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EL LEGADO DEL FIN DEL MUNDO

Miguel Ángel Muñoz Ogáyar


Diseño de cubierta: serestauranrecuerdos
Obra base: Adán y Eva con Caín y Abel (Lorenzo
de Ferrari, 1680 – 1744)
Maquetación E-book: serestauranrecuerdos
Si desea más información sobre el libro, puede
obtenerla en:
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A mi hija, que aunque aún no comprende,
ha tenido que compartir a su padre con
toda clase de criaturas demoníacas.
“Hic sunt dracones”
PREFACIO

Cuentan las crónicas que en el año 68 d. C. en las


calurosas y húmedas tierras cercanas a la
desembocadura del Wadi Qumran en el mar Muerto,
un grupo de esenios, que se denominaban así mismos
“yajad”, se asentaba en las antiguas ruinas. Poco
antes de que todo fuera devastado por las legiones
romanas, lograron ocultar la mayor parte de sus
textos sagrados y estudios teológicos, en las cuevas
de los acantilados que estaban cerca del oasis de Ayin
Feshja. No existen evidencias de cómo supieron del
ataque con tiempo suficiente para transportar las
vasijas con los manuscritos, lo único cierto es que
nunca volvieron a buscarlos…

Históricamente algunos de estos escritos fueron


descubiertos en el año 1947 por pastores beduinos de
la tribu Ta’amireh, y en posteriores excavaciones
dirigidas por el Servicio Arqueológico Jordano en
colaboración con el Museo Arqueológico de Palestina.

El mundo los conoce como los Rollos del Mar


Muerto.
Lo que las crónicas parecen haber olvidado es que
años atrás, en enero de 1901, un antecesor de los
tres pastores que aseguraron encontrar por
casualidad los textos en las cuevas de Qumran,
realizó el hallazgo más importante de todos, un
manuscrito que cambiaría el curso de la historia para
siempre…

…los pocos que llegaron a saber de él lo llamaron


“El Legado del fin del mundo”.
PRIMERA PARTE

“LEGADO”
“ Inminencia del castigo final.
Vi también a otro ángel poderoso, que bajaba del
cielo envuelto en una nube, con el arcoíris sobre su
cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como
columnas de fuego. En su mano tenía un librito
abierto. Puso el pie derecho sobre el mar y el
izquierdo sobre la tierra, y gritó con fuerte voz, como
ruge el león. Y cuando gritó, siete truenos hicieron oír
su fragor. Apenas hicieron oír su voz los siete truenos,
me disponía a escribir, cuando oí una voz del cielo que
decía: «Sella lo que han dicho los siete truenos y no lo
escribas». Entonces el Ángel que había visto yo de pie
sobre el mar y la tierra, levantó al cielo su mano
derecha y juró por el que vive por los siglos de los
siglos, el que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra
y cuanto hay en ella, el mar cuanto hay en él: «¡Ya
no habrá dilación! sino que en los días en que se oiga
la voz del séptimo Ángel, cuando se ponga a tocar la
trompeta se habrá consumado el Misterio de Dios,
según lo había anunciado como buena nueva a sus
siervos los profetas.»

El librito dorado.
Y la voz del cielo que yo había oído me habló otra
vez y me dijo: «Vete, toma el librito que está abierto
en la mano del Ángel, el que está de pie sobre el mar
y sobre la tierra.» Fui donde el Ángel y le dije que me
diera el librito. Y me dice: «Toma, devóralo; te
amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce
como la miel.» Tomé el librito de la mano del Ángel y
lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero,
cuando lo comí, se me amargaron las entrañas.
Entonces me dicen: «Tienes que profetizar otra vez
contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.»”
(Ap, 10)
1

Campo de exterminio de Auschwitz – Birkenau


(Polonia)
30 de julio del año de nuestro Señor de 1941.

Desde niño siempre había tenido el sueño ligero


– aunque ya hacía mucho que había olvidado haber
disfrutado de cualquier tipo de infancia – su memoria
parecía estar yéndose de la mano con sus fuerzas,
perdía peso a cada minuto, era como estar
desapareciendo lentamente, apenas era un hombre,
más bien un esqueleto viviente, la piel parecía
tensada sobre los huesos por un curtidor, pero nada
de aquello era tan cruel como desaparecer de tus
propios recuerdos. Desde hacía meses, cuando
cerraba los ojos, sólo veía oscuridad, le era imposible
evocar cualquier momento anterior a aquel infierno,
de hecho ni siquiera recordaba su propio nombre
(ahora ya sólo era un número tatuado en el
antebrazo) Pero no lo comentó con los demás, le daba
demasiada vergüenza… Y pena, una pena atroz, y
ambas cosas le daban un miedo insoportable.
Antes, cuando aún quedaba algún anhelo, o al
menos eso quería creer, su mente volaba al pasado y
se veía en el hermoso y amplio jardín lleno de flores
de casa de sus padres, el césped empezaba a nacer,
así que podían verse algunas claras, y él estaba
sentado sobre uno de esos lunares de tierra jugando a
hacer castillos y laberintos. Cuando el sol comenzaba
a alcanzar su pequeña frontera de hierba, una voz
hizo que le temblara el pulso y la torre más alta que
jamás se había atrevido a construir se deshizo
sepultando el patio de armas, no pudo contener las
lágrimas. Su madre se acercó, acababa de llamarlo
para que fuera al salón, era la hora de comer, pero su
pequeño no se había movido de allí, al verle temblar y
llorar en silencio, se percató del destrozo ocurrido,
sujetó a su hijo por los hombros y lo levantó, comenzó
cariñosamente a sacudirle la tierra de la ropa y le
habló en un susurro, como sólo las madres lo hacen,
con la cadencia perfecta y un leve toque de miel:
- No llores rey mío, ¿sabes por qué Dios permite
que pasen estas cosas?
- ¡Es un Dios malo! – Contestó sin mirar la cara de
su Madre, temiendo la reprimenda por sus palabras.
- No tesoro, Dios no es malo, lo sabes bien, es
sólo que le gusta la perfección y nos da la oportunidad
de hacer las cosas mejor, detrás de cada fracaso
siempre hay un nuevo comienzo.
- Pero es muy difícil… ¿Puedo pedirle a Dios que
me ayude a construir uno nuevo? ¿Lo hará?
- Ya sabes cuál es el secreto para que Dios te
conceda lo que le pides.
- Sí, pedir siempre cosas para los demás, pero eso
no… – Parecía decepcionado.
- ¿Y qué ideó Dios para conseguir lo que uno
quiere? – Se vio a sí mismo con cara de resignación
contestándole a su madre.
- El esfuerzo… – Era su frase favorita, pero ella
ahora estaba muerta y él demasiado cansado para
seguir esforzándose.

Aquella noche se despertó temblando y con


lágrimas en los ojos... La llegada de agosto era
inminente y una fuerte tormenta estival azotaba el
barracón. El agua penetraba por entre las tablas del
techo y las paredes. No era una novedad despertarse
en plena madrugada con el terror desfigurando tu
rostro, ni en él ni en el resto de prisioneros, todos lo
hacían al menos dos o tres veces, eran como topos en
esa estúpida atracción, sacando y ocultando la
cabeza, una y otra vez, esperando a que les acertaran
con el mazo en la frente o, en su caso, con un disparo
en la sien. Pero esa noche no fue el miedo lo que lo
despertó, fue otra cosa, alguien lo había llamado en la
oscuridad, aunque todos dormían, y a él… lo habían
llamado por su nombre, por su sucio nombre judío, un
nombre que no podía recordar... En ese instante entre
la vigilia y el sueño, cuando los pensamientos pasan
perezosamente de neurona a neurona como la melaza
en invierno de un tarro a otro.
Volvió a sentir que lo llamaban. Sus oídos no
llegaron a escuchar las palabras pero lo sintió en la
nuca, y en la boca del estómago: lo habían vuelto a
llamar por su nombre.
Bajó del catre en el mismo instante en que
percibió por primera vez ese ardor en el pecho, no lo
entendió al principio – era la quemazón insoportable
de un deseo que se abría paso, el peligroso deseo de
huir... – Un pensamiento lo dejó helado cuando sus
pies se hundieron en el lodazal en que se había
convertido el suelo del barracón, jamás había sentido
ese deseo antes, desde que llegaran en el tren
hacinados como ganado decadente, en lo más
profundo de su alma había sentido el amargo consuelo
de la irrevocabilidad de su situación, alejando de
forma convulsa y desesperada cualquier sensación de
horrible esperanza... Sin embargo, ahora algo lo
empujaba desde la esencia misma de su ser, de forma
obscena e insolente a escapar de aquel infierno.
La oscuridad era lo único que envolvía a los más
de doscientos cuerpos que se amontonaban en las
raídas literas cubiertas de paja podrida a modo de
colchones, entre las precarias estructuras de madera
caminaba con torpeza por el barro sin necesidad de
ver dónde pisaban sus pies descalzos. La lluvia
torrencial ocultaba el sonido de sus pasos, pero no el
de las ratas, las que huyendo del suelo anegado y que
no salían de la estancia por entre las tablas, subían
frenéticas hacia los catres superiores. Un relámpago
iluminó brevemente un cuerpo convulso siendo
devorado desde dentro por aquella plaga infecta.
Como si fuera algo lógico que los candados no
estuvieran debidamente cerrados, a un leve toque de
su mano sucia y enjuta los portones se abrieron de
par en par sin que los oxidados goznes gimieran lo
más mínimo, pero él, sumido en un trance como de
locura no llegó a darse cuenta de tan imposibles
detalles. Salió a la intemperie. No sintió calor, ni frío,
ni siquiera el aguijoneo constante del implacable
chaparrón, nada. Era tan sumamente inmenso el
corrosivo deseo de escapar, que lo arrasaba todo a su
paso. Se dirigió hacia las alambradas con la seguridad
de un reo que camina al cadalso sin haberse
arrepentido lo más mínimo de sus mortales delitos,
llegó al camino que rodeaba los barracones justo al
pie de las vallas electrificadas entre dos torretas de
vigilancia que, extrañamente, parecían desiertas, pero
no se detuvo, continuó hacia el norte del campo, en
paralelo a aquellas trampas eléctricas que en tantas
ocasiones habían servido para aliviar el dolor de los
más desesperados. Cada poste con el extremo
superior apuntando hacia los barracones y con todos
esos alambres… La primera vez que los vio se le
antojaron amenazantes colas de monstruosos
escorpiones esclavizados por cadenas que servían al
Reich para custodiar sus campos de muerte. En el
rincón más alejado de la empalizada, el poste que
servía de ángulo, era completamente recto, mucho
mayor y más grueso que los demás, y contenía todos
los aislantes cerámicos de las conexiones de los
cables eléctricos. Comenzó a escalar por ellos, la
lluvia le había entumecido los pies y las manos, pero
él no lo notaba. A medio camino, uno de los aislantes,
partido por la mitad, le provocó un profundo corte en
el vientre, pero 16649 no se percató y siguió
subiendo. Al llegar arriba, las espinas de alambre
laceraron sus manos, sus escuálidos muslos y los
descalzos y enfermos pies, no hubo reacción alguna.
Apenas escuchó el crujido cuando su tibia se partió al
caer al otro lado, a la libertad. Arrastrando
torpemente la pierna herida continuó hacia los árboles
que había más adelante en diagonal a la esquina por
la que había escapado, sin preguntarse cómo era que
ninguna descarga mortal había terminado con su vida,
quizá la tormenta… El dolor agudo de la fractura cada
vez que el hueso astillado se le clavaba en la carne no
fue recibido por ningún receptor nervioso...
Caminó con los ojos en blanco y la barbilla
levantada, como un perro ciego que olfatea ansioso
en busca de comida, la pierna derecha fracturada le
arrastraba grotescamente enganchándose en grietas
y raíces. De la herida del abdomen comenzaban a
salirse parte del intestino delgado, con gesto
distraído, se sujetó las tripas sin detenerse, había
comenzado a nevar. Los copos le caían sobre la
cabeza afeitada y los hombros caídos y no tardó en
verse envuelto en una danza de motas grisáceas…
Pero no era nieve, ni siquiera en aquellos tiempos de
locura nevaría en Polonia el último maldito jueves de
julio, estaba pasando junto al lago de ceniza, un
pequeño estanque natural convertido en lugar de
vertido para los residuos de los crematorios, la lluvia
había cesado y el viento jugaba de forma macabra con
las cenizas de la superficie. No se volvió a mirar ni se
estremeció cuando aquel horror le acariciaba las
mejillas, siguió su camino por entre los árboles, la
pierna estaba sujeta por jirones de carne y los
intestinos comenzaban a llegarle peligrosamente por
las rodillas. A poco más de medio kilómetro de su
barracón llegó al borde de una enorme zanja, era la
fosa común donde se pudrían los cadáveres de los
soldados rusos, la tierra cedió bajo sus pies y cayó
sobre los restos… La consciencia no le abandonó de
inmediato, y conforme la tierra que se desprendía
sobre su cuerpo inerte lo hacía desaparecer de este
mundo, despacio, casi como un secreto susurrado al
oído, recordó su nombre.
2

Al día siguiente…

El coronel de la SS Karl Fritsch caminaba de forma


autoritaria a lo largo de la formación de los doscientos
prisioneros que ocupaban el bloque 14, el mismo
barracón que el fugado. El sol caía sobre ellos como
plomo fundido desde primeras horas de la mañana,
ahora el reloj marcaba la una del mediodía.
Descalzos, obligados a permanecer firmes, sin agua ni
alimentos desde la escasa e insípida sopa del día
anterior, muchos comenzaban a desfallecer, trece
yacían ya en el suelo, cinco de ellos muertos, entre
los que se encontraba Aba Stein, hermano del preso
número 16649. El calor, la fatiga y la falta de alimento
lo abatieron de manera fulminante con la precisión
devastadora de un pelotón de fusilamiento.
Dos soldados se acercaron cargando un hornillo
mientras un tercero les seguía con una gran olla vacía
y un pesado saco sobre el hombro. Delante de la larga
fila encendieron el fuego y sobre él colocaron el
enorme perol, con la parsimonia del cansancio
extremo, varias judías fueron llenándolo de agua,
balde a balde. El intenso calor hizo que la olla no
tardara en comenzar a hervir. Volcaron con cuidado el
contenido del saco, verduras frescas, huesos y carne
de vaca, patatas… Cuando el olor del guiso comenzó a
llegar a la fila de presos su desesperación aumentó
hasta enfrentarlos a la locura… Bajaron el fuego para
que el caldo se cocinase lentamente y así alargar la
tortura durante horas. A las cuatro de la tarde y ante
los desorbitados ojos de aquellas sobras que una vez
fueron hombres, los mismos soldados que trajeran los
enseres volcaron la marmita en el suelo. Sin pensar y
arrastrados por el hambre extrema, algunos presos se
arrojaron al suelo y comenzaron a devorar con ansia
la tierra mojada y los restos de carne y patatas, no
escucharon el sonido metálico que produce la carga
de un MP40, una ráfaga de treinta detonaciones
retumbó por los rincones del campo, entre judíos y
polacos, las nueve personas que se arrastraban
porfiando comida cayeron abatidos por los disparos.
Un silencio sepulcral se apoderó de la fila de
condenados, Fritsch lo rompió:
- “El trabajo os hará libres”, “uno se fuga, diez
mueren”… Son premisas que todos sois capaces de
entender, al menos eso creía yo. Por lo visto uno de
vosotros ha decidido que vuestras vidas valen menos
aún para él de lo que valen para mí. La búsqueda de
esa escoria ha sido infructuosa por lo que el castigo
deberá ser ejemplar. No habrá fusilamientos en este
día, no os merecéis ni las balas que nos hacéis gastar,
no, los diez elegidos seréis llevados al barracón del
hambre… A juzgar por el aspecto de muchos, no será
una agonía lo suficientemente larga, pero que le
vamos a hacer…
Al contrario de lo que en un principio pudiera
parecer, no se rompió el silencio entre los reclusos, no
se miraron los unos a los otros asustados, aunque el
terror llevaba años modelando en sus rostros una
mueca constante de sufrimiento e incertidumbre.
Habían aprendido que cualquier muestra de “rebeldía”
era inmediatamente contenida, lo último que sentías
era el frío roce del cañón de una Luger en la cabeza…
O un relámpago de fuego y metal, como esos
desdichados hambrientos. A la mayoría comenzaron a
temblarles las rodillas, mientras otros perdían el
control de sus esfínteres.
El coronel continuó caminando de un lado a otro
sin pronunciar palabra, disfrutando de forma
enfermiza del miedo que leía en todos aquellos ojos
que lo observaban. Se detuvo justo en el centro de la
formación, evitando mancharse las botas con los
restos de sopa y sangre que embarraban el suelo, no
prestó atención alguna a los cadáveres. Al azar
comenzó a señalar a cada uno de los desdichados
elegidos para morir. El tercero en ser seleccionado,
fue un zapatero polaco de cuarenta y cinco años
llamado Józef Grzesiuk, que quiso soltarse de los
soldados que lo arrastraban fuera de la formación, en
un intento agónico de salvar su vida. Un golpe de fusil
en las corvas lo derribo de rodillas y sin preámbulo
alguno un soldado le disparó en la cabeza. Durante
todo el incidente el comandante había seguido
imperturbable señalando condenados, el último, de un
total de once – el zapatero quedaba fuera de la lista –
fue el preso número 5659, el sargento polaco
Franciszek Gajowniczek. Salió de la fila sin que los
soldados tuvieran que sacarlo y con paso digno se
dirigió a su lugar entre los elegidos, sólo en el último
instante su entrenamiento militar falló y de entre sus
labios se escaparon algunas palabras que, aunque
nunca llegara a saberlo, salvaron su vida y
condenaron la del resto de la humanidad.
- Pobre esposa mía, pobres hijas mías…
De entre los esqueletos cubiertos con raídas y
sucias ropas rayadas que aún permanecían en pie,
sombras enjutas y deprimidas de lo que alguna vez
fueron hombres, una figura gris avanzó torpemente
pero decidido entre sus compañeros, cuyas miradas
perdidas le concedían el anonimato, se detuvo a
pocos pasos de Fritsch al que se dirigió en perfecto
alemán, aunque sin acento.
- Herr Kommandant, ruego tome mi vida en lugar
de la de este hombre, soy un simple sacerdote solo y
enfermo, mientras que él tiene esposa e hijas. –
Cuando la última palabra escapó de entre sus resecos
labios, comprendió en lo más profundo de su alma que
había cometido un error fatal, dada su condición no
tenía ningún derecho a hacer uso de la vida que el
Altísimo le había regalado, pues no era suya, él la
había encomendado a la Virgen María desde que se le
apareciera en su niñez. Pero qué, si no piedad, era
Dios en sí mismo, si al menos con aquel gesto evitaba
que una familia acabara marcada por tan terribles
acciones del hombre, el sufrimiento habría merecido
la pena... Sin embargo, había algo mucho más oscuro
e insoportable que le daba un pánico atroz, un atisbo
de duda nacía incrédula en lo más profundo de su
corazón, ¿cómo un Dios misericordioso podía
consentir semejantes horrores? Era sacerdote y sabía
lo del libre albedrío, pero también había estudiado
profundamente la Biblia y aunque su fe siempre fue
férrea, hasta aquellos momentos, “ni un sólo pelo se
te caerá de la cabeza…” le hacían no entender
muchas cosas. Ningún padre se desentiende de sus
hijos, ni siquiera entre las bestias, el Todopoderoso
no nos iba a dejar regodearnos en nuestro propio
desatino. Algo no cuadraba en toda aquella barbarie…
Si la duda acababa anidando en su corazón, su labor
habría terminado. De todas formas su secreto moriría
con él si llegara el caso… Cuán equivocado estaba.
Fritsch miró de arriba abajo al pequeño polaco que
osaba dirigirse a él, aunque consumido por el hambre
y la extenuación, su mirada parecía en paz, no veía
miedo en ella, tan sólo un extraño brillo que no logró
identificar pero que le hizo estremecer. Se rehízo
inmediatamente sin que su ario rostro de pálida tez y
mejillas hundidas, hubiera demostrado vacilación
alguna, desvió sus azules ojos del sacerdote y miró
durante breves instantes al preso número 5659.
- ¡RAUS! – Le ordenó – Que no se diga que el
führer no es un hombre bondadoso – Pronunció estas
palabras casi escupiéndolas con desprecio – Que el
cura ocupe su lugar en el bloque 11. – Los soldados
llevaron a Franciszek de nuevo a las filas, extrañados
por el gesto de su oficial, el cual en cualquier otro
momento habría mandado ejecutar al sacerdote por el
simple atrevimiento de dirigirle la palabra.
Evidentemente no se atrevieron a preguntar, ni aquel
día ni ningún otro.
Al cruzarse con su salvador, el oficial polaco no
pudo contener lágrimas de agradecimiento y le habló.
- Por favor padre, dígame su nombre para poder
rogar por su alma y tenerle siempre presente en mis
recuerdos y oraciones, si es que las brumas de toda
esta pesadilla se disipan alguna vez y no sucumbimos
todos aquí. – El sacerdote medio arrastrado por dos
soldados que lo sujetaban de los brazos, le miró con
piedad y con una amarga sonrisa le dijo su nombre en
apenas un susurro.

- Me llamo Maximilian Kolbe.


3

12 de agosto del año de nuestro Señor de 1941.

De los diez condenados ya sólo quedaban cuatro


con vida, uno de ellos no llegó a la tarde de aquel
viernes aciago. Dos más murieron a la mañana
siguiente y el tercero, el tercero permanecía en el
rincón más oscuro, arrodillado en el suelo rezando en
voz alta por las almas de los desdichados que
acababan de morir. Como el resto, el padre Kolbe no
había comido nada desde que lo encerraran para
morir, se había limitado a rezar y a beber lo poco que
les daban los guardias en un intento cruel de alargar
la agonía y hacer más emocionantes las apuestas. Al
decimoquinto día decidieron no volver a darle agua, ya
tenían un ganador, ahora tocaba apostar por el día de
su muerte.
4

15 de agosto del año de nuestro Señor de 1941.

El joven Bruno Borgowiec, preso polaco encargado


de sacar los cuerpos de los muertos de inanición,
siguiendo la orden de los soldados que custodiaban el
barracón de la muerte, entró en la celda donde estaba
confinado el resistente sacerdote, para sacar por fin
su cuerpo, que tanto había tardado en fenecer. El olor
a podrido, a meados y mierda corrompida, a madera
en descomposición era espeso como el humo de los
crematorios y de la misma asquerosa forma se
aferraba a la garganta al ser inhalado, por mucho que
realizaba aquella labor, Borgowiec no se había
acostumbrado a aquel hedor y no pudo contener las
arcadas. Cuando su estómago se relajó y sus ojos se
acostumbraron a la oscuridad del recinto, distinguió al
cura postrado en un rincón y maldijo para sí a los
soldados por su crueldad desmedida. Se agachó junto
al anciano para cargarlo al hombro cuando este
despertó y lo miró con ojos curiosos, Bruno no pudo
evitar dar un grito de sorpresa.
- Siento haberte asustado – le habló el sacerdote
levantándose no sin cierto trabajo – He debido
quedarme dormido, la oración, aunque necesaria y
reconfortante, también es agotadora. ¿Ha terminado
ya este calvario? – Pero el muchacho no pudo
contestarle, los soldados habían entrado en la celda
atraídos por su grito y lo apartaron de un empellón.
- ¡Maldito cura del demonio! ¿Es que no vas a
morir nunca? – Diciendo esto uno de ellos le golpeó
con la culata del fusil en el estómago doblándole por
la mitad, mientras otro lo hacía en la cabeza,
partiéndole la ceja izquierda, que comenzó a sangrar
de forma abundante, entonces todos comenzaron a
patearle arrojándolo al suelo, donde siguieron
golpeándole hasta bastante tiempo después de
hacerle perder la consciencia. Creyéndole muerto ellos
mismo arrastraron el cuerpo desnudo de Kolbe fuera
del bloque.

- Limpia esta jodida mazmorra un poco, o no se


podrá andar por los alrededores sin vomitar. Luego
recoge la escoria polaca y llévala a los crematorios. –
El soldado acompañó la orden sujetando a Bruno por
el cuello y arrojándolo junto al sacerdote. Ante los
ojos estupefactos del muchacho las costillas hundidas
por las patadas de los soldados volvieron a su
posición normal, los hematomas que comenzaban a
cubrir su cuerpo desaparecieron como gotas de tinta
en demasiada agua, la herida de la ceja se cerró sin
dejar cicatriz, tan sólo el rastro de la sangre seca.
Lentamente el pecho comenzó a moverse arriba y
abajo conforme la respiración volvía de nuevo e iba
adquiriendo un ritmo normal y el padre Maximilian
Kolbe abrió los ojos una vez más.
5

24 de mayo del año de nuestro Señor de 1943.

Eduard Wirths, médico de guarnición en Auschwitz


y su jefe directo, le esperaba esa misma mañana en
los andenes de la estación de tren. Como cada día
llegaba una nueva remesa de “especímenes” y
aprovecharía para mostrarle el trabajo en los campos.
Iba a ser una mañana hermosa, la recomendación del
doctor Von Verschuer le daba carta blanca en todo lo
referente a sus investigaciones, además de haberle
conseguido un lugar para vivir lejos de la masificación
del edificio de la SS. A pocos metros de la entrada
principal del complejo y del acceso del ferrocarril,
sobre un pequeño promontorio habían requisado una
bonita casa de campo de dos plantas, en un principio
su esposa lo acompañaría aunque finalmente
decidieron que ella viajara meses más tarde. Sabía
que aquella pequeña “licencia” despertaría la antipatía
del resto del personal del campo, pero no le
importaba. “La cabalgata de las valquirias” sonaba en
el gramófono que había sobre la pequeña mesa del
recibidor mientras Josef, afeitándose el mentón con
sumo cuidado, divagaba sobre lo que sería su estancia
en Auschwitz y los logros que alcanzaría, ambas
tareas le parecían enormemente placenteras. Aunque
sus facciones no eran el estereotipo de la perfección
aria, ni cabellos rubios ni ojos azules, era un hombre
atractivo, quizá sus incisivos superiores estuvieran
ligeramente separados para su gusto, pero… Era
herencia de su madre, siempre que sonreía al espejo
recordaba que debía hacer grandes cosas para que
ella estuviera orgullosa, aunque en el fondo sabía que
nunca aprobaría nada de lo que consiguiera, desde
que se casó con Irene la relación con su madre se
había vuelto algo más “dura” de lo habitual. Para
Walburga Hupfauer una luterana no era mucho mejor
que una ramera.
Terminó de abrocharse el último botón de la
guerrera y salió al porche donde le esperaba un
vehículo militar para llevarlo a su tan esperada cita.
Le hubiera gustado atravesar a pie el camino de tierra
que lo conduciría directamente a la carretera principal
a cuyo otro lado se extendía lo que algunos ya
llamaban Auschwitz II, pero había que respetar el
protocolo.
En lugar de girar a la derecha, a la altura del
acceso de vehículos, el coche continuó recto hasta
tomar la salida paralela a las vías del tren en el
momento en el que la inmensa mole de cincuenta
vagones hacinados de judíos, polacos y gitanos, se
detenía perezosamente exhalando un último suspiro
de humo sucio y gris. El soldado que conducía observó
al nuevo doctor por el retrovisor y se adelantó a su
pregunta.
- Capitán, el Dr. Wirths se encontrará con usted en
otro lugar, señor.
- ¿Dónde exactamente, soldado? – Josef no pudo
disimular el tono de desagrado, odiaba ir en aquellos
coches descapotables que despeinaban su tan
cuidado cabello y lo llenaban todo de polvo. Era un
hombre presumido aunque para él la presunción era
algo más que simple egolatría, una buena imagen
podía abrir puertas que ni siquiera la fuerza bruta
podría conseguir jamás, y no todas eran de alcobas…
- El Dr. Wirths no dirigirá hoy la selección, tengo
órdenes de llevarle a su despacho en el hospital. –
Mengele no contestó.
Apenas tres kilómetros separaban al campo
principal de su extensión, sin embargo al nuevo
médico el viaje se le hizo eterno, las sorpresas no
eran de su agrado, fueran del tipo que fueran…
6

Hospital de la SS, Auschwitz I.

- … Ya lo hemos hablado mil veces, ha pasado


demasiado tiempo, tienes que entenderlo, tú hiciste
las promesas pero es a mí a quién exigen los
resultados, ya sabes lo que nos jugamos en esto
¡Maldita sea!
- No hace falta gritar doctor König, sé
perfectamente lo que nos jugamos, yo mucho más, y
no me refiero sólo al dinero. Esos mierdas burócratas
de la Farben deberían ser más pacientes, no querrán
volver a cometer los mismos errores del pasado,
recuérdales el éxito de su “heroin”, si te aprietan
demasiado. – Aunque calmado, Wirth había levantado
el tono de voz para demostrar su autoridad, si bien, a
juzgar por el físico de ambos no era necesario,
mientras que Hans Wilhelm König era un hombre
menudo, sumamente delgado que apenas levantaba
metro sesenta del suelo y cuyo pelo castaño se
arremolinaba rebelde sobre la coronilla, Eduard Wirth
rozaba el metro ochenta y los ciento veinte kilos de
peso, luciendo una reluciente y bronceada calva. Se
colocó bien las gafas y miró su reloj de bolsillo –
Además me han informado de la llegada del nuevo
médico… – Hans lo interrumpió.
- Eso es otro punto que no tengo demasiado
claro…– Ahora fue Eduard el que le interrumpió a él.
- He tenido que mover muchos hilos y cobrar más
favores de los que me hubiera gustado para lograr
que lo destinaran aquí, la fama de su tenacidad y
férrea determinación viene abalada con la cruz de
hierro en segundo grado, por no hablar de sus
investigaciones.
- Tu ambición te ciega, creo que hay misterios que
no estamos destinados a resolver y este es uno de
ell... – Tres golpes en el cristal de la puerta dejaron la
frase a medio terminar.
- Ya ha llegado, puntual como un reloj suizo –
Wirth sonrió con orgullo. - ¡Adelante! – Josef Mengele
entró en el despacho, al igual que el resto del hospital
olía a antiséptico aunque con un toque dulzón a loción
de afeitar. La habitación era completamente blanca,
incluidos los muebles que no eran de acero inoxidable,
como la mesa y el archivador que había junto a la
ventana en la pared derecha al lado de la puerta.
Mengele se cuadró entrechocando los talones de las
botas y saludó con fanática devoción.
- ¡Heil Hitler! – Los otros dos le respondieron con
desgana.
- Capitán Josef Mengele – Wirth le habló mirándolo
de pies a cabeza – le doy la bienvenida a Auschwitz o
como los judíos lo llaman “la última estación”.
- Pensé que nos veríamos en los andenes doctor
Wirth – El leve deje autoritario de Mengele, molestó a
su inmediato superior, que intentó quitarle
importancia.
- El entusiasmo de los recién llegados a veces
llega a desbordarse. Ottmar ya me habló de su,
¿cómo lo llamó? Impetuosidad. El motivo de haberle
citado aquí es mucho más importante que cualquier
selección, de hecho creo que lo que vamos a revelarle
le cambiará un poco las expectativas con respecto a
sus posibles logros en Auschwitz. Por favor siéntese y
el doctor König le pondrá en antecedentes. – El
aludido tomó una carpeta de cartón que había sobre
la mesa y tras hojear un par de segundos su
contenido, extrajo una foto que le entregó a Josef, en
ella aparecía un hombre desnudo, sumamente
delgado y sucio, el pelo ralo y la barba entrecana que
le llegaba al pecho, acto seguido comenzó a hablar
con voz monótona.
- Se llama Maximiliano Kolbe, es un sacerdote
polaco acusado de subversivo y trasladado a
Auschwitz la tarde del 28 de mayo de 1941,
asignándole el número de preso 16670. Fue destinado
a la construcción de uno de los muros que rodean los
crematorios. El 31 de julio de 1941durante la
selección de los diez presos del barracón 14 que
debían morir de inanición en represalia por la fuga la
noche anterior de uno de sus compañeros, el cura se
presentó voluntario para ocupar el lugar de uno de los
seleccionados, un oficial también polaco. En contra de
cualquier pronóstico, el comandante del campo no
sólo no lo ejecutó sino que accedió a su petición. Tras
quince días de calvario, él fue el último en morir, o al
menos eso pensaron los soldados que le propinaron la
paliza. Un testigo afirmó ver como su esternón,
hundido y fracturado por los golpes, volvía solo a su
posición original, vio como sus heridas se cerraban y
como el cura comenzaba a respirar de nuevo. En un
principio nadie le creyó. El doctor Trzebinski le aplicó
una inyección letal la mañana del 16 de agosto del
mismo año, no se llegó a certificar su muerte, a los
pocos minutos su corazón volvió a latir y el sacerdote
despertó ligeramente aturdido pero en perfecto
estado de salud, fue entonces cuando avisaron al
doctor Wirth. – Eduard siguió con el informe.
- Se le inyectaron diferentes sustancias letales,
incluso llegamos a meterle en uno de los turnos de las
cámaras de gas, ¿sabe cuándo nos dimos cuenta de
que eso tampoco había funcionado? Cuando tras llevar
los cadáveres al crematorio, su cuerpo era el único
que no había sido consumido por las llamas… Estaba
cubierto de ceniza de pies a cabeza, pero vivo, vivo y
sano como una manzana. Y durante todo este tiempo
hemos hurgado en esa manzana en busca del gusano
milagroso…
- Creo que no le he entendido, ¿Me está diciendo
que… – Wirth no le dejó terminar.
- Lo que le estoy diciendo es que este hombre
lleva sin probar bocado ni gota de agua cerca de dos
años y que ha sobrevivido a inyecciones letales, la
cámara de gas, el crematorio, un fusilamiento y un
disparo en la cabeza… ¿Me dejo algo Hans? – Este se
limitó a negar con la cabeza sin disimular el gesto de
desagrado – No le hemos visto cagar ni mear en todo
este tiempo y rara vez cambia la postura. No ha
abierto la boca más que para rezar “por el alma de
sus captores” Le hemos practicado infinidad de
análisis, estudios y…
- No habéis conseguido nada. – Terminó Mengele.
– Quiero verle cuanto antes.
- ¿Qué le hace pensar que usted encontrará algo
donde los demás no lo hallaron?
- Con el debido respeto doctor, no fui yo el
examinador. – Aquel gesto arrogante molestó
sobremanera a Wirths, que ni pudo ni quiso
disimularlo, pero lo cierto era que la reputación de
Mengele le precedía, destacaba por ser
desesperantemente metódico y perfeccionista hasta
el punto de que muchos otros médicos se sentían
intimidados en su presencia. También se decía que
Himmler nunca le daría un cargo mejor que aquel,
hasta él temía las consecuencias que eso tendría para
su ego “puramente alemán”.
- Llegados a este punto, tiene que comprender una
cosa – Continuó Wirth – No todos los que participan
en esta guerra lo hacen por motivos ideológicos…
- Hace muchos años que dejé de ser de las
juventudes hitlerianas. – le espetó Mengele.
- Veo que nos entendemos – Wirth prosiguió con
una sonrisa sarcástica mientras König se revolvía
nervioso en su silla. – Desde que todo esto
comenzara se tomó la decisión de guardarlo en
estricto secreto, de hecho, si he de serle sincero, sólo
las personas que estamos en este despacho
conocemos la verdad, los testigos ocasionales han
sido silenciados de una forma u otra – Se notaba que
elegía con sumo cuidado cada una de sus palabras, no
eran tiempos en los que la confianza se regalara así
como así – Deberá atender sus obligaciones en los
campos, las selecciones, la asistencia, sus propias
investigaciones, etc. König será su ayudante y enlace
con la Farben.
- ¿Ellos también están enterados? – Josef miró a
los ojos de Wirth con las fosas nasales dilatadas.
- Rotundamente no – König no pudo evitar mirar a
Eduard al escuchar su negativa, Mengele se percató
pero no dijo nada.
- Quisiera ir a verlo ahora mismo.
- Esperaremos a que se haya instalado
debidamente, he oído que le han facilitado una casa
digna del mismísimo comandante. Que se habitúe a
su nueva clínica y entonces ordenaré que le lleven al
polaco.
- Estoy instalado perfectamente doctor – Wirths lo
miró con sincera sorpresa.
- ¿Llegó ayer y ya se ha instalado?
- Sólo duermo lo que necesito y no necesito
demasiado. Si no le importa quisiera examinarlo hoy
mismo. – Dirigió su mirada directamente a los ojos de
su “colega” en actitud desafiante, la firma de Ottmar
Von Verschuer en su bolsillo reforzaba aun más su
seguridad en sí mismo, aunque como pudo
comprobar, su mentor en el Instituto de Herencia
Biológica e Higiene, no había dejado nada al azar. –
Debemos dar máxima prioridad a esta investigación,
ambos conocemos de sobra las, llamémoslas,
“inquietudes especiales” del Führer.
- ¿Se refiere a… - Mengele continuó sin prestarle
atención.
- Hasta hace unos minutos siempre había pensado
que la parapsicología es una pseudociencia, por
llamarlo de alguna manera, absurda y que no lleva
más que a la locura y la estupidez, siempre creí que
Dessoir1 había sido un charlatán que se aprovechó de
la superstición de la época; pero lo que me ha
mostrado hoy, como médico sabrá que no tiene
explicación científica viable. Posiblemente tengamos
ante nosotros la primera muestra de que es viable
ganar esta guerra. Ahórrense las miradas de falsa
sorpresa, saben tan bien como yo que de no ocurrir un
milagro, cualquier intento de salir victoriosos será
como golpear en hierro frío. Todo terminará pronto y
de la forma menos favorable para nosotros. – La
sinceridad de Josef era devastadora y despiadada
pero tanto Wirths como König sabían que tenía razón.
En la mente de Eduard Wirth comenzaron a
vislumbrarse los destellos de todo lo que aquello
podía suponer…
7

Mengele caminó alrededor del sacerdote


observándolo con detenimiento. Kolbe estaba
arrodillado en el centro de su celda, en el bloque de la
muerte. Lo primero que extrañó al médico fue
comprobar que no había excrementos en los rincones
ni olor a meados, todo lo contrario, la atmósfera del
habitáculo era fresca y con un intenso olor a flores,
cuando miró a König con cierto desconcierto, este
asintió en silencio dándole a entender que todo
aquello formaba parte del misterio.
- Quiero examinarlo a fondo. – Al oír estas
palabras, Maximilian se estremeció
imperceptiblemente, sólo Mengele se percató del
ligero temblor del cura. – Que lo lleven de inmediato a
mi laboratorio. – Lo dijo sin dirigirse a nadie en
particular, pero fue König el que recogió el testigo.
- Mañana a primera hora lo…
- No me ha entendido, comenzaré mi investigación
esta misma tarde. – Llevaba esperando a su oficial
médico de enlace desde primeras horas de la mañana,
Wirths se había empeñado en que debía acompañarle
en la toma de contacto, sin embargo su periódica
visita a la Farben le estaba llevando demasiado
tiempo. Tendría que poner remedio a eso, ningún
lastre le impediría conseguir todo aquello que se había
propuesto. El negocio de la venta de esclavos y la
experimentación era muy rentable, pero no iba a
dejarse cegar por la cima de un iceberg cuyas
entrañas podrían ocultar la solución al misterio que
atenazaba su alma desde años atrás. Miró su reloj
con cierto desdén – Dentro de una hora, tiempo
suficiente para comer algo y preparar mi instrumental.
Doctor König, me gusta comer sólo.

La primera medida de Mengele fue la de rapar y


asear al sacerdote para poder realizar un examen
exhaustivo de cada centímetro de aquel enigma
viviente. Tres enfermeras judías asignadas para
ayudar al doctor en todo lo concerniente a la clínica,
rasuraron por completo el cuerpo de Kolbe y siguiendo
órdenes estrictas lo lavaron con sádico esmero hasta
hacer desaparecer la capa superficial de la piel.
Maximilian no se quejó, no pronunció palabra alguna.
Por primera vez tenía miedo, había visto el mal en los
ojos del nuevo médico, hasta aquel instante había
creído salir airoso del error cometido, pero ahora se le
presentaba la prueba más dura desde que lo
ordenaran guardián. No podía permitir que aquel ser
perverso pusiera las manos sobre los manuscritos.
La noche invadía ya hasta el último rincón del
campo, Wirths apareció por la enfermería pasadas las
diez y media, el pusilánime de König debía haberse
quejado. Mengele seguía examinando al preso, ni
siquiera había parado para cenar algo. Junto a la
mesa de metal donde yacía el sacerdote en completo
silencio y total desnudez, Josef anotaba
frenéticamente en su libreta sobre otra mesa más
pequeña y de madera. En la habitación continua, las
tres asistentes temblaban de pies a cabeza, a una de
ellas le corría un hilo de sangre del oído izquierdo
hasta manchar el cuello de la bata de enfermera.
Ninguna levantaba la cabeza ni se movía de la pared
del fondo, junto a la zona de duchas.
- Ya le dije doctor, que no encontramos nada
inusual en los repetidos exámenes realizados a este
hombre. – Mengele no levantó la cabeza y siguió
tomando notas, parecía estar transcribiendo a modo
de palabras cada centímetro cuadrado del cuerpo del
cura. – Su reputación le precede, pero como habrá
comprobado ya, sabemos realizar nuestro trabajo. –
Mengele le contestó sin levantar la cabeza ni dejar de
escribir en su cuaderno.
- Según sus informes, doctor Wirths, tras una
primera etapa buscando la forma “adecuada” de
ejecutar al cura, el resto de sus investigaciones se
han basado en análisis, radiografías y exámenes
físicos, que no han servido para nada – el rostro de
Eduard se crispó – Lo que no logro entender es por
qué no se han llegado a utilizar, ¿cómo decirlo?
Métodos más expeditivos para ver hasta dónde llegan
sus capacidades especiales.
- Sabemos que es inmortal, ¿qué otra cosa puede
ser más importante?
- ¿Sabíais también que el preso es capaz de
cicatrizar heridas abiertas en cuestión de segundos?
- Bueno… La verdad es que… En todos estos años
no hemos querido arriesgar la investigación forzando
las cosas – Las palabras no convencieron a Mengele.
- ¿Sabíais qué puede regenerar órganos y
extremidades en pocos minutos? – terminó la frase
señalando un carrito de metal al otro lado del
sacerdote, que permanecía en silencio mirando a los
dos médicos con ojos desorbitados, en el que había
una bandeja con diferente instrumental quirúrgico,
pinzas, bisturís, un costotomo, un martillo y un
escoplo, algunas sierras, etc. Usado recientemente a
juzgar por la sangre aún fresca, junto al instrumental,
una cubeta contenía lo que parecían restos humanos,
un ojo conectado a una porción de nervio óptico, dos
dedos, a simple vista el anular y el meñique; por la
forma ovalada, un riñón y también un pie izquierdo.
Wirths miró por toda la estancia y no logró encontrar
ninguna jeringuilla o drogas para sedar al cura, algo
se estremeció en su interior – También le he realizado
varias sangrías, en cada una de ellas, con cuarenta y
cinco minutos de diferencia, le he extraído: ocho, doce
y diez litros de sangre respectivamente.
- Eso es imposible. – Mengele alzó la voz para
seguir hablando y levantó el rostro para mirar a la a
cara a Wirths.
- … Aunque si te soy sincero no estoy convencido
de que sea completamente inmortal, tengo un par de
experimentos en mente pero no los pondré en
práctica hasta no poder emular de alguna forma sus
prodigiosas habilidades. Si esto sucede, habremos
dado con el medio para poder crear los súper
soldados tan ansiados por Hitler. Y no me diga lo que
es imposible y lo que no, usted no estuvo durante la
intervención para extirparle el riñón, entre aquellas
estúpidas – y señaló a las asustadas enfermeras – y
yo, nos ha sido casi imposible mantener los fórceps
separando las costillas, ya que estas tendían de forma
natural a volver a juntarse en el pecho, tampoco ha
presenciado como del muñón del pié florecían huesos,
venas, tendones y piel hasta regenerar una nueva
extremidad completamente funcional en menos de,
miró sus notas unos instantes, ocho minutos
exactos… Aunque pensándolo bien eso tiene remedio
– diciendo esto se levantó de súbito de la silla, la cual
cayó hacía atrás provocando un gran estrépito, cogió
una hachilla de carnicero que Eduard no había llegado
a ver hasta ese momento y de un solo tajo seccionó la
mano derecha del sacerdote, que no pudo más que
dejar escapar un leve gemido de dolor y sorpresa. A
los pocos instantes la mano se deslizó por la mesa
hasta caer al suelo empujada por los huesos,
cartílagos y tendones que comenzaron a brotar de la
recién abierta herida. Wirths no pudo evitar una
arcada ante semejante espectáculo, se odió por
haberlo hecho delante de Mengele el cual esbozó una
sonrisa de triunfo. – Como puede observar en esta
mañana he recopilado más información que su equipo
en todo este tiempo.
- Quizá tenga razón Josef, pero no olvides – apeó
deliberadamente el usted – que después de todo eso,
sigues igual de cerca de averiguar la verdad.
- Sólo acabo de empezar… - El tono sentencioso
de sus palabras dio por terminada la conversación.
8

Los experimentos continuaron durante varias


semanas, en las que Wirths no volvió a pisar la clínica
de Mengele, se limitaba a visitarlo de vez en cuando
en su casa, a la hora de la cena para que este le
contara sus progresos, que no fueron mucho más
reveladores que los del primer día, el sacerdote se
recuperaba de forma asombrosa de quemaduras,
fracturas, venenos y la acción de diversos productos
químicos… Lo más extraordinario de todo era que
apenas se quejaba y parecía mantener la cordura,
cualquier otro hombre sometido a semejantes
torturas se habría vuelto loco hacía mucho, de hecho
una de las enfermeras fue encontrada ahorcada con
su propio cinturón del uniforme en un despacho del
centro médico.
Cada día, al caer la tarde, Maximilian era
conducido al bloque 11, a la celda del hambre, por dos
soldados, siempre distintos, así se impedían las
preguntas incómodas. Tras cada mañana de torturas
el cansancio en el sacerdote era una pesada losa, por
lo que apenas podía caminar, lo llevaban
prácticamente en andas, arrastrando los empeines de
los pies desnudos.
Las noches pasaban demasiado rápido para Kolbe,
apenas dormía, el momento se acercaba y lo sabía,
pronto descubrirían su secreto y tendría que tomar
una difícil decisión, fuera cual fuera todos perderían
tarde o temprano. Aquella noche rezó más
profundamente a la Virgen María, implorándole
consejo y bálsamo para su alma. Parecía predecir lo
que estaba a punto de suceder…
9

Aquella mañana nació soleada pero con una fresca


brisa. Otros dos soldados lo arrastraron fuera del
barracón y lo condujeron al vehículo militar que los
llevaría a la clínica para seguir las investigaciones.
Formaba parte del plan de Mengele no cambiar al
preso a ninguna estancia más cercana, por el
contrario, lo llevaron a una de las salas de
interrogatorios del mismo bloque, con espejos dobles
detrás de los que se posicionaban soldados las
veinticuatro horas del día para vigilar a Maximilian. Sin
embargo, los jóvenes soldados eran indisciplinados y
hacían demasiado ruido, por lo que Kolbe no tardó
mucho en darse cuenta del ardid de sus captores… No
obstante, aquel día, cuando llegaron al laboratorio y lo
sacaron del coche, el cura fue lanzado al suelo, cosa
habitual, pero esta vez con la mala fortuna de
golpearse la boca contra los escalones de la entrada
principal, partiéndose varios dientes. Mengele, lejos
de reprobar el comportamiento de los soldados,
aprovechó el incidente para tomar notas y ver el
tiempo que tardaban las piezas dentales en
regenerarse, mandó a los soldados que lo pusieran en
la mesa de exploración y le colocó unos tacos entre
los molares para mantener las mandíbulas separadas,
ya le había examinado la boca en varias ocasiones,
tan sólo para ver una dentadura perfecta, sin caries ni
mellas. Pero esta vez advirtió algo distinto, en el cielo
de la boca la piel se había desprendido, esperó unos
instantes para ver como volvía a su lugar, pero no
ocurrió nada, la piel seguía colgando, el sacerdote
volvió a estremecerse como la primera vez que se
encontraron y Mengele supo al instante que había
dado con la clave.

Con la ayuda de unas pinzas extrajo


cuidadosamente el trozo de piel que en un principio
pensó era del propio sacerdote… ¿Cómo no había
visto esto antes? Supuso que debido a su textura se
había confundido con la del propio Kolbe y era
prácticamente imposible distinguirla dentro de su
sucia boca de rata polaca. De súbito, comenzó a
gritar a las enfermeras a las que ordenó salieran de la
sala, a la última de ellas la lanzó a través de la puerta
de un puntapié en la parte baja de la espalda.
Enardecido por su descubrimiento volvió raudo a la
sala de exploración, el sacerdote ya no estaba tan
sereno como de costumbre, había intentado zafarse
de las correas pero lo único que había conseguido
eran feas heridas en muñecas y tobillos, y esta vez las
heridas no se curaron. Limpió con cuidado el retazo de
piel con suero fisiológico, era mucho más resistente
de lo que había pensado, en la cara que el sacerdote
había mantenido pegada al paladar podía distinguirse
un extraño símbolo:
Mengele sonrió, se acercó a Kolbe y le mostró su
hallazgo, el sacerdote no pudo ocultar el pánico en su
mirada. El médico se quitó la chaqueta, desabrochó el
botón de la manga de la camisa derecha y se la
remangó hasta el codo, se acercó a la mesa con el
instrumental quirúrgico, cogió un bisturí y tras
meterse él mismo el trozo de piel en la boca,
comenzó a realizarse lentamente una incisión
longitudinal desde la muñeca hasta la articulación del
codo. Conforme el corte iba avanzando a lo largo de
su antebrazo, los labios de la herida se iban cerrando
tras la hoja de metal, apenas sangró, aunque si notó
el dolor en toda su plenitud, lo cual era extrañamente
gratificante.
- La tarea ha sido dura, no voy a negar que más
para usted que para mí, pero al fin ha dado sus frutos
– Mengele hablaba sin sacar el trozo de piel de su
boca – Ahora me contarás todo acerca de esto, cuál
es su origen, qué significa el símbolo y dónde está el
resto…
- No le diré nada, bastante mal se ha provocado ya
por mi culpa – era la primera vez que escuchaba la
voz del sacerdote y aunque estaba llena de angustia y
desánimo no había ni una pizca de temor en ella, esto
sorprendió a Josef.
- Veo que después de todas estas semanas en mi
compañía aún no sabe que siempre consigo lo que
quiero, veremos lo que tarda en abrirse a mí con el
ansia de una virgen… Ahora que vuelve a ser
“normal”. Ya no será necesario que vuelva al bloque
11.
10

Como era de esperar Wirths no fue informado del


descubrimiento, tan sólo se le advirtió de que las
investigaciones se harían más intensas para intentar
acelerar los resultados. Esta fue la excusa para que
Kolbe durmiera en las instalaciones de la clínica.
Eduard empezaba a perder la paciencia con todo
aquello, Josef el magnífico no estaba consiguiendo
resultados con la rapidez que esperaban. Su propia
ambición le estaba haciendo perder la visión del
bosque por culpa de un sólo árbol. La tenacidad y los
métodos de Mengele no demostraban otra cosa que
su locura, en el tiempo que llevaba en Auschwitz no
había realizado ninguna de las tareas para las que
había sido trasladado, si seguía así comenzaría a
despertar las sospechas de los superiores. Todo
aquello estaba empezando a afectarle, el brazo
izquierdo le dolía a veces y el miedo a un nuevo
infarto enturbiaba sus sueños de gloria ante el Führer.
De seguir así tendría que deshacerse del nuevo
médico aunque para ello tuviera que enterrar vivo al
jodido sacerdote polaco. Eliminadas las pruebas, los
mandos harían el resto.
11

29 de septiembre del año de nuestro Señor de


1943.

Se acercaba el final de septiembre y con él la


muerte del verano que agonizaba testarudo desde
hacía días. El extremo sufrimiento que se le había
infligido al sacerdote no había dado fruto alguno.
Aunque ya no sanaba como antes parecía no sentir el
dolor. Mengele se había visto obligado a compartir el
hallazgo con su superior, el doctor Wirths, ya que éste
le había comunicado sus intenciones de acabar con la
investigación. Era demasiado impaciente, y la
impaciencia iba de la mano con la negligencia.
Las pruebas realizadas al trozo de piel no daban
resultados concluyentes, si no lograba descubrir sus
secretos el ejército del Führer se limitaría a un único
soldado…

Los oficiales médicos de Auschwitz esperaban en


la rampa en perfecto orden de jerarquía, a que todos
los vagones vomitaran su asquerosa carga en tierra,
excepto Eduard y Josef, juntos en la fila, el resto de
médicos estaban ligeramente ebrios, les hacía aquella
tarea algo más fácil. El humor de Mengele se había
agriado mucho desde que llegara a los campos, no
soportaba la idea de que el polaco le estuviera
ganando la partida y menos aún de tener que soportar
la estupidez de Wirths. Tenía que hacerle hablar,
debía haber un modo, algo que aquel sacerdote
temiera más que a la pérdida de su propia vida. De
hecho sólo había cometido un error desde que llegara
allí, un error de magnitudes apocalípticas, un error por
querer salvar una vida humana.
Como si su vida dependiera de ello, Mengele se
lanzó a la fila de los elegidos para los hornos y
seleccionó a ocho niños no mayores de cinco o seis
años. Ordenó a varios soldados de su confianza que
recogieran a los críos y los llevaran al patio trasero de
la clínica, un amplio espacio abierto de unos sesenta
metros cuadrados cercados por altos muros de piedra.
El patio estaba completamente diáfano excepto por
una gran fosa de unos tres metros de largo por uno y
medio de ancho y dos de profundidad situada al fondo
junto a la pared de la derecha mirando desde la
puerta de entrada por la clínica y que se utilizaba para
deshacerse de los cadáveres de aquellos desdichados
que no lograban superar los experimentos. Wirths se
limitó a autorizar la ausencia del médico de las tareas
de selección de la mañana, como tantas otras veces,
sin preguntar por sus pretensiones para con aquellos
niños, seguramente sería otra majadería sin
resultados.

Cuando Mengele llegó, los críos habían sido


desnudados por las enfermeras y lavados a manguera
en el mismo patio, los soldados se habían mantenido
medianamente al margen durante todo el proceso,
uno de ellos había abofeteado a una niña de cinco
años – se llamaba Keren, que significa, rayo de sol –
la pequeña no dejaba de llorar llamando a su madre,
los alemanes se reían al ver como se orinaba encima.
Miriam Samuel, una de las asistentes del doctor,
había intentado consolar a la pequeña, cuando
Mengele entró en el patio la encontró con el labio
superior partido. No hubo quejas ni reprimendas. El
sacerdote fue llevado también, dos soldados lo
flanquearon delante de los niños. De fondo y a través
de los altavoces del campo, un piano entonaba de
forma triste y sentenciosa el preludio número 22 de
Bach.
- ¿Ha oído usted hablar del conde Torf-Einarr,
padre? – Mengele hablaba despacio, sin levantar la
voz – Vivió en un archipiélago al norte de Escocia, las
islas Orcades. Cuentan las crónicas que Halfdan Haleg
y su hermano, después de matar al padre del conde
prendiéndole fuego, viajaron a las islas para hacer lo
propio con el hijo. Pero no contaban con la
imbatibilidad de la fortaleza de Caithness, ni con el
ejército del conde, ni bla, bla, bla… El caso es que
Halfdan fue apresado por los hombres de Einarr y
llevado a su presencia. No se impaciente ya hemos
llegado a la clave de esta historia, Halfdan no soltaba
prenda de dónde estaba su hermano Gudrod, así que
al conde no se le ocurrió otra cosa que pedir ayuda a
Odín para que animara la lengua del desdichado,
ofreciéndole a este en sacrificio, pero no un sacrificio
cualquiera no, le ofreció a Odín el águila de sangre –
Mengele comenzó a vislumbrar el miedo y la duda en
los ojos del sacerdote – desnudaron al pobre vikingo y
mientras dos guerreros lo sujetaban fuertemente por
los brazos, Torf-Einarr desde atrás y a golpe de
espada, realizó dos hendiduras en la espalda de
Halfdan, desde los omóplatos hasta la cintura
fracturando las costillas a su paso justo en la unión
con la columna vertebral, era una técnica difícil, pocos
eran los hombres que dominaban la espada con tal
precisión, entonces los mismos que lo sostenían
tiraron hacía afuera de los huesos seccionados,
abriendo la caja toráxica desde atrás y dejando
expuestos los pulmones, con lo que parecía tener en
la espalda dos grandes alas sangrantes… – Maximilian
comprendiendo las intenciones del diabólico doctor
cayó de rodillas rogando a Dios en silencio y sin poder
contener las lágrimas, eran vidas inocentes, ¡niños!
Pero cómo anteponer la vida de esos niños a su
misión de guardar el destino del mundo. Mengele
continuó hablando – Ni que decir tiene que Halfdan
cantó… Dígame usted lo que quiero saber y ninguno
de estos niños sufrirá daño alguno. – La voz de Josef
sonó dura y solemne como una tormenta de arena en
pleno desierto. Kolbe no respondió, se limitaba a
mirar al cielo, pidiendo por el alma de aquellos niños y
por la suya propia. – Capitán Wagner, por favor si es
tan amable.
Siguiendo la orden del médico, el oficial caló la
bayoneta en su Mauser 98K. La pequeña de cinco
años que no había dejado de llorar estaba en el suelo
boca abajo, sujetada por otros dos soldados, a las
enfermeras se les había ordenado volver a los
barracones. Maximilian cerró los ojos y enterró el
rostro entre sus manos, los oficiales que lo
custodiaban, lo levantaron salvajemente del suelo y le
sujetaron la cabeza en dirección a donde se
encontraban los verdugos con la pequeña judía; Josef
se le acercó y le dijo al oído.
- Si no abre los ojos, padre, haré que les disparen
en la cabeza a todos estos y seguiré trayendo niños
hasta que mire. – Kolbe abrió los ojos, enrojecidos por
las lágrimas y el odio.
A una señal de la mano de Mengele, el oficial, de
pie tras la niña, clavó la punta de la bayoneta en la
parte baja de la espalda de ésta y con un gesto rápido
y eficiente abrió la espalda de la pequeña desde el
lado derecho de la columna, hasta el omóplato, los
gritos de Keren resonaron por el patio haciendo que el
resto de los críos se mearan encima y comenzaran a
llorar de forma convulsa, el alemán repitió la
operación en el lado izquierdo de la columna, entregó
el fusil al soldado que se encontraba más cerca, el
cual intentaba por todos los medios no mirar lo que
estaba ocurriendo en el suelo, y se agachó hacia la
chiquilla, metió los dedos de ambas manos en las
largas heridas, con las muñecas hacia adentro y abrió
bruscamente los brazos hacia los lados despegando
los huesos fracturados y la carne hasta dejar los
pulmones expuestos, la niña perdió la consciencia
debido al dolor insoportable, uno de sus compañeros
corrió hacia la puerta del patio pero un certero disparo
en la base del cuello frustró el vano intento de huida.
Los demás habían dejado de llorar, todos, y no podían
apartar los ojos desorbitados del cuerpo ligeramente
convulso de su compañera del tren, estaban en
estado de shock. Maximilian había escuchado el grito,
un ¡NO! desgarrador que le había hecho sangrar la
garganta, pero no supo hasta el final de la terrible
escena, que había sido él el que gritara.
- Sólo usted puede hacer que toda esta locura
termine – Volvió a dar órdenes y un nuevo crío fue
sacado de la fila y tumbado en el suelo sobre la
sangre de la primera víctima. El cuerpo aún con vida
de Keren fue arrojado a la zanja del fondo del patio.
- No lo entiende, no podrá controlarlo, una vez que
empiece nada lo detendrá…
- Somos la raza elegida, nosotros triunfaremos
donde otros han fracasado. – Josef decía esto a la vez
que el otro niño era martirizado. Kolbe comenzó a
suplicar.
- Detenga esta barbarie, por favor, no ve que sólo
son niños.
- Ya no lo son sacerdote, ahora son sus propios
ángeles de sangre…

Tres cuerpos yacían en la fosa, los dos torturados


y el que había intentado huir, tan sólo la niña de
apenas cinco años permanecía aún con vida, sin
embargo su respiración se había vuelto húmeda,
gorgojeante, se asfixiaba, al caer sobre ella, alguno
de los cadáveres había debido dañarle los pulmones
expuestos, aquel sonido como de burbujas en una
ciénaga, resquebrajaba los férreos muros de la fe del
padre Maximilian, que no podía entender como el
Señor no terminaba con todo lo que estaba
sucediendo en aquel patio hediondo.
La cuarta víctima fue tumbada en el suelo, otra
niña, al sentir la bayoneta perforar la carne, levantó la
cara hacia el sacerdote y le preguntó desesperada:
- ¿Por qué Aba? – la hoja cortó la carne, y los
muros de la voluntad cayeron.
- ¡Hablaré! ¡Le diré todo, pero por Dios detenga
esto! ¡Deténgalo! – El propio Mengele disparó a la
sien de la pequeña acabando con los gritos y las
súplicas del sacerdote. Enfundó el arma y se dirigió a
Kolbe:
- Créame, no tenía remedio, se lo digo yo, soy
médico – se volvió al soldado ejecutor – Llévalo
dentro y haz que los mocosos vuelvan a los andenes –
Esto último lo dijo levantando la voz para asegurarse
de que el sacerdote lo oyera.
Maximilian, abatido por la tragedia y sumido en
una titánica lucha interior, fue llevado a empujones a
su celda dentro de la clínica. En el patio, siguiendo las
“nuevas” órdenes de Mengele, los críos supervivientes
fueron llevados al borde de la fosa y uno tras otro
degollados y arrojados con los demás cadáveres. Sin
disparos que se oyeran no había promesas rotas…
12

El sol mortecino de octubre elevaba


perezosamente los vapores de la cal viva que habían
volcado en la zanja, sobre los cuerpos de los niños.
Dos enfermizos judíos que aparentaban sesenta años,
pero apenas pasaban de la treintena, echaban
paladas de arena con los rostros cubiertos por
mugrientos trapos empapados en agua, en un intento
poco efectivo de hacer más respirable la atmósfera de
las habitaciones traseras de la clínica.
En la sala de exploración habían apartado la mesa
central, y retirado las bandejas de instrumental de la
auxiliar, en su lugar se había colocado una máquina
de escribir para que el doctor Miklós Nyiszli, ayudante
del doctor Mengele, transcribiera los interrogatorios
del cura polaco.
Tanto Josef como el padre Kolbe estaban sentados
cara a cara en la misma mesa en la que tiempo atrás
el doctor tomara notas sobre los terribles
experimentos realizados sobre el cuerpo del
sacerdote, entre ambos sólo había una jarra de agua,
un vaso y el extraño trozo de piel entre dos placas de
Petri. A un gesto del médico, Miklós sujetó al
sacerdote inmovilizándole el brazo derecho mientras
una de las enfermeras le acercó a Mengele una
jeringuilla.
- ¿Sabes que es el Tiopentato de sodio? No,
supongo que no – Saboreó por unos instantes la
incertidumbre aterradora del sacerdote – No se
preocupe padre, no es más que un poco de sinceridad
líquida, por si se ve tentado a no decir la verdad. – Le
inyectó el suero – De acuerdo, soy todo oídos padre…

- El tres de enero de 1901 un nómada llamado Amr


ed-Dhib, que buscaba refugio en las montañas de
Qumra porque una tormenta de arena le había pillado
desprevenido. Por casualidad encontró una grieta
entre las rocas, por la que se deslizó desesperado, la
cueva medía aproximadamente dos metros de altura y
la grieta se encontraba en la unión entre la pared y el
techo, por lo que sin poder asirse a ningún saliente y
debido a la celeridad de la entrada, Amr se precipitó
al interior destrozando algo en su caída. Dolorido por
el golpe tentó a su alrededor en la oscuridad, tocando
arena, maleza seca que el viento había debido
acumular dentro de la caverna y lo que parecían los
trozos de una tinaja o vasija grande. De la bolsa de
piel de cabra que llevaba bajo la túnica, extrajo yesca
y pedernal y procurando acumular algo de la hierba
seca que había encontrado, en un hueco realizado en
el suelo de arena de la gruta, encendió una pequeña
lumbre, suficiente para iluminar el rincón en el que se
encontraba. Tenía en la pierna un feo corte; debió
hacérselo con alguno de los trozos de la vasija, que
vista a la luz del fuego parecía más pequeña de lo que
por el golpe había creído. Algo brillaba ligeramente
entre los fragmentos más alejados. Era la cubierta de
cuero de lo que parecían un grupo de pergaminos…
Los rescató de los restos, sacudió un poco el polvo y
la arena que los cubría y tras alimentar la hoguera con
más maleza seca, se sentó a esperar que pasara la
tormenta, con la idea de echar un vistazo a su
hallazgo, quizá pudiera sacarle algún dinero
vendiéndolo en la ciudad. Llegado ese punto había
olvidado por completo la herida del muslo.

Tres días más tarde, en el mercado de Jericó, Amr


acompañado de su hijo Mohamed, logró vender las
cartas a un mercader desconocido. El comerciante era
un buscador de reliquias que trabajaba para la iglesia
católica localizando restos de santos y diferentes
objetos sagrados requeridos por el Vaticano para
evitar usos sacrílegos, por lo que en cuestión de
semanas llegó a manos del Papa León XIII, poco más
de un año antes de su muerte.
Después de meses de investigaciones, el
manuscrito fue traducido prácticamente en su
totalidad. Treinta y siete sacerdotes se emplearon en
esta labor, pero nunca vieron los textos completos ni
supieron de qué se trataba. Tras la muerte de
Vincenzo – Nombre de nacimiento de León XIII – Su
predecesor Pio X recogió el testigo y decidió que lo
mejor era ocultar lo que ya por entonces comenzaron
a llamar “el legado del fin del mundo” y mantener el
secreto, una medida bastante empleada por la Santa
Sede.
Pío X estaba obsesionado con el episodio de la
Pasión de Cristo, por lo que tenía cierta predilección
por la catedral de Roma, la Archibasílica del Santísimo
Salvador, en la que se encontraba la “Scala Santa”. En
el 326 después de Cristo, Helena de Constantinopla
mandó traer piedra a piedra la escalera del palacio de
Poncio Pilato, por las que subió Cristo el viernes santo
para ser juzgado y en la que se podían apreciar
manchas de sangre del hijo de Dios, de hecho, según
los estudios realizados por Pío, Jesús de Nazaret no
cayó sólo tres veces durante su ascenso al Gólgota,
bajo el peso de la cruz. Hubo una primera caída justo
antes del juicio público, debilitado por los atroces
latigazos recibidos perdió el equilibrio y se precipitó
por las escaleras.
Levantaron el entarimado de nogal que se había
colocado en 1723 para proteger la reliquia, las tablas
del séptimo escalón, justo donde estaba el cristal que
mostraba la mancha de sangre más evidente. En el
marco del ventanuco podía leerse: “Sanguinem
Domini nostri Jesus Christi” y bajo la losa de mármol
ocultaron los documentos del legado.
Dos semanas después, en verano de 1904, un
ladrón de poca monta de las “periferie” de Roma,
Giuseppe Lombardi fue encontrado muerto en un piso
que ocupaba ilegalmente, se había destrozado las
muñecas a mordiscos y arrancado los ojos con dedos
torpes de manos torpes por tendones medio
seccionados… No hubo investigación, el oportuno
hallazgo de varios tarritos vacíos de Paregórico y una
botella de absenta totalmente seca, resolvió todas las
posibles dudas. Nadie prestó atención al sacerdote
que momentos antes abandonaba el edificio con algo
oculto bajo la sotana. El robo a la catedral de Roma
se enmascaró como un ataque vandálico a la Scala
santa. Nunca se supo quién había pagado a aquel
hombre para que llevara a cabo la profanación, ni
cómo el Papa pudo recuperarlo tan pronto, pero esto
marcó un antes y un después en la preservación del
manuscrito. A finales del mismo año, Pio X, tras haber
estudiado en profundidad los textos, comenzó a
realizar importantes cambios con el único objetivo de
prepararnos a todos. Entre otras cosas, ordenó la
confección del Código de Derecho Canónigo – para
unificar y fortalecer las leyes tanto espirituales como
temporales de la iglesia católica – y, a finales de ese
mismo año, seleccionó al primer guardián. Bajo
ningún concepto nadie conocería jamás, excepto el
mismísimo Santo Padre, la identidad de la persona
encargada de custodiar aquella fuerza devastadora
que podría terminar con la humanidad. Cada cinco
años, tanto el custodio como la ubicación de los
códices serían cambiados por el Papa vigente para
evitar así su potencial localización y los posibles
efectos adversos sobre la mente y el alma del elegido.
No puedo decirle nada acerca del siguiente guardián,
sólo que murió en extrañas circunstancias días
después de legar su responsabilidad por orden del
Papa Benedicto XV. – Ante la mirada inquisitoria de
Mengele, Kolbe contestó – Pocos días antes de la
muerte del Santo Padre recibí una carta lacrada con el
sello papal, en la que se me instaba a continuar mi
labor de forma indefinida, Benedicto presentía que
una sombra oscura se cernía sobre lo que tanto nos
había costado ocultar. Tras su muerte los periódicos
publicaron su último deseo, palabras que no dejaba de
repetir en los breves momentos de agonía antes del
último estertor: “Ofrecemos nuestra vida para la paz
en el mundo”. No fue un deseo, más bien la respuesta
a una amenaza cumplida… Llegados a este punto no
puedo explicarle la razón que me ha llevado a guardar
el legado durante casi cinco lustros…

El rostro de Josef se crispó en un gesto de cólera,


se levantó de súbito y barrió con el brazo todo lo que
había sobre la mesa.
- Le juro por Dios que mataré a todos los malditos
niños de este campo y los que lleguen día tras día por
esas vías – Señaló hacia la única ventana de la
habitación, que estaba orientada hacia los andenes,
con gesto violento – De haber querido una clase de
historia, créeme no se la habría pedido a usted. Lo
que quiero saber es qué es ese trozo de piel y de
dónde vienen sus increíbles propiedades y quiero
saberlo ¡Ahora! – Propinó un fuerte puñetazo en el
rostro del sacerdote partiéndole la nariz, un estallido
de sangre salpicó la mesa y al propio Mengele. Miró
su bata con desprecio, se levantó con lentitud y se
cambió la prenda manchada por otra limpia que había
colgada en una larga percha atornillada a la pared
junto a la puerta de entrada de la sala. Después se
acercó al mueble de los medicamentos y volvió a
cargar la jeringa de Tiopentato de sodio o pentotal
sódico como ponía en la etiqueta. – Quizá necesitas
un poco más de persuasión.
- Doctor si abusa demasiado de eso podría pararle
el corazón – Miklós mantenía la barbilla pegada al
pecho mientras hablaba. Josef terminó de inyectar el
suero de la verdad en el cuerpo de Kolbe, se volvió
hacia su ayudante judío mientras desenfundaba su
arma y le apuntó directamente a la cara, apretó el
gatillo pero no hubo detonación, volvió a disparar de
nuevo y otro clic, la pistola se había encasquillado.
- Por lo que se ve tienes otra oportunidad, no la
desperdicies – Mengele arrojó el arma a un rincón de
la habitación y volvió a sentarse junto al sacerdote,
que sudaba profusamente y apenas podía sostener la
cabeza erguida sobre los hombros. El doctor Nyiszli se
limpió las lágrimas que resbalaban silenciosas por sus
mejillas con la palma de la mano y se preparó para
seguir transcribiendo.
- Quería conocer la verdad – prosiguió Maximilian
con voz entrecortada y apenas audible – y para eso
tiene que saberlo todo, comprender que esto le
sobrepasa…Quizá el saber que va a enfrentarse con
algo que ha asustado a la misma cabeza de la iglesia
durante años le haga recapacitar y olvidar todo esto…
– Por toda respuesta recibió un bofetón. Acto seguido
Mengele le alargó un pañuelo para que se enjugara la
sangre y depositó de nuevo el trozo de piel sobre la
mesa tras haberlo recogido del suelo.
- Háblame de esto, quiero saber dónde está lo
demás.
- Es un fragmento de uno de los siete manuscritos
que forman parte del Legado.
- ¿Me está diciendo que esos textos están escritos
sobre piel humana?
- Es piel, pero no es humana… – El sacerdote lo
miró con ojos vidriosos segundos antes de perder la
consciencia.
13

Cuando el doctor Nyiszli llegó a la mañana


siguiente para seguir con el interrogatorio, era fin de
semana, pero aparte de en el calendario nada lo
demostraba, encontró a Mengele de pie delante de la
ventana de la sala de exploración, llevaba la misma
ropa del día anterior sucia y arrugada. Estático,
parecía estar viendo Sodoma a través de los cristales
y haberse convertido en estatua de sal. La silla que
ocupara durante la sesión anterior estaba volcada,
Miklós se acercó para colocarla en su lugar cuando
descubrió el cuerpo del sacerdote tirado en el suelo,
junto a la mesa, estaba muerto.
- “U stóp Matki” – Se dio la vuelta y su ayudante
pudo ver las oscuras ojeras y el rostro demacrado, no
había dormido en toda la noche, parecía exhausto,
pero su mirada era más fría aún de lo que solía serlo –
Han sido sus últimas palabras, quiero saber qué
significan, busca a un polaco que no se haya comido
la lengua y averígualo, AHORA.
- “A los pies de la Virgen” – Dijo el médico
asistente con voz trémula y demasiado baja.
- Repítelo y esta vez en una frecuencia audible
para el ser humano – Josef no se molestó en disimular
su exasperación.
- Doctor digo que “U stóp Matki” significa “A los
pies de la Virgen”
- “A los pies de la Virgen” – Repitió Mengele –
¿Qué narices…? ¿Es una maldita plegaria o algo así? –
Preguntó más para sí mismo pero aún así Miklós le
respondió con cierto temor.
- Quizá presintió su muerte y quiso encomendarse
a su tan amada Virgen María – Josef le miró de
soslayo.
- Deja las notas sobre la mesa – La paciencia era
una virtud de la que no podía presumir, sin embargo
haría un esfuerzo titánico en busca de una
recompensa equiparable. Con un gesto despectivo de
su mano le mandó fuera de la habitación. El doctor
Miklós Nyiszli salió en silencio del bloque médico y
rezó con todas sus fuerzas por no tener que volver…
Nadie escuchó sus súplicas quedas.

De nuevo en un callejón sin salida, el cura polaco


ha muerto encomendando su alma a los cielos que le
han concedido el último milagro. Al final el suero de la
verdad había sido como agua en sus venas. El
bastardo de Wirths le había puesto en cabeza de una
batalla imposible de ganar. Quizá debería plantearse
el hablar con su mentor, el doctor Von Verschuer, él
podría orientarle en tal tesitura, sin embargo no sabía
hasta qué punto estarían sus intereses inmersos en
aquel asunto. De todas formas toda aquella locura se
había mantenido en secreto, por lo que su fracaso no
saldría fuera de los muros, quizás todavía pudiera
salvarse el verdadero motivo de su traslado a
Auschwitz, un motivo que sólo él conocía y que se
alejaba mucho de conseguir al teutón perfecto o una
procreación el doble de rápido a base de gemelos. Sus
labios dibujaron una amarga sonrisa, era tan absurdo.
Muerto el perro, se acabó la rabia. Una cosa
estaba clara no pensaba compartir su elixir de la
inmortalidad... Si alguien se enteraba del hallazgo, en
un último acto heroico el bueno del padre Kolbe habría
cogido el trozo de piel y se lo habría tragado
momentos antes de morir. Buscarían en sus entrañas
algo que los jugos gástricos habrían hecho
desaparecer. Dudarían, pero no podrían hacer nada.

Wirths no se hizo de rogar. El lunes, el médico en


jefe de Auschwitz llamaba insistentemente a la puerta
de la casa de su subordinado, a primera hora de la
mañana. Golpeó con fuerza la madera pulida por el
tiempo sin molestarse en mirar si había un timbre.
Mengele no tuvo prisa en abrir.
- ¿Puedes explicarme qué es lo que ha pasado? –
La voz exaltada de Eduard resonó por toda la planta
baja.
- Buenas tardes a usted también doctor Wirths –
Contestó Josef con cierta ironía. Llevaba la camisa a
medio abrochar y el pelo aún mojado.
- Déjate de mierdas, maldita sea. Has matado al
cura, lo has matado y con él todas nuestras
expectativas de negocio – Wirths lo apartó con el
brazo y entró en la casa.
- Querrá decir sus expectativas de negocio – Josef
lo siguió con desagrado y ambos quedaron de pie ante
la escalera.
- No seas estúpido, a todos nos mueve el dinero,
¿no es ese el motivo de esta guerra? ¿Sabes cuánto
podríamos haber sacado por un descubrimiento así?
La Farben pedirá mi cabeza clavada en una bayoneta,
pero no dudes que si…
- ¿Le apetece un café, un té? – Mengele lo
preguntó manteniendo el tono irónico mientras con la
mano le daba paso al interior del comedor.
- Quiero una explicación.
- No hay nada que explicar – Mengele perdió la
fingida paciencia – tanto tú como ese molesto doctor
König habéis querido traficar con una quimera, no
teníais nada, ¡NADA! ¿Qué fue lo que les
prometisteis? ¿El jodido suero del súper soldado? ¿El
elixir de la eterna juventud? ¿QUÉ? Estamos en el
siglo XX, los científicos de Farben son casi tan
estúpidos como vosotros, ¿por qué no le habéis
prometido también la puta lanza de Longino? Quizá de
la sangre de su punta podrían sacar una pócima para
ser dioses…
El rostro encendido de Eduard Wirths se
congestionó.
- Nosotros… Él no moría… Pensamos que… No voy
a… Capitán no voy a consentir que me hable en ese
tono, como superior suyo no querría tener que llevarle
ante un consejo de guerra.
Mengele sonrió con gélida maldad.
- ¿Cuáles serán los cargos Eduard? – Degustó en
su paladar cada una de las letras que formaban el
nombre de la persona insignificante que tenía frente a
él – Podría matarle ahora mismo y enterrarle en esta
infecta colina – Vio el terror en sus ojos – König es el
oficial médico de enlace con las industrias
farmacéuticas y tú el principal responsable del campo
en estas relaciones “comerciales”, por decirlo así.
¿Alguien sabe cuál es mi papel en todo esto? Yo se lo
diré, NADIE. No vuelva a amenazarme doctor – Wirths
tardó unos segundos en recuperar la compostura –
Atengámonos a los hechos, ninguna de las
innumerables pruebas realizadas han dado resultado,
las muestras de tejido, sangre, etc. Todo normal.
Durante los interrogatorios se le ha inyectado tanto
pentotal que hubiera cantado a voz en grito las veces
que se tocó la polla cuando aún era un seminarista
imberbe pero… Absolutamente sin ningún resultado,
no ha balbuceado más que sandeces acerca del cielo
y el infierno. Definitivamente no hay nada biológico
que poder recrear en un laboratorio, como puedes ver
la palabra “N A D A” se repite demasiadas veces en
esta conversación. La única explicación posible es que
todo ha sido parte de un plan divino que está bastante
lejos de ser comprendido por nosotros simples
mortales – La atmósfera de la estancia se relajó
ligeramente – Doctor Wirths ¿qué clase de relación
tenemos si nos tiramos los trastos a la cabeza en
nuestra primera crisis? Bayern seguirá necesitando
cobayas y aquí tenemos de sobra, no se arriesgarán a
perder tan valioso activo y eso sin entrar en detalle
acerca de los experimentos que realizamos
directamente en los campos, tan atroces que no se
atreverían jamás a llevarlos a cabo en sus
instalaciones. No, no se preocupe por su cabeza,
mientras sigan llegando judíos permanecerá intacta
sobre sus hombros.
- Puede que llegue un momento en el que eso no
baste para tenerlos en nuestros pies – Aseveró Wirths
con más obstinación que convencimiento.
- La guerra no durará tanto, y los tenemos “a
nuestros pies” no “en nuestros…” – Mengele guardó
silencio sin haber acabado de pronunciar la frase, por
suerte Wirth no se percató de su turbación.
- Pero… - Josef no le dejó terminar.
- Cuando yo era pequeño, y aún no tenía la
capacidad del silencio, mi madre siempre me contaba
la misma historia cuando me veía superado por mi
infantil incontinencia verbal. Aseguraba que Dios, en
su gran benevolencia, se había apiadado de la muerte
y para aliviarle un poco en su labor tan sacrificada y
poco gratificante, se decidió a incluir en cada hombre
y mujer un contador de palabras, no de años, ni de
kilómetros andados o buenas obras realizadas, de
palabras. De modo que cuando llegaban al límite de
cuanto el Todopoderoso les había adjudicado podían
decir, su vida se extinguía con la premura de una
llama que se apaga. Por si no ha entendido la
metáfora, cierre la boca de una vez, no vaya a
pronunciar sus últimas palabras. Y ahora doctor, si me
disculpa, me gustaría terminar de vestirme – Con un
ademán del brazo indicó a su interlocutor donde
estaba la puerta, que ninguno se había molestado en
cerrar.
Tendría que comprobarlo, pero algo, en lo más
profundo de sus entrañas, le decía que tenía razón…
Maldito y completo estúpido, una de las enfermeras
era polaca, ¿cómo no había pensado en ella?
Cruzó el camino de grava como una exhalación.
Viendo como el polvo blanco lamía sus botas, lamentó
amargamente el tiempo que había perdido
puliéndolas, ya podría haber satisfecho aquella
incertidumbre que le corroía como carcoma en
madera podrida.
Recorrió una a una todas las estancias del
pabellón médico hasta encontrar a las enfermeras en
la misma habitación donde días antes había estado
interrogando al sacerdote. Cada una de ellas se
aplicaba en su tarea como si le fuese la vida en ello,
cosa que por otra parte no dejaba de ser cierto. El
centro de su universo en aquel instante, limpiaba
concienzudamente las manchas de sangre de la mesa.
Al verle en la puerta las tres se cuadraron
inmediatamente delante de él y agacharon la cabeza
en espera de sus órdenes. Mengele repitió en voz alta
la frase en polaco.
- ¿Qué significa exactamente? – Tras unos
segundos de extrema tensión, Maryja, la menuda
enfermera de las afueras de Cracovia, le respondió
tartamudeando de miedo.
- S-se-según el co-con-texto, puede signi-ficar d-
dos cosas – En el rostro del médico se dibujó una
sonrisa de triunfo – A los pies de la virgen o en l-los
pies delavirgen – Terminó la frase atropelladamente y
guardó silencio.
14

- Su santidad, las noticias son ciertas, el guardián


se encuentra recluido en Auschwitz. Será cuestión de
tiempo que le descubran… Y si habla, sólo Dios sabe
lo que será de todos nosotros.
- Hablará.
- Pero su santidad, no creo que…
- El ser humano es débil padre Sbaraglia. Y más si
se encuentra ante criaturas tan feroces, para los que
la vida y el sufrimiento de los hombres no tienen valor
alguno.
- No creo que Maximilian nos traicione.
- En sus actos no habrá traición alguna pues no se
realizarán con esa intención. Debemos anticiparnos a
lo que pueda ocurrir, hay que convocar a la Santa
Orden, tenemos que recuperar el manuscrito.
- ¿La Santa Orden? – Había miedo en sus palabras.
- En situaciones desesperadas hay que tomar
medidas desesperadas… La primera ha sido desvelar
la identidad del guardián, ahora no podemos vacilar
en la más importante.
- Así sea.

Esa misma tarde, en el despacho papal, tres


sacerdotes encapuchados, aguardaban de pie frente a
la mesa del santo Padre, durante los quince minutos
que permanecieron esperando no se movieron,
permanecieron mudos y estáticos como estatuas de
mármol, con sus túnicas de un blanco inmaculado. Pío
XII entró en la estancia por la puerta de acceso
“secreto” desde su alcoba, aunque con movimientos
extremadamente tranquilos y medidos, su rostro
denotaba cierta turbación. Se sentó en su sillón y con
un gesto de cabeza indicó a los tres frailes que se
sentaran, ninguno de ellos se movió.
- Nunca me acostumbraré a vuestros estrictos
votos. – Abrió el segundo cajón a su derecha, de la
señorial mesa que ocupaba el centro de la estancia y
sacó una carpeta de cartón bastante sucia y ajada. La
puso sobre la pulida superficie… - Lo que voy a
revelarles hoy aquí deberán llevárselo a la tumba…

Días más tarde, a cuarenta kilómetros de


Varsovia, un escuadrón de soldados alemanes
dirigidos por el teniente Dolf Wagner – mano
ejecutora de Mengele – tomaba el convento conocido
como Niepokalanów (Ciudad de la Inmaculada)
cerrado por el ejército en septiembre de 1939.

No llegó a haber enfrentamiento, los tres religiosos


fueron masacrados a la salida de la capital polaca
mientras eran conducidos al monasterio por un traidor
de la resistencia. El camino de tierra se convirtió en
un lodazal de sangre y cristales rotos cuando las tres
MG42 estratégicamente situadas, hicieron añicos el
viejo Adler y a todos sus ocupantes, incluido el
informador de los nazis, que era quien conducía. La
misión era demasiado importante como para
arriesgarse a que escapara alguno de los enviados por
la iglesia católica. El entramado de espías del Reich
arraigaba profundamente en las entrañas del
Vaticano.

De no ser por los interrogatorios con el


Tiopentato, la tarea de buscar en las casi ochocientas
habitaciones que albergaba la ciudad de la
Inmaculada habría sido digna de uno de los trabajos
de Hércules, sin embargo, los pasos de Wagner
apenas vacilaron entre las dependencias del convento
al dirigirse directamente a la capilla junto a la que
estaba la celda de Kolbe. Y allí, sobre el altar, en la
base hueca de la imagen de una pequeña virgen de
alabastro, estaba oculto el preciado manuscrito.
15

Todo parecía indicar que aquellos textos no


servirían más que para hacerlos pedazos y repartirlos
entre los soldados que fuera posible. Mengele no
había visto nunca semejantes caracteres, sin lugar a
dudas debía ser una grafía primigenia, pero saber eso
no hacía más fácil la tarea de conocer los misterios
que ocultaba. Empezaba a pensar que la muerte del
sacerdote había sido demasiado prematura…
La noche sería eterna si no lograba quitarse la idea
de la cabeza y la judía que compartía su lecho no era
lo suficientemente… Entregada, como para hacerle
olvidar sus inquietudes. La sacó de la cama a rastras
sin controlar su furia, la muchacha de apenas dieciséis
años intentó alcanzar sus ropas, pero él no la dejó, la
golpeó repetidas veces mientras la empujaba hasta
sacarla de la habitación, una patada en la espalda la
arrojó por las escaleras y una vez en la puerta de
entrada la levantó agarrándola fuertemente del cuello,
la muchacha, con la boca desencajada intentaba
gritar suspendida en el aire a varios palmos del suelo,
pero le era imposible, al ver el interior de la boca de la
desesperada mujer Josef tuvo una revelación y la
soltó de súbito.
- Parece que hoy es tu noche de suerte…
Márchate ahora.
- Pero Señor – Comenzó a suplicar la muchacha –
Es de noche, cuando los guardias me vean fuera… –
De un bofetón Mengele la arrojó fuera de la casa, al
camino de grava. Hellen, así se llamaba la cría, se
levantó aturdida, rozándose la mejilla dolorida con las
yemas de los dedos y comenzó a caminar desnuda y
lastimada por la fría noche en dirección a una de las
entradas del campo, suplicaba en silencio para que los
vigilantes de las torres no le disparasen… Josef
subió de nuevo al dormitorio y se dirigió a la cómoda
que había frente a la cama, pero algo pareció
distraerle, en el último momento se desvió hacía el
balcón y cogió su rifle, un Mauser KAR 98K con visor
Ajack, que estaba apoyado en un rincón de la
habitación, salió a la terraza, puso el arma en posición
y buscó a la joven a través de la mira, cuando la
encontró a unos quinientos metros, disparó
atravesándole el pecho y dejando su cuerpo
desmadejado en el sucio suelo, se encaminó de nuevo
hacia el mueble, tras dejar el fusil en su lugar y del
último cajón extrajo una carpeta de cuero en la que
se encontraban los documentos del legado y junto a
ella, en un pequeño estuche también de cuero, estaba
el fragmento de piel que encontrara tiempo atrás en
el paladar de Kolbe. Lo extrajo y se la metió en la
boca, sintió de nuevo la sensación eléctrica que había
sentido la primera vez, ¿cómo no lo había pensado
antes? Siempre había estado ahí, delante de sus
narices y no había sido capaz de darse cuenta. Se
sentó en la cama, hasta ese momento no se había
percatado de que él también estaba completamente
desnudo, sin embargo no le importó lo más mínimo,
colocó la carpeta sobre sus muslos sintiendo
agradable el frío cuero sobre su miembro, la abrió
directamente por la primera de las cartas, y todo tuvo
sentido… Ya no contenía símbolos extraños, todo lo
contrario, ahora era perfectamente legible, la
información parecía bullir rebosante directamente en
su cerebro.

En un principio Josef creyó haberse quedado ciego,


todo era tinieblas. Con el corazón sobrecogido
escuchó a su alrededor el entrechocar de rocas
gigantescas, el aullido desgarrador de un viento
huracanado que levantaba lo que parecían ser olas
inmensas de un mar iracundo y violento. Tan
lentamente que apenas se dio cuenta, la gruesa
sensación de ceguera fue diluyéndose en un leve
reflejo que se hacía más y más intenso, y fue cuando
se hizo la luz. Y por primera vez existieron el día y la
noche. Era imposible que su simple visión de mortal
pudiera abarcar la totalidad de la creación, y sin
embargo allí estaba, ante sus ojos las aguas se abrían
y dejaban paso a la tierra, de la que no tardaron en
comenzar a brotar toda clase de plantas, una extensa
vegetación que contemplaba hierbas que daban
semillas y árboles frutales que daban fruto, de su
especie, con su semilla dentro… La luz divina que todo
lo envolvía fue cediendo su espacio a la luz de la
recién nacida estrella que alimentaba a las nuevas
criaturas de la tierra y fue así como Mengele vio la
creación del sol y de la luna. Y estonces se oyó un
retumbar como de vida abriéndose paso y el espacio
celeste, las aguas y la tierra, todo, rebosó de aves,
criaturas marinas y animales de toda clase, que
fecundos, crecieron y se multiplicaron ante sus ojos
hasta ocupar cada rincón de la creación…

El alba lo encontró en la misma postura y sin dejar


de leer. Aquella mañana no acudió a los andenes, algo
que jamás había pasado desde que dejara a un lado la
investigación del sacerdote, para él las tareas de
selección iban más allá del deber.
Su cabeza era un hervidero, había estado
toda la noche conectado de forma compulsiva a
aquellas páginas y sólo había alcanzado a terminar la
primera de las cartas, los pergaminos apenas medían
cuarenta por treinta centímetros y sin embargo
parecían estar escritos en una taquigrafía elevada a la
infinita potencia, cada vez que leía cada uno de
aquellos símbolos, párrafos enteros estallaban en su
cabeza, frases que daban lugar a imágenes y escenas
completas que presenciaba con total claridad…
Y también fue testigo de la creación del hombre.
Pudo ver como una figura alada de hermosura
incomparable descendía de las alturas para dejar en
la tierra la más preciada de las criaturas de Dios, la
mujer. Aquella fue una de las primeras sorpresas para
Mengele, Dios creó primero a la mujer y no al hombre
como aseguraban las escrituras, así que todo aquello
de la costilla de Adán no eran más que cuentos de
viejas. Aprendió que los ángeles eran seres de
energía y que por lo tanto no necesitan un cuerpo
físico para existir, sin embargo a Luzbel, el
primogénito de entre todos los ángeles, le fue
otorgado un cuerpo alado para que obedeciera los
mandatos divinos durante la creación, y ahí fue donde
la cosa se jodió… Cuando Luzbel llevaba a Eva en sus
brazos ella despertó y le miró quedando prendada al
instante de la belleza del ángel, este, por su parte,
que no conocía el amor carnal, quedó invadido del
calor del alma de la mujer. Josef se estremeció al
sentir el torrente de sensaciones que invadieron el
joven cuerpo de aquel ángel legendario. Ya en la
tierra, Luzbel exhaló su aliento sobre ella dejándola
profundamente dormida y borrándolo todo de su
memoria, Mengele fue testigo de la decepción de tan
espléndida criatura, del dolor que sentía en su
corazón cuando alzó el vuelo y no volvió a mirar atrás,
tuvo miedo, un miedo imposible a incumplir los
designios divinos. Luzbel, la mano derecha del
Altísimo, estaba profundamente enamorado de Eva.
La piedra había sido lanzada al estanque de la pasión
y las ondas arrasaron al arcángel... La carta era
amarga y desgarradora, parecía haber volcado su
alma, un alma nacida de aquel primer contacto con la
mujer primigenia…
Día tras día el ángel torturado volaba a la
faz de la tierra y observaba en silencio a la sublime
creación de Dios. Y fue entonces cuando Mengele
observó cómo terminaba la fase contemplativa.
Doblegada la voluntad de Luzbel, no pudo evitar
acercarse a la mujer. La escena era sobrecogedora, la
gigantesca figura del ángel envolvía con la
envergadura de sus alas a la delicada Eva, cuyo
cuerpo desnudo se estremecía con cada caricia de sus
plumas. Aunque el ángel duplicaba la estatura de la
mujer, ambos encajaron perfectamente.
Todo comenzó a darle vueltas, sin ser
dueño de sus actos quiso sacarse el trozo de piel de
la boca pero no fue capaz. Era difícil asimilar lo que se
le había mostrado aquella noche. En ese preciso
instante fue consciente de que tenía en las manos piel
de ángel y que el símbolo que contenía estaba escrito
con la sangre del señor del infierno, él mismo fue
testigo en la más profunda sima del báratro, allí
estaban los que sobrevivieron. La Biblia hablaba de
que una tercera parte de las huestes celestiales se
rebeló, pero no todos fueron enviados al abismo ya
que muchos murieron durante la gran guerra.
Fracasados, heridos y exhaustos, centenares de
cuerpos sólo cubiertos por suciedad y llagas,
ocupaban aquel valle tenebroso. Tan sólo su estatura
los diferencia físicamente de seres humanos. No
formaban grupos entre ellos, cada uno intentaba
desesperadamente acostumbrarse a su nueva forma
corpórea, el dolor físico era parte del castigo divino,
vagarían eternamente entre aquellas piedras
incandescentes torturados por los recuerdos de las
atrocidades que cometieron con sus propios hermanos
y enloquecidos por habérseles negado la luz divina
que una vez contemplaron. Mengele los observaba
con hastío, era como ver una jauría de hienas
hambrientas. Ocho siluetas resaltaban en aquella
maraña de perdición, sus figuras eran más altivas, en
sus rostros no había desesperación ni derrota, más
bien resentimiento y odio, un odio ancestral y
profundo. Eran los siete ángeles que dirigieron los
ejércitos rebeldes y el arcángel que los lideraba,
Luzbel. No hablaban en voz alta pero era evidente que
se estaban comunicando. Uno a uno fueron
postrándose ante su Señor, apoyaban la rodilla en
tierra y le daban la espalda, sus rostros parecían
cincelados en piedra y no hicieron gesto alguno de
dolor mientras les arrancaba la piel.

A Josef se le mostró la razón de semejante


castigo…
16

Mengele pudo ver como la luz divina reprendía al


ángel y le prohibía ver de nuevo a la mujer, como
castigo no volvería a bajar a la tierra nunca más…
Una vez que hubiera cumplido una última tarea,
tendría que llevar a Adán a la tierra y dejarlo junto a
la que sería su compañera, hombre y mujer debían
estar juntos. Fue entonces cuando Luzbel conoció por
primera vez lo que era odiar. Y odió, odió a Adán con
la misma pasión que amaba a Eva… Nueve meses
después de la llegada del hombre, Eva dio a luz
gemelos: uno heredó la celestial belleza de su padre,
sus cabellos eran rubios y sus ojos azules y la piel
pálida como un pétalo de jazmín, era Abel. El otro, de
cabellos y piel oscuros como su madre y con sus
mismos ojos color aceituna… El caso es que cuando
Luzbel supo lo de los niños, rompió la palabra dada al
Señor y fue donde Eva. Pasaron los años y Luzbel, en
secreto no dejó de visitarla, hasta el punto de que Eva
no tardó en repudiar a su esposo…
Según los textos, Adán desafió a Luzbel en un
intento por recuperar a Eva, si es que alguna vez fue
suya, en dicho enfrentamiento el odio de Luzbel se
volvió locura y mató a Abel, su preferido, que se
interpuso entre ambos. Y fue entonces cuando la ira
de Dios cayó sobre el arcángel que fue desterrado a
los infiernos y condenado a permanecer en su forma
corpórea el resto de la eternidad sintiendo el infinito
dolor de la pérdida. Pero Luzbel no renunciaría a Eva
sin luchar…

Muchos fueron los ángeles que habían entrado en


contacto con el favorito y se habían contagiado del
calor de su furia humana, la gran guerra del cielo
había comenzado… Una tercera parte de las legiones
celestiales se había revelado, aún con la desventaja
numérica, la batalla fue cruenta y muchos ángeles
perecieron, hermanos dando muerte a hermanos…
Pero como no podía ser de otra forma, los rebeldes
fueron doblegados y la palabra de Dios se cumplió,
aquellos que sobrevivieron fueros desterrados del
cielo y condenados a una vida eterna de sufrimiento
en las profundidades del averno. El propio arcángel
Miguel, el que se sienta a la izquierda del creador,
condujo a su hermano al lugar del exilio y le arrebató
su nombre, ya jamás sería llamado por el nombre que
el mismo Dios le otorgó por ser el ángel más bello…
17

- No creas que entiendes lo que ocurrió… -


La voz sonó en su cabeza y lo sobresaltó como si
alguien hubiera disparado un cañón a sus espaldas –
no puedes ni imaginarlo. – Josef se levantó de súbito
dejando caer la carpeta con los pergaminos y de
forma instintiva buscó algo con lo que taparse.
- ¿Quién anda ahí? – Sabía que la voz la
había escuchado en su cabeza, pero su cerebro se
negaba a creerlo e intentaba buscar una explicación
lógica, intentaba convencerse de que podía haber
alguien escondido en la habitación, o el pasillo…
- No eres estúpido, sabes que no hay
nadie en la casa, tú mismo echaste a patadas a esa
puta judía… Tienes piel de mis hermanos en tu boca y
es mi sangre la que se funde con tu saliva, hace la
conexión más fácil. – Mengele relajó levemente los
músculos y volvió a sentarse en la cama.
- ¿Eres… Eres el demonio? – No pudo
evitar que le temblara la voz.
- ¿Soy el demonio? ¿Qué demonio? – La
voz sonó más profunda y ronca – Demonios hay
muchos, tantos como ángeles caídos, yo no soy un
demonio, yo soy el adversario, el primero de los
amotinados… Habla con propiedad, yo soy Lucifer –
Josef se estremeció.
- ¿Qué quieres de mí?
- Te equivocas, lo cierto es que eres tú el
que lo quiere todo de mí.
- ¿Por qué ibas a darme lo que quiero? –
Mengele parecía haber perdido el miedo – Se supone
que nos odias y que sólo buscas nuestra perdición.
- Para perderos os bastáis y os sobráis
vosotros solitos, yo lo único que hago es divertirme
contemplando la caída de su creación y sí, puede que
de vez en cuando, os dé algún empujoncito… Pero no
puedes culparme por querer salir de esta prisión de
ira y fuego y volver al lugar que me corresponde.
- No entiendo qué quieres decir.
- Bueno, dejemos eso para otro
momento… Al fin y al cabo soy el diablo y según
vuestro folclore me encanta hacer tratos, así que voy
a proponerte uno: yo te devuelvo la dignidad y tú
aportas tu granito de arena en mi pequeña cruzada
personal de venganza. – Instintivamente Josef miró
hacía el techo de la habitación.
- ¿Mi dignidad? No creo que… - Una fuerte
carcajada dentro de su cabeza le hizo enmudecer.
- Caíste en la más oscura de las
vergüenzas cuando nacieron tus hijos. – Para Mengele
fue peor que si le hubieran golpeado en plena cara
con la culata de un fusil.
- Yo sólo tengo un hijo – Contestó con odio
y obcecación.
- Olvidas quién soy. ¿Qué diría la pequeña
Unna si supiera que su padre reniega de ella? Pobre
Josef, pasaste noches enteras leyendo los estudios de
aquel médico irlandés, pero el doctor Turner 2 no lo
sufrió en su propia estirpe ¿verdad? ¿Cómo
enfrentarse a una degeneración así? Tendrían que
haber sido dos niños, hermosos gemelos idénticos,
pero… ¿Qué edad aparenta? Es una criatura patética
y enfermiza, sangre de tu sangre, aria y pura. – Por
primera vez en su vida, el doctor Josef Mengele se
derrumbó, se dejó caer al suelo y no pudo contener
las lágrimas, pero no eran lágrimas por su hija
enferma, eran lágrimas de vergüenza y frustración. –
Yo puedo hacer que todo sea como debía haber sido,
puedo devolverte al hijo que debiste tener.
- Eso es imposible, es imposible, es
imposible, es… – Josef no dejaba de repetirlo.
- Para mí no hay nada imposible,
entrégame a tu hija Unna, dame su vida y de sus
cenizas resurgirá un niño sano. – Josef no lo dudó.
- Dime qué debo hacer…
18

Si el contenido de las primeras cartas era


históricamente excepcional e increíble, el resto no era
menos. La siguiente contenía una lista de nombres e
iniciales que se suponía eran de los siete ángeles que
acompañaron a Luzbel en su caída y de los que este
arrancó la piel para escribir las epístolas, Pudo
identificar el que aparecía en su trozo de piel, Asa’el.

Rama’el Sahari’el

Turi’el Asa’el

Yehadi’el

Alguien estaba llamando a la puerta. No eran


horas, o sí, la luz de la mañana penetraba
ampliamente por el balcón del dormitorio, ¿Cuánto
tiempo llevaba leyendo? Bajó a abrir poniéndose la
bata, miró el reloj, las once y media de la mañana. El
mismo soldado que le sirvió de chófer el primer día
que llegó a los campos, se cuadraba delante de su
puerta.

- Señor, soy el cabo Berg, el doctor Wirths


me envía para saber por qué tampoco ha acudido hoy
a los andenes. – El soldado parecía nervioso, no le
gustaba mucho Mengele, percibía en él algo que no
llegaba a descifrar pero que le hacía sentir como si
sus testículos se encogieran.
- Dígale a Eduard que estoy enfermo, debí
comer algo que no me ha sentado demasiado bien –
el cabo no pudo evitar desviar la mirada hacía el
centro de la calle donde aún permanecía el cadáver de
la muchacha, Mengele pareció no darse cuenta –
deberá sustituirme alguien en la clínica. Pídale por
favor que tengan en cuenta mis “necesidades” a la
hora de la selección, necesito gemelos para algunas
de mis investigaciones… Por cierto soldado, si no le
importa, recoja esa basura de la calle antes de que
empiece a oler.

En los siguientes días, Josef Mengele no


dejó de leer el manuscrito, cada hora que pasaba y
cuanto más tiempo mantenía aquel trozo de piel
dentro de su boca, más le costaba mantenerse
cuerdo, era como si su mente se hubiera
sobrecargado, constantemente se le venían imágenes
a la cabeza, pero no sólo eran de lo que se describía
en el Legado, cada vez que cerraba los ojos se
sumergía en una agónica pesadilla, podía sentir el
dolor, el odio y la desesperación de centenares de
cuerpos que se retorcían en el fuego de su propia
animadversión… Y entonces ocurrió, una de aquellas
criaturas lo miró, fijó sus ojos en él y no dejó de
observarlo un instante, eran azules, de un azul tan
claro que parecían lechosos, como los de un pez mal
hervido, tenía el rostro cubierto de cicatrices, marcas
de una cruenta pelea con algún tipo de animal. Josef
abrió los ojos con la desesperación de un buceador
que sale a la superficie a punto de ahogarse, no eran
visiones, había estado allí, de alguna forma que no
lograba comprender, aquel pedazo de piel le
conectaba físicamente con el mismísimo horror, el
infierno.

Tras su encuentro con Lucifer, Josef había


dejado de dormir, de comer, de asearse, para él ya
sólo existían la espera, los manuscritos y las visiones
o lo que demonios fueran. Pero lo que para Kolbe era
una maldición que soportar, una tortura que sólo un
mártir podría resistir y que seguramente lo acercaría a
la santidad, hizo que la ambición de Mengele
alcanzara cotas inimaginables para un humano que
nunca hubiera “visto”.

A la mañana del sexto día, el doctor Mengele se


despertó temprano, desayunó copiosamente y pasó
más de dos horas en el cuarto de baño, cuando salió
acompañado de una nube de vapor, era un hombre
completamente distinto, la sombra de la barba había
desaparecido, su cabello volvía a estar perfectamente
cortado y peinado. Delante del espejo, terminando de
colocarse el uniforme, recordó su primer día en
Auschwitz, aquella vez escuchaba una hermosa aria
de su ópera favorita, ahora lo único que percibían sus
oídos eran los desgarrados gritos del averno y como
un susurro, el resto de los sonidos de la realidad. A la
hora en punto sonó el timbre de la puerta, Wirths era
un hombre extremadamente puntual, y pusilánime.
- Josef, tiene buen aspecto, espero que ya esté
mejor…
- Estoy perfectamente doctor Wirths. – La frialdad
en la voz de Mengele y el formalismo no pasaron
desapercibido para el médico jefe de los campos.
- No tengo demasiado tiempo, sino te importa
dime por qué necesitas verme con tanta urgencia, y
aquí – esto último lo dijo con un ligero tono de
desprecio. Todo lo que podía ver desde la puerta
estaba hecho un desastre, parecía que el joven
médico había perdido la cabeza durante aquellos días
y había destrozado todo el mobiliario y… a juzgar por
el olor, debía estar haciendo sus necesidades por toda
la casa.
- No es mierda lo que huele, y después de ver lo
que tengo que mostrarte, unos cuantos muebles
malparados no te impresionarán. – Eduard no pudo
evitar el gesto de perplejidad, ¿cómo podía saber lo
que acababa de pensar?
- Doctor Wirths, si no le importa pase al salón por
favor – Mengele se apartó de la puerta y le indicó a su
superior el camino con un gesto de la mano; éste lo
siguió no sin cierto recelo. – Abra su mente doctor voy
a mostrarle cómo ganaremos esta guerra…
La estancia estaba completamente vacía, excepto
por tres cadáveres en diferentes estados de
descomposición que había en el suelo, sobre la
alfombra, perfectamente colocados uno junto a otro,
los cuerpos se tocaban entre sí como si se tomaran
de las manos. Eran una muchacha judía, la misma que
tiempo atrás Josef asesinara desde la ventana de su
dormitorio, otro judío de mediana edad, al que Eduard
reconoció como el zapatero, así lo conocían los
guardias del campo ya que se ganaba cierta
indulgencia abrillantando y arreglando las botas de los
oficiales y, lo que más horrorizó a Eduard, un soldado
alemán, aunque su estado era lamentable, Wirths
pudo identificar a un joven soldado que había muerto
hacía ya más de un mes al disparársele el arma
mientras la limpiaba, Josef habría tenido que
desenterrarlo, y eso era inadmisible.
- Doctor Mengele, creo que ha perdido
definitivamente el juicio, ¿cómo se atreve a profanar
la tumba de uno de nuestros…? – Dejaron de salir
palabras, aunque su boca permanecía abierta más
que nunca, Josef se había agachado junto a la
muchacha y le había cogido la mano, al instante el
cuerpo de la joven judía comenzó a temblar
levemente, en pocos segundos comenzó a hacerlo
también el cuerpo del zapatero, mientras se detenía
el primero lentamente, al final era sólo el cadáver del
soldado el que se estremecía cada vez más, y más,
hasta llegar a convulsionar de forma imposible y para
asombro del doctor Wirths, se irguió hasta ponerse de
pie como tirado por hilos invisibles. - ¿Qué
abominación es esta? ¿Qué…?
- Es la que nos hará ganar esta asquerosa guerra,
ya se lo he dicho – Miró al cadáver reanimado que
ahora tenía los ojos abiertos aunque los globos
oculares estaban girados hacia adentro – Mátalo – Le
ordenó, y éste sin vacilación alguna caminó
torpemente hasta Eduard y lo agarró del cuello,
Wirths pudo desenfundar la Luger y la descargó a
quemarropa en el vientre del soldado muerto, que no
se inmutó y siguió oprimiendo su garganta con
violencia. – ¡Suéltalo! – La criatura se detuvo y el jefe
médico calló al suelo tosiendo y sujetándose el cuello
en el que podían apreciarse rojizas marcas de dedos.
– Ese Kolbe tenía dentro de su boca mucho más que
el don de la inmortalidad… ¡Ayúdale a levantarse! – Al
agacharse para levantar a Eduard, del agujero del
estómago que habían abierto los disparos, se salieron
las podridas entrañas del cadáver reanimado,
desparramándose por el suelo, Wirths comenzó a
vomitar con ansia. Mengele se acercó al poseído y le
tocó en el hombro, éste se estremeció y cayó inerte al
suelo a los pies de Eduard.
- ¿Ha mu-muer-to?
- Ha vuelto al infierno.
- ¿De-de qué estás ha-blando? – Wirths lo miraba
perplejo y aterrado al mismo tiempo.
- Yo traje al demonio que controlaba ese cuerpo –
Señaló el cadáver. – Y yo lo envié de nuevo al abismo.
Aún queda mucho que experimentar y necesitaré toda
la ayuda que puedas prestarme.
- ¿Qué ne-cesitas? – Preguntó su jefe inmediato
todavía con dolor en la garganta.
- Judíos… Muchos judíos y plena libertad para
hacer con ellos lo que sea necesario.
- ¿Creí que eso ya lo hacías? – Contestó Wirths
con cierto desagrado en la voz.
- Nada de lo que he hecho hasta ahora se parecerá
a lo que estoy a punto de hacer.

Aquel truco de magia había conseguido su fin,


tiempo y libertad, libertad para prepararlo todo… El
muy imbécil estaba convencido de que podrían
controlar a los muertos y lo único controlado era su
cerebro, también único testigo de lo que
supuestamente acababa de ocurrir en la habitación.
19

Ya todo estaba dispuesto, esa misma


tarde partiría hacia Frankfurt. Aún no había pensado
qué le diría a Irene, tantos años ocultando a Unna y
ahora iba a llevársela con él a Auschwitz. Sabía que
en última instancia su palabra prevalecería ante una
posible discusión, pero no quería eso, no quería
enfadarse con su mujer. Ella tendría que entender.
Él cumpliría su promesa y les devolvería lo que
siempre merecieron tener.
20

15 de enero del año de nuestro Señor de 1945.

Los judíos y sus supersticiones, conforme


se acercaba a una de las salidas secundarias del
campo, Eduard Wirth no podía dejar de pensar en las
habladurías que corrían de barracón en barracón
acerca de la casa de la colina, ¿cómo la llamaban los
propios guardias de las torres? Ah sí, “Die heimat der
engel des todes”, La morada del ángel de la muerte.
Aseguraban que los gritos que cada noche se
escuchaban provenientes de ese lugar eran
desgarradores, más aún que los del propio campo. No
podía seguir engañándose, tras la desaparición de
König tendría que haber terminado con aquella
locura… Quizá había llegado el momento. Mengele
llevaba fuera varios días, aprovecharía su inesperado
viaje para hacerse con las notas de su investigación y
después… Después denunciaría a ese perturbado hijo
de puta, tenía pruebas más que suficientes para que
lo ejecutaran allí mismo, fotografías, testigos, a la
pequeña Mozes y a su hermana, apenas tenían diez
años, pero habían sufrido en su propia piel los
espantosos pseudo experimentos de ese demente.
Desde el final del camino de tierra que
daba acceso a la carretera, la casona parecía aún más
terrorífica cuando se recortaba por los relámpagos de
la tormenta eléctrica que azotaba aquella noche,
sabía que no había nadie pero al mirar sus oscuras
ventanas le parecieron las cuencas vacías de una
calavera espectral que le estuviera observando con
avidez. Rodeó el porche de madera que daba la
bienvenida en la parte delantera y continuó por el
lateral izquierdo donde había anexo a la casa una
caseta para aperos de labranza. La idea era entrar por
la trampilla del sótano y acceder desde allí al
despacho de Mengele.
El primer fallo del plan fue suponer que las
portezuelas no estarían aseguradas, por amor de
Dios, ¿Quién en su sano juicio querría robar en casa
de un oficial alemán? Definitivamente ese hombre era
un paranoico. Deshizo el camino hasta la caseta de
herramientas, rogando por que no rompiera a llover y
vio algo de lo que no se había percatado antes, a
pocos metros del cobertizo había tierra removida, un
espacio rectangular lo suficientemente grande como
para poder haber enterrado a alguien allí. La puerta
también estaba cerrada, miró a su alredor, la gloria se
le escapaba entre las manos como agua derramada,
antes siquiera de poder rozarla con la punta de los
dedos. Pateó con desesperación la pared de la garita
haciendo saltar la parte baja de los tablones podridos,
una tímida sonrisa de triunfo se dibujó en sus
agrietados y resecos labios, siguió dando patadas a
los tablones, pero no consiguió abrir un agujero mayor
que el diámetro de un stahlhelm3. Tumbado en el
suelo cuan largo era, pegó la cara a las tablas para
poder introducir el brazo hasta el hombro. Mientras
palpaba torpemente con su mano en busca de algo
que le sirviera para forzar los candados del sótano, el
olor húmedo de la madera descompuesta penetró en
sus pulmones produciéndole un acceso de tos. Algo
metálico le arañó la muñeca, siguió el contorno curvo
con los dedos y se decidió a tirar de él, era un
almocafre que, a juzgar por su aspecto nadie había
llegado a estrenar, se extrañó al ver una palabra
española grabada en la hoja, “Bellota”, debía ser de
una calidad excepcional si la habían elegido en lugar
de una alemana, definitivamente los polacos estaban
locos… Se sorprendió a sí mismo en aquella absurda
disertación sobre herramientas de labranza, supuso
que estaba más nervioso de lo que creía. Aunque
llevaba la pistola ceñida a la cintura, no soltó la
azadilla mientras bajaba la escalera hacia la oscura
bodega y se tapaba la nariz y la boca con la mano
libre, el hedor que salía de aquel lugar era
indescriptible. Tardó un poco en acostumbrar sus ojos
a la escasa luz de la estancia, incluso allí todo estaba
escrupulosamente limpio lo cual hacía más
desagradable aún la peste insoportable a carne
descompuesta… O algo peor. Las paredes de cemento
estaban cubiertas de estantes repletos de botellas,
iguales a los que formaban estrechos pasillos en el
centro de la sala. Atravesó el pasillo de en medio,
donde parecían estar las mejores botellas, Château
Latour del 28 y el 29, Romanée-Conti del 37, Borgoñas
y algún Resling del 37 cuyo valor era un poco
excesivo. Viendo el repertorio vinícola comprendió que
realmente no sabía nada a cerca de aquel hombre,
jamás lo había visto beber otra cosa que no fuera
agua y sin embargo todo aquello... Algo le distrajo de
sus cavilaciones, la luz de un nuevo relámpago a
través de uno de los ventanucos del sótano iluminó el
estante a la derecha de la escalera de acceso a la
planta baja de la casa, una gruesa capa de polvo
cubría todas las botellas que descansaban en sus
baldas, excepto tres o cuatro colocadas en el costado
de la estantería, en la parte más alejada de la salida
del sótano, por un instante pensó que serían recientes
adquisiciones, pero entonces miró al suelo y vio leves
marcas curvas que indicaban la que parecía ser la
apertura de un acceso secreto, un escalofrío le
recorrió la espalda. Movió el estante sin apenas
esfuerzo, enormes bisagras ocultas la hicieron girar
hacia fuera dejando al descubierto una nueva escalera
que bajaba hacia la más negra oscuridad, allí el olor
se intensificaba hasta hacerse casi palpable y Eduard
no pudo evitar algunas arcadas. Aunque el miedo se
había instalado en sus huesos, tozudo como el más
agudo de los fríos invernales, no dudó un instante,
apenas unos metros lo separaban de lo que creía
sería el hallazgo más importante para lo que se traía
entre manos, sólo había que saber dónde estaban los
límites…
Al llegar al último escalón, las tinieblas
eran casi totales, se palpó los bolsillos hasta notar el
relieve rectangular de un mechero de oro, al
encenderlo vio las iniciales grabadas O. S. Aquel
checo loco ya no sabía cómo pagar más mano de obra
para su jodida fábrica de municiones, pensó de forma
automática. La llama titilante iluminó débilmente una
gran puerta de acero entreabierta, Wirths notó en el
cuello como las pulsaciones se aceleraban, tiró de ella
pues se abría hacía afuera y al principio no logró
moverla, incrementó la fuerza hasta notar tensos
todos los músculos del cuerpo y con un leve gemido
los goznes comenzaron a ceder y la hoja se movió
despacio, muy despacio, tras ella, como si aquello
fuera posible, todavía más y más sombras. Acercó la
llama a la entrada de la nueva habitación pero no
sirvió de nada, imaginando que quizá tuviera luz
propia y sin atreverse a penetrar en la penumbra,
alargó el brazo y lo flexionó para tocar la pared
interior junto al marco, buscando una posible llave; el
tacto del muro era frío y húmedo, los bellos del brazo
se le erizaron de asco sin saber porqué. Tanteó la
pared de arriba abajo sin lograr encontrar nada, hizo
lo mismo con el otro lado y allí sí halló lo que buscaba,
accionándola sin dilación. La intensa luz estalló ante
sus ojos y le cegó durante segundos que se le hicieron
horas eternas, los entrecerró para facilitar que sus
pupilas se acomodaran mientras entraba en la nueva
habitación, para cuando esto ocurrió ya fue
demasiado tarde, el horror de aquella pesadilla lo
envolvió por completo, sujetándolo con gélidas garras
al borde del abismo de la locura y la desesperación.
Todo era muerte, la estancia tendría unos cuatro
metros de altura, otros cuatro de ancho y los mismos
de largo, era un cubo perfecto, pero no podría
asegurar si era cemento o acero, parecía ser un
búnker antiaéreo, aunque era imposible afirmarlo al
contemplar aquella abominación. Las paredes estaban
cubiertas de miembros humanos, algunos de ellos en
avanzado estado de descomposición, a juzgar por las
supuraciones y la carne que se desprendía
perezosamente de los huesos amarillentos. Y lo más
horrible, no estaban dispuestos al azar, decenas de
cabezas se alineaban en la parte más alta, donde se
unían las paredes y el techo, cabezas de hombres,
mujeres y niños, judíos, polacos, gitanos… Aunque no
lo distinguía con claridad, bajo estas había una fila de
dedos erguidos clavados a la pared a modo de cenefa,
bajo estos, como columnas, piernas cercenadas desde
la ingle al tobillo, manos colocadas horizontalmente
las seguían y bajo estas dos filas de tumbados brazos
desde la axila a la muñeca, los torsos, de mujeres y
hombres, a juzgar por las heridas, horriblemente
torturados en vida, estaban clavados a los muros
invirtiendo su posición a intervalos, el más cercano a
la puerta de entrada parecía ser de un varón y estaba
dispuesto con el cuello hacia arriba y las nalgas hacia
abajo, sin embargo el que le seguía, era un torso de
mujer y lo habían invertido, dejando los pechos
grotescamente colgando, este patrón se repetía a lo
largo de toda la habitación, igual que los cuerpos
completos que, bajo la fila de pies cercenados
puestos en vertical, daba por finalizada la decoración,
cuerpos enteros colocados como las armaduras
decorativas en un castillo medieval, pero siempre
intercalando las mujeres cabeza abajo y los hombres
en correcta posición. Pero lo más inquietante era, que
bajo las inclemencias de la descomposición, podía
apreciarse cierta similitud entre los cadáveres…
Todos eran gemelos.
Sin haberlo ordenado su cerebro saturado, dio un
paso hacia el medio de la estancia, el suelo estaba
pegajoso, no quiso pensar la clase de fluidos
corporales que debía cubrirlo. Del techo además del
par de lámparas que colgaban en el mismo centro a
diferentes alturas, del todo insuficientes para
alumbrar todo el habitáculo; también pendían
centenares de más miembros humanos y algunos
órganos…

- Aaayudaa…– La sangre se heló en sus


venas tan súbitamente que el corazón se detuvo unos
instantes y un dolor agudo le atravesó el pecho,
absorto en la contemplación de aquella aberración no
se había fijado en lo que parecía ser un altar situado
en posición preferente dentro del cubo.
- Por favor, mátanos, ten piedad, mát-ta-nos…–
Sobre una enorme piedra de molino, cuatro mujeres
yacían brutalmente mutiladas, sus piernas habían sido
amputadas y cosidas todas ellas por los muñones en
las ingles, formando una especie de flor monstruosa,
todas debían haber estado en cinta pues las habían
abierto en canal desde el final de las costillas hasta el
monte de Venus, arrancándoles a los bebés, algunos
de ellos colgaban todavía del cordón umbilical por el
borde de la piedra. También habían extirpado piel y
músculo hasta dejar las entrañas y los órganos
genitales al aire. Aunque habían conseguido contener
las múltiples hemorragias, no habían conseguido
detener la infección, podían verse gusanos en los
bordes de la gran herida circular que compartían las
cuatro desdichadas. Al menos una de ellas ya estaba
muerta, era la única afortunada. Las ataduras no les
permitían cambiar la postura, unas correas bajo el
pecho y en las muñecas las mantenían fuertemente
sujetas a la enorme losa que de seguro les serviría
también de lápida. Eduard Wirths cayó de rodillas sin
poder contener los vómitos, los oídos le pitaban y los
ojos comenzaron a llorarle de forma abundante, como
pudo se enjugó las lágrimas en el antebrazo y al
intentar levantarse, por el rabillo del ojo percibió un
fugaz movimiento en una de las partes oscuras del
techo que la luz no lograba desnudar, fue entonces
cuando se dio cuenta que había soltado la azadilla,
miró a su alrededor y no fue capaz de localizarla,
torpemente logró levantarse y sacó su arma sin saber
realmente dónde apuntar. Los trozos de cuerpos que
colgaban del techo comenzaron a moverse golpeados
por algo que se deslizaba entre ellos, pero Wirths no
logró ver lo que era, caminó alrededor de la mesa sin
dejar de mirar hacia arriba, intentando localizar
aquella cosa… Y en ese mismo momento se mostró.
Como un simio grotesco se balanceaba por el techo
de un miembro a otro, en dirección al círculo de luz,
se movía con la agilidad extrema de un mono araña,
sin embargo, aunque estaba bocabajo, la cabeza
permanecía completamente derecha retorciendo el
cuello de manera antinatural, lo reconoció al instante,
era el doctor König, Éste a su vez pareció darse
cuenta y se dejó caer al suelo a poco más de un
metro del jefe médico. Wirths palideció aún más, si es
que era posible, teniéndole tan cerca le resultó
imposible haberlo reconocido momentos antes,
apenas quedaba algo de König en él, apenas quedaba
algo de humano en aquella cosa, los ojos vueltos no
dejaban ver más que la blanca y resplandeciente
esclerótica y un enmarañado de pequeñas venas. Le
habían rajado las mejillas, agrandándole la sonrisa en
una mueca horrible que le hubiera llegado a las orejas
de haberlas tenido, en su lugar sólo quedaban dos
agujeros supurantes. El escaso pelo que aún le
quedaba estaba sucio y largo, los dientes estaban
podridos y rotos y por todo su cuerpo desnudo
aparecían moratones y profundos cortes llenos de
gusanos y accesos de pus… Al levantar sus manos
con gesto desafiante, pudo distinguir que le faltaba la
carne de las últimas falanges, lo cual le daba el
aspecto de siniestras garras. No había nada entre sus
piernas, al igual que a las judías que formaban el
diabólico altar, le habían mutilado los órganos y mal
cosido las heridas producidas…
- Hola buen doctor – sin mover los labios, con voz
gutural como si se estuviera ahogando en una
estanque de brea – Creo que no deberías estar aquí.
- ¿Pero qué…? ¿Qué es lo que te han hecho Hans?
- ¡Oh no! El pequeño Hans ya no está entre
nosotros, no ha soportado la presión. La larga espera,
esta incertidumbre…- Acompañaba sus palabras con
teatrales movimientos – pero pronto todo habrá
terminado y todo empezará.
- ¿De qué estás hablando? – Pero no tuvo
oportunidad de escuchar respuesta alguna, un fuerte
golpe en la cabeza le hizo perder la consciencia
cayendo al suelo como una marioneta a la que le
cortan los hilos, tras él la figura de Josef Mengele
permanecía impávida sujetando en su mano un
almocafre manchado de sangre.
21

- ¿Se da cuenta de lo que he logrado?

Wirths oyó la pregunta, pero no la


escuchó, le estaba costando salir de la inconsciencia,
la cabeza le dolía como si la hubiera masticado una
suerte de gigante y luego la hubiera escupido
asqueado por su sabor. Intentó llevarse las manos a
la nuca, pero le fue imposible, estaba sentado y
maniatado en una silla de madera y anea, también le
dolían los hombros, debía ser por lo forzado de la
postura. Lentamente sus ojos fueron enfocando la
imagen que tenía frente a él.
Seguía en aquel cubo demoníaco, rodeado
de cadáveres y ahora Mengele estaba allí, de pie
frente a él y sonriendo. König yacía a sus pies con la
cabeza abierta y los sesos desparramados alrededor
de la azadilla que él mismo encontrara, no sabía
cuantas horas antes.
- He tenido que matarle, sufría con esa
cosa dentro.
- Pero… ¿Qué es todo esto? ¿Qué es lo
que has hecho? – Josef no le contestó enseguida, se
acercó a la enorme piedra donde reposaban las
mujeres, que ahora estaban todas muertas, le habían
hecho lo mismo que al pobre hombre-mono. Se limitó
a empujar la madeja de cuerpos hasta hacerla caer
por el otro lado del altar, el sonido que provocaron fue
tan desagradable que a Eduard casi le fue imposible
aguantar las arcadas. Y entonces se sentó al borde de
la piedra sin importarle manchar sus pantalones de
sangre.
- Tenías que haberlo visto una hora
antes… El altar aún vivía y ¡cómo gritaban! Tuve que
sedarlas un poco para que no asustaran a Unna –
Wirths no entendía de lo que hablaba y el médico
demente lo percibió – Es… Era mi hija, mi tan amada
como odiada hija Unna. No me juzgue, no soy un mal
padre, pero cuando Irene dio a luz, esperábamos
gemelos ¿sabes? Cuando nacieron… Tendrían que
haber sido dos niños, pero no fue así, sólo Rolf nació
normal, el otro… El otro fue Unna, si tan sólo hubiera
sido una niña… Pero no, para la deshonra de nuestra
familia Unna era deforme, la piel de su cuello… Sus
ojos… Ni siquiera su estatura era normal. ¿Qué dirían
el resto de oficiales? La ocultamos. Nadie lo ha
sabido, ni siquiera los más allegados, dijimos que el
otro gemelo había muerto en el parto, yo mismo
silencié a la matrona, claro que mi esposa eso no lo
sabe.
- ¿Qué coño me estás contando? Estás
loco, ¡loco! ¿Qué tiene que ver todo ese drama con
esta locura? – Mengele buscó sobre el altar, escogió
entre los restos un trozo de intestino y soltando una
risotada, se lo arrojó a la cara a su jefe, que apenas
pudo esquivarlo.
- Es la clave maldito necio, ¿no lo
entiendes? ¡Él me lo prometió! Vendé sus ojos para
que no se asustara de mi obra, esa fue la idea inicial,
pero lo cierto es que no creía realmente que con
menos de un año pudiera distinguir nada, en realidad
me asqueaban sus repugnantes ojos de sapo. Y
mientras le atravesaba el corazón con mi puta daga
de la SS, lloré, lloré sin esperarlo si quiera y comencé
a cantarle su canción de cuna preferida… – Y
comenzó a canturrear –

“Guten Abend, gute Nacht4,


mit Rosen bedacht,
mit Näglein besteckt,
schlüpf unter die Deck:”
– Aquí apoyé la punta del puñal en su pecho –
“Morgen früh, wenn Gott will,
wirst du wieder geweckt,
morgen früh, wenn Gott will,
wirst du wieder geweckt.”
– Aquí le hundí la hoja hasta la empuñadura –
“Guten Abend gute Nacht,
von Englein bewacht,
die zeigen im Traum
dir ChristKindleins Baum”
– Aquí extraje el cuchillo y dejé que la sangre
cubriera su diminuto y pálido cuerpo… –
- ¿Mataste a tu propia hija?
- Sigues oyendo pero no escuchas – Volvió
a arrojarle restos humanos, que esta vez Eduard no
pudo identificar – ¡Tenía que hacerlo! – Mengele
estaba fuera de sí, completamente desquiciado y
enloquecido – ¡Él me lo prometió! ¡Me lo prometió! Él
me obligó… Tenía que haber renacido. Pero en lugar
de eso… Se rió de mí, rió a carcajadas y me dejó a
ese monstruo de feria – Señaló el cuerpo sin vida del
que fuera el doctor König – Me lo dejó para
recordarme lo estúpido que soy.

Wirths era incapaz de entender todo lo


que Josef le contaba, estaba demasiado aturdido,
demasiado asustado…Lo único de lo que estaba
seguro es que aquel hombre había sacrificado a su
hija de la forma más atroz que jamás habría podido
imaginar. En aquellas paredes había torsos en los que
se podía ver el tatuaje de los oficiales de las Waffen-
SS, Mengele, en su locura, no había hecho distinción
alguna entre sus víctimas y él había sido testigo de
ella, esa era otra cosa de la que estaba seguro, no
saldría vivo de allí.
- No tenga miedo doctor, se que está
pensando que le mataré cuando termine de delirar,
pero no haré tal cosa, no mancharé mis manos con su
sangre – Eduard no pudo evitar mirárselas, estaban
completamente cubiertas del humor carmesí – La
guerra toca a su fin y usted sabe también como yo
que no he sido el único en cometer atrocidades,
aunque su excusa haya sido la ciencia, ambos
tendremos que huir… – Josef parecía haber vuelto a
sus cabales – Por si no se ha dado cuenta, ya es por
la mañana – Wirths se sorprendió, no pensaba que
hubiera estado tanto tiempo sin sentido – Ahora iré a
la clínica y recogeré los datos de mi investigación, no
todo lo que he hecho estos años ha sido relacionado
con ese sacerdote del demonio. Quién sabe, quizá me
sirvan en un futuro. Cuando vuelva prenderé fuego a
la casa desde los cimientos y nada de todo esto habrá
ocurrido nunca, lo haré tanto si usted sigue dentro
como si no, por lo que le recomiendo que no pierda
demasiado el tiempo – Diciendo esto bajó de la piedra
de molino y al pasar junto a él, puso en sus manos la
daga con la que mató a su hija – Dese prisa doctor,
en apenas unos días el ejército ruso, al completo,
tomará Auschwitz y llegado ese momento será
demasiado tarde para usted.

Caminando con paso impaciente los


escasos metros que lo separaban del acceso al
campo, en la cabeza de Josef Mengele aún resonaban
las ominosas palabras del caído, tras ver morir
inútilmente a su pobre hija…

- Nunca dejará de sorprenderme la


estupidez humana. Estáis tan… Predispuestos a la
corrupción y la manipulación, que parece que en el
fondo lo deseáis con ansia. No existe nada más atroz
que el acto de matar a un niño y que además sea tu
propio hijo, ¿pero hacerle eso a un bebé…? Has
traicionado de tal manera a Dios que tu mera
existencia es suficiente para hacer temblar los pilares
de la creación. Tú no lo sabes, pero el primer sello se
ha roto y gracias a tí mi venganza ha comenzado…
22

17 de enero del año de nuestro Señor de 1945

Josef entraba y salía de una habitación a otra de la


clínica como una exhalación recopilando todos los
informes y muestras que consideraba importantes de
sus investigaciones. El incompetente de Eduard no
tardaría en despertar y dar la voz de alarma.

De haberla preparado, su huída no habría


salido tan bien, el fin de la guerra borraría sus huellas
y no habría ningún organismo alemán, ya fuera
legislativo o militar, en condiciones de buscarlo. Aún
así no todo sería improvisación, por suerte para él,
cuando se incorporó a la SS en el 38, se había negado
a que le tatuaran su grupo sanguíneo en el brazo, o
en el pecho, como al resto de los oficiales, a Mengele
nunca le gustaron las agujas, por lo que no le fue
difícil hacerse pasar por médico militar regular de una
de tantas unidades en retirada, sin que lo
reconocieran, al menos en un principio.
Durante la huída, entabló cierta amistad
con una enfermera alemana a la que confió su
verdadera identidad y el maletín con toda su
investigación, haciéndola pasar por algo de absoluta
prioridad para el Führer, cosa que la mujer no dudó ni
por un momento, embelesada como estaba por los
encantos del médico.

Aunque Josef no lo sabía, a mediados de


abril su nombre apareció por primera vez en la lista de
criminales de guerra nazis más buscado. En mayo, la
comisión de crímenes de guerra de la ONU, le
buscaba ya por genocidio y otros crímenes, llegando
incluso a publicar en la radio y la prensa aliadas,
noticias sobre las atrocidades que había cometido. Al
mes siguiente su unidad fue interceptada por el
ejército estadounidense en la ciudad alemana de
Weiden y todos fueron arrestados. Por suerte para
Mengele, la enfermera fue dejada en libertad poco
después, junto con su equipaje.
De no saber a ciencia cierta que su
destino era terminar con el culo bien chamuscado en
el agujero más oscuro y profundo del infierno, habría
pensado que la mano de Dios guiaba su destino hacia
buen puerto. Esos ineptos americanos habían
registrado la detención con su verdadero nombre y no
lo habían identificado como uno de los más buscados.
Por unos instantes Josef se vio a sí mismo dibujado
con sombrero vaquero en un viejo y amarillento cartel
con la palabra “WANTED” escrita debajo y una
recompensa de 5.000 $.
El verano pasó caliente y perezoso como
la brea y por fin, en septiembre, Mengele fue puesto
en libertad gracias a un documento de liberación
aliado expedido a nombre de otro médico y que él
mismo falsificó. De esta forma logró regresar a la
Alemania ocupada por los rusos y encontrar allí a la
joven enfermera a la que había entregado las valiosas
notas de su investigación. En el momento de su
separación, cuando fueron detenidos, Josef le dio
unas señas a las que debería dirigirse cada jueves a la
misma hora, hasta que ambos se encontraran y él
pudiera recuperar lo que le había confiado. Aunque
ella pensó que huirían juntos, el médico la abandonó y
se ocultó en una pequeña granja en Mangolding,
Baviera, donde le dieron trabajo sin saber quién era
en realidad.
23

20 de septiembre del año de nuestro Señor de


1945

Aunque el doctor Eduard Wirths fue responsable


de la muerte y esterilización de decenas de mujeres
en los campos y, por voluntad propia, de las tareas de
selección en los andenes de Birkenau, jamás se
arrepintió de sus acciones, respaldadas, según sus
propias palabras, por la investigación médica y las
tareas compasivas en tiempos de guerra, sin
embargo, el 20 de septiembre de 1945, habiendo sido
apresado por el ejército británico, lo encontraron
ahorcado en su celda y lo que las crónicas no cuentan
es que junto al cuerpo se hallaron una serie de notas
escritas – con su propia sangre – sobre las hojas de la
Biblia que había suplicado a sus guardianes. Esto fue
lo que Wirths escribió:

“… Lo que hice lo hice por un bien mayor,


amparado en los extensos brazos de la madre ciencia.
La cura del cáncer bien merecía la mutilación o la
muerte de algunas mujeres… El mundo juzgará mis
labores de selección como algo atroz e injustificable,
pero era una tarea inevitable y completamente
humanitaria, no podíamos permitir la masificación en
los campos y teníamos la obligación moral de no
permitir el sufrimiento de los más débiles, por eso se
enviaba directamente a la cámara de gas a ancianos,
enfermos y demás... Tengo la certeza de que aún
habiendo atentado contra el quinto mandamiento, el
Señor todopoderoso me perdonará, al fin y al cabo
fueron los judíos los que asesinaron a su hijo después
de torturarlo brutalmente, Él me perdonará por
aquello… Pero no lo hará por lo que hicimos después,
Josef llevó las cosas demasiado lejos y yo lo permití,
no, no sólo lo permití, participé en aquella aberración,
cierto es que lo único que me movía era el deseo de
servir al Fürer y a mi país, pero eso no justificará mis
abominables actos el día del juicio”
24

7 de septiembre del año de nuestro Señor de 1948

- Buenas tardes doctor Mengele, me llamo Kurt y


vengo a ayudarle – Hacía mucho tiempo que no
escuchaba aquel nombre, su verdadero nombre…
A decir verdad, en los últimos meses se había
esforzado tanto en ser Fritz Hollmann, que incluso
había dejado de visitar a su familia en Guenzberg. Por
las noches ya no tenía las malditas pesadillas en las
que cabezas cercenadas de zwillingen le observaban
desde sus privilegiadas posiciones clavadas en la
pared, con sus horribles ojos sin parpados inyectados
en sangre. Auschwitz quedaba tan lejana… Parecía
más el recuerdo de un mal sueño, que una realidad
tan monstruosa y terrible que marcaría la existencia
de la humanidad con un estigma imborrable hasta el
final de los tiempos.
En lo primero que pensó fue en golpear a aquel
hombre, abrirle la cabeza con la azada y enterrarlo allí
mismo, antes de que nadie pudiera verlo, había
llegado a través del sembrado, lejos de la casa.
Después huiría, saldría de allí e intentaría por todos
los medios llegar a Sudamérica, quizá hasta…
- …Argentina – El extraño interrumpió sus
pensamientos.
- ¿Cómo dice? – Josef no salía de su asombro.
- Digo que el cerco se estrecha cada vez más a su
alrededor y que puedo sacarle de Europa y
conseguirle una nueva vida en Argentina, allí nadie le
buscará.
- ¿Y haría eso por mí por…?
- No se confunda doctor, lo que le propongo no es
por puro altruismo, eso son labores de las hermanas
de la caridad, nosotros queremos algo a cambio –
Hizo hincapié en la palabra “nosotros”.
- ¿Para quién trabaja?
- Eso no debe preocuparle, lo que importa es que
son personas poderosas, para las que sacarle de aquí
sería tan fácil como chasquear los dedos – hizo el
gesto para dar énfasis a sus palabras.
- Dígame la cifra y mi padre… – Kurt no le dejó
terminar la frase.
- Le tenía por un hombre inteligente doctor. Ya le
he dicho que son personas poderosas, créame no
necesitan los Reichsmarks5 de plata de la fortuna
familiar. En el fondo le hacemos otro favor aliviándole
de su pesada carga – Josef lo comprendió en el acto.
- ¿Quieren los manuscritos? – Kurt asintió con un
atisbo de sonrisa en los labios.
- Y la muestra de piel.
- No los tengo, perdí toda mi investigación cuando
me detuvieron las fuerzas aliadas – el extraño volvió a
sonreír, pero esta vez había algo más detrás de su
sonrisa que Mengele no supo descifrar.
- Al final va a convencerme de lo estúpido que es.
Sabemos lo de su amiguita la enfermera y que se
encontró con ella en cuanto le liberaron los
estadounidenses. No vuelva a mentirme doctor, no le
conviene.
- ¿Qué me impide matarle en este instante? –
Josef sabía que no tenía nada que hacer, pero
últimamente le costaba contener sus accesos de ira.
- Supongo que el sentido común. ¿Cuánto tiempo
cree que podrá seguir ocultándose en esta granja? Si
yo le he encontrado, ellos estarán a punto de hacerlo
y entonces Nuremberg tendrá por fin a su principal
estrella... Te prometió algo ¿no es cierto? ¿Con qué te
tentó? ¿Poder? ¿Riqueza?
- No lo entendería… – Mengele pareció pensárselo
unos segundos – De acuerdo, le daré la muestra y los
manuscritos, pero no antes de estar seguro de que
cumplirá su palabra.
Por toda respuesta, Kurt metió la mano en el
bolsillo interior de su chaqueta y extrajo unos
documentos que entregó al médico.
- Aquí tiene el permiso de desembarco argentino
aprobado por Buenos Aires a nombre de la que, a
partir de ahora, será su nueva identidad, señor
Gregor, Helmut Gregor, con carta d’Identitá del
municipio de Termeno, número 114. Desde este
momento usted será un individuo de etnia alemana,
originario del alto adigio6.
- Todo esto ¿tiene que ver con Hudal? – Kurt no
contestó – He oído rumores a cerca del obispo.
¿Quién si no la iglesia tendría tanto interés en esos
textos? – Pensándolo fríamente, si la santa madre
iglesia quería los textos, no sería él quien se
interpusiera entre el cielo y el infierno. Había visto
demasiado, en el fondo sentía que su alma nunca
curaría las heridas por todo lo que había hecho.
- Doctor céntrese en salvar el culo y olvide lo
demás, sabe también como yo que no le queda mucho
tiempo.
- No se cual es su plan, pero no me iré a ninguna
parte sin mi familia.
- Iremos a Günzburg, pero no saldrá de la zona de
los bosques, habrá hombres esperándonos y ellos se
encargarán de que pueda hablar con Irene – A Josef
no le gustó escuchar el nombre de su esposa de
forma tan amigable en labios de un desconocido que
pretendía ponerle el lazo en el cuello – Quizá incluso
pueda ver al pequeño Rolf.
25

Viernes, 20 de mayo del año de nuestro Señor de


1949

Pensaba que lo más duro había pasado, que ya


nada podría ir mal, después de dejarse torturar por
aquellos matasanos de la DAIE, en el 38 de la Via
Albaro, donde realizaban el reconocimiento médico
para poder conseguir el visado de entrada a
Argentina… ¿Buscar casos de tracoma siempre con la
misma varilla de vidrio? Ni siquiera se lavaban las
manos maldita sea. Y después decían que él era el
monstruo. Si uno no padecía una enfermedad
contagiosa antes del examen, lo más probable es que
después la tuviera. Aun así, se equivocaba.
Cuando deslizó las 20.000 liras entre sus
documentos para poder conseguir el visado de salida
italiano, ignoraba que el oficial que los recibía no era
el amigo corrupto de Kurt, al que solían sobornar.
Helmut Gregor fue encarcelado por intento de soborno
a un funcionario público, tan sólo cinco días antes de
la partida del North King. Había rozado la libertad con
los dedos pero ahora sólo era cuestión de tiempo que
averiguaran su verdadera identidad y entonces… Algo
no cuadraba, los manuscritos seguían ocultos y en su
poder, quién quiera que fuera el que había orquestado
todo aquello no tenía el premio gordo. De haber
querido que lo arrestaran, podrían haberlo hecho
desde el primer momento en la granja o en los meses
que pasaron ocultándolo entre aquellos asquerosos
árboles de Günzburg, como si fuera un animal. Un
tiempo precioso que había perdido intentando
convencer a Irene para que se fueran juntos, pero ella
ya no lo veía como el prometedor oficial con el que se
casó, notaba como su cuerpo se tensaba en su
presencia y como evitaba sus besos con la
repugnancia más extrema grabada en sus ojos. Su
esposa ahora lo veía como el monstruo que quizás
realmente fuera. Le ocultó los motivos reales de la
muerte de Unna, pero en el fondo sabía que no le
creía. Por suerte para Josef, la imaginación de aquella
mujer jamás le mostraría lo que verdaderamente
ocurrió. Una miríada de imágenes estalló en su
cerebro como cohetes en un hilarante espectáculo de
fuegos artificiales. El fin de semana sería largo si su
mente se empeñaba en escarbar en pozos tan
profundos…

Hubiera hecho cualquier cosa por recuperar lo que


por derecho le pertenecía, y él le mostró el camino, o
al menos eso le hizo creer. Se presentó como el padre
de la mentira y sin embargo su inteligencia de raza
superior no captó el mensaje y se dejó embaucar. A
veces pensaba que esa era precisamente la clave, “se
dejó”. Irene tenía razón, siempre había sido un
monstruo y toda aquella locura no era más que la
excusa que necesitaba para dar rienda suelta a la
oscuridad de su interior.
No recordaba con claridad el momento en el que
Lucifer le había descrito la capilla que tenía que
“construir” para el ritual, vislumbraba entre brumas
los detalles del altar, tenían que ser cuatro mujeres
de raza judía, recién entradas en la pubertad y debían
formar una matriz en su centro, pero ¿tenía que
mutilarlas como lo hizo o hubiera bastado con
arrodillarlas formando un círculo? La línea que
separaba lo pactado de lo meramente ideado por él
mismo era tan difusa que llegaba a borrarse en
algunos puntos…
Día tras día fue seleccionando con sumo cuidado a
las víctimas que formarían parte del demencial
santuario. A unos trescientos kilómetros al oeste de
Auschwitz, en la localidad polaca de Czermna se
encontraba “Kaplica Czaszek”, la capilla de las
calaveras. Mengele la visitó días antes de su llegada
al campo de exterminio. Había escuchado hablar de
ese tipo de monumentos, sabía que en Europa había
tres y, aprovechando su nuevo destino, no pudo
resistir la tentación. Tres mil cráneos y los huesos de
más de veinte mil personas, victimas de la guerra de
los 30 años, las guerras de Silesia y diversas
epidemias de cólera, cubrían las paredes y techos del
templo. Estar allí era como formar parte de una
pesadilla lovecraftiana, la leve sensación de vértigo
que sintió al contemplar los innumerables restos
humanos, encendió una pequeña llama en su interior
que no tardaría en desatar un incendio de
consecuencias apocalípticas. La primera vez que vio
su obra terminada, no sintió nada de lo que se supone
debe sentir alguien que ha realizado semejante
atrocidad en contra de su voluntad, no, él se sintió
orgulloso, revivió aquella sensación de Czermna. Y
supo en ese momento, tumbado en el infecto
camastro de aquella celda mugrienta, durante aquel
nefasto fin de semana, que nadie le había obligado a
hacer lo que hizo, pero no se odió por ello.

Enjaulado como un perro, los días pasaban


despacio pero inexorables y hora tras hora lo alejaban
de su única oportunidad de escape. A última hora del
martes, el día antes de que zarpara el barco, Kurt
apareció delante de las rejas con su habitual sonrisa
de autosuficiencia.
- Teníamos un trato.
- Tengo buena memoria doctor.
- ¿Entonces quieres explicarme qué narices hago
encerrado en esta mierda de sitio?
- Un pequeño contratiempo sin importancia que se
puede solucionar.
- ¿A qué estás esperando?
- Ha llegado el momento de cobrar doctor. Le
sacaré en cuanto me entregue lo que quiero.
- No puedo darte nada si estoy encerrado, ¿no te
das...
- Dentro de cinco minutos, uno de los guardias te
dejará salir para que puedas hacer una llamada. Úsala
bien. Mañana por la mañana, a primera hora, vendré a
recogerte y yo mismo te llevaré al puerto, siempre y
cuando pagues el peaje. Las personas para las que
trabajo se impacientan, sobre todo después de
registrar su habitación del hotel y no encontrar nada…
- ¿De verdad me cree tan estúpido?
- Creer está sobrevalorado doctor, prefiero los
hechos a las hipótesis y sinceramente, ya hemos
esperado demasiado.

Ninguno dijo nada más, doce horas los separaban,


para bien o para mal de la resolución de un acuerdo
que sellaría el destino del mundo.
26

A primera hora de la mañana del 25 de mayo, un


mensajero de la empresa familiar de maquinaria
agrícola Mengele, esperaba nervioso en las cercanías
del edificio genovés donde mantenían preso al
médico. Aquel hombre lo había seguido durante todo
su periplo, desde Alemania, hasta Italia, pasando por
Austria. Ese había sido el plan desde el principio,
nunca se había separado de los manuscritos, tan sólo
los mantuvo lo suficientemente lejos para que no
pudieran arrebatárselos antes de conseguir escapar.
Pasadas las ocho, un Fiat 1100 de color azul cielo
con cuatro ocupantes trajeados, se detuvo delante de
la entrada. El chófer no se movió. Kurt se bajó del
asiento del acompañante y fue el único en entrar en el
edificio, los otros dos hombres quedaron a la espera,
uno a cada lado de la puerta. Minutos más tarde, salía
acompañado de Josef, al que rodearon
inmediatamente los dos que aguardaban en la calle.
Mengele miró a su alrededor con detenimiento hasta
localizar al mensajero, algunos portales más a la
derecha, en la acera de enfrente. Con un gesto casi
imperceptible de cabeza, le indicó que se acercara. El
muchacho, de apenas veinte años de edad, lo hizo con
paso trémulo sin dejar de apretar contra el pecho un
pequeño portafolios de piel. Ninguno de los presentes
aquella mañana se percató de que junto al maletín, el
joven le entregó también una delgada navaja de
barbero que el médico escondió en la cinturilla del
pantalón.
Cuando el coche se alejaba camino del puerto, a
Josef le fue imposible ver como varios agentes de
policía interceptaban al mensajero y tras reducirlo a
golpes lo metían a rastras en el edificio.

- Devuélvame mis documentos para poder


embarcar y no tendré inconveniente en darles esto –
Mengele sabía con seguridad que no estaba en
situación de exigir nada, pero no podía demostrar
debilidad, habiendo llegado hasta allí, estando tan
cerca, no podía fracasar, no era una opción. Cuando lo
sacaron de la celda, Kurt llevaba consigo el visado y
los funcionarios, bastante contrariados, se deshacían
en disculpas, ¿quién era ese hombre al que hasta las
autoridades temían? Y lo más importante ¿para quién
trabajaba?
Kurt se volvió desde al asiento del acompañante y
le entregó sus papeles sujetos por una goma elástica,
el médico los recogió con avidez y los guardó
rápidamente en el bolsillo interior de la chaqueta, y
entonces lo vio, fue un simple cambio de miradas
reflejado en el retrovisor, un gesto en apariencia
intrascendente de Kurt, pero que hizo que el
conductor acelerara el vehículo y cambiara de carril,
algo sin sentido si se dirigían al puerto. En ese
momento su supuesto salvador se volvió de nuevo
pero esta vez portando un Webley 7, con el que le
apuntaba. Josef tuvo el tiempo justo de apartar el
revolver de un manotazo, el disparo retumbo dentro
del vehículo y la cabeza del guardián del lado derecho
del criminal nazi se abrió como un melón maduro,
esparciendo la masa encefálica por la luna trasera y la
tapicería, los siguientes disparos agujerearon la
puerta y la ventanilla, al mismo tiempo Mengele
sacaba la navaja de barbero y de un solo tajo cortaba
la garganta del otro guardián, a la vez que los dedos
de la mano con la que intentaba protegerse volaron
en todas direcciones. Aprovechando que la confusión
había provocado que la velocidad del coche
disminuyera, Josef abrió una de las portezuelas y
saltó fuera sin poder evitar que Kurt le arrancara el
maletín de las manos en un último esfuerzo a la
desesperada. Cuando Josef escuchó el frenazo del
Fiat, ya corría con todas sus fuerzas hacía una de las
calles cercanas, por las que consiguió despistar a sus
perseguidores, que no habían tardado en seguirle.
En contra de todo pronóstico, Josef logró llegar al
puerto y embarcar en el North King sin que lograran
detenerlo. Una vez en Argentina, haría que su rastro
desapareciera para siempre. Por alguna extraña razón
que no alcanzaba a entender, la aversión a los
manuscritos era tanta como su dependencia hacia
ellos. Aunque desde lo ocurrido, nunca había vuelto a
meterse aquel infame trozo de piel en la boca. El
legado ya no estaba y él no podía evitar sentir cierta
sensación de libertad.

- Eminencia… Ha escapado, pero tenemos los


textos y… Sí, todo ha salido tal y como estaba
planeado. Lo seguiremos de cerca. Cuando sepamos
que no nos es de utilidad será eliminado... – Kurt
colgó el teléfono y salió tranquilamente del vehículo
perdiéndose entre las calles de Génova, con una
carpeta de piel bien sujeta contra su pecho.
EPÍLOGO PRIMERA PARTE
7 de febrero de 1979 – Bertioga (Brasil)

El mar estaba calmo y la ligera pendiente


de la orilla hacía posible adentrarse en él muchos
metros sin que la superficie del agua llegara siquiera a
rozar el pecho. A punto de cumplir los sesenta y ocho
no tenía pensado aprender a nadar ahora, por lo que
aquel lugar era ideal para Pedro, sobre todo en
aquellos días en los que su salud no era más que una
difusa sombra de lo que fuera en los días de gloria del
tercer Reich. La frialdad del agua era reconfortante, le
gustaba caminar por la orilla y sentir como las olas
acariciaban sus pies. Comenzó a adentrarse en el mar
despacio, sin apenas darse cuenta comenzó a silbar
una de sus arias favoritas, pero de la que era incapaz
de recordar el nombre. Tenía la piel de gallina,
mientras disfrutaba del aroma de la sal, se sorprendió
pensando en que sus huevos debían tener el tamaño
de cacahuetes cuando un ola hizo que el agua le
llegara a la entrepierna. Acariciar la superficie del
océano le causaba un placer intenso y morboso al
recordar el frío tacto de la piel de los muertos.
Casi treinta años en América del sur y su
delicada piel europea aún no se había acostumbrado a
aquel sol abrasador, aunque llevaba el protector solar
que tan amablemente habían preparado para él,
aceites de soja, nueces y aguacate, a veces dudaba
entre extendérselo sobre la piel o hacerlo sobre una
enorme rebanada de pan caliente con unos trozos de
queso de cabra. De todas formas daba por hecho que
al final del día estaría rojo como una langosta cocida.
Notaba la suavidad del fondo marino en la planta de
sus pies, y aunque era agradable, echaba de menos la
firme sujeción de un buen par de botas militares. A
unos cien metros de la orilla, se dio la vuelta para ver
la costa, era un día sumamente tranquilo y la playa
estaba casi desierta, miró a su alrededor y no vio a
nadie, así que se tendió con cuidado sobre la
superficie y se dejó mecer por las olas mortecinas
mientras el sol calentaba su rostro… Entonces su
mente voló lejos de allí, atravesó montañas, mares y
océanos de tiempo, se vio a sí mismo, mucho más
joven, arreglado con fanática dedicación y rodeado del
resto de médicos en los andenes de Auschwitz,
observaba con repugnancia como sus compañeros
necesitaban enfrentarse a las responsabilidades de su
trabajo cubiertos por el velo de la embriaguez. Su
falta de carácter era patética… Escuchó que alguien lo
llamaba y se sobresaltó, tragó agua y perdió el
equilibrio, dando torpes manotazos, tardó unos
instantes en lograr recobrar la estabilidad, pero al
intentar de nuevo ponerse en pie tropezó con algo
duro en el fondo y volvió a perder el equilibrio,
sumergiendo la cabeza bajo la superficie por unos
agónicos instantes hasta que finalmente logró
incorporarse.
- ¿Sr. Gerhard está usted bien?
Tardó un poco en darse cuenta que se
dirigían a él, sonrió levemente ante su torpeza,
Gerhard, Pedro Gerhard era su nombre, la próxima vez
tendría que elegirlo personalmente, así se aseguraría
al menos de no olvidarlo. Pero no habría una próxima
vez… Intentó contestar pero sus labios no le
respondieron, no tardó en sentir esa desagradable
sensación cuando el agua salada se seca sobre la piel,
pero mucho más intensa, quiso llevarse las manos al
rostro acorchado, pero le fue imposible, su cerebro
había perdido toda conexión con las extremidades, ni
siquiera pudo mudar su gesto al de más puro horror
cuando vio la superficie del mar acercarse a su rostro
conforme su cuerpo caía hacia delante hasta quedar
flotando sobre el agua en la posición del muerto. No
podía respirar, por lo que el agua no penetró de forma
inmediata en su organismo, tampoco podía cerrar los
ojos, aunque extrañamente no le ardían por la sal, lo
que sí le ardían eran los pulmones. Una aguda y
dolorosa punzada comenzaba a atravesar su cabeza,
conforme la idea de que se ahogaría allí mismo se iba
instalando en su cerebro, pero entonces alguien le dio
la vuelta y sacó hábilmente su rostro del agua, sin
embargo no sintió la fresca brisa secando el agua
sobre su rostro, ni el cálido saludo del sol, tampoco la
esperada bocanada de oxigeno penetrando en sus
oprimidos pulmones… Se ahogaba y la única parte de
su cuerpo que le respondía eran los ojos, que no
dejaba de mover frenéticamente dentro de las
cuencas. Pudo distinguir como otras personas se
acercaban para sacarlo del agua, pero todo era inútil,
aunque la luz solar quemaba sus dilatadas pupilas, un
oscuro velo comenzó a envolverlo todo hasta que lo
único que quedó fue un pequeño destello carmesí muy
por encima de donde se encontraba su cuerpo. Al
principio creyó que sería el final del túnel del que
tanto había escuchado hablar a las pocas personas
que conocía que habían tenido una experiencia
cercana a la muerte, pero conforme se acercaba se
percató de que no era una apertura, sino algo tangible
que brillaba por sí mismo, por un momento le pareció
ver el rostro de una niña pequeña, que le resultó
extrañamente familiar, pero tras un parpadeo,
cualquier parecido con un ser humano se desdibujó
para dar lugar a una horrenda criatura de afilados
colmillos que sobresalían de su descarnada boca y
cuyas mugrientas garras lo aferraron por el cuello
hendiéndose con dolorosa profundidad y arrastrándolo
al abismo…
A cinco kilómetros del lugar donde
recuperaron el cuerpo sin vida de Gerhard, una vieja
barcaza local de pesca recogía a un buzo con un
extraño equipo de inmersión, el traje de neopreno
estaba camuflado con imágenes tridimensionales del
fondo marino y el equipo de respiración no estaba
formado por la típica bombona de aire comprimido,
basado en la ley de Henry, utilizaba un sistema que
extraía directamente el oxígeno del agua a través de
una turbina alimentada por una batería de alta
duración, el ingenio era patente del servicio secreto
israelí, aunque tendrían que pasar muchos años para
que ambas licencias fueran mostradas al mundo. Dos
de los integrantes de la tripulación le ayudaron a subir
a bordo a través de una escalerilla enganchada al
costado de la nave, ni sus ropas ni su forma de
moverse harían pensar a nadie que en realidad eran
agentes perfectamente entrenados del MOSAD. De la
cabina del timón salió un cuarto hombre.
- ¿Algún problema? – Dirigió la pregunta al
recién llegado que acababa de quitarse las gafas de
buceo.
- Ninguno, el muy hijo de puta incluso me
ha pisado y ni siquiera se ha dado cuenta del pinchazo
entre los dedos corazón y anular del pie derecho –
Cada palabra estaba cargada de un odio que casi
podía palparse.
- No es necesario hablar de esa manera
Amir, todos los que estamos aquí pensamos como tú,
pero no debemos dejarnos llevar por nuestros
sentimientos, no es profesional. – Donato, jefe del
grupo de operaciones, no disimulaba el desagrado que
sentía hacía su compañero, nunca le habían gustado
demasiado los ejecutores, aunque tuviera que aceptar
que de una forma u otra eran necesarios. – Parecerá
una muerte natural, si alguna vez le hacen la autopsia
será imposible de detectar. – Guardó silencio unos
segundos como si sopesara sus propias palabras. – El
círculo se ha cerrado y por fin se ha hecho justicia. Ya
sólo queda comunicarlo a la Santa Sede, no dudo que
quedaran plenamente satisfechos. Ha sido un buen
trabajo – Esto último lo dijo mirando a cada uno de
los hombres que le escuchaban en cubierta, tras lo
cual volvió a entrar en la cabina del timón.

- ¿Su Santidad?... Ya está hecho… Sí, se


hacía llamar Peter Gerhard… La orden debió hacerse
cargo desde el principio… Sí ya lo sé… Pero Josef
Mengele debió haber muerto hace mucho tiempo… Sí
su Santidad, es obvio que los caminos del Señor son
inescrutables.

En la cubierta, Amir seguía quitándose el


equipo con ayuda de uno de sus compañeros, llevaba
la parte de arriba del neopreno colgando de la cintura,
en su pectoral izquierdo tenía un extraño tatuaje,
como si fuera la impronta de una antigua moneda,
podían verse a dos soldados de la edad media sobre
un sólo corcel con enormes escudos en forma de
lágrima invertida y una cruz patada en su centro,
alrededor del dibujo podía leerse la leyenda:
“SIGILLUM: MILITUM” Amir susurró entre dientes:
- Nuestros hermanos han sido vengados,
Dios los tenga en su gloria.
INTERLUDIO 1

30 de octubre del año de nuestro Señor de


2011

Hora: once y cincuenta y ocho minutos.


Lugar: José Fabella Memorial Hospital de
Manila (Filipinas)
Nombre: Danica Mae Camacho.
Peso al nacer: Dos kilos y medio.

¿Que qué tiene de especial? Es sencillo a


la par que complicado, la hija de Florante y Camille
tiene el dudoso privilegio de ser, para la ONU, el
simbólico bebé número siete mil millones. Para la
Optimum Population Trust, organización británica sin
ánimo de lucro que pretende concienciar, a quien se
deje, sobre los problemas de superpoblación que sufre
el planeta en relación a la sostenibilidad teniendo en
cuenta los recursos naturales, Danica es la prueba
irrefutable de que nuestra huella ecológica es mucho
más destructiva que la del tarpán de Atila. Según la
OPT, la población óptima o sostenible del planeta era
de dos mil setecientos a cinco mil cien millones de
habitantes. A sabiendas o no, la humanidad ha
cometido uno de los mayores pecados contra las leyes
de Dios, el suicidio.

Y con este ya son seis los sellos que se


han roto… Los atroces actos de Mengele, los
constantes abortos, la bestial pederastia, el cruel
maltrato, los asesinatos… Desde su creación, el
hombre no ha hecho más que corromper la intención
divina y ahora ya sólo le queda una oportunidad de
posible redención…
INTERLUDIO 2

Osuna, 24 de abril del año de nuestro Señor de


2012.

- ¿Conocen la historia de Adam y Eva? – Casi


todas las participantes de la charla se miraron
exasperadas temiendo un monólogo religioso sobre el
lugar de la mujer en la creación, Rosa continuó – ¿Esa
en la que un melenas vestido de blanco y obsesionado
con Mr. Potato jodió la patente de Famosa creando
los primeros Barbie y Kent? Bueno pues ahí, justo en
ese instante, todo se fue al carajo… – volvieron a
mirarse entre sí, pero esta vez el gesto fue de
sorpresa y la mayoría reía ruidosamente, no estaban
acostumbradas a escucharla hablar con ese tipo de
vocabulario. El discurso continuó – Antes de
proseguir, y para evitar malos entendidos, NO SOMOS
IGUALES. – Casi por casualidad le había tocado a
Rosa dar aquella conferencia, nunca le había gustado
hablar en público, en cierta medida le gustaba el
protagonismo, pero había leído el texto preparándose
la ponencia y no lo vio políticamente correcto, pero…
no le quedó más remedio que devolver un viejo favor,
todo sería pan comido, no tendría más que leer el
texto y echarle un poco de cara, para eso sí servía… –
Dejémonos de pajas mentales y alucinaciones de
“maría”, el problema es ligeramente más sutil que
toda esa mierda de tías trabajando en la mina y de
tíos quitando el polvo y llevando a los nenes al cole,
¿Creéis que las mujeres nos sentimos mejor por tener
un día de la “mujer trabajadora”? ¿Qué coño significa
eso? – Todas se unieron a su comentario con
exageradas negaciones de cabeza – Yo lo entendí
todo el otro día, o mejor dicho la otra noche… – La
carpa se quedó en completo silencio. En un principio,
se suponía que la ponente sería una señora mayor
que hablaría sobre las vicisitudes pasadas en sus
años de juventud, las carencias afectivas de su
madre, los abusos de autoridad de los varones de su
familia, etc. Nadie esperaba que Rosa les leyera las
notas de una joven de poco más de veinte años que
hablaba de sus propias opiniones, y menos aún de que
afirmara conocer las razones reales de la
problemática de la igualdad entre hombres y mujeres
– …Después de un par de jadeos, un “te quiero”
monótono y un falso “ha sido increíble”, o lo que es lo
mismo… Después de un mal polvo, – Algunas risitas
se escucharon entre las asistentes y también algunos
suspiros de desesperada resignación, hubo hasta
leves indicios de rostros escandalizados. Rosa
puntualizó – Yo sólo leo, que quede claro. Con mi
Rafa no tengo queja. Sigo con la disertación – De
nuevo algunas carcajadas – Enfrascada ya en mi libro
de “antes de dormir” y envuelta en el sopor de los
ronquidos, tuve mi revelación, mucho mejor que un
orgasmo forzado, que no fingido. La trama de la
novela era bastante original, teniendo en cuenta que
iba sobre vampiros y hombres lobo, sobre estos
últimos, en la novela hablaban acerca de la
“imprimación”, los hombres lobos sufrían algo
parecido a un flechazo, con la que sería su pareja
para la eternidad, era inevitable e irrompible, la
leyenda afirmaba que hasta el momento de la unión
ambos eran seres incompletos… Y allí estaba yo,
completamente iluminada por el haz de luz de la
clarividencia… ¿Cómo comprender algo en esencia si
nos encabezonamos tozudamente en estudiarlo por
separado? Supongo que Dios hizo uso de lo de no
poner todos los huevos en la misma cesta. No sé si
me estoy explicando con claridad o el ardor de la
sabiduría me hace divagar demasiado, en un intento
por no dejar nada en el tintero. El tema es que el
hombre y la mujer son dos partes indivisibles de la
misma maldita cosa, pero el “barbas” y su jocoso
humor negro provocan que nunca llueva a gusto de
todos, nos separó y nos repartió por el mundo, sin
quedarnos otra alternativa que la del método de
“prueba y error” lo cual ha desencadenado multitud de
conflictos, más o menos “gordos”, a lo largo de los
siglos. Sí, ya sé lo que me vais a decir algunas, que la
soltería es maravillosa, no tengo la menor duda, pero
debéis tener en cuenta que las mitades de una misma
cosa no tienen por qué unirse de forma romántica, la
amistad es algo muy importante y bastante
infravalorado por el hombre (Y uso el término como
conjunto de seres humanos, creo que el sexismo en el
vocabulario es una polémica absurda y que sólo se
recuerda cuando se necesita políticamente una
cortina de humo que enmascare temas más
importantes y escabrosos) De la más liberal a la más
mojigata, todas las mujeres que estáis aquí sabéis
que lo que digo tiene sentido – Ese comentario no
hizo demasiada gracia a las asistentes pero Rosa
pareció no darse cuenta, o al menos no prestó
atención alguna – Pero como bien es verdad, del dicho
al hecho hay… un trecho infinito. Cada individuo ha
reaccionado de forma diferente a la sinrazón de no
sentirse completo: algunos, aunque no debemos
olvidar que también algunas, se vuelven violentos,
otras personas caen en la elección de la ignorancia,
muchos se dejan llevar por el hedonismo del método y
así, una lista interminable… Lo cierto e innegable es
que no hay nada que se pueda hacer, hay demasiadas
mentes que deben comprender y eso contando con
que quieran hacerlo… Quizá lo único verdaderamente
correcto sería no perder la esperanza y buscar, buscar
sin desfallecer hasta encontrar esa mitad que nos
haga completas y nos permita centrar toda nuestra
atención a aquello que verdaderamente demuestra lo
que Dios intentó con su creación. – Ahora el silencio
sí era real, ni siquiera la respiración se percibía,
tampoco en Rosa, la cual parecía la más sorprendida
por lo que acababa de leer, cuando lo leyó por primera
vez para no equivocarse al hacerlo en público, no llegó
a comprender el trasfondo de lo que tenía entre las
manos. La hija de Carmen tenía toda la razón, qué
absurdo parecía que una veinteañera abriera los ojos
de un salón entero de cuarentonas supuestamente
llenas de experiencia sobre la vida.
El término de la ponencia fue de lo más extraño,
no hubo felicitaciones ni pequeños grupos de debate
entre las asistentes, no hubo risas ni comentarios
vacíos, sólo silencio, todas fueron saliendo lentamente
de debajo de la carpa con rostro asqueado, quizá por
lo que habían escuchado, quizá por lo que les
esperaba en casa después de haber visto la luz que
mostraba su avergonzado conformismo…
La carpa estaba instalada junto al parque, en la
zona del pueblo donde se montaba los lunes el
mercadillo, a pocos minutos de su casa. Rosa
agradeció la intención de varias amigas de llevarla a
casa, pero preferió pasear. Caminó despacio,
saboreando en silencio el triunfo de la charla,
evidentemente no eran ni sus ideas, ni sus palabras,
pero nadie podría negar, que lo había leído con mucha
elocuencia… Pasaban de las nueve de la noche
cuando abría la puerta, hogar, dulce hogar...

De sus cuatro hermanos, ella siempre había sido la


más valiente, o quizá, siendo más justos, la que
menos miedo tenía cuando llegaban esos instantes
salidos de la oscuridad. Treinta años después, con dos
hijos casados – más o menos – un marido jubilado en
plena crisis del “inutilismos”, como ella lo llamaba, y
después de haber sobrevivido a una mastectomía, con
lo que esto conlleva, se consideraba verdaderamente
valiente ¡Qué coño! Forjada en el mismísimo campo
de batalla.
Jamás creyó en las tonterías del más allá, ni en
ovnis ni en jodidos monstruos dentro del armario…
Pero si ahora mismo la llamaran para una encuesta
telefónica sobre el miedo irracional, no podría negar
que llevaba desde las once de la noche sin querer
moverse del centro de la cama, con la piel de gallina,
teniendo mucho cuidado de no asomar ninguna parte
de su cuerpo fuera del colchón, sintiendo todos los
músculos agarrotados de puro pánico, del más puro y
genuino de todos los pánicos absurdos que puedan
llegar a sentirse…
Cuando llegó del acto de la asociación de mujeres,
Rafa, su marido, ya había salido para la capital con
sus “colegas” para ver un partido de fútbol, era
evidente que el Sevilla jugaba, pero no sabía contra
quién, tampoco le importaba demasiado. No era un
partido importante, aunque sí lo suficiente para tener
una buena excusa y poder llegar pasada la
madrugada, algo beodo y hasta el culo de perritos
calientes del estadio… Sus hijos llevaban dos
semanas sin aparecer por casa, así que estaba
completamente sola y sin perspectivas de visitas
inesperadas, lo cual en otras circunstancias habría
significado el paraíso, pero no esa noche, esa noche
nada estaba saliendo como era de esperar…
Solía encender velas, las colocaba sobre el lavabo,
el borde de la bañera, sobre la tapa del váter. Esta
vez no lo hizo, estaba demasiado alterada después de
la charla, se sentía orgullosa y no quería desperdiciar
el tiempo del baño, se limitó a apagar la luz central y
a encender la del espejo para dar un toque más
íntimo a la estancia. Cerró la puerta, sin pestillo,
siempre había temido resbalar en la ducha y que
nadie pudiera entrar a socorrerla, pero la cerró,
estaba completamente segura, sin embargo, al poco
tiempo de estar sumergida en el agua caliente, la
puerta se entreabrió, incluso chirriaron las bisagras
como en las películas de terror de serie B, se engañó
a sí misma, de forma casi imperceptiblemente
consciente y siguió disfrutando de las caricias del
agua caliente. Aquel era su único vicio, después
pasaba algunos días con esa sensación de
culpabilidad en la boca del estómago. El agua era un
lujo para no malgastar, pero… Quién podía resistirse a
un buen baño caliente de vez en cuando… Empapó
una toalla pequeña en el agua y se cubrió la cara con
ella, el ronroneo del agua cayendo la fue dejando
dormida, la luz del espejo titiló levemente y la
temperatura de la habitación bajó algunos grados,
Rosa no se percató, zozobraba entre la vigilia y el
sueño, cuando un fuerte y desgarrador grito la
despertó. Rió nerviosa al darse cuenta de que, como
una chiquilla tonta y asustadiza, lo había salpicado
todo del sobresalto, debía estar soñando, pero aun
así, llamó a su marido, lo hizo un par de veces, pero la
casa estaba sumida en el silencio, seguía sola…
Recogió la toalla del suelo, junto a la bañera, debió
dejarla caer con el susto, volvió a colocársela sobre la
cara e intentó relajarse… Cerraba los ojos bajo la tela
de rizo, cuando vio pasar una sombra, esta vez el
grito que oyó salió de su garganta, se quitó la toalla
de forma violenta y miró alrededor, nada, aquello era
una estupidez, estaba SOLA EN CASA, debían ser los
nervios de los últimos días, se acercaba el aniversario
de… y cada año se hacía más difícil. De nuevo la
toalla estaba en el suelo, se dijo a sí misma que se
daría una última oportunidad, volvió a recogerla y la
sumergió en el agua templada, ésta comenzó a
teñirse oscura y comenzaron a surgir gusanos y
cucarachas de los pliegues del trapo. De nuevo gritó.
Salió torpemente del agua, golpeándose la cabeza con
el soporte de la ducha, comenzó a palparse
frenéticamente todo el cuerpo asqueada por la posible
presencia de alguno de aquellos asquerosos bichos…
Pero no había ninguno, ni sobre ella, ni en la bañera,
ni en ninguna parte del cuarto de baño y lo que era
más extraño, la toalla estaba en el suelo, seca, como
si nadie la hubiera recogido desde la primera vez que
se calló. Algo estaba ocurriendo, debía estar peor de
lo que pensaba, los nervios, la menopausia, quién
sabe, pero todo aquello no era real, no estaba
sucediendo, sencillamente era imposible, decidió
liarse en el albornoz e ir a la cocina a comer algo
liviano para poder acostarse lo antes posible y que
pasara aquella maldita noche.
Se acercó al frigorífico con la idea de sacar las
sobras del medio día, el pollo frío le gustaba, después
se calentaría un consomé. Al abrir la puerta del
frigorífico, la golpeó una bocanada de olor
nauseabundo, todo estaba podrido, en el interior hacía
más calor que en el resto de la habitación, el pollo
estaba cubierto de gusanos… Debía haberse
estropeado, pero no entendía cómo la comida había
degenerado de aquella manera en tan poco tiempo…
Tendría que conformarse con la sopa, mañana
arreglaría aquel estropicio, el día estaba siendo
demasiado largo ya. Cogió un sobre de consomé
instantáneo, mientras llenaba una taza algo pasó tras
ella, lo suficientemente cerca como para que se le
erizaran los pelillos de la nuca y la taza se le escapara
de las manos y se destrozara contra el suelo,
¡JODER! Los nervios le estaban jugando una mala
pasada, logró meter la segunda taza en el
microondas, el plato comenzó a girar haciendo que la
taza lo hiciera también, en poco más de un minuto
estaría en la cama, con la taza en la mesilla y un par
de Valium a su lado, miró el tiempo transcurrido,
apenas treinta segundos y la taza reventó dentro del
microondas llenando de fisuras la puerta y provocando
que saliera humo de la parte trasera del
electrodoméstico. Gritó sin poder evitarlo. Se acabó la
noche, subió al dormitorio, sacó del cajón superior
diferentes pastillas, el Valium y algunos
trankimazines, apuró la pequeña petaca que ocultaba
bajo las bragas del secreter de la mesilla, para poder
tragar las pastillas, el licor de piruleta estaba
realmente bueno, sobre todo aquella noche.
El reloj marcó las dos de la madrugada… Las
pastillas no habían hecho ningún efecto, seguía
despierta, asustada, cagada de miedo y sin querer
bajar de la cama por si algo le agarraba el tobillo.
Intentó llamar a Rafa, sabía que era estúpido, pero al
menos escucharía su voz y eso la calmaría, quizá
incluso podría instarle para que volviera lo antes
posible, el fijo indicaba sobrecarga y el móvil no tenía
cobertura, al menos eso creía, pues no se llevaba
demasiado bien con esos chismes, pero el caso era
que no podía llamar a nadie por teléfono. Dos y
media, seguía acurrucada en el centro de la cama,
con la barbilla apoyada sobre las rodillas y las piernas
fuertemente abrazadas, llamaron a la puerta del
dormitorio. Era su hijo pequeño, Alex. Sólo él llamaba
de aquella forma: dos toques, una pausa, dos toques
más, una pausa y otros tres toques, él lo traducía algo
así como: ma-má a-bre la-puer-ta. Volvieron a llamar
a la puerta del dormitorio: toc-toc toc-toc toc-toc-
toc, definitivamente era Alex, sólo que…, bueno el
problema era que Alex, el pequeño Alex murió cuando
tenía cinco años. Rosa comenzó a llorar, aunque no
era un llanto normal, simplemente las lágrimas
brotaban sin cesar, no notaba el vacío infinito en el
estómago ni las contracciones provocadas por la
angustia del llanto, sus nervios habían traspasado el
umbral. Las sábanas estaban empapadas, se había
meado encima, ni siquiera de pequeña había pasado
por la etapa de mojar la cama, pero ahora sentía en
sus bragas el peso de algo más, se había vaciado
entera sobre la cama, había perdido por completo el
control de su cuerpo… Cuando la puerta comenzó a
abrirse lentamente no podía moverse, estaba
petrificada sin otra posibilidad que la de mirar. Alex
estaba en el marco cuando la puerta se abrió por
completo, pero ese no era su hijo, sí su cuerpo,
incluso sus ropas, las mismas que el día en que murió,
pero cuando vio sus ojos, aquellos no eran los ojos de
su pequeño, los ojos de aquella cosa eran más
grandes, como desencajados y de un blanco perfecto
exento de pequeños capilares, eso ni siquiera andaba,
se deslizaba como si alguien tirara despacio de la
alfombra en la que permanecía quieto. No era Alex,
Alex estaba muerto, mañana haría exactamente diez
años, lo sabía bien, ella lo mató. Rosa no gritaba, al
menos de forma física, le era imposible, pero en su
cabeza no dejaba de hacerlo, y de la forma más
desgarradora y salvaje que podía, comenzó a sangrar
por la nariz mientras el niño no dejaba de acercarse a
ella muy lentamente, sin dejar de mirarla con sus ojos
vacíos, su gesto había cambiado, no se había
percatado, pero ahora sonreía, sonreía de forma
maliciosa, sin dejar de mirarla ni un instante. Había
llegado a los pies de la cama y la tensión eléctrica
aumentó de repente provocando que las bombillas
alumbraran peligrosamente el doble de su capacidad,
hasta ese momento Rosa no había visto que aquel
monstruo tenía las mismas heridas que Alex cuando
murió, pero estas heridas aún sangraban, o algo así,
porque el espeso líquido que rezumaban las llagas era
de color negro y parecía diluirse al contacto con el
aire como niebla disipada por un fuerte viento. Aquella
mañana Rosa llegaba tarde, dio marcha atrás y no vio
a Alex que estaba escondido detrás del coche para
darle una broma, lo arrolló, cuando notó el golpe y
bajó para comprobar lo que ocurría, se encontró a su
hijo aplastado por la rueda delantera derecha del
vehículo, respirando convulsamente burbujas de
sangre. Se tiró junto a él llorando y gritando para
pedir ayuda, para cuando lograron levantar el coche
con la ayuda de un gato, el pequeño ya estaba
muerto. Las bombillas estallaron y la habitación se
sumió en las tinieblas, Rosa perdió la consciencia
debido al terror y aquella cosa se apoderó de ella, un
relámpago iluminó la habitación, mientras ella sufría
espasmos tendida boca arriba sobre la cama y algo
blancuzco y viscoso se le metía por la garganta como
un niebla casi corpórea…

Algunas horas más tarde Rosa despertó, tenía


consciencia de tres de sus sentidos, oído, vista,
olfato, pero no tenía gusto, de hecho ni siquiera sentía
la boca, era como si ya no la tuviera, por otro lado no
tenía noción alguna del resto de su cuerpo, no sentía
los brazos, ni las piernas, nada. Podía oler sus propias
heces, la orina, y algo más, era como a huevos
podridos y amoníaco, no podía identificarlo con
claridad y no escuchaba nada. Algo comenzó a
resplandecer delante de ella, fue entonces cuando
observó que estaba de pie en el centro de la cocina,
sobre la vitrocerámica habían colocado algunas velas
que encendían poco a poco, pero, era ella la que las
encendía… Con su propio dedo. La yema del dedo
índice de la mano derecha estaba ardiendo y alguien
se reía a carcajadas, risotadas roncas y profundas,
como amplificadas a través de un tubo.
- Mamá ha sido una niña mala… – La voz de Alex
volvió a resonar, pero esta vez algo seseante, como si
arrastrara las palabras. Sin embargo no podía oírlas,
al menos no con los oídos, era como si le hablaran
directamente desde dentro de la cabeza. – Mamá se
despertó y el coco se la llevó. – Rosa estaba
caminando ahora, toda la cocina estaba ya iluminada,
se dirigió hacia la puerta de cristales de la entrada
hasta poder ver su propio reflejo, que ya no era el
suyo. Tenía los ojos completamente blancos, igual
que el “monstruo Alex”, casi fuera de las órbitas, la
cabeza estaba ligeramente ladeada hacia la izquierda,
como si pesara demasiado para el cuello y le sonreía,
le sonreía con una mueca espantosa. El monstruo la
miró desde sus propios ojos y se metió en la boca
obscenamente el dedo con el que había encendido las
velas, para apagarlo. En ese instante Rosa sintió el
dolor de la quemadura, pero de forma amortiguada.
Supuso que sufriría un dolor atroz, pero estaba siendo
completamente tolerable, era extraño. Aquella cosa
continuó hablando. – Mamá ha sido muy mala y como
yo he sido testigo, yo te pondré el castigo. – Cogió un
cuchillo que había en un soporte de madera junto al
frigorífico. – Mamá tenía diez perritos, a uno lo
decapitaron en la nieve, no le quedan más que
nueve… – Con sus propias manos se rasgó la parte de
arriba del pijama, pellizcó el pezón de su pecho
izquierdo, y lo estiró de forma cruel hasta que la piel
no permitió tensar más, levantó el cuchillo con la otra
mano y de un golpe seco seccionó parte del pecho,
tres dedos más arriba de la aureola. – Así está mejor,
las dos iguales. – La criatura volvió a reír con las
mismas carcajadas inhumanas a la vez que Rosa
gritaba desesperada de forma silenciosa – De los
nueve que le quedaban, con uno hicieron un bizcocho,
no le quedan más que ocho. – Esta vez fue la oreja
derecha la que cayó en el fregadero, junto con
abundante sangre. – De los ocho que le quedaban a
uno lo mataron en un brete, no le quedan más que
siete. – Parte de la nariz salió despedida de un tajo de
cuchillo. Se acercó tarareando a la puerta de la cocina
para que Rosa viera en lo que la estaba convirtiendo,
ella lloró, lloró amargamente entre gritos de
impotencia y locura pensando en lo que ocurriría
cuando llegara su marido y pidió con todas sus
fuerzas despertar de aquella horrible pesadilla. – No
te preocupes por papá, mami, a él… – Ahora la voz se
hizo ronca y salvaje – …lo mataremos rápido. – Rió
unos instantes antes de seguir con la canción – De los
siete que le quedaban, mamá atropelló a uno y ya no
lo veréis, no le quedan más que seis. – Le cortó los
parpados. – De los seis que le quedaban uno se mató
de un brinco, no le quedan más que cinco. – rajó sus
mejillas desde las comisuras de los labios hasta el
nacimiento de la mandíbula mientras se lamía la
sangre que iba brotando de las heridas. – De los cinco
que quedaban uno murió en el teatro, no le quedan
más que cuatro. – Le cortó la mano izquierda. Las
terminaciones nerviosas de Rosa se habían colapsado
y ya no sentía como la torturaba mientras los perritos
seguían muriendo a su alrededor. El trance de la
demencia la había llevado muy lejos de allí en el
tiempo, pero en el mismo lugar. Alex también estaba
allí, vivo y dentro del parquecito, jugando y gritando
mientras ella hacía la comida, no dejaba de regañar al
pequeño para que se mantuviera callado y ella poder
escuchar el programa de radio, pero éste no le hacía
ningún caso...
- Alex tenía diez perritos… - En cuanto el niño
escuchó a su madre cantar la canción dejó de jugar y
comenzó a hacer pucheros – No mamá, miedo,
canción mala mamá, miedo.
- Te he pedido cien veces que te estés callado que
a mamá le duele la cabeza, ahora seré yo la que arme
jaleo y te moleste a ti – El niño rompió a llorar
desconsolado. – Deja de llorar y aprende a ser
obediente o terminaré la canción y todos tus perritos
morirán – el niño lloraba con más fuerza…
- ¿Cariño, estás en la cocina? – La voz de su
esposo la sacó del trance. Ya estaba en casa.
- Vaya, vaya, papá ha llegado… - Rosa vio el
reflejo de su rostro en los cristales de la ventana de la
cocina, contempló en lo que aquel ser la había
transformado y se vio salir de la habitación con el
cuchillo en la mano. – Menos mal, ya sólo me quedaba
un perrito…
INTERLUDIO 3

22 de junio de 2012. Auburn – Alabama (EEUU)

Aquello le parecía un sueño, eran las once y media


y ya estaban en la cama, ¡juntos! Por fin había
terminado la jodida novela. Seis meses escribiendo de
nueve de la noche a tres de la madrugada, sin
excepción. No hubo fines de semana, ni festivos,
nada. “Es el último tirón”, le aseguró Peter, “dame un
par de meses y terminaré el libro”… Los dos meses se
convirtieron en medio año. Era lo malo de tener que
trabajar todo el día, habría podido terminar su
ambicioso primer libro en mucho menos tiempo, pero
no estaba la cosa para pedir excedencias o dejar un
empleo, al menos no sin la seguridad de que la
aventura literaria llegara a buen puerto. Pero todo
aquello ya era agua pasada, la novela estaba
terminada, por fin podía dejar de compartir a un
marido con nazis locos, ángeles caídos y toda clase de
criaturas demoníacas…
Samantha había llegado a creer que algo la
observaba cuando estaba sola en casa; a veces le
parecía notar presencias, había luces que creía haber
apagado momentos antes de volver a estar
encendidas y todo un sin fin de estupideces
sugestionadas por los retazos sueltos que Peter le leía
constantemente. Odiaba los libros y las películas de
terror, lo pasaba francamente mal cuando tenía que
ver o escuchar aquel tipo de cosas, ella era más de
Love Actually o Cumbres borrascosas. Cuando llegara
el fin de semana nada ni nadie podría evitarle el “gran
privilegio” de leer, en primicia, LA NOVELA.
Sinceramente no tenía ninguna gana de sumergirse en
la pesadilla apocalíptica que su esposo había creado,
pero no se quejó lo más mínimo, estaba orgullosa de
él, desde que lo conociera, quince años atrás, era la
primera gran cosa que se proponía que el TDA no
mandaba directamente a la desidiosa basura. Y lo
había logrado sólo, sin tomar medicación alguna, ni
siquiera ella había apostado demasiado por el fin de
tan imponente empresa. Eso la hacía sentirse un poco
culpable, quizá tendría que haberle dado su apoyo
más a menudo...
Esperaba que la novela fuera un éxito, no tanto
por los beneficios, que llegarían como una bendición
caída del cielo ahora que se estaban planteando
seriamente tener descendencia, sino sobre todo por
Peter, su autoestima era dura como un diamante pero
también igual de quebradiza. Después de tanto
tiempo dedicado a su opera prima, sería un desastre
que nadie quisiera leerla… Pero no había cabida al
pesimismo, ella conocía la historia y tenía todos los
ingredientes para ser un best seller de los que llegan
incluso a convertirse en película o serie de televisión,
era original, intrigante, aterradora… Definitivamente
se iba a vender como rosquillas. Estaba en estas
ensoñaciones cuando percibió un olor extraño, como
si algo se quemase. Se incorporó en la cama y
asustada encendió la luz de la mesilla a la vez que
zarandeaba a Peter para despertarle, le preocupaba
que la casa pudiera salir ardiendo. Apartó la mano
inmediatamente al sentir el dolor en las yemas de los
dedos, se volvió a mirar a su esposo y lo encontró
cubierto de llamas azuladas, instintivamente Sam
gritó y saltó fuera de la cama, la autoprotección
humana era signo inequívoco de que nacemos con la
impronta del egoísmo profundamente grabada en
nuestro interior, y esto le impidió reaccionar al
instante, pero el ataque de pánico pasó en unos
segundos y rauda se precipitó sobre Peter cubriéndolo
con el edredón de la cama en un intento desesperado
de apagarle, pero éste seguía ardiendo y
completamente inconsciente, gritó su nombre una y
otra vez en un intento vano de hacerle despertar,
comenzó a golpear su cuerpo con la ropa de cama,
pero el fuego no se extinguía, desesperada comenzó a
arrancar el pijama ardiendo con sus propias manos.
La temperatura había ascendido hasta ser sofocante y
los ojos le escocían por el humo, el olor de la carne
quemada se pegaba a su garganta como flema
sanguinolenta. Samantha no dejaba de hacer jirones
la ropa interior de Peter lanzando los desgarros en
llamas lo más lejos posible de la cama. No dejaba de
gritar completamente aterrada, la razón de su vida se
consumía en el fuego y ella no podía hacer nada, las
llamas seguían lamiendo la piel de Peter llenándola de
ampollas y heridas.

Atraído por los desquiciados gritos de Sammy,


Chris, el vecino de al lado, tras haber golpeado la
puerta repetidas veces y ver que nadie le abría y que
ella seguía gritando, decidió echarla abajo a patadas y
empujones. Subió a la planta de arriba, donde estaba
el dormitorio de la pareja, saltándose los escalones de
tres en tres y entró súbitamente en la habitación; el
dantesco espectáculo que contempló le hizo acercarse
demasiado el borde del abismo de la locura… No
había dejado de escuchar a Samantha gritar “¡Fuego,
fuego, Peter se quema, mi marido se quema!”, fuego
era la palabra que no dejaba de oír a través de la
pared y cuando subía por las escaleras, pero allí no
había fuego alguno, nada ni nadie se quemaba en
aquella estancia. Sam estaba totalmente cubierta de
sangre y de lo que parecían tiras de piel y restos de
vísceras, no dejaba de desgarrar el cuerpo de su
esposo con sus propias manos, el cuerpo de Peter
estaba completamente despellejado, incluso en
algunas partes de sus extremidades podía llegar a
verse el hueso. Las entrañas se diseminaban por toda
la cama. Los ojos del pobre infeliz seguían abiertos en
un ictus de terror absoluto… Samantha se volvió hacia
Chris llorando con desesperación y le gritó fuera de sí:
- ¡Ayúdame, por Dios, es que no ves que
se está quemando! ¡Hay que desnudarle, todo está
ardiendo! ¡No te quedes ahí! ¡AYÚDAME!

Lo último que Chris Anderson oyó antes de sacar a


rastras a la enloquecida Samantha, fue una terrible
carcajada que no provenía de ningún lugar concreto
de la habitación y de todas partes a la vez…
INTERLUDIO 4

29 de septiembre de 2012
Distrito de Roppongi – Tokio.

- ¿Ya la tienes? – Kaori estaba en la


puerta, con las manos cruzadas sobre la falda y sin
poder dejar de moverse nerviosamente.
- Por supuesto que la tengo, ya te dije que
te llamaría para que la viéramos juntas, ni siquiera he
abierto el embalaje, anda pasa, no te quedes ahí –
Miyako parecía algo molesta – ¿Por qué has tardado
tanto? Pensé que nos vendríamos juntas desde el
insti.
- No te enfades tonta – Kaori cerró la
puerta al entrar en el piso donde vivía su amiga en la
torre Mori – Me hicieron una oferta mejor, tan buena
que no pude rechazarla – Y sonrió a Miyako de forma
descarada, ésta se sobresaltó con la impulsividad de
la juventud.
- Zorra mentirosa, no es verdad, ¿te lo ha
pedido? No me lo puedo creer… Masaru por fin se ha
decidido ¿Os habéis besado?
- Pero qué dices tía, tú sí que eres una
zorra, sólo me ha acompañado a casa… y nos hemos
besado – Las dos comenzaron a reír a carcajadas
saltando y bailando de camino a la habitación de
Miyako.
- No puedo creer la suerte que tienes –
Suspiraba Kaori sentándose en la cama de su
compañera de clase – Se pueden contar con los dedos
de una mano (y te sobrarían seis) los días del año que
tus padres pasan en casa, es un alucine, la tienes
siempre para ti solita. – Terminó la frase dejándose
caer hacia atrás sobre la colcha.
- No es oro todo lo que reluce, tú envidias
que yo esté siempre haciendo lo que me da la gana y
yo mataría por tener unos padres como los tuyos, que
siempre se preocupan por tí y están ahí cuando los
necesitas, sin necesidad de videoconferencias
estúpidas, pero ya sabes el dicho no, “si la vida te da
limones…”
- Échale una rodaja al whisky – De nuevo
volvieron a reír.

Sobre al baúl que la muchacha tenía a los


pies de la cama, había una caja plana no mucho más
grande que un disco de vinilo con el matasellos de
Alabama, Estados Unidos. Kaori la cogió con cuidado,
casi con devoción y la colocó entre las dos, de la
cinturilla de la falda sacó una pequeña navaja
redondeada de color fucsia con un dragón de color
blanco dibujado en una de las caras y cortó el precinto
del paquete.

- ¿Cuándo vendrán los demás? – Preguntó


Miyako.
- Deben estar al llegar, joder tía te has
retrasado más de una hora – Su amiga no pareció
escuchar el reproche.
- ¿Te importa si llamo a Masaru para que
se pase por aquí?
- En absoluto, llámalo estoy deseando
preguntarle qué le pareció el beso – Miyako saltó
sobre ella y ambas rodaron por la cama hasta
terminar a horcajadas una sobre la otra.
- Si se te ocurre decirle algo, te juro que
yo le diré a Takashi que fuiste tú la que le enviaste
aquel anónimo pornográfico en San Valentín. – Kaori
forcejeaba para intentar quitarse a su amiga de
encima.
- Acabo de olvidar por completo lo que iba
a preguntarle a Masaru, debe ser algo que he
comido… Y quítate de encima de una vez que
parecemos dos bolleras desesperadas. Cuando ambas
volvieron a sentarse junto al paquete, Kaori sacó de la
caja un bolso de plástico flexible de color rosa chillón,
en el que podían leerse en caracteres occidentales
con grandes letras de color blanco, la palabra OUIJA,
debajo había una foto de una tabla ouija del mismo
color que la bolsa, con varias niñas alrededor.
- Oh tía es chulísima, muy cool, no
esperaba que fuera rosa, no puedo creer que allí la
vendan como un juguete, es que ellos no temen a los
Onis. – Miyako se estremeció al pronunciar la palabra.
- Ni que hubiera dicho “VOLDEMOR”, no
seas tonta quieres, en América tienen otra cultura, no
son creyentes, se preocupan más por la salsa
barbacoa que por la salvación de sus almas.
- ¿Sabes cómo funciona? – Miyako parecía
impaciente.
- ¿Es que nunca lo has visto en el cine?
Tendremos que poner todos un dedo sobre el puntero
y concentrarnos en una pregunta, el resto es cosa de
los espíritus…
- En las pelis nunca dan demasiados
detalles, pensé que a lo mejor…
- Sí, que harían falta pilas, no te jode. –
Miyako sacó la tabla de la bolsa y le quitó el envoltorio
transparente, el puntero en forma de lágrima, también
de color rosa, cayó sobre su regazo, Kaori apartó los
embalajes de la colcha para que su amiga pudiera
poner la tabla en la cama y ambas se quedaron
mirándola con admiración y cierto temor – Es
preciosa.
- Pero tú has visto el sol y la luna en las
esquinas, son geniales, es mucho más bonita que
nuestra kokkuri-San.
- Kaori, he leído por Internet que el
modelo es idéntico al de la primera que se inventó,
por lo que debe ser mucho más eficaz.
- ¿Crees que Kiyoko se acordará de traer
las transparencias? – Preguntó Kaori.
- Seguro, hablamos por el whatsApp, y le
mandé un sms, por si acaso.
El silencio se había apoderado
anárquicamente de la estancia. Al unísono ambas
levantaron la mano derecha y extendieron el dedo
índice acercándolo despacio al puntero que habían
colocado en el centro de la tabla, ninguna decía nada,
se limitaban a mirar el puntero y a dirigir el dedo a su
centro circular de metacrilato, aquella pequeña pieza
de contrachapado, lacada en rosa, no parecía tan
peligrosa como aseguraban en algunos foros. Justo en
el instante en que las yemas de sus dedos rozaban
imperceptiblemente la suave superficie del puntero…
sonó el timbre sobresaltando en extremo a las dos
muchachas, que saltaron de la cama y fueron
corriendo a abrir la puerta. `
Kiyoko esperaba pacientemente en el rellano con
un enorme pastel de chocolate que ella misma había
preparado, cuando la puerta se abrió violentamente y
vio la cara de susto de sus amigas no puedo evitar
preguntarles.
- ¿Qué estabais haciendo que parecéis tan
sobresaltadas? ¿Ya habéis empezado? ¿Soy la última
en llegar?
- ¡Eh, para, para con el interrogatorio! Joder tía
eres peor que mi madre. – Kaori había pasado del
miedo al enojo en cuestión de segundos, solía ser
habitual cuando Kiyoko entraba en escena, fue la
última en llegar a la pandilla y no se llevaban
demasiado bien.
- Perdón, es que llevo toda la tarde probando el
chocolate del pastel y vengo como una moto. ¿La
habéis abierto ya? ¿Cómo es?
- Tendremos que amordazarla o de lo contrario no
se callará –Al intentar cerrar la puerta detrás de su
amiga un pie se interpuso entra la hoja y el marco, la
frase la había pronunciado el dueño del pie. Miyako
abrió bruscamente la puerta para ver quién la
bloqueaba y se encontró con la sonrisa maliciosa de
Katsuhiro que la saludó levantando la botella de sake
que llevaba en la mano. Takashi llegaba en ese
preciso momento.

El pastel resultó ser una delicia, en cuestión de


minutos, apenas quedaban unas migajas sobre la
mesa de la cocina, la suerte del sake no fue mucho
mejor, apenas un par de dedos de su contenido
seguían aún en la botella. Con el estómago lleno y la
sangre caliente se sentaron los cinco en la mesa del
salón sobre la que sólo se encontraban la tabla Ouija
y el puntero. Miyako se levantó un momento para
correr las cortinas y ambientar mejor la habitación
para lo que estaba por venir…

- ¿Y ahora qué? ¿Hay que rezar algo para que esto


se encienda? ¿Podemos preguntar todos o tiene que
haber un guía como en los juegos de Rol? – Cuando
Kiyoko estaba nerviosa tenía la mala costumbre de
preguntar de manera convulsiva.
- Ya os dije que habría que amordazarla, –
Katsuhiro hablaba con la chulería adolescente que mal
sirve para enmascarar un sinfín de miedos e
inseguridades – ¿Preguntas con la intención de que te
responda alguien? Ni siquiera recuerdo tu primera
duda.
- Nos dejamos ya de tonterías – Miyako les
hablaba como se hace con los niños pequeños –
Cuando se os pasen las ganas de tocar los huevos,
cerráis la boca y colocáis el dedo índice de la mano
derecha sobre el puntero. No hay que hacer ninguna
oración – Esto lo dijo mirando a Kioko – Sólo tenemos
que concentrarnos en lo que estamos haciendo y
hacer las preguntas adecuadas, con respeto y
seriedad, ¿seréis capaces de ser respetuosos y serios
durante un momento? – Todos asintieron en silencio –
Perfecto, ¿un voluntario que quiera ir anotando todo lo
que ocurra en la sesión? – Takashi levantó la mano,
con su pluma Sailor ya preparada para escribir –
Muchas gracias Takashi. Comencemos.
Todos colocaron el índice en el puntero tal y como
les había indicado Miyako, bastaba con que la yema
de los dedos rozara levemente la superficie, y
aguardaron a que ésta realizara la primera pregunta…
- ¿Hay alguien ahí? – Preguntó en voz alta, aunque
no con mucha convicción, un leve toque de temor hizo
temblar ligeramente las palabras, todos quedaron
expectantes, apenas se escuchaban sus
respiraciones. Miyako esperó unos minutos, era
increíble como el poder de la sugestión, en apenas un
par de minutos, mantenía a raya al desdén del
alcohol.
- ¿Hay alguien ahí? – El leve roce de la
estilográfica de Takashi rasgaba el silencio como un
alarido salido del mismísimo infierno.
En el instante en que Miyako iba a volver a
preguntar de nuevo, alguien llamó a la puerta con los
nudillos haciendo que todos se sobresaltaran, Kiyoko
no pudo contener un leve grito de pánico.
- Debe ser Masaru, ya abro yo – Kaori, se levantó
de la mesa, aliviada por quitar el dedo de aquella
cosa, aunque sólo fuera por unos instantes, que fue lo
que tardó en volver de nuevo de la mano de Masaru.
Kaori estaba algo sonrojada, por lo que Miyako pensó
que debían haber vuelto a besarse y miró a su amiga
con complicidad.
- Venga sentaos, no se deben interrumpir así las
sesiones, en Internet dicen que no se debe romper la
conexión con el puntero hasta que el ente convocado
no abandone el encuentro. – Miyako hablaba con
seriedad y todos, incluido Masaru, volvieron a colocar
el dedo sobre el puntero de la Ouija. Apenas había
terminado Miyako de volver a realizar la pregunta
cuando el puntero se movió con rapidez hacía la
palabra “SÍ”, para después volver con la misma
velocidad a su posición inicial en el centro del tablero.
- Si alguien ha movido esta mierda, que se deje de
hostias – Takashi terminó de anotar lo sucedido y
volvió a quejarse asustado – Deberíais tomaros esto
más en serio.
- No seas estúpido Takashi, nadie lo ha movido,
apenas si lo estamos rozando, se habría notado
perfectamente y deja de quitar el dedo cada vez que
tengas que hacer anotaciones o esto no funcionará,
¡Joder! ¿No eras ambidiestro? – Katsuhiro se apartaba
con presunción el lánguido flequillo mientras hablaba
– Y cállate de una vez que la cosa se pone
interesante. Haz otra pregunta Miyako – Ésta, algo
incómoda con la forma autoritaria de hablar de su
amigo, volvió a preguntar en voz alta, intentando que
las palabras salieran claras.
- ¿Tienes buenas intenciones? – Esta vez la
respuesta no fue inmediata, pasó un minuto hasta que
el puntero comenzó lentamente a moverse de nuevo
hacia el “SÍ”, pero a unos centímetros de la palabra,
se movió con tal rapidez al “NO”, que apenas pudieron
seguir su trayectoria. Todos se miraron con inquietud.
- Debe ser un espíritu burlón, será mejor que le
pidamos que se vaya, puede ser peligroso – Miyako
parecía no haber oído las palabras de Katsuhiro y
siguió preguntando.
- ¿Quieres hacernos daño? – El puntero, que de
nuevo había vuelto al centro de la Ouija, de nuevo se
movió hasta el “NO”, pero sólo se detuvo sobre él
unos segundos, después continuó hacia el semicírculo
de letras y comenzó a deslizarle entre ellas hasta
formar la frase “… a todos”. Takashi había escrito:
“No a todos” en su cuaderno de notas.
- ¿Quieres hacer el favor de dejar de hacerle
preguntas, Miyako? – Ahora Katsuhiro no parecía tan
seguro de sí mismo – Ordénale que se vaya, dile que
mueva su etéreo culo a la “SALIDA”
- No creo que debas hablarle así – Kaori hablaba
muy asustada – Puede enfadarse.
- Dile que se vaya Miyako – Le rogó Kiyoko con
lágrimas en los ojos. Pero Miyako parecía estar
ausente…
- ¿Cómo te llamas? – Todos la miraron con ojos
desorbitados, pero entonces el puntero comenzó a
moverse lentamente, Katsuhiro levantó el dedo por
instinto e intentó levantarse de la mesa, una fuerza
invisible lo arrojó contra la silla violentamente. Masaru
rompió a llorar sin atreverse a quitar el dedo del
puntero, en contra de su voluntad, Takashi volvió a
colocar también su dedo en el puntero, que se había
detenido un instante, de nuevo volvió a moverse, “M”,
“I”, “N”, “O”, “M”, “B”, “R”, “E”, otra vez “E”, “S”,”M”,
“U”, “E”, “R”, “T”, “E”, “Mi nombre es muerte”.
- ¡Miyako dile de una puta vez que se vaya al
infierno! – Takashi gritaba histérico - ¡Dile que vaya a
la salida joder, a la salida!
El puntero volvió a moverse sin necesidad de
ninguna pregunta, “N-O M-E I-R-E H-A-S-T-A Q-U-E
H-A-Y-A-I-S M-U-E-R-T-O”
- Ni se os ocurra quitar el dedo del puntero
– Kaori intentaba dar sosiego a sus palabras, pero
era inevitable que le temblara ligeramente la voz – No
digáis nada y menos dirigiéndoos a “eso”, sea lo que
sea. Miyako – Levantó la voz para dirigirse a su
amiga, que parecía seguir en un extraño trance -
¡Miyako! – Esta por fin reaccionó – Pídele que se vaya,
AHORA.
- Seas quien seas márchate… Ve a la
salida – Miyako pronunció las palabras una a una con
la misma monotonía que uno de esos programas de
ordenador que leen, por no decir destrozan, libros
digitales. El puntero no se movió.
- Vuelve a intentarlo, pero esta vez échale
ganas, ¿vale? – Kaoru mantenía la calma a duras
penas. Esta vez su amiga habló con más seguridad.
- Damos por terminada la sesión, así que
ve a la salida. – Esta vez, aunque tardó algunos
segundos, el puntero comenzó a oscilar ligeramente
en el centro del tablero.
- Otra vez – Kaori insistió con impaciencia.
- Hemos terminado, ve a salida, te
ordenamos que te marches – Se arrepintió nada más
terminar la frase… - El puntero comenzó a moverse
como loco de una letra a otra hasta formar la frase:
“VOSOTROS NO ORDENÁIS, VOSOTROS SOLO
MORÍS”, hubo una pausa y volvió a deletrear: “NO ME
IRÉ HASTA QUE NO TERMINE DE SEMBRAR LA
LOCURA Y EL TERROR” Kiyoko intentó levantarse
pero su cuerpo no le respondió, era como si un fuerte
peso la obligara a permanecer sentada. Su dedo no se
levantó del puntero y fue entonces cuando todos
escucharon un leve chasquido y vieron la imposible
torsión espontánea hacia un lado de la falange
intermedia cuando este se partió sin que nadie lo
tocara. Kiyoko gritó completamente fuera de sí. En
ese momento las persianas de seguridad del piso
cayeron de golpe y un fuerte ruido metálico se oyó en
la puerta de entrada, todos los cerrojos se habían
cerrado a la vez… Estaban confinados con aquella
cosa.
- ¡Nos ha encerrado! ¡Ese espíritu,
demonio, o lo que coño sea nos ha atrapado aquí¡ ¡Va
a matarnos a todos! ¡Yo no quiero morir! ¡No quiero
morir! – Takashi parecía enloquecido; incapaz de
apartar el dedo del puntero, no dejaba de gritar -
¡Miyako por el amor de Dios, oblígale a ir a la salida¡
- ¡Lo intento, pero no me hace caso! ¿Es
que no te das cuenta? Ni siquiera pasa cerca de la
palabra. – Miyako estaba al borde del pánico.
- ¡Hay que obligarlo! ¡Hay que hacer
que…! ¡Tengo una idea! Si no quiere salir, no le
daremos otra opción, escribiremos “Salida” por todas
partes y no tendrá más remedio que irse al infierno –
De súbito Takashi se levantó de la silla, agarró el sake
y la destrozó contra una cómoda que había junto a su
silla, a poca distancia de la mesa. Retorciendo la
cintura de forma incómoda al no poder despegar el
dedo del puntero rosa, en su mano sólo quedó el
cuello roto de la botella con el que, sin pensarlo un
instante, se amputó el dedo índice de la mano
derecha. Todos gritaron al ver el dedo seccionado
sobre la mesa y la gran cantidad de sangre que salía
de la mano de Takashi. Katsuhiro no pudo contener
las arcadas y vomitó en el suelo, manchando los
zapatos de Kaori. Pero Takashi no se detuvo,
comenzó a escribir frenético la palabra “Salida” por
todo el tablero del juego, el plumín de la Sailor se
retorcía dolorosamente. El puntero no se movía, pero
el muchacho no parecía darse cuenta, seguía
escribiendo la misma palabra una y otra vez, ahora
sobre la mesa de madera. Cuando la pluma se quedó
sin tinta, Takashi comenzó a mojar el plumín en la
herida que había quedado en lugar del dedo, y siguió
demente escribiendo “Salida” con su propia sangre
por toda la habitación con tanta violencia, que sobre
algunas superficies quedaba grabada la palabra al
arañarla con la afilada punta de la pluma. Los demás,
que ahora estaban más asustados por la actitud de su
amigo que por el dichoso juego, no eran capaces de
apartarse del tablero. El puntero seguía sin moverse –
Todo tiene que ser salida, ¡Ayudadme! ¡Todos
tenemos que ser salida! – Se abalanzó sobre
Katsuhiro, que no pudiendo resistir la brutal
embestida cayó hacia atrás, fracturándose el brazo
derecho al quedar atrapado entre la parte posterior de
la silla y el suelo, aturdido por el golpe apenas se dio
cuenta de que Takashi le desgarraba la garganta
intentando escribir “Salida” en ella, lo único que
consiguió fue perforar mortalmente la yugular del
muchacho. La sangre comenzó a manar a borbotones
salpicando el rostro de su asesino. Todos comenzaron
a gritar y aunque ahora corrían por la casa intentando
evitar a Takashi, ninguno se dio cuenta de que habían
podido separar los dedos del tablero ouija… Kiyoko
fue la única que permaneció en su silla,
completamente petrificada. Sólo cuando Takashi la
miró con ojos desorbitados y la sangre de su amigo
chorreándole por la cara, pareció darse cuenta de lo
que ocurría a su alrededor, pero ya era demasiado
tarde, intentó correr, pero sus piernas se negaron a
moverse y calló al suelo mordiéndose el labio inferior
al golpearse la boca contra el suelo, el sabor férrico
de la sangre le inundó la boca. Miyako le dio un fuerte
tirón de la camiseta, en un desesperado intento por
levantarla del suelo o arrastrarla lejos de Takashi,
pero éste ya estaba sobre su amiga a horcajadas,
rasgándole la ropa y realizándole profundos desgarros
en la carne con la estilográfica, Kiyoko no podía hacer
otra cosa que gritar desesperada, Takashi le tapó la
boca e inclinándose sobre la pobre infeliz le habló al
oído con dulzura – Ssssssss, guarda silencio, debes
estar tranquila, el dolor pasará pronto y él se irá… Es
por el bien de todos, él quiere hacernos daño, pero si
aguantas un poco no tardará en irse… - Takashi no
sólo tapaba la boca de la muchacha, también su nariz,
por lo que sin poder respirar, Kiyoko se asfixiaba
lentamente a la vez que iba dejando de forcejear,
gesto que Takashi interpretó como que su consuelo
estaba surtiendo efecto – Eso es mi niña, estate
tranquila, todo terminará pronto, ssssssss – Pero ella
ya no podía escuchar su voz, estaba muerta. En ese
momento Masaru le propinó una fuerte patada en la
cara que le hizo rodar por el suelo hasta golpearse
contra una librería, algunos libros le cayeron encima
desde las estanterías, Takashi, aturdido y sangrando
por la nariz, se levantó tambaleante y fijó sus ojos
vidriosos en el muchacho.
- ¿Por qué me has golpeado? ¿Es que no
ves que intento salvaros la vida? ¡Tenemos que darle
una salida! – Gritó arrojándose sobre Masaru y ambos
cayeron forcejeando a través de la cristalera de la
terraza… Takashi se sentó en el suelo con un histérico
ataque de risa mientras se miraba las manos llenas
de cortes y lamía la sangre de las heridas de la frente
y las mejillas, a sus pies Masaru se desangraba entre
pequeñas convulsiones con una esquirla de cristal
atravesándole en pecho. Takashi se acercó a rastras
al cuerpo de él y mojando los dedos en el charco de
sangre que comenzaba a formarse alrededor del
cuerpo del que fuera su amigo, comenzó a escribir
“Salida” por todo el suelo de la estancia, sin poder
dejar de reír.
- ¡Nooooo! ¡Masaru no! ¡Mi niño no! –
Miyako sujetó desesperada a su amiga para que ésta
no corriera hacia el cadáver de su novio, Kaori rompió
a llorar con desconsuelo mientras sus rodillas se
aflojaban y Miyako intentaba evitar que la muchacha
se desplomara – Yo no puedo vivir sin él, sin mi niño
no… - Miyako intentaba consolarla sin dejar de vigilar,
temiendo que Takashi entrara de nuevo al salón de un
momento a otro. Aprovechando el descuido de
Miyako, Kaori, la empujó y salió corriendo hacia la
terraza, pero no se detuvo cuando pasó junto al
cuerpo de Masaru, simplemente lo miró con dulzura y
levantó ligeramente la mano a modo de despedida,
tampoco se detuvo cuando llegó a la baranda,
simplemente apoyó la mano y saltó como si fuera una
valla cualquiera en medio del campo y se precipitó al
vacío. Durante toda la acción terrible, Takashi no se
dio cuenta de nada, seguía impávido escribiendo
“Salida” con sangre por el suelo y las paredes… Ni
siquiera se percató de que Miyako se acercaba por
detrás, enjugándose las lágrimas con la misma mano
en la que empuñaba una vieja Nimbu, tipo 14, cuyo
incierto origen su cerebro lo relacionaba con un
bisabuelo que jamás conoció. Justo cuando sujetaba
el arma contra la parte de atrás de la cabeza de su
demente amigo, dudó un instante en si la pistola
estaría cargada, o si por lo menos funcionaría, su
dedo no se percató de las dudas de su cerebro, había
presionado el gatillo antes incluso de que se diera
cuenta. Escuchó la detonación como si se produjera a
kilómetros de distancia, el escaso retroceso de un
cartucho de 8 mm provocó que la bala se desviara
ligeramente y saliera a través de la órbita del ojo
derecho, reventando el globo ocular de Takashi que
rezumaba por la herida perezosamente. Otra
detonación, el segundo disparo no se desvió, Miyako
había corregido la posición de la mano de forma
automática, esta vez la bala no salió, quedó
mortalmente suspendida en la masa encefálica como
un petrolero en el centro de la mancha de crudo, al
vaciar su carga letal en el océano… El cuerpo del
muchacho se desvaneció despacio quedando tendido
en el suelo. Miyako se acercó al cuerpo ya sin vida de
su amigo y volvió a apuntar el arma a su cabeza,
presionó de nuevo el gatillo, pero esta vez, la Nimbu
no sólo no disparó sino que le explotó en la mano,
matándola en el acto, cayó sobre el cuerpo de Takashi
en una postura obscena, los rostros quedaron juntos,
Miyako pudo ver por unos instantes, reflejado en los
vidriosos ojos de su invitado, como su rostro
destrozado se iba cubriendo de sangre. Fue entonces
cuando Takashi volvió a ponerse de pie, empujando el
cuerpo de su anfitriona a un lado, levantó su mano y
se tocó la vacía cuenca del ojo y fue consciente en
aquel momento de haber recibido dos disparos a
bocajarro en la cabeza, ¿cómo era posible…? No podía
estar vivo, pero una estridente carcajada le distrajo
de sus pensamientos, miró a su alrededor, pero no
había nadie… con vida. De nuevo escuchó aquella
maléfica risa y comprendió que la escuchaba dentro
de su cabeza, que aquella cosa se había metido
dentro de él, lo había poseído y lo había transformado
en el monstruo enloquecido que tanto había temido, y
aquella cosa habló:
- Ssssss, tranquilo mi niño, es por tu bien,
no te preocupes todo acabará pronto… - la mano en la
que aún sostenía la estilográfica, se dirigió
violentamente hacia su ojo intacto.
SEGUNDA PARTE

“LEGIÓN”
27

Artículo Il Messaggero
12 de diciembre de 2012

Comunicado oficial de la muerte de Juan Pablo III:

"Esta madrugada, sobre las cinco y media, el


camarlengo del Papa, el padre Antonio Granada, no
habiendo encontrado al Santo Padre en la capilla,
donde, como de costumbre se reunían ambos para los
rezos matinales, le ha buscado en su habitación,
hallándolo muerto en la cama”.

Según fuentes del mismo Vaticano, el obispo de


Roma aún llevaba puestas las gafas de lectura y tenía
su Kindle sobre el regazo, presentando en su rostro
un gesto de profunda paz.

“Su médico personal, el doctor Patrizio Polisca, que


acudió de inmediato, ha confirmado su fallecimiento,
fijando la hora de la muerte sobre las 2 de la
madrugada, a causa de una parada
cardiorrespiratoria.
El propio Jesús lo habrá recibido ya entre sus
brazos misericordiosos."

Con este escueto comunicado oficial, la Santa


Sede ha informado hoy al mundo de la inesperada
muerte de Juan Pablo III. De lo que no se han dado
detalles es de la ceremonia mediante la cual ha
debido certificarse la muerte del que fuera arzobispo
de Venecia Darío Scola, elegido Papa tras seis días del
que llegó a considerarse el cónclave más duro de la
historia. Suponemos que el padre Granada, como
Camarlengo del Papa fallecido, enteramente vestido
con colores violetas, en señal de duelo, ha entrado en
la habitación del Santo Padre (una vez más) escoltado
por un destacamento de la guardia suiza y
acompañado del maestro de celebraciones litúrgicas,
el secretario y el canciller de la Cámara Apostólica,
responsable de elaborar el certificado oficial de
defunción. Como dicta la ceremonia, para asegurarse
oficialmente de la muerte del Pontífice, Antonio
Granada habrá golpeado levemente la frente del
fallecido con un martillo de plata, a la vez que le
preguntaba: “¿Juan Pablo III estás muerto?” A
continuación, en señal de que el papado ha concluido,
el anillo del pescador ha debido serle retirado y junto
con el sello de plomo, destruidos ambos con la misma
herramienta de plata.
A la espera de nuevas noticias y/o comunicados
que puedan esclarecer la repentina muerte del Santo
Padre, - muerte que algunos relacionan con el
accidente acaecido días antes, en su última misa
dominical. Cuando el perturbado Ilia Ovechkin,
ciudadano ruso que practicaba la mendicidad en
nuestro país, con claros signos de estar bajo los
efectos de alguna droga, intentó agredir al Papa con
un cuchillo de plástico, atentado que frustró uno de
los agentes de la seguridad vaticana abatiendo al
agresor (a escasos metros de su objetivo) con dos
disparos que acabaron con su vida. Hecho que ha
vuelto a abrir numerosos debates sobre las fuerzas
armadas del Vaticano y si es lícito o no portar armas
dentro de la basílica. Recordemos un fragmento de la
última homilía dada por el pontífice:

“… En estos tiempos de incertidumbre y oscuridad,


en los que las personas confunden el no creer con el
no existir, es cuando más que nunca Dios dirige su
mirada misericordiosa a sus hijos y les alienta a
caminar por la senda de la gloriosa luz de la
salvación…”
28

Extracto informe agente seguridad vaticana, Gian


Lorenzo Bernini.
Ciudad del Vaticano – Roma.
11 de diciembre de 2012

“… Alrededor de las seis de la madrugada, atendí


una llamada de la hermana Victoria, una de las
asistentes personales del Santo Padre (Después se
averiguó que debido a su estado había equivocado la
extensión). Estaba bastante alterada, yo diría que
incluso histérica, no dejaba de repetir que San Miguel
la había despertado en plena noche, desvariaba con
que el ángel la había advertido y entonces comenzó a
gritar ¡Darío è morto! ¡Darío è morto! ¡Darío è morto!
Al escuchar esto acudí lo más deprisa que pude al
apartamento del Pontífice, la religiosa permanecía
junto a la mesa del teléfono en estado de shock, entré
en el dormitorio, se escuchaba música clásica, todos
sabemos que le ayuda a dormir, era “Claro de luna,
creo. Noté, además de un olor desagradable, como a
metal oxidado y carne podrida, un cambio de
temperatura bastante brusco, en aquel momento
pensé que el climatizador de la estancia había debido
estropearse y estaba calentando más de lo debido,
todo esto ocurrió en segundos hasta que la imagen
del Sumo Pontífice se clavó en mi retina. El cuerpo
estaba en la cama, tenía un par de almohadones
entre la espalda y el enorme cabecero de madera,
seguía con las gafas puestas y su Kindle en el regazo,
sobre las sábanas, y aunque su rostro mostraba una
paz casi exagerada, lo que más me impactó fue la
cantidad de sangre que había por todas partes, le
salía de los oídos, los lagrimales, la nariz y la boca,
las partes del cuerpo que estaban expuestas estaban
extremadamente pálidas y llenas de rosetones
cerúleos. Tardé algunos minutos en poder
desconectar (uso esta palabra porque no encuentro
una más acertada) de aquella visión, entonces cogí el
móvil del Santo Padre, por ser el teléfono más cercano
y llamé de inmediato al doctor Polisca…”
29

Email del Dr. Patrizio Polisca a su antecesor


y amigo el Dr. Buzzonneti (Arquiatra Pontificio
Emérito)
Ciudad del Vaticano – Roma.
10 de diciembre de 2012

Mi querido amigo Renato, ante la imposibilidad de


contactar contigo por teléfono te escribo este e-mail
con la esperanza de que lo leas cuanto antes ya que
no tengo explicación alguna para lo que acabo de
presenciar, sólo me consuela que gracias al agente
Bernini de la gendarmería vaticana, tan sólo dos
personas han visto al Santo Padre en este estado, de
nuevo repito que no tengo ninguna explicación para lo
que ha ocurrido esta noche. Justo antes de irse a la
cama me llamó quejándose de escalofríos y
destemplanza, lo había examinado esa misma
mañana después del enorme susto que nos llevamos
en la Basílica – Por cierto el tal Bernini fue el mismo
heroico pistolero que evitó el atentado – por lo que
sabía que estaba en perfecto estado de salud, de ahí
que le quitara importancia y le dijera que se tomara
un analgésico. La conversación tuvo lugar a las once y
media de la noche. El cadáver que tengo ante mí lleva
muerto más de doce horas y si mis ojos no me
engañan ni tampoco mis años de experiencia, ha
muerto de lo mismo que la cuarta parte de la
población europea del siglo XII, muerte negra.
Nadie muere de peste con una sonrisa en los
labios y en sólo unas pocas horas, pero… La situación
se me va de las manos, he prohibido la entrada al
apartamento papal y con excusas banales he
mandado hacer analíticas a las personas que han
entrado en contacto con el cadáver de Darío. Si esto
es lo que creo, tengo que hacer lo imposible por evitar
que comience una epidemia…

Querido amigo, en los últimos años de mi vida he


visto muchas cosas extrañas entre los muros del
Vaticano, pero esto… Esto me hiela la sangre y me
hace temer que mi explicación no sea la más
preocupante.

Pido a Dios que veas este email antes de que sea


tarde.
30

Notificación del jefe de seguridad del Vaticano al


agente Bernini.
(Enviado por email con copia oculta al doctor
Renato Buzzonneti)
12 de diciembre de 2012

Ante los hechos acaecidos en los últimos días, y


tras observar ligeras incongruencias – posiblemente
motivadas por el exceso de estrés – en los informes
recibidos por su parte, referentes al atentado del
Santo Padre y su posterior fallecimiento, debido
exclusivamente a causas naturales, se le insta a
tomar vacaciones indefinidas con carácter urgente y
se le prohíbe hablar de cualquier tema relacionado
con su trabajo y especialmente con todo lo
anteriormente citado.
Cuando haya pasado el tiempo que la jefatura de
esta gendarmería crea oportuno, recibirá una nueva
notificación para que se reincorpore en su nuevo
destino.

Agradeciéndole los servicios prestados al difunto


Papa.
Reciba un cordial saludo

Salvatore Festa
Jefe de Seguridad Vaticana
31

Contestación email Dr. Polisca del Dr. Buzzonnet.


11 de diciembre de 2012

Querido amigo Patrizio, ahora mismo me es


imposible llamarte, te contesto por email mientras mi
vuelo llega al Leonardo, en breve estaré ahí. Creo que
esta enorme desgracia debe haber alterado de alguna
forma tu buen juicio, primero lo de aquella monja,
después el atentado y ahora la muerte del Santo
Padre, no quiero que entiendas mal mis palabras, lo
que quiero decirte es que quizá haya una explicación
lógica para todo esto, evidentemente es imposible
que alguien muera de peste de la noche a la mañana
y menos en el centro de Roma. Mientras llego, debes
hacer todo lo posible para que no cunda un pánico
innecesario. El comunicado que debe dar el Vaticano
acerca de la repentina muerte del Santo Padre debe
ser escueto y concluyente, nuestro querido Darío ha
muerto de una parada cardiorrespiratoria. De sobra
sabemos ya que cuando más detalles se intentan dar
en una mentira, más dudas se crean, por lo tanto no
habrá más información.
Salvatore (Festa) me ha enviado el informe del
agente que atendió la llamada, por lo que sé que fue
la hermana Victoria la que encontró el cadáver.
Debemos desvincularla de todo esto, necesitamos a
otra persona para llevar tan pesada carga de cara al
resto. No veo a nadie mejor que al propio camarlengo,
se dirá que fue él el que encontró el cadáver, con
respecto al agente de seguridad, Festa me ha
asegurado que él mismo se encargará de todo.
Ahora tenemos que hacer todo lo posible para que
el cónclave se lleve a cabo de manera inmediata, en
los tiempos que corren es importante que sea breve el
periodo que permanezca sin cabeza la iglesia católica.
Al menos el que esta vez sólo haya un Preferiti entre
los 105 cardenales, hará las cosas mucho más
fáciles…
32

Informe del padre Gabriel Isabella al prefecto de la


Congregación
para la causa de los Santos, Cardenal Angelo
Amato.
13 de diciembre de 2012 (mañana)

En lo referente al caso abierto con número de


expediente 10062008, sobre el supuesto milagro que
acontece en la parroquia de Nostra Signora del Sacro
Cuore, en la localidad de Isnello, provincia de
Palermo. Confirmarle que mis sospechas iniciales eran
correctas, el joven sacerdote de nombre Tiziano
Pazzi, recién salido del seminario de Turín, dejándose
llevar por el fervor del comienzo, no sólo ha
equivocado los términos sino que ha profanado una
imagen de la Santa Virgen, de más de trecientos años
de antigüedad. La escultura en cuestión, una
madonna del siglo XVII de autor desconocido,
esculpida con el sagrado corazón de Jesús entre sus
manos, ha sido seccionada longitudinalmente
separando la parte delantera de la imagen, de la
trasera, en la parte frontal se le han practicado una
serie de surcos en espiral, a modo de conductos que
van de lo que sería la cima del cráneo de la Madonna,
hasta más o menos la parte central, justo a la altura
del sagrado corazón, a través del cual se han
practicado varias perforaciones casi microscópicas. El
objetivo de todo esto es, una vez unidas de nuevo las
dos partes, con ayuda de cola y cera para disimular el
corte, poder verter líquido por la abertura de la
cabeza de la figura, también disimulado a la
perfección con un poco de cera, y que éste tarde,
según su densidad, unos cinco minutos (en el caso de
la sangre) en comenzar a rezumar por los orificios del
corazón. El padre Pazzi, utilizaba sangre de pollo con
sal – a modo de anticoagulante – la que a veces,
llegaba a congelar en pequeños cilindros que
introducía en el hueco de la cabeza de la imagen, para
así alargar aún más el tiempo de espera del milagro.
Evidentemente sin un análisis exhaustivo de los
hechos, hubiera sido imposible descubrir el artificio,
menos aún por unos feligreses cuya edad media ronda
los sesenta años y lo más cerca que pueden ver la
figura es a más de tres metros de distancia.
Desde que esta mentira comenzara, la pequeña
parroquia se llena cada domingo, cosa que sólo
ocurría la noche de Pascua, los donativos de los fieles
se han triplicado, incluso se ha llegado a abrir una
cuenta, a nombre de la iglesia, en la que personas de
todos los pueblos del alrededor hacen sus ingresos a
la virgen milagrosa. Los habitantes del pueblo, sin
llegar a rozar el fanatismo, se han vuelto mucho más
devotos y temerosos de Dios, incluso han comenzado
a llegar – con la intención de quedarse – familias
jóvenes atraídas por el misterio del corazón
sangrante.
Mi recomendación, acabar lo antes posible con
todo esto pero sin alertar a la población, como en
ocasiones anteriores hacer que el falso milagro deje
de suceder, y reubicar al apasionado sacerdote
pasados algunos meses.
De todas formas el viaje no ha sido en vano.
Adjunto a este email encontrará un archivo de audio y
en él la grabación de una sesión de exorcismo
totalmente inesperada, practicada en la casa del
sacristán de la parroquia, a la hija de éste… Debo
decirle que lo que vi allí no dejaba duda alguna de la
presencia del maligno.
Te pongo en antecedentes: la pequeña Aurora, de
apenas 10 años, llevaba tiempo con muy mal carácter,
había llegado incluso a ser violenta con su familia. A
veces le daban ataques de risa histérica hasta hacerla
vomitar, otras gritaba hasta el desmayo. Unos días
antes de yo llegar, comenzaron a moverse diferentes
objetos de la casa, la temperatura en el dormitorio de
la niña bajaba bruscamente, había olores
desagradables, la madre vio sombras acechantes en
varias ocasiones y se escuchaban ruidos extraños que
provenían del dormitorio de la niña… Hasta que una
noche la encontraron vomitando clavos para herrar de
casi diez centímetros, que todos los miembros de la
familia juraron no haber visto nunca; Muchos de estos
hechos increíbles y algunos más, se repitieron en los
días sucesivos y yo pude ser testigo. Te adjunto un
fragmento del vídeo de documentación…
Ángelo, no fui capaz de expulsar al demonio que la
poseía, él simplemente se fue, dijo que tenía un
mensaje para mí, que me estaba esperando, me
conocía, y no era una artimaña del maligno, lo sé con
plena seguridad – de este asunto hablaremos en
persona – Lo que me mostró…
33

Parte de la trascripción del vídeo realizado por el


padre Isabella durante el exorcismo practicado a
Aurora Rossi
Isnello (Palermo)

<El dormitorio de los padres de la pequeña Aurora


fue elegido por Gabriel como escenario para el
exorcismo. Era lo suficientemente grande para poder
albergarlos a todos. El padre Pazzi le ayudaría durante
el ritual mientras que Sofía y Antonio, rezaban por el
alma de su hija sentados a los pies de la cama en
pequeños banquillos de madera. Los sacerdotes se
encontraban en el lado derecho, delante del gran
ventanal que ocupaba casi todo el lateral de la
habitación. Se sacaron todos los muebles de allí,
excepto una reproducción de la Virgen del jilguero, de
Rafael Sanzio, que presidía la cabecera de la cama.
Gabriel mandó reforzar el marco de la pintura en la
pared con algunas alcayatas. La niña fue acomodada
en el centro del colchón, no sin dificultad; los tres
hombres apenas bastaron para entrarla en la
habitación, cuando la pequeña vio la imagen de la
Virgen, escupía, se retorcía y lanzaba aullidos como
un perro rabioso, su fuerza era muy superior a la de
cualquier hombre. De una sábana vieja se sacaron
largas tiras de tela con las que sujetaron a Aurora
atando sus tobillos del derecho al izquierdo por debajo
de la cama, al igual que sus muñecas, de esa forma
se le dejaba cierta movilidad, aumentando la tensión
justo en los movimientos más violentos.>

<Dio comienzo el exorcismo:>

- P. Isabella: Dios padre, que nos amaste hasta


el punto de sacrificar a tu hijo por la salvación de
nuestras almas, no permitas que su sacrificio sea en
vano y úngenos con tu espíritu haciéndonos dignos de
utilizar tus dones para expulsar al maligno.

<Aunque no dejaba de doblarse y estirarse hasta


el límite de sus articulaciones y de lanzar alaridos
demenciales, tuvieron que pasar varias horas hasta
que el demonio se decidió a hablar por primera vez,
su voz, aunque cavernosa y desgarrada, como arañar
la superficie de una pizarra dentro de una tinaja, tenía
cierto tono burlón y despectivo>

- Aurora (Demonio): Huelo a canela… Su coño


huele a canela, ese olor como de premonición, el olor
previo a la muerte, como la calma antes de la
tormenta. Sí, es canela. ¿Puedes olerlo tú sacerdote?
La canela, no su conejo, quiero decir… < la niña
alzaba el rostro y levantaba la nariz como abarcando
un aroma que nadie más percibía. Sonreía enseñando
todos los dientes. Gabriel pudo ver en ese momento
como sus ojos cambiaban de color, el verde de los iris
de Aurora se diluyó en el corinto de los del demonio
que habitaba dentro de ella. Eso era algo nuevo…>

- P. Isabella: Abandona ahora mismo


este cuerpo demonio
impío, en el nombre de María Santísima te lo
mando.

- Aurora (Zabulón): “¿Demonio impío?”, me


llamo Zabulón, dirígete a mí con respeto, sa-cer-do-
te im-pí-o.

<Gabriel se sorprendió de que el demonio


le dijera su nombre libremente>

- P. Isabella: Por orden de Jesucristo


nuestro Señor dime por
qué estás aquí.
- Aurora (Zabulón): Me gustan tiernas y
jugosas ¿La has oído gritar?
¡Uhmmmmmm! Se me acaban de poner los pelos
como escarpias. <En ese instante un corte cruzó la
frente de Aurora desde la sien izquierda hasta la ceja
derecha, y ella comenzó a gritar desconsolada, no era
profundo, pero sangraba de forma abundante. A un
gesto de Gabriel, Sofía sacó un botiquín de primeros
auxilios, de debajo de la cama y se dispuso a curar a
su hija, que no dejaba de girar la cabeza de forma
violenta de un lado a otro. El padre Pazzi se acercó a
la cama y sujetó firmemente la cabeza de la niña. Los
ojos de Aurora comenzaron a moverse iracundos de
un lado a otro de sus órbitas hasta volverse hacia
atrás y sólo mostrar la parte blanca del globo ocular,
la temperatura de la habitación bajó diez grados de
golpe y Aurora comenzó a expulsar vaho por la boca.
Sofía limpiaba la sangre de la herida con manos
temblorosas y torpes, cuando, justo delante de sus
narices, la herida cicatrizó sola en cuestión de
segundos. Tiziano asustado soltó la cabeza de Aurora
y esta la lanzó contra su madre rompiéndole la nariz,
la sangre comenzó a salir a borbotones a la vez que
su cuerpo caía hacia atrás sobre los brazos de su
marido. Zabulón comenzó a reír con estridentes y
terribles carcajadas>
- Aurora (Zabulón): Mamá ¿quieres otro beso
de buenas noches?

<Gabriel mira a los ojos del padre Pazzi y en


silencio le recrimina su actitud aunque comprende
perfectamente el miedo del sacerdote, sin embargo
no puede permitir que el terror se apodere de los
presentes. Extrae un pequeño frasco con agua bendita
del bolsillo de su chaqueta y comienza a rociar el
rostro de la niña, haciendo la señal de la cruz>

- Aurora: ¡ Padre, fa male, fa male a


me, padre ho molta
paura! (¡Padre, me duele, me duele, padre tengo
mucho miedo!)

- P. Isabella: En el nombre de Dios


todopoderoso te ordeno
que no vuelvas a hacer daño a estas personas. <A
cada roce del agua sobre la piel o la ropa, la niña se
convulsiona a punto de partirse las extremidades, la
cama tiembla y cruje> ¡Dime por qué estás aquí,
Jesucristo te lo ordena! < Los gritos de Zabulón se
entremezclan con los de Aurora> ¡Dime por qué estás
aquí, Jesucristo te lo ordena!
- Aurora (Zabulón): ¡DEJA DE ECHARME ESA
MIERDA Y TE LO DIRÉ! <Gabriel le concede una
tregua y deja de rociarlo con el agua bendita> Eso
quema como lágrimas de ángel. ¿Sabes? Tienes una
forma un tanto sádica de divertirte.

- P. Isabella: En el nombre de Dios dime


ahora mismo lo que
quieres o sumergiré tu cabeza completa en agua
bendita.

- Aurora (Zabulón): No es necesario que nos


pongamos agresivos
sacerdote, al fin y al cabo estoy aquí por ti, he
venido a traerte un mensaje <Zabulón aún mantenía
los ojos de la niña en blanco, pero dirigía su rostro
hacia el del sacerdote>

- P. Isabella: Nada de lo que tengas que


decir me interesa, así
que, en el nombre del Arcángel Miguel, abandona
el cuerpo de esta inocente, ¡ABANDÓNALO AHORA!
<Y volvió a rociarlo con agua bendita>

- Aurora (Zabulón): ¡NO VOY A


ABANDONARLA! No hasta que
te diga lo que tengo que decirte, pero no vuelvas a
rociarme con esa porquería, ¡QUEMA, QUEMA! Él no
me dejará salir mientras no cumpla lo que me ha
ordenado.

- P. Isabella: La reina de los ángeles,


María Santísima te lo
ordena, ¡Dame el mensaje ahora y abandona este
cuerpo! <Gabriel comenzó de nuevo a rociarlo con
agua bendita. La niña se retuerce como envuelta en
llamas, los ojos vuelven a ser corinto y miran
desorbitados al padre Pazzi>

- Aurora (Zabulón): ¡NO QUIERO QUE ESE


PUERCO EMBUSTERO ESCUCHE MI MENSAJE! ¡QUE
SE VAYA! ¡QUE SE VAYA!

<Gabriel se percata que desde un principio


Zabulón no soporta la presencia de Tiziano>

- P. Isabella: Por mi poder sacerdotal y en


nombre del arcángel Miguel, te ordeno me digas por
qué no quieres al padre Pazzi aquí.

- Aurora (Zabulón): Es un traidor descendiente


de traidores, ¡QUE LO TIREN DEL BALCÓN! ¡QUE LO
AHORQUEN! ¡ELLA NO ESTÁ AQUÍ, NO ESTÁ AQUÍ!
<Refiriéndose a la Virgen María>

<Gabriel comprendió la conexión de apellidos y


que Zabulón de alguna forma sabía lo del falso
milagro… Y entonces se hizo la luz. Ese demonio o
cualquier otro había influido en el sacerdote para
realizar el fraude y de esa forma atraer al padre
Isabella. A Zabulón le traían sin cuidado Pazzi y su
virgen sangrante sólo quería que Gabriel supiera quién
llevaba la voz cantante allí. El demonio leyó la
comprensión en su mirada y comenzó a reír de nuevo,
de forma exagerada>

- Aurora (Zabulón): Está bien, seré bueno y


dejaré que el mediocre embustero se quede.

- P. Isabella: ¡En el nombre de Cristo, dame el


mensaje de una vez por todas y abandona a la niña!

<Tiziano, siguiendo indicaciones del padre


Isabella, repite con firmeza cada orden que él da>

- P. Pazzi: ¡Abandona a esta


inocente!
<Sofía y Antonio no habían dejado ni por un
momento de rezar por el alma de su hija>

- Sofía y Antonio: … el Señor es contigo,


bendita tú eres entre
todas las mujeres y…

- Aurora (Zabulón): Lo haré cuando esta furcia


deje de divertirme. Sé lo que piensas sacerdote <El
tono de su voz cambió, ya no era amenazante sino
tentadora y lisonjera> Piensas que por conocer mi
nombre tienes poder sobre mí, eso te la pone dura
¿Eh? Pero, ¿sabes un secreto? Yo también conozco el
tuyo G-A-B-R-I-E-L.

- P. Isabella: Quae formula usare debo


ut exeas?

<A Gabriel le fue difícil mantener la compostura,


no recordaba que nadie hubiera pronunciado su
nombre desde que todo aquello comenzara, quizá lo
había sacado de la psique de la niña, aunque no lo
creía, cuando llegó, la pequeña ya estaba en trance>

- Aurora (Zabulón): No te hagas el sordo, ya


me has oído Gabriel, te conozco… Tu hermana nos
habla de ti, la pequeña y dulce Laura siempre nos
habla de su dulce caballero andante, cuando no tiene
la boca ocupada…

<Gabriel se precipitó sobre la pequeña, que


comenzaba a elevarse un palmo sobre el colchón>

- P. Isabella: ¡Besa el crucifijo y di que


te arrepientes de haberte alejado de la Luz! ¡Besa la
cruz y vuelve al oscuro agujero del que saliste!

<Gabriel acercó un crucifico de plata al rostro de


Aurora y lo pegó, con violencia contenida, contra los
labios de la pequeña, que intentaba separarse del
sacerdote sin mucho éxito debido a las ligaduras que
la mantenían sujeta a la cama>

- Aurora (Zabulón): ¡BESARÉ TU ASQUEROSA


CRUZ PERO NO DIRÉ ESO, NO LO DIRÉ! ¡YO NUNCA
ME ARREPENTIRÉ DE HABERME ALEJADO DE SU
LUZ! <El demonio comienza a dar alaridos y a echar
espuma por la boca> ¡TU HERMANA TE ODIA
SACERDOTE! ¡TE ODIA PORQUE LA ABANDONASTE!
¡TE ODIA!
<Gabriel, esta vez imperturbable, no deja de
acercar la cruz a los labios de Aurora>

- P. Isabella: ¡Di lo que tengas que decir


o me marcharé y no podrás cumplir lo que te han
ordenado! ¡Dame tu mensaje en el nombre de Dios y
sal de este cuerpo!

<Al pronunciar estas palabras Zabulón rompe las


ligaduras y se yergue completamente recto sin dejar
de levitar sobre la cama, justo en ese instante todas
las luces de la casa se apagan y quedan en la más
completa oscuridad. Sólo la ronca respiración de la
niña se oye por toda la habitación>

- Aurora (Zabulón): ¡NO, NO PUEDES


MARCHARTE, SI LO HACES, SI TE VAS, MATARÉ A
ESTA
PERRA! <El demonio habla con desesperación,
Gabriel no le da cuartel y le contesta en la oscuridad>

- P. Isabella: Si la matas, todo habrá


terminado, yo me marcharé y no podrás darme el
mensaje… No creo que tu jefe sea tan comprensivo
como el mío < La respiración cesa y se hace un
silencio pesado y turbador>
<Lo siguiente no se ve en la cámara pero fue
narrado después por los testigos presentes. Antonio
notó como Sofía le cogía de la mano, temblando como
una hoja, estaba asustada y… helada.>

- Antonio: (Susurrando) Cariño estás


helada, no te preocupes todo saldrá bien.

<Cuando Sofía escuchó las palabras de su esposo,


dejó escapar un gemido de terror que Antonio oyó
justo al lado contrario hacia el que él hablaba. Soltó la
mano lo más rápido que pudo mientras que su cuerpo
se convulsionaba de asco y espanto; una larga
carcajada resonó en la habitación>

- Aurora (Zabulón): ¿Es que papi ya no quiere a su


niña bonita?

<El demonio habló con voz aniñada y tono


melodramático, acto seguido lanzó un bofetón al aire,
acertando de lleno en el rostro de Antonio y
partiéndole el labio. Se oye movimiento como de algo
que se arrastra>

- Aurora (Zabulón): Si te vas seguiremos


matando jovencitas una tras otra hasta que vuelvas…
¿Estás preparado ya para comprender…? <Gabriel
escucha la terrible voz de Zabulón justo en su oído>

- P. Isabella: ¡Por todos los santos y


arcángeles celestiales te ordeno que…

<Las pequeñas manos de la niña sujetan con


fuerza inusitada las sienes del sacerdote, que se
queda petrificado ante la profunda frialdad que
comienza a invadirlo>

- Aurora (Zabulón): Ha llegado la hora de que


veas.

<En ese momento la cámara sale volando y se


estrella contra la pared del fondo del dormitorio>

(Fin de la transcripción)
34

- ¿Gian? Soy Cósimo, ¿estás ahí? Cógelo


maldita sea… Mierda de contestadores automáticos…
Esos fanáticos religiosos, locos de atar, le han
prendido fuego. Acabé la autopsia de Ilia Ovechkin la
madrugada pasada sin nada que destacar, salvo un
mal corte y una odiosa sesión de pinchazos y pruebas,
me encuentro bien, no te preocupes, el hijo de puta
estaba sano como un toro, por lo demás: dos
disparos, aunque eso tú ya lo sabes, ambos desde
atrás y sin orificio de salida, el primero rompió la
clavícula y la bala se incrustó en el hueso a escasos
centímetros del acromion, la segunda seccionó la
columna a la altura del borde inferior de la C4,
destrozando la tráquea y provocándole la muerte por
asfixia. Si quieres que te sea sincero, nunca había
visto disparos tan certeros, un centímetro más arriba
y habrían atravesado el músculo alcanzando de lleno
al Santo Padre, en mi opinión te arriesgaste
demasiado, pero supongo que por eso llevas pistola y
no una llave inglesa. Esta mañana al llegar a mi
“oficina”, el agente de guardia me ha informado que
durante la noche unos bándalos se han colado en las
instalaciones y han prendido fuego al cuerpo del
magnicida, con todas sus pertenencias. Te llamaba
para decirte que han cerrado la investigación, <Sonido
de tos> creo que me estoy acatarrando. Ya no hay
pruebas ni cuerpo ni nada, excepto… Bueno lo cierto
es que encontré algo que se les ha pasado por alto a
los inspectores, son unos incompetentes, están más
interesados en que todo esto termine, que en
averiguar la verdad. Ya leíste el informe oficial,
“atentado frustrado por los agentes de la seguridad
vaticana, a manos de un vagabundo desquiciado con
un cuchillo de plástico…”, <sonido de tos abundante>
lo siento, decía que vi cómo se reían del arma
homicida, pero no estamos hablando de cubiertos
desechables para un día de campo, era un cuchillo de
los que se usan para no oxidar las verduras, ¿sabes lo
que puede hacer eso con una yugular? Quiero pensar
que la repentina muerte natural de Juan Pablo los ha
desmoralizado a todos, porque de ser otra cosa… Me
da asco sólo el pensarlo, ¿habrían actuado de la
misma forma si el amenazado hubiera sido el propio
Giorgio Napolitano? <Sonido de tos abundante y
violenta> Tengo que dejarte, no me encuentro nada
bien, parece que se les pasó algo por alto… <Más tos
violenta> Ven a verme esta <Más tos, aún más
violenta> noche <Un nuevo ataque de tos, más
violento aún que los anteriores dio por terminada la
conversación>.
35

Informe del padre Gabriel Isabella al prefecto de la


Congregación
para la causa de los Santos, Cardenal Angelo
Amato.
13 de diciembre de 2012 (continuación)

El dolor que sentí es indescriptible, era como si no


sólo me estuviera sujetando, sino que además
hurgara dentro de mi cabeza con sus sucias uñas. Los
ojos me quemaban de la misma forma que si
estuvieran sumergidos en ácido, fue entonces cuando
mi consciencia comenzó a vagar lejos y me sumergí
en la profunda oscuridad… Eso fue lo que pensé que
veía, oscuridad, nada más lejos, no tardé en
comenzar a distinguir ciertas imperfecciones, podía
ver diminutos surcos, formas redondeadas, y reflejos
de color verde… Lo que veía era tierra, de tan cerca
no había podido distinguirla, pero ahora la imagen se
alejaba de mí y se iba haciendo cada vez más nítida.
Estaba contemplando la ladera de un monte. El monte
Gólgota, en la cima pude ver tres cruces clavadas, en
la del centro estaba crucificado Cristo, ya expirado, o
al menos eso me decía mi corazón, sin embargo en
las otras dos, no colgaban los ladrones de los que
habla la pasión, en su lugar dos enormes gárgolas
negras se retorcían de forma sensual y lasciva,
lanzando zarpazos en dirección a la cruz central… Fue
una imagen ciertamente turbadora, pero todo seguía
alejándose y entonces pude distinguir que no era la
cima del calvario, demasiado redondeada… Las cruces
se erguían sobre una decrépita y ruinosa cúpula de la
basílica de San Pedro. La escena se sumía en una
noche sin luna completamente negra. Las grotescas
criaturas no dejaban de realizar movimientos
obscenos y amenazantes hacía el cuerpo yaciente de
Jesús… Y entonces todo ardió; las cruces, la cúpula,
el cielo… Pude oír un inmenso estruendo y la tierra
bajo la basílica se abrió originando una sima
gigantesca que como pútrida y desdentada boca lo
engulló todo… (En este momento las lágrimas corrían
por mis mejillas y gritaba sin control) Pude ver cómo
olas de tierra y escombro sepultaban a Cristo
mientras las criaturas habían conseguido alcanzarle y
desgarraban ávidas su carne. En cuestión de
segundos la ciudad del Vaticano no era más que un
cráter sin fondo. Fue en ese momento que desperté
del trance, estaba tendido a los pies de la cama,
todos me miraban preocupados, incluida Aurora que
había quedado libre de la posesión…
Hay algo que no te he dicho, justo unos segundos
antes de despertar, cuando aún podía ver en lo que se
había convertido el Vaticano, una voz resonó en mi
cabeza, era la voz atronadora de Zabulón… Él me
dijo: “vuelve a Roma, donde te espera la muerte con
los brazos abiertos… cumple tu destino.” No sé qué
significa, pero creo que algo se avecina y debemos
estar preparados. Temo que todo esto esté
relacionado con la prematura muerte del Santo
Padre…
Quedo a la espera de sus instrucciones para con el
padre Pazzi y su falso milagro.
36

Email José Ángel Bastida Iriarte (Arzobispo de


Madrid)
a la dirección de correo electrónico personal del
Papa.
13 de diciembre de 2012 (noche)

¿Cómo va la coas por ahí arriba Darío?


Espero que bine viejo cabronceTeniamos que
habernos ido de putas tú y yo antes de que la
palmaras, no sabes lo que te has perdido, un minuto
entre los cálidos muslos de una de esas diosas de
treinta euros la mamada es mejore que toda una
eternidad en el cielo todo lleno de esosos hijos de
puta.
Asdlja ñlaofio napsodf apñods nasdo aosd
Ñs osdk nañs--__
Por aquí por la esplendida España todo
baco mosiempre, muchos pobres, pocos ricos y un
sinfín de chuipaculos e hijos de papá que ahogan a la
multitud de decencia sin enchufe
Quizá en este pueblo de catetos haya monjas
jugosas con sabor a mazapán, recubiertas de ese
fondant tan rico con sabor a virgen
Gracias
A
Dios
Ya todo terminará pronto,
tú lo sabes, ¿por eso te fuiste no?
Lkfma asdñ ñasd m añsdo
comekloowcoños Rask mjndemojas lkd
As Malik lasdja lk
37

Conoció a Cósimo Bianchi en un curso de


técnicas forenses que el doctor impartió para todos
los miembros de la gendarmería vaticana cinco años
atrás, “Enfrentarse al escenario del crimen” A Bernini
le gustaba, era mejor que algunos seminarios a los
que se veía obligado a asistir, por no mencionar los
retiros espirituales. Las clases le recordaban al CSI,
pero el de las Vegas y cuando aún estaba Grissom, el
resto no era más que relleno para vender DVDs. Otra
cosa no, pero en cuestión de series, los yanquis eran
la polla. Cósimo no era un médico al uso, algunos
aseguraban que había estudiado, entre otras
disciplinas, Criminología analítica en la Universidad de
Módena y Reggio Emilia junto con el mismísimo
Antonio Manganelli.
Gian Lorenzo tenía una habilidad especial
para hacer amigos y el buen doctor acababa de
divorciarse y necesitaba un hombro en el que llorar,
aunque no lloraba demasiado, prefería ahogar las
penas en un buen escocés y hablar del bien y del mal
con su pupilo más destacado.
Cuando apagó el contestador, tras
escuchar el mensaje de su amigo, tuvo la más sincera
de las intenciones de ir a verle esa misma noche tal y
como el doctor le había solicitado, sin embargo, ahora
era Bernini el que ahogaba sus penas en güisqui, no
había encajado demasiado bien su suspensión…
Definitivamente la cogorza ganó la mano a la amistad
y cayó en el sofá, junto a la mesita del teléfono, en un
sueño tan profundo que arañaba las fronteras del
coma etílico.
Las doce del mediodía, del día siguiente,
resonaban en el reloj de cuco del salón, despertando
a Gian Lorenzo con una soberana resaca que le hacía
sentir la lengua como un cuerpo extraño dentro de su
boca tan seca y áspera como un filete demasiado
hecho, se incorporó, pero la verticalidad no sentó
demasiado bien a su cabeza, el badajo que se
hospedaba en ella emprendió la insoportable labor de
golpear las paredes del cráneo. Era un hecho
irrefutable, Donnie servía escocés de garrafón. Apoyó
los codos en sus rodillas y se sujetó las mejillas entre
las palmas de las manos, que sintió frías y
ligeramente temblorosas, si eso no era tocar fondo, lo
suyo era un abismo insondable que acabaría
tragándoselo por completo. Arrastró su perjudicado
culo hasta el plato de ducha y abrió al máximo el grifo
del agua caliente, sentía las gotas como alfileres
sobre su cuerpo, pero no le importó, para él era el
mejor reconstituyente.
Después de una hora bajo el agua,
algunas partes del cuerpo estaban insensibles y, en
general, el resto presentaba un color rojizo que se
acercaba peligrosamente al de las quemaduras de
primer grado, pero al menos la resaca había
desaparecido por completo y su estómago comenzaba
a reaccionar, tenía hambre. Salió del baño y cruzó
desnudo el dormitorio derecho a la cocina. No había
gran cosa, la nevera estaba vacía a excepción de un
envase de jamón cocido en lonchas, sin abrir y
caducado de varios días, algunos huevos de dudoso
estado y poco más, rebuscó por la cocina hasta
encontrar dentro del horno un paquete de pan de
molde en el que aún quedaban algunas rebanadas, se
preparó un sándwich con el jamón caducado y
mientras se lo comía escuchó como el teléfono
sonaba en el salón, no se levantó, el contestador
atendería la… Un mensaje, la noche anterior escuchó
un mensaje de Cósimo. El recuerdo le vino a la
memoria como un flash. Dejó los restos del frugal
almuerzo sobre la encimera y fue a escuchar qué tripa
se le había roto al viejo cascarrabias del doctor.

El bip de fin de mensaje aún resonaba en sus


oídos mientras se dirigía a casa de Bianchi, sólo
llegaba un día tarde y aunque no había contestado a
sus llamadas, esperaba que pudieran verse, no sabía
por qué pero algo en la boca del estómago encendía
una lucecita de emergencia en su cerebro.
El doctor era un hombre de costumbres, Gian
Lorenzo no tardó en encontrar la llave de repuesto
disimulada sobre el dintel de la puerta. Nada más
entrar ya percibió el desagradable olor, un hedor que
de alguna forma le resultaba extrañamente familiar, lo
que hizo que la alarma de su cabeza se transformara
en una jodida sirena de ambulancia. Llamó a su amigo
en voz alta, nadie contestó. Todas las luces de la casa
estaban apagadas excepto en el piso de arriba. Por
deformación profesional llevó la mano a la cintura en
busca de su arma pero no encontró nada, le fue
retirada cuando lo mandaron al ostracismo, maldijo en
voz baja más para romper el opresivo silencio que lo
envolvía que por necesidad y subió las escaleras
despacio y atento a cualquier movimiento. Al llegar
arriba se encontró en un amplio distribuidor con varias
puertas, todas estaban cerradas, todas excepto una
que conducía a la habitación iluminada que se percibía
desde abajo. Empujó la hoja y lentamente, centímetro
a centímetro fue apareciendo ante él lo que parecía
ser un dormitorio, cuando la cama se mostró en su
campo de visión a Bernini le asaltó una sensación de
vértigo tan violenta que tuvo que sujetarse al marco
de la puerta para no caer al suelo. Fue como revivirlo
todo de nuevo, la misma postura, las mismas
manchas en la piel, y la misma cantidad de sangre, en
los oídos, los ojos, la nariz, la boca, bajo el cuerpo un
gran charco de sangre rebosaba fuera del colchón y
manchaba la pequeña alfombra que había junto a la
cama. Ahora se daba cuenta de que aquel era
exactamente el mismo olor que había en la habitación
del Papa cuando descubrió su cadáver, pero Cósimo
no sonreía, su rostro estaba congelado en una mueca
de sufrimiento que lo hacía casi irreconocible. En lugar
del Kindle, en su regazo tenía una pequeña bolsa de
pruebas y su teléfono móvil. Estupefacto y
temblándole las rodillas, Gian Lorenzo se acercó al
cuerpo sin vida del que fuera su amigo, tras encender
la pantalla del teléfono pudo comprobar que había
escrito el número de emergencias en él sin llegar a
pulsar la tecla de llamada, la bolsa de pruebas
contenía dos cosas, una llave magnética del hotel
Donna Camilla y una foto polaroid del rostro de Ilia
Ovechkin, aparentemente tomada durante o después
de la autopsia. Supuso que aquella tarjeta sería lo que
los investigadores pasaron por alto. Cogió la bolsita
con un pañuelo, agradeciendo que fuera una de las
pocas cosas que no se habían manchado de sangre, y
se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta para
a continuación disponerse a deshacer todos sus pasos
pasando el pañuelo por cualquier superficie de la casa
que hubiera podido tocar hasta llegar allí. Ya en la
planta de abajo, el frenazo de varios coches justo
delante de la casa lo sobresaltó. La zona del Corso en
la que se asentaba la casa era peatonal, por lo que el
taxi lo había tenido que dejar en la piazza del Popolo,
sin embargo aquellos vehículos estaban allí. Se acercó
a la mirilla, despacio para no hacer ruido y al mirar
por ella la respiración se le heló en la garganta, justo
al otro lado de la puerta, a escasos centímetros,
estaba Doménico Giani en persona hablando por el
móvil.
- …Ya te lo he dicho, completamente
calcinado… No lo sé, algún tipo de acelerante
supongo… Nos avisaron cuando solicitó el protocolo
de seguridad… Aún no, estoy en la puerta.
Bernini iba a darse la vuelta para intentar
salir por la parte trasera, cuando se vio sorprendido
por una explosión en el piso de arriba, desde donde
estaba pudo ver el destello de las llamas, quizá
hubiera alguien allí cuando él llegó, no lo sabía pero si
no se daba prisa todo se le complicaría sobremanera,
corrió por el pasillo hasta la puerta que había en el
hueco de la escalera y que daba a otra escalera que
bajaba hasta el sótano, desde donde, a través de un
ventanuco podría salir fuera sin ser visto o al menos
eso esperaba, justo cuando la puerta del sótano se
cerraba tras él, escuchó como echaban abajo la de la
entrada. Alejándose de la casa por la calle de atrás,
Gian Lorenzo estaba seguro de que el fuego había
comenzado en el dormitorio y que en ese mismo
instante el cuerpo de su amigo se consumía entre las
llamas.
Cuando investigaran lo sucedido, encontrarían la
llamada que Cósimo le hiciera el día anterior y de una
forma u otra esto lo haría sospechoso, no sabía
cuánto tiempo tardarían en dar con aquella pista, pero
era exactamente el que él tenía para averiguar qué
estaba ocurriendo.
Ya en la Piazza Venecia se descubrió a sí mismo
apretando con fuerza las llaves de repuesto de
Cósimo y pensando que su amigo no podría
encontrarlas.
38

Durante el registro de la casa del forense, el


agente Darío Gallo, natural de Civitavecchia, de
familia de pescadores desde su tatarabuelo y que un
buen día de primavera, quince años atrás, había
decidido que las redes no eran lo suyo. Entró en el
cuarto de baño de Cósimo a lavarse las manos, no le
gustaba la sensación que dejaban en la piel los
guantes de látex, por inercia y como tantas y tantas
cosas que realiza el ser humano de forma automática
y sin ni siquiera ser registrado por el cerebro, Darío se
pasó ambas manos mojadas por la cara y después se
secó con la toalla que había junto al lavabo, lo que
nunca sabría es que apenas unas horas antes, el
doctor Bianchi se había secado el sudor con esa
misma toalla, al sentirse indispuesto por lo que
pensaba era una simple gripe.
El agente Gallo era un fiel y amante
esposo y un padre ejemplar, por lo que, aunque no se
sentía demasiado bien cuando llegó a casa, no dejó
pasar la oportunidad de besar los labios de su esposa
y la mejilla de su primogénito Mario, que salía en ese
momento en busca de su novia. Y como la genealogía
de Jesús en el evangelio de Mateo… La señora de
Darío Gallo, Adriana Bruno, mantuvo relaciones con su
amante, a la mañana siguiente, justo antes de ir al
gimnasio. Su amante, Stephano Conti, también tenía
relaciones habituales con dos prostitutas de Verona,
llamadas Luneta Rizzo y Stella Lombardi, que como es
lógico en su gremio, tenían una cartera de clientes
bastante extensa, incluidos un par de pilotos de
Alitalia, que solían presumir entre amigos y conocidos
de tener una amante en cada puerto, sin dar detalles
de si eran de pago o no. En el gimnasio, Adriana
mantuvo contacto, de un modo u otro, con su monitor
de Pilates, que solía tocar en exceso a la mayoría de
sus pupilas y con su amiga Ágata, que viajaba a
España, por cuestiones de trabajo, dos veces a la
semana. Por su parte, Mario Gallo recogió a su novia,
la señorita Concetta Mancini, saludando
cariñosamente a sus futuros suegros: Salvatore
Mancini y Concetta Giordano. Y la llevó al Arcadia,
comieron pizza y después bailaron una rueda cubana,
en la que participaron unas doce parejas. Mientras se
besaban en la puerta de casa de Concetta, su
hermana menor Serena, los espiaba con cierta envidia
desde la ventana de su habitación, también hubiera
querido ir a bailar, pero su vuelo a Nueva York salía
temprano la mañana siguiente, aquel iba a ser el
mejor regalo de navidad de toda su vida… Cuando por
fin lograron separar los labios, se despidieron con un
tímido “te quiero” y ella entró en la casa con cuidado
de no hacer ruido, el pequeño Roberto tenía el sueño
ligero y si se despertaba no conseguirían dormirlo
hasta la hora de ir a la guardería. Lo dejarían allí de
camino al aeropuerto para despedir a Serena que al
final había logrado salirse con la suya con el tema del
intercambio.
Ninguno de todos ellos sobrevivió a las
siguientes setenta y dos horas. El total de muertos
pasado este lapso de tiempo era de un millón de
personas, una décima parte de todas las muertes que
hubo durante la pandemia de gripe española.
39

Italia, Nueva York, España, Inglaterra, Francia,


Marruecos… Las muertes ascendían a 3.500.000
personas. El CDC8 en Estados Unidos, la OMS y
diferentes comités nacionales creados por cada país
con el único objetivo de preparar un plan de respuesta
a la pandemia, fueron inútiles, los múltiples intentos
por identificar el virus habían sido un desastre, al
principio creyeron que en Inglaterra, un grupo de
científicos de Liverpool tenía información privilegiada,
pero allí la infección fue especialmente virulenta y
pronto no quedó nadie para poder comunicarse con el
resto del mundo. Por lo poco que sabían del virus, su
R09 era imposible de calcular. Como estimación
podían proponer que una persona entraba en contacto
con una media de doscientos cincuenta individuos:
nuestros propios familiares, los pasajeros del autobús,
otros transeúntes que nos cruzamos por la calle, los
compañeros de trabajo, clientes del bar donde
comemos, de los grandes almacenes en los que nos
abastecemos, de nuevo el autobús de vuelta a casa,
vecinos, amigos, y un largo etcétera que, junto a la
manía que todos tenemos de tocarnos la cara, 2 ó 3
veces por minuto, lo que hace una media de unas 180
veces por hora que dan lugar a más de 4.000 roces,
caricias o palmadas al día, y teniendo en cuenta que
la tasa de mortalidad del virus era del 100 por 100,
hacía de cada infectado el arma de destrucción
masiva definitiva
Uno de los principales puntos del plan de
contención era identificar al paciente cero, pero la
extremada rapidez con la que se multiplicaban los
clusters10 por todo el mundo, hicieron de esta tarea el
décimo tercer trabajo de Hércules, sólo que por aquel
entonces a la humanidad no le quedaban semidioses
con problemas de ego a los que echar mano. Y
entonces se les ocurrió la idea del placebo, la gran
mentira desde el “todo irá bien”. Decidieron, que si no
podían combatir el virus, lo harían con sus
consecuencias, y la más terrible de todas era la
anarquía. No es una característica del ser humano el
tener una gran capacidad para aguantar las
situaciones de presión, pronto el oscuro pasajero que
todos llevamos dentro saldría a la luz y la ley del más
fuerte golpearía los cimientos de la honradez.

A las tres de la tarde, agentes de


seguridad nacional tomaron el 1600 de Amphitheatre
Parkway, en Mountain View, California. Complejo
principal de Googleplex, sede de la compañía Google
Inc. Las órdenes eran claras, en primer lugar controlar
la información que el principal motor de búsqueda de
Internet mostrara sobre el virus que ya algunos
habían comenzado a llamar “Segador”, por aquella
película de Neil Marshall. Y en segundo, vulnerar la
seguridad de todas aquellas páginas que mostraran
información no oficial acerca de la pandemia,
sustituyendo ésta por la que habían acordado:

“El virus ha sido identificado como una


nueva cepa altamente patógena de la gripe H5N111.
La buena noticia es que ha sido posible sintetizar una
vacuna que ya se está fabricando de forma masiva
para que pueda llegar, sin problemas, a cualquier
parte del mundo donde se necesite…”
Dos días más tarde, todos los países del
primer mundo se vieron invadidos por camiones
cargados de viales que contenían suero glucosado y
colorante alimenticio E-120, ácido carmínico extraído
de la hembra de la cochinilla Dactylopius coccus. El
tono rojo le daba un toque importante, al menos era
lo que pensaban algunos miembros del comité
encargado de realizar las gestiones oportunas para
paliar los daños ocasionados por el virus. La turba es
estúpida y van a la luz como insectos ansiosos, con la
esperanza de que el filamento de una simple bombilla
sea el mismo sol.
Algunos asesores se escandalizaron con la
propuesta de usar un colorante extraído de “bichos”,
la ignorancia, por desgracia para la ciudadanía, es una
lacra que suele padecer un porcentaje demasiado alto
de los asesores gubernamentales elegidos a dedo por
el tan extendido nepotismo que infecta como un
cáncer gobierno tras gobierno. Piruletas, gominolas,
fiambres, yogures, bebidas alcohólicas y refrescos,
batidos, helados, pintalabios… Se seleccionó el E-120
por ser el colorante más utilizado y con más reservas.
Según estudios, los seres humanos eran más
receptivos y confiados con ciertos colores que el
cerebro, por aprendizaje, reconocía como “de
confianza”. El rojo intenso, aunque pueda parecer
ilógico, era uno de ellos.
Cada dosis individual venía acompañada de un
breve prospecto que indicaba cómo tenía que ser
tomada, que las mejoras comenzaban a notarse en
varios días y un etcétera de mentiras con las que
pretendían calmar a la plebe y que no comenzaran a
asaltar supermercados y robar coches en un intento
inútil de huir de la enfermedad.
Funcionó, al menos al principio, la esperanza es
la droga más potente y adictiva y eso fue lo que
dieron al mundo, una prórroga de esperanza, un
momento de calma antes de la tormenta, una
tormenta de dimensiones ‘cataclísmicas’...
40

Contestación Cardenal Angelo Amato


al padre Gabriel Isabella

Estimado Gabriel, no me cabe duda que


todo tiene relación, y más después de la llamada que
acabo de recibir, me hubiera gustado decírtelo en
persona, pero por tu manía de no usar teléfono móvil
y al no estar en el hotel, no he encontrado mejor
forma que ésta.
Hace algunos días hablé con el padre
Granada, estaba bastante nervioso, como
Camarlengo, tiene acceso temporal a las cuentas de
correo electrónico del difunto Papa, y esa misma tarde
había recibido un email, como mínimo, inquietante, de
parte del arzobispo de Madrid, el Cardenal Bastida
Iriarte. Después de interminables intentos de
contactar con él, ha sido a través de su asistente
personal que hemos logrado localizarle. El joven
sacerdote estaba aterrado, llevaba horas intentando
llamar a la Santa Sede, pero con esta horrible
enfermedad, las líneas estaban saturadas y hasta ese
momento no había sido capaz de encontrar cobertura.
Parece ser que se encuentran en un pueblo de la
provincia de Sevilla, Osuna. Invitado por Monseñor
Juan José Asenjo a un concierto benéfico que se
celebraba en la iglesia colegial de la localidad, con el
fin de conseguir fondos para las obras de restauración
de los jardines de chumberas que el ayuntamiento
había cedido recientemente a los terrenos de la
Colegiata. Junto al mismo templo hay un hotel, La
Hospedería del Monasterio, gracias al cielo no es
demasiado grande, y el equipo del cardenal lo tiene
reservado al completo.
Según su joven asistente, la salud del cardenal
había empeorado visiblemente en los últimos días.
Sufría fiebre alta y fuertes accesos de vómitos.
Conforme pasaban las horas su estado iba haciéndose
más crítico, pero se negaba a ir al hospital o a que lo
atendiera ningún médico. A media tarde comenzaron
los delirios y los sucesos extraños se incrementaron…
Según el padre Pérez, después de vomitar lo que ha
descrito como trozos de algo metálico, Bastida, con
los ojos en blanco comenzó a gritar frases en un
idioma que no reconoció.
Llámame en cuanto recibas este email, es
urgente que hablemos, también te he dejado una nota
en el hotel, con los datos del único vuelo disponible.
Ha sido casi imposible con la tragedia que estamos
sufriendo, pero al final hemos conseguido avión
privado, sólo embarcarás tú.
Gabriel, es el preferiti, por amor de Dios, el
preferiti, y el cónclave tendrá lugar en un par de
semanas.
41

Contestación Padre Gabriel Isabella al


Cardenal Angelo Amato

El vuelo desde Palermo a Sevilla se ha


retrasado, saldrá a las diez y diez de esta misma
mañana. He dado orden a los pilotos de que hagan
escala en Roma, creo que es prioritario que hablemos
cara a cara. Según me han informado, llegaremos al
aeropuerto a las once y media, con salida prevista a
las dos y diez, por lo que te ruego nos veamos en el
mismo Leonardo. Se que está cerrado, pero supongo
que no tendrás problemas en acceder a las pistas.
Evitaremos pérdidas de tiempo innecesarias.
42

Un par de horas más tarde.

- Eminencia estoy en el Punta Raisi, mi vuelo a


Roma sale en veinticinco minu…
- Déjate de protocolos Gabriel - El
Cardenal Amato no le dejó terminar la frase – Tienes
que cambiar el vuelo ahora mismo, ¿es que no has
leído el email que te envié?
- Pensé que era importante que
habláramos, de todas formas serían sólo unas horas…
- El cardenal volvió a interrumpirle de nuevo.
- Horas que podrían ser cruciales.
Escúchame bien, cuelga el teléfono y cambia el vuelo
ya. Los americanos no han logrado pararlo, todo lo
contrario, parece ser que, como otros antes que ellos,
quisieron usarlo en su beneficio y lo han empeorado
todo.
- No te entiendo Ángelo. ¿De qué…?
- No hay tiempo para explicaciones… Pero
tienes que hacer todo lo posible para salvarle.
- Siempre hago todo…
- No me malinterpretes, sabes que nunca he
puesto en duda tu forma de trabajar, es sólo que no
creo que esta vez la divina providencia esté de
nuestro lado. Tiempos aun más oscuros y difíciles nos
aguardan…
43

El antiguo convento diseñado por Francesco


Borromini que ahora albergaba las instalaciones del
hotel Donna Camilla Savelli, se alzaba majestuoso a
los pies de la épica colina del Janículo , en pleno
barrio del Trastévere.
A diferencia de otros hoteles que había visitado, el
Donna Camilla no tenía mostrador de recepción, en su
lugar una enorme y antigua mesa de madera maciza
recibía a los huéspedes, hermosamente decorada con
un jarrón de flores secas, un antiguo libro de firmas y
una profusa cantidad de folletos, tanto del hotel como
de visitas guiadas y otras atracciones turísticas de
Roma. Una mujer algo estirada, que pasaba de los
cuarenta, de pie tras la mesa, hablaba
atropelladamente por teléfono, cuando lo vio entrar,
con la ropa demasiado arrugada, despeinado y sin
afeitarse desde hacía días, lo miró de arriba abajo con
descarado detenimiento y colgó. La nariz afilada y las
gafas de montura de pasta le daban el aspecto de una
estricta institutriz de colegio privado.
- ¿Puedo ayudarle en algo? – El tono de voz
indicaba todo lo contrario, “dese la vuelta y piérdase
de mi vista, asqueroso infectado” – Acto seguido se
colocó una mascarilla quirúrgica.
- La verdad es que soy yo el que puede ayudarla a
usted – Bernini, ignorando el gesto, hablaba con
extrema seguridad, de camino al hotel había pasado
por Il deserto, necesitaba las habilidades especiales
de Donnie – Disculpe mi aspecto, pero llevo más de
dos días sin dormir, de aquí para allá, visitando todos
los hoteles de Roma, mi nombre es Bruno Bruno – Le
tendió una mano que se quedó flotando en el aire
unos instante, luego la retiró – Sí Bruno de apellido y
Bruno de nombre, mis padres tenían un sentido del
humor un tanto peculiar. El caso es que soy técnico
de Fisheyes, que como sabe es la empresa que diseña
y mantiene su software informático, así como el de un
alto porcentaje de hoteles en todo el país. Hemos
descubierto una brecha en la seguridad de nuestros
servidores, pero no a tiempo para impedir que un
potente virus – Creado por Donnie – pueda dañar su
sistema de archivos, de ahí que yo esté aquí y usted
me necesite mucho más a mí, ya que de no haber
pasado nada yo estaría tranquilamente en mi cubículo
de la oficina viendo películas online o alguna buena
serie americana. – La recepcionista lo miró
estupefacta durante unos instantes, después se volvió
hacia los ordenadores que se encontraban a su
derecha en unos de los rincones de la amplia
recepción y arqueó las cejas.
- No hemos notado ningún problema en los
equipos inf… – No había terminado de decirlo cuando
la CPU de uno de ellos comenzó a pitar enloquecida.
Bendito seas Donatello, justo a tiempo. - ¡Oh! Eso no
lo había hecho antes.
- Usted misma, pero si no me deja echarle un
vistazo tengo que seguir con mi ruta, aún me quedan
una docena de hoteles más…Y este pasaría a la cola,
así que no nos volveríamos a ver hasta dentro de
algunos días.
- Lo siento, ya le he dicho que no habíamos tenido
problemas hasta ahora, por favor haga lo que tenga
que hacer lo antes posible, estoy esperando un grupo
de jubilados ingleses y sin el software de reservas
esto será una auténtica locura.
Por suerte para Bernini, Alegra Mancini, no era una
mujer a la que le gustara husmear sobre el hombro de
los demás, por lo que la recepcionista se limitó a
coger el teléfono y seguir con las gestiones que la
llegada de Gian Lorenzo habían interrumpido, que no
eran otras que las de discutir con su compañera si
sería más conveniente adoptar una niña china o
comprar un perro. Gian Lorenzo pasó
disimuladamente la tarjeta por el lector magnético
para comprobar los datos de la llave.
Código: 01062008
Fecha: 07.12.2012
Hora: 22:22
Habitación: 010
Observaciones: +

Al cotejar el código con el registro digital,


el nombre que apareció fue como un chiste de mal
gusto, Pinco Pallino no era nadie, no era nada, ¿cómo
le habían alquilado una habitación a un tipo así y
encima sin dar su verdadero nombre? Era absurdo,
¿es que ya no piden ningún documento de identidad?
A juzgar por las miraditas de la recepcionista,
empezaba a impacientarse, si lograba averiguar las
identidades del personal del hotel que trabajó aquella
noche, quizá no todo habría sido una pérdida de
tiempo.
- Disculpe pero acabo de hablar con las
oficinas de Fisheyes en Roma y aparte de no conocer
la existencia de ninguna brecha de seguridad, afirman
no tener en nómina a nadie llamado Bruno y mucho
menos que también se apellide Bruno, quiero que
sepa que he llamado a los carabineros.

Sólo dos nombres, tendría que bastar.


- No tenía que haberse molestado
Fräulein, sólo quería ver mi correo y no me llegaba
para el Cyber, por cierto si acepta un consejo, mejor
adopte, no la veo muy preparada para tener un perro.
44

El ático de Luciano era un coqueto apartamento


de tres plantas en el que ninguna de las estancias
estaba pintada del mismo color, a juzgar por la
decoración y las fotos que había por todas partes, al
Sr. Losi, sus amigos más allegados debían llamarle
“Lucy”. Sin embargo, pese a la gran cantidad de
ambientadores de pésimo gusto que había por toda la
casa, el hedor a descomposición lo envolvía a todo…
“Los efluvios de los muertos flotaban en el aire como
veneno” Bernini recordó la frase, quizá leída en algún
libro y se estremeció. Olía a muerte, a una muerte
añeja y podrida, sus esperanzas de poder hablar con
el recepcionista comenzaban a desaparecer de forma
vertiginosa. No había forma de saber de dónde
provenía el olor así que fue mirando habitación tras
habitación hasta llegar al que debía ser el dormitorio
de Luciano, allí el olor prácticamente se podía palpar,
en la pared frente a la cama vacía, había un mueble
tocador como el que usan algunas mujeres para
maquillarse, tenía un enorme espejo redondo y estaba
lleno de botes de cremas y perfumes, eligió uno al
azar, impregnó su pañuelo y se lo colocó sobre la
nariz, respirando por la boca, el alivio fue inmediato y
las náuseas desaparecieron casi por completo
sustituidas por una leve sensación de mareo. La
puerta del cuarto de baño estaba abierta de par en
par y hasta él llegaba el sonido persistente de una
gotera, convencido de lo que iba a encontrar, Bernini
cruzó el dormitorio y se acercó a echar un vistazo. El
recepcionista estaba en la bañera con un agujero de
bala en la frente del tamaño de una moneda de cinco
céntimos que mucho se equivocaba si no era de una
nueve milímetros, aún tenía los ojos abiertos y una de
las piernas le sobresalía por el borde derramando el
agua sanguinolenta en un charco en el suelo, gota a
gota. Gian Lorenzo no se extrañó de ver que llevaba
puesto un vestido de mujer, el asesino debió pillarlo
en plena fiesta privada.
Desde la explosión en casa de Cósimo y la
breve llamada de teléfono que pudo escuchar a través
de la puerta sabía que algo importante estaba
pasando, algo que oficialmente acababa de
convertirse en una conspiración de proporciones
bíblicas. Y él estaba en pleno epicentro del seísmo
que iba a estremecer los cimientos de la misma
historia. Con su muerte, Luciano le había dado más
información de la que seguramente le habría querido
dar en vida, tenía que encontrar a Toro Sentado antes
de que lo hiciera quien quiera que estuviera detrás de
aquella locura.

Kiowa Whitehorse se hospedaba en un


piso de estudiantes en la vía Pietro Roselli, resultó ser
un estudiante americano que trabajaba en el Donna
Camilla para pagarse la estancia en Roma y poder
terminar el último año de carrera. Según su
compañero de piso, un pijo madrileño obsesionado
con Álvaro Moreno y la música de semana santa, el
indio llevaba sin aparecer por la “uni” y por el piso,
casi una semana, casualmente, pensó Bernini, desde
el atentado contra el Sumo Pontífice. Tendría que
visitar las aulas si quería averiguar algo más acerca
del muchacho, esperaba que alguno de sus amigos
fuera más espabilado que el gilipollas con el que
acababa de hablar.
Fue una sorpresa descubrir que el joven
americano salía con la nieta de una de las familias
más ricas de Italia, Daniella Ferrero, nieta de Michele
Ferrero, dueño de la empresa de chocolates más
famosa del mundo… Su padre murió en Sudáfrica, en
un accidente mientras practicaba su deporte favorito,
el ciclismo. Motivo por el que el bueno de Michele no
le negaba nada a su hermosa y delicada nieta, de ahí
que cursara estudios en la Universidad Americana de
Artes Liberales de Roma, sin que nadie la importunara
con si era o no la mejor opción. Conocer el problema
no resolvía la incógnita de la ubicación del botones. La
muchacha llegaba en limusina al campus y en limusina
salía, no era buena idea abordarla en la universidad,
por lo que debía pensar otra opción… Opción que le
vino de manos de Larry y su colega Sergey, Google le
dio el plan perfecto, el domingo siguiente se
celebraría una cena organizada por UCODEP, en
beneficio de OXFAM ITALIA y a la que la madre de
Daniella estaba invitada, pero ella no acudiría con
mamá, según el calendario de exámenes que había
visto en la pared del dormitorio de Kiowa, al lunes
siguiente tenían un examen que Toro Sentado había
subrayado tres veces con rotulador rojo, por lo que
debía ser bastante importante. Iría a verla
directamente a su casa, servicio a domicilio, como las
pizzas.
45

La noche del domingo, Bernini esperaba


paciente frente a la lujosa villa romana donde vivían
los Ferrero mientras se encontraban en la capital
italiana. La idea era presentarse en la casa con
cualquier excusa e intentar averiguar el paradero del
botones, el único problema es que aún no había dado
con la excusa adecuada que le permitiera pasar el
sistema de seguridad. En esas cavilaciones estaba
cuando el motor de una vieja Vespa llamó su
atención. Un repartidor de pizzas, al parecer a
Daniella le gustaba algo más que el chocolate. Salió
del coche y se acercó al repartidor con la intención de
pagar el pedido y entregarlo él mismo. Al levantar la
vista del portaequipajes de la moto, donde se
encontraba sacando el pedido, ambos se
sorprendieron, Gian Lorenzo cuando reconoció a
Kiowa, bajo la gorra de Pizza Hut, gracias a una foto
que se había llevado de su apartamento y el
muchacho al verse descubierto antes incluso de haber
llegado a la puerta de entrada, pero su rostro no
mostraba sólo sorpresa, estaba aterrado y comenzó a
mirar a su alrededor como buscando una ruta de
escape.
- No voy a hacerte daño, sólo quiero información. –
Aquellas palabras no tranquilizaron al indio.
- No sé de qué me habla sólo vengo a entregar
una… – Bernini lo interrumpió.
- ¿Donna Camilla ha comprado acciones de Pizza
Hut? – Kiowa se dio por vencido.
- Yo no sabía que aquel hombre… Cuando lo vi en
la televisión me entró el pánico y… María nos advirtió,
nos advirtió a todos. Era el mismísimo diablo, pero no
la creímos… Cuando Luciano no apareció al día
siguiente tuve miedo, pensé que él… que podría estar
buscando a los que lo vimos, pero yo no lo vi, yo sólo
acompañé a ese… a ese criminal. – Las palabras
salían de su boca como un torrente descontrolado.
- Tranquilízate, no tengo ni la más remota idea de
lo que estás diciendo, sólo quiero que me hables de
esto – Bernini le mostró la información que había
extraído de la llave magnética, Kiowa cogió el papel
con mano temblorosa y lo observó durante unos
instantes.
- Es lo que intento decirte, cuando él, ¿cómo era
su nombre joder?
- ¿Pinco?
- Exacto, Pinco, cuando ese Pinco llegó al hotel… –
Bernini lo interrumpió de nuevo.
- ¿Cuánto tiempo llevas en Italia? – Kiowa parecía
confuso.
- ¿Qué importa eso? No lo sé… Unos dos años,
¿Por qué?
- Pinco Pallino es como el John Doe americano o el
fulano español, no es nadie y somos todos, dio un
nombre falso, lo que…
- Pero es que no me está escuchando, le digo que
yo no estaba cuando él llegó, al que atendí fue al que
vino a visitarle, ¡al loco que intentó matar al Papa! –
Para Gian Lorenzo fue como si le dieran un puñetazo
en plena cara.
- ¿Me estás diciendo que la persona que realizó la
reserva a nombre de Pinco Pallino no fue Ilia
Ovechkin, el hombre que atentó contra el Santo
Padre?
- Él fue la visita, yo mismo le llevé a la habitación
donde ya lo esperaban, parecía estar muy asustado y
algo colocado, sudaba como un pollo y temblaba…
Sólo Luciano y María vieron a quien realizó la reserva.
- Luciano está muerto, alguien le abrió un tercer
ojo en plena frente. – Al muchacho le fallaron las
piernas y Bernini evitó que se cayera – ¿Y quién
demonios es esa María?
- María, es la camarera de noche.
- Cuando estuve en el hotel no vi su nombre en la
lista.
- Ni lo leerá, es una ilegal, no tiene contrato, le
pagan menos que a los estudiantes como yo, algo
bastante difícil de conseguir… Por eso suelen hacer
los turnos de noche y nunca desempeñan ninguna
tarea de cara al público, al menos normalmente…
Aquella noche María llegó llorando a la cocina del
hotel, por casualidad yo estaba allí… bueno, buscando
algo de comer, lo cierto es que el cocinero prepara
unos ñoquis que están de muerte y bueno… - Bernini
puso cara de impacientarse, Kiowa parecía algo más
tranquilo – sí, perdón, el caso es que llegó llorando
como una Magdalena… No la entendíamos, es
nigeriana y no habla nada de italiano tan sólo un poco
de inglés, lo único que decía entre sollozos era
“BLOODTHIRSTER”, que significa algo así como
“devorador de almas”…
- ¿Sabes dónde vive?
- No lo sé, ya le he dicho que no hablábamos
demasiado…
- Tendré que volver al hotel, deben tener un
registro, una cuenta bancaria, algo…
- No encontrará nada, les pagan en metálico, los
ilegales no suelen dar sus direcciones, la mayoría de
las veces son ocupas o los tienen recogidos familias a
las que no quieren meter en problemas. – Kiowa no
dejaba de mirar impaciente las ventanas de la villa,
Gian Lorenzo se percató de ello.
- Si de verdad te importa esa chica deberías
alejarte de ella hasta que todo esto se aclare, aunque
no creo que estés en el punto de mira de ninguna
célula terrorista, de ser así ya estarías muerto como
tu amigo Luciano, mejor ser precavidos, vuelve donde
quiera que hayas estado escondido estos días y no
salgas. Y por cierto ningún italiano que se precie
pediría pizza a un Pizza Hut, y menos aun en plena
epidemia, no sabes la suerte que tienes de que no te
hayan asaltado a la desesperada. – El muchacho se
quitó la gorra y la tiró a unos matorrales, miró por
última vez a la única ventana iluminada de la enorme
casa y sin despedirse de Bernini se montó en la Vespa
y se alejó de allí lo más rápido que la antigualla le
permitía.
La teoría de la conspiración cada vez tomaba más
fuerza, alguien se había reunido con Ilia días antes del
atentado y se estaba tomando muchas molestias para
ocultar su identidad. Bernini volvía a estar en un
callejón sin salida, sería imposible localizar a María…
Había llegado a uno de esos puntos en los que lo
único que podía hacer era ir a tomar una copa.
46

19 de diciembre del año de nuestro Señor de 2012.

El taxi dejó a Gabriel en la misma puerta del hotel.


Tras ver su alzacuellos por el retrovisor, el amable
conductor casi se sale de la carretera por quitar de la
radio a los Rolling que ya estaban en el punto álgido
de su “Sympathy for the devil”, en su lugar pasó el
resto del camino intentando sintonizar alguna emisora
religiosa, lo cual era misión imposible por la nueva
S40, al final se decantó por una en la que comenzaban
a sonar los monótonos acordes de “Everybody Hurts”,
personalmente el padre Isabella prefería a los Rolling,
pero no lo comentó con el taxista.
- Estoy seguro de que está por aquí – Le dijo el
conductor con cierto tono atribulado – siempre acaba
jodiendo la KissFM… Lo siento padre – El buen
hombre se disculpaba constantemente ya que una de
cada tres palabras que pronunciaba era malsonante.
Al bajar del taxi, Gabriel le pagó dejándole una
buena propina.
- ¡Coño padre! Muchas grac… Lo siento padre. No
dude en llamarme cuando llegue la hora de volver,
tenga mi teléfono – Y sacó el brazo por la ventanilla
para acercarle una tarjeta de RADIO TAXI en la que
aparecía su nombre y su número de móvil escrito por
detrás – Se supone que no podemos hacerlo pero qué
coj… Bueno eso, que me ha caído usted bien, sólo
tiene que llamarme directamente y vendré a por usted
en un abrir y cerrar de ojos. No tengo familia y creo
que todo esto de la pandemia no es más que un truco
publicitario para subir impuestos, quizá me equivoque,
pero… Este pueblo está bien, algo aburrido para mi
gusto, pero claro, imagino que no ha venido a hacer la
ruta del bacalao. – Se despidió sin poder evitar un par
más de palabras desacertadas a causa de la cuesta
de piedras que tenía que subir para poder salir de
aquella parte del pueblo.
El espacio comprendido entre el hotel, el convento
del que había sido hospedería y la gran iglesia colegial
a la que había venido el cardenal, era una ancha
cuesta empedrada salpicada de árboles y rodeada por
vetustas paredes de ambarino sillar a la que
llamaban extrañamente plaza, “Plaza de la
Encarnación”. En la cima de la cuesta se hallaba la
gigantesca iglesia que nada tenía que envidiar a
muchas catedrales que había visto por todo el mundo,
sin embargo las austeras líneas de su fachada la
hacían parecer una fortaleza, según había podido ver
a través de Internet durante el vuelo a España llegó a
utilizarse como tal por el ejército napoleónico allá por
el 1812. A los pies de la pendiente, que estaba
situada en uno de los laterales de la Colegiata, se
encontraba el convento de las mercedarias descalzas.
Él, de pie junto al enorme portón del hotel podía verte
en frente como se alzaban los muros de los
decadentes jardines de chumberas.
Aún contemplaba el hermoso entorno que le
rodeaba, cuando la puerta de la antigua hospedería se
abrió a sus espaldas y un sacerdote de pequeña
estatura y complexión débil, bastante demacrado y
nervioso salió a su encuentro.
- El padre Isabella ¿supongo? – la voz casi
inaudible, apenas atravesó sus labios.
- Llámeme Gabriel, por favor – Al pequeño
sacerdote le extrañó no escuchar el empalagoso
acento italiano y la exacta fluidez con la que hablaba
el idioma, Gabriel pareció darse cuenta. – Mi madre
era española, de Baza, creo que está en la provincia
de Granada y en cuanto a mi acento, bueno he viajado
tanto por asuntos de Roma, que, como el blanco a los
colores, supongo es el neutro a los acentos… – Le
sonrió cordialmente y se percató de las enormes
ojeras que presentaba y la palidez extrema del rostro,
aquel hombre estaba exhausto – ¿Tan grave es?
- No soy experto en estos temas. Disculpe no me
he presentado, soy Pedro Pérez, asistente personal
del cardenal. Entremos, no hablemos de esto fuera –
Recogió la bolsa de viaje de Gabriel y haciendo un
gesto con el brazo le dio preferencia al entrar en el
patio principal del hotel. Una vez cerrada la puerta
siguió con la conversación – Cuando el cardenal
Amato me llamó y explicó lo de la… – Su voz tembló
aún más – …la posesión, al principio me negué a creer
todo lo que me decía, pero los acontecimientos que
siguieron a la conversación no tardaron en corroborar
palabra por palabra los temores del cardenal. He visto
la película ¿sabe? Y ni siquiera araña la superficie de
la realidad. Tengo miedo, mucho miedo, apenas he
dormido en los últimos días. Nos ha costado mucho,
pero hemos conseguido que no se sepa nada de esto
en el pueblo… Como sabrá, por petición expresa de la
Santa Sede y después de pagar una importante suma
de dinero, el hotel se ha cerrado al público, “lleno
total”, todo el personal del hotel ha cogido
vacaciones…
- ¿Cuántos sois? – Gabriel interrumpió al
sacerdote.
- Contándonos a mi y a Bastida un total de seis.
- ¿Todos saben lo que está sucediendo?
- No, nadie sabe nada acerca de la conversación
con Amato y he prohibido que entren a la suite del
cardenal, puede que haya rumores, pero a no ser que
tengan mucha más imaginación que yo, no creo que
hayan llegado a la conclusión del mal que
verdaderamente le aqueja, empiezan a extrañarse de
que ningún médico le haya visitado todavía… No sé
como voy a explicarles su presencia.
- No será necesario explicar nada, dígales que
recojan sus cosas y se marchen a casa…
- Pero cómo, me harán preguntas y…
- No responderá a ninguna de ellas, los que sean
religiosos deberán respetar su voto de obediencia y
los empleados de la sede episcopal acatarán lo que
se les mande… Hágalo lo antes posible, mientras
visitaré a José Ángel, por favor indíqueme cuál es su
habitación.
- ¿Va a entrar ahí sólo? – El miedo se había
apoderado de Pedro. – No deberi…
- No se preocupe por mí, yo sí soy un experto en
estos temas o al menos debería serlo – A Gabriel le
sonaron sus palabras algo suntuosas, pero no conocía
otra forma que no fuera la línea recta.
- Es la habitación número 4, mucho cuidado. Aquí
tiene – Le tendió la mano con una llave de color negro
engarzada en un círculo de cobre con una número
cuatro grabado en el centro sobre la palma. – Ayer
por la noche logré atarlo a la cama, sin embargo no
han dejado de escucharse golpes por todas las
paredes, incluso en la puerta, ha debido soltarse…
47

Antes de usar la llave de la habitación número 4,


Gabriel pegó la oreja a la puerta y escuchó
detenidamente pero no oyó nada, al parecer los
golpes habían cesado. Respiró profundamente y
acariciando por encima de la camisa, la pequeña
medalla de San Benito que llevaba al cuello, cerró los
ojos y comenzó a orar en silencio…
– Crux Sancti Patris Benedicti, Crux Sacra sit mihi
lux, non draco sit mihi dux. Vade retro Satana,
numquam suade mihi vana, sunt mala quae libas, ipse
venena bibas… – Conforme avanzaba la oración,
comenzó a percibir un desagradable olor dulzón, miró
hacia abajo y pudo ver como salía orina sanguinolenta
por debajo de la puerta justo a tiempo para apartar
los zapatos, sabía que estaba allí y aquella era su
forma de darle la bienvenida. Se santiguó y con
extremo cuidado abrió la suite, un fuerte hedor le
golpeó la cara de forma tan abrumadora que tuvo que
taparse la boca con un pañuelo y apretar la lengua
contra el paladar con todas sus fuerzas para aguantar
las arcadas. Nadie acechaba al otro lado. Todo estaba
oscuro, las luces parecían no funcionar y las persianas
debían estar echadas tras las contraventanas. De
planta rectangular, era una habitación bastante
espaciosa en la que habían cortado justo en el rincón
frente a la puerta de entrada una pequeña sección
con paredes de pladur que no llegaban al alto techo
artesonado, para ubicar el cuarto de baño. La estancia
parecía vacía, el cardenal debía estar escondido, ya lo
había visto en otras ocasiones, el poseído se ocultaba
y se negaba a salir para dificultar la tarea del
exorcista. Un simple vistazo le bastó para darse
cuenta que las puertas del armario estaban cerradas y
cada llave en su lugar, cabía la posibilidad de que,
tras haberse encerrado, hubiera vuelto a colocar las
llaves, los demonios podían mover cosas, pero algo le
decía que no era el caso, por lo que sólo quedaba
mirar bajo la cama, la luz que entraba desde el pasillo
no bastaba, así que se dirigió hacia las ventanas
antes de continuar la búsqueda, sintió que algo crujía
bajo sus zapatos y al abrir los tapa luces distinguió en
el suelo los restos de una bombilla. Mientras abría las
portezuelas de las demás ventanas, la puerta de la
habitación se cerró sola dando un fuerte portazo y
desde el oscuro hueco que quedaba entre el techo del
cuarto de baño y el de la suite, una grotesca figura
cabeza abajo salió caminando por las vigas como si
fuera una especie de araña gigantesca…
- Seguro Cruzado que estabas pensando en mirar
debajo de la cama, ¿me equivoco? – Gabriel se volvió
de súbito hacia la voz, tardó unos segundos en
localizarla en el rincón del techo más cercano a la
cama, también descubrió de dónde provenía aquel
olor nauseabundo, las paredes estaban cubiertas de
excrementos. La cosa que estaba dentro de Bastida
se percató de la desagradable sorpresa del padre
Isabella. – Por lo que veo Cruzado, el pequeño curita
no te ha contado que todo está hecho una mierda por
aquí… – Comenzó a reír a carcajadas, mientras
Gabriel, horrorizado buscaba en los registros más
recónditos de su memoria algún encuentro similar con
el maligno, jamás había visto nada parecido en todos
sus años de experiencia, las levitaciones eran usuales,
el movimiento de algunos objetos, pero algo así…
Intentó guardar la compostura, se giró hacia la
silla que había junto a la ventana y dejó su pequeño
maletín, dando deliberadamente la espalda al
cardenal, para demostrarle a lo que estuviera dentro
de él que no le temía.
- Eres temerario Cruzado, deberías tenerme
miedo, si quisiera ya estarías muerto – La última
palabra la pronunció casi en su oído, de pie, a su
espalda. El sacerdote se estremeció.
- No tengo por qué temerte – Comenzó a decir
Gabriel, mientras extraía algo del maletín y lo
ocultaba bajo la manga de la camisa – San Miguel
Arcángel me protege y Dios, Padre omnipotente y
misericordioso dirige mi mano y me da fuerzas para
enfrentarte con determinación – Cuando se dio la
vuelta y vio por primera vez a Bastida comenzó a
entender hasta qué punto era grave la situación, en
cuestión de pocos días, del Obispo de Madrid sólo
quedaba una sombra de lo que fue, su imagen
completamente desnuda, le recordó a las fotos en
blanco y negro que había visto en más de una
ocasión, y que trataban de ilustrar la terrible historia
del holocausto judío, eso era lo que parecía, uno de
aquellos muertos en vida que no eran más que huesos
recubiertos con una fina y quebradiza capa de piel
mugrienta y exánime. Entonces los vio, pero no como
se pueden ver el sol o las estrellas, fue más una
sensación, como un presentimiento que le hizo tener
la certeza de que a aquel desdichado lo poseían cinco
demonios y tres almas en pena.
- ¿No te gusta lo que ves Cruzado? ¿Qué tienes
escon…? – Gabriel no le dejó terminar, con un
movimiento rápido le inyectó en el cuello el contenido
de la jeringuilla que tenía escondida en la mano
derecha. Los ojos en blanco del poseso volvieron a su
estado normal segundo antes de desmayarse en el
suelo.
- No demasiado. – Tenía que moverse deprisa, la
dosis de etorfina había sido mínima, la justa para lo
que tenía que hacer.
Quitó la tapadera completa de la cama de
matrimonio, edredón y sábana, ambos estaban llenos
de heces y fluidos corporales, rasgó la bajera y con
los jirones amarró al obispo por muñecas y tobillos a
la cabecera y los pies de forja respectivamente. De
nuevo fue hacia su maletín y extrajo una estola
morada que se colocó sobre los hombros, un pequeño
frasco de cristal con agua bendita, un rosario que
envolvió en su muñeca izquierda y un crucifijo de plata
que colocó con cuidado sobre la frente de Bastida.
Gabriel impuso las manos sobre la cabeza del
atormentado y comenzó a rezar en voz alta:
- Hágase tu voluntad sobre todos nosotros y ten
piedad Señor. Envía tu espíritu y las cosas serán
creadas y renovarás la faz de la tierra – Un leve siseo
comenzó a salir de entre los labios del obispo – y ten
piedad Señor. Salva a tu siervo que espera en ti, Dios
mío y ten piedad Señor. Sé para él, Señor, una torre
de fortaleza frente al enemigo – el siseo comenzó a
transformarse en un silbido, como si su cuerpo
comenzará a no soportar la presión – y ten piedad
Señor. Que el enemigo no se aproveche de él y que el
hijo de la impiedad no añada más dolor…
- ¡DOLOR! – El alarido fue estremecedor y la voz
oscura y terrible, Gabriel la reconoció enseguida -
¡Sabrás lo que es el dolor después de lo que me has
hecho! ¡Quítamelo de encima! – Sacudió la cabeza
con fuerza arrojando el crucifijo a los pies del
sacerdote, que lo recogió y volvió a colocárselo, esta
vez en el pecho, donde sentía a otro demonio, y éste
gritó de nuevo – ¡Quítamelo, quítamelo! ¡Primero
mataré a este perro y después te desollaré con los
dientes, maldito! – Gabriel aspergió agua bendita
sobre él, y su cuerpo comenzó a retorcerse convulso a
dos palmos del colchón, tensando las ligaduras hasta
herir la carne.
- … Y ten piedad Señor. Envíale Señor tu auxilio y
cuídalo desde tu morada… – El demonio volvió a rugir
como un león enloquecido y consumido por la rabia
mirando al padre Isabella con tanto odio desmedido.
- Creo que no voy a desollarte Cruzado, poseeré tu
cuerpo y con él destriparé a tus feligreses para que
puedas notar la sangre caliente salpicando tu cara.
- En el nombre del Dios tu Señor, dime tu nombre
– Sabía quién era, pero el hecho de obligarle a decirlo
lo humillaba mortalmente. Pero entonces la voz que le
respondió no fue la misma, ésta era dulce, casi
infantil, con un cierto deje meloso como de niña
mimada, el demonio que hasta ahora llevaba las
riendas se había ocultado.
- Soy Oesed. No hay perversidad en mí. Erré… La
soberbia me perdió. – Era una de las almas en pena.
- ¿Por qué estás poseyendo a este hombre
temeroso de Dios?
- Yo no quería. Yo vagando… Me obligaron.
- En el nombre de Jesucristo nuestro Señor, di la
verdad.
- No miento, ellos me obligaron, igual que a los
otros.
- ¿Hay maldad en las otras almas?
- Miedo, no. – Miedo debía ser el nombre de otra
de las almas. Una de las primeras cosas que aprendió
Gabriel cuando comenzó a realizar exorcismos, fue
que cuando morimos cambiamos de nombre, por lo
que no le extrañó.
- Mólek, mucha, más que algunos demonios. En
vida lo llamaban Dolf. No conoce el bien, mató a
mucha gente… Judíos, niños.
- ¿Conoces el nombre de alguno de los demonios?
- Muerte, Perdición y Ledeseil, son de nivel inferior,
Mólek mucho más poderoso, al primero lo has
reconocido por su voz, eso afirma, pero no dice su
nombre, el segundo ríe, ríe a carcajadas, quiere que
te diga que le complace volver a verte y que se dará a
conocer cuando llegue el momento.
- ¿Cómo puedo hacer que salgáis?
- Reza, Miedo saldrá conmigo, reza y ordénales
que nos dejen salir, sufrimos mucho aquí…
Antes que Gabriel volviera a hablar de nuevo, un
grito desgarrador se elevo in crescendo desde la
garganta de Bastida hasta quebrarse en el silencio,
instante en el que un profundo corte se abrió a lo
largo de su pecho y hasta el vientre – Le arrancaré el
corazón si vuelves a inyectarme esa mierda – La voz
volvía a ser terrible – Gabriel, aunque preocupado por
la salud del obispo, continuó impávido.
- En el nombre de Dios nuestro Señor y creador
tuyo, Lucifer, padre de la mentira, te ordeno que dejes
salir a las almas que yacen cautivas en el cuerpo de
este hombre – No hubo respuesta por parte del
demonio, al menos no en forma de palabras, las
lámparas de porcelana que adornaban las mesillas
junto a la cama, estallaron en mil pedazos y el galán
de noche, al lado de la cómoda, voló por la habitación
hasta golpear al sacerdote en el costado, arrojándolo
violentamente al suelo y haciendo trizas el recipiente
de agua bendita. Gabriel intentó rehacerse con
rapidez, pero una punzada de profundo dolor se lo
impidió, el mueble debía haberle roto alguna costilla.
- Son mías y se irán cuando me plazca Cruzado. –
Gabriel logró levantarse, el crucifijo estaba sobre las
sábanas, junto al poseso, lo recogió y lo puso
directamente sobre su rostro a lo que este respondió
con profundos alaridos y retorciéndose convulso.
- San Miguel Arcángel, espada de Dios, intercede
por el alma de este inocente y subyuga al maligno,
cae sobre él con el poder de la ira del Altísimo.
Ordénale que deje marchar a los que son menos en su
oscuro agujero de perdición y sufrimiento. – Lucifer
guardó silencio, pero Gabriel percibió que dos de las
almas habían salido – Aún queda una, no tienes poder
para desobedecer la voluntad del Señor.
- No puedo dejarle marchar porque no quiere irse.
- Expúlsale entonces, en el nombre de Dios
nuestro Señor.
- Tú eres el exorcista, yo Lucifer, eres estúpido si
piensas que voy a hacer tu trabajo – Acto seguido
quedó en trance y no dijo nada más. Seguía con los
ojos vueltos hacia arriba y la boca llena de una
pastosa espuma blanca que le chorreaba por la
garganta.
Gabriel intentó volver a establecer contacto con
alguno de los demonios que habitaban el cuerpo, pero
le fue imposible. Ni siquiera en nombre de María
Santísima, reina de todos los ángeles, logró hacer que
volvieran a manifestarse o al menos romper el trance
y poder hablar con el cardenal. Tan exhausto como
sorprendido por su derrota, entró al cuarto de baño
con la intención de humedecer una toalla y limpiar las
heridas del poseso. Cuando llegó hasta él, el profundo
corte se había cerrado y sólo quedaba una fea cicatriz
de color rojo y ligeramente brillante.
48

- ¿Es normal que haya tantos? – Pedro estaba


atónito ante lo que Gabriel le contaba.
- De hecho no son “tantos”, he exorcizado muchos
más dentro de un adolescente no hace más de un
mes. Ten fe, podremos con ellos.
- ¿Mólek? He visto ese nombre antes pero no
puedo recordar dónde.
- Mólek, Milkom, Baal, Moloch, utiliza muchos
nombres, excepto este último los demás los has visto
a lo largo y ancho de la Santa Biblia. Desde el Levítico
hasta Sofonías, pasando por Deuteronomio, Reyes,
Jeremías y Ezequiel. Todos hacen referencia a su
culto, el holocausto de recién nacidos. Al demonio
Mólek, deidad para fenicios, cartagineses y cananitas,
se le erigía una estatua hueca de bronce, el cuerpo
era humano y la cabeza de carnero con grandes
fauces abiertas, por ella arrojaban a los bebés a la
hoguera prendida en sus entrañas – Pedro no lo sabía
aún pero esa misma noche, en sus sueños, los gritos
de los niños ardiendo no le dejarían dormir
- ¿Semejante monstruo está dentro de José Ángel?
- Un alma condenada que usa su nombre. Por lo
que ha dicho Oesed, un militar nazi de nombre Dolf,
que se dedicaba a matar niños judíos.
- No sé por qué Lucifer se molesta en poseernos,
somos abominaciones por nosotros mismos.
- Al demonio no le atraen las almas perversas,
prefiere corromper las que son buenas y puras

Los fluorescentes del pasillo lo habían


deslumbraron cuando salió de la habitación,
provocándole un dolor agudo en los ojos. Sentía el
esfuerzo sobrehumano de cada uno de sus músculos
en la simple tarea de andar y mantenerse erguido
conversando con el bueno de Pedro. Había llegado al
límite de sus fuerzas, jamás se había agotado tanto
en una primera sesión.
- Por cierto, ya estamos solos – Le dijo con voz
nerviosa.
- ¿Se han ido todos?
- Gabriel son las tres de la madrugada, llevas ahí
mucho tiempo, ¿qué te ha ocurrido? – Vio su mano en
el costado – ¿Estás herido?
- Tenemos que sacarlo de aquí cuanto antes, los
demonios le infligen heridas y con toda esa
inmundicia… No podemos arriesgarnos a una
infección, ellos las cierran casi en el acto y las hacen
cicatrizar, pero no creo que sea suficiente.
- Aún no entiendo como supiste los monstruos qué
lo habitan.
- Nada más entrar los vi, Lucifer los encabeza. A
veces obligan a las almas que deambulan en espera
del gran juicio, a entrar con ellos para que les sirvan
de escudo frente a los exorcistas, esto nos retrasa y
alarga el sufrimiento del poseso, que en definitiva es
lo que buscan los demonios, infligir todo el sufrimiento
posible, su más preciado deseo es torturar, sumir a
los hombres en un padecimiento que los empuje a la
desesperación, conduciéndoles irremediablemente a
la locura, la depravación o el mismo suicidio, pero
siempre alejándolos del Padre.
Existen diferentes carismas exorcísticos con los
que Dios intenta armarnos frente al enemigo, aunque
pocos los sacerdotes que son capaces de usarlos,
entre los que yo poseo está el carisma de la visión,
que me permite ver dentro de los posesos y saber qué
habita en ellos.
- Aun siendo sacerdote me cuesta encajar todo
esto, es... Es demasiado para mí. Hace apenas unos
días, José Ángel comenzó a comportarse de forma
extraña, delegaba sus obligaciones ministeriales, algo
que no había hecho nunca, ni siquiera con cuarenta de
fiebre o cuando más aquejado estaba por los dolores
de su úlcera. Le costaba centrarse en lo que leía,
cuando se rezaba a su alrededor, no era capaz de
controlar los bostezos, los cuales, en ocasiones,
juraría los exageraba aún más. Achacábamos su
desgana a las fuertes migrañas que lo aquejaban
desde hacía semanas, pero entonces… - El sacerdote
se estremeció
- ¿Qué fue lo que ocurrió?
- No me creería.
- Si no me equivoco, y estoy seguro que no, serás
testigo de cosas extraordinarias, terroríficas eso sí,
pero no por ello dejarán de ser increíbles.
- La tarde antes de emprender el viaje hasta aquí,
entré en su despacho a soltar unos papeles sobre su
mesa, todo estaba oscuro, así que pensé que no
habría nadie, cual fue mi sorpresa cuando le encontré
sentado es su sillón de roble macizo, parecía estar
sumido en algún tipo de trance, sus ojos abiertos no
mostraban pupila ni iris, sólo esclerótica fantasmal,
me asusté, pensé que podía estar sufriendo un ictus o
algo parecido, pero cuando quise acercarme el… –
Dudó unos instantes – El sillón, él, todo se elevó más
de un palmo del suelo y se mantuvo ahí, suspendido
en el aire durante varios minutos.
- ¿Por qué no diste la voz de alarma en ese
momento?
- No sabía lo que estaba viendo, cuando volvió,
cuando ya estaba de nuevo en el suelo, salió del
trance casi al instante y su rostro expresaba una paz
tan… Creí ser testigo de un momento de comunión
mística con Dios, cuán arrogante y estúpido fui.
- No te culpes, Lucifer es el padre de la mentira y
aun con la preparación necesaria, es difícil discernir
entre lo que es real y lo que no, cuando se está en su
presencia. Ahora lo más urgente es encontrar un
lugar adecuado para continuar con el exorcismo.
- Bajo el altar mayor de la iglesia que hay junto al
hotel, por la que vinimos a este pueblo, existe lo que
los ursaonenses llaman la pequeña catedral, es una
capilla subterránea construida por los duques de
Osuna para su uso particular. Mañana me pondré en
contacto con…
- Llámalo ahora, no podemos perder tiempo, faltan
pocos días para el cónclave, sería un desastre que el
preferiti no se presentara.
- Lo que sería un desastre es que cayeras enfermo
y nadie pudiera hacer nada…Lo primero es ir a
urgencias y que te miren las costillas, apenas puedes
respirar sin que se te contraiga el gesto de dolor.
- Eres testarudo, de todas formas no creo que
estén fracturadas, un vendaje opresivo debería bastar
hasta que todo esto termine.
- Soy realista, hasta hace unos días ni siquiera
creía en los exorcismos, no me entiendas mal, como
sacerdote creo en el demonio y todo eso, pero pensé
que lo de las posesiones no era más que
propaganda…
- ¿El opio del pueblo?
- Llámalo como quieras, pero sabes mejor que yo
que la Santa Madre Iglesia, no es tan santa, ninguna
madre lo es si quiere proteger a sus hijos… Pero no
nos desviemos, las cosas no parecen estar demasiado
bien, se oyen cosas acerca de la muerte del Santo
Padre, y si al final son ciertas las noticias que se
repiten día tras día sobre suicidios, dementes
homicidas, sucesos paranormales, etc. Creo que tú
eres la última alternativa que tenemos para evitar lo
que sea que vaya a suceder. – Era absurdo discutir,
Pedro tenía razón, en su estado no era rival para las
fuerzas del infierno.
- Tenemos que cambiarle de habitación, no
podemos dejarle con toda esa porquería…
- Lo llevaremos a la número seis,
Ambos sacerdotes volvieron a entrar en la
habitación, Pedro estuvo a punto de vomitar en un par
de ocasiones. Bastida parecía dormir, aunque con
sueño intranquilo. Pedro se fijó en la jeringuilla que
había sobre la mesita de noche.
- ¿Eso forma parte del rito? – Le preguntó a
Gabriel señalándola.
- Soy médico, no es más que un sedante para
animales, de acción rápida, bastante eficaz para
ciertas situaciones, cuando entré en la habitación…
Digamos que estaba que se subía por las paredes. –
No sonrió, no era un chiste, simplemente no tenía
fuerzas para dar más explicaciones. – Volveré a
ponerle una dosis, estará dormido hasta que lo
traslademos a la iglesia, es lo mejor para él y para
nosotros – Ambos cargaron con el cardenal hasta
acomodarlo en la cama de la otra habitación – No voy
a engañarte, es la primera vez que me enfrento a algo
así, será mejor que nos vayamos a dormir, mañana
será un día largo, muy largo…– Pero nadie iba a
dormir aquella noche.
A las tres de la madrugada los fuertes gritos de
una muchacha despertaron a Gabriel, que tras
ducharse y atender sus heridas se había dormido
sobre la cama, salió fuera de la habitación en ropa
interior, camiseta y calzoncillos largos y corrió por el
pasillo seguido por el padre Pérez, que también había
escuchado los alaridos, como era de esperar
provenían de la habitación 6.
- Es imposible, no puede… – Pedro estaba
desconcertado.
- No es lo que crees, no hay nadie ahí dentro, es
él, el demonio puede imitar muchas voces y hablar
infinidad de lenguas, no debemos dejar que juegue
con nuestras mentes. – Se oyó la voz femenina desde
dentro de la habitación.
- Tengo miedo Gab, me hace daño, me está
quemando por dentro, ayúdame Gab, no me dejes
sola, no soy mentirosa… Tengo miedo. – Tras cada
frase los alaridos eran insoportables. Gabriel miró el
rostro del pequeño sacerdote, estaba aterrado.
- No puedo decirle que no tenga miedo, sería de
estúpidos no tenerlo, pero debe confiar en el Señor, el
bien siempre triunfa sobre el mal, es la voluntad de
Dios.
- Es fácil decirlo.
- No, no es nada fácil, créame… – Aunque Pedro
no lo entendió en aquel momento, para Gabriel
aquella voz no era desconocida, era como una garra
incandescente que le retorcía las entrañas sobre las
brasas del recuerdo. – Tenemos que intentar
descansar, nos esperan momentos difíciles y el reloj
corre en nuestra contra. – Los gritos se intensificaron.
- ¡Gab, no me dejes, está aquí, tengo miedo, lo
noto dentro Gab, por favor, seré buena, lo prometo,
no volveré a mentir, él me obliga, Gab…! – Gabriel se
dirigió a su habitación para volver segundos más tarde
y tenderle a Pedro la mano con la palma hacia arriba y
algo sobre ella.
- Ponte esto.
- Tapones para los oídos, ¿también forman parte
del kits de exorcizar?
- No, es sólo que tengo el sueño ligero. Está
atado, así que no tienes nada que temer, intenta
desconectar de esta sinrazón y reza, reza para que el
Señor prepare tu cuerpo y tu alma, pídele que el
descanso llegue pronto y la mañana te encuentre
dormido como un niño, con su misma paz y su misma
inocencia.
49

Otra vez había bebido demasiado, se


estaba convirtiendo en una mala costumbre desde sus
“vacaciones”, pero era tarde y estaba demasiado
cansado para pajas mentales. Se sacó los zapatos
pisándose los talones y pasando de largo por la puerta
del cuarto de baño, entró en el dormitorio, aunque la
habitación estaba completamente a oscuras, cruzó la
estancia hasta la ventana y entreabrió ligeramente las
cortinas para que la luz ambarina de las farolas de la
plaza entrara débilmente… Cuando se giró hacia la
cama, el cuerpo abierto en canal de la mujer de color
que había sobre ella le quitó la borrachera de golpe.
Su primer impulso fue llamar a Cósimo, él sabr… Él
estaba muerto y no podría hacer nada por echarle una
mano. Incluso había llegado a buscar el móvil en cada
uno de los bolsillos del pantalón, pero justo cuando
iba a pulsar la marcación rápida para la casa del buen
doctor, el timbre de la entrada le sobresaltó, ¿quién
podía ser a esas horas? Se dirigió de nuevo al
recibidor, pero antes se detuvo para coger su pequeño
revolver Taurus 405, que por supuesto no había
entregado junto con la identificación cuando lo
suspendieron, de uno de los secreteres del buró
antiguo que adornaba el salón. Llegando a la puerta
una voz al otro lado resonó con el eco del rellano
vacío:
- Eh Berni, soy yo Donatello, te dejaste la
cartera en la barra… - Gian Lorenzo suspiró tan
profundamente de alivio que el exceso de oxígeno en
la sangre le produjo nuevos mareos, se guardó la
pistola en la parte de atrás de la cintura y le abrió a
su casero, haciéndole entrar con urgencia.
- Pasa Doni, joder, qué susto me has
dado.
- ¿Susto? ¿Se puede saber qué coño te
pasa tío? – Como respuesta Bernini lo cogió del brazo
y lo arrastró literalmente al dormitorio, encendiendo
todas las luces que se encontraba a su paso,
Donatello, que estaba en uno de sus momentos
felices, no se inmutó.
- ¿Quién te quiere tan mal para dejarte
semejante regalito? – No había duda en su voz,
conocía demasiado bien a su amigo como para saber
que él no la había matado, Bernini lo agradeció en
silencio y cayó abatido sobre uno de los sillones que
había en el dormitorio.
- No la he visto nunca, pero supongo que
es María, la nigeriana que trabaja en el hotel Donna
Camilla. La han vaciado como a un cerdo. Todo esto
se está complicando.
- ¿De qué estás hablando?
- Sentémonos un momento en la cocina,
es largo de explicar… – Bernini contó a Donatello todo
lo que había ocurrido desde el mensaje de voz de su
amigo el doctor Bianchi.

- Podemos ver las cámaras del bar, han


tenido que grabar algo – Gian Lorenzo se sentía
estúpido, ¿cómo no se le había ocurrido?
- ¿Sigues pinchando también las de la
plaza?
- Por supuesto. – La Piazza di Pietra
estaba equipada con un juego de cámaras de última
generación conectadas a un servidor web, algunas
eran de vigilancia y otras enviaban imágenes en
directo a una página de turismo de Roma. Donatello
las había pirateado tiempo atrás para poder pillar a un
desarmado que se orinaba en las buganvillas, llegando
a poner en peligro la hermosa portada del pub.
Tras la barra de Il Deserto había un pequeño
pasillo que albergaba tres puertas, derecha, izquierda
y frente, cocina, almacén y despacho de Doni,
respectivamente, fueron directos a la puerta del fondo
y junto a la mesa de despacho, que parecía sacada
directamente de un contenedor de reciclaje, Donatello
abrió la stockhoml de IKEA que contenía el equipo de
vigilancia, es decir, el portátil y las tres pantallas
planas que utilizaba como monitores auxiliares. Se
sentó delante del teclado buscando la carpeta de los
archivos de video, y en ella el que coincidía con la
noche anterior y comenzaron a pasarlo rápido hasta
descubrir una pareja sospechosa que se acercaba a la
puerta del edificio.
- ¡Ahí! Esa debe ser María, y el otro… - Donatello
lo interrumpió.
- ¿De qué maldita cosa va disfrazado con esa capa
y el sombrero? Da repelús, me parece estar viendo
una copia mala de Jack el destripador…
- Debe ser el asesino, pero la muchacha no parece
asustada.
- Más bien todo lo contrario, sonríe y no deja pasar
una excusa sin sobar a su acompañante.
La pareja que se veía en el video iban cogidos por
la cintura y se abrazaban o más bien ella lo abrazaba
a él a cada paso que daban, al llegar a la puerta del
edificio, junto a la entrada de la tienda de
antigüedades, el extraño al que en ningún momento
se le había visto la cara sacó airadamente un llavero
del bolsillo y como si quisiera que la cámara lo
grabara al detalle, levanto los dedos corazón, anular y
meñique para mostrar bien el manojo de llaves
mientras introducía una en la cerradura.
- ¿Puedes acercar la imagen para ver mejor el
llavero, creo que…? – Donatello comenzó a mover el
ratón con precisión quirúrgica cliqueando aquí y allá
hasta conseguir un primer plano bastante nítido de lo
que parecía ser una moneda grande engastada para
formar un bonito llavero.
- ¿Es eso lo que creo que es? ¡Joder una moneda
de 100 €! Y con la efigie del Santo Padre… - Donatello
se quedó más perplejo aún cuando vio que el
individuo, tras abrir la puerta, dejaba caer las llaves
en uno de los maceteros que flanqueaban la entrada
adornando un poco el portal del edificio.
Bernini salió corriendo a la calle en busca de la
nueva pista. Cuando entraba de nuevo en el Pub,
Donatello se estaba sirviendo una copa en la barra.
- Parece que ya sólo tendrás que reducir la
búsqueda a unos 1.100 sospechosos, quizás menos si
tenemos en cuenta que no todas las monedas se
habrán vendido aún… - Eran monedas
conmemorativas de la elección papal de Juan Pablo
III, de las que se habían acuñado, como bien había
apuntado Donatello, un total de 1.100 unidades que
estaban a la venta en la tienda del estado Vaticano.
- De eso nada. – Bernini parecía más pálido aún si
eso era posible.
- ¿Qué quieres decir?
- Mira bien la moneda, ¿ves el arma de Heliodoro?
– Ante la cara de estupefacción de Donatello, Gian
Lorenzo puntualizó – El que está en el suelo – Doni
cogió un vaso de chupitos le dio la vuelta y lo utilizó
de lupa improvisada.
- Es una espada, creo…
Volvieron al despacho y esta vez fue Bernini el que
se sentó al ordenador, abrió el navegador y entró en
la página del estado Vaticano, accedió a la tienda y
buscó en el registro numismático hasta dar con una
moneda que mostró enseguida a Donatello. – Que no
sepa que el desarrapado del suelo era Heliodoro no
quiere decir que no conozca la moneda, ya te he dicho
que la tirada… - Gian Lorenzo lo interrumpió
impaciente.
- Mírala bien.
- Valiente cagada, esta no es la misma moneda,
han debido equivocar la imagen en la web, en esa
Heliodoro porta una lanza.
- No se han equivocado, la moneda que nos ha
dejado el asesino como recuerdo, es de oro macizo y
no bañada, a juzgar por su peso, y si la miras bien te
darás cuenta de que no está completamente
refinada… Conozco bien esta moneda. Claudia
Momoni, la artista que la grabó, modificó una de las
planchas para regalarle al mismísimo Juan Pablo III,
una pieza única, de ahí que el arma sea diferente. Yo
estaba en el equipo de seguridad cuando la Srta.
Momoni visitó al pontífice…
- No sé qué me da más miedo, si el por qué sabía
el asesino que serías capaz de reconocerla o el cómo
ha podido conseguir algo que supongo estaba dentro
del apartamento papal. ¿Cuál es el mensaje?
- El peor de todos los que podía enviarnos, nos
está diciendo que la tentativa para matar al Papa, no
fue tal, sino un asesinato totalmente consumado y
retorcidamente perfecto. Ese hijo de puta no sólo
mató al Papá sino que me convirtió en la mano
ejecutora.
50

A las ocho y media de la mañana, lo que parecía el


eco perdido de un extraño silbido que resonaba en lo
más profundo de sus sueños, se convirtió en el
incesante resonar de un móvil. El cerebro de Pedro
tardó todavía unos instantes en procesar lo que
ocurría a su alrededor, cuando lo hizo se despertó
sobresaltado y buscó el teléfono con la respiración
agitada y el corazón latiendo como un caballo de
carreras.
- Di-diga – Alguien hablaba al otro lado de la línea
pero él sólo captaba un murmullo lejano, se alejó el
móvil de la cara y miró la pantalla, aparentemente
todo estaba como debía, volvió a acercárselo al oído –
No le oigo, quizá le falle la cobertura… – ¡Los
tapones! Aún los llevaba puestos.
- … fono no tiene ningún problema, quizá sea
usted el que no tiene cobertura, padre – La voz,
aunque ronca, parecía femenina, de lo que no había
duda era que estaba sumamente molesta – Llevo
llamándole desde las siete de la mañana…
- Disculpe, pero ¿quién llama?
- Mi nombre es Rocío Sanz, soy la conservadora
del museo de la iglesia de nuestra Señora de la
Asunción y el que se pueda considerar mi jefe, aunque
sea mucho considerar, pero que sí es jefe de un tal
padre… – se tomó unos segundos para leer sus
anotaciones – … Isabella, Gabriel Isabella, me ha
sacado de la cama a las cinco de la mañana.
Monseñor Amato me ha dado órdenes claras para que
les abra la iglesia y les facilite todo lo que necesiten,
incluyendo la ayuda de algunas monjas del convento
que hay frente al templo que, por cierto, son de
clausura, y créame si le digo que la abadesa no tiene
por costumbre permitir la salida de ninguna de sus
religiosas, aún por causa mayor y menos con todo lo
que está pasando últimamente. Sin embargo cuando
he hablado con ella hará poco más de cinco minutos
se ha ofrecido a dejar salir a cuantas hermanas
necesitara el cardenal… ¿Está usted ahí?
- S-sí, la escucho.
- He intentado ponerme en contacto también con
el tal padre Isabella, pero no tiene móvil y nadie
responde en la recepción del hotel. Aquí fuera hace
frío ¿sabe padre?
- ¿Dónde está usted?
- Intento decirle que llevo más de una hora
esperándoles en la puerta del hotel, se suponía que el
cardenal tenía que llamarles ¿Dónde está el personal
de la hospedería?
- Está bien, está bien, en seguida salgo a abrirle.
- Más le vale que traiga también un café, no me
siento los dedos.

Tras una larga ducha, Gabriel llamó a Ángelo y lo


puso al corriente de la situación, antes de colgar, el
cardenal le prometió que movería cielo y tierra para
buscarle la mayor colaboración posible.
- Gabriel, ten mucho cuidado, no te puedes hacer
una idea de la cantidad de supuestos casos de
presencias extrañas, posesiones y no sé qué más, de
los que nos están llegando noticias, desde todas
partes del mundo. Mujeres que despedazan a sus
maridos en un intento desesperado de apagar las
inexistentes llamas que los envuelven, jóvenes que
mueren en extrañas circunstancias tras haber
realizado la ouija, personas automutiladas que
aseguran haber sido torturadas por presencias
demoniacas… Cada vez está más fuerte, tienes que
detenerlo. He dispuesto que un grupo de exorcistas te
apoyen en la distancia, rezarán cada día, desde el
alba al anochecer hasta que todo esto termine.

Cuando el padre Pérez lo encontró de súbito por el


pasillo, venía de la habitación de José Ángel.
- ¿Cómo está?
- Aunque parezca mentira sigue en trance, atado y
en su sitio.
- Entonces ¿esos golpes?
- Él era “lo único” que estaba en su sitio. ¿Dónde
ibas con tanta prisa?
- Imagino que ayer llamaste al cardenal Amato.
- Sí, ¿por qué?
- En la puerta nos espera, de muy mal humor, la
conservadora de la iglesia, Amato la llamó esta
mañana, muy temprano, creo que son los refuerzos.

El traslado se realizó sin incidentes,


acomodaron a Bastida en una silla de ruedas facilitada
por sor María de los Ángeles, la madre superiora de
las mercedarias descalzas, y cinco monjas más les
acompañaron al interior del templo.
- No tiene buen aspecto, no sería mejor llevarlo al
hospital antes de empezar con el exorcismo – Rocío
parecía impresionada por el estado de José Ángel.
- El mal que lo aflige no puede curarlo un médico –
Gabriel le contestó sorprendido de la familiaridad con
la que hablada aquella mujer de aspecto varonil, el
traje pantalón de corte masculino su pelo corto y esa
voz ronca tan característica de los fumadores
empedernidos no ayudaba demasiado a pensar lo
contrario. Amato parecía no querer delegar ni la
llamada más insignificante, era evidente que todos
sabían lo que se jugaban. – Será mejor que entremos
ya, antes de que empiecen a aparecer miradas
indiscretas.
- No se equivoque padre, yo no voy a quedarme
mirando, haré todo lo que esté en mi mano para
ayudarles con esto, sea lo que sea.
- Se lo agradecemos pero no… - Comenzó a decir
el padre Pérez, pero la mujer lo cortó tajante.
- Vuelve a equivocarse, no les estoy pidiendo
permiso, este lugar es mi responsabilidad, y no pienso
dejarlos solos.
- Haga lo que quiera, pero abra de una vez, no sé
cuánto tiempo más seguirá en trance y será mejor
estar dentro cuando eso cambie.
- No se preocupe padre, con ese maldito virus
acechando tras cada esquina, pocos son los que se
atreven a salir a la calle estos días, ni siquiera sé
cómo ha conseguido volar hasta aquí.

Delante del altar colocaron una de las mesas que


había en el museo, antes la antigua sacristía de la
iglesia, y sobre ella algunas mantas para hacerla un
poco más cómoda. Junto a esta pusieron una más
pequeña en la que dispusieron algunos frascos de
agua bendita, un hisopo, el crucifijo que el sacerdote
usara el día anterior y una Biblia. También colocaron
varias estufas por toda la capilla. En pleno diciembre,
allí el frío se sentía directamente en el tuétano de los
huesos. Gabriel le vendó las muñecas y los tobillos
para evitar que las ataduras volvieran a hacerle daño
y después le ató de nuevo brazos y piernas. Tanto él
como el padre Pérez se revistieron en una habitación
adjunta, mientras las monjas y la guía comenzaban a
rezar rosarios sentadas en el coro de madera
profusamente labrada en el centro de la capilla, frente
al altar mayor. Seguía habiendo cinco demonios
dentro de él y un alma torturada, supuso sería
Monstruo… Cuando Bastida comenzó a despertarse
Gabriel dio comienzo al ritual.
51

- Repetid todos: “Señor Jesucristo, Verbo de Dios


Padre, Dios de toda criatura que diste a tus santos
apóstoles la potestad de someter a los demonios en
tu nombre y de aplastar todo poder del enemigo”
- Señor Jesucristo, Verbo de Dios Padre, Dios de
toda criatura que diste a tus santos apóstoles la
potestad de someter a los demonios en tu nombre y
de aplastar todo poder del enemigo - Repitieron al
unísono.
- “Dios santo, que al realizar tus milagros
ordenaste: huyan de los demonios…” - continuó
Gabriel.
- Dios santo, que al realizar tus milagros
ordenaste: huyan de los demonios…
- “Dios fuerte, por cuyo poder Satanás,
derrotado, cayó del cielo como un rayo”
- Dios fuerte, por cuyo poder Satanás, derrotado,
cayó del cielo como un rayo…
- “Ruego humildemente con temor y temblor a tu
santo nombre para que fortalecidos con tu poder,
pueda arremeter con seguridad contra el espíritu
maligno que atormenta a esta criatura tuya”
- Ruego humildemente con temor y temblor a tu
santo nombre para que fortalecidos con tu poder,
pueda arremeter con seguridad contra el espíritu
maligno que atormenta a esta criatura tuya
- “Tú que vendrás a juzgar al mundo por el fuego
purificador y en él a los vivos y los muertos. Amén” –
Cuando hubieron terminado de repetir la oración, el
poseso comenzó a gritar con desesperación mirando
con ojos desorbitados el motivo del retablo del altar
mayor.
- ¿Dónde me habéis traído? – Gabriel
percibió en seguida que aquella no era la voz de
Lucifer – ¡Todos iréis al infierno! ¡Yo mismo os
acompañaré hijos de perra! – Bastida se retorcía
hasta estar a punto de descoyuntar sus extremidades.
– ¡Desatadme u os arrepentiréis¡ – Gabriel no prestó
atención a sus exigencias, después de santiguarse
comenzó a hacer la señal de la cruz, dibujándola en el
aire alrededor de la mesa en la que habían
acomodado el poseído, que no dejaba de seguirlo con
ojos desorbitados. – ¡No hagas eso! ¡Detente! ¡NO
ME IGNORES MALDITO BASTARDO! – Acompañando
a sus palabras, un jarrón con claveles marchitos que
había en la parte derecha del altar voló por los aires
hasta estrellarse contra una de las columnas del coro
donde se encontraban las religiosas. Gabriel se acercó
a la mesa auxiliar y cogió un cuenco con agua bendita
y el hisopo, se volvió hacia Bastida y lo salpicó con él
varias veces, haciendo la señal de la cruz. Cada vez
que el agua rozaba el cuerpo del cardenal, al que
habían cubierto con un alba que le venía demasiado
grande, este gemía y se retorcía como si ácido
sulfúrico estuviera quemándole la carne bajo la tela.
Las hermanas descalzas parecían no inmutarse ante
todo aquello y se mantenían en apariencia
imperturbables con la cabeza inclinada sobre el pecho
y los ojos cerrados, rezando monótonamente un
rosario tras otro, sin embargo, Rocío estaba aterrada,
las oraciones salían entrecortadas de sus labios y no
dejaba de temblar y sobresaltarse cada vez que el
poseso se desgarraba la garganta con alaridos de
rabia…
- En el nombre de Jesucristo nuestro
Señor, dime demonio ¿cuál es tu nombre? – Gabriel
hablaba con voz autoritaria y potente. El padre Pérez
repitió la orden intentando de forma inútil infundir a
sus palabras la misma seguridad del exorcista. José
Ángel los miró con una sonrisa exagerada en el rostro.
- ¿Por qué tiene que haber alguien más
aquí sacerdote? ¿No te basta conmigo? – Gabriel
volvió a rociarlo con el agua bendita y Bastida a gritar
y a retorcerse de nuevo.
- En el nombre de Jesucristo nuestro Señor
y el tuyo… Te ordeno demonio que obedezcas la
palabra de Dios y me digas tu nombre. – El demonio
dejó de gritar pero no de retorcerse.
- Él no es mi señor, no vuelvas a decirlo,
yo no le obedezco… Soy Ledesiel, el desobediente, yo
no me doblegué.
- En el nombre de… - El demonio no lo
dejó terminar.
- Somos muchos aquí dentro, tú puedes
llamarnos Legión… – Gabriel se disponía a replicar
cuando el demonio prosiguió alzando la voz –
Tranquilo exorcista, aún no he terminado, te daré la
cuenta exacta del carnicero, veamos… Dos demonios
menores, uno mayor, un alma condenada, bastante
desagradable, el jefazo y una pobre y desamparada
alma perdida que intenta ocultarse de nosotros… ¡Ah!
Y yo. – Gabriel estaba perplejo, aquella posesión
estaba demostrando ser algo totalmente nuevo,
jamás en toda su carrera de exorcista un demonio se
había comportado así. Pero había algo que no le
encajaba…
- Mientes, no veo almas perdidas… – Al
instante se arrepintió del error.
- ¡Qué sorpresa! El exorcista es un dotado
– La voz cambió de repente, haciéndose más
terrorífica y sobrecogedora – Es lo que pasa cuando
confías en los dones de Dios… – Ahora era Lucifer el
que hablaba – …Te dejan tirado cuando más los
necesitas – El demonio lo miró deformando el gesto
con una sonrisa malévola – Mi cara sonríe sacerdote,
pero mi corazón llora, estás sólo Cruzado, esta vez
nadie vendrá en tu ayuda… – Gabriel parecía confuso,
pero no se dejó amilanar.
- No juegues conmigo demonio y dime, en
el nombre de San Miguel Arcángel, ¿por qué no puedo
ver el alma perdida?
- No te excites – De nuevo la voz cambió –
Debes cuidar de tu corazón “Gab”, tus padres no
soportarían la pérdida del hijo que les queda…– Pedro
recordó aquel apodo, lo había gritado el cardenal la
pasada madrugada y Gabriel no parecía haberle
prestado atención alguna, sin embargo ahora estaba
pálido como la misma muerte – ¡Oh! lo siento
olvidaba que tu madre murió de pena,
desgraciadamente no la he visto por nuestro barrio…
Algo discutible, si te soy sincero, no creo que morir de
pena sea muy distinto a suicidarse. El pobre de papá,
sin embargo, se pudre en un rincón de su mente
asediado por el alzheimer. – Gabriel estaba
petrificado, las palabras de aquella cosa se le habían
clavado en el alma profundamente, su mano dejó caer
el hisopo y las rodillas le temblaron, pero cuando todo
indicaba que iba a desmayarse levantó el brazo
derecho y comenzó a realizar gestos extraños
mientras recitaba lo que parecía una plegaria
ininteligible, era como si estuviera cortando el aire
con una espada imaginaria, el demonio empezó a
gritar con desesperación, parecía poder sentir los
mandobles del sacerdote, en cuestión de segundos los
alaridos se tornaron en carcajadas.
- ¿Gladius? El más llamativo y
espectacular de los dones – Gabriel no salía de su
asombro, era imposible, el mismo Espíritu Santo
guiaba la espada espiritual, ningún demonio resistía
ese tipo de exorcismo – Ya te lo hemos dicho, nadie
va a venir en tu ayuda, estás sólo.
- Eres… Zabulón.
- ¡Ding, ding, ding, ding, ding, premio para
el caballero! ¡Joder sacerdote, después de lo que
hemos pasado juntos! ¿Cómo está la pequeña
Aurora? – Gabriel no contestó de inmediato, intentaba
no perder del todo el control, sabía que aquel iba a
ser un caso difícil, era evidente que el demonio estaba
haciendo uso de todas las armas que tenía a su
disposición. No podía dejar que su fe flaqueara ahora.
- Aun habiendo sido testigo de la luz
divina, te alejaste de ella, pobre miserable. Demonio
Zabulón, recuerda el fulgor del Todopoderoso y en
nombre de su hijo misericorde abandona el cuerpo de
este hombre. – Pedro repetía palabra por palabra las
oraciones de Gabriel – El demonio se retorcía con
violencia sin decir nada más. Gabriel volvió a repetir
sus últimas palabras y las acompañó con un poco de
agua bendita que roció sobre el rostro del cardenal,
con el hisopo recogido del suelo. Zabulón comenzó a
gritar con voz ronca y comenzó a tener convulsiones,
el cuerpo quedó flotando a un palmo de las mantas –
En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor,
fortalecidos por la intercesión de la Inmaculada Virgen
María, Madre de Dios y señora de todos los ángeles,
del bendito Arcángel Miguel, de los benditos
Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos te
ordeno demonio que abandones este cuerpo y vuelvas
a los infiernos. – Volvió a rociarlo con agua bendita y
esta vez, con ayuda del crucifijo, hizo la señal de la
cruz sobre la frente del poseso, el demonio intensificó
sus alaridos con auténtico gesto de dolor y
desesperación, pero siguió sin pronunciar palabra –
Dime necia criatura del abismo, ¿por qué sigues aquí
si estás sufriendo?
- El dolor del viejo es delicioso. – En ese
momento El alba que vestía el cuerpo desnudo de
Bastida se rajó de arriba abajo y sobre su pecho
comenzaron a aparecer profundos cortes que
formaron lo que parecían letras y números. Gabriel
limpió la sangre con uno de los retazos de la prenda y
un poco de agua bendita, de las heridas comenzó a
salir abundante espuma…

Mt 10 36

- “… Y así, el hombre tendrá como


enemigos a los de su propia casa”. Mateo, capítulo
diez, versículo treinta y seis – El padre Pérez no podía
dejar de mirar los cortes en el cuerpo de su amigo
mientras recitaba la cita de memoria. Enseguida una
de las monjas se acercó y comenzó a curar al
cardenal con un pequeño botiquín de emergencia que
Gabriel tenía en su maletín.
- “San Miguel arcángel…” – nada más
comenzar la nueva oración el demonio dejó de
retorcerse y miró fijamente a Gabriel, con los ojos en
blanco – “… guíanos en la batalla contra las fuerzas
del abismo y ayúdanos en nuestro duelo personal
contra el maligno. Príncipe de las milicias celestiales,
arroja al infierno con el divino poder de tu espada
ardiente al espíritu maligno que tortura a este siervo
del Señor”. – Zabulón comenzó a echar vaho visible
por la boca riendo a carcajadas. La temperatura en la
capilla había bajado una decena de grados en
cuestión de segundos.
- Sacerdote parece que tu campeón no
vendrá hoy… - El cuerpo del cardenal se elevó unos
pocos centímetros más para caer de súbito sobre la
mesa con un golpe seco que el eco de la cripta
amplificó sobresaltando a los presentes, a todos
menos a Gabriel, que permanecía impasible, de pie
junto a la mesa, con la mirada perdida en un punto
invisible entre él y José Ángel. San Miguel nunca había
ignorado una llamada de auxilio, aquello no era
normal y el exorcista, por primera vez, comenzó a
temer.
- Señora de los cielos, dulce Virgen María,
no apartes tu rostro de los siervos que te imploran y
ordena a este demonio que vuelva a las oscuras
profundidades del báratro. – Las luces de toda la
iglesia titilaron por unos instantes y de súbito el
cuerpo del desdichado cardenal se irguió como alzado
por cuerdas ocultas, rompiendo las ligaduras de las
muñecas y siguió flotando sobre la mesa tensando las
cuerdas que aún lo mantenían sujeto por los tobillos,
llegando incluso a levantar la mesa sobre las patas
traseras. Los ojos de Bastida, de un blanco enfermizo,
parecían querer salirse de sus órbitas.
- Lo que tenga que suceder, sucederá – La
voz ya no era ronca y maliciosa, se había vuelto clara,
aguda y agradable, casi delicada – Gabriel, soy María,
tu intención es buena, pero equivocas los medios. Tu
mente está sumida en heridas pasadas, que de no
sanar, acabarán desangrando tu alma. Como tantas
cosas, el olvido lo creó Dios y su esencia es buena
pero los hombres os empeñáis en contaminarlo todo.
El pasado es un mapa hacia el futuro que nos muestra
los caminos que no debemos coger… No puedes
esconderte de los designios del Señor como no
puedes hacerlo de la muerte, tarde o temprano te
encontrarás de frente con lo inevitable. Eres el brazo
del Señor y debes aceptar su voluntad – La veracidad
de aquella voz inundó al sacerdote de esperanza y
alivio.
- Mi dulce Señora yo… – Los ojos volvieron a
cerrarse y de nuevo, como sujeto por alambres
invisibles, el cuerpo regresó lentamente a su posición
sobre la mesa. – ¡Espera no entiendo lo que…! - Un
fuerte temblor sacudió toda la iglesia, las monjas
gritaron asustadas y Pedro y Gabriel se miraron
incrédulos, una de las esquinas de mármol del altar
mayor se desprendió y cayó al suelo a punto de
golpear a Pedro, entonces el temblor cesó.
- ¿Esto es normal? ¿Es parte del exorcismo o una
coincidencia? – El pequeño cura empezaba a
mostrarse desbordado.
- No creo que haya sido casualidad, pero jamás
había vivido algo así. ¿Estáis todas bien? – Se dirigió a
las mujeres en el coro. Todas asintieron excepto
Rocío, que parecía estar en estado de shock. – Nos
tomaremos un descanso. Hermana por favor – Se
dirigió Gabriel a la monja que se sentaba junto a ella
– sáquela de aquí y llévela arriba, busque un sitio
donde pueda tumbarse y déle agua, unos paños fríos
ayudarían también – Pedro hizo ademán de ir a ayudar
a la religiosa – Padre ella podrá valerse por sí sola,
ahora más que nuca, necesitamos el poder de la
oración – Bastida parecía haber entrado de nuevo en
un trance profundo, no dejaba de temblar y
convulsionar levemente. La temperatura en la
estancia seguía bajando.
52

A ambos lados del altar mayor, se abrían dos


capillas laterales, la de la izquierda era famosa por
contener el fresco de una última cena celebrada en
mesa redonda, algo muy poco habitual. En la derecha
estaban los accesos a la pequeña catedral, apenas
cinco escalones que bajaban hasta la diminuta y
tétrica puerta decorada con esqueletos que parecían
dar la bienvenida a los que quisieran entrar en ella.
Contrastaba sobremanera con la fastuosa puerta de
madera labrada y la gran cancela, que frente a ella,
conducía al pasillo que daba acceso a las estancias de
la antigua sacristía y la escolanía en el piso de arriba.
No sin dificultad, Sor Margaret ayudó a subir a la
conservadora los escalones hasta la capilla, que
ambas cruzaron con premura hasta la sacristía donde
la religiosa acomodó a Rocío en uno de los tronos de
la exposición y fue en busca de un poco de agua.
Justo al otro extremo de la nave principal del templo,
en una de los accesos laterales de la iglesia, estaba el
espacio que usaba la mujer como despacho, allí
encontró uno de esos depósitos de agua mineral que
suele haber en muchas oficinas, llenó un par de vasos
de plástico y volvió a la sacristía. Rocío se había
levantado y andaba como ida, alrededor de un falso
túmulo funerario que servía para mostrar un manto
hermosamente bordado, que se utilizaba para cubrir
los féretros, a la vez que se quitaba la ropa y
tarareaba una extraña melodía, la monja soltó los
vasos en el suelo, junto a la puerta y se acercó
corriendo a la conservadora para intentar que no se
quitara nada más, pero esta comenzó a reír a
carcajadas y a insinuarse a la religiosa con gestos
obscenos, mientras con una mano se amasaba los
flácidos senos por encima del sujetador, metía la otra
entre sus piernas y se lamía los labios de forma
sugerente, sor Margaret rezaba en voz alta cuantas
plegarias podía recordar y recogía las prendas con las
que se afanaba en tapar la desnudez de Rocío. Ambas
mujeres perdieron el equilibro y cayeron al suelo.
Rocío se abrazó a Sor Margaret y antes de que
esta pudiera evitarlo le rasgó el hábito y le propinó un
mordisco en la garganta, arrancándole un buen trozo
de carne y dejando la yugular seccionada a la vista, la
monja tardó segundos en morir en las frías baldosas
de piedra del museo.

Ya completamente desnuda y cubierta de sangre,


la conservadora se abalanzó sobre ella y continuó
devorándola.
53

La ingresaron con síntomas claros, según


decía el informe, de epilepsia crónica, aunque nada
explicaba las sombras que decía ver, ni las voces que
le susurraban al oído aquellas cosas horribles, una
imaginación muy fértil, se limitaron a afirmar los
psicólogos. Todos aquellos cortes que sembraban
cada palmo de su piel y que ella aseguraba eran
provocados por el demonio, los racionalizaron como
parte de una conducta autolesiva, que nadie discutió
como algo ilógica en una niña de apenas siete años.
El leve movimiento de algunos objetos en su
habitación, no eran más que alucinaciones colectivas
sugestionadas a los familiares cercanos a la pequeña,
nada había sido real, lo habían imaginado todo,
contagiados por la niña y el estrés de la situación.
Vieron ni más ni menos que lo que querían ver… ¿Qué
padre no sueña con ver a su hija levitar mientras grita
que un demonio quiere sacarle las entrañas?
Para todos fue más fácil recluirla que aceptar lo
que verdaderamente estaba ocurriendo, ni siquiera el
sacerdote de su parroquia, dirigido por su prelatura,
que había asegurado que no existía posesión alguna,
ni nada relacionado con lo religioso, era una
enfermedad mental, simplemente.
Los raros momentos en los que Laura no estaba
sedada, gritaba el nombre de su hermano, le
imploraba su ayuda con angustiosa desesperación.
- Tengo miedo Gab, me hace daño, me quema por
dentro, ¡Ayúdame! ¡Gab no me dejes! No soy
mentirosa, ¡Tengo miedo! Está aquí, lo noto dentro,
¡por favor seré buena! Él me obligó a mentir
¡Gaaaab…!
Pero Gabriel nunca acudió.

Gabriel nunca fue a visitarla a la división de


Neuropsiquiatría infantil del hospital pediátrico
Bambino Gesú, en Roma, aún viviendo en un piso
alquilado no muy lejos de allí. Cursaba el último año
de especialidad. En contra de lo que quería su padre,
que estaba empeñado en que se hiciera cargo de la
almazara familiar, en pocos meses sería por fin
cirujano. Pero no fueron los decisivos exámenes
finales los que lo mantuvieron alejado de su familia en
aquellos momentos tan difíciles, aún siendo la excusa
que ponía constantemente. La realidad era que
Gabriel sentía vergüenza, no podía soportar el trato
que le propinaban sus compañeros y algunos
profesores cuando se enteraban de que era el
hermano de la posesa de la Toscana, como algunos
comenzaban a llamarla, era como si la locura estúpida
que afectaba a Laura hubiera infectado a toda la
familia manchándolos con un estigma maldito. No lo
sabía entonces, pero su decisión le costaría la vida.

- Anoche, cuando aquella voz femenina suplicaba,


era a ti a quien llamaba, tú eres Gab, ¿verdad? – Las
palabras de Pedro sobresaltaron a Gabriel que
paseaba distraídamente por los pasillos de las zonas
anexas a la iglesia, cada vez eran más frecuentes
aquellas pérdidas de interés por la oración, en pos de
un regodeo insano en el dolor de los recuerdos.
- Aquella voz, era la voz de mi hermana – Contestó
sin demasiado entusiasmo – El demonio siempre
busca tu lado más débil y es ahí donde da todos los
golpes – El sacerdote se derrumbó en uno de los
asientos que circundaban el pequeño claustro del
templo.
- ¿Qué le ocurrió? – Gabriel estuvo tentado a dejar
pasar la pregunta y guardar silencio, pero algo en su
interior le empujó a responder.
- Murió… Se suicidó con tan sólo ocho años –
Pedro palideció.
- ¿Cómo…?
- Ellos la empujaron. Estuvieron torturándola
durante casi un año, le susurraron perversidades al
oído, se metieron en sus sueños convirtiéndolos en
horribles pesadillas, se mostraron ante ella con
formas monstruosas.
- ¿También estaba poseída?
- No, ahora sé que lo que sufría Laura eran dos
fenómenos distintos y muy diferentes de la posesión,
algunos demonios la asediaban, es lo que en la jerga
denominamos “circumdatio”. En ella, esos mal
nacidos mueven cosas, provocan ruidos y olores
desagradables, incitan visiones y sensaciones que
sólo la persona afectada puede ver o sentir. Otro
ejercía cierta influencia sobre ella, sobre su mente y
su cuerpo, es el caso de la “influencia”, el demonio
está dentro de la persona, pero no llega a poseerla,
logra hacerla enfermar y la conduce hacia el vicio o a
sufrir pensamientos obsesivos… Fueron estos últimos
los que la llevaron a arrancarse la lengua a mordiscos,
era lo único que podía hacer teniendo brazos y pies
sujetos con correas. Tardó mucho en morir
desangrada, demasiado…
- ¿Y nadie pudo hacer nada?
- Como Casandra, su mayor tormento fue que
ninguno la creímos, ni su familia, ni médicos, ni
sacerdotes… Por aquella época yo terminaba por fin la
carrera y lo que menos necesitaba era la carga de una
hermana loca. Llegué a avergonzarme de ella y le
volví la espalda.
- Y por eso te hiciste sacerdote.
- Por eso me hice sacerdote, por eso me hice
exorcista, por eso hago lo que hago, me juré a mí
mismo que si podía evitarlo, no permitiría que algo así
volviera a pasar.
- No fue culpa tuya.
- Sí, claro que lo fue, el Señor me dio la
oportunidad de creer, de tener fe, y sin embargo caí
en la soberbia como Tomás y tuve que meter los
dedos en los agujeros de sus manos y la mano en la
herida de su costado.
- “Dichosos los que no han visto y han creído”
- Ese versículo ha marcado mi vida desde
entonces.
- Sigo pensando que no fue culpa tuya. Como
sacerdote sabes de sobra que Dios tiene un plan para
cada uno… – Gabriel lo interrumpió.
- Por favor Pedro, no me vengas ahora con planes
divinos, ¡Tenía ocho años! ¿Dónde quedó el “dejad
que los niños se acerquen a mí? Laura está
condenada, ¿no merecía su misericordia?
- Gabriel… - Un fuerte grito lo silenció.

- Gab, tengo miedo, me hace daño, ¿por qué me


dejas sola? – Las palabras llegaron amortiguadas
hasta los sacerdotes que corrieron hacia la capilla.
Bastida había salido del trance y volvía a hablar con la
voz de la niña, el padre Isabella fue derecho hacia él.
- ¡Tus juegos no sirven con un siervo de Dios,
Zabulón! ¡En nombre de nuestro Señor Jesucristo te
ordeno que abandones este cuerpo y vuelvas al
infierno.
- No estoy jugando Gabriel, cuando quiero jugar,
prefiero hacerlo con tu hermanita.
- ¡Cállate demonio! ¡Recuerda la luz que miraste
una vez! ¡Cuando aún había esperanza dentro de ti! –
Llegado este punto, Gabriel sacudía con violencia al
obispo, agarrándolo por los hombros – ¡Recuerda el
amor con el que te creó! ¡Dios es amor!
- ¡Me alejé de la luz porque quise! – El sacerdote,
completamente fuera de sí, le propinó un fuerte
guantazo – ¿Este es el amor de tu Dios?
- Mi Dios es el tuyo – Contestó Gabriel asqueado
por sus propias acciones – Arrepiéntete de haberle
dado la espalda a nuestro Señor.
- No lo haré.
- Arrepiéntete, en el nombre del Arcángel Miguel,
yo te lo mando.
- ¡No!
- ¡Arrepiéntete!
- Lo diré si te empeñas, pero es mentira.
- Vuelve al infierno.
- Aún no – El cuerpo de Bastida comenzó a
convulsionar de nuevo hasta que de forma violenta
vomitó un amasijo de clavo a los pies de Gabriel,
después cerró los ojos y su cuerpo quedó como
muerto, tan sólo su respiración silbante y
desagradable demostraba lo contrario.
54

Comenzaba el alumbramiento del alba que,


perezosa entre las pesadas nubes de diciembre,
desplazaba con lentitud las oscuras sombras de la
noche, mientras la ciudad dormía profundamente a
punto de despertar y sucumbir de nuevo al ajetreo de
las horas diurnas.
- Ahora sí que no entiendo nada de nada.
- Cósimo me dijo que alguien había entrado en el
depósito de cadáveres y había prendido fuego al
cuerpo de Ilia, le echaba la culpa a algún fanático
religioso, nada más lejos de la realidad. Estaba algo
preocupado, se había pinchado con algo mientras
hacía la autopsia…Cuando lo encontré, fue como
revivir de nuevo lo del Santo Padre.
- No te sigo.
- Hay algo que no te he contado acerca de la
noche que encontré al Pontífice. La verdad es que no
se lo he dicho a nadie, lo puse en mi informe y creo
que ha sido la causa de que me hayan obligado a
marcharme, quieren silenciarlo todo. Cuando vi el
cuerpo de Juan Pablo, no parecía haber fallecido de
muerte natural, su piel estaba llena de manchas
oscuras y todo estaba cubierto de sangre, le salía por
los oídos, la nariz, hasta por los ojos. Era como si
tuviera la peste.
- ¿La peste? ¿Te refieres a la peste negra que
terminó con la vida de un tercio de la población de
Europa allá por el 1350? Creo que debes dejar de
beber, comienza a afectarte incluso cuando estás
sobrio.
- Yo tampoco lo creí al principio… - Donatello
seguía hablando sin prestarle atención.
- Es imposible, el Papa estaba perfectamente de
salud el día anterior, alguien lo habría notado, la peste
no mataba en unas horas…
- Lo sé, pero quién te dice que no ha sido una cepa
nueva desarrollada por algún científico loco sin mucho
aprecio por la vida humana… Además tú mismo has
visto la cinta, todo encaja, excepto el motivo de que
quiera incriminarme, ya que haciéndolo su plan
maestro saldría a la luz…
- Para, para, escúchate un momento amigo, lo que
dices no tiene sentido, es imposible que ese tipo
supiera que tú dispararías a aquel tarado, y menos
aún que el Papa sería salpicado por su sangre,
demasiado forzado, hay demasiados factores dejados
al azar, no tiene sentido…
Gian Lorenzo no podía explicarlo pero sabía con
total seguridad que su teoría era correcta, necesitaba
descansar, tenía que pensar con claridad, hablaría con
Cósimo por la tarde, quizá él tuviera algunas
respuesta a tantas interrogantes o quizá siguiera
muerto, su cerebro se negaba a archivar su amistad
en la bandeja de “decesos”.
- Doni, necesito echarme un rato, la cabeza me va
a estallar.
- ¿Demasiado tequila?
- Demasiados muertos. No puedo avisar a la
policía, aún no. Hay que sacar a esa pobre mujer del
apartamento.
- ¿Y qué haremos con ella? No es cartón, ni
plástico, y el contenedor para vidrio tiene la boca algo
pequeña.
- No voy a tirarla a ningún contenedor.
- Ya lo sé, no seas susceptible, sólo era una
broma.
- Aunque pensándolo bien, quizá esa sea la mejor
idea…
- Me he vuelto a perder…
- ¿Tienes cinta americana?
- En la tienda, bajo el mostrador, junto al plástico
para envolver cadáveres – Bernini lo miró perplejo –
Es una broma joder, el plástico es para envolver los
lienzos de la tienda.
- María era una ilegal, necesitamos que cuando la
policía la encuentre no pueda relacionarla con el
Trastevere y mucho menos con el Donna Camilla, no
tardarían en atar cabos, la llevaremos a Tor Bella
Monaca y dejaremos el cuerpo en los contenedores
que hay tras la parroquia Santa María Madre del
Redentor, la policía no moverá un dedo por investigar
a una nigeriana muerta en un barrio de mala muerte
de la periferia. Sé que no es lo más digno, pero
llegados hasta este punto la dignidad es un lastre que
no podemos permitirnos – No olvides coger guantes.
Prescindiendo de la sábana, comenzaron a
envolver de forma concienzuda el cuerpo de la mujer
con el plástico que Donatello había traído de la tienda
de antigüedades.
- Gian, tiene algo en la mano derecha,
aprieta el puño como si su vida le fuera en ello.
-Le fue. Parece un trozo de tela – Bernini
le abrió los dedos con bastante esfuerzo y logró
extraer el retal, algo se deslizó al suelo hasta los pies
de Donatello.
- E-es una foto, una fotografía tuya con
una buenorra de tetas enormes – Gian Lorenzo se
abalanzó sobre su amigo y le arrebató una pequeña
fotografía con el margen superior rasgado.
- ¿Pero quién cojo…? ¿Qué está pasando
aquí? No tengo la más remota idea de quién es esta
chica, te juro que no la había visto en mi vida… Yo, yo
no me hice esta foto.
- Fotos – Puntualizó Donatello.
- ¿Cómo que fotos?
- No es que esté rota, han cortado las
demás, mira el tamaño, forma parte de una de esas
tiras de los foto matones que los adolescentes
encoñados guardan en la cartera – Ambos se miraron
atónitos por una fracción de segundo - ¡Mira en tu
cartera joder! – Bernini se palpó todos los bolsillos del
pantalón, pero no la tenía encima.
- Debe estar en el mueble de la entrada –
Comentó saltando sobre el cadáver a medio envolver
de la nigeriana y corriendo hacia la puerta del
apartamento. -¡La tengo! – Volvió al dormitorio
revolviendo su contenido – Ya te he dicho que no me
hice esas fotos, debe ser un montaje con PhotoShop,
seguro – La última palabra se quedó helada en su
garganta cuando sus dedos tocaron algo más grueso
que el papel moneda dentro de su billetera. Lo extrajo
como si fuera algo radiactivo, la tira de papel Kodak
contenía tres imágenes más, en las que se veía a
ambos en actitudes sumamente cariñosas, aunque no
lo comprobaron el corte rasgado coincidía
perfectamente con el de la encontrada en las manos
del cadáver, un pequeño clip las mantenía unidas a
dos resguardos de entradas para un concierto de “The
Beatles – The next generation” en el Cavern Club.
- Hostia Puta Gian.
- Siempre es agradable escuchar una
blasfemia de un cura arrepentido – Donatello
prosiguió sin prestarle atención.
- El mismísimo Carver Club de Liverpool. ¿Desde
cuándo te gustan a ti los Beatles?
- Añade eso también a la lista de
interrogantes, ¿ves por aquí alguno de sus discos? Ni
siquiera me gusta el Imagine.
- Eso sí que es una blasfemia. Hay algo
escrito detrás de las fotos: “Para que no me olvides,
Lily” ¿Te suena ese nombre?
- No lo entiendes Donnie, yo nunca he
estado en Inglaterra. Todo esto me sobrepasa, puedo
escuchar los engranajes de mi cerebro y, créeme,
chirrían a punto de salir despedidos en todas
direcciones. Estoy en un callejón sin salida y lo que
hay detrás del muro es la cárcel y un cargo por
magnicidio.
- Poco a poco ¿De acuerdo? Será mejor
que terminemos primero lo que hemos empezado, los
problemas se afrontan mejor uno por uno – Gian
Lorenzo asintió no demasiado convencido y ambos
prosiguieron con su tarea de envolver a la pobre
camarera.
Tras precintarla bien con la cinta americana.
Sacaron el fardo por la trastienda y lo subieron al
monovolumen de Donatello.
- Debemos darnos prisa, hay que llegar
antes de que todo el mundo despierte.
- Si cogemos la A24 estaremos allí en una
media hora. Ve lo más deprisa que puedas, pero por
el amor de Dios Donnie, que no te paren.
55

Habían forrado la parte de atrás del


vehículo con más plásticos, como si fuera el santa
sanctórum de Dexter, el serial killer televisivo, versión
atroz del siglo XXI del siempre pragmático Charles
Bronsom. Así que, después de deshacerse del cuerpo
tal y como habían comentado, y a falta de una barca y
una buena corriente submarina, prendieron fuego a
todo lo demás en el jardín de Il Desserto, utilizando
un viejo bidón que Donatello guardaba para sus
propias cremaciones. Teniendo en cuenta que estaban
en pleno invierno, el humo no sería un problema,
pasaría por el de una chimenea y no llamaría la
atención.

Donnie normalmente alquilaba tres apartamentos


de los cuatro, Bernini vivía en el ático y Donatello en
el primero, aquel invierno no había puesto el cartel de
se alquila en ninguna de las ventanas, a veces se
sentía melancólico y prefería la soledad y no tener que
estar bregando con inquilinos molestos. Gian Lorenzo
era como de la familia, él llevaba allí desde lo de la
pequeña Leola.
Filippo Moretti era jugador, pero no de los de cara
de póker y noches gloriosas en casinos de cinco
estrellas, Filippo era jugador de máquinas recreativas
o como se dice en la jerga, era carne de tragaperras.
Era un ser mediocre que había perdido un excelente
trabajo y a una buena familia a causa de su
“enfermedad”, como algunos se empeñan en llamarlo,
pero aunque las tendencias compulsivas sí pueden
considerarse una enfermedad, no creo que ningún
virus o bacteria le obligara a punta de pistola a echar
monedas en una máquina. Gastó miles de euros en
busca de la combinación ganadora, euros que tenían
otros fines como pagar la hipoteca, las vacaciones, el
fondo de la universidad de los niños, el dentista de su
esposa…Centenares de billetes cambiados en
monedas que iban directamente a la basura… Aun así,
la ludopatía no era el peor vicio del señor Moretti,
porque Filippo Moretti también bebía, bebía tanto que
las parcas le habían tejido una buena cirrosis futura,
pero esto seguía sin ser lo peor de Filippo, pues los
vicios no suelen detenerse en la autoaniquilación y
Filippo Moretti, además de jugar y beber, conducía
habitualmente bajo los efectos de sus taras
mentales… La última vez que lo hizo, Leola Bernini
acababa de salir del colegio y cruzaba el paso de
cebra hacia el carril derecho de la calle Corso Trieste,
donde Gian Lorenzo la esperaba observándola
sonriente desde el coche mientras escuchaba su
recopilatorio favorito, Eric Clapton interpretaba una
magistral versión en directo de “Tears in heaven” que
su hija nunca volvería a oír. Filippo la embistió a la vez
que se subía a la acera y terminaba estrellándose
contra la fachada de un bufete de abogados, la
pequeña de doce años quedó atrapada entre el
vehículo y la pared del edificio triangular que hacía
esquina.
El coche le había amputado la mayor parte del
tronco inferior, estaba aplastada de tal manera que
seguía viva aún cuando debía estar muerta, el
parachoques mantenía unido su maltrecho cuerpo.
Bernini cruzó los escasos metros que lo separaban de
Leola gritando su nombre y pidiendo a Dios que todo
fuera una pesadilla. Su hija lloraba sin consuelo…
- Lo siento papá, lo siento, te prometo que miré a
ambos lados antes de cruzar, te lo prometo, lo hice
tal y como nos enseñaron en clase, pero no le vi, no le
vi… ¿Papá está bien? ¿Se ha hecho daño ese hombre
por mi culpa papá? – Gian Lorenzo no podía siquiera
abrazar a su hija, que yacía inclinada sobre el capó
aún humeante del viejo Tempra, se limitaba a
estrechar la mano del único brazo libre que le
quedaba a la pequeña.
- No ha sido culpa tuya cariño, no te preocupes, él
está bien – Aunque Gian Lorenzo no lo sabía en
realidad, Filippo estaba prácticamente ileso, tan sólo
se había partido la ceja izquierda y tenía doloridas las
costillas, la borrachera se le había pasado de golpe y
la escena que estaba presenciando no le permitía
moverse del asiento, aparte de tener las piernas
aprisionadas por el volante – No llores mi cielo, no
pasa nada, te pondrás bien ya verás, el dolor pasará,
no debes tener miedo…
- No duele papá, no siento nada, sólo un poco de
frío. ¿No estás enfadado? – Bernini sintió un fuerte
dolor en el corazón, era como si se le hubiera partido
literalmente.
- No, no estoy enfadado, no has hecho nada malo
mi vida, sólo ha sido un accidente – La voz se le
quebró y el esfuerzo por no llorar fue tan intenso que
comenzó a ver pequeños puntos blancos por todas
partes – Todo saldrá bien mi amor – Comenzaron a
escucharse sirenas a lo lejos, alguien debía haber
llamado a emergencias – La ayuda está en camino, no
tengas miedo.
- No tengo miedo papá, ya no, mamá está aquí,
dice que tengo que ir con ella – Las lágrimas se
desbordaron por el rostro de Gian Lorenzo, inclinó la
cabeza hasta rozar la mano de su hija con la frente y
después se la besó.
- Ve con ella tesoro, ve con mamá.
- Pero papá, no puedo dejarte sólo, ¿quién va a
darte el beso de buenas noches? – Bernini se rompió
del todo.
- No te preocupes mi amor, ve con ella, juntas
podréis cuidar de mí.
- Te quiero papá… Y mamá.
- Yo también os quiero mi vida – Pero Leola ya no
pudo escucharle.
Días más tarde, Filippo Moretti fue encontrado en
uno de los retretes de los aseos de la estación
Termini, con las muñecas abiertas longitudinalmente y
una cuchilla desechable a sus pies. La huella parcial
de una suela de zapato en el charco de sangre que se
extendía por el suelo del cubículo no fue suficiente
para abrir una investigación oficial, por lo que el caso
se cerró como suicidio.

Para Gian Lorenzo su mundo terminó en aquella


esquina y durante mucho tiempo no hubo nada más,
sólo aquella imagen grabada en su mente cada
segundo de cada minuto de cada hora… Para él no
existió un entierro, no existieron familiares y amigos
compasivos, el trabajo dejó de existir, todo se
extinguió a su alrededor. Y entonces también
comenzaron a desaparecer poco a poco comodidades
como el teléfono, la calefacción, la luz, el agua y
finalmente el piso. Las hipotecas no entienden de
tragedias personales. Desahuciado, la espiral de
autodestrucción de Bernini pasaba de dormir durante
el día en su coche a beber hasta perder la consciencia
noche tras noche.
Una madrugada llegó a Il desertto, se había
gastado el poco dinero que le quedaba en una botella
de vino para cocinar aquella misma mañana. Ni
siquiera consiguió llegar a la barra, su cuerpo se dio
por vencido, no aguantó más y se desvaneció a medio
camino arrastrando con él algunos libros y revistas del
estante que había a lo largo de toda la pared lateral
del local.
Mientras que de día regentaba la pequeña tienda
de antigüedades que tenía junto al pub, de noche a
Donatello le gustaba estar tras la barra, observando a
sus clientes y charlando del bien y del mal. Cuando vio
aparecer a Gian Lorenzo, le reconoció al instante, le
había visto en las noticias semanas atrás, nunca
olvidaba una cara por muy desmejorada que
estuviera, era ese poli del Vaticano que había visto
morir a su hija atropellada por un conductor borracho.
No le extrañó que ahora fuera él el bebedor. A sus
sesenta y cinco años y después de haber abandonado
el sacerdocio hacía seis, a Donatello Fibonacci le
seguían llamando padre, al menos los que tenían
suficiente edad para recordarlo con sotana.
Tranquilizó a los pocos que quedaban a esas horas
ocupando algunas mesas y descolgó el auricular del
teléfono sin dejar de mirar a Bernini, tras cinco
minutos de conversación, volvió a colgar y se dirigió
cojeando ligeramente hacia las puertas de Il deserto.
- Señoras y señores creo que ha llegado la hora de
cerrar, ruego disculpen las molestias y den sus
consumiciones por pagadas, invita la casa, muchas
gracias por su comprensión y de nuevo perdonen las
molestias que pueda ocasionarles – Tan sólo tres
mesas estaban ocupadas, una pareja joven, una
pequeña reunión de cuatro amigos y un matrimonio de
mediana edad, todos eran habituales, por lo que
ninguno se molestó, el grupo de amigos incluso dejó
propina. En apenas unos minutos habían salido del
pub y Donnie se cargaba al hombro, con sumo
trabajo, el cuerpo inanimado de Gian Lorenzo.
A las dos horas Bernini despertó de un sueño
intranquilo y lleno de pesadillas, empapado en sudor y
gritando el nombre de su hija mientras no dejaba de
dar manotazos sobre las sábanas.
- ¿Es que no veis que se la están comiendo los
gusanos? ¡Ayudadme! ¡Hay que quitárselos de
encima! – Donatello, que dormitaba en un sillón junto
a la cama, apenas se sobresaltó, esperaba aquella
reacción. Con voz pausada comenzó a hablarle hasta
hacerle comprender que lo que veía eran
alucinaciones, sufría delirum tremens.
- Pasarás unos días malos, pero saldrás de esta,
tienes que ser fuerte ¿qué crees que estarán
pensando tu mujer y tu hija?
- Es-están muertas.
- La muerte no es el final, ellas te ven, velan por ti
y…
- He hecho cosas, yo no…
- Todos hemos cometido actos reprobables pero
para eso creó Dios el arrepentimiento.
Una de las veces que Gian Lorenzo despertó, se
encontró sujeto a la cama con correas, cada vez
estaba más inquieto e irritable, llegando incluso a
tener varios episodios de pronunciados temblores y
violentos ataques de ira. Donatello lo había cubierto
de bolsas de hielo en un intento de bajarle la fiebre,
que llegaba a los cuarenta y un grados. Tenía clavada
una intravenosa en el brazo izquierdo que le
suministraba por goteo suero glucosado, a juzgar por
el antes y el después, no debía haber comido desde
hacía días. El alcohol destruía la vitamina B, por lo
que había añadido al suero un buen cóctel de
vitaminas, B1, B12 y B6 para metabolizar mejor ese
alcohol. No sabía con certeza el tiempo que estaría
postrado, así que, por miedo a la neumonía, completó
el tratamiento con algo de tetraciclina.
- Necesito un trago, por favor, ¡dame algo de
beber! – Donnie le acercó un vaso con agua que
Bernini arrojó al suelo de un manotazo nada más
poner los labios en su insípido contenido - ¡Vete a la
mierda! No quiero volver a verlo ¿no lo entiendes? Él
va a volver, es el demonio, me quiere a mí, tengo
miedo papá, ¡Tengo miedo! – Las alucinaciones se
hicieron cada vez más reales hasta el punto de tener
que sedarle para que no se hiciera daño.
Donatello mantuvo cerrado Il Deserto los días que
tardó Gian Lorenzo en volver a ser algo parecido a un
ser humano.
- ¿Dónde estoy?
- En uno de los apartamentos del cuarenta de la
piazza di Pietra.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí?
- En los bajos hay un pub – Gian Lorenzo pareció
comprender sin necesidad de más explicaciones, pero
Donatello prosiguió – Entraste sobre las dos de la
madrugada y a los pocos pasos te desmayaste, eso
fue hace cinco días.
- ¿Cinco días? ¿Llevo aquí cinco días? ¿Qué es lo
que…? – Donnie prosiguió con su explicación.
- Por lo que sé, debes llevar bebiendo desde que tu
hija murió en aquel desafortunado accidente…
- La mató un puto borracho – Donatello continuó
sin prestarle atención.
- Es irónico pero es exactamente en lo que te has
convertido tú. Supongo que te quedaste sin dinero,
apestabas a vino barato, del que usan los profanos
para el risotto. El alcohol, como algunos
medicamentos, no se puede dejar de golpe, como
consecuencia has sufrido un severo ataque de
delirium tremens.
- Parece que no he podido caer más bajo…
- Es verdad que has visitado el sótano durante
algún tiempo, pero, mirando el lado bueno, ahora las
escaleras sólo pueden ir en una dirección, lo que me
lleva a recordar que hablé esta mañana con Domenico
Giani – Gian Lorenzo se incorporó en la cama con
cierto esfuerzo, aún le dolía la cabeza y la habitación
le daba vueltas aunque parecía ir bajando de
velocidad – Dentro de dos semanas tienes las pruebas
de readmisión, tanto físicas como psicológicas, si todo
sale bien recuperarás de nuevo tu empleo y podrás
comenzar a pagarme un alquiler, lo cual también me
recuerda que tu coche está en el parking Pallacorda, a
unos ochocientos metros de aquí. Algo más que
tendrás que añadir al alquiler. Por si te ronda la
cabeza, en tu expediente no contará tu pequeño
tropiezo con las bebidas espirituosas – La cara de
Bernini era un auténtico poema, su cerebro se estaba
reiniciando aún, pero era perfectamente capaz de
entender que si lo que aquel viejo estaba diciendo era
verdad, con una simple llamada había conseguido lo
imposible, la gendarmería vaticana no lo habría
readmitido ni aunque el infierno hubiera abierto sus
puertas en la misma plaza de San Pedro y necesitaran
refuerzos.
- Espero que no lo considere descortés, pero
¿quién es usted?
- Oh perdona, tendría que haberme presentado
antes de soltarte la charla – Se levantó y le tendió la
mano a modo de saludo, Bernini se la estrechó
débilmente – Me llamo Donatello Fibonacci, aunque
algunos aún me llaman padre, han pasado mucho
años desde la última vez que canté misa y… – Gian
Lorenzo lo interrumpió.
- Alto, alto, alto, ¿Qué parte del nombre es menos
creíble? ¿La de quelonio adolescente o la de
matemático del siglo XIII? – Donatello sonrió, pero no
contestó, se limitó a seguir hablando.
- Mi vida es este edificio, lo heredé hace algunos
años, alquilo los apartamentos y tengo una tienda de
antigüedades junto el pub. No me gusta emplear a
nadie así que regento sólo ambos negocios.
- ¿Por qué hace esto?
- Por lo mismo que tú empezaste a beber, toda
acción tiene una reacción, es física de instituto, tercer
principio de Newton: “Si el objeto A ejerce una
fuerza sobre el objeto B, entonces el objeto B ejerce
una fuerza igual y opuesta sobre el objeto A” Te
desmayaste en mi bar, quizá si lo hubieras hecho en
cualquier callejón, la reacción hubiera sido distinta, te
habrían robado los zapatos o un riñón. Te seré franco
y hablaremos de esto una sola vez y no volveremos a
sacar el tema, por decirlo de alguna manera, mis
demonios no se acallan simplemente matando
neuronas con alcohol…

Dos semanas después, Gian Lorenzo Bernini


aprobó el examen de readmisión y su vida volvió a
girar de nuevo hasta llevarle, inexorablemente, a los
terribles acontecimientos que acaecían en la
actualidad.

El jardín ocupaba el doble de su extensión en la


parte trasera del edificio. En la pared del fondo
Donnie había construido una estructura escalonada de
cuatro pisos de altura, a modo de jardín vertical, con
una cascada artificial que iba a dar a un pequeño
estanque habitado por carpas y renacuajos. En el
centro del patio reinaba un gigantesco olivo
centenario en un arriate decorado con gravilla blanca
y arabescos Zen. En las paredes laterales había dos
arriates más llenos de plantas aromáticas y flores de
todo el año, la entrada al jardín lo formaba un cenador
espléndido con sillones de mimbre y una mesa
redonda de mármol travertino. La estancia estaba
cerrada por un techo móvil de cristal que ayudaba
sobremanera a mantener un microclima ideal, dando a
todo el espacio la presencia de un jardín botánico.
Normalmente Gian Lorenzo adoraba estar en aquel
lugar, el sonido del agua tranquilizaba su alma y el
aroma de las flores adormecía sus sentidos
permitiéndole dejar la mente en blanco y poder
abstenerse del mundanal ruido. Pero en aquel
momento lo único que olía era a plástico quemado y a
cierto sentimiento de culpa.
- Necesito ver, amigo. No puedo seguir adelante,
tengo que saber quién es esa Lily y qué tiene que ver
con todo esto, si es que tiene algo que ver. Quizá sólo
fueran unas vacaciones, pero algo me dice que no
viajé a Inglaterra sólo para ir a un concierto.
- Quizá sea el momento de realizar un viaje
interior a la memoria.
- Joder Donnie, no creo que el ponerse metafísico
nos vaya a ayudar en algo.
- No me estoy poniendo metafísico, te hablo en
serio, quizá deberías recordar…
- Es precisamente de lo que estamos hablando,
pero soy incapaz de acordarme de una mierda. –
Donnie se levantó del sillón y entró en la trastienda, a
los pocos minutos salió con una pequeña botella de
barro de color anaranjado que puso sobre la mesa –
¿Qué es eso?
- Ayahuasca – Bernini levantó una ceja a modo de
interrogante – Es una infusión elaborada a partir de
diferentes plantas cuya base principal es la liana
Banisteriopsis caapi… - Bernini le interrumpió.
- ¿Debería sonarme?
- La ayahuasca tiene un origen milenario entre las
culturas del Amazonas, el grupo étnico Shuar, los
Shipibo Conibo del Perú, las comunidades Inga y
Kamsá, por ejemplo. Es la poción por excelencia del
mundo amazónico y nexo de unión entre diversas
culturas que tienen en común el consumo individual o
grupal de la ayahuasca con diversos fines, que
abarcan desde lo curativo a lo que tiene un carácter
espiritual o de revelación personal…
- Empiezas a parecerte a la Wikipedia, pero creo
que capto la idea.
- Y aún no he terminado. Todas las ceremonias de
ayahuasca, se realizaban durante la noche y llegaban
a durar hasta cuatro horas. Durante el rito el chamán
guía a través de sus canciones para encauzar el viaje,
la ayahuasca tiene una acción profunda en el cuerpo,
en la mente, las emociones y el espíritu, que permite
confrontar y conquistar nuestros miedos más
profundos, revitalizar energías vitales y despertar un
mayor nivel de consciencia. El reto de la persona es
entender el significado real de las visiones que
muestra la infusión y utilizar ese aprendizaje.
- ¿De verdad crees que si me tomo esa mierda lo
recordaré todo?
- No lo sé con seguridad, quizá con la orientación
adecuada…Te haré preguntas que vayan guiando tu
trance hacia la dirección correcta.
- ¿Quieres jugar al chamán y al gato? – Gian
Lorenzo se acercó a la mesa y cogió el frasco
mirándolo con detenimiento como si en su interior
estuviera el secreto del sentido de la vida.
- No es sólo chamanismo, actualmente hay
instituciones en todo el mundo con equipos mixtos de
chamanes nativos y médicos, que trabajan en
conjunto las terapias con ayahuasca. Investigadores
de medicina moderna como el doctor en medicina Rick
Strassman han estudiado a fondo la forma y
mecanismos de acción de los alcaloides activos de la
ayahuasca y sus conexiones con
la cosmovisión y religiosidad de los pueblos originarios
de esta tradición y otras culturas del mundo como
la egipcia, considerando imprescindible el nexo con la
experiencia fisiológica y la experiencia espiritual que
existe en los estados que provoca la ayahuasca y su
alcaloide activo visionario. Te hablo de una
investigación seria y oficial hecha en Estados
Unidos con una metodología científica y profesional y,
de todas formas, ¿tienes alguna idea mejor?

- ¿Cómo lo hacemos?
Todo fue mucho más simple de lo que Bernini
había imaginado. Llevaron dos de los sillones al centro
del jardín, junto al olivo y los dispusieron uno frente al
otro; Donatello colocó un radiocd portátil en el suelo y
tras un par de segundos “Stairway to heaven”
comenzó a resonar por el jardín.
- Led Zeppelin ayuda en la transición, es mi
secreto… – Ambos se sentaron y Gian Lorenzo se
bebió el contenido de la botella arrullado por la
música…
56

Bajo el altar mayor de la iglesia colegial, las


religiosas continuaban rezando rosarios con devoción
y disciplina. Gabriel estaba sentado al fondo con el
rostro entre las manos y los codos apoyados en las
rodillas, la cabeza le dolía terriblemente, las sienes le
palpitaban como si el corazón quisiera salir de su
cuerpo a través de ellas. Había sido una noche larga…
Todo aquello empezaba a parecerle demasiado
grande para él, tenía que hablar con Amato lo antes
posible. Sacó el móvil de la conservadora de uno de
los bolsillos del pantalón… Estaba sin batería, algo
extraño ya que lo había mirado momentos antes y el
indicador estaba completamente lleno. En su interior
sabía que lo que estaba ocurriendo no era casual,
después de todo era el mismísimo preferiti en persona
el que se encontraba en aquella mesa, poseído por
sólo Dios sabía qué clase de demonios y espíritus
impíos. Apenas habían pasado un par de semanas
desde la muerte del Papa, la iglesia católica estaba
completamente indefensa, aquello debía ser parte de
un plan superior, un plan más allá de los hombres,
aunque por desgracia no pensaba que fuera un plan
divino.
Pedro debía tener teléfono, había salido fuera a
fumar, nunca hubiera pensado que aquel cura, en
apariencia pusilánime y tan a la sombra de su
superior, el cardenal, que hacia tiempo que no le daba
la luz del sol, tuviera sus pequeños vicios. Eso le
gustaba de Pedro, era sincero y no tan inocente y
conformista como cabría esperar de alguien en su
posición.
José Ángel seguía en trance, no había logrado
hablar con él desde el desagradable incidente en el
que perdió completamente los papeles, nunca le había
pasado y debía evitar por todos los medios que
volviera a ocurrir, era una demostración de debilidad
que no podía permitirse. Empezaban a ser
demasiadas las cosas que esa posesión le mostraba y
que nunca antes había presenciado. En el noventa por
ciento de los exorcismos realizados el último año, el
poseso había estado consciente la mayor parte del
tiempo, algunos de ellos habían llegado por su propio
pie a las parroquias donde se les citaba para realizar
el rito, el cardenal parecía no estar por ninguna parte
y eso empezaba a preocuparle más que nada.

- ¡Gabriel! ¡Gabriel, está muerta! Y la está… Se la


está comiendo – El padre Pérez llegó corriendo desde
la iglesia, traía la cara desencajada y las manos le
temblaban. Gabriel se levantó como impulsado por un
resorte invisible.
- ¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué estás diciendo?
- Acabo de entrar de los jardines de atrás, el frío
calaba mis huesos, la satisfacción no merecía el
sacrificio, tiré el cigarro y me dirigí a ver cómo estaba
Rocío. La sacristía… Es el infierno, todo está lleno de
sangre y restos, la monja… - Las otras religiosas
habían dejado de rezar y los miraban alarmados.
- No paren de rezar, el maligno acecha en la
sombra y no podemos permitirnos el lujo de bajar la
guardia – Se volvió hacía Pedro y lo agarró del brazo
sacándolo de la capilla por el acceso a la iglesia –
Tienes que tranquilizarte, ¿Qué es lo que ha pasado?
- Entra y míralo tú mismo.

La puerta del museo estaba entreabierta, Gabriel


la empujó con cuidado y entró con paso trémulo en la
antigua sacristía. Lo que vio lo dejó sobrecogido, los
cuadros habían sido arrancados de las paredes y
sustituidos por abundantes salpicaduras de sangre y
restos de lo que parecían ser intestinos humanos
arrojados al azar. Las obras de arte sembraban el
suelo desgarradas y cubiertas por la mancha vital más
primaria. Los marcos estaban descoyuntados o
partidos, muebles de madera maciza que pesaban
cientos de kilos yacían amontonados en el fondo de la
sala, unos sobre otros formando un túmulo imposible
a cuyos pies yacían los restos de la religiosa. La
cabeza había sido separada del cuerpo de forma
salvaje, le faltaba la carne de las mejillas y la boca
desencajada mostraba que le habían arrancado la
lengua, tampoco tenía ya párpados. Los globos
oculares estaban reventados dentro de las cuencas.
Por su parte el cuerpo, con apenas algunos jirones de
ropa, presentada infinidad de heridas y mordeduras, la
más grande, en el vientre, mostraba lo que quedaba
de sus entrañas. Un fuerte olor como a goma
quemada y azufre lo invadía todo. Pedro se adelantó a
la pregunta que el exorcista estaba a punto de
realizar.
- Rocío está dentro del armario – Nada más
decirlo, un ronco gruñido comenzó a salir del interior
del espléndido mueble que había en el extremo
opuesto.
Gabriel se acercó hacia el hueco donde se ocultaba
la conservadora, tenía el cuerpo completamente
cubierto de sangre reseca y los ojos en blanco, lo que
le daba el aspecto de una criatura sacada del universo
de Clive Barker. Se mecía adelante y atrás con las
rodillas abrazadas y sin dejar de proferir el sordo
gruñido.
- ¿Ella también está poseída? Nadie en su sano
juicio sería capaz de… – Pedro preguntaba sin dejar
de mirar hacia la mujer y sin acercarse.
- Se necesita mucha fuerza para mover todo eso –
Dijo Gabriel refiriéndose al mobiliario apilado – En
ocasiones, los demonios pueden dotar a sus
anfitriones de ciertos dones extraordinarios para
servirse de ellos en su empeño de sembrar el mal.
- ¿Cómo cuando José Ángel levitó?
- Algo así. Sea lo que sea que esté dentro de esta
mujer ha matado a sor Margaret con la furia
desmedida de una bestia salvaje sin importarle que
fuera religiosa, los hábitos están tan destrozados que
ni siquiera recuerdan lo que fueron, mira eso – A los
pies de Rocío había un bola plateada del tamaño de
un huevo, Gabriel lo recogió del suelo y se lo mostró a
Pedro, que se acercó de mala gana al sacerdote.
- ¿Eso es su crucifijo?
- Yo mismo lo bendije con agua bendita cuando
comenzamos el exorcismo, tendría que ser como
hierro fundido para ellos…
- ¿Qué hacemos? Tenemos que llamar a la policía.
- Olvida a la policía, estarán ocupados evitando
saqueos y recogiendo cadáveres, pero si esto llega a
la prensa… Están deseando desviar la atención de la
epidemia No quiero ni pensarlo. ¿Qué crees que
pasaría con la reputación del cardenal? ¿Un Papa que
ha sido poseído? Son malos momentos para que la
iglesia esté sin guía.
- Pero ha habido un asesinato…
- No podemos dejar que nadie entre hasta que
hayamos liberado a estas personas, ¿cómo vamos a
explicar que Rocío es inocente? – La comprensión
iluminó el rostro de Pedro, hasta ese momento no
había pensado en aquella mujer como en una víctima,
si el demonio la había mantenido consciente mientras
perpetraba aquella atrocidad… – Volvamos a la
capilla, las demás religiosas llevan solas demasiado
tiempo – Pedro se estremeció ante aquella idea.
- ¿Te había pasado esto antes? ¿Los demonios que
intentas exorcizar han poseído a las personas que te
ayudan?
- Nunca. Dios siempre protege tanto a los
sacerdotes como a los laicos que participan en un
exorcismo. Busquemos su ropa, tiene los labios
amoratados por el frío.
57

De nuevo en la capilla de las ánimas, las hermanas


mercedarias ayudaron a acomodar a la conservadora
en uno de los laterales sobre un par de bancos traídos
de la iglesia. El padre Gabriel Isabella, al que ninguna
de ellas había visto nunca antes de aquel día, les dio
la noticia, por suerte no ofreció detalles acerca de la
masacre, se limitó a informarles de la muerte de sor
Margaret a manos de una Rocío poseída. Sor Victoria
no pudo contener las lágrimas, junto a ella, sor
Guadalupe y sor Bernardita, no intentaron consolarla,
se dejaron caer de rodillas y comenzaron a rogar en
silencio la ayuda de Dios Padre. Sor Guadalupe estaba
acostumbrada a rogar de rodillas, lo había hecho a
diario desde que llegara a Ciudad Juárez, con sus
padres, atraídos por las promesas de trabajo en las
maquiladoras. Cada día, antes de salir hacia la
fábrica, rezaba con desesperación pidiéndole volver a
casa sana y salva. No era de extrañar teniendo en
cuenta el índice de mujeres y niñas asesinadas,
violadas, torturadas y secuestradas en la ciudad
mexicana diariamente.
Sor Inmaculada, la más anciana de las religiosas,
para sorpresa de Gabriel, estaba curtida en mil
batallas, aquella no era la primera vez que se
enfrentaba al maligno. El 4 de abril de 1982 fue una
de las pocas monjas que asistió al anterior Santo
Padre, Juan Pablo II en el exorcismo de la joven
Francesca, hasta aquí la versión oficial, lo que no
trascendió al conocimiento público fue que el
exorcismo sólo había sido la primera sesión, se
necesitarían cinco largos años para liberar a la joven,
lustro que permaneció sor Inmaculada junto al
pontífice y a Candido Amantini en un principio y
Gabriel Amorth en los últimos meses. Después de
aquello, Juan Pablo tuvo a bien enviarla a España, su
tierra natal, para que descansara en un convento de
clausura, tal y como ella misma había solicitado.
Cuando Gabriel supo esto de labios de la anciana
mujer, su presentimiento de que todo aquello no
ocurría por casualidad se convirtió en certeza.

- Padre Isabella, no dudo de sus cualidades como


exorcista, pero usted sabe bien que hay posesiones
que se alargan mucho en el tiempo, por decirlo de
alguna manera suave, y no se asoman ni de
casualidad a lo que estamos viviendo aquí ¿de verdad
cree que podrá liberar a estas personas usted sólo y
antes de que todo se convierta en el mayor circo
mediático de la historia de la Iglesia? – La monja
hablaba con la seguridad que sólo da la experiencia.
- Si le soy sincero, no lo sé, cuando venía en el
avión, no dejaba de pensar que el exorcismo apenas
me llevaría unas horas, era tan importante liberar al
preferiti, que creí que el Señor pondría a mi alcance
todas las armas disponibles para luchar contra los
demonios, sin embargo esto a lo que nos enfrentamos
es mucho peor, nos estamos enfrentando a la
ausencia de Dios.
- Espero que se equivoque padre, porque de no ser
así, no habrá esperanza para el hombre – La religiosa
terminó de pronunciar sus últimas palabras
arrodillándose de nuevo junto a la mesa donde tenían
maniatado al cardenal y continuó rezando el rosario al
lado de sus hermanas en la fe, que no pudieron evitar
miradas inquietas entre ellas.
58

Por un instante logró escuchar el tic tac de


su reloj de muñeca como si fueran mazazos en un
gong dentro de su cabeza, que percibió
completamente hueca, trágicamente vacía como una
preñez huera. El eco de las percusiones le taponaba
los oídos pero a la vez le hacía ver con una nitidez
asombrosa como las horas se diluían ante sus ojos
igual que gotas de sangre que caen a la inmensidad
del océano, los retorcidos trazos que aún perduraban
en las olas comenzaban a iluminarse envueltos en una
luminiscencia antinatural que cada vez se hacía más y
más intensa hasta que no pudo ver nada, el blanco
puro lo envolvía todo, lo sentía penetrando en cada
poro de su piel, saturando sus sentidos, era como
estar viendo un lienzo enorme que parecía no tener
principio ni fin. Lentamente fue cambiando de color
hasta alcanzar un amarillo intenso y aparecieron los
cuervos, estaban tan cerca que apenas veía sólo sus
picos apuntando hacia arriba, estaban enfrentados
formando una U. Luego aparecieron otros dos sobre
cuyas cabezas descansaban las primeras, coronilla
con coronilla, pero no había plumas, ni ojos, y las
puntas que veía no eran picos... Cuando la imagen
desapareció ante sus ojos creyó ver por unos
instantes la torre de un reloj que le recordó
vagamente al gran Ben. La pregunta que le había
realizado Donatello aún vagaba en los confines de su
cerebro: “¿Quién es Lily?”

“When I find myself in times of trouble


Mother Mary comes to me
Speaking words of wisdom, let it be.
And in my hour of darkness
She is standing right in front of me…”

Veía las notas aparecer y desaparecer


entre las ramas del olivo que en sus visiones poseían
un tamaño gigantesco. Era imposible describir lo que
estaba ocurriendo, sus oídos sólo captaban el crepitar
de un antiguo proyector de cine, y sin embargo podía
seguir la canción a través de sus ojos.

“And when the broken hearted people


Living in the world agree,
There will be an answer, let it be.
For though they may be parted there is
Still a chance that they will see…”

Una película comenzó a proyectarse sobre


la copa del árbol a modo de pantalla de cine, pero no
era una imagen limpia; en realidad parecía como si
alguien hubiera vertido café sobre el celuloide, se vio
a sí mismo, lloraba con un desconsuelo atroz postrado
de rodillas en el suelo de la habitación de su hija,
recordó aquel día, todos aquellos días en los que
siempre hacía lo mismo, llorar como un niño la
pérdida de una vida entera… En aquel momento una
sombra apareció tras él, la habitación estaba en
penumbra y la poca luz que entraba por la ventana
hacía imposible la posición de aquella sombra, pero lo
más extraño era que se movía… Desde la distancia de
lo inverosímil vio como la sombra se acercaba a su
figura arrodillada hasta envolverla por completo y
entonces su yo del pasado levantó la cabeza y lo miró
directamente a los ojos con una sonrisa terrorífica en
el rostro y la escena cambió de repente.
Una extensa playa se abría ante él, la
arena era blanca y fina y el agua del océano
extremadamente azul y cristalina, la calma era
absoluta. Paseó descalzo por la orilla sintiendo como
las olas del mar acariciaban sus pies, sentir la brisa
marina en el rostro era sumamente agradable. A lo
lejos, junto a una formación rocosa distinguió lo que
parecían dos jóvenes, estaban desnudos y se cogían
de la mano. No sabía por qué, pero aquella imagen le
daba esperanza. Cansado se tumbó en la arena y
cerró los ojos.
Ahora caminaba en la oscuridad hacia la
tenue claridad al final de un túnel, pero no iba sólo,
cuando salieron a la luz de las farolas cercanas al 10
de Mathew Street, una bonita joven de pelo cobrizo
iba cogida de su brazo susurrándole cosas al oído,
reconoció su rostro al instante, era Lily, pero ya no
estaban en la calle, ella le cabalgaba desnuda sobre la
mesa de lo que parecía un laboratorio. Sintió el
orgasmo en la base de sus testículos y cómo se
humedecía su ropa interior.
Lentamente la escena de los cuervos comenzó a
mostrarse en su totalidad y lo que en un principio le
parecieron cabezas de pájaros, no eran más que las
puntas de las tres medias lunas que forman parte del
símbolo internacional de riesgo biológico. Centenares
de hombres aparecieron de la nada corriendo hacia él
cómo una ola descontrolada, vomitaban sangre y
tenían el cuerpo lleno de pústulas y heridas abiertas,
infinidad de capilares envolvían sus ojos vacuos, se
amontonaban unos sobre otros pisándose y quedando
sepultados bajo los que seguían llegando, Bernini
quiso huir pero sus miembros no le respondían,
cuando el ataque era inminente, la muchedumbre
pereció en el acto cayendo a sus pies y convirtiéndose
en polvo, un polvo negro que el viento levantó
haciendo que la oscuridad lo engullera todo de nuevo.
Lo último que vio entre la bruma antes de
perder la consciencia, fue la silueta de un hombre
encorvado, con capa, sombrero y bastón, algo
acrónico para el nuevo milenio y que le recordó
ligeramente a la figura cinematográfica del
misántropo Edward Hyde. Cuando la imagen ya
comenzaba a desvanecerse, otro hombre se le acercó,
llevaba en la mano derecha una hoz y un martillo en la
izquierda, por un instante pudo ver el rostro de Hyde y
se sorprendió al verse a sí mismo sonriendo
fríamente.

“And when the night is cloudy,


There is still a light that shines on me,
Shine on until tomorrow, let it be.
I wake up to the sound of music
Mother Mary comes to me…”
59

Comieron frugalmente algo de pan y


chacina que la madre superiora en persona les trajo
desde el convento, aunque no le permitieron la
entrada. Sor Inmaculada habló con ella y la
tranquilizó, ocultándole, por decisión propia, la muerte
de la hermana Margaret. Aquella sería la última vez
que comieran o tuvieran contacto alguno con el
exterior. Por su parte, Gabriel fue incapaz de hablar
con Amato.

A lo largo de toda la tarde ambos posesos


no dieron señal alguna de estar con vida, mas que un
leve movimiento de su tórax al respirar quedamente.
Por más órdenes que le daban ambos sacerdotes,
señales de la cruz que hacían sobre sus cuerpos o
agua bendita que les rociaban, no hubo reacción
alguna, tan sólo una pequeña convulsión por parte de
la conservadora cuando Pedro le ungió la frente con
santos oleos. Nada más.
Gabriel comenzaba a desesperarse, lo
había probado todo, había invocado a San Miguel, a
San Jorge, incluso a la virgen María de nuevo, pero
ninguno de ellos se había presentado o al menos no
había dado señal alguna de conseguir nada contra los
demonios.

Alrededor de las ocho de la tarde, un fuerte alarido


los sobresaltó a todos, ambos posesos con extrema
sincronización desgarraban sus gargantas en un grito
sobrehumano que hizo que alguna de las monjas
llegara a taparse los oídos con las manos. Sin bajar de
intensidad, se prolongó durante algunos minutos. Los
ojos en blanco estaban desmesuradamente abiertos y
sus bocas parecían a punto de desencajarse,
súbitamente aquella especie de aullido se detuvo y
ambos, al unísono, se doblaron por la cintura, el
cardenal volvió a romper las ligaduras de las muñecas
y sentados levantaron el brazo derecho con el dedo
índice extendido señalando al fondo de la capilla.
- HAY DEMONIOS – Dijeron a la vez con
una voz ronca y terrible y exactamente igual.
- ¿Cuántos? – Preguntó Gabriel sin
dirigirse a ninguno en concreto.
- Miles – Pronunciaron ambas voces como
una sola. Y como queriendo ratificar su afirmación
comenzaron a escucharse ruidos extraños por toda la
capilla, se veían sombras amenazadoras que
acechaban a las religiosas hasta hacerlas gritar de
pánico. Un fuerte olor a carne corrompida y huevos
podridos se movía por la estancia como una nube de
niebla invisible y ponzoñosa. Todas las velas se
apagaron. De inmediato Gabriel se puso a asperger
agua bendita en todas direcciones y a hacer la señal
de la cruz en el aire con el crucifijo, a la vez que
pronunciaba una plegaria en latín. Lentamente los
extraños ruidos fueron desapareciendo así como el
desagradable olor.
- Siento que algo me susurra al oído, pero
no puedo entender lo que dice – Sor Victoria hablaba
con un hilo de voz entrecortada.
- ¡Ni puedes, ni quieres! – Le espetó
Gabriel, más por urgencia que por desaire – No debes
querer saber nada que venga del maligno, tienes que
rezar, el poder de la oración es lo único que lo alejará
de ti.
- Yo siento como si algo o alguien me
mirara fijamente – anunció Pedro algo inquieto.
Gabriel le pasó el hisopo de agua bendita y este
comenzó a rociar la zona desde la que creía lo
observaban, un fuerte sonido metálico se escuchó
desde el rincón más oscuro en la misma dirección y
entonces la sensación pasó – ¿Decían la verdad?
- No lo dudo, al fin y al cabo su jefe está
aquí – El padre Isabella hizo un ademán con la cabeza
señalando al cardenal, después se dirigió a su
maletín, sobre la mesita auxiliar y extrajo un pequeño
libro de encuadernación casera que entregó a Pedro –
Aunque se puede realizar un exorcismo múltiple, las
oraciones pierden fuerza y cuesta más expulsar a los
huéspedes infernales, por lo que será mejor que
enfrentemos los casos por separado, tú te encargarás
de Rocío y yo de José Ángel.
- No tengo experiencia alguna en este
campo, ayudarte es una cosa pero realizar yo uno,
jamás he… – Gabriel lo interrumpió.
- ¿Ves algún otro exorcista titulado por
aquí? – No esperó respuesta – Sólo tienes que leer las
oraciones con fe.
- Al menos lo intentaré, pero tengo
demasiado miedo.
- En circunstancias normales te diría que
un cristiano no debe temer al demonio, pero después
de todo esto, creo que el miedo nos mantendrá la
mente despierta y hará que seamos más cautos. Yo
te guiaré en todo momento.
- Necesitarás de toda tu atención, yo le
ayudaré – Sor Inmaculada se levantó con ayuda de las
otras religiosas – No creo que volver a atarles sirva de
mucho, deshacen las ligaduras como si estuvieran
hechas con nudos fugitivos. – Aquella monja era una
caja de sorpresas, Gabriel no pudo imaginar la razón
por la que una religiosa mercedaria sabía de nudos.
Fuera, una fuerte tormenta de nieve azotaba el
templo, hacía mucho que Osuna no veía nevar y nunca
de aquella manera.
60

La boca le sabía a vómito, tenía la camisa


manchada y por el estado del suelo, lo había hecho
varias veces. No le dolía la cabeza, fue lo que más le
sorprendió, pensaba que aquello iba a provocarle una
resaca de la hostia, pero no, ni siquiera tenía el
estómago revuelto, sentía flojos los brazos y las
piernas, como si le hubieran dado un buen masaje
después de un baño caliente.
En un taburete junto a él, vio unos folios escritos,
a juzgar por la calidad de la letra Donatello tenía que
haber tomado notas muy deprisa. Miró a su alrededor
pero no lo vio por ninguna parte, habría estado
demasiado tiempo en el país de los sueños. Notaba la
lengua como un zapato y una necesidad imperiosa de
beber le invadió violentamente. Se levantó y se dirigió
al pub en busca de algo que aliviara el desierto dentro
de él. Lo primero que percibió fue un cierto olor a
humedad, al apoyarse en la barra, su mano quedó
grabada en la gruesa capa de polvo. Por un momento
pensó que el viaje aún duraba, la noche anterior él
mismo había estado tomando una copa en Il deserto y
estaba, como cada noche, a rebosar de gente. Sin
embargo no había rastro de los libros, las sillas y las
mesas estaban amontonadas en el rincón junto a la
puerta, bloqueando el armario y las escaleras para
acceder a los estantes superiores, era como si el bar
llevara cerrado meses. Las neveras estaban
desenchufadas y vacías y cuando quiso intentar llenar
un vaso de agua, se dio cuenta que estaba cortada.
Llamó a su amigo en voz alta y el eco se extendió
rebotando por las paredes desnudas del local, volvió
de nuevo al jardín y se quedó petrificado junto a la
mesa del cenador, todo estaba muerto, el jardín
vertical no era más que un mural de plantas
marchitas, no había cascada, tan sólo tuberías
oxidadas y más plantas podridas. El estanque
tampoco tenía agua y la pintura impermeable se había
descascarillado en algunas zonas. Los arriates no
tenían mejor aspecto, y el olivo estaba
completamente seco con sus ramas desnudas
apuntando a todas partes como dedos acusadores de
personas muertas. Gian Lorenzo estaba tan confuso
que un fuerte mareo le obligó a sentarse, se apretó el
puente de la nariz y echó la cabeza hacia atrás
durante unos minutos, cuando logró rehacerse un
poco y se enderezó en el sillón, se fijó por casualidad
en las hojas escritas que estaban sobre el taburete

Recogió los papeles y los leyó:


Escuela universitaria de ciencias biológicas de
Liverpool.
Peste negra.
Europa del este.
Inmunes al SIDA.
Christopher Duncan.
Susan Scott.
Liliana Evans (Lily)
Ilia (El ruso)

La cegadora luz de la comprensión comenzó a


abrirse paso en el interior de su cerebro de forma
devastadora y todos los recuerdos explotaron como
un géiser, arrasándolo todo a su paso, todo.

En contra de lo que los publicistas de una famosa


bebida isotónica aseguran, el ser humano no es
extraordinario, es simplemente imbécil y no pudiendo
conformarse con las infinitas posibilidades de
extinción que se escapan a su control, como la
erosión telomérica o el posible impacto de un
meteorito, el bombardeo de rayos cósmicos por el
estallido de una estrella o los supervolcanes o incluso
los putos agujeros negros, ideó la peor y más
devastadora de todas, Internet. Una simple consulta
en Google le ofreció todo lo que necesitaba para
acabar con la existencia de la humanidad…

El profesor Christopher Duncan y la doctora Susan


Scott de la Escuela Universitaria de Ciencias
Biológicas de Liverpool, aseguran que la enfermedad
que asoló Europa durante la edad media y que acabó
con un tercio de la población total del continente, no
fue peste negra sino algún tipo de fiebre hemorrágica
viral, del tipo Évola. Llegaron a esta conclusión
estudiando el pequeño porcentaje de población
europea que es inmune al VIH debido a una mutación
en el receptor CCR5, que impide la entrada del virus a
las células del sistema inmune. Ya que el SIDA surgió
hace poco tiempo, la frecuencia de esta mutación no
puede estar motivada por él, por lo que se cree que
debió provocarla otra enfermedad viral mortal que
actuara durante un período sostenible en el pasado
histórico. Según el profesor Duncan este virus
también conseguía entrar en las células del sistema
inmune a través del receptor CCR5 y las regulares
plagas epidémicas de la Edad Media así como la
Viruela en Europa, sirvieron para reforzar la frecuencia
de la mutación CCR5-delta 32 y mantenerla hasta
nuestros días.
Para confirmar su tesis, tuvieron que recurrir a una
serie de complejos cálculos matemáticos, partiendo
de los datos demográficos de la época y de las fechas
de las sucesivas oleadas epidémicas, dibujando así, la
evolución de la frecuencia de esta mutación que
coincide con la prevalencia actual (10% de los
europeos) Para este trabajo contaron con la
licenciada en matemáticas, Liliana Evans, profesora
adjunta en la misma universidad.
Gracias a una variante del método conocido como
“Reacción en Cadena de la Polimerasa” y bajo la
supervisión desinteresada del empresario y biólogo
Craig Venter, se logró sintetizar un virus que emulaba
las características que tendría el virus original para así
poder estudiar su comportamiento con la mutación
actual del receptor. Se seleccionaron ciento cincuenta
donantes inmunes de diferentes zonas del nordeste
europeo: Noruega, Suecia, Finlandia, la frontera
euroasiática y Rusia.

Como todo ser viviente del primer mundo, Liliana


Evans tenía cuenta de Facebook, así supo todo lo que
tenía que saber acerca de ella, incluido su pasión
incondicional por los Beatles. La fecha la fijó la
providencia con aquel concierto conmemorativo en
The Cavern. Bailó con ella al son del mítico “Don’t let
me down”, bebió con ella e hizo el amor con ella y
para esto último el alcohol logró que la hermosa Lily
de pelo rojizo quisiera algo diferente y atrevido y sin
saber que estaba siendo influenciada de forma sutil
por su acompañante, decidió que sería excitante follar
en los laboratorios del área de ciencias de la
Universidad. El cuerpo de Liliana se perdía para
siempre en las corrientes del estuario del Mersey,
mientras algunas muestras del virus sintetizado
despegaban esa misma madrugada debidamente
camufladas en el equipaje facturado de Gian Lorenzo
Bernini, camino del aeropuerto internacional Leonardo
da Vinci. Pero nada de esto tenía valor alguno sin el
nombre y el comentario que había conseguido de la
lista de los dotados por la proverbial mutación… En
cuanto llegara a Roma, lo primero que haría sería
localizar al señor Ovechkin.
La cooperación entre agencias le permitió
consultar online, desde su propio ordenador, los
archivos de la guardia di finanza: Ilia Ovechkin,
natural de Samara, Rusia, obtuvo la ciudadanía
italiana un par de años atrás al casarse con una
prostituta romana llamada Viviana De Luca, a la que,
a juzgar por las numerosas denuncias, debía calentar
a menudo y no precisamente entre las sábanas. Había
sido detenido por contrabando de tabaco y la venta de
tarjetas telefónicas piratas. Ahora se encontraba en
libertad condicional, en la ficha aparecía el número de
móvil y una dirección, en la que, con total seguridad,
no estaría debido a las dos órdenes de alejamiento
que recaían sobre él.
La llamada de teléfono fue breve, Bernini la
recordó con sumo detalle:
- ¡Pronto!
- Hola Ilia, ¿Cómo está la pequeña Dashka?
- ¿Quién llama? Aquí no hay ninguna Dashka.
- Claro que no, qué cabeza la mía, Dashka era el
nombre que quería ponerle tu esposa a la hija que
llevaba en su vientre y que tu mataste a patadas – Al
otro lado de la línea el silencio se hizo sepulcral –
¿Sigues ahí? Claro que sigues ahí, el miedo y algo de
ira te han mantenido agarrado al teléfono como si tu
vida dependiera de ello, y de hecho así es, porque si
quieres seguir viviendo de la misma forma patética
que hasta ahora, metiéndote la mierda que sea que te
metes y matando putas… ¿Otro silencio? En este creo
adivinar sorpresa, tu mente es como un libro abierto
para mí. Por ahora nadie más conoce nuestro pequeño
secreto, ¿a quién no se le ha ido alguna vez la mano
con una zorra y le ha partido el cuello?
- E-e-eso sólo o-o-ocu-ocurrió u-una vez – A Ilia
apenas le salía la voz, Bernini, al otro lado de la línea
rompió en carcajadas.
- ¿Eso es lo que vas a decirle a la policía? ¿So-so-
só-lo o-o-o-ocurrió una vez? Eres tonto del culo, pero
qué le vamos a hacer. No te he elegido por tu cerebro
precisamente. A partir de ahora te pegarás al móvil
como un ostomizado a su puta bolsa de plástico.
Dentro de unos días te llamaré y te diré lo que tienes
que hacer, ¿sabes cómo tratan a los maltratadores en
la cárcel? Piensa en ello cada noche antes de ir a
dormir…
La reunión en el Donna Camilla fue
bastante corta y eficiente. Bernini llegó pasadas las
doce de la noche, esperando que el personal del hotel
fuera escaso, de hecho tan sólo el recepcionista lo vio
entrar y por suerte a Luciano Losi le gustaba el dinero
tanto, que por un puñado de billetes no puso
objeciones cuando Gian Lorenzo firmó en el registro
con el nombre de Pinco Pallino y no presentó
documento de identificación alguno.
Mientras esperaba la llegada de su
invitado, Bernini preparaba meticuloso todo lo
necesario, colocó en obsesivo orden las cosas sobre el
escritorio de la habitación: un paquete de algodón, un
bote de alcohol, una cuchara, un mechero, una jeringa
completa, una pequeña bolsita con heroína en su
interior y un cuchillo de plástico de cortar verduras.
Una hora más tarde llamaban a la puerta. Una hora
más tarde todo estaba dispuesto.
- Mírate, creí que ibas a tirarte sobre la
negra y follártela aquí mismo cuando te trajo los
bocadillos, deberías ir a algún especialista, creo que
en tu barco manda más el grumete calvo que ese
cerebro podrido que tienes – Ilia lo miraba con ojos
vidriosos, sentado en la única silla de la habitación y
cayéndole un hilo de baba de la comisura de los labios
– Estás demasiado colgado para entender nada de lo
que te digo ¿no es así? Bueno, mañana será otro día.
Cuando te levantes podrás chutarte otra vez, te he
dejado un poco de esa mierda en el bolsillo derecho
de la chaqueta, en cuanto a lo que hay dentro del otro
bolsillo… Cuando llegue el momento recordarás con
claridad lo que tienes que hacer. Es hora de irnos,
mañana tienes que ir a misa de doce.

A la mañana siguiente Ilia Ovechkin no se


extrañó al encontrar el cuchillo entre sus ropas. Como
un autómata echó la heroína en la cucharilla le aplicó
la llama del mechero, cargó todo el líquido espeso y
caliente con la jeringuilla y se la clavó en el brazo,
absorbiendo un poco de sangre antes de inyectarse el
contenido en la vena.
Cuando atravesó el detector de metales,
en el acceso a la basílica de San Pedro, nada ocurrió,
ningún sonido de alerta. La ropa que le había
facilitado el extraño no levantó sospechas y las gafas
de sol ocultaban sus ojos inyectados en sangre…
Cuando el Papa Juan Pablo III apareció por el pasillo
central, todos sus músculos se tensaron como
activados por un resorte y sin poder evitarlo el
ciudadano italiano de Samara, Rusia, heroinómano
maltratador de esposas y asesinos de prostitutas e
infectado por la mutación del virus medieval que
arrasara Europa. Sacó el arma de plástico y se lanzó
contra el Santo Padre, cumpliendo así un designio
divino.
61

Todo fue tan rápido y repentino que sus


cerebros no lograron procesarlo en tiempo real, el
cuerpo de la conservadora se movió con la velocidad
que los hilos del infierno le proferían y ninguno de los
presentes pudo impedir que saltara sobre la anciana
religiosa y la golpeara violentamente en la nariz
astillándole el tabique nasal y hundiéndole los huesos
en la base del cerebro, la hemorragia interna la mató
casi en el acto, después arrojó el cuerpo contra los
asientos del coro, donde quedó desmadejado como
una muñeca de trapo abandonada por una niña que se
ha hecho demasiado mayor. Fuera, la tormenta de
nieve se había convertido en una auténtica ventisca.
Las monjas comenzaron a gritar y salieron corriendo
despavoridas en todas direcciones intentando escapar
de aquella locura. Sor Victoria, seguida de sor
Guadalupe, logró salir a la iglesia y ambas se
dirigieron a una de las puertas principales. Sor
Bernardita no tuvo tanta suerte y, sin saber por dónde
iba, entró en la cripta de los duques de Osuna donde
perdió el sentido de puro pánico. Pedro también
parecía haber entrado en estado de shock, estaba
inmóvil contemplando como Rocío, sentada en el
suelo chapoteaba en su propia orina canturreando una
cancioncilla que no identificó. Durante toda la escena,
Gabriel se había precipitado hacia su maletín, en el
que buscaba frenético algo que no lograba encontrar,
por fin extrajo una pequeña ampolla y una jeringa que
llenó con su contenido, cruzó el altar en dirección a la
conservadora y se lo inyectó en el cuello, en pocos
segundos el cuerpo de ésta cayó hacia atrás
produciendo un ruido sordo al golpear la piedra con la
cabeza. Después se dirigió a Pedro con grandes
zancadas y le propinó un fuerte bofetón que lo sacó
del trance en el que estaba sumido.
- Necesito que te controles o todo estará
perdido – Los ojos vidriosos del pequeño sacerdote se
centraron en Gabriel.
- ¿De verdad piensas que no lo está ya?
- Tengo que creer que aún hay
esperanza…
- ¡Padre, padre! ¡La puerta! ¡No se abre
padre! ¡Estamos encerrados! – Las dos monjas
estaban pálidas y ojerosas, a sor Guadalupe le salía
un mechón de pelo por debajo de la toca.

Gabriel pensó que el miedo y los nervios


les habían jugado una mala pasada, sin embargo
cuando comenzó a forcejear impotente con la
cerradura del portón, la preocupación comenzó a
anidar en él.
- Es una puerta antigua, el frío ha debido
atrancarla, probaremos las demás salidas, seguro que
no habrá mayor problema… Pero sí lo hubo. Todas las
salidas del templo y sus anexos estaban bloqueadas.
En el frío patio, azotados por el viento helado y la
nieve, Pedro miró a Gabriel, no había miedo en sus
ojos, tan sólo resignación.
- Al final voy a tener razón y tú eres el
último baluarte entre nosotros y ellos.
- Somos – Puntualizó Gabriel – Por el
momento el salir de aquí no es una opción – Las
religiosas lo miraron con ojos desorbitados – Aun si lo
fuera no hay nada que podamos hacer, las líneas no
funcionan y la tormenta hace bastante difícil que
nadie pueda oír golpes ni gritos.
- La madre, la madre vendrá a ver qué
ocurre – Suplicó sor Victoria entre sollozos.
- No creo que se arriesgue a cruzar el
empedrado con este tiempo, tenemos que aceptar
que hasta que la tormenta amaine o hasta que Dios
quiera estamos solos y somos los únicos responsables
de que esto termine de la mejor forma posible.
Volvamos a la capilla, nadie vigila al cardenal. Antes
de continuar el rito, deben ir a ver cómo se encuentra
la hermana Bernardita, entró en la cripta como una
exhalación. En cuanto a Rocío, le he inyectado
tranquilizante para tumbar a un toro, no despertará
hasta el año que viene. Tenemos que acabar con esto
cueste lo que cueste.
- Por ahora, vidas humanas... – Susurró el
padre Pérez siguiendo a Gabriel dentro de la iglesia.

Sacaron a Sor Bernardita al corredor que


llevaba al patio, el frío le vendría bien para volver en
sí, Pedro no tardó en aparecer con algunos vasos de
agua.
- No podré hacerlo solo Gabriel, no soy lo
suficientemente fuerte…
- Pedro…
- ¡No! No lo entiendes, no puedo hacerlo,
tengo demasiado miedo, estoy aterrado, no puedo, no
lo haré, lo siento, lo siento.
- No te disculpes, te he pedido demasiado.
Quizá estoy enfrentando esto de forma equivocada, la
prioridad debe ser el cardenal.
- Podemos encerrarla en una de las
habitaciones del archivo, tienen cerrojo por fuera y
buenos candados… ¿crees que podría abrirla?
- Visto lo visto… De todas formas no
podemos hacer otra cosa.
Subieron a la conservadora entre los dos
sacerdotes por la estrecha escalera que llevaba al
segundo piso. El archivo tenía dos accesos, ambos
con enormes y antiguos cerrojos reforzados con
candados modernos. En la sala, de buenas
dimensiones había una mesa de juntas larga, rodeada
de numerosas sillas, todas las paredes estaban
cubiertas de vitrinas cerradas llenas de carpetas y
libros.
- Pongámosla sobre la mesa y recemos
para que no salga de aquí antes de que hayamos
logrado liberar al cardenal.
- ¿Rezar? – A Pedro le podía el desánimo –
Hasta ahora no ha servido de mucho ¿no crees?
- Contra el maligno no podemos hacer otra
cosa que rezar con fe y no perder la esperanza…
- Han matado a otra persona, ¿no crees
que es un poco tarde para eso de la esperanza? Creo
que ves la mota y tu fanatismo te hace ignorar la viga.
- ¿Ahora soy un fanático? No te engañes
Pedro, la inocencia en estos tiempos no sirve de nada,
estamos en medio de una guerra, he tardado en
darme cuenta pero ahora lo veo claro, las muertes de
esas mujeres sólo son las primeras bajas de una
contienda que determinará el destino del ser humano.
Cuando todo en lo que creías parece darte la espalda
en el momento en que más lo necesitas, cierto
fanatismo es lo único que puede mantenerte a flote
sin caer en la desesperación y el derrotismo. No lo
entiendes, no tengo otra opción, mi fe tiene que ser
ciega si tengo que luchar contra molinos sacados del
infierno, además, esta es la última oportunidad que
tendré de dar con el hijo de puta que mató a mi
hermana…

- Si nosotros somos la vanguardia en este


enfrentamiento, creo que la balanza está claramente
inclinada hacia uno de los bandos.
62

Gian Lorenzo se dejó caer de rodillas en el


suelo del jardín y comenzó a vomitar nuevamente, de
forma descontrolada. Era imposible, nada de aquello
tenía sentido, había sufrido lagunas de memoria
desde la muerte de Leola, pero siempre pensó que
eran motivadas por la tragedia, su mente no lo había
soportado y de vez en cuando necesitaba
desconectar… Pero no eran sólo imágenes en su
cabeza, recordaba cada detalle, cada olor, cada
sensación: el retumbar de la música en directo en The
Cavern, la calidez del cuerpo desnudo de Lily entre
sus brazos, la piel tirante de su garganta cuando la
estrangulaba, el olor rancio al sudor podrido de
Ovechkin, el sabor metálico de la sangre de Donatello.
Al pensar en Donatello todo comenzó a dar vueltas a
su alrededor, Donnie era como un hermano, no habría
sido capaz de… Se levantó trastabillando y fue al
apartamento en el que vivía su amigo sobre el bar.
Llamó al timbre repetidas veces y viendo que nadie le
abría golpeó la puerta con nerviosismo descubriendo
que estaba abierta. Entró con miedo de percibir olor a
muerte, pero lo único que saturó sus glándulas
pituitarias fue la amalgama de olores de las esencias
de Donatello. Comenzó a llamarlo en voz alta y a
buscarlo por las habitaciones pero no estaba en
ninguna. Al llegar al dormitorio encontró una caja
abierta de madera sobre la cama llena de papeles y
recortes de periódicos, Bernini se acercó a ella y
comenzó a ojear su contenido, la mayoría eran
informes clasificados que se relacionaban con
artículos recortados de diferentes periódicos, el que
más se repetía era el del secuestro y la liberación de
la periodista Giuliana Sgrena. Según los periódicos,
tras su liberación, en el traslado en coche al
aeropuerto internacional de Bagdag, se encontraron
con un control de carretera instalado por el ejército
norteamericano para la salvaguarda del aquel
entonces embajador de Irak, John Negroponte. Al no
identificarse y querer saltarse el control, los militares
estadounidenses abrieron fuego, matando a uno de
los agentes del servicio secreto italiano e hiriendo
levemente a la propia periodista y al otro agente que
les servía de escolta.
Los recortes estaban unidos con un clic a un
informe confidencial que contaba una versión muy
distinta. Según los servicios de inteligencia italianos,
el gobierno de los Estados Unidos para salvaguardar
su política de la no negociación conspiró contra la
liberación de la periodista. Para ello contactaron con
uno de los agentes del SISMI encargados de las
negociaciones, el agente Nicola Calipari, quien,
convertido en un traidor, aceptó eliminar a Giuliana si
la liberación se hacía efectiva, culpando de su muerte
a los iraquíes. Por suerte para la periodista, el
segundo agente descubrió a tiempo la intriga y
eliminó a Nicola, salvando a Giuliana Sgrena del
ataque a la desesperada del ejército de los Estados
Unidos. En un intento de proteger el orgullo nacional,
y la reputación del SISMI, se acuerda mantener en
secreto las acciones del agente Calipari,
transformando su ejecución en una muerte en acto de
servicio. En lo referente al segundo agente, Leonardo
Cardano, se le propone por éste y otros actos de
valor, para la gran cruz de la Orden del Mérito Militar,
con distintivo blanco. Recomendando fuera licenciado
con honores de forma inmediata.

El siguiente documento hablaba de la reubicación


del agente Cardano y los datos de su nueva identidad:

Nombre: Donatello Fibonacci.


Dirección: Piazza di Pietra, 40 – Roma.
(Bloque completo en usufructo vitalicio con
derecho a explotación de los dos negocios presentes
en el bajo del edificio: tienda de antigüedades y bar)
Detalles nueva identidad:

Localización
anterior: Lazzaro (Municipio de Motta San
Giovanni, provincia de Reggio Calabria.
Empleo anterior: párroco iglesia de Santa
María delle Grazie.
Datos de interés: sacerdote arrepentido de
buena familia.
Los orígenes de la propiedad en Piazza di Pietra se
pueden explicar como herencia familiar.

Donnie… ¿Un agente secreto retirado?


¿Por eso conocía a Doménico Giani? ¿Por eso…? Aún
le quedaban cosas por recordar y esta vez llegaron de
forma dolorosa, se sujetó las sienes con ambas
manos, notaba la cabeza a punto de estallar. No entró
en Il Deserto por casualidad, él ya sabía lo de
Leonardo Cardano, sabía que el viejo haría todo lo
posible por ayudarle, era la forma más fácil de
recuperar su trabajo y después ya no le sirvió de nada
más, se convirtió en un lastre que no dudó en eliminar
de forma inmediata, como el maricón entrometido del
recepcionista y la camarera negra del hotel, se divirtió
de lo lindo con esa puta…
- Sí, me divertí mucho, aunque tú
temblabas como una niña asustada – La voz resonó
terrible dentro de su cerebro – Sabía bien, como
chocolate recién hecho – Gian Lorenzo se levantó de
un salto de la cama y comenzó a mirar a su alrededor
como enloquecido.
- ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
- Eres tonto Cruzado ¿de verdad no lo has
pillado aún? Me viste entrar… Estabas tan desvalido,
sumido en esa angustia existencial que los humanos
padecéis con la pérdida de un ser querido – En la
mente de Bernini volvió a dibujarse la imagen del
hombre postrado y la sombra que, ahora vio con
claridad, le acechaba hasta consumirle – Pobre Leola,
pero era necesario.
- ¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo
que…?
- Cruzado, no es fácil poseer a los justos
de corazón. Con Filippo fue muy diferente, un poco de
influencia fue suficiente, no tuve que arrebatárselo
todo para inclinar la balanza hacia el desastre, bastó
un empujoncito en la dirección adecuada, a él ya le
gustaban esas maquinitas estúpidas, sólo que no
aguantó la racha de mala suerte… – Para Bernini, el
albor del entendimiento se iba haciendo cada vez más
intenso e insoportable.
- Tú la mataste.
- Olvidas el libre albedrío, Él os otorgó el
don de poder elegir, yo sólo os doy un abanico de
posibilidades más amplio.
- ¿Eres… Eres el diablo?
- Después de todo lo que hemos pasado
juntos, tú puedes llamarme como quieras. Por cierto,
por si no lo has recordado aún, tu amigo Donnie está
en el armario de los libros. Yo quería clavarle un
picahielos en el ojo, pero tú te empeñaste en que no
sufriera, lo único que teníamos a mano era esa mierda
de hierba Matalobos, siendo sinceros tuviste una gran
idea en dársela mezclada con sus insufribles
infusiones, justicia poética lo llamaría yo. Lástima que
no supieras que la aconitina puede llegar a provocar
una muerte atroz y repugnante.
- Yo no quería que muriera, ¡es mentira!
Además él ha estado ayudándome todo este tiempo…
- Tú eres el único que miente. Te mientes
a ti mismo hasta el punto de mantener vivo al viejo en
tu mente… Has estado sólo, hablabas contigo mismo
como un demente. Quizá no quisieras que muriera,
pero lo único cierto es que dejaste de luchar cuando
accedí a tus ruegos de hacerlo de forma
“misericorde”.
- Pero ¿por qué? ¿Por qué los has matado
a todos? Y ¿por qué yo? ¿Qué…?
- ¿Te serviría de algo si te digo que has
tenido mala suerte? Te mentiría ¿sabes? No podrías
reprochármelo, al fin y al cabo es lo que todos
esperan de mí, soy el Adversario, pero haré contigo
una puta excepción, te contaré la verdad, te diré por
qué tu vida ha sido un cúmulo de desgracias. Son los
designios de Dios. El Todopoderoso creador del cielo y
de la tierra ha querido este destino para ti, para toda
la humanidad.
- ¡Eso es ment…! – Un fuerte dolor en el
abdomen lo dobló por la mitad, un fuerte vómito de
sangre le manchó las manos - ¿Qué me está
pasando? ¿Qué es lo que me has hecho?
- Vuelves a equivocarte, no te he mentido,
él te lo hizo cuando me la arrebató, no yo, has sido tú
mismo, te has tomado esa mierda que preparamos
para Leonardo, estabas desesperado, querías ver.
El rostro de Gian Lorenzo no era de sorpresa, no
había sido por equivocación. Había estado consciente
cada vez que él había tomado el control de su cuerpo,
de su vida. Había sido testigo de todas sus
atrocidades, sin embargo había logrado bloquear los
recuerdos. Era una locura, había overbooking en su
cabeza, estaban el señor Infierno, el Bernini
escondido en el armario y su nuevo yo, una versión un
tanto floja del Mike Hammer televisivo, con un fuerte
ataque de amnesia. Al menos le habían dado la
oportunidad de elegir cómo emprender su último
viaje, no podía evitar tenerle miedo al virus, había
estado tantas veces expuesto a él, que pensaba que
la definitiva tendría que llegarle tarde o temprano, no
se podía huir de la muerte. En aquellos momentos
antes de abandonar toda existencia, en lugar de ver
pasar la película de su vida ante los ojos, recordó un
cuento que le narraba su abuela cuando era un niño.
En el relato, un criado, allá por los años en los que los
hombres aún llevaban espada, llegó a casa de su
amo, en las cálidas tierras de Sevilla, con el rostro
demudado por el horror.

- Tengo que irme ahora o moriré – Le dijo


a su amo.
- ¿Por qué dices eso? ¿Qué te ha pasado?
– Le preguntó éste.
- Hace un momento, en el mercado, me he
encontrado con la muerte y no sabes como me ha
mirado, vi amenaza en su mirada. Por favor amo,
déjame un caballo.
- ¿Dónde irás para que la muerte no te
encuentre?
- Huiré a Cartaya, allí tengo familia, no son
más de las diez de la mañana, si me doy prisa podría
estar allí antes de la media noche.
- Reventarías el caballo.
- Iré con cuidado, de camino aquí he
estado calculando, iremos un par de horas al paso,
una al trote y otra yo mismo caminaré, cada cuatro
horas descansaremos media. Amo por favor, te
devolveré al animal sano y salvo.
- Está bien, pero vete ya, no sabes si la
muerte te ha seguido hasta aquí, no quisiera
encontrármela y que me llevara en tu lugar.
A los pocos minutos de partir el criado en
su precipitada huida, llamaron a la puerta de la
hacienda con fuertes golpes que hicieron estremecer
al amo. Cuando abrió y se encontró a la muerte frente
a él, se arrojó a sus pies llorando y suplicando.
- Por favor señora no me lleve, es mi
criado al que busca y no está aquí – La muerte
extrañada no pudo más que preguntarle.
- ¿Cómo sabes que vengo en busca de tu
criado?
- Ha llegado muy asustado diciendo que la
había visto en el mercado y que le había lanzado una
mirada amenazadora – El hombre siguió llorando sin
consuelo.
- No fue una mirada amenazadora –
contestó la muerte con tranquilidad.
- ¿Ah no?
- No, fue una mirada de sorpresa, no
esperaba encontrarlo aquí, teniendo en cuenta que
debía llevármelo esta misma noche de casa de sus
primos en Cartaya…

A Gian Lorenzo, la muerte lo encontró


exactamente donde tenía que hacerlo.
63

- Señor y Dios nuestro, a quien pertenece


compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra
súplica para que la compasión de tu misericordia
libere a este servidor tuyo José Ángel que está sujeto
por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo,
nuestro Señor – Pedro y sor Victoria respondieron al
unísono.
- Amén – Y Gabriel continuó el rito con
escrupulosa meticulosidad.
- Ante la cruz de nuestro Señor aléjense de aquí,
todas las fuerzas enemigas, sea la cruz, para ti, luz y
vida – Al mostrar el crucifijo ante los cerrados ojos del
poseso, este se estremeció, pero siguió sin dar
cualquier otro tipo de señales. Se acercó al rostro de
Bastida y sopló sobre él – Con el espíritu de tu boca,
Señor expulsa los espíritus malignos, mándales
alejarse porque se aproxima tu Reino –
Pedro repitió las palabras de Gabriel con voz
entrecortada y temblorosa, mientras que la religiosa,
sin levantar la vista del suelo continuaba rezando un
rosario tras otro.
- Te exorcizo, antiguo enemigo del hombre: sal
fuera de José Ángel a quien Dios creó con amor. Te lo
manda, nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad
venció tu soberbia, cuya prodigalidad prevaleció sobre
tu envidia, cuya mansedumbre aplastó tu crueldad.
Enmudece, padre de la mentira, y no impidas que este
siervo de Dios bendiga y alabe a su Señor – Los ojos
del cardenal se abrieron totalmente blancos y
comenzó a convulsionar sobre la mesa – Eso te
ordena Jesucristo, sabiduría del Padre y esplendor de
la verdad, cuyas palabras son espíritu y vida. ¡Sal de
él espíritu inmundo! – De la garganta del poseso
comenzaron a surgir gruñidos y gemidos que helaron
la sangre de la monja que se derrumbó rogando a
Dios por su vida – ¡Deja el lugar al Espíritu Santo! Eso
te manda Jesucristo, hijo de Dios e hijo del hombre,
que naciendo puro del Espíritu y de la Virgen, purificó
todas las cosas con su sangre. Por eso ¡Retrocede
Satanás…!

- Pero Cruzado, Yo no soy Satanás, él ni siquiera


está aquí - Era la cruenta y devastadora voz de
Lucifer – ¿A esto hemos llegado? ¿Cuánto hacía que
no usabas las fórmulas del rito oficial? Me gustabas
más cuando hacías morder el polvo a mis acólitos con
tus sublimes dones para exorcizar, ¿por qué no
intentas usar de nuevo el gladius? Que no te
funcionara una vez no significa que no vaya a hacerlo
nunca, un gatillazo lo tiene cualquiera… Es tan
espectacular ver como blandes la espada de mi
hermano y das mandobles a diestro y siniestro –
Gabriel intentaba continuar su oración, pero Lucifer
hablaba cada vez más fuerte, interrumpiéndolo
constantemente – ¿Por qué no usas el Charisma
cordis? El Sagrado Corazón es verdaderamente
poderoso, ¿no puedo creer que lo hayas olvidado? ¡Ah
no! El olvidadizo soy yo, tú no tienes ese don, lo
tuviste, pero de eso hace mucho tiempo, nunca me
contaste por qué te retiró el don, ¿qué hiciste?
- En el nombre de Dios nuestro S…
- ¡Oh, vamos! Relájate un poco, charlemos, ¿qué
prisa tienes? Hagamos un trato, tú me das un poco de
tu valiosísimo tiempo y yo te diré la verdad de lo que
le ocurrió a tu pobre hermanita – El sacerdote
enmudeció – Así me gusta, ¿qué, cómo va la cosa? –
Quisiera disculparme por no haberte prestado la
atención que mereces pero tenía temas que zanjar en
la ciudad eterna. Entre tú y yo, pronto el sobrenombre
no será el más adecuado.
- ¿Qué le ocurrió a mi hermana?
- No tan deprisa Cruzado, al fin y al cabo el
protagonista de toda esta historia eres tú, no la
pequeña Julia, ella sólo fue un daño colateral sin
importancia – Gabriel se encrespó y todos los
músculos de su cuerpo se tensaron.
- ¿Sólo un daño colateral?
- Quizá me he excedido un poco, siendo justos, sin
ella no habría conseguido que te convirtieras en la
pieza clave de toda esta ¿cómo lo llamáis?
Conspiración, sin desmerecer al bueno de Bernini,
claro.
- ¿Quién es Bernini? ¿De qué estás hablando?
- Hablo de que la muerte de tu hermana era
necesaria para hacer que un mediocre cirujano se
transformara en el mejor exorcista del Vaticano. Tu
jefe se jacta de que el amor es el motor que mueve el
mundo, pero se equivoca de todas todas. El odio, el
odio es el verdadero impulsor del ser humano, el odio
es la base de la evolución, del progreso. Tu odio hacia
mí te ha hecho superarte día a día hasta llegar a ser
el hombre al que todos acudirían si, muerto el Papa, el
siguiente de la lista estuviera tan lleno de demonios
que le salieran por las orejas.
- ¿Qué estás insinuando?
- No insinúo nada, te estoy diciendo que yo torturé
y enloquecí a tu hermana hasta arrastrarla
irremisiblemente a un suicidio atroz, para poder estar
contigo aquí y ahora.
64

Apenas fueron tres o cuatro minutos,


doscientos escasos segundos en los que no fue él, o
quizás lo fuera plenamente… Las palabras de Lucifer
se repetían dentro de su cabeza con la cadencia
desquiciante del tictac de un reloj demasiado ruidoso,
“fui yo, fui yo, fui yo, fui yo, le susurré, la atormenté,
la torturé... Yo la maté, fui yo, fui yo…” Y se mostró
ante él como el monstruo que era. Sintió tanta
repugnancia, tanto odio que no pudo contenerse más
y se abalanzó sobre aquella criatura para liberarla de
su execrable existencia.
Con la biblia que aún llevaba, le golpeó en
la cara con violencia arrojándolo al suelo para
después subirse sobre él y rodear su asquerosa
garganta con las manos y apretar con todas sus
fuerzas hasta sentir el acuoso chasquido de su
tráquea al quebrarse bajo sus dedos… Sólo que no se
encontraba en el suelo matando a la bestia de diez
cuernos y siete cabezas, estaba encima de la mesa a
horcajadas sobre el cuerpo de José Ángel y con su
cuello roto entre las manos. La realidad se mostró
ante sus ojos con la contundencia de un cañonazo. Se
apartó de la escena con tanta desesperación que cayó
hacia atrás golpeándose fuertemente la cabeza pero
sin llegar a perder la consciencia. Sus manos estaban
agarrotadas en la misma posición como si aún
continuasen alrededor del cuello del cardenal, su
frente estaba perlada de sudor y se mordía los labios
con tanta fuerza que la sangre le salía por las
comisuras. Lágrimas le corrían por ambas mejillas.
Todo estaba perdido, había matado al preferiti, pero
no entendía cómo… ¿Por qué no lo habían detenido?
Pedro podría…
- Él…
- …ya…
- …no…
- …está…
- …aquí – Pedro, la conservadora, que
debía haber escapado de su improvisada prisión y las
tres monjas, contestaron, pronunciando cada uno de
ellos una palabra de la frase. Todos tenían los ojos en
blanco y en su piel macilenta podían verse marcadas
las venas de un tono negruzco y desagradable. Lo
rodearon y continuaron hablándole de aquella forma
extraña.
- El…
- …séptimo…
- …sello…
- …se ha…
- … roto.

- Muchas gracias Cruzado – era la voz de


Lucifer a través de los labios de Pedro – Al final lo has
conseguido, has cumplido con tu cometido… – Gabriel,
completamente confundido, intentó levantarse, pero
una de las religiosas le propinó una patada en la cara
y volvió a arrojarlo al suelo, sangrando ahora también
por la nariz – ¿No entiendes nada verdad? Llevas
preparándote para esto mucho tiempo y al final lo has
hecho bien, tal y como se esperaba de ti.
- Yo no…
- Tú sí… Lo único que te ha mantenido con
vida desde la muerte de Laura ha sido tu sed de
venganza, te has alimentado de ella con ansia y
exceso desmedido, con GULA – Miles de voces dentro
de la capilla repitieron la última palabra dicha por
Lucifer.

- ¡GGGUUULLLAAA! – Toda la iglesia se


estremeció con el retumbar de los gritos. Gabriel, que
intentaba volver a levantarse se derrumbó de nuevo
con la atroz sensación de que algo pugnaba por salir
de su garganta, arrodillado y con las manos en el
suelo comenzó a vomitar ratas, sapos, lagartijas y
culebras, que al caer al suelo corrían, saltaban y
reptaban en todas direcciones…

- Has codiciado tanto la venganza que no


te ha importado nada más, tu única ambición era
conseguirla a cualquier precio… Con AVARICIA – Esta
vez las voces, que no se habían apagado del todo,
volvieron a rugir con fuerza repitiendo la palabra del
caído y haciendo que el suelo temblara bajo el cuerpo
del sacerdote.

- ¡AAAVVVAAARRRIIICCCIIIAAA! – El
sacerdote comenzó a gritar aquejado de insufribles
dolores por todo el cuerpo, grandes y ambarinas
ampollas le cubrieron las manos como si acabara de
abrasarse la piel con aceite hirviendo.

- Para ti ha sido más fácil retozar en tu


dolor que buscar una cura para tu alma – Lucifer alzó
el tono de voz para hacerse oír por encima del coro de
voces – La tristeza del ánimo te ha apartado de tus
obligaciones espirituales, ¿cuánto hace que no rezas
fuera de tus ritos? Te ha podido la PEREZA – Fue la
palabra que tronó en la capilla haciendo que Gabriel
se encogiera en el suelo.

- ¡PPPEEERRREEEZZZAAA! – Asediado
por serpientes invisibles, Gabriel intentaba escapar
con verdadera angustia, del círculo formado por los
posesos, que lo rechazaban una y otra vez con
patadas y golpes mientras él no dejaba de implorar
ayuda y hacía gestos como de quitarse de encima
decenas de víboras que dejaban en su piel las heridas
de innumerables mordeduras.

- Exorcismo tras exorcismo, en busca del


demonio que mató a tu hermana, tu orgullo ha ido
lapidando el amor al prójimo. Ansiabas ser el mejor.
“…yo sí soy un experto en estos temas…” . Pedro aún
recuerda lo que le dijiste en vuestro primer encuentro
y, entre tú y yo, se lo creyó, el pequeño curita ha
llegado a venerarte tanto estos días que su escala de
valores cambió, José Ángel ha caído un puesto y tú
has ascendido de la completa ignorancia y la más alta
cumbre, aun habiéndolo tratado con toda tu
SOBERBIA.

- ¡SSSOOOBBBEEERRRBBBIIIAAA! – El
cuerpo del sacerdote comenzó a retorcerse, sus
articulaciones se dislocaron y su espalda comenzó a
arquearse hacia atrás de forma imposible hasta que
todo su cuerpo, formó una circunferencia casi perfecta
en la que los tobillos rozaban sus orejas y su pelvis
parecía estar a punto de desgarrar la carne… Gabriel
no soportó tan tremenda tortura y perdió la
consciencia.

- Tu vida nunca ha sido completa desde su


suicidio, te has sentido vacío y siempre has anhelado
esa parte de todos los que te rodeaban que hacía que
sus existencias tuvieran sentido en sí mismas sin la
necesidad de la búsqueda frenética de venganza, te
morías de ENVIDIA – Las voces que casi se habían
silenciado cobraron vida de forma ensordecedora.

- ¡EEENNNVVVIIIDDDIIIAAA! – En
posición fetal, Gabriel se estremecía en el suelo,
abrazando sus doloridas articulaciones, aunque
pudiera parecer increíble, su cuerpo no había sufrido
lesión alguna, pero comenzaba a tener frío, mucho
frío, como de la nada, sus ropas se empaparon de
agua helada, sus labios se pusieron morados y dejó
de sentir la punta de los dedos de manos y pies, en
aquel momento comenzó a vomitar aguanieve de
forma descontrolada.

- Y entonces, llegado ese instante, ya no


has podido soportar más la presión y al ver tan cerca
el final de tu agonía, te has dejado invadir por la IRA.
- ¡IIIRRRAAA! – Al escuchar de nuevo los
gritos, el sacerdote, en las mismas puertas de la
locura, se encogió como buscando protección de lo
que estaba por llegar… Pero aquella vez no ocurrió
nada.

- Dime una cosa Cruzado, y sé sincero,


¿qué has sentido cuando la garganta del timorato
cardenal, se destrozaba bajo la firme presión de tus
dedos? Eres cura, pero ambos sabemos que no
llegaste virgen al matrimonio… Ha sido mejor que un
orgasmo ¿verdad? Al final todo se resume en eso, en
la satisfacción que sentirías cuando consumaras tu
venganza que no ha sido más que un acto de
LUJURIA.

- ¡LLLUUUJJJUUURRRIIIAAA! – Esta vez,


los aullidos fueron tan ensordecedores que Gabriel
tuvo que taparse los oídos, apretando con fuerza las
palmas sobre ellos, en un intento exasperado de que
no le estallaran los tímpanos y rompió a toser
violentamente agarrándose la garganta, por lo que los
alaridos volvieron a taladrar sus oídos mientras sus
pulmones se vaciaban de aire y parecían llenarse de
fuego a juzgar por el ardor que sentía, la boca le sabía
a azufre. La sensación de asfixia se disipó tal y como
había llegado dejándolo a las puertas de un nuevo
desvanecimiento.

- Gabriel, la venganza, la verdadera


venganza, el acto primigenio en estado puro de no
aceptar la voluntad de Dios, ese es el peor de todos
los pecados y el que los engloba a todos; y al
cometerlo no sólo te has condenado a ti mismo, has
matado al que iba a ser la nueva e indiscutible cabeza
visible de la iglesia católica, condenando a la
humanidad al fin de los tiempos. No te tortures, para
ti no había elección posible.
- Siempre hay elección – Gabriel hablaba
en un susurro.
- Puede que al principio de todos los
tiempos, cuando la tierra era joven y Él aún no había
perdido la paciencia, pero hace ya mucho que
demasiados de vosotros entrasteis a formar parte de
esta, en mi opinión, pantomima sin sentido…
- ¿Qué quieres decir? – Lucifer no pareció
escuchar la pregunta de Gabriel y, con la mirada
perdida, siguió hablando sin dirigirse a nadie en
concreto.

- … Tendría que haber sido el primero de mis


profetas, pero me traicionó, Él lo embaucó, a mi
propio hijo, le otorgó la vida eterna para que no
pudiera olvidar lo que yo había hecho ¡fue un
accidente! Y predicar así entre los hombres con el
ejemplo de una vida digna. Tras años de vagar por la
tierra, sin ser escuchado, por fin se apiadó de él y lo
alejó de mí para siempre, sin embargo, en un último
acto de lealtad hacia su padre, Caín no destruyó mi
legado y entregó las cartas a esos santurrones
esenios, arrojando la primera piedra, y tú lanzaste la
última consumando con tu venganza la mía.
- Caín, ¿tu hijo?
- Esa es una larga historia y tú no tienes tanto
tiempo, aún te queda un castigo por cumplir…
Los cinco posesos se abalanzaron sobre el
sacerdote como feroces bestias hambrientas que
desmembraron su cuerpo, devoraron su carne y
brindaron con su sangre por la llegada del fin de los
días del hombre.
EPÍLOGO SEGUNDA PARTE
- Señor Presidente.
- ¿General Moore?
- Código Alfa, Bravo, 6, 6, 6, Tango.
- … ¿No hay nada que se pueda hacer?
- Estamos en defcon 112 Señor, sólo rezar… Al
menos ahora sabemos que existe un Dios.
- Sí, pero… ¿Sabemos de qué parte está?
La línea privada de la Casa Blanca que conecta el
despacho del Presidente con la central de la CIA en
Langlei enmudeció unos segundos.
- … Los lanzamientos se efectuarán a las 17:00
horas.
- ¿Ha sido posible sincronizar todos los ataques sin
la red de satélites?

En la madrugada del 20 de diciembre, el personal


de servicios mínimos del NORAD13, en la base
Petersen de las fuerzas aéreas norteamericanas en
Colorado Springs, encargado del programa Space
Surveillance Network (SSN14) no podía creer lo que
veían en las pantallas de ordenador. Las
comprobaciones que fueron capaces de realizar antes
de que las comunicaciones cayeran por completo,
confirmaban los datos recibidos, los más de 16.000
objetos que giraban alrededor del planeta se habían
salido de orbita y se dirigían directamente al sol…
Aparte de la basura espacial, los casi 3.000 satélites
en activo se alejaban irremediablemente de la Tierra.
Meteorológicos, de navegación, de comunicaciones…
En apenas unas horas cualquier indicio de su
existencia se había extinguido. Los dispositivos GPS
dejaron de funcionar, la telefonía móvil, televisión,
Internet, incluso las centrales eléctricas comenzaron
a tener problemas de eficiencia en el abastecimiento
de las ciudades… En sólo unos días el caos reinó en
todos los países del mundo.

- El éxito de la primera andanada nos dará la


respuesta. Señor presidente tenga esperanza, si lo
logramos hace sesenta y siete años, con la vieja
Enola15 y su Little Boy16, con la tecnología actual, aún
sin el apoyo satelital, debería ser un paseo por el
parque.
- Disculpe que no comparta su optimismo General
¿El margen será suficiente una vez terminada la
evacuación?
- Señor presidente la operación EXODO no es
viable. El despliegue de efectivos norteamericanos en
ambas zonas sería insuficiente. Y la plaga… No
podemos asegurar un entorno seguro para nuestros
hombres. La previsión de bajas civiles sería del 65%,
la de bajas militares del 100%.
- ¿Vamos a quedarnos de brazos Cruzados? ¿Es
que la nación no ha sufrido ya demasiado? La
evacuación no puede ser algo discutible.
- Si nos quedamos al margen el porcentaje de
pérdidas militares desciende al cero por ciento. No
hay nada que podamos hacer señor, créame, ya no.
- ¿Y qué pasará con el resto de supervivientes?
¡Por el amor de Dios son compatriotas! – La
respuesta fue contundente.
- No habrá “resto” señor. Es la única forma, un
sacrificio tan necesario como imposible de evitar.
- ¿Y si provocamos otro Japón…? Hemos ido
demasiado lejos.

Según los textos, una vez rotos los siete sellos,


siete puertas se abrirían volcando el contenido de las
entrañas del infierno en la faz de la Tierra. Como
suele pasar, la realidad superó con creces a la ficción.
La primera de las profundas simas que horadaron
el planeta hasta el abismo, se tragó en apenas
segundos la totalidad de la ciudad del Vaticano. No
hubo ningún indicio de lo que estaba a punto de
suceder, ni quedaron supervivientes que pudieran
describir como resonaron en la plaza de San Pedro los
primeros crujidos de la cúpula de la basílica cuando
los cimientos comenzaron a ceder en el vacío. La
puerta de Roma medía 0,5 Km2 de diámetro, algo más
que la extensión completa del micro estado.

La segunda sima se tragó la ciudad mongola de


Arvaikheer y a sus casi 30.000 habitantes. La puerta
de Mongolia medía algo más de 3 Km2 de diámetro.
La tercera sima se abrió en el centro del
continente negro, con 3 Km2 de diámetro, 720.000
personas murieron sepultadas por los escombros o
simplemente desaparecieron en las profundidades de
la puerta de África.
El 3 de diciembre de 1984 la fuga de 45 toneladas
de isocianato de metilo en una fábrica de pesticidas
en la ciudad de Bhopal, provocó una nube toxica que
mató aproximadamente a 20.000 personas, llegando a
afectar en mayor o menor medida a más de 600.000.
Cuando la sima la sumió en las profundidades del
averno, el censo de la población ascendía a unos dos
millones de habitantes. La puerta de India medía algo
más de 500 Km2 de diámetro.

Cuando la puerta de Japón se abrió destruyendo la


ciudad de Maebashi y aniquilando a sus casi 350.000
habitantes. El emperador Akihito activó el protocolo
zeppitsu17.
Cuatro aviones de transporte STOL18, Kawasaki C-
1 Asuka19, un modelo experimental propulsado por
cuatro motores turbofán20. Se dirigieron al centro de
la isla de Hokkaido, a la ciudad de Yamagata, a Kioto
y a la isla de Kyushu, respectivamente, cargados cada
uno de ellos con la denominada bomba Seppuku21,
una variante de la bomba de hidrógeno rusa conocida
como bomba del Zar22 sólo que diez veces más
potente. En total dos mil megatones de potencia
destructiva que pilotos kamikazes hicieron detonar en
sus objetivos matemáticamente calculados para hacer
desaparecer por completo el archipiélago de Japón.
Lo que no calcularon fue que la onda expansiva
alcanzaría de tal manera a las fosas oceánicas
cercanas, que el anillo de fuego del pacífico23 se vería
seriamente afectado, provocando gigantescos
tsunamis y violentos terremotos que arrasaron gran
parte del planeta. La costa este de Rusia y China,
ambas coreas desaparecieron bajos las aguas, al igual
que Indonesia, las Filipinas y Nueva Zelanda. La costa
oeste de Alaska, Canadá y los Estados Unidos, los
estados de Washington, Oregón y California quedaron
completamente destruidos y anegados. Méjico y toda
América central se escindieron del resto del
continente sucumbiendo bajo las gélidas aguas del
océano. Colombia, Ecuador, Perú, Chile… Todo el
litoral oeste de Sudamérica quedó devastado.

- No mate al mensajero señor, nosotros sólo lo


vimos venir. – El General Abrahán Smith, presentía
que aquella afirmación no era del todo cierta, sin
embargo su nivel de seguridad no le permitía conocer
demasiados detalles acerca de los antecedentes de la
misión. El presidente, por el contrario, estaba
completamente seguro de la falsedad de sus palabras,
sin embargo, ambos miraron hacia otro lado en el
interior de sus consciencias, en aquel resquicio que
usa el ser humano para lapidar los remordimientos.
- ¿Las embajadas?
- Vacías desde las siete en punto, hora local,
Estados Unidos cuida de los suyos señor.
- Está bien General, el código de verificación es:
Omega, Bravo, 3, 1, 4, Ícaro.
- Confirmado. Que Dios nos perdone señor.
- Ya veremos.

Tras colgar el teléfono, el Presidente Obama se


quedó absorto mirando la alfombra que regía el centro
del despacho oval. El águila miraba impasible la rama
de olivo que sujetaba en su garra izquierda. Sin
quererlo una leve sonrisa se le dibujó en el rostro,
aquellos eran los mayores tiempos de guerra que el
ser humano jamás habría podido imaginar, sin
embargo el animal seguía ignorando el puñado de
flechas que sostenía su garra derecha. Arrugó
ligeramente el entrecejo al intentar penetrar más
hondamente en su memoria pero fue incapaz de
recordar dónde había leído aquella estupidez, ¿quién
iba a perder el tiempo, en pleno conflicto bélico, para
cambiar algo tan absurdo como la alfombra del
despacho oval? Al menos eso pensaba entonces y no
tuvo valor para preguntarlo cuando tomó posesión del
cargo. Desde uno de los sofás, al otro lado del
Resolute, el doctor Reuel, lo escrutaba intentando
adivinar el significado de toda aquella jerga militar…
- Todo ha sido inútil John, dentro de unas horas
devastarán las dos primeras zonas en un perímetro de
cien kilómetros a la redonda.
- No estoy seguro de que eso sea suficiente.
- Por el bien de la humanidad, espero que sí.
El rostro del doctor John Reuel perdió todo indicio
de color, era como mirar una de esas películas
antiguas en las que después de cada escena un
letrero indicaba lo que acababan de decir o pensar los
protagonistas, en este caso, en el letrero podría
leerse: “¿Qué hemos hecho?”. Justo diez meses atrás,
cuando el Vaticano cedió los manuscritos, hasta
entonces secretos, hallados en Qumran, los pocos
elegidos de la comunidad científica de todo el mundo
estaban exultantes, por fin la iglesia había perdido la
batalla, había tenido que humillarse ante la ciencia. El
entusiasmo fanático del equipo elegido para comenzar
las investigaciones fue demoledor. En un principio,
muchos de ellos se rieron de los supersticiosos
miedos del nuevo Papa… No duró demasiado. Dos
semanas de trabajo bastaron para que ese mismo
miedo invadiera hasta el más insignificante de los
rincones de las oficinas que mantenían aislado el
laboratorio de investigación de lo que pasó a
denominarse: “Proyecto Hades” y a todos los eruditos
que trabajaban en él.
Los primeros textos, aquellos pertenecientes a lo
que denominaban “El legado de Caín” parecieron
simples complementos folklóricos del Génesis. Sin
embargo, lo que descubrieron en las epístolas hizo
temblar todas y cada una de las creencias de los
quince científicos que formaban el equipo. El doctor
Reuel, jefe del proyecto, fue el primero en creer,
incluso antes de que las pruebas del carbono 14
confirmaran, o al menos no desmintieran, lo que todos
pensaban…
Cuando Barack Obama, , se reunió en secreto con
Reuel – por primera vez – sólo habían pasado dos
meses desde que comenzaran las investigaciones
instadas por Juan Pablo III. La sencillez con la que
todo lo que el doctor le mostraba, se abría paso en su
cerebro sin el más ínfimo de los indicios posibles de
duda – le creyó desde la primera palabra – fue el
hecho que más le llenó de temor. Ya entonces se
había perdido toda esperanza de poder detener lo
inevitable, pero era deber de la nación más poderosa
del mundo hacer lo imposible por salvaguardar lo que
quedara de la vida en la tierra, a cualquier precio…
- Barack, una sola de esas bestias acabó con todo
el equipo de científicos y con los militares que debían
protegernos… No dejó de sonreír durante los minutos
que le llevó desmembrarlos a todos… Y ni siquiera
sabemos qué fue lo que lo detuvo. Descargaron
decenas de armas sobre él, fuego, incluso la doctora
Meyer volcó un matraz de ácido clorhídrico sobre su
rostro, iba dejando pedazos de su cuerpo a su paso,
pero no se detuvo hasta al final.
- John, estamos hablando de una bomba nuc…
- No era su cuerpo, no lo era, ¿has olvidado los
videos de las cámaras de seguridad? Oficialmente
deshonramos al teniente Laguerta, como artífice
demente de lo ocurrido, pero él sólo fue el anfitrión de
aquella cosa… Hay otras cinco puertas como estas,
recuerda que son siete sellos los que deben romperse
y sólo sabemos o mejor dicho, creemos saber, la
situación de cuatro de ellos, de los cuales sólo los dos
que vais a bombardear están confirmados. Nada de lo
que tenemos será suficiente, estamos hablando de…

- Hablé con Darío días antes de su muerte, me dijo


que temía por la salvación del mundo, creí que iba a
darme la típica charla por la paz y el desarme
mundial, pero lo que me dijo… John, traicionamos su
confianza, pidieron nuestra ayuda cuando perdieron la
fe en sus oraciones, no imagino lo duro que tuvo que
ser eso para la élite de la iglesia católica, y nosotros
nos limitamos a hacer lo que siempre hacemos,
intentar sacar tajada…
- Me recuerda a la historia de Moisés, los que
dudaron no vieron la tierra prometida.
- Siento disentir John, pero no creo que un edén de
leche y miel sea el destino que nos aguarda ¿Crees
que Él nos ayudará?
- Ahora que estamos seguros de en qué debemos
creer, no sé qué podemos pensar. Puede que todo
esto sea parte de su gran plan o puede que nos esté
volviendo la espalda, ¿una prueba de fe? ¿Cómo coño
vamos a saberlo?
El doctor Reuel, de 64 años de edad, dijo su
primera palabra mal sonante, a los 32, cuando nació
su primogénita, Alma. La frase completa fue: “…es un
jodido milagro…”. A lo largo de su vida la repitió dos
veces más, William y Ángela. Hasta aquella última
semana, nunca había vuelto a hablar como un
camionero, según decía su padre. Sin embargo ahora
sentía una especie de alivio cuando las escuchaba
salir de entre sus labios.
La línea privada del despacho del Presidente volvió
a sonar, ambos se sobresaltaron al comprobar que
pasaban un par de minutos de las cinco de la tarde.
- ¿Señor Presidente?
- Identifíquese.
- Cabo primero Ethan O’Kean.
- ¿Dónde está el General Moore?
- Señor Presidente el General Moore está…, está…
- Conteste hijo, ¿qué es lo que ocurre?
- Está muerto señor, todos están muertos, no, no
ha habido supervivientes… Las bases en Little Rock y
Santa María han sido devastadas, de hecho… Señor
Presidente, Brasil ya no existe y los estados de
Misisipi y Alabama han sido arrasados en su totalidad
a partir de la zona de impacto Beta…
- Pero… ¿Cómo…?
- Señor Presidente, las operaciones de contención
“Baluarte 1” y “Baluarte 2”, han fracasado, las puertas
siguen abiertas… Y ellos están aquí, por todas partes.
- ¿Qué ocurre Barak? ¿Han logrado cerrar alguna?
¡Dime algo por el amor de Dios!
Pero el presidente de los Estados Unidos, el
hombre más importante del primer mundo y uno de
sus mejores amigos, ya no estaba allí… Si las paredes
del despacho oval hablasen, contarían mil historias, a
cual más increíble, pero ninguna tan cruenta y horrible
como aquella en la que el último mandatario de la
casa blanca se lanzaba contra su médico personal y le
destrozaba la cabeza a golpes y dentelladas…
TERCERA PARTE

“LUZ”
65

- ¿Piensas levantarte antes del mediodía o


voy a tener que ir yo? – Su voz llegaba amplificada por
el hueco de la escalera, pero la subida al segundo piso
no había menguado en absoluto el tono de amenaza,
ni siquiera al ir mecida por el dulce silbido de los Guns
y su “Patience”, algo que Sara había perdido
definitivamente con él, debía estar escuchando uno de
sus viejos recopilatorios con el portátil en la cocina –
Como no te levantes ahora mismo no volveré a
hacerte esas cosas que tanto te gustan… - Martín
saltó de la cama, olvidando por un momento las
terribles migrañas que se habían instalado en su
cabeza con un contrato de alquiler aparentemente
perpetuo, buscó por el suelo sus zuecos de goma, las
mejores zapatillas que había tenido desde hacía años,
claro que él las utilizaba para todo, menos para ir a
trabajar, gracias a Dios. A punto de tirarse al suelo
para mirar debajo de la cama recordó haberlos dejado
en el cuarto de baño; aprovechó para la meadita
matutina y una vez todo en su sitio bajó las escaleras
con cara de fingida ofensa. Sara estaba en la cocina
preparando tortitas.
- ¡Eh qué novedad!, ¿mi amante esposa
preparando tortitas? – En ese instante Sara intentaba
dar la vuelta a una, lanzándola al aire, pero esta fue a
parar directamente sobre la mesa del office – Bueno o
más bien lo intenta.
- ¿Por qué no te vas un poquito a la
mier…? – No terminó la frase porque Martín la besó
mientras le quitaba la sartén de la mano.
- Anda y deja a los profesionales.
- Recuerda eso de profesionales cuando
toque recoger el desastre que seguro que montas y
lávate los dientes antes de besarme por las mañanas.
- ¿Cuántas veces tengo que decirte que los
que recogen son los pinches y yo soy chef? – Esto
último lo dijo lanzando una nueva tortita al aire para
darle la vuelta, sólo media terminó dentro de la
sartén, la otra mitad fue a parar al suelo de la
cocina…
- Yo diría “MEDIO CHEF”. – Los dos
rompieron en carcajadas. – ¿Sabes lo peor de todo?
Que aunque el resto de las tortitas acaben en el plato
no podré probar ninguna de ellas.
- ¿Otra vez a dieta? ¿Qué quieres perder
ahora, la cabeza?
- No, tonto, no estoy a dieta, estoy
muerta… Y como no despiertes pronto y sigas
soñando conmigo, estando despierto, el que perderá
la cabeza serás tú. ¡Despierta, algo va mal! ¡Vamos!
- ¡Vamos Martín joder! Vuelve en ti de una
puta vez – Alcides lo sacudió con fuerza hasta hacerlo
reaccionar.
- ¿Qué está pasando por qué…? – Su
amigo no le dejó terminar.
- Estabas ido otra vez, joder. Es Frank,
Franky se ha tirado desde la torre…Al final lo ha
hecho, ha saltado, está ahí fuera destrozado frente a
la puerta de la casa, el muy hijo de puta podía
haberse tirado al huerto, pero supongo que quería
asegurarse de que la tierra no amortiguara su caída y
ahora lo tenemos de puta alfombra roja…
- Lola no debe verlo, en su estado no es lo
más aconsejable, avisa a Carlos… – su cerebro
intentaba frenético, procesar la información que se
arrastraba por el lodo del pesado despertar.
- Carlos ya lo sabe, se dirigía al
campanario a relevarle cuando lo vio caer a través de
una de las aspilleras de la torre, bueno vio una
sombra que caía, el resto lo dedujo cuando escuchó el
choque contra el suelo. Está ahora con Lola.
- ¿Y los demás?
- Aún duermen.
- Dile a Carlos que no deje que nadie salga
o se asome afuera, al menos hasta que lo
enterremos.

Les llevó más de una hora recoger todos los restos


del bueno de Frank. Alcides decidió cavar la fosa junto
a su pequeño rincón del huerto, así le gustaba llamar
a su plantación de maría.

- A él le gustaba fumarse uno de vez en


cuando, es el ciclo de la vida, ahora él volverá a la
tierra y…
- Vete al carajo con esa mierda del “Hakuna
Matata”, ¿vale? No va a salir un jodido árbol de ahí, a
lo sumo, si escarbas en un par de días sacaras
gusanos, he ahí el legado de Frank a tu puta madre
naturaleza. “Quia pulvis es, et in pulverem reverteris”,
y no hay nada más…
- ¿Cuándo te volviste tan retorcido? Era Frank,
nuestro amigo Frank, fue el chofer de tu boda, ¿es
que lo has olvidado?
- No importa si lo he olvidado o no, porque
el pasado ya no importa un carajo, ahora nada
importa… Salvo nosotros y Frank nos ha traicionado,
nos traicionó cuando eligió su libertad dejando a un
lado la seguridad del grupo, ¿y si Carlos no hubiera
salido a relevarlo temprano? ¿Qué habría pasado si
una de esas cosas…? – En aquel instante quiso poder
matarlo de nuevo él mismo, con sus propias manos…
– Se ha otorgado un derecho que no le pertenece,
saltar en busca del frío suelo para no tener que vivir
este infierno… ¿Por qué él? ¿Quién le concedió la
libertad que todos nos merecemos? – Estúpido,
estúpido Frank… Estaban juntos desde que todo
comenzó, él, Alcides, Carlos y Lola, sobrevivieron a las
primeras oleadas, llegaron juntos a la iglesia que
ahora les servía de refugio, hicieron lo imposible por
convertirla en un lugar seguro y “acogedor”, lo duro
había pasado… O quizás no, quizás para Franky lo
duro de verdad era el día a día, monótono y vacío,
lleno de desesperanza y miedo, quizá lo que
verdaderamente provocaba ira en Martín era que él no
tenía la valentía de decir basta, se acabó, es hora de
descansar… – No es justo, aunque nada lo es en toda
esta mierda imposible.
- No esperaba que lloraras, pero…
- No me vengas con mariconadas Al, sabes
igual que yo que tengo razón, hay que tener la mente
fri… - Alcides no le dejó terminar.
- ¿Has vuelto a verla verdad? – Martín no
contestó – Cada vez son más largos y frecuentes,
empiezo a preocuparme.
- Yo no, llevo sin dormir semanas, no
espero que entiendas lo que supone, sólo en esos
breves instantes en los que por segundos puedo
volver a escuchar su voz, mi cuerpo encuentra la paz
y el descanso, no necesito nada más.
- Te equivocas, necesitas mucho y cada
vez más, es tu puta adicción.
- Tú endientes de eso ¿verdad?
- Voy a perdonarte el golpe bajo porque
soy consciente de que estás muy jodido, pero sabes
que no me lo merezco, no soy un yonki. Fumo maría,
total y completamente natural, sólo cojo lo que la
madre tierra me da… Pero tu cuelgue, ese no es
natural, terminarás por no poder despertar, y no
estarás vivo, pero tampoco muerto, parecerás una de
esas cosas, sólo que tú no querrás devorarlo todo, te
bastará con los recuerdos de una vida que hace
mucho tiempo que murió, cayó en una gigantesca
grieta… Y entonces, lentamente y sin darte cuenta,
morirás de hambre y serás igual de hijo de puta que el
pobre de Frank, porque nos habrás abandonado.
Martín fueron ellas las que murieron, no tú, acéptalo.
- Sé perfectamente que fueron mi mujer y
mi hija nonata las que se precipitaron al vacío. Sé que
están muertas, pero también sé que cantar, sonreír y
todo lo que se te ocurra, no me las va a devolver, no
me culpes por ser lo que soy… ¿Alguna vez te has
metido una jodida babosa por el culo?
- ¿Pero qué coño de preg…? – Martín no lo
dejó terminar.
- Es total y completamente natural, un
regalo que la madre tierra te da.
- Serás cabrón, vete a tomar por culo.
- Búscate tú una buena babosa – No hubo
risas, simplemente ambos guardaron silencio y
continuaron con la agria tarea.
Mientras Alcides permanecía impasible pendiente
del más mínimo movimiento, Martín cavaba la fosa y
viceversa, así estuvieron varias horas en los jardines
de chumberas, que había delante del pórtico principal
del templo, al otro lado del muro de sillares. Cuando
el nicho fue lo bastante profundo para que las
alimañas no lo pudieran desenterrar, depositaron el
cuerpo en el fondo y entre los dos lo cubrieron de
tierra hasta dejar un pequeño montículo sobre él.
- ¿Vas a decir alguna cosa? – Alcides preguntaba
sabiendo de sobra lo que Martín contestaría.
- Ya hemos dicho demasiado – Fue bastante
tajante.

No habría cruces, ni lápidas, nada. Y pronto las


malas hierbas harían desaparecer la tumba, como
había pasado ya antes con las demás.
66

Después de lavarse y coger algunas cosas (armas,


sobre todo) Martín anunció que iba a hacer una
incursión en busca de “suministros”. Una simple
mirada indicó a Alcides que esta vez quería ir solo. De
mala gana Al dejó que su amigo se marchara. Martín
no expresaba sus sentimientos como los demás, no se
desahogaba dejando surgir la lágrima fácil, ni le
servían de nada los hombros en los que apoyarse, él
necesitaba dejar salir el fuego que lo corroía, y esto
normalmente provocaba destrucción.

El bronco rugido del forzado motor de una BMW


K1300R abría en canal la calle principal que dividía
Osuna en dos hemisferios, cruzándola de sur a norte.
En poco más de un minuto Martín salía del pueblo a
toda velocidad, dirección Écija, lo último que dejó
atrás fue el concesionario abandonado del que
sacaran aquella moto meses atrás. Fue la última vez
que salieron todos juntos en una misión, Al, Manu,
Frank y él mismo, los cuatro jinetes del Apocalipsis,
como le gustaba llamarlos a Lola, incluso les había
puesto sobrenombres, sólo que por su dulce humor
irónico, los jinetes recibieron nombre de caballos:
Alcides y Martín, Janto y Balio24, los magníficos
caballos inmortales de Aquiles, ambos eran
inseparables, moreno y rubio, igual que Al y Martín,
nada podría detenerlos, infatigables seguirían
adelante hasta la muerte, Frank era Genitor25, el
caballo de Julio Cesar, lo cierto es que le puso el
nombre por sus manos enormes y Manu, Othar26, el
terrible caballo de Atila, tranquilo y pusilánime como
una amapola mecida por el céfiro de la mañana, pero
cuando el viento agitaba sus convicciones… esa fue la
última vez que dejó de crecer la hierba a su paso. Iba
a ser sencillo, a Frank se le ocurrió que la mejor forma
de desplazarse rápido y eficazmente por una
población devastada, serían motos. Les resultó
divertida la idea de poder “comprar” BMWs para
todos, “Yo invito” dijo Alcides animadamente cuando
ya todos tenían claro el plan. El polígono no estaba
demasiado lejos de la iglesia, así que podrían ir
andando hasta allí, siempre amparados por las
sombras de la noche. Los monstruos eran implacables
pero, por suerte, no veían en la oscuridad. Una vez
llegaran al concesionario de la BMW, forzarían la
entrada de atrás, evitando hacer el menor ruido e
intentarían sacar los vehículos sin necesidad de
arrancarlos, al menos todo el tiempo que les fuera
posible. Si el peso no lo hacía posible, conducirían
hasta las inmediaciones de la Colegiata, terminando el
camino en punto muerto… Pero como en tantas y
tantas otras cosas, la teoría fue mucho más sencilla
que la práctica.
Aunque consiguieron llegar a la nave de
exposiciones, cuando Manu terminó de forzar la
cerradura, una cáscara con mono de mecánico, que
esperaba hambrienta tras ella, se abalanzó sobre él y
le destrozó la arteria carótida a mordiscos... Murió,
antes incluso de que su cuerpo tocara el suelo…
Ninguno de ellos se había parado a pensar que dentro
del concesionario pudiera haber monstruos y menos
aún que estuvieran esperándoles. Los demás pudieron
salvarse gracias a que Martín usó una de las motos
para llamar la atención de las cáscaras que
comenzaron a llegar atraídas por los gritos…

Recordaba vagamente que allí había una armería


bastante completa en temas de cacería y réplicas
reales. Si la cosa estaba igual de tranquila, en poco
más de una hora estaría de vuelta con todo lo que
necesitaba, esperaba no encontrarlo todo saqueado…
Quizá con el estado de la carretera el viaje duraría un
poco más de lo previsto, el asfalto estaba
completamente agrietado e infinidad de plantas se
apoderaban poco a poco de él.
Pasados treinta minutos llegó a la primera rotonda
justo a la entrada del pueblo y giró a la derecha
acelerando de nuevo la moto a través del ancho
bulevar, quizá no fuera la ruta más directa pero Martín
prefería grandes espacios abiertos donde poder ver
con bastante antelación si alguien o algo se acercaba,
pasó otra rotonda y siguió recto, a su paso todo
estaba vacío, era la palabra que mejor lo definía,
hacía semanas que no veían cáscaras y menos aún
supervivientes, comenzaba a pensar que ya sólo
quedaban ellos. En la siguiente rotonda giró a la
izquierda, anchas y largas calles se concatenaban
prácticamente en línea recta, tan sólo al final podría
complicarse un poco el tema si se encontraba con
alguna de aquellas cosas… Cuando llegó a la zona
centro de Écija, todo era quietud, el seno de unos
cuarenta mil habitantes era ahora un pueblo
fantasma. El eco del motor rebotaba en las paredes
como un trueno perdido buscando su tormenta, ni
siquiera el viento se deslizaba por las secas arterias
de aquel maldito lugar…

Las puertas de la armería estaban abiertas de par


en par y el escaparate lo surcaba una fea cicatriz que
lo dividía en dos. No llegaba a ser un callejón pero era
demasiado estrecho para el gusto de Martín, decidió
darse prisa en entrar y cerró la puerta sin bloquearla
por si tenía que salir cagando leches. Revisó los
estantes paseando la mirada con impaciencia, tomó
de uno de los percheros de la entrada un par de
petates militares, uno lo colocó sobre el mostrador y
el otro en el suelo apoyado en la vitrina de los
cuchillos que había en la parte izquierda de la tienda,
en éste comenzó a meter un par de machetes largos,
y cuchillos de monte, serían ideales para completar
las mochilas de supervivencia. También había réplicas
reales de espadas y armas de cine, seleccionó dos
catanas y una espada espartana con su funda de piel,
auténtica según la oferta, esas cosas importaban
mucho antes cuando todo iba bien, qué absurdo.
Encima de la puerta de entrada había colgado un arco
de caza Bear Carnage a un lado y una ballesta Barnett
Ghost 400 al otro, se sacó por la cabeza el
improvisado arco que él mismo había construido con
unos esquís y la pata de una silla y lo dejó en el suelo,
ya no lo necesitaría, ambas armas magníficas fueron
al petate junto a las espadas, entonces algo captó su
atención en el fondo de la tienda, un movimiento, el
sonido del roce de la tela, apoyó el morro de la
ballesta en el suelo y tiró de la cuerda hasta su punto
máximo de tensión, montó una de las flechas que
había en el carcaj G5 Mag-Loc adosado al arma y se
encaminó cauto apuntando hacía la oscuridad. La
puerta del almacén estaba entreabierta y algo hacía
que se moviera torpemente como si una brisa invisible
hiciera ceder las gastadas bisagras, ¿por qué tenían
que pasar esas cosas en situaciones así? Martín miró
al suelo y se sobresaltó al ver una mano huesuda y
llena de pústulas que parecía intentar abrir la pesada
hoja de madera sin demasiado éxito. De forma
automática, sacó una mascarilla de uno de los
bolsillos del pantalón y se la puso, luego acercó la
punta de la flecha a la rendija de la puerta y la
empujó lentamente hasta abrirla del todo, contempló
en silencio la penosa escena que se dibujaba ante él
en la penumbra… Alguien había clavado al suelo de
parqué usando una lanza de caza a una de las
cáscaras. No sabía cuánto tiempo llevaría allí, pero
aquella aberración que alguna vez fue el padre o el
hermano de alguien, se había desgarrado la ropa y
arrancado la carne de los muslos hasta el hueso y el
abdomen hasta desparramar las entrañas, que ahora
sólo eran un conglomerado negruzco y seco que lo
mantenía más pegado al suelo que la propia pica.
Debía ser zurdo, sólo en el brazo izquierdo se podían
ver ligamentos y hueso… El simple hecho de saber
que un alma condenada le había poseído desligando el
vínculo natural del cuerpo con su propio espíritu, pero
que era incapaz de controlar más que los instintos
primarios de su huésped, ya era suficiente para sentir
repulsión, pero el verlo así… Martín observó como el
monstruo lo miraba, sus ojos estaban vacíos, percibió
quizá un atisbo de miedo, una súplica… siguió
mirándolo un par de minutos más, sin sentir nada. En
una silla cerca de la puerta había una chaqueta que
Martín dejó caer sobre aquel deshecho para después
revisar el almacén en el que se encontraba. Cogió
algunos paquetes de tubos de carbono y aluminio
carbono, la madera estaba bien pero puestos a
elegir… Seleccionó las plumas para que fueran del
calibre adecuado y se tomó su tiempo en elegir las
puntas. Le gustaba la soledad, la necesitaba con la
misma ansiedad que un alcohólico su primera copa de
la mañana, tomó varias cajas de las G5 MONTEC y
otras tantas de las NAP BLOOD RUNNER… Llevó
todas las cosas al petate del mostrador y algunas
otras que fue recogiendo de aquí y allá. Aseguró la
bolsa más pesada a la parte trasera de la moto y
colgándose la otra un grito desgarrador le sobresaltó,
provenía del almacén. De nuevo ballesta en mano
corrió hacía el fondo de la tienda y entró de súbito
esquivando la cáscara en el último momento, cuando
un nuevo alarido le heló la sangre, era esa cosa, los
deshechos humanos que se pudrían en el suelo,
apartó de una patada el sudario improvisado, la
criatura se retorcía intentando despegar lo que
quedaba de su cuerpo de la madera del suelo, miraba
a su alrededor con ojos desorbitados, literalmente,
abrió la desdentada boca y volvió a gritar, pero esta
vez se distinguieron algunas palabras:

- ¡DE BO IR! ¡MELLAMAAA! ¡ELLOSVIE NEN!


¡appropinquavit finis!

De forma inmediata una súbita ola de calor invadió


la habitación, la camisa de Martín se le pego húmeda
al cuerpo, el aire se hizo pesado de respirar y una
neblina transparente que enturbiaba la vista como
cuando miras a través del fuego, se apoderó de todo.
No había tiempo que perder, una oleada se
acercaba…
Martín salió corriendo de la tienda, se cruzó la
correa de la ballesta por el pecho y se subió a la
moto. En cuestión de segundos estaba deshaciendo a
toda velocidad el camino que le trajera hasta allí.
Escuchaba a sus espaldas los gemidos, y aullidos, la
ciudad parecía haber despertado en una pesadilla. Al
salir al bulevar pudo verlos a lo lejos y por primera vez
desde que Sara muriera, Martín sintió miedo, un
miedo profundo y primitivo que le caló hasta los
huesos.
La criatura que había a la vanguardia de la horda
medía más de tres metros de altura, su complexión
era normal, como si aquella desmesurada estatura no
se debiera a ningún tipo de trastorno, lo que era
imposible de tratarse de un ser humano. Martín bajó
de la moto y se acercó en silencio ocultándose entre
los coches que sembraban la gran avenida. Lo que en
un principio le había parecido un extraño uniforme
desde la lejanía, ahora se presentaba ante él como la
abominación que era realmente, aquella cosa estaba
completamente desnuda, jirones de su propia piel a
medio desollar le hacían las veces de extraños
ropajes. La piel del torso, desde los hombros a la
cintura colgaba dejando al descubierto los músculos,
el cuero cabelludo permanecía intacto aunque
también la piel de su rostro y cuello había sido
arrancada. Su largo cabello endrino como ala de
cuervo enmarcaba las rojas y sanguinolentas
facciones en carne viva. También faltaba la piel de los
muslos hasta las pantorrillas cayendo parte de ésta
hacia delante como el dobladillo de una bota antigua,
caminaba descalzo. La piel hacía el mismo efecto en
sus brazos simulando unos guantes, largas y curvadas
garras negras coronaban cada uno de sus dedos. En
ese instante la sublime criatura se dio la vuelta,
parecía estar buscando en la distancia y fue cuando
Martín pudo distinguir las horribles cicatrices que
cruzaban su espalda, dos largas heridas simétricas
que se perdían bajo su melena. Pensó que aquella
cosa definitivamente no era humana, pero se negaba
a considerar la terrible verdad sobre su identidad.
Todo parecía girar en torno a su temible figura.
Centenares de cáscaras, entre las que le pareció
distinguir algunos animales, como perros salvajes,
lobos e incluso jabalíes y algunas cosas que se
arrastraban y no fue capaz de identificar… La locura
se había apoderado del mundo y aquella era una
muestra de sus más terribles delirios. Conforme
avanzaban se iban distribuyendo, sin mermar en
volumen, por las calles adyacentes y los portales, no
dejando ni un centímetro sin arrasar, fue cuando
comenzaron los gritos… Martín contempló con
espanto como sacaban uno a uno a los supervivientes
que encontraban y allí mismo, frente a su brutal
lugarteniente, eran masacrados, desmembrados de
forma atroz y dejados atrás como simples manchas
sanguinolentas de un atropello. La sensación era la de
estar viendo un enjambre de abejas silenciosas, una
masa compacta formada por miles de cuerpos que,
aunque mantenían la formación, se movían de forma
frenética dentro de los límites invisibles que parecían
mantenerlos confinados… Era turbador ver aquel
ejército y no percibir sonido humano alguno, salvo los
gritos de sus víctimas. Si aquella cosa enorme daba
las órdenes no lo hacía verbalmente. Como hormigas
al hormiguero no dejaban de llegar más y más
cáscaras. Desde su escondite Martín podía ver
perfectamente como la sangre les resbalaba por la
barbilla y manchaba sus manos horribles como
zarpas, estaba claro que habían cumplido cuales
fueran los terribles mandatos que les habían dado…
Un enorme estallido de cristales rotos resonó sobre su
cabeza, por instinto se tiró al suelo tras el coche y se
arrastró debajo para evitar la lluvia mortal que se
precipitaba sobre él. En el instante de volver la
cabeza y pegar la cara al asfalto, vio como una mujer
se estrellaba contra la acera justo en el mismo lugar
que él había ocupado segundos antes, por un
momento ambos se miraron, en el último estertor ella
parpadeó y le sonrió. Aquel gesto le acompañaría
siempre, ¿por qué lo había hecho? ¿Se alegraba de ver
a otro ser humano en su último aliento de vida? ¿Era
un gesto de esperanza porque al menos alguien
podría escapar de aquella purga? Comenzaba a salir
de entre las ruedas cuando la puerta del edificio que
había junto al coche se abrió y aparecieron tres de
aquellas cosas que no lo vieron por pura casualidad,
estaban más pendientes de lo que uno de ellos
llevaba sujeto torpemente entre sus manos. El mundo
entero implosionó dentro de la cabeza de Martín, el
asqueroso monstruo medio podrido acarreaba un niño,
un niño pequeño de apenas dos años, que se retorcía
y lloraba entre las ensangrentadas garras de su
captor. Un violento impulso recorrió su cuerpo y quiso
lanzarse sobre ellos, pero aún no estaba del todo
fuera del coche y sólo consiguió golpearse
fuertemente la parte baja de la espalda y caer contra
el suelo, manchando su cara con la sangre de la que
pensó sería la madre del crío, entonces la realidad se
presentó delante de sus narices con la crueldad de
algo inevitable, no podía hacer nada, no lograría
arrebatarles al pequeño, no podría correr lo
suficientemente rápido hacia la moto, no podría huir
con vida… Se limitó a quedarse quieto y ver cómo se
alejaban.
Si aquella “limpieza” continuaba en la misma
dirección, Osuna sería la siguiente y ellos los próximos
colores de tendencia para decorar el asfalto…
Se arrastró a lo largo de toda la fila de coches lo
más rápido que pudo. Tenía que llegar a la moto o no
habría posibilidad alguna de escape. Pero no se lo
iban a poner tan fácil, le faltaban apenas cien metros
para alcanzar su objetivo cuando una docena de ratas
se precipitaron sobre él. Como si estuviera ardiendo,
Martín comenzó a revolcarse por el suelo y a darse
manotazos para quitárselas de encima, el dolor de los
mordiscos de aquellas pequeñas bestias empezaba a
ser insoportable. Él mismo se mordió la lengua para
no gritar, aún estaba demasiado cerca del ejército
infernal y si lo descubrían no podría llegar a tiempo
para avisar a los demás. En un último esfuerzo
titánico, logró zafarse de todas las alimañas y llegar
hasta la moto. Nada más montarse, la giró en
redondo a la vez que aceleraba y salió disparado
como una bala de cañón sin llegar a percatarse
siquiera del olor a goma quemada.
67

Poco a poco el maldito pueblo quedó atrás y el


corazón de Martín comenzó a palpitar más despacio,
ya no parecía querer salir a dar una vuelta por los
alrededores. Tendrían que marcharse, aunque hasta
ahora habían tenido suerte, lo que se avecinaba era
devastador e inexorable. Pero todo su mundo volvió a
ponerse del revés cuando llegando a la altura de las
turquillas, una yeguada militar en medio del campo
entre ambos pueblos, justo en el ensanche para
acceder al camino de tierra que conducía a las
instalaciones principales, dos coches que antes no
había visto estaban parados justo ante la gran
cancela de hierro medio arrancada de los goznes que
había impedido antaño el acceso de vehículos no
autorizados. Un viejo Land Rover Santana de color
beige y un Smart eléctrico rojo. Aminoró la velocidad,
el portón trasero abierto del todoterreno mostraba a
tres hombres que estaban forzando a una joven
muchacha que se retorcía y gritaba como un animal
enloquecido. Martín no tuvo mucho que pensar,
supuso que el ardor del momento les impidió
percatarse de que alguien se acercaba, de todas
formas ¿cómo iban a imaginarse encontrar a alguien
con vida? Aparte de a aquella pobre infeliz claro.
Descolgó la ballesta de su hombro y con una sola
mano esperó unos segundos hasta que el hijo de puta
que estaba entre las piernas de la muchacha levantó
el cuerpo y entonces le atravesó la garganta en el
mismo instante en que detenía la moto junto al Smart
que estaba parado tras el todoterreno. Se bajó
sacando de la cinturilla trasera del pantalón un viejo
revólver de cañón largo que había encontrado Alcides
no recordaba dónde, se acercó al vehículo, agarró al
que se desangraba con el cuello traspasado de lado a
lado, por la parte de atrás de su camiseta y lo sacó
del coche dejándolo caer de bruces. Dentro, uno de
los dos hombres sujetaba a la chica, mientras el otro
se acariciaba la entrepierna de forma repulsiva, Martín
levantó el revólver y sin dar tiempo a ruegos y
preguntas le disparó directamente en el centro de su
entretenimiento agujereando su mano y seccionando
casi del todo su miserable virilidad, el salido comenzó
a dar gritos de dolor, aprovechando el desconcierto, la
muchacha saltó del coche e intentó cubrirse el cuerpo
desnudo con lo que aquellos animales habían dejado
de su ropa. Una enorme y rizada melena pelirroja le
ocultaba parcialmente los senos. El tercero en
discordia, comenzó a llorar – sin lágrimas –
desconsolado, pidiendo a Martín que no le disparase:
- ¡Por favor amigo, yo no he hecho nada, ni
siquiera me he bajado la cremallera, fue Guti, él la
vio, vinimos a cazar caballos, hacía semanas que no
comíamos carne y entonces ella apareció y nos
acercamos y claro nos pidió ayuda y cómo negarnos,
era tan guapa! - Martín volvió a amartillar el arma y le
apuntó entre los ojos – ¡No por favor No me mates,
déjame marchar, por favor, en estos tiempos que
corren, no pensamos que hubiera nadie más…! – El
disparo resonó dentro del coche como una bomba,
cuando el estúpido abrió de nuevo los ojos y
comprobó que los sesos desparramados no eran los
suyos sino los de su amigo el del cambio de sexo –
que había tratado de alcanzar un rifle de caza que
había cerca – comenzó a dar las gracias a Martín de
todas las formas que su escaso cerebro le permitía
pero éste no le escuchó, señalando la carretera en
dirección Écija le dijo.
- Ponte al volante y no dejes de conducir hasta que
llegues al infierno. – El otro que entendió las palabras
de Martín como una metáfora sin saber cuán cubiertas
de realidad estaban, saltó al asiento del conductor,
arrancó el coche y salió a toda velocidad arrojando
tierra y grava tras de sí justo en la dirección opuesta.
Martín se volvió en busca de la mujer del pelo rojo,
tardó unos segundos en localizarla escondida detrás
del Smart, se acercó a ella con paso rápido – ¿Cómo
te llamas?
- Verónica – dijo su nombre secándose las
lágrimas e intentando mantener unidos los jirones de
su vestido.
- ¿Estás bien?
- Ahora supongo que sí.
- Debemos irnos lo antes… - Un fuerte tiroteo les
pilló de improviso y Martín tuvo el tiempo justo de
saltar sobre Verónica e intentar cubrirla con su cuerpo
detrás del pequeño utilitario. El Land Rover se había
acercado en punto muerto y el tercero en discordia a
través de la ventanilla les había disparado con una
automática; arrancó de nuevo el coche con un fuerte
estruendo y aceleró en dirección, ahora sí, al pueblo
de Écija.
Martín asomó la cabeza por una de las ventanillas
rotas del coche de la muchacha a tiempo de ver como
el todoterreno se alejaba dando bandazos. Su rostro
se tornó pálido cuando descubrió la moto volcada en
el arcén sobre un charco de gasolina y llena de
agujeros de bala, no podrían huir a tiempo.
Verónica abrió el maletero del pequeño vehículo
que les había salvado la vida, y de una maleta a
medio cerrar extrajo unos vaqueros y una sudadera
que se puso intentando mantener su pecosa piel lejos
de los rayos de sol.
- Pensé que el coche estaba abandonado, me
detuve a mirar los caballos y entonces ellos
aparecieron, intenté escapar pero el estúpido no
volvió a arrancar – Golpeó el capó del Smart con
impotencia – Fui una tonta, tendría que haber seguido
adelante… – Verónica se quejaba sin ningún tipo de
emoción en la voz…
- No entiendo mucho de mecánica pero creo que la
batería está completamente seca – Martín decía esto
desde el asiento del conductor, intentando arrancar –
¿De dónde vienes?
- De Córdoba… En las grandes ciudades con
exceso de población la supervivencia es
prácticamente un milagro. He estado escondida en mi
piso, sobre una tienda de ultramarinos que quedó
cerrada cuando toda esta locura comenzó. Bajaba por
el patio de luces cada varios días en busca de comida,
pensaba que podría resistir indefinidamente con las
latas y demás alimentos que habían almacenados en
el bajo de mi edificio, pero entonces esas cosas
invadieron el supermercado y mi plan se fue a la
mierda. Decidí salir de la capital, en busca de una
zona en la que no hubiera monstruos… La joven y
delicada profesora, incapaz de alzar la voz más allá de
un susurro, acababa de abrir la cabeza de una de
aquellas criaturas monstruosas en las que se habían
convertido la mayoría de las personas. Medía medio
metro más que yo y debía pesar ciento cincuenta
kilos, pero ni lo dudé, ni lo pensé, cogí un trozo de
adoquín medio desprendido de la acera y no dejé de
golpear la cabeza de aquella mole hasta que dejó de
moverse… tanto. Logré subir al coche, debí haberlo
recargado antes, pero… Y el resto ya lo sabes. –
Volvieron a saltársele las lágrimas sin poder evitarlo,
llevándose de forma instintiva las manos al vientre.
- ¿Caballos? – Martín no parecía haber escuchado
nada de lo que ella le había contado – El cabrón del
Land Rover también dijo algo a cerca de caballos,
¿dónde ha… – No necesitó terminar la pregunta,
detrás de Verónica, al otro lado del cercado que moría
en los postes de ladrillo donde se anclaban las
puertas de hierro, un hermoso caballo palomino
pasaba trotando… Aún tenían una posibilidad. – Coge
tus cosas, sólo lo indispensable y que puedas llevar tú
misma, creo que podemos salir de aquí antes de que
lleguen.
- ¿Antes de que lleguen quiénes? – Preguntó
Verónica sobresaltada.
- La oleada, la he visto en Écija, buscan
supervivientes y los… ejecutan. Creo que están
terminando de una vez por todas con la raza humana,
pronto esto no será más que la casa de campo del
jodido demonio. Y ahora date prisa. – Martín se
acercó a lo que quedaba de su moto y se colgó ambos
petates de la espalda.
- Creo que eso es demasiado peso ¿no crees?
- No voy a dejar nada de esto, de no ser por la
necesidad de estas armas, no habría pasado por aquí
justo en el momento oportuno y tú ahora estarías
muerta o algo peor… Además después de ver lo que
se avecina, toda arma será poco. Vámonos ya,
debemos salir lo antes posible. – Atravesaron la
entrada a la finca y anduvieron en silencio por el
sendero hasta llegar al edificio principal, junto al que
se levantaban las cuadras y los cercados de
entrenamiento, aunque ambos estaban bastante
deteriorados, tal y como había imaginado, el grueso
de la yeguada se encontraba allí.
Martín buscó en las caballerizas hasta encontrar
una larga cuerda con la que formó un lazo, se
aproximó a los cercados y eligiendo a uno de los
ejemplares comenzó a hacer girar la cuerda por
encima de su cabeza, en el momento justo lo lanzó y
logró envolver el grueso cuello del animal. Con sumo
cuidado comenzó a acercarse a él a la vez que iba
tensando la cuerda. Tan sólo unos centímetros los
separaban cuando empezó a acariciarle el testuz y el
lateral del cuello dándole pequeñas palmadas, cuando
consiguió que el increíble animal se relajara, se subió
sobre él, éste relinchó y renqueó ligeramente
asustado, Martín se agachó sobre el lomo y comenzó
a hablarle al oído a la vez que le acariciaba de nuevo,
en pocos instantes comenzó a dar pequeñas vueltas
alrededor de Verónica que los miraba atónita.
- ¿Habías trabajado antes con caballos?
- Lo cierto es que es la primera vez que me subo a
uno – La joven no pudo evitar que se le abriera la
boca de asombro.
- Imposible, pero si le has echado el lazo a la
primera.
- Jugaba mucho a la Wii – A Verónica se le
desencajó aún más la mandíbula y Martín por primera
vez desde que se encontraran sonrió levemente – Me
gustaba el cine del oeste y probé a ver si me salía, un
uno por ciento de técnica y un noventa y nueve por
ciento de suerte. No creo que vuelva a salirme el
truco
- Increíble de cualquier forma – aseguró la
pelirroja esbozando ella también una pequeña sonrisa.
Podía parecer algo sin importancia, pero en aquellos
tiempos no había muchas ocasiones para sonreír.
Martín pasó los siguientes quince minutos
intentado echar el lazo a otro caballo, pero como
suponía, no tuvo tanta suerte así que decidió probar
otra cosa, se subió de nuevo al corcel y lentamente se
fue acercando al resto de animales hasta que pudo
pasar por el cuello del más cercano otra de las
cuerdas del cobertizo.
- Este deberás montarlo sola, tendremos que
galopar algunos kilómetros hasta llegar donde
estaremos seguros y los dos en un mismo animal
acabaríamos reventándolo. Intenta alcanzarme el
petate y la ballesta – Martín había seleccionado
algunas armas en una misma bolsa ocultando la otra,
por si existía la posibilidad de volver a por ella en otro
momento. Ella lo hizo y Martín se colgó ambas cosas
como hiciera anteriormente para subir a la moto.
- ¿Y el resto de las armas?
- Cuando Alcides se entere de que hemos visto
caballos se morirá de ganas por venir y entonces las
recogeremos. Ahora acércate, pásame tu mochila y
luego te la daré una vez que hayas montado – Colocó
las escasas pertenencias de Verónica en su regazo y
sujetando fuertemente la cuerda con la que mantenía
pegado al costado de su propio caballo, hizo ademán
de ayudarla, pero ella ya se había subido a su corcel
azabache a la manera india, igual que lo hiciera él. –
Impresionante, veo que tú también veías a Clint
Eastwood. – Le pasó la mochila y ambos hicieron
andar a sus cabalgaduras en dirección a Osuna,
acelerando el paso de los animales paulatinamente
hasta alcanzar un galope tendido que mantuvieron
todo el tiempo que les fue posible sin llegar a poner
las vidas de los caballos en peligro.
68

Verónica recordaba haber estado antes en Osuna,


cuando era pequeña, pero no fue capaz de evocar el
motivo. Cabalgaban juntos pasando al lado del cártel
de “Bienvenidos”, según Martín no tardarían mucho en
llegar a una calle al final de la que estarían
prácticamente en la iglesia. Los caballos marchaban al
paso, algo cansados por la carrera.
- ¿Cuántas personas hay en el lugar que dices?
- Ahora somos cinco, seis si contamos a Codo, el
hurón del pequeño Dani. Digo ahora porque en el
camino han quedado algunos amigos, la pasada
madrugada Frank no aguantó más y nos abandonó…
- ¿Y dónde iba a estar mejor?
- Saltó desde la torre del campanario, te aseguro
que ahora está en un lugar bastante mejor que este.
- Lo siento.
- No tienes por qué, no lo conocías, de hecho creo
que ninguno de nosotros llegó a conocerle, parecía
muy afectuoso, pero en el fondo pienso que lo único
que hacía era mentirse a sí mismo e intentar vivir una
fantasía que no duró demasiado. Tomó su decisión.
- ¿Podrías hablarme de los demás? Me gustaría
conocerles un poco antes de enfrentarme a sus
curiosas miradas e inevitables preguntas…
- Para Lola serás un regalo caído del cielo, está
embarazada y creo que estar rodeada de tantos
hombres la está volviendo loca…
- ¿Embarazada? – Verónica parecía sorprendida de
forma sincera – No sé si alegrarme por ella… El fin del
mundo está aquí, ¿qué futuro le esperara a ese niño?
- El que nosotros podamos arrebatarle a esta
locura – Martín contestó con la mirada perdida – Aún
no sabemos el sexo del bebé. Por supuesto Alcides
quiere que sea niño, para poder revolearlo por los
aires y hacerle perrerías, dice que con las niñas se
corta más, nunca he visto a Al cortarse por nada ni
con nadie pero… Y sólo me queda por mencionar a
Carlos, el esposo de Lola.
- Alcides, Dani, Lola, Carlos y Martín – Verónica los
repitió con un ligero toque de duda en la voz – ¿No me
dejo a nadie verdad?
- Tan sólo a Codo, pero está siempre tan pegado a
Dani, que es como si fuera una extensión de sí
mismo. Todos son buenas personas y se alegraran de
ver a alguien más con vida, no tienes de qué
preocuparte. – A un gesto de Martín ambos entraron
en la calle San Cristóbal, calle que los conduciría
directamente a la Colegiata.
- ¿Puedo pedirte un favor? – A Verónica apenas le
salió un hilo de voz mientras acariciaba nerviosa el
cuello del caballo.
- No tienes que decir nada más, por lo que a mí
respecta te encontré caminando por la orilla de la
carretera…
- ¿Cómo explicarás lo de la moto? – Verónica
quería olvidar lo de aquellos hombres, y una buena
forma de conseguirlo era no tener que contar el
incidente a sus nuevos amigos.
- No tengo que dar explicaciones a nadie. –
Diciendo esto azuzó al caballo para que fuera más
deprisa y le gritó a su acompañante – Dale brío
tortuga… - y volvió a azuzar al animal hasta volver a
galopar de nuevo. Verónica soltó una leve risotada y
golpeó los flancos del caballo con los talones,
provocando que este saliera a galope tendido detrás
de Martín.
69

El húmedo calor nocturno hacía que la noche se


deslizara pesadamente entre los rincones de la
magnífica construcción. El cielo estaba cubierto de
estrellas pero sin rastro de la luna menguante que
debía estar holgazaneando oculta tras alguna de las
pocas nubes que flotaban a lo lejos… Era el turno de
guardia de Alcides. Nada había cambiado, tan sólo un
par de noches atrás, una de esas cáscaras estúpidas
se acercó demasiado a la verja lateral de la iglesia.
Carlos se acercó por detrás y le seccionó la columna
de un solo tajo, con su cuchillo de monte. Era toda la
acción que habían tenido desde la llegada de
Verónica, y de eso hacía ya mucho tiempo. No es que
a Alcides le gustara especialmente el peligro, pero
ahora era todo tan aburrido... Cada día, Martín se iba
varias horas al campanario de la iglesia de Ntra. Sra.
De la Victoria, era el sitio más alto y cercano a la
salida de Écija y vigilaba la posible llegada de los
demonios, habían pasado meses y nada se sabía de la
hueste ejecutora que viera allí.

Recordó cuando llegaron con los caballos, fue


amor a primera vista, Verónica era la cosa más bonita
que había visto en su vida. Pero entonces Martín les
contó lo de la mesnada infernal y cundió el pánico.
Tendrían que irse, salir de allí lo antes posible y sin
ningún destino aparente… Al pánico lo sustituyó casi
de inmediato la desesperanza. Pero entonces Lola,
como casi siempre, apagó los fuegos con la paciencia
de una madre que razona con su hijo pequeño para
que recoja los juguetes.
- Lo mejor es no precipitarse, ¿por qué no cogéis
los caballos y volvéis a la turquilla? A modo de
avanzadilla. Si esas cosas vienen, desde allí deberían
poder verse. Quizá hayan tomado otra ruta, Sevilla o
Córdoba serían destinos más atrayentes para los
monstruos. Seamos optimistas… – Lola lo era por
todos.
- Me parece una gran idea. Además creo que nos
sería útil tener caballos…
- ¿Para qué coño queremos caballos? – A Carlos no
le gustaba la idea de que su esposa montara en esas
malas bestias estando embarazada.
- ¿Has visto las calles? ¿La autovía? Sería mucho
más fácil movernos con ellos que con los coches y
hacen mucho menos ruido que una moto y no
necesitan gasolina – Martín se sorprendió de la
paciencia con la que Alcides hablaba.
- Beben y comen, ¿lo has olvidado?
- Tenemos agua de sobra y podrán pastar en los
campos que hay al otro lado de la universidad. No
perdemos nada por intentarlo – Apostilló Martín.
- A unas malas, si las cosas se complican,
tendremos carne de sobra… - Todos lo pensaban,
quizás Lola no, pero sí los demás. Aun así miraron con
desaprobación a Alcides, que por breves instantes no
supo dónde meterse.
Al final siguieron el consejo de Lola y todo quedó
en un susto que sirvió para que no bajaran la guardia
y adoptaran una espléndida caballada de diez
ejemplares.

Alcides comenzaba a liarse uno de sus cigarrillos


especiales cuando escuchó que alguien subía por las
escaleras, decidió esperar, le gustaba fumar sólo para
que nadie interrumpiera sus momentos oníricos… La
ardiente melena roja de su platónicamente adoraba
Verónica, apareció por la entrada en el suelo del
campanario. Se recreó con su figura conforme iba
apareciendo, llevaba una camiseta de manga corta
que apenas le llegaba por debajo del ombligo y un
pantalón de chándal de esos de talle bajo que tanto le
gustaba vestir y que a Al tan loco le volvían.

- Hola Al, es imposible dormir con este calor,


pensé que por aquí arriba correría algo de brisa – No
se lo dijo pero Al también pensó en la temperatura
nada más verla.
- La única brisa que hay, si es que se puede llamar
así, es cuando suspiro de aburrimiento.
- Entonces tendré que pegarme a ti si quiero sentir
algún airecillo – No se creyó que aquellas palabras
hubieran salido de su boca, nunca le había entrado a
un hombre antes y la verdad es que pensaba que
nunca lo haría teniendo en cuenta lo que le había
pasado al mundo y lo que ocurrió cuando Martín la
encontró… Pero cuando estaba con Al, era como si
nada hubiera cambiado, como si todo siguiera como
antes, le necesitaba más que a su propia vida. El calor
que sentía en las mejillas no tenía nada que ver con el
tiempo o el deseo, estaba ruborizada como una
quinceañera su primer día de noviazgo. Se volvió para
mirar al oscuro horizonte y de paso evitar la mirada
de Al.
- ¿Sabes qué? Tengo una sorpresa para ti.
- ¿Una sorpresa? – Le preguntó ella sin volverse.
Alcides sacó un MP3 de la pequeña bandolera que
siempre llevaba consigo y un pequeño altavoz con
forma de cubo, conectó el reproductor en el puerto
correspondiente y seleccionó una de las canciones,
sus primeros acordes hicieron que Verónica se
volviera sorprendida.
- ¡Dios mío es música! No recuerdo la última vez
que escuché música… ¡Es “Bed of roses”! Me encanta
Bon Jovi, pero ¿cómo…?
- Utilicé uno de los convertidores de tensión y una
gasolina que Martín me hará pagar con creces –
Alcides hablaba en voz más alta de lo normal, para
ser tan pequeños los altavoces sonaban bastante
bien.
- Pero ¿Bon Jovi?
- Eso fue casualidad, no sabía qué te gustaba, las
canciones venían con el MP3, lo encontré en las
oficinas del centro comercial – No era del todo cierto,
pero no tenía intención alguna de explicarle su periplo
en busca de la canción perfecta. Por muy romántica
que fuera, Verónica no aceptaría que hubiera puesto
en peligro su vida por algo así.
- No me lo creo, pero definitivamente prefiero no
saber cómo los has hecho, me encanta, es perfecto.
- Sería perfecto si la escuchásemos sentados en
una de las mesas del Currito, degustando su increíble
berenjena en salsa de gambas y…
- ¿Currito?
- Era un bar de aquí del pueblo, el mejor de la
comarca. Echo de menos su infinidad de tapas
deliciosas…
- Te parecerá una tontería, pero ¿sabes lo que yo
echo de menos? – Alcides arqueó una ceja – Echo de
menos Doraemon.
- ¿Los dibujos? – Al no bajó la ceja.
- Me encantaba la idea de tener un gato que
pudiera sacar inventos tan maravillosos de su bolsa
marsupial.
- Si te soy sincero yo me sentía más identificado
con Nobita…
- ¿Sí?
- De pequeño era igual de gilipollas. – Ambos
rompieron en carcajadas y después de esto ella se
dejó llevar por la canción y comenzó a bailar estirando
los brazos por encima de la cabeza y arqueando
ligeramente el cuerpo. Alcides observó entusiasmado
los hoyuelos al final de su espalda y no pudo evitar
que un leve temblor le recorriera la entrepierna.
- Tienes el rombo de Michaelis más
geométricamente perfecto que he visto jamás. –
Verónica dejó de bailar y se giró con cara divertida.
- ¿El rombo de qué? – Frunció el entrecejo para
dar más énfasis a su pregunta, lo cierto es que Al la
pilló desprevenida, aunque flirteaba con él
abiertamente, jamás hubiera imaginado que aquel iba
a ser su primer piropo. - ¿Has estado fumando
verdad?
- Sólo un poco – Mintió Alcides, que hacía rato que
había guardado el porro en el bolsillo – Estoy ahora en
una de esas fases en las que puedo ver más allá de lo
evidente. Pero el rombo existe, para mí es la parte
más hermosa de una mujer. El rombo de Michaelis –
Repitió de nuevo.
- ¿Y cuál es esa parte tan interesante?
- Para poder mostrártelo tienes que darte la
vuelta. – Dijo Al con tono malicioso.
- ¿Cómo voy a ver nada si te vuelvo la espalda?
- No te preocupes yo te guiaré. Tienes que girarte
y volver a levantar los brazos o confiar en mí.
- ¿Estoy demasiado cansada para andar
levantando los brazos? Prefiero arriesgarme con la
segunda opción – y diciendo esto se dio la vuelta
delante de Alcides, que se acercó despacio a ella y
comenzó a levantarle lentamente la camiseta por
detrás. – Creo que eso no formaba parte del plan – le
dijo ella ahogando una sonrisa, mientras intentaba
aguantar sin demasiado éxito las cosquillas que él le
hacía con el roce de los nudillos por debajo de la ropa.
- Tranquila soy completamente inofensivo cuando
estoy… Bueno ya sabes “feliz”. Es necesario ya que el
rombo está justo aquí – Y le tocó con la yema del
dedo índice en uno de los hoyitos del final de la
espalda. Ella se estremeció. – Precisamente el rombo
de Michaelis es la figura que en la espalda de las
mujeres definen las líneas imaginarias que unen – Y
comenzó a dejar resbalar el dedo por la espalda de
ella dibujando en la fina capa de sudor que la envolvía
– los dos hoyitos lumbares, con el arranque de las
nalgas – Vero volvió a estremecerse y esta vez cerró
los ojos y dejó escapar un leve suspiro – y el final de
la columna vertebral – terminó de dibujar el rombo y
volvió a trazarlo de nuevo con el dedo, con mucha
más suavidad hasta cerrar el rombo en el hoyuelo de
la derecha desde el que dejó escapar la palma de su
mano acariciando el costado de ella hasta llegar a su
cálido vientre, la otra mano se había deslizado por el
lado contrario pero había ascendido entre sus pechos
hasta llegar a su rostro el cual volvió ligeramente para
poder continuar con los besos que habían comenzado
en la nuca a la vez que la abrazaba. Verónica se
dejaba hacer… La mano del vientre se deslizo debajo
del pantalón, ella entreabrió levemente las piernas y
gimió de forma casi imperceptible, por su parte la
mano del rostro comenzó a acariciar los senos de la
muchacha…
- Creo que voy a besar cada una de tus pecas…
dos veces.
- Tengo una mala noticia – Comenzó a decir ella
entre suspiros – no nos queda tanto tiempo… El
mundo se acaba, ¿no te lo había dicho nadie?
- Lo haré rápido, tan rápido que sólo notarás un
beso de cada diez o veinte – Alcides le dio la vuelta y
comenzó a besarla con ternura por toda la cara.
- Nada de rápido (suspiro) rápido incorrecto
(gemido) ¿vale?
- Correcto. – Al dejó que sus manos buscaran las
nalgas de Verónica y la levantó del suelo sentándola
sobre la piedra y quedando entre sus piernas. Ambos
se abrazaron con desesperada necesidad y se besaron
con tanta intensidad que llegaron a percibir el regusto
metálico de la sangre. La pasión sexual del momento
se intensificó de tal manera, que llegó incluso a rozar
el amor más puro y primordial… Ninguno de los dos
necesitó ir más allá, Verónica no pudo evitar que las
lágrimas se derramaran, ahora no eran más que dos
personas que habían volcado su alma la una en la
otra. Alcides se apartó de ella lo justo para poder
tomarla entre sus brazos, y sin dejar de besarla y
susurrarle al oído lo hermosa que era, comenzó a
caminar en círculos por el pequeño habitáculo del
campanario… Pero algo llamó su atención, a lo lejos,
en una de las plantas del hospital había visto luz en
movimiento.
- No puede ser… – Dejó de caminar en círculos y
todavía con Verónica en los brazos se acercó a la
ventana desde la que había mejor perspectiva del
centro médico. – ¡Verónica mira! ¡Mira! ¡En el
hospital! – La muchacha ligeramente aturdida por el
cambio repentino miró hacía donde Al le señalaba y se
sorprendió al distinguir una luz que recorría los
pasillos de la última planta…
- Al hay alguien con vida en el hospital, hay más
supervivientes…
70

Como de costumbre pasadas las dos de la


madrugada, Martín seguía completamente despierto y
sin ningún atisbo de que el sueño fuera a aparecer,
fijaba su vista en las destartaladas vigas como si
quisiera desentrañar un fabuloso misterio oculto entre
los nudos de la madera sucia y reseca. Fue saltando
con la mirada de una a otra hasta llegar a uno de los
rincones en el otro extremo de la habitación y
contempló con hastío el nacimiento de una de las
pechinas de la enorme iglesia que los mantenía con
vida. Tomaron posesión de la vacía casa de los
antiguos campaneros nada más llegar, la cual se
había reformado hacía ya bastantes años,
aprovechando el desplome de parte de la torre del
campanario, con lo que anexaron a la casa de apenas
25 metros cuadrados de planta, la mitad de una de las
capillas laterales del templo, de ahí que Martín
pudiera ver desde la cama parte de una de las
cúpulas. Intentó conciliar el sueño durante una hora
más, pero viendo que, como cada una de todas las
noches anteriores no había manera, decidió
levantarse e ir a hacer una visita al bueno de Al, que
le tocaba guardia en la torre en ese momento. Bajó
con cuidado las escaleras, por llamarlo de alguna
manera, la formaban gruesas tablas de madera
fijadas a la pared por escuadras de hierro, los
escalones parecían flotar unos sobre otros del primer
al segundo piso, que se componía exclusivamente del
dormitorio que él usaba, una habitación desvencijada
de unos nueve metros cuadrados idéntica en tamaño
y decadencia al tercer piso donde solían descansar
Alcides y el pequeño Daniel con su inseparable hurón,
aunque el chico tampoco dormía muy bien. Desde que
Al lo encontrara oculto en aquella alcantarilla cubierto
de mierda hasta las orejas y a punto de morir de frío e
inanición, no había pasado una sola noche en la que
no se despertara gritando.

Aún tuvieron que pasar un par de semanas hasta


que Martín se recuperó por completo, casi no
quedaban alimentos y la falta de previsión les había
provocado grandes carencias que sufrían en estoico
silencio pero con grave preocupación. Carlos era el
que peor lo llevaba, sabía las necesidades inevitables
de su esposa y se veía impotente… Tenían que tomar
medidas lo antes posible.
- Cada vez es más difícil acertar a esas cabronas –
Frank bajaba las escaleras del campanario con tres
palomas muertas sujetas por las patas en una mano y
un arco en la otra. Lola limpiaba en el fregadero las
dos que le había traído unos momentos antes – Ni
siquiera saben bien…
- Mejor paloma que aire ¿no crees? – Lola hablaba
con calma y resignación.
- Ya lo sé, no me entiendas mal, no me quejo, es
simplemente que todo esto empieza a desesperarme
un poco.
- Entonces habrá que hacer la compra – Martín
estaba en el umbral de la puerta de la cocina, con la
misma ropa del incidente, aunque Lola la había lavado
lo mejor que pudo. – No es machismo – Prosiguió
dirigiéndose a ella – Pero necesito que nos eches una
mano con la lista…
- No seas cruel Martín, para ti es fácil, sólo llevas
un par de días entre los vivos – Frank parecía
ligeramente molesto y Martín encajó el “fácil”,
manteniendo a raya los recuerdos de la muerte de su
esposa.
- No estoy de broma, si llegamos a la rotonda de la
Farfana, lo único que nos separa del centro comercial
es una amplia línea recta…
- Línea recta llena de monstruos cuya única misión
es la de exterminarnos. Sería un suicidio.
- El tiempo corre porque es cobarde, nos
suicidaríamos igualmente si nos quedamos con las
manos cruzadas. Más nos valdría entonces saltar
todos desde la maldita torre.
- Entiendo tu entusiasmo y las ganas de hacer
algo, pero con esas cosas por todos lados es
imposible… - Lola no pudo evitar dejar escapar
algunas lágrimas de profunda tristeza, sabía que no
estaba comiendo como debiera y temía por el bebé.
- La necesidad vuelve inteligente hasta al más
tonto y valiente al más cobarde… Alcides y yo hemos
ideado un plan que, de salir bien, nos abastecerá para
mucho tiempo, pero nos falta lo más importante.
- Carlos no…
- Tranquila, para hacer que esta empresa llegue a
buen puerto dos personas son más que suficientes –
Mentía, pero sabía que Lola no soportaría estar lejos
de Carlos con la incertidumbre de si volvería a verlo
de nuevo, lo cual tampoco sería justo para Fran, así
que Alcides y él tendrían que hacerlo solos. – Lo más
importante como ya he mencionado antes es la lista
de la compra, debemos definir bien qué necesitamos
para no perder tiempo con tonterías. Nos juntaremos
después de comer y decidiremos qué vamos a
“comprar”. Y por cierto, la carne de paloma es
exquisita, no seas quisquilloso Franky.
- Como se nota que tú no tienes que pasarte horas
en el puto campanario para acertar a una de esas
alimañas, no me siento las pelotas del frío ¿sabes?
- Todos sabemos que no es una gran pérdida –
Contestó Martín sonriendo.
- Vete al carajo – le dijo Frank soltando una
carcajada, mientras se remangaba para ayudar a Lola
a desplumar las aves.

Tendrían que salir de la seguridad de la iglesia por


primera vez. Alcides no podía dejar de darle vueltas al
tema, aunque había sido él el que le había comentado
la idea de la incursión al centro comercial a Martín,
pensaba que éste la había aceptado con demasiada
euforia, mientras limpiaba de malas hierbas la
pequeña parte del jardín que había acondicionado
para sembrar sus plantitas de la alegría, como a él le
gustaba llamarlas, no podía quitarse de la cabeza la
idea de que a su amigo podría haberle afectado más
de lo que creía, la muerte de Sara… De todas formas
era absurdo comerse el coco a esas alturas, puesto
que él era fundamental para el plan.
- Creo que lo primero y más importante es el agua,
aunque contamos con los pozos, no sabemos su
potencial, ni siquiera hasta qué punto son potables. –
Carlos hablaba mirando directamente a su esposa,
pues ésa había sido una de sus mayores
preocupaciones desde que llegaron a la iglesia.
- Entonces las dos primeras cosas serán agua y
lejía, ¿qué más? – Alcides anotó las dos primeras
posiciones de la lista.
- Empezamos bien si damos prioridad a la limpieza
– Dijo Frank con voz socarrona.
- En música serás la hostia en vinagre, pero como
superviviente no vales una puta mierda – la
diplomacia y el pulcro lenguaje no eran dones con los
que hubieran engendrado al bueno de Al. – Una gota
de lejía basta para potabilizar dos litros de agua.
- Antes de que el mundo se fuera a la mierda, no
todos teníamos tanto tiempo como tú para ver
documentales.
- Aunque parezca una tontería no debéis olvidar el
papel higiénico, como la sal, no se sabe lo importante
que es hasta que se echa en falta. – Lola prosiguió
con la lista sin prestar atención a la discusión de
Frank y Alcides, que cesó de inmediato.
- Conservas, frutos secos, sal, harina, azúcar,
aceite, especias… - Alcides no dejaba de anotar todo
lo que Carlos iba diciendo. – Pastas y precocinados
secos.
- Apunta también herramientas y toda clase de
menaje. – Comentó Martín.
- Y ropa, y zapatos – Añadió Fran.
- ¿Alguno ha escuchado o leído en Internet acerca
de las mochilas 72 horas? – Alcides lo preguntó más a
modo de introducción que esperando una respuesta –
Se dice que 72 horas es el tiempo necesario que
tienen los organismos de protección civil, policía,
ejército y demás, para restablecer el orden y la
normalidad. La mochila está pensada como un
pequeño equipaje de mano individual con lo necesario
para superar ese tiempo.
- Nos quedamos un poco cortos, ¿no crees? –
Frank volvía a la carga.
- No os lo toméis al pie de la letra, “be water”
coño. Lo que quiero decir es que sería buena idea
preparar una mochila de supervivencia para cada uno,
por si la cosa se jode en algún momento.
- Es una gran idea – Martín no ocultó su
entusiasmo - ¿Qué deberíamos incluir dentro?
- Un buen cuchillo de monte, una multiherramienta
con cubiertos, pala plegable, cuerda de escalada,
brújula, rollo de alambre, una caña de pescar con sus
anzuelos y demás, un kit para hacer fuego, una tienda
de campaña, un saco de dormir, esterilla aislante,
minicocina solar, guantes, papel y lápiz, prismáticos…
- Joder gordo, veo que has pensado en esto con
detenimiento – Carlos estaba visiblemente
sorprendido.
- La verdad es que sí, desde que Martín y yo nos
planteamos la incursión.
- ¿No pesará demasiado? – Frank pensaba en Lola.
- No tiene por qué, aunque ya conocéis el dicho, lo
que no precisa esfuerzo no merece atención.
- No lo había escuchado nunca Al.
- Bueno vale Franky, me lo acabo de inventar, pero
pescadilla gorda que pese poco es imposible de todas,
todas.
- Ves, ese sí me suena.
- No debemos olvidar un buen botiquín, con
desinfectante, carbón activo para posibles
envenenamientos, pomada para quemaduras y
picaduras, pinzas, pastillas antidiarreicas,
antihistamínicas, protección solar, polivitamínicos,
suero fisiológico, cacao para los labios, aceite de árbol
del té…
- ¿Para qué sirve eso? – Carlos no pudo evitar
interrumpirla, en su vida había oído hablar del
puñetero árbol del té. Lola le contestó con voz
monótona y paciencia infinita.
- Antiséptico, antigripal, antiinflamatorio,
antimicótico, cicatrizante, desinfectante, anticaspa,
cura la otitis, sinusitis, dermatitis, herpes… ¿Sigo?
- Yo quiero dos de esos – Dijo Carlos
impresionado. Alcides tomó la palabra.
- Todo eso está muy bien, pero no lo
encontraremos en el… - Lola lo interrumpió.
- ¿Cuánto hacía que no comprabas allí? Pocos
meses antes de… Del Apocalipsis, abrieron una
sección de parafarmacia. No sé si habrá de todo, pero
seguro que si lográis llegar sabréis improvisar.
- Parece ser que nuestro infiltrado para esta
misión no dispone de información actualizada – Martín
lo dijo con cierta ironía.
- No os olvidéis de comprar también leche en
polvo, incluida la leche infantil, mejor eso que nada,
y…
- Tranquila – la interrumpió Martín – Dejaremos
sitio en el camión para una buena cesta de bienvenida
al recién nacido.
- No insistas, será una niña – Lo corrigió Lola con
paciencia – Y muchas gracias por acordarte.
- ¿Cómo iba a olvidarlo si Carlos no deja de
acariciarte la barriga cada vez que te tiene a menos
de diez kilómetros de distancia? – Todos rieron.
- ¿Qué es eso de un camión? – Preguntó Carlos.
- ¿De qué otra forma queréis que traigamos todas
estas cosas? – Alcides preguntaba con verdadera y
mal disimulada sorpresa – Pensamos en el saco de
Santa, pero no lo vimos viable.
- Será mejor que repasemos el plan y hagamos a
todos partícipes. – comenzó a decir Martín a la vez
que rebuscaba en el bolsillo derecho del pantalón. Por
fin sacó un lápiz y comenzó a dibujar directamente en
la mesa de la cocina – Tranquila después lo borro –
Aclaró rápidamente al ver la cara de Lola – Soy un
chico limpio.
- No es limpio el que más limpia sino el que menos
ensucia – Le contestó la muchacha.
- ¿Lo leíste en una galletita de la suerte? –
Preguntó Frank con tono burlón.
- La verdad es que la escuché en la cola de la
pescadería – Se volvió hacía Martín – Espero que la
dejes, por lo menos, como estaba.
- La dejaré como los chorros del oro, no te
preocupes – contestó este sin prestarle demasiada
atención. – La idea es la siguiente: realizaremos una
pequeña incursión en busca de un vehículo lo
suficientemente grande para poder transportar todo lo
que necesitamos, además de bloquear el acceso a los
muelles de carga del hipermercado.
- Ya intentamos entrar ahí – Le cortó Frank – Pero
todo estaba lleno de esas…, esas cosas, el
aparcamiento, los alrededores, las calles de acceso…
- A Carlos estuvieron a punto de cogerle – Lola se
estremeció tan sólo con recordarlo.
- Exacto, la palabra clave es “a punto”, pero
olvidáis que el interior de las instalaciones estaba
limpio y nadie mejor que un antiguo encargado de
electro para conocer todos sus “recovecos” – Lo
interrumpió Alcides esta vez – Además no
contábamos con las locas idea de Martín. Fuimos
demasiado conservadores…
- Sigo sin tenerlo claro, yo no…
- No te preocupes Franky, no tendrás que
venir – Alcides comenzaba a perder la paciencia, algo,
por otro lado, bastante habitual cuando hablaba con
Fran.
- No seas capullo gordo de los cojones, yo
no he dicho que no…

- … Cuando tengamos el camión – Prosiguió


Martín, ignorando la discusión – al que Alcides
realizará el puente pertinente si no encontramos las
llaves puestas, lo cual, visto lo visto no creo que sea
algo tan descabellado. Lo llevaremos por la noche al
camino de acceso de los muelles, su volumen lo
bloqueará, por lo que podremos dejarlo marcha atrás
con la verja abierta y ninguna cáscara podrá entrar. A
la mañana siguiente, cada uno en un coche,
conduciremos hasta el aparcamiento y haremos todo
el jodido ruido que podamos, pondremos música en
los vehículos a todo volumen y correremos hasta la
pequeña puerta de acceso lateral para empleados,
que hay en el otro extremo del edificio, junto al
parking. Después todo será coser y comprar…
71

Tardaron dos días en tenerlo todo preparado. Al


final resultó que el camión sí tenía las llaves puestas,
por lo que no hicieron falta las dotes de Alcides para
arrancarlo. Al principio les costó un poco hacerse con
él, pues era un modelo americano bastante antiguo,
un Peterbilt que alguna vez fue rojo, con un remolque
gigantesco y vacío, que fue lo que les hizo decidirse
por él en lugar de por otro modelo más moderno.
- ¿De dónde cojones habrá salido esta reliquia? –
Martín parecía verdaderamente sorprendido.
- Con esto de la crisis, los compra-ventas se
hacían con cualquier cosa que tuviera cuatro ruedas o
diez…

Tan sólo se encontraron con un par de cáscaras


cuando giraban por la paralela al hipermercado,
Alcides, que conducía, los arrolló sin vacilar mientras
hablaba tranquilamente con Martín sobre todo lo que
harían al día siguiente…
- ¿Cogiste la cizalla? – Preguntó Alcides a Martín a
la vez que daba una calada al porro de aquella noche.
- No, tenía pensado romper el candado con los
dientes… ¿tú qué crees capullo?
- Más vale ser prevenido, imagínate la cara de
gilipollas que se nos quedaría si llegamos y no
tenemos forma de colarnos – Diciendo esto, Alcides
maniobraba el camión para entrar marcha atrás en el
camino de acceso, aceleró hasta chocar
deliberadamente contra la verja, que se abrió de par
en par, quedando bloqueada por el descomunal
remolque. – A esa cara me refería.
- Vete a la mierda, con el ruido que has hecho
atraerás a cantidad de cáscaras.
- No tengo pensado quedarme a esperarlas
¿sabes? – No había terminado de decir esto, cuando
ya había saltado de la cabina del camión y corría calle
arriba, Martín lo siguió de inmediato, sin dejar de
soltar maldiciones.
Tardaron casi veinte minutos en llegar a la iglesia,
tuvieron que rodear varios grupos de posesos y
desandar el camino otras tantas para impedir ser
descubiertos por más de esas criaturas.

Al día siguiente, dos coches se dirigían a toda


velocidad hacia el aparcamiento del hipermercado, un
Insignia y una Grand Voyager de las antiguas, se
detuvieron con un frenazo en seco en la última calle
del parking junto a la salida de la zona de carga y
descarga, justo en el extremo opuesto del edificio,
donde se encontraba la puerta de acceso para
empleados. Casi no les dio tiempo de salir de los
vehículos, las cáscaras habían acudido como moscas
a la mierda, a empujones se precipitaron hacia la
puerta que Alcides derribó lanzándose contra ella con
todas sus fuerzas.
- Pensaba que sería una puerta de seguridad –
Comentó Martín mientras intentaba recuperar el
resuello.
- En los planos es lo que pone, pero lo cierto es
que el fabricante se retrasaba y para poder abrir en la
fecha prevista, hicieron un apaño del que nadie tenía
conocimiento, excepto el gerente y un empleado que
les facilitó un contacto local que les tuneara con
rapidez una puerta de contrachapado. Después nadie
se molestó en reclamar la puerta verdadera,
colocaron tres cerrojos en lugar de uno y dos
cerraduras, una de ellas de seguridad. Los cerrojos
nunca se echaban, al menos en la época en la que yo
trabajaba aquí, ha sido una suerte que no se pierdan
las viejas costumbres.
- No olvides tú ahora echar esos cerrojos y poner
algo más bloqueando esa mierda de puerta. – Alcides
volcó un par de estanterías que había cerca. – Hemos
olvidado coger carritos.
- Siempre suele haber algunos dentro, pero
primero iremos al almacén y “compraremos” al por
mayor – El “torito” aún tenía batería por lo que
pudieron cargar gran parte de los productos de
primera necesidad, como papel higiénico, agua, y todo
tipo de alimentos en conserva, entre otras muchas
cosas, en no demasiado tiempo y sin apenas esfuerzo,
sin embargo ya era medio día y decidieron tomarse un
descanso para comer algo. Por fin llegó la hora de
entrar en la zona de autoservicio. El fuerte hedor a
podrido era tan denso que a Martín se le revolvió el
estómago y Al no pudo evitar dar un par de arcadas,
era evidente que los congeladores ya no funcionaban
y la comida congelada se pudría junto con la fruta, la
carne y el resto de alimentos perecederos… El cierre
a cal y canto de las instalaciones, algunos días antes
de la primera oleada había impedido que lo saquearan
todo y después sencillamente ya no quedó nadie para
asaltar nada.
En un principio pensaron que debía haber
supervivientes escondidos en cada rincón del pueblo,
pero poco a poco se fueron dando cuenta de que
estaban solos. Cada uno cogió un carrito de los varios
que había en los accesos al almacén.
- Sería conveniente no acercarse a las cristaleras,
no creo que esas cosas puedan entrar, pero mejor
mantener su interés lejos de aquí, nos hará la retirada
más fácil y un posible regreso más sencillo. – Martín
hablaba sin quitar la vista de la fachada principal del
edificio, desde allí se podían ver decenas de cáscaras
que se acercaban a los coches que aún se mantenían
arrancados con la radio a toda potencia.
- Arrasa con lo que veas… - Comenzó Alcides.
- Y generoso no seas. – Terminó Martín, y ambos
rompieron en carcajadas. Las primeras risas que en
varias semanas no sonaban a vacías y forzadas…
Alcides no podía dejar de darle vueltas a la
inexplicable euforia de su amigo, había despertado
hacía sólo unos días, después de estar al borde de la
muerte y sobre todo después de haberlo perdido todo
y sin embargo, aquí estaban, como adolescentes que
iban a gastar la paga del mes en el centro comercial
de moda. Claro que Al aún no conocía su pequeño
secreto.
Cogieron todo tipo de latas y botes que aún no
estaban caducados y algunos que lo llevaban no más
de dos semanas. Después fueron a por pastas y
legumbres secas, y así pasillo por pasillo. Cuando
terminaron de cargar todo lo que creyeron les sería de
alguna utilidad, habían dado tantos viajes al camión
para descargar que habían perdido la cuenta de las
veces y del tiempo que llevaban allí, comenzaba a
anochecer y acababan de darse cuenta de que ya no
se escuchaban los coches.
- Voy a la sección de jardín, a Frank le alegrará
tener más variedad de legumbres para sembrar y
sería bueno poder contar con más herramientas, no
podemos alimentarnos sólo de conservas y palomas.
- A mí me gustan las palomas – dijo Martín
convencido – Me gustan más que las lechugas.
- No me creo que no eches de menos una buena
ensalada con su lechuga, su tomatito, su aceitito, su…
- Vale, vale, me rindo, coge las semillas que te dé
la gana, yo cogeré algunas cajas de alpiste y comida
para pájaros, atraerá mejor a las palomas – Pasó el
brazo por el estante y volcó todas las cajas que había
colocadas dentro del carro de la compra. También se
acercó a la sección de librería y seleccionó algunos
libros para que le hicieran compañía las largas noches
de insomnio.
Ya se montaban en la cabina del camión para
marcharse cuando Martín se acordó de algo y se
encaminó de nuevo al interior del centro comercial.
- ¿Dónde coño vas ahora? – Le preguntó Alcides
algo molesto, no quería que les pillara la noche.
- Sólo es un momento, he olvidado comprobar si
tienen una cosilla… - Le contestó.
72

Transcurrieron unos diez minutos desde que


Martín cruzara el umbral de la puerta de acceso,
cuando Al escuchó unos fuertes alaridos. Al principio
creyó que serían las cáscaras que los habían
localizado por fin, así que cogió algunas armas y salió
corriendo en busca de su amigo. A punto de llegar a la
puerta volvió a escuchar los gritos y esta vez no sólo
fueron gruñidos, alguien había pedido ayuda. Alcides
cambió de dirección sin aminorar la velocidad y se
dirigió hacia la verja de salida de la zona de carga y
descarga. Los gritos parecían venir de la hondonada
que había al lado del edificio, justo en frente de la
pequeña puerta por la que habían entrado. Y que
hasta hacía pocas horas era un jodido hervidero de
posesos. Martín, en el momento justo de ver a Alcides
precipitándose fuera del recinto seguro y mucho más
templado, se dirigió a la cabina del camión y soltó las
cajas que cargaba, cogió su arco casero y el carcaj y
fue a averiguar lo que estaba ocurriendo.
Hubiese jurado que no había tardado ni dos
minutos, pero cuando llegó al borde del barranco, se
había montado un pandemonio de caos… Alcides
parecía estar protegiendo la entrada de una enorme
alcantarilla en medio de la hondonada. En el
antebrazo izquierdo tenía enganchado un jodido
pitbull del tamaño de una bañera y acababa de patear
la cabeza de otro perro descomunal de raza
indefinida. Como podía, con el brazo derecho libre,
mantenía alejadas a un puñado de aquellos posesos
hijos de puta – Al principio pensaron que era una
epidemia extraña que volvía loco a todo el mundo;
cuando se enfrentaron por primera vez a esas cosas,
Martín creyó que era muertos vivientes, ya que no
había manera de matarlos; y entonces fue cuando
encontraron los diarios de Gabriel, un sacerdote
italiano que había muerto en los sótanos de la iglesia,
y descubrieron la verdad de todo lo que sucedía –
Tenía que equilibrar la balanza. Afianzó su posición,
asegurándose de no pisar tierra desprendida y clavó
en el suelo, el manojo de flechas, arrodillado montó la
primera, apuntó con el arco en horizontal y atravesó
el cuerpo del Pitbull, provocando que soltara su presa
– En los animales las consecuencias de la posesión no
eran las mismas que en las personas, ellos morían
con mayor facilidad y sí sentían el dolor – colocó otra
y atravesó el ojo de lo que parecía un lobo, un puto
lobo demoníaco que se había lanzado desde lo alto de
la enorme alcantarilla para ir a caer muerto a los pies
del grandullón; tercera y cuarta flecha, en cuestión de
segundos, las dos cáscaras, como Martín llamaba a
los poseídos, más cercanas a Al perdieron la conexión
del cerebro con las extremidades al ser seccionadas
sus columnas vertebrales – Inutilizarlos era la mejor
forma de que dejaran de dar por el culo – un flechazo
en la espalda y otro en el cuello. Alcides, por su parte,
tampoco estaba quieto, había arrojado al perro de
raza desconocida contra el tronco de un árbol
cercano, partió el cuello a dos de las cáscaras y la
rodilla a otra más que le había mordido en la muñeca,
donde presentaba una fea herida que parecía no
querer dejar de sangrar. Cuando Martín terminó con
todas las flechas corrió a colocarse espalda contra
espalda de Alcides con sus armas preparadas…
- ¿Se puede saber qué coño hacemos
dándonos de hostias con todos estos cabrones? –
Martín no dejaba de lanzar tajos a cualquier cosa que
se le acercaba, fuera bípedo o cuadrúpedo.
- Cuida tu lenguaje que hay menores
delante, él era quién pedía ayuda – se limitó a decir
Alcides moviendo la cabeza en dirección al interior de
la alcantarilla. Cuando Martín miró con más celo, pudo
distinguir a un niño de unos siete años acurrucado en
el lateral del tubo, tiritando de frío y cubierto de
mierda hasta las orejas. – ¿Estás bien pequeño?
- Me-me llamo Dani – acertó a decir el
muchacho sin lograr detener el castañeo de los
dientes.
- Escúchame bien Dani – Comenzó a
gritarle Martín. La cosa se estaba poniendo fea, cada
vez llegaban más y más cáscaras que no dejaban de
gemir de manera insoportable, si no salían de allí en
ese mismo instante, no lo harían nunca – Tienes que
salir de ahí ahora.
- No-no-no me respon-den la-las piernas –
Daniel llevaba dos días sin moverse ni cambiar de
postura por miedo a que aquellas cosas que rondaban
la alcantarilla, desde hacía semanas, le descubrieran.
Se había orinado encima y ni siquiera se había dado
cuenta.
- ¡Joder! – Uno de los monstruos le
arrancó un mechón de pelo a Alcides, produciéndole
un desgarro y comenzó a sangrar abundantemente
por el centro de la frente. Martín pateó el pecho de
una de aquellas cosas que al caer hacia atrás se llevó
consigo a tres o cuatro más que se acercaban desde
atrás, agarró a Alcides por el hombro de la chaqueta y
le empujó hacia donde estaba el niño – Tú sólo no
podrás…
- Déjate de carajadas y coge al chico de
una puta vez… ¡VAMOS! – A Martín se le echaron
encima tres de esas bestias rasgándole la ropa y
arañándole la piel, a duras penas se deshizo de ellas
cuando un jabalí gigantesco que parecía haber salido
de la nada, se le echó encima haciéndole caer de
bruces, con unos colmillos como los cuernos del
mismísimo demonio a milímetros de la cara, Martín
comenzó a acuchillar el vientre de semejante bestia
con el arma que ya se le había clavado cuando caían
ambos al suelo, el cerdo salvaje no dejaba de chillar
de forma desagradable mientras vomitaba sangre
sobre la cara y el cuello de Martín que trataba de
zafarse del mortal abrazo sin dejar de clavar el
cuchillo una y otra vez en las entrañas del jabalí.
Cuando éste dejó de moverse Martín giró hacia un
lado y logró apartar la mole de carne justo a tiempo
de enfrentar una nueva arremetida de cáscaras, dos
hombres y una mujer que había perdido casi todo el
cuero cabelludo. Alcides apareció a su lado llevando a
Dani en los brazos, el muchacho se aferraba a una
sucia mochila como si su vida dependiera de ella, hizo
un gesto a Martín y le pasó al niño.
- ¡Sígueme lo más pegado que puedas a
mi espalda! – gritó Al.
- Sin problema, pero vámonos de una puta
vez – Alcides echó a correr hacia el aparcamiento del
hipermercado arrollando a todo lo que se ponía por
delante, incluidos sus tres nuevos amigos, la calva y
los otros dos, Martín caminaba detrás de él, lo más
rápido que podía cargando a Daniel.
Lograron salir de la hondonada prácticamente
ilesos, pero en el parking el problema no mejoraba,
parecía el jodido Woodstock. Giraron a la izquierda y
corrieron hacia la verja de acceso a los muelles, les
fue imposible evitar que los monstruos entraran tras
ellos por lo que ahora lo único importante era llegar a
la cabina del camión. Martín, que se había alejado un
poco intentando esquivar a más de esas cosas, rodeó
el camión por delante para subir al muchacho a la
cabina por el lado del acompañante, abrió la puerta
con dificultad y cuando se disponía a meter a Dani
distinguió por el rabillo del ojo que algo se le echaba
encima desde atrás, en un latido de corazón Alcides
interceptó al atacante, un poseso desquiciado de no
más de veinte años, lo alzó en el aire y le partió la
columna contra su rodilla levantada como se parte un
palo para la lumbre, dejó caer el despojo al suelo a
pocos centímetros de Martín y le dijo:
- Llegarás hasta aquí y no más allá. Dan Brown –
Tanto Martín como él rompieron en sonoras
carcajadas, como hicieran momentos antes en el
hipermercado, no era habitual tener razones para reír
dos veces en el mismo día. Ambos estaban tan
cubiertos de sangre y heridas, que no se diferenciaban
demasiado de sus atacantes.
- ¿Quién es Dan Brown? – Preguntó Dani aturdido.
- Un fanático del libro de Job – Contestó Martín
divertido y se dirigió a Alcides - Arranca y sácalo de
aquí, yo iré en seguida. – A Alcides no le gustó
aquello.
- ¿Qué vas a hacer? Vámonos de aquí ¡YA!
- Arranca y lárgate ahora mismo, no podemos
permitirnos el lujo de perder el camión y estas
cosas… son demasiadas… – Alcides arrancó el motor
con un estruendo, apretando demasiado el acelerador
y con el gesto contraído comenzó a subir
pesadamente la cuesta de acceso, mientras Martín
por su parte se subió al torito y llevándose por delante
todos los monstruos que pudo condujo hacia el
barranco, gritando como un energúmeno hasta
precipitarse con el vehículo fuera de la vista de su
amigo.
73

A los pocos minutos de camino, en plena noche


cerrada, Alcides que no dejaba de mirar por el espejo
retrovisor esperando que apareciera Martín, se fijó en
que Daniel estaba profundamente dormido y de la
mochila había salido un pequeño hurón plateado que
se acurrucó en el pecho del niño… Ahora entendía su
empeño por la raída bolsa de tela, aquel pequeño
mustélido quizá fuera su única familia.
Cuando Alcides llegó de nuevo a la iglesia, Carlos
le esperaba en la verja de acceso al recinto, el
tamaño del camión hacía imposible la tarea de
ocultarlo junto al jardín de olivos ilustres, al menos así
era como lo llamaba Martín ya que cada uno de los
árboles, según un pequeño cartel colocado junto a
ellos, había sido sembrado por una figura famosa del
mundo de la literatura o el periodismo en el último par
de siglos, y al que se accedía por la entrada de
vehículos que ninguno supo qué uso le daban los
antiguos frailes, aquella puerta de hierro tenía toda la
apariencia de una cochera moderna. Claro que aquello
nunca había sido una cochera, la entrada se construyó
para facilitar las tareas de restauración del templo,
que por otra parte tampoco fue nunca un convento.
- ¿Se puede saber por qué habéis tardado tanto?
¿Y …dónde está Martín? – Alcides le hizo un gesto
para que bajara la voz y le señaló la cama del camión.
A Carlos se le iluminó la cara – Es… un niño,
¿Cómo…?
- Lo encontramos cerca del centro comercial, debió
escuchar el jaleo que montamos y comenzó a pedir
ayuda, lo escuchamos de puta casualidad. En cuanto
a Martín, el loco hijo de… Se metió de lleno en el jod…
- El sonido de un motor demasiado forzado les hizo
volver la cabeza. Martín, a toda velocidad, daba
bandazos intentando deshacerse de varios poseídos
que se aferraban al capó y la luna de un viejo Vectra
GT de color rojo desvaído, pasó de largo el camino
empedrado que conducía a la Colegiata y se alejó por
el lado opuesto. Carlos se descolgó la escopeta de
caza del hombro y corrió a la carretera, llegando justo
a tiempo para ver como el coche giraba en redondo en
un ensanche de la calzada y se encaminaba de nuevo
hacía él, faltó poco para que el vehículo volcara…
Caminó hacia el centro de la calle, levantó el arma y
cuando lo tuvo lo suficientemente cerca para no errar
el tiro, disparó a la cabeza del que estaba sujeto al
techo, que salió despedido hacia atrás. Carlos abrió la
escopeta, extrajo los cartuchos y metió dos nuevos.
- ¡Frena! – Gritó a Martín, el cual pisó el pedal a
fondo provocando que las cáscaras sobre el capó
salieran volando hasta caer y rodar por el suelo,
Carlos se acercó a ellos que se retorcían en el suelo
intentando volver a levantarse y les disparó a cada
uno de nuevo en la cabeza. Para él nada de aquello
era agradable, aún no se había acostumbrado a matar
personas, aunque supiera que ya no lo eran, al menos
no del todo. Martín se hizo de nuevo con el control del
coche y se acercó a él despacio.
- Sube que te llevo – Cuando Carlos se sentó junto
a él, un fuerte olor le hirió la nariz.
- ¿Qué es esa peste? – Martín no pudo evitar
sonreír.
- Una pequeña sorpresa gentileza del infierno.
Pasaron la verja que Alcides cerró a su paso y se
dirigieron a la zona en la que su amigo había aparcado
el viejo Peterbilt, en la parte de atrás del edificio
sacro. Alcides fue directo hacia Martín pero no tuvo
tiempo de preguntarle, él se volvió cargando algo
pesado que había en el asiento trasero, una de las
enormes patas traseras del jabalí que había abatido
cuando encontraron a Dani.
- ¿Qué…?
- ¿Cuánto tiempo hace que no comemos carne
fresca? ¿No te hacen un par de filetes de jabalí,
Obelix? ¿Mucho mejor que las lechugas y las
palomas? – Martín sonreía de oreja a oreja con el
jamón sobre el hombro y un feo corte en la ceja
izquierda.
- Definitivamente estás para que te encierren.
Cuando todo esto termine pienso irme de misiones
con los negritos de África. – Le cogió la pesada
extremidad como quien coge una almohada de plumas
y la llevó a la cocina – ¿Para qué volviste al
hipermercado? – Martín se acercó a la cabina del
camión y sacó un par de bolsas de rafia del suelo,
delante del asiento del acompañante.
- Esto nos hará la vida más fácil – Les dio a Carlos
y a Martín unas cajas de las que había en las bolsas –
son convertidores de tensión para el mechero del
coche, podremos enchufar lo que nos dé la gana y
sólo necesitaremos un poco de gasoil o gasolina.
- Esto es genial – Carlos miraba el aparato como si
fuera el mejor invento del mundo.
- Hemos traído baguettes precocinadas. Lo
probaremos esta noche en la cena, jabalí a la brasa y
pan recién hecho, ¿qué más se puede pedir? – A
Alcides se le hacía la boca agua de tan sólo escuchar
a Martín.

Aquella noche disfrutarían de una buena comida y


Daniel se llevaría algo caliente a la boca por primera
vez en mucho tiempo. Después de todo había sido un
buen día, tras su pequeña aventura habían conseguido
provisiones para mucho, mucho tiempo y lo más
importante, eran uno más en la familia.

Días más tarde, Carlos, desde la torre y a eso de


las seis de la tarde, fue testigo de una escena que le
dejó perplejo. Alguien estaba disparando en la plaza
de España, a unos doscientos metros de donde ellos
se encontraban. Si no estaba viendo visiones, el infeliz
se había subido a lo alto de la fuente que presidía el
espacio, defendiendo su posición con uñas y dientes.
Sin embargo el número de esas cosas inclinaba con
rapidez la balanza… Tras la voz de alarma, Alcides,
Frank y Martín no tardaron en llegar hasta él, en el
preciso momento en que este se veía superado por
sus atacantes. Entre los cuatro lograron abrir una
brecha en la marea de cuerpos hambrientos e
iracundos y pudieron escapar por una de las callejas
adyacentes…

La historia de Manu, como se llamaba la nueva


incorporación al grupo de supervivientes, era similar a
tantas otras… Había intentado hacerse fuerte en su
propio domicilio hasta que, asediado por la falta de
agua y alimentos, se echó a la calle en busca de un
lugar mejor para estar a salvo… Ahí terminaba su
tragedia, sin más muertes que la de la esperanza
misma.

En menos de una semana, el grupo había


aumentado en dos nuevos miembros, quizá las cosas
estuvieran comenzando a cambiar a mejor. Cuán
equivocados estaban.
74

Los padres de Dani estaban muertos y él lo vio


todo, así de simple y desgarrador. Él y Codo desde
entonces no se separaban, lo que es una afirmación
estrictamente literal. El animal vivía sobre él, dormía
entre sus ropas o dentro de la mochila que tenía
acondicionada como casa colgante y comía sobre su
hombro. Ni siquiera se bajaba para cagar. Era
gracioso verlo en esta tarea – siempre que no
pensaras en los motivos que habían propiciado tan
extrema simbiosis – Daniel se quedaba muy quieto
mientras Codo bajaba por su pantalón hasta su bota y
desde allí desahogaba su pequeño y peludo cuerpecito
en el suelo. La primera vez que Al, vio al “bicho” –
como él lo llamaba – cagar de tan curiosa forma, no
pudo dejar de reír durante quince minutos, el hurón
asomaba el culo, agarrado a los cordones de Dani,
como si en lugar de tierra le esperara lava fundida.
El niño no hablaba nunca, nadie supo por qué
hasta que Verónica, encariñada con el muchacho
desde el primer momento, comenzó a hacerse cargo
de él de forma más asidua, aunque con ella se
limitara simplemente a asentir o negar con la cabeza
cuando esta le preguntaba cosas explícitas sobre su
vida. Aun así Daniel del que nunca se separaba era de
Alcides, aunque no había comunicación. El hecho de
que lo hubiera encontrado parecía haber provocado
que se produjera un vínculo con su “salvador”, aunque
por suerte no tan estrecho como el que tenía con su
mascota. Al chico no le gustaba perder a Alcides de
vista. Cuando éste salía con Martín nadie veía al
muchacho hasta que el grandullón volvía. Las
primeras veces lo buscaron hasta debajo de las
piedras instados por Verónica cuya preocupación
rozaba, demasiado a menudo, el extremo. Pasado un
tiempo todos se acostumbraron a este
comportamiento. Al final fue la propia Verónica la que
descubrió el escondite de Dani, aunque ella nunca se
lo dijo, temía romper la confianza que tanto le había
costado ganar.
A Dani le gustaba Verónica, se parecía a su
madre, ella también era pelirroja y tenía pecas en la
nariz, “besos de hada” decía su madre. Su piel
también era blanca, al menos antes del “estropicio”.
Su padre siempre decía eso cuando pasaba algún
percance en casa, y lo de su madre fue el más gordo
de todos… Después de enfermar su piel dejó de ser
blanca y se volvió gris, en algunos sitios morada, casi
negra y ya no olía a manzana, o quizás sí, pero eran
manzanas podridas.
A su madre le diagnosticaron la nueva gripe,
bastante virulenta… Y una mierda.
Los días pasaron y cada vez era más evidente que
no era gripe lo que estaba consumiendo a la madre de
Dani, a no ser que fuera una nueva cepa combinada
con lepra. Para el pequeño era como si alguien llevara
puesto a su madre y ésta no fuera de su talla, le
viniera pequeña. Codo también lo había notado, antes
siempre estaba rondando a Carolina para que le diera
galletas pero desde que enfermó ni siquiera
permanecía más de dos segundos en la misma
habitación que ella. Entonces comenzaron los vómitos
y los ataques, y su padre tuvo que dejar el trabajo en
el hospital, pensaba que estando en casa podría
cuidar mejor de su esposa, sin embargo, en lugar de
conseguir alguna mejoría, fue él el que comenzó a
sentir las consecuencias del cansancio y la
impotencia.
El hedor que despedía Carolina comenzó a inundar
toda la casa, Dani no se quejó, seguía yendo a darle
un beso de buenas noches, antes de irse a dormir,
pero mamá ya no olía a manzanas podridas, era más
bien como olía Bilbo cuando lo encontraron en el
cobertizo. Bilbo era el gato de Dani, aquel verano le
cayeron encima cuatro sacos de tierra para el jardín
que tenían amontonados en la caseta que había
detrás del bloque. Para cuando dieron con el pobre
animal, llevaba más de una semana pudriéndose bajo
el sofocante calor de un tejado de uralita. Aquella vez
Dani sí lloró, no demasiado, esperó a llegar a la cama
y lo hizo en silencio. Fue el motivo por el que su padre
compró a Codo, Carolina lo eligió de entre todos los
que había, se fijó en un pequeño whippet plateado
con un antifaz en forma de uve, que le pareció
encantador… Definitivamente mamá olía como Bilbo…
Una semana después Leo prohibió a su hijo volver
a entrar en el dormitorio de Carolina, fue cuando
comenzaron los gritos. Su padre instaló una cerradura
en la puerta del dormitorio. Mamá siempre estaba
sola y la única llave siempre estaba en poder de Leo,
sin embargo, cuando padre e hijo cenaban en la
cocina, solían escuchar como diferentes personas de
distinto sexo discutían y gritaban dentro del
dormitorio, ninguno decía palabra alguna, ni se
miraban, seguían comiendo en silencio como si nada
ocurriera. Leo le había explicado a Dani que a mamá
le gustaba escuchar la televisión demasiado alto, pero
él era pequeño, no estúpido, era imposible que todas
las noches emitieran la misma película y más aun
estando la tele del dormitorio empacada en el desván.
En aquellos días el hurón sólo se alejaba de Dani para
ir a su cajón de arena, a veces tan deprisa que
cagaba todo el pasillo cuando salía corriendo hacia el
muchacho.
Entonces llegó cuando el “estropicio” se hizo
enorme y las fiestas se fueron por el retrete. A Leo le
encantaba la navidad, siempre decía que era curioso
como en los días más cortos y oscuros del año, gente
de todas las religiones festejaba la luz…
Lo que fuera que estaba dentro de Carolina, había
logrado salir… Leo dejó el dormitorio con el rostro
desencajado, el labio partido y un profundo corte en
la mano izquierda, que más bien parecía un mordisco.
Cerró la puerta a duras penas. Algo o alguien
intentaba escapar dando violentos golpes y
empujones.
- ¡Dani! ¡Dani, vamos, corre, sube a tu habitación
y coge la mochila que preparamos para emergencias!
Leo le había explicado a su hijo que llegaría el
momento en el que tendría que correr, tendría que
correr mucho y no mirar atrás hasta llegar a casa de
Hamlet. Su amigo Jaime, este era su verdadero
nombre, vivía en el otro extremo de la calle, así que
tendrían que correr muchísimo. Nunca llegaría…
Todo a su alrededor se volvió caos. Vivían en
Reina Mercedes, en un bloque de pisos justo enfrente
de la facultad de matemáticas. Desde el portal, la
marea de gente que corría desesperada de un lado a
otro, le daba miedo, pero entonces escuchó el grito,
un alarido desgarrador que retumbó por todo el
edificio, aunque muy lejos de parecerse a la voz de su
madre, algo en su interior le decía que era ella, o al
menos lo que había dentro y que ya no estaba en el
dormitorio. Se la imaginó corriendo escaleras abajo,
cayéndose y volviendo a levantarse pero sin detener
sus torpes pasos en busca de su hijo. No lo pensó,
abrió la puerta y salió fuera quedando envuelto en el
oleaje humano que lo arrastró de un lado a otro, en
precario equilibrio, hasta que pudo refugiarse entre
unos contenedores de basura, justo en la esquina con
Páez de Rivera. Al principio, las personas que corrían
de un lado a otro, parecían tan asustadas como él,
pero entonces comenzaron a llegar los otros, a veces
aparecían desde una calle adyacente o salían de algún
edificio, pero otras, otras se transformaban allí
mismo. Siempre igual, se detenían de golpe como un
mimo que se estrella contra una mampara
inexistente, los brazos le caían laxos a los lados del
cuerpo, en ese punto algunos perdían el control de
sus esfínteres justo antes de comenzar las
convulsiones, después los globos oculares se volvían
hacia dentro, la boca se desencajaba en un grito
mudo mientras la piel, al volverse casi translúcida,
mostraba cada una de las venas y arterias que
formaban el sistema circulatorio humano, en ese
instante dejaban de ser hombres o mujeres y se
convertían en otra cosa, una sedienta de sangre y
destrucción que miraba a su alrededor con avidez
desmedida buscando una presa sobre cuya garganta
saltar y desgarrar. Dani estaba demasiado asustado
para salir, el número de monstruos aumentaba cada
vez más deprisa, pronto superaría al de víctimas
potenciales. Sin saber qué otra cosa hacer, el niño se
envolvió en cartones y se ocultó bajo uno de los
contenedores. En aquella posición no podía ver nada,
pero los gritos que escuchaba a su alrededor lo hacían
temblar de pies a cabeza.
Conforme pasaban las horas y el día abandonaba
perezosamente las calles de Sevilla, los gritos y pasos
que se escuchaban cerca de su escondite se iban
extinguiendo, exhausto por el miedo y la carrera,
Daniel no tardó en quedarse dormido. Algunas horas
antes del alba despertó aterido de frío y con la
sensación de sólo haber dado una cabezada de un par
de minutos. Confuso, tardó todavía algunos instantes
en darse cuenta de la situación en la que se
encontraba. Intentó desperezarse con cuidado y echó
un vistazo en la mochila, Codo dormitaba intranquilo
en el fondo. Todo lo había hecho sin apenas moverse
de su saco de dormir improvisado, pensaba salir con
cuidado para echar un vistazo cuando sintió que algo
le tironeaba de los zapatos, su corazón se detuvo un
instante y la respiración se le hizo tan pesada como si
inhalara agua con cieno. Comenzó a llorar en silencio,
repitiendo una y otra vez la oración que rezaba con su
madre cada noche, antes de que cayera enferma, fue
la única que recordó.

“Escucha Israel,
el Señor es nuestro Dios,
el Señor es uno.
Amarás al Señor tu Dios,
con todo tu corazón,
con toda tu alma y
con toda tu fuerza.
Este es el primer mandamiento de la vida,
el segundo es igual a este,
amarás a tu prójimo como a ti mismo
y tendrás la vida eterna.”

Dani no tenía demasiado claro quiénes eran sus


prójimos en todo aquel estropicio ni si Dios tenía la
más remota idea de lo que estaba pasando allí… Lo
que fuera que estaba tirándole de los zapatos había
comenzado a revolver los cartones y se acercaba cada
vez más a su cabeza, no tenía escapatoria, ahora
escuchaba leves gruñidos y un sonido viscoso y
repugnante que le heló la sangre. Dejó de entrar luz
por la pequeña apertura de los cartones, lo cual
significaba que una de aquellas cosas acababa de
descubrirlo, ¿lo agarraría de los pelos y lo arrastraría
fuera para devorarlo? ¿O se limitaría a arrancarle la
cabeza allí mismo? Los segundos de espera se
hicieron eternos hasta que un agudo gemido le hizo
perder el hilo de sus temores, sacando el valor de lo
más profundo de su pequeño cuerpo, giró la cabeza
para enfrentarse a su destino, que no resultó ser otra
cosa que un sucio y pulgoso perro callejero que
buscaba algo que llevarse a la boca. El niño no pudo
evitar echarse a reír de puro nerviosismo, el perro
asustado dio unos pasos atrás y se alejó de los
depósitos de basura con las orejas gachas y sin dejar
de mirarle con la cabeza torcida hacia un lado, al niño
le pareció el animal más bonito del mundo y justo
ante sus ojos una mujer de unos sesenta años
arremetió contra el perro y comenzó a destrozarlo a
mordiscos entre los aullidos de dolor del pobre animal.
Daniel salió de su escondite, se ajustó la mochila y
corrió como hiciera horas antes, cruzando el paseo de
las palmeras y enfilando Cardenal Ilundain como si no
fuera a haber mañana. Llegó sin resuello al final de la
calle, había esquivado por los pelos a otra de esas
cosas, que tras unos minutos persiguiéndole, cambió
de idea y se lanzó hacia una anciana que intentaba
arrastrar una maleta demasiado pesada. Para su
tranquilidad, en la bifurcación de Alfonso Lasso de la
Vega, apenas había gente, un coche casi lo atropella,
pero aparte de eso, todo comenzaba a calmarse un
poco, aun así, supuso que cuando llegara a la rotonda
con cielo azul, las cosas volverían a ponerse feas.
Estaba confuso, no sabía hacia dónde escapar, el plan
de su padre era ir a casa de Jaime, pero eso lo
descartó nada más ver la muchedumbre en las calles
y los primeros ataques. Su amigo vivía en el otro
extremo de Reina Mercedes, demasiada distancia,
demasiada gente… A pocos metros delante de él
estaba el paso elevado de la vía del tren, sería un
buen lugar para descansar y pensar qué hacer.
A la sombra del puente de hormigón se sentó
junto a un viejo Seat Toledo, que parecía abandonado,
la ventanilla trasera derecha no tenía cristal y alguien
había cerrado el hueco con cartón y cinta de embalar.
Se sentó, apoyando la espalda en una de las ruedas
del coche y abrió la mochila para que el hurón pudiera
salir a estirar un poco las patas y el resto del cuerpo.
Rebuscó en una pequeña bolsa de congelados con
cierre zip, algunas galletas y fruta que su padre le
había guardado, pero sólo encontró migajas, un par
de semillas de manzana y un revelador agujero en el
fondo.
- ¡Codo! Te has comido toda la comida, era
nuestro suministro de emergencia. ¿Qué se supone
que voy a comer yo ahora? – El pequeño animalito lo
miró sin expresión en el rostro y volvió a meterse en
la mochila, lo que Dani interpretó como un gesto de
arrepentimiento – Bueno anda, no pasa nada, ya
pasaremos por alguna tienda, papá también me dio
algo de dinero, podremos comprar esas salchichas de
lata que tanto te gustan – El hurón asomó el hocico y
olisqueó el aire intentando localizar su comida
favorita. El chico rebuscó un poco más en el morral
hasta encontrar uno de esos pequeños zumos para
llevar, de fruta y leche. – Esto es mejor que nada. Se
lo tomó casi de golpe, dejando el último buche para
su pequeño amigo, que en agradecimiento se le subió
al pecho y volvió a quedarse dormido. Daniel, aunque
no tenía intención alguna de seguir los pasos de su
mascota, no pudo evitar que el agotamiento le
venciera y también él terminara por cerrar los ojos y
dejarse llevar por el sueño.

Era noche cerrada cuando despertó y lo primero


que se le vino a la mente fue el móvil de papá, su
padre le había dado el teléfono con instrucciones
claras de que lo llamaría cuando todo pasara y que
sólo debía usarlo si había alguna emergencia, tenía
pregrabados los números principales de la familia, el
de tío Jorge, el de los abuelos y también el de la
policía. Con ojos entreabiertos y párpados pesados,
descorrió la cremallera del bolsillo exterior y extrajo el
iPhone de Leo, pulsó el botón que iluminaba la
pantalla y buscó impaciente algún indicio de llamada
perdida pero sólo se encontró de bruces con la terrible
realidad de una rayita menos en el indicador de la
batería. No había pensado en eso, ¿qué pasaría si el
teléfono se quedaba sin pilas antes de que lo
llamaran? Fue consciente en aquel mismo instante de
lo solo que estaba y que quizá nunca más volvería a
ver a su familia. Era un niño, pero los ruidos que lo
acompañaron escaleras abajo cuando huía de su
propia casa… Fuertes golpes como de muebles
volcados, cristales que se rompían, quizá la porcelana
de mamá en la vitrina del salón y aquel grito aterrador
seguido de un lamento ahogado que algo en la boca
del estómago le decía que había salido de la garganta
de su padre… Se estremeció, el frío empezaba a
calarle hasta los huesos. Tenía que moverse rápido,
no era una buena idea pasar la noche a la intemperie
con aquellas cosas por todas partes, tenían que
encontrar algún sitio en que poder esconderse y estar
calientes. El pensamiento en plural le hizo acordarse
de Codo y comenzó a buscarlo con la mirada, no lo
encontró por ningún lado, ni siquiera dentro de la
mochila, era muy extraño, desde que su madre
enfermara, el hurón no se separaba de él ni un
segundo, a veces para ir al baño, pero poco más. Se
levantó para llamarlo y al estar frente a frente con
una de las ventanillas laterales de la tartana tras la
que se habían refugiado, súbitamente la oscuridad de
su interior dejó espació a un rostro enorme, redondo y
amarillento como la misma luna llena, que lo miraba
con una extravagante sonrisa, el niño se sobresaltó y
cayó hacia atrás ahogando un leve grito de pánico.
75

Estuvo tentando de salir corriendo pero no podía


alejarse de allí, no sin Codo. Aún desde el suelo y con
el culo dolorido por el golpe, vio como aquella fea cara
volvía a ser consumida por la oscuridad segundos
antes de que la maneta de la puerta trasera sonara y
esta comenzara a abrirse con un molesto chirrido de
bisagras oxidadas. El miedo había congelado a Dani,
haciendo que fuera incapaz de moverse del sitio. La
bota que salió del coche y se posó con dificultad en el
sucio asfalto, le recordó a la que calzaban los
vaqueros en las películas del oeste. Lo que el niño
confundió con espuelas eran las partes metálicas de
un viejo calzado ortopédico de resorte. Dos manos
pequeñas y regordetas con dedos rechonchos y
blancos que recordaban a gusanos de seda
asquerosos y alimentados en exceso, se sujetaron al
marco y la parte alta de la puerta a modo de garfios
de escalada, tras varios intentos que hicieron que el
coche se mecieran violentamente de un lado a otro,
su ocupante logró salir del vehículo que más bien
parecía vestir a juzgar por su descomunal tamaño,
debía pesar alrededor de los doscientos kilos, Daniel
jamás había visto a una persona tan gigantesca.
Aparte del coche, llevaba puesta una camisa con los
botones a punto de saltar como los tornillos de un
submarino a demasiada profundidad y que apenas le
tapaba por completo la barriga, que asomaba obscena
por debajo. De los pantalones de pana marrón, sólo
se veía a partir de las rodillas, todo lo demás quedaba
oculto por michelines de pura grasa. Su cabeza, del
tamaño de un balón de playa e igualmente redonda,
casi completamente calva, a excepción de un mechón
de pelo sobre las orejas y algunos pelos que los unían
por encima a lo Homer Simpson, lo miraba con
pequeños ojos de un azul lechoso, casi tan
desagradable como los torcidos dientes que llenaban
su boca, amontonados al azar y descubiertos por una
sincera y enorme sonrisa que le daba el aspecto de un
payaso siniestro y antropófago.
- Hola tessoro, no debes tener miedo, no voy a
hacerte daño – La voz del extraño era tan aguda que
no parecía provenir de aquel cuerpo enorme, sin
embargo era la manera que tenía de hablar en
susurros lo que hacía que al muchacho se le pusiera la
piel de gallina –Gilberto noss llamamos, sí así noss
llamamos, aunque nuesstros amigos noss llamaban
Gil… Cuando loss teníamos – Algo en su forma de
hablar le era familiar a Dani, sin embargo no fue
capaz de averiguar qué.
El orondo Gil le tendió la mano al niño a modo de
saludo y para ayudarle a ponerse de nuevo en pie. El
contacto con su piel fría y pegajosa provocó que a
Daniel se le revolviera el estómago.
- Arriba, pequeño tessoro, tiempos no buenos para
estar ssolo. Gil se ha presentado, Gil, ¿cuál es tu
nombre tessoro? – El cerebro del niño procesada sus
recuerdos a velocidad de vértigo intentando identificar
aquella sensación de deja vu.
- Soy Daniel. Estoy esperando a mi padre, ya no
debe tardar- Le mintió el niño – Acabo de hablar con
él por teléfono.
- Tessoro, nosotros vimos, nosotros escuchamos,
no debes mentir a Gil, Gil sabe, Tessoro sólo, Tessoro
perdido, nosotros ayudar.

El pequeño nunca lo sabría, pero Gilberto Renard,


natural de Alicante, había sido comercial de Smurfit
Kappa, una empresa de embalajes de alta calidad
ubicada en San Vicente de Raspeig, donde una vez
viviera él con su familia.
Cuando Isabel García conoció a Gilberto nunca
imaginó que aquel delgaducho friki de la literatura
fantástica se convertiría en su esposo. Fueron juntos
al instituto y aunque ella formaba parte de las chicas
guapas y él de los inexistentes, una noche de fin de
semana, demasiado borracha para distinguir qué polla
era de quién, terminó acostándose con Gil en la parte
de atrás del viejo Seat del padre de este. Como
resultados, un bombo incipiente y una boda prematura
que fulminó los sueños universitarios de ambos.
Isabel se había visto a sí misma, en infinidad de
ocasiones, como una periodista de éxito, presentando
algún programa de cotilleos en la televisión nacional,
o de locutora de radio acompañando a alguno de los
grandes… Lo último que hubiera imaginado era tener
que soportar el peso de un matrimonio de
conveniencia, acarreando a dos gemelos insufribles y
un marido cojo y aprensivo cuyas únicas aspiraciones
en la vida eran leer novelas absurdas y ver películas
imposibles.
Pero la providencia no iba a dejar que se ahogara
en su pesadilla personal, sólo necesitaba una excusa,
un pequeño empujón que le diera el valor suficiente
para acabar con todo y buscar un nuevo comienzo. Y
ese pequeño impulso vino de la mano de la crisis
económica, en forma de email directamente al buzón
de correo de la cuenta de German Esguerra, jefe de
recursos humanos del grupo Smurfit. En él se le
instaba a reducir gastos en el departamento comercial
de las sedes españolas de forma inmediata, alegando
un exceso de contratación no justificado con un
incremento notable de las ventas. Gilberto no se lo
tomó demasiado bien y sin meditarlo demasiado
decidió renunciar a su puesto de trabajo en un gesto
lleno de orgullo pero vacío de inteligencia, por lo que
de la noche a la mañana se vio sin trabajo, sin
indemnización y sin derecho a desempleo. Aunque la
patada en el culo de Isabel no fue literal, se escuchó
en kilómetros a la redonda.
Gracias al divorcio exprés en tan sólo unos días, el
bueno de Gil también se quedó sin esposa, sin la
custodia de sus hijos, sin hogar… Lo único que le
quedó fue el viejo Seat Toledo de su padre y un
maletero lleno de muestras de cajas de cartón y tipos
de papel. Por suerte para él, su madre aún vivía y lo
recogió en su pequeño piso del centro de Alicante.
Pero cierto es el dicho que afirma que las desgracias
nunca vienen solas. Apenas varias semanas después
de mudarse, una angina de pecho se llevó a la
anciana mujer que le llevara en sus entrañas diez
largos meses, a Gil le costó encajar desde el principio,
su cuerpecito alargado y su piel apergaminada le
daban el aspecto de un extraño reptil recién nacido,
algo que se reafirmó cuando a las pocas horas
comenzó a mudarla completamente como una
serpiente. Los entendidos lo denominan síndrome de
dismadurez, el bebé vuelve a la normalidad a los
pocos días. No hubo funeral, ni entierro, ni siquiera
pésames, y no los hubo porque nadie se enteró de la
muerte de la anciana. Gilberto lo mantuvo en secreto,
se lo ocultó a todos para seguir cobrando la pensión
de viudedad de su madre y así poder subsistir. Apenas
salían de casa desde los rumores de la pandemia, así
que nadie echó de menos a la mujer y gracias a la
magia de Internet, tampoco él volvió a tener la
necesidad de salir a un mundo del que sólo esperaba
agresiones. Compró un tanque congelador en
Amazon, que recibió al día siguiente y utilizó para dar
descanso a los restos mortales de su madre. A partir
de ese momento su vida se limitó al sillón frente al
ordenador, a la cama o al váter y de nuevo frente al
ordenador, que utilizaba, más que nada, para ver
películas y series. Lentamente la metamorfosis se fue
realizando, su escuálido cuerpo de apenas cincuenta
kilos comenzó a ganar peso con rapidez, gracias a la
comida basura y al ejercicio inexistente. La nula
exposición al sol provocó que la piel fuera perdiendo el
color hasta volverse pálida y frágil. Incluso comenzó a
quedarse calvo. Cada vez eran más frecuentes las
conversaciones consigo mismo motivadas por la
extrema soledad… Tras el primer semestre de
encierro voluntario ya se había transformado por
completo en la ameba humanoide con la que Dani se
encontró. Cuando el mundo se vino abajo no le quedó
más remedio que salir de su madriguera si no quería
morir de hambre, el medio era evidente, aún
conservaba el coche, el destino… Había llegado la
hora de ajustar cuentas con la zorra que lo abandonó
y lo convirtió en aquella abominación. Su última
dirección la situaba en Sevilla.
Todo fue mucho más rápido y fácil de lo que jamás
hubiera pensado, tanto, que tuvo el convencimiento
de la existencia de una entidad superior y de que
ésta, sin lugar a dudas, estaba de su parte. Nada más
llegar a la capital hispalense, y sin tener la más
remota idea de por dónde estaba la dirección de
Isabel, torció a la derecha por la avenida de Andalucía
y entró en la calle Amor, qué ironía… No había
recorrido ni doscientos metros, cuando en el primer
paso de peatones se encontró de bruces con aquella
arpía, cruzaba presurosa, sin esperar que el semáforo
se pusiera en verde para los peatones, cargando con
una pesada maleta que parecía estar ganando la
encarnizada batalla. No tuvo más que apretar el
acelerador y contener la respiración, la velocidad y el
morro del coche hicieron el resto. Tras la embestida el
cuerpo de la mujer fue a parar al arcén, con los
brazos y las piernas en posiciones imposibles, La
mandíbula se dislocó hacia un lado y la boca se le
llenó de sangre que comenzó a derramarse por el
suelo. Gil, por su parte, perdió el control del vehículo
que fue a estrellarse de costado contra una farola.
Empapado en sudor y con el corazón a mil por hora,
intentó volver a arrancar el coche temiendo las
represalias de los vecinos, pero para su sorpresa
nadie acudió al accidente, ni para ver cómo estaba la
víctima, ni para intentar retener al criminal hasta que
apareciera la policía. Los gritos que llegaban a sus
oídos no tenían nada que ver con el atropello. Las
personas, las personas se atacaban entre sí pero no
parecían normales, sus ojos… Estaban como
enloquecidas. Podía diferenciarse claramente entre los
que huían y los que perseguían, algo extraño estaba
ocurriendo y no creía que tuviera nada que ver con las
cosas que había leído en la red sobre el virus que
estaba asolando la Tierra… El motor arrancó por fin y
con torpe juego de pies logró meter la primera y salir
calle abajo, dando bandazos. Apenas tres kilómetros
más adelante, un fuerte dolor de cabeza le hizo
detener el coche bajo el paso elevado de las vías del
tren, debía haberse golpeado contra la puerta cuando
se cargó la farola. Se tocó la parte izquierda y una
fuerte punzada brotó bajo las yemas de sus dedos
haciéndole entrechocar los dientes. Comenzaba a
marearse y aún estaba demasiado excitado, lo mejor
sería descansar un rato, al fin y al cabo había
terminado lo que había ido a hacer allí y las sombras
del puente lo mantendrían a salvo. Unas horas de
sueño le despejarían la mente y entonces podría
decidir su siguiente paso.
76

Leo le había dicho que no debía acercarse a nadie,


aquella enfermedad era realmente mala y contagiosa.
Si no tenía más remedio que entrar en contacto con
otras personas, tendría que ponerse la mascarilla que
juntos habían metido en la mochila de emergencia, sin
embargo no le pareció educado hacerlo delante de
aquel hombre que no dejaba de mirarlo con extrema
atención.
- Tú confiar en Gil, nosotros te protegeremos
tessoro, te alimentaremos – El gigante se volvió de
nuevo al coche y metió la cabeza y un brazo por la
misma puerta por la que él había salido, tras unos
segundos de escuchar el ruido de bolsas de
supermercado y papeles, se giró y tendió al muchacho
un paquete de pastelitos rellenos de chocolate de los
del círculo rojo.
Al niño le pudo más el hambre que la desconfianza
y cogió los dulces que devoró con ansia en pocos
minutos. Se limpiaba las manos en los pantalones
cuando vio de soslayo como Codo se metía de nuevo
en la mochila, el señor Renard no lo vio y Dani,
aunque no sabía el motivo, se alegró por ello.
- Bien hecho tessoro… Ahora subiremos al coche,
nos iremos.
- No puedo irme, mi padre… - El gran
Gilberto lo interrumpió.
- Gil te llevará, Gil llevará al tessoro con su
padre – Comenzaron a escucharse gritos en Juan de
la Cosa, una de las calles perpendiculares a la que se
encontraban – Ellos vendrán, vendrán y harán daño a
tessoro, tenemos que irnos, Gil, tenemos que irnos…
– Sujetó al niño fuertemente por el brazo y lo subió al
asiento del copiloto, Daniel había tenido el tiempo
justo de recoger su bolsa, pero no de salir corriendo.
Cuando el señor Renard se encajó, literalmente, tras
el volante, el niño abrazó la mochila con auténtico
terror.
- Quiero ir con mi padre – Suplicó el
muchacho aguantando las lágrimas.
- ¡Ssssss! Silencio, no es sseguro, tessoro
no entiende… – Arrancó el coche tras varios intentos
y dando la vuelta comenzó a deshacer el camino en
busca de la autovía.
- No es por ahí, vas en sentido contrario,
no es por ahí... – Gilberto, sin perder la sonrisa, le
propinó un fuerte bofetón que no tardó en amoratar la
mejilla del niño.
- ¡He dicho que te calles! – El grito, con su
tono de voz aguda fue tan terrible que el muchacho se
orinó encima – Tessoro has sido malo, mira lo que
hass hecho – Comenzó a toser como un gato que
quisiera expulsar una bola de pelo – …Pero él sabe, lo
sabe, sospecha de nosotros – En ese momento Dani
recordó, en su mente aparecieron las imágenes de la
película de Peter Jackson como si las estuviera viendo
en la pantalla plana de casa, el loco que lo había
secuestrado hablaba como Gollum o lo que era peor,
se creía Gollum – Lo cuidaremos, cuidaremos del
tessoro y lo engordaremos… ¡cogrs! ¡cogrs! ¡cogrs! –
Volvió a intentar expulsar una bola de pelo.

El paisaje a lo largo de la ronda del


Tamarguillo era desolador, columnas de humo se
elevaban hacia el cielo en diferentes edificios, había
accidentes de coche por todas partes y cadáveres…
incontables cadáveres lo sembraban todo mientras
una miríada de esas cosas corría de forma vertiginosa
de un lado a otro atacando a los pocos supervivientes
que aún permanecían por las calles. Gil reía a
carcajadas comiendo toda clase de dulces que
ocupaban el salpicadero del coche e intentaba llevarse
por delante a tantas de aquellas personas
transmutadas como podía. Al muchacho se le había
hinchado la cara y permanecía en silencio, abrazado a
su mochila, sin querer ver lo que ocurría. En pocos
minutos atravesaron San Juan de la Cruz y dejaron
atrás Carlos Marx, en la que casi todo el tiempo
tuvieron que conducir por la acera, al estar la calzada
bloqueada por coches abandonados, en dos ocasiones
estuvieron a punto de sufrir un accidente pero si Gil
aminoraba aquellas cosas podrían hacérselo pasar
muy mal. Ahora iban por la calle Amor, al final de la
cual estaba el acceso a la autovía de Málaga, no había
tiempo para pensar demasiado, si salían a la carretera
no tendría escapatoria. Tiró de la maneta y empujó la
puerta, tan rápido como pudo, pero no fue suficiente,
el gordo, blanco y asqueroso brazo de Gilberto lo
sujetó con fuerza por el cuello y lo devolvió a su
asiento.
- Debes tener cuidado tessoro, las puertas
son traicioneras, sí traicioneras ¡cogrs! ¡cogrs! – De
nuevo la tos de gato – Nos marchamos, nos alejamos,
ciudades malas, llenas de monstruos, Gil lo sabe,
ciudades malas ¡cogrs! ¡cogrs! ¡cogrs! Lo queremoss.
¡Cállate! Pero lo necesitamos. ¡Cállete, cállate! La
eterna sonrisa había demudado en un desagradable
gesto de ira que apenas duró unos breves instantes –
Tú más seguro con nosotros mi amor – Dani rompió a
llorar de nuevo y entre lágrimas vio como el coche
giraba a la derecha al final de la calle y continuaba por
la avenida de Andalucía, saliendo irremediablemente
de la ciudad que le vio nacer.
77

Media hora después de que partieran de Sevilla


cundió el pánico en la capital y todos los hispalenses
tuvieron la misma idea, las salidas no tardaron en
colapsarse y lo que en un principio había sido la
solución más lógica para alejarse de la enfermedad y
los monstruos, se convirtió en un buffet libre para
estos últimos, nadie los vio llegar… Porque en realidad
no llegaron como todos esperaban, no fueron
arrasados por una horda que los perseguía. Los
vehículos estaban atestados de personas y equipaje y
fue desde dentro de cada uno de ellos, desde donde
vino el ataque. No todos se transformaban, tan sólo
los justos para sembrar el pánico en el interior de
cada coche para después hacerlo fuera de ellos,
persiguiendo y masacrando a los que huían
despavoridos… En pocas horas no quedaron
supervivientes, tan sólo una muchedumbre de cuerpos
vacíos de alma, pero con algo que los impulsaba como
autómatas a buscar y aniquilar toda vida que se les
pusiera por delante.
Así fue en todas las ciudades del mundo,
estuvieran cerca o no de las profundas simas del
infierno.
La ya devastada población, azotada duramente por
los embates de un virus mortal, sucumbía ahora bajo
los estragos de un nuevo horror. Sin organismos que
controlaran la nueva crisis, no existían investigaciones
que pudieran dar explicación sobre lo que estaba
ocurriendo, muchos afirmaban que era una nueva
mutación de la enfermedad, ahora no mataba a los
infectados, los transformaba en una suerte de
lunáticos descerebrados o de muertos vivientes…

Pero no eran más que conjeturas de las masas y


ya se sabe lo que dicen de las masas, son estúpidas.
Si desde el principio se hubiera conocido la pavorosa
verdad, sólo el terror hubiera bastado para arrasarlo
todo.
78

Uno a uno iban pasando los pueblos que lo


alejaban cada vez más de su hogar y su familia, si es
que aún la tenía. Durante todo el trayecto Gollum-
Renard no había dejado de canturrear viejas
canciones de series de televisión, Dani no conocía
ninguna, aunque de todas formas no le prestaba
atención, intentaba fijarse en los detalles del paisaje,
si lograba escapar tenía que saber con seguridad el
camino de vuelta.

“It’s like a Light of a new day,


it came from out of the blue.
Breaking me out of the spell I was in,”

Sabía que nada más salir de Sevilla estaba Alcalá


de Guadaira, en la tienda de animales del centro
comercial Los Alcores fue donde compraron a Codo,
en ese momento se acordó de su pequeña mascota y
con preocupación pero todo el disimulo que fue capaz,
entreabrió la mochila para que le entrara algo de aire,
un diminuto hocico húmedo le rozó la yema de los
dedos, estaba bien y sabía que no debía salir, desde
lo de su madre, el hurón percibía el peligro con un
sexto sentido infalible.

“making all of my wishes come true.”

El siguiente pueblo fue Arahal, lo vio en los


indicadores de la autovía, igual que vio que La puebla
de Cazalla no tardaría en aparecer. No se atrevió a
mirar el cuadro de mandos para ver cómo estaban de
gasolina, pero esperaba que tuviera que repostar en
breve, por ahora esa era su única esperanza de poder
encontrar una posible vía de escape. Un fuerte
frenazo lo sacó bruscamente de sus pensamientos y
lo tensó contra el cinturón de seguridad, que se clavó
dolorosamente en su pecho, la bolsa se le escapó de
entre las manos y fue a parar a sus pies.
- ¡Oh! Lo sentimos tessoro ¡cogrs! ¡cogrs! Pero
tenemos que ir Gil, sí tenemos y ya no podemos
esperar más – Hablaba sin mirar al muchacho –
Demasiados zumos, demasiada agua ¡cogrs! – Al niño
se le iluminó la cara, la oportunidad se le presentaba
mucho antes de lo que había imaginado, en cuanto se
alejara saltaría del coche y correría hacia los olivos,
aprovechó para recoger de nuevo la mochila. Estaba
demasiado gordo, sería imposible que lo siguiera… –
Pero no queremos que tessoro pueda perderse, no,
eso muy malo, no podemos pensarlo, nos aterra,
volveríamos a estar solos… Pero no es apropiado ir
juntos, qué pensarían de nosotros, ¡Gil malo! ¡Malo!
No, otra cosa mejor… ¡Sí! Mejor tu cantar con
nosotros, nosotros cantar y tessoro repetir, así Gil lo
sabremos, sabremos que tessoro bien – Comenzó a
salir con bastante dificultad del coche, haciendo que
éste se moviera violentamente hacia los lados.
Aun teniendo que cantar aquella estúpida canción
podía conseguirlo, sería rápido y escurridizo como
Codo, y esa mole de carne jamás podría atraparlo.
Pero en el último momento el señor Renard alargó el
brazo y le arrancó la bolsa del regazo.
- Lo sabemos, Gil lo sabe, esto valioso para
tessoro, nosotros lo cuidaremos, sí lo cuidaremos –
Ya de pie junto al vehículo se colgó la mochila de Dani
en el hombro y con paso torpe y perezoso se dirigió al
arcén más cercano y ante los atónitos ojos del
muchacho apoyó la mano izquierda en el quitamiedos
y lo saltó con sorprendente agilidad – Canta conmigo
tessoro, “Believe it or not, I’m walking on the air” – El
niño canturreó la estrofa con desgana – Más alto
tessoro, no te oímos, “I never thought I Could feel so
free” – Esta vez el niño levantó más el tono de voz –
Muy bien tessoro, así se hace.

“Flying away on a wing and a prayer.


Who Could it be?
Believe it or not it’s just me”

Daniel repetía como un autómata cada frase que


Gollum Renard canturreaba con voz de castrato
demasiado fumador, pero su joven cerebro echaba
humo como una locomotora fuera de control,
buscando una salida a su situación, Codo era lo único
que le quedaba, no podía abandonarle, si ese loco lo
descubría, quién sabe lo que le haría cuando el
muchacho ya no estuviera, pero si se quedaba… Si se
quedaba con Gil, tarde o temprano, el buen Smeagol
dejaría de tener el control… Miró por la ventanilla, su
silueta, de espaldas a él, le recordaba a la de un
luchador de sumo preparado para golpear el suelo y
saltar sobre su oponente, el pequeño cosquilleo que
empezaba a sentir en el estómago se le antojó la
poca esperanza que le quedaba escapándose poco a
poco
- Nos gusstaba, era una buena serie – Gilberto ya
volvía, subiéndose la cremallera y limpiándose las
manos en los pantalones – La cancelaron, sucios,
sucios burócratas, dijeron que era un plagio de
Superman ¡cogrs! ¡cogrs!
Ya estaba junto a la puerta cuando Dani, sin
pensárselo dos veces, lo golpeó con ambos pies y
todas las fuerzas que fue capaz de reunir en la parte
baja del estómago, Gil se dobló sobre sí mismo por
inercia golpeándose fuertemente contra el techo del
coche y rompiéndose la nariz, aprovechando su
desconcierto el niño saltó fuera del vehículo le
arrebató la mochila e intentó echar a correr por detrás
del dolorido señor Renard, pero justo en el último
momento, éste giró sobre sí mismo y le propinó una
fuerte bofetada que lanzó al pequeño contra la
maltrecha carrocería del Seat Toledo.
Gil se acercó al capó y se apoyó en él con una
mano en la entrepierna y la otra intentando parar la
hemorragia de su nariz con un pañuelo bastante
empapado ya de sangre.
- El tessoro es traicionero, tenemos que cuidarnos
de él. Pero lo queremos, lo necesitamos. Y lo
tendremos, pero habrá que amansarlo, está confuso.
Sí confuso, lo doblegaremos – Se acercó al cuerpo
desmadejado del chico y agarrándolo del jersey lo
lanzó con descuido al asiento trasero del coche
cerrando la portezuela de forma violenta, después se
embutió de nuevo frente al volante y antes de
reanudar la marcha se pasó la palma de la mano,
desde el comienzo de la muñeca hasta las puntas de
los dedos, por el centro de la cara, sacando la lengua
a su paso y lamiendo la sangre. Tras arrancar el
motor continuó cantando, esta vez con voz nasal y
gangosa a causa de la hemorragia.

“This is too good to be true.


Look at me falling for you…”
79

Por segunda vez Daniel saltó del Toledo y echó a


correr, la luna trasera había desaparecido en un sinfín
de pequeños cuadraditos de cristal cuando el coche se
salió de la carretera dando vueltas de campana, le
saldría un buen chichón y el codo le dolía, algo
caliente y viscoso le resbalaba por la pierna, pero no
quiso pensar en eso, se concentró en correr hacia las
galerías comerciales que se veían junto a la rotonda
en la que terminaba la carretera, a medio camino vio
un sendero de tierra que cruzaba una pequeña zona
arbolada hasta la parte más alejada del parking del
centro comercial, lo tomó sin dudarlo, no sabía si Gil
estaba vivo o muerto, pero no esperaría ni un segundo
para averiguarlo, aquel atajo lo acercaba aún más a
una zona llena de gente, gente que podría ayudarle y
entre la que estaría seguro, ese loco gordo no se
atrevería a hacerle nada en un lugar tan concurrido.

Todo parecía perdido para Dani, no volvería a


tener otra oportunidad, le metería en el maletero o le
golpearía hasta dejarlo inconsciente si era necesario
cuando llegaran a la siguiente gasolinera o le entraran
ganas de orinar de nuevo. Quería incorporarse,
sentarse en el asiento y ver por dónde iban, pero
estaba demasiado asustado. Con extremo cuidado
alzó la cabeza lentamente entre los dos asientos y en
el mismo momento en el que su visión superó el
salpicadero y la carretera se presentó ante él, lo vio,
un enorme perro negro apareció delante del coche
como salido de la nada. Gil soltó un gritito amanerado
a la vez que comenzaba a dar torpes volantazos de un
lado a otro intentando esquivar al animal, perdió el
control y el vehículo hizo un extraño y comenzó a dar
vueltas hasta quedar de costado fuera de la calzada.
Dani era consciente de que aquel perro inmenso le
había salvado la vida y sin darse cuenta comenzó a
palpar la mochila en busca del hurón, pero Codo no
estaba en ella, detuvo la carrera bruscamente y se dio
la vuelta, pero al intentar volver sobre sus pasos para
buscarlo, sus piernas no le respondieron, no podía
regresar, tenía que poner toda la tierra de por miedo
que le fuera posible entre él y su secuestrador. Un
fuerte golpe metálico le hizo desistir de su intención,
la puerta del conductor se abrió en el lateral del coche
que permanecía hacia arriba, como la entrada a un
submarino ruinoso y decadente y él apareció, la nariz
volvía a sangrarle y debía tener un desgarro en la
cabeza porque también tenía sangre por toda la
frente. Sus ojos irradiaban una furia tan primitiva que
Dani se estremeció al sentirla sobre él y entonces, sin
más, volvió a correr con desesperación acompañado
por los gritos ininteligibles de Gilberto.
El niño no se equivocaba, la entrada al
supermercado estaba llena de personas… Que ya no
lo eran. Ahora los gruñidos de aquellas cosas
amortiguaban los gritos de Renard que seguían
persiguiéndole mientras intentaba esquivar las manos
como garras de los monstruos que se le echaban
encima.
Sin saberlo, en un último acto egoísta, el señor
Renard, natural de Alicante y cuya vida se había ido a
la mierda mucho antes de que el fin del mundo hiciera
su magistral entrada, iba a salvar la vida del
muchacho, sus impotentes gritos, atrapado como
estaba en los restos de lo último que le quedaba del
legado familiar, habían atraído de forma fatal a los
monstruos que deambulaban por el aparcamiento del
centro comercial, que no tardaron en perder interés
por el pequeño y se encaminaron con demente
velocidad hacia una presa más fácil y apetecible.
Librado en parte de sus atacantes, Daniel
consiguió llegar al límite de parking y precipitarse por
el pequeño terraplén que hacía las veces de linde
natural entre las instalaciones comerciales y las obras
de la nueva urbanización adyacente al gran
hipermercado. Entre arbustos y parcialmente oculto
por enormes plásticos e infinidad de cartones,
distinguió lo que parecía ser la entrada a una
alcantarilla, sin más opciones entró con rapidez y se
ocultó en la parte más oscura desde donde pudo
escuchar, momentos antes de perder la consciencia
por tercera vez desde que comenzara su odisea, los
guturales alaridos de un Gollum agónico.
Cuando despertó y miró su reloj, eran las diez de
la mañana del día siguiente, junto a él el pequeño
hurón estaba hecho un ovillo y dormitaba con sueño
intranquilo, a parte de sucio parecía estar bien. Dani
supuso que habría seguido su rastro hasta allí y se dio
cuenta de que era lo único que le quedaba de su
familia, el mundo se había vuelto loco y todos morían
o se transformaban en monstruos a su alrededor,
sabía que no aguantaría mucho tiempo sin comida ni
agua, pero en ese momento dio gracias a Dios por
haber tenido la suerte de no estar solo en lo que
supuso serían sus últimos días de vida…

Martín no tuvo tanta suerte, era de los que


pensaba que mejor haber amado y toda esa mierda.
Hubiera preferido ver pudrirse a Sara lentamente
poseída hasta el tuétano, antes que perderla como lo
hizo… Haber muerto él mismo en manos de un
psicópata antes que vivir sin ellas… Aquel era un
pensamiento horrible y egoísta. Cada vez que
recordaba, cada vez que intentaba recrear en su
mente lo que ocurrió, su corazón se detenía de forma
agónica y dolorosa.
80

Después de los inútiles bombardeos a las fosas, de


haber existido aún algún organismo gubernamental en
cualquier país, no se habrían puesto de acuerdo sobre
qué fue más destructivo para la raza humana, si las
consecuencias de los ataques nucleares, la pandemia
o la podredumbre vomitada por las puertas del
infierno… A Martín ciertamente poco le importaba…
Su esposa y su hija nonata estaban muertas y Dios, el
jodido TO-DO-PO-DE-RO-SO, no había movido un
dedo para evitarlo. Ni Sara ni él eran perfectos, ¿pero
qué daño podría haber hecho su hija? ¿Qué pecado
podría haber cometido en el vientre de su madre? No
había renglones torcidos ni caminos inescrutables y de
no ser por los putos demonios que devastaban la
Tierra, ni siquiera hubiera creído que existiera un
Dios, pero aquello lo hacía todo más difícil, Dios
existía y se las había llevado, dejándolo a él en medio
de tanta desesperación, ¿qué mensaje podía haber en
todo aquello…?
El día que los EEUU atacaron las puertas, todo
terminó de joderse, fue como el disparo de salida para
el caos y la destrucción. En Osuna, donde vivían
Martín y su esposa, un pueblo no demasiado grande
de la provincia de Sevilla, el pánico no había cundido
aún, como en el 11 S, las noticias que llegaban eran
meras interpretaciones de lo que verdaderamente
estaba ocurriendo. El proyecto Hades se había
mantenido en estricto secreto, por lo que el mundo no
tenía ni idea de lo que estaba pasando. Cuando la
puerta de Sudamérica se abrió, se habló de un
terremoto, incluso de un meteorito o, en algunos foros
de dudosa reputación, de un ataque alienígena,
entonces las criaturas comenzaron a dispersarse y la
primera bomba impactó, lo de menos era saber lo que
estaba pasando, ahora lo importante era sobrevivir…
Sin embargo las cadenas de noticias hispanas habían
caído, por lo que la poca información que llegaba era
imprecisa y sobre todo algo fantástica… De todas
formas Martín no acostumbraba a ver las noticias, por
lo que, aunque parezca increíble en el siglo veintiuno,
estaba bastante desconectado de lo que ocurría fuera
de la comarca, Sara siempre se lo recriminaba, pero él
se negaba a ver tragedia tras tragedia, al menos en el
cine sabía que sólo contemplaba ficción.
Era el día antes de nochebuena, y desde que Sara
había llegado al octavo mes de embarazo y la
epidemia lo invadió todo, Martín se hacía cargo de las
compras, por lo que en el momento en que su vida se
precipitó por una enorme brecha en el suelo, él estaba
peleando con otra docena más de “no infectados”, por
los escasos productos de primera necesidad que aún
quedaban en los grandes almacenes designados por el
gobierno como lugares de abastecimiento
autorizados, en un intento algo torpe de evitar robos y
saqueos. Cuando comenzó el temblor, no le dio
importancia, pero pronto comenzaron a moverse
ligeramente los estantes y a caer el género al suelo,
Martín dejó el carro repleto en medio del pasillo y
corrió hacia la salida sacando el móvil, a Sara le
daban pánico los terremotos. Antes de llegar al coche
ya la había llamado tres veces, nadie respondió, el
seísmo no cesaba, mientras conducía como un
lunático, notaba como el coche se movía
violentamente, los cristales de las ventanas y
balcones caían sobre el techo y el parabrisas, vio
como algunas fachadas se llenaban de grietas y
desconchones, tuvo que esquivar una lluvia de tejas.
Aún estaba lejos, pero algo en su interior le decía
que por mucho que corriera cuando llegara no habría
nada que salvar. Entró en su calle a casi cien
kilómetros por hora, se estrelló de costado con otro
coche que había aparcado en la esquina y enderezó la
dirección para poder continuar. Vivían en una de esas
urbanizaciones en las que todos los dúplex son
idénticos, pero una gran nube de polvo le hizo
detenerse a tan sólo unos centímetros de una gran
grieta que cruzaba el asfalto, no la había visto. Todo
era anarquía, se escuchaban gritos, llantos y más
gritos, se distinguían personar a través del polvo
corriendo completamente enajenadas… Bajó del
coche y buscó desesperado un lugar por el que poder
saltar la hendidura y llegar a su esposa, los temblores
aún no habían cesado. Martín comenzó a llamar a
Sara, gritó hasta desgarrarse la garganta y escupir
sangre, se dejó caer en el suelo y, a punto de volverse
loco, entre todos aquellos terribles sonidos pudo
reconocer la voz de su esposa, pero a él ya no le salía
la voz, se puso en pie y logró saltar al otro lado de la
fisura justo en el instante en que su nombre en boca
de Sara se ahogaba entre el estruendo de un nuevo
derrumbamiento y no volvía a oírse más. Martín
intentó llamarla mientras corría hacía su casa, pero
era inútil, su voz se había roto, y entonces un
estruendo ensordecedor le golpeó en el lado
izquierdo, dislocándole el hombro y haciéndole perder
el equilibrio, cayó hacía atrás golpeándose la cabeza
contra el bordillo y perdiendo la consciencia, a su vez
la moto que lo había derribado, perdió el control y fue
a estrellarse contra la puerta de una de las cocheras
de la acera de enfrente... Horas más tarde la primera
horda alcanzó el pueblo.
Cuando la nube de polvo se disipó, Martín estaba
sentado en el mismo bordillo con el que se había
golpeado intentando recordar lo que había ocurrido en
los últimos veinte minutos… Ya nadie gritaba, ni corría
de un lado a otro presa del pánico, todos se habían
marchado. Ni siquiera los bomberos acudieron para el
rescate de posibles supervivientes. Ante sus ojos
donde por la mañana se había levantado su casa
ahora sólo se erigía lo que parecían los restos de una
guerra cruenta. La mitad derecha se había hundido
por completo en una profunda hendidura que también
se había tragado la casa de al lado. De la parte
izquierda apenas quedaba la planta baja, el tejado
había desaparecido, tan sólo el lavadero del patio del
fondo permanecía intacto, un pequeño reflejo de
esperanza iluminó su rostro. Ligeramente mareado se
adentró en las ruinas buscando cómo evitar la sima y
alcanzar el patio, lo cual se le antojó una tarea casi
imposible, al no poder usar su brazo, herido por el
atropello. El nombre de su mujer surgía de entre sus
labios como un susurro desgarrado, la garganta le
dolía. Se arrastró entre escombros y restos de
muebles, que apartaba a su paso sin reconocerlos, lo
que antes era la montera había transformado lo que
quedaba del primer patio en una jodida tela de araña
de aluminio y cristal, el resto había desaparecido en
las profundidades de la tierra. Podía ver las paredes
de la grieta perderse en la oscuridad del abismo,
sobresalían toda clase de tuberías y restos de
cimientos y encofrado, en cuyos retorcidos hierros aún
goteaba sangre de un desgarrón de tela, que pudo
identificar como parte del vestido que Sara llevaba
puesto cuando él la dejó pocas horas antes… En ese
mismo instante Martín murió junto con su esposa, el
bueno y a veces pusilánime de Martín contempló
impasible como su alma se precipitaba en busca de
Sara y su pequeña. Sintiéndose vacío se dejó caer en
un pequeño reducto formado por hierros retorcidos y
escombros y se abandonó a morir…
81

Para llegar al campanario, Martín todavía tenía que


pasar por el dormitorio de Verónica, que era desde
donde partía la escalera que daba a su habitación y
que también formaba parte de la sección de la casa
que ocupaba la capilla de san Pedro, su cama estaba
vacía. O había ido a responder la llamada de la madre
naturaleza o por fin se había decidido y había ido en
busca de Alcides. Se gustaban hasta aburrir a los
mirlos, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso,
Verónica era tímida en exceso y todo estaba
demasiado patas arriba para comenzar algo hermoso.
Al salir al pasillo se encontró de súbito con los
enamorados que a juzgar por su respiración habían
estado haciendo algo más que vigilar desde el
campanario. Nada más lejos de la realidad…
- Hemosvistoalgoincreíble alavezqueimposible o
másbienimprobable y… – Verónica hablaba
atropelladamente a causa del nerviosismo.
- ¿Qué sucede Al? – Martín preguntó a Alcides,
cortando la parrafada de la pelirroja, que lo miró
enojada.
- Hemosvistolucesenelhospital – Contesto este
imitando la forma de hablar de Vero para fastidiar a
Martín, consiguiendo sólo cabrear más aún a la
muchacha.
- ¿Cómo que luces? – Martín no comprendía.
Alcides le contó lo que habían visto ahorrándose los
detalles íntimos – Quizá fuera un reflejo, es increíble
que no hayamos visto nada antes.
- No era un reflejo, sé perfectamente lo que vi, lo
que vimos, alguien caminaba por los pasillos con una
linterna. – Alcides comenzaba a incomodarse con la
incredulidad de su amigo. – Tenemos que ir a echar
un vistazo.
De haber alguien en el hospital, el tiempo de
respuesta era primordial si querían sacarlo de allí con
vida. Entre estos pensamientos Martín no sospesó la
idea de que alguien, en aquellas circunstancias, no
quisiera ser rescatado…
- No podemos esperar a que se haga de
día, quien quiera que sea no durará mucho… - Alcides
veía en los ojos de su amigo como, a la vez que
hablaba, se iba encendiendo una llama que conocía y
temía.
- Estás loco si te planteas siquiera el ir en
plena noche al hospital – Verónica, que había sido
testigo directo de la impulsividad de Martín no quiso
disimular la desesperación en el tono de su voz.
- Verónica está en lo cierto, como mínimo
sería una misión suicida…
- ¿Cuánto tiempo hace que no vemos a
ninguna de esas cosas rondando por aquí Al?
- Eso no tiene… – Martín siguió hablando.
- ¿Y si fuéramos alguno de nosotros?
¿También te quedarías con las manos cruzadas?
- Sabes que no es eso lo que estoy
diciendo, pero es de madrugada, si me apuras no
pondría la mano en el fuego porque lo que vimos fuera
algo más que un impulso desesperado de nuestra
necesidad de que haya alguien más.
- ¿Ahora no estás seguro de que era una
linterna? Recuerda que yo también lo vi y no estoy
loca – Martín sonrió y Alcides la miró con
exasperación.
- Muchas gracias Vero, muy aguda.
- Yo… Lo siento, es que…
- No importa – dijo Martín mirando a Verónica con
cariño, después se dirigió a Alcides – Es absurdo que
intentes darle la vuelta a la historia, además no estoy
diciendo que vayamos a tumba abierta, echaremos un
vistazo simplemente, si no lo vemos claro no haremos
nada, volveremos y esperaremos a la mañana. Iremos
tú y yo solos, no pondremos a nadie en peligro – Al
enarcó las cejas – Ya me entiendes. No abriremos las
verjas, saltaremos por la pared ¿norte? Los árboles
nos ocultaran hasta llegar a la calle.
- ¿Y entonces?
- Entonces iremos con cuidado. Prepárate, nada de
armas que hagan ruido. Verónica, tú despierta a
Carlos y dile que te haga el turno, no le des más
explicaciones delante de Lola, tan sólo dile que
Alcides y yo vamos a hacer una ronda nocturna por
los alrededores. Quédate con Lola.
- A sus órdenes mi sargento – Pronunció Verónica
con voz ronca y entró de nuevo en la casa seguida de
Alcides, que mascullaba para sus adentros no
demasiado convencido por los primeros brochazos del
plan.
Martín nunca dormía, al menos no demasiado y
siempre vestido y armado, por si acaso el fin del
mundo llegaba de madrugada, otra vez. Carlos tardó
treinta segundos más de los que había calculado en
salir en su busca.
- ¿Qué sucede?
- Alcides y Verónica han creído ver luces de
linterna en una de las plantas del hospital, vamos a ir
a dar una miradita.
- ¿Ahora? ¿En plena noche?
- Joder como os cuesta a todos entender las
cosas, sí, ahora mismo, si hay alguien más con vida,
el tiempo corre en nuestra contra… – Carlos captó el
matiz en la voz de Martín y supo que cualquier réplica
sería una pérdida de tiempo.
- Tened mucho cuidado… ¿Quieres que os
acompañe? – No fue un ofrecimiento sincero y Martín
lo sabía. A Carlos le costaba estar alejado de su
esposa, algo que él entendía perfectamente.
- No, necesito que estés en la torre, estaremos en
contacto por los comunicadores de la benemérita, nos
cubrirás las espaldas los momentos que estemos en
tu campo de visión.
- Eso está hecho, voy para arriba – Carlos hablaba
con alivio palpable. Chocó contra Alcides cuando este
salía de nuevo con su lanza de caza y el arco de
Martín.
- ¿Dónde va este con tanta prisa?
- A la torre, intentará seguirnos con los
prismáticos y nos avisará si algo amenaza nuestra
retaguardia.
- Vamos que le has dicho que no viene y ha salido
corriendo por si te arrepientes.
- Si no quiere venir, no tiene por qué hacerlo, esto
no es un cuartel y yo no soy sargento de nadie, ya lo
sabes.
- Y tú sabes que todos aquí haríamos cualquier
cosa que nos pidieras, somos una familia. Toma tu
arco, pensé que querrías llevarlo.
- Muchas gracias, vámonos de una vez.
- Sigue sin gustarme el plan, es difícil acertar en el
blanco con una flecha en la oscuridad – Martín no
respondió, se limitó a colgarse el arco en la espalda y
el carcaj del cinturón junto al hacha de caza de la que
nunca se separaba.
Con su habitual mezcla de agilidad y torpeza, los
kilos de más de Alcides bajaron el muro de piedra que
separaba la parte de atrás del pequeño bosque que
bajaba en pendiente hasta el barrio de la Farfana,
cuya calle principal terminaba en una ancha avenida
con bancos, palmeras y macetones enormes con
setos de flores mustias, al otro lado estaba el
hospital. La vista de la larga y oscura calle que daba
nombre al barrio se les atascó en la garganta como un
nudo insoportable. Ambos se miraron momentos
antes de iniciar el descenso. Habían decidido ir cada
uno por una acera para controlar mejor cualquier
ángulo, pero el exceso de puertas abiertas como
infectas bocas desdentadas les hizo juntarse en el
centro del asfalto. Martín iba delante con una flecha
montada y la cuerda tensada, Alcides unos pasos por
detrás con la lanza preparada y cojeando ligeramente,
la escalada del muro no había sido tan ágil después
de todo.
- No entiendo cómo puedes hacerlo.
- ¿Hacer qué? – Preguntó Martín entre susurros.
- Enfrentarte a cualquier contratiempo, de la
naturaleza y la intensidad que sean sin que te afecte
lo más mínimo y sabiendo siempre lo que hay que
hacer.
- No es más que fachada, tengo mis dudas como
todos.
- ¿Desde cuándo nos conocemos? ¿Desde el
Instituto? Siempre he envidiado tu seguridad en ti
mismo.
- Intento que lo malo no me afecte demasiado y
asimilar todo aquello que pueda hacerme más fuerte,
supongo que es lo que hacemos todos.
- Joder acabo de descubrir tu secreto.
- ¿Qué secreto?
- Eres la puta espada de Gryffindor.
- Y tú un friki quinceañero de mierda. – Ambos
aguantaron la risa y se obligaron a permanecer
atentos a cualquier movimiento. Eran aquellos
momentos surrealistas los que aportaban una
atmósfera de irrealidad a todo lo que ocurría a su
alrededor y lo hacía todo más soportable. A Alcides le
preocupaba un poco aquella falta de escrúpulos,
aunque no lo comentó con Martín, en el fondo era su
mecanismo de escape de toda aquella locura en la
que se habían convertido sus vidas. Una locura que
siempre podía ir a peor.
Recorrieron los doscientos metros de la Farfana en
el tiempo en que se tarda en recorrer dos kilómetros.
Cada sombra proyectada por la luz de la luna, cada
ventana o puerta que se mecía con la ligera brisa,
cada gemido de bisagras les hacía estremecerse y
buscar consuelo tras algún vehículo aparcado o
abandonado en medio de la calzada.
- ¿Sigues pensando que siempre sé lo que hay que
hacer?
- En tu favor tengo que decir que no te oí afirmar
que esto fuera a ser fácil.
- Tu comprensión a veces me abruma grandullón.
No entiendo tanto optimismo, un puñado de
marginados más no inclinará la balanza a nuestro
favor, nada va a cambiar, pronto llegarán y todo habrá
terminado… – Se disponían a salir de detrás del coche
en el que se habían ocultado tras el último sobresalto
cuando un fuerte pitido a sus espaldas les hizo saltar
del susto.
- Desde aquí todo se ve tranquilo, ¿dónde coño
estáis? Ya deberíais haber llegado por lo menos a la
rotonda. Corto.
A Martín se le había olvidado bajar el volumen del
comunicador.
- Si el cabrón de Carlos hace que me dé un infarto,
te juro que lo empalo en el pararrayos del
campanario. – Alcides aún tenía la piel de gallina –
Martín sonrió en silencio.
- El camino en la oscuridad es algo lento y más
aún si un hijodeputa te sobresalta en el momento
menos oportuno. Corto… Cabrón – Se escucharon
risas a través del comunicador.
- Está bien, lo siento. Tened cuidado y volved de
una vez. Corto – De nuevo risas.
- No se ve una mierda, podríamos tener delante el
jodido Titanic resurgiendo de una alcantarilla y no nos
enteraríamos. Pensé que la oscuridad nos mostraría
con claridad cualquier luz por pequeña que sea que
aparezca en el hospital, definitivamente ha sido una
alucinación, tiene que serlo porque no pienso entrar
ahí en plena noche, el optimismo es una forma vacua
de perder la cabeza, no me lo reproches.
- No vamos a entrar, reconozco que el pensar que
hubiera alguien más con vida, a parte de nosotros, me
ha nublado ligeramente el juicio, pero aunque
estuviera asomada a la ventana arrojando cosas y
gritando socorro, esas cosas nos harían relleno para
empanadas antes de encontrar la habitación correcta.
Simplemente nos acercaremos un poco más para
revisar lo que podamos antes de tirar la toalla. Algo
se acerca, agáchate – Los dos se tiraron al suelo y se
arrastraron hasta detrás de una furgoneta volcada
que había en el centro de la calle, justo a la entrada
de la rotonda. Un grupo silencioso de cáscaras se
acercaba, eran demasiados para hacerles frente así
que lo mejor sería esperar que pasaran de largo.
Mientras permanecían con la cara pegada al suelo, la
mente de Martín vagó lejos de allí…

Sara estaba limpiando con esmero la primera


planta mientras él ponía la cocina patas arriba para
preparar unas simples costillas al horno regadas con
zumo de uva: un colador, un cuenco, la batidora, la
tabla de cortar, cinco cuchillos, incluido el de
cerámica, su favorito, medio rollo de papel de cocina,
tres paños, a los que él llamaba extrañamente
“tocas”, un cazo… Cada vez que a Martín le daba la
vena Arguiñano, Sara se echaba a temblar, ella
siempre le decía entre risas que era un monstruo en
la cocina, no sólo porque cocinara bien sino porque lo
destrozaba todo.
Totalmente concentrado en el costillar y en los
Dire Straits y su “Romeo and Juliet”, por fin algo
decente en la radio aquella mañana, no se dio cuenta
de cómo su esposa se colocaba tras él a hurtadillas,
paciente esperó a que regara la carne con el zumo y
cuando cerró el horno lo abrazó por detrás
ensortijando los dedos en el vello de su pecho,
estaban a mediados de enero y sólo llevaba puesto un
pantalón del pijama y una bata abierta, incluso iba
descalzo, por el contrario ella llevaba su chándal de
andar por casa con un grueso jersey de cuello vuelto y
toda la ropa interior que se le ocurrió, aun así, de vez
en cuando no podía evitar que le castañearan los
dientes cuando estaba fuera del brasero, aunque
tenían calefacción, a Martín le daba dolor de cabeza,
por lo que ella nunca demostraba el frío real que
sentía… Y ahí estaba él, tan a gusto.
- ¿Hay algún cacharro en esta cocina que aún no
hayas ensuciado?
- Lo siento pero no tienes pruebas, yo sólo he
metido el costillar en el horno y he preparado el zumo,
cuenco, colador y batidora, nada más, el resto ya
estaban… por todas partes. Serían del desayuno o la
cena – Martín siempre bromeaba con la misma
seriedad que si te estuviera dando una mala noticia,
por lo que a veces no era fácil saber si lo que decía
era en serio o no, por absurdo que fuera.
- Es cierto, había olvidado que el gordo – Como
llamaban cariñosamente a Alcides – mis padres y los
tuyos, desayunaron aquí esta mañana, ¿qué fue? ¡Ah
sí! Tortitas, tostadas, zumo, cereales, ¿me dejo algo?
– Martín se dio la vuelta entre sus brazos y le sonrió a
milímetros de sus labios.
- Ja, ja, ja, me parto y me mondo – No hizo ningún
gesto ridículo - ¿Desde cuándo te has vuelto tan
divertida? – Y le dio un pico rápido en la boca.
- ¡Eh! Yo siempre he sido una mujer divertida, ¿por
qué sino te enamoraste de mí? – Ahora fue ella la que
le besó.
- Por tu culo, ya te lo he contado muchas veces, tu
hermoso culo enfundado en unos vaqueros ajustados
me robó el corazón, luego salimos, te hiciste la dura y
tras dos años de insistir logré nuestro primer beso –
Volvió a besarla, esta vez con más intensidad.
- Tardaste dos años en besarme, no puedo creer
que tuvieras tanta paciencia – Le devolvió el beso
estrechándolo más entre sus brazos.
- ¿Qué remedio? No me dejaste otra opción, ¿por
qué crees que soy tan buen amante? Tengo mucha
libido acumulada – Las manos de Martín resbalaron
por la espalda de Sara hasta agarrarle el culo con
lujuria.
- Cosas siniestras a lo lejos…
- ¿No recuerdo haberte dicho que eras tan buen
amante? ¿Quién te lo ha dicho? – Le tiró de la oreja
derecha como si estuviera regañando a un mocoso –
Y si no te lo ha dicho nadie, espero que demuestres
tus palabras o tendré que castigarte por decir
mentiras…Pero ahora no tenemos tiempo, las
cáscaras ya han pasado y Alcides empieza a
preocuparse – La cocina se desvaneció y todo a su
alrededor era oscuridad, su esposa había quedado
reducida a una cálida y consoladora voz en off
indetectable.
- Te echo de menos, quiero quedarme contigo –
Aunque Martín nunca lo sabría, Alcides pudo escuchar
aquellas palabras dirigidas a su esposa muerta.
- Debes hacerlo, pronto estaremos juntos, pero
ahora tienes que cuidar de ellos, son tu
responsabilidad, así que despierta…

- ¡Despierta de una vez, por lo que más quieras,


no me hagas esto ahora! – Alcides le hablaba
levantando la voz todo lo que se atrevía - ¿Cómo coño
puedes dormirte en un momento así? – Sabía
perfectamente que no dormía, pero no quiso
incomodarle.
- Vete al carajo gordo, no estaba dormido, esta…
Estaba con Sara, lo sabes de sobra – La sinceridad de
su amigo pilló a Alcides por sorpresa y cualquier
réplica quedó helada en su garganta.
- ¿Cosas siniestras a lo lejos? ¿Has dicho eso?
- Algo se mueve ahí delante, será mejor que
salgamos de aquí.
- Sí ya, pero… ¿”Cosas siniestras”?
- ¿Qué? Lo leí en Internet, lo dijo Einstein, creo.
- Ya veo, cosa siniestra – Ambos se rieron –
Enciende la linterna y alumbra un instante.
- Esto no me gusta.
Martín no le contestó, se metió la mano en la
parte de atrás de su chaqueta y sacó su viejo
revolver, giró el tambor con gesto mecánico y se puso
de pie aunque aún agachado.
- ¡Joder menos mal que no podíamos traer nada
que hiciera ruido! Con todas las armas que hemos
conseguido – Alcides hablaba en susurros – ¿qué
diablos haces con esa antigualla?
- No lo sé, sinceramente creo que un poco de
excentricidad da un matiz más humano a toda esta
mierda… Y además me gusta. Si sea lo que sea que
hay ahí delante se nos echa encima… La luz de tu
linterna mostrará nuestra posición, no importará una
detonación más que menos…
Alcides pulsó el botón de encendido de la linterna,
pero esta no se iluminó, volvió a hacerlo varias veces
con el mismo resultado y entonces comenzó a
golpearla contra la palma de la mano y el muslo.
- Eso sólo funciona en las películas tonto del culo,
enciende una bengala y lánzala unos metros, es mejor
opción, así alejaremos la atención de nosotros – Sin
levantarse del suelo, Alcides encendió la bengala y la
lanzó sobre su cabeza como si fuera una granada M24
de las que usaban los alemanes en la Segunda Guerra
Mundial, le dieron tiempo de llegar a su destino, unos
segundos apenas y se levantaron al unísono para
mirar cada uno por un lado del vehículo, Alcides por la
parte trasera y Martín por la delantera. La luz brillante
cegó sus ojos dolorosamente por unos instantes,
cuando se acostumbraron, para desgracia de su
cordura, lo que el halo rojizo de la bengala mostró les
dejó paralizados de terror.
82

Alcides salía precipitadamente del edificio en el


que tenía su piso cuando se encontró de bruces con
Carlos y Lola. Los terremotos habían cesado por fin
después de dos días – Al no había sido consciente de
ninguno de ellos – Caminaban por la acera. Carlos, de
metro noventa y piel oscura, cargaba la mayor parte
de las maletas y hatillos hechos con sábanas,
contrastando con la pequeña y pálida Lola, una china
con ascendencia escocesa, de hermosos ojos claros,
que arrastraba con dificultad un carrito de la compra
lleno hasta rebosar. Alcides pensó que parecían
refugiados palestinos o algo así. Carlos, Martín y él
habían estado juntos en el instituto. Se acercó a la
pareja que parecían discutir acaloradamente.
- ¿Puede decirme alguien cuándo coño ha
comenzado el fin del mundo? – Habían estado a punto
de chocar y sin embargo no se habían fijado en él.
Mirando a su alrededor, comenzó a darse cuenta de
que su pregunta metafórica podía ser más real de lo
que creía, todo estaba lleno de escombros y columnas
de humo. Cuando Carlos por fin lo vio, sonrió aliviado
y dejó de discutir con su esposa para volver atrás y
acercarse al grandullón.
- No puedes hacerte una idea de la alegría
que me da encontrar a alguien conocido, o por lo
menos a alguien que no se haya vuelto loco en todo
este caos – Lola se acercaba también a pocos pasos
de su marido, parecía estar secándose las lágrimas
con el revés de la mano. Ambos amigos se abrazaron
brevemente a modo de saludo y Alcides volvió a
preguntar.
- ¿Qué es lo que ocurre? – Carlos parecía
perplejo escuchando semejante pregunta.
- ¿Pero de verdad no has sentido los
terremotos? ¿Es que no has visto las noticias de los
ataques? – Alcides levantó una ceja y apretó los
labios, completamente ignorante de lo que estaba
escuchando –Llevamos casi dos días sufriendo fuertes
temblores, muchos edificios se han derrumbado. Y
después algunas personas parecieron enloquecer y
comenzaron a atacar a los que aún estaban cuerdos,
parecía la puta hecatombe de los esquizofrénicos…
¿De verdad no has visto las not… – Alcides no le dejó
terminar, dio media vuelta y corrió hacía su furgoneta
aparcada dos bloques más abajo, aunque podía
parecer increíble, era el único vehículo de la calle que
no había sufrido daño alguno, al menos de
consideración. – ¿Qué ocurre? ¿Adónde vas? Al no
tenemos coche, un árbol ha aplastado el motor de mi
C4 y Lola… – dudó un instante y cambió la frase –
nosotros… Necesitamos ayuda – Alcides no se volvió.
- ¡Subid a la furgoneta, vamos! – Les gritó
sin detenerse – Si lo que me cuentas es cierto, no
puedo perder más tiempo – Carlos miró a Lola y ésta
le sonrió levemente, no había alegría ni alivio en su
mirada, tan sólo una profunda tristeza.

- No has cogido ropa, ni provisiones,


¿dónde vas?
- He de ir a por Martín, creo que le ha
ocurrido algo… – Carlos no le entendió pero cerró la
boca y pasó el brazo por los hombros de Lola cuando
Alcides tomó una curva demasiado rápido – ¿Qué la
gente se está volviendo loca? Los telediarios ya no
saben lo que inventar…
- No es una invención de los medios, yo
mismo lo he visto – Carlos y Lola se miraron, ella
asintió y los ojos se le enrojecieron de nuevo –
Cuando los temblores comenzaron, decidimos irnos
con mis suegros a su chalet en el campo, en un
principio fue lo mejor ya que allí no percibimos nada,
pero anoche, mientras cenábamos todos juntos algo
ocurrió, la temperatura de la habitación subió en
segundos hasta ser sofocante y a todos nos rodeó una
bruma, como la que se puede ver a ras de suelo
cuando el asfalto hierve bajo él , y de nuevo en
segundos volvió a bajar, esta vez hasta el punto de
ver el vaho de nuestra propia respiración, yo iba a
salir de la habitación en busca de algo de ropa para
ella cuando vi su cara completamente horrorizada,
seguí su mirada y encontré a sus padres con los ojos
completamente en blanco, el cuello inclinado hacia
atrás, parecían perros que olisqueasen un hueso. Una
extraña sonrisa de oreja a oreja deformaba sus
rostros y entonces Erin, la madre de Lola comenzó a
hablar con la voz más ronca y escalofriante que jamás
he oído – En este punto Lola lloraba amargamente sin
hacer el más mínimo ruido, mecida por el movimiento
de la furgoneta – … He intentado recordar lo que dijo,
pero soy incapaz, podría jurar que era latín pero lo
único que recuerdo con total nitidez es como ambos
saltaron sobre nosotros con las bocas abiertas como
animales enloquecidos intentando morder y devorar…
Pude sacar a Lola de la habitación volcando la mesa
sobre ellos, sujeté la puerta del comedor el tiempo
necesario para que ella pudiera salir de la casa y subir
al coche, después corrí hacia la calle lo más rápido
que pude con aquellas… pisándome los talones,
atropellamos a mi suegro al salir por el camino de
tierra… - Las lágrimas de Lola se descontrolaron y
Carlos la abrazó intentando sofocar las convulsiones
del llanto.
- Lo que me estás contando parece sacado
de una mala película de terror… Lo siento mucho Lola,
de verdad, pero es que todo esto me parece
imposible. Estamos hablando de una enfermedad que
vuelve locos a las personas en cuestión de segundos,
eso es… ¡Joder! Parece que al final lo hemos
conseguido.
- ¿Que hemos conseguido qué, quién…? –
Ahora era Carlos el que parecía perplejo.
- Nosotros, la humanidad, lo hemos jodido
todo… los terremotos, lo que les ha ocurrido a tus…
bueno, no puede ser un virus normal, ¿seguro que lo
que oíste era latín? Y según las noticias todo el
mundo está así. Esto es el fin del mundo, llevamos
tanto tiempo dando por el culo a Eywa que al final
hemos conseguido mandarlo todo al carajo. – Carlos
no tuvo oportunidad de preguntarle de qué estaba
hablando, al llegar a la calle de Martín y ver el
derrumbe, Alcides saltó de la furgoneta sin detener el
motor, pesaba casi ciento cuarenta kilos y no
recordaba la última vez que había corrido de aquella
forma pero no prestó atención al dolor de sus rodillas
ni a la falta de aliento, la grieta le hacía imposible
llegar a la casa o lo que quedaba de ella, así que tuvo
que rodear por las calles adyacentes para poder
alcanzar su objetivo. Eran casi las siete y la oscuridad
se hacía cada vez más espesa cuando comenzó a
buscar entre los escombros. Su corazón se detuvo una
milésima de segundo cuando descubrió el cuerpo de
su amigo acurrucado bajo una maraña de hierros
retorcidos, le llamó, le gritó varias veces, pero éste
parecía estar inconsciente o algo peor. Tuvo que
levantar parte de la estructura de la montera de
cristal reforzado que había transformado el patio en
una trampa mortal, para poder acceder a él. Aunque
débil aún tenía pulso. En aquel momento no se dio
cuenta pero no pensó en Sara, de alguna forma sabía
que ella ya no estaba… Tiró del cuerpo de Martín y
con gran esfuerzo lo cargó sobre el hombro y se
dirigió hacia la furgoneta.

- ¿Qué le ha sucedido? – Carlos saltó del


vehículo y ayudó a Alcides a colocar a Martín en la
parte de atrás.
83
Aunque era noche de luna llena, oscuras
nubes del color de la ceniza la mantenían oculta en un
velo de tinieblas. Carlos estaba inquieto, no dejaba de
pasear de un lado a otro, como si fuera un animal
enjaulado. No podía hacer nada, sus ojos apenas
alcanzaban a ver más allá de los sillares de la torre.
No lograba recordar tanta oscuridad, supuso que
habría algo antinatural en ella y se estremeció hasta
los huesos. Era estúpido, a veces pensaba que Martín
realmente quería morir, pero arrastrar a Alcides a una
absurda incursión en busca de algo que tan sólo
existía en las alucinaciones provocadas por un
consumo excesivo de maría. Verónica afirmaba
haberlo visto también, quizá estuvieran fumando
juntos o Al la hubiera sugestionado de algún modo.
Era demasiado tiempo para no haber visto nunca
ninguna señal de que existieran más supervivientes y
tan cerca.
- ¿Todavía no están de vuelta? – Dani
estaba envuelto en una manta y Codo asomaba sobre
su hombro. Carlos se sobresaltó.
- ¿Qué haces despierto a estas horas?
- No puedo dormir, Verónica se ha ido con
Lola, cuando te toca vigilancia, ella – El pequeño duda
un instante – Ella tiene pesadillas.
- No lo sabía – Carlos no se sorprendió, al
menos no en el sentido estricto de la palabra, siempre
que volvía de las guardias nocturnas notaba que Lola
había estado llorando…
- A Codo no le gusta dormir sólo. ¿Crees
que Alcides tardará mucho?
- No, no lo creo, la noche está muy oscura,
la ronda de reconocimiento no será demasiado
efectiva, tan pronto como Martín se dé cuenta, los dos
volverán con las orejas gachas – Carlos sonrió para
quitarle importancia al comentario. Dani lo imitó con
algo más de entusiasmo.
- ¿Si encuentran a alguien más? ¿Crees
que podría ser una familia… con niños? – Carlos se
estremeció al sentir sobre él todo el peso de lo que
aquella pregunta significaba.
- No te hagas muchas ilusiones Dani, no
creo que… – “¿haya más supervivientes?” No podía
hacerle eso al muchacho, la esperanza era algo
intocable en los niños, cuando se les privaba de ella,
se hacían adultos y en aquellos días el chico
necesitaría de toda su infancia intacta para no
terminar como el bueno de Frank – … Quién sabe, a lo
mejor, después de todo lo que hemos visto no me
sorprendería. – En la cara del niño se dibujó una
nueva sonrisa durante apenas unos segundos.
- Sé que lo dices porque soy un niño, de
todas formas es bonito pensarlo… - Dani se dio la
vuelta y se metió por el hueco de la escalera, Carlos
hizo ademán de ir tras él, pero algo lo distrajo, giró la
cabeza y vio el destello rojo de una bengala
intentando imponerse a la oscuridad allá a lo lejos.
84

- Si no te cubres la barriga darás a luz a la primera


niña bronceada de la historia.
- Nacen muchos niños morenos en el
mundo, tonto. No tienes más que ver a los hijos de mi
hermana…
- Nos ha jodido, tu cuñado es negro, esos
niños no son morenos, son mulatos – Diciendo esto
tapó el vientre de su esposa con un pareo estampado
de enormes flores rojas y la besó en la frente. Ella se
desperezó y se giró en la hamaca hasta ponerse de
lado, Martín no pudo evitar mirar sus prominentes
senos, nunca habían sido demasiado grandes pero el
embarazo había hecho milagros que su entrepierna
detectaba desde el primer momento.
- Ya escuchaste a la doctora, los baños de
sol son muy recomendables para el desarrollo del feto
– Sara lo miraba por encima de las gafas de sol
aparentando no darse cuenta de lo que rondaba por la
cabeza de Martín en aquel instante.
A las siete de la tarde, el sol de
septiembre no era demasiado fuerte y la leve brisa del
comienzo del ocaso hacía que la estancia en la playa
fuera bastante agradable.
- De no ser por el agua salada, la arena y el
ardiente sol… Esto sería el paraíso.
- No seas tan delicado, apenas llevamos aquí tres
días ¿y ya estás harto? – Sara se había incorporado
ligeramente y se apoyaba en el codo derecho para ver
mejor a su marido, de pie junto a ella.
- Ya estamos, no he dicho que esté harto, sólo
digo que no me gusta la arena, ni esa sensación
pegajosa cuando el agua salada se seca sobre la piel.
Y lo que me gusta menos aún es parecer un jodido
langostino cocido si paso fuera de la sombrilla un par
de segundos y lo que ya me saca de quicio son los
“tontosdelculo” – Esto lo dijo en voz más alta de lo
normal – que ponen la radio a todo volumen pensando
que están solos en la playa, por mucho Bob Dylan que
escuchen, incluso aunque sea la mismísima “Like a
Rolling stone” Pero…Todo sacrificio es poco para mi
preñadita favorita – Volvió a besarla en la frente.
- Déjate ya de besos ñoños y dame uno en
condiciones – Sara comenzó a tirar del bañador de
Martín para obligarlo a que se pusiera a su altura si no
quería quedarse con el orgullo al aire; éste no tuvo
más remedio que ceder y acompañó el movimiento de
su esposa hasta terminar cara a cara, entonces ella lo
besó larga y apasionadamente.
- ¡Genial! – Protestó Martín con una sonrisa pícara
en el rostro – Ahora tendré que tumbarme un rato
boca abajo hasta que se me pase el sofocón. – Ambos
rieron mientras él se dejaba caer en la tumbona que
había junto a la de Sara.
- Seguro que ahora te dormirás y no podremos
hablar, aún tenemos que discutir de lo del bautizo… –
Martín no abrió los ojos para contradecirla, un
agradable sopor se había apoderado de todas las
partes de su cuerpo que no tenían vida propia – Oh
venga, no te hagas el dormido ahora, vamos no seas
tonto, abre los ojos…

- Eh, vamos tío, abre los ojos – Alcides le daba


palmadas a su amigo en las mejillas mientras le
hablaba con suavidad – Tienes que volver con
nosotros, aún no ha llegado tu momento.
- No sé cuánta sangre ha perdido – Lola no paraba
de quitar pequeños fragmentos de cristal que Martín
tenía clavados en las palmas de sus manos al haberse
arrastrado por el suelo del patio – Maldita sea está
lleno de cortes, tiene uno muy feo en el muslo
derecho y creo que tiene un hombro dislocado, pero lo
peor es la infección, si no la controlamos pronto no
habrá nada que hacer, necesitamos antibióticos, un
kit de sutura, necesitamos… Tenemos que ir a una
farmacia YA. - Alcides no perdió tiempo y se tomó las
palabras de Lola como una orden, revolucionó el
motor al extremo y salió derrapando de la
urbanización
- Iremos a una farmacia y después buscaremos un
sitio seguro, no quiero tropezarme con una de esas…
- Miró a Lola y decidió no terminar la frase.

- ¿Cómo dices? – Martín seguía sin abrir los ojos,


los mortecinos rayos del sol acariciaban
agradablemente sus piernas, la sombra de la
sombrilla no llegaba a cubrirlo del todo. El sonido de
las olas del mar lo mecía con un vaivén hipnótico.

- Aprieta fuerte el cinturón, la herida es profunda


pero no demasiado grande, no sé cómo puede estar
vivo después de sangrar durante tres días, hay que
parar la hemorragia. ¡Alcides por el amor de Dios se
muere! ¡Date prisa!

- ¿Quién se muere cielo? ¿De qué estás hablando?


– Martín intentaba abrir los ojos, pero no era capaz de
despejar su mente e incorporarse.

- Despierta Martín, vamos reacciona de una vez,


¡No puedes morirte! – Lola lo zarandeaba una y otra
vez con violencia.
- Despierta Martín, vamos, te estás perdiendo las
pataditas de tu hija ¡No puedes dormirte!... Si no te
despiertas no habrá más discusión, la bautizaremos
en la Colegiata.

- Co le gia ta…
- ¿Se ha despertado? ¿Qué es lo que ha dicho? –
Alcides dejó de prestar atención a la conducción para
mirar a su amigo, tiempo suficiente para que la
furgoneta diera un pequeño bandazo y rozara contra
una fila de coches aparcados.
- Al joder, mira para adelante – Carlos golpeó el
asiento del conductor bastante nervioso.
- Creo que delira – Le dijo Lola – Juraría que ha
dicho “Colegiata”
- Iremos allí – Afirmó Alcides sin un atisbo
de duda en su voz. – Después de la farmacia será
nuestro destino.
- ¿A la Colegiata? Quizás sea un buen sitio
para una guerra, es alto, fortificado y demás, pero no
creo que sea lo más idóneo para los terremotos. –
Carlos no veía lógica alguna en seguir los consejos de
alguien que deliraba en estado de semi-inconsciencia.
- No habrá más terremotos. – La
devastadora seguridad con la que hablaba Alcides no
dejaba espacio para discusiones. Él mismo se
sorprendió de sus palabras pues no se enorgullecía
precisamente de tener tanta confianza, debían ser los
últimos coletazos del canuto de las cinco…

Apenas unos minutos más tarde la furgoneta frenó


bruscamente delante de la farmacia más cercana, en
la plaza Salitre. No se encontraron con nadie en el
breve trayecto, ni vivos, ni… cosas, sin embargo la
puerta del establecimiento estaba forzada.
- Lola deberías quedarte aquí, cuidando de él –
Alcides hablaba con voz calmada mientras rebuscaba
en una caja de madera bajo el asiento del conductor,
por fin saco una enorme llave de tubo extensible.
- A menos que tengas un título en enfermería,
como el que tengo yo, creo que te será algo difícil
encontrar todo lo que necesitamos. Créeme, Martín no
irá a ningún sitio.
85

Centenares de cuerpos cubrían por completo el


asfalto, habían inundado la elevación circular de la
rotonda y se perdían en la oscuridad a ambos lados de
la avenida hasta donde no abarcaba la vista. Se
retorcían, se arañaban, se sodomizaban de forma
demencial, algunos desnudos, otros mutilados, había
sangre por todas partes, sangre de todas clases,
sangre seca que obstruía heridas que empezaban a
descomponerse, incluso en algunas ya se veían
gusanos, sangre coagulada, negra, que les salía de la
boca y sangre fresca, sangre de un rojo intenso que lo
salpicaba todo… No se escuchaban gemidos, ni
siquiera suspiros o alguna respiración más alta que
otra, tan sólo el roce de la carne con la carne, de
dientes desgarrando carne, de succión, el roce de la
ropa. Todo era deformidad, suciedad, era una
abominación. Alguna vez fueron seres humanos, ya
no. Varias de aquellas cosas se habían desgarrado las
entrañas y devoraban sus propias tripas junto a otros
que participaban del festín.
Después del viaje a Écija, Martín había pensado
que todas las cáscaras se habían unido al ejército de
liberación infernal para terminar su exterminio de la
raza humana, pero aquello…
- Mira sus cuerpos, están demasiado podridos o
mutilados para ir a alguna parte, por eso siguen en el
pueblo. Deben ocultarse de día y arrastrarse hasta
aquí cada noche para hacer lo que quiera que estén
haciendo.
- No parece que nos hayan visto. Mira la bengala –
Alcides señaló con un ademán de la cabeza – Ha
caído sobre uno de ellos y le ha prendido el pelo pero
no le presta la menor atención…
- Parecen estar sumidos en una especie de trance
– Martín salió de detrás de la furgoneta y se acercó
con paso trémulo a las cáscaras más cercanas.
- ¿Qué haces? ¿Estás loco? – Alcides salió tras él
para intentar detenerlo.
- Tengo que comprobar una cosa – Martín llegó
junto a la maraña de cuerpos que se agitaban
obscenamente en el suelo y le propinó una fuerte
patada en la cabeza a una de ellos. El cuello crujió de
forma violenta al soportar el fuerte tirón hacia atrás y
la nariz, que había recibido el golpe directo de la bota,
se partió hacia un lado y comenzó a sangrar a
borbotones, la única reacción por parte de la criatura
fue abrir la boca para recibir la mayor cantidad de
sangre posible, como un sediento en un manantial de
agua fresca – Seguiremos con el plan inicial, les
pasaremos por encima, echaremos un vistazo rápido y
saldremos cagando hostias de toda esta demencia
absurda.
- Esto no me gusta.
- Ya lo has dicho antes – Martín comenzó a pasar
por encima de los cuerpos, con cuidado de no caer
entre ellos – Sería una pérdida de tiempo haber
llegado hasta aquí para darnos la vuelta con las
manos vacías – Alcides lo siguió a regañadientes.
Cruzaron a través del río de cadáveres en vida
hasta llegar al aparcamiento del hospital. Justo en el
último paso antes de bajar del entarimado humano,
Alcides metió el pie directamente en las tripas de uno
de los monstruos que se limitó a mirarlo con ojos
ausentes.
Pasaron por el parking como sombras, en silencio
e intentando digerir, cada uno a su manera, lo que
acababan de presenciar. La puerta principal, estaba
cerrada a cal y canto. Recorrieron la fachada hacia la
izquierda hasta llegar al tanatorio, allí tampoco había
ningún acceso posible, continuaron por la parte
trasera, la pista de helicópteros y los depósitos de
combustible, hasta llegar a la zona de vehículos del
acceso de urgencias, alguien había bloqueado la
entrada estrellando una ambulancia contra ella y
amontonando mesas, estantes y sillas de ruedas
desde el interior.
- Esta mierda es inexpugnable, ninguna de esas
cosas podría entrar…– Un cierto matiz de esperanza
iluminó el rostro de Alcides.
- Ni salir – Martín no parecía tan impresionado.
- ¿Crees que habrá cáscaras dentro?
- ¿Tú no? Este es el único sitio al que la gente
venía en lugar de huir de él cuando se produjo el
terremoto y comenzaron a llegar las primeras
oleadas…
- Pero esos muebles bloqueando la entrada,
alguien debe… Quizá entren y salgan por la puerta del
tanatorio.
- Creo que no – Aseveró Martín – El suelo estaba
lleno de tierra y polvo, igual que el resto de puertas
de la parte de atrás, esas puertas llevan mucho
tiempo cerradas. Además se hubiera necesitado un
grupo mucho mayor que el nuestro para limpiar toda
esta mole de cemento de esos monstruos ¿Crees que
no los habríamos visto en todo este tiempo? Aquí
estamos demasiado expuestos, será mejor que
volvamos. Mañana, a la luz del día quizá descubramos
algo que hemos pasado por alto – Alcides asintió – Si
te soy sincero creo que se encerraron tan bien que
sellaron su propia tumba.
- Hay cafetería y cocina y no olvides los
generadores de emergencia, joder creo que nos
equivocamos a la hora de elegir refugio.
- Acertamos de pleno – Martín levantó su
cantimplora y la agitó ante los ojos de Alcides –
Nosotros tenemos dos pozos y ellos, de no ser
demasiados, estarán bebiendo ahora el agua de las
cisternas… Hay que irse ya.
- Déjame intentar algo – Alcides se dirigió a uno
de los coches del parking y reventó la ventanilla del
acompañante con una de las varas de montaje de la
lanza de caza, abrió la guantera y rebuscó en ella
hasta encontrar una carpeta de piel, sacó el bolígrafo
a juego y el resguardo del seguro y se puso a escribir
en la parte de atrás.
- No deberías estropear eso, tengo entendido que
la benemérita se está tomando muy en serio estos
días, lo de llevar todos los papeles en regla…
Cuando hubo terminado de escribir lo enrolló
alrededor de una piedra y tras imitar a un jugador de
béisbol, arrancando una sonrisa a Martín, lo lanzó con
todas sus fuerzas atravesando una de las ventanas
del segundo piso, incluyendo la persiana de pvc.
Martín le dio una par de palmadas en el hombro –
Buen tiro.
- ¿Tendremos que pasar de nuevo por ahí…?
- Creo que esa parte del paseo será mejor no
compartirla con los demás.
- Estoy completamente de acuerdo, yo no podría
describirlo. Hagámoslo cuanto antes – dijo, e iniciaron
el regreso de nuevo en silencio.

La piedra llegó a la pared opuesta a la ventana,


reventando una de las puertas de marquetería de un
armario de suministros y quedando definitivamente
inmóvil entre una caja de gasas estériles y otra de
agujas para analíticas. Cuando el eco provocado por el
destrozo de la piedra se disipó por completo, una
mano femenina recogió la nota y la desenvolvió:

“ Somos supervivientes como vosotros,


Tenemos agua en abundancia, ni necesitáis
Ayuda, hacednos señales desde un punto alto
del edificio, en cualquier momento
al norte de vuestra posición”

La mano volvió a arrugar el papel y lo arrojó por el


hueco del cristal de nuevo hacia la noche.
86

Al día siguiente, Carlos, Alcides y Martín


se acercaron al hospital, esta vez en coche. De no ser
porque Verónica aseguraba haberlo visto también,
Carlos no habría tenido ninguna duda de que todo
había sido producto de uno de los cuelgues de
Alcides. Martín pensaba que cuando viera las puertas
bloqueadas desde dentro también a él le asaltarían
las dudas.
Los tres se separaron y comenzaron a inspeccionar
los alrededores en busca de alguna prueba de que
hubiera alguien con vida. Como iba siendo habitual no
había ni rastro de monstruos, por lo que Carlos se
tomaba con cierta comicidad la tensión que había
entre Alcides y Martín, el no había sido testigo de las
cosas siniestras…
- Este sitio es más inaccesible que nuestra iglesia
– Carlos estaba perplejo – Si no lo veo no lo creo.
Está claro que alguien ha intentado mantenerse a
salvo ahí dentro, aún me cuesta creer que en estos
meses no los hayamos visto.
- Eres duro de convencer.
- Duro de convencer o no, Alcides, lo único que
está claro es que nosotros tenemos más ganas de
conocerlos que ellos de conocernos. No hacemos nada
aquí – Martín se encaminó hacia el coche dando por
terminada la incursión.
87

Alcides iba en cabeza, tras él Lola y cerrando la


marcha Carlos, que había cogido un destornillador que
rodaba en la parte de atrás de la furgo. Esperaban
encontrarse el local totalmente saqueado, sin
embargo todo parecía estar en orden… hasta que
alguien o algo se movió en la parte de atrás de la
farmacia. Alcides, más asustado que inteligente, lanzó
la llave de tubo que llevaba a modo de arma
defensiva, contra una de las estanterías que se
encontraban en el centro de la trastienda.
- Quien quiera que sea el que está escondido, o
sales ahora mismo o por Dios que esta vez no fallaré
– El grito de Al no tenía convicción alguna.
- ¿Qué te hace pensar que fallaste pedazo de
cabrón “sinconocimiento”? – De detrás del estante
apareció Fran, una quinta más allá de la de Alcides,
que su calvicie temprana aumentaba en una par de
tallas. Era un viejo amigo de Martín, de esos con los
que no se tiene contacto alguno, pero con los que
siempre sabes que puedes contar. Se tocaba un
enorme chichón en la frente, con la mano izquierda,
mientras con la otra se sujetaba una gasa empapada
de sangre en el lugar donde debía estar su oreja
derecha.
- Coño Franky, qué susto – Alcides suspiró
sonoramente - ¿Qué estás…? ¿Qué te ha pasado?
Joder, estás hecho una mierda ¿Dónde…? – Al cambió
de súbito el tono de voz - ¿Dónde está Aurora?
- Muerta… creo. – Su semblante se ensombreció –
Aún no he decidido cómo describir lo que pasó, pero
se acerca mucho a un… - Dudó un instante – un…
- No son muertos vivientes – Carlos alivió sus
titubeos – Cuando le sucedió a mis suegros fue más
bien como si algo los poseyera de forma espontánea,
ya no eran ellos… - Lola lo interrumpió.
- Alguien o algo usaba sus cuerpos.
- Eso es – Frank apenas podía mantener la boca
cerrada por el asombro – Exactamente eso. La
madrugada en la que los temblores comenzaron,
Aurora y yo estábamos en mi piso, durmiendo –
Puntualizó sin convencer a nadie – El caso es que ella
se asustó y decidimos irnos al caserón de mis padres,
aunque lleva cerrado algunos años, desde que mi
madre murió, he intentado que todos los meses vayan
a limpiarlo y airearlo, no me gusta ir y que me
envuelva el olor ha cerrado, a olvido. Pensamos que
en las afueras no se sentirían tanto y que los muros
de sillar aguantarían si la cosa se ponía algo más
seria. Gracias a Dios no estábamos equivocados.
Hace dos noches mientras el enorme terremoto lo
ponía todo patas arriba, nosotros, bueno digamos que
nos pusimos un poco más impetuosos de la cuenta
con la tontería de si sería la última vez y todo ese
rollo. Acabamos destrozados y yo me quedé
profundamente dormido. El sabor metálico de la
sangre me despertó, algo caliente me recorría la
mejilla y bajaba por mi cuello, Aurora estaba en
cuclillas a los pies de la cama, dándome la espalda.
Me dolía la cabeza y no dejaba de escuchar un
desagradable burbujeo, creo que llegué a pensar que
debía haber una gotera sobre la cama. Hasta que no
la vi mordisqueando mi oreja no me di cuenta de que
me la había arrancado. Mis ojos se acostumbraron a
la escasa iluminación de la luz del amanecer, Aurora,
que seguía desnuda, estaba cubierta de sangre,
demasiada sangre para una sola herida,
instintivamente palpé mi cuerpo pero no encontré
ninguna más. Quizá lo lógico hubiese sido tener un
ataque de pánico y gritar su nombre desesperado en
pos de una explicación, pero algo dentro de mi cabeza
mantenía mis labios sellados y mi cuerpo en relativa
calma. El despertar había sido tan abrupto que
apenas sufría la pegajosa somnolencia que separa el
sueño de la vigilia, el dolor de cabeza se había
focalizado en el oscuro agujero que había dejado mi
oreja y se hacía cada vez más insoportable, latía
como con un corazón propio demasiado grande para
tan pequeño espacio. Decidí que había llegado la hora
de salir de la cama. Me incorporé despacio, a la vez
que apartaba las piernas lo más que pude de Aurora,
pero con sumo cuidado, os juro que estuve a punto de
morir de un infarto cuando los muelles de la cama se
quejaron ruidosamente y ella volvió el rostro hacia mí
con la velocidad de una serpiente, sin embargo sus
ojos blancos, vueltos hacía atrás, me atravesaban
absortos en algo inexistente. La sangre se heló en mis
venas, no dudé ni un instante en que se abalanzaría
sobre mí y me desgarraría la garganta a dentelladas.
Jamás pensé lo rápido que puede morir el amor entre
dos personas, aunque supongo que en el fondo sabía
que ella ya no era ella. Fue entonces cuando levantó
el rostro, como si hubiera percibido que alguien la
llamaba, dejó de roer lo que quedaba de mi oreja
como hace un perro sarnoso con un jodido hueso
descarnado y la tiró a un lado, saltó de la cama y salió
corriendo fuera de la habitación, poco después
escuché cómo se abría bruscamente la puerta de la
calle. Tardé más de una hora en salir del dormitorio,
tenía miedo, un miedo mortal a que aquella cosa me
estuviera esperando en algún rincón oscuro.
Finalmente, instigado por el dolor insufrible, decidí
salir en busca de una farmacia, de camino me he
encontrado con algunas de esas cosas, he logrado
esquivar a dos de ellas, la tercera me ha perseguido
como alma que lleva el diablo…
- Nunca mejor dicho – Le interrumpió Alcides.
- … logré darle esquinazo a tres o cuatro calles de
aquí ocultándome en un zaguán. Cuando volví a salir,
el silencio era tan ensordecedor que parecía poder
palparse… - Frank se miró en uno de los espejos que
servían de fondo a los estantes de medicamentos y se
apartó la gasa para ver como iba la sutura – Lo voy a
tener complicado para volver a ponerme las gafas.

Mientras Frank contaba su historia, Lola no había


dejado de buscar todo lo necesario para curar a
Martín.
- ¿Qué piensas hacer ahora? – Carlos le preguntó
sin dejar de seguir los movimientos de Lola por toda
la farmacia.
- No lo sé, a juzgar por lo poco que he visto parece
que no quedamos muchos “normales”, quizá
deberíamos permanecer juntos e intentar averiguar
qué es lo que está pasando.
- Perfecto, cuantos más mejor – Alcides intentaba
acallar su preocupación por Martín dando rienda
suelta a un buen humor desmedido y artificial – En
cuanto nuestra experta en medicina de urgencia tenga
todo lo que necesita salimos pitando para la
Colegiata.
- ¿La Colegiata? – Frank estaba entre sorprendido
y confundido.
- Es una larga historia – Se limitó a ironizar Carlos.
- Ya está, debemos irnos, a Martín no le queda
mucho tiempo. – Lola llevaba varias bolsas cargadas
de medicamentos y, esperaba, todo lo necesario para
salvarle la vida.
- ¿Martín está aquí? ¿Le ha ocurrido algo? – Lo
cierto es que llevaban meses sin verse, pero eso
nunca había afectado demasiado a su relación.
- Está mal herido, ya lo hablamos por el camino,
vámonos de una vez – Alcides había perdido todo
rastro de su muro de felicidad, ahora su tono era agrio
e impaciente.
88

La iglesia estaba rodeada de más muros


de sillar y sólidas rejas de hierro coronadas con
curvas puntas de lanza. Existían tres accesos, todos
cerrados con enormes cancelas de gruesos barrotes,
dos de ellos peatonales, una que daba entrada, a
través de una escalera semicircular, a la gran plaza
que había en el lateral de la iglesia y cuya tapia lo
mantenía separado del bosquecillo de moreras que
había un nivel más bajo que los cimientos del gran
templo. Las otras dos conducían a la entrada
principal, una frente por frente a la que se llegaba a
través de una plaza escalonada cubierta de cantos
rodados de río y en cuyo extremo opuesto estaba el
convento que daba nombre a la plaza. La otra,
paralela a la fachada de la Colegiata, servía de acceso
para vehículos a un pequeño aparcamiento que había
frente al campanario. Era esta última la única que
encontraron abierta de par en par, lo cual era habitual
en horario de visita turística. Mientras atravesaban la
entrada a toda velocidad con la furgoneta dando
tumbos, Alcides pensó que la guía debió huir sin
importarle lo más mínimo aquellos tesoros artísticos
que con tanto celo había guardado de flashes
indiscretos. Se detuvieron delante de la casa anexa a
la torre de la iglesia. Al se bajó acusando el cansancio
de todo el día, pero sin perder la premura. En su
rostro se dibujó un gesto fugaz de dolor cuando sus
rodillas se resintieron, pero se rehízo al instante y
corrió hacia la puerta de la casa, llamó un par de
veces con grandes golpes de su palma sobre la
superficie de madera, haciendo saltar el barniz
maltratado por el sol que parecía más una capa de
mugre. Esperó no más de medio minuto y
retrocediendo unos pasos arremetió contra ella
haciendo saltar la cerradura y abriéndola de golpe.
- No parece que haya nadie. Carlos, si no
te importa, asegúrate primero y después que Frank te
ayude a llevarlo dentro. Yo voy a cerrar la verja; creo
que tengo una cadena de moto en la caja de
herramientas, no es mucho, ya lo sé, pero servirá
mientras no tengamos otra cosa. Echaré un vistazo
alrededor para asegurarme de que estemos a salvo –
Llegó a la cancela respirando fuertemente por la boca
y con dolor en el costado; no era fácil moverse de
prisa con su exceso de peso. Colocó la cadena lo
mejor que pudo sin dejar de mirar hacia la carretera
por la que habían accedido al camino de entrada.
Después, con paso algo más calmado, recorrió el
camino de vuelta hacia la furgoneta, que aún seguía
con el motor en marcha, se subió y la dirigió a la plaza
lateral de la iglesia, aparcándola lo más cerca que
pudo del edificio, en un intento de mantenerla lejos de
posibles miradas indiscretas. Cuando volvió a la casa,
después de asegurarse que todas las verjas
estuvieran cerradas, Martín estaba acomodado en uno
de los dormitorios de la planta baja, lo habían
desnudado y Lola se encargaba de sus heridas con
esmero desmedido. Tenía cortes por todo el cuerpo,
Alcides al verlo recordó la escena de la película de Mel
Gibson en la que aparecía Jesucristo recién azotado y
se estremeció de pies a cabeza con tanta violencia
que le castañearon los dientes, debió haberse caído
sobre los escombros decenas de veces hasta
desfallecer.
89

Cuando lograron acceder al interior de la iglesia,


Martín seguía debatiéndose entre la vida y la muerte.
La infección de la herida del muslo había llegado a la
sangre. Lola no podía saber la gravedad de la
septicemia, pero intuía que la pugna de la dama de
negro por llevarse a su amigo estaba siendo feroz.
Había curado y suturado las heridas lo mejor que
supo, que fue bastante decente teniendo en cuenta
que era agente de turismo y no enfermera, dejó la
diplomatura en el tercer año, no soportaba la sangre,
lo cual no dejaba de ser irónico. Le había dado
Lactoferrina y Augmentine, e inyectado oxitetraciclina,
un antibiótico de uso animal que era lo único que
encontró... Fue durante aquellos días que Lola
descubrió que estaba embarazada de nueve semanas.
Carlos acogió la noticia con alegría y esperanza y
aunque Lola aparentaba el mismo entusiasmo que su
marido, Alcides la había sorprendido más de una vez
llorando a escondidas.

La torre del campanario se erguía independiente


de la iglesia, por lo que sólo podía accederse a ella
desde la casa. Pero una vez arriba, a través de una
estrecha pasarela de piedra, cuyo acceso había sido
torpemente bloqueado con algunos sillares
desprendidos de la última reforma allá por mediados
del siglo pasado, podía pasarse a los tejados de la
misma y penetrar en ella por de una de las troneras
de la fachada principal. Fue este el acceso que usaron
Carlos y Alcides, una vez retirados los escombros,
para entrar en el templo. Cuando llegaron al final de la
angosta escalera de caracol bastó con empujar
levemente la hoja de madera vieja y con ligero olor a
incienso y cera quemada. El interior de la iglesia era
impresionante, los techos blancos e inmaculados
daban una luminosidad casi sobrenatural. El silencio
llegaba a molestar los oídos mientras caminaban
entre las enormes columnas renacentistas que a
duras penas sujetaban el peso de la estructura, en
otro tiempo habían construido la cubierta utilizando
plomo y esto había provocado deformaciones visibles
en los veinte pilares corintios.
Flores muertas, velas, aceites, incienso, humedad,
madera… Todos los olores eran identificables excepto
uno, el más intenso Alcides percibía la sombra de un
olor desagradable que se mimetizaba tras los demás y
le hacía arder las orejas. Carlos también lo percibió.
- Juraría que huele a muerto – Acompañó sus
palabras golpeándose levemente la nariz con el dedo
índice de la mano derecha. – Tengo buen olfato,
puede ser un gato o un palomo u otra cosa…
- No creo que sea un gato, tengo una sensación
extraña, creo que no estamos solos… – Fue entonces
cuando escucharon el ruido.
Al fondo de la nave lateral derecha, junto al altar
mayor, estaba el acceso a la sacristía y a los antiguos
archivos, ahora reacondicionados como museo, en la
parte de abajo y escolanía en la primera planta. La
reja estaba entreabierta y fue de allí de donde
provenían aquellos extraños gemidos…
- ¿Crees que son humanos? – Carlos estaba
asustado, también Alcides.
- No tengo ni la más remota idea, pero me ha
puesto los huevos cerca de las orejas – De nuevo se
escucharon los gemidos - ¡JODER! No tenemos más
cojones que echar un vistazo, hay que estar seguros
de que este es un buen lugar.
- Ya te dije que venir aquí era un error.
- Ha sido lo único claro que Martín ha articulado en
estos días, por algo será. Cuando mejore…
- Si es que mejora – Se arrepintió de haberlo dicho
antes incluso de haber terminado la frase.
- Me caes bien, pero si vuelves a insinuar que
Martín puede morir, te arranco la cabeza y te la meto
por el culo. Pero no te ofendas, te lo haría desde el
cariño claro… – Aunque no sonrió al proferir la
amenaza, Carlos no se lo tomó en serio.
- Me dejas más tranquilo… Pero es estúpido
engañarse, Martín está muy jodido y mejor pensar con
cautela y sorprendernos, que estar seguros de que
Dios tiene un milagro para cada uno de nosotros y
llevarnos la decepción de que los milagros, al igual
que Papá Noel y el ratoncito Pérez, son una mera
fantasía.
-¿Que el ratoncito Pérez no existe? Acabas de
partirme el corazón… De todas formas, Martín saldrá
de ésta, es un puto león y se aferrará a este mundo
con garras y dientes… O yo mismo lo mataré por
dejarme tirado – Se encendió un canuto de maría de
tamaño respetable, justo cuando un nuevo gemido
aún más fuerte y duradero que los anteriores les hizo
perder todo interés por la conversación. – Hecho de
menos un buen bate o un palo de escoba o algo… –
Carlos miró alrededor intentando localizar cualquier
cosa que les sirviera como arma, señaló a Alcides el
pie de madera de un enorme cirio.
- Para mí es demasiado grande, pero tú no creo
que tengas problema… No puedo creer que te estés
fumando un petardo en un momento como este, esa
mierda acabará jodiéndote la vida – Y dicho esto se
dirigió hacia la gran vela, la quitó del pie y se lo
acercó a Alcides que lo levantó en el aire probando su
peso.
- Pesa un poco pero tendrá que servir. Creo que la
vida se nos ha jodido a todos y no estoy haciendo
nada malo, sólo cojo lo que la madre naturaleza nos
da – y dio una larga calada. – Eywa es
verdaderamente sabia – Los dos se encaminaron a la
puerta de la sacristía – Tú abres y yo entro, ¿OK? –
Carlos no saltó de alegría con el plan, pero qué otra
cosa podían hacer. Terminó de abrir la reja entornada
dándole una fuerte patada. Esta se estrelló contra la
pared y se cerró de golpe delante de ellos – Alcides se
echó a reír sin poder evitarlo.
- Serás hijo de puta. – Carlos no se reía en
absoluto.
- ¿Se puede saber qué demonios ha sido eso?
- Cómo iba yo a saber que la puerta… - Esta vez
fue un alarido desgarrado justo al otro lado, lo que
hizo que la sangre se les helara a ambos. Alcides
levantó el pie de madera sujetándolo con las dos
manos por encima de la cabeza.
- Abre la puerta con cuidado Chuck Norris. – Carlos
no le escuchó, temblaba de la cabeza a los pies, casi
dos metros de estremecimiento que en otro momento
le habrían hecho avergonzarse de sí mismo… Pero
aquello era distinto, era real, real como el mismo
infierno. Controlando las sacudidas de su mano,
sujetó la manivela de la reja, la accionó y empujó con
cuidado hasta ver completamente el corredor de
acceso a la sacristía. Frente a ellos ascendía una
escalera que conducía a la escolanía, y al final de la
otra parte del pasillo tan sólo había un gigantesco
armario de madera maciza. Sin embargo algo que se
movía erráticamente en el museo, justo al otro
extremo, captó toda su atención y ambos se
encaminaron hacia la sacristía con paso vacilante
como Lázaro hiciera al despertar de la muerte.

A juzgar por las vestiduras eran cuatro monjas y


un sacerdote, o al menos tres monjas; la cuarta mujer
estaba completamente desnuda y tumbada sobre la
larga mesa en el centro de la sala. Estaba cubierta de
sangre y le faltaban partes del cuerpo, se podían
apreciar decenas de mordeduras por todas partes; sin
embargo, no dejaba de reír y proferir obscenidades…
El festín diabólico les cogió desprevenidos y cuando
los cuatro comensales se arrojaron sobre su presa
como hienas sobre la carroña, Carlos se volvió y
comenzó a vomitar, Alcides notó que se mareaba y
dejó caer el pedestal que aún mantenía en alto, las
manos le temblaban pero logró dar una larga y
profunda calada al porro. El ruido sordo de la madera
sobre el mármol hizo que aquellas criaturas
monstruosas con las fauces desencajadas y llenas de
sangre y jirones de carne, fijaran su atención en los
nuevos invitados…
Alcides dio varios pasos atrás hasta llegar a la
altura de Carlos, que se encontraba de rodillas en el
suelo echando lo que le quedaba de su primera
papilla, lo sujetó fuertemente del hombro, hasta
hacerle daño y tiró de él para levantarle.
- Prepárate. – Diciendo esto Al volvió a recoger el
arma improvisada del suelo y la sujetó como un
bateador a punto de golpear una bola rápida… Las
tres monjas con los hábitos ensangrentados fueron
hacia ellos con los dedos tensos y separados como si
fueran garras, alentadas por el sacerdote al que Al
había reconocido, por verlo alguna vez en la
televisión, como uno de los ayudantes del Obispo de
Madrid, Monseñor José Ángel Bastida Barea. Carlos
pudo distinguir algunas palabras de las que su boca
escupió con tanto desagrado…
- Dente lupus, cornu taurus peti. Acompañó sus
palabras con una sonrisa despectiva.
- Eso era latín, seguro… ¿Pero qué coño ha dicho?
- Más o menos, que cada uno se defienda cómo y
con lo que pueda… – Carlos lo dijo sin quitar la vista
de encima de una de aquellas cosas que comenzaba a
caminar hacia él cogiendo velocidad, era una mujer de
color, alta y joven, de no más de veinte años… No
llegó a su destino, Alcides interceptó a la monja
propinándole un fuerte golpe en la cima del cráneo
que le hundió la ceba entre los hombros haciéndole
trizas las vértebras del cuello – Gracias, ¡ahí viene
otra! – Esta vez fue Carlos el que la agarró
fuertemente del hábito y ayudándose de una patada
en las corvas la arrojó de espaldas al suelo, pero no
fue lo suficientemente rápido para evitar que la
tercera religiosa le saltara sobre la espalda y lo
agarrara del cuello, Alcides la golpeó en el costado
lanzándola contra un grupo de muebles apilados al
fondo del gran salón. El sacerdote no se había
movido.
Aún recobraban el aliento cuando la criatura sobre
la mesa se incorporó y sobre los muñones
ensangrentados de manos y pies los acechaba como
un animal rabioso. Alcides la reconoció, era Rocío, la
conservadora de la iglesia, se fue derecho hacia ella
preparando de nuevo el enorme madero, pero
entonces algo lo agarró dolorosamente del tobillo, era
la primera monja a la que había machacado el cuello;
la cabeza seguía hundida de manera imposible, sin
embargo a aquella cosa no parecía importarle, se zafó
de la presa con un fuerte tirón y eso lo perdió, la
conservadora mutilada saltó sobre él clavándole en el
pecho, justo debajo de la clavícula, el húmero
astillado que le sobresalía del muñón del brazo
derecho, Al profirió un alarido del dolor, Carlos quiso ir
a ayudarle, pero él tenía sus propios problemas, las
otras dos monjas se le habían echado encima y una
de ellas trataba de arrancarle la garganta a mordiscos
mientras la otra, haciendo gestos obscenos con la
lengua, le hacía jirones el pantalón mientras lanzaba
dentelladas a su entrepierna, entonces el sacerdote
dejó de sonreír y comenzó a recitar en latín lo que a
Alcides le pareció una plegaria:

Dies irae,
dixit.
Dura lex,
sed lex,
dixit.
Aquila non
capit muscas,
dixit.
Trucidare
falsis nominibus
res publica,
atque ubi
solitudinem Es el día de la ira,
faciunt, ha dicho.
pacem La ley es dura, pero es ley,
appellant ha dicho.
Homo homini El águila no atrapa moscas,
lupus est ha dicho.
Per quae Al asesinato lo llaman
peccat quis, erróneamente gobernar y donde
per haec et crean un desierto, lo llaman paz.
torquetur El hombre es un lobo para el
Qui seminat hombre
iniquitatem, Por aquellas cosas que uno peca,
metet mala por esas mismas es atormentado
Aurea Quien siembra la iniquidad
mediocritas… recoge calamidades
Dixit. Mediocridad dorada…
Fiat iustitia Ha dicho.
et pirias Haz justicia aunque para ello se
mundos destruya el mundo
Memento Recuerda hombre que polvo eres
homo quia y al polvo regresarás
pulvis Recuerda que eres mortal
es et in Él se ha ido
pulverem La muerte es cierta,
reverteris su hora desconocida.
Memento El espíritu está dispuesto,
mori mas la carne es débil.
Abiit, Para mayor gloria de Dios
excessit Por los siglos de los siglos.
Mors certa,
hora incerta Conócete a ti mismo, sacerdote.
Spiritus
promptus est, Cualquier cosa que se diga en
Caro autem latín
infirma. suena más profunda.
Ad maiorem
Dei gloriam
Et in secula
seculorum.

Nosce te
ipsum,
sacerdos.

Quid quid
latine dictum
sit,
altum
videtur
Volvió a sonreír cuando pronunció el último verso…
- ¿Se puede saber qué coño está diciendo ahora? –
Alcides gritó desesperado mientras se deshacía de su
atacante lanzándola con fuerza hacía atrás de una
patada e iba en busca de Carlos que se retorcía en el
suelo con aquellas cosas sobre él, miró perplejo a la
religiosa que intentaba enroscarse entre sus piernas –
Creo que no es momento para eso – Aquel comentario
espontáneo robó una sonrisa a su amigo que seguía
en apuros. Una a una se las fue quitando de encima y
lanzándolas lo más lejos que le permitía la herida del
pecho – Esa cosa me ha atravesado, joder he
escuchado como chocaba el hueso contra el suelo de
piedra… – Carlos logró levantarse por fin y comenzó a
mirar a su alrededor en busca de algo que le sirviera
de arma, por su parte Alcides había recuperado su
peculiar bate de béisbol.
- En pocas palabras – intentaba contestar a
Alcides con el resuello perdido – dice que Dios nos ha
abandonado como castigo por nuestros pecados y que
vamos a morir todos…
- ¿Sólo eso? menos mal, es que dicho en latín
parecía algo peor.
- Creo que esa era la idea – Carlos no sabía qué le
parecía más inquietante, si aquellas criaturas o el
tono de la conversación entre él y el bueno de Al,
parecían estar dentro de una mala película de terror…
– No creo que estén enfermos, parecen…, parecen
definitivamente poseídos.
- Ya lo había pensado, pero no sé qué acojona
más, ¡ahí vienen otra vez! – La conservadora mutilada
se arrastraba por el suelo a cuatro patas, como una
maldita bestia salida del infierno; las otras dos
flanqueaban al sacerdote, mientras que la sin cuello
se convulsionaba en el suelo como una culebra
atropellada en la carretera. Alcides no se lo pensó dos
veces y conforme se acercaba a ras de suelo el
engendro ensangrentado, le propinó un fuerte drive
directo a la cabeza que casi se la arranca de cuajo,
dejándola en el suelo con el cráneo destrozado. – Ya
sólo quedan dos putas y el chulo cabrón que creo lleva
la voz cantante.
En ese momento el sacerdote junto con las dos
religiosas les atacaron con ferocidad sin dejar de
proferir gritos y obscenidades; tanto Carlos como
Alcides salieron a su encuentro volcando de súbito un
gigantesco armario de roble sobre ellos. En cuestión
de minutos los supuestos poseídos yacían sobre el frío
suelo con los huesos de todo el cuerpo destrozados y
los sesos desparramados por el peso de la madera
maciza, aun así seguían intentando levantarse.
Alcides estaba salpicado de sangre al igual que su
amigo, que respiraba de forma entrecortada aún sin
poder recuperar el aliento a causa del esfuerzo y el
horror…
- ¡Me cago en la leche puta! Pensé que estos
cabrones no iban a morirse nunca…
- Ves demasiadas películas Al, estas cosas no han
salido de la mente enfermiza de Fulci.
- ¿Fulci? Joder Carlos, ¿en qué año dejaste de ir al
cine?
- Tenemos que sacarlos de aquí, pero no sé… -
Alcides le interrumpió.
- Fuego, saquémoslos a la explanada y hagamos
una bonita fogata.
- No creo que sea buena idea, sabrán que estamos
aquí desde kilómetros a la redonda. – La respiración
de Carlos comenzaba a normalizarse.
- Hagámosles a esas cosas un funeral vikingo –
Alcides sonrió ante la cara de desconcierto de su
amigo – Los metemos en un coche, le prendemos
fuego y lo lanzamos por el camino de tierra, la
pendiente los alejará un par de kilómetros antes de
que salte por los aires.
- Si como dices, Martín está en lo cierto y este
lugar tiene que ser nuestro refugio, debemos
asegurarnos de que no queda ninguna de estas
cosas… Alcides tengo miedo de haber matado a seres
humanos que quizá podrían haber sido salvados con
un buen psiquiatra o un exorcismo…– Carlos dijo esto
sin dejar de mirar los despojos, temía ver acusación
en los ojos de Al.
- No hemos matado, nos hemos defendido sin
poder evitar el nefasto resultado, no le des más
vueltas…
- En lo referente al funeral barbacoa, creo que lo
mejor sería utilizar la Colegiata oculta… - Alcides lo
interrumpió a su vez con los ojos entornados y el labio
superior fruncido en un gesto indiscutible de no tener
ni puta idea.
- ¿Qué es la Colegiata oculta? Nunca lo había oído.
- Junto a la Puerta del Sol, la que da a los jardines
de chumberas, todo el suelo está hueco… - Al volvió a
interrumpirle.
- Eso ya lo sé, ahí abajo vive una familia, tienen la
puerta de entrada en el acceso al bosquecillo de
moreras – Carlos continuó paciente.
- Digamos que sobre el techo de su peculiar
vivienda y una vez traspasamos los cimientos de la
iglesia, nos encontramos con las catacumbas del
templo, eso es lo que llaman la Colegiata oculta. Sería
un buen sitio para ocultar los cuerpos.
- Me parece una idea genial, de todas formas no
creo que las tradiciones escandinavas pasaran
demasiado desapercibidas.
90

En la capilla de las ánimas, justo frente al museo y


bajo el altar mayor, encontraron más cadáveres.
Aunque desagradable, al menos con ellos no tendrían
que darse de hostias.
- ¿Eso es otra monja? – Alcides se acercó
al banco más cercano a la escalera de acceso desde
la iglesia – Alguien le ha hundido la nariz hasta el
cerebro.
- ¿Qué coño ha pasado aquí?
- Supongo que esas cosas la mataron.
- ¿Y a él? – Carlos había seguido
avanzando por uno de los laterales, junto al coro y
estaba viendo lo que había ante el altar.
- ¡Joder tío! Es el cardenal Bastida, ya te
lo dije con el cura demoníaco ese.
- Tenía entendido que era favorito para el
puesto de Papa.
- ¿Y a quién le importa eso ahora?
- Bueno, si lo piensas fríamente, si alguien
debía salvarse, él tendría un pase VIP para la jodida
arca.
- ¿Has visto toda esa sangre y los huesos?
Es como si se hubieran comido a alguien aquí –
Ambos se estremecieron.
- Aquí hay un maletín con… Parecen los
cachivaches de un sacerdote cuando va a dar la
extremaunción.
- Me la llevo, quizá haya algo que nos
aclare lo que pasó aquí.

- Necesitaremos una pala.


- Y una fregona…
- No pensé que el fin del mundo diera
tanto asco. Te juro que la próxima vez seré yo el que
se quede de guardia y Frank el que tenga que recoger
la mierda…
91

- Sara me lo dio un mes antes de… bueno antes


del terremoto con el que toda esta mierda comenzó –
Le tendió la mano a su amigo con un pequeño
paquetito envuelto en papel de regalo sobre la palma
- Era para tus Reyes Magos, quería que yo lo guardara
para que no pudieras encontrarlo cuando realizaras la
búsqueda anual de regalos navideños, recuerdo que
nos reímos mucho al pensar en la cara que pondrías
cuando encontraras la corbata señuelo que había
escondido en el altillo de la