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La deslocalización

La deslocalización se refiere al traslado de una actividad industrial de un país o de una


región a otro sitio con el objetivo de abaratar los costos de producción.

La deslocalización, por lo tanto, implica la transferencia de empleos, capital y procesos


productivos de un lugar a otro para obtener una ventaja competitiva. Más allá de que este
tipo de decisiones suele vincularse a una reducción de los costos, también puede asociarse
a la búsqueda de una mejor infraestructura o de personal más cualificado.

Supongamos que una empresa produce calzado deportivo en Estados Unidos. Debido a
un incremento de los costos, los dueños deciden la deslocalización de su planta
productiva, y por ello la trasladan a China. En este país asiático pueden pagar salarios
más bajos a los trabajadores y tienen una menor carga impositiva. De este modo, mientras
que la producción de un par de zapatillas en Estados Unidos le costaba a la compañía 50
dólares, en China el monto desciende a 30 dólares. Esto le permite aumentar su margen
de ganancia.

Para la región que pierde la actividad productiva, la deslocalización suele ser un problema
social. Cuando una fábrica se marcha de un territorio, mucha gente se queda sin empleo.
Además se produce la pérdida de puestos de trabajo indirectos (aquellos destinados a
atender las necesidades de los empleados de la fábrica).

Las zonas que se benefician con la deslocalización, por su parte, consiguen crear empleos,
aunque por lo general mal remunerados. Esto nos lleva a reflexionar acerca del equilibrio
de esta táctica empresarial, tan común en la actualidad; es imposible encontrar un
equilibrio en el cual ambas regiones se vean beneficiadas por igual, ya que la propia
mudanza de las oficinas se lleva a cabo con un interés bien definido, que poco tiene que
ver con la generosidad o la compasión por los trabajadores involucrados.

Cuando una empresa toma le decisión de apelar a la deslocalización para abaratar


sus costos de producción, sabe perfectamente que esta práctica puede ofrecerle beneficios
solamente porque el mundo no está bien organizado: gracias a que la riqueza y los
recursos naturales no han sido repartidos de manera equitativa a todos los países, siempre
habrá puntos fáciles de explotar.

En las ciudades que se convierten en los objetivos de la deslocalización, por lo general


no existen grandes empresas nacionales, sino que las actividades suelen girar en torno a
la producción para importantes multinacionales con raíces extranjeras. En un mundo
ideal, ninguna compañía debería explotar a sus trabajadores para conseguir un margen
favorable en sus ingresos, porque tampoco tendría la presión de crear nuevos productos
todos los años ni de ofrecerlos a un precio extremadamente competitivo.

Dejando a un lado las cuestiones morales que esconde la deslocalización, no podemos


negar que miles de personas se ven beneficiadas con esta medida, ya que los puestos de
trabajo en estas instalaciones suelen exigir un menor grado de conocimientos previos y
títulos oficiales. Además, es común que la cantidad de plazas sea mucho mayor que en
las oficinas principales: por ejemplo, mientras que en un estudio de una compañía
desarrolladora de software francesa puede haber espacio para cuarenta trabajadores, es
probable que en el extranjero reúnan grupos de más de doscientos.

Otro beneficio de la deslocalización para quienes reciben la oportunidad de trabajar en


una empresa extranjera es la posibilidad de una futura transferencia a las oficinas
centrales: muchas personas dan sus primeros pasos haciendo trabajos monótonos y
relativamente mal remunerados pero con el tiempo consiguen llamar la atención de sus
empleadores positivamente y entonces acceden a puestos más altos, fuera del sistema de
la deslocalización.