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de la ansiedad

al mètodo
en las
ciencias del
comportamiento

¿coree
O

devereux .,
De la ansiedad al metodo
en las ciencias
del comportamiento

por
GEORGE DEVEREUX

prefacio por
WESTON LA BARRE

siglo
veintiuno
edito res
grupo editorial
sig lo veintiuno
siglo xxi editores, s. a. d e c. v. siglo xxi editores, s. a.
C E R R O D a AG U A 2 4 8 , RO MERO DE TERREROS, GUATEMALA 4 8 2 4 , 0 1 4 2 5 BUP,
0 4 3 1 0 , MÉX300, DF BUENO S AIRES, ARGENTINA

salto de página, s. I. biblioteca nueva, s. I.


ALM AGRO 38, 28010, ALM AGR O 38, 28010, ,?
MADRID, ESPAÑA____________________________________ MADRID, ESRAÑA______________________

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n. 155.82
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JOAQUIN
GARCIA
monge
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edición al cuidado de presentación pinero


portada de Carlos palleiro

primera edición en español, 1977


decimotercera reimpresión, 2012
O siglo xxi editores, s.a. de c.v.
isbn 978-968-23-1721-7

primera edición en inglés, 1967


© mouton & co., y école pratique des hautes études
titulo original: from anxiety to method in the bahavioral sciences

derechos reservados conforme a la ley


impreso y hecho en méxico/printed and made in mexico

impreso en impresora gráfica hemández


capuchinas núm. 378
col. evolución, cp. 57700 edo. de méxico

g
2013
ÍNDICE

Prefacio 11
Introducción 15
La argumentación 19

P R IM E R A P A R T E : D A TO S Y A N SIED A D

i. En busca de una ciencia científica del comportamiento 27


ti. La especificidad de la ciencia del comportamiento 34
ni. Reciprocidades entre observador y sujeto 43
iv. Implicaciones psicológicas de la reciprocidad entre ob­
servador y sujeto 62
v. La contratrasferencia en la ciencia del comportamiento 69
vi. Reacciones de ansiedad a los datos de la ciencia del
comportamiento 76

SEG UN D A P A R T E : LA C O N T R A T R A S F E R E N C IA EN LA
IN V E S T IG A C IÓ N D E LA C IE N C IA D E I. C O M P O R T A M IE N T O

v il Defensas profesionales 117


viii. Aplicaciones sublimatorias y defensivas de la metodo­
logía 133
ix. Lo irracional en la investigación sexual 139
x. La pertinencia de las primitivas teorías de la conducta 159

T E R C E R A p a r t e : E L C IE N T ÍF IC O Y SU C IE N C IA

xi. Las distorsiones culturalmente impuestas 169


xii. Los antecedentes sociales del científico 174
x i i i . La condición humana y la autopertinencia de la in­

vestigación 190
xiv. El automodelo: somatotipo y raza 205
xv. El automodelo: el sexo 223
xvi. La edad como factor de contratrasferencia 239
xvii. La personalidad y la distorsión de los datos 245
xviii. La personalidad y su papel en el estudio de grupos e
individuos 268
xix. La contratrasferencia desencadenada: el papel comple­
mentario 287
[ 7]
8 ÍNDICE

CUARTA p a r t e : l a d is t o r s ió n com o c a m in o

H A C IA LA O B JE T IV ID A D

xx. El desencadenamiento como perturbación 309


xxi. El aprovechamiento de los trastornos producidos por la
observación 321
xxii. El deslinde entre sujeto yobservador 331
x x i i i . Teoría del deslinde y naturaleza de los datos de la cien­

cia del comportamiento 351


xxiv. Deslinde, estructura y explicación 381

Bibliografía 391
A M I ESPO SA

. . .o i> [Xev y áp toO y e x g e í a o o v x a i a p e t o v ,


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pues no hay en el m undo una cosa más fuerte y más bella


que si m arido y m ujer con corazones acordados se gobiernan:
grande es la pena para quien les quiere daño, y gozo es
para quien les quiere bien: y ellos m ejor que nadie lo saben.

hom ero (Odisea VI, 182-185)

[9]
PREFACIO

Es éste un libro excelente, y también es importante, indispensable


en la historia de las ciencias sociales, donde ya estaba haciendo
mucha falta. Porque encarna ese raro e inquietante/fenómeno de
una percepción básica y genuinamente revolucionaria de las cosas.
Debemos estar preparados a que nos irrite.
Hace tiempo que todas las ciencias naturales están tratando de
convertirse en ciencias exactas, primero por el discernimiento de la
posibilidad y la naturaleza, y después por el análisis y la medición
de la magnitud del “error probable” inherente al proceso mismo de
observación y medición, como por ejemplo la distorsión cromática
y de otros tipos que se produce en la misma lente microscópica, y
cosas semejantes. Esta misma disciplina epistemológica refinada se
ha dado también en la metafísica (como en la ciencia), en el cam­
bio revolucionario de la filosofía sintética de la historia a la mo­
derna, analítica: durante muchos siglos, de Platón a Kant, la meta­
física sintética especulativa constructora de sistemas no llegó a
nada exacto, hasta que la filosofía analítica tuvo el acierto de
examinar los instrumentos y procesos del filosofar (palabras, ma­
temáticas, lógica simbólica) en los días poskantianos de Wittgens­
tein, Cantor, Dedekind, Whitehead y Russell, Ogden y Richards
y otros semejantes, y nos dio una filosofía con una clave nueva.
En astronomía, Einstein nos ha mostrado la necesidad imperativa
de contar con la posición del observador en un universo relativis­
ta; en física, Heisenberg nos mostró la indeterminabilidad (no in­
determinación entitativa, como gustan de malentender los teólogos)
de algunos acontecimientos intraatómicos sin cambiar los aconte­
cimientos mismos en el proceso de observación. En este universo
sin éter no hay asidero.
A todo esto, las autonombradas “ciencias sociales”, ansiando el
prestigio de las ciencias exactas, físicas, del siglo xvn en adelante,
siguen solemnemente el modelo mecanístico newtoniano del siglo
xvn, como si Einstein y Heisenberg no hubieran revolucionado la
física en ese intervalo de tres siglos. Es más que irónico el que
el menos exacto de los estudios sociales, el estudio irremediable­
mente humanista del hombre como un naturalista “observar los
pájaros”, haya de aprender primero esta sofisticación antròpica re­
tili
lí» PR E FA C IO

lativista-indeterminista, el hombre invisible que trata desespera­


damente de no ser visto viendo a otros hombres, mientras que la
psicología y sociología académicas están aún más abajo en la senda
florida de la epistemología newtoniana. Los científicos de lo social,
fatuamente manipulativos-“experimentales”, no han tenido la
humildad ni el ingenio suficientes para reconocer que están intro­
duciendo datos contaminados d e m u c h a s m a n e r a s por el hombre,
en sus Máquinas de la Verdad y —a pesar de una “metodología”
obsesivamente exacta— están por ello sencillamente redescubriendo
(tortuosa, laboriosa y sobre todo inconscientemente) el folklore lo­
cal contemporáneo de nuestra sociedad, que no deja de ser lo que
ellos programaron en sus protocolos y que por cierto (con muchas
menos pretensiones y pesadeces) la simple etnografía podía haber­
nos dado.
Tal vez debido a que la psicología se empantané) antes en la
numerología neopitagórica, hallamos bastante más pronto en psi­
cología que en sociología figuras aisladas y sagaces como Sigmund
Koch que descubrieron el estéril escolasticismo de esa “ciencia so­
cial” e identificaron el predicamento existencialista epistemoló­
gico de las personas que querían estudiar a las personas sin ser
humanas ellas mismas. También fue en una psicología c l í n i c a na­
turalista de “observar los pájaros” —estudio de personas humanas
enteras, funcionantes, no manejadas experimentalmente, sin tram­
pa, no desmembradas estadísticamente— donde se produjo la re­
volución freudiana: el hombre no es dueño indiscutido en su pro­
pia casa, la mente que razona; el presunto analista tiene que
penetrar primero arduamente en sí mismo por el análisis, si quiere
observar a los demás con alguna corrección de las deformaciones
que las observaciones padecen dentro de él mismo, en calidad de
observador. El hombre que estudia al hombre no es tan fácil como
parece. Porque é l también ocupa en un universo relativista un
espacio psicológico.
El examen de la contratrasferencia subjetiva es una exigencia
molesta, difícil y muy desagradable cuando la investigación cien-
tificosocial, por sí sola, pudiera por otra parte seguir siendo una
agradable complacencia, una gratificante teología del hombre,
que lo descubriría como lo desearíamos precognitivamente. Deve-
reux, un personaje claramente detestable, ha planteado la alar­
mante posibilidad de que la etnografía de campo (y con ella toda
ciencia social), tal y como se practica en la actualidad, pudiera ser
una especie de autobiografía. Allí donde el antropólogo de pelo
en pecho pudiera suponer que penetra en el campo cabalmente
exento de ideas, motivaciones, teorías o cultura aperceptiva propias,
PREFACIO 13
nos vemos ahora invitados a discernir el antropólogo al mismo
tiempo s a p i e n s y portador de cultura y persona, así como la posi­
bilidad de que su simple “ciencia”, si no está disciplinada por la
conciencia de la contratrasferencia, sea una rama regalona de poe­
sía lírica que nos cuenta en qué forma proyectiva siente él lo des­
conocido.
Es necesario enunciar nuestro predicamento epistemológico con
esta rudeza. Porque, con unas cuantas honrosas excepciones (Lévi-
Straus, Maybury-Lewis, Kenneth Read, Nuettner-Janusch, Gearing,
Evans-Pritchard, Devereux y Laura Bohannan), pocos trabajadores
de campo han tenido al mismo tiempo la inteligencia, la integridad
y la intrepidez de discernir fenómenos de contratrasferencia: cómo
reacciona el observador de datos humanos como persona y como
ser humano a sus propias observaciones. Pero me atrevo a insinuar
que sólo un hombre con el singular bagaje intelectual y profesio­
nal de Devereux —psicoanalista practicante y trabajador de campo
con conocimiento profesional de las matemáticas y la física con­
temporáneas, europeo aclimatado en una América extraña— podía
haber captado el problema en toda su extensión y su presencia in­
telectual. Un dato fundamental de toda ciencia social (como señala
Devereux sagazmente) es lo q u e s u c e d e d e n t r o d e l o b s e r v a d o r ; en
sentido amplio, sus propias reacciones de “contratrasferencia” como
ser humano concreto.
Linton y otros cuantos antropólogos han comprendido que en
la preparación uno debe avanzar cuidadosamente por una mono­
grafía de campo y quitar todas las huellas reveladoras del etnó­
grafo que la escribe; la voz de la ciencia debe sonar firme y apo-
díctica: ya no era el hombre observando a aquellas personas sino
sólo una lente anastigmática que registraba. Pero el problema no
se resuelve metiéndolo debajo de la alfombra. Mas, como tal sue­
le ser la costumbre del profesional, será evidente para todos que
los ejemplos ilustrativos de la tesis de Devereux son inquietante­
mente raros en la literatura y que a f o r t i o r i , Devereux se ha visto
obligado a dar muchos ejemplos de su propio trabajo. Siendo yo
uno de los pocos etnógrafos con orientación psicoanalítica, sólo
puedo maravillarme del valor y la integridad de que hace gala
Devereux en su obra. Su elegante y elocuente invención de fre­
cuentes ejemplos de “casos” es dialécticamente soberbia; estos ejem­
plos poseen una variedad caleidoscópica y prestan gran agudeza
al enfoque de la argumentación. Mi propio impulso no es buscar
pelillos en el espectáculo de un hombre que continua y conscien­
temente se critica a sí mismo, ni arrojarle envidiosamente piedras,
sino más bien admirar a un cerebro que así está dispuesto a vivir
14 PR E FA C IO

en casa de cristal con un fin profesional: el in s ig h l aceptado im­


pone al aprendiz la carga moral de aprender acerca de sí mismo
y de sus motivos, y si ahora lo atacáramos a d h o m i n e m , sería una
forma de no darnos por enterados de su mensaje. El antropólogo
que no se ha examinado a sí mismo no tiene, pues, derecho ni
razón para antropologizar.
Quienquiera tenga experiencia analítica clínica sabe cómo nos
sentimos impulsados a castigar a quienes, al hacernos ver dentro
de nosotros mismos, despiertan nuestra ansiedad y abruman al yo
con exigencias aún más fuertes de la conciencia. Y es sorprendente,
con todas las pruebas que tenemos de la historia de la ciencia,
que todavía hayamos de extrañarnos al descubrir que la innova­
ción auténtica siempre es castigada porque suscita demasiada an­
gustia y obliga a una reorientación cognitiva dolorosa. Pero al re­
comendar con franca admiración esta obra a nuestra profesión,
confieso no temer tanto la contumelia para Devereux, porque eso
demuestra la presencia de un i n s i g h t cognitivo no reconocido (que
espero acabe por ser reconocimiento consciente último) sino más
bien la simple negación y el desdén invidente, que son modos más
cómodos de lidiar con la dificultad y carga emocional de esos in -
s ig h ts . De todos modos, mientras no abordemos —seriamente, en
profundidad y prolongadamente— el problema que plantea Deve­
reux, considero que no hay posibilidad ninguna de una auténtica
ciencia social, sino sólo de posturas carismáticas v de cambios de
moda insustanciales en el folklore, racionalizado por la "metodo­
logía”, que se refiere al hombre.
W F.STO N I.A BARRI-,
INTRODUCCIÓN

Es probable que todo científico concienzudo tenga entre sus pa­


peles una carpeta que con los años vaya recibiendo lo mejor de
sus pensamientos exploratorios. Por muy conscientemente que los
destine a un libro que espera escribir algún día, sus apuntes son
ante todo intentos de hacerse a sí mismo un informe del sentido
y la validez de sus actividades de científico, independientemente
del punto a donde esta exploración pueda llevarlo. De una carpeta
así nació este libro.
El problema que aquí trato me ha preocupado, en una forma u
otra, casi toda la vida; algunas de las preguntas que me hago e
incluso algunas de las respuestas que les dov van más allá de lo
que querría reconocer. La naturaleza de mi trabajo me llevó a tocar
ciertos aspectos periféricos del problema focal en algunos de mis
trabajos teóricos. A veces traté incluso de bosquejar partes de este
libro, pero siempre acabé por desistir, por no parecerme propicios
el tiempo ni el lugar. Tal vez sea esto tan sólo otro modo de decir
que yo mismo no estaba preparado para algunas de mis propias
ideas.
Me parecía que pisaba un terreno inexplorado: no tenía modelo
con que formar mi libro. Sabía desde el principio lo que quisiera
decir en él, pero todavía no estoy seguro de haber hallado el modo
mejor de decirlo. Hasta el último momento esperé escribir un es­
tudio puramente teórico de la epistemología de la ciencia del com­
portamiento, sin emplear ningún material ilustrativo de casos, pero
vi que no era posible. Sin embargo, la existencia de este plan de­
bería cuando menos probar que no se trata de una obra polémica.
Casi nunca nombro a aquellos cuyas actividades científicas me
parecen indefendibles; las dos o tres excepciones conciernen a per­
sonas que atacan con intemperancia opiniones que no se tomaron
la molestia de entender. Los demás eruditos citados son personas
cuya labor respeto incondicionalmente, o bien sólo un aspecto de
sus actividades me parece cuestionable. Además, ciertas apreciacio­
nes que pueden p a r e c e r críticas de acuerdo con las normas tradi­
cionales —que r e c h a z o — son más que favorables en virtud de las
normas n u e v a s que defiendo en este libro.
El científico del comportamiento al que más consecuentemente
[15]
16 INTROD UCCIÓ N

critico es. . . yo mismo. Una cuenta aproximada muestra que en


unos cuarenta pasajes hablo de mis puntos ciegos, ansiedades, in­
hibiciones y cosas semejantes. Así debía ser, porque para el cien­
tífico de la conducta, el i n s ig h t debe empezar por sí mismo.1
No es la menos importante de mis observaciones el que me lle­
vara más de tres decenios abrirme camino en la maraña de mis
propias preconcepciones, mis angustias y puntos ciegos, para llegar
a las verdades que este libro pueda contener. Por eso no estaría
bien en mí subestimar las dificultades que es probable experimen­
ten los que lo lean én unos cuantos días. Espero que, como yo,
encuentren aliento en el apostrofe de Sócrates a Eutifron: “Vamos,
bendito, ¡haz un esfuerzo! Lo que digo no es tan difícil de en­
tender.” (Platón: “Eutifron”, 12a). La lectura de este libro resul­
tará fácil para aquellos que frente a un pasaje al parecer difícil
se recogerán para descubrir qué es lo que cohíbe su entendimien­
to. . . como yo hube de recogerme constantemente mientras escri­
bía esta obra para averiguar lo que me inhibía.
Cuando la aventura intelectual aquí consignada llegó a su fin
para mí, tenía que cerrar el expediente o escribir el libro lo mejor
que pudiera, si las circunstancias me lo permitían. Cualquiera de
estas soluciones hubiera sido una solución final, o sea —como todo
final—, en definitiva, un nuevo comienzo.
Las circunstancias favorables se presentaron sobre todo gracias
a los esfuerzos de los profesores Fernand Braudel y Claude Lévi-
Strauss —con quienes mi deuda es mucho mayor de lo que podría
expresar— que me procuraron un nombramiento en una Escuela
donde el único no conformista es el intelectualmente timorato;
donde el difunto profesor Marcel Mauss me había enseñado a dis­
tinguir entre la ciencia y las huecas asechanzas de la ciencia en el
estudio del hombre. En este medio ya no parecía una tarea ingente
escribir mi obra. De ahí que, cuando la escuela me invitó a hacer
un libro para su colección teórica, mis pensamientos se dirigieron
inevitablemente a lo que hasta entonces había considerado yo mi
expediente de “Causas perdidas”. Me alentaba además el saber que
la primera redacción gozaría de la lectura crítica de varios colegas.
1 Las anteriores consideraciones explican las muchas menciones de mis pro­
pias obras. Unas cuantas cosas las critico retrospectivamente. Muchas contie­
nen los datos que se obtuvieron en las condiciones o del modo que se descri­
ben en este libro. Otras explican conceptos o ejemplifican procedimientos
creados por mí. En otras más se examinan cuestiones a que sólo se alude en
el libro. La eliminación de cualquiera de estas referencias hubiera hecho la
obra menos inteligible. También doy aquí un informe de unos 35 años de
actividad científica; ello requería la enumeración de los hitos principales del
camino que recorrí.
IN TROD UCCIÓ N 17

Cuando me puse a trabajar comprendí que la resurrección de


los pensamientos dispersos que había anotado hacía más de tres
decenios sería una tarea tan pesada que apagaría hasta la última
chispa de aquel ardiente apremio que había sentido cuando las
ideas, consignadas en hojas que ya amarilleaban, se me presenta­
ron por primera vez. Si mi libro contiene algo del ardor inicial
del descubrimiento es porque Mrs. Jane W. Devereux se echó a
cuestas el aplastante fardo de organizar aquellas notas en su debida
sucesión. También aportó su atinado juicio, su gusto y sus conoci­
mientos de antropología para manejar las redacciones sucesivas,
hacer referencias cruzadas del abundante material de casos, com­
pilar la bibliografía y mecanografiar parte del original. La dedica­
toria no le hace bastante justicia porque en verdad es ella la co­
autora de este libro.
Weston La Barre, profesor de antropología en la Universidad
de Duke —el más crítico de los amigos y el más amigo de los crí­
ticos—, me obligó grandemente no sólo con su bien pensado y
rotundo prefacio y una lectura creadora y crítica de mi original,
sino sobre todo por haberme permitido, a lo largo de tres decenios,
aguzar mi mente en la piedra de afilar de su saber y su penetra­
ción. No es ésta la primera obra mía que se beneficia de sus sabios
consejos, y espero que no sea la última.
W. K. C. Guthrie, Laurence Professor de Filosofía Antigua en la
Universidad de Cambridge, me permitió incluir en la obra una
larga y esclarecedora carta que me escribió acerca de la combina­
ción de ciencia y lógica pura en la Grecia antigua.
Pascual Jordán, profesor de Física en la Universidad de Ham-
burgo, que fue el primero en aplicar el principio de la comple-
mentariedad a los fenómenos estudiados por el psicoanálisis, tuvo
la amabilidad de leer el capítulo xxiv de esta obra.
La doctora Dorothy Semenow Garwood, psicóloga psicoanalista
y química, y el doctor Donald C. Garwood, químico del espacio,
tuvieron la bondad de leer juntos los cuatro últimos capítulos de
la obra.
William A. Steiger, D. M„ John A. Kolmer, profesor de Medi­
cina de la Comunidad en la Temple University School of Medi­
cine, me hizo contraer una deuda con él leyendo el capítulo estric­
tamente médico que tiene la obra y permitiéndome la publicación
del material de casos relevante. Estoy agradecido a él y a los profe­
sores O. Spurgeon English, D. M., Francis H. Hoffman, D. M. y
Albert E. Scheflen por el hecho de que el privilegio de enseñar en
Temple fue también ocasión de aprender.
Finalmente, tengo una deuda de gratitud con la École Pratique
18 IN T R O D U C C IÓ N

des Hautes Études. Mi nombramiento en esa facultad representa


el cumplimiento de la más antigua y cara ambición de mi vida.
Lo que se espera durante mucho tiempo suele resultar una decep­
ción cuando por fin se obtiene. Esta vez fue la excepción que con­
firma la regla.

P a rís, 3 d e a b r il d e 1966
G EO R G E D E V E R E U X
LA ARGUMENTACIÓN

El punto de partida de mi obra es una de las proposiciones más


fundamentales de Freud, modificada a la luz de la concepción
einsteiniana de la fuente de los datos científicos. Decía Freud que
la trasferencia es el dato más fundamental del psicoanálisis consi­
derado como método de investigación. A la luz de la opinión dé
Einstein de que sólo podemos observar los acontecimientos “en”
el observador —de que sólo sabemos lo que sucede en y al aparato
experimental, cuyo componente más importante es el observador—
he ido un paso más allá por el camino que dejara Freud. Afirmo
que es la c o n t r a t r a s f e r e n c i a y no la trasferencia el dato de impor­
tancia más decisiva en toda la ciencia del comportamiento, porque
la información que se puede sacar de la trasferencia por lo general
también puede obtenerse por otros medios, y no sucede así con la
que proporciona el análisis de la contratrasferencia.1 Es válida esta
especificación, aunque trasferencia y contratrasferencia sean fenó­
menos conjugados e igualmente básicos; sencillamente porque el
análisis de la contratrasferencia es c i e n t í f i c a m e n t e más productivo
en datos acerca de la naturaleza del hombre.
El estudio científico del hombre
1] es impedido por la ansiedad que suscita traslape entre sujeto
y observador,
2] que requiere un análisis de la naturaleza y el lugar donde se
deslindan ambos;
3] debe compensar lo p a r c i a l de la comunicación entre sujeto
y observador en el nivel consciente; pero
4] debe rehuir la tentación de compensar la i n t e g r i d a d de la co­
municación entre sujeto y observador en el nivel i n c o n s c i e n t e ,
5] que causa ansiedad y por ende reacciones contratrasferenciales,
6] deforma la percepción e interpretación de los datos, y
7] produce resistencias contratrasferenciales que se disfrazan de
metodología, lo que ocasiona nuevas distorsiones s u i g e n e r i s .
8] Puesto que la existencia del observador, sus actividades obser-

1 En esta perspicaz reseña de mi relato acerca de la psicoterapia de un


indio de los llanos (1951a). Caudill (1951) destaca que yo había registrado
pero no analizado mis reacciones de contratrasferencia. La omisión era inten­
cional, porque todavía no escribía yo esta obra.
[19]
20 I.A A R G U M EN TA CIÓ N

vacionales y sus angustias (aun en la observación de sí mismo)


producen distorsiones que son no sólo técnica sino también lógica­
mente imposibles de eliminar,
9] toda metodología efectiva de la ciencia del comportamiento ha
de tratar esos trastornos como los datos más significantes y carac­
terísticos de la investigación de la ciencia del comportamiento, y
10] debe usar la subjetividad propia de toda observación como
camino real hacia una objetividad auténtica, no ficticia,
11] que debe definirse en función de lo realmente posible y no
de lo que “debería ser”.
12] Si se pasan por alto o se desvían por medio de resistencias
contratrasferenciales disfrazadas de metodología, esos "trastornos”
se convierten en fuentes de error incontroladas e incontrolables,
mientras que
13] si se tratan como datos básicos y característicos de la ciencia
del comportamiento, son más válidos y productores de i n s ig h t cpie
cualquier otro tipo de datos.
En resumidas cuentas, los datos de la ciencia del comportamiento
suscitan ansiedades, a las que se trata de eludir por una seudome-
todología inspirada por la contratrasferencia; esta maniobra es la
causante de casi todos los defectos de la ciencia del comportamiento.
El gran matemático Lagrange dijo hace mucho tiempo que la
Naturaleza sencillamente no hace caso de las dificultades que plan­
tea a los científicos, cuya misión —como declaró en otra ocasión-
consiste en buscar la simplicidad, pero también en desconfiar de
ella. Quiere esto decir que el mejor —y quizá el único— medio
de alcanzar una simplicidad congruente con los hechos es lidiar
de frente con las mayores complejidades, mediante el artificio ex­
tremadamente práctico de tratar la dificultad p e r s e como un dato
fundamental, que no debe rehuirse sino aprovecharse al máximo
—no explicarse sino emplearse a manera de explicación de datos
e n a p a r i e n c ia más simples.
Los primeros capítulos de este libro, que destacan la angustia
causada por los datos de la ciencia del comportamiento, pueden
dar la impresión errónea de que la objetividad es imposible a
p r i o r i en la investigación de la ciencia del comportamiento y que
para reducir al mínimo las deformaciones debidas a la subjetividad
debemos interponer más y más filtros —tests, técnicas de entrevista,
accesorios y otros artificios heurísticos— entre nosotros y nuestros
sujetos. Incluso podría parecer que el mejor “observador” es una
máquina, y que el observador humano debería aspirar a una suerte
de invisibilidad que —si se lograra— eliminaría al observador de
la situación observacional.
LA ARG U M EN TA CIÓ N 21

Este modo de enfocar olvida implícitamente que cada uno de


esos filtros, al mismo tiempo que “corrige” algunas distorsiones
debidas a la subjetividad, produce otras deformaciones específicas
propias, por lo general inadvertidas. Y por encima de todo, olvida
que en un sentido aristotélico (“Parva Naturalia”, 455a, lOss.),
incluso el observador invisible tendrá que decir: “Y esto percibo
yo”. . . independientemente de que aquello que percibe sea el com­
portamiento mismo, un electroencefalograma o un resultado nu­
mérico (capítulo ) . Además, en algún punto ha de decir tam­
x x i i

bién: “Esto significa que. . .” Esto es técnicamente una “decisión”


y es un hecho fundamental el que la “teoría de los juegos” no
puede producir decisiones, sino sólo definir consecuencias y calcu­
lar su probabilidad. La decisión —que en la ciencia consiste en
decir "Esto significa q u e . . . ”— la sigue tomando el científico del
comportamiento, de acuerdo con la misma subjetividad y en res­
puesta a las mismas angustias a que se enfrenta cuando no emplea
ninguna clase de filtros. Por eso yo no preconizo la eliminación
de los filtros y sólo insisto en la eliminación de la ilusión de que
suprimen toda subjetividad y neutralizan por completo la angustia.
Y no es así; tan sólo d e s p l a z a n ligeramente el lugar de deslinde
entre sujeto (objeto) y observador y p o s p o n e n el momento exacto
en que aparece el elemento subjetivo (decisión). Una cosa es elegir
el lugar del deslinde y el “momento de la verdad”, en que el
hecho se trasforma en verdad de modo óptimo, y otra cosa es pre­
tender que al hacerlo así suprimimos toda angustia y subjetividad.
Además, aun cuando se elijan óptimamente ese lugar y ese momen­
to, todavía habrá que tomar en cuenta las deformaciones produ­
cidas por los filtros, las manipulaciones y otros artificios que hacen
posible esta disposición “óptima”.
No se hace buena ciencia pasando por alto sus datos más fun­
damentales y característicos que son, muy concretamente, las difi­
cultades p r o p i a s de esa ciencia. El científico del comportamiento
no puede ignorar la acción recíproca de sujeto y objeto con la
esperanza de que, si durante bastante tiempo hace como que no
existe, acabará por desaparecer bonitamente.
El negarse a utilizar estas dificultades creativamente sólo puede
llevar a la recolección de datos cada vez menos pertinentes, más
segmentarios, periféricos y aun triviales, que no derramarán nin­
guna luz sobre lo que hay de vivo en el organismo o de humano
en el hombre. Por eso el científico debe cesar de destacar exclusi­
vamente su manipulación del sujeto y tratar de entender al mismo
timpo —y a veces primordialmente— a sí mismo q u a observador.
En este sentido, todo experimento con ratas es también un expe-
22 LA A R G U M EN TA CIÓ N

rimento hecho en el observador, cuyas angustias y maniobras para


rehuir el cuerpo, tanto como su estrategia de investigación, per­
cepción de datos y toma de decisiones (interpretación de los datos)
pueden derramar más luz sobre la naturaleza del comportamiento
en general de lo que podría hacerlo la observación de las ratas
—y aun de otros seres humanos.
Esto implica que las dificultades tradicionales de la ciencia del
comportamiento no se deben s ó l o a una determinación poco jui­
ciosa del lugar y la naturaleza del deslinde entre datos “reales” y
productos “incidentales” o epifenomenales de la estrategia de in­
vestigación. Indica que el sujeto más capaz de manifestar un com­
portamiento científicamente utilizable es el mismo observador. Esto
significa que un experimento con ratas, una excursión antropoló­
gica o un psicoanálisis contribuyen más a la comprensión del com­
portamiento si se ven como fuente de información acerca del psi­
cólogo de los animales, el antropólogo o el psicoanalista que si se
consideran tan sólo una fuente de información acerca de las ratas,
los primitivos o los pacientes. En una verdadera ciencia del com­
portamiento, los primeros datos son básicos; los otros son epife­
nomenales. . . o sea, hablando en puridad, subproductos que, na­
turalmente, también ameritan su aprovechamiento.
No es el estudio del sujeto sino el del observador el que nos pro­
porciona acceso a la e s e n c i a de la s i t u a c i ó n observacional.
Los datos de la ciencia del comportamiento son entonces triples:
1. El comportamiento del sujeto.
2. Los “trastornos” producidos por la existencia y las actividades
observacionales del observador.
3. El comportamiento del observador: sus angustias, sus manio­
bras defensivas, su estrategia de investigación, sus “decisiones” (=
su atribución de un significado a lo observado).
Por desgracia, es de este tercer tipo de comportamiento del que
tenemos menos información, porque nos hemos negado sistemáti­
camente a estudiar la realidad como ella lo requiere. Muchos de
los datos que citaré son entonces consecuencia de mis intentos
de entender mi propio comportamiento, tanto de etnólogo de cam­
po como de psicoanalista clínico, completados por los i n s i g h t s que
haya podido sacar del estudio detenido de Lévi-Strauss ( T r i s t e s
t r o p i q u e s , 1955), de Balandier (A f r i q u e a m b i g ü e , 1957), y de
Condominas (L ’E x o t i q u e e s t q u o t i d i e n , 1965), que son los únicos
intentos de talla, que yo conozca, de apreciar el impacto causado
en el científico por sus datos y su actividad científica. Y ciertamen­
te, por grande que sea la importancia de la obra o b j e t i v a de Lévi-
Strauss, la importancia de sus T r i s t e s t r o p i q u e s aún puede ser
I.A A R G U M EN TA CIÓ N 23

mayor para el f u t u r o de la ciencia del comportamiento. .. debido


en parte a que también aumenta nuestra penetración de los datos
objetivos y los descubrimientos de Lévi-Strauss.
Como hubiera sido impropio analizar estas tres obras autobio­
gráficas extremadamente sinceras en profundidad, me veo obliga­
do a citar principalmente mis propias observaciones, completadas
por muchos ejemplos breves del comportamiento de otros científi­
cos que no han considerado necesario escudriñarse a sí mismos. La
ciencia no pierde nada con ello, ya que el análisis de un gran nú­
mero de hechos relativamente superficiales —que ilustran la g a m a
o amplitud de los fenómenos— proporciona exactamente los mis­
mos i n s i g h t s que el análisis e n p r o f u n d i d a d de un solo fenómeno
(Devereux, 1955a). Amplitud es profundidad, rotando 90° en po­
sición horizontal; la profundidad es amplitud si los 90° giran para
ocupar una posición vertical. La equivalencia de ambos radica en
la hipótesis ergòdica.2 Tomado por separado, cada uno de mis
“casos” es una anécdota; todos juntos, son un análisis de la am­
plitud —y por lo tanto en profundidad— de las reacciones del cien­
tífico a sus datos y su “hacer ciencia”.
Los últimos capítulos de este libro muestran cómo se emplean
a manera de puentes las situaciones que suelen considerarse ba­
rreras.
La ciencia del comportamiento se volverá simple cuando empie­
ce a tratar las propias reacciones del científico a su material y su
trabajo como el más fundamental de todos los datos de esa ciencia.
Mientras tanto, sólo tendremos la ilusión de la simplicidad.

Suele decirse de las obras dedicadas a los seres humanos que son
duras o blandas de ánimo.* La mía no es de las unas ni de las
otras, puesto que aspira a la objetividad en relación con esa terneza
que hace imposible toda ciencia realista del comportamiento.
Cualquier libro que trata del hombre tiene un interés humano,
y esto debe dejarse bien sentado. No creo que el Hombre necesite
salvarse de sí mismo; le basta con ser él mismo. El mundo nece­
sita más de los hombres que de los “humanistas”. La Grecia del
siglo v fue sencillamente humana; se hizo “humanista” en reacción
a los horrores de la guerra del Peloponeso. Esquilo, el combatiente

- La hipótesis ergòdica postula que los mismos resultados pueden obtenerse


lanzando un número infinito de monedas simultáneamente o una sola mone­
da un número infinito de veces.
* “Tough minded or tender minded” en el original. Categorías utilizadas
por el filósofo norteamericano William James para caracterizar dos tipos de
experiencia científica, [ r .t .]
24 LA A R G U M EN TA CIÓ N

de Maratón y poeta de las E u m é n i d e s , no fue un humanista. Só­


crates, figura de transición, fue más que un humanista. Platón fue
un humanista, puesto que en nombre de la humanidad trató de
salvar a ésta de sí misma. Toda filosofía de opresión proce­
de de la de Platón (Popper, 1962), cuya filantropía3 era desde­
ñosa, porque trataba al hombre como un objeto de contemplación
y manipulación. En este sentido, el científico del comportamiento
que se autocalifica de “duro” es un filántropo desdeñoso: un “hu­
manista” espurio. La ciencia del comportamiento auténtica nacerá
cuando quienes la practiquen comprendan que una ciencia realista
del género humano sólo pueden crearla hombres perfectamente
conscientes de su propia humanidad precisamente cuando más ple­
namente la pongan por obra en su labor científica.
C A P ÍT U L O I

EN BUSCA DE UNA CIENCIA CIENTIFICA DEL


COMPORTAMIENTO

El orden en que las nociones del hombre acerca de los diversos


segmentos de realidad se hicieron científicas fue determinado en
gran parte por su mayor o menor interés afectivo en los diversos
campos de fenómenos. Cuanto mayor ansiedad ocasiona un fenó­
meno, menos capaz parece el hombre de observarlo debidamente,
de pensarlo objetivamente y de crear métodos adecuados para des­
cribirlo, entenderlo, controlarlo y pronosticarlo. No es casualidad
que los tres hombres que más radicalmente modificaron nuestro
concepto del hombre en el universo —Copérnico, Darwin y Freud—
nacieran en este orden. Era más fácil ser objetivo acerca de los cuer­
pos celestes que del hombre en tanto que organismo, y esto más
fácil que la objetividad acerca de la personalidad y el comporta­
miento del hombre. Si Freud hubiera sido contemporáneo de Co­
pérnico, y aun de Darwin, no hubiera podido crear un concepto
psicoanalítico del hombre aunque hubiera habido los medios para
recoger y comparar los datos brutos necesarios y él hubiera tenido
acceso a ellos; y muchos de ellos habían ya sido empleados correc­
tamente, aunque para fines no científicos, por los brujos primitivos
(Devereux, 1961a). Por cierto que lo más nuevo del psicoanálisis
no es su teoría sino la posición metodológica según la cual la tarea
principal de la ciencia del comportamiento es el análisis de la
idea que el hombre tiene de sí mismo. Esta actitud revolucionaria
sólo se hizo psicológicamente tolerable después de haber Copér­
nico y Darwin revaluado el lugar del hombre en el cosmos y en
el plan de la vida.
Es un hecho histórico —si bien, como espero demostrar, no una
necesidad inevitable— que el interés afectivo del hombre por los
fenómenos que estudia con frecuencia le impide ser objetivo en re­
lación con ellos.
La primera de las tres grandes revoluciones científicas fue la de
Copérnico, sencillamente porque el hombre no es muy sentimental
en materia de astronomía. Por paradójico que pueda parecer, la
mejor prueba de esto la constituyen los mitos astrales. Al trasferir
[27]
28 DATOS V ANSIEDAD

los conflictos interiores e interpersonales causantes de angustia a


la bóveda de los cielos, el hombre logró distanciarse de los pro­
blemas que lo asediaban y especular acerca de ellos con cierta ob­
jetividad. Así como Zeus solía deshacerse de los personajes míticos
molestos poniéndolos entre las estrellas, así hoy, cuando el psicó­
logo de las ratas no sabe qué hacer y está en el umbral de sus emo­
ciones, su imaginación hace de la rata de carne y hueso un modelo
casi platónico de “strat. rat”.*
El hecho de que el interés emocional del hombre por un fenó­
meno dado suela ser inversamente proporcional a su objetividad
para con él puede observarse mejor entre los primitivos. . . no por­
que sean incapaces de objetividad, sino porque no suelen darse
cuenta de su f a l t a de objetividad.
C a s o 1 : Aunque los mois sedang tienen muchas ideas superna-
turalistas y erróneas acerca de todos los animales, en conjunto el
grado en que su “historia natural’’ es “historia innatural” depende
de la importancia del papel que esa especie animal desempeñe en
su vida. Y así, sus ideas acerca de los tigres son más complejamente
supernaturalistas que sus nociones acerca de las ratas de la selva,
y tienen creencias más poco realistas de los carabaos, puercos y pe­
rros que de los simples pollos o gallinas. De modo semejante, todos
los hombres tienen ideas más tontas acerca de la sexualidad que,
digamos, de la comida, sencillamente porque el hombre se emo­
ciona más con lo sexual que con el alimento.
La ciencia del comportamiento es asimismo menos científica que
la física o la biología porque a los fenómenos físicos los determina
un pequeño número de variables relativamente fáciles de cuanti-
íicar, mientras que el comportamiento del hombre puede enten­
derse sólo en función de un número muy grande de variables. Ade­
más, un conocimiento razonablemente completo del estado de un
sistema físico en el tiempo t suele permitirnos predecir su estado
en el tiempo t -j- \ t , mientras que para predecir el comporta­
miento del hombre en el tiempo t Ai debemos conocer su estado
n o s ó l o en el momento precedente, t, sino también durante toda
su vida, puesto que el hombre es un sistema c r o n o h o l i s t i c o , cuyo
comportamiento es determinado más profundamente por un tipo
de “memoria” algo parecido a la histéresis en física,1 que por su
estado y situación actuales.
* Rata estadística [ r .t .]
1 Matemáticamente, esto significa que el comportamiento de muchos siste­
mas físicos puede describirse por medio de ecuaciones diferenciales, mientras
que el del hombre sólo puede describirse por medio de ecuaciones íntegrodi-
IN BUSCA DE U N A CIEN C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 29

En resumen, las ciencias del comportamiento son ahora menos


científicas que las físicas debido a:
1] El mayor interés emocional del hombre por el género huma­
no y por sí mismo que por los objetos materiales;
2] la inherente complejidad del comportamiento y la necesidad
de entenderlo cronoholísticamente.
Los científicos del comportamiento, embarazados por el hecho
de que su disciplina va a la zaga de la ciencia física, tratan de
compensarlo limitando los p r o c e d i m i e n t o s de la física. Hay algu­
nos incluso que sólo estudian los fenómenos cuantificables, y por
el momento no hacen caso de todos los datos —por muy conspi­
cuos e importantes que sean— que no son fácilmente cuantifica­
bles. Al hacerlo así, implícitamente dejan de distinguir entre las
t é c n i c a s d e la f í s i c a , determinadas primordialmente por la distinta
naturaleza de los fenómenos físicos, y el m é t o d o c i e n t í f i c o g e n e r a l ,
que tiene una validez interdisciplinal y por ello es igualmente apli­
cable a la ciencia física y la comportamental. Esta distinción es
lógicamente legítima aunque, hablando históricamente, la mayoría
de las reglas del método científico se formularan de acuerdo con
los procedimientos de la ciencia física.2 Por desgracia, la trasposi­
ción mecánica de las técnicas de la ciencia física a las demás cien­
cias —como por ejemplo la cuantificación o b s e s i v a — puede llevar
a la falacia lógica de que la mera cuantificación h a c e automática­
mente científico un dato.
C a s o 2 : El tercer K i n s e y R e p o r t (Gebhard e t a l., 1958) “demues­
tra” estadísticamente que el aborto no es traumático. Sea esto falso
o verdadero, no es un enunciado científico, a pesar —y casi a causa-
de que el hecho está “sustentado” por estadísticas. Por cierto que
si bien Gebhard y sus colaboradores creen estar enunciando algo
científico —o sea un diagnóstico psiquiátrico— en realidad están
comunicando sencillamente que las mujeres que d e c l a r a r o n (y/o
c r e y e r o n ) que el aborto no las había traumatizado psicológicamente
fueron más que las que d i j e r o n (y/o c r e y e r o n ) que sí las había
traumatizado. El único —pero decisivo— error es aquí que estos
autores n o a v e r i g u a r o n a q u é u n i v e r s o d e d i s c u r s o p e r t e n e c í a n s u s
d a t o s . 3 Dieron por supuesto que pertenecían al campo de la psi-

ferenciales, no reducibles, por ninguna cuantía de diferenciación, a ecuaciones


diferenciales (Donnan, 1936-37).
2 Deliberadamente me olvido aquí de las especulaciones puramente filosófi­
cas, que influyeron en la ciencia antigua menos de lo que algunos historia­
dores de la filosofía parecen creer. Véase el Apéndice a este capítulo.
3 Un hecho puede interpretarse debidamente sólo después de asignado al
universo de discurso a que realmente pertenece y fuera del cual no tiene sig-
30 DATOS Y ANSIEDAD

quiatría, mientras que en realidad pertenecen al de la investiga­


ción de la opinión, sencillamente porque ninguno de sus sujetos
era c a p a z de hacer un autodiagnóstico psiquiátrico válido. De ahí,
e n e s t e r e s p e c t o , que los autores no registraran nada relacionado
ni remotamente con el tema que q u e r í a n investigar. En lugar de
ello hicieron una contribución importante —si bien n o i n t e n c i o ­
n a l - - a la solución de un problema que n o trataban de analizar:
el problema no psiquiátrico, sociocultural, del “folklore” del abor­
to en la sociedad norteamericana. Estas críticas serían válidas aun­
que más adelante un equipo de psiquiatras volviera a examinar a
aquellas mujeres y descubriera que efectivamente, sus autodiagnós-
ticos fueron atinados. Porque incluso en ese caso, sólo las aprecia­
ciones de los psiquiatras serían datos auténticamente psiquiátricos,
y las declaraciones (ahora debidamente confirmadas) de las muje­
res respondientes seguirían siendo “opinión” y aun “folklore”.
Defectos metodológicos semejantes afean también otros estudios
de la ciencia del comportamiento conformados de acuerdo con las
té c n i c a s de las ciencias exactas, pero no inspirados en m é t o d o s
c i e n t í f i c o s b á s ic o s . Además, muchos de esos estudios emplean pro­
cedimientos de apariencia científica —o mejor dicho propios de la
física— no porque los científicos del comportamiento traten de
hacer ver que su disciplina es tan "científica” como la física. La
cuantificación, en-pos-del-prestigio, de lo incuantificable es, si acaso,
comparable al empeño de Leibniz en demostrar matemáticamen­
te la existencia de Dios.
Es lícito esperar que venga un tiempo en que los datos de la
ciencia del comportamiento sean exactos y cuantificables. No es
posible apresurar el advenimiento de ese tiempo feliz desdeñando
la construcción de un esquema conceptual apropiado que haga de
base para la edificación, en lugar de empezar desde un techo im­
propio, mal ajustado y prestado, para abajo. Una ciencia científica
del comportamiento sólo puede crearse recurriendo sistemática­
mente a un método científico generalizado y a una epistemología
generalizada, no específica de una disciplina. No puede construirse
imitando las técnicas estrictamente vinculadas a la materia objeto de
estudio de ciencias que tratan de fenómenos no cronoholísticos, des-
criptibles en función de unas pocas variables fáciles de cuantificar.
La ciencia científica del comportamiento debe empezar por el
niñeado ni pertinencia científicos. Por ejemplo, el suicidio de Cleomenes 1,
rey de Esparta, no es convincente mientras el relato de Herodoto (6.75) se
considera un documento histórico, pero es completamente convincente en cuan­
to se lo considera como el informe de un caso psiquiátrico (Devereux y Forrestj
1967). Problemas afines se examinan también en otro estudio (Devereux, 1965a).
UN BUSCA DE UN A C IE N C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 31

escrutinio de la matriz completa de significados en que todos sus


datos pertinentes están incluidos (Devereux, 1957a), y con una es­
pecificación de los medios con que el investigador puede acceder
a, o si no educir, cuantos significados sean posibles.
El segundo paso consiste en el estudio del interés afectivo per­
sonal del científico del comportamiento por su material y las de­
formaciones de la realidad que acarrean esas reacciones de “contra-
trasferencia”, ya que el mayor obstáculo a la creación de úna
ciencia científica del comportamiento es el interés emocional, in­
debidamente aplicado, del investigador por su material, que en
definitiva es él mismo y que por eso suscita angustias inevitables.
El tercer paso consiste en el análisis de la naturaleza y el lugar
del deslinde entre sujeto y observador.
El paso cuarto y último (provisionalmente) que puede darse,
dado el estado actual de nuestro conocimiento, es la aceptación y
el aprovechamiento de la subjetividad del observador y del hecho
de que su presencia influye en (“trastorna”) el comportamiento de
un electrón. El científico del comportamiento debe saber reconocer
que n u n c a observa el hecho comportamental que “se hubiera pro­
ducido” en su ausencia ni oye una comunicación idéntica a la
que el mismo narrador hubiera hecho a otra persona.4 Por fortu­
na, los llamados “trastornos” o “perturbaciones” creados por la
existencia y las actividades del observador debidamente aprovecha­
dos, son las piedras angulares de una verdadera ciencia del com­
portamiento y no —como suele creerse— contratiempos deplorables,
con los que lo mejor que se puede hacer es esconderlos apresu­
radamente debajo de la alfombra.
Aunque la aclaración de estos problemas no traiga un milenio
de perfección científica, el escrutinio con espíritu crítico de las di­
ficultades inherentes a una ciencia determinada casi siempre revela
que son ú n i c a m e n t e c a r a c t e r ís ti c a s d e e sa ciencia, las que delimitan
el campo de su pertinencia y definen su naturaleza y con ella, los
d a t o s c la v e de esa disciplina.
Dicho con más sencillez, siempre ayuda descubrir exactamente
qué es lo que uno está haciendo en realidad.
Las opiniones presentadas en esta obra son, en principio, apli­
cables a todas las ciencias del comportamiento. Yo he sacado la
mayoría de mis ejemplos del campo de la etnopsicología, en parte
porque sus datos son los más múltiplemente determinados y en
parte porque conozco mejor ese campo. Además, esta facultad de

4 Los tribunales de derecho, como los científicos de la conducta, prefieren


ignorar el problema.
32 DATOS Y ANSIEDAD

escoger es legítima. Lo que en materia de método se aplica a una


ciencia cuyos datos son un tejido complejo de variables biológicas,
psicológicas, económicas, históricas, sociales y culturales y cuyo mar­
co de referencia abarca al individuo y al grupo, necesariamente
se aplica también a todas y cada una de las ciencias segméntales
del comportamiento, consideradas “casos límite”.5

A P É N D IC E
LA R E L A C IÓ N E N T R E L O G IC A Y LA B O R C IE N T ÍF IC A E N LA G R E C IA A N T IG U A

Carta de W. K. C. Guthrie, Laurance Professor de Filosofía Anti­


gua en la Universidad de Cambridge, fechada el 10 de mayo de
1965.

Quisiera darle la declaración e x c a t h e d r a que me pide, pero la


relación entre lógica y labor científica en la Grecia antigua es
complicada y ha suscitado muchas controversias, sobre las cuales
no puedo decir que tenga yo mismo una opinión firme.
Si verdaderamente quiere usted que sea breve y dogmático, me
siento inclinado a decir que sí, que tiene usted razón: en sus co­
mienzos al menos el método científico fue heurístico y no efecti­
vamente influido por la lógica pura; pero sin duda esta afirma­
ción necesita muchos matices. Antes de Aristóteles, su fundador,
podía decirse con toda justificación que no había lógica pura: su
formulación del silogismo fue realmente el comienzo de ella. De
ahí que no se pueda hablar de su influencia en los pioneros del
pensamiento científico o de la filosofía natural, o sea los preso­
cráticos. Pero aun así, uno vacila. ¿Era la insistencia de Parméni-
des en la unidad e inmovilidad de lo real cosa de "lógica pura”?
De un modo muy elemental, lo era. Sin duda no se basaba en la
observación, pero causó una impresión tan profunda que influyó
en toda la orientación del pensamiento científico después de su
época.
Aristóteles es a todas luces la figura clave para su propósito, y
si, como se acostumbra, uno considera que el origen de la lógica
pura o formal está en su formulación del silogismo, es evidente
que no tuvo mucho efecto en su labor biológica. Si por otra parte

° Se ha dicho incluso (Meyer, 1935) que la física puede considerarse un caso


límite de la biología. Yo no tengo opinión en la materia, cuyo análisis queda
fuera del alcance de este libro.
I N BUSCA DE U N A C IE N C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 33

itu luimos los principios de la clasificación, las nociones de g e n o s


y e i d o s , inmediatamente aparece una relación estrecha, pero de
ninguna manera simple. Se ha dicho últimamente, por ejemplo,
i|ue la teoría y práctica aristotélicas de clasificación zoológica en
el cuerpo principal de su obra biológica pueden distinguirse con
claridad, tanto del método de división recomendado en A n a l í t i c a
p o s t e r i o r , 2.13 y M e t a f í s i c a , Z.12, por ejemplo, como del método
deductivo descrito en L a P o l í t i c a , 4.4 (G. E. R. Lloyd: “4 he deve-
lopment of Aristotle’s theory of the classification of animáis”, P h r o -
n e s i s 6: 59-81, 1961.) J. M. Le Blond: L o g i q u e e t m é t h o d e c h e z
A r i s t o t e , París, 1939, es quizá el único libro moderno que hace un
estudio comparado de la teoría y la práctica de Aristóteles, y de­
bería ser útil aquí, así como también una obra más reciente, de
Marjorie Grene: P o r t r a i t o f A r i s t o t l e , Chicago, 1963. La autora es
también bióloga y hace resaltar la relevancia de los intereses bio­
lógicos de Aristóteles en su filosofía. Contiene bastante de su con­
cepto del método científico y su aplicación a su labor científica.
Cuando llegamos a autores como Arquímedes y Eratóstenes, ya
no estamos, naturalmente, en los comienzos del método científico,
y está operando la lógica de Aristóteles y los estoicos. Pregunta
usted si la obra experimental y matemática de un Arquímedes o
un Eratóstenes acusa la influencia de la lógica pura, y yo le digo
que con toda seguridad hay una enorme diferencia entre la obra
experimental y la matemática. En Grecia, como ahora, las mate­
máticas y la lógica estaban muy íntimamente ligadas (y tal vez
sea pertinente al respecto un breve artículo de K. Berka: “Aristó­
teles und die axiomatische Methode”, D a s A l t e r t u m , 9: 200-5, 1963),
pero es cuando menos discutible el que en la ciencia influyeron
poco los adelantos de la lógica pura.
Puesto que esta cuestión sólo recibirá una breve mención de
pasada, creo que lo que usted dice [en su carta] acerca del método
científico en sus comienzos es más o menos correcto. A partir de
Aristóteles, la posición es más compleja y hay que distinguir cuan­
do menos entre las ciencias exactas y las naturales o experimenta­
les; pero incluso con Aristóteles, probablemente podríamos decir
ipie su método biológico no fue d e t e r m i n a d o por sus adelantos
en la lógica pura. (Algunos podrían decir que fue al revés.) Esta
cuestión es difícil de resolver con una respuesta breve.
C A P ÍT U L O II

LA ESPECIFICIDAD DE LA CIENCIA DEL


COMPORTAMIENTO

Es costumbre, pero insatisfactorio, distinguir entre las ciencias de


la vida y las físicas primordialmente en función de si el objeto
de estudio es un organismo o la materia inanimada. Ciertamente, si
pesamos a una persona, medimos la velocidad de un galgo o de­
terminamos la eficacia de un animal de tiro para convertir la ma­
teria (alimento) en energía, hacemos una investigación de ciencia
física, aunque el objeto estudiado sea un organismo; esto implica
que los datos que recogemos no son datos de la ciencia del com­
portamiento. En cambio, un pensador primitivo, que considera lo
inanimado animísticamente, hace de “científico” seudocomporta-
mental, puesto que trata sus “datos” como si pertenecieran al com­
portamiento. Esta antropomorfización de los fenómenos era anti­
guamente común incluso en la ciencia física. En realidad, según
un gran físico por lo menos, el concepto de “fuerza” en física es
tan antropomórfico que, en mi terminología, es casi un concepto
de la ciencia del comportamiento. Y a la inversa, es evidente que
ciertos conceptos de la ciencia contemporánea del comportamiento
son básicamente de física.
Una distinción lógicamente impecable entre ciencia comporta-
mental y ciencia no comportamental sólo puede establecerse en
función de las “variables intermedias”, colocadas entre el fenóme­
no que d e c i d i m o s llamar “causa” y el que d e c i d i m o s llamar
“efecto”.
Y así, si un científico primitivo interpreta el choque de dos bo­
las de billar como “lucha”, formula una teoría de la ciencia del
comportamiento, porque sus variables intermedias son “comporta-
mentales”. Y a la inversa, si un psicólogo mecanicista de las ratas
explica la relación entre un estímulo y una reacción exclusiva­
mente en términos de bioquímica, su teoría es de física, porque lo
son sus variables intermedias.
Es probable que se pueda (teóricamente) construir una "teoría
(animista) de la ciencia del comportamiento” compendiosa y con­
secuente consigo misma de todos los fenómenos físicos, lo que ex-
[34]
I SPF.CIFICIDAD DE LA C IE N C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 35

plicaría tan cabalmente —y para el neoescolástico tan satisfactoria­


mente— el universo material como una teoría física formulada
matemáticamente. Y a la inversa, Guthrie (1935, 1938) y algu­
nos de sus discípulos (Voeks, 1954) pueden algún día llegar a
construir una teoría física compendiosa y consecuente consigo mis­
ma que explique tan cabalmente —y otra vez para el neoescolás­
tico tan satisfactoriamente— el comportamiento de la materia viva
tomo la teoría biopsicosocial.
I.o que importa aquí es que la compendiosidad y la consecuen-
<ia consigo mismo son características puramente descriptivas de
una teoría o sistema de explicaciones y no tienen relación posible
con su racionalidad y realidad. Esto es un corolario del dicho de
l’oincaré (1901) de que dos explicaciones que dan cuenta igual­
mente bien de un fenómeno dado son equivalentes.
Se acostumbra escoger entre dos teorías equivalentes según su
grado relativo de parsimonia. Es un criterio útil a menudo, pero
siempre arbitrario, puesto que la n e c e s i d a d no puede ni podría
probarse por ningún h e c h o , ya que, como la compendiosidad y
la consecuencia consigo mismo, la parsimonia es una característica
lluramente descriptiva de una teoría. No nos permite estimar la
congruencia de la teoría con la realidad; sólo nos permite apreciar
su “elegancia”. De hecho, cualquier declaración acerca de la par­
simonia o no parsimonia del universo —o de un segmento del mis­
mo— no tiepe sentido, porque la racionalidad, la compendiosidad,
la consecuencia consigo mismo y la parsimonia —o sus inversas-
no son características demostrables de la realidad sino sólo de las
t e o r ía s acerca de la misma. Esto significa, entre paréntesis, que no
pueden sacarse deducciones acerca de la existencia de un Arquitec­
to del hecho de que los científicos sean capaces de c o n s t r u i r un
“plan” parsimonioso, compendioso y consecuente del universo, así
como su i n c a p a c i d a d para hacerlo no podría refutar la existencia
<le un Arquitecto.1
Lo importante para quien practica la ciencia es que su intento
de ser parsimonioso en el nivel medio de la teoría a veces lo obli­
ga a ser en extremo muy poco parsimonioso al formular una teoría
de nivel superior. Así, la explicación más parsimoniosa de datos
sobre el adivinar cartas (Rhine e t a l., 1940) es la ‘‘hipótesis psi”
(percepción extrasensorial), que en un nivel algo más elevado de
teoría conduce desgraciadamente a un modelo no parsimonioso —de
1 Baste pensar, en este último contexto, en la hipótesis ya formulada por los
primeros filósofos griegos de que algunas cosas son por naturaleza incognosci-
blcs. El que esta hipótesis sea o no acertada no nos interesa aquí.
36 DATOS Y ANSIEDAD

física, más que de psicología— del aparato psíquico y, en el nivel


más elevado, implica un concepto en extremo no parsimonioso del
universo (Devereux, 1953a).23*
El único problema práctico que se plantea en este caso es el de
si es buena estrategia científica el tratar de lograr un alto grado
de parsimonia en los niveles medios de la teoría aunque —como
sucede a veces— esto acabe por obligarnos a formular una teoría
de alto nivel en extremo no parsimoniosa. Tengo además la im­
presión de que en la mayoría de los sistemas v i a b l e s , las formula­
ciones de nivel medio son relativamente complicadas, mientras que
la teoría de nivel superior es relativamente simple.8
Dicho esto, el principio de parsimonia es útil para el científico
porque, junto con el principio afín de elegancia, o “belleza mate­
mática”, conduce a veces a nuevos descubrimientos. Y así, aunque
la primera formulación que hizo Maxwell de sus ecuaciones ex­
plicaba todos los hechos conocidos en su tiempo, les añadió “gra­
tuitamente” un pequeño término para hacerlos matemáticamente
más “simétricos“. El intento por Hertz de cerciorarse de que todo
correspondía en realidad a este “embellecimiento” matemático le
llevó a descubrir las ondas hertzianas (Poincaré, 1913).
Se prefiere el modelo matemático-materialista del universo físi­
co a uno animista sencillamente por ser más parsimonioso. Ahora
surge el problema de si un modelo matemático-físico del compor­
tamiento es t a m b i é n más parsimonioso que algún modelo cogni-
tivo, gestaltista o psicoanalítico. Esta cuestión tiene cierta impor­
tancia puesto que una vez aceptado este modelo matemático-físico
sencillamente por su parsimonia, tal vez estemos aceptando tam­
bién sin saberlo un m o d e l o d e c o m p o r t a m i e n t o , que posiblemente
implique la predestinación o sea claramente sobrenaturalista.
Debemos decir ahora unas palabras acerca de la idea injustifi­
cable de que una formulación matemática es, n e c e s a r i a m e n t e , más
“realista” y sobre todo más parsimoniosa que cualquier otra for­
mulación.
El primer punto a destacar es que incluso un problema mate­
mático puede resolverse a menudo de dos maneras, sólo una de las
cuales es “elegante”.

2 No es necesario decir que así como la parsimonia de alcance medio de la


hipótesis psi no demuestra que sea realista, la no parsimonia de nivel superior
que entraña no niega su congruencia con la realidad.
3 La formulación básica por Einstein de la teoría especial de la relatividad
es una ecuación en extremo simple. Las formulaciones metapsicológicas de
Freud son considerablemente más simples, por ejemplo, que sus explicaciones
de la génesis y la sintomatología de una neurosis.
ISPE C IFIC ID A D DE LA C IE N C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 37

C a s o 3 : La suma de todos los enteros de 1 a 100 puede hallarse


sea sumando laboriosamente hasta los 100 enteros, sea como hizo
Gauss siendo todavía un niño de escuela: 0 -)- 100 = 100, 1 -j-
99 — 100, 2 + 98 = 100. .. y así sucesivamente, cincuenta veces.
De donde: 100 X 50 = 5 000; 5 000 + 50 = 5 050. Sólo la solu­
ción de Gauss es elegante.
El segundo punto es que la solución matemática —y aun el mero
enunciado matemático— de un problema es a veces más engorrosa
y menos práctica que una puramente verbal.
El último punto —y el más importante— es la ficción, aceptada
sólo por los no matemáticos, de que un enunciado matemático o
estadístico n e c e s a r i a m e n t e t i e n e s e n t i d o . Es simplemente una ver­
sión moderna de la opinión (ridiculizada ya por Molière) de que
cualquier cosa dicha en latín o en una jerga cualquiera tiene
sentido.
C a s o 4 : Es posible “demostrar” estadísticamente que los bebés
los trae el doctor en su maletín negro, y aun que los trae la ci­
güeña, puesto que la culminación de los nacimientos en Escandi-
navia está —estadísticamente— altamente correlacionada con el pe­
ríodo de migración de las cigüeñas.4
Ilusiones de este tipo alientan también los “psicólogos” neoes-
colásticos que ven la salvación tan sólo en una fisicalización del
comportamiento. Interponen entre estímulo y respuesta una serie
de variables intermedias primordialmente físicas y utilizan como
datos sólo aquellos elementos de comportamiento que pueden con­
siderarse físicamente, en el sentido en que la medición de la velo­
cidad de un caballo de carreras es una medida de física. El con­
cepto de esos psicólogos del camino recorrido por una rata en un
laberinto y las variables intermedias que emplean para explicarlo
tienen relación lógica con el análisis pcir el físico del recorrido de
una partícula cargada en una cámara de ionización, pero no tienen
nada que ver con el comportamiento de los seres vivos.
De hecho, esta comparación es en algunos respectos demasiado
favorable, porque las teorías ingenuamente fisicalistas del reco­
rrido de la rata por el laberinto se parecen mucho a la teoría de
la inercia5 aristotélica muchas veces repetida de la propulsión por
“vis a tergo” que es prácticamente idéntica a las teorías infantiles
de la inercia (Piaget, 1950). Este enfoque obliga en definitiva a
los “psicólogos” a formular teorías que, a diferencia de las de los
físicos, son n o p a r s i m o n i o s a s .
4 Debo este ejemplo al profesor E. M. Jellinek.
“ Afirmaba Aristóteles que una piedra arrojada desplaza incesantemente aire,
que se vuelve a formar detrás de ella y así la propulsa (Física, 215a s.).
38 DATOS V ANSIEDAD

Aunque juzguemos solamente por el criterio de parsimonia y


nos olvidemos del sentido común, las teorías fisicalistas del com­
portamiento son tan difíciles de manejar, no parsimoniosas y de
una escolástica tan excesivamente ingeniosa, como algunas expli­
caciones teológicas de los fenómenos físicos. Ahora bien, puesto
que una de las más importantes justificaciones de la p r e f e r e n c i a
del físico por una teoría fisicomatemática del universo físico es
su parsimonia, las teorías innecesariamente engorrosas y no parsi­
moniosas fisicalistas de algunos psicólogos necesariamente se ven
condenadas por sus propios criterios metodológicos. Ofrece consi­
derable interés al respecto el que ningún gran físico que yo co­
nozca sustenta una teoría del comportamiento con variables inter­
medias fisicalistas: Bohr, von Neumann y otros, que estudiaron
estos problemas, preconizan casi sin excepción alguna forma de
teoría del comportamiento no fisicalista —o sea genuinamente psi­
cológica (capítulo xxn).
Estas apreciaciones requieren un escrutinio de la motivación im­
plícita en quienes, profesando el estudio del comportamiento, ha­
cen cuanto está en su poder para obviar sus implicaciones metodo­
lógicas y lógicas fundamentales, en una de estas dos formas, com­
pletamente opuestas:
1. En un extremo de la escala hay una negación compulsiva —y
a veces algo irracionalmente superingeniosa— del carácter s u i g é -
n e r i s de la vida como fenómeno singular y del hombre como un
orden especial y única de la vida. En algunas de estas teorías “su-
percientíficas” se desencadena el reduccionismo: con un espíritu
de l’a r t p o u r l’a r t * imaginan explicaciones que a fuerza de expli­
car e l i m i n a n lo que querían explicar. Si el fenómeno A puede ex­
plicarse t o t a l m e n t e en función de ciertos fenómenos simples, a , b ,
c (o sea reducirse a ellos), el fenómeno A deja de existir (Meyer-
son, 1921). Los experimentos animados por ese reduccionismo son,
como hizo ver Bohr, autoanulantes (capítulo xxn).
2. En el otro extremo de ia escala, un seudohumanismo seudo-
filosófico hace esfuerzos demasiado ingeniosos para “abducir” (se­
cuestrar) la vida en general y la psiquis en particular de la esfera
de lo concreto y asignarles una S o n d e r s t e l l u n g * * tan extrema en
el plan del universo que la vida y la psiquis quedan literalmente
fuera de la matriz de la realidad. Esta maniobra minimiza siste­
máticamente todo lo que vincula al hombre con la matriz de la
realidad sensible. La “culturología” de L. A. White (1949, 1959),
* El arte por el arte (en francés en el original).
** Posición excepcional (en alemán en el original).
I S I'IC IF IC ID A D DE I.A CIEN C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 39

<Ino ignora al h o m o s a p i e n s , es tan abduccionista como la parapsi­


cología de J. B. Rhine (1940).
Independientemente de que estas dos maniobras —la reduccionis-
1.1 y la abduccionista— “rebajan” al organismo a la categoría de
m i sistema físico parcialmente cerrado, o “elevan” la psiquis a la
• alegoría de “espíritu puro”, las consecuencias son las mismas. Lo
que se trata de explicar se olvida con las explicaciones, las obser­
va! iones se vuelven autoanulantes dentro del marco de la teoría y
la S o n d e r s t e l l u n g de la vida y la psiquis resulta sencillamente des-
i ierro. Además, estas dos maniobras conducen inevitablemente a
ienrías impecablemente compendiosas y consecuentes consigo mis­
mas, pero también autoanulantes y en definitiva no parsimoniosas,
más parecidas a las reglas del ajedrez que a la teoría física.
Ahora bien, una teoría puede tener todos menos uno de estos
defectos y ser no obstante algo útil. El ú n i c o defecto que n i n g u n a
teoría puede tener es el de a n u l a r s e a s í m i s m a , en relación tanto
ron su materia de estudio, romo con su estrategia experimental.
Una teoría que explica cosas acabando con ellas a fuerza de ex­
plicaciones, automáticamente se anula a sí misma. Una teoría cuya
estrategia experimental requiere la d e s t r u c c i ó n ( A b t ó t u n g ) de lo
que trata de estudiar —según interpreta Bohr este proceso (capí-
lulo )—
x x i i se suprime a sí misma. Finalmente, una teoría del com­
portamiento que no pueda explicar t a m b i é n el comportamiento
del observador en función de sí misma —lo que el psicoanálisis s i
puede hacer— es segmentaria, inconsecuente y autodestructora.
Verdad es, naturalmente, que toda teoría válida de la experi­
mentación asigna necesariamente al observador una posición única
0 especial (S o n d e r s t e l l u n g ) analizable en función de la teoría de
los tipos de Russell (1938a): Sencillamente establece una distin-
( ión legítima entre ese Epiménides que, siendo cretense, miente y
el “mismo-no-mismo” 6 Epiménides que, siendo conocedor d e Cre­
ía. declara con verdad que todos los cretenses son mentirosos (en
todas las ocasiones). Pero la teoría de los tipos necesariamente im­
pla a tanto la conciencia de ‘‘el cretense Epiménides” como la con-
1¡rucia de sí del “Epiménides conocedor de Creta”, lo que podría
" Kn una situación de “clase demasiado definida”, los enunciados se mezclan
uní enunciados acerca de enunciados, con lo que se producen paradojas como
1.1 de Epiménides. Este análisis de las paradojas de tipo Epiménides y su apli-
. .u ión al problema de los estatus múltiples los expuse en un trabajo que leí
M i l i - la Asociación Antropológica Norteamericana (Devereux, 1938b). La cómoda

denominación de “clase demasiado definida” me la sugirió el doctor A. S.


Ilouseholder. Una información diferente acerca del autor de esta teoría se halla
en: A. Korzybski, Science and sanity, segunda ed., 1941.
40 BATOS V ANSIEDAD

explicar por qué Russell nunca aceptó una teoría s i m p l i s t a del


comportamiento como respuesta. La significancia de la teoría de los
tipos para el debido entendimiento de la experimentación y teoría
de la ciencia del comportamiento se examinará más detalladamen­
te en el capítulo x x i i .
Psicológicamente, las evasiones “reduccionista” y “abduccionis-
ta” son cpmplementarias: Allí donde el reduccionista fisicalista
trata de eliminar todas las variables intermedias verdaderamente
psicológicas, el abduccionista trata a l p a r e c e r de ser hiperpsicoló-
gico —o hipercomportamental— al mismo tiempo que consigue
escamotear lo auténticamente psicológico por medio de un “aca­
tamiento fingido” que reduce a d a b s u r d u m lo que se entendía tra­
taba de demostrar. En realidad, mientras que el enfoque reduccio-
nista-mecanista es a lo sumo un enemigo exterior, el enfoque
abduccionista-espiritualista perfora desde dentro, ya que hace des­
aparecer la psiquis trocándola por el espíritu, trasmutando lo psi­
cológico en espiritualista.
Resumiendo:
1. Es imposible distinguir entre datos de la ciencia del compor­
tamiento y de la física puramente en términos de si “pertenecen”
a organismos vivos o a la materia inanimada, puesto que es legí­
timo hacer estudios fisicalistas de los organismos vivos (por ejem­
plo, calcular la velocidad de un galgo) y describir la materia inani­
mada “comportamentalmente”.7
2. “Lo comportamental” puede distinguirse de “lo físico” tan
sólo por medio de las series de variables intermedias que se en­
cuentran interpuestas entre la “causa” y el “efecto", o entre datos
y teoría. Allí donde se emplea la misma serie de variables inter­
medias para t o d o s los fenómenos, se puede —según las variables
intermedias empleadas— terminar sea t a m b i é n con una teoría ani-
mista de la física, sea t a m b i é n con una teoría fisicalista del com­
portamiento.
3. El empleo de una serie particular de variables intermedias en
la explicación de un fenómeno dado es, por convención, útil si
nos permite operar económicamente en varios niveles de explica­
ción. Esto significa sencillamente que la física se ha de explicar
de modo fisicalista y el comportamiento, comportamental. Además,
en algunos casos, es también necesario explicar, por ejemplo, lo
psicológico psicológicamente y lo social sociológicamente (Deve-
reux, 1961b), y tratar ambas explicaciones como complementarias.
7 Compárese “el azufre es amarillo" con "la luz reflejada por el azufre tiene
una longitud de onda x".
1 1
I si l C EU IDAD )E LA C IE N C IA DEL C O M P O R T A M IE N T O 41

4. En lógica aplicada, si una teoría y la metodología de proce­


dimiento experimental que implica son autoanulantes y a c a b a n
a f u e r z a d e e x p l i c a c i o n e s e s c a m o t e a n d o lo que sólo necesitaba ser
< \ p i t e a d o (reduccionismo y abduccionismo), son inservibles.
f). El único tipo de teoría del comportamiento que satisface es-
ios criterios es el que emplee variables intermedias bio-psico-sociales.
ti. Todo fenómeno explicado de modo efectivo de acuerdo con
una teoría del comportamiento auténtica es un dato de la ciencia
del comportamiento. Un fenómeno no explicado así no es un dato
para la ciencia del comportamiento, a u n q u e la a c t i v i d a d m i s m a se
m a n i f i e s t e p o r la m a t e r i a v i v a y e n t é r m i n o s o r d i n a r i o s y d e s e n ­
t i d o c o m ú n r e p r e s e n t e n “ c o m p o r t a m i e n t o ’’. En este último caso,
el fenómeno observado puede ser un “acontecimiento comporta-
mental” p e r o n o e s u n d a t o d e la c i e n c i a d e l c o m p o r t a m i e n t o . Es­
pecíficamente, la velocidad del galgo representa “comportamiento”
en el nivel del sentido común, pero si se explica como “conversión
de energía”, o se investiga como “velocidad”, no es un dato para
la ciencia del comportamiento.
7. La demostración de que el comportamiento de los organismos
y aun de las sociedades obedece a la segunda ley de la termodiná­
mica o a algún otro principio físico, o a la aplicación de las ma­
temáticas al estudio del comportamiento, no tiene por qué impli-
i ai, e n si, una fisicalización del comportamiento (Devereux, 1940a).
Cualquier otro número de variables intermedias nuevas —incluso
algunas tomadas de la física— puede añadirse a las ya empleadas,
t o n t a l q u e la c o n f i g u r a c i ó n b á s i c a de esas variables —o sea el
t i p o de teoría empleado— siga siendo comportamental.
5. El hecho de que una medición —como la de la velocidad
del galgo— sea física, no impide su subsiguiente empleo dentro del
marco de una interpretación o teoría del comportamiento. La
labor de científicos como L. A. White y E. R. Guthrie puede aca­
bar por reinterpretarse y resultar muy útil.
9. Un fenómeno se convierte en dato para una ciencia particu­
lar sólo siendo explicado en función de las variables intermedias
características de esa ciencia. Ningún fenómeno, por limitado y
específico que sea, pertenece a p r i o r i a ninguna disciplina en par­
ticular. Se le asigna a determinada disciplina p o r el modo de su
explicación y es esta “asignación” la que trasforma un fenómeno
(acontecimiento) en un dato, y concretamente en el dato de una
disciplina determinada (Devereux, 1965a, Devereux y Forrest, 1967).
Del mismo modo que no hay f e n ó m e n o s /^reasignados, tampoco
hay datos inasignados.
10. Una filosofía de la ciencia en que no entre la “asignación”
42 DATOS S’ ANSIEDAD

co m o una operación y no distinga entre fenómeno y dato en fun­


ción de esa operación es imposible.
En la práctica, una ciencia del comportamiento verdaderamente
amplia presupone:
1. La utilización de todos los datos de todos los organismos
vivos, pero con una conciencia de las diferencias básicas entre
el hombre y otras especies y también entre el individuo y el
grupo.
2. La aplicación sistemática de los diversos marcos de referencia
—biológico, psicológico (incluso tanto los procesos universales como
los idiosincrásicos), sociocultural, etc., a que puedan asignarse todo
o parte del comportamiento del organismo (Devereux, 1952b).
3. Un escrutinio sistemático, en ios casos en que el sujeto es
humano, del marco de referencia a que el sujeto mismo —con ra­
zón o sin ella— a s i g n a su propio comportamiento y el de otros
seres humanos.
4. La construcción posible de un marco de referencia generali­
zado para el estudio del comportamiento que comprende marcos
de referencia científicos así como diversas concepciones precientí­
ficas o no científicas configuradas culturalmente del hombre y su
comportamiento. . . al menos como los llamados casos límite (De­
vereux, 1961a).
Un tercer tipo de teoría, representado por la interpretación me­
tafísica del hombre y el comportamiento, no será estudiado por­
que si bien el reduccionismo y el abduccionismo son sencillamente
mala ciencia, una danza abstrusa de abstracciones desencarnadas
no es ciencia de ninguna manera. . . ni siquiera —y en especial—
cuando se disfraza de tal.
C A P Í T U L O I II

RECIPROCIDADES ENTRE
OBSERVADOR Y SUJETO

Dado que sólo el tipo de teoría que uno emplea determina si un


fenómeno dado s e c o n v e r t i r á en dato para una ciencia más que
para otra, es necesario examinar los procedimientos que vuelven
dato de la ciencia del comportamiento un hecho relativo a un or­
ganismo vivo. En la investigación de la ciencia del comportamien­
to, el principal de estos procedimientos es el que define la posición
del observador en la situación a que se h a c e producir datos de la
ciencia del comportamiento.
En la ciencia física, todas las observaciones son en un sentido
y la relación entre el observador y lo observado es asimétrica, aun
i uando el lugar del deslinde entre observador y observado sea a
veces difícil de determinar (capítulo xxii).
Digan lo que quieran los poetas o los místicos, las estrellas n o
miran al astrónomo ni al enamorado que contempla el cielo, y
esta impasibilidad de la naturaleza inanimada es el resorte princi­
pal de esa “angustia cósmica” del hombre, todavía no suficiente­
mente entendida. (Véase el Apéndice a este capítulo.)
Incapaz de pasar por alto la insensibilidad y la ausencia de ini-
i ialiva de la materia, el hombre:
1. El aspecto, la superficie y aun la sustancia de los objetos ma-
realidad M a y a ( — ilusión), o bien
2j postula un prototipo trascendental de la realidad; o
3] define la materia como una b a r r e r a o como m e d i a d o r a entre
si mismo e hipotéticos seres sensibles (respondientes).
Este último y el más primitivo de los subterfugios —que puede
lomar dos formas— es el más esclarecedor para nuestros fines.
1. El aspecto, la superficie y aun la sustancia de los objetos ma­
teriales se consideran a veces frontera entre el hombre y un “Ser”
sensible (respondiente) (espíritu) o una "Fuerza” ( m a n a ) que lo
habitan. Una formulación posible de este subterfugio es la de Ta­
les: “Todas las cosas están llenas de Dios.”
2. El universo en su conjunto se considera la frontera entre el
hombre y un Ser (o seres) que vive más allá. Este anticuado sub-
[43]
44 DATOS Y ANSIEDAD

terfugio asegura al Hombre, eterno niño, que un buen Padre está


al otro lado de las estrellas (cf. F. Schiller: O d a a la a l e g r í a ) .
Escojo deliberadamente estas dos formulaciones poéticas de esta
maniobra “filosófica”. Incluso el sistema de pensamiento más lógi­
co y científico tiene un significado subjetivo para el inconsciente
de la persona que lo crea o adopta. Todo sistema de pensamiento
—incluso el mío, claró está— nace en el inconsciente, a manera de
defensa contra la angustia y la desorientación; se formula primero
afectivamente, más que intelectualmente, y en el (ilógico) “len­
guaje del inconsciente” (proceso primario). Si entonces se advierte
que la fantasía hace disminuir la angustia y la desorientación, se
traspone del inconsciente al consciente y se traduce del lenguaje
del proceso primario al del proceso secundario, que es más lógico
y más orientado hacia la realidad. El poeta filosófico retraduce en­
tonces parcialmente este sistema intelectualizado en ese tipo de
imaginería que el científico descartaba cuando lo trasponía del in­
consciente al consciente. De ahí que la reformulación de un sistema
de pensamiento por el poeta filosófico dé excelentes claves para la
formulación (afectiva) o r i g i n a l por el científico de su plan final
(intelectualizado). Un ejemplo aclarará esto. La idea del anillo
del benceno le vino al químico Kekulé en sueños: soñó que una
serpiente se mordía la cola ( c a s o 4 3 5 ) . Al despertar, intelectualizó
este sueño simbólico intuitivo y así tuvo el esquema del anillo de
benceno. Si se encargara a cierto número de poetas que escribieran
un poema acerca del anillo de benceno, algunos de ellos —debido
a la prevalencia histórico-cultural de este símbolo— y sin haber
oíclo nunca hablar de Kekulé ni de su sueño— utilizarían la “ima­
gen poética” de la serpiente que se muerde la cola para describir
el anillo de benceno.1
Tanto en la imaginería de Tales como en la de F. Schiller, el
Ser sensible (respondiente) está s e p a r a d o del hombre, pero tam­
bién comunicado con él, por la materia insensible. A veces este
Ser responde al hombre, o se le hace responder, por medio de su
frontera inanimada: la materia responde ya sea “espontáneamen­
te”, por medio de señales y portentos, como eclipses, aludes, etc.,
o bien cuando se le pide, por medio de rocas movedizas, dados de
oráculo, etc. (Devereux, 1967a). Después, el hombre se siente im­
pelido a penetrar esa barrera material estudiando sus propiedades,
primero para descubrir los usos de la materia, como medio de lle­
gar hasta el Ser que está más allá de la barrera, como hizo Pitágoras
(Dodds, 1951), y posteriormente —en una fase mucho más adelan-
1 Esta hipótesis no obliga a aceptar la teoría de los arquetipos de Jung.
RECIPROCIDADES E N T R E OBSERVADOR Y S U JE T O 45

lacla de desairollo cultural— por sí misma, trasformando la alqui­


mia en química, la astrología en astronomía y —en un nivel lógi­
camente diferente— la numerología en matemáticas.2 la misma
necesidad interior explica también por qué la imagen que el hom­
bre se hace del universo suele estar conformada de acuerdo con su
imagen de la sociedad (Durkheim, 1912). Es incluso probable que
la exploración sistemática de la materia insensible (no respondien­
te) se hiciera psicológicamente soportable en gran parte por la
|¡remisa —al principio evidente— de que uno podía, por esos me­
dios, hacer que la materia respondiera, demostrando así la existen­
cia de una Fuerza ( m a n a ) o Ser respondiente que en ella moraba.
En realidad, la insensibilidad (no responsividad) de la materia
todavía inquieta a quienes la exploran: de todos los científicos, los
lisíeos son los más propensos a creer en lo sobrenatural.3
La unidireccionalidad de las observaciones en la ciencia física es
simultáneamente una de sus características distintivas y uno de sus
rasgos más inquietantes, mientras que la característica fundamen­
tal de la ciencia del comportamiento es la reciprocidad real o po­
tencial de la observación entre el observador y lo observado, que
constituye una relación teóricamente simétrica: el Hombre observa
la Rata, pero la Rata también observa al Hombre. Y así, en las
i ¡encías del comportamiento, la unidireccionalidad de la observación
es en gran parte una ficción convencional, instrumentada median­
te disposiciones experimentales que minimizan la contraobserva-
ción o contrarrespuesta, ya que la contraobservación (supuestamen­
te) “indeseable” del experimentador por el animal experimental
puede “impedir” que se obtengan los resultados “objetivos” d e ­
seados.
C aso 5: Ciertos animales experimentales —y sobre todo los ma­
míferos superiores— a veces sienten tanto agrado por los manejos
de su guardián que no reaccionan “debidamente” al “castigo” o
a los toques eléctricos gratuitos.
Aunque este hecho es bien conocido, sólo los etólogos y un pu­
ñado de psicólogos tratan sistemáticamente de estudiar las rela-
i iones s i m é t r i c a s (observación recíproca, interacción) entre el ex­
perimentador y el sujeto experimental.
“ I.a postulación de semejante secuencia es compatible con la oscilación de
la ciencia entre una concepción de la realidad sobrecargada culturalmente y
una culturalmente neutra, ya que sólo la ciencia de adopción reciente tiende
a ser culturalmente neutra (Devereux, 1958b).
* La historia de las ciencias de la vida tiene pocos paralelos con las elucu­
braciones teológicas de los científicos físicos, desde los filósofos jonios hasta
N'ewton, Leibniz, Eddington, Jeans y Millikan o los deslices espiritualistas de
«ir William Crookes, sir Oliver Lodge) etc.
46 DATOS Y ANSIEDAD

La misma indiferencia para con la reciprocidad puede observarse


incluso en la psicoterapia. La psicoterapia científica (poschama-
nista) prefreudiana solía razonar como si la corriente entera de su­
cesos fluyera del terapeuta al paciente. Freud reconoció la exis­
tencia de la trasferencia y la contratrasferencia,4 pero —por
razones terapéuticamente válidas— estructuró la situación analítica
de tal modo que se impide sistemáticamente la contraobserva­
ción del analista por el analizando, por ejemplo haciendo que el
analista (por lo general callado) esté sentado d e t r á s del sofá. El
objetivo (válido) de este dispositivo casi experimental es organizar
una situación en que el analizando —que hace como si fuera un
“científico” que trata de lograr un i n s i g h t del analista (observa­
do)— tiene acceso a tan pocos indicios verdaderos que sólo puede
producir una conclusión —o sea “llenar” el cuadro— recurriendo
a la fantasía que es precisamente, claro está, el tipo de material
necesario para la labor terapéutica (Devereux, 1951c). En algunos
casos, los indicios accesibles al paciente son tan escasos que el ma­
terial de la fantasía (“relleno”) deforma y acaba por borrar in­
cluso los pocos indicios verdaderos que le eran accesibles. Así, por
ejemplo, un analizando que sólo me veía cuando entraba o salía
de la sala analítica, retenía el dato único de que yo solía llevar
t w e e d s y e l a b o r ó este dato a tal punto que acabó por visualizarme
como un individuo estereotipado y t w e e d y ( c a s o 3 1 ) . Como estos
rellenos adecuados al sistema pueden interpretarse a la manera de
un test de complete-la-frase, constituyen material psicoanaltítico ex­
cepcionalmente útil.
Puesto que, según Freud, el psicoanálisis es ante todo un método
de investigación y sólo secundariamente una técnica terapéutica,
tenemos razón en estructurar la situación analítica de modo que
las oportunidades que el analizando tenga de observar a su analista
se reduzcan al mínimo. Pero n o tenemos razón en engañarnos con
este arreglo experimental. El analizando puede hacer y hace obser­
vaciones realistas aun en la más clásica situación analítica; la per­
sonalidad del analista, el aspecto de su consultorio, el lugar donde
reside, los honorarios que cobra, permiten al paciente hacer obser­
vaciones realistas junto con las imaginarias y sacar de sus “datos”
conclusiones realistas, así como otras inspiradas en la trasferen­
cia. No puedo estar de acuerdo con la tendencia a pasar por alto
este material realista fundándose en que “la realidad no es anali­
zable”, máxima analítica que se oye mucho y que considero falaz.
Yo creo que lo que cura a nuestro paciente no es lo que sabemos
4 Estas palabras se explican en el capítulo v.
Il TCI PROCID ADES E N T R E OBSERVADOR V S U JE T O 47

sino lo que somos, y que debemos amar a nuestros pacientes (Ñachi,


1962, Devereux, 1966g). Creo además que el paciente aprende mu­
rilo acerca de su analista p o r los intentos de éste de “ocultarse”
a su paciente, por la sencilla razón de que la naturaleza de la
ocultación revela indirectamente la forma de lo ocultado.®
Esta cuestión es suficientemente importante para que merezca
la pena seguirla examinando. He demostrado repetidas veces (De­
vereux, 1953b, 1955a, 1966h) que una mentira, o la expurgación de
un texto, simplemente suprime lo exterior, pero conserva intactos
la estructura y el contenido afectivo de lo que sé suprimió, como
liarán ver los siguientes ejemplos, discutidos detalladamente en
otro lugar:
C a s o 6 : Una abortista aleuta no quería hablar de aborto con el
antropólogo y en su lugar prefería hablar de c e s t e r í a . Como es
sabido, los cestos son símbolos conocidos del útero (Shade, 1949,
<f. Devereux, 1955a).
C a s o 7: Pindaro modificó la leyenda del festín caníbal de Tán­
talo negando que Demeter se comiera la espaldilla de Pélops; en
su lugar afirmó que el hermoso muchacho había sido raptado por
Poseidón, que estaba enamorado de él (Pindaro: P r i m e r a O d a o l í m ­
p i c a , versos 24 ss.).
La invariante de estas dos versiones es la angustia erotizada del
niño, que en la versión tradicional suscita la fantasía de la agre­
sión caníbal de la madre y en la versión suavizada la fantasía de
la agresión homosexual del padre (Devereux, 1953b, 1960d, 1965f).
Un ejemplo más complejo de atenuación pindàrica ( T e r c e r a O d a
o l í m p i c a , verso 27) ha sido examinado en otra parte (Devereux,
1966h).
C a s o 8 : Cuando leí en uno de los cuentos de hadas de Grimm
que la nariz de no sé quién se iba haciendo cada vez más larga,
deduje que esa nariz representaba el pene, y su alargamiento la
erección. Después descubrí que había leído una versión expurga­
da del cuento; en la versión original registrada por los hermanos
Grimm se menciona el pene y no la nariz.
Freud estaba convencido de cuán fútiles resultaban las oculta-
( iones complicadas y por eso recibía a sus pacientes en una sala
«pie reflejaba sus intereses y su personalidad; de hecho, analizaba
ton el perro echado a sus pies. Como los analizandos que iban a
tnnsulta con Freud no tenían más remedio que saber mucho de
( I, el intento de ocultación hubiera sido fútil. Científico, Freud
" Ksto lo entendía bien Sh.erlock Holmes, quien deducía que el ladrón era
ile casa porque durante el robo el perro no había ladrado.
48 DATOS V ANSIEDAD

aceptaba este hecho; no recurría, como tampoco otros buenos ana­


listas, a una infantil maraña de “ocultaciones”.
C a s o 9 : Este caso suele citarse en los círculos psicoanalíticos
como ejemplo de comportamiento psicoanalítico realista y sensato.
Un analista distinguido, que debió huir a los Estados Unidos du­
rante la guerra, llegó a Nueva York casi sin un centavo. Su primer
consultorio era por eso bastante pobre. Habiendo observado uno
de sus paciente que no podía ser un buen analista porque la po­
breza de su consultorio demostraba su escasa prosperidad, el ana­
lista replicó: “Tiene usted razón en decir que mi consultorio es
pobre. Soy un refugiado llegado hace poco.”
Independientemente de que un intento gratuito de ocultación
sea infantilmente impulsivo o cuidadosamente tramado, falla por­
que —como ya dije— la ocultación revela necesariamente no poco
de lo o c u l t a d o y además, mucho acerca de quien recurre a ella.
C a s o 1 0 : Un analizando, trasferido de un analista a otro, dijo
al segundo que en una ocasión su primer analista se había esca­
bullido detrás dé un pilar en el vestíbulo de un hotel para que
no lo viera su analizando (Freedman, 1956).
C a s o 1 1 : La artificiosa austeridad del consultorio de un analista
era tan extremada que hasta sus colegas la interpretaban como ma­
nifestación de su rigidez personal. Además, la desolación que allí
reinaba, destinada a o c u l t a r a los pacientes los pocos intereses ex­
traprofesionales de aquel analista, r e v e l a b a en realidad no poco de
su rigidez y frialdad.
Para acabar, por muy ingeniosamente que uno presente el am­
biente experimental, por muchas pantallas en un solo sentido que
interponga entre sí y el sujeto observado, y por muy fríamente
que destruya el s e n s o r i u m de un animal para impedirle que ob­
serve la existencia del observador, cada vez son más los experi­
mentos psicológicos que resultan “viciados” por la inesperada per­
cepción por parte de la rata de indicios extralaberínticos, incluso
indicios de la presencia actual o anterior (olores) del experimen­
tador, o de otras ratas que habían recorrido el mismo laberinto.6
Aun allí donde la situación experimental hace imposible toda
contraobservación, nada que no sea matar al animal —lo que hace
imposible la experimentación (capítulo xxn)— puede anular esa
c o n c i e n c i a singular d e l i m p a c t o d e lo s e s t í m u l o s que la materia
inanimada sencillamente no posee. Ciertamente, incluso los cata-
tónicos, al parecer sin conciencia del mundo que los rodea, pueden

0 Espero que este comentario no acarree un alud de experimentos con ratas


privadas del nervio olfatorio.
RECIPROCIDADES ENTRE OBSERVADOR Y SUJETO 49

al salir de su estupor dar cuenta detallada de todo cuanto sucedió


en torno suyo mientras estaban estuporosos. De modo análogo, uno
puede condicionar incluso a monos paralizados experimentalmen­
te. Por eso es sencillamente no realista —que no es lo mismo que
escolástico— escamotear el fenómeno clave de la c o n c i e n c i a de los
estímulos como precondición de la respuesta. Probablemente la
única diferencia de importancia entre lo animado y lo inanimado
es la c o n c i e n c i a , y entre el hombre y el animal, la c o n c i e n c i a d e
su p r o p i a c o n c i e n c i a : el saber que uno sabe (capítulo xxiv). De
ahí que incluso cuando no es posible la observación directa del
observador por el sujeto, siempre existe al menos la capacidad po­
tencial o el equipo para la contraobservación por parte del obser­
vado. Hay, pues, una diferencia s u i g e n e r i s entre el experimento
(físico-químico) de derramar ácido sobre un trozo de carne cortada
y el experimento científico i n v i v o de la ciencia de la vida de
verterlo sobre un organismo viviente. Aparte de diferencias míni­
mas, más o menos se produce la misma reacción en ambos casos.
En uno y otro la carne reacciona q u í m i c a m e n t e al ácido. . . pero
además, el organismo vivo “sabe” —y e s t o e s u n a f o r m a d é ' c o m ­
p o r t a m i e n t o — mientras que la carne cortada n o sabe, y por lo
tanto no tiene c o m p o r t a m i e n t o .
Reconozcámoslo o no, s ó l o el tomar o no tomar en cuenta esta
reacción incremental determina el que realicemos un experimento
q u í m i c o o de biología en los seres vivos, y no importa nada que
denominemos esta reacción incremental watsoniana o guthrieana,
ni evento cognitivo tolmaniano, mientras reconozcamos su decisiva
importancia.
El grado en que, en un ambiente donde es posible la contraob­
servación, una especie dada observa (y responde) al observador es
un indicador bastante seguro de la posición de ese animal en la
cadena de la evolución. El que decidamos formular el g r a d o en
que una especie contraobserva en función del área que el obser­
vador ocupa en el “plano cognitivo” de la rata o en función de
la cantidad de respuestas referibles a estímulos procedentes del ob­
servador, no hace al caso en este contexto, con tal que se reconozca
el hecho de la contraobservación.
Existe una relación funcional —y es posible que también cau­
sal—entre los artificios operacionales y los postulados subyacentes:
1] en una teoría del comportamiento en que no entra la varia­
ble intermedia de la “conciencia” o conocimiento, y
2] en la estructuración de los experimentos de un modo que
maximice la unidireccionalidad de la observación.
El artificio postulacional de negar la conciencia del organismo

j
50 DATOS V ANSIKDAD

observado y el artificio experimental de minimizar la observación


del observador por el observado (Devereux, 1960b) son equivalen­
tes, ya que ambos tratan de garantizar que u n o s e a c a p a z d e d e c i r
q u i é n e s la rata y quién el psicólogo. Las siguientes consideracio­
nes demuestran que este enunciado no tiene implicaciones nece­
sariamente derogatorias.
Es una propiedad singular de la ciencia no comportamental el
que el animado observa al inanimado —o, en algunos casos, que
el animado observa a otro animado d e m o d o t a l q u e la a n i m a c i ó n
d e l s e r o b s e r v a d o n o t e n g a i m p o r t a n c i a . Esto permite incluso a un
J. B. Watson o un E. R. Guthrie decir: “Yo soy el observador y esto
percibo”, puesto que el observado —que puede incluso ser una
persona sometida a una observación puramente física— n o p u e d e
d e c ir eso d e s i m i s m o d e n in g ú n m o d o r e le v a n te en esc c o n te x to .
Y así, si yo trato de estudiar tan sólo el aumento de peso de una
mujer, s i n r e f e r e n c i a a sus excesos neuróticos (o sus trastornos en­
docrinos), puede gritar tanto y tan fuerte como quiera que “volvió
a aumentar de peso porque nadie la quiere”, o que “su enferme­
dad empeora”, porque yo sencillamente no puedo “oír” sus gritos,
que no “existen” (es decir, son extraños al caso) en mi marco de
referencia f i s i c a l i s t a . Si yo tomara en cuenta, e n e s t e c o n t e x t o , sus
gritos (“y eso percibo”), me haría culpable del género de falacia
de que sería culpable un ingeniero que, estudiando las propiedades
físicas de un automóvil, incluyera también en sus cálculos el nú­
mero de serie del motor o el de la placa.
El individuo “rebajado” al ser estudiado de un modo que no
toma en cuenta o pone sordina a su conciencia de sí mismo, suele
responder a esta “devaluación” con una reacción de protesta que
exagera su conciencia de sí. Por ejemplo, el hecho de que la pesen
como si fuera un costal de papas puede hacer reconocer a nuestra
hipotética obesa, por primera vez en su vida, que come demasiado
porque siente que no la quieren. Esta paula de reacción es uno de
los datos más importantes en la investigación de la ciencia del
comportamiento.
C a s o 1 2 : Una de mis tareas en la Escuela de Medicina de la
Temple University era enseñar a los estudiantes de medicina ade­
lantados a recoger indicios psiquiátricos en sus reconocimientos
físicos. Descubrí que algunas de las observaciones más importantes
se hicieron mientras el paciente era sometido a una manipulación
puramente f í s i c a , como la auscultación del corazón o un examen
de la pelvis (capítulo xiv).
Es psicológica y lógicamente necesario i d e a r experimentos de la
ciencia del comportamiento en que el observador y el observado
RECIPROCIDADES ENTRE OBSERVADOR Y SUJETO 51

difieran d e l m i s m o m o d o que el físico difiere del objeto que estu­


dia. Dado que en los experimentos físicos el fenómeno de “y esto
percibo ’ sólo puede presentarse en el observador, desde el princi­
pio hay una distinción de género.
En el estudio de los organismos vivos, y sobre todo el del hom­
bre, esta distinción debe a r b i t r a r s e por medios legítimos y no fic­
ticios. Dándose la diferenciación entre observador y observado en
el momento en que al observador se le permite decir c o n p e r t i ­
n e n c i a “y esto percibo”, algunos científicos del comportamiento
recurren tácitamente al espurio artificio de negar al sujeto obser­
vado la capacidad de decir “y esto percibo”. Esto conduce inevi­
tablemente a teorías del comportamiento que niegan implícitamen­
te las facultades cognitivas del observado. Como esta teoría compor-
tamental de "Hamlet sin príncipe de Dinamarca” es evidente que
tampoco puede dar cuenta del comportamiento del observador en
términos de una psicología pura de respuesta privada de toda
“mácula” cognitiva, tales teorías son inevitablemente autoanulan-
tes y no comprehensivas.
No se puede obviar esta dificultad apelando a la teoría de los
tipos matemáticos de Russell (Russell, 1938a), que, bien entendida,
nos obliga realmente a distinguir del mismo modo entre sujeto y
observador, precisamente en función de un cognitivo “y esto per­
cibo”, pero s i n negar la misma facultad al organismo observado.
La paradoja lógica clave de este contexto es la denominada "de
Epiménides”.
Dice Epiménides, el cretense: “Todos los cretenses son mentiro­
sos”, (fr. 1. Diels-Kranz, 1951-52) y con ello da a entender que
mienten siempre. Vista superficialmente, esta declaración pone en
marcha una serie interminable de autocontradicciones que forman
bola de nieve: siendo Epiménides cretense, miente necesariamente
al decir que todos los cretenses son unos mentirosos. Entonces,
todos los cretenses —entre ellos el mismo Epiménides— no son
mentirosos. Entonces, Epiménides decía la verdad al decir que to­
dos los cretenses son mentirosos. Pero en este caso, miente de todos
modos. . . y así sucesivamente, a d i n f i n i t u m . Russell resolvió estas
autocontradicciones demostrando que un enunciado acerca de to­
dos los enunciados no es aplicable a sí mismo, ya que no pertenece
al tipo lógico a que pertenecen t o d o s l o s d e m á s enunciados.7 Cier­
tamente, cuando Epiménides, el cretense, hace un enunciado acerca
de los enunciados de los cretenses no está funcionando como espé-
7 Esta interpretación de la paradoja de Epiménides se basa en la teoría de
“( lases de todas las clases no miembros de sí mismas’’.
52 DATOS Y ANSIEDAD

cimen cretense, e n r e l a c i ó n c o n e l c o n t e x t o ; hace de “autoantro-


pólogo”, que estudia las prácticas de su propio grupo (capítulo
x i i ). En cualquier otra situación, todo lo que diga este cretense en

particular podrá ser —y acaso tenga incluso que ser— mentira. Pero
en este contexto particular, n o es l ó g i c a m e n t e n e c e s a r i o que Epi-
ménides mienta. Y a la inversa, su veracidad en e s t a situación con­
creta n o tiene por qué n e c e s a r i a m e n t e menoscabar su notoriedad
de campeón de los mentirosos de Creta ni la de Creta como tie­
rra de mentirosos habituales.
La teoría de Russell tiene consecuencias de mucho alcance para
el científico del comportamiento a quien permite atribuir la facul­
tad de decir “y esto percibo”, tanto para sí como para la amiba
que estudia, sin por eso destruir la diferencia fundamental d e g é ­
n e r o entre observador v observado. Basta que al observado se le
permita decir p e r t i n e n t e m e n t e sólo "y esto percibo” mientras al
observador se le permite decir p e r t i n e n t e m e n t e también: “Y ade­
más percibo que percibo y también percibo que el sujeto obser­
vado percibe.” En la terminología de Russell, al observado sólo
se le permite hacer enunciados, mientras que al observador se le
permite hacer también enunciados a c e r c a d e enunciados; de los
suyos, como de los del sujeto observado. En un nivel, tanto el
sujeto observado como el observador autoobservado corresponden
a los cretenses, incluso el llamado Epiménides. Pero el observador
además, y e n o t r o n i v e l , es también Epiménides el c o n o c e d o r de
todos los cretenses, i n c l u s o , y a c a s o e s p e c i a l m e n t e , del cretense lla­
mado Epiménides.
Hemos ahora de abordar una cuestión delicada: ¿Por qué parece
deseable o necesario eliminar la contraobservación? Como quiera
que sea, damos por supuesto que la rata ve nuestro aparato; lo
aceptamos porque la rata no sabe lo que es el aparato, aunque
sabe lo que son los humanos. (En algunos observadores es cierta
la inversa.) Aceptamos todo esto y no nos molesta, p o r q u e s a b e ­
m o s la s p r o p i e d a d e s d e e s o s a r t i f i c i o s y su valor de e s t i m u l o . Esta
apreciación nos lleva a la conclusión inevitable de que tratamos
de evitar la contraobservación porque n o n o s c o n o c e m o s a nos­
otros ni nuestro valor de estímulo. . . y no deseamos conocerlo. En
lugar de aprender a observarnos y entendernos, tratamos de impe­
dir que nos observen y entiendan nuestros sujetos. Pero un psi­
cólogo clínico guapo debe saber que las mujeres a quienes somete
a la prueba de Rorschach darán más respuestas sexuales que si él
fuera viejo y calvo ( c a s o 4 0 2 ) , del mismo modo que uno feo debe
saber que sus dientas en la prueba darán menos respuestas sexua­
les que si él fuera joven y guapo. Lo mismo sucede en todas las
R E C IP R O C ID A D E S E N T R E O BSERVA D O R V S U JE T O 53
demás situaciones observacionales, desde los experimentos con ami­
bas hasta la terapia psicoanalítica y la “observación participante”
antropológica. Además, el observador no sólo tiene que entender
su propio valor de estímulo específico, sino que también debe ser
capaz de o b r a r e n c o n s e c u e n c i a en la situación observacional, ex­
perimental, de entrevista o terapéutica. Es esto algo que incluso
los psicoanalistas de categoría a veces olvidan.
C a s o 1 3 : Una muchacha escogió (inconscientemente) como pri­
mer analista a un hombre que tenía un defecto físico marcado,
semejante al de su padre, pero como su análisis no avanzaba, cam­
inó de analista. En el curso de su segundo análisis se hizo doloro­
samente evidente que apenas empezado su primer análisis había
llegado a un i n s i g h t , cuando menos preconsciente, del hecho de
(pie había escogido a su primer analista a causa de su defecto
físico; el no haber mejorado se debía a que su analista no había
sabido interpretarle aquel i n s i g h t latente. Es difícil esquivar la
conclusión de que el primer analista no presentó aquella interpre­
tación oportuna porque se imaginaba que su defecto real no afec­
taba a la trasferencia. Corrobora esta inferencia el hecho de que
el primer analista seguía reiterando que “la realidad no es anali­
zable”, y por eso se negaba a ayudar a su analizanda a entender el
significado y las posibles consecuencias del comportamiento extre­
madamente destructivo de su novio e insistía en que lo importante
eran solamente las reacciones de la analizanda al comportamiento
de su novio. . . y esto a pesar del hecho de que una exacerba­
ción del comportamiento de su novio pudo haber puesto seria­
mente en peligro la salud de la analizanda. Pero esta situación sa­
tisfacía plenamente los criterios de intervenciones “didácticas”
legítimas que he esbozado en otra parte (Devereux, 1956a).
En realidad, la conciencia de nuestro propio valor de estímulo
estándar o corriente suele permitirnos apreciar debidamente las
reacciones de trasferencia de nuestros analizandos.
C a s o 14: Hace algunos años padecí una grave enfermedad viral
que estuvo varios meses sin diagnosticar. En consecuencia yo esta­
ba macilento, envejecido y fatigado, hecho que ninguno de mis
pacientes podía dejar de notar. Innecesario es decir que cada uno
de mis analizandos reaccionó a esta observación realista de un
modo congruente con el estado de su trasferencia. Y así, cuando
unos ile ellos decía: “¡Vaya! Usted no es más que un anciano en­
corvado, triste y enfermo”, lo que requería interpretación no era
esta descripción r e a l i s t a de mi aspecto, sino el tono de triunfo y
la ironía desdeñosa con que lo decía. Así mismo, lo que requería in­
terpretación no era la apreciación igualmente realista de mi estado
54 HATOS Y ANSIEDAD

por un médico a quien estaba analizando, sino sus amables pero


inapropiados intentos de prescribir un tratamiento a su analista.
En resumidas cuentas, no basta que el observador tenga concien­
cia de su propio valor de estímulo específico y lo tome en cuenta
al apreciar los datos que procura su observación ( c a s o 13). Tiene
que ser capaz de o b r a r l i b r e m e n t e s o b r e s u c o m p r e n s i ó n de su va­
lor específico de estímulo en la misma situación observacional,
experimental, de entrevista o terapéutica.
En función de la teoría de tipos, esta distinción es tan fundamen­
tal y clara como la distinción entre el físico y el objeto (pie estu­
dia, y por eso permite una buena experimentación. Además, la
distinción y la diferencia entre observador y observado es del mis­
mo tipo y magnitud en ambos casos. Ciertamente, desde el punto
de vista de la teoría de tipos, la diferencia entre una entidad no
capaz de decir “y esto percibo” (objeto) y una entidad capaz de
decirlo (físico) es exactamente la misma que entre el sujeto (ani­
mal o humano) capaz de decir (o al que se permite decir perti­
nentemente) “y esto percibo” y el observador capaz de decir (o
al que se permite decir pertinentemente) “y yo percibo que percibo
y que mi sujeto también percibe”.
Un simple examen puede ayudarnos a aclarar la cuestión. Con­
sideremos la serie de conceptos “pastor”-‘‘perro”-'‘vertebrado”. En
esta serie, la distancia entre "pastor” y “perro” es la misma que la
distancia entre “perro” y “vertebrado”. Pero esto no quiere decir
que la “distancia” entre las abstracciones superiores y las inferio­
res sea constante. Depende de las abstracciones tratadas como “con­
tiguas”. En la serie mencionada, puedo reducir la distancia entre
“pastor” y “vertebrado” omitiendo la palabra “perro”. Puedo au­
mentar la distancia entre “perro” y “vertebrado” poniéndoles en­
medio la abstracción “mamífero”. Si lo hago, las dos palabras cesan
de ser contiguas, y la distancia entre ellas aumenta. En sentido
semejante podemos aumentar o disminuir la “distancia” entre ob­
servador y observado sin pasar por alto ninguna de las importantes
características del segundo.
El acuerdo o especificación de que el sujeto sólo puede hacer
enunciados (“y esto percibo”) mientras que al observador se le
permite hacer además (pertinentemente) enunciados acerca de
enunciados (“y además yo percibo que tanto yo como el sujeto
percibimos”) es lógicamente tan artificioso como la reacción de la
ingenua negativa del psicólogo a conceder conocimiento a su suje­
to experimental. Pero si uno pasa —como puede hacerlo legítima­
mente— de la lógica pura a la aplicada, la diferencia entre las
c o n s e c u e n c i a s de estos dos artificios es patente.
Itl < ll ’KOCIDADFS ENTRE OBSERVADOR V SUJETO 55

lista distinción va mucho más allá de comprender que una cosa


es negar o amputar uno de los aspectos clave de la realidad y otra
muy distinta aislar una variable. Lo que se excluye —sea negando
su existencia o por simple convención— de la pura psicología de
icspuesta es un e l e m e n t o c l a v e d e la r e a l i d a d , que diferencia deci­
sivamente al organismo de lo inorgánico: la capacidad de concien-
( ia o conocimiento que no requiere definición de ninguna manera
cu este contexto. El enfoque aquí propuesto comprende el conoci­
miento (“y esto percibo”) dentro de su esfera de acción. Incluso la
capacidad potencial que el sujeto tiene de perfeccionar más su con-
<¡encía —como su facultad de hacer enunciados acerca de enuncia­
dos— no se niega de plano sino que sencillamente se ignora, por
convención. Además, el enfoque propuesto nos permite planear in-
<luso experimentos en que a los sujetos puede permitírseles hacer
pertinentemente enunciados acerca de enunciados; sencillamente
porque el observador también puede hacer pertinentemente lo que
puede interpretarse como “un enunciado sobre enunciados acerca
de enunciados” . . . por ejemplo, creando la teoría de tipos. El en­
loque de la psicología de respuesta pura fija de una vez para siem­
pre el límite de los fenómenos susceptibles de ser estudiados, ntien-
n as cjue el esquema propuesto no pone límites de ningún género
a la experimentación ni la teoría, ni requiere experimentos cuyo
objetivo sea negar o inhibir un fenómeno clave. Permite la apari-
<ión de cualquier forma de comportamiento, la actualización de
cualquier tipo de función, porque la selección de datos, en lun-
( ión de los criterios de pertenencia convenidos, se produce d e s p u é s
de ocurrido el fenómeno. Y así, la mujer (física) obesa pesada en
una balanza no es descerebrada (figuradamente) para privarla de
su capacidad de comprender que está demasiado gorda ni se le
quitan las cuerdas vocales para impedir que lo diga. Es libre
de hacer lo que quiera, mientras que yo, el experimentador, soy
igualmente libre —mientras la peso— de no tomar en cuenta más
que la aguja de la balanza. Este método de experimentación está
de acuerdo con el principio de Poincaré de que “método es la
elección de hechos”. Se trata simplemente de ponerse de acuerdo
acerca de lo que uno considera p e r t i n e n t e en un contexto dado.
Todo esto deja igual la S o n d e r s t e l l u n g del observador, aunque
éste sea intelectualmente inferior a su sujeto.s Además, permite
hacer experimentos en que el observador (contraobservado él mis­
mo) es un perro o un mono y el observado un ser humano; algunos
' l ’n analista inteligente y normal puede analizar bien a un genio, asu­
miendo sencillamente la "posición de observador".
56 DATOS V ANSIEDAD

de los mayores experimentos de etología son precisamente de este


tipo.
La principal ventaja del esquema propuesto es la reintroducción
del observador, tal y como es r e a l m e n t e , en la situación experimen­
tal; no como fuente de lamentable perturbación sino como fuente
importante y aun indispensable de datos complementarios y per­
tinentes para la ciencia del comportamiento. Esto permite aprove­
char los efectos s u i g e n e r i s de la observación tanto en el observa­
dor como en el observado, que aquí consideramos datos clave (ca­
pítulo xxi).
El enfoque propuesto efectúa la h i p e r v a l o r a c i ó n del sentido co­
mún del observador que con diversos artificios trata de lograr —sin
conseguirlo— por una s u b v a l o r a c i ó n absurda del observado. Lo
que requiere la buena ciencia del comportamiento no es una rata
(real o ficticiamente) descerebrada, sino un científico (del com­
portamiento) recerebrado. Tratando de crear modos de experimen­
tar y teorizar exentos de cognición, el científico del comporta­
miento se inhibe a sí mismo más aún que a su rata, y simplifica
su propia mente más aún que la de la rata: pone ingenio acrobá­
tico en lugar de pensamiento original, inventa más ajedreces com­
plicados en lugar de mejores estrategias científicas y embalsama
las semillas en lugar de plantarlas.
El científico verdadero no es un glorioso “idiot savant’’ * cam­
peón de ajedrez, sino un creador. Tal vez no pueda compararse
con una veloz calculadora; en realidad, como Henri Poincaré,
“príncipe de las matemáticas”, es posible que ni siquiera sea capaz
de sumar debidamente. Lo que puede hacer es crear un nuevo
mundo de ciencia. Mediante un entretenido truco de salón podrá
resolver aritméticamente en 50 páginas un problema que el álge­
bra o el cálculo pueden resolver en tres líneas, pero no está “ha­
ciendo ciencia”. El niño que en su bicicleta exclama: “¡Mira mamá;
sin manos!”, no da una consigna apropiada para la exploración
interplanetaria. Si fuera de otro modo, los mayores compositores
del mundo hubieran sido expertos en contrapunto, como Albrechts-
berger, Jadassohn y Sorabji.. . no Mozart, Beethoven y afines; y la
gran poesía la escribirían los filólogos y no Píndaro, Keats ni Bau-
delaire.
Vista culturalhistóricamente, buena parte de la ciencia del com­
portamiento contemporánea —sobre todo en Estados Unidos y Ru­
sia— se asemeja peligrosamente a un estéril escolasticismo. En la
esfera de la ciencia es paralelo de la impersonalidad esquizoide y
* Idiota sabio (en francés en el original). [R.r.]
UH ll'KOCIDADES ENTRE OBSERVADOR V SUJETO

l.i habilidad técnica de ciertos imitadores siglo xx del barroco re­


tí igerado “contrapunto estilo máquina de coser”,9 o sea de Stra­
vinsky y sus iguales (Devereux, 1961c). Este modo de enfocar las
i inicias y el arte creador es señal de putrefacción cultural y so-
i ial. . . que todavía podemos detener, si queremos hacer el esfuerzo.
Lo que más se necesita es la reintroducción de la Vida en las
i icncias de la vida, y la reinstalación del observador en la situa-
<ión observacional, mediante la adhesión constante a la advertencia
de un gran matemático: “¡Busca la simplicidad, pero desconfía de
ella!” Puede “simplificar” un experimento el descerebrar a una
lata o paralizarla —¡ambas cosas se han hecho!— pero los intentos
que hace el pobre animal para salir arrastrándose del laberinto
«mi sus extremidades claudicantes arrojarán una luz escasa sobre el
comportamiento normal de la rata. . . y una demasiado cruel sobre
el tie algunos psicólogos (c a s o 3 7 2 ) .
El aislamiento de los fenómenos es una estrategia fundamental
en la ciencia, mientras que el amputar a la realidad sus caracteres
medulares sólo nos permite meterla en el lecho de procusto de
nuestra impotencia escolástica. Un buen ejemplo de esto es el gé­
nero de experimento psicológico “controlado”, que "controla” el
elemento psicológico genuino (causa de ansiedad).
Pero si tomamos por paradigma el estudio d e l hombre p o r el
hombre tenemos que aceptar y aprovechar el hecho significante
de que, en una diada observacional, las d o s personas pueden decir
“y esto percibo”. Bien podríamos permitirles que lo hagan perti­
nentemente.
Cualquiera que sea el convenio (pie garantice que “ A es el ob­
servador" y “ B es el observado”, ambos hacen de observadores; su
acatamiento a ese convenio implica también conocimiento mutuo
y autoobservación. El hecho de que cada uno de los dos sea así “el
observador” para sí mismo y el “observado” para el otro subyace
a todas las (supuestas) perturbaciones debidas al hecho de haberse
realizado un experimento. El conocimiento, hasta ahora tratado
como “perjudicial” —o como “ruido” en teoría de la información-
es un dato clave para las ciencias de la vida, que reintroduce la
conciencia incluso en los experimentos destinados a eliminarla. En
cada experimento hay dos eventos discretos (“einsteinianos”) “en el
observador”: uno en el observador y otro en el observado. Estos
problemas de conocimiento no pueden presentarse en el estudio
de lo inanimado y esto a pesar del “principio de indeterminación”
“ Fsta expresión es de Constant Lamben (1948)
58 DATOS Y ANSIEDAD

;i examinar en otra parte. Esta diferencia subyace a todo lo tpie es


s u i g e n e r i s en los fenómenos de la ciencia del comportamiento.
La conclusión más simple a sacar de todo esto es que, si nos
empeñamos en hablar el lenguaje de las ciencias exactas, lo menos
que podemos hacer es hablarlo gramaticalmente.

APKNDI01'.

E l . T R A U M A DE'. I.A I M P A S I 1111 IDAI) DE I.A M A T E R I A

El hombre tiene una reacción de pánico ante la no responsividad o


impasibilidad de la materia. Su necesidad de negar esta no respon­
sividad y de dominar su pánico lo induce a interpretar los casos
físicos animísticamente y a imputarles “significados” que no tienen,
así como a ser capa/, de experimentarlos como “respuestas”. Si no
hay estímulos interpretables como “respuestas”, el hombre tiende
a poner una respuesta ilusoria en lugar de la esperada (indebida­
mente), que no llega.
Es un hecho la necesidad que el organismo tiene de una respues-
ta. El estudio hecho por Davis (1940) de un niño socialmente ais­
lado y el resumen por Mandelbaunt (1943) de datos acerca de los
llamados “niños lobos”, prueban que los niños privados de respues­
ta social por bastante tiempo, son incapaces de desarrollar ciertos
rasgos humanos “básicos”. Además, si la ausencia de respuesta se
produce en la primera infancia, el infante o el monito (Harlow,
1962) muere de marasmo o queda psicológicamente inútil para
toda la vida (Spitz, 1945, 1946, 1949; Spitz y Wolf, 1946).
El prototipo de todo pánico producido por la falta de respuesta
es la reacción del infante a la ausencia, o falta de responsividad
temporal, de su madre. Según la evidencia psicoanalítica (Ferenczi,
1950), el infante trata de compensar la respuesta faltante aluci­
nando las respuestas satisfactorias maternales que ha experimen­
tado con anterioridad. Las alucinaciones de los adultos privados
experimentalmente de estímulos (Heron e t a l . , 1953, Bexton r t a l . ,
1954, Lilly, 1956a, b) están funcionalmente —y acaso también on­
togénicamente— relacionadas con las alucinaciones de los infantes
privados de amor.
Tienen extraordinaria significancia ciertas situaciones culturales
y clínicas en que el individuo privado de respuesta trata de negar
la no responsividad de la otra persona.
C a s o 1 5 : Muchos grupos creen que los antepasados m u r r i o s vi-
III CIPROCIDADES ENTRE OBSERV ADOR Y SUJETO 5 !)

g¡Ia 1 1 a sus descendientes, cubren sus necesidades, castigan sus culpas.


C a s o 1 6 : Un joven que padecía de fugas epileptoides ocasiona­
les peleó con su esposa y la mató de un tiro. Después volvió el
arma contra sí, se rozó el temporal y perdió el sentido. Al recobrar
el conocimiento —y emergiendo acaso de una fuga epileptoide—
llamó a su esposa (asesinada) para que lo ayudara, habiendo "ol­
vidado” (negado) visiblemente que ya no le podía responder.
El infante —incapaz de distinguir entre ausencia, deliberada ne­
gación de respuesta y muerte—10 considera la falta de respuesta
una manifestación de malevolencia o enojo. Demuestra que así se
interpreta también la no responsividad de la materia aquella fa­
mosa salida de un eminente científico acerca de la “malevolencia”
de los objetos. Dijo Lagrange: “A la naturaleza no le importan las
dificultades analíticas”, es decir “a la naturaleza no le importan
las dificultades matemáticas que presenta a los estudiosos”; y equi­
para así indiferencia a malicia, al menos así lo da a entender.
C a s o 1 7 : Los hopis abofetean a los muertos y los acusan de ha­
berse muerto para molestar a los supervivientes (Kennard, 1937).
C a s o 1 8: La generosidad es una de las virtudes cardinales del
mohave, que es indiferente a los derechos de propiedad y da o
presta lo suyo casi a quienquiera. Pero en el momento en que
muere el mohave, aun el más generoso, creen que de repente se
vuelve tan consciente de la propiedad que todas sus pertenencias
lian de ser quemadas, para que no vuelva a reclamarlas. Como el
difunto no puede responder y como sus posesiones materiales, que
solía utilizar en vida para ciertas respuestas sociales importantes,
se destruyen, el inicio de la no responsividad del muerto coincide
claramente con el momento en que empiezan a imputársele una
posesividad vindicativa y aun intentos homicidas (Devereux, 1961a).
De ahí que en aquella cordial tribu sea desconocido el concepto de
un e s p e c t r o benévolo y desinteresado. También observamos (pie
muchos héroes griegos se volvían inmediatamente peligrosos al
morir (Harrison, 1922).
C a s o 1 9 : Un día en que estuve excepcionalmente callado du­
rante una hora analítica, mi analizanda, una joven casada, fanta­
seó que mi silencio era sólo la calma que precede a la tempestad.
Veía que yo iba a ponerme en pie, tirar mi libreta de notas al sue­
lo, pisotearla y gritarle reprimendas a ella. Había interpretado mi
silencio como hostilidad porque su madre había solido castigarla
con largos silencios, negándose a darle ni siquiera respuestas sim­
bólicas (Devereux, 1953a).
10 Znckerman (1932) ha tratado de la visible incapacidad de los mandriles
para reconocer la muerte.
60 DATOS V ANSIEDAD

Los analizandos en un estado de trasferencia fuertemente nega­


tiva pueden incluso fantasear que su analista no responsivo está
muerto y sentirse en extremo culpables, porque se imaginan que
sus deseos de muerte no expresados le mataron.
C a s o 2 0 : Un joven fóbico y obsesivo pensó una vez que yo había
muerto en mi sofá analítico porque no me oyó respirar ni mo­
verme durante diez o quince minutos. Reaccionó a este “descubri­
miento” con un pánico intenso, puesto que mi “muerte” demos­
traba el poder mágicamente destructor de sus pensamientos hostiles
y sus deseos de muerte. Este paciente mencionaba con considera­
ble amargura que su padre solía llevarle al parque y escondérsele,
hasta que creyéndose abandonado chillaba él literalmente de pá­
nico. En parte a consecuencia de este trauma repetido, el paciente
llegó a tener en su adolescencia la convicción de que cosas terribles
(= destrucción o muerte) podían sucederles a sus padres siempre
que é l estaba lejos d e e l l o s (Devereux, 1956d).
Hay muchas pruebas indirectas —de un género que suele ser más
convincente que las pruebas directas— de que la no responsividad
y aun la responsividad disminuida se interpretan neuróticamente
como regresión a un estado inanimado ( = inorgánico) o bien como
una maniobra de poder intimidante. Y así, la no responsibilidad
parcial de una persona supuestamente anormal se ridiculiza con
términos que implícitamente le imputan la inorganicidad: “zoque­
te” o “tarugo” o “pedazo de alcornoque”; en cambio, la fría indi­
ferencia de una persona normal es una de las señales con que se
reconoce a los socialmente destacados entre los anglosajones, los
chinos y los indios de los llanos. Mientras que el prestigio de la
impasibilidad inculcada es a todas luces producto de ciertas cul­
turas,11 revela una tendencia inconsciente a equiparar la impasibili­
dad (no responsividad) al poder y aun a la agresividad ( c a s o 1 80).
De ahí que la impasibilidad cínicamente deliberada sea a veces
un medio de intimidación ( c a s o 1 8 1 ) y una rabia fría suele ser más
espantosa que una hirviente, tal vez porque una persona ardiente­
mente enojada “telegrafía su golpes”, mientras que el hombre fría­
mente enojado no lo hace. Esto hace a este último especialmente
peligroso, ya cpie su comportamiento controlado no indica la am­
plitud probable ni la naturaleza de su agresión.
La angustia del hombre en presencia de la materia física insen­

11 Para una demostración del piestigio de “lo ardiente1’ en la sociedad fian-


cesa, véase en las Memorias de Saint Simón el relato de cómo los “ardientes”
discursos y miradas del autor acabaron por persuadir a S.A.R. el duque de
Orleans de que renunciara a un amorío oprobioso.
RECIPROCIDADES ENTRE OBSERV ADOR V SUJETO (>l

sible se refleja en el dicho de Whitehead (lógicamente indefendi­


ble): “La naturaleza está cerrada a la mente”, que es sólo un eco
tardío del pánico del infante abandonado, cuyos gritos no provocan
respuesta de lo inanimado que lo rodea. La tendencia del infante
a compensar esas respuestas ausentes por medio de respuestas alu­
cinadas puede, a su vez, ser el origen de la tendencia primitiva a
considerar la materia animísticamente y a “detectar” en los fe­
nómenos materiales una responsividad trascendental inexistente
(l)evereux, 1967a).
C A P ÍT U L O IV

IMPLICACIONES PSICOLÓGICAS DE LA
RECIPROCIDAD ENTRE OBSERVADOR Y SUJETO

Una de las consecuencias no buscadas de la existencia y persona­


lidad del científico es que la casi movilidad del límite entre obser­
vador y sujeto es paralela a una movilidad semejante de los “lími­
tes del individuo” y que su ubicación es cuestión de conveniencia
o convenio (capítulo xxn). Con frecuencia se siente que los límites
del individuo van más allá de la piel, o se da a entender cultural­
mente esa prolongación de los límites de uno mismo.
C a s o 2 1 : Los sujetos hipnotizados por Teitelbaum (1941) reci­
bían instrucciones para desarrollar agnosia en relación t a n s ó l o
con las partes del cuerpo. Probando su obediencia, descubrió que
a pesar de lo concreto de la orden, en los sujetos aparecía “espon­
táneamente” t a m b i é n la agnosia en relación con las prendas que
vestían; del mismo modo que no podían decir “torso” no podían
decir “chamarra”, porque según parecía sus ropas estaban también
dentro de los límites de su yo.
C a s o 2 2 : Birdwhistell (s.f.) descubrió que el sujeto A , cuando
se le decía que se acercara al sujeto X (de control) se detenía siem­
pre a una distancia aproximada de 45 cm, mientras que el sujeto
B solía detenerse a la distancia de unos 30 cm, etc. Repetí estos
experimentos del mismo modo y a la inversa. En este último caso
pedí al sujeto de control X que se acercara sucesivamente a los
sujetos, A , B , etc. y dije a éstos que levantaran un dedo cuando
X se acercara “demasiado” para que se pudieran sentir a gusto. Se
descubrió entonces que un sujeto dado solía levantar el dedo cuan­
do el sujeto de control, X , llegaba a la misma distancia a que el
sujeto mismo se había detenido cuando se le había pedido que se
acercara a X. Además, un sujeto, una joven muy solitaria, cuando
se le acercaba X no se contentaba con alzar el dedo como se le
había mandado, sino que frenéticamente alzaba las dos manos, con
las palmas hacia fuera y los dedos abiertos, en ademán de “dete­
ner”, y decía que la reducción de la distancia que mediaba entre
ella y X , pasado cierto punto (unos 75 cm), la angustiaba. Todo
acercamiento a menos de 75 cm lo experimentaba como una “in-
[G2]
IMH.ICACION'l-S DK LA RI.OIPROCIOAD 6S

vasión” tle los límites de su persona, iiulependienteniente de que


litera ella la que se acercaba a X o X a ella. Añadió incluso
que mientras el límite del sujeto de control X era su piel o su ropa,
para ella, sus propios límites estaban situados a unos 75 cm de
sus vestidos.
Una verificación cultural típica de este límite extracutáneo de
la persona es la práctica de los niños desafiantes que trazan un
círculo en torno suyo y anuncian pelea a quienquiera lo atraviese.
1.1 sentido de propiedad personal puede tener raíces semejantes. Hay
además variaciones culturales señaladas en lo tocante a la distancia
"debida” v su corolario, la distancia máxima todavía efectiva in-
leraccionalmente. Así observé en otra parte (Devereux, 1949d) que
un indio mohave suele seguir hablando después que su interlocu-
lor se ha despedido e ¡do. Algunos mohave siguen hablando, sin
elevar la voz, aunque la distancia entre ellos y la persona que se
va haya aumentado hasta 4.25 m —y en un caso hasta más de (i.
Hall ha estudiado este problema últimamente con algún detalle
(1963).
Los equivalentes infrahumanos tic este fenómeno parecen ser lo
que llaman los etólogos territorios de las aves. En varias especies
ile aves, cada individuo considera suya una zona determinada y ex­
pulsa de ella a cualquier otra ave que trata de ocuparla. El perro
también tiene un sentido muy pronunciado de los límites del te­
ndió de su amo y expulsará de allí intrépidamente a cualquier
perro extraño, aunque sea mayor que él.
La tendencia que tienen los animales a sacar fuerzas, como An­
teo, del hecho de estar en su propia tierra, es aprovechada siste­
máticamente por varios grupos indonesios. '
C o s o 2 3 : Cuando los indonesios no consiguen dar con dos búfa­
los machos de pelea de fuerza aproximadamente igual disponen
el encuentro en el territorio ‘‘perteneciente” al menos fuerte de
los dos, para compensar la diferencia (Clifford, 1927, Katz, 1930).
Esto parece alentar al menos fuerte y desalentar al otro.
La cultura aprovecha e instrumenta la capacidad que el hombre
i ¡ene de incluir dentro de los límites de su persona algo exterior
i sí mismo. Las lealtades de grupo, el sentimiento de que las fron-
leras de la patria deben ser inviolables y cosas semejantes son
ejemplos de la aplicación cultural de este rasgo. Otro fenómeno
que aquí cabe es la creencia en el alma externa, o en una relación
lundamental entre uno y los objetos exteriores, o los lugares dis­
tantes, como aquel donde uno nació, donde enterraron su cordón
umbilical, etcétera.
C o s o 2 4 : Los mois sedang creen en un alma externa y en una
64 DATOS Y ANSIEDAD

relación fundamental entre ti hombre y sus propiedades. EL alma


hogareña de un hombre —que es la esencia de su condición hu­
mana (Devereux, 1937c)— ni siquiera reside en su cuerpo; mora
en las piedras del hogar de su familia, aun cuando él esté de viaje.
En cuanto al m a n a o alma propiedad de un hombre, no sólo
incluye su propia suerte o poder personal sino también el alma de
todo objeto importante que le pertenece. Y así, en cuanto me adop­
tó Mbraro, el viejo jefe retirado de Tea Ha, mi alma hogareña
pasó a residir en el hogar de Mbraro, aunque yo viviera en mi
propia choza (c a s o 4 2 0 ) . En cuanto a mi alma m a n a , se entendía
que comprendía las almas de mi rifle, mi revólver, mi caballo, mi
fonógrafo y mis otras pertenencias importantes. Esta evaluación
de las posesiones se efectúa a todas luces por la sensación puramen­
te subjetiva de que los límites de uno se extienden más allá de su
propia piel. En los estados de éxtasis esto conduce a un sentimiento
de unión mística con el Universo, que los psicoanalistas llaman
“sentimiento oceánico”.
Algunos neuróticos o psicóticos sienten como externos ciertos ór­
ganos y ciertas funciones psicológicas que, según todo criterio de
sentido común, están dentro de los límites de su yo.
C a s o 2 5 : Una analizanda joven me comunicó que durante la pu­
bertad se llenó de pánico al descubrir que no sólo carecía de pene
sino que ni siquiera era "capaz" de hallar su vagina. En algunos
casos, la niña descubre su vagina sólo en el momento en que em­
piezan a agitarse sus impulsos edípicos; puede incluso “redescu­
brirla” a la pubertad.
C a s o 2 6 : Durante la pubertad, cuando las sensaciones del pene
se intensifican, algunos muchachos son al principio incapaces de
integrar el pene con el resto de su yo corporal y su imagen del cuer­
po. Un adolescente esquizoide experimentaba sus erecciones como
tan ajenas al yo que deseaba poder amputarse ese órgano, para
que sus erecciones espontáneas dejaran de molestarlo. Es signifi­
cante que después se casó con la joven mencionada en el caso an­
terior.
Se dan formas extremas de perturbación en algunas mujeres es­
quizoides, que a veces pueden sentir un tipo de orgasmo fisiológico
impersonal, aunque no un orgasmo psicológico concomitante, y
en cuya imagen del cuerpo no entra la vagina.
C a s o 2 7 : Si se le dice a tina de esas mujeres que “piense inten­
samente” en su pulgar, su hombro o su pie, etc., ese “pensar” le
permite s e n t i r el órgano en cuestión. Pero si se le pide (pie piense
en su vagina, suele comunicar que no siente absolutamente nada.
A veces una de estas mujeres ni siquiera tiene conocimiento de lo
IM l'I.ICACIONES DE LA RECIPROCIDAD 65

<|iic ocurre dentro de su vagina; puede incluso empezar a mens-


ii uar sin darse cuenta de ello. Aun cuando esté excitada sexual-
nlente, puede seguir del todo ignorante del estado de su vagina y
aun ser incapaz de decir si está húmeda o seca si no la toca. Esta
incapacidad no parece ser consecuencia del hecho —a menudo de­
masiado destacado— de que los órganos sexuales de la mujer no son
visibles para ella sin ayuda de un espejo, puesto que ciertos hom­
bres esquizoides tampoco suelen sentir su pene ni saber si está erecto
o no sin tocarlo.
C a s o 2 8 : Siempre que un analizando esquizoide ya muy adelan­
tado en su restablecimiento, se preparaba a cohabitar con una pa-
icja casual, tenía que tocarse primero para estar seguro de que
U nía una erección. En cambio, cuando se preparaba a hacerlo con
una muchacha de quien estaba enamorado, siempre sabía si estaba
0 no tumescente.
Los genitales suelen ser expulsados del yo corporal precisamen-
!<• por ser “órganos sociales”, que permiten la formación de rela-
1iones intensas y es precisamente ese tipo de relación el que más
temen los ezquizoides. En el caso de las mujeres esquizoides, su
uinciencia de sensaciones vaginales e s p o n t á n e a s puede probable­
mente correlacionarse también con el temor a la penetración estu­
diado por Bonaparte (1953) y mejor aún con la división en dos
tipos femeninos por H. Deutsh (1944-1945). La mujer que ve en
■ai vagina la entrada a su propio yo interno tiende a rendirse por
<oinpleto en cuanto ha sido penetrada. Para el otro tipo femenino,
la entrada está en el límite de su propio yo extremadamente reti-
i ado. Como la penetración no significa nada para ella, a veces es
un personalmente promiscua; incluso es posible que no se sienta
viva y real sino cuando está efectuando realmente el coito. Estos
hechos indican que es la novedad de las sensaciones genitales la
que hace a los adolescentes esquizoides experimentar sus genitales
al mismo tiempo como ajenos y externos a sí mismos (c a s o s 2 5 y 2 6 ).
1Iomero ya conoció la experiencia de las alucinaciones, los pen-
•amientos obsesivos y los impulsos intensos que irrumpen en la
esleía consciente como ajenos al yo (Dodds, 1951), y demuestra
que incluso los productos de nuestra propia psiquis pueden sen-
tuse como si se hubieran formado fuera del yo.
C a s o 2 9 : Eurípides también parece haber tenido conocimiento
de este hecho. Al aumentar la excitación y la congoja de su Medea,
se pone a hablar de sus impulsos como si se tratara de entidades
p e r s o n a l i z a d a s , e x t e r i o r e s a ella, aunque anteriormente había dicho
que eran de origen interno. Rivier (1960) toma nota de este he-
<lio, pero por desgracia no comprende su base clínica y por eso lo
66 DATOS V ANSIEDAD

interpreta como una prueba de las “supuestas” oscilaciones de Eu­


rípides entre una teoría endógena y otra exógena de los impulsos
humanos. En realidad, claro está, Eurípides, un extraordinario ob­
servador clínico (Bezdechi, 1932, Blaiklock, 1952, Devereux, 19671
y Dodds, 1925), sencillamente observaba que en trastornos graves
de la personalidad, así como en tiempo de intenso stress emocio­
nal, la “curva de Jordán” de los límites de la persona se rompe por
proyección (capítulos x x i i , xxiv).
Otro fenómeno interesante es que para las personas ciegas de
nacimiento que posteriormente adquieren la vista mediante una
operación, las sensaciones visuales constituyen durante cierto tiem­
po una fuente de marcada incomodidad. No sólo son al principio
incapaces de emplear constructivamente la visión recién adquirida,
sino que a veces se ven realmente impedidas en sus intentos de
orientarse por medio de las nuevas sensaciones, que son incapaces
de manejar y aprovechar eficazmente. Un fenómeno algo semejan­
te fue la angustia de Caspar Hauser la primera vez que salió a la
luz diurna (Feuerbach, 1833).
Puesto que los órganos corporales, las funciones psíquicas y la
experiencia normal de los sentidos parecen a veces quedar dentro
y a veces fuera de los límites de la persona, es evidente que los
límites entre observador y sujeto tenderán a ser aún menos defi­
nidos. De ahí que, según los arreglos experimentales u observacio-
nales que uno haga, el aparato experimental o el material de test
puede estar dentro del límite del observador o bien del sujeto. . .
o al menos dentro del límite que la posición teórica del observa­
dor decide a s i g n a r al sujeto. Por ejemplo, el que el laberinto don­
de se hace correr a la rata “sea” una prolongación del psicólogo
o de la rata depende de la índole del experimento y/o de la inter­
pretación de sus resultados (capítulo x x i i ).
Y por fin, y esto no es lo menos importante, los límites entre
el observador (experimentalista) y el sujeto se determinan bilate­
ralmente —y con frecuencia discordantemente. Esto se apuntaba
ya en el c a s o 2 3 , donde los límites prolongados de los individuos
los determinaban los dos búfalos de pelea.
En la ciencia física puede ser cosa de convenio (capítulo x x i i )
precisamente el lugar donde uno hace pasar el deslinde entre el ob­
servador y el objeto observado. Lo mismo sucede en las ciencias
del comportamiento. Pero en las ciencias físicas la ubicación de
esta frontera se determina unilateralmente, aun cuando uno tome
en cuenta la relación de indeterminación de Heisenberg en la me­
cánica cuántica no relativista. En las ciencias del comportamiento,
por otra parte, la ubicación del límite se determina de modo tan
MIM.ICACIONES DE I.A RECIPROCIDAD 67

bilateral que representa el resultado de una verdadera transacción.


( Yertamente, en un modo psicodinámicamente significante no nos
detenemos en nuestra piel sino que podemos, definiendo la situa-
«ión de cierto modo, “prolongarnos” p o r el sistema observado apro­
ximadamente hasta donde nuestro entendimiento “objetivo” de ese
sistema (organismo) puede llegar, tratando nuestro aparato media­
dor (experimental) como parte de nuestro ser (capítulo xxm).
En el otro extremo del experimento, el organismo observado o
manipulado puede, de igual manera, “prolongarse” por el sistema
de observación (observador, experimentador, manipulador). En el
i aso más simple esto se logra mediante el “conocimiento” del com­
portamiento habitual y las actitudes del observador. Este conoci­
miento puede provocar reacciones sorprendentemente insólitas aun
en los animales.
C a s o 3 0 : Quienquiera haya ido a un médico para sacarse cerilla
del oído —que en el hombre es mucho menos hondo que en el
perro— sabe cuánto dominio de sí mismo se necesita para no mo­
verse. De ahí que cuando esta operación ha de hacerse en un perro
muchos veterinarios le administran primero dosis masivas de sedan­
tes para impedir que el perro haga algún movimiento súbito de
huida que podría ser causa de que el instrumento le perforara el
tímpano. Pues bien: yo tuve un briard de muy buen carácter que
se estuvo completamente quieto durante esa manipulación, tan
sólo porque yo le había echado los brazos b l a n d a m e n t e en torno
.d cuello, estímulo moderador que se había acostumbrado a consi­
derar agradable y tranquilizante. Al día siguiente, mi perro tam­
bién se mantuvo completamente quieto, aunque yo me contenté
con estar en pie cerca de él y hablarle. Cuando volví al otro día
para ayudar a una tercera limpia, el veterinario me dijo que ya
le había limpiado los oídos al perro, sin sedantes, contención ni
ayuda.
Si uno interpreta este sucedido en función de un “mapa cogni-
livo” (Tolman, 1932) y no de psicología de la respuesta podría
decir que el perro en cierto sentido me había interiorizado de
modo que en la primera manipulación yo, persona, me distinguía
apenas de un dominio interno de sí. Cuando el veterinario llegó
a limpiar los oídos del perro en mi ausencia, yo me había quedado
interiorizado a tal punto como agente moderador y tranquilizador
que ya no se necesitaba mi presencia física. Esta interpretación no
excluye la hipótesis subsidiaria de que el perro había a p r e n d i d o
que aquella manipulación no le dolería.
Resumiendo, además de las consideraciones lógicas expuestas en
la parte principal de este capítulo, la naturaleza recíproca de todo
68 DATOS V ANSIEDAD

cuanto ocurre en una situación experimental se demuestra tam­


bién por los datos socioculturales, experimentales psicopatológicos
y aun de las situaciones de la vida corriente, que esclarecen la
índole esencialmente transaccional de todo cuanto ocurre entre
el observador y el observado.
Los problemas de lógica planteados en este capítulo se analiza­
rán detenidamente en los capítulos xxn-xxiv.
C A PÍTU L O V

I A CONTRATRASFERENCIA
I N LA CIENCIA DEL COMPORTAMIENTO

D e fin ic ió n d e la t r a s f e r e n c i a : En un marco de referencia pura­


mente cognitivo, una reacción de trasferencia corresponde más o
menos a una trasferencia de saber, tal y como se entiende en la
teoría del aprendizaje. El analizando, en que se han ido desarrollan­
do reacciones características para con una persona emocionalmente
significante, tiende —a veces casi en forma de compulsión a la
i< petición— a reaccionar frente al analista c o r n o s i él fuese aque­
lla persona, y a veces lo hace deformando groseramente la realidad.
C a s o 3 1 : Una analizanda me vio durante cierto tiempo como un
hombre muy alto, de movimientos lentos, que fumaba su pipa y
vestía ásperos t w e e d s . De este cuadro, sólo los t w e e d s correspon­
dían a la realidad, ya que la imagen que de mí se hacía la anali-
/.inda se había configurado de acuerdo con el aspecto de una per­
sona emocionalmente significante. En aquel tiempo estaba ella
I><i laborando [w o r k i n g t h r o u g h ] su relación con aquella persona y
para ello necesitaba identificarme a mí con él, “probando en el
otro” tanto sus reacciones pasadas como futuras con él.
Característicamente, la trasferencia —como el superyó— se mani-
licsta con más claridad en situaciones de s t r e s s , donde las presio­
nes exteriores o bien los conflictos internos agitan un material in-
(onsciente mal digerido (Devereux, 1956a). Aunque las reacciones
de trasferencia también se producen en la vida corriente —por ejem­
plo en forma de preferencias o aversiones a primera vista inexpli-
i ables— suelen desempeñar un papel relativamente menor y no
deformar la realidad (para racionalizar o justificar el comporta­
miento de trasferencia objetivamente impropio pero subjetivamen­
te necesario) tan radicalmente como en el comportamiento real
de trasferencia durante el análisis.

D e f i n i c i ó n d e la c o n t r a t r a s f e r e n c i a : Es la contratrasferencia la suma
total de aquellas distorsiones en la percepción que el analista tiene
de su paciente, y la reacción ante él que le hace responder como
si fuera una imagen temprana y obrar en la situación analítica
[69]
70 DATOS Y ANSIEDAD

en función de sus necesidades in c o n s c ie n te s, deseos y fantasías, pol­


lo general infantiles.

T e r m i n o l o g í a : La trasferencia y la contratrasferencia tienen fuen­


tes y estructuras idénticas. Es estrictamente cosa de convención el
que las reacciones pertinentes del informante o el analizando se
denominen “trasferencia” y las del investigador de campo o el ana­
lista “contratrasferencia”. En el mismo sentido es puramente cosa
de convención y accidente histórico el que las reacciones de los pa­
dres frente al hijo se llamen “contraedípicas”, aunque tal vez
fuera psicológicamente más legítimo denominar las reacciones del
hijo frente a sus padres reacciones de contra-Layo o contra-Yocasta
(Devereux, 1953b, J960d).

C r i t e r i o : Aunque los psicoanalistas se enorgullecen con razón de


su capacidad de autoescrutinio, es un hecho histórico que las reac­
ciones de trasferencia del analizando se descubrieron antes que las
de contratrasferencia del analista, del mismo modo que es un
hecho estadístico el de que la literatura psicoanalítica contiene
muchas más referencias a la trasferencia que a la contratrasferen­
cia. Además, mientras los estudios de la trasferencia suelen des­
cribir las reacciones de nuestros pacientes, los trabajos dedicados
a la contratrasferencia suelen ya sea tratar de teoría, ya sea exami­
nar los errores de contratrasferencia de los candidatos analíticos
inexpertos. Estos hechos indican que incluso los psicoanalistas —que
se entiende estudian sus propias emociones— son algo delicados
tratándose de discutir las reacciones contratrasferenciales. Otro tan­
to sucede con otros científicos del comportamiento. De ahí que
algunas de mis descripciones de las reacciones contratrasferenciales
de mis colegas no contengan nombres que los puedan identificar.
En cambio trato francamente de mis propias reacciones contratras­
ferenciales, con la esperanza de que aquellos de mis colegas que
comprenden cómo el reconocer nuestras limitaciones humanas no
sólo no es degradarse sino verdaderamente útil, publiquen sus pro­
pias observaciones de sí mismos, con el fin de explorar más a fon­
do este aspecto tan importante, e inexcusablemente descuidado, de
la labor científica.

Nos proponemos discutir en la segunda parte de esta


P ro p ó sito :
obra las causas de la distorsión en la observación, el registro y
la interpretación de datos relacionados con la configuración, de la
personalidad del científico y sus manifestaciones en el terreno de
la práctica, así como en el desarrollo de sus intentos de analizar
I \ CONTRATRASFERENCIA 71

mis propios datos o los de los demás. La personalidad del científico


importa para la ciencia porque explica la deformación del material
. 1 1 ribuible a su falta de objetividad, determinada intrapsíquica-
nicnte. Es ésta una fuente de error sistemático, precisamente en el
mismo sentido en que las limitaciones y los defectos inherentes
del aparato del médico son fuentes de “error sistemático”.

I m p o r t a n c i a : Hace unas décadas, Sapir (1949) revolucionaba la


.mtropología poniendo de relieve la importancia científica de la hoy
i ( lebrada frase de Dorsey (1884): “Dos-Cuervos lo niega.” Quizá
por primera vez en la historia de la antropología no sólo se reco­
nocieron explícitamente las divergencias de opinión entre infor­
mantes sino que se sostuvo la importancia antropológica de esas
divergencias, que requerían explicaciones teóricas. En este sentido
al menos, la segunda parte de este libro es una continuación de la
i evolución que causó Sapir en la antropología, puesto que no sólo
icconoce la existencia de divergencias, por ejemplo entre los datos
de Omaha y las interpretaciones de Fortune (1932b) y las de Flet-
( hcr y La Flesche (1905-6), sino que además trata de entender las
i.msas de estas divergencias y desentrañar su importancia teórica.
En resumen, no sólo me propongo reconocer la existencia y la
importancia científica de las divergencias entre las comunicaciones
de dos científicos del comportamiento sino, además, de correlacio­
narlas con sus dos personalidades respectivas, con las complejidades
estructurales y funcionales de su propia formación cultural, así
mino la cultura estudiada por ellos.

Influye radicalmente en la percepción de


I ’r o l e g ó m e n o s t e ó r i c o s :
una situación la personalidad del que la percibe. El sujeto expe-
i ¡mental suele quitar o poner a la realidad, y aun modificarla de
•milerdo con la contextura de su personalidad v con sus necesida­
des y conflictos —en gran parte inconscientes— (Blake y Ramsey,
1951). Además, hace muchos decenios demostró Pótzl (1917) que
los detalles c o n s c i e n t e m e n t e i n a d v e r t i d o s de un cuadro presentado
i.iquiscópicamente se percibían i n c o n s c i e n t e m e n t e y aparecían en
los sueños del sujeto a la noche siguiente. Muchas “sustracciones”
visibles son, pues, sólo relativas, puesto que el material al parecer
no percibido reaparece involuntariamente en otro contexto. En los
inlormes de campo antropológicos se comunica a veces ese mate-
nal, pero no se utiliza en la descripción general de la pauta cul­
tural. Malinowski (1932) no utilizó un mito de gotear agua en la
vagina de la mujer que iba a ser fecundada en su estudio de la ne-
T. DATOS Y ANSIEDAD

gación por los isleños de las Trobriand del papel del coito en el
embarazo, aunque él mismo había consignado ese mito.
Así, el informe del antropólogo acerca de una tribu, y su inter­
pretación de la cultura de esa tribu, es comparable en ciertos as­
pectos a una prueba proyectiva en que la lámina del T.A.T o del
Rorschach es la cultura estudiada, y lo que el antropólogo comu­
nica de la tribu, el equivalente de las respuestas testadas del sujeto.

a n g u s t i a : Los estudios de tests proyectivos, de per­


D isto rsió n y
cepción como función de la personalidad, de aprendizaje en estado
de ansiedad, así como el escrutinio de los fenómenos de trasferen-
cia y contratrasferencia indican que la distorsión es especialmente
marcada allí donde el material observado moviliza la ansiedad. El
científico que estudia este tipo de material suele tratar de prote­
gerse de la ansiedad por omisión de este material, poniéndole sor­
dina, no aprovechándolo, entendiéndolo mal, por descripción am­
bigua, exageración o reordenación de ciertas partes del mismo.
Trastornaría el curso de la argumentación el citar aquí datos
que mostrarían cómo el material de la ciencia del comportamien­
to puede suscitar ansiedad incluso sencillamente al leerlo, o vién­
dolo en una película, y que esta ansiedad es causa de reacciones
defensivas características, determinadas por la contextura de la
personalidad del científico. Por eso hemos relegado tales datos para
los capítulos siguientes.
Examinaremos, tanto teóricamente como en función de su im­
pacto específico en el antropólogo, la cualidad suscitadora de an­
siedad de los datos antropológicos.

las ca u sa s d e a n s ie d a d en la labor de la

C IE N C IA DF.L C O M P O R T A M IE N T O

1. Cada cultura maneja de modo diferente el mismo material psí­


quico. Una lo reprime, otra lo utiliza francamente y aun puede
exagerarlo en su implementación, otra más lo admite como alter­
nativa lícita, para todos o bien sólo para ciertos grupos grande­
mente privilegiados o todo lo contrario,1 etc. El escrutinio de otras
1 Cf. la demostración por Dollard (1937) de que los blancos sureños favo­
recen el comportamiento infantil, ilegal y reprobable en los negros. Compárese
también la falta de interés de la policía por los delitos cometidos por negros
contra negros. Para fenómenos parecidos en la sociedad espartana véase De-
vereux, 1965a.
I » CON I'KA'IRASFKRFNCI A 73

<nimias obliga así con frecuencia al antropólogo a observar y sacar


i la luz mucho material que él mismo reprime. Esta experiencia
in» sólo es causa de ansiedad sino que al mismo tiempo se siente
ionio ‘seducción”.i2 Basta pensar en este contexto en los problemas
que (Hiede encontrarse el antropólogo, obligado a mantener a sus
(Millos ancianos con ingresos escasos, cuando tiene que estudiar a
una tribu donde la piedad filial obliga a uno a matar a sus padres
lini irnos.
Nuestro “narcisismo de las pequeñas diferencias” (Freud,
l ' I Mc ) nos induce a interpretar las creencias y prácticas extrañas
• nmo críticas a las nuestras, y eso nos hace reaccionar negativamen-
ii .1 ellas.
1 También se suscitan ansiedades si el antropólogo simpatiza
• un el modo de vida de una tribu que se conduce de una forma
n ítida por nuestra sociedad. Estas ansiedades pueden considerarse
i iitimientos sociales de culpa.
En un nivel más subjetivo, también suscita ansiedad el mate-
i i il que:
,i | amenaza la vulnerabilidad básica de todo ser humano (peli-
i n i de muerte, de perder un miembro, amenazas de castración,
i ti ) ( c a s o s 3 5 , 3 9 ) ;
b| reanima angustias idiosincrásicas relacionadas con experien-
• tai (tasadas (c a s o 3 4 );
i | amenaza minar defensas o sublimaciones importantes (c a so s
la . 17);

<l| exacerba problemas del momento, etcétera.

i a s o 12: Un estudiante graduado, durante su primera investiga-


i imi de campo se enteró de que, debido a un cambio en la estruc-
iin.i jerárquica del departamento a consecuencia de la muerte de
0 profesor, no sería nombrado instructor a su regreso. Esto le hizo
investigar con excepcional cuidado los problemas de los huérfanos
1 nti.is personas “abandonadas” en la tribu que estaba estudiando.
C u s o 3 3 : Probablemente tiene significado que el trabajo más de­
nti.ido sobre niños adoptados, ilegítimos y huérfanos en una so-
• li d.id primitiva lo hiciera un sacerdote católico, el p a d r e Meier
t i 1938, 1939).
I míos los que laboran con los “Insanos” y aun con ex psicóticos conocen
. uní "seductor” es el comportamiento psicòtico. Un hombre talentoso que se
n pii .o por completo de un episodio psicòtico me decía que todavía podía
..... ni Ir i el significado verdadero de los dichos de los psicóticos, pero añadía
ipn no se permitía entenderlos por miedo de volver a caer en la psicosis. Esto
n pii senta una defensa contra la sobrecomunicación en el plano del incons-
i ti ni«*.
74 DATOS Y ANSIEDAD

4. También despierta ansiedades lo que se experimenta como


“sobrecomunicación” perturbadora entre el in c o n s c i e n t e del ob­
servador y el del observado. Esta sobrecomunicación puede incluso
sentirse como equivalente a “seducción” y por eso puede suscitar
resistencia de diversos modos. Por ejemplo, algunos psicoanalistas
incompletamente analizados terminan por hacerse extravagantemen­
te organicistas. Otros, menos incompletamente analizados, se dan a
un psicoanálisis neurologizante, que no debe confundirse con el
interés legítimo en los componentes orgánicos de ciertas neurosis.3
Otros más simplemente ven los procesos dinámicos como si fueran
físicos de un modo que es algo más que una “manera de hablar”
(Scheflen, 1958).
5. En otros casos, es el carácter segmentario de la comunicáción
c o n s c i e n t e el que produce ansiedad. Es una observación trivial la
de que uno suele sentirse incómodo al principio cuando se pone
a estudiar una tribu hasta entonces no estudiada, de costumbres y
lenguaje desconocidos. Repetidas veces hablaré de las dificultades
que tuve antes de aprender la lengua y las costumbres de los se-
clang. Una defensa característica contra la ansiedad de este tipo
es la de ciertos helenistas que insisten en que la cultura griega
debe anahzarse exclusivamente en función de los conceptos griegos
(Wilamowitz, 1955, 1959). Este principio, bastante sano, no toma
en cuenta el hecho práctico del desacuerdo reinante acerca de lo
que significan en realidad ciertos conceptos (o palabras) griegos.4
La defensa consiste aquí en la sincera creencia de que uno com­
prende más de lo que en realidad comprende.
6. A veces la defensa contra la “sobrecomunicación” en el nivel
inconsciente se combina con una defensa contra la “subcomunica­
ción” (subcomprensión) en el nivel consciente. Un resultado ca­
racterístico de este dilema es el apego ansioso a los hechos “incon­
trovertibles” y una negativa total a interpretar los hechos de otra
manera que la más “obvia”. . . o sea aquella que un erudito con­
sidera “buena” sencillamente porque él puede tolerar esa inter­
pretación particular, mientras que considera todas las demás inter-
3 Yo mismo insistí en que a un indio “lobo” a quien había tenido en psico­
terapia se le hiciera una oxicncefalografía (Devereux, 1951a).
1 Otro tanto sucede con la exégesis de los textos griegos, aun desde el punto
de vista de la gramática y la sintaxis. Un helenista declarará que entiende
una frase griega mientras que otro afirmará que el texto está irremediable­
mente corrompido. Buenos ejemplos se hallan en la reseña que hace Verdenius
(1962) de tres ediciones críticas de Las bacantes de Eurípides o también en el
aparato crítico y los comentarios de cualquier edición erudita de un texto
griego. Para ciertos conceptos conttovertidos del griego véase Adkins (1960).
I > t o n t r a t r a s f e r e n c ia 75

itit iiu iones (psicológicamente “intolerables”) incompetentes y ex-


i i'ntri« as.5
I .is ansiedades que suscita la ciencia del comportamiento pre-
......ni interés científico porque movilizan reacciones de defensa,
i ii ya configuración y jerarquía determina la estructuración de la
I» i tonalidad del científico que es, en definitiva, la que determina
. I m o d o en que deforma su material. De ahí que después de demos-
ii .ii, en el capítulo siguiente, la capacidad que tiene ese material,
.1. producir ansiedad, me proponga escudriñar las reacciones de de-
h ns.i del científico del comportamiento, que dan cuenta de las
distorsiones en el registro y el aprovechamiento científico de su
m.iicrial.

" A veces uno rechaza inconscientemente sus propios insights. Una vez, mien
n .is daba una conferencia a una dase, dije: “Tenía que forzarme a ver que
lo s hechos s o n ...” La clase rompió a reír porque el diagrama que yo había
iui/ado en el pizarrón mientras confesaba aquello representaba los hechos
«orno yo deseaba que fueran.
C A PÍT U L O VI

REACCIONES DE ANSIEDAD A LOS DATOS


DE LA CIENCIA DEL COMPORTAMIENTO

La índole anxiógena de la ciencia del comportamiento fne reco­


nocida ya por el pionero de la investigación antropológica psico-
analítica, el difunto Géza Róheim (sin fecha). Según él, “No basta
que un antropólogo haya tenido un análisis terapéutico, porque
los problemas científicos con que trata chocan a veces tan direc­
tamente con material conflictivo antiguo, que desde el punto de
vista terapéutico ha sido ya adecuadamente resuelto, que se pone
a reprimirlo de nuevo. Sólo si el antropólogo analizado realiza aná­
lisis él mismo que le tengan en contacto directo con el inconscien­
te de los demás y le obliga a analizar día con día sus reacciones
contratrasferenciales, hay esperanza de que siga analizando.” 1
Mi primera tarea consiste en hacer ver que los datos de la
ciencia del comportamiento provocan ansiedad en el investigador.
Aunque en este capítulo discutiré sólo las reacciones de ansiedad
de ciertos antropólogos y psicoanalistas, los ejemplos que doy son
paradigmáticos también de las reacciones de ansiedad de los inves­
tigadores en todos los demás campos de la ciencia del comporta­
miento.

1. A N SIED A D ES D E L A N T R O P Ó L O G O

C a s o 3 4 : Un antropólogo joven capaz y consciente recibió instruc­


ciones de recoger en la literatura antropológica datos relativos a
una costumbre muy cruel. Después de una salida muy productiva,
sus superiores le preguntaron por qué no había vuelto a entregar
material, y les confesó cómo aquellos datos le causaban tal ansie­
dad que le era literalmente imposible imponerse la búsqueda de
1 La relevancia de es(a observación para el problema cítricamente denomi­
nado del análisis “profano” es evidente: el científico de la conducta no médi­
co, analizado y debidamente preparado, no es un analista “profano” y —de
acuerdo incluso con Freud (1959b)— debería permitírsele analizar.
[76]
REACCIONES DE ANSIEDAD 77

nuevos datos. Sus ansiedades e inhibiciones se debían en parte al


hecho de que unos meses antes había recibido una dolorosa lesión
corporal, de modo que los datos relativos a la inflicción de dolor
de momento se le habían hecho insoportables.
C a s o 3 5 : Un antropólogo filmó t r a n q u i l a m e n t e a unos africanos
que sangraban una ternera viva y se b e b í a n su sangre líquida, pero
se a n g u s t i ó cuando uno de los hombres empezó a c o m e r sangre
coagulada. Como no tengo información personal de este antropó­
logo, ignoro qué elementos idiosincrásicos de la estructura de su
personalidad pudieron hacer que tolerara el ver b e b e r la sangre
líquida y le hicieron reaccionar en cambio con disgusto cuando
alguien c o m i ó sangre coagulada, pero puedo proponer cuando me­
nos algunas explicaciones de esta reacción diferencial relacionadas
con la cultura:
1. Sabiéndose que en algunas parte de África b e b e n la sangre
extraída al ganado vivo, este investigador de campo estaba inte­
lectualmente preparado para presenciar el b e b e r sangre, dé modo
que sus defensas intrapsíqnicas contra la traumatizarían por ese
espectáculo de “espécimen” ya estaban listas, preparadas para en-
irar en funciones y a la mano. En cambio, la mayoría de las fuen-
ics sólo hablan de pasada —cuando mucho— de c o m e r sangre coa­
gulada. De ahí que este investigador, como parece, no estuviera
preparado para ese espectáculo y por eso se angustiara.2
2. Este antropólogo pertenecía a una cultura que no considera
"comida” la sangre coagulada. En cambio supongo que yo, debido
.i mi amor por los animales, sólo hubiera sentido angustia cuando
estaban sangrando la ternera, pero no me hubiera molestado el
que —después de soltar el animal— los hombres se pusieran a co­
mer la sangre coagulada, ya que, como a todos los húngaros, en
l.i niñez me enseñaron a comer la sangre coagulada y frita de los
indos recién degollados. Estas diferencias de vulnerabilidad deter­
minadas culturalmente tienen cierta importancia para entender las
n ací iones del investigador de campo a las prácticas que observa.
C a s o 3 6 : Los mois sedang practican el sacrificio de perros y puer­
tos dándoles garrotazos tan despreocupadamente que los animales
mueren a pulgadas, por decirlo así. Esto me hacía sufrir tanto que
solía ofrecer una recompensa al ejecutor ritual si conseguía acabar
mu el animal en un minuto, hazaña perfectamente posible em­
pleando un garrote lo bastante grande ( c a s o 5 9 ) . Además, hice fren-
Más adelante estudiaremos esta hipótesis explicativa en relación con la
a, l< usa de la “posición profesional”.
78 DATOS Y ANSIEDAD

te a mi angustia escogiendo como uno de mis primeros temas de


investigación el papel de los perros en la cultura sedang.8
Los datos antropológicos pueden despertar ansiedad incluso en
los psicoanalistas.
C a s o 3 7 : Un psicoanalista ducho en antropología y que estaba
recogiendo datos acerca del suicidio en la sociedad primitiva me
dijo que no podía trabajar en este problema más de tres o cuatro
días seguidos sin tener sueños m o r d i e n t e s que creaban angustia.
Será o no coincidencia, pero este psicoanalista tenía unos dientes
grandes y prominentes, que siempre que sonreía se mostraban har­
to “amenazadores”.
Si los datos antropológicos ponen al psiquiatra ansioso, los psi­
quiátricos pueden causar ansiedad al antropólogo. El hecho de que
puedan provocar ansiedad también al psicjuiatra y al psicoanalista
no necesita prueba, ya que se considera cosa natural y eso explica
el que todo psicoanalista deba someterse a un análisis didáctico.
C a s o 3 8 : Hará unos veinticinco años, un antropólogo joven y
muy capaz estaba a punto de ir a los trópicos para hacer un tra­
bajo de campo. Como yo le había instado muchas veces a que ob­
tuviera también datos acerca de las enfermedades mentales, y como
él sabía muy poco de psiquiatría y de psicología anormal, le invité
a visitarme en el hospital de psiquiatría donde yo estaba empleado
en aquel tiempo, con el fin de mostrarle algunos “casos de libro
de texto” de manía, depresión, catatonia, etc. Aceptó al punto mi
ofrecimiento y llegó al hospital a los pocos días, exactamente a
tiempo. Le mostré primero los pacientes tranquilos, señalé ciertos
síntomas y señales fáciles de reconocer, como la rigidez catatònica,
la postura fetal, etc. y a continuación me proponía mostrarle casos
de manía y de excitación catatònica. Pero apenas llegamos a la
puerta de la sala de los agitados y ruidosos palideció, dio media
vuelta y —a pesar de mis seguridades de que nadie le haría nada-
decidió irse inmediatamente.
Demuestra la intensidad de su angustia el hecho de que este
incidente puso fin a nuestras amistosas relaciones. Además, años
después publicó una excelente monografía sobre cultura y perso­
nalidad, pero en su extensa bibliografía no puso ninguna de mis
publicaciones pertinentes, ni en los reconocimientos mencionó que
se había interesado en aquel campo porque yo le había insistido
en que sus talentos se desperdiciarían en el tipo de antropología
que había pensado para su obra de toda la vida. Y finalmente, y
3 En el capítulo siguiente veremos la sublimatoria “defensa por el funcio­
namiento científico”.
III ACCIONES DE ANSIEDAD 7!)

oslo no es lo menos importante, una vez que volví a verlo pareció


embarazado y pronto se volvió para hablar con otra persona. Estas
i ( acciones sólo pueden interpretarse como huida ante un trauma
que no había podido dominar y acaso también como pruebas de
m i embarazo por haber dado muestras de lo que él — pero no yo—
consideraba “cobardía”.

2. ANSIED A DES D E P S IC O A N A L IST A S

I I equivalente de las reacciones de ansiedad de los antropólogos


.1 los datos psiquiátricos son las del psicoanalista a los datos antro­
pológicos estresantes. Las siguientes observaciones, que muestran
que los datos antropológicos pueden convertirse en causa de inten­
sa ansiedad incluso para los psicoanalistas, son tan singulares y
i ientíficamente tan significativas que merecen un escrutinio a
Inudo y una cuidadosa interpretación.
El c a s o 3 9 consiste en la descripción y el análisis de las reaccio­
nes colectivas de antropólogos y psicoanalistas, y de las reacciones
individuales de psicoanalistas y psiquiatras a los ritos de circunci­
sión y subincisión de los australianos, filmados por Norman Tins-
dale hará unos 35 años. Mis propias observaciones se realizaron en
dos ocasiones distintas:
1] En 1930 y tantos, cuando se mostró esa película a un grupo
de antropólogos jóvenes, y
2] durante la guerra de Corea, en que se le mostró al personal
profesional y semiprofesional de una institución psiquiátrica im­
portante que visité entonces. Al día siguiente pude obtener de va-
i ios analistas y candidatos analíticos varones y de una joven psi­
quiatra relatos detallados de sus sueños y/o sus reacciones psicoso-
máticas a aquella película anxiógena.
Por comodidad en la exposición me propongo examinar primero
las reacciones francas de los dos grupos de espectadores y analizar
después los sueños y otras reacciones subjetivas que provocó esta
película.

A C o m p o r ta m ie n to c o le c tiv o m a n ifie sto

El grupo i se componía de unas 12 o 15 personas, divididas casi


por igual entre los sexos y con edades de 21 a 28 años. Tenía dos
parejas de prometidos, pero ningún casado. Todos eran antropó-
80 DATOS y A N SIE D A D

logos: universitarios en su último año, estudiantes graduados y


uno o dos doctorados recientes; unos cuantos habían ya hecho al­
gún trabajo de campo. De ahí que a pesar de diferencias pequeñas
de edad, preparación y experiencia constituyeran un grupo esen­
cialmente homogéneo. Se les mostró la película en la salita de
estar de uno de los estudiantes.
A pesar del reducido espacio, hubo desde el principio una se­
ñalada separación de sexos. Por ejemplo, un pequeño núcleo de
unas cuatro o cinco muchachas, que estaban muy cerca de la pan­
talla, entre ellas una prometida cuyo novio estaba atrás con varios
jóvenes.
Pasó la película uno de los estudiantes graduados. No hubo co­
mentarios mientras pasaba, aunque todos los asistentes conocían
más o menos la subincisión australiana, en que la piel del pene
se pica trozo a trozo hasta la uretra con una hoja de pedernal
para dejar la uretra descubierta desde el meato hasta el escroto.
Las reacciones mascidinas y las femeninas fueron muy diferen­
tes. Los hombres estaban bastante callados, pálidos y a disgusto. En
cambio unas cuantas muchachas parecían excitadas y se sonroja­
ban, y recuerdo perfectamente que me molestaron sus risas en los
momentos culminantes del ritual. Como en aquel tiempo no tenía
yo mucha práctica psicoanalítica, no comprendí c o n s c i e n t e m e n t e
la índole de desquite y triunfo de aquellas risas, y por eso pensé
que lo que me molestaba era sencillamente su falta de profesiona­
lismo en su reacción a una película científica (compárese con el
sueño i).
Aunque era evidente que la película desasosegaba a todos, nadie
salió, aunque después el grupo —que solía congregarse para pasar
la velada— se disolvió rápidamente. Tres consideraciones pueden
explicar por qué no salió nadie durante la proyección de la pe­
lícula:
L Era aquel un grupo bastante unido, apretujado en una sa­
lita; la experiencia no era así atomística y semianónima y nadie
se sentía abandonado a sus propios recursos.
2. La familiaridad i n t e l e c t u a l de los estudiantes con los ritos de
.subincisión australianos, junto con su propia definición de antro­
pólogos interesados profesionalmente en aquellos datos, atenuó algo
el impacto traumático de la película.
3. Cada quien comprendía que si se manifestaba su incapacidad
de aguantar el material antropológico anxiógeno, nunca se le daría
oportunidad de hacer trabajos de campo.
Aquella película causó una impresión duradera en varios miem­
bros del grupo. Uno de ellos, que con el tiempo se hizo un antro-
K IN ACC IO N ES DE ANSIEDAD 81

|x')logo bastante notorio, me aseguró años después que todavía re­


cordaba muy bien la película y la ocasión. A continuación observó
que durante muchos años había querido enseñar aquella película
i sus alumnos, pero n o s a b í a dónde procurársela. . . ¡y esto a pesar
de estar excepcionalmente interesado en y familiarizado con las pe­
lículas educativas! De ahí que su "no saber” cómo procurarse aque­
lla película, que hacia tantos años “deseaba” volver a ver, sólo
puede interpretarse como señal de ambivalencia. Su deseo de do­
minar el trauma inicial repitiéndolo era contrarrestado por el deseo
inconsciente de evitar una repetición del trauma.
En cuanto a mí, aunque recordaba las escenas principales de la
película y el lugar donde se mostró por primera vez, al volverla
.1 ver unos 18 años después, hubo un momento en que dudé si
sería verdaderamente la m i s m a , en parte porque en el intervalo
yo había sido analizado y por eso me afectó menos —y de modo
diferente— que la primera vez y en parte también porque, tenien­
do que hacer comentarios mientras la pasaban, mi "ocupación”
i ¡entífica disminuía el impacto afectivo del filme y lo hacía más
remoto e impersonal.
El grupo ii, compuesto por más de 150 personas, distribuidas
aproximadamente por igual entre los sexos y de edades de 20 a
1)0 años más o menos, eran el personal profesional y semiprofesio-
ual (de enfermeras y estudiantes de trabajo social a analistas di­
ñadas) de una gran institución psiquiátrica, y me habían invitado
•i hacer comentarios mientras pasaba la película, a responder pre­
guntas y presidir la discusión. La estructura del grupo era jerár­
quica, con tres tipos de relación: la jerarquía habitual de los
hospitales, la jerarquía de maestro-estudiante y la jerarquía de ana­
lista didacta-candidato analítico. Se proyectó la película en el audi­
torio del hospital, que estaba bastante lleno, pero no por completo.
I.os psiquiatras mayores, a varios de los cuales conocía yo perso­
nalmente, tendían a ocupar los primeros asientos, mientras que los
|óvenes y el personal semiprofesional ocupaban las partes central y
trasera del auditorio. Había también una ligera tendencia a un
agrupamiento ocupacional: los analistas graduados estaban juntos
en las primeras filas de un lado, varios de los candidatos analíticos
juntaron más atrás en otro lado, y aún más atrás, las enfermeras,
los terapeutas profesionales y otros formaban también pequeños
i :t<irnos. Me dijeron que esto era lo habitual en aquella institu-
i ión, y además destacaba el hecho de que el grupo era profesio-
ti.tímente, así como por su estatus, demasiado heterogéneo para
formar un solo grupo coherente capaz de dar protección masiva
gt upal contra la ansiedad. De ahí que cada persona tuviera que
82 DATOS V ANSIEDAD

habérselas con aquella traumática película más o menos anóni­


mamente y por su cuenta. Además, dado que los públicos de psi­
quiatría —por muy interesados que estén en la antropología-
consideran los datos antropológicos esencialmente periféricos res­
pecto a la esfera de su interés principal, era menos fácil para un
público psiquiátrico que para uno antropológico asumir frente a
esta película una actitud predominantemente profesional. Además,
muchos miembros de aquella asamblea nunca habían oído hablar
de los ritos de subincisión australianos, de modo que, a diferen­
cia de los estudiantes de antropología del grupo i no tenían contra
el impacto traumático de las escenas culminantes la protección de
una preparación intelectual, siquiera pequeña.
Al mismo tiempo, por lo menos los miembros médicos y de en­
fermería de este grupo tenían otro tipo de protección contra el
impacto traumático de la película, ya que, a diferencia de los an­
tropólogos, conocían la existencia del hipospadias congènito y lle­
vaban años de contacto con la cirugía y con personas enfermas o
mutiladas. Además, a diferencia del grupo antropológico no ana­
lizado, cuya experiencia medicopsicológica era nula, casi todos
los miembros de este grupo habían tenido contacto profesional di­
recto con el material inconsciente, parte del cual es, técnicamente
(Devereux, 1955a), el equivalente psíquico subjetivo de los ritos
australianos considerados. Y por fin, y esto también tiene su im­
portancia, los psicoanalistas y los candidatos analizados estaban
hasta cierto punto protegidos contra este material traumático por
un análisis anterior de sus propias angustias de castración. En re­
sumen, salvo por el hecho de que no podían tomar una actitud
profesional formal —y defensiva— respecto de los datos primaria­
mente antropológicos en el mismo grado que los antropólogos y
podían darse menos protección y apoyo mutuos que un grupo de
afines coespectadores muy unidos, teóricamente hubieran tenido
que sentirse m á s a gusto durante la proyección del filme que los
antropólogos.
Pero n o fue así. Como yo estaba de cara al público casi todo el
tiempo mientras hacía mis comentarios, pude observar una sorpren­
dente cantidad de agitación, cuchicheos y otras señales de inquie­
tud. Vi también que durante la escena culminante de la subinci­
sión e inmediatamente después cierto número de psiquiatras jóvenes
y candidatos psicoanalíticos salieron del auditorio, individualmen­
te o por parejas del m i s m o sexo. Decididamente, recuerdo n o ha­
ber visto ninguna pareja de hombre y mujer salir juntos. La ma­
yoría de los que salían eran hombres, entre ellos varios candidatos
M A I M O N E S DE ANSIEDAD 83

analíticos, que debieron sentirse a disgusto mostrando tan clara­


mente sus angustias delante de sus analistas respectivos.
Después supe que muchos de aquellos psiquiatras y candidatos
analíticos primero se reunieron a la puerta del auditorio y a con­
mutación fueron a una lechería, donde tomaron grandes cantida­
des de productos lácteos (regresión oral) y se enfrascaron en lo
q u e de cualquier manera debe haber sido casi conversación hipo-
maniaca (regresión oral), seguramente para abreaccionar sus an­
siedades y tensiones.
Después de la película hubo pocas preguntas y comentarios del
público e incluso los procedentes de analistas didactas de consi­
dera ble talla intelectual fueron con frecuencia sorprendentemente
simples, o se referían más que nada a detalles superficiales. Esto
mi puede haberse debido enteramente al hecho de que mis conten­
i m o s mientras pasaba la película fueran del todo exhaustivos,
...... pie tuve la impresión de que quienes hacían preguntas lo ha-
i l.tn por cortesía —para demostrar que les había interesado— o para
li.ii er ver que podían tomar una actitud científica frente a aquel
material, o bien para abreaccionar algunas de sus tensiones y an­
siedades. Sea como quiera, el período de discusión fue extrañamen-
Ir breve, aunque después supe que se solía discutir bastante en
iquclla sala.
I slas observaciones me impresionaron tanto que decidí quedar­
me otro día y pedir a varios de los analistas y candidatos varones
\ i una psiquiatra joven —a quien por casualidad conocía yo
algo y que me había llamado la atención por su discreción y su fe­
minidad genuina (o sea no ostentosa)— me comunicaran los sue-
nos <pie hubieran podido tener en la noche que siguió a la pro­
veí i ión de aquella película.

II S u r t io s y r e a c c io n e s s i n t o m á t i c a s

l iis sueños y los equivalentes de sueños que vamos a examinar re-


piescntan las reacciones de los distintos miembros de un grupo a
los mismos estímulos recibidos por ellos en una situación no ex-
pei ¡mental y no planeada.4 Realza su valor el hecho de que —con
tni.i excepción— proceden de analistas graduados o bien de candi-
* l.os equivalentes más cercanos de estos sueños son las reacciones registra-
il.is de pacientes analíticos a la muerte de un dirigente nacional (Fairbairn,
m ii, Sicilia, 1946, Orlansky, 1947), estímulo no comparable ni en la dinámica
ni en la intensidad al valor de estímulo de la película en cuestión.
84 DATOS Y ANSIEDAD

datos que habían terminado —o casi— sus análisis didácticos y


estaban ya realizando análisis supervisados.
Estos sueños, asociaciones y reacciones sintomáticas ponen al des­
nudo las reacciones inconscientes de varios individuos al mismo
estímulo. Demuestran de cuán variados modos pueden experimen­
tar y manejar intrapsíquicamente un estímulo las personas ana­
lizadas que tienen buen contacto con su propio inconsciente. El
descubrimiento más impresionante es que esos sueños y/o reaccio­
nes sintomáticas fueron en algunos respectos singularmente uni­
formes. Además, incluían, como era de prever, maniobras defen­
sivas como la negación, el desplazamiento, el quitar importancia
o pertinencia, las dudas e incertidumbres de carácter protector, la
regresión oral, las evasiones geográficas (por ejemplo, soñar con
lugares alejados de Australia o de la ciudad donde se pasó la pe­
lícula), evasiones temporales (huida al pasado), etcétera.
Metodológicamente, la convergencia de cierto número de ele­
mentos en los sueños de esos individuos da a la teoría psicoanalí-
tica de la angustia de castración un apoyo más fuerte de lo que
haría una serie mucho mayor de sueños de angustia de castración
provocados por cierta variedad de estímulos. El material satisface
así los criterios metodológicos de un ambiente experimental: algo
que raramente puede disponerse en un contexto psicoanalítico
b o n a fide.
Todos menos tres de los que abordé respondieron —o, en un
caso, se negaron a responder— de inmediato. En estos casos, apunté
los datos tal y como me los dieron, y después envié a cada infor­
mante el texto mecanografiado de su sueño para comprobar su
exactitud. Tres de los interrogados prefirieron enviarme sus sueños
por escrito, acompañados en dos casos por asociaciones detalladas.
Uno de los informantes —un candidato que había terminado su
análisis didáctico— se ofreció espontáneamente a tener una sesión
casi analítica conmigo, en el curso de la cual fueron sometidos sus
sueños a un escrutinio analítico casi formal.5

C. S u eñ o s y reaccion es in d iv id u a le s

a] U n a n a l i s t a d i d a c t a , de talante arrogante, moroso y brusco,


reaccionó en forma bastante extraña a mi petición. Se me quedó

5 La publicación de este material se difirió intencionalmente por varios años,


con el fin de hacer imposible la identificación de los informantes, ninguno
de los cuales está ahora relacionado con aquella institución.
MI M i IONES DE ANSIEDAD 85

.... .nulo por un momento, dio una seca y apenas audible respues-
i i. ipie me pareció casi como si no hubiera oído o entendido lo
ipir le pedía, dio media vuelta y se fue.
C o m e n t a r i o : Si hubiera dicho “Eso a usted no le importa”, sólo
Imliiera sido una manifestación de mala educación, como acostum-
bi.iba. Pero reaccionó como si no hubiera o í d o mi pregunta, lo
•Iiie parece indicar que trataba de manejar el impacto causado por
la película mediante una negación masiva, que, entre paréntesis,
ni lija mucha luz sobre sus teorías, notoriamente doctrinarias y
i atrillas, de la técnica psicoanalítica.6

I'| C u a n a l i s t a d i d a c t a : “No soñé nada. Me acosté y me dormí in­


mediatamente.”
C o m e n t a r i o : Esta reacción, al parecer mínima, podría represen-
i n una luga algo arcaica mediante el dormir; se ha observado cjue
alfMinos balineses, juzgados por un delito grave, se duermen ante
>ln ibunal.

i | C n a n a l i s t a d i d a c t a , una de las personas más sanas que conoz-


in. repuso: “No soñé nada, pero al día siguiente estaba sorpren­
dí lilemente cansado y sediento.”
C o m e n t a r i o : El cansancio al despertar suele ser señal de intensa
ii lividad onírica.7 Como la actividad onírica intensa es insólita en
i I i aso de los analistas que analizan habituaimente sus sueños al
despla tar, dije que era posible que hubiera pasado la noche lu-
■liando contra la emergencia de un sueño cargado de angustia, o
que hubiera hecho un tremendo esfuerzo para olvidar el sueño que
I•1 1 1 lo haber tenido. Mi interlocutor convino en que mis sugeren-
i . eran plausibles. Por desgracia, ni él ni yo comentamos la sed,
i is

1 1 1 \ .1 significación sólo pude comprender cuando supe que los que

h.iblan abandonado el auditorio habían tomado grandes cantida-


di . de leche, natural o malteada, y refrescos en una lechería. Por
isn es probable que la sed de este analista representara una regre-
niii parcial a la fase oral y un abandono de la posición genital
iimcna/ada”.
*11 C n p s i c o a n a l i s t a : “Tuve un sueño de ansiedad repetitivo. Soñé
pin lo menos dos veces aquella misma noche que estaba en [una
i i ni ciudad de la costa del Atlántico] y que hablaba con mi ma­
lí • de cosas mundanas. Debo haber manifestado una opinión que
” No puedo dar más detalles de este punto sin revelar su identidad.
Mmlios primitivos creen que ese cansancio se debe a las tremendas aven-
I i i i .i h que el alma vive durante el sueño.
86 DATOS Y ANSIEDAD

no le gustó, porque su expresión facial y su continente general


parecían decir: ‘Bueno, si e s o es lo que piensas del asunto.
C o m e n t a r i o : Lo repetitivo del sueño y la —casi superflua— acla­
ración de que se trataba de un sueño de ansiedad indican que el
intento de dominar el trauma en el sueño había fallado.8 El lugar
distante donde se ubica el sueño representa una "defensa geográ­
fica” aisladora, presente también en otros varios sueños (E, F, G,
H, I). El lugar del sueño estaba muy bien escogido. Aumentaba la
distancia del soñante respecto de Australia y además lo alejaba
también de la ciudad donde había visto la película.
Indica también fuga y negación el hecho de que la conversación
con la madre estaba relacionada con cosas supuestamente “mun­
danas”, que deben representar cosas que suscitan ansiedad. De otro
modo, no hubiera sido un sueño de ansiedad repetitivo, ni se hu­
biera olvidado la observación que provocó la desaprobación de la
madre. La aparición de la madre en el sueño —que representa re­
gresión— se debía casi con toda seguridad a mi comentario de que
según una teoría los ritos de iniciación tratan de s e p a r a r al mu­
chacho de su madre. Al volver con su madre, el soñante regresaba
a una fase en que todavía estaba demasiado apegado a ella para
estar maduro para la iniciación. Sólo podemos especular acerca de
la índole de la observación “olvidada” que había provocado la des­
aprobación de la madre. ¿Señalaba el soñante su negativa a crecer?
¿O bien se declaraba suficientemente crecido para separarse de su
madre? ¿O expresaba su observación ambas ideas, en forma con-
densada y ambigua? Sencillamente, no lo sabemos.
La reacción indignada de la madre es también interesante, pues­
to que tanto en la fantasía (Nunberg, 1949) como en la tradición
(Ammianus Marcellinus, 14.6.17) la circuncidante o castradora “ori­
ginal” suele ser una mujer, y yo había mencionado concretamente
en mis comentarios cómo se cree que la subincisión proporciona al
iniciado lo que de hecho es una “vagina masculina”.9
La altanera y ofendida reacción de la madre —ta n p a r e c i d a a
la d e l a n a li s t a A , e l q u e s e n e g ó a o í r lo q u e y o le d e c í a — indica
que pudo haber considerado la negativa del hijo a ser subincidaclo

8 El sueño prolongado artificialmente lo emplearon con éxito los psiquia­


tras de la fuerza aérea norteamericana para tratar a pilotos de bombardero
que habían sobrevivido a un aterrizaje en malas condiciones, en que había
perecido el resto de la tripulación. El sueño prolongado permitía a los pilotos
“inventar” un final feliz, a sus sueños recurrentes acerca de aviones que se
estrellaban (Kubie, 1943).
* En cierta forma de jugueteo homoerótico entre los australianos, la uretra
subincidada se utiliza como si fuera el vestíbulo de la vagina (Róheim, 1932).
M AI MONES de a n s ie d a d 87

i unió un desprecio por los órganos femeninos. . . actitud bastante


mmiún en hombres y mujeres por igual (Devereux, 1960a).

c| U n p s i c o a n a l i s t a dictó el siguiente memorándum a su secreta-


na: "Querido George: He aquí lo que soñé después de ver la pe-
líiula y oír lo que tú decías. No estoy seguro de participar activa­
mente en el sueño. Como quiera que sea, vi un grupo de soldados
norteamericanos sentados en torno a una fogata y un soldado ruso
que parecía haber venido del 'otro lado’ para compartir su comida.
< omían pollo y creo que el soldado ruso recibió una pierna. Según
parece, los rusos no solían comer pollo, y se entabló una discusión
sobre la comida rusa y la norteamericana. Creo que el soldado ruso
• omento que el pollo era muy buen sustituto de. . . diría algún
alimento ruso, pero no recuerdo qué. Había en el sueño un am­
biente muy amistoso, buena voluntad internacional y tranquilidad.
¿Crees que escogí un resto diurno equivocado [|sicl], los relatos
•le Corea en el periódico, etc.? No obstante, había en el sueño al­
gunos elementos que me recordaron la película: la gente en torno
a la fogata. Creo que en la película había una comida que no había
a q u í , por lo menos recuerdo que mencionaste cómo la circunci­
sión 10 se efectuaba en ocasiones en que había mucho de comer y
beber. Y mencionaste la idea de una batalla fingida. En la película
bahía también piernas de ave de otro tipo.11 De todos modos, debo
decir que no recordaba la palabra pierna* cuando le estaba dic­
tando a mi secretaria y hube de preguntarle cómo se llama esa
parte del pollo. Haz con este sueño lo que quieras, pero comuní-
• ame lo que hagas.”
Recibida esta nota escribí a mi colega que el escoger las noticias
•le la guerra para utilizarlas como resto diurno en el sueño era en
sí una defensa.
En respuesta, mi colega dictó esta nota: “¿Qué pienso de la hi­
pótesis de que el escoger aquel residuo diurno particular en mi
s u e ñ o era una defensa contra la elección de otro resto diurno [?].
I s una hipótesis muy plausible. No me siento muy excitado en
pro ni en contra. En cierto modo, la apoyaría aquella parte del
sueño en que el soldado ruso dice que el pollo es buen sustituto
de. . . Para terminar este examen te diré que precisamente al dic-
i.ii esta nota se me ocurre otra asociación. La escena del sueño era
evidentemente Corea. Ahora que lo pienso asocio con ello la corea,
Se observa la omisión de la subincisión, mucho más dolorosa.
" Pata, la parte inferior de la pierna de pollo; drumstick es también el pa­
bilo del tambor o de otros instrumentos de percusión.
• Drumstick es en inglés la pierna de ave. [t .]
88 DATOS Y ANSIEDAD

que según creo recordar es una violenta enfermedad nerviosa que


[me] recuerda la intensiva y agitada danza que ejecutaba la gente
en la película.”
C o m e n t a r i o : Este sueño y la asociación con él son reveladores
en muchos respectos: parapraxias, olvido de palabras corrientes
como d r u m s t i c k , el no dar con el tecnicismo adecuado,12 palabras
omitidas y puntuación defectuosa (véanse paréntesis cuadrados)
abundan en el sueño, en las asociaciones y/o en el texto de las
notas. Además, este experimentado psicoanalista no está muy segu­
ro —cosa incomprensible— de lo que es ¡la “corea”! Todo esto in­
dica mucha tensión e inhibición y una apremiante necesidad de
reprimir la experiencia.
Remplaza Australia por Corea, y las asociaciones c o n s c i e n te s
tratan de explicar esta sustitución de dos maneras: el analista
supone que escogió un resto diurno “equivocado” y además aso­
cia a Corea con la enfermedad “corea” y a continuación con una
danza. Esta última asociación sólo resulta posible sustituyendo
por la “ch” (correspondiente al j i griego) la “k” (correspondiente
al k a p p a griego).* Esta distorsión fonética parece sorprendente en
el caso de un hombre que me constaba había estudiado el griego
en un G y m n a s i u m ; no hubiera hecho esa sustitución de no haber
tenido buenas razones para ello. También muchas personas —in­
cluso los griegos antiguos (Plutarco: I s is y O s ir is , 32, 363D)— con­
funden a veces a C h r o n o s (el Tiempo personificado) con K r o n o s ,
el que c a s tr ó a su padre Urano y d e v o r ó a sus propios hijos.** La
sustitución Corea = corea llama la atención sobre todo en con­
junción con la incertidumbre del analista acerca de lo que es la
“corea” en realidad.
La sustitución de “day residue” por “day rest” bien pudiera de­
berse a una regresión lingüística. Este analista había estudiado a
Freud primeramente en el original alemán, donde la palabra em­
pleada de T a g e s r e s t; en su segundo nota, escrita después de haber
recibido mi respuesta, emplea la expresión correcta [en inglés] “day
residue”. Esta regresión presentaba dos ventajas más: al emplear
aquella expresión, el colega explotaba el doble significado de “rest”.
Y así ese “resto” era en parte lo que “queda” después de mutilado

12 Day rest es una trasposición ambigua <lel alemán Tagesrest; la expresión


correcta en inglés es day residue. F.n inglés, rest tiene dos significados: residuo
y reposo.
* En español la equivocación es más fácil, ya que tanto el nombre de Corea
como el de la corea o baile de San Vito se escriben con “c”. [t .]
** En español suele tener la misma forma, Cronos (o Saturno), en los dos
c aso s, [t .]
I 'l A C C IO N E S DE A N S IE D A D

i'l |>cne (cf. sueño H-l), pero también el descanso después de una
ni iviciad agotadora: circuncisión, contemplación de una película
n.i lunática o lucha en Corea. Además, este analista daba a enten­
dí! que tal vez había escogido el resto del día e q u ii r o c a d o (Corea
ni lugar de Australia). Esto sugiere que se refería al “residue”
equivocado, para atraer la atención sobre su error básico.
Tampoco daba con la palabra común d r u m s t i c k para designar
l.i pierna de pollo, y había tenido que recurrir a su secretaria.II*13
I sla palabra “inaccesible” se vincula a su vez con otras cuatro
parapraxias o sustituciones: el sueño mismo describe el d r u m s t i c k
lomo un sustituto aceptable (= símbolo) de algún alimento ruso
i Uyo nombre —¡una vez más!— no recuerda. Además, el soñante
i oí relaciona el d r u m s t i c k (de pollo) con el d r u m s t i c k musical [los
palillos], lo que es también una sustitución parcial, puesto que los
australianos no tienen verdaderos t a m b o r e s (membranófonos); tie-
iii'ii sólo simples instrumentos de percusión, y este analista, buen
alicionado a la música, ciertamente sabía la diferencia que hay en-
iii' un tambor genuino y un simple instrumento de percusión.
Tero, otra vez, no recuerda la palabra adecuada, acaso porque los
palillos del tambor son símbolos fálicos. Vale también la pena año­
ro cómo este analista creía que en la película había una danza
agitada”, ( = erótica), aunque en realidad en ella sólo agitan lan­
zas, que hacen vibrar agarrándolas por la mitad.14
Tanto el sueño como las asociaciones contienen también susti­
tuí iones que representan negaciones: paz, festín (oral) y buena
voluntad remplazan a guerra, hambre y hostilidad.
I a defensa geográfica, o sea la trasposición de lugares, es tam-
bú'ii significante, pero en algunos respectos... contraproducente.
I a trasposición del lugar de Australia y de Estados Unidos (donde
vio la película) a Corea es curiosamente insatisfactoria: representa
• 1 1ir de Guatemala para ir a dar a Guatepeor. El peligro de cir-
iiiucisión se remplaza por el mucho mayor de morir en comba­
tí . y es este peligro el que niega la fraternización —tan señala-
II Is apenas posible que “obtener” (la palabra) drumstick(s) (= pene) de
ti secretaria signifique recuperarlo de la madre, que hasta entonces lo había
0 nido en custodia. Se recordará que según una teoría, el muchacho iniciado
•'i |.i el grupo de la familia de la madre y pasa al del padre; además, no puede
1"pillar mientras no esté iniciado. Un analizando “exótico” soñó antes de su
bulla que su madre y su hermana —en las cuales tenía fuerte fijación— le
■lili.ni o devolvían un pez ( = pene) que necesitaba para casarse.
11 Róheim, gran experto en psicología de los indígenas australianos, me de-
• in que la agitación de los venablos significa masturbación. Esta interpreta-
■Ion es plausible, puesto que los australianos se masturban mucho en públicot
luí lio que yo mencionaba en mi comentario.
90 DATOS Y ANSIEDAD

damente presente en la película. Los australianos, relativamente


poco peligrosos, se vuelven rusos, cuya activa intervención se temía
mucho por aquel entonces. Este cambio de lugar representa en­
tonces una "escapatoria” sólo si se considera que la herida o muer­
te (del adulto) en combate es un m a l m e n o r respecto de la subinci-
sión-castración (infantil). .. lo que es precisamente el foco de los
sueños de otro analista (sueños H-iii y i). Otro aspecto paradójico
de esta maniobra geográfica merece también mención. Habiéndome
sorprendido el que el soñante escogiera a Corea pregunté como
por casualidad a varios colegas si consideraban que Australia está
más cerca de Estados Unidos que Corea. Todos creían, equivoca­
damente, que Corea está m u c h o más cerca de Australia que Es­
tados Unidos. Así pues, hay mucha ambivalencia y ambigüedad
en la elección de Corea para ubicar “convenientemente” el sueño,
puesto cjue Estados Unidos (donde se ven películas inquietantes),
Australia (donde se practican subincisiones) y Corea (donde se
remplazan los peligros sexuales infantiles por el “mal menor” de
los peligros del combate entre adultos, que además, como muestra
el sueño, pueden negarse) están más o menos equidistantes entre
sí. Esto señala la sutil ambivalencia de los efectos que pueden pro­
ducir las distorsiones oníricas.
El pasar “de Guatemala a Guatepeor” se repite también al sus­
tituir la subincisión por la comida. Ciertamente, las asociaciones
correlacionan la escena convival de Corea con el hecho de que los
ritos de subincisión se ejecutan cuando abunda la comida. Esto se
examinará más adelante en relación con la regresión oral, tan ma­
nifiesta en varios de estos sueños y equivalentes de sueños.
La “defensa grupal” (o sea el soñar con un grupo) se examinará
en relación con el sueño G.
La defensa de despersonalización también es patente. El soñante
no sabe si su sueño era —como la película— simplemente un “es­
pectáculo” o si él mismo pertenecía en realidad al grupo con que
sueña. Esta incertidumbre acaso se deba al hecho de que mis co­
mentarios al pasar la película habían destacado que las personas
no autorizadas ni iniciadas que irrumpían en medio de un rito
secreto, como la subincisión, antiguamente eran muertas o bien de
inmediato iniciadas (subincidadas, etc.) a fin de limitar a los ini­
ciados el conocimiento de la ceremonia. Es de suponer que para
negar este riesgo visita el campamento norteamericano un ruso, al
que en lugar de atacarlo se le da buena comida. . . tal vez para que
n o a t a q u e al grupo. Esto representa probablemente tranquilizarse
a sí mismo, ya que quienes filmaron el rito y quienes veían la
película eran, en cierto modo, “intrusos” también que, siquiera en
»1 »M IO N FS DE ANSIEDAD 91

icuria, debían haber sido muertos o por lo menos subincidados al


punto.
El simbolismo del drumstick apoya esta inferencia. El contenido
m a n i f i e s t o del sueño especifica que los drumsticks ( = pollos)
¡ i u r d e n representar y representan otra cosa: un alimento ruso cuyo
m i m b r e , significativamente, no se entendió en el sueño o no se
M'iordaba al despertar. Esto da a entender que el verdadero sig­
n i f i c a d o del drumstick era egodistónico. El drumstick —por su for­
m a , 15 porque se come y sobre todo por el asunto de la película—
probablemente simboliza, en forma condensada, la conocida ecua-
<Mili falo = pezón. Este doble significado regresivo está implícito
en e l hecho categóricamente destacado de que es el visitante ruso
q u i e n recibe el drumstick. Si ponemos atención, como hacía Freud
( 1 9 6 1 b ) también a las declaraciones negativas y/o las omisiones
l l a m a t i v a s (Devereux, 1956a) es evidente que si el ruso recibe la
p i e r n a , los norteamericanos necesariamente reciben la pechuga.
\ su vez esto nos da un indicio más de la identidad del “equiva­
l e n t e ” ruso del drumstick: el pecho, que secundariamente es un
I do simbólico. Ahora bien, es un hecho clínico interesante el que
muchas mujeres que se niegan a ejecutar la felación también se
n ie g a n a comer palitos de pan, morralla de pececillos (que como
l a s sardinas no son partidos antes de comerse y que por eso se
ie< onocen como animales enteros) y a veces también órganos como
los riñones, cuya textura revela su identidad. (Cf. también la alu­
s i ó n a un “tipo diferente” de drumstick en el sueño mismo: drum-
s t i c k — pene; drum — vagina; drumming = coito.)
Esta misma abigüedad se advierte, aunque sólo por alusión, en
d sueño cuando se trata de las diferencias entre la comida nortea­
mericana y la rusa; los pollos norteamericanos (drumsticks) están
i epresentados en la comida rusa por un equivalente “olvidado”.
Esto probablemente da a entender que si bien la cultura norteame-
iii ana parece diferir de la de los australianos, tiene también equi­
valentes simbólicos de los ritos de subincisión australianos.16 Con­
firma esta hipótesis el hecho de que en las asociaciones de otro
soñante a uno de sus sueños (sueño H-l) se mencionan concreta­
mente equivalentes occidentales de la subincisión.
'* lina analizanda soñó con una pluma fuente especial cuyo capuchón tenía
l.i forma del delgado extremo de un palillo de tambor. Representaba un
pene circuncidado, subincidado, etc. (Devereux, 1954a).
lina causa posible de este significado latente del sueño acaso fuera el
haber dicho yo a este colega en una conversación que la formación analítica
«1 estaba burocratizando de tal manera que me recordaba los ritos de inicia-
■lóu australianos.
92 DATOS \ ANSIEDAD

El propósito general de este sueño es tranquilizar al soñante,


que en la noche anterior había sido un “observador no autorizado’’
—amenazado en teoría por la muerte o la subincisión— de un rito
secreto australiano. De ahí que en el sueño no se mate ni subin­
cide al visitante ruso, sino que se le dé a comer un pezón, sustituto
del falo, regresando así a la fase edípica invertida y tal vez. incluso
a la oral caníbal. Dicho de otro modo, hay en el sueño regresión
a una época de la vida (¿Chronos?) en que uno todavía no tiene
edad para la subincisión (¿Kronos?) y aun podría invertir la situa­
ción con el devorador potencial (¿Kronos?) destruyendo su falo
(¿como hizo Kronos?).17
En el sueño, el matador potencial ruso es además bien recibido
y se le conciba dándole un d r u m s t i c k . Así se desvía el peligro'para
la vida (en el campo de batalla) ofreciendo el pene-pezón como
sacrificio parcial o de sustitución. Esta maniobra tiene éxito, ya
que el enemigo apaciguado reconoce que el d r u m s t i c k representa
“otra cosa”: probablemente no sólo el órgano físico (pene) sino
también el pene como símbolo de la vida y además como pezón.
En cuanto a los norteamericanos, conciliatorios y orientados hacia
la madre, se quedan con la pechuga.
Ciertamente, este análisis no agota todas las implicaciones de
tan fascinante sueño, ni sería posible hacerlo sin más asociaciones
proporcionadas por el mismo soñante, quien, como indica su segun­
da nota, ansiaba terminar con aquel examen.
Baste decir que este sueño implica muchas negaciones, así como
una regresión a la fase oral. Ambas maniobras se hallan presentes
también en otros varios sueños y sustitutos de sueños provocados
por esta película.

f] U n c a n d i d a t o a n a l í t i c o , que no recordaba haber soñado, expe­


rimentó en cambio dolor psicógeno, tanto en la parte posterior de
su uretra peniana (subincisión) como en el escroto (castración)
durante veinticuatro horas.
C o m e n t a r i o : Esta experiencia, radicada en la identificación del
candidato con los jóvenes iniciados, se explica por sí misma: acep­
ta el dolor para conservar intacto su pene.

g] U n c a n d i d a t o a n a l í t i c o llenó a máquina una hoja de memo­


rándum con su sueño. Me la puso a mi nombre pero no identificaba
al soñante, pues no llenó en la hoja el lugar correspondiente a su
17 Se reconoce que el argumento de esta última frase es algo especulativo
y alambicado.
HI Al ( IONES DF. ANSIEDAD il»

nombre. No obstante, dio a conocer su identidad entregándome el


memorándum personalmente.
"Subí a un camión (largo, azul y blanco galgo) por una gran
puerta (alta y estrecha) de la parte trasera, esperando ir a alguna
piule (jue no recuerdo. Después la puerta pareció cerrarse y queda­
mos (otros muchos hombres vagamente definidos y yo) encerrados
dentro. En este punto desperté súbitamente. No puedo recordar si
durante este sueño estaba asustado o contento. En un período de
iisoi ¡ación en estado hiponogógico [/ite/] después de despertar re­
mide que durante la película me había preguntado cómo habría
llegado la expedición que había tomado las películas hasta el lugar
donde vivía aquella tribu, y pensé que tal vez fueran todos en
• .unión. La puerta trasera del camión parecía una especie de ren­
dí |.i que se abría y cerraba de un modo complicadísimo. De alguna
m.mera sentía que aquel sueño estaba relacionado con lo que nos
dijo usted del hombre que invertía el glande para metérselo en la
metra y después lo sacaba por otro agujero de ésta cerca del es-
i mío.”
C o m e n t a r i o : Estas asociaciones contienen un importante error
material. Yo había mencionado a un psicòtico alemán que repe­
lidas veces se había invertido el pene metiéndoselo en la uretra,
de modo que el glande acabó por salir, n o , como sugieren estas aso-
i iliciones, d e l a n t e del escroto, sino d e t r á s , o sea entre el escroto y
el ano (Reuss, 1937). Este error, que coloca el agujero de salida
más adelante —o sea más alejado del ano— de lo que estaba en
i calidad, puede estar relacionado con el hecho de no haber reco­
mí! ido el soñante que la “entrada trasera” del camión representa,
' ti forma condensada, no sólo el pene subincidado (equiparado por
los australianos al vestíbulo vaginal [= “rendija” o “raja” en el ar­
guì norteamericano] sino también el ano. . . o sea la “vagina mascu­
lina'’ de las fantasías homosexuales pasivas tanto subjetivas como
i o Muralmente moldeadas (Devereux, 1937a). Apoyan fuertemente
esi a interpretación las asociaciones del soñante, que correlacionan
la complicada puerta semejante a una rendija con mis coménta­
nos suplementarios acerca de la retracción del pene torcido dentro
del abdomen (Devereux, 1957a). Al parecer, los hombres que en­
ti.iban en el autobús por aquella complicada puerta, dispuestos a
partir con destino “desconocido” —es decir, demasiado conocido
(australiano)— representan la retracción del pene en el abdomen,
donde —si bien inservible— queda a salvo de lesiones.181*
11 Los tuparis, así como algunas tribus afines desnudas sudamericanas, ha­
ll u <|uc el pene se doble y se oculte en el vientre, para protejerlo de algún
94 DATOS Y ANSIEDAD

Las asociaciones indican que aquellos hombre viajan en camión


—como se entendía que habían hecho las personas que tomaron la
película— hacia un lugar donde practican la subincisión a los
hombres. La implicación es que es más seguro retraer uno su pene
—volviéndolo así inservible— para no exponerlo a lesiones.
Es en extremo sorprendente que el soñante se propone ir h a c ia
Australia y no le jo s d e ella. Pero esta ausencia aparente de “defen­
sa geográfica” se anula en parte por la especificación de que el so­
ñante va allí en calidad de observador y no de víctima potencial,
es decir, más como v o y e u r o mirón que como masoquista. Pero yo
mencioné explícitamente en mis comentarios que los observadores
no autorizados eran antiguamente muertos o bien subincidados al
punto. Entonces, ¿por qué h a d e t e n e r q u e ir el soñante a Austra­
lia? Un indicio parcial nos proporciona un la p s u s c a l a m i del can­
didato en su nota, donde se refiere a las personas que hicieron esas
“películas”. . . aunque en realidad sólo se trataba de una película.
Este lapsus sugiere que “hay algo más” que lo que el filme mues­
tra: Yo había mencionado que después de la iniciación se permi­
tía a los jóvenes hacer vida sexual. Otro motivo —anexo— de este
viaje es posiblemente el deseo de dominar el trauma experimen­
tándolo por segunda vez (compárese con el antropólogo que quería
ver el filme otra vez). Pero esta asociación acaso refleje también
una aceptación pasiva inconsciente de la “castración”. (Compá­
rense los datos proporcionados por el soñante E.) Refuerza esta
suposición la “defensa grupal” que examinaremos ahora detallada­
mente.
La defensa grupal —presente también en el sueño E y en la hui­
da e n m a s a del auditorio— también se da en el sueño. Por cierto
que no sólo el soñante aborda el autobús para Australia, sino con
él otros varios hombres —al parecer no reconocidos— que por lo
tanto se hallan “en las mismas condiciones”.19
En resumen, la “defensa geográfica” es ambigua. El autobús va
hacia un destino no especificado que, como indican las asociacio­
nes, es Australia, donde los viajeros esperan o b s e r v a r , no padecer,
la subincisión iniciatoria. Pero las asociaciones indican que la en­
trada en el autobús simboliza también la retracción del pene den­
tro del abdomen, donde, aunque no pueda utilizarse sexualmente
daño, y sólo lo sacan para orinar o para copular, o bien —como en el caso
de los tuparis neuróticos— para entregarse al exhibicionismo (Caspar, 1953).
19 Algunos pueblos de las alturas de Madagascar castran cuando menos dos
toros al mismo tiempo, para que los animales se consuelen mutuamente en
su desgracia (Linton, 1933).
HIM MONKS DE ANSIEDAD 96

y además hace que el hombre parezca mujer,20 por lo menos está


a salvo de todo daño. Esto podría explicar por qué sustituye el
placer del mirón (posición de observador) a los placeres hetero­
sis nales, a manera de defensa contra el peligro de castración. Por
i in to que nada en estas asociaciones nos permite suponer que la
nitrada en el autobús represente un intento de proteger el pene
( cuerpo) ocultándolo e n la v a g i n a mientras dura el coito. Pue-
dr además representar una vuelta autoprotectora al útero, si bien
rl hecho de que el camión en definitiva va a Australia (castración)
vuelve esta protección puramente temporal. La equiparación de
la entrada en el camión con una fuga al útero es compatible con
la hipótesis de que el voyeurismo remplazaba al placer sexual di­
na lo, puesto que los datos clínicos, así como los estudios psicoana-
líticos de cuentos populares, demuestran que con frecuencia se
considera al niño aún no nacido una suerte de v o y e u r , que exami­
na el mundo— y en especial el coito parental (Devereux, 1956b)—
desde el seguro de una torre de marfil uterina. (Coito = retorno
parcial al útero.)
El hecho de que al despertar súbitamente el soñante no sepa si
tuvo un sueño agradable o angustioso indica que este sueño está
lleno de ambivalencias y ambigüedades. (Ansiedad erotizada.)
Aunque las interpretaciones que preceden no son ciertamente ex­
haustivas, es probable que vayan hasta donde los datos autori­
zan. . . pero creo que no más allá.

h| U n c a n d i d a t o a n a l í t i c o que había terminado casi su análisis di­


dáctico e, interesándose en ia antropología, había hecho arreglos
lauto para proyectar la película como para invitarme a que hicie-
i a comentarios, estaba en una posición psicológicamente privile­
giada durante la proyección de la película. A diferencia del resto
de los espectadores, él se sentía científicamente a c t i v o , en posición
Manejante a la de un investigador de campo, puesto que planeaba
hacer algo con lo que había visto: siendo conocido mío, esperaba
hablar conmigo del filme en privado. Por eso estaba más que dis­
puesto a contarme sus sueños y asociaciones y propuso espontánea­
mente que los analizáramos juntos. Entonces, mi investigación en
este caso se asemejaba tanto al trabajo etnológico sobre el terreno
i orno a una sesión casi analítica cara a cara.
El material consta ante todo de las propias asociaciones e inter­
pretaciones del candidato; mis comentarios van entre corchetes.
” Esto se ve claramente en una fotografía tomada por el profesor Charles
Wagley, de la Universidad de Columbia.
96 DATOS Y ANSIEDAD

Por desgracia, después de agí upar sus asociaciones por temas, des­
truí irreflexivamente mis notas originales, y por eso, pasados varios
años, soy incapaz de reconstituir el orden en que se produjeron
las asociaciones. Tengo el sentimiento de decir que la destrucción
de mis notas debe interpretarse como una parapraxia (acto fallido).
Es digno de mención que durante toda esta entrevista el colega
empleó metafóricamente de modo casi exclusivo el presente en lu­
gar del pretérito, lo que realzaba mucho el interés del relato.
C o m e n t a r i o s p r e l i m i n a r e s d e l c a n d i d a t o : Aunque no estuve an­
gustiado durante la proyección de la película y me ocupé en tratar
de recordar todos los detalles para poder examinarla con usted
hoy, tuve tres sueños muy extraños la noche pasada. [Imagino que
su activa y científica atención simplemente pospuso la experimen­
tación consciente de la ansiedad.] 21

i. P r i m e r s u e ñ o : Veo una pared verde oscuro, inclinada de sureste


a noroeste, con una puerta de marco blanco, asimétrica y mal en­
samblada. Enfrente de la puerta hay un montón de paquetes y
cajas envueltos para regalo, en negro, y procedo a examinarlos, sin
abrirlos. No me gustan mucho, pero me digo: “A caballo regalado,
no le mires el diente.”

A so cia cio n es:


1. Las paredes son del mismo tipo de verde que las del auditorio,
sólo que más oscuras. (Una asociación posterior indicaba que el
color tenía connotaciones fúnebres.)
2. La inclinación de las paredes de sureste a noroeste trae a mi
mente una asociación en extremo peculiar: la de un pene erecto
visto por el p e r f i l i z q u i e r d o . No le veo la relación. [Su asociación
es fácil de entender. Una vez le mostré una imagen de bosquima-
nos, tomados por el perfil izquierdo donde se les vía el p e n i s r e c t u s
característico de su raza. Combina usted los bosquimanos austra­
lianos con los b u s h m e n o b u s h f e l l o w s australianos.] ¡Naturalmen­
te! Decía usted que los bosquimanos africanos tenían el pene li­
geramente apuntado hacia delante y aun un poco hacia arriba,
i n c l u s o f l á c i d o . Recuerdo que en aquella ocasión me pregunté si
un bosquimano podría copular incluso teniendo el pene flácido.
[No podría contestarle a eso. Pero parece explicar la inclinación
de las paredes y de la entrada. Mas en ese caso, ¿por qué son os­
curas y tristes?] ¿No me dijo usted entonces que los bosquimanos

21 Los efectos demoradotes de la ansiedad en la “posición científica'’ se es­


tudian en el capítulo siguiente (caso 42).
M * ............ N 1 S 1)E ANSIEDAD 97

ii !|ui/á los hotentotes— se castraban unilateralmente? [Los ho-


ii moles tal vez. (Schapera, 1930.)] Entonces eso explica las paredes
o mi s y fúnebres, pero inclinadas. Incluso un órgano sexual mu­
id.ido puede erguirse... o al menos parecerlo. Creo que estaba
ii 1 1■nido de reconfortarme. Es una asociación extraña. . . pero apro­
piada.
3 1 a puerta deformada 22 representa el pene mutilado y vagi-
ii di/.ido del iniciado australiano y también el órgano femenino
i .imi.ido”. Mencionaba usted en sus comentarios que en algunas
l'.nii's de África también circuncidan y sajan a las mujeres. Enton-
iis lodo eso está bastante claro. Lo más sorprendente es que, por
alguna razón oscura, me parece que aquella puerta destartalada
0 pi escuta la vagina defectuosa de una mujer vieja. Esta asociación
Ilin de datar de mis días de interno en un servicio de obstetricia,
'•i ven más prolapsos y desgarrones en las viejas que en las jóvenes.
I‘i io esta explicación no me satisface del todo porque, por alguna
iii/mi, lo que me hace pensar que se trata de la vagina de una vieja
• ■que hay algo negro delante de ella. ¿Por qué me sugerirá ese
inliii la ancianidad?
bRecuerda usted que una vez le envié una separata (Devereux,
l'lMlii) en que menciono la creencia moliave de que los genitales
m oscurecen con el uso?] Ahora recuerdo. Ese “algo oscuro” que
••Mil delante de la puerta debe ser entonces el pene de un hombre
1upino o de piel oscura. (Más adelante se dan asociaciones con
• I Irma de la ancianidad.)
I El paquete o cosa negra que está delante de la puerta me
lime recordar unos versos de una canción obscena de Alemania,
que aprendí estando allí con las tropas de ocupación. Dice así: “La
pos.iilera tenía un mayor —que llevaba luto en el pene. / No podía
olvidar jamás / que una maldita sífilis / le había comido el glan­
de ' :l El negro me recuerda también la sangre coagulada.24 Toda
i sla negrura fúnebre, como las paredes verde oscuro, significa due­
lo por la mutilación. Nunca pude olvidar que mis padres, aunque
• i ni gentiles, me habían circuncidado. Todo esto explica por qué
•ligo resignado, soñando: “El paquete ( = pene) negro (mutilado)
Elite detalle recuerda la peculiar puerta trasera del autobús en el so-
il.iulc
I rau Wirtin hat einen Majar
llar trug am Schwanz den Trauerflor.
I » konnte nicht vergessen
llass ihm die bóse Syphillis
dir F.ichel hat zerfressen.
" En mis comentarios mencionaba yo que los australianos emplean la sangre
.... i;ulada para pegar.
98 DATOS Y ANSIEDAD

tal vez no me guste mucho, pero es todo lo que tengo y he de con­


tentarme con ello.”
5. A caballo regalado no le mires el diente: uno mira los dien­
tes de los caballos para darse cuenta de su edad y por lo tanto de
su vigor. Ésta debe ser una fantasía de v a g i n a d e n t a t a , ligada a
mi impresión de que se trata de la vagina de una vieja. A un
caballo le salen otros dos dientes cuando envejece, incluso a los
castrados. Una v a g i n a d e n t a t a significa menoscabo para el pene;
de ahí la relación con el mayor, que se había quedado sin glande
de resultas de haber contraído una sífilis. . . probablemente por
los genitales enfermos de putas viejas. Hay aquí dos juegos de pa­
labras. El uno es h o r s e (caballo) = w h o r e s (putas) y el otro g i f t
(regalo). Freud (1957a; pero véase además Benveniste, 1966) dice
en algún lugar que el radical g i f t tiene dos significados antitéticos:
veneno en alemán ( G i f t ) y regalo en inglés ( gi f t ) . “A caballo re­
galado no le mires el diente” puede también significar dos cosas:
No te metas en los dientes envenenados de una vagina vieja, que
pegan la sífilis y ocasionan la pérdida del glande (circuncisión y
subincisión). Los dientes envenenados son como los de una ser­
piente. Esto se relaciona con el hecho, que creí necesario mencio­
nar, de que incluso a los caballos castrados les salen otros dos
dientes cuando se hacen viejos. Una mujer vieja es así una mujer
fálica, con dientes de serpiente en la vagina. Pero hay además otro
significado: "No escudriñes muy detenidamente los peligros del
coito.” No es tan grave aquí como en Australia, donde tienen que
circuncidarlo y subincidarlo a uno antes de que pueda cohabitar
con una mujer. Es un precio elevado, pero es menester aceptarlo.
Hay que conformarse con lo que le queda a uno después de la
operación. [Su sueño parece decir que toda sociedad hace pagar
un precio cruel, mordiente-castrador, por el derecho de cohabitar.
Usted pagó el precio cuando lo circuncidaron en la infancia y aho­
ra se siente aliviado porque el precio no fue tan elevado como en
Australia. Todavía puede funcionar debidamente con lo que le de­
jaron.]

ti. S e g u n d o s u e ñ o : Veo, al parecer desde abajo, la proa de una


lancha arrastrada a una playa arenosa, tropical; la popa parece
apuntar hacia el mar. Para ver la proa como la veo en el sueño
tendría que echarme sobre el vientre, de cara a la proa —pero no
tengo idea de haber soñado concretamente que estuviera echado—
y en realidad este sueño era casi impersonalmente clínico.25 La tira

* Esto recuerda el caso del soñante E.


»•ALCIONES DE ANSIEDAD 99

Hipo ¡or de la parte exterior de la borda —esta palabra no se me


«><m rió en el sueño— estaba pintada de azul celeste. El resto de la
laucha estaba pintado de blanco. Vistas desde abajo, las líneas
.i / ii U' s de las bordas parecían convergir hacia la proa formando una
V i urva invertida. Esta lancha acababa de atravesar el arrecife de
«oi.il que rodeaba la isla y la habían llevado a la orilla para cer-
«"liarse de que no se había dañado en la travesía. La quilla está
intacta.

A s o c ia c io n e s :
I El sueño s e s i t ú a en una isla de los Mares del Sur, más cerca
■Ir Australia que de Estados Unidos. Durante la guerra vi algunas
.l< esas islas yendo para Australia y el Pacífico sudoccidental. AI
sonar con una isla sensual de los Mares del Sur parezco declararme
seguro, puesto que nada realmente adverso me sucedió mientras
«Atuve en aquellas partes, aunque en Australia un j e e p en que iba
v<> de pasajero atropelló a un perro. Esto me dolió mucho, porque
quiero a los perros tanto como usted. Este perro atropellado po-
«lií;i explicar por qué la persona que mira la quilla y la proa de
1.1 lancha tiene que estar echada. (Para una desgracia similar re-
i nidada después véase asociación 5.)
2. L a la n c h a : No sé verdaderamente por qué digo que es una lan-
<lia. Ignoro la diferencia entre lancha y otras embarcaciones pe­
queñas, así como un gran barco o un bote salvavidas y no tengo
<ositimbre de emplear palabras técnicas cuyo significado no es muy
i lato para mí. Supongo que la llamo lancha porque su nombre
. encuerda de alguna manera con el contenido latente del sueño.
I sl a palabra de lancha [d i n g h y ] suena raro. Me hace pensar en
dingy [triste, deslucido], d i n g u s [cachivache] y d o n g , que es un
l>cne enorme. Por alguna razón poco clara, mis padres solían llamar
i mi pene d i n d y . Cuando me bañaba, mi madre decía: “Voy a
lavarte el ‘dindy’.” No recuerdo que nunca hablaran de un pene
adulto. Por eso d i n d y me parece denotar sólo el pene de un niño
ilgo pequeño y poco digno de tomarse en cuenta—, en realidad
nulo lo contrario de d o n g . Tampoco pienso en d i n g h y como una
■mbarcación independiente sino como un a c c e s o r io que lleva a
bordo un barco mayor. Hasta aquí le he dado a usted asociaciones
espontáneas. La siguiente será intelectual: En la literatura psico-
111.1Ií tica, el barco es casi siempre un símbolo femenino. Siendo
•isí, entonces la lancha, que es un accesorio de un barco, es el pene
bmenino. [Una asociación aparentemente intelectual suele ser muy
subjetiva y penetrar en la conciencia sólo porque su contenido está
oslado del afecto con él vinculado; esto le permite a uno presen-
100 DATOS V ANSIEDAD

tarlo como una seudointelectualización.] Ya veo. De cualquier


manera una lancha es también un tipo de embarcación. Por eso,
si el barco simboliza los genitales femeninos, la lancha también.
Y, como decía usted en sus comentarios, el pene subincidado es
para los australianos como un pene vaginalizado. Parece como si
yo quisiera dar a entender que si una mujer tiene pene, ha de ser
un pene subincidado. [Y por ende, un gran d o n g adulto y no un
pequeño d i n d y .]
3. L a p r o a : Las rayas azules que convergen hacia la proa for­
man una V curva invertida y hacen que la proa —vista desde aba­
jo— parezca la parte inferior de la c o r o n a g l a n d i s . Creo que esto
era patente para mí incluso en el sueño, pero no podría asegurarlo.
4. L a q u i l l a : Empleo un término técnico sin estar del todo se­
guro de su significado. Era evidente para mí que aquel bote no
tenía tablero de quilla; yo sé lo que es e so . Lo que hay que com­
probar —para estar seguro de que los arrecifes no lo habían da­
ñado— es la costura del fondo de la embarcación, donde se unen
los lados. Esta costura es a todas luces la uretra. La palabra “cos­
tura” tiene que referirse aquí al rafe mediano, la línea parecida
a una sutura que recorre la parte inferior del pene y atraviesa el
escroto. He olvidado casi toda la embriología que sabía, pero estoy
seguro de que los colgajos, que en el neonato están unidos por el
rafe mediano, todavía no están unidos en el embrión. Por ejem­
plo, el tejido que en la mujer forma los labios se une en el varón
para formar el escroto. Siendo así, la uretra también tiene que
estar abierta en el embrión. Sé que hay casos de hipospadias
(“subincisión”) congènito; y hay que repararlos quirúrgicamente.
Costura también significa sutura.
¿Son correctas mis asociaciones embriológicas? [Creo que lo son,
pero yo no soy médico; usted sí. De cualquier modo, usted sabe
que lo que importa no es que esté usted en lo cierto; lo impor­
tante es que se le hayan ocurrido esas ideas. Tomemos nota sin
embargo de su notoria incertidumbre acerca de distintas cuestiones,
que niega la supuesta objetividad “clínica” de su sueño.] Bueno,
tenemos la intrusión de la idea puramente negativa de que con
“quilla” decididamente no me refiero a una quilla —estoy seguro
de que ese tipo de barquilla no tiene una quilla comparable a
la de un barco de vela. En el tipo de bote que tengo presente
no hay quilla. Se mueve a remo, a mano. [Estoy seguro de que
usted comprende que remar suele representar el acto sexual. Y en
mis comentarios yo mencionaba que según Róheim (1932), los
australianos suelen sentarse en torno a una fogata para charlar y
masturbarse. . . de ahí su alusión a una barca movida a fuerza de
III ACCIONES DE ANSIEDAD 101

brazo.] De cualquier manera, si el bote hubiera tenido una quilla,


que sale bastante por debajo —cuelga o se balancea [d o n g ] como
un escroto— los arreciles la hubieran dañado.
5. E x a m e n d e la q u i l l a : Es natural que se quiera examinar el
estado de la quilla o el fondo de un bote que acaba de cruzar por
los arrecifes. Una vez más, es evidente que éstos son la v a g i n a
t i é n t a l a . Tal vez sea la de mi madre, puesto que está en el mar
que —¡ahora intelectualizo!— es un símbolo uterino. Como la qui­
lla no está dañada, debe tratarse de un sueño de negación. Mire. . .
migo que rectificar algo que dije antes. Le dije (asociación 1) que
no había tenido experiencias desagradables en Australia. Hay algo
que había olvidado por completo hasta este momento. Fui fiel a
mi novia mientras estuve fuera del país. . . salvo una vez en Aus­
tralia, quizá porque fue mi último alto antes de ir a una zona de
túmbate. Sea como quiera, el caso es que pasé una noche con una
muchacha de tipo bastante dudoso y, por primera vez en mi vida,
no tomé precauciones. A la mañana siguiente me espanté y fui al
puesto profiláctico del ejército. Poco después tuve un h e r p e s p r o -
g e n i t a l i s y, aunque sabía que no se contrae con una mujer, de
i ualquier modo me empeñaba en relacionarlo con mi aventurilla
australiana. No dejaba de decirme a mí mismo que, hablando mé­
dicamente, aquello no tenía sentido y que yo ligaba las dos cosas
sólo porque me sentía culpable por haber sido infiel a mi novia.
Pero seguí haciéndome preguntas y las racionalizaba recordando
que nadie sabe realmente cómo se contrae el h e r p e s p r o g e n i t a l i s ,
que es una enfermedad viral. [Otra cosa de que usted no está
seguro.] De todos modos, el herpes desapareció a los pocos días, sin
dejar huellas. [¿Es siempre así?] ¡Claro que no! Pero sí las deja la
sífilis del mayor. Además, o la muchacha estaba sana o la profilaxia
dio resultado, porque no contraje ninguna enfermedad venérea.
( ireo que esto explica por qué mi sueño de negación dice tan po­
sitivamente que la quilla no está dañada. Otra cosa que hace casi
seguro que la quilla intacta representa la uretra. Cuando desperté
lomé unas pocas notas para estar seguro de que no olvidaría mis
sueños. De todos modos, estando todavía medio dormido había ga-
ii apateado la palabra E u r e k a , palabra en que se mezclaban varios
sentidos: “uretra” y la alegre exclamación “¡Eureka!” = “Lo en-
i mitré (intacto, sin daño)”. Así significa el sueño que al atravesar
los arrecifes (v a g i n a d e n t a t a ) , la quilla (uretra) no se había lasti­
mado. Pero tal vez no esté tan seguro de ello en realidad; parece
que he manifestado muchas dudas en mis asociaciones.
(i. I m p e r s o n a l i d a d : [Nunca decidió si estaba o no usted mismo
c u el sueño.] Sólo puedo decir que vi una lancha en la playa y
102 DATOS Y ANSIEDAD

que la vi como si hubiera yo estado echado sobre el vientre [= so­


bre una mujer] de cara a la proa. No me parecía haber estado en
la lancha mientras ésta cruzaba los arrecifes ni haberme preocu­
pado por su quilla o haberla llevado a la orilla para examinarla.
Sencillamente sabia que esas cosas habían sucedido y podía ver
con los ojos bien abiertos que la parte delantera de la quilla y la
proa no habían sufrido daños. En cuanto a la pintura azul celeste,
liga con algo personal: Una vez tomé unas píldoras azul de me-
tileno que me tiñeron la orina de color azul celeste durante varios
días. [Usted empleó la expresión ‘‘clínico-impersonal”. Me parece
que en este sueño —así como en sus especulaciones acerca de un
nexo posible entre su aventurilla y el herpes progenitalis— hace us­
ted como si fuera su propio médico. Usted se examina y diagnos­
tica, práctica no muy bien vista por los médicos. Podría explicar
eso tanto la índole curiosamente personal-impersonal del sueño
como sus muchas incertidumbres acerca de lanchas, quillas, embrio-
logía y herpes y sobre todo, acerca de si el sueño era personal o
impersonal.]

iii. Tercer sueño: Tengo en mi poder, o mi persona [¡sic!] un ob­


jeto en extremo valioso, que debo llevar a alguna parte. Para ello,
tengo que atravesar los mares. Sé que es más importante, incluso
para mí, llevar el objeto sin novedad a su destino que el que yo
llegue allí sin novedad. Puedo ir en avión o en barco. El tiempo
es muy ventoso, pero soleado; el cielo está despejado y el paisaje
parece un folleto de propaganda de viajes a Hawaii. En la bahía
hay un gran aeroplano [¿o hidroplano?] amarillo que cabalga las
aguas azules y un navio de color marfil y forma de riñón, o de
galeón español, alto de proa y de popa. Tomar el avión acaso sea
más arriesgado, pero tal vez pudiéramos tener la suerte de deslizar-
nos por entre el fuerte viento durante una calma momentánea. El
barco es en principio más seguro, pero no se puede saber cómo se
mantedrá el tiempo durante una larga travesía. [¡Nuevamente una
incertidumbre 1]

Asociaciones:
1. E l paisaje me recuerda a Hawaii. Cuando me enviaron a Aus­
tralia durante la guerra mi barco se detuvo en Hawaii apenas lo
suficiente para poder bañarme en la playa de Waikikí. No me gusta
nadar en agua salada, y sobre todo en aguas tropicales, por los
tiburones. Hay un chiste bastante tonto acerca de los tiburones.
Un hombre atacado por tiburones grita primero con vigorosa voz
Kl a c c io n e s d e a n s ie d a d 103

ilc bajo: “¡Socorro! ¡Socorro!”, y después, con tono atiplado: "¡De-


masiado tarde!” Porque el tiburón lo había emasculado.
2. L a m i s i ó n i m p o r t a n t e me recuerda que —en una confusión
típica del ejército en tiempo de guerra— una vez tuve que hacer
il< correo de emergencia. Me dijeron que la bolsa que llevaba era
más importante que yo mismo y lo creí con bastante facilidad, pues
sal >ía que contenía, entre otras cosas, datos acerca del emplaza­
miento de un puesto médico avanzado que la unidad hospitalaria
donde yo tenía mi destino —y algunos amigos personales— iba a
poner en un saliente de la línea de combate. Si aquella bolsa caía
en manos del enemigo, nuestra unidad hubiera sido borrada del
mapa por infiltración enemiga o por bombardeo o fuego de mor­
uno.
S. E l o b j e t o v a l i o s o p e r o n o e s p e c i f i c a d o que yo llevaba en mi
persona sólo puede haber sido el pene. Dice el sueño claramente
que ese objeto es más importante que yo mismo. Es una actitud
insólita —aunque al iniciarse el período de latencia la mayoría
de los muchachos tratan de salvar su pene renunciando a sus fun-
i iones. Pero en mi sueño nada indica que exista el deseo de renun-
<iar a las f u n c i o n e s del pene. La cuestión estriba sencillamente en
saber cuál de los d o s modos de funcionamiento es más seguro: el
método más rápido pero más peligroso, representado por el avión
(vuelo = erección) o el más lento pero por lo general más seguro
del barco, que es posible represente el coito, puesto que el navio
suele ser símbolo femenino. Esto me recuerda algo. Cuando yo era
muchacho, mi madre me espiaba de una manera casi compulsiva
y voyeurista. Por eso, cuando me masturbaba trataba de llegar al
momento culminante lo antes posible, para reducir el período de
i iesgo. Ahora que estoy casado y no temo que me agarren, prolongo
el coito lo más posible, tanto por mi propio placer como por el de
mi esposa. Entonces el aeroplano debe representar algo relati­
vamente inmaduro; su color amarillo oro sugiere algo fálico-ure-
i ral. En cambio, la forma del barco y su color marfileño me re-
( werdan un testículo. Sus altas proa y popa, que parecen afronta­
das, me sugieren la representación de mi esposa y yo cohabitando,
(orno hacemos a veces, en una posición sentada (= casi australia­
na) y todo esto hace que el viaje en barco represente el coito. Lo
que relaciona este sueño con el anterior, en que el riesgo esencial
era también una travesía peligrosa, es la lancha, que yo definía
tomo accesorio de un barco bien equipado: un salvavidas o algo
parecido. Los barcos llevan botes salvavidas, mientras que los avio­
nes llevan sólo cinturones neumáticos “Mae West”, tetudos (ma-
lernales). Naturalmente, durante la guerra los grandes aviones lie-
104 DATOS V ANSIEDAD

vaban también lanchas de hule infiables (eréctiles). Salvavidas y


lanchas de hule son siempre de un color naranja vivo, casi del
color que el avión tenía en el sueño.
4. L a e le c c ió n que se me plantea en el sueño también me parece
importante. Durante toda mi vida me sentí desgarrado entre el
impulso de ganar fama súbitamente con alguna hazaña arriesgada
—pero legal— y el afán de tomar el camino más lento pero más
seguro. [¿La elección de Heracles?] Aunque este problema estaba
resuelto en mi análisis, en el sueño me parece haber regresado. Una
vez más me veo ante el mismo dilema, y en el sueño mismo no
tomo ninguna decisión. Puede deberse esto al hecho de que mi
esposa ahora no está aquí. Si hubiera estado en la casa la noche
pasada, estoy seguro de que hubiéramos hecho el amor.

R e s u m e n : Estos tres sueños representan los intentos cada vez más


venturosos del doctor H por lidiar con el impacto traumático de
esta película. En el primer sueño aceptaba la circuncisión como el
precio mínimo que uno debe pagar por la heterosexualidad. El se­
gundo sueño niega explícitamente que el pene haya padecido otro
daño; tampoco había sido subincidado. El tercer sueño trata casi
conscientemente de hallar un modo de placer sexual que no per­
judique al pene. Si bien en los tres sueños hay regresión, el intento
de perlaborar [ w o r k th r o u g h ] el trauma ha sido venturoso. Las
asociaciones terriblemente fantásticas del primer sueño van dejan­
do el lugar a asociaciones menos espantosas y más realistas, y ya en
el tercer sueño, la solución de los conflictos y el deseo que mueve
el sueño es el coito con una esposa amada.

i] A u n a j o v e n p s i q u i a t r a que, sin ser candidato analítico, tenía


una orientación analítica, le pedí que registrara su sueño porque
—a diferencia de la joven antropóloga cuyas reacciones había yo
observado muchos años antes— era de origen extranjero y había
llegado a Estados Unidos bastante adulta. Su sensatez y decencia
fundamentales garantizaban que no consideraría mi petición un
coqueteo disfrazado de ciencia (distorsión de trasferencia) y que
por eso comunicaría los datos con integridad. Era también típico
que, entre quienes tuvieron la amabilidad de cooperar, sólo ella
y el doctor E firmaron los memoranda que contenían sus sueños y
asociaciones. Como en el sueño E, reproduzco su memorándum,
donde sólo borré los nombres de lugares y personas para impedir la
identificación de la soñante. Los comentarios explicativos y las pa­
labras que remplazan los nombres borrados están entre corchetes.
“Mi prima hermana, dos años [= 14] mayor que yo [= 12], se
III ACCIONES DE ANSIEDAD 105

i .isó. Su hermano era el principal padrino de boda y yo la madrina


d<- boda [ bridemaiü,* (sicj\. El [sueño] se desarrollaba en [mi
país de origen], en nuestro departamento, en una época en que yo
unía unos 12 años de edad. Yo estaba en el cuarto de mi insti­
lo iriz para vestirme para la boda, pero no tenía vestido que poner­
me. Entró en escena [una psiquiatra s é n i o r muy agresiva y mascu­
lina], Le pedí que me prestara un vestido, y lo hizo, pero era un
vestido blanco y azul de algodón [cf. la lancha blanca y azul del
sueño H-11] de aspecto muy c h e a p is h ]¡ sic ! ¿ c h e a p -)- s h e e p i s h ? ] **
s dijo que yo tendría que darlo a limpiar después de la boda y
pagar la cuenta; eso me enojó mucho y me desperté.”

Is u d a c i o n e s :
Trímeramente pensé que el sueño no tenía nada tpie ver con la
película [compárese una negación inicial semejante en el sueño E],
pero hice algo de asociación libre y no puedo negar el hecho más
•Iiic el mismo sueño.
P r i m e r a a s o c i a c ió n : Me enojé con [la psiquiatra s é n i o r ] por ba­
bel me destinado a un pabellón donde trabajaba un ayudante que
yo había tenido en terapia durante 12 meses y que acababa de ter­
minar [hubo de trasferirlo], Creo que me sentía un poco culpa­
ble por haberlo tenido que remitir a otro doctor.
S e g u n d a a s o c i a c ió n : El vestido. Aunque mi institutriz era muy
amiga de mi madre y había sido su compañera de escuela, traba-
Iaba por un pequeño salario y siempre llevaba vestidos baratos,
mientras que mi madre vestía muy bien. Durante toda mi vida me
identifiqué con ella [= la institutriz], Durante mi adolescencia yo
también tuve que ponerme [los] vestidos que mi madre ya no que­
da, y eso me dolía mucho, [Esta psiquiatra j ú n i o r también estaba
mal pagada, mientras que la psiquiatra s é n i o r cobraba bien y era
acomodada y elegante.]
P e r r e r a a s o c i a c ió n : Mis primos. Tanto la prima como el primo
rían buenos amigos míos y pasábamos mucho tiempo juntos en la
propiedad de mis abuelos. Poco después y [¡ sic l — yo] tuve un
pequeño apasionamiento de adolescente por él. [Yo había hablado
de los matrimonios australianos entre primos en mi comentario.]
< liando tenía yo unos 17 años de edad, mi padre lo acusó de ser
homosexual y le prohibió venir a nuestra casa. Tuve una escena
ion mi padre defendiéndolo, rechacé todo cuanto él decía y tuve
• F.n i n g l é s m a d r i n a d e b o d a se e s c r ib e b r a id e s m a id . [ t .]
** Cheap, barato; sheepish, vergonzoso. Cheapish podría “traducirse” por
b.natoso” o “baratonzoso”. [t .]
106 DATOS Y ANSIEDAD

correspondencia con mi primo. Mi padre nunca volvió a hablarle.


Es aquí claro el paralelo, mi padre castró al primo y nunca vol­
vió a hablar con él, del mismo modo que el [futuro] suegro ope­
raba con los muchachos en la película. Objeté violentamente [;sic/],
así como mi reacción a esa película había sido de objeción y
náusea.”

C o m e n ta r io s :
1. L a n e g a c ió n i n i c i a l d e p e r t i n e n c i a
—que también se dio con el
sueño E— representa una reacción muy simple. Si el sueño no tie­
ne relación con la película, no hay que escudriñarlo ni hacer frente
a cuestiones que suscitan ansiedad. Pero inmediatamente se opuso
a este escapismo el deseo que esta mujer emocionalmente madura
tenía de entender, y su deseo interno de ser sincera.
U b i c a c i ó n : La trasposición del lugar en este caso tiene un
significado diferente del de trasposiciones semejantes de lugar
en los demás sueños. Aunque la trasposición del lugar a su país de
origen aumentaba la distancia m a t e r i a l de Australia, donde se ha­
bía hecho la película, y de Estados Unidos, donde la habían pro­
yectado, p s i c o l ó g i c a m e n t e la trasposición reducía la distancia. Fue
en su país de origen donde la soñante n a c ió m u j e r —sin pene—,
allí donde su padre “feminizó” a su primo, y de allí fue de donde
ella tuvo que huir para salvarse de un gobierno totalitario.
3. M a d r e p r i v a d o r a : La soñante iba mal vestida en su adoles­
cencia. Tenía que llevar las ropas abandonadas por su elegante
madre, del mismo modo que en el sueño tenía que llevar un ves­
tido barato prestado por una psiquiatra s é n i o r , agresiva y elegante,
que parece un sustituto de la madre. Es harto evidente que —como
toda mujer— ésta sentía también que su madre no le había dado
lo que realmente quería: un pene. Había nacido hembra y no va­
rón. Esta manifestación del clásico complejo femenino de castra­
ción es sin embargo sólo un í pequeña parte de la historia. Cierta­
mente, el memorándum especifica que la madre sólo le dejaba los
vestidos que ya no quería. Además, la madre pagaba tan mísera­
mente a su antigua amiga, que ahora sólo era institutriz en su
casa, que la obligaba a vestir de una manera indigna. Parece en­
tonces que la madre guardaba para sí las cosas que quería, y su
hija y su amiga (la institutriz) sólo recibían los sobrantes. Esta
asociación se presta a varias interpretaciones. Refleja en parte la
creencia infantil de que las mujeres adultas, como las madres, tie­
nen en realidad pene. Hay también elementos edípicos. La madre
monopoliza toda la vida sexual femenina en la familia, se queda
con el amor del padre y deja a su hija adolescente y su amiga la
■ • ACCIONES DE ANSIEDAD 107

institutriz sexualmente insatisfechas y demasiado pobremente ves­


tidas para atraer a los hombres. La institutriz —que rema en la
misma galera— es por eso incapaz de ayudar a la joven que está
encargada de cuidar, a obtener lo que necesita; tr a t a de vestir bien
a la muchacha, pero sencillamente no hay un buen vestido que
ponerle. La prima se hace novia, pero la soñante sólo es una frus-
uada madrina de boda. La interpretación edípica de estas formas
d e privación maternal se comprueba por el hecho de que la que
sustituye a la madre cicatera y privadora en el sueño es una psi­
quiatra ya mayor, elegante, agresiva, exigente, egoísta y dominan­
te. dura para los residentes que trabajan a sus órdenes. (Véase tam­
bién comentario 6.)
4. E l v e s t i d o es c h e a p is h (¿ c h e a p s h e e p i s h f ) , o sea vergonzo­
samente impropio para una madrina de boda, no digamos para
una novia. . . y además habrá que mandarlo limpiar después a
expensas de la que lo recibe prestado. El elemento que importa
aquí es que la prestadora da a entender a u t o m á t i c a m e n t e que h a ­
lo á q u e limpiar el vestido. Ahora bien, un vestido que sólo se
pondría una vez la que lo recibe en préstamo sólo necesitaría lim­
pieza si:
«] El vestido se presta a regañadientes, porque la prestadora con­
sidere que la madrina de boda que lo recibe “no es limpia”.26 Esto
nene cierta importancia, ya que por ejemplo las chicas que estu­
dian en una universidad y que constantemente se están prestando
vestidos no exigen que el vestido que prestan se limpie después de
ponérselo sólo una vez.
ñ] La que lo recibe en préstamo es una chiquilla irresponsable,
que inevitablemente mancha el vestido que se pone. Este punto
se ha de relacionar con la e d a d de la soñante en el sueño (comen-
tirio 4).
r] El vestido prestado se llevará en circunstancias que hagan
seguro que se ensucie. Es éste un elemento importante, ya que
no es la ropa de la m a d r i n a d e b o d a sino la de la n o v i a la que es
probable que se manche. Los impacientes recién casados tal vez
arrojen al suelo el vestido de la boda y es casi seguro que el cami­
són de la novia desflorada se manche de sangre. Por eso es razo­
nable suponer que la prestadora exige que la que lo recibe prés­
enlo lo mande limpiar a expensas suyas porque cree que lo man-
• liará sexualmente. Puede demostrarse que es justa la suposición
por la identidad inconsciente del vestido prestado con el traje de
novia.
“ Un anuncio famoso daba a entender que la muchacha que no emplea cier-
ii< enjuague bucal sólo será madrina de boda; pero nunca novia.
108 DATOS V ANSIEDAD

La especificación del sueño, de que el vestido de la m a d r i n a d e


boda es v i e j o (usado), p r e s t a d o y (parcialmente) a z u l nos recuer­
da inevitablemente los versitos aquellos de que la n o v i a debe lle­
var “algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo a/ul”.* Lo que
falta en el sueño es “algo nuevo", y las asociaciones consignan la
amargura de adolescente de la soñante porque no le daban vestidos
bonitos y n u e v o s . El vestido blanco y azul del sueño es así casi, pero
no del todo, un blanco vestido de boda para novia, del mismo modo
que la soñante es casi, pero no del todo, una novia; sólo es madri­
na de boda, cuyos deseos (y envidia) suscita su asociación con la
boda (coito) de otra muchacha. Lo que impide que el pobre ves­
tido sea un brillante aderezo de novia es la falta de “algo nuevo".
Este algo que falta merece un detenido examen.
5. E l f a c t o r e d a d . En el sueño, la soñante tiene 12 años, y su
amiga íntima y prima, la novia, 14. Estos números son significa­
tivos, sobre todo porque el número 12 también se encuentra en
las asociaciones en forma bastante marcada. La joven psiquiatra
dice —con cierta torpeza— que había tenido un ayudante en te­
rapia “durante 12 m e s e s ” en lugar de “un a ñ o ” . Ahora bien, la
diferencia m á s c l a r a entre una niña de 12 años y una de 14 es que
la primera suele ser prepubescente, mientras cjue la segunda ya es
pubescente (iniciada) y por lo tanto casadera. De ahí que ese “algo
nuevo" faltante que impide a la niña de doce años ser novia es
presumiblemente la ausencia de menstruación, que el inconsciente
suele igualar con el derramamiento de sangre de la desfloración
(Devereux, 1950c). En muchas tribus sigue el matrimonio rápida­
mente a la menarquía mientras que en algunos grupos en que se
desflora a muchas muchachas antes de la pubertad, se cree que
es la desfloración la causa de la menarquía.27 Por eso deduzco
que la prestadora supone que el vestido que presta necesitará lim­
pieza porque la joven madrina de boda puede excitarse tanto se-
xualmente por su identificación con la novia que empiece a mens-
truar durante la boda. . . exactamente del mismo modo que algunas
novias empiezan a menstruar en la noche de bodas.28 Sugiere tam­
bién la identificación sexual de la madrina de boda con la novia el
hecho de que la madrina de boda no tiene vestido que ponerse. . .
es decir, está más o menos desnuda, como los australianos pubes­
centes y ya casaderos de la película, o tan desnuda como pronto
* Something old. som ething new, som ething borrowed, something blue.
27 Debe notarse en este contexto que es la presencia del macho la que des­
encadena la ovulación de la coneja.
28 Supe en efecto de una madrina de boda que inesperadamente se puso a
menstruar durante las festividades nupciales.
«I M í IONES DE ANSIEDAD 1 0!»

oslará la novia. Además, cuando está vestida, su ropa no sólo sa­


tisface tres de los cuatro criterios del atavío ele una novia (viejo,
pi estado y azul): como el vestido o el camisón de la novia, se su­
pone que quedará manchado. El resto diurno causante de esa “man-
i lia por la menstruación” fue probablemente mi comentario de
que el australiano periódicamente hace sangrar de modo ritual su
uretra ya subincidada, para imitar la menstruación femenina, y
que el trasvestista mohave de tiempo en tiempo se rasca las ingles
para que sangren como si fuera menstruación (Devereux, 1937a).
I sie último detalle tal vez explique la asociación relativa al primo
supuestamente homosexual.
(>. N e g a c i ó n d e la c a s t r a c i ó n m a s c u l i n a . Las asociaciones de la
soñante demuestran que se siente amiga de los hombres y se opone
.1 su castración. Precisamente en este concepto menciona cómo ha­

bía defendido ardientemente a su primo —del que estaba etiamo-


tada en aquel tiempo— contra las acusaciones al parecer infunda­
das de su padre, que ella consideraba e x p l í c i t a m e n t e un intento
de castrarlo (feminizarlo). Además, correlacionaba la conducta de
mi padre con la de los australianos que —como yo mencionara en
mis comentarios— suelen circuncidar y subincidar a sus futuros (rea­
les o clasificatorios) yernos, cuya identidad se conoce de antema­
no, ya que en Australia el matrimonio preferente suele ser el de
i iertos tipos de primos clasificados. Y así, al feminizar a su primo
(compañero preferencial según el parentesco australiano y además
un mozo que estaba enamorado de ella) su padre se conducía exac­
tamente como un australiano, que subincida (feminiza) a su futuro
yerno, que además suele ser su sobrino (clasificatorio).
Innecesario se decir que al oponerse a la castración de los varo­
nes la soñante también trataba —siquiera incidentalmente— de ne­
gar la castración femenina. De todos modos, su negación del com­
plejo de castración femenino está enteramente subordinada a su
deseo mucho más intenso de salvar a los hombres de la castración,
puesto que una mujer normal necesita un hombre no castrado
para vivir su vida plenamente. La actitud protectora de la joven
puede entonces entenderse mejor en función de un “respeto” (o
reverencia) fálico (Greenacre, 1953) característico de las mujeres
normales y genuinamente femeninas.29

“ Algunos primitivos dan por supuesta esta actitud femenina respecto del
pene. Cuando la gonorrea hada estragos en Duau, el gobierno envió equipos
médicos que examinaban a los hombres de todos los poblados. El objeto de
la inspección fue seguramente mal entendió al principio porque un día Róheim
-que estaba en aquel tiempo haciendo trabajo de campo en aquella isla-
oyó a uno que llegaba corriendo de otra aldea decir jadeante: “Todos al
110 DATOS Y ANSIEDAD

7. E l h o m b r e p e r d i d o . Así como en el sueño la soñante es sólo


una madrina de boda de 12 años de edad y no una novia nubil
de 14 años, sus asociaciones revelan su resentimiento por haberse
visto separada de su primo y por el hecho de que —debido a que
una psicjuiatra dominante la destinó tontamente a determinado pa­
bellón— hubo de trasferir a un ayudante que trabajaba en ese
pabellón, y a quien estaba tratando, con otro terapeuta. En cada
uno de estos casos aparecen dos conexiones más o menos mutua­
mente incompatibles entre la soñante y los hombres a los que se­
paran de ella. Su primo, que la atraía también como hombre (in­
compatibilidad por el tabú del incesto) fue separado de ella por
una supuesta homosexualidad, o sea porque desempeñaba dos pa­
peles sexuales mutuamente incompatibles. De igual manera tuvo
que renunciar a su paciente al verse obligada a ser su superior ad­
ministrativo, condición incompatible con la relación terapéutica.
En el sueño es además la madrina de boda de su propia prima,
papel tradicionalmente compatible con el de prima de la novia,
pero turbado en este caso por una identificación conflictual y por
la envidia. Y por último, y no lo menos importante, esta misma
joven destacaba los múltiples —y en nuestra cultura mutuamente
incompatibles— papeles de su padre: “feminiza” (castra) a su pro­
pio sobrino, que después podía haber sido su yerno, y lo expulsa
de su casa. Este complejo y contradictorio conglomerado de pape­
les, asociado con el tema de perder y de no obtener a un hombre,
es probable que sea el eco de dificultades edípicas ocasionadas por
la incompatibilidad de los impulsos filiales y amorosos de la niña
hacia su padre. A su vez esto corrobora la suposición (comentario
3) de que la boda tenía implicaciones edípicas.

C o m p a r a c io n e s :
El sueño de esta joven puede compararse provechosamente tanto
con el comportamiento de las antropólogas como con los sueños de
los analistas varones.
1. El contraste entre las reacciones de esta joven y el compor­
tamiento de las antropólogas es muy notorio. A diferencia de éstas,
no se rió durante la película, ni se regocijó porque la “calamidad”
que le había acaecido al nacer mujer acaecía ahora a los hombres.30
Antes bien, deploraba su mutilación y —como muestran sus asocia­
ciones— deseaba protegerlos de esas calamidades. Aunque muchas
monte enseguida. El gobierno viene a cortar el pene a todos los hombres.
¿Qué harán las pobrecitas mujeres?” (Róheim, comunicación personal).
30 Una pintura china (Spencer, 1946) representa a eunucos viejos de la corte
burlándose de sus compañeros de desgracia recién castrados.
MI AOOIONKS DE ANSIEDAD 111

■Ir sus reacciones diferenciales se debían a la composición sanamen­


te femenina de su personalidad, no se puede desdeñar el hecho
«le que mientras las antropólogas pertenecían a una cultura donde
l.is mujeres son proverbialmente emprendedoras, competitivas y
«astradoras, esta joven pertenecía a una cultura en que ser mujer
i la antigua es muy apreciado, no sólo por los hombres sino tam­
bién por las mismas mujeres, que hallan muchas satisfacciones en
.cr verdaderamente mujeres, mientras haya hombres verdaderos
que las hagan deleitarse con su femineidad.
2. En lo concerniente a las diferencias entre el sueño de esta
l<>ven y los sueños de sus colegas masculinos, es evidente que, si
bien esta película había removilizado su antigua angustia de cas-
tracción femenina, lo que más la asqueaba e indignaba era que la
lnninización y mutilación de los hombres perjudica y frustra no
sólo a los hombres sino también a las mujeres. Es ésta una reac-
<ión en extremo madura, característica de una personalidad fe­
menina equilibrada y dulce. En cambio, los hombres se sintieron
amenazados de una manera tan personal que prácticamente en to­
dos sus sueños había una regresión protectora a la oralidad, así
<orno una negación ingenua y mecanismos de fuga, o bien una
aceptación resignada del hecho de que toda sociedad cobra un pre-
<io muy elevado por el privilegio de la cohabitación madura.

|! M i s p r o p i a s r e a c c io n e s : Para ser justo con los colegas que me


«omunicaron sus sueños y sus reacciones sintomáticas, parece apro­
piado examinar también, al menos de pasada, mis propias reaccio­
nes en las dos veces que se proyectó la película.81
L a p r i m e r a p r o y e c c i ó n : Cuando se mostró la película al grupo
«le antropología, yo fui simplemente uno de los espectadores pa­
sivos. De ahí que si bien yo era el doctor presente y, según recuer­
do, el único que no sólo había realizado amplios trabajos de campo
en regiones verdaderamente muy atrasadas sino que también ha­
lda estudiado atentamente la literatura sobre Australia,82 también
me sentí a disgusto y me desagradó bastante la ligereza “científi-
<amente indigna” de las espectadoras. Comprendo ahora que mi
indignación se debía principalmente al hecho de que mi incons-
<iente había entendido sus reacciones mejor que mi consciente. A
iravés de los años, había pensado mucho en esta película, se la
había mencionado a no pocos colegas —entre ellos el doctor H— y
31 Compárense también con la destrucción de mis notas sobre los sueños y
.isoñaciones de H.
M En un seminario inolvidable con el difunto profesor Marcel Mauss, en la
fcole Pratique des Hautes Études.
112 DATOS Y ANSIEDAD

creía recordarla tan bien que cuando la vi por segunda vez, unos
18 años después, comprendí sorprendido que había olvidado casi
todas las escenas, menos las principales.
L a s e g u n d a p r o y e c c i ó n me halló en una situación psicológica­
mente protegida. Como recordaba bien las escenas traumáticas, no
produjeron en mí el mismo impacto que la primera vez. También
tuve la suerte de tener algo legítimo, prestigioso y útil que hacer
durante toda la película y después. Para entonces había también
prácticamente completado mi análisis didáctico y estaba ya hacien­
do análisis supervisados, de modo que psicológicamente estaba más
seguro que cuando vi la película por primera vez. En resumen, en
esta segunda ocasión pude abreaccionar mis tensiones por medio de
una conducta legítimamente sublimatoria, o sea comentando el
filme, presidiendo la discusión subsiguiente y contestando a las pre­
guntas. Y por fin, y esto también es importante, aunque es pro­
bable que en mi calidad de antropólogo me identificara con los
primitivos más fácilmente que un psicoanalista médico, esta fuente
de s tr e s s estuvo sin duda contrarrestada en gran parte por el he­
cho de que mi autodefinición como antropólogo legitimaba el
que yo (como el soñante H) asumiera una posición profesional en
relación con esta película.
Estos hechos explican por qué pude actuar debidamente en un
momento en que algunos se ponían tan nerviosos que dejaban el
auditorio en plena proyección.
La suposición de que mis comentarios me permitieron abreaccio­
nar buena parte del impacto está fuertemente sustentada por el
hecho de que los que se salieron del auditorio después se reunieron
en una lechería y hablaron casi hipomaníacamente; yo había ha­
blado (comportamiento oral) mientras pasaba la película.
Sospecho de todos modos que a pesar de mi posición privilegia­
da y de mis muchas oportunidades de abreaccionar algunas de
mis tensiones comentando la película, ahí no acababa t o d o para mí.
Esto podría explicar por qué se me ocurrió la idea sublimatoria
de registrar los sueños de los presentes. Es incluso probable que
a mi decisión de estudiar los sueños de los demás se deba el que
yo no soñara aquella noche. Dejé que los demás soñaran por mí
(Devereux, 1956a).
Aunque esta idea fue fructífera y me permitió recoger material
científico bátante insólito, su objetivo latente fue probablemente
dominar el trauma analizando, las reacciones de diversos miembros
del público, con la esperanza de que esto me permitiría entender
mis propias reacciones sin tener que escudriñarlas con mucho de­
tenimiento. Verdad es que, como todos, en mi vida había tenido
kl.ACCIONES DE ANSIEDAD US

muchas experiencias que —si hubiera tenido una buena idea en el


momento apropiado— hubieran podido explotarse tan científica­
mente como ésta. El hecho de que se me ocurriera una idea subli-
matoria en esta ocasión indica que todavía no había yo dominado
el trauma por entero. Logré hallar un modo científicamente pro­
ductivo de dominarlo tan sólo porque mi análisis didáctico me ha­
bía puesto en condiciones de lidiar con los traumas por medio de
la sublimación y no por el a c t i n g o u t . Naturalmente, éste es uno
de los objetivos principales de la terapia psicoanalítica.33
Para concluir podría quizás añadir que las reacciones de ansiedad
descritas en el c a so 3 9 no son únicas. El texto de una conferencia
<|ue iba yo a dar ante una sociedad psicoanalítica acerca de cier­
tas costumbres primitivas fue distribuido de antemano a todos los
miembros y candidatos de esa sociedad. Inmediatamente antes de
<]ue diera yo la conferencia me dijeron dos o tres analistas didactas
que varios candidatos en análisis didáctico habían reaccionado a la
lectura de aquellos datos con sueños de ansiedad trasparentes.

!" Debo mencionar también que la mecanografía final de este capítulo con­
tenía más correcciones con tinta ( = enmendaduras) que ningún otro capítulo.
« I I .U N D A PARTE

I \ CONTRATRASFERENCIA EN LA INVESTIGACIÓN
MI LA CIENCIA DEL COMPORTAMIENTO
i AfÍTULO VII

DEFENSAS PROFESIONALES

l odo científico del comportamiento tiene a su disposición ciertos


m.utos de referencia, métodos y procedimientos que —entre parén­
tesis— también reducen la ansiedad ocasionada por sus datos y le
permiten así funcionar debidamente. Por desgracia, precisamente
porque reducen la ansiedad, esos expedientes suelen trasformarse
de modo sistemático en verdaderas reacciones contratrasferenciales
que conducen a un a c t i n g o u t autoconstrictor que se disfraza de
i iencia. Es condición s i n e q u a n o n para su aprovechamiento ge-
nuinamente científico y sublimatorio el entendimiento cabal del
empleo neurótico que puede darse a esos expedientes.
Muchas defensas profesionales son simplemente variedades de
l.i defensa de aislamiento, que “descontamina” el material anxió-
geno reprimiendo o negando su contenido afectivo y humano así
mino su pertinencia personal. El siguiente ejemplo clínico acla-
■.irá la índole y la función del mecanismo de aislamiento.
C a s o 4 0 : Un paciente inicialmente sifilófobo había logrado des­
prender su ansiedad tan eficazmente de las enfermedades venéreas
que era capaz de cohabitar incluso con prostitutas de los tugurios
sin sentir ninguna angustia. Pero en cambio tenía un miedo pá­
nico a otras enfermedades, como la rabia, la meningitis cerebroes­
pinal y la poliomielitis, que. c o m o la s í f i l i s t e r c i a r i a , atacan al sis­
tema nervioso, y se desinfectaba meticulosamente las manos aun
después de haber tocado un periódico o un libro donde estuviera
la palabra “poliomielitis”.
El psicoanalista se prepara sistemáticamente a trabajar con el
material causante de ansiedad sometiéndose a un análisis didácti­
lo, para solucionar sus propios problemas. Esto le suele permitir
aguantar sin angustia indebida el bombardeo a que el material
anxiógeno producido por los pacientes lo somete y escudriñarlo sin
tener que desfigurarlo, de modo que pueda controlar sus propias
ansiedades. Además, si su análisis ha sido v e r d a d e r a m e n t e bueno,
tiene el i n s i g h t suficiente para enviar a un paciente cuyos proble­
mas no puede manejar con la debida calma a otro analista que
tal vez esté en condiciones de tolerar mejor que él el material
[117]
118 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

anxiógeno producido por ese paciente. Las reglas del procedimien


to psicoanalítico ayudan también al analista a ser objetivo, como
su autodefinición (“soy un analista”) y la definición de su situa­
ción (“esto es un análisis”) (Dévereux, 1956a). Por ejemplo, es
capaz de reaccionar objetivamente a las observaciones insultantes
o amenazadoras de un paciente, porque esas definiciones de su
papel y de la situación le ayudan a comprender que las observa­
ciones del paciente son manifestaciones de un enojo trasferencial
y en realidad van dirigidas contra una persona que desempeñó un
papel de importancia principal en la infancia del paciente.

1. Preexperiencia vicaria: El impacto traumático de un suceso po­


tencialmente anxiógeno se reduce de un modo apreciable si uno
está preparado; si, como dice William James, uno tiene “conoci­
miento” anticipado de la situación está en condiciones de “trabar
conocimiento” con ella. Por ejemplo, el estudio de la antropolo­
gía en la universidad fortalece al antropólogo para el impacto de
la experiencia real sobre el terreno de los hechos, aunque no puede,
naturalmente, hacerlo del todo inmune al impacto del rito de sub­
incisión australiano. Sencillamente lo ayuda a retrasar (posponer)
la experiencia consciente de la angustia hasta que haya fotogra­
fiado y registrado ese ritual. Además aunque el caso 42 muestra
que las experiencias de campo traumáticas acaban por producir
una reacción de ansiedad diferida de cierta intensidad, lo que im­
porta científicamente es que sin ese “conocimiento anticipado” de
esas experiencias el antropólogo no hubiera podido observar y
describir tales prácticas con exactitud.
Incluso algunos neuróticos saben que es posible reducir la in­
tensidad de un ataque de ansiedad “anticipándolo”, aunque sea
en una forma algo extrema:
Caso 41: Un joven con una fobia aguda contra los puentes de­
cía: “Cuando sé que tengo que atravesar un puente, deliberada­
mente me hago tener un ataque de ansiedad antes, porque sé que
así disminuye la angustia que siento al pasar el puente. Por eso
no temo el sentirme angustiado antes; la ausencia de ansiedad ex­
pectante me hace aún más ansioso de lo que estaría normalmente
al cruzar el puente.”

2. l a posición profesional y la defensa de actividad se combinan


en una definición de sí mismo egosintónica y culturalmente san­
cionada (“soy un antropólogo”) y una definición similarmente san­
cionada de la situación (“esto es trabajo de campo”).
Mientras que la protección proporcionada por la posición cientí-
Ill I I NSAN PR OFU SIO N ALES 119
lu.i os sólo temporal, y con frecuencia dura tan sólo mientras uno
«ni .'i electivamente dedicado a la labor científica, la actividad cien-
nlii.i en sí puede atenuar ulteriormente la experiencia consciente
do la ansiedad al permitir una abreacción parcial de las tensiones
Iii 11 la actividad. De todos modos, en cuanto cesa ésta, la ansiedad
no experimentada conscientemente antes puede manifestarse con
i m a intensidad abrumadora, característica del “retorno de lo repri­
mido". Además, si la índole de la actividad científica es tal que
pioduce tensiones por sí, la ansiedad puede acabar por ser tan
Indomeñable que requiera una intervención psicoterapéutica (c a s o
:•>!). Queda descrito (c a s o 3 9 ) el modo en que mis propias a c t i -
n i l u d e s de comentarista me permitieron detener la inquietud mien-
n as pasaba una película causante de ansiedad. Sobre el terreno
pueden ocurrir también experiencias semejantes.
C a s o 4 2 : Dos antropólogos no sintieron “ninguna ansiedad”
mientras observaban, grababan y fotografiaban una circuncisión
li nienina africana sobre el terreno. Pero cuando vieron después la
película K a r a m o j a —que mostraba los ritos, idénticos, de circunci-
.iiin femenina de otra tribu— sintieron una “angustia tremenda”,
■.en«'idamente porque su papel de espectador pasivo no les daba
r s i a vez ocasión de abreaccionar la angustia por medio de la acti­
vidad.
Id científico del comportamiento que se encuentra frente a ma­
ní ial traumático no tarda en aprender a utilizar la posición pro-
li sional como procedimiento reductor de la ansiedad, sobre todo
dado que puede —dentro de ciertos límites— incluso entregarse a
actividades que normalmente le causarían intensos sentimientos de
i ulpabilidad. Y así Malinowski (1932) pudo estudiar la vida sexual
de los isleños de las Trobriand y yo la de los mohave sin sentirnos
i'oiyeurs y sin que nuestras investigaciones nos estimularan inde­
bidamente. Sospecho empero que los sujetos que se prestan volun-
i.n ios a ciertos tipos de investigación acerca del coito humano ( c a ­
sos 121, 122) simplemente aprovechan la definición científica de
la situación para fines de a c t i n g o u t neurótico y aun perverso (exhi-
II ii ionista).
Sea como quiera, la creciente aceptación de la ciencia de la con­
ducta como una forma legítima de “hacer ciencia” puede explicar
ni parte por qué las monografías antropológicas contemporáneas
describen de un modo muy tranco material “escabroso” que en las
monografías anteriores se omitía decididamente, se describía en la-
lín, o se mencionaba sólo con eufemismos y de un modo que hacía
i mistar el horror y el disgusto del observador. (En algunas expo-
120 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

siciones antiguas de las prácticas de subincisión australianas se


las llamaba simplemente “ese terrible rito”.)
Por desgracia, esta posición profesional culturalsintónica de aho­
ra ha llevado el péndulo tan lejos hasta el otro extremo que al­
gunos antropólogos consideran “meras costumbres”, no sujetas a
estimación ética, algunas prácticas crueles e irracionales. Ambos
extremos representan reacciones contratrasferenciales neuróticas;
ninguno de los dos es verdaderamente objetivo ni científico. Pero
sea como quiera, el c a s o 5 9 muestra cómo la posición científica
nos puede permitir hacer sobre el terreno lo que ni en sueños ha­
ríamos en otro contexto y además, hacerlo de modo sublimatorio,
o sea de modo que el resultado sea objetivamente menos malo y
subjetivamente menos egodistónico de lo que hubiera sido si uno
se hubiera abstenido decididamente de obrar. Ciertamente, es a
menudo posible hacer arreglos que le permitan a uno estudiar una
práctica desagradable sin perjudicar a ningún ser viviente y sin
exponerse sin necesidad a una visión que al despertar nuestras an­
gustias reduce la precisión de nuestras observaciones.
C a s o 4 3 : Los sedang castran a los verracos con una astilla agu­
da de bambú y no con un cuchillo de hierro, para que los espí­
ritus no crean que se los van a sacrificar a ellos. Como los sedang
son duros en su trato a los animales y a veces castran a los perros
sencillamente por "divertirse”, no tenía yo ningún deseo de pre­
senciar la torpe operación de capar a un joven verraco. Entendién­
dose que yo registraba acuciosamente todos los procedimientos, a
la siguiente vez que mataron a un verraco les pedí que castraran
el c a d á v e r exactamente igual que hacían con los verracos vivos.
Esto me permitió hacer observaciones m á s precisas que si me hu­
biera visto obligado a tomar notas mientras me distraía —y afli­
gía— el chillar y debatirse de un verraco vivo. Podría objetarse,
naturalmente, que este subterfugio me impedía observar también
las reacciones psicológicamente importantes del capador. Tomé esto
en cuenta eligiendo para la tarea a un excelente mímico, que estoy
seguro manifestó exactamente las mismas emociones de un sedang
que castrara un verraco vivo.

3. L a s p o s i c i o n e s m e t o d o l ó g i c a s y lo s r e c u r s o s té c n i c o s q u e , cuando
se emplean como es debido, son lógicamente impecables y cientí­
ficamente fructuosas, pueden emplearse en forma inconsciente a n t e
t o d o como defensas aisladoras que desfiguran nuestra percepción
de la realidad y estorban la investigación de varios modos.
a. E l r e l a t i v i s m o i n g e n u o , c u l t u r a l y é t i c o —una concepción de
la humanidad como “museo de las costumbres”—, reconoce la exis-
...............
P R O F E S IO N A L E S 1- 1
H'iii i.i de seres humanos, pero en nombre de la objetividad “cien-
iilua", se niega a aplicar las consideraciones éticas ordinarias a su
<miducta. Además, esta posición “metodológica” esquiva el impor-
i m í e problema de la relevancia del e to s de una cultura para otra,
iihí romo el importante problema cultural de la ética en general.
C a s o 4 4 : Un antropólogo psicológicamente experto me dijo ha-
IM-r presenciado el entierro de una persona viva que había “per­
d i d o su alma” y por eso era considerada técnicamente muerta (cf.
2 7 5 ). Cuando le pregunté si no había tratado de impedirlo
mr replicó altanero: “En mi calidad de antropólogo, mi obligación
no es acabar con las costumbres de los indígenas, sino estudiarlas.
I.a negación c o m p u l s i v a dé la legitimidad de los juicios éticos
puede conducir a negarse a hacer diagnósticos c i e n t í f i c o s aun cuan­
do el grado de patología de una sociedad dada pueda evaluarse
<n función de su fracaso en alcanzar la meta que declara y de su
pi opensión a destruirse a sí misma por la adhesión a metas disfun-
, ionales. El mejor ejemplo es la tribu de los tonkawa con su dis­
posición patológica autodestructiva a exponerse a que la extermi-
u r i i SUS vecinos indignados en lugar de renunciar a su canibalismo,
vi onómicamente innecesario (Linton, 1937; Devereux, 1955b).
El relativismo cultural trata así de reducir la ansiedad consi­
derando los datos culturales en un vacío humano. Aunque cientí-
Iiiamente estéril, este subterfugio es efectivo, puesto que reaccio-
ii,unos con menos ansiedad a la canibalización coital de su macho
(con el que no podemos identificarnos) por la mantis hembra de
lo que haríamos a una costumbre semejante entre los humanos.
I)<• modo análogo, podemos reducir artificialmente nuestras angus-
n.is viendo torturar a prisioneros tan sólo como “costumbre ne­
gando con ello implícitamente que esas prácticas tengan relación
alguna con seres de carne y hueso, con los que tendríamos que
Identificarnos. Estas negaciones implícitas de toda semejanza entre
nosotros y otros también se practican en la vida corriente, por
<qemplo, en los intentos de justificar la esclavitud, que, “en reali­
dad”, sólo afecta a unos “semianimales”. Este aumento intencio­
nal de la distancia social entre el antropólogo y los indígenas que
estudia le permite olvidar sus propias angustias, estudiando sus
costumbres como si la cultura no afectara a las vidas humanas, aun­
que no es necesario decir que esas angustias denegadas son despla­
zadas sobre otros temas. Muchos culturólogos son hostiles a los
que estudian las costumbres en relación con el hombre, sobre todo
poique este enfoque más amplio amenaza con reintroducir el ele­
mento humano (psicológico) causante de ansiedad en su mundo
I~4 C O N T R A T R A S F E R E N C IA Y C O M P O R T A M IE N T O

cuidadosamente esterilizado de afectos, en que sólo hay costumbres


e instituciones “puras".
El modo de ver “relativista” de que una práctica cruel es sólo
una costumbre éticamente neutra puede incluso impedir la objeti­
vidad verdadera, sencillamente porque la definición relativista de
la costumbre n o suelen compartirla los que d e h e c h o la practican,
que pueden considerarla moralmente errónea (Lévi-Strauss, 1955).
El negaise a advertir cuán viciosa es en sí una costumbre puede
por eso no dejarnos ver la evaluación a c o s t u m b r a d a de esa prác­
tica por el primitivo.
C a s o 4 5 : Si uno considerara la masturbación premarital de los
sedang, su homosexualidad, bestialidad y sus perversiones hetero­
sexuales como costumbres nada más ’, nunca descubriría que los
mismos sedang consideran esas prácticas objetables y sólo se entre­
gan a ellas porque sus dioses, a los que explícitamente declaran
éticamente corruptos y malos, p r e f i e r e n prohibir las relaciones he­
terosexuales premaritales, que los sedang consideran en cambio
moralmente más justas que las perversiones. A su vez, este descu­
brimiento es indispensable para comprender la hostilidad de los
sedang para con sus dioses (Devereux, 1940c).
La negativa del trabajador de campo a tomar nota de que los
mismos primitivos desaprueban algunas de sus prácticas tradicio­
nales puede así impedirles predecir o comprender el cambio cultu­
ral que representa una reacción a una práctica tradicional pero
mal vista.
C a s o 4 6 : Cuando, en el pasado siglo iban a sacrificar a un cau­
tivo al lucero de la mañana, un gran guerrero pawnee, reaccionó
y liberó a la futura víctima declarando que ya no se sacrificarían
más cautivos. La tribu lanzó un suspiro colectivo de alivio y deci­
dió abolir el rito (Linton, 1923).
C a s o 4 7 : Muy contra su voluntad, el pueblo de Temese se veía
obligado cada año a consagrar la virgen más hermosa al malvado
héroe muerto Polites. Pero el boxeador y pancratista olímpico Eu-
thymos, que se apiadó de una de esas jóvenes y se enamoró de ella,
desafió y venció a Polites, quien se lanzó (¿es decir, su estatua?)
al mar, liberando asi para siempre a Temese de la obligación de
hacer ese sacrificio (Pausanias, 6.6.2; Estrabón, 6.1.5, p. 255; Aelia-
no, V a r i a H i s t o r i a , 8.18; Eustatio: D e la O d i s e a , 1409.13).
C a s o 4 8 : El sentimiento subjetivo que tienen los sedang de que
comerse el hígado humano es moralmente repulsivo hizo que se
remplazara esa practica, al principio con un gesto puramente sim­
bólico —tocar un hígado humano con los labios— y después por
el consumo del hígado de un animal sacrificado.
UtFKNSAS P R O F E S IO N A L E S l **>

C a s o 4 9 : El sacrificio humano también se hizo obsoleto entre los


seilang nada más porque les parecía moralmente errado. Al prin-
4 ipió limitaron los sacrificios humanos a las ocasiones en que una

<i isis muy grave —como una epidemia— hacía parecer necesaiio
<I recurso a esa antigua costumbre. 1 Después, hacían c o m o s i sacri-
licaran un ser humano, pero en realidad sólo le punzaban el so­
baco y mataban un puerco en su lugar. 2
Además, cuando un deudor “sacrificado de esta manera de­
mandó a sus “matadores’’ por daños y los ancianos le otorgaron
una compensación, los sedarig renunciaron incluso a f i n g i r el sa-
ccilicio de un humano. Para 1933 ya habían remplazado las víc­
timas humanas por figurillas de cera y se contentaban con matar
iln búfalo. Incluso racionalizaron esta práctica proclamando or-
gullosamente que ellos eran más ricos que los espíritus, que tenían
que comer seres humanos mientras que ellos se permitían ¡comer
búfalos!
Estas dos innovaciones culturales ocurrieron a n t e s de que los
sedang fueran sometidos a una presión aculturativa o administra­
tiva. Se produjeron porque, a d i f e r e n c i a d e c i e r t o s a n t r o p ó l o g o s ,
los sedang no consideraban cjue comer carne humana o matar gen­
te fuera "nada más una costumbre”. De hecho, se alegraron cuan­
tío las presiones administrativas los o b l i g a r o n a abandonar tam­
bién otra costumbre onerosa.
C a s o 5 0 : Cuando los franceses prohibieron las guerras entre tri­
bus y obligaron a los sedang a remplazar las incursiones rituales
por simulacros, un sedang me dijo: “¡Es mucho mejor así! Ahora
podemos gozar del festín de la victoria y emborracharnos a fondo
sin tener que jugarnos primero la pelleja peleando con los halang.”
Estos datos muestran que la actitud de “nada más una costum­
bre” suele hacer que el investigador c o m p u l s i v a m e n t e “objetivo”
no sea n a d a objetivo acerca de las costumbres que estudia.
b. E l e l i m i n a r a l i n d i v i d u o de los informes etnológicos de cam­
po era anteriormente un procedimiento acostumbrado. 3
C a s o 5 1 : Linton me mencionó una vez la siguiente observación

» También Temístocles durante las guerras Médicas se vio obligado a hacer


sacrificios humanos (Plutarco, Temístocles, 13); después de su derrota inicial
por Agatocles los cartagineses volvieron a sacrificar a sus propios hijos en
lugar de otros comprados (Diodoro Sículo, 20.14.4).
2 Un sacrificio humano comparable se practicó, según Eurípides (Ijigenia en
lííuride, versos 1458 ss.), en Halai Araphenides ante la estatua de la Artemisa
local, que recibía sacrificios humanos verdaderos en Táurica.
> Como dijo una vez con ironía Hallowell: "A los antropólogos, sencilla­
mente, la gente no les interesa mucho.”
124
C O N T R A T R A S F E R E N C IA Y C O M P O R T A M IE N T O

de un colega: “Mi monografía de la tribu X está casi acabada,


lo d o cuanto me queda por hacer es quitarle la vida" (o sea todo
lo relacionado con personas y sucedidos reales).
c. L o s e s q u e m a s c o n c e p t u a l e s v á l i d o s y la s p o s i c i o n e s m e t o d o l ó ­
g i c a s pueden emplearse también primordialmente para la descon­
taminación afectiva del material anxiógeno.
La culturología suele operar como si la gente no existiera en
realidad. Claro está que éste es un procedimiento preliminar ló­
gicamente legitimo para estudiar la cultura aislada -—sea in v i t f o ,
sea como una variable analítica”— con tal que los resultados de
este estudio segmentario del comportamiento humano se correla­
cionen en definitiva con los descubrimientos y formulaciones psi­
cológicos.4
Pero si se piensa que la culturología ha de dar soluciones fina­
les y compendiosas y si hay el temor —completamente injustifica­
do de una conjura para reducir lo sociocultural a lo psicológico
(Kroeber, 1948a), entonces la posición culturológica o la superor-
gánica es ante todo un mecanismo de aislamiento, y no una posi­
ción profesional t e m p o r a l con un fin determinado.
d. E l e n f o q u e a t o m í s t i c o debe distinguirse claramente del em­
pleo de listas de rasgos y cuestionarios como artificios mnemónicos
que garanticen que el trabajador de campo no olvidará “por acci­
dente o intención el material que —a causa de sus ansiedades—
preferiría no investigar. Hay que distinguirlo también de los bue­
nos estudios de distribución que —como el de Kroeber (1949, 1952,
1955), análisis de zonas culturales americanas y tipos de persona­
lidad por áreas— n o ignoran la c o n f i g u r a c i ó n de rasgos y su perti­
nencia humana, así como de las investigaciones acerca de la ampli­
tud y variedad de rasgos culturales, que en definitiva tratan de
arrojar luz sobre el funcionamiento total del hombre en-cultura
(I)evereux, 1955a). La ciencia atomística de la conducta represen­
ta una defensa contra la ansiedad solo si, después de arrancar un
rasgo de su contexto, no lo reintegra finalmente a su matriz psico-
cultural.

* Yo mismo esbocé (Devereux, 1940a) un esquema conceptual de sociedad


que eliminaba de momento al individuo, pero sólo para esclarecer la índole
del hecho sociológico. Después (1945, 1957a, 1961b) destaqué repetidas veces
la desemejanza y la relación de complementariedad existentes entre el enten­
dimiento sociológico y el psicológico de un acto dado, pero insistía (1958c, d,
1961b) en que eso era sólo un paso preliminar hacia la formulación de un
marco de referencia unificado, en que se combinarían esos insights, segmenta­
rios teóricamente distintos en un esquema único. En ninguna parte insinué
que esos insights no pudieran ni debieran unificarse al final.
01 I I NSAS P R O F E S IO N A L E S 125

Incluso los estudios acerca de la índole de la cultura, de los


Iii c« esos culturales y de difusión pueden ser viciados por la nega-
iiv.i a tomar en cuenta la psicología.
C a s o 5 2 : Norbeck (1955) trató de explicar la presencia del re-
l.ilo de hombres sin ano en dos regiones muy separadas una de
oti.i mediante una hipótesis extravagante de que la habían intro­
d u c i d o en las Filipinas esclavos llevados de América del Sur. Si
Norbeck hubiera tomado en cuenta también la creencia chaga
IRaum, 1939) de que los hombres adultos no tienen ano y las
Iucntes griegas y romanas como Luciano ( V e r a H i s t o r i a , 1.23), Pli-
.... ( N a t u r a l i s H i s t o r i a , 7.25) y Aulo Gelio (N o c t e s A t t i c a e , 9.4.10)
hubiera comprendido que no era posible la solución del problema
r\< tusivamente en términos de difusión, sencillamente porque la
negación del ano es una fantasía humana que puede manifestarse
en muchos niveles: como cuento en América del Sur y las Filipi­
nas, etc., como creencia impuesta socialmente entre los chagas y
mino fantasía neurótica en los pacientes occidentales (Keiser, 1954;
Devereux, 1954b). Además, el mito sudamericano también puede
explicarse estructuralmente (Lévi-Strauss, 1966).
C a s o 53: Si uno desea estudiar la idea del pene luxado etnoló­
gicamente tiene que considerar como un solo universo de discurso
una práctica tupari, una broma mohave, un mito zoroástrico, una
mentira esquimal, una neurosis koro indonesia y del sur de China,
mi cuento de L e s C e n t N o u v e l l e s N o r m e li e s , una anécdota semi-
pornográfica de la monarquía francesa, la acción de un psicòtico
alemán, el sueño de una neurótica norteamericana, las parestesias
de un bostoniano b o r d e r l i n e , la fantasía de un obsesivo del medio
oeste, etc. (Devereux, 1954a, 1957a). Sólo un mapa de distribución
que consigne t o d a s esas manifestaciones de una m i s m a idea puede
tener sentido a n t r o p o l ó g i c a m e n t e . . . y la preparación de ese mapa
icquiere que se tenga conocimiento del hombre en t o d a su reali­
dad corpórea y psíquica.
e. L a p s i c o l o g í a d e r a s g o s , que malemplea los tests como fajas
• ortafuegos emocionales es la contraparte psicológica de la ciencia
social atomística. La capacidad que tienen los tests de proporcio­
nar un entendimiento intelectual y al mismo tiempo de incremen­
tar, no reducir, nuestro sentido de la realidad humana y psicolo­
gica del sujeto sometido a test se prueba, en el campo clínico, por
los informes de test de los mejores psicólogos y en el campo de la
cultura y la personalidad por las investigaciones de trabajadores
inspirados, como Hallowell (1955). En manos de las personas que
no temen a las realidades psíquicas, los tests no son escapatorias
sino sendas que conducen hacia el entendimiento de los seres vivos.
126 CONTRATRASFERENCIA V COMPORTAMIENTO

Por desgracia hay también algunos "expertos” que (inconsciente­


mente) se sirven de los tests para esterilizar su material.5
La monografía de Lessa y Spiegelman (1954) sobre la persona­
lidad ulitiana, que se basa primordialmente en datos de tests, así
como dos libros basados en parte en los tests realizados con navajos
(Kluckhohn y Leighton, 1946; Leighton y Kluckhohn, 1947), no lo­
gran dar vida, al menos para un lector (Devereux, 1948a, f) a los
individuos y el grupo que describen, mientras que Lowie (1935)
—que no profesaba el ser psicólogo ni se servía de tests— anima
tanto a la tribu crow como a sus miembros. Incluso una obra tan
teórica como el excelente estudio de Llewellyn y Hoebel (1941)
sobre las leyes cheyennes, escrito por dos eruditos n o especializados
en cultura y personalidad y que persiguen fines diferentes, da vida
a los cheyennes, a pesar de diagnósticos psiquiátricos incorrectos a
veces.6
De hecho, algunos antropólogos básicamente antipsicológicos
parecen haberse convertido en “especialistas” de cultura-y-perso-
nalidad como una solución de transacción (“acatamiento fingido”)
y haber publicado labor estadística de tests principalmente para te­
ner la “autoridad” necesaria para combatir todo enfoque psicoló­
gico verdaderamente profundo del hombre. Algunos trabajos de
Lessa (1956), Orlansky (1949) y Sewell (1952) son buenos ejemplos
de esta maniobra. La Barre (1958) cita otros datos al respecto.
f. L a c o n s t r u c c ió n i n t e l e c t u a l i s t a d e m o d e l o s d e p e r s o n a l i d a d es
la contraparte psicológica de la teorización culturológica. La cons­
trucción de modelos es una práctica normal en cualquier ciencia
que ha llegado al punto en que la teorización se hace necesaria y
factible. Pero debe comprenderse que no es posible construir mo­
delos abstractos de la personalidad sin “descontaminar” primero
nuestro material. Los modelos buenos, por muy abstractos que sean
—¡y algunos de ellos son muy abstractos, ciertamente!— pertenecen
a seres humanos y no a “preparaciones” de laboratorio. De ahí que
le “prendan el foco” tanto al lector ordinario como al clínico,7
5 Los clínicos dinámicos suelen quejarse de que los informes de tests de los
psicólogos clínicos de segunda categoría son esquemas vacíos de sentido y re­
pletos de una jerga que hace el papel de insight verdadero y empatia clínica
creadora.
6 Una mujer cheyenne anormalmente mandona y agresiva, a quien Llewellyn
y Hoebel califican de “psicópata”, era casi con toda seguridad un caso grave
de carácter neurótico.
1 El doctor Loewenstein me dice que siempre que él y los doctores Hartmann
y Kris trabajaban en algún artículo de teoría comprobaban toda construcción
teórica citando en el curso de sus disquisiciones pruebas clínicas apropiadas,
aunque por razones de comodidad en la exposición a veces no mencionen ese
Mi l i NsAS PROFESIONALES 127

mu llirás que algunos otros modelos, como el de Erikson (1950)


»iguni —por lo menos para mí— siendo esquemas exangües, aunque
qui/á deslumbrantes. Es instructivo comparar en este contexto la
m ide/ de los modelos, altamente complejos, construidos por Ró-
lirun (1950), Mead (1947a, b, c), I.évi-Strauss (1949, 1955, 1962a,
li. 1964) o La Barre (1954), con el brillo helado del modelo for­
malista que traza Erikson (1943) de la cultura y personalidad
Mimk o —en grado algo menor— también con algunos (¡no todos!)
iiqici los del modelo de la personalidad étnica creado por Kardiner
1 1939, 1945). Ciertamente, incluso aquellos que no aceptan del todo

lus modelos de Róheim, Mead, Lévi-Strauss o La Barre sentirán al-


liiuia «pie otra vez que esos modelos en apariencia abstractos evo-
■.m, <on una penetración casi sobrecogedora, un amigo, un paciente
■i un informante primitivo. En cambio, un modelo puramente in-
ii-lcctualista tan sólo deslumbra al intelecto. Es tan “fino” como
mu disquisición medioeval acerca de cuántos ángeles caben en la
lumia de una aguja; sólo nos espanta por su ingenio pero no con­
sigue hacer que los ángeles ni la aguja —ni tampoco el autor del
n .nado— nos resulten reales, puesto que nos dejan pensando “¿y
rn> qué?”.
Un mismo procedimiento teórico genuinamente importante, si
•o emplea a manera de defensa contra la objetividad, puede con-
»• 1 1 irse en una de las menos advertidas —por ser narcisistamente
iilis humillantes— causas de distorsión en la ciencia de la con­
duela: es un tipo particular de c o n s t r u c c ió n d e te o r ía e n d o s
flisos.
I La primera fase consiste en formular una teoría que explique
ilrbidamente aquella parte de los hechos que m e n o s ansiedad cau­
sa Esta teoría segmentaria suele entonces servir para desalentar
la investigación en la otra porción de los hechos: la que m á s an­
siedad causa.
2. En la segunda fase, esta teoría segmentaria se elabora siste­
máticamente para crear la ilusión de que es completa, con lo que
se desalientan intentos ulteriores de encarar los aspectos inquie-
i.mies de los hechos que uno profesa haber explicado.
Aunque el valor inherente —si bien transitorio— de las teorías
que explican u n a s p e c t o de un proceso s ó l o está por encima de
■lindezas, lo que importa aquí es que la te o r ía p a r c i a l ( c o r r e c ta ) se
iniiirrial en los trabajos publicados. Su construcción de modelos —para no
im iicionar la de Freud— puede compararse con provecho con modelos pura-
u i r i i i c intelectualistas en la psicología psicoanalítica del Yo, como los de Ra-
l'ipoit (1951a, b).
128 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

a p l i c a e n t o n c e s p a r a i m p e d i r la f o r m u l a c i ó n d e u n a t e o r í a v e r d a ­
d e r a m e n te c o m p le ta .
C a s o 5 4 : Hace unos años me interesaba yo más en los p a d r e s de
Edipo que en Edipo mismo. Releyendo los textos griegos sobre
Edipo como si no trataran p r i m o r d i a l m e n t e de Edipo sino de Layo
y Yocasta descubrí que estos mitos consideraban e x p l í c i t a m e n t e la
conducta “edípica” de Edipo consecuencia directa e inevitable del
(y reacción al) comportamiento de Layo y Yocasta.8 Esto implica
que el complejo de Edipo podría con toda legitimidad llamarse
complejo “contralayo” o “contrayocastas” y que el complejo de
Layo y el de Yocasta se llaman indebidamente contraedípicos. Por
cierto que esta denominación da a entender erróneamente que el
complejo del hijo Edipo p r o v o c a los complejos “contraedípicos” de
sus padres. Innecesario es decir que mis observaciones no ponían
en duda la existencia del complejo de Edipo; en realidad lo con­
firmaban considerablemente. Indicaban tan sólo que el complejo
del hijo Edipo es a n t e todo la reacción provocada por los impulsos
incestuosos y/o asesinos de los padres y por eso es, hablando en
puridad, un complejo de contralayo o contrayocasta.
Aunque este trabajo manejaba hechos demostrables, se me acon­
sejó en forma privada que no lo publicara porque podría perju­
dicar a mi reputación de freudiano clásico, entonces firmemente
asentada. En realidad, el órgano oficial de la Asociación Psicoana-
lítica Internacional aceptó el artículo casi a vuelta de correo (De-
vereux, 1953b).
C a s o 5 5 : Otras investigaciones de los aspectos científicamente
escotomizados de otras complejas relaciones de la infancia me mo­
vieron a redactar un artículo sobre el carácter derivado de los im­
pulsos caníbales en la primera infancia, en que asentaba los si­
guientes puntos, copiosamente documentados;
1. Nuestra información sobre la vida psíquica del infante es en
gran parte iníerencial y se compone de reconstrucciones más o me­
nos válidas.
2. El lactante no es todavía capaz de distinguir entre la carne
humana y la no humana; por eso no puede, en sentido psicológico,
decirse que tiene impulsos caníbales. Se reconoce que muerde el
pezón, pero con el mismo placer muerde el chupete. Por eso puede

8 A la misma conclusión llegó implícitamente hace tiempo el helenista Bethe


(1891), quien hizo ver que los medios por los que según una tradición trató
Layo de matar a su infante correspondían al tipo de castigo que se aplicaba
tradicionalmente a los parricidas, y que fue ese castigo por anticipado la causa
del subsiguiente parricidio de Edipo.
til I LNSAS PROFESIONALES 129

<lc< irse que tiene impulsos de morder y devorar, pero no que los
tenga caníbales.
3. La creencia de que los infantes tienen impulsos específica­
mente caníbales se debe entonces a la proyección sobre el niño
de los impulsos caníbales de sus padres, o bien a la proyección re­
trógrada sobre la primera infancia de los impulsos caníbales de
niños algo mayores, capaces de distinguir entre la carne humana
V la no humana y cuyos impulsos caníbales representan una res­
puesta a los impulsos caníbales de sus padres.
1. La zoología, la antropología y la historia por igual, demues­
tran que los animales adultos y los seres humanos devoran a sus
pequeñuelos, mientras que éstos nunca devoran a sus padres; y
•un después de llegar a la madurez, es muy difícil que los devo-
•«*11. Incluso la manducación del cadáver del padre o la madre
muertos o moribundos (Herodoto, 3.99) es excepcional, y en cam­
bio está muy difundido el matar a los hijos, tanto para comérselos
ionio por ritual (Devereux, 1966d).
Estos hechos manifiestos y estas conclusiones casi ingenuamente
obvias han provocado reacciones extraordinarias.

A Reacciones de un colega a quien enseñé el original en privado:


1. Mencionaba yo las creencias hawaianas acerca del inconteni­
ble deseo de comer de las mujeres encinta y citaba la palabra ha-
waiana que designa esas ansias. A pesar de eso, me preguntó si esas
<reencias las tenían unos cuantos hawaianos solamente o la nación
• niera.
2. Me pidió que citara mis fuentes para algunas de mis decla-
i aciones relativas a los mohaves, aunque era claro que yo estaba
• Mando datos recogidos por mí sobre el terreno.
3. Aunque era médico, se “preguntaba” si sería cierto que:
a] algunas hembras de animales se comen la placenta;
h] esa ingestión promueve el paso del equilibrio endocrino de
upo preñez al equilibrio endocrino de tipo lactancia;
c] un animal experimental, privado de ciertos elementos nece-
•ii ios de su alimentación, escogerá, entre diversos tipos de alimen­
to, el que contenga los elementos que le faltan en su dieta.
I. Me pidió que citara la autoridad para mi declaración de que
algunas mujeres primitivas recurren al ejercicio extremado para
iihortar, aunque yo citaba mi obra, Estudio del aborto en las so-
1 1 edades primitit/as precisamente para ese punto (Devereux, 1955a).

5. Puso en duda mi afirmación de que en tiempos de hambre


los australianos se comen a sus hijos, aunque yo citaba dos fuentes
•poyándola.
CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO
130
6 . Me pidió que “aclarara” cierto número de observaciones ex­
tremadamente simples, etcétera.
B. D o s o p i n a n t e s . Después se publicó una versión cuidadosamen­
te reelaborada de este artículo en una publicación periódica a to­
dos cuyos artículos acompañan los comentarios de varios opinantes.
Uno de mis tres opinantes —de modo perfectamente legítimo—
examinaba el problema desde un ángulo diferente y llegaba a con­
clusiones que considero complementarias de aquellas a que yo ha­
bía llegado. Los otros dos opinantes evitaban cuidadosamente avo­
carse al hecho crucial de que para tener fantasías c a n í b a l e s hay
que saber la d i f e r e n c i a existente entre carne humana y carne de
animal. También equivocaban otros dos puntos importantes, me
imputaban opiniones que no había yo expuesto y se conformaban
más o menos con hacer observaciones sarcásticas y gritar “¡herejía!’
(Coodley, 1966; Ekstein, 1966).
No importa aquí lo extraño y capcioso de las reacciones, de las
cuales citamos tan sólo unas pocas en los párrafos que anteceden.
Lo que importa es que esas reacciones las había provocado sin
ninguna duda la naturaleza anxiógena de mis conclusiones, que
trasgredían dos prácticas científicas importantes:
1. El tabú sobre el escrutinio de la conducta parental en tér­
minos psicoanalíticos.9
2. La tradición de que todo se le ha de achacar al paciente. Pero
ya Loewenstein (1947) protestaba porque se atribuían todas las
desdichas del paciente a su "masoquismo moral”.10
En mi calidad de freudiano impecablemente clásico y o sugeriría
que ciertos segmentos no analizados de la teoría psicoanalítica pue­
den servir de resistencia a los hechos (Devereux, 1965b), y esto a
pesar de la insistencia de Freud de que los hechos son antes que
la teoría (Freud, 1964).11 Y si el psicoanálisis se hizo ciencia fue
precisamente por ser capaz de aceptar los hechos que mucha gente
prefiere ignorar.
El aprovechamiento de la teoría en forma defensiva no se limita
al psicoanálisis.
C a s o 5 6 : La clave de la teoría de Guthrie (1935) acerca del

0 Mi rotundo y claridoso maestro del instituto psicoanalítico donde me pie-


paré criticaba este tabú.
10 Como observó una vez un colega verdaderamente realista: En núes ío
negocio, el cliente nunca tiene razón. . .
11 No menoscaba la validez de esta afirmación el hecho de que Freud, des­
dichadamente, la hiciera en relación con la telepatía.
ni II.NSAS PROFESIONALES 1SI
aprendizaje es el principio de “una-prueba-cim-postremidad” #
(Voeks, 1954). Se reconoce cjue este sistema es consecuente consigo
mismo, compendioso e irrefutable pero (y por desgracia esto ra­
lamente se cumple) sólo en el limitadísimo sentido en que lo son
las reglas del ajedrez, que prevén toda contingencia. Por eso el
sistema de Guthrie sólo merece ese tipo de estimación semiexaspe-
i ada que concedemos al inventor de un acertijo al parecer insolu-
l>le, que puede “descifrarse” por medio de una maña enojosamente
sencilla. Postula Guthrie que el aprendizaje se realiza p o r c o m p l e ­
t o en una sola prueba e x i t o s a . El hecho de que se opongan a esta
lesis tanto el sentido común como la experiencia diaria y que sólo
puede "demostrarse" por medio de argumentos en extremo espe-
<iosos es lógicamente mucho menos inquietante que el de que
imitradice los datos más fundamentales de toda ciencia de la
vida: todo organismo es un sistema cronohollstico cuyo compor­
tamiento en el tiempo t -\- \ t n o es t o t a l m e n t e comprensible en
función de su estado en el tiempo t, sino sólo en función de t o d a
m i historia anterior (capítulo i). Este hecho no afecta a la conse-

i uencia consigo mismo, la compendiosidad e irrefutabilidad del


sistema de Guthrie, pero lo relega a esa clase de sistemas opera-
i ionales cuyo prototipo es el juego de ajedrez. Esas hazañas seme­
jantes a juegos y casi escolásticas gustan, como es sabido, a todo
i uanto hay de infantil en la mente compulsivamente “científica”.
Por eso sólo toman en serio algunos el sistema de Guthrie, por
mi tan reduccionista que la posición olímpica del investigador no se
ve amenazada por el hecho de que la rata que corre por el labe-
mito es tan capaz de sentir como él.12 Y por fin, y esto también
es importante, el sistema de Guthrie es particularmente satisfacto-
no para cierto tipo de investigador porque no sólo lo pone fuera
del experimento sino que, por encima de todo, pasa por alto el
liri ho de que el observador, que debería ser también sujeto se­
gún las leyes guthrieanas que rigen el comportamiento de la rata
(Guthrie, 1935, 1938), puede conservar —evadiendo todas las cues­
tiones psicológicas y lógicas— su identidad humana y sus experien-
i l i s cognitivas sin las cuales, como muestran los capítulos i i y ni,

no podrían realizar absolutamente ningún experimento, y no diga­


mos interpretar sus resultados.

* "One trial cum poslremity". Según Guthrie un solo ensayo logrado asegu-
i n e l aprendizaje, [ r .t .]

" Ks digno de nota el que los psicólogos cognoscitivistas, que no rehuyen


i >i . i cuestión, hacen menos operaciones dolorosas y destructivas en sus anima-

li s de laboratorio que los psicólogos reduccionistas de respuesta.


132
CONTRATRASFF.RENCIA Y COMPORTAMIENTO

Y así, independientemente de que una teología privada o un


reduccionismo mecanicista sean el punto de partida de intentos
de esquivar las cuestiones suscitadas por la naturaleza s u i g e n e r i s
de los fenómenos de la vida y en especial del hombre y sus obras,
la diferencia entre fenómenos vitales y fenómenos no vitales ha in­
fluido radicalmente en la historia de las ideas del hombre acerca
de la biosfera y de sí mismo. Pero lo que aquí nos importa es sólo
el problema concreto de la índole propia de los datos comporta-
mentales y del marco teórico que trata de la vida como fenómenos
vitales y no como otra cosa.
Un rasgo común a t o d a s las investigaciones es que e n a l g ú n p u n ­
t o del experimento un evento se trasforma en una percepción. Al­
guien —sea Zeus, Einstein, Darwin, Freud, E. R. Guthrie o, para
lo que nos importa, Perico de los Palotes. . .— dice: “Y esto per­
cibo” —cosa que constituye un enunciado cognitivo (capítulo x x i i ) .
Según el modo de ver de Poincaré, de que el objeto de la ciencia
es descubrir las semejanzas en las diferencias y las diferencias en
las semejanzas, trato de demostrar que un modo operacionalmente
eficaz de distinguir entre datos referentes a la vida y datos no
referidos a la vida es escudriñar estos dos tipos de fenómenos en
el preciso momento del proceso experimental en que alguien dice:
“Y esto percibo.”
El empleo defensivo de la teoría puede viciar sobremanera se­
mejante empresa, ya que, como veremos en el capítulo xxn y en
el x x iii , l a teoría sólo determina el punto e x a c t o en que el expe­
rimentador u observador percipiente declara: “Y esto percibo” y
p o r e s o se ve autorizado a gritar también: “¡Eureka!” 13

13 Suele decirse que mientras los teóricos del aprendizaje “de respuesta”
crean teorías sistemáticas, los teóricos del aprendizaje cognitivo (de “situación”)
tratan ante todo de refutar las opiniones de los psicólogos de la respuesta.
Esta acusación es sustancialmente correcta. Es evidente que los psicólogos
cognoscitivistas evitan la construcción de sistemas porque los llevaría, sin que
pudieran remediarlo, a la posición psicoanalítica, que los pondría al margen
de casi toda la psicología académica oficial; y además detendría todo diálogo
ulterior con sus colegas orientados hacia la respuesta, puesto que para que haya
controversia se requiere al menos una comunidad parcial de lenguaje e ideas.
Acaso sea significativo el que después de llegar a ser un profesor emérito,
Tolman adoptara una posición que es prácticamente la del psicoanálisis clá­
sico (Tolman, 1949).
C A P ÍT U L O V III

APLICACIONES SUBLIMATORIAS Y
DEFENSIVAS DE LA METODOLOGÍA

Es legítimo que el científico que maneja un material anxiógeno


busque medios susceptibles de reducir su ansiedad hasta el punto
de permitirle realizar su trabajo eficazmente y resulta que el modo
más eficaz y duradero de reducir la ansiedad es la buena meto­
dología. No vacía la realidad de su contenido anxiógeno sino que
lo domestica” al demostrar que también puede ser entendido y
«laborado por el Yo consciente. Además, reduce la ansiedad misma
por el i n s i g h t y la convierte en un dato científicamente utilizable.
Y así, en la ciencia de la conducta tanto como en la terapia ana­
lítica, la buena metodología da la seguridad de que “donde hubo
Ello debo advenir Yo" (Freud). La angustia entendida es una fuen­
te de serenidad y creatividad psicológica y por lo tanto de buena
i inicia.
Por desgracia, incluso la mejor metodología puede emplearse in-
i onsciente y abusivamente ante todo como ataráxico —adormece-
dor de la ansiedad—y entonces produce “resultados” científicos (?)
que huelen a cadaverina y tienen poco que ver con la realidad
viva. Por eso lo que importa no es saber si uno e m p l e a la metodo­
logía t a m b i é n como artificio para reducir la ansiedad, sino si uno
lo hace así a s a b i e n d a s , de modo sublimatorio, o inconscientemen­
te. de modo s o l a m e n t e defensivo.
(.aso 57: Las cubiertas estériles de la preparación quirúrgica tra-
t.:n de garantizar a n t e t o d o la asepsia del campo operatorio. Pero
también reducen i n c i d e n t a l m e n t e la angustia del cirujano al crear
l.i ilusión t e m p o r a l m e n t e útil de que está operando sólo en un
"<ampo” o una “parte” y no saja “en realidad” un ser vivo (c a s o
■"><>). Pero el cirujano debe saber todo el tiempo que de hecho está
operando en un ser vivo. Si acepta inconsideradamente esta ilu-
non protectora —si no piensa en la cadencia respiratoria del pacien-
i<. en el peligro de choque, etc.— su operación será un éxito, pero
<I paciente morirá.
I-a sustancia viva —y por lo tanto relevante— del hombre y la
«o Itura también “muere” si el científico del comportamiento olvida
[1 3 3 ]
134 CONTRATRASFF.RENCIA V COMPORTAMIENTO

que la cultura no existe separada de la gente ni de los aspectos


exteriores a su matriz psicoeultural.
El estudio de la cultura, como cosa distinta del hombre y de la
psicología característica de éste, emplea ciertos métodos distinti­
vos, sin los cuales nuestro entendimiento del hombre sería cierta­
mente desdeñable. Pero las indagaciones de este tipo sólo son úti­
les si sirven a manera de puntos de partida para los estudios psi-
coculturales. Los que estudian la cultura p e r s e por razones s u b li­
m a to r ia s suelen estudiar también el hombre vivo.
C a s o 5 8 : Las teorías básicas de la más sociologista de todas las
escuelas sociológicas —las de Durkheim y Mauss— son, como sabe­
mos hoy, las más compatibles con el pensamiento psicoanalítico.
De modo semejante, Lévi-Strauss (1949, 1958), a quien los desca­
minados consideran opositor del psicoanálisis, es en algunos respec­
tos aún más consecuentemente psicoanalítico en su metodología
que Freud en su T ó t e m y T a b ú (1955a).
El mismo Kroeber (1952), creador del concepto de lo superorgá-
nico, se interesó (al menos ambivalentemente) en la psicología,
aunque le parecía no llegar nunca a la fusión completa de los re­
sultados de sus estudios culturales con los de sus investigaciones
psicológicas (comunicación personal).
En cambio, los que emplean los métodos de la culturología de­
fensivamente suelen ser hostiles a los intentos de estudiar el hom­
bre, único creador y mediador de la cultura, como ser vivo.
La negación implícita de la existencia —o cuando menos de la
relevancia— del hombre ha llevado a la culturología, tanto como
al materialismo histórico, al que se parece ideológicamente, hacia
una posición donde prácticamente tiene que postular que tanto
la cultura como la sociedad son de origen extrahumano, del mismo
modo que la convicción de cierto filósofo de que el lenguaje no
pudo haberlo inventado el hombre lo impulsó a postular un desig­
nio divino (Vendryés, 1921).
Suele ser conveniente el tratar la cultura, los rasgos culturales,
la psique, los rasgos psicológicos y cosas semejantes como entida­
des independientes y obrar d e m o m e n t o como si su estudio pudiera
dar respuestas completas, o sea como si la matriz psicoeultural y
la gente no existieran... con tal de que sepa uno (preconscien­
temente) todo el tiempo que es ésta una cómoda ficció-. ,,e pro­
cedimiento y que, dentro del marco de la verdadera ciencia de la
conducta, los rasgos y cosas semejantes sólo existen en una matriz
psicoeultural encarnada por personas reales. Esta tesis es válida
para todas las ramas de la antropología, puesto que incluso el
antropólogo físico tiene que tener en cuenta' lo que el cuerpo sig-
A P L IC A C IO N E S S U B L IM A T O R IA S Y D E F E N S IV A S 135
Milita en términos psicoculturales: si el cuerpo que mide se ha
iiinsagrado a Apolo en una palestra griega o a una pesadilla en
una ascética celda monacal.
K1 estudioso, aun de un solo y concreto rasgo cultural, debe
ilc igual manera tomar en cuenta no sólo sus antecedentes ritua­
les y míticos sino también todas sus contrapartes idiosincrásicas.
De otro modo, ni siquiera puede determinar correctamente la dis-
ii ibución ni explicar, por ejemplo, la difusión del mito de los
hombres sin ano (c a s o 5 2 ) o el concepto del pene luxado ( c a so
'*). Una buena historia cultural de los viajes por el espacio debe
empezar por los sueños de volar y el mito de ícaro, así como la
del paracaidismo debe empezar por sueños de caída (Devereux,
1960c) y por los saltos rituales griegos al mar (Gallini, 1963). No
(Ir otro modo pueden realizarse buenos estudios antropológico-
i ulturales ni psicológico-psiquiátricos; y menos hacerse una buena
investigación de cultura-y-personalidad.
La estrategia de procedimiento a d h o c de aislar (en el sentido
psiquiátrico) el hecho “externo” objetivo (detalle cultural) de sus
i ( percusiones afectivas “internas” (ansiedad, imaginería onírica) es
legítima y en lo técnico se puede comparar con la distinción —aho-
i .i en parte anticuada, pero empleada antiguamente— entre los
aspectos físicos y los químicos de un proceso natural. La cuestión
es simple: ¿Con qué fin r e a l aísla uno el hecho cultural de sus
i (-percusiones afectivas?
No puede uno desembarazarse de los aspectos idiosincrásicos,
más que técnicos, de este problema creando mejores técnicas expe­
lí mentales o de campo. En lugar de eso, al científico del compor­
tamiento hay que ayudarle a comprender que sus datos suscitan
unta ansiedad como los hechos clínicos y que tiene que e n c a r a r
m i ansiedad para resistir a la tentación de escotomizar algunas par­

les de su material. El análisis personal suele ayudarnos a hacerlo,


aunque un estudioso sensato y dispuesto a empatizar con la gente
y tolerar la ansiedad suele ser capaz de manejar este problema tan
bien como un investigador de campo analizado. Algunas personas
afortunadas sencillamente no necesitan análisis te r a p é u t i c o .
En general, el científico del comportamiento se siente impulsa­
do a adoptar posiciones y procedimientos profesionales suscepti­
bles de protegerlo del impacto masivo de sus datos anxiógenos. Al
mismo tiempo, como un científico no sólo es un ser humano vul­
nerable que trata automáticamente de rehuir la ansiedad, sino
también un individuo creativo capaz de sublimación, muchos de
los procedimientos que (inconscientemente) se siente movido a crear
para protegerse de la ansiedad tienen t a m b i é n un valor genuino
136 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

para la ciencia. Por ejemplo, aunque la idea de registrar los sueños


provocados por la película sobre la subincisión (c a s o 3 9 ) se debía
—hablando psicoanalíticamente— a mi deseo de resolver las ansie­
dades que en mí despertaba, era al mismo tiempo producto de la
sublimación y por eso condujo a una empresa científicamente vale­
dera. Por desgracia, en algunos casos es precisamente la e v i d e n t e
utilidad de ciertos procedimientos científicos la que facilita la es-
cotomización de sus funciones defensivas. Esto conduce a emplear
indebidamente técnicas válidas para fines primordialmente defen­
sivos, disfrazados de objetivo y desapasionado “hacer ciencia". Este
autoengaño escapista —causa de tanta labor científica de segunda
categoría— sencillamente aprovecha el hecho sabido de que el me­
jor escondite para el inconsciente irracional es detrás de la fachada
de los problemas realistas respetables, relacionada en este caso con
las técnicas del “hacer ciencia”.
El desapasionamiento t e m p o r a l que el método científico nos
ayuda a conseguir es tan legítimo como el desapasionamiento t e m ­
p o r a l que el cirujano logra cubriendo de material aséptico t o d o
m e n o s el campo operatorio efectivo. Pero la calma quirúrgica tam­
bién puede llegar a convertirse en fin en sí: algunos cirujanos son
neuróticamente propensos a operar con cualquier pretexto y así
dan por su lado a mujeres masoquistas, adictas a la policirugía
(Menninger, 1938). De lo que se trata aquí no es del enfoque cul-
turalista, ni de la construcción de sistemas, ni de pruebas psicoló­
gicas, sino del e m p l e o i n c o n s c i e n t e de expedientes metodológicos
buenos s o b r e t o d o como mecanismos de defensa y sólo i n c i d e n t a l ­
m e n t e como técnicas científicas (sublimatorias). Esos expedientes
pueden emplearse como sublimaciones solamente si pueden obte­
nerse dos fines con el mismo procedimiento:
1] La reducción p e r m a n e n t e de la ansiedad (subjetiva) y
2] la producción de resultados no deformados.
Los expedientes que no logran estos dos fines son sencillamente
defensas que, si bien alivian temporalmente la ansiedad, no tienen
ningún fin creativo. Entre estos dos extremos hay toda una gama
de movimientos mixtos, entre ellos el empleo parcialmente neuró­
tico de expedientes que los expertos más capaces de i n s i g h t em­
plean a n t e t o d o como sublimaciones creativas.
La protección o a m o r t i g u a m i e n t o p o r la s u b l i m a c i ó n es tipifi­
cada por el método científico, que comprende al arte de formular
abstracciones útiles así como definiciones de universos de discurso.
Ciertamente, aparte de su utilidad objetiva, la buena metodología
impide también las distorsiones groseras de trasferencia y contra-
trasferencia. Es incluso probable que s i la h u m a n i d a d h u b i e r a es-
APLICACIONES SUBUMATORIAS V DEFENSIVAS 137

l a d o e x e n t a d e la t e n d e n c i a n e u r ó t i c a a d e f o r m a r la r e a l i d a d , la
ló g ic a f o r m a l y e l m é t o d o c ie n t íf ic o h u b i e r a n r e s u l t a d o in n e c e s a ­
r i o s y p o r e s o n o h u b i e r a n l l e g a d o a se r .
L1 a m o r t i g u a m i e n t o p o r la o b j e t i v i d a d , que es una sublimación,
«Iiliere del desapego meramente defensivo. La objetividad nace del
i ontrol creativo de las reacciones irracionales reconocidas conscien­
temente, s i n p é r d i d a d e a f e c t o , mientras que en las resistencias
i ontratrasferenciales son negadas las reacciones defensivas incons-
<lentes e irracionales y el afecto inhibido a tal punto que se pro­
duce el aislamiento neurótico. Este aislamiento no se logra cons-
i ¡entemente, y por eso el científico acosado por la ansiedad lo ve
lomo objetividad auténtica que, no es necesario decirlo, reduce
muís su capacidad de dominar sus propensiones. Además, las ma­
niobras aislantes aumentan la distancia sociopsicológica entre el
observador y el observado, mientras que la objetividad serena la
ieduce. Y por fin, también tiene importancia el que el empleo
sublimatorio y consciente de procedimientos científicos con el fin
de reducir la ansiedad se deshace de la ansiedad movilizada por
los datos de uno p e r m a n e n t e m e n t e . . . y ésta es una característica
general de las sublimaciones (Jokl, 1950). En cambio, su empleo
inconsciente para autoengañarse, para negar y suprimir t e m p o r a l ­
m e n t e la experiencia consciente de la ansiedad sólo conduce a la
i ('movilización subsiguiente de la ansiedad suprimida con intensi­
dad aún mayor (c a s o 4 2 ).
En general, el empleo práctico y sublimatorio de la posición
i icntífica y de otras defensas profesionales suele permitir la eje-
' ución de un acto inherentemente egodistónico pero necesario, de
modo que al final, causa menos daño que el que hubiera ocurrido
de n o realizar ese acto. En cambio, la ejecución del mismo acto en
un estado de ánimo puramente defensivo y aislante provoca ine-
\ dablemente mayor ansiedad y causa mayor mal.
C a s o 5 9 : Después que me adoptaron los sedang, mi autodefini-
i huí de científico me permitió sacrificar un puerco golpeándole
l.i (abeza. Lo que importa aquí es que empleé un garrote e n o r m e
\ maté a aquel puerquito d e u n s o l o g o l p e , mientras que con el
instituto de los sedang, al usar un palo, el puerco h u b i e r a m u e r t o
l e n t a m e n t e , a p a l e a d o (c a s o 3 6 ) . El hecho de que consiguiera yo
i m p o n e r m e la obligación de hacer aquello demuestra la eficacia
di la definición “soy un científico’’. El hecho de que c u i d a r a d e
im matar al puerco lenta e indiferentemente, como un verdadero
M'dang, demuestra que era una sublimación y no un a c t i n g o u t
neurótico que hubiera aprovechado una excusa al parecer legítima
l'-iiii expresar un sadismo latente. Específicamente, y puesto que
138 CONTRATRASFF.RENCIA Y COMPORTAMIENTO

no era una u s a n z a f o r m a l sino tan sólo su i n s e n s i b i l i d a d lo que ha­


cía a los sedang matar a los puercos del sacrificio con lentitud,
no me sentía obligado a seguir más que la costumbre básica. Si
hubieran mediado motivos neuróticos (a c t i n g o u t ) , sin duda me
hubiera sentido “obligado” a matar al puerco tan lentamente como
los sedang. En cambio, un investigador de campo inconsciente­
mente sádico se hubiera convencido de que su “integridad cien­
tífica” de observador participante exigía que matara al puerco con
la misma lentitud de los sedang... aunque la usanza f o r m a l de
los sedang n o lo exigiera.
La posición profesional, así como los métodos y técnicas cientí­
ficos, pueden emplearse efectivamente tan sólo si uno comprende
que, en el nivel inconsciente, hacen t a m b i é n de defensas contra
la ansidad que nuestros datos suscitan. Si se niega su función de­
fensiva, no tardarán en emplearse a n t e t o d o con fines defensivos,
y sobre todo cuando más o s t e n t o s a m e n t e se empleen con fines de
“hacer ciencia”.
C A PÍT U L O IX

1,0 IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL

Es un lugar común el que la civilización occidental se muestra


tan irracional para con lo sexual que se niega rotundamente a
discutir su irracionalidad y aun castiga la objetividad al respecto.
Vo quiero proponer aquí la tesis —quizá algo menos insustancial—
de que las demás civilizaciones son —y tienen que ser— igual aun­
que diferentemente irracionales en esto.
Otro tanto puede decirse del individuo. Más de treinta años de
investigación y labor clínica sólo me hicieron comprender cuán
niacional era yo mismo en relación con el sexo, sin permitirme
«ontrolarlo del todo ni reconocer todas sus manifestaciones y sub­
terfugios. Por eso no puedo hacer otra cosa que examinar unos
<uantos de los modos de irracionalidad que tiene la investigación
sexual, pero soy incapaz de indicar una estrategia de investiga-
<ión que garantice una racionalidad absoluta.
Me propongo examinar primero ciertas manifestaciones de esta
i i racionalidad y a continuación analizar sus bases lógicas.

/ as m a n ifesta cio n es d e ir ra c io n a lid a d

l a humanidad es renuente a entender lo sexual; aunque insacia­


blemente curiosos acerca de ello, tanto el niño (Freud, 1959a)
•orno el adulto reprimen de nuevo rápidamente la información
sexual válida. Incluso algunos científicos del comportamiento pa­
trien investigar el comportamiento sexual manifiesto tan sólo para
poder declarar que, haciendo ya ellos lo más que pueden, debería
dispensárseles de tener que mirar también por debajo de la super­
ficie de las cosas. Subyace a este subterfugio la antigua actitud
legalista y moralista (— infantil) que está obsesionada por lo que
las gentes h a c e n pero detesta saber p o r q u é lo hacen, así como lo
que s i g n i f i c a el hacer —o no hacer—, . . y lo que significa p a r a
r l l o s . De ahí que, incluso en la psiquiatría contemporánea y en el
psicoanálisis, la definición básica de perversión vaya poco más allá
de describir el puro y simple comportamiento manifiesto, aunque
[139]
140 CONTRATRASFERENC1A V COMPORTAMIENTO

es notorio que mucha actividad conyugal descriptivamente normal


y heterosexual se alimenta de fantasías e impulsos perversos.
La humanidad, a su manera usual, chapucera y sinuosa, ha com­
prendido siempre que le faltaba objetividad en relación con lo
sexual y ha tratado de ponerle remedio. . . claro está que del modo
menos eficaz posible, que de antemano garantizaba (tranquilizado-
ramente) la perpetuación de la irracionalidad. Recurrió a la ficción
desastrosamente estéril del “hombre de Marte” idealmente des­
apegado, capaz de ser objetivo e n r e l a c ió n con el sexo, precisa­
mente por ser tan negado p a r a eso. Y así confiaba la creación de
sus códigos y rituales sexuales y aun su ciencia sexual a ancianos
impotentes, mujeres frígidas posmenopáusicas, célibes religiosos
neuróticos como el autoemasculado Orígenes, homosexuales esqui­
zoides como Platón y aun eunucos. De ahí que la misma literatura
llamada erótica esté dedicada en gran parte a las perversiones,
mientras que más de un rebelde científico arguye sobre todo que
la perversión es “verdaderamente” normal (capítulo xV).
C a s o 6 0 : Los eunucos del sultán de Turquía consiguieron hacer
de la etiqueta y las costumbres del harén un ritual obsesivo, que
regulaba las preferencias y la conducta del sultán hasta el último
detalle. El fantasma del harén alegremente orgiástico es el sueño
despierto de ruborosos neuróticos occidentales.
Incluso los científicos del comportamiento propenden a llamar
camisa de fuerza sexual a tocio cuanto difiera de su propia “liber­
tad sexual”.
C a s o 6 1 : Un análisis desapasionado de la supuesta “libertad
conyugal” de ciertas tribus revela que esa tal libertad es tan sólo
una p r o m i s c u i d a d c o m p u l s i v a cuidadosamente regulada (Devereux,
1955a). Algunos grupos muría prohíben a los solteros dormir más
de tres noches seguidas con la misma pareja (Elwin, 1947). Una
muchacha naga debe, al final, casarse con el hombre con quien
la comprometieron en la infancia (Fürer-Haimendorf, 1946). Al­
gunas madres micronesias hacen angustiada magia para que sus
hijas tengan amantes. Aprovechar toda oportunidad de copular
—aun con una pareja nada interesante— es casi obligación y aun
compulsión neurótica entre los lepchas (Gorer, 1938).
El subterfugio del “hombre de Marte” inspira muchas investi­
gaciones enfocadas exclusivamente sobre el comportamiento sexual
manifiesto.
C a s o 6 2 : El programa de investigación más exhaustivo sobre la
sexualidad humana fue confiado a un famoso especialista en a v is ­
p a s , Alfred C. Kinsey, acaso porque se pensara que un entomólogo
podía ser verdaderamente objetivo. Por consiguiente, los informes
l o IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL MI
ilc Kinsey (1948, 1953, 1958) son metodológica y sustantivamente
insatisfactorios en muchos aspectos. Los datos proporcionados por
los informantes se utilizan casi sin tomar en consideración la con-
Iiguración cultural de respuestas, distorsión inconsciente, olvido
(represión) y recuerdos encubridores; a veces se tratan las apre-
i ¡aciones de sí mismo como si fueran diagnósticos válidos (c a s o 2 ).
Muchos científicos del comportamiento hicieron ver además hace
mucho tiempo que, por ejemplo, las conclusiones específicas del
grupo de Kinsey acerca de la supuesta inexistencia de orgasmos
vaginales son contrarias a los hechos (Reich, 1927; Lorand, 1939,
etcétera).
Se reconoce francamente que los informes de Kinsey aliviaron
temporalmente las ansiedades y los sentimientos de culpa de aque­
llos de sus lectores que se creían aberrantes tan sólo porque no
<omprendían que la mayoría de sus semejantes obraban más o me­
nos como ellos. Pero esto no es, hablando en puridad, un resul­
tado científico. Es un dato relativo al impacto en el público de
la tesis kinseyana implícita de que el promedio estadístico es ne-
icsariamente "normal”. Esto es un error desastroso, porque buena
parte de la conducta sexual del hombre es manifiestamente anor­
mal de acuerdo con las pocas normas objetivamente válidas que
tenemos.
Es innegable que los informes de Kinsey contienen cantidad de
datos que, propiamente analizados, podrían producir in s i g h t s mu-
t lio más profundos que los que el grupo de Kinsey, interesado sólo
ni el comportamiento manifiesto, consiguió sacar de ellos. Así po­
drían tratarse los datos brutos de Kinsey como ejemplos para ilus-
tiar toda la gama y variedad del comportamiento sexual nortéame -
' nano. De ahí que sometiendo esta serie “horizontal” de datos
•i lo que podríamos denominar un giro de 90° (Devereux, 1955a),
«sta serie de fenómenos podría tratarse como datos psicológicos en
piofundidad, en que las modalidades estadísticamente más fre-
<tientes de conducta sexual tal vez representarían lo que está más
<cica de la conciencia, mientras que las menos frecuentes acaso
<ot respondieran a los impulsos y fantasías sexuales ordinariamente
menos conscientes, como la envidia por el macho de las funciones
teproductoras de la hembra, tan claramente reflejadas en la cou-
v a tle y en el c a s o 2 4 6 .
C a s o 6 3 : Ni siquiera los psicoanalistas son siempre insensibles
.d canto de sirenas de la ficción llamada “hombre de Marte”. Al­
gunos de ellos ponen de relieve con demasiada frecuencia la impe-
i .ible pureza y aun el puritanismo de la vida privada de Freud,
• orno para dar a entender que su relativa inexperiencia personal
142 CONTRATRASEERENCIA Y COMPORTAMIENTO

garantiza su objetividad puesto que “prueba” que no insistía en la


importancia de la sexualidad para racionalizar su propia lascivia.
Esta interpretación de los hechos, claro está, es fundamentalmente
antianalítica. Dado que tanto el libertinaje como el puritanismo
—y toda la conducta humana— tienen una motivación inconsciente,
el comportamiento sexual privado del científico no puede garan­
tizar ni hacer sospechosa su objetividad acerca del sexo. . . aun
cuando tal objetividad fuera posible, que según opino no lo es.
C a s o 6 4 : La negativa a entender y explorar el complejo proble­
ma de la sexualidad griega data por lo menos de las R a n a s de
Aristófanes, donde Esquilo afea a Eurípides el haber puesto en
escena mujeres e n a m o r a d a s . No impugna la defensa de Eurípides,
de que sólo pinta la vida como es; pero de hecho parece considerar
este realismo como una circunstancia agravante. No obstante el
mismo Aristófanes presenta sin vacilar en su teatro escenas de
l a s c i v i a heterosexual y homosexual —y aun de excitación sexual
no dirigida a ningún objeto en particular—,1 con palabras y ade­
manes que no dejan nada a la imaginación.
Ahora bien, las dos características más singulares de Grecia da
la casualidad de que son su genio y el papel que la “homosexua­
lidad” desempeñó no sólo en su vida privada sino también en la
sociedad, los asuntos militares,1 2 la literatura (la p a i d i k a fue in­
cluso un género literario), la filosofía y la ética (Platón). El genio
griego lleva, claro está, por lo menos 2 300 años de ser estudiado
exhaustivamente, mientras que el interés científico en la “homo­
sexualidad” griega fue y sigue siendo casi nulo (Dover, 1964). Pero
si sostenemos —y la mayoría de los helenistas lo hacen, con razón—
que una cultura no es un conglomerado al azar sino un sistema
completo y muy integrado cuyas partes componentes se explican
mutuamente, se impone la hipótesis provisional de que debe de
haber a l g u n a relación (no averiguada) entre el genio griego y la
“homosexualidad”. Pero esta hipótesis lógica nunca ha sido estu­
diada (Devereux, 1967b).
Claro está que los griegos no eran p o r e s e n c i a homosexuales en
el sentido de que tuvieran el c o m p r o m i s o de elegir pareja homo­
sexual. Sencillamente valoraban esa experiencia sexual como tal,
pero no habían decidido dirigir ese impulso por ningún conducto
en particular, ni hacia ningún t i p o de compañía en particular. El
hecho es que, al menos en su imaginación, estaban dispuestos a
1 En su Lisistrata (845 ss., 1702 ss., etc.) se mencionan varias veces las erec­
ciones en ausencia de compañía sexual potencial.
2 La élite del ejército tebano estaba compuesta por la legión sagrada) de 150
parejas homosexuales (Plutarco, Pelópidas, 18).
in HKACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 143

i uiisiderar objeto sexual potencial casi cualquier cosa exterior a


i Mus; :i esto ya lo apuntan Platón (B a n q u e t e , 191 B) y Plutarco
( A m a t o r i u s , 767 D).
V así, aunque es probable que en la práctica real fueran pocos
los griegos que practicaran la bestialidad, tenían muchos mitos
ni en a de dioses que cohabitaban, en figura de animal, tanto en-
lii' sí (como Poseidón con Deméter) como con seres humanos (Zeus
mu Leda) y acaso también (como Bóreas) con animales. Ahora
lin n, aunque sólo se consideren estos mitos h i e r o i g a m o i (matri­
monios sagrados) dentro del marco del p e n s a m i e n t o r e l i g i o s o grie­
go, seguramente hay que ver en ellos reflejos de una indistinción
(más o menos inconsciente) en la elección de pareja sexual dentro
del marco p s i c o l ó g i c o de referencia. Prueba esto la existencia de
muchos relatos griegos acerca de humanos que cohabitan con ani­
males de verdad 4 y algunas veces también con objetos inanimados,
,i menudo incluso sin figura humana.5
La “homosexualidad” griega es, pues, probablemente no tanto
m.mifestación de una elección decididamente homosexual como de
mi.i reacción sexual positiva casi indistinta, como la que puede
uliservarse en los adolescentes en la época de la pubertad. . . y
im i s o sea esto lo que explica e n p a r l e esa frescura de visión como
■le adolescente, enamorado de todo lo real, que es un rasgo carac­
terístico del genio de Grecia. . . y una causa de su rápido declinar.6
Dada la irracionalidad inherente del hombre en relación con la
Mxualidad y su empecinada renuencia a entenderla, lo mejor que
puede hacer el científico de la conducta es recordar la admonición
de Spinoza, de no reír ni llorar, sino entender. Y como actual­
mente no tenemos medios de ser objetivos en lo tocante al sexo,
de entenderlo de verdad, debemos al menos tratar de entender
nuestra f a l t a de entendimiento y los subterfugios a que recurrimos1

1 Algunos científicos de la conducta consideran ahora “normal" esta sexua­


lidad de “espectro ancho” (capítulo xv). En realidad, es neurótica o por lo
mmos inmadura.
‘ Pasifae y el toro; la dama con el marido trasformado en asno;“ Aristónimo
uní una burra, etc. (Devereux, 1967b).
" Objetos inanimados con figura humana: un hombre trata de cohabitar con
la estatua de una diosa (cf. la tradición de los sementales que tratan de mon-
Ini la estatua de una yegua premiada); acaso también el mito de Pigmalión.
i ili|cios inanimados y amorfos:7,cus cohabitó con l)ánae en forma de lluvia
it oro; Tiro se enamoró de un río y vertía el agua de éste en su “regazo”. (Ma­
linowski [1932] consignó un mito trobriand comparable.)
• Nunca se insistirá demasiado en que ésta es sólo una interpretación segmen-
i.uia y probablemente demasiado simplificada de un problema complejo, cuya
• wilinación no cabe en el objeto de esta obra (Devereux. 1967b).
144 CON’l RATRASFEKF.NCIA Y COMPORTAMIENTO

para perpetuarla. Tal vez sea conveniente decir como Maimóni-


des: “Yo no sé’’; pero es seguramente mucho más atinado tratar
de averiguar p o r q u é no sabemos.
Algunas de las dificultades principales están esbozadas en el
capítulo xv, que trata del modelo de sí en relación con el sexo en
la investigación y la medicina. Por eso examinaré aquí sólo los
problemas creados por la condición de varón o hembra del cien­
tífico, que percibe sus sujetos, y el problema teórico en extremo
importante de si es l ó g i c a m e n t e posible estudiar la sexualidad por
medio de la observación participante.
El s e x o d e l o b s e r v a d o r puede desempeñar un papel importante
en la investigación y sobre todo en el trabajo de campo. Hoy es
una perogrullada el decir que ciertos temas son más apropiados
para que los investiguen antropólogas y otros para antropólogos.
Pero, al contrario de la opinión reinante, parece probable que la
mejor información acerca de la sexualidad femenina pueden ob­
tenerla los antropólogos varones. . . y viceversa, naturalmente. Una
conversación acerca del sexo —incluso en la forma de una entre­
vista científica— es en sí una forma de interacción sexual que,
dentro de ciertos límites, puede “vivirse” y resolverse en el nivel
puramente simbólico o verbal, como lo demuestra la experiencia
y resolución de la trasferencia sexual en el psicoanálisis. Y así, sien­
do la mayoría de las personas heterosexuales, puede obtener mejor
información y sobre todo más multidimensional de un informante
un trabajador de campo del sexo contrario. En algunos casos (ca so
2 6 8 ) puede incluso facilitarse esa entrevista entre personas de los
dos sexos mediante una definición cultural preestablecida de la
situación (capítulo xv). En algunos casos, toda conversación pri­
vada entre dos personas que no sean del mismo sexo —aunque no
esté necesariamente ni según normas objetivas enfocada sobre lo
sexual— puede interpretarse así, tanto por la persona entrevistada
como por la sociedad.
C a s o 6 5 : Una mujer algo ingenua me dijo claramente al empe­
zar su análisis que no hablaría de cosas sexuales conmigo porque
no tenía la intención de enamorarse de mí, como (según se creía)
hacen los analizandos.
C a s o 6 6 : Un psicoanalista de un país donde no se acostumbra
que estén solos un hombre y una mujer y donde se entiende que
un encuentro así conduce al coito, me dijo que los sirvientes de la
clínica psicoanalítica local estaban tan convencidos de que los ana­
listas cohabitaban con sus pacientes que constantemente estaban
atisbando por el ojo de la cerradura o por encima de los dinteles.
I " IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 145
I nc espionaje se llegó a hacer tan molesto que fue necesario tomar
medidas drásticas para ponerle fin.
11no de los problemas menos reconocidos del trabajo sobre el
n iicno es que algunas tribus son incapaces de identificar debida-
liiniie el sexo anatómico y funcional de los extraños, porque su
m s i ¡menta y comportamiento poco familiares dificultan los inten-
im de la tribu de tratar esos datos de los sentidos como indicios
de su identidad sexual. Esto tiene cierta importancia porque la
Identidad anatómica y el estatus funcional de los extraños deter­
minan la categoría que se les asignará y configuran también lo
que de ellos exija el grupo (capítulo xix).
C u so 6 7 : Aunque la mayoría de los sacerdotes católicos van per-
l' i lamente rasurados, los misioneros suelen llevar barba, para que
lu tribu sepa que a pesar de sus “faldas” y de su celibato son
.......bres (esta información procede de un misionero erudito). Otra
ilnerminante de esta práctica puede ser la “protesta masculina”
I I a Barre, sin fecha).

•in otros casos es la conducta del investigador de campo la que


miscita dudas acerca de su condición sexual. Después veremos
que los primitivos a veces sobrestiman la edad de los investiga-
i l u í e s jóvenes porque relacionan su conducta independiente con la
>1' las mujeres después de la menopausia, que pueden trasgredir
liis reglas que rigen el comportamiento de las mujeres todavía
fértiles ( c a so 2 7 8 ).
C u so 6 8 : La conducta independiente y algo brusca de una traba-
I'tdora de campo heterosexual hizo creer a la tribu objeto de su
estudio que era una lesbiana.
C u so 6 9 : La conducta segura de sí de una trabajadora de campo
*•' interpretaba como muestra de desenfreno sexual o por lo menos
■I. disponibilidad, y creó serios problemas. (Para una reacción di-
l' icnte véase c a s o 2 7 8 .)
A veces, la continencia de los trabajadores de campo suscita du-
•Iin. si no acerca de su sexo, al menos acerca de su virilidad o fe­
mineidad. Esto puede falsear la posición del investigador en aque-
ll'is grupos donde la actividad sexual es determinante importante
de la categoría de un individuo.
C a s o 7 0 : Los varones de una pequeña región de Haití se con­
finan más viriles que los demás. La consecuencia es que los cam­
pesinos haitianos forasteros que pasan por la comarca se ven a
M i e s obligados a cohabitar con una mujer de allí, que después
'lebe dar un informe público de su comportamiento. (Datos pro­
pon ionados por un intelectual haitiano bien informado.)
I 1 sexo del investigador también determina lo que se le permitirá
146 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

o no presenciar. A un antropólogo varón tal vez se le prohíba


presenciar un alumbramiento o un rito secreto femenino; a una
antropóloga tal vez no se le permita ver la iniciación secreta de los
varones. Atenúa algo este obstáculo el hecho de que el forastero
—sobre todo uno tan “extraño” como un trabajador de campo, cu­
yos verdaderos objetivos no entienden muy bien la mayoría de las
tribus— a veces se ve tratado como un ser neutro y por eso se le
permite presenciar cosas que, si fuera miembro del grupo, su sexo
no le permitiría presenciar.
El sexo del trabajador de campo también puede limitar la gama
de las situaciones en que puede hacer de observador participante.
C a s o 7 1 : Al conde Rodolfo Festetics de Tolna (1903) le permi
tieron acompañar a una expedición melanesia de cazadores de ca­
bezas sin obligarle a participar en la matanza. Sería muy difícil
que a una antropóloga se le permitiera otro tanto.
Apunto entre paréntesis que a veces también se sienten ofen­
didos algunos grupos por la participación involuntariamente in ­
c o m p l e t a de un observador participante y la critican.
C a s o 7 2 : Mi negativa a beber en exceso o a comer las “delicio­
sas” ratas de la selva sorprendió y molestó bastante a los sedang
(cf. c a s o 3 6 4 ).
C a s o 7 3 : Habiendo yo declarado a los hopis que participaría
en la caza comunal de conejos pero no mataría ninguno, no sólo
me dieron el peor caballo del poblado —cosa comprensible— sino
que también criticaron mis remilgos (Devereux, 1946).
El siguiente problema a considerar es el de si se puede obtener
información válida acerca de la sexualidad sin observación partí
cipante. Tengo el convencimiento de que inmediatamente se me
señalará que hasta ahora nadie ha preconizado este modo de ver
y que por consiguiente estoy azotando un caballo muerto y aun
uno inexistente. Sólo puedo contestar que, dada la obsesión de la
ciencia de la conducta por el comportamiento sexual manifiesto,
y dado también el género de experimentación “objetiva” que ac­
tualmente se realiza en diversos centros de investigación (casos
1 2 1 , 1 2 2 ) , es probable que se preconice ahora —siquiera s o t t o v o c e ­
e n cualquier momento la observación por un participante sexual
y que se realice, aunque sólo sea en secreto. Pero esto es sólo un
detalle relativamente carente de importancia. Lo que importa real
mente es que el absurdo y la inutilidad de la ficción del observa
dor participante —que debería bastar a poner de relieve la índole-
de la situación psicoanalítica, de que está excluida a p r i o r i toda
observación participante— pueden demostrarse mejor examinando
detenidamente el problema de esas observaciones en la esfera de
I i l IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 147

10 sexual, dado que la relación sexual es el prototipo de todas las


i elaciones íntimas de los humanos. Por cierto que el sexual es el
ii11 ico instinto que para su total satisfacción y puesta en práctica
i i-quiere de la cooperación de otro individuo. Anoto de paso que
la ciencia está por fin descubriendo que las relaciones sexuales
son en esencia una forma de comunicación y además, de comuni-
i ación en gran variedad de niveles. Lo que hizo posible este tardío
descubrimiento es, ¡ay!, la superficialidad impersonal dolorosamen­
te obvia de las relaciones sexuales de nuestro tiempo, que, como
el obsesivo ascetismo anterior, es sólo una nueva variación del tema
de la antigua autodestructividad del hombre.
Por eso, al examinar la futilidad de la piedra de toque del ob­
servador participante en el contexto sexual, implícitamente hace­
m o s resaltar también sus deficiencias en contextos donde son me­
n o s evidentes.
Kmpezaré con un análisis de algunas de las dificultades técnicas
más visibles y concluiré con la demostración de que, en la esfera
de lo sexual, es una imposibilidad lógica toda observación parti-
i ipante fructífera s t r i c t o s e n s u . Esto, más que los llamados a las
Minsideraciones "morales”, debería dar un descanso a quienes ac-
iii.límente están investigando el comportamiento sexual "objeti-
i.nlíente” en los laboratorios.
Se reconoce desde el principio que la observación sexual parti-
i ipante sobre el terreno es desaprobada por la mayoría de los auto­
res, aunque s ó l o por razones moralistas (en cuanto distintas de las
1 1 ii as).

C a so 7 4 : Marcel Mauss —a quien la consigna de la observación


l'.u licipante no hubiera engañado un solo momento— solía instar
a m i s alumnos a estudiar casos y sucedidos concretos, así como a
aprender diversas técnicas indígenas. Una ingeniosa estudiante puso
mis enseñanzas en D i e z M a n d a m i e n t o s en verso, uno de los cuales
mi leñaba al trabajador de campo estudiar las técnicas del sexo, s i
i ni n e c e s a r io , experimentalmente. Ninguno de los otros manda­
mientos contenía esta especificación.
C a s o 7 5 : El autor de un estudio sobre la sexualidad primitiva
imisideró necesario asegurarme que no había obtenido su infor-
m.uión por el método de la observación participante. Siendo yo
entonces joven e ingenuo y esperando aprender algo profundo de
lógica y metodología para el trabajo de campo por aquel eminen-
ii- estudioso, le pregunté por qué. En lugar de darme una expli-
■Mión metodológica me dijo, en tono algo desaprobador: “¡Porque
hubiera sido inmoral! Nótese que fue “inmoral” la palabra em-
148 CONTRATR ASFEREN CIA Y COMPORT AMIENTI t

pleada y que no dijo “poco ético”. Esto no contribuyó gran cosa


a mi ilustfación metodológica.
Los que creen compulsivamente que sea posible la racionalidad
en lo tocante al sexo sin duda insistirán en que no cabía otra
respuesta realista, porque el tabú contra el estudio de la sexual i
dad por medio de la observación participante no se inspira en
consideraciones lógicas sino en el moralismo occidental. El punto
de vista de quienes, como yo, consideran imposible la racionalidad
perfecta acerca de lo sexual y dudan además de que la salvación
del trabajador de campo esté en la observación participante, ni si
quiera en la observación directa s o l a m e n t e (capítulo xix), será algo
diferente. Para empezar, no caerán en el error de lógica de supo
ner que una conclusión a la que se llega por un razonamiento iló­
gico es por ello n e c e s a r ia m e n t e errónea. Es sabido en lógica que
una n o e s is incorrecta puede “conducir” ocasionalmente a un n oc
m a correcto. . . que es posible creer incluso en la realidad objetiva
por razones equivocadas. En tales casos, el científico tiene la obli­
gación de llegar a la misma conclusión correcta de m o d o ló g ic o .
Naturalmente, es evidente que uno debe de analizar con todo
cuidado sus propios motivos cuando le parece que puede justificar
científicamente un tabú o regla f o r m u l a d o irracionalmente. Pero
no es menos cierto que hay que escudriñar también los motivos
que tengamos para rechazarlo al punto.
C a s o 7 6 : Un estudio cuidadoso de varias justificaciones cientí­
ficas y médicas de la circuncisión (Spock, 1947) —que, a pesar de
la argumentación de Bette'heim (1954), es una manifestación
de impulsos sádicos y castrantes (Menninger, 1938)— demuestra
que la ciencia puede emplearse abusivamente para justificar prác­
ticas irracionales (c a so 2 9 4 ).
C a s o 7 7 : En cambio, si bien la regla que decía que uno debía
enterrar sus excreciones estaba originalmente destinada a prote­
ger de las brujerías, no deja de tener un valor higiénico demos
trable.
Mi posición básica es que el tabú que prohíbe el estudio de la
sexualidad por la observación participante puede y debe rempla-
zarse por una regla metodológicamente válida contra la utilización
de ese procedimiento en la investigación sexual y contra la con­
fianza excesiva en la información obtenida por esos medios. La
consideración fundamental es que las experiencias del observador
participante raramente concuerdan con las experiencias de quienes
practican una actividad dada de costumbre (c a so 7 9 ). Por eso no
puede provocar respuestas “típicas” en la persona con quien está
interactuando. Una analogía baladí iluminará este hecho.
|H INKACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 149

C u so 7 8 : Como todos los occidentales, estoy acostumbrado a mon-


im a caballo por el lado “izquierdo”, mientras que los hopis
mutilan por el “derecho” . . . y los mois también. Como tardé cier-
lu tiempo en aprender a montar por el “derecho” c o n f a c i l i d a d ,
llrtHta los más tranquilos caballos de los hopis se ponían inquietos
i muido yo trataba de montar en silla por el lado que para ellos
• i.i el “bueno”, pero para mí el “malo”. Además, el cambio era
•'•pe, ialmente difícil para mi precisamente porque yo era un b u e n
• iilt.illista, acostumbrado a montar casi automáticamente por la “iz­
quierda”.
I.sta observación contiene condensadas la mayoría de las obje-
• lunes prácticas contra la confianza en los datos sexuales obtenibles
Iiuj la observación participante.
C u so 7 9 : La posición coital australiana y trobriand es inimagi­
nablemente difícil para quienquiera no esté acostumbrado a ella.7
I'ut eso, un trabajador de campo occidental que cohabite con una
|i«reja australiana o trobriand en esa posición no podría experi­
mentar lo mismo que un aborigen y por lo tanto no provocaría
i opuestas “normales” en su pareja indígena.
Y a la inversa, no podría provocar respuestas normales cohabi-
..... lo con una pareja primitiva en una posición que no sea fami-
llui para ésta.
C a so 8 0 : Las mujeres trobriand que han cohabitado con hom-
Int's blancos en la posición occidental sentían que les impedía em-
I•1 1 1 ar con la pelvis y por ende, la participación normal en el acto
(Malinowski, 1932).
I I problema se complica aún más por el hecho de que la posi-
, uní coital tiene matices psicológicos característicos. Esto será evi­
dente para quien haya analizado alguna vez las costumbres sexua­
les incluso de candidatos psicoanalíticos normales. La posición
IOItal tradicional de una tribu es por eso tanto un reflejo de su
, ii.ii ter étnico como la posición coital preferida por el individuo
ln es de su personalidad.8
Los hábitos sexuales determinados culturalmente del observador
I• ti tít ipante pueden así provocar respuestas atípicas de una pareja
t u y o s hábitos sexuales tradicionales son diferentes.
C a so 8 1 : Según las normas de los kgatlas (Schapera, 1941) una
|i,neja occidental llegaría al clímax con demasiada lentitud. Según
' Algunos de mis informantes mohave y sedang a quienes se la describí no
iii I. i i i que fuera posible la cohabitación en esa posición.
' I .,s posiciones coitales pueden ser determinadas incluso por el somatotipo
i, l.i rníermedad. Los hombres muy obesos o los cardiacos a veces se ven obli-
u o I' a practicar el coitus tnversus.
150 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

las normas de los javaneses (Katz, 1930) y los mohaves (Devereux,


1948b, 1950a), llegaría al clímax con demasiada rapidez, lo que
explica por qué se jactaba una prostituta mohave de ganar el di­
nero sin ningún trabajo.
El observador participante y el “sujeto” indígena suelen apre­
ciar diversas modalidades de interacción sexual de modos muy di­
ferentes.
C a s o 8 2 : El beso disgusta a muchos primitivos que no lo prac­
tican.
C a s o 8 3 : Una polinesia cuyo amante blanco iba de permiso a
Europa, lo autorizó a cohabitar con cualquier mujer que le gus­
tara. . . pero no a besarla.
C a s o 8 4 : Una australiana, sabiendo que tendría que decir a su
marido si le era infiel (vaginalmente), resolvió la dificultad practi­
cando con su amante “sólo” la felación. De modo semejante, una
mujer sedang no es culpable de adulterio si permite a su querido
cohabitar con ella "sólo” p e r a n u m .
C a s o 8 5 : En cambio, un mohave borracho permitió a sus amigos
cohabitar con su mujer, igualmente borracha, pero se opuso con
violencia cuando uno de ellos quiso hacerlo analmente, y dijo que
el ano de ella sólo le pertenecía a él (Devereux, 1948d).
C a s o 8 6 : Incluso los miembros promiscuos de las clases bajas
norteamericanas suelen negarse a practicar ciertas formas de ju­
gueteo preliminar que las clases cultas consideran normal (Kinsey,
1948, 1953).
C a s o 8 7 : Otro tanto sucede con la desnudez; muchas parejas nor­
teamericanas de clase baja nunca se han visto desnudas.
C a s o 8 8 : Cuando los romanos se reconciliaron con los sabinos,
cuyas mujeres habían raptado, prometieron que ninguna mujer
vería nunca un hombre desnudo; y Plutarco (R ó m u l o , 20) cree
que esto explica por qué, a diferencia de los atletas griegos, los
romanos nunca se ejercitaban ni competían desnudos.
En resumen, las respuestas sexuales “normales” del observador
participante pueden suscitar tanta ansiedad en su “sujeto” como si
estuviera actuando (a c t i n g o u t ) una neurosis sexual idiosincrásica.
Naturalmente, la inversa también es cierta.
C a s o 8 9 : Las mujeres trobriand someten a sus parejas a violen­
to rascado erótico (Malinowski, 1932). Es dudoso que muchos ob­
servadores participantes occidentales reaccionaran con excitación
a esos tratos.
Incluso las diferencias anatómicas ligadas a la raza pueden defor­
mar la situación sexual e impedir las reacciones normales.
C a s o 9 0 : Se sabe que en general el pene de los blancos, mexica-
l o IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 151

líos y negros es mayor que el de los mohaves, y el humor y la fan-


ilisia de éstos ha exagerado aún más esta diferencia. En consecuen-
liu, todavía en 1932 las mujeres mohaves —que suelen tener la
vagina bastante grande— temían cohabitar con hombres de otras
l a/ as, tal vez porque su fama de poseer órganos enormes desper-
iaban en ellas el temor edípico de la niña al pene destructivamente
glande del padre (Devereux, 1948b).
C a so 9 1 : Una estudiante universitaria negra, pequeña y delica­
da, cohabitaba sólo con blancos y decía que el “revientacuerpos”
del negro le haría daño.
I.a “interpretación” sexual de las características raciales (c a so s
'!<>, 2 1 7 ) puede deformar también las apreciaciones del observador
Ii.ii Licipante hasta el punto de hacerlas casi inservibles. El uso de
iiniiconceptivos es también causa de distorsiones (Devereux, 1965d);
l.is mujeres primitivas se molestan por su empleo, aunque entien­
dan el porqué.
La misma “reputación” sexual de un grupo puede deformar las
apreciaciones del observador participante.
C a so 9 2 : El mito del indígena sin inhibiciones hace que algu-
iios blancos acusen a las mujeres indígenas de frigidez porque no
irsponden apasionadamente a sus abrazos, sin tener en cuenta que
Aquellas mismas mujeres de costumbre llegan al clímax con hom­
bres de su grupo, con los que cohabitan por gusto y no a la fuerza.
C a so 9 3 : Los terratenientes y sus administradores, que antigua­
mente podían más o menos ordenar a las muchachas campesinas
que cohabitaran con ellos, decían que eran "tan insensibles como
leños”, aunque aquellas muchachas eran en extremo apasionadas
ton sus esposos o amantes (Illyés, 1937).9
Es evidente que en estos ejemplos la insensibilidad del “sujeto”
lemenino se debía en parte a la distancia entre ella y el “observa­
dor” y en parte a que se le obligaba a una relación no deseada.
Ulemás, cuando hay una gran distancia social y cultural entre el
observador y el “sujeto”, éste acaso reaccione al comportamiento
(<ulturalmente) “normal” y las exigencias del observador del mis­
mo modo que una mujer —o un hombre— normal reacciona a las
pretensiones perversas de una pareja neurótica. En ambos casos, la
exigencia “anormal” tiende a hacer al “sujeto” incapaz de res­
ponder.10
" l.os campesinos húngaros manifestaban una discrepancia de comportamien-
i.i comparable, aunque en un contexto algo diferente. Dejaban que los terra­
tenientes les golpearan en la cara y los humillaran de otros modos, pero se
peleaban con ferocidad entre ellos y eran soldados excepcionalmente heroicos.
En la práctica psicoanalítica a veces nos encontramos con mujeres que se
152 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

Partiendo de series diferentes de observaciones, algunos antropó­


logos han declarado últimamente que ciertos grupos primitivos
“muy sexuales’’ son en realidad sexualmente torpes.
C a s o 9 4 : Dice Elwin (1947) que los murías, que gozan de ”li
bertad’’ sexual premarital (pero véase c a s o 6 1 ) , han de ser sexual­
mente lentos para excitarse simplemente por haber ideado com­
plejos métodos de excitación.
C a s o 9 5 : Bastide generalizó esta tesis (1965b) y considera por
ejemplo que el negro necesita ritos orgiásticos y otros complicados
procedimientos para excitarse porque es sexualmente indolente (de
lenta excitación). Posteriormente yo le interrogué al respecto y
mencionó que antiguamente los dueños brasileños de esclavos so­
metían a prueba la virilidad de los esclavos negros que querían
comprar, porque la tasa de reproducción de los esclavos era desas­
trosamente baja y muchos esclavos eran impotentes.
Aunque esta teoría merece ciertamente mayor investigación, el
ejemplo brasileño por lo menos no puede ser concluyente, ya que
la pérdida de potencia o de interés sexual del esclavo negro pue
de deberse al choque psicológico de su cautiverio y su trasporta­
ción a un nuevo ambiente, donde siempre le hacían trabajar de­
masiado y lo alimentaban insuficientemente. Confirma esta inter­
pretación el hecho de que en las granjas de cría de esclavos del
sur, la fecundación se confiaba en gran parte a un pequeño grupo
de hombres elegidos por su buena figura y que solían estar exen­
tos de trabajos pesados.
C a s o 9 6 : Algo de esto constituyó ya un problema en la Roma
antigua, como lo demuestra Plutarco ( C a t ó n , 2 1 ) cuando narra
cómo alienta sistemáticamente, de modo patológicamente explota­
dor y avaro, Catón el Mayor a sus esclavos a la cohabitación. ..
que de todos modos les hacía pagar.
El hecho de que el cautiverio y otras condiciones anormales pue­
da acarrear la pérdida de la virilidad en los hombres y un grave
trastorno en la ovulación en las mujeres es demasiado bien cono­
cido en una época de campos de concentración para que necesite
documentarse. Además, hay también animales selváticos que no se
reproducen en cautividad o bien abandonan a sus pequeñuelos.
Los hechos hasta aquí citados demuestran que todos los datos
relativos a la sexualidad obtenidos por medio de la técnica del
observador participante son n e c e s a r i a m e n t e engañosos. Sentado ya
quejan de que "todos los hombres son impotentes”. Un análisis de su neuró­
tico comportamiento sexual suele revelar que son ellas las que inconsciente­
mente tratan de hacer a los hombres impotentes, y bien que lo consiguen.
I O IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL 1SS

usté punto, parece lícito examinar también los aspectos más psico­
lógicos del problema.
Independientemente de que pensemos que la sexualidad occiden­
tal es m á s neurótica que la de otras gentes o que, como yo, sos­
tengamos que es tan sólo d i f e r e n t e m e n t e neurótica, las reacciones
del sujeto al observador participante tienen que ser tan atípi-
<as como si el sujeto cohabitara con un miembro de su grupo
gravemente neurótico, y esto independientemente de que la dife-
i encía cultural o el neurotismo se manifiesten en forma de com­
portamiento sexual desusado o en la de reacciones emocionales in­
sólitas. Es inevitable así una colisión psicológica traumática entre
los participantes, si uno de ellos pertenece a una cultura de “ver­
güenza" y otro —por lo general el trabajador de campo— a una
de “culpa”.11 Además, cuanto más intensa es la interacción, más
drásticas han de ser sus repercusiones psicológicas.
No menos importante, aunque de modo diferente, es un hecho
que en cierto sentido afecta a todas las situaciones de observador
participante. Hablando objetivamente, una interacción de este tipo
ya no provoca comportamiento “aboriginal” sino “aculturacional”.
Naturalmente, yo he indicado (capítulo xxi) que la reacción del
sujeto o el grupo a la "perturbación” ocasionada por la presencia
del trabajador de campo es uno de los datos más fundamentales de
todos los de la ciencia de la conducta. Esto entraña necesariamente
que la respuesta sexual del “sujeto” en la situación de “observación
participante” es también, p o t e n c i a l m e n t e , un dato fundamental,
ron t a l q u e :
1] Se reconozca que es respuesta a una “perturbación” y por lo
tanto, un comportamiento “aculturacional”,
2] que se suplemente la observación con información verbal re­
lativa a respuestas “normales” (ño aculturantes), v
.S] que el observador tenga c a b a l conciencia de su propio “valor
de estímulo” en el sentido de May; 12 que sepa claramente a q u é
i uacciona su “sujeto”.
Esto es difícil incluso para los psicoanalizados, en cualquier mo­
mento, y absolutamente imposible de conseguir en el curso de un
a<lo sexual objetivamente normal, que:
a] necesariamente implica una o b n u b i l a c i ó n t e m p o r a l d e la c o n -

11 Pero observo que los sentimientos de culpa edípica existen también en las
anll uras de "vergüenza”
11 Mark A. May (1930) definía la personalidad como el valor de estímulo del
Individuo.
154 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

c i e n c i a 33 que hace prácticamente imposible efectuar observacio­


nes, y
b] es —como todas las funciones básicas (respirar, comer, etc.)—
intrínsecamente irracional (Hartmann, 1947).
Ahora bien, si el mismo observador no experimenta esta obnu­
bilación de la conciencia —v por ello es c a p a z de hacer observa­
ciones— su acto sexual i p s o j a c t o es objetivamente no normal. Por
eso sus apreciaciones no pueden arrojar luz sobre el comportamien­
to sexual n o r m a l del sujeto respondiente. En resumen, nos halla­
mos ante la situación paradójica de que s i e l o b s e r v a d o r p a r t i c i ­
p a n te es c a p a z d e o b se r v a r, o b s e r v a u n c o m p o r ta m ie n t o d is to rs io ­
n a d o , m ie n tr a s q u e si e x p e r im e n ta u n a o b n u b ila c ió n n o r m a l de
la c o n c i e n c i a , n o p u e d e o b s e r v a r la c r u c i a l r e s p u e s t a d e la p a r e j a
a su orgasm o. Es ésta una forma de la insuperable dificultad lógica
que subyace en el principio de indeterminación de Heisenberg
(capítulo x x i i ) en la ciencia de la conducta.
El descubrimiento por Hartmann de que la sexualidad —como
otras funciones básicas de la vida— es irracional pone de relieve
también otra dificultad lógica, relacionada en algunos respectos y
no relacionada en otros con la situación observacional.
Muy independientemente de la obnubilación de la conciencia en
el momento crítico, las posibilidades observacionales se reducen más
por el hecho de que la movilización de la sexualidad tiende a es­
torbar el funcionamiento normal de la razón; el ‘‘proceso secunda­
rio” lógico se contamina por el “proceso primario” prelógico. Por
ejemplo, se produce un menoscabo característico de la conciencia
del tiempo (Bergler y Róheim, 1946) debido al hecho de que el
inconsciente es intemporal. Por consiguiente, pocas personas pue­
den evaluar ni siquiera aproximadamente la duración del coito
y las que pueden no participan del todo. Fácil es recordar otros
ejemplos de esas intrusiones del proceso primario en el secundario
durante el coito.
El segundo punto es que el hombre es por naturaleza incapaz de
empatizar e n f o r m a a u t o r r e s o n a n t e con las experiencias sexuales
de una mujer, y viceversa, naturalmente (capítulo xv); sólo puede
observar sus manifestaciones externas. Entre paréntesis, ésta pue­
de ser una de las razones de que en la investigación de lo sexual
reine tal obsesión por el comportamiento manifiesto.
El tercer punto es la incomunicabilidad esencial de todas las
experiencias básicamente orgánicas, aunque esto es menos patente
13 Ilustró aptamente este criterio decisivo W. Reich (1927), antes de conver­
tirse en exponente de la vegetoterapia y la terapia orgónica.
1 ( 1 IR R A C IO N A L . E N L A IN V E S T IG A C IÓ N S E X U A L 155
< ii el caso de la sexualidad que en el del hambre o la sed. Un
" lato erótico bien escrito puede excitar casi a cualquiera. En cam
l>io, he leído muchas descripciones del hambre y la única que me
lii/o realmente s e n t i r h a m b r e de vez en cuando fue un trozo de
la novela H a m b r e , de Knut Hamsun.
A su vez, esto implica que incluso la observación no participante
•leí comportamiento sexual impulsa, y por ende contamina, el
proceso secundario con algunas de las características del proceso
primario irracional (c a s o s 2 5 4 , 2 5 5 , etc.).
En su conjunto, la situación del científico que estudia la sexua­
lidad es análoga —pero no más que análoga— a la del físico que
nata de estudiar el comportamiento de un supuesto “modelo de
gas ’. Como el mero número de las moléculas de gas que intervie­
nen hace imposible el análisis de su comportamiento en función
de la mecánica clásica (que trata de fenómenos reversibles), los
lísicos tuvieron que crear la ciencia de la mecánica estadística, que
nata del sistema como un todo, y estudia sólo lo que puede estu­
diarse de este modo: la irreversible derivación del sistema hacia
mi estado de entropía.
Este decisivo paso sólo podía darse después de que los físicos
r e c o n o c i e r o n que no podían estudiar el modelo de gas por medio
de la mecánica clásica (“celeste”). Una idea semejante de nuestra
impotencia para estudiar la sexualidad por los medios tradicional-
mente “racionales” es condición s i n e q u a n o n para una ciencia se­
xual objetivamente válida. Un medio es racional sólo en tanto es
genuinamente aplicable al problema objeto de estudio; los intentos
de aplicarlo al azar, venga o no al caso, son irracionales. Nada po­
dría ser más racional que la mecánica clásica y sabemos incluso
que los matemáticos actuales resuelven el problema de tres cuerpos
(y de n cuerpos), que en teoría resultará aplicable también al es­
tudio de los modelos de gas. Hasta ahí, los intentos de aplicarlo
•isí son irracionales. Es también digno de mención que los obstácu­
los a un tipo de i n s i g h t s producen a veces i n s i g h t s más importan­
tes d e o t r o t i p o : Si los matemáticos hubieran resuelto el problema
de los 3 cuerpos hace 200 años, es probable que nunca se hubieran
descubierto las más universales leyes de la física: las de la termo­
dinámica.
No podemos hacer otra cosa que reconocer nuestra impotencia
para aplicar los métodos tradicionales de investigación provechosa­
mente al estudio de lo sexual, y esto es lo que tratamos de favo-
tecer con nuestra discusión. Cierto es que ya pasó hace mucho el
tiempo de reconocerlo, porque mientras tanto Freud había hecho
ver por lo' menos dónde p o d r í a m o s buscar datos susceptibles de
156 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

arrojar luz sobre la sexualidad como manifestación de la vida y


de lo social y no simplemente como un género de coreografía que
sólo ilumina la quiebra humana e intelectual de quienes la con­
funden con la sexualidad. En resumen, si queremos empezar a sa­
ber, tenemos que empezar por confesar nuestra ignorancia, que se
vuelve superable en el preciso momento en que la reconocemos.

A P É N D IC E

E L P R O B L E M A D E LAS E X P E R IE N C IA S P E R S O N A L E S

La experiencia sexual es científicamente aprovechable tan sólo


mientras incrementa nuestra empatia. . . si es “conocimiento inci­
dental” obtenido no buscando datos sino Amor. Hay información
basada en la experiencia del Amor que es válida precisamente
porque no la deforma la búsqueda obsesiva de una [seudo] objeti­
vidad y se basa no en la observación participante sino en la expe­
riencia compartida.
C a s o 9 7 : Tal vez no haya mejores datos acerca de la vida sexual
primitiva que los de Verrier Elwin (1939, 1947). Débese esto sin
duda al hecho de que Elwin amó a una muchacha gond y se casó
con ella, aunque hasta donde yo pueda determinar, en ninguna
parte menciona sus experiencias amorosas personales en sus obras
etnológicas. Sin embargo, parece claro que lo que da realidad y
hondura a sus datos etnológicos es esa iluminación interior indirec­
ta que le procuraba su amor correspondido por una muchacha
gond. Seguramente entendía lo que significaba ser gond por la forma
como su esposa gond f o r m u l a b a su relación, esencialmente humana.
C a s o 9 8 : Otro tanto sucede —aunque en grado menor, porque
Gauguin era un neurótico— con el relato autobiográfico que
hace Gauguin (1929) de su vida con una muchacha tahitiana, a
quien parece haber amado, al menos hasta donde un neurótico de
este tipo es capaz de amar.
Las experiencias amorosos muy sentidas —a diferencia de lo rea­
lizado en la observación participante— pueden incluso esclarecer
los aspectos no sexuales de una cultura.
C a s o 9 9 : Aunque los llamados s q u a w - m e n * no escribieron acer­
ca de la sexualidad india, la hondura y el valor de sus intuiciones
etnológicas, reconocida explícitamente por Lowie (1935), se debe

* B la n c o s c a s a d o s c o n i n d i a y q u e v iv e n e n su t r i b u , [t .]
III IRRACIONAL EN LA INVESTIGACIÓN SEXUAL lí>7

probablemente en parte a la empatia que desarrolló en ellos el


.1 mor y el casamiento con una india. Externó espontáneamente esta
opinión mi paciente indio “lobo” (Devereux, 1915a), quien solía
hablar con afecto de un s q u a w - m a n cuyos relatos de su vida entre
los pies negros (Schultz, 1907) había leído y saboreado.
C a s o 1 0 0 : Aunque hice 18 meses de trabajo de campo entre
los sedang y me era conocido casi todo cuanto se había escrito
de las tribus mois, supe de la existencia de las cazadoras guerreras
mois por el libro conmovedoramente ingenuo de René Riesen
(1957). En las últimas fases del esfuerzo francés por retener a Indo-
iliina, este oficial subalterno recibió órdenes de asegurarse el apo­
yo de los mois para los franceses. Con tal fin se casó —según una
usanza indígena—primeramente con una muchacha llamada Ilouhi,
de quien rápidamente se enamoró a fondo, y después asimismo con
otra, la cazadora bahnar Crey, a quien también parece haber ama­
do, aunque de un modo algo diferente, y cuya heroica muerte en
una emboscada cuenta en párrafos hondamente conmovedores por
m i propia inhabilidad. Lo que más me llama la atención entre lo

que dice Riesen de su vida con los mois en una época de encar­
nizados combates es que desde el principio vio casi exclusivamente
su lado mejor y se apegó hondamente a ellos. Esto, como indican
los c a so s 3 9 1 , 3 9 2 , 3 9 3 , 4 2 0 , 4 2 1 , etc. sólo pude conseguirlo yo des­
pués de hacer un considerable esfuerzo para entenderlos y de haber
ion vivido con ellos varios meses.
Lo que ocurre en este nivel de interacción no es una relación
experimental entre un inglés y una gond ni entre un militar fran-
i és y una moi sino una interacción entre dos seres humanos. Tal
relación es más básica de lo que jamás podrá ser una relación
científica” realizada en forma conductista entre un trabajador de
i ampo y un “informante” sexual. Es una relación fundamental,
que sencillamente está formulada —y s ó l o formulada— por medio
de dos tipos diferentes de personalidad étnica.
El trabajador de campo, que está necesariamente de paso, por lo
general no puede esperar una relación amorosa auténtica de este
upo. Hay por fortuna otras relaciones —humanamente igual de sa­
tisfactorias— que puede tener y que tanto como el Amor pueden
i ( alizar su sensibilidad empática, ya que Eros anima no sólo el
amor-y-sexo sino también la amistad, la generosidad afectuosa y la
• reatividad científica.
C a s o 1 0 1 : Yo sé que entiendo mejor la sexualidad mohave por
haber tenido varios amigos mohaves entrañablemente queridos que
i hubiera ten-do la oportunidad —o la inclinación— a fotografiar
parejas de mohaves en cópula o me hubiera dedicado a la obser-
158 CONTRATRASFERENC1A Y C O M PO R TA M IEN TO

vación participante, sencillamente porque la amistad, no menos


que el amor erótico, es la formulación fecunda de una relación
humana real. Lo que me permitió entender la sexualidad de los
mohave fue mi amistad con algunos de ellos y el modo que mis
amigos tenían de interpretar mis propias actividades sexuales, que
sentían como experiencias profundamente humanas. Hay dos di
chos mohave que nunca me canso de citar: “Cuando una pareja
cohabita, el cuerpo cohabita con el cuerpo y el alma con el alma’’
y “Uno siempre puede decir quién amó la noche pasada, porque
camina con arrogancia y sus ojos chispean.” Estos dos dichos me
comunican más acerca de la sexualidad mohave que cuanto hubiera
podido aprender por la observación participante.
El antropólogo raramente puede hallar un amor verdadero sobre
el terreno de su investigación. Puede, eso sí, si lo merece, hallar
amigos y por ellos aprender todo cuanto se puede saber de la
epifanía, en esa cultura particular, del Eros universal, que es la raí/
de toda vida.
CAPÍTULO X

LA PERTINENCIA DE LAS PRIMITIVAS


TEORIAS DE LA CONDUCTA

lina de las distorsiones menos explicables en la ciencia de la con­


ducta se debe a la escotomización de lo que bien pudiera ser el
aspecto más importante del saber y la ciencia de la conducta, tal
y como fuera formulado por no científicos. Hay, naturalmente, mu-
i líos excelentes análisis de formas mentales y sistemas de valores
subyacentes en la ciencia primitiva, pero sólo tratan de explicar
cómo nacieron esas ideas “extrañas” y casi nunca se detienen a
preguntarse si esos sistemas oe pensamiento tienen algo s u s t a n t i v o
que aportar al entendimiento científico del comportamiento. Di-
c lio de otro modo: la mayoría de los científicos del comportamiento
se interesan en las teorías primitivas, populares, mitológicas, teo­
lógicas o metafísicas de la conducta sólo como “fenómenos cultu-
i lies” pero no como “ciencia”, siempre inintencional y casi siempre
e xpresada alegóricamente. Y así, si olvidamos de momento algunos
breves comentarios de Lowie (1929) y unas cuantas excepciones
admirables (Mead, 1928, 1930, La Barre, 1949 y algunos otros),
i.trámente se le ocurre a nadie la idea de que puede estudiar las
teorías con que crían a los niños en una tribu primitiva no sólo
<orno f e n ó m e n o c u l t u r a l sino también como c i e n c i a (buena, mala
«> indiferente) que contiene pepitas de verdad, tan útiles para el
<ientífico de la conducta como para el padre contemporáneo.
Nuestra renuencia a aprender del primitivo es aún más pa­
tente en la esfera de la ciencia que en la de la mera tecnología,
liemos tomado ya la p a r k a de las gentes del Ártico, y el maíz, el
tabaco, la quina y la coca del indio americano, pero nos hemos
ttegado sistemáticamente a apropiarnos siquiera esos artículos en
otro nivel que el de la pura tecnología, no de la ciencia. Sin em­
bargo, La Barre (1947) ha mostrado que el conocimiento de plan­
tas expresado en la mitología suele contener también ideas genui-
namente c i e n t í f i c a s . A veces nos negamos incluso a buscar artículos
tecnológicos que valdría la pena adoptar y esperamos a que por
así decirlo se nos echen encima.
[159]
160 CONTRA TRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

C a s o 1 0 2 : Harley (1941) no pudo conseguir que nadie quisiera


analizar su colección de plantas medicinales africanas.
C a s o 1 0 3 : Sólo últimamente empezaron las compañías farmacéu­
ticas a alentar a los antropólogos para que trajeran especímenes
de medicamentos nativos.
En muchos casos descubrimos sólo retrospectivamente que los
resultados que obtuvimos con mucho trabajo ya habían sido pre­
vistos hacía tiempo por algún grupo ‘‘subdesarrollado”.
C a s o 1 0 4 : Que yo sepa, el descubrimiento de la utilidad de la
r a u w o l f i a s e r p e n t i n a en la quimioterapia de las enfermedades men­
tales no fue directamente inspirado por el hecho de que esa hierba
hubiera sido ya utilizada en la India antigua con tal fin.
Si la situación es bastante mala en las ciencias que no estudian
la conducta, en las que la estudian es desastrosa, aunque el hom­
bre ha estudiado y observado al hombre y se ha formado ideas
acerca de la naturaleza humana y el modo de tratarla debidamente
desde los albores de la historia. Hay casos, casi innúmeros, de ideas
contemporáneas en biología y la ciencia del comportamiento que
ya se le habían ocurrido antes a algún pueblo primitivo, exótico
o antiguo. Pero la mayoría de los que estudian las prácticas de
gentes extrañas sigue considerando esos modos de pensar “extran­
jeros” exclusivamente como fenómenos culturales, y yo he sido
tan culpable de esto en otros tiempos como cualquiera.
C a s o 1 0 5 : Mi artículo sobre el pensamiento penológico clásico
chino (Devereux, 1944) sólo demuestra que las teorías y prácti­
cas chinas presuponen un concepto (específico de esa cultura) del
hombre, pero no plantea la cuestión de si tales teorías tienen algo
s u s t a n t i v o que aportar a la ciencia contemporánea de la conducta.
C a s o 1 0 6 : Sólo comprendí que las te o r ía s psiquiátricas no occi­
dentales tenían algo que aportar al entendimiento de los trastor­
nos psiquiátricos cuando me impulsó a pensar en ello la manifiesta
semejanza entre algunas teorías mohaves y otras psicoanalíticas
(Devereux, 1961a).
Casi la única ciencia no moderna que se consideraba —al menos
anteriormente— una aportación s u s t a n t i v a a la ciencia de la con­
ducta fue la de los griegos y romanos. Casi todos los demás es­
tudios de las ideas no modernas acerca del hombre simplemente
trataban de descubrir algo acerca de las culturas que habían p r o ­
d u c i d o esas ideas acerca del hombre.
C a s o 1 0 7 : Granet (1934) describió y analizó cuidadosamente la
preocupación de la medicina china antigua por los orificios del
cuerpo, pero no se detuvo a averiguar si representaban alguna con­
tribución potencial a la ciencia. No obstante, este interés por tales
I'l HIINENCIA DE TEORÍAS DE LA CONDUCTA 161

imiíicios bien puede correlacionarse con la teoría psicoanalítica


lie las zonas erógenas. La tendencia china a distinguir entre “prin-
i ipio" masculino y femenino, en parte en función de “seco” y
húmedo”, arroja luz sobre la fantasía de una adolescente de que
■mis deposiciones secas y duras eran masculinas y las húmedas y
«naves, femeninas (Devereux, 1954a). Es interesante la existencia
Ue excepciones al principio de paridad, que fue descubierto por
una mujer física sínoamericana (La Barre, sin fecha).
Tanto los primitivos como los poetas anticiparon muchos de los
descubrimientos de la ciencia del comportamiento. Por desgracia,
«us anticipaciones suelen estudiarse sólo en función de la sociolo-
|d.i del conocimiento, o sea como formas de comportamiento cul-
i ni al. Si se hubieran estudiado también como enunciados acerca
del comportamiento, esas ideas hubieran podido facilitar el descu-
lii imiento de muchos hechos y principios nuevos.
Caso 108: Sólo últimamente descubrimos los principios psicoló-
Hit os y fisiológicos que explican la eficiencia de las prendas de
vestir y las moradas de los esquimales. En cuanto fueron entendi­
dos estos principios fue posible entender también por qué las “me­
ló l a s ” que los exploradores del Ártico habían hecho a su vesti­
menta en realidad redujeron esa eficiencia. “La solución del
indígena era perfecta; para comprenderlo sólo necesitábamos en-
lrnder la teoría en que se basaba tal vestimenta” (Lévi-Strauss,
1955).
I.n los laboratorios modernos se redescubren ahora muchas ob-
srivaciones antiguas o primitivas:
Caso 109: Un grupo de investigadores en el Mount Sinai Hos-
Ini.i 1 de Nueva York descubrió últimamente que los ojos se mue­
ven cuando uno sueña (Dement et. al., 1957a, b). Pero este descu-
Ih¡miento ya lo había hecho hará unos 2 500 años Esquilo, quien
■n sus Coéforas (versos 287 ss.) menciona los movimientos de las
i< j.is durante un sueño de angustia.
Caso 110: En la sátira de Esquilo Los pescadores (versos 810 ss.,
I luyd-Jones) se alude claramente a los efectos placenteros de la con-
innplación del paisaje primigenio. En los Portadores de Libación
del mismo Esquilo (versos 753 ss.) hay una justificación de la so-
liiitud de ser amamantado.
Obsérvese que cito deliberadamente a Esquilo porque se entien­
de que no es un gran psicólogo. Si hubiera decidido citar al estu­
pendo psicólogo Eurípides, no hubiera sabido por dónde empezar.
El caso clásico es, naturalmente, el complejo de Edipo.
('aso 111: Actualmente son incontables los trabajos que se pu-
Idican para probar que este complejo lo describieron muchas veces
162 CONTRAl'RASFERF-N CIA Y COMPORTAMIENTO

los poetas antes de Freud. .. hecho que el mismo Freud conocía


Aristóteles atribuye incluso (H i s t o r i a d e lo s a n im a le s , 9.47) senti­
mientos de culpa edípicos a un joven semental, y este relato lo
repitieron por lo menos otros tres sabios antiguos (Devereux,
1965g). En el E d i p o r e y , de Sófocles (versos 981 ss), dice Yocasta
a Edipo que muchos hombres sueñan que cohabitan con su madre
Stendhal consigna en su V id a d e H e n r i B r i l l a r á que de niño había
amado a su madre “lo más delictuosamente posible” y que había
odiado asesinamente a su padre. Hoy se nos muestra en mito tras
mito el conflicto edipico. En cuanto a la (cuestionable) teoría de
la familia ciclópea y la génesis prehistórica del complejo de Edipo
(Freud, 1955a), tal es la materia explícita de muchos mitos pri­
mitivos (Trilles, 1912, etc.).
¿Por qué hubo entonces de esperar el descubrimiento del coni
piejo de Edipo e n t a n t o q u e id e a c i e n t íf ic a hasta que los pacientes
de Freud le dijeran virtualmente que existía? La respuesta es tan
breve como deprimente: Durante muchos siglos, los pacientes han
tratado de decir la mismas cosas a sus terapeutas... que sencilla­
mente se negaban a escucharlos.
C a s o 1 1 2 : Ferenczi menciona en alguna parte que cuando un
psicòtico quería hablar de sus problemas de masturbación con
su psiquiatra, éste le decía que se guardara sus obscenidades
para sí.
Las cosas no han cambiado mucho en los últimos años:
C a s o 1 1 3 : Algunos psicoanalistas opinan que la demostración que
hace Lévi-Strauss de semejanzas estructurales entre las prácticas de
un chamán cuna y las de los psicoanalistas es una mancha para
el psicoanálisis. Yo creo que es una aportación de gran entidad al
conocimiento del proceso terapéutico.
A veces, las ideas de los primitivos y aun de los pacientes pue­
den tomarse directamente y utilizarse tanto en calidad de datos
brutos como de instrumentos conceptuales.
C a s o 1 1 4 : Algunos términos psicoanalfticos fueron tomados di­
rectamente de los analizandos. Además, cabe poca duda de que
—como Freud— la mayoría de nosotros aprendemos el psicoanálisis
principalmente con nuestros pacientes.
Un estudio intensivo de algún sistema científico ajeno o primi­
tivo, puede proporcionar un conocimiento intuitivo nuevo y es
clarecedor del funcionamiento psicológico, normal y anormal.
C a s o 1 1 5 : Aprendí casi tantas cosas nuevas con mi estudio de
las teorías psiquiátricas de los mohaves (Devereux, 1961a) como
había aprendido con mis analizandos.
El hecho de que la mayoría de las teorías primitivas de la con-
I-I M 'I N E N C I A D E T E O R ÍA S DE LA CO ND UCTA ins
iluda —ya sean implícitas o explícitas— no son necesariamente
producto del pensamiento científico sino que están hechas con
moldes mentales suministrados culturalmente no las hace cientí-
Itrámente inservibles. En muchos casos podría uno aprovechar esas
teorías tratándolas no como conclusiones formales sino como es­
tímulos o indicios que iluminan problemas nuevos o sugieren mo­
dos nuevos de resolver los antiguos.
Caso 116: Danielsson (1956) trató de aplicar insights derivados
del estudio de la sexualidad polinesia a la solución de los proble­
m as sexuales de nuestra sociedad. En manos de un antropólogo
teórica y psicológicamente más competente, este intento hubiera
podido ser tan fructífero como la fecunda comparación de Mead
(tuso 283) entre el modo samoano y el norteamericano de manejar
los problemas de la adolescencia.
En resumen: el que una teoría primitiva resulte modelada de
acuerdo con una pauta de pensamiento cultural no significa nece­
sariamente que sea falsa ni científicamente inaprovechable (Deve-
icux, 1958b), puesto que aun una falsa noesis conduce a veces a un
not:ma correcto.
Aunque los mitos, las teologías y la metafísica contienen indicios
do los problemas que convendría investigar, raramente se utili­
zan de este modo en nuestros días, porque ya no está de moda
considerar el mito y la magia como una teoría científica en man­
dilas. Pero si en lugar de ver en los llamados mitos de la natu-
taleza intentos de explicar el universo físico de un modo objetivo
aunque esto es lo que profesan muchos mitos— los escudriñamos
ionio a declaraciones (ingenuas y confusas, lo reconocemos) acerca
de la naturaleza y la conducta humanas —que es lo que son— ha­
llaríamos en ellos muchos enunciados valiosos, siquiera formulados
di modo no científico, acerca del comportamiento humano. Esto
es así con los mitos cosmológicos, ya que —como ha hecho ver
¡lurkheim (1912)— la concepción que el hombre tiene del uni­
verso está conformada por su imagen de la sociedad y —podríamos
añadir— asimismo de la naturaleza humana.1
Lo que ocurre con los mitos, enunciados implícitos acerca de
l.i naturaleza y la conducta humanas, ocurre también con la teo­
logía, la metafísica y otros sistemas culturales de pensamiento no
• ientíficos y aun anticientíficos.
He modo semejante, si se reformula como una proposición cien-

1 Un excelente análisis reciente del modo en que las ideas cosmológicas se


icnfiguran según la estructura social de la tribu puede hallarse en el estudio
que hace Krader (1954) de los buriatos.
164 CONTRATRASFERENCIA Y COMPORTAMIENTO

tífica la indefendible tesis teológica de que hay una diferenci;i


cualitativa insuperable entre el hombre y los animales (en térmi
nos de un alma inmortal) puede convertirse en expediente clasifi
catorio indispensable de toda ciencia de la conducta. De modo
semejante, el mito platónico (Simposio, 189E) de la índole ori
gihalmente hermafrodita del hombre es una anticipación —cien
tíficamente estéril— a las fecundas teorías freudianas de la bisexua-
lidad. Estas antiguas teorías no dieron resultados científicos
simplemente porque por esencia no eran científicas. Si alguien las
hubiera analizado en busca de orientación hacia nuevos modos de
pensar acerca de la conducta, Aristóteles hubiera podido ya hacer
el intento científicamente fecundo de distinguir objetivamente en­
tre el hombre y el animal, y no hubiera sorprendido a los biólogos
modernos el hermafroditismo de los caracoles.
La racionalización de los neuróticos, las fantasías de los psicó-
ticos, las extravagancias de los mitos, las teologías y la metafísica,
etc., no suelen contener, en forma inmediatamente aplicable, nue­
vos insights de la naturaleza humana, ni nuevos métodos para el
escrutinio de la conducta. Lo que si contienen son indicios oscuros
de problemas y soluciones nuevos y, no habiendo nada tan difícil
como idear nuevos modos de ver las cosas, podrían economizarse
muchos esfuerzos estudiando las fantasías y creencias anticientífi­
cas en busca de modos nuevos de ver la conducta, y de medios
nuevos de interpretar la mente humana, que produce tales fanta­
sías. Reconocemos que esta empresa es ardua, pero no más que la
de trasformar los datos brutos en datos científicamente aprove­
chables. Con el cálculo más bajo, este modo de enfocar el estudio
de la ciencia primitiva y los mitos estimulará la imaginación de
los teóricos de un modo semejante a la “difusión de estímulo”
definida por Kroeber (1952) y le ayudará a formular aquellas “hi­
pótesis desaforadas” (Lynd, 1939) que son el líquido vital de la
ciencia.
Una ciencia de la conducta verdaderamente amplia presupone:
L La utilización de datos pertenecientes a todos los organismos
vivos, de un modo que tome en cuenta las diferencias caracterís­
ticas entre las distintas clases de organismos y en especial entre
el hombre y otros seres vivos.
2. Una formulación bien clara de los marcos segmentarios de
referencia —biológico, psicológico, psiquiátrico, sociocultural, etc.—
en función de los cuales puede observarse, describirse, entenderse,
pronosticarse y controlarse todo o parte del comportamiento de
un organismo (Devereux, 195Id. 1952a, b).
3. Un examen sistemático de los marcos de referencia a que el
I I M INENC IA DE TEORÍAS DE LA CONDUCTA ion

propio sujeto humano —con razón o sin ella— atribuye su propio


i omportamiento, el comportamiento de sus semejantes y el de otro»
tipos de organismos también. En este enfoque entra también el
estudio del folklore del comportamiento.
4. La construcción de una teoría generalizada de la conducta,
que represente una síntesis de los diversos marcos segmentarios de
leferencia e incluya cada uno de esos marcos parciales como un
"caso h'mite’’ como se le denomina.2 Al explicar la conducta hu­
mana, esta teoría generalizada debe también tomar en cuenta el
propio concepto del sujeto —a menudo muy poco realista— acerca
de su comportamiento y el de los demás (véase supra, 3).
La formulación de semejante teoría general se ha visto impedi­
da hasta ahora por los escotomas del conductista limitados por la
i idtura, que, disfrazados de método científico, no le dejaban buscar
datos en otras partes ni revalorar los ya disponibles, no como ar­
tículos culturales sino como enunciados (“científicos”) acerca del
<omportamiento. La formulación de esta amplia teoría es la tarea
más urgente que se le plantea a la ciencia de la conducta.

* Dicho de otro modo, la explicación fisiológica, cultural, etc. de la conducta


lia de ser deducible de una explicación generalizada y ser un caso limite de la
misma, en el sentido en que la física de Newton puede deducirse de la de
Finstein y ser un caso límite de ésta.
II ROERA P A R T E

I I CIENTÍFICO Y SU CIENCIA
C A P ÍT U L O XI

IAS DISTORSIONES CULTURALMENTE IMPUESTAS

Los hábitos mentales regulados socioculturalmente pueden inter­


nalizarse o asimilarse tan cabalmente que el científico llegue a ob­
tener tanta satisfacción inconsciente con las distorsiones mismas y
i o n su obediencia a las exigencias sociales como Milton después
de justificar “las obras de Dios para con el hombre’’.
Es inevitable que haya cierta conciencia de esos hábitos menta­
les —aunque no siempre se reconocen como causa de d i s t o r s i ó n —
• o las sociedades que e s p e r a n del científico que justifique las ideas
imperantes, en sociedades donde el científico está, en algunos res-
peitos, en una posición psicológica privilegiada. Ni siquiera tiene
i I científico que aparentar para consigo mismo que su pensamien­
to es culturalmente neutral. En cambio, allí donde se le permite
profesar una neutralidad ideológica o proclamar que la luna es
de queso, la misma existencia de leyes que protejen la libertad
de investigación puede darle una excusa para escotomizar las pre­
siones latentes que guían, impulsan, engañan, o seducen su pensa­
miento y lo llevan por las antiguas rodadas. Es precisamente el
i icntífico de una sociedad libre el que menos puede tomarse la
libertad de delegar en la colectividad la tarea de proteger su inde­
pendencia intelectual. Es él quien debe vigilar con suma atención
ni propia mente y asumir la plena responsabilidad de su integridad
intelectual. Porque es en las sociedades libres donde la invisible
policía del pensamiento opera con mayor eficacia, precisamente
poique no se cree que existe. El científico que quisiera frenética­
mente abrirse paso a como diera lugar para escapar de una prisión
i.mgible podría, como algunas aves migratorias, seguir ciegamente
señales apenas visibles, de cuya existencia misma no tiene conoci­
miento.
Probará este punto un ejemplo afectivamente neutral.
C a s o 1 1 7 : Según E. T. Bell (1937), Henri Poincaré sabía al de­
dillo todo lo necesario para formular la teoría de la relatividad y
de hecho, él mismo fue el creador de buena parte de ese conoci­
miento. Pero no pudo dar el paso final y decisivo sencillamente
pmque para entonces estaba ya demasiado viejo como para renun-
[169]
170 EL CIENTIFICO Y SU CIENCIA

ciar a la costumbre que había tenido toda la vida de pensar en


términos newtonianos.
En una ciencia que cambia rápidamente, como la física, se da
por sentado que los creadores de las innovaciones radicales serán
jóvenes que no se hayan interiorizado cabalmente de los hábitos
mentales existentes. Creo que otro tanto sucede con las ciencias de
la conducta: La mayoría de nosotros pasamos la vida desarrollan­
do ideas básicas que formulamos en nuestra juventud. Así por
ejemplo, muchas de mis propias contribuciones a la teoría etno
psiquiátrica estaban prefiguradas en aquellas partes de mi diserta­
ción doctoral que me vi obligado a borrar porque me habían dicho
en términos nada equívocos que dejara la teoría para los mayores.
El atractivo de los modelos de pensamiento consagrados parece
ser especialmente fuerte en la ciencia del comportamiento.
C a s o 1 1 8 : Muchas teorías psiquiátricas modernas se configuran
sin saberlo siguiendo modelos de pensamiento no científicos, pu­
ramente culturales (Devereux, 1958b), mientras que en otros in­
fluyen los modelos de pensamiento tradicionales de la medicina
(Scheffen, 1958).
Para el científico del comportamiento, uno de los modelos de
pensamiento más seductores es el creado por los físicos. Los inten­
tos de copiar este modelo suelen llevar a experimentos con ratas,
s u p u e s t a m e n t e psicológicos, que no sólo no nos dicen nada acerca
de la psicología de la especie rata, sino que en realidad culminan
en un “modelo de pensamiento de la rata’’ casi platónico (“stat.
rata”) que, si bien t é c n i c a m e n t e semejante a algunos conceptos fí­
sicos legítimos,1 la verdad es que no tiene relación con las reali­
dades psicológicas, humanas ni animales, puesto que e l i m i n a lo
p s i c o l ó g i c o d e la p s i c o l o g í a . En cambio, si se nos permite una hi­
pérbole, los modelos de pensamiento del físico son, si acaso, aún
más matematicofísicos que su realidad inorgánica.
La imitación impropia de la teoría física por algunos teóricos
del aprendizaje conduce inevitablemente a un género de psicolo­
gía en que las teorías diferentes ya no se derivan de h e c h o s dife­
rentes 2 sino de diferentes t i p o s d e e x p e r i m e n t o s , dispuestos de
modo que sustenten una teoría particular del aprendizaje. En se
mejante estrategia operacional, el prototipo de la física ya no hace
de modelo científico b o n a f i d e , sino de ideología seductora. Por
1 Cómparese la observación de Dirac: “El electrón es una ecuación dife
rencial.”
2 La óptica (corpuscular) netvtoniana se derivó primordialmente de una ex
plicación de la reflexión de la luz. La óptica fresneliana (ondulatoria) se derivó
de las explicaciones del fenómeno de interferencia.
MIS TORSIONES CULTURAI.MENTE IMPUESTAS 171
uso es fácil concordar con lyfarbe (1916-19) en que la pauta cultu-
i.il a veces prescribe la trayectoria del pensamiento tan rígidamen­
te que resulta en extremo difícil pensar con independencia.
Algunas presiones culturales son bien francas.
( ' a s o 1 1 9 : Un gran investigador de psiquiatría decía de un pro­
yecto que se debía a él mismo: “Es lícito que administremos hor­
monas sexuales a los esquizofrénicos para contrarrestar su falta de
libido. Pero ¿hemos de permitirles t a m b i é n acercarse a una mujer?
Claro está que no.”
Algunos experimentos potencialmente válidos deben realizarse
cu secreto y sus resultados comunicarse a los colegas sólo en pri-
\ .ido:
C a s o 1 2 0 : Kinsey (1948) menciona de pasada intentos experi­
mentales de cruce entre hombre y mono, pero no cita sus fuentes.
Algunos científicos que han reunido datos poco comunes se sien-
l e n obligados a explicar que no los recogieron de un m o d o prohi­
bido ( c a s o 75) o tienen buen cuidado de idear dispositivos expe­
lí mentales que no violen determinados tabúes.
C a s o 1 2 1 : En ciertos estudios experimentales de la fisiología del
mito sólo se emplearon como sujetos parejas c a s a d a s . Por otra par­
ir, se desatendió el tabú de no presenciar el coito.
Innecesario es mencionar que la "osadía” de un experimento no
quiere decir nada de su bondad intrínseca.
C a s o 1 2 2 : Se dice que una institución científica despidió a va­
nos científicos por estudiar la fisiología del coito. Creo que los
despidieron por una razón errada. Los debían haber despedido
p o r creer que las reacciones de sujetos observados, filmados y car­
gados de instrumentos podían arrojar luz sobre el acto de amor,
l arber criticó convincentemente (1964) un proyecto semejante.
El científico puede incluso verse obligado a adoptar la técnica
ilrl “vestido nuevo del Emperador”, escotomizadora de la realidad:
C a s o 1 2 3 : Los griegos habían antecedido en parte a los descu-
luimientos de Galileo. El delito de éste fue decir en alta voz lo
que muchos estudiosos sabían ya ( c a s o 2 8 2 ) .
Los factores subjetivos influyen también en la actitud del cien­
tífico respecto a los descubrimientos de los demás.
C a s o 1 2 4 : Un científico citó una vez aprobatoriamente la apre-
i ilición de Bender y Blau (1937) de que no son del todo perju­
diciales los efectos del coito con adultos en los niños. Después de
luber sido padre de una niña, el mismo científico escribió otro
mi (culo en que no sólo no mencionaba esos datos y el respaldo que
172 EL CIENTÍFICO V SU CIENCIA

anteriormente les había dado él, sino que calificaba el seducir .1


niños de indicativo de grave enfermedad psíquica.3
Siendo el innovador a veces un sujeto difícil de tratar, la socic
dad suele arreglárselas para castigarlo de modo que resulte casi
imposible demostrar que lo castigó por su originalidad y no poi
su conducta disidente. Este método puede emplearse también pan»
impedir toda averiguación de los aspectos más insólitos de una
disciplina consagrada.
C a s o 1 2 5 : Hasta que en 1958 fue promovido Weston La Barre al
profesorado de tiempo completo, ningún antropólogo psicoanall
tico tuvo jamás el título de profesor titular en ningún deparla
mentó norteamericano de antropología.
C a s o 1 2 6 : Antes de la era atómica, muchos físicos nucleares hoy
famosos desempeñaban papeles muy secundarios en los deparla
mentos de física a que pertenecían.
Estos hechos llaman particularmente la atención si observamos
que incluso la rebelión contra un modo particular de pensar de
terminado culturalmente suele justificarse apelando a otro modelo
de pensamiento —igualmente cultural— (Kahn, 1962).
Una r e b e l i ó n compulsiva y poco considerada —por su motiva
ción inconsciente— contra los modos de pensar tradicionales tam
poco es necesariamente, claro está, creadora. El rebelde c o m p u ls iv a
sólo suele d e s c u b r i r problemas nuevos, pero es muy poco capaz (Ir
r e s o l v e r l o s , sencillamente porque, a diferencia del pionero d e b u r
n a fe , no lo mueven sublimaciones sino una necesidad inconscien
te de rebelarse e impugnar. Por consiguiente, sus planteamiento»
suelen estar formulados tan indebidamente que no se les puede
dar una solución científica mientras no los redescubren y replan
tean en su forma debida, solucionable, científicos genuinos.4
Naturalmente, la ortodoxia angustiada de la vieja guardia des
provista de talento es tan estéril en la ciencia y las artes como la
angustiada heterodoxia del rebelde desprovisto de talento (Kalui,
1962), que trata de disfrazar su falta de inspiración con extrava
gancias puramente externas y que por lo tanto no importan en
la ciencia —o las artes—, y además suelen no ser otra cosa que lo»

3 Las nociones subjetivas de lo que puede ser “verdad” hicieron que Siebolil
rechazara el trabajo de N. Wagner acerca de la peculiar reproducción de un
jején (Wigglesworth, 1964). Beattie sigue atacando el desciframiento, general
mente aceptado, de la escritura lineal B por M. Ventris (Chadwick, 1958). Eslr
comportamiento equivale a una fausse non-reconnaissance (Devereux, 1951n,
1967c).
4 Precisamente de este tipo son el “planteamiento de problemas” de Grodderlt
o W. Reich y el de Korzybski y sus partidarios en lógica y psiquiatría.
HI» TORSIONES CULTURALMENTE IMPUESTAS 17ü

iiiiliguos modelos culturales de pensamiento compulsiva e insus-


hmi ialmente vueltos del revés (Devereux, 1940b), o bien —como
Ih psicología analítica de Jung— una visión del mundo obsoleta y
li.isnochada disfrazada de lo que llama La Barre (1966) “teología
liberal’’ seudocientífica.
C a so 1 2 7 : Stravinski sólo consiguió superar la desdichada ten­
dencia de sus líneas melódicas a oscilar entre la tónica y la domi­
nante ciñéndose el corsé de la chifladura dodecafònica, que lo hace
Imposible. El caso del neofreudiano “culturalista” es muy seme-
junte: cae del psicoanálisis malo en la antropología peor.
No podemos desprendernos por entero de la influencia de los
modelos culturales que nos enseñan tanto a o b e d e c e r como a r e ­
b e la r n o s (Gluckman, 1953), ni la fecundidad de determinado modo
»Ir pensar depende de que sea o no convencional. Un modelo es
l<< mido si es consciente y representa una sublimación; y es estéril
• inútil si se trata de una defensa inconsciente. Aunque no poda­
mos ser todos genios, sí hay muchas maneras de evitar el ser unos
ionios.
C A P ÍT U L O X II

LOS ANTECEDENTES SOCIALES DEL CIENTÍFICO

Se ha estudiado relativamente poco la influencia que ejercen l.i


ideología del científico y su condición étnico-cultural, de clase y
de ocupación, operando dentro del marco de ciertas tendencias de
la historia de la cultura, así como de las modas científicas. Sucede
esto incluso con los biógrafos que cuando escriben de poetas <>
novelistas suelen poner de relieve —aunque a veces de modo poco
convincente— la influencia de los antecedentes en su obra, pero
por lo general no lo hacen con los científicos... quizá por eso
de que la ciencia es suprapersonal. Las pocas excepciones a la re
gla no son muy satisfactorias.
C a s o 1 2 8 : En lo relacionado con el i n s i g h t real, poco cabe es
coger entre la acusación que hace Jung al psicoanálisis de ser una
ciencia manchada por la condición de judío de Freud y la “de­
mostración” por Bakan (1958) de que el descubrimiento del psico­
análisis por Freud fue inspirado en parte por la tradición mística
judía. Bakan no demostró que e n e l t i e m p o en que Freud deseo
bría el psicoanálisis supiera algo del misticismo judío y desdeñó
el hecho de que todos los misticismos se parecen, lo que significa
que con igual justificación podríamos aducir que el psicoanálisis
fue inspirado por el orfismo, el gnosticismo o el budismo zen. Casi
todas las semejanzas entre el pensamiento místico (judío) y la
teoría psicoanalítica se deben al hecho de que uno y otra se ocu­
pan en los procesos psíquicos inconscientes. Bakan simplemenic
olvidó que lo importante en el psicoanálisis no es la materia de
que se ocupa, sino sus perspectivas y su método (capítulo xxiv).
Se reconoce que el misticismo y el chamanismo han explorado mu
chos aspectos del inconsciente, pero han tratado lo irracional irra
cionalmente, mientras que el psicoanálisis lo ha tratado racional
mente (Devereux, 1961a).
L a i d e o l o g í a d e l c i e n t í f i c o —que es producto de una cultura
a la que pertenece— influye de modo radical en su obra, como se
ve por el hecho de que hay alguna forma de teoría conductista
subyacente en la mayor parte de la labor psicológica realizada en
Estados Unidos y en toda la realizada en Rusia, mientras que no
[174]
SNIKCEDFNTFS SOCIALES 175

desempeña un papel importante en el pensamiento psicológico de


l'iuopa occidental. En cierto sentido, la influencia de los factores
ideológicos es análoga a la ejercida por las afiliaciones cultural,
«le clase y ocupacional y difiere de la última primordialmente por
lolerse manifestar en la forma de un sistema postulacional formal
y explícito.
La influencia de la ideología del científico occidental en su tra­
bajo es particularmente difícil de explorar, en parte porque él se
interesa poco en su propia ideología o tiene poca conciencia de
ella. Esto en sí es un fenómeno cultural. Es un reflejo de la in­
quietante heterogeneidad e incoherencia de la actual ideología oc-
«idental; casi la única ideología en perfecto estado y coherente
de occidente es en la actualidad la de la religión. Su prestigio no
le debe a ninguna contribución sustancial que pueda hacer al
modo de vida occidental sino sencillamente al hecho de ser la úni-
i a ideología sistemática con que cuenta el hombre occidental, que
sólo parece saber qué es lo que n o quiere. El hecho de que toda­
vía no se formule una ideología original de la libertad explica
«n parte también el interés aterradoramente escaso que tiene el
occidental por su modo de vida (Devereux, 1956a). Pero sólo el
occidente está hoy en condiciones de formular una ideología co-
i respondiente a su ideal del Yo racional y no al código brutal y
negativo del irracional Superyó.
Este hecho explica por qué abundan los estudios excelentes acer-
«. 1 del trasfondo ideológico de la ciencia de grupos primitivos,
.mtiguos, extraños y sobre todo de los hostiles, mientras que son
pocos y dispersos los estudios relativos al trasfondo ideológico de
la ciencia occidental.
Los pocos estudios existentes de este tipo analizan además no
t into la influencia de las ideologías conscientes y explícitas en la
labor científica como la de los modelos de pensamiento culturales
no explícitos (Devereux, 1958b), radicados más bien en la pauta
«ultural no explícita y no en una ideología explícita.
Idealmente, claro está, la ciencia progresa con rapidez máxima
«liando está relativamente libre de las trabas de una ideología ex­
plícita o de un patrón cultural implícito, y es un valor cultural
autónomo. Pero esto ha sucedido raramente en la historia: casi
siempre la ciencia —y sobre todo la de la conducta— está inextri-
«ablemente enredada en las mallas de la ideología y de la pauta
«ultural (Devereux, 1958b).
Dado que, como ya dijimos, el hombre occidental no suele con­
tar con una ideología explícita y coherente, la influencia de los
liagmentos de ideología que pueda tener se manifiesta principal-
176 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

mente por medio de sus afiliaciones étnico-culturales, de clase y


ocupacionales, y por eso nos proponemos estudiarla en función de
estas variables.
El c a r á c t e r é t n i c o , que implica la adopción de un punto de vistu
o marco de referencia para apreciar la realidad, es una causa prin
cipal de distorsiones. Además, las consecuencias científicas del he
cho de que prácticamente toda nuestra información y teorización
acerca de la conducta es obra de los científicos del comportamien
to occidentales ha sido pasado por alto en gran parte incluso por
sociólogos enterados, muchos de los cuales se interesan más en la
“sociedad” y la ciencia que en las personas que constituyen la pri
mera y crean la segunda. Además, buena parte de la ciencia de la
conducta no sólo es el producto de la cultura occidental sino que
se basa primordialmente en el estudio del hombre occidental.
Casi la única psicología que empleó desde el principio datos reía
tivos a los no occidentales en la formulación de su concepto básico
del hombre es el psicoanálisis. Esto acaso explique por qué toda
vía es el psicoanálisis —para todos los fines prácticos— la única
psicología que se ocupa a n t e t o d o de lo que es d i s t i n t i v a y s i n g u ­
l a r m e n t e h u m a n o en el hombre (Devereux, 1953c, 1958c, d).1
La ciencia de la conducta en su conjunto se muestra resignada
o indiferente a la influencia que los antecedentes étnicos (cultura­
les) del investigador ejercen en su labor y sólo trata de contrarres­
tarla en casos excepcionales.
C a s o 1 2 9 : Cuando en’1932 me envió Kroeber a los mohaves, dijo:
“Le propongo que estudie su vida sexual. No tenemos hasta ahora
ni un solo informe satisfactorio acerca de la vida sexual de los
indios americanos, en parte porque, a diferencia de los mohaves,
la mayoría de los indios son algo reticentes en estas cuestiones, pero
principalmente debido a los remilgos de los antropólogos norteame­
ricanos. Usted, que es europeo, podría así hacer una valiosa apor­
tación a la etnografía de América.”
C a s o 1 1 0 : Habiendo decidido patrocinar un proyecto de inves­
tigación en gran escala acerca de los negros norteamericanos una
organización norteamericana, pedí a un sabio sueco, Myrdal (1944)
que la dirigiera porque un sueco podía indagar este peliagudo
problema más objetivamente que un norteamericano.
Alguna que otra vez se hace el intento de enviar trabajadores
de campo no occidentales a tribus ya descritas por científicos oc­
cidentales.
1 Véase, per contra, la metamorfosis cultural del psicoanálisis en Japón (Mo-
loney,-1953).
\ N I I ICEDENTES SOCIALES 177

Caso 131: El trabajo de Li An-che (1937) sobre los zuñis, que


rs bastante bueno, recibió al principio una atención un poco exce-
mva porque la convergencia (parcial) de sus apreciaciones con las
de trabajadores de campo norteamericanos se consideraba prueba de
1.1 exactitud sin deformación tendenciosa de origen étnico que te­
nían las apreciaciones de investigadores anteriores. Es más, sus
apreciaciones divergentes fueron aceptadas como verdades del Evan­
gelio. Nadie tomó en cuenta que si bien Li era un chino formado
ni China, sus estudios habían sido con obras de occidentales. Tam­
poco se le ocurrió a nadie que su formación china era una fuen-
lr de deformaciones (diferentes) y no garantía de objetividad
perfecta.
Las obras de etnografía de los autores no occidentales son in­
apreciables si se emplean con sabiduría y sumamente engañosas
d uno da ingenuamente por sentado que sus informes de campo
ion del todo objetivos. Este autoengaño data por lo menos de las
C a r t a s p e r s a s de Montesquieu, por más que las obras etnográficas
i|c un Herodoto, un Abén Batuta o un Li se caracterizan por un
“astigmatismo” cultural específico no menor que el de las obras
ilc los autores occidentales.
C a s o 1 3 2 : El empleo de largos látigos como armas descrito en
mi enigmático pasaje de Herodoto (4.3.4.) a propósito de los esci-
i . ises probablemente un hecho, pero de tal modo mal entendido
que sólo se puede desentrañar su significado si tomamos en cuen-
1.1 la parcialidad específicamente griega de Herodoto, que le hizo
ii iponer que los hijos de los esclavos bárbaros tenían un temor in-
n.iio a los látigos. Lo que aquellos rebeldes temían en realidad
ci.i, según creo, el largo látigo empleado a m a n e r a d e l a z o —o más
bien como un tipo de bola— como el que todavía emplean los
vaqueros húngaros (c s i k ó s ). Es decir: temían simplemente a la
i.iptura, más que a la muerte en el campo de batalla.
No es nada fácil leer de modo inteligente un informe etnológico
i",i rito por un no occidental.
Al estudiar el informe de campo de un occidental debemos to-
m.ir en cuenta solamente:
11 La parcialidad o tendenciosidad étnica de sus informantes, y
!.!] la parcialidad étnica del autor, que se asemeja a la nuestra.
Kií cambio, cuando estudiamos, por ejemplo, lo que dice un
<limo de los zuñis debemos tomar en cuenta:
11 La parcialidad étnica de sus informantes (zuñis),
”| la parcialidad étnica del autor (chino), y
:i| nuestro propio “astigmatismo” en relación con:
.i| la cultura de la tribu estudiada por el autor (chino),
178 EL CIENTÍFICO Y SU CIENC IA

b] la cultura del autor (o sea n u e s t r a idea dg la cultura chiiu)


c] y nuestra propia cultura.
Para emplear una analogía geométrica diremos que si estudiii«
mos un informe etnológico escrito por un occidental, nuestro modo
de ver la cultura que describe puede compararse con un cálculo
de distancia “a ojo”, y todos sabemos más o menos cuán déficit n
tes son las mediciones realizadas por el ojo. Si empleamos in g e ­
n u a m e n t e una fuente no occidental, la idea que nos da ésta se asr.
meja también a un cálculo de distancia a ojo. . . pero s in concienc ia
de las insuficiencias específicas de ese “ojo” en particular (el chino,
por ejemplo). Mas si empleamos la fuente occidental junto con
una china, por ejemplo, en forma experta y teniendo presentes las
insuficiencias específicas (deformaciones tendenciosas, astigmatis­
mos) de a m b o s "ojos”, la precisión del conocimiento que alcanza
mos puede compararse con la que se puede obtener por medio de
la triangulación.
Diciéndolo de un modo algo diferente, desde el punto de vista
de un occidental, el informe de campo de un occidental acerca dr
una tribu primitiva es como un diagnóstico sucinto basado en un
test nuevo, cuyas mañas todavía no conocemos bien.
Las observaciones que anteceden sólo toman en cuenta las de­
formaciones etnocéntricas. La misma "triangulación” puede lograr­
se también tomando en cuenta las diferencias psicológicas, poi
ejemplo, entre Fortune (1932b) por una parte y Fletcher y La
Flesche (1905-6) por la otra al estudiar sus respectivos informes
acerca de los omahas.
Estos hechos nos hacen comprender algo muy simple: que la
distorsión etnocéntrica, específica de cada cultura, es inevitable.
En lugar de deplorarlo, debemos tomarlo en cuenta como una
causa de error sistemática. Haciéndolo así, y comparando dos in
formes acerca de la misma tribu por autores pertenecientes a cul­
turas diferentes y/o con personalidades de distinto tipo de modo
tal que descubramos los errores s i s t e m á t i c o s del autor A y los “co­
rrijamos calibrándolos con los (diferentes) errores s i s t e m á t i c o s del
autor B —y viceversa, naturalmente—, por esta “triangulación” po­
demos llegar a una objetividad que será superior a la de cualquiera
de los dos autores.
C a s o 1 3 3 : Los datos de Cook y Bougainville acerca de la sexua­
lidad polinesia son más o menos igual de precisos e imprecisos.
Los de Bougainville muestran que Cook ponía de reí-eve sobre
todo la “inmoralidad” de los polinesios; las notas de Cook reve­
lan que Bougainville idealizaba los aspectos “idílicos y naturales”
de la vida sexual polinesia. De ahí que la publicación del relato de
ANTECEDENTES S O C IA L E S 179
Cook estimulara los empeños misioneros protestantes en Polinesia,
mientras que los informes de Bougainville incitaran a enjambres
de rebeldes sexuales a huir, al menos con la imaginación, de la
"antinatural” y anafrodisiaca Europa rumbo a la Citera de los Ma­
les del Sur. Estos dos tipos de gentes se hicieron a continuación
"expertos” en la vida sexual polinesia. Por ejemplo, muchos misio­
ne ios insistían en que sus neófitos hicieran camas individuales para
dormir en ellas. Esta regla parece inútil a menos que comprenda­
mos que es más fácil y menos ruidoso visitar a una muchacha en
su petate que en una cama crujiente.1 2
Tanto los vagabundos como los misioneros se hicieron empero
expertos de un tipo muy especial. Hay indicios de que al llegar
,i Polinesia con ideas preconcebidas m a n i p u l a r o n —quizá en parte
sin darse cuenta de ello— a los isleños de modo tal que obtuvieron
el comportamiento que de ellos e s p e r a b a n . Los vagabundos, con
<Iinero para gastar, solían trasformar en prostitutas a muchachas
que estaban simplemente acostumbradas a la actividad sexual pre-
i onyugal. Los misioneros consiguieron un resultado análogo al tras-
11 nmar una sexualidad sincera en pecado excitante. Cuando los
misioneros de cierta isla hicieron obligatorio el que las mujeres
se pusieran una bata suelta, nació entre los isleños una curiosidad
sexual tan obsesiva que los misioneros se vieron obligados a cam­
inar de regla y multaban a toda mujer que se cubría los pechos
lucra de la igíesia (Festetich de Tolna, 1903).
En un sentido limitado, los vagabundos y los misioneros no sólo
sobrestimaron la “masa social” (Devereux, 1940a) de la sexualidad
polinesia, sino que contribuyeron de muchos modos a incremen­
tarla.
Otro tanto parece haber sucedido con la belicosidad y las nor­
mas de valentía de los indios ele las praderas. Los intentos norte­
americanos de penetrar en aquellos llanos y dominarlos, obligaron
a los indios, que se veían entre la espada y la pared, a desplegar
increíbles recursos de ingenio y valor para combatir con sus con-
naneantes, mejor armados y disciplinados... cualidades que n o
u nían que manifestar a t a l g r a d o peleando con otras tribus in-
!I¡as, armadas más o menos como ellos. A su vez, esto deslumbró
a los observadores norteamericanos, que no tardaron en empezar a
exagerar el papel de la guerra en la sociedad de las praderas, así
«orno la hondura histórica de esa norma, sin tener en cuenta el
lu cho de que fueron las presiones de los norteamericanos las que
1 Debo los datos que anteceden al doctor M. L. Stoller, quien hizo un es­
tudio especial de los misioneros en los Mares del Sur.
180 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

obligaron a aquellos indios a ser más guerreros de lo que num.i


habían sido. Como señalaba Linton (1956), la inmensa mayoría cic­
los relatos personales recogidos por los primeros antropólogos sóbre­
los indios de las praderas pertenecen sobre todo a las actividades
bélicas y descuidan otros aspectos de la vida. En cierto sentido
llegó a haber algo semejante a una conjura entre los informantes
de los indios de las praderas y los antropólogos para maximi/:n
el papel, de por sí verdaderamente grande, que desempeñaba l;i
guerra en la cultura de dichos indios. El haber elegido por infor
mantes a guerreros famosos hizo lo demás. En cuanto a la cuestión
de la “hondura histórica’’, aunque todo antropólogo sabe que la
forma de guerrear en las praderas sólo apareció después de la in
troducción del caballo, probablemente en el siglo x v i i , los aspectos
reactivos y de antiaculturación de la norma guerrera de los indios
de las praderas tendían a ser pasados por alto. En el mismo sen
tido, la norma totalitaria e intelectualmente atrasada de Esparta
nació solamente a consecuencia de la desesperada lucha de los es
pártanos por la posesión de Mesene; antes de la guerra mesenia,
Esparta estaba civilizada (Huxley, 1962). La única diferencia es
que la pauta belicosa de los indios de las praderas duró unos 200
años, mientras que la de Esparta duró mucho más.
Las anteriores consideraciones no tratan de minimizar la vali­
dez objetiva del concepto de tema dominante ni la masa sociocul­
tural de esos temas ni su validez como medio de distinguir éntre­
los diversos tipos culturales. Sencillamente indicamos que las dife
rencias temáticas entre culturas tal vez sean menos marcadas y las
actividades relacionadas con los temas dominantes tal vez consuman
menos tiempo en la realidad que en el papel. De cualquier modo,
las personas y las culturas se parecen más que se difierencian, sen­
cillamente porque todos los seres humanos son primero humanos
y sólo en segundo lugar son esquimales o bantúes, y porque todas
las culturas son muestras auténticas de la Cultura, definida como
un producto del hombre, característico de la especie; solamente de
modo secundario son muestras de una zona cultural. De hecho den­
tro de ciertos contextos es legítimo ver en cualquier cultura, tal
y como se le comunica al niño, tan sólo un m o d o particular de
humanizar un organismo —que originalmente sólo es definible en
términos zoológicos— (Devereux, 1956a).
Actualmente se hacen intentos de contrarrestar las distorsiones
de este tipo alentando, por ejemplo, a los africanos cultos para
que describan su propia cultura. Esta sana idea no debería suscitar
esperanzas excesivas, porque “uno no puede estar e n el panorama
y tener al mismo tiempo una v i s t a de él” (Gramont, 1929). Pocas
A N I l .C E D E N T F S S O C IA L E S

personas escudriñan las complejidades de su cultura, y aun quizá


no sean capaces de hacerlo, porque sus defensas de origen cultural
li s ayudan tanto como les obligan a escotomizar ciertas implicacio­
nes latentes. Esto explica algunos defectos de la sociología, que en
tanto estudia nuestra propia sociedad, es “autoetnografía”, sujeta
a la paradoja de Epiménides (capítulo n).
C a s o 1 3 4 : Mi mejor informante sedang exclamó una vez: “¡Nun-
<a había advertido que hubiera tantas cosas en nuestra cultural”
C a s o 1 3 5 : Habiendo obtenido una serie de creencias mohaves
.interiormente no comunicadas acerca de los gemelos y completa­
mente en desacuerdo con la serie principal, me costó trabajo per­
suadir a mis informantes de que las dos series de creencias eran
lógicamente —ya que no psicológicamente— inconciliables (Deve-
ictix, 1941).
Ni siquiera la formación antropológica nos protege de las ten-
ilcnciosidades y los puntos ciegos cuando se trata de nuestra propia
i ultura.
C a s o 1 3 6 : A principios de 1957 me utilizó Margaret Mead como
informante acerca de la cultura húngara. Fue una experiencia me­
morable, que aumentó aún más mi fe, ya grande, en la validez de
los datos recogidos sobre el terreno, puesto que su destreza para
interrogar al informante —a mí— era maravillosa. Al pasar la en-
irevista de la averiguación de hechos al sometimiento a test de al­
gunas de las inferencias a d h o c de Margaret —que pude confirmar
ni su casi totalidad— empecé a comprender que ella veía muchos
■ispectos de la cultura húngara cuya existencia yo ni siquiera sos­
pechaba (c a s o 1 3 4 ).
Luego las autobiografías de los indígenas y las autodescripciones
i ulturales sólo son útiles teniendo presente que el pertenecer a la
sociedad que uno describe es una fuente de e s c o t o m a s y crea dis­
torsiones tan grandes como las que uno halla en la imagen que
de sí se hace el hombre normal no analizado. Además, con fre-
i uencia olvida uno que toda descripción de la cultura de un autor
semejante se dirige c o n s c i e n t e m e n t e a lectores de o t r a s culturas. . .
hecho que deforma notablemente sus datos y disquisiciones. Esto
en sí nos hace dudar de la validez de la opinión filológica clásica
según la cual es menester estudiar a los griegos e x c l u s i v a m e n t e de
.muerdo con lo que queda de sus escritos y su cultura, sobre todo
dado que los filólogos tratan tales datos como “autoetnografía”.
1. Los intentos de reivindicar nuestra cultura pueden incluso
hacernos defender insensatamente prácticas dudosas.
C a s o 1 3 7 : La homosexualidad fue siempre una norma aristocrá-
lica marginal en Atenas (Plutarco, S o l ó n , i). Pero debido a sus
182 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

inclinaciones políticas y a la configuración de su personalidad,


Platón (Simposio) insistía en que era la verdadera esencia del
amor y por lo tanto de la verdadera nobleza.
2. El no occidental aculturado suele tratar de “embellecer” aquí
líos aspectos de su cultura que podrían desagradar a sus lectores
occidentales.
Caso 138: El interesante libro de Soga (1932) acerca de los ama
xosas trata de atenuar ciertas costumbres que a sus lectores oai
dentales podrían parecerles objetables. Según La Barre (sin fecha),
otro tanto sucede con algunos informes indostánicos occidentalizados
del hinduísmo.
3. La descripción que hace un autor aculturado de su tribu es
a veces la autocrítica pública de un "renegado”.
Cáso 139: Los primeros datos relativos a los paganos húngaros,
presentados por sus descendientes cristianizados, se parecen nota
blemente a un mea culpa en que se debate un orgullo ingenuo poi
la valentía de las luchas de sus antepasados paganos con el horroi
de los cristianos ante la destrucción de sus iglesias, ante aquellos
ritos y costumbres paganos, el idólatra consumo de carne de caba
lio y la bebida de leche fermentada de yegua. De ahí que el cuadro
que aquellos escribas húngaros recién cristianizados trazan de la
vida de sus antepasados fuera tan sensacionalista y casi tan con
denatorio como el que pintaban los cronistas occidentales víctimas
de aquellos terribles paganos. Los relatos húngaros de las usanzas
y las crueldades —horripilantes, lo reconozco— de los invasores mon
goles (Rogerius) e incluso de las costumbres de los paganos inmi
grantes cumanos (culturalmente afines), también reflejan bastante
la influencia del hecho de que condenar las costumbres de mon
goles y cumanos indirectamente significaba también repudiar las
costumbres —en aquella época todavía apenas empezando a caci
en desuso— de los húngaros paganos (Hóman y Szekfü, 1941-43).
No es difícil que se nos ocurran ejemplos de descripciones an.i
logas de tipo mea culpa que de su propia cultura hace algún re
negado cultural contemporáneo.
En resumen, las autodescripciones culturales no son más obje
tivas que las imágenes que de sí tiene una persona. Parafraseando
el ingenioso dicho de Bernfeld podríamos apuntar que hay tanta
contratrasferencia” en una autoetnografía como en un autoanálisis.
Las tendencias históricas son culpables de otras distorsiones, tan
to en la autoetnografía como en la etnografía comparadora de
distintas culturas.
Caso 140: La República de los atenienses del llamado “Oligarca
Antiguo” (seudo-Jenofonte) nos da valiosísima información si la
ANTECEDENTES SOCIALES 1H1

Icemos sabiendo que es la obra de un enemigo, clarividente pero


empedernido, de la democracia ateniense.
C a so 1 4 1 : El mismo tipo de tendenciosidad caracteriza también
ii la R e p ú b l i c a d e lo s la c e d e m o n i o s del Jenofonte genuino. Su ideo­
logía antidemocrática y su admiración apasionada por las institu-
i iones oligárquicas de Esparta se revelan con suma claridad en el
i apítulo xiv de esta obra, donde el o b s e r v a d o r ateniense objetivo,
Jenofonte, menciona muchas de las deficiencias fundamentales del
sistema espartano, pero donde el t e ó r i c o espartanófilo Jenofonte
,itribuye esas deficiencias a un d e c l i n a r de las llamadas Institucio­
nes de Licurgo, y no a los defectos fundamentales de esas institu-
i iones (Devereux, 1965a) (c a so 3 4 5 ).
C a so 1 4 2 : Las primeras crónicas húngaras, redactadas en un mo­
mento en que el poder del monarca era verdaderamente absoluto,
.iseveraban que las siete tribus húngaras originales estaban go­
bernadas por el jefe de la tribu principal, o sea por un antecesor
ile la dinastía de Árpád. En cambio, algunas de las crónicas escri-
las después de haberse instalado el feudalismo en Hungría, pre­
sen ta b a n a Árpád, si acaso, como el p r i m a s Í n t e r p a r e s (Hóman
y Szekfü, 1941-43).
C a so 1 4 3 : La antigua práctica etnológica de omitir de plano los
il.itos relativos a la sexualidad y la práctica misionera de describir
el comportamiento sexual primitivo en forma denigrante, para con­
seguir apoyo a su labor, sólo hace poco se vieron superadas por
l.i de publicar información objetiva. Este cambio refleja, natural­
mente, un cambio semejante en las costumbres occidentales. Pero
merece mención de todos modos el que mientras los informes cien­
tíficos más antiguos acerca de la sexualidad primitiva, como los
de Mantegazza (1888), Ploss y Bartels (1927), Stoll (1908) y Wes-
termarek (1901) conservaban todo el sabor de lo vivo y citaban
material de casos, los datos más recientes de este tema (Ford y
Heach, 1951) son en gran parte estadísticos.
El p e r t e n e c e r a u n a c la s e influencia la labor del científico tan­
to como su afiliación étnica . . unas veces para bien y otras para
mal.
C a s o 1 4 4 : Aunque los maestros de inglés han luchado durante
siglos por enseñar a los extranjeros a pronunciar correctamente
los dos sonidos escritos “th”, que yo sepa la primera persona en
indicar un método sencillo e infalible fue Herzog, quien señaló
que bastaba con decir al alumno que c e c e a r a . Sospecho que la in­
geniosa observación de Herzog (1949) se debe a la clase a que
pertenecía. Intelectual húngaro de clase media, Herzog estaba sen­
sibilizado negativamente a las particularidades del habla de algunos
184 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

aristócratas húngaros, que pronunciaban la “r” de un modo pal


ticular y a veces ceceaban también.
El e s t a t u s o c u p a c i o n a l tiende a afectar a la labor antropológica
de funcionarios y misioneros más que a la de los antropólogos pro­
fesionales sencillamente porque —como en la situación psicoanall-
tica— hay menos distorsión cuando el único objetivo del inve,si i
gador es la investigación misma que cuando su labor tiene otro
fin ulterior. Además, la distorsión tiende a ser menor en los esto
dios de antropología aplicada —como la investigación de la salud
pública— emprendidos por el bien de la tribu que cuando el ob­
jetivo último de la investigación es convertir a la tribu o subyu
garla.
C a s o 1 4 5 : Muchos de nuestros informes más detallados de reli
giones primitivas los escribieron misioneros, que sólo las estudia
ron para remplazarías más eficientemente por su propio credo. Esto,
naturalmente, los obligaba a demostrar que el paganismo era in­
ferior al cristianismo y además lo bastante contrario a la política
oficial como para justificar el apoyo administrativo a la labor mi­
sionera (Priest, 1942). De ahí que incluso los informes exactos de
los misioneros acerca de las religiones indígenas destaquen —a ve­
ces hasta un punto bastante molesto— los rasgos de esas religiones
que resultan especialmente molestos para los cristianos. En otros
casos, la religión de una tribu no se analiza en función de su pro
pia lógica interna sino de las categorías básicas del supernatura-
lismo occidental. Esto conduce a distorsiones comparables a las
que se producen cuando un lingüista aficionado escribe la gramá­
tica de una lengua no indoeuropea de acuerdo con las categorías
gramaticales latinas. Varias fallas menores de los excelentes infor­
mes de Kemlin (1909-10, 1910, 1917) acerca de la religión reungao
de los mois constituyen ejemplos de este tipo de mal enten­
dimiento.
Una causa de distorsiones particularmente notorias es la tenden­
cia de algunos misioneros a creer, t a n t o c o m o s u s f u t u r o s c o n v e r ­
s o s , en la r e a l i d a d de las divinidades de la comarca y en las facul­
tades mágicas de los chamanes indígenas. La única diferencia es
que los primitivos ven en esos seres sobrenaturales a divinidádes
y creen que las facultades de los chamanes son sobre todo bené­
ficas, mientras que el misionero cree que esas divinidades son en
gendros locales del infierno y que las facultades del brujo son un
don del diablo.
C a s o 1 4 6 : Es un lugar común en historia el que cuando un pue­
blo se convierte a otra religión no hay al principio pérdida de la
fe en la r e a l i d a d y el p o d e r de los dioses anteriores. Sencillamente
\N I UCED EN TES S O C IA L E S 185
se trasforman en —y redefinen como— diablos. Esto ocurrió al co­
menzar la Edad Media tanto con los dioses de la Antigüedad clá­
sica (por ejemplo, “la gran maga Venus’’) como con las divinida­
des primitivas locales que habían sobrevivido al impacto de la re­
ligión grecorromana.
C a s o 1 4 7 : Un erudito, ingenioso y razonable misionero que ha­
lda hecho sólidas aportaciones a la etnología de los papúes me
aseguró personalmente que el diablo —representado por los “dio­
ses’’ locales— estaba tan contrariado con los misioneros que había
acosado y amarrado a una de las monjas relacionadas con la misión.
Además, en su excelente obra, bastante conocida, sobre los papúes,
el padre Dupeyrat (1954) manifiesta su creencia en los dones so­
brenaturales —y no digamos malos— de los brujos indígenas y dice
que uno de ellos casi consiguió matarlo a él incitando a una ser­
piente a morderlo. De modo semejante, el padre Dourisboure (1929)
da a entender con bastante claridad que él destruyó la paraferna-
lia religiosa de una aldea bahnar recién convertida, no porque
pudiera recordar a sus neófitos las prácticas paganas de que ha-
Idan abjurado, sino porque estaba tan seguro como los bahnares
de que en aquellos objetos moraban las divinidades locales, que
para él equivalían al diablo.
Al adoptar esta actitud, el misionero perpetúa realmente la creen­
cia del neófito en la r e a l i d a d de sus dioses ancestrales, sólo que
le enseña a temerlos y a considerarlos malos.
C a s o 1 4 8 : Cuando trabajaba entre los mois sedang supe que un
luncionario indígena de escaso relieve estaba tratando de conquis­
tarse los favores de alguien recogiendo para él artefactos indíge­
nas antiguos. Lo que el segundo, persona seria y honorable, n o sa­
bía era que el funcionario indígena no siempre compraba aquellos
objetos, sino que a veces se los apropiaba sin más ni más. Por eso
no me sorprendió el que unos visitantes de una aldea vecina me
dijeran que aquel individuo estaba planeando llevarse un antiguo
escudo sagrado que pertenecía a su aldea. Como yo también esta­
ba tratando de obtener aquel escudo para el Musée de l’Homme,
ine ofrecí a comprárselo, pero me dijeron que desgraciadamente no
podían vender los objetos sagrados y por eso tenían que aceptar
rl que salieran por la fuerza de su aldea. Para entonces ya era yo
un experto en triquiñuelas legales sedang y dije que “sería una
verdadera lástima” que “robaran” el escudo (c a s o 4 2 0 ). Mis visi­
tantes agarraron la insinuación al vuelo y con un guiño me pro­
pusieron la venta de los huevos que me habían llevado de regalo.
Después de un pequeño regateo los huevos cambiaron por fin de
manos por una suma que —de no haberse dado a entender que
186 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

representaba un pago justo por el escudo— hubiera sido grotesia


mente exorbitante. Mis visitantes me dijeron entonces que “te­
mían” que fuera “robado” el escudo en determinado día en que
todo el mundo estaría trabajando en el campo, y con una an
cha sonrisa se despidieron. El día designado tácitamente dije .1
mi intérprete, Paul Deng —un reungao cristiano y ex catequista—
que fuera a “robar” el escudo para mí. Aquel joven, que no co­
nocía en lo absoluto el temor físico, que había estado presente en
las negociaciones y sabía que nadie se lo estorbaría, parecía muy
agitado cuando volvió con el escudo unas horas después. Me dijo
que inmediatamente antes de tomarlo no sólo había rogado a los
santos que le protegieran contra los “diablos” nativos que en él
moraban sino que además, por si acaso, había informado a aque­
llos “diablos” que él no hacía más que obedecer a lo que le man
daban y qüe por lo tanto no era responsable del sacrilegio.
El estatus ocupacional del aficionado a estudiar las usanzas suele
hacerle equivocarse en cuanto a la e s e n c i a de la costumbre cuyos
detalles concretos acaso conozca mejor que muchos antropólogos.
C a s o 1 4 9 : Muchos antiguos misioneros y funcionarios que inevi­
tablemente la creían comparable a la compra de esclavos han des­
crito cuidadosamente —y condenado con toda energía— la compra
de esposa de los africanos. Sólo cuando los antropólogos estudia
ron esta costumbre se vio claramente que el pago de una cantidad
por la novia protegía a la esposa de groseros malos tratos y al
esposo de un abandono caprichoso. Aunque la “compraban”, la es­
posa verdaderamente maltratada podía volver con su familia, qui­
no estaba obligada a devolver el dinero al esposo abusivo. Por otra
parte, si la esposa abandonaba caprichosamente al marido, su fa­
milia solía obligarla a volver con él, para no tener que devolvei
la cantidad pagada por la novia. El pago de la novia no degradaba
así a la mujer a la categoría de una vaca sino que estaba destinado
a garantizar exactamente la estabilidad y dignidad del matrimo­
nio, que misioneros y funcionarios habían erróneamente querido
favorecer al tratar de abolir aquel pago. En cuanto a las mujeres
kiowas, se alaban de haber alcanzado un precio elevado y se bur
lan de las que no lo alcanzaron (La Barre, sin fecha).
Ciertas interpretaciones erradas de las costumbres indígenas son
consecuencia casi inevitable de los objetivos extracientíficos perse
guidos por los no antropólogos que estudian las costumbres indí­
genas. Entre paréntesis, esto explica también el que el psicoanalis-
ta no pueda funcionar debidamente si tiene un interés extratera
péutico en el análisis o el paciente.
C a s o 1 5 0 : Los funcionarios norteamericanos que negociaban tra
ANTECEDENTES SOCIALES 187

lados con los jefes indios relativos a cosas sobre las que aquellos
jefes no tenían una jurisdicción verdadera, les i m p u t a b a n sistemá­
ticamente facultades que no poseían, para dar a aquellos tratados
forzosos una apariencia de legalidad. Es al mismo tiempo proba­
ble que esta imputación de facultades absolutas a los jefes no fuera
del todo cínica y que se debiera en parte a las nociones puramente
occidentales acerca de la naturaleza de los poderes del monarca.
Algo semejante ocurrió también en la compra por particulares de-
Iierras poseídas por el grupo de los kikuyus (Leakey, 1952).
En algunos casos, la organización política de una tribu es tan
diferente de las teorías políticas occidentales que su análisis re­
sulta muy difícil incluso para los antropólogos experimentados.
C a s o 1 5 1 : Es mi opinión bien considerada que no entendemos
verdaderamente la organización política primitiva de los mohaves
iii en estas fechas podemos ya obtener los datos necesarios para
ello. Nuestras primeras fuentes españolas describían las funciones
del jefe principalmente en función de las ideas españolas acerca de
la soberanía, y —m u t a t i s m u t a n d i s — otro tanto hicieron los pri­
meros documentos oficiales norteamericanos. El breve examen que
hace Kroeber (1925a) de la organización política mohave es in­
completo en muchos aspectos. Mi propio trabajo (Devereux, 1951b)
describe principalmente los contactos políticos mohave-americanos
y por ello no arroja una luz auténtica sobre la estructura del poder
tribal mohave o r i g i n a r i a . La “épica histórica” publicada por Kroe­
ber (1951a) es demasiado fabulosa y estilizada para dar algo más
que una idea vaga de la organización política en los tiempos pri­
mitivos. Todos los demás datos sobre el gobierno mohave son
igualmente defectuosos, debido sobre todo a que la organización
política mohave no concuerda con nuestras ideas habituales acerca
de la organización política. Siendo indefendible la suposición (po­
sible en teoría) de que la organización política de los mohaves era
sólo un modo de anarquía, es evidente que nuestras ideas acerca
del gobierno mohave sencillamente no son lo suficientemente ex­
plícitas ni precisas para permitirnos siquiera la constitución de un
modelo teórico.
L a s m o d a s y l o s c a p r i c h o s c i e n t í f i c o s influyen hondamente en
la investigación (c a s o 5 1 ) .
C a s o 1 5 2 : La manía de interpretar sistemáticamente todos los
mitos como mitos de la naturaleza tiene mucha vida en los estu­
dios clásicos: testigo, los primeros volúmenes de Roscher (1884—).
C a s o 1 5 3 : Un profesor de antropología de una de las máximas
universidades norteamericanas, que había recibido muchas becas
de investigación para su labor de campo, me hizo ver que actual-
188 EL CIENTÍFICO Y SU C IE N O '

mente era casi imposible obtener alguna donación para un estudio


etnográfico general de campo. . . y apuntaba, lamentándolo, i p i l
ahora se publican pocas etnografías g e n e r a l e s .
Las modas pasajeras influyen también en la elección e interpu
tación de temas que, en un momento dado, se consideran el i .1
mino real hacia la “esencia” de la sociedad primitiva y garanilii
del grado de "cientificidad” o “cuantificabilidad” que para muí lie,
antropólogos es el distintivo de la respetabilidad científica.
C a s o 1 5 4 : Uno de esos caprichos fue —y es— la preocupación
casi obsesiva por el parentesco, sencillamente por suponerse (di
modo gratuito) que la terminología de la parentela es un esquema
nada ambiguo ni equívoco, que pueden aplicar mecánicamente ¡1
la clasificación de las relaciones sociales t a n t o el antropólogo c o m o
sus informantes. Poca atención se concede al hecho patente di­
que en un grupo pequeño y endógamo son muchas las persona-,
que tienen alguna relación de parentesco con otras de más de
un modo; luego tiene que haber, junto al sistema de parentesm
principal, también un procedimiento para determinar si a un “p¡i
riente doble” se le debe llamar por ejemplo “primo” o “cuñado"
Además, sucede que los mejores informantes son a veces incapai ch
de definir las reglas que rigen el sistema de clasificación suple
mentario. No obstante, la observación directa suele revelar que en
esas situaciones ambiguas la designación empleada en la realidad
designa la relación en que entra m a y o r número de restricciones
Las excepciones a esta regla suelen ser ante todo casos en que el
empleo del t é r m i n o d e p a r e n t e s c o t é c n i c a m e n t e m á s r e s t r i c t i v o ha
ría imposibles la mayoría de las transacciones que requiere la reía
ció n fu n c io n a lm e n te m ás im p o rta n te .
C a s o 1 5 5 : Cuando murió su primera esposa, Mbra:o se casó con
una de las hermanas de la difunta y poco después uno de sus hijos
mayores se casaba con la otra hermana de su difunta madre, de
modo que se convirtió en el cuñado de su padre y su propio lio
por matrimonio. Esta unión era tan atípica que en la boda los
recién casados mordieron un trozo de hierro, esperando que esa
muestra de “ferocidad” intimidaría a los espíritus, que de otro
modo hubieran podido castigarlos por su insólita elección de pan-
ja. Las dificultades terminológicas ocasionadas por aquella unión
se resolvieron de la manera siguiente:
1. El hijo siguió llamando a su padre —que ahora era también
su cuñado y tío por matrimonio—“padre” y éste le siguió llaman
do “hijo”, porque la relación padre-hijo es al mismo tiempo m í-,
restrictiva y más funcional que las relaciones de cuñado y tío pin
matrimonio.
INIT.CEDENTES s o c ia l e s IH9

¡i] El pasar a la apelación “cuñado” hubiera hecho casi impe


i. ilivo (c a s o 3 6 4 ) para Mbra:o el coqueteo con su hija política
( hermana política), aunque antes la llamara “tía”. Esos coque-
nos hubieran creado intolerables tensiones edípicas que pudieran
haber trastrocado el equilibrio dinámico de la familia.
I>¡ Si el padre y el hijo se hubieran llamado mutuamente “cu­
nado”, su redefinición de la relación hubiera sido sin duda recha­
zada por los espíritus, que en muchas cosas son unos meros chan­
tajistas, siempre al acecho de la ocasión para exigir sacrificios.
\demás, los espíritus se hubieran negado también a considerar
i(inducía legítima entre un hombre y la hermana de su esposa un
iu(|ueteo entre Mbra:o y su hija política; la hubieran considerado
incestuosa y su impropiedad hubiera requerido otro sacrificio.
2. Una vez casado con su tía materna, el hijo de Mbra:o tenía
i|iie llamarla “esposa” y adoptar con ella la pauta de esposo, que
i'i m á s f u n c i o n a l pero menos r e s t r i c t i v a que la de sobrino. Por
i n i lo que su continuo apego a la restrictiva pauta de interacción
ii. i sobrino hubiera hecho imposible la realización del matrimonio.
I i imperiosa necesidad de pasar a esta nueva pauta de interacción
m plica probablemente por qué, el hijo de Mbra:o y su esposa to­
maron medidas para impedir una calamidad, mientras que el pa-
ilte y el hijo, que seguían apegados a la más restrictiva de las dos
0 tres pautas de interacción teóricamente posible, n o tenían que
tomar esas precauciones.3
1,1 parentesco resulta así mucho más ambiguo en la práctica de
lo que a l g u n o s estudios parecen indicar; tiene además muchas raí-
íes inconscientes (Devereux, 1965j). De ahí que, aunque el estudio
ilrl parentesco sea una actividad sublimatoria, la ficción de que
II parentesco es un sistema inequívoco, aun en la práctica real,
1s una manía que sólo puede producir distorsiones.
No me hago la ilusión de haber agotado este complejo asunto;
mis comentarios son poco más que blancos a que apuntar. Lo que
importa en realidad no es tanto el que mis interpretaciones parez-
■.ni admisibles y mis ejemplos bien escogidos o no, sino más bien
ijiir |iasen a estudiosos más calificados que yo para resolverlas. En
isi.i obra por lo menos no puedo hacer otra cosa que plantear la
mrsiión y destacar la necesidad de solucionarla.

* Kn otra parte (Devereux, 1961a, 1965j) se hallará un análisis ulterior de


llenos problemas y complicaciones, hasta ahora al parecer desdeñados, debidos
n! matrimonio entre parientes.
C A P ÍT U L O X III

LA CONDICIÓN HUMANA Y LA
AUTOPERTINENCIA DE LA INVESTIGACIÓN

Toda investigación es autopertinente en el nivel del inconsciente,


por muy alejado de la personalidad que se halle el objeto de es
tudio en el nivel manifiesto. Esto lo demuestra cabalmente el aná­
lisis de los determinantes inconscientes de la elección de profesión.
C a s o 1 5 6 : Un investigador químico se había especializado en el
estudio del s t a t u s n a s c e n d i porque inconscientemente deseaba to­
davía satisfacer su insaciable curiosidad infantil acerca del naci
miento de los bebés (Abraham, 1927).
C a s o 1 5 7 : Un físico esperaba inconscieptemente que el estudio
de un tipo de fenómenos en particular arrojara luz sobre el com
portamiento incomprensible e incontrolable de su medio ambiente
infantil y (simbólicamente) deseaba contribuir a controlarlo. Ade
más, manejaba a ciertas personas exactamente igual que si fueran
piezas del equipo de investigación.
C a s o 1 5 8 : Un músico de profesión adquirió el tono absoluto
únicamente después de haberle hecho comprender su análisis que
en la infancia había sido para él causa de angustia la identificación
exacta de los sonidos sexuales procedentes de la cama de sus p;i
■dres (Devereux, 1966c).
Toda investigación es, pues, autopertinente y representa una in
trospección más o menos indirecta. Así sucede con el constant«
autoexamen del psicoanalista y así también con los intentos de
fotografiar el lado oculto de la Luna, Dado que tanto la práctica
psicoanalítica como la teoría de las sublimaciones indican que cuan
to más se analiza una sublimación más fuerte se vuelve (Jokl,
1950), parece evidente que en una época en que el progreso cien
tífico ha de ser el que decida cuál de los modos de vida en com
petencia será el que sobreviva, la corroboración rutinaria de las su
blimaciones del científico por medio de un análisis terapéutico es
cuando menos tan importante como el mejoramiento de los pro
gramas académicos y la construción de nuevos laboratorios par;i
investigación. En el plano individual, tal vez sea más urgente ana
lizar a los neuróticos, ayudarles a superar su infelicidad; en el plano
[190]
CONDICIÓN HUMANA Y AUTOPERTINENCIA '»I

uncial es con seguridad más importante analizar a los (relativa­


mente) sanos y brillantes, para aumentar su productividad al re-
forzar, sus sublimaciones.
El examen indirecto de sí mismo es particularmente obvio en
las ciencias de la conducta. El que estudia al hombre sabe que
tanto él como su sujeto son humanos y que al estudiar al segundo
inevitablemente se estudia también a sí mismo, del mismo modo
que el analista, al tratar a sus pacientes, continúa también su pro­
pio análisis. . . en parte para impedir una identificación neurótica
y una interacción complementaria con sus analizandos (capítulo
\tx). El estudio del hombre es por eso solamente un grado menos
difícil que el de sí mismo, que requiere que el Yo —compuesto en
parte de defensas c o n tr a el i n s i g h t — aprecie s u p r o p i a r e n u e n c i a a
enfrentarse a la realidad. Es esta dificultad la que hizo decir a
Hernfeld que “el autoanálisis es imposible porque hay demasiada
i ontratrasferencia’’.
Puesto que la condición de humano del científico del comporta­
miento que le hace percibir el estudio del hombre como impor­
tante en sí y aun como estudio de sí, conduce a distorsiones de
<ontratrasferencia, a veces trata de reducir al mínimo esta dificul­
tad no mejorando su capacidad de estudiarse a sí mismo —aumen­
tando sus i n s i g h t s de sí mismo— sino ideando medios para au­
mentar el abismo psicosocial que media entre él y sus sujetos. Uno
de esos artificios consiste en estudiar a los primitivos, en lugar de
a sí mismo, aunque tres perspicaces antropólogos por lo menos
lian utilizado retrospectivamente su experiencia de trabajo de cam­
po como medio para revaluar su prop:a identidad (Lévi-Strauss,
1955, Balandier, 1957, Condominas, 1965).
Pero en la mayoría de los casos, el que estudia al hombre trata
de convertirse en un investigador “idealmente” (o sea disfuncio-
imímente) objetivo del género humano. Su modelo es el “hombre
de Marte” del lego. La circularidad de razonamiento que subyace
•i este ideal la demuestra el hecho de que se habla de este obser­
vador hipotéticamente perfecto como de un h o m b r e —siquiera de
Marte— y no de una m á q u i n a de Marte. Ahora bien, es evidente
ipie el volverse uno un hombre de Marte científicamente es algo
estéril. Un psicólogo o investigador de campo marciano, incapaz
de empatizar con sus sujetos, podría describirlo todo menos lo que
en el hombre hay de característicamente humano, precisamente
porque su propia no humanidad le ocultaría la importantísima
(»paridad que tiene el hombre de autoexaminarse, y que rad’ca
en el sentido que tiene de su propia identidad y en su capacidad
de hacer s i m u l t á n e a y c o n s c i e n t e m e n t e de sujeto y observador. ..
192 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCII

cosa que ni los animales ni las máquinas parecen capaces de lo


grar.1
Los intentos de contrarrestar la tendencia (motivada por la con
tratrasíerencia) del observador a identificarse con sus sujetos tienen
una larga historia.
C a s o 1 5 9 : Herodoto trató de resolver este problema fungiendo
deliberadamente como griego. Esto le permitió guardar su distan
cia respecto de los bárbaros y ver “que desde tiempos antiguos el
helénico siempre se distinguió de los extranjeros por su mayor in
teligencia y por estar exento de tonterías y locuras” (Herodolo,
1.60). Esta posición se asemeja mucho a la de los misioneros y pro
pagandistas modernos, que se consideran los únicos depositarios de
la verdad.
C a s o 1 6 0 : Montesquieu (1721) trató de describir y analizar la
sociedad francesa objetivamente inventando un viajero persa cu­
yas cartas a sus paisanos intentaban explicarles el modo de vivir
de los franceses. El fracaso de su intento se aprecia sobre todo por
el hecho de que sus L e t t r e s p e r s a n e s se leen hoy principalmente en
calidad de literatura, mientras que las M e m o r i a s vehementemente
subjetivas de Saint-Simon (1829-30) siguen dando información acei
ca de la vida social de la monarquía.
Otro medio estéril consiste en una “reclasificación” del sujeto
humano. Esta reclasificación se da también, naturalmente, en la
cultura primitiva, aunque el primitivo suele propender más a an
tropomorfilizar lo no humano que a deshumanizar al hombre.
C a s o 1 6 1 : El brillante análisis que hace Hallowell (1960) del
concepto de personalidad en la cultura de Saulteaux demuestra
que se considera “personas” a algunos animales, pero olvida des
tacar que esto s ó l o ocurre cuando se comportan de una manera
no animal.
La ciencia contemporánea de la conducta suele operar de un
modo diametralmente opuesto. Hasta hace relativamente poco, tan
to la ciencia “filosófica” de la conducta como los tribunales de jus­
ticia tenían una idea notablemente antropomórfica de los anima­
les. Incluso la Iglesia, que profesaba distinguir absolutamente en
tre hombre y animal, empañó esta distinción, por ejemplo, al
juzgar por brujería a los animales. Además, apenas intentó Male-
branche abolir la antropomorfización de los animales postulando
que eran tan sólo semimáquinas vivas, incapaces siquiera de sentir
el dolor, La Mettrie (1748) desarrolló el concepto de que el hom-

1 La especificación de “conscieniemente” elimina de la consideración las má­


quinas que operan cibernéticamente.
IONOICIÓN HUM ANA Y AUTOPERTINENCIA íes
brc es una máquina, que una vez más identificaba al hombre con
los animales. Una consecuencia de este modo de ver es la tendencia
i ontemporánea a estudiar al hombre v i a la rata blanca y, en el
idlimo decenio, a considerar incluso la actividad mental del hom­
bre tan sólo como una variante del funcionamiento prototípico
de los “cerebros” electrónicos. Pero un momento de reflexión hu­
biera debido hacer ver que es el cerebro electrónico el que funcio-
nii como un cerebro humano y no a la inversa, porque es la mente
humana la que creó esas máquinas a manera de réplicas de ella
misma, mientras que las computadoras electrónicas todavía no han
podido hacer "mentes” como las suyas.
Hay, claro está, científicos que hacen cuanto pueden por pensar
y ser como computadoras electrónicas. Y fallan notoriamente, por­
que su perversa ambición es impulsada por su inconsciente, cosa
que las computadoras todavía no tienen.
Dos cosas parecen claras:
1. La antropomorfización de máquinas y animales (que es una
proyección) conduce necesariamente, al oscilar el péndulo hasta
el otro extremo, a una zoomorfización y/o mecanomorfización del
hombre (lo que es una introyección).
2. La antropomorfización de máquinas y animales —aunque erró­
nea— tiene al menos la excusa de constituir un intento (fallido)
de entender p o r c o m p l e t o . La zoomorfización o mecanomorfización
del hombre trata en cambio de s e g m e n t a l i z a r la comprensión, de­
bido a las ansiedades que la empatia provoca en el científico, y
por ello conduce a groseras deformaciones de la realidad.
El enfoque segmentario, naturalmente, rinde datos verificables;
lo que interesa es sencillamente saber si esos datos son p e r t i n e n t e s
para el asunto que se entiende hay que averiguar. La acústica es
una rama importante de la física y los surcos de un disco fonográ-
fico pueden medirse con gran precisión; lo que está por ver es que
esos datos nos digan algo que valga la pena saber acerca de un
maneto para cuerdas de Mozart. Ese estéril reducir los datos a
msas no esenciales no es metodología sino una defensa contra la
•ijlgustia. No resuelve el problema de la objetividad y sólo lo esca­
motea. No es necesario decir que nadie pone en duda la utilidad
de los datos obtenidos en los experimentos con ratas ni siquiera,
en muchos casos, su interpretación. Lo que no nos parece bien es
la tendencia a i m p u t a r l e s un alcance y una relevancia que no tie­
nen ni pueden tener.
Un modo mucho más objetable de aumentar la distancia entre
uno y su sujeto (animal o humano) era —hasta que los médicos
nazis empezaron a experimentar con seres humanos en los campos
194 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

de concentración (Mitscherlich y Mielke, 1949)— más común en


la vida pública que en la ciencia. Puede enfocarse mejor con un
análisis de las maniobras no científicas que empiezan por desliu
manizar al hombre, para que la empatia por él parezca descabe­
llada, y someterlo después a una agresión física o psíquica, que
su condición de no humano parece justificar y que a continuación
lo pone para siempre al margen.
C a s o 1 6 2 : Los hombres libres se convierten primero en anima
les esclavizándolos ( c a so s 1 6 8 , 1 6 9 ) y a continuación se les tras
forma a veces también en eunucos, para que ya no puedan aspira i
nunca a la categoría de seres humanos.2
C a s o 1 6 3 : El oligárquico Jenofonte (C iro p e c L ia , 7.5.58 ss.) fue.
según parece, el único griego del período clásico que preconizara
la castración de hombres, caballos y perros. Argumentaba que los
eunucos eran los servidores más fieles, ya que la buena voluntad
de su amo era la única protección que tenían contra un mundo
desdeñosamente hostil.3
C a s o 1 6 4 : La ley priva al insano de buena parte de su condición
de humano. Por eso se lobotomiza a algunos de ellos, aunque la
lobotomía no cure las psicosis, sino que sencillamente hace al psi
cótico más manejable. Una vez lobotomizado —o sea psicológica­
mente castrado— el paciente, se le trata como si fuera infrahuma
no. Y así, un “famoso” lobotomista visitante, entrevistando a unos
pacientes lobotomizados, les dijo tan brutalmente que por estai
lobotomizados no podían, por ejemplo, aspirar a ser elevadoristas,
que escandalizó al cuerpo médico y al personal de enfermería del
pabellón de lobotomía.
C a s o 1 6 5 : La complicada justificación que el difunto Dr. Hawkr
(1950), antiguo inspector de la Kansas State School, en Winfield,
para anormales, hace de la castración de los n i ñ o s de inteligencia
inferior a la normal, hay que leerla para creerla posible.
La psicología del recurso a esos procedimientos para aumentai
la distancia que separa al observador del sujeto se estudia en el
capítulo xix, en relación con la designación de animales paraliza
dos experimentalmente como “preparados” (c a so 3 6 9 ).
A veces se hace “preparado” a un sujeto humano no mutilado

3 Muchos emperadores bizantinos eliminaban sistemáticamente a todos los pre­


tendientes potenciales al trono. Los jefes de familias nobles que tenían algún
derecho al trono trataban por ello a veces de salvar la cabeza de su hijo ha­
ciéndolo castrar, ya que los eunucos no podían ser emperadores.
1 La baronesa von Blitzen —mejor conocida por Isak Dinesen— menciona en
sus memorias africanas que los bueyes requieren mayor protección contra la»
fieras que los toros, porque su castración los hace incapaces de defenderse.
CONDICIÓN HUMANA Y AUTOI'ERTINENCIA 195

I><>i el procedimiento puramente formal de no tomar en cuenta


mi lado humano y, sobre todo, su capacidad de conciencia y de
hacer enunciados pertinentes acerca dé enunciados. En el capítu­
lo xix se examinan los defectos lógicos de esta operación verbal;
mi equivalencia esencial con lo que Bohr llama A b t ó t u n g (des­
trucción) en la experimentación animal se examina en el capítulo
\ xii. (Véase también Devereux, 1960b.)
Los mismos resultados, o casi, pueden conseguirse en el plano
un ¡al negando arbitrariamente la categoría humana completa a
■inta clase de gente.
lln modo de que el observador ingenuamente satisfecho pueda
disociarse de sus sujetos es poner las razas humanas por orden de
mi mayor o menor parecido con los monos. Lo que distingue a

nuichas de esas clasificaciones no es su mayor o menor validez ob-


jeliva sino la a p l i c a c i ó n neuróticamente disociativa que de ellas se
luce, pasando por alto el hecho de que los d i f e r e n t e s c r i te r i o s para
ordenar jerárquicamente las razas dan r e s u l t a d o s d i f e r e n te s . En
realidad, muchas veces se manipula cínicamente la ordenación je-
nlrquica de las razas por la ponderación diferencial —o el olvido
■le plano— de ciertos criterios pertenecientes en principio al mismo
método de ordenación jerárquica.
C a s o 1 6 6 : El negro es m á s “parecido al mono” que los blancos
en lo tocante a su pigmentación parda —no verdaderamente ne­
gra—, su prognatismo, etc. Es m e n o s “parecido al mono” si se con­
sideran rasgos tan excepcionalmente característicos de lo humano
tomo el gran desarrollo del talón y la curvatura lumbar, la ever­
sión de los labios, lo “lanudo” de su pelo 4 y la largura de su fémur.
C a s o 1 6 7 : Mientras que el australiano —por razones que aquí
no nos interesan— ocupa un puesto bajo en la capacidad de con-
rcptualizar, ocupa uno excepcionalmente alto en su adaptación
il medio ambiente (Porteus, 1931, 1937).
Los subterfugios conceptuales suelen afianzar más esos ordena­
mientos jerárquicos.
C a so 1 6 8 : El piadoso Sur consideró psicológicamente necesaria
l.i racionalización de que los negros eran animales y por eso a
veces llamaban “veterinarios” a quienes curaban a los esclavos.
Además, aunque la cohabitación con una negra no era jurídica­
mente “bestialidad”, era tan temida psicológicamente porque para
los sureños, que idealizaban a la “pura mujer blanca”, todo lo
sexual era bestial. Este modo de razonar les permitía entonces
* F.l pelo y la lana rizados están prácticamente ausentes en los animales sil­
vestres y parecen ser consecuencia de la larga domesticidad.
196 EL CIENTÍFICO Y SU CIEN! r \

considerar como ganado humano todo cuanto nacía de semejan Un


actos “bestiales”.
C a s o 1 6 9 : Una de las designaciones griegas del esclavo, a n d r ó
p o d o n , seguramente se formó sobre la palabra zoológica t e t r á p o d o
Naturalmente, en algunos casos es el aborigen quien niega que
él y el extranjero pertenezcan a la misma especie o sean de na
turaleza semejante.
C a s o 1 7 0 : Algunos australianos creían que los blancos eran lo»
espíritus de sus antepasados que habían retornado y pensaban que
los blancos no hubieran podido encontrar el camino “de vuelta"
a Australia si no hubieran vivido allí en una vida anterior.
C a s o 1 7 1 : Los aztecas creían que los españoles eran los dioses
blancos, tan esperados, y fueron necesarios innumerables hecho»
de crueldad y traición para que cambiaran de idea (c a s o 389).
C a s o 1 7 2 : Los europeos cristianos pensaban que los mongoles
no eran hombres sino los monstruos del Tártaro, concepto erró
neo que probablemente facilitó la semejanza entre el “Tártaro"
y los “tártaros”. Quizá aprovecharan esta creencia los mongoles,
que aterrorizaban a sus enemigos yendo al combate con monstruo
sos maniquíes amarrados a la silla de caballos llevados de la rienda.
Algunos grupos cazan a otros menos civilizados que ellos como
si se tratara de fieras, o practican el genocidio, como los nazis.
C a s o 1 7 3 : En el este de Tailandia y en Laos, llaman a los pri­
mitivísimos phi tong luang “espíritus de las hojas amarillas” y
como los consideran unas “sabandijas” les dan caza (Bernatzik,
1958) con la misma brutalidad —pero con eficiencia mucho me
ñor— con que los ingleses daban caza a los tasmanios (Roth, 1899).
Otros problemas relacionados con la raza y en que no entran
imputaciones de naturaleza animal o fantasmal se verán en el ca
pítulo xiv.
La disociación de los extranjeros puede también efectuarse por
medio de la creencia de que nuestro grupo es genuinamente —o
cuando menos arquetípicamente— humano.
C a s o 1 7 4 : Los navajos, y también otros atabascanos, se llaman
a sí mismos sencillamente “la gente” o “el pueblo” y reservan de
signaciones tribales específicas para otros grupos (Leighton y
Kluckhohn, 1947). Lo mismo sucede con otras muchas tribus.
Reacciones disociativas semejantes pueden también observarse en
la ciencia. Sólo daremos aquí un ejemplo, ya que esto se verá con
mayor detalle en los capítulos xiv y xix.
C a s o 1 7 5 : La ambigüedad “objetiva” está tan arraigada en la
jerga científica que me pareció necesario insistir en otra parte (Dc-
vereux, 1966b) en que la denominación psicoanalítica “amor obje-
II INDICIAN HUM ANA Y AUTOPF.RTINF.NCIA 197

tal” (catexia objetal) es una contradicción en los términos, puesto


i|iic sólo puede amarse c o n m a d u r e z a una persona que no se con-
i ibc como “objeto” sino como “sujeto”. Sólo en relación con las
perversiones es legítimo hablar de elección de “objeto”, puesto
que la perversión no gira en torno al otro sino al acto “sexual”.
IJn modo históricamente antiguo y extrañamente difundido de
•minentar la distancia entre uno mismo y un semejante (o sujeto)
nata no de excluir fundamentalmente al sujeto de la humanidad
sino de sustraerse a sí mismo a la compañía de la humanidad. Los
i íentíficos engañados por el culto a la “objetividad” favorecen
mucho esta estratagema.
El fenómeno en sí no puede entenderse debidamente sin analizar
el más antiguo de todos los procedimientos de deshumanizarse uno
mismo: la c o m i s i ó n d e u n c r i m e n i n h u m a n o .
C a s o 1 7 6 : En la mitología esquimal, las personas que cometen
1 1 canibalismo se proclaman seres sobrenaturales y no meros hu­

manos (Rasmussen, 1927, Boas, 1907).


C a s o 1 7 7 : Un cazador ba thonga que se dispone a cazar una
bestia particularmente peligrosa comete a veces primero incesto con
su hija, porque cree que este crimen lo hará tan terrible (o sea no
humano) como el animal que intenta matar (Junod, 1927).
C a s o 1 7 8 : Tiestes, a quien su hermano Atreo había hecho comer
engañado la carne de sus propios hijos, cometió incesto con su
hija Pelopia porque un oráculo le dijo que ello le permitiría to­
mar un desquite (igualmente odioso) de su hermano (Escolio al
O r e s t e s de Eurípides, 15; Apolodoro, E p i t o m e , 2.14; Hyginus, F á ­
b u la s , 87, etc.)
La creencia de que la comisión de un crimen repugnante per­
mite a quien lo perpetra desprenderse de la comunidad humana
lia sido incluso explotada por los exponentes del terrorismo polí-
I ico en cuatro sociedades diferentes por lo menos.
C a s o 1 7 9 : Según Leo Alexander (1948) muchos mongoles y te­
nairistas nazis eran hombres que habían sido persuadidos u obliga­
dos a perpetrar un acto inhumano, que los comprometía para siem­
pre con el régimen de Gengis Kan o el de Hitler. De modo aná­
logo, los juramentos de los mau man violaban d e l i b e r a d a m e n t e
todas las nociones kikuyus de decencia y piedad para que quien­
quiera los pronunciara, se excluyese irrevocablemente de la socie­
dad kikuyu normal. Si es válida la interpretación que hace Jean-
maire (1939) de los C r y p t e i a , algo así sucedió en la antigua Es­
parta (Devereux, 1965a).
Un fenómeno análogo parece ser la condición “aparte” del que
luce curaciones, a que se niegan tenazmente a renunciar unos
198 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

cuantos médicos contemporáneos. Raramente se reconoce que esta


condición de puesto aparte del que cura no es diferente de la del
“criminal inhumano”: el “crimen” del médico es que (en apa
riencia) no le conmueve el dolor humano sino que reacciona a él
racionalmente, cortando c o n t r a n q u i l i d a d los miembros estropea­
dos y tocando s i n t e m o r cuerpos cubiertos de espantosas llagas (II i
pócrates: D e F l a t i b u s , 1.6; Luciano: B is A c c u s a tu s , 1). El que la
adquisición de la impasibilidad médica requiera un esfuerzo con­
siderable se echa de ver por el hecho de que el primer año los
estudiantes de medicina tratan tradicionalmente de sobreponerse
a su horror por los cadáveres mediante muchas payasadas en ex­
tremo ofensivas —y aun obscenas— en la sala de disección. Esta
formación reactiva contra el temor normal de los humanos a los
cadáveres y las enfermedades puede volverse tan neuróticamente
compulsiva que algunos médicos crean defensivamente un imper­
sonal “enfoque de depósito de cadáveres” para con sus pacientes
(Lewin, 1946, véase también capítulo xiv).
Naturalmente, la pretensión médica de tener una categoría apar­
te es a veces en ventaja propia; lo atestigua, por ejemplo, el hecho
de que los grupos médicos de presión han logrado imponer una
legislación que concede a los médicos una graduación superior y
una posición más privilegiada en las fuerzas armadas norteameri­
canas que por ejemplo la de los ingenieros, igualmente útiles en lo
militar —e igualmente escasos—, que no pretenden ser algo aparte
en la humanidad y cuya profesión no los obliga a conducirse como
si fueran inaccesibles a los seres humanos.
No es menester decir que hablo aquí tan sólo de los grupos mé­
dicos de presión. Habiendo trabajado durante casi diez años de
tiempo completo y varios años de tiempo parcial en ambientes
médicos, sé por experiencia que los doctores verdaderamente bue­
nos son invariablemente seres humanos primero y médicos sólo
después, y así debe ser. Ningún médico consciente envía a un pa
cíente con un virtuoso de la cirujía más interesado —que los hay-
en los éxitos técnicos de la operación que en la supervivencia del
paciente. La serenidad del buen cirujano durante la operación no
se debe a un distanciamiento respecto de la compasión y la preo­
cupación “no profesionales” sino que representa una sublimación
al servicio de su compasión y saca su fuerza de su humanidad y
conmiseración. La grandeza humana y profesional de estas perso
ñas es la que hace tan odioso al politiquero médico por contraste.
El único remedio para el género de grandiosidad que se justili
ca en función de su alejamiento de la membrecía humana es el
sano sentido del ridículo que hizo al grave Vespasiano exclama i

1
■ ■
C O N D IC IÓ N HUM ANA Y A U T O P E R T IN E N C IA 19D
en su lecho de muerte: “¡Ay de mí, creo que me estoy volviendo
un dios!” (Suetonio, V id a s d e lo s d o c e c e s a r e s , Vespasiano, 23).
El hecho de que algunos científicos del comportamiento se di­
socien también de sus sujetos y adopten una posición más o menos
rxtrahumana de observador convirtiendo a los sujetos humanos
prácticamente en conejillos de Indias es una causa de angustia in- ,
(onsciente que suscita gran variedad de defensas, desde la actitud
profesional hasta una mecanomorfización (de rebote) o cuando
menos una zoomorfización del hombre. La consiguiente pérdida
de sentimiento y el menoscabo del sentido —muy tranquiliza­
dor— de nuestra propia humanidad serían en sí razones suficientes
para evitar esa frialdad afectada, aun cuando no fuera evidente
ipie el modo más fructífero de estudiar al hombre es por media-
i ¡ón de nuestra propia condición de humanos.
El próximo objetivo en la investigación comportamental será,
pues, la reintroducción del afecto en la investigación.
Las consideraciones que preceden arrojan mucha luz sobre una
(.msa principal de ansiedad en el estudio del hombre. Para el in-
i (insciente, la observación desapegada de nuestro semejante es un
"pecado” —de voyeurismo y de falta de solidaridad— que destierra
il observador, por lo menos temporalmente, más allá de las iron­
ía as de la humanidad. Esta sensación de “pecado” es inevitable
sencillamente porque cada ser humano, incluso el científico del
i omportamiento, tiene impulsos voyeuristas y tendencias disocía­
les no sublimados a los que place esta actitud de frialdad, pero
sillo a costa de sentimientos de culpa que afectan nocivamente a
su registro e interpretación de datos. Otra fuente de sentimientos
de culpabilidad es el hecho de que la insensibilidad también da
satisfacción a las egodistónicas pulsiones de poder, puesto que el
negarse a responder con humanidad a un ser humano mina la fuer­
za del Yo de la víctima y su seguridad interna. Los mismos niños
saben que uno puede acobardar fácilmente a un compañero de
juego desagradable aplicándole la ley del hielo.
C a so 1 8 0 : Cooley (1902) explicaba de modo convincente el aura
i asi pavorosa de prestigio y poder que rodeaba al estatúder holan­
dés Guillermo e l T a c i t u r n o por la intimidadora reserva y la impa­
sibilidad de aquel príncipe.
El negarse a reaccionar afectivamente puede incluso ser una ma­
niobra de poder neurótica.
C a s o 1 8 1 : Un Don Juan compulsivo mencionaba en su análisis
•|ue se hacía deliberadamente silencioso e impasible cada vez que
una muchacha rechazaba sus insinuaciones: “Eso las aterroriza.
Pocas son las que aguantan más de 15 minutos; después de eso,
200 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

están dispuestas a hacer lo que sea con tal que uno cese de negai
su existencia al no hacer ningún caso de ellas.”
El negarse a responder afectivamente es un pecado cardinal en
tres culturas por lo menos.
C a s o 1 8 2 : La famosa respuesta de Caín: "¿Soy yo acaso el guar­
dián de mi hermano?”, se nos presenta (G é n e s i s , 4.9) como un
crimen casi tan odioso como su fratricidio.
C a s o 1 8 3 : El no haber Parfisal preguntado al Rey pescador lo
que le aquejaba lo descalificó temporalmente en la búsqueda del
santo Graal (Weston, 1920).
C a s o 1 8 4 : Según los mohaves, cuando quemaron al dios Mala
vilye todos, salvo los blancos, se lamentaron francamente. De ahí
que la dureza y el no dejarse implicar emocionalmente sean hasta
hoy, según los mohaves, de las características más repulsivas de los
blancos, de quienes a veces se dice que son prácticamente inhu
manos. Este episodio del mito de la creación, que claro está que
es posterior a la llegada del hombre blanco, se formó probablemen­
te de acuerdo con la tradición del atroz comportamiento del Co­
yote en el funeral de Matavilye, que le valió una mancha negra
en el hocico y le convirtió en un loco indeseable, errante por el
desierto (Kroeber, 1948b). (Compárese con el c a s o 3 2 1 . )
La no responsividad es particularmente injustificable en las cien­
cias de la conducta, ya que puede provocar graves reacciones de
ansiedad y regresión en aquellos a quienes uno hace sentirse co­
nejillos de Indias. Esto explica, entre paréntesis, por qué los ana-
lizandos con Yos gravemente dañados no debieran ser sometidos a
silencios prolongados en el tratamiento psicoanalítico y por qué,
cuando hay una regresión súbita y excesiva, el terapeuta tiene que
volverse responsivo inmediatamente.
C a s o 1 8 5 : Por razones que no estaban claras en aquel momen­
to, una muchachita moderadamente neurótica empezó súbitamente
a tener alucinaciones de que sentía el falo de su padre en la va­
gina. Su analista le dijo al punto que se levantara del sofá y se
sentara en un sillón frente a él. Esta respuesta súbita y firme del
analista hizo que la muchacha se salvara de un brote psicòtico.B
A veces incluso una impersonalidad ilusoria puede ocasionar pro­
blemas en la terapia psicoanalítica.
C a s o 1 8 6 : Una india de las praderas mencionó en su análisis que
siendo enfermera del ejército en la segunda guerra mundial, un
fotógrafo deseó tomarle una fotografía para un periódico, para
demostrar que los indios también participaban en el esfuerzo bé-
6 Debo el conocimiento de este caso a un colega muy experimentado.
IN D I C I Ó N HUMANA Y AUTOPERTINENCIA 201

He». Ella se negó, fundándose en que eso entrañaba interés no en


rl ser humano que ella era sino en la que por casualidad naciera
ludia. En su análisis, el hecho de que yo fuera también un antro­
pólogo resultó durante cierto tiempo causa de resistencias. Se que-
j.iba de que yo la estaba tratando no porque me interesaran ella
V s u enfermedad sino porque siendo antropólogo, me interesaban
l o s indios.
Otra maniobra disociativa amplía las diferencias y destaca obse­
sivamente lo singular, exagerando por ejemplo sistemáticamente
los rasgos y minimizando la pauta subyacente, o sea el entrelaza­
miento y la compensación recíproca de los rasgos. La búsqueda
de lo singular y distintivo hace que algunos científicos del com­
portamiento nieguen prácticamente la unidad psíquica del género
Immano y atribuyan una psicología “especial” a cada grupo ét­
imo.0 La consecuencia es que algunas descripciones de ciertas cul­
onas sean tan desproporcionadas y exageradas como la imagen que
n o s da Melanie Klein (1948, 1951) de la psiquis infantil o como
l o s informes de tests diagnósticos, repletos de jerga, de psicólogos
i llnicos i n c o m p e t e n t e s , por la excelente y suficiente razón de que
hay ciertos límites incluso a la flexibilidad humana. Prueba esto
• ii antropología la reciente corrección que del brillante pero exa­
gerado retrato que traza Benedict del “paranoidismo” kwakiutl
hace Codere (1956) en su estudio de la amabilidad kwakiutl (c a s o
K)S), así como mi comprensión de que la ruda cultura de los se­
da ng tiene su lado humano compensatorio (c a s o 3 9 3 ) y que no todo
es dulzura y claridad entre los mohaves (c a s o 3 3 3 ) , o la importan-
• ía ijue se le ha dado recientemente a los aspectos irracionales de
la cultura griega ( c a s o 3 2 9 ) . Es harto curioso que la tendencia a
atribuir una psicología “especial” a cada grupo sea particularmen­
te señalada entre los antropólogos antipsicoanalíticos, que tienden
i no hacer caso de los rasgos latentes que contrarrestan los rasgos
manifiestos extremados.
Claro está que la unidad psíquica del género humano es un he­
cho incontrovertible, ya que la conformación diferencial de los
m i s m o s impulsos y defensas explica suficientemente las diferencias
cutre caracteres étnicos e individuales.
La última maniobra disociativa que veremos aquí es una singu-
I.uniente divergente, porque en realidad parece entrañar solidari-
■l.id con el resto del género humano. Consiste esencialmente en
i onsiderarse uno (y a su cultura) arquetípica o por lo menos pro-
* Esto parece ser el equivalente psicocultural de la recurrente noción de que
tus diferentes razas descienden de antepasadas prehumanos diferentes.
202 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

totípicamente humano. Esto puede conducir a descuidos de diag


nóstico en medicina (capítulos xiv y xv) y a errores de imputación
—y de depreciación— en la ciencia de la conducta.
C a s o 1 8 7 : La hospitalidad sexual de los esquimales sólo es enig
mática si se interpreta como debida a una "atrofia” de la pauta
celosa “innatamente” humana (= occidental). En realidad, el es
quimal es tan celoso como cualquiera y manifiesta celos cuando
se producen relaciones extraconyugales “irregularmente”, o sea fue
ra de la pauta de hospitalidad sexual. Sencillamente, distingue
entre hospitalidad sexual y adulterio. De ahí que la existencia de
la hospitalidad sexual esquimal no nos obligue a poner en duda el
que los celos sean un rasgo humano fundamental; sólo requiere
el estudio de la d e f i n i c i ó n c o n t e x t u a l de “situaciones que suscitan
celos” ("adulterio verdadero”) y de defensas culturalmente con
figuradas que inhiben la erupción de los celos en situaciones en
que eso se considera indebido. Las mismas consideraciones se api i
can también al préstamo ritual de la esposa en aquellas partes de
África donde se castiga severamente la infidelidad secreta e infor
mal de la esposa prestada (Brelsford, 1933).
Si un grupo no parece reaccionar de acuerdo con nuestros con
ceptos de la "naturaleza humana”, su conducta suele calificarse
despreciativamente de “inhumana” (crueldad) o “bestial” (sensua
lidad). Aunque hoy se evitan esas palabras valorativas, la menta
lidad que reflejan todavía anima buena parte de la ciencia de la
conducta.
En definitiva, importa poco saber si nuestra autodefinición de
“hombre arquetípico” nos hace decir ingenuamente que tales per
sonas no son humanas porque no reaccionan igual que nosotros
o disertar doctamente acerca de las irreductibles diferencias entre
la cultura ateniense y la barbarie hotentote, como era tan coléri
camente propenso a hacer Wilamowitz ( c a s o 3 6 5 ) . Las consecuen
cias son las mismas en uno u otro caso.
El simple hecho es que dos individuos pueden diferir uno de
otro sólo por ser especímenes de la flexible especie “hombre” y
que las culturas pueden diferir significativamente una de otra sólo
por ser todas ellas especímenes de la cultura, o sea productos de
la capacidad característica de crear cultura que tiene la especie
humana. El rasgo más característico que tienen todos los hombres
e n c o m ú n es la capacidad de ser m á s d i f e r e n t e s de sus congéneres
que un león de otros leones.
El conflicto del observador por el hecho de que al estudiar los
sujetos humanos inevitablemente se estudia también a sí mismo,
explica por qué se inventan tantos modos de aumentar el desapego
CONDICIÓN HUMANA Y AUTOPERTINENCIA ¡JO»

y de garantizar la objetividad, inhibiendo incluso la fecunda con


i iencia de la igualdad de condición con nuestros sujetos y por qué
se idean tan pocos para fomentar el sentimiento de afinidad, aun­
que la única empatia m e t o d o l ó g i c a m e n t e p e r t i n e n t e es la que ra­
dica en el reconocimiento de que tanto el observador como el
observado son humanos.
Según parece, Freud fue el primero en comprender que los pro­
blemas planteados por la humanidad común al observador (ana­
lista) y el observado (analizando) no requerían una maniobra de-
Ionsiva sino un tratamiento y aprovechamiento consciente y racio­
nal de este hecho inevitable. Por eso hizo de la autoobservación
directa y vicaria y del análisis de las distorsiones resultantes de la
.mtoobservación tendenciosa el camino real a la objetividad para
consigo y para con los demás e insistió en que la objetividad para
(on los demás presupone la objetividad para consigo mismo, sin
perder el sentido de la propia identidad. Y así, casi la única si-
i nación observacional en que no se q u e r í a que se produjera una
desolidarización es el psicoanálisis, aunque a veces no se observa
esta regla, como lo muestra el hecho de que algunos se espantaran
.mte la franca declaración de Nacht (1962) de que uno debe amar
i sus pacientes —como yo opino que uno debe amar a sus sujetos.
Ni el psicoanalista ni ningún otro científico de la conducta pue­
de obviar el hecho de que quiéralo o no, su instrumento más im­
portante y su principal “órgano sensorio” es su inconsciente, en
«pie entra también el campo de los afectos. Y así, precisamente por
ser el buen psicoanalista t é c n i c a m e n t e no responsivo y objetivo, al
mismo tiempo que entabla un íntimo “diálogo del inconsciente”
con su analizando, puede provocar una regresión en su paciente
(Menninger, 1958), sin que esto le dé la horrorosa sensación de
(pie están haciendo de él un mero “objeto”. Por eso puede pro­
vocar un comportamiento humano —y no simplemente de “rata”
y aun de “cosa”— en su sujeto (analizando).
Por desgracia, hay incluso psicoanalistas que reaccionan al des­
gaste y la fatiga del contacto diario con el inconsciente volvién­
dose meros instrumentos de elaboración de datos para el material
inconsciente. Más de la mitad de las veces se topan al ruego in­
consciente —y a veces consciente— de sus analizandos de que no se
i( suelvan sus problemas sino que se supriman simplemente, de que
los ayuden a n o sentir nada. De este modo, algunos seudohomo-
scxuales llegan al análisis no para hacerse heterosexuales sino con
la esperanza de volverse neutros sin sexo.
Pal no es ni puede ser la meta del psicoanálisis ni de ninguna
olía ciencia de la conducta. El cuchillo, real o simbólico, de cas-
204 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

trar ha desempeñado durante demasiado tiempo un papel prin


cipalísimo en la evolución de las sociedades opresoras7 y brutal
mente centradas en el Superyó, cuyos puntales son masas de des
alentados inválidos físicos, emocionales e intelectuales. Se asemejan
a las sociedades de las abejas, sustentadas por abejas obreras so
metidas a castración hormonal por medio de un régimen alimen
ticio restringido (Wigglesworth, 1964). Ha llegado la hora de
comprender que una sociedad y una cultura que sólo pueden ha
cer frente a la espontaneidad de los seres vivos restringiéndolos
brutalmente es tan autoanuladora como una ciencia que trata de
ser objetiva con el hombre despersonalizándolo.
Los datos y consideraciones que anteceden indican que el cien
tífico de la conducta reacciona defensivamente a la comprehensión
anxiógena de la comunicación afectiva con sus sujetos. El objetivo
verdadero, si bien no reconocido e inconsciente, de muchos de sus
artificios técnicos y de sus posiciones metodológicas es por eso la
interrupción del capital diálogo de lo inconsciente.

7 En el caso 163 apunté que Jenofonte de m ente de inclinación oligárquica


pieconizaba la castración de hombres, caballos sementales y perros, aunque esto
era contrario a la usanza griega. Platón, orientado no menos oligárquicamente
(Protagoras, 314c) es uno de los pocos que mencionan esclavos eunucos en Ate
ñas. Herodoto, mucho más democrático, se horroriza ante la castración de seres
humanos y en muchos pasajes da a entender que es una señal de tiranía.
C A P ÍT U L O X IV

I I. AUTOMODELO: SOMATOTIPO Y RAZA

I .a percepción e interpretación correcta de la realidad se facilita


y obstaculiza al mismo tiempo por la tendencia del hombre a con­
siderar su propio ser, su cuerpo, su conducta y su modo de sentir
o experimentar como arquetípico o al menos prototipi«) y de re-
lerir a ella —y modelar sobre ella— su imagen del mundo que lo
todea. Construye para sí un automodelo más o menos inconsciente
y en parte muchas veces idealizado, que emplea después como una
suerte de piedra de toque, norma o línea de base en función de la
<nal evalúa a los demás seres y aun los objetos materiales.
El papel del automodelo es obvio tanto en la metrología como
cu la numeración. Esas unidades de medición como el “pie” o
1.1 “braza” se basan en las dimensiones del cuerpo; a la inversa,
y a r d (y a r d a como medida, y en los buques v e r g a ) , es una palabra
lomún para designar el pene. Todas las unidades sedang de me­
dida de longitud y de la circunferencia se basan en las dimensio­
nes del cuerpo humano.
Psicológicamente fue un gran logro el que la Revolución fran-
<esa inaugurara el sistema métrico, basado en el metro, que se de­
bile como la diezmillonésima parte de la distancia medida sobre
un meridiano de la tierra, del ecuador al polo, es decir, una uni­
dad que n o se basaba en las dimensiones del cuerpo humano. El
.¡sterna decimal se basa en el hecho de que tenemos diez dedos.
Panto en el inconsciente como en la creencia romana (Plutarco,
C u e s ti o n e s r o m a n a s , núm. 2, 264A), el número 2 suele simbolizar a
1.1 mujer (dos pechos), mientras que el 3 simboliza al varón (pene
y testículos). Algunos conceptos, como el de “par” y probablemente
i.unbién el de “simetría”, se inspiran en la figura del cuerpo hu­
mano, que puede incluso servir de procedimiento mnemònico. Al­
gunos radicales verbales húngaros que denotan las funciones del
organismo en que entra el empleo de órganos pares terminan en
"I”: h a i- (oír), á l- (estar, tenerse); por eso se enseña a los niños
que esos verbos llevan dos eles porque uno oye con dos oídos y
■.r tiene en dos pies: h a l l o k (oigo), á l l o k (estoy en pie). Recuerdo
que enojaba mucho a mi maestro de primaria cuando le pregun-
[205]
206 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

taba por qué, en ese caso, no lleva cuatro eles el verbo d i- cuando
se trata de cuadrúpedos.
En un nivel más amplio, hace tiempo que destacaba Ferenczi que
todas las cavidades tienden a ser vistas como símbolos de la v.i
gina y todas las protuberancias como símbolos del pene, lo que
explica por qué se habla de enchufes macho y hembra.* En el
mismo sentido se habla de tornillos de rosca a derechas y a izquiei
das, y siempre se habla de la “derecha” antes que de la “izquiei
da”, tal vez porque la mano derecha es la predominante.
En un nivel aún más general, Róheim (1952) pudo demostrarme
que el mundo en apariencia externo del contenido manifiesto de
un sueño es proyección del propio cuerpo del soñante, visualizado
como casa o paisaje.
El automodelo subyace incluso a nuestra concepción de lo “na
tural” y lo “irreductible”. Tal vez los niños quieran saber de dón
de vienen; no preguntan por qué están vivos o tienen cuerpo. El
mismo automodelo determina también qué parte de la realidad
externa requiere una “explicación” (metafísica). Ningún mito ex
plica por qué las vacas, como nosotros, tienen cuatro miembros; lo
que explican es por qué, a diferencia del hombre, el ave tiene alas, '
el pez aletas y las serpientes carecen de miembros. M a i s n o u s a v o n s
c h a n g é t o u t c e l a ' . * * L. J. Henderson (1913) trató incluso, e n t r e
o t r a s c o s a s , de explicar por qué —no c ó m o , sino p o r q u é — es buena
•el agua ¡para los peces!
El hombre también establece órdenes de categorías para las de­
más personas —y aun los animales— según su conformidad o falta
ele conformidad con el modelo que él tiene de sí mismo.
C a s o 1 8 8 : En un relato griego, un hombre salva a un águila de
una serpiente porque el águila le parece a él una bestia más na
tural (Aeliano: D e la n a t u r a l e z a d e lo s a n i m a l e s , 17-37). Parsifal 1
salva a un león de un dragón por el mismo motivo.
La única excepción visible a esta regla es el disgusto que el honi
hre siente por los monos superiores, que se parecen al automodelo
al mismo tiempo demasiado y demasiado poco. Esta observación
suscita problemas que se estudian mejor a propósito de la impor
tancia del modelo de personalidad para entender las reacciones del
■género humano a lo masculino y lo femenino (capítulo xv).
Siendo el automodelo una pauta humana hondamente grabada,
•el reconocimiento de que uno está “discordando” —enfermo, me
* En español tenemos un ejemplo bastante parecido en el verbo machihem­
brar [t .]
** Frase clásica del francés: Pero ahora hemos cambiado todo eso. Como
■quien dice que estamos más adelantados. .. que lo natural [t .]

I I, AU TO M O D ELO : S O M A T O T IP O Y RAZA -<>7


nnscabado o incluso muy por encima— es a veces difícil y causante
■le angustia, porque requiere reapreciar la utilidad del automodelo
c o m o dechado. Esto explica en parte la falta de i n s i g h t del psicó-
Iic o . Su tenaz creencia de que todos menos él están discordes es
probablemente la defensa de la última trinchera, contra una frag­
mentación irreversible del Yo, que apenas mantiene unido lo que
ipieda del automodelo.
Además, uno suele resistirse y negarse a una degradación drás-
lica de la imagen de sí. Los amputados a veces sienten dolor en
I I lugar donde “debería estar” el miembro que les quitaron; es el

f e n ó m e n o bien conocido del miembro fantasma. Eurípides, en sus


l l i j o s d e H e r a c l e s , nos da una soberbia descripción de la repug­
nancia de Iolao a reorganizar el automodelo de acuerdo con su
incapacidad física.1 En la O d i s e a , el protagonista se siente algo
i (infuso por el hecho de que su protectora, Atenea, cambie de as­
pecto súbita y repetidamente. Las metamorfosis y, a f o r t i o r i , la
trasmigración de las almas, siempre fascinaron a escritores y teó­
logos. Ovidio escribió un volumen entero de M e t a m o r f o s i s míticas;
Kafka describió la trasformación de un hombre en cucaracha; Car­
net t escribió L a d y i n t o f o x .
La misma perfección y acendramiento del automodelo puede ser
(ansa de conflicto.
C a s o 1 8 9 : Los adolescentes reaccionan de un modo ambivalente
,i su maduración sexual. Un neurótico recordaba haber deseado
poder amputarse el pene, cuyas erecciones no podía controlar (c a s o
26). Algunas adolescentes comprimen sus pecho en capullo. Una
mohave pubescente se querellaba con sus compañeras, que la “acu­
saban” de tener vello púbico (Devereux, 1950a). Jones (1923) des-
í tibe la fantasía de la inversión de generaciones, que para mí es
una manifestación del mismo conflicto, como la difundida creen­
cia primitiva de que nuestro hijo es la rencarnación de nuestro
padre.
Alguos neuróticos sienten incluso que el desenvolvimiento de
nuevas capacidades es un peligro intolerable para su automodelo,
sobre todo si esas nuevas “capacidades” no representan sublima-
<iones sino defensas neuróticas.
C a s o 1 9 0 : Al igual que el profeta Jonás (J o n á s , 1.3), el primitivo
que recibe el “llamado chamanista” puede tratar de rechazar la
"misión” o el “poder” que le ha sido otorgado. Algunos sedang

1 Suele opinarse que en este drama Iolao se rebela contra la ancianidad; yo


opino que se rebela contra su artritis reumatoide, y espero demostrarlo en otra
publicación (Devereux, 1967f).
208 EL CIENTÍFICO Y SU CIENI 1«

que creen haber recibido esas (molestas) facultades llegan hasta it


beberse su orina, esperando que esto disguste tanto a los dios«
que les retiren esos dones no deseados.
C a s o 1 9 1 : Algo de semejante conflicto puede haber también en
el origen del trágico deterioro de Arturo Rimbaud, quien dejó dr
escribir poesía antes de llegar a la edad viril. János Bólyai, que
con poco más de veinte años formuló el concepto de un espacio
curvado negativamente como alternativa al quinto postulado de
Euclides, nunca hizo nada más. El inexplicable declinar temprano
de muchos adolescentes brillantes y el hecho de que otros desper­
dicien sus dotes en pequeñeces y nunca lleguen a escribir el mu
n u m o p u s que todo el mundo espera de ellos puede también de
berse en parte a conflictos por un perfeccionamiento en el auto
modelo.
La estabilidad del automodelo es a veces poco más que un indi
ció de fijación neurótica, rezagada respecto de la realidad. Poi
cierto que incluso el adulto común y corriente que vuelve a vn
una casa donde no había entrado desde la infancia suele sorprcn
derse al verla más pequeña que como la recordaba. Los autonio
délos infantiles, así como los modos de percepción y experimenla
ción, a veces se manifiestan en sueños (Devereux, 1965e) y por lo
general nos permiten determinar la “fecha psicológica’’ (Devereux.
1949a) del sueño —o sea la edad a que se refiere. Esto a veces per
mite al analista determinar también con bastante precisión la fase
en que se produjo la fijación del analizando.
C a s o 1 9 2 : Hace algunos años, una compañía especializada en
muebles y adminículos para baño infantiles expuso un deparla
mentó que contenía enormes muebles y lavabos perfectamente iii
accesibles, para que los adultos comprendieran las dificultades que
tenían los niños en las casas amuebladas para adultos. Es significan
te que esta exhibición desempeñó un papel importante en el aná
lisis de un paciente que todavía se veía como niño.
El automodelo, naturalmente, es un componente importante del
sentido de nuestra propia identidad, que se forma en respuesta il
trato que se le ha dado al niño. No sólo la formación de un a ui o
modelo sino la posibilidad de revisarlo periódicamente, de acuerdo
con las exigencias de la realidad, pueden deteriorarse radicalmcn
te si se le niega al niño su autonomía y su categoría de s u i juri»
(Devereux, 1966b, 1967d). El análisis de este complejo problem.i
queda sin embargo fuera del alcance de nuestro libro.
Siendo el automodelo el marco de referencia más estable del hom
bre, desde la Antigüedad ha especulado éste acerca de si los demáx
experimentan la realidad del mismo modo que él . . . preguntán
I I AUTOMODELO: SOMATOTIPO Y RAZA ÜOÍ)

ilosc por ejemplo si su e x p e r i e n c i a de “lo amarillo” es igual que


l.i de sus semejantes. Claro está que esta cuestión no tiene respues-
i , i , y por eso está precisamente lo bastante desprovista de sentido

ionio para fascinar a los metafísicos.


En el otro extremo tenemos la suposición de que sólo nuestro
modelo de personalidad tiene una validez general y que todo apar-
l,imiento de los otros respecto de esta norma es intencional y ma-
Iti ioso. Tal “narcisismo de las pequeñas diferencias” (Freud, 1955c)
refleja las dudas del hombre acerca de la validez general de su
automodelo. Una consecuencia directa de la oscilación del hombre
mire el convencimiento de que sólo su automodelo es universal-
mente válido y su temor de que no lo sea es su tendencia a negar
|,i% diferencias y a maximizarlas. . . esto último por lo general,
para justificar la depreciación y/o la opresión de quienes difieren
de su modelo o se ven obligados a diferir de él (Dollard, 1937,
Devereux, 1965a).
Como no podemos entrar aquí en la exploración a fondo de este
problema del automodelo y su papel en el pensamiento y la con­
ducta humanos, examinaré sólo el papel de automodelo somático
en la raza, el sexo y la enfermedad, con referencia especial a la
práctica médica, definida aquí como una de las ciencias de la con­
ducta (aplicadas).

I sa lu d y en ferm ed a d : el m odelo “norm al”

I .i construcción de un automodelo somático implica una objetivi-


/.K ión tic nuestro propio cuerpo como cosa aparte de nuestra pro-
pi.i personalidad real, por ejemplo, en el sentido de la antigua di­
luí omía de cuerpo-alma. En casos más extremos, el modelo del
i uerpo es tan fragmentado que se sienten sus partes como entidades
separadas.
C a s o 1 9 3 : El griego homérico no sólo no tenía palabra con que
expresar el cuerpo en su conjunto sino que en algunos dibujos
i;i iegos primitivos la silueta del cuerpo humano ni siquiera es con­
mina. Está representado el cuerpo como una especie de rompeca-
hc/.as, con vacíos en las uniones principales (Snell, 1953). (Com­
párese con la creencia moliave de que el hombre tiene cuatro almas,
Devereux, 1937b).
C a s o 1 9 4 : En muchas tribus indias —entre ellas los mohaves— a
veces se prohíbe tocarse uno el cuerpo con los dedos; hay que ras-
210 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

carse con un palito, para que la piel no se llene de manchas (De


vereux, 1949c, 1950c).
La objetivación (extrayección) de por lo menos las partes las
timadas del cuerpo aparece ya en forma rudimentaria en el nivel
de los artrópodos, como lo muestra el hecho de que la langosta
americana se ampute una pinza dañada (autotomía).
En la práctica médica hay, pues, un automodelo objetivado, que
representa a veces una suerte de Yo ideal corporal, que es la Unen
de base del diagnóstico real.
La influencia del automodelo en la labor diagnóstica no puede
estudiarse sin aclarar primero la naturaleza de las normas en me
dicina.
Se suele considerar la enfermedad —a veces con cierta precipita
ción— sencillamente como una desviación respecto de un estado
“normal” (de varia definición) llamado salud. La idea de que la
salud es “normal” parece ser una categoría básica del pensamiento
humano. Discutiendo conmigo de su propia especialidad curadora,
un chamán mohave insistía en que los hombres estaban hechos
“con la intención” de que fueran sanos (Devereux, 1961a), y yo
no conozco ninguna colectividad primitiva ni moderna que consi
dere estado normal la enfermedad.
C a s o 1 9 5 : Incluso en el cuerpo detestado por los ascetas y la
lamentación de un gran biólogo francés (“la vida es una enfer­
medad que no tiene cura”) se considera normal la salud y anor
mal, siquiera en forma torcida, la enfermedad.
C a s o 1 9 6 : Aunque los sedang tienen un modo esencialmente pe­
simista de ver la vida y no esperan que les suceda gran cosa de
bueno n a t u r a l m e n t e , también definen la salud como normal y la
enfermedad como anormal.
C a s o 1 9 7 : Los elmolo de la gran falla del lago Rodolfo tienen
un régimen de alimentación tan deficiente en calcio que muchos
de ellos son patizambos. Pero nada indica que consideren esta con
dición normal, bella ni deseable. Reconocen que es una enferme
dad y así han ideado procedimientos para aliviar el dolor que
ocasiona (Dyson y Fuchs, 1937).
Aunque la prevalencia de una enfermedad dada no ha indu­
cido, que yo sepa, a ninguna colectividad a creer normal la en
fermedad, algunos psiquiatras y antropólogos psiquiátricos han
equiparado—creo que erróneamente (Devereux, 1956c, 1961a, 1963a,
Boyer, 1964, Bastide, 1965a)— la salud psíquica con los tipos ilr
estructura de la personalidad prevalecientes estadísticamente, quizá
con el fin de justificar la indefendible opinión de que ajuste es i g u a l
a normalidad. El relativismo diagnóstico de este tipo simplemente
M , AUTOMODELO: SOMATOTIPO Y RAZA 211

destaca la incertidumbre del hombre en cuanto a la validez de su


automodelo como línea de base y, por extensión y defensivamen­
te, asimismo de t o d a línea de base absoluta. De hecho, a pesar
de la idea no relativista que tenía Freud de lo normal, aun algu­
nos psicoanalistas tienden actualmente a confundir ajuste con nor­
malidad. El lema del ajuste o adaptación (Devereux, 1939b) es
particularmente tentador para los psiquiatras que viven en una
sociedad que cambia rápidamente y a veces en forma discontinua,
lo que exige demasiado de la capacidad que el hombre corriente
tiene de sobrevivir mediante un reajuste racional y continuado,
aunque, contrariamente a lo que sucede con el “lavado de cerebro”,
esta conformidad externa no implica una ruptura en el sentido
de la propia continuidad de identidad en el tiempo (Devereux,
1966b, 1967d). Poco importa al respecto saber si el cambio social
requiere una conversión ideológica (Lifton, 1961) o religiosa
(Dodds, 1965) con un cambio radical de identidad o bien si, como
en las sociedades nuevas en rápida coalescencia que todavía no
lian tenido tiempo de crear un ethos auténtico, la sociedad exige
sólo una conformidad externa que no entrañe “conversión” íntima
(Devereux, 1958b).
Quizá sea la mejor prueba de que las ideas estadísticas de nor­
malidad no son buenas el hecho de que aun cuando los hombres
d e f i n a n la enfermedad negativamente —como ausencia de salud­
en la p r á c t i c a hacen el diagnóstico básico de “enfermedad” y el
diagnóstico específico de “cierto tipo de enfermedad” n o en fun­
dón de una desviación de la norma ideal ( = “no sano”) sino de
la congruencia de los síntomas con una norma positiva, formulada
explícitamente, o modelo mental de “enfermedad” y más concre­
tamente, de "enfermedad X” (Devereux, 1963a, 1966g). Este he­
dió es de considerable importancia en nuestro contexto, puesto
que muchos errores y descuidos de diagnóstico interraciales e in­
tersexuales resultan deberse a la sustitución de la norma, menos
subjetiva, de normalidad absoluta por la norma del automodelo.
En el otro extremo del espectro hay conceptos aparentemente
científicos de lo normal (salud) que son al mismo tiempo arbitra­
rios y estadísticamente nada realistas.
C a s o 1 9 8 : Los textos de oftalmología afirman e x c a th e d r a que
la vista normal del hombre “es” de 20/20, aunque sólo una parte
de los que no tienen ningún defecto morfológico ni funcional de­
mostrable en los ojos poseen una visión de 20/20. Habiéndose con­
vertido ya esta norma en verdad eterna, los directorios telefónicos,
los periódicos y las notas de pie de página se imprimen con un
tipo de letra tan pequeño que sólo unos cuantos pueden descifrar-
212 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

los sin esfuerzo. Esto debería ser evidente para todo aquel que haya
visto alguna vez incluso a personas jóvenes sin gafas tratando de
consultar un directorio telefónico en una cabina pública. Y luego,
por un razonamiento circular, este tipo de letra anormalmente pe
queño se convierte en la norma con que los optometristas determi
nan la cantidad de corrección que “necesitan” los ojos de un
paciente. Esta norma no se basa en consideraciones de orden esta
dístico ni objetivamente científicas. Es probable que se deban a un
problema de índole económica a c t u a l m e n t e o b s o l e t o . En un tiem
po en que el trabajo del impresor y la vista del erudito eran ba
ratos y el papel caro, los libros se imprimían con el tipo de letra
más pequeño posible, y desde entonces, aquel tipo fino ha sido el
origen de las normas optométricas. Por eso nos preguntamos cuál
hubiera sido el criterio optométrico de la visión normal de haberse
debido a un oftalmólogo de la tribu de los calmucos, conocidos
por su miopía.
C a s o 1 9 9 : La influencia del automodelo en el quehacer cientí
fico se demuestra implícitamente por el hecho de que yo me in
teresé en las normas de optometría y estudié su historia porque
constantemente se me estaban fatigando los ojos al leer impresos
con tipo fino.
El empleo de normas somáticas arbitrarias basadas en el auto
modelo puede incluso tener consecuencias sociales catastróficas.
C a s o 2 0 0 : Varios intelectuales haitianos, entre ellos dos médicos,
me aseguraron que la llamada rebelión “Caco” contra las tropas
de ocupación norteamericanas se debió en gran parte al hecho de­
que los inspectores norteamericanos castigaban a los trabajadores
haitianos, subalimentados y parasitados, por no poder realizar la
cantidad de trabajo c o n s i d e r a d a n o r m a l para obreros norteameri­
canos sanos y bien alimentados.
C a s o 2 0 1 : Los españoles acabaron con la población india de las
Antillas, en parte por exigir de sus esclavos indios la misma canti­
dad de trabajo que habían puesto por norma los esclavos negros,
racialmente más robustos y mejor adaptados a los trópicos que los
indios.
En resumen, la idea de que promedio estadístico es igual a sa­
lud está viciada por una parte por la prevalencia estadística de
ciertas condiciones patológicas y por la otra, por la explotación
de una norma subjetiva y/o sociocultural del automodelo, que poi
lo tanto no tiene valor científico. Además, si el médico toma su
automodelo —o el de su raza— como línea básica de diagnóstico,
es probable que cometa errores y omisiones en su diagnóstico.
II A U TO M O D EL O : SO M A TO T1PO V RAZA 21S

E L A U T O M O D E L O R A C IA L

I os caracteres raciales son de los principales componentes del auto-


modelo. Por eso se trata a veces como a extraños, y aun se elimina,
.1 los miembros de una raza cuyo aspecto difiere del de ese modelo.

C a s o 2 0 2 : La tradicional y proverbial desconfianza para con los


pelirrojos que reina en ciertas partes de Europa la explican, inclu­
so algunos científicos, como secuela de un conflicto prehistórico con
una raza pelirroja vencida, aunque nada haya en la historia ni
la protohistoria europeas que sustente esta explicación.
C a s o 2 0 3 : Entre los tanalas de Madagascar, la gens zafiakotry, de
piel oscura, de los menabes mata a sus neonatos de piel clara,
mientras que la gens maromena, de piel clara, mata a los de piel
oscura (Linton, 1933).
Cada raza selecciona de entre varios somatotipos igualmente sa­
nos y característicos uno que se convierte a continuación en el
ideal del grupo, el blanco social a que apuntar en el sentido de
I,a Barre (1946a) y por ello acaba por considerarse implícitamente
hermoso.
C a so 2 0 4 : Lo rubio se equipara de un modo tan constante con
lo bello en Estados Unidos (hipotéticamente “nórdicos”), que los
periódicos pueden hacer interesantes las aventuras de la mujer más
(orriente diciendo que se trata de una rubia.
El automodelo colectivo influye en el modelo individual, y todo
miento de impugnar su validez objetiva se considera hiriente.
C a s o 2 0 5 : Hace unos años, la revista T i m e comunicaba que un
estudio antropométrico en que se hacía pedazos el mito del ‘“texa-
i i o alto” había suscitado una gran indignación en aquel estado.

El automodelo racial suele además tener su c o p y r i g h t , y su “usur­


pación” por extraños se siente como un engaño deliberado.
C a s o 2 0 6 : A nadie odia tanto el sureño como al negro lo sufi-
i icntemente claro como para que “pase”, y el antisemita al judío
que no es fácil de reconocer como tal.
C a so 2 0 7 : Las rubias oxigenadas y las negras que s0 alisan el pelo
son, como es bien sabido, objeto de chistes crueles y desdeñosos
(véase c a so 2 2 5 ).
Incluso los hombres de ciencia dictaminan a veces airados en
materia de somatotipos subestimados socialmente.
C a s o 2 0 8 : Dado el hecho de que la clasificación y el análisis más
eficientes y acertados y mejor documentados de los somatotipos
son los de Sheldon (1940, 1942), no tiene más remedio que sor­
prendernos la erupción de hirviente cólera y desprecio que se apre-
214 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

cia en su discusión del “endomorfo germinante”,* que en realidad


se refiere a los judíos y negros obesos. No sería difícil hallar otros
muchos casos parecidos.
Los que tienen la suerte de pertenecer a un somatotipo apre
ciado tienden a tratar su cuerpo como una mercadería muy vendi­
ble, mientras que los “compradores” emplean su “propiedad” con
fines de consumo de ostentación en el sentido de Veblen (1912).
A la inversa, los que pertenecen a un somatotipo poco apreciado
suelen verse obligados a contraer matrimonios hipógamos, cuya
descendencia, enfrentada a dolorosos problemas de identificación,
a veces esquiva sus dificultades mediante una identificación neu
rótica “hacia abajo” o declinante con el padre o la madre social
mente menospreciados (Devereux, 1965h).
Tal vez sea el estético el enfoque más positivo del problema de
los automodelos raciales.
El individuo corriente es capaz de apreciar la belleza de un
percherón dentro de las normas de los percherones, y de un caba
lio árabe dentro de las normas de éstos, pero es incapaz de apreciar
la belleza de un chino de acuerdo con las normas raciales chinas
o la de un blanco según las normas de los blancos.
C a s o 2 0 9 : Los chinos solían considerar a los blancos horrenda
y diabólicamente feos y por eso los llamaban los “diablos extran
jeros”.
En algunos casos la reacción a caracteres raciales desconocidos
y ajenos linda con el pánico y provoca el retorno de lo reprimido
en forma de sueños de angustia.
C a s o 2 1 0 : Un miembro de una t r o u p e somalí que visitaba Bu­
dapest acariciaba en sueños a una húngara cuyo pubis, a diferen
cia del de las somalíes, no estaba rasurado. El somalí visualizaba
ese vello púbico femenino como un rostro barbado amenazador y
tuvo un sueño de angustia que reflejaba graves ansiedades de cas
tración (Róheim, 1932).
Estos datos hacen ver claramente que el hombre es capaz de
apreciar la belleza de los caballos de acuerdo con las normas debi
das, porque su automodelo no afecta a su juicio, pero es incapaz
de hacer otro tanto cuando se trata de miembros de otras razas,
porque su automodelo en este caso menoscaba su objetividad.
En muchos casos, los rasgos raciales característicos de los demás
se equiparan inconscientemente con un defecto físico. Por eso al
gunas personas piensan que es tanta falta de “tacto” mirar los
* D e n o ta u n a p e rs o n a o b e sa , d e v ie n tre g ra n d e y c o n p ie rn a s y b ra z o s e n o r
m e s ; s u c o n t r a r i o e s e l e c t o m o r f o : m a g r o , h u e s u d o , d e r a s g o s ( n a r iz , p ó m u lo » ,
e tc .) a c e n tu a d o s , [ r .t .]
n. autom odelo: s o m a t o t ip o y raza 215

l.ibios evertidos o el cabello ensortijado de un negro como con­


templar la manga vacía de un manco.2
C a s o 2 1 1 : Un negro profesor de ciencia comportamental sólo
(»nocía a un blanco que siempre dijera “negro” con el mismo tono
de voz con que decía “inglés” o “francés”. “Los demás por lo ge­
neral parecen embarazados o bien emplean una circunlocución. ’
C a s o 2 1 2 : Después de una conferencia a una clase de estudian­
tes de medicina de segundo año sobre las diferencias de las enfer­
medades según las razas, una estudiante blanca superigualitaria
me regañó por fomentar el “racismo”.
Excepcionalmente, pueden producirse graves trastornos del auto-
modelo y de la imagen del cuerpo en el caso de individuos perte­
necientes a minorías raciales desposeídas, que aceptan sin crítica
el automodelo racial de la mayoría.
C a s o 2 1 3 : Un candidato psicoanalítico no blanco y norteameri-
(ano por nacimiento tuvo que dedicar varios meses de su análisis
didáctico a analizar su tendencia a despreciar su propio cuerpo
por no estar conforme a las normas blancas . . . y eso a pesar de
m r un hombre verdaderamente hermoso según cualquier tipo
de norma.
C a s o 2 1 4 : Una muchacha judía norteamericana ingenuamente
.nchiartificiosa decía que, en su círculo, el acostumbrado regalo
de cumpleaños de los “dulces dieciséis” era una operación de ci-
t ligia plástica nasal, y añadía que esperaba conocer y casarse con
mi profesional judío "muy gentil y de porte Harvard”. (Cómpa-
tese también con las operaciones plásticas de las japonesas en la
posguerra.)
En algunos casos, estos trastrocamientos del modelo de la per­
sonalidad pueden incluso conducir a un a c t i n g o u t autodestructor.
C a s o 2 1 5 : Un médico negro me contó que una muchacha aco­
modada y encantadoramente bella, de piel dorada, gastaba la ma­
yor parte de su fortuna en un horripilante tratamiento endocrino
que sólo conseguía hacerla parecer albina y además acabó por tras­
tornar su salud permanentemente.
Una manifestación particularmente notoria de trastorno del auto-
modelo es la vinculación de los caracteres raciales con el dimor­
fismo sexual.
C a s o 2 1 6 : Una muchacha china norteamericana, bella y culta,
decía que a las muchachas chinas norteamericanas les parecen los
Mancos hirsutos más atractivos y viriles que los lampiños chinos.*
* M á s a d e l a n t e v e r e m o s e l p a p e l q u e e n la t a r e a d e d i a g n o s t ic a r d e s e m p e ñ a
r»<- " t a c t o ” .
216 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

Pero se consideran a sí mismas más atractivas y femeninas que Jan


muchachas blancas, porque la falta de vello en su cuerpo les pa
rece particularmente femenina y el complemento más satisfactorio
para la viril pelambre de los hombres blancos.
Los caracteres raciales y los sexuales suelen vincularse también
por los miembros neuróticos y socialmente negativistas (Devereux.
1940b) del grupo dominante. Algunos de ellos sencillamente tratan
de parecer exóticos; otros intentan realmente imitar el aspecto de
una raza “inferior" (que se supone sexualmente desinhibida).
C a s o 2 1 7 : Una estudiante universitaria neurótica y bastante pro­
miscua, que probablemente tenía inclinaciones lesbianas reprimí
das, había hallado el cuerpo sin vello de su compañera de cuarto
japonesa-norteamericana tan “incitantemente" femenino, que ofre­
ció a su amante del momento hacerse más atractiva depilándose
todo el cuerpo. Es probable que motivara inconscientemente est;i
proposición el hecho de que visualizaba a veces el pubis lampiño
y protuberante de la muchachita como un falo femenino rudimeu
tario (Brunswick, 1943).3
Algunas veces, la modificación deliberada que de su modelo de
personalidad hace el individuo socialmente negativista puede set
aún jnás drástica.
C a s o 2 1 8 : Un jazzista blanco borderline —que consideraba casi
un dios a un legendario jazzista negro y por eso le rezaba— solía
pedir prestada la ropa a sus colegas negros, imitaba el paso indo
lente, de h e p c a t , del jazz y compulsivamente evertía los labios pata
parecer negroide.
La importancia del automodelo en ninguna parte es tan noto-
ria como en ciertos tipos de AeutZoatracciones sexuales interracia
les, que suelen ejemplificar tan sólo lo que Freud (1957b) denomi
naba “la gran tendencia universal a la degradación en la vida eró
tica”. Estas seudoatracciones no representan una reacción p o s itiv a
a una pareja exóticamente bella sino una huida de las parejas de
la propia raza, cuya semejanza racial con el padre o la madre sus
cita intolerables ansiedades edípicas. Tales reacciones —antes linii
tadas casi exclusivamente a los hombres— se han manifestado desdi
la emancipación de la mujer en forma más marcada en la conducta
femenina (Devereux, 1965h).
C a s o 2 1 9 : Una científica de la conducta atractiva e inteligente,

3 Esto puede explicar el papel prominente que la depilación total desempeña


en una novela “erótica”; en lo artístico meritoria pero en lo psicológico es­
pantosamente pervertida, en que se trata a las mujeres digamos como si fueran
sodomitas. En esta novela se dice que el vello púbico es un obstáculo para el
coito.
I I. A UTO MODELO: SOMATOTU'O V RAZA ai 7
pero también muy neurótica, se interesaba sólo en los negros mu
<ho más jóvenes, incultos y de preferencia groseros y aun (lepra
vados y se había hecho incluso un modelo mental del negro “real"
y “vital”, que defendía con muchos argumentos de apariencia cien
lífica. Dado que no le interesaban en lo absoluto los profesionales
negros guapos y cultos, que para ella habían dejado de ser “ver­
daderos” negros, es evidente que su tipo del negro “ideal” era tan
despreciativo como el de cualquier racista. Simbolizaba simplemen-
le el arroyo donde buscaba refugio respecto de los problemas edí-
picos.
La única prueba objetiva de que nuestro automodelo no desem­
peña un papel inhibidor y deformante es nuestra capacidad de
evaluar la belleza de un miembro de otra raza de acuerdo con
<riterios apropiados para esa raza. Algunos miembros de razas sub­
privilegiadas son al menos preconscientemente conocedores de este
hecho.
C a s o 2 2 0 : Señalaba un blanco a un intelectual nacionalista ne­
gro una hermosa muchacha de puro origen africano y el otro le
preguntó con cierta suspicacia qué era exactamente lo que le hacía
hallarla tan atractiva. Y habiendo replicado el blanco que era
un bronce vivo del Benin, su interlocutor repuso con mucho sen-
i imiento: “Usted al menos nos entiende.”
Claro está que hay que distinguir rigorosamente entre la apre­
ciación estética de las características reales de una raza y los cri-
Icrios de belleza explícitos —y en parte nada realistas— de esa
i aza.
C a s o 2 2 1 : Habiendo yo alabado a un joven sedang la belleza de
la muchacha con la que acababa de casarse, negó tpie fuera bo­
nita y me hizo ver que tenía los ojos grandes, que para los sedang
son feos. Pero como los sedang suelen tener los ojos de un tamaño
mediano por lo menos, es evidente que yo había estimado de acuer­
do con este criterio realista la belleza de su novia.
Los científicos del comportamiento —entre los cuales incluyo a
los médicos— que se forman en una sociedad con conciencia de
laza, inevitablemente forman su automodelo de acuerdo con las
características de su raza y —por lo general de un modo casi in-
(onsciente— lo comparan con su modelo mental de otras razas. De
ahí que su automodelo pueda ejercer una influencia nefasta en
su función diagnosticadora.
218 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

3. E L A U T O M O D E L O R A C IA L E N E L D IA G N Ó ST IC O

Muchas de las observaciones que vamos a presentar las hice en la


Comprehensive Medical Care Clinic de la Escuela de Medicina de
la Temple University, donde una mañana cada semana durante
dos años enseñé a los estudiantes de medicina de cuarto año (de
aquí en adelante llamados “doctores”) a observar e interpretar los
indicios psiquiátricos que emergen en el curso de los exámenes fí­
sicos.4 En general, observaba a parejas de blanco y negro, doctor y
paciente, y siempre que podía escoger entre varias de esas diadas,
observaba de preferencia las parejas en que doctor y paciente eran
además de distinto sexo. Cuando hay información obtenida de otras
fuentes lo consigno así.
El supuesto de que el paciente de otra raza debe tener un as­
pecto diferente ’ conduce a inadvertencias en el diagnóstico con
tanta frecuencia como el desconocimiento de las diferencias racia­
les genuinas.
C a s o 2 2 2 : Una doctora blanca capaz y concienzuda hizo un es­
tudio diagnóstico completo de un negro de treinta y tantos años.
La anamnesis, los antecedentes médicos y las apreciaciones neuro-
lógicas, todo sugería que la notable delgadez de las pantorrillas
del paciente se debía en parte a una sífilis terciaria y en parte
acaso a un accidente cerebrovascular (ataque) leve. Por eso, el diag­
nóstico y tratamiento correctos de este paciente requerían cuando
menos una “conjetura de experto” acerca de hasta qué punto eran
causas la sífilis o el ataque de la delgadez de sus pantorrillas. Pero
en el momento en que el paciente se levantó de la mesa de exa­
men —y dejó caer accidentalmente su paño— se hizo patente que
debía tomarse en consideración un tercer factor. La conformación
general del cuerpo del paciente -ligera lordosis, algo de esteato-
pigia, cabello en grano de pimienta y las pantorrillas delgadas-
indicaban que era descendiente de alguna de las tribus sudafrica­
nas que se cruzaron con los hotentotes y/o los bosquimanos. Si
bien este descubrimiento no afectaba a la validez del diagnóstico
de atrofia muscular debida a la sífilis y/o al ataque, modificaba
considerablemente la apreciación del “coeficiente de patologicidad”
de sus delgadas pantorrillas y por eso influía en la evaluación de
la gravedad de su estado.
C a s o 2 2 3 : Estando yo trabajando en un gran hospital donde ha­
bía muchos pacientes indios tuve que proponer repetidas veces se
4 L o s e x á m e n e s fís ic o s f a v o r e c e n l a p r o d u c c i ó n d e m a t e r i a l p s i q u i á t r i c a m e n t e
i m p o r t a n t e (caso 12).
I 'l, A U T O M O D E L O : S O M A T O T IP O Y RAZA

rcstudiaran los diagnósticos, de metabolismo anormalmente bajo y


ligero hipogonadismo, ya que las razas mongoloides suelen tener
un índice metabólico relativamente bajo y escasísimo vello púbico.
Otras dificultades de diagnóstico se deben a una renuencia “llena
de tacto’’ —y probablemente sólo preconsciente— a examinar d e ­
t e n i d a m e n t e las partes más distintivas del cuerpo de un paciente
i .icialmente diferente.
C a s o 2 2 4 : Nunca vi a un doctor examinar r u t i n a r i a m e n t e los
anillos inguinales de un n e g r o . . . tal vez a causa del mito de que
una característica racial del negro es su gran pene.
C a s o 2 2 5 : Una muchacha negra, de unos 16 años, alta, bien des­
arrollada y ligeramente gordita llegó a la clínica quejándose de
pérdida capilar; tenía el cráneo cubierto tan sólo de un fino y
escaso vello, de 5 o 7 cm de largo y erguido. Aunque el doctor
le había examinado el cuero cabelludo atentamente, no había abor­
dado de frente la h i s t o r i a de su estado y por eso no pudo presentar
un diagnóstico cuando el inspector médico y yo entramos en la
sala de reconocimiento. El médico jefe, hombre muy capaz y de
agradable franqueza, echó un vistazo al cabello de la muchacha y
cu cosa de segundos vio que ésta había empleado un alisador ba­
rato para el pelo, descuidadamente y en exceso. El otro doctor no
había indagado la posibilidad de un accidente cosmético, proba­
blemente por su renuencia “llena de tacto” a hablar con la pacien-
ic de su extraño pelo y por su conocimiento del hecho de que los
blancos tienden a burlarse de las negras que emplean alisadores
para el cabello. No es probable que hubiera dejado de averiguar
la posibilidad de un accidente cosmético de haberse tratado de
una rubia blanca oxigenada, o sea una mujer cuyo cabello hubiera
sido por lo demás “normal” según el automodelo de quien hacía
<•1 diagnóstico.
También puede haber una renuencia “llena de tacto” a pro­
pósito de la oscura piel del negro y de sus lesiones. No puedo re-
Kirdar así, de pronto, un solo caso en que un doctor interrogara
e s p o n t á n e a m e n t e a un paciente negro acerca de una lesión cutánea
o una cicatriz que no estuvieran supurando o causando molestias.
C a s o 2 2 6 : Un doctor no preguntó a un negro por una antigua
y horrible cicatriz que tenía en el cuadrante inferior derecho del
abdomen. Interrogado acerca de la omisión, explicó que le había
parecido un tajo propinado con una navaja barbera, aunque pa­
iree difícil de imaginar cómo hubieran podido herir al paciente
ion una navaja en semejante lugar. En respuesta a una pregunta
directa, el paciente declaró que era una cicatriz de apendicecto-
mía y que su deficiente sutura se debía á que la operación se la
220 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

había practicado un médico general en un hospital sureño de una


comarca apartada.
C a s o 2 2 7 : A un negro de cierta edad no se le preguntó por mu
chas cicatrices curadas, de 1.5 a 3 cm de diámetro y distribuidas
por una región de unos 1Ü0 cm2 en cada espinilla. Acabamos poi
descubrir que había sido barrendero y que las lesiones se las habían
producido los botes de basura pegándole en las espinillas. Este
caso es muy digno de atención porque el doctor era un joven
excepcionalmente capaz y consciente, y decidido defensor de los
negros.
Otra parte que suele descuidarse en el cuerpo de los pacientes
negros es la mitad inferior, característicamente prógnata, del ros
tro. Muchos doctores examinaban la nariz y la cavidad bucal de
sus pacientes negros con cierta precipitación, a menos que la ín
dolé de las quejas del paciente hiciera necesario un reconocimien
to detallado.
C a s o 22H; Una mujer negra bastante joven se quejaba de diver
sos síntomas gastrointestinales. Aunque el doctor examinó rutina
riamente su boca y garganta, no advirtió, inxeplicablemente, que
casi no le quedaban dientes. Fue el médico jefe quien al fin des
cubrió que buena parte de los trastornos gastrointestinales de la
paciente se debían a una masticación insuficiente.
El hecho de que muchos negros tengan los pies planos explica
tal vez el que raramente se los examinen con atención.
C a s o 2 2 9 : Haciendo la visita con un profesor auxiliar de pedia
tría en una escuela de medicina del sur vi que un estudiante de
medicina de cuarto año y el pediatra residente examinaban per
piejos a un niño negro de 6 años de edad que llevaba varios días
saltando a la paticoja. Como el compañero de juego habitual del
pequeño paciente acababa de ser hospitalizado con poliomielitis,
lo estaban reconociendo con particular cuidado para ver si presen
taba síntomas de esa enfermedad, pero los resultados fueron total
mente negativos. Cuando advertí que el profesor tampoco llegaba
a un diagnóstico sugerí con cierta timidez que vieran si el chiqui
lio tenía los pies planos. Después de algunas bromas bonachonas
acerca de mis talentos de pediatra, no sólo descubrimos que tenía
los pies muy planos sino que además, para corregir este defecto, la
madre le había comprado unos zapatos ortopédicos sin prescrip
ción, y le venían tal mal que se veía obligado a andar a la pa
ticoja.
C a s o 2 3 0 : Una mujer negra muy obesa, de edad mediana, vol
vió varias veces a la clínica porque, aun siguiendo escrupulosa
mente las instrucciones dietéticas, no perdía peso. Finalmente oh-
II, AUTOMODELO: SOMATOTIPO V RAZA 2ül

servé que sus pies eran masas informes llenas de callos, juanetes,
dedos torcidos y uñas mal cortadas. El estado de sus pies la habla
inmovilizado prácticamente, y eso había impedido que perdiera
peso.
Algunas veces hay también tendencia a pasar por alto las con­
diciones que se sabe son r a r a s en una raza dada.
C a s o 2 3 1 : Un doctor no hizo ningún caso del notorio hirsutis-
luo facial de una joven negra por más que, dada la clara piel de
la paciente, fuera bastante llamativo.
En cambio, el doctor joven suele tener bien presentes, como debe
ser, las enfermedades conocidas por su frecuencia en determinada
i.iza. De ahí que nunca haya visto al doctor joven menos capaci-
lado descuidar una indicación de anemia drepanocítica en un
paciente negro, ni dejar de buscar cuidadosamente tumores fibroi-
des en el útero.
En general, los descuidos debidos al automodelo parecen limi­
tarse a dolencias relativamente ¡toco importantes y en verdad, nun-
i a tuve la impresión de que se reconociera a los pacientes negros
menos atentamente que a los blancos, ni tal negligencia hubiera
sido tolerada en ninguno de los tres hospitales mencionados en
los casos que preceden.5
El papel que desempeña el automodelo en el diagnóstico psi­
quiátrico sólo puede verse brevemente, en parte porque este capí­
tulo está consagrado ante todo al análisis del automodelo somático
y en parte porque ya he estudiado el problema en otras publica-
i iones (Devereux, 1951a, 1956c, 1961a, 1963a). Baste destacar que
cu el diagnóstico psiquiátrico intercultural, las distintas experien-
i las culturales de terapeuta y paciente constituyen obstáculos de
gian magnitud para el diagnóstico adecuado y la comunicación
terapéutica. Dificultades semejantes se hallan en la psiquiatría in-
lantil (Devereux, 1965b).
En cuanto al problema caro a los antropólogos antipsicoanaii-
iii os, ningún analista sensato duda verdaderamente de que haya
.ipegos y hostilidades edípicos diferentemente distribuidos, en las
soc ¡edades matrilineales y también en aquellas donde, debido a la
influencia de un sistema clasificatorio de parentesco, hay varias
personas que cumplen funciones maternas (y/o paternas). Es evi­
dente asimismo que la orientación de las hostilidades edípicas ha-
11 I.a discriminación racial es inim aginable en el T em ple University Hospital.
I I director médico del W estern Hospital, muchos de cuyos pacientes son indios,
I I u n notorio defensor de los derechos de los indios. En cuanto al Southern
H o s p ita l, es conocido entre los negros como el único de la región que los trata
lin só lo con competencia sino tam bién con cortesía.
222 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

cia el tío materno y del afecto positivo (homosexual) hacia el ]>a


dre biológico (Malinowski, 1932) pueden confundir a un analisi.i
sin preparación antropológica cuya propia reacción edípica inf.m
til de amor y odio no se escindió entre padre y tío materno. Todo
esto, claro está, no tiene nada que ver con la validez básica de l.i
teoría psicoanalítica.
El automodelo influye en el diagnóstico psiquiátrico de do»
modos:
1. Antes de tomar un curso de etnopsiquiatría, los residente*
psiquiátricos —y a veces incluso los psiquiatras calificados— tienden
a considerar toda desviación respecto de las normas de su propio
grupo como patognomónica de enfermedad psicológica; las pauu*
de comportamiento indias acostumbradas pueden así evaluaisi'
como síntomas. El papel de un automodelo más individual en el
diagnóstico y en la formulación de objetivos terapéuticos se han
resaltar con el amargo chiste que debería llevar todo libro de texto
•de psiquiatría: “Cómo ser más como yo.”
2. Después de tomar un curso de etnopsiquiatría, los residente*
psiquiátricos a veces se vuelven muy exagerados en sus apreciario
nes y son capaces de definir cualquier síntoma manifiesto de en
fermedad psiquiátrica como “comportamiento indio normal”. Unu
vez hube de salvar de la silla eléctrica a dos indios pueblo cuyai
alucinaciones y fantasías habían sido diagnosticadas erróneamente
•como “creencia india” (Devereux, 1956c).
En resumen, las observaciones que quedan hechas indican que
la aplicación por el diagnosticador de su automodelo idealizado mi
mático, psicológico y cultural, como línea directriz para el d¡;i|;
nóstico tiende a impedir la formulación de diagnósticos atinados
En cuanto a la influencia de los diversos modelos de pensamirn
to —que corresponden en el nivel cultural al automodelo de di.ii;
nóstico somático— en la labor psiquiátrica, ya fue examinada cu
otra parte (Devereux, 1958b) y no es necesario que nos ocupe m.is
en este contexto.
C A P ÍT U L O XV

EL AUTOMODELO: EL SEXO

La materia de que se ocupa este capítulo no es la sexualidad sino


el papel que el automodelo sexual del científico del comportamien­
to desempeña en su mal entendimiento de aquélla.

I . E L D E S A F ÍO D E L D IM O R F IS M O SE X U A L

El hecho de que la humanidad se componga de machos y hembras


nunca ha sido aceptado como un hecho irreductible, que es y ya.
Se sentía como un desafío intelectual y una causa de ansiedad des­
de los tiempos más antiguos de que hay documentos humanos,
incluyendo los mitos. Los mitos de los primitivos, el famoso mito
platónico (B a n q u e t e , 189E ss .) del hermafrodita primordial y cier­
tos géneros de “ciencia” moderna por igual tratan de “explicar”
—no es necesario decir que metafísicamente—, un hecho irreducti-
lile, cuyas propiedades e implicaciones sólo pueden estudiarse cien­
tíficamente.1
Ahora bien, es evidente (capítulo xiv) que el hombre trata de
"justificar” (=explicar metafísicamente) o mitologizar sólo aque­
llos fenómenos naturales cuyo carácter irreductible se niega a acep­
tar. De ahí que el hecho de que el género humano siempre haya
mitologizado —y últimamente con jerga científica— la existencia
de los dos sexos sea una prueba p r i m a f a c i e de que se niega a acep­
tar que es un hecho irreductible, cuyo entendimiento sólo puede
impedir el supuesto de que sea algo que requiera “explicación”,
0 sea una justificación metafísica en forma de J u s t s o s t o r i e s para
graduados de universidad.
En resumen, cada ser humano se sentía y siente perplejo ante
el hecho de que otro ser, congruente en casi todos los respectos

1 De modo semejante, muchos textos de sociología empiezan con una explica-


1 iAii del gregarismo humano, olvidándose del hecho de que siendo el hombre
una especie gregaria (aunque no necesariamente "social”), el que requiere una
explicación científica —no metafísica— no es el hombre gregario sino el ermitaño.
[223]
224 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

con su propio automodelo (de él o de ella), tuviera que ser tan


diferente en uno: la sexualidad. Nuestro azoro y exasperación en
presencia del otro sexo no es muy diferente del que sen timo*
en presencia del mono superior, que sencillamente no tiene “de
recho” de ser al mismo tiempo tan parecido a nuestro automodelo
y a pesar de todo tan diferente.2 Más aún, hombres y mujeres pro
bablemente se sienten aún más perplejos que los perros se senii
rían si pudieran pensar que el sexo opuesto pertenece a su misma
especie, simplemente porque el dimorfismo sexual es m á s p r o n u n
c i a d o en el género humano —aunque no en el mismo grado en
todas las razas— que en la mayoría de los demás mamíferos. Aña
dase a esto que buena parte del alto grado de dimorfismo sexual
se tlebe a la femineidad conspicua de la m u j e r , que siempre es se
xualmente receptiva y tiene pechos permanentes. El hombre no es
mucho más obviamente macho que el caballo semental; la mujci
es mucho más visiblemente hembra que la yegua, aunque, para
dójicamente, la envidia del pene sea en la mujer más pronunciada
t[tie la envidia del pecho en el hombre.3
En años recientes se ha estudiado cuidadosamente (Mead, 1949a)
la conducta ligada al sexo determinada por la cultura y los cien
tilicos ya no la confunden con el comportamiento innato. En
cambio, los tipos conjugados de comportamiento ligado al sexo
que —como el interés de las mujeres por los hombres y el de los
hombres por las mujeres— son en puridad respuestas y reacciones
a la existencia y/o las características del sexo opuesto, siguen sien
do tratados, franca o implícitamente, como comportamiento inhe
rente ligado al sexo. Pero en realidad parecen ser, al menos en
parte, medios de autodefinición sexual (Greenson, 1965).
Ni siquiera el psicoanálisis está a salvo de todo reproche a este
respecto. No cabe duda que la tendencia de las mujeres a soñai
(más o menos simbólicamente) con el coito durante una mitad del
ciclo menstrual y con bebés durante la otra es un comportamiento
inherente ligado al sexo, puesto que está sincronizado con cambios
demostrables del equilibrio hormonal que ocurren durante el <¡
cío menstrual (Benedek y Rubinstein, 1942).4 En cambio, la envi
- El hombre parece más preocupado por repudiar su parentesco con el mono
que con otros animales. De ahí que aun cuando ya Arquíloco menciona el mono
(cf. 224 L. B.) (siglo vil a. de C.), no conozco ningún mito griego de cohabita­
ción con un mono. Esto acaso explique también por qué son pocos los indivi
dúos y menos aún las agrupaciones que tengan por animal favorito el mono
* Aunque algo profeminista, la disquisición más imaginativa, pero atemperada
y seria que conozco de las implicaciones sociopsicológicas del dimorfismo sexual
humano es la de La Barre (1954).
4 últimamente se han impugnado estas apreciaciones.
II, AUTO MODULO: EL SEXO 225

(lia del pene en la mujer y su complejo de castración, aunque uni­


versales, sólo están ligados al sexo en el sentido de que los provoca
la existencia del macho, que tiene pene.5 De modo semejante, el
complejo de castración del varón está indisolublemente ligado a
la existencia del sexo femenino, sin pene, y representa una reac­
ción a él. También parece evidente que el deterioro del auto-
modelo femenino —cuyo ejemplo es el complejo de castración fe­
menino— corresponde al deterioro del modelo que tienen de sí
las minorías raciales oprimidas. La mujer se siente inadecuada
sólo porque, a d i f e r e n c i a del hombre, no posee pene; el negro
norteamericano se siente inadecuado sólo porque, a d i f e r e n c i a del
blanco, no tiene la piel clara y el cabello suave. Y a la inversa,
algunos hombres se sienten inferiores porque, a diferencia de las
mujeres, no tienen pechos y no pueden parir ( c a s o 2 4 6 ) , mientras
(pie algunos blancos se sienten inferiores a los negros, que tienen
lama de estar mejor dotados que ellos sexualmente. Esto explica
en parte por qué se interpretan a veces los caracteres raciales como
s¡ fueran caracteres sexuales y se les atribuye un “significado” se­
xual (capítulo xiv).
La distinción entre características auténticamente inherentes li­
gadas al sexo y las que podríamos llamar complementarias o con­
jugadas ligadas al sexo, y provocadas por la existencia del otro
sexo no se ha tomado, que yo sepa, explícitamente en cuenta en
las investigaciones acerca de las diferencias ligadas al sexo, aunque
esto representaría sin duda un paso en dirección de una mayor
racionalidad.
La distinción que acabamos de hacer tiene además importantes
consecuencias prácticas. El reconocimiento de que algunos rasgos
umversalmente vinculados con el sexo no son primarios e inheren­
tes sino que representan respuestas complementarias y conjugadas
a la irreductible existencia del otro sexo implica que, dentro de
ciertos límites, pueden ser modelados y modificados por la educa-
(ión. Por eso no creo posible impedir t o t a l m e n t e la aparición del
complejo de castración masculino ni del femenino. Pero en tanto
representa un comportamiento conjugado, es claramente posible
impedir que tome proporciones catastróficas y se vuelva núcleo de
una grave neurosis.
C a s o 2 3 2 : Una joven ama de casa de edad mediana, en análisis,
insistía en que las mujeres no tenían verdaderos órganos genita­
les; lo que las personas llamaban amablemente genitales femeninos

5 Al formular así mi enunciado he evitado, según creo, la falacia de no tratar


11 coexistencia de los dos sexos como un hecho irreductible.
226
EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

era solamente un vacío o una carencia. Por consiguiente, recluí


zaba todas mis menciones de los genitales femeninos como en Ir
mismos insinceros, inventados para la ocasión. Este estancamiento
duró hasta que la analizanda descubrió que mi artículo sobre rl
complejo de castración femenino (Devereux, 1960a) aseveraba ex
plícitamente que las mujeres poseen órganos sexuales. Aunque e s t o
no la persuadió al punto de que las mujeres tenían genitales vci
daderos, al menos demostraba que yo —quizá erróneamente— creía
en su existencia mucho antes de que ella entrara en análisis, y qm
por lo tanto no estaba tratando de consolarla con mentiras drli
beradas. Esta ligera mella en sus frenéticas negaciones no tardó
en conducir a la desintegración de aquel núcleo particularmente
resistente de su multifacética neurosis. Cuando al fin pudo reco.
nocer que las mujeres tienen genitales verdaderos se convirtió, d e s
pués de casi 20 años de matrimonio, en una esposa amante y ap.i
sionada y una madre afectuosa.6
Los humanos reaccionan de modos muy diversos a la “paradoj.i"
de que los hombres son muy diferentes de las mujeres aunque per­
tenezcan a la misma especie. El más típico es el del reconocimiento
seudoobjetivo de las diferencias, su maximización o minimización,
así como ciertas soluciones de transacción que apunta a crear un
automodelo y un tipo intermedio (y a veces neutro) o bien a abo­
lir todo tipo de automodelo vinculado con el sexo.
L a m e r a e x i s t e n c i a d e d if e r e n c ia s se acentúa de diversos modos:
por la división del trabajo, por vestimenta y conducta distintos, poi
la creación de un lenguaje especial para las mujeres, y así sucesi
vamente. Estas normas diferenciales suelen racionalizarse después
postulando que hay algo innatamente propio de los hombres con­
forme a la pauta masculina (formulada culturalmente) y de las
mujeres a la femenina.
C a s o 2 3 3 : Un mohave le decía enojado a su esposa que llevai
agua era tarea femenina porque la mujer tiene vagina... que al
parecer simbolizaba para él un recipiente.
C a s o 2 3 4 : Según Engle (1942), los griegos atribuían el buen asien,
to y equitación de las amazonas a sus grandes nalgas y caderas
Algunos otros grupos consideran que la anchura de la pelvis hace

• E l e n t e n d i m i e n t o d e la v e r d a d e r a a m p l i t u d y v a r i e d a d d e lo s r a s g o s y rea»:
C lo n es c o n ju g a d o s lig a d o s a l s e x o c o n d u c i r í a a u n a r e la c ió n m á s fe liz , satisfa»
t o n a y f e c u n d a e n t r e lo s s e x o s . N a t u r a l m e n t e , e s to e s r a z ó n s u f ic ie n te p a r a q u r
q u ie n e s , com») lo s b u i t r e s se a l i m e n t a n d e c a r r o ñ a , v iv e n d e l a m i s e r i a se x u a l
d e la h u m a n i d a d , se o p o n g a n a e so s e s tu d i o s c o n lo d o s lo s m e d io s d e q u r
d is p o n e n . '
227
EL AUTOMODELO: EL SEXO

¡I la mujer excepcionalmente capaz de cargar grandes pesos, ya que


primero lleva al feto en el seno y después al hijo en la cadera.
Algunas diferencias al parecer universales, aunque claramente
ligadas al sexo, no son innatas sino que representan un ajuste se­
xual específico a las características del sexo opuesto.
C a s o 2 3 5 : La tendencia, que parece universal, de la mujer a ser­
monear, regañar e intrigar es probablemente poco más que el in­
tento por su parte de medirse con el varón, físicamente más
fuerte.7
La m a x i m i z a c i ó n d e la s d i f e r e n c i a s puede llevar a opiniones ex­
tremosas, y aun a veces grotescas.
C a s o 2 3 6 : Algunos mahometanos creen que sólo los hombres tie­
nen alma.
C a s o 2 3 7 : Tanto los campesinos como las campesinas húngaros
llaman a veces a la mujer a s s z o n y i á l l a t (animal femenil). Esto no
es una expresión peyorativa puesto que la palabra a s s z o n y (mujer)
no puede aplicarse a las hembras de los animales; fue original­
mente palabra de respeto, equivalente de “dama”. Además, no
implica que la mujer no tenga alma, puesto que un campesino
húngaro, cuando habla compasiva o afectuosamente de un animal
doméstico, suele llamarlo l e l k e s (que tiene alma). De hecho, como
la palabra le l k e s , la expresión a s s z o n y i á l l a t la emplean también
sobre todo en sentido compasivo los hombres, mientras que las
mujeres se sirven de ella para manifestar lástima de sí mismas o
un sentimiento de desamparo.
C a s o 2 3 8 : Pocas mujeres exageran su femineidad exterior más
que las norteamericanas, desfeminizadas pero archivestidas; y po­
cos hombres exageran la actitud de “macho” más que los nortea­
mericanos, regidos por la mamá.
L a m i n i m i z a c i ó n d e la s d if e r e n c ia s es una maniobra mucho más
compleja. Su argumento básico es que la mujer es humana a n te s
i¡u e mujer, lo que suele conducir, no a la innegable conclusión
d e que es un ser humano y como a tal hay que tratarlo, sino a
una afirmación de su derecho de ser un hombre. Los feministas
q u e profesan abordar este problema de frente, lo hacen tan sólo
para mejor soslayarlo. Su premisa habitual es que hasta ahora sólo
a los hombres se permitía ser humanos. Esta declaración les per­
mite entonces tratar incluso rasgos netamente masculinos como ge-
T E n e l m is m o s e n ti d o , l a n o t o r i a c a p a c i d a d q u e e l p e r r o t i e n e d e h a l a g a r
es e n g r a n p a r t e c o n s e c u e n c ia d e s u s im b io s is c o n e l h o m b r e ; lo s p o c o s e s p e -
i n n e n e s d e p e r r o s s a lv a je s q u e h a n s id o d o m e s t ic a d o s s o n v is ib le m e n t e m e n o s
p r o p e n s o s a la a d u la c ió n .
228 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

néricamente humanos, lo que equivale a negar que la masculinidad


sea un fenómeno s u i g e n e r i s . De este modo se nos hace volver a
la antigua falacia de que la mujer sólo puede ser humana siendo
hombre. Con toda seguridad, la envidia del pene no puede ir más
allá, ni la irracionalidad que desencadena manifestarse de modo
más claro.
El argumento de que la mujer es un ser humano a n t e s q u e mu
jer entraña otra falacia, y muy reveladora, que indirectamente nic
ga la irreductibilidad de la existencia de dos sexos. Ciertamente,
no se puede ser humano antes que varón o mujer, porque es im
posible ser humano s i n s e r varón o mujer: la virilidad y la femi
neidad son constituyentes intrínsecas tanto del concepto como de
la realidad de los seres humanos. Es, además, probablemente ile
gítimo, incluso en forma operacional, decir que el concepto de
"humano” es más "general” o más "comprensivo” que el concepio
de “varón" o “mujer” ( — "sexuado”), puesto que una de las ca
racterísticas básicas de lo varonil es una serie de pautas de com
portamiento que representan una reacción a las mujeres, cuya exis
tencia presupone entonces. . . y viceversa, claro está. Si estas pautas
conjugadas dejaran de existir, lo masculino y lo femenino (o sea
lo que tiene un sexo) dejaría de tener significado en sentido ojie
racional. En suma: es imposible ser humano sin ser simultáneamen
te sexuado: masculino o femenino. Tanto lo viril como lo femr
nino presuponen implícitamente la existencia del otro sexo y re­
presentan reacciones significantes a su existencia. En cierto modo
podríamos incluso aducir que la existencia de los hombres "crea
la femineidad y la de las mujeres "crea” la masculinidad.
El pobre subterfugio de que el concepto de "humano” es más
"generalizado” y por ende más “fundamental” que los conceptos
de “varón” y “mujer” nos lleva directamente a la solución de tran
sacción que es el automodelo sexual intermedio o, si se preñen-,
“generalizado”. En efecto, esta transacción limitaría la manifesla
ción comportamental de lo masculino y lo femenino a la esfera
coital y de la reproducción. Pero como el dimorfismo sexual, tamo
físico como psicológico, de la especie humana está e s p e c i a l m e n t e
desarrollado, esta transacción empobrecería y esquematizaría todas
las relaciones humanas, aun dentro de grupos de un mismo sexo,
puesto que en todo el mundo, incluso la interacción dentro de un
grupo de un solo sexo gira en gran parte en torno a la conciencia
de la existencia del sexo opuesto (ausente). El empobrecimiento de
la relación entre los sexos sería naturalmente aún mayor, sobir
todo en lo sexual. Esto deleitaría a Platón, quien ideó una “repú
blica” impersonalmente promiscua, o a San Agustín, inventor de la
II. AUTOMODELO: EL SF.XO 229

teocrática “Ciudad de Dios", pero es difícil que gustara a las per­


sonas normales.
La segunda solución de transacción, que sería la a b o l i c i ó n d e
l o d o s l o s a u t o m o d e l o s v i n c u l a d o s c o n e l s e x o , es mps hipotética
que real, porque los modelos vinculados con el sexo parecen ser
singularmente resistentes a las medias tintas. Ninguna mujer re­
nuncia al modelo femenino de personalidad y ningún hombre al
masculino —ni siquiera fuera de la esfera sexual— sin adoptar de
inmediato el automodelo del otro sexo.
C a s o 2 3 9 : Vong, el hombre más alto y fuerte de Tea Ha, se
identificaba conscientemente con las mujeres y trataba de hacer
sus cesterías tan bellas como los tejidos de ellas. Al mismo tiempo,
no era más apreciablemente homosexual que cualquier otro sedang
soltero.
En cuanto a la imitación del automodelo del sexo opuesto, in-
i luso por los trasvestistas primitivos (Devereux, 1937a), este fenó­
meno es demasiado bien conocido como para que merezca un exa­
men detallado.
Aún más reveladora es la existencia de medios señaladamente
viriles o femeninos para ser en la práctica, un neutro; el tipo de
l.i solterona asexuada difiere de modo radical del tipo igualmente
asexuado del solterón. E incluso en el comportamiento de los eunu-
(osse advierte la influencia de automodelos vinculados con el sexo.
C a s o 2 4 0 : Algunos eunucos que en su mocedad habían sido so­
metidos a prácticas homosexuales se hicieron invertidos. Otros, que
lomo el bíblico Putifar se hicieron ricos e influyentes, a veces se
rasaban y, en Turquía, tenían grandes harenes. En cuanto al in­
válido eunuco bizantino Narsés, fue después de Belisario el mejor
general de su tiempo. Según Stendhal, un eunuco fue durante cier-
lo tiempo el amante oficial de una condesa italiana (Stendhal: C r ó ­
n ic a s d e I t a l i a ) .
Las componendas que tratan de abolir los automodelos sexuales
radicalmente llevan —como suele suceder con las componendas— a
extremos grotescos. Unos p o c o s c:entíficos de la conducta suelen
preconizar lo que podría denominarse la concepción de un “am­
plio espectro” de la normalidad sexual, que ya no distingue entre
sexualidad masculina y femenina y considera normal no sólo la
elección de cualquier pareja —o de m'nguna (como en la mastur­
bación)— sino también toda forma de comportamiento “sexual”,
fundándose en que todos proporcionan satisfacción y alivio.8
" Este modo de ver va más allá de la sexualidad “de amplio espectro” de los
((l iegos, que incluso en la homosexualidad imitaba la norma de macho y hembra
(cuso 64).
230 EL CIENTÍFICO Y SU CIEN! IA

Una falla relativamente mínima de tales teorías es que las peí


versiones, como es sabido, procuran menos satisfacción y alivio que
los actos normales. Esto me llevó a concluir que uno de los olí
jetivos inconscientes de la perversión es la reducción y el control
de la intensidad de la gratificación sexual (Devereux, 1961a).
El defecto fundamental de estos modos de ver es que separan el
impulso sexual —implícita y tendenciosamente definido como fut í
za i n d e p e n d i e n t e de la masculinidad y la feminidad— de la exis
tencia de los d o s sexos, olvidando que la amiba no tienen ningún.i
pulsión sexual porque las amibas no son hembras ni machos, ya
que no tienen sexo. La noción de un impulso sexual “normal” (ge
neralizado) que no sería fundamentalmente macho ni hembra es,
tanto lógica como operacionalmente, no sólo una ficción sino ade­
más una tontería de marca mayor.9
Realmente, el modelo sexual es tan fundamental e ineludible
que aunque los egipcios (helenísticos [?]) creían que todos los bu i
tres eran hembras y las preñaba el viento, sus nociones acerca del
comportamiento “coital” de los buitres (“hembras”) procedían del
comportamiento observable en las hembras de las aves en el pro
ceso de fecundación por los machos de su especie (Plutarco: C u e s­
t i o n e s r o m a n a s , núm. 93, 286C). De donde, por muy “exótico” que
pueda ser el comportamiento o la elección de objeto sexual,10 su
modelo inconsciente —si bien a veces distorsionado o incluso nega­
tivo— es de todos modos básicamente la pauta masculina o feme
nina (c a s o 2 4 0 ).
La comprensión de estas falacias no basta para hacernos racio­
nales en las cosas del sexo, pero por lo menos nos ayuda a enten
der cuán enorme es nuestra irracionalidad, sobre todo cuando que
remos ser imposiblemente racionales (capítulo ix) acerca de lo
sexual.

2. L A IN F L U E N C IA D E L A U T O M O D E L O E N L A
IN V E S T IG A C IÓ N S E X U A L Y LA L A B O R D E D IA G N Ó ST IC O

Siendo nuestro cuerpo la base del automodelo y un importante


punto de referencia en la organización perceptual del medio, el
“ A u n q u e e s ta s te o r ía s r e p r e s e n t a n en p a r te u n a r e a c c ió n a la i n s e n s a ta p e r
s e c u c ió n c o n tr a l o s e x u a lm e n te a n o r m a l , d a n m á s c r é d i t o a la h u m a n i d a d d r
sus e x p o n e n te s q u e a su s e n tid o c o m ú n .
“ E l e m p le o d e l a p a l a b r a “ o b j e t o ” e s l e g í t i m o c u a n d o se h a b l a d e la s p e r
v e rs io n e s , q u e s ie m p r e m in i m i z a n la h u m a n i d a d d e l c o m p a ñ e r o ( c a p í t u l o ix).
I I. A U TO M O D E L O : EL SEXO 2S1
dimorfismo sexual impide la comprensión empática y a u to r r e s o -
ti a n t e del organismo y de las funciones del otro sexo vinculadas
ion lo sexual. Esta dificultad se manifiesta con máxima claridad
i'ii la práctica ginecológica, aunque con seguridad no se limita
a ella.
Las d i f e r e n c i a s a n a t ó m i c a s pueden negarlas no sólo los primiti­
vos sino también el inconsciente de los ginecólogos neuróticos.
C a s o 2 4 1 : Un marido somalí, cuya esposa no pudo orinar por la
ventana de la mezquita en que accidentalmente habian quedado
encerrados, maldijo a la persona que la había clitoridectomizado
(Róheim, 1932). Esto implica que la clitoridectomfa —a que se so­
meten todas las mujeres somalíes—era como una ablación del pene
(no existente) de la mujer. Y también creía, como muchas mujeres
i reen, que las mujeres orinan por el clítoris.
C a s o 2 4 2 : Un psicoanalista médico había analizado a un ciruja­
no ginecólogo (1) de excepcional habilidad que creía firmemente
que las mujeres tenían pene, aunque su formación y experiencia
profesionales hubieran debido decirle que no era así. Se aferraba a
esta idea —al principio inconsciente— tan tenazmente que su ana­
lista hubo de mostrarle periódicamente un libro de anatomía, para
i onvencerlo, al menos de momento, de que las hembras no tienen
pene. El análisis reveló que el objetivo inconsciente de las ope-
i aciones ginecológicas de aquel cirujano era encontrar el falo fe­
menino.
La negación inconsciente de las diferencias sexuales anatómicas
puede incluso hacer que los médicos neuróticos ejecuten opera-
i iones cuyo objeto inconsciente parece ser la eliminación de los
•irganos característicos del otro sexo, que parecen “superfluos” se­
gó n el automodelo ligado al sexo del médico.
C a s o 2 4 3 : Un médico general neurótico practicó la ablación del
útero innecesariamente a su esposa y a todas sus hijas. Un hombre
cuya esposa había muerto de cáncer del pecho persuadió a un ci-
mjano de que le hiciera la ablación de los “pechos” a su h ij o .
C a s o 2 4 4 : Un aviador aliado que había sido abatido por los ale­
manes y al parecer tenía una herida en el m ú s c u lo del muslo fue,
hasta donde pudo determinarse posteriormente, castrado también
un justificación alguna por una d o c t o r a nazi que trabajaba en un
hospital de prisioneros de guerra.
Como quiera que ya Menninger (1938) analizó detalladamente
l.i motivación neurótica de las operaciones innecesarias, baste des-
l.icar aquí el papel que la negación inconsciente del dimorfismo
icxual desempeña en las operaciones que entrañan extirpación to-
i.il o parcial de los órganos sexuales de pacientes del otro sexo. Es
232 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

posible que se hicieran menos histerectomías si todos los cirujanos


ginecólogos fueran mujeres, y lo mismo puede decirse de las mas
tectomías. Y a la inversa, la tendencia norteamericana a circum i
dar a todos los varoncitos recién nacidos tal vez esté relacionada
con el creciente número de mujeres que ejercen la profesión mé­
dica. Ciertamente, eso es innecesario en medicina (c a s o 7 6 ).
Estas negaciones extremosas de las diferencias sexuales son re
lativamente raras en el campo de la a n a t o m í a , pero bastante comu
nes en relación con las f u n c i o n e s sexuales diferentes del otro sexo.
C a s o 2 4 5 : Una vez tuve que decirle a un trabajador social joven
que era incongruente decir a una cliente que se quejaba de calam
bres menstruales: “Sé exactamente cómo se siente usted.’’ Claro
está que este dicho era ante todo propio de la jerga del trabajo
social, pero el hecho de que se le ocurriera en una coyuntura tan
impropia debe interpretarse cuando menos como negativa incons
cierne de su incapacidad de empatizar a u t o r r e s o n a n t e m e n t e , con
repetición en sí mismo, de una experiencia exclusivamente feme
nina. . . y posiblemente incluso una negación inconsciente de to­
das las diferencias sexuales funcionales.
La incapacidad de empatizar autorresonantemente con las expe
riencias diferentes del sexo opuesto —que sencillamente no son
parte del repertorio potencial de nuestro propio sexo— no puede
vencerse ni por la preparación médica ni por el psicoanálisis. In­
necesario es decir que lo que crea el problema científico no es esa
incapacidad irreductible sino los intentos más o menos inconscien­
tes de e q u i p a r a r las funciones ligadas al sexo del sexo opuesto,
bien con ciertas funciones no homologas, ligadas al sexo, de nues­
tro propio organismo o bien con algunas funciones fisiológicas no
específicamente sexuales.
La necesidad de persuadirse uno de que entiende a u to r r e s o n a n ­
t e m e n t e las experiencias del otro sexo conduce a algunas curiosas
fantasías neuróticas, culturales y aun médicas.
El neurótico puede negarse a reconocer que el sexo opuesto tie­
ne funciones distintas porque todo lo que queda fuera de su pro­
pio repertorio lo interpreta como una manifestación de misterioso
poder.
C a s o 2 4 6 : Un individuo gravemente obsesivo compulsivo insis­
tía tenazmente en que los. hombres no nacían del órgano sexual
femenino, sino del o m b l i g o , que tienen igualmente hombres y mu
jeres. “Si los hijos nacieran de los órganos femeninos, eso querría
decir que el poder de las mujeres es superior al de los hombres’’
(c a s o 4 2 9 ).
C a so 2 4 7 : Un analizando b o r d e r lin e aún más obsesivo, no sólo
II. AUTOMODELO: EL SEXO 233

l.mtaseaba durante el coito que él y su querida estaban en comer-


1 10 l e s b ia n o , sino incluso que era su querida la invertida “hom­
b r e ” y él era la lesbiana “mujer” (Devereux, 1966b).
C a so 2 4 8 : El afán frustrado de querer empatizar con las sensa-
i iones corpóreas del sexo opuesto explica probablemente en parte
l.i creencia mohave de que las mujeres eyaculan (Devereux, 1950a).
(l*ara los kgatlas: Schapera, 1941.)
C a so 2 4 9 : La imitación del comportamiento del sexo opuesto pol­
los trasvestistas —o también en la c o u v a d e — representa en parte el
intento de empatizar con las funciones sexuales del otro sexo, al que
esta maniobra pone en una relación de compendencia * forzosa
(Devereux, 1957a) con las funciones de nuestro propio sexo.
C a so 2 5 0 : Un psicoanalista médico, experto también en metodo­
logía de la investigación, me habló una vez largo y tendido del
humor i r r i t a b l e con que reaccionan algunos obstetras varones cuan­
do sus pacientes encinta engordan demasiado. Ambos dedujimos
iiue algunos obstetras masculinos inconscientemente ven la fecun­
dación y el embarazo en términos orales, es de suponer que por-
i|iie son capaces de empatizar autorresonantemente con la preñez
sólo en términos de las funciones digestivas, que su propio cuerpo
(masculino) también puede experimentar, y por eso equiparan el
embarazo al estreñimiento y el henchimiento del vientre de la pre­
ñada a un abotagamiento.
Esta interpretación del embarazo está relacionada con teorías in-
I.nuiles de preñez oral y nacimiento anal y puede incluso ser im-
Idementadas por la cultura.
C a s o 2 5 1 : Los trasvestistas mohave del sexo masculino, que tra­
dicionalmente imitan todas las funciones femeninas, toman una
decocción c o n s t i p a n t e de semillas de mesquite, hacen como si es­
tuvieran embarazados y después llaman al duro e s c í b a lo que aca­
b a n por expeler su “niño nacido muerto” (Devereux, 1937a).
Esta observación puede, como es de imaginar, arrojar alguna
luz sobre el síntoma subjetivo de la náusea matinal de las mujeres
encinta y sobre el hecho c u l t u r a l de que los primitivos habían ya
descubierto que los purgantes fuertes pueden provocar el aborto
(Devereux, 1955a) o por lo menos apresurar el alumbramiento.
El equiparar inconscientemente la defecación con el nacimiento
de un hijo puede, según parece, ser causa incluso de intervenciones
médicas.
C a so 2 5 2 : El obstetra de una paciente analítica le prescribió
enemas repetidos porque según él su alumbramiento debería ha­
berse producido hacía seis días (!).
* O dependencia correlativa o covariante, [r.t .]
234 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

El a c t i n g o u t , en un contexto médico, de problemas relación.i


dos con la existencia de un “sexo opuesto’’ tiene muchas fuentes,
una de las cuales al menos, que yo sepa, ha sido hasta ahora pasad.i
por alto.
El caso es que una mujer que trata de explicar a un hombre
lo que se siente al amamantar está más o menos en las mismas
condiciones que una persona (vidente) que tratara de explicar el
color a un ciego. . . y otro tanto sucede con el hombre que trat.i
de explicar la experiencia de la eyaculación a una mujer.
Dado que ni el científico del comportamiento ni el médico son
capaces de entender las experiencias sexuales específicas del sexo
opuesto a u t o r r e s o n a n t e s por medio de sensaciones p a r a l e l a s pro­
pias, a veces, tratan, sin darse cuenta de ello, de entenderlas por
medio de sensaciones c o n j u g a d a s o c o m p l e m e n t a r i a s propias que,
en otras circunstancias, conducirían al coito. En realidad, la n ecc
s i d a d b á s ic a d e a c o m o d a r s e a la e x i s t e n c i a d e l o t r o s e x o y d e tr a ta r
d e e m p a t i z a r —m e d i a n t e s e n s a c io n e s c o n j u g a d a s o c o m p l e m e n t a ­
r ia s c o n s u s e x p e r i e n c i a s n o e n t e n d i b l e s e n f o r m a a u to r r e s o n a n t c
p u e d e s e r u n o d e lo s m e c a n i s m o s m á s i m p o r t a n t e s y m e n o s c o m
p r e n d i d o s d e la h e t e r o s e x u a l i d a d h u m a n a .11
Mi experiencia de analista me convenció incluso de que para
algunas personas el coito representa inconscientemente, entre otras
cosas, un intento de llegar a obtener un “insight” del “funciona­
miento” de la sexualidad del sexo opuesto.
C a s o 2 5 3 : Tuve que señalar a más de un analizando que trataba
el cuerpo de su pareja como si fuera parte de un aparato com­
plicado, cuyo funcionamiento trataba de entender aprendiendo a
manipularlo. La respuesta de su pareja significaba simplemente
para él que podía manejar debidamente una “máquina” tan com
plicada. De modo semejante, una muchacha neurótica relativa­
mente inexperta sentía como que le habían dado su “licencia de
manejar” cuando por primera vez logró dar placer a su pareja
de una manera nueva para ella.
El hecho de que la sexualidad sea el único instinto que requiere
para su satisfacción completa la reacción favorable de otra persona
tefuerza la tendencia a compensar con respuestas complementarias
nuestra incapacidad de empatizar autorresonantemente con el sexo
11 Un hecho, algo trivial, tal vez aclare esto. Cuando dos personas de distinto
sexo son incapaces de establecer contacto en los campas donde podrían tener
experiencias paralelas, suelen sustituir la conversación por un contacto sexual
exento de significado. Así decía una muchacha universitaria describiendo una
cita colectiva a ciegas: "Las que encontraron pareja interesante, hablaron: las
que no, se acariciaron.”
I l. AUTOMODELO: EL SEXO ¡¿35

opuesto. Por más adiestramiento profesional que se tenga no se


puede suprimir del todo la tendencia a responder con excitación
.1 la excitación de otra persona y aun de un animal.

C a s o 2 5 4 : Una ayudante de investigación tenía que. estimular se-


xualmente algunos animales machos. Esto la ponía tan angustiada
que fue necesaria una psicoterapia.
C a s o 2 5 5 : Un antropólogo empleaba al principio exclusivamen­
te informantes varones, porque los pechos desnudos de las mujeres
de la tribu africana que estaba estudiando le perturbaban. Des­
pués empezó a tener también por informantes a mujeres viejas,
porque sus pechos marchitos no le excitaban. Sólo hacia el fin de
su estadía pudo tener también de informantes a mujeres jóvenes;
para entonces se había acostumbrado ya a su escasa vestimenta.
C a s o 2 5 6 : El “drapeado” (con gasas) de las mujeres que pasan
un examen de la pelvis es algo paradójico, porque los paños cu­
bren las porciones menos “secretas” del cuerpo pero dejan al des-
tubierto los genitales. No obstante, este drapeado ayuda al médico
.i permanecer objetivo, puesto que rompe la G e s t a l t del cuerpo y
hace que los genitales casi dejen de ser órganos y se vuelvan es­
pecímenes anatómicos privados de valor de estímulo sexual. (Com­
párese con el c a s o 77.)
Pero ni siquiera el drapeado puede eliminar del todo la tensión,
listo explicaría el descubrimiento del doctor Henry Guze (1951),
de que en el curso de los exámenes de la pelvis pueden darse sor­
prendentes inadvertencias.
Como simpre, el buen modo para tratar los obstáculos con ob­
jetividad es hacerles frente francamente.
C a s o 2 5 7 : Un médico ya mayor, recordando su internado rota­
torio en un gran hospital, perteneciente a una organización reli­
giosa en extremo mojigata y situado en una provincia desusada­
mente conservadora, mencionaba que una vez tuvo que practicar
un reconocimiento de la pelvis a una bella joven en extremo se­
ductora. Con sorpresa por su parte, sus apreciaciones no fueron
“controladas” —como se solía— por uno de los residentes más an­
tiguos sino por varios de ellos. Cuando menciono esto casualmente
.il jefe del servicio ginecológico, éste alabó su disposición de en­
frentarse a los hechos y dijo: “Su sinceridad me garantiza que su
conducta como médico será impecablemente objetiva y ética.”
A veces es la reacción de la paciente al examen de la pelvis la
que inquieta al ginecólogo a tal punto que trata de inhibirla para
proteger su propia ecuanimidad. Los medios a que puede recurrir
son algo pasmosos, por no decir más.
C a s o 2 5 8 : Dickinson y Beam (1931) recomendaban que los exá-
236 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

menes de la pelvis se hicieran con cierta tosquedad para no excitar


a la paciente.12 Esta recomendación no toma en cuenta el hecho
de que algunas mujeres se excitan precisamente con el trato tosco.
En algunos casos, los problemas y angustias de la sujeto o la
paciente la mueven a tratar de provocar un comportamiento com­
plementario por parte del observador científico o el médico (véase
caso 402).
Muchas mujeres se niegan a consultar a ginecólogos hembras. A
algunas les parece más “natural” que les toquen las partes geni
tales médicos varones, y otras gozan más o menos francamente con
el reconocimiento (Devereux, 1966e) mientras que otras más, cons
cíente o inconscientemente, esperan provocar una reacción sexual
del médico, aunque sólo sea para demostrarse a sí mismas que sus
órganos no son repulsivos.13 Prueba esto el comportamiento tími
clámente seductor de algunas mujeres antes del reconocimiento pél
vico y durante el mismo y su conducta posterior, de ‘‘el infierno
no conoce furia como la cíe una mujer desdeñada”.
Las mujeres que actúan (a c t o u t ) sexualmente pero saben por
experiencia (píe no pueden obtener una respuesta sexual del ginc
cólogo, a veces se niegan a someterse a un reconocimiento de la
pelvis, y sobre todo si lo ha de practicar una doctora.
C a s o 2 6 0 : La única de unas cuarenta voluntarias, estudiadas en
relación con un importante proyecto de investigación médica y
sociopsicológica, que se negó a dejarse reconocer la pelvis era tañí
bién la única habitual y ostentosamente promiscua. Los datos psi
quiátricos indicaban que se negó al reconocimiento porque era de
prever que el médico que lo practicara no se excitaría y eso hu
biera sido peligroso para la imagen que de sí tenía, de que era la
mujer sexualmente más excitante de la tierra.
La provocatividad sexual a veces crea también problemas en el
curso de las entrevistas de investigación sociopsicológica con mu
jeres habitualmente promiscuas.
C a s o 2 6 1 : Un sociólogo que tenía que entrevistar a un grupo de
prostitutas (pagadas) descubrió que su objetividad ponía a algu
ñas de ellas tan angustiadas que espontáneamente —y en ocasiones

Algunos psicoanalistas no son mucho más juiciosos en su razonamiento.


U na psicoanalista preconizaba en lina conferencia ante un público profesional
que se circuncidara a los varones, para que la limpieza de su glande no preo­
cupara a sus madres ni excitara a los muchachos mismos. Peor todavía, nin
guno de los participantes se opuso a este razonamiento.
El pioblem a fundam ental de la tendencia de la m ujer a despreciar sus
órganos sexuales y su necesidad de tranquilizarse acerca de su atractivo ha sido
examinado en otra parte (Devereux, 1958a, 1960a).
H , AUTOMODELO: EL SEXO ÜS7

insistentemente— se ofrecieron a cohabitar con él sin remuneración.


Probablemente motivaban estos ofrecimientos dos necesidades per­
tenecientes a dos niveles diferentes de consciencia:
a] I n c o n s c i e n t e m e n t e , esas mujeres necesitan la constante segu­
ridad de que sus genitales no son repulsivos. Esto explica en parte
el que se hayan hecho prostitutas, cuyas actividades constituyen
una maniobra compleja y tortuosamente destinada a fracasar, ins­
pirada por el complejo de castración femenino, que arranca cierto
género de “victoria” de la derrota. Su promiscuidad las reasegura
acerca del atractivo y la idoneidad de sus órganos, pero a costa de
degradarlas en su calidad de personas. Esto representa una ganan­
cia neurótica, puesto cjue un sentido psicológicamente mas toleta-
ble de degradación ética remplaza a un sentido mucho más angus­
tioso de insuficiencia biológica (complejo de castración femenino).
b] P r e c o n s c i e n t e m e n t e , la no responsividad sexual del entrevis­
tador representa para tales mujeres una amenaza implícita a su
estatus económico, que depende de su capacidad de excitar a cual­
quier varón e, incidentalmente, les permite además jugar el juego
neurótico de multar al macho y de “robarle” su virilidad (La
barre, sin fecha).
A veces, la objetividad del entrevistador enoja tanto a tales mu-
jcres que actúan como si hubieran tenido que rechazar una propo­
sición sexual.
C a s o 2 6 2 : Una vez entrevisté a una mujer a quien los mohaves
(onsideraban la única verdaderamente k a r n a l o : y (mujer objetable­
mente promiscua) de su tribu. El hecho de que yo tuviera sólo
interés en obtener información acerca de la muerte de una bruja
en que se decía que ella había estado mezclada, la decepcionó o
asustó lo suficiente como para hacerla pretender después que yo
Ir había hecho proposiciones. Por fortuna para mí, su familia me
i onocía tan bien que sus alegatos fueron acogidos con un escepti­
cismo total y desdeñoso (Devereux, 1948b).
El problema del automodelo p s i c o l ó g i c o vinculado con el sexo
rs demasiado complejo como para estudiarlo aquí exhaustivamen-
le. Pone de relieve su naturaleza la controversia acerca del grado
e n que los conceptos psicoanalíticos de la psicología femenina fue­
ron influidos por el hecho de que los formularan originalmente
Freud y otros psicoanalistas varones. Las mujeres psicoanalistas
lian reaccionado al reto de estas formulaciones de dos modos.
C a s o 2 6 3 : Se dice que Karen Horney (1937, 1939) se desvió del
psicoanálisis clásico sobre todo porque no pudo aceptar la formu­
lación freudiana del complejo de castración femenino y de la psi-
mlogía femenina en general.
238 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

C a s o 2 6 4 : Algunas otras analistas han aceptado en cambio lux


formulaciones de Freud acerca de la psicología femenina aún nuU
cabalmente de Freud acerca de la psicología femenina aún ni¡i»
Greenacre (1953), quien hiciera el importante descubrimiento de
que las mujeres no sólo sienten e n v i d i a sino también p a v o r o s o
r e s p e t o por el pene. En cuanto a Helene Deutsch (1944-45), st|
excelente obra sobre la psicología de las mujeres añadió nuevas <li
mensiones al concepto freudiano de la femineidad, pero a vece«
exageraba algo obsequiosamente la pasividad y el masoquismo bá
sicos de la mujer, y así daba un ejemplo de ello.
C a s o 2 6 5 : Dado el hecho de que el papel del p e n e ha sido estu
diado psicoanalíticamente durante más de 60 años, parece casi in
creíble que el primer estudio psicoanalítico del papel de los tes
t i c u l o s haya aparecido sólo hace 6 años (Bell, 1960) y además lo
escribiera una mujer psicoanalista. Fue un avance considerable
puesto que, como ya demostré en otra parte (Devereux, 1967e),
muchos factores intervinieron para distraer, de los testíteulos,14 1»
atención de los psicoanalistas.
La influencia —a veces para bien, como en el caso de Greenacre
y de Bell y a veces para mal, como en el de Horney— del auto
modelo psicológico vinculado con el sexo en la investigación psi­
cológica se demuestra principalmente por el hecho de que en años
recientes, buena parte de la labor psicoanalítica verdaderamente
importante sobre las diferencias psicológicas y psicofísicas entre los
dos sexos se debiera a mujeres psicoanalistas. Esto se comprende en
parte por el hecho de que el elevado grado de dimorfismo sexual
de la especie humana se debe en gran parte a la extremada y pa
tente femineidad de la mujer, más visible que la de la hembra de
ningún otro mamífero.
Si bien este examen no agota el tema, basta para destacar la
influencia del automodelo sexual en la investigación científica. Li
exploración a fondo de este problema requerirá de los esfuerzos
conjuntos de muchos científicos del comportamiento, la solución
de muchos problemas teóricos fundamentales y por encima de todo,
la disipación de muchos e s c o to m a s .

“ Tal vez ofrezca interés para el sociólogo del conocimiento que estudia la
duplicación en los descubrimientos el que la doctora Anita Bell viniera a pedir
me información acerca del papel de los testículos en el pensamiento primitivo
en el preciso momento en que yo también había empezado a hacer un trabajo
acerca de los testículos, trabajo cuya publicación difirieron circunstancias exter
ñas (Devereux, 1967e).
CAPÍTULO XVI

| A EDAD COMO FACTOR DE CONTRATRASFERENCIA

I,a edad del científico de la conducta suele provocar cierto número


de reacciones trasferenciales —por lo general no reconocidas— y
también induce a sus sujetos a hacerlo entrar en el papel comple­
mentario (capítulo xix) que, según ellos, es apropiado para su
edad. E incluso si él no acepta este papel es objeto de crítica.
C a s o 2 6 6 : Róheim era todavía en 1931, aunque de edad media­
na, un apasionado del deporte, y se causó un esguince en el tobi­
llo jugando al fútbol con los jóvenes de Duau, lo que le valió
pasar varios días de descanso en la cama. El anciano jefe fue a
visitarlo y le dijo en tono de reproche: “No quería hablar de esto
ron usted antes, pero ¿qué puede esperarse cuando un hombre
mayor se conduce como un adolescente?”
C a s o 2 6 7 : Un joven dijo a su analista, mujer de edad mediana,
que no podría tener una trasferencia de tinte erótico porque ella
era demasiado vieja para interesarle sexualmente. El análisis ul­
terior reveló que su repulsión consciente respecto de las mujeres
mayores era simplemente una resistencia a reconocer sus impulsos
cdípicos... que le habían movido a escoger una mujer d e e d a d
para analista.
Por desgracia poseemos muy poca información acerca de las reac­
ciones de trasferencia y contratrasferencia espontáneas relaciona­
das con la edad en el trabajo antropológico de campo, y aún menos
en las determinadas culturalmente.
C a s o 2 6 8 : Tal vez la mejor información que tengamos sea la de
|acob (1958) cuando cuenta sus experiencias entre los tillamooks,
a los que visitó por primera vez siendo todavía muy joven. Debi­
do a la tradicional “definición romántica” de la relación entre
hombres jóvenes y mujeres mayores en aquella tribu —definición
de que en aquel tiempo él no tenía conocimiento— observó que
podía trabajar mejor con las mujeres de edad como informantes.
C a s o 2 6 9 : Yo era asimismo joven cuando visité por primera vez
.i los mohaves y comprendí ya entonces que Tcatc me recordaba
en algunas cosas a mi queridísima a b u e l a paterna, lo que tal vez
explique en parte el que Tcatc soliera llamarme su n i e t o favorito.
[239]
240 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

El cabello gris y la enorme humanidad de Hivsu: Tupo:ma me


recordaban a mi amable y enérgico abuelo materno, mientras que
mi i n t é r p r e t e , Hama:Utce:, me recordaba a una prima mayor que
solía hacer de m e d i a d o r a entre mis padres y yo. En cambio, no sí
que haya tenigo ninguna reacción de contratrasferencia notori.i
vinculada con la edad respecto de ninguna sedang, que, entre p.i
réntesis, no respetan a las personas de edad (c a s o 2 7 3 ) .
Las reacciones contratrasferenciales del trabajador de campo b
Radas a la edad se configuran en gran parte según las reaccione,
tradicionales de la tribu a los ancianos y los jóvenes. Algunas ti i
bus consideran que los niños muy pequeños n o son t o d a v í a vei
tiaderamente humanos; otras consideran que los muy ancianos y;i
no son humanos y ponen en práctica sus modos de ver de diversas
maneras.
C a s o 2 7 0 : El aborto y el infanticidio se practican por razones
f r í v o l a s generalmente sólo en grupos en que el feto o el niño to­
davía muy pequeños no se consideran del todo humanos, o del todo
iniciados en la sociedad humana —por ejemplo, por medio de un
nacimiento segundo (social), correspondiente al ritual griego de la
anfidromía. Sospecho incluso que el canibalismo infantil australia
no es posible en parte por la enorme importancia que los austra
líanos conceden al rito de iniciación, como medio de trasformal
al adolescente extrasocial en un ser plenamente social.
A veces es incluso posible que se atribuya una “naturaleza” es
pecial a los muy tiernos o muy ancianos.
C a s o 2 7 1 : Cuando, siguiendo el ejemplo de Mead (1928), pedí
a mis informantes que me describieran a cada habitante de Ten
Ha, a los niños muy pequeños los describían sin excepción con
términos puramente biológicos: “Todo cuanto sabe hacer Fulaniio
es comer, orinar y defecar.”
C a s o 2 7 2 : Algunos australianos creen que la virgen es una mujer
a l k a n a r i n t j a , una suerte de demonio hembra que debe ser “doma
da” (socializada) por el acto sexual. Este concepto de la virginidad
es sustancialmente semejante al concepto griego de Artemisa, con
sus cohortes virginales, puesto que se ofendía fácilmente y era pro
pensa a enviar diversas calamidades.1*
También puede imputarse una “naturaleza” distinta a las perso
1 Una profesional norteamericana, casada, espera (independientemente de su
edad) que le digan “señorita”. Pasada cierta edad, hasta la profesional francés«
soltera espera que le digan “señora”. Esto desorienta a los niños: una ve/
viendo que yo era adulto pero sabiendo que estaba soltero, un niño de diez
años norteamericano me preguntó si yo era un “mister”.
■ "

| , A EDVD C O M O F A C T O R D E C O N T R A T R A S F E R E N C IA II

lias ancianas, sobre todo en función de la percepción específica del


adulso por el niño, que lo ve “viejo”.
C aso 2 7 3 : Ni siquiera las preguntas directas acerca de la seni­
lidad lograban hacer que los mohaves dieran información relativa
a los estigmas fisiológicos de la ancianidad, salvo la observación
de que los chamanes y las brujas, cuanto más viejos son p e o r e s . En
cambio los sedang se preocupan mucho por los síntomas del en-
vejedmiento. El anciano Mbra:o, intelectualmente de viveza ex­
cepcional y cuya memoria era buena incluso para acontecimientos
recientes, decía: “Cuando yo era joven, tenía mucha ‘oreja’ (in­
teligencia). Ahora que soy viejo tengo poca oreja; hasta pego a
mi mujer, que es buena y no merece ese trato.” Me siento inclinado
a coirelacionar estos datos con el hecho de que a los niños mohave
se le; trata con afecto y por eso consideran a los adultos gente ra­
zonable, mientras que los sedang son duros con sus hijos y por
consiguiente éstos piensan que los adultos (= los “viejos”) son
muy caprichosos y poco de fiar (Devereux, 1961a).2 Presenta inte­
rés en este contexto el que en la lengua de los sedang la misma pa­
labra (k m :) significa fuerte, violento y viejo.
Una importante contribución al problema de las reacciones de
irasferencia y contratrasferencia vinculadas con la edad es el exce­
lente estudio de La Barre (1946a) sobre el objeto de la atención
social, que refleja por ejemplo la idealización norteamericana de
los jovenes y la judía, australiana y china clásica 3 de los viejos.
Tinto la socialización diferida del neonato como la desocializa-
c ión anticipatoria del viejo parecen ser “escenarios preparatorios”
(Mowrer, 1940). Como la vida de esas dos clases de personas pende
de un hilo, el sentimiento de pérdida por su muerte podría ate­
nuarse al no considerarlos miembros plenos de la sociedad.4
Es:a artimaña, naturalmente, no siempre tiene éxito.
C a s o 2 7 4 : La sensación de pérdida que tienen los indios mohave
incluso por la muerte de las personas muy ancianas les hace creer
(caso 1 8 ) que todos los fantasmas son malvados y avariciosos. Ade­
más, aunque los mohave no desocializan a los ancianos, una pa-
3 Li imagen que el niño tiene del adulto desempeña un papel decisivo en
la génesis de la psicopatía (Devereux, 1955b).
» El profesor La Barre me hizo observar que en la primera redacción de
este pasaje había dejado yo “accidentalmente” (?) de mencionar a los chinos.
I sla amisión estaba claramente determinada por una contratrasferencia nega­
tiva (casos 297, 312), y es harto sorprendente, dado el hecho de que entonces
precisamente acababa yo de escribir un breve articulo en que citaba un caso
de re ciencia casi grotesca por los ancianos en China (Devereux, 1964b).
* Entre algunos primitivos, los niños pequeños no tienen derecho a un rito
funenl completo.

u
242 EL CIENTÍFICO Y SU C IE N O '

leja joven que vive con sus padres ancianos acaba por hacerse un.
casa propia, para no quedarse sin hogar cuando, a la muerte di
uno de los padres, quemen ritualmente la casa vieja.
En algunas colectividades, incluso la fecha de la muerte real dt
una persona anciana se determina socialmente.
C a s o 2 7 5 : En algunas tribus, la gente creía que los técnicamente
muertos son enterrados vivos (Rivers, 1926) (cf. c a s o 4 4 ) . Así in
terpreto también el A l c e s t e s de Eurípides.
C a s o 2 7 6 : En la Grecia antigua, la persona que creía errónea
mente haber muerto tenia que pasar por un segundo rito de na
cimiento (Plutarco, C u e s t i o n e s r o m a n a s , núm. 3, 264C).
A veces, la respuesta social la determina la atribución de una
edad ficticia a cierto tipo de personas.
C a s o 2 7 7 : En la Holanda del siglo xix, incluso a las sirvientes
casadas se les llamaba solamente “señorita” (j u f f r o u w ); por sn
sirviente no se la podía tratar como a una persona adulta.
C a s o 2 7 8 : Su comportamiento independiente hizo que a una mu
chacha campesina se la equiparara a una mujer emancipada des
pués de la menopausia. (Compárese también c a s o 6 9 .)
C a s o 2 7 9 : En otra parte (Devereux, 1939a) he examinado el pa
peí que en la génesis de la esquizofrenia desempeña la arbitraii.i
prolongación de la adolescencia en nuestra sociedad.
C a s o 2 8 0 : Incluso la oportunidad o conveniencia de la muertr
—que suele definirse por la edad— a veces puede decidirse por con
sideraciones no cronológicas: algunos reyes divinos fueron muertos,
sin tener en cuenta su edad, en cuanto perdieron su potencia. V
a la inversa, raramente se dio muerte a los infantes a los que se
había permitido mamar.
Estos datos indican que la atribución de una plena categoría hw
mana y social depende de la catectización afectiva de una persona
por su grupo (Devereux, 1966b), y es esta catectización social de
su persona la que el trabajador de campo debe lograr si desea ii
más allá de la superficie de las cosas en la cultura que estudia
El hecho de que incluso la condición de “estudiante” de un tía
bajador de campo adulto pueda hacer que se le considere, indepen
dientemente de su edad, un joven lo demuestran los c a s o s 3 8 5 386
387 y 395.
El grado en que la edad y la condición de adulto del científiiu
del comportamiento afectan a su trabajo se advierte mejor por I.ih
distorsiones extremas de la personalidad infantil en las teorías de
la ciencia del comportamiento. He señalado muchas veces (I)eve
reux, 1956a, 1964a, 1965b) que la mayoría de nuestras nociones
acerca de los niños son proyecciones al servicio de los propios adul
I \ EDAD COMO FACTOR DE CONTRATRASFERENCIA 243

los, que muchos expertos no desean cuestionar para nada (c a s o s


U t 55). El ejemplo más patente de semejante distorsión es la de-
Iiilición simultánea del niño como encarnación de dulzura y pureza
y como pequeño monstruo que, por fortuna para si y para los de­
más, no tiene fuerza con que llevar a cabo sus diabólicos impul­
sos. Además, la imagen que el adulto se hace del niño influye tan
i adicalmente en el moldeamiento de éste por aquél —y en la teo-
i (a pedagógica igualmente— que al estudiar a los niños incluso
algunos analistas confunden una pauta culturalmente inculcada de
lo i n f a n t i l con la í n d o l e n a t u r a l infantil.'1 Esto conduce a un circu­
lo vicioso en el razonamiento, puesto que en este caso las teorias se
"demuestran” estudiando sujetos educados para que se conduzcan
de acuerdo con esas mismas teorías. En esencia, esto no difiere
mucho del modo como los sureños enseñaron primero a los negros
.1 conducirse de modo objetable (Dollard, 1937) —como los espal­
emos enseñaban a sus ilotas (Devereux, 1965a)- para después in­
terpretar aquel comportamiento inculcado como manifestación de
la “índole natural” del negro (o el ilota).
C a s o 2 8 1 : Opino que el ejemplo clásico de tales distorsiones es
el concepto que tiene Melanie Klein (1948, 1951) de la psiquis
del niño.
El caso es que los adultos se niegan a tomar nota del compor-
iamiento real de los ñiños y se enojan cuando alguien saca a la
luz lo qué todo el mundo sabe pero se niega a reconocer.
C a s o 2 8 2 : El “descubrimiento” por Freud y Molí de que los ni­
ños tenían impulsos sexuales escandalizó a científicos y legos por
igual. Pero el hecho era conocido por todos los padres de clase me­
dia, que con frecuencia despedían a las nodrizas campesinas por
masturbar a los infantes para que se estuvieran tranquilos. Ade­
más, cualquier mujer que haya atendido a un bebe ha tenido
ocasión de ver en él algunas erecciones. Pero los padres Victorianos
aceptaron tan fácilmente el dogma cultural de que los niños pe­
queños son sexualmente “puros”, que la madre que advertía la
excitación sexual de su hijito ha de haber sentido como si hubiera
dado a luz a un monstruo . . . y por ende procedido a reprimir
más radicalmente que nunca la existencia de la sexualidad del niño
de pañales.
Si bien estas distorsiones contratrasferenciales son más notables
cu relación con los muy tiernos y los muy viejos, cualquier cate­
goría de edad puede provocar reacciones de contratrasferencia en
rl observador, sobre todo si la propia cidtura del sujeto define de

Una excepción notable es la de R. A. Spitz.


244
EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

un modo la naturaleza, la psicología y la conducta correcta de l o s


miembros de un grupo de edad determinado y la cultura del oh
servador las define de otro modo.
C a s o 2 8 3 : Una explotación brillantemente efectiva de las dife­
rencias culturales entre las actitudes tradicionales del sujeto y del
observador para con ciertos grupos de edad es el estudio que hizo
la Mead (1928) de la adolescencia samoana, señaladamente exenta
de distorsiones contratrasferenciales ligadas a la edad, porque en
lugar de esquivar la cuestión del contraste entre los conceptos nor­
teamericano y samoana de la adolescencia para disimular sus ac­
titudes personales para con los adolescentes, la Mead se enfrenta
decididamente a esas diferencias y se sirve s i s t e m á t i c a m e n t e de cada
una de las dos formas de ver para iluminar y poner de relieve los
aspectos distintivos de la otra.
Las distorsiones contratrasferenciales ligadas a la edad pueden,
como todas las distorsiones análogas, ser minimizadas y volver­
se científicamente fructíferas si uno examina el asunto de fren­
te. Es probable que el mejor modo de hacer útiles para la ciencia
estas deformaciones sea emprender un estudio psicosocial exhausti­
vo de las ideas de los científicos de la conducta acerca de la “ín­
dole natural de los niños. Aunque este estudio no nos diría mucho
de los niños, revelaría bastante de las prácticas educativas y de la
psicología de la investigación de ellos.
C A P ÍT U L O X V II

LA PERSONALIDAD Y LA DISTORSIÓN DE LOS DATOS

La estructura de carácter del investigador —en que entran tam­


bién las determinantes subjetivas de su perspectiva científica—
afecta radicalmente tanto a sus datos como a sus conclusiones. Aquí
nos ocupamos exclusivamente en las componentes normales pero
idiosincrásicas del carácter del científico.
Lo ajeno e inexplorado fascina a la mente humana y la induce
a llenar las lagunas de su conocimiento con proyecciones, o sea con
los productos de su propia fantasía, aceptados con demasiada fa­
cilidad, incluso por los demás, como hechos. Lo mejor será docu­
mentar esta tendencia con ejemplos que reconocemos extremados,
según el principio aceptado de que siendo lo anormal una exage­
ración tan sólo de lo normal, nos permite observar con gran cla­
ridad aquello que en lo normal está tan atenuado que rehuye
nuestra atención, a menos que los casos extremos nos pongan sobre
aviso acerca de su existencia.1
El proverbio francés de que “quien viene de lejos puede mentir
con impunidad" demuestra que hasta el lego comprende la ten­
dencia a dar rienda suelta a la fantasía cuando quienes nos escu­
chan no están en condiciones de comprobar la exactitud de nues­
tros dichos. Una de las principales determinantes funcionales de
la objetividad bien pudiera ser no tanto el realismo y la concien­
cia del observador como su conocimiento de que puede compro­
barse lo que dice. Los fraudes etnográficos eran fáciles de perpe­
trar en tiempos antiguos, cuando era muy pequeña la probabilidad
de que otros viajeros comprobaran lo que uno contaba de Tarta­
ria o de las siete ciudades de oro de Gibóla.
C a s o 2 8 4 : Dos ejemplos famosos de confabulación etnográfica
son los supuestos viajes de sir John Mandeville (1735) y el extraor­
dinario libro sobre Formosa de un impostor —probablemente fran­
cés-, conocido tan sólo por George Psalmanazar (1704), quien se
hizo pasar con éxito por indígena de Formosa. Naturalmente, hay
1 U n a d e la s ra z o n e s p r i n c i p a l e s d e q u e F r e u d l o g r a r a h a c e r u n a c o n t r i b u ­
c ió n d e c a p i t a l i m p o r t a n c i a a l c o n o c i m ie n t o d e la m e n te n o r m a l f u e su com -
tan te e m p l e o d e lo a n o r m a l p a r a i l u m i n a r lo n o r m a l.
[245]
246 EL CIENTÍFICO Y Sil CIENCIA

también casos en que relatos auténticos de viajes han sido con


siderados espurios. Y así, como demostró Bolton (1962), la A r is
m a s p e a de Aristeas de Proconeso, que durante mucho tiempo se
consideró obra de ficción es, en realidad, el relato de un viaje
auténtico por Asia Central, presentado en la forma del viaje del
alma de un chamán. Al principio también se desconfió de los re­
latos de Marco Polo.
Las imposturas etnográficas no son enteramente motivadas poi
el deseo de notoriedad. Reflejan también, siquiera en forma neu
fótica y degradada, el estupendo afán de conocer lo desconocido,
el ansia que tiene el hombre de llenar los vacíos de su mapa de
la tierra y del mundo y de obtener información acerca de lo que
está más allá del alcance de sus sentidos. Mandeville y Psalma
nazar son así simplemente las grotescas “pobres relaciones’’ de los
filósofos austeramente racionales de Jonia y de los teóricos con
temporáneos del universo, cuyo deseo de explicar lo ignoto inspira
aun a los primitivos. A veces —quizá porque hasta las gallinas cié
gas pueden dar con alguno que otro grano— las nociones primi
tivas acerca de lo que está más allá del alcance de sus sentidos pue
den acercarse a los descubrimientos científicamente probados.
C a s o 2 8 5 : Los mois sedang creen que ciertas enfermedades se
deben a la intrusión de organismos invisibles denominados, como
los gusanillos e insectos visibles, o:a. Lo importante de esta teoría
es que d e f i n e n e s o s o : a d e u n a m a n e r a c o m p l e t a m e n t e n a t u r a l i s t a .
Se cree que son organismos reales que penetran en el cuerpo de
un modo natural, y no sobrenatural como los dardos de bruja,
aunque la persona invadida por los o : a suele ponerse enferma poi
ser culpable de una trasgresión. La idea de que ciertas enferme­
dades se deben a los o : a se inspiró probablemente en la observa
ción de que las heridas abiertas a veces se llenan de gusanos. Sea
como quiera, el hecho es que la teoría de la enfermedad por los
o : a —aunque de origen puramente cultural y sin formulación cien
tífica— se asemeja a las teorías modernas de la enfermedad can
sada por microbios.
La necesidad de llenar los huecos no motiva sólo la imagina
ción confabuladora y la extrapolación y teorización genuinamentc
científicas, sino que explica también la tendencia a aceptar prue­
bas de oídas sin someterlas a crítica siempre que:
1] no hay datos válidos disponibles,
2] las pruebas de oídas no están en contradicción con las ideas
de lo posible que tiene quien las escucha 2 y
2 El fenómeno clínico que yo he denominado “fausse non-reconnaissance" tic
ne causas semejantes (Devereux, 1951a, 1967c).
PERSONALIDAD Y DISTORSIÓN DE I.OS DATOS ¡247

3] halagan la necesidad escapista de creer que el mundo que


está más allá de nuestro horizonte es diferente del que conocemos.
C a s o 2 8 6 : El empleo por Herodoto de los informes de oídas en
sus descripciones de lugares distantes tenía por motivo alguna de
estas razones. En algunos casos, después de exponer lo que ha
oído decir, declara su duda acerca de su validez, aunque sólo suele
hacerlo así cuando el relato éhoca con sus ideas acerca de lo po­
sible (Legrand, 1932).
El impulso que mueve al hombre a aceptar “pruebas” fantásti­
cas —y aun a inventarlas— suscita los intentos igualmente fuertes
de controlarlas. El punto de vista crítico —que representa, según
los casos, una formación reactiva puramente defensiva o bien una
sublimación germina— ha tenido algunas consecuencias muy cu­
riosas.
C a s o 2 8 7 : Tanto los datos basados en hechos como las inquie­
tantes teorías científicas de precursores como Leeuwenhoek, Dar-
win, Pasteur, Freud y Einstein fueron rechazados por muchos como
tonterías ofensivas que quedaban fuera de los límites, trazados ar­
bitrariamente, de “lo posible”.
C a s o 2 8 8 : Voltaire indicaba que algunas de las precisas declara­
ciones de Bougainville acerca de Tahití fueron consideradas in­
verosímiles por algunos de sus contemporáneos (Danielsson, 1956).
(Véanse también las observaciones acerca del A r i m a s p e a de Aris-
teas, s u p r a , c a s o 2 8 4 . )
A veces, la pieza misma de evidencia que los críticos emplean
para demostrar la mentira manifiesta de una declaración puede
ser, a la luz de un examen científico más perfecto, la que demues­
tre su exactitud.
C a s o 2 8 9 : Herodoto (4.42) creía que los fenicios circunnavega­
ron efectivamente Africa, pero dudaba de lo que afirmaban, que
durante una parte del viaje tuvieron el sol a la derecha. Sin em­
bargo, es precisamente este “increíble” detalle el que prueba al
científico moderno que los fenicios dieron verdaderamente la vuel­
ta a África.
Algunos datos etnográficos —al parecer absurdos— reunidos por
viajeros antiguos fueron rechazados al principio por improbables,
pero confirmados posteriormente por nuevas investigaciones.
C a s o 2 9 0 : Wittfogel (1946) no sólo demostró que algunos de
los datos anteriormente objetados de Marco Polo eran exactos, sino
también que habían sido impugnados principalmente por quienes
no tomaban en cuenta que Marco Polo vio China c o n l o s o j o s d e
lo s m o n g o l e s .
Las ideas subjetivas, y por lo general inexpresadas, del que es-
248 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

cucha acerca de lo que es posible o incluso probable determinan


en gran parte su disposición a creer o no creer —y a veces incluso
su decisión de tomar o no en cuenta— alguna suerte de datos. Con
frecuencia esas ideas explicad también la desconfianza respecto de
toda inferencia y aun de toda teoría y su negativa a aceptar cual
quier dato que no esté documentado fotográficamente o algo que
no haya sido presenciado en persona, cronómetro en mano.
C a s o 2 9 1 : La orientación antiteórica de Boas era a veces muy
exagerada, y algunos antropólogos consideran actualmente que en
ciertos aspectos ejerció una influencia perniciosa sobre el desarrollo
de la antropología norteamericana.
C a s o 2 9 2 : Jules Henry (1961; cf. Mensh y Henry, 1953) da a
entender que sólo los datos etnográficos observados personalmen­
te son válidos. En el capítulo xxi se analiza cómo esta opinión lleva
dentro de sí su propia anulación.
Naturalmente, si no se distingue entre el comportamiento real­
mente observado y las declaraciones de un informante, también se
puede llegar a inferencias erróneas ( c a s o 4 1 3 ) .
La posibilidad de apreciar, en función sólo de evidencia i n t e r ­
n a , la exactitud y el alcance de una fuente dada es determinada
en gran parte por lo explícito que sea el concepto del autor acerca
de lo posible y probable, sobre todo teniendo en cuenta que el
sentido de “correcto” y “erróneo” (o de “razonable” y "no razo­
nable”) del autor está a veces tan inextricablemente entretejido
con su concepto de lo “posible” que nos recuerda el epigrama
alemán: "Lo que no debería ser, no puede ser.”
C a s o 2 9 3 : El representante clásico de esta mentalidad es Hegel,
quien, cuando alguien le hacía ver un hecho que contradecía ro­
tundamente una de sus teorías favoritas, respondía, según dicen:
“Tanto peor para la realidad.”
C a s o 2 9 4 : Tratando de demostrar que ni siquiera psicológicamen­
te es la circuncisión1una forma atenuada de castración, Bettelheim
(1954) cita repetidas veces el libro de Merker (1904) sobre los
masais. Por desgracia, su opinión acerca de lo que es real (= po­
sible) y lo que no, hizo a Bettelheim, pasar por alto lo que dice
Merker acerca de un hombre de quien se burlaban porque cuando
estaban circuncidando a su hijo, “mugía como un toro al que es­
tuvieran castrando”. Bettelheim insiste en que la circuncisión de
los pequeños no es necesariamente un acto h o s t i l o de represalias
y cita repetidas veces datos australianos en apoyo de su afirmación.
Por desgracia no conoció —o no consultó, cosa inexplicable— la
clásica obra de Elkin (1938) acerca de los aborígenes australianos,
en la que se dice que en algunas tribus donde la circuncisión y
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS 1M!»

subincisión iniciatorias se están haciendo rápidamente anticuadas,


los ancianos se quejan con enojo de que los jóvenes actualmente
pueden obtener información esotérica sin que les cueste lo que les
costó a ellos (la subincisión). (Cf. también L a s n u b e s de Aristó­
fanes, versos 1435 ss.) Como no puede ponerse en duda la integri­
dad científica de Bettelheim, nos vemos obligados a deducir que
su concepto —formulado sólo preconscientemente— de lo que es
real (= posible), inconscientemente le hizo pasar por alto textos
que refutaban sus opiniones. (Véase c a s o 76.)
En suma: h o m i n e s i d q u o d v o l u n t c r e d u n t .
Estos comentarios no implican que el científico sea perfectamen­
te objetivo si se esfuerza en sobreponerse a sus inclinaciones para
que su concepto de lo posible (= real) no interfiera con la reco­
lección de datos. Una “liberalidad" excesiva sólo conduciría a una
recolección a c r í t i c a de información que un examen más crítico hu­
biera demostrado ser d e h e c h o imposible. La información de este
tipo debe ser, claro está, consignada... pero sólo como c r e e n c i a
cultural (c a s o 3 0 0 ) .
La importancia científica e históricocultural de la credulidad,
que es en gran parte una reacción subjetiva estrictamente rela­
cionada con la contratrasíerencia, puede aclararse comparando las
ideas griegas y cristianas medioevales acerca de lo posible y pro­
bable.
C a s o 2 9 5 : Los griegos, aunque a veces también eran irracionales
(Dodds, 1951) se enorgullecían de ser menos propensos que otros
pueblos a creer relatos disparatados (= improbables) (Herodoto,
1.60; cf. también W. K. C. Guthrie, 1954). En cambio, los cristia­
nos del medioevo se enorgullecían de su propensión a creer en
milagros y en lo irracional [ c r e d o , q u i a a b s u r d u r n e st). De ahí que
incluso los informes más disparatados de Herodoto acerca de nacio­
nes ajenas parezcan serios en comparación con muchas ideas me­
dioevales relativas a países distantes. Una causa posible de esta
diferencia puede ser el hecho de que los griegos, pueblo marinero,
iban más lejos que el hombre de principios de la Edad Media, que
vivía en un mundo singularmente brutal y raramente se atrevía
a dejar el terruño.
En cuanto al crecimiento i n m e d i a t o de una ciencia verdadera,
la aversión de los griegos por los datos y teorías fantásticos (= im­
probables) y “disparatados" era mucho más útil que la actitud
de la cristiandad medioeval, orientada hacia lo milagroso. Pero
Inerón probablemente la ingenua credulidad del hombre del me­
dioevo y su sed de lo extranjero las que en definitiva permitieron
al occidente crédulo, y no a la escéptica Grecia, aprovechar cons-
250 F .L C I E N T Í F I C O V SU C IE N C IA

micciones teóricas firmes (jue —para el lego— son prácticamente


“descabelladas”: la noción griega de que la tierra es redonda, que
implica el absurdo corolario de que los “antípodas” caminan de
cabeza, las paradojas del continuo de Zenón —ahora mejor enten­
didas—, la teoría de la evolución, la contracción de Fitzgerald-
Lorentz, la teoría de la relatividad, el principio de “indetermina
ción” de Heisenberg, la tesis de que t e r t i n m n o n d a t u r (el tercero
excluido) tal vez ni siquiera tengan aplicación en matemáticas, psi
coanálisis, etc. Como creo que el impacto de estas “disparatadas"
¡tero prestigiosas nociones sobre el “pensamiento” del lego no debe
ser subestimado, a menudo me pregunto si el resurgir de la irra­
cionalidad en la Grecia clásica (Murray, 1951, Dodds, 1951) se
inspiró o fue alentado en parte por el prestigio de las “disparata
das" teorías de algunos brillantes científicos griegos. Esta hipótesis
parecerá plausible a todo aquel a quien le haya dicho un ocultista
moderno que los espíritus viven en la “cuarta dimensión”, o se
haya sentido inquieto ante la contaminación del psicoanálisis por
la parapsicología (Devereux, 1953a), o haya observado el interés
de ciertos eminentes fisicomatemáticos por la parapsicología o, tam
bién al que haya oído —como me sucedió a mí una vez— al director
de un museo de arte decir confidencialmente a un famoso físico
nuclear que la teoría de la relatividad había influido en el modo
tle tratar el “espacio” los pintores contemporáneos.
Luego si bien la credulidad occidental produjo terribles siste
mas filosófito-religiosos y cosas semejantes, en su conjunto la li
bertad de la imaginación del hombre occidental y su ansia de “mi
lagros” tuvieron parte, a menudo vergonzosa pero también muy
real, en el desarrollo de las teorías científicas modernas y en la
creciente disposición del empírico a tomar conocimiento de hechos
tan “desconcertantes”, pero reales, como el mundo de lo incons
cíente, el cambio de sexo de los animales protandros, y así succsi
vamente.
Ciertamente, el científico no debería satisfacer, d e m a n e r a t a n
a u i i s t i c a , su sed de cosas sorprendentes y de las que para el sen
tido común son visiblemente improbables y casi imposibles, a
menos que deje de ser científico y actúe compulsivamente (ai I
o n l ) sus problemas neuróticos en su obra. Al mismo tiempo, una
forma de ver c o m p u l s i v a m e n t e pedestre, una actitud o b s e s i v a r n e n h
hipercrítica respecto de teorías y hechos nuevos y una tímida mi
misión a la metodología tradicional —que con frecuencia llega
hasta el punto en que la metodología deja de ser un m e d i o di
hacer las cosas del modo d e b i d o y se vuelve un código de tabúes
que le i m p i d e a uno hacer n a d a e n a b s o l u t o — es inservible y sólo
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS 251

conduce a negar la realidad de datos sorprendentes y a inhibir la


capacidad de construir cuando menos hipótesis heurísticas “forza­
das” (Lynd, 1939), que son la única garantía de crecimiento con­
tinuado de la ciencia a una cadencia que corresponda a una curva
exponencial.
En la práctica, las reacciones determinadas caracterológicamente
no producen de modo n e c e s a r i o datos y conclusiones cuestionables.
Pueden incluso facilitar el descubrimiento de datos y la formula­
ción de hipótesis nuevos tpie, sin esas reacciones subjetivas, bien
podrían no haber aparecido. Y así, aun cuando un descubrimiento
o teoría determinado padeciera la influencia del tipo de persona­
lidad del científico, después de revalorado debidamente puede apor­
tar algo nuevo y esencial a la ciencia de la conducta, sencillamente
porque la verdadera fuente de estéril error no es la contratrasfe-
rencia p e r se , sino la contratrasferencia p a s a d a p o r a l t o y m a l t r a ­
t a d a (capíttdo xi).
Pocas son, pues, las personas cpie afrontan francamente el hecho
de que antes de enviar a un etnógrafo a una tribu determinada es
preciso cerciorarse de que su personalidad no entrará en conflicto
con la pauta básica de la cultura de dicha tribu. Las relevantes
recomendaciones de Lindgren (1936) han sido por desgracia des­
oídas por muchos, puesto que así como algunos psicoanalistas afir­
man defensivamente que c u a l q u i e r analista preparado puede ana­
lizar como es debido a c u a l q u i e r paciente, otros tantos antropólo­
gos parecen ser de opinión que una buena preparación académica
permite a c u a l q u i e r antropólogo estudiar con eficacia a c u a l q u i e r
tribu.
C a s o 2 9 6 : Esta complaciente ficción puede refutarse fácilmente
comparando la obra de Malinowski sobre los isleños de las Tro-
briand con el resto de su labor de campo, las monografías de Lowie.
sobre los crows con sus artículos sobre los hopis, la labor de Kroe-
ber sobre los mohaves y los yuroks con sus otras obras de etno­
grafía, los datos de Róheim sobre Australia con sus notas sobre
los yumas, y así sucesivamente. De hecho, si las obras de un etnó­
logo acerca de diversas tribus son de calidad uniformemente ele­
vada, esto suele deberse ante todo a la juiciosa preselección de las
tribus que estudió. Esto es patente sobre todo en el caso de la
Mead, cuya labor en diversas partes de Oceanía e Indonesia no
sólo es siempre excelente sino que oscurece algo su libro sobre los
ornabas, aunque éste también merezca un lugar bastante elevado.
Observamos además que mientras Mead había e s c o g i d o por sí mis­
ma todos los otros grupos que estudió, podría decirse que la m a n ­
d a r o n en cierto modo a estudiar a los omahas, en condiciones que
252 EL C IE N T ÍF IC O Y SU C IE N C IA

describe en sus “Reconocimientos” del libro sobre ellos (Mead,


1932).
La estructura del carácter —o sea el elemento invariante de la
configuración psíquica del trabajador de campo— no sólo filtra los
datos que recoge sino que también determina muchas de las reac­
ciones de sus informantes y aun su grado de productividad. Cierta­
mente, la situación de la entrevista e incluso la mera presencia de
un antropólogo en una tribu —aunque sólo sea uno ele los llama­
dos “observadores participantes”— representa un “trastorno” en
el sentido en que, en los experimentos de mecánica cuántica, el
experimento mismo es causa de trastorno. Por eso algunos antro­
pólogos antipsicoanalíticos, que insisten en que el analista “impo
ne” asociaciones a sus pacientes, deberían estudiar primero los
trastornos (pie su propia presencia crea en el grupo que están es­
tudiando. Surgen dificultades especiales cuando un individuo de­
terminado es estudiado por uno o varios trabajadores de campo
tan sistemáticamente y por un período tan largo que empieza a
ser parte de la forma de vida de aquél el “ser un informante”. Un
ejemplo bien conocido de alguna persona así “sobrestudiada” se
nos vendrá enseguida a las mientes, y también el chiste de que
una familia navajo se compone de la madre, el esposo y los hijos
de ésta, un tío viejo y un antropólogo. En estos casos, el infor­
mante y aun el grupo reciben un señalado “papel complementa
rio”. E s t o e s i n e v i t a b l e . . . y a s i d e b e r í a r e c o n o c e r s e , e n l u g a r d e
q u e r e r l o o b v i a r c o t í l a f i c c i ó n d e l o b s e r v a d o r p a r t i c i p a n t e . (En los
capítulos xx y xxi examinaremos estos “trastornos”.)
Siendo explicable que un antropólogo obsesivo compulsivo en
contraría a los mohaves tan insoportables como ellos lo encontra
rían a él, la proposición de Lindgren de acoplar —tal vez por me­
dio de tests proyectivos— al futuro trabajador de campo con la
tribu que ha de estudiar 3 tiene méritos definidos, puesto que todo
antropólogo que haya estudiado de primera mano más de una cul
tura sabe que no empatiza en el mismo grado con todas.
C a s o 2 9 7 : Un eminente colega al que confesé que no me era
fácil empatizar con la cultura china, aunque había estado en China
( c a s o 3 3 2 ) ni con la cultura australiana, aunque había estudiado
las principales obras sobre los indígenas australianos, me dijo que
durante toda su estadía con cierta tribu —sobre la que escribió
una monografía apreciable pero no de primera— no pudo vencer
del todo una sensación de extrañeza.

El problema de arm onizar a analista y analizando tam bién se está debatien


(lo actualm ente en círculos psicoanalíticos más refinados.
P E R S O N A L ID A D Y D IS T O R S IÓ N DE LO S DATOS 2;V!

Pero sería apresurado suponer que al acoplar antropólogo a lr¡


bu haya que asumir que sólo la empatia producida por la identiíi
cación basada en semejanzas de carácter manifiestas entre el tra­
bajador de campo y el grupo que estudia pueden producir
resultados buenos. En algunos casos, por cierto, la identificación
n o se produce en función de la personalidad m a n i f i e s t a (Yo) del
trabajador sino de acuerdo con un segmento n o - a c t u a l i z a d o de su
I d e a l d e l Y o , que complementa las porciones actualizadas por la
conducta.
C a s o 2 9 8 : Nadie era menos belicoso, fanfarrón y “heroicamen­
te” autocomplaciente que el caballero exquisitamente cortés y eru­
dito Lowie. Pero su obra sobre los crows es decididamente soberbia,
acaso porque, como a muchos otros estudiosos tranquilos, a Lowie
también le gustaban las cosas audaces.4 En tales casos, la identi­
ficación se efectúa de acuerdo con un segmento complementaria y
comportamentalmente n o implementaclo de la personalidad, o sea
por medio de un ideal del Yo indefinido o de un “doble” simé­
trico o complementario de su personalidad cotidiana. Si Lowie
hubiera sido capaz de identificarse con sus informantes sólo en fun­
ción de sus actitudes tranquilas, modestas y llenas de tacto, no-
hubiera preferido el crow matasiete al hopi “apolíneo” (?), a quien
denominaba despectivamente “pequeñoburgués del sudoeste”. En
suma, como algunos expertos sedentarios en caballería medioeval,
parece ser que Lowie completó su vida en su labor de científico
empatizando con una pompa ajena, que estaba patentemente au­
sente de su vida de estudioso, pero que puso de manifiesto una
parte latente de su Ideal del V o (c a s o 3 5 2 ) .
En otros casos, la identificación se efectúa en el nivel de lo ins­
tintivo, como lo demuestra el caso de los erotistas que se estable­
cieron en Tahití (c a s o 1 3 3 ).
En algunos otros casos, la identificación parcial se realiza en
función del Superyó.
C a s o 2 9 9 : Los jesuítas del siglo xvm hallaron el talante de los
chinos tan a propósito que acomodaron su liturgia a las normas
tradicionales chinas, transacción sincretista que les procuró serias
dificultades con el Vaticano (Saint-Simon, 1829-30). No es nece­
sario decir cjue es precisamente esta identificación segmentaria (del
Superyó) de los jesuítas con su grey china la que explica la pro­
fundidad de sus descripciones de China y los chinos.
Si nos tomamos el trabajo de dominar nuestras propensiones ten-
* N aturalm ente, Lowie tenía un gran valor moral, como lo demuestra la;
honestidad intransigente de sus artículos polémicos y sus reseñas de libros-
254 FE CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

deliciosas podremos lograr notables resultados por la proyección


de nuestros anhelos instintivos, ya sea repudiados y egodistónicos
o egosintónicos pero prohibidos por un tabú cultural, sobre el
grupo que estamos estudiando. El primero de estos mecanismos
explica las reacciones de los misioneros y el segundo las de los
vagabundos a la sexualidad polinesia.
En lugar de tratar de analizar primordialmente las distorsiones
contratrasferenciales relacionadas con el tipo de personalidad del
trabajador de campo en función de los mecanismos de identifica­
ción, proyección, etc., propongo estudiarlas según sus manifestado
nes r e a l e s .
Las reacciones a examinar caben de una manera general —par­
cialmente traslapándose— en una de estas tres categorías generales:

1. Relación con los datos.


2. Relación con los informantes y la tribu como g en te.
3. El papel complementario.

En este capítulo estudiamos ante todo la relación entre el cien­


tífico y sus datos.
L a s i n e x a c t i t u d e s e n l o s h e c h o s , las c o n t r a d i c c i o n e s c o n s i g o m i s ­
suelen deberse a puntos ciegos del incons­
m o y lo s p a s a j e s o sc u ro s
ciente, entre ellos los e s c o t o m a s relacionados con la actitud profe
si onal.
Los errores objetivos pueden deberse a una exactitud exagerada
al registrar las creencias indígenas a c r í t i c a m e n t e , sobre todo cuan­
do uno se define exclusivamente como estudioso de la cidtura.
C a s o 3 0 0 : Según Kroeber (1925a), los cuatro primeros r i t o s mens
truales de las muchachas mohaves se efectúan cada c u a r e n t a días.
Esto —como hubiera debido saber Kroeber, muy entendido en bio­
logía, pero que según parece no la recordaba hasta este punto— es
manifiestamente imposible, puesto que el ciclo menstrual tiene 2N
días.5 El no haber utilizado Kroeber sus conocimientos de biología
—siquiera para hacer preguntas suplementarias— se debió evidente
mente a:
1] su conocimiento de la importancia ritual que tenían los nú
meros cuatro y cuarenta en la cultura mohave y a
2] su definición de sí mismo como estudioso de la cultura (ex
5 El hecho de que las primeras menstruaciones a veces se presenten con una
ligera irregularidad no importa mucho en nuestro contexto. Además, el ciclo
de 40 días fue explícitamente denegado por mis informantes mohave (Dcvc
íctix, 1950c).
P E R S O N A L ID A D V D IST O R SIÓ N DE IO S DATOS

e l u s i v a m e n t e —actitud reflejada también en su concepción “super-


orgánica” de la cultura (Kroeber, 1952).(i
Ya sobre el terreno deben apreciarse con sentido crítico las creen­
cias culturales.
C a s o 3 0 1 : Los sedang dicen que en la noche el hombre ve con
el blanco de los ojos, que el cervato tiene otro par de ojos para
la noche y cpie la gallina no tiene ninguno. Yo les pedí que me
mostraran los ojos nocturnos del cervato y resultaron ser un par
de glándulas situadas cerca de los ojos. La creenc ia sedang ele que
el hombre ve en la oscuridad con el blanco de los ojos refleja
probablemente una confusa noción del hecho de que en la noche
la acuidad de la visión p e r i f é r i c a (que emplea los bastoncillos) es
mayor que la visión macular (Devereux, 1949b). La Barre (1954),
utilizando este mismo indicio, relacionó a continuación la difun­
dida creencia de que los espectros son de un azid verdoso con el
hecho de que este color es el más visible con poca luz.
Las c o n t r a d i c c i o n e s c o n s i g o m i s m o parecen deberse a una ansie­
dad inconsciente.
C a s o 3 0 2 : Un psicólogo amigo mío descubrió una pequeña con­
tradicción en el manuscrito de mi artículo sobre el alcoholismo de
los mohaves (Devereux, 1948d), que corregí al punto. El hecho
de que ya no recuerde yo el punto acerca del cual me contradecía
a mí mismo indica que mi “desliz" se debió a la índole causante
de ansiedad de mis datos, ya que yo siento por la embriaguez una
aversión irracional. De ahí que después de haberme obligado la
perspicacia de mi amigo a encarar el material causante de ansiedad
a que se debían mis declaraciones contradictorias, rápidamente vol­
ví a reprimir todo aquel asunto.
A m b i g ü e d a d e s y l a p s u s c a l a m i suelen deberse a resistencias a en­
tender cabalmente el material que se está estudiando.
C a s o 3 0 3 : En un artículo sobre telepatía —o sea una cuestión
con la que tuvo problemas toda la vida— puso Freud (1955b) "ac­
cidentalmente” la inicial de p a d r e por la de e s p o s o . Nunca corrigió
el error, ni ninguno de sus traductores lo advirtió. Yo mismo no
lo vi sino después de haber comprendido (Devereux, 1953a) que
aquellos datos tenían algunas otras implicaciones edípicas, que el
mismo Freud no había expuesto plenamente en aquel fragmento.
Sólo después de haber yo descubierto aquellas implicaciones por
mí mismo pude advertir también el desliz de Freud, que lo había

0 Estas interpretaciones fueron aceptadas por Kroeber cuando discutí con


él este erróneo enunciado. Al principio, también a mí se me había pasado
(Devereux, 1935).
U56 FL CIENTÍFICO y SU CIENCIA

cometido precisamente por haber entendido de un modo incons­


ciente —pero en aquella ocasión rechazado también de un modo
inconsciente— el significado de aquellos datos.
Caso 304: Un candidato psicoanalítico capaz de empatia verda­
dera, pero muy poco diestro para verbalizar sus insights, cometió
una vez deliz tras deliz en la presentación de un caso. Cada una
de sus equivocaciones revelaba que entendía el significado latente de
su material mejor de lo que él mismo comprendía conscientemente.
Caso 305: Parte de mi análisis didáctico se efectuó en una len­
gua que yo tenía ya medio olvidada. Pronto se patentizó que mi
inconsciente aprovechaba este hecho, y detrás de cada construcción
ambigua y cada palabra impropia asomaban casi siempre insights y
recuerdos inconscientes y rechazados.
Los insights rechazados pueden afectar a la formulación tanto de
las anotaciones de hechos como de los trabajos teóricos:
Caso 306: Los insights suplementarios egodistónicos o bien per­
cibidos vagamente, que compiten con los datos que uno trata cons
cientemente de consignar, suelen ser causa de fragmentos oscuros
en las notas tomadas sobre el terreno. Siempre que me quedo per
piejo ante una frase poco clara en mis notas de campo de 1932-33
sobre los mohaves suelo descubrir que la falta de claridad no se
debía ni a la premura, ni al estilo telegráfico empleado ni a mi
escaso dominio del inglés en aquella época, sino al hecho de que
me habían dicho —o había entendido— sólo una de las facetas de
una costumbre compleja, y las otras facetas sentidas preconscien
temente enturbiaban mis notas al querer penetrar en ellas.
Caso 307: Cuando corrijo la primera redacción de un original
científico busco deliberadamente los pasajes redactados con ambi
güedad, cuya oscuridad suele deberse a la presencia de algún in-
sight suplementario todavía latente y preconsciente. Comprendo
también que mi incapacidad —muy sorprendente y a veces del todo
exasperante— para expresar, claramente y a la primera, alguna
idea al parecer simple se debe casi siempre a agitaciones sublimi
nales de algunos insights adicionales, todavía reprimidos. Por eso
siempre que tal cosa me sucede ceso de debatirme con la sintaxis
y trato de descubrir en lugar de eso qué idea suprimida está que
riendo abrirse paso por la “sencilla” declaración que estoy tratan
do de hacer conscientemente. De este modo doy con algunas de mis
mejores ideas.
Las oscuridades, ambigüedades y equivocaciones se deben, pues,
a resistencias contra algunos significados de nuestro material. Son
actos fallidos que se asemejan a un lapsus calami y cuyo análisis
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS 257

nos permite entender ciertos aspectos no reconocidos y egodistó-


nicos de nuestros datos.
S e l e c t i v i d a d : La “etnografía completa”, como el “psicoanálisis
completo”, es un ideal, no una posibilidad real. Siempre que otros
investigadores reemprenden el estudio de una tribu descubren, in­
variablemente, no sólo rasgos no registrados, sino también cosas
nuevas, que a veces requieren de trascendentes reformulaciones del
patrón cultural de esa tribu. Tales reformulaciones suelen repre­
sentar además una reacción contra descripciones anteriores dema­
siado simplificadas y relativamente poco matizadas de esa cultura.
C a s o 3 0 8 : La soberbia pero algo parcial descripción que hace
Benedict (1934) de la cultura kwakiutl, a la que califica de pa-
ranoide, provocó un reanálisis teórico de los datos disponibles y
una deliberada búsqueda de nuevos t i p o s de datos. Y así Linton
(1956) señaló que los jefes kwakiutl podían conducirse de un modo
megalomaniaco y paranoide sólo porque la e x t r e m a d a cooperativi-
dad de la nada pretensiosa gente del común les proporcionaba los
medios de realizar manifestaciones ostentosas, mientras que Codere
(1956) hizo un estudio especial del lado amable de la vida kwa­
kiutl. Intentos tácitos de reenfocar el cuadro que presenta Bene­
dict de la vida de los indios pueblo, en que exagera sus rasgos
(exteriormente) “apolíneos” pueden hallarse en diversas obras que
implícita o explícitamente ponen de relieve el lado chismoso, en­
vidioso y pequeñoburgués de la vida de esos indios (Simmons,
1942, Ellis, 1951, etc.).
La selectividad más común y legítima es la atribuible al interés
o intereses principales (pero determinados inconscientemente) del
trabajador de campo profesional: parentesco, cultura material, le­
yes, cultura-y-personalidad, etc. A veces puede descubrirse una ten­
dencia en extremo selectiva aun en monografías supuestamente
amplias.
C a s o 3 0 9 : El estudio de los kiliwas por Meigs (1939) dedica 20
páginas a la cultura material pero sólo 13 a todo el ciclo vital, y
de ellas deja 10 para los complejos ritos funerales (Devereux,
1940d).
Otros tipos de selectividad afectan principalmente al modo de
interpretar uno sus datos.
C a s o 3 1 0 : Debido en parte a mi escaso respeto por los estudios
atomistas de la cultura y en parte a que en sus primeros tiempos
la antropología histórica operaba más bien con rasgos que con
pautas, no me interesé al principio en interpretar mis datos en
relación con la historia, c o sa m u y s o r p r e n d e n t e d a d o m i in t e r é s
d e to d a la v i d a p o r e s ta m a t e r i a . Sólo después de convencerme de
258 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

que la antropología histórica no tenía por qué ser atomista (Kroe


ber, 1949) empecé a interpretar también históricamente parte de
mi material, buscando por ejemplo los cambios en la pauta de las
relaciones interpersonales entre los mohaves en los últimos 100
años (Devereux, 1961a), o analizando los antecedentes historicopo
líticos del mito de Edipo (Devereux, 1963b) o bien aplicando el
psicoanálisis a problemas históricos (Devereux, 1965a, Devereux y
Forrest, 1967).
La selectividad determinada por el carácter se manifiesta de
muchos modos, la mayoría de los cuales no requieren de un exa
men detenido. Pero hay un tipo de selectividad tan íntimamente
relacionado con la esencia de la labor antropológica que suele pa
sar inadvertido.
La s e l e c t i v i d a d e x ó t i c a ha atormentado toda la antropología y
la labor de cultura-y-personalidad desde el principio. Siempre ha
habido una tendencia a registrar normas y actividades p r i m a r i a s
notoriamente diferentes de las que se advierten en la cultura del
antropólogo (c a so 3 1 1 ). Este "exoticismo” acaso explique la siste
mática exageración del papel del ritual en la vida primitiva (De
vereux, 1957a), así como la ausencia de datos de la vida ordinaria.7
C a s o 3 1 1 : Un colega distinguido me dijo que —a pesar de un
minucioso escrutinio del texto— casi no pudo hallar ningún dato
sobre la vida cotidiana en uno de los informes de campo más fa
mosos, exhaustivos y minuciosamente dociftnentados y escrito poi
uno de los mayores antropólogos de todos los tiempos.
La deformación exótica en el análisis de carácter étnico tiende
a maximizar los rasgos distintivos del grupo y a minimizar el he
cho de que todos los rasgos de carácter étnico tienen sus raíces
en los mecanismos de defensa, o sea en el subestrato universal de
todo carácter étnico, que difiere de los demás tan sólo en la con
figuración distintiva de esos mecanismos de defensa.
C a s o 3 1 2 : Creo que el primero en destacar s i s t e m á t i c a m e n t e (De
vereux, 1951a) el componente masoquista y autocompasivo en la
estructura del carácter de los indios de las praderas, aunque abun
dan en la literatura excelentes d a t o s sobre las torturas infligidas
a sí mismos y textos de discusos de una autocompasión casi hitle
ríanos, incitando a la tribu a la guerra (Lowie, 1935). Esta norma
sobrevive hasta nuestros días en el comportamiento de algunos
tipos de personalidad alcohólicos de la Reservación (La Barre,
sin fecha).
Muchas descripciones de personalidades étnicas son desproporcio
7 Una tendencia afín explica la historia escrita primordialmente en función
de reyes y batallas.
P E R S O N A L ID A D Y D IST O R SIO N DE L O S DATO S 259
nadas sobre todo por una insistencia arbitraria en rasgos que en
nuestra propia personalidad étnica son poco importantes y una
minimización correspondiente de rasgos de personalidad que tam­
bién caracterizan a nuestro propio grupo. Por desgracia, no estoy
seguro de que no pueda hacerse la misma crítica a mis p r i m e r a s
descripciones de la personalidad mohave (Devereux, 1939c).
La falacia exótica en los estudios ele cultura-y-personalidad a
veces se combina con una concepción demasiado simplificada de
la estructura de personalidad que exagera la plasticidad del hom­
bre, combinación que refuerza aquella falacia. La consecuencia es
que se nos presentan características psicológicas extremas —o bien
creencias que exigen actitudes psicológicas extremas y singularmen­
te inambivalentes— como si fueran “el relato completo”. Nadie se
detiene a preguntar cómo puede m a n t e n e r s e indefinidamente una
posición psicológica tan desbalanceada; no se realiza ningún es­
fuerzo por descubrir las actitudes y creencias c o m p e n s a t o r i a s que
hacen posible la versión “oficial” o ficción social, con frecuencia
superficial.
C a s o 3 1 3 : Hasta 1938, todos los informes de creencias del río
Yuman presentaban a los gemelos como visitantes celestes y hon­
rados, acogidos con alegría y que gozaban de grandes privilegios
durante toda su estadía en la tierra. A nadie —ni a mí tampoco
(Devereux, 1935)— se le ocurrió preguntarse cómo el hombre co­
rriente, por generoso que sea, podría aceptar s i n a b r i r la b o c a la
subordinación de sus deseos a los de los gemelos. Por eso no se
debió a penetración sino que fue una suerte inmerecicla el que en
1938, estudiando el estatus, yo planteara una cuestión (“¿Quién es
más considerado, un gemelo o un no gemelo?”) cuya respuesta yo
c r e ía saber, pero que me reportó una descripción detallada de otra
concepción plenamente desarrollada de los gemelos como indesea­
bles reencarnaciones de espíritus odiosamente adquisitivos (c a so
1 8 , Devereux, 1941).
Mi teoría (1937e) de que parece haber una suerte de ley de
Newton psicológica en virtud de la cual “para cada acción (mani­
fiesta) hay una reacción igual y opuesta (usualmente latente)”, y
de que por eso cada cultura contiene conflictos tipo y soluciones
(ipo, así como conflictos y soluciones compensatorios secundarios,
lerciarios, etc.,8 va psicológicamente mucho más allá de la idea de
Kardiner (1939), de instituciones primarias y secundarias. La ne­
gativa a tomar en cuenta este “reverso de la medalla” i n m r i a b l e -
r n e n te p r e s e n t e es la base de muchas simplificaciones exageradas en

H Un amigo mutuo comunicó a Kardiner el original en 1938.


260 EL CIENTÍFICO Y SU CIEN! I \

los estudios de cultura y personalidad (c a s o s 308, 315). . . así como


del neofreudismo “culturalista”.
L a s a m b i g ü e d a d e s y a m b i v a l e n c i a s d e la c u l t u r a que uno esto
dia proporcionan excepcionales oportunidades para la manifesl.i
ción de reacciones de contratrasferencia determinadas por el carát
ter. De ahí que aunque haya hecho alusión a estas cosas en varios
pasajes anteriores sea indispensable dilucidarlas sistemáticamente.
Después de haber puesto mucho —y legítimo- énfasis en la in
- terrelación funcional entre t o d a s las partes de una cultura y des
pués de una erupción —verdaderamente necesaria— de formulacio­
nes de pautas culturales no ambiguas, estamos empezando a com­
prender que las culturas son menos inequívocas de lo que parecen.
En efecto, si una cultura maximiza francamente el rasgo X e im
plícita o explícitamente minimiza su contrario (no-X), e s t a m i n i
m ización d e n o-X es u n rasgo c u ltu r a l ta n im p o rta n te com o la
m a x im iz a c ió n d e l rasgo X . Es incluso probable que algunos rasgos
inherentemente marginales pero culturalmente sobreelaborados y/o
sobreimplementados sean principalmente contrapesos (“controles
y equilibrios”) para ciertos rasgos “básicos” culturalmente max i
mizados (Devereux, 1951a). La “masa sociocultural” (Devereux,
1940a) de un rasgo dado puede por eso determinarse mejor ave
riguando el número de rasgos n o r e l a c i o n a d o s l ó g i c a m e n t e que han
sido introducidos a la f u e r z a dentro de su ámbito, en una relación
de c o m p e n d e n c i a a r t i f i c i a l (Devereux, 1957a). Estos procedimien
tos de tipo Procusto se dan tanto en conexión con los intentos de
maximizar un rasgo “básico” como con los de minimizar y supri
mir ciertos rasgos “marginales”.
C a s o 3 1 4 : La cultura de los indios de las praderas, fuertemente
orientada hacia el valor viril, contiene mecanismos insólitaknente
complicados para la represión (implementación negativa) de la
cobardía. Tiene incluso retiros o refugios para los cobardes, a
quienes se permite y aun anima a dejar el grupo orientado hacia
la valentía y hacerse —en forma de trasvestistas— miembros del gru
po femenino, del que no se espera que sea valiente sino sencilla
mente que aprecie el valor y aliente a los hombres para que sean
bravos (Devereux, 1951a). Este fenómeno puede entenderse en
parte en términos históricos (c a s o 3 1 8 ) . Otro tanto sucede con la
belicosa tribu mohave, donde durante las festividades los trasves
tistas —definidos como mujeres— se unen a las ancianas en público
para humillar a los hombres que se quedan en casa, a los que
llaman por befa a l y h a (“cobardes” y “trasvestistas” masculinos)
(Devereux, 1937a). Aquí también la humillación y el aislamiento
social del cobarde complementan la valoración social del heroísmo.
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS !¿fll
De este modo, la c o m p l e j i d a d d e u n r a s g o d a d o n o e s m e d i d a
d e s u c a r á c t e r b á s i c o c u l t u r a l , ya que la complejidad puede de­
berse a los intentos de utilizarla a manera de contrapeso para un
“rasgo básico” maximizado culturalmente. Lo elaborado de ese con-
trarrasgo es sencillamente una buena medida de la masa sociocul­
tural t o t a l de l o s d o s rasgos conjugados, tomados juntos.
Una buena regla práctica para identificar un “contrarrasgo” mi­
nimizado ( = maximizado negativamente) es comprobar si no está
maximizado en otra cultura.
C a s o 3 1 5 : Nuestra sociedad es oficialmente canófila y la amistad
es un componente esencial de nuestro sistema de valores. La socie­
dad árabe es en cambio oficialmente canófoba, porque considera
al perro ritual y objetivamente inmundo. Estos hechos contrastan­
tes deberían —pero raramente lo logran— hacernos buscar rasgos
canó f o b o s oficialmente desaprobados pero fuertes en n u e s t r a cul­
tura y a la inversa, fuertes rasgos c a n ó f i l o s en la cultura árabe. Una
vez formulado el problema de esta manera, no es difícil hallar
pruebas confirmatorias: las fobias relacionadas con el perro son
comunes en occidente, ‘‘perro asqueroso” y “perra” son epítetos
oprobiosos y los perros —“los mejores amigos del hombre”— con
frecuencia son más brutalizados (por ejemplo en los laboratorios:
c a s o 3 7 0 ) que las ovejas, económicamente valiosas pero emocional-
inente incapaces de respuesta. Y a la inversa, el árabe hace una
excepción para el s l o u g h i , al que no considera inmundo, y a veces
anota su pedigree en el Corán de la familia, junto con el suyo pro­
pio y el de su caballo, culturalmente apreciado.
C a s o 3 1 6 : Las reacciones culturales oficiales a loY gemelos suelen
ser muy positivas o muy negativas. Cuando la reacción manifiesta
es f r a n c a m e n t e positiva —como entre los mohaves ( c a s o 1 3 1 ) — sue­
le descubrirse también una segunda serie de reacciones, completa­
mente diferentes de la actitud oficial (Devereux, 1941). Allí donde
la reacción oficial es fuertemente negativa, a veces se hace una
excepción para ciertos tipos de gemelos, como los de ascendencia
real, etc., o se va formando después una actitud opuesta a su res­
pecto (Loeb, 1958).
Dos normas simétricas y opuestas con frecuencia no sólo son ló­
gica sino también emocionalmente incompatibles entre sí. Repre­
sentan los dos polos de una ambivalencia personal y/o cultural y
t i e n e n q u e reflejarla, porque ninguna cantidad de condicionamien­
to cultural puede hacer del hombre un ser totalmente inambiva­
lente —sobre todo allí donde se e x i g e la falta de ambivalencia en
relación con una cuestión o un valor culturales afectivamente car­
gados. Porque si bien uno puede ser relativamente inambivalente
262 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

en cosas culturales casuales (de “lo tomas o lo dejas’’), uno siem­


pre es ambivalente con un rasgo culturalmente sobrecargado, por
ser la misma hipercatexia obligatoria de u n a a c t i t u d un subpro­
ducto del intento de negar nuestra propia ambivalencia a su res­
pecto.
Cada cultura contiene también la negación de sus valores mani­
fiestos, de pauta y básicos, mediante una confirmación tácita de
pautas latentes y valores marginales. L a p a u t a r e a l c o m p l e t a d e u n a
c u l t u r a e s e l p r o d u c t o d e u n a a c c ió n r e c i p r o c a f u n c i o n a l e n t r e p a u ­
ta s o f i c i a l m e n t e a f i r m a d a s y o f i c i a l m e n t e n e g a d a s que poseen masa.
Esta acción recíproca no puede analizarse ni entenderse en función
del sistema esencialmente no psicológico de la dialéctica hegueliana-
marxista ni del modelo que traza Kardiner de instituciones “prima­
rias” y “secundarias”.
La designación de algunos rasgos y pautas como “básicos” o “pri­
marios” y de los otros como “marginales” o “secundarios” es sólo
una convención útil, basada en la definición que de sí hace el gru­
po, que es tendenciosa o bien representa sólo un modo posible de
ver la cuestión.
C a s o 3 1 7 : Es hoy una verdad inconcusa que Rusia —a pesar de
su definición de sí misma—no es un Estado comunista ni socialista;
sin embargo, el occidente sigue obrando como si lo fuera.
C a s o 3 1 8 : Es posible decir que la sociedad de los indios de las
praderas es sobre todo una sociedad orientada hacia la cobardía y
no hacia la valentía, en parte porque muchos de sus rasgos princi­
pales tratan de reforzar las formaciones reactivas contra el miedo
y en parte porque en la pauta de bravura entran elementos marca­
damente masoquistas y heroicamente autocompasivos (Devereux,
1951a). Este modo de ver puede incluso sustentarse en considerado
nes históricas. Los cheyennes y arapahos, proverbialmente bravos
(c a s o 3 1 4 ) , habían huido a los llanos porque los habían derrotado
sus vecinos de las selvas orientales. De modo semejante, casi todas
las tribus de caballistas asiáticas —a excepción únicamente de los
mongoles— que aterrorizaron a Europa con su valor inaudito ha­
bían h u i d o allí para salvarse de enemigos orientales más poderosos.
En efecto, si los cimerios, escitas, hunos, ávaros, húngaros, patzina-
cos y cumanos hubieran peleado en Asia tan terriblemente como lo
hicieron contra las huestes europeas, no hubieran tenido por qué
salir de Asia. El valor de que aquellas tribus hicieron gala en Eu
ropa se debió posiblemente a la idea o intuición que tuvieron de
que sus derrotas en Asia y el sur de Rusia se habían debido a una
relativa falta de valor y decisión. Yo sospecho, efectivamente, que
casi todas las tribus de jinetes se hicieron unos depredadores “he
PERSONALIDAD Y DISTORSIÓN DE LOS DATOS 263

roicos” por reacción ante derrotas anteriores, sufridas siendo unos


grupillos dispersos de cazadores y recolectores sin la debida orga­
nización política o bien —en unos cuantos casos— bandas errantes
de infantería campesina desarraigada. Sugiere esto el hecho de que
casi todas las tribus de jinetes v i c t o r i o s a s estaban muy bien orga­
nizadas. . . lo que indica la necesidad de una disciplina rigurosa;
además, cuando eran derrotadas, o privadas de un caudillo em­
prendedor, aquellas confederaciones de tribus y a veces incluso las
tribus que las componían pronto se desmembraban. Este hecho ex­
plica el que sea casi imposible identificar a los actuales descen­
dientes de muchas tribus de jinetes asiáticas importantes —y otrora
victoriosas— (Hóman y Szekfü, 1941-43).
La formación de pautas de contrarrasgos y el modo que tienen
de obrar recíprocamente con la pauta de rasgos “oficiales” y entre
sí es un proceso predominantemente psicológico y no cultural. De­
termina la existencia misma de esas normas acopladas y el grado
en que son polares la cuantía de afecto que el hombre está adies­
trado para consagrar a la pauta oficial. La intensidad del afecto
ligado a un rasgo cultural no sólo determina la posición de éste
en la jerarquía de los valores culturales sino que es en sí un rasgo
cultural que pone en marcha los procesos psicológicos conducentes
a la formación de contrarrasgos que instrumentan ambivalencias
básicas. Un rasgo cuya hipercatexia no es en sí componente básico
de ese rasgo no puede suscitar una oposición vehemente. Un rasgo
relativamente menor y por lo general no hipercatectizado puede
hacerse tema de debate sólo por su r e l a c ió n real o putativa —y su
compendencia artificial— con una pauta principal cargada emo­
cionalmente.
C a s o 3 1 9 : El beber kumiss (leche de yegua fermentada) era una
práctica común en la sociedad pagana húngara y no tenía relación
señalada con la religión. Se convirtió en cuestión capital cuando el
clero occidental, queriendo cristianizar a Hungría, decidió arbitra­
riamente que denotaba tendencias paganas. La hipercatexia (nega­
tiva) del clero respecto de la bebida de kumiss hizo después que
la supervalorizaran también los húngaros paganos que quedaban,
y el resultado fue que tanto para cristianos como para paganos
adquiriera una carga afectiva y una significancia religiosa que n o
tenía en los tiempos paganos (Hóman y Szekfü, 1941-43).
C a s o 3 2 0 : La circuncisión de la mujer fue siempre un impor­
tante rito kikuyu, aunque difícilmente podría decirse que fuera
la esencia del modo de vivir de los kikuyus, como declaró Jomo
Kenyatta (1938) e n r e a c c ió n a las actividades de los misioneros,
264 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

que querían impedirla.9 Además, para resistir la intervención con­


tra esta y algunas otras prácticas de los kikuyus, o los mau mau
prestaron juramentos tan opuestos al derecho, la religión y la ética
de los kikuyus que literalmente se excluyeron a sí mismos de la
sociedad kikuyu normal.
Tanto la emocionalidad como la indiferencia —o indiferencia
fingida— pueden llegar a ser importantes factores culturales. El no
dar señales de emoción o afecto indigna a una sociedad emocional,
tanto como el manifestar afectos indispone a una sociedad que es­
tima la frialdad.
C a s o 3 2 1 : Vimos que los mohaves condenan a los predecesores
de los blancos por no haber dado muestras de duelo en el fune­
ral de Matavilve (c a s o 1 8 4 ) . En cambio, en S t a l k y Se C o . , de Ki-
pling, el cuerpo de adiestramiento de oficiales voluntarios de una
escuela pública se disgusta tanto por las emocionales demostracio­
nes patrioteras de un político visitante que decide disolverse.
Los conflictos subjetivos pueden también conducir a la hiperca-
tectización idiosincrásica y aun neurótica de un rasgo cultural­
mente poco importante.
C a s o 3 2 2 : Un excelente aficionado al ajedrez, desdeñoso y do­
minante, entró en análisis con un tal doctor Bishop. En cuanto
comprendió que no podía manipular a su analista, resultó también
totalmente incapaz de manejar los a l f i l e s * con destreza y dejó de
ser un buen jugador de ajedrez.
Los factores culturales polares acoplados son así producto de hi-
percatexias culturalmente obligatorias y su acción recíproca es diná­
micamente comparable a la que se produce entre impulso y forma­
ción reactiva.
Dado que n o p u e d e haber normas culturales inequívocas, la des­
cripción y presentación unilateral de una cultura se debe a que
el antropólogo no puede t o l e r a r la otra cara —que le causa an­
gustia— de la medalla, o bien a su imperiosa necesidad de ser con­
secuente a toda costa.
El observador puede manifestar su tendencia personal de tres
modos:
1. Interesándose constantemente en aquella parte de la pauta
total de una cultura que tiene un tono afectivo particular, inde­

* Los factores subjetivos (y probablemente inconscientes) que movieron a


Jomo Kenyatta a hacer de este problema particular la “cuestión clave" de las
relaciones entre kikuyus y blancos no son pertinentes en la historia de la cul­
tura, salvo en ciertos respectos que no tienen por qué ocuparnos aquí.
* Alfil, en inglés bishop [r.].
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS ¡J65
pendientemente de que esa .parte sea el lado manifiesto o el laten
te de esa cultura.
C a s o 3 2 3 : Fortune parece tener especial afinidad por el lado som­
brío de las culturas. De ahí que entre los dobuanos estudiara prin
cipalmente el lado m a n i f i e s t o (sombrío) de la cultura y entre los
ornahas el lado l a t e n t e (también sombrío).
C a s o 3 2 4 : Parece que yo tengo especial afinidad por el lado cá­
lidamente humano de las culturas. De ahí que entre los mohaves
me interesara ante todo la pauta manifiesta y entre los sedangs la
latente.
2. Algunos eruditos ponen por obra su necesidad subjetiva de
consistencia (c a s o 3 0 8 ) insistiendo en la pauta manifiesta a expen­
sas de la latente.
C a s o 3 2 5 : Si la sociedad homérica hubiera minimizado los va­
lores más amables tanto como parece creer Adkins (1960), dudo
de que hubiera podido durar muchos siglos. El cuadro que nos
presenta Finley (1954) del mundo de Odiseo es mucho menos
parcial. De modo semejante, los estudiosos que acentúan exclusiva­
mente el lado “vergonzoso” de algunas culturas tienden a olvidar
que la c u l p a edípica es parte del patrimonio humano.
3. Algunos antropólogos aficionados entre los psicoanalistas con­
ceden una importancia indebida al lado latente de la cultura, aun­
que en las situaciones clínicas ciertamente saben que no deben
olvidarse los procesos conscientes. En realidad, el interés exclusivo
por lo inconsciente es prácticamente lo que distingue a los can­
didatos inexpertos, a quienes los mayores a veces llaman humorís­
ticamente “detectives del inconsciente”.
C a s o 3 2 6 : Siendo todavía candidato analicé una vez correctamen­
te el contenido l a t e n t e del sueño de una mujer india b o r d e r l i n e
acerca de manijas de puerta, pero presté una atención insuficiente
a su contenido manifiesto, que indicaba cómo notaba ella el inicio
de un nuevo episodio psicótico que sería causa de que la pusieran
en una celda cerrada sin manijas en las puertas (Devereux, 1953c).
Por eso, su nuevo episodio psicótico me agarró desprevenido.
No puede negarse que algunos estudios psicoanalíticos de datos
antropológicos i n s i s t e n d e m a s i a d o en su contenido latente; pero
esto no significa que tengamos derecho a negar la e x i s t e n c i a del
contenido latente, simplemente por no estar instrumentado con
franqueza en la costumbre.
C a s o 3 2 7 : Posinsky (1956) ha demostrado cómo Lessa (1956) pa­
rece pensar que el complejo de Edipo sólo puede darse en las
tribus en que los relatos de tipo edípico son absolutamente ex­
plícitos.
266 El, CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

Caso 328: R ó h e im (1946) h a d e m o s tr a d o q u e la p r e o c u p a c ió n


d e l “ c u l t u r a l i s t a ” n e o f r e u d ia n o K a r d i n e r (1 9 3 9 ) p o r e l la d o m a n i
fie s to d e la c u l t u r a le h a c ía m in i m iz a r —y ca si n e g a r — la e x is te n
c ia d e l c o m p le jo d e E d ip o e n tr e lo s is le ñ o s d e la s M a rq u e s a s .
P o r e so e l v e r d a d e r o p r o b le m a n o e s tá t a n t o e n e l r e c o n o c i­
m ie n to d e l a e x is te n c ia d e p a u t a s d u a l e s —s im é tr ic a s e in te r c o m
p e n s a d o r a s — c o m o e n e l a t e n to a n á lis is d e la a c c ió n r e c íp r o c a e n tr e
e lla s .
Caso 329: S ir J a m e s F ra z e r (1 9 11-15), G i l b e r t M u r r a y (1951) y
J a n e H a r r i s o n (1 9 2 1 , 1922, 1927) e n s e ñ a r o n a lo s e s tu d ia n te s de
los c lá sic o s q u e la s e re n a y r a c io n a l c u l t u r a d e la G r e c i a clásica
te n ía m u c h o s ra s g o s ir r a c io n a le s —s u p u e s ta m e n te d e s c o n c e r ta n te s .
S ó lo c o n l a o b r a d e D o d d s (1 951), q u e h iz o é p o c a , a lc a n z a m o s a
e n t e n d e r la relación y la acción recíproca precisas q u e h a b í a e n tre
la r a c i o n a l i d a d y la ir r a c i o n a l i d a d g r ie g a s e n g e n e r a l y e n t r e los
s e re n o s c u lto s d e la c i u d a d o lím p ic a y lo s a r r e b a t a d o s r ito s d io n i
sia co s y ó r fic o s e n p a r ti c u la r . F u e D o d d s q u i e n h iz o v e r q u e la
i r r a c i o n a l i d a d y lo s m is te r io s e r a n c o m p o n e n te s b á s ic o s e in d is
p e n s a b le s d e l p a is a je c u l t u r a l g r ie g o y d e lo s p ro c e s o s c u ltu r a le s
h is tó r ic o s g rie g o s , y p r o p o r c io n a r o n e l n e c e s a r io c o n t r a p e s o a su
r a c i o n a l i d a d o fic ia l. A c o n s e c u e n c ia d e la o b r a d e D o d d s , esos
e le m e n to s ir r a c io n a le s , q u e a n t e r i o r m e n t e p a r e c ía n a n o m a lí a s in e x
p lic a b le s , s o n a h o r a a s p e c to s c la v e d e n u e s tr o e n t e n d i m i e n t o d e la
c u l t u r a g r ie g a y, c o n c r e ta m e n te , d e la r a c i o n a l i d a d m a n if ie s ta
g rie g a .
S in e l e s t u d i o d e t r i b u s p o r a n t r o p ó l o g o s q u e d i f e r í a n e n te m p e
l a m e n t o y o r i e n t a c i ó n d e los in v e s tig a d o r e s a n t e r io r e s n o p o d e m o s
s a b e r si a l g u n a d e s c r ip c ió n c o n s a g r a d a p o r el tie m p o d e u n a cul
t u r a d a d a e s u n a e x p lic a c ió n a c e rc a d e lo s árboles —c o m o e n la
o b r a d e F o r t u n e s o b r e lo s o m a h a s (1 9 3 2 b )— o s o b r e la s sombras
( ig u a l m e n te re a le s ) q u e p r o y e c ta n . L a n e c e s id a d d e esas r e a p re c ia
c io n e s p e r ió d ic a s se a d v i e r te c l a r a m e n te e n la h is t o r ia d e lo s eslu
d io s g rie g o s , p r o s e g u id o s s is te m á tic a m e n te d e s d e lo s tie m p o s he
le n ís tic o s p o r e r u d i t o s é tn ic a , p r o f e s io n a l y c a r a c te r o ló g ic a m e n le
d if e r e n te s , c o n p u n t o s d e v is ta m u y d iv e rs o s . E s p r o b a b l e q u e p u
d i e r a n d e s c u b r ir m á s f á c ilm e n te n u e v o s ra s g o s y c u e s tio n e s —en
té r m in o s d e lo s h o r iz o n te s c ie n tíf ic o - c u ltu r a le s d e 1966— a n tr o p ó
lo g o s c a p a c e s d e a p l ic a r los p r o c e d im ie n to s p s ic o a n a lític o s a la
la b o r d e c a m p o d e a n t r o p o l o g í a ( D e v e r e u x , 19 5 7 a). A s u vez, esto
i m p l ic a q u e —a p e s a r d e las o p in io n e s c o n t r a r i a s d e K ro e b c i
(1 9 4 8 a )— e l a n t r o p ó l o g o p s ic o a n a lític o es u n a n t r o p ó l o g o borní
fide, y a q u e u n o d e su s c o n c e p to s clav e s, c o m o e l d e l a n tr o p ó lo g o
h o n e s to , es la c u l t u r a y u n o d e su s o b je tiv o s p r in c i p a le s e l d e en

i
PERSONALIDAD Y DISTORSION DE LOS DATOS '¿61

t e n d e r la ín d o le d e la c u l t u r a ( D e v e r e u x , 1956c). L a p o s e s ió n d e
la c u l t u r a es u n a s p e c to c la v e d e to d o c u a n t o h a y distintivamente
humano e n la p s iq u is d e l h o m b r e y e l p s ic o a n á lis is es e n la a c ­
t u a l i d a d la ú n i c a psicología c u y o o b je tiv o e x c lu s iv o y c a r a c te r ís tic o
es e l e s tu d io d e lo q u e e l h o m b r e tie n e d e h u m a n o (D e v e re u x *
1953c).
•CAPÍTULO XVIII

LA PERSONALIDAD Y SU PAPEL
EN EL ESTUDIO DE GRUPOS E INDIVIDUOS

Este capítulo, en que se estudian las reacciones de contratrasferen-


cia a grupos e individuos, debería estudiarse junto con los capí­
tulos xi y xii , en que se examinan las distorsiones debidas a la
ideología, el carácter étnico y cosas semejantes, ya que es inevi­
table cierto traslape entre estos capítulos. En principio, éste con­
cede mayor espacio a las reacciones al grupo —portador de cul­
tura— que a la cultura misma.
L a t r i b u “f a v o r i t a ” . El tipo de personalidad del antropólogo
suele ser causa de su predilección por ciertas tribus.
C a s o 3 3 0 : Una compatibilidad emocional b á s i c a explica mi pro­
pia predilección por los mohave, a los que e l e g í volver a visitar
varias veces, aunque lo mismo hubiera podido ir a otra tribu in­
dia. Y a la inversa, es probable que una compatibilidad emocional
c o m p l e m e n t a r i a explique la predilección de Lowie por los indios
•de las praderas (c a s o 2 9 8 ) .
Las personalidades complejas acaso se interesen de modo espe­
cial en dos grupos cultural y psicológicamente muy desemejantes.
C a s o 3 3 1 : Durante buena parte de su carrera, Kroeber se inte­
resó por igual en los tranquilos mohaves y los extremadamente
rígidos yuroks. Es significativo que orientó al extrovertido e ima­
ginativo Róheim hacia los yumas, parecidos a los mohaves, y al
formalista Erikson, constructor de sistemas, hacia los yuroks. Pero
si bien estas predilecciones distintas permitieron a Kroeber poner
de relieve los temas principales contrastantes de estas dos disím­
bolas culturas, le impidieron advertir t a m b i é n ciertas rigideces
de la cultura mohave y los rasgos más flexibles de la yurok. En
efecto, el único trabajo de Kroeber que contiene vislumbres del
aspecto más tranquilo y cálidamente humano de los yuroks lo
escribió en colaboración con un investigador personalmente quizá
menos interesado en el asunto, T. T. Waterman (1934). Parece
probable que la predilección escindida de Kroeber por estas dos
tribus tan distintas refleje una indirecta preocupación por dos
aspectos contradictorios de su propia personalidad.
[2 6 8 ]
LA PERSONALIDAD Y SU PAPEL 2 ()'J

E l i n t e r é s e n g r u p o s p o l a r m e n t e o p u e s t o s no siempre liene por


qué deberse a una doble identificación. Una tribu puede satisfacer
nuestra necesidad de identificación con —y aun de idealización
de— un grupo exterior mientras que otra tal vez satisfaga nuestras
necesidades proyectivas a expensas de un tipo de contraideal cul­
tural o b ê t e n o i r e * que solemos confrontar con nuestra tribu
favorita.
C a s o 3 3 2 : A La Barre como a mí nos fascinan —pero de modo
muy diferente— la cultura y la personalidad chinas e hindúes. A
mí me parece la estimación que hace La Barre (1946b) de los
chinos demasiado positiva; y a él le parece mi imagen de los chi­
nos demasiado negativa (c a s o 2 9 7 )- La India representa para La
Barre un contraideal tan grande que fue necesaria toda mi ca­
pacidad de persuasión para convencerle de que no publicara un
artículo que había escrito sobre la cultura y la personalidad hindú;
y él sin duda me persuadiría a mí de que no publicara algo que
pudiera escribir contra la personalidad china.
C a s o 3 3 3 : Son los mohaves un pueblo tan delicioso que al prin­
cipio no me di cuenta, como d e b i e r a , de sus rasgos menos atrac­
tivos, sino después de haber pasado un psicoanálisis didáctico. En
cambio, no necesité psicoanálisis para obtener un i n s i g h t de los
aspectos más amables de los sedang —que en muchos son desagra­
dables— simplemente porque tenía la necesidad subjetiva de hallar
algo bueno en un ser humano.
La tribu c o n t r a i d e a l es raramente el interés principal en la
labor del antropólogo de profesión, aunque a menudo lo es de
los administradores coloniales o los misioneros, que tratan de en­
tender su “cultura contraideal” sólo para minarla más eficazmente
( c a s o 1 4 5 ) . De ahí que algunos de los informes más descriptivos
ele la religión de los primitivos los escribieran los misioneros, lo
que demuestra que la hostilidad como el amor es muy penetrante
—claro que segméñtalmente. Pero tengo la impresión de que si se
e n v i a r a a un antropólogo a una tribu que no le gustara, sus reac­
ciones adversas y el hecho de —a diferencia del misionero— no
tener compromisos con ella para largo plazo podrían afectar ad­
versamente a la calidad de su trabajo, a menos que hiciera un
esfuerzo especial para descubrir algo estimable en los que tendría
la obligación de estudiar, y sentiría la situación como un reto a
su capacidad de amor y sublimación.
C a s o 3 3 4 : Habiendo pensado en hacerme especialista en mala-
yopolinesios, me sentí decepcionado cuando me enviaron con los.
* En francés en el original: pesadilla, preocupación, tema, manía [t .].
EL C IE N T ÍF IC O Y SU C IE N C IA

rnois, y lo que es más, no con los del sur sino con los del norte,
en cuya cultura no han influido los cham. Como quiera que po
día elegir la tribu, elegí la de los belicosos sedang, con la espe­
ranza de que su tipo cíe personalidad se pareciera al de los biza­
rros mohaves o los indios de las praderas, y me sentí bastante
deprimido cuando resultaron mezquinos, pleitistas y bajos. No te­
niendo otra alternativa, decidí que tendría que aprender a que-
lerlos, descubrir su lado más atractivo, que su áspera cultura ten­
día a borrar. Mientras aprendía su lengua y me acostumbraba a
sus usanzas estudié, pues, deliberadamente, sólo cuestiones afec­
tivamente neutras, como la tecnología, el parentesco y cosas seme­
jantes. Ahora comprendo que en aquel tiempo traté también de
dar con informantes con los que pudiera tener una relación hu­
mana. Siendo los sedang como son, esto significa que mis primeros
informantes fueron culturalmente atípicos —o sea amistosos y tran
quilos. Cuando empezaban a gustarme como individuos aquellas
personas atípicas se me ocurrió que ni siquiera ellos eran acultu­
rales, sino que representaban otro aspecto —igualmente auténtico
aunque menos patente y mucho más humano— de la cultura se-
dang. No tardé en descubrir que los sedang aborrecían muchas
de sus costumbres y las seguían sólo porque temían a sus malvados
dioses, que les habían impuesto aquellas insoportables e insensatas
( p l a m p l o y ) reglas tan sólo para exigirles sacrificios cuando las
violaran. Por cierto que aun los sedang caracterológicamente más
típicos y mejor adaptados me dijeron que detestaban a sus dioses;
algunos se ponían en pie y herían acá y allá con sus venablos gri­
tando: “Así daría a los dioses en el vientre si pudiera verlos’’
(Devereux, 1940c). Estos sedang típicos declaraban también que
el coito premarital era éticamente “bueno”, pero por desgracia
estaba prohibido, mientras que la masturbación y la homosexua­
lidad, desahogos sexuales permitidos a los solteros, eran “malos"
(c a s o 4 5 ) . En suma, el sentido de bueno y malo f n o p i o de los
sedang difería a tal punto de las reglas que les habían impuesto
sus dioses que más de un “pecador” era multado, a regañadientes,
no fuera a suceder que los dioses del Trueno castigaran a todos
por no disociarse de él.
Cuando capté esto, empecé a entender también la complejidad
llena de conflictos de la cultura y la personalidad sedang mejor
de lo que las hubiera podido entender si su vileza me hubiera
gustado. A su vez, esto me permitió laborar eficazmente con in
formantes que eran objetables tanto según mis normas como según
la ética p r i v a d a del sedang. Aprendí a ver incluso en un brujo
trapacero y egoísta o en un ladrón y engañador consuetudinario
I.A. PERSONALIDAD Y SU PAPEL 271

u n te to d o a la víctima de una situación cultural tremendamente


llena de s t r e s s que, debido a sus conflictos subjetivos, no podían
ni adaptarse pasivamente a ella ni rebelarse contra ella construc­
tivamente, como lograban hacer mis mejores amigos sedang. Por
consiguiente, me hice de tantos amigos en Tea Ha que cuando
me iba, la mitad del poblado lloraba. . . y yo también.
Así pues, aun cuando uno no pueda elegir la tribu que estu­
diará, su tipo de personalidad sigue operando en función de su
propia selectividad específica. Además, nuestras dificultades ini­
ciales de ajuste pueden al final rendir i n s i g h t s que nunca hubie­
ran podido obtenerse de no haberse experimentado la aversión del
principio como una incitación a tener, no sólo una actitud profe­
sional mecánicamente eficiente, sino también relaciones humanas
positivas.
El hecho de que durante el período en que andaba buscando
relaciones humanas genuinas estudiara yo casi exclusivamente
cuestiones afectivamente neutras indica que el análisis de la mo­
tivación que hace a un antropólogo especializarse en la cultura
material o en la investigación de cultura-y-personalidad es tan im­
portante como el estudio de los factores que lo llevan a elegir
para su labor una tribu determinada o incluso una determinada
zona cultural.
Por cierto que la antigua y válida distinción entre culturas “sua­
ves” y “rudas”, en algunos respectos no presenta con claridad el
problema. Según calculo, hay también culturas casi de pesadilla,
una de cuyas características es.un modo de distorsión del c u e r p o
humano muy particular en el arte representativo y de la e x p e ­
r i e n c i a humana en la mitología. Lo que importa aquí es, natu­
ralmente, no tan sólo el g r a d o de distorsión, ya que todo arte
es por definición distorsión y estilización (Devereux, 1961c); lo
que importa es el t i p o y la c u a l i d a d de la distorsión. Los maoríes
y marquesanos deforman y estilizan la figura humana tanto como
algunas tribus de Nueva Guinea, pero mientras su distorsión e s t i ­
liz a sobre todo para hacer la figura del hombre algo m á s que
humano, muchas tribus de Nueva Guinea la d i s t o r s i o n a n para
hacer de ella algo extrahumano o inhumano. . . quizá porque su
arte representativo está relacionado psicológicamente con el g é n e ­
r o de canibalismo que practican.
Parece haber cuando menos tres clases de canibalismo: aquella
en que el cuerpo humano es poco más que “carne viva”, aque­
lla en que el canibalismo es un sacramento “que eleva” y aquella
en que es un sacramento específicamente puesto al servicio de las
angustiosas “potencias del mal”.
272 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

Caso 3 3 5 : En las B a c a n t e s , de Eurípides, Agave se prepara alt


g re m e n te para el acto sacramental de comerse a su hijo Penteo,
que no “reconoce” y al que toma por un choto. Pero las ménades
asiáticas, que no tienefi razón inconsciente para no reconocer a
Penteo, reaccionan con horror a su invitación de compartir el
banquete sacrificador.
De modo semejante, un psicòtico windigo algonquiano reaccio
na, en sus momentos lúcidos, con horror a su hambre sobreña
turai (o sea casi ritual) de carne humana y llega hasta pedir que
lo maten antes de tratar de satisfacerla (Teicher, 1960).
Estas observaciones quizá arrojen luz sobre los descubrimientos
de Ackerknecht (1943) relacionados con la ignorancia anatómica
de los caníbales que —si no me equivoco— él explica de acuerdo
con la diferencia entre un interés culinario y uno científico por el
cuerpo humano. Otro factor tal vez sea el que, dada la autoper-
tinencia que toda ciencia tiene para sí (capítulo xm) y la del auto
modelo en la investigación (capítulos xiv, xv), el cuerpo humano
considerado simplemente carne para comer casi deja de tener im­
portancia como fuente de i n s i g h t ; sólo la tiene como alimento, y
eso inhibe toda curiosidad científicamente provechosa (Devereux,
1952c).
En gran parte sucede lo mismo con la distorsión de la experien
eia humana en el mito. El terrible mito griego de la casa de
Atreo —aunque también comprende un (horrible) canibalismo—1
corresponde psicológicamente (se supone) al canibalismo “que ele
va’ y por ello causa -terror pero, como ya comprendiera Aristóteles
(P o é t i c a , 6, p. 1449b, 28 s.), también permite en definitiva una
catarsis placentera. En cambio, la h o r r i b l e atmósfera de algunos
mitos neoguineanos —o también la de las novelas de Amos Tutuo
la (1953, 1954)— corresponde más a un sacramento “de pesadilla”;
nuestra reacción a eso es una revulsión aristotélica (m i a r o s ) que
linda con la náusea. Fundamentalmente, la diferencia entré estos
dos tipos de distorsión es la qqe existe entre lo “terrible” y lo
horrible (o repugnante). Lo último no puede culminar en ca
tarsis; es el movimiento inicial de una pesadilla autoperpetuanu
y autorreforzante que se desarrolla en espiral hacia abajo.
Los que están fijados como una estatua en una posición profe
sional dirán probablemente que mi reacción es “subjetiva” y poi
ende no realista. Esta acusación se desautoriza suficientemente con
mi demostración de que e s e t i p o de posición profesional es una
1 I iestes vomitó cuando le dijeron lo que había comido (Esquilo, Agatti t'
uón, 1598, íj .).
LA PERSONALIDAD Y SU PAPEL 1*7!)

defensa (s u b j e t i v a ) contra la percepción de la realidad en sus pro


pios términos (capítulo vil). Por eso sólo puedo instar a esos crí­
ticos a que aprendan a sentir —leyendo por ejemplo la P o é t i c a de
Aristóteles— para que puedan empatizar autorresonantemente ante
el material que estudian.
Es r e s i d u o o remanente la influencia subjetiva u objetiva que
ejercen nuestras esperanzas así como nuestras experiencias anterio­
res con otra tribu en nuestra actitud para con la tribu que esta­
mos estudiando.
C a s o 3 3 6 : La profesora Mead me dice que a su llegada entre
los manus, sus experiencias de Samoa le hicieron exclamar: “¡Qué
gente tan desagradable!” En cambio, las experiencias del profesor
Fortune con los dobuanos le hicieron opinar: “¡Qué gente tan
agradable!”
A veces el residuo va más a lo hondo e influye permanentemen­
te en el tipo de personalidad del antropólogo, tanto en sentido
positivo como en negativo.
C a s o 3 3 7 : Me consta que mi amistad con los mohaves afirmó en
mí de modo permanente la tendencia, determinada cultural y sub­
jetivamente, a apreciar el afecto y la proximidad humana mientras
que la vida con los sedang corroboró el disgusto que siempre me
causaron las borracheras y las bajezas.
El residuo no tiene necesariamente efectos nocivos. A veces au­
menta nuestra perceptividad y nos permite descubrir rasgos, ma­
tices o significados que sin eso podríamos haber pasado inadver­
tidos.
C a s o 3 3 8 : Un estudio de 400 tribus (Devereux, 1955a) muestra
que sólo se conocen dos tribus que creen que una mujer puede
abortar sencillamente queriendo. Los dos informes proceden de
los Beaglehole y son por lo tanto de fiar. Parece razonable suponer
que habiéndose encontrado con esta creencia entre los hopis (P.
Beaglehole, 1935), deliberadamente se pusieron a averiguar si exis­
tía o no entre los pukapuka (E. y P. Beaglehole, 1938).
Incidentalmente, esta observación plantea ciertas cuestiones rela­
tivas a la validez de los estudios de distribución en que, de uno u
otro modo, se toma en cuenta también la ausencia comunicada
de determinado rasgo. Hay indicaciones de que no se comunicó la
presencia de algún rasgo en una zona dada porque como nadie
esperaba hallarlo allí, no lo buscaron.
C a s o 3 3 9 : Poco tiempo después de haber afirmado Gayton (1935)
que el motivo de Orfeo faltaba en la mitología de las tribus yu-
mas publiqué un mito de Orfeo mohave (Devereux, 1948c), obte-
274 E l. CIENTÍFICO V SU CIENCIA

nido en 1932, y descubrí una versión de ese mito también en Ró-


heim (1931), en sus notas de campo inéditas sobre los yuntas.
C a s o 3 4 0 : Kroeber (1948b) publicó un mito rnohave que conte­
nía el motivo de la bruja de Endor, pero aseveraba que ese mo­
tivo no se encuentra en ninguna otra parte en la cultura rnohave.
Sin embargo, en 1950 uno de mis informantes mencionó espontá­
neamente la evocación de los muertos en un contexto cultural
enteramente diferente (Devereux, 1961a). Después Kroeber (1957)
publicó también una comunicación acerca de la clarividencia moha-
ve, pero concluía —creo que erróneamente— que era un rasgo to­
mado recientemente en préstamo y mal integrado a la pauta cul­
tural rnohave —quizá por no haber pensado en el motivo de la mí­
tica bruja de Endor, muy afín, del que resulta una variante la
clarividencia ritual.
Puede uno toparse con algo absolutamente inesperado en forma
del todo accidental.
C a s o 3 4 1 : Aunque ninguna etnografía de tribus yuntas mencio­
na el angosto puente por el que deben pasar los muertos antes
de llegar a la morada de los espectros, un informante rnohave
serio proporcionó voluntariamente un informe detallado de esa
creencia en el curso de una conversación en que se trataba de
temas muy diferentes. Es probable que los trabajadores de campo
—entre ellos yo también— no buscaran este motivo tan sólo porque
ninguna obra de etnografía dedicada a los yumas lo menciona.
Esto nos lleva a preguntarnos cuántas importantes creencias no es­
tarán así sin registrar sencillamente porque, no esperando h a l l a r ­
la s en una zona dada, uno no las b u s c a . . . sobre todo cuando lleva
cuestionarios ya listos para su empleo.
El residuo a veces tiene efectos secundarios al parecer perjudicia­
les, pero en realidad beneficiosos.
C a s o 3 4 2 : Los libros de Fortune sobre los dobuanos (1932a) y
los omahas (1932b) revelan un interés sistemático por el lado
triste o sombrío de la cultura.2 Pero estos libros, fueron recibidos
por los antropólogos de modo muy diferente. Siendo la cultura
dobuana áspera, incluso en el nivel manifiesto, su obra fue acep­
tada inmediatamente como etnografía clásica. En cambio, el inte­
rés de Fortune por el aspecto sombrío (latente) de la cultura
omaha causó al principio consternación, al menos en privado,
puesto que hasta entonces la cultura de los omahas se tenía por
una cultura de tipo corriente en los llanos meridionales —y lo es,
a Observa uno en especial su relato, en el prefacio de la monografía sobre
los omaha, acerca de cómo la penuria económica y social de aquella tribu
aumentó la eficacia de su labor de campo.
LA PERSONALIDAD V SL PAPEL m
naturalmente. El caso es que la obra de Fortune es meticulosamen­
te exacta; y además, es una importante aportación a nuestro co­
nocimiento de toda la pauta de los llanos meridionales, precisa­
mente porque destaca algunos de sus aspectos anteriormente des­
cuidados.
Pero la novedad e importancia del estudio que hizo Fortune de
los omahas no se debe exclusivamente a su capacidad, que todo
el mundo reconoce; parece que también había algunas causas de­
terminantes subjetivas.
Como su obra sobre los dobuanos había enfocado su atención
en la hosquedad fundamental de ciertas culturas estaba, por de­
cirlo así, precondicionado para buscar el lado sombrío de la cul­
tura ornaba, anteriormente olvidado. El elemento de contratras-
ferencia de este remanente lo revela casi exclusivamente el hecho
de que si bien Fortune tenía sin duda conciencia de haber estu­
diado ante todo la cara manifiesta de la cultura dobuana, no com­
prendía —al menos no tanto— que había descrito principalmente
la cara latente, complementaria, de la cultura omaha (c a s o 3 2 3 ) . . .
tal vez porque el clima afectivo de su pauta latente le recordaba
la cultura dobuana y, además, porque era compatible con su in­
terés por los aspectos ásperos de la cultura.
De no haber habido ningún informe del lado manifiesto de la
cultura omaha, su monografía hubiera representado, en el marco
de referencia antropológico ordinario, una “distorsión”; incluso
hubiera podido aducirse que (en cierto modo) nos decía más de
Fortune que de los omahas. Pero como había y a una monografía
clásica de estas gentes (Fletcher y La Flesche, 1905-6), la obra de
Fortune hace de “correctivo” y nos dice más del aspecto anterior­
mente descuidado de la cultura omaha que de la persona de For­
tune. Nos hace comprender que la cultura omaha tiene honduras
psicológicas y aun abismos, anteriormente insospechados. “Astig­
mática” en apariencia tomada por separado, en realidad contra­
rresta el tipo diferente de “astigmatismo” de las obras anteriores
sobre los omahas y nos permite contemplar la cultura de esa tribu
“en relieve” y sin distorsiones.
Claro está que Fortune no parece haberse puesto deliberada­
mente a corregir la impresión creada por las monografías existen­
tes sobre los omahas, aunque el resultado haya sido el mismo.
Además, uno se pregunta si, sin ese precedente corrector, se hu­
biera puesto Codere (1956) deliberadamente a revisar la brillante
pero algo “astigmática” descripción que hace Benedict (1934) del
talante de la sociedad kwakiutl. Hoy día, esas investigaciones co­
rrectoras son casi la regla. La original contribución de Fortune a
276 EL C IE N T ÍFIC O V SU CIEN CIA

la iniciación de esta nueva forma de proceder no debe empero


olvidarse, por grande o pequeño que haya sido el papel que su
inclinación personal por el lado sombrío de las culturas haya des­
empeñado en ello.
En realidad, cabe a la antropología el mérito de haber reaccio­
nado tan rápida y constructivamente a este estímulo, como nos
hará ver la comparación con lo que ocurrió con los estudios de
Grecia. A pesar de su erudición universalmente reconocida, y su
abundancia de ideas, Lobeck (1829) no consiguió verdaderamente
mellar la serena imagen de Grecia que persistía en la imaginación
de los helenistas; pasó bastante tiempo hasta que se patentizó que
la cristalina luz de Grecia no llegaba a todos los rincones oscuros
de la civilización griega. La “clásica noche de Walpurgis’’ de
Goethe (F a u s to ) es en última instancia todavía mucho más “clá­
sica” (Winckelmann) que “Walpurgis” o “noche”. La gran obra
de Rohde (1893) P s y c h e fue, según se reconoce, la que rompió el
cristal, pero todavía se mantenía unido. 1.a luz —de la ciencia, no
la proverbial del cielo griego— no penetró realmente en los rin
cones oscuros sino cuando una pequeña compañía de helenistas
ingleses —principalmente Frazer (1911-15) y Harrison (1921, 1922,
1927), seguidos por Murray (1951)—3 aplicó sistemáticamente los
in s ig h t s antropológicos a las cuestiones griegas. El primer análisis,
y único sistemático, no sólo del lado sombrío de la cultura griega
sino también de su r e l a c ió n con la serenidad griega —¡cuestión de
importancia decisiva!— se publicó exactamente 122 años después
del A g l a o p h a m u s , de Lobeck. Y fue L o s g r i e g o s y lo ir r a c io n a l,
obra de Dodds (1951) que hizo época, la que obligó casi por sí
sola a los helenistas a tomar en cuenta los descubrimientos del psi­
coanálisis.
El análisis de la r e l a c ió W entre el lado manifiesto y el latente
de la cultura es infinitamente más importante que la presenta­
ción de estos dos aspectos por separado. En efecto, la principal
causa de distorsión en los estudios de cultura y personalidad no
es tanto el desconocimiento del “reverso de la medalla” como el
no lograr definir la relación conjugada entre las dos caras. Es esta
omisión la que conduce sea a descripciones parciales y no ambi­
guas de la pauta cultural y de la personalidad étnica sea a inter­
pretaciones excesivamente bipolarizadas. Es ciertamente legítimo
5 Primeras ediciones: para Frazer, 1890; para Harrison, 1903 (Prolegómeno),
1912 (T h e m i s ), 1921 (Epilegomenay, para Murray, 1912. Como no estoy escri­
biendo aquí una historia de los estudios griegos, sólo puedo mencionar de pa
sada otros “héroes de la cultura” de este importante movimiento, como A. B.
Cook, F. M. Cornford, A. Lang, etcétera.
I.A PERSONALIDAD V SU PAPEL. 277

—pero también insuficiente—decir, como algunos psicoanalistas, que


el r a s g o básico del hombre es el conflicto. Este modo de ver olvida
la verdad aún más importante de que la v i d a del hombre no es
el conflicto sino el intento —a veces altamente exitoso— de resol­
verlo.
Esto hubiera parecido evidente por sí mismo a Freud, que se
interesaba en la vida real de la gente y sabía que las “instancias
psíquicas’’ o fantasmas eran realidades puramente p s í q u ic a s , qué
sólo existían en el cerebro de la gente. Sabía que no debía dejarse
atrapar por la falacia de la concreción fuera de lugar. Todo esto
parece mucho menos evidente a a lg u n o s de sus discípulos que
—con la sabiduría superior (?) de los epígonos— consideran la cons­
trucción de modelos abstractos más divertida que el estudio de las
personas de carne y hueso. Temo que no esté lejano el día en
que un psicoanalista sensato y prudente tenga que hacerse eco
ele lo que dijo una vez el prudente y sensato antropólogo Hallo-
well de sus colegas: “Sencillamente, no les interesa mucho la gen­
te.’’ No es probable que se invierta esta tendencia mientras no
aprendan t o d o s los psicoanalistas a distinguir entre teoría y filo­
sofía. La primera sólo nos autoriza a hablar de realidad, mientras
que la segunda nada más nos permite decidir si el lenguaje que
hablamos es gramatical: no puede decirnos si lo que hacemos o no
hacemos tiene sentido en relación con los hechos. Así como los
cachivaches y artificios empobrecen al observador aún más que al
animal experimental, la filosofía empobrece el pensamiento teórico
si la aplicamos a fines que no sean el rigor y la “gramaticalidad”
de nuestros enunciados teóricos.
Así como el empleo simultáneo de dos lentes astigmáticos de­
bidamente intercompensantes puede asegurar la no distorsión, así
precisamente puede obtenerse i n s ig h t por la rectificación recíproca
de datos obtenidos por diferentes personas, por diferentes medios
y según diferentes marcos de referencia. No es necesario que in­
sista en esto aquí porque lo veremos ampliamente en el capítulo
xx. Sólo destacaré que es pereza esperar a que lo inesperado
—como la monografía de Fortune sobre los omahas— nos obligue
literalmente a cambiar de métodos de explicación y aun de inves­
tigación.4
Una estimación adelantada del residuo probable a veces nos
permite escoger tribus convenientemente contrastantes para el es-
* Una analogía podría servirnos. Mientras funciona el conmutador, los fe­
nómenos cpie produce su manipulación requieren de explicaciones eléctricas.
Si se rompe, el fenómeno requiere una explicación mecánica.
278 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

tudio de la g a m a de variaciones de un rasgo, pauta o comporta­


miento dados.
C a s o 3 4 3 : Mead (1949b) estudió las variaciones culturales en
la concepción de “masculino” y “femenino” trabajando con tres
grupos —los arapesh, los mundugumor y los tchambuli—, cada uno
de los cuales define lo “masculino” y lo “femenino” de modo
diferente.
Hay una forma especial de residuo que entraña tanto experien­
cia anterior como espectativas —a veces injustificadas.
C a s o 3 4 4 : Habiéndome especializado, durante mi formación como
antropólogo, exclusivamente en Indonesia y Oceanía, para mí el
indio norteamericano “típico” era el cazador de búfalos, a caballo,
de las praderas. Por desgracia, mi primera experiencia de campo
fue con los hopis que, como a Lowie, me disgustaban tanto que
me costó considerarlos indios “verdaderos” (= los de los Plains).
Por eso cuando me dijeron que pasara con los mohaves —de quie­
nes sólo sabía que (como los hopis) eran cultivadores y peleaban
a pie— quedé desconcertado, puesto que suponía que serían igua­
les que los hopis. Mis negativas previsiones fueron probablemente
reforzadas también por mi pasado húngaro, donde se tiene por tan
cierto que “el caballo hace al hombre” que la palabra g y a l o g
(a pie) tiene también el sentido peyorativo de “despreciable” o
“villano”. Y me costó varios días comprender que si bien los
mohaves peleaban a pie, no tenían nada de g y a l o g en el sentido
figurado de esta palabra.
E l e f e c t o d e r e b o t e : Aunque desde la Antigüedad es sabido que
una cultura extraña puede servir de norma para juzgar o calibrar
la propia, en algunos casos también puede favorecer la tendencia
personal del científico.
C a s o 3 4 5 : A pesar de su amor por Atenas y su estima por la
democracia, Herodoto, dorio tradicionalmente simpatizante con la
monarquía, idealizó algo a Ciro y Darío y, a pesar de su entusias
mo por la libertad de la Hélade, fue incapaz de disimular su ad
miración por Artemisa, reina de su ciudad natal, Halicarnaso,
aunque como vasallo de Jerjes ella en persona —y con harta biza­
rría— hubiera mandado un importante contingente de la flota
griega que intentaba vencer a Grecia. Jenofonte, discípulo del re­
lativamente antidemócrata Sócrates y ciudadano de la vencida
Atenas, que sólo veía la salvación en colaborar con la victoriosa
Esparta, aristocrática y monárquica (c a s o 1 4 1 ) , pintó en su C i r o
p e d i a un cuadro muy idealizado de Ciro el Grande y en su A n a
b a s i s , también de Ciro el menor. Tácito evaluaba la decadencia
de sus paisanos de acuerdo con su concepción (idealizada) de la
I.A PERSONALIDAD Y SU P A l’El, 279

tribal G e m i a n í a . La idealización poi Rousseau (1755) del hombre


natural coincide históricamente con la expansión colonial francesa.
En cada uno de estos casos, se idealiza al enemigo —o en el caso
de Rousseau a la víctima— de la propia nación tan s ó l o para dar
base a la crítica de la cultura propia.
Algunas veces, diferentes efectos de rebote producen el mismo
tipo de distorsión (c a s o 1 3 3 ) .
Un efecto común de rebote se debe al deseo de agradar a los
lectores potenciales. Este efecto es notable sobre todo en el caso
tle aficionados sensacionalistas y oportunistas, aunque sus datos
sean en sí mismos buenos.
C a s o 3 4 6 : Kroeber ha mostrado (1925a, 1951b) cómo al tratar
de ser espeluznante lo que hizo Stratton (1857) fue desfigurar el
significado implícito en la cautividad de las muchachas oatman
entre los mohaves. Pero destaca con razón que si se leen con ánimo
crítico, algunas partes del libro de Stratton son muy útiles para
el especialista en cuestiones mohaves.
Por desgracia, ni siquiera los científicos son siempre inmunes al
afán de sacrificar al éxito mundano y entregarse al n e w s p e a k (neo-
lengua) de Orwell (1949).
C a s o 3 4 7 : Nunca pude determinar si un científico del comporta­
miento cuya labor seguí atentamente unos dos decenios era o no
un exponente del punto de vista psicoanalítico y sospecho que él
mismo tampoco lo sabía.
En ocasiones, un efecto p l a n e a d o de rebote puede lograrse sin
distorsionar los hechos, sencillamente por la elección de determi­
nado medio de publicación.
C a s o 3 4 8 : Contando con la notoria ausencia de humor de la
época de los nazis decidí publicar en la Alemania nazi un artículo
en que se estudiaban ampliamente las ideas de los mohaves sobre
la pureza racial, que son prácticamente una caricatura de las de
Hitler. Mi original fue aceptado a vuelta de correo; fue la acep­
tación más rápida que tuve (Devereux, 1937d).
Casi no es necesario decir que en manos de científicos de menor
cuantía y/o integridad que, por ejemplo, Mead (c a s o 2 8 3 ) , la evi­
dente importancia de ciertos datos primitivos para la estimación de
la sociedad occidental puede conducir a una distorsión del mate­
rial mismo, o a una formulación indebida de su p e r t i n e n c i a para
nuestras costumbres.
“ N o s o t r o s “ v s. “ e l l o s ” . Los antropólogos difieren considerable­
mente unos de otros en su capacidad y/o disposición a formarse,
en relación con el grupo que estudian, el sentido del “nosotros’ ,
que conviene distinguir del de “ellos”. Además, el mismo antro-
280 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

pólogo experimenta la sensación de “nosotros” respecto de una


tribu y de “ellos” respecto de otra. Ambas actitudes están deter­
minadas por la contratrasferencia y afectan a nuestros resultados,
aunque conscientemente tratemos de adoptar la posición del ob­
servador participante que —teóricamente más que en la realidad-
está a caballo entre el “nosotros” y el “ellos”.
C a s o 3 4 9 : En las deliciosas memorias del coronel John Masters
(1956) cuando estaba sirviendo en la frontera noroeste de la India
hay un curioso incidente. Después de haber obligado una columna
inglesa a un grupo de merodeadores patanos a presentar batalla,
un “agente político” inglés elogió la bizarría de “nuestros mucha­
chos”, que resultaron ser los p a t a n o s , a cuyo estudio y entendi­
miento había dedicado su vida entera. Como apunta con justeza el
coronel Masters, aquella manifestación, algo falta de tacto, del
sentido de “nosotros” del agente político en relación con “sus” pa­
tanos era la mejor prueba de su eficiencia y utilidad.
Nuestro sentido de “ellos” y la oposición al “nosotros” respec­
to de otro grupo suele poderse estimar mediante la regla práctica
de decidir si a una persona perteneciente a ese grupo la estimamos
exclusivamente como i n d i v i d u o o si su a f i l i a c i ó n t r i b a l también
desempeña un papel en nuestro modo de verla. También es bueno
preguntarse si sentimos en nuestro amigo informante a un miem­
bro típico de esa tribu o a un divergente o aberrante.
C a s o 3 5 0 : Una familia sedang de Tea Ha me adoptó formal­
mente (c a s o 4 2 0 ) ; me dijeron que bebiera agua sacada del propio
conducto del poblado (lo que significaba que yo era, d e f a d o como
d e j u r e , miembro del pueblo), se entendía que mi alma d e h o g a r
residía en una de las piedras del hogar de una cierta casa la r g a
( c a s o 2 4 ) e incluso realicé varios ritos por el grupo ( c a s o 5 9 ). En
cambio no me adoptaron en una familia mohave ni en la tribu,
aunque los mohaves me dijeron muchas veces que yo no era "en
realidad” un blanco sino un mohave. De todos modos, yo tengo
un sentido del “nosotros” en relación con los mohaves —y ellos lo
tienen para conmigo— y un sentido del “ellos” en relación con los
sedang. Además, pienso en mis mejores amigos sedang estricta­
mente como individuos y en mis mejores amigos mohaves explí­
citamente como fulano e l m o h a v e y zutano el m o h a v e , y siento
que los primeros son sedangs atípicos y los últimos mohaves t í ­
p ico s.
Otra buena regla práctica es considerar el grado en que las ha­
zañas de un grupo hacen o no “latir más aprisa” nuestro corazón.
C a s o 3 5 1 : La resistencia increíblemente brava de un puñado de
mohaves y yumas contra una hueste mucho mayor de maricopas y
LA PERSONALIDAD V Sil PAPEL 281

pimas (Kroeber, 1925b) - q la de los atenienses en Maltón— me


afecta del mismo modo que una antigua balada húngara acerca
del último combate de Vérbulcsu. En cambio aprecio la defensa
sorprendentemente ingeniosa de los sedang en Tea Ha contra los
franceses de una manera puramente intelectual, como un excelen­
te rasgo de táctica, y la defensa de los espartanos en las Termo­
pilas me provoca esta reacción: “Sólo para eso eran buenos.’’
C a s o 3 5 2 : Cuando Lowie visitó a un colega a fines de 1956, su
conversación se deslizó inevitablemente hacia la campaña del Sinal.
Inmediatamente antes de salir del despacho de su colega, Lowie
dijo: “Deberíamos ayudar a Israel, porque es la avanzadilla más
oriental de nuestra civilización. Naturalmente, también respeto la
civilización árabe (pausa). . . pero la campaña israelí me recuerda
una partida de guerra de los crows.’’
Reacción característica de “nosotros” que complementa la que
acabamos de citar es la tendencia a sentirse personalmente herido
y rebajado por el mal proceder del grupo por el que sentimos
como “nosotros”.
C a s o 3 5 3 : Aunque el ataque solapado de Pearl Harbor lo per­
petraron los japoneses, muchos norteamericanos odiaban más a los
alemanes, según parece porque éstos estaban culturalmente más
cerca de Estados Unidos, de modo que la vergüenza de los alema­
nes era en cierto modo una vergüenza para toda la civilización oc­
cidental.
C a s o 3 5 4 : Yo no me sentía avergonzado cuando los sedang se
conducían con bajeza, pero cuando oigo decir que actualmente hay
mucha delincuencia juvenil en la reservación mohave me siento
personalmente humillado —en el sentido más literal de la pala­
bra— porque algunos miembros de “mi” tribu hayan caído tan
bajo.
Otro modo de medir nuestro sentido de identificación en rela­
ción con un grupo es averiguar hasta qué punto nuestro i n c o n s ­
c i e n t e concuerda con —y nuestro informante reconoce esa concor­
dancia— el inconsciente del grupo estudiado (y en especial con
el “inconsciente étnico”).5 Al aplicar esta prueba, debemos esme­
rarnos en distinguir cuidadosamente entre las observaciones im­
pulsivas, que son verdaderamente producto de nuestro inconscien­
te, y las que tienen sus raíces en los procesos preconscientes.
C a s o 3 5 5 : Una vez que me dijo un mohave que las almas de los
muertos son objeto en el angosto puente que lleva a la tierra de
5 El inconsciente étnico contiene aquello que a todos los miembros de un
grupo dado se les enseña sistemáticamente a reprimir. No tiene relación con
el ‘'inconsciente racial” de Jung (Devereux, 1956c).
282 I I. C I E N T Í F I C O V SC C IE N C IA

los espíritus de un ataque indecente, i m p u l s i v a m e n t e solté una


observación poco delicada acerca de lo que y o haría en semejante
situación. Esta salida, que brotó de mi inconsciente, fue acogida
con fuertes risotadas y provocó esta respuesta: “¡Eso es precisamen
te lo que dicen n u e s t r o s jóvenes!" El paralelismo se debía a seme­
janzas fundamentales entre mi propio inconsciente y el de los
mohaves y era por ello una prueba de mi sentido de “nosotros" —y
el de ellos.
C a s o 3 5 6 : La p r i m e r a vez tpie presencié cierta complicada cere­
monia sedang, mi impulsiva pregunta de “por qué era fulano y
no zutano quien tocaba el tambor” interrumpió el ritual. Se había
cometido un error, y los ancianos conferenciaron al punto acerca
de los modos y medios de contrarrestarlo sin tener que empezar
otra vez toda la costosa ceremonia. Es el caso que aquí, a dife­
rencia de mi broma con los mohaves, mi pregunta por lo del tam­
bor no era material inconsciente, sino simplemente el producto de
un hecho combinatorio preconsciente que no entrañaba más
que una comprensión intuitiva de la norma básica de los ritos se­
dang y por eso no reflejaba un sentido de “nosotros".
Reflejándose a menudo el inconsciente por medio del humor
(Freud 1960b), el modo en que una intrusión o participación nues­
tra en un intercambio humorístico afecta a la conversación es una
buena medida de nuestro sentido de compenetración (nosotros).
C a s o 3 5 7 : Un día, dos de mis amigos mois se pusieron a tomarse
el pelo en forma obscena, algo parecida a los d o z e n s de los negros
norteamericanos (Dollard, 1939). Después de haberlos escuchado
un rato, hice yo también una observación humorística, y el choteo
se interrumpió de sopetón, visiblemente porque un material in­
consciente indigesto (ajeno) había sido inyectado en la interac­
ción. En cambio, yo soy capaz de meterme en cualquier conversa­
ción mohave sin interrumpirla.
Un test psicológicamente afín es el de si en una tribu dada en­
tendemos m u c h o más fácilmente los sueños de nuestros amigos
personales que los de informantes casuales.
C a s o 3 5 8 : Había literalmente un solo sedang —amigo estimado-
de cuyos sueños podía yo captar la tendencia general mientras me
los iba contando: era como si estuviera leyendo un texto sedang
con una traducción (interpretativa) entre líneas. Los sueños de
casi todos los demás sedang sctlo los podía entender después de ana­
lizar cada uno de sus elementos por separado y correlacionarlos a
continuación con la estructura general del sueño. Estoy seguro de­
que tal sería hoy el caso todavía, aunque entretanto me he hecho
psicoanalista. En cambio ya en 1932-33, o sea mucho antes de que
I A P E R S O N A L ID A D V SU PA PEL
2 8 .‘i

tuviera algún conocimiento de psicoanálisis, podía inmediatamen­


te comprender la tendencia de c u a l q u i e r sueño mohave, incluso los
sueños de las personas que yo no conocía personalmente y cuyos sue­
ños me contaban mis informantes.'1
En algunos casos, un verdadero sentido de “nosotros en rela­
ción con una tribu nos permite entender también los sueños de
miembros culturalmente afines a ella.
C a s o 3 5 9 : Poco después de mi primera época entre los mohaves
leí algunos sueños yumas registrados por Róheim (1932) y los en­
tendí tan fácilmente como entendía los sueños mohaves.
C a s o 3 6 0 : En 1935, tuve que hacer, como parte de un examen
escrito preliminar para mi doctorado en Filosofía un análisis psi-
cocultural de una serie de sueños walapais (Kroeber, 1935). Aun­
que en aquel tiempo sabía poco o nada de los walapais, nunca
había visto antes aquellos sueños y contaba con cuatro horas, en
una hora los tuve analizados. Pero el análisis de una serie compa­
rable de sueños tomados de mis propias notas de campo entre los
sedang y soñados por individuos que conocí personalmente, me
hubieran tomado, estoy seguro, medio día completo.
A veces uno se forma un sentido empático de “nosotros” incluso
respecto a grupos que no ha estudiado personalmente.
C a s o 3 6 1 : Como lo indica mi psicoterapia de un indio neurótico
de los llanos (Devereux, 1951a), entendía la tendencia general de
sus sueños desde un principio, aunque nunca había visto a un
indio “lobo” y sabía menos de cultura “lobo” que de los crows y
cheyennes. Mi capacidad de empatizar con mi paciente desde el
principio se debía en parte al hecho de que —como a muchos oc­
cidentales— me resultaba simpática la pauta básica de los indios
de las praderas (La Barre, 1946a) y en parte a la incomparable
habilidad de Lowie —a veces casi pasmosa— para hacer vivir a sus
estudiantes la esencia del modo de vida de los indios de las p r a ­
deras.
no siem­
L a c o m p r e n s i ó n i n t u i t i v a d e la e t i q u e t a d e u n g r u p o
pre se debe a las semejanzas entre nuestra cultura y la de la tribu
que estudiamos. De hecho, suele ser más difícil acomodarse e s p o n ­
t á n e a m e n t e a una cultura casi, pero no del todo, igual a la nues­
tra que a una diferente de modo fundamental, porque en el caso
primero uno da por hecho automáticamente que “agarra la onda”,
mientras que en el otro caso sabe bien que no es así.
C a s o 3 6 2 : Un psiquiatra inglés decía que se le hacía más fácil

« El psicoanalista también entiende los sueños de algunos de sus pacientes


con mucha facilidad, pero tiene que trabajar enormemente para entender los
de otros.
284 EL CIENTÍFICO V SU CIENCIA

acostumbrarse a la India que a Estados Unidos, debido a las claras


diferencias entre la cultura inglesa y la hindú y las engañosas se­
mejanzas entre la inglesa y la norteamericana.
C a s o 3 6 3 : Poco después de llegar a Estados Unidos fui invitado
a visitar a cierta familia. Según la costumbre europea, llegué des­
pués de las 5 de la tarde y esperé, en vano, que me dieran té. Fi­
nalmente, a eso de las 6 oí en la cocina ruido de platos y supuse
que lo iban a servir, pero me invitaron a cenar. Acepté la invi­
tación, pero seguí preguntándome cuándo servirían el té, puesto
que daba por descontado que la cena sería a las 8; por eso me
sorprendí cuando me anunciaron que la cena estaba servida. Unos
cuantos días después supe todo abochornado que mis huéspedes se
habían sentido o b l i g a d o s por mí a invitarme a cenar por haber lle­
gado tan tarde. Por otra parte, nunca cometí ningún error de tacto
social grave entre los mohaves y sólo uno entre los sedang (ca so
3 6 4 ) , porque nunca di por supuesto que entendía automáticamen­
te las señales convencionales de esos sistemas “exóticos” de etiqueta
y por eso me esforzaba en pedir ayuda a cada paso.
La índole de nuestras f a u x p a s * sociales en un ambiente cultu­
ral dado indica también si operamos en términos de “nosotros"
o de “ellos”.
C a s o 3 6 4 : Un día, mi padre adoptivo Mbra:o me regañó por con­
ducirme “indebidamente” con las esposas de sus hijos verdaderos.
Al protestar yo que siempre había sido respetuoso y solícito, repli­
có: “Precisamente de eso se quejan. Tus hermanas políticas son
parientes tuyas p a r a b r o m e a r . ” Habiendo descubierto la índole de
mi “delito” pedí perdón, prometí enmendarme y pedí a Mbra:o me
enseñara la m a n e r a d e b i d a de hacer bromas a mis cuñadas; pero
nunca se me hubiera ocurrido preguntar a nadie c ó m o tenía que
bromear con los mohaves: sabía por instinto desde el principio
que mi inconsciente y el de ellos hablaban la misma lengua
(caso 355).
En suma, mi f a u x p a s norteamericano ( c a s o 3 6 3 ) se debió a mi
automática pero injustificada suposición de que la etiqueta nortea­
mericana y la europea eran iguales, mientras que el f a u x p a s co­
metido con los sedang se debió a haber actuado de acuerdo con
ciertas ideas preconcebidas acerca de la “naturaleza humana”, sin
estudiar primero el m o d o que tiene la cultura sedang de p l a s m a r
ese aspecto particular de la “naturaleza humana”.
Aunque este análisis de las reacciones de “nosotros” y “ellos” no
sea exhaustivo, basta para nuestros fines actuales.
* Metedora de pata, falta de tacto (en francés en el original), [ t .]
I .A P E R S O N A L ID A D Y SU PAPEL ¡285
Fundamentalmente, el sentido de identificación con todos los
hombres presupone:
1. El sentido de la participación cabal, sin privilegios ni limi­
taciones, en el patrimonio humano. En los capítulos xiv y xv exa­
minamos varias importantes actitudes de “nosotros” y “ellos” en
relación con la raza y el sexo.
2. El sentido de la uniformidad psicológica fundamental de to­
dos los hombres. El único sistema psicológico que parte de ahí es
el psicoanálisis. Ejemplos de este tipo de identificación se halla­
rán en toda esta obra y en especial en el capítulo siguiente.
3. La capacidad de ver en cualquier sistema cultural simplemen­
te un espécimen de un fenómeno genérico y característicamente
humano: la cultura p e r s e ,7
C a s o 3 6 5 : La filología clásica es una de las pocas ciencias de la
conducta que, con raras excepciones (Dodds, 1951, 1965), han re­
sistido en general a las intrusiones de la psicología científica —y
en especial del psicoanálisis— y después de un breve coqueteo con
Frazer, a las de la antropología también, fundándose (Wilamowitz-
Moellendorff, 1955, 1959) en que los griegos deben ser entendidos
e x c l u s i v a m e n t e en términos griegos. Tomada en su valor nominal,
esta opinión de Wilamowitz es semejante a la de la antropología
contemporánea. Por desgracia, en un nivel más profundo, olvida
el hecho básico —olvidado también por algunos antropólogos a la
antigua— de que Eurípides sólo pudo ser ateniense primeramente
porque era hombre y después porque la civilización de Atenas era
necesariamente un espécimen —muy bien logrado—de la cultura en
general. I^as ovejas no pueden ser atenienses; ni los hormigueros,
las computadoras o las ideas platónicas pueden crear una civili­
zación.
El sentido de “nosotros”, tan raro en la práctica, puede perfec­
cionarse ulteriormente por medio de un sentimiento bien atempe­
rado de “ellos”, que permite al investigador descubrir diferencias
entre diversos grupos, individuos, culturas y personalidades étni­
cas. Aquí es donde encaja el verdadero fin de la investigación del
comportamiento resumido perfectamente por la definición ele Poin-
caré (1913) de que la ciencia es la búsqueda de semejanzas en las
diferencias y de diferencias en las semejanzas.
El sentido de “nosotros” y el de “ellos” representan reacciones
contratrasferenciales cuyos efectos nocivos y deformantes a veces
7 Es ésta una prueba más de mi tesis de que el estudioso de cultura-y-per-
sonalidad y de etnopsiquiatría es un antropólogo en el sentido más estricto
(kroeberiano) de la palabra. Su interés principal es la cultura per se; sin este
concepto no puede operar de ninguna m anera (Devereux, 1956c).
pueden reducirse al mínimo estudiando cuidadosamente nuestras
reacciones de “ellos” y “nosotros" en relación con un grupo y mez­
clando con mano experta —no meramente balanceándose entre
ellas— estas dos reacciones con el fin de hacer resaltar tanto las
diferencias como las semejanzas entre el grupo y el investigador
del comportamiento que lo estudia.
C A P IT U L O X IX

LA CONTRA'TRANSFERENCIA DESENCADENADA:
EL PAPEL COMPLEMENTARIO

Aún más importantes que las determinantes contratrasferenciales


que el científico de la conducta lleva a la situación observacional
son las reacciones que sus sujetos le desencadenan insidiosamente
y que a continuación él pone por obra de acuerdo con su tipo de
personalidad. Precisamente porque profesa tener una mente que
se gobierna sola, aun cuando él haga de observador participante,
es posible que no comprenda cómo sus sujetos lo introducen en
el lecho de Procusto de un estatus adscrito, escogido de acuerdo con
las necesidades de ellos. Si el observador participante piensa en­
tonces que debe aceptar ese estatus, tiene una excusa de realidad
plausible para no escudriñar las satisfacciones inconscientes que
con ello pueda tener y por lo tanto desempeñará lo que llama H.
Deutsch (1926) un “papel complementario”.
La excelente formulación de Deutsch abarca sólo el papel com­
plementario n e u r ó t i c o , en que entra la reacción neurótica del res­
pondiente a una solicitación verdadera, pero neurótica, del desen-
cadenador. Pero puede ampliarse para que se comprenda también
el papel complementario autistico y aun p s i c ò t i c o , en que el res­
pondiente o bien evalúa mal las mismas señales de solicitación
de modo completamente dereísta o bien niega que se haya hecho
—ni pueda hacerse— una solicitación v á l i d a ; en el último caso des­
empeña un papel complementario respecto de una “no solicitación”
ficticia, que puede desencadenar un comportamiento (dereísta)
igual que una solicitación mal interpretada.1
El papel complementario no tiene por qué ser siempre destruc­
tor, ni siquiera fundamentalmente neurótico. Es posible que pro­
cure simplemente satisfacciones inconscientes de que no alcanza
a tener i n s i g h t . Esto —y el modo desviante en que puede manifes­
tarse el comportamiento complementario— puede ilustrarse mejor
1 En muchos respectos, esto corresponde a hablar incoherentemente “cada
<|uien de una cosa”, que —como ha demostrado O’Brien Moore (1924)— es el
modo acostumbrado en la llamada comedia nueva de los griegos para indicar
que uno de los dos interlocutores estaba loco. Muchas bromas primitivas se
basan también en este entender cada quién una cosa.
f287]
288 El. CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

demostrando que incluso los animales experimentales pueden ha


cer desempeñar al observador un papel complementario.
C a s o 3 6 6 : Un estudiante graduado que durante la depresión tra
bajaba de ayudante en un laboratorio de biología ponía tanto em
peño en proteger del dolor a las ratas que debía operar que mató
a varias de ellas administrándoles una dosis excesiva de cloro­
formo.
C a s o 3 6 7 : Varios médicos humanitarios me dijeron que cuando
tenían que aprender técnicas quirúrgicas operando perros sanos *
les resultaba particularmente penoso operar a perritos domésticos
perdidos, que hacían patéticos esfuerzos por caer bien a todo el
mundo. Un médico bondadoso se sentía tan acongojado por ha
berle quitado parte de los intestinos a uno de esos perritos que
acabó por llevarlo a su casa y hacerlo el favorito de la familia.
Yo creo que muchos de estos penosos problemas —y quizá to­
dos— podrían evitarse si el experimentalista empleara la cabeza
primero y el escalpelo después. Como indica el c a s o 3 7 2 , un psicó­
logo inteligente —por humano— logró repetir un experimento ex
cepcionalmente brutal sin infligir ningún daño y por eso obtuvo
resultados más convincentes —por más naturales—que los que pudo
dar el primer experimento, con las ratas horriblemente dañadas.
En realidad, como mostrará el caso 3 7 0 , la brutalidad de los expe
rimemos suele deberse al sadismo latente del que los practica.
Estas apreciaciones nos obligan a analizar las causas ele la insen
sibilidad en la experimentación con animales —o con humanos en
los campos de concentración nazis— algo más detenidamente.
La insensibilidad de muchos experimentadores —justamente fus
ligada por Menninger (1951)— suele ser un despliegue histriónieo
de “objetividad” ante una galería interiorizada de colegas críticos,
que opera como una suerte de Superyó. Esta analogía es tanto más
válida por cuanto el Superyó, por definición, es una instancia psí
quica arcaica, cruel y obtusa (Devereux, 1956a), causante de más
brutalidades que podría jamás efectuar el Ello más desinhibido.
Ahora bien, como la insensibilidad y la brutalidad producen
sentimientos de culpa incluso en el experimentador más endure
cido,23 se hacen inevitables las maniobras defensivas.
Una reacción peculiar es la tendencia a responder a la total

2 Algunos profesores de cirugía ponen ahora en duda la utilidad de este


procedimiento docente.
3 Quiero destacar que no me opongo en lo absoluto a toda experimentación
con animales y yo mismo he realizado algunos experimentos de este tipo. Sen­
cillamente insisto en que en muchos casos se pueden realizar experimenlos
sin infligir daños ni lesiones, empleando la cabeza en lugar del escalpelo.
LA CONTRATRASFERENCIA DESENCADENADA 289

impotencia del animal experimental como si fuera una “señal de


solicitación” de brutalidad. No es esto muy diferente de la actitud
agresiva de la hiena con las hienas heridas e inermes, o del hecho
de que los tiburones se vuelven locos cuando hay sangre en el
agua. . . aunque sea la de otro tiburón. Demuestra que los hom­
bres no son mucho mejores, la insensata brutalidad que provoca
la impotencia del vencido incluso en un vencedor que no tiene
“injurias” que vengar.4 Siendo la impotencia del animal experi­
mental la que p r o v o c a esa brutalidad, es un comportamiento com­
plementario en el sentido más estricto de la palabra.
Algunas veces se priva al animal de sus medios de inspirar com­
pasión, pero en otros casos es un subterfugio lingüístico el que le
niega el derecho a la compasión.
C a s o 3 6 8 : Los lastimeros aullidos de los perros desagradan tan­
to a muchos experimentadores que en algunos laboratorios prac­
tican rutinariamente la ablación de las cuerdas vocales del perro.
Esto nos recuerda el cuento amargamente irónico de Heine, del
millonario que hizo expulsar a un mendigo porque el relato de sus
males le partía el corazón.
C a s o 3 6 9 : Un subterfugio físico y lingüístico combinado paraliza
primero al animal experimental hasta tal punto que apenas está
vivo y después califica este pobre ser de “preparación”. . . lo que
da a entender que de ser pasó a “cosa”, que ya no merece compa­
sión. En este caso, la reacción complementaria es de frialdad, por
considerarse absurdo el que una mera “preparación” tenga dere­
cho a que se la compadezca. Refleja esto, sin necesidad de insistir,
una total divergencia entre el “científico” y la realidad.
Dado el hecho de que la idea eje poder absoluto se instrumenta
de forma sumamente impresionante por el trato que da el hom­
bre a los animales (Russell, 1938b), determinado en grado sumo
por factores inconscientes (Menninger, 1951) es difícil sostener
—sobre todo en una época que vio realizar experimentos innece­
saria e i n t e n c i o n a l m e n t e brutales a médicos en seres humanos en
los campos de concentración nazis (Mitscherlich y Mielke, 1949)—
que no se realizan en animales experimentos innecesaria y/o inten­
cionalmente brutales.
El caso es que muchos experimentos innecesarios (Menninger,
1951) se ejecutan ante todo para satisfacer un sadismo inconscien­
te “del científico” y que por eso revelan más acerca del experi­
mentador que de las cuestiones que investiga.
' Derrotado Creso, logró persuadir al victorioso Ciro de que detuviera los
desmanes de sus soldados señalándole que los bienes que estaban destruyendo
eran ahora propiedad del mismo Ciro (Jenofonte, Ciropedia, 7.2.1J ss.).
290 LL CIENTÍFICO V SU CIENCIA

C a s o 3 7 0 : Durante la ausencia del profesor, un estudiante de b¡o


logia hizo preparativos para estudiar la química del cerebro cu
los monos muertos de determinado modo. A su vuelta, el compa
sivo profesor canceló aquellas disposiciones, recordó a su ayudante
cómo le había dicho que ese problema había sido ya estudiado
exhaustivamente en laboratorios mejor equipados para aquel tipo
de investigaciones y le aconsejó que aprendiera a dominar la irra­
cional —y visible— antipatía que le inspiraban los monos.
Incluso experimentos en sí meritorios se realizan a veces de un
modo innecesariamente duro, que satisface el sadismo latente.
C a s o 3 7 1 : Aunque puede estudiarse la habilidad de las ratas
para aprender a salir de un laberinto sin indicios visuales constru­
yendo un laberinto oscuro en que se graba el paso de la rata poi
diversos medios mecánicos y electrónicos, un experimentador sim
plemente sacaba de golpe los ojos a la rata, sin tomarse siquiera
la molestia de anestesiarla primero.
El culto neurótico por la pose científica impide a veces al cien
tífico servirse de su imaginación y le hace realizar un experimento
in n e c e s a r i a m e n t e brutal, aunque un momento de reflexión le hu
biera permitido obtener resultados más convincentes con uno in­
doloro.
C a s o 3 7 2 : La teoría de que el aprendizaje entraña la formación
de una serie fija de unidades mínimas de comportamiento motoi
se puso a prueba sometiendo ratas, que habían aprendido a c o ­
r r e r por un laberinto, a una operación del cerebro, la cual me­
noscabó tanto su motilidad que después sólo podían salir del
laberinto r o d a n d o . Un experimentador más humano y por lo tanto
más imaginativo probó la misma teoría haciendo que las ratas
—excelentes nadadoras— salieran n a d a n d o del laberinto por el que
primero habían aprendido a correr. El caso habla por sí solo.
Una formación reactiva —sin i n s i g h t — contra nuestros impulsos
sádicos puede manifestarse en forma de la práctica de llevar al
extremo una situación peligrosa para allí detenerse —o sea de an­
siedad erótica y de masoquismo— en su labor con animales intrín
secamente peligrosos.
C a s o 3 7 3 : No sólo las personas que tienen en su casa animales
peligrosos, como las serpientes (Menninger, 1951), sino también al
gunos zoólogos y directores de zoológicos minimizan c o m p u l s i v a ­
m e n t e la peligrosidad de las fieras y por ello a veces padecen le­
siones fatales. La motivación de su conducta es probablemente
semejante a la que induce a algunas personas a hacerse domadores
de circo y se entiende mejor de acuerdo con la psicología del juego
(Bergler, 1943, Devereux, 1950b).
A CONTRATRASFERENCIA DESENCADENADA 291

El hecho de que sea posible manejar incluso animales peligro­


sos de un modo no neurótico y no amante del peligro se ve tanto
en la historia, consagrada por el tiempo, de cómo domó Alejandro
Magno a Bucéfalo (Plutarco, V id a y h a z a ñ a s d e A l e j a n d r o , 6)
como en el relato que hace Ferenczi (1955) de las proezas de do­
mador de un herrero húngaro.
La dureza innecesaria en la experimentación con animales es
poco más que una negación neurótica y una formación reactiva
contra nuestro sentimiento de culpa por haber infligido dolor, y
es probable que ésta y algunas otras defensas hayan influido hon­
damente en la teoría conductista del aprendizaje.
Ciertamente, el m o d e l o c o n c e p t u a l de la rata blanca que sub­
yace en muchos experimentos sobre comportamiento y halla su ex­
presión final en la ficción del “stat. rat”, no sólo no es psicoló­
gico y a veces ni siquiera biológico sino que —a diferencia de la
labor experimental realizada por los etólogos— no arroja ninguna
luz sobre la psicología s u i g e n e r i s de la rata (c a s o 3 9 7 ). Este in s ig h t
hizo que algunos experimentadores sesudos llamen a los experi­
mentos de aprendizaje una suerte de juego de ajedrez.
En suma, tanto la índole de la especie animal estudiada como
el comportamiento idiosincrásico del animal individual pueden,
en algunos respectos, considerarse “solicitaciones” capaces de pro­
vocar en el experimentador formas muy extremas de comporta­
miento complementario (positivo o negativo). Por eso es razona­
ble el que la tentación de entregarse a un comportamiento com­
plementario sea aún mayor en el estudio del hombre y es este pro­
blema el que ahora nos proponemos examinar.
Todos los tipos habituales de interacción social los configura la
definición por la sociedad del tipo “apropiado” de reciprocidad
que es menester lograr entre las personas interactuantes. Muchos
tipos de comportamiento recíproco se inculcan sistemáticamente,
para preparar al individuo a formas estandarizadas de interacción.
Y así, en muchas colectividades se enseña a hombres y mujeres no
sólo el comportamiento complementario intersexual sino también,
por lo general, procedimientos de copulación tradicionales, que
se entiende complementan el comportamiento previsible de c u a l­
q u i e r miembro del otro sexo. Estas normas complementarias se
inculcan de un modo tan eficaz que incluso los homosexuales tien­
den a imitar el comportamiento normal entre los dos sexos en sus
relaciones con su pareja (Devereux, 1937a).
Esta regla es bastante general. Aunque a la muchacha victoria-
na se le enseñara a ser virginal, frígida, sexualmente torpe y mo­
nógama mientras que a la polinesia se le enseñaba a ser sensual,
292 I I . CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

sexualmente experta y promiscua y a la o u l e d n a i l a ser una pros­


tituta profesional, en definitiva la norma de comportamiento que
se enseñaba a cada una de estas muchachas era la que se suponía
que satisfacía las esperanzas y necesidades de c u a l q u i e r hombre co­
rriente con quien fuera probable que viviera. Sólo en casos excep­
cionales se enseña a una muchacha desde el principio a satisfacer
las necesidades concretas de un hombre en particular.
C a s o 3 7 4 : En algunas pequeñas tribus australianas que tienen
en vigor estrictamente reglas de matrimonio preferencia!, desde el
nacimiento se destina a una muchacha para un hombre en par­
ticular, y es probable que la eduquen en consonancia.
C a s o 3 7 5 : En la Europa feudal se prometía a una princesa, prác­
ticamente desde el nacimiento, a un príncipe joven y se la pre­
paraba sistemáticamente para su matrimonio con ese hombre, por
ejemplo confiando su educación a su futura suegra. Estos manejos
no siempre daban buenos resultados: la infame Isabel Ráthory, que
después se bañaba en la sangre de muchachas campesinas, fue
educada en su adolescencia por su amable y humana futura suegra,
la condesa viuda Úrsula Nádasdy.
C a s o 3 7 6 : Si un novio somalí teme cortar los genitales infibu-
lados de su novia para abrirlos, contrata a una anciana que, des­
pués de m e d i r su pene, corta a la novia exactamente lo suficiente
para que deje entrar un órgano de ese mismo tamaño (Róheim,
sin fecha).
Todos los miembros de diadas, tríadas, etc. humanas tradicio­
nales desempeñan papeles recíprocos que se complementan mutua­
mente y forman una pauta, ya que de otro modo la vida social
sería un caos insondable.
No sólo se enseña al individuo a d e s e m p e ñ a r el papel que tiene
asignado sino también a esperar y provocar que otro individuo
le dé ciertas muestras de consentimiento y el tipo de comporta­
miento complementario que tiene el derecho de esperar.
La señal de solicitación de la mano extendida hace que el com­
pañero potencial extienda la suya, si consiente, para hacer posible
el apretón de manos. El lobo se reconoce derrotado descubriendo
su vulnerable garganta, así como el perro manifiesta su sumisión
echándose panza arriba; estas señales de solicitación mueven en­
tonces al vencedor a perdonar la vida al vencido (Lorenz, 1955).
Hubo incluso en la antigua Esparta lo que sólo puede calificarse
de ritual de opresión, conforme en todo con las pautas de interac­
ción estilizadas y cargadas afectivamente que hemos esbozado (De
vereux, 1965a).
La enculturación enseña al individuo a sentir satisfacción por
LA CONTRATRASFERENC1A DESENCADENADA 293

los actos recíprocos tradicionales y a conducirse “debidamente”


aun en situaciones imprevistas, a veces asimilando una situación
nueva a una tradicional ( c a s o 3 1 ) . Una situación sin precedentes,
tpie el grupo debe regularizar y hacer entrar en el molde de las
reciprocidades de interacción tradicionales, es la entrada en escena
de un antropólogo. Al asignarle un estatus tradicional, la tribu
puede tener para con él formas de conducta tradicionales mientras
que él, a su vez, deberá tener una conducta complementaria apro­
piada.
Cuando no llega la respuesta esperada a una señal de solicita­
ción —tal vez por no haber sido entendida— puede producirse una
confusión muy grande y aun verdaderas reacciones de pánico.
C a s o 3 7 7 : El oficial y antropólogo francés Odend'hal fue muer­
to por negarse a aceptar la comida que le ofrecían ciertos aldeanos
mois, que consideraban ese gesto un acto amistoso (ritual) com­
plementario de aceptación. Por eso, al no conducirse Odand’hal
con el comportamiento complementario esperado, lo interpretaron
como indicación de hostilidad y reaccionaron a la contraseñal “ame­
nazadora” matándolo. (Información personal; Guerlach, 1906, sin
detalles.)
La sociedad enseña al individuo tanto las señales de solicitación
debidas como el modo debido de responder a ellas, aunque en
algunos casos solicitaciones y respuestas se van apartando gradual­
mente de su norma inicial y adquieren un género nuevo y más
idiosincrásico de aplicabilidad y propiedad. En las fases iniciales
de una relación, todas las solicitaciones y respuestas deben adap­
tarse a lo que espera la sociedad, para posibilitar el ulterior des­
arrollo de la relación. Después, cuando la relación empieza a pro­
fundizar, las solicitudes se van haciendo y satisfaciendo cada vez
más en función del tipo de personalidad c o n o c i d o de nuestra pa­
reja. Esta progresión es especialmente patente en los regalos. Uno
da a una persona de condición conocida pero de tipo de persona­
lidad desconocido un regalo que se piensa ha de gustar a quien­
quiera tenga esa posición. Vienen después los regalos seudoperso-
nalizados, como certificados de regalo, que parecen decir: “Deseo
hacerte un regalo de acuerdo con tus gustos, que todavía no co­
nozco, pero espero llegar a conocer bien.” Finalmente, cuando uno
llega a conocer los gustos del otro, le hace regalos que satisfagan
las necesidades del que los recibe tanto como las de quien los da
(Devereux, 1952b).
C a s o 3 7 8 : Un analizando pequeño y delicado, muy poco seguro
de su masculinidad, decidió regalarme un par de calcetines para
Navidad, lo que “por desgracia” —o sea con toda intención— hacía
294 EL CIENTÍFICO Y SU CIENCIA

necesario que averiguara qué número calzaba yo. Por eso telele
neó en secreto a mi e s p o s a , quien, muy sensata, se negó a darle la
información deseada. Su deseo de hacerme un regalo despersona
lizado impropio representaba una solicitación de que yo me dejara
llevar a una posición fálico-exhibicionista (pie — pene), que hu
biera complementado sus necesidades voyeuristas y su compulsión
de ordenar jerárquicamente a hombres y mujeres según sus “falos”
( = deposiciones) reales y/o anales.5
C a s o 3 7 9 : Más o menos por entonces una analizanda, en un es­
tado de fuerte trasferencia positiva, fantaseó hacerme calcetines de
punto bien ajustados a mí y no a su esposo, para ella sexualmente
imperfecto (calcetín = vagina).
La sincronicidad de estas dos reacciones de trasferencia se debió
probablemente al hecho de que —a consecuencia de una caída gra­
ve— yo cojeaba por aquel entonces.6
Ciertos neuróticos se dan una maña casi sobrenatural para pro­
vocar reacciones egodistónicas incluso en las personas normales.
Una persona ordinariamente sana y decente siente así mucha an­
siedad cuando una “víctima crónica de las circunstancias” —que
en realidad es un “coleccionista de injusticias”— consigue hacer
de ella, sin que sepa bien cómo, un ser áspero e injusto. Como le
falta i n s i g h t , su respuesta a estas maniobras le parecerá a él sobre­
natural precisamente porque el coleccionista de injusticias no ope­
ra en un vacío psíquico. Y logra su objetivo (inconsciente) —que
es demostrar que el mundo está contra él— mediante una moviliza­
ción increíblemente eficaz y tortuosa de la agresividad neurótica
inconsciente que pueda hallar incluso en sus más generosos ami­
gos. De modo semejante, algunos parásitos encantadores pueden
suscitar complejas reacciones maternales-y-eróticas incluso —y a
menudo sobre todo— en las solteronas dominantes. La involunta­
5 En un picnic vio que una muchacha llevaba unos banquillos muy gran
des y sintió la apremiante necesidad de "estrecharle la mano y reconocer que
ella era el mejor”.
6 La cojera, que implica un “sugestivo” meneo hacia arriba y hacia abajo
tiene un fuerte valor de estímulo sexual para muchas mujeres. En la mitolo
gía griega, el esposo de Afrodita es el cojo Hefesto, que —salvo el gigante
Pallas— fue el único dios suficientemente sensual para tratar de violar a la
virgen Atena (Powell, 1906). Un proverbio erótico de las mujeres rumanas
dice que "Dios nos libre de que nos pegue un ciego (que no ve dónde caen
sus golpes) y de que nos tome un cojo (que cae pesadamente sobre una) '.
(Habría que recordar que para muchas campesinas, la paliza es prenda del
amor de su esposo.) Un cirujano de guerra me dijo que los amputados de una
pierna eran especialmente atractivos para las mujeres. (Cf. Mimnermus [?],
fragmento 23, Edmunds.)
I.A CONTRATRASFF.RENCIA DESENCADENADA 295

ria hostilidad de que dan muestras en definitiva los amigos de los


coleccionistas de injusticias y las reacciones maternales-eróticas de
las amigas, ordinariamente narcisistas y frígidas, de los parásitos
varones representan un comportamiento complementario neuróti­
co, consecuencia de la movilización de impulsos egodistónicos in­
hibidos por las maniobras pavorosamente eficaces de sus neuróticos
protegidos.
La tendencia del analizando a identificar a su analista en la
trasferencia con una imagen parental temprana representa también
un intento de hacer que el analista desempeñe un papel comple­
mentario. Si esta solicitación acierta a satisfacer las necesidades
neuróticas no resueltas del analista, es posible que acepte impulsi­
vamente esta identidad imputada y en la contratrasferencia mani­
fieste el comportamiento complementario deseado. Sólo el análisis
de la solicitación del paciente y, por encima de todo, de su pro­
pio deseo inconsciente de darle gusto con el comportamiento com­
plementario, permite al analista seguir siendo objetivo.
Las personas poderosas implacablemente narcisistas pueden a
veces modificar —por la fuerza o por fraude— la definición normal
de la situación haciendo solicitaciones ilegítimas cuya extremada
impropiedad impide que la desorientada víctima las rechace con
sus defensas usuales o que les dé satisfacción por medio de res­
puestas estandarizadas culturalmente. Tales solicitaciones tienden
a movilizar defensivamente aquel segmento neurótico de la per­
sonalidad de la víctima que la aquiescencia a tan fantásticas soli­
citaciones probablemente halagaría. Esto explica por qué los escla­
vos, así como las víctimas de un lavado de cerebro, acaban por
amar a sus amos (Hinkle y Wolf, 1956, Devereux, 1965a).
El alejamiento físico del endogrupo, que inhibe con suma efi­
cacia las reacciones desviantes y sustenta al Yo racional (Devereux,
1942a) tiende a desinhibir las tendencias neuróticas y a favorecer
el a c t i n g o u t . El antropólogo sobre el terreno está en esa situación
y por eso debe movilizar los recursos de su Yo (e Ideal del Yo)
para resistir a la tentación de “pasar al acto” (a c t o u t) .
C a s o 3 8 0 : Un antropólogo ebrio se condujo en una forma de
a c t i n g o u t bastante exagerada sobre el terreno y tuvo la sorpresa
de descubrir que —al contrario de lo que ocurre en su propia cul­
tura— la tribu que estaba estudiando se negara a considerar su
embriaguez una excusa legítima.
A veces el a c t i n g o u t se “justifica” pretendiendo representar una
observación participante correcta y/o un comportamiento comple­
mentario esperado. En algunos de esos casos, la cultura de la tribu
c