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La Asociación La Compañía del Libro-Aletheia nace de la vocación de dar testimonio, en la

medida de nuestras posibilidades, de aquellos valores que, a nuestro entender, constituyen


referencias necesarias para poder reconocernos como seres humanos, pues sin ellos, como un barco
sin timón, estaríamos a merced de fuerzas que inexorablemente nos arrastrarían a las profundidades
abisales de la nada. Se desprende, por tanto, de lo anterior, que lo que buscamos es contribuir a la
realización del proyecto que da sentido a todos los demás proyectos, por legítimos que nos
parezcan, y que no es otro que el Proyecto Humano; porque el hombre es el ser que se autoproyecta,
y justo por eso es libre. Sin embargo, este proyecto, a la vez magnífico y terrible, como la Historia
nos demuestra, es también el más paradójico de todos, puesto que por él lo que realmente buscamos
es encontrarnos con nosotros mismos. Desarraigados de nuestro auténtico origen, sentimos
continuamente su nostalgia y el deseo de poder reconocernos en él. Luchamos contra nosotros
mismos y contra los otros aparentemente por multitud de cuestiones de la más diversa índole, pero
lo que en el fondo subyace es siempre lo mismo: no nos podemos presenciar tal y como realmente
somos; y no nos gustan las imágenes que de nosotros reflejan los diferentes espejos (ideologías) que
hemos construido para contemplarnos, con lo que hemos llegado a la conclusión de que es mejor no
tener imagen -o sea, identidad-, pretendiendo con ello haber destruido el último ídolo al cual
adorábamos para conjurar el terror a la «nada». Pero el resultado de todo esto ha sido que de la
nada también se ha hecho otro ídolo, y sin haber desterrado en absoluto el terror a la misma, pues
se le ha hecho aún más “presente”, se ha caído en una especie de resentimiento dirigido al ser,
que en vez de contribuir a su destierro lo ha retenido como se acaba reteniendo todo aquello que es
objeto de nuestro odio.
Desde el afirmacionismo, como filosofía en la que la negación es concebida como
relativa a la afirmación, hacemos una llamada en la que alertamos de la urgencia para
retornar al ser, que, en tanto que Uno, es la Transparencia que nos permite presenciarnos como
realidades esenciales de una Presencia cuya ley es presenciarse como Diferencia. La Identidad,
pues, ama el cambio al amar la Diferencia; y la diferencia ama a la Identidad, pues sin ella
deja de ser singular en su diferencia. Todo lo contrario sucede con la nada, que, como ídolo,
desrealiza con su sombra -y sólo es una sombra- todo aquello en lo que se proyecta, aunque sólo
seamos nosotros la que la proyectamos.
Consideramos, asimismo, que el capitalismo, como sistema económico-social en el que el
medio es lo absoluto, es aquel en el que la nada se ha “encarnado” plenamente, puesto que el
medio nada es en sí mismo, ya que es lo que sólo ha sido concebido en relación a lo que él no es.
Esto supone una amenaza global para la vida, tanto natural como humana. Por lo tanto, y en
relación con lo anterior, el retorno al ser, depurado de sus excrecencias pasadas, implica la
subversión más radical de los antivalores de este sistema social en el que la sedicente tolerancia
-que sus defensores dicen que es inherente al mismo-, no es sino un apartheid, con sus respectivos
homelands, en los que se recluyen todas las visiones en los que la trascendencia juega algún papel.
Y esto también es válido para concepciones materialistas con fuerte contenido utópico, pues
una utopía no es tal si no tiene como fin en última instancia la justa afirmación de nuestra
humanidad, o lo que es lo mismo: llegar a ser plenamente lo que somos. No se trata, por tanto, de
ser “tolerados”, y a cambio ofrecerle nuestra pasividad en la forma de privacidad de nuestras
«creencias», ya que se trataría entonces de subordinar, entre otras cosas, la solidaridad creadora
inherente a la unidad de las singularidades a la competencia destructiva de los que simplemente
quieren ser más que otros, síntoma inequívoco de los que padecen hambre de ser; y subordinar la
transparencia del ser -como Vida que es ley de sí misma, y como tal un Presente para sí misma-, a la
ley de la nada o de lo que nunca es suficiente, que es sed infinita de ser, por la que la vida se
autofagocita.
En este punto, el darwinismo ofrece un sólido apoyo ideológico al capitalismo, que ve en
la competencia por el alimento y el éxito del que lo consigue, el modelo a seguir socialmente,
sustituyendo naturalmente las proteínas por sus intereses. Aquí es la muerte la condición de la vida;
el fracaso la condición del éxito. Sin embargo, se le escapa que desde sus mismos inicios la vida
busca presenciarse como solidaridad indisoluble de presencias que se presencian. Ya desde su
origen biológico se busca conjurar la falta de lo inerte, que, como se sabe, no tiene la ley de su
propio cambio, por cuanto no posee identidad propia. La Vida, en su evolución, no es otra cosa
que la lucha contra el no ser, y no para caer en el enervante estado de la “satisfacción de
necesidades”, sino para conquistar la verdadera alegría de ser: la de poder ofrecer por amor lo
mejor de nosotros mismos.

Francisco Almansa González.


Filósofo, conferenciante y escritor.
Presidente de la Asociación Aletheia
http://aletheia-informa.blogspot.com

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