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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE QUERÉTARO

Dra. Margarita Teresa de Jesús García Gasca


Rectora

Dr. Aurelio Domínguez González


Secretario Académico

Dra. María Teresa García Besné


Secretaria de Extensión Universitaria

Dra. Margarita Espinosa Blas


Directora de la Facultad de Filosofía

LLME Verónica Núñez Perusquía


Secretaria de Atención a la Comunidad Universitaria

Lic. Diana Rodríguez Sánchez


Coordinadora del Fondo Editorial Universitario

Mtra. María Cristina Quintanar Miranda


Publicaciones Facultad de Filosofía

Diseño editorial y conformación


Selene Paz Vega

ETNOGRAFÍAS. Tácticas y estrategias para el registro y análisis de la diversidad cultural.


D.R. © Universidad Autónoma de Querétaro, Centro Universitario, Cerro de las Campa-
nas s/n,
Código Postal 76010, Querétaro, Qro., México
ISBN: 978-607-513-375-1
Este libro se publicó gracias a la aportación de fondos del programa PIFI (2015)
Advertencia: Ninguna parte del contenido de este ejemplar puede reproducirse o al-
macenarse o transmitirse de ninguna forma, ni por ningún medio, sea electrónico, quí-
mico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia ya sea para su uso personal o de
lucro, sin la previa autorización por escrito de los editores.
Esta investigación arbitrada por pares académicos se privilegia con el aval de la insti-
tución editora.
Esta publicación cuenta con la aprobación del Consejo Académico de la Facultad de
Filosofía (6 de diciembre de 2017) para ser considerado como libro de texto.
Primera edición, agosto, 2018.
Hecho en México
Made in México
HUMOR NEGRO,
ACADEMICISMO,
N O S TA L G I A
RELIGIOSA, DUDA:
¿QUÉ HACEN TODAS
E S TA S C R I AT U R A S
J U N TA S F O R M A N D O
PA R TE DE L A FAUN A
M E N TA L?
C I E R TA M E N T E
F L O R E C E N J U N TA S
Y AUNQUE A VECES
PUEDEN ENTRAR EN
CONFLICTO
Y DESPEDAZARSE
CON ELEGANTE
ASTRINGENCIA
E L R E S U LTA D O
FINAL ES UNA UNIÓN
DE ACTITUDES

- James George Frazer


A DIEZ AÑOS

DEL ANDAR PROFUNDO

DE TU IMPOSIBLE

MIRADA.
-ÍNDICE
-7 Notas introductorias

-17 Cómo hacer etnografía en contextos de violencia


Karla Rivera Téllez

- 59 Cómo hacer etnografía para el estudio del dere-


cho de los pueblos indígenas
Adriana Terven Salinas

- 9 1 Cómo hacer etnografía en burocracias judiciales


urbanas
Guadalupe Irene Juárez Ortiz

-1 19 Cómo hacer etnografía con pueblos indígenas en


áreas urbanas
Alejandro Vázquez Estrada

-1 57 Cómo hacer etnografía en ejidos y sociedades


rurales
Luz del Carmen Morales Montes de Oca

-2 0 5 Cómo hacer etnografía en tianguis y mercados


Paulina Macías Núñez

-2 2 5 Cómo hacer etnografía de procesos territoriales


Ricardo Salvador López Ugalde
Ma. Asucena Rivera Aguilar
María Antonieta González Amaro
-7

- N O TA S
INTRODUCTORIAS

En una anterior oportunidad (2012) tuvimos la fortuna de


integrar las miradas y las experiencias de un grupo de co-
legas investigadores expertos e interesados en la investiga-
ción sociocultural en las sociedades complejas. En aquella
ocasión, contamos con la compañía de profesionales en
la lingüística, la literatura, la arquitectura y la antropología
para discutir sobre la experiencia empírica y sus derroteros
en los contextos de trabajo de campo.
En dicha oportunidad, consideramos que las miradas
multidisciplinares contribuirían de manera excelente para re-
flexionar, analizar, diseñar y desarrollar los distintos momen-
tos en los que se realiza la investigación de corte cualitativo,
esa fiel amante del detalle, el viaje in situ y la comprensión
densa de los contextos a investigar. A partir de cinco capí-
tulos signados con el acto de mirar (mirar qué, mirar dónde,
mirar cómo, mirar escuchar y hablar, y mirar para qué) se des-
cribían a detalle los distintos momentos de la investigación
sociocultural, desde aquel instante en el cual surge la pre-
gunta de qué estudiar, hasta aquella ligada con el para qué
hacer dicha investigación, dejando en claro que la labor no
únicamente estriba en el conocimiento de las características
culturales de los fenómenos sociales, sino que también impli-
ca una dimensión ética de la construcción del conocimiento.
Una veintena de presentaciones en foros académicos,
con media docena de buenas críticas desarrolladas por ex-
pertos en el tema y con varias generaciones de profesores
y estudiantes que han utilizado desde distintas disciplinas,
ese apoyo didáctico, nos dieron intensos procesos de re-
8-

flexión, retroalimentación y discusión sobre los elementos y


confines que estructuraban dicho trabajo. Esos diálogos, ri-
cos, reacios y reaccionarios animaron a los aquí presentes a
no abrazar las discusiones como recuerdos insalvables del
olvido. Fueron la justificación suficiente para abrir un nuevo
espacio editorial y así conversar con los colegas apasiona-
dos con el tema de la metodología en la antropología.
Siempre que se escribe un libro y se presenta al ojo de
los lectores, los autores establecen un diálogo interno dis-
puesto a observar algo que no habían visto, a comprender
las miopías de la mirada y a escuchar, en el eco de sus letras,
voces que indican que la completud de los textos se vuelve
posible tan solo con el hecho de escuchar a los otros.
En más de una ocasión los comentarios hacia el libro:
Tácticas y estrategias para mirar en sociedades complejas (Váz-
quez y Terven, 2012) apuntaban a que si bien ofrecía una
base general y completa sobre la metodología cualitativa, se
dejaba de lado cuestiones específicas sobre estudios parti-
culares, detalles hechos con la filigrana de la investigación,
expresados mediante ejemplos clave donde la experimenta-
ción sistematizada otorga colores para aquellos que van ini-
ciando sus trazos, y brinda tonos al ojo experimentado que
siempre desea seguir ahondando la pasión por investigar.
Tales apreciaciones se convirtieron en razones de
sobra para pensar en la continuidad de la obra, reuniendo
ahora un nuevo conjunto de profesionales en temas especí-
ficos que han realizado investigación etnográfica y que han
lidiado, metodológicamente, con un conjunto de vicios y vir-
tudes suficientes para ser reflexionadas y tomadas en cuen-
ta para realizar investigación de corte empírico.
Los profesionales reunidos en este libro han transita-
do por la antropología como una plataforma disciplinar que
les ha conferido, a veces con astucia y otras con suspicacia,
una forma de mirar a la realidad desde sus bases culturales,
-9

sus modos de relación y sus diversidades. Una de las estra-


tegias con las cuales se confecciona, construye y configura
eso que en la jerga disciplinaria se llama mirada antropo-
lógica, emerge cuando aquel estudioso de lo sociocultural
comienza a hacerse preguntas que van más allá de la super-
ficie, de lo simple y del parpadeo. Es cuando la mirada se
goza al dar cuenta de las múltiples texturas, de preguntas
difíciles y de inmensidad de dudas frente a la realidad hu-
manizada. De este modo, la antropología ha encontrado
como una identidad disciplinaria, la experiencia inevitable
del encuentro con lo diverso.
La búsqueda de versiones distintas sobre la cultura
ha construido la identidad de la antropología, desde los
primeros etnólogos de principios del siglo XIX hasta los
profesionales del trabajo de campo de comienzos del siglo
X X, la etnografía, a modo de yelmo y martillo, se ha conver-
tido en una manera de forjar metodológica y teóricamente
los alcances de la disciplina antropológica, mediante la re-
visión y comparación virtuosa y desmedida de un conjun-
to de relatos sobre las culturas exóticas.
Desde las sendas obras de inicios del siglo XX, los
profesionales de esta disciplina tomaron a la reflexión me-
todológica como un componente indispensable dentro de
sus obras. En esos textos, las discusiones metodológicas
se realizaban en dos dimensiones. La primera haciendo un
detallado y lustroso estado de la cuestión sobre las esca-
ramuzas metodológicas realizadas en trabajo de campo,
mediante el recuento y las comparaciones con los trabajos
de otros colegas y hasta otras disciplinas. Este estado de la
cuestión de la metodología dejaba claro los horizontes po-
sibles de la construcción de la investigación y sus posibles
fronteras, dos ejemplos claros de ello son: Los argonautas
del pacífico occidental de Malinowski y Los Andaman de Rad-
cliffe-Brown, ambos de 1922.
10 -

La segunda dimensión inevitablemente describía la meto-


dología a modo de historia vivida distribuida en un conjunto
de etapas donde se desplegaba, de manera coreográfica, un
conjunto de movimientos y procedimientos necesarios para
llegar, entrar, profundizar y concluir con el trabajo de campo.
Esta segunda dimensión pormenorizaba el cómo se hizo la
investigación, situando profundamente al investigador y a su
antropología. Dos ejemplos de ello son: The mind of primitive
man de Franz Boas (1911) y The economic and social basis of
primitive band de Julian Steward (1936).
En México, el tema metodológico en la antropología
ha sido una parte indispensable de las obras. Esto lo po-
demos observar desde el trabajo de Manuel Gamio sobre
La población del Valle del Teotihuacán (1922), pasando por los
trabajos clásicos del indigenismo (Gonzalo Aguirre Beltrán,
Julio de la Fuente o Ricardo Pozas Arciniega, sucedidos en-
tre las décadas de 1930 y 1950) hasta llegar a los trabajos
realizados en antropología urbana (Redfiel, Lewis, Lomnitz)
y antropología social y cultural de fin del siglo XX.
En este tercer milenio las reflexiones relacionadas
con la metodología de investigación empírica, el trabajo de
campo y la experiencia etnográfica han crecido y se han so-
fisticado de manera importante, a tal grado que tenemos
obras completas para su profundización, su discusión y
sobre todo su uso con fines didácticos para aquellos estu-
diantes y profesores que se forman en las disciplinas de las
ciencias sociales y que encuentran en el trabajo etnográfico
un modo de construir el conocimiento de viva voz. En este
sentido no podemos dejar de mencionar la oleada de traba-
jos acontecidos en menos de 10 años a la fecha donde en-
contramos a Ruvalcaba (2008), Kemper y Pertterson (2010),
González Jácome (2012), Oemichen (2014) y Restrepo (2016).
En cada una de estas obras, observamos que el
centro de las discusiones es el método, el cual es analiza-
- 11

do desde sus transformaciones históricas, sus modos de


aplicación a partir de temáticas diversas, la posición del
investigador el sujeto dentro de los procesos de estudio
y las dimensiones éticas y colaborativas que hoy en día se
desarrollan al momento de construir procesos de investi-
gación cultural.
El libro que aquí presentamos se inscribe en esta
tradición de estudios sobre el trabajo de campo. En cada
uno de sus capítulos se exalta la necesidad de construir re-
flexiones sobre la manera en la cual el mundo contemporá-
neo representa nuevos retos para nuestra disciplina.
Hoy en día entendemos a la etnografía como una
composición de itinerarios posibles de enriquecimiento
mutuo, de hallazgo de lo propio mientras sucede el asom-
bro ajeno, la preocupación por los dilemas de un mundo
distinto al mismo tiempo que la solidaridad emergente
para buscar desde nuestras fronteras, formas de construir
andares posibles. Es al final, un diálogo de saberes que se
realiza cara a cara, y que es también un ejercicio científico
y ciudadano que narra el devaneo con lo otro y la intimidad
del nosotros.
La antropología y la etnografía son las guías que articu-
lan la diversidad de manos, aquí presentamos, desde la cultu-
ra, un lenguaje común para el encuentro con la identidad, la
diversidad y la memoria. Un punto importante de resaltar es
que la gran mayoría de manos aquí reunidas son mujeres y ello
nos habla de una imagen representativa de la antropología que
se construye en México. En esta obra quisimos incluir trayec-
torias plurales. Desde aquellas con itinerarios académicos
consolidados, hasta los talentos jóvenes de recién egresados
de la carrera de antropología. Esta diversidad de experien-
cias imprime densidades diferenciadas y necesarias para dar
cuenta de la etnografía como una herramienta de registro y
análisis de la realidad.
12 -

El presente texto se encuentra organizado en siete capítulos


versados sobre distintos temas específicos y dilemas del tra-
bajo etnográfico en la antropología contemporánea.
En un primer momento Cómo hacer etnografía en con-
textos de violencia de Karla Rivera Téllez, es un texto que
centra su atención en cómo los escenarios políticos, econó-
micos y sociales en el mundo han ido cambiando y lamen-
tablemente se han convertido en espacios donde el trabajo
de campo se ha transformado en una aventura donde en
ocasiones se deja la vida en ello. A partir de una revisión de
trabajos detallados sobre el tema, la autora propone vitales
estrategias a tomar en cuenta.
En un segundo capítulo llamado Cómo hacer etnografía
para el estudio del derecho de los pueblos indígenas de Adriana
Terven Salinas, explora de manera profunda y detallada las
distintas posibilidades metodológicas que existen y han sido
utilizadas desde la antropología para hablar de las sociedades
nativas (especialmente las indígenas) en el campo temático del
derecho. Este capítulo es un referente para comprender cómo
los enfoques teóricos orientan metodologías para la construc-
ción de conocimiento al interior de los estudios de caso.
El tercero capítulo escrito por Guadalupe Irene Juárez
Ortiz titulado: Cómo hacer etnografía en burocracias judiciales
urbanas, hace una presentación clara y detallada sobre este
peculiar campo de estudio, tan obviado por la antropología y
tan desprovisto desde la etnografía: el Estado. La autora nos
habla de la complejidad que tiene este objeto de análisis de-
bido a su diversidad y dinamismo. El Estado y el Poder Judicial
se convierten en una arena de conflicto donde los actores so-
ciales, los símbolos y las prácticas juegan un papel preponde-
rante en el proceso social.
El cuarto texto, titulado Cómo hacer etnografía con
pueblos indígenas en contextos urbanos de Alejandro Vázquez
Estrada es un texto que parte de una pregunta que coloca
- 13

por un lado a la antropología urbana y por otro a los estu-


dios relacionados con la migración indígena a las ciudades
como los grandes caudales que deben referenciar cualquier
estudio sobre poblaciones indígenas en contextos urbanos. A
partir de una detallada revisión de autores y obras Vázquez
Estrada describe los retos que presenta el estudio etnográfi-
co de estas poblaciones y varias sugerencias de cómo lograr
construir un proceso de conocimiento plural y colaborativo
con estos actores sociales.
El quinto capítulo, escrito por Luz del Carmen Mora-
les Montes de Oca, titulado Cómo hacer etnografía en ejidos y
sociedades rurales, es un documento que nos ofrece pistas
certeras para el estudio de la transformación histórica y cul-
tural del campo mexicano. En este texto la autora desarrolla, a
partir del análisis de la tierra, el territorio y la territorialidad, un
modo de entrelazar la historia ambiental del ejido, los cambios
sociales del pueblo y los modos en los cuales la identidad se
transforma a partir de la urbanidad imparable.
El sexto capítulo, de Paulina Macías Núñez, titulado
Cómo hacer etnografía en tianguis y mercados es un capítulo
que retoma uno de los temas clásicos de la antropología que
tiene entre los precursores a Bronislaw Malinowski. En este
texto, la autora describe las distintas dimensiones para el
estudio de los tianguis, así como sus modos de organización,
distribución espacial y producción histórica a partir del aná-
lisis del contexto, los actores y sus formas organizativas.
En la descripción empírica que desarrolla, menciona
un interesante estudio de caso donde la participación de
los comerciantes organizados generó una investigación co-
laborativa que multiplicó los diálogos alrededor del tianguis
y su implicación en cuanto a la identidad, el territorio y la
organización social.
El último capítulo, escrito en coautoría por Ricardo
Salvador López Ugalde, Ma. Asucena Rivera Aguilar y María
14 -

Antonieta González Amaro, titulado Cómo hacer etnografía


para el análisis de procesos territoriales, nos narra las distin-
tas transformaciones contemporáneas donde la tierra y
la territorialidad son elementos indispensables para la ge-
neración de una identidad cultural donde la memoria y el
espacio se convierten en caminos posibles para la recupe-
ración étnica del lugar.
Después de revisar los siete capítulos el lector puede
advertir la vigencia de la etnografía y el trabajo de campo den-
tro de la antropología. La experiencia empírica del estar ahí,
es el modo indispensable de mostrar los horizontes de la di-
versidad tal y como lo menciona Claudio Lomnitz cuando se-
ñala: “Será a través de la etnografía que la antropología podrá
reconstruir su lugar en la sociedad mexicana, porque la so-
ciedad mexicana actual ya no se conoce a sí misma —y sabe
que no se conoce. Pero para conseguir un lugar en el debate
público, la antropología de hoy va a necesitar de algo que no
tiene aún, y que es una estrategia de colaboración y diálogo
con otras disciplinas” (Lomnitz, 2015:15).

Querétaro, Qro. 2018


Alejandro Vázquez Estrada
- 15

BIBL IOGR A FÍ A

• Boas, Franz. (1911 y 1964). The mind of primitive man


(Cuestiones fundamentales de antropología cultural). Buenos
Aires: Solar.
• Gamio, Manuel. (1922). La población del Valle del Teotihua-
cán. México: Talleres Gráficos de la Nación.
• González Jácome, Alba. (2012). La etnografía en México.
Una discusión desde su historia que sigue siendo actual.
Revista Perspectiva Latinoamericana, (9).
• Kemper, Robert y Royce, A. Peterson. (2010). Crónicas
culturales. Investigaciones de campo a largo plazo en an-
tropología. México: Universidad Iberoamericana.
• Lomnitz, Claudio. (2015). La etnografía y el futuro de la
antropología en México. Nexos. Recuperado de www.ne-
xos.com.mx
• Malinowski, Bronislaw. (1922 y 1973). Los argonautas del
Pacífico Occidental. Barcelona: Península.
• Oemichen, Cristina. (2014). La etnografía y el trabajo de
campo en las ciencias sociales. México: UNAM.
• Radcliffe-Brown, Alfred R. (1922). The andaman islanders.
A study in social anthropology. Londres: Cambridge Univer-
sity Press.
• Restrepo, Eduardo. (2016). Etnografía: alcances, técnicas y
éticas. Colombia: Universidad Javeriana.
• Ruvalcaba, Jesús. (2008). Ética, compromiso y metodología:
el fundamento de las ciencias sociales. México: CIESAS.
• Steward, Julian. (1936). The economic and social basis of
primitive band. EE. UU.: Bobbs-Merrill.
• Vázquez, Alejandro y Terven Salinas, Adriana. (2012). Tác-
ticas y estrategias para mirar en sociedades complejas. Apoyo
didáctico para la investigación sociocultural. México: UAQ.
16 -
- 17

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
EN CONTEXTOS DE
VIOLENCIA
Karla Ri vera Télle z


LA VIOLENCIA ES FORMATIVA; MOLDEA LA PERCEP-
CIÓN DE LAS PERSONAS SOBRE QUIÉNES SON Y SO-
BRE LAS LUCHAS QUE SE PERSIGUEN A TRAVÉS DEL
TIEMPO Y EL ESPACIO – ES UNA DINÁMICA CONTINUA

QUE FORJA Y AFECTA LAS IDENTIDADES.
-Feldman, 1991

Los seres humanos hemos vivido en constante lucha por el


poder, territorio y recursos desde nuestros orígenes como
especie. Robben y Nordstrom (1995), han señalado que la
violencia es una dimensión de la existencia humana, no un
agente externo a la cultura y la sociedad en la que nos desen-
volvemos. Partiendo de esto se vuelve importante considerar
que los contextos de violencia han formado parte del trabajo
de campo de muchos investigadores y exploradores, incluso
antes del nacimiento de la antropología como disciplina.
Los cimientos del siglo XXI se forjaron, según Hobs-
bawm (1994), sobre un periodo de la historia que no puede
concebirse disociado de la guerra. El siglo XX, “el siglo más
18 -

violento de la historia”,1 transcurrió en medio de dos gue-


rras mundiales, rebeliones y una ola de revolución generali-
zada ligada a la sequía, hambruna, a la caída de regímenes
totalitarios y la erección de otros. De esta forma, armas y
explosiones se han convertido en elementos descriptivos
para América Latina, Asia, África, Europa y Medio Oriente a
finales del siglo XX e inicios del XXI.
A partir de lo anterior, se plantea como necesario ha-
cer una reflexión en términos metodológicos sobre la rea-
lización de investigaciones sobre el terreno, con el fin de
proponer una serie de consideraciones que provean meca-
nismos de seguridad como parte de la estrategia de trabajo
de campo. Considerando que la violencia tiene consecuen-
cias de carácter social y cultural, como problemas de identi-
dad, pertenencia social, inestabilidad de rol o desequilibrio
en las relaciones familiares, se presenta como un tema cen-
tral y reto para la investigación antropológica en el país.
El capítulo se compone por tres apartados, en el pri-
mero se revisan experiencias de trabajos de campo en con-
textos de violencia en el ámbito internacional; en el segundo
apartado presento casos de antropólogos mexicanos asesi-
nados o desaparecidos; y en el tercero expongo una propues-
ta metodológica para la realización de trabajo de campo en
contextos de violencia, la cual aborda tres momentos: la pre-
paración previa, durante el trabajo de campo y la escritura
etnográfica. La elaboración de las estrategias metodológicas
las realicé a partir de la documentación de experiencias de di-
versos antropólogos y antropólogas mexicanas, quienes han
enfrentado diversas situaciones de riesgo durante su trabajo
de campo, todo lo cual sistematicé para ofrecer una guía que
oriente la investigación en estos contextos.

1 
Historia del siglo XX, Hobsbawm, E. 1995.
- 19

E X PER IENCI A S DE T R A BA JO DE CA MP O EN
EL CON T E X T O IN T ERN ACION A L

Bajo este panorama, es importante dar cabida y crédito a


los trabajos antropológicos que se han realizado en zonas
de conflicto. Pieke (1995) realizó trabajo de campo en Pekín
por cinco meses presenciando marchas y protestas masivas
bajo el contexto de la llamada “Masacre de Tiananmén”, mo-
vimiento liderado por estudiantes universitarios contra el
gobierno del partido comunista de China en 1989. A causa
de la gran revuelta, Pieke tuvo que resguardarse y decidir si
abandonar el sitio o modificar el diseño inicial de su investi-
gación para poder continuar con el estudio.
Pieke señala que bajo ciertas circunstancias, el investi-
gador puede embarcarse en una u otra estrategia, decidir si
quiere abandonar el tema o quedarse en el sitio de conflicto,
lo cual implica que debe ser extremadamente flexible y estar
preparado para cambiar el diseño inicial e incluso modificar
los tópicos de su investigación (Pieke, 1995).
En el caso de Omidian, en un artículo publicado en
2009 titulado Viviendo en una Zona de Conflicto: Una antropó-
loga aplicada en Afganistán, relata cómo el gobierno de Es-
tados Unidos inició un programa para contratar científicos
sociales, particularmente antropólogos, para las guerras de
Afganistán e Irak en 2001. Durante su estancia, la investiga-
dora trabajó para un proyecto derivado de la Organización
de las Naciones Unidas (ONU) sobre  estudios cualitativos de
mortalidad materna con poblaciones de refugiados en áreas
rurales, semi-rurales y urbanas, entre ellas una villa pro tali-
bán y otra pro Al Qaeda. Tal misión conllevó retos tales como
obtener la mayor cantidad de datos e información posible
en una sola visita, pues las villas visitadas cada vez se encon-
traban más desoladas y ella, junto con sus colaboradores, se
volvían intrusos en las comunidades aumentando el peligro
20 -

de ser atacados, pues luego de 30 años de guerra constan-


te, Afganistán se volvía más caótico y con cada vez menos
áreas donde los caminos fuesen seguros:

La siguiente parada fue al este, cerca de Pakistán. Mis


colaboradores y yo nos sentamos a platicar cuando
escuchamos disparos detrás del muro del lugar don-
de nos estábamos quedando. No podía entender, nos
fuimos tan pronto como escuchamos las plegarias ma-
tutinas […] Sentía que cada viaje nos llevaba a predica-
mentos más peligrosos (Omidian, 2009:6).

Como miembro de una Organización No Gubernamental


(ONG) internacional, viajar con guardias o armas estaba
prohibido, pues el nivel de riesgo para el antropólogo y sus
colaboradores se podría incrementar, por lo tanto su pro-
tección y bienestar dependía del conocimiento local y en
ocasiones de la suerte, puesto que en zonas de conflicto se
vuelve difícil distinguir entre posibles enemigos, no se sa-
bía si la gente temía más a los talibanes, a Al Qaeda, a líde-
res de drogas, a militares, a mafias u a otros criminales. Los
conflictos étnicos eran usados como excusa para matar y
todos se volvían blanco de sospecha.
La habilidad de la antropóloga en el entendimiento de
la lengua y cultura, gracias a una estancia previa de siete
años con una familia afgana, le permitió mimetizarse entre
la población y confundirse con cualquier afgana que hubie-
se regresado de Occidente. Esto, menciona Omidian, fue
importante para pasar desapercibida en una ciudad que
era siempre insegura. En tal punto, la importancia que tie-
nen las redes que se establecen con la población local se
vuelve crucial, pues sus vecinos la protegieron de quienes
buscaban extranjeros como prisioneros, en este caso, su
seguridad dependía casi por completo de los locales.
- 21

En la misma región geográfica, Swedenburg (1995) realizó


una estancia de 14 meses en territorios palestinos ocupa-
dos entre 1984 y 1985, periodo en el que se desató la gue-
rra civil de Beirut, suceso en el que perdieron la vida varios
de sus colegas. Su tarea consistió en entrevistar veteranos
de guerra con la intención de recuperar la memoria popular
de la insurrección. Durante tal afán el punto más importan-
te para él fue encontrar un balance entre las versiones sub-
versivas de la revuelta y la necesidad de respetar —incluso
llegar a defender— los imperativos nacionalistas de la po-
blación conservadora.
Durante sus estudios en la zona y debido al am-
biente de conflicto en el que desarrolló su investigación,
su metodología se vio afectada, pues señala que “[…] no
había nada que hacer, excepto mirar y escuchar” (Swe-
denburg, 1995:31). La obser vación par ticipante, elemen-
to clave de la antropología, se volvió imposible dadas
las circunstancias.
En otro medio, Nordstrom (1995), investigadora espe-
cialista en temas de guerra y tráfico ilegal de drogas, trabajó
en Mozambique durante la década de 1980 en un periodo
de posguerra bajo un contexto de hambruna y abuso de de-
rechos humanos en el que “la gente moría, era asesinada,
lastimada, cortada, asaltada, apuñalada, vencida […] no ha-
bía medicina, ni doctores, ni comida para ayudar” (Nords-
trom, 1995:133).
La autora tuvo que ser testigo de la destrucción de
escuelas y hospitales, del desplazamiento forzado de cerca
de un cuarto de la población total del país, de masacres du-
rante esta guerra en la que más de un millón de personas,
la vasta mayoría civiles, perdieron la vida y más de doscien-
tos mil niños quedaron huérfanos teniendo que escuchar
historias de alto impacto que le causaron, como ella lo de-
nomina, un “choque existencial”:
22 -

Mi familia ya no está, sólo yo. Pero la violencia y ase-


sinatos no son necesariamente lo peor. Lo peor es la
hambruna eterna, el desplazamiento forzado, la falta
de vivienda… Los bandidos armados llegaron a la ciu-
dad. Se llevaron a mi hijo, lo cortaron, lo asesinaron y
pusieron piezas de él en una olla y lo cocinaron. Lue-
go me forzaron a comerlo. Lo hice. No sabía que más
hacer (Nordstrom, 1995:133).

No más risas, no más historias, no más niños. No más


hogar […] Lo peor de esto es la forma en que se ataca
nuestro espíritu, nuestra esencia. Antes de esto sabía
quién era […] pero ahora no tengo nada, he perdido lo
que me hace ser quien soy. No soy nada aquí. (Nords-
trom, 1995:135).

El caso de Olujic, quien estuvo en la antigua Yugoslavia du-


rante el conflicto armado de 1991, tropezó con obstáculos
en cuanto a la metodología, generados por los conflictos
políticos, económicos, culturales y étnicos entre serbios,
croatas, bosnios y albaneses. En su libro relata cómo la pér-
dida de vivienda y tierra son sinónimos de pérdida de iden-
tidad para la población, pues la relación psicológica con la
tierra es un rasgo en el comportamiento consciente y sub-
consciente de los croatas. Durante esta travesía, examina
su rol como antropóloga, quien aparentemente entrenada
para tener una postura objetiva en todo momento, se en-
frentó con cuestiones emocionales al hacer observación
participante, pues tomando en cuenta que éste es el prin-
cipal método en la etnografía, en situaciones de conflicto, la
autora se cuestiona ¿cómo participa uno en el sufrimiento
humano y la violencia? “Necesitamos ver a estas personas
en toda su humanidad. Necesitamos buscar nuestros pro-
pios motivos en la recolección de datos y en el reporte de
- 23

su realidad. Nuestra tarea es un problema sin fin con una


difícil respuesta” (Olujic, 1995:203).
En el contexto latinoamericano, Rodgers plantea las
dificultades de trabajar en contextos urbanos en la Nica-
ragua post-sandinista. En un artículo titulado Haciendo del
peligro una vocación: la antropología, la violencia y los dile-
mas de la observación participante (1997), el antropólogo na-
rra su intensión inicial de estudiar las redes solidarias y de
cooperación como estrategias de sobrevivencia analizando
las influencias sandinistas dentro de contextos urbanos en
barrios de bajos ingresos. Lo que el investigador encontró
al llegar a Nicaragua fueron condiciones sociales que no se
esperaba. El ambiente de desintegración, fragmentación,
apatía, violencia, asaltos, asesinatos y peleas entre pandillas
le llevó a replantearse el tema central de su investigación
modificándolo radicalmente luego de haber sido víctima de
dos asaltos a mano armada.
El investigador tuvo que relacionarse poco a poco con
la gente tomando paseos por las calles, identificando perso-
nas y entablando diálogo con quien pudiese y fue así como
se suscitó la oportunidad de conocer al líder de la pandi-
lla de mayor influencia en el barrio donde trabajaba, mis-
mo que lo introdujo a la dinámica social pandillera logrando
entrar de lleno en el grupo. Diversos aspectos jugaron un
papel crucial en la introducción del investigador a la pan-
dilla. En este caso, el investigador tuvo que superar varias
pruebas de valentía para poder ganarse la confianza de los
grupos pandilleros, como robar o pelear, actos que fueron
calificados por él mismo como estrategias de supervivencia
que le permitieron tener un acceso extenso y abierto a la
población de estudio.
La facilidad de entrar en el grupo radicó en el hecho
de ser varón y una chispa de casualidad sobre su apariencia
física, pues el antropólogo lucía la cabeza totalmente rapa-
24 -

da, aspecto que suele relacionarse con los integrantes más


peligrosos de la comunidad pandillera, lo que hizo pensar a
los demás integrantes que el investigador era uno de ellos.
En este sentido, el género es un asunto que juega un papel
importante en la relación que establece el investigador con
sus informantes. Las mujeres, señala Goldstein (2014), tien-
den a enfrentar amenazas, acoso, bromas y hasta contac-
to físico inapropiado de tipo sexual y violaciones con más
frecuencia que los varones, como el caso de Cathy Winkler
quien fue víctima de una violación en 1987 mientras realiza-
ba trabajo de campo.
El último caso se trata de Green (1995) y su investiga-
ción realizada en el corazón del Conflicto Armado Interno
de Guatemala entre 1989 y 1990 con algunas comunidades
mayas, donde presenció reclutamientos militares de jóve-
nes durante las fiestas, personas que, apunta, se iban sien-
do indígenas y regresaban forzados a matar y a fusilar a los
suyos. Bajo ambientes bélicos, como ya se ha revisado, se
torna peligroso hablar sobre algunos temas con extraños y
los externos se vuelven sospechosos. El caso de la antropó-
loga no es la excepción, pues señala nunca haberse sentido
libre de preguntar sobre ciertos temas por miedo, debido
a las malas interpretaciones que se pudieran suscitar y su
sola presencia como agente externo levantaba sospechas.
Su experiencia alrededor de esto fue haber sido so-
metida a diversos interrogatorios ofensivos por la población
indígena que vivía en un estado de miedo permanente. La
autora señala conveniente cuidarse de lo que se dice, pues
los rumores pueden ser definitorios entre la vida y la muer-
te. Al respecto comenta su experiencia de haber sido ame-
nazada y rodeada por soldados con armas que apuntaban
directamente hacia ella, la acusación que se le adjudicó fue
hablar en contra del ejército. “No debo parecer culpable,
me repetía a manera de mantra, estaba nerviosa, llegué sin
- 25

aliento y aterrada […] ultimadamente sabía que era culpable


porque estaba en contra del sistema de violencia y el terror
que me rodeaba” (Green, 1995:116).
La investigación cualitativa es ya de por sí un reto en
cualquier ambiente, pero en contextos altamente violentos
se presentan mayor cantidad de obstáculos que involucran
tanto el éxito que tenga el investigador durante el trabajo
de campo como su seguridad. La violencia cotidiana a la
cual se enfrentan los investigadores requiere que éstos es-
tén siempre alerta ante amenazas hacia su propia seguri-
dad física (Goldstein, 2014) y la de sus interlocutores.

E X PER IENCI A S DE A N T ROP ÓL OGO S ME X I-


CA NO S

La llamada “Guerra contra el narcotráfico” fue una política


implementada por el ex presidente de México Felipe Calde-
rón Hinojosa en el 2006, en la que se lanzó una fuerte ofen-
siva en contra del crimen organizado autorizando el uso
masivo de la fuerza militar, hecho que fue el detonante para
que los cárteles de droga más poderosos y violentos respon-
dieran de una forma expansiva y violenta en todo el territo-
rio del país. Desde entonces la población mexicana ha sido
víctima y testigo de persecuciones, asesinatos, torturas, vio-
laciones, tratos crueles, ejecuciones, secuestros y masacres.
Aunado a la crisis de índole social y humanitaria que
atraviesa el país, se suma un mal uso de los recursos en
cuanto a salarios y precarización laboral, situación que ha
generado un alza en los índices de asaltos, robos a mano
armada y escenarios de pobreza en los que cada vez es más
común el comercio de estupefacientes como única estra-
tegia de subsistencia para muchos jóvenes que carecen de
empleo. Para hacer frente a tal situación, los gobiernos lo-
cales, estatales y federal han hecho uso de la fuerza militar
26 -

y policiaca con el afán de erradicar a dichos grupos delicti-


vos violando los derechos humanos de la población civil en
general y llevando a cabo detenciones y asesinatos arbitra-
rios al azar dejando como secuela un clima de terror e im-
punidad, mismo que ha abierto el camino a la banalización
y normalización gradual de la violencia (Gilles, 2015) insen-
sibilizando a la población y destruyendo el tejido social de
comunidades enteras.
En México ser antropólogo se vuelve cada vez más en
una tarea de alto riesgo, pues al trabajar con poblaciones
vulnerables arrasadas por la violencia y tratando de dar voz
a aquellas poblaciones invisibilizadas, nos ponemos en la
misma situación de vulnerabilidad. La dificultad de realizar
trabajo de campo en sitios donde el miedo, la sospecha o
el silencio son componentes claves entre la vida y la muerte
aumenta el grado de incertidumbre y peligro tanto para el
antropólogo como para sus informantes.
Para dar ejemplo del riesgo que corren quienes quie-
ren hacer etnografía en tiempos violentos existen varios
casos de investigadores que fueron asesinados o desapa-
recidos debido al tipo de información que manejaban. Mi-
guel Ángel Gutiérrez Ávila, antropólogo investigador de la
Universidad Autónoma de Guerrero y activista en pro de los
derechos indígenas, fue golpeado hasta la muerte en el es-
tado de Guerrero en Julio del 2008 mientras regresaba de
hacer trabajo de campo. Su muerte estuvo relacionada con
la filmación y documentación que hizo sobre los ataques
por parte de la extinta Agencia Federal de Investigación
(AFI) hacia la radio indígena comunitaria “La voz del agua”
con la que el investigador colaboraba desde su fundación.
Nadia Vera, antropóloga y miembro activo del movi-
miento #yosoy132 denunció, junto con otros profesionales,
la carencia en cuanto a derechos humanos en el estado de
Veracruz responsabilizando al gobierno de Javier Duarte del
- 27

deterioro de los sistemas de seguridad en la entidad. Luego


de varias amenazas de muerte y hostigamientos por par-
te del mismo gobierno, la antropóloga fue asesinada en su
casa en la Ciudad de México en verano del 2015.
José Luis Blanco, quien fuera catedrático en la Univer-
sidad Veracruzana, realizó trabajos de investigación en zonas
rurales marginales en el mismo estado en torno a la conser-
vación del patrimonio histórico-cultural y medioambiente. El
investigador encabezó un estudio sobre los afectados por
Anaversa, 2 trabajo que le sirvió para llevar el caso a la corte
interamericana de derechos humanos. Las causas de muer-
te siguen levantando sospechas y se cree que el mismo Ja-
vier Duarte fue quien dio la orden de asesinato en 2012.
Sobre la desaparición y asesinato de Luis Eduardo
Cisneros Zarate y Eric Omar Cipriano Ortega, respectiva-
mente, no se sabe mucho. El primer caso se trata de un es-
tudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia
con una vida política activa, cuyo caso no ha sido resuelto ni
su cuerpo encontrado desde el 2009. Eric Cipriano, también
estudiante de antropología por la ENAH, fue hallado muer-
to en 2008 en la localidad de Maruata, Michoacán, mientras
realizaba trabajo de campo.

2 
Agricultura Nacional de Veracruz, S.A. Empresa dedicada a la fabricación
de fertilizantes y pesticidas. En 1991 se suscitó un corto circuito en la fá-
brica, mismo que devino en un incendio descontrolado y en una explosión
que originó el derrame y combustión de miles de litros de químicos alta-
mente tóxicos. El accidente está considerado por la organización ecologis-
ta Greenpeace como el peor accidente químico en México y el tercero a ni-
vel mundial. Una catástrofe ambiental y de salud que ha causado la muerte
documentada de más de 2 mil personas, aunque la cifra podría superar
las 5 mil, así como miles de malformaciones y varios centenares de afec-
tados, que aún ahora, siguen padeciendo los efectos de la contaminación
diseminada en Córdoba, Veracruz, hace exactamente un cuarto de siglo.
http://www.foroambiental.com.mx/anaversa-25-anos-con-miles-de-muer-
tos-e-impunidad-absoluta/
28 -

Bajo este contexto de violencia, De la O (2012) comenta


que la antropología en México tiene alcances diferentes y
se hace necesario repensar y re aprender a hacer investi-
gación en realidades sociales violentas, obligándonos a
evaluar y moldear nuestros marcos teóricos y metodológi-
cos clásicos ante la imposibilidad de tener un acercamien-
to a determinadas comunidades en situaciones de conflicto
debido a la desconfianza que existe bajo estos contextos.
La investigación abre entonces nuevos retos y nos enfren-
ta a situaciones en las que debemos extremar precaucio-
nes haciendo del trabajo de campo un “campo de minas”,
como sugiere Ferrándiz (2008), durante el cual debemos
de actuar con cautela, incrementar la precisión en nuestro
quehacer, ser precavidos y capaces de anticipar los peligros
y dificultades que se puedan presentar durante la investi-
gación considerando una forma más heterogénea o menos
rígida que se ajuste a las necesidades y vicisitudes que sur-
gen en nuestro contexto.

CÓMO H ACER T R A BA JO DE CA MP O EN CON -


T E X T O S DE V IOLENCI A

En este apartado presento una guía metodológica que pro-


vee de tácticas y estrategias para la realización de investiga-
ciones en contextos de violencia. Se compone de tres partes:
la primera aborda lo relativo a la preparación previa al traba-
jo de campo, la segunda se concentra en el trabajo de cam-
po, y finalmente, como tercer punto, se ofrece una serie de
orientaciones para la escritura etnográfica de los resultados.

A N T E S DEL T R A BA JO DE CA MP O

El complejo escenario al cual nos enfrentamos en la actuali-


dad, señala Zavala (2014), requiere descifrar la metáfora del
- 29

trabajo de campo como un laberinto en el que es necesa-


rio diseñar estrategias para salir bien librado de él. En este
sentido sería útil que antes de emprender la hazaña se hi-
ciera un ejercicio de cálculo etnográfico en el cual considerar
y poner sobre la balanza tres variables dependientes:

1. El tipo de información que está siendo buscada.


2. Cómo será adquirida.
3. Cuáles son los riesgos que se podrían presentar.3

La planeación, anticipación y evaluación realista del pe-


ligro al que nos podemos enfrentar antes de la llegada al
lugar del estudio es necesaria a fin de establecer un pro-
tocolo de seguridad que posibilite el registro de la realidad
social a investigar y que contemple tanto la seguridad del
antropólogo como la de sus informantes.
El uso de tácticas, menciona Vázquez (2012), no sólo
tiene que ver con el uso de instrumentos clásicos en las
ciencias sociales, como pueden ser las entrevistas, encues-
tas o historias de vida, sino con el manejo que de ellas se
tiene, la forma en que organizamos la información, cómo se
jerarquiza, el momento indicado de aplicación de encuestas
o entrevistas, la selección tanto de sujetos con quienes apli-
carla como del lugar adecuado para hacerlo. Por ello es im-
portante que antes de entrar al campo haya una etapa de
reflexión y preparación del proyecto en la que se debe
analizar la formulación del problema a abordar como pun-
to de partida, pues si no se sabe lo que se busca, difícilmente
se encuentra lo que se quiere (Durand, 2014:242). Hacer una
selección de metodología y revisar la pertinencia del tema,
pues si la agenda de investigación no refleja las prioridades

3 
Kovats-Bernat, 2002.
30 -

de la gente, menciona Falla en Manz (1995), difícilmente ob-


tendremos respuestas concretas de la población.
El primer miramiento para empezar un trabajo de
campo/investigación en contextos de violencia es tener en
cuenta que existe la posibilidad de enfrentarse a emociones
fuertes como la desilusión, frustración y desaliento, pues
habrá veces que el escenario imaginado no coincidirá con
las condiciones reales del lugar, pues “todos los agentes que
forman parte del lugar no estarán igualmente abiertos a la
observación ni todo el mundo querrá hablar, o incluso los
que quieran no estarán preparados o quizá ni siquiera sean
capaces de divulgar toda la información de que dispongan”
(Hammerley y Atkinson, 1994:91).
En este momento el investigador puede elegir seguir
adelante con el proyecto a pesar de las trabas que se le
puedan presentar o abandonarlo.
Si la persona decide seguir el proyecto debe tener en
cuenta que conocer previamente el contexto en el que
se va a trabajar es fundamental para cualquier trabajo etno-
gráfico, incluso no teniendo un contexto de violencia como
escenario. Sin embargo, debido a la poca documentación
y mucha tergiversación de las situaciones de violencia por
parte de los medios de comunicación, a veces se vuelve im-
posible conocer las situaciones de inseguridad de antema-
no. Para evitar escenarios no deseables, Goldstein (2014)
sugiere que la planeación debe ser un componente funda-
mental para el trabajo de campo.
Como primer ejercicio pragmático en la zona a estu-
diar, es recomendable tener al menos una visita previa
al lugar con el fin de conocer el contexto y las condiciones,
ya que la accesibilidad al sitio no puede darse por senta-
da, pues ésta depende de múltiples factores, como cues-
tiones de género, edad, condición social e incluso aspecto
físico del investigador. Bruce Schroeder (Howell, 1990), por
- 31

ejemplo, fue arrestado en Siria por aparente sospecha de


trabajar en la frontera como espía, pues el investigador ves-
tía como uno de ellos: pantalones kaki, llevaba mapas, bino-
culares y cámara.

DUR A N T E EL T R A BA JO DE CA MP O

Dado que la sospecha más común que tienen los participan-


tes sobre los antropólogos es que son espías, y que difícil-
mente se puede encontrar a un antropólogo que durante
trabajo de campo no haya sido confundido, este peligro,
menciona Franz Boas en Robben y Sluka (2012), merece es-
pecial atención, pues durante años algunos antropólogos
han usado, aplicado y prestado sus métodos de investigación
a gobiernos y agencias de inteligencia para colaborar o pla-
near operaciones militares. Como resultado de esto, mucha
gente alrededor del mundo ha creído que los antropólogos,
incluso aquellos que realizan trabajo “inocente”, son poten-
cialmente peligrosos. Al respecto, señala Polsky en Feldman
(1995) que una buena regla para hacer trabajo de campo en
contextos sensibles es inicialmente mantener los ojos y oídos
abiertos, pero mantener la boca cerrada y tratar de no hacer
ninguna pregunta en la primera fase de acercamiento.
Para evitar malos entendidos, otra medida de res-
guardo es siempre dar aviso oportuno sobre el trabajo
que se realizará al llegar a campo, pues teniendo en cuen-
ta que el miedo desestabiliza las relaciones sociales y causa
desconfianza, se debe informar detalladamente a la pobla-
ción y autoridades de la comunidad sobre lo que se preten-
de investigar, bajo qué términos, qué objetivos se persiguen
y para qué servirá la información, así evitaremos ser blanco
de sospecha.
Es importante para los investigadores entender que
durante periodos de crisis exista un grado de desconfian-
32 -

za dentro de las comunidades con las que se trabaja. Para


evitar confusiones, es importante tener siempre credencia-
les con información de la institución u organización a la cual
pertenecemos y tener un respaldo de la misma por medio
de cartas de presentación que avalen nuestro quehacer
como antropólogos.
Zavala (2014), quien trabajó con jóvenes pandilleros
de Cancún, decidió acudir a la Secretaría de Seguridad Pú-
blica del gobierno estatal con el fin de obtener información
sobre las pandillas en la ciudad. Como estrategia de segu-
ridad ante su posible detención al estar vinculada con las
pandillas tuvo que proporcionar información personal, lle-
nar registros, entregar cartas de presentación de la institu-
ción, tomar huellas dactilares y hacer una exposición sobre
su quehacer antropológico. Esto le permitió credibilidad en
el trabajo de investigación, pues había cierta renuencia por
parte del gobierno estatal para darle información.
En una época en que impera el miedo generaliza-
do, también es importante generar lazos de confian-
za primero por medio de la información que brindemos
a la comunidad sobre nuestro trabajo y nuestro status
como investigadores, pero también por medio de la escu-
cha, pues según la experiencia de la antropóloga Gabrie-
la en su investigación con familiares de desaparecidos, 4
una vez que aprendemos a escuchar a nuestros sujetos de
estudio, estos se abrirán y se podrá comenzar a generar un
sentimiento de confianza mutua que favorezca la investiga-
ción. Sin embargo es importante no bombardear a los parti-

4 
Nota: en los casos donde sólo aparezca el nombre de pila, se trata de
testimonios provenientes de las entrevistas que realicé a antropólogos y
antropólogas mexicanas, quienes solicitaron anonimato. Si aparece nom-
bre de pila y apellidos, estos son los entrevistados que accedieron a que
se publique su nombre real.
- 33

cipantes con preguntas referentes al tema de investigación,


“especialmente durante los primeros días de negociaciones
de campo es recomendable atenerse a los tópicos de con-
versación más “irrelevantes” con la finalidad de construir
frente a los otros una identidad de persona “normal”, “regu-
lar” y ”decente” (Hammersley y Atkinson,1994:97).
En periodos de desconfianza en que el miedo es un
agente desestabilizador, nadie puede estar seguro de quién
es quién, por eso Zavala (2014) menciona la importancia de
compartir actividades cotidianas e informales con los parti-
cipantes, como pueden ser ir a cortarse el cabello, barrer la
calle o comer con los vecinos, pues el afianzamiento de las
relaciones y la reducción de las brechas entre antropólogo
y participantes tiene mucho que ver con la manera en que
nos acercamos a los sujetos.
En este mismo sentido, para obtener información so-
bre cuáles son los lugares y horas peligrosas es menester
establecer vínculos empezando desde arriba, con la per-
sona de mayor prestigio en el grupo, esto nos dará paso a
contar con una “puerta de entrada” firme, un informante de
confianza y conocido por la comunidad a estudiar que nos
dé acceso a la población por efecto “bola de nieve” y que
nos permita relacionarnos con más miembros de la misma
y nos aporte información sobre las zonas y personas que
debemos evitar. Durante esta etapa es importante saber
en quién confiar, pues si el informante no es del agrado de
la comunidad, el etnógrafo tampoco lo será y esto puede
tener consecuencias negativas que frenen la investigación.
En un contexto urbano y trabajando en ambientes
callejeros en la Ciudad de México, Danielle Strickland optó
por elegir a los líderes pandilleros que tuvieran status como
informantes clave, esto como estrategia de seguridad para
llevar a cabo su investigación sin correr riesgos. En conse-
cuencia, el fortalecimiento de las relaciones que mantene-
34 -

mos con los sujetos es importante, pues en caso de tener


que salir de la comunidad de estudio repentinamente a
causa del peligro que el contexto presenta, el grupo podría
ayudar al investigador a salir, escapar o pasar desapercibi-
do ante cualquier amenaza.
Una vez afianzados los vínculos con los informantes
clave, es importante, señala Rodgers (1997), relacionar-
se poco a poco con la población tomando paseos por las
calles, identificando gente y entablando diálogo con los
mismos tratando de actuar “etnográficamente”, es decir,
adoptar la cultura local. Observar cómo la población ha-
bla y lidia con los demás nos ayudará no sólo a ganar su
confianza, sino a identificar las medidas de seguridad que
ellos mismos tienen para enfrentar los peligros de la vida
diaria, cuáles conversaciones – y silencios - son importan-
tes, qué personas evitar y cómo movernos para eludir ser
blanco de sospecha o víctima de algún crimen o delito.
Otra forma efectiva de imitar el comportamiento de
los locales es manteniendo un perfil bajo tratando de vestir
como ellos. Al mismo tiempo se recomienda, para no llamar
la atención de posibles asaltantes, no cargar con cámaras
de video o fotográficas hasta que los vínculos con la comu-
nidad ya sean sólidos.
Es importante saber que muchas veces las personas
del lugar desarrollan una especie de mapa mental sobre su
territorio que les permite reconocer personas, lugares se-
guros y las horas adecuadas para pasar por ciertas zonas
(Goldstein, 2014), por eso, poder identificar áreas de riesgo
y “zonas seguras” con la ayuda de los informantes durante
trabajo de campo se vuelve crucial para prevenir agresiones.
Estas áreas son definidas por Williams et al (1992)
como zonas extendidas varios metros a la redonda del sitio
donde se encuentra el investigador en el cual éste se pue-
da sentir a gusto. Las “zonas seguras”, señala, deben brin-
- 35

darnos seguridad tanto física como psicológica, para esto,


el ambiente físico debe ser óptimo y no un lugar en ruinas,
mal construido o que nos pueda exponer y, por otro lado,
el espacio debe brindarnos seguridad psicológica, que nos
haga sentir cómodos, fuera de peligro y donde exista un
grado de aceptación por parte de los otros.
Conocer las rutas de autobuses, carreteras, tener ma-
pas, un itinerario, contactos en el lugar a trabajar y planear
rutas seguras se vuelve crucial en un país donde los eventos
de violencia no necesariamente tienen que ver con agresio-
nes físicas, sino con relaciones de poder asimétricas, hos-
tigamientos e intervenciones por parte del ejército en las
carreteras, justificadas con la búsqueda de grupos delictivos.
La situación de hostigamiento se vuelve ventajosa
para muchos criminales que buscan víctimas en los caminos
desolados, razón por la cual se recomienda que, en caso de
viajar en coche, cuando se llega por primera vez al lugar de
estudio, no dar “aventones” a nadie y tampoco arriesgarse
a recibirlos porque esto puede poner en riesgo la seguri-
dad del investigador, quien todavía no ha establecido lazos
de confianza o de protección con los habitantes del lugar.
Tomando esto en cuenta es importante tener una entrada
e instalación muy coordinada y procurar en todo momen-
to la comunicación con agentes externos como profesores,
colegas o familiares, ya sea por medio de llamada telefónica
—en este sentido es importante cerciorarse de tener siem-
pre crédito en celular—, correo electrónico o mensajes de
texto con el fin de informar sobre nuestra situación, dónde
y cómo nos encontramos.
Dentro de otras consideraciones a tomar en cuenta,
es oportuno mencionar que debemos evitar a toda cos-
ta el consumo de drogas y alcohol, pues como ya se ha
mencionado, en ambientes donde el miedo es generaliza-
do, cualquier movimiento fuera de lugar puede poner al in-
36 -

vestigador en un rol de víctima. En este caso, al comprar o


vender sustancias ilícitas cabe la posibilidad de que el et-
nógrafo sea identificado como consumidor frecuente o pro-
veedor de droga.
Por otro lado y haciendo hincapié en la importancia
que tiene la inmersión del investigador en el grupo objeto
de estudio, la observación participante en cotidianidades
agresivas se vuelve difícil, por lo que es importante estimar
que si la situación lo amerita, tendremos que limitar nues-
tra intervención a mirar y escuchar considerando la crea-
tividad y flexibilidad como importantes estrategias de
supervivencia. No tendrá ningún valor el trabajo de campo
de alguien que emprende una expedición decidido a pro-
bar determinadas hipótesis, y es incapaz de cambiar en
cualquier momento sus puntos de vista o de desecharlos de
buena gana bajo el peso de las evidencias, menciona Mali-
nowski (1973). Siguiendo con la misma idea, Kovats-Bernat
(2002) menciona que si se va a trabajar en áreas peligro-
sas, se debe comenzar con un cambio desde cómo es de-
finida la metodología, es decir, ya no como un ensamblado
rígido, sino como una práctica ecléctica, flexible, diversi-
ficadora e integradora que contemple formas de escape
ante el peligro para salir bien librados.
Trabajar en ambientes hostiles requiere la capacidad
del investigador para aceptar la realidad social en la que
trabaja, de estar abierto a condiciones cambiantes y repen-
sar la investigación cualitativa como un modelo heterogé-
neo, elástico y maleable, desde el cual se pueda ir con la
corriente sin la pretensión de encausar la información; ser
capaces de modificar el guión de entrevista, acortar char-
las, reinventar la metodología, objeto de estudio o incluso
el tema central de la investigación en aras de salvaguardar
nuestra propia seguridad ante situaciones inesperadas.
“Usa tu propio estilo y acércate suavemente. No seas agresi-
- 37

vo. Trata de ver quién está disponible para una conversa-


ción y habla con ellos cuando estén listos; espera si no lo
están” (Williams et al, 1992:9). 5
Como menciona Durand (2014), el oficio se aprende
con la práctica y si no hay imaginación sociológica, difícil-
mente se pueden encontrar caminos nuevos, soluciones di-
ferentes y enfoques originales.
Con todo esto, Pieke (1995) señala que los antropólogos
no deberían apegarse a la ejecución de un plan de investiga-
ción determinado, pero tampoco deberían abandonar el tema
y empezar de cero. Los accidentes antropológicos, como él los
llama, no se tratan de emergencias, sino de entender la con-
tingencia en un contexto social y cultural ampliado, haciendo
uso del sentido común e instinto de supervivencia. Es
decir, identificando la idoneidad para realizar una entrevista
en un momento determinado, abandonar una charla, un lugar
o el tema de estudio cuando el ambiente se vuelva hostil o
incómodo. En resumen, tomar el camino que presente menos
contrariedades y actuar con el sexto sentido, lo cual, señala
Williams et al (1992), es relativamente fácil, pues lo usamos to-
dos los días cuando nos enfrentamos a nuevas situaciones.
Por otro lado, hay que reconocer que en ocasiones
los objetivos que se persiguen inicialmente no siempre po-
drán descifrarse debido a la poca información que hay o a
las limitantes que las vidas cotidianas en contextos de vio-
lencia representan. Al respecto Danielle Strickland señala la
impotencia sentida al no poder conocer los escenarios en
los que se desenvolvían sus sujetos de estudio después de
las ocho de la noche en el barrio de Tepito.
El trabajo de campo bajo estos contextos rompe con
toda regla occidental, señala Gill (2004). Si tuviéramos que

5 
Negritas propuestas por el autor.
38 -

seguir al pie de la letra todas las precauciones, como no ir a


lugares desconocidos sin compañía, no confiar en extraños
o no estar fuera tan tarde, entonces no se podría avanzar
en la investigación, es por eso que también es necesario
tomar ciertos riesgos y encontrar un punto medio que nos
ayude a discernir entre los límites de los accidentes antro-
pológicos y las oportunidades que se nos presentan.
Otro aspecto fundamental para proteger la integridad
de nuestro trabajo, la seguridad de nuestros interlocutores
y la propia, es la honestidad y confidencialidad de la in-
formación que manejamos. De esta forma, la transparencia
- desde el inicio y a través de una explicación detallada de
las propuestas de investigación y los métodos que se van
a usar - se vuelve parte fundamental de nuestro quehacer
como antropólogos y la metodología que manejamos. No
obstante, surge la siguiente duda: ¿Cómo se afecta el traba-
jo de campo cuando los participantes piden a los etnógra-
fos colaboración o incluso complicidad en la información? El
silencio, bajo esta circunstancia, se vuelve parte de la me-
todología en lugares donde opera el control autoritario y el
miedo, de esta forma, la complicidad y el silencio se con-
templan como una estrategia de sobrevivencia tanto para el
investigador como para los participantes.
En zonas de conflicto donde los derechos humanos
y las garantías individuales son borrados, es importante
recordar que la labor de los antropólogos y antropólogas
también puede ser usada en contra de la gente con la que
trabajamos, por lo tanto debemos brindar protección y
seguridad a quienes participan de la investigación, tenien-
do en cuenta la responsabilidad ética de emprender una
evaluación de los riesgos que los participantes y la sociedad
en general podrían enfrentar como consecuencia de la in-
vestigación (Lee-Treweek y Linkogle, 2000). Es por eso nece-
sario cambiar los nombres y omitir —incluso en el diario de
- 39

campo y notas— nombres de lugares, empresas o cualquier


información por muy importante que sea, que pueda ame-
nazar la seguridad de los participantes, pues los diarios de
campo guardan mucha información que puede ser usada
en contra de la población, e incluso del investigador.
Al respecto, la antropóloga Camila señala la pertinen-
cia de borrar archivos de audio después de tomar notas si
es necesario, pues esto es parte del contrato de confian-
za que se establece entre el investigador y el informante,
cuando se tiene que lidiar con información importante que
puede ser factor clave entre la vida y la muerte: “Debemos
recordarnos diariamente que algunas de las cosas que ano-
tamos pueden significar acoso, exilio, tortura o muerte para
nuestros informantes o para nosotros mismos” (Kovats-Ber-
nat, 2002:9).
Por otra parte, el uso de herramientas, por su visi-
bilidad, se vuelve más arriesgado y peligroso en ambientes
de conflicto. Si lo que se pretende en todo momento es ac-
tuar “etnográficamente” y guardar un perfil bajo durante el
trabajo de campo, sacar una cámara fotográfica o de video
en estos contextos puede dar pauta para que el etnógrafo
levante sospechas o sea identificado como un periodista –
la profesión más peligrosa del país - y que la información
que se pretende obtener sea inconsistente.
Respecto al diario de campo y libreta de notas, di-
versos investigadores coinciden en que éstas son las he-
rramientas básicas del antropólogo, sin embargo, hay que
saber ser prudente y elegir el momento adecuado para
escribir en el diario o tomar notas. Por seguridad se reco-
mienda no escribir delante de los sujetos, sino hacer uso de
la retención de memoria o anotar solamente palabras clave
que se puedan relacionar fácilmente con el acontecimiento
que se desea describir para después, lo más pronto posi-
ble, hacer el vaciado de información en un lugar apartado
40 -

como el transporte público, alguna tienda, el baño, o por la


noche, al llegar al lugar de hospedaje donde el investigador
se sienta seguro.
Es necesario considerar que cuanto más tiempo pase
entre la observación y la escritura, más difícil será elabo-
rar registros con detalles suficientes para la monografía o
texto a escribir. Siguiendo en este rubro, es recomendable
entrenar la destreza para crear jotting notes (Emerson et al,
2011), es decir, anotaciones de palabras clave, abreviacio-
nes, símbolos, frases cortas e incluso dibujos que, además
de hacernos recordar la idea que en el momento no pudi-
mos escribir, pueden servir como método de seguridad al
ser incompresibles para quienes pretendan leerlas, pues
como ha sido ya mencionado, las notas de campo pueden
contener información sensible en contra del antropólogo o
sus informantes (Kovats-Bernat, 2002).
Para la escritura de este tipo de anotaciones, algu-
nos etnógrafos prefieren hojas de papel dobladas que
puedan ser fácilmente guardados o desechadas, o bien li-
bretas pequeñas que quepan en los bolsillos, sin embargo,
recientemente hay quienes han optado por hacerlo me-
diante dispositivos electrónicos como celulares, tablets o
grabadoras (Emerson et al, 2011). Si se opta por alguna de
estas últimas opciones se debe ser muy cuidadoso, pues la
desventaja de los dispositivos electrónicos es que la infor-
mación puede compartirse o llegar a manos equivocadas,
incluso cuando no es nuestra intención, motivo por el cual
es importante asegurarnos de que sólo el propietario del
aparato tenga acceso a estas herramientas creando contra-
señas de acceso seguras, lo cual implica no incluir fechas de
nacimiento o iniciales del nombre propio.

Uno se vuelve un poco paranoico. En mi computadora


a veces la información se bloqueaba o se cerraba, so-
- 41

bre todo cuando estaba en internet (Gabriela, comu-


nicación personal, 22 de agosto del 2016).

Es importante en este punto señalar que en todo momen-


to se debe evitar, incluso en jotting notes, anotar el nombre
real de los participantes, para esto se pueden usar pseudó-
nimos, número e incluso claves. Jenkins en Emerson (2011)
sugiere que uno debe portar solamente la información y no-
tas del día.
Al hacer uso de dispositivos electrónicos adquirimos
la obligación de respaldar toda la información que se reco-
lecta ya sea en disco duro, USB, tarjetas de memoria, Drop-
box o correo electrónico; sin embargo, se deben extremar
precauciones con la información que ahí se deposita, pues
como ya se ha mencionado, es fácil que la información se
filtre en la red y ésta llegue a manos de quienes puedan
ponernos en riesgo a nosotros o a nuestros informantes.
Por eso, como opciones alternas y más seguras se puede
hacer uso de plataformas específicas de manera confiable
como Jitsi para hacer videollamadas de forma segura, pad.
riseup.net para generar documentos compartidos privados,
Encrypt para enviar mensajes de texto confidencialmente o
Telegram como sustituto de WhatsApp. A pesar de todas es-
tas recomendaciones de programas y plataformas específi-
cas, la antropóloga y activista Aleida Quintana recomienda
como cuestión básica tener siempre crédito en el celular y si
es necesario contar con dos dispositivos en diferentes com-
pañías telefónicas por si alguna falla, no contestar números
desconocidos y siempre tener un directorio en el bolso o
mochila, para que si existe algún tipo de agresión física se
pueda contactar rápidamente a algún familiar o amigo.
Por otro lado, el uso de la grabadora de voz debe ser
prudente, pertinente y siempre preguntando a la población
si está o no de acuerdo en ser grabada para mantener la
42 -

transparencia en el trabajo que se realiza. Al respecto, Ga-


briela señala que hay que aceptar las condiciones que los
sujetos ponen al investigador y utilizar la retención de me-
moria cuando éstas se niegan a ser grabadas. Por cues-
tiones de seguridad y confidencialidad, comenta que las
mejores entrevistas fueron las que no quedaron documen-
tadas, pues la gente tiende a abrirse más cuando no se
siente vigilada o grabada y eso puede ayudar a crear un am-
biente de mayor confidencialidad.
Sobre el uso de la cámara fotográfica o de video,
señala que en contextos de violencia es preferible no em-
plearla y en caso de ser necesario sería más adecuado utili-
zar un dispositivo móvil con cámara, pues es más pequeño,
manipulable y fácil de esconder.
Camila, quien trabajó con familias de desplazados, reco-
mienda únicamente tomar fotos de recorridos y lugares, pero
nunca de las personas, pues esto, además de incomodar, po-
dría exponer la vida de nuestros informantes en ciertos con-
textos. La opción de trabajar de manera encubierta ha
sido controvertida y descalificada por muchos etnógrafos,
pues según Hammersley y Atkinson (1994), si se llegara a des-
cubrir la verdadera naturaleza del antropólogo, entonces las
consecuencias serían desastrosas tanto para el investigador
como para el cumplimiento del proyecto de investigación. Sin
embargo, la investigadora Gabriela, quien trabajó temas de
organización civil con familiares de víctimas de desaparición,
tuvo que grabar encuentros y asambleas entre autoridades y
familiares - situaciones que generalmente son intensas y muy
ríspidas - con su grabadora escondida, pues el uso de ésta no
estaba permitido dentro de instituciones gubernamentales.
En cuanto a entrevistas, se recomienda que éstas se
realicen en lugares neutros, públicos y seguros, como pla-
zas o cafés, y durante el día, para evitar caminar por vere-
das solas al anochecer.
- 43

En contextos de conflicto los nodos emocionales son co-


munes entre los participantes, por lo que es importante
revisar el guión de entrevista con cuidado antes de co-
menzar, pues puede haber preguntas provocadoras que
podrían llegar a frenar la investigación. Al respecto Golds-
tein (2014) señala la importancia del tipo de pregunta que
se hace, pues el énfasis con el que se formule determinará
la forma de contestar de los informantes. Habrá ocasiones,
como menciona Gabriela, en las cuales la atención del parti-
cipante se desvíe hacia otro tema que no es pertinente para
la investigación y se encauce a recordar experiencias dolo-
rosas. Uno sentirá impaciencia por concluir la entrevista, sin
embargo, tenemos que aprender a ser buenos receptores
escuchando historias duras que no nos gustarán y que qui-
zá incluso puedan deprimirnos, pero una vez que aprende-
mos a escuchar atentamente, menciona la investigadora: “la
gente se abre, es impresionante cómo te abren su casa, su
corazón, te hacen parte de ellos” (Gabriela, comunicación
personal, 22 de agosto del 2016).
La responsabilidad de escuchar no solamente implica
un ejercicio de oír, sino tener empatía. Hacerles sentir a las
personas que no se les tiene lástima es importante durante
las entrevistas, pues en una atmósfera donde ya de por sí
son víctimas, lo que menos quieren es ser revictimizados.
Al mismo tiempo hay que mostrar empatía y respeto
hacia las personas con las que trabajamos, “cuando una per-
sona llora, dejar que lo haga, pues es parte del ser humano
y la gente se reconstruye a partir de él, hay que saber dar la
mano o tocar el hombro en señal de empatía […] y saber que
es parte de las historias que estamos tratando [sic]” (Camila,
comunicación personal, 16 de septiembre del 2016).
Por otro lado, es aconsejable elegir la modalidad de
entrevista semi-estructurada frente a la cerrada, pues
esto permite mayor apertura, libertad y flexibilidad al infor-
44 -

mante para dirigir la entrevista y poder crear un ambiente


más cómodo:

El lugar donde se realiza la entrevista es, pues, una


variable a tener en cuenta cuando tratamos con iden-
tidades latentes. El “territorio” (Lyman y Scott, 1970)
seleccionado para realizar la entrevista puede repre-
sentar una importante diferencia del desarrollo de
la misma […] Además, la cuestión de dónde y cuándo
efectuar la entrevista no es simplemente una cuestión
de bienestar o malestar del entrevistado y el entrevis-
tador. Diferentes lugares probablemente inducirán o
constreñirán determinados temas de conversación.
En parte, esto se debe a la posibilidad de que alguien
esté escuchando (Hammersley y Atkinson, 1994:140).

Durante las entrevistas, además de considerar lo antes


mencionado, se debe tener en cuenta que en los lugares a
donde no podemos volver con facilidad por el ambiente ries-
goso, será necesario realizar más de una o dos entrevistas
largas al día, lo cual demanda mucha atención y capacidad
de escucha. Aleida Quintana comenta que al realizar entre-
vistas no se puede seguir un orden de preguntas, hay que
dejar que la entrevista fluya sin encauzarla, pues los partici-
pantes, en este caso familiares de personas desaparecidas,
llevan un proceso emocional y en ocasiones se vuelve impo-
sible obtener respuestas por días, meses e incluso años.
Ante tales circunstancias, hay que saber esperar
para poder seguir el hilo conductor de la gente, pues esa
es su voz y es parte fundamental de nuestro aprendizaje
como antropólogos.

Sirvo como contención emocional. Solamente hago


preguntas para que se desahoguen. Lo más difícil es
- 45

enfrentarte con el dolor, a partir de eso no duermes,


no comes (Aleida Quintana, comunicación personal, 4
de julio de 2016).

En contextos donde se trabaja con emociones fuertes, es


necesario que el investigador tenga una preparación psi-
cológica para poder enfrentar lo que Nordstrom y Robben
(1995) llaman “choque existencial”, definido como una des-
orientación sobre los límites entre la vida y la muerte espe-
cífica de cada contexto en el que se vive, pues “escuchar,
sentir, vivenciar el dolor del otro, o incluso sentir la impo-
sibilidad de comprenderlo y dimensionarlo, hacen parte de
los efectos que tiene el trabajo de campo en los investiga-
dores” (De la O y Medina, 2012:18).
De esta forma existen varias consideraciones a tomar
en cuenta, el primero es aprender a convivir con las emocio-
nes de nuestros sujetos y cultivar la calma durante las en-
trevistas que realicemos, pues habrá ocasiones en las que
tendremos que participar de charlas prolongadas sin que el
interlocutor brinde la información específica que estamos
buscando, teniendo que lidiar con las emociones de los mis-
mos cuando se tocan temas frágiles. En esos momentos de-
bemos tratar de ser objetivos ante dichas emociones, pues
esta situación puede moldear el análisis y el entendimiento de
las investigaciones realizadas (Lee-Treweek y Linkogle, 2000).
Mientras se hace trabajo de gabinete y antes de co-
menzar a envolverse dentro de la comunidad de estudio, es
difícil dilucidar las cargas emocionales a las que uno se va
a enfrentar, por eso es fundamental tener cuidado cuando
se pide a las víctimas que narren su historia, pues habrá si-
tuaciones e historias de alto impacto para las que segura-
mente no estaremos preparados y es donde la estabilidad
emocional del investigador se puede ver afectada debido al
ambiente de estrés y angustia en el que se trabaja:
46 -

Mis primeras entrevistas fueron muy difíciles, cuando


empezaba a hacer las entrevistas y ver como se les
empezaba a quebrar la voz, cómo empezaban a llorar,
rasgaban los sillones, cómo tomaban el café o todos
esos detalles, regresaba a mi casa llorando. Ahí fue
cuando decidí que tenía que hacer algo también por
mi porque yo quería seguir con el tema sin embargo
ya estaba siendo bastante afectada (Gabriela, comu-
nicación personal, 22 de agosto de 2016).

Ante estas situaciones los diversos investigadores consul-


tados narraron que entre las consecuencias que han tenido
debido al ambiente emocional en el que han desarrollado
sus investigaciones están las pesadillas, ansiedad, enferme-
dades, dolor de estómago, de espalda, insomnio y migra-
ñas, por eso es importante buscar espacios de desahogo
con compañeros, familiares o colegas, y si la situación lo
amerita, se tomen terapias psicológicas que ayuden a sua-
vizar las impresiones que los contextos de violencia dejan
como estragos.
Danielle Strickland, quien trabajó con poblaciones ca-
llejeras optó por ver en su herramienta fundamental como
antropóloga, el diario de campo, un lugar en el cual hacer
catarsis y plasmar por escrito todo lo que sentía.
La reflexión personal sobre ¿Cuál es mi objeto de
estudio?, ¿por qué estoy aquí?, ¿quién soy?, pero sobre todo
¿cuál es mi papel como investigador? es fundamental para
no caer en el peligroso juego de prometer que se va a cam-
biar la realidad que se estudia y crear falsas esperanzas con
la comunidad, pues se puede dar voz a las víctimas, pero
jamás podremos restaurar sus vidas (Nordstrom y Robben,
1995). Sobre esto, una de las antropólogas entrevistadas,
menciona la dificultad de darse cuenta de su papel como
investigadora, pues tuvo que callar y no denunciar delitos
- 47

como pederastia y otros abusos con el fin de no crear más


problemas de los que ya había en su campo de estudio.
Dentro del manejo de las emociones, es importante
controlar el miedo y conocer los límites dentro de la
investigación. Por un lado, debemos establecernos límites
de lo que es permisible para nosotros como investigadores,
es decir, plantearnos cuánta violencia estamos dispuestos
a presenciar, saber cuándo retirarse y sobre todo saber de
antemano que habrá situaciones de la vida diaria que no
podremos conocer por la peligrosidad que ello implica.
Por otro lado, es fundamental no temer, pues “actuar
con miedo puede causar situaciones peligrosas innecesa-
rias” (Williams et al, 1992:5) y poner al etnógrafo en la ca-
tegoría de víctima abriendo la posibilidad de ser blanco de
crímenes como asaltos o robos.

El punto es que uno no debe tener miedo, hay que


tener precaución. No hay que acostumbrarnos al mie-
do, eso sería favorecer a estos grupos (delictivos),
como reconocer que tienen autoridad sobre nuestras
vidas. Se estará a salvo en la medida que uno tenga
precaución y sepa moverse en campo (Eduardo, co-
municación personal, 12 de agosto del 2016).

Finalmente, Hammersley y Atkinson (1994) afirman que el


o la investigadora no puede escapar a las implicaciones
que devienen de las cuestiones de género en el trabajo de
campo. Por un lado, se tiene que “los hombres encontrarán
difícil ganar el acceso al mundo de las mujeres, especial-
mente en las culturas donde existe una fuerte división en-
tre sexos” (p.100) y viceversa. Sin embargo, es importante
señalar que, de acuerdo a los mismos autores, el tema de
género sólo ha sido visibilizado cuando se han planteado
problemas en cuanto a las relaciones que las antropólogas
48 -

establecen durante trabajo de campo, pero raramente las


implicaciones que tienen estas fallas relacionales han sido
reflexionadas o publicadas.
Considerando que según cifras mundiales publi-
cadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en
2016, una de cada tres mujeres en todo el mundo ha sufri-
do violencia física y/o sexual en algún momento de su vida 6
y que en México, según el Inegi (2016),7 siete mujeres son
asesinadas todos los días, se vuelve fundamental poner
sobre la mesa la amenaza real que representa hacer tra-
bajo de campo para la mayoría de las etnógrafas. En este
sentido, el género es un asunto que juega un papel impor-
tante en la relación que establece la investigadora con sus
informantes y su entorno, pues las mujeres investigadoras
tienden a enfrentar con más frecuencia amenazas, acosos,
bromas y hasta contacto físico inapropiado de tipo sexual y
violaciones (Goldstein, 2004).
Bajo este contexto se vuelve necesario incrementar
las precauciones al salir a campo. Camilia, quien tuvo que
desplazarse por varios estados de la república para com-
pletar su investigación, recomienda no manejar por carre-
teras desoladas, mucho menos sin compañía y de noche,
pues esta combinación de factores puede poner a las inves-
tigadoras en una situación de vulnerabilidad.
Por otro lado, Aleida Quintana recomienda no subir a
taxis sin compañía cuando el problema de violencia u hos-
tigamiento ya ha alcanzado niveles alarmantes. Es nece-
sario tener un trabajo de campo muy coordinado desde el

6 
http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs239/es/
7
Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática. Estadísticas
a propósito del día internacional de la eliminación de la violencia contra
la mujer, Inegi, 2016. http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposi-
to/2016/violencia2016_0.pdf.
- 49

principio, planear qué sitios se van a visitar y en qué orden,


establecer un horario —si es necesario preguntar a la po-
blación— pertinente para andar sola por la calle, tener ropa
cómoda en todo momento y no llevar cosas que entorpez-
can el movimiento como zapatos altos, sandalias, o faldas
estrechas o muy largas por si es necesario escapar rápida-
mente de alguna situación de violencia o agresión directa.
Cuando se planeen reuniones con integrantes de la
comunidad de estudio es importante hacerlo en lugares vi-
sibles y neutros tratando de colocarse cerca de algún ac-
ceso y de frente a él, esto permitirá tener un espectro más
amplio para darse cuenta si está siendo vigilada, quien en-
tra o sale del lugar. En este mismo aspecto, la investigado-
ra señala que es mejor acudir a las reuniones acompañada
para que en caso de que ocurriera algo tener testigos de
confianza, pues durante su proceso de investigación reci-
bió llamadas falsas con el fin de obtener información. Sobre
esto señala:

Antes me citaba sola con los familiares, ahora trato


de ir acompañada, para que haya testigos por si hace
falta. A veces mandan casos falsos, tratan de sacar-
me información, pero los identifico por las reacciones
emocionales, no lloran o después de la primera cita
ya no vuelven a llamar (Aleida Quintana, comunica-
ción personal, 4 de julio de 2016).

La misma investigadora recomienda que, de presentarse


niveles alarmantes de violencia y hostigamiento —en este
caso por parte del Estado—, es necesario contar con res-
paldo institucional así como tratar de vincularse con alguna
organización y hacerse visible en la medida de lo posible,
pues esto, menciona, ayudará a que el riesgo de ser secues-
trada o asesinada disminuya, pues al convertirse en una fi-
50 -

gura conocida o pública, el peso de la agresión, por medio


de la difusión, sería mayor.
Por último, no está de más mencionar que estar siem-
pre alerta de los peligros que se nos puedan presentar es
un entrenamiento que todos, sin importar el género, debe-
mos tener, más aún cuando el alza en los índices de violen-
cia en el país parece no detenerse y las agresiones forman
parte cada vez más del paisaje cultural en el cual nos des-
envolvemos.

CONCLU S IÓN DE T R A BA JO DE CA MP O Y
E S CR I T UR A E T NOGR Á F ICA

Posterior al trabajo de campo es necesario hacer una pau-


sa para aclarar las ideas, revisar y analizar los datos en-
contrados; al mismo tiempo ayudará a bajar los niveles de
ansiedad que puede provocar el trabajo etnográfico en es-
tos contextos:

La primera vez que me senté a escribir sobre los efec-


tos personales experimentados en tal grado de vio-
lencia y horror estaba paralizado con dolor, náuseas y
depresión. Cada vez que pienso en esto las imágenes
me asaltan […] por muchos años era incapaz de ha-
blar sobre Beirut y aún sueño con ello (Swedenburg,
1995:34).

Tomar distancia y reflexionar sobre los límites de la investi-


gación nos permitirá, apunta Zavala (2014), reflexionar so-
bre la utilidad teórica y empírica del trabajo de campo.
Una vez habiendo tomado distancia y descansado el
tema, se debe iniciar el proceso de escritura etnográfica, el
cual requiere adquirir algunas obligaciones con los partici-
pantes. Una de ellas es presentar los resultados del tra-
- 51

bajo de manera limpia y sincera, lo cual implica hacer


una descripción exacta de los aparatos y metodología utili-
zada, las condiciones en las que fueron hechas las observa-
ciones, así como el tiempo que se dedicó a la realización del
trabajo y el grado de aproximación que se logró durante el
proceso (Malinowski, 1973).
Durante la escritura del resultado de las investiga-
ciones que se realizaron, es importante revisar minucio-
samente los datos y poner atención en los detalles que se
escriben, por ejemplo, asegurarnos de haber usado siem-
pre nombres falsos, no indicar coordenadas, nombres de
lugares específicos o cualquier información que pueda re-
sultar molesta, herir susceptibilidades o poner en peligro al
investigador o a los participantes.
Antes de dar por concluida una investigación en con-
textos de violencia, es importante proveer la información
obtenida a la población y si es posible dar lectura de las
conclusiones de manera pública con el fin de comprobar si
éstas coinciden con la perspectiva de los miembros de la
comunidad y están de acuerdo con que los datos brinda-
dos al investigador sean publicados. El investigador en este
punto deberá de estar abierto a sugerencias de cambios,
críticas e incluso a la negación total de que la información
sea usada para publicarse, pues el reconocimiento de este
derecho es parte integral del continuo proyecto de descolo-
nialización de la disciplina (Rosemberg, 2014).
Zavala, al dar las gracias y despedirse de uno de sus
informantes que le ayudó a involucrarse en la dinámica
pandilleril, éste se molestó al grado de reventar una botella
de vidrio frente a ella diciendo:

No comprendo por qué ustedes los profesionales


creen tener la razón, se sienten superiores y sólo abu-
san de nosotros porque estamos en la banda y nos
52 -

vestimos así. En el hotel los psicólogos dicen ayudar-


te y sólo quieren que hablemos, sólo prometen y en-
gañan, cobran un salario y se van, nunca nos apoyan,
pero eso sí tenemos que darles las gracias. Así eres
tú, también te vas y no nos ayudarás. Sólo sacan la
información y nos destruyen por dentro y por fuera
(Zavala, 2014:250).

Ante tales situaciones de tensión y desconfianza de los par-


ticipantes hacia el o la antropóloga, es prudente reflexionar
acerca de los datos con los que contamos y cuál es la inten-
sión real de ellos, pues “no son precisamente datos lo que
le falta a la antropología, sino más bien algo inteligente que
hacer con ellos” (Barley, 1989:20).
En este sentido es importante tratar el tema del ama-
rillismo que el uso de imágenes descontextualizadas po-
dría generar, trayendo como consecuencia la banalización
de los hechos y del sufrimiento social, mismos que podrían
traducirse en una “pornografía de la violencia” a causa del
sensacionalismo que las imágenes explícitas puedan causar
(Ferrándiz, 2008). Es por esto que debe existir la responsa-
bilidad ética de emprender una evaluación de los riesgos
que los participantes y la sociedad en general podrían en-
frentar como consecuencia del material que difundimos.
Siguiendo el tópico del uso que se les da a los datos
que tenemos, Lee-Treweek y Linkogle (2000) enfatizan en
el peligro profesional que corren quienes son depositarios
de información importante. La censura o el veto —ya sea
dentro del gremio académico o de la comunidad de estu-
dio— son peligros de este corte que debemos evitar. En
este y en muchos otros países, el poder que tiene tanto el
Estado como organizaciones internacionales o empresaria-
les es de gran magnitud y se hará lo posible para que la in-
formación con la que contamos no sea usada en su contra.
- 53

Respecto a esto, señala Polsky en Feldman (1995) que mien-


tras más controversial sea el tema, mayor será el peligro o la
sospecha, y que la mayoría de los riesgos en trabajo de cam-
po venía de las autoridades más que de los participantes,
mismos que incluyen intimidación, agravios físicos, arrestos,
interrogatorios, persecuciones e incluso ejecuciones.
Al respecto, Omidian (2009) describe cómo fue la ta-
rea de realizar una investigación financiada por la Organi-
zación de las Naciones Unidas sobre muertes maternas e
infantiles en poblaciones rurales y urbanas de Afganistán.
La información, señala, sería usada para desarrollar un sis-
tema de salud culturalmente apropiado y críticamente ne-
cesitado en la zona tras los años de guerra.
Omidian encontró un caso inesperado de muerte ma-
terna, se trató de una acción militar de los Estados Unidos,
quienes estaban contribuyendo a la muerte de mujeres en
edad reproductiva en esta región. Su contacto de la ONU
en Kabul le pidió borrar esta información del reporte final,
la investigadora se negó y, como consecuencia, su estudio
no circuló con información cuantitativa. “Como antropóloga
sentí la obligación de ser honesta considerando mis datos y
reportando mis hallazgos. No era por miedo de que censu-
raran mi trabajo, sino que era importante dar voz a quienes
conocí y entrevisté” (Omidian, 2009:10).
En este punto es necesario señalar, siguiendo a Feld-
man (1995), investigar los financiamientos, pues podría ser
peligroso e inconveniente aceptar financiamiento de agen-
cias que los participantes consideren dudosas.
A pesar de la suma de los esfuerzos que se hacen por
controlar lo que se publica y lo que no, debemos saber que
no siempre tendremos el dominio total sobre la situación,
lo único que podemos controlar es nuestra lealtad hacia las
poblaciones que comparten sus vidas con nosotros y, des-
de la característica más básica de la disciplina, asumir un
54 -

compromiso ético, haciendo lo que Rosemberg (2014) llama


“etnografías de indignación” y encontrar en ellas un lugar de
militancia, recuperar las voces de las víctimas y usar las mo-
nografías como sitios de resistencia en las que se haga un
llamado a la justicia y en contra del terror.

BIBL IOGR A FÍ A

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- 57

- NO TA S
58 -
- 59

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
PA R A EL E STUDIO
DEL DERECHO
DE LOS PUEBLOS
INDÍGENAS
A driana Ter ven Salina s

Uno de los principales métodos para conocer el derecho de


los pueblos indígenas es el estudio de casos de disputa, los
cuales, podemos decir, representan una unidad de análisis
en sí misma. En términos generales, el estudio de casos de
disputa plantea el registro detallado de un pleito y su re-
solución, sin embargo, para que dicho registro represente
una experiencia completa de investigación, debe tomarse
en cuenta una serie de consideraciones teórico-metodoló-
gicas, así como político-sociales. Con el fin de proveer de
una orientación para la realización de registros etnográficos
de casos de disputa, que permitan conocer el derecho de
un pueblo indígena, a continuación presento dos criterios
básicos de trabajo, los cuales he sistematizado a partir de la
lectura, discusión y práctica antropológica que he realizado
en compañía de profesores y estudiantes. Los criterios son:
contextualización crítica del estudio del derecho y una vi-
sión holista.
La presentación de estos criterios expone a su vez
una línea de tiempo, que nos permitirá ubicar los primeros
60 -

trabajos realizados en antropología sobre el derecho en las


sociedades no occidentales, hasta aquellos que actualmen-
te se realizan con los pueblos indígenas en México, cuyo
campo de estudio se conoce como antropología jurídica. 8
De esta manera, mostramos la aplicación de los criterios en
obras clásicas y contemporáneas. En un tercer apartado re-
visamos los métodos para el estudio de casos de disputa y
posteriormente introducimos el inicio de los estudios sobre
el derecho indígena en México.

CON T E X T UA L I Z ACIÓN CRÍT ICA DEL E S T U -


DIO DEL DERECHO

Para iniciar, es necesario hablar primero del estudio de las


leyes y las normas en las sociedades no occidentales. Estos
temas, si bien han sido de interés para la antropología des-
de mediados del siglo XIX, la manera en como se ha plantea-
do su abordaje ha ido cambiando a lo largo del tiempo, de
acuerdo con el contexto político-social y con el pensamien-
to de la época. Con esto quiero señalar un primer criterio
de trabajo relacionado con el registro etnográfico de casos
de disputa, me refiero a la contextualización crítica del estu-
dio del derecho.
Este criterio plantea la necesidad de señalar las pers-
pectivas teóricas y las condiciones político-sociales que
influyen en la producción de conocimiento y en las rela-
ciones sociales, ámbitos que hay que ver como estrecha-
mente interrelacionados. Con el fin de poner un ejemplo
de esto, aprovecho también para presentar algunos an-

8 
Si bien en este texto no desarrollo, de manera específica, lo relacionado
con la Antropología Jurídica, su contenido retoma y se ubica en esta espe-
cialidad de la Antropología. Para conocer sobre la antropología jurídica re-
comiendo leer a Stavenhagen e Iturralde (1990); Sierra (1996, 2002, 2011);
Sierra y Chenaut (2014); Valdivia (2001) y Krotz (2014).
- 61

tecedentes del tema. Entre los primeros trabajos relacio-


nados con este campo de estudio, podemos encontrar la
obra de Henry Maine El derecho antiguo, publicado en 1861.9
Siguiendo el primer criterio, ubicamos que Maine escri-
bió su libro en una época caracterizada por el pensamien-
to evolucionista (perspectiva teórica) y por la expansión del
capitalismo surgido en la Europa Occidental (condiciones polí-
tico-sociales), cuyas ideas influyeron en el análisis que hizo de
los códigos antiguos de jurisprudencia (Fábregas, 2002).
Esta contextualización del estudio de Maine, nos re-
quiere, primero, conocer la teoría evolucionista de la épo-
ca, la cual básicamente partía de los postulados de Charles
Darwin sobre El origen de las especies, publicada en 1859.
Si bien dicha obra se ubica en el campo de la biología, su in-
fluencia alcanzó a otras ciencias como fue la antropología.10
Grosso modo, la perspectiva evolucionista, en antropología, su-
ponía que todas las sociedades se desarrollaron a través de los
mismos estadios y fueron progresando hacia la civilización, re-
presentada por la sociedad europea, en especial por la ingle-
sa. Entonces los pueblos “primitivos” en África, Asia y América
eran considerados como fósiles vivientes, y representaban las
etapas anteriores de las culturas avanzadas, de esta manera se
podía estudiar la evolución de la sociedad occidental.

9 
En este texto retomo la versión traducida al español de 1893. Incluyo al-
gunos datos biográficos de Maine: su nombre completo es Sir Henry James
Sumner Maine (1822-1888). Estudio Derecho en Cambridge, se interesó
por el derecho antiguo y consuetudinario, en su vinculación con el derecho
moderno. Fue un alto funcionario de la colonia británica en India duran-
te la década de 1862, donde investigó las estructuras jurídicas, sociales y
políticas tradicionales. Su obra se centró en el estudio comparado de la
cultura jurídica de la India y de Europa. Posteriormente fue profesor en las
Universidades de Oxford y de Londres. Se le ha considerado como el padre
de la Sociología y de la Antropología del Derecho.
10
Entre los principales exponentes del evolucionismo en Antropología se
encuentran el norteamericano Lewis Henry Morgan (1818-1881) y el britá-
nico Edward Burnett Tylor (1832-1917).
62 -

Respecto del contexto político-social, el estudio de Maine


sucede durante la llamada Revolución Industrial, cuando la
propiedad privada y el derecho del individuo a la libertad,
se posicionaban como parte de la ideología dominante.

Completa este párrafo investigando cuáles fueron las


transformaciones tecnológicas, económicas y demo-
gráficas relacionadas con la Revolución Industrial:

La contextualización político-social del estudio del de-


recho, en el caso de Maine, nos permite entender por
qué su obra se centra en el contraste entre la costum-
bre —comunismo— de los pueblos “primitivos” y los va-
lores —individualistas— del capitalismo moderno.11
Con base en lo anterior cobra sentido el análisis que Mai-
ne realizó, partiendo de la revisión del antiguo derecho ro-

11 
El uso de términos como pueblos primitivos, corresponde a las denomi-
naciones de la teoría evolucionista, la cual se concentró en el estudio de
estadios evolutivos de la humanidad. Hoy en día los términos correctos
para referirse a los pueblos no occidentales son pueblos originarios, nati-
vos o indígenas; o a partir de las denominaciones que los propios pueblos
tienen para referirse a si mismos.
- 63

mano para conocer las ideas primitivas y su relación con el


pensamiento y las instituciones modernas de su época.

Revisemos ahora algunos fragmentos de la obra y su-


braya las partes que consideres que expresan tanto la
perspectiva teórica como las condiciones políticas que in-
fluyeron en el estudio del derecho por parte de este autor.

Los principios del estado social, según nosotros los co-


nocemos, son atestiguados por testimonios de tres espe-
cies: relaciones de observadores contemporáneos sobre
civilizaciones menos adelantadas que la suya; recuerdo de
su historia primitiva conservado por ciertas razas; y dere-
cho antiguo.
Los testimonios de la primera especie son los me-
jores.
12
Como las sociedades no avanzan tan vivamente
unas como otras, sino que llevan marcha diferente, hay
épocas en que los hombres habituados a observar metó-
dicamente han estado en condiciones de ver y de descu-
brir la infancia del género humano (Maine, 1893:86).

El resultado de las pruebas que presenta la jurisprudencia


comparada es que la condición primitiva de la especie huma-
na fue lo que se llama el estado patriarcal (Maine, 1893:87).

Es necesario notar, sin embargo, que los documentos re-


lativos al antiguo derecho pertenecen casi exclusivamen-
te a instituciones de sociedades de la raza indoeuropea,
puesto que la mayor parte procede de los romanos, de los

12
Respecto de las dos otras especies, Maine se refiere a las historias con-
servadas en los archivos del pueblo, las cuales no necesariamente tratan
el derecho primitivo; para la tercera especie pone el ejemplo del Código de
Manou (texto sánscrito de la sociedad antigua de la India).
64 -

hindos y de los slavos; por lo cual, la dificultad en el esta-


do actual de nuestros conocimientos, es la de saber dónde
detenerse, o sea, averiguar de qué raza de hombres puede
afirmarse que la sociedad en que fueron unidos primitiva-
mente no tuviera la forma patriarcal.

[…] Los puntos que resaltan claramente en la historia son


los siguientes: El pariente varón de más edad, el ascen-
diente mayor de edad, era dueño absoluto en su casa; te-
nía el poder de vida y muerte sobre sus hijos y su familia,
[…] los rebaños de los hijos pertenecían al padre, y los bie-
nes del padre, que él poseía más bien como magistrado
que como propietario, eran divididos por igual a su muer-
te entre los descendientes del primer grado, recibiendo el
primogénito alguna vez una parte doble, bajo el nombre
de derecho de primogenitura; pero, en general, sin otra
ventaja hereditaria que una preeminencia honorífica (Mai-
ne, 1893: 88).

[...] Los hombres aparecen al principio en grupos perfec-


tamente aislados, bajo el poder del padre de familia. La
palabra de éste es el derecho […]. Cuando llegamos al
estado de sociedad en que estas concepciones primi-
tivas del derecho aparecen ya formadas, las hallamos
envueltas en el misterio y en la espontaneidad que pare-
cen caracterizar las órdenes de un padre todopoderoso;
pero, al mismo tiempo, como provienen de un soberano,
suponen la unión de grupos de familia en una organiza-
ción más extensa.
La primera cuestión que se presenta en seguida es la de
saber la naturaleza de esta unión y el grado de intimidad
que supone. Aquí es precisamente donde el derecho pri-
mitivo nos presta un gran servicio, o uno de los más gran-
- 65

des servicios, y llena una laguna que, sin él, sólo podría ser
llenada por conjeturas. Por lo pronto, todas las partes de
este derecho contienen indicaciones clarísimas para ase-
gurar que la sociedad de los tiempos primitivos no era una
colección de individuos, como la de nuestro tiempo, sino
una agregación de familias. Se puede expresar el contraste
de una manera más clara diciendo que la unidad de la anti-
gua sociedad era la familia como la de la sociedad moder-
na es el individuo (Maine, 1893:89-90).

En algunos sistemas de derecho, la organización primiti-


va de la familia ha dejado una larga y visible señal en la
autoridad vitalicia ejercida por el padre u otro ascendien-
te sobre la persona y la propiedad de sus descendientes,
autoridad que podemos designar con su nombre ro-
mano de patria potestad. Ningún rasgo primitivo de las
antiguas asociaciones de hombres nos es conocido por
mayor número de testimonios y, sin embargo, ninguno
parece haber desaparecido tan viva y rápidamente de las
comunidades que han seguido el camino del progreso
(Maine, 1893:95).

Veamos otro ejemplo con el fin de reforzar la aplicación de


este primer criterio, se trata de la obra Crimen y costumbre en
la sociedad salvaje que publicó Bronislaw Malinowski en 1926.13
Respecto de la perspectiva teórica, Malinowski rompe con el
pensamiento evolucionista de Maine y realiza su estudio des-

13 
Retomo la versión traducida al español de 1973. Para conocer a deta-
lle la vida y obra de Malinowski (1884-1942) desde una visión actualizada,
consulta el libro: Vázquez, Alejandro (2017). El reencuentro con el argonauta.
Malinowski y los desafíos de la antropología contemporánea. UAQ, México.
66 -

de la perspectiva funcionalista.14 En términos generales, se


asumía que todas las instituciones de una sociedad, tales
como la familia, la economía, la política, las creencias, el
arte, el lenguaje y los factores tecnológicos y ambientales,
estaban entretejidas y tenían funciones indispensables para
mantener el equilibrio y la cohesión social.
Con base en lo anterior, Malinowski busca la fun-
ción social de las obligaciones jurídicas que salvaguardan la
continuidad de la sociedad primitiva, para lo cual analiza “la
efectividad de las obligaciones económicas”, “las reglas de
derecho en los actos religiosos” y “el derecho matrimonial”.15
El autor resuelve que el mecanismo de la ley está basado en
el principio de la reciprocidad donde los servicios mutuos son
los que mantienen el equilibrio.

Veamos a continuación un ejemplo, subraya las partes


que expresan la perspectiva funcionalista y el princi-
pio de reciprocidad.

Con el objetivo de adentrarnos más profundamente en


la naturaleza de estas obligaciones, sigamos a los pesca-
dores a la playa. Veamos qué sucede con el reparto de la
pesca recogida. En la mayoría de los casos sólo una pe-
queña porción de ella se queda entre los naturales de
aquel poblado. Por regla general encontramos a cierto nú-
mero de habitantes de alguna comunidad de tierra aden-

14
Esta obra de Malinowski marca la realización del primer trabajo de campo
que indagó sobre la ley en un pueblo indígena que no tiene instituciones
legales formales, ni cortes, ni policía, ni legislación. Malinowski se preguntó
sobre cómo se mantiene el orden en una sociedad de ese tipo; la investiga-
ción la realizó en las Islas Trobriand de Papúa Nueva Guinea, en la Melanesia,
entre 1915 y 1918 (Moore, 2005:68).
15
Estos títulos corresponden a los capítulos III, VI y VII de Crimen y costum-
bre en la sociedad salvaje, en la edición de 1973.
- 67

tro que están esperando en la playa. Vemos cómo reciben


sartas de pescado de manos de los pescadores y cómo se
las llevan a casa, a menudo a muchas millas de distancia,
corriendo tanto como pueden para llegar allí mientras el
pescado está todavía fresco. Nos hallamos de nuevo ante
un sistema de servicios y obligaciones mutuas basado en
un convenio ya establecido entre dos poblados distintos.
El poblado de tierra adentro suministra hortalizas a los
pescadores, y la comunidad costera les paga con pesca-
do. Este convenio es primariamente de índole económica.
Tiene además un aspecto ceremonial ya que el intercam-
bio ha de efectuarse de acuerdo con un ritual complicado.
Asimismo tiene su lado jurídico: un sistema de obligacio-
nes mutuas que obliga al pescador a pagar cuando recibe
un obsequio de su compañero de tierra adentro, y vice-
versa. Ninguno de los dos puede negarse a este compro-
miso, ninguno de los pude escatimar cuando devuelve el
obsequio y ninguno de los dos debe retrasarse en hacerlo.
¿Cuál es la fuerza motivadora que respalda estas
obligaciones? Los poblados cocoteros y los de tierra aden-
tro tienen que contar respectivamente el uno con el otro
para el suministro de alimentos […] De modo que, en con-
junto, cada colectividad necesita mucho de sus asociados.
Si previamente, en alguna ocasión se han mostrado cul-
pables de negligencia, saben que de una forma u otras las
consecuencias son graves. O sea que cada comunidad tie-
ne un arma para hacer valer sus derechos: la reciprocidad.
Y ésta no está limitada al intercambio de pescado
por hortalizas. Por regla general, estas dos colectividades
dependen una de la otra también en otras formas de co-
mercio así como en otros servicios mutuos. De este modo
cada cadena de reciprocidad se va haciendo más fuerte al
convertirse en parte y conjunto de un sistema completo
de prestaciones mutuas (Malinowski, 1973:35, 36, 37).
68 -

En conclusión, señala Malinowski:

La función fundamental del derecho es contener cier-


tas propensiones naturales, canalizar y dirigir los ins-
tintos humanos e imponer una conducta obligatoria
no espontánea; con otras palabras, asegurar un tipo
de cooperación basado en concesiones mutuas y en
sacrificios orientados hacia un fin común (Malinowski,
1973:79-80).

En continuación con las condiciones político-sociales que in-


fluyeron en el trabajo de Malinowski, en su obra se advierte
la ausencia de un factor de grandes implicaciones en la vida
de los trobriand, me refiero a la presencia europea. Desde
la primera mitad del siglo XVI se realizaron expediciones a
Nueva Guinea por portugueses y españoles, la ocupación
militar por parte de Holanda, Inglaterra y Alemania sucedió
en el siglo XIX, lo cual llevó a la instalación de los asenta-
mientos coloniales. Moore (2005) nos dice que Malinowski
no discute el significado de la presencia colonial en su análi-
sis legal, ni la de los misioneros ni comerciantes extranjeros,
quienes alteraron en gran medida la autonomía de los tro-
briand, incluido el sistema de orden que Malinowski obser-
vó (Moore, 2005).
Aún a pesar de esta omisión, la presencia colonial
se refleja en su obra, especialmente en los casos y ley cri-
minal, lo cual aparece de manera vaga, señala Moore. Y es
que el poder punitivo se volvió exclusivo de la administra-
ción colonial, limitando las prerrogativas de los jefes nati-
vos. Finalmente, el objetivo de Malinowski no era registrar
las relaciones entre europeos y trobriandeses, sino tratar
de reconstruir el sistema de obligaciones recíprocas como
pudo haber sido antes de los tiempos coloniales (Moore,
2005). No obstante, lo que es importante resaltar es la ma-
- 69

nera en que el contexto socio-político afectó el estudio del


derecho, en este caso, limitando el acceso a ciertos ámbi-
tos como sería el criminal.
A partir de estos dos breves ejemplos, ya podemos
advertir en la importancia de la interrelación entre enfo-
ques teóricos, contextos político-sociales y el estudio del
derecho en las sociedades no occidentales. Si bien las obras
revisadas corresponden a periodos históricos y geografías
distantes, este criterio, la contextualización crítica del estu-
dio del derecho, es básico para el estudio del derecho y las
justicias indígenas en el México contemporáneo. Es decir, el
estudio del derecho, incluso hoy en día, está influido por el
espíritu de la época.

Te invito a que hagas un ejercicio a partir de este cri-


terio con una investigación realizada en México en
este siglo. Lee el libro: Maldonado, Korinta y Terven,
Adriana (2009) Vigencia y reproducción de los sistemas
normativos de los pueblos indígenas de la Sierra Norte
de Puebla. Los casos de los Juzgados indígenas de Cuet-
zalan y Huehuetla, CDI, México.16

Responde las siguientes preguntas:

· ¿Cuál es el contexto político internacional y nacional que


influye en la creación de los juzgados indígenas?
· ¿Cuál es la perspectiva teórica que orienta el análisis que
realizan las autoras?
· ¿Qué características tienen los sistemas normativos de
los pueblos de la Sierra Norte de Puebla?

16 
Encuéntralo en la página de la Comisión Nacional para el Desarrollo de
los Pueblos Indígenas: cdi.gob.mx.
70 -

Para cerrar este primer apartado sobre la contextualiza-


ción crítica del estudio del derecho, elabora un esbozo de
la perspectiva teórica de tú trabajo de investigación y de las
condiciones políticas y sociales que lo influyen.

UN A V I S IÓN HOL I S TA

El segundo criterio hace referencia a la relación entre cultu-


ra y derecho como intrínsecamente relacionados, situación
que ubica el estudio de casos de disputa entretejido con
las prácticas, conocimientos y creencias de un pueblo.
Para iniciar, vamos a revisar algunas definiciones de
cultura elaboradas desde la Antropología, con el fin de ex-
plorar su composición y después mostrar por qué el estu-
dio del conflicto y la resolución de disputas requiere de una
visión holista.
La primera definición concreta de cultura fue presen-
tada por Edward Burnett Tylor en 1871 en su obra Cultura
primitiva. Investigaciones sobre el desarrollo de la mitología,
filosofía, religión, arte y costumbres, quien consideró:

La cultura o civilización, tomada en un amplio sen-


tido etnográfico, es ese complejo conjunto que in-
cluye el conocimiento, las creencias, las artes, la
moral, las leyes, las costumbres y cualesquiera
otras aptitudes y hábitos adquiridos por el hombre
- 71

como miembro de la sociedad (Tylor, 1977:19).17

Como podemos ver, Tylor caracteriza a la cultura des-


de una noción de totalidad, si bien presenta un lis-
tado de componentes, no se ciñe a éste, y dice que
también incluye otros más, enfatizando en el carácter
social, es decir, relacional.

Otra definición de cultura que también tuvo una


importante influencia en la antropología, es la

17 
Edward Burnett Tylor (1832-1917) fue el primer profesor de antro-
pología en Oxford, Inglaterra. Su definición de cultura ha sobrevivido
hasta nuestros días, a pesar de la superación del pensamiento evolu-
cionista con el cual se relaciona su autor. “Edward Burnet Tylor […] era
un pensador autodidacta interesado en los desvelos explicativos de
la historia de la humanidad. El Tylor de mediados del siglo XIX estaba
interesado en la historia cultural de las sociedades para poder ilumi-
nar y explicar el presente. Su libro sobre el valle del Anáhuac, Anáhuac
or México and the Mexicans, Ancient and modern, aparecido en 1861,
“pertenece todavía a la vieja tradición de las narraciones de viajes por
tierras extrañas” (Palerm, 2010:18), en los cuales describían los ele-
mentos exóticos de las culturas como fundamentos para comprender
su pensamiento primitivo. El viaje por América enseñó profundamen-
te a Tylor, ya que tuvo contacto con distintas culturas y pensadores
que le posibilitarían hacer evolucionar sus propias teorías respecto a
la labor del antropólogo y sus métodos. […]. En 1871 publica una obra
fundamental para la antropología, titulada Primitive culture. Researches
into the development of mythology, philosophy, religion, art and custom,
donde, a partir del método comparativo, explica los distintos modos,
en los cuales se plasma y vive el fenómeno de la vida sagrada. […].
A finales del siglo XIX Tylor consolida a la antropología en Europa,
especialmente en Inglaterra, como una disciplina científica del ser hu-
mano, tomando como unidad de análisis a la cultura en sus distintos
procesos y manifestaciones (Vázquez, 2017:12-13).
72 -

que elaboró Franz Boas y que expuso en Cuestio-


nes fundamentales de antropología cultural en 1911.18

Puede definirse la cultura como la totalidad de las reac-


ciones y actividades mentales y físicas que caracterizan
la conducta de los individuos componentes de un gru-
po social, colectiva e individualmente, en relación con
su ambiente natural, con otros grupos, con miembros
del mismo grupo y de cada individuo hacia sí mismo.
También incluye los productos de estas actividades y su
función en la vida de los grupos (Boas, 1964:166).

La definición de cultura de Boas también recupera una no-


ción de totalidad desde un enfoque social y relacional, en su
caso, considera otros factores como el medio ambiente y de

18 
El título original en inglés, The mind of primitive man. Con Franz Boas
(1858-1942) nace la primera escuela norteamericana de antropología, él
critica la perspectiva evolucionista dedicada a la búsqueda de la unidad
cultural y los estadios por los que ha pasado la sociedad, y más bien en-
fatiza en el carácter particular de cada cultura y sus propias circunstan-
cias históricas. Franz Boas, de origen alemán, estudió física y geografía,
“en 1886 año en el cual realizan la expedición geográfica en Canadá […]
Su formación como geógrafo y seguidor del empirismo le llevó a la necesi-
dad de construir y desarrollar un método para el registro exhaustivo de la
realidad investigada en el trabajo de campo. Por ello, Boas es considerado
por sus colegas y alumnos como el padre de la metodología del trabajo
de campo. Su labor de observación directa, la realización de entrevistas,
el uso de intérpretes nativos, el registro de prolongados episodios de la
vida cotidiana en diarios de campo y cartas, la vinculación con artistas,
el uso de la fotografía para ilustrar los episodios de sus descripciones, la
reconstrucción de la historia a partir de la tradición oral, la necesidad de
aprender la lengua nativa y sus modos estructurales para su registro, le
hicieron ganarse a pulso este apelativo. Boas puso especial énfasis en la
realización del análisis histórico en complementariedad con el espacio. La
creación de un proyecto metodológico para la realización in situ de la et-
nografía le permitió abrir un nuevo panorama sobre la comprensión de las
culturas nativas más allá del esquema del difusionismo y el evolucionismo
imperante en aquel entonces” (Vázquez, 2017:24-25).
- 73

manera relevante, a los otros grupos, es decir, la influencia


externa. Esto último representa un elemento central para el
estudio de los casos de disputa, ya que, como vimos en el
apartado anterior y retomaremos más adelante, el análisis
incluye el contexto político-social local, nacional y global en
el que se ubica el conflicto.
Como podemos ver a partir de estos dos conceptos,
la cultura, en antropología, se ha comprendido como una vi-
sión que incluye aspectos intelectuales, materiales, natura-
les y simbólicos de un pueblo, lo cual llevó al afán por tratar
de documentar la totalidad de ellos. En nuestro caso, ésta
no es la tarea, lo que rescatamos es el enfoque que contem-
pla todas estas dimensiones, es decir, la visión holista de
la cultura. Desde esta perspectiva, observamos al derecho
como parte de la cultura y por lo tanto, en interrelación con
los conocimientos, prácticas y creencias de la sociedad. Lo
que interesa entonces es observar y documentar las cone-
xiones particulares entre estas dimensiones de la cultura y
su lógica relacional en casos de conflicto y en su resolución.
A continuación presento una de las primeras definicio-
nes sobre el derecho de las sociedades no occidentales, fue
publicada por Malinowski en 1926 y, como veremos, ubica de
manera explícita la interrelación entre el derecho y la estruc-
tura social, incluso, enfatiza en ésta, diciendo que el derecho
no puede ser visto como un sistema independiente.

El “derecho civil”, la ley positiva que gobierna todas


las fases de la vida de la tribu, consiste, por lo tanto,
en un cuerpo de obligaciones forzosas consideradas
como justas por unos y reconocidas como un deber
por los otros, cuyo cumplimiento se asegura por un
mecanismo específico de reciprocidad y publicidad
inherentes a la estructura de la sociedad […] el “dere-
cho” y los “fenómenos jurídicos” tal como los hemos
74 -

descubierto, descrito y definido en una parte de la


Melanesia, no constituyen instituciones independien-
tes. El derecho es más un aspecto de su vida tribal,
un aspecto de su estructura, que un sistema indepen-
diente, socialmente completo en sí mismo (Malinows-
ki, 1973:74).

Por último, nos interesa retomar a Adamson Hoebel, quien


ubicó a la cultura en el mundo de lo normativo:

Es la suma de las normas de conducta aprendidas e inte-


gradas, características de los miembros de una sociedad
y que, por tanto, no son resultado de la herencia bioló-
gica. La cultura no está predeterminada genéticamente
sino que, en su totalidad, es resultado de la invención so-
cial. Sólo se transmite y conserva mediante la comunica-
ción y el aprendizaje, y por lo tanto queda al margen de
lo instintivo (Hoebel, 1961:20).

Al separar la cultura de la genética y del instinto natural,


Hoebel también sitúa al ámbito normativo en el mundo de
lo social y en sus procesos de transformación, el derecho es
entonces producto de la sociedad.19
Después de esta revisión, ubicamos la necesidad de
integrar una visión holista en nuestros estudios sobre el de-
recho en las sociedades no occidentales, es decir, conocer
la cultura en la que se inscriben los casos de disputa que
vamos a analizar. Será necesario entonces leer aquellas in-
vestigaciones socioculturales sobre el lugar y el pueblo con
el que se va a trabajar.

19 
En el siguiente apartado presentamos datos biográficos de Hoebel y
retomamos esta concepción del derecho en el estudio de casos de disputa
(ver siguiente nota al pie).
- 75

Haz un listado de las publicaciones que encuentres re-


lacionadas con tu tema. En caso de no encontrar publi-
caciones que te permitan conocer la cultura del pueblo
donde vas a hacer tu investigación, te sugerimos que
realices un estudio monográfico como paso previo.
Para cerrar este apartado, subraya la respuesta co-
rrecta para cada uno de los puntos:

1. La cultura:
Es un hecho social total.
Es independiente de la estructura social.
Se nace con ella.
2. El derecho:
Es un sistema independiente y completo en sí mismo.
Incluye los conocimientos, prácticas y creencias de un pueblo.
Está predeterminado por el instinto.
3. La cultura y el derecho:
Se constituyen en mutua relación.
Son sistemas diferenciados.
Son independientes de la sociedad.

EL E S T UDIO DE CA S O S DE DI SPU TA

Antes de iniciar este apartado, es necesario señalar que no


existe una única forma para registrar y analizar casos de dis-
puta, sin embargo, es necesario ubicar algunas cuestiones
básicas a tener en cuenta, las cuales se han definido a par-
tir del desarrollo y conformación de metodologías específicas
para el campo de estudio de la antropología jurídica. Entre las
primeras elaboraciones, que se ubican de manera concreta,
están las que realizaron Karl Llewellyn y Adamson Hoebel co-
nocida como Trouble case method (método de casos proble-
máticos); y las de Max Gluckman y Jaap Van Velsen, llamada
Extended-case method (método del caso extendido).
76 -

Revisemos estas propuestas de estudio. Llewellyn y Hoebel


publicaron en 1941 el libro The Cheyenne way, trabajo que
surge por dos intereses encontrados, el de Llewellyn, un
jurista que quería demostrar empíricamente su propuesta
teórica que ubicaba a la norma como un fenómeno dinámico
y no preexistente; 20 y el de Hoebel, un antropólogo interesa-
do en el mundo del derecho, quien ya había documenta-
do la organización política y jurídica de los comanches. 21
Mientras que para el primero, el material empírico que re-
quería lo encontraba en los cheyennes, de quienes se sabía
que tenían modos de resolución de problemas elaborados;
para el segundo, el realismo jurídico le resolvía la falta de
normas legisladas y codificadas y la ausencia de tribunales
para poder hablar de derecho en los pueblos nativo ameri-
canos. Será entonces el estudio sobre las rupturas, las cri-
sis y la conducta que el grupo social sigue frente a un caso

20 
Karl Llewellyn (1883-1962) fue un teórico del derecho norteamericano,
representante de la escuela americana del realismo jurídico (1920-1930),
la cual rompe con el positivismo jurídico de la primera mitad del siglo XX.
Las corrientes no-positivistas en la jurisprudencia desplazaron una de las
bases del positivismo relacionada con su autonomía de los fenómenos de
la vida. El derecho ya no se interpreta “como un sistema axiomático-cerra-
do de normas, del que se derivan las soluciones de los conflictos de acuer-
do con un esquema ‘orden-aplicación’. La realidad jurídica, por el contrario,
se presenta como un continuo dinámico, y las soluciones tomadas a partir
de su base son concretizaciones casuísticas, cuyos contenidos no son de
ninguna manera ‘anticipables’ (Kuppe y Potz 30). Llewellyn buscó a Franz
Boas (ambos impartían clases en la Universidad de Columbia, EE.UU.) para
la colaboración de un antropólogo, Boas lo contacta con Hoebel, cuyo inte-
rés por el estudio de los sistemas legales conocía.
21
Adamson Hoebel (1906-1993), antropólogo norteamericano profesor
emérito de antropología en la Universidad de Minnesota, EE.UU. En 1933,
junto con otros cinco antropólogos, se encontró con dieciocho comanches
ancianos en Lawton, Oklahoma, con quienes realizó un registro sobre la
cultura comanche, la cual incluyó muy diversas materias (religión, aconteci-
mientos históricos, cosmología, rituales, funerales, parentesco, relaciones
intertribales, etc.), como la organización jurídica (Kavanagh 2008).
- 77

problemático, donde se pondrá el acento, lo que los llevó a


elaborar una importante innovación metodológica, el Trou-
ble case method.
Hoebel realizó trabajo de campo entre 1935 y 1936 en
Montana, Estados Unidos, en la reserva Northern Cheyenne
en Tongue River donde registró por medio de documentos y
recuerdos de informantes, los modos jurídicos de los indios
cheyennes del siglo XIX. La propuesta metodológica resolvía
dos cuestiones básicas para el estudio del derecho en las
sociedades no occidentales, relacionadas con 1) dónde bus-
car información sobre los sistemas legales (no formales) y, 2)
cómo registrar, presentar y analizar ese material empírico.
La solución a lo anterior fue que el derecho se revela y cobra
forma en casos problemáticos, donde se realizan mediacio-
nes, negociaciones y se imponen sanciones (adjudicación).
En este sentido, durante el trabajo de campo se bus-
can riñas, ofensas, agravios, etc., lo cual se registra de manera
pormenorizada y se indaga sobre cuál fue el problema y qué
se hizo al respecto, de esta manera, este método para identi-
ficar a las normas, analiza los significados y prácticas sociales
a partir de las cuales se resolvió el conflicto. Lo que se definió
entonces, fue que la conducta social se basa en prácticas o
normas aceptadas ampliamente, donde la población se con-
vierte en la impositora legítima de normas, y estas normas,
debido a este reconocimiento, pasan a ser normas jurídicas.
En términos generales, así es como se compone el
Trouble case method, el cual posiciona al registro detallado
de casos problemáticos como unidades de análisis. Si re-
cordamos el apartado anterior sobre la visión holista, al
respecto Llewellyn y Hoebel (1941, 1954) 22 señalan que los
casos problemáticos, además de normas, también sacan a

Hoebel (1954) y Collier (2014) presentan una propuesta metodológica


22 

para el estudio del derecho en las sociedades no occidentales.


78 -

la luz aspectos vitales de la cultura, como pueden ser rela-


ciones de poder, religión, política, cosmovisión, etc., todo lo
cual está contenido en el crisol de un conflcito. Como pode-
mos ver, el registro de casos requerirá de un conocimiento
amplio y directo de la cultura de un pueblo.
En continuación con la revisión sobre el estudio de
casos de disputa, posteriormente Max Gluckman y su equi-
po de antropólogos desarrollaron en la década de 1960
la metodología del caso extendido y el análisis situacio-
nal, convirtiéndose en una de las primeras formulaciones
teórico-metodológicas para el estudio del conflicto, publi-
cado en el libro The Craft of Social Anthropology en 1967. 23
A continuación presentamos los principales postulados
elaborados por Van Velsen (2012) y por Epstein (2012) que
aparecen en dicho libro, cuya relevancia radica en que re-
presenta uno de los primeros métodos específicos para
el estudio del derecho entre los pueblos no occidentales,
principalmente entre las tribus africanas que era donde

23 
The Craft of Social Anthropology es una guía metodológica para la an-
tropología que contiene textos elaborados por los antropólogos que for-
maron parte del Instituto Rhodes-Livingstone y del departamento de an-
tropología de la Escuela de Manchester en Inglaterra. Dicho instituto fue
fundado en 1937, en la actual Zambia, antes Rodesia del Norte, África.
“Los problemas que tratan las investigaciones del Instituto Rhodes-Livings-
tone provienen […] [de las] obras fundacionales de la tradición británica,
de 1922, las tesis de Malinowski y Radcliffe-Brown, fueron descripciones y
análisis de sociedades isleñas, lo que probablemente haya inducido a los
británicos a pensar en las comunidades como islas, separadas del mundo,
el universo de Gluckman y el Instituto Rhodes-Livingstone trata de un siste-
ma social que contiene comunidades negras y sociedad blanca […] Tal vez
conviene resumir las características de los estudios del Instituto como una
investigación de problemas sociales en una sociedad total, una sociedad
plural. ” (Korsbaek, 2016:213-214).
- 79

realizaban sus investigaciones. 24 Este método contempló


una perspectiva que ubicaba en el mismo estatus al dere-
cho británico y al de las tribus africanas y enfatizaba en la
realización de trabajo de campo.
En este sentido, Epstein (2012) inicia señalando la
problemática en torno a la definición del término “dere-
cho” entre juristas y antropólogos, ubicándolo en un debate
principalmente semántico en vez de sociológico, el proble-
ma radica entonces, en la forma en como se plantea. Para
ilustrar lo anterior, el autor retoma la discusión de su época,
respecto de si los nuer tienen derecho, cuestión que se sus-
citó a raíz de la investigación realizada por Evans-Pritchard
(1987) en 1930 con los nuer del sur de Sudan, quien refirió
que en sentido estricto los nuer no tienen derecho. Dicha
declaración tomó como referencia los criterios formales que
componen el derecho británico, no obstante Evans-Prit-
chard relata una serie de disputas y procedimientos para la
resolución de conflictos.
Lo que sucedió fue que la pregunta en torno a
los nuer se respondió en términos de su definición, es
decir, en términos de la presencia o ausencia de cier-
tos criterios formales, como sería la necesaria pre-
sencia de cortes y de leyes escritas y codificadas. 25
Frente a esta dificultad, Epstein propone que para estudiar

24
Es necesario señalar que la antropología jurídica en México ha integrado
diversos elementos provenientes de estas escuelas iniciales, así como de
los paradigmas que se elaboraron en las décadas subsiguientes en torno al
estudio del conflicto, el poder, la justicia y los derechos humanos.
25 
Para comprender la posición de Evans-Pritchard respecto de los nuer, es
necesario situar su obra en el contexto político y social y de conocimiento
de su época, tal como se indica en el primer criterio. Epstein, por su parte,
aborda el trabajo de Evans-Prichard desde otro contexto relacionado con
la independencia de las colonias africanas, lo cual también influyó en el
pensamiento de la década de 1960 (Rodesia del Norte se independizó del
Reino Unido en 1964 adquiriendo el nombre de Zambia).
80 -

el fenómeno del derecho en diversas sociedades y culturas,


la discusión e investigación hay que ubicarla en el proceso,
en vez de en la forma; y el proceso concerniente al estudio
del derecho sería la disputa (Epstein, 2012). Desde esta pers-
pectiva, la pregunta ya no sería si los nuer tienen derecho,
ahora se trata de observar, en cualquier sociedad, cómo sur-
gen las peleas, al interior de cuáles relaciones sociales, qué
formas toman y qué significados guían la resolución. Desde
esta perspectiva, se podrían conocer distintos aspectos que
permitirían hablar del derecho en términos amplios.
De manera general, esta propuesta metodológi-
ca plantea la necesidad de estudiar el derecho desde una
perspectiva de proceso, concentrándose en la disputa, cuyo
análisis se sitúa en el contexto social, económico y político
de los involucrados y de los participantes en la resolución
de ésta. Como resultado, se podrán conocer las caracterís-
ticas del derecho de un pueblo, así como la organización
social de la sociedad. Epstein (2012) menciona que las dis-
putas surgen por una infinidad de razones y cobran distin-
tas formas, según la sociedad donde suceda, se trata de
ubicar aquellos procedimientos que nos permiten distinguir
las características del derecho de un pueblo, para lo cual
propone tres aspectos como universales: 1) normas, 2) pro-
cedimientos de investigación y adjudicación, y 3) modos de
reparación, sanción y su cumplimiento.
Respecto del primer punto, Epstein (2012) seña-
la que la disputa permite observar las normas y princi-
pios de una sociedad a partir de su incumplimiento. “En
este sentido se puede hablar de la lógica de las normas
durante un proceso de disputa, su incumplimiento im-
plica la existencia prioritaria de normas más o menos
reconocidas que guían las expectativas que se tienen
- 81

del comportamiento de los demás” (Epstein, 2012:206).26


Respecto de los procedimientos de investigación de los
hechos y la adjudicación, la reparación, las sanciones y las
formas de llevar a cabo su cumplimiento, en muchos de los
casos, no se distingue claramente una separación entre és-
tos. Un procedimiento, entonces, puede incluir más de uno
de estos aspectos; asimismo, dependiendo del contexto si-
tuacional del caso, se invocarán diferentes procedimientos.
Aquí encontramos la conexión con la metodología del
caso extendido y el análisis situacional desarrollado por Van
Velsen (2012), quien señala la necesidad de registrar diver-
sos casos para encontrar correlaciones, los cuales deben de
presentarse de manera situacional. De esta manera, el análi-
sis de diferentes casos nos permitirá ubicar las propiedades
del derecho que estamos estudiando, frente a la diversidad
de características que podrían tener los procedimientos
(Epstein, 2012). Van Velsen (2012) va a ubicar en el centro del
estudio las discrepancias entre las personas, en referencia a
una norma de conducta, considerando diferentes situacio-
nes sociales. En síntesis, se trata del estudio de las normas
en conflicto, para conocer el derecho de un pueblo.
De acuerdo con Van Velsen (2012), para el análisis
de procesos sociales es necesario situar la disputa en
su contexto geográf ico, cultural, económico y político,
lo que se denomina como la unidad de análisis (sin per-
der sus relaciones con la entidad más amplia). Para lle-
var a cabo lo anterior, el autor habla de la impor tancia
de la realización de trabajo de campo, con el propósito
de conocer la organización social del lugar y poder ad-

Traducción propia del original: “It’s in this sense that one may speak of
26 

the logical priority of rules in the dispute process, since every breach im-
plies the prior existence of more-or-less well-recognized norms that set
out the expectations we may have of other’s behaviour.”
82 -

ver tir, y describir, los procesos de toma de decisiones


que las personas realizan respecto de las normas, en
distintas situaciones.
El análisis situacional considera que las normas de
una sociedad no son completamente consistentes ni co-
herentes, sino que su formulación por lo general es vaga
y discrepante ( Van Velsen, 2012). Lo anterior permite que
las personas puedan manipularlas hacia fines particu-
lares, de aquí la importancia del registro de las distin-
tas interpretaciones que la gente tiene sobre un caso de
disputa, ya que además de permitirnos conocer los in-
tereses de grupo o de clase al interior de una sociedad,
igualmente podemos obser var las generalidades ( Van
Velsen, 2012) a partir de las cuales identificamos el dere-
cho de un pueblo.
En términos concretos, el estudio de las normas en
diversas situaciones sociales, requiere del registro de las
distintas actividades que realizan las personas. Este ma-
terial empírico evita presentar los casos de disputa de
manera aislada, situándolos dentro de su contexto social,
cultural, económico y político, donde los involucrados pier-
den su anonimato y se puede advertir en las correlaciones
internas. De esta manera, se pueden ubicar las normas de
comportamiento, así como los acuerdos en torno a éstas,
su aplicación y transgresión. Los casos, entonces, deben
presentarse de manera situacional y deben de especifi-
carse los actores involucrados, con el fin de conocer la di-
versidad de interpretaciones sobre el evento y ubicar los
intereses de grupo, estatus, etc. (Van Velsen, 2012).

E S T UDIO S S OBRE EL DERECHO INDÍGEN A


EN MÉ X IC O. SU S INICIO S

Los primeros estudios realizados en México fueron los de


Laura Nader (1998), antropóloga norteamericana que tra-
- 83

bajó en Talea de Castro, Oaxaca, con los zapotecos, du-


rante 1957 y 1969. Nader planteó que existen diferentes
patrones de resolución de disputas, y apuntó sobre la ne-
cesidad de estudiar el derecho en relación con prácticas
sociales culturalmente situadas. Otro trabajo pionero fue el
de Jane Collier (1995) sobre los tzotziles de Zinacantán, en
Chiapas, que realizó entre 1960 y 1970. Un interés particu-
lar de Collier era el de definir la concepción sobre la lega-
lidad entre los zinacantecos, desde sus propias normas y
creencias, lo cual le permitió reconstruir las lógicas cultura-
les que permeaban lo jurídico.
Una contextualización crítica del estudio del dere-
cho, nos permite señalar que el paradigma teórico domi-
nante de la época, llevó a Collier y a Nader a privilegiar
una visión de consenso como eje de lo jurídico, sin con-
templar las relaciones de poder que estructuraban el
derecho indígena, dando poca atención a las relaciones
entre el derecho indígena y el derecho nacional. No obs-
tante esta observación, estos estudios sentaron las bases
para el desarrollo de una antropología jurídica mexicana,
la cual posteriormente ubicó en el centro de la discusión
debates vinculados con el tema de los derechos humanos
y los derechos indígenas. 27
El inicio de los estudios socioculturales sobre el dere-
cho en México, congregados bajo la denominación común
de la Antropología Jurídica, dan inicio a raíz de una reu-
nión convocada por Rodolfo Stavenhagen en 1989. Valdivia
(2001) menciona que el interés por emprender estos estu-
dios, se pudo deber a la experiencia internacional sobre los

La época independentista en África (1957 y 1965 a 1975) y los movimien-


27 

tos de reivindicación étnica en Latinoamérica (1970) promovieron nuevas


perspectivas que integraron los enfoques de los derechos humanos y del
poder (Comaroff y Roberts 1981). Nader (1989) y Collier (2001) Integran los
nuevos paradigmas.
84 -

derechos indígenas en el marco de los derechos humanos


que tenía Stavenhaguen. 28
Las investigaciones realizadas durante una primera
década de trabajo se pueden ubicar en dos grandes enfo-
ques articulados entre sí: “los que incursionamos en el es-
tudio de los derechos indios como derechos colectivos, a
la vez que como sistemas normativos propios […] y los que
se abocaron al estudio de la relación entre la ley nacional
y la ley india en sus diferentes niveles” (Valdivia, 2001:65).
Los resultados de esta primera etapa se compilaron en las
obras Entre la ley y la costumbre. El derecho consuetudinario
indígena en América Latina (1990) y en Pueblos indígenas ante
el derecho (1995). Es importante recuperar dichos antece-
dentes, ya que sentaron las bases para el desarrollo teóri-
co y metodológico de una antropología jurídica mexicana.
Desde entonces existe una amplia producción sobre
estudios del derecho de los pueblos indígenas en México,
sin pretender ser exhaustivos, te recomendamos los si-
guientes textos, ya considerados como clásicos:

•Chenaut, Victoria y Sierra, María Teresa (1995). Pueblos in-


dígenas ante el derecho. México: CEMCA-CIESAS.
•Escalante, Yuri (1994). “Etnografía jurídica de coras y hui-
choles. En Cuadernos de Antropología Jurídica, INI, Núm. 8.
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ley y la costumbre indígena”. En Crítica jurídica. Revista lati-
noamericana de política, filosofía y derecho, No. 11, pp. 97-103.
•Stavenhaguen, Rodolfo e Iturralde, Diego (1990). (comp.).
Entre la ley y la costumbre. El derecho consuetudinario indí-
gena en América Latina. México: Instituto Indigenista Intera-

28 
Stavenhaguen fue el primer Relator Especial de las Naciones Unidas so-
bre la Situación de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de
los Pueblos Indígenas, en 2001.
- 85

mericano-Instituto Interamericano de Derechos Humanos.


•Valdivia, Teresa (1994) (coord.). Usos y costumbres de la po-
blación indígena de México. Fuentes para el estudio de la nor-
matividad. Antología. México: INI.

A PUN T E S DE CIERRE

Una vez revisados los dos criterios relacionados con la nece-


sidad de contextualizar el estudio del derecho, al ubicar las
perspectivas teóricas y las condiciones político-sociales que
influyen en la producción de conocimiento y en las relacio-
nes sociales, y el segundo, que insta a incorporar una visión
holista, me interesa enfatizar que todo ello se encuentra
mutuamente entrelazado. En el método de estudio de casos
de disputa, ambos criterios son parte central de la investiga-
ción, ya que justo permiten alcanzar un análisis situacional,
así como una comprensión más amplia e integrada de la cul-
tura de un pueblo. El derecho indígena entonces, sólo puede
conocerse a partir de su interrelación con el resto de las re-
laciones sociales que organizan a la sociedad.
Finalmente, el análisis de disputas permite revelar la
pluralidad jurídica, es decir, las normas y procedimientos
que componen el derecho de un pueblo, y que son diferen-
tes del derecho formal. Estos estudios, tienen también otra
finalidad, pugnar por el reconocimiento pleno del derecho
de los pueblos indígenas y el respeto de sus autoridades y
procedimientos distintos.

B IBL IO GR A FÍ A

• Boas, Franz. (1964). Cuestiones fundamentales de antropo-


logía cultural. Buenos Aires: Solar.
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86 -

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- 89

- NO TA S
90 -
- 91

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
EN BUROCRACIAS
JUDICIALES
URBANAS.
B R E VA R I O PA R A
“EXOTIZAR” LO
JURÍDICO
Guadalupe Irene Juáre z O r tiz

IN T RODUCCIÓN

Unos meses atrás, mientras organizaba el pequeño cubícu-


lo que me fue asignado para realizar un posdoctorado en el
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, mi mente
emprendió un viaje al pasado para recordar la primera vez
que pensé en estudiar algún aspecto del Derecho desde la
perspectiva antropológica. Además de sorprenderme el rá-
pido paso del tiempo, recordé que en aquellos años de li-
cenciatura ningún investigador quiso dirigir mi tesis debido
a que me interesaban los fenómenos judiciales urbanos y
los que más se aproximaban al tema lo hacían a partir de
estudios en contextos indígenas.
No lo sabía entonces, pero aquella curiosidad por
el “campo del derecho” me llevaría a emprender una lar-
92 -

ga travesía en la que varios profesores bienintencionados


me insistieron en continuar la línea de estudio de antro-
pología jurídica volcada a indígenas y abandonar mis pre-
tensiones de etnografiar espacios jurídicos urbanos. El
principal argumento para ello era que “esos estudios no
se hacían aquí en México” o que “eso era para los aboga-
dos”. Sin embargo, también tuve la fortuna de encontrar
algunos otros que me motivaron a iniciarme en esta aven-
tura, no sin antes advertirme que sería un recorrido difícil.
Hoy, a diez años de esos momentos de incertidumbre me
siento satisfecha porque este anhelo me ha permitido co-
nocer diversos “mundos”.
En este ejercicio de memoria y observando casi de
reojo mi primer trabajo de campo para la tesis de licenciatu-
ra, no pude evitar preguntarme ¿qué es lo que me hubiera
gustado que alguien me explicara acerca de los retos, com-
promisos y aportes que la Antropología puede hacer entor-
no al estudio del Derecho? La respuesta es sencilla, pero no
fácil. Es por esto que al recibir la invitación a colaborar en
este libro sentí una gran alegría; hace tiempo que quería es-
cribir un texto donde plantear una primera aproximación al
trabajo de campo enfocado específicamente en investiga-
ciones dentro de la subdisciplina de la antropología del de-
recho. Considerando que dicha invitación iba acompañada
por una enfática solicitud de redactar algo que fuera muy
didáctico, me propuse intentar escribir algo ameno. Pido
disculpas anticipadas por si este texto cae en las manos de
algún erudito de nuestra subdisciplina, y aclaro que mi ob-
jetivo es únicamente propiciar un diálogo con jóvenes que
inician su formación universitaria, con la finalidad de moti-
var su interés por el fascinante mundo del derecho, del cual
la antropología tiene mucho que aprender y también mu-
cho que aportar.
- 93

“OTRO S MUNDO S” DENTRO DE “NUESTRO


MUNDO”

Como primer paso, en este afán de dar algunas notas


introductorias para el trabajo en la materia, les propon-
go dejar atrás toda seriedad y formalismo y lanzarnos al
abismo de la imaginación tomando como referencia la pe-
lícula de “Hombres de negro” (Men in black I). Si bien es
una película antigua y de corte hollywoodense, lo cierto
también es que muestra, de forma cómica, la importan-
cia de comprender que existen “otros mundos” dentro de
“nuestro mundo”. Siguiendo esta lógica, he seleccionado
únicamente algunas escenas de dicho filme que conside-
ré interesantes para apuntalar algunas nociones valiosas
para nuestro objetivo.

Escena 1:
Si recordamos, el filme se desarrolla en el entorno citadi-
no norteamericano, contexto en el cual el agente James Ed-
wards (Will Smith) desarrolla su vida cotidiana como policía
de Nueva York. Su entrada a escena inicia a partir de la per-
secución de un individuo bastante peculiar que lo conecta-
rá con otros universos. Es justo a partir de esta experiencia
concreta que el joven agente inicia un complejo camino
para deconstruir la realidad que él creía conocer hasta con-
vertirse en el agente “J”, proceso en el cual cuenta con la
orientación del agente “K” (Tommy Lee Jones). Considero im-
portante destacar ambos elementos: el hecho de que la tra-
ma se desarrolla en la sociedad occidental, a la cual los dos
protagonistas pertenecen; y la exigencia de que el agente “J”
aprenda a observar de forma distinta, crítica y profunda su
propia sociedad, como requisito indispensable para cumplir
con su misión.
94 -

Escena 1A:
Detén la lectura y observa tu entorno, ¿estás seguro de que
sabes qué está pasando a tu alrededor? Te propongo dos
ejercicios en paralelo: Imagina que la escuela es una isla
exótica a la que acabas de arribar como lo hiciera Malinows-
ki en 1915; mientras ves partir la barca que te trajo, empie-
zas a escuchar una lengua extraña y sabes que ahora no
sólo debes sobrevivir a una nueva sociedad, sino que estás
ahí para comprender su cultura. Ahora imagina que tú eres
Will Smith en la mencionada película, y que comienzas a
perseguir a un sujeto sospechoso de cometer algún delito;
sin embargo, aun cuando te sorprende que éste logre saltar
grandes alturas, lo que más te asombra es que, al tenerlo
en frente, descubres que algo extraño sucede con sus ojos.
Por más que intentas interrogarlo, lo que él te dice no toma
ningún sentido para ti y finalmente te dice algo incompren-
sible para ti antes de lanzarse al vacío. ¿Sentirías la misma
curiosidad de investigar más como Malinowski o James Ed-
wards en tal situación? Si respondiste que sí, la antropología
del derecho es para ti.

Pregunta:
¿Qué pasaría si llegas a un espacio jurídico estatal (juzgado,
agencia de ministerio público, entre otros) y empiezas a ob-
servar a todas las personas que están ahí como si fueran una
aldea o una sociedad secreta de alienígenas infiltrados entre
nosotros? ¿podrías ubicar la forma en la que están organiza-
dos? ¿existen jerarquías? ¿qué rituales y códigos comparten?
Pues bien, estos elementos constituyen parte de los
ejes fundamentales que caracterizan a la subdisciplina de la
Antropología del Derecho, justo lo que Roberto Kant de Lima
- 95

(2008, 2012) y Luis Roberto Cardoso de Oliveira (2010; 2008)29


señalan como “el extrañamiento de lo familiar”, el “exotizarnos
a nosotros mismos”; más específicamente, “desnaturalizar”
nuestras instancias jurídicas. Para entender la importancia de
estos planteamientos habría que dar un pequeño paso atrás
y recordar que nuestra disciplina, la Antropología Social, sur-
gió a partir del interés “por el otro” dentro del contexto colo-
nial. Marcada por la impronta de “la otredad”, la subdisciplina
de la Antropología Jurídica ha estado interesada en torno a la
relación que grupos culturalmente diferenciados establecen
con el Estado nacional; y, específicamente, cómo dicha rela-
ción se plantea y se refleja a través de las tensiones entre sus
concepciones jurídicas.30
Cabe aclarar que al hablar de antropología jurídica o
del derecho nos referimos a la misma subdisciplina encar-
gada de estudiar los fenómenos jurídicos desde un enfoque
sociocultural; lo cual requiere pensar al Derecho como un
producto de la cultura, el contexto sociopolítico, económi-
co, e histórico del lugar donde está inscrito (Krotz, 2002).
En este punto, resulta fundamental resaltar el planteamien-
to de que como tal, el derecho es un conocimiento local
(Geertz, 1998) que permite enfatizar la pertinencia de rea-
lizar investigaciones en los ámbitos urbanos a los que el
mismo antropólogo pertenece, pues implica la búsqueda de
referentes empíricos que permitan la deconstrucción de la
idea de un derecho neutral y universal aplicable a todas las
realidades sociales.

29 
En el texto hago paráfrasis y traducciones de algunos fragmentos de las
obras de estos autores.
30
Véanse los trabajos de Malinowski (1971); Nader (2002); Collier (1973;
1995; 1995b); Velsen (1967), Terven (2009); Sierra (2004); Chenaut (1997),
entre otros.
96 -

“¿Para qué estamos aquí?”


Una vez que hemos dicho algunas cuestiones introducto-
rias de la subdisciplina, resulta importante enfatizar algu-
nos puntos acerca de su especificidad.

Escena 2:
Después del primer encuentro entre Edwards y el aliení-
gena que perseguía en la escena anterior y una vez que el
agente “K” le ha borrado la memoria, éste indica al primero
que acuda a una prueba de habilidades. Al llegar a la cita,
Edwards encuentra a otros competidores pertenecientes a
distintas fuerzas armadas; mientras el superior les da indi-
caciones acerca del tipo de examen que les impondrán para
medir sus aptitudes el joven levanta la mano para pregun-
tar: “¿para qué estamos aquí?”. Ante esto los presentes vol-
tean a verlo con cierto aburrimiento y desaprobación. Sin
embargo, la pregunta resulta de enorme relevancia: tras-
ciende el “por qué”, en búsqueda del “por qué”; esto es,
cuestiona la obviedad para llegar a la finalidad profunda,
justo aquello que los otros no preguntan por su inercia para
cumplir órdenes.

Pregunta:
Imagina que te encuentras dentro del Tribunal Superior de
Justicia, en un Centro de Justicia o una Agencia del Ministerio
Público y ves entrar y salir una gran variedad de personas a
dichas oficinas, ¿para qué crees que están ahí?, ¿serán todos
usuarios de los servicios que dichas instituciones brindan?,
¿te has preguntado por qué —si en general se oye decir que
las instituciones de gobierno no funcionan de forma eficien-
te—, las personas continúan acudiendo a estas instancias?
De acuerdo con Sofía Tiscornia (2011) parafraseando
a Geertz, es fundamental tener presente en todo momento
que los antropólogos no estudiamos aldeas, estudiamos en
- 97

aldeas; esto implica que como antropólogos del derecho no


estudiamos los espacios físicos (como los señalados en la
pregunta), sino a los sujetos que ahí acuden, sus interaccio-
nes con otros sujetos dentro de dichos lugares.
Retomando a Kant de Lima (2008:33-35) nuestra ta-
rea consiste en aplicar las herramientas etnográficas en
estos foros, recorrer sus espacios, sus salas, sus pasillos,
asistir a las audiencias, observar quién acude a ellas, cómo
se ven, cómo se visten, cómo se comportan, contar las pre-
sencias y las ausencia, describir los significados y su utili-
zación, describir sus prácticas, observar sus performances
en el contagioso contacto con el poder, percibir la red de
sus relaciones personales y la manera en que ésta se expre-
sa en el mayor o menor acceso a información y decisiones
dentro de los procedimientos judiciales. Es preciso fascinar-
se con el juego de lo formal e informal, vestirse como uno
de ellos y confundirse con ellos. Es necesario ir más allá, sa-
ber quién va a los tribunales y por qué. Es preciso escuchar
los silencios de ese poder-saber y lo que llevan implícitos
aquellos procedimientos siempre tan ritualizados.
Para aquellos que resulten tentados a iniciar este tipo
de travesías “entre mundos” es importante que consideren
que etnografíar al Estado conlleva una serie de complejida-
des, dentro de las cuales recibir el trato seco, desconfiado
y muchas veces prepotente de los operadores del campo
resulta lo menos importante. Como Tiscornia (2008) seña-
la, una de las verdaderas pericias implicadas es lograr expli-
car “cómo aquello que está escrito en las leyes sucede en la
práctica cotidiana y cuáles son sus efectos en la vida de las
personas” (2011:2).
En el caso retomado por dicha autora, la cuestión ra-
dicaba en fungir como perita antropóloga en un caso ante
la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde se
investigaba la responsabilidad del Estado argentino en la
98 -

detención arbitraria y desaparición de un joven. Como Tis-


cornia señala, al participar en este tipo de cuestiones uno
se enfrenta ante el hecho de que no sólo se tratan de ba-
tallas legales, sino que éstas implican problemas políti-
co-estructurales. Se trata de dar cuenta de fenómenos más
profundos, de otros “lenguajes” o concepciones del mundo.
Desnaturalizar la noción de “Estado”, señala Tiscornia,
requiere ver que detrás de tal concepto se esconden buro-
cracias mal organizadas, grupos de interés, redes de inter-
cambio de representantes de diferentes tradiciones políticas
e ideológicas que muchas veces son opuestas entre sí, a pe-
sar de coincidir en el uso fetichista del concepto. Por tanto,
además de la comprensión del Derecho como un campo de
juego entre distintos agentes que compiten por el “derecho
a decir qué es el derecho” (Bourdieu, 2000), resulta relevan-
te comprender la capacidad que tiene el Estado de perpe-
tuar prácticas y lógicas a pesar de su continuo proceso de
aparente reforma, como ha sido analizado en importantes
investigaciones de nuestra subdisciplina (Azaola, 1990).

“La galaxia está en el cinturón de Orión”


En la película, el guardián de una de las sociedades alieníge-
nas aliadas de la humanidad había ocultado una poderosa
fuente de energía en la tierra para impedir que cayera en
manos enemigas. En otra de las escenas interesantes de la
cinta en cuestión, Edwards, una vez iniciado como un “hom-
bre de negro” y ahora nombrado como el agente “J” se lan-
za a la búsqueda de dicha energía junto con su compañero,
con la única pista que les da el guardián, la frase: “La galaxia
está en el cinturón de Orión”.
El jefe de la división de la que forman parte nuestros
agentes señala que tal frase carece de lógica puesto que
una galaxia (un cúmulo inconmensurable de cuerpos espa-
ciales) no puede caer en una constelación. A pesar de esto
- 99

el joven no vacila en continuar tras su única pista y gracias


a la ayuda de “K” encuentran a otro alienígena oculto en el
cuerpo de un perro quien después de una gran sacudida les
dice: “Humanos, ¿cuándo aprenderán que el tamaño no im-
porta?; sólo porque algo sea importante no significa que no
sea algo muy pequeño”. En ese preciso momento aparece en
escena la mascota que el cuidador tenía en la Tierra, un gato
llamado Orión; al observarlo el agente “J” conecta ambas fra-
ses y comprende que la galaxia efectivamente se encontra-
ba atada al collar del felino, por lo que deben recuperarla.
Lo anterior resulta interesante si lo comparamos con
el quehacer antropológico en la medida en que la escucha
activa, y la interpretación de los datos obtenidos en cam-
po constituyen el centro de nuestra disciplina. Al respecto
Luis Roberto Cardoso de Oliveira (2013) señala: “lo que está
siempre en juego es el reconocimiento del carácter simbóli-
camente pre-estructurado —o lingüistificado, en la vertien-
te interpretativa de base analítica— del mundo social o de
la vida en sociedad y de sus implicaciones para la interpre-
tación antropológica” (2013: 416).
Sin embargo, como el autor refiere, en la vertiente
posmoderna —donde podemos marcar el origen de la an-
tropología del derecho al estilo brasileño y argentino, así
como del surgimiento del FLAD—31 la principal cuestión
radica en la validación de la interpretación antropológica,
puesto que cuestiona que ésta surja por criterios estricta-
mente externos a la investigación, o a la relación del sujeto
cognoscente y el objeto cognoscible, así como de la centra-
lidad de la posición del autor en la definición de los resul-

Foro Latinoamericano de Antropología del Derecho, como su nombre lo


31 

indica, es una red de investigadores y estudiantes de la antropología del


derecho enfocada en fenómenos sociojurídicos urbanos. Véase en: http://
www.flad-la.org.
100 -

tados de la investigación. Cardoso destaca que esto tiene


implicaciones significativas para la etnografía debido a que
marca la crítica de la disciplina al etnocentrismo al poner
énfasis en la necesidad de que el investigador relativice sus
categorías culturales para comprender al otro; al mismo
tiempo que llama la atención de realzar el aspecto local en
la comprensión antropológica.
A partir de las formulaciones de Geertz y Dumont, acer-
ca de que el objetivo de la etnografía no es tornar al antro-
pólogo capaz de ver y pensar como los nativos al sustituir la
empatía con la simpatía (la capacidad de identificarse con el
otro), sino de accionar conceptos que permitan establecer un
nivel de interacción con el punto de vista nativo, Cardoso des-
taca que el concepto que mejor permite representar lo ante-
rior es el de “fusión de horizontes”, de Gadamer (1994 [1960],
1977). A partir de dicha noción, Cardoso propone el de “en-
cuentro etnográfico”, en el cual “el investigador tendría que
construir exitosamente un área de intersección entre su uni-
verso de referencia sociocultural y el de los nativos” (Cardoso,
2013: 416).
Para desarrollar el mencionado concepto, el autor
retoma los postulados relativos al círculo hermenéutico-in-
terpretativo de Schleiermacher a Gadamer, pasando por
Dilthey y Heidegger, sobre la idea de que para comprender
otras culturas y el significado de prácticas sociales es preci-
so que el antropólogo accione aquellas preconcepciones de
su horizonte histórico-cultural de referencia con mayor re-
lación con el punto de vista nativo, para lograr comprender
la situación en cuestión. En el caso de la película y de la es-
cena en cuestión, Edwards atraviesa una situación cuando
el guardián de la galaxia le dice que ésta se encuentra “en
el cinturón de Orión”. Después de que la revisión obligada
a las constelaciones no produce ningún resultado, el joven
continúa buscando marcos de referencia para interpretar
- 101

dichas palabras hasta que hace “clic” en su cabeza y descu-


bre que, más que interlocutor era un ser de otro planeta, su
expresión se refería a algo tan cotidiano y simple como el
nombre de su mascota.
Esto es lo que Cardoso refiere cuando señala que el
papel del antropólogo es renovar continuamente el esfuer-
zo de elaborar interpretaciones coherentes de los encuen-
tros o situaciones etnográficas como un todo, así como en
sus partes: “Este vaivén entre la parte y el todo, a partir de
anticipaciones del intérprete, es lo que caracteriza al círculo
hermenéutico, que tal vez fuera más bien concebido como
un espiral (Fischer, 1985), en la medida en que en ese pro-
ceso el intérprete nunca vuelve al mismo lugar de donde
comenzó, pero sí a posiciones siempre potencialmente más
claras” (Cardoso, 2013:416).
En cuanto a nuestra labor como antropólogos del de-
recho, Cardoso señala que, así como en la discusión sobre
las prácticas de la brujería la ciencia no es el mejor camino
para su comprensión, el filtraje judicial o el derecho positi-
vo resultan un limitado marco desde el cual comprender las
demandas de reparación por insulto asociadas al reconoci-
miento de la dignidad de los ciudadanos; por lo que debe-
mos emprender la búsqueda por la expansión de nuestros
horizontes interpretativos y “explorar todas las posibilida-
des de elucidación a partir de la experiencia de interacción
con los sujetos de investigación de forma profunda [toda
vez que] la concreción etnográfica demanda reflexión per-
manente sobre criterios de inteligibilidad, cultivando así
cuestiones de carácter filosófico para dar cuenta de situa-
ciones empíricas bien delimitadas y simbólicamente pre-es-
tructuradas” (idem).
Por otra parte, de la misma escena me parece impor-
tante destacar la frase “sólo porque algo sea importante no
significa que no sea algo muy muy pequeño”, que el aliení-
102 -

gena responde al ser interrogado. Cuando se realizan inves-


tigaciones desde la antropología del derecho –y más si se
plantean en materia penal-, uno suele caer en el error de
suponer que debemos investigar aquellos casos espectacu-
lares que aparecen en los periódicos y causan conmoción;
lo cierto es que, si bien éstos son relevantes, es más im-
portante comprender que nuestra labor es distinta a la del
periodista. La aportación que nosotros podemos hacer es
la comprensión profunda del conjunto de situaciones, rela-
ciones, intereses, necesidades e interpretaciones que sobre
un hecho son elaboradas por los sujetos involucrados en un
caso judicial. Se trata de investigar de manera sistemática y
comprometida el caso, pero siempre a partir del respeto a
la intimidad, el dolor y la vida de nuestros interlocutores, de
no sacrificar nunca al sujeto por el dato.

HERRAMIENTAS PARA EL TRABAJO DE CAM-


PO EN L A ANTROPOLOGÍA DEL DERECHO

Ampliando un poco más la idea de usar la citada película


para ejemplificar el trabajo de campo desde nuestra sub-
disciplina, me parece importante hablar brevemente de
tres de las principales herramientas utilizadas en nuestras
labor, mismas que describo de manera más amplia en mi
tesis doctoral después de años de aplicación en la investi-
gación del derecho desde un enfoque sociocultural ( Juárez,
2016). Imagina que en tu primera misión intergaláctica te
indican que deberás infiltrarte en una reunión alienígena
para comprender sus rituales, códigos, discursos, simbolis-
mos y prácticas. En apoyo a tu labor te conducen a la sala
de armas para proporcionarte los dispositivos que te ayu-
darán a desarrollar tus objetivos; al abrir el contenedor te
entregan un diario de campo, una grabadora de voz y lo que
aparentemente son unos simples lentes. Igual que el agente
- 103

“J” cuando “K” le entrega una minúscula pistola, tu primera


reacción es reclamar, te resistes a creer que con algo tan
simple se pueda “salvar al planeta”. Veamos qué sucede.

“EL DE S CR IP T OR A N Á L OGO - S I T UACIO -


N A L”. EL DI A R IO DE CA MP O Y L A E T NO -
GR A FÍ A DE AUDIENCI A S

Como la historia de la antropología nos muestra, la herra-


mienta básica en nuestra labor es el diario de campo: una
sencilla libreta que deberá acompañarnos a todos lados y en
la cual debemos registrar lo que vemos, oímos, pensamos y
sentimos durante nuestra estancia en el campo. Si bien su
simplicidad puede parecer obtusa, éste, mi querido colega,
es el dispositivo más valioso para lograr tu misión. Si lo pen-
samos un poco, y jugando con la película, propongo que le
denominemos “descriptor análogo-situacional”, toda vez que
justamente está destinado a que tú describas análogamente
(a mano) todo aquello que percibes por medio de tus senti-
dos o deduces a partir de tus reflexiones en “tiempo real”; es
decir, mientras estás en campo (de ahí lo situacional).
En el caso de investigaciones realizadas en burocra-
cias penales, sirve para que registres todo lo que observas,
escuchas, piensas y sientes al momento de presenciar una
audiencia de juicio, una sesión de mediación, la comunica-
ción de una sentencia, el rumor que escuchaste en “radio
pasillo”, o todo aquello que alguien más te cuenta en una
plática informal acerca del caso legal que estás investigando.
Si bien todas estas cuestiones son relevantes, me
gustaría detenerme un poco más en el tema de las audien-
cias y enfatizar su dimensión “situacional” por contener
una gran potencia al momento de la comprensión de los
fenómenos jurídicos. El concepto de “análisis situacional”
se desarrolló en la antropología a partir de la propuesta de
104 -

Gluckman (1958) y se basa en la idea de que las situacio-


nes sociales son acontecimientos concatenados, que están
ligados por nuestra presencia como observadores, pero
ocurridos en distintos lugares y momentos. Esto implica en
cierta manera ubicarlos al mismo tiempo como espacios y
como procesos, puesto que su importancia se basa en el
hecho de que permiten interrelacionar a diversos grupos
de personas en torno a actos socialmente relevantes, los
cuales ocurren en un sistema social específico. Por esta
razón, el antropólogo debe prestar especial atención a es-
tablecer su registro de la forma más detallada posible, y a
partir de esto buscar las interconexiones con la sociedad
en particular en la que se generó.
Aunado a esto, el análisis situacional requiere que la
descripción de tales situaciones sea contrastada con otros
materiales obtenidos en campo; esto con la intención de
abstraer la estructura social, las relaciones, instituciones, y
demás rasgos trascendentes que surgen a partir de dicha
descripción; así como del cruce comparativo con otras nue-
vas situaciones, y datos, que permitan comprobar la validez
de sus generalizaciones. En este sentido, se debe poner
especial interés no sólo en la descripción de los aconteci-
mientos, sino también en los argumentos y acciones de los
sujetos investigados en la interrelación que establecen con
otros, de manera que se posibilite la comparación de los
comportamientos de los miembros de un grupo, en relación
con aquellos que se ejecutan en otras situaciones, y a partir
de ahí analizar la relación que guardan con el sistema de re-
laciones subyacente de la estructura social, el medio físico,
e incluso, con la vida fisiológica de los sujetos observados.
Conley y O’Barr (1990), por su parte, propone que en
la investigación se ponga especial atención en realizar et-
nografías de la vida cotidiana en los foros judiciales, pero
tomando siempre en cuenta el recabar la mayor cantidad
- 105

de información y de descripciones acerca del lenguaje, dis-


cursos y prácticas de los usuarios “comunes”, es decir, de
aquellas personas que no tienen puestos judiciales, de
aquellos “sin voz”, para quienes acudir a una instancia judi-
cial significa todo un acontecimiento en sus vidas, dado el
desconocimiento de las reglas y prácticas establecidas por
los operadores del sistema. La idea, por tanto, debe ser la
de documentar los obstáculos que enfrentan, las circuns-
tancias que les generan frustración; así como aquellas otras
que los alienten a continuar en esta travesía.
Ahora bien, lo primero que uno descubre en su pri-
mera experiencia usando el “descriptor análogo-situacional”
es que debes desarrollar la habilidad de escribir con gran
rapidez, escuchar varias voces al mismo tiempo, crear co-
dificaciones propias para sintetizar conceptos, poner notas
o indicadores que te recuerden consultar después a los ac-
tores que estás observando y sobre todo, lograr encontrar
un equilibrio para hacer todo al mismo tiempo. Obviamen-
te esto no es fácil, requiere que actives todos tus sentidos
para poder registrar todo lo que ves al mismo tiempo que
se resaltan diferencias entre lo que “ves” y lo que piensas o
sientes en relación con lo que estás observando. Más aún,
requiere un ejercicio consiente de no perder de vista a la
mayor cantidad de sujetos involucrados y a ti mismo dentro
de la escena.
Un error frecuente es sentirse superado mientras de-
sarrollas estas habilidades, no te presiones demasiado, el
oficio se aprende en campo, se aprende haciéndolo una y
otra vez, siempre que te comprometas a que la próxima etno-
grafía será mejor, estarás viento en popa. La práctica te irá
indicando cuál es la mejor forma para lograr todo esto e
incluso el mejor lugar específico para hacerlo; por ejemplo:
¿se observa mejor una audiencia dentro sentado entre el
público o en la cabina de grabación? Mi experiencia sugiere
106 -

que depende de qué es lo que quieras registrar: si te intere-


sa más registrar comentarios y expresiones del público o de
los operadores del sistema, que por ser un espacio alejado
de los ciudadanos permite que éstos comenten entre sí el
desarrollo de la audiencia mientras se va grabando.

“MICRO -DE S CIFR A DOR IN T ER SUB JE T I-


VO”. L A GR A BA DOR A DE VOZ PA R A EN T RE-
V I S TA S A PROFUNDIDA D

Sin duda, otra de las herramientas más valiosas es la graba-


dora de voz, para hacer cualquier tipo de entrevistas y más
aún, las que son a profundidad. Más allá de la importancia
del aparato como herramienta de registro de información,
lo más importante es que planifiques y diseñes tus guías de
entrevista considerando que van enfocadas a actores cla-
ve para recuperar sus conocimientos y experiencias, ya que
permiten captar información relevante y abundante sobre
el tema de investigación (Rojas, 2013). Lo más importante
en todo caso será que consideres la noción teórico-meto-
dológica de que las estrategias discursivas de los actores
están construidas a partir de sus intereses y de las posicio-
nes que ocupan en el entramado de relaciones sociales del
que forman parte (Bourdieu, 1995).
En la práctica, todo lo anterior implica que debes pre-
pararte lo más que puedas antes de hacer tus entrevistas,
primero a través de la revisión de fuentes documentales
que tengas sobre el tema a investigar, con la finalidad de
entender el contexto general, así como de ubicar las princi-
pales posturas o posiciones de los sujetos al respecto; pos-
teriormente, si te es posible primero pasa un tiempo antes
en campo para observar la interacción cotidiana de los invo-
lucrados en los espacios donde se reúnen (por ejemplo, las
salas de audiencia, los pasillos, las salas de espera) y luego
- 107

organiza tus guías de entrevista enfocándote en desarrollar


preguntas que te permitan obtener la mayor cantidad de in-
formación de tu interlocutor sobre el tema en cuestión.
En este punto, es importante que consideres que “el
campo siempre supera la ficción”, y que cada experiencia
de investigación es diferente por una gran cantidad de fac-
tores, así que si empiezas por las entrevistas y luego por lo
demás, no importa, lo único indispensable es que trates de
empaparte lo más que puedas del tema antes de la entrevis-
ta para que tengas elementos para construir una buena con-
versación. Elaborar y llevar impresa (o en el celular o tablet)
dicha guía te permitirá tener ubicada en todo momento la
información que requieres obtener del entrevistado, puesto
que al implicar una forma de interacción humana, todo pue-
de suceder en una entrevista. Sea que la persona entrevis-
tada se desvíe del tema por estados emotivos implicados,
porque no quiere responderte directamente, o por ser in-
terrumpidos frecuentemente (como sucede con los jueces
que deben entrar a audiencias, firmar documentos, dar indi-
caciones a sus subalternos, etc.), entre muchos otros casos.

“R A S T RE A DOR A N Á L OGO -DIGI TA L”. L A


RE V I S IÓN DE E X PEDIEN T E S Y V IDEOGR A-
BACIONE S JUDICI A LE S

Si recordamos lo dicho líneas arriba respecto al momento en


que te dotan de tus “armas” para la misión, cuando me refe-
ría a unos “lentes” hacía alusión a lo que podríamos deno-
minar como “el rastreador análogo-digital” o como lo que se
conoce en la antropología jurídica clásica como la revisión de
expedientes judiciales y; dentro del cual, como sostengo en
mi tesis doctoral, habría que incluir las videograbaciones di-
gitales características del sistema acusatorio-oral en México.
Como Sierra y Chenaut (2002) señalan siguiendo a Velsen
108 -

(1967), si consideramos el poco tiempo que el antropólo-


go tiene para estar en campo y la prolongada travesía de
los procesos legales, los expedientes judiciales se tornan
una fuente indispensable para reconstruir las historias de
los casos. Como las autoras apuntan, se trata de recons-
truir el entramado de relaciones sociales implicadas en una
disputa legal. Ahora bien, plantean la necesidad de tener
siempre presente que constituyen una mirada sesgada del
proceso estudiado y hablan más de la perspectiva de los
operadores jurídicos sobre el caso que de los disputantes
(Véase Juárez, 2013).
En este sentido, de lo que se trata es de hacer una
lectura antropológica de los expedientes judiciales ( Juárez,
2016) que permita dar cuenta de las prácticas, los proce-
dimientos y relaciones que caracterizan ese mundo, las
tramas que se entretejen y que son sostenidas socialmen-
te; por lo tanto, se trata de encontrar las múltiples relacio-
nes, prácticas, valores, tradiciones, conflictos y actores en
tanto partes integrantes y constitutivas de las instituciones
del estado, lo cual implica aprehender tensiones e intere-
ses puestos en juego (Azaola, 1990; Chenaut, 1997; Kluger,
2009; Sarrabayrouse, 2009).
En este tenor de ideas, siguiendo a Palomino (2011)
considero que las videograbaciones judiciales deben ser re-
tomados como expedientes digitales; sin embargo, me pa-
rece que podríamos plantear un debate acerca de si existen
posibilidades de considerarlas o no como fuentes de etno-
grafías de segundo orden ( Juárez, 2016).
Si tuviéramos que resumir y ejemplificar todo esto en
un objeto, sugiero que lo pensemos como unos lentes que
permiten observar y registrar aquellos aspectos que nos
resulten relevantes para nuestras investigaciones a partir
de la revisión de expedientes y videograbaciones judicia-
les. Ahora bien, decirlo así suena sencillo, pero en campo
- 109

uno descubre que antes de poder interpretar los datos, uno


se enfrenta a la necesidad de aprender en primer lugar a
leerlos, toda vez que están construidos siguiendo una es-
tructura y una lógica propia de la que nada sabemos los an-
tropólogos en nuestras primeras interacciones en campo.
No te preocupes, como he dicho, es cuestión de práctica.
Cuando tengas entre las manos expedientes com-
puestos por varios “tomos” cada uno de más de setecientas
hojas cargadas de terminologías complejas del idioma “jurí-
dico”, no te desesperes, tómalo con calma, imagina que son
códices secretos, secuencias de ADN en un holograma so-
bre la sociedad alienígena que deseas investigar y disfruta
la lectura. Trata de ubicar la estructura general de dichos
expedientes: ¿qué tienen en común todos los expedientes
que revisas?, ¿qué partes se repiten independientemente
del caso que se trate? Ve anotando en tu diario de campo
tus hallazgos, tus dudas, luego acude a resolverlas a dic-
cionarios jurídicos o pregunta a los operadores del campo.
Una vez que tengas cierta claridad al respecto, entonces sí
enfócate en la especificidad de los casos que te interesan
para que comprendas la manera en que “el caso” y la “ver-
dad judicial” fueron construidos por los involucrados y los
diferenciales de poder entre éstos.

A L GUN A S RECOMENDACIONE S F IN A LE S

Desarrollar investigaciones etnográficas desde la antropo-


logía del derecho en burocracias penales requiere mante-
ner el buen ánimo ante la actitud muchas veces hosca de
los operadores, la contingencia de factores que determinan
que la audiencia de un caso programado hace meses no se
desarrolle por diversas circunstancias; así como el factor hu-
mano. Este último me parece el más importante y el que de-
berás tener presente en todo momento. Esos casos penales
110 -

hablan del conflicto y el sufrimiento de seres humanos, ha-


blan de desequilibrios de poder, de desventajas estructura-
les, y finalmente, de la fragilidad de hombres y mujeres para
ser víctima o victimario en determinadas circunstancias. Por
tanto debes estar preparado para lidiar con esto, las emo-
ciones de los otros y las tuyas respecto del caso. Si te es
posible te recomiendo que busques acompañamiento profe-
sional (terapia) mientras haces campo y mientras analizas la
información y redactas la tesis, pues son momentos de gran
confrontación emocional por estos temas.
Acerca del trato brusco o déspota de algunos opera-
dores jurídicos, te sugiero relajarte y sonreír, forma parte de
su hábitus y su doxa (Bourdieu, 2000) como “dueños del de-
recho”, no olvidemos que ellos están en pugna eterna entre
sí por “el derecho a decir qué es el derecho” y cualquier in-
tromisión profana puede resultarles molesta. Es importan-
te que entiendas que tú no vas ahí a competir con ellos, tú
vas a estudiarlos y también a aprender de ellos, acerca de su
mundo; entonces no te desanimes si te responden de ma-
nera brusca o bélica, o si se reúsan a responder, busca otras
formas de lograr entablar un diálogo con ellos. Una estrate-
gia que funciona muy bien es decirles de manera amable y
honesta que al ser estudiante de otra disciplina y conside-
rando que reconoces su gran sabiduría respecto del tema
en cuestión, quisieras pedirles que te oriente.
Otro consejo importante es tratar de acudir siempre a
estos espacios vestido de la manera más formal que puedas,
no se trata de lujos, se trata de mostrarles que respetas sus
códigos, y en el mundo del derecho la frase “como te ven te
tratan” es muy real. Insisto, no se trata de que cambies tu
guardarropa, sino que acudas siempre lo más presentable
posible. Asimismo resulta fundamental que desde el primer
día ubiques los protocolos de trato entre ellos; el respeto a
las jerarquías lo es todo en este campo.
- 111

Asimismo, por más caras largas que veas, prepárate mental-


mente a estar ahí, cuando sea periodo de trabajo de campo
trata de seguir los horarios de trabajo de los operadores en
la medida de tus posibilidades, llega a la hora que ellos lle-
gan, permanece ahí el mayor tiempo posible, poco a poco
ve aproximándote a ellos, conversa, sé amable, hasta que
se acostumbren a tu presencia. En este punto es frecuente
que te puedan confundir con estudiante de derecho, prac-
ticante, litigante, usuario del servicio, trabajador social o
testigo; es importante que siempre quede claro que eres
estudiante de antropología y que estás haciendo una inves-
tigación académica, la honestidad es la única manera ética
de conducirse en campo.
Nunca arriesgues tu integridad física ni ética, no te
expongas, nada vale más que tu seguridad. Las institucio-
nes penales generalmente están ubicadas en lugares aleja-
dos y de difícil acceso, acude a ellas en horarios seguros. Si
tienes que hacer entrevistas de acusados, víctimas, testigos
o familiares de implicados pide a alguien que te acompañe,
lleva siempre tu celular con pila cargada, dinero en efectivo
por si debes tomar un taxi, informa siempre a uno de tus
familiares o amigos a dónde irás y a buscar a quién. Algunos
operadores suelen realizar prácticas intimidatorias como
seguirte, confrontarte o dar “habladas”; analiza bien la situa-
ción, puede ser un simple intento de amedrentarte o fijar su
posición de “poder” dentro del campo; si consideras que es
algo más serio toma precauciones al respecto, coméntalo
con otros agentes del campo con quienes establezcas más
simpatía y con tu asesor para que te orienten al respecto.
Por último y no menos importante, cuida la confiden-
cialidad de tus datos, no comentes nunca el nombre real de
tus informantes cuando son víctimas o imputados, nuestro
papel no es exponerlos al escarnio público sino compren-
der un fenómeno sociojurídico a partir de sus motivos y ex-
112 -

periencias. Poco a poco el campo te irá mostrando que ahí


donde uno ingenuamente busca “buenos” o “malos” sólo se
encuentra seres humanos.
Finalmente, me gustaría retomar una última esce-
na de la película donde Edwards le pregunta a “K” si vale la
pena convertirse en un hombre de negro y éste le respon-
de: “sí, si tienes la fuerza”. Creo que en nuestro caso dicha
fuerza se refiere al interés por comprender cómo funciona
y se recrea el derecho en nuestra sociedad y el papel que
la cultura, las relaciones sociales, de género, económicas y
de poder desempeñan en esto, en búsqueda de un día po-
der aportar elementos que permitan mejorar dichas insti-
tuciones en la búsqueda de acceso a la justicia por parte
de los ciudadanos de a pie. Se trata de realizar un activismo
académico como el que propone Tiscornia y su equipo, del
constante compromiso que Azaola muestra en sus décadas
de trabajo en la lucha por el respeto de los derechos huma-
nos (2014; 2009; 2003; 2001; 1994; 1992; 1990). La buena
noticia es que cada día somos más personas interesadas y
vamos generando equipos de trabajo, como en el caso ya
citado del FLAD.
Parafraseando un dicho de la película: “Somos ellos,
somos aquellos, los antropólogos del derecho”.

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- NO TA S
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118 -
- 119

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
CON POBLACIONES
INDÍGENAS EN
CONTEXTOS
URBANOS
A lejandro Vázque z Es trada

IN T RODUCCIÓN

Hablar de poblaciones indígenas en contextos urbanos re-


quiere de una estrategia teórica y metodológica que arti-
cule dos grandes unidades temáticas para la antropología.
Por un lado, los pueblos indígenas y por otro los contextos
urbanos. Usualmente en la bibliografía especializada, am-
bas unidades son excluyentes entre sí mismas tomándose
únicamente a la ciudad como telón de fondo donde viven
los indígenas o hablando de ella desde sus expresiones
culturales específicas vinculadas especialmente con la cos-
movisión, la participación etnopolítica, la identidad, la terri-
torialidad y los modos en los cuales los pueblos indígenas,
adaptan y transforman la cultura en relación con la ciudad.
En este texto pretendemos articular y dimensionar la
discusión sobre los indígenas en contextos urbanos desde
las reflexiones contemporáneas.
El presente texto está dividido en tres apartados, el
primero es una exposición sobre los trabajos que han sido
120 -

realizados desde la antropología y que son indispensables


para la discusión conceptual hacia estos colectivos. En la
segunda parte compartimos la experiencia de investigación
de estos grupos en la ciudad de Querétaro en pleno centro
norte del país para mostrar cómo se construyó una meto-
dología pertinente a los objetivos de la investigación. Final-
mente, en una tercera sección, se presenta una reflexión en
torno a los retos que ofrece a la antropología el estudio de
poblaciones indígenas de la ciudad.

¿LEER S OBRE A N T ROP OL OGÍ A URBA N A O


S OBRE PUEBL O S INDÍGEN A S?

Desde su origen, antes de la mitad del siglo pasado, los es-


tudios vinculados con las ciudades se proyectaron como una
posibilidad para comprender a las sociedades en su convi-
vencia, proximidad, adaptación, y segregación. Fue la es-
cuela de Chicago, junto con pensadores como Robert Park,
Burgess y Mckenzie, que lanzó a partir de: The City (1925)
un proyecto académico para el estudio de las peculiarida-
des poblacionales de los entornos citadinos, encontrando
en este enfoque bidimensional (orgánico y social) un primer
modelo de análisis que podía observar las particularidades
sociales y sus modos de adaptación al medio.
Este proyecto académico, de la escuela de Chicago
surgido en la década de los cuarenta del siglo pasado, es
para muchos el acto fundante de la antropología urbana.
Sin embargo, otros reflexionan con dimensiones más pro-
fundas que nos llevan cien años atrás a la Europa racionalis-
ta de mediados del siglo XIX, donde pensadores asociados
con el difusionismo y el evolucionismo, observaban que las
sociedades más desarrolladas o evolucionadas creaban las
ciudades, ya que en este espacio germinaban las ideas, las
instituciones y los mercados que abonaban al crecimiento y
- 121

racionalismo necesario para lograr una efervescencia eco-


nómica y política de crecimiento.
Entre estos pensadores encontramos a Spencer32
y E. B. Taylor, 33 los cuales de manera indirecta esbozaban
sus estudios vinculados con el individuo en la sociedad te-
niendo como contexto los procesos de transformación de
los estilos de vida rurales y artesanales a los primeros asen-
tamientos asociados a la dinámica industrial. Taylor en su
obra Primitive culture (1871) establece una correlación ana-
lítica que vincula la evolución de las expresiones humanas
y su relación con lo sagrado, especialmente en su discusión
con la magia, la religión y la ciencia.
En un primer momento todas aquellas sociedades ar-
ticuladas con la magia y la religión estarían en un estadio de
evolución cultural distinto y situadas en un entorno asociado
intrínsecamente a la naturaleza. Cabe destacar que para la
etapa que enlaza la ciencia y la civilización encontramos pa-
rámetros citadinos que nos hablan de instituciones políticas,
económicas y sociales conectadas por calles, avenidas, espa-
cios públicos, edificios y ciudadanos.
La idea de que la urbe era un punto básico para la re-
flexión evolucionista de las sociedades no únicamente ocu-
rría en las interpretaciones teóricas de mediados del siglo
XIX, también se convirtió en un imaginario social inevitable
a los procesos de transición de propiedad colectiva a priva-
da, la entrada del manejo de las tecnologías industriales, la
transición de las actividades agrícolas y la migración hacia
espacios urbanos.
Para finales del siglo XIX la ciudad se convirtió en
foco de reflexiones de sociólogos y filósofos como George

32 
Principles of sociology. Editorial D. Appleton. Nueva York (1877).
33
Primitive culture. Researches into the development of mythology, Philosophy,
religion, art and custom. John Murray (Ed.) Londres (1871)
122 -

Simmel (1903) y Durkheim (1912), los cuales desarrollaron


brillantes y contundentes ideas respecto a la sociedad y
los modos en los que el individuo moldea sus comparti-
mientos colectivos. Simmel desde la filosofía plasma, en un
brillante texto vinculado con El espíritu de la ciudad, ideas
profundas sobre cómo la ciudad establece reglas de rela-
ción entre los sujetos, controlando para ellos el tiempo y
el espacio a modo de una entidad superior que constituye
un espíritu de convivencia que va de la liberación al har-
tazgo. Así mismo Durkheim (1912) desde una perspectiva
distinta elabora un conjunto de premisas reunidas en Las
formas elementales de la vida religiosa para comprender la
transformación de la relación del sujeto en las sociedades.
Este método es una de las primeras piedras donde se ha
constituido el cimiento que sostiene el edificio de las cien-
cias sociales en su conjunto.
A la par de los trabajos de estos dos pensadores, el
cambio de siglo atrajo nuevos aires y nuevos retos científi-
cos. Para la sociología consistió en sentar sus laudos en las
ciudades crecientes del mundo occidental y para la antropo-
logía fue alejarse de estas ciudades para encontrar en terri-
torios distantes los orígenes de la evolución humana.
De este modo la antropología sale de las ciudades y
va a la comprensión del funcionamiento humano en las so-
ciedades no occidentales, superando progresivamente el
paradigma de la evolución y centrándose en la comprensión
de las instituciones y su funcionamiento. De ahí que los tra-
bajos fundantes de una antropología centrada en el funcio-
nalismo de B.K. Malinowski (1922) y Radcliffe-Brown (1922)
se concentran en sociedades que desde el punto de vista
de los antropólogos no tienen ciudades edificadas a partir
de la idea de modernidad occidental.
En Norteamérica, a principios del siglo XX, la antro-
pología tuvo en Franz Boas (1911) un impulsor de una novel
- 123

academia basada en el trabajo empírico y en la experiencia in


situ de las culturas. Sus alumnos desempeñaron un enorme
trabajo de campo con poblaciones originarias de distintos lu-
gares del mundo, sin embargo, aquellos que hicieron sus tra-
bajos etnográficos en contextos norteamericanos de manera
inevitable comenzaron a hacer etnografía que los vinculaba
con la presencia colonial y crecimiento de las ciudades.
En América Latina los estudios relacionados con la
transformación de la ruralidad a la constitución de las ciu-
dades, fueron realizados desde la historia a finales del siglo
XIX y a partir de las primeras décadas del siglo XX. Desde
la antropología se fueron estableciendo los acercamien-
tos primigenios en trabajos relacionados con regiones po-
blacionales como fue el trabajo de Manuel Gamio, con La
población del Valle del Teotihuacán (1922) elaborada desde
el planteamiento etnográfico de Franz Boas mediante la
realización de entrevistas a profundidad, observación par-
ticipante, estudio de región y descripción sistemática y por-
menorizada de elementos vinculantes entre la cultura y sus
adaptaciones en la naturaleza.
En la década de 1930 llega a nuestro país Robert
Redfield, un digno heredero al trono de los estudios ur-
banos de la escuela de Chicago, quien mediante un
proyecto internacional financiado comienza sus investi-
gaciones en poblaciones cercanas a la creciente ciudad,
su relación y composición poblacional. De estos trabajos
realiza sus primeras escaramuzas en el pueblo de Tepozt-
lán y posteriormente, con ayuda de un joven y experimen-
tado antropólogo mexicano llamado Alfonso Villa Rojas, 34

34 
Alfonso Villa Rojas es un importante representante de la antropología
mexicana, con una gran formación académica y una encomiable labor en
la aplicación de la antropología. Para mayor información ver el texto de
Andrés Medina, titulado Alfonso Villa Rojas, el etnógrafo, publicado en 2001.
124 -

hizo un estudio de ciudades medias e intermedias tomando


como punto de análisis la península de Yucatán, investiga-
ción que se publica en 1941.
La década de los cuarenta, fue un momento en la an-
tropología nacional caracterizada por la presencia de antro-
pólogos de otras partes del mundo. Su estancia en México
despertaba su interés en comprender cómo las culturas de
horizontes prehispánicos se conectaban a los procesos de
modernidad percutidos por las ciudades. Una muestra de
ello fue en 1941 el trabajo de Malinowski, con ayuda de un
joven antropólogo veracruzano llamado Julio de la Fuente.
Ellos realizaron un brillante estudio etnográfico en los mer-
cados regionales zapotecas y el resultado de esta investiga-
ción, publicado luego de la muerte de Malinowski acaecida
en 1942, marca un hito en las capacidades que tiene el mé-
todo etnográfico para estudiar relaciones de mercado, re-
des comerciales, vínculos de los centros y la periferia en
una gran región, la cual convergía en la ciudad de Oaxaca.
La década de 1950 comienza a congregar un gran
interés de parte de los antropólogos que han volcado
su mirada hacia las ciudades y su impetuoso crecimien-
to. En nuestro país, derivado de una transformación es-
tructural de la economía, se privilegian desde la política
distintos procesos de industrialización y urbanización de
la Ciudad de México (en aquel entonces llamado Distrito
Federal), lo cual genera en los estados vecinos una de-
manda de mano de obra y por lo tanto de trabajo asala-
riado para construir y dar ser vicios a una población que
estaba edificando y habitando una de las grandes ciuda-
des del mundo.
Este proceso de crecimiento, centralizado en la in-
dustria y las instituciones, así como la aglomeración de po-
blación en un espacio demarcado por la construcción de
hospitales, viviendas, escuelas y fuentes de trabajo, se fue
- 125

repitiendo sin ningún recato a lo largo de América Latina.


A la par de este crecimiento urbano, caracterizado por
la migración del campo a la ciudad, Óscar Lewis en su estu-
dio sobre cinco familias (1961) construye la antropología de la
pobreza, argumento que le sirve para definir las estructuras
culturales que delinean las orillas y relieves de la identidad de
la población del entonces llamado Distrito Federal.
Lewis, ofrecía en su estudio una perspectiva distinta
a la generada por Robert Redfield y su aproximación evolu-
cionista del cambio cultural llamado continuum folk urbano,
el cual consiste en definir las transformaciones culturales
de la población migrante a la ciudad a partir de modos de
adaptación al estilo de vida de las mayorías.
Esta idea no le pareció del todo pertinente a Lewis,
quien afirma que entre las poblaciones migrantes hay es-
tructuras fundamentales que delinean la pobreza, como lo
son el parentesco, la religión y la comunidad. Lewis, a dife-
rencia de Redfield, que hizo trabajo etnográfico a profun-
didad, también utilizó distintas técnicas que eran aplicadas
por otras disciplinas como la geografía y la psicología: “en
mis estudios de las familias en México durante los pasados
quince años, he empleado cuatro formas de acercamiento
diferentes pero relacionadas entre sí, que al combinarse
proporcionan un estudio redondo e integral de la vida fa-
miliar. El primero, el estudio local…el segundo es la técnica
Rashomon, que consiste en ver la familia a través de los ojos
de cada uno de los miembros… el tercer enfoque estriba en
seleccionar, para su estudio intensivo, aquel problema o su-
ceso especial o aquella crisis a la que reacciona toda la fa-
milia… el cuarto enfoque al estudio de una familia como un
todo se hace por medio de la observación detallada de la
vida familiar” (Lewis, 1961:18-19).
Además de ofrecernos puntualmente la descripción
de las técnicas y modos empleados, la cita de Lewis nos
126 -

muestra la etiqueta de la antropología de aquel entonces,


que era que inevitablemente todos los estudios contenían,
más que a modo de advertencia, en busca de la honestidad
intelectual, un gran apartado detallado respecto a la forma
en la cual se había realizado el estudio, para que a partir
de ello, el lector comprendiera desde dónde y cómo se fue
construyendo el conocimiento.
Como lo mencionamos anteriormente, América Latina
observó en la configuración de sus ciudades un gran inte-
rés para su estudio, tal fue el caso de Andrew Pearse en dis-
tintas favelas de Sao Paolo y Río de Janeiro, en Brasil (1958),
Matos Mar (1968) en barrios periféricos de Lima, Perú, y
Gino Germaní (1967) en distintas poblaciones asediadas por
el crecimiento de la ciudad de Buenos Aires, en Argentina.35
En México después de los estudios de Redfield y de
Lewis comenzó un creciente interés por la comprensión de las
unidades culturales que progresivamente encontraban for-
mas de asentamiento en la ciudad, así como aquellos barrios
y espacios considerados como tradicionales u originarios
donde la población y sus pautas culturales fueron cambiando.
Paralela a esta antropología que observaba a la ciu-
dad, otros temas se discutían al interior de la disciplina. En
México era el indigenismo y la incorporación del indio a la
nación mexicana. Uno de los principales representantes de
este tema era Gonzalo Aguirre Beltrán, quien a partir de sus
estudios obtenidos en la Universidad de Columbia, observó
importante el análisis de las culturas desde su relación con
la geografía a partir de la idea de región. De ahí que acuñó
el concepto de regiones de refugio para hablar de estos re-
ductos comunitarios donde la vida rural indígena se resguar-
da de la lógica mestiza asentada siempre en las cabeceras o

Para información detallada sobre la historia de los estudios urbanos en


35 

América Latina, ver la obra de Adrián Gorelik (2008).


- 127

centros políticos, económicos y religiosos, a los cuales ope-


raban de manera caciquil como la autoridad territorial.
En los estudios monográficos de los indigenistas de me-
diados del siglo XX algunos de los temas que tímidamente se
tocaron fueron aquellos relacionados con la migración de los
habitantes rurales a las ciudades. En varios de ellos, el tema
del mundo indígena en articulación con las ciudades, única-
mente se mostró como una actividad tradicional vinculada
con la trashumancia y la venta de artículos artesanales a lo
largo de mercados regionales y vecinos a la Ciudad de México.
Sin embargo, la antropología nacional encontró en la
década de los sesenta y los setenta una ruptura teórica y
metodológica con el indigenismo y la antropología del Esta-
do, dejó de estudiar progresivamente a los pueblos indíge-
nas en sus contextos originarios y vio cómo varios grupos
étnicos ya habían tomado la ciudad y sus periferias repro-
duciendo elementos culturales como la lengua, la cosmo-
visión, su organización social y sus sistemas de parentesco
en las casas, calles, plazas y avenidas de una ciudad que,
desbocada, se poblaba de distintos grupos culturales pro-
venientes de todas partes del país.
Luego del movimiento urbano estudiantil de 1968, la
antropología reacomoda sus fuerzas teóricas y metodológi-
cas para volcarse de lleno a la ciudad, a la búsqueda de sus
raíces, al análisis de sus transformaciones y continuidades,
así como a sus distintos modos de crecimiento y adapta-
ción. En este contexto de gran creatividad y replanteamien-
to epistemológico se da el célebre estudio de Larissa Adler
Lomnitz llamado Cómo sobreviven los marginados (1975).
Dicha investigación se realiza en la cerrada del Cóndor, un
sitio periférico al entonces llamado Distrito Federal, don-
de distintas familias se organizan para desarrollar su vida
cotidiana a partir de la realización de diversas actividades
que complementan sus economías domesticas. A partir de
128 -

este estudio, se funda en nuestro país una gran corrien-


te de investigaciones vinculadas con las redes sociales, 36
las estructuras parentales y las distintas dinámicas econó-
micas y políticas que intervienen directamente en la vida
cotidiana de los habitantes. Uno de los métodos que se uti-
liza en este trabajo es el etnográfico, mediante entrevistas a
profundidad, observación participante en la vida cotidiana
de los habitantes, realización de censos y utilización profu-
sa de genealogías.
A la par de este impulso nacional por comprender es-
tas poblaciones en las ciudades, surge un renacimiento en
Francia y España por retomar las discusiones vinculadas con
la antropología urbana, en algunos casos estas reflexiones
emergen de la sociología o la etnología. En Francia la edi-
ción y mundialización de los trabajos de Michaell de Certeau
(1979, en su versión original en francés) hicieron recorrer sus
ideas por los claustros de antropología en distintas partes del
mundo, convirtiéndose en una pieza indispensable para la
comprensión de la vida cotidiana en entornos citadinos. Pos-
teriormente apareció un libro que también cimbró las acade-
mias nacionales de las disciplinas antropológicas, sociológicas
y arquitectónicas Los no lugares de Marc Augé (1992), renovó
y le dio frescura y cercanía a una antropología que declaraba
imposible hacer trabajo de campo con sociedades tan exóti-
cas y cotidianas como las que viven en la ciudad.
Algunas reflexiones importantes fueron aquellas
emanadas de la academia española, representada desde la
década de los setenta por los primeros trabajos de Manuel

36 
Redes sociales es una categoría acuñada y utilizada por la antropología
desde mediados del siglo pasado, sin embargo desde los últimos 30 años
volvió a utilizarse para hablar de las redes sociales virtuales mediatiza-
das por la tecnología digital. Radcfliff Brown, contemporáneo y némesis
de Malinowski, fue uno de sus principales precursores desde 1922, para el
estudio entre individuo y colectividad.
- 129

Castells y Jordi Borja, 37 que en décadas posteriores consoli-


darían su interés en el estudio de las ciudades.
Castells, en la década de los 70, comienza a estu-
diar los movimientos sociales que acontecen en las ciuda-
des y lanza para 1972 “La cuestión urbana”, libro con el cual
pone nuevamente a discusión las distintas expresiones que
acompañan a los sujetos sociales y su acción colectiva. Este
trabajo, junto con los que se sucedieron vinculados con la
ciudad, la tecnología y cultura de masas se convertiría en un
camino que inevitablemente le llevaría a escribir su loada
obra: La era de la información que a finales de los años no-
venta le dio vuelta a las ciencias sociales, convirtiéndose en
un estudio fundacional para el análisis de la estructura ur-
bana contemporánea.
Regresando nuevamente a nuestro país, en 1980 se
publica El caso de las marías, de Lourdes Arizpe. Dicha au-
tora señala que desde finales de la década de los setenta,
cuando la crisis económica intensificó el empobrecimien-
to y la penuria de las economías campesinas, se comenzó
a advertir el crecimiento del número de mujeres indígenas
en las calles de la Ciudad de México. Sus preguntas de in-
vestigación fueron: “1) ¿Cómo es que emigran indígenas de
sus comunidades?, 2) ¿por qué prefieren la Ciudad de Mé-
xico?, 3) ¿cómo y por qué ocupan en la ciudad una posición
de subempleo y marginalidad, incluso en relación con el
propio sector marginal? [...] 4) ¿cuáles son las causas por las
que han conservado en la actualidad su identidad indígena
cuando en décadas pasadas estos migrantes se fundían rá-
pidamente con la sociedad urbana?” (1980:10).
Estas preguntas han sido, para muchos estudios pos-
teriores, los ejes transversales de indagación respecto a la

37 
Para los años noventa florecerían también la obra de Manuel Delgado,
El animal público (1999), y la de Josepha Cucó Antropología urbana (2004).
130 -

movilidad de los indígenas a las ciudades, tratando de escla-


recer el por qué y el cómo se realiza la migración, así como
las muy variadas formas de reinvención de la cultura étnica.
En cuanto a la metodología del trabajo, Arizpe propone
primero una clasificación étnica, para saber el grupo al que
pertenecen los migrantes, su lugar de procedencia, el sitio de
residencia en la ciudad y la ocupación de los mismos pues-
tos que mientras algunas mujeres se dedicaban a la venta de
frutas, semillas o dulces, otras se dedicaban a la mendicidad.
En 1982 aparece el libro de Marta Romer, Comunidad,
Migración y Desarrollo. El caso de los mixes de Totontepec, en
el que se analiza el fenómeno de la migración de una comu-
nidad mixe de la Sierra de Oaxaca a la Ciudad de México.
Bajo un enfoque histórico-estructural, y tomando en cuenta
las relaciones de clase y de producción, la autora plantea la
necesidad de incluir en el abordaje a la comunidad de origen
de los migrantes mixes que llegan a la ciudad, ya que el co-
nocimiento de las características de la comunidad rural ayu-
daría a la comprensión de las formas de organización social
de los migrantes en el ámbito urbano.
El objetivo central del estudio es plantear el problema
de la migración como alternativa de desarrollo para la co-
munidad indígena, y a la vez, como alternativa de vida para
los migrantes. Romer parte de la hipótesis de que la migra-
ción debe ser vista como un ámbito de relaciones sociales y
económicas que envuelven a la ciudad y al campo, derivan-
do de ello la importancia de tomar en cuenta a las comuni-
dades de origen en el proceso de migración rural-urbano.
Esta investigación se realizó desde dos vertientes
metodológicas, una cualitativa y una cuantitativa. La prime-
ra consistió en entrevistas abiertas dirigidas y la observa-
ción directa con los grupos migrantes, tanto en el ámbito
urbano como en la comunidad de origen. En cuanto al as-
pecto cuantitativo, se levantó un censo entre la población
- 131

adulta migrante, siguiendo las redes sociales del grupo;


este censo se aplicó a la población masculina económica-
mente activa, ya que los espacios laborales de las mujeres,
como es el servicio doméstico, hacían más difícil conseguir
un seguimiento puntual. Así mismo, se utilizaron diversas
fuentes de instituciones oficiales que proporcionaron in-
dicadores demográficos y estadísticos sobre migración, vi-
vienda y servicios.
Los elementos que aporta el estudio de Romer (1982),
son precisamente aquellos que tienen que ver con la repro-
ducción de relaciones, redes, valores sociales y culturales,
propios de su condición étnica; esto es precisamente lo que
les permite una efectiva adaptación al medio urbano y una
consecuente reproducción como grupo. Además de que el
tipo de migración, temporal, organizada en función del re-
greso al pueblo, permite que los grupos migrantes sigan
perteneciendo a la comunidad, en tanto que su actividad en
el medio urbano, o en el destino migratorio, les aporta in-
gresos que en alguna medida les permiten continuar con su
trabajo campesino y mantener la vida familiar y las tradicio-
nes culturales propias de su comunidad.
En suma, este trabajo nos muestra, a través de un
caso de estudio, cómo en la dinámica migratoria se vuelve
necesario tomar en cuenta la comunidad de origen, no sólo
por sus condiciones de precariedad y carencia de opciones
de trabajo, sino también por la prevalencia de lealtades y de
relaciones sociales de reciprocidad que se siguen reprodu-
ciendo en las ciudades o destinos migratorios.
Este texto comienza una discusión que se extiende a
lo largo de la década de los ochenta y tiene efectos multi-
plicadores en aquellos especialistas en la antropología que
comienzan a observar cómo distintas culturas convergen y
encuentran cabida en la ciudad. A partir de esta condición
de urbanidad van emergiendo nuevas formas de repensar
132 -

la identidad, la tradición, la modernidad, el territorio, la etni-


cidad y la comunidad.
En un relevante texto, Portal y Safa (2005) hacen un
detallado recorrido por los distintos momentos que trans-
curren por la antropología urbana en México, mencionando
que para la segunda década de los años 80, el temblor que
sacudió a la Ciudad de México, sucedido en 1985, generó
un nuevo modo de articulación de la disciplina con la so-
ciedad, a partir de la reconstitución de la ciudad, el rescate
de sus memorias y microhistorias, así como sus modos au-
tónomos de pluralizar las identidades culturales desde lo
urbano.
A finales de la década de los ochenta, en antropología
se tenían varias compilaciones y revisiones de trabajos vin-
culados con lo urbano y la ciudad, por ejemplo, Fany Quintal
(1983) y Sariego (1988) coinciden con Durand (1983) en que
la ciudad ha ido devorando al campo, generando nuevas
formas de articulación social, organización espacial y mo-
dos de vinculación con sus identidades originarias.
En México una de las obras que se convierte en un par-
teaguas para el estudio de la ciudad desde la antropología fue
Culturas híbridas. Estrategias para salir y entrar de la moderni-
dad (1990). En esta obra, García Canclini catapulta a la discipli-
na como aquella capaz de acceder por los distintos laberintos
culturales que constituyen las ciudades, entendiendo la nece-
sidad de los detalles y la profundidad, sin dejar al mismo tiem-
po de mirar los procesos sociales y nacionales más amplios.
Es en esta década donde los estudios de antropología ur-
bana se comienzan a multiplicar en temáticas relacionadas
con la apropiación social del espacio, las transformaciones
del mundo rural a lo urbano de la Ciudad de México, la ge-
neración de movimientos urbanos-vecinales y populares, la
creación de ciudadanía y participación, la vinculación de las
culturas populares y de masas, los cambios de los barrios
- 133

históricos de la urbe, la pluralización de identidades a par-


tir del género, la generación, el estudio de los jóvenes, los
niños, las identidades de tipo vecinal y barrial, y la participa-
ción política sobre derechos colectivos.
Para el nuevo milenio, la antropología urbana en Mé-
xico emergió con un intenso brío por reinventar su meto-
dología acostumbrada a microsociedades y a comunidades
rurales. Una magnífica revisión y reflexión de ello se en-
cuentra en el texto de Néstor García Canclini (2005), quien
presenta a modo de ensayo introductorio del libro La an-
tropología urbana en México, los distintos paradigmas, alcan-
ces y retos que esta especialización antropológica ha tenido
en este país, dejándonos una gran muestra de las obras
contemporáneas que están escribiendo los interesados en
estos temas. Esta obra conjunta es un referente contempo-
ráneo para el estudio de las ciudades.
En este claro ascenso de los estudios urbanos realiza-
dos por la antropología en nuestro país, las particularidades
de los pueblos indígenas urbanícolas fueron dejando de ser
un elemento central en los intereses de la antropología no-
ventera. Sin embargo, esto cambió de manera profunda en
el nuevo milenio donde las poblaciones indígenas en áreas
urbanas fueron nuevamente un foco de atención en la an-
tropología, especialmente en aquella que estaba estudian-
do contextos urbanos fuera de la Ciudad de México, a saber,
Guadalajara (Martínez Casas y De la Peña, 2004; Martínez
Casas, 2007); Tijuana (Velasco, 2010); Monterrey (Farfán,
2012; y Durin, 2010); San Luis Potosí (Perraudin, 2010); Que-
rétaro (Vázquez y Prieto, 2013). En esta nueva generación
de estudios resaltan temas vinculados con reconfiguración
identitaria, redes económicas, participación etnopolítica, vi-
vienda, rearticulación de elementos culturales a las dinámi-
cas citadinas y su vinculación con la sociedad y Estado no
indígena para el ejercicio de sus derechos culturales.
134 -

Justo en los inicios y la primera década del nuevo milenio, la


antropología que trabaja con poblaciones indígenas en con-
textos urbanos retoma con una gran intensidad las discu-
siones en cuanto a conceptos como comunidad, identidad,
organización social y territorialidad. De este modo, los estu-
dios complejizan y densifican estos conceptos debido a su
vinculación y colaboración activa con los colectivos indíge-
nas, reflexionando, de manera conjunta e inminente, sobre
interculturalidad, el acceso a la política pública y formas ét-
nicas de hacer ciudadanía.
De esa discusión emerge también el modo de nom-
brar a estos pueblos, concluyendo en la necesidad de aban-
donar el término migrantes, puesto que es excluyente y
peyorativo apelando únicamente a su condición espacial.
Para pluralizar esta discusión, se toman en consideración
las reflexiones de Manuel Delgado y Jordi Borja en cuanto
a hablar de antropología de la ciudad o en la ciudad, lo cual
nos posibilita reflexionar apelando a que estos colectivos
son construcciones históricas, de arraigo, memoria y orga-
nización que han desarrollado un conjunto de estrategias
culturales que articulan sus expresiones étnicas originarias
o imaginarias con sus modos adaptativos de vivir y gestio-
nar su identidad en la complejidad citadina.
En la primera década del nuevo milenio, el estudio de
los indígenas de la ciudad le ha dado posibilidad de renova-
ción a la disciplina antropológica para el uso de metodolo-
gías como la etnografía. Hoy en día la plasticidad, pluralidad
y dinamismo de estos colectivos sugieren modos complejos
de registro empírico de sus expresiones culturales. Decimos
complejos porque deberán de escapar a la linealidad y a la
verticalidad de sus procesos de construcción de diálogo y
captar las relaciones entre sistemas y elementos, dimensio-
nes y escalas; pluralidades y contradicciones. El trabajo em-
pírico no es fácil, ya que la discriminación y la asimetría que
- 135

viven los indígenas de la ciudad es el escenario donde se de-


sarrolla el drama etnográfico, donde por principio de cuen-
tas adscribirse como indígena implica un acto de valentía.

EL E S T UDIO DE L O S PUEBL O S INDÍGEN A S


EN L A URBE QUERE TA N A

La investigación, vista como un procedimiento cognitivo pla-


nificado y sistemático, supone la construcción de un diseño
estratégico en que la experiencia y la experimentación se
articulan de manera reflexiva y dialéctica con el propósito
de vincular el conocimiento previo del fenómeno que nos
proponemos estudiar, con los elementos pragmáticos del
mundo empírico y de la vivencia cotidiana.
Así que el reto fundamental de una investigación rea-
lizada en la ciudad de Querétaro consistió en la adecuada
delimitación del problema de estudio y la construcción de
los indicadores.
La delimitación del universo de la investigación de-
pende ciertamente de la extensión y la profundidad que
se pretenda dar a nuestra indagatoria. Siguiendo a Jacor-
zynski, “el método equivale tanto a la aplicación práctica
de los presupuestos teóricos acerca del investigador como
acerca del otro” (2004:149). Es por ello que entendemos a
la metodología como un conjunto de propuestas teóricas y
conceptuales, estrategias de análisis y mecanismos de aco-
pio, construcción y sistematización del dato empírico, que
están organizados a lo largo de un proceso premeditado y
que son utilizados con una intencionalidad que se despren-
de del objetivo de la investigación, que determina el para
qué se hace el diseño de la misma (Ibáñez, 1985).
Ahora bien, la temática social y cultural vinculada
con la presencia de núcleos diversos de población indíge-
na en el contexto de una ciudad con un crecimiento acele-
136 -

rado, como Querétaro, nos plantea interesantes retos en


el ámbito metodológico, pues se trata de una población
fragmentaria, que proviene de muy diversos orígenes ét-
nicos y geográficos; cuya vida y supervivencia fluctúa en-
tre distintos espacios, desde sus comunidades de origen
hasta sus muy variados destinos migratorios; la estancia
en la ciudad puede ser sumamente fugaz, coyuntural o
estacionaria, o prolongarse por períodos más o menos
largos, hasta constituir enclaves permanentes que se
mantienen vinculados de distintas maneras a los lugares
de origen y con otros destinos nacionales e internaciona-
les articulados en un constante ir y venir de personas,
remesas, mercancías y comunicaciones.
Frente a la considerable heterogeneidad, la inestabi-
lidad y el carácter fluctuante de los núcleos sociocultura-
les a los que se dirigió nuestra indagatoria, consideramos
necesario utilizar una perspectiva metodológica mixta, que
articule simultáneamente las dimensiones cuantitativa y
cualitativa del fenómeno de los grupos étnicos en la ciudad
de Querétaro. Esta articulación nos permitió establecer un
equilibrio en cuanto a la extensión y la profundidad de los
escenarios, tanto socioeconómicos como socioculturales,
que caracterizan a los grupos indígenas, tal y como lo ex-
ponemos en el cuadro 1 en la siguiente página.
En el ámbito cuantitativo, aplicamos un cuestionario
para dar cuenta de las características demográficas y so-
cioeconómicas, las pautas migratorias, los patrones de re-
sidencia y las expectativas ocupacionales y familiares de los
individuos y familias indígenas que viven en la ciudad.
Tratamos de que el cuestionario llegara a los principa-
les núcleos de población indígena presentes en el espacio
urbano, para delimitarlos tomamos los datos censales como
un brújula de orientación. De este modo, con el indicador HLI
del censo obtuvimos una dimensión estadística representati-
- 137

Cuadro 1. Fuentes de información cuantitativa y cualitativa.

va sobre las distintas lenguas que se hablan en la urbe.


Para localizar a los hablantes se utilizó un enfoque
de AGEB, que es un área de geo estadística básica ocupa-
da por un conjunto de manzanas, delimitadas por calles y
avenidas. Cuando el indicador estadístico de HLI lo espacia-
lizamos en manzanas se construye un mapa que guía sobre
posibles itinerarios culturales a indagar. Sin embargo, no
íbamos a llegar casa por casa preguntando sobre presen-
cias indígenas, sino que en la observación participante en
esos lugares iríamos progresivamente desplegando el ins-
trumento de registro.
En algunos casos, pudimos aplicarlo en grupos orga-
nizados por medio de redes sociales virtuales o entre los
destinatarios de programas institucionales, como aquellos
que maneja el Sistema DIF Municipal (albergues, casas de
día o atención a personas y familias en situación de calle).
Pero tratándose de aquella población que no tiene
una visible presencia como grupo étnico dentro del área ur-
bana, ni una evidente articulación residencial, institucional
u orgánica “tradicional”, el trabajo se redujo a la localización
de algunos individuos pertenecientes a dicha población, sin
la pretensión de abarcarlos a todos, o de establecer crite-
rios muestrales representativos para abarcar a la totalidad
de los indígenas en la ciudad, que como sabemos corres-
ponden a treinta y cinco diferentes grupos etnolingüísti-
138 -

cos, de acuerdo con los datos censales disponibles, más de


quince cuentan con menos de seis hablantes en la ciudad.
Otra de las tácticas utilizadas fue acudir directa-
mente con los grupos lingüísticos y contingentes étnicos
provenientes de una misma localidad, que tienen mayor
presencia histórica, social y cultural, que coinciden en áreas
habitacionales, que desarrollan actividades económicas se-
mejantes, particularmente relacionadas con el comercio en
vía pública, y que coinciden como sujetos de atención de al-
gunos programas institucionales.
Tal es el caso de los ñäñho del sur del estado de Que-
rétaro, quienes provienen principalmente de dos comu-
nidades: Santiago Mexquititlán y San Ildefonso Tultepec,
manteniendo vínculos como paisanos en la ciudad y confi-
gurando redes de apoyo e intercambio recíproco que favo-
recen la migración y la solución de toda clase de problemas
relacionados con el arribo, la ubicación y el desenvolvimien-
to de la vida cotidiana en la ciudad. Estos colectivos se ubi-
caron fácilmente porque las mujeres siguen portando de
manera identitaria y con orgullo su vestimenta étnica histó-
rica constituida básicamente por un quexquemetl, una fal-
da de colores vivos de largo hasta los tobillos, sujetada con
una faja bordada.
Otro caso particular es el de los triquis de Oaxaca, que
desde hace alrededor de quince años han constituido una co-
lonia estable y creciente, al norte de la ciudad, que permite
atender el problema del ir y venir de los paisanos, contando
con un enclave en que se conservan vivas tradiciones, lengua
e identidad, y se recrean los vínculos étnicos en su condición
de triquis y, en su caso, de comerciantes organizados. Ellos
tienen un asentamiento donde comparten sus relaciones fa-
miliares y laborales al norte de la capital del estado.
Una de las oportunidades que ofrece la antropología
para el estudio de las diversidades culturales en movimiento,
- 139

es su capacidad de establecer una aproximación detallada y


minuciosa a determinados fenómenos sociales, encuadrán-
dolos en sus espacios microsociales, en que puede llevarse a
cabo un acercamiento a profundidad, capaz de desentrañar
los sentidos profundos de la praxis social. Ello permite rea-
lizar un abordaje cualitativo para conocer los valores, sabe-
res, creencias, sentimientos y significados que intervienen y
se involucran en la experiencia migratoria, así como el con-
junto de prácticas sociales que se vinculan con ella.
Consideramos además de estudiar de modo cua-
litativo los escenarios de la pluralidad étnica, privilegiar el
detalle a partir del estudio de caso que aplicamos en dos
vertientes: en aquellos núcleos de población indígena que
viven en las mismas áreas habitacionales, como es el caso
de la colonia Nueva Realidad, habitada en su mayoría por
familias ñäñho de Amealco, y el de la colonia triqui, ubica-
da en San Pedrito Peñuelas. Otra vertiente sucede en aque-
llos grupos que coinciden en el desempeño de actividades
económicas semejantes, o que son atendidos por los mis-
mos programas institucionales, en este caso concentramos
nuestra atención en los programas del Sistema DIF Munici-
pal que trabajan con población indígena en situación de ca-
lle, o con población indígena ocupada en el comercio en vía
pública, particularmente en el Centro Histórico de la capital.
Los estudios de caso nos permitieron interactuar con
los individuos y familias indígenas en el desarrollo de su co-
tidianidad laboral y en la textura de su vida doméstica, lo
que nos permitió apreciar a cabalidad los significados, al-
cances y vivencias implicados en la experiencia migratoria.
Entendemos estos estudios, a la manera de Geertz
(1987), como una descripción densa, profunda y detallada,
a partir de una diversidad de técnicas propias de la etno-
grafía, como la observación participante, la entrevista a pro-
fundidad y la historia de vida. Con dichos recursos pudimos
140 -

registrar una gama de matices vinculados con la situación


actual y las aspiraciones particulares y colectivas que desde
lo indígena tiene la vida en la ciudad.
En este marco, nos planteamos emprender veinte
estudios de caso a profundidad en siete núcleos territoria-
les (AGEB) previamente localizados tomando en cuenta las
variaciones típicas encontradas en las exploraciones pri-
marias de nuestra investigación, mismas que nos permi-
tieron establecer perfiles socioculturales y sus variaciones
en cuanto a trayectorias de migración, residencia, actividad
económica y gestión política e identitaria.
Comprendemos que la metodología incorpora diver-
sos pasos a seguir dentro de un camino indagatorio no del
todo previsible. Es por ello que, en el avance de los estudios
de caso, decidimos convocar a los interlocutores indígenas
interesados a trabajar de forma colectiva en la discusión de
tópicos a partir de un formato grupal donde se discutieran
temas en relación con la identidad, el desarrollo comunita-
rio y la política del Estado y sus instituciones.
Estos grupos focales nos ofrecieron un espacio pro-
picio para la reflexión, el intercambio de ideas, inquietu-
des y experiencias entre los grupos étnicos asentados
en la ciudad. Con esa finalidad, nos propusimos una se-
rie de tres sesiones con cada grupo, para avanzar en la
ubicación de la problemática, a partir de preguntas gene-
radoras, la elaboración de un diagnóstico en común y la
presentación de propuestas de intervención y de política
social susceptibles de traducirse en lineamientos para
una política de atención, reivindicación cultural y mejo-
ramiento social de los pueblos indígenas asentados en la
metrópoli queretana.
Consideramos así que, para la realización de un diag-
nóstico integral de la situación en que se desenvuelven los
grupos indígenas que hacen presencia en la capital quereta-
- 141

na, teníamos que aprovechar los instrumentos que tanto las


metodologías cuantitativas como cualitativas utilizan para el
registro de la información empírica necesaria y pertinente.
En este marco, entendemos que el acopio y sistematización
de los datos de la realidad sensible es un proceso constitui-
do por distintas etapas lógicas y secuenciadas en cuanto a
la construcción, la interpretación y el análisis de la informa-
ción relevante para el estudio.
En resumen, realizamos tres fases en lo que se refiere
a la recolección y construcción de los datos pertinentes. La
primera, de carácter exploratorio o diagnóstico, en la que
aplicamos 300 cuestionarios a la población indígena en la
ciudad, según sus características de movilidad, ocupación,
residencia y composición étnica.
En una segunda etapa, nos concentramos en los es-
tudios de caso, a profundidad, en las distintas unidades te-
rritoriales detectadas en los primeros acercamientos. Los
estudios de caso suponían la realización de técnicas de ob-
servación participante, entrevistas abiertas e historias de
vida. Los datos obtenidos a través de entrevistas fueron regis-
trados con equipos de grabación de audio. La realización de
entrevistas abiertas atendió las necesidades primarias de la
presente investigación, intentando rescatar el punto de vista
y la voz del otro, contribuyendo a buscar los significados, sen-
tidos y símbolos que subyacen en el discurso de los indígenas
desde y sobre la ciudad (Ortí, 2000).
La correlación entre las tres fases de la investigación se pre-
senta entonces de la siguiente manera:

Cuadro 2. Fases de la investigación empírica.


142 -

La integración entre estas tres etapas garantizó una mayor


consistencia en cuanto a la cantidad, calidad y pertinencia de
los datos registrados, estableciendo criterios de fiabilidad de
la información obtenida, e incorporando el punto de vista y la
perspectiva cultural de la población indígena involucrada en
la investigación, mediante la construcción de ámbitos de diá-
logo y encuentro intercultural.

IN S T RUMEN T O S

Los instrumentos que utilizamos en las distintas fases de


campo se construyeron a partir del diagnóstico inicial de la
problemática de estudio y fueron probados y valorados por
el equipo de investigación y otros colegas con amplio traba-
jo de campo, con el fin de verificar su pertinencia cultural,
su claridad, su facilidad de manejo y suficiencia en cuanto al
registro de los datos requeridos.

a) Cuestionarios
Junto con el cuestionario general, del que se aplicaron 300
al mismo número de personas, siempre mayores de quince
años, se diseñó otro cuestionario que se aplicó exclusiva-
mente a la población indígena atendida por los programas
de gobierno, con el fin de contar con mayor información re-
lacionada con dicho universo, que fue de gran utilidad para
la formulación del balance de las políticas, programas y pro-
yectos impulsados por las instituciones, y al momento de la
realización de los talleres con los agentes de intervención
que se inscriben en ellos.
Después del registro, se capturaron en una base de
datos digital con representación estadística con la cual po-
dríamos vincular preguntas, respuestas y obtener patrones
de regularidades, y peculiaridades, así como su representa-
ción gráfica.
- 143

b) Entrevistas
La entrevista nos permitió acceder a la manera en que el
sujeto articula en su discurso la interpretación de su vida
cotidiana, su experiencia y su ubicación frente a determina-
dos hechos, prácticas o circunstancias, de las que da cuen-
ta en la interpelación dialógica a que la entrevista abierta da
lugar. Además, nos permitió acceder al ámbito de la cons-
trucción de los significados y la operación de las lógicas lo-
cales que los constituyen y dan sentido. El discurso del otro,
como punto de partida, nos ofrece asideros para avanzar
en la comprensión de los conceptos, valores y símbolos que
movilizan y dan explicación a los sujetos en torno a temas
como lugar de origen y pertenencia étnica, estrategias de
sobrevivencia e interacción social de la ciudad, vinculación
con programas institucionales y expectativas y valores en el
terreno de lo étnico y social.
Las entrevistas fueron registradas en soportes de
audio y acompañadas con libretas de notas. Tras el registro
se escucharon y se realizó su transcripción buscando cate-
gorías, conceptos y campos semánticos vinculantes con los
temas relacionados con comunidad, identidad, vida cotidia-
na y territorio.
Después de esta transcripción se ordenaron bajo una
matriz conceptual para ver regularidades y generalidades de
dichos conceptos y expresiones brindándonos con ello un
material discursivo vinculante con el trabajo empírico in situ.

c) Grupos de discusión
La utilización de esta importante herramienta de la investi-
gación participativa, obedece a la versatilidad, la apertura,
la enorme flexibilidad y la experiencia de diálogo e interpe-
lación que ofrece, incorporando activamente el punto de
vista de los sujetos involucrados con la problemática so-
cial y el universo cultural que es investigado, al tiempo que
144 -

se establece un espacio de interacción en que se pueden


fortalecer las reflexiones críticas sobre la propia praxis, in-
cluyendo consideraciones de índole social, organizativo, po-
lítico y hasta pedagógico.
Los resultados de cada grupo se sistematizan en una
relatoría, que es revisada por quienes participaron en él. En
ella se consignan las intervenciones de los participantes,
sus respuestas y opiniones, resultado de la interacción en-
tre los integrantes.
Con este recurso no sólo se favorece la reflexión gru-
pal y el intercambio de ideas sobre la problemática común,
sino que también pueden revisarse colectivamente las pro-
puestas de solución y las estrategias para hacer frente a los
problemas y desafíos que se han identificado y para buscar
la transformación de la realidad presente, puesto que en
estos grupos de discusión se “obedece a la estrategia de
un sujeto en proceso (de un sujeto que cambia)” (Ibáñez,
1985:283). Esta posibilidad nos abre la puerta a la inves-
tigación-acción, entendida simple y llanamente, como la
estrategia de conocimiento de la realidad, no sólo para pro-
fundizar en su conocimiento, examen y dilucidación, sino
también para avanzar en su transformación consciente.
Para impulsar la discusión en los talleres, nos plantea-
mos tres grandes temas, para cada uno de los cuales for-
mulamos preguntas generadoras. Éstos fueron: 1) origen e
identidad; 2) vinculación con planes o programas de inter-
vención; y 3) aspiraciones e iniciativas de desarrollo.
Como el lector puede advertir, el proceso de investi-
gación realizado fue consecuencia de la conformación de
un equipo de trabajo de una docena de investigadores con
distintas trayectorias en la antropología así como especia-
listas en la elaboración de mapas. El trabajo colectivo, la
transversalización de elementos teóricos y metodológicos
hizo posible que los avances fueran significativos en cuanto
- 145

a volumen y productos, sin embargo, cada uno de los pasos


y logros se discutía en colectivo para tener el seguimiento
pormenorizado de la situación del estudio.

REFLE X IONE S F IN A LE S

La antropología de las ciudades y las urbes, de las metró-


polis y las megalópolis de escala global, plantean grandes e
inevitables discusiones para tomar en cuenta al momento
de investigar colectivos y elementos culturales que habitan
entre sus pliegues. Entre las distintas discusiones aparecen
como inevitables aquellas que comprenden dichos espa-
cios no únicamente como escenarios donde se despliega el
performance del drama social citadino, sino también como
una entidad que genera de forma autopoiética una serie
de códigos sociales, políticos y económicos que norman y
orientan su comportamiento cultural.
Atendiendo esta dinámica, consideramos importan-
te comprender a los contextos culturales en sus cualidades
multidimensionales y multiescalares: 38 multidimensionales,
cuando hablamos de hitos históricos, procesos de adapta-
ción y reinvención de la cultura; cuando nos referimos a las
múltiples escalas, atendemos a la búsqueda de texturas de
significado y de relaciones sociales en los distintos espacios
y campos de interacción de los indígenas en las ciudades,
articulando desde la percepción individual hasta la discu-
sión colectiva y reflexionada.
De esta manera comprendemos que es necesa-
rio hablar de indígenas de la ciudad como una manifesta-
ción de los procesos culturales activos que nos describen
un performance profundo acorde al (des)encuentro social

38 
Para mayor información sobre este enfoque proveniente de la geografía
crítica brasileña, ver Mançano Fernández, Bernardo (2002).
146 -

e histórico. Así mismo, implica su característica germinal y


de crecimiento, su pertenencia y arraigo. Es indispensable
comprender a estas poblaciones como un colectivo impres-
cindible de los entornos urbanos. Como un componente
vivo, que nos muestra desde elementos simbólicos étnicos
como la lengua materna hasta aquellas experiencias de
aprendizaje identitario posibilitadas por la escuela o las po-
líticas de gobierno; de tal modo que el nombre indígenas de
la ciudad también representa una alusión política de reivin-
dicación de estos colectivos hacia la pertenencia a dichos
espacios urbanos de la misma forma que el resto de la so-
ciedad no indígena.
Cuando hablamos de los indígenas de la ciudad, tam-
bién estamos habilitando su articulación a otros contextos,
especialmente en aquellos que han tenido la experiencia de
la socialización temprana de su cultura a partir de la familia
y la vida en comunidad. Entendemos que la ciudad no exclu-
ye los contextos territoriales originarios, más bien, estable-
ce un puente de interacción simbólica y material entre dos
realidades físicamente separadas, pero articuladas median-
te la presencia indígena.
De esta manera comprendemos necesario desde la
antropología utilizar enfoques integrales para la reflexión
contemporánea de conceptos que nos han dado identidad
frente a otras disciplinas. Hoy, la articulación comunitaria a
partir de redes transterritoriales se ha vuelto una práctica
indispensable para los colectivos indígenas de zonas ur-
banas teniendo una gran importancia para su economía a
partir de fuentes de empleo y espacios de trabajo, y en su
manifestación política vinculándose con programas e insti-
tuciones de gobierno para la atención de sus necesidades
sociales y culturales.
Al final de la investigación conocimos las distintas
expresiones discursivas que estos colectivos producen y
- 147

distribuyen en las redes sociales virtuales expresadas me-


diante tecnologías digitales. Existen distintas plataformas
donde los jóvenes intercambian vivencias e itinerarios
culturales que conectan mediante el Internet con los lu-
gares o regiones originarias de sus abuelos o padres. Es
interesante observar que en estos canales y modos vir-
tuales hay una gran participación de jóvenes indígenas
urbanos entre 14 y 25 años, los cuales promueven su
identidad mediante la organización de eventos vinculados
con el sentir de sus pueblos y expresan sus opiniones re-
lacionadas con la discriminación y la reivindicación de su
cultura.
Es importante que los estudios generados con po-
blaciones indígenas de la ciudad busquen en la historia y
geografía expresiones indispensables para mostrar de ma-
nera integral y compleja los fenómenos culturales que se
están describiendo. Con ello se brinda mayor extensión y
profundidad de las presencias urbanas en estos contextos
y se comprende a detalle no solamente la vinculación cita-
dina con las regiones de las cuales provienen los colectivos,
también se establece el momento o la situación a partir de
la cual se inició la conexión, se desarrolló, o se desplazó a
otros contextos.
Al momento de hacer trabajo de campo con estos co-
lectivos, es importante comprender las diferencias cultura-
les y la pluralidad social que se viven en su interior. Por un
lado, cada grupo etnolingüístico tienen sus particularida-
des identitarias que resplandecen entre unos y otros. Y por
otro lado, al interior de cada grupo social hay condiciones
y particularidades que nos hablan de manera emblemática
sobre los distintos modos de vivir su identidad. Por ello, es
importante no perder de vista el trabajo con ancianos, con
adultos, niños y jóvenes, lo mismo que con hombres y con
mujeres, buscar trayectorias laborales diferenciadas y pro-
148 -

cesos históricos diversos, en unas ocasiones asociados con


sus confines políticos y en otras, con sus formas religiosas.
Es importante no esencializar a estos colectivos me-
diante nociones cerradas de comunidad, identidad y territo-
rio, es importante desde estos conceptos hacer un análisis
simultáneo con los hallazgos etnográficos con el fin no sólo
de particularizar empíricamente dichos conceptos sino re-
flexionarlos de acuerdo con los modos contemporáneos
que tienen estos colectivos frente a los dilemas globales y
sus oportunidades locales.
Así mismo es importante no dejar de utilizar las técni-
cas etnografías que le han dado identidad a la antropología,
por ejemplo, la utilización permanente de diario de campo
para las descripciones de vida cotidiana, la observación par-
ticipante, los recorridos de área. Es indispensable el uso de
genealogías temáticas, las entrevistas a profundidad y las
historias de vida. Los croquis, los mapas y los diagramas de
red serán de uso conveniente para iluminar los momentos y
los movimientos. Es necesario comprender que cada herra-
mienta tiene sus horizontes y fronteras; por lo tanto, su uso
plural supone una complementariedad equilibrada frente a
los objetivos de investigación.
Una de las afortunadas situaciones en nuestro estu-
dio fue la articulación de colectivos indígenas organizados,
con quienes logramos establecer grupos de discusión como
una manera de trabajo colaborativo para realizar agendas
estratégicas entre el sector académico y sus intereses como
indígenas de la ciudad. Como resultado de estas labores se ge-
neraron dos proyectos colaborativos. Uno llamado Querétaro
ciudad intercultural, que mediante actividades culturales difun-
día la riqueza de la pluralidad indígena en la capital del esta-
do. En este programa confluyeron cuatro colectivos indígenas,
tres instituciones estatales y dos federales, teniendo una gran
respuesta a lo largo de seis meses de intensa actividad.
- 149

El otro proyecto fue un taller de capacitación y sensibiliza-


ción a funcionarios de instituciones del municipio de Que-
rétaro que trabajan con pueblos indígenas. Esta actividad
fue enriquecedora para la sociedad indígena y no indíge-
na, ya que ambos pudieron discutir y reflexionar sobre sus
diferencias culturales y, mediante el diálogo, establecer
acuerdos de comprensión y respeto. A través de estas ex-
periencias se logró visualizar a estas poblaciones citadinas
y posteriormente pudimos construir, de manera colectiva,
lineamientos generales para instancias del estado que tra-
bajan con esta población.
Finalmente todo ello decantó en la elaboración de un
estudio presentado en 2013 frente a la legislatura del es-
tado de Querétaro para que la ciudad y los municipios me-
tropolitanos fueran incluidos en la Ley estatal de derechos y
cultura de los pueblos indígenas, instrumento que se volvió
clave en la gestión y participación política de distintos co-
lectivos indígenas en nuestro estado.
Los retos que nos quedan para futuras investigacio-
nes sobre población indígena de contextos urbanos, ten-
drán que ver con aquellos nuevos grupos étnicos que se
han incorporado a la sociedad queretana. Así mismo en
cuanto a segmentación temática aún hacen falta más traba-
jos con jóvenes y niños indígenas de las ciudades, estudios
basados en la perspectiva de género, así como también vida
cotidiana en contextos laborales atípicos. De esta manera
dejamos cabos sueltos para que aquellos interesados en
el tema sigan adelante con esta red de estudios vinculados
con estos colectivos de la sociedad, tan necesarios y perti-
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150 -

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- NO TA S
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156 -
- 157

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍAS
EN EJIDOS Y
SOCIEDADES
RURALES
Luz del Carmen Morales Montes de Oca

IN T RODUCCIÓN

Existen diversas razones que nos llevan a realizar trabajo en


núcleos agrarios; como representantes de algún programa
de Gobierno, como integrantes de una Organización civil con
proyectos en la región, desde una consultoría para la realiza-
ción de una Evaluación de impacto social en el contexto de
la reforma energética, como parte de una intervención para
la mediación de un conflicto entre actores sociales diversos,
como empresa —ejido, gobierno— ejido o algún otro, como
integrantes de un equipo de investigación desde la acade-
mia, o como activistas para la defensa del territorio; y nues-
tra presencia en una comunidad como agentes externos a
ella genera expectativas y movimientos, de los cuales es ne-
cesario tomar conciencia y tener una postura crítica hacia el
papel que jugamos en cada intervención. Tenemos por un
lado el privilegio de formar parte del caminar de una comu-
nidad que se encuentra transitando por un momento crítico
de su historia y por otro lado la responsabilidad de ser rele-
vantes en los procesos de transformación.
En cuanto damos el primer paso en una comunidad
estamos formando parte de ella de una u otra forma y
158 -

adquirimos un compromiso ético sobre las acciones que


tomemos, la postura política, las causas a las que nos ads-
cribamos y el intercambio de saberes que podamos apor-
tar. La idea de ser observadores pasivos ante realidades
ajenas ha quedado en la historia, ahora sabemos que “no
podemos desconocer el impacto social, político y econó-
mico de nuestros trabajos, y que, en consecuencia debe-
mos saber escoger, para nuestros fines, aquello que sea
armónico con nuestra visión de la responsabilidad social”
(Fals Borda, 2009). Esto nos demanda habilidades cada
vez más sofisticadas acerca del trabajo de campo aunadas
a una conciencia crítica de nosotros mismos y de nuestros
prejuicios e ideologías, y definitivamente de una metodo-
logía apropiada para estos grupos que hoy en día habitan
el 54% del territorio nacional 39 y que se encuentran en el
dilema de conservar sus territorios para las generaciones
futuras o entrar en procesos modernizadores que ponen
en entredicho la propiedad social.
Con este capítulo pretendemos sentar las bases para
un análisis contextual de la propiedad social en el México
del siglo XXI, aportar un marco teórico que nos acompañe a
complejizar nuestras miradas para lograr un diálogo de sa-
beres entre los actores que entran en juego y una propues-
ta metodológica que acerque certeza a nuestro caminar, así
como una serie de acciones y sugerencias bibliográficas que
nos acompañen como herramientas en el trabajo de campo.

RELEVANCIA DEL TRABAJO CON GRUPOS CAM-


PESINOS EJIDALES O DE BIENES COMUNALES

Podríamos enmarcar tres grandes contextos que afectan


hoy en día, de manera profunda la vida del campo en Mé-

39 
Censo ejidal 2007.
- 159

xico y en el mundo: la globalización, el libre mercado y el


modelo extractivista neoliberal; los mencionamos porque,
para realizar trabajo de campo en ejidos, comunidades y
pueblos, es de gran relevancia comprender los aspectos
macro que motivan los cambios estructurales, su aplicación
en las leyes y en los ámbitos locales, así como las formas
y estrategias que utilizan los grupos para responder, trans-
formarse o resistir a estos cambios. El elemento que está
en juego entre las necesidades del mercado y las de los gru-
pos es la tierra; el primero con un interés en la explotación,
extracción y comercialización; y los segundos por ser ésta
el espacio que les aporta autonomía en tanto que susten-
ta necesidades de alimento y vivienda, controla los bienes
naturales y fortalece la representación social tanto interna
como externa.
Como podemos observar, actores sociales interesa-
dos en la tierra pugnan por usos y beneficios que se con-
traponen, por lo que nuestra intervención en los espacios
se convierte en un asunto político que requiere de diversas
habilidades y estrategias que esperamos esbozar en el pre-
sente capítulo.
Las tierras que demanda el mercado hoy en día coinci-
den con aquellas de gran “importancia agroecológica” (Toledo
y Barrera-Basols, 2009) que se reconocen de este modo por
su “originalidad como un mecanismo de adaptación a condi-
ciones particulares, su antigüedad, la complejidad cognitiva,
el alto valor cultural y la capacidad de reproducir las tecnolo-
gías locales en la actualidad” (p: 117). Es decir, aquello que ha
preservado estas regiones es la misma razón por la que hoy
en día están acosadas por los intereses macro económicos
que buscan la riqueza de los bienes naturales para ser explo-
tados a costa de la pérdida de todos los demás elementos,
tanto los tangibles como los simbólicos.
A continuación exponemos algunos datos que nos
permiten visibilizar el impacto que las políticas neoliberales
160 -

y extractivistas han tenido en los territorios (con sus aspec-


tos simbólicos y de redes), en la tierra (como elemento ma-
terial de vida y subsistencia) y en los grupos que la habitan
(como aquellos que preservan la memoria y los espacios)
(Toledo y Barrera- Bassols, 2009).

•El 90% de los idiomas del mundo puede llegar a extinguir-


se en el transcurso del siglo XXI. Se estima que la tasa de
pérdida de lenguas es 500 veces mayor que la extinción
de biodiversidad.
•Se estima que cerca del 10% de las especies de los bos-
ques tropicales estarán extintas o en peligro de extinción
durante los próximos 25 años, y que la extinción de es-
pecies inducida por la actividad humana ocurre a una ve-
locidad 100 veces mayor a la observada bajo condiciones
naturales, y esta pérdida no es compensada por nuevos
procesos de especiación.
•Más del 75% de la diversidad genética de cultivos se per-
dió durante el siglo pasado.

Datos como los expuestos transparentan la crisis en la que


se encuentran los pueblos y sus territorios en el mundo, y
evidencia la presión económica a la que están sujetos y es
claro el futuro que se puede anticipar con las acciones pre-
sentes de los gobiernos y de las empresas en donde queda
privilegiada la ganancia económica por encima de cualquier
otro valor que preserve o conserve la cultura y la salud de
los pueblos, así como la naturaleza.
El campo está adscrito a este modelo en el que hoy
en día el territorio es un asunto crítico por la diversidad
agroecológica y en definitiva por la diversidad cultural que
lo caracteriza, por ejemplo en México tenemos cerca de 60
grupos indígenas más las variantes regionales y los grupos
mestizos; todos ellos viven principalmente en el campo,
- 161

donde construyen y recrean el territorio, mismos que están


sujetos a la presión económica de manera permanente. En
el último Censo Agropecuario y Ejidal, realizado en el 2007
podemos ver que el 54% del territorio nacional es propie-
dad social y está en manos de ejidos y comunidades. Otro
dato que aporta elementos para comprender la compleji-
dad del asunto del territorio vinculado con el mercado es
el que aporta Sánchez, M. (2016) con respecto a los mega-
proyectos; el autor explica que en el periodo de 1993–2012,
el 48.8% del territorio mexicano quedó concesionado a
empresas mineras, constructoras de carreteras e infraes-
tructura para proyectos energéticos, es decir, un total de
95 millones de hectáreas que hoy en día se encuentran en
manos de grupos campesinos, principalmente aquellos que
están organizados en ejidos y comunidades, se han conce-
sionado a empresas privadas.
Exponemos algunos datos históricos relacionados
con las reformas estructurales que impactan en la propie-
dad social. La Revolución Mexicana trajo consigo el ideal del
reparto agrario, que inicia en 1910 y culmina en 1992 con
la modificación al Artículo 27 constitucional. El reparto con-
sistió en regresar sus tierras a las comunidades indígenas,
repartir a los grupos campesinos y disminuir la fuerza de
los latifundios privados, principalmente las haciendas y las
propiedades de la Iglesia Católica; éste se llevó a cabo a tra-
vés de la Secretaría de la Reforma Agraria en la forma de
ejidos y tierras comunales entregados a diferentes grupos a
lo largo del país.
En el contexto del Tratado de Libre Comercio con
América del Norte en el sexenio de Carlos Salinas de Gor-
tari (1988-1994), se cierra dicha Secretaría, decretando así
el fin del reparto, se modifica el Artículo 27 y se quedan
a cargo los Tribunales Agrarios, que son los que hoy en
día atienden los conflictos relacionados con la propiedad
162 -

social. Esta reforma abre la posibilidad de que la tierra


ejidal que era “inalienable, imprescriptible, inembargable,
intransmisible e inafectable”, sea sujeta de privatización
y por consiguiente que los nuevos dueños de las parce-
las, decidan el destino de sus terrenos, es decir, inicia
un periodo al que Plata (2015) llama “mercado de tierras
campesino”. Si retomamos el dato de Sánchez (2016) que
indica que entre 1993 y 2012, el 48% del territorio mexi-
cano, queda concesionado a las empresas para la ejecu-
ción de megaproyectos, podemos darnos cuenta de que
la modificación del Artículo 27 lejos de estar enfocada en
el desarrollo del campo, busca el cumplimiento de acuer-
dos realizados con el mercado internacional.
Con estos datos en la mano podemos reflexionar acer-
ca del compromiso ético y político que tenemos quienes
hacemos trabajo con grupos campesinos, sean indígenas o
mestizos, comuneros, ejidatarios o cualquier otro tipo de or-
ganización local que encontremos. Hacemos una invitación a
tomar responsabilidad acerca de nuestro papel como agen-
tes externos que inciden necesariamente en la vida de las
comunidades a las que llegamos, es decir, proponemos rea-
lizar un trabajo no neutral, como menciona Fals Borda (2008)
y para lo cual se requiere de una metodología que invite al
diálogo, al reconocimiento de los recursos de la comunidad,
a la visibilización de las acciones de resistencia y a la clara
postura en la que nos negamos a ver a la comunidad como
una víctima de las circunstancias para entenderla como un
actor dinámico con agencia en los procesos vividos.
Una forma de aproximarnos a la comunidad desde la
agencia y el dinamismo es través de las Epistemologías del
Sur como una corriente teórica para dar soporte al traba-
jo de campo dando espacio para un diálogo de saberes (De
Souza, 2010) que dé voz a los conocimientos, memorias,
luchas y denuncias de los actores que se encuentran en el
- 163

territorio, con toda su diversidad, sus complejidades y las


relaciones que se establecen entre ellos, de tal manera que
nuestra intervención se convierta en un acto reivindicativo
que fortalezca aquello que es importante para los actores
locales. Ampliaremos estos conceptos a continuación (apar-
tado número tres).

L A T IERR A , EL T ERR I T OR IO Y L A T ERR I-


T OR I A L IDA D COMO E S CEN A R IO S COMPLE-
JO S EN L O S QUE SE DE S A RROLL A L A V IDA
DE L O S E JIDO S, L A S COMUNIDA DE S Y L O S
PUEBL O S

Imaginemos el siguiente escenario: un pedazo de tierra


delimitado, en el cual converge un entramado de relacio-
nes entre las cuales algunas son con grupos humanos que
establecen relaciones políticas, otras tantas con los sis-
temas naturales, incluidas las relaciones simbólicas entre
los grupos y con el paisaje y más aún con los diferentes
constructos del mundo con sus seres, sus deidades. En el
mismo escenario están las relaciones hacia el exterior con
las estructuras que regulan el territorio, con las leyes, con
los programas de intervención, con los otros grupos que
están en custodia de territorios colindantes con su propio
entramado de relaciones y paisajes.
Además podemos seguir incluyendo elementos a
este escenario inserto en un país que pugna por aumentar
el Producto Interno Bruto con políticas económicas neoli-
berales y que conlleva otro entramado más de relaciones
con las empresas privadas que buscan territorios para su
explotación, otros países, otros actores, otros escenarios.
Es decir, cuando nos aproximamos a una comunidad agra-
ria en algún lugar del territorio nacional, estamos recibien-
do una invitación para desarrollar una mirada compleja, “se
164 -

trata de retomar la ambición del pensamiento simple de


controlar y dominar lo real. Se trata de ejercitarse en un
pensamiento capaz de tratar, de dialogar, de negociar, con
lo real” (Morin, 2009, p:22).
Sin este pensamiento complejo estaríamos realizando
descripciones planas, ausentes de ideología o de postura
política, arrancadas de su entorno, de su contexto y de los
otros actores con los que se relaciona; estaríamos haciendo
un trabajo más parecido a una disección de una pequeña
parte del cosmos, que a la posibilidad de mirar el universo,
“el pensamiento complejo integra lo más posible los modos
simplificadores de pensar, pero rechaza las consecuencias
mutilantes, reduccionistas, unidimensionalizantes y final-
mente cegadoras de una simplificación que se toma por re-
flejo de aquello que hubiere de real en la realidad” (Morin,
2009, p:32). La primera nos remite a lo estático, lo muerto,
lo que no cambia; la segunda nos provoca para mirar socie-
dades vivas, dinámicas, contradictorias y complejas.
A continuación reflexionaremos acerca de los ele-
mentos que necesitamos tomar en cuenta cuando nos
aproximamos al trabajo en una comunidad agraria (ejidos y
comunidades). Revisaremos brevemente las definiciones de
tierra, territorio y territorialidad para comprender el ámbito
en el que establecen las definiciones políticas de ejido, co-
munidad y pueblo.
Cuando pisamos por primera vez una comunidad ha-
bría que darle voz a algunas preguntas que surgen de in-
mediato e irlas resolviendo, asumiendo que es más lo que
ignoramos del lugar que lo que sabemos, pues nuestras
preguntas ocurren en un lugar determinado, en un espacio
geográfico ubicado en un mapa, en una delimitación política
que depende del Estado y es necesario adentrarnos paula-
tinamente en estos temas para después comprender cómo
es que estos hechos construyen significados, simbolismos y
- 165

aportan elementos para las definiciones de identidad del en-


tramado de actores que en ella se encuentran.

La tierra
Estaremos hablando de tierra cuando hagamos referencia
al aspecto material del terreno que está en posesión y uso
de una persona o grupo y que está sujeta a las políticas del
Estado, así como a los usos internos de quienes la tienen en
propiedad. La tierra en esta dimensión material tiene un valor
de uso, de subsistencia y está sujeta a una administración en
cuanto que tiene una superficie determinada y actores socia-
les que convergen en ella. Es la que está inscrita en el Regis-
tro Agrario Nacional, es la que se siembra para garantizar la
subsistencia, es la que se defiende cuando se ve amenazada
por otros grupos o intereses, la tierra es sobre la que se finca
un solar y se habita, es la que se reparte a nuevos integrantes
cuando el grupo crece, es la que se administra a través de fi-
guras de representación, en fin, la tierra es quizá el elemento
más concreto que encontramos en una comunidad agraria a
la que nos aproximamos y, por lo tanto, conocer aspectos vin-
culados a la tierra nos aportará elementos para ampliar nues-
tro involucramiento con el lugar.
Las preguntas que nos acercan al conocimiento de
la tierra como elemento material del espacio serán: ¿Quié-
nes habitan en este lugar?, ¿dónde están el pueblo, el eji-
do, los bienes comunales, el agostadero, los manatiales, el
bosque, etc.?, ¿quiénes representan cada uno de estos lu-
gares?, ¿qué se siembra en las parcelas?, ¿qué se produce en
los traspatios?, ¿qué otras actividades económicas se llevan
a cabo?, ¿qué animales se crían en las casas?, ¿qué anima-
les se pastorean?, ¿cómo se distribuyen los solares, dónde y
cómo se construye la casa, el huerto, el corral, etc.?, ¿cómo
se le asigna un terreno a las nuevas familias?, ¿quiénes es-
tán encargados de cada uno de éstos, es decir, represen-
166 -

tantes comunales, jefes o jefas de familia, Asamblea del


pueblo, etc.?
Estaremos buscando información acerca de la tierra,
el uso que la comunidad le da, los actores que se encuen-
tran en ella, la organización interna, y demás datos que
permiten iniciar un proceso de complejizar el espacio terri-
torial. Por otro lado, estas mismas características (el uso, la
subsistencia y la administración que involucra a los actores
sociales que se encuentran en ella) son generadoras de sig-
nificados y constructoras de identidades, y es por ello que
nos adentramos al tema del territorio. Es decir tierra y terri-
torio no son sinónimos aunque en ocasiones resulte difícil
conceptualizarlos como entes diferenciados; Bartra (2008)
agrega que las luchas campesinas que demandan la tierra
y su conservación, si bien son luchas materiales, están liga-
das íntimamente a la defensa de su identidad, aspecto más
ligado al territorio.

El territorio
El territorio es un término que la antropología ha acuñado
de la geografía por su pertinencia para ampliar la compren-
sión de los fenómenos que ocurren en la tierra como ele-
mento material 40 y son las acciones de apropiación de los
espacios las que nos permiten hablar de territorio y no sólo
de tierra. Aspectos como la autonomía y el autogobierno
(gobernanza), así como la comunidad, son los que convier-
ten un pedazo de tierra en un territorio con agencia de los
grupos que la usufructúan (Morales, 2016).

40 
“El término ‘territorio’ (del latín ‘terra’) remite a cualquier extensión
de la superficie terrestre habitada por grupos humanos y delimitada (o
delimitable) en diferentes escalas: local, municipal, regional, nacional o
supranacional. Se trata del espacio estructurado y objetivo estudiado por
la geografía física y representado (o representable) cartográficamente (Gi-
ménez, 1996, p:10).
- 167

Para ir agregando complejidad a la definición del territorio,


nos referimos a Montañez y Delgado (1998), quienes propo-
nen entenderlo desde sus fuerzas de poder, de soberanía y
de jurisdicción, en tanto que establece relaciones internas
de vigilancia y disciplina y relaciones hacia el exterior que re-
quieren ser legisladas. Por otro parte, López (2014) propone
dimensiones como lo económico, lo político, lo biofísico y lo
cultural que generan prácticas concretas y éticas estableci-
das “entre naturalezas en contextos espaciales y temporales
específicos” (p:27), Esta visión incluye a la naturaleza en las
relaciones que se viven en el territorio y le imprime movi-
miento y dinamismo, en tanto que es una actor con el cual
se establecen de igual modo relaciones y que ocurren en es-
pacios y tiempos que tienen una vigencia, es decir, da una
idea de proceso en constante cambio. La memoria colectiva,
la historia y las identidades territoriales que se gestan en el
lugar imprimen características específicas al territorio y a las
expresiones vinculadas a la identidad (Giménez, 1996).
El territorio al que se defiende, es sobre el cual se
cuenta la historia, es el que se administra a través de figu-
ras de poder y no necesariamente de representación, es so-
bre el cual se construyen las identidades, se ritualizan los
cerros, los ríos y se establecen sitios sagrados, es el que se
celebra en las fiestas de los Santos Patronos, es el que pro-
duce hierbas para curarse y el que gesta historias acerca de
los nahuales y otros personajes vinculados a la naturaleza;
el territorio es el que se vuelve simbólico mientras se cami-
na por sus veredas. Es así que nos alejamos del elemento
concreto de la tierra para aportarle un valor simbólico que
ocurre necesariamente en el lugar.
Las preguntas que nos acercan a una comprensión
del territorio podrían ser: ¿Cuál es la historia de este lugar,
su origen, las luchas, las acciones de defensa?, ¿cómo es
que ustedes llegaron aquí?, ¿cuál es la historia de la iglesia?,
168 -

¿quién es el Santo Patrono?, ¿cómo es la fiesta y la organiza-


ción alrededor de ella?, ¿cómo es el proceso de la siembra
y de la milpa, sus temporalidades, los otros cultivos que la
acompañan, los actores involucrados?, ¿cuáles son los sitios
sagrados?, ¿qué relación tienen con los cerros, con los ríos
con los otros elementos de la naturaleza?, ¿cómo son los
otros ritos, los del nacimiento, los de la muerte, los de las
parejas?, ¿y los otros actores, los que curan, los que acom-
pañan a las almas, los que cuidan de los vivos?, ¿cómo están
organizadas las familias en cuanto a sus jerarquías, los/las
ancianos/as, los/las adultos/as, los/las niños/as?, ¿cómo es
que organizan para hacer las faenas?, ¿cuáles son las his-
torias que cuentan por las noches a los/las niños/as?, etc.
Otras preguntas estarán vinculadas con las relaciones po-
líticas, las estructuras del poder, las y los líderes fácticos y
morales, y el rol que juegan las mujeres y los hombres de
manera diferenciada.
Esperamos que estas preguntas nos lleven a compren-
der aspectos de las identidades que se encuentran en cons-
trucción dentro del territorio con un paisaje que se cuenta a
través de narraciones, algunas de ellas vinculadas a la historia
del país y otras a los saberes locales, las tradiciones y los va-
lores que se viven; es decir, esperamos poder darle voz a los
aspectos simbólicos del lugar, de la gente que lo habita y de
las relaciones que establecen entre todas estas instancias.

La territorialidad
Si bien tierra y territorio las hemos definido desde el valor
de uso y significados pasando por el entramado de relacio-
nes sociales, culturales y políticas que se encuentran tanto
al interior como con las instancias externas; la territorialidad
la encontramos por encima de lo geográfico, de lo material
y de las relaciones vinculadas al territorio, ésta implica todo
aquello que sus integrantes viven y recrean más allá de la
- 169

tierra. Son los elementos que se conservan y se promueven


ante situaciones de pérdida del territorio, de migración for-
zada o de cambios estructurales. Para ello nos referimos a
las discusiones propuestas desde los estudios decoloniales
en América Latina (Escobar, 2010; De Souza, 2010; Quijano,
2012; y Zibechi, 2013), pues aportan complejidad a la forma
de mirar, preguntar y aproximarnos; así mismo se encuen-
tran deconstruidos los diferentes elementos que proponen
los autores para completar la composición del territorio y
nos hacen mirar la territorialidad, es decir, aspectos como
lugar y el binomio naturaleza/cultura.
Autores como Escobar (2010) y Quijano (2012), han
desarrollado conceptos complementarios relacionados con
el lugar, el territorio y la construcción de territorialidades; la
palabra territorio que hace referencia a una entidad concre-
ta, observable y cuantificable, se acompaña del concepto
del lugar, que está vinculado con la experiencia de conexión
con la vida; la manera de observar dicha conexión es a tra-
vés de aspectos que enraizan (con un anclaje y un sustrato,
en términos de Quijano, 2012) a las personas que lo habitan
y que contribuyen a la construcción continua de sus identi-
dades. Así el lugar queda planteado como una cuestión de
gran relevancia, al que regresamos de manera real o imagi-
nada a través de las historias, costumbres, prácticas y len-
guajes (Escobar, 2000), todas ellas existentes en el ámbito
de lo abstracto, y por ello se pueden preservar estando o
no el territorio presente.
Cultura y naturaleza son términos que se han sepa-
rado de manera arbitraria desde el pensamiento occiden-
tal y que históricamente han marcado la dominación sobre
lo natural, entendiendo cultura como todo aquello que es
creación del ser humano, y natura como un ente pasivo so-
bre el cual éste ejerce su dominio (Mignolo, 2003). Toledo y
Barrera-Bassols (2008) plantean un cambio en el paradigma
170 -

científico, una nueva manera de mirar a estos elementos del


territorio como un complejo “kosmos-corpus-praxis”, a tra-
vés del conocimiento de las “dinámicas, representaciones,
ritualidades y simbolismos de los factores naturales” (p:111)
y que recuperan los saberes tradicionales.
Escobar (2000) abunda en esta idea cuando habla de
los grupos y comunidades originarias que revelan una ima-
gen de la vida social que no se opone a la naturaleza, sino
que se integran a ella; incluye en este sistema complejo el
territorio como un elemento de arraigo. De acuerdo con
Vázquez y Prieto (2012), a través de “la integración de estas
tres dimensiones (kosmos-corpus-praxis) de la experiencia
humana colectiva, se pueden analizar tanto las actividades
específicas y tangibles, propias de las formaciones produc-
tivas y tecnológicas, como los elementos cognoscitivos,
simbólicos y procesales que estructuran, animan y estimu-
lan dichas acciones” (p:348); ambas partes, lo tangible y lo
simbólico, nos han llevado a conocer los conceptos de te-
rritorio, de naturaleza, de conservación, de relación con las
otras fuerzas y seres que habitan este mundo y forman par-
te del saber local que conforma el patrimonio biocultural
que está en cambio permanente; entendiendo así que el te-
rritorio también es el lenguaje, las prácticas, las relaciones y
sus significados, y que son susceptibles de ser conservadas
o diluidas con el tiempo dependiendo de la relación que la
comunidad establece con sus bienes naturales.
Las diversas formas de construir territorialidad las
conoceríamos a través de preguntas como las que siguen:
¿Qué historias/costumbres/prácticas que la comunidad ha-
cía en el pasado se siguen practicando al día de hoy?, ¿cuá-
les se han perdido?, ¿qué ocurrió para que determinadas
historias/costumbres/prácticas se perdieran?, ¿cuáles se
han conservado?, ¿porqué se conservan?, ¿a qué le están
dando valor cuando conservan determinadas historias/cos-
- 171

tumbres/prácticas?, ¿quiénes se encargan de conservarlas?,


¿los y las que se han ido de la comunidad cuales son las his-
torias/costumbres/prácticas que continúan realizando aun
en la distancia?, ¿qué agentes externos las facilitan?, ¿qué
agentes externos las debilitan?, ¿aquellas que se pierden, se
sustituyen por otras?, ¿hay historias/costumbres/prácticas
que sean nuevas, es decir, que las nuevas generaciones las
integren a la vida cotidiana?
Estas conversaciones que versan sobre las formas de
construir territorialidad, nos llevarán a reconocer aquellas
construcciones propias que sólo pudieron haberse concebi-
do en ese lugar por sus condiciones geográficas, políticas e
históricas, y que tienen un arraigo tal en la vida de sus habi-
tantes que se continuarían practicando aún en situaciones
de crisis como la pérdida de la tierra, o la migración forzada
o cambios drásticos en el entorno. Es esta territorialidad la
que permite transferir prácticas, costumbres e historias a las
nuevas generaciones, haciendo que quienes se van, las con-
serven y las recreen, y quienes se quedan, las vivan y aporten
elementos a sus identidades y sostengan al colectivo en los
momentos de cambios profundos.

Pueblo, ejido y comunidad


Finalmente aclararemos algunos conceptos vinculados con
la tierra y que corresponden a las figuras jurídicas y sociales
con que se reconoce la propiedad social en México. Cuan-
do hacemos trabajo de campo, estaremos visitando comu-
nidades que quizá forman parte de un pueblo y algunos
de cuyos integrantes son ejidatarios/as o comuneros/as o
avecinados/as, quizá rentan tierras a través de un acuerdo
como medieros o vienen de otros lados y convergen en el
territorio. Es importante hacer la diferenciación de estos
términos, pues en primer lugar hablan de una comunidad
no como un monolito con una historia y unos actores, sino
172 -

como un ente plural y múltiple; en segundo lugar porque


cada una de estas figuras toma un lugar de poder al interior
del colectivo y aporta complejidad a la comprensión del lu-
gar, de los conflictos y de las estrategias de solución.
Ortíz (1997) define la figura del pueblo como “una po-
blación habitada generalmente por indios pero que en al-
gunos casos incluye a otros grupos como los mestizos... en
la mayoría de los casos tienen un gobierno propio con un
gobernador, alcaldes y regidores. En otros casos el término
pueblo se usa para definir una pequeña población goberna-
da por un ayuntamiento” (p:15). Los pueblos suelen tener una
asamblea que se reúne de manera periódica para atender
asuntos comunes, desde la convocatoria para realizar fae-
nas hasta la organización de la fiesta a los Santos Patronos,
o bien para resolver conflictos internos. Las asambleas sue-
len ser abiertas, de tal manera que todas las personas que
habitan en el lugar pueden participar y decidir. En muchas
ocasiones los representantes son habitantes del lugar y co-
nocen tanto las prácticas locales como a la población en ge-
neral y tienen una representación ante las y los demás, pues
son elegidos en la asamblea. Es notorio en este texto que
estamos expresando supuestos, pues cada pueblo tiene for-
mas propias de organización. Esto constituye otras pregun-
tas importantes para conocer las estructuras internas, los
líderes locales, las instancias de decisión y de acción, etc.
Según Plata (2013), la propiedad agraria cuenta con
dos modalidades de tenencia: la propiedad social, repre-
sentada por los ejidos y los bienes comunales y la propiedad
privada, a la que pertenecen la pequeña propiedad rural y
las colonias agrícolas y ganaderas; en la primera, “la tierra
era entregada al pueblo, que a partir de ese momento, era
reconocido como ejido o comunidad agraria los cuales for-
man una unidad cohesionada. Se entiende por ejido “aquel
núcleo de población que fue dotado con tierras alrededor
- 173

del radio de residencia —siete kilómetros— de los solicitan-


tes y que se encuentra conformado por el conjunto de las
tierras, bosques y aguas objeto de una dotación, así como
el grupo de individuos titulares de derechos agrarios[...] el
destino de las tierras (tanto para ejidos como para comuni-
dades) puede ser parcelado para uso común y para el asen-
tamiento humano; en el caso de las primeras, son de uso
individual, mientras que las segundas requieren del acuer-
do de la asamblea del núcleo agrario” (p:334).
Hasta 1992, cuando se modificó el Artículo 27 cons-
titucional, “la tierra era indivisible por sus características
jurídicas: imprescriptible, inembargable, intransmisible e
inafectable, así como por las obligaciones colectivas que im-
ponía la ley a sus integrantes: explotación obligatoria, indivi-
sible e intransformable; de este modo el carácter social de
la propiedad ejidal y comunal se veía reforzado porque se
reconocía como titular del derecho agrario al núcleo ejidal”
(Plata, 2015, p:20). Ante las reformas estructurales través
del Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titula-
ción de Solares Urbanos (Procede) la tierra puede parcelar-
se y repartirse para tramitar el dominio pleno, que consiste
en tener un título de propiedad del terreno y de esta forma
venderlo, rentarlo, embargarlo o hacer el uso comercial que
cada propietario/a decida. Así pues, el día de hoy tenemos
ejidos que pueden en Asamblea refrendar el carácter social
de la tierra o bien iniciar el procedimiento de privatización.
Independientemente de este cambio mayúsculo en el
usufructo de la tierra, los ejidos y comunidades han tenido
prácticas locales que les permiten apropiarse y dinamizar
la tierra que tienen en custodia, por lo que encontramos
medierías, parcerías y posesionarios, que son los acuerdos de
palabra en los cuales el ejidatario da a medias el trabajo de
la tierra y alguien más la trabaja, siembra y cosecha. Al final
una mitad es para el trabajador y la otra mitad para el pro-
174 -

pietario de la parcela, un tipo de renta enmascarada que ha


sido ampliamente utilizada en los ejidos del país. Así las y
los medieros/as y aparceros/as, son otros actores locales que
no pertenecen al ejido ni a los bienes comunales, pero que
son campesinos y probablemente vivan en el pueblo o sean
familiares de los mismos propietarios de la tierra. Por otro
lado, están los posesionario: “aquellos campesinos que po-
seen tierras ejidales en explotación y no han sido reconoci-
dos como ejidatarios por la asamblea o el Tribunal Agrario...
muy pocos tienen derecho a las tierras de uso común y el
tamaño de sus solares también es menor. En síntesis, tie-
nen una situación más precaria que los ejidatarios” (Dema-
teris, 2005, p:346).
La comunidad es el “núcleo agrario conformado por el
conjunto de tierras, bosques y aguas que le fueron reconoci-
dos o restituidos, y de los cuales ha tenido presuntamente la
posesión por tiempo inmemorial con costumbres y prácticas
comunales” (Robles y Concheiro, 2010, p:334). Sin embargo,
el uso de la palabra comunidad también puede referirse “al
conjunto de actores sociales que convergen en el territorio
ejidal y que comparten la historia, la organización social, la
defensa y las fiestas, así como el ejercicio de obligaciones
como la participación en las faenas, colaboraciones econó-
micas, entre otras acciones” (Morales, 2016, p:25) .Es decir,
estaremos hablando de comunidad, cuando hacemos re-
ferencia a los/las habitantes del pueblo, los/las ejidatarios/
as y los/las avecindados/as que de diferentes formas se ven
implicados en los asuntos del territorio; sin embargo, tiene
algunos elementos que vinculan a sus integrantes.
López (2014) dice que la noción de comunidad dista de ser
un asunto monolítico que se describe desde las genera-
lizaciones en una población, puesto que “sus contenidos
fluctúan y se reconforman históricamente a partir de las ne-
cesidades, anhelos e intenciones particulares en los grupos
- 175

humanos; en las personas esto prevé una diversificación de


experiencias que recrean cosmovisiones, subjetividades,
formas de organización, alianzas y estrategias” (p:32). Así,
cuando tocamos temas como las historias comunes, los va-
lores, las luchas ganadas, los lugares preservados, etc., po-
dríamos estarnos refiriendo a una comunidad.
Cerramos con una cita de Demateris (2005): “la comu-
nidad refiere a la confianza, la reciprocidad y la identidad”
(p:36), todos ellos valores subjetivos de un grupo que coin-
cide en el territorio. La comunidad (no como núcleo agrario
sino como la hemos definido en los párrafos previos) es la
que conoceremos a través de las calles, los lugares comu-
nes, los espacios de reunión; a través de las personas que,
sin tener una figura de representación, conocen las historias
y transmiten sus valores; éstas son las autoridades morales
a quienes será indispensable conocer para tener las sutile-
zas de lo que vive la comunidad, es decir, las historias densas.
Será importante conocer la estructura agraria y social de
los lugares en los que participamos, pues son las autoridades
fácticas a quienes es posible acudir, quienes nos permitirán ha-
cer el trabajo, nos abrirán las puertas respecto a los trámites,
los documentos, los diferentes actores y los procesos vividos.
Por otro lado, son las autoridades morales quienes nos acer-
carán a la vida cotidiana del colectivo. Ambas partes podrán in-
volucrarse en la historia, en las problemáticas y en las acciones
que se generen con nuestra presencia en la comunidad.

L A S EPI S T EMOL OGÍ A S DEL SUR COMO


M A RCO DE REFERENCI A PA R A MIR A R EL
EN T R A M A DO DE REL ACIONE S A L IN T E-
R IOR DE UN A COMUNIDA D AGR A R I A

Para el trabajo con las comunidades agrarias en México, nos


ha interesado adentrarnos en las Epistemologías del Sur por
176 -

diversas razones. En primera instancia porque es una co-


rriente que surge en América Latina con el fin de generar
conocimiento propio desde los entendidos culturales carac-
terísticos de la región y como un planteamiento que se posi-
ciona en contra del eurocentrismo en todos los ámbitos de
la vida de las sociedades. La razón por la que se aleja de las
propuestas teóricas imperiales es el reconocimiento de que
éstas han colonizado los espacios de saber, de conocimien-
to y de la ciencia, por lo que se han convertido en formas
únicas y legítimas de hacer, mirar y definir a los otros. Para
lograr este propósito, ha sido necesario ensayar y proponer
un lenguaje que defina desde el Sur cada uno de los fenó-
menos de la vida social.
Algunos de los y las autoras que han desarrollado
esta propuesta son los/las siguientes: desde la sociología,
Ramón Grosfoguel, Egardo Lander, Agustín Lao-Montes y
Aníbal Quijano; desde la semiología, a Walter Mignolo y a
Zulma Palermo; desde la pedagogía, a Catherine Walsh; de
la antropología, incluimos ideas de Arturo Escobar, y desde
una visión de la economía recuperamos conceptos de Ol-
ver Quijano, doctor en Estudios Culturales Latinoamerica-
nos. Se suma Boaventura de Souza Santos a este grupo de
pensadores y es de quien hemos tomado el término de la
ecología de saberes y las ideas que se derivan de ésta para la
aplicación en campo.41
Las Espistemologías del Sur, tienen una larga data en
la historia del pensamiento, pues parten de cuestionar a las

Para ampliar información acerca de la trayectoria de esta pro-


41 

puesta epistemológica con sus autores y eventos, consultar el


prólogo del libro de Grosfoguel, R. y Castro-Gómez, S. (comp.)
(2007). El giro decolonial: reflexiones para una diversidad epistémica
más allá del capitalismo global. Siglo del Hombre Editores; Univer-
sidad Central, Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos y
Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar. Colombia.
- 177

formas de conocimiento dominantes como únicas para defi-


nir los fenómenos sociales y para describir a las sociedades
humanas; sin llamarlas de este modo, han existido autores
que han ido cuestionando a lo largo de los siglos. Walsh
(2007) nombra a dos pioneros del cuestionamiento al pen-
samiento occidental por Michel Foucault y Bordieu, cuyos
textos recomendamos ampliamente leer.
De manera paralela, en Oriente y en África surgen
propuestas teóricas similares, aludiendo a la importancia
de generar filosofía y pensamiento propios, que surjan de
las diversidades culturales.

La ecología de saberes
A continuación realizaremos un breve recuento de la pro-
puesta que hace De Souza con los diferentes conceptos
asociados a la ecología de saberes; partiendo de la idea
de las líneas globales para el funcionamiento de las socie-
dades modernas en el mundo, las cuales están definidas
por la élites económicas que definen los recursos natu-
rales, los derechos humanos, la economía neoliberal y, por
consiguiente, establecen relaciones de acuerdo con el
nombramiento de estos conceptos; el primero se refiere a
los bienes naturales que se convierten en recursos sujetos
a explotación y comercialización; en cuanto a los derechos
humanos, son definidos desde los países dominantes y
otorgados por el grupo en el poder a todos aquellos que
se encuentren bajo su mandato y, por tanto, no han sur-
gido de ellos; finalmente, la economía neoliberal enmarca
las relaciones del ser humano con la naturaleza, las socie-
dades y los otros humanos a través del intercambio eco-
nómico. Quijano (en Walsh, 2007) nombra la colonialidad
del saber, del ser, del poder y de la naturaleza, que descar-
tan que la producción indígena, africana y oriental puedan
ser reconocidas como conocimiento.
178 -

La contraparte de las líneas globales es la ecología de saberes,


a partir de la cual se ponen en diálogo todos los saberes
existentes, incluyendo el occidental para la comprensión
del mundo y nuestra relación con él; de este modo no asu-
mimos que la naturaleza es un recurso a nuestro servicio,
que los derechos humanos sean universales en tanto que
no representan los valores de todos aquellos grupos que no
participaron en su definición, y que la economía es la forma
exclusiva de hacerse de lo necesario para subsistir. Dado el
caso estaríamos preguntando cómo es que cada grupo, so-
ciedad o comunidad viven y definen sus bienes naturales,
sus formas de regulación y las maneras de generar subsis-
tencia e intercambio, sin negar la existencia de las ya defini-
das por Occidente.
El pensamiento abismal y el pensamiento posabismal. El
primero es todo aquel que divide al mundo en aquello que
ésta, de este lado del abismo, que corresponde a lo visible,
controlable y lo que define las relaciones; y lo que está del
otro lado del abismo, que son todos los/las otros/as que, al
estar al otro lado, se vuelven invisibles, incomprensibles y
sujetos al control. A este otro lado, De Souza (2010) lo llama
la sociología de las ausencias y corresponde a un mundo que
sólo puede ser visto con esta división. “Fundamentalmente
lo que más caracteriza al pensamiento abismal es, pues, la
imposibilidad de la copresencia de los dos lados de la línea.
Este lado de la línea prevalece en la medida en que angos-
ta el campo de la realidad relevante. Más allá de esto, sólo
está la no existencia, la invisibilidad, la ausencia no dialécti-
ca”. (De Souza 2010, p:12).
De este lado del abismo, el modo de control social es
a partir de lo que De Souza (2010) denominó la regulación-
emancipación, es decir, se definen y establecen las reglas y
sanciones que dan orden al grupo y su relación con el en-
torno; si dicha regulación no es aceptada, surgen procesos
- 179

de emancipación de los que la población se libera a través


de las resistencias o de negociaciones. Por otra parte, del
otro lado del abismo, el modo de control es a partir de la
apropiación-violencia (De Souza, 2010), es decir, son suje-
tos a la colonización de los espacios, de los bienes y de
las relaciones a través de procesos represivos; son los/
las otros/as desconocidos/as indescifrables que requieren
ser sometidos para entrar a este lado del abismo y fun-
cionar con los procesos de regulación-emancipación. Este
complejo de apropiación-violencia, regulación-emancipa-
ción, es la forma en que opera el pensamiento abismal.
De Souza (2010) propone entonces establecer un pen-
samiento posabismal, que genere nuevas formas de relación,
en las que el abismo no es un imaginario posible; para lo-
grar este tipo de pensamiento se busca cambiar el modo
de mirar, es decir, si evaluamos un fenómeno como el de la
venta de la tierra desde una posición abismal, lo que ana-
lizaremos son las tensiones entre acumulación y despose-
sión de las que habla Harvey (2005). Haremos un recuento
de las relaciones desiguales entre la empresa y el ejido, y
las injusticias presentes en la relación comercial entre estos
dos actores; este análisis, realizado junto con la población en
cuestión, nos llevará al pensamiento crítico que busca am-
pliar la conciencia de las situaciones de injusticia y denunciar-
las, pero continúa en el plano de la regulación-emancipación,
apropiación-violencia, e incluso lo reproduce.
Sin embargo, si dejamos de lado ese análisis y bus-
camos realizarlo desde el pensamiento posabismal, surgirán
otros resultados, tales como la reconfiguración social, los
valores que han conservado, aquello que les resultó bené-
fico de los cambios, los aprendizajes, etc. Para De Souza
(2010) “El pensamiento posabismal [...] no es un pensamiento
derivado; implica una ruptura radical con los modos occi-
dentales modernos de pensar y actuar. En nuestro tiempo,
180 -

pensar en términos no-derivados significa pensar desde la


perspectiva del otro lado de la línea, precisamente porque
el otro lado de la línea ha sido el reino de lo impensable en
la modernidad occidental” (p:33). No es que un tipo de aná-
lisis sea mejor que otro, sin embargo para el trabajo con co-
munidades agrarias nos ha interesado conocer cuáles son
los recursos que las comunidades ponen al servicio de los
cambios en sus entornos, es decir, de las reformas estruc-
turales, la llegada de empresas a la región, las migraciones
forzadas, etc. Y para ello es menester “silenciar la voz” del
pensamiento crítico que ha caracterizado el análisis de los
procesos sociales desde la Revolución Industrial en Europa.
Estas disertaciones dan pie a la idea de la Ecología de
saberes, pues eliminando la línea que separa los abismos, lo
que encontramos es un crisol de saberes, cuyo derecho a
existir, a ser circulados, practicados y transmitidos, se vive
de manera igualitaria, incluyendo aquellos que forman par-
te de lo colonial, es decir, que esto es sólo un tipo de pen-
samiento más junto con tantos otros que se encuentran
en el mundo. En la voz del autor: “la ecología de saberes, así
como el pensamiento posabismal se presupone sobre la idea
de una diversidad epistemológica del mundo, el reconoci-
miento de la existencia de una pluralidad de conocimientos
más allá del conocimiento científico. Esto implica renunciar
a cualquier epistemología general” (De Souza, 2010, p:33).
Otros autores, como Maldonado-Torres (2007), nom-
bran a esto diversidad epistémica, que “lleva a concebir los
conceptos de la descolonización como invitaciones al diá-
logo y no como imposiciones de una clase iluminada. Tales
conceptos son expresiones de la disponibilidad de los su-
jetos que los producen o los usan para entrar en diálogo
y producir cambios. La de-colonización, de esta forma, as-
pira a romper con la lógica monológica de la modernidad”
(p:162). Esta definición incluye la tarea de generar cambios
- 181

en un contexto en el que los distintos modos de conocer el


mundo, están siendo incluidos, es decir, no sólo es un que-
hacer relacionado con el reconocimiento de las diversida-
des, sino también con el cambio que presupone un análisis
de los aspectos de injusticia o colonialidad.
Con todo ello asumimos que las comunidades en las
que trabajamos e intervenimos se encuentran realizando
sofisticados equilibrios entre lo que desean transformar y
lo que necesitan conservar, es decir, aquellos aspectos de
la modernidad en los que buscan estar incluidos y aquellos
otros asociados a la memoria que los mantienen unidos y
transmitiendo valores a las nuevas generaciones. Entende-
mos así que entran en un diálogo entre lo tradicional y lo
moderno, entre lo rural y lo urbano, entre la industria y el
campo. Es un diálogo con el que resisten para posicionar
formas propias de conocer el mundo. Asumimos, pues, que
incluyen cotidianamente todos estos saberes y por consi-
guiente buscamos comprender su dinamismo desde la eco-
logía que plantea De Souza (2010).

Investigación acción participativa


Antes de pasar a los pasos para realizar el trabajo de cam-
po, hacemos referencia a Fals Borda, quien nos acerca una
metodología participativa, cuyo origen está en Paulo Freire
y que corresponde a un antecesor del pensamiento del sur.
Fals Borda (2008) aporta ideas y formas de trabajo enfoca-
das en la defensa de las identidades de los pueblos y comu-
nidades, a partir de la generación de un paradigma alterno
que encuentra soporte en el contexto regional y menciona
algunas fuentes de trabajo como lo oral, lo local, lo actual y
lo espontáneo de los pueblos originarios.
Como hemos mencionado, el autor invita a realizar un
trabajo no neutral, a través del cual surjan conocimientos,
memorias, luchas y denuncias, que posicione a los actores
182 -

sociales en un lugar de ventaja con respecto a investigacio-


nes y contactos académicos del pasado. Estaremos reali-
zando investigación acción participativa, como base teórica,
ideológica y de acción.
Nos ha interesado esta propuesta en principio por
el concepto de la no neutralidad, que genera una reflexión
ética acercarnos a las diversas realidades de los grupos,
pueblos y comunidades, tomando una postura hacia los
ejercicios de poder y de injusticia que se pueden visibilizar,
pero sobre todo al efecto que esto tiene en la agencia que
la comunidad toma sobre sus procesos cuando pone en
perspectiva las luchas, las ganancias y los aspectos de su
identidad que le permitieron tomar acciones concretas. La
investigación misma se convierte en un acto de reivindica-
ción con el fin de preservar la autonomía y la gobernanza
de los grupos ejidales y comunales.

Historia ambiental
Un elemento indispensable por incluir en el diálogo de sabe-
res es el de la naturaleza circundante, es decir, cómo es que
el entorno natural sobre el que se encuentra la comunidad
agraria, influye y ha influido en la vida, las costumbres, las
relaciones y los aspectos simbólicos. Para ello nos hace-
mos acompañar de una propuesta teórico– metodológica
denominada historia ambiental: “la historia ambiental se
constituye a partir de un diálogo entre las ciencias huma-
nas y las naturales [...] las consecuencias de las intervencio-
nes humanas en la naturaleza a lo largo de los últimos 100
mil años, al menos, forman parte indisoluble de la historia
natural de nuestro Planeta” (Castro, 2004, p:100). Visto de
este modo, contar la historia del paso de la humanidad sin
tomar en cuenta sus efectos en la naturaleza circundante,
impide hacer una lectura crítica de la huella que dejamos
en el mundo a partir de nuestra relación con el entorno,
- 183

puesto que ésta tiene diversos fines: satisfacer necesida-


des inmediatas, producir bienes primarios o transformar y
extraer con intereses económicos; esto la va modificando
como se puede observar en el tiempo.
Castro añade que las ideas de naturaleza y la relación
que establecemos con ella tienen un carácter histórico, se
construyeron a través del tiempo en contextos sociales de-
terminados: “con intereses valores y conductas referidos a
otros planos de nuestra existencia, y desempeñan un impor-
tante papel en nuestras relaciones con el mundo natural”
(p:100). El autor va abriendo la pauta para regresar a la idea
en la que cultura y naturaleza son dos entidades que desde
el Occidente han sido pensadas y estudiadas de manera se-
parada, sin embargo, desde la historia ambiental, podemos
imaginar que una es causa y consecuencia de la otra.
Esta relación entre la historia y los bienes naturales
es discutida por Toledo y Barrera-Bassols (2008), quienes
pertenecen también a disciplinas como la biología y la geo-
grafía; por un lado utilizan el término de bienes naturales o
de bienes y servicios naturales, en lugar de hablar de recur-
sos naturales; es importante hacer esta acotación, pues los
primeros hacen referencia a los aspectos de la naturaleza
que la especie humana utiliza para satisfacer necesidades
primarias, y el segundo término refiere a los bienes que se
transforman en recursos y por tanto están sujetos a su uso
y explotación, desvinculándonos de su condición de natu-
raleza. En el presente trabajo utilizaremos el término de
bienes naturales.
Hecha esta aclaración, continuamos con el aporte de
los autores a la idea de la historia de la humanidad en re-
lación con la naturaleza y sus transformaciones. Toledo y
Barrera-Bassols (2008) determinan que una razón primor-
dial en la diversificación que ha sufrido la naturaleza ocu-
rrió con las primeras sociedades agrícolas que “crean zonas
184 -

humanizadas o paisajes, es decir, áreas para la producción


de bienes y servicios, proceso que implicó la domesticación
del espacio” (p:22). De acuerdo con esto, la trayectoria de la
especie humana en la tierra ha implicado la generación per-
manente de paisajes, que no de naturalezas.
Gallini (2005) y Castro (2004) determinan tres direc-
ciones que podría tomar la historia ambiental de un lugar;
la primera corresponde a las interacciones en la socieda-
des con ecosistemas particulares (Gallini, 2005), es a lo que
Castro (2002) nombra la descripción de la historia, que está
“constituida por el medio biogeofísico natural en que tiene
lugar la actividad humana” (p:100), por lo que estaremos
buscando la relación que ha establecido la comunidad con
ese entorno natural que sólo existe en su horizonte, gene-
rando una influencia mutua a lo largo del tiempo.
Para esta primera dimensión estaríamos haciendo
preguntas tales como: ¿Además de las parcelas hay bos-
ques, ríos, lagunas o algún otro tipo de ecosistema que
forma parte de los bienes naturales de la comunidad?, ¿rea-
lizan algún tipo de aprovechamiento de estos bienes?, ¿qué
fines tiene ese aprovechamiento (uso personal, familiar, co-
lectivo o comercial)?
La segunda dirección que plantea Gallini, (2002) apun-
ta a “investigar las variantes nociones culturales de la rela-
ción hombre-naturaleza” (p:2) y cómo estas ideas generan
iconografía, cartografía, filosofía, manifestaciones cultu-
rales como festividades, cuentos y literatura, etc. Castro
(2004) comenta esta idea tomando en cuenta “las expre-
siones de la experiencia histórica acumulada en la cultura,
valores, normas y conductas que caracterizan las formas
de relación con el mundo natural dominantes en cada so-
ciedad, orientándolas hacia la reproducción o la transfor-
mación de las mismas” (p:100). Es probable que el nombre
del lugar haga referencia a la naturaleza circundante y que
- 185

existan historias, mitos y creencias diversas asociadas a los


cerros, a la milpa, a los cuerpos de agua. Es decir, la histo-
ria basada en el entorno natural que circunda a la comu-
nidad, genera estéticas, literatura y cosmogonías a lo largo
del tiempo.
Las preguntas que podrían guiarnos en esta segun-
da dirección, serían: ¿Si definiéramos algunas etapas en la
historia de la comunidad, cuáles serían?, ¿cómo se ha mo-
dificado la naturaleza en cada una de ellas?, ¿han cambiado
los nombres de los lugares de referencia a partir del cambio
en la naturaleza?, ¿qué historias hay en cada uno de los pa-
rajes?, ¿realizan algunas ceremonias en el cerro, en el río, en
el manantial?, ¿cuáles son estas ceremonias, qué fin tienen?,
¿qué papel juegan los animales como las lechuzas, las sala-
mandras, los coyotes, etc.?, ¿hay historias o mitos asociados
a ellos?, ¿si pintáramos un mapa de construcción colectiva,
qué elementos tendría?
Finalmente, la tercera dirección “abarca la política
ambiental, entendida como ciencia de lo político referido al
medio ambiente - y por lo tanto incluyendo los movimien-
tos ambientalistas y decisiones institucionales y legislativas
relativas al manejo y la protección del medio ambiente” (Ga-
llini, 2005, p:3) y para ello el autor refiere la larga data de
parques y reservas naturales que derivan de políticas de
Estado que a veces son decretadas con la intención de la
conservación a priori y otras tantas como una medida políti-
ca con el fin de presionar la decisión de los grupos y comu-
nidades para vender o expropiar un predio.
Nos guiarían preguntas como: ¿Tienen alguna zona
decretada como reserva ecológica?, ¿han recibido decretos
de expropiación en algunas partes del territorio?, ¿qué hace
la comunidad ante estos decretos?, ¿saben si el terreno está
concesionado para algún megaproyecto?, ¿en qué contextos
toman acciones de defensa del territorio, como cierres de
186 -

carreteras o de obras públicas o plantones fuera de empre-


sas o dependencias de gobierno?
La historia ambiental nos permite entender a la comu-
nidad como un proceso con etapas y actores, inserta en un
territorio con naturaleza que determina relaciones, accio-
nes y prácticas; que al mismo tiempo es influida y modifica-
da con en el tiempo. Esta visión refrenda la importancia de
la tierra en el contexto macroeconómico en el que se ven in-
mersas las comunidades con una presión muy grande para
la explotación de sus bienes naturales.

CA MIN A R L A COMUNIDA D. A L GUNO S PA-


S O S P OR SEGUIR

Como hemos mencionado en párrafos previos, la línea de


pensamiento que hemos encontrado coincidente con la
meta de realizar trabajo de campo que nos permita mirar
las expresiones de una cultura determinada, el entrama-
do de actores que convergen en el territorio y visibilizarlos
desde su diversidad y no desde su antagonismo, es el de
las Epistemologías del sur y, con mayor especificidad, la eco-
logía de saberes desarrollada por De Souza (2006). Este tipo
de pensamiento amplía y expone formas nuevas de mirar
el movimiento de los grupos, las relaciones, las dinámicas
que se dan al exterior y las tensiones presentes, y ha sido
tarea nuestra desarrollar a partir de ello una propuesta me-
todológica que guíe, muestre la forma de preguntar y de dar
cuenta de los procesos que viven las comunidades, para lo
cual, a partir de la terminología del autor, hemos desarro-
llado herramientas e instrumentos pertinentes en trabajo
etnográfico, tanto de entrevista, como de talleres y de ob-
servación. A continuación expresamos los conceptos que
han influido en la metodología y las estrategias para concre-
tarlos en formas de trabajo.
- 187

Visibilizando prejuicios y dicotomías. El pensamiento


posabismal
Para lograr un pensamiento posabismal es necesario tener
visible el pensamiento abismal que ha sido un común deno-
minador en la forma en que nos hemos relacionado con los
actores sociales que forman parte de las comunidades agra-
rias. Así, una primera acción consiste en definir quiénes son
aquellos que convergen en un territorio determinado y lue-
go, con una mirada crítica, revisar los prejuicios e ideas pre-
vias que tenemos construidas acerca de cada uno de ellos.
Una manera de detectarlas es reconociendo las dicotomías,
por ejemplo, ricos-pobres, campesinos-urbanos, empre-
sarios-productores, víctimas–victimarios, acumuladores–
despojados, etc. Pues detrás de cada binomio se esconden
ideas rígidas que determinan la relación que establecemos.
Algunos ejemplos se presentan a continuación: los em-
presarios suelen ser vistos como como abusivos, los/las ejida-
tarios/as como aguerridos/as y los/las avecindados/as como
invasores, los gobernantes como ladrones, etc. Si bien estos
prejuicios están tomados de experiencias, son descripciones
poco complejas que nos impiden conocer los otros aspectos
de cada uno de ellos y matizan el tipo de relación que esta-
blecemos, y a esto es a lo que De Souza (2010) llama el pen-
samiento abismal. Al volver inoperante este modo colonial de
entender las relaciones diversas, se hace viable observar accio-
nes y subjetividades que habrían sido imposibles desde la otra
mirada y que permiten el surgimiento de otras preguntas que
no buscan comprobar el despojo, sino conocer con detalle las
motivaciones de cada uno para relacionarse, para intervenir en
el territorio y para moverse hacia los futuros posibles.

Renunciando a nuestros privilegios. Descolonizar el saber,


reinventar el poder
De Souza (2010) lo plantea como descolonizar el saber, rein-
188 -

ventar el poder. Un ejercicio práctico que nos demanda ha-


cer trabajo de campo desde estos entendidos teóricos, es
el reconocimiento del poder que podríamos tener en la co-
munidad y en la intervención misma, un poder que tiene un
origen colonial, es decir, el poder que nos confiere ser acto-
res urbanos, universitarios, de un género determinado; es-
tos poderes son privilegios otorgados a priori y que definen
las formas de relación, es a lo que Foucault (1996) llama “un
ejercicio de usurpación del poder” (p:8). Esta postura tiene
que manifestarse en acciones concretas, por lo que antes
de cualquier movimiento, presencia nuestra o conversa-
ción con integrantes de la comunidad, pedimos permiso en
la asamblea para iniciar el trabajo, hacemos entregas par-
ciales de los avances y vamos informando de manera per-
manente lo que ocurre en la investigación, haciéndonos
susceptibles a que el permiso no sea otorgado o que nos
soliciten interrumpir nuestras tareas.
Otra acción es consultar acerca de las formas de re-
gresar la investigación, que vayan en la línea de lo que es
importante para ellos y ellas y que tenga un valor útil. Esta
forma de reinventar el poder demanda en nosotros/as ha-
cer un ejercicio de consulta permanente que nos abre puer-
tas inimaginables y genera un ambiente de respeto mutuo a
los saberes diferenciados.

Convirtiendo las certezas en preguntas. La docta ignorancia


El siguiente concepto teórico sigue la línea del expuesto
previamente, pues requiere de una renuncia de aquellas co-
sas de las cuales tenemos conocimiento para hacer visibles
las que efectivamente no teníamos idea que existían. De
Souza (2010) acuña este término de Nicolás de Cusa y pro-
pone que la diversidad epistémica del mundo es infinita y
nuestra tarea es reconocer que es imposible conocerla toda
y, por consiguiente, sabemos algunas cosas pero ignoramos
- 189

la mayoría de ellas; esto a su vez es un ejercicio de renuncia


al poder del conocimiento y al posicionamiento de nuestros
saberes como únicos o superiores. De la idea de la docta
ignorancia surge el concepto de la ecología de saberes y nos
acerca a una posición de genuina curiosidad acerca de las
formas en que los otros están viviendo un hecho determi-
nado en sus territorios.
Será necesario hacer un ejercicio acerca de aquello
que suponemos que conocemos del campo y el campesi-
nado, los ejidos y sus luchas, la pobreza rural, las fiestas y
las costumbres, porque si bien podríamos encontrar prác-
ticas similares entre una comunidad y otra, al imaginar que
ya sabemos, dejamos de hacer preguntas y de conocer las
formas propias de hacer la vida de cada lugar en que tra-
bajamos. Para transformar lo que sabemos en una docta
ignorancia es necesario convertir en preguntas nuestras
certezas, así volvemos impreciso un conocimiento que su-
poníamos preciso y abrimos las puertas de la curiosidad
para guiar las entrevistas, los talleres y nuestras interaccio-
nes en el lugar.

La emergencia de los discursos


Alejarnos de los planteamientos abismales que definen las
realidades en dicotomías de riqueza-pobreza, conserva-
ción-devastación, permite que emerjan posibilidades de
cambiar los reflectores hacia otros hechos que cuenten
nuevas historias de los mismos eventos, las alternativas, las
que se desarrollan en lo cotidiano, las que le dan contenido
al nacimiento de nuevas identidades. Nos interesa alejarnos
del planteamiento que sólo muestra la pobreza, la segrega-
ción y la desposesión para dar letra y texto a una historia
de comunidades que hibridan, como formas de resistencia
algunas veces, otras más con el claro interés de pertenecer
al mundo del desarrollo con sus beneficios y ofertas, y que
190 -

finalmente se presentan como constructoras de su pro-


pio futuro; para lo cual utilizan los recursos que han desa-
rrollado a lo largo de las generaciones; otros más que han
aprendido y aprehendido con las relaciones múltiples que le
ofrece el vínculo con otros actores y las identidades nuevas
que se suman a aquellas que les dan raíz y lugar.
Vislumbramos dos posturas posibles en nuestro tra-
bajo con las comunidades y los grupos campesinos, ambas
tienen el fin de generar movimiento en la comunidad, es de-
cir, nuestra intención es la no neutralidad de la que habla
Fals Borda, así que tomamos la responsabilidad que implica
iniciar un trabajo de campo sabiendo que nuestra presen-
cia siempre será un factor que mueve, visibiliza y modifica
aspectos del grupo, tengamos o no la intención de que así
sea. Con esta premisa se requiere de herramientas que nos
permitan definir el tipo de incidencia que tendremos en la
comunidad y de este modo restarle azar a los resultados o
a los efectos de nuestro paso.
La primera postura va en la línea del pensamiento
crítico y consiste en generar reflexión acerca de las pro-
blemáticas en las que se encuentra la comunidad y de ahí
movilizarnos hacia las posibles soluciones, cualquiera que
éstas sean; los efectos de esta postura son diversos.Como
la intención es el análisis de aquello que no funciona, nues-
tras conversaciones, talleres y demás interacciones tendrán
este contenido: los problemas, sus actores, los contextos
que los generan. Posteriormente se conversa acerca de las
posibles soluciones y los caminos para llegar a ellas. ¿Cómo
se quedan los/las participantes después de un taller en el
que se conversa sobre los conflictos y sus caminos de solu-
ción? En términos del diálogo de saberes, este trabajo está
basado en el pensamiento abismal y en la sociología de las au-
sencias, es decir, aquello que no hay o que no funciona y los
actores que desde el exterior abusan o afectan a la comuni-
- 191

dad; en principio este modelo de trabajo genera criticidad,


pero no agencia hacia los cambios.
La segunda postura que es la que proponemos para
el trabajo en campo, responde a la sociología de las emergen-
cias (De Souza, 2010), que busca conocer aquello que surge
o que emerge cuando hay situaciones de crisis, conflicto o
cambio. En este caso estamos poniendo el énfasis en lo que
la comunidad ha desarrollado para responder a situaciones
difíciles, los recursos internos que han utilizado, los actores
que los han acompañado, los contextos que han favorecido,
y es a partir de hacer visible esto que se aborda el proble-
ma y sus posibles soluciones. Es así que nuestras conversa-
ciones, talleres e interacciones estarán sustentados en todo
aquello que les ha permitido preservar sus valores. ¿Cómo
se quedan los/las participantes después de un taller en el
que se conversa sobre los recursos, las fortalezas y las es-
trategias utilizadas para responder a las adversidades? Con
este abordaje estamos apelando a realizar un trabajo ba-
sado en la esperanza, pues sólo se atienden los conflictos
después de haber reconocido los recursos, es decir, es un
pensamiento posabismal que permite a sus actores tomar
agencia y control sobre las acciones que los lleven a resolver
aquello que les aqueja.
La primera postura hace un esquema del problema, la
segunda realiza un trabajo en donde la identidad queda for-
talecida y a partir de ahí se trabaja con los problemas; es la
diferencia entre resolverlo desde el conflicto mismo, o bien
resolver desde la reivindicación de una identidad fortaleci-
da. Esta forma de laborar se ha convertido en una postura
ética hacia el trabajo en campo.

La descripción densa y el conocimiento local


Proponemos un concepto más en el trabajo de campo, el de
densidad, de Geertz (2003), aun cuando no pertenece a la
192 -

línea teórica que guía el trabajo presente, relatamos cómo


es que esta idea influyó en la metodología, la elaboración
de instrumentos tanto de entrevista como de talleres, y en
los registros etnográficos.
De este autor hemos incluido la forma de hacer etno-
grafía, pues la considera naturalmente densa en sus conteni-
dos, en el sentido de dar cuenta detallada y multidimensional
de los hechos que estamos acompañando, de tal forma que
dejen de ser hechos aislados y concretos y nos permitan des-
cribir las motivaciones de quienes los llevaron a cabo, sus
significados y las subjetividades de sus actores, es decir, que
cuando realicemos una entrevista o tengamos una conversa-
ción en la calle podamos “distinguir los guiños de los tics y los
guiños verdaderos de los guiños fingidos” (p:29).
En las descripciones densas quedan incluidas las po-
sibilidades de preguntar si lo que estamos entendiendo, de
ese modo o de otros: “debemos medir la validez de nuestras
explicaciones, no atendiendo a un cuerpo de datos no inter-
pretados y a descripciones radicalmente tenues y superfi-
ciales, sino atendiendo al poder de la imaginación científica
para ponernos en contacto con la vida de gentes extrañas”
(p:29). Valiéndome del salto teórico, esto corresponde a la
idea de la docta ignorancia, por lo que preguntamos acerca
de aquello que no sabemos si ha quedado explicado en su
complejidad.
Finalmente y como complemento de la descripción
densa, nos acercamos al concepto del conocimiento local,
que busca realizar la “tarea artesanal de observar principios
generales en hechos locales... así buscamos caracterizacio-
nes vernáculas de lo que sucede conectadas a imaginarios
vernáculos de lo que puede suceder” (Geertz, 1994, p:242),
recordando que esta forma de preguntar y conocer cómo es
que un hecho se vive de manera local, corresponde más a
una metáfora que a una verdad absoluta y por ello merece
- 193

ser comprendida en sus dimensiones materiales, descripti-


vas, de significado, etc.
Y si pudiéramos proponer algunos pasos que recomen-
damos seguir cuando iniciamos el trabajo en una comunidad
agraria, hemos pensado que podrían ser los siguientes:

1. Pedir permiso con las figuras de representación


Hay diferentes razones que nos llevan a realizar traba-
jo de campo y las mencionamos en la introducción, como
estudiantes, como investigadores/as, como consultores/
as, como activistas o como funcionarios/as. Cualquiera
que sea la causa o la organización que nos representa, la
primera acción que realizamos es pedir permiso, pues nos
posiciona en un lugar de horizontalidad del poder; pensan-
do en la renuncia de privilegios de la que hablamos en el
apartado previo, considerando que venir de la ciudad, o
de alguna institución, ser universitarios/as, etc. nos otor-
ga una voz de autoridad que podría colonizar las ideas y
reflexiones que la comunidad misma está en condiciones
de generar. El punto de contacto son los/las integrantes del
comisariado ejidal o de bienes comunales y si lo consideran
importante pondrán a consideración de la asamblea si po-
demos realizar el trabajo o no.
Con esta acción, además de equilibrar los pormeno-
res del poder desde la descolonización del saber, estamos
favoreciendo el ejercicio del Derecho a la consulta42 de los

42 
Fundamento legal de la Consulta:
- El consentimiento previo e informado como base de la consulta (Declara-
ción Universal de los derechos de los Pueblos Indígenas 2006. Aprobada
por la Comisión de Derechos Humanos y pendiente de aprobarse por el
Consejo General de la ONU).
- Artículos 6 y 7 del Convenio 169 (1989) de la Organización Internacional
del Trabajo sobre Pueblos indígenas y tribales en países independientes.
- Fracción IX del apartado B del artículo 2º de la Constitución Federal.
- Artículo 26 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
194 -

pueblos, que se encuentra en el convenio 169 de la OIT,


de tal manera que si la asamblea decide que no entremos
a realizar el trabajo en la comunidad, es nuestra tarea res-
petar la determinación. Por otro lado, es una medida que
demanda un ejercicio de transparencia de nuestra parte
con el grupo, es decir, tener que aclarar de dónde veni-
mos, quién pone el recurso para que estemos ahí, a qué
dependencia de gobierno, privada o de la sociedad civil
le reportamos, a qué intereses atiende nuestra presencia,
qué ganan ellos y ellas con el trabajo que realizaremos,
etc. Al hacer este ejercicio, nos comprometemos con la
asamblea y eso genera reciprocidad y el inicio de un vín-
culo para un trabajo de larga data.

2. Caminar la comunidad
Caminar por la comunidad, reconocer los lugares comu-
nes, las calles en las que viven los/las ejidatarios/as, co-
muneros/as, gente del pueblo, pasar por las instancias
que representan o de las que fueron fundadores/as, los
parajes cuyo nombre hace referencia al paisaje, entender
las transformaciones con un valor de uso para las comu-
nidades que se insertan en nuevas dinámicas y modifi-
can sus paisajes, observar los lugares de reunión de los
hombres, los de las mujeres, los espacios de recreación,
las zonas de riesgo, los baldíos y lugares conflictivos; re-
correr los espacios de naturaleza, etc. Este reconocimien-
to, que sólo se logra a pie, es de gran valor para generar
imaginarios interpretativos al momento de escuchar las
historias de quienes viven y transforman los lugares.
Esperaríamos hacer un trabajo con muchas horas de
conversación y de caminatas, algunas de ellas las haremos
por nuestra cuenta y muchas otras con las y los integran-
tes de la comunidad; hay contenidos e historias que sólo
surgen en los lugares en que ocurrieron, las referencias
- 195

locales, los parajes, los sitios sagrados, el nombre de las


plantas y sus usos, el nombre de los cerros y de los manan-
tiales. Es decir, caminar es una parte fundamental del tra-
bajo etnográfico en el campo que abre dimensiones que
son imposibles de conocer en el comedor de una casa.

3. Identificar a los líderes morales


Los/las líderes fácticos ya han sido consultados para dar
inicio al proyecto, para informar los avances y para hacer
los cambios necesarios en la planeación de nuestra pre-
sencia en la comunidad. Sin embargo, hay otros líderes
que quizá no se encuentran en la mesa de representa-
ción pero que conocen aspectos puntuales del devenir de
la comunidad; son aquellos y aquellas que por diferentes
razones tienen influencia en los procesos y en la gente y
que completan información histórica o de valor simbóli-
co. Por ejemplo, los ancianos que en muchos lugares son
los consejeros del grupo con una gran credibilidad moral
o alguna persona mayor que conoce historias de los orí-
genes y otras narraciones relacionadas con seres de otros
mundos; el curandero/a, algún/a maestro/a de la escuela,
el grupo de mujeres que se junta para alguna tarea colec-
tiva, o bien que se reúnen convocadas por los recursos de
algún programa gubernamental, el/la dueño/a de la tiendi-
ta que entiende los movimientos del lugar y de su gente.
Los opositores, es decir, quienes llevan a las asambleas
los temas más críticos, cuya voz se escucha siempre por
su forma particular de plantear los desacuerdos; algunos
jóvenes que están involucrados en procesos y que son
puentes entre las generaciones, etc.
En múltiples ocasiones existe dentro de la comuni-
dad una diversidad organizativa que se mantiene oculta
a nuestros ojos por no ser las autoridades ejidales o co-
munales: podríamos encontrar grupos de ahorro, equipos
196 -

deportivos, bandas de música, cooperativas de produc-


ción artesanal, redes de comercialización, comités de or-
ganización para las fiestas, etc. Todas estas son formas
de diversificar el poder y el quehacer al interior de los nú-
cleos agrarios y nos acercan al dinamismo de las comu-
nidades que cubren diferentes frentes para resolver sus
necesidades.
Todas son personas con las que nos interesa conver-
sar y sin lugar a dudas aportarán densidad a la información
y nos mostrarán nuevas dimensiones de los temas que son
relevantes, enriquecerán las versiones oficiales y genera-
rán un diálogo entre los diferentes saberes internos.

4. Establecer mecanismos permanentes de comunicación


Es imposible no comunicar (Waslawick, 1995), el silencio
comunica, la conducta comunica y la ausencia de infor-
mación se sustituye con información falsa o imprecisa.
Con esto, este autor nos refrenda la importancia que
tiene establecer mecanismos planeados y anticipados
para informar nuestros avances, los dilemas por los que
hemos atravesado o las problemáticas que se nos pre-
sentan en el trabajo de campo. Comunicar es un asunto
crítico en los procesos comunitarios, y así como hemos
pedido permiso para entrar a la comunidad, debemos
tomarnos tiempo para informar cada etapa que avan-
zamos. Si no informamos, corremos el riesgo de que se
levanten sospechas acerca de nuestra presencia, del ori-
gen de nuestro trabajo, de la instancia de la cual venimos
y además, los objetivos pueden no ser cumplidos. De tal
manera que debemos definir junto con las autoridades
ejidales o comunales cómo informamos, cuándo y a quié-
nes, qué tipo de informes van dirigidos a la asamblea,
cuáles a las autoridades o a alguna instancia externa. Al-
gunos informes pueden ser escritos, otros en el pleno, o
- 197

por medio de conversaciones, boletines, volantes, carte-


les, fiestas o eventos.
Dar información nos obliga a llevar procesos más
transparentes y establecer formas de relación basadas en
la apertura, nos permite consultar cuantas veces sea ne-
cesario la pertinencia o los riesgos de una acción o de la
implementación de medidas, y los recursos internos con
los que contamos, y promueve el involucramiento de los
y las integrantes de la comunidad en el trabajo realizado.

5. Consultar documentos clave antes y durante la in-


tervención
La historia de los ejidos y comunidades se cuenta a la par
de la historia agraria de México. Será indispensable poner
en un contexto histórico, político y regional los aconteci-
mientos vividos en lo local. Algunos autores por consultar
serán Arturo Warman y Armando Bartra.Para conocer las
transformaciones que ha vivido el agro en México y su re-
lación con el mundo global, podemos consultar a José Luis
Plata, Enrique Semo y Manuel Gollás.
Desde la antropología, teorías como la del etnode-
sarrollo y el control cultural, de Guillermo Bonfil Batalla,
serán una consulta indispensable para pensar a las comu-
nidades desde los recursos y los mecanismos que han de-
sarrollado para subsistir, a pesar de la colonización y las
políticas liberales.
Documentos acerca de los derechos y recursos le-
gales con que cuentan las comunidades campesinas e
indígenas para la defensa de sus territorios serán: El con-
sentimiento previo e informado como base de la consulta
(Declaración Universal de los derechos de los Pueblos In-
dígenas 2006). Los artículos 6 y 7 del Convenio 169 (1989)
de la Organización Internacional del Trabajo sobre Pue-
blos indígenas y tribales en países independientes; la frac-
198 -

ción IX del apartado B del Artículo 2º y el Artículo 26 de la


Constitución Federal.
También se pueden consultar las páginas web para
conocer datos censales de los ejidos y comunidades, la
extensión de sus territorios y los procedimientos a los que
han sido sujetas; para ello consultar:
•Padrón e Historial de Núcleos Agrarios (PHINA) del Regis-
tro Agrario Nacional (RAN). http://phina.ran.gob.mx/phina2/
•Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
http://www.inegi.org.mx/default.aspx
•Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indí-
genas (CDI). http://www.gob.mx/cdi

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- NO TA S
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-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
EN TIANGUIS Y
MERCADOS
Paulina Macía s Núñe z

IN T RODUCCIÓN

En 2012, con un trabajo recién estrenado en la Galería Li-


bertad, hice unas encuestas al público que visitaba este lu-
gar para entender quiénes eran y qué esperaban. Ahí, supe
que el 60% de quienes visitan la galería venía o de la delega-
ción Centro Histórico, en donde se ubica el establecimiento
o de delegaciones vecinas. Ésta era una mala noticia para
una institución estatal, pues el trabajo que en ella se reali-
zaba, no llegaba ni siquiera al municipio completo en donde
se ubica.
Esos resultados hablaban de la galería, pero eran
también el síntoma de algo más allá de ella. A estas alturas
del siglo XXI, Querétaro ha pasado por varias etapas de de-
sarrollo urbano. Particularmente en el siglo XX, entre 1910 y
1940, la población de Querétaro se mantuvo alrededor de
30,000 personas (Eduardo Miranda Correa, citado por Ar-
vizu, 2005:196), debido a la inestabilidad posrevoluciona-
ria, las persecuciones religiosas y el conservadurismo que
caracterizó a la ciudad. Contrastando lo anterior, el último
censo, realizado en 2010, concluye que sólo en el municipio
de Querétaro, sin considerar las poblaciones conurbadas,
habitan 1,827,937 personas y marcan una tasa de creci-
miento del 2.6%, por encima del 1.4% de la media nacional y
206 -

un índice de crecimiento de inmigración del 5.9%. De la mis-


ma forma, el terreno ocupado por la ciudad de Querétaro
en 1970 se extendía por un total de 1,042 hectáreas, mien-
tras que en 2004 (último año del que se tiene información)
era de 16,222 hectáreas.
En 60 años la población de esta ciudad se ha multipli-
cado por veinte y la organización original, por barrios aco-
modados en términos de nivel económico y posición social
e incluso de especialización por actividades productivas, se
ha transformado, reproducido, mutado y sofisticado de for-
mas que han alterado la movilidad, la procuración de servi-
cios, las actividades cotidianas y la convivencia social.
Como otras ciudades de América Latina, este proceso
de urbanización ha resultado también en segregación resi-
dencial; un fenómeno que, de acuerdo con Francisco Saba-
tini, es parte de la realidad social y cuya manifestación en
América Latina puede ser relacionada con cuestiones so-
cioeconómicas, concentra los grupos superiores de la es-
cala social, las mejores construcciones y la mayoría de los
servicios en el centro de la ciudad.
En este contexto y gracias a un par de experiencias fa-
llidas para llevar los servicios culturales de Galería Libertad
a otras delegaciones, conocí el tianguis del Tintero, sólo de
lejos. Lo vi desde el auto, en una calle atestada de personas
y de cosas; un espacio que, solo con mirarlo, deja ver que lo
que pasa en él va más allá de la compra y venta, y que invita
a ser pensado como un sitio donde se intercambia cultura
y se encuentran elementos que conforman la identidad y el
territorio de quienes lo practican.
Pero ésta era sólo una noción, una hipótesis, un atisbo
de observación o intuición sin fundamentos. Así, se planteó un
proyecto de intervención museográfica que consistió en llevar
a cabo una exposición de arte en el tianguis, instalada como
si fuera un puesto más de los que se establecen cada viernes
- 207

en el lugar, pero con la intención de guardar la estética y ele-


mentos de una exposición realizada dentro de una galería de
arte. Este proyecto y su planeación fueron, además, el punto
de partida de un proceso de investigación antropológica.
Sin embargo, desde el inicio se hizo evidente que no
era obvio cómo comenzar una investigación dentro de un
tianguis. ¿Por dónde se empieza y a dónde se debe dirigir la
investigación?, ¿qué preguntas se le plantan al espacio mis-
mo?, ¿cuáles a las personas que lo transitan?, ¿quiénes pue-
den ser los actores claves dentro de este lugar?, ¿a quién
se le pide permiso para hacer la investigación? Basada en
esta serie de cuestionamientos, comencé a diseñar una in-
vestigación mixta, que consideró una serie de herramientas
tradicionales y algunas formas innovadoras de interacción
con el espacio que me permitieron conocerlo desde sus dis-
tintas dimensiones.

L A S MÚLT IPLE S DIMEN S IONE S DE UN


T I A NGUI S

Ya Malinowski a principios del siglo XX miraba en el kula


mucho más que un intercambio de productos. Sólo hace
falta recorrer un espacio con una mirada inquisitiva para
ver cómo algo que podría parecer de entrada plano y uni-
dimensional, va ganando dimensiones como un libro para
niños que al pasar la página ofrece paisajes que emergen y
se levantan a la vista curiosa del infante para que las histo-
rias se vuelvan tridimensionales y los descubrimientos del
pequeño también.
Filas de puestos de productos variadísimos que van
desde las frutas hasta los lentes de contacto, paralelas a fi-
las de personas, casi siempre acompañadas y con algún ali-
mento en las manos, pacientes, dan pasos lentos dejándose
seducir por el despliegue de productos, de luces, de olores
208 -

y sonidos; este es el escenario que propone un mercado al


visitante y al investigador. En esta escena, se observan mu-
chísimas dimensiones de la interacción humana y del inter-
cambio que, en la medida en que se detallan, van adquiriendo
complejidad y significado. Un puesto en donde niños y niñas
se sientan a ser maquillados como tiernos animales, seguido
de uno en donde, a pesar de la precariedad de la instalación,
hábiles estilistas logran poner uñas y extensiones. Todo esto
nos habla no sólo del producto que se oferta, sino incluso de
la forma en la que los visitantes a este lugar usan su tiempo
y sus compañías. Un lugar de venta de productos en donde
además, se ofrecen servicios, muestra un dato muy revelador,
de la misma forma que lo es un momento en que, en medio
de la lluvia, sucede un corte de electricidad y luego de pocos
minutos y algunos gritos, el servicio se restablece sólo en el
tianguis y no en las casas vecinas.
¿De qué hablan estos detalles?, ¿cómo escenas como
éstas nos permiten comprender la relevancia y funciones
de un sitio así?
Estas preguntas pueden comenzar a aclarase si se
consideran todas las dimensiones que se tienen de un lugar
como éste: el espacio, los actores, las interacciones y el con-
texto. Todos estos aspectos nos guían para tener una clara
idea de lo que pasa verdaderamente en un sitio como éste,
sin embargo, no siempre es evidente en dónde encontrar las
pistas para mirarlos y cómo de cada dato obtenido se logra ir
desentrañando pistas.
Para lograrlo es necesario considerarlos como etapas
de una investigación y establecer formas ordenadas para
mirarlos desde una metodología de investigación pensada y
con objetivos claros. A continuación se considera cada una
de estas dimensiones y se recomiendan formas de abordar-
los para investigar un sitio complejo, como lo es un merca-
do o un tianguis.
- 209

1. ¿Dónde sucede un mercado? El espacio


Igual que un niño mirando un libro que crece ante sus
ojos, para que un espacio como éste vaya ganando capas
de profundidad o dimensiones, lo primero que hay que
hacer es recorrerlo. Pero es importante hacerlo desde la
consciencia de que la dimensión espacial no es la única y
mucho menos la más importante de un lugar como éste.
Como lo intuía en un inicio, un tianguis es un espacio en
donde distintos actores con diferentes intencionalidades
convergen y divergen, son ellos quienes, en palabras de
DeCertau, practican en el lugar para darle distintos usos y
connotaciones que se relacionan no sólo con las activida-
des que ahí se realizan, sino con el intercambio simbólico
y el tiempo.
Es importante entonces concebir un mercado en
toda su complejidad y en este sentido hacerse preguntas
que abarquen todas sus dimensiones o al menos todas las
que saltan en la imaginación: ¿Cuál es el espacio en don-
de se desarrolla?, ¿cuál es su contexto geográfico y demo-
gráfico?, ¿cuál es su contexto social y político?, ¿su historia?,
¿qué actores intervienen en un tianguis?, ¿qué relaciones
se desarrollan entre ellos?, ¿dónde y cuándo puedo hacer
contacto con estos actores?
Tal vez esta multiplicidad de actores y factores no sea
evidente en un inicio, pero, por ello, varios recorridos por
el lugar pueden ser un primer paso para mirar más allá de
puestos y productos.
Acá se proponen tres momentos y enfoques para
llevar a cabo recorridos reveladores que aporten distintos
datos y miradas:
A. Recorridos casuales, de flaneur, que consisten en
pasear, revolotear en el espacio, airear a la percepción
con la idea de que en “estos paseos de percepción se
registran sensaciones y emociones asociativas del inves-
210 -

tigador y se pueden identificar las dimensiones gene-


rales del espacio, a sus actores y actividades” (Wildner,
2005:212).

B. Recorridos descriptivos, etnográficos que integran


una descripción sistemática, un método “menos aso-
ciativo y más sistematizado sobre el espacio urbano…
[cuyo] objetivo es registrar espacial y temporalmente un
determinado lugar. Después del recorrido preliminar, de-
bemos definir preguntas y parámetros de observación
según sea el objeto de estudio” (Wildner, 2005:213). Con
esta técnica se busca tener una descripción más fina
del espacio, en un primer nivel, y descubrir, también, las
huellas de apropiación, las evidencias del espacio practi-
cado, marcado por quienes lo usan.

C. A partir de los dos recorridos anteriores, opuestos


el uno del otro, se habrán generado algunas observa-
ciones que constituyen pistas que el investigador debe
seguir. Así, han de plantearse recorridos con objetivos
particulares, por ejemplo contar puestos y descubrir
sus giros, calcular el espacio de venta, mirar a los visi-
tantes para tener elementos para hacer tipologías, pre-
guntar los motivos de las visitas al tianguis a quienes
los recorren y sus orígenes, e incluso descubrir el con-
texto demográfico y físico en donde el mercado o tian-
guis se desarrolla (colonia, vecinos, paradas de camión)
y hasta mirar el espacio en donde sucede el tianguis
cuando éste no está en funcionamiento.

Estos recorridos son un punto de inicio; en ellos se puede


mirar la punta del iceberg que es un mercado y a través de
las claves que da la observación y recorrido del espacio se
puede comenzar a dibujar un mapa conceptual en donde
- 211

se desglosen actores y herramientas de investigación para


aproximarse a los mismos.

2. Los actores: ¿quiénes interactúan en un tianguis?


Los recorridos espaciales, además de darnos una idea ge-
neral y una sistemática del espacio que se investiga, nos
permiten mirar quiénes interactúan en él. Al caminar por un
mercado o tianguis, es posible observar las posiciones de
las personas en él, sus ropas, sus actitudes y de ahí hacer
conclusiones sobre sus roles, funciones y posiciones.
Partiendo de recorridos como los que recién descri-
bo, yo construí un mapa conceptual de actores y ámbitos a
observar que me permitían ver de manera multidimensional
al mercado y entender a través de qué herramientas podría
aproximarme a cada uno de ellos: de esta forma se puede
detonar una metodología más incluyente, multidimensional
y compleja. Es importante mencionar que la elección de las
herramientas siempre respondió al objetivo de la investiga-
ción y la decisión respondía a la pregunta cuál es la mejor
manera de aproximarme a ésta u otra persona.
Por otro lado, las herramientas elegidas para cada
uno de los actores, además, me permitieron tener una mi-
rada que integra datos obtenidos de manera cualitativa y
otros de manera cuantitativa. Una metodología mixta, a mi
212 -

parecer, ofrece una visión paisajística (a través de los posi-


bles datos estadísticos que se puedan obtener) y a la vez
una detallada (con la información que emana de entrevistas
más cercanas con los actores).
El diseño de un mapa como el anterior permite ade-
más tener un plan de trabajo y obtener la información des-
de distintos actores para conseguir una mirada del mismo
objeto de estudio: el mercado, desde perspectivas distintas
y construir una idea más clara y múltiple.
De alguna manera, en mi experiencia, además, cada
una de estas herramientas fue necesaria y provocó la pro-
fundización en la siguiente etapa. Por ejemplo: El estudio
del espacio en donde se llevaría a cabo la intervención se
convirtió sólo en el primer eslabón de una serie de acciones
que permitían mirar de manera cercana e inquisitiva el lu-
gar, pero, sobre todo, las relaciones sociales y de poder que
en él suceden. O, a partir de las entrevistas con los tianguis-
tas se hizo evidente que era necesario programar juntas y
discusiones que permitieran investigar más a profundidad
a quienes organizan el tianguis, y de ellas se emanaron los
diálogos con la Mesa Directiva de la Unión de comerciantes
que organiza el tianguis, y resultaron ser una herramienta
más reveladora y poderosa, incluso, que las imágenes para
hallar cómo este lugar es vivido y practicado no sólo por sus
visitantes, sino por los grupos que se vinculan con él como
su medio de vida.

3. Las interacciones y la observación participante


Clifford Geertz, cuando propone la descripción densa
en La interpretación de las Culturas, plantea la complejidad
que existe en un simple guiño de ojo cuando se lee como
una expresión de la cultura más que como un simple gesto
mecánico; es decir, cuando se identifica en éste intención
y agencia. Las interacciones entre actores y espacios y en-
- 213

tre los actores mismos y las maneras en las que esto toma
lugar, están codificadas a través de claves culturales y, en
palabras del mismo Geertz: “la cultura es pública porque la
significación lo es” (1973:26), sólo es necesario observarla y
entenderla para descifrarla.
Sin embargo, para entrar en el juego de signifi-
caciones de un ámbito y descifrarlas de manera más o
menos acertada, es necesario participar de la cultura, in-
teractuar con quienes la practican para comprender los
códigos y usarlos, y normalmente este ejercicio es difí-
cil. No todas las comunidades u objetos estudiados son
siempre abiertos y toma tiempo al investigador entender
cómo funcionan; es casi como aprender un idioma y po-
nerlo en práctica.
En la investigación que realicé en el tianguis del Tin-
tero, este proceso, aunque largo, se pudo agilizar y suavizar
porque parte de la metodología de investigación propues-
ta incluía la realización de un proyecto de intervención: la
exposición en el tianguis. Esta forma de investigación defi-
nida por Aguirre Baztán como participación–observación es
una intensificación de la observación participante y es una
forma de investigar que combina la mirada del investigador
con la del miembro de un equipo de trabajo, aunque ambas
toman lugar en la persona del investigador.
Aunque tal vez esta forma de observación participan-
te resulte más subjetiva que si se mira sin formar parte del
grupo que se observa, permite, por otro lado, investigar
ámbitos que estarían de otra manera fuera del alcance del
investigador, y acceder al ámbito que se estudia sin sacrifi-
car su espontaneidad.
Así, por ejemplo, en el proyecto de intervención ema-
nado de mi investigación en el tianguis del Tintero, era ne-
cesario, investigar si era posible acceder a un contacto de
luz y enterarme de las formas de repartición de los lugares
214 -

para los puestos y su logística de retirada, así como la reco-


lección de basura para poder llevar a cabo la instalación de
la exposición. A partir de estas necesidades logísticas, me
fue posible saber que la Unión de Comerciantes que admi-
nistra el tianguis del Tintero tiene un contrato con la CFE y
que el camellón en donde se instala el tianguis está electri-
ficado y es mantenido por los mismos tianguistas; que ellos
contratan un servicio de limpieza y que cada uno de los co-
merciantes paga un monto a la Unión de Comerciantes y
otro al Municipio por establecerse en la calle cada viernes.
Esta información me permitió llegar a una de las conclusio-
nes más poderosas de todo el proyecto del investigación:
una organización como la de los comerciantes, que parecie-
ra frágil y poco establecida, tiene un poder social impor-
tante sustentado en los 1,200 socios, que representan a su
vez al mismo número de familias; un poder económico que
significa alrededor de 300,000 pesos anuales por el cobro
de cinco pesos por tianguista a la semana y la recaudación
anual de alrededor de 300,000 pesos por parte de Munici-
pio, sólo en este tianguis (cobra un impuesto de cuatro pe-
sos por metro, por día, por tianguis); y si se considera que la
asociación cuenta con 16 tianguis, la recaudación por esta
actividad asciende a poco más de $4,000,000.
Además, me llevó incluso a cuestionar la noción de
“informal”, otorgada a este tipo de establecimientos que, a
pesar de llevar a cabo sus negocios en la calle, cuenta con
una oficina, contrato de luz, servicios de limpieza y tiene la
capacidad de organizar fiestas y reunir a la comunidad cer-
cana a los tianguis en fechas como el Día de las Madres y el
Día de la Virgen de Guadalupe y de llevar a cabo faenas de
trabajo e instalaciones que se requieren para la mejor insta-
lación de sus puestos.
Además, esta forma de trabajo-investigación generó
un vínculo poderoso entre la comunidad del tianguis y el
- 215

proyecto de investigación. El hecho de conversar y acordar


no sólo las cuestiones logísticas, sino de contenido del pro-
yecto de intervención con la mesa directiva, permitió que
sus miembros se involucraran de manera más activa, resul-
tando en signos de apropiación de la actividad que promue-
ven la permanencia de una intervención de este tipo. Luego
de meses de haber realizado la exposición, continúan las
pláticas para repetirla y en las visitas al espacio se han en-
contrado iniciativas como una biblioteca móvil, un carrito
con libros donados que los visitantes del tianguis pueden
consultar, llevarse y devolver, establecido junto al puesto de
uno de los comerciantes que estaba entusiasmado con la
primera exposición.
Así, con el tiempo se fue haciendo evidente que lo
que en un inicio parecía un fin:43 la exposición en un puesto
del mercado, constituía cada vez más una manera distinta y
más significativa y reveladora de estudiar las interacciones
que suceden en este espacio. Y lo que fue planteado en un
origen como una forma sólo de estudiarlo y observarlo, se
convirtió en una parte vital de la interacción y convivencia
con los tianguistas que lo organizan.
En este sentido, la intervención se convirtió en parte
de la investigación y la investigación misma en un proceso
permanente: al forzar una situación distinta y extraordina-
ria en el espacio estudiado, se hacía más posible la capa-
cidad del investigador de observar lo que sucedía de una
forma menos mediada por la herramienta (la encuesta, la
entrevista), ya que éstas traen consigo cierta artificialidad y
acartonamiento. Es decir, la misma exposición es una mane-
ra alternativa de entender la realidad. Una situación distinta
que evidencia actitudes, comportamientos y asuntos que,

43 
Este proyecto de intervención, en un origen y como dice en la introduc-
ción, era el primer objetivo de la investigación.
216 -

por cotidianos, se ven como comunes. Oscar Wilde decía:


“El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta pro-
pia. Dale una máscara y te dirá la verdad”. Esta máscara que
constituyó la exposición en el Tintero, fue un dispositivo
que estableció el pretexto para provocar el trabajo de orga-
nización e instalación que permitió que se revelaran carac-
terísticas, situaciones, interacciones, disputas y tensiones
del tianguis que no habrían podido ser conocidas a través
de las herramientas tradicionales.
Desde esta perspectiva, es posible aproximarse a
la investigación como una actividad creadora además de
analítica. Su acontecimiento constituye en sí una forma de
diagnosticar la realidad, pero también una manera de cons-
truirla e incluso de modificarla. La investigación antropoló-
gica propone una forma de mirar pero también una manera
de hacer.

4. El contexto
Los hechos sociales suceden siempre en un tiempo y en un
espacio concretos. Ambos factores son determinantes en
su desarrollo y en consecuencia es vital identificarlos y con-
siderarlos en una investigación social, ya que éstos organi-
zan a los actores y sus interacciones.
En la investigación del tianguis del Tintero había facto-
res coyunturales que eran muy importantes para compren-
der su historia e incluso para matizar y percibir de manera
correcta las actitudes de los tianguistas hacia el proyecto.
Uno de los factores contextuales para explicar la
afluencia del tianguis fue su conexión con el resto de la ciu-
dad a través del transporte público. En cada una de las visi-
tas a este sitio saltaba como dato etnográfico importante el
hecho de que los visitantes al tianguis usaban playeras con
los uniformes de sus empresas y que éstas no siempre es-
taban cerca de la delegación Carrillo Puerto, donde se esta-
- 217

blece el tianguis. Esta evidencia llevó a buscar explicaciones


y a hacer una investigación paralela sobre el transporte pú-
blico en la ciudad para entender cómo llegaban y se iban los
paseantes de este lugar. De ahí se emanó la pequeña inves-
tigación que mostró que por avenida Revolución, en don-
de se instala el mercado, pasan 14 rutas de autobús, de 72
que existen en la ciudad, es decir, casi el 20%, y que compi-
te con un espacio como la Alameda, probablemente el sitio
más conectado de la ciudad en términos de rutas, contando
con 47 y 11 paradas (en donde además, coincidentemente,
se encontraba, hasta mediados del 2016, un tianguis igual-
mente importante).44
Esta observación que relaciona al tianguis del Tinte-
ro con otros establecimientos ambulantes de la ciudad se
hacía cada vez más obvia y, además, era un detonador de
la colaboración y entusiasmo de los tianguistas en este pro-
yecto, ya que la vinculación con instituciones como la Ga-
lería Libertad, a través del cual se propuso el proyecto de
intervención son formas de legitimar y sumarle capital so-
cial a su espacio al vincularlas con actividades “positivas”.45
De hecho Juan Luna, el colaborador más importante para
este proyecto, en una de las juntas dijo: “[Queremos] mos-
trarles que el tianguis no es lo que piensan, les podemos
mostrar que no podemos quitar ese tianguis porque tam-
bién hay cultura”. Y esto se vincula con el hecho contextual

44 
En 2016 la situación del comercio no establecido en la ciudad se tornó
aún más vulnerable, luego de los esfuerzos municipales de reinstalar tian-
guis y puestos en zonas “menos conflictivas”. El ejemplo más importante y
controversial fue el desalojo de los ambulantes que se encontraban en las
afueras de la Alameda Hidalgo una madrugada de junio de ese año.
45 
De hecho, en los primeros contactos que se hicieron con Juan Luna, con
el secretario del Interior y la persona que más interés mostró desde el
principio en el proyecto, hablaron de algunos esfuerzos anteriores no con-
cretados, como organizar campañas visuales y de salud dentro del tianguis
y de su interés de retomarlos y de vincularlos con nuestro proyecto.
218 -

de que apenas un par de meses antes de proponer la inter-


vención museográfica, habían sucedido las elecciones esta-
tales en Querétaro y que la Unión, junto con algunas otras
asociaciones de comerciantes del estado, se había pronun-
ciado a favor del partido que perdió. Por otro lado, el PAN,
el partido ganador, en su última administración se había
mostrado poco simpatizante de los ambulantes y el gober-
nador Francisco Garrido, cuando fue Presidente Municipal,
había emprendido acciones importantes para regularizar y
ordenar a los ambulantes. La derrota del partido al que La
Unión apoyaba y los antecedentes del partido ganador te-
nían a los miembros de la mesa directiva preocupados por
su permanencia, ya que además, de acuerdo con don Juan,
existían personas que estaban yendo a organizar a los ve-
cinos para que se quejaran y pidieran reubicarlos. Así, un
proyecto de este tipo se convertía en una buena forma de
mostrar a los vecinos y a las recién llegadas autoridades los
aspectos positivos que el tianguis lleva a la colonia en don-
de se desarrolla, lo cual les pareció interesante y necesario
desde un principio.
Así, observar, conocer y comprender el contexto en
donde se desarrolla el mercado o el tianguis que se inves-
tiga, se convierte en información clave y es necesario con-
siderar como parte de la metodología de la investigación
herramientas y formas de analizar y atender este hecho.

EN RE SUMEN, ¿QUÉ H AY EN UN MERCA DO


O EN UN T I A NGUI S?

“…Los tianguis son necesarios para la gente, van de la mano


con el crecimiento de la población y sus colonias, nosotros
ofrecemos el servicio de llevar hasta esos lugares alejados
lo que otras tiendas no llevan; el tianguis va hasta el lugar”,
dijo don Juan Luna, principal colaborador de este proyecto y
- 219

miembro de la Mesa Directiva de la Unión de Comerciantes


que coordina el tianguis del Tintero.
”Yo lo veo de una manera muy ambiciosa, el interés es
proteger nuestras áreas de trabajo. Porque yo tengo hijos…
todos tienen hijos y esos hijos ya tienen hijos y también an-
dan en el tianguis. Viendo las familias tan grandes, me nace
la necesidad de platicar con los compañeros de que tene-
mos que cuidar nuestro lugar”, mencionó Moisés García, se-
cretario del sistema mutual de la Unión de Comerciantes en
una de las primeras mesas de trabajo.
Éste era el tipo de verbalizaciones que se escucha-
ban en las juntas de trabajo que tuvieron lugar para desa-
rrollar este proyecto. En todas ellas se nota la importancia
y trascendencia de este sitio para quienes lo viven y tie-
nen contacto con él. Y, aunque en un inicio, al plantear el
proyecto de intervención y la investigación paralela, no se
contaba aún con un tema o una exposición en particular
(era del interés de la propuesta descubrir en colaboración
con los actores involucrados la temática adecuada para
esta exposición) ya desde muy temprano en el proceso de
planeación –y de investigación- se hizo evidente que el in-
terés de los tianguistas era hablar del tianguis mismo.
Por otro lado, en el transcurso de este ejercicio inves-
tigativo, se fue develando una serie de datos y experiencias
que trajeron a la reflexión el hecho de que el trabajo de co-
merciante y lo que éste implica, es un elemento identitario
importantísimo para quienes lo llevan a cabo y, en conse-
cuencia, el tianguis, vehículo para que su labor se desarro-
lle, está arraigado poderosamente en sus identidades.
De la misma forma, este sitio es importante para la
identidad de quienes lo visitan, que en entrevistas durante
la exposición afirmaban cosas como: ”es interesante que la
misma gente [...] vea la esencia del mismo, que es algo parte
de nosotros [...] cómo uno convive con las personas que vi-
220 -

ven en la misma colonia, pero que a veces no los ves por sus
dinámicas”, explicó Julio César Vega (13 de noviembre del
2015, entrevistado durante la exposición en el tianguis), o:
”El tianguis es todo un universo. Tal vez muchos no lo quie-
ren, pero es parte de la cultura mexicana, más de la quere-
tana”, dijo Ani Rubí (13 de noviembre del 2015, entrevistada
durante la exposición en el tianguis).
Y es que el comercio ambulante ha sido una salvación
para las familias que ahí trabajan, y una forma de abastecer-
se de productos y servicios accesibles y convenientes para
los visitantes. En un principio, los tianguis fueron pensados
como una forma de abastecer las colonias nuevas; ésa era
la visión de Antonio Calzada, gobernador en la década de
los setenta, durante los años que comenzaron los tianguis.
Luego, estos espacios se volvieron esponjas que recibían a
todos los que por alguna razón tuvieron que salir de las fá-
bricas o encontrar formas de ganar dinero.
Entre los miembros del comité directivo existen ejem-
plos de esto. Aunque algunos vienen de familias comercian-
tes y su trabajo en el tianguis fue una especie de herencia,
de oficio aprendido, otros lo usaron como una salida en una
situación difícil.
Doña Pueblito, luego de 10 años de casada, decidió
divorciarse. Tenía tres hijos en ese entonces. Una amiga
suya del Tepetate compraba retazos de tela en México y le
enseñó a coser vestidos. ”Con eso yo empecé, vendiendo
vestidos”, luego empezó a crecer el tianguis y los vestidos
ya no eran suficientes y entonces comenzó a ofrecer mer-
cancía comprada. De ahí crecieron sus hijos. Tiene cuatro.
Uno trabaja en el tianguis, otra estudió Artes Gráficas y tie-
ne un negocio en Pedro Escobedo; otro, ingeniero civil, vive
en León, y el más chico acaba de terminar la carrera de In-
geniería Industrial.
Don Moisés era cargador y, cuando se lastimó la espalda, su
- 221

puesto en el tianguis le permitió seguir con su vida laboral.


Don Juan fue empleado de Tremec y cuando salió de la em-
presa continuó trabajando como tianguista.
Así, el tianguis es una forma de trabajo pero también
una fuente de identidad y de orgullo; es una organización la-
boral, así como un medio de desarrollo familiar. El deseo de
preservarlo no sólo tiene que ver con preservar una fuente
de ingresos, sino con garantizar subsistencia a las familias
de los locatarios.
El tianguis del Tintero, y en general los espacios como
éste, son sitios de intercambio, en palabras de Marc Augé,
espacios practicados, espacios donde sucede la cultura; en
el Tintero, espacio efímero, instalado cada viernes a las diez
de la mañana y desmontado a las once de la noche, tiene
lugar oferta y consumo de bienes físicos y simbólicos, se
intercambian y discuten ideas, se generan y reafirman iden-
tidades, toman lugar luchas de poder y pueden verse refle-
jados distintos intereses e intencionalidades; en resumen,
éste es un espacio que va mucho más allá del consumo y su
función se extiende a los terrenos de lo público y social.
Un estudio en un sitio de esta naturaleza permite
observar categorías tan vitales y trascendentales para los
estudios en humanidades como lo son la identidad, la cultu-
ra y el territorio, y una investigación en un mercado es una
oportunidad de mirar a detalle y de manera fractal las inte-
racciones, discusiones y tensiones que suceden en la socie-
dad que lo alberga.

BIBL IOGR A FÍ A

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• Geertz, C. (2003). La interpretación de las culturas, déci-
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- NO TA S
- 223
224 -
- 225

-CÓMO HACER
ETNOGRAFÍA
PA R A EL
ANÁLISIS DE
PROCESOS
TERRITORIALES
Ricardo Sal vador Lópe z Ugalde
Ma. A sucena Ri vera A guilar
María A ntonie ta Gonzále z A maro


LOS SERES QUE SE HABÍAN DADO A LA TAREA DE EXIS-
TIR ALLÍ, ENTENDÍAN, DESDE HACÍA SIGLOS, QUE LA FE-
LICIDAD NACE DE LA JUSTICIA Y QUE LA JUSTICIA NACE
DEL BIEN DE TODOS. ASÍ LO HABÍAN ESTABLECIDO EL
TIEMPO, LA FUERZA DE LA TRADICIÓN, LA VOLUNTAD
DE LOS HOMBRES Y EL SEGURO DON DE LA TIERRA

(Ciro Alegría El mundo es ancho y ajeno)

IN T RODUCCIÓN

Las grandes transformaciones globales del siglo XXI visibi-


lizan una pluralidad cultural que ha derrumbado las narra-
tivas nacionalistas decimonónicas cimentadas en el ser y
habitar unidimensional de las culturas. En este crisol con-
temporáneo, los pueblos indígenas se encumbran como
uno de los sectores sociales que aportan tanto política
226 -

como culturalmente a este mosaico abigarrado, otorgan-


do sentidos múltiples a los espacios que habitan. En este
sentido, la comprensión del territorio ofrece claves intere-
santes para entender empíricamente cómo encarna esta
diversidad cultural; los territorios entendidos aquí como
elaboraciones semióticas con plenos alcances pragmáticos,
de decir-hacer intencionado, evidencian el carácter de se-
miosis social en que se procesan dichas glosas territoriales.
De lo anterior es evidente que una parte fundamen-
tal del registro etnográfico de los procesos territoriales y la
diversidad cultural pueda dar cuenta de los ejercicios poé-
ticos y la elocuencia enunciativa de sus entornos, poniendo
atención a lo que dicen los sujetos y cómo lo dicen; esta pos-
tura conlleva dos retos: por una parte, replantear los alcan-
ces explicativos de categorías clave para el desarrollo de la
teoría antropológica como la estructura, el símbolo y la cul-
tura, con el propósito de atisbar la creatividad electiva de
las sociedades para apropiar sus bagajes culturales, por vía
de los cuales se expresan determinadas metas, anhelos y
valores colectivos (Bonfil Batalla, 1991; Balandier, 1993; Bar-
tolomé, 2008; Bensa, 2016). Por otra parte, y como objetivo
del presente documento, se trata de visibilizar la intencio-
nalidad y estrategias que guían a los discursos territoriales
desde sus coyunturas de producción, inquietudes que po-
demos asociar a los planteos de Bensa (2015) respecto del
análisis de las maneras retóricas que configuran expresivi-
dad y producción de enunciados en los grupos humanos.
Por sus características históricas y políticas, a lo lar-
go y ancho del continente americano los pueblos indígenas
han instrumentalizado una gama interesante de recursos y
mecanismos a partir de los cuales piensan, elaboran y ve-
hiculan estas ideas acerca de sus territorios, es decir, a su
pertenencia arraigada a porciones espaciales específicas
y bajo circunstancias particulares. Varios autores que han
- 227

abordado el estudio de los territorios étnicos (Bartolomé,


1997; Barabas, 2003; Carmagnani, 2004 [1988]; Giménez,
2007) han identificado en las lecturas sociales del devenir
histórico y las tradiciones culturales rememoradas, parte
de la materia prima desde la que se entretejen las nociones
más variadas acerca de las pertenencias territoriales de los
grupos indígenas; estas elaboraciones territoriales estarían
sustentadas en elaboraciones simbólicas que propician no-
ciones de filiación a un grupo étnico determinado, así como
de pertenencia a un espacio habitado y vivido sobre el que
se despliegan prácticas e instituciones percibidas como de
arraigo inmemorial (Barabas, 2004).
La apreciación de un asentamiento mítico corre a la
par del marcaje territorial, cuyas ideas y construcciones va-
lorativas abrevan del pasado, en diferentes proporciones,
alcances e intereses, en tanto tiempo referencial o de arrai-
go. A partir de este pasado referido, se cifran instituciones
y éticas que pueden orientar la consistencia de una presen-
cia, las prescripciones de la habitabilidad, los marcos jurí-
dicos para el ejercicio de derechos u obligaciones sobre el
entorno, la toma de decisiones, así como la contemporanei-
dad de dichos sectores respecto a sus entornos, estilos de
vida y modos de subsistencia.
Por cuanto el pasado reviste especial importancia
para dichas nociones, este documento enfatizará en el pa-
pel que desempeña la memoria para la construcción de los
territorios indígenas, y en este sentido en la concreción de
vínculos emotivos, significativos y políticos desde elabora-
ciones categoriales como el nosotros, lo auténtico y lo propio.
Desde esta premisa se aborda a la memoria como ejercicio
intelectual donde los colectivos y sujetos trabajan sobre la
disposición ordinaria de tiempos y tradiciones, a fin de fra-
guar recuerdos intencionados con miras a enunciar y posi-
cionar estratégicamente nociones de verdad (Pérez-Taylor,
228 -

2002). Para alcanzar tales fines, las estrategias locales de


los grupos étnicos estarán conformadas por la disposición
de una serie de recursos que sirvan a la configuración de
textos cargados de sentido, los cuales serán movilizados a
partir de dispositivos simbólicos de carácter narrativo (Pé-
rez-Taylor, 2006) que, en tanto mecanismos, materializan
escenarios comunicativos muy específicos para explicitar
dichas nociones de lo verídico.
Con la finalidad de generar una exposición clara de
los argumentos presentados, nos apoyaremos en el análi-
sis de dos casos provenientes de grupos indígenas otomíes
(ñäñhö) del estado de Querétaro, México, los cuales, bajo
distintas proporciones y circunstancias, refieren a recientes
elaboraciones territoriales asociadas a deliberaciones por
el manejo y uso de recursos naturales.
Se trata, por una parte, de los grupos otomíes del se-
midesierto asentados en el poblado de Sombrerete, en el
municipio de Cadereyta, quienes hacia finales del siglo XX
comienzan una pugna para delimitar sus territorios, funda-
mentada en documentos virreinales, y decantada actual-
mente en la dimensión jurídica-estatal de la comunidad
agraria. Por otra parte, retomamos el caso de los grupos
otomíes de la Sierra del Sur de Querétaro, asentados en la
población de San Ildefonso Tultepec, municipio de Amealco,
considerando las dinámicas vinculadas a la concreción de
derechos de uso de sus principales manantiales en el marco
jurídico que acota tanto el ejido como la vitalidad de el cos-
tumbre, cifrada en una tradición ancestral.
Ambos casos otomíes servirán de pretexto para
ejemplificar qué tipo de recursos, textos y mecanismos son
utilizados para enunciar un territorio, de manera que los
recuerdos procesados incidan en el marcaje de territorios
asociados a la posesión, uso y capacidad de decidir sobre el
agua y la tierra en situaciones controversiales.
- 229

MEMOR I A , RECUERDO S Y COMUNICACIÓN


DE T ERR I T OR IO S

Si bien el análisis aquí presentado puede tipificarse como


culturalista de acuerdo con la propuesta de Haesbaert (2011)
para clasificar las tradiciones en el estudio del territorio,46
nuestra idea de comprender los territorios étnicos desde el
horizonte de semiosis sociales busca atender a la fragmen-
tación y ruptura de la consistencia espacial y discursiva, in-
corporando la dimensión del poder para comprender los
motivos de la multivocidad que ejemplifican las ideas, apro-
piaciones o representaciones divergentes acerca del entorno.
En esta lógica, estudiosos de distintas ramas de las
ciencias sociales (Zambrano, 2006; Porto Gonçalves, 2009;
Bartolomé, 2010; Mançano Fernandes, 2011; Haesbaert
Da Costa, 2011; Raffestin, 2013 [1980]) han coincidido en
concebir al territorio desde la tensa implicación de la con-
vención y la confrontación, resaltando sus componentes
políticos asociados al ejercicio de poderes, y encumbrando
espacios de gobernanza donde politizar el espacio supone
deliberación y decisión sobre él, pero al mismo tiempo dis-
crepancia y distanciamiento de intereses al interior de una
agrupación o entre diversas colectividades que convergen
espacialmente. Es en este ámbito de lo no compartido don-
de la memoria recupera un cúmulo de referentes edifican-
tes, incorporados a la intencionalidad enunciativa de los
portadores de dichos bagajes.
Para los casos de los grupos otomianos que revisa-
remos, las transformaciones convulsivas y aceleradas re-

En ese sentido también podría clasificarse como simbolista, consideran-


46 

do la vertiente de la apropiación social del espacio (Lefevbre, 2013 [1974]),


o abstracta, en sintonía con la distinción que hace Raffestin (2013 [1980])
respecto a las formas de hacer territorio.
230 -

gistradas en el siglo XVI por la avanzada hispana hacia el


centro-occidente del país (Crespo y Cervantes, 1990), re-
presentó un hito que dará forma a las actuales delimitacio-
nes geográficas y sentidos de pertenencia de los lugares
habitados por este grupo étnico en Querétaro. Actualmen-
te resulta impensable hablar de un territorio otomiano
queretano a manera de apropiación significativa o política,
que agrupe de manera total los grupúsculos de comunida-
des ñäñhö que se dispersan en el semidesierto, la Sierra
del Sur y las principales urbes de la entidad. Sin embargo,
en varias de sus poblaciones existen narrativas locales que
relatan los hitos fundacionales de sus asentamientos, que
muy probablemente aluden a eventos asociados a dicha
dilatación otomí durante el siglo XVI y a la delimitación de
los pueblos de indios de la época.
De estas narrativas destacan las referencias a la
ancestralidad de la residencia, del paisaje sagrado y pro-
ductivo, así como del costumbre, categoría local que englo-
ba principalmente a los sistemas normativos locales y las
prácticas rituales vinculadas al culto a los antepasados y a
los santos. Como trataremos de ejemplificar en los casos
revisados, si bien de este corpus general de significantes
puede brotar parte de los componentes de las narrativas
territoriales, no es posible determinar a priori sus signifi-
cados contemporáneos sin el tamiz del presente vivido por
estos grupos.
Lo evidente es que la posibilidad de hacer-pensar te-
rritorios entre los otomíes queretanos contemporáneos
parte de entramados simbólicos que urden dichos sentidos
de arraigo, en cuyas producciones de sentido se encuen-
tran asociadas la historia y las tradiciones filtradas por sus
miembros desde un mirar al pasado; veremos que los territo-
rios, en tanto formas coyunturales de marcaje sobre el espa-
cio, reelaboran sentidos en torno a las heredades culturales,
- 231

lo que permite entender la vitalidad de ciertas ideas, valores,


instituciones, objetos o paisajes que, a base de distinguir,
construyen fronteras asociadas al entorno vivido.
El territorio entendido así no necesariamente remi-
te a un preterismo in-sustancioso, a partir del cual se re-
producen codificaciones culturales para la estructuración
y funcionamiento de la sociedad. En este mirar hacia atrás,
hacia los periodos fundacionales o de instauración primige-
nia, es decir, de condensación de la costumbre edificante,
los miembros de una sociedad no sólo se pueden alinear
a dichos bagajes heredados, legitimando o reconociendo la
posibilidad de una lógica continuada; de este ejercicio re-
flexivo también pueden generarse posturas disruptivas que
interpelan, ya sea a las fuentes o soportes valorativos de
esa mítica instauradora contada por primera vez, o a cier-
tos desfiguros o transformaciones necesarias para concre-
tar virajes en las rutas del presente inmediato.
De esta forma, es en la dialéctica de los procesos te-
rritoriales que propone Mançano Fernandes (2011), de ali-
neación convencional o de jaloneo confrontativo frente a las
herencias culturales y posturas contemporáneas, donde la
memoria se yergue garante contra el extravío presentista de
una realidad sin historia o con una sola historia que contar,
donde la fantasmagoría del territorio unívoco abreva de una
perspectiva ciega a los múltiples recuerdos intencionados
que movilizan dinámicas disruptivas y ejercicios de polariza-
ción, poniendo en jaque a las apacibles sociedades.
Para el caso de los pueblos indígenas, estos recuer-
dos se entrelazan, alimentando representaciones valorativas
acerca del acontecer congruente o deseado del entorno ha-
bitado, y sus puntos de quiebre pueden ser adecuadamente
identificados en las glosas divergentes que ofrecen las diver-
sas representaciones territoriales encarnadas por múltiples
actores, tanto dentro como fuera de los lindes comunitarios.
232 -

Al respecto, debemos a Raffestin (2013 [1980]) una interesan-


te reflexión respecto del papel que desempeñan estas repre-
sentaciones semánticas en la construcción de los territorios,
asociada a la labor social de idear sentidos sobre los que se
potencializarían tipos de relaciones y escenarios donde éstas
se proponen reproducir.
Aquí valdría preguntar si es entonces la valoración
del espacio, en tanto representación del territorio, el punto
medular para la comprensión de los procesos territoriales,
y qué papel desempeña la creatividad y experiencia de los
grupos humanos en la concreción de estas tramas repre-
sentacionales del territorio.
En este punto de la discusión, vale señalar que recor-
dar y narrar, en tanto formas de trabajo del pensamiento hu-
mano y de la memoria misma, no obedecen a operaciones
mecánicas, así como tampoco consideramos que existan
determinaciones unilaterales en los procesos territoriales;
lo anterior nos distancia en un grado de la propuesta de Ra-
ffestin, para quien las representaciones del territorio, si se
quiere de la cultura, estarían acordonadas por los designios
del ordenamiento económico-social en las sociedades (ibid).
Defender la indeterminación de factores para la produc-
ción de territorios sugiere subrayar su carácter complejo, al
tiempo que se amplía considerablemente el campo de estu-
dio en el abordaje del territorio, donde las variables involu-
cradas den pistas de la incidencia de las relaciones sociales,
las pertenencias significativas, la composición económica,
las relaciones de fuerzas, los componentes ecosistémicos,
la accesibilidad al entorno y los avatares históricos, todos
como fenómenos sociales con capacidades de influirse mu-
tuamente en la idea terminada de un territorio.
Creemos que delimitar el problema del territorio en
términos polarizados, ya desde la primacía de las ideas o
de las prácticas organizativas, sintetiza torpemente la po-
- 233

sibilidad de comprender al fenómeno en sus más amplias


dimensiones y escalas. De acuerdo con nuestra propuesta,
las dimensiones representacionales del territorio (ideas,
símbolos, sentidos, recuerdos) son aspectos imprescin-
dibles en los procesos de producción del mismo, no tanto
porque éstas reflejen las dinámicas estructurales de las
sociedades (aspecto pasivo de las representaciones y los
significados), como por la posibilidad de ingresar al terreno
imaginativo y controversial de los actos comunicativos.
De ello que, partiendo de la premisa que señala al te-
rritorio como acto para diferenciar (Raffestin, 2013 [1980];
Giménez, 2007), esta necesidad de marcar límites revis-
te cualidades importantes en tanto mensajes producidos
bajo intenciones específicas. En este sentido, podemos ha-
blar de una memoria activa en la medida en que los baga-
jes culturales de una sociedad se vuelven utilizables para
el emprendimiento de empresas territoriales; a la vez que
esta memoria abreva de sus tradiciones y acontecimientos
pretéritos para conformar los lindes semánticos y materia-
les sobre los que se movilizan las nociones del nosotros, del
adentro y de lo verdadero.
Es prudente resaltar esta complementariedad entre el
papel de la memoria y la elaboración de límites que conlleva
el territorio, para lo cual nos vinculamos con la propuesta de
Pérez-Taylor, en que la memoria colectiva desempeña roles vi-
tales en “la construcción de la verosimilitud del propio grupo”
(2002:12). Bajo esta lógica, la posibilidad de explicar lo real tra-
zaría órdenes legitimados, abriendo el terreno de lo político
para los esfuerzos del recuerdo y la memoria en la edificación
de territorios; es por ello que la memoria y el acto de recordar
crean verosimilitudes que pueden desempeñar roles prota-
gónicos en la tarea significativa y espacial de separar, propia
de la producción territorial; si bien ambos procesos partici-
pan de operaciones simbólicas que ponderan la diferencia,
234 -

consideramos que las glosas de los territorios adquieren es-


pecial argumentación en cuanto a sus marcajes limítrofes, se
cimentan en dialécticas de lo verdadero-falso, lo correcto-in-
correcto, con referencias explícitas al pasado instaurador, a
las tradiciones cívico-religiosas y a los personajes creadores
de los regímenes culturales apelados.
Como hemos acotado, si defendemos un abordaje
de los territorios desde sus amplitudes semióticas en tan-
to vehículos comunicativos, y si la memoria se vuelve factor
vital en diversos procesos de producción territorial en los
grupos indígenas, será pertinente problematizar cómo la
memoria colectiva construye sus recuerdos, es decir, cómo
se llega a definir la importancia, injerencia e intencionalidad
de lo recordado; para esto regresamos a la propuesta inicial
del documento, apuntando a los recursos, los textos y los me-
canismos como tres ejes de la tarea de la memoria que inci-
den en la producción de territorialidades étnicas. Aquí nos
enfocamos en aquellos referentes sobre los que opera la
memoria y la capacidad de significar de los sujetos (objetos,
documentos, relatos, actos, acontecimientos, lugares natu-
rales, edificaciones arquitectónicas), sirviendo de recursos
para el soporte constitutivo de lo recordado y como insu-
mos imprescindibles para hacer territorios por medio de la
puesta en escena de textos.
Por su carácter, enfatizamos en el distintivo semántico
y pragmático de dichos textos, pero de manera simultánea
señalamos como imprescindible el análisis de las operacio-
nes simbólicas verificadas sobre los recursos que los nutren.
Para aclarar el planteamiento presentado, la comprensión
del papel que desempeña la memoria en los procesos te-
rritoriales puede agruparse de la siguiente manera: a) en el
análisis de la investidura simbólica o de las inscripciones na-
tivas (etnográficas) que los sujetos y grupos otorgan a deter-
minados significantes para ser valorados y utilizados como
- 235

recursos; b) en la conformación de textos que organizan he-


chos, personajes, valores y axiomas a partir de una trama
de relato secuencial; y c) en los mecanismos a partir de los
cuales se explicitan estos textos con intencionalidad comu-
nicativa, asociados al afianzamiento y validación de los terri-
torios en cuestión.
Para detallar lo planteado en el párrafo anterior, quisié-
ramos enfatizar las laboriosas producciones que se ciñen o dis-
ponen de los recursos arriba mencionados, fungiendo como
elementos significantes para la expresividad de las sociedades.
Desde esta lógica, objetos, documentos, relatos, actos, acon-
tecimientos, lugares naturales, edificaciones arquitectónicas o
vestigios arqueológicos, por mencionar algunos ejemplos, son
elementos sobre los que operan las etnográficas para cons-
truir recursos, a partir de inscripciones de sentido que actua-
lizan la pertinencia significativa de determinados símbolos en
términos de procesos de simbolización (Augé, 1998), instauran-
do así novedosos circuitos de relaciones y capacidades de ac-
ción y uso.
A su vez, los resultados de estos procesos de signifi-
cación que suponen las etnográficas, estarían organizados
para configurar verdaderos textos vehiculados públicamen-
te a través de mecanismos capaces de colocar mensajes en
escenarios donde se intercambian los significados consti-
tuidos (Haidar, 1991), teniendo en cuenta el uso intenciona-
do de la memoria, de aquello que se dice recordando algo;
inclusive consideramos que estos textos pueden incidir
resueltamente para inducir la generación de lo que Leach
(1985) entendió como sucesos comunicativos capaces de
movilizar en distintos rumbos los mensajes. Así la memoria
va más allá de un repositorio de cosas y recuerdos anecdó-
ticos, una suerte de almacén del pasado sociocultural o de
repositorio consciente de las estructuras culturales, para
asociarse al acto de comunicar algo en procesos vívidos,
236 -

orientados por la intencionalidad y la experiencia que expli-


citan circunstancialmente formas de entender-apelar-inter-
poner el pasado.
Con lo dicho hasta aquí, es evidente que textos, etno-
gráficas y mecanismos reclaman centralidad en el análisis
etnográfico de las producciones territoriales; con fines ilus-
trativos detallaremos algunos de sus componentes, cualida-
des y funcionamientos semióticos en términos de una lógica
escenificada y narrativa que permite explicitar territorios.
Para el caso de los procesos territoriales, estos textos
se nutren de la imaginería nativa que en este documento
conceptualizamos como etnográficas; en términos genera-
les, éstas remiten a la composición creativa e histórica de
símbolos elaborada por los pueblos, muchos de los cuales
se encuentran asociados a la necesidad vehemente de ex-
plicitar (proyectar, exponer, exteriorizar, publicitar), desde
mecanismos específicos, fronteras históricas a partir de re-
ferencias a lo otro.
Esta imaginería de los pueblos constituida por recur-
sos culturales de diversa índole, opera significativamente,
ordenando acontecimientos encastrados en distintos epi-
sodios de la historia de las sociedades, siempre en un dialo-
go íntimo con el presente; la materialidad de estos recursos le
viene del cúmulo de significantes (letras, palabras, actos, viven-
cias, geografía, edificaciones) que, inundados de significación,
van a constituir narrativas textuales a partir de la organización
deliberada de ciertos componentes (personajes, valores, situa-
ciones, éticas, temporalidades, relaciones).
Por ahora, baste con señalar que, por su carácter de se-
lectividad, reflexividad y contraste, el fortalecimiento y forma
que los textos narrados asumen con la puesta en escena de
etnográficas, dan un tratamiento especial a los componentes
arriba señalados, organizándolos de manera contrastiva a ma-
nera de psicomaquias por medio de las cuales pueden figurar-
- 237

se disputas axiológicas, utilizando formulaciones polarizadas


cifradas en los siguientes binomios: bien/mal, nosotros/otros,
falso/verdadero, legitimo/espurio.
Estas etnográficas y textos son creaciones que circu-
lan entre públicos específicos por vía de mecanismos pe-
culiares (aquellos que son parte del nosotros, aquellos que
encarnan a los otros, aquellos otros que participan como
órganos decisores). Para los casos de producción territorial
que abordaremos, las siguientes preguntas pueden resul-
tar útiles para acompañar las ideas hasta aquí presentadas:
¿qué nos dicen estos textos?, ¿a partir de qué elementos,
materialidades e ideas se organizan?, ¿qué tipo de canales o
escenarios sirven de vehículo a dichos textos?, y ¿cómo po-
demos calibrar abordajes etnográficos para dar cuenta de
tales aspectos?

S A N ILDEFON S O T ULT EPEC Y SU S M A N A N-


T I A LE S. MEMOR I A , T R A DICIÓN Y CON T EM-
P OR A NE IDA D

Siguiendo los planteamientos de Pérez-Taylor (2002) acerca


de la memoria colectiva, entendida como ejercicio cultural
de las sociedades para construir verosimilitudes, atendere-
mos el carácter que ha desempeñado la memoria ñäñhö en
San Ildefonso Tultepec para la configuración de territorios;
resulta conveniente señalar que hacia finales del siglo XX
y principios del XXI, algunas de las principales glosas terri-
toriales de los ñäñhö del bosque de San Ildefonso se han
sustentado en una acentuación de su pertenencia a los ma-
nantiales, bosques y montes que circundan sus poblados.
Habría que destacar que en San Ildefonso y en el Sur
de Querétaro, históricamente las formulaciones territoriales
otomíes que han enfatizado la posesión y vinculación estre-
cha con sus ojos de agua y recursos naturales, no son ex-
238 -

clusivas del periodo finisecular señalado; varios autores (Van


de Fliert, 1988; García Ugarte, 1989; Serna, 1996; Gutiérrez,
2008; Valverde, 2009; López, 2014a, 2014b) han identificado
para esta zona desde el siglo XVI y hasta bien entrado el si-
glo XIX, una serie de demandas indígenas asociadas a la re-
cuperación de sus montes, aguas y tierras despojadas por la
dilatación gradual de las principales haciendas circundantes.
El desmantelamiento de los territorios indígenas, la
contracción de sus dimensiones geográficas y la despose-
sión de sus recursos naturales, tendrá diferentes vertientes
y protagonistas de acuerdo con los contextos históricos,
políticos y económicos por los que atravesará esta región
del país; de ello que los casos contemporáneos referidos a
San Ildefonso en este documento, aluden a periodos parti-
culares asociados con la participación del ejido, con el rela-
tivo aumento demográfico de los barrios, con la presión de
diferentes actores para acceder a determinados recursos
naturales (especialmente el agua de manantiales) y con la
incidencia de las políticas ambientales estatales para la reo-
rientación de las prácticas sobre el espacio (en particular la
política de concesiones hídricas ligada a la Ley de Aguas Na-
cionales de fines del siglo XX). Bajo estos escenarios emer-
gen entre los otomíes de San Ildefonso peculiares nociones
territoriales derivadas de representaciones circunstanciales
en torno al nosotros, al deber ser de prácticas productivas-ri-
tuales asociadas a la naturaleza, y a la posesión de tales
elementos del entorno, las cuales abrevan en diferentes
grados de eventos históricos que nutren la memoria local.
En el verano de 2013, habitantes del bosque de San Il-
defonso Tultepec (específicamente de los barrios de Xajay y
Tenazda), vivieron episodios conflictivos derivados del con-
trol de las descargas de agua del manantial del Millán, uno
de los principales cuerpos de agua en la zona. Como reite-
raciones en una espiral de tiempo, el manantial en cuestión
- 239

volvía a ser foco de controversias, al tiempo que las consig-


nas de los ancianos se hacían más visibles incorporadas a
una tradición local que, a fuerza de recordar y escuchar re-
latos, ha percibido las discordias por este cuerpo de agua
como una continuidad anclada a tiempos antiguos: “esas
aguas desde siempre se las han peleado”.
Desde el siglo XVI, la dilatación de las principales ha-
ciendas circundantes, especialmente la de San Nicolás de
la Torre en Querétaro, había generado una redefinición de
los ordenamientos espaciales para esta región, habitada
en su mayoría por grupos otomíes procedentes de las ac-
tuales demarcaciones vecinas de Hidalgo y Estado de Mé-
xico, quienes encabezaron la expansión colonizadora de la
Corona española por el centro-occidente del país (Crespo y
Cervantes, 1990). Se tienen registros tempranos hacia fines
del siglo XVI, de conflictos entre hacendados y pueblos de
indios en el sur de Querétaro (Valderde, 2009), por efecto
del acaparamiento de terrenos, montes y agua originalmen-
te reconocidos en posesión a éstos últimos.
Para el siglo XIX estos escenarios se agravarán con
el impulso del modelo productivo de la hacienda porfiria-
na, que en esta región del estado llevó al acrecentamiento
de bienes naturales y superficies de tierras dentro de las
propiedades de las haciendas que convergían en Amealco,
sobre todo hacia los lindes interestatales de Querétaro, Mi-
choacán y Estado de México, todo ello en menoscabo de las
extensiones primordiales de las comunidades y territorios
indígenas datados en el siglo XVI, compuestos principal-
mente por montes, cuerpos y corrientes de agua, y predios
comunes poseídos por los otomíes de esta latitud (García
Ugarte, 1989; Gutiérrez, 2008).
Es quizá con la dotación de tierras para la creación del
ejido de San Ildefonso, en 1935, que se vislumbra un cambio
de época que suponía reajustes en beneficio de la población
240 -

afectada por el acaparamiento extendido de los latifundios de


la hacienda durante el siglo XIX; sin embargo, lo anterior supu-
so triunfos parciales ante la negativa de los órganos estatales
agraristas para avalar la restitución de tierras a una gran canti-
dad de pueblos indígenas en el Sur queretano (García Ugarte,
1997). Para entonces ya se vivía una etapa de atomización de
los bienes agrarios y recursos naturales que, desde el com-
ponente legítimo del ejido posrevolucionario, orquestaba la
dotación de tierras y avalaba la oficialidad de asentamientos
humanos no indígenas al interior de los fundos primordiales
otomíes del siglo XVI.
Con la puesta en marcha de la política agrarista de
principios del siglo XX sobre la región habitada por otomíes
sureños de Querétaro, gran parte de las posesiones de las
haciendas amealcenses pasará a manos de los nacientes
ejidos, destacando extensiones de tierra cultivable, mon-
tes arbolados, pero principalmente ojos de agua que du-
rante el siglo XIX habían sido utilizados por los patrones de
las haciendas para la producción cerealera. De estas épo-
cas y acontecimientos se nutre parte de la memoria local
de habitantes y ejidatarios ancianos de los municipios de
Amealco, en Querétaro, y Acambay, en el Estado de México,
recordando el uso de manantiales ejercido por las hacien-
das para estimular sus actividades agrícolas, donde las prin-
cipales nacientes de agua y escurrimientos del bosque del
Ñadó fungirán como motores de las obras hidráulicas que
canalizaron el líquido a los valles que decantaban hacia las
riberas del río Lerma y del río San Ildefonso.
Uno de estos manantiales, conocido como el Millán,
quedará incorporado al ejido de San Ildefonso, factor polí-
tico que facilitó la continuidad de prácticas agrícolas basa-
das en riegos esporádicos sobre porciones milperas de las
faldas del bosque del Ñadó. Si bien éste y otros manantiales
quedaban dentro de la poligonal de zona de uso común del
- 241

ejido, por cuestiones de residencia no todos los ejidatarios


se verían beneficiados directamente por sus descargas,
siendo los avecindados y ejidatarios más próximos del ba-
rrio de Tenazda quienes tomarían las riendas de sus mane-
jos para incentivar la producción de maíz, disponiendo para
ello de los antiguos mecanismos de administración de los
manantiales, empleando la figura del regidor de agua.47
Tanto otomíes como mestizos de Tenazda (ejidatarios y
avecindados) quedarán involucrados en el usufructo y admi-
nistración directa de dicho manantial, pero hacia finales de
la década de los 70 del siglo XX, una serie de controversias
interétnicas entre dichos sectores de la población afectarán
los niveles organizativos comunitarios del poblado, dando
como resultado la escisión del mismo y la creación del barrio
de Xajay, con preminencia indígena entre sus habitantes.

L A S VA LENCI A S DE L A T R A DICIÓN Y L A
EL OCUENCI A DE L A M AT ER I A L IDA D

Con la ruptura del barrio, el usufructo del agua se repar-


tió entre ambos poblados, estipulando la necesidad de
contar con dos regidores de agua que pudieran organizar
las faenas y tandeos de riegos para dichos sectores. Para
mediados de los años 90, con la puesta en marcha de la

47 
Para los habitantes de San Ildefonso Tultepec, el regidor de agua es un
cargo que actualmente tiene la función de administrar el uso de las des-
cargas de los manantiales, identificándose el origen de este tipo de esque-
ma con la aparición del ejido; se concibe que para dicha época el regidor
del agua se encargaba tanto de administrar los tandeos de los riegos de
manantiales, como de recaudar en especie (porciones de la cosecha levan-
tada) las cooperaciones a beneficio del ejido, que debían proporcionar en
pago los usuarios de los ojos de agua. Asociado a esta idea local, cabe des-
tacar que la figura del regidor de agua ha sido identificada como órgano
constitutivo de las formas de administración del agua durante la etapa de
la Colonia en México (Tortolero, 2010).
242 -

Ley de Aguas Nacionales, se comprometió la continuidad


de los manejos locales del manantial a condición de in-
volucrarse en los lineamientos estatales para el registro
y aprobación del uso social sobre este cuerpo de agua;
Conagua aprobó la concesión a los habitantes de Xajay y
Tenazda para generar una unidad de riego que sería sus-
tentada con la figura jurídica de una sociedad civil (S.C.).
Oficialmente se iniciaba la modernización del esque-
ma de gestión y manejo de los manantiales rurales, pero
de facto la unidad de riego y su S.C. se adhirieron a los me-
canismos tradicionales que los regantes habían empleado
desde probablemente la época de la hacienda decimonóni-
ca, permaneciendo los regidores de agua como el principal
cargo para el funcionamiento de la estructura administrati-
va del Millán.
Actualmente la unidad de riego se encuentra con-
formada por 156 usuarios, tanto indígenas como mestizos,
cuya residencia se reparte entre los barrios de Tenazda y
Xajay con un estatus de ejidatarios o avecindados. A cada
barrio le corresponden 15 días de disfrute de riegos en sus
predios agrícolas, las actividades son organizadas y vigila-
das por cada uno de los regidores. Las obligaciones que
complementan este cargo se ubican en la organización de
las faenas para remozamiento de los canales y del ojo de
agua, además de la celebración de la fiesta anual, cada 3 de
mayo, en honor de la Santa Cruz del manantial, colectando
entre regantes y vecinos interesados las cooperaciones (di-
nero y especie) para contratar los servicios de un sacerdote
que oficiará la misa, así como para la compra de las ofren-
das al manantial, constituidas por ceras, fuegos artificiales,
alimentos y flores.
En este punto es importante destacar los aspectos
que delinean las relaciones de poder y las narrativas territo-
riales en el San Ildefonso de inicios del siglo XXI; la ubicación
- 243

del manantial en zona de uso común ejidal, su vocación emi-


nentemente agrícola desde la época de la hacienda, y la cons-
trucción del nuevo barrio otomí, asociada a una emergencia
identitaria étnica, revelan tres ejes espaciales bajo los cuales
se constituyen actualmente las etnográficas y textos ñäñhö
de la gente del bosque en San Ildefonso.
Para el verano del 2013, si bien se comprobaba la
máxima local acerca de la larga continuidad de desavenen-
cias asociadas al manantial del Millán, los conflictos que se
narran a continuación tendrán especiales características,
tanto por los actores involucrados, como por la creatividad
de los contenidos discursivos, especialmente en el manejo
de determinados recursos, en la elaboración de textos es-
pecíficos y en los mecanismos para su movilización en cada
idea de territorio que afloró.
El desarrollo del mismo conflicto se volvió el esce-
nario a partir del cual se generaron mecanismos donde se
desenvolvieron las capacidades de acción de los sectores
enfrascados, especialmente en la elaboración discursiva de
la posesión, los derechos, las éticas y los manejos asociados
al manantial, así como en la difusión de tales mensajes. Por
esta razón, procederemos primeramente a mostrar las carac-
terísticas del mismo, en tanto mecanismo que permite narrar,
resaltando los elementos semióticos asociados a la construc-
ción territorial en torno al ojo de agua, para después aterrizar
en las particularidades de los recursos y textos que sirvieron
a tal fin, ayudándonos para ello de las siguientes preguntas:
¿Qué se enuncia o se dice?, ¿qué elementos conforman dichos
enunciados?, ¿cómo y cuándo se dicen?, y ¿para qué o quiénes
se dicen determinados mensajes?
Los vecinos mestizos del barrio de Tenazda habían
convocado a los regantes otomíes y mestizos una reunión
para debatir la necesidad de compartir las descargas de
agua del Millán, modificando los manejos y administración
244 -

de éste. En las semanas previas a la reunión, se había es-


parcido el rumor en ambos barrios del interés de los ha-
bitantes de Tenazda de dividir las nacientes del manantial
para solventar sus requerimientos de agua para consumo
humano, aspecto que desde hacía años se había visto gra-
vemente comprometido por la solvencia insuficiente de sus
propios manantiales.
La noticia no fue recibida con agrado por los regantes
que administraban el manantial en Xajay y Tenazda, y los ru-
mores fueron recibidos con rechazo directo a la propuesta;
el principal argumento que se esgrimió para impedir que los
vecinos pudieran incorporar derechos de uso sobre el ojo
de agua, fue que éstos históricamente no pertenecían a la
unidad de riego y a la agrupación presidida por los regido-
res de agua; los derechos sociales, culturales e históricos de
acceso al agua se anteponían a los pretendidos derechos de
uso a ésta como habitantes con necesidades de consumo.
De manera particular, el posicionamiento de ambos secto-
res se encontró acompañado de alegorías que buscaron
significar el acontecimiento y posicionar verdades por vía de
recursos y textos, a fin de legitimar ambas posturas.
El lugar de la reunión se había pactado en los límites
de ambos barrios, como una manera de representar la neu-
tralidad del escenario, pero sobre todo como una medida
estratégica de ambos bandos para proporcionarse protec-
ción y seguridad ante posibles hostilidades. Para tales efec-
tos, la reunión se desarrollaría sobre el puente del arroyo
del Millán que divide ambos barrios.
Llegada la hora de inicio para la reunión, hacia los ex-
tremos del puente se congregaron ambos grupos; del lado
de Xajay, los regantes de la unidad de riego y habitantes in-
dígenas de dicho barrio; mientras que en Tenazda se empla-
zaron los vecinos mestizos. De manera interesante, ambos
grupos mantenían la distancia, imposibilitando el comienzo
- 245

de la reunión; por una parte, este lapso fungió como ante-


sala a la misma, aprovechando la distancia para compartir
las inquietudes, señalar las inconformidades y fijar las pos-
turas que defendían el derecho legítimo para cada caso.
Entre los regantes y residentes de Xajay, se consideraba ile-
gítima dicha reunión, a falta de un actor imprescindible en
la posible deliberación sobre los destinos del agua, tratán-
dose del comisariado ejidal y su comité, quienes represen-
taban la máxima autoridad, por encontrarse el manantial en
la zona de uso común del ejido.
Ante la expectativa, el grupo de Tenazda decidió to-
mar la iniciativa y aproximarse hasta donde se encontraban
sus contrapartes, a fin de dar comienzo a la reunión, aspec-
to que fue ampliamente celebrado por los regantes y habi-
tantes de Xajay, ya que demostraba cierto poder de éstos
declarando que eran aquéllos quienes deseaban exponer
la propuesta. La reunión dio comienzo cuando los repre-
sentantes de Tenazda rompieron el silencio y explicitaron
primeramente sus intereses de reunirse y el contexto por el
que atravesaban ante la carencia de agua para consumo hu-
mano de sus principales fuentes de abasto.
Cuando comenzaron a manifestarse detalladamen-
te las propuestas de repartición del agua, quedando la
mitad de las descargas a disposición de los regantes y el
resto siendo entubada para los vecinos de Tenazda, los
murmullos de los primeros se acrecentaron y entre gritos
ocasionales de negativas a la propuesta, se interrumpió
continuamente la explicación de los vecinos mestizos. El
alegato fue incrementándose y se avivó por la postura de
los mestizos, que buscaban defender la causa apelando a
las necesidades prioritarias de obtener agua para las per-
sonas, aspecto que fue secundado por los representantes
de Tenazda, quienes argumentaron que demandaban un
derecho humano al agua que la Constitución Política del país
246 -

amparaba; además de lo anterior, aseguraban tener el aval


de Conagua (Comisión Nacional del Agua) para ejecutar tal
decisión, enfatizando que dicha institución había realizado
un estudio técnico para evaluar la capacidad de descarga
del manantial y la posible propuesta de redireccionar la mi-
tad de su caudal.
La exposición de tales argumentos fue percibida por
los regantes y otomíes de Xajay como una provocación al es-
píritu que originalmente guiaba la reunión, transitando del
planteamiento de una propuesta para el uso del agua del
manantial, hacia una toma de una decisión unilateral pre-
viamente consentida por una institución federal. Es en este
momento de la reunión donde las intervenciones desorde-
nadas y alborotadas de los otomíes y regantes revelaron los
principales argumentos para posicionar la legitimidad de
unos derechos de uso ganados históricamente sobre dicho
ojo de agua. Con la finalidad de facilitar la exposición de di-

Tabla 1. Memoria colectiva y territorio en San Ildefonso Tultepec. Elaboró


Ricardo López Ugalde a partir de trabajo de campo 2012-2014.
- 247

chos argumentos, una síntesis de la información se presen-


ta en la siguiente tabla, especificando los componentes de
las etno-gráficas y textos elaborados por los otomíes du-
rante el conflicto.
De la tabla resaltan los elementos materiales que su-
ministran bases para los procesos de simbolización que dic-
tan la conformación de las etnográficas ñäñhö en cuestión.
De los bagajes culturales otomíes del bosque de San
Ildefonso, la escritura, la oralidad y los actos representan la
triada de significantes materiales sobre las que se orientan
los sentidos de recurso disponible para los regantes y
vecinos de Xajay en el conflicto de redefinición de los
esquemas de manejo del manantial.
En este caso, tanto los documentos referidos como
los relatos y las prácticas asociadas a la ritualidad del agua,
prefiguran recursos disponibles para la aparición de perso-
najes, sucesos y normativas clave que urden los textos que
abanderan el proceso territorial. Cabe destacar que hemos
clasificado los contenidos de las etnográficas y los textos a
partir de su correspondencia con soportes materiales espe-
cíficos; sin embargo, se verá cómo en la disposición de los
textos se combinan elementos de diferentes etno-gráficas
y bases materiales. Valga decir que los ejes valorativos que
enfatizan tales textos por vía de las etno-gráficas, se englo-
ban en las temáticas de vocación espacial, posesión y éticas
de manejo y relacionalidad con los manantiales.
Para el caso de las etno-gráficas asociadas a una ma-
terialidad escritural, se identificaron referencias a docu-
mentos procedentes de diferentes periodicidades, autorías
y énfasis significativo; destacan un documento probable-
mente datado hacia el primer cuarto del siglo XX, cuya au-
toría se adjudica al antiguo patrón de la hacienda de San
Nicolás de la Torre. La ubicación de este documento es in-
cierta, mencionándose que se encuentra en posesión de
248 -

alguno de los antiguos ejidatarios de San Ildefonso, y su


contenido refiere a los preceptos asentados por el hacen-
dado para que, al momento de la dotación del ejido de San
Ildefonso, el agua del Millán fuera empleada con fines agrí-
colas. Este último aspecto resulta interesante, no sólo por
la existencia percibida de tal documento, sino por el vínculo
que existiría entre éste y el rol protagónico que desempeñó
el hacendado hasta la repartición agrarista, acaparando el
manejo de los principales manantiales del bosque en la re-
gión para fines agrícolas.
Otro documento de especial relevancia es el acta re-
solutiva para la constitución del ejido de San Ildefonso Tul-
tepec, fechada en 1935 y resguardada por el comisariado
ejidal; para el caso del conflicto por la división del agua, el
documento destacó por su carácter instaurador, en cuyos
lineamientos regulativos se estipulaban los mecanismos de
acceso y posesión de la tierra cultivable, así como el usu-
fructo de los montes arbolados, la flora y el agua produci-
da en el Ñadó. De lo anterior es relevante que durante la
querella, a la apelación del acta resolutiva ejidal se sumaron
las percepciones de los regantes y vecinos de Xajay, quie-
nes, a pesar de que no todos participaban como miembros
reconocidos del núcleo agrario, lograron identificar como
favorable la ausencia de este sector en la reunión descri-
ta; después de todo se apreciaba que el ejido, junto a los
regantes, era el principal actor decisor de lo acontecido so-
bre el manantial del Millán y, por extensión, sobre la zona
de uso común del monte.
Con la complicación de las controversias por la toma
de decisiones sobre el manantial, la reflexión detallada de
la situación vino acompañada de una revisión exhaustiva de
aquellos documentos escritos que pudieran avalar el posi-
cionamiento de la unidad de riego y los vecinos de Xajay, es-
pecíficamente en lo relativo al uso acreditado por instancias
- 249

externas, como era el caso de la Conagua. En los años 90, al


obtener la concesión federal para usar el agua del Millán con
fines productivos, y al constituirse la agrupación de regan-
tes como unidad de riego, se accedía a un documento legal
que excedía los niveles locales de gestión y reglamentación,
siendo el Estado mexicano, desde su instancia responsable,
quien amparaba y oficializaba la continuidad de los riegos
con agua del manantial para las milpas de la zona.
De manera muy particular, durante el conflicto re-
señado se subrayó otro canal de legitimación del manejo
tradicional del manantial, éste acompañado de la documen-
tación generada por el Procede (Programa de Certifica-
ción de Derechos Ejidales y Titulación de Solares) a inicios
del siglo XXI, dependiente de instancias estatales de corte
agrarista. En tal documento se señalaba el resultado del
programa para la demarcación de los lindes geográficos de
caseríos y barrios del bosque de San Ildefonso. Los regan-
tes y vecinos de Xajay sugerían que tal documento fungía
como herramienta para la defensa de los usos sobre el ma-
nantial, ya que a partir de dichos ejercicios de deslinde se
había ubicado al Millán dentro de la extensión barrial de Xa-
jay, de lo que se concluía la existencia de un aval para sus
pobladores, conformado por derechos exclusivos a decidir
sobre el ojo de agua.
Como se observa, es desde la coyuntura abierta por la
tentativa de transformación de los esquemas administrati-
vos, de gestión y uso del manantial, que la memoria local de
los sectores involucrados incide para la construcción de te-
rritorios; tanto sujetos como agrupaciones involucradas ge-
neraron una resemantización de determinados elementos
apilados en sus bagajes culturales, siendo los documentos
escritos materiales importantes para comprender la elabo-
ración territorial desde procesos de semiosis, aunque no se
tratan de los únicos.
250 -

En el segundo rubro de materialidades sobre las que hila-


ron las etno-gráficas aparecen elementos orales y acciones
que buscaron encumbrar nociones de posesión y éticas
de manejo e interacción con el manantial. La tentativa de
instaurar un nuevo orden sobre las prácticas con el ojo de
agua generó lecturas interesantes acerca de los modos de
interactuar con éste, así como al carácter ontológico que
los manantiales asumen en la región otomí del sur quere-
tano. A la idea de instrumentalizar las descargas con fines
de consumo humano de los mestizos, se interpuso la pres-
cripción que engloba la ritualidad para la propiciación del
brote de agua en los manantiales, tareas asociadas particu-
larmente a la labor de organizar las fiestas a las cruces por
parte de los regidores del agua, los regantes y los vecinos.
En este sentido, la ritualidad del 3 de mayo supone la
puesta en marcha de una tradición prescriptiva, el costumbre,
que atiende el carácter de la reciprocidad que liga a los santos
y deidades del entorno con las necesidades de los humanos.
Este ritual formaliza las relaciones entre los ojos de agua y los
habitantes que se sirven de él, donde las rogativas y ofren-
das que agrupan la festividad, tienen la función de saciar el
hambre y mantener la buena salud de dichas entidades acuá-
ticas, posibilitando con ello las descargas óptimas. Desde esta
lectura, los mestizos no involucrados en las fiestas al Millán,
quedaban inhabilitados de participar de sus dones, mientras
el cumplimiento de tal obligatoriedad, heredada por los ante-
pasados, suponía el disfrute del agua para beneficio de sus
milpas y cosechas de maíz.
Estas percepciones evidencian el rol agentivo que
encarnan los principales manantiales para los otomíes del
sur de Querétaro, al tiempo que su carácter de miembros
especiales de las comunidades, al estar emparentados
con los humanos, resulta enfático en el tipo de involucra-
miento que los manantiales llegan a tener durante episo-
- 251

dios de conflictos detonados por el monopolio o envidia


en torno a sus aguas. De lo dicho destaca que para la lógi-
ca de los regantes y vecinos otomíes, el aseguramiento del
agua de manantial se cimienta tanto en la elaboración de
los rituales, como en la posibilidad de controlar su acapa-
ramiento y evitar pleitos entre los humanos.
Hacía 10 años que la Presidencia Municipal de Ame-
alco había buscado controlar unilateralmente el Millán,
propiciando la movilización de los ildefonsinos proceden-
tes de los diferentes barrios que conforman al poblado,
para defender el sitio. Si bien los saldos de aquella quere-
lla fueron positivos, la comunidad y la unidad de riego se
rehicieron de la posesión del ojo de agua, aunque el pleito
había ocasionado el enojo del manantial y la reducción de
sus descargas por “castigo de dios”. Por lo anterior, el plei-
to con los vecinos mestizos de Tenazda tensaba la tran-
quilidad de regantes y otomíes de Xajay, percibiéndose un
temor a que se desecara el manantial después de involu-
crarse en un nuevo episodio de litigios por las aguas que
nacían del bosque.
Tanto el ritual como el control de la envidia resulta-
ron dos elementos vigentes de la tradición otomí, pero la
semantización de ambos estuvo asociada a la posibilidad
de marcar lindes de pertenencia bajo la coyuntura viven-
ciada del conflicto en puerta. De esta manera, la memo-
ria local, a fuerza de recordar, recobró para el presente
no tanto una actividad, sino el énfasis valorativo que ésta
asumía para contrastarse con aquellas formas cualifica-
das como negativas o erróneas; a su vez este acto de va-
lorar recordando supuso en el texto narrado subrayar el
respaldo de tales tradiciones en el anclaje mítico de los
ancestros instauradores de las instituciones sociocultura-
les de la comunidad. Además, dichos realces valorativos
posicionaron como verídica o correcta dicha ética de re-
252 -

lacionalidad con el manantial. Ambos tipos de acciones


fungieron como puntos de argumentación para tejer una
trama territorial, teniendo como centro al manantial, pues
se trataba no solamente de trabajar para incentivar el
brote ininterrumpido del agua por vía del ritual, sino ade-
más existía una intención explícita de sortear la negligen-
cia de los vecinos litigantes, actuando en consecuencia
para limitar una discordia que pudiera colapsar definitiva-
mente aquel lugar de agua.

SOMBRERETE, CADERE Y TA (QUERÉTARO).


MEMORI AS DE UN TERRITORIO EN DISPUTA

La comunidad otomí de Sombrerete, municipio de Cade-


reyta, en el estado de Querétaro, es uno de los escenarios
donde las incursiones etnográficas realizadas por los investi-
gadores asociados al Proyecto Nacional de Etnografía de las
regiones indígenas, adscrito al Centro INAH Querétaro, han
tomado camino hacia la comprensión de la memoria como
recurso cultural, ya que para los habitantes del lugar resulta
un punto fundamental en la conformación y apropiación del
territorio. El objetivo principal de este apartado es presentar
un acercamiento etnográfico al tema de la memoria, cons-
truido a partir de la narrativa, pero también echando mano
de materialidades diversas que fueron emergiendo para
dar sentido y mayor firmeza a los discursos locales sobre
su historia colectiva; de este modo es posible plantear las
siguientes cuestiones: ¿qué elementos culturales represen-
tan la memoria referente al territorio para los otomíes de
Sombrerete?, ¿cuáles son los discursos históricos locales
que afianzan la asociación entre memoria y territorio?, y
¿en qué momentos o circunstancias cobra vida el reservo-
rio de la memoria?
Bajo la perspectiva de Pérez-Taylor, el acercamiento inter-
- 253

disciplinario entre la historia y la antropología permiten


abordar la narración y la oralidad para “reconstruir lo que
ha sido el pasado, ordenando y reordenando en cada mo-
mento el proceso social” (Pérez-Taylor, 2002:16). En algunos
casos como el de Sombrerete, la narración se acompaña de
manera muy cercana con edificaciones, lugares en el paisa-
je e incluso documentos antiguos. El punto clave de ello es
que Sombrerete ha sido, durante largo tiempo, espacio de
disputa territorial, por tanto, la transmisión del sentido de
pertenencia y de defensa territorial, a través de la memoria,
se ha vuelto crucial para las y los pobladores durante varias
generaciones.
Desde la antropología, es común acercarse a la his-
toria de la comunidad revisando textos escritos por ciertos
especialistas, para vislumbrar los antecedentes históricos,
considerando que la memoria sólo encuentra espacio y
representación en el pasado, convertida en un recuerdo
y escrita por historiadores y cronistas, quienes buscan en
los documentos antiguos lo que en realidad sucedió; pero
como se ha propuesto en la parte inicial de este trabajo,
cuando la antropología se inmiscuye en las temáticas his-
tóricas de un pueblo o comunidad, es posible pensar que
se puede etnografiar la memoria, retomando los discursos
y prácticas de las poblaciones, quienes se mueven entre el
ayer y el ahora.

L O S P OR TA DORE S DE L A MEMOR I A

En el semidesierto queretano se encuentran asentadas


poblaciones de origen ñäñhö, las comunidades y pueblos
indígenas de la región poseen características culturales
particulares en relación con las comunidades indígenas oto-
míes de otras regiones del estado de Querétaro. La histo-
ria del poblamiento del semidesierto es un factor clave para
254 -

entender las configuraciones actuales de la región y las co-


munidades mismas, debido al proceso de colonización es-
pañola. La Corona española tenía intereses en relación con
los recursos naturales y minerales que se encontraban por
todo el norte de México, dicho interés iba a la par de las
estrategias de conquista, como ocurrió con la pacificación
de los indios bárbaros a través de la evangelización y de la
confrontación directa para desplazarlos. Entre el siglo XVII y
XVIII, los españoles y sus aliados se dieron a la tarea de apa-
ciguar a los indígenas nómadas que habitaban estos territo-
rios. Junto a contingentes de caciques y guerreros otomíes
provenientes del centro de México, el semidesierto fue con-
formándose como región, misma que se caracterizó por el
conflicto desde su fundación, ya que varias fuentes señalan
que, a pesar de que los grupos otomíes y los españoles se
aliaron para poblar las tierras agrestes, no estaban exentos
de conflictos entre unos y otros, principalmente por la po-
sesión de las tierras (Powell, 1977; Páez, 2002).
Es en el contexto del conflicto donde surgen los pri-
meros registros históricos de la comunidad de Sombre-
rete.48 El territorio donde hoy se asienta la comunidad
pertenecía, según los documentos antiguos, a un miliciano
del pueblo español de Vizarrón.49 La narrativa de los docu-
mentos históricos cuenta que a mediados del siglo XIX “un
grupo de vecinos de ese lugar [Sombrerete], acaudillados

48 
La comunidad de Sombrerete tiene una característica peculiar: al in-
terior está compuesta por cuatro localidades (según la terminología del
Inegi) pero se asumen como una sola comunidad, a saber: El Membrillo,
La Laja, Puerto de Sombrerete y El Soyatal, además de la comunidad de
Rancho Nuevo Sombrerete, que corresponde al área que se les dotó como
ejido; esta última comunidad se conformó con población de las cuatro an-
teriores.
49
En ese entonces Vizarrón tenía el estatus de municipalidad, a la cual per-
tenecía el rancho de Sombrerete.
- 255

por José Hernández y Atanasio Romero, lo despojaron de la


posesión” (Mendoza, 2006:73); esto sucedió cuando el Ge-
neral Tomás Mejía amparaba la venta de terrenos del lugar
para beneficiar a sus tropas durante su campaña.
Desde este momento se desencadena el conflicto por
un territorio que, a más de doscientos años, los poblado-
res de Sombrerete defienden. Algunos historiadores que se
han acercado al tema señalan que dicha defensa era contra
los españoles, quienes invadían territorios; tal como lo rela-
ta Jiménez (2013), los conflictos por la tierra eran bastante
frecuentes en el mismo semidesierto, ya que, a través de los
documentos sobre los juicios y litigios entre españoles e in-
dígenas otomíes de Tolimán, se aprecia que era una carac-
terística común para la época.
Ésta sólo es una parte de la historia de Sombrerete,
aquella fracción que únicamente podemos encontrar en
los documentos especializados. En medio de las disputas
intermitentes por el uso y usufructo de este polígono
territorial, están las familias otomíes que subsisten
económicamente de la explotación de los bancos de
mármol, la incipiente siembra de maíz y la recolección de
ciertos frutos de temporada. El territorio es para ellos su
razón de ser.

MEMOR I A , T ERR I T OR IO Y CONFL IC T O

Entre invasiones y despojos, los habitantes de Sombrerete


recuerdan cómo sus abuelos les contaban sobre las estra-
tegias de defensa del territorio que la población actual de
la comunidad conserva; en los últimos tiempos, dicha de-
fensa terminó siendo instrumentada contra pequeños pro-
pietarios mestizos y las comunidades que colindan con el
territorio marcado por los habitantes de Sombrerete. Por
un lado, los yacimientos de mármol disponibles en toda la
256 -

región hacen que se muevan intereses respecto a la explo-


tación de los mismos; por otro lado, la defensa a ultranza de
un territorio ancestral heredado por los antepasados hace
que el conflicto por la tierra, que inició en el siglo XVIII, siga
vigente.
En otras geografías de nuestro país, el conflicto por
las tierras entre propios y ajenos a las comunidades, ha sido
una problemática ampliamente estudiada; por mencionar
algunas propuestas, destaca el caso de los mixtecos de Oa-
xaca, revisado por López Bárcenas et al (2005), así como la
situación en Milpa Alta documentada por Iván Gomezcésar
(2010). Este último propone analizar el conflicto de tierras
con un doble propósito: por una parte, ubicar las razones
del conflicto y su desarrollo, pero también considerando la
profunda relación de los habitantes con la tierra “como fac-
tor privilegiado de cohesión interna [y] capacidad de unión
que han mostrado en momentos determinados” (Gomezcé-
sar, 2010:288).
Retomando esta idea, podemos decir que el vehículo
de la memoria en Sombrerete ha sido el conflicto por los
linderos y la lucha ante los otros (los vecinos invasores) por
el reconocimiento de una poligonal determinada que con-
forma su territorio. Por tanto, para ellos el territorio no sólo
significa un espacio de terreno, sino un contenedor de su
identidad e historia como colectividad.
La memoria histórica en Sombrerete, transmitida
principalmente a través de la oralidad, incluye aspectos
como reglamentos de organización social, capillas, parajes
en el paisaje, sitios arqueológicos, pinturas rupestres, “mo-
joneras” y un “documento virreinal”, en el cual, según su
apreciación, se describen los puntos limítrofes del territo-
rio que les pertenece. Para registrar etnográficamente cada
uno de esos aspectos, se hicieron recorridos de área a la
par que se escuchaban los testimonios de cada aspecto,
- 257

desde una perspectiva plural que incorporaba aspectos de


género, edad, postura política y estatus de propiedad.
De acuerdo con los acercamientos etnográficos, los
elementos antes mencionados han sido identificados por
los propios habitantes como “datos” que les permiten le-
gitimar sus orígenes, mientras parte de sus estrategias ha
sido comprender las reglas del mundo contemporáneo para
adaptarse y sobrevivir a él. De ahí que, en diversas coyun-
turas de conflicto por sus linderos, han contratado aboga-
dos agrarios y penales, ingenieros civiles, y actualmente se
han acercado a instituciones que albergan historiadores,
arqueólogos, arquitectos y antropólogos para el registro de
sus memorias, especialmente, aquellas ligadas a la confor-
mación de su territorio, como es el caso del INAH.
Gran parte de los testimonios transmitidos en los
discursos es de instrumentos de suma importancia, a me-
dida que “el testimonio es la facultad de recordar, de dejar
huella; es el rastro de las experiencias de los individuos, del
mundo que vivieron; algunas de ellas reaparecen al ser in-
vocadas, otras permanecen, esperando, y otras tantas sim-
plemente desaparecen” (Camarena y Lara Meza, 2007:7).
Pero como señala Gomezcésar (2010), la memoria histórica
es el reservorio que otorga vida a los testimonios y narrati-
vas, estando presente en múltiples manifestaciones cultu-
rales, como sucede en Sombrerete.
Hablaremos aquí de tres elementos constitutivos de
la memoria histórica elaborada por los ñäñhö. El primero de
ellos es la forma de organización social para el manejo de la
propiedad comunal; el segundo, las huellas materiales en el
paisaje, y, por último, se destaca el papel de los documen-
tos antiguos custodiados por los habitantes.
La organización social de la comunidad recae en la
tradición y en lo que ellos llaman “el reglamento de usos y
258 -

costumbres”, un sistema normativo interno50 que establece


el deber ser de la población de las cuatro localidades que
conforman la unidad territorial. Dichos usos y costumbres
están orientados hacia el ejercicio de obligaciones y dere-
chos de los diferentes perfiles de habitantes de las comuni-
dades en relación con la tierra, específicamente comuneros
y avecindados. Estas normas entretejen las actividades de
los habitantes en dos principales dimensiones de lo social,
que son el usufructo de las tierras comunales, así como las
prácticas religiosas y comunitarias ligadas estrechamente a
las tradiciones.
La asamblea comunal es el órgano donde se discuten
tanto el cumplimiento de estas normas como cualquier tipo
de decisión respecto al territorio. La posesión comunal de
las tierras resulta ser un elemento fundamental de la iden-
tidad comunitaria y étnica, ya que con la participación en
los cargos rituales, las faenas y los comités comunitarios,
es como se gana el permiso para hacer uso del territorio
(Ferro, 2005; González, 2012; 2015). La asamblea cobra rele-
vancia especial debido a que, como plantea E. Jelin “las me-
morias son simultáneamente individuales y sociales, ya que
en la medida en que las palabras y la comunidad de discur-
so son colectivas, la experiencia también lo es. Las vivencias
individuales no se transforman en experiencias con sentido
sin la presencia de discursos culturales, y éstos son siempre
colectivos” ( Jelin, 2002:37). La asamblea es el escenario de
representación performativa de la identidad y del territorio,
es donde los discursos tienen una fuerte carga cultural que
hace sentido para aquellos que escuchan las experiencias

“Conjunto de prácticas jurídicas de carácter consuetudinario que los


50 

pueblos y las comunidades indígenas reconocen como válidas y utilizan


para regular sus actos y que sus autoridades aplican para la resolución de
sus conflictos internos” (LDCPCIEQ, 2012: 28-29).
- 259

vividas por los antecesores, a su vez transmitidas hacia las


nuevas generaciones.
El territorio de la comunidad de Sombrerete, además
de ser la base de la organización social y ritual comunitaria,
permite a los comuneros la subsistencia mediante la explo-
tación de los bancos de mármol y la recolección de ciertos
frutos de temporada, así como los recursos económicos para
generar las estrategias de defensa del mismo, desde que
la gente tiene memoria; esta lucha ha sido liderada por los
representantes de bienes comunales51 y actualmente, por
el Comité de Bienes Comunales,52 figura que surge en 1984
como organismo encargado de la defensa de este territorio,
procurando conjuntar a viejos y jóvenes, debido a que consi-
deran fundamental la transmisión de la memoria y el conoci-
miento a las generaciones jóvenes acerca del conflicto.
En cuanto a las referencias relacionadas con los sitios
arqueológicos, pinturas rupestres y edificaciones antiguas,
el acercamiento en campo fue posible al realizar un taller co-
munitario en el cual se registraron las narrativas y se obser-
vó cómo la población asociaba recuerdos, cuentos, vivencias
y demás elementos que demostraran la relación entre la po-
blación actual y la ocupación de su territorio durante siglos.
Éste es un punto trascendental asociado al hecho de que el
reconocimiento y filiación a ciertos materiales otorga a los po-
bladores el conocimiento del territorio ancestral y, por tanto,
el derecho de habitarlo y luchar por él.
Como parte de las intervenciones comunitarias en el
taller, se obtuvo una lista de trece parajes, poniendo espe-

51 
Cargo vitalicio que desempeñaba quien era elegido por la comunidad,
trabajando con un ayudante joven, que tomaba el puesto luego de que el
primero moría.
52
La estructura de este organismo se compone de presidente, de
secretario, tesorero y un Consejo de Vigilancia.
260 -

Tabla 2. Rubros de información del taller participativo, 2016.

cial énfasis en los nombres y sus significados, así como las


características del lugar, las actividades que se realizaban,
los relatos, el imaginario y la relación de cada punto con
otros espacios o eventos (ver tabla 2).
Como se observa hasta este momento, la metodolo-
gía es propiamente antropológica y consistió en entrevis-
tas, observación directa y participante, recorridos de área,
búsqueda de información documental y cruce de datos, que
combinaban temporalidades, moviéndose entre el ahora y
el pasado.
Uno de los retos mayores fue escudriñar y escuchar
todo lo referente a los documentos antiguos que los pobla-
dores tienen en sus manos como prueba fehaciente de pro-
piedad territorial, a los cuales otorgan el nombre de “títulos
primordiales”.
El acercamiento y revisión concienzuda del “Título vi-
rreinal” que llegó a sus manos a mediados de la década de
los ochenta del siglo XX, ofreció a los pobladores un nue-
vo panorama de análisis y un naciente motivo de lucha por
la reivindicación jurídica de sus tierras. Mediante “el docu-
mento” corroboraron lo que ya estaba en su memoria y en
su cotidiano andar: el conocimiento de los parajes o puntos
limítrofes de su territorio. Se convirtió además en una feha-
ciente herramienta para enseñar a los más jóvenes aque-
llo que sus padres también les compartieron desde niños.
De este modo, se conjugaron la participación colectiva y
las atribuciones propias de un comité de representantes,
- 261

ambos organismos interesados en resguardar lo que con-


sideran el patrimonio de toda la comunidad. Entre las atri-
buciones de los representantes de Bienes Comunales, está
realizar periódicamente recorridos y “cateos” en algunas zo-
nas para que los colindantes no realicen saqueos de piñón,
madera o algún otro recurso, como ocurre con el mármol,
así como notificar ante cualquier invasión.
El “documento” en la actualidad es uno de los princi-
pales instrumentos de defensa, incluso siguen intentando
por la vía legal el reconocimiento del mismo para lograr am-
pararse ante los recientes despojos e invasiones de peque-
ños propietarios, interesados en la explotación de mármol.
Plantear los tres elementos analíticos anteriores (or-
ganización social, huellas materiales y documentos) tras-
pasados por el lente de la memoria, es una propuesta que
Gomezcésar (2010) trazó en sus conclusiones de la disputa
territorial en Milpa Alta, pero cabe señalar que en nuestro
caso fueron los propios habitantes de Sombrerete quienes
idearon en gran manera esta forma de acercarse y recopilar
la memoria colectiva. El resultado de este ejercicio es una
compilación de información que refleja el conocimiento y la
apropiación que la gente de la comunidad ha construido a
lo largo del tiempo con el entorno, este conocimiento tam-
bién se compone de cuentos y narraciones que no sólo re-
fieren a los acontecimientos pasados, sino que justifican o
explican la razón de ser de algunas normas de conducta y
de las maneras de relacionarse con el entorno.
262 -

LA MEMORIA COMO ESTRATEGIA IDENTITARIA

Cuentan los habitantes de la comunidad de Sombrerete


que desde que tienen memoria han luchado ante el despo-
jo del territorio que consideran la “herencia de sus antepa-
sados”; han abierto procesos legales desde hace 20 años
aproximadamente, sin contar que no se ha indagado en dé-
cadas anteriores sobre el desarrollo del conflicto. Sin em-
bargo, la gente recuerda la instrucción de sus antepasados
sobre el cuidado y la defensa del territorio, y actualmente
están en proceso dos juicios, uno agrario y otro penal, de-
bido a que las confrontaciones de pronto se tornan violen-
tas y es cuando los habitantes se organizan para “correr”
a los que invaden sus tierras. Al respecto se menciona lo
siguiente: “cuando se trata de defender nuestro territo-
rio, la gente se une sin importar los problemas que haya
al interior de la comunidad”, tanto es así que, al explicar el
asentamiento disperso de las cuatro localidades, refieren
que cada una de ellas es independiente, pero cuando se
trata de la fiesta y de la defensa del territorio son una sola
(González, 2012).
Así que a la par de los juicios legales, la gente suele
presumir con orgullo que cuando se trata de la defensa del
territorio, ellos dicen no dudar en confrontarse físicamen-
te con los invasores. Sin embargo, en la estrategia actual de
lucha se ha incorporado una visión positivista sobre la “evi-
dencia” o “las pruebas” de que los habitantes actuales son los
legítimos dueños del territorio, visión que se infunde desde la
perspectiva del derecho moderno, y por ende de los jueces
y abogados. De esta manera es que, en la búsqueda de es-
tas pruebas, los habitantes de la comunidad escogen de en-
tre el bagaje material o patrimonial que tienen en disposición,
aquellos elementos que consideran como pruebas históricas
de su presencia en el territorio en disputa.
- 263

La comunidad de Sombrerete en la actualidad no ostenta


ningún tipo de escritura primordial,53 sus pobladores men-
cionan que en algún momento se tuvieron escrituras, pero
que, debido a un “accidente”, se quemaron y se perdieron.
De acuerdo con la narrativa de un habitante de la comuni-
dad que ha sido representante de los bienes comunales,
el conflicto en su versión contemporánea se desencadena
en el año de 1966 aproximadamente, cuando el comisaria-
do de bienes comunales en turno extrae los títulos de pro-
piedad de la comunidad que se encontraban resguardados
en el templo, y los deposita en su vivienda; siendo ésta de
soyate,54 no fue difícil que por un accidente se quemaran
junto con los documentos (González, 2015). Se piensa que
el “accidente” fue provocado por enemigos del comisariado,
y en cuanto se supo lo que había ocurrido, los habitantes de
las comunidades vecinas comenzaron a invadir el territorio
de la comunidad. Los habitantes cuentan que sólo las per-
sonas mayores conocieron a detalle estos documentos, su
forma, sus colores y sus inscripciones, y hasta la fecha no
han podido encontrar una copia de ellos.
Es muy probable que por ello el relato de todo lo su-
cedido se haya convertido en uno de los recursos más im-
portantes de conservar y reproducir, ya que algunos autores
plantean que “los periodos de crisis internas de un grupo o
de amenazas externas generalmente implican reinterpretar
la memoria y cuestionar la propia identidad. Estos periodos
son precedidos, acompañados o sucedidos por crisis del sen-
timiento de identidad colectiva y de la memoria” (Pollak, 1992,
citado en Jelin, 2002:26). Estos lapsos, permiten a los porta-
dores de la memoria reflexionar acerca del pasado, reinter-

53 
Documentos que la República de Indios expedía para reconocer la mer-
cedación de tierras y aguas durante el siglo XVIII (Jiménez, 2013).
54
Hoja de una palma de la región.
264 -

pretar y construir nuevos elementos para mantener viva la


identidad grupal ( Jelin, 2002).
Los habitantes de la comunidad que participaron en
las entrevistas, talleres y recorridos realizados aportaron
elementos para comprender de dónde provienen los argu-
mentos para la defensa del territorio, cómo es que los ver-
balizan en el contexto específico en que se encuentran y que
tienen que ver con generar respuestas ante una amenaza de
despojo. Dentro de este contexto, los líderes de la comuni-
dad cumplen un destacado papel, son reconocidos por los
pueblos como los portadores de la voz de los otros, convir-
tiéndose en cabecillas en términos ideológicos y morales.

COMEN TA R IO S F IN A LE S

Afrontar a la memoria en el trabajo antropológico supone


varios aspectos, entre ellos el desarrollo de una agudeza
etnográfica competente a la densidad del acto de recor-
dar, donde las intencionalidades de los agentes desbordan
las pautas del hecho histórico y la cultura, a partir de una
narrativa que signa circunstancialmente encuentros y dis-
tanciamientos territoriales, mostrando el anudamiento y
la distensión a partir de alianzas sociales y capitales cultu-
rales. A su vez, y en términos metodológicos, un abordaje
etnográfico de tales procesos conlleva el diseño de pro-
gramas de investigación amplios que conjunten recorridos,
talleres, charlas informales y la observación de elementos
materiales cruciales que nutren la elaboración de textos y
etno-gráficas testimoniales. Esto significa hacer un cruce de
informaciones provenientes de diferentes fuentes más allá
del elemento oral. Por ello, en los casos presentados se in-
cluyeron todos aquellos elementos mencionados, recupera-
dos y asociados con la temática territorial por parte de los
habitantes de ambos poblados, quienes desde su autoría e
- 265

intelectualidad, formularon tales elementos de acuerdo con


su perspectiva.
Nuestra pregunta guía acerca del papel que desempe-
ña la memoria en los procesos territoriales étnicos permitió
analizar con detenimiento los dos casos presentados, inten-
tando además mostrar parte de los elementos que hemos
propuesto para comprender al territorio desde una perspec-
tiva dinámica y significativa, sin que ello omita los contextos
de poder de los que se alimenta. Para fines explicativos, he-
mos separado las etnográficas, los textos y los mecanismos,
a fin de evidenciar algunas de sus principales características;
sin embargo, tales elementos operan de manera simultánea
durante las situaciones coyunturales de las que emergen las
relecturas territoriales en los grupos humanos.
A manera de cierre, quisiéramos resaltar algunas
ideas abordadas en el presente trabajo, de manera que
puedan guiar tanto una comprensión discursiva acerca
del territorio, como retroalimentar las bases de un ejerci-
cio etnográfico incorporado a los escenarios estudiados,
destacando para ello los siguientes tópicos: a) el conflicto,
b) la interdisciplina, c) las ideas-materialidad, y d) el espa-
cio-tiempo.
El acercamiento a la concepción del territorio es un
filtro que muestra ciertos elementos culturales de los pue-
blos, como son sus formas organizativas, ritualidad o mitos
de origen, los cuales otorgan identidad, arraigo y múltiples
razones para seguir adelante con la vida cotidiana. Los oto-
míes de Querétaro, como la mayoría de los pueblos origina-
rios, se han confrontando con otras culturas que tratan de
imponer su manera de ser y pensar; en ello, la apropiación y
uso de los recursos naturales presentes en el territorio que
habitan, ha tenido una relevancia importante.
A) Conflicto. Más allá de comprenderse como un error
o falta de integración o coherencia, el conflicto significa
266 -

para los otomíes la posibilidad de mirarse a sí mismos para


diferenciarse de los otros. Es la oportunidad para debatir
internamente sobre aquellos aspectos de la cultura que
brindan soporte al autoreconocimiento, afianzan lazos y
reconstruyen discursos del tiempo presente, haciendo
referencia al pasado y proyectándose hacia el devenir.
También, según Uzeta (2004), en el conflicto se redefinen
constantemente sus relaciones internas, sus relaciones con
los agentes externos y su propia capacidad para la confron-
tación y los acuerdos; de modo que las asambleas y reunio-
nes, en las cuales se escucha y se escudriña la voz de los
propios, permiten renovar fuerzas para dar la cara hacia el
exterior.
La propuesta es ver en las confrontaciones una vía
para la etnografía, redescubriendo los procesos y signi-
ficados de las pugnas, en las cuales la memoria sobre las
problemáticas enfrentadas, los rituales, las reminiscencias
materiales y los parajes en la geografía del territorio serán
puntos clave para registrar y analizar.
B) Interdisciplina. Trabajar el tema de memoria colec-
tiva obliga a un diálogo interdisciplinario, por lo menos en-
tre la antropología social y la historia; ambas ciencias suelen
estar interesadas en los textos elaborados por las pobla-
ciones a quienes visitan, a veces tratando de comprender
el presente, otras remitiéndose al pasado y percatándose,
finalmente, de que ambos tiempos coexisten en la misma
trama. El hecho de observar documentos antiguos, escudri-
ñados, interpretados y resguardados por sus poseedores,
plantea otras posibilidades de la interacción interdiscipli-
nar. Como vimos, los escritos de antaño se vuelven objeto
de culto, ya que se les adjudica la autenticidad para afianzar
propiedades e identidades, mismas que se acompañan de
las festividades y rituales; todo ello significa una compleja
escena social que requiere de varias miradas.
- 267

Remitirnos a la historia de los pueblos no puede limitarse


a la consulta de fuentes secundarias, es decir, a la visión
que fue encontrada en los archivos lejanos a las comuni-
dades con las que se trabaje; será necesaria la escucha de
los testimoniales, de las voces aún vivas, con las respecti-
vas contribuciones antropológicas de la observación direc-
ta y participantes para ampliar el panorama. Si recordar es
volver a vivir, el vivir es una evocación de la memoria. La
combinación memoria y territorio proporciona un enfoque
analítico que implica revisar la metodología de las ciencias
sociales para enriquecerla.
Bajo situaciones diversas, el estudio de los procesos
territoriales en grupos indígenas permite ampliar la com-
prensión operativa del binomio espacio-tiempo en la cons-
trucción de las narrativas territoriales. Si partimos de la idea
del territorio como semiosis social abonando a la emergen-
cia de actos comunicativos, el espacio y el tiempo aparecen
como dos dimensiones que nutren la memoria local, la au-
toría narrativa territorial y el énfasis enunciativo.
C) Ideas y materialidad. Antes de responder a la in-
terrogante ¿qué dicen las nociones territoriales de los po-
blados otomíes de Querétaro?, era necesario subrayar la
materialidad y los modos de construcción de tales enun-
ciados, identificando no solamente aquellos elementos
geográficos del entorno significado, que para los casos pre-
sentados pueden ligarse tanto a los manantiales como a los
bancos de mineral; se trataba pues de descentralizar las
nociones del soporte territorial, asociadas exclusivamen-
te al espacio, para dar cuenta de un conjunto de elemen-
tos materiales que también sustentan dichos procesos. En
la propuesta que sugerimos, los documentos escritos, los
relatos orales y los actos apoyan la idea de una materiali-
dad manejada y semantizada por los actores sociales, de lo
cual sobresale que para entender los procesos territoriales
268 -

no basta con generar listados interminables de elementos


asociados a la cultura material de los grupos humanos, sino
historizarlos desde las formas e intenciones en que éstos
adquieren sentido para los miembros de una sociedad en
un presente inmediato.
Poner atención a tales elementos puede resultar con-
veniente, en tanto se dé cuenta de la ubicación y consisten-
cia de los mismos desde diferentes aristas, tales como la idea
de un resguardo celoso o de una ficción operativa que soslaya
mostrarlos en público; sugerir quiénes han creado o dispues-
to tales elementos; qué tipo de información contienen; y el
carácter que envuelven las nociones de “ancestralidad” o “an-
tigüedad” para connotar prestigio, reglamentación y veracidad
alrededor de tales elementos.
Es por ello que, junto a las percepciones valorativas
vinculadas a los manantiales y los bancos de mármol, se
articulan en diversas maneras los documentos escritos, la
arquitectura, los vestigios arqueológicos, los relatos edi-
ficantes y las acciones rituales que, en conjunto, tienen la
finalidad de tejer la consistencia identitaria de un nosotros
verdadero y correcto.
D) Espacio-tiempo. Lo anterior recalca el papel de
las tradiciones para la vivacidad de la memoria local, y a su
vez el carácter argumental que desempeñan éstas para la
creación de las glosas territoriales; factores interesantes de
los casos reseñados destacan tanto la temporalidad en que
se data el origen de tales documentos, rituales e institucio-
nes locales, como la identificación del tipo de personajes o
axiomas que se enfatizan en tales elementos. En las glosas
territoriales, el posicionamiento ejemplar de determinados
elementos materiales para legitimar posesiones, éticas y vo-
caciones espaciales, se encuentra determinado por la nece-
sidad de idear o resaltar argumentos de verosimilitud; a su
vez, dichas cualidades de lo creíble o verdadero se soportan
- 269

en simbolizaciones que desarrollan la perspectiva de la an-


tigüedad y los tiempos instauradores de diferentes órdenes
socioculturales a los que se arropan linajes consanguíneos
o de afinidad.
En el estudio de los territorios, una antropología que
se pregunta por la memoria debe prever no necesariamen-
te la veracidad del hecho histórico; sino por el contrario se
abordan por una parte aquellos procesos de significación
sobre el entorno, en tanto que el territorio supone espa-
cio apropiado, pero por otra parte plantea la posibilidad de
entender la multiplicidad de interpretaciones de los acon-
tecimientos pretéritos y contemporáneos, a fin de lograr
constituirse nociones de realidad o veracidad vinculados al
espacio.
Al respecto, qué razón de ser tendría el documento
de Sombrerete, que no tiene el estatus de título primor-
dial, o el documento del antiguo patrón en San Ildefonso
Tultepec, cuando la política latifundista del siglo XIX hoy es
caduca. Más que hablar de anacronismos o ensoñaciones
irracionales, y sobretodo evitando constructivismos relati-
vistas, con las significaciones que remodelan a los elemen-
tos señalados, asistimos a la vitalidad de la memoria, cuya
capacidad de generar operaciones intelectuales permite
la construcción tanto de legitimidades como de las dimen-
siones y escalas de la problemática experimentada por el
grupo humano. En este sentido, el estudio de los territorios
supone un problema de comunicación que abreva del con-
texto donde se desenvuelven las relaciones sociales de los
grupos involucrados.
Lo anterior nos lleva al último tópico señalado, el de
la comprensión de los componentes territoriales desde el
binomio ideas-prácticas. Hemos señalado al inicio del tra-
bajo que nuestra posición analítica aboga por una mutua
implicación de las ideas y las acciones humanas en la ela-
270 -

boración de las nociones de territorio, pero en la casuística


etnográfica, ¿qué supone tal contrapeso? En los ejemplos
territoriales de los poblados indígenas abordados, por un
lado, cuál sería el papel de los bagajes culturales signados
por el costumbre o la tradición otomí, y, por otro, el de las
relaciones sociales, la configuración de polarizaciones y cir-
cuitos de fuerzas, así como la injerencia del espacio en tales
disposiciones sociales. Hablar de una determinante exclusi-
va llevaría a acordonar el desenvolvimiento complejo de fe-
nómeno territorial, y dependiendo del caso concentraría un
análisis en la trama simbólica o en las relaciones de poder.
Tal y como lo ha explicado Lefevbre (2013 [1974]),
apropiación y dominación operan como dos dimensiones
inseparables en los procesos territoriales, por lo que ideas
y prácticas se superponen junto al espacio, para dar cuen-
ta del perfil semiótico discursivo que deriva del territorio
enunciado. Antepasados, documentos antiguos y rituales
arcaicos asumen contemporaneidad cuando se les brinda
la posibilidad de significar y orientar experiencias sociales,
es decir, aparecen imbricados en las rugosidades de la in-
teracción humana que asoman asimetrías y estamentos de
diversa índole en torno al manejo de la naturaleza. Sólo de
esta manera el decir y enunciar una noción de territorio, es-
tará ensamblado al hacer intencionado del proyecto de vida
de los grupos humanos, ambos aspectos operando como
fuentes inagotables de la diversidad sociocultural.

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Este libro se terminó de imprimir en el taller de Diseño e Impresiones.
Plaza Manuel Doblado, 24. Col. Centro, San José Iturbide, Gto., en agosto
de 2018. Con un tiraje de 500 ejemplares.