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TEMA 3

LA COMUNICACIÓN HUMANA Y EL LENGUAJE: LENGUAJE NATURAL Y LENGUAJES FORMALES (ver


sobre la comunicación en los papeles de los cursos de CCOO)
1. La comunicación humana
1.1 La comunicación, fenómeno constitutivo del ser humano
Durante el día emitimos y recibimos miles de comunicaciones cuando dialogamos con los demás, leemos el
periódico, revistas, libros, etc. También sonidos, imágenes, olores, gestos, palabras comunican algo. Todos y cada uno de
los seres humanos intercambiamos numerosísimas informaciones, emitimos y recibimos informaciones de hechos, de
ideas y de sentimientos. El proceso de comunicación nos confirma, pues, que somos seres humanos.
Pero, no sólo se comunican las personas. Existe también comunicación entre máquinas, este tipo de
comunicación sería mecánico, una transmisión donde existen funcionamientos. También existe comunicación entre los
animales. Todas las especies están dotadas de sistemas innatos que permiten intercambiar entre los animales de la misma
especie noticias acerca del peligro, de la obtención del alimento o de su disposición para la reproducción. Sabemos por el
estudio del comportamiento de los animales, por la etología animal, que las relaciones interindividuales se desarrollan y se
mantienen en el reino animal gracias a intercambios de informaciones. Karl von Frish (1886-1982) Nobel de medicina y
fisiología y etólogo austríaco, descubrió tras largas investigaciones, corroboradas posteriormente por diversos zoólogos,
los procedimientos de comunicación entre las abejas. Se trata, desde luego, de tipos de comunicación muy diferentes de la
de los seres humanos. Las máquinas son incapaces de comunicar algo para lo que no estén programadas por el hombre y
la comunicación animal difiere también de la comunicación humana. Los animales no son conscientes del proceso
comunicativo, ni el intercambio de informaciones es entre ellos deliberado: es debido a su herencia genética.
Es cierto que también los humanos conocemos la comunicación instintiva, mediante la cual expresamos
cualquier estado físico o emocional. Pero hay otro nivel de comunicación, específicamente humano, en el que los seres
humanos comunican ideas, conocimientos y estados mentales y emotivos no directamente vinculados a necesidades ni
estímulos. La comunicación humana se basa también en la abstracción y en la generalización: un gesto, un sonido o una
palabra se distancia, de la situación concreta de la que habían nacido, para referirse a situaciones muy distintas, cuyo
conjunto constituye lo que llamamos cultura. Esto implica una capacidad de desarrollo psicológico y social del que las
especies animales carecen; el ser humano es el único capaz de usar herramientas y el único que conoce y crea
conocimiento abstracto. En el mundo humano la naturaleza se convierte en cultura, en la que la comunicación adquiere el
carácter propio y constitutivo del hombre. El ser humano es, por definición, un ser comunicativo. La comunicación es el
fundamento de su vida social. En ésta el intercambio comunicativo e informativo cumple objetivos muy valiosos: desde
informar a los individuos acerca de cómo resolver las necesidades más elementales hasta garantizar la organización social,
política y económica recurriendo a valores y normas, asegurándose además la transmisión cultural y la continuidad
histórica. En la comunicación humana se lleva a cabo el conocimiento científico-técnico, la producción de ideas, de la
literatura, del arte y de la religión y el cambio histórico y social, en otras palabras, se transmite la cultura.
Aristóteles propuso su definición clásica del hombre según la cual éste es un ser vivo dotado de logos. Esta
definición en la tradición occidental ha sido traducida por el de razón o pensamiento. Pero como muy bien argumenta
Gadamer, la palabra logos “significa también, y preferentemente, lenguaje” (Verdad y Método, página 145, 1992).
Podemos definir, pues, al ser humano como el ser viviente que tiene lenguaje. El ser humano es lenguaje. Uno de los
grandes logros de una parte de la filosofía moderna y principalmente de la filosofía de nuestro siglo ha sido el llamado
“giro lingüístico”, por el que se diferencia de la filosofía antigua, la cual descubrió el ser y la naturaleza como objeto de
reflexión filosófica (aunque existiera el antecedente de la sofística), y de la filosofía moderna —en particular Descartes y
el trascendentalismo kantiano—, que estuvo centrada principalmente en el conocimiento y más en concreto en el dualismo
sujeto-objeto. En el giro lingüístico se presta especial atención al lenguaje y a la actividad comunicativa humana.
1.2 Elementos de la comunicación

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En la historia de las investigaciones sobre la comunicación cabe distinguir tres modelos o paradigmas de
comunicación:
1.2.1 Primer paradigma: Lasswell y Jakobson: El primer paradigma es el más amplio, y la comunicación es entendida
como transmisión o transporte de información. Es la concepción más común entre los teóricos de la comunicación. A este
primer paradigma pertenecen los estudios de Lasswell y Jakobson.
Harold Lasswell (1902-1978) fue pionero en los estudios sobre las teorías de la comunicación, en su artículo,
“Estructura y función de la comunicación en la sociedad” considera que “una manera conveniente de describir un acto de
comunicación es la que surge de la contestación a las siguientes preguntas: ¿Quién dice qué en qué canal a quién y con
qué efecto?”. Esta fórmula, llamada la “fórmula de Lasswell”, ha sido tomada durante largo tiempo como expresión del
primer paradigma científico de la comunicación, sobre el que han ido trabajando posteriormente investigadores de
diversas tendencias como G. Gerbner o Wolf. Resumiendo la teoría de Lasswell, podemos decir que la comunicación es un
proceso complejo en el que intervienen diferentes elementos que tienen que estar convenientemente armonizados para que
la comunicación resulte eficazmente. Los elementos básicos del proceso comunicativo son cuatro: El emisor (¿Quién
dice?) El mensaje (¿Qué dice?) El medio (¿En qué canal?) El receptor (¿A quién dice?). Pero la comunicación no es sólo
el conjunto de esos cuatro elementos, sino una determinada relación entre ellos, relación que es clarificada por el quinto
elemento de la fórmula de Lasswell. El acto comunicativo, ciertamente, es iniciado por un emisor que crea un mensaje y, a
través de un medio o canal, lo hace llegar al receptor o audiencia, pero con una finalidad: lograr sobre el receptor un
efecto determinado (¿Con qué efecto?) que responde a sus intereses ideológicos, económicos, etc.
Este esquema ha sido asociado a posturas deterministas o conductistas, donde el mensaje aparece como un
estímulo y el efecto como la respuesta. La comunicación tiene, por tanto, una función, determinada por el emisor: lograr
un efecto sobre el receptor o audiencia; a esta función se subordinan los demás elementos. Pero teniendo en cuenta la
última pregunta de Lasswell, se supone que la comunicación es un proceso que está orientado siempre hacia un receptor.
Este tipo de intencinalidad es el que caracteriza los fenómenos comunicativos, distinguiéndolos de los simples actos
expresivos. Sólo aquellos actos que están orientados hacia un receptor constituyen propiamente actos comunicativos.
Según Lasswell, la comunicación se resume, pues, en una secuencia orientada desde la fuente al efecto: (Emisor, ¿Quién?,
Control Analysis)(Referente, ¿Qué dice?, Content Analysis)(Receptor, ¿A quién?, Audience Analysis)(Canal-
contacto, ¿Por qué canal?, Media Analysis)(¿Con qué efectos?, Effect Analysis). Rodrigo Alsina (en Los modelos de la
comunicación, 1995) considera que los tres supuestos básicos de la teoría lasswelliana son: la concepción teleológica de la
comunicación: producir un efecto receptivo; la prepotencia del emisor: única instancia activa y; la impotencia del
receptor: identificado como masa homogénea de individuos. Un modo unilateral de comunicación lo tenemos en la
comunicación publicitaria. Estos supuestos son comunes también a la teoría de comunicación de Shannon y Weaver.
Dentro del primer paradigma de la comunicación (transmisión) encontramos también a Jakobson. Para él, en la
comunicación intervienen los siguientes factores constitutivos: “El hablante (destinador) envía un mensaje al oyente
(destinatario). Para que sea operativo, ese mensaje requiere un contexto al que referirse (esto es lo que, en terminología
propia se denomina referente), susceptible de ser captado por el oyente y con capacidad verbal o de ser verbalizado; el
mensaje requiere un código común al hablante y oyente, si no total, al menos parcialmente (o lo que es lo mismo, un
codificador y un descifrador del mensaje); y por último, el mensaje requiere un contacto, un canal físico y una conexión
psicológica entre el destinador y el destinatario, que permita a ambos entrar y permanecer en comunicación. El autor
establece la relación del emisor al receptor a través del mensaje; el eje de la relación es el mensaje y no el canal. En torno
al mensaje inciden tres factores: el contexto, el contacto y el código.
Jakobson entiende por contexto el referente de los signos: hechos, objetos, acciones, lugares, etc., a los que
remite el mensaje a través de unos códigos de significación y sobre los cuales el emisor quiere decir algo. Si no se capta
adecuadamente el contexto del mensaje, puede haber problemas de comunicación. Bajo el término contexto Jakobson
designa en bloque tres factores que es necesario distinguir y tener en cuenta: a) la situación de los comunicantes; estos se
encuentran en un lugar y en una época durante la producción y recepción del mensaje; b) los mensajes que forman parte

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del mismo conjunto y de los que ciertos elementos del mensaje analizado deben recibir su significado, por ejemplo, los
pronombres él, ellos, ella, ellas; c) el referente, a qué o a quién remite el mensaje. Cabe precisar que el contexto de
referencia del mensaje no tiene que ser forzosamente la realidad circunstancial exterior al mensaje. El contexto del
mensaje puede ser creado por el propio mensaje; son los contextos imaginarios creados por el género literario.
El contacto hace referencia a todo aquello que permite establecer y mantener la relación entre el destinador y el
destinatario. Corresponde al canal, en tanto vínculo físico entre los sujetos de la comunicación. El contacto es fundamental
en la comunicación, pues si falla, el mensaje no llegará al destinatario. Jakobson llama la atención sobre el aspecto
psicológico del vínculo o contacto: para que haya comunicación no sólo se necesita que el mensaje se transmita a través
del canal o del vínculo físico, el destinatario o receptor debe querer comunicarse; si se cierra psicológicamente, no se
producirá la comunicación. Jakobson nos hace ver, pues, que a nivel humano, la implicación de los sujetos (destinador y
destinatario) es necesaria por igual en la comunicación: en ambos sujetos tiene que existir un interés y un deseo de
comunicarse, además, evidentemente, de encontrarse en el mismo código.
Además de esto Jakobson distinguió seis funciones del lenguaje (en realidad añadió tres a las tres primeras
descubiertas por su maestro Bühler), cada una de ellas se remiten a los polos y elementos fundamentales de la
comunicación lingüística. Estas funciones son: a) La función referencial: remite al contexto: cuando se emite un mensaje,
se trata de dar indicaciones de un estado de cosas (real o imaginario); b) La función emotiva o expresiva: está centrada en
el destinador o emisor; éste quiere exteriorizar o dar a conocer sus ideas, sus emociones, sus deseos, etc.; c) La función
conativa: remite al destinatario o receptor: mediante el lenguaje el emisor quiere suscitar una respuesta; (hasta aquí
Bühler) d) La función poética: remite al propio mensaje: busca dar al mensaje unas cualidades bellas; e) La función fática:
remite al contacto: procura establecer, prolongar o interrumpir la comunicación entre los participantes; en otras palabras,
trata de llamar y mantener la atención del interlocutor (un ejemplo sería la propaganda); f) La función metalingüística; se
centra en la lengua o propio sistema lingüístico: el objeto del mensaje de la comunicación es la misma lengua (Jakobson).
1.2.2 Segundo paradigma: El segundo paradigma define a la comunicación como el intercambio de información entre los
agentes implicados. El caso típico lo tenemos en la conversación. Si en los modelos formulados dentro del primer
paradigma la comunicación sigue una dirección lineal que va del emisor al receptor, en el segundo paradigma los modelos
son circulares en los que el vínculo comunicativo se desarrolla como un proceso que va y vuelve entre los agentes
implicados. Entre las líneas de investigación dentro de este paradigma, una de las más consideradas por las investigadores,
está la interpretación, es decir, el modo en que el receptor, mejor dicho, el lector, comprende el mensaje o texto. El
segundo paradigma destaca la interpretación y el uso del medio como eje fundamental de la comunicación, y se defiende
que el acto comunicativo responde más a los intereses y necesidades de los receptores.
1.2.3 Tercer paradigma: En el tercer paradigma se da más importancia a los actos comunicativos tal como se llevan a cabo
en los medios de comunicación. Los intercambios de información ya no se reducen a un vínculo particular entre un medio
concreto y el receptor que está frente a él atendiendo a sus mensajes, sino que son considerados hechos colectivos. A
través de los medios que muy bien son definidos como plazas públicas virtuales, se crean y comparten masivamente
símbolos y valores, que pueden ser considerados como las señas de identidad de una cultura determinada y con carácter
global. Hay que reconocer que los medios de masas están sustituyendo símbolos y valores que sirvieron hasta hace poco
para definir nuestra cultura. Los medios de comunicación son el lugar clave de la formación de ideología, al mismo
tiempo que constituyen el vínculo de la cohesión cultural por excelencia. Este tercer paradigma nos presenta el carácter
dialéctico de la construcción de la realidad social. El medio condiciona en gran medida al mensaje. Esto lo podemos
constatar principalmente en los Mass media; en éstos el mensaje se forma estando condicionado por las posibilidades del
medio que lo transmite. Las posibilidades de la prensa, de la radio, del cine y de la televisión son distintas. Esto, desde una
Teoría de la información o de una Teoría de los medios de comunicación, no hay que entenderlo necesariamente como
algo negativo, al contrario, son límites de posibilidad, las reglas del juego de cada medio.
2. El lenguaje
2.1 Los orígenes del lenguaje

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Preguntar por los orígenes del lenguaje es preguntar al mismo tiempo por los del ser humano. El lenguaje es uno
de los rasgos fundamentales del proceso de hominización. En este proceso, unos determinados órganos, en un principio no
preparados para hablar, son utilizados como órganos de fonación. No se sabe con seguridad si fue el aumento de la
capacidad craneal lo que causó la aparición del lenguaje o si fue al revés. Para muchos investigadores, el lenguaje, tal y
como hoy día lo entendemos, apareció hace unos 40.000 años. Ésta aparición va unida al arte rupestre y a la costumbre de
enterrar a los muertos. Así pues, el lenguaje humano no puede estudiarse de una manera aislada, sino en relación con otros
muchos rasgos del proceso de hominización. Por eso mismo, si el surgimiento de nuestra humanidad fue paulatino,
también lo tuvo que ser la aparición del lenguaje. Hoy día esta cuestión es abordada desde nuevas ciencias, como la
paleoneurología, ciencia que intenta determinar las capacidades mentales de una especie fósil mediante las impresiones
que el cerebro deja sobre la superficie interna del cráneo. Según esta moderna ciencia, el cerebro del australopithecus,
hace unos tres millones de años, ya tenía las condiciones cerebrales adecuadas para desarrollar el lenguaje.
Hablar no es solo obra del cerebro, también lo es de la laringe, faringe, labios, boca y cuerdas vocales. La
posición baja de la laringe, en comparación con la del resto de los animales, es lo que ha permitido producir una amplia
gama de sonidos. Pero, no solo nos preguntamos por el origen del lenguaje entendido como capacidad de hablar, también
podemos hacerlo sobre el origen concreto de las lenguas. Sabemos cómo han evolucionado unas a partir de otras, pero
¿tienen todas ellas un origen común?. Actualmente muchos científicos defienden la idea de que existió una lengua original
a partir de la cual, como ramas de un árbol, fueron naciendo las diferentes lenguas. Esto explicaría el enorme parecido que
existe entre lenguas muy diferentes, como ha puesto de relieve el método comparativo. Además, las aportaciones más
recientes de arqueólogos y genetistas dan fundamento a estas hipótesis.
2.2 ¿Qué es el lenguaje?
El lenguaje humano presenta una serie de rasgos entre los que destacan: a) Es adquirido, aunque existen unos
determinados condicionamientos innatos; b) Es articulado, es decir, con pocos elementos podemos formar mensajes
infinitos, lo que a su vez pone de relieve la creatividad del lenguaje; c) Es convencional, porque no hay relación entre las
señales y los objetos designados; d) Es simbólico, es decir, las palabras están “en lugar” de las cosas. Hacer un uso del
lenguaje supone: a) La utilización correcta de unos signos; adoptar este punto de vista es analizar el lenguaje desde su
dimensión sintáctica; b) Emplear un lenguaje para hablar sobre algo, sobre una realidad; este es el punto de vista
semántico; c) El uso que de él hacen los sujetos en un contexto determinado; implica situarnos en un punto de vista
pragmático. Sintaxis, semántica y pragmática constituyen las tres partes fundamentales de la moderna ciencia de los
signos: la semiótica. Esta clasificación fue creada por Ch. Morris.
Una vez caracterizado el lenguaje como sistema de signos, podemos preguntarnos para qué lo utilizamos, es
decir, qué funciones tiene. Teniendo en cuenta las aportaciones de la lingüística, podemos destacar las siguientes
funciones: a) Función referencial. Mediante el lenguaje podemos transmitir una serie de informaciones, captar la realidad,
interpretarla e informar sobre ella; b) Función dialógica: Con el lenguaje nos comunicamos con los demás y
exteriorizamos nuestros pensamientos. Es lugar de encuentro y de mediación humana; c) Función social y cultural: El
lenguaje pone de manifiesto determinados contextos sociales y culturales, transmite opiniones sociales, crea creencias y es
vehículo de formación de opinión. Cada uno de estos aspectos del lenguaje y sus funciones son analizados por saberes
diferentes. La lingüística se interesa básicamente por los códigos (la red); la sociología, por el contexto social y cultural; la
psicología, por cada uno de los que entablan comunicación. Y quedarían aspectos como la función referencial o la
dimensión dialógica, entre otros, que son abordados por varias disciplinas a la vez, entre ellas la filosofía. Esta se ha
centrado tradicionalmente en el lenguaje como captación del mundo y como forma de comunicación.
Un rasgo inherente al lenguaje es que también es aprendido. Para explicar este hecho, aparentemente tan
sorprendente, se suelen utilizar dos teorías: a) Teoría conductista. Según esta teoría, cuyo máximo representante es el
psicólogo B. F. Skinner, el niño balbucea una serie de sonidos y, cuando se produce espontáneamente un acierto
lingüístico, su conducta es reforzada. Esta teoría explica adecuadamente la adquisición de vocabulario; ahora bien,
adquirir vocabulario no es dominar una lengua. Ser capaz de hablar un idioma no es solo conocer palabras, también lo es

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conocer y usar una serie de reglas de combinación. Estas reglas constituyen la sintaxis o gramática de una lengua. La
teoría conductista, no obstante, no puede explicar cómo el niño es capaz de aprender o conocer tantas reglas. Por eso se
propone una nueva teoría: b) Teoría innatista. Según esta teoría, la sintaxis y las reglas gramaticales básicas son innatas,
no se aprenden. Esta capacidad para utilizar un lenguaje y aprender palabras se denomina “competencia gramatical
universal”, la cual es única para todas las lenguas. El defensor de esta teoría es el lingüista norteamericano N. Chomsky,
quien habla y presupone unas determinadas estructuras mentales o categorías, es la gramática generativo transformacional.
Por último, está la cuestión acerca de la interacción entre pensamiento y lenguaje. ¿Pensamos como hablamos o
hablamos como pensamos? Si afirmamos que hablamos como pensamos, estamos afirmando que primero pensamos y
luego exteriorizamos ese pensamiento interior mediante el lenguaje, es decir, que existe un pensamiento anterior al
lenguaje que luego se encauza lingüísticamente. Si, por el contrario, decimos que pensamos como hablamos, estamos
subrayando la dependencia de nuestro pensamiento con respecto a nuestro lenguaje. Creer que nuestro lenguaje solo es un
instrumento de nuestro pensamiento es una posición demasiado cándida. Aceptando que hay ciertos tipos de pensamiento
que podemos llamar preconceptuales, como ha puesto de manifiesto la moderna neuropsicología, hemos de reconocer que
el pensamiento humano está condicionado por el lenguaje. Hablar no es una mera copia de lo que ha sido antes pensado.
En la conversión del pensamiento al lenguaje se produce un tránsito a una dimensión diferente, parecido al que se da al
pasar del habla a la escritura. El doble paso del pensamiento al habla y del habla a la escritura puede ser descrito como un
proceso deficiente y, al mismo tiempo, exuberante. Al expresar nuestro pensamiento oralmente hay matices que se pierden
(deficiente), pero a la vez nos puede hacer caer en la cuenta de nuevos matices (exuberante) ( Comentario al Banquete de
Platón, de Ortega y Gasset).
2.3 El lenguaje como signo, semiótica y lingüística estructural
2.3.1 El estructuralismo de Saussure: Según Ferdinand de Saussure (Ginebra 1857-1913, lingüista suizo considerado el
fundador de la lingüística moderna) el lenguaje es el factor importantísimo de la vida humana, individual y social (en
Curso de lingüística general, 1968). La transmisión del mensaje puede ser llevada a cabo por medios “no lingüísticos”, es
decir, “no verbales”; por ejemplo, mediante gestos, danzas, mímica, etc. Existen, pues diversos sistemas de comunicación
(lenguajes) que operan de una manera precisa y recurren a un canal o medio, que están regidas por determinados códigos,
organizados según reglas o leyes específicas. En un sentido amplio se entiende por sistemas de comunicación los códigos
que dan valor a los signos y los hacen útiles para comunicar. De todos los sistemas de comunicación humana, el lenguaje
verbal o lengua es el más importante. “La lengua, afirma Saussure, no es más que una determinada parte del lenguaje,
aunque esencial. Tomado en su conjunto, el lenguaje es multiforme y heteróclito; a caballo en diferentes dominios, a la
vez físico, fisiológico y psíquico, pertenece además al dominio individual y al dominio social; no se deja clasificar en
ninguna de las categorías de los hechos humanos, porque no se sabe cómo desembrollar su unidad” (Ibid). La lengua es el
sistema más importante por dos razones: 1ª Está unido indisolublemente a la capacidad de pensar y es el que posibilita
construir variados y complejos mensajes, para los que otros sistemas son insatisfactorios, por ejemplo, el lenguaje gestual.
2ª Permite hablar de todos los otros sistemas lingüísticos o comunicativos, traducirlos, reflexionar sobre ellos y poner de
manifiesto cómo funcionan. Según Saussure, la lengua es “un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de
convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos. La
lengua es una totalidad en sí y un principio de clasificación. Existe una ciencia que tiene por único y verdadero objeto la
lengua en sí mismo y por sí misma: la lingüística.
Saussure se adentra al estudio de la lengua (langue) distinguiéndola del habla (parole). Esta distinción es central
en la lingüística saussuriana y constituyó ciertamente una novedad muy significativa, con respecto a la lingüística anterior,
preocupada por el cambio histórico de las distintas lenguas. Según Saussure, la lengua es la parte social del lenguaje, es la
institución social y el sistema del lenguaje. La lengua por tanto, no es una función del sujeto hablante, sino el producto
colectivo que los individuos registran pasivamente. Si alguien quiere comunicarse tiene que someterse por completo a la
lengua como sistema de signos. Frente a la lengua, el habla es un acto individual de selección y actualización del sistema
lingüístico. En el acto de habla cabe distinguir: 1º las combinaciones por las que el sujeto hablante utiliza el código de la

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lengua en miras a expresar su pensamiento personal; 2º el mecanismo psíquico que le permita exteriorizar esas
combinaciones. Al acto de habla puede llamarse también discurso. El habla es una combinatoria de signos. Este aspecto
combinatorio del habla es capital, pues indica que el habla está constituida por el retorno de signos idénticos: los signos se
repiten de un discurso al otro y en un mismo discurso, cada signo se convierte en un elemento de la lengua.
La teoría estructuralista del sentido supone unas decisiones metodológicas: a) Primera decisión: dejando la
vertiente del habla, y considerando sólo la de la lengua, se distinguen dos puntos de vista: el punto de vista sincrónico, que
corresponde al modo cómo el lenguaje está organizado en cierto momento como sistema; en el segundo punto de vista,
llamado diacrónico, se estudian los cambios, las transformaciones. b) La segunda decisión metodológica afecta a la
estructura misma del sentido. En un estado del sistema, lo importante no son los términos en sí, sino la relación entre ellos.
Podemos hablar entonces de estructura o de estructura del sistema. Un elemento de la lengua, por ejemplo una palabra, no
tiene significación propia, sino que es diferente de los demás elementos; tiene un valor diferencial. Como decía Saussure,
en una lengua sólo hay diferencias. Lo que da sentido son las estructuras. Las estructuras forman el conjunto de
dependencias mutuas, es decir, sistemas que sólo implican relaciones. La consecuencia que se saca de estas
consideraciones es que el sistema de la lengua no tiene relaciones externas; cualquier palabra remite siempre a otra
palabra, no a cosas. Todas las palabras se remiten unas a otras; los signos remiten a otros signos; sólo existe el ámbito
cerrado del universo de los signos. Considerado como sistema de relaciones internas, el universo de los signos lingüísticos
tiene un dentro, pero carece de fuera. Este punto es muy importante, pues la mayoría de las teorías filosóficas, incluidas
principalmente la fenomenología y la hermenéutica, apoyan la idea de que hablar es hablar de o sobre algo y hablar a
alguien; supone al menos dos “trascendencias” respecto al lenguaje: la trascendencia de aquello sobre lo que hablamos y
la trascendencia de aquel a quien se habla. La lingüística estructural parte, pues, de un postulado fundamental: la puesta
entre paréntesis del carácter “referencial” del significado, o, más exactamente, de lo referido y la trascendencia de los
sujetos hablantes. Como unidades de signos, las unidades de sentido son puramente diferenciales y oposicionistas; de la
misma manera que un fonema no tiene existencia física fija y no es definido más que por su oposición a todos los otros
fonemas, así también un sentido no es más que una diferencia dentro de un sistema lexical; lo que llamamos el sentido de
una palabra está constituido por todo aquello que está “alrededor” de esta palabra; el signo lexical no tiene otro sentido
que aquel que le confiere su sitio dentro del sistema.
Según la lingüística estructural, cada signo es, pues, una unidad discreta que define una combinación
sintagmática y paradigmática dentro del sistema foral y estructurado que es la lengua. Es así como la lingüística
estructural sitúa la noción de significado bajo el imperio del signo, razón por la que las leyes del sentido están contenidas
en las leyes del signo. Una de esas leyes es que, como las unidades del signo, las unidades del significado son puramente
diferenciales y opuestas. El significado depende de las relaciones y del lugar que ocupan los distintos elementos dentro del
sistema. De esta ley se saca esta otra ley: que un sistema lingüístico es un sistema cerrado y todas sus relaciones son
relaciones internas. Esta ley es muy importante también para la noción de significado: hablar del significado de una
palabra, de una frase, de un texto, no quiere decir que se tiene que remitir a algo exterior del lenguaje; no es admitida
ninguna “trascendencia” al sistema; aquí la única ley que rige es la ley de “inmanencia” al sistema.
2.3.2 Louis Hjelmslev (1899-1965): Lingüista danés fundador del Círculo Lingüístico de Copenhague desarrolló la
glosemática (dedicada al estudio de los glosarios con un enfoque científico similar al del cálculo matemático). Tal como
fue elaborada a partir de la doctrina de Saussure, constituye una de las concepciones teóricas de la lengua más completas
del estructuralismo europeo, puesto que, por una parte, fue principalmente elaborada como un intento de abstracción, de
formalización y de coherencia lógica, inexistentes en la mayoría de los trabajos lingüísticos realizados hasta entonces y,
por otra parte se presentó como una explicación y ampliación de las principales proposiciones de la obra de Saussure.
Hjelmslev empezó por rechazar la actitud humanista tradicional (centrada en el conocimiento de la historia y de la
cultura), a la que calificó de trascendental o de metafísica, para preconizar la búsqueda de un conocimiento inmanente del
lenguaje, sólo accesible si se admite el principio saussuriano, según el cual las lenguas deben estudiarse por sí mismas.
Entre los principios rectores del procedimiento de Hjelmslev figuran otras dos afirmaciones tomadas de Saussure: 1ª la

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lengua no es una sustancia, sino una forma; dicho de otra manera, ninguna idea, ningún concepto, ni ningún objeto
preexiste a la organización de la lengua. 2ª, En toda lengua coexisten dos niveles que se presuponen mutuamente: la
expresión, que equivale al significante, y el contenido, equivalente al significado en la terminología de Saussure.
2.4 El lenguaje como acción. Pragmática
De las tres áreas de la semiótica, según la ya clásica división de Charles Morris, sintaxis, semántica y
pragmática, ésta última ha sido la más desatendida, por razones científicas del lenguaje. La aportación propia de la
pragmática estriba en desplazar el interés desde el lenguaje en abstracto y formalizado al lenguaje tal como lo usamos
cada uno de nosotros. El estudio del lenguaje se convierte entonces en estudio de la actuación lingüística, mostrando cómo
la estructura interna de los textos o de los discursos hace referencia a las realizaciones lingüísticas, las cuales tienen, por lo
general, la finalidad de contribuir a la comunicación y a la interacción social.
2.4.1 Antecedentes del “giro pragmático” en Peirce: Peirce ya entrevió que el significado de los signos lingüísticos está
relacionado con los “usos lingüísticos”. Es evidente que Peirce no investiga todavía cómo se usan los signos lingüísticos,
pero sí qué función tienen en la práctica los “designata” lingüísticos. Peirce da un importante paso contra el empirismo,
que intentaba reducir el significado de los conceptos científicos universales a meros datos de los sentidos. Según el mismo
Peirce, “para desarrollar el significado de un pensamiento, tenemos simplemente que determinar qué hábitos de conducta
genera, pues lo que significa un objeto consiste simplemente en los hábitos de conducta que involucra”. El pensamiento,
articulado a través de signos lingüísticos, tiene como consecuencia un hábito de conducta. Pues bien este hábito práctico
de conducta de los utilizadores de signos adquiere más importancia para el análisis lingüístico de la filosofía posterior.
2.4.2 El “giro pragmático” en el 2º Wittgenstein: En sus Investigaciones filosóficas Wittgenstein corrige, en cierto modo,
la fase figurativa del significado, que fue desarrollada principalmente en el Tractatus, el cual estaba regido por un ideal de
exactitud del lenguaje. No se puede acusar al Tractatus de haber desarrollado una teoría del significado afincada en la
llamada “falacia descriptiva”; aunque sí es cierto que afirmaciones como éstas: “el nombre significa el objeto; el objeto es
su significado” (Tractatus, 3203), “entender una proposición quiere decir, si es verdadera, saber lo que acaece” ( Ibid,
4024), favorecen la interpretación defendida y por el positivismo lógico. Se sabe que la aportación central del Tractatus es
su teoría figurativa del significado. Una proposición es una figura (Bild, picture) de una parte de la realidad. Lo que la
figura representa es su sentido (Sinn) (2.221). En el acuerdo o desacuerdo de su sentido con la realidad, consiste su verdad
(Wahrheit) o falsedad (Falschheit) (2.222). Para conocer si la figura es verdadera o falsa debemos compararla con la
realidad (2.223). La “comparación”, tomada en su contexto, equivale a “verificación”.
A la “teoría figurativa” del significado le corresponde una “teoría del signo”. Nosotros usamos el signo
sensiblemente perceptible de la proposición (sonidos o signos escritos, etc.) como una proyección del estado de cosas
posible. El método de proyección es el pensamiento del sentido de la proposición (3.11). Como en “La filosofía del
atomismo lógico” de B. Russell, Wittgenstein defiende también en su Tractatus una exigencia de isomorfía entre el
lenguaje y el mundo. Moore defiende que el Tractatus estuvo ya abierto a la posterior concepción del significado que
desarrolla el 2º Wittgenstein y que al “principio de verificación” habrá que darle una interpretación muy amplia. Pero es
en las Investigaciones filosóficas y en toda su obra posterior donde Wittgenstein desarrolla una concepción más dinámica
del lenguaje y del significado lingüístico. Wittgenstein se dedica ahora a destruir la convicción de que lenguaje y realidad
son dos fenómenos paralelos que deben corresponderse biunivocamente, de que cada palabra o frase es imagen o
representación de un objeto o hecho real. Lo que critica Wittgenstein es el carácter puramente ostensivo del lenguaje e
insiste en la condición del lenguaje como “juego”, que, como todo juego, ha de tener sus propias reglas de juego.
El juego lingüístico equivale a un “uso del lenguaje” conforme a unas reglas. “Seguir una regla” significa, según
Wittgenstein, aceptar unos usos, unas instituciones y costumbres, en suma, una práctica. Para Wittgenstein realizar una
actividad lingüística, llevar a cabo un “Juego lingüístico” está ciertamente determinado por normas o reglas, pero ese
mismo juego o actividad es a su vez creadora de nuevas normas. El lenguaje sería por tanto un juego dentro del que caben
infinidad de juegos distintos. Así se empieza distinguiendo un ruego de una pregunta, un mandato de una promesa... Por
esto “el habla es parte de una actividad o forma de vida” (IF, 23, 39). Aprender un lenguaje es aprender, pues, el “juego del

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lenguaje” o “forma de vida”. El análisis del lenguaje desde la óptica del “acto lingüístico” conlleva necesariamente la
destrucción de la concepción estática del significado predominante en la semántica anterior. Wittgenstein expresa de modo
intuitivo y sugerente la idea que ha de regir esa nueva concepción del lenguaje: “Para una amplia clase de casos los que
empleamos la palabra “significado”, podemos definirla así: el significado de una palabra es su uso” (IF, 43, 61).
Existen innumerables juegos del lenguaje, que se refieren, como es lógico, a las diversas actividades lingüísticas
(dar órdenes, describir un objeto, etc.). Ahora bien, Wittgenstein insiste constantemente que para entender el significado
de una palabra o grupo de palabras no podemos quedarnos únicamente en su contexto meramente lingüístico sino que sus
análisis tienen que llevarse a cabo en un contexto más amplio: en el contexto pragmático de la “vida real”. Todo juego
lingüístico remite a formas de vida, a cultura. Con los juegos de lenguaje Wittgenstein se refiere a las actividades humanas
comunicativas en las que se enraízan las conductas lingüísticas. Los juegos lingüísticos remiten a modos de vivir y de
comunicarse entre los seres humanos. Nunca un juego de lenguaje se comprenderá bien si se comprende como aislado en
sí mismo. La idea de un juego lingüístico o forma de vida completamente aislados no tiene sentido; es un contrasentido.
No existe un lenguaje privado, todos los juegos están intercomunicados entre sí (como en una ciudad). Para expresar esta
idea Wittgenstein recurre a la conocida expresión “aire de familia”. Entre los distintos usos hay un parecido familiar.
2.4.3 Los actos de habla según J. L. Austin: En la metáfora del lenguaje como “juego” Wittgenstein ya apuntó, en cierto
modo, a la teoría de los “actos de habla”, que posteriormente desarrollarán con más profundidad Austin y Searle, uniendo
así la semántica con la pragmática. Según estos autores, el significado del lenguaje depende de su uso.
Como se constata al comienzo de la 10 Conferencia en “Palabras y acciones”, el gran mérito que se atribuye
Austin es afirmar que el lenguaje ordinario que usamos no es puramente “descriptivo”. Describir es una de las funciones
del lenguaje, pero no la única. Existen también las funciones “realizativas”. La teoría austiniana de los “ralizativos”,
actualmente está ya ampliamente aceptada y reconocida por los filósofos del lenguaje y por los lingüistas, al considerarla
apropiada para explicar el carácter convencional del lenguaje. El objetivo final de la “teoría de los realizativos” fue
derrocar la convicción, firmemente arraigada en el pensamiento filosófico heredado del atomismo lógico, de que la
función propia y básica de los enunciados lingüísticos es describir o constatar un hecho empíricamente verificable o
falsable. Contra esta falacia descriptiva Austin propone la división de los enunciados en dos tipos: a) los enunciados
“constatativos” o “descriptivos”, que como indica su mismo nombre, desempeñan una función constatativa o descriptiva,
y los enunciados “realizativos”, por los que en y por el lenguaje se lleva a cabo un determinado tipo de acción. El uno
describe y el otro realiza, es un enunciado preformativo. Con esta clarificación, Austin introduce su teoría de los “actos de
habla”, esto es, que hablar es hacer o realizar una acción. “Decir es hacer”. En el hablar Austin ve siempre un actuar.
Pero la distinción entre “preformativo” y “constitutivo” fue superada por el mismo Austin. El acto lingüístico de
decir es susceptible de ser analizado y descompuesto en tres “actos” o aspectos distintos y diferenciables: a) El acto
locutorio o locutivo: el simple acto de decir algo, afirmando o negando. Por ejemplo: “Le dijo a su amigo “siéntate”; b) El
acto ilocutorio o ilocutivo: su diferencia está determinada por el modo en que se usa la locución: hacer una pregunta
(preguntar), dar una orden (ordenar), hacer una advertencia (advertir), etc. En otras palabras el acto locutorio o locución
tiene una determinada fuerza ilocutoria. Ejemplo: “‘Ordeno’ que te sientes”; c) El acto prelocucionario o prelocutivo: está
constituido por las consecuencias o resultados que puedan derivarse del acto de decir algo: sentiemientos, estados, etc. Lo
fundamental de la teoría pragmática del significado está en que no son los enunciados los que tienen un sentido o
significan, sino que son los locutores los que quieren decir esto o aquello.
Así, lo paradigmático del acto ilocutorio está en la “fuerza” que tiene y, en virtud de la cual, el hablante hace al
hablar. Austin presenta un elenco de verbos por los que precisa una lista de las fuerzas ilocucionarias. Esta lista la clasifica
Austin en cinco grandes grupos, tomando como criterio de clasificación el tipo de fuerza ilocutiva que tengan: 1) Verbos
de judicación o judicativos: tienen como caso típico el acto de emitir un veredicto. Ejemplos: estimar, condenar, valorar,
etc. 2) Verbos de ejercicio o ejercitativos: consisten en el ejercicio de potestades, derechos o influencia. Ejemplos:
designar, votar, ordenar, etc. 3) Verbos de compromiso o compromisorios: tienen como caso típico el prometer o el
comprometer de otra manera; ellos lo comprometen a uno a hacer algo. Ejemplos: prometer, comprometerse, ofrecerse,

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etc. 4) Verbos de comportamiento o comportamentales: tiene que ver con las actitudes y con el comportamiento social.
Ejemplos: pedir disculpas, felicitar, etc. 5) Verbos expositivos: ponen de manifiesto el modo cómo nuestras expresiones
encajan en un argumento o conversación. Ejemplos: argüir, replicar, conceder, etc.
2.4.4 Los actos de habla según J. Searle: El filósofo norteamericano John Searle ha continuado y extendido la línea de
investigación de Austin. También sostiene que el uso pragmático del lenguaje es un tipo particular o específico de acción,
por lo que la teoría del lenguaje forma parte de una teoría general de la acción. Searle sigue defendiendo también el
carácter convencional de los actos de habla, en tanto están controlados por reglas. Hablar un lenguaje es participar en una
forma de conducta gobernada por reglas. Dicho más brevemente: hablar consiste en realizar actos conforme a reglas (en
Actos de habla. Ensayo de filosofía del lenguaje de Searle, 1980). La noción básica de la filosofía del lenguaje de Searle
es la de “acto de habla” que constituye la unidad mínima de la comunicación lingüística, sus condiciones son:
1) Condiciones normales de inteligibilidad y comprensión del habla, que pueden interpretarse como condiciones
generales de contexto: los interlocutores (hablante y oyente) tienen que conocer el sistema lingüístico empleado. 2)
Condiciones de contenido proposicional, que se refieren a las características significativas de la proposición que se usa
para llevar a cabo el acto de habla. Por ejemplo, si se trata de una advertencia, el contenido proposicional debe basarse en
un acontecimiento o estado futuro y si, en cambio, se trata de dar gracias, el contenido proposicional debe referirse a un
hecho pasado. 3) Condiciones preparatorias: son aquellas que deben darse para que tenga sentido realizar el acto
ilocutorio. Por ejemplo para ordenar se requiere algún tipo de autoridad. 4) Condiciones de sinceridad: que el hablante
tenga la intención de hacer lo que promete, por ejemplo. Peirce hace derivar de la intencionalidad lingüística de una
intencionalidad prelingüística o mental. Searle enfatiza la dependencia del lenguaje de la intencionalidad prelingüística.
Estos serían los criterios más importantes que dan lugar a la clasificación de los actos ilocutorios de Searle:
1) Representativos: Propósito de comprometer al hablante de que algo es de una manera. Su relación mundo-
lenguaje corresponde a que la palabra se ajusta al mundo y es verdadera o no. La sinceridad de estos actos se da por la
creencia. 2) Directivos: El propósito es intentar que el oyente haga algo: ordenar, preguntar, permitir... La relación del
mundo con el lenguaje atañe a que el mundo es el que se ajusta al lenguaje. Y su sinceridad viene dada por el estado
psicológico a que conducen: el deseo. 3) Compromisorios: Su propósito es comprometer al hablante en otra conducta
futura. En la relación lenguaje-mundo estos actos dicen que el mundo es el que se ajusta al lenguaje. Su sinceridad viene
dada porque el hablante tiene intención de obrar como dice. 4) Expresivos: Su propósito es expresar el estado psicológico
del hablante: agradecer, disculpar, felicitar, etc. Carecen de relación mundo-lenguaje. Su sinceridad corresponderá al
estado psicológico del hablante. 5) Declarativos: Su propósito es modificar una situación creando una nueva: cesar,
dimitir, etc. La relación mundo-lenguaje es recíproca. Sinceridad: en estos casos es irrelevante el que habla.
3. Lenguaje natural y lenguajes formales
Un lenguaje natural, una lengua como el castellano, puede entenderse como un código de signos lingüísticos,
con una evolución histórica concreta, utilizado por una comunidad lingüística para comunicarse, entre otras cosas; un
lenguaje natural es un instrumento sofisticado que se utiliza de modo satisfactorio para multitud de usos (preguntar,
describir, etc.). Lo que caracteriza al lenguaje así descrito, por encima de cualquier otra consideración, es que es un
código, esto es, un conjunto de pares ordenados entre expresiones y significados, la gran mayoría de ellos generados por
reglas, cuyas expresiones representan o remiten a significados lingüísticos. Sin embargo, la imprecisión de algunos
vocablos y la ambigüedad generada por la polisemia o la elipsis en el uso del lenguaje natural han supuesto, en contextos
como el científico, grandes limitaciones. La investigación científica requiere un lenguaje más preciso, y es esta exigencia
de precisión y rigor lo que ha motivado la creación de lenguajes artificiales. Los lenguajes artificiales, como el cálculo de
predicados de primer orden o los cálculos modales S0.5, S4 y S5, se caracterizan por estar construidos en algún momento
concreto para algún propósito determinado, han de estar perfectamente definidos y pueden usarse en el estudio de otros
lenguajes, sean o no artificiales. En este sentido, los lenguajes artificiales pueden suponer una herramienta útil para
determinar las características de los lenguajes naturales.
3.1 Lenguajes artificiales

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Nos damos cuenta que el lenguaje es poco preciso. Algunos de los principales defectos que nos encontramos son
los siguientes: a) no distinguimos cuando utilizamos un término para designar un objeto y cuando lo utilizamos para
designar el mismo término (p. Ej.: no es lo mismo decir: “Sócrates tomó la cicuta”, que “Sócrates tiene ocho letras”); b)
utilizamos muchos términos sinónimos y equívocos, que producen paradojas; c) los lenguajes hablados no tienen una
sintaxis exacta (p. Ej.: no es lo mismo decir: “todos los hombres son no buenos” que “no todos los hombres son buenos”,
pues en el primer caso decimos que “ningún hombre es bueno”, y en el segundo “algunos hombres no son buenos”).
Para que no sucedan estos errores y paradojas se propone un lenguaje artificial que da exactitud y rigor al
lenguaje lógico. Para conseguir este lenguaje se siguen los siguientes pasos: a) se distingue el uso y la mención de los
términos. En el habla normal utilizamos el mismo término para referirnos a un objeto y al propio término que lo
representa; b) se “usa” un término cuando nos referimos a un objeto (p. Ej.: “el humano es bípedo”) y se “menciona” un
término cuando nos referimos al propio término (p. Ej.: “humano tiene seis letras”). Y a la lógica lo que le interesa es la
realidad que expresan los términos y por eso inventa un lenguaje artificial; c) se distingue entre el lenguaje objeto y el
metalenguaje. El lenguaje ordinario utiliza el mismo término para referirse a las propiedades del objeto en la mente y la
realidad. Ello da lugar a que distingamos los diferentes “niveles de lenguaje”, es decir, entre el lenguaje objeto y el
metalenguaje de ese lenguaje; d) el “lenguaje objeto” será decir por ejemplo: “hoy llueve”, es decir, nos referimos a lo que
sucede en la realidad. En cambio, el “metalenguaje” describe las propiedades del lenguaje objeto como lenguaje (p. Ej.:
“¿qué tal estás?” no es una proposición verificable científicamente, es decir, no nos referimos a propiedades de objetos
sino a propiedades del lenguaje objeto y de ahí que le llamemos “metalenguaje”). De esta manera se evitan paradojas
lógicas ya que no se mezclan los distintos niveles de lenguaje; e) se formaliza. Si queremos evitar equívocos deberemos
formalizar el lenguaje ordinario. En consecuencia, “formalizar” es el proceso por el que se sustituyen los términos de un
enunciado lógico por incógnitas. Y al final del proceso las incógnitas se reemplazan por nombres (p. Ej.: “Kant es un
filósofo” se formaliza por “K es un F”). Y esto no sólo se hace con términos sino también con proposiciones (p. Ej.:
“Adán es un hombre o Adán no es un hombre” se formaliza por “p o no p”).
Para evitar el uso de términos que tienen funciones idénticas y distinguir términos similares se utiliza la
simbolización. Es decir, sustituimos los conectores lógicos (“o”, “si... entonces”, etc.) por símbolos artificiales.
Formalización y simbolización siempre van unidas: y = ^; o = v; si... entonces = ; si y sólo si = ↔; no = ¬.
La axiomatización invierte el proceso explicado en los anteriores apartados. En la axiomatización lo que se
realiza es un nuevo lenguaje totalmente artificial, se prescinde de su posible utilización, y sólo en último lugar se
comprueba si puede aplicarse al lenguaje hablado. Este proceso parte de unos axiomas necesariamente verdaderos y a
partir de ellos se demuestran todas las demás proposiciones verdaderas. El cálculo lógico axiomatizado tiene tres
propiedades: a) consistencia: no se pueden demostrar dos proposiciones contradictorias a partir de unos mismos axiomas;
b) completitud: se deben poder demostrar todos los teoremas formalmente verdaderos; c) decidible: cuando se puede
establecer en un número finito de pasos si cualquier fórmula es un teorema que pertenece o no a ese cálculo lógico.
3.2 Elementos del lenguaje formal
El lenguaje formalizado es un cálculo al que se ha encontrado una aplicación concreta y que a lo largo de las
transformaciones del cálculo se conservan los valores de verdad. El lenguaje formalizado consta de los siguientes
elementos (en "Curso de filosofía fundamental de Gay Bochaca, J., 1991):
a) los “símbolos elementales” o elementos con los que se construye el lenguaje formal. Y se utilizan los
siguientes símbolos: las variables son las incógnitas que sustituyen a los términos. Cuando se refieren a individuos se
utilizan: x, y, z, w; si se refieren a conceptos: A, B, C, D. Cuando indican proposiciones: p, q, r, s. Las partículas o
constantes lógicas: son símbolos que se utilizan en lugar de conectores lógicos. Y son: los operadores, los functores, las
conectivas y los cuantificadores. b) las “reglas de formación” que indican cómo pueden combinarse los símbolos
elementales en formaciones compuestas. c) las “expresiones lógicas”, que son las combinaciones válidas de los símbolos
de un cálculo. d) las “reglas de transformación” o “reglas de inferencia” que permiten el paso de una combinación de
símbolos elementales a otra. Cualquier fórmula tautológica puede ser una regla lógica. Sin embargo, hay algunas reglas

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especialmente importantes que conviene conocer: 1) Eliminación de la doble negación (EN): ¬¬A/A. 2) Introducción de la
doble negación (IN): A/¬¬A. 3) Ley de De Morgan 1 (DM1): ¬(A^B)/ ¬Av¬B. 4) Ley de De Morgan 2 (DM2): ¬(AvB)/
¬A^¬B. 5) Eliminación de la implicación (Modus ponens) (MP): AB,A/B. 6) Modous tollens (MT): AB, ¬B/¬A. 7)
Introducción de la conjunción (Ley del producto): A,B/A^B. 8) Eliminación de la conjunción (Simplificación) (Simp):
A^B/A A^B/B. 9) Introducción de la disyunción (Ley de adición) (Ad.): A/AvB B/AvB. 10) Silogismo disyuntivo (SD):
AvB,¬A/B AvB,¬B/A. 11) Dilema 1 (Dil 1): AvB,AC,BC/C. 12) Dilema 2 (Dil 2): ¬Av¬B,CA,CB/¬C. 13)
Dilema 3 (Dil 3) AvB,AC,BD/CvD. 14) Dilema 4 (Dil 4): ¬Av¬B,CA,DB/¬Cv¬D. 15) Introducción de doble
equivalencia (Coimplicación) (ICO): AB,BA/A↔B. 16) Eliminación de doble equivalencia (ECO): A↔B/AB
A↔B/BA. También hay leyes de la lógica que tienen forma de equivalencias y facilitan la tarea deductiva: 1) Ley del
tercio excluso: ├Av¬A. 2) Ley de la no contradicción:├¬(A^¬A). 3) Ley comunicativa de la conjunción: ├A^B↔B^A. 4)
Ley conmutativa de la disyunción: ├AvB↔BvA. 5) Ley de la transitividad: ├[(AB)^(BC)](AC).
3.2.1 Otro ejemplo de lenguaje formal sería el S5:
El lenguaje de la lógica epistémica proposicional (en adelante LEP) para
un conjunto de h agentes consta de:
a) Un conjunto enumerable de variables proposicionales p, q, r, etc.
b) → , ¬, v, ^ y ↔ como conectivas primitivas.
c) (, ), [, ] como signos auxiliares.
d) Φ, ψ, etc. como variables metalingüísticas.
e) K (“saber que”) y M (“considerar posible que”) como operadores
epistémicos1.
Una fórmula bien formada (en adelante fbf) de la LEP será una
concatenación de los anteriores signos primitivos, de alguno de los tipos
siguientes:
1) Toda variable proposicional es una fbf.
2) ¬ Φ , donde Φ es una fbf.
3) (Φ →ψ), (Φ v ψ), (Φ ^ψ) y (Φ ↔ψ), donde Φ y ψ son fbfs.
4) Ki Φ (“el agente i sabe que Φ”), donde Φ es una fbf.
5) Mi Φ (“el agente i considera posible que Φ”), donde Φ es una fbf.
Nada que no se obtenga de la repetida aplicación de las reglas 1-5 es una
fbf.

4. Conclusión
La palabra es la luz en el mundo humano.

BIBLIOGRAFÍA:

 ALSINA, R., M., Los modelos de la comunicación, Tecnos, Madrid (1995)


 ECO, U., Tratado de semiótica general, Lumen, Barcelona (2000)
 GADAMER, H.-G., Hombre y lenguaje, en Gadamer Verdad y método II, Sígueme, Salamanca (1992)
 GAY BOCHACA, J., Curso de filosofía fundamental, Rialp, Madrid, (1991)
 MORAGAS, M., Sociología de la comunicación de masas, Barcelona (1985) —donde se incluye el artículo
Estructura y función de la comunicación en la sociedad—.
 SAUSSURE, F., Curso de lingüística general, Losadas, Buenos Aires (1968)
 SEARLE, J., R., Actos de habla, Ensayo de filosofía del lenguaje, Cátedra, Madrid (1980)

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