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Estela Espezel, Seminario 2018. 21 de noviembre. El poder y sus afines.

Libertad y Poder. Crítica, Libertad y subjetividad.

¿Quiere esto decir que usted entiende la libertad como una realidad ética en si misma?

R.-La libertad es la condición ontológica de la ética; pero la ética es la forma reflexiva que adopta
la libertad. (Entrevista con Michel Foucault realizada por Raúl Fomet Betancourt, Helrnut Becker y
Alfredo Gomez-Muller el 20 de enero de 1984. Publicada en la Revista Concordia n.0 6, 1984, con
el título La ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad.)

Este encuentro extra, me parece adecuado para focalizarlo en la libertad. Un tema clave en
relación al poder. Y pienso Foucault nos puede ayudar por la manera en que vincula la actitud
crítica como posibilidad de diagnosticar el presente y transformarlo, pero también la importancia
de las prácticas de la libertad como una alternativa ético-estético: la vida es el material para hacer
de la existencia una obra de arte, Los relatos de Mariana y Dagmar de los encuentros en el
hospital, creo, son una buena ilustración de este tema.

En junio de 1984, muere Michel Foucault. Todo hace pensar por las entrevistas y lo
publicado en ese año que tenía mucho para decir sobre el tema: actitud crítica, libertad,
subjetividad y construcción estética de la propia existencia. No llegó a completarlo.

Lo que sí sabemos es que su inspiración estaba en los griegos. La filosofía no puede


abandonar esta fuente. Pensaba que el ethos que guió a los griegos, pese a las diferencias, podía
servirles en su presente. Creo, tal vez, también en el nuestro.

La principal diferencia entre nosotros y los griegos, dice Foucault, es el modo en que ellos
entendían la libertad, si bien, a diferencia de otros autores, piensa que la libertad individual era
para los griegos algo muy importante. En una ciudad donde sólo algunos eran ciudadanos. La
libertad significaba para los griegos, la no-esclavitud. No creo que hoy pensemos: “No soy
esclavo, por lo tanto soy libre”. En ese contexto, la libertad era un problema político. Al esclavo,
debido a su condición, no se le reconocía ni libertad, ni capacidad de decisión, ni responsabilidad,
ni ética. Pero justamente por eso, dice Foucault, los ciudadanos griegos estaba sumamente
preocupados por marcar la diferencia. Ellos tenían una potencia, no sólo un poder, de la que sus
esclavos carecían. Ser un ciudadano libre significaba también no ser esclavo de sí mismo ni de
los propios apetitos. El ser políticamente libre llevó a los griegos a una problematización ética de
la libertad. Era necesario alcanzar un modo de ser y de comportarse o conducirse en el que fuera
evidente la distancia en relación a los esclavos. Por lo tanto, esta conducta tenía que ser
perceptible a los demás, en tanto se expresaba a través de su forma de vestir, de su aspecto, de
su forma de andar, a través de la calma con la que se enfrentaba a cualquier suceso, y muchas
manifestaciones más. Esto que no se ve hoy día y parece que tampoco se busca, lo que
Chatelet denomina cortesía, que al menos requiere de dos para ocurrir. Es el arte de encuentro
en la relación entre los seres humanos libres. Un filósofo italiano dijo hace pocos días: “Sufrimos
una epidemia de descortesía”.

Dice Foucault: “Pero para que esta práctica de la libertad adopte la forma de un ethos que
sea bueno, bello, honorable, estimable, memorable, y que pueda servir de ejemplo, es necesario
todo un trabajo de uno sobre sí mismo.” Y cita la frase de Plutarco: “Es necesario que hayáis
aprendido los principios de una forma tan constante que, cuando vuestros deseos, vuestros

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apetitos, vuestros miedos se despierten como perros que ladran, el Logos hable en vosotros
como la voz del amo que con un solo grito sabe acallar a los perros. Es ésta la idea de un Logos
que en cierto modo podrá funcionar sin que vosotros tengáis que hacer nada: vosotros os habréis
convertido en el Logos o el Logos se habrá convertido en vosotros mismos.”

El tema de no ser gobernado por otro era fundamental, pero, en el “otro”, incluían las
propias pasiones o impulsos: ser libre era ser dueño de sí mismo. Y la única manera de ser dueño
de sí era “ocuparse de sí mismo”. Es decir realizar un trabajo sobre sí. La preocupación por la
libertad en la cultura clásica griega giraba en torno a una ética del cuidado de sí. Para Foucault, el
imperativo ético de la cultura clásica era “Cuida de ti mismo”. Se cuestionaba la posibilidad de
cómo un hombre que no era dueño de sí podía ser amo de sus esclavos y gobernarlos
adecuadamente. Y, con más razón, se ponía en tela de juicio de gobernar a su mujer e hijos. La
libertad política exigía como complemento ineludible la libertad ética.

En una sociedad como la nuestra, creo, es muy difícil no ser sujeto. E incluso no sé si
alguno puede considerar un valor no serlo, pues carecería de pertenencia. Por eso no sé si hay
gran afán en ser una persona autónoma. La meta es asumirse activamente como sujeto
respondiendo a las diversas maneras por las cuales, en nuestra cultura, se nos autodirige: la
esencia, la naturaleza, la identidad, la verdad, la necesidad, la imposibilidad, la ley, la norma o la
costumbre, etc. Además estamos sujetados por vínculos de autoridad, dependencia, control u
otros: a alguien, a un grupo, a una institución o entidad, país o nación, suelo o terruño.

En estos ámbitos del sujeto sujetado priman la sumisión –con frecuencia sumisión
voluntaria- y la obediencia, o el mero acatamiento sin mucha conciencia de que lo es o incluso, en
algunos casos, acompañado por el ilusorio de ejercicio de la libertad personal, y –hasta- del libre
albedrío.

Pero cada sujeto en el aquí y ahora construye su subjetividad, unas veces, como resultado
de un fuerte trabajo personal logrado por la puesta en práctica de diversas tecnologías del yo; y
otras, como respuesta a la provocación del poder que incita a la resistencia, la lucha, y diversas
formas de oposición y antagonismo. La subjetividad abarca, según Foucault, todos los modos de
relación de la persona consigo misma: los espacios abiertos en mi intimidad que no existen en el
afuera. El poder no sólo da lugar a la obediencia, también es responsable de diversos modos de
acción como potencia y como anti-poder. Se trata de un poder que ejercemos sobre nosotros
mismos en el poder que ejercemos sobre los demás. Un gobierno de sí necesario para el
gobierno de los otros.

Al respecto dice Gilles Deleuze en su trabajo sobre Foucault: “el poder no tiene por objetivo
la vida, sin revelar, sin suscitar una vida que le resiste. De manera que es posible afirmar que la
vida se vuelve aquella materia para hacer de sí mismo otro del que se es. Para Deleuze, la lucha
por la subjetividad moderna pasa por una resistencia a las dos formas actuales de sujeción: la de
individuarnos según las exigencias del poder, y la que consiste en vincular cada individuo a una
identidad sabida y conocida, determinada de una vez por todas. La lucha por la subjetividad se
presenta, pues, como derecho a la diferencia y derecho a la variación, a la metamorfosis

Pues, si es cierto que el poder ha afectado cada vez más nuestra vida cotidiana, nuestra
interioridad y nuestra individualidad, si se ha hecho individualizante, si es cierto que el propio
saber está cada vez más individuado, ¿qué le queda a nuestra subjetividad?

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El trabajo ético es “una tarea urgente, fundamental, políticamente indispensable para
resistir a un poder que codifica la vida y que tiene la potestad de reducirla a máquina”. Para
transformar lo que las instituciones hicieron de nosotros hay que realizar un diagnóstico de lo que
somos en este momento. Se trata de un saber quiénes somos en este momento, para saber qué
hacer de nosotros mismos. La crítica a la que me referí en la primera clase es la clave para poder
hacer el diagnóstico del presente. La crítica es el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el
derecho de interrogar al poder. No querer ser gobernado de esta forma es no aceptar las leyes
porque son injustas; es no aceptar como verdadero lo que una autoridad nos dice como verdad.
La crítica es el arte de la inservidumbre voluntaria.

No es una ética individualista, sino una ética de sí, una búsqueda que sólo puede
comprenderse en el marco de la preocupación política por el presente. La postura de Thoreau,
creo, es coincidente con la de Foucault: una desobediencia civil que constituye un imperativo
ético para no contribuir con mis acciones al daño que condeno, para evitar una acción política
nociva.

La idea, desarrollada por el último Foucault, de prácticas de la libertad que conducen a una
creación de sí no podía estar separada de la problemática del poder, de la posibilidad de
aumentar la autonomía (individual o colectiva) con la desujeción de la historia inscripta en los
cerebros y en los cuerpos. Realizar una historia de lo que hemos hecho que es, al mismo
tiempo, un análisis de lo que somos, un análisis teórico con sentido político; me refiero a
un análisis que tenga sentido para lo que queremos aceptar, rechazar, cambiar de nosotros
mismos en nuestra actualidad.

Judith Butler dice que esa formación de sí mismo se hace en desobediencia a los
principios de acuerdo con los cuales uno se forma, entonces, este ethos se convierte en la
práctica por la cual el yo se forma a sí mismo en desujeción.

Dice Foucault:

“Mientras que la teoría del poder político como institución se refiere por lo común a una
concepción jurídica del sujeto de derecho, me parece que el análisis del poder como conjunto de
relaciones reversibles debe referirse a una ética del sujeto definido por la relación de sí consigo.
Lo cual quiere decir, simplemente, que, en el tipo de análisis que trato de proponerles desde hace
cierto tiempo, podrán ver que: relaciones de poder-gobierno de sí y de los otros-relación de sí
consigo, constituyen una cadena, una trama, y que es ahí, en torno de estas nociones, que
debemos articular, creo, la cuestión de la política y la cuestión de la ética.”

El ethos filosófico propio de la ontología crítica de nosotros mismos se caracteriza por ser
una prueba histórico-práctica de los límites de los que partimos en el trabajo de nosotros mismos
sobre nosotros mismos en nuestra condición de seres libres. Este trabajo ético no consiste en
descubrirse a sí mismo, sino por el contrario, inventarse a sí mismo. Se descubre el límite, pero
se inventa la apertura.

Este inventarse a sí mismo estaba ligado a un conjunto de prácticas que tuvieron


ciertamente una importancia considerable en nuestras sociedades: es lo que podríamos llamar
«las artes de la existencia». Por más apremiantes que fueran para los griegos la ciudad, la
estructura política, la forma de la ley y el imperativo religioso, estos sistemas normativos jamás
fueron capaces de decirles qué había que hacer con la propia vida. Para un griego, la libertad
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humana se servía de las instituciones, pero principalmente del arte de sí mismo que uno mismo
practicaba.

Estas artes de la existencia a las que se refiere son prácticas sensatas y voluntarias por
las que los seres humanos no sólo se fijan reglas de conducta, sino también buscan
transformarse a sí mismos, modificarse en su ser singular y hacer de su vida una obra que
presenta ciertos valores estéticos y responde a ciertos criterios de estilo. Para Foucault la libertad
no es concebida como una entidad autónoma, sino como práctica y ejercicio mediante los cuales,
en la elaboración y la transformación de uno mismo, cabe acceder a cierto modo de ser. Se trata
de una libertad que no se encuentra en el orden de las prácticas concretas de transformación de
nosotros mismos, de la creación permanente de nosotros mismos. Se trata de una actitud, de un
ethos o modo de vida.

No hay ética o política, sin el hacer de un individuo que, frente a instancias sociales,
históricas, culturales que lo determinan a confinarse a una determinada identidad e individualidad,
se opone mediante prácticas que lo vinculan consigo mismo, a partir del cuestionamiento y lucha
ética contra la sujeción.

El trabajo ético abarca el desplazamiento y la transformación de los marcos de


pensamiento; la modificación de los valores recibidos y todo el esfuerzo que se hace para pensar
de otra manera, para hacer algo otro, para llegar a ser otra cosa de lo que se es.

Las prácticas de la libertad se constituyen así en un ejercicio deliberado de resistencia.


Todas estas prácticas sirven a la tarea de responder si es posible la transformación del presente y
de lo que somos.

En el artículo El Sujeto y El Poder, (Posfacio de Michel Foucault al libro de Hubert L.


Dreyfus Paul Rabinow, MICHEL FOUCAULT: más allá del estructuralismo y la hermenéutica),
Foucault plantea que quizás la mejor manera de comprender en qué consisten las relaciones de
poder es analizar las formas de resistencia y los modos en que se ha intentado poner fin a estas
relaciones.

Reconoce tres tipos de luchas: las que se oponen a las formas de dominación (étnica,
social y religiosa); las que denuncian formas de explotación que separan a los individuos de lo
que producen, y las que combaten todo aquello que ata al individuo a sí mismo y de este modo lo
somete a otros (luchas contra la sujeción, contra formas de subjetividad y de sumisión). Si bien
las dos primeras no han desaparecido, las que hoy en día se vuelven cada vez más importantes
son las del tercer grupo. Y lo adjudica al hecho de que en las sociedades occidentales el Estado
haya adoptado una forma de poder individualizadora y totalizadora. Define el poder como un
modo de “conducir conductas”, un modo de acción sobre las acciones de los otros. La relación de
poder y la rebeldía de la libertad no pueden separarse. El ejercicio del poder es una manera en
que unos pueden estructurar el campo de acción posible de los otros. Pero esto sólo es posible
en la medida en los otros sujetos individuales o colectivos, enfrentados con un campo de
posibilidades, donde pueden tener lugar diversas conductas, diversas reacciones y diversos
comportamientos.

El sentido de la subjetividad consiste en un movimiento constante de desujeción y creación


de sí mismo; en un ejercicio perpetuo de desidentificación y reinvención donde la identidad se
arriesga una y otra vez.
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