecto se fijará dentro de los diez días
posteriores a la citación, bajo apercibimiento de archivo la causa en caso
de incomparecencia injustificada. En esa oportunidad la Unidad de Instrucción podrá
requerir las explicaciones que considere pertinentes. Asimismo, podrá efectuar una
breve información sumaria, disponiendo la realización de medidas previas, cuya
producción se llevará a cabo a través de las Secretarías de Sala o del Tribunal,
según corresponda.
"Dentro de los veinte días posteriores a la ratificación o la culminación de
la información sumaria o de producidas las medidas previas, la Unidad de

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Instrucción deberá elevar el expediente a la Sala asignada con fundado dictamen
proponiendo:
"a) El archivo de la causa por falta de ratificación.
"b) Su desestimación, cuando la denuncia fuere manifiestamente improcedente
o los hechos no correspondieren a la competencia asignada por ley al Colegio
Público de Abogados de la Capital Federal.
"c) La prescripción.
"d) La prosecución de la causa.
"Contra la resolución que adopte la sala asignada, en cualquiera de los supuestos
descriptos, no es admisible recurso alguno.
"Art. 8º.— Traslado de la denuncia: Si la sala asignada decidiere la prosecución
de la causa, dará traslado al denunciado por el plazo de quince días de los cargos
formulados, la actuación de oficio y, en su caso, de las informaciones sumarias que
se hubieren producido, notificando de ello con entregas de copias.
"La notificación se hará en el domicilio denunciado por el abogado ante el Colegio
Público de Abogados de la Capital Federal. Si la notificación fuere negativa, se
correrá traslado al domicilio real del matriculado en oportunidad de lo previsto por el
art. 11, inc. c), ley 23.187. Deberán agotarse todas las posibilidades de ubicar al
matriculado, a efectos de correrle traslado de la denuncia, lo que estará cargo de la
Secretaría de Sala.
"Todas las notificaciones se practicarán por cédula u otro medio fehaciente,
trámite que estará a cargo de la Secretaría de Sala o Secretaría General del Tribunal
de Disciplina, según corresponda, siendo suscripta la documentación que notifica
por el funcionario respectivo con transcripción del auto que ordena la medida.
"Los plazos se computarán en días hábiles judiciales y serán improrrogables.
"Art. 9º.— Descargo: Defensa.
"a) Dentro del plazo establecido por el art. 8º, el abogado denunciado, o su
defensor particular, podrá presentar el escrito de defensa, reconociendo o negando
los hechos invocados en la denuncia y su ratificación, y la autenticidad de los
documentos acompañados que se le atribuyeren, y formulando las consideraciones
pertinentes acerca de la antijuricidad de la conducta reprochada, ofreciendo
asimismo las pruebas de que intente valerse.
"b) En el supuesto de que el abogado denunciado no compareciere por sí o
por intermedio del defensor particular que designe, la sala interviniente girará las
actuaciones a la Unidad de Defensoría, que sólo podrá excusarse en los supuestos
previstos en los arts. 17 y 30, CPCCN, y 55 y 63, CPPN. Una vez notificada de la
designación y aceptado el cargo, la Unidad de Defensoría dará cumplimiento a su
cometido dentro del plazo previsto por el art. 8º de este Reglamento. La intervención
de la Unidad de Defensoría cesará en caso de que el abogado denunciado se
presente o designe defensor particular.
"c) En su primera presentación, el denunciado deberá constituir domicilio en la
Capital Federal, bajo apercibimiento de considerar subsistente el mencionado en el
artículo anterior.
"d) Simultáneamente con la defensa, el denunciado deberá oponer todas
las excepciones que considere que hacen a su defensa.

88 
 
"e) Con el escrito de defensa deberá acompañarse la prueba documental en
poder del denunciado, y ofrecerse la testimonial y pericial de que intente valerse.
"f) Si el letrado denunciado o su defensor ofrecieren prueba testimonial,
deberá indicar en el ofrecimiento qué extremos intenta probar con dicha prueba. La
cantidad de testigos ofrecidos por denunciante y denunciado no podrá exceder de
cinco por cada uno. Asimismo, deberán solicitar que aquéllos sean citados por el
tribunal, debiendo denunciar nombre, profesión y el domicilio en el acto de
ofrecimiento; si no lo hiciere, asume la carga de hacerlos comparecer a la audiencia
fijada, bajo apercibimiento de tenerlo por desistido de dicha prueba.
"Art. 10.— Recepción de la prueba. Vista de causa:
"a) Formulado el descargo de la imputación, o vencido el plazo para hacerlo, si
encontrare mérito el tribunal por resolución fundada de la mayoría simple de sus
miembros resolverá sobre:
"1) La prescripción y las demás excepciones y/o nulidades que se hubieren
opuesto en el escrito de defensa.
"2) La procedencia de la prueba ofrecida en el escrito de inicio o en la ratificación,
la incorporada en la comunicación de oficio, o las agregadas o propuestas por la
Unidad de Instrucción, así como aquella acompañada u ofrecida en el escrito de
defensa. Se rechazarán sólo aquellas pruebas que resultaren manifiestamente
improcedentes, respetando el derecho de defensa. La producción de la prueba se
llevará a cabo en un plazo que no excede los sesenta días.
"3) En caso de no existir hechos controvertidos, se declarará la cuestión de puro
derecho, pasando los autos a resolución. El tribunal dictará sentencia en el término
de treinta días.
"4) Podrá, además, dictar la absolución, respecto del fondo de la cuestión, si los
hechos denunciados no se correspondieren con una falta disciplinaria o no
hubieren existido, o no queden debidamente probados, o si resultare manifiesto que
el letrado denunciado no pudo participar de los hechos que se le endilgan.
"5) El tribunal designará audiencia a fin de que en la audiencia de vista de causa
ante la sala o el tribunal en pleno, según correspondiere, se reciba la testimonial y —
en su caso— las explicaciones del perito.
"b) La producción de las pruebas que hubieran sido ofrecidas en el escrito de
denuncia o en la ratificación, las propuestas por las Unidades de Instrucción, u
ofrecidas por la Unidad de Defensoría, quedarán a cargo de las respectivas
Secretarías de Sala o Secretaría General del Tribunal de Disciplina, según
corresponda. Las Secretarías de Sala o la Secretaría General del Tribunal de
Disciplina, según corresponda, deberán efectuar los trámites que fueren necesarios
y el control que les permita certificar —con carácter previo a la audiencia de vista de
causa— que se ha producido la totalidad de la prueba en el sumario, a excepción
de la prueba testimonial cuya producción se llevará a cabo durante la
referida audiencia.
"La prueba pericial será realizada por expertos que se designarán de oficio, por
requerimiento del tribunal, al Cuerpo de Peritos de la Corte Suprema de Justicia de
la Nación. Sin perjuicio de ello, la defensa particular podrá designar perito consultor
de parte. Aceptado el cargo, el experto designado de oficio deberá cumplir su
cometido dentro del plazo que le fije el tribunal. De la pericia efectuada, se dará

89 
 
traslado a la defensa por el plazo de cinco días para que se solicite las explicaciones
que consideren corresponder.
"c) A las audiencias fijadas deberá concurrir personalmente el letrado denunciado
bajo apercibimiento de que la incomparecencia injustificada podrá ser considerada
presunción en su contra —salvo prueba en contrario—. El tribunal podrá convocar a
la audiencia de vista de causa a los peritos, si los hubiere.
"Art. 10 bis.— Del procedimiento de la Audiencia de Vista de Causa.
"a) Por Secretaría se dará comienzo al acto con la lectura de la denuncia, u oficio
de inicio, incorporándose por lectura las pruebas producidas en el sumario, el
descargo y las acompañadas con éste, salvo petición en contrario por parte de
denunciante o denunciado.
"Por razones de orden y buena marcha del proceso, la presidencia de la sala
o del Tribunal, en su caso, dirigirá la audiencia otorgando el uso de la palabra. Podrá
ordenar el alejamiento de toda persona cuya presencia entorpezca el normal
desarrollo del acto o su presencia no sea necesaria, o limitar la admisión a un
determinado número de concurrentes. Podrá interrogar libremente al letrado
denunciado recordándole —bajo pena de nulidad— los derechos constitucionales
que le asisten, en el sentido de que nadie está obligado a declarar contra sí mismo
y el denunciante, así como disponer el careo entre ellos o entre éstos y los testigos.
"b) De la audiencia celebrada se levantará acta, consignando el nombre de los
comparecientes, de los testigos y del perito si lo hubiere; y se dejará constancia de
las diligencias que se practicaren. Además de los mencionados, de la Unidad de
Instrucción, de la Unidad de Defensoría y del defensor particular, sólo podrán asistir
a las audiencias los abogados matriculados en el Colegio Público de Abogados de
la Capital Federal.
"c) Finalizada la audiencia, la presidencia de sala o del tribunal, en su
caso, invitará al denunciado, su defensor o a la Unidad de Defensoría a formular
alegato oralmente sobre el mérito de la prueba; que podrá ser reemplazado por un
memorial que deberá ser presentado dentro de los cinco días de celebrada
la audiencia a pedido del denunciado o su defensor o la Unidad de Defensoría. El
acta sólo consignará si se ha ejercido o no esta facultad.
"d) Las audiencias de vista de causa se grabarán en dos cintas magnetofónicas,
una de las cuales será resguardada en sobre cerrado, firmado por los miembros y
el secretario del tribunal, y deberá conservarse hasta tanto quede firme la sentencia.
La cinta restante quedará en guarda de la Secretaría de Sala o Secretaría General
del Tribunal de Disciplina, según corresponda. La Secretaría de Sala o Secretaría
General del Tribunal de Disciplina, en su caso, se encuentran facultadas para
disponer la realización de los actos conducentes al respecto. El medio de registro
señalado es sin perjuicio de la utilización de otras herramientas electrónicas que
permitan el registro de imágenes inclusive o de la tecnología que el Tribunal de
Disciplina considere aplicable y adecuada a la oportunidad del acto procesal. Si el
denunciado o su defensor solicitaren copia de la grabación, ésta será expedida a su
costa.
"Art. 11.— Sentencia: Vencido el plazo para presentar el alegato, el tribunal
dictará sentencia fundada dentro del plazo de treinta días.
"La sentencia que aplique sanción disciplinaria no podrá basarse exclusivamente
en la presunción que se establece en el art. 10, inc. c).

90 
 
"En caso de que el denunciado se hubiera presentado por sí o por defensor
particular, dicha resolución será notificada al domicilio que hubiera constituido en la
causa.
"Si la asistencia técnica hubiere estado a cargo de la Unidad de Defensoría, se
impondrá previamente la notificación de la resolución al letrado a ambos domicilios
(estudio y particular) registrados en el Colegio Público de Abogados de la Capital
Federal.
"Art. 12.— Plazo máximo de duración del proceso: El plazo máximo de duración
del proceso por ante el Tribunal de Disciplina será de veinticuatro meses, contados
desde que la causa ingrese al registro del Tribunal.
"Si vencido el plazo, no se hubiere aún dictado sentencia definitiva, la causa
deberá ser resuelta por la misma sala que estuviere conociendo, dentro de los treinta
días hábiles siguientes, acordándose al trámite calidad de preferente despacho.
"Para el cómputo de los plazos establecidos precedentemente se deberá
descontar el tiempo que insuman los trámites necesarios que fueren ajenos a la
actividad y diligencias del tribunal, y las ferias judiciales.
"Art. 13.— Apelación: El recurso de apelación deberá interponerse dentro de los
diez días hábiles; los cuales comenzaran a correr en caso de que actúe la Unidad
de Defensoría a partir de que el defensor designado por sorteo para actuar ante la
Cámara acepte el cargo.
"Art. 13 bis.— Sorteo de defensores: A los fines de la actividad en sede judicial
se designará por sorteo un abogado que surgirá de la lista que se hará convocando
a ex miembros del tribunal, cuyo mandato haya expirado dos años antes de su
designación; y de los integrantes de los Institutos de Derecho Penal, Derecho
Criminológico y Derecho Procesal Penal o, en su defecto, por sorteo del listado
general de la matrícula.
"El sorteo será realizado por la Unidad de Defensoría.
"Art. 14.— Publicidad: Las sentencias, una vez firmes, deberán ser comunicadas
de inmediato al Consejo Directivo. Las que establecieren sanciones de suspensión
o exclusión de la matrícula deberán ser publicadas a cargo del Colegio Público. Las
restantes sentencias condenatorias no serán publicadas. Los expedientes del
Tribunal de Disciplina serán reservados, teniendo acceso a ellos sólo el
denunciante, el denunciado, sus defensores o aquellos autorizados en
el expediente. En los casos en que no corresponda su publicación las causas serán
mencionadas por su número. Esta disposición se transcribirá en la nota de elevación
a la Cámara de Apelaciones. A pedido del interesado, también deberán publicarse
las sentencias absolutorias, cualesquiera que fueren las causales que hubieren
motivado la intervención del tribunal. En todos los casos se dará cuenta a los
colegiados mediante su mención en la memoria anual. Cuando correspondiere
publicación, ella se referirá a la parte dispositiva de la sentencia y se tendrá por
cumplida con la publicación oficial.
"Art. 15.— Independencia de las acciones: Cuando por los mismos hechos que
dieron origen a la causa disciplinaria se tramite o se hubiera tramitado causa penal,
el pronunciamiento del Tribunal de Disciplina será independiente de aquélla. Es
facultad del Tribunal de Disciplina disponer la suspensión del proceso disciplinario
si la causa penal estuviese pendiente de resolución. No se computará plazo alguno
mientras dure la suspensión.

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"Respetando el principio constitucional que nadie puede ser juzgado dos veces
por el mismo hecho y en cumplimiento del mandato del art. 41, ley 23.187,
observando en primer lugar el Código Procesal Penal, que será de aplicación, en
especial sus principios:
"1) De inocencia: Todo matriculado es inocente hasta que se demuestre lo
contrario.
"2) In dubio pro matriculado: En caso de duda a favor del matriculado.
"3) Non bis in idem; Ningún matriculado podrá ser sometido más de una vez a un
proceso disciplinario por el mismo hecho.
"4) No interpretación extensiva ni por analogía: Ninguna norma de fondo podrá
ser interpretada por el tribunal ni por las unidades de investigación o defensa, en
forma extensiva, ni por analogías, ni basados exclusivamente en presunciones.
"5) Interpretación más favorable: El tribunal hará siempre la interpretación de las
normas más favorable al matriculado.
"6) Improcedencia de la ley retroactiva: El tribunal no hará aplicación retroactiva
de las normas, salvo su carácter de norma o reglamento, más benigno.
"Art. 16.— Actuación por comunicación de los jueces: En todos los casos en que
los jueces comunicaren inconductas, o actuaciones temerarias o maliciosas, o
condena penal del matriculado, se observará el procedimiento previsto en el art. 5º.
La resolución que recayere será puesta en conocimiento del juez y de su Tribunal
de Alzada.
"Art. 17.— Vigencia: El presente Reglamento entrará en vigencia a partir del día
siguiente a su publicación en el Boletín Oficial.
"Art. 18.— Disposición transitoria: El presente reglamento será de aplicación para
las causas que, encontrándose en condiciones de ser designado defensor de oficio,
éste no hubiere sido asignado, y para las interpuestas a partir del día siguiente a su
publicación en el Boletín Oficial.
"Art. 19.— Comuníquese y archívese".

320. Abogados del Estado


a) En el orden nacional, el asesoramiento jurídico y la defensa judicial del Poder
Ejecutivo y de todos los órganos que integran la administración se halla a cargo,
como principio general, del Cuerpo de Abogados del Estado, institución creada por
la ley 12.954 y reglamentada por diversos decretos.
La dirección de dichos organismos incumbe al procurador del Tesoro(123),
funcionario que actúa bajo la directa dependencia jerárquica del presidente de la
Nación(124).
El Cuerpo de Abogados del Estado se compondrá de una Dirección General y
delegaciones en cada uno de los ministerios, secretarías de Estado y reparticiones
de la administración de jurisdicción nacional que tengan actualmente constituidas
asesorías o direcciones de asuntos legales y las que en lo sucesivo puedan

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crearse(125). El procurador del Tesoro, como director general del Cuerpo,
imparte instrucciones generales o especiales que le sean solicitadas por los
funcionarios letrados del Cuerpo de Abogados, o lo considere necesario o
conveniente para el mejor cometido de aquéllos. Dicta las resoluciones necesarias
para el mejor ejercicio de la dirección técnica y profesional que le corresponde con
arreglo a la ley 12.954 y a su reglamentación. Cuando considere conveniente, como
resultado de la observación o aplicación práctica de la ley o la reglamentación, está
facultado para proponer al Poder Ejecutivo las modificaciones pertinentes(126).
Cada delegación estará a cargo de un director o asesor letrado —según lo
determinen los presupuestos de los correspondientes organismos (art. 8º, ley
12.954)— que en caso de excusación, recusación, ausencia, licencia o impedimento
será reemplazado por un subdirector o subasesor, según sea la organización de la
respectiva delegación. Con respecto a aquellas delegaciones que no tengan
subdirector o subasesor, en los casos mencionados en el apartado anterior, el
ministro o repartición respectiva podrán solicitar a la Dirección General del Cuerpo
de Abogados la designación de un reemplazante(127).
Dichas delegaciones dependen administrativamente de los organismos a los
cuales están adscriptas, pero dependen de la Dirección General desde el punto de
vista estrictamente profesional(128). De este principio derivan, para aquéllas, los
siguientes deberes: 1) supeditar su acción a las instrucciones que, para unificar
criterios, imparta dicha Dirección(129); 2) elevar en consulta aquellos casos cuya
resolución pueda implicar la fijación de un precedente de interés general para toda
la Administración(130); 3) solicitar el patrocinio de dicho organismo en los litigios en
que se debaten asuntos de la misma índole o que, por la magnitud de los intereses
estatales en juego, requieran la atención de las autoridades superiores del
Cuerpo(131).
Las funciones de asesoramiento que incumben al Cuerpo de Abogados del
Estado y que se ejercen a través de la Dirección General o de las distintas
delegaciones, según corresponda, consisten, fundamentalmente, en la redacción de
dictámenes en las consultas formuladas por las correspondientes autoridades,
particularmente con motivo de la resolución de recursos administrativos y de
solicitudes de exenciones tributarias, y en la realización de estudios profesionales
tendientes al mejoramiento de las normas vigentes en la administración pública(132).
Les compete, asimismo, la instrucción de sumarios administrativos(133).
En lo que concierne a la representación del Estado nacional en juicio, ya hemos
visto que corresponde, como regla general, a los profesionales integrantes de las
delegaciones del Cuerpo; subsidiariamente, y sólo en el interior de la República, a
los procuradores fiscales federales, y, con carácter excepcional, al procurador del
Tesoro(134).
El Cuerpo de Abogados del Estado se halla constituido como una carrera especial
dentro de la Administración, y el ingreso a ella sólo puede tener lugar mediante
concurso que demuestre en el aspirante, además de los conocimientos generales
de derecho, conocimientos profundos de derecho administrativo y de organización
del Estado(135). Para ingresar al Cuerpo se requiere, aparte de la idoneidad
precedentemente referida: 1) ser ciudadano argentino; 2) poseer título de
abogado expedido por una universidad nacional (o privada legalmente
reconocida); 3) ser mayor de 25 años; 4) informes de conductas dimanados de
las autoridades y de una investigación especial; 5) no estar sujeto a ningún
procedimiento de carácter penal; y 6) no hallarse en estado de quiebra ni de
concurso(136).

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El cargo de abogado del Estado es incompatible con el de abogado remunerado
o no, de empresas particulares o mixtas de servicio público o abastecedoras del
Estado, incompatibilidad que continúa hasta el término de cinco años a partir de la
cesación en la prestación de tales servicios si se trata de una empresa particular y
concluye con la cesación en el cargo si se trata de empresas con participación mixta
del Estado(137).
Asimismo, los abogados del Estado no pueden representar o patrocinar a
litigantes en juicio en que el Estado nacional, las provincias, la municipalidad de la
Ciudad de Buenos Aires o demás municipalidades sean parte, bajo pena
de exoneración y pérdida de los derechos jubilatorios de acuerdo con el
procedimiento que determinen las leyes sobre la materia. Se exceptúan de tal
prohibición los casos de defensa de intereses personales del abogado, de sus
parientes consanguíneos, cónyuge o afines en primer grado, y aquellos en los cuales
el Estado nacional, provincial o municipal intervienen en un juicio universal a fin de
hacer valer, contra la universalidad de bienes o la masa, un interés limitado al cobro
de un impuesto, tasa o crédito, en cuyas hipótesis los abogados estatales pueden
representar o patrocinar los intereses privados aun cuando estuvieren en colisión
con los invocados por dichas entidades(138).
b) En las provincias, las funciones de asesoramiento jurídico y de defensa judicial
de la Administración Pública compete, como principio general, a los fiscales de
Estado —funcionarios instituidos por la mayor parte de las constituciones
locales(139)— y a los abogados que actúan bajo su dependencia(140).

III. PROCURADORES

321. Personas habilitadas para el ejercicio de la procuración


a) De conformidad con el régimen establecido por la ley 10.996, el ejercicio de la
procuración judicial ante los tribunales nacionales(141)se halla reservado, en
principio, a quienes posean determinados títulos universitarios y se
encuentren inscriptos en la correspondiente matrícula.
Entre esas personas, la citada ley comprende a las siguientes:
1) Los abogados con título expedido por universidad nacional (art. 1º, inc. 1º).
2) Los procuradores (art. 1º, inc. 2º).
3) Los escribanos nacionales que no ejerzan la profesión de tales (art. 1º, inc. 3º).
4) Los que presenten título universitario habilitante (art. 3º, inc. 3º).
Corresponde formular, al respecto, dos aclaraciones: 1) que, actualmente, cabe
considerar incluidos en la enumeración legal a los abogados, procuradores o
escribanos que posean títulos expedidos por universidades privadas
reconocidas(142); 2) que la ley prohíbe el ejercicio simultáneo de la procuración y del
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notariado, de modo tal que aquélla no puede ser desempeñada por los escribanos
que actúen en tal calidad, sea como titulares o adscriptos de registros o como
simples autorizantes. En cambio, los abogados pueden desempeñarse
simultáneamente como tales y como procuradores(143), pues
no existe incompatibilidad entre ambas profesiones.
b) Las leyes provinciales coinciden sustancialmente con la ley 10.996 en cuanto
a las personas habilitadas para el ejercicio de la procuración. Corresponde señalar,
sin embargo, que mientras algunas leyes locales establecen que la inscripción en la
matrícula de abogados autoriza para ejercer la representación en juicio(144), otras —
al igual que la ley 10.996— condicionan dicha facultad al requisito de que los
abogados se inscriban en la matrícula de procuradores(145)o presten la fianza que
se exige a estos últimos(146).
Todas esas leyes, asimismo, consideran incompatible el ejercicio simultáneo de
la procuración y el notariado.

322. Excepciones
a) La ley 10.996 exime de los requisitos de título habilitante y de inscripción en la
matrícula a las siguientes personas:
1) Las que ejerzan una representación legal (art. 1º, inc. 4º), debiendo reputarse
tales a los representantes de los incapaces(147)y de las personas jurídicas(148).
2) Las personas de familia dentro del segundo grado de consanguinidad y
primero de afinidad (art. 15, primera parte), vale decir, los padres, hijos, abuelos,
nietos y hermanos y los suegros, yernos y nueras(149).
3) Los mandatarios generales con facultad de administrar, respecto de los actos
de administración (art. 15, segunda parte). Con relación al alcance del derecho de
postulación procesal que corresponde a esta clase de representantes nos remitimos
a lo expuesto supra, nro. 300, a).
4) Los que han de representar a las oficinas públicas de la Nación, de las
provincias y de las municipalidades, cuando obren exclusivamente en ejercicio de
esa representación(150).
Interesa recordar, finalmente, que las excepciones precedentemente
enumeradas deben entenderse en el sentido de que las personas en ellas
comprendidas se hallan eximidas de cumplir los requisitos atinentes a la necesidad
de título universitario habilitante e inscripción en la matrícula, pero no se extiende a
los deberes que incumben a los procuradores judiciales en los términos del art.
11, ley 10.996, y de las disposiciones contenidas en el CPCCN (supra, nro. 300)(151).
b) Las leyes provinciales, en general, admiten las excepciones referentes a la
representación legal(152)y a la que se ejerce en nombre de las entidades públicas(153).
Son pocas, en cambio, las que autorizan el ejercicio de la procuración judicial en los
casos de parentesco(154).

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323. Inhabilidades
a) De acuerdo con lo prescripto en el art. 5º, ley 10.996, se hallan inhabilitados
para inscribirse en el registro de procuradores:
1) "Los que hubiesen sido condenados a penitenciaría o presidio(155), o a
cualquier pena por delitos contra la propiedad o contra la Administración o la fe
pública, lo mismo que en las falsedades o falsificaciones" (inc. 1º). Pese a su
deficiente formulación, la norma comprende todos aquellos delitos cuya comisión
resulta incompatible con la confianza de que debe ser acreedor quien defiende
judicialmente intereses ajenos(156).
2) "Los escribanos con registro, titulares o adscriptos, que ejerzan la profesión de
tales" (inc. 2º).
3) "Los funcionarios o empleados públicos nacionales, provinciales o municipales
que hagan parte del personal administrativo de organización jerárquica y retribuido"
(inc. 3º)(157).
Cualquier juez o tribunal ante el cual se pruebe que un procurador en ejercicio se
encuentra comprendido en alguno de los casos de inhabilidad contemplados en el
art. 5º debe decretar su eliminación de la matrícula y poner el hecho en conocimiento
de la autoridad encargada de ésta. El auto que decrete la eliminación es apelable
en relación por ante el tribunal superior correspondiente. Si es dictado por la Corte
Suprema o cualquiera de las cámaras nacionales de apelaciones, procede el
recurso de reposición (art. 6º, ley 10.996).
b) La mayor parte de las leyes provinciales prevé inhabilidades semejantes a las
enumeradas precedentemente bajo los números 1 y 2(158). Algunas de ellas incluyen,
entre las personas inhabilitadas para el ejercicio de la procuración, a los fallidos no
rehabilitados(159).

324. Condiciones y procedimiento para la inscripción en la matrícula


a) Para la inscripción en la matrícula de procuradores, el art. 3º, ley 10.996,exige
las siguientes condiciones:
1) Acreditar identidad personal.
2) Mayoría de edad(160).
3) Presentar título universitario habilitante(161).
4) Constituir domicilio legal en la jurisdicción que corresponda y declarar el
domicilio real.
5) Prestar juramento de tener el pleno goce de sus derechos civiles, de no estar
afectado por ninguna de las inhabilidades establecidas en la presente ley y que la
profesión se ejercerá con decoro, dignidad y probidad.

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En la Capital Federal, la matrícula de procuradores es llevada por la Secretaría
de Superintendencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (art. 97, inc. 2º,
RJN). En el interior de la República se halla a cargo de las Cámaras o de los jueces
federales de primera instancia según se trate de provincias que cuenten o no con
dichas Cámaras (art. 2º, ley 10.996)(162).
De conformidad con la acordada dictada por la Corte Suprema con fecha
29/11/1919 (reglamentaria de la ley 10.996)(163), quienes deseen inscribirse en la
matrícula de procuradores deben producir una información sumaria ante el juez en
lo civil o en lo civil y comercial federal en turno, en la Capital Federal, o ante el juez
federal en turno cuando fuere en las provincias (art. 3º), en la cual corresponde
cumplir los siguientes requisitos: 1) Justificar la mayoría de edad mediante la
presentación de la partida de nacimiento o de la libreta de enrolamiento. 2) Prestar
ante el juez el juramento que determina el art. 3º, inc. 2º, de la ley. 3) Acompañar
los títulos, certificados o comprobantes que determinan los arts. 3º, inc. 3º, 4º y
13(164)de aquélla. 4) Requerir un informe del Registro Nacional de Reincidencia, y
Estadística Criminal y Carcelaria a fin de comprobar no estar comprendido en las
causas de impedimento que establece el art. 5º, inc. 1º. 5). Adjuntar en
certificado expedido por el Banco de la Nación Argentina del que resulte haberse
efectuado el correspondiente depósito de garantía (arts. 2º y 5º con la
modificación introducida por la acordada de fecha 23/12/1959)(165).
Cumplidos los requisitos precedentemente mencionados y elevadas las
actuaciones a la Corte Suprema o Cámara de Apelaciones, en su caso, éstas deben
fijar en la tablilla del tribunal, durante el plazo de ocho días, el nombre de los
procuradores que hayan solicitado su inscripción y, vencido aquél, aprobará o
rechazará la información producida. En el primer caso, debe ordenar que se otorgue
un certificado en el que conste estar el solicitante habilitado para ejercer la
procuración(166).
El depósito o la garantía a que se refiere el art. 3º, inc. 4º, ley 10.996(167)—cuyo
monto resulta en la actualidad manifiestamente insuficiente—, tiene, de acuerdo con
lo dispuesto en el art. 7º de la ley(168), dos destinos específicos: hacer efectivas las
eventuales responsabilidades que contraiga el procurador hacia su mandante, sea
por el pago de las costas causadas por su exclusiva culpa y negligencia cuando
éstas fueren declaradas judicialmente (art. 52, ap. 1º, CPCCN) (supra, nro. 303), y
asegurar el pago de las multas de que se haga pasible el procurador con motivo de
su actuación procesal(169).
El art. 7º agregaba que el depósito o la garantía era inembargable por otras
causas u obligaciones que las determinadas a su destino y que si por tales motivos
disminuyen o desaparecen, debía integrarse dentro de los cinco días subsiguientes,
bajo pena de suspensión del procurador que corresponde ordenar de oficio.
La norma citada disponía, en su último apartado, que el depósito no podía
retirarse mientras no se cancelara la inscripción del procurador o se hubiesen hecho
efectivas las responsabilidades contraídas por éste, en su caso. Igual disposición
regía en caso de hipoteca o de fianza personal, las que debían revocarse toda vez
que el tribunal respectivo lo dispusiera.
b) Las leyes provinciales coinciden sustancialmente con la ley 10.996 en cuanto
a las condiciones y los procedimientos de la inscripción en la matrícula de
procuradores, con la variante de que ésta es llevada, en algunas provincias, por los
Superiores Tribunales de Justicia y en otras por los colegios profesionales(170).

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325. Eliminación y suspensión
a) El art. 8º, ley 10.996, determina que los procuradores serán eliminados del
registro en los siguientes casos:
1) Por cancelación voluntaria de la inscripción.
2) Por reiteradas represiones disciplinarias o una grave incorrección en el
desempeño del mandato judicial(171).
3) Por condena sobreviniente a causa de los delitos enumerados en el art. 5º, inc.
1º.
4) Por insania o incapacidad declarada judicialmente(172).
5) Por pérdida de los derechos civiles posterior a la inscripción.
b) De acuerdo con el art. 9º de la misma ley, los procuradores pueden ser
suspendidos por un plazo de uno a seis meses, como máximo:
1) En los casos autorizados por las leyes de procedimiento. Corresponde advertir,
sin embargo, que las leyes de procedimiento vigentes en el orden nacional no
contemplan ningún supuesto de eliminación.
2) Por haberse dictado auto de prisión preventiva en cualquier proceso criminal.
Con arreglo a lo dispuesto en los arts. 6º y 9º de la ley, constituye facultad de
cualquier juez o tribunal nacional disponer la eliminación o la suspensión de los
procuradores cuando, respectivamente, comprueben la existencia de
alguna inhabilidad legal o medie responsabilidad disciplinaria de suficiente entidad
para ello. En tales supuestos, la ley faculta al procurador afectado para interponer
recurso de apelación ante el correspondiente tribunal superior, o el de reposición si
la medida fuese dictada por la Corte Suprema o cualquiera de las Cámaras
Nacionales de Apelaciones. La eliminación por reiteradas correcciones disciplinarias
sólo puede ser decretada por la autoridad judicial que tiene a su cargo el registro(173).
También incumbe a dicha autoridad disponer la suspensión o la eliminación en los
restantes supuestos ajenos al ámbito disciplinario, a cuyo efecto el último apartado
del art. 9º impone a los tribunales el deber de comunicar a aquélla las declaraciones
de incapacidad, los autos de prisión, las condenas y las correcciones disciplinarias
decretadas contra procuradores inscriptos.
c) Las leyes provinciales contienen previsiones similares en cuanto a las causales
de eliminación y suspensión, las que pueden ser decretadas por el Tribunal Superior
o por los colegios profesionales de acuerdo con el régimen vigente en cada
provincia(174).

326. Derechos y deberes de los procuradores

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a) Constituye primordial derecho de los procuradores el de ejercer las funciones
que profesionalmente les competen, es decir, las consistentes en representar a sus
clientes en juicio o fuera de él —bajo patrocinio letrado en los casos previstos por la
ley y siempre que no posea título de abogado— y en presentar con su sola firma, en
este último caso, los escritos que tengan por objeto impulsar los procedimientos,
acusar rebeldías, deducir recursos de apelación y, en general, los que sean de mero
trámite(175).
Consecuencia de ese derecho es el de que sus servicios profesionales sean
retribuidos de conformidad con las normas establecidas en el correspondiente
arancel.
b) A los deberes de los procuradores y a la responsabilidad que engendra
su incumplimiento, nos hemos referido supra, nros. 302 y 303 al analizar los deberes
y la responsabilidad que incumben a los apoderados en general.
Algunas leyes provinciales imponen a los procuradores el cumplimiento de otros
deberes suplementarios, como, v.gr., el de representar gratuitamente a los
declarados pobres en los casos y los modos previstos por la ley, poner en
conocimiento del letrado patrocinante las notificaciones que se les hicieren de
providencias, autos y sentencias(176); etcétera.
Dichas leyes, asimismo, instituyen deberes negativos, bajo la forma
de incompatibilidades, prohibiendo el ejercicio de la procuración a determinados
funcionarios (gobernador, vicegobernador, secretario general de la gobernación,
subsecretarios, fiscal de Estado, asesor y subasesor de gobierno, legisladores
nacionales o provinciales) o profesionales (contadores, martilleros o cualquier otro
profesional considerado auxiliar de la justicia).

327. Responsabilidad de los procuradores


Sobre esta cuestión nos remitimos a lo expuesto supra, nro. 303, donde se
analizaron los diversos tipos de responsabilidad que pueden contraer, en general,
los apoderados judiciales.
Con relación a la responsabilidad disciplinaria, cabe aquí añadir que en algunos
ordenamientos provinciales aquélla se hace efectiva concurrentemente con las
facultades que incumben a los órganos judiciales para sancionar los actos de los
procuradores que impliquen, durante la sustanciación del proceso, menoscabar
la autoridad, la dignidad o el decoro de los jueces, por los órganos disciplinarios de
los colegios profesionales, a quienes corresponde velar por la honorabilidad y la
aptitud en el desempeño de la profesión(177).

CAPÍTULO XXII - PROCESOS CON PARTES MÚLTIPLES

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I. GENERALIDADES(1)

328. Tipos de partes múltiples


a) Según se destacó oportunamente (supra, nro. 288), el principio de dualidad de
las partes nos opone al hecho de que, dentro de cada una de las posiciones (actora
o demandada) que aquéllas deben asumir en el proceso, actúen o figuren varios
sujetos como integrantes de una parte única aunque compleja.
b) La manifestación más simple y generalizada de dicho fenómeno se configura
cuando, sea desde el comienzo del proceso o durante su desarrollo, aparecen
enfrentados un actor y varios demandados, varios actores y un demandado, o varios
actores y demandados. A su vez, los distintos sujetos que intervienen en cada
posición activa o pasiva pueden encontrarse en un pie de igualdad, o algunos de
ellos, por el contrario, estar subordinados a la actuación de los restantes. Mientras
los primeros revisten el carácter de partes principales, integrando un litisconsorcio,
los segundos son partes adhesivas (supra, nro. 289)(2).
c) Las hipótesis precedentemente enunciadas no agotan, sin embargo, el
fenómeno procesal de las partes múltiples, pues todavía puede ocurrir que, con
motivo de la pretensión interpuesta por un tercero, éste comparezca a intervenir en
calidad de parte actora frente a las partes originarias, quienes con tal motivo, y pese
a hallarse inicialmente enfrentadas como sujetos activo y pasivo de una pretensión,
vienen a integrar un litisconsorcio de características especiales. Se trata de los
casos de intervención principal (infra, nro. 342) (cuyo reverso se halla representado
por la citación del tercero pretendiente) y de tercería (infra, nro. 353)(3).
d) Conviene aclarar, a fin de disipar los equívocos a que puede inducir la
metodología que algunos códigos procesales han adoptado en la materia, que no
todas las hipótesis de partes múltiples implican la existencia de una pluralidad de
pretensiones. En rigor, este último tipo de pluralidad, que hemos examinado
detalladamente en otro lugar (supra, nros. 84 a 86), sólo se verifica en dos casos:
cuando uno o varios actores, facultativamente, reúnen en una misma demanda las
pretensiones que quieren hacer valer frente a una o más personas, y cuando un
tercero, dentro de un proceso pendiente, interpone una pretensión frente a las partes
originarias. Con relación al primer supuesto, en consecuencia, corresponde
descartar la existencia de una pluralidad de pretensiones cuando se trata del
denominado litisconsorcio necesario, en el que se configura una pretensión única
con pluralidad de sujetos legitimados (activos o pasivos). Y en lo que puede
relacionarse con el supuesto de intervención de terceros, también cabe excluir
la existencia de dicha acumulación en los casos de intervención adhesiva
(litisconsorcial o simple) y de intervención coactiva, pues tanto en uno como en otro
caso el tercero no interpone una pretensión autónoma, sino que coadyuva al
resultado de una pretensión o de una oposición ya deducidas por las partes
originarias.

100 
 
e) Interesa destacar, por último, que una de las categorías jurídicas
tradicionalmente incluidas dentro del fenómeno de las partes múltiples, como el caso
del llamado del poseedor mediato (laudatio auctoris) (infra, nro. 349), tiene como
efecto, en realidad, el cambio de una de las partes originarias, que viene a
resultar excluida del proceso (extramissio)(4).

329. Régimen legal


a) El CPCCN, así como también los ordenamientos provinciales que a él se han
adaptado (Buenos Aires, Catamarca, Chaco, Chubut, Entre Ríos, Formosa y
Misiones), regula los distintos matices que ofrece el proceso con pluralidad de
sujetos dentro de la parte general (Tít. II), en sendos capítulos titulados
"acumulación de acciones y litisconsorcio", "intervención de terceros", "tercerías" y
"citación de evicción". De tal manera vino a llenar el vacío de que adolecía el código
anterior, cuyas disposiciones sobre este asunto se limitaban a la regulación de las
tercerías (arts. 529 a 534).
b) Como tendremos oportunidad de verificarlo más adelante, diversos códigos
provinciales tratan la materia en forma integral, aunque difieren en cuanto a las
denominaciones que asignan a las respectivas instituciones y a la metodología
utilizada. Así veremos que algunos de ellos reglamentan el litisconsorcio, en general,
bajo el rubro de "acumulación subjetiva"(5), y que otros legislan la intervención de
terceros involucrándola dentro de las "tercerías".

II. LITISCONSORCIO(6)

330. Concepto y clases


a) Existe litisconsorcio cuando, por mediar cotitularidad activa o pasiva con
respecto a una pretensión única, o un vínculo de conexión entre distintas
pretensiones, el proceso se desarrolla con la participación (efectiva o posible de más
de una persona en la misma posición de parte).
b) Según que la pluralidad de sujetos consista en la actuación de varios actores
frente a un demandado, de un actor frente a varios demandados o de varios actores
frente a varios demandados, el litisconsorcio se denomina,
respectivamente, activo, pasivo y mixto.
No constituye requisito del litisconsorcio, sin embargo, que los diversos sujetos
que figuran en la misma posición de parte actora o demandada se encuentren
aliados frente a su contradictor o contradictores, ni que los litisconsortes aparezcan

101 
 
unidos en su actuación procesal. Como observa Calamandrei, "no es posible
distinguir, dentro del proceso, como puestos frente a frente, en dos campos
nítidamente delimitados, de una parte a todos los actores y de la otra a todos los
demandados: las relaciones de contradicción se entrecruzan y se contraponen entre
las distintas parejas correspondientes a las distintas demandas, y en lugar de un
solo encuentro general en un frente único, el proceso se escinde en otros tantos
contradictorios de parejas distintas, en los cuales cada litisconsorte puede
encontrarse, ya como aliado, ya como adversario de cada uno de los otros"(7). Puede
suceder, en efecto, que uno o algunos de los litisconsortes adopte una postura
contradictoria con respecto a la asumida por los restantes, o que, sin llegar a
configurarse tal contradicción, no exista compatibilidad de intereses entre aquéllos,
lo que ocurriría frente a variantes referidas a la causa o al objeto de las distintas
pretensiones, o a la naturaleza de las defensas opuestas. Como se destacó en su
oportunidad, la concurrencia de tales circunstancias torna inadmisible la unificación
de la personería (supra, nro. 308).
c) El litisconsorcio es facultativo cuando su constitución obedece a la libre y
espontánea voluntad de las partes, y es necesario cuando la pluralidad de sujetos
se halla impuesta por la ley o por la naturaleza de la relación o situación jurídica que
constituye la causa de la pretensión procesal. Como se verá más adelante, algún
sector de la doctrina admite todavía una categoría intermedia entre ambos tipos, a
la que se denomina litisconsorcio necesario impropio o cuasinecesario (infra, nro.
335).
d) Por último, el litisconsorcio puede ser originario o sucesivo según que,
respectivamente, la pluralidad de sujetos actores o demandados aparezca desde
la iniciación del proceso (acumulación subjetiva de pretensiones, supra, nro. 100)
o se verifique durante su posterior desenvolvimiento (sucesión procesal, integración
de la litis, acumulación de procesos e intervención adhesiva litisconsorcial).

331. Reglas comunes


a) Cualquiera que sea su naturaleza, el litisconsorcio implica que cada uno de los
sujetos activos o pasivos que lo integran goza de autonomía de gestión dentro de
un proceso único. De ese principio fundamental emergen diversas reglas que les
son comunes y que se vinculan, primordialmente, con la facultad de recusar con o
sin expresión de causa, la responsabilidad por el pago de las costas, el cómputo de
los plazos y la caducidad de la instancia. Examinaremos a continuación cada uno
de los mencionados supuestos:
1) Cada uno de los litisconsortes tiene la facultad de recusar al órgano judicial
con o sin expresión de causa, pero si se trata de esta última modalidad de la
recusación dicha facultad únicamente puede ser ejercida por uno solo de los actores
o de los demandados (art. 15, CPCCN)(8)(supra, nro. 209, C]), salvo, naturalmente,
que hayan unificado la personería.
2) El pago de las costas debe distribuirse entre los litisconsortes, salvo que, en
virtud de la naturaleza de la obligación controvertida en el proceso, corresponda la
condena solidaria (art. 75, ap. 1º, CPCCN)(9). En el caso de que el interés que cada
uno de los litisconsortes represente en el juicio ofrezca considerables diferencias,

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puede el juez distribuir el pago de las costas en proporción a ese interés (norma
citada, ap. 2º) (infra, nro. 393, A]).
Asimismo, el beneficio de litigar sin gastos sólo puede concederse al litisconsorte
o litisconsortes que reúnan los requisitos a que la ley condiciona su otorgamiento.
3) Salvo en la hipótesis de que los litisconsortes hayan unificado la personería,
los plazos que no revisten carácter común se computan independientemente con
respecto a cada uno de aquéllos (v.gr., plazos para oponer excepciones, contestar
la demanda, interponer recursos, expresar agravios, etc.).
4) A los efectos de la caducidad de la instancia, los actos de impulso procesal
efectuados por uno de los litisconsortes benefician a los restantes (art. 312,
CPCCN)(10), ya que el proceso es siempre único.
b) Del principio anteriormente expuesto se sigue, igualmente, que cada uno de
los litisconsortes debe ser considerado sujeto autónomo de deberes procesales. Por
consiguiente, pueden ser individualmente sancionados por infracción al deber de
respeto al órgano judicial o en la hipótesis de inconducta procesal (genérica o
específica)(11).
c) No existe uniformidad de criterios acerca de si un litisconsorte tiene la facultad
de exigir confesión a otro que actúa en su misma posición de parte (actora o
demandada). En algunos casos se ha llegado a una conclusión negativa,
fundándosela en el principio de que la absolución de posiciones sólo puede
ser exigida a la parte contraria (art. 404, CPCCN)(12). Otras veces se ha decidido que
es admisible el pedido de posiciones entre litisconsortes que sustentan derechos
distintos(13), solución que estimamos correcta en razón de que, según se destacó en
el número anterior, el litisconsorcio no implica necesariamente una alianza
de intereses y se configura, por lo tanto, incluso en el supuesto de que los distintos
sujetos que lo integran asuman recíprocamente actitudes contradictorias.
En lo que concierne a la prueba testimonial, pareciera que los litisconsortes, en
tanto revisten la calidad de partes, no podrían ser llamados a declarar como testigos,
ya que es inherente a esta última calidad de extraneidad del citado con relación a la
controversia de que se trate. Sin embargo, en virtud de la complejidad fáctica que
puede involucrar el litisconsorcio, es admisible que un litisconsorte, a fin de acreditar
un hecho propio, ofrezca como testigo a una de las personas que intervienen en su
misma posición de parte actora o demandada(14), ya que en tal supuesto se
configuraría, aunque parcialmente, la referida nota de extraneidad.

III. LITISCONSORCIO NECESARIO

332. Concepto
a) Existe litisconsorcio necesario cuando la eficacia de la sentencia se halla
subordinada a la circunstancia de que la pretensión procesal sea propuesta por
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varias personas, o frente a varias personas, o, simultáneamente, por o frente a
varias personas. A este tipo de litisconsorcio se refiere el art. 89, CPCCN, en tanto
dispone que "cuando la sentencia no pudiere pronunciarse útilmente más que con
relación a varias partes, ésas habrán de demandar o ser demandadas en un mismo
proceso"(15).
b) A veces es la ley la que impone la constitución del litisconsorcio. Tal es el caso
del art. 582 del CCiv. y Com., según el cual la demanda de filiación matrimonial,
cuando ésta no resulte de las inscripciones en el correspondiente Registro, debe
entablarse conjuntamente contra el padre y la madre; o el del art. 42, ley 16.739, hoy
derogada, que disponía que el juicio de desalojo, cuando la pretensión se fundara
en la existencia de sublocación o cesión prohibidas, debía tramitarse, bajo pena de
nulidad, con intervención del infractor y del o de los beneficiarios de la infracción, a
quienes en tal supuesto correspondía reconocerles el carácter de partes
legítimas(16).
Otras veces, la necesidad del litisconsorcio se halla determinada por la misma
naturaleza de la relación o situación jurídica controvertidas. Como principio de
carácter general, sin embargo, puede decirse que el litisconsorcio necesario procede
siempre que, por hallarse en tela de juicio una relación o estado jurídico que es
común e indivisible con respecto a una pluralidad de sujetos, su modificación,
constitución o extinción no tolera un tratamiento procesal por separado y sólo puede
lograrse a través de un pronunciamiento judicial único para todos los
litisconsortes(17), a lo que cabe añadir que resulta indiferente, para el caso, el tipo de
decisión que se persiga (objeto mediato de la pretensión)(18).
Por aplicación del principio enunciado precedentemente se ha elaborado una
nutrida jurisprudencia, decidiéndose, entre otros casos, que la pretensión de
simulación de un contrato debe dirigirse contra las dos partes otorgantes del acto(19);
que la pretensión de división o partición debe proponerse frente a todos los
herederos o condóminos(20); que el subinquilino o cesionario que demanda al locador
procurando una declaración judicial que lo coloque en el contrato en lugar del
locatario debe interponer la pretensión también frente a este último(21); que no puede
prosperar la demanda por restitución de bienes muebles existentes en un inmueble,
dirigida contra los compradores y los cesionarios de los contratos de locación
relativas al mismo inmueble, si aquéllos se encuentran en poder de un locatario que
ostenta un título aparentemente legítimo para retenerlos, pues se trata de un
litisconsorcio necesario pasivo al que caracteriza el hecho de que el interés de un
tercero se halla indisolublemente unido al de uno de los sujetos procesales(22); que
el reclamo de un socio destinado a que se incluya entre los bienes sociales a liquidar
un automotor que sostiene ser de propiedad de la sociedad debe ser dirigido contra
todos los restantes miembros de aquélla, mediante la constitución de un
litisconsorcio necesario y no por vía reconvencional contra uno solo de ellos, tanto
más si éste no es el socio que retiene en su poder dicho bien aduciendo ser
su exclusivo propietario(23); que el juicio por disolución de una sociedad irregular
debe ventilarse con citación de todos sus integrantes, pues aquél involucra un
supuesto de litisconsorcio necesario(24); que corresponde revocar la sentencia que
hace lugar a un interdicto sin dar intervención a quien reviste el carácter de
litisconsorte, en el caso el Estado, en cuyo poder se encontraban los bienes objeto
del despojo(25); etcétera.

104 
 
333. Integración de la litis
a) A diferencia de lo que ocurre, como veremos más adelante, en el caso de
litisconsorcio facultativo, el litisconsorcio necesario implica la existencia de
una pretensión única, cuya característica esencial reside en la circunstancia de que
sólo puede ser interpuesta por o frente a varios legitimados, y no por o frente a
algunos de ellos solamente, por cuanto la legitimación, activa o pasiva, corresponde
en forma conjunta a un grupo de personas, y no independientemente a cada una de
ellas(26).
b) De la consideración precedentemente expuesta se infiere la necesidad de que,
en los casos en que el proceso no se encuentre debidamente integrado mediante la
participación o citación de todas las personas legitimadas, y para evitar la
sustanciación de un proceso que ha de carecer de utilidad práctica(27), la ley prevea
la forma de materializar esa integración.
Por ello el art. 89, ap. 2º, CPCCN, establece que, en la hipótesis
de incomparecencia o falta de citación de todos los litisconsortes, "el juez de oficio
o a solicitud de cualquiera de las partes ordenará, antes de dictar la providencia de
apertura a prueba, la integración de la litis dentro de un plazo que señalará,
quedando en suspenso el desarrollo del proceso mientras se cita al litigante o
litigantes omitidos"(28).
c) A diferencia de algunos códigos provinciales(29), el CPCCN fija un límite
temporal para disponer la integración de la litis. A nuestro juicio, sin embargo, dicho
límite representa una directiva de orden que, en presencia del objetivo a que
responde el litisconsorcio necesario y de los principios generales que informan a
aquel ordenamiento, particularmente en materia de economía procesal (v.gr., arts.
34, inc. 5º, aps. II] y V], 172, etc.), no puede considerarse infranqueable; de allí que,
si aun con posterioridad a la providencia de apertura a prueba, y antes del
llamamiento de autos en primera instancia, se comprueba que se ha omitido citar a
alguno de los litisconsortes, sería admisible disponer la integración de la litis, porque
de lo contrario se afrontaría, conscientemente, el riesgo de proseguir el desarrollo
de una actividad procesal inútil en la medida en que ha de impedir, fatalmente, un
pronunciamiento sobre el mérito de la pretensión(30).
d) La ley no prevé la forma en que las partes pueden solicitar la integración de la
litis, aunque, normalmente, si el pedido es formulado por la parte demandada, ésta
lo hará, sea interponiendo la excepción previa de falta manifiesta de legitimación
para obrar (art. 347, inc. 3º, CPCCN)(31), sea planteando, en oportunidad de
contestar la demanda, la llamada defensa de falta de acción(32). Si la citación es
requerida por el actor corresponde, como medida previa, acordar audiencia al
demandado (quien puede tener razones atendibles para oponerse a la integración)
y aplicar las normas relativas a los incidentes.
e) Según hemos visto, el art. 89, ap. 2º, CPCCN, dispone la suspensión del
desarrollo del proceso "mientras se cita" a las partes que no demandaron o no fueron
demandadas junto con las partes originarias. Tal efecto —que se verifica, en rigor,
no "mientras se cita" a las partes omitidas, sino durante el transcurso del plazo fijado
para la integración— tiene su fundamento en la necesidad de acordar a esas partes
la posibilidad de ejercer las facultades procesales que ejercieron o tuvieron

105 
 
oportunidad de ejercer las partes primitivas, porque de lo contrario se afectaría el
derecho de defensa en juicio de quienes, pese a no haber sido inicialmente citados,
pueden ser alcanzados por los efectos de la sentencia definitiva a dictar en el
proceso(33).
En virtud del carácter de partes que revisten las personas citadas,
su incomparecencia autoriza la declaración de rebeldía en la hipótesis de que su
domicilio sea conocido (art. 59, ap. 1º, CPCCN). En caso contrario, una vez
practicada la notificación por edictos y vencido el plazo fijado por el juez,
corresponde acordar intervención al defensor oficial a fin de que asuma su defensa
(arts. 145 a 147 y 343, CPCCN).
f) La falta de integración de la litis, cuando ella ha sido procedente, no faculta al
juez, desde luego, para abstenerse de decidir, sino para omitir un pronunciamiento
de mérito en virtud de carecer la pretensión de un requisito intrínseco de
admisibilidad, como es la legitimación (ver supra, nro. 79).
En el supuesto de que, por error o inadvertencia, se dicte una sentencia de
mérito, ésta será inoponible con relación a los legitimados a quienes no se acordó
la oportunidad de intervenir en el proceso(34).
La forma de impugnación de una sentencia dictada en esas condiciones depende
de las características de cada caso particular. Si se trata de una sentencia de
condena, el carácter inescindible de la situación jurídica por ella decidida
determinará la imposibilidad de su cumplimiento, el que no puede verificarse en
forma parcial. Por lo tanto, en el caso de incluirse en el proceso de ejecución de
sentencia a los litisconsortes no citados, éstos podrán oponer la excepción de
"falsedad de la ejecutoria" (art. 506, inc. 1º, CPCCN), la cual, en sentido amplio,
comprende los defectos de legitimación(35), o, en el caso de llevarse a cabo alguna
medida ejecutiva que los afecte, articular su nulidad(36).

334. Efectos
De la circunstancia de que el litisconsorcio necesario implica la existencia de una
sola pretensión con pluralidad de sujetos eventualmente legitimados y de que, por
lo tanto, la sentencia definitiva debe tener un contenido único(37)para todos los
litisconsortes, se infieren las siguientes consecuencias:
1) Los actos de disposición del objeto procesal realizados por uno o algunos de
los litisconsortes (allanamiento, desistimiento, transacción, conciliación) sólo
producen sus efectos normales en la medida en que los restantes litisconsortes
adopten la misma actitud. Por lo tanto, y en razón de la indivisibilidad que caracteriza
a dicho objeto, aquellos actos sólo pueden traer aparejada la consecuencia de
liberar a su autor o a sus autores de las cargas inherentes al ulterior desarrollo del
proceso, y de eximirlos de la responsabilidad por el pago de las costas relativas a
los trámites realizados sin su intervención(38), pero no los excluyen de los efectos de
la sentencia, cuyo contenido no puede diferir con relación a los distintos
litisconsortes.
2) Las defensas opuestas por uno o algunos de los litisconsortes, sea que se
funden en hechos comunes o individuales, favorecen a los demás(39). Tal conclusión

106 
 
es aplicable a cualquier tipo de oposiciones (dilatorias o perentorias), sin perjuicio
de que, en el supuesto de que no prosperen, la responsabilidad por el pago de las
costas recaiga exclusivamente sobre el o los litisconsortes que las dedujeron.
3) Las alegaciones y las pruebas aportadas por los litisconsortes deben ser
valoradas en su conjunto, aun cuando resulten contradictorias(40). Corresponde
tener en cuenta, sin embargo, que la confesión o la admisión de hechos formulada
por uno o por alguno de los litisconsortes no pueden ser invocadas contra los
restantes, en tanto el hecho que ha sido objeto de tales actos no se encuentre
probado con relación a estos últimos(41). No obstante, la admisión o la confesión
pueden eventualmente valer como prueba indiciaria(42).
4) Los recursos interpuestos por cualquiera de los litisconsortes favorecen
eventualmente a los demás(43). Este principio es aplicable respecto de recursos
deducidos contra cualquier clase de resoluciones judiciales, siempre, desde luego,
que éstas versen sobre cuestiones comunes, porque si se refieren a una petición
estrictamente personal de uno de los litisconsortes es obvio que el consentimiento
de éste no puede suplirse a través del recurso de otro(44).
5) La existencia de litisconsorcio necesario comporta, en todos los casos, una
derogación de las reglas de competencia(45).

335. El denominado litisconsorcio necesario impropio o cuasinecesario


a) Entre el litisconsorcio necesario, cuyos caracteres y efectos se analizaron en
los números precedentes, y el litisconsorcio facultativo, que estudiaremos luego, la
doctrina suele admitir la existencia de un tipo intermedio, no del todo nítido en cuanto
a su configuración jurídica, y al cual se ha dado en llamar litisconsorcio necesario
impropio o cuasinecesario.
Este tipo de litisconsorcio, que como advierte Fairén Guillén depende más de los
tratamientos normativos que de la propia naturaleza de las relaciones jurídicas
materiales(46), se verificaría cuando, existiendo varias personas eventualmente
legitimadas para interponer una determinada pretensión, o para oponerse a ella, la
sentencia es susceptible de afectarlas a todas por igual, aun en el supuesto de que
no hayan participado o no hayan sido citadas al correspondiente proceso. No
se exige, por lo tanto, como ocurre en el supuesto de litisconsorcio necesario, que
todas esas personas demanden o sean demandadas en forma conjunta.
b) Entre los ejemplos más corrientes de este tipo de litisconsorcio suelen
mencionarse la pretensión de declaración de capacidad restringida, la cual, cuando
es interpuesta por cualquiera de las personas mencionadas en el art. 33, CCiv. y
Com.(47), puede conducir al pronunciamiento de una sentencia de interdicción que
tiene validez aun con respecto a otros legitimados que no fueron citados a la causa;
la pretensión de nulidad de las deliberaciones adoptadas por la asamblea de una
sociedad anónima en oposición a las disposiciones de la ley o de los estatutos, la
que puede ser interpuesta por cualquier accionista de la sociedad (arts. 251 a
254, ley 19.550), y es susceptible de determinar una decisión judicial que los afecte
a todos(48); etcétera.

107 
 
También puede considerarse que encuadra dentro del tipo de
litisconsorcio examinado la pretensión tendiente al cumplimiento de una obligación
solidaria, aunque el caso reviste la particularidad que surge del texto del art. 832 del
CCiv. y Com.: "Cosa juzgada. La sentencia dictada contra uno de los codeudores
no es oponible a los demás, pero éstos pueden invocarla cuando no se funda en
circunstancias personales del codeudor demandado. El deudor no puede oponer a
los demás coacreedores la sentencia obtenida contra uno de ellos; pero los
coacreedores pueden oponerla al deudor, sin perjuicio de las excepciones
personales que éste tenga frente a cada uno de ellos", cuestión que en el CCiv.
derogado contemplaba en el art. 715, de acuerdo con la modificación introducida por
la ley 17.711(49).
Pensamos, por otra parte, que en virtud de la responsabilidad ilimitada que el art.
254, ley 19.550, imputa a los socios que hayan aceptado expresamente las
disposiciones adoptadas por la asamblea en oposición a las normas legales o
estatutarias, en el supuesto de prosperar la pretensión de nulidad a que nos hemos
referido precedentemente, la cosa juzgada no puede ser opuesta a esos socios sin
riesgo de menoscabar el derecho de defensa en juicio. Aquélla es invocable, por el
contrario, por los socios que no hayan aceptado esa clase de disposiciones, en el
supuesto de prosperar la pretensión, así como también por la sociedad frente al
socio o socios que se encontraren en esa situación y no hubieren promovido la
pretensión, en el caso de que ésta hubiese sido rechazada.
c) Desde luego que si el tipo de pretensiones a que nos hemos referido
son interpuestas en procesos separados, corresponde la acumulación de éstos y su
decisión simultánea(50). Asimismo, como veremos más adelante, algunos de estos
supuestos pueden dar lugar a la intervención adhesiva litisconsorcial (infra, nro.
344).

IV. LITISCONSORCIO FACULTATIVO

336. Concepto
a) Según lo anticipamos, esta clase de litisconsorcio se caracteriza por el hecho
de responder a la libre y espontánea voluntad de las partes que intervienen en el
proceso. Por lo tanto, no viene impuesto por la ley o por la naturaleza de la situación
jurídica controvertida, sino que se halla autorizado por razones de economía
procesal y de certeza en la aplicación del derecho, es decir, respectivamente, sea
para evitar la dispersión de la actividad procesal o el pronunciamiento de sentencias
contradictorias(51).
b) La constitución de este tipo de litisconsorcio puede derivar de alguna de las
siguientes circunstancias:
1) La existencia de un vínculo de conexión entre distintas pretensiones
(litisconsorcio facultativo inicial).
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2) La adhesión formulada por un tercero respecto de una pretensión
ya interpuesta o de la oposición deducida contra ésta, en el supuesto de que, de
acuerdo con las normas del derecho sustancial, aquél hubiese estado legitimado
para demandar o ser demandado en el juicio en el cual la pretensión se hizo valer
(litisconsorcio facultativo sucesivo).
La primera hipótesis se halla contemplada por el art. 88, CPCCN(52), según el cual
"podrán varias partes demandar o ser demandadas en un mismo proceso cuando
las acciones (pretensiones) sean conexas por el título, o por el objeto, o por ambos
elementos a la vez".
Como se advierte, la norma precedentemente transcripta se refiere a
la acumulación subjetiva de pretensiones, modalidad del proceso acumulativo que
hemos examinado en detalle supra, nro. 100, C). Nos remitimos, por lo tanto, a lo
que allí se expuso(53).
Bajo el título de "litisconsorcio facultativo" el art. 43, ley 18.345(54),
admite expresamente la acumulación subjetiva de pretensiones en el fuero laboral,
supeditándola al requisito de que aquéllas se funden "en los mismos hechos o en
títulos conexos", fórmula que coincide, básicamente, con la contenida en el art.
88, CPCCN. La norma mencionada, sin embargo, haciéndose cargo de
los inconvenientes de orden práctico que pueden presentarse en la justicia del
trabajo frente a un número excesivo de litisconsortes, agrega que "no podrán litigar
en conjunto más de veinte actores por vez, salvo expresa autorización del juez de
la causa"(55). Fija, pues, un límite cuantitativo razonable, aunque faculta al juez para
apartarse de él cuando la decisión conjunta de las pretensiones acumuladas no sea
susceptible, prima facie, de acarrear este tipo de inconvenientes(56).
A la segunda hipótesis antes mencionada se refiere el art. 90, inc. 2º, CPCCN(57),
en tanto define la condición del denominado interviniente adhesivo autónomo o
litisconsorcial (infra, nro. 344).
c) Pero ya sea que existan varias pretensiones conexas por el título o por el
objeto, o simultáneamente por ambos elementos, o una pretensión a la que
posteriormente adhiera un tercero ajeno a las partes originarias, la característica
esencial del litisconsorcio facultativo reside en la circunstancia de que cada uno de
los litisconsortes se encuentra en condiciones de invocar una legitimación
procesal autónoma. De ello se sigue que, a diferencia de lo que ocurre en los casos
de litisconsorcio necesario, tanto el resultado del proceso cuanto el contenido de la
sentencia definitiva pueden ser distintos con respecto a cada uno de ellos.

337. Efectos
De las ideas enunciadas precedentemente se sigue que el litisconsorcio
facultativo produce los siguientes efectos:
1) Los actos de disposición del objeto procesal realizados por uno o algunos de
los litisconsortes producen sus efectos normales cualquiera que sea la actitud
asumida por los restantes litisconsortes(58).

109 
 
2) En materia de defensas, corresponde diferenciar las que se deducen contra
uno o algunos de los litisconsortes, así como las opuestas por uno o algunos de
éstos a título personal, de las que se fundan en hechos comunes.
En ambos supuestos, cabe a su vez distinguir, desde el punto de vista de su
tratamiento procesal, según que puedan o no decidirse con carácter previo.
Opuesta, en efecto, cualquiera de las excepciones contempladas en el art. 347(59),
el proceso puede concluir para uno o algunos de los litisconsortes y continuar con
relación a los restantes. Si se trata, por ejemplo, de la excepción de incompetencia,
el litisconsorte vencido deberá recurrir ante el juez competente (art. 354, inc. 1º,
CPCCN)(60); si prosperan las excepciones de defecto legal, falta de personería o
arraigo, el litisconsorte o litisconsortes afectados deberán subsanar las deficiencias
o cumplir los requisitos pertinentes dentro del plazo legal, con riesgo, en caso
contrario, de ser separados de la causa (inc. 4º, norma citada). La misma solución
es aplicable al caso de que prospere cualquiera de las excepciones perentorias que
prevé el art. 347 (cosa juzgada, transacción, conciliación y desistimiento del
derecho), con la variante de que ellas llevan aparejada la extinción definitiva de la
pretensión con respecto a los litisconsortes vencidos(61). Cuando se trata
de excepciones individuales que corresponde resolver con carácter previo
(v.gr., incompetencia, transacción, conciliación, etc.) o en oportunidad de la
sentencia definitiva (v.gr.: pago, compensación, nulidad por vicio del
consentimiento), deben ser consideradas únicamente con relación a los
litisconsortes que las opusieron(62).
Si las excepciones opuestas revisten carácter general o común, deben ser
consideradas con relación a todos los litisconsortes. En el caso de prosperar, por
consiguiente, el proceso concluirá para todos ellos si se trata de alguna excepción
previa o la sentencia rechazará la demanda en el caso contrario (v.gr., inexistencia
del hecho o nulidad de la relación jurídica que constituye la causa de la
pretensión)(63).
3) Con relación a la prueba, corresponde formular un distingo según que ella
verse sobre hechos comunes o sobre hechos individuales a uno o algunos de los
litisconsortes. En el primer caso, el juez debe valorar conjuntamente las diligencias
probatorias producidas por cada litisconsorte, pues no cabe concebir que el
convencimiento judicial acerca de la verdad de un hecho común se produzca sólo
con respecto a uno o a algunos de los litisconsortes. Por lo tanto, si uno solo de los
litisconsortes produce prueba acerca de un hecho constitutivo, impeditivo o extintivo
que reviste carácter común, ella será suficiente para tenerlo acreditado con relación
a los restantes(64). Pero la confesión o la admisión de un hecho común, formulado
por uno de los litisconsortes, no perjudica a los otros(65).
Si se trata de hechos individuales, debe estarse a la prueba producida por el
litisconsorte al cual tales hechos se refieren, sin perjuicio de que la prueba producida
por los otros pueda computarse a título indiciario(66).
4) Los recursos interpuestos por uno de los litisconsortes no benefician a los
restantes(67).
5) El litisconsorcio facultativo trae aparejado, en ciertos supuestos que fueron
analizados supra, nro. 253, B), un desplazamiento de la competencia por razón del
lugar, de la materia y del valor.

110 
 
CAPÍTULO XXIII - PROCESOS CON PARTES MÚLTIPLES (CONT.)

I. INTERVENCIÓN DE TERCEROS(1)

338. Concepto
a) La intervención de terceros tiene lugar cuando, durante el desarrollo del
proceso, y sea en forma espontánea o provocada, se incorporan a él personas
distintas a las partes originarias con el objeto de hacer valer derechos o intereses
propios, aunque vinculados a la causa o al objeto de la pretensión(2).
Según lo hemos anticipado, la intervención puede constituir una de las formas en
que se integra el denominado litisconsorcio sucesivo o involucrar, además, un
supuesto de acumulación de pretensiones por vía de inserción.
b) Básicamente, el fundamento de la institución que nos ocupa reside en la
conveniencia de extender los efectos de la cosa juzgada a todos los interesados en
una determinada relación o estado jurídico, sea por razones de economía procesal
o para evitar incluso el pronunciamiento de una sentencia inútil cuando se configura
el supuesto contemplado por el art. 89, CPCCN (litisconsorcio necesario). Cabe
agregar, sin embargo, que la intervención puede conducir, en ciertas hipótesis, a
la extromisión de alguna de las partes originarias o a una declaración de prevalencia
del derecho del interviniente respecto del invocado por el sujeto activo de la
pretensión.

339. Clases
a) Según que la intervención responda a la libre y espontánea determinación del
tercero, o a una citación judicial dispuesta de oficio o a petición de alguna de las
partes originarias, se la denomina, respectivamente, voluntaria o coactiva. A su vez,
ambos tipos de intervención admiten diversas modalidades que serán examinadas
más adelante.
b) Interesa destacar que, una vez declarada admisible la intervención, en
cualquiera de sus formas, el tercero deja de ser tal para asumir la calidad de parte,
con las facultades y deberes que tal calidad implica(3), ya que se convierte, sea en

111 
 
el sujeto activo de una nueva pretensión, o en sujeto activo o pasivo de una
pretensión ya interpuesta.

340. Reglas comunes y régimen legal


a) De lo expuesto en los números anteriores se sigue que la admisibilidad de
la intervención de terceros, en términos generales, se halla supeditada a la
concurrencia de dos requisitos básicos que son: 1) La existencia de un
proceso pendiente entre dos o más sujetos. 2) La circunstancia de que el tercero
sea una persona distinta a dichos sujetos o, en otras palabras, que no haya asumido
aún la condición de parte en el proceso; de allí que no configuren supuestos
de intervención de terceros, por ejemplo, la presentación del representado durante
el transcurso del proceso iniciado por el representante (necesario o voluntario) o la
comparecencia tardía del rebelde, ya que el hecho de la incomparecencia no implica
que aquél no revista la calidad de parte desde la iniciación del proceso(4).
b) El Código de Procedimiento Civil y Comercial de la Capital, derogado por la ley
17.454, no reglamentaba la intervención de terceros con el alcance que hemos
asignado precedentemente a dicha institución. Sólo se refería a las "tercerías" de
dominio y de mejor derecho (arts. 529 a 543), las cuales, pese a ciertas analogías
que guardan con la intervención, no pueden, según veremos más adelante,
identificarse con ésta. A la misma orientación respondía el Código de la provincia de
Buenos Aires, derogado por la ley 7452 (arts. 574 a 581).
Pese a la circunstancia apuntada, la jurisprudencia se pronunció reiteradamente
en favor de la admisibilidad de la intervención de terceros, aunque puntualizando
que era de carácter restrictivo y sólo debía ser admitida en
circunstancias excepcionales, es decir, cuando realmente existiere un interés
jurídico que proteger y la intervención fuere la única vía para hacerlo(5).
Diversas leyes extranjeras, como las ordenanzas procesales alemana
(parágrafos 64 a 77) y austríaca (parágrafos 16 a 25), y los códigos italiano (arts.
105 a 109), brasileño (arts. 50 a 61) y mexicano del Distrito Federal (art. 78), entre
otros, regulan la intervención de terceros en el proceso de conocimiento,
contemplando las dos modalidades a que anteriormente nos hemos referido.
En la legislación argentina la institución se encuentra reglamentada, en esas dos
formas, por los arts. 90 a 96 de los Códigos Procesales Civil y Comercial de la
Nación y de las provincias de Buenos Aires, Catamarca, Chaco, Chubut, Formosa y
Misiones(6). Todos ellos, igualmente, se ocupan en los arts. 105 a 110 de una de las
modalidades de la intervención coactiva, como la citación de evicción.
La ley 22.434(7)no introdujo modificación alguna al régimen aplicable a
la intervención de terceros (arts. 90 a 96, CPCCN) y se limitó a alterar el orden de
los apartados contenidos en la última de las normas citadas. Dispuso, en efecto, el
art. 96 reformado que será inapelable la resolución que admita la intervención de
terceros. La que la deniegue será apelable en efecto devolutivo. En todos los
supuestos, la sentencia dictada después de la intervención del tercero o de su
citación, en su caso, lo afectará como a los litigantes principales(8).

112 
 
Esta norma se refiere tanto a la intervención voluntaria (adhesiva o litisconsorcial,
arts. 90 a 93) cuanto a la obligada (arts. 94 y 95), pero su primer párrafo sólo es
aplicable en el proceso ordinario, ya que en el proceso sumarísimo la resolución que
recaiga, cualquiera que sea su contenido, es siempre inapelable en razón de no
encontrarse entre las mencionadas por el art. 498, inc. 6º, en la redacción que le
imprimió la ley 25.488.
En la misma línea se halla ubicado el Código de Jujuy, que regula "la intervención
de terceros" en los arts. 75 a 82, y la "evicción y saneamiento" en los arts. 90 a 95.
El Código de Mendoza, por su parte, se ocupa de los distintos aspectos de
la intervención de terceros bajo el título común de "tercerías"(9)(arts. 103 a 111), en
tanto que el de Santa Fe dedica los arts. 301 a 308 a la "intervención de terceros" y
los arts. 309 a 314 a la "citación de saneamiento". Cabe añadir que, con excepción
del de Mendoza, los restantes ordenamientos analizados reglamentan por separado
las tercerías de dominio y de mejor derecho.
Otros códigos argentinos, como los de Córdoba y San Juan, reglamentaban
la intervención voluntaria de terceros (excluyente y adhesiva) bajo el título de
"tercerías en general", ocupándose separadamente de las "tercerías en el juicio
ejecutivo". Algunos de ellos, además, regulan la citación de evicción como única
modalidad de la intervención coactiva. El Código de Tucumán, por su parte, bajo el
título de "Los terceros frente al proceso", destina sendas secciones a la
reglamentación de la "intervención voluntaria", la "intervención provocada", las
"tercerías" y la "acción subrogatoria" (arts. 86 a 104).

II. INTERVENCIÓN VOLUNTARIA

341. Clases
Según lo hemos anticipado, este tipo de intervención se configura frente
al ingreso espontáneo de un tercero a un proceso que se encuentra pendiente.
Las leyes que reglamentan esta institución, así como también la doctrina que
la explica, distinguen entre dos tipos básicos de intervención voluntaria: la principal,
o excluyente, y la adhesiva. Esta última, a su vez, suele subclasificarse
en intervención adhesiva simple o dependiente e intervención adhesiva
litisconsorcial o autónoma.
De todas esas modalidades nos ocuparemos a continuación.

342. Intervención principal o excluyente

113 
 
A) Concepto y caracteres
a) Este tipo de intervención (ad infrigendum iura utriusque competitoris) tiene
lugar cuando un tercero se incorpora a un proceso pendiente a fin de interponer,
frente a las partes originarias, una pretensión incompatible con la deducida por el
sujeto activo.
Como ejemplos tradicionales de intervención excluyente suelen citarse el caso
del juicio en que las partes originarias discuten acerca de la propiedad de una cosa
y el tercero interviene alegando ser el propietario de ella, o el del proceso relativo al
cobro de una suma de dinero en el cual el tercero invoca la titularidad del crédito
respectivo.
b) La intervención excluyente ha sido reglamentada por diversos ordenamientos
procesales extranjeros y de nuestro país. Entre estos últimos cabe citar, entre otros,
a los Códigos de Córdoba (art. 432, inc. 3º), Jujuy (art. 78), La Rioja (arts. 146 y
147), Mendoza (arts. 105 a 108) y Santa Fe (arts. 301 y 307)(10). Han omitido su
regulación, en cambio, el CPCCN(11), y los Códigos de Buenos Aires, Catamarca,
Chaco, Chubut, Entre Ríos, Formosa, Misiones, Corrientes, Salta, etcétera.
c) Como se ha señalado oportunamente, el tipo de intervención analizado
constituye un supuesto de acumulación sucesiva por inserción de pretensiones
(supra, nro. 101). El tercero, en efecto, interpone una pretensión frente a las partes
originarias, quienes vienen de tal manera a integrar un litisconsorcio pasivo(12). Dicha
pretensión, además, debe ser incompatible con la pretensión originaria en lo que
atañe al objeto, siendo indiferente la falta de identidad entre la causa de ambas
pretensiones(13). En ese orden de ideas, sería admisible la intervención principal en
el supuesto de que el primitivo actor hubiese demandado la restitución de la tenencia
de la cosa sobre la base de un contrato de arrendamiento y el tercero pretendiere
lograr la posesión de esa misma cosa alegando un derecho de propiedad(14). Por el
contrario, la intervención sería inadmisible si, por ejemplo, en un proceso
reivindicatorio relativo a un determinado inmueble el tercero se presentase para
reclamar el pago del daño causado por el derrumbamiento de ese inmueble(15), o si,
versando la pretensión originaria sobre la propiedad de un inmueble,
el interviniente invoca su condición de acreedor hipotecario, pues el derecho real de
hipoteca no resulta incompatible y, por lo tanto, no excluye el derecho de propiedad
alegado por el primitivo actor(16).
d) En cuanto a la naturaleza de la pretensión deducida por el interviniente, es
menester atenerse al contenido del reclamo formulado en cada caso particular. A
veces, en efecto, puede configurarse como una pretensión declarativa frente al actor
y como una pretensión de condena frente al demandado(17), y otras puede consistir
en una pretensión declarativa o de condena frente a ambas partes(18).
e) Este tipo de intervención, finalmente, no debe ser confundido con las
"tercerías". En estas últimas, como se verá más adelante (infra, nro. 353), el tercero
se limita a hacer valer su derecho de propiedad sobre algún bien que haya sido
embargado en el proceso principal, o el derecho a ser pagado con preferencia al
embargante con motivo de la venta de la cosa embargada(19). Por ello, en tanto el
tercerista no interpone una pretensión incompatible con la que constituye el objeto
del proceso principal, a cuyo resultado, por lo demás, es indiferente, no pierde su
114 
 
condición de tercero con relación a dicho proceso. En la intervención excluyente, en
cambio, el tercero asume calidad de parte actora frente a las dos partes originarias,
y la sentencia lo afecta en la misma medida que a éstas(20).

B) Procedimiento y efectos
a) Los ordenamientos procesales argentinos que han regulado esta modalidad
de la intervención coinciden sustancialmente en cuanto al procedimiento a observar
en el caso de que aquélla se verifique.
Los Códigos de Jujuy (art. 78) y Santa Fe (art. 307) establecen, como principio
general, que en el caso de encontrarse el proceso principal pendiente en
primera instancia, es pertinente la suspensión del procedimiento y la sustanciación
de la intervención en la forma que corresponda hasta que el procedimiento de ésta
quede en el mismo estado, y que después una y otra deben continuar tramitando
conjuntamente en el mismo expediente y resolverse en una sola sentencia.
El Código de Mendoza adopta el mismo principio, aunque con la siguiente
variante, prevista en el art. 106, ap. 2º: "En caso de admitirse la intervención, el
tribunal establecerá si ha de sustanciarse en el mismo expediente o por separado y
en este último supuesto, el trámite que deba seguir, según la importancia y
naturaleza del pleito principal y de la tercería, y si ha de suspenderse el principal y
en qué estado. La suspensión procederá siempre que la prosecución del trámite
pueda ocasionar al tercerista un perjuicio irreparable dentro del proceso, como en el
caso de tercería de dominio o de mejor derecho y otros análogos"(21).
En la hipótesis de que la intervención se verifique hallándose el juicio en
segunda instancia, el Código de Jujuy (art. 78, ap. 2º) dispone que la intervención
debe tramitar en pieza separada sin suspenderse el curso de aquél, a menos que
se interponga la demanda en segunda instancia renunciando a la primera. Una
previsión análoga contiene el art. 307, ap. 2º, Código de Santa Fe, aunque no
contempla específicamente el caso de que la demanda se interponga en
segunda instancia, y agrega que "no se dictará sentencia hasta que el estado de la
tercería permita pronunciar una sola", solución que, a nuestro juicio, debe
considerarse implícitamente aceptada por los restantes códigos mencionados.
Por su parte, el Código de Jujuy (art. 81) establece que en los casos en que
procede la suspensión del proceso principal, cualquiera de las partes puede pedir
su continuación independiente cuando resulte manifiesto que el tercero procede sin
derecho y sólo para obstaculizar el procedimiento.
Como se advierte, el procedimiento de la intervención principal guarda marcados
puntos de contacto con el que corresponde imprimir a la acumulación de procesos
(supra, nro. 105)(22); de allí que, a través de ese tipo de acumulación, y pese a la
circunstancia de que el CPCCN y los códigos que se han adaptado a él no
reglamenten el tipo de intervención que estamos examinando, puedan lograrse
efectos similares a los previstos por los ordenamientos provinciales a que nos hemos
referido(23).
b) Sea que la intervención se sustancie en un mismo expediente con el proceso
principal o por separado, las partes originarias y el interviniente revisten el carácter

115 
 
de partes autónomas y contrarias entre sí(24); de allí que puedan ponerse posiciones
recíprocamente y ejercer cada uno de ellos todas las facultades
procesales inherentes a aquel carácter(25).
Finalmente, la pretensión originaria y la introducida por el interviniente deben ser
resueltas en una sentencia única, cuya eficacia se extiende a cada uno de los tres
sujetos que han participado o figurado en calidad de partes(26).

343. Intervención adhesiva simple

A) Concepto y caracteres
a) Esta clase de intervención, también denominada coadyuvante, se verifica
cuando un tercero, en razón de tener un interés jurídico coincidente con el derecho
alegado por cualquiera de las partes originarias, participa en el proceso con el objeto
de coadyuvar al éxito de la pretensión o de la oposición(27).
De acuerdo con ese concepto, el CPCCN autoriza a "intervenir en un juicio
pendiente en calidad de parte, cualquiera que fuere la etapa o la instancia en que
éste se encontrare", a quien "acredite sumariamente que la sentencia pudiere
afectar su interés propio" (art. 90, inc. 1º)(28). Algunos códigos provinciales se
refieren a la institución bajo el nombre de intervención o de
tercería coadyuvantes(29), aunque con diferencias que hacen, fundamentalmente, a
los requisitos de admisibilidad de la intervención y a la posición procesal
del interviniente.
b) A diferencia de lo que ocurre, como veremos más adelante, en el supuesto
de intervención adhesiva litisconsorcial, el interviniente coadyuvante carece de
legitimación procesal para litigar frente al adversario de la parte a quien adhiere. El
fundamento de la institución, en efecto, reside simplemente en la conveniencia de
brindar al tercero la posibilidad de colaborar en la gestión procesal de alguna de las
partes originarias, y en la medida en que, dada la coincidencia antes señalada, la
sentencia sea susceptible de repercutir dañosamente en su situación jurídica.
c) Pueden mencionarse, como ejemplos de intervención adhesiva simple, la del
escribano en el proceso de redargución de falsedad de una escritura pasada ante
él; la del fiador en el juicio que se sustancia entre el deudor y el acreedor sobre
la existencia o la validez de la obligación principal (arts. 1584 y 1588, CCiv. y Com.);
la del tercero beneficiario de un cargo contenido en una donación, en el proceso que
versa sobre la validez del contrato; la del legatario en el proceso que tiene por objeto
la pretensión interpuesta frente al heredero testamentario para que se declare la
nulidad del testamento; la del acreedor hipotecario en el proceso relativo a la
reivindicación del inmueble gravado; la del vendedor en el proceso seguido al
comprador por un tercero que pretende ser propietario de la cosa(30); etcétera.

116 
 
d) Como se desprende de los ejemplos precedentemente mencionados,
constituye presupuesto de admisibilidad de la intervención adhesiva simple que el
tercero tenga un interés jurídico en el triunfo de la parte con la cual coadyuva(31).
Dicho interés, como anota Calamandrei, debe entenderse "en el sentido de que con
la intervención aspira en todo caso el tercero a impedir que en la relación que media
entre las partes principales se forme, contra la parte ayudada, un fallo que pueda de
hecho obstaculizar el ejercicio práctico de un derecho del tercero o que haga sentir
sobre el derecho del tercero su eficacia refleja"(32); de allí que corresponda descartar
la invocación de intereses morales(33)o meramente económicos, como podría ser,
por ejemplo, el del marido en el proceso referente a los bienes propios de la mujer,
desde que aquél carece de un verdadero derecho sobre la integridad del patrimonio
de su cónyuge o a la eventual posibilidad de heredarla(34); o el del procurador fiscal
en representación del gobierno nacional, en el juicio seguido por la concesionaria
de un servicio público tendiente al cobro de sumas adeudadas por un tercero, ya
que no resulta suficiente, a tal efecto, la eventual repercusión que la falta de pago
puede tener en el patrimonio fiscal(35).

B) Posición procesal del interviniente adhesivo simple


a) El interviniente adhesivo simple no asume el carácter de una parte autónoma,
por cuanto su posición dentro del proceso es subordinada o dependiente respecto
de la que corresponde a la parte con la cual coadyuva. Carnelutti lo califica como
una parte accesoria (ver supra, nro. 289), atendiendo al hecho de que, "a diferencia
de lo que ocurre en los casos de intervención excluyente o litisconsorcial, en los
cuales el tercero interviene para hacer valer un derecho propio, en esta forma
de intervención el tercero lo hace para sostener las razones de un derecho
ajeno"(36).
De allí que la actuación procesal del tercero coadyuvante se encuentre limitada
por la conducta asumida por la parte principal, pues si bien se halla autorizado para
realizar toda clase de actos procesales, éstos sólo son eficaces en la medida en que
no sean incompatibles o perjudiquen el interés de aquélla(37).
b) Concordantemente con las ideas expuestas, el Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación establece que la actuación del interviniente adhesivo simple
"será accesoria y subordinada a la de la parte a quien apoyare, no pudiendo alegar
ni probar lo que estuviese prohibido a ésta" (art. 91, ap. 1º)(38).
En consecuencia, le está vedado realizar cualquier acto que implique una
disposición del objeto procesal (allanamiento, desistimiento, transacción o
conciliación); utilizar una defensa o una prueba respecto de las cuales la parte
coadyuvada hubiere renunciado o hubiese sido declarada negligente(39);
contraponer sus pretensiones a las de dicha parte(40); etc. Pero está habilitado, en
cambio, para subrogarse procesalmente a la parte principal en el caso de que ésta
obrare negligente, ineficaz o dolosamente en su perjuicio(41).

117 
 
C) Procedimiento y efectos
a) La intervención adhesiva simple puede verificarse, según vimos, en cualquier
etapa o instancia del proceso (art. 90, CPCCN). El pedido de intervención debe
formularse por escrito, con los requisitos de la demanda, en lo pertinente (art.
92, párr. 1º, CPCCN)(42), lo cual significa que, básicamente, el tercero debe expresar
su nombre y domicilio, y enunciar claramente los hechos en que se funda el interés
jurídico que pretende hacer valer (art. 330, CPCCN, especialmente incs. 1º, 3º, 4º,
5º y 6º). Asimismo, con el pedido de intervención debe presentar los documentos y
ofrecer las demás pruebas en que funde la solicitud (art. 92, párr. 2º, CPCCN)(43).
Formulado el pedido de intervención, corresponde conferir traslado a las partes
originarias(44), y en el caso de que cualquiera de ellas se opusiere, debe sustanciarse
la cuestión en una sola audiencia (párr. 3º de la norma citada)(45). La resolución debe
dictarse dentro de los diez días (último párrafo de la norma citada)(46).
Ello no descarta, empero, la posibilidad de que el juez rechace in limine el pedido
de intervención, en el caso de que fuera manifiestamente inadmisible (doct. art. 179,
CPCCN). También puede hacerlo, como es obvio, cuando falte algún requisito de
admisibilidad que sea susceptible de examinarse de oficio (v.gr.: la capacidad
procesal o la competencia del órgano)(47).
La resolución que admite la intervención es inapelable, en tanto que la que la
deniega (si se trata de un proceso ordinario) es apelable en efecto devolutivo (art.
96, ap. 1º, CPCCN)(48). En los procesos sumarísimos, por el contrario, la resolución
es siempre inapelable, ya que no se encuentra mencionada por el art. 498, inc. 6º(49).
b) El interviniente debe aceptar la causa en el estado en que ésta se encuentre
en oportunidad de formular el pedido de intervención. "En ningún caso —dice el art.
93, CPCCN— la intervención del tercero retrogradará el juicio ni suspenderá su
curso"(50).
c) Finalmente, la sentencia afecta al tercero de la misma forma que a las partes
principales (art. 96 CPCCN)(51). Aquél puede recurrir el pronunciamiento, siempre
que la parte coadyuvada no lo haya consentido expresamente(52).

344. Intervención adhesiva litisconsorcial

A) Concepto y caracteres
a) En la llamada intervención adhesiva autónoma o litisconsorcial, el ingreso del
tercero en el proceso pendiente tiene por objeto hacer valer un derecho propio frente

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a alguna de las partes originarias, adhiriendo a la calidad (actora o demandada)
asumida por la otra u otras.
Como ejemplos de esta clase de intervención, pueden mencionarse el del
acreedor solidario que entra a participar en el juicio entablado por otro acreedor
contra el deudor o el caso recíproco del codeudor solidario no demandado
originariamente; el del accionista que adhiere a la pretensión formulada por otro,
tendiente a obtener la nulidad de una asamblea o el del que adhiere a la oposición
deducida por la sociedad demandada; la del pariente de alguno de los cónyuges con
derecho a oponerse a la celebración del matrimonio, que interviene en el
proceso iniciado por otro pariente legitimado con el objeto de obtener la nulidad de
aquél; etcétera.
b) La característica esencial de este tipo de intervención (que la diferencia de
la intervención simple) está dada por la circunstancia de que el tercero habría
gozado de legitimación procesal propia para demandar o ser demandado
originariamente en el proceso al cual ingresa, sea a título individual o junto con la
parte a cuya posición adhiere. Sobre la base de ese concepto, el art. 90, inc.
2º, CPCCN, define al tercero adhesivo litisconsorcial como a aquél que, "según las
normas del derecho sustancial, hubiese estado legitimado para demandar o ser
demandado en el juicio"(53).

B) Posición procesal del interviniente adhesivo litisconsorcial


a) Se ha observado, con acierto, que la intervención adhesiva litisconsorcial
constituye una modalidad intermedia entre la intervención excluyente y
la intervención adhesiva simple. Coincidiría, en efecto, con la primera, si se atiende
al hecho de que el interviniente litisconsorcial hace valer, lo mismo que
el excluyente, un derecho propio; y se aproximaría a la segunda en la medida en
que aquél no se enfrenta con las dos partes originarias, sino con una sola de ellas,
asumiendo la posición de la otra(54).
Debe tenerse en cuenta, empero, que la adhesión no debe considerarse referida
al interés de la parte principal, sino a la posición actora o demandada que aquélla
reviste en el proceso. Por lo tanto, según ocurre en todos los casos de litisconsorcio,
no es necesario que el interés del interviniente coincida con el de la parte principal.
b) A diferencia del tercero adhesivo simple, que, como vimos, es una parte
accesoria, el tercero adhesivo litisconsorcial reviste el carácter de una
parte autónoma que, como tal, puede actuar al mismo nivel que el correspondiente
a las partes principales. El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación recoge
esa conclusión en tanto establece que el interviniente "actuará como litisconsorte de
la parte principal y tendrá sus mismas facultades procesales" (art. 91, ap. 2º)(55).
De ello se sigue que, en principio, el interviniente adhesivo litisconsorcial goza de
plena autonomía en cuanto a la gestión del proceso, pudiendo, por lo tanto, asumir
actitudes independientes e incluso contrapuestas a la de la parte principal(56)(v.gr.,
oponer defensas personales, ofrecer y producir pruebas distintas a las de dicha
parte, etc.). En términos generales, pues, son aplicables a este tipo de intervención
las reglas enunciadas supra, nro. 333, b), al examinarse los efectos del litisconsorcio

119 
 
facultativo. Dichas reglas, sin embargo, no podrían extenderse a los casos
de intervención que impliquen alguna de las hipótesis encuadradas dentro del
denominado litisconsorcio necesario impropio o cuasinecesario (supra, nro. 332)
que requieran el pronunciamiento de una sentencia de un mismo contenido para
todos los litisconsortes; de allí que, v.gr., carecería de efectos autónomos cualquier
acto de disposición del objeto procesal realizado por uno o algunos de los
accionistas que demandan por nulidad de una asamblea(57).

C) Procedimiento y efectos
Con las salvedades derivadas de la posición procesal autónoma que
corresponde al interviniente adhesivo litisconsorcial, son aplicables a este tipo
de intervención las reglas enunciadas supra, B, nro. 3 con respecto a la intervención
adhesiva simple(58).

III. INTERVENCIÓN COACTIVA

345. Concepto y caracteres


a) En términos generales, la intervención coactiva u obligada se verifica cuando,
sea a petición de cualquiera de las partes originarias o de oficio, se dispone la
citación de un tercero para que participe en el proceso pendiente y la sentencia a
dictar en él pueda serle eventualmente opuesta(59).
Respecto de este tema, en LL 1997-C-501(60)—comentándose el fallo de la Corte
Sup., 20/8/1996, in re "Barrio Juniors SRL v. Marich, Santiago"— se expuso lo que
sigue:
"Sumario: I. El caso resuelto. II. Los supuestos de intervención coactiva de
terceros. III. Correcto encuadramiento del caso.
"I. El caso resuelto
"1. La sentencia de la Corte Suprema que es materia de esta nota dispuso dejar
sin efecto un fallo de la C. Nac. Civ. que, al confirmar el de primera instancia, si bien
hizo lugar a la demanda por cumplimiento de un contrato de compraventa de
un inmueble, desestimó la pretensión encaminada a obtener el desalojo de quienes
ocupaban aquél sin derecho alguno y, en cambio, difirió el eventual desahucio para
un segundo juicio.
"2. Para arribar a esa solución la mayoría del tribunal consideró que habiendo
sido dichos ocupantes oportunamente citados a comparecer al juicio en los términos

120 
 
del art. 96, CPCCN, y que aquéllos contestaron la demanda sin invocar título alguno
sobre el inmueble y fueron asimismo tenidos en calidad de partes, el referido
diferimiento del desalojo comportó, aparte de un dispendio de actividad jurisdiccional
en cuanto los citados pudieron ejercer plenamente su derecho de defensa y
omitieron hacerlo, un indebido apartamiento de la norma procesal citada, que en el
caso debió alcanzar, para que el fallo se presentara como derivación razonada del
derecho vigente, a todos los sujetos pasivos del proceso en la plenitud de sus
efectos.
"II. Los supuestos de intervención coactiva de terceros
"3. En razón de que, de acuerdo con lo que resulta de los términos del fallo
mayoritario y del voto individual del juez Vázquez, la parte actora invocó, en apoyo
de la citación de los ocupantes del inmueble, los arts. 94 y 96, CPCCN, antes
de ingresar en el análisis del tema específicamente resuelto por la sentencia
anotada parece conveniente precisar, así sea someramente, el ámbito significativo
de las mencionadas normas desde la perspectiva, particularmente, del derecho
judicial vigente.
"4. En ese contexto importa recordar que la primera de las normas citadas, en
tanto faculta a las partes originarias para 'solicitar la citación de aquél a cuyo
respecto consideraren que la controversia es común', contempla ante todo el caso
de que el requirente, frente a la hipótesis de ser vencido en el juicio, se halle
habilitado para interponer una pretensión de regreso contra el tercero según ocurre,
entre otros, en los casos de los arts. 1123, 1124, 1125 y 1646, derogado CCiv.(1).
"El fundamento de la citación, en la hipótesis examinada, radica en la
conveniencia de evitar que, en el proceso que tiene por objeto la pretensión
regresiva, el demandado pueda argüir con éxito la excepción de negligente defensa
(exceptio mali processus) (2). De allí que, salvo en los supuestos específicamente
previstos en los ordenamientos materiales (v.gr., art. 118, ley 17.418, ADLA XXVII-
B-677), se haya decidido reiteradamente que la eventual sentencia condenatoria
sólo constituye un antecedente favorable a la fundabilidad de la pretensión de
regreso que se interponga frente al citado, pero no puede ejecutarse contra éste, ya
que la citación carece de virtualidad para convertir al tercero en un demandado
respecto del cual proceda dictar sentencia de condena (3).
"La Corte tiene incluso resuelto que el principio de congruencia obsta a la
posibilidad de condenar al tercero citado en los términos del art. 94 en virtud de no
haber sido demandado y que el alcance que cabe asignar a la intervención de aquél
se halla limitado a la oponibilidad de la sentencia en un eventual proceso posterior
(4).
"5. El art. 94, CPCCN, resulta asimismo invocable frente a la citación del
colegitimado activo, la que tiene lugar cuando el actor acredita interés en que sea
llamado al proceso un tercero que podría haber asumido, junto con él, la
posición inicial de litisconsorte. Es, entre otros, el caso del acreedor solidario que
requiere la citación de un coacreedor o el del heredero que adopta igual actitud en
relación con otra persona que reviste la misma calidad en el supuesto contemplado
en el art. 3450, derogado CCiv. (5).
"6. Encuadran finalmente en los términos del art. 94, CProc., la citación del
verdadero legitimado para intervenir en la causa (la que puede ocurrir, v.gr., en las
hipótesis de los arts. 1530, 2464, 2782 y 2880, derogado CCiv.) y del tercero
pretendiente (la que es susceptible de configurarse, p. ej., en las situaciones de los
arts. 757, inc. 4º, y 2211, derogado CCiv.), aunque ellas revisten la particularidad de

121 
 
que pueden generar la extromisión del proceso de alguna de las partes originarias,
y su vinculación con los supuestos anteriormente mencionados reside,
esencialmente, en el procedimiento aplicable a la incorporación del tercero a la
causa pendiente.
"III. Correcto encuadramiento del caso
"7. De las consideraciones precedentemente desarrolladas se sigue que si bien,
en el caso que motivó la sentencia de la Corte el actor invocó, en apoyo de la citación
de los ocupantes del inmueble, los arts. 94 y 96, CPCCN, la situación de éstos en
modo alguno encuadraba en los términos de esas normas ni, por consiguiente, en
el marco de las situaciones analizadas.
"Según surge, en efecto, del voto del juez Vázquez, el actor no sólo requirió la
citación de los ocupantes y ésta se hizo efectiva sino que, además, en el escrito de
demanda solicitó que la sentencia los comprendiese en cuanto a la obligación de
desalojar y restituir el inmueble. Tales actitudes vinieron por lo tanto a configurar,
sustancialmente, una acumulación subjetiva de pretensiones conexas por el objeto
(art. 88, CPCCN): una frente al vendedor, fundada en el contrato de compraventa y
tendiente a la firma de la escritura traslativa de dominio y a la consiguiente entrega
de la posesión de la cosa vendida, y otra frente a los ocupantes, fundada en su falta
de título para ocupar esa misma cosa y esencialmente encaminada a idéntica
entrega. Más aún: la propia sentencia de la Corte puntualizó que la efectividad de la
sentencia respecto del vendedor dependía de la condena a dictarse en relación con
los ocupantes del inmueble vendido, a quienes además se asignó, con todo acierto,
el carácter de parte principal.
"8. Lo dicho me afirma en la convicción de que si el actor se hubiese abstenido
de invocar los arts. 94 y 96, CPCCN, ni el juez ni la Cámara habrían resuelto diferir
el desalojo de los ocupantes para un juicio ulterior, porque el error enmendado por
la Corte radicó, al parecer, en el encuadramiento del caso en la hipótesis —
radicalmente diversa— analizada supra, Nº 4, y, naturalmente, en el hecho de que
los órganos judiciales inferiores omitieron la aplicación de la regla iura novit curia.
"Notas:
"(1) Corte Sup., Fallos 296:263; C. Nac. Civ., sala A, LL 1989-E-582 (38.122-S); sala B, ED 88-
303; sala C, ED 93-225, etc.
"(2) PALACIO, Lino E., Derecho..., cit., t. III, p. 249.
"(3) C. Nac. Civ., en pleno, LL 1992-B-264; C. Nac. Civ. y Com. Fed., sala 1ª, ED 145-115; sala
2ª, ED 124-538; C. Nac. Com., sala A, ED 124-425; sala C, ED 129-336; sala E, LL 1987-B-399.
"(4) Corte Sup., Fallos 315:2349. Sin embargo algunos fallos de los tribunales inferiores,
acertadamente a mi juicio, han decidido que la regla analizada en el texto reconoce excepción, v.gr.,
cuando la citación cuenta con la conformidad de la actora y el tercero ejerció su derecho de defensa
(C. Nac. Civ. y Com. Fed., sala 2ª, LL 1989-E-548) o el tercero asumió espontáneamente la posición
de demandado y el actor consintió desde un principio tal actitud, ya que estas circunstancias sanean
la situación del tercero (C. Nac. Trab., sala 3ª, LL 1991-C-53). A la inversa debe juzgarse erróneo el
criterio conforme al cual la regla mencionada no cede aun cuando el tercero haya sido citado a juicio
por expreso pedido de ambas partes y haya además contestado la demanda, opuesto defensas y
ofrecido prueba (C. Nac. Com., sala A, LL 1989-D-334).
"Interesa señalar que el art. 99 del "Proyecto de Código Procesal Civil Comercial y Laboral de la
Nación", redactado por los doctores Carlos Colombo, Julio Cueto Rúa, Raúl Etcheverry y Héctor
Umaschi prevé, como una de las hipótesis en que la sentencia es ejecutable respecto del tercero, el
hecho de que "al sustanciarse el pedido de intervención el actor hubiere adherido y solicitado la
condena" (inc. 2º).

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"(5) Con excepción de los tratamientos particulares que el derecho material acuerda a ciertas
pretensiones, no corresponde en cambio, como regla, reconocer el mismo derecho a la parte
demandada, ya que el actor no puede ser constreñido a litigar contra una persona ajena al sujeto
pasivo originario (cfr., pese a la amplitud que exhibe el art. 106, Código Procesal italiano —
antecedente del art. 94,CPCCN— (CALAMANDREI, Instituciones..., cit., t. II, p. 342)".

b) La citación del tercero a instancia de parte se halla contemplada por el art.


94, CPCCN, en tanto dispone que "el actor en el escrito de demanda, y el
demandado dentro del plazo para oponer excepciones previas o para contestar la
demanda, según la naturaleza del juicio, podrán solicitar la citación de aquél a cuyo
respecto consideraren que la controversia es común"(61).
La citación de oficio, en cambio, que funciona concurrentemente con el pedido
que pueden formular las partes originarias, sólo procede en el supuesto de que "la
sentencia no pudiere pronunciarse útilmente más que con relación a varias partes"
(art. 89, ap. 1º, CPCCN), es decir, cuando el tercero que no demandó o no fue
demandado junto con aquéllas reviste el carácter de un litisconsorte necesario
(ver supra, nros. 332 y 333). Como se señaló en ese lugar, la citación del tercero en
el supuesto de litisconsorcio necesario debe practicarse a través de la denominada
"integración de la litis" y, en principio, antes de dictarse la providencia de apertura a
prueba (art. 89, ap. 2º).
c) Interesa destacar una importante diferencia que media entre las dos
modalidades de citación precedentemente enunciadas. Ella consiste en que,
mientras en el caso previsto por el art. 94 la citación responde a la circunstancia
de existir, entre alguna de las partes originarias y el citado una relación jurídica que
guarda conexión con la causa y con el objeto de la pretensión, en el supuesto de
la integración de la litis la citación obedece a la necesidad de incorporar al proceso
a uno de los sujetos legitimados de una pretensión única; de allí que en la primera
hipótesis la sentencia pueda dictarse eficazmente aun sin la citación del tercero,
pues la intervención de éste se fundamenta en una simple razón de oportunidad. En
la segunda hipótesis, por el contrario, la citación se halla determinada por una razón
de necesidad(62).
d) Cabe puntualizar, finalmente, que pese a la denominación acordada a este tipo
de intervención, la comparecencia del tercero no implica un deber sino una simple
facultad jurídica cuya falta de ejercicio, sin embargo, también lo expone al riesgo de
ser alcanzado por los efectos de la sentencia que se dicte en el proceso al que fue
citado.

346. Casos de intervención coactiva


Dentro de la fórmula contenida en el art. 94, CPCCN, cuyo dato fundamental está
dado, según expresamos, por la conexión que puede mediar entre la relación
jurídica que vincula al tercero con alguna de las partes originarias y los elementos
objetivos (objeto y causa) de la pretensión, corresponde diferenciar tres tipos
básicos de intervención coactiva, todos los cuales son susceptibles de ser
encuadrados bajo la designación genérica de "denuncia de la litis" (litis
denuntiatio)(63).

123 
 
Tales tipos son: 1) La citación del sujeto pasivo de una eventual pretensión
regresiva o del colegitimado. Dentro de la primera hipótesis cabe a su vez distinguir
los casos comunes de pretensiones regresivas, de la llamada "citación de evicción
o saneamiento", ya que ésta es objeto, en nuestro derecho, y por razones que
derivan de la regulación contenida en las normas sustanciales, de un tratamiento
procesal específico(64). 2) La citación del legitimado para intervenir
(nominatio auctoris). 3) La citación del tercero pretendiente.
Por lo que atañe a la intervención coactiva de terceros(65)en su tradicional
modalidad de denuncia de la litis, la doctrina y la jurisprudencia, en general, se
pronunciaron en el sentido de que, salvo en los casos previstos en las leyes
materiales (v.gr., art. 118, ley 17.418), la eventual sentencia condenatoria dictada
en los términos del art. 96 sólo constituía un antecedente favorable a la fundabilidad
de la pretensión regresiva que se interpusiera contra el citado, pero no podía
ejecutarse contra éste(66).
La ley 25.488, en cambio, sobre la base de lo decidido en algunos precedentes,
reemplazó, en el art. 96, párr. 2º, el verbo "afectara" por "alcanzara", y modificó
el párr. 3º de esa norma en los siguientes términos: "También será ejecutable la
resolución contra el tercero, salvo que, en oportunidad de formular el pedido
de intervención o de contestar la citación, según el caso, hubiese alegado
fundadamente la existencia de defensas y/o derechos que no pudiesen ser materia
de debate y decisión en el juicio".
De tal suerte no cabe la ejecución contra el tercero citado cuando éste invoca,
con fundamentos atendibles, alegaciones o defensas que, en razón de su carácter
estrictamente personal (v.gr., la falta de relación de dependencia con el citante), no
pudieron ser discutidas ni resueltas en el juicio en el cual tuvo lugar su citación.
No obstante, la generalidad con que se halla redactado el párrafo transcripto, que
en consecuencia incluye la intervención voluntaria (art. 90), parece haber
desatendido la naturaleza y el alcance de esta última, que supone una previa
evaluación, por parte del tercero, acerca de la conveniencia o no de
su intervención(67).
En los números siguientes nos ocuparemos de cada una de las hipótesis
precedentemente mencionadas.

347. Citación del sujeto pasivo de una eventual pretensión regresiva o del
colegitimado
a) La primera hipótesis se verifica cuando la parte que requiere la citación se halla
habilitada, en la hipótesis de ser vencida en el juicio, para interponer frente al citado
una pretensión regresiva, sea de indemnización o de garantía. Tales serían, entre
otras, las que pueden deducir el principal frente al dependiente que causó un acto
ilícito, por lo que hubiere pagado al damnificado (art. 850, 851 y 852, CCiv. y Com.);
el deudor que se obligó junto con otros, por la cuota que correspondiese a éstos
(arts. 820, 821, CCiv. y Com.); el dueño del animal que ocasionó el daño frente a
quien excitó a aquél (art. 1125, derogado CCiv.); el director de la obra frente al
proyectista en los supuestos de responsabilidad por los vicios constructivos (art.

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1274, CCiv. y Com.); el capitán de un buque, en caso de choque o abordaje, frente
a los oficiales e individuos de la tripulación (art. 1263, CCom., hoy derogado por
la ley 20.094); el fiador frente al deudor principal (art. 1592, C. Civ.); el asegurado o
el damnificado frente al asegurador (arts. 109 y 110, ley 17.418); etcétera(68).
En término generales, el fundamento de la intervención coactiva en los casos
precedentemente mencionados radica en la conveniencia de evitar que, en el
proceso que tiene por objeto la pretensión regresiva, el demandado pueda argüir
la excepción de negligente defensa (exceptio mali processus)(69). De manera, pues,
salvo en los casos previstos por las leyes materiales (v.gr., art. 118, ley 17.418), la
eventual sentencia condenatoria sólo constituye un antecedente favorable a la
fundabilidad de la pretensión de regreso que se interponga frente al citado, pero no
puede ejecutarse contra éste.
b) Sin embargo, en virtud de la amplitud de los términos en que se halla redactado
el art. 94, CPCCN, y de que, según dicha norma, la citación puede ser pedida por
cualquiera de las partes, la denuncia de la litis puede también ser admisible en el
supuesto de que el actor tenga interés en que sea citado al proceso un tercero que
podría haber asumido, junto con él, la posición inicial de litisconsorte, en razón de
revestir el carácter de cotitular del derecho en que se sustenta la pretensión(70). Tal
sería el caso del acreedor solidario que pidiese la citación al proceso de un
coacreedor o el del heredero que adoptara la misma actitud con relación a otra
persona que reviste la misma calidad en el caso del art. 3450 del derogado CCiv.
A la parte demandada, en cambio, con excepción de los tratamientos particulares
que el derecho material acuerda a ciertas pretensiones(71), no corresponde, en
principio, conferirle el mismo derecho, ya que el actor no puede ser constreñido a
litigar contra una persona ajena al sujeto pasivo originario(72). Pensamos, sin
embargo, que el juez puede desestimar la oposición del actor en los supuestos en
que, por razones de economía procesal, resulte manifiestamente conveniente la
citación del tercero.
c) La citación del tercero puede ser solicitada, por el actor, en el escrito de
demanda, y por el demandado, dentro del plazo para oponer excepciones o para
contestar la demanda, según la naturaleza (ordinaria, sumaria o sumarísima) del
juicio (art. 94, párr. 1º, CPCCN).
En el supuesto de que la citación haya sido requerida por el demandado, el juez
no puede decretarla sin conferir previamente traslado al actor, ante cuya eventual
oposición corresponde observar el trámite prescripto por el art. 92, es decir, fijar una
sola audiencia para debatir el tema y resolver la controversia dentro del plazo de
diez días contados desde la celebración de dicho acto. La resolución que admite
la intervención es inapelable, en tanto que la que la deniega es apelable en efecto
devolutivo (art. 96, ap. 1º, CPCCN).
Declarada admisible la intervención, la citación del tercero debe practicarse en la
forma prescripta por los arts. 339 y ss., CPCCN (art. 94, in fine, CPCCN), o sea, de
acuerdo con las normas aplicables a la notificación de la demanda en cuanto ellas
fueren pertinentes.
Por lo demás, la citación debe limitarse a poner en conocimiento del tercero el
pedido de intervención a fin de que, si así lo desea, haga valer los derechos que
estime corresponderle. Su incomparecencia no justifica la declaración de rebeldía,
ya que la citación no implica incorporar al tercero como sujeto activo de la pretensión
o como sujeto pasivo de una pretensión regresiva formulada in eventum; pero

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aquella actitud no obsta a que la sentencia lo afecte como a las partes principales
(art. 96, ap. 2º, CPCCN).
El citado, por último, no puede ser obligado a aceptar el proceso in statu et
terminis, pues ello podría configurar un injusto menoscabo de su derecho de
defensa, el que hubiese sido susceptible de ejercicio amplio en el supuesto de
haber intervenido como sujeto originario de un proceso independiente; de allí que
resulte aplicable al caso el principio general contenido en el art. 95, CPCCN, según
el cual "la citación de un tercero suspenderá el procedimiento hasta su
comparecencia o hasta el vencimiento del plazo que se le hubiere señalado para
comparecer".

348. Citación de evicción

A) Concepto
a) La responsabilidad por la evicción se configura, según el art. 2091, párr. 1º, del
derogado CCiv., cuando en virtud de sentencia y por causa anterior o
contemporánea a la adquisición, el adquirente por título oneroso es privado en todo
o en parte del derecho que adquirió o sufre una turbación de derecho en la
propiedad, goce o posesión de la cosa.
Hoy se dedican a este tópico los arts. 1033 y siguientes del CCiv. y Com.
b) Sin embargo, dicha responsabilidad se extingue, en principio, en la hipótesis
de que el vencido en el juicio no haya pedido la citación de saneamiento al
enajenante o de que, pese a haber formulado el pedido, lo haya hecho fuera del
plazo señalado por la ley procesal (arts. 2108 y 2110, derogado CCiv., actualmente
contemplado ello en el art. 1048, CCiv. y Com.)(73).
En el caso de evicción, en consecuencia, la denuncia de la litis constituye una
carga procesal que pesa sobre el adquirente y cuyo incumplimiento lo expone al
riesgo de ser derrotado en la correspondiente pretensión regresiva frente al
enajenante(74).

B) Oportunidad de la citación
a) El art. 105, ap. 1º, CPCCN, establece acerca de esta modalidad de la litis
denuntiatio que "tanto el actor como el demandado podrán pedir la citación de
evicción: el primero al deducir la demanda; el segundo, dentro del plazo para

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oponer excepciones previas en el juicio ordinario o dentro del fijado para la
contestación de la demanda en los demás procesos"(75).
Antes de la reforma de la ley 25.488, si se trataba de un proceso ordinario, la
citación debía ser solicitada dentro de los primeros diez días del plazo para contestar
la demanda (art. 346, CPCCN)(76). En los procesos sumario y sumarísimo, en
cambio, el pedido debía formularse dentro del plazo de diez y de cinco días,
respectivamente (arts. 486 y 498, inc. 2º, CPCCN)(77), que eran los fijados para la
contestación de la demanda.
b) Formulado el pedido de citación, la resolución debe dictarse sin sustanciación
previa (art. 105, ap. 2º, CPCCN)(78), es decir que no corresponde conferir traslado a
la parte contraria. Pero la norma mencionada agrega que "sólo se hará lugar a la
citación si fuere manifiestamente procedente", lo cual impone al solicitante la carga
de explicar claramente la admisibilidad de la citación y de acompañar los elementos
de juicio que la justifiquen(79).
Dicha resolución, en el caso de ser denegatoria, es recurrible en efecto devolutivo
(art. 105, ap. 3º, CPCCN)(80). Pero si se trata de un proceso sumarísimo, la
resolución es siempre irrecurrible en virtud de no hallarse comprendida en los
supuestos que contempla el art. 498, inc. 6º.

C) Notificación de la citación y posibles actitudes del citado


a) "El citado —prescribe el art. 106, CPCCN— será notificado en la misma forma
y plazo establecidos para el demandado"(81), es decir que, una vez declarado
admisible el pedido, corresponde observar las normas contenidas en los arts. 339 a
345, CPCCN, que contemplan las distintas modalidades en que puede practicarse
la citación de aquél (por cédula, por oficio o exhorto, o por edictos).
Así como la parte contraria carece de la facultad de oponerse a la citación(82), el
citado "no podrá invocar la improcedencia de la citación, debiendo limitarse a asumir
o no la defensa" (art. 106, CPCCN)(83). De ello se sigue que si el citado alega la
improcedencia de la citación, no corresponde resolver si está o no obligado a salir
en defensa del citante(84), pues la citación de evicción no configura una demanda
contra aquél, sino un aviso que se le formula en tiempo y de acuerdo con los
requisitos legales a fin de que, si así lo desea, tome intervención en el proceso(85);
de allí, asimismo, que la incomparecencia del citado no autorice a declararlo en
rebeldía, aunque la citación es suficiente para someterlo a los efectos de la
sentencia(86).
b) Una vez practicada la citación, pueden producirse las siguientes alternativas:
1) Que el citado no comparezca, en cuyo caso "el juicio proseguirá con quien
pidió la citación, salvo los derechos de éste contra aquél" (art. 108, ap. 1º,
CPCCN)(87), que deben hacerse valer, mediante la pertinente pretensión regresiva,
en el juicio que corresponda (art. 106, ap. 3º, CPCCN)(88).
2) Que el citado comparezca pero que se resista a asumir la defensa del citante.
La solución, en este caso, es la misma que en el caso anterior (arts. 106, ap. 3º, y
108, ap. 1º).

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3) Que el citado comparezca y asuma la defensa. En esta hipótesis caben, a su
vez, dos posibilidades. Una consiste en que obra "conjunta o separadamente con la
parte que solicitó la citación, en el carácter de litisconsorte" (art. 109, CPCCN)(89), y
otra en que el citante opte por ser excluido de la causa, en cuyo supuesto debe
mediar la conformidad de la otra parte (doct. art. 44, CPCCN) (ver infra, nro. 370)(90).
Si el citado actúa en calidad de litisconsorte del citante, tiene las mismas
facultades procesales que éste, pues le es aplicable el principio contenido en el art.
91, ap. 2º, CPCCN (supra, nro. 344). En consecuencia, dado que tiene autonomía
de gestión procesal, está habilitado para deducir defensas y proponer diligencias
probatorias distintas e incluso opuestas a las del citante. Puede, asimismo,
oponer excepciones previas que no hayan sido deducidas por aquél(91).
En cuanto a la naturaleza del litisconsorcio integrado por el citante y el citado,
reviste a nuestro juicio características especiales. Si bien, en efecto, el juicio puede
ser resuelto sin la citación del segundo, en el supuesto de que éste se decida a
asumir la defensa del primero el litisconsorcio debe reputarse necesario, ya que
entre el adquirente y el enajenante existe una relación jurídica única e inescindible
que, como tal, no puede ser objeto de decisiones distintas con relación a cada uno
de ellos(92).

D) Efectos de la citación
a) La citación solicitada oportunamente, es decir, de acuerdo con las reglas
contenidas en el art. 105, "suspenderá el curso del proceso durante el plazo que el
juez fijare", siendo "carga del citante activar las diligencias necesarias para el
conocimiento del citado" (art. 107, CPCCN).(93).
La norma mencionada agrega, sin embargo, que "el plazo para
oponer excepciones previas y la sustanciación de éstas no quedarán
suspendidos"(94).
Dicha solución no presenta problema alguno cuando se trata de un proceso
ordinario. En tal caso y de acuerdo con el Código Procesal de Buenos Aires, cuando
el citante es el demandado, debe oponer, dentro de los primeros diez días del plazo
para contestar la demanda, y sin perjuicio del pedido de citación, las excepciones
previas que tuviere, correspondiendo que éstas se sustancien de acuerdo con las
reglas contenidas en los arts. 348 a 351. Asimismo, la oposición y la sustanciación
de esas excepciones suspende el plazo para contestar la demanda, efecto que, en
el caso, ofrece una variante respecto de la regla general contenida en el art. 346,
ap. 3º, del mismo ordenamiento.
Si se trata, en cambio, de un proceso sumario (u ordinario según el nuevo texto
del CPCCN luego de la reforma de la ley 25.488), en el cual las excepciones previas
deben oponerse junto con la contestación a la demanda, el citante puede abstenerse
de cumplir este acto y limitarse a oponer excepciones de previo y especial
pronunciamiento, las cuales deben sustanciarse de acuerdo con las mismas reglas
establecidas para el proceso ordinario.
Cuando se trata, finalmente, de un proceso sumarísimo, en el cual no son
admisibles las excepciones de previo y especial pronunciamiento (art. 498, inc.

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2º, CPCCN)(95), el pedido de citación de evicción, que debe formularse, como vimos,
dentro del plazo para la contestación a la demanda, produce como efecto la
suspensión del procedimiento hasta tanto se produzca el vencimiento del plazo
acordado al enajenante para comparecer al proceso.
b) La circunstancia de que el citado no comparezca dentro del plazo judicial fijado
no constituye obstáculo para que, durante la sustanciación del juicio, las partes
originarias puedan proseguir las diligencias encaminadas a obtener su
comparecencia (art. 108, ap. 2º, CPCCN)(96). Sin embargo, en el caso de que se
presente, debe tomar la causa en el estado en que se encuentre (norma citada)(97),
no siendo procedente, como es obvio, la suspensión de los procedimientos. "En la
contestación —agrega dicha norma— podrá invocar las excepciones que no
hubiesen sido opuestas como previas".
En este caso la citación debe hacerse con la anticipación necesaria para que el
citado pueda comparecer con anterioridad a la sentencia de primera instancia (art.
110, ap. 3º, CPCCN)(98), lo que cuadra interpretar, a nuestro juicio, en el sentido de
que debe mediar la posibilidad de que la comparecencia se verifique antes del
llamamiento de autos en los procesos ordinarios o de la conclusión de la producción
de la prueba en los procesos sumario y sumarísimo, pues lo contrario implicaría
admitir un factor de manifiesto desorden procesal.

E) Citación de otros causantes


a) El citado de evicción, finalmente, tiene la facultad de requerir, a su vez, la
citación de su causante, pudiendo "hacerlo en los primeros cinco días de haber sido
notificado, sin perjuicio de la carga de proseguir el proceso por sí. En las mismas
condiciones, cada uno de los causantes podrá requerir la citación de su respectivo
antecesor" (art. 110, ap. 1º, CPCCN)(99).
Esta norma es aplicable en la hipótesis de que el adquirente, en uso de la opción
que le acuerda el art. 1033, CCiv. y Com., haya demandado, no al enajenante
originario, sino a cualquiera de los enajenantes intermediarios. Éste, a su vez,
notificado de la citación, tiene la facultad de pedir la citación de su antecesor, dentro
del plazo legal mencionado, en cuyo caso corresponde observar las reglas,
ya examinadas, contenidas en los arts. 105, 106 y 107, CPCCN. A su turno, la
misma facultad incumbe a aquél con relación a su causante, y así sucesivamente
hasta llegar al enajenante originario.
b) El enajenante originariamente citado, en el supuesto, naturalmente, de que
haya decidido asumir la defensa del citante, tiene la carga de proseguirla, sin
perjuicio de que los citados con posterioridad, en el caso de asumir igual actitud,
se incorporen al proceso en calidad de litisconsortes.
c) "Será admisible —prescribe el art. 110, ap. 2º, CPCCN(100)—, el pedido de
citación simultánea de dos o más causantes". Esta facultad corresponde tanto a las
partes originarias cuanto a quienes son sucesivamente citados de evicción.
d) Cabe añadir que, de acuerdo con los principios generales contenidos en los
arts. 108, ap. 2º, y 110, apartado final, CPCCN, cada una de las personas
sucesivamente citadas tiene la facultad, en el caso de que sus respectivos

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antecesores se abstengan de comparecer o de asumir la defensa, de gestionar la
comparecencia, siempre que lo haga con la antelación necesaria para que aquéllos
puedan apersonarse con anterioridad al llamamiento de autos para sentencia en los
procesos ordinarios o de la conclusión de la producción de la prueba en los procesos
sumarísimos.

349. Citación del legitimado para intervenir (nominatio auctoris)


a) Este tipo de intervención obligada se verifica cuando, interpuesta una
pretensión real frente a quien tiene temporariamente la posesión de una cosa ajena
(a título, v.gr., de inquilino, prestatario, depositario, etc.), éste pone en conocimiento
del poseedor mediato la existencia del proceso a fin de que asuma la condición de
parte demandada y pueda el primero liberarse de la carga de proseguir el proceso
(extramissio).
b) Una concreta modalidad de esta forma de intervención se halla contemplada
por el art. 2255, CCiv. y Com. que dispone lo siguiente: "El tenedor de la cosa a
nombre de un tercero puede liberarse de los efectos de la acción si individualiza al
poseedor. Si no lo individualiza, queda alcanzado por los efectos de la acción, pero
la sentencia no hace cosa juzgada contra el poseedor".
La norma transcripta es clara en el sentido de que el actor, una vez formulada la
denuncia acerca del nombre y residencia de la persona a quien interesa la defensa
de la propiedad, debe modificar su demanda y dirigirla contra dicha persona,
permitiendo la extromisión del primitivo demandado. Si así no lo hace, persistiendo
en su pretensión inicial, se expone al riesgo de que ésta sea declarada inadmisible
por falta de legitimación en el demandado.
Aunque no se refieren explícitamente a la denuncia de la litis como acto procesal
específico, también corresponde encuadrar dentro del tipo de intervención
ahora examinado las situaciones contempladas en los arts. 1940 inc. b y
2149, CCiv. y Com., en tanto respectivamente imponen al simple tenedor el deber
de "individualizar y comunicar al poseedor de quien es representante si se lo
perturba en razón de la cosa, y de no hacerlo, responde por los daños ocasionados
al poseedor y pierde la garantía por evicción, si ésta corresponde" y al usufructuario
la de "comunicar al nudo propietario las perturbaciones de hecho o de derecho
sufridas en razón de la cosa. Si no lo hace, responde de todos los daños sufridos
por el nudo propietario". Si bien en todos estos casos la ley no prevé una forma
específica de notificar la existencia del juicio al poseedor mediato, razón por la cual
sería suficiente una comunicación privada, resultaría admisible la presentación en
juicio del tenedor o usufructuario, mediante la cual denunciasen el nombre y el
domicilio del locador o propietario y pidieren que la demanda se dirija contra
éstos(101).
c) Aun en ausencia de disposiciones como las precedentemente recordadas, el
tipo de intervención analizado puede considerarse aplicable a todos los casos en
que el demandado, que carece de legitimación procesal para intervenir en el
proceso, realiza las diligencias pertinentes para colocar al actor en condiciones de
proseguir su pretensión frente al verdadero legitimado para intervenir(102).

130 
 
350. Citación del tercero pretendiente
a) Tiene lugar este tipo de intervención en el supuesto de que, denunciada por
cualquiera de las partes originarias la existencia de un tercero que haya afirmado o
a quien se atribuya la titularidad del derecho sobre la cosa litigiosa, se dispone la
citación de ese tercero al proceso pendiente con el objeto de que haga valer su
pretensión.
b) En la generalidad de los casos, será la parte demandada quien tenga interés
en requerir el llamamiento del tercero pretendiente. Por ello, la hipótesis que
tradicionalmente se pone como ejemplo es la de que, interpuesta una pretensión
tendiente al cobro de un crédito, y teniendo el demandado noticia de que un tercero
pretende para sí la titularidad de dicho crédito (porque, v.gr., se lo habría cedido el
actor), aquél solicite la citación de ese tercero a fin de que resulte esclarecida la
situación jurídica real mediante una declaración judicial que determine a
quién incumbe exigir la correspondiente prestación.
Ya con anterioridad a la vigencia del Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación la jurisprudencia hizo aplicación de esta modalidad de la intervención
obligada. En un juicio por escrituración de un inmueble se decidió admitir la citación,
pedida por el propietario demandado, de un tercero que, invocando el título
de inquilino principal, pretendía el mismo derecho que el actor a la compra
del inmueble, habiendo expresado el demandado, además, que vendería a quien
justificase mejor derecho(103). En otro caso, demandada una empresa por la
Asociación de Viajantes de Comercio de la República Argentina por cobro de aportes
sindicales para obra social, la primera planteó, entre otras defensas, la fundada en
la circunstancia de que no sería la actora, sino la Federación Única de Viajantes, la
organización con derecho a percibir las sumas correspondientes, y pidió, con tal
motivo, que se citara como tercero a dicha institución. El tribunal se expidió en favor
de la citación y dispuso que, en razón de haberse presentado la mencionada
Federación invocando su carácter de verdadera titular del derecho debatido en el
litigio, y demandado directamente a la empresa, se remitiese la causa a la Comisión
de Conciliación a fin de que aquélla contestara la segunda demanda, cumplido lo
cual debían sustanciarse conjuntamente ambas pretensiones y resolverse en una
sola sentencia(104).
El demandado que requiere la citación del tercero puede, simultáneamente,
depositar el importe del crédito a fin de que, eventualmente, se entregue a quien sea
judicialmente declarado su verdadero titular. En tal caso puede ser excluido del
proceso, debiendo continuar éste entre el actor y el tercero(105). Si el demandado, en
cambio, opta por discutir el derecho del actor y del interviniente, éste asume una
posición sustancialmente análoga a la del interviniente principal(106), y el demandado
debe permanecer como parte en el proceso.
c) Excepcionalmente, puede ser la parte actora quien requiera la citación del
tercero o terceros pretendientes. Ello puede tener lugar, entre otros casos,
cuando interpuesta una pretensión de pago por consignación "fuese dudoso el
derecho del acreedor a recibir el pago, y concurrieren otras personas a exigirlo del
deudor" (art. 757, inc. 4º, derogado CCiv.), o cuando el depositario se ve obligado a
consignar judicialmente la cosa depositada en razón de no mediar acuerdo en
131 
 
recibirla por parte de los depositantes (art. 2211, derogado CCiv.). En tales
supuestos, la extromisión del actor dependerá de la actitud que asuman los terceros:
podrá configurarse aquella situación cuando éstos no impugnen el pago efectuado
por el actor, limitándose a discutir entre sí el mejor derecho a recibirlo(107).
d) En cuanto a la oportunidad en que debe requerirse la citación del tercero
pretendiente, es aplicable el principio general contenido en el art. 94, CPCCN. En
consecuencia, el actor debe hacerlo en el escrito de demanda y el demandado
dentro del plazo para oponer excepciones previas.
Si quien pide la citación es el demandado, consideramos que ella no puede
efectuarse sin que previamente se confiera traslado a la parte actora, quien puede
tener fundadas razones para oponerse a la intervención del tercero. En el supuesto
de mediar oposición, ésta debe sustanciarse en una sola audiencia y resolverse
dentro de los diez días posteriores a la celebración de aquélla (arg. art. 92, CPCCN).
En lo que concierne a la forma, la citación del tercero debe practicarse tal como
lo disponen los arts. 339 y ss., CPCCN (art. 94, in fine, CPCCN), es decir, de
acuerdo con las reglas prescriptas para la notificación de la demanda. Pero
consideramos que, dada la índole de esta figura de la intervención,
resulta inaplicable la notificación por edictos a que se refiere el art. 343.
Asimismo, la citación debe limitarse a poner en conocimiento del tercero el pedido
de intervención formulado por las partes a fin de que, si así lo desea, haga valer en
el proceso los derechos que estime corresponderle. Su incomparecencia
no autoriza, desde luego, a declararlo en rebeldía, aunque tal actitud no obsta a que
la sentencia lo afecte como a las partes principales (art. 96, ap. 2º, CPCCN)(108).
e) Como ocurre en todos los casos de intervención obligada, el tercero
pretendiente no puede ser obligado a aceptar el proceso in statu et terminis; de allí
que, de acuerdo con la regla contenida en el art. 95, CPCCN, el procedimiento
deberá suspenderse hasta su comparecencia o hasta el vencimiento del plazo que
se le hubiese señalado para comparecer.

IV. OPOSICIÓN DE TERCEROS

351. Generalidades
a) Algunas leyes reglamentan un medio de impugnación que se concede a favor
de quienes, pese a la circunstancia de no haber sido citados ni participado en el
proceso, sufren un perjuicio de hecho o de derecho a raíz del contenido de la
sentencia dictada en aquél. Tal es el caso de la opposizione del terzo y de la tierce
opposition que admiten, respectivamente, el art. 404 del Código Procesal italiano y
el art. 474 del Código de Procedimiento francés(109).
b) "El tercero —dice el art. 404 del código italiano— podrá formular oposición
contra la sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada o, en general, ejecutiva,
132 
 
pronunciada entre otras personas, cuando perjudique sus derechos. Los
causahabientes y los acreedores de una de las partes podrán formular oposición a
la sentencia, cuando ésta se deba a dolo o colusión en su daño".
El primer supuesto que contempla la norma precedentemente transcripta
configura la denominada oposición simple u ordinaria, la cual requiere, como primer
requisito de admisibilidad, que el oponente revista el carácter de tercero con relación
a las partes que intervinieron en el proceso y que la sentencia declare la existencia
del derecho de alguna de éstas que no sea susceptible de coexistir, por una razón
de incompatibilidad, con un derecho autónomo del tercero, es decir, no derivado del
que pudiere corresponder a las partes. En la condición de terceros se encontrarían,
en términos generales, quienes, no habiendo figurado en el proceso como partes,
debieron haber sido citados a él como litisconsortes necesarios, o hubieran podido
participar en calidad de intervinientes(110).
Segundo requisito de admisibilidad de la oposición es que el tercero experimente,
a raíz de la sentencia, un perjuicio en sus derechos. Tal perjuicio debe consistir,
como señala Satta(111), en una minoración o menoscabo producido en la esfera
jurídica del tercero y derivar, sea de la declaración contenida en la sentencia, sea
de un acto de ejecución de ella.
Constituiría un perjuicio emanado de la mera declaración el caso en que el
proceso entre A y B (poseedor) relativo a la propiedad del fundo x, la sentencia
declarase que éste pertenece a A, pese a que C (verdadero propietario) no fue parte
de ese proceso. Esta última circunstancia impide que la sentencia produzca efectos
con relación a C; pero podría ocurrir, por ejemplo, que B hubiese recibido la cosa en
locación de C, en cuyo caso el pronunciamiento dictado con respecto a A y B
engendraría una situación incierta y perjudicial en la medida en que B podría
verse inducido a pagar el alquiler a A, en lugar de a C. En esta hipótesis, la oposición
del tercero constituiría un medio procesal más simple que la interposición de una
pretensión de C frente A, que no se encuentra en posesión de la cosa, o frente a B,
que posee a título de locatario(112).
En cuanto al perjuicio derivado de la ejecución, puede ponerse como ejemplo el
caso de que la sentencia dictada únicamente con relación a A y a B declare que
no existe en el fundo de propiedad de A un derecho de servidumbre a favor del fundo
perteneciente a B, y de que C, pese a la circunstancia de ser condómino de B (y,
por lo tanto, litisconsorte necesario), no haya sido citado ni intervenido en el proceso.
En la hipótesis de que, a raíz de esa sentencia, se autorice la realización de obras
que tornen imposible el ejercicio del derecho de C (v.gr., que impidan el paso por el
fundo de A), es evidente que aquél sufre un perjuicio de hecho que lo legitima para
recurrir al remedio de la oposición, ya que a través de ésta podrá remover el
impedimento que se opone al ejercicio de sus facultades jurídicas y lograr la
anulación de un pronunciamiento judicial que si bien no causa estado a su respecto,
constituye un precedente desfavorable a la demostración y la declaración de su
derecho(113).
Finalmente, la admisibilidad de la oposición ordinaria se halla supeditada al
requisito de que exista una sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada o, en
general, ejecutiva (es decir, inapelable o declarada provisionalmente ejecutiva). La
distinción legal reside en la circunstancia de que mientras una sentencia declarativa
o constitutiva no puede ocasionar perjuicio si no ha alcanzado autoridad de cosa
juzgada, la sentencia de condena puede producirlo aun en el supuesto de que fuese
provisionalmente ejecutiva.

133 
 
Corresponde destacar, asimismo, que este tipo de oposición no constituye un
medio necesario de impugnación, ya que el tercero puede, o bien desconocer la
sentencia, que es para él res inter alios, o bien, si el juicio se encuentra en trámite,
participar en él a través de alguno de los medios de intervención.
En cuanto al segundo supuesto previsto por el art. 404 la doctrina coincide,
generalmente, en asignarle el carácter de una verdadera pretensión
pauliana aplicada al proceso(114), denominándosela oposición revocatoria. A
diferencia de la oposición ordinaria o simple, este tipo de oposición no requiere, por
lo pronto, la existencia de una incompatibilidad entre el derecho del tercero y aquél
que ha sido declarado a favor de una de las partes; de allí que tampoco constituya
un requisito de ella la existencia de un perjuicio de derecho, sino de hecho (v.gr., el
crédito de A contra B, sobre el cual versa el proceso, es compatible con el crédito
de C contra A; pero si el reconocimiento judicial del primero es producto del dolo o
de la colusión en daño de C, este último sufre un perjuicio en la medida en que, una
vez realizada la ejecución, los bienes de B pueden no ser suficientes para garantizar
su crédito).
El dolo que autoriza este tipo de oposición puede provenir de ambas partes
(colusión) o de una sola de ellas. Puede ser del vencido, que maliciosamente omitió
toda defensa, o del vencedor que, a través de medios desleales, aprovechó
la inercia del adversario.
Cabe señalar, finalmente, que a diferencia de la oposición ordinaria, la oposición
revocatoria es un medio de impugnación necesario, ya que el tercero no puede
desconocer los efectos jurídicos de la sentencia y sólo puede invocar un perjuicio
de hecho. Se diferencia, asimismo, de la oposición ordinaria en que
debe interponerse dentro de un plazo que se computa desde el momento en que se
tuvo conocimiento del dolo o de la colusión entre las partes.
En lo que concierne al procedimiento, la oposición debe proponerse ante el
mismo juez que ha pronunciado la sentencia, de acuerdo con las formas prescriptas
para el procedimiento aplicable a su respecto(115). La citación debe contener, aparte
de los elementos a que alude el art. 163 con relación a la demanda, la mención de
la sentencia impugnada y, en el caso del segundo apartado del art. 404, la indicación
de la fecha en la cual el tercero tomó conocimiento del dolo y de la colusión, así
como de la prueba respectiva (art. 406). Ante el juez corresponde observar las
normas establecidas para el procedimiento ante él, en cuanto no sean derogadas
en el capítulo del código relativo a la oposición (art. 406)(116). El juez de la oposición
está facultado para decretar, a instancia de parte formulada en el acto de la citación,
la suspensión de la ejecución de la sentencia (art. 407). Finalmente, el juez, en el
caso de declarar inadmisible e improcedente la demanda, o de rechazarla por falta
de fundamentos, puede condenar al oponente al pago de una pena pecuniaria de
cien liras si la sentencia impugnada es del conciliador, de ciento cincuenta liras si es
del pretor, de trescientas liras si es del tribunal y de seiscientas liras en todos los
otros casos (art. 408).
c) En torno a las disposiciones contenidas en los arts. 582 a 592 del código
francés(117), la doctrina y la jurisprudencia han arribado a conclusiones análogas a
las precedentemente enunciadas, con relación a la denominada tierce opposition.
Se distingue, en efecto, la oposición común de la oposición revocatoria,
atribuyéndoseles, respectivamente, carácter facultativo y necesario, y
condicionándoselas a requisitos semejantes a los que se mencionaron
anteriormente. Asimismo, en razón de que la ley no fija plazo alguno para deducirla,
se ha considerado que ella es admisible durante el plazo de treinta años a partir de

134 
 
la fecha de la sentencia impugnada, salvo cuando se trata de la oposición de los
acreedores del marido contra la sentencia de separación de bienes, que debe ser
ejercida dentro del plazo de un año(118). Finalmente, existen algunas variantes con
relación a las disposiciones del Código italiano según se trate de oposición principal
o incidental, particularmente en lo que atañe al órgano judicial competente para
conocer de ellas.
d) La legislación procesal argentina no regula, explícitamente, vías de
impugnación semejantes a las que se han examinado precedentemente. El art. 183,
CPCC Jujuy, sin embargo, prevé un remedio análogo a la oposición revocatoria en
tanto dispone que "podrá pedirse, aun después de terminado el proceso, la
anulación de los actos realizados mediante fraude, dolo o colusión. Esta anulación
que se hará valer conforme a los principios enunciados en los artículos anteriores
(relativos a la nulidad de los actos procesales), sólo podrá ser deducida por la parte
que hubiese estado imposibilitada, sin culpa suya, de ejercitar los respectivos
remedios legales. Cuando se trate de anular una sentencia ejecutoriada, la demanda
se admitirá únicamente en el caso de que se funde en un instrumento público o en
uno privado otorgado por el adversario". Aunque, literalmente, la norma concede la
impugnación sólo a las partes, no cabe empero descartar la posibilidad de que
aquélla sea admisible a favor de terceros perjudicados por el dolo o la colusión de
las partes.

352. Jurisprudencia
En reiteradas oportunidades, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha
admitido la procedencia del recurso extraordinario a que se refiere el art. 14, ley
48,como medio de proteger a quienes, sin haber sido partes en un proceso, vean
afectados sus derechos con motivo de la sentencia dictada en él.
De acuerdo con ese principio general, el tribunal declaró admisible el
recurso extraordinario, con fundamento en la garantía constitucional de la defensa
en juicio, interpuesto, v.gr., por el ocupante de un inmueble contra quien se decretó
orden de desalojo sin habérsele acordado oportunidad de intervenir en el proceso y
de probar sus alegaciones(119); por los vendedores contra la sentencia que estima
satisfecho el precio de compra de lotes de terreno, otorga la posesión de éstos
e intima la escrituración, sin que se les hubiera acordado intervención en el juicio y
privándoselos de la oportunidad de articular la causal de rescisión prevista en los
correspondientes boletos de compraventa(120); por la Caja Nacional de Jubilaciones
y Pensiones con motivo de la providencia que, en un juicio sobre indemnización por
accidente del trabajo en el cual no era parte, le intimaba transferir a la orden del
juzgado, para ser entregados a los causahabientes de la víctima, los fondos
depositados en aquélla por el patrón responsable(121); por el Estado, contra la
sentencia que, sin previa intervención de aquél, hace lugar a un interdicto respecto
de bienes que se encuentran en su poder(122); etcétera.
Es preciso señalar, sin embargo, que la jurisprudencia de la Corte tiene también
establecido que no basta, a los efectos de la procedencia del recurso extraordinario
deducido por terceros, que los alcancen los efectos de la sentencia de que recurren,
si ello sucede por aplicación de preceptos contenidos en leyes comunes y
procesales, interpretadas de manera que no sea insostenible ni arbitraria(123), ni en
135 
 
ningún supuesto en que el agravio puede encontrar remedio en las instancias
ordinarias(124).
Como lo destaca Alsina(125), los supuestos antes mencionados no encuadran
propiamente dentro de las figuras de la intervención de terceros, sino que se
refieren, por el contrario, a la hipótesis inversa, es decir, a la inoponibilidad de la
sentencia que aquéllos pueden invocar cuando concurren las circunstancias que
hemos puntualizado (falta de intervención en el proceso y perjuicio irreparable
ocasionado por la sentencia dictada en él).
Por otra parte, se advierte alguna analogía entre el recurso extraordinario,
admitido en los supuestos indicados, y la oposición simple que contemplan las leyes
italiana y francesa. La diferencia fundamental reside en que el primero, en razón de
ser un recurso, requiere una decisión judicial previa referente a la situación del
tercero perjudicado y se halla supeditado, además, a la observancia del plazo legal
pertinente.

CAPÍTULO XXIV - PROCESOS CON PARTES MÚLTIPLES (CONT.)

I. TERCERÍAS(1)

353. Concepto
a) En términos generales, denomínase tercería a la pretensión que
puede interponer una persona ajena a las partes que intervienen o figuran en un
determinado proceso, a fin de que se disponga el levantamiento de un embargo
trabado en ese proceso sobre un bien de su propiedad o de que se le reconozca el
derecho a ser pagado con preferencia al embargante con el producido de la venta
del bien que ha sido objeto de dicha medida.
b) Según lo hemos anticipado, las tercerías no deben ser confundidas con la
forma de intervención denominada principal o excluyente. A raíz de esta última, en
efecto, el tercero se incorpora a un proceso pendiente a fin de interponer una
pretensión incompatible con la que constituye el objeto de aquél y asume, por
consiguiente, el carácter de parte en ese mismo proceso; de allí que la sentencia
que se dicte en éste lo afecte en la misma medida que a las partes originarias.
En las tercerías, por el contrario, la pretensión del tercero no interfiere con
la interpuesta por el actor originario y viene a constituir el objeto de
un proceso incidental con respecto a aquel en el cual se decretó el embargo(2). Por
lo tanto, si bien el tercerista reviste el carácter de parte actora en el proceso de

136 
 
tercería, continúa siendo un tercero con relación al proceso principal, a cuyo
resultado es indiferente. Ello, sin perjuicio de que, como veremos más adelante, se
le reconozca la facultad de intervenir en dicho proceso al solo efecto de formular
peticiones limitadas al objeto de la tercería (infra, nro. 355, H]).
c) El Código de Procedimiento de la Capital, derogado por la ley 17.454, se
ocupaba de las tercerías en una de las secciones comprendidas en el título dedicado
al juicio ejecutivo, y las normas pertinentes parecían, literalmente, restringir su
admisibilidad a este tipo de juicio(3). Atinadamente, empero, la
jurisprudencia extendió el ámbito de las tercerías a cualquier clase de proceso en el
cual se hubiere decretado un embargo que afectase los derechos de un tercero(4);
de allí que el Código de Procedimiento de la Nación, de acuerdo con el criterio
adoptado por los códigos modernos, haya reglamentado esta institución en uno de
los capítulos que integran la "parte general", y sustituido las expresiones
"ejecutante" y "ejecutado" por las de "embargante y embargado".

354. Clases
a) Del concepto enunciado en el número anterior se infiere la existencia de dos
clases de tercerías, llamadas de dominio y de mejor derecho. Las primeras deben
fundarse "en el dominio de los bienes embargados", y las segundas "en el derecho
que el tercero tuviere a ser pagado con preferencia al embargante" (art. 97, ap. 1º,
CPCCN).
b) También de las consideraciones expuestas anteriormente se deduce que la
admisibilidad de las tercerías, cualquiera que sea su clase, se halla condicionada a
la existencia de un embargo(5). En caso contrario, no existiría interés jurídico que las
sustentase, porque aun en la hipótesis de que en un proceso pendiente entre otras
personas la controversia versara sobre el dominio de un bien de propiedad del
tercerista o sobre un crédito de éste relacionado con la cosa litigiosa, la sentencia
que en ese proceso se dictara le sería inoponible y carecería, por lo tanto, de toda
virtualidad para despojarlo del bien o de un derecho preferencial sobre él(6).
No basta, por otra parte, que el embargo haya sido ordenado. Además, es
necesario que haya sido efectivamente trabado(7). Cabe señalar, asimismo, que la
jurisprudencia ha extendido la admisibilidad de las tercerías frente a la existencia de
otra clase de medidas o situaciones procesales cuyas consecuencias equivalen
esencialmente a las del embargo; de allí que se haya decidido que la pretensión de
tercería puede ser interpuesta con motivo del secuestro de una cosa mueble
decretado en un proceso reivindicatorio(8)o a raíz de la indisponibilidad de los fondos
depositados en un proceso de ejecución dispuesta a requerimiento de otros jueces,
en cuyo caso quienes peticionaron tal indisponibilidad deben deducir la demanda de
tercería dentro del plazo fijado por el juez que conoce en la ejecución(9). Por el
contrario, la tercería no procede ante una inhibición general de bienes, pues en tal
caso el inhibido puede requerir el levantamiento de la medida a través de la simple
demostración de que no reviste la calidad de deudor(10).
La ley 22.434(11)imprimió al art. 97, CPCCN, la siguiente redacción: Las tercerías
deberán fundarse en el dominio de los bienes embargados o en el derecho que el
tercero tuviere a ser pagado con preferencia al embargante. La de dominio deberá

137 
 
deducirse antes de que se otorgue la posesión de los bienes; la de mejor derecho,
antes de que se pague al acreedor. Si el tercerista dedujere la demanda después
de diez días desde que tuvo o debió tener conocimiento del embargo o desde que
se rechazó el levantamiento sin tercería, abonará las costas que originare su
presentación extemporánea, aunque correspondiere imponer las del proceso a la
otra parte por declararse procedente la tercería.
No se trató, en rigor, de una modificación del régimen establecido por el art. 97
en su versión original, sino de una mera aclaración relativa al alcance de la
responsabilidad que contrae, en cuanto al pago de las costas, el tercerista
que interpone la pretensión fuera del límite temporal mínimo que fija la norma. Se
acentúa, en suma, el criterio en cuya virtud, cualquiera que fuere el resultado final
de la tercería, el tercerista debe pagar las costas a raíz de
la interposición extemporánea de la pretensión, criterio que se justifica en razón de
que esa actitud determina la prolongación de la suspensión del proceso principal,
con los perjuicios que ello puede irrogar tanto al embargante como al embargado.
La ley contempla, en consecuencia, uno de los supuestos en que corresponde,
como excepción al principio general establecido por el art. 68, CPCCN, la condena
en costas al vencedor y que guarda estrecha similitud con el caso previsto por el art.
667, CPCCN, en relación con los colindantes que objetaron la diligencia de mensura
pese a la circunstancia de no haber exhibido sus títulos o intervenido en la
correspondiente operación, quienes deben satisfacer las costas cualquiera que
fuese el resultado del juicio.
c) Finalmente, interesa destacar que si bien las pretensiones de tercería de
dominio y de mejor derecho son, en principio, excluyentes entre sí, podrían, sin
embargo, acumularse en forma condicional o eventual (ver supra, nro. 99, B])(12).

355. Requisitos y contingencias comunes


Los dos tipos de tercería analizados en el número anterior se hallan sujetos a
requisitos y son susceptibles de contingencias comunes que se vinculan,
principalmente, con la competencia, la personería de los apoderados, la aplicación
de costas en caso de interposición tardía, la reiteración de tercerías desestimadas,
la forma de acreditar el derecho en que se fundan, los trámites aplicables, las
facultades de las partes en la tercería y la intervención del tercerista en el proceso
principal. Las analizaremos separadamente a continuación.

A) Competencia
a) Al ocuparnos de los distintos supuestos de desplazamiento de la competencia
por conexión, vimos que el conocimiento de las tercerías corresponde al juez
que interviene en el proceso principal (art. 6º, inc. 1º, CPCCN)(13), es decir, al que
dispuso la traba de la medida que justifica la interposición de aquéllas.

138 
 
La regla precedente no resulta alterada por la circunstancia de que el valor de los
bienes o del crédito en que se funda la tercería exceda o sea inferior al límite de
competencia cuantitativa que incumbe al juez que conoce en el proceso principal;
de allí que si éste se sustancia ante la justicia de paz, la tercería puede radicarse en
ella no obstante que el monto de los bienes o del crédito sea superior al límite fijado
por el art. 46, dec.-ley 1285/1958(14), y, asimismo, que la justicia ordinaria sea
competente para conocer en una tercería cuyo monto resulta inferior a dicho
límite(15).
Idéntica solución es aplicable a los casos en que, por razón de la materia o de
las personas, el tercerista tenga derecho al fuero federal(16).
b) Pese a lo expuesto, en virtud de que el tercerista tiene la facultad de recusar
al juez con o sin expresión de causa (supra, nros. 209, D] y 210, A]), y de que los
efectos de tal facultad se circunscriben a la sustanciación de la tercería, puede darse
el caso de que conozca en ella un juez distinto al del proceso principal, aunque de
su misma competencia.

B) Personería de los apoderados y domicilio


a) La interposición de una tercería, cualquiera que sea su carácter, no se halla
comprendida entre aquellos actos cuyo cumplimiento por apoderado requiera el
otorgamiento de explícita facultad en el documento de poder (art. 375, CCiv. y Com.)
(supra, nro. 304). Por consiguiente, el poder concebido en términos generales
habilita al representante para interponer dicha pretensión. Además, si el
planteamiento de la tercería no admitiere demora, sería aplicable la norma contenida
en el art. 48, CPCCN, cuyo alcance hemos analizado supra, nro. 298.
b) Asimismo, quienes representan a las partes en el proceso principal se hallan
habilitados para hacerlo en la tercería, ya que siendo ésta un incidente de aquél,
resulta aplicable el principio del art. 51, ap. 2º, CPCCN (supra, nro. 304)(17). Dichos
representantes, por lo demás, pueden intervenir en la tercería aun en el supuesto
de hallarse munidos de un poder otorgado especialmente con relación al proceso
principal(18).
Puede ocurrir que los bienes embargados pertenezcan a un incapaz y que la
representación necesaria de éste corresponda al embargado (v.gr., si en el proceso
seguido contra el padre se embargan bienes de un hijo menor). Aunque en tal
hipótesis, como observa Podetti(19), no mediaría oposición de intereses desde un
punto de vista sustancial (arts. 61 y 397, inc. 1º, derogado CCiv.), existiría una
oposición de carácter procesal en tanto una misma persona no puede revestir
simultáneamente la calidad de parte actora y demandada; de allí que en tal hipótesis,
como el autor mencionado sostiene, corresponde dar al menor un tutor especial para
que interponga la tercería y ejerza en ella la representación del incapaz.
c) En cuanto al domicilio, la índole incidental de la tercería autoriza a que las
diligencias de notificación se lleven a cabo en el que las partes o sus representantes
hubiesen constituido en el proceso principal(20).

139 
 
C) Prueba de la verosimilitud del derecho
a) La ley condiciona la admisibilidad de toda tercería al cumplimiento de un
requisito específico: la prueba, mediante instrumentos fehacientes o en forma
sumaria, de la verosimilitud del derecho en que se funda o la prestación de fianza
para responder de los perjuicios que pudiere producir la suspensión del proceso
principal (art. 98, ap. 1º, CPCCN)(21).
b) Se trata de un requisito extrínseco de admisibilidad de la pretensión, que
funciona, como tal, independientemente de la eventual fundabilidad de aquélla, y
cuyo cumplimiento tiende a evitar que la mera interposición de la tercería se
convierta en un factor obstruccionista del proceso principal(22).
De allí que la prueba inicialmente aportada por el tercerista deba limitarse a
acreditar la verosimilitud, y no la existencia plena y efectiva de su derecho, extremo
que será susceptible de comprobarse durante el pertinente período probatorio(23).
En cuanto a su clase y forma, esa prueba depende, si se trata de una tercería de
dominio, de la naturaleza (mueble o inmueble) de los bienes embargados.
Tratándose de una tercería de mejor derecho, el tercerista debe acreditar, prima
facie, la titularidad del crédito que invoca, así como la existencia de un privilegio
especial instituido a su favor o de un embargo obtenido con anterioridad.
Lo expuesto, sin embargo, no obsta para que, pese a la circunstancia de haberse
aportado inicialmente elementos probatorios, éstos carezcan manifiestamente de
relevancia para que la tercería prospere. Tal lo que ocurriría, v.gr., si el tercerista
acompañara un documento que en modo alguno fuese susceptible de acreditar la
titularidad del dominio, como un boleto de compraventa otorgado a su favor
(ver infra, nro. 360) o invocara la existencia de un crédito carente de todo privilegio.
La ley 22.434(24)sustituyó el texto del art. 98 por el siguiente: "No se dará curso a
la tercería si quien la deduce no probare, con instrumentos fehacientes o en forma
sumaria, la verosimilitud del derecho en que se funda. No obstante, aun no cumplido
dicho requisito, la tercería será admisible si quien la promueve diere fianza para
responder de los perjuicios que pudiere producir la suspensión del proceso principal.
Desestimada la tercería, no será admisible su reiteración si se fundare en título que
hubiese poseído y conocido el tercerista al tiempo de entablar la primera. No se
aplicará esta regla si la tercería no hubiese sido admitida sólo por falta de
ofrecimiento o constitución de la fianza".
La norma transcripta se limitó a perfeccionar la redacción del art. 98 en su anterior
versión y a introducir, en su párrafo final, una aclaración en el sentido de que, si la
tercería fue desestimada con el solo fundamento de no haberse ofrecido o
constituido la fianza, la reiteración de aquélla es admisible con prescindencia de la
fecha en que el tercerista poseyó o conoció el título en el que funda su pretensión.
La solución es razonable por cuanto, en el caso, no existe cosa juzgada sobre la
falta de verosimilitud del derecho invocado por el tercerista ni sobre la fundabilidad
de la tercería desestimada.
Pese a la terminología utilizada por la ley debe entenderse, por otra parte, que el
tercerista puede ofrecer una caución real (v.gr., depósito de dinero o de otros
valores, constitución de una hipoteca, etc.), así como también la garantía

140 
 
de instituciones bancarias o de personas de acreditada responsabilidad económica
(doct. art. 199, párr. 4º, CPCCN), siendo suficiente, en este último supuesto, la
presentación del documento en el que conste el ofrecimiento de la garantía. Por el
contrario, se hallaría excluida en el caso la posibilidad de otorgar una mera caución
juratoria, pues ésta sólo es pertinente en materia de medidas cautelares y en la
hipótesis de mayor verosimilitud acerca de la existencia del derecho, extremo que
en este supuesto resulta descartado precisamente como consecuencia de la opción
del tercerista.
c) En el caso de que fuere necesario el aporte de prueba documental que no
estuviese a disposición del tercerista, resultaría aplicable la norma contenida en el
art. 333, ap. 2º, CPCCN, es decir, que aquél tendría la carga de individualizarla y
de indicar su contenido, lugar, archivo, oficina pública y persona en cuyo poder se
encuentre(25).
d) El tercerista, según hemos señalado, puede optar por prestar una "fianza"
tendiente a responder de los perjuicios que pudiere producir la suspensión del
proceso principal. El fiador, en tal caso, deberá reunir las condiciones exigidas por
la ley con respecto a las fianzas judiciales(26). Pero pese a la terminología utilizada
por la ley, consideramos que el tercerista puede ofrecer una caución real (v.gr.,
depósito de dinero o de otros valores, constitución de una hipoteca, etc.), así como
también la garantía de instituciones bancarias o de personas de acreditada
responsabilidad económica (doct. art. 199, ap. 4º, CPCCN), siendo suficiente, en
este último supuesto, la presentación del documento en el que conste el ofrecimiento
de la garantía(27). Por el contrario, se hallaría excluida en el caso la posibilidad de
otorgar una mera caución juratoria, pues ésta sólo puede jugar en materia de
medidas cautelares y en la hipótesis de mayor verosimilitud en la existencia del
derecho, extremo que en este caso resulta descartado precisamente como
consecuencia de la opción del tercerista.
En lo que concierne al monto de la fianza o de la caución, debe ser fijado sobre
la base de los efectos que puede producir la demora en la percepción del crédito por
parte del embargante; de allí que el juez deba atenerse, primordialmente, al monto
de los intereses que pueden devengarse durante el lapso probable de suspensión
del proceso, así como también las costas que esa circunstancia es susceptible de
producir.
e) En el supuesto de no acreditarse, prima facie, la existencia del derecho o de
no ofrecerse la garantía, el juez está habilitado para declarar, de oficio,
la inadmisibilidad de la tercería. Si, pese al incumplimiento de tales requisitos, se le
diere curso, cualquiera de los demandados (embargante y embargado) podría
oponer, como excepciones previas, y de acuerdo con las circunstancias especiales
de cada caso, las de falta manifiesta de legitimación para obrar (art. 347, inc. 3º,
CPCCN)(28)o de defecto legal en el modo de proponer la demanda (inc. 5º de la
norma citada)(29).

D) Interposición extemporánea
a) Como veremos más adelante, las tercerías de dominio y de mejor derecho se
hallan subordinadas a requisitos específicos de tiempo, pues la primera debe

141 
 
deducirse antes de que se otorgue la posesión de los bienes y la segunda, antes de
que se pague al acreedor.
b) Las referidas oportunidades importan, empero, límites temporales máximos,
en la medida en que su inobservancia lleva aparejada la extinción de la pretensión
de tercería, y el interesado debe hacer valer sus derechos mediante otras vías
procesales.
La ley, en efecto, establece además un límite mínimo de tiempo para interponer
cualquier clase de tercería, que es de diez días contados desde que el tercerista
tuvo o debió tener conocimiento del embargo trabado en el expediente principal. Si
se trata de una tercería de dominio, dicho límite puede hallarse representado,
además, por el mismo plazo computado desde el momento en que se rechazó el
pedido de levantamiento del embargo sin tercería.
c) La inobservancia de los límites mínimos precedentemente indicados no
determina la extinción de la pretensión, sino que incide, exclusivamente, en la
responsabilidad del tercerista por los gastos del proceso de tercería. Dispone, en
efecto, el art. 97, ap. 3º, CPCCN, que "si el tercerista dedujere la demanda después
de diez días desde que tuvo o debió tener conocimiento del embargo o desde que
se rechazó el levantamiento sin tercería, abonará las costas que originare su
presentación extemporánea..."(30).
En consecuencia, cualquiera que fuere el resultado de la tercería, el tercerista
debe pagar las costas en el supuesto de que hubiese interpuesto la pretensión fuera
del plazo fijado por la disposición transcripta. Se trata, como se advierte, de
una excepción al principio general contenido en el art. 68, ap. 1º, CPCCN(31)(infra,
nro. 388) —similar a las que prevén los arts. 667, aps. 2º y 3º, y 709, ap. 1º, del
mencionado ordenamiento, con referencia, respectivamente, a los colindantes, que
objetaron la diligencia de mensura pese a la circunstancia de no haber exhibido sus
títulos o intervenido en la correspondiente operación, y a los acreedores que, en el
concurso civil, pidieren la verificación de sus créditos sin haberse presentado al
síndico dentro del plazo fijado por el juzgado—, y que se justifica, con relación a las
tercerías, por el hecho de que su interposición tardía determina, naturalmente, la
correlativa prolongación de la suspensión del procedimiento principal, con los
perjuicios que ello puede irrogar tanto al embargante como al embargado.
d) El plazo establecido por el art. 97, ap. 3º, se computa, según vimos, desde que
el tercerista "tuvo o debió tener conocimiento del embargo". La primera situación
deberá determinarse sobre la base de la fecha en que se practicó la notificación de
dicha medida o de la circunstancia de haber participado el tercerista en su
diligenciamiento. La segunda se configurará cuando, sin haberse verificado ninguno
de esos hechos, de las constancias del expediente surja la existencia de actos que
demuestren, con evidencia, el conocimiento del embargo por parte del tercerista.
e) Finalmente, del contexto de la norma analizada se desprende que, tratándose
de tercerías de dominio, el pedido de levantamiento del embargo sin tercería debe
deducirse dentro del plazo de diez días desde que el interesado tuvo o debió tener
conocimiento de dicha medida, y que, una vez notificada la resolución
desestimatoria, vuelve a correr un plazo de la misma duración para interponer la
pretensión de tercería.

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E) Reiteración de tercerías desestimadas
a) "Desestimada la tercería —dispone el art. 98, ap. 2º, CPCCN(32)—, no será
admisible su reiteración si se fundare en título que hubiese poseído y conocido el
tercerista al tiempo de entablar la primera".
b) En rigor, la disposición transcripta no constituye más que una aplicación del
principio general en cuya virtud la cosa juzgada cubre tanto lo que se discutió cuanto
lo que pudo discutirse en el proceso correspondiente (tantum iudicatum quantum
disputatum vel quantum disputare debebat). A contrario sensu, en efecto la norma
admite la reiteración de una tercería que reconozca una causa distinta a la de otra
anteriormente desestimada y recién conocida por el tercerista, lo cual es aplicable,
de acuerdo con los principios oportunamente analizados, a cualquier tipo de
pretensiones.
Casi obvio resulta destacar, finalmente, que la reiteración de cualquier tercería
sólo es admisible si se plantea con anterioridad a los límites temporales máximos
que prevé la ley, es decir, antes de otorgarse la posesión de los bienes o de pagarse
al acreedor. En lo que concierne a los límites temporales mínimos, estimamos que,
para que sea aplicable la norma contenida en el art. 97, ap. 3º (ver letra D), la
reiteración debe verificarse después de diez días desde que el tercerista tuvo
conocimiento del nuevo título en que sustenta su pretensión. Sería injusto, en efecto,
que la aplicación de las costas jugara una función de la fecha en que el tercerista
tuvo o debió tener conocimiento del embargo, pues la norma que analizamos
presupone el desconocimiento del nuevo título en tales oportunidades.

F) Sustanciación de las tercerías


a) La pretensión de tercería debe interponerse frente a las partes del proceso
principal (art. 101, CPCCN), quienes de tal manera vienen a asumir, con respecto al
tercerista, la posición de demandados(33).
El actor y el demandado en el proceso principal integran, por lo tanto, en la
tercería, un litisconsorcio pasivo, que además reviste, en principio,
carácter necesario, no sólo porque la ley exige que la pretensión se interponga
frente a ambos, sino también en virtud de la situación jurídica inescindible en que se
encuentran con relación a la cosa embargada.
Sin embargo, por lo tanto, de la autonomía de gestión procesal con que aquéllos
cuentan durante la sustanciación de la tercería(34), son aplicables al caso las reglas
que hemos enunciado (supra, nro. 334), aunque con ciertas variantes que
serán examinadas más adelante.
b) En lo que concierne al trámite a imprimir a las tercerías, el art. 101, CPCCN,
dispone que aquél será el del juicio ordinario o el del sumario, "según lo determine
el juez atendiendo a las circunstancias"(35).

143 
 
La norma, como se advierte, de acuerdo con el principio general contenido en el
art. 319(36), confiere al juez un margen de arbitrio que debe aplicar en función de la
mayor o menor complejidad de las cuestiones involucradas en la tercería, aunque
en la generalidad de los casos, en virtud de la extensa enumeración de procesos
sumarios que hacía el art. 320(37), y de la mayor frecuencia con que las tercerías se
presentan en los procesos de ejecución, lo normal será que se dispusiera su
sustanciación por el trámite del proceso sumario(38).
Dado, sin embargo, que el escrito de demanda se halla sujeto al cumplimiento de
distintos requisitos según se trate de un proceso ordinario o de un proceso sumario,
en el supuesto de que el tercerista haya observado los requisitos correspondientes
al primero de los tipos de procesos mencionados y el juez disponga imprimir a la
tercería el trámite sumario cuadrará que, antes de ordenarse el traslado de la
demanda a las partes del proceso principal, se acuerde a aquél un plazo para
completar los requisitos omitidos.
Pero cualquiera que sea el trámite que el juez resuelva imprimir a la tercería, ésta
debe sustanciarse en expediente por separado, como incidente del proceso
principal.
Cabe añadir que era irrecurrible la resolución que determinaba el tipo de proceso
por el cual debe tramitar la tercería (art. 101, párr. 2º, CPCCN)(39).
La ley 22.434(40)reemplazó el texto del art. 101, CPCCN, por el siguiente: "La
demanda por tercería deberá deducirse contra las partes del proceso principal y se
sustanciará por el trámite del juicio ordinario, sumario o incidente, según lo
determine el juez atendiendo a las circunstancias. El allanamiento y los actos de
admisión realizados por el embargado no podrán ser invocados en perjuicio del
embargante".
La disposición transcripta, que actualmente debe leerse eliminando la referencia
al juicio sumario (art. 319, CPCCN, modificado por la ley 25.488), innovó sobre el
régimen anterior en tanto, por una parte, admitió la posibilidad de que las tercerías
se sustancien por el trámite de los incidentes y, por otra parte, contempló el efecto
del allanamiento y de los actos de admisión realizados por el embargado.
En el primero de los aspectos señalados, pero con la señalada salvedad, la
norma guarda coherencia con el principio general consagrado por el art.
319, CPCCN, pues confiere al juez un margen de arbitrio que debe aplicar en función
de la mayor o menor complejidad de las cuestiones involucradas en la tercería. La
resolución del juez al respecto es irrecurrible, conforme a lo prescripto en el párrafo
final del mencionado art. 319.
En lo que atañe al segundo de los aspectos anteriormente mencionados, cuadra
advertir que el párrafo introducido en el art. 101 no constituye más que una
aplicación de los principios generales que rigen el litisconsorcio, pues el actor y el
demandado en el proceso principal integran, en la tercería, un litisconsorcio pasivo,
que además reviste, en principio, carácter necesario, no sólo porque la ley exige que
la pretensión se interponga frente a ambos, sino también en virtud de la situación
jurídica inescindible en que se encuentran en relación con la cosa embargada.
En ese orden de ideas tanto el embargante como el embargado pueden allanarse
a la pretensión del tercerista, pero en razón de que ambos, como recién se
destacó, integran en principio un litisconsorcio necesario, el allanamiento sólo
produce sus efectos normales cuando es conjuntamente formulado por todos los
litisconsortes.

144 
 
En el supuesto de que el allanamiento provenga del embargado según es la
situación más frecuente, la tercería debe continuar sustanciándose con el
embargante, quedando aquél eximido de las ulteriores cargas y responsabilidades
derivadas del proceso incidental, ya que el mencionado acto es inoponible al
embargante.
Asimismo, corresponde tener en cuenta que, por aplicación de los principios
atinentes al litisconsorcio, en general, la confesión o la admisión de hechos
formulada por uno o por alguno de los litisconsortes no son válidamente invocables
contra los restantes, en tanto el hecho que ha sido objeto de tales actos no se
encuentre probado con relación a estos últimos; de allí que la confesión o la
admisión de hechos realizadas por el embargado no puedan ser opuestas al
embargante.

G) Facultades de las partes en la tercería


a) Las partes en el proceso de tercería, es decir, el actor-tercerista y los
demandados (actor y demandado en el proceso principal), son sujetos de facultades
y de deberes como las partes que intervienen en cualquier tipo de proceso.
b) De ello se infiere, en primer lugar, que cualquiera de los demandados puede
deducir, contra la pretensión del tercerista, las oposiciones o las defensas a que se
crea con derecho, sean ellas dilatorias o perentorias.
Sin embargo, el principio precedente sufre limitaciones en dos casos. Uno está
constituido por la excepción de incompetencia, la que sólo sería admisible si la
tercería se hubiere interpuesto ante un órgano judicial distinto al que interviene en
el proceso principal (supra, letra A)(41). El otro se refiere a la excepción de arraigo,
la cual no puede serle opuesta al tercerista en razón de que éste se encuentra
obligado a ocurrir ante dicho órgano judicial(42).
c) Tanto el embargante como el embargado (demandados) pueden allanarse a la
pretensión del tercerista, pero en razón de que ambos, como hemos
destacado, integran en principio un litisconsorcio necesario, el allanamiento produce
sus efectos normales en tanto sea conjuntamente formulado por todos los
litisconsortes(43).
Si se trata de una tercería de dominio y el allanamiento proviene del embargado
(según es la situación más frecuente), la tercería debe continuar sustanciándose con
el embargante, quedando aquél eximido de las ulteriores cargas y responsabilidades
derivadas del proceso incidental. Pero en el supuesto de que, a raíz de la oposición
del embargante, éste obtenga en la tercería una sentencia favorable, ocurrirá que,
en oportunidad de liquidarse el crédito respectivo, el eventual remanente
corresponderá al tercerista, y no al embargado que se allanó(44). En la hipótesis de
que se allane el embargante, el proceso debe continuar sustanciándose con el
embargado que se ha opuesto a la pretensión del tercerista(45), no alcanzando al
primero los efectos de una eventual sentencia favorable; de allí que el litisconsorcio
necesario que en principio integran el embargante y el embargado admite variantes
que le imprimen cierta particularidad con respecto a los casos comunes que ofrece
dicha modalidad litisconsorcial.

145 
 
Las consideraciones precedentemente expuestas son extensivas a las tercerías
de mejor derecho.
d) Asimismo, el desistimiento de la tercería sólo produce efectos en la medida en
que se formule conjuntamente respecto al embargante y al embargado. Lo mismo
cabe decir con relación a los restantes modos anormales de conclusión del proceso
(transacción y conciliación).
e) Cualquiera de los demandados, o ambos, tienen igualmente la facultad de
deducir reconvención frente al tercerista, debiendo imprimirse a ella el trámite
correspondiente al tipo de proceso al cual el juez dispuso adaptar la sustanciación
de la tercería (ordinario o sumario). En virtud de la índole de éstas, sin embargo,
consideramos que la admisibilidad de la reconvención se halla supeditada al
requisito de que guarde conexión con la pretensión del tercerista(46).
En alguna oportunidad se ha resuelto que de la reconvención sólo corresponde
conferir traslado al tercerista(47). Puede ocurrir, empero, que la pretensión
reconvencional verse sobre una relación o situación jurídica inescindible con
respecto al tercerista y al embargado (v.gr., simulación del acto jurídico en el que el
primero funda su pretensión), en cuyo caso, al integrar ambos un litisconsorcio
necesario, vienen a revestir el carácter de sujetos pasivos de la reconvención y, por
lo tanto, el de destinatarios del correspondiente traslado(48).
f) Pese a la circunstancia de constituir la tercería un proceso incidental,
la rebeldía de las partes funciona en ella autónomamente, es decir, con
prescindencia de que aquélla se haya o no declarado en el proceso principal. Por lo
tanto, el hecho de que cualquiera de las partes haya sido declarada rebelde en el
juicio principal no obsta para que se le confiera traslado de la demanda de
tercería(49); y, a la inversa, es admisible que en esta última se declare en rebeldía a
cualquiera de las partes que no reviste esa situación en el proceso principal.
Asimismo, incluso sería admisible la acusación de rebeldía formulada por el
embargante contra el embargado. Aunque se ha resuelto lo contrario, con
fundamento en el hecho de que ambos asumen el carácter de partes
demandadas(50), compartimos la opinión expresada por Podetti en el sentido de que,
cuando es presumible que la tercería ha sido interpuesta en connivencia con el
embargado, cabe reconocer al embargante el ejercicio de facultades procesales
tendientes a fortalecer sus derechos y a desvirtuar maniobras de esa índole(51).
g) En la tercería es admisible, como en todo proceso contencioso, la declaración
de caducidad de la instancia, debiendo computarse al efecto los plazos de seis o de
tres meses de acuerdo con el tipo de proceso (ordinario o sumario) al que se haya
adecuado su sustanciación(52).
h) Finalmente, quien o quienes resultaren vencidos en el proceso de tercería, así
como también sus letrados patrocinantes, pueden ser pasibles de la sanción prevista
en el art. 45, CPCCN, en el caso de que su conducta se declarase maliciosa o
temeraria, con prescindencia de que dicha declaración haya o no mediado en el
proceso principal. Ello, naturalmente, sin perjuicio de las sanciones de que pueden
ser pasibles cualquiera de las partes en los supuestos de inconducta procesal
específica y de las que corresponden cuando se configura la hipótesis contemplada
en el art. 103.

146 
 
H) Intervención del tercerista en el proceso principal
Si bien el tercerista no reviste el carácter de parte en el proceso principal, debe
reconocérsele la facultad de intervenir en éste cuando medien situaciones
susceptibles de afectar sus derechos.
Tratándose de una tercería de dominio, el tercerista tendría derecho a
dicha intervención, como regla general, cuando persiguiere la adopción de medidas
conservatorias con respecto a la cosa embargada. De acuerdo con ese principio, se
ha resuelto, por ejemplo, que el tercerista está habilitado para pedir que los bienes
embargados sean entregados a un depositario judicial e inventariados(53), o que se
disponga el cambio de depositario o de administrador de aquéllos(54). Asimismo,
debe ser oído antes de disponerse la venta de los bienes que se encuentren en las
condiciones prescriptas en el art. 99, ap. 1º, CPCCN (infra, nro. 359).
En las tercerías de mejor derecho, como veremos más adelante, la ley reconoce
al tercerista el carácter de parte en las actuaciones relativas al remate de los bienes
(art. 100, ap. 2º, CPCCN).

356. Efectos comunes


Las tercerías de dominio y de mejor derecho producen dos efectos comunes que
son: para el embargante, la facultad de requerir la ampliación o la mejora del
embargo, o la adopción de otras medidas cautelares, con respecto al tercerista y al
embargado, la posibilidad de su enjuiciamiento penal y de la aplicación de sanciones
disciplinarias (extensivas eventualmente a los profesionales que los hayan
representado o patrocinado), en el supuesto de comprobarse una connivencia entre
ambos. Los analizaremos a continuación.

A) Ampliación o mejora del embargo


a) La interposición de cualquier tercería, unida, desde luego, a la
comprobación inicial de la verosimilitud del derecho en que se funda (supra, nro.
355, C]), implica para el embargante el riesgo de que, en la hipótesis de prosperar
la pretensión del tercerista, se disponga el levantamiento del embargo o se emita
una declaración en cuya virtud se le desconozca total o parcialmente su derecho a
percibir el crédito que reclama.
De allí que el art. 102, CPCCN, establezca que "deducida la tercería, el
embargante podrá pedir que se amplíe o mejore el embargo, o que se adopten otras
medidas precautorias necesarias"(55).

147 
 
b) El pedido a que se refiere la norma transcripta puede consistir, por lo tanto, en
que se amplíe la cuantía del embargo o en que se lo extienda a otros bienes del
presunto deudor. Asimismo, puede consistir en que se dispongan medidas
cautelares complementarias del embargo, como podrían ser, por ejemplo, el
secuestro o la intervención judicial.
De la solicitud del embargante en tal sentido no corresponde conferir traslado al
tercerista, ya que la eventual medida que se adopte no es susceptible de afectar sus
derechos.
Si la medida trabada en el expediente principal consiste en un embargo
preventivo, consideramos que el embargante debe prestar la contracautela
correlativa a la ampliación o la mejora del embargo.

B) Connivencia entre el tercerista y el embargado


a) Acerca de la cuestión del epígrafe el art. 103, CPCCN, disponía(56)lo siguiente:
"Cuando resultare probada la connivencia del tercerista con el embargado, el juez
ordenará, sin más trámite, la remisión de los antecedentes a la justicia penal e
impondrá al tercerista o a los profesionales que lo hayan representado o
patrocinado, o a ambos, las sanciones disciplinarias que correspondan. Asimismo,
podrá disponer la detención del tercerista hasta el momento en que comience a
actuar el juez de instrucción".
b) La aplicación de la norma precedentemente transcripta suponía que la
connivencia entre el tercerista y el embargado haya resultado comprobada durante
el transcurso del proceso y que el juez haya declarado la existencia de aquélla en
oportunidad de dictar la sentencia definitiva(57).
Cumplidos tales extremos, correspondía que en la sentencia se adoptasen dos
tipos de medidas: la remisión de los antecedentes a la justicia penal y la aplicación
de sanciones disciplinarias.
La primera de dichas medidas debía materializarse a través del envío, una vez
consentida o ejecutoriada la sentencia, del expediente en que tramitó la tercería a
la justicia del crimen, ya que, por una parte, sus constancias configuran los
"antecedentes" a que se refiere la norma analizada y, por otra parte, no existía razón
para que él permanezca en el juzgado de origen, sin perjuicio, naturalmente, de que
el juez ordenara extraer los testimonios que considerara pertinentes.
El juez que conoció de la tercería debe abstenerse de calificar la índole del
presunto delito, pues se trata de una función que compete a la justicia en lo penal.
Eventualmente, aquél puede consistir en el delito previsto por el art. 179, párr. 2º,
CPen. (agregado por la ley 17.567), o, en el supuesto de haberse presentado un
título adulterado, en el delito de falsificación(58).
En cuanto a la segunda de las referidas medidas, ella debe efectivizarse
mediante la aplicación de cualquiera de las sanciones disciplinarias previstas por la
ley orgánica del Poder Judicial de la Nación y el Reglamento para la Justicia
Nacional, a las que se remite el art. 35, inc. 3º, CPCCN(59). El juez debe graduar
aquéllas atendiendo a la gravedad de los hechos, siendo sus destinatarios el

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tercerista, el embargado, el profesional o profesionales que los hayan patrocinado o
representado, o unos y otros conjuntamente, de acuerdo con las circunstancias del
caso(60). Dichas sanciones, por lo demás, son aplicables con independencia de la
que pudiere corresponder a las personas mencionadas en el supuesto de concurrir
la hipótesis prevista por el art. 45, CPCCN (temeridad o malicia)(61).
Sin perjuicio de las medidas precedentemente mencionadas, el juez podía
disponer la detención del tercerista "hasta el momento en que comience a actuar el
juez de instrucción". Se trataba de una medida cautelar tendiente a facilitar la
actuación de la justicia represiva, que se prolonga, en realidad, hasta que el juez
de instrucción adoptase alguna medida acerca de la libertad o encarcelamiento del
imputado.
Dispone el art. 103, CPCCN(62), de acuerdo con la redacción que le imprimió la ley
22.434, lo siguiente: "Cuando resultare probada la connivencia del tercerista con el
embargado, el juez ordenará, sin más trámite, la remisión de los antecedentes a la
justicia penal e impondrá al tercerista, al embargado o a los profesionales que los
hayan representado o patrocinado, o a todos ellos, las sanciones disciplinarias que
correspondan. Asimismo, podrá disponer la detención del tercerista y del embargado
hasta el momento en que comience a actuar el juez en lo penal"(63).
La reforma fue acertada en tanto extendió, al embargado y a los profesionales
que lo hubiesen representado o patrocinado, la responsabilidad disciplinaria
derivada de la prueba de la connivencia. Así se resolvió, por otra parte, con
anterioridad a la vigencia de la ley 22.434(64), pese a la omisión de que adolecía al
respecto el art. 103, CPCCN. También es razonable que la orden de detención
se extienda al embargado, en su carácter de partícipe del eventual delito.

II. TERCERÍA DE DOMINIO

357. Generalidades
a) Este tipo de tercería tiene por objeto la protección del derecho real a que se
refieren los arts. 1941 y ss., CCiv. y Com., siempre que la integridad de ese derecho
se encuentre afectada como consecuencia de un embargo (preventivo o
ejecutivo)(65).
La interposición de la tercería de dominio comporta, en principio, una facultad del
titular del dominio, quien, por una parte, puede limitarse a requerir el levantamiento
del embargo en el supuesto de encontrarse en condiciones de acreditar en forma
efectiva y fehaciente la existencia de su derecho (infra, nro. 361), y, por otra parte,
no pierde la propiedad de un bien inmueble aun en la hipótesis de que él se venda
en el proceso principal, ya que la circunstancia de no interponer la pretensión de
tercería no obsta a su derecho de reivindicarlo frente al tercer adquirente, en tanto
no se haya operado la prescripción. Si se trata, en cambio, de bienes muebles,
la interposición de la tercería de dominio resulta necesaria en la medida en que la

149 
 
eventual pretensión reivindicatoria puede fracasar frente a un adquirente de buena
fe, salvo que aquéllos hayan sido robados o perdidos (art. 1895, CCiv. y Com.).
b) La admisibilidad de la tercería de dominio no se halla supeditada a la titularidad
plena de ese derecho. En consecuencia, la pretensión puede ser interpuesta por el
condómino(66). No así, en cambio, por el poseedor que no revistiere también la
condición de propietario de la cosa embargada, quien puede utilizar, en resguardo
de sus derechos, otras vías procesales como los interdictos o las pretensiones
posesorias(67).
c) Por último, corresponde destacar que el ámbito de este tipo de tercería no se
halla reducido al dominio sobre bienes corporales, sean muebles o inmuebles, sino
que debe considerarse extensivo a los casos en que aquel derecho se ejerza sobre
otra clase de bienes, como, por ejemplo, los derechos intelectuales o industriales,
que hayan sido objeto de un embargo(68).

358. Oportunidad
a) Aparte del requisito formal exigido genéricamente por el art. 98, ap. 1º,
CPCCN, consistente en la prueba liminar acerca de la verosimilitud del derecho en
que se sustenta, o, en su defecto, en la prestación de garantía suficiente (supra, nro.
355, C]), la ley condiciona la admisibilidad de las tercerías de dominio a un específico
requisito de tiempo. A él se refiere el art. 97, ap. 2º, CPCCN(69), en tanto dispone
que dicho tipo de tercería "deberá deducirse antes de que se otorgue la posesión de
los bienes".
b) En consecuencia, no es susceptible de enervar la pretensión del tercerista el
hecho de que se haya realizado la venta judicial e incluso pagado el precio, si
aquélla no se perfeccionó mediante la tradición de los bienes al comprador (art. 586,
CPCCN)(70). Verificado este acto —que crea a favor del adquirente la presunción de
propiedad—, el titular del dominio debe intentar la pretensión reivindicatoria(71).
c) Cabe recordar, asimismo, que aun en el supuesto de que la tercería de dominio
se haya deducido dentro de la oportunidad precedentemente mencionada, el
tercerista debe pagar las costas si interpuso la pretensión después de diez días
desde que tuvo o debió tener conocimiento del embargo (art. 97, ap. 3º, CPCCN).

359. Efectos
a) "Si la tercería fuese de dominio —prescribe el art. 99, ap. 1º, CPCCN(72)—
consentida o ejecutoriada la orden de venta de los bienes, se suspenderá el
procedimiento principal, a menos que se tratare de bienes sujetos a desvalorización
o desaparición, o que irrogaren excesivos gastos de conservación, en cuyo caso el
producto de la venta quedará afectado a las resultas de la tercería".

150 
 
b) La suspensión de los trámites del proceso principal reviste el carácter de una
medida cautelar, ya que si aquéllos continuaran una vez dispuesta la venta de los
bienes embargados, carecería de toda virtualidad la sentencia que eventualmente
reconociere el derecho del tercerista. Por ello, asimismo, la suspensión debe
considerarse limitada a la subasta de los bienes que fueron objeto de la tercería,
no extendiéndose a otros que son ajenos a ésta(73).
Por lo demás, el efecto previsto por la norma más arriba transcripta no se
produce automáticamente, ya que, por una parte, según hemos señalado, la
admisibilidad de la pretensión de tercería se halla condicionada a la prueba inicial
referente a la verosimilitud del derecho invocado o a la prestación de garantía
suficiente, y, por otra parte, aun en la hipótesis de que dicha prueba hubiese sido
producida, el juez estaría habilitado para desestimar la suspensión del proceso
principal en el caso de que, al tiempo en que ella deba disponerse, existan
elementos de juicio susceptibles de desvirtuar aquella verosimilitud(74), sin perjuicio,
en este último caso, de la fianza que el tercerista puede requerir al embargante antes
de que éste retire los fondos resultantes de la venta(75).
c) La suspensión comienza desde que resulta consentida o ejecutoriada la orden
de venta de los bienes (no pudiéndose hacer efectivas, por lo tanto, las medidas
dispuestas en la respectiva providencia: publicación de edictos, valuación de los
bienes, etc.) y concluye una vez que se encuentra firme la sentencia dictada en la
tercería(76). Asimismo, durante el plazo de suspensión de los procedimientos el
tercerista tiene derecho a requerir el cumplimiento de medidas cautelares con
relación al bien o bienes embargados(77).
d) Como se ha visto, la suspensión del procedimiento principal no procede y cabe,
por lo tanto, hacer efectiva la orden de venta de los bienes, en el supuesto de que
éstos se hallen sujetos a desvalorización o desaparición, o irroguen excesivos
gastos de conservación, quedando el producto de la venta afectado a las resultas
de la tercería. Esta solución, que había sido admitida por la jurisprudencia con
anterioridad a la vigencia del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación(78),
guarda coherencia con el principio general que el art. 205 de dicho
ordenamiento instituye en materia de medidas cautelares, y equilibra
razonablemente los intereses del tercerista y del embargante. La venta, asimismo,
no puede disponerse sin previa audiencia del tercerista.
e) Finalmente, el art. 99, ap. 2º, CPCCN, prescribe que "el tercerista podrá, en
cualquier momento, obtener el levantamiento del embargo dando garantía suficiente
de responder al crédito del embargante por capital, intereses y costas en caso de
que no probare que los bienes embargados le pertenecen"(79).
De los términos en que se halla redactada esta disposición y de su correlación
con lo prescripto en el ap. 1º del art. 99, se infiere que el tercerista puede ejercer la
mencionada facultad desde el momento de interponer la tercería hasta la
oportunidad de quedar consentida o ejecutoriada la orden de venta de los bienes.
Sin embargo, cualquiera hubiera sido el momento en que se prestó y aceptó la
garantía del tercerista, la suspensión del procedimiento principal sólo puede
verificarse cuando media sentencia firme que declara la existencia del crédito
reclamado por el embargante.
Cabe señalar, por otra parte, que la garantía a que se refiere esta norma
juega independientemente de la prevista por el art. 98, ap. 1º, ya que esta última
sólo tiene por objeto responder de los perjuicios que pudiere producir la suspensión
del proceso principal.

151 
 
En lo que atañe a la clase de garantía a prestar por el tercerista, el juez debe
determinarla atendiendo a la mayor o menor verosimilitud del derecho invocado por
aquél y a las circunstancias del caso (doct. art. 199, ap. 2º, CPCCN).

360. Prueba del dominio


a) Sin perjuicio de la prueba inicial a la que el art. 98, CPCCN, supedita la
admisibilidad de cualquier tercería y de la facultad que acuerda el art. 104 del mismo
ordenamiento (infra, nro. 361), el tercerista debe acreditar, durante el período
probatorio, la plenitud del derecho invocado como fundamento de su pretensión(80).
A tal efecto, es preciso formular distinciones sobre la base de la naturaleza de los
bienes embargados.
b) Cuando se trata de bienes inmuebles, el tercerista debe acreditar su derecho
mediante la presentación de la pertinente escritura pública traslativa del dominio(81),
siempre que el instrumento se ajuste a las formalidades legales(82)y se
encuentre inscripto en el registro inmobiliario correspondiente (arts. 1886 y 1893,
CCiv. y Com.)(83).
Por lo tanto, no constituye prueba suficiente para acreditar el dominio la
presentación de un boleto de compraventa, ya que ésta no confiere otros derechos
que los previstos en el art. 1170 y 1171, CCiv. y Com.(84). No altera tal conclusión el
hecho de que el boleto haya sido protocolizado para acordarle fecha cierta(85)ni la
circunstancia de que se haya dado al tercerista la posesión del inmueble(86).
Tampoco constituye prueba idónea, para los fines que analizamos, el hecho de que
se haya dictado una sentencia que condene a escriturar(87).
c) Si se trata, en cambio, de bienes muebles, la carga de la prueba depende de
la circunstancia de que el tercerista se hubiere encontrado o no, al trabarse el
embargo, en posesión de aquéllos.
En el primer supuesto, y en tanto el poseedor cuenta a su favor con una
presunción de propiedad, al tercerista le basta acreditar el hecho de la posesión(88),
correspondiendo al embargante la carga de probar los hechos tendientes a
desvirtuar dicha presunción(89).
En el segundo supuesto, es decir, si en la oportunidad de trabarse el embargo
los bienes se hallaban en posesión del embargado, la carga de la prueba se invierte
con relación al caso anterior: mientras al embargante le basta invocar la posesión
de las cosas por parte del embargado, al tercerista incumbe la demostración de su
derecho de dominio y, por lo tanto, la carga de desvirtuar aquella presunción
contraria a su derecho(90).
En cuanto a las tercerías de dominio interpuestas respecto de un fondo de
comercio o de bienes particulares comprendidos en él, corresponde recordar que,
de conformidad con las prescripciones contenidas en la ley 11.867, la transmisión
por cualquier título sólo se perfecciona, con respecto a terceros, por la publicación
de edictos durante cinco días (indicando clase y ubicación del negocio, nombre y
domicilio del comprador, y del vendedor, del rematador y del escribano), el
otorgamiento del documento respectivo, que debe firmarse después de

152 
 
transcurridos diez días contados desde la última publicación, y la inscripción de ese
documento en el Registro Público de Comercio (arts. 2º, 4º, 5º y 7º de la ley citada).
De allí que se haya decidido que es improcedente la tercería de
dominio interpuesta por el adquirente de un fondo de comercio, respecto de bienes
embargados integrantes de éste, si el embargo se llevó a cabo con anterioridad al
cumplimiento de los requisitos establecidos por la ley 11.867(91), no siendo óbice a
tal conclusión la circunstancia de que el boleto de compraventa del negocio se haya
transcripto en un registro notarial con anterioridad a la traba del embargo(92). En
cambio, se ha resuelto que la tercería de dominio procede en el caso de que el
embargo sobre un bien integrante de un fondo de comercio se trabó con
posterioridad a la inscripción de la transferencia en el Registro Público de
Comercio(93).
En materia de automotores, debe en principio estarse a la fecha de inscripción
del vehículo, a nombre del tercerista, en el Registro correspondiente(94).

361. Levantamiento del embargo sin tercería


a) Con anterioridad a la vigencia del Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación, la jurisprudencia se había hecho cargo de la injusticia que representaba,
para quien estuviese en condiciones de acreditar fehacientemente su derecho de
dominio sobre bienes embargados como de pertenencia del presunto deudor, la
necesidad de interponer una pretensión de tercería y de proseguir la sustanciación
de todo un proceso; de allí que numerosos precedentes judiciales se pronunciaron
en el sentido de que, en tales circunstancias, resultaba admisible el pedido de
levantamiento del embargo sin promover tercería, el cual debía resolverse
previa audiencia del embargante(95).
Concordantemente con ese criterio jurisprudencial, y con la solución adoptada
por algunos códigos provinciales(96), el art. 104, CPCCN, prescribía(97)que "el tercero
perjudicado por un embargo podrá pedir su levantamiento sin promover tercería,
acompañando el título de dominio u ofreciendo sumaria información sobre su
posesión, según la naturaleza de los bienes. Del pedido se dará traslado al
embargante. La resolución será recurrible cuando haga lugar al desembargo. Si lo
denegara, el interesado podrá deducir directamente la tercería"(98).
b) Como se advierte, el procedimiento descripto por el art. 104 reviste el carácter
de un incidente abreviado, instituido con fundamento en razones de celeridad y
economía procesal, y, como es obvio, optativo para el interesado, quien puede
recurrir directamente a la tercería del dominio(99).
La admisibilidad del pedido se halla supeditada a la circunstancia de que se
acredite, en forma efectiva y fehaciente, la propiedad o la posesión de los bienes
embargados(100), debiendo la prueba surgir, inequívocamente, de los elementos de
juicio acompañados por el interesado en su primera presentación(101). Se trata, por
consiguiente, de una vía excepcional, a la que sólo puede acudirse cuando el
problema jurídico es de fácil solución y puede, por lo tanto, resolverse con la
prueba inicialmente aportada(102).

153 
 
La ley se refiere, en primer lugar, a la presentación del título del dominio. El
recaudo resultaría cumplido si el interesado, por ejemplo, acompañara al
correspondiente escrito el testimonio de escritura pública relativo a la adquisición
del inmueble embargado, del que surge, asimismo, haberse tomado la posesión por
el adquirente, y el título se encuentra inscripto en el Registro de la Propiedad(103); los
conocimientos aduaneros, referentes a la mercadería embargada, de los que surge
el carácter de endosatario y tenedor por parte del interesado(104); el documento de
transferencia de un fondo de comercio inscripto a nombre del interesado en el
Registro Público de Comercio(105), etc. Por el contrario, no sería admisible el
levantamiento del embargo por vía incidental si se acompañaran documentos
privados carentes de fecha cierta(106)o, en general, documentos insuficientes por sí
solos para acreditar el dominio, como los recibos de pago de la patente y de la chapa
identificadora, y certificado de habilitación de un vehículo, si éste se encontraba en
poder del demandado en oportunidad de trabarse el embargo(107).
El art. 104 también autoriza a requerir el levantamiento del embargo sin tercería
mediante el ofrecimiento de "sumaria información" sobre la posesión del interesado.
La mención normativa debe considerarse referida a los bienes muebles y no excluye
la necesidad de que el interesado acompañe, con el escrito inicial, elementos
probatorios que sean susceptibles de acreditar, prima facie, la existencia de su
derecho. Por lo tanto, la "sumaria información" a que alude el art. 104 sólo procede
cuando dichos elementos requieren complementarse a través de una breve
comprobación posterior(108).
c) El pedido de levantamiento del embargo sin tercería debe resolverse
previa audiencia del embargante, a quien corresponde conferirle traslado por el
plazo de cinco días (art. 150, ap. 1º, CPCCN). Aquél tiene la facultad de impugnar
la documentación acompañada por el interesado y de cuestionar la admisibilidad del
trámite incidental, pero no está habilitado para deducir pretensiones u oposiciones
que sólo podrían sustanciarse en una tercería o en un proceso independiente(109).
d) Finalmente, la resolución que recaiga en el incidente sólo es apelable en el
caso de que disponga el levantamiento del embargo, de lo cual se infiere que el
recurso sólo puede ser eventualmente deducido por el embargante.
En el caso de que el juez denegara el pedido, el interesado puede deducir
directamente la tercería de dominio. En la hipótesis de recurrir a esa vía, debe
hacerlo dentro del plazo de diez días contados desde la notificación de la resolución
desestimatoria, ya que de lo contrario asume el riesgo de abonar las costas que se
devengaren en la tercería, cualquiera que fuese el resultado de ésta (art. 97, ap. 3º,
CPCCN) (supra, nro. 355, D]).
La ley 22.434(110)sustituyó el texto del art. 104, CPCCN, por el siguiente: "El
tercero perjudicado por un embargo podrá pedir su levantamiento sin promover
tercería, acompañando el título de dominio u ofreciendo sumaria información sobre
su posesión, según la naturaleza de los bienes. Del pedido se dará traslado al
embargante. La resolución será recurrible cuando haga lugar al desembargo. Si lo
denegara, el interesado podrá deducir directamente la tercería, cumpliendo los
requisitos exigidos por el art. 98".
No se trató de una reforma de importancia, pues se limitó a exigir, a quien se
denegó el pedido de desembargo, que deduzca la tercería cumpliendo los
requisitos exigidos por el art. 98, o sea, los consistentes en probar, con instrumentos
fehacientes o en forma sumaria, la verosimilitud del derecho en que se funda, o en

154 
 
prestar fianza para responder de los perjuicios que pudiere producir la suspensión
del proceso principal.

III. TERCERÍA DE MEJOR DERECHO

362. Generalidades
a) Este tipo de tercería, denominado también de preferencia, tiene por objeto
obtener que, sobre el producido de la venta de un bien embargado, se declare el
derecho del tercerista a ser pagado preferentemente con relación al embargante.
Como se advierte, la pretensión del tercerista no tiende, en este caso, a que se
le reconozca la titularidad del crédito reclamado por el embargante, sino a lograr un
pago preferencial. Cuadra empero destacar que, aun en el caso de que aquélla
fuese la finalidad de la pretensión, no cabría tampoco calificarla como una tercería
de dominio, ya que ésta, como hemos visto, se halla encaminada a lograr el
levantamiento de un embargo trabado sobre un bien de propiedad del tercerista, y
no a reclamar el mismo objeto controvertido en el proceso principal, como en el caso
sería el crédito sobre cuya base actúa el embargante(111). Pensamos, por ello, que
en la hipótesis examinada cabría hablar de alguna de las formas de intervención de
terceros a través de las cuales se autoriza la incorporación al proceso del verdadero
legitimado (intervención principal o citación), aunque cabe advertir que, en algunas
oportunidades, dicha hipótesis ha sido considerada como tercería de mejor
derecho(112).
b) Las causales de preferencia que autorizan la interposición de esta clase de
tercería consisten, ante todo, en los privilegios especiales, es decir, en aquellos que
afectan determinados bienes del deudor(113), y, subsidiariamente, en la prioridad de
pago que la ley acuerda al primer embargante (art. 218, CPCCN)(114).
Por el contrario, no son invocables para sustentar una tercería de mejor derecho
los privilegios generales, o sea, los que acuerdan prioridad para el pago respecto de
la generalidad de los bienes del deudor, pues ellos sólo pueden hacerse efectivos
en caso de concurso (art. 3879, derogado CCiv.)(115), salvo cuando, por las
circunstancias del caso, revistan carácter especial(116).
Tampoco justifica la interposición de este tipo de tercería la invocación del
derecho de retención (art. 2587, CCiv. y Com.), por cuanto aparte de que el
retenedor carece de privilegio, en el supuesto de permitir la venta de la cosa
renuncia implícitamente a su derecho y adquiere el carácter de un mero acreedor
quirografario(117).
La misma solución es pertinente para el caso de quien, frente a un acreedor
embargante, aduzca la circunstancia de haber obtenido con anterioridad al embargo
una inhibición general contra el deudor, ya que esta medida no afecta bienes
determinados de aquél(118).

155 
 
En cambio, es admisible la tercería de mejor derecho para dirimir judicialmente
la colisión suscitada entre sendos privilegios especiales invocados por el tercerista
y el embargante, en cuyo caso el juez debe resolver sobre la base del orden legal
en que aquéllos se encuentran(119).

363. Oportunidad
a) El art. 97, ap. 2º, CPCCN, dispone que la tercería de mejor derecho debe
deducirse "antes de que se pague al acreedor"(120).
b) En consecuencia, este tipo de tercería puede interponerse hasta tanto el
embargante no haya percibido el importe del crédito reclamado(121), sin perjuicio del
pago de las costas de que puede ser pasible el tercerista en el caso de haber
deducido su pretensión después de diez días desde que tuvo o debió tener
conocimiento del embargo (ap. 3º de la norma citada) (supra, nro. 355, D]). Pasada
la oportunidad mencionada en el ap. 2º del art. 97, el tercerista debe hacer valer sus
derechos en el proceso que corresponda (ordinario o sumario —en los casos en que
este tipo de proceso subsiste—, de acuerdo con el monto del crédito)(122).
c) El concepto de "pago" debe ser interpretado, a nuestro juicio, en sentido
amplio, y comprensivo por lo tanto de los casos en que se resuelve la compensación
entre el precio de compra y el importe del crédito que motivó el proceso principal,
así como también la adjudicación del bien a favor del acreedor embargante(123).

364. Efectos
a) "Si la tercería fuese de mejor derecho —disponía el art. 100, ap. 1º, CPCCN—
, con intervención del tercerista podrán venderse los bienes, suspendiéndose el
pago hasta que se decida sobre la preferencia, salvo si se otorgare fianza para
responder a las resultas de la tercería"(124).
b) Como se advierte, a diferencia de lo que ocurre en el caso de las tercerías de
domino, esta clase de tercería no obsta a la realización de la subasta judicial del
bien embargado, ni a la entrega de éste al acreedor(125), pues en ella no se trata de
obtener el levantamiento del embargo, sino de decidir la preferencia en el pago
requerida por el tercerista. Pero la aplicación de la norma antes transcripta no
es automática, sino que se halla subordinada, como acontece en las tercerías de
dominio, a la prueba inicial que debe aportar el tercerista acerca de la verosimilitud
del derecho que invoca como fundamento de su pretensión o a la prestación de
garantía suficiente por los perjuicios que pueda irrogar la suspensión del proceso
principal (supra, nro. 355, C]).
c) La suspensión se opera desde que el comprador ha depositado el precio
obtenido en la subasta del bien y termina cuando se encuentra firme la sentencia
dictada en la tercería. Pero la suspensión no se verifica y procede en consecuencia

156 
 
efectuar el pago al embargante, si éste otorga la fianza a que se refiere la norma
más arriba mencionada(126).
d) Se haya o no dispuesto la suspensión, la venta de los bienes debe realizarse
"con intervención del tercerista", quien, según lo dispone además el ap. 2º del art.
100, "será parte en las actuaciones relativas al remate"(127). Ello implica acordar al
tercerista la facultad de controlar las diligencias que se realicen con posterioridad a
la resolución que ordena la subasta, a cuyo efecto aquél puede, por ejemplo,
denunciar circunstancias que justifiquen dejar sin efecto la designación del martillero
(art. 563, CPCCN), o requerir, en su caso, la remoción del perito tasador,
debiéndosele además dar vista de la tasación (art. 578, CPCCN). Está, asimismo,
facultado para oponerse a la compensación y adjudicación solicitadas por el
embargante(128), siempre que lo haga con anterioridad a la tradición del bien(129). Si
se trata de un acreedor hipotecario, finalmente, puede solicitar el aumento de la base
hasta cubrir el importe de su crédito (art. 575, CPCCN).
Si la tercería fuese de mejor derecho(130)—dispone el art. 100, CPCCN en su
actual redacción—, previa citación del tercerista, el juez podrá disponer la venta de
los bienes, suspendiéndose el pago hasta que se decida sobre la preferencia, salvo
si se otorgare fianza para responder a las resultas de la tercería. El tercerista será
parte de las actuaciones relativas al remate de los bienes.
En este aspecto no se innovó fundamentalmente con respecto al régimen
precedente, pues el legislador se limitó a sustituir la frase con intervención del
tercerista, por previa citación del tercerista. Sólo vino a aclararse, por consiguiente,
que resulta innecesaria la efectiva participación del tercerista en el pedido de venta
de los bienes, siendo suficiente su mera citación con carácter previo al dictado de la
correspondiente resolución. Ésa era, por otra parte, la correcta y obvia hermenéutica
del art. 100 en su redacción originaria.

365. Prueba del mejor derecho


a) Al tercerista incumbe la carga de probar tanto la existencia del crédito cuanto
el privilegio o la prioridad que invoca como fundamento de su pretensión(131). En
caso de colisión de privilegios, la misma carga pesa sobre el embargante o el
embargado en lo que concierne a la correspondiente prelación.
b) Cabe añadir que carece de relevancia el reconocimiento de un mejor derecho
formulado por el embargado, sea a favor del tercerista o del embargante(132). No así
el reconocimiento del embargante a favor del tercerista, que puede eventualmente
jugar como una presunción favorable a éste(133).

CAPÍTULO XXV - MODIFICACIÓN DE LAS PARTES

157 
 
I. NOCIONES GENERALES

366. Modificaciones del elemento procesal subjetivo


a) Durante el lapso comprendido entre su iniciación y su conclusión, el proceso
puede experimentar diversas modificaciones en su elemento subjetivo primario
(supra, nro. 46), las cuales carecen de virtualidad, sin embargo, para alterar
su objeto, que continúa en principio siendo el mismo.
b) Puede ocurrir, en primer lugar, que cambie el órgano judicial interviniente, la
persona o personas que ejercen la potestad juzgadora, o uno y otras
simultáneamente(1). El primer supuesto es susceptible de verificarse,
particularmente, con motivo de modificaciones legales operadas en el régimen de la
competencia(2)o del desplazamiento de esta última que engendra la vigencia del
fuero de atracción (supra, nro. 254); el segundo se produce cuando el juez o jueces
actuantes son reemplazados por otro u otros a raíz de cualquier causal de vacancia
del cargo correspondiente (fallecimiento, renuncia, ascenso o remoción); y el
tercero, finalmente, siempre que se trate de órganos unipersonales, tiene lugar en
la hipótesis de la excusación (supra, nros. 211) o como consecuencia del ejercicio,
por cualquiera de las partes, de la facultad de deducir recusación con o sin expresión
de causa (supra, nros. 208 y ss.).
c) Asimismo, puede suceder que, durante la sustanciación del proceso, se
verifique un cambio en la persona del sujeto activo o pasivo de la pretensión. Este
tipo de modificación —que reviste mayor relevancia jurídica que el enunciado
precedentemente y será objeto de estudio en este capítulo— presenta a su vez tres
aspectos que analizaremos en el siguiente orden: la sucesión procesal,
la transformación de cualquiera de las partes y la extromisión de una de ellas.
d) Como veremos más adelante, los mencionados fenómenos tienen
distinta incidencia en el desenvolvimiento del proceso, aunque, según lo
anticipamos al comienzo, ninguno de ellos reviste virtualidad para alterar el elemento
objetivo de aquél. La pretensión procesal, en otras palabras, debe ser resuelta tal
como fue originariamente interpuesta, sin que obsten a ello las referidas
modificaciones subjetivas(3). Sólo hace excepción a este principio el caso de que uno
o varios litisconsortes se retiren del proceso como consecuencia de un acto de
disposición (allanamiento, desistimiento, etc.), porque entonces desaparece
también una o varias de las pretensiones originariamente interpuestas.
e) En ánimo de clarificar las ideas, interesa finalmente destacar que no se
hallan incluidos en los tipos de modificación precedentemente enumerados
la rebeldía de cualquiera de las partes ni el cambio o supresión de sus
representantes o apoderados. La parte declarada en rebeldía continúa, en efecto,
pese a su incomparecencia, revistiendo el carácter de parte y, como tal, es
alcanzada personalmente por los efectos de la sentencia. Y en lo que concierne a

158 
 
los representantes, su exclusión de los fenómenos que han de ocuparnos deriva de
la circunstancia de que no invisten la calidad de partes (supra, nro. 287)(4).

367. Régimen legal


a) El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación se refiere particularmente a
una de las facetas que presenta el fenómeno de la modificación de partes (sucesión
procesal) en los arts. 43 y 44, los cuales contemplan, respectivamente, las hipótesis
relativas al fallecimiento de cualquiera de aquéllas y a la enajenación del bien
litigioso o cesión del derecho reclamado. El primero de dichos artículos comprende,
además, un supuesto ajeno al fenómeno que analizamos, cual es el referente a
la incapacidad de cualquiera de las partes, ya que esa circunstancia no importa
alteración alguna en el elemento subjetivo primario del proceso, sino la pérdida de
aptitud para realizar personalmente actos procesales válidos (supra, nro. 292)(5).
b) Las mencionadas disposiciones, también adoptadas por los artículos de
idéntica numeración contenidos en los Códigos de Buenos Aires, Chaco, Chubut,
Formosa y Misiones, reproducen sustancialmente los términos en que se hallan
redactados los arts. 55 y 56, Código de Jujuy. Entre los códigos modernos, es el de
la provincia de Mendoza el que, bajo el título de "sucesión procesal", regula este
aspecto de la modificación de partes con mayor minuciosidad (arts. 23 y 24,
relativos, respectivamente, a la "sucesión a título universal" y a la "sucesión a título
singular")(6).
c) La regulación jurídica de los restantes tipos de modificación de partes
se infiere, parcialmente, del art. 44, CPCCN, y de otras disposiciones del
mencionado ordenamiento (v.gr., arts. 91, 112, etc.).

II. SUCESIÓN PROCESAL(7)

368. Concepto y clases


a) En términos generales, cabe hablar de sucesión procesal siempre que, a raíz
de la extinción, pérdida de legitimación o modificación sustancial producida en la
composición de una de las partes, ésta es reemplazada en el proceso por una
persona distinta.
Este tipo de sucesión implica un reflejo de la transmisión de derechos
sustanciales, sea a título universal o singular. Pero como se trata de derechos
litigiosos, cuya efectividad se halla, por lo tanto, supeditada al eventual
reconocimiento que de ellos se haga en la sentencia definitiva(8), la sucesión

159 
 
procesal se configura, en rigor, como una sucesión en la posición jurídica procesal
adoptada por el transmitente con relación al correspondiente derecho(9).
b) Cualquiera que sea la clase de sucesión procesal de que se trate (universal o
singular), el sucesor debe incorporarse al proceso en el estado en que éste se
encuentre en el momento de su intervención, siendo por lo tanto eficaces, a su
respecto, todos los actos procesales cumplidos hasta ese momento con la
participación del transmitente del derecho(10). Sin embargo, como veremos más
adelante, es fundamentalmente distinto el tratamiento que la ley procesal vigente
otorga a la sucesión procesal según sea el título en cuya virtud se haya operado.
c) Debemos puntualizar, finalmente, nuestra discrepancia con la distinción que
formula Alsina entre "sucesión" y "sustitución de partes", la cual se basa,
fundamentalmente, en la consideración de que mientras "en la sucesión hay
continuación de la personalidad del causante", "en la sustitución sólo hay un cambio
de la personalidad del titular del derecho". De tal premisa el autor citado infiere que
"la sucesión se produce en caso de fallecimiento de la parte y la sustitución, en caso
de enajenación de la cosa litigiosa"(11).
Al margen del error que implica asignar al sucesor universal el carácter de
continuador de la "personalidad" del causante(12), consideramos que tales
apreciaciones son equivocadas. Ello, en primer lugar, porque tanto en el caso de
fallecimiento cuanto en el de enajenación de la cosa litigiosa, existe sucesión (a título
universal y particular, respectivamente) y, en segundo lugar, porque tanto en uno
como en otro caso media, como consecuencia de la sucesión en el derecho litigioso,
una sustitución o cambio del sujeto activo o pasivo que interviene en el proceso en
calidad de parte; a lo que cabe añadir que puede existir sucesión a título universal
sin que se haya producido el fallecimiento de la parte.
Lo que puede ocurrir, en nuestro concepto, es que medie sustitución o cambio de
partes por causas distintas a la de la sucesión, como sucede en los casos
de extromisión.

369. Sucesión a título universal

A) Concepto
a) Existe sucesión procesal a título universal cuando, con motivo de haberse
operado la transmisión de una universalidad de bienes, y de hallarse en trámite un
proceso en el cual se discute algún derecho relacionado con esa universalidad, el
nuevo titular o titulares de ésa ingresan al proceso y asumen la misma condición de
parte (activa o pasiva) en que se encontraba el transmitente.
b) Es pertinente destacar, sin embargo, que la sucesión a título universal no
equivale a la sucesión mortis causa, así como tampoco, según se verá más
adelante, cabe identificar la sucesión particular con la sucesión por actos entre

160 
 
vivos(13). Por ello nos ocuparemos separadamente de las distintas hipótesis que
genera este tipo de sucesión procesal según se trate de personas físicas o
de existencia ideal.

B) Sucesión de personas humanas


a) En el caso de las personas humanas la sucesión universal se produce con
motivo de su fallecimiento (real o presunto), circunstancia que engendra la
transmisión de las relaciones jurídicas sustanciales a favor de las personas
(herederos), a quienes, en virtud de la ley o del testamento, corresponde el
patrimonio de la persona fallecida (arts. 2277 y 2278, CCiv. y Com.).
b) Cuando alguna o algunas de las relaciones jurídicas fuesen objeto de
controversia en un proceso, el acto de transmisión determina un desplazamiento de
la legitimación procesal del causante hacia los herederos, a quienes corresponde
citar a fin de que asuman la posición de parte (activa o pasiva) que aquél asumía
con anterioridad a su fallecimiento.
Al respecto, la ley contempla separadamente los supuestos en que el causante
actúe personalmente o por medio de mandatario. Al primero se refiere el art.
43, CPCCN(14), en tanto prescribe que "cuando la parte que actuare personalmente
falleciere (...) comprobado el hecho, el juez o tribunal suspenderá la tramitación y
citará a los herederos (...) en la forma y bajo el apercibimiento dispuestos en el art.
53, inc. 5º", es decir, que el órgano judicial interviniente debe señalar un plazo para
que los herederos concurran a estar a derecho, citándolos directamente si se
conocen los domicilios o por edictos durante dos días consecutivos en caso
contrario, bajo apercibimiento de continuar el juicio en rebeldía en el primer caso y
de nombrarles defensor en el segundo. El otro supuesto se halla contemplado por
el art. 53, inc. 5º, norma en virtud de la cual, como lo señalamos oportunamente
(supra, nro. 305), corresponde que el apoderado continúe ejerciendo su personería
hasta tanto los herederos tomen en el proceso la intervención que les incumbe. A
tal efecto, es pertinente la fijación de un plazo y la citación de aquéllos en la misma
forma y bajo el mismo apercibimiento a que nos hemos referido precedentemente.
Como se advierte, la diferencia entre ambos supuestos reside en la circunstancia de
que la suspensión de los procedimientos sólo tiene lugar cuando el causante actuare
personalmente.
A nuestro juicio es también procedente la citación de los herederos de la parte
que ha sido declarada en rebeldía, ya que si bien aquéllos no pueden modificar los
efectos producidos por la incomparecencia del causante, corresponde acordarles la
oportunidad de ejercer las facultades que conceden al rebelde los arts.
64 y 66, CPCCN. Por lo demás, la sentencia definitiva debe ser notificada
personalmente al rebelde y, en consecuencia, a sus sucesores universales (art.
62, CPCCN).
c) Mientras la herencia se encuentre en estado de indivisión, y al margen de la
controvertida naturaleza jurídica que corresponde asignar a ese estado(15), todos los
herederos se hallan habilitados para asumir la calidad de parte en los procesos en
trámite, sin perjuicio de que, mediando acuerdo entre aquéllos, o autorización
judicial en el caso contrario (art. 712, CPCCN)(16), comparezca a proseguir los

161 
 
procedimientos el administrador de la sucesión. Pero una vez producida la división
de la herencia y aprobada la participación, aquella legitimación procesal promiscua
desaparece y se desplaza a favor del heredero o herederos a quienes se adjudique
el derecho o el objeto sobre que versa el proceso pendiente(17).
d) La intervención del heredero o herederos en el proceso pendiente no altera la
competencia del órgano judicial, la cual queda definitivamente fijada en función de
las normas aplicables a la naturaleza y al monto de las cuestiones debatidas, así
como también a la persona de las partes originarias (supra, nro. 231). Esta regla,
empero, admite excepción en la hipótesis de que la sucesión se verifique en la
persona del sujeto pasivo de la pretensión y esta última revista, además,
carácter personal, porque entonces, como consecuencia del fuero de atracción, la
competencia para conocer en el proceso pendiente se desplazaba hacia el juez
que intervenía en el proceso sucesorio (art. 3284, derogado CCiv.) (supra, nro. 254,
B]). Asimismo, cuando la sucesión tiene lugar en la persona del sujeto activo, aquélla
puede gravitar en la admisibilidad del arraigo, el cual no puede ser exigido a los
herederos en el supuesto de que éstos tengan domicilio o bienes inmuebles en la
República (art. 348, CPCCN)(18).
e) En tanto ocupan el lugar que en el proceso correspondía al causante(19), los
herederos tienen las mismas facultades, cargas y deberes que aquél.
Hace excepción a esta regla el reconocimiento de los hechos expuestos en la
demanda, de los documentos atribuidos al causante, y de las cartas y telegramas
dirigidas a éste, carga de la cual la ley exime a los sucesores a título universal, a
quienes se acuerda la facultad de reservar su respuesta definitiva acerca de
dichos extremos para después de producida la prueba (art. 356, inc. 1º, CPCCN)(20).
Asimismo, los sucesores no pueden ser llamados a absolver posiciones relativas a
hechos personales del causante(21).
f) Existen casos, finalmente, en los cuales el fallecimiento de una de las partes
determina la extinción de la pretensión y hace desaparecer, por lo tanto, la razón de
ser del proceso. Tal lo que ocurre, v.gr., cuando muere el presunto insano y se halla
pendiente el proceso de declaración de incapacidad, o cualquiera de los cónyuges
encontrándose en trámite el proceso de divorcio o de nulidad de matrimonio. En
tales hipótesis, sin embargo, es posible la prosecución del proceso por los herederos
universales, aunque al solo efecto de hacer efectivo el pago de costas o de multas
procesales definitivamente devengadas(22).

C) Sucesión de personas de existencia ideal


a) A diferencia de lo que ocurre en los casos de fallecimiento de las personas
físicas, la extinción de una persona de existencia ideal que fuere parte en un proceso
pendiente no encuadra, como principio, en el esquema de la sucesión procesal.
Verificada, en efecto, alguna de las hipótesis contempladas en los arts.
163, CCiv. y Com., o en las disposiciones específicas que al respecto contiene la ley
19.550de Sociedades (v.gr., arts. 94 y ss.), la extinción o la disolución del ente
de existencia ideal no trae aparejada la pérdida de su personalidad jurídica, la cual
continúa subsistiendo aunque al solo efecto de concluir las operaciones pendientes
y de liquidar el correspondiente patrimonio (art. 101, ley 19.550). De ello se sigue

162 
 
que las personas jurídicas extinguidas continúan gozando de capacidad para ser
partes en los procesos que estuvieren sustanciándose a la fecha de su extinción, ya
que dichos procesos encuadran, de acuerdo con las normas precedentemente
citadas, dentro de los actos propios de la etapa de liquidación(23).
b) Un supuesto de sucesión procesal podría encontrarse, sin embargo, en los
casos de absorción o de fusión de sociedades, en los cuales se verifica,
respectivamente, la desaparición de la sociedad o sociedades absorbidas, o de
todas las que se funden, y la creación de una sociedad nueva. Si existen procesos
pendientes en los cuales son parte la sociedad o sociedades extinguidas, o la
sociedad absorbente, dicha calidad debe considerarse transferida al nuevo ente
social, que podrá continuar interviniendo a título de sucesor procesal. Esta situación,
sin embargo, no puede gravitar en desmedro de la otra parte, la cual estará
eventualmente facultada para hacer efectivos los resultados del proceso sobre el
capital de la sociedad frente a la cual litigaba, a cuyo efecto tendrá preferencia con
respecto a los acreedores de la otra u otras sociedades(24).
Algo semejante ocurre en los casos de transformación de sociedades. Dejando
de lado la discusión doctrinaria suscitada en torno a la determinación de si dicho
fenómeno engendra la extinción de la sociedad y el nacimiento de otra, o si, por el
contrario, no altera la identidad jurídica del ente(25), lo cierto es que, en la hipótesis
de que la transformación tuviere lugar mientras se hallase un proceso en trámite, la
parte contraria puede hacer valer sus derechos de acuerdo con las disposiciones
aplicables al anterior tipo de sociedad (arg. art. 23, ley 11.645 derogada por art.
385, ley 19.550); de allí que si, por ejemplo, una sociedad colectiva se transforma
en sociedad anónima o de responsabilidad limitada, la otra parte podrá hacer
efectiva la responsabilidad subsidiaria de los socios colectivos por las
consecuencias patrimoniales del proceso.
Lo expuesto acerca de la sucesión procesal frente a los supuestos de
transformación, fusión y escisión de sociedades coincide con lo actualmente
dispuesto en los arts. 74, 75 y 82, ley 19.550(26).

370. Sucesión a título particular


a) La sucesión procesal a título particular se verifica cuando, hallándose
pendiente el proceso, cualquiera de las partes transmite a un tercero, por cualquier
título, sea mortis causa o por acto entre vivos, la cosa o el derecho litigioso.
b) A diferencia de lo que ocurre en los casos de sucesión a título universal, en los
cuales, como vimos, los herederos pueden asumir sin más la posición de parte que
correspondía al causante, en la hipótesis que nos ocupa el ingreso al proceso del
sucesor, en calidad de parte principal, se halla condicionado al requisito de que la
otra parte lo consienta en forma expresa. "Si durante la tramitación del proceso —
dice el art. 44, CPCCN(27), con referencia a la transmisión por actos entre vivos—
una de las partes enajenare el bien objeto del litigio o cediere el derecho reclamado,
el adquirente no podrá intervenir en él como parte principal sin la
conformidad expresa del adversario. Podrá hacerlo en la calidad prevista por los
arts. 90, inc. 1º, y 91, párr. 1º".

163 
 
El texto precedentemente transcripto, que recoge la solución admitida por
algunos códigos argentinos y extranjeros(28), debe ser interpretado, pese a su amplia
formulación, en el sentido de que es aplicable cuando la cesión o la enajenación
hayan tenido lugar con posterioridad a la notificación de la demanda(29), y su
fundamento radica en la conveniencia de asegurar los derechos de la otra parte
relacionados con la responsabilidad por los pagos del proceso y con la prueba de
los hechos personales del cedente o enajenante(30).
En el supuesto de que la otra parte se oponga al ingreso del cesionario o
adquirente como parte principal, el proceso debe continuar con la intervención del
cedente o enajenante, quien asume entonces la calidad de sustituto procesal, ya
que a raíz del acto de transmisión del bien o del derecho litigioso pierde su condición
de titular de la relación jurídica sustancial y pasa a defender, en virtud del interés
procesal derivado de las obligaciones de garantía que la ley le impone (v.gr., art.
1628, CCiv. y Com.), los derechos del cesionario o adquirente(31). Como
consecuencia de ello, carece de facultades para realizar cualquier acto procesal que
importe una disposición del derecho del sustituto (v.gr., confesión, allanamiento,
desistimiento).
Pese a la negativa expresa a la otra parte, el sucesor singular puede
siempre ingresar al proceso a título de interviniente adhesivo simple o coadyuvante,
es decir, como parte accesoria a quien corresponden las facultades que hemos
mencionado oportunamente (supra, nro. 343).
Si la otra parte, en cambio, acepta la intervención del cesionario o adquirente
como parte principal, se opera la extromisión del proceso del transmitente del
derecho u objeto litigioso, sin perjuicio de que éste pueda ser llamado a absolver
posiciones o reconocer documentos vinculados con hechos producidos con
anterioridad al acto de transmisión.
Es pertinente recordar, asimismo, que de acuerdo con lo dispuesto en el art.
1618, CCiv. y Com., en el caso particular de cesión de créditos litigiosos el acto de
transmisión debe constar en escritura pública o en acta labrada en el
respectivo expediente(32).
c) Cualquiera que sea la forma en que se haya producido la sucesión procesal a
título singular, los efectos de la sentencia alcanzan al transmitente del derecho y al
sucesor. Cuando este último ha asumido la condición de parte principal, es asimismo
responsable por el pago de las costas devengadas con motivo de la
anterior intervención del sucedido(33).
d) Pese a que el art. 44, CPCCN, pareciera literalmente limitar su alcance a los
supuestos de sucesión particular por actos entre vivos, consideramos que el
principio que contiene es extensivo al caso de transmisión del objeto o del derecho
litigioso por causa de muerte (legado), ya que los legatarios no son más que
acreedores de los herederos en la medida de la recepción del legado (art. 2494,
CCiv. y Com.)(34). En consecuencia, si no media conformidad expresa de la otra
parte, son los herederos quienes deben asumir el carácter de partes principales en
los procesos relativos a la cosa legada, sin perjuicio de que el legatario intervenga
en la calidad prevista por los arts. 90, inc. 1º, y 91, párr. 1º.
e) Debe tenerse en cuenta, finalmente, que la sucesión a título singular
es inadmisible cuando el correspondiente derecho es insusceptible de transmisión
(v.gr., arts. 1617, 2152 incs. a y b, etc., CCiv. y Com.).

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III. OTROS TIPOS DE MODIFICACIÓN DE PARTES

371. Transformación
a) Existe transformación de partes cuando cualquiera de ellas de simple pasa a
ser compleja, o viceversa. La primera hipótesis se verifica siempre que, como
consecuencia de la integración de la litis o de la intervención adhesiva u
obligada, ingresen al proceso una o más personas asumiendo la misma posición de
alguna de las partes originarias. La segunda hipótesis tiene lugar cuando, existiendo
un litisconsorcio facultativo en cualquiera de las posiciones de parte, ésta queda
reducida a un sujeto único, sea porque los litisconsortes le transfieren el bien o el
derecho litigioso, sea porque éstos realizan un acto de disposición (allanamiento,
desistimiento, etc.) que los coloca fuera del proceso y les hace perder su condición
de partes.
b) De lo expuesto precedentemente se sigue que el fenómeno que nos ocupa se
refiere a los cambios operados en la estructura procesal de las partes, y no a
aquellos que se vinculan con su composición desde el punto de vista del derecho
sustancial. En consecuencia, no configuran supuestos de transformación de las
partes, sino, en todo caso, de sucesión procesal, los casos ya analizados de
absorción, fusión o transformación de sociedades. Tampoco encuadran dentro del
concepto analizado el cambio o la supresión que puede experimentarse en cuanto
a las personas que ejercen la representación (necesaria o voluntaria) de cualquiera
de las partes, pues aquéllas, como hemos visto oportunamente, no revisten la
mencionada calidad.

372. Extromisión
La hipótesis del epígrafe se configura exclusivamente cuando: 1) De acuerdo con
las reglas del derecho sustancial, el demandado carente de legitimación se
encuentre facultado para denunciar el nombre y el domicilio del verdadero
legitimado, a fin de que la pretensión prosiga exclusivamente frente a este último
(ver supra, nro. 349). 2) El citado de evicción comparezca al proceso y asuma por
sí solo, con la conformidad de la otra parte, la defensa del citante (supra, nro. 348,
C]). 3) El cesionario o adquirente del bien o del derecho litigioso obtenga la
conformidad de la otra parte para asumir el carácter de parte principal (supra, nro.
370).

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CAPÍTULO XXVI - SUSTITUCIÓN PROCESAL

I. GENERALIDADES(1)

373. Concepto de sustitución procesal


a) Existe sustitución procesal cuando la ley habilita para intervenir en un proceso,
como parte legítima, a una persona ajena a la relación sustancial
controvertida, aunque jurídicamente vinculada, por un derecho o por una obligación
de garantía, a uno de los partícipes de dicha relación.
Según se puntualizó oportunamente, la sustitución procesal constituye un
ejemplo de legitimación procesal anómala o extraordinaria, pues a través de ella se
opera una disociación entre el sujeto legitimado para obrar en el proceso y el sujeto
titular de la relación jurídica sustancial en que se funda la pretensión (supra, nro.
81). Como también lo destacamos en el mismo lugar, esa circunstancia gravita sobre
la carga de la prueba, ya que el sustituto no solamente debe acreditar la existencia
de la relación jurídica constituida entre el sustituido y el tercero, sino también, como
fundamento de su legitimación procesal, la de la relación jurídica que lo vincula con
el sustituto.
La doctrina, en general, acepta pacíficamente el empleo de la expresión
"sustitución procesal" para caracterizar el fenómeno precedentemente descripto(2).
En la doctrina italiana, sin embargo, Satta la ha reputado carente de sentido. Se
basa, para ello, en la apreciación de que el denominado sustituto procesal hace
valer, como cualquier legitimado, un derecho propio, agregando que la circunstancia
de que, a diferencia de lo que ocurre en las hipótesis comunes, ese derecho propio
esté vinculado con una relación jurídica de la cual aquél no fue partícipe, no implica
que revista el carácter de sustituto, y menos procesal, del titular del derecho; de allí
que concluya afirmando que se trata, simplemente, de una relación de
prejudicialidad entre una relación ajena y el derecho propio(3).
Pese a su agudeza, la mencionada objeción no nos parece aceptable. En efecto,
las propias reflexiones de Satta, acaso excesivamente apegadas a la letra del art.
81 del Código Procesal italiano, ponen de resalto el hecho de que, en los supuestos
corrientemente encuadrables dentro del concepto de sustitución procesal, el objeto
controvertido en el proceso no se halla representado por la relación de derecho
material existente entre el sustituto y el sustituido, sino por la relación jurídica que
vincula a este último con la otra parte y de cuya declaración judicial depende,
precisamente, la satisfacción del derecho del sustituto. Éste, por consiguiente, sólo
puede ser considerado titular de un derecho en la medida en que

166 
 
efectivamente exista el derecho de otro sujeto(4), razón por la cual no puede negarse
que, desde el punto de vista procesal, actúa en sustitución de aquél.

374. Sustitución y representación


A fin de diferenciar debidamente la sustitución de la representación, es pertinente
puntualizar las siguientes circunstancias:
1) En primer lugar, debe tenerse presente que mientras el sustituto reclama la
protección judicial en nombre e interés propios —aunque en virtud de un derecho u
obligación conectados a una relación jurídica ajena—, el representante actúa en
nombre de un tercero —el representado— y carece de todo interés personal con
relación al objeto del proceso(5).
2) La existencia de representación torna inadmisible la actuación procesal
simultánea del representante y del representado. De ello se sigue que, mediando
revocación expresa del mandato cuando se trata de representación voluntaria (art.
53, inc. 1º, CPCCN) o extinción de la representación necesaria, el representado
puede, en cualquier momento del proceso, desplazar la actuación del representante
y obrar a título personal. Por el contrario, ningún impedimento legal se opone a la
actuación procesal conjunta del sustituto y del sustituido, careciendo el primero de
facultades para oponerse a la intervención del segundo.
3) La representación puede originarse tanto en la voluntad del representado
(representación voluntaria) cuanto en la ley (representación necesaria), al paso que
la sustitución sólo puede derivar de una disposición legal que habilite al sustituto
para interponer la pretensión o para oponerse a ella.
4) En las hipótesis de sustitución, la cosa juzgada emergente de la sentencia
afecta al sustituto y al sustituido. En la representación, por el contrario, aquélla sólo
alcanza al representado.

375. Sustitución y sucesión


A veces suele confundirse la sucesión procesal, que como hemos visto en el
capítulo anterior constituye una de las modalidades en que se exterioriza el
fenómeno genérico de la modificación de las partes, con la sustitución procesal(6).
Se trata, sin embargo, de situaciones claramente diferenciables, pues mientras
el sucesor procesal actúa, a raíz del acto de transmisión, como titular directo de la
relación jurídica sustancial controvertida, el sustituto procesal lo hace como titular
de un derecho vinculado a una relación sustancial ajena(7). La diferencia se
percibe aun como mayor relieve si se repara en la circunstancia de que el sucesor
reviste o puede revestir (como en el caso del art. 44, CPCCN) una legitimación
procesal excluyente, en tanto que el sustituto la comparte siempre con el sustituido
(arts. 112 y 113, CPCCN). Asimismo, el sucesor se halla facultado para realizar

167 
 
actos procesales cuya ejecución está vedada al sustituto, como todos aquellos que
importen una disposición de los derechos materiales del sustituido.

376. Clases de sustitución


a) La sustitución procesal presenta diversos matices que se vinculan,
básicamente, con la posición asumida por el sustituto y con la forma en que ingresa
al proceso. Tales circunstancias permiten formular una clasificación de aquélla
en activa o pasiva, espontánea o provocada, total o parcial y originaria o sucesiva.
b) La primera de dichas clasificaciones atiende a que, respectivamente, el
sustituto interponga la pretensión (v.gr., pretensión subrogatoria) o comparezca al
proceso para oponerse a ella (v.gr., citación de evicción).
La sustitución es espontánea cuando responde a la iniciativa del sustituto y es
provocada cuando se verifica a raíz de la citación requerida por alguna de las partes
originarias (v.gr., citación del asegurador o del enajenante)(8).
Existe sustitución total en la hipótesis de que el sustituto asuma la causa en
calidad de parte principal (activa o pasiva) única. La sustitución es, en cambio,
parcial, cuando el sustituto actúa junto con el sustituido, sea como litisconsorte (v.gr.,
art. 109) o como interviniente adhesivo simple (v.gr., art. 112, ap. 2º, íd.).
La sustitución es, finalmente, originaria, en el caso de que el sustituto asuma tal
calidad desde el comienzo del proceso, en tanto que es sucesiva cuando lo hace
con posterioridad a la demanda o a la contestación.

377. Caracteres
a) Cualquiera que sea la forma en que se verifique la sustitución, el sustituto, a
diferencia del representante, es parte (principal o accesoria, según los casos)(9).
Tiene, por ello, todas las facultades, deberes y responsabilidades inherentes a esa
calidad, con la salvedad de que le está vedada la realización de aquellos actos
procesales que importen, directa o indirectamente, una disposición de los derechos
del sustituido (v.gr., confesión, allanamiento, transacción, desistimiento del derecho,
etc.)(10). Tampoco puede ser citado para realizar actos cuya eficacia depende de su
cumplimiento personal por parte del sustituido, como, por ejemplo, el reconocimiento
de firmas(11).
b) No obstante la legitimación autónoma y originaria que reviste el sustituto
procesal, el demandado puede oponer a su pretensión las mismas defensas que
cabrían contra la pretensión del sustituido, desde que ambas tienen sustancialmente
el mismo contenido(12). A la inversa, cuando el sustituto interviene como sujeto
pasivo del proceso, está facultado para plantear las mismas defensas que hubiesen
correspondido al sustituido.

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c) La sentencia pronunciada frente al sustituto produce, en principio, efectos de
cosa juzgada también con relación al sustituido, aun en la hipótesis de que éste no
haya sido parte en el proceso.

378. Distintas hipótesis


Constituyen manifestaciones del fenómeno que nos ocupa, entre otras, las
siguientes: 1) La pretensión subrogatoria a que se refieren los arts. 739 a 742 del
CCiv. y Com., de la cual nos ocuparemos en particular en los nros. 380 a 384. 2) La
permanencia, como parte principal en el proceso, de quien ha transmitido el bien o
el derecho litigioso, cuando la otra parte se opone a que asuma aquella calidad el
cesionario o adquirente (supra, nro. 370). 3) La asunción de la defensa del citante
de evicción, por parte del citado, aunque el primero permanezca en la causa como
litisconsorte (supra, nro. 348, C]). 4) La demanda deducida en nombre del concurso
por el acreedor que actúa en contra de lo aconsejado por el síndico y pese a
habérsele denegado la autorización judicial (art. 689, CPCCN, norma hoy
derogada). 5) La defensa del asegurado que, en los seguros del responsabilidad,
asume el asegurador (v.gr., art. 7º, ley 9688, abrogado por arts. 18, ley 24.028, y
118, ley 17.418)(13).
En cambio, no implican hipótesis de sustitución procesal, entre otras, las
siguientes: 1) La intervención del fiador, sea espontánea o provocada, en el proceso
seguido frente al deudor principal, ya que aquél es partícipe directo de una relación
contractual con el acreedor (art. 1574, CCiv. y Com.), y la circunstancia de que se
encuentre habilitado para oponer tanto sus defensas propias cuanto las que
competen al deudor principal (art. 1587, CCiv. y Com.) no es consecuencia de una
verdadera sustitución procesal, sino de la naturaleza accesoria de su
obligación(14). 2) La pretensión por nulidad del matrimonio interpuesta por quienes
hubieran podido oponerse a la celebración de dicho acto (art. 424, CCiv. y Com.),
pues aquéllos están dotados de una legitimación familiar que, por razones de orden
público, excede el interés particular de los partícipes directos de la relación
sustancial controvertida(15). 3) Las pretensiones que, en materia de estado civil y de
capacidad de las personas, pueden deducir los funcionarios del ministerio público,
dada la peculiar representación de que aquéllos se hallan investidos en tales
supuestos (supra, nro. 284).

379. Régimen legal


a) En sus arts. 111 a 114, el CPCCN, así como los ordenamientos que a él se
han adaptado (Códigos de Buenos Aires, Chaco, Chubut, Formosa y Misiones),
regula uno de los aspectos que ofrece el fenómeno de la sustitución procesal, como
el referente a la denominada "acción subrogatoria". Ha seguido, para ello, los
lineamientos establecidos en algunos códigos provinciales(16)y llenado el vacío que
sobre la materia presentaban el Código de la Capital Federal y la ley 50.

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b) El Código de la provincia de Mendoza, en cambio, bajo el título genérico de
"sustitución procesal" (Cap. III, Tít. II, Libro I) regula separadamente el "llamado de
garantía" (arts. 25 a 27) y la "acción subrogatoria" (art. 28).
c) Algunas leyes sustanciales, asimismo, contienen diversas disposiciones de
carácter procesal concernientes al tema que nos ocupa (v.gr., arts.
110, 111, 116, 117, 118 y 119, ley 17.418).

II. LA PRETENSIÓN SUBROGATORIA(17)

380. Generalidades
a) Esta pretensión, también denominada oblicua o indirecta, se halla
contemplada por los arts. 739 a 742 del CCiv. y Com., según los cuales "el acreedor
de un crédito cierto, exigible o no, puede ejercer judicialmente los derechos
patrimoniales de su deudor, si éste es remiso en hacerlo y esa omisión afecta el
cobro de su acreencia" (art. 739)(18). Hipótesis típica de sustitución procesal, como
hemos dicho, son los códigos de la materia los que deben complementar la norma
citada a través de disposiciones encaminadas a armonizar adecuadamente
los intereses del acreedor (sustituto) y del deudor (sustituido).
La norma agrega que "el acreedor no goza de preferencia alguna sobre los bienes
obtenidos por ese medio". Contemplando regulaciones típicamente procesales, el
art. 740 se refiere a la citación del deudor ("El deudor debe ser citado para que
tome intervención en el juicio respectivo") y el art. 742, a las defensas oponibles
("Pueden oponerse al acreedor todas las excepciones y causas de extinción de su
crédito, aún cuando provengan de hechos del deudor posteriores a la demanda,
siempre que éstos no sean en fraude de los derechos del acreedor").
Finalmente, el art. 741 alude a los derechos excluidos de esta particular
modalidad ("Están excluidos de la acción subrogatoria: a. los derechos y acciones
que, por su naturaleza o por disposición de la ley, solo pueden ser ejercidos por su
titular; b. los derechos y acciones sustraídos de la garantía colectiva de los
acreedores; c. las meras facultades, excepto que de su ejercicio pueda resultar una
mejora en la situación patrimonial del deudor").
b) La finalidad de la pretensión subrogatoria consiste en obtener la incorporación
de bienes al patrimonio del sustituido, sobre los cuales, eventualmente, el acreedor
podrá hacer efectivo su crédito(19); de allí que se encuentren excluidos de su ámbito
los derechos extrapatrimoniales del deudor —como, v.gr., los emergentes del
estado civil—, así como también aquellos que, sin tener ese carácter,
sean insusceptibles de embargo(20).

170 
 
381. Requisitos de admisibilidad
a) La admisibilidad de la pretensión que examinamos se halla condicionada,
aparte de los requisitos comunes que hemos analizado en su oportunidad (supra,
nro. 81), a la concurrencia de dos requisitos específicos que se justifican en la
circunstancia excepcional de fundarse aquélla en una relación ajena a la esfera
jurídica de quien la interpone.
El primero de dichos requisitos se vincula con la legitimación procesal del actor y
consiste en la demostración, por parte de éste, de que es titular de un crédito cierto,
líquido y exigible contra el deudor(21). En el supuesto de que dicho crédito haya sido
judicialmente reconocido, le bastará al acreedor presentar un testimonio de la
sentencia correspondiente. En caso contrario, la existencia del crédito debe
justificarse mediante el procedimiento previsto para obtener la traba de un embargo
preventivo(22).
El segundo de dichos requisitos hace al interés procesal del acreedor y consiste
en la demostración de que el deudor ha sido negligente en el ejercicio de sus
derechos(23). A tal efecto resulta suficiente la comprobación de la inactividad de
aquél en ese sentido(24).
La ausencia de los requisitos precedentemente mencionados es susceptible de
determinar el rechazo ad limine de la pretensión, sin perjuicio de que el deudor
sustituido, en la oportunidad prevista en el art. 112, inc. 1º, CPCCN, plantee
la inadmisibilidad de la subrogación fundado en dicha circunstancia.
A nuestro juicio, no constituye requisito de admisibilidad de la pretensión la
justificación de que el deudor carece de otros bienes susceptibles de embargo(25),
ya que, por una parte, el ordenamiento procesal vigente no establece un orden de
prelación en ese sentido y, por otra parte, tal exigencia implicaría colocar al acreedor
en la necesidad de acreditar un hecho negativo. No obstante, por aplicación
analógica de la norma contenida en el art. 203, ap. 2º, CPCCN, consideramos que
el deudor estaría eventualmente facultado para requerir que se sustituya el ulterior
desenvolvimiento de la pretensión subrogatoria por un embargo sobre bienes cuyo
valor garantice suficientemente el derecho del acreedor.
b) Con anterioridad a la vigencia del Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación, algunos fallos decidieron que la admisibilidad de la pretensión que nos
ocupa se hallaba además supeditada al requisito de que el acreedor fuese
judicialmente subrogado en los derechos de su deudor(26). La jurisprudencia
predominante, por el contrario, se pronunció en el sentido de que tal requisito
era innecesario(27), y el art. 111, CPCCN, recoge esa conclusión en tanto dispone
que "el ejercicio de la acción subrogatoria que prevé el art. 1196, derogado CCiv.,
no requerirá autorización judicial previa...".
c) Si bien la pretensión que analizamos reviste carácter conservatorio en la
medida en que, como dijimos, tiende a obtener la incorporación de bienes al
patrimonio del deudor, no importando, por ende, la ejecución del crédito(28), nada
obsta a que aquélla se interponga junto con la pretensión encaminada a lograr el
cobro de dicho crédito(29). Se trataría, en tal caso, de una acumulación subjetiva de
pretensiones (supra, nro. 100): una frente al deudor del sustituido y otra frente a este
último.

171 
 
d) Finalmente, interesa destacar que es inadmisible la pretensión subrogatoria en
el caso de que el deudor haya sido declarado en estado de quiebra (o de concurso
civil, en el anterior régimen), porque en tal hipótesis aquélla debe ser deducida por
la masa de acreedores por intermedio del síndico(30).

382. Procedimiento
a) La demanda que contiene la pretensión subrogatoria debe ajustarse a los
requisitos que establece el art. 330, CPCCN(31), y ser presentada ante el órgano
judicial que hubiese sido competente en el caso de que la pretensión se hubiera
deducido directamente por el deudor. Tampoco hace excepción a esta última regla
el caso de la competencia federal, que sería admisible cuando el deudor sustituido
tuviese derecho a ella por razón de domicilio o de nacionalidad, pues el
derecho invocado por el acreedor no emerge de cesión o mandato en los términos
del art. 8º, ley 48 (supra, nro. 241, B]).
En lo que concierne al tipo de proceso aplicable, es menester atenerse, ante todo,
a la naturaleza de la pretensión desde el punto de vista de su finalidad(32). Si se trata
de una pretensión de conocimiento, ella debe tramitar por las reglas del juicio
ordinario, salvo que, por razón del monto debatido o de la índole de la controversia,
corresponda sustanciarla por las reglas del juicio sumario (art. 320, CPCCN, hoy
derogado por ley 25.488)(33). Estas últimas son también aplicables cuando se trata
de ciertas pretensiones especiales susceptibles de interponerse por vía
subrogatoria, como, por ejemplo, las de rendición de cuentas (art. 652, ap. 1º,
CPCCN)(34)y de división de cosas comunes (art. 676, ap. 1º, CPCCN)(35). Tratándose
de una pretensión ejecutiva, el trámite debe adaptarse a las disposiciones
contenidas en los arts. 520 y ss., CPCCN(36).
b) Cualquiera que sea el tipo de proceso aplicable al ulterior desenvolvimiento de
la pretensión, la ley prevé, con posterioridad a la interposición de la demanda, la
realización de trámites específicos que tienen por finalidad acordar al deudor la
posibilidad de asumir el carácter de parte.
El art. 112, CPCCN, establece, en efecto, que "antes de conferirse traslado al
demandado, se citará al deudor por el plazo de diez días, durante el cual éste
podrá: 1) Formular oposición, fundada en que ya ha interpuesto la demanda o en la
manifiesta improcedencia de la subrogación. 2) Interponer la demanda, en cuyo
caso se le considerará como actor y el juicio proseguirá con el demandado"(37).
En consecuencia, citado el deudor por cédula (art. 135, inc. 11)(38)o por edictos
(art. 145, íd.)(39), aquél o el defensor oficial, en su caso, están habilitados para
cuestionar la admisibilidad de la pretensión subrogatoria. El primer motivo para ello
puede consistir en la manifestación de haberse deducido la demanda con
anterioridad, a cuyo efecto basta con que se denuncie el juzgado y la secretaría
donde aquélla tramita. El segundo motivo, referente a la "manifiesta improcedencia
de la subrogación", debe fundarse necesariamente en la ausencia de los requisitos
que supeditan la admisibilidad de la pretensión subrogatoria, es decir, en la falta de
demostración acerca de la existencia de un crédito cierto, líquido y exigible o de
la inactividad del deudor. Esta última defensa debe surgir claramente de las
constancias de las actuaciones, siendo por lo tanto improcedente la apertura a

172 
 
prueba(40); de allí, asimismo que, en el caso de que la improcedencia de la
subrogación requiera mayor debate, el juez deba desestimar la oposición(41).
Igualmente, puede el deudor interponer la demanda y asumir, frente al
demandado, el carácter de parte principal. Consideramos, sin embargo, que no
resulta ineludible la interposición formal de una nueva demanda, pudiendo por lo
tanto el deudor adherir a los términos de la deducida por el acreedor, en cuyo caso,
en oportunidad de notificarse al demandado, se deberán acompañar copias de la
demanda del acreedor y del escrito de adhesión.
A nuestro juicio, no media impedimento para que el deudor formule oposición
fundado en la manifiesta improcedencia de la subrogación y, a todo
evento, interponga la demanda. En tal caso, desestimada la oposición,
corresponderá que se lo tenga en calidad de parte actora. La misma solución cabe
en el supuesto de que la oposición prospere, con la variante de que el presunto
acreedor carecerá de todo derecho para intervenir en los trámites posteriores.
Agrega el art. 112, CPCCN, que "en este último supuesto (es decir, en el caso de
que el deudor interponga la demanda), así como cuando el deudor hubiese ejercido
la acción con anterioridad, el acreedor podrá intervenir en el proceso en la calidad
prescripta por el ap. 1º del art. 91"(42). Frente a las mencionadas contingencias, por
lo tanto, el acreedor pierde el carácter de parte principal aunque está facultado para
actuar como interviniente adhesivo simple o coadyuvante del deudor (supra, nro.
343).
Si bien en esta hipótesis, de acuerdo con el principio contenido en el art. 91, la
actuación procesal del acreedor debe considerarse accesoria y subordinada a la del
deudor, la especial naturaleza de la pretensión subrogatoria, así como la necesidad
de resguardar adecuadamente los derechos de aquél y de impedir cualquier posible
maniobra susceptible de frustrarlos, hace aconsejable que las facultades procesales
del acreedor sean juzgadas con un criterio más flexible(43). En ese orden de ideas,
cabría, por ejemplo, reconocer al acreedor la facultad de oponerse a cualquier acto
de disposición realizado por el deudor (desistimiento, transacción o conciliación)
hasta la concurrencia del monto de su crédito.
El Código Procesal Civil de la provincia de Mendoza responde a esa orientación
en tanto dispone, en su art. 28-IX, que "en todo supuesto de subrogación, el
avenimiento, el desistimiento, el allanamiento y la transacción requieren la
conformidad expresa del sustituto y del sustituido".
c) En el caso de que el deudor no comparezca dentro del plazo anteriormente
mencionado, corresponde reconocer calidad de actor al acreedor-sustituto y conferir
traslado al demandado. Este último, a su vez, puede oponer las defensas, previas o
no, que estime corresponder tanto contra el sustituido(44)cuanto contra el actor. Está
facultado, asimismo, para deducir reconvención, aunque en tal caso debe correrse
traslado de ella tanto al actor como al sustituido, siendo pertinente, frente a
la incomparecencia de este último, la declaración de rebeldía.
Según es la regla en materia de sustitución procesal, el acreedor no puede
realizar ningún acto procesal que importe una disposición de los derechos del
deudor (desistimiento, transacción, conciliación), ni cabe que se le exija la
producción de alguna prueba susceptible de conducir al mismo resultado, tales
como la absolución de posiciones y el reconocimiento de documentos, salvo que, a
través de tales pruebas, se persiga la demostración de hechos personales del
sustituto; de allí que el art. 113, ap. 2º, CPCCN, disponga que "en todos los casos
(es decir, ante la incomparecencia del deudor o ante su intervención como

173 
 
litisconsorte del acreedor), el deudor podrá ser llamado a absolver posiciones y
reconocer documentos"(45).
d) La incomparecencia inicial del deudor y, por consiguiente, la falta de ejercicio
de las facultades que le confiere el art. 112, a las cuales nos hemos referido
precedentemente, no autoriza a excluirlo de la ulterior sustanciación del proceso.
Establece, en efecto, el art. 113, CPCCN, que "aunque el deudor al ser citado no
ejerciere ninguno de los derechos acordados en el artículo anterior, podrá intervenir
en el proceso en la calidad prescripta por el ap. 2º del art. 91"(46), es decir, como
litisconsorte del acreedor. Goza, por ende, de las mismas facultades procesales que
éste, bien que con las siguientes salvedades: 1) No puede realizar, sin
consentimiento del acreedor, ningún acto de disposición del objeto procesal que
afecte el monto del crédito de aquél. 2) Es la única parte facultada para absolver
posiciones y reconocer documentos relativos a la relación jurídica
sustancial existente entre ella y el demandado (art. 113, ap. 2º, CPCCN).
Corresponde tener presente, asimismo, que la intervención del deudor no es
susceptible de retrogradar el juicio ni de suspender su curso. Aquél, por lo tanto,
debe aceptar la causa in statu et terminis, como cualquier interviniente voluntario
(art. 93, CPCCN).

383. Sentencia
a) El contenido de la sentencia definitiva a dictar con motivo de la interposición
de la pretensión subrogatoria depende de los sujetos que hayan intervenido en la
sustanciación del proceso y de las cuestiones que en él haya planteado.
b) En el supuesto de que el deudor no haya comparecido en ningún momento y
el proceso haya tramitado, por lo tanto, exclusivamente entre el sustituto y el
demandado, el pronunciamiento debe recaer sobre todos los puntos oportunamente
debatidos por las partes en torno a la relación jurídica sustancial existente entre el
demandado y el sustituido. A nuestro juicio, incluso cabe la posibilidad de que la
sentencia resuelva, como cuestión previa, la defensa de falta de legitimación del
sustituto, fundada en la circunstancia de que éste no es titular del
crédito invocado(47). Tal posibilidad ha sido negada sobre la base de que
"implicaría autorizar a los deudores a ejercitar los derechos, acciones y excepciones
de sus acreedores"(48). El argumento, sin embargo, sólo tendría asidero en la
hipótesis de que mediase sentencia firme reconociendo el derecho del sustituto,
pues en tal caso existiría cosa juzgada que impediría renovar la cuestión en el
proceso provocado por la pretensión subrogatoria; pero no concurriendo la apuntada
circunstancia, nada se opone a que la sentencia a dictar en dicho proceso, sobre la
base de la prueba producida, desestime la pretensión por ausencia de legitimación
en el sustituto. Consideramos que por un lado existirá, para ello, suficiente interés
procesal en el demandado, a quien, en el supuesto de aceptarse la tesis que
impugnamos, vendría a cercenarse irrazonablemente su derecho de defensa en
juicio y que, por otro lado, asignar a la incomparecencia del deudor el alcance de un
reconocimiento del derecho del sustituto contraría el principio contenido en el art.
60, ap. 3º, CPCCN, analógicamente aplicable al caso.

174 
 
c) Si el deudor ha comparecido al proceso, corresponde formular distinciones
fundadas en la oportunidad de la comparecencia y en el tipo de facultades
procesales ejercidas. En la hipótesis de que haya interpuesto la demanda, la
sentencia debe recaer sobre la pretensión contenida en ella y las oposiciones
deducidas por el demandado, sin perjuicio de la gravitación que puede tener en el
pronunciamiento la actividad desplegada por el acreedor en su carácter
de interviniente adhesivo simple. Si, por el contrario, el deudor se opuso a la
pretensión fundado en la "manifiesta improcedencia de la subrogación" y tal
oposición fue desestimada, puede sin embargo ocurrir que, durante el curso del
proceso, la prueba aportada por el deudor logre acreditar suficientemente tal
improcedencia. En esta hipótesis el juez debe desestimar la pretensión subrogatoria
por falta de legitimación en el sustituto y, eventualmente, entrar a considerar la
pretensión del sustituto en el caso de que éste, junto con la oposición,
hubiese interpuesto la demanda.
d) La falta de comparecencia del sustituido, finalmente, no es óbice para que los
efectos de la sentencia lo alcancen en la misma forma que al sustituto. "La
sentencia —dispone el art. 114, CPCCN(49)— hará cosa juzgada en favor o en
contra del deudor citado, haya o no comparecido".

384. Ejecución de la sentencia


a) En el supuesto de que en el proceso iniciado con motivo de la interposición de
la pretensión subrogatoria recaiga sentencia que haga lugar a la demanda, una vez
que aquélla se encuentra ejecutoriada el sustituto está siempre facultado
para intervenir en el procedimiento de ejecución con el objeto de lograr
la incorporación, al patrimonio del deudor sustituido, de bienes suficientes para
cubrir el monto de su crédito. A tal efecto se halla incluso habilitado para iniciar dicho
procedimiento en el caso de que el sustituido, pese a haber asumido en el proceso
la calidad de parte principal, fuere negligente en requerir el cumplimiento de la
sentencia.
b) En lo que concierne a la efectiva percepción, por parte del sustituto, del
depósito de dinero efectuado con motivo de la ejecución, pueden presentarse las
siguientes hipótesis:
1) Que el sustituto haya obtenido el pronunciamiento de sentencia condenatoria
contra el sustituido, sea en otro proceso o en el cual interpuso conjuntamente la
pretensión subrogatoria y la pretensión de condena frente a aquél. En tales
supuestos, previa la correspondiente liquidación, puede percibir el depósito
realizado hasta la concurrencia del monto que aquélla arroje(50).
2) Que no se haya dictado aún sentencia contra el sustituido, en cuyo caso el
retiro de los fondos se halla supeditado a la conformidad de aquél, sin perjuicio de
que el sustituto, en el supuesto de no haber obtenido la traba de un embargo
preventivo sobre el derecho en que se fundó la pretensión subrogatoria, solicite que
dicha medida cautelar se haga efectiva sobre la parte proporcional del depósito.

175 
 
CAPÍTULO XXVII - RESPONSABILIDAD DE LAS PARTES POR LOS GASTOS DEL PROCESO

I. GENERALIDADES

385. Fuentes procesales de responsabilidad patrimonial


a) La principal fuente procesal de responsabilidad patrimonial se halla
representada por las costas, es decir, por los gastos ocasionados con motivo de la
sustanciación del proceso. A tales gastos, que corresponden a las erogaciones
efectivamente realizadas por las partes y cuyo pago está determinado, en principio,
por una circunstancia objetiva a la que luego nos referiremos y, excepcionalmente,
por la conducta observada por aquéllas, pueden sumarse otros que
derivan exclusivamente de dicha conducta y se hallan establecidos sobre la base de
porcentajes referidos al valor del juicio, de sumas fijadas entre ciertos límites o
del quantum del daño experimentado(1). Los dos primeros se traducen en el pago de
multas procesales impuestas por inconducta genérica o específica, al paso que los
últimos están constituidos por las indemnizaciones que pueden corresponder en los
supuestos de medidas cautelares solicitadas sin derecho.
b) Asimismo, el ordenamiento jurídico otorga, a quienes carecen de recursos y
cumplan con determinados requisitos, una exención, total o parcial, de
responsabilidad por los gastos del proceso, aunque dentro de ciertos límites que
se examinarán oportunamente.

386. Plan expositivo


a) En este capítulo y en el siguiente, nos limitaremos al estudio de los distintos
aspectos que presenta la responsabilidad de las partes por el pago de los gastos
necesarios para la sustanciación del proceso, con prescindencia de la
responsabilidad que aquéllas pueden contraer a raíz de su inconducta o a título de
resarcimiento de daños. El primero de dichos aspectos fue analizado en oportunidad
de referirnos a los deberes de lealtad, probidad y buena fe (supra, nro. 295, B]) y el
segundo será objeto de examen cuando estudiemos las instituciones con él
vinculadas. En los lugares correspondientes, asimismo, nos ocuparemos de las
cauciones que la ley exige para hacer efectiva la eventual responsabilidad
patrimonial de las partes, tales como el arraigo y la contracautela.

176 
 
b) En consecuencia, esta parte de la obra estará destinada, en primer lugar, al
estudio de las costas procesales; en segundo lugar, al de un rubro de aquéllas que
se encuentra dotado de singular relevancia, como el referente a los honorarios
profesionales, y, por último, al de la exención de responsabilidad por los gastos del
proceso (beneficio de litigar sin gastos).

II. COSTAS(2)

387. Concepto
a) Denomínase costas a los gastos que las partes se ven obligadas a efectuar
como consecuencia directa de la sustanciación del proceso y, en principio, dentro
de él, como las tasas judiciales, los honorarios de los abogados, procuradores y
peritos, las erogaciones derivadas de la producción de la prueba, etcétera.
b) Antiguamente dichos gastos se clasificaban en costos y costas, según se
tratase, respectivamente, de gastos fijos (v.gr., impuesto de justicia, sellado de
actuación) o susceptibles de ulterior determinación (honorarios de los abogados y
procuradores)(3). Pero la mencionada distinción, que era admitida durante el período
anterior a nuestra emancipación política, no perduró en la legislación procesal
posterior(4). El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, lo mismo que el
ordenamiento procesal derogado y los códigos provinciales, utiliza la expresión
"costas" como sinónima de todo gasto realizado en las condiciones
precedentemente enunciadas, aunque dentro de los límites a que nos referiremos
más adelante (infra, nro. 394). Tiene importancia práctica, en cambio, la distinción
entre costas propias y comunes, que se basa en la circunstancia de que aquéllas se
hayan producido, respectivamente, con motivo de la actuación individual de cada
una de las partes o de la actividad conjunta de ambas o del órgano judicial cuando
procede de oficio (v.gr., prueba pericial ofrecida por ambas partes, medidas para
mejor proveer, etc.).
c) Durante la sustanciación del proceso cada una de las partes satisface los
gastos que de él derivan, siendo las sentencias —definitivas o interlocutorias (arts.
163, inc. 8º, y 161, inc. 3º)— los actos procesales en los que corresponde determinar
la responsabilidad de aquéllas por el pago definitivo de esos gastos y de los
honorarios que en tales oportunidades deben regularse a favor de los
profesionales intervinientes. Al referido efecto la ley contiene diversas disposiciones
que serán objeto de análisis en los números siguientes.
d) De acuerdo con el sistema instituido por el Código Procesal Civil y Comercial
de la Nación y los ordenamientos procesales que a él se han adaptado, sólo sobre
las partes y excepcionalmente sobre los peritos, pesa la responsabilidad por el pago
de las costas, sin perjuicio del derecho de repetición que el art. 52 concede contra
los mandatarios y los patrocinantes cuya culpa o negligencia hubiese sido
judicialmente declarada. El derogado código de la Capital Federal, en cambio,

177 
 
preveía la posibilidad de que las costas fuesen impuestas al juez en el caso de que
prosperara el recurso de nulidad (art. 240, in fine). Cabe recordar, asimismo, que
algunos códigos provinciales instituyen, a título de sanción, una responsabilidad
personal por el pago de las costas contra los funcionarios judiciales, abogados,
procuradores y peritos que las hubiesen ocasionado por impericia, negligencia o
mala fe (v.gr., Jujuy: art. 107; La Rioja: art. 161 y Tucumán: art. 113). El Código de
Córdoba, por su parte, hace pasible de la condena en costas a los representantes
del ministerio público en la hipótesis de que hubieren actuado con "notoria malicia"
(art. 137).

388. El principio general


a) El principio general sobre imposición de costas se halla contenido en el art. 68,
ap. 1º, CPCCN, en tanto dispone que "la parte vencida en el juicio deberá pagar
todos los gastos de la contraria, aun cuando ésta no lo hubiese solicitado"(5).
El ordenamiento procesal vigente adhiere, de tal manera, a un principio corriente
en la legislación argentina y extranjera(6), y cuyo fundamento reside, básicamente,
en el hecho objetivo de la derrota, con prescindencia de la buena o mala fe con que
la parte vencida pudo haber actuado durante la sustanciación del proceso.
El principio de la imposición de las costas a la parte que resulta vencida no
implica, en efecto, el reconocimiento de una reparación de daños fundada en la
presunción de culpa y regulada, en consecuencia, por las disposiciones del derecho
material(7), sino que constituye aplicación de una directriz axiológica, de sustancia
procesal, en cuya virtud "se debe impedir, en cuanto es posible, que la necesidad
de servirse del proceso para la defensa del derecho se convierta en daño de quien
se ve constreñido a accionar o a defenderse en juicio para pedir justicia"(8). En otras
palabras, la responsabilidad que recae sobre la parte vencida encuentra justificación
en la mera circunstancia de haber gestionado un proceso sin éxito(9), y en la
correlativa necesidad de resguardar la integridad del derecho que la sentencia
reconoce a la parte vencedora, ya que, en caso contrario, los gastos realizados para
obtener ese reconocimiento se traducirían, en definitiva, en una disminución del
derecho judicialmente declarado(10). La jurisprudencia ha hecho reiterada aplicación
de las consideraciones precedentes(11), cuya fundamentación axiológica remite a los
valores jurídicos de "orden" y "poder". Si el proceso, en efecto, se
tradujese inevitablemente en una disminución económica del derecho que en
definitiva se reconoce, aquél, lejos de superar el riesgo de inseguridad jurídica,
configuraría, por exceso de "orden", un plan de vida meramente ritual o formulista;
y si la sentencia, pese a su carácter de "acto de autoridad", no lograra obtener
la incolumnidad del derecho del vencedor, carecería de virtualidad, por insuficiencia
de "poder", para superar adecuadamente el "conflicto" suscitado entre las partes(12).
Corresponde señalar, sin embargo, que el principio del "vencimiento", como
pauta reguladora de la imposición de costas, no reviste carácter absoluto. Como se
verá más adelante, en efecto, la ley se funda excepcionalmente en consideraciones
de índole subjetiva, sea para admitir la eximición del reembolso de las costas a favor
del vencido, sea para reconocer la vigencia del principio opuesto (condena en costas
al vencedor). En uno y otro caso, la circunstancia objetiva de la derrota cede frente
a la valoración de la conducta procesal de las partes.
178 
 
b) Por "parte vencida" debe entenderse, a los efectos de la norma que
analizamos, aquella que obtiene un pronunciamiento judicial totalmente adverso a
la posición jurídica que asumió en el proceso. Desde que el "vencimiento" no
requiere la existencia de una efectiva discusión o controversia, cabe hablar de "actor
vencido" cuando su pretensión es rechazada en su integridad, y de "demandado
vencido" en el supuesto de que su oposición corra la misma suerte o de que,
habiéndose verificado su incomparecencia (rebeldía) o falta de réplica, la sentencia
actúe la pretensión del actor(13).
c) El principio contenido en el art. 68 es aplicable en oportunidad de dictarse
sentencia definitiva en cualquiera de los tipos de proceso que reglamenta el Código
Procesal Civil y Comercial de la Nación, salvo frente a disposiciones específicas
sobre el punto como las de los arts. 558(14)y 634(15)de dicho ordenamiento, relativas,
respectivamente, al régimen de las costas en los juicios ejecutivos y en los procesos
de declaración de incapacidad. Asimismo, como veremos más adelante, existe un
régimen particular, aunque análogo, aplicable a los incidentes (infra, nro. 392)
y numerosas disposiciones que regulan la imposición de costas atendiendo a
criterios distintos del que ha inspirado al art. 68 (tales las contenidas en los arts. 97,
ap. 3º; 374, ap. 1º, y 667, aps. 2º y 3º). A ello cabe agregar las prescripciones que
se encuentran sobre la materia en la legislación de fondo, tales como los arts.
760(16)y 71, de los derogados —respectivamente— CCiv. y CCom.
d) La condena en costas es pertinente con prescindencia de la calidad que invista
la parte vencida en el juicio y de la índole de las cuestiones debatidas(17); de allí que
no corresponda eximir de aquélla a los incapaces, sin perjuicio de la eventual
responsabilidad que pueden contraer sus representantes legales a raíz de su mala
gestión(18), ni al Estado (nacional, provincial o municipal)(19).
Interesa además añadir que el ordenamiento procesal vigente, a diferencia del
código derogado (art. 15), no impone responsabilidad directa por el pago de las
costas al apoderado o procurador de la parte condenada a dicho pago, aunque,
como vimos oportunamente (supra, nro. 303), el mandatario, eventualmente en
forma solidaria con el letrado patrocinante, puede ser condenado a abonar a su
poderdante las costas causadas por su exclusiva culpa o negligencia, cuando éstas
fueren declaradas judicialmente (art. 52, CPCCN, y códigos procesales de Buenos
Aires, Catamarca, Chaco, Chubut, Formosa y Misiones).
e) Cuadra destacar, finalmente, que el art. 68, CPCCN, se aparta de la legislación
procesal derogada(20)y adhiere, en cambio, a la orientación seguida por diversos
códigos provinciales(21), en tanto exime a las partes de la carga de requerir la
eventual imposición de costas a la contraria e impone a los jueces el deber de
hacerlo de oficio(22).

389. Excepciones

179 
 
A) Generalidades
a) El principio enunciado en el número anterior no es, como anticipamos,
absoluto. Admite en primer lugar excepciones que remiten, por un lado, al arbitrio
judicial y, por otro lado, a determinadas circunstancias de las que cabe
razonablemente inferir, por parte del litigante vencido, el propósito de facilitar la
solución del conflicto y de evitar erogaciones innecesarias.
b) Corresponde, asimismo, tener en cuenta que las causales de eximición no
tienen el alcance de liberar a la parte vencida del pago de la totalidad de las costas
ocasionadas, sino, solamente, de las que ha abonado o incumba abonar al
vencedor(23); de allí que el vencido a quien se exime de la responsabilidad por las
costas debe abonar las propias y la mitad de las comunes, salvo que la eximición
tenga carácter parcial, en cuyo caso está obligado a pagar una determinada
proporción de los gastos realizados o que deba realizar el vencedor.
A continuación, analizaremos las excepciones que la ley admite al principio
objetivo de la derrota.

B) Eximición confiada al arbitrio judicial


a) Se halla prevista en el art. 68, ap. 2º, CPCCN, que establece: "Sin embargo,
el juez podrá eximir total o parcialmente de esta responsabilidad (es decir, del pago
de las costas) al litigante vencido, siempre que encontrare mérito para
ello, expresándolo en su pronunciamiento, bajo pena de nulidad"(24).
b) La norma transcripta, que, como se advierte, importa una sensible atenuación
al principio del hecho objetivo de la derrota, acuerda a los jueces un margen de
arbitrio que debe ejercerse restrictivamente(25)y sobre la base de circunstancias
cuya existencia, en cada caso, torne manifiestamente injusta la aplicación del
mencionado principio; de allí que la ley exija, como medio destinado a objetivar la
aplicación de la excepción a la regla general, la enunciación de los motivos que la
justifican.
Tradicionalmente la jurisprudencia alude, como pauta genérica que autoriza
la eximición de costas, a la existencia de "razón fundada para litigar", fórmula
provista de suficiente elasticidad que resulta aplicable cuando, por las
particularidades del caso, cabe considerar que la parte vencida actuó sobre la base
de una convicción razonable acerca del derecho defendido en el pleito.
Pese al casuismo que la materia necesariamente entraña, pueden citarse, como
hipótesis relevantes que encuadran dentro del referido concepto jurisprudencial, las
siguientes:
1) Incertidumbre sobre la situación de hecho susceptible de inducir a error(26).
2) Aplicación de leyes nuevas(27)o necesidad de resolver cuestiones novedosas
y susceptibles de soluciones encontradas(28).
3) Resolución de cuestiones jurídicas complicadas(29)o dudosas(30), o respecto de
las cuales exista jurisprudencia contradictoria(31)o recientemente modificada(32).

180 
 
c) Asimismo, se ha decidido reiteradamente que cuando la demanda es
rechazada en virtud de haber prosperado la defensa de prescripción, corresponde
que las costas sean pagadas en el orden causado(33). Pero el ámbito de tal doctrina
debe circunscribirse al caso en que el actor no discuta la procedencia de
dicha excepción(34).
Algunos precedentes, por último, han declarado admisible la exoneración de
costas en los pleitos suscitados entre parientes próximos(35).

C) Eximición reglada
a) Junto a la facultad de eximición acordada a los jueces por el art. 68, ap. 2º,
CPCCN, el art. 70 de dicho ordenamiento prevé dos supuestos cuya configuración
descarta la aplicación de la regla general contenida en el ap. 1º, art. 68.
Dispone, en efecto, el mencionado art. 70, que "no se impondrán costas al
vencido: 1) Cuando hubiere reconocido oportunamente como fundadas las
pretensiones de su adversario allanándose a satisfacerlas, a menos que
hubiere incurrido en mora o que por su culpa hubiere dado lugar a la reclamación. 2)
Cuando se allanare dentro del quinto día de tener conocimiento de los títulos
o instrumentos tardíamente presentados. Para que proceda la exención de costas,
el allanamiento debe ser real, incondicionado, oportuno, total y efectivo"(36).
b) La norma precedentemente transcripta, que recoge las conclusiones de una
reiterada jurisprudencia elaborada con anterioridad a la promulgación del
CPCCN(37), así como también la solución establecida por diversos códigos
provinciales(38), contempla, en su inc. 1º, la hipótesis de que el demandado haya
reconocido la justicia de la pretensión dentro del plazo conferido para la contestación
de la demanda(39). En consecuencia, la eximición del pago de las costas es
improcedente cuando el allanamiento se formula con posterioridad a la contestación
de la demanda(40)o a la declaración de rebeldía(41), pues tales situaciones
resultan incompatibles con el requisito de "oportunidad" exigido por el inciso
analizado. Pero aun cuando el allanamiento tenga lugar en la mencionada
oportunidad, la eximición no procede en el caso de que el demandado ya se hallare
en mora(42)o, por actitudes a él imputables, hubiera motivado la interposición de la
pretensión(43).
El inc. 2º del art. 70 prevé el caso de que el demandado se allane con
posterioridad a la oportunidad de la contestación, aunque con motivo de tener
conocimiento de prueba documental no aportada por el actor en la oportunidad fijada
por el art. 333, CPCCN(44). La solución es justa en la medida en que
la extemporaneidad del allanamiento resulta justificada por la concurrencia de
circunstancias no imputables al demandado. Consideramos, sin embargo, que
la eximición del pago de las costas se halla condicionada al contenido de la prueba
documental presentada por la otra parte, pues si de esa prueba no surgen elementos
de juicio distintos de los ya existentes en las actuaciones, el allanamiento no se
compadecería con el sentido que inspira a la norma analizada.
c) En los dos casos precedentemente analizados, el allanamiento sólo libera del
pago de las costas cuando es real, incondicionado, oportuno, total y efectivo. La

181 
 
mención de tales requisitos, aunque en alguna medida redundante, suministra
claramente la idea de que el allanamiento debe poseer la virtualidad de concluir el
proceso y de evitar, por ende, todo pronunciamiento judicial que no sea la sentencia
que lo admite; de allí que aquél carece de relevancia, a los efectos que examinamos,
cuando se formula en forma subsidiaria o con reservas(45), se limita únicamente a
algunos rubros contenidos en la demanda o reconvención, o no va acompañado,
tratándose de pretensiones de condena, del cumplimiento simultáneo de la
prestación reclamada(46).
d) En lo que a este tema respecta(47)la ley 22.434 agrupó en una única norma las
hipótesis de exención de costas contempladas por el art. 70 y de imposición de éstas
al actor prevista por el art. 76.
e) Los supuestos de exención de costas al vencido permanecieron inalterados,
así como los requisitos que debe reunir el allanamiento. Ha sufrido una modificación,
en cambio, el caso de condena en costas al vencedor. Dispone, en efecto, el
apartado final del art. 70, de acuerdo con la reforma que le introdujo la ley 22.434,
que si de los antecedentes del proceso resultare que el demandado no hubiere dado
motivo a la promoción del juicio y se allanare dentro del plazo para contestar la
demanda, cumpliendo su obligación, las costas se impondrán al actor. Ahora, en
consecuencia, no basta sólo el allanamiento y el abuso del derecho de acción por
parte del actor, sino que, además, es necesario que el demandado, en oportunidad
de allanarse a la pretensión, cumpla efectivamente la obligación que se reclama(48).
La exigencia, como es obvio, sólo es aplicable cuando se trata de una pretensión de
condena.
f) Es del caso recordar, asimismo, que en virtud del alcance que la ley 25.488
imprimió al art. 45, CPCCN, la manifiesta inutilidad de la pretensión puede ser motivo
para que el juez sancione al actor por la inconducta procesal.

390. Vencimiento recíproco


a) Una de las contingencias propias de todo proceso es la de que ninguna de las
partes obtenga la satisfacción íntegra de su pretensión o de su oposición, resultando
ambas, en forma total o parcial, vencedoras y vencidas. La hipótesis se halla
contemplada por el art. 71, CPCCN, en tanto dispone que "si el resultado del pleito
o incidente fuere parcialmente favorable a ambos litigantes, las costas se
compensarán o se distribuirán prudencialmente por el juez en proporción al éxito
obtenido por cada uno de ellos"(49).
b) La norma transcripta resulta aplicable, entre los casos más relevantes, cuando
prosperan tanto la demanda como la reconvención(50)o ambas son rechazadas(51),
prospera una de las defensas opuestas por el demandado o reconvenido(52), o se
rechaza alguna de las pretensiones acumuladas por el actor o reconviniente(53).
c) La compensación de las costas, es decir, su imposición en el orden causado,
corresponde cuando la derrota recíproca resulta equivalente desde el punto de vista
pecuniario(54). En el caso contrario es pertinente que la condena se gradúe sobre la
base del resultado del pleito(55), siempre que no medie pluspetición inexcusable
(infra, nro. 391, C]).

182 
 
391. Condena en costas al vencedor

A) Generalidades
a) El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, siguiendo la orientación
adoptada por algunos códigos provinciales, admite, en algunas hipótesis que
analizaremos seguidamente, la inversión de la regla general contenida en el art. 68
y prevé, por ende, la posibilidad de que las costas sean impuestas a la parte que
obtuvo, total o parcialmente, la satisfacción de su pretensión y que por ello reviste,
en las medidas indicadas, el carácter de parte vencedora.
b) El fundamento de las pertinentes previsiones normativas es ajeno, desde
luego, al criterio objetivo que inspira al citado art. 68 y estriba, por el contrario, en la
conducta procesal observada por la parte que se hace pasible de la condena(56), en
tanto dicha conducta revela un ejercicio abusivo del derecho de acción.
Los dos supuestos que, en general, condicionan la aplicación de la regla
mencionada se configuran frente a la inutilidad de la pretensión, pese a su éxito
aparente, y a la interposición de ésta en términos notoriamente exagerados
(pluspetición inexcusable). De ellos nos ocuparemos a continuación, para
mencionar luego las hipótesis particulares sometidas a la misma regla y que se
hallan determinadas por el ejercicio extemporáneo del derecho de acción.

B) Prescripción(57)

La jurisprudencia tiene reiteradamente decidido que cuando la demanda es rechazada a raíz de haber prosperado la defensa
de prescripción corresponde que, en virtud de la índole de ésta, las costas se impongan en el orden causado(58). Pero el ámbito
de esa doctrina, según lo resolvieron numerosos precedentes, debe circunscribirse al caso de que el actor no discuta la
procedencia de dicha excepción y que se allane a ella de inmediato(59).

La ley 22.434 adoptó este último criterio estableciendo, como art. 76, CPCCN, el
siguiente: "Si el actor se allanase a la prescripción opuesta, las costas se distribuirán
en el orden causado".

C) Pluspetición inexcusable

183 
 
a) Este supuesto se halla contemplado por el art. 72, CPCCN, en cuya virtud será
condenado en costas "el litigante que incurriere en pluspetición inexcusable, si la
otra parte hubiese admitido el monto hasta el límite establecido en la sentencia"(60).
La misma norma, en su ap. 3º, descarta la pluspetición "cuando el valor de la
condena dependa legalmente del arbitrio judicial, de juicio pericial o de rendición de
cuentas, o cuando las pretensiones de la parte no fueren reducidas por la condena
en más de un veinte por ciento".
b) La pluspetición, que ya había sido considerada como causal de imposición de
costas al vencedor parcial por la jurisprudencia anterior a la vigencia del CPCCN(61),
se halla condicionada por la concurrencia de las siguientes circunstancias: 1) El
reclamo, mediante una pretensión de condena, de una cantidad que exceda en un
20% a la que establezca la sentencia definitiva. 2) La "inexcusabilidad" del reclamo
formulado en tales condiciones, es decir, la existencia de elementos de juicio que
acrediten la mala fe del actor(62)o que descarten la probabilidad de que éste
haya incurrido en error(63). 3) La admisión, por el demandado, en el escrito de
contestación a la demandada, del monto que en definitiva reconoce la sentencia(64)y
su oportuno depósito en las actuaciones(65). 4) La necesidad de que el monto
reclamado sea objeto de prueba producida por el actor y no dependa legalmente del
arbitrio judicial(66), de juicio pericial(67)o de rendición de cuentas.
c) Con referencia al tema del epígrafe(68)la ley 22.434 sustituyó el texto del art.
72, CPCCN por el siguiente: "El litigante que incurriere en pluspetición inexcusable
será condenado en costas, si la otra parte hubiese admitido el monto hasta el límite
establecido en la sentencia. Si no hubiese existido dicha admisión o si ambas
partes incurrieren en pluspetición, regirá lo dispuesto en el artículo precedente. No
se entenderá que hay pluspetición, a los efectos determinados en este artículo,
cuando el valor de la condena dependiese legalmente del arbitrio judicial, de juicio
pericial o de rendición de cuentas, o cuando las pretensiones de la parte no fuesen
reducidas por la condena en más de un 20%".
d) La única diferencia que se observa con respecto al régimen anterior estriba en
la circunstancia de que las costas pueden compensarse o distribuirse
prudencialmente por el juez, no sólo en el caso de que ambas partes hayan incurrido
en pluspetición, sino también en la hipótesis de que la parte no haya admitido el
monto reclamado hasta el límite establecido en la sentencia. Si bien se trata de una
solución justa, hubiese sido conveniente según lo han hecho diversos precedentes
judiciales, y por razones de coherencia con la reforma introducida al art. 70,
CPCCN, exigir como requisito de la condena en costas el oportuno depósito del
monto admitido por el demandado.

D) Ejercicio extemporáneo de la acción


El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, lo mismo que los códigos que
a él se han adaptado, instituye el principio de la condena en costas al vencedor,
fundada en el ejercicio extemporáneo de la acción, en los casos de interponerse la
pretensión de tercería después de diez días desde que el tercerista tuvo o debió
tener conocimiento del embargo o desde que se rechazó el levantamiento sin
tercería (art. 97, ap. 3º); de deducirse reclamación contra la mensura cuando los
colindantes no hubiesen exhibido sus títulos en dicho acto sin causa justificada o no
184 
 
hubiesen intervenido en la operación pese a haber sido citados (art. 667, aps. 2º y
3º); y de requerirse, en el concurso civil, la verificación de un crédito por parte de un
acreedor que no se hubiese presentado al síndico dentro del plazo correspondiente
(art. 709).

392. Las costas en los incidentes


a) En la legislación procesal argentina rigen, sobre el tema del epígrafe, dos
distintos sistemas que, a su vez, ofrecen algunas variantes secundarias. Algunos
códigos provinciales, en efecto, regulan separadamente la imposición de las costas
correspondientes al proceso principal y a los incidentes, estableciendo, con relación
a éstos, el principio según el cual el pago de los gastos judiciales debe ser siempre
abonado por la parte que resulte vencida (v.gr., arts. 35 y 92, Código de Mendoza).
A este sistema adhirió, asimismo, el art. 24, ley 4128, posteriormente modificado por
el art. 52, ley 14.237. Otros ordenamientos, en cambio, instituyen un régimen único
para ambos supuestos, admitiendo la posibilidad de que, cuando concurren
las excepciones establecidas con carácter general, el vencido en
el incidente sea eximido del pago de las costas (v.gr., arts. 102, Código de Jujuy;
251, Código de Santa Fe). El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación
respondía también a esta última orientación, aunque presentaba la particularidad de
que la eximición del pago de las costas a quien resulte vencido en un incidente
puede disponerse "únicamente cuando se tratase de cuestiones dudosas de
derecho" (art. 69, hoy reformado por ley 22.434)(69). En consecuencia, el arbitrio
judicial para disponer la eximición carecía de la flexibilidad reconocida por el art. 68
con referencia al pronunciamiento sobre costas en la sentencia definitiva, hallándose
limitado al supuesto de que la cuestión jurídica involucrada en el incidente se preste
a dificultades en su solución, sea por la complejidad que ofrece o por la circunstancia
de mediar criterios doctrinarios o jurisprudenciales divergentes(70). La razón de ser
de ese diverso tratamiento normativo residía en la conveniencia de restringir, por la
vía de prever una eventual responsabilidad patrimonial más estricta, el
planteamiento de cuestiones que inevitablemente gravitan en desmedro del normal
desarrollo y duración del proceso(71).
b) El principio contenido en el art. 69, ap. 1º, rige en la medida en que no existan
disposiciones específicas instituidas respecto de ciertos tipos de procesos. Es por
lo tanto inaplicable a los incidentes promovidos durante el trámite del juicio ejecutivo,
los cuales se hallan sometidos a la regla general del art. 558, CPCCN(72).
c) La imposición de las costas se halla supeditada a la circunstancia de que haya
mediado oposición a la petición incidental. En consecuencia, aquélla no procede si
la otra parte se allana(73), salvo que por su culpa hubiese dado lugar a la promoción
del incidente(74).
En el supuesto de que el resultado del incidente sea parcialmente favorable a
ambas partes, corresponde que las costas se compensen o se distribuyan
prudencialmente por el juez en proporción al éxito obtenido por cada uno de ellos
(art. 71, CPCCN) (supra, nro. 390).
c) "El condenado al pago de las costas del incidente —prescribía el art. 69, ap.
2º, CPCCN(75), reformado por ley 22.434— no podrá promover otros mientras no

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haya depositado su importe en calidad de embargo. No estarán sujetos a este
requisito de admisibilidad los incidentes suscitados en el curso de las audiencias".
La disposición transcripta, que cuenta con diversos antecedentes en la legislación
provincial(76), instituye, como fácilmente se percibe, un arbitrio encaminado a evitar
la proliferación de instancias incidentales que perturban el orden del proceso y
dilatan su solución definitiva. La prohibición de admitir nuevos incidentes, mientras
no se cumpla el requisito de admisibilidad que establece, se refiere tanto a aquellos
que puedan paralizar el proceso cuanto a los que no son susceptibles de producir
ese efecto, aunque en el primer caso, de acuerdo con la norma contenida en el art.
186, CPCCN, dicha prohibición debe considerarse referida a los incidentes cuyas
causas se produzcan o sean conocidas con posterioridad al incidente que motivó la
condena en costas, porque en caso contrario deben promoverse en forma
simultánea y, sin fuere posible, tramitarse en la misma forma. Consideramos que,
cuando no ha concurrido esta última posibilidad, la falta de depósito del importe de
las costas correspondientes al incidente rechazado no obsta a la prosecución de
los incidentes promovidos junto con aquél, ya que existiría preclusión con respecto
a su admisibilidad.
El depósito del importe de las costas "en calidad de embargo" juega,
naturalmente, en tanto no medie decisión firme en el incidente, porque en el caso
contrario, y siempre que exista consentimiento del vencido o pronunciamiento
confirmatorio de segunda instancia con relación a la condena en costas y a su
monto, el correspondiente depósito se transforma en pago y su importe puede ser
percibido por el vencedor. Corroboraba este aserto el ap. 3º del mismo art. 69 —hoy
reformado por ley 22.434— al disponer que "toda apelación sobre imposición de
costas y regulación de honorarios se concederá en efecto diferido, salvo cuando
el expediente hubiese sido remitido a la cámara como consecuencia del recurso
deducido por alguna de las partes contra la resolución que decidió el incidente".
Por lo tanto, del juego armónico de los aps. 2º y 4º, art. 69, pueden resultar las
siguientes posibilidades: 1) Que el condenado al pago de las costas del incidente
consienta la decisión recaída sobre el fondo de las cuestiones planteadas y se limite
a impugnar la imposición de aquéllas, el monto de los honorarios regulados o ambas
cosas simultáneamente, en cuyo caso la apelación debe fundarse y resolverse en
las oportunidades previstas por el art. 247, CPCCN(77), y la promoción de cualquier
nuevo incidente se halla condicionada al requisito de que el vencido deposite el
importe de las costas en calidad de embargo. 2) Que el condenado impugne la
decisión tanto sobre el fondo cuanto en lo que concierne a la imposición de costas
y regulación de honorarios, en cuya hipótesis, siempre que aquélla sea apelable(78),
la Cámara debe expedirse inmediatamente acerca de todos los puntos que fueron
materia de recurso, sin perjuicio de que el apelante, si intenta promover un
nuevo incidente con anterioridad a la resolución de segunda instancia, deposite el
importe de las costas en calidad de embargo. En cualquiera de los dos
supuestos examinados, si la Cámara revoca la decisión sobre costas u honorarios,
corresponde el levantamiento del embargo cuando la revocación es total, o bien, se
produce la transformación del depósito en pago hasta la concurrencia del monto
reconocido por el pronunciamiento definitivo. Si, por el contrario, la Cámara confirma
la decisión sobre dichos puntos, el depósito puede ser percibido por el vencedor y
por los profesionales que lo han patrocinado o representado, sin perjuicio de los
mayores valores que tienen el derecho de reclamar dichos profesionales en el caso
de que el pronunciamiento de segunda instancia haya elevado el monto de sus
honorarios.

186 
 
En lo que concierne a esta materia(79), la ley 22.434 sustituyó el texto del art. 69,
CPCCN por el siguiente: "En los incidentes regirá lo establecido en el artículo
anterior. No se sustanciarán nuevos incidentes promovidos por quien hubiere sido
condenado al pago de las costas en otro anterior, mientras no satisfaga su importe
o, en su caso, lo dé a embargo. No estarán sujetas a este requisito de admisibilidad
las incidencias promovidas en el curso de las audiencias. Toda apelación sobre
imposición de costas y regulación de honorarios se concederá en efecto diferido,
salvo cuando el expediente deba ser remitido a la Cámara como consecuencia del
recurso deducido por alguna de las partes contra la resolución que decidió
el incidente.
La reforma amplió el margen de arbitrio judicial para disponer la eximición del
pago de las costas a la parte vencida en un incidente. En su versión originaria, en
efecto, el art. 69, CPCCN, autorizaba a eximir de esa responsabilidad sólo en el
supuesto de que se tratase de cuestiones dudosas de derecho, en tanto que dicha
norma, en su actual redacción, faculta al juez para decretar la eximición frente a la
hipótesis de que encuentre mérito para ello, y siempre que enuncie las razones que
justifican su decisión al respecto. Parece sin embargo preferible el régimen anterior,
que se fundaba en la conveniencia de restringir, mediante la institución de una
eventual responsabilidad patrimonial más estricta, el planteamiento de cuestiones
que inevitablemente gravitan en desmedro del normal desarrollo y duración del
proceso.
La jurisprudencia, no obstante, se ha mostrado particularmente severa, aun con
posterioridad a la reforma, en materia de exención de costas en los incidentes, pues
generalmente se ha pronunciado en el sentido de que la norma contenida en el art.
69, CPCCN, sólo puede ceder en supuestos que presenten serias dificultades en la
solución del conflicto, ya sea por su complejidad o por tratarse de un tema
cuya interpretación encuentre dividida a la jurisprudencia y a la doctrina(80).
El principio contenido en el art. 69 rige en la medida en que no existan
disposiciones específicas respecto de ciertos tipos de procesos. Es, por lo
tanto, inaplicable a los incidentes promovidos durante el trámite del juicio ejecutivo,
los cuales se hallan sometidos a la regla establecida por el art. 558, CPCCN.
En cuanto al requisito de admisibilidad a que se halla supeditada la sustanciación
de nuevos incidentes, el art. 69, en su redacción actual, contempla la posibilidad de
que el importe de las costas devengadas en el incidente anterior sean pagadas o
depositadas en calidad de embargo. La distinción es correcta, pues remite a los
supuestos de que medie o no decisión firme acerca del curso de las costas en
el incidente desestimado.

393. Casos particulares


Junto con las hipótesis generales que terminamos de examinar, el Código
Procesal Civil y Comercial de la Nación prevé la forma de imposición de las costas
frente a diversos casos particulares, como los relativos al litisconsorcio, a los modos
anormales de conclusión del proceso (conciliación, transacción y desistimiento) y a
la nulidad de las actuaciones, los cuales serán examinados a continuación.

187 
 
A) Litisconsorcio
En los casos de existir litisconsorcio, es menester distinguir ante todo según que
éste revista carácter facultativo o necesario (supra, nro. 330).
Si se trata de litisconsorcio facultativo, el contenido de la sentencia, como
sabemos, puede diferir con respecto a cada uno de los litisconsortes (supra, nro.
336). Por lo tanto, si aquélla es favorable para algunos de los litisconsortes y
desfavorable para otros, la condena en costas sólo es pertinente con respecto a
estos últimos, salvo que medien las causales de eximición que hemos analizados
anteriormente(81).
En el supuesto de configurarse un litisconsorcio necesario, no cabe en cambio la
posibilidad de que algunos de los litisconsortes resulten vencedores y otros
vencidos, pues la sentencia debe tener el mismo contenido para todos. Sin embargo,
cuando los litisconsortes revisten el carácter de vencidos, puede ocurrir, como en la
hipótesis de litisconsorcio facultativo, que algunos de aquéllos sean eximidos del
pago de las costas.
El art. 75, CPCCN, contempla el caso de condena total y prescribe que "en los
casos de litisconsorcio las costas se distribuirán entre los litisconsortes, salvo que
por la naturaleza de la obligación correspondiere la condena solidaria"(82). En
principio, por lo tanto, el importe de la condena en costas se divide por el número de
litisconsortes, y cada uno de ellos es individualmente responsable por el pago de la
correspondiente fracción, siendo admisible la responsabilidad solidaria solamente
en el supuesto de que también tenga ese carácter la derivada de la obligación
controvertida en el proceso(83).
No mediando solidaridad, la división del importe de las costas por el número de
litisconsortes no corresponde "cuando el interés que cada uno de ellos representare
en el juicio ofreciere considerables diferencias". Frente a esta hipótesis, el ap. 2º del
mencionado art. 75 prescribe que "podrá el juez distribuir las costas en proporción a
ese interés".

B) Modos anormales de conclusión del proceso


a) Con relación al tema del epígrafe, ya hemos estudiado la forma en que
funciona la condena en costas, y las posibilidades de eximición, en los casos de
allanamiento a la pretensión (supra, nro. 389, C]). El art. 73, CPCCN, regulaba(84)la
misma materia con referencia a los restantes modos anormales de conclusión del
proceso y establecía lo siguiente: "Si el juicio terminase por transacción o
conciliación, las costas serán impuestas en el orden causado. Si lo fuere por
desistimiento, serán a cargo de quien desiste, salvo cuando se
debiere exclusivamente a cambios de legislación o jurisprudencia. Exceptúase, en
todos los casos, lo que pudieren acordar las partes en contrario"(85).

188 
 
b) Por lo tanto, homologada judicialmente la transacción o la conciliación, previo
el cumplimiento de los requisitos establecidos por las leyes arancelarias en
resguardo de los derechos de los profesionales intervinientes en el proceso, cada
parte debía pagar sus propias costas y la mitad de las comunes, salvo que, en
oportunidad de celebrarse tales actos, las partes hayan convenido otra forma de
pago.
c) En lo que concierne al desistimiento, consideramos que, no obstante la
generalidad con que a él se refiere el art. 73, es menester formular una distinción
fundada en su forma y tipo.
En cuanto a la forma, si se trata de un desistimiento formulado de común acuerdo
por las partes (arts. 304 y 305, CPCCN)(86), configura un pacto procesal bilateral
análogo, en ese aspecto, a la transacción y a la conciliación. Por lo tanto, si en él
las partes no prevén la forma de pago de las costas, éstas deben ser impuestas en
el orden causado(87).
Por lo que atañe al tipo, corresponde aclarar que la causal de exención referida
a cambios de legislación y jurisprudencia ya admitida por la jurisprudencia anterior
a la promulgación de la ley 17.454(88)sólo es aplicable al desistimiento del derecho,
y no al de la pretensión(89).
d) Finalmente, aunque el Código Procesal Civil y Comercial de la Nación ha
omitido la regulación del punto, consideramos que en el supuesto de concluir el
proceso por caducidad de la instancia, las costas deben ser impuestas a la parte
cuya inactividad determinó la correspondiente declaración(90).
e) En relación con el curso de las costas aplicable a los indicados actos de
conclusión anormal del proceso(91), la ley 22.434 sustituyó el texto del art.
73, CPCCN, por el siguiente: "Si el juicio terminase por transacción o conciliación,
las costas serán impuestas en el orden causado respecto de quienes celebraron el
avenimiento; en cuanto a las partes que no lo suscribieron, se aplicarán las reglas
generales. Si el proceso se extinguiere por desistimiento, las costas serán a cargo
de quien desiste, salvo cuando se debiera exclusivamente a cambios de legislación
o jurisprudencia y se llevare a cabo sin demora injustificada. Exceptúase, en todos
los casos, lo que pudieren acordar las partes en contrario. Declarada la caducidad
de la primera instancia, las costas del juicio deberán ser impuestas al actor".
f) Esta disposición registra una aclaración y dos agregados. La aclaración deriva
de los principios generales que rigen el litisconsorcio, uno de los cuales consiste en
que los actos de disposición del objeto procesal realizados por uno o algunos de los
litisconsortes no afectan la situación jurídica de los restantes ni, por lo tanto, su
responsabilidad por el pago de las costas(92). La solución alcanza incluso a los
litisconsortes necesarios, sin perjuicio de que, no obstante la transacción o
conciliación celebrada por uno o algunos de ellos, los efectos de la sentencia
se extiendan a todos, pues el contenido de ésta no puede diferir con relación a los
distintos litisconsortes.
g) El primer agregado consiste en exigir, como condición para eximir del pago de
las costas a la parte que desiste (del derecho), no sólo que el desistimiento
obedezca a cambios operados en la legislación o en la jurisprudencia, sino que el
acto se realice sin demora injustificada, porque de lo contrario resultaría desvirtuado
el fundamento mismo de la exención.
El segundo agregado se refiere al curso de las costas en el caso de declararse
la caducidad de la primera instancia, situación no contemplada por el art. 73 en su

189 
 
anterior redacción, pero resuelta por la jurisprudencia predominante en la forma en
que lo hace la ley 22.434.

C) Nulidad de actuaciones
Sobre el punto prescribe el art. 74, CPCCN, que "si el procedimiento se anulare
por causa imputable a una de las partes, serán a su cargo las costas producidas
desde el acto o la omisión que dio origen a la nulidad"(93).
La norma es aplicable con prescindencia de que la nulidad se haya declarado a
petición de parte o de oficio (art. 172, CPCCN)(94). En el primer caso, el allanamiento
que pudiere formular el causante de la nulidad frente al respectivo incidente, carece
de virtualidad para eximirlo del pago de las costas(95).
Es obvio, por otra parte, que la condena en costas sólo comprende los gastos
derivados de las actuaciones que son consecuencia directa del acto anulado, no
alcanzando a los que se relacionan con actuaciones independientes de dicho acto
(art. 174, CPCCN)(96).
Se hallan excluidos de la norma, como se advierte, los casos en que la nulidad
sea imputable a la conducta de los jueces o funcionarios judiciales(97).

394. Alcance de la condena en costas(98)

a) Si bien el art. 68, CPCCN, establece, como hemos visto, que la parte vencida debe pagar "todos los gastos de la contraria",
es evidente que tal expresión debe ser correlacionada con el fundamento de la condena en costas, el cual radica, según lo
destacamos anteriormente (supra, nro. 379), en la necesidad de resguardar laintegridad del derecho que la sentencia reconoce
a la parte vencedora, de manera tal que las erogaciones que ésta se haya visto obligada a realizar con motivo del proceso no
graviten, en definitiva, en desmedro de esa integridad.

Por lo tanto, la obligación de reembolso que pesa sobre el vencido debe


circunscribirse a aquellos gastos que necesariamente debió afrontar para obtener el
pronunciamiento de una sentencia favorable a su pretensión o a su oposición(99), con
prescindencia de las erogaciones que, en forma manifiesta, exceden los límites de
la actuación procesal que normalmente debe desplegarse para lograr esa
finalidad(100).
b) En su art. 77, el CPCCN suministra las pautas esenciales a que se halla
supeditada la obligación de reembolso. Dice, en efecto: "La condena en costas
comprenderá todos los gastos causados u ocasionados por la sustanciación del
proceso y los que se hubiesen realizado para evitar el pleito, mediante el
cumplimiento de la obligación(101). Los correspondientes a pedidos desestimados
serán a cargo de la parte que los efectuó u originó, aunque la sentencia le fuere
favorable en lo principal. No serán objeto de reintegro los gastos superfluos
o inútiles. Si los gastos fuesen excesivos, el juez podrá reducirlos
prudencialmente"(102).

190 
 
c) Entre los gastos que, por derivar directamente de la sustanciación del proceso,
deben ser objeto de reembolso, cabe incluir, por ejemplo, el impuesto de justicia(103);
los desembolsados para el otorgamiento de un poder especial(104), para diligenciar
un exhorto(105)o para trabar una medida cautelar(106); los correspondientes a las
fotocopias de los documentos originales, hechas con el objeto de reservar esos
originales en la caja fuerte del juzgado(107); etcétera.
En cambio, no se encuentran comprendidos en la obligación de reintegro, entre
otros gastos, el importe del sellado que las partes estaban obligadas a reponer en
los documentos de acuerdo con las pertinentes disposiciones de la ley de sellos, con
prescindencia de la ulterior posibilidad de presentarlos en juicio(108); los ocasionados
con motivo del otorgamiento de un poder general(109); los realizados para practicar
una notificación por telegrama (art. 144, CPCCN, antes de la reforma de la ley
25.488 que previó lo contrario en el art. 136) o por radiodifusión (art. 148,
CPCCN(110), antes de la reforma de la ley 25.488 que previó lo contrario en el referido
art. 136); aquellos cuya existencia no se encuentre acreditada en el expediente(111);
etcétera.
d) Como se ha visto, el Código Procesal Civil y Comercial de la Nación incluye
entre los gastos reembolsables los realizados para evitar el pleito, mediante el
cumplimiento de la obligación. Se trata de gastos anteriores a la existencia del
proceso, pero que fueron necesarios, sea para obtener el cumplimiento de la
prestación a cargo del posible demandado, obviando de tal manera el planteamiento
de una pretensión(112), sea para evitar el cumplimiento de ese acto por parte del
posible actor frente a la contingencia de una oposición exitosa (v.gr., gastos
realizados para ofrecer un pago).
e) En cambio, el art. 77, CPCCN, excluye de la obligación de reembolso, en
primer lugar, a los gastos correspondientes a pedidos desestimados, los cuales
deben ser soportados por quien los realizó aun en el caso de que, en definitiva,
resulte vencedor en el pleito. La norma se refiere, naturalmente, a las peticiones que
han sido rechazadas sin previa sustanciación (v.gr., arts. 179 y 239 in fine, CPCCN,
con referencia, respectivamente, al rechazo de un incidente o de un recurso de
reposición manifiestamente inadmisibles), porque en caso contrario mediaría
un incidente que se encuentra sometido, en materia de imposición de las costas, al
principio contenido en el art. 69, CPCCN (supra, nro. 392)(113).
f) También se hallan excluidos de la obligación de reembolso "los gastos
superfluos o inútiles" (art. 77, ap. 3º, CPCCN), es decir, aquellos que no son
susceptibles de incidir en el éxito de la pretensión o de la oposición, y que han sido
realizados por razones de mera comodidad(114)o por error imputable a la parte(115).
g) Finalmente, el art. 77 autoriza al juez para reducir prudencialmente los
"gastos excesivos", o sea, los que no se ajusten a los importantes que
corrientemente se abonan por los actos de que se trate(116).

395. El pronunciamiento sobre las costas


a) El pronunciamiento sobre imposición de costas configura una parte accesoria
de toda sentencia definitiva (art. 163, inc. 8º, CPCCN) o interlocutoria (art. 161, inc.

191 
 
3º, CPCCN), habiéndose discutido en la doctrina acerca de la naturaleza jurídica
que dicho pronunciamiento reviste(117).
A nuestro juicio, el tema debe ser dilucidado sobre la base del contenido de la
correspondiente decisión. No cabe duda, en efecto, de que ésta es condenatoria
cuando impone el pago de las costas a una de las partes, pues en tal caso ésta se
convierte en sujeto de una prestación de dar a favor de la otra parte. En cambio, si
la decisión exime al vencido del pago de las costas, en virtud de concurrir alguna de
las causales oportunamente examinadas, aquélla reviste carácter meramente
declarativo(118).
b) En el supuesto de que la sentencia omita el pronunciamiento sobre costas
que exige la ley, la parte interesada debe formular el correspondiente pedido de
aclaratoria, sin perjuicio de que el juez subsane de oficio la omisión (art. 166, inc.
1º, CPCCN). En caso contrario, la jurisprudencia tiene reiteradamente decidido que
las costas deben considerarse impuestas en el orden causado(119).

CAPÍTULO XXVIII - RESPONSABILIDAD DE LAS PARTES POR LOS GASTOS DEL PROCESO(CONT.)

I. HONORARIOS PROFESIONALES(2)

396. Concepto
a) Desde el punto de vista procesal, denomínase honorario a la retribución que
tienen el derecho de percibir, en razón de los servicios profesionales prestados
dentro de un proceso, los auxiliares de las partes o del órgano judicial que no
revistan el carácter de funcionarios o empleados retribuidos a sueldo por el Estado.
En consecuencia, dentro del concepto precedente se halla comprendida no sólo la
retribución de los abogados y procuradores, sino también la que corresponde a los
restantes auxiliares (peritos, martilleros, depositarios, administradores judiciales,
etc.), cuyos trabajos no se paguen mediante un sueldo.
b) A su vez, los auxiliares mencionados en último término se encuentran
sometidos a reglas distintas según que, respectivamente, pertenezcan en forma
estable a la administración de justicia (v.gr., profesionales componentes de los
cuerpos técnicos periciales y peritos oficiales) o, sin pertenecer a los cuadros
judiciales, sean funcionarios y empleados públicos a sueldo de la Nación. Mientras
los primeros carecen de todo derecho a percibir honorarios por la labor profesional
desarrollada en los procesos en que fueren designados por virtud de su cargo oficial,

192 
 
los segundos carecen de aquel derecho contra el Estado, pero lo tienen, en cambio,
contra la otra parte en el juicio que fuere condenada al pago de las costas.
Entre otras disposiciones relacionadas con este último aspecto, cabe mencionar
al art. 13, ley 11.672 (t.o. 1943), que prescribe lo siguiente: "Los peritos y
profesionales de cualquier categoría que desempeñen empleos a sueldo de la
Nación no podrán reclamar honorarios en los asuntos en que intervengan por
nombramiento de oficio en los que el Fisco sea parte, y siempre que las costas no
sean a cargo de la parte contraria. Quedan excluidos de esta prohibición aquellos
peritos o profesionales que desempeñen cátedras de enseñanza universitaria o
secundaria, siempre que no tengan otro empleo a sueldo de la Nación"(3).
c) Tampoco tienen derecho a percibir honorarios contra su patrocinado o
representado, los abogados o los procuradores cuyos servicios hubieren sido
contratados por sus clientes en forma permanente, mediante una retribución
periódica, aunque ello no obsta para que dichos profesionales ejerzan aquel
derecho contra la parte condenada al pago de las costas (art. 40, dec. 30.439/1944,
ratificado por la ley 12.997 y modificado por la ley 14.170)(4). En una situación
semejante se encuentran los profesionales que, de acuerdo con las prescripciones
contenidas en algunas leyes provinciales(5), tienen la obligación de patrocinar o
representar a los declarados pobres(6).
d) En lo que atañe particularmente a los abogados y procuradores, el derecho a
la percepción de honorarios se halla supeditado a la posesión del respectivo título
profesional(7)y a su inscripción en la matrícula(8).
Las leyes arancelarias, por su parte, prevén determinadas sanciones respecto de
quienes ejercieren la abogacía o la procuración sin contar con título habilitante para
ello. Sobre el particular, el art. 42, Ley Arancelaria Nacional prescribe que "las
personas que, careciendo de títulos habilitantes ejercitaren o intentaren ejercitar
directa o indirectamente actividades profesionales de abogado o procurador, serán
reprimidas con multa de quinientos pesos en la primera infracción y arresto de treinta
días no redimible por dinero en los casos de reincidencia"(9), sanciones que el art.
43 de la misma ley hace extensivas a quien "asuma o anuncie la redacción de
escritos, o el diligenciamiento de trámites judiciales o contencioso administrativos"
careciendo de los mencionados títulos(10).
El art. 44 de dicha ley, por su parte, prescribe que "ninguna persona, corporación,
sociedad o entidad podrá usar las denominaciones de estudio, consultorio, oficina,
asesoría u otras semejantes, sin tener y mencionar los abogados que tengan a su
cargo personal y exclusivamente su dirección, bajo las penas fijadas en el art. 42
para los componentes y encargados de los mismos y sin perjuicio de la clausura del
local a simple requerimiento de las asociaciones profesionales de abogados y
procuradores"(11).
e) El monto de los honorarios correspondientes a los abogados y procuradores
puede fijarse mediante convenio o judicialmente, aunque dentro de ciertas pautas
establecidas por las leyes arancelarias que serán objeto de análisis más adelante.
Dichas leyes, por otra parte, no se limitan a tarifar la labor profesional desarrollada
en el proceso, sino que contemplan además la retribución que corresponde a los
trabajos realizados extrajudicialmente (consultas verbales, redacción de actos
jurídicos, gestiones administrativas, etc.).
f) Cabe señalar, por último, que los ordenamientos arancelarios otorgan, en
general, a los abogados y procuradores que intervienen en causa propia, el derecho
de cobrar sus honorarios y gastos cuando la otra parte haya sido condenada al pago

193 
 
de las costas (art. 36, Ley Arancelaria Nacional)(12). "Si se hicieran patrocinar por
letrado —agrega la norma citada— el honorario se regulará considerando al
patrocinado como procurador y al patrocinante como letrado(13).

397. Régimen actual(14)

a) La tarea judicial y extrajudicial de los abogados y procuradores se halla tarifada con arreglo a los porcentuales o importes
fijos establecidos en la Ley Arancelaria y con las limitaciones emergentes de los arts. 730 y 1255, CCiv. y Com., de cuyo
contenido esencial se dará cuenta seguidamente, marcando las diferencias fundamentales que la separan del régimen instituido
por el dec. 30.439/1944, ratificado por ley 12.997 y modificado por ley 14.170.

Al igual que durante la vigencia de dicho régimen, los honorarios pueden fijarse
por convenio celebrado entre el profesional y el cliente o judicialmente,
cabiendo inclusive la posibilidad de que el primero renuncie al cobro de aquéllos,
sea por anticipado o con posterioridad a la prestación de su labor, ya que el art.
12, inc. c), de la citada ley 24.432 derogó el art. 5º, ley 21.839, que fulminaba,
conminando con pena de nulidad, la validez de todo pacto que tuviese como
contenido la primera de esas alternativas.
b) Se hallan excluidos del régimen establecido en la ley 21.839 los abogados que
actúan para su cliente con asignación fija, periódica, por un monto global o en
relación de dependencia, excepto respecto de los asuntos cuya materia sea ajena a
aquella relación(15)o cuando medie condena en costas a cargo de otra de las
partes intervinientes en el proceso (art. 2º, ley 21.839, conforme al texto que le
imprimió el art. 12, inc. a], ley 24.432).
c) Asimismo, prescribe el art. 3º, ley 21.839 (sustituido por el art. 12, inc. b], ley
24.432), que la actividad profesional de los abogados y los procuradores se presume
de carácter oneroso, en la medida de su oficiosidad, salvo en los casos en que
conforme a excepciones legales pudieran o debieran actuar gratuitamente. Se
presume gratuito el patrocinio o la representación de los ascendientes,
descendientes o cónyuge del profesional. Las disposiciones de la presente ley se
aplicarán supletoriamente a falta de acuerdo expreso en contrario.
La presunción de onerosidad rige aun en el supuesto de que no se haya
convenido previamente retribución alguna(16)y la de gratuidad establecida en función
del parentesco o del vínculo matrimonial no excluye, como es obvio, el derecho del
profesional a percibir los honorarios regulados en concepto de costas a cargo de la
parte contraria.

398. Titularidad del honorario


a) La condena en costas engendra una relación de crédito cuyo sujeto activo es
la parte vencedora, a quien, de acuerdo con el principio general oportunamente
analizado, deben reembolsarse los gastos que ha efectuado con motivo de la
sustanciación del proceso.
194 
 
A su vez, el acreedor de las costas es sujeto pasivo, con relación a los
profesionales que lo han asistido o representado, por el pago de los honorarios
reconocidos a aquéllos por convenio o determinados por regulación judicial,
obligación que deriva del vínculo jurídico existente entre el abogado o procurador y
el cliente que requirió sus servicios(17). Sin embargo, la mayor parte de los códigos
procesales y leyes arancelarias vigentes reconoce a dichos profesionales la
propiedad exclusiva del honorario que les haya sido regulado(18)y les acuerda el
derecho, cuando media condenación en costas, para reclamar el cobro de aquél,
optativamente, contra el mandante o patrocinado, o contra la parte condenada, sin
perjuicio, en el primer caso, de la correspondiente pretensión regresiva(19).
b) En consecuencia, y en tanto la ley reconoce que dentro de las costas
judiciales existe un crédito autónomo representado por el monto de los honorarios
regulados a favor de los profesionales de la parte vencedora, queda nítidamente
establecida la titularidad de aquéllos y excluida la necesidad de acudir a otras figuras
jurídicas —como la representación(20)o la sustitución procesal(21)— a fin de justificar
el derecho que dichos profesionales tienen para reclamar el cobro de sus honorarios
contra la parte condenada al pago de las costas.

399. Fijación convencional

A) Concepto
a) Existe fijación convencional de los honorarios cuando su monto es
determinado mediante contrato celebrado entre el cliente y el profesional, de
acuerdo con la forma y las limitaciones establecidas en las leyes arancelarias.
La fijación convencional se halla sujeta a reglas distintas según que se limite a
establecer una suma cierta por la atención profesional de un asunto o implique un
reconocimiento, en favor del abogado o procurador, de una participación sobre el
resultado económico del proceso (pacto de cuota litis).
b) Sin embargo, ninguna de las dos formas de fijación convencional
precedentemente mencionadas es admisible en el supuesto de que el trabajo
profesional se haya realizado como consecuencia de una designación de oficio, ya
que el art. 41, Ley Arancelaria Nacional, establece que "los abogados, procuradores
y cualquier otro profesional, inclusive los peritos" que fueren designados en esta
forma "para actuar en juicio, cualquiera sea la naturaleza de éste, no podrán
convenir con ninguna de las partes el monto de sus honorarios, ni solicitar ni percibir
de ninguna de ellas suma alguna antes de la regulación definitiva"(22).
El profesional que infringe dicha prohibición se hace pasible, de acuerdo con lo
establecido por el ap. 2º, art. 41, "de una multa igual a la suma que conviniere,
solicitare o percibiere, además de ser eliminado de la matrícula respectiva y de
prohibírsele el ejercicio de la profesión"(23). "La multa —agrega la
disposición examinada— se impondrá en beneficio del Consejo Nacional de

195 
 
Educación, en juicio sumario que se sustanciará ante la misma jurisdicción en que
fue efectuado el nombramiento, por el trámite de las excepciones dilatorias".
c) Por lo que concierne a la fijación convencional(24), las partes pueden, conforme
al régimen vigente, ajustar libremente el precio del servicio profesional, sin que tal
facultad sea susceptible de cercenamientos por las leyes arancelarias (art.
1255, CCiv. y Com.), de modo que, en este aspecto, y sin perjuicio de la limitación
derivada del art. 279 y concs., CCiv. y Com., se privilegia el principio de autonomía
de la voluntad.
A continuación se analizarán, separadamente, las referidas modalidades de
fijación convencional del honorario.

B) Convenios que no implican participación


a) Este tipo de convenios se halla admitido por la Ley Arancelaria Nacional, cuyo
art. 1º, tras establecer que "el monto de los honorarios que deben percibir los
abogados y procuradores por su labor profesional efectuada en juicio o fuera de él
se determinará" con arreglo a sus disposiciones, condiciona la aplicación de dicho
principio a la circunstancia de que "no hubiere convenio por una suma mayor".
Dicha ley, sin embargo, no regula la forma del contrato ni los efectos de su
resolución. En cambio, contemplan tales aspectos algunas leyes locales(25)y el
Proyecto de 1969, cuyo art. 5º prescribe lo siguiente: "Los profesionales podrán fijar
por contrato el monto de sus honorarios, con relación a cada asunto, superior al
establecido en esta ley, el que deberá ser redactado por escrito y en doble ejemplar
bajo pena de nulidad. En caso de resolución por incumplimiento de los servicios
profesionales convenidos, el abogado o el procurador perderá el derecho a los
mayores beneficios pactados. Si la resolución se produjese por culpa del cliente, los
mantendrá".
b) La validez del contrato se halla supeditada al requisito de que se celebre
teniendo en cuenta determinada base cuantitativa, pues el art. 1º de la mencionada
Ley Arancelaria prescribe que "será nulo todo pacto o convenio sobre honorarios
por una suma inferior" a la que ella fija(26).
La jurisprudencia tiene establecido que la nulidad a que se refiere la norma
transcripta reviste carácter absoluto e impide hacer valer en juicio los convenios
sobre honorarios que impliquen una renuncia total o parcial a los derechos
acordados a los profesionales(27). Pero el alcance de tal doctrina ha sido precisado
en el sentido de que aquella norma prohíbe la renuncia anticipada de honorarios
futuros, mas no constituye obstáculo para que, una vez realizada la labor
profesional, los abogados o los procuradores renuncien total o parcialmente al
honorario devengado con ese motivo (haya o no sido objeto de regulación judicial),
porque en tal hipótesis el derecho al cobro se incorpora definitivamente al patrimonio
de aquéllos y no media ya el riesgo de que, presionados por la necesidad, los
profesionales acepten imposiciones de sus clientes contrarias a sus derechos y
ciertamente incompatibles con la dignidad de su función(28).
El Proyecto de Arancel de Honorarios para Abogados y Procuradores redactado
en 1969 ha arbitrado sobre el punto una solución que ofrece algunas variantes con

196 
 
relación al sistema vigente. Establece, en efecto, el art. 3º de dicho Proyecto que
"toda renuncia anticipada de honorarios o convenios por un monto inferior al que
correspondiere de acuerdo con esta ley es nulo de nulidad absoluta. No obstante, el
profesional que hubiere renunciado celebrando un convenio de esa índole quedará
sujeto a los términos de su renuncia o convenio pero resultará abierta una acción
pública para reclamar del deudor del honorario la diferencia que emerja por
aplicación de esta ley, que se destinará a la Biblioteca Pública de la Corte Suprema
de Justicia de la Nación".
Los redactores del Proyecto afirman que se trata de una solución justa y
moralizadora, pues "choca como injusto e inmoral que el profesional autor o
cómplice de la violación de la ley se beneficie luego con el importe o mayor importe
proveniente de la anulación del acto en que él intervino y que, inclusive, podría haber
realizado con el objeto de conseguir el asunto o asuntos motivos del pacto o
renuncia". Si bien tales apreciaciones resultan a nuestro juicio plenamente
justificadas, no advertimos, sin embargo, la forma en que podría concretarse, en la
práctica, la apertura de la "acción pública" que menciona el precepto transcripto,
pues no alcanza a percibirse quiénes serían los eventuales denunciantes del hecho
ante los funcionarios del ministerio público a los que compete el ejercicio de dicha
"acción". Cabe descartar, en efecto, que lo sea el cliente, pues la denuncia
redundaría en su perjuicio; y lo mismo cabe decir del profesional, pues éste
carecería de todo interés jurídico para proceder en esa forma.
c) El mencionado Proyecto, asimismo, admite la validez de "la renuncia total o
parcial a los honorarios que correspondiese a los profesionales por el patrocinio o
representación, en juicio o fuera de él, del cónyuge, ascendientes, descendientes o
colaterales de segundo grado" (art. 4º). Tal solución normativa, que los redactores
del Proyecto consideran, acertadamente, justa y moral, cuenta, entre otros, con el
antecedente del art. 181, dec.-ley 190-G/58 Tucumán, aunque cabe destacar que
esta disposición limita la posibilidad de la renuncia a los honorarios ya regulados y
a la parte de ellos que no deba ingresar a la Caja de Subsidios y Pensiones para
abogados y procuradores.
d) El Proyecto de 1969 contempla también la posibilidad de que los profesionales
convengan válidamente con sus clientes la fijación, con respecto a la atención de
asuntos específicamente determinados, de un honorario que no sea inferior al 30%
del mínimo establecido por el arancel, en el caso de que se acredite por instrumento
público o en otra forma fehaciente que, durante el año anterior, el profesional ejerció
la asistencia letrada general del cliente o su representación. En caso de resolución
del convenio por culpa del cliente, sin embargo, el profesional puede invocar los
mayores beneficios que le reconoce la ley (art. 6º)(29).
e) Algunas leyes provinciales (v.gr., arts. 140, ley 5177 Buenos Aires, y 175, dec.-
ley 190-G/58 Tucumán) sancionan con la nulidad a toda estipulación sobre
honorarios que fije el monto de éstos en relación con el tiempo que dure el asunto.
La misma solución ha sido adoptada por el art. 7º del Proyecto de 1969, cuyos
redactores expresan, con acierto a nuestro juicio, que si bien "el correr del tiempo
durante el desempeño del profesional puede ser elemento a computar para regularle
el honorario", establecer éste, en cambio, "en función exclusiva del tiempo que el
asunto dure no resulta justificado y, por otro lado, se presta a traer desprestigio a la
profesión, por la sospecha de que estará en el interés del profesional dilatar lo más
posible el respectivo entredicho o contienda a fin de mantener una fuente
de ingresos, o en el interés del cliente que la solución se postergue para eludir que
las consecuencias que de ella resultasen se presenten en un plazo determinado".

197 
 
Cabe añadir que la validez de estipulaciones de esa naturaleza resulta incompatible
con una de las orientaciones fundamentales a que responde el Código Procesal Civil
y Comercial de la Nación y que se traducen, particularmente, en las disposiciones
de sus arts. 34, inc. 5º, aps. d) y e), 45 y 551.
f) Si bien el art. 1º, Ley Arancelaria Nacional, sanciona con la nulidad todo pacto
o convenio sobre honorarios por una suma inferior a la fijada por ella y admite, por
el contrario, la validez de los convenios que fijen sumas mayores, no determina el
límite máximo aplicable en estos últimos casos. Sin embargo, al reglamentar el pacto
de cuota litis dispone que éste no podrá afectar el derecho del cliente al 65% del
resultado líquido del juicio (art. 46, inc. b]); de allí que, en virtud de ese límite
cuantitativo, sumado a las obligaciones que, como veremos, el profesional contrae
con motivo de la celebración de dicho pacto, sea del caso preguntar si con relación
a los convenios sobre honorarios que no impliquen participación del abogado o
procurador en el resultado económico del pleito cabe admitir una libertad contractual
absoluta o si, por el contrario, aquéllos no pueden exceder de un tope determinado.
Consideramos, en primer lugar, que en ningún caso ese tipo de convenios
puede exceder del 35% del resultado económico del pleito, porque en caso contrario
se colocaría en una situación de injusta desventaja a los profesionales que asumen
los riesgos y las obligaciones inherentes al pacto de cuota litis. Asimismo,
estimamos que los jueces se hallan facultados para reajustar el importe del
honorario convenido, aun cuando él no exceda del mencionado porcentaje, en
aquellos casos en que su monto resulte manifiestamente desproporcionado con
relación a los intereses económicos que se encuentran en juego(30).

C) Pacto de cuota litis


a) Denomínase pacto de cuota litis el convenio en virtud del cual la parte
reconoce al profesional que ha de asistirla o representarla, y sobre la base de ciertas
obligaciones que éste toma a su cargo, una participación sobre la suma que aquélla
obtenga con motivo de la sentencia definitiva, siempre que el monto de dicha
participación no exceda del tope máximo previsto por la Ley de Arancel(31).
Dicho pacto se hallaba prohibido por los arts. 66, Apéndice del Código de
Procedimiento de la Capital Federal; 1º, ley 3094 (honorarios en la justicia federal);
y 10, ley 10.996(32), así como por diversas leyes provinciales(33). Reaccionando
contra esa solución, heredada de las antiguas leyes españolas(34), y haciéndose
cargo, primordialmente, de la situación desventajosa en que colocaba a las
personas carentes de recursos suficientes para afrontar un litigio judicial y de la
facilidad con que podía eludirse la prohibición normativa, las leyes modernas
reconocen en general la validez del pacto de cuota litis, aunque condicionándola a
ciertos requisitos que tienden a equilibrar razonablemente los intereses del cliente y
del profesional(35).
b) De acuerdo con el art. 46, Ley Arancelaria Nacional, "los abogados y
procuradores matriculados podrán celebrar con sus clientes pactos de cuota litis",
agregando el art. 47 que "será nulo" todo pacto de esa naturaleza en el supuesto de
que dichos profesionales no se encuentren inscriptos en la matrícula respectiva "al
tiempo de convenirlo".

198 
 
c) El convenio debe hacerse por escrito, en doble ejemplar, antes o después
de iniciado el juicio (art. 46, inc. a]).
Bajo el régimen del Código Civil anterior, no se podía —en primer lugar—, probar
por testigos, salvo que existiera principio de prueba por escrito (art. 1191, derogado
CCiv.)(36). Hoy se halla sujeto a las prescripciones que la legislación de fondo
contiene en materia de reconocimiento de firma y fecha cierta (arts. 288 y 313 a 319,
CCiv. y Com.)(37).
El pacto, asimismo, puede celebrarse antes de la iniciación del proceso o durante
el transcurso de éste, pero nunca después de dictada la sentencia definitiva de
última instancia, porque en tal hipótesis, como es obvio, no media incertidumbre
alguna acerca del resultado económico del proceso y aparece excluido todo riesgo
por parte del profesional.
El instrumento en el cual ha sido documentado el pacto de cuota litis puede ser
presentado por el profesional o por el cliente, en el juicio a que aquél se refiere, y en
cualquier momento (art. 46, inc. e]). Pero si bien, en virtud de los derechos y las
obligaciones que involucra, resulta conveniente la inmediata agregación
del instrumento a las actuaciones, dicho acto sólo es necesario en la medida en que
cualquiera de los contratantes intente hacerlo efectivo o demostrar la existencia de
alguna de las causales de resolución que más adelante analizaremos.
d) Mediante el pacto de cuota litis no puede afectarse el derecho del cliente al
65% del resultado líquido del juicio, cualquiera que sea el número de los pactos
celebrados por aquél (art. 46, inc. b])(38); es decir que la retribución del profesional
en ningún caso puede exceder del 35% de la cantidad que el cliente deba percibir a
raíz del pronunciamiento de la sentencia definitiva, aun cuando, por lo tanto, el pacto
originario haya sido objeto de reajuste como consecuencia de circunstancias
sobrevinientes a su celebración(39). Pero el derecho al cobro de tal participación se
halla supeditado, naturalmente, a la circunstancia de que la suma reconocida al
cliente por el pronunciamiento final pueda atribuirse a la gestión procesal directa
realizada por el profesional pactante(40).
De la norma precedentemente aludida se infiere, asimismo, que el pacto sólo
puede celebrarse respecto de procesos susceptibles de apreciación pecuniaria,
sean éstos contenciosos(41)o voluntarios(42). La ley, sin embargo, con respecto a los
primeros, excluye como objeto del pacto los procesos relativos a accidentes del
trabajo, alimentos o despido (art. 46, inc. f]).
En lo que atañe a los aspectos referidos, el Proyecto de 1969 reconoce la validez
del pacto de cuota litis en tanto dispone que "los abogados y los procuradores
matriculados podrán pactar con el cliente, conjunta o separadamente, que la
remuneración profesional por su actuación, en uno o más procesos o asuntos,
consista en participar en su resultado" (art. 31). Coincide con la ley vigente en cuanto
a la forma del convenio, que "deberá ser instrumentado por escrito y en doble
ejemplar, antes de comenzar o durante la actuación profesional" (inc. a] de la norma
citada). Difiere de aquélla, en cambio, en lo que atañe al porcentaje máximo
reconocido a los profesionales, ya que establece que "los honorarios del abogado y
del procurador no podrían exceder, en conjunto, del cincuenta por ciento (50%) del
resultado en dinero o valor económico del proceso o asunto, incluidos los
respectivos accesorios"; agregando que esa regla "se aplicará también cuando el
cliente haya celebrado más de un pacto con los mismos o distintos profesionales"
(inc. b] de la norma citada). Amplía, finalmente, las materias excluidas del pacto,

199 
 
que extiende a los procesos y los asuntos sobre materia del contrato o relación
laboral y sobre alimentos(43).
e) Aparte de las obligaciones de carácter general que hemos estudiado en su
momento, los profesionales que celebran un pacto de cuota litis contraen, a título de
contraprestación por los eventuales beneficios que aquél pueda reportarles, dos
obligaciones específicas a las que nos referiremos seguidamente.
La primera consiste en "responder directamente por las costas causídicas del
adversario" (art. 46, inc. d])(44), es decir, de toda condena en costas que recaiga
sobre su cliente, sea en el proceso principal o en sus incidentes. Ello implica que, si
el instrumento se encuentra agregado a las actuaciones, el titular de la condena
puede dirigir su pretensión de pago, indistintamente, contra el profesional pactante
o contra su cliente, sin perjuicio del derecho de repetición que incumbe a éste contra
aquél. En el supuesto de que el pacto no figure incorporado al expediente, el litigante
que lo formalizó puede presentarlo a fin de hacer valer dicho derecho contra el
profesional.
La segunda de las obligaciones mencionadas consiste en que el profesional
adelante "los gastos correspondientes a la defensa del cliente" (art. 46, inc. d]). La
obligación se reduce, como se advierte, a anticipar los gastos que deben sufragarse
durante la sustanciación del proceso, razón por la cual, salvo convención en
contrario, el profesional tiene derecho a que le sea restituido su importe por parte
del cliente (o del vencido en costas, en su caso), aun en las hipótesis de que dicho
importe afecte la proporción máxima a que hemos aludido anteriormente. Interesa
señalar, sin embargo, que hallándose el derecho correlativo de esta
obligación instituido en exclusivo beneficio del cliente, éste puede renunciarlo sin
que por ello resulte alterada la naturaleza del contrato(45).
f) Celebrado el pacto de cuota litis de acuerdo con las normas precedentemente
analizadas, y presentado en el expediente en la oportunidad y la forma legales,
aquél puede rescindirse por mutuo consentimiento, por voluntad del cliente, por
negligencia manifiesta del profesional declarada judicialmente y por voluntad de este
último.
En la hipótesis de rescindirse el pacto por mutuo consentimiento (art. 48, inc. a]),
corresponde estar a lo que el cliente y el profesional convengan acerca de sus
respectivos derechos y obligaciones.
Cuando el pacto se rescinde por voluntad unilateral del cliente, el profesional
tiene el derecho de percibir el máximo que, de conformidad al pacto, hubiere podido
corresponderle en caso de éxito (art. 48, inc. b])(46)y de ser reembolsado de los
gastos que hubiere anticipado. En el supuesto de haber mediado alguna condena
en costas contra el cliente, cuyo importe no hubiere sido pagado por el profesional,
corresponderá practicar la pertinente deducción.
Si la rescisión tiene lugar por negligencia manifiesta del profesional, declarada
por el juez o tribunal que entiende en el asunto, aquél no tiene derecho a
remuneración alguna y no puede repetir del cliente los gastos efectuados en el juicio
(art. 48, inc. c]). "Mientras se sustancie el incidente de negligencia —agrega esta
última norma— ante el juez que entiende en el juicio principal, la parte puede utilizar
los servicios de otro profesional a costa de ella". Se trata, como se advierte, de
un incidente no suspensivo de los procedimientos del juicio principal, que debe
tramitar de acuerdo con las normas contenidas en los arts. 175 y ss., CPCCN, y de
cuyo resultado depende la materialización de los efectos previstos por la norma.
Éstos sólo se producen, obviamente, cuando el incidente prospera, en cuyo caso,

200 
 
además, el profesional debe hacerse cargo de los honorarios devengados por el
profesional reemplazante en el juicio principal durante el lapso que insumió la
sustanciación del incidente(47). En caso contrario, pesarán sobre el cliente las
mismas obligaciones que le hubiesen correspondido en la hipótesis de rescisión
unilateral del pacto.
Finalmente, si la rescisión se verifica por voluntad del profesional por renuncia al
patrocinio o al mandato que puede formular en cualquier momento, aquél "no tendrá
derecho a reclamar honorarios a su cliente, ni al reembolso de los gastos útiles al
hacerse efectivo el derecho cuestionado; pero subsistirán sus obligaciones hacia los
terceros, conforme al pacto" (art. 49), las cuales no pueden ser otras que las
consistentes en el pago de las costas causídicas de la otra parte, en el caso de
haber mediado condena a favor de ésa.
El Proyecto de 1969 se limita a expresar, con respecto al punto precedentemente
analizado, que "el cliente podrá prescindir del profesional en las siguientes
condiciones: a) abonando o entregando al profesional el máximo de lo que a éste
hubiese correspondido en el supuesto de obtener éxito total en la reclamación objeto
del pacto; b) cuando mediare dolo o culpa del profesional (art. 32).
g) Dentro del tipo de fijación analizado(48)corresponde incluir el denominado pacto
de cuota litis, que es el convenio en cuya virtud se reconoce al abogado o
procurador, con ciertas limitaciones, una participación en el resultado económico del
proceso, de manera que entraña un factor aleatorio en la gestión profesional que, si
falta, descarta la existencia de dicho pacto aunque la retribución se haya convenido
en un porcentual(49).
El art. 4º, ley 21.839, lo mismo que el régimen derogado aunque con algunas
variantes, regula dicho pacto y dispone a su respecto que los honorarios del
abogado y del procurador, en conjunto, no pueden exceder del 40% del resultado
económico obtenido, y que cuando la participación del profesional en dicho resultado
sea superior al 20% los gastos que correspondieren a la defensa del cliente y la
responsabilidad de éste por las costas estarán, excepto convenio en contrario, a
cargo del profesional. En estos aspectos, como se advierte, el régimen actual se
diferencia del anterior no sólo en el mayor porcentual que reconoce a los
profesionales sino también en la no obligatoriedad, para éstos, de adelantar los
gastos del juicio.
La norma prohíbe pactar honorarios en asuntos o procesos previsionales,
alimentarios(50)y de familia(51)y, en general, con relación a la duración del asunto o
proceso.
La fijación de honorarios mediante convenio está prohibida, como ocurría también
en el régimen derogado, para los profesionales que fueren designados de oficio
(como, v.gr., curadores ad litem, interventores, veedores, etc.), quienes tampoco
pueden percibir importe alguno a título de adelanto, excepto cuando se tratare de
gastos, con cargo de oportuna rendición de cuentas y previo auto fundado (art. 51,
ley citada). El profesional que violare estas prohibiciones, que se fundan en la
necesidad de preservar la imparcialidad y la honestidad con que debe
desempeñarse, es pasible de una multa equivalente a la suma que pactare o
percibiere, además de ser eliminado de la matrícula y de prohibírsele el ejercicio de
la profesión por el término de uno a diez años (art. 52, ley citada).

201 
 
400. Fijación judicial
En ausencia de convenio(52)o en el supuesto de que los honorarios deban ser
pagados por cualquiera de las partes en concepto de costas, el monto de aquéllos
debe ser fijado por el órgano judicial ante el cual los servicios profesionales fueron
prestados, de acuerdo con las pautas que al respecto contienen las leyes
arancelarias y que serán objeto de estudio a continuación.

A) Oportunidad de la regulación
a) El principio general se halla contenido en el art. 27, Ley Arancelaria Nacional,
en cuya virtud "al dictarse sentencia, en todos los casos, se fijará o regulará el
honorario respectivo de los abogados y los procuradores de ambas partes, aunque
ellos no lo hubiesen pedido"(53).
Dicho principio, que en tanto obvia la necesidad de la petición regulatoria y de su
ulterior sustanciación se inspira en claras razones de economía procesal, se
encuentra reproducido en los arts. 163, inc. 8º, 161 y 162, CPCCN(54), con relación
respectivamente, a las sentencias definitivas, interlocutorias y homologatorias, en
las cuales constituye siempre deber del órgano judicial proceder a la regulación de
los honorarios de los profesionales intervinientes, exista o no condenación en
costas(55).
Interesa advertir, sin embargo, que la circunstancia de que la sentencia de
primera instancia haya omitido practicar la correspondiente regulación de honorarios
no constituye motivo de nulidad(56), pues aunque no se haya interpuesto recurso de
aclaratoria, el tribunal de alzada está facultado para hacerlo (art. 278, CPCCN)(57).
b) La exigencia de la regulación de oficio admite tres excepciones que
analizaremos seguidamente.
La primera de ellas se refiere a los procesos sucesorios, en los cuales no procede
la regulación de los honorarios de los profesionales intervinientes hasta tanto se
practique la liquidación del impuesto a la transmisión gratuita de bienes(58), salvo
que existan en las actuaciones elementos suficientes para determinar el valor de los
bienes relictos y los interesados acuerden carácter definitivo a la que se practique
sobre la base de ese valor(59). En consecuencia, mientras no concurran tales
requisitos, no corresponde que la sentencia de declaratoria de herederos contenga
regulación de honorarios de acuerdo con la proporción establecida en el art. 10, Ley
Arancelaria (infra, E], 3).
La segunda excepción resulta del art. 28 de dicha ley, según el cual "en los juicios
voluntarios, los profesionales podrán pedir regulación de sus honorarios al cesar su
patrocinio o representación. El pedido deberá formularse por escrito y en él se hará
constar la estimación de los trabajos y la liquidación de los sellos o derechos que
hubiesen abonado, con la indicación del número de escritos presentados
y audiencias en que hayan intervenido, en su caso. Dicha estimación se hará saber

202 
 
por cédula al beneficiario del trabajo o a su representante, quien deberá manifestar
su conformidad o disconformidad dentro del tercer día, bajo apercibimiento de
procederse a la regulación sin más trámite. Si se guardare silencio o si se expresare
disconformidad, se hará la regulación dentro de las veinticuatro horas siguientes.
Cuando el beneficiario del trabajo o su representante no tenga domicilio legal
constituido en el lugar del juicio, se presumirá su disconformidad con la estimación
del profesional a los efectos de la regulación del honorario"(60).
La norma transcripta comprende los casos de cesación en el patrocinio o
representación ejercidos en los procesos voluntarios (sucesiones, convocatorias de
acreedores, mensuras, etc.) y autoriza la regulación anticipada de los honorarios de
los profesionales, siempre, desde luego, que al tiempo de verificarse dicha
cesación existan elementos de juicio suficientes para determinar la base económica
para ello(61).
Si bien el art. 28 se coloca en la hipótesis corriente de que quien solicita la
regulación sea el profesional o profesionales interesados, no cabe destacar la
posibilidad de que aquélla sea requerida por los eventuales obligados al pago del
honorario, cuyo interés jurídico para formular la solicitud residiría en conocer el
monto correspondiente a fin de determinar la suma líquida que debe distribuirse en
el juicio (art. 505, último párrafo, derogado CCiv., hoy arts. 730 y 731, CCiv. y
Com.)(62).
Al formular el pedido, no constituye requisito indispensable que el profesional
estime el monto de los honorarios, ya que la ley sólo lo obliga a practicar una
estimación de los trabajos realizados, indicando concretamente los actos
procesales en que aquéllos se materializaron(63). Si se trata de procesos sucesorios,
la estimación debe ir precedida de la clasificación de los trabajos, operación que
consiste en diferenciar los que se han realizado en beneficio común de los
herederos, de aquéllos que se efectuaron en el interés particular del heredero o
herederos patrocinados o representados por el profesional que solicita la
regulación(64).
Es también requisito del pedido la individualización de las personas
presuntamente deudoras de los honorarios, a quienes corresponde, bajo pena de
nulidad(65), conferir vista de aquél a fin de que expresen conformidad o
disconformidad con la estimación(66).
Otra excepción, estrechamente vinculada con la anterior, se halla contemplada
por el art. 29, Ley Arancelaria Nacional, que dispone que "en los juicios
contenciosos, cuando el abogado o procurador se separe del patrocinio o
representación por cualquier causa que fuere podrá solicitar la regulación y cobrar
de inmediato el mínimo del honorario que le hubiere correspondido conforme a las
reglas establecidas en este decreto, sin perjuicio de cobrar el saldo una vez dictada
la sentencia definitiva ejecutoriada, si de acuerdo con el resultado del pleito la
retribución debió ser mayor. En este caso, el derecho a solicitar la regulación del
saldo se ejercerá después de dictada la sentencia definitiva". Agrega dicha
disposición que "también podrá pedirse regulación en la misma forma y siguiéndose
los mismos trámites establecidos en el presente artículo, cuando el juicio quede
paralizado por más de un año", y concluye prescribiendo que "las disposiciones
precedentes no serán aplicables en caso de mediar pacto de cuota litis"(67).
Como se percibe, el presupuesto que condiciona la regulación es el mismo que
el contemplado por el art. 28, o sea, la cesación en el patrocinio o la
representación(68). Ambas normas difieren, sin embargo, en algunos aspectos. Uno

203 
 
está dado por la circunstancia de que mientras en los procesos voluntarios sólo cabe
practicar regulaciones de honorarios con carácter definitivo, en los procesos
contenciosos la regulación puede revestir carácter provisional(69), pues de acuerdo
con los términos de la norma transcripta los profesionales conservan el derecho de
obtener una ulterior regulación de mayor monto(70).
Otra diferencia consiste en que el derecho a la regulación provisional que
reconoce el art. 29 es independiente del hecho de que el proceso tenga o no
contenido económico, pudiendo aquélla practicarse, en el primer caso, aun cuando
en oportunidad de formularse la estimación no se encuentre determinada la cuantía
del pleito(71).
Finalmente, de los términos literales de la norma analizada no resulta que sea
necesario, como en los procesos voluntarios, que se confiera vista de la estimación
al presunto obligado al pago de los honorarios(72), aunque consideramos que, por
razones de coherencia con el sistema instituido por el art. 28, aquel trámite también
es aplicable al caso(73). En consecuencia, cabe considerar extensivas a los procesos
contenciosos, en lo pertinente, las consideraciones que hemos formulado
precedentemente con relación al trámite posterior a la estimación de los trabajos(74).
Constituyó materia controvertida la consistente en determinar el alcance de las
facultades que el beneficiario del trabajo profesional puede ejercer durante el trámite
previo a la regulación, así como también la naturaleza de la resolución judicial
regulatoria.
Algunos fallos, en efecto, resolvieron que el mencionado trámite era la
oportunidad adecuada para articular todas las cuestiones o defensas que el
presunto deudor del honorario intentare oponer a la regulación(75)y que resultaban,
por ende, extemporáneas las que se dedujeren durante el procedimiento tendiente
al cobro del honorario ya regulado(76).
La jurisprudencia actualmente predominante, sin embargo, con acierto a nuestro
juicio, se pronuncia en el sentido de que durante el trámite previo a la regulación
es inadmisible el planteamiento de defensas tendientes a cuestionar el derecho del
profesional a la percepción del honorario, debiendo el presunto deudor limitarse
a expresar su conformidad o disconformidad con la estimación(77). La resolución
regulatoria, por lo tanto, no tiene el carácter de una sentencia de condena, sino el
de una sentencia determinativa del monto del honorario(78), debiendo el presunto
deudor plantear las defensas a que se crea con derecho en el proceso de ejecución
tendiente al cobro de dicho monto(79).
Importa destacar, sin embargo, que diversos precedentes han declarado que
durante el trámite previo a la regulación es admisible la defensa de prescripción, por
cuanto, en el supuesto de prosperar, tornaría en inoficiosa la determinación del
monto del honorario(80).
El Proyecto de 1969 establece, en el art. 33, que "los profesionales podrán hacer
estimación fundada de sus honorarios antes de procederse a su fijación en la
sentencia y también en las demás situaciones autorizadas por esta ley. En tal caso,
el tribunal deberá fundar el auto regulatorio. La regulación se efectuará dentro del
tercer día, salvo que las circunstancias del caso impusieran la necesidad de tramitar
el pedido, en cuya situación se observarán las normas referentes a las excepciones
previas en el proceso ordinario". Agrega el art. 34 que "los profesionales podrán
solicitar fijación de sus honorarios y obtenerla al cesar en su actuación. También
durante la sustanciación del proceso cuando haya transcurrido un año sin
habérseles practicado regulación alguna". Ambas normas nos parecen objetables:

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la primera porque el plazo de tres días dentro del cual debe practicarse la regulación
no es compatible con los plazos que la ley procesal establece para el citado de la
sentencia; y la segunda porque, a diferencia de la ley vigente, omite prever los
trámites previos a la regulación.
c) Prescribe el art. 47, ley 21.839(81), como también lo hacía el art. 27, Ley
Arancelaria derogada, que al dictarse sentencia debe regularse, fundadamente, el
honorario de los profesionales de ambas partes aunque no medie petición expresa.
Esta regla se halla también establecida en el art. 163, inc. 8º, CPCCN, y
es extensiva a las sentencias interlocutorias y homologatorias (arts. 161 y
162), aunque importa advertir que la omisión de regulación de honorarios en la
sentencia no comporta motivo de nulidad por cuanto aquélla puede practicarse
ulteriormente, cuando sea requerida.
Cabe, sin embargo, recordar que los autos regulatorios resuelven únicamente
sobre el monto de la suma con que los trabajos deben ser remunerados, pero nada
deciden sobre el derecho a esos honorarios ni anticipan sobre la procedencia y la
forma de su cobro, de modo que dichas cuestiones deben sustanciarse y resolverse
precisamente con motivo de la ejecución de dicho emolumento por vía de alguna de
las excepciones previstas para este tipo de procesos(82).
En el caso de que para proceder a la regulación sea necesario establecer el valor
de los bienes, y con anterioridad a la sentencia no se hubiese producido la
determinación conforme al art. 23, el juez debe diferir el auto regulatorio y dejar
constancia de ello en la sentencia (art. 47, ley 21.839).
Los profesionales, sin embargo, pueden solicitar la regulación y cobrarle a su
cliente al cesar en su actuación y el juez debe regular el mínimo del arancel que
corresponda, sin perjuicio del derecho a posterior reajuste, una vez determinado el
resultado del pleito (art. 48), estando aquéllos facultados para obtener el dictado de
una medida cautelar que les garantice dicho reajuste(83).

B) Recursos
a) Toda resolución que regule honorarios es susceptible de recurso de apelación
que puede ser interpuesto tanto por el profesional interesado cuanto por las
personas obligadas a pagarlos (art. 30, Ley Arancelaria Nacional)(84).
La norma se refiere a cualquier tipo de resolución judicial que contenga una
regulación de honorarios, siendo aplicable, por lo tanto, a las sentencias definitivas
e interlocutorias y a las providencias simples. Funciona, además, con prescindencia
de las limitaciones cuantitativas que algunas leyes imponen, con carácter general,
al recurso de apelación (v.gr., arts. 1º, ley 17.328, 3º, ley 17.624, y 17, inc. 1º, ley
4055, con la modificación introducida por la ley 17.765)(85), y de la circunstancia de
que, por el tipo de proceso de que se trate, se circunscriba la admisibilidad del
recurso a resoluciones específicamente determinadas en la ley (v.gr., procesos
sumarios y sumarísimos).
La ley 18.345instituye, al respecto, un régimen particular. El art. 106, en efecto,
declara la inapelabilidad de todas las sentencias y las resoluciones dictadas en el

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juicio cuando el valor que se intente cuestionar en la alzada no exceda de cincuenta
mil pesos (moneda nacional); pero el artículo siguiente establece que son apelables
las regulaciones de honorarios cuando el monto de la demanda y, en su caso, de la
demanda y la reconvención supere los cincuenta mil pesos (de la misma moneda).
Como se percibe, instituye un tratamiento diferencial, en favor de los profesionales,
según se trate de recursos que versen sobre cualquier cuestión involucrada en el
proceso o sobre el monto de los honorarios.
b) Interesa, asimismo, destacar que, en todos los casos, la apelación contra la
resolución regulatoria debe ser expresa, no siendo pertinente, por lo tanto, que se
la considere implícitamente comprendida en el recurso deducido contra la resolución
que, accesoriamente, contiene una regulación de honorarios(86).
c) En ciertas hipótesis la interposición del recurso configura una obligación para
el profesional. Tales son las del procurador, en el caso del art. 11, inc. 1º, ley
10.996(87), y la del síndico del concurso civil (art. 687, apartado final, CPCCN).
d) Con respecto al trámite del recurso, el art. 31, Ley Arancelaria Nacional,
prescribe lo siguiente: "El recurso de apelación podrá interponerse ante el actuario
en el acto de la notificación personal o dentro del tercer día de la misma o de la
notificación por cédula. Si el recurso se deduce en forma de escrito, podrá fundarse.
El expediente se elevará al superior dentro de las cuarenta y ocho horas de
concedido el recurso, aun cuando esté pendiente la reposición de sellos. La Cámara
resolverá la apelación dentro de los diez días de recibido el expediente sin previa
notificación a las partes u otra sustanciación"(88).
La norma transcripta se refiere exclusivamente a las resoluciones
regulatorias autónomas y no a las que forman parte de un pronunciamiento judicial
recaído sobre otras cuestiones (principales o incidentales), pues en este último
supuesto el plazo y el subsiguiente trámite del recurso se encuentran sometidos a
las disposiciones aplicables al recurso deducido o que pudo deducirse contra dicho
pronunciamiento(89). Pero si, al vencer el plazo correspondiente, la apelación queda
limitada al monto de los honorarios, el trámite de segunda instancia debe ser el
prescripto por el art. 31, se haya o no fundado el recurso en el escrito
de interposición(90).
No creemos, por ello, que la disposición contenida en el art. 69, último
apartado, CPCCN, haya modificado a la norma mencionada, ya que aquélla no
contempla el supuesto de regulaciones autónomas, sino el de regulaciones
accesorias de la resolución que decide un incidente(91). Ello, sin perjuicio de que el
profesional opte por fundar el recurso en el acto de su interposición, en lugar de
hacerlo en la oportunidad prevista por el art. 260, inc. 1º.
Si bien la fundamentación del recurso en primera instancia no es obligatoria y,
por lo tanto, la falta de aquélla no determina la deserción del recurso, no procede la
presentación de escritos en segunda instancia que tengan dicha finalidad(92).
e) En lo que concierne al alcance de las facultades de la Cámara cuando conoce
de recursos de apelación en materia de honorarios, el carácter de orden público que
reviste la Ley Arancelaria (art. 51) no es susceptible de alterar el principio según el
cual la competencia de los órganos judiciales de alzada, en causas civiles, se halla
limitada por la extensión de los recursos concedidos para ante ellos, importando, la
transgresión de tales límites, agravio a las garantías constitucionales de la propiedad
y de la defensa en juicio; de manera que, en primer lugar, si la regulación sólo ha
sido apelada por estimársela alta y no media, por lo tanto, recurso del profesional
en sentido contrario, el tribunal está inhabilitado para elevar el monto de los

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honorarios, aun cuando ello hubiera sido procedente de acuerdo con las normas
arancelarias(93). A la inversa, en la hipótesis de que la regulación haya sido recurrida
por el profesional en virtud de considerarla baja y no exista recurso interpuesto por
el cliente o por la parte condenada en costas y fundado en la razón contraria, no
procede que el tribunal reduzca el monto fijado en primera instancia(94).
No es contrario a las conclusiones precedentes el art. 279, CPCCN, según el cual
"cuando la sentencia o resolución fuere revocatoria de la de primera instancia, el
tribunal adecuará las costas y el monto de los honorarios al contenido del
pronunciamiento, aunque no hubiesen sido materia de apelación"(95). Esta norma,
en efecto, sólo autoriza al tribunal de alzada a reajustar las regulaciones practicadas
en primera instancia en función del resultado definitivo del pleito y de acuerdo con
las normas arancelarias que dispensan un tratamiento diferencial sobre la base de
que el profesional haya asistido o representado a la parte vencedora o a la parte
vencida(96).
f) El art. 32, Ley Arancelaria, prescribe que "cuando la regulación fuera hecha por
las cámaras de apelaciones o por la Corte Suprema, no habrá recurso alguno"(97).
Dicha disposición, sin embargo, no descarta la admisibilidad del recurso de
aclaratoria, el cual puede ser interpuesto en cualquier instancia con el objeto de
corregir algún error material o aclarar conceptos oscuros, siempre que no se altere
"lo sustancial de la decisión", así como también para "suplir cualquier omisión en
que se hubiese incurrido sobre alguna de las pretensiones deducidas y discutidas
en el litigio" (art. 166, inc. 2º, CPCCN)(98).
Asimismo, debe repararse en la circunstancia de que, conforme con lo dispuesto
por el art. 24, inc. 6º, dec.-ley 1285/1958, con la reforma introducida por la ley
17.116, es admisible el recurso ordinario de apelación ante la Corte Suprema de
Justicia en los supuestos en que el monto de los honorarios regulados por la
Cámara exceda de la suma de m$n 5.000.000, siempre que se encuentre
comprometido el interés de la Nación(99)y se trate de una regulación definitiva(100).
Finalmente, corresponde tener en cuenta que si bien las regulaciones de
honorarios no son susceptibles del recurso extraordinario que autoriza el art. 14, ley
48(101), tal principio cede cuando aquéllas importan una lesión constitucional(102)o
adolecen de la tacha de arbitrariedad(103).
g) La omisión(104), en la ley 21.839, de toda referencia a la apelación deducida
contra las resoluciones regulatorias de honorarios, dio motivo a la formulación de
conclusiones jurisprudenciales contradictorias. El vacío vino a ser cubierto por la ley
22.434, que agregó al art. 244, CPCCN, un apartado en virtud del cual toda
regulación de honorarios será apelable. El recurso de apelación deberá interponerse
y podrá fundarse dentro de los cinco días de la notificación.

C) Cobro de honorarios
a) "El cobro de honorarios —prescribe el art. 35, Ley Arancelaria Nacional— se
hará siguiendo el procedimiento señalado para el juicio de ejecución de las
sentencias, ante el juez o tribunal que hubiese intervenido en primera instancia.
Cuando el abogado o el procurador de la parte vencedora persiguiera el cobro de

207 
 
su honorario al vencido, conforme al derecho que le acuerda esta ley, podrá practicar
las notificaciones en el domicilio legal constituido por el ejecutado en el juicio
principal para las notificaciones personales. La intimación de pago importará la
citación de remate para oponer excepciones y el emplazamiento del ejecutado"(105).
La norma precedentemente transcripta se refiere exclusivamente al cobro de
honorarios que han sido regulados en juicio y, en concordancia con la regla
contenida en el art. 6º, inc. 1º, CPCCN, acuerda competencia, para conocer en el
respectivo procedimiento, que constituye un incidente del proceso principal(106), al
órgano judicial de primera instancia que intervino en este último.
b) Corresponde puntualizar, asimismo, que el procedimiento de ejecución de
sentencia sólo es aplicable cuando la regulación de los honorarios sea consecuencia
de una condenación en costas y la pretensión de cobro se interponga frente a la
parte condenada(107). Por lo tanto, no es admisible dicho procedimiento, sino el del
juicio ejecutivo, en las hipótesis en que no media condenación en costas, o en
que, existiendo dicha condenación, el profesional dirige su pretensión frente a la
parte que patrocinó o representó, o en que la resolución regulatoria se dictó de
acuerdo con el procedimiento establecido por los arts. 28 y 29, al cual nos hemos
referido bajo la letra A)(108). Si se trata, por el contrario, de honorarios convencionales
o devengados por trabajos extrajudiciales, el profesional interesado debe intentar su
cobro en proceso ordinario o sumario, de acuerdo con el monto de la suma
reclamada (art. 320, inc. 2º, CPCCN)(109), salvo que el convenio reúna los requisitos
a los cuales la ley condiciona la admisibilidad de la vía ejecutiva (arts. 520 y 523,
CPCCN)(110).
c) Constituye presupuesto esencial de la norma que examinamos la existencia
de una resolución regulatoria consentida o ejecutoriada(111). Dicha resolución
configura título hábil para requerir la traba del embargo y la citación del deudor del
honorario para la venta de los bienes que han sido objeto de aquella medida (art.
505, CPCCN)(112), siendo innecesaria la previa intimación de pago a que se refiere
el art. 35, Ley Arancelaria, pues dicho trámite no se halla previsto en el
procedimiento de ejecución de sentencia(113).
Dentro del plazo de cinco días computado desde la citación de venta, el ejecutado
sólo puede oponer y probar las excepciones previstas en el art. 506, CPCCN(114), es
decir, las de falsedad de la ejecutoria(115), prescripción de aquélla(116), pago(117), quita,
espera o remisión. Dichas excepciones deben fundarse en hechos posteriores a la
resolución regulatoria y probarse por las constancias del juicio o por documentos
emanados del profesional ejecutante que corresponde acompañar al deducirlas,
con exclusión de todo otro medio probatorio(118)(art. 507, CPCCN)(119).
Durante el procedimiento de ejecución de sentencia, las notificaciones
correspondientes pueden practicarse en el domicilio procesal constituido por el
ejecutado en el proceso principal, debiendo entenderse por tal al constituido por
aquél personalmente o por medio de apoderado, salvo, desde luego, que se
constituya un nuevo domicilio en la ejecución(120).
d) Si, en cambio, el cobro de los honorarios se persigue mediante el
procedimiento del juicio ejecutivo, proceden las excepciones que contempla el art.
544, CPCCN(121).
El art. 36, Proyecto de 1969, determina que "todo honorario debe ser pagado
dentro del término de treinta días de notificado el auto regulatorio definitivo" y que
"a su vencimiento devengará un interés moratorio del tipo oficial". La norma, desde

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luego, funciona independientemente de los intereses y de las costas devengadas
con motivo del procedimiento de ejecución.
e) En el supuesto de mediar condenación en costas(122), los obligados al pago del
honorario, frente al profesional beneficiario, son tanto la parte condenada cuanto el
cliente de aquél, mientras que de acuerdo con la ley arancelaria derogada el
profesional podía optar entre dirigir la pretensión ejecutiva de cobro contra su
patrocinado o mandante, o contra el obligado al pago de las costas, sin perjuicio, en
la primera hipótesis, de la repetición de lo abonado. La ley vigente, con discutible
acierto, instituye una prelación en el cobro del honorario, por cuanto dispone que el
profesional debe dirigirse, en primer lugar, contra la parte condenada en costas
dentro de los treinta días de notificado el auto regulatorio firme (si no se hubiese
fijado un plazo menor) computables en forma continua(123)y que en el supuesto de
que el pago no se efectúe, aquél recién puede reclamar el pago al cliente (art. 49),
a quien se concede otro plazo de treinta días contado desde la notificación(124)del
reclamo profesional (art. 50, primera parte). Es obvio que si es el cliente quien en
definitiva abona el honorario, puede repetir el monto correspondiente de la parte
condenada en costas.
Agrega la última parte del art. 50 que la acción para el cobro de los honorarios
tramitará por la vía de ejecución de sentencia, norma que guarda coincidencia con
la contenida en el art. 500, inc. 3º, CPCCN(125). Si no media, en cambio, condena en
costas, la pretensión debe tramitar por la vía del juicio ejecutivo(126).

D) Garantías del cobro


Los profesionales cuentan con dos tipos de garantías tendientes a hacer efectivo
el cobro de su crédito por honorarios.
A la primera de ellas se refiere el art. 34, ap. 1º, Ley Arancelaria Nacional, en
tanto prescribe que "cuando la resolución contuviese condenación en costas, éstas
quedan embargadas, preventivamente, en el momento de su imposición, en
beneficio de aquellos que tuviesen honorarios regulados o a regular en razón de la
sentencia condenatoria"(127). Se trata, como se advierte, de una medida cautelar
implícita y automática, que no requiere, como tal, la existencia de una resolución
que la disponga ni el pedido de los profesionales interesados y tiene por objeto
impedir que la parte vencedora perciba el importe de honorarios cuya propiedad
corresponde al profesional o profesionales que la han asistido o representado(128).
La segunda de las referidas garantías se halla prevista en el art. 38 de la ley
mencionada, que dispone lo siguiente: "Los jueces no podrán dar por terminado
ningún juicio o expediente, disponer su archivo, aprobar transacción, admitir
desistimiento, subrogación o cesión, dar por cumplida la sentencia, ordenar el
levantamiento de embargos o inhibiciones, o cualesquiera otra medida de seguridad
y hacer entrega de fondos o valores depositados, o de cualquier otro documento,
sin previa citación de los profesionales cuyos honorarios no resulte de autos haber
sido pagados, salvo la conformidad de éstos, prestada por escrito, o que se deposite
judicialmente lo que el juez fije para responder a los honorarios adeudados, o que
se afiance su pago con garantía real suficiente. La citación debe efectuarse
personalmente o por cédula, en el domicilio real de los profesionales cuando éstos

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no hubiesen constituido domicilio legal en ejercicio de sus propios derechos. Cuando
el profesional no hubiera constituido domicilio legal, se ignore su domicilio real o
hubiere fallecido, la citación que dispone este artículo se hará mediante edictos de
tres días en el Boletín Judicial"(129).
La norma enumera diversos actos procesales que no pueden ejecutarse o
perfeccionarse sin previa audiencia de los profesionales que tuvieren un crédito
pendiente de cobro en concepto de honorarios regulados con motivo de
su intervención en el proceso en que dichos actos deban cumplirse(130), y les
acuerda, por lo tanto, la facultad de deducir la correspondiente oposición hasta tanto
se deposite o afiance el importe de aquéllos.
Dicha oposición debe deducirse frente al deudor del honorario, pudiendo reunir
esta última calidad las dos partes o sólo la que requirió los servicios profesionales,
según que, respectivamente, exista o no condenación en costas(131). Por lo tanto, el
profesional que ha asistido o representado a la parte vencida no podría oponerse,
v.gr., a una extracción de fondos o al levantamiento de una medida cautelar pedidos
por la parte vencedora, ya que no lo liga a ésta relación jurídica alguna(132).
Las situaciones que contempla la norma deben, por lo demás, interpretarse
restrictivamente(133)y no configuran la institución de un privilegio especial a favor de
los profesionales(134).
El Proyecto de 1969, finalmente, contiene una norma sustancialmente análoga a
la del art. 38, Ley Arancelaria vigente. Dispone, en efecto, su art. 40, que "los
tribunales judiciales y autoridades administrativas no podrán, antes de los dos años
de la última intervención profesional, dar por terminado el proceso o asunto,
disponer su archivo, aprobar o mandar cumplir la transacción, hacer efectivo el
desistimiento, dar por cumplida la sentencia o la resolución, ordenar la entrega,
adjudicación o transferencia de sumas de dinero u otros bienes sin la conformidad
de los profesionales que hayan intervenido, cuando no exista constancia de haber
sido desinteresados respecto de los honorarios o garantizados con bienes
suficientes. En el caso de no dar ellos su conformidad expresa con el monto y la
garantía ofrecidos, el tribunal o autoridad los establecerá".
Como arbitrio destinado a garantizar el pago de los honorarios profesionales(135),
dispone el art. 55, ley 21.839, como lo hacía el art. 38 del anterior arancel, que los
tribunales, antes de los dos años de la última intervención profesional, al dar por
terminado un juicio o expediente, disponer su archivo, aprobar transacción, admitir
desistimiento, subrogación o cesión, ordenar el levantamiento de medidas
cautelares y entrega de fondos, deberán hacerlo con citación de los profesionales
cuyos honorarios no resulte de autos haber sido pagados y siempre que aquéllos
hubiesen constituido domicilio legal a los efectos del presente artículo. La citación
no corresponderá en los casos en que existiere regulación de honorarios de los
profesionales intervinientes.
La citación que prevé la norma transcripta, como surge claramente de su texto,
no corresponde cuando ya se hubieran regulado honorarios(136), por cuanto, frente a
esa hipótesis, aquél cuenta con la vía de la ejecución, ni cabe la oposición del
profesional a la realización de los actos que aquélla contempla cuando es posible
trabar medidas cautelares sobre bienes que garantizan suficientemente el derecho
del profesional(137).

210 
 
E) Bases para la fijación judicial de los honorarios

1) Principios generales
a) Deben ser objeto de regulación todos los trabajos profesionales realizados
durante el curso del proceso y cuya existencia resulte del expediente(138), así como
también los trabajos extrajudiciales que guarden íntima relación con aquéllos(139).
Dentro de esa clase de trabajos, la ley sólo excluye de la regulación a los
"escritos inoficiosos", es decir, a los que carecen de toda utilidad para lograr el efecto
perseguido con su presentación(140). Tal carácter revestirían, entre otros, la demanda
presentada ante un juez que, fuera de dudas, carece de competencia para conocer
de ella(141); el memorial presentado con motivo de la apelación de una sentencia
consentida(142); los escritos posteriores al conocimiento que el apoderado tuvo de la
revocación del poder(143); los escritos devueltos(144); etcétera.
b) "A los efectos de la regulación de honorarios —prescribe el art. 10, ap. 4º, Ley
Arancelaria Nacional— la firma de abogado patrocinante en los escritos presentados
en juicio implicará su dirección profesional en las actuaciones posteriores que no
lleven su firma, mientras no lo sustituya otro abogado que declare en forma expresa
que ha quedado excluido el anterior. Esta regla no se aplicará en los juicios en que
el interesado intervenga directamente, sin procurador"(145).
La ley establece, de tal manera, una presunción de continuidad en el patrocinio
letrado con respecto a los escritos presentados por el procurador(146)con
posterioridad al primer acto procesal en que se exteriorizó dicho patrocinio. La
presunción desaparece mediante la presentación de otro abogado que
declare, expresamente, haber sustituido al anterior, pero no cuando la actuación del
segundo profesional revista carácter transitorio o circunstancial(147).
Consideramos que el requisito de la declaración expresa es excesivo(148)y que
resulta más justo tener por concluido el patrocinio frente a la inequívoca sustitución
del primer profesional. Con acierto, el Proyecto de 1969 ha eliminado la necesidad
de dicho requisito (art. 11).
c) El art. 3º, Ley Arancelaria Nacional, prevé el supuesto de que varios abogados
o procuradores hayan asistido o representado a una misma parte, sea en
forma conjunta o sucesiva. Con respecto a la primera hipótesis, establece que la
actuación profesional debe considerarse "como un solo patrocinio o representación",
vale decir que corresponde practicar una regulación única cuyo importe, salvo pacto
en contrario, se dividirá por el número de abogados o
procuradores intervinientes(149). Con relación a la segunda hipótesis, prescribe que
"el honorario se fijará en proporción a la importancia jurídica de la
respectiva intervención y a la labor desarrollada por cada uno", a cuyo efecto es
preciso atenerse a las etapas que prevé el art. 10, y a las cuales nos referiremos
más adelante (nro. 4). El Proyecto de 1969, en cambio, determina que "a los efectos
del honorario profesional, el desempeño de más de un abogado o procurador por

211 
 
una misma parte, conjunto o sucesivo, será considerado como actuación única" (art.
12).
Aunque la ley vigente no prevé la forma de regularse los honorarios cuando existe
litisconsorcio y actúan diferentes profesionales en la asistencia o la representación
de los litisconsortes, la jurisprudencia tiene resuelto que los trabajos realizados por
aquéllos deben considerarse como correspondientes a un único patrocinio o
mandato, y la regulación practicarse en proporción a la importancia jurídica y a la
labor desarrollada por cada profesional(150). El Proyecto de 1969, en cambio,
contempla el caso y prescribe, en el art. 13, que "en los casos de litisconsorcio,
activo o pasivo, en que intervengan diferentes profesionales en la atención de
cualesquiera de las partes, los honorarios de cada uno de ellos se regularán
atendiendo a la actuación cumplida y a los principios generales contenidos en el art.
15, de modo de no exceder el total un cuarenta por ciento (40%) más de la escala
del art. 16"(151).
d) Los honorarios de los procuradores deben fijarse entre el 35% y el 40% de lo
que la ley establece con respecto a los abogados (art. 2º, ap. 1º, Ley Arancelaria
Nacional)(152), guardando por lo tanto entre sí una relación matemática(153).
El segundo apartado de la norma citada determina que "cuando el profesional
actuare en el doble carácter de letrado y apoderado, percibirá como mínimo el 90%
de la asignación que hubiere correspondido a ambos", aunque se discute si esa
disposición fue o no derogada por la ley 14.170(154). El Proyecto de 1969 modifica
los mencionados porcentajes, fijándolos entre un 30% y un 45% (art. 9º) y establece
que "cuando el abogado ejerciere también la representación de su patrocinado
percibirá, además, el honorario que le correspondiere como procurador" (art. 10),
norma que consideramos justa en la medida en que no existe incompatibilidad legal
entre el ejercicio de ambas profesiones y en que no median razones atendibles para
cercenar la retribución de una labor profesional efectivamente realizada.

2) Elementos computables para la regulación


a) Son ellos: 1) El monto del juicio, si fuera susceptible de apreciación
pecuniaria. 2) La naturaleza y la complejidad del asunto. 3) El mérito de la defensa,
apreciada por la calidad, eficacia y extensión del trabajo (art. 4º, Ley Arancelaria
Nacional)(155). En los juicios, actuaciones o procedimientos no susceptibles de
apreciación pecuniaria, el valor del trabajo profesional debe fijarse teniendo en
cuenta las circunstancias indicadas bajo los números 2 y 3(156).
b) El "monto del juicio", que constituye un elemento computable fundamental
cuando se trata de procesos susceptible de apreciación pecuniaria, debe
correlacionarse con la naturaleza del proceso, pues si bien la ley, como veremos,
establece un principio legal cuando se trata de procesos que tienen como objeto
pretensiones tendientes al cobro de sumas de dinero u otros valores, contiene
diversas disposiciones que, haciendo excepción a ese principio, refieren la
determinación del monto a circunstancias distintas, derivadas de la índole del
proceso de que se trate.

212 
 
El principio general se halla instituido en el art. 8º, según el cual debe
considerarse como monto del juicio la cantidad que resulte de la sentencia o la
transacción (art. 8º)(157). Es, por lo tanto, el monto de la condena o, eventualmente,
el que las partes determinen a través de una transacción, y no el importe reclamado
en la demanda(158), el factor que cabe considerar a los efectos regulatorios. Sin
embargo, la ley computa la mitad de dicho importe cuando el monto resultante de la
sentencia o la transacción sea inferior a esa mitad y cuando el honorario deba
regularse sin que se hayan cumplido ninguno de los mencionados actos procesales.
Con relación al primero de esos supuestos, el art. 8º acuerda a los profesionales
de la parte vencedora en las costas el derecho de pedir que se fije el honorario
adicional a cargo del cliente, el cual "se regulará teniendo en cuenta la diferencia
entre el monto que resulte de la sentencia o transacción y la mitad del valor de la
demanda o reconvención deducidas". Para los profesionales de la parte vencida en
las costas no existe, en cambio, ese derecho a obtener una regulación adicional,
debiendo sus honorarios regularse sobre la base de la mitad del valor reclamado en
dichos actos.
La jurisprudencia, asimismo, tiene reiteradamente decidido que en los casos
de rechazo total de una demanda que verse sobre sumas de dinero o bienes
susceptibles de apreciación precuniaria, o de desistimiento del derecho con
posterioridad a la contestación de la demanda, y cualquiera que sea la naturaleza
del proceso, debe tomarse como monto del juicio, a los efectos regulatorios, la mitad
del valor económico reclamado en la demanda(159).
Con relación al segundo supuesto también corresponde considerar como monto
del juicio aquella mitad, pero si después de fijado el honorario se dicta sentencia,
debe procederse a una nueva regulación de acuerdo con los resultados del juicio y
aplicando las reglas antes mencionadas. "Las obligaciones definitivas de las
partes —concluye el art. 8º—, se regirán por la última regulación"(160).
El Proyecto de 1969 considera monto del juicio, con respecto a las pretensiones
que versen sobre sumas de dinero, el monto reclamado en la demanda,
computándose el capital y sus accesorios.
Como lo señalamos anteriormente, existen en la Ley Arancelaria diversas
disposiciones que determinan el monto del juicio sobre la base de otros criterios,
vinculados con la naturaleza del proceso de que se trate. Así en las sucesiones
constituye monto del juicio el del acervo o haber hereditario (art. 16); en los
concursos civiles y quiebras, el del activo realizado o el valor de los bienes
adjudicados a los acreedores (art. 17); en las medidas cautelares, el del valor de los
bienes que se tienda a asegurar (art. 18); en los juicios de alimentos, el importe de
los alimentos de un año (art. 20); en los juicios de desalojo, el del importe
correspondiente a los alquileres de un año (art. 21); etcétera.
En el supuesto de que para la determinación del monto del juicio sea menester
establecer el valor de bienes inmuebles "se tendrá en cuenta el avalúo del Fisco
para la contribución territorial, salvo que conste en autos, tasación aprobada
judicialmente, o cuando cualquiera de las partes interesadas pida a su costa la
tasación judicial de los mismos" (art. 9º, Ley Arancelaria Nacional)(161).
La facultad que la norma transcripta acuerda a los profesionales para requerir
que se practique una tasación especial, a su costa, de los bienes inmuebles puede
ejercitarse tanto en los procesos contenciosos (v.gr., interdictos, pretensiones
posesorias) cuanto en los voluntarios (v.gr., sucesiones) y se halla condicionada al
requisito de que no exista una tasación aprobada judicialmente(162)o, en su caso, de

213 
 
que no se haya aceptado el avalúo practicado con fines impositivos(163). Por lo
demás, la regulación efectuada como consecuencia del ejercicio de dicha facultad
no sólo tiene efectos con relación a la parte patrocinada o representada, y no con
respecto a la otra parte, aunque sea condenada al pago de las costas(164).
En cuanto al tema, el Proyecto de 1969 innova el régimen vigente en diversos
aspectos tales como su ampliación a los bienes muebles, la exigencia de computar
los valores vigentes al tiempo de practicarse la regulación, la concesión de la
facultad de requerir la tasación especial no sólo a los profesionales, etc. Dice, al
respecto, el art. 20, inc. b): "Si la acción versare sobre cosas muebles o inmuebles,
el monto (del juicio) será el valor que las partes le hubiesen asignado en el proceso.
Caso contrario, se tendrá en cuenta el avalúo fiscal con fines impositivos para
los inmuebles, las cotizaciones o tablas oficiales para los muebles, o el valor de
tasación aprobada judicialmente para ambos. Se tomarán siempre en cuenta los
valores vigentes al tiempo de hacerse la regulación. Cuando constare en el proceso
un precio de venta superior a los mencionados, dicho precio será el valor a
considerarse a los efectos de la regulación. El profesional o cualquiera de las
partes interesadas en la regulación podrá pedir una tasación especial del bien,
cuyos gastos y honorarios serán a cargo del profesional, de la parte o de ambos de
acuerdo con las normas vigentes sobre costas procesales según el resultado de la
tasación y el motivo de su requerimiento".
Corresponde considerar monto del proceso(165), a los fines regulatorios, la suma
que resultare de la sentencia o la transacción (art. 19, Ley Arancelaria Nacional), de
manera que para los profesionales de la actora dicho monto está representado por
la suma por la cual la pretensión prospera(166), y para los profesionales de la
demandada por la suma reclamada por la actora y que el fallo desestima sin
necesidad de distinguir entre aquellos ítems que hubieren prosperado o no(167).
Si el juicio concluye por transacción, el monto a computar es el que las partes
determinen al celebrar dicho acto, el que debe estar directamente relacionado con
el derecho en litigio(168), correspondiendo entender que por el monto del
renunciamiento mutuo no se identifica con el del proceso(169).
Cuando el honorario debe regularse sin que se haya dictado sentencia ni
sobrevenido transacción (lo que, p. ej., ocurre en el caso de que el profesional se
aparte del juicio), corresponde considerar monto del proceso la suma que,
razonablemente, y por resolución fundada, hubiera correspondido, a criterio del
tribunal, en caso de haber prosperado el reclamo del pretensor, pero dicho monto
no puede en ningún caso exceder la mitad de la suma reclamada en la demanda y
reconvención si ésta se ha deducido (art. 20, íd.)(170), aunque si después de fijado el
honorario se dicta sentencia debe incluirse en ella la nueva regulación de acuerdo
con los resultados del proceso (art. 21, íd.).
El art. 23, ley 21.839, dispone, asimismo, en su ap. 1º, que cuando para la
determinación del monto del proceso debiera establecerse el valor de bienes
muebles o inmuebles, el tribunal correrá vista al profesional y al obligado al pago del
honorario, para que en el plazo de tres días estimen dichos valores.
Esta norma es aplicable, en términos generales, a aquellos procesos en los
cuales se discute la propiedad, posesión o tenencia de bienes muebles o inmuebles,
como, v.gr., los de reivindicación, pretensiones posesorias e interdictos, así como
en los casos en que resulta menester determinar el monto del acervo sucesorio. Es,
en cambio, inaplicable cuando la ley fija el porcentaje y la pauta de la regulación,
según ocurre con el juicio de desalojo (art. 26) o en el caso, por ejemplo, de que el

214 
 
proceso verse sobre el cumplimiento o la resolución de un contrato de compraventa,
en el cual corresponde computar como monto del juicio el valor del bien
vendido exteriorizado en el boleto, sin perjuicio de su actualización(171). Cabe añadir
que la vista de estimación de valores a que alude la norma analizada constituye uno
de los casos en que la ley exige pronunciarse (art. 263, CCiv. y Com.), razón por la
cual el silencio debe interpretarse como asentimiento(172)sin perjuicio de la facultad
que asiste al juzgado para disponer las medidas que estime convenientes para
establecer dichos valores mediante otros elementos de juicio, cuando las
circunstancias del caso lo exijan(173).
Si no hubiere conformidad —agrega el ap. 2º de la norma citada— el tribunal,
previo dictamen de un perito tasador designado de oficio, determinará el valor del
bien y establecerá a cargo de quién quedará el pago del honorario de dicho perito,
de acuerdo con las posiciones sustentadas, respectivamente, por las partes. Los
honorarios del perito, en consecuencia, deben ser soportados por quien resulte
vencido (art. 69, CPCCN), o bien, se distribuirá atendiendo a las diferencias que
pudieren mediar entre los valores que informó el experto y los que las partes habían
proporcionado(174).
c) La "naturaleza" del proceso, como elemento computable a los fines
regulatorios, ha sido contemplada por diversas normas de la ley, sea, como hemos
visto, para determinar un monto específico, sea para fijar porcentajes diferenciales
con relación a los de la escala general prevista en el art. 6º (v.gr., juicios ejecutivos;
procedimiento de ejecución de sentencia, etc.). En lo que atañe a la "complejidad"
del proceso debe estarse a la sencillez o dificultad que encierran el planteamiento
de las cuestiones de hecho o de derecho, o la producción de la prueba.
d) En cuanto al "mérito de la defensa" debe ser apreciado, en primer lugar, por la
"calidad" del trabajo profesional, calificación que remite al juicio de valor que el juez
se forme sobre la base de la mayor o menor aptitud técnica que aquél exhiba(175).
En segundo lugar, corresponde computar la "eficacia" de la labor, elemento
íntimamente vinculado con la calidad pero que la ley contempla específicamente al
referirse al honorario de los profesionales de la parte que pierda el pleito totalmente
(art. 7º). Por último, es preciso tener en cuenta la "extensión" del trabajo, que no se
mide, naturalmente, por el número de escritos presentados ni por la extensión
material de éstos, sino en función de las etapas en que se divide el proceso de
acuerdo con lo dispuesto por el art. 10 de la ley (infra, nro. 400, 4) y, eventualmente,
de la duración de aquél, siempre que esta circunstancia obedezca a la complejidad
de las cuestiones debatidas y no a la actitud dilatoria asumida por los
profesionales intervinientes(176).
e) El Proyecto de 1969 establece, como principio general, en el art. 15, que "para
fijar el monto del honorario se tendrá en cuenta, principalmente y sin perjuicio de
que las circunstancias especiales de cada caso o proceso particular aconsejen
considerar otros elementos: a) El valor pecuniario del asunto o proceso cuando lo
tuviera; caso contrario, se considerará la posición social y económica de las
partes. b) La índole y la complejidad del asunto o proceso. c) El resultado
obtenido. d) El mérito de la labor profesional, su calidad, utilidad, duración y la
responsabilidad contingente. e) La novedad del problema tratado o discutido. f) La
probable trascendencia de la solución a que se llegue para casos futuros. Sigue, de
tal manera, los lineamientos de diversas leyes provinciales(177), completando la
enunciación de elementos que efectúa la ley vigente.
En lo que atañe al monto computable a los efectos regulatorios se aparta,
asimismo, del arancel en vigor en cuanto no instituye un principio general como el

215 
 
que contiene el art. 8º, sino que prevé distintos montos atendiendo a los diversos
tipos de pretensiones o peticiones. A diferencia de la regla establecida por dicha
norma, cuando se trata, v.gr., de pretensiones que versen sobre sumas de dinero,
el monto a considerar no es el que resulta de la sentencia o transacción, sino el de
la demanda, computándose el capital y los accesorios (art. 20, inc. a]). La regulación
debe practicarse sobre la base de dicho monto, cualquiera que sea el resultado del
proceso, es decir, cuando la demanda prospera, o es desestimada total o
parcialmente.
f) El art. 6º, Ley Arancelaria(178), parcialmente modificado por el art. 12, inc. d), ley
24.432, establece que para fijar el monto del honorario deben tenerse en cuenta las
siguientes pautas, sin perjuicio de otras que se adecuen mejor a las circunstancias
particulares de los asuntos o procesos: a) El monto del asunto o proceso, si fuera
susceptible de apreciación pecuniaria (no lo son generalmente los asuntos de
familia, algunos penales, etc.). b) La naturaleza y la complejidad del asunto o
proceso. c) El resultado que se hubiere obtenido y la relación entre la gestión
profesional y la probabilidad de efectiva satisfacción de la pretensión reclamada en
el juicio por el vencido. d) El mérito de la labor profesional, apreciada por la calidad,
eficacia y extensión del trabajo. e) La actuación profesional con respecto a la
aplicación del principio de celeridad procesal. f) La trascendencia jurídica, moral y
económica que tuviere el asunto o proceso para casos futuros, para el cliente y para
la situación económica de las partes.
El valor del juicio no es, por lo tanto, la única base computable para las
regulaciones de honorarios, las que deben ajustarse, asimismo, al mérito y a la
naturaleza e importancia de esa labor, disponiendo los jueces de un amplio margen
de discrecionalidad para la ponderación de los distintos factores que influyen en la
retribución de los profesionales(179), cuya labor no es en cambio retribuible cuando
resulta inoficiosa, es decir, carente de toda utilidad en orden a la defensa de
los intereses del cliente(180).

3) Escala general
a) El art. 6º, Ley Arancelaria, instituye una escala constituida por porcentajes
mínimos y máximos aplicables a las posibles cantidades que puede comprender el
monto del juicio, los cuales decrecen a medida que tales cantidades aumentan. Pero
pese a que la norma citada dispone que la escala es aplicable a "los juicios
ordinarios en que se demanden sumas de dinero o bienes susceptibles de
apreciación pecuniaria", aquélla, como veremos, constituye el punto referencial que
la ley tiene en cuenta al referirse a las regulaciones que deben efectuarse en los
restantes tipos de procesos.
La escala, que no reviste carácter acumulativo, es la siguiente:
De $ 1 a 500 del 20 al 25%
"" 501 " a 5.000 " 19 " 23%
"" 5.001 " a 10.000 " 17 " 20%
"" 10.001 " a 50.000 " 15 " 20%
"" 50.001 " a 500.000 " 13 " 20%

216 
 
" " 500.001 en adelante " 11 20%

"En ningún caso —prescribe el apartado final del art. 6º— el honorario podrá
ser inferior al mínimo de la escala que antecede"(181). Sin embargo, hace excepción
a este principio la norma contenida en el art. 94, ley 12.948, en cuya virtud "las
regulaciones de honorarios de letrados y apoderados que deban practicarse en
procesos laborales no pueden exceder del 20% del valor del litigio"(182).
El Proyecto de 1969, en cambio, ha optado por el sistema de la escala
acumulativa, previendo, como máximo, la aplicación de un porcentaje tope único
sobre los respectivos mínimos. Establece, en efecto, el art. 16 del mencionado
Proyecto, "que en los procesos que tengan por objeto sumas de dinero o bienes
susceptibles de apreciación pecuniaria, el honorario del abogado por la actuación
total en primera o única instancia será fijado de acuerdo con la siguiente escala
sobre el monto de éste:
De $ 1 a 50.000 $ 10.000
"" 50.001 a 10.000 el 19% sobre el excedente de $ 50.000
"" 100.001 a 500.000 " 17% sobre el excedente de $ 100.000
"" 500.001 a 1.000.000 " 15% sobre el excedente de $ 500.000

"" 1.000.001 a 5.000.000 " 13% sobre el excedente de $ 1.000.000


"" 5.000.001 a 10.000.000 " 11% sobre el excedente de $ 5.000.000
"" 10.000.001 a 50.000.000 " 9% sobre el excedente de $ 10.000.000
50.000.001 a en adelante " 7% sobre el excedente de $ 50.000.000

El monto que corresponda de acuerdo con dicha escala puede ser aumentado
hasta un 30%.
b) La escala del art. 6º es aplicable a los trabajos realizados en primera instancia
y hasta el pronunciamiento de la sentencia. "Por las actuaciones correspondientes
a segunda o ulterior instancia —prescribe el art. 11, Ley Arancelaria nacional—, se
regulará en cada una de ellas, del 25 al 35% de la cantidad que deba fijarse para
los honorarios de primera instancia. Si la sentencia apelada fuera revocada en todas
sus partes en favor del apelante, el honorario de su letrado se fijará en el 35%"(183).
Esta norma es aplicable a los trabajos profesionales realizados ante las cámaras de
apelaciones, Corte Suprema de Justicia y cámaras de apelaciones reunidas en
pleno con motivo, respectivamente, de la sustanciación de recursos ordinarios de
apelación, de los recursos que autorizan los incs. 2º, 3º y 6º, dec.-ley 1285/1958(184),
y del recurso de inaplicabilidad de la ley reglamentado por los arts. 288 a 303,
CPCCN. Corresponde tener presente, asimismo, que los porcentajes previstos por
el art. 11 no se aplican automáticamente sobre el monto de las regulaciones firmes
de primera instancia, sino sobre el monto en que aquéllas debieron fijarse de
acuerdo con las disposiciones contenidas en la Ley Arancelaria(185).
El Proyecto de 1969 se aparta de la ley vigente en tanto determina, en su art. 17,
que "los honorarios por las actuaciones de segunda o ulterior instancia, incluidas las
originadas en recursos de hecho o de queja, serán fijados en consonancia con los
principios generales en materia regulatoria establecidos en los artículos precedentes
y guardando, en lo posible, adecuada relación o correspondencia con los montos
regulados en la instancia o instancias anteriores". Omite, pues, la fijación de
porcentajes aplicables sobre las regulaciones que hubiesen correspondido en
la instancia anterior y admite incluso la posibilidad de que los honorarios que se
regulen en las instancias superiores excedan el monto de los de primera instancia
cuando, naturalmente, así lo justifique el mérito de la labor profesional cumplida.

217 
 
c) En concordancia con la directriz contenida en el art. 4º, inc. c), el art. 7º, Ley
Arancelaria nacional, dispone que "el honorario de los profesionales de la parte que
pierda el pleito totalmente se fijará tomando como mínimo el 70% del mínimo de la
escala del artículo anterior [es decir, del art. 6º] y como máximo el máximo de dicha
escala"(186). La norma, como se advierte, acuerda al órgano judicial un amplio
margen de arbitrio que lo autoriza incluso para equiparar los honorarios de los
profesionales de ambas partes cuando ello resulte justo, atendiendo a la calidad y a
la extensión de la labor desarrollada por el profesional que asistió o representó a la
parte vencida. Debe tenerse en cuenta, asimismo, que la aplicación de la disposición
transcripta se halla condicionada al requisito de que la actuación de la parte vencida
comprenda el mismo número de etapas procesales cumplidas por la parte
vencedora(187).
El Proyecto de 1969, en cambio, no prevé un tratamiento diferencial según se
trate de los honorarios de los profesionales de la parte vencedora o de la parte
vencida.
d) Finalmente, el párr. 2º del art. 7º, Ley Arancelaria Nacional, contempla los
supuestos de acumulación objetiva de pretensiones y de reconvención, y dispone
que cuando se hubiesen verificado esos tipos de proceso acumulativo "se regulará
el honorario teniendo en cuenta el resultado de cada acción (pretensión)"(188).
Reconoce, de tal manera, la autonomía de las pretensiones acumuladas a los fines
regulatorios(189).
El Proyecto de 1969 prescribe, sobre el tema, "que si en el pleito se hubieren
acumulado acciones, se regularán honorarios separadamente para cada una y
teniendo en cuenta su resultado. Si se hubiere deducido reconvención, se procederá
de igual modo, reduciéndose en un 20% el conjunto del honorario que resultare" (art.
24).
e) Sin perjuicio(190)de la limitación establecida en el art. 740, in fine, CCiv. y
Com.(191), los honorarios de los abogados por su actividad durante la tramitación del
asunto o proceso en primera instancia, cuando se trate de sumas de dinero o de
bienes susceptibles de apreciación pecuniaria, deben ser fijados entre el 11% y el
20% del monto del proceso. Los honorarios del abogado de la parte vencida deben
serlo entre el 7% y el 17% de dicho monto (art. 7º), pero en ningún caso la retribución
del trabajo profesional puede fijarse, salvo pacto en contrario, en sumas inferiores a
las previstas en el art. 8º(192). Los honorarios de los procuradores deben fijarse entre
un 30% y un 40% de lo que corresponda a los abogados, pero cuando éstos actúen
también como procuradores deben percibir los honorarios que corresponde fijar si
actúan por separado abogados y procuradores (art. 9º)(193).
Cuando actúan conjuntamente varios abogados o procuradores por una misma
parte, a fin de regular honorarios, debe considerarse que ha existido,
respectivamente, un solo patrocinio o una sola representación. En la hipótesis de
actuación sucesiva, los honorarios deben distribuirse en proporción a la importancia
jurídica de la respectiva actuación y a la labor desarrollada por cada profesional (art.
10), de modo que resulta pertinente efectuar quitas en los supuestos de realización
de trabajos parciales entre diversos letrados o procuradores que intervienen en un
asunto, mientras que el mérito y la extensión de su labor debe graduarse conforme
a la escala del art. 7º(194).
En los casos de litisconsorcio, activo o pasivo, en que actúen diferentes
profesionales al servicio de cualquiera de las partes, los honorarios de cada uno de
ellos deben regularse atendiendo a la respectiva actuación cumplida, al interés de

218 
 
cada litisconsorte y a las pautas del art. 6º, pero el total de las regulaciones no
puede exceder en el 40% de los honorarios que correspondan por aplicación de los
porcentajes previstos en el art. 7º (art. 11). Resulta innecesario, en este caso, que
en la resolución regulatoria se exprese cuál es el interés de cada litisconsorte, pero
es indispensable tenerlo en cuenta para determinar el importe que corresponde a
cada profesional en concepto de honorarios(195).
El profesional que actúa en causa propia debe percibir sus honorarios de la parte
contraria si ésta es condenada a pagar las costas (art. 12), y corresponde, asimismo,
que aquéllos se regulen atendiendo tanto al patrocinio como a la procuración(196).
Al solo efecto de regular honorarios, la firma del abogado patrocinante en un
escrito implica el mantenimiento de su intervención profesional en las actuaciones
posteriores, aunque éstas no sean firmadas por él. La intervención profesional cesa
por renuncia del abogado, o cuando así lo manifiesta en forma expresa el cliente o
su apoderado (art. 13), con la condición de que esa manifestación llegue a
conocimiento del profesional(197).
Por las actuaciones correspondientes a segunda o ulterior instancia(198), cabe
regular en cada una de ellas del 25% al 35% de la cantidad que deba fijarse para
los honorarios de primera instancia(199); pero si la sentencia apelada es revocada en
todas sus partes en favor del apelante, el honorario de su letrado debe fijarse en el
35% (art. 14).

4) Etapas
A los efectos regulatorios en los casos de conclusión del proceso o cesación en
la representación o en el patrocinio con anterioridad al pronunciamiento de la
sentencia de primera instancia, el art. 10, Ley Arancelaria, prevé el fraccionamiento
del proceso en tres etapas, a cada una de las cuales corresponde una tercera parte
del honorario que debe regularse en dicha instancia.
La primera etapa está constituida, en los procesos contenciosos, por la demanda
y la contestación(200), y en los restantes tipos de procesos (la ley sólo alude a "las
sucesiones, concursos, convocatorias, quiebras y otros juicios semejantes"), por el
escrito inicial(201).
La segunda etapa se halla representada: 1) En los procesos "ordinarios y
especiales", comprendiéndose dentro de estos últimos tanto los de conocimiento
como los de ejecución, por "las actuaciones de prueba". En consecuencia, esta
etapa no debe computarse si la cuestión ha sido declarada como de puro
derecho(202). 2) En los procesos sucesorios ab intestato, por las actuaciones
realizadas hasta la declaratoria de herederos. 3) En los procesos sucesorios
testamentarios, por las actuaciones cumplidas hasta la realización de las
operaciones de inventario y avalúo, inclusive(203). 4) En los juicios de convocatoria,
quiebras y concursos, por las actuaciones cumplidas hasta la verificación, inclusive.
Integran la tercera etapa, finalmente, "las demás diligencias y trámites hasta la
terminación del juicio en primera instancia" (v.gr., alegatos en los procesos
ordinarios; diligencias relativas a la inscripción en el Registro de la Propiedad(204)o a
la venta de los bienes hereditarios(205)en las sucesiones, etc.). Por consiguiente, esta

219 
 
etapa no debe computarse en los procesos sumarios y sumarísimos, en los cuales
no se halla prevista la presentación de alegatos.
El Proyecto de 1969 también prevé una división de etapas procesales referida,
en particular, a cada tipo de proceso. Su art. 21 dispone: "A los efectos de la
regulación de honorarios, los procesos, según su naturaleza, se consideran
divididos en las siguientes etapas, las que se tomarán en cuenta para apreciar
la extensión e intensidad de la labor profesional: a) Proceso ordinario: Lo integran
tres etapas: la demanda, la reconvención y sus respectivas contestaciones
constituyen una de ellas; las actuaciones sobre la prueba forman otra etapa, y el
alegato y cualquier actuación hasta la sentencia definitiva constituyen la última parte
del juicio. b) Procesos sumarios, sumarísimos y ordinarios y laborales: Se los
considera integrados por dos etapas: la demanda, su contestación y el ofrecimiento
de la prueba constituyen la mitad del juicio; las actuaciones sobre su producción y
demás diligencias hasta la sentencia definitiva constituyen la otra mitad. c) Procesos
de ejecución: Se los considera divididos en tres etapas: El escrito inicial y
actuaciones hasta la citación de venta o intimación de pago integran una etapa; las
posteriores hasta la sentencia, en conjunto, otra etapa, y las diligencias para el
cumplimiento o ejecución de la sentencia de remate la última etapa. d) Procesos
especiales: Los interdictos, procesos por incapacidad, inhabilitación o rehabilitación,
sobre alimentos, rendición de cuentas, mensura y deslinde, expropiación directa y
demás procesos especiales que no tramiten por el procedimiento ordinario se
consideran divididos en dos etapas: El escrito inicial y su responde, si lo hubiere,
constituyen la mitad del juicio y las actuaciones posteriores la última
etapa. e) Procesos universales de concurso civil, quiebra o convocatoria de
acreedores: Se los considera divididos en tres etapas: El escrito inicial de
presentación constituye una de ellas; las actuaciones hasta la verificación de
créditos forman otra, y las posteriores hasta la terminación del proceso integran la
última etapa. Las actuaciones correspondientes al pedido de concurso o quiebra
formulado por un acreedor equivalen a una tercera parte del proceso, debiendo
tenerse presente lo dispuesto en la última parte de la letra h), art. 20. f) Proceso
sucesorio: Se lo considera dividido en tres etapas de igual valor: El escrito inicial y
los trámites ulteriores hasta la declaratoria de herederos o la aprobación del
testamento constituyen una de ellas. Las actuaciones correspondientes a las
operaciones de inventario y avalúo, y demás para la determinación de los bienes y
también de su valor, forman otra etapa. Las realizadas con motivo de la liquidación
y el pago del impuesto a la transmisión gratuita de bienes, hasta lograr las
pertinentes inscripciones en los registros, constituyen la última etapa. Las
actuaciones referentes a la partición o la adjudicación de bienes motivarán
honorarios independientes de los que corresponden a las etapas
mencionadas. g) Proceso arbitral: Se integrará por las etapas correspondientes al
procedimiento, ordinario o sumario, que se hubiera dispuesto seguir. h) Incidentes y
tercerías: Los incidentes que se susciten en los juicios, ya sea que tramiten dentro
del proceso o separadamente, serán regidos por las normas de los procesos
sumarios. Las tercerías se ajustarán a la de los procesos ordinarios o sumarios,
según la tramitación dispuesta por el Código Procesal. i) Medidas cautelares:
Podrán motivar regulación de honorarios independientemente de la que
corresponda al proceso considerándose, al efecto, la quinta parte de su
monto. j) Otras actuaciones judiciales: Tratándose de actuaciones producidas en la
jurisdicción penal y, en general, de aquéllas no previstas especialmente,
corresponde adaptar las regulaciones a las reglas establecidas precedentemente.

220 
 
A los fines de la regulación(206)en los casos de conclusión del proceso o cesación
en la representación o patrocinio con anterioridad al pronunciamiento de la
sentencia, la ley 21.839, considera a los procesos, atendiendo a su naturaleza,
divididos en tres y dos etapas.
Constan de tres etapas los procesos ordinarios (art. 38: 1a: demanda,
reconvención y sus respectivas contestaciones; 2a: actuaciones de prueba; y 3a:
alegatos y cualquier actuación posterior hasta la sentencia definitiva)(207), los
sucesorios (art. 43: 1a: escrito inicial; 2a: actuaciones posteriores hasta la
declaratoria de herederos o aprobación del testamento; y 3a: trámites posteriores
hasta la terminación del proceso)(208)y los penales (art. 45: 1a: hasta el dictado de
los autos de sobreseimiento o de prisión preventiva; 2a: hasta el traslado de la
defensa; y 3a: hasta la sentencia definitiva)(209).
Se consideran divididos en dos etapas los procesos sumarios, sumarísimos,
laborales ordinarios e incidentes (art. 39: 1a: demanda, reconvención, sus
respectivas contestaciones y ofrecimiento de prueba; y 2a: actuaciones sobre
producción de la prueba y demás diligencias hasta la sentencia definitiva)(210); los de
ejecución (art. 40: 1a: escrito inicial y actuaciones hasta la sentencia; y 2a:
actuaciones posteriores hasta el cumplimiento de la sentencia)(211); los especiales
(art. 41: 1a: escrito inicial y su contestación; y 2a: actuaciones posteriores hasta la
sentencia definitiva); las quiebras o concursos preventivos (art. 42: 1a: trámites
cumplidos hasta la declaración de quiebra o apertura del concurso; y 2a: trámites
posteriores hasta la clausura del proceso) y los correccionales (art. 46: 1a: hasta la
acusación y la defensa; y 2a: hasta la sentencia definitiva)(212).
Todas estas disposiciones se complementan con otras que contemplan la
retribución por la labor extrajudicial (gestiones, consultas, estudios, proyectos y
gestiones administrativas, arts. 57 a 59)(213).

5) Casos especiales(214)

La Ley Arancelaria, asimismo, contiene diversas reglas particulares relativas al monto a computar para la regulación, a los
porcentajes aplicables a ese monto, así como a otras pautas, atendiendo, por un lado, a las funciones ejercidas por los abogados
ajenas al patrocinio y, por otro lado, al tipo de proceso de que se trate.

Desde el primero de esos puntos de vista, el ordenamiento vigente contempla los casos en que el profesional interviene
como administrador judicial (art. 15),interventor y veedor (art. 16)(215), partidor (art. 17)(216), árbitro (art. 18)(217)y albacea (art.
24, párr. 4º)(218).

Sobre la base del tipo de proceso prevé los juicios sucesorios (art. 24: aplicación
de los porcentajes del art. 7º sobre el valor del patrimonio transmitido, reduciéndose
el resultante en un 25%, y sobre los gananciales el 50% del honorario que
correspondiere por aplicación del art. 7º reducido en un 25%)(219); de alimentos (art.
25: importe correspondiente a un año de la cuota que se fije, o la diferencia durante
igual lapso en caso de posterior reclamo de aumento)(220); de desalojo (art. 26:
importe de un año de alquiler)(221); de consignación de alquileres (art. 26: el monto
de lo consignado); de expropiación (art. 28: mismo porcentaje, sobre la diferencia
que existiere entre el importe depositado en oportunidad de la desposesión y el valor
de la indemnización fijada en la sentencia o transacción, comparados en valores

221 
 
constantes)(222); de retrocesión (art. 29; íd. sobre el valor del bien al tiempo de la
sentencia que haga lugar a la demanda y el importe de la indemnización percibida
por el expropiado o, en su caso, el de la transacción, todos ellos comparados en
valores constantes); de derechos de familia no susceptibles de apreciación
pecuniaria (art. 30: pautas del art. 6º; si hubiese bienes sobre los cuales
tuviere incidencia la decisión con relación al derecho alimentario, la vocación
hereditaria y la revocación de donaciones prenupciales, debe tenerse en cuenta el
valor de ellos de acuerdo con lo dispuesto en el art. 23; y en los divorcios por
presentación conjunta corresponde fijar como mínimo en $ 500, salvo pacto en
contrario, los honorarios del letrado patrocinante de cada uno de los cónyuges)(223);
quiebras y concursos preventivos (art. 31: pautas del art. 6º y de la legislación
específica, regulándose el honorario del letrado de cada acreedor tomando en
cuenta los porcentajes del art. 7º sobre la suma líquida que debe pagarse en los
casos de acuerdo preventivo homologado, el valor de los bienes que se adjudiquen
o la suma que se liquide al acreedor en los concursos o quiebras y el monto
verificado en el pertinente incidente)(224); de pretensiones posesorias, interdictos,
mensuras, deslindes, división de cosas comunes y escrituración (art. 32: aplicación
de los porcentajes del art. 7º sobre el valor de los bienes determinado conforme al
procedimiento del art. 23 si la actuación es de beneficio general y con relación a la
cuotaparte defendida si la actuación es sólo en beneficio del patrocinado)(225).
La ley contempla, asimismo, las regulaciones a efectuar en las medidas
precautorias (art. 27: 33% de los porcentajes del art. 7º sobre el valor asegurado)(226),
en los incidentes (art. 33: 2 al 20% de los que correspondan al proceso principal)(227),
en las tercerías (art. 34: aplicación de los mencionados porcentajes sobre el 50 al
70% del monto que se reclame en el proceso principal o en la tercería si el de ésta
es menor), en la liquidación de sociedad conyugal (art. 34: al patrocinante de cada
parte el 50% de lo que corresponda por aplicación del art. 7º sobre el 50% del activo
de la sociedad conyugal), y en los procesos por hábeas corpus, amparo
y extradición, respecto de los cuales fija un monto mínimo de $ 500, salvo pacto en
contrario (art. 36)(228).

401. Prescripción
a) El Código Civil derogado preveía dos plazos distintos de prescripción de la
obligación de pagar honorarios profesionales según que, respectivamente, el
proceso haya concluido o cesado la intervención de los profesionales interesados,
o aquél haya proseguido con la intervención de dichos profesionales.
Con relación al primero de dichos supuestos, el art. 4032 fijaba un plazo de dos
años que "corre desde que feneció el pleito por sentencia o transacción, o desde la
cesación de los poderes del procurador, o desde que el abogado cesó en su
ministerio".
La prescripción bienal, sin embargo, resultaba inaplicable cuando había
mediado regulación de honorarios, pues en tal hipótesis regía el plazo ordinario de
diez años fijado por el art. 4023, derogado CCiv.(229). No existiendo regulación, el
plazo previsto por el art. 4032 comenzaba a correr desde que se pronunciaba la
sentencia definitiva o se la homologaba(230), o bien, desde que el abogado o

222 
 
procurador cesaba en sus funciones sea por fallecimiento(231), renuncia expresa del
patrocinio o representación(232), o revocación del mandato(233).
b) Con relación al segundo de los supuestos anteriormente mencionados, el art.
4032, derogado CCiv., fijaba un plazo de prescripción de cinco años que comenzaba
a correr "desde que se devengaron los honorarios o derechos, si no hay convenio
entre las partes sobre el tiempo del pago", es decir, desde la fecha del último servicio
profesional prestado al cliente en las actuaciones(234).
Hoy la cuestión la regula el CCiv. y Com. en los siguientes términos: art. 2558
"Honorarios por servicios prestados en procedimientos. El transcurso del plazo de
prescripción para reclamar honorarios por servicios que han sido prestados en
procedimientos judiciales, arbitrales o de mediación, comienza a correr desde que
vence el plazo fijado en resolución firme que los regula; si no fija plazo, desde que
adquiere firmeza. Si los honorarios no son regulados, el plazo comienza a correr
desde que queda firme la resolución que pone fin al proceso; si la prestación del
servicio profesional concluye antes, desde que el acreedor tiene conocimiento de
esa circunstancia".

II. BENEFICIO DE LITIGAR SIN GASTOS(235)

402. Concepto
a) En términos generales, configúrase el "beneficio de litigar sin gastos" cuando,
sea por disposición directa de la ley o por concesión judicial otorgada tras la
demostración de que, en un caso concreto, concurren ciertos requisitos que aquélla
establece, se dispensa a una o ambas partes, en forma total o parcial, definitiva o
provisional, de la responsabilidad por el pago de los gastos que ocasiona la
sustanciación del proceso.
b) El beneficio emergente de disposición directa de la ley puede fundarse, a su
vez, en el carácter que reviste la parte o en la naturaleza del proceso en que
ésta interviene.
Desde el primero de los mencionados puntos de vista, gozaban del beneficio las
siguientes personas: 1) La Nación, las provincias, las municipalidades y sus
respectivas dependencias administrativas. 2) Los bancos oficiales nacionales,
provinciales o municipales. 3) Las asociaciones y las entidades civiles de asistencia
social, de caridad, beneficencia, religiosas, de educación e instrucción, científicas,
artísticas, gremiales, culturales, de fomento vecinal y protectoras de animales,
siempre que sus réditos y patrimonio social se destinen exclusivamente a los fines
de su creación y, en ningún caso, se distribuyen directa o indirectamente entre los
socios. 4) El Arzobispado de Buenos Aires (arts. 13, ley 18.525(236), y 37, ley
18.524).

223 
 
Las personas precedentemente mencionadas se hallaban eximidas, cualquiera
que fuere la naturaleza del proceso en que intervinieran, del pago de las tasas
judiciales, y las que figuran en primer término, además, de otorgar cauciones para
la obtención de medidas cautelares (art. 200, inc. 1º, CPCCN), pero tenían
responsabilidad, frente a la otra parte y a los profesionales de ésta, por el pago de
los gastos y los honorarios involucrados en la condenación en costas. Asimismo, las
entidades y las instituciones mencionadas bajo los nros. 3 y 4 debían responder, en
principio, por los honorarios de los profesionales que las hubieran asistido o
representado, cualquiera que haya sido el resultado del pleito.
Sobre la base de la naturaleza del proceso, la ley acordaba el beneficio a
quienes: 1) Interpusieran recursos de hábeas corpus o de amparo. 2º) Intervinieran
en juicios de alimentos o requirieran venias para contraer matrimonio. 3)
Peticionaran ante el Poder Judicial en ejercicio de un derecho político(237)(art.
13, incs. 2º, 3º, 4º y 6º, ley 18.525). 4) Interpusieran pretensiones o plantearan
defensas a título de trabajadores en los procesos laborales (art. 41, ley 18.345).
En las hipótesis precedentes la exención sólo comprendía el pago de las tasas
judiciales(238), y no se extendiera, por lo tanto, a los honorarios y restantes gastos
devengados en los respectivos procesos.
c) Al otorgamiento del beneficio por resolución judicial se refieren las leyes
procesales bajo las denominaciones de "declaratoria de pobreza"(239), "beneficio de
justicia gratuita"(240)o "beneficio de litigar sin gastos". Esta última denominación —
introducida en nuestro país por el Código Procesal de la provincia de Mendoza(241)—
es la utilizada por el Código Procesal en lo Civil y Comercial de la Nación y por los
ordenamientos procesales que a él se han adaptado(242), y ofrece la ventaja —pese
a la amplitud— de eludir la mención de un concepto ("pobreza"), cuya delimitación
puede prestarse a equívocos interpretativos.
Se trata de una institución establecida en favor de quienes, por insuficiencia de
medios económicos, no se encuentran en condiciones de afrontar el pago de los
gastos que necesariamente implica la sustanciación de un proceso (contencioso o
voluntario). Su fundamento estriba, por un lado, en el principio de igualdad de las
partes, el cual supone que éstas se encuentren en una sustancial coincidencia de
condiciones o circunstancias (supra, nro. 288), entre las que no cabe, desde
luego, excluir las de tipo económico(243); y, por otro lado, en la garantía constitucional
de la defensa en juicio. Desde que esta última, en efecto, supone básicamente la
posibilidad de ocurrir ante algún órgano judicial en procura de justicia, es obvio que
tal posibilidad resultaría frustrada si la ley privase de amparo a quienes no se
encuentran en condiciones económicas de requerir a los jueces una decisión acerca
del derecho que estiman asistirles(244).
A diferencia de lo que ocurre en las hipótesis de exenciones dispuestas por la
ley, la que ahora nos ocupa se halla supeditada a una declaración judicial que debe
emitirse tras un breve proceso de cognición, eventualmente incidental, y sólo tiene
efectos con relación a un proceso concreto (principio de "especificidad" del
beneficio). "No se trata —como dice Podetti— de una declaración genérica, para
todo uso y para todo proceso, sino de un beneficio concedido específicamente, en
un determinado momento, para litigar contra persona determinada o intervenir en
determinado proceso"(245).
Asimismo, este tipo de beneficio difiere de los concedidos por ley en la
circunstancia de que mientras éstos, dentro de sus límites, son definitivos, aquél,
pese a su mayor amplitud, reviste siempre carácter provisional.

224 
 
403. Requisitos
a) La concesión del beneficio de litigar sin gastos requiere la concurrencia de los
siguientes requisitos: 1) Carencia de recursos e imposibilidad de obtenerlos. 2)
Necesidad de reclamar o de defender un derecho en sede judicial. 3) Pertenencia
de ese derecho a quien formula la petición, o a su cónyuge o hijos menores (arts.
78 y 79(246), CPCCN)(247).
b) En lo que atañe al primero de los mencionados requisitos, la ley deja librada a
la apreciación judicial, en cada caso concreto, la determinación de la suficiencia o
la insuficiencia de los recursos del interesado para afrontar los gastos del proceso
de que se trate(248). Se aparta, de tal manera, de algunas leyes provinciales que
subordinan la conceptuación de la "pobreza" a la insuficiencia de medios por debajo
de determinados topes referidos al valor de los bienes o al monto de los ingresos
percibidos por el solicitante del beneficio(249).
El CPCCN, sin embargo, suministra una pauta general a la que debe atenerse la
apreciación judicial en tanto establece que "no obstará a la concesión del beneficio
la circunstancia de tener el peticionario lo indispensable para procurarse su
subsistencia, cualquiera que fuere el origen de sus recursos" (art. 78, párr. 2º)(250).
Dicha fórmula excluye, pues, la necesidad de que el solicitante del beneficio se
encuentre en un estado de indigencia(251), erigiendo en directriz del criterio judicial la
posibilidad de que los gastos derivados del proceso sean susceptibles de incidir en
los recursos destinados al sustento del peticionario o de su familia(252), a cuyo efecto
el juez debe subordinar su valoración a las exigencias primarias que ese sustento
implica. Debe, asimismo, prescindir del origen de los recursos del peticionario, pues
no obsta a la concesión del beneficio la posesión de bienes, cuyas rentas sólo
alcanzan a cubrir los gastos de subsistencia o de bienes improductivos, cuya venta
o sujeción a gravamen no serían suficientes para afrontar las eventuales
erogaciones judiciales.
Por lo demás, la valoración judicial debe efectuarse también sobre la base de la
importancia económica del proceso con respecto al cual se solicita la concesión del
beneficio(253). Por ello, aun en el supuesto de que los recursos del
peticionario excedieren en alguna medida de los que ineludiblemente requiere su
subsistencia, tal circunstancia no debe obstar a una declaración judicial favorable si
resulta demostrado que tales recursos son insuficientes para subvenir a los gastos
del proceso(254). La propia ley sale el paso de esta posibilidad en tanto autoriza a
conceder el beneficio en forma parcial (art. 84, CPCCN).
Finalmente, el peticionario no sólo debe acreditar la carencia de recursos, sino
también la imposibilidad de obtenerlos; de allí que no pueda ser acreedor del
beneficio quien, no obstante poseer las aptitudes necesarias, se abstiene de
conseguir recursos mediante el trabajo(255), o quien puede obtenerlos de otra
persona que se encuentra legalmente obligada a ello(256).
c) La concurrencia del requisito referente a la "necesidad" de litigar por parte del
peticionario tiene fundamento en la conveniencia de que el verdadero privilegio que
implica la posibilidad de litigar sin gastos no se utilice como medio de perseguir la

225 
 
declaración judicial de derechos inexistentes(257), e incluso de interponer
pretensiones o de oponer defensas temerarias.
Como en el caso de la carencia de recursos, la existencia del requisito que ahora
nos ocupa queda librada a la apreciación del juez, quien debe efectuarla atendiendo
a la "verosimilitud" del derecho que el solicitante del beneficio pretende hacer
valer(258)y cuidando, naturalmente, de que ese juicio previo sobre la "sostenibilidad"
de la pretensión o de la oposición no importe un prejuzgamiento acerca del fondo
del asunto(259).
En algún caso se ha decidido que el juicio previo referente a la viabilidad de la
pretensión no se limita al examen de los elementos objetivos de ésta, sino que
puede comprender el análisis de la legitimación procesal del demandado,
evitándose de tal manera que éste afronte, innecesariamente, los gastos de su
defensa(260).
d) El beneficio de litigar sin gastos sólo se concede, finalmente, para reclamar o
defender derechos propios del peticionario o de su cónyuge o hijos menores.
Ello excluye, por un lado, la posibilidad de que el beneficio sea solicitado para hacer
valer un derecho en representación de un tercero, y, por otro lado, la de que dicho
beneficio se utilice por el cesionario de la parte que lo ha obtenido, siempre, desde
luego, que aquél no se encuentre en las condiciones legales para ello. Asimismo, el
beneficio no puede ser solicitado por quien intervenga a título de cesionario de un
tercero a quien aquél no corresponde, porque de lo contrario la institución que nos
ocupa podría utilizarse como medio de realizar cesiones fraudulentas(261). Sin
embargo, la concesión del beneficio sería admisible si tanto el cedente como el
cesionario acreditasen que se encuentran en condiciones legales de obtenerlo.

404. Procedimiento
a) La concesión del beneficio de litigar sin gastos puede ser solicitada antes de
presentar la demanda o en cualquier estado del proceso (art. 78, CPCCN).
Durante la vigencia de Código de Procedimiento de la Capital, derogado por la ley
17.454, no existía uniformidad de criterio acerca de cuál era el órgano judicial
competente, por razón del lugar y de la materia, para conocer de la petición de aquel
beneficio cuando era formulada con anterioridad a la presentación de la demanda.
En lo que concierne a la competencia territorial, la jurisprudencia llegó a sostener
tres conclusiones: la del juez del domicilio del solicitante, la del juez del domicilio de
la persona contra quien el solicitante del beneficio ha de litigar y la del juez de la
jurisdicción donde ha de sustanciarse el juicio para el cual el beneficio se
requiere(262). En lo atinente a la competencia por razón de la materia, la dificultad
consistía, básicamente, en la alusión que el art. 593 del Código derogado hacía al
"juez de primera instancia de lo civil en turno", circunstancia que parecía excluir la
competencia de los restantes órganos judiciales ordinarios con sede en la Capital
de la República(263).
El Código Procesal Civil y Comercial de la Nación ha superado tales
problemas interpretativos por cuanto dispone, en el art. 6º, inc. 5º, que en el pedido

226 
 
de beneficio de litigar sin gastos es juez competente "el que deba conocer en el
juicio en que aquél se hará valer"(264).
En la hipótesis de que el beneficio se solicite con posterioridad a la presentación
de la demanda el trámite configura un incidente del proceso principal, siendo por lo
tanto el juez que conoce de este último quien debe expedirse sobre la solicitud (art.
6º, inc. 1º, CPCCN)(265).
b) De acuerdo con lo que disponía el art. 79, CPCCN(266), la solicitud de concesión
del beneficio debía contener:
"1) La mención de los hechos en que se fundare, de la necesidad de reclamar o
defender judicialmente derechos propios o del cónyuge o de hijos menores, así
como la indicación del proceso que se ha de iniciar o en el que se deba intervenir. 2)
El ofrecimiento de la prueba tendiente a demostrar la imposibilidad de obtener
recursos. Deberán acompañarse los interrogatorios para los testigos, que no podrán
ser menos de tres".
El escrito correspondiente, que se halla exento del pago de la tasa judicial(267),
debe, además, sujetarse a los requisitos comunes relativos, v.gr., a la constitución
de domicilio (art. 40, CPCCN) y a la justificación de la personería (arts. 46 y 47,
CPCCN). Asimismo, aunque la ley no lo diga en forma expresa, es obvio que,
cuando el beneficio se pide con anterioridad a la presentación de la demanda, el
solicitante debe indicar también el nombre y el domicilio de la persona con quien ha
de litigar, pues el art. 80, como veremos, acuerda a ésta la facultad de fiscalizar la
prueba que produzca el solicitante.
Aparte de la prueba testimonial, que resulta ineludible tanto en lo que atañe a su
producción cuanto en lo que concierne al número mínimo de testigos(268), el
solicitante puede ofrecer otra clase de pruebas (v.gr., informes a instituciones
bancarias o al Registro de la Propiedad para acreditar, respectivamente,
la inexistencia de depósitos a su nombre o de inmuebles inscriptos a su favor). En
cuanto a la prueba de confesión por absolución de posiciones a la otra parte,
estimamos correcta la tesis sustentada por Alsina en el sentido de que si bien ella
sería en principio inadmisible para justificar la carencia de recursos y la imposibilidad
de obtenerlos, por cuanto se trata de hechos ajenos al absolvente, no lo sería para
acreditar la necesidad de litigar(269).
c) Una vez presentada la solicitud, "el juez ordenará sin más trámite las
diligencias necesarias para que la prueba ofrecida se produzca a la mayor brevedad
y citará al litigante contrario o que haya de serlo, quien podrá fiscalizarla" (art. 80,
CPCCN)(270).
La facultad que la ley concede a la parte contraria para intervenir en el
procedimiento tiene su razón de ser en el indudable interés que le asiste en el
resultado de la petición, ya que si ésta es favorable, dicha parte viene a quedar
colocada en una situación de desventaja procesal con respecto al beneficiario, quien
en tal caso se halla exento del pago de las costas a que puede ser eventualmente
condenado(271).
La intervención de la parte contraria no debe considerarse circunscripta a
controlar los actos probatorios producidos por el peticionario (v.gr., repreguntas a
los testigos(272)), sino que comprende, además, la facultad de producir pruebas
tendientes a desvirtuar la producida por aquél(273), siempre que ello ocurra de
manera compatible con la sumariedad del procedimiento.

227 
 
d) "Producida la prueba —disponía el art. 81, ap. 1º, CPCCN(274)—, se dará vista
por cinco días comunes al peticionario y a la otra parte. Acto seguido el juez
pronunciará resolución acordando el beneficio total o parcialmente, o denegándolo.
En el primer caso, la resolución será apelable en efecto devolutivo".
La vista, que se notifica por ministerio de la ley en virtud de no figurar entre las
resoluciones que menciona el art. 135, CPCCN, tiene por objeto acordar a ambas
partes la oportunidad de expedirse sobre el resultado de la prueba producida; de allí
que en el escrito pertinente no procede que la parte contraria formule
consideraciones relativas a la admisibilidad o a la fundabilidad de la pretensión
respecto de la cual se solicita el beneficio, debiendo aquélla limitarse a exponer su
punto de vista acerca de la concurrencia, en el caso concreto y con relación a la
prueba producida, de los requisitos exigidos por los arts. 78 y 79. Cabe agregar que,
una vez oídas las partes, o transcurrido el plazo correspondiente, debía darse vista
de las actuaciones al agente fiscal, ya que el art. 119, inc. 8º, ley 1893(275), preveía
la intervención de ese funcionario en las "declaratorias de pobreza".
La resolución que recaiga puede acordar el beneficio en forma parcial, es decir,
restringiendo su alcance a una determinada proporción de los gastos del proceso, a
cuyo efecto debe apreciarse la importancia económica de éste y la suficiencia de los
recursos del peticionario para afrontar parte de las erogaciones judiciales.
Cualquiera que sea el contenido del pronunciamiento, él es apelable en relación,
debiendo el recurso deducirse dentro del plazo de cinco días (arts. 243 y 244,
CPCCN). En la hipótesis de ser la decisión favorable al peticionario el recurso
procede, según se ha visto, en efecto devolutivo(276).
e) Durante el curso del procedimiento tendiente a la obtención del beneficio, la
ley coloca provisionalmente al peticionario y a la otra parte en una situación de
igualdad. Dice, en efecto, el art. 83, CPCCN(277), que "hasta que se dicte resolución,
la solicitud y presentaciones de ambas partes estarán exentas del pago de
impuestos y sellado de actuación", y agrega que "éstos serán satisfechos, así como
las costas, en caso de denegación"(278).
El beneficio provisional que el código otorga a ambas partes comprende
la exención de gastos correspondientes tanto al trámite de la petición como al
proceso principal. En el supuesto de denegarse el beneficio, el peticionario debe
pagar las costas del incidente y, en el caso de haber iniciado las actuaciones, las
tasas judiciales que le hubiese correspondido abonar de acuerdo con las etapas
cumplidas en el proceso principal (art. 13, inc. a, ley 23.898(279)).
f) El trámite destinado a la obtención del beneficio de litigar sin gastos sólo
suspende el procedimiento principal en la hipótesis de que aquél se haya solicitado
en el escrito de demanda (art. 83, ap. 2º, CPCCN)(280). Por consiguiente, cuando la
petición se formula con posterioridad carece de efectos suspensivos con respecto
al proceso principal, del cual constituye un incidente, y no tiene virtualidad, en
consecuencia, para suspender o interrumpir los plazos de caducidad aplicables a
este último(281).
g) Finalmente, en el caso de que el beneficio sea solicitado para intervenir en un
proceso voluntario, el procedimiento se desarrolla únicamente con el peticionario y
el agente fiscal.

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405. Resolución
a) La resolución con que culmina el procedimiento que nos ocupa reviste
carácter provisional, lo cual debe entenderse en el sentido de que la vigencia
temporal de aquélla se halla subordinada a la subsistencia de las circunstancias de
hecho tenidas en cuenta para pronunciarla.
Dicho carácter resulta claramente del art. 82, CPCCN, que dispone lo siguiente:
"La resolución que denegare o acordare el beneficio no causará estado. Si fuere
denegatoria, el interesado podrá ofrecer otras pruebas y solicitar una nueva
resolución. La que lo concediere podrá ser dejada sin efecto a requerimiento de
parte interesada, cuando se demostrare que la persona a cuyo favor se dictó no
tiene ya derecho al beneficio. La impugnación se sustanciará por el trámite de
los incidentes"(282).
b) La provisionalidad de la resolución(283), por lo tanto, juega en primer lugar en
favor del interesado en la concesión del beneficio, quien se halla facultado para
requerir la modificación del pronunciamiento judicial denegatorio siempre
que invoque y acredite circunstancias de hecho sobrevinientes a dicho
pronunciamiento. El ofrecimiento de "otras pruebas" a que se refiere la norma
anteriormente transcripta debe versar, en consecuencia, sobre hechos nuevos, pues
la modificación de la resolución denegatoria es inadmisible si el interesado se limita
a aportar nuevos elementos de juicio tendientes a reparar los defectos o
la insuficiencia de la prueba oportunamente producida(284). Asimismo, la
circunstancia de no haberse requerido la concesión del beneficio en
primera instancia no constituye impedimento para formular la petición en
las instancias ulteriores, siempre, desde luego, que el interesado demuestre que
han sobrevenido, a su respecto, los requisitos legales a que anteriormente nos
hemos referido.
En segundo lugar, el carácter provisional de la resolución permite que, en el
supuesto de haber sido ella favorable, la otra parte pida que se la deje sin efecto,
para lo cual debe producir prueba tendiente a demostrar la desaparición o la
modificación de las circunstancias de hecho sobre cuya base se concedió el
beneficio.
c) En los dos supuestos precedentemente referidos la resolución que recaiga en
el incidente es apelable, debiendo concederse el recurso en efecto devolutivo
cuando aquélla no hiciere lugar a la petición formulada por la parte contraria del
beneficiario (arg. art. 81, CPCCN).

406. Efectos de la concesión del beneficio


a) La concesión del beneficio lleva aparejado el efecto fundamental consistente
en que el beneficiario queda exento, total o parcialmente, del pago de las costas o
gastos judiciales, hasta que mejore de fortuna (art. 84, párr. 1º, CPCC