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Una vez no es ninguna…La experiencia que aguarda entre Pessoa y Blade

Runner

A mediados de 2019 Roy Batty, un replicante modelo Nexus 6 portento de la


bioingeniería, legaba una experiencia a Rick Deckard, blade runner del departamento
de policía de Los Angeles, justo en un bello instante, irrepetible, de fragilidad que cobijó
a ambos bajo la lluvia. Batty, que perseguía a Deckard al parecer con causa de muerte,
quien momentos antes no era perseguidor sino el perseguido, lo salva de caer desde la
azotea de un edificio de altura babilónica. A salvo y desconcertado Deckard recibe de
Batty, un moribundo androide –técnicamente un replicante–, la sabiduría que nunca
recibirá de ningún humano en las siguientes palabras:
“Quite an experience to live in fear, isn’t it...That´s what it is to be a slave…I have seen things you
people wouldn´t believe. Attack ships on fire off shoulder of Orion. I watched C beams glitter in the
dark near the Tannhäuser gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to
die…”
Muy bien, ¿qué experiencia es la que se entierra en estas palabras de un androide
moribundo, de una máquina perfecta que en un instante de fragilidad, es consciente que
su fecha de vencimiento se acaba de cumplir? Simplemente que él, al igual que los demás
replicantes es tan humano y goza de una vida como cualquiera, pues ellos, los
replicantes, adquirieron consciencia de sí mismos porque podían tener recuerdos y en
esa medida transformar lo vivido por uno o por varios, en algo para ser vivido por otros
más, justo como hacemos nosotros, de ahí que fueran los replicantes un peligro para
los humanos: es la capacidad de tener y transmitir experiencias, es decir, de hacer algo
con lo vivido, lo que separa a un humano de una máquina…nada más.
Cien años antes, más o menos, un tal Ricardo Reis, junto con Bernardo Soares,
acompañado tal vez de Alberto Caeiro, y sin duda alguna con ayuda de Fernando
Pessoa, como si hicieran cábala con sus vidas, entre ellos, entre sus vidas, y al igual que
Batty, legaban una experiencia a hombres como a máquinas futuras que sean capaces
de recordar, a saber, que un hombre –pronto también un androide– que viva según la
lógica, la gramática, la razón sólo podrá vivir una vida: una vida razonable, lógica,
gramaticalmente correcta como si fuera un plan perfecto; mientras que un hombre que
viva según la insondable guía de sus emociones y sensaciones, habrá vivido infinitas
vidas, como poco. En otras palabras, hay que cuidarse de quedar atrapado en lo vivido
por otro (por ejemplo, quedar atrapado en la lógica aristotélica, o en el imperativo
categórico kantiano, o en todo caso no quedar atrapado en las ideas de otro, en un plan
ajeno, pues ambas cosas no sólo configuran vidas sino que son el resultado de un
intenso trabajo sobre lo vivido). Más bien, dice aquel cuatro-hombres que hay que poner
a prueba lo vivido por otros en las propias emociones sin ser arrastrados por su impulso,
sin aprovecharlo.

Veamos en sus propias palabras algo sobre una vida vivida gramaticalmente correcta:
“La gramática, definiendo el uso, establece divisiones legítimas y falsas. Divide, por
ejemplo, los verbos en transitivo e intransitivos; sin embargo, el hombre que sabe bien
decir tiene muchas veces que transformar un verbo transitivo en intransitivo para
fotografiar lo que siente, y no para, como el común de los animales hombres, ver a
oscuras. Si quiero decir que existo, diré Soy. Si quiero decir que existo como alma
separada, diré Soy yo. Pero si quiero decir que existo como entidad que a sí misma se
dirige y forma, que ejerce ante sí misma la función divina de crearse, ¿cómo he de
emplear el verbo ser sino convirtiéndolo súbitamente en transitivo? Y entonces,
triunfalmente, antigramaticalemente supremo, diré Me soy. Habré expresado una
filosofía en dos breves palabras. ¿No es esto preferible a no decir nada en cuarenta
frases? ¿Qué más puede exigirse de la filosofía y de la dicción? Obedezca a la gramática
quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus
expresiones…Decir lo que se siente exactamente como se siente –con claridad, si es
claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso–; comprender que la
gramática es un instrumento, y no una ley.”1
Y en este fragmento, sobre una vida dominada por la razón y la lucidez, se manifiestan,
felizmente a favor de una vida que se derrama y derrocha en emociones:
“La decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el
fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía.”2
Y aún más adelante:
“Son mis confesiones, y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir…Lo que
confieso carece de importancia, pues no hay nada que tenga importancia. Hago paisajes
con lo que siento. Hago vacaciones de las sensaciones. Entiendo bien a las bordadoras
que lo son por dolor o a las que hacen punto de media porque hay una vida que vivir.

1
Pessoa, Fernando. Libro del Desasosiego. Acantilado. Barcelona, 2013. Pág. 95-96
2
Ibídem. Pág. 15
Mi vieja tía hacía solitarios durante el infinito de la velada. Estas confesiones de sentir
son mis solitarios.”3
Y bien, ¿qué tiene en común el cuatro-hombres con Roy Batty y qué tenemos nosotros
con el estupefacto blade runner Rick Deckard? ¿Cuál es el sutil hilo que nos une? El
cuatro-hombres y Roy Batty buscan algo, cada uno a su manera que nos deja perplejos,
como a Deckard, justamente porque también buscamos lo que ellos, es más, en ellos lo
encontramos, así como ellos lo han encontrado en otros, a saber, cierto retorno a lo
vivido, es decir, al lugar de las emociones, o mejor dicho, a encontrar fuera de lugar las
emociones. Y semejante trabajo siempre, en todo momento que, mágicamente, hace
que una emoción sea arrancada de su lugar, consiste en que cuando se trabaja sobre lo
vivido, repito, siempre hay que contar con el proverbio alemán que reza Einmal ist
Keinmal, en español, una vez no es ninguna.
Oigamos. Otro moribundo, en algún día de 1937, justo dos años después de la muerte
del cuatro-hombres, escribía estas bellas palabras, también dejando un legado irrepetible
a los intelectuales que sobrevivieron a la cultura después de 1945 –y a los que siguen
sobreviviendo a ella hoy–:
“Al escribir uno se detiene a veces en un pasaje bello que salió mejor que todos los
demás y después del cual no se sabe cómo seguir. Algo extraño ha sucedido. Pareciera
existir un acierto negativo o estéril y tal vez sea necesario tener una idea cabal de él para
saber la importancia que tiene. Básicamente se trata de dos consignas enfrentadas: el de
una vez para siempre y el una vez no es ninguna. Lógicamente hay casos en los que alcanza
con el de una vez para siempre –en el juego, en un examen, en un duelo. Pero nunca en el
trabajo. Este requiere del una vez no es ninguna. Pero sucede que no a todo el mundo le
interesa llegar al fondo de las prácticas y ocupaciones en que radica esta sabiduría.
Trotzki lo hizo en unas pocas frases en las que rinde homenaje al trabajo de su padre
en el campo sembrado. ‘Conmovido’, escribe, ‘lo miro. Mi padre se mueve en forma
simple y acostumbrada; no pareciera que está trabajando, sus pasos son iguales, son
pasos tentativos como si estuviera buscando el lugar más adecuado para comenzar. Su
guadaña se abre camino de forma sencilla, sin desenvoltura artificial; más bien podría
pensarse que no está totalmente segura. Y, sin embargo, corta al ras, con precisión,
tirando lo que cosechó hacia la izquierda en manojos regulares.’ Ahí tenemos la forma
en que trabaja quien tiene experiencia, quien aprendió a comenzar de nuevo todos los
días, con cada golpe de guadaña. No se detiene ante lo ya hecho, sí, bajo sus manos lo
ya hecho se volatiliza y se vuelve imperceptible. Sólo estas manos resuelven la tarea más
difícil como jugando, porque son cautelosas al realizar la tarea más simple. ‘Ne jamais
3
Ibídem. Pág. 26
profiter de l’élan acquis’ dice Guide. Entre los escritores pertenece a aquellos en que los
‘pasajes bellos’ son más escasos.”4
Ne jamais profiter de l’élan acquis, es decir, nunca aprovechar el impulso adquirido por
parte del escritor, pero también del narrador, del poeta y del artista. Pero ¿por qué?
¿Acaso no es cierto impulso, cierto aire o energía potencial lo que todo poeta, escritor
y artista buscan todo el tiempo? ¿Acaso no hay que aprovechar la inspiración cuando esta
se presenta? Pues esto es lo que el judío saturnino enseña: comenzar de nuevo todos
los días. Por eso una vez, aquella vez en que algo digno de transmitirse a otro ha nacido,
no es ninguna, pues ese instante logrado en el trabajo ha de ser no repetido sino
simplemente buscado de nuevo. Y esa búsqueda, infinita, es aquel hilo tenue que une al
cuatro-hombres con el androide moribundo –y ahora también al judío saturnino–,
porque, ¿no es acaso cada fragmento del libro del desasosiego justamente esa vez que no
es ninguna? ¿No es cada uno de esos fragmentos, sin nexo, sin conexión ni pretensiones
demostrativas precisamente un renovado esfuerzo por volver sobre lo vivido, por hacer
algo con lo vivido al demorarse en las emociones y sensaciones tal como se dan en cada
momento particular, determinado, único e irrepetible? Cualquier fragmento del
desasosiego, en el orden que sea, puede ser puesto a prueba en este sentido. Por otra
parte es justamente ese volver sobre lo vivido, ese infinito una vez no es ninguna lo que
también busca Batty, el androide moribundo: poder vivir un poco más, prolongar su
fecha de caducidad, tener una vez más, para así tener algo que hacer con lo vivido. Batty
no aprovecha el impulso adquirido, esto es, no solo escapado de las colonias en marte
a las que sus fabricantes le habían condenado, sino que emprende una búsqueda
infructuosa por comprender lo que él es y además por prolongar lo que él es, lo que ha
vivido. El cuatro-hombres tampoco aprovechó el impulso adquirido, pues de haberlo
hecho, su escritura se hubiera estropeado; todo el tiempo también estuvo embarcado
en una búsqueda infructuosa pero indiscutiblemente fecunda por poner a prueba lo que
había vivido, como si en cada cosa vivida se escondiera más de un enigma.
Volver sobre lo vivido para transformarlo en lo vivido por alguien más. ¿Qué necesidad
hay de hacer tal cosa? ¿Por qué incluso un androide que dispone de recuerdos tiene que
volver sobre ellos? La respuesta a estas preguntas es el sutil hilo que nos une a nosotros,
y a cualquiera que tenga los ojos para verse en este pronombre, con Rick Deckard, el
petrificado blade runner. A los androides les insertan recuerdos falsos, recuerdos de
personas verdaderas, para que dispongan de una especie de background sobre el cual
difuminar cualquier chispa de consciencia sobre la propia contingencia, manteniendo

4
Benjamin, Walter. “Una vez no es ninguna” en: Cuadros de un pensamiento. Imago Mundi Ediciones. Buenos
Aires. Pág. 147.
así todo el tiempo la certeza fabricada de que se existe. Pues bien, Roy Batty
espontáneamente, y sus fabricantes no podían haberlo previsto, en medio de recuerdos
implantados, alcanzó a ver su propia contingencia; Batty fue planeado, pero en todo
plan siempre hay una brecha por la que se filtran los accidentes, es decir, que él mismo
empezó a construir su propio plan, o en otras palabras, a volver sobre lo que él, como
androide, había vivido, hecho que lo convierte en un ser capaz de tener y transmitir
experiencias.
Otro tanto, y en el mismo sentido, enseña cuatro-hombres cuando proverbialmente
escribe “Benditos aquellos que no confían su vida a nadie”5; ¿cómo puede alguien no
hacerse cargo de su propia vida, de lo que ha vivido? Es muy posible, por ejemplo, hay
gente que va a la guerra y vuelve muda, gente que va al cine y sólo puede decir de la
película que ha visto que “estuvo brutal”, pero también hay gente que viaja, cuanto más
lejos mejor, pero que vuelve igual, sin ser al menos un poco, otro; igualmente hay gente
que sabe escribir sobre el papel pero no sabe escribir su propia vida ni sobre la vida de
otros. Toda esta pobre gente, que no sabe qué hacer con lo vivido, confía su vida ya no
a otros, pues no hay ya nadie a quien confiar algo tan íntimo, sino a cientos de
dispositivos, esencialmente a máquinas que, todavía no han podido como sí pudo Batty,
transformar lo vivido en algo para ser vivido por alguien más. Cuatro-hombres no
confía su vida a nadie, por ello escribe tanto; en él cobra sentido la expresión escribe como
si no hubiera un mañana, o en otras palabras, como si una vez fuera ninguna. No escribió más
porque tuvo que morir, aunque sus libros siguen escribiendo sobre mucha gente, sobre
nosotros, que nos reunimos a leerlo, que asistimos a su vida, a lo vivido por él en su
escritura, como pequeños infantes que escuchan al venerable anciano hacer piruetas en
sus corazones, con la ilusión de también nosotros hacer escritura lo que hemos vivido.
Más nos vale que lo hagamos; y he aquí el sutil hilo que nos estrecha con el lejano Rick
Deckard: quien no vuelve sobre lo que ha vivido, y construye así su propio plan, será
subrepticiamente y casi de manera irreparable, planeado por otros, por unos ingenieros
de la vida que hoy se llaman publicistas, couching ontológico, formación universitaria,
vida feliz en pareja, medicación psiquiátrica, capacitación laboral, consumo
programado, ahorro pensional, curriculum vitae, maestría con mención
honorífica…cum laude. Después de ver morir a Batty, y recibir de él una experiencia
invaluable, Deckard al volver sobre lo vivido, se da cuenta de dos cosas: que muy
posiblemente él también es un replicante, y que toda su vida estaba planeada para cazar
a otros replicantes. En ese momento decide hacer su propio plan; con las ruinas de lo
vivido por Roy Batty, y manteniendo su impulso intacto, escapa con Rachel, otra

5
Pessoa, Fernando. Libro del Desasosiego. Acantilado. Barcelona, 2013. Pág. 75
replicante que durante sus 18 años de vida creyó ser un ser humano con vida propia,
para no volver a ser nunca más, un blade runner. ¿Y nosotros? ¿Qué hay de nosotros?
Pues apenas nos damos cuenta, en compañía de cuatro-hombres, que todavía estamos
a tiempo de escribir nuestras vidas, retomando las ruinas de lo vivido por otros, en este
caso un Pessoa que ni él ni nosotros conocimos nunca, porque, mucho mejor, asistimos
a ella en cada fragmento de su prosa, en cada verso, en cada libro. Literalmente tenemos
su vida en nuestras manos y nos corresponde ahora aprender a no aprovechar su
impulso y ganar el nuestro propio.

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