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JOSEPH CONRAD

AZAR

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Título original: Chance
Edición propiedad de Ediciones de Intervención Cultural
Diseño de cubierta: Elisa Nuria Cabot
ISBN: 978-84-95776-73-0
Depósito legal: B-55.961-07
Imprime Trajecte
Impreso en España Printed in Spain

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A Sir Hugh Clifford,
Comandante de la Orden
de San Miguel y San Jorge a cuya amistad a toda
prueba se debe la existencia de estas páginas

3
Quienes sostenían que la fortuna rige todas las
cosas no habrían errado de no haber persistido en ello.

SIR THOMAS BROWNE

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NOTA DEL AUTOR

Azar es una de las novelas que tras poco tiempo de haber comenzado dejé de
lado durante algunos meses. La empecé de forma impetuosa, como un remero
optimista que zarpa al amanecer, pero pronto llegué a una bifurcación del río y
encontré necesario detenerme a reflexionar con seriedad sobre qué dirección tomar.
Ambas me parecían fascinantes, al menos en la superficie, y por esa razón mis dudas
se prolongaron muchos días. Permanecí flotando en las aguas tranquilas de una
plácida especulación, entre esas dos corrientes divergentes de impulsos
contradictorios, con la agradable, aunque totalmente irracional, convicción de que
ninguna de las dos me arrastraría a la destrucción. Divididas mis simpatías en partes
iguales y siendo de la misma magnitud las fuerzas que me inclinaban en una u otra
dirección, es por entero evidente que nada más que el mero azar determinó mi
decisión final. Es una fuerza poderosa la del mero azar, totalmente irresistible por
más que a menudo se manifieste en formas tan delicadas como, por ejemplo, el
encanto, ya sea verdadero o ilusorio, de un ser humano. Es muy difícil identificar
concretamente lo imponderable, pero puedo aventurarme a decir que es Flora de
Barral la verdadera responsable de esta novela, que relata, en realidad, la historia de
su vida.
En el momento crucial de mi indecisión, Flora de Barral pasó ante mí, pero con
tal rapidez que al principio no pude ni siquiera abordarla. Aunque me resistía a
renunciar a ella, no veía con claridad de qué modo podía perseguirla, y estaba a
punto de desistir a causa del desánimo cuando mi natural simpatía por el capitán
Anthony acudió en mi ayuda. Me dije que si aquel hombre se mostraba tan decidido
a abrazar un “jirón de niebla”, lo mejor que yo podía hacer era unirme a él en esa
aventura tan eminentemente práctica y loable. Sencillamente seguí al capitán
Anthony. Cada uno de nosotros estaba empeñado en capturar su propio sueño. El
lector podrá juzgar si lo logramos.
La determinación del capitán Anthony lo condujo por un camino largo y
tortuoso; esa es la razón de que este sea un libro largo. Tampoco negaré que fui yo
quien escogió ese camino. Un crítico ha observado que si yo hubiera escogido otro
método de composición y me hubiera esforzado un poco más, el relato podría
haberse narrado en unas doscientas páginas. Confieso que no percibo con exactitud
la pertinencia de esta crítica ni qué tipo de valor puede tener una observación tal. No
me cabe duda de que eligiendo determinado método y haciendo grandes esfuerzos
esta historia pudo haberse escrito en el papel de un cigarrillo. De hecho, la historia
completa de la humanidad pudo haberse escrito de igual manera, simplemente

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abordándola con el distanciamiento suficiente. La historia de los hombres de esta
tierra desde el comienzo de los tiempos puede resumirse en una frase de patetismo
infinito: nacieron, sufrieron, murieron... ¡Y aún así es un gran relato! Pero en las
historias infinitamente diminutas de hombres y mujeres que es mi destino en la tierra
narrar, no soy capaz de un distanciamiento tal.
Lo que hace memorable este libro para mí, aparte del sentimiento natural que
uno tiene hacia su propia creación, es la respuesta que provocó. El gran público
respondió generosamente, tal vez en mayor medida que en el caso de cualquier otro
libro mío, de la única forma en que el gran público puede responder: comprando
cierto número de ejemplares. Esto me brindó un placer considerable, porque el
mayor temor que siempre he tenido ha sido el de pasar sin proponérmelo a la
posición de escritor de un círculo limitado, posición que me hubiera resultado
odiosa, por arrojar dudas sobre la solidez de mi creencia en la solidaridad de toda la
humanidad con las ideas sencillas y las emociones sinceras. La acogida, considerada
como una manifestación de juicio crítico —dado que sería indignante negar que el
gran público posee mentalidad crítica—, fue muy satisfactoria. Comprobé que había
conseguido complacer a un cierto número de mentes sin duda ocupadas en atender
sus propios asuntos. Resulta reconfortante sentir que uno es capaz de agradar. Por
parte de las mentes cuya tarea consiste precisamente en criticar estos intentos de
agradar, esta obra fue muy debatida, convirtiéndose en objeto de un minucioso
análisis que no sólo satisfizo esa vanidad personal que comparto con el resto de los
mortales, sino que alcanzó además mis sentimientos más profundos y despertó mi
más agradecido interés. La simpatía indudable que informa las variadas
apreciaciones de esta obra fue, me encanta pensar, un reconocimiento a mi buena fe
en el desempeño de mi arte, el arte del novelista, ese arte que, al final de su exitosa
carrera, un distinguido escritor francés se quejaba de haber encontrado trop difficile! Y
es ciertamente demasiado arduo, en el sentido de que el esfuerzo es invariablemente
mucho mayor que el posible logro. En este tipo de tarea, condenada de antemano, y
por su naturaleza también muy solitaria, la benevolencia es un bien precioso. Puede
hacer bienvenida la crítica más severa. Oír decir que se esperaban cosas mejores de
uno puede ser incluso un consuelo en vista de las cosas mucho mejores que uno
esperaba de sí mismo en un arte que, hoy en día, ya no puede defenderse de ningún
modo con la asunción de algún propósito didáctico.
No pretendo insinuar que alguien, en algún momento, pueda haberme herido
—no hablo de insulto, sino de herida— acusando a una sola de mis páginas de
albergar un propósito didáctico. Pero cada asunto de la esfera del intelecto y la
emoción posee una moralidad propia si se aborda con sinceridad; e incluso el más
taimado de los escritores se delataría —y delataría su moral— cada tres frases. Los

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variados tonos de importancia moral que se han descubierto en mis escritos son muy
numerosos. Ninguno de ellos, sin embargo, ha provocado una reacción hostil. Puede
haber ocurrido que en algún momento haya pecado contra el buen gusto, pero al
parecer nunca lo he hecho contra los sentimientos básicos y las convicciones
elementales que hacen posible la vida a la masa de la humanidad y que,
estableciendo un criterio juicioso, dejan a su idealismo libertad para buscar formas
más sencillas, sentimientos más elevados, propósitos más profundos.
No puedo decir que se haya dado a esta novela ningún cariz moral concreto,
pero tampoco creo que nadie haya detectado en ella una intención maléfica. Y es sólo
de sus intenciones que puede responsabilizarse a los hombres. Los efectos finales de
lo que hacen están mucho más allá su control. Mi intención con esta obra era
interesar a las personas en mi visión de cosas, que se halla indisolublemente
vinculada con el estilo en que me expreso. En otras palabras, deseaba escribir una
cantidad dada de páginas en prosa; hablando estrictamente, en eso consiste mi oficio.
Lo he realizado a conciencia, con la esperanza de resultar entretenido o, al menos, no
insufriblemente aburrido, a mis lectores. Nunca insistiré lo suficiente en el hecho de
que cuando me siento a escribir mis intenciones son siempre intachables, por
deplorable que pueda llegar a ser el resultado final de este empeño.
1920

J. C.

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PARTE I

LA DAMISELA

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CAPÍTULO I
EL JOVEN POWELL Y SU OPORTUNIDAD

Creo que nos había visto por la ventana cuando salíamos a comer en el bote de
una yola de catorce toneladas perteneciente a Marlow, mi anfitrión y capitán.
Ayudamos al muchacho que traíamos con nosotros a amarrar el bote en el
embarcadero antes de entrar en la posada de la ribera, donde encontramos a nuestro
nuevo conocido comiendo, en digna soledad, a la cabecera de una larga mesa, blanca
e inhóspita como un banco de nieve.
La enrojecida tez de su rostro de rasgos bien definidos, adornado por cortas
patillas negras bajo una gorra de cabellos rizados de color gris acero, era el único
acento cálido en la lobreguez de aquel salón, aún más inhóspito, si cabe, por efecto de
un deslucido mantel. Ya lo conocíamos de vista como el propietario del pequeño
cúter de cinco toneladas, que al parecer tripulaba él solo; lo creíamos uno más entre
la modesta banda de fanáticos sin pretensiones que cruzaban la desembocadura del
Támesis. Pero tan pronto como se dirigió al mozo con voz cortante llamándolo
“camarero” comprendimos que era un marinero avezado y no un simple navegante
aficionado.
Enseguida encontró la oportunidad de reprender al mozo por el descuido con
que servía la cena. Lo hizo de manera enérgica y cuando hubo concluido se volvió
hacia nosotros.
—Si en el mar —afirmó— realizáramos nuestro trabajo con la misma
indolencia con que las personas de tierra realizan el suyo, jamás nos ganaríamos la
vida. Nadie nos emplearía. Y, lo que es peor, ninguna nave pilotada con la
despreocupación característica de las personas de tierra a la hora de abordar sus
asuntos llegaría jamás a puerto.
Al retirarse del mar, le había asombrado descubrir que las personas instruidas
no eran mucho mejores que las demás. Nadie parecía encontrar en su trabajo un
motivo de orgullo: desde los plomeros, que eran simples ladronzuelos, hasta los
periodistas —considerados por él como una clase especialmente intelectual— que
nunca, ni por casualidad, brindan una versión correcta del asunto más sencillo. En
general atribuía esta incompetencia universal de lo que llamaba “la chusma de
tierra” a una total falta de responsabilidad y de preocupación por la seguridad.
—Piensan —continuó— que hagan lo que hagan esta pequeña y firme isla no
va a zozobrar con ellos, ni a hacer agua e irse a pique con sus esposas e hijos a bordo.

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A partir de ese momento, la conversación tomó un giro especial, pasando a
versar únicamente sobre la vida marinera. En ese tema el marino encontró enseguida
afinidad con Marlow, quien siendo apenas un mozo se había hecho a la mar.
Mantuvieron un animado intercambio de recuerdos mientras yo los escuchaba.
Estuvieron de acuerdo en que la época más feliz de sus vidas había sido la que
pasaron de jóvenes en buenos barcos, sin más preocupación en el mundo que la de
no perder una guardia por quedarse en el camarote o una ocasión de desembarcar,
tras largas horas de trabajo, al arribar a puerto. También estuvieron de acuerdo en lo
tocante al momento de mayor orgullo que les había deparado su profesión, profesión
que no se abraza jamás por razones racionales y prácticas, sino por el encanto de las
románticas evocaciones que inspira. Fue el momento en que aprobaron su primer
examen y pudieron dejar atrás al examinador de náutica, marchándose con aquel
precioso papelito azul en la mano.
—Aquel día no me hubiera dignado a tratar de prima mía ni a la mismísima
Reina —declaró con entusiasmo nuestro nuevo amigo.
En aquella época los exámenes de la Junta Naval tenían lugar en la Casa del
Muelle de St. Katherine, en la Colina de la Torre; nos contó que sentía un afecto
especial por el paisaje de aquella localidad histórica, con los Jardines a la izquierda,
la fachada de la Casa de la Moneda a la derecha, las miserables casitas en ruinas allá
al fondo, la parada de coches, los limpiabotas sentados en el borde de la acera y un
par de policías fornidos mirando con aire de superioridad las puertas de la taberna
Caballo Negro, al otro lado del camino. Este fue el lugar del mundo, nos dijo, en que
primero posó su vista aquel que había sido el mejor día de su vida. Había salido por
la entrada principal de la Casa del Muelle de St. Katherine convertido en un flamante
segundo oficial, después de haber pasado el peor momento de su vida ante el capitán
R., el más temido de los tres examinadores de náutica responsables por aquel
entonces de los oficiales del servicio mercante que se titulaban en el Puerto de
Londres.
—Todos los que nos preparábamos para la prueba —explicó— temblábamos
de miedo ante la idea de presentarnos ante él. Me tuvo hora y media en la cámara de
tortura y se comportó como si me odiara. Con una mano protegía sus ojos de la luz.
De repente, se descubrió el rostro y exclamó: “¡Lo harás!” Antes de que pudiera
entender lo que quería decir con esa expresión, me extendió el papelito azul por
encima de la mesa. Salté de la silla como si quemara.
»—Gracias, señor —le dije al agarrar el papel.
»—Buenos días y buena suerte —gruñó.

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»El viejo portero rebuscó con agitación en el guardarropa hasta encontrar mi
gorra. Siempre lo hacen. Después me miró fijamente, con insistencia, antes de
aventurarse a preguntar, en un tímido susurro:
»—¿Todo ha ido bien, señor?
»Por toda respuesta deposité media corona en la ancha palma de su mano.
»—Bueno —prosiguió con una repentina sonrisa de oreja a oreja—, nunca vi
que a alguien lo retuvieran tanto tiempo. Esta mañana suspendió a dos segundos
oficiales que se examinaron antes que usted; ninguno de ellos estuvo más de veinte
minutos. Ese es el tiempo que suele tomarse.
»Me encontré de pronto en la planta baja sin ser consciente de haber bajado los
peldaños, como si hubiera ido flotando por la escalera. El mejor día de mi vida. El día
que uno recibe su primer mando no es nada en comparación con aquél. Para
empezar, en ese momento uno ya no es tan joven y, además, en nuestro caso, no nos
cabe esperar mucho más, ¿sabe? Sí, aquél es el mejor día de nuestra vida, sin duda;
pero es tan sólo un día, no más. Lo que viene a continuación es una experiencia del
todo ingrata para un joven: el intento de obtener un cargo de oficial sin poder
mostrar nada más que un certificado recién recibido. Es sorprendente entonces lo
inútil que resulta ese pedacito de papel que tanto lo había emocionado. Por aquel
entonces yo no me había percatado de que un certificado de la Junta de Comercio de
ningún modo hace al oficial. Pero los capitanes de los barcos a los que acosaba
pidiéndoles empleo lo sabían muy bien. Ahora eso no me extraña y no los culpo en
absoluto. Pero hay que decir que ese “tratar de conseguir un barco” es una empresa
de lo más difícil para un joven...
Después continuó contándonos qué cansado y desanimado se había sentido
ante aquella decepcionante lección recibida el día más feliz de su vida. Nos explicó
que se dedicó a visitar todas las oficinas navieras de la ciudad, donde algún joven
empleado de turno le proporcionaba impresos de solicitud que él se llevaba a casa y
rellenaba por la noche. Solía salir corriendo justo antes de la media noche para
echarlos en el buzón más cercano. Y eso era todo. Según sus propias palabras:
Hubiese sido lo mismo haberlos echado, correctamente dirigidos y franqueados, por
la rejilla del alcantarillado.
Un buen día, cuando recorría su fatigoso camino hacia los muelles, se
encontró con un amigo y antiguo camarada de a bordo, algo mayor que él, en la
puerta de la Estación de Ferrocarriles de la Calle Fenchurch.
Ansiaba comprensión, pero su amigo acababa de “conseguir un barco” esa
mañana y se dirigía a su casa a toda prisa en ese peculiar estado de júbilo exterior y

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desasosiego interior propio del marino que, tras muchos días de espera, de repente
consigue un empleo. Su amigo tuvo tiempo de expresarle sus condolencias, pero con
brevedad. Tenía que embarcarse. Mientras se alejaba, se giró un momento y por
encima del hombro, le sugirió: “¿Por qué no vas a hablar con el señor Powell, de la
Oficina Naviera?” Nuestro amigo objetó que en su vida había visto al señor Powell. Y
el otro, ya casi a punto de doblar la esquina, le gritó un consejo:
—Entra por la puerta privada de la Oficina Naviera y habla directamente con
él. Se sienta junto a la ventana. Acércate a él de manera resuelta y dile que vienes de
mi parte.
Nuestro nuevo amigo nos miró y declaró:
—Les doy mi palabra de que estaba tan desesperado que me hubiera acercado
de manera resuelta al mismísimo diablo si éste hubiera mostrado apenas un indicio
de que tenía un cargo de segundo oficial que ofrecer.
Fue entonces cuando, interrumpiendo su narración para encender la pipa pero
manteniéndonos atrapados con la mirada, preguntó si habíamos conocido a Powell.
Marlow, con una sonrisita evocadora en los labios, murmuró que “lo recordaba muy
bien”.
Entonces se produjo una pausa. Nuestro amigo estaba inmerso en un irritante
combate con su pipa, que de repente traicionaba su confianza y defraudaba sus
expectativas de disfrute. Para no dejar morir la conversación, le pregunté a Marlow si
este Powell era notable en algún sentido.
—No exactamente notable —repuso Marlow con su aplomo habitual—. En
general resulta muy difícil para cualquier persona hacerse notable. ¿Acaso no sabes
que la gente no le presta a uno la atención suficiente? Recuerdo muy bien a Powell
simplemente porque cuando era uno de los encargados de enrolar las tripulaciones
en el Puerto de Londres me destinó, en varias ocasiones, a prolongadas estadías en
alta mar durante mi peregrinaje marinero. Se parecía a Sócrates. Hablo del parecido
más auténtico: el del rostro. El hecho de que tuviera mentalidad de filósofo es
meramente accidental. Era una reproducción exacta del conocido busto de aquel
sabio inmortal; siempre y cuando uno pueda imaginarse el famoso busto con un alto
sombrero de copa y un abrigo negro sobre los hombros. Ya que nunca lo vi más que
al otro lado del largo mostrador de la oficina naviera, a cargo de los cinco
funcionarios de enrolamiento, el señor Powell permanece en mi recuerdo tan sólo
como un busto.
Nuestro amigo avanzó hacia nosotros desde la chimenea con su pipa por fin
en buen estado de funcionamiento.

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—Lo más notable en Powell —anunció dogmáticamente con la cabeza
envuelta en una nube de humo— es que se llamara precisamente así. Resulta que yo
también me apellido Powell, ¿saben?
Era evidente que esta información no tenía que ver con cuestiones formales.
No era necesario que nos presentásemos. Continuamos mirándolo con ojos
expectantes.
Se entregó al enérgico disfrute de su pipa durante uno o dos minutos de
silencio. Luego, retomando el hilo de su historia, nos contó cómo había echado a
correr hacia la Colina de la Torre. No había sentido algo tan intenso desde el famoso
día de su examen: aquél que había sido el mejor día de su vida, el día del orgullo
desmesurado. Pero esta vez se trataba de una emoción muy distinta. Tampoco
entonces se habría dignado a llamar prima a la Reina, pero esta vez a causa de un
sentimiento de humillación profunda. Sencillamente no se sentía a la altura de ser
pariente de nadie. Envidiaba a los viejos cocheros, de pie ante la parada de coches,
con sus narices enrojecidas, envidiaba a los chicos limpiabotas sentados en el bordillo
de la acera, envidiaba a los dos fornidos policías que se paseaban lentamente a lo
largo de la verja de los Jardines de la Torre, conscientes de su infalible poder, y
envidiaba a los centinelas de brillante uniforme escarlata que caminaban
enérgicamente de un lado a otro de la puerta de la Ceca. Les envidiaba el lugar que
ocupaban en el esquema del mundo del trabajo. Y envidiaba también a los miserables
holgazanes de rostro enjuto, que entornaban sus ojos obscenos y restregaban sus
grasientos hombros contra las jambas de las puertas del bar Caballo Negro; los
envidiaba porque habían caído tan bajo que ni siquiera percibían su propia
degradación.
Debo reconocer que nuestro amigo tenía auténtica habilidad para
transmitirnos su juvenil y desesperanzada extrañeza al no encontrar su lugar bajo el
sol ni el reconocimiento de su derecho a la vida.
Subió la escalinata de la Casa del Muelle de St. Katherine, la misma escalinata
desde la cual unas seis semanas atrás había contemplado la parada de coches, los
edificios, los policías, los limpiabotas, la pintura, oropel y cristales del Caballo Negro,
con los ojos de un Conquistador. En aquel momento, en el fondo de su corazón le
había extrañado que todo ese entorno no lo recibiera con cánticos e incienso, pero en
esa nueva ocasión —no nos lo quiso ocultar— se deslizó a hurtadillas junto a la
caseta del portero.
—No llevaba en el bolsillo ni media corona que darle de propina —observó
con gravedad.

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El hombre corrió tras él preguntándole: “¿Qué desea?”, pero Powell, tras
dirigir una mirada de agradecimiento hacia el primer piso en recuerdo del aula de
exámenes del capitán R. —qué fácil y delicioso había sido todo— bajó corriendo un
tramo de escaleras que conducía al sótano y se encontró de pronto en un lugar
oscuro, misterioso y lleno de puertas. Había temido que le impidieran el paso debido
a alguna regla que prohibiera la entrada, pero nadie lo había seguido.
El sótano de la Casa del Muelle de St. Katherine es vasto en su extensión y
confuso en su disposición. Pálidos rayos de luz se cuelan desde lo alto rasgando la
penumbra de sus fríos corredores. Powell vagó por ellos de un lado a otro igual que
uno de aquellos primeros cristianos refugiados en las catacumbas; pero la poca fe
que tenía en el resultado de su empresa se le escapaba por la yema de los dedos. Al
doblar una esquina oscura, apenas iluminada por una lámpara de gas de llama muy
débil, la confianza lo abandonó por completo.
—Me detuve un momento a reflexionar —explicó— lo cual fue una auténtica
estupidez, ya que sólo conseguí que me entrara más miedo. ¿Qué podía esperar?
Hace falta valor para abordar a un desconocido y pedirle un favor. Hubiera preferido
que mi tocayo Powell fuera el mismísimo diablo. De algún modo sentía que eso me
facilitaría la tarea. Nunca he creído en el diablo lo suficiente como para temerle; sin
embargo sé que un hombre puede resultar muy desagradable. Observé la» gran
cantidad de puertas, todas cerradas, con la convicción creciente de que nunca tendría
agallas para abrir ni siquiera una de ellas. Pensar no es bueno para quien quiere
encontrar coraje; mi conclusión fue que lo mejor era abandonar la empresa. Pero
finalmente no lo hice y les diré qué me detuvo. Fue el recuerdo de aquel aturdido
portero que me había increpado al entrar. Estaba seguro de que el individuo en
cuestión estaría ojo avizor en la parte superior de la escalera. Si me preguntaba qué
había estado haciendo, pregunta del todo lícita por su parte, no habría sido capaz de
encontrar una respuesta que no me hiciera parecer tonto o algo peor. Me sentí muy
acalorado. No tenía ninguna posibilidad de escapatoria.
»Estaba completamente desorientado allí abajo. De las muchas puertas de
diversos tamaños, a derecha e izquierda, unas cuantas tenían vidrios traslúcidos en la
parte superior; otras, en cambio, seguramente conducían a trasteros o lugares
parecidos, porque, cuando me atreví a intentar abrir un par de ellas, me desconcertó
comprobar que estaban cerradas con llave. Me detuve indeciso e incómodo como un
ladrón confundido. Aquel inquietante sótano era tan silencioso como una tumba y
podía oír hasta los latidos de mi corazón. Una sensación muy incómoda. Nunca me
había ocurrido antes ni volvió a sucederme después. A mi izquierda vi una puerta
más grande, con un gran picaporte de bronce, que tenía toda la pinta de conducir a la

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Oficina Naviera. Hice acopio de valor e intenté abrirla. “¡Allá voy!”, me dije.
»Cedió con bastante facilidad. Y hete aquí que daba a un lugar poco más
grande que una alacena. No tendría más de diez o doce pies y, dado que yo esperaba
encontrarme con la Oficina Naviera, una gran estancia sombría similar a una bodega
en la que había estado una o dos veces antes, quedé extremadamente sorprendido.
Una lámpara de gas colgaba del centro del cielo raso sobre un oscuro y viejo
escritorio cubierto de documentos amarillentos y llenos de polvo. Bajo la llama del
único quemador que ardía en el lugar, un hombrecillo regordete se afanaba
escribiendo, con la nariz casi pegada a la mesa. Estaba completamente calvo y su tez
era prácticamente del mismo tono amarillento que los papeles. También parecía
bastante polvoriento.
»No pude ver si además tenía telarañas, pero no me hubiera extrañado que así
fuera, porque daba la impresión de llevar años prisionero en aquel pequeño agujero.
La forma en que dejó la pluma y me miró, parpadeando, me alteró mucho. Aquel
calabozo suyo era caluroso y húmedo; olía a gas y a hongos y uno tenía la sensación
de hallarse a unos 120 pies1 por debajo del suelo. En todos los rincones había sólidas
y pesadas pilas de papel que ascendían hasta quedarse a medio camino del techo.
Cuando de repente se me ocurrió pensar que éste era el local de la Junta Marítima y
que ese sujeto debía de estar vinculado de alguna manera con los barcos, con los
marinos y con el mar, la sorpresa me cortó la respiración. Era imposible imaginar por
qué la Junta Marítima mantendría a esa criatura gorda y calva esclavizada allí abajo.
Por alguna razón sentí lástima y vergüenza de haberlo sorprendido en su desdichado
cautiverio. Con amabilidad y pesar le pregunté:
»—La Oficina Naviera, por favor.
»Me respondió con un tono despectivo y estridente que me sobresaltó:
»—No es aquí. Pruebe al otro lado del pasillo. Del lado de la calle. Este es el
lado del muelle. Ha confundido el camino...
»Me habló en un tono tan desagradable que creí que terminaría llamándome
necio... y probablemente esa era su intención. Sin embargo terminó con un cortante:
“Cuando salga cierre la puerta sin hacer ruido”.
»Cerré la puerta sin hacer ruido... por supuesto. Con rapidez y en silencio. El
espíritu indomable de ese individuo me impresionó. Todavía hoy a veces me
pregunto si lograría escribir hasta alcanzar al fin su libertad y su jubilación, o si tuvo

1 120 pies son unos 40 metros. (N. del T.)

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que pasar directamente de su tumba iluminada con luz de gas a esa otra tumba
oscura donde nadie osaría importunarlo. Por un lado me complació descubrir que le
quedaba tanta energía, pero no me tranquilizó en absoluto. Se me ocurrió que el
señor Powell podría tener el mismo temperamento... Sin embargo, no quise darme
tiempo para pensar, y atravesé con rapidez el trecho que iba del pie de la escalera
hasta el pasillo que el hombrecillo me había indicado. Abrí la primera puerta con la
que me topé, de inmediato y sin vacilar, ya que en ese momento oí que, desde el
vestíbulo, una voz sorprendida y escandalizada deseaba saber qué era lo que
pretendía. “¿Acaso ignora que por ahí está prohibido el paso?”, rugió. Si dijo algo
más lo cierto es que no lo oí, ya que interpuse entre la voz y mis oídos una puerta
que por fuera decía Privado. Me encontré en un espacio de unos seis pies de ancho; a
uno de mis lados tenía un largo mostrador, al otro una pared, y frente a mí una
espaciosa habitación abovedada en cuyo extremo podía ver una ventana enrejada y
una puerta de cristal por las que se filtraba la luz del día. Lo primero que vi fueron
tres hombres de mediana edad que se burlaban de otro sujeto de cuello largo y
delgado y hombros caídos que, inclinado sobre un escritorio, escribía en una gran
hoja de papel, sin hacer caso de nadie y con una curiosa sonrisa de satisfacción en el
rostro. En cuanto me vieron, los tres caballeros se mostraron molestos y escuché que
uno de ellos murmuraba: “¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?”
»—Deseo ver al señor Powell, por favor —dije, muy cortés, pero con firmeza;
ya no estaba dispuesto a permitir que nada me amedrentase. Ahora por fin me
encontraba en la Oficina Naviera. Pasaban unos minutos de las tres de la tarde y
aquellos tres individuos parecían haber dado por concluida la jornada de trabajo. El
de cuello largo, sin embargo, continuaba escribiendo sin parar. Observé que ya no
sonreía. Los otros tres giraron la cabeza al unísono hacia el otro extremo de la
habitación, donde un quinto individuo había estado observando sus payasadas
desde lo alto de un taburete. Me le acerqué con tanta osadía como si se tratara del
mismo diablo. Tenía un pie apoyado en el travesaño del taburete, y no dejaba de
balancear el otro, que distaba bastante de tocar el suelo de piedra. Se había
desabotonado la parte superior del chaleco y llevaba un sombrero de copa colocado
muy atrás, cerca de la nuca. No tenía ni una sola arruga en todo el rostro y sus ojos
brillaban con tal claridad que su barba gris parecía postiza, como si formara parte de
un disfraz. Antes usted ha dicho que se parecía a Sócrates, ¿verdad? Eso yo no lo sé.
Tengo entendido que ese Sócrates era un sabio.
—Lo era —convino Marlow—. Y un verdadero amigo de la juventud.
Sermoneaba a los jóvenes de una manera especialmente exasperante. Era su forma de
ser.

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—En tal caso me quedo con Powell —declaró nuestro amigo con resolución—.
En ningún momento me sermoneó. No era de los que lo hacen. Respondió a mi torpe
iniciativa con un “¿Cómo está usted?” bastante amable. Después me miró con dureza
y observó: “Creo que no nos conocemos... ¿verdad?”
»—No, señor —repuse, y el corazón se me deslizó hasta las botas llegado
precisamente el momento de hacer acopio de todo mi valor. No hay nada peor en el
mundo que el descaro mal llevado. Por temor a parecer avergonzado me expresé con
tanta libertad y soltura que hasta yo mismo me asusté. Me escuchó un rato con
evidente sorpresa y curiosidad y luego me hizo un gesto para que callase. Puedo
asegurarles que callarme fue un placer.
»—Bueno, es usted muy atrevido —dijo—, y ese amigo suyo también. Me
estuvo asediando durante quince días hasta que un capitán que conozco tuvo la
gentileza de darle un puesto. Y en cuanto lo consigue, se lo dice a usted. A ustedes
los jóvenes no parece importarles ocasionar molestias.
»Ahora fui yo quien lo miré con sorpresa y curiosidad. No estaba hablando en
voz alta, pero bajó el volumen aún más.
»—¿No sabe que es ilegal?
»Me pregunté dónde quería ir a parar hasta que de pronto recordé que
procurarle un puesto a un marinero es un delito tipificado por la Ley. Se trata de una
cláusula penal que tiene por objeto evitar las estafas de ciertos reclutadores que van
de pensión en pensión con el propósito de convencer a los marineros para que se
enrolen en algún barco escaso de tripulantes y mano de obra. No se me había
ocurrido que se aplicara por igual a todo el mundo independientemente de la
motivación, ya que en aquella época yo aún creía que las personas de tierra
realizaban su trabajo con cuidado y previsión.
»La idea me desconcertó, pero el señor Powell pronto me hizo ver que una
Ley del Parlamento carece de sentido propio. Sólo tiene el sentido que se le dé al
aplicarla, y a veces éste es bien poco. Por su parte, él no tenía nada en contra de
ayudar de vez en cuando a un joven a encontrar puesto en un barco, dijo, pero si
acudíamos a él constantemente pronto correrían rumores de que lo hacía por dinero.
»—Bonita cosa: el Comisario Superior de Marinería del Puerto de Londres
llevado a juicio y multado con cincuenta libras —continuó—. Me faltan cuatro años
para la jubilación. Un asunto así podría perjudicarme terriblemente, no le quepa la
menor duda.
»Mientras hablaba seguía con un pie apoyado en el travesaño del taburete y

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continuaba balanceando el otro como un niño sentado en una cerca. Me miraba
fijamente con los ojos muy brillantes. La verdad es que me desconcertaba. Me
desagradaba que estuviera insinuando que alguien podía hacer una declaración con
el objeto de perjudicarlo.
»—¡Oh! —exclamé sorprendido—. ¿Quién sería capaz de semejante vileza,
señor? —el simple hecho de que se le hubiera ocurrido algo así me molestaba.
»—¿Quién? —repuso en voz muy baja—. Cualquiera. Tal vez uno de los
recaderos de la oficina. He llegado a ser el principal responsable aquí, y es verdad
que todos somos muy buenos amigos, ¿pero no cree que al colega que se sienta junto
a mí le gustaría, si pudiera, ascender a este escritorio situado junto a la ventana
cuatro años antes de lo previsto? O incluso simplemente un año antes, si tiene esa
oportunidad. Así es la naturaleza humana.
»No pude evitar girar la cabeza. Los tres individuos que hacían el payaso
cuando entré ahora hablaban con mucha sobriedad, y el sujeto de cuello largo seguía
escribiendo. Me pareció el más peligroso del grupo. Lo vi de perfil y pude comprobar
que tenía los labios muy apretados. Nunca antes había contemplado a la humanidad
bajo esa luz. Cuando uno es joven, la naturaleza humana no deja de asombrarlo. Pero
lo que más me sorprendió fue ver que la puerta por la que había entrado se abría
lentamente para dar paso a una cabeza con gorra de uniforme y la insignia de la
Junta del Comercio. Era el maldito portero del vestíbulo. Por fin me había
descubierto y pretendía echarme. Se acercó sonriendo con picardía y sosteniendo la
gorra en la mano.
»—¿Qué ocurre, Symons? —preguntó el señor Powell.
»—Llevaba rato preguntándome adonde habría ido este caballero, señor. Se
me escabulló por la escalera.
»Me sentí muy incómodo.
»—No hay problema, Symons. Conozco al caballero —respondió Powell, tan
serio como un juez.
»—Muy bien, señor. Por supuesto, señor. Vi al caballero entrar por su cuenta
aquí abajo, así que...
»—Le digo que no hay problema —lo interrumpió el señor Powell haciendo
un gesto con la mano. Cuando el viejo farsante se hubo marchado al fin, levantó la
mirada hacia mí. Yo no sabía qué hacer: si quedarme allí, largarme rápidamente o
disculparme.
»—Veamos —comenzó—, ¿cómo me dijo que se llamaba?

18
»Su pregunta me hizo cerciorarme de que ni siquiera le había dicho mi
nombre, y me sentí un poco avergonzado. Por alguna razón no me pareció adecuado
soltarle a bocajarro el que en realidad era su propio apellido. De modo que me limité
a sacar del bolsillo mi nuevo certificado y se lo entregué desdoblado, a fin de que
pudiera leer Charles Powell, escrito con toda claridad en el pergamino.
»Fijó la vista en él y, al rato, en silencio, lo puso sobre su escritorio. Me quedé
sin saber si pretendía hacer algún comentario sobre la coincidencia, ya que antes de
que tuviera tiempo de decir nada, la puerta de cristal se abrió de golpe y un hombre
alto y vital entró dando grandes zancadas, mostrando evidentes señales de tener
prisa. Llevaba un sombrero alto forrado de seda, y su rostro estaba enrojecido. Con
sólo mirarlo uno se percataba de que era el capitán de un barco grande.
»El señor Powell, después de decirme en voz baja que esperara un poco, se
dirigió a él de forma amistosa.
»—Lo he estado esperando para que recoja su Contrato de Tripulación,
capitán. Aquí está, listo para usted.
»Y, volviéndose hacia una pila de contratos situada junto a su codo, agarró el
que había encima. Desde donde me encontraba pude leer las palabras “Barco
Ferndale? escritas en grandes letras redondas en la primera página.
»—No, señor Powell, no está listo, qué le vamos a hacer —respondió el
capitán—. Debo pedirle que elimine de él a mi segundo oficial.
»Parecía excitado y molesto. Explicó que su segundo oficial había estado
trabajando a bordo toda la mañana. A la una había salido a almorzar y a las dos no
había regresado, como debía haber hecho. En lugar de eso, llegó un mensajero del
hospital con una nota firmada por un médico. La clavícula y un brazo fracturados. Se
había dejado atropellar por un coche de dos caballos cuando cruzaba la calle camino
de la verja del muelle, como si no hubiera tenido ojos u oídos. ¡Y la nave lista para
partir a las seis de la mañana siguiente!
»El señor Powell mojó la pluma y comenzó a pasar las hojas del contrato.
»—Entonces debemos eliminar su nombre —comentó con un tono de absoluta
indiferencia.
»—¿Qué voy a hacer? —estalló el capitán—. Esta oficina cierra a las cuatro. Me
es imposible encontrar un hombre en media hora.
»—Esta oficina cierra a las cuatro —repitió el señor Powell revisando las
páginas y retocando una letra aquí y otra allá, sin inmutarse.

19
»—Incluso si lograra encontrar hoy mismo algún hombre dispuesto a partir
con tan poca antelación, no podría enrolarlo legalmente aquí... ¿verdad?
»El señor Powell estaba ocupado rellenando las cláusulas del contrato
relacionadas con el infortunado segundo oficial y haciendo anotaciones al margen.
»—Podría enrolarlo usted mismo a bordo —respondió sin levantar la vista—,
pero no creo que le sea fácil encontrar a un oficial dispuesto a lanzarse al mar de
cabeza.
»Al oír esto, el capitán, a pesar de ser un hombre de excelente aspecto, dio
evidentes señales de angustia. El barco debía zarpar antes de que subiera la marea, a
la mañana siguiente. Tenía que cargar a bordo cuarenta toneladas de dinamita y
ciento veinte toneladas de pólvora en un muelle río abajo, antes de hacerse a la mar.
Todo estaba dispuesto para el día siguiente. Habría un sinfín de problemas y
complicaciones si el barco no llegaba a tiempo... No pude evitar oírlo todo, al tiempo
que deseaba que el capitán se marchara, ya que quería saber por qué el señor Powell
me había pedido que aguardara. Después de lo que me había dicho no veía qué
sentido podía tener quedarme allí. De haber tenido mi certificado en el bolsillo habría
intentado escabullirme en silencio, pero el señor Powell había recobrado su anterior
posición (de nuevo balanceaba una pierna) y tenía mi certificado sobre el escritorio
bajo su codo izquierdo, de modo que no parecía muy correcto que me acercara a
arrebatárselo.
»—No sé —dijo distraídamente, dirigiéndose al indefenso capitán, al tiempo
que me miraba fijamente pero como si yo no estuviese allí—. No sé si debería decirle
que conozco un segundo oficial que no está comprometido y se encuentra en este
momento muy cerca.
»—¿Quiere decir que está aquí? —gritó el otro, revisando con la vista toda la
oficina, como si estuviera dispuesto a lanzarse sobre cualquier cosa que pareciera un
segundo oficial. Estaba tan absorto en su preocupación que en realidad creo que ni
siquiera se había percatado de mi presencia. O tal vez, al verme allí, me tomó por
algún empleado subalterno. Pero cuando el señor Powell hizo un gesto señalándome,
se calmó de golpe y me miró largo y tendido. Se acercó entonces al oído del señor
Powell... supongo que creía hablar en susurros, pero yo lo oí perfectamente.
»—Parece un chico decente.
»—Sin duda lo es —dijo el otro con mucha calma sin quitarme la vista de
encima—. Se apellida Powell.
»—¡Ah, ya veo! —exclamó el capitán bastante sorprendido—. ¿Pero está

20
dispuesto a enrolarse inmediatamente?
»De repente me vino a la cabeza la imagen de mi pensión al norte de Londres,
más allá de Daltson, en el quinto infierno; recordé todos mis bártulos esparcidos por
la habitación, y mi baúl de viaje vacío, guardado en algún lugar del cobertizo que las
buenas gentes en cuya casa me hospedaba tenían en el extremo de su pequeño jardín
cubierto de hollín. Oí que el señor Powell decía con toda serenidad:
»—Dormirá a bordo esta noche.
»—Más le vale —repuso el capitán del Ferndale, con el tono que usaría un
hombre de negocios para hablar de un asunto que ya está zanjado.
»No puedo decir que había perdido el habla por culpa de la alegría, como
quizás ustedes supongan. No era eso exactamente. Más bien era que la rapidez con
que se había producido todo me había dejado sin aliento. No podía creerme que
aquello me estuviera ocurriendo a mí. El capitán, después de hablar un rato con el
señor Powell en voz tan baja que no pude oírlos, pareció visiblemente perplejo.
»Supongo que acababa de enterarse de que yo era un oficial recién graduado y
carecía de experiencia, ya que se volvió hacia mí y me revisó de arriba abajo como si
fuera un objeto expuesto para la venta.
»—Es joven —murmuró—, pero parece listo... Es usted listo y voluntarioso —
esto me lo dijo a mí, de repente y en voz alta— ¿verdad?
»Lo único que logré fue abrir y cerrar la boca, nada más, pues me había
pillado totalmente desprevenido. Sin embargo eso le bastó. Actuó como si lo hubiera
ensordecido proclamando mi agudeza y buena disposición.
»—Por supuesto, por supuesto. Muy bien.
»Entonces, volviéndose hacia el señor Powell, que seguía sentado balanceando
una pierna, dijo que, naturalmente, le era imposible zarpar sin un segundo oficial. Yo
me mantenía al margen, como si todo aquello le estuviera ocurriendo a otra persona
a quien yo simplemente acompañara. El señor Powell me miraba con esos brillantes
ojos suyos, pero ese fastidioso capitán se volvió otra vez hacia mí como si estuviera
dispuesto a arrancarme la cabeza de cuajo.
»—No se considera usted demasiado grande como para admitir que se le
indique cómo hacer las cosas... ¿verdad? Aunque no lo crea, todavía tiene mucho que
aprender.
»Quise defender mi dignidad, diciéndole que si estaba aludiendo a mis
conocimientos de náutica, debía tener en cuenta que una persona que había resistido

21
un examen de hora y media con el capitán R. sin duda estaría a la altura de toda
exigencia que su viejo barco pudiera hacer a su competencia. Sin embargo,
afortunadamente no me dio la oportunidad de hacer el ridículo de esa manera, ya
que antes de que me fuera posible abrir la boca había cambiado de tema y se dirigía
afablemente al señor Powell, quien, balanceando la pierna, no me quitaba los ojos de
encima.
»—Aceptaré de buen grado a su joven amigo, señor Powell. Si usted le
permite firmar de inmediato como segundo oficial, me llevaré conmigo ahora mismo
el Contrato de Tripulación.
»¡De repente comprendí que el inocente capitán del Ferndale había dado por
sentado que yo era pariente del señor Powell! Este descubrimiento me sorprendió
bastante, aunque, en realidad, el error era bien natural dadas las circunstancias. Lo
que sí debía haberme sorprendido era la reticencia con que se había establecido y
utilizado ese malentendido. Pero por entonces yo era demasiado estúpido como para
notar esos detalles. Mi única preocupación era aclarar la situación. Era tan estúpido
que hasta llegué a preguntarme cómo era posible que el señor Powell no se diera
cuenta de la equivocación. Vi que su rostro se contrajo ligeramente, pero en lugar de
aclarar el error, se giró hacia mí y me llamó “Charles”. Eso hizo. Y me percaté de que
justo antes le había echado una rápida ojeada a mi certificado, porque hasta ese
momento no sabía mi nombre de pila.
»—Bueno, Charles, ves al escritorio —pidió en voz alta.
»¡Charles! Al principio no podía creerme que se estuviese dirigiendo a mí.
Incluso busqué al tal Charles con la mirada, pero detrás mío sólo vi a aquel individuo
de cuello delgado, que todavía seguía escribiendo, y a los otros tres empleados, que
estaban poniéndose sus abrigos y sus sombreros y se disponían a regresar a sus
casas. Fue el aplicado hombre de cuello delgado quien, sin soltar la pluma, abrió con
su mano izquierda la pequeña puerta del mostrador y dijo con amabilidad: “Pase por
aquí.”
»Caminé como en trance, encaré al señor Powell, por quien supe que nos
dirigiríamos primero a Port Elizabeth, y firmé el contrato como segundo oficial del
Ferndale... el viaje no excedería los dos años.
»—No nos fallará usted en el momento de embarcar, ¿verdad? —preguntó el
capitán con ansiedad—. Si lo hiciera nos causaría un sinfín de problemas y gastos.
Tiene más de seis horas para recoger sus pertenencias y luego aún tendrá tiempo de
echar una cabezadita a bordo antes de que la tripulación llegue por la mañana.
»Para él era fácil decir que seis horas bastaban para prepararse para un viaje

22
que no excedería los dos años. No era él quien tenía que hacerlo, ni quien debía
recuperar un baúl guardado en un cobertizo cuya llave llevaba una semana
extraviada, según creía recordar. Pero yo tampoco estaba demasiado preocupado.
Todavía no había podido asumir que zarparía a las seis de la mañana del día
siguiente. Todo había sido demasiado repentino.
»Mientras deslizaba el contrato en un sobre alargado, el señor Powell habló
con una suerte de risita fría, sin mirarnos a ninguno de los dos.
»—Procura no deshonrar el apellido, Charles.
»El capitán intervino con gran amabilidad:
»—Me atrevo a decir que lo hará muy bien. Me encargaré de ayudarle un
poco.
»Dicho esto, cogió el contrato, murmuró algo sobre acercarse un momento a
ver a aquel pobre diablo al hospital y se marchó con su pesado paso oscilante,
después de hacerme una severa recomendación:
»—No haga como aquel pobre diablo; no permita que lo atropellen como si
careciera de ojos y oídos.
»—Señor Powell —dije tímidamente (para entonces, aparte de nosotros dos,
sólo quedaba en la oficina aquel sujeto de cuello delgado, de pie junto a la puerta,
sosteniéndose sobre una pierna para volverse los bajos del pantalón antes de
marcharse)—. Señor Powell, me parece que el capitán del Ferndale ha creído en todo
momento que usted y yo éramos parientes.
»El malentendido me preocupaba bastante, pero al señor Powell parecía no
importarle en absoluto.
»—¿De veras? —exclamó—. Es curioso, porque a mí también me parece que
últimamente me he comportado como un tío bueno con varios jóvenes. ¿No le
parece? De todos modos, si le incomoda, puede aclarárselo... cuando el barco se haya
hecho a la mar.
»Me sentí un poco extraño. El señor Powell me había prestado un gran
servicio, porque es cierto que para nosotros, los marinos mercantes, el primer viaje
como oficial constituye la base de nuestro porvenir. No era menos que eso lo que me
había dado. Le dije, afectuosamente, que ese día había hecho por mí más que todos
mis parientes juntos durante toda mi vida.
»—No, no —repuso—. Creo que ha sido esa carga de explosivos que espera
río abajo la que ha hecho mucho por usted. Hoy, su mejor amigo han sido esas

23
cuarenta toneladas de dinamita, joven.
»Tal vez eso también era cierto. En cualquier caso, vi con claridad que no era a
mí mismo a quien debía agradecer aquel golpe de suerte. Pero cuando intenté darle
las gracias a él, detuvo mis balbuceos.
»—No tenga prisa en darme las gracias. El viaje todavía no ha terminado.
Nuestro amigo hizo una pausa y añadió pensativo:
—Qué hombre tan extraño. Como si eso tuviera alguna importancia. Era un
hombre realmente extraño.
—Sin duda es desaconsejable admitir cualquier tipo de responsabilidad por
nuestras acciones, cuyas consecuencias nunca somos capaces de prever —observó
Marlow a manera de asentimiento.
—La única consecuencia de su acción fue que embarqué —repuso el otro—.
Eso no podía hacerme mucho daño —añadió con una risa que probablemente
manifestaba cierto desprecio inconsciente hacia las ideas generales.
Pero Marlow no se desanimó. Era paciente y reflexivo. Había pasado muchos
años en el mar y en realidad creo que le agradaba la vida marina porque en general
favorece la reflexión. Me refiero a la navegación de vela, hoy en día prácticamente
inexistente. Para aquellos a quienes esta declaración les sorprenda quiero señalar que
ese tipo de vida garantiza a todo aquel que la abrace las inestimables ventajas de la
soledad y el silencio. Marlow tenía la costumbre de hacer afirmaciones generales de
una manera peculiar, medio en broma y medio en serio.
—Oh, no pretendía insinuar que su tocayo, el señor Powell, podía haberle
hecho daño. Seguramente esa no era su intención. E, incluso de haberlo sido, no
habría tenido el poder de conseguirlo. Pues no era más que un hombre, y la
incapacidad de alcanzar algo claramente bueno o claramente malo es inherente a
nuestra condición humana. La mediocridad es nuestro signo. Y tal vez sea mejor así;
la mayor parte de las veces no podemos tener la menor certeza acerca de cuáles van a
ser las consecuencias de nuestros actos.
—No entiendo nada de consecuencias —se enfrentó el otro valientemente a
Marlow—. En cualquier caso, ¿qué consecuencias esperaba usted? Simplemente le he
dicho que hizo algo singularmente amable.
—Hizo lo que pudo —replicó cortésmente Marlow— y a juzgar por lo que ha
contado no fue demasiado. No puedo evitar pensar que hubo cierta malicia en su
forma de aprovechar la oportunidad de hacerle a usted un favor. Logró hacerle
sentirse incómodo. Usted deseaba embarcar, sí, pero él aprovechó la oportunidad de

24
complacer su deseo al tiempo que en cierta manera se vengaba de usted. Sospecho
que el atrevimiento del que usted hizo alarde lo alarmó y ésta era una ocasión
excelente para inhibirlo por completo. Porque si usted aceptaba, él se quitaba un
problema de encima dando la impresión de ser una persona muy considerada, y si
usted ponía alguna objeción, después de haber solicitado su ayuda, él estaba en su
perfecto derecho de despacharlo a usted tachándolo de impostor. Sin duda usted
tenía razones legítimas para rechazar la oferta. Tal vez podía haber alegado una
causa de fuerza mayor. El tiempo de que disponía era extraordinariamente breve.
Pero, dadas las circunstancias, se hubiera cubierto usted de ignominia.
Nuestro amigo sacó la ceniza de su pipa.
—Está usted equivocado —repuso—. No soy de los que se echan atrás,
aunque admito que lo que hizo fue algo parecido a lanzar por la borda a un hombre
que dice que desea un baño, sin preocuparse de si se va a ahogar o será capaz de salir
a nado con la ropa puesta. De todas formas, al principio no me sentí con el agua al
cuello. Abandoné la Oficina Naviera sin prisas y, durante un rato, anduve por las
calles con tanta tranquilidad como si tuviera una semana por delante para
prepararme. Pero pronto me di cuenta de que me quedaba todavía menos tiempo de
lo que parecía. La tarde estaba bien avanzada, tenía que conseguir algunas cosas y
me quedaban todavía varios asuntos que resolver y una o dos personas que visitar.
Una de ellas era una tía mía, mi único pariente, que disputó con mi pobre padre
durante toda la vida de éste por algún asunto intrascendente que no tenía solución.
Cuando murió me dejó su dinero. Yo siempre iba a verla sólo por quedar bien. Tenía
tanto que hacer antes de que cayera la noche que no sabía por dónde empezar. Sentí
ganas de sentarme en el bordillo de la acera y llevarme las manos a la cabeza. Era
como si bajo mi cráneo un motor se hubiera puesto en marcha. Finalmente me subí al
primer coche de alquiler que pasó y juro que me fue difícil permanecer sentado,
mientras íbamos arriba y abajo, deteniéndonos aquí y allá, cada vez con más bultos
acumulados a mi alrededor y aquel motor en mi cabeza sonando más y más fuerte.
La serenidad de la gente que veía en las aceras me parecía una provocación y en
cuanto a los comerciantes, me parecían como entumecidos, pero no de frío sino de
inseguridad. Es curioso cómo puede llegar a afectarnos nuestro estado de ánimo:
todos aquellos que no actúan en consonancia con nuestro humor nos parecen
particularmente hostiles. Y mi estado de ánimo, con toda la prisa, preocupación y
excitación creciente, era ciertamente peculiar. Aquel motor en mi cabeza alcanzaba
más velocidad hora tras hora hasta que a eso de las once de la noche me condujo a la
entrada del Muelle, ante las grandes verjas de hierro de un muro enorme.
Las verjas estaban cerradas con candado. El cochero, después de lanzar el

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equipaje desde el techo del vehículo a los brazos del joven Powell, se alejó, dejándolo
solo con su baúl de mar, una bolsa de lona y unos cuantos paquetes depositados en
la acera junto a sus pies. Powell nos contó que era una calle estrecha y oscura. Tras él
pudo observar una pobre hilera de casas que parecían vacías: no había en ellas el
menor destello de luz. El contraste que procuraba el blanco resplandor de una de
esas tabernas de mala muerte situada un poco más lejos hacía la calle aún más
oscura. Algunas figuras humanas, que parecían haber brotado misteriosamente del
oscuro suelo, tapaban la débil luz que proyectaban los faroles de la verja. Se movían
cautelosa y silenciosamente, como bestias de presa que rodearan sigilosamente la
hoguera de un campamento. Powell reunió sus pertenencias protegiéndolas como
una gallina a sus polluelos. De pronto oyó una voz áspera e insinuante:
—Permítanos llevar sus cosas, capitán. Aquí viene mi camarada.
Era un rufián alto, huesudo, de cabello canoso, con mandíbula de dogo y
vestido con una raída camisa de algodón y pantalones aterciopelados. La sombra de
sus botas, con clavos en la suela, era enorme y tenía la forma de un ataúd. Su
compinche, que no le llegaba ni al codo, avanzó un paso y mostró su rostro pálido,
con una nariz larga y ganchuda y una barbilla casi inexistente. Parecía que acabara
de salir de un cubo de basura; llevaba una boina escocesa y un abrigo militar hecho
jirones que le quedaba demasiado grande. Como era tan cadavéricamente blanco,
parecía un inválido terriblemente sucio enfundado en una andrajosa bata de andar
por casa. Llevaba el abrigo desabrochado y el resto de su atavío consistía en unos
tirantes que cruzaban su pecho desnudo y huesudo y unos pantalones. Parpadeó con
rapidez, como deslumbrado por la tenue luz, mientras su jefe, aquel viejo rufián,
escrutaba al joven Powell con sus ojos brillantes bajo las espesas cejas.
—Dé la orden, capitán. El policía nos dejará entrar sin problemas. Nos conoce
a los dos.
—No le respondí —continuó el señor Powell—. Al otro lado de la verja oí
pasos que resonaban entre las paredes de los almacenes, como si estuviéramos en un
pueblo deshabitado lleno de edificios altísimos y oscuros desde el sótano hasta el
techo. Nadie hubiera imaginado que a un tiro de piedra estaba el puerto con sus
grandes naves. Las pocas lámparas de gas que dejaban ver aquí y allá algo del
enladrillado, parecían, entre tanta oscuridad, pequeñas velas en medio de una gran
cueva... y aquellos solitarios pasos seguían acercándose. De pronto, al otro lado de la
verja, apareció un policía, corpulento y severo. Con grandes zancadas avanzó hasta
la luz.
»—Buenas, ¿qué ocurre?

26
»Parecía realmente sorprendido, pero en cuanto hablé con él me dejó entrar,
junto con los dos holgazanes que llevaban mi equipaje. Sin embargo les refunfuñó, y
cerró la verja violentamente haciendo un gran estruendo. Me asombró descubrir
cuántos merodeadores nocturnos se habían reunido en la oscuridad de la calle en tan
poco tiempo sin que me hubiera dado ni cuenta. En cuanto entramos se agolparon
contra los barrotes, en silencio, como una multitud de espectros peligrosos. De
pronto, en algún lugar de la calle, tal vez cerca de aquella bodega, comenzó una
reyerta, como si varios locos hubieran escapado del manicomio: gritos, alaridos, un
espeluznante chillido agudo... y, al producirse este escándalo, todas las cabezas de
detrás de los barrotes desaparecieron.
»—Es increíble —se maravilló el policía—. Me sorprende que no se hayan
largado con sus pertenencias mientras estaba usted esperando.
»—No lo hubiera consentido —dije desafiante, pero el policía no pareció
impresionado.
»—Poco hubiera podido hacer si veía cómo su bolsa desaparecía por una
esquina oscura y su baúl por otra. ¿Hubiera corrido en dos direcciones a la vez? Y
además, le habrían puesto la zancadilla y hubieran saltado sobre usted antes de que
pudiera avanzar ni tres yardas. Le digo que ha sido una suerte extraordinaria que los
vagabundos que siempre merodean por aquí no repararan en que llegaba un coche
cargado de equipaje. Este Ted es honrado... Eres buena persona, ¿verdad Ted?
»—Siempre lo he sido, oficial —respondió el enorme rufián con un tono de lo
más sentido. La otra endeble criatura parecía muda; caminaba dando pequeños
saltos y arrastrando por el suelo el dobladillo de su abrigo militar.
»—No me cabe la menor duda —continuó el policía—. Entonces, adelante,
marchad... Es honrado porque no tiene elección —me confió—. No tiene agallas para
otra cosa. De todos modos, no los perderé de vista hasta que vuelvan a salir por la
verja. El enano es un demonio. Ése se atreve a cualquier cosa, sólo que no tiene
suficiente fuerza. ¡Bueno! ¡Bueno! Ha tenido usted suerte de salvar el pellejo y todas
sus pertenencias.
»Me costaba creerlo. Me parecía imposible que después de aprestarme para
zarpar con tanta prisa y dificultades, una causa de ese tipo pudiera impedirme iniciar
mi carrera. Pregunté:
»—¿Ocurren con mucha frecuencia ese tipo de cosas tan cerca de las verjas del
muelle?
»—¿Con frecuencia? ¡No! Por supuesto que no es frecuente. Pero tampoco es

27
frecuente que llegue un hombre con un coche lleno de cosas para embarcar a esta
hora de la noche. Llevo trece años como policía del muelle y es la primera vez que lo
veo.
»Íbamos siguiendo mi baúl, que transportaban el honrado Ted y su
endiablado compinche a través de un callejón estrechísimo que separaba dos altos
almacenes. Este último trotaba para poder mantener el paso y arrastraba por el suelo
el faldón de su abrigo militar, de modo que parecía moverse sobre ruedas. En el
extremo del lóbrego callejón, junto a una farola de hierro forjado, destacaba una gran
vela asegurada sobre un bauprés que terminaba en una punta de flecha. Estábamos
en el muelle. Dejaron la carga bajo la luz y el honrado Ted preguntó con aspereza:
»—¿Dónde está el barco, jefe?
»Yo no lo sabía. Al guardia le sorprendió mi ignorancia.
»—¿No sabe dónde está el barco? —inquirió con curiosidad—. ¡Y es su
segundo oficial! ¿No ha trabajado a bordo?
»No podía explicarle que la única relación que tenía con la nave era fruto del
azar. En pocas palabras le expliqué que no conocía el barco. Al oírlo, señaló:
»—Entonces ya lo entiendo. Está aquí, frente a usted. Es éste.
»De pronto los aparejos iluminados por la luz de gas me inspiraron interés y
respeto; los palos eran grandes; las cadenas y sogas gruesas y el armazón en conjunto
parecía poderoso y digno de confianza. La proa, apenas iluminada, se alzaba
levemente a lo largo de la estrecha franja del muelle; el resto era una mancha negra
en la oscuridad. Y ahí estaba yo, cara a cara ante el auténtico comienzo de mi vida.
Caminamos juntos unos pocos pasos por un suelo grasiento entre el costado del
barco y el alto muro de un almacén y me golpeé con fuerza la espinilla contra el
extremo de la pasarela. El policía saludó al barco con una profunda voz de bajo:
“¡Aquí está el Ferndale” Un ruido débil y amortiguado, entre un zumbido y un
gruñido, llegó de abordo
»Distinguí vagamente un bulto redondo irregular, de madera tal vez, que
descansaba sobre la barandilla. No se movía en absoluto, pero como de él provino
entonces otro zumbido, como una especie de eco de aquel primero, concluí que debía
de ser la cabeza del vigilante del barco. El robusto policía se mofó parodiando una
orden oficial:
»— Segundo oficial listo para embarcar. Hágase a un lado, marinero.
»La verdad que encerraba la frase me tocó en la boca del estómago —como
sabéis, ése es el sitio en que la emoción golpea al hombre—, porque comprendí que

28
para él yo no era más que un segundo oficial como otro cualquiera. Aquella sólida
prueba de mi nueva dignidad me conmovió, sólo era su tono lo que me ofendía. De
todos modos, le di la propina que esperaba. A partir de ese instante perdió todo el
interés que pudiera tener en mí, fuese humorístico o de cualquier otra índole, y se
alejó escoltando con aire severo al honrado Ted, que refunfuñaba para sus adentros
como un ogro hambriento, y a su desastroso compinche mudo del abrigo militar, que
desde su aparición no había emitido un solo sonido.
»Reinaba gran oscuridad en el alcázar del Ferndale entre las profundidades de
la amurada ensombrecida por el saltillo de popa y la ceñuda fachada del almacén.
Me dejé caer sobre mi baúl, cerca de la escotilla de popa, porque de pronto me
fallaron las piernas. De repente me sentía muy cansado, desfallecido. El vigilante del
barco, a quien apenas podía distinguir, se había colgado sobre el cabrestante presa de
un ataque de tos débil, lastimera. Jadeaba con un hilo de voz, “¡Ay, Dios mío! ¡Ay,
Dios mío!” y tardó tanto en recobrar la respiración que me puse en pie, alarmado y
sin saber qué hacer.
»—Estoy así desde las últimas Navidades, hace doce meses. No es nada.
»Parecía tener al menos cien años. Jamás llegué a verlo bien, porque cuando
subí a cubierta por la mañana él ya estaba en tierra, pero me pareció la criatura más
exangüe de este mundo. Su voz era débil como el zumbido de un mosquito. Como
hubiera sido una crueldad pedir ayuda a alguien tan escuálido, me puse yo mismo
manos a la obra arrastrando mi baúl por un pasillo oscuro como la boca de un lobo,
bajo la cubierta de popa, mientras él suspiraba y gemía junto a mí como si mis
esfuerzos fueran más de lo que su debilidad pudiera soportar. Al fin, cuando choqué
estrepitosamente contra los mamparos, me advirtió, con su jadeante resuello apenas
perceptible, que tuviera más cuidado.
»—¿Qué ocurre? —le pregunté con bastante brusquedad, pues no me
agradaba que esa triste piltrafa me amonestara.
»—¡Nada! Nada, señor —afirmó con tanta precipitación que volvió a quedarse
sin aliento y sentí lástima por él—. Sólo que el capitán y su señora están durmiendo a
bordo. Ella es una dama a la que no se debe molestar. Llegaron a eso de las ocho y
media y nos dieron permiso para tener las luces en el camarote hasta las diez.
»La noticia me pareció relevante. Nunca había estado en un barco en que el
capitán trajera consigo a su esposa. Había oído decir que las esposas de los capitanes
provocaban muchos problemas a bordo si sentían antipatía hacia alguien, sobre todo
si eran recién casadas, jóvenes y bonitas. Las esposas maduras y experimentadas, por
otra parte, creían saber más del barco que el propio capitán y observaban con ojos de

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águila todo lo que ocurría. Eran como un primer oficial más, especialmente severo e
insensible, que por la noche pasaba sus informes. En el mejor de los casos eran
simplemente un fastidio. Siempre se ha dicho que resulta más difícil agradar a un
capitán que lleva su esposa a bordo, aunque nadie sabe con certeza si es por el deseo
de alardear de autoridad ante su admiradora, o por la ansiedad de mantenerla a
salvo... o sencillamente por irritación ante su presencia.
»Después de guardar mis cosas como buenamente pude, encendí una cerilla y
tuve una deslumbrante visión momentánea de mi camarote; lancé mi ropa de cama
sobre la litera, y me eché sin tomarme la molestia de tenderla. No tenía sueño y ya no
estaba cansado; la perspectiva de no tener nada que ver con tierra firme durante
muchos meses me daba una gran tranquilidad y una sensación de independencia.
Cualquier marino entendería a qué me refiero.
Marlow asintió.
—Es una sensación estrictamente vinculada a nuestra profesión —comentó—.
Otras profesiones u oficios no la conocen. Sólo esta vocación, cuyo atractivo principal
está en el presentimiento de agitadas aventuras, brinda esa sensación profunda a
quienes la abrazan. Admito que es difícil de definir.
—Yo la llamaría la paz del mar —repuso el señor Charles Powell en un tono
serio, pero mirándonos como si esperara por respuesta una risa reprobatoria y
estuviera dispuesto a salvaguardar su reputación de persona sensata uniéndose a
ella. Pero ninguno de nosotros se rió del señor Charles Powell, que nos había
confiado el comienzo de su vida en el mar. Tenía suerte con su público.
—Muy bien dicho —afirmó Marlow mirándolo con aprobación—. El marino
encuentra una profunda sensación de seguridad en el ejercicio de su vocación. La
rigurosa vida del mar tiene esta ventaja sobre la vida en tierra: que sus demandas son
sencillas y no pueden evadirse.
—Es la pura verdad —convino el señor Powell—. Evadirlas es imposible.
Era realmente notable que se hubiera establecido tan excelente comprensión
entre mi viejo amigo y nuestro nuevo compañero, pues eran absolutamente distintos.
Para empezar, uno de ellos se extendía hacia lo largo y el otro hacia lo ancho, hecho
ya de por sí bastante relevante como para suscitar diferencias irreconciliables.
Marlow era larguirucho, desgarbado, lucía toda la gama del moreno y carecía de
cualquier tipo de brillo; tenía una mirada estrecha, velada, un porte neutro y la
secreta irritabilidad que suele acompañar a quienes tienen predisposición hacia las
congestiones biliares. El otro era compacto, ancho y de extremidades macizas;
parecía colmado de órganos sólidos en óptimas condiciones y en vigoroso

30
funcionamiento todo el tiempo a fin de mantener el brillo de su color, el ligero rizo
de sus cabellos negros como el carbón y el lustre de sus ojos, que se afirmaban
rotundamente en un rostro franco y varonil. Entre dos organismos tales no cabría
esperar ni la más remota concordancia temperamental. Sin embargo he observado
que los hombres profanos que viven en barcos, al igual que los santos varones que
habitan monasterios, desarrollan rasgos de profunda semejanza. Seguramente esto se
debe a que tanto el servicio en el mar como el servicio en un templo están
distanciados de las vanidades y errores de un mundo que no obedece ninguna regla
severa. Los hombres del mar se entienden muy bien en lo que atañe a su visión de los
asuntos terrenales, porque la simplicidad es buena consejera y el aislamiento no es
mal educador. Todos tienen en común cierta mentalidad que es a la vez inocente y
escéptica, además de una capacidad de comprensión poco común, como si fueran
espectadores desinteresados en medio de un juego. El señor Powell me llevó a un
lado para decirme:
—Me gustan las cosas que dice.
—Se entienden ustedes muy bien —observé.
—Conozco a los de su tipo —repuso Powell dirigiéndose a la ventana para ver
su cúter todavía esperando la pleamar—. Es una de esas personas que siempre andan
dándole vueltas en la mente a una u otra idea sólo por el simple placer de hacerlo.
—Eso los mantiene en buena forma —dije.
—Bastante animados, diría yo —admitió.
—¿Preferiría usted a un hombre que no se enredara con reflexiones?
—De ningún modo —respondió nuestro amigo. Evidentemente no era difícil
llevarse bien con él—. Me cae francamente bien —continuó—, aunque no sea fácil
seguirlo. Siempre parece estar pensando en varias cosas a la vez. ¿A qué se dedica?
Le expliqué que nuestro amigo Marlow se había retirado del mar, aunque en
realidad sólo a medias, hacía algunos años.
El comentario del señor Powell fue:
—Imaginó que ya había tenido suficiente, ¿eh?
—“Imaginó” es la palabra justa —observé, recordando el carácter
teóricamente provisional de la larga estancia de Marlow entre nosotros. De año en
año residía en la tierra tal como un ave se posa a descansar sobre la rama de un árbol,
tan pendiente de levantar bruscamente el vuelo y entregarse otra vez a su verdadero
elemento que es difícil creer que pueda permanecer en calma un minuto tras otro. El

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mar es el verdadero elemento del marinero y Marlow, cuando permanecía en tierra,
era para mí alguien digno de la misma conmiseración incrédula que sentiríamos por
un ave que, en secreto, hubiera perdido la fe en la elevada virtud del vuelo.

32
CAPÍTULO II
LOS FYNE Y LA JOVEN AMIGA

Para entonces, estábamos de pie en el salón y Marlow, parco y decidido, se


acercó a la ventana donde nos habíamos retirado el señor Powell y yo.
—¿Cómo dijo que se llamaba ese barco que el azar le envió? —preguntó.
El señor Powell lo miró un instante.
—¡Oh! El Ferndale. Una nave de Liverpool. Construcción mixta.
—El Ferndale —repitió Marlow pensativamente—. El Ferndale.
—¿Lo conoce?
—Nuestro amigo sabe algo de todos los barcos —le aclaré—. Se diría que ha
recorrido todos los mares concienzudamente.
Marlow sonrió.
—Vi al Ferndale al menos una vez.
—El mejor barco que jamás se ha hecho a la mar —declaró el señor Powell con
energía—. Sin ninguna duda.
—Desde luego parecía un barco resistente y confortable —convino Marlow—.
Singularmente confortable. Aunque no demasiado rápido.
—Era razonablemente rápido, por lo menos cuando yo estuve allí —gruñó el
señor Powell de espaldas a nosotros.
—Cualquier barco es suficientemente rápido para un hombre que esté en sus
cabales... —generalizó Marlow en tono conciliador—. Un marino no es un
trotamundos.
—Cierto —murmuró el señor Powell.
—El tiempo no le importa —continuó Marlow.
—Supongo que no mucho —aceptó el señor Powell—. De todos modos, una
travesía rápida es un triunfo personal.
—Lo es, pero sólo para el capitán. Y, a propósito, ¿cómo se llamaba?
—¿El capitán del Ferndale? Anthony. Capitán Anthony.
—Eso es, exacto —aprobó Marlow con aire pensativo. Nuestro nuevo amigo

33
nos miró por encima del hombro.
—¿Qué quiere decir? ¿Por qué es más exacto que si hubiera dicho Brown?
—Es probable que lo conozca —expliqué—. Probablemente Marlow conoce a
todo aquel que haya surcado los mares alguna vez.
El señor Powell parecía especialmente atento a cualquier comentario, pues,
mirando otra vez por la ventana, murmuró:
—Era una buena persona.
Era evidente que se refería al capitán Anthony, del Ferndale. Marlow protestó,
dirigiéndose a mí.
—Yo no lo conocí. De veras que no. Era una buena persona... No parece que
eso sea algo demasiado difícil, ¿verdad? Lo único que supe de él fue algo acerca de
un accidente llamado Fyne.
Al oír esto, el señor Powell, que evidentemente también podía ser rebelde, se
giró hacia nosotros, dando la espalda a la ventana.
—¿Qué demonios quiere decir? —preguntó—. Un... accidente... llamado Fyne
—repitió,, separando las palabras para darles mayor énfasis.
Marlow no pareció inmutarse.
—No hablo de accidente en el sentido de percance. De ningún modo. Fyne era
un buen empleado de la administración pública. Por accidente me refiero a algo que
ocurre repentinamente y sin que intervenga ningún designio inteligente. Es casi
siempre la forma en que un cuñado entra en la vida de un hombre.
Como el tono de Marlow era apologético y nuestro nuevo amigo se había
vuelto de nuevo hacia la ventana, consideré que era apropiado intervenir:
—Tienes razón. Hay muy poco de designio inteligente en la mayoría de los
matrimonios, aunque eso no los desmerezca. La inteligencia a veces descarría a las
personas tanto como las pasiones. Sé que no estás hablando con cinismo.
Marlow esbozó su peculiar sonrisa evocadora, que desprendía amabilidad,
como si no guardara ningún rencor a las personas que en otro tiempo había
conocido.
—El matrimonio del pequeño Fyne fue bastante exitoso. Aunque no hubiera
en él ningún tipo de designio inteligente. Hay que decir que Fyne era un caminante
entusiasta. Durante sus vacaciones solía recorrer a pie todo el país. Sus gustos eran
sencillos. Ponía infinita convicción y perseverancia en sus vacaciones. En la estación

34
adecuada, uno podía encontrarse en los campos con Fyne, hombrecillo de rostro
serio y pecho ancho, con una gastada mochila a la espalda, camino de alguna iglesia
famosa por su campanario. Aborrecía las carreteras. Escribió un librito titulado El
itinerario del vagabundo y llegó a ser reconocido como una autoridad en los senderos
de Inglaterra. La cuestión es que en cierta ocasión, viajando de su modo favorito, a
través del campo, llegó a la aldea de Surrey, donde conoció a la señorita Anthony.
Puro accidente, se dan cuenta. La cosa es que llegaron a algún tipo de entendimiento,
probablemente a través de alguna verja. El pequeño Fyne tenía ideas muy solemnes
acerca del destino de las mujeres en este mundo, la naturaleza de nuestro amor
terrenal, las obligaciones de esta vida efímera, y cosas por el estilo. Es probable que
se las revelara a su futura esposa. Las ideas de la señorita Anthony sobre la vida eran
también muy categóricas, pero en un sentido muy diferente. Desconozco los detalles
del cortejo, pero imagino que se desarrolló de modo clandestino, y estoy seguro de
que condujeron su noviazgo con portentosa circunspección, escondidos en
bosquecillos, detrás de setos...
—¿Y por qué fue un noviazgo clandestino? —pregunté.
—Por el padre de ella. Era desmesuradamente sentimental y tenía un punto de
vista muy peculiar acerca de las prerrogativas paternas. Era un hombre terrible; sin
embargo la única prueba del talento imaginativo de Fyne era precisamente el orgullo
que sentía hacia la familia de su esposa. Dicha admiración era además un estímulo
para su ingenio. Complicado... ¿verdad?, introducir el apellido de soltera de la
propia esposa en una conversación a propósito de cualquier asunto. Pero mi humilde
Fyne lo conseguía mencionando al capitán Anthony. De no ser así yo nunca hubiera
oído hablar de él. La frase que usaba era “el hermano marino de mi esposa”. Y sacaba
a relucir al hermano marino de su esposa en una gama bastante amplia de temas:
asuntos coloniales relacionados con las Indias, cuestiones comerciales,
conversaciones sobre viajes, vacaciones en la costa y otros. Recuerdo una ocasión en
que le oí relacionar al “capitán Anthony, el hermano marino de mi esposa” con algo
tan traído por los pelos como una puesta de sol. Además, el pequeño Fyne nunca
olvidaba añadir: “hijo de Carleon Anthony, el poeta, ya saben”. Y al decir esto bajaba
siempre la voz, con lo cual sus oyentes se impresionaban, o fingían impresionarse.
El difunto Carleon Anthony, el poeta, dedicó a los placeres de la vida social y
doméstica de nuestro tiempo inspirados versos, con el objetivo, según sus propias
palabras, de “ensalzar el resultado de seis mil años de evolución encaminada hacia el
refinamiento de las ideas, las costumbres y los sentimientos”. Ignoro por qué razón

35
fijó el plazo en seis mil años2. Sus poemas parecían novelas sentimentales narradas en
versos de una calidad realmente excepcional. Al leerlos uno tenía la sensación de que
una encantadora dama lo acompañaba durante un placentero paseo campestre en un
coche descubierto tirado por un poni. Sin embargo, en su vida doméstica ese mismo
Carleon Anthony mostraba ciertos rasgos típicos del temperamento primitivo de los
cavernícolas. Era un hombre enorme, implacable, de rostro agradable, que se
mostraba arbitrario y exigente con la servidumbre, pero afable y suave con sus
admiradores. Este contraste debió haber sido especialmente exasperante para su muy
sufrida familia. Tras la muerte de su segunda esposa, su hijo, a quien por puro
capricho se obstinaba en educar en su propia casa, se fugó al estilo convencional, y
disgustado con los placeres de la civilización se arrojó al mar, hablando en sentido
figurado. La hija, la mayor de los dos, fuera por compasión o porque las mujeres, por
naturaleza, tienen más aguante, permaneció fiel al poeta durante varios años, hasta
que ella también aprovechó la oportunidad de escapar arrojándose a los brazos, los
musculosos brazos, de Fyne el caminante. Fue ésta una gran suerte o una gran
sagacidad. Un empleado público es, según yo imagino, el último ser humano del
mundo capaz de conservar los rasgos típicos del cavernícola de quien ella huía. Su
padre nunca consintió en verla después del matrimonio. Es difícil comprender un
egoísmo tan recalcitrante, salvo que lo entendamos como un perverso tipo de
refinamiento. Se abrigaron además serias dudas acerca de la salud mental de Carleon
Anthony durante un tiempo considerablemente largo antes de su muerte.
La mayor parte de lo expuesto se lo sonsaqué a Marlow, porque lo único que
yo conocía de Carleon Anthony era su poco estimulante, pero fascinante, poesía.
Marlow me aseguró que el matrimonio de Fyne fue todo un éxito, podría decirse
incluso que fue un matrimonio feliz, en un sentido serio y nada chabacano,
bendecido además con tres hijas sanas, activas y dotadas de una gran confianza en sí
mismas. También eran buenas caminantes. Incluso la menor era capaz de recorrer
millas si no se la contenía. La señora Fyne era una mujer rubicunda y amiga de la
vida al aire libre; llevaba blusas con la pechera almidonada, como las camisas de
hombre, el cuello levantado y una larga corbata. Marlow había conocido al
matrimonio un verano en el campo, donde solían alquilar una casita para pasar las
vacaciones...
En este momento el señor Powell nos interrumpió, comunicándonos que debía
marcharse. La marea iba a cambiar, nos advirtió, apartándose de la ventana con

2 Seis mil años era la duración de la historia de la humanidad según la teología de la época.
(N. del T.)

36
cierta brusquedad. Deseaba estar a bordo de su cúter antes de que la marea subiera y,
por supuesto, dormiría a bordo. Jamás pernoctaba fuera de su cúter cuando
navegaba. Se marchó enseguida, sin ceremonias pero sin ofendernos, y nos dejó con
la impresión de que lo conocíamos desde hacía tiempo. La franqueza con que nos
había narrado el inicio de su carrera contribuyó a darnos esta impresión. No creí que
volviéramos a verlo. Marlow, sin embargo, manifestó su confianza en coincidir con él
en poco tiempo.
—Navega por la embocadura del río durante todo el verano. Será fácil que nos
topemos con él cualquier fin de semana —observó, haciendo sonar la campana para
pedir la cuenta al camarero.

Más tarde le pregunté a Marlow por qué deseaba cultivar esa relación fortuita.
Se excusó confesando que lo movía una curiosidad de lo más natural. Por mi parte,
me jacto de comprender todo tipo de curiosidad. La curiosidad ante los hechos
cotidianos, ante las cosas cotidianas, ante los hombres cotidianos. Esta es la facultad
más respetable de la mente humana —de hecho, me resulta imposible concebir los
usos de una mente que no sea curiosa. Sería como una cámara perpetuamente
cerrada. Pero en esta ocasión, el señor Powell parecía habernos dado ya una imagen
bastante completa de su personalidad, una personalidad dotada de una evidente
capacidad de percepción y de sensibilidad para captar los caprichos del destino, pero
por otra parte esencialmente sencilla.
Marlow se mostró de acuerdo conmigo, pero explicó que su curiosidad no
estaba relacionada exclusivamente con el señor Powell. Su origen era anterior, y tenía
que ver con el hecho de haber conocido accidentalmente a los Fyne en el campo;
ahora, este encuentro casual con un hombre que había navegado con el capitán
Anthony había revivido aquella antigua curiosidad. Y la había revivido con un
propósito determinado, cuyo origen y naturaleza me comunicó. Lo hizo sin embargo
de forma interrumpida, en varias etapas que aquí no indicaré. En aquella primera
ocasión, le hice a Marlow esta observación:
—Pero, si no recuerdo mal, dijiste que no habías conocido al capitán Anthony.
—Así es, jamás lo vi. Aunque han pasado muchos años, todavía me parece oír
la voz profunda del pequeño Fyne, anunciando con solemnidad la inminente visita
del hermano de su esposa, “el hijo del poeta, ya sabe”. Acababa de llegar a Londres
tras un largo viaje y, en cuanto se lo permitieran sus ocupaciones, iría a pasar unas
semanas con sus parientes. Sin duda, los dos tendríamos mucho de que hablar, en
relación con nuestra común vocación, añadió con gravedad el pequeño Fyne, bajando

37
la voz como si la Marina Mercante fuera una sociedad secreta.
»Debes comprender que únicamente cultivé la amistad de los Fyne durante
sus vacaciones en el campo. Aquel era el tercer año. Sobre su vida en la ciudad no
sabía más que lo que me era posible inferir por analogía. Al atardecer solía jugar al
ajedrez con Fyne y a veces iba a la casita lo suficientemente temprano como para
tomar el té con toda la familia, sentados alrededor de una gran mesa redonda. Se
trataba de una compañía nada risueña, tostada por el sol y de muy pocas palabras.
Incluso las niñas guardaban silencio y mantenían una actitud despectiva entre ellas y
hacia sus mayores. Fyne mascullaba a veces, en las profundidades de su pecho,
alguna observación insignificante. La señora Fyne sonreía mecánicamente (tenía una
dentadura espléndida) mientras distribuía el té y el pan con mantequilla. Algo que
no era frialdad, y tampoco indiferencia, sino más bien un peculiar dominio de sí
misma, le daba la apariencia de una excelente institutriz, muy eficiente y digna de
confianza, como si Fyne fuera viudo y las niñas no fueran hijas de ella, sino que sólo
estuvieran confiadas a sus tranquilos, eficaces y nada emotivos cuidados. Uno
esperaba que se dirigiera a Fyne como “señor”. Oír que lo llamaba John resultaba
chocante, como si fuera un exceso de familiaridad. La atmósfera de aquellas
vacaciones era, por decirlo de algún modo, brillantemente aburrida. Rostros
saludables, hermosos cutis, ojos claros y jamás una sonrisa franca, a no ser, tal vez, la
de alguna muchacha invitada.
»Ese asunto de las muchachas invitadas me inquietaba enormemente. Soy
incapaz de imaginar cómo y de dónde sacaban los Fyne todas aquellas hermosas
criaturas que venían a pasar un tiempo con ellos. Al principio tuve la disparatada
sospecha de que las traían para entretener a Fyne, pero pronto descubrí que él
apenas conseguía distinguir una de otra, aunque era evidente que la presencia de las
muchachas contaba con su solemne aprobación. En realidad aquellas muchachas
venían por la señora Fyne, a quien trataban con admiración y deferencia. Ella atendía
algunas necesidades de aquellas muchachas, que se sentaban a sus pies y se
comportaban como discípulas. Era realmente curioso. Apenas hacían caso de Fyne. Y
en cuanto a mí, sencillamente conseguían que me sintiera inexistente.
»Después del té nos sentábamos ante el tablero de ajedrez, y sólo entonces la
permanente seriedad de Fyne se matizaba débilmente con el tenue reflejo de un
sentimiento interior que tenía algo de burlona satisfacción. Sólo ante el tablero de
ajedrez era capaz de la divina frivolidad de la risa. Algunas posiciones de las piezas
durante la partida se le antojaban de lo más graciosas, cosa que no le sucedía con
ninguna otra cosa en este mundo...
—Te ganaba —afirmé con confianza.

38
—Sí, me ganaba —admitió Marlow.
Así que él y Fyne jugaban dos partidas después del té. Las niñas retozaban
fuera con gravedad, sin alegría, como cabría esperar de las hijas de los Fyne, y la
señora Fyne se perdía en algún extremo del jardín con la joven invitada de la semana.
Siempre se iba justo después del té, rodeando con el brazo la cintura de la muchacha.
Marlow comentó que únicamente llegó a entablar conversación con una de aquellas
jóvenes. Ocurrió de forma bastante inesperada, mucho después de haber
abandonado toda esperanza de entrar en contacto con aquellas reservadas
muchachas.
Todo empezó un día en que vio a una mujer caminando por el borde de una
altísima cantera, que se elevaba al menos unos cien pies desde el camino que
serpenteaba en la colina en la que había sido excavada. Marlow, desde el pie de la
cantera por donde casualmente pasaba, le dio una voz de alarma. La muchacha
corría bastante peligro. Al oír su voz, ella retrocedió y desapareció de su vista tras
unos jóvenes abetos escoceses que crecían justo al borde del precipicio.
—Me senté en un montículo cubierto de hierba —continuó Marlow—. Me
había dado un buen susto. El dobladillo de su falda parecía flotar sobre la terrible
caída vertical, tan cerca estaba del precipicio. Qué ocurrencia tan absurda. Una
auténtica locura... ¡sin ningún sentido! Me puse a reflexionar acerca de lo
imprudentes que son la mayoría de las muchachas jóvenes; estaba recordando otras
situaciones parecidas cuando de repente volví a verla aparecer por una curva del
camino, iba bajando la pendiente. Llevaba el bastón de la señora Fyne y la escoltaba
el perro de los Fyne. Su rostro, de un blanco sepulcral, me sorprendió de tal modo
que olvidé quitarme el sombrero para saludarla. Me quedé allí sentado mirándola
fijamente. El perro, un animal vivaz y afable que por alguna razón inescrutable había
conferido su amistad a mi indigno ser, se precipitó hacia el montículo efusivamente y
se colocó bajo mi brazo.
»La amiga de los Fyne (era una de ellas) pasó a mi lado como si no me viera.
Después se detuvo y llamó varias veces al perro, pero el animal siguió acurrucado
junto a mí y, cuando traté de apartarlo, demostró esa notable capacidad de
resistencia que hace que los perros sean imposibles de mover si no es con una patada.
La muchacha miró por encima del hombro y sus cejas arqueadas se fruncieron en su
pálido rostro. Su gesto fue casi una amenaza. De pronto su expresión cambió. Parecía
desdichada. “¡Ven aquí!”, volvió a gritar, cada vez más molesta y angustiada. Yo por
fin me quité el sombrero, pero el perro, con la lengua fuera y esa expresión
alegremente estúpida que tan bien saben adoptar algunos perros cuando les
conviene, se hizo el sordo.

39
»La muchacha volvió a gritar desesperada, desde más lejos:
»—Quizás usted pueda llevarlo a la casa. Yo no puedo esperar.
»—No quiero hacerme responsable de este perro —repliqué, bajando del
montículo y avanzando hacia ella. Parecía muy dolida, tal vez por el rechazo del
animal—. Pero si me permite acompañarla sin duda nos seguirá —sugerí.
»Ella siguió su camino sin responderme. De repente el perro echó a correr a
toda velocidad por el camino, alejándose en una pequeña nube de polvo. Lo
perdimos de vista y al poco rato volvimos a encontrarlo tumbado sobre la hierba.
Con ojos brillantes, jadeaba a la sombra del seto, pero fingió no vernos. Hasta
entonces nosotros no habíamos intercambiado palabra. La muchacha le echó una
mirada desdeñosa al pasar.
»—Quiso venir conmigo —observó con amargura.
»—¡Para luego abandonarla! —me compadecí—. Qué poco caballeroso. Pero
es simple falta de tacto. Creo que pretendía protestar por su imprudencia. ¿Qué la
llevó a acercarse tanto al borde de esa cantera? La tierra pudo ceder. ¿Se fijó en un
abeto destrozado allí abajo? Se cayó la otra mañana después de una noche de lluvia.
»—No veo por qué no puedo ser tan imprudente como me plazca.
»Me molestó la brusca manera de reafirmar su estupidez y, en un tono que
daba a entender que poco me importaba que se desnucara, le contesté que
ciertamente el asunto no era de mi incumbencia. No era eso lo que pensaba
realmente, pero me desagradan las muchachas groseras. Nos habían presentado el
día anterior a la hora del té y ella apenas me había prestado atención. No llegué a
retener su nombre, pero sí me fijé en sus finas cejas arqueadas que, según los
fisonomistas, son signo de coraje.
»La examiné en silencio. Tenía el cabello casi negro y los ojos azules,
sombreados por unas pestañas largas y oscuras. Noté que ya tenía mejor color.
Miraba fijamente hacia delante; tenía un poco caída la comisura de los labios del
perfil que yo le veía; su barbilla era fina, un tanto puntiaguda. A continuación le dije
que había que tener un poco de consideración con los demás y evitar asumir riesgos
tontamente. Para restarle importancia bromeé acerca de la angustia que se hubiera
apoderado de los Fyne en caso de que se hubiera producido un accidente. Añadí que
sin duda desconocía la mentalidad bucólica. En caso de haber habido una
investigación, el forense habría afirmado que se trataba de un suicidio, con la
consiguiente sospecha de un amor desgraciado. Jamás llegarían a sospechar que se
hubiese tomado la molestia de saltar por encima de dos vallas sólo por la diversión

40
de cometer una imprudencia. Por más que le hablara en broma seguía
sorprendiéndome mucho lo que había hecho. Me respondió que una vez muerta
poco importaba lo que pudieran pensar personas desagradables. Lo dijo con infinito
desprecio, pero no logró ocultar una especie de temblor en la voz que me hizo
girarme a mirarla. Me di cuenta de que sus espesas pestañas estaban húmedas. Este
sorprendente descubrimiento, lógicamente, me hizo callar. Parecía desdichada. Y, no
sé cómo decirlo... bueno... lo cierto es que le sentaba bien. ¡La frente nublada, la
expresión de dolor en sus labios, la mirada fija, perdida en la lejanía! Una víctima. Y
este peculiar aspecto la hacía atractiva... ¿comprendes?
»El perro se nos había adelantado y ahora nos miraba desde el portón del
jardín de los Fyne en actitud tensa y moviendo su rechoncho rabo con extremada
lentitud, como si estuviese muy concentrado y atento. La amiga de los Fyne se me
adelantó, abrió con violencia el portón y entró en la casa dejándome plantado en
medio del camino, absolutamente perplejo.
»Un par de horas después regresé para jugar al ajedrez, como siempre, y no vi
ni a la muchacha ni a la señora Fyne. Jugamos nuestras dos partidas y, al marcharme,
le comenté a Fyne que debía ir a la ciudad por motivos de negocios y era probable
que permaneciera allí algún tiempo. Lo lamentó mucho. Esperaba a su cuñado el día
siguiente, pero no sabía si era aficionado al ajedrez. Fyne me explicó que el capitán
Anthony —“el hijo del poeta... ¿sabe?”— era de temperamento retraído, tímido con
los extraños, no acostumbrado a la compañía y muy dedicado a su profesión.
Durante todo el tiempo de casados, sólo una vez habían logrado convencerlo
para que pasara unos pocos días con ellos. Había tenido una infancia bastante infeliz
y se había convertido en un hombre silencioso. Pero sin duda, concluyó Fyne en un
tono solemne, como ambos éramos marinos encontraríamos muchas cosas que
decirnos.
»No hubo ocasión de comprobarlo. Me vi detenido en la ciudad semana tras
semana; cuando resolví mis asuntos pensé que ya ni siquiera valía la pena regresar,
pero como había mantenido el alquiler de mis habitaciones en la granja, finalmente
decidí volver por unos pocos días.
»Cuando llegué a la pequeña estación rural ya era tarde y había anochecido.
Lo primero que vi fue la inconfundible espalda ancha y las piernas musculosas
enfundadas en medias de ciclista del pequeño Fyne. Pasó con rapidez ante todos los
vagones hasta llegar a la cola del tren, que arrancó enseguida, dejándolo solo al final
de la rústica plataforma. Cuando regresó donde yo lo esperaba noté que estaba
sumamente turbado, tanto que olvidó saludarme de la manera habitual. Al
reconocerme, sólo exclamó “Oh” y se detuvo con indecisión. Cuando le pregunté si

41
había venido a esperar a alguien no supo qué contestar y tartamudeó de modo
incoherente. Lo miré fijamente. Parecía perfectamente sobrio; además, sospechar en
Fyne cualquier desacato al elemental decoro, ya fuera por exceso o por defecto, era
completamente absurdo. Por otra parte era una persona demasiado seria y reflexiva
como para haber enloquecido de repente. Decidí que, ya que parecía haber olvidado
que disponía de la facultad del habla, lo mejor era dejarlo a solas con su misterio.
Para mi sorpresa, me siguió al salir de la estación y caminó a mi lado, sin que yo lo
alentara para nada a hacerlo. Por otra parte, tampoco me mostré reacio a sus intentos
de entablar conversación. Me dijo que ya no me esperaba. Creyó que no volvería.
Dijo también que había hecho siempre buen tiempo... y cosas por el estilo. Pude
deducir que el hijo del poeta había acortado un tanto su estancia, regresando a su
barco antes de lo previsto, justo el día anterior a mi llegada.
»Esta noticia apenas me afectó. Creo tan sólo moderadamente en la herencia
del carácter y sé muy bien que la vida en el mar puede imprimir en el alma del
hombre cierta aptitud prosaica; un marinero no tiene porqué ser necesariamente un
aventurero. No manifesté ningún pesar por no tener la oportunidad de conocer al
capitán Anthony y continuamos en silencio hasta que, ya casi al llegar a la casa de
campo, inesperadamente Fyne dijo, de forma nerviosa y apresurada, que me
acompañaría un poco más.
»—Le acompañaré hasta la puerta —murmuró, y acto seguido se acercó a la
pequeña verja donde se encontraba la señora Fyne, que sin duda lo esperaba. Estaba
sola. Las niñas seguramente ya se habían acostado y no había ni rastro de ninguna
amiga que acompañase aquella vaga pero inconfundible silueta, semioculta en la
oscuridad del pequeño jardín.
»Oí que Fyne exclamaba: “Nada”. Y después oí la respetable y educada voz de
la señora Fyne, que afirmó con incisiva ecuanimidad: “Ya te lo había dicho”. Para
entonces yo ya había pasado ante ella y me había sacado el sombrero para saludarla.
Casi de inmediato Fyne me alcanzó y acopló su paso al mío, que era de paseo, lo cual
debió resultarle infinitamente incómodo, dadas sus extraordinarias facultades de
caminante. Estoy seguro de que toda su musculosa persona debía de estar sufriendo
un espantoso aburrimiento físico, pero no intentó distraerse con la conversación.
Mantuvo un solemne y sombrío silencio. Yo también me aburría. De repente, percibí
la amenaza de un aburrimiento mucho mayor. ¡Si guardaba tanto silencio era porque
tenía algo que decirme!
»Me sentí extremadamente asustado. Pero el hombre, animal temerario, está
hecho de tal forma que su curiosidad, por fútil que sea, le lleva a superar todos los
terrores, todas las repugnancias y hasta la mismísima desesperación. A mi lacónica

42
invitación de que entrara a beber algo, respondió con un grave y profundo “sí,
gracias” que sonó como un responso dicho en la iglesia. A la luz de la farola, su
rostro no me ofrecía indicios de que estuviera a punto de decir algo; de hecho, era
imposible que su rostro reflejara alguna cosa, ya que su expresión normal era
siempre de la mayor seriedad. Una seriedad perfecta e imperturbable; si hubiera
tenido que decirme algo que fuera para troncharse de risa, sin duda su expresión no
se habría alterado lo más mínimo.
»Me miró con franqueza y se lanzó a hacer algunas observaciones de peso
sobre la predisposición de la señora Fyne a ofrecer amistad, consejo y guía a
jovencitas de todas las esferas sociales.
Era una misión voluntaria. Él por su parte aprobaba la conducta de su esposa
y en general también sus puntos de vista y sus principios.
»Me dijo todo esto con solemnidad y en un tono profundo y reposado, pero de
algún modo tuve la irresistible convicción de que había algo que lo exasperaba. Con
el indigno deseo de divertirme a costa de las desgracias de un semejante, le pregunté
a bocajarro cuál era el problema.
»El problema era que una de las jóvenes había desaparecido. Había
desaparecido exactamente desde las seis de la mañana. La mujer que se encargaba de
las tareas domésticas la había visto salir a esa hora para dar un paseo. Un paseo, para
Fyne el caminante, era naturalmente un paseo largo, pero la muchacha no había
regresado a almorzar, ni a la hora del té ni tampoco para la cena. No se la había visto
por ningún sendero, carretera o raíl. Fyne no había querido hacer averiguaciones,
para no dar pie a habladurías en la aldea. Esperaban que la muchacha apareciera en
cualquier momento, pero las sombras de la noche y el silencio del sueño se habían
extendido gradualmente sobre el ancho y apacible paisaje rural dominado por la casa
de campo.
»Tras contarme todo esto, Fyne permaneció sentado con un evidente aire de
desamparo, padeciendo una angustia sin fin. Era imposible irse a la cama en ese
estado, pero tampoco se podía tomar ninguna medida en aquel momento. ¡No sabía
qué hacer!
»Le pregunté si se trataba de la misma joven que yo había visto uno o dos días
antes de irme a la ciudad. No se acordaba. ¿Era una muchacha de cabellos oscuros y
ojos azules?, seguí preguntando. Él no sabía de qué color tenía los ojos. Era poco
observador, tan sólo se fijaba en las peculiaridades de los senderos, tema en el cual
era realmente una autoridad.
»Pensé con sorpresa y no sin cierta admiración que las jóvenes discípulas de la

43
señora Fyne no eran para su esposo más que sombras evanescentes. Sin embargo,
tras alguna vacilación, se aventuró a afirmar que aquella muchacha tenía el cabello
oscuro.
»—Esa muchacha nos ha causado muchos problemas, desde el primer
momento hasta el final —explicó con gravedad. Luego, se levantó de repente como
movido por un resorte y cogió la gorra que había dejado encima de la mesa—. Tal
vez esté ya de regreso —exclamó con su voz de bajo. Lo acompañé hasta la carretera.
»Era una de esas noches claras, estrelladas, cubiertas de rocío, que oprimen el
espíritu y aplastan nuestro orgullo con la brillante prueba de la terrible soledad, de la
oscura insignificancia desesperada de nuestro planeta, perdido en medio de la
espléndida revelación de un universo resplandeciente de luz y carente de alma.
Detesto esos cielos. La luz del día es bondadosa con el hombre que trabaja bajo un sol
que calienta su corazón, y las noches suaves y nubosas muestran mayor amabilidad
hacia nuestra pequeñez. Estuve a punto de regresar corriendo a la luz de mi cuarto;
Fyne, con su traje de pantalón bombacho ante las huestes del cielo, sobre una tierra
sombría, inquieto por el paradero desconocido de una huésped fantasmal, era
demasiado ridículo para que uno se uniera a él. Por otra parte, había algo fascinante
en lo absurdo de la situación. De repente echó a andar, con su mejor estilo de
caminante avezado, y yo me encontré de pronto participando en una sesión de
ejercicio severo a las once en punto de la noche.
»A lo lejos, sobre los campos y árboles que manchaban y emborronaban la
vasta oscuridad, una de las ventanas de la casa de campo, iluminada y con la
persiana levantada, semejaba un brillante faro encendido para guiar al viajero
extraviado. Dentro, ante la mesa donde estaba la lámpara, encontramos a la señora
Fyne sentada con los brazos cruzados, sin un solo cabello fuera de su sitio. Su aspecto
era el de una institutriz que ya ha acostado a los niños; su actitud conmigo fue
también tan neutra como la de una institutriz. Con su esposo, por otra parte, se
comportó de igual manera.
»Fyne le explicó que yo estaba al tanto de todo. No se movió ni un solo
músculo de su rostro rubicundo, terso y hermoso. Estaba acostumbrada a ese tipo de
cosas. Después de haber visto a las dos sucesivas esposas del poeta preocuparse y
martirizarse hasta acabar en la tumba, había adoptado ese aire frío y distante para
hacer frente a los estallidos del temperamento egoísta de su talentoso padre, y esa
capacidad de desapego se había convertido en su segunda naturaleza. Supongo que
siempre había sido así, incluso en el momento de su fuga con Fyne. Cuando se traía a
colación en su presencia aquel episodio, éste adquiría un tinte tan maravilloso que
parecía fruto de la imaginación. Sin embargo su contención y autodominio cuadraba

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a la perfección con la invariable solemnidad del pequeño Fyne.
»Yo sentía cierta lástima por él. ¡Estaba tan preocupado! La suya era una
angustia solemne. A la vez, me divertía. Yo no veía de un modo alarmista aquel
asunto de la “joven desaparecida”. Había algo que me lo impedía, pero no dije nada.
Ninguno de nosotros dijo nada. Permanecimos sentados en torno a la gran mesa
redonda como si nos hubiéramos reunido para mantener un debate, pero nos
limitamos a mirarnos los unos a los otros con necia consternación. Habría terminado
echándome a reír a carcajadas de no haberme salvado de tal incorrección el hecho de
que el pobre Fyne adoptara de pronto un comportamiento absurdo.
»Completamente angustiado comenzó a hablar de acudir a la policía por la
mañana, de imprimir carteles con la descripción de la muchacha, de hacer que se
dragaran los estanques en millas a la redonda. Todo era en extremo truculento.
Murmuré algo sobre comunicarse con los parientes de la joven. Me pareció una
propuesta muy natural, pero Fyne y su esposa intercambiaron una mirada tan
significativa que sentí como si mi observación hubiera carecido de tacto.
»Yo realmente deseaba ayudar al pobre Fyne; entendía que, como a cualquier
hombre, la imposibilidad de actuar inmediatamente, la pasividad forzosa de la
espera, lo hacía sufrir. De manera que dije:
»—Nada de eso puede hacerse hasta mañana, pero ya que me ha hecho usted
partícipe de sus ideas, le sugiero algo que sí podemos hacer de inmediato: ir a
inspeccionar el fondo de la vieja cantera que bordea el camino, a una milla de aquí.
»Al oír esto la pareja abrió los ojos como platos y yo pasé a relatarles mi
encuentro con la muchacha. Quizás te sorprenda, pero te aseguro que hasta aquel
momento no había percibido la situación bajo aquella luz. Fue como una asombrosa
revelación: de pronto el pasado arrojaba una luz siniestra sobre el futuro. Fyne abrió
la boca con gravedad y con la misma gravedad la cerró. Nada más. La señora Fyne
dijo: “Será mejor que vayan cuanto antes”, como si su capacidad de autocontrol
hubiera recibido el pinchazo de un alfiler en algún lugar secreto.
»Y yo... ya sabes lo estúpido que a veces puedo ser... caí en la cuenta con
consternación de que, por seguirle el juego a las fantasías morbosas de Fyne, me
vería sometido a otra tanda de severo ejercicio. ¡Cómo lamenté haber hablado! Ya
sabes como me fastidia caminar... y especialmente por el sólido terreno rural. Si es
necesario puedo caminar toda una noche brumosa por la cubierta de un barco sin
que eso me moleste. Y también hay algo de satisfacción en vagabundear por las calles
de una gran ciudad hasta que el cielo palidece sobre los tejados. Lo he hecho muchas
veces, por hallar en ello cierto placer. Pero caminar a oscuras por la adormilada

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campiña es para mí una tediosa pesadilla agotadora.
»Con perfecta indiferencia, la señora Fyne me vio salir detrás de su esposo.
Aquella mujer era de piedra.

»La noche fresca olía a tierra, a tierra removida como la de una tumba recién
abierta, asociación especialmente desagradable para un marinero por la idea de
confinamiento y estrechez que encierra, incluso aunque haya abandonado la
esperanza de ser echado al mar tras su muerte, que es casi lo último que abandona
un marinero después de que, como suele ocurrir, por alguna treta del azar haya sido
llevado a los trabajos de la tierra. Un fuerte olor a tumba. Probablemente hacía poco
se había cavado alguna zanja frente a la casa.
»Tan pronto como salimos del jardín, Fyne tomó la velocidad de un cúter de
carreras. ¿Qué era para él una milla... o veinte? Quizás creías que había ido a cumplir
aquella tarea con el ánimo encogido. De ningún modo. Su talento como caminante le
daba fuerzas, supongo. Corrí a su lado con un sentimiento de profundo escarnio,
infinitamente irritado con aquella descarada. Porque, viva o muerta, la consideraba
una descarada...
Sonreí incrédulo ante la ferocidad de Marlow, pero éste tan sólo se concedió
una pausa en la que pareció absorto en sus recuerdos y no vaciló.
—Sí, sí, incluso muerta. Estás escandalizado. Es por tu naturaleza masculina y
caballerosa. Sin embargo en mi naturaleza hay suficientes elementos femeninos como
para salvaguardar mi juicio sobre las mujeres de la posible influencia de sus
encantos. ¿Y por qué iba a preocuparme? Para mí una mujer no es necesariamente
una muñeca o un ángel. Es un ser humano, muy parecido a mí. Y he visto ya
demasiados desgraciados tirados en el fondo de algún precipicio al pie de riscos
imposibles de escalar como para que la sola posibilidad de encontrar un cadáver en
el fondo de una cantera haga enmudecer mi sinceridad.
»La cantera, que más bien parecía un precipicio, se veía imponente. Admitiré
que Fyne y yo vacilamos un instante antes de abandonar el camino y adentrarnos en
los matorrales que crecían al pie del elevado muro de piedra caliza. Los arbustos
estaban cargados de rocío. También había agujeros ocultos aquí y allá. Avanzamos a
trompicones, a tientas, nos caímos y tanteamos el terreno con las manos. Nos
mojamos, recibimos arañazos y nos llenamos la ropa de fango. Fyne se cayó de
repente en un extraño agujero... probablemente un horno de cal en desuso. Elevó la
voz, agobiado ante el apuro, y ésta sonó más cómica, solemne y profunda de lo
usual. Fue la nota festiva en una situación absurdamente dramática. Mientras lo

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ayudaba a salir del hoyo me permití por fin soltar una carcajada. Fyne, por supuesto,
no me acompañó.
»De más está decir que, tras una búsqueda minuciosa, no encontramos nada.
Fyne incluso se abrió paso hasta un cobertizo deteriorado semienterrado en la
vegetación húmeda de rocío. Encendió varias cerillas como para asegurarse de que la
muchacha desaparecida no estaba escondida allí. Los cortos destellos iluminaron su
rostro grave, inmóvil, mientras yo perdía el control y me desternillaba de risa.
»Le pregunté si realmente creía que una muchacha en su sano juicio sería
capaz de esconderse en aquel cobertizo y con qué intención.
»Resentido por mi hilaridad, apenas alcanzó a murmurar con su voz de bajo
cuán agradecido estaba de no haberla encontrado allí. Yo ya me había vuelto
extremadamente sensible a todas las tonalidades de aquel asunto —un efecto de la
irritación—, y puedo decir que noté que el suyo no era un agradecimiento sin
reservas, sino que tenía todavía en mente las posibilidades de los diversos estanques
de las cercanías. Y recuerdo que resoplé, sí, se me escapó un resoplido ante las
narices del pobre Fyne.
»Lo que realmente me irritaba era la rapidez con que caminaba.
Las diferencias políticas, éticas e incluso estéticas no tienen por qué provocar
un antagonismo tan furioso. Las opiniones pueden cambiar, los gustos pueden variar
con el tiempo, de hecho lo hacen. La propia concepción de la virtud se halla a merced
de alguna tentación oportuna que surja en cualquier momento. Todas estas
cuestiones están en perpetuo cambio. Pero una diferencia temperamental, dado que
el temperamento es inmutable, engendra el odio. Es por ello que las querellas
religiosas son las peores de todas. Mi temperamento, en lo que atañe a tierra firme, es
proclive a los movimientos sosegados y el paso lento. Y ahí estaba el pequeño Fyne
enfilándose por el camino a toda prisa de la forma más ofensiva; un hombre aferrado
a botas de cordones y suela gruesa, mientras que yo soy amigo de los zapatos ligeros.
Por supuesto que entre nosotros nunca hubiera podido brotar la amistad, pero ante
la provocación de verme obligado a mantener su paso, comencé a sentir hacia él una
intensa hostilidad. Con sarcasmo le rogué que me dijera si estábamos enfrascados en
una farsa o en una tragedia. Deseaba poner en orden mis sentimientos, que se
encontraban, le dije, en un estado de confusión muy desagradable.
»Pero Fyne era tan impermeable al sarcasmo como una tortuga. Siguió
caminando y lo único que hizo fue proferir, desde las profundidades de su pecho,
dos exclamaciones, inciertas y dudosas.
»—Tengo miedo... ¡Tengo miedo!

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»Era trágico. El ruido de sus botas era lo único que se oía en aquel mundo de
sombras. Me mantuve a su lado con un andar que, comparado con el suyo, era
fantasmal y silencioso. Por una extraña ilusión óptica, el camino parecía ascender
hacia un conjunto de estrellas bajas situadas a escasa distancia, pero conforme
avanzábamos surgían del suelo negro nuevos tramos de aquella cinta blanca
pardusca por la que íbamos. Al pasar cerca de la granja donde me hospedaba, vi que
la lámpara de mi cuarto ardía aún, pero no me separé de Fyne para correr a apagarla.
Su ímpetu al caminar me transportó en su estela antes de que pudiera decidir nada.
»—Dígame, Fyne —le grité—. No creerá usted que la muchacha está loca,
¿verdad?
»No respondió. Pronto pudimos ver la ventana iluminada de la casita de
campo, semejante a un faro.
»—Por supuesto que no —contestó de pronto Fyne en tono solemne y con
absoluta seguridad—. Claro que... era una joven muy nerviosa.
Al oír esto volví a inquietarme. ¿Estaríamos ante una tragedia?
»—Nadie se levanta a las seis de la mañana para suicidarse —exclamé de mal
humor—. ¡Es inaudito! Esto es una farsa.
»En realidad no se trataba ni de una farsa ni de una tragedia.
»Al llegar a la casa encontramos a la señora Fyne sentada ante la mesa
redonda, con los brazos todavía cruzados, bajo una luz intensa. Parecía no haber
movido la cabeza ni una sola pulgada desde que nos marchamos. Era inquietante,
sencillamente inquietante, de una manera desnuda... pensé. ¿Por qué digo desnuda?
No lo sé. Tal vez porque la veía entonces bajo una luz desnuda. En un sentido
literal... era la luz de una lámpara sin pantalla. Nuestras conclusiones mentales
dependen en gran medida de nuestras sensaciones físicas... ¿no es cierto? Si la
lámpara hubiera tenido pantalla, tal vez yo habría regresado a mi casa, no sin haber
expresado antes cortésmente mi preocupación por el desagradable aprieto en que se
hallaban los Fyne.
»Perder a una amiga de esa forma es a todas luces lamentable. Además de
misterioso. Tan misterioso que las personas que se ven involucradas en una situación
como esa adquieren también cierta aura de misterio. Por otra parte, en realidad
nunca había conseguido entender a los Fyne; él con esa solemnidad que lo
caracterizaba hasta cuando comía pan con mantequilla; ella con ese desapego e
imperturbable seguridad al encarar el curso de su monótona existencia, donde el
episodio más peligroso, a mi entender, era, con mucho, cortar el pan y untar la

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mantequilla. A veces me entretenía suponiendo que para ellos este mundo nuestro
debía resultar completamente abrumador, y que sus mentes contenían pensamientos
terriblemente serios y extremadamente desesperados; a la vez trataba de imaginarme
qué ratos tan apasionantes les depararían las inescrutables profundidades de sus
almas. Mis esfuerzos los habían investido de una gran profundidad.
»Pero en aquella habitación, bajo la intensa luz de aquella lámpara, enemiga
del juego de la imaginación, los vi a ambos despojados de todas las vestiduras que
me había entretenido en ponerles para divertirme. Eran realmente extraños. ¿Acaso
hay algún ser humano que no lo sea, más o menos secretamente? Pero fuera cual
fuese su secreto, me parecía evidente que no era ni sutil ni profundo. Formaban una
buena, estúpida y formal pareja, además de muy preocupada. Eso eran, con la usual
tosquedad de la gente corriente. No había nada en ellos que la luz de aquella
lámpara no pudiera iluminar sin el menor riesgo de indiscreción.
»En cuanto entramos, Fyne anunció el resultado de nuestra búsqueda con un
“nada” exactamente idéntico al que empleara ante la verja de la casa, al volver de la
estación. E igual que entonces, la señora Fyne le respondió con un incisivo “ya te lo
había dicho” que bien podía haber sido el eco de su respuesta en el jardín. Los tres
nos miramos como a punto de una revelación. No sé si a ella la incomodaba mi
presencia. Difícilmente podría calificarse de intromisión, ¿verdad? El pequeño Fyne
consiguió involucrarme, y ahora había que continuar. Los dos estábamos ante
aquella mujer, embarrados con el mismo fango (¡Fyne era todo un poema!) arañados
por las mismas zarzas, compartiendo la misma experiencia. Sí. Ante ella. Y ella nos
miraba con los brazos cruzados, con la extraordinaria plenitud de quien asume por
entero una responsabilidad.
»—Usted no cree que haya ocurrido un accidente, ¿verdad, señora Fyne? —la
interpelé.
»Negó con la cabeza de una manera cortante, mientras Fyne, cubierto de barro
y con una seriedad del todo inexpresiva, parecía respaldarla con el enorme peso de
su solemne presencia. Imposible concebir una situación más absurda. Era deliciosa.
Proseguí, con suma deferencia:
»—¿Debo entender que contempla la posibilidad de que se trate de un
suicidio?
»No me considero proclive a accesos de delirio, pero repentinamente, por no
sé qué alarmante aberración, mientras esperaba su respuesta, me vinieron de pronto
a la mente tres perros amaestrados bailando sobre sus patas traseras. No sé por qué.
Tal vez por la solemnidad de la situación. No hay nada en el mundo más solemne

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que la danza de perros amaestrados.
»—Ha optado por desaparecer. Eso es todo.
»Esta fue la respuesta de la señora Fyne. La agresividad de su tono me resultó
excesiva. Al instante me encontré fuera del baile y a cuatro patas, por así decirlo, con
entera libertad para ladrar y morder.
»—¿Qué demonios? —exclamé—. Ha optado... Así, de repente, de cualquier
forma, sin atender a las posibles consecuencias... He tenido el privilegio de conocer a
esa joven imprudente y descarada, con sus aires de víctima encolerizada...
»—Precisamente —me interrumpió la señora Fyne de modo totalmente
inesperado, como movida por un resorte.
La miré fijamente. ¡Qué irritante me resultaba! De modo que decidí concluir
mi diatriba.
»—A primera vista me pareció la muchacha más desconsiderada y obcecada
que jamás...
»—¿Acaso una muchacha debería ser más considerada que cualquier otra
persona? ¿Más que cualquier hombre, por ejemplo? —inquirió la señora Fyne aún
con mayor altivez en su porte.
»No pude evitar proferir una exclamación, no en voz muy alta, es cierto, pero
enérgicamente. ¿Así que era correcto no tener en cuenta los sentimientos ajenos, ya
fueran de amigos, parientes, o incluso de desconocidos? Le pregunté a la señora Fyne
si no creía que era un deber tener al menos la consideración más elemental hacia los
sentimientos ajenos, incluso ante los prejuicios de nuestros semejantes.
»Su respuesta me dejó mudo.
»—Para una mujer no.
»Tal cual. Confieso que me apabulló. Y sumido en ese estado de abatimiento
comprendí cuál era la verdadera naturaleza de la doctrina feminista de la señora
Fyne. No era ni política ni social. Era una doctrina demoledora... una doctrina
individualista y práctica. No creo que te agradase que te la expusiera en detalle. De
hecho, ella tampoco se tomó la molestia de explicármela con detenimiento.
Seguramente consideraba que había cosas que un hombre no debía escuchar. Pero,
en resumen, y hasta donde mi perplejidad me permitió captar su ingenua atrocidad,
era algo así: ninguna consideración, delicadeza, ternura o escrúpulo debía
interponerse en el camino de una mujer —que, por el mero hecho de ser mujer,
estaba predestinada a ser una víctima de las condiciones que han generado las

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egoístas pasiones de los hombres, sus vicios y su abominable tiranía— dispuesta a
tomar el atajo que le asegurara la existencia más fácil posible. Es más, tenía incluso el
derecho de abandonar la existencia sin ninguna consideración hacia los sentimientos
o conveniencia de nadie, ya que la vileza y la poca vista de los hombres hacía
imposible la existencia de algunas mujeres.
»La miré, sentada ante la lámpara a la una de la mañana, con su rostro
maduro, de mejillas tersas y corte masculino, al que la fatiga había robado toda
frescura; miré sus ojos empañados por culpa de aquella absurda vigilia. Miré
también a Fyne; el lodo que tenía adherido se le iba secando y estaba, a todas luces,
cansado. El cansancio de la solemnidad. Sin embargo conservaba en su expresión
una gravedad inquebrantable, inflexible. De esta manera parecía dar respaldo a todo
lo dicho por su mujer, como un buen esposo, convencido.
»—¡Ah! Ya veo —dije—. Nada de tener consideración... Muy bien, ustedes
mismos.
»Me resultaban más divertidos que las creaciones de mi más desenfrenada
imaginación. Tras la sorpresa inicial, como comprenderás, me repuse rápidamente. El
orden del mundo no peligraba. Él era un empleado público y ella su buena y fiel
esposa. Pero cuando se trata de seres humanos, cabe esperar cualquier cosa. De
modo que ni siquiera mi asombro duró mucho. No sabría decir hasta dónde había
desarrollado esa doctrina austera y sin escrúpulos y hasta qué punto la había
inculcado a sus jóvenes amigas, que no eran más que sombras fugaces a los ojos de
su esposo. Supongo que hasta donde le fue posible. Y él se limitaba a observar,
consentir y aprobar, precisamente porque aquellas bellas muchachas no eran para él
más que sombras. ¡Oh, virtuoso Fyne! Bajó la mirada al suelo. Era evidente que se
sentía incómodo. Yo continué observándolo, ocultando mi animosidad por el hecho
de que me hubiera obligado a correr tras él con falsos pretextos.
»La señora Fyne se limitó a sonreírme de forma harto expresiva, rebosante de
confianza en sí misma.
»—Oh, debo entender que acepta usted su plena responsabilidad en todo este
asunto —dije—. Yo soy el único que está fuera de lugar en esta... no sé cómo
llamarla... en esta representación. En cualquier caso es evidente que no me queda
nada más que hacer aquí, así que buenas noches... o buenos días, según se mire,
porque ya debe de ser más de la una.
»Pero antes de partir, sólo por elemental educación, me ofrecí a llevar
cualquier telegrama que desearan enviar. Me alojaba más cerca de correos que ellos y
podría entregarlo a primera hora de la mañana. Supuse que desearían contactar con

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los parientes de la joven, aunque sólo fuera para devolverles el equipaje...
»Fyne, que parecía bastante abatido, me dio las gracias pero no aceptó.
»—En realidad no hay nadie —explicó con mucha gravedad.
»—¡Nadie! —exclamé.
»—Prácticamente nadie —intervino cortante la señora Fyne.
Y mi curiosidad volvió a despertarse.
»—¡Ya entiendo! Es huérfana.
»La señora Fyne desvió la mirada, cansada y sombría, y Fyne dijo un
impulsivo “Sí” que después matizó con una curiosa frase: “Bueno, en cierta medida”.
»Me di cuenta de lo embarazoso de la situación; me incliné ante la señora Fyne
y abandoné la casa, para enfrentarme, apenas cruzar la puerta, a la rutilante y cruel
revelación de la Inmensidad del Universo. La noche no estaba todavía tan avanzada
como para que las estrellas comenzasen a palidecer,, y la tierra me parecía
profundamente dormida... quizás porque estaba solo. Ahora que no tenía a Fyne
marcando el paso delante mío, más que caminar, dejé que mis piernas me llevaran
hacia la granja. Dejarse llevar es la única forma reposada de movimiento —
pregúntale a cualquier barco si no es así—, muy acorde con el espíritu reflexivo. Así
que me iba preguntando: ¿cómo se puede ser huérfano “en cierta medida”?
»Por más que se dijera con solemnidad, una declaración tal no podía dejar de
sonar extraña. Qué condición tan singular la de “huérfano en cierta medida”. Tal vez
fuera que solo uno de los padres había fallecido. Pero no, no podía ser, porque Fyne
había dicho que no había nadie con quien comunicarse. ¡Nadie! De pronto recordé el
conciso ‘"prácticamente” de la señora Fyne, y mis pensamientos se centraron en ella
como objeto de especulación más tangible.
»Me pregunté —y me asaltaron las dudas— si ella realmente habría
comprendido la teoría que me había expuesto. Todo puede decirse —incluso debe
decirse— siempre y cuando se diga de la manera adecuada. Probablemente ella no
supo. No tenía la inteligencia necesaria, y tampoco el necesario conocimiento del
mundo. Se había apropiado de las palabras como un niño que se apropia de píldoras
venenosas y juega con ellas tomándolas por “lindas canicas diminutas”. ¡No! Ni la
hija y esclava doméstica de Carleon Anthony ni el pequeño Fyne de la
Administración Pública (flor y nata de la civilización) eran personas inteligentes.
Eran personas corrientes, serias, incapaces de sonreír o de mostrar astucia. Pero él
tenía su solemnidad y ella sus fantasías, sus truculentas, violentas y burdas fantasías.
Y yo pensé con cierta tristeza que todas esas rebeliones e indignaciones, todas esas

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protestas, reacciones sentimentales, punzadas de sufrimiento y de ira, no eran más
que la expresión de desasosiego de seres sensuales que buscaban su parte en el gozo
de la forma, el color, y las sensaciones, únicas riquezas de nuestro mundo sensorial.
Un poeta puede ser simple, pero estará destinado a ser diverso, ingenioso, irritable y
lleno de trampas. Reflexioné sobre la variedad de formas que habría sabido inventar
el fallecido bardo de la civilización a la hora de atormentar a aquellos seres que tenía
a su cargo. Dado que los poetas no suelen tener mucho talento para los asuntos
prácticos, ni siquiera se contendría al considerar las consecuencias de sus actos. Sí.
Los Fyne eran personas excelentes, pero no hay qué menospreciar el hecho de que la
señora Fyne fuese hija de un tirano en el ámbito doméstico. Su rebeldía no conocía
límites. Aun así eran personas excelentes. Sin duda debían de haber sido
extremadamente buenos con aquella muchacha cuya posición en este mundo parecía
algo difícil, con su rostro de víctima, su clara negativa a resignarse y su peculiar
condición de huérfana “en cierta medida”.
»Tales eran mis pensamientos, pero, a decir verdad, pronto dejé de
preocuparme por aquella gente. Descubrí que mi lámpara se había apagado, dejando
en el aire un olor muy desagradable. Huí escaleras arriba y me metí en la cama a
oscuras. Caí profundamente dormido; supongo que el único beneficio del ejercicio
físico, maldito sea, es que refuerza nuestra natural insensibilidad. Mi sueño fue
profundo, tranquilo y reparador.
»Mi apetito a la hora del desayuno no se vio afectado, por más que ignorase
los hechos, motivos, sucesos y conclusiones. Creo que comprenderlo todo no es
bueno para el intelecto. Una inteligencia bien surtida debilita el natural impulso que
nos conduce a la acción; y una inteligencia surtida en exceso nos conduce
mansamente a la idiotez. Lo cierto es que la doctrina individualista, ingenua y
carente de escrúpulos de la señora Fyne no cesaba de dar vueltas en mi mente.
¡Cómo podía haber llenado la cabeza de aquellas jovencitas con esa ensalada de ideas
ajenas a todo principio razonable! Una persona bondadosa e inocente, una esposa
respetable y excelente madre —a la manera de una estricta institutriz—, se mostraba
tan ingenua hacia las consecuencias de sus actos como cualquier filósofo
determinista.
»En cuanto al honor, ya sabes, es un excelente legado medieval que nunca
alcanzaron las mujeres. Nunca les ha pertenecido. Dado que puede sentarse como
principio general que las mujeres obtienen siempre lo que desean, debemos suponer
que no lo desearon. Asimismo, están desprovistas de decoro. Me refiero al decoro en
el sentido masculino. También la prudencia les es completamente ajena, esa
prudencia sopesada y razonable que constituye nuestra gloria. Y, de tenerla, la

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convertirían en algo tan pasional que ni su propia madre —me refiero a la madre de
la prudencia— la reconocería. Para ellas la prudencia es una especie de emoción,
como cualquier otra invención terrena. “La emoción a cualquier precio”, ese es su
emblema secreto. No les basta con todas las virtudes; ansían también apoderarse de
todos los crímenes. ¿Y por qué? Porque en esta plenitud está el poder, que es
precisamente la emoción que más aman...
—¿Pretendes que esté de acuerdo con todo eso? —le interrumpí.
—No, no es necesario —repuso Marlow, percibiendo el freno que ponía a su
elocuencia, pero esforzándose en ser amable—. Ni siquiera es necesario que lo
entiendas, pero permíteme que continúe... Con una disposición tal, lo único que
impide a las mujeres “subir a cubierta y desgraciar el barco” —usando la expresión
que un viejo contramaestre conocido mío aplicaba descriptivamente a su capitán— es
ese algo preciso y misterioso que hay en ellas y que les sirve de guía e inspiración; en
una palabra, su feminidad, de la que no podrán liberarse jamás por más que pongan
en ello todo su empeño. Por tanto, cabe concluir que, a pesar de todas sus artimañas,
el mundo sigue y seguirá estando a salvo. Sintiéndome tranquilo gracias a esta
conclusión, dado que soy de natural amante de la paz, me dispuse a disfrutar de un
buen día.
»Y fue un buen día, un día delicioso; una espléndida carpa azul ocultaba el
horror del Infinito; un día inocentemente brillante como un niño con el rostro lavado,
fresco como una joven, amable al recibir nuestros respetos como... como un prelado
romano. Me encantan los días así. Son perfectos para permanecer en casa. Y yo lo
disfrutaba de manera temperamental en una silla, con los pies sobre el alféizar de
una ventana abierta, un libro en las manos y el armónico murmullo del viento y el sol
en el corazón acompañando los ritmos de mi autor. De pronto, al levantar la vista de
la página, vi fuera un par de ojos grises techados por unas cejas alborotadas de un
blanco amarillento que me miraban con solemnidad por encima de las puntas de mis
zapatillas. Sobre esa imponente mirada, una frente grave, surcada, y una gorra
marrón de tweed sobre la sudorosa cabeza.
»—Entre, entre —exclamé, tan cordialmente como me lo permitió mi corazón
acongojado.
»Tras una breve pero severa escaramuza con su perro ante la puerta, Fyne
entró. Lo traté sin ceremonias, señalándole una silla con un simple gesto. No había
alcanzado a sentarse y ya estaba diciendo, con voz entrecortada:
»—Hemos tenido noticias, en el correo del mediodía.
»¡Jadeaba! ¡El grave e imperturbable Fyne de la Administración Pública,

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jadeaba! Comprenderás que esto bastó para que yo pusiera de inmediato los pies en
el suelo. Aquel individuo no cesaba de obligarme a hacer cosas que no encajaban con
mi temperamento meditabundo. No es de extrañar que sintiera reservas hacia él. Con
un tono tan sólo levemente burlón, afirmé:
»—Por supuesto. Ya le dije anoche que todo era una farsa.
»Fyne consiguió que aquel cuarto retumbase hasta sus cimientos con una nota
de ira sepulcral en la profundidad de su tono:
»—¡Que me aspen si era una farsa! Se ha fugado con el hermano de mi esposa,
el capitán Anthony —a este estallido le siguió un hundimiento completo. Con voz
entrecortada, llevado por la inercia de la costumbre añadió—: El hijo del poeta, ya
sabe.
»A continuación hubo un largo silencio. Las diversas expresiones de Fyne
fueron coherentes con su carácter solemne. La suya era la turbación de la
solemnidad. Yo, por descontado, recuperé todo mi interés.
»—Aguarde —pedí—. No se marcharon juntos. ¿Se trata de una sospecha o
ella ha dicho claramente que...?
»—Se fue tras él —declaró Fyne en tono conminatorio—. Lo acordaron
previamente. Eso es todo lo que ella confiesa.
»Añadió que era absolutamente vergonzoso. Le pregunté si hubiera preferido
que se marcharan juntos y, de ser así, cuál era la razón de su preferencia. Todo
aquello me resultaba de lo más divertido, habida cuenta que el matrimonio de los
Fyne había sido precedido de una fuga que llegó a publicarse en los periódicos, ya
que el difunto e indignadísimo poeta carecía de discreción y procuró vengar aquel
ultraje públicamente e incluso, por absurdo que resultase, ante un juez con peluca. El
derrotado ademán con que me respondió el pequeño Fyne desarmó mi espíritu
burlón, pero no pude dejar de expresar mi sorpresa ante el hecho de que la señora
Fyne ignorara lo que estaban tramando. Se supone que las mujeres tiene un ojo
infalible para estas cosas.
»Me dijo que su esposa había estado muy enfrascada en cierto trabajo. Yo
siempre me había preguntado en qué ocuparía su tiempo. Pues al parecer escribía. Al
igual que su esposo, había publicado un librito. No tenía nada que ver con las
caminatas. Era una especie de manual para mujeres afligidas —y todas las mujeres
tienen sus aflicciones—, una especie de compendio de teoría y práctica de la
moralidad femenina libre. Su transparente simplicidad daba risa. Pero esa autoría no
me fue revelada hasta mucho después. Por supuesto que no osé preguntarle a Fyne

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en qué había estado trabajando su esposa; pero en mi interior estaba asombrado de la
completa ignorancia del mundo que tenía aquella mujer, lo ignoraba todo sobre su
propio sexo y sobre cualquier clase de pecadores. Por otra parte, ¿dónde hubiera
podido adquirir alguna experiencia? Su padre la había mantenido estrictamente
enclaustrada. El matrimonio con Fyne representó sin duda un cambio, pero sólo para
pasar a otro tipo de enclaustramiento. Podrías objetar que la ordinaria capacidad de
observación debió bastarle. ¡Por supuesto! Ahora bien, ya que se había convertido en
tutora y maestra, no resulta nada sorprendente descubrir que era ciega. Es algo
completamente lógico. Se trataba de una persona profundamente inocente, sólo que
no habría sido correcto decírselo así a su esposo.

56
CAPÍTULO III
EL AHORRO... Y LA MUCHACHA

»Sin embargo, no había nada inapropiado en el hecho de sugerirle a Fyne que,


la noche anterior, su esposa parecía tener alguna idea de dónde había ido la
emprendedora joven. Fyne lo negó con la cabeza. No, su esposa había fingido una
falsa seguridad. Tan sólo tenía razones para suponer que la muchacha podía haberse
alojado en algún lugar de Londres, escondiéndose en la ciudad para disponerse a
afrontar el día que se avecinaba o tal vez horrorizada por él...
»Se detuvo y tomó asiento, completamente abatido, sumido en sus
pensamientos.
»—¿Qué día? —me aventuré a preguntar, pero al parecer ni me oyó.
»Consiguió que el ambiente adquiriera un pesimismo tan siniestro que perdí
la paciencia con él.
»—¿Por qué demonios está tan taciturno? —exclamé, realmente sorprendido e
intrigado—. Cualquiera diría que la muchacha era una reclusa del Estado que se
hallaba bajo su cargo.
»Y de pronto me sentí todavía más sorprendido, al reparar en el hecho de que
no había prestado la debida atención a cosas que en realidad resultaban del todo
extrañas con sólo pensar en ellas.
»—¿A qué viene tanto secreto? ¿Por qué se fugaron... si es que se trata de una
fuga? ¿La joven tenía miedo de su esposa? ¿Y su cuñado? ¿Por qué demonios tuvo
que hacer una boda clandestina? ¿También le tenía miedo a su esposa?
»Fyne hizo un esfuerzo por levantarse.
»—Por supuesto que mi cuñado, el capitán Anthony, el hijo del... —se
contuvo, como tratando de reprimir un mal hábito—. Seguramente fue ella quien lo
persuadió. ¡Hemos sido muy amables con esa muchacha!
»—A mí me pareció una joven insensata y desconsiderada. Pero lo que no
entiendo es por qué usted y su esposa se toman tan a pecho una insensatez, una
simple falta de consideración.
»—Es una acción absolutamente falta de escrúpulos —declaró Fyne con
gravedad, dejando escapar un suspiro.
»—Imagino que la muchacha es pobre —observé tras un breve silencio—,

57
pero, al fin y al cabo...
»—Usted no sabe quién es —Fyne había recuperado su solemnidad habitual.
»Confesé que no había oído bien su nombre cuando su esposa nos presentó.
»—Creo recordar que su apellido empezaba por S... ¿no es así?
»Y entonces Fyne, con la mayor frialdad, declaró que no tenía importancia.
Aquél no era su verdadero nombre.
»—¿Quiere decir que me presentaron a aquella joven con una identidad falsa?
—inquirí con la agradable sensación de que los días de sorpresas y prodigios no
habían hecho más que empezar. Era del todo sorprendente que el eminentemente
serio Fyne hubiera cometido tal irregularidad. Con más precipitación de la habitual,
el pequeño Fyne manifestó estar convencido de que yo no le exigiría disculpas en
cuanto supiera de qué apellido se trataba. Cierta calidez se abrió paso en la gravedad
de su tono.
»—Intentamos ofrecer nuestra amistad a esa muchacha de todas las formas
posibles. Es la única hija de De Barral.
»Era evidente que esperaba una reacción por mi parte, pero sólo le devolví su
mirada intensa, expectante. Nos miramos fijamente durante un instante. Consciente
de mi reprensible torpeza, rebusqué en los entresijos de mi mente: De Barral, De
Barral... y, de repente, se hizo la luz, como si una de las ventanas de mi memoria se
abriera de pronto de par en par ante una calle del distrito financiero de Londres. ¡De
Barral! ¿Sería él? ¡Seguro que no!
»—¿El financiero? —pregunté con total incredulidad.
»—Sí —respondió Fyne y, en esta ocasión, la solemnidad natural de su tono
resultó del todo adecuada—. El convicto.
Marlow me miró de forma significativa y, a modo de explicación, observó:
—Por algún motivo nadie podía sospechar que De Barral hubiera tenido hijos,
ni más hogar que las oficinas del “Orbe”, ni otra existencia, asociaciones o intereses
más allá de los estrictamente financieros. Veo que recuerdas la quiebra...
—En aquel momento me encontraba en el Océano Indico —respondí—. Pero,
por supuesto que...
—Por supuesto —interrumpió Marlow—. Todo el mundo... Quizá te extrañe
que me costara tanto reconocer el apellido, pero ya sabes que mi memoria es sólo un
mausoleo repleto de nombres. De Barral debía de estar en mi mausoleo en compañía
de tantos otros nombres de su propia invención, que habrá tenido que quitarse de

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encima toda una monstruosa pila de huesos espeluznantes antes de aparecer ante mí
al ser invocado por el mago Fyne. Aquel hombre tenía mucha imaginación para los
nombres: el Banco de Ahorros “Orbe”, la Sociedad de Ayuda Mutua “Cetro”, la
Asociación “Ahorro e Independencia”. Sí, mucho talento para los nombres y nada
más, nada en absoluto, ningún otro mérito. Bueno, sí, hay que reconocer el valor de
otro nombre, el suyo propio, De Barral, pero éste no lo había inventado, sino que era
puro fruto del azar. No creo que de haberse llamado simplemente Jones o Brown
hubiese conseguido pescar, de las profundidades de lo Insondable, tan colosal
manifestación de locura humana. Tal vez subestime la presteza con que la locura
humana pica el anzuelo. Es cierto. La codicia de ese absurdo monstruo es
incalculable, inconmensurable, inconcebible. La trayectoria de De Barral demuestra
que fue capaz de picar un anzuelo desnudo. No hizo falta adornárselo con cuentos de
hadas. No tenía suficiente imaginación...
—¿Era extranjero? —pregunté—. Su apellido sin duda es francés. Supongo
que de verdad era suyo...
—Oh, sí, sí, no lo inventó. Nació con él en Bethnal Green, según salió a relucir
durante el juicio. Tenía la costumbre de aludir a sus familiares escoceses, algo que
todos los grandes hombres han hecho. Creo que su madre era de verdad escocesa. El
padre, De Barral, cualquiera que haya sido su origen, se retiró del Servicio de
Aduanas, creo que como inspector, y comenzó a prestar dinero en pequeñas
cantidades en el East End a personas relacionadas con los muelles: estibadores,
dueños de barcazas, proveedores de buques, listeros, todo tipo de gente de muy poca
monta. Vivía de eso. Era un hombre muy decente, tengo entendido. Tuvo suficiente
influencia como para colocar a su único hijo como empleado subalterno del
departamento de contabilidad de una de las compañías del muelle. “Ahora, hijo mío
—le dijo—, te he dado la oportunidad de un buen arranque.” Pero De Barral no
arrancó. Se quedó clavado en su puesto. Le resultaba del todo satisfactorio. Al cabo
de tres años recibió un pequeño aumento de sueldo y comenzó a salir por las noches.
Cortejaba a la hija de un viejo capitán de barco, ya retirado, que hacía de vigilante en
la parroquia y vivía en una vieja casa con jardín, mal conservada, de estilo georgiano,
una de esas casas que se alzan sobre un pequeño terreno, en medio de un laberinto
de callejuelas sórdidas, todas exactamente iguales y abarrotadas de casuchas.
»Algunas eran vicarías de las parroquias del arrabal. El viejo marino se había
hecho con una de ellas, muy barata, y De Barral se había hecho con su hija... que era
una auténtica ganga para él. El viejo marino era muy bueno con la joven pareja y
adoraba a la hija que tuvieron. La señora De Barral era una mujer ecuánime, sencilla,
dotada, por aquel entonces, de un caudal de alegría, y carente de ambiciones, pero,

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como mujer que era, ansiaba algún cambio y anhelaba que de cuando en cuando
ocurriera algo interesante. Fue ella quien convenció a De Barral para que aceptara
una oferta de trabajo en el West End, en una sucursal de un gran banco. Al parecer,
De Barral rehuyó durante mucho tiempo esa gran aventura, pero finalmente los
argumentos de su esposa lo convencieron. Más tarde ésta diría: “Fue la única vez que
me hizo caso, y ahora me pregunto si no hubiera sido mejor morirme antes que
haberlo convencido de ir a aquel banco”.
»Tal vez te sorprenda que sepa tantos detalles. Fue la señora Fyne quien, más
tarde, me los contó. De soltera, en sus años de esclavitud, conoció a la señora De
Barral en sus días de exilio. Ésta vivía entonces en una gran mansión de piedra con
maineles en las ventanas, situada en un amplio parque húmedo llamado el Priorato,
cercano a la aldea donde el refinado poeta había mandado construir su residencia.
»Eran éstos los días de gloria de De Barral. Compró aquella mansión sin
siquiera haberla visto, e inmediatamente envió allí a su esposa y a su hija. No sabía
qué hacer con ellas en Londres. Él, por su parte, ocupaba varias habitaciones de un
hotel donde por las noches ofrecía cenas a las que seguían juegos de cartas. Había
desarrollado la pasión del juego —o simplemente la manía por las cartas—, sea como
sea jugaba fuerte, por esparcimiento, acompañado de un séquito de individuos
ciertamente dudosos.
»Entretanto, la señora De Barral vivía en el Priorato, esperando la llegada de
su esposo; tenía a su disposición un coche de dos caballos, una institutriz para la niña
y muchos criados. Las gentes de la aldea la veían tras la verja, paseando entre los
árboles con su pequeña, perdida en su singular entorno. Nadie se le acercaba nunca.
Y allí murió, como mueren algunos animales fieles y delicados... murió de abandono,
simplemente de abandono, de forma bastante inesperada y sin ningún alboroto. La
aldea lo lamentó porque, aunque parecía siempre preocupada por algo, era buena
con los pobres y siempre estaba dispuesta a conversar un rato con los más humildes.
Por supuesto que sabían que no era una dama... no lo que uno llamaría una
verdadera dama. Incluso su relación con la señorita Anthony fue simplemente de
vecinas, un trato entre conocidas. Carleon Anthony era un terrible aristócrata —su
padre había sido arquitecto “restaurador”— y su hija sólo tenía permiso para
relacionarse con las jóvenes del condado. De todos modos, en desafío al iracundo
celo que ponía el poeta para evitar cualquier deshonra del comportamiento, hubo
algunos paseos tranquilos, melancólicos, por la gran avenida de castaños que
conducía a la verja del parque. En alguno de ellos la señora De Barral llegó a llamar a
la señorita Anthony “querida mía”... e incluso “mi pobre querida”. Aquel alma
solitaria no tenía a nadie con quien hablar, a excepción de aquella joven, más bien

60
infeliz. La institutriz la menospreciaba, y el ama de llaves mantenía con ella una
actitud distante. Además, aunque la señora De Barral no era una mujer cotilla, sí le
hizo algunas confidencias a la señorita Anthony. Le contó que le resultaba terrible
haber recibido de repente tan enorme fortuna. En cierta ocasión llegó a confesarle
que se moría de ansiedad. El señor De Barral —así lo llamaba— había sido un esposo
excelente y un padre ejemplar, pero “sabes, querida, lo conozco muy bien. Y estoy
segura de que no va a saber qué hacer con todo ese dinero que la gente está
entregando a su cargo. Es muy probable que cometa alguna imprudencia. Cuando
venga, tendré que tener una buena conversación con él, larga y seria, como las que
sosteníamos en nuestros buenos tiempos”. Un día, se le llegó a escapar un grito de
angustia: “Querida, nunca vendrá aquí. ¡Nunca, nunca vendrá!”.
»Se equivocaba. Acudió al funeral, tremendamente apenado; sosteniendo la
mano de la niña lloró amargamente junto a la tumba. La señorita Anthony, aun a
costa de tener que soportar una semana entera de burlas y desprecios del poeta, lo
presenció todo con sus propios ojos. De Barral se aferraba a la niña como un
náufrago a su tabla de salvación. Con todo, consiguió tomar el tren rápido de las
cinco y media, y volvió a la ciudad en un compartimento reservado, con las persianas
bajadas...
—¿Y dejó a la niña? —pregunté.
—Sí, la dejó... Rehuyó el problema. Él era así. No tenía ni idea de qué hacer
con ella o, para ser más exactos, no tenía la más mínima idea de qué hacer con nada
ni con nadie, incluido él mismo. Regresó a sus habitaciones del hotel. Nunca estuvo
tan desvalido... La niña se hubiera quedado en el Priorato hasta el fin de sus días si
no fuera porque la dominante institutriz lo amenazó con renunciar. Su pupila no le
importaba lo más mínimo y el Priorato, solitario y sombrío, la sacaba de quicio. No
estaba dispuesta a soportar esa vida y, como acababa de dejar a una familia de
duques, intimidaba a De Barral de forma muy altanera. A fin de calmarla, De Barral
dispuso para ellas una casa espléndidamente amueblada en la parte más cara de
Brighton y, de cuando en cuando, pasaba allí algún fin de semana con un cofre lleno
de dulces exquisitos y los bolsillos repletos de dinero. La institutriz se encargaba de
gastarlo de una forma “extraducal”. Estaba cerca de los cuarenta y cultivaba la
secreta afición de favorecer a hombres jóvenes de diversos tipos... o más bien de
cierto tipo. Por supuesto que en aquellos tiempos la señora Fyne no tenía
conocimiento de nada de esto; sin embargo, me dijo que incluso en los días del
Priorato había sospechado que aquella mujer era falsa, cruel, vulgar y de ínfimos
ideales. Pero De Barral no lo sabía. De hecho él no sabía nada sobre nada...
—Pero dime, Marlow —interrumpí—. ¿Cómo se explica eso? Ese hombre

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tenía que tener personalidad en algún sentido... No es posible ser responsable de los
mayores estragos materiales de una comunidad comercial en por lo menos una
década sin tener algo dentro.
Marlow negó con la cabeza.
—Él era una señal, un prodigio. Nada más. Justo por aquella época la palabra
“Ahorro” estaba en boca de todo el mundo. Ya conoces el poder de las palabras.
Atravesamos períodos dominados por esta o aquella palabra... ahora desarrollo,
después competencia, educación, pureza o eficacia, incluso santidad. Dependemos
de la palabra que esté de moda. Bueno, por aquel entonces era la palabra “Ahorro” la
que había salido a la calle y caminaba de la mano de la rectitud, compañera
inseparable y patrocinadora de todas las consignas nacionales, paseándose ante los
ojos de todo el mundo, por así decirlo. Ni siquiera las prostitutas de las aceras,
pobrecillas, escapaban a su poder de fascinación... ¡En fin...! La mayor parte de la
prensa chillaba en todos los tonos posibles, como una desgraciada bandada de
cotorras instruidas por algún demonio partidario de las bromas prácticas, que el
financiero De Barral estaba contribuyendo a la gran evolución moral de nuestro
carácter hacia la recién descubierta virtud del Ahorro. Dicha contribución se
concretaba a través de todas esas grandes instituciones suyas que ponían de
manifiesto los méritos morales del Ahorro a los corazones más insensibles,
simplemente con la promesa del pago del diez por ciento de interés sobre todos los
depósitos. Y no era necesario pertenecer a las clases acomodadas para disfrutar de las
ventajas que otorgaba la práctica de esta virtud. ¡Bastaba con tener una moneda de
seis peniques y dársela a De Barral, eso era Ahorro! Probablemente hasta él mismo se
lo creía. Es inconcebible que tan sólo él se mantuviera al margen de la tontería del
mundo entero. No era tan inteligente como para eso. Pero mirándolo era imposible
saber...
—Entonces... ¿llegaste a verlo? —pregunté con cierta curiosidad.
—Sí. Extraño, ¿verdad? Lo vi sólo una vez, en sus días de gloria y esplendor.
¡No! Estas palabras no sirven para describir su éxito. Nunca hubo gloria y esplendor
en esa figura. Digamos, mejor, aquellos días en los que era, según la prensa diaria,
una fuerza financiera que trabajaba en pro de la evolución moral del carácter del
pueblo. Te contaré cómo fue.
»Por aquel entonces yo conocía a un hombrecillo calvo, rico y regordete, que
tenía su despacho en Albany; era también financiero, a su manera, y desarrollaba
transacciones de naturaleza casera y sin carácter moral, casi siempre con jóvenes de
alta cuna y elevadas expectativas... aunque me atrevería a decir que tampoco negaba
sus atenciones a ancianos plebeyos. Era un auténtico demócrata; capaz de hacer

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negocios (negocios astutos) con el mismísimo diablo. Todos eran moscas que caían en
su telaraña. Recibía a sus clientes en estado de máxima alerta, pero con una
jovialidad que resultaba sorprendente. Inspiraba tranquilidad sin dar muestras de
excesiva confianza, no se puede pedir más. Hacía sus negocios en un apartamento
amueblado como una sala de estar, con varios óleos de color marrón y pesados
marcos colgados en la pared. No sé si eran buenos, pero desde luego eran grandes y,
con sus deslustrados marcos dorados, tenían un aire de melancólica dignidad. Él se
sentaba ante un escritorio de marquetería que parecía una curiosa pieza de un museo
de arte. Su silla tenía un respaldo alto, ovalado y tallado, y estaba tapizada con una
tela desteñida. Estos objetos conseguían que su costoso habano negro, que se pasaba
sin cesar de la comisura izquierda de los labios hasta el centro y viceversa, pareciera
un objeto especialmente barato y repugnante. Tuve que ir a verlo varias veces en
interés de un pobre diablo tan desgraciado que ni siquiera tenía amigos más
indicados que yo para echarle una mano en un momento particularmente difícil de
su vida.
»Ignoro cuando comenzaba el financiero su jornada, pero solía fijar sus citas a
horas bastante insólitas, a las ocho menos cuarto de la mañana, por ejemplo. Al
llegar, uno lo encontraba ocupadísimo, sentado ante aquel maravilloso escritorio, con
aspecto muy fresco, exhalando una débil fragancia de jabón perfumado y con su
puro ya encendido. Quizás pienses que inicié mi misión con demasiadas impresiones
desagradables, pero en el desprecio tan profundo que demostraba aquel hombrecillo
regordete, tan pulcramente lavado, hacia la humanidad, había algo de algún modo
equivalente al buen carácter pues, ya que no era la amabilidad personificada, no se
corría el peligro de que su “buena leche” pudiera agriarse en cualquier momento. En
cierta ocasión, durante una pausa en la que esperábamos a que nos trajeran un
documento que él había pedido... ¿tal vez del sótano?... tuve la oportunidad de
pasear la mirada por la habitación y se me ocurrió comentar que nunca había visto
reunidas tantas cosas magníficas, salvo en colecciones. No sabría decir si mi
comentario fue un intento inconsciente de ser diplomático, pero lo que le dije
realmente era cierto y le agradó en extremo.
»—Es una colección —explicó ilusionado—. Sólo que vivo en ella, eso es lo
que me diferencia de los otros coleccionistas. Veo que usted es capaz de apreciar lo
que está viendo. No puede decirse lo mismo de la mayoría de clientes que me visitan
para hacer negocios. Estarían mejor en un establo.
»Ignoro si mi afortunado comentario actuó a favor de los intereses de mi
amigo, pero lo que sí sé es que benefició nuestra relación. A partir de entonces me
trató con un deje de familiaridad, como a un iniciado.

63
»La última vez que acudí a verlo para concluir la transacción, un individuo
nos interrumpió; era un cruce entre corredor de apuestas y secretario privado que,
entrando por una puerta que no era la de la antesala, se acercó a él y le murmuró
algo al oído.
»—¿Cómo? ¿De quién se trata?
»Aquel sujeto indefinible volvió a inclinarse y a decirle algo al oído, esta vez
en voz más alta:
»—Afirma que será sólo un instante.
»—Bien, de acuerdo —dijo el hombrecillo con indecisión, al tiempo que me
miraba. Yo me puse en pie y me ofrecí a regresar más tarde. El clavó en mí la mirada,
notoriamente alarmado.
»—No, no, por favor. Ya tengo suficiente con perder mi dinero, no quiero
además seguir malgastando mi tiempo con su amigo. Debemos acabar con esto hoy
mismo. Tenga la gentileza de ir a echarle una ojeada a esa garniture de cheminée que
está allá. Hay otra, bastante parecida, en el castillo de Laeken, pero la mía es muy
superior en diseño.
»Me dirigí, pues, al otro extremo del salón. La garniture era excelente. Pero
mientras fingía examinarla, observé, por el rabillo del ojo, cómo recibía a su visitante,
un hombre de gran estatura, que dijo:
»—Disculpe, pensé que viniendo tan temprano no le encontraría ocupado. Son
apenas dos palabras...
»Después de poco más de un minuto de susurros, nuestro hombrecillo
acompañó al desconocido hasta la puerta y se estrecharon la mano
ceremoniosamente.
»—En absoluto, de ningún modo. Me agrada serle de utilidad. Cuente usted
con mi información.
»—Gracias, gracias. Sólo quería hacerle una consulta.
»—Sin duda, por supuesto. Siempre que usted quiera... Buenos días.
»Mientras intercambiaban estas cortesías pude observar al visitante
detenidamente. Iba todo de negro. Llevaba una corbata ancha, de satén negro, con un
camafeo grande como alfiler, y un pequeño cuello vuelto. El cabello, descolorido y
sedoso, se le rizaba ligeramente sobre las orejas. Tenía las mejillas lampiñas,
redondas y, al parecer, suaves. Se movía con rigidez, caminaba con pasos cortos y
hablaba con voz amable e íntima. Tal vez por el contraste que hacía con el magnífico

64
lustre de la habitación y la pulcritud de su dueño, me hizo pensar en un indigente;
no es que pareciera humilde, pero sí sojuzgado por la mala fortuna.
»Estaba todavía sorprendido ante la extraordinaria cortesía que el gordito
financiero había mostrado con aquel enigmático personaje, cuando me preguntó, tan
pronto como volvimos a ocupar nuestros respectivos asientos, si sabía quién era el
individuo que acababa de salir. Negué con la cabeza. Él esbozó una extraña sonrisa y
dijo “De Barral”, disfrutando ante mi evidente sorpresa. Luego, con voz grave,
añadió:
»—Es un tipo ciertamente enigmático. Todos sabemos dónde comenzó y
dónde ha llegado, pero nadie sabe qué es exactamente lo que pretende —permaneció
un instante pensativo y continuó, como hablando para sí—. Me pregunto cuál es su
juego.
»Y, ya sabes, no había juego, no había juego de ningún tipo, forma o especie.
Quedó claramente demostrado en el juicio. Como ya te he dicho, era un empleado de
banco entre otros miles. Era el segundo puesto que ocupaba en su vida y allí se
estancó de nuevo, de forma perfectamente satisfactoria para todos. Entonces, un
buen día, como si una voz sobrenatural le murmurara algo al oído o alguna mosca
invisible lo hubiera picado, se puso el sombrero, salió a la calle y comenzó a hacer
publicidad. Eso fue todo. Cazó al vuelo en la calle la palabra del momento y la
enjaezó en su disparatado carruaje.
»Todo el mundo recuerda sus primeros anuncios, modestos, encabezados con
la palabra mágica Ahorro, Ahorro, Ahorro, tres veces, prometiendo el diez por ciento
en todos los depósitos y dando la dirección de la Asociación de Ayuda “Ahorro e
Independencia” en la calle Vauxhall Bridge. Al parecer no hizo falta más. Ni siquiera
explicó qué pretendía hacer con el dinero que pretendía que le confiaran. Su
intención, por supuesto era prestarlo a altas tasas de interés. Y así lo hizo, pero sin
ningún sistema, plan, previsión o juicio. Y al tiempo que dilapidaba las sumas que
iban entrando, ponía más publicidad para obtener más... y las obtenía. Durante un
período de prosperidad general para los negocios, creó el Banco Orbe y el Depósito
Cetro, al parecer con fines meramente publicitarios. Tan sólo eran nombres. El era
totalmente incapaz de organizar nada, de promover ningún tipo de empresa aun con
el solo propósito de hacer juegos malabares con las acciones. Por aquel entonces, con
sólo pedirlo, pudo haber sentado en las Juntas de sus invenciones todos los duques,
generales retirados, parlamentarios activos, ex embajadores, etc., que hubiera
querido. Pero nunca lo intentó. No tenía verdadera imaginación. Lo único que podía
hacer era publicar más anuncios y abrir más sucursales de Ahorro e Independencia,
Orbe y Cetro, para recibir depósitos, primero en este pueblo, luego en aquel, al norte

65
y al sur... en todos los lugares en que le fuera posible encontrar locales adecuados a
precios asequibles. Pues el lema fundamental de su gerencia era: Modestia,
moderación, simplicidad. Ni Orbe, ni Cetro, ni su matriz Ahorro e Independencia se
habían erigido sobre los usuales palacetes. Por esta razón gozaron del aplauso de
algunas publicaciones estúpidas que veían en esta renuncia una perfecta ilustración
del principio de Ahorro para el que habían sido creados. La realidad es que a De
Barral sencillamente no se le había ocurrido otra posibilidad. Por supuesto que
pronto se mudó del primer local, el de la calle Vauxhall Bridge, hasta ahí sí le alcanzó
la inteligencia. Se apropió entonces de una enorme casa de ladrillo vieja, infestada de
ratas, en una callejuela del Strand. Conducía a los desconocidos que pescaba hasta el
muro de ladrillos más repugnante y amarillento que uno pueda imaginar, con dos
hileras de ventanas que más bien parecían agujeros, y allí les exhortaba a contemplar
y admirar la simplicidad de la sede de la principal potencia financiera del momento.
La palabra AHORRO, en gigantescas letras doradas allí en lo alto, y dos enormes
planchas de latón, curvas, como escudos, a cada lado de la puerta de entrada, era lo
único llamativo en la empresa comercial de De Barral. De las operaciones que se
desarrollaban dentro sólo se sabía lo siguiente: que si uno entraba y entregaba su
dinero en el mostrador, éste sería recogido tranquilamente a cambio de un recibo
impreso. Eso es todo. Y parece que con eso bastaba. La gente entraba y entregaba su
dinero y, una vez hecho esto, lo habían perdido más irreparablemente que si lo
hubieran arrojado al mar. Esto era exactamente lo que pasaba, y nada más...
—Vamos, Marlow —exclamé—, sin duda alguna estás exagerando... aunque
sólo sea en tu modo de exponer las cosas. No puede ser.
—¡Exagerando! —se defendió—. ¡Mi modo de exponer las cosas! Querido
amigo, me he limitado a despojar mi planteamiento de la verborrea mercantilista y la
jerga financiera. ¡Y esto te sorprende! Simplemente pongo ante ti la verdad desnuda.
Si bien es cierto que nada parece tan exagerado como el lenguaje de la verdad
desnuda. Todo lo que sorprende es difícil de admitir. Pero, ¿qué me dices del final de
su carrera? Comenzó con el Banco de Ahorros Orbe. Bajo el nombre de esta
institución, De Barral, con la frenética obstinación de un hombre carente por entero
de imaginación, se dedicó a prestar ayuda financiera a un príncipe de la India que
reclamaba inmensas sumas de dinero al gobierno. Era una enorme cantidad de
centenares de rupias... un mísero remanente de los tesoros de sus antepasados... ese
tipo de cosas. Y todo era realmente cierto. El príncipe existía y la reclamación era
también real... sólo que lamentablemente no era válida. De modo que el príncipe, en
la última vista del caso, perdió la querella y el principio del fin de De Barral comenzó
a hacerse manifiesto al público en forma de media hoja de papel con membrete
oficial encolada por sus cuatro esquinas sobre la puerta cerrada de las oficinas del

66
Orbe, en la cual se notificaba la suspensión de pagos en dicho establecimiento.
»El Cetro, entidad asociada, se desmoronó esa misma semana. No diré, como
dirían los americanos, que todas las empresas de De Barral se desfondaron de
repente, pues lo cierto es que nunca habían tenido fondo. Los clientes habían
depositado sus ahorros en algo parecido al tonel de las Danaides3. Era evidente que
todo el dinero se había esfumado y el juicio por bancarrota que tuvo lugar fue como
una farsa siniestra, estallidos de carcajadas frente a un escenario donde se erigía una
angustia muda, la de los depositarios, que eran cientos de miles. La risa era el
irreprimible acompañamiento de aquel proceso público por bancarrota.
»No sé si fue debido a una absoluta falta de imaginación, o a la posesión de un
tipo muy peculiar de ella en una proporción indebida, o a ambas cosas juntas —y que
conste que las tres opciones son posibles—, pero se descubrió que aquel hombre, al
que la credulidad del público había elevado a tales alturas, era más crédulo que
cualquiera de sus depositarios. Había sido presa de todo tipo de estafador,
aventurero, visionario e incluso lunático. Envolviéndose de una estúpida áurea de
profundo misterio, había caído en las más fantásticas conspiraciones: un puerto con
gran cantidad de muelles en la costa de la Patagonia, canteras en la península de
Labrador... y otras especulaciones de este estilo. Una de ellas era nada menos que la
instalación de una fábrica de latas de pescado a orillas del Amazonas. Otra, la
compra de un principado en Madagascar. A medida que iban saliendo a la luz los
grotescos detalles de estas increíbles transacciones, oleadas de carcajadas se
propagaban por el tribunal... cada una un poco más fuerte que la anterior. El público
asistente terminó desternillándose de risa ante el efecto acumulativo de tanto
absurdo. Reía el Secretario, reían los abogados, reían los reporteros; y las apretadas
hileras de miserables depositarios, que escuchaban cada palabra con ansiedad, sin
perder detalle, reían como un solo hombre. Reían histéricamente, pobres diablos, al
borde del llanto.
»Sólo una persona se mantuvo imperturbable: el propio De Barral. Me han
contado, ya que no presencié yo mismo aquellas escenas, que conservaba su
expresión serena, amable, y que miraba a las personas con un aire de plácida
suficiencia que fue para el mundo el primer indicio de su altanería, una altanería
inconmensurable, escondida hasta entonces bajo sus tímidas maneras. Prueba de ello
era también su obstinada afirmación de que con tiempo suficiente y con mucho más

3Las danaides eran las 50 hijas de Dánao, rey de Libia. El tonel de las Danaides es una frase
metafórica que designa una fuente de gastos sin fin, una pasión insaciable o una tarea imposible. (N.
del T.)

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dinero, todo habría resultado perfecto. Hubo gente, entre las propias víctimas, que
casi le creyó, incluso después del juicio penal que se inició de inmediato. Cuando
pasó al banquillo perdió todo su aplomo, como si la ilusión que lo sostenía
súbitamente se hubiera hecho añicos en su interior. Sus modales, e incluso su
temperamento, se hicieron de pronto irreconocibles, hasta el punto de dejar entrever
que sus apagados ojos neutros, tan a juego con sus cabellos descoloridos, eran
capaces de expresar algo parecido a un odio solapado. Primero se mostró desafiante,
luego insolente y, por último, se deshizo en lágrimas, aunque éstas bien podían ser
de ira. Luego se calmó, volvió a adoptar su reposado modo de hablar y la serenidad
y modestia que lo habían caracterizado en sus días de mayor grandeza. Pero dio la
impresión de que en aquel momento de transformación se había hecho por primera
vez consciente de cuál había sido su poder, pues se dirigió a uno de los fiscales —que
había adoptado un tono altanero y moralista al preguntarle si se había dedicado al
juego— y le contestó que sí, que le gustaban las cartas, y que tan sólo un año antes
gran cantidad de personas distinguidas se habrían sentido honradas de jugar una
partida con él. Sí, continuó, algunas de esas personas acomodadas en los bancos y,
volviéndose al fiscal, le espetó: “Y usted también.” Afirmó que, de haberlo deseado,
hubiera podido tener a media ciudad en sus aposentos adulándolo. “Es más,
recuerdo que perdía la mitad de mi tiempo tratando de mantener alejadas a personas
como usted”, terminó con un deje de buen humor y una actitud de desprecio
bastante discreta, por el hecho de parecer espontánea.
»Quizás este fue el único momento en que consiguió cierta complicidad con
todo el público del tribunal, reunido en un silencio sombrío. Pero al momento las
terribles acusaciones se reanudaron. A pesar de tanta agitación exterior, fue el más
terrible de todos los juicios celebrados. El proceso por bancarrota había agotado
todas las risas. Sólo quedaba la ruina generalizada y el resentimiento de una masa de
personas por haber sido engañadas a través de medios tan sencillos que ni siquiera
podían salvar su amor propio de la profunda herida que la astucia de un bribón
consumado les había infligido. Un estupor provocado por la vergüenza recorría todo
el proceso, en el que De Barral no era el único culpable. Su única excusa, su única
súplica, era: ¡Tiempo! ¡Tiempo! El tiempo lo hubiera arreglado todo. Con el tiempo,
algunas de sus especulaciones sin duda hubieran dado estupendos frutos. Cuentan
que a veces se quedaba estático y sus pálidos ojos inmóviles parecían contemplar el
panorama de edades futuras. Tiempo... y, por supuesto, más dinero. “Ah, si me
hubieran dejado tranquilo un par de años más —llegó a exclamar con acento
apasionado—. El dinero estaba entrando a espuertas.” Sí, claro, se refería a los
depósitos... a los fondos de Ahorro e Independencia. El dinero estuvo entrando hasta
el último momento, es cierto. Y lo lamentaría. Por una especie de persuasión mística

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había llegado a contemplar los depósitos como si fuesen de su propiedad. Y, sin
embargo, fue una exclamación perfectamente cierta la que profirió cuando el fiscal
comenzó a acusarlo con las siguientes palabras: “Ha dispuesto usted de inmensas
sumas de dinero...”, a lo cual replicó indignado: “¿Y qué he sacado yo de ellas?”
»Era totalmente cierto. No había sacado nada de nada... ninguno de los bienes
de prestigio, ninguna de las cosas deseables que codician las naturalezas predadoras.
No satisfizo ningún capricho, no conoció ningún lujo, no hizo construir palacios
majestuosos ni galerías espléndidas con esas “inmensas sumas”. Ni siquiera tenía
una casa. Se había metido en aquellas habitaciones de hotel y allí se había quedado
durante años, para perfecta satisfacción de los gerentes. Le habían aumentado la
renta en dos ocasiones, como muestra, supongo, de la alta categoría del hotel. Con
toda la riqueza que había pasado por sus manos no había comprado para sí
adulación o amor, esplendor o comodidades. La coherencia de su mediocridad
rayaba la perfección. En su vanidad parecía pasar por alto la satisfacción de la mera
ostentación del poder. En la época en que estuvo en el punto de mira de todo el
mundo, la invencible oscuridad de sus orígenes se adhirió a él como una sombría
vestimenta. Había manejado millones sin disfrutar nunca de nada de lo que la
comunidad de hombres considera valioso, porque no tenía ni la brutalidad de
temperamento ni el refinamiento intelectual que le hubieran podido hacer desear
tales cosas con la voluntad propia de un aventurero...
—Se diría que has estudiado a fondo a ese hombre —observé.
—Estudiado —repitió ensimismado Marlow—. ¡No! Estudiado no. No tuve la
oportunidad de hacerlo. Ya sabes que sólo lo vi en aquella ocasión. Aunque tal vez la
mejor forma de apreciar a un individuo peculiar sea precisamente dándole un
vistazo. Y De Barral era ciertamente peculiar, en virtud de sus deficiencias, que
hacían de él un individuo ajeno a cualquier idea preconcebida. No puede decirse que
haya estudiado a De Barral, pero creo que lo comprendo hasta donde puede ser
comprendido, en medio del estruendo de su caída, los gemidos y el crujir de dientes,
los titulares de los periódicos (“Los fraudes del Ahorro. Interrogatorio del acusado.
Extra, número especial”), los llamamientos caritativos a favor de las víctimas, la
gravedad con que los diarios cargaban las tintas, rezumando compasión, como si se
hubiera atentado contra las entrañas de la nación misma. Todo este escándalo duró
una semana entera. Un periodista conocido mío me comentó: “Es un perfecto idiota.”
Y puede que así fuera. Antes de aquello recuerdo haber oído comentar que tenía cara
de criminal; sin duda no era cierto. La sentencia se dictó bajo una luz artificial y en
una atmósfera asfixiante y venenosa. El juez pronunció con gravedad un discurso
edificante acerca del precio que debía pagar aquel que había sido capaz de cometer

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“las estafas más despiadadas en una escala sin precedentes”. No entiendo gran cosa
de estos asuntos, pero al parecer había falseado cuentas, amañado balances, aceptado
depósitos meses después de saberse por completo insolvente e incurrido en otros
tantos delitos por el estilo, todos tan censurables a los ojos de la ley como para
merecer siete años de presidio. El fallo fue bien recibido cuando se dio a conocer.
Una pequeña muchedumbre, compuesta principalmente de gentes que no parecían
especialmente inteligentes ni escrupulosas, espolvoreada con la genuina levadura de
los carteristas, se entretenía esparciendo la llovizna de insultos más penetrante y
abominablemente fría que recuerdo. Pasé ante ellos de regreso de los muelles, donde
había pasado el día con un viejo amigo ocupado en armar un nuevo barco. Siempre
que tengo la oportunidad de visitar un barco nuevo lo hago encantado. Me seducen
tanto como el encanto de las personas jóvenes.
»Me mezclé con esa turba que bullía con una animosidad tan insensata y tan
propia de la calle, y fue entonces, al intentar abrirme paso trabajosamente para
escapar de la multitud, cuando me topé con el periodista que antes te mencioné. Me
hizo la justicia de sorprenderse por mi presencia:
»—¿Tú aquí? Eres la última persona del mundo que esperaba encontrarme...
De haberlo sabido, te hubiera hecho entrar en la sala. Había espacio de sobras, en los
últimos días el interés ha decaído. En fin, le han condenado a siete años. Me alegro.
»—¿De qué te alegras? ¿De que le echaron siete años? —pregunté, sumamente
incomodado por la presión de un gigantón que comentaba con sus amigos,
igualmente opresivos, que “a ese desgraciado debieron condenarlo a morir a
garrotazos”. No sé si habría confiado sus ahorros a De Barral pero, a juzgar por su
apariencia, de haber sido así éstos habrían sido producto de algún robo exitoso. El
periodista, a mi lado, respondió negativamente a mi pregunta. Se alegraba de que
todo hubiera terminado. El calor y la mala ventilación del tribunal lo hacían sufrir. El
frío cortante y húmedo de las calles pareció afectar de repente a su hígado. Se mostró
despectivo e irritable y se abrió paso a codazos entre el gentío.
»Comentó que aquel era un asunto de lo más aburrido. Todos los casos de este
estilo lo son. Carecen de momentos realmente dramáticos. Los libros de cuentas del
Orbe y de las otras empresas fueron sin duda una revelación burlesca, pero al
público no suelen interesarle este tipo de revelaciones. Ese De Barral era en el fondo
un pobre diablo, gruñó. No quiso tomarse la molestia de describirme a ese hombre
que ahora era oficialmente un criminal —habíamos cruzado la calle para tomarnos
un trago—, pero con una risita burlona y agria me dijo que, una vez pronunciada la
sentencia, aquel sujeto se había aferrado al banquillo y había expresado una protesta:
“¡No me han dado tiempo! Si me hubieran concedido más tiempo, hubieran

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terminado por nombrarme noble, igual que algunos de esos”. Y se permitió su
primer y último gesto durante todos aquellos días, que consistió en esgrimir un puño
fuertemente cerrado por encima de su cabeza.
»El periodista desaprobaba aquel comportamiento. No le correspondía
pararse a comprenderlo. ¿Acaso le incumbe alguna vez a un periodista comprender
algo? Supongo que no. Comprender las cosas le alejaría demasiado de todo aquello
que para el vulgo es noticia. Probablemente consideraba que el gesto de De Barral no
tenía ningún valor pintoresco: la voz débil, la personalidad incolora, su incapacidad
para asumir cualquier actitud distinta a la de un poste, la propia fatuidad del puño
cerrado, tan inútil en aquel momento y en aquel lugar... no, todo aquello no tenía
ningún valor. Y además, para él, notorio representante de su gremio, pensar era
claramente “un mal negocio”. Su negocio consistía en redactar una crónica legible.
En cambio yo, que no tenía nada que escribir, me permití el lujo de usar el cerebro,
mientras permanecíamos sentados ante los vasos, que aún no habíamos ni tocado. Y
la revelación, que tan a menudo es la recompensa de un solo instante de
distanciamiento en el que prescindimos de las meras impresiones visuales, me
provocó un escalofrío que me hizo estremecer. Creí comprender que, en virtud del
impacto de los terrores y angustias del juicio, la imaginación de ese hombre, cuyos
gestos, ideas e intenciones se presentaban con frecuencia revestidas de un aire de
grotesco misterio, al fin había despertado y entraba en juego. Y eso era terrible.
Intenta ponerte en la piel de un hombre cuya imaginación despierta de su letargo en
el preciso instante en que está a punto de entrar en la tumba...
»No creas —continuó Marlow tras una pausa— que aquella mañana que pasé
con Fyne me dediqué a examinar detenidamente toda esta... llamémosle información,
no, digamos mejor este fondo de conocimientos del que disponía en relación a De
Barral. La información es algo que uno va a buscar y guarda a buen recaudo una vez
encontrado, tal como haría con un pedazo de plomo: pesado, útil, ajeno a toda
vibración, aburrido. El conocimiento, en cambio, acude a uno, se trata de una
adquisición casual que permanecerá en reposo y conservará una excelente capacidad
de resonancia... Pero como estas distinciones pertenecen al dominio de lo
trascendental, te ahorraré el dolor de tener que escucharlas. Mi crueldad tiene sus
límites. La cuestión es que de ningún modo sopesé cuidadosamente todo lo que te he
referido. ¿Cómo iba a hacerlo con Fyne en la habitación? Fyne permanecía sentado
perfectamente inmóvil, como una estatua en su rústico estilo, después de haber
asentido: “En efecto, el convicto”. Y yo, lejos de permitirme una excursión nostálgica
al pasado, me mantuve aferrado al presente, al menos lo indispensable para
reflexionar, vaga y distraídamente, sobre las respetables proporciones y el adecuado
perfil de sus pantorrillas de excursionista, ya que había cruzado una pierna por

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encima de la rodilla, con aparente descuido, en un intento de disimular su turbación
con un gesto despreocupado. De todos modos todo aquel conocimiento resonaba en
mí, como acabo de sugerir, e impulsado por una curiosidad bastante irracional, me
aventuré a preguntar:
»—¡De modo que De Barral tenía esposa e hija! Y esa joven es su hija. ¿Y
cómo...?
»Fyne me interrumpió, volviendo a afirmar con absoluta seriedad, como si
fuera algo difícil de creer, que su esposa y él habían tratado de ayudar a aquella
muchacha en todo lo que habían podido... ¡es más, realmente la habían ayudado! No
lo dudé un instante, por supuesto; mi asombro, en cualquier caso, era de índole más
racional. A esas horas de la mañana, no lo olvides, todavía no sabía nada acerca del
contacto (pues no había sido más que eso) de la señora Fyne con la esposa y la hija de
De Barral durante su exilio en el Priorato en la época de mayor fama de aquel
hombre.
»Fyne, que sin duda había venido a verme con el único propósito de hablarme
de ese tema, fue el primero en aludir al contacto que las dos mujeres habían
mantenido exclusivamente fuera de sus casas.
»—En aquella época la joven era tan sólo una niña —continuó—. Más tarde,
cuando la pusieron en manos de la institutriz, una persona totalmente insatisfactoria
—explicó—, la señora Fyne dejó de relacionarse con ella.
»Fue más o menos entonces cuando su esposa y él se conocieron y, al casarse,
ella perdió por completo de vista a la niña. Pero tras el nacimiento de Polly —la
tercera hija de los Fyne— la señora Fyne no se sentía muy bien y fue a pasar unos
meses a Brighton para recuperar fuerzas... Y allí, un día que iba por la calle, la niña
(todavía llevaba el cabello suelto) la reconoció ante la puerta de un comercio y
literalmente se arrojó a sus brazos. Fue del todo conmovedor. Y por supuesto,
pasando por alto la fría impertinencia de esa... institutriz, su esposa respondió con
toda naturalidad a esa muestra de afecto.
»Fyne me narraba todo esto con solemnidad y de un modo fragmentario. Le
interrumpí para observar que aquello debió ocurrir antes de la quiebra.
»Fyne asintió con mayor gravedad aún, luciendo su voz de bajo:
»—Justo antes —y acto seguido se permitió un silencio solemne.
»De repente volvió a retomar su relato, explicando que De Barral no iba
entonces a Brighton todos los fines de semana. Probablemente ya era consciente de
que se avecinaba un desastre. La señora Fyne no tenía ningún deseo de conocerlo,

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para satisfacción de la institutriz, muy recelosa de cualquier influencia exterior. En
cualquier caso, no hubieran hecho buenas migas. Extraordinariamente delgado y
tieso, vestido siempre de negro, objeto de todas las miradas cuando caminaba con la
niña de la mano, era tímido en apariencia pero... —y aquí Fyne mostró una
asombrosa capacidad de penetración— probablemente abrigaba en su interior una
arrogancia desmesurada. La señora Fyne se había compadecido del destino de Flora
de Barral mucho antes de que ocurriera la catástrofe. Desafortunado era el tutelaje
que le había tocado en suerte a la muchacha e insatisfactorio el entorno. La gente en
la calle la miraba de arriba abajo como si se tratara de una princesa, pero se le
impedía a toda costa entablar cualquier tipo de relación, aunque, por supuesto,
muchos habrían estado encantados de caer en gracia a la señorita De Barral. Pero esto
no encajaba en los planes de la institutriz, una persona intrigante que, bajo ese aire de
exclusividad distante y supuesta elegancia, urdía una trama verdaderamente
siniestra. Los ojos del bueno de Fyne se salían de sus órbitas al revelarme, con
agitación y precipitadamente, las sospechas que por aquel entonces abrigaba su
esposa acerca de la pérfida conducta de la señora... Como-se-llame. La señora Fyne
sostenía que aquella mujer pretendía casar a su pupila con un presunto pariente suyo
que estaba sin blanca, un joven de mirada furtiva y maneras algo insolentes —según
decía, su sobrino— a quien esa mujer invitaba a menudo a alojarse en la mansión.
»—Es probable que no fuese su sobrino. Tal vez ni siquiera era pariente suyo
—afirmó Fyne con evidente malestar, por ser ésta la más terrible de las sospechas
que la señora Fyne le fue transmitiendo poco a poco en cada uno de los fines de
semana que iba a pasar con ella y con las niñas. Los Fyne, en su preocupación
bondadosa por la infortunada hija de aquel hombre ocupadísimo en mover tantos
millones, dedicaban su encuentro semanal a interrogarse con ansiedad acerca de qué
podían hacer para frustrar la más maligna de las conspiraciones, con una conducta
que, sin ser indiscreta, sirviera de algo en aquellas circunstancias extraordinarias.
Podía imaginarlos, con su simpleza y sus escrúpulos, realmente preocupados por
aquella muchacha tan desprotegida mientras contemplaban a sus pequeñas niñas
jugando a la orilla del mar. Fyne me aseguró que aquella preocupación perturbaba el
descanso de su esposa.
»—La señora Fyne dio muestras de auténtica agudeza al haberse percatado de
semejante conspiración —dije, preguntándome qué se habría hecho de tal agudeza,
ya que no había sido capaz de intuir un plan mucho más sencillo y urdido ante sus
propias narices. Supongo que hay que tener en cuenta que en aquella época en que
su descanso nocturno se veía perturbado por el temor ante lo que el destino podía
depararle a la indefensa hija de De Barral, no estaba ocupada en escribir aquel
despiadado compendio teórico-práctico para uso de mujeres agraviadas. Sospecho

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que antes de que la tarea de desarrollar la filosofía de la acción rebelde hubiera
afectado su perspicacia intuitiva, era capaz de percibir todo aquello moderadamente
sencillo. Porque me inclino a creer que la mujer a quien el azar había puesto a cargo
del destino de Flora de Barral no hacía ningún esfuerzo, ni tan siquiera sutil, para
ocultar su juego. Debía sentirse completamente dueña de la situación, tras haber
establecido de una vez y para siempre su ascendencia sobre De Barral. Supongo que
debía haber tomado todas las medidas oportunas para impedir que su conducta
fuera reprochable y me era imposible evitar una sonrisa al pensar qué espantoso
fastidio debieron representar para ella los serios e inocentes Fyne. Cómo debió
exasperarle que la pareja apareciera en Brighton de forma tan imprevista, como un
rayo caído del cielo... aunque no con tanta celeridad. ¡Cómo debió odiarlos!
»Pero concluyo que no por ello hubiera dejado de llevar a cabo cualquier plan
que hubiera tramado. Me imagino a De Barral acostumbrado durante años a respetar
sus deseos y, por arrogancia, timidez, o sencillamente por su estupidez y falta de
imaginación, situado fuera de toda esfera social, sin conocer a nadie más que a sus
compinches jugadores de cartas. Lo imagino aterrado ante la perspectiva de tener
bajo su responsabilidad una hija en edad de casarse, obligado a cambiar por
completo de hábitos y a llevar un tipo de existencia que no hubiera sabido siquiera
cómo comenzar. Me parece evidente que la señora Como-se-llame se hubiera salido
con la suya muy fácilmente, incluso aunque los excelentes Fyne hubieran estado en
condiciones hacer algo. Simplemente le habría bastado con intimidar a De Barral con
su estilo altanero. No hay nada más sumiso que un hombre arrogante cuando su
arrogancia se quiebra en alguna ocasión.
»En definitiva, no hubo ocasión ni necesidad de que nadie hiciese nada. La
situación pareció esfumarse con el colapso financiero, tal como se esfuma un edificio
tras un terremoto... ahora está allí y en un instante desaparece sin más presagio que
un retumbar de mal agüero. Bueno, puede que decir un instante sea exagerar, pero es
cierto que todo terminó en un plazo de veinticuatro horas. Fyne pudo contármelo
con pelos y señales, y la expresión que mejor describiría la naturaleza del cambio
sería: miseria radical e instantánea. No entiendo mucho de estas cosas, pero a juzgar
por el relato de Fyne, parecería que los acreedores, o los depositarios, o las
autoridades competentes, se hubieran apoderado en un abrir y cerrar de ojos todo
cuanto De Barral poseía en el mundo, incluido su reloj y su leontina, las monedas de
sus bolsillos, sus trajes y supongo que hasta el alfiler de camafeo de su corbata de
satén negro. ¡Todo! Creo que incluso tuvo que entregar la alianza de su difunta
esposa. La lúgubre mansión del Priorato, incluido el húmedo jardín y un par de
granjas cercanas, estaban a nombre de la señora De Barral, pero supongo que, sin
haber testamento de por medio, habrían pasado a su propiedad tras la muerte de

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ésta. Se quedaron con todo, también con esto, meras migajas en un Sáhara de hambre
devastadora, una gota en medio de un océano sediento. Me atrevo a decir que ni una
sola alma en todo el mundo recibió de esta propiedad más que una moneda de tres
peniques. A parte de esto quedaban por expropiar menos que migajas, menos que
gotas: aquella enorme casa de Brighton, el mobiliario, el coche de dos caballos, el
caballo de montar de la muchacha, sus costosos baúles llenos de ropa y hasta el collar
engastado en oro de su perro San Bernardo, de pura raza. El perro, por supuesto,
también desapareció, el artículo más noble de aquel lote de bienes en ruinas.
»De hecho, lo primero en desaparecer, o más bien en esfumarse, no tenía nada
que ver con el lote. Fue la intrigante institutriz, con sus maneras de “perfecta dama”
(severamente convencional) y su alma de implacable bandolera. Cuando una mujer
se entrega a cualquier actividad al margen de la ley y de corte masculino no hay
quien la gane. Es cierto que uno puede toparse con gentes que afirmen que esta
increíble virulencia en la ruptura con lo establecido es por entero culpa de los
hombres. Tales personas preguntarán, con pretendida inteligencia, por qué las
guerras de esclavos han sido siempre las más fieras, desesperadas y atroces. Puede
uno dar la respuesta que desee... incluso una respuesta eminentemente femenina, si
se quiere, tan típica de la mentalidad prosaica de las mujeres: “¡No entiendo a qué
viene esto!” ¡Cuántos argumentos han sido derribados —no diré rebatidos— con esas
simples palabras! Porque si bien los hombres intentamos poner toda la amplitud de
nuestra experiencia en nuestros razonamientos, igual que de buen grado ponemos el
Infinito de nuestro amor, tal cosa “no es propia de las mujeres”, como ha observado
algún escritor. Oh, no. Esas cosas no les interesan. Ese tipo de aspiración les queda
muy lejos; y sería un mundo ciertamente extraño el que ellas dispondrían, donde lo
Irrelevante tomaría el relevo a la sobria monotonía de lo Imaginativo...
Alcé la mano para interrumpir a mi amigo Marlow.
—¿De veras crees lo que has dicho? —pregunté sin pretender ofenderlo,
simplemente porque con Marlow uno nunca puede estar seguro.
—Sólo algunos días del año —repuso con una sonrisa maliciosa—. Hoy sólo
pretendía dar una visión amplia de las cosas y veo que he conseguido herir tu
susceptibilidad, por lo menos la parte de ella que está consagrada a las mujeres.
Cuando uno se siente a solas, en silencio, secretamente defiende en su mente a las
pobres mujeres de ataques que posiblemente jamás las alcancen. De hecho me
pregunto si hay algo realmente capaz de alcanzarlas. Pero para calmar tu inquietud,
te diré que pienso que un mundo erigido en torno a lo Irrelevante podría resultar
divertido si las mujeres se tomaran el cuidado de transmitirle el encanto que sólo
ellas poseen, y preservaran para nosotros ciertas ilusiones sobradamente

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establecidas, diría incluso manidas, sin las cuales la mayoría de los hombres no
podríamos continuar. Esta condición es de máxima importancia, pues no hay nada
más irritante que lo Irrelevante cuando no nos divierte y carece de encanto; podría
entonces suceder que la masculinidad subyugada, en su exasperación, hiciera algún
movimiento brusco, descuidado, y atravesara accidentalmente con el codo el fino
tejido del mundo del que hablo. Y esto sería fatal. Porque nada es tan
irremediablemente deplorable como un fino tejido que resulta dañado. Las propias
mujeres serían las primeras en renegar de su creación.
»Había algo de la practicidad y cordura femenina, y también de la
improcedencia y falta de lógica que caracteriza a las mujeres, en la conducta de la
sorprendente institutriz de la señorita De Barral. Del relato de Fyne parecía
desprenderse que el día anterior al primer indicio del cataclismo, aquel dudoso joven
había llegado inesperadamente a Brighton para quedarse con su “tía”. A juzgar por
las apariencias, todo se desarrollaba con normalidad: aquella tarde el joven había
salido a montar a caballo con la joven, como solía hacer con frecuencia, para
indignación de la señora Fyne. El propio Fyne estaba allí pasando toda la semana con
su familia, y su esposa lo llamó para que acudiese a contemplar desde la ventana la
iniquidad en curso y compartiera sus coléricos sentimientos. Los jóvenes no iban
acompañados ni siquiera por un mozo de cuadra. Y la angustia de la señora Fyne al
contemplar a la desafortunada muchacha que sonreía inconsciente del peligro, era
tan fuerte que Fyne empezó a considerar seriamente si no tenían el deber de
intervenir, aun a costa del riesgo, escribiendo al menos una carta a De Barral. Así se
lo dijo a su esposa, con una solemnidad que puedo imaginar: “Debes acometer la
tarea, querida. Al fin y al cabo tú conociste a su esposa y eso te confiere cierta
responsabilidad”. Por otro lado, el temor de exponer a la señora Fyne a una situación
desagradable le preocupaba en extremo. Por su parte, la señora Fyne se sentía presa
del desaliento. Le parecía imposible obtener éxito en su empresa. Aquella mujer
llevaba más de cinco años a cargo de la muchacha y al parecer disfrutaba de absoluta
confianza por parte del padre. Qué podía conseguir ella, sin tener una sola prueba...
Ese señor De Barral, sentenció la señora Fyne, tenía que ser un perfecto imbécil o un
hombre redomadamente malvado para descuidar a su hija de tal modo.
»Habrás notado que, debido tal vez a la solemne visión que Fyne tenía de
nuestra efímera vida y a la natural propensión de la señora Fyne para asumir
responsabilidades, jamás se les ocurrió que lo más sencillo era simplemente no hacer
nada y descartar aquel asunto como algo que no tenía que ver con ellos, lo cual era
estrictamente cierto. Lejos de entenderlo así, según me contó Fyne, pasaron la tarde
angustiados considerando las formas de hacer frente al peligro que amenazaba a
aquella muchacha, que había salido a pasear a caballo —y sin duda se lo estaría

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pasando en grande— con un abominable bribón.

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CAPÍTULO IV
LA INSTITUTRIZ

—Lo mejor de todo era que el peligro ya había pasado. No había peligro de
ningún tipo. La repentina aparición del presunto sobrino obedecía a un propósito
bien definido. Había llegado repleto, lleno a rebosar... con la inmensa noticia que
traía. Posiblemente hubo antes rumores sobre la delicada posición de los asuntos
financieros de De Barral, pero sólo entre los enterados. Ningún rumor o eco de un
rumor había llegado a los profanos del West End... y mucho menos a la cándida
barriada marinera de Hove. Los Fyne no sospechaban nada; la institutriz, que
interpretaba con frialdad y distinción el papel de madre de la fabulosamente rica
señorita De Barral, tampoco albergaba la menor sospecha; los maestros de música, de
dibujo y de baile de la señorita De Barral por supuesto tampoco; y su médico, su
dentista, los sirvientes de la casa, o los comerciantes, orgullosos de tener el nombre
de De Barral en sus libros, se hallaban en un estado de absoluta serenidad. Así que
aquel individuo, que había recibido inesperadamente la muy alarmante información
por parte de alguien de la City, llegó a Brighton aproximadamente a la hora del
almuerzo en posesión de algo muy parecido a una bomba letal. Pero no era tan
insensato como para arrojarla de golpe en plena acera pública. Se sentó a almorzar,
inconmovible, frente a Flora de Barral, y después, aduciendo alguna excusa, se
encerró a hablar con la mujer que el pequeño Fyne, en su caridad —aunque no sin
cierta vacilación— llamaba su “tía”.
»No es difícil imaginar lo que se dijeron. Ella debió de salir de su salón
privado con las mejillas enrojecidas, y este hecho debió suscitar una pregunta por
parte de su “amada” pupila, que seguramente sería respondida con un cortante “Será
que voy a tener una jaqueca”. Y lo que sí podemos dar por seguro es que, al terminar
la conversación, debió decirle a aquel joven villano: “Será mejor que la saques a
pasear como de costumbre”. Tenemos pruebas positivas de ello en el hecho de que
Fyne y su esposa los vieran montar en la puerta y pasar conversando bajo la ventana
de su salón, la pobre joven, del todo inocente, deshecha en sonrisas, tanto disfrutaba
de la compañía de Charley. No le había ocultado este dato a la señora Fyne; de
hecho, bastante tiempo atrás le había confiado que aquel muchacho le agradaba
mucho, confidencia que había llenado a la señora Fyne de desolación y de esa
impotencia y angustia que se nos mezclan en algunas pesadillas. Porque, ¿cómo
advertir del peligro a la muchacha? En cierta ocasión se aventuró a decir que el señor
Charley no le agradaba. La señorita De Barral la oyó con asombro. ¿Cómo era posible

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que a alguien no le agradara Charley? Acto seguido, con ingenua lealtad, le dijo a la
señora Fyne que, a pesar de sentir por ella un inmenso cariño, no estaba dispuesta a
escuchar una sola palabra más en contra de Charley... el maravilloso Charley.
»Es probable que la hija de De Barral disfrutara aquel día muchísimo su alegre
paseo con el alegre Charley —infinitamente más divertido que su viejo y estúpido
profesor de equitación—, porque los Fyne los vieron regresar más tarde de lo
habitual. De hecho, ya casi había oscurecido. Al desmontar, ayudada por el
encantador Charley, la muchacha le dio unas palmaditas en el pescuezo a su caballo
y subió los peldaños. Sería la última vez que salía a montar. Faltaban entonces pocos
días para que cumpliera dieciséis años, era esbelta y menuda, sobre todo con su traje
de montar, puede que algo más baja de estatura que la mayoría de muchachas de su
edad; llevaba un bombín negro bajo el cual asomaba su cabello oscuro, fino y con un
corte cuadrado en las puntas, que caía en ondas sobre su espalda. El encantador
Charley montó de nuevo para llevar los dos caballos hasta el establo. Desde su
ventana, la señora Fyne vio cerrarse la puerta de la casa, tras el regreso de la señorita
De Barral del que sería su último paseo a caballo.
»Y mientras tanto, ¿qué había estado haciendo aquella institutriz (de familia
noble, no lo olvidemos) tan acertadamente escogida —a fin de cuentas era toda una
dama, bien relacionada con las gentes más notables del condado, según decía— con
el cometido de guiar los estudios, cuidar la salud, formar la mente, pulir las maneras
y, en general, servir de madre perfecta a aquella infeliz criatura? Bueno, tras haberse
desembarazado de su pupila con la mayor naturalidad posible, lo cual sin duda
demuestra su sentido práctico, comenzó a empaquetar sus pertenencias, acción que
da fe de la claridad con que percibía la situación. Trabajó metódicamente, con
rapidez y eficacia, vaciando los cajones, recogiendo todos los objetos de las mesas y
repisas de sus aposentos, con algo de pasión silenciosa en su meticulosidad,
apoderándose de todo cuanto le pertenecía y de algunas cosas de propiedad menos
incuestionable: un portaplumas enjoyado, un abrecartas de marfil y oro —la casa
estaba llena de objetos corrientes de muchísimo valor—, algunas cajas de plata
repujada que le había regalado De Barral y otras menudencias. Sin embargo olvidó
llevarse la fotografía de Flora de Barral, con una cariñosa dedicatoria, que se hallaba
sobre su escritorio, en un marco moderno y costoso. Cuando, en el curso de sus
preparativos, cayó al suelo accidentalmente, allí la dejó, sin apenas mirarla. Supongo,
por tanto, que el retrato, o al menos el marco, pasaría a formar parte del inventario
de bienes expropiados tras la quiebra de De Barral.
»Aquella noche en la cena la jovencita se sorprendió de que todo el mundo
pareciera apagado y brusco. Todo fue singularmente lento. De su institutriz apenas

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pudo obtener monosílabos y el alegre Charley acalló varios intentos de entablar
conversación por parte de su “amiguita”, como solía llamarla a veces, aunque no en
esa ocasión. Sin duda aquella pareja estaba nerviosa y preocupada. Tenemos pruebas
de todo esto y también de que a Flora, ofendida con el encantador sobrino de su
profundamente respetada institutriz, pasó toda la velada cariacontecida y se alegró
de retirarse temprano. La señora... la señora... confieso que he olvidado su nombre...
la institutriz invitó a su sobrino a su salón privado para tratar ciertos asuntos de
familia. Dijo esto en voz alta para que Flora pudiera oírlo, pero ella no mostró el
menor interés. De hecho, no había nada extraño en esta invitación, y ni siquiera
asomó a su mente un asombro pasajero. Se fue a la cama aburrida y, como el largo
paseo la había cansado, durmió profundamente toda la noche. Aquel fue su último
sueño inocente... no, esa palabra no encaja con lo que verdaderamente quiero decir,
digamos su último sueño ignorante o, mejor aún, inconsciente, inconsciente del
mundo, del peligro, del dolor, de la humillación, de la amargura, de la falsedad. Una
inconsciencia que, en el caso de otras muchachas, se va perdiendo mediante un
proceso gradual de experiencia e información, aunque a menudo solamente de forma
parcial, con reservas salvadoras, dudas suavizadoras, teorías veladoras. En su caso,
esa inconsciencia del mal que habita en los pensamientos secretos —y por tanto en
los actos de todos los hombres siempre que los malos pensamientos coincidan con la
mala voluntad— iba a ser aniquilada con violencia, en circunstancias sacrílegas,
como un templo violado en un acto de impiedad demencial, vengativa. Sí, a esa
muchacha tan joven, apenas una niña... iba a ocurrirle eso. Y si me preguntas cómo y
por qué razón tendré que responderte que porque sí, ¡por azar! Por simple
casualidad, que es como ocurren todas las cosas, ya sean afortunadas o desgraciadas,
terribles o tiernas, importantes o nimias; e incluso cosas que no son nada de eso,
cosas de carácter tan completamente neutro que uno se preguntaría por qué suceden
si no supiera que también ellas llevan en su propia insignificancia la semilla de
ulteriores azares incalculables.
»Lo más probable hubiese sido que De Barral hubiera dado con un espécimen
perfectamente respetable de institutriz, común y corriente, inofensiva, inocente e
ineficaz, o con una aventurera de lo más normal que pretendiera casarse con él o
ensayar algún otro tipo de perjuicio común de poca monta. También podría haber
topado con una mujer que fuese un dechado de virtudes y conocimientos, o con
cualquier señora inofensiva, convencional y de clase media. Todos los cálculos
estaban a su favor, pero como el azar es incalculable, dio precisamente con una
personalidad que es más fácil definir con oprobios que clasificar con espíritu
científico y calmo... pero sin duda toda una personalidad, todo un temperamento.
¿Extraño? No. En todos nosotros existe lo que yo cortésmente llamaría cierta falta de

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escrúpulos. Piensa, por ejemplo, en la excelente señora Fyne, que en el seno de su
propia familia parecía una institutriz del todo convencional. Pecaba solamente de
excesos mentales de corte teórico, aunque constreñidos por tan desbordante y
humano sentimiento y por reservas tan convencionales que únicamente
representaban un mero libertinaje de pensamiento; mientras que la otra mujer, la
institutriz de Flora de Barral, era, como ya habrás notado, severamente práctica...
terriblemente práctica. No, el suyo no era un temperamento demasiado peculiar,
salvo en su feroz resentimiento, un resentimiento que, como el genio o la locura,
puede llevar a las personas a comportarse, repentinamente, con gran impertinencia.
Y la suya era una impertinencia femenina. Un genio, un rufián o un loco del sexo
masculino jamás se habría comportado exactamente como ella. Existe en la
naturaleza masculina, incluso en la más brutal, una propensión a la suavidad que
actúa como freno.
»Mientras la joven dormía, aquellos dos, la mujer de cuarenta años, edad de
por sí terrible, y el incorregible joven de veintitrés (también estupendamente
conectado, según creo), tuvieron una especie de pelea contenida en los aposentos ya
limpios: los armarios abiertos, los cajones vacíos, los baúles cerrados y con sus
correas, el mobiliario en desorden y ni tan siquiera un simple pedazo de papel
olvidado en alguna de las mesas. La doncella, cuyos servicios compartían la
institutriz y su pupila, tras terminar con Flora tocó a la puerta como de costumbre,
pero no le permitieron entrar. Incluso antes de llamar a la puerta les oyó discutir y
cuando le ordenaron que se retirara lo hizo de inmediato. Era la única persona de la
casa convencida en aquel momento de que “estaba ocurriendo algo”.
»En la vida topamos a veces con espacios oscuros y, por así decirlo,
inescrutables; en cualquier relato que verse sobre la vida habrá tales espacios. En el
que ahora te cuento —un episodio en medio de mis aburridas vacaciones en el
campo, que ha vuelto a mi memoria después de tantos años gracias al encuentro con
un hombre que ha sido marino— la zona oscura, inescrutable, sería la confabulación
que tuvo lugar aquella noche entre esa pareja. Podemos hacer cualquier conjetura. A
mí no me resulta difícil imaginar que esa mujer —cuarentona y al mando de la
empresa— debía estar rabiosa. Y tal vez el joven no lo estaba tanto. Es cierto que la
juventud siente las cosas con profundidad, pero no percibe con la misma intensidad
las oportunidades perdidas. Cree en la realidad absoluta del tiempo. Y además, en
aquel abominable granuja no podía existir ningún atisbo de sentimiento auténtico...
ni siquiera respecto a los contratiempos de su mezquina existencia. Debió de hacer
algún amago de risa burlona y alguna observación como: “Nos dieron gato por
liebre, está claro”. Esto hubiera bastado para provocar una buena trifulca. Luego,
quizás, otra frase dicha con sorna: “Esto se llama aprovechar el tiempo”. Y la

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consiguiente réplica de su compinche: “Pues bien que te divertías con esa mocosa”.
Algo por el estilo, ¿no crees?
Marlow me dedicó una de sus prolongadas y penetrantes miradas. La
absoluta verosimilitud de su sugerencia me tenía asombrado, pero siempre
andábamos arremetiendo uno contra el otro. Vi mi oportunidad de atacar y lo hice:
—Tienes una imaginación espantosa —comenté con una sonrisa alegremente
escéptica.
—Bien, la tengo —repuso impertérrito—, pero permíteme recordarte que me
vi envuelto en esta situación sin haberlo buscado. Me parezco a un contramaestre,
muy aturdido, que tuvimos a bordo en el viejo Samarcand cuando yo era joven. Se
pasaba la vida intentando “aclararse”, según su expresión favorita, respecto a un
montón de cosas por las que nadie se devanaría los sesos. Era un tonto, pero también
un marino avezado con grandes conocimientos prácticos. Yo era apenas un
muchacho, y me impresionaba. Debió contagiarme esa disposición a...
—Bueno... continúa tu relato —le pedí, adoptando cierto aire de resignación.
—Eso es... —Marlow retomó el hilo de inmediato—. Eso es. La mera codicia
frustrada no puede explicar los sucesos de la mañana siguiente, sucesos que no te
describiré con detalle... pero que sí procederé a relatarte en breve, y no a modo de
conjetura, sino como hechos probados. Pero antes volvamos al altercado nocturno
que tuvo lugar en las habitaciones privadas de la institutriz de la señorita De Barral.
No sé que opinarás si te digo que probablemente la desilusión los había vuelto
susceptibles, irritables el uno con el otro. Pero tal vez el secreto de la descuidada
actitud del joven tenía que ver con una idea que surgía de pronto en su interior
procurándole un profundo alivio: “Ahora no habrá nada que me impida romper con
esta vieja”. Y que el secreto de la emponzoñada ira de ella, no contra ese miserable
pero atractivo desgraciado, sino contra el destino mismo, los accidentes y el curso
entero de la vida humana, y especialmente contra De Barral y la inocente jovencita,
surgía de un pensamiento, de un miedo que clamaba en su interior: “Ahora ya no
tengo nada para retenerlo a mi lado...”
No pude negarle a Marlow, a modo de tributo, un prolongado silbido:
—Vaya, así que supones que...
Hizo un ademán de impaciencia.
—No lo supongo: fue así. De todas formas, ¿por qué no ibas a aceptar mi
suposición? ¿Acaso consideras a las institutrices criaturas situadas por encima de
toda sospecha o ejemplos de insólita perfección moral? Yo sostengo que sus

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corazones no soportarían el escrutinio mejor que cualquier otros. Por qué no iba una
institutriz a albergar pasiones, cualquier tipo de pasiones, incluso la del libertinaje,
pasiones ingobernables, reprimidas por los mismos medios que nos mantienen
controlados a todos, es decir, la educación temprana... la necesidad... las
circunstancias... el temor a las consecuencias, etc... hasta que llega una edad, un
momento, en que la contención de tantos años se hace intolerable... y un simple
encaprichamiento deviene irresistible...
—Pero si se trataba de un capricho, y admito que es probable —aduje—,
¿cómo explicas la conspiración?
—Esperas una coherencia poco usual en la conducta de las mujeres —repuso
Marlow—. Los subterfugios de una pasión amenazada son insondables. Uno piensa
que avanza en el sentido que parece avanzar, y sin embargo es capaz, en aras de sus
propios fines, de retroceder hasta un precipicio.
»Cuando uno entiende que esa institutriz no era una mujer corriente, todo se
comprende con suma facilidad. Era abominable, pero no corriente. Había sufrido
mucho en la vida, pero no por su inferioridad constante, sino por su constante
represión. Cualquier otra mujer, al encontrarse situada en una posición de dominio,
hubiera urdido los planes necesarios para convertirse en la segunda señora De
Barral, algo que, por otra parte, hubiera resultado del todo inviable, pues de Barral
no hubiera sabido qué hacer con una esposa. Sin embargo, aun si por una remota
casualidad el señor De Barral se le hubiese insinuado, nuestra institutriz lo habría
rechazado con desprecio. Siempre lo había tratado como a un ser inferior, haciendo
alarde de seguridad y con distante cortesía. A su manera, altiva e instruida,
despreciaba al padre y a la hija, mostrándoles su disgusto. De hecho tengo la
impresión de que siempre le desagradaron intensamente todos sus pupilos, incluidas
las hijas del duque —si es que de verdad había servido a un duque— con las que
deslumbró a De Barral. Qué existencia tan detestable e ingrata debió de haber sido la
suya, considerando que era una mujer tan ávida de las emociones sensuales que la
vida puede dar como la que más.
»Había visto desvanecerse su juventud, desaparecer su frescura, morir sus
esperanzas, y ahora sentía que su condenada madurez se le escapaba de las manos.
No es de extrañar que con su abundante cabellera admirablemente peinada, tan
salpicada de canas que añadían a su elegante aspecto la provocativa distinción de un
peinado empolvado... no es de extrañar, digo, que se aferrara desesperadamente a su
último capricho, aquel joven bribón y grosero, y que llegara al extremo de tramar
aquel ardid tan asombroso. El joven no estaba todavía tan degradado como para que
el empeño de aquella mujer resultase imposible. Ella esperaba enderezarlo con ese

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enorme soborno. Era una mujer tan fuera de lo corriente como para ser capaz de vivir
sin ilusiones, lo cual, por supuesto, no significa que fuera razonable. Quizás con un
secreto autodesprecio se había dicho: “Dentro de unos años seré demasiado vieja
para cualquiera. Mientras tanto, lo tendré... y lo retendré, arrojándole el dinero de esa
chiquilla vulgar, tonta e insignificante”. Bueno, era un recurso desesperado... pero
ella pensó que valía la pena. Además, es muy difícil que haya en el mundo una
mujer, no importa cuán dura, depravada o desesperada sea, en la cual no perviva
cierto instinto maternal, incombustible, como una salamandra, en la hoguera de la
pasión más desenfrenada. Sí, pudo haber también ese sentimiento hacia él. No cabe
duda. Así que repito: ¡No es de extrañar! No es de extrañar que despotricara contra
todo... tal vez incluso contra él, haciéndole reproches contradictorios: reprochándole
que se lamentase por la muchacha, una bobalicona que nunca en su vida merecería la
atención de nadie, y recriminándole a la vez que se tomara el desastre con una
ligereza cínica en la que ella percibía un deje de rebelión.
»Y así seguiría su curso el altercado en la noche, que en el fondo tenía por
objeto algo que ya era irremediable. Él preguntaría: “¿A qué viene tanta prisa? ¿Por
qué tenemos que largarnos de este modo?” Tal vez sintiese cierta lástima por la
muchacha, y estando sin blanca, como siempre, apreciaría esos cómodos aposentos y
desearía permanecer allí el mayor tiempo posible, disfrutando desvergonzadamente
de todo aquel lujo ya condenado a desaparecer. En realidad no había necesidad de
darse tanta prisa, podían esperar al menos unos días. Siempre hay tiempo para
desaparecer. A todo esto, hubo en él un atisbo de masculina compasión, una especie
de consideración hacia las apariencias que por lo visto había sobrevivido a su
degradación y que le llevó a decirle: “Por lo menos al final, compórtate con un poco
de decencia, Eliza”. En cambio, no hubo el menor asomo de compasión en aquel
rostro cetrino, bajo el efecto festivo de los cabellos empolvados, desaparecida su
habitual compostura, los ojos oscuros y ojerosos mirándolo ferozmente, llenos de
ansiedad: “¡No, no! Si es como dices, no esperaremos ni un solo día, ni una hora, ni
un instante”. Se mantuvo en sus trece, decidida a que el coqueteo entre el muchacho
y la jovencita no continuara, ya que el objeto de ese flirteo se había desvanecido;
estaba furiosa consigo misma por lo mucho que había sufrido en vano.
»Sin embargo, fue lo suficientemente razonable como para no pelearse con él.
¿De qué iba a servirle? Finalmente encontró la manera de aplacarlo. La única.
Mientras tuvieran la posibilidad de obtener algo de dinero estaría en sus manos.
“Ahora vete. Este tipo de conversación no nos hará bien. Necesito estar a solas un
rato.” Él se marchó, resignado pero molesto. Siempre había una habitación preparada
para él en el mismo piso, al final de un corto pasillo cubierto con una gruesa
alfombra.

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»No quiero ni imaginar cómo pudo pasar la noche aquella mujer, sin ninguna
ilusión que la ayudara a soportar las horas que sin duda pasó insomne. Llegó por fin
el día y esta extraña víctima del fracaso de De Barral, cuyo nombre nunca llegaría a
conocer el representante legal de los acreedores, bajó a desayunar, impenetrable y tan
perfecta como de costumbre. Desde el principio había dado por sentado que la fatal
noticia era del todo cierta. Jamás en la vida había confiado en su suerte, con ese
pesimismo propio de las personas apasionadas, que en lo más profundo de su ser se
sienten marginadas en un universo de restricción moral. Sin embargo, no por ello le
resultó más fácil enfrentarse a la confirmación del asunto cuando abrió febrilmente el
periódico matutino. ¡Sí! Allí estaba. El Orbe había declarado suspensión de pagos... y
éste era apenas el primer trueno que prometía tormenta, todavía débil, pero para los
iniciados, un presagio inequívoco del diluvio que se avecinaba. La noticia todavía no
se detallaba con indecencia. De hecho la noticia ni siquiera se detallaba. Aquel diario
serio, el único de los grandes diarios que siempre había mantenido una actitud de
reserva hacia el grupo de bancos de De Barral, tenía su “estilo”. ¡Sí! ¡Se trataba de una
nota escueta, modesta! Ahora bien, en otra página había un artículo financiero
especial, escrito en tono hostil, que comenzaba con las palabras “Siempre hemos
temido...” Y había también media columna que se abría con la frase: “Es un
deplorable signo de los tiempos...”, lo que, en efecto, constituía una clara reprimenda
a los absurdos caprichos del público inversionista. Echó un vistazo a todos esos
artículos, leyendo una línea aquí y otra allá, lo estrictamente necesario para captar,
más allá de cualquier duda, el murmullo de la inminente inundación. Varias
referencias desdeñosas a De Barral avivaron de golpe la animadversión que sentía
hacia él; fue el efecto de un apoyo moral imprevisto. ¡Ese miserable desgraciado...!

»Como comprenderás —Marlow interrumpió el curso de su relato— a fin de


que mi narración sea más completa te cuento detalles que supe más tarde gracias a la
señora Fyne, además de los que me transmitió el pequeño Fyne aquella mañana, con
su solemnidad habitual. Como ya habrás imaginado, los Fyne leyeron la noticia en
sus habitaciones aquel mismo día, y de hecho en el mismo digno periódico de
moralidad incuestionable que la institutriz consultó en la lujosa mansión al otro lado
de la calle. Claro que leyeron la noticia con un ánimo bien distinto. Los Fyne se
quedaron literalmente estupefactos. Fyne tuvo que aclararle la magnitud del suceso a
su esposa, cuya primera reacción fue de puro alivio, al pensar que la pobre muchacha
se libraría de esas personas intrigantes y terribles. La señora Fyne no tenía ni idea de
lo que podía representar verse de pronto reducido de la riqueza a la más absoluta
penuria. Fyne, que tenía al fin y al cabo una imaginación masculina, fue menos
propenso a ese regocijo extravagante por el hecho de que la muchacha se salvara de

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los peligros morales que amenazaban su indefensa existencia. Era un precio
desmesuradamente alto el que habría de pagar. ¡Qué desafortunada era la pobrecilla!
“Tendremos que hacer algo para consolar a esa pobre niña, al menos mientras
todavía esté aquí”, dijo la señora Fyne. Sentía la obligación moral de no permanecer
indiferente. Pero lanzándose a la calle a esas tempranas horas de la mañana no
podrían brindar consuelo a nadie, así que, siguiendo el consejo de Fyne, para quien
lo fundamental era no actuar con precipitación, permanecieron sentados ante la
ventana contemplando, profundamente conmovidos, la enorme mansión, a sus ojos
ahora imponente y terrible, en su imperturbable, próspera y cara respetabilidad, pero
con la ruina llamando a su puerta.
»Para entonces, o muy poco después, todo Brighton se había enterado del
asunto y se había hecho una idea más o menos justa de su gravedad. El mayordomo
de la gran casa de la señorita De Barral había visto la noticia, probablemente antes
que cualquier otra persona en una milla a la redonda, durante el curso de sus deberes
matutinos, uno de los cuales era secar ante el fuego el diario recién recibido; como
cualquier hombre inteligente no perdía en aquella ocasión la oportunidad de echarle
un vistazo. Comunicó al resto de la casa su impresión vagamente contundente de
que algo le estaba yendo endemoniadamente mal “al padre de la muchacha, en
Londres”.
» Esto creó una atmósfera de frialdad en toda la casa, que Flora de Barral, al
bajar un poco más tarde que de costumbre, no pudo dejar de notar e interpretar a su
modo. Todos parecían mirarla estúpidamente por alguna razón; la muchacha
simplemente se temió que el día iba a resultar aburrido.
»En el comedor, la institutriz ocupaba su sitio, con el diario en su regazo
semioculto bajo el mantel; tras dirigirle unas pocas palabras sin apenas mover los
labios, permaneció con los ojos fijos en el vacío, sumida en un profundo silencio. Al
rato entró Charley, y ella ni siquiera le dedicó una mirada. El joven apenas dio los
buenos días, aunque hizo un débil intento de sonreír a la joven; se sentó frente a ella
y mantuvo los ojos fijos en el plato. Podían apreciarse ligeros temblores en su barbilla
recién afeitada, y tampoco parecía tener nada que decir. Era aburrido, terriblemente
aburrido, comenzar el día así, y ella ya sabía la causa. ¡Esos interminables asuntos de
familia! No era la primera vez que le tocaba soportar las deprimentes consecuencias
de esos asuntos. Era una pena que el adorable Charley se dejase desanimar por esas
estúpidas conversaciones y permitiera que su tía lo importunara de ese modo.
»Después de un rato de absoluta inmovilidad, tal vez calculado, la institutriz
se levantó de repente y se marchó con el diario en la mano. Charley la siguió casi
inmediatamente, dejando el desayuno a medias, y la joven sintió un verdadero alivio.

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Cualquiera que fuese el asunto lo resolverían a lo largo de la mañana y por la tarde
volverían a ser los mismos de siempre. Al menos Charley. A los cambios de humor
de su institutriz nunca les había dado mayor importancia.
»Por primera vez aquella mañana los Fyne vieron abrirse la puerta principal
de la terrible casa y salir por ella al desagradable joven; ante esos ojos llenos de
prejuicios la bribonería del jovenzuelo resultaba evidente hasta en el bombín y el
elegante corte de su chaqueta color beige. Se alejó con rapidez, como quien se
apresura para no perder el tren, mirando a ambos lados como si escondiera algo de
valor. ¿Acaso se iba para siempre? ¡Sin duda, sin duda! Pero el ferviente “gracias a
Dios” de la señora Fyne resultó ser un poco, como dicen los americanos —o al menos
algunos americanos— “prematuro”. Al poco rato el detestable sujeto volvió a
aparecer, esta vez paseándose, claramente paseándose, con el sombrero un poco
ladeado y un aire de ociosa satisfacción. Al verlo, la señora Fyne emitió un gruñido,
no sólo espiritual sino también perfectamente audible, y le preguntó a su esposo qué
podía significar su regreso. Fyne, naturalmente, no lo sabía. La señora Fyne estaba
convencida de que tramaba algo horrendo; entretanto, el objeto de su aversión había
subido los peldaños y llamaba a la puerta, que de inmediato se abrió para dejarle
entrar.
»Solamente había ido al banco.
»La razón de que dejara el desayuno sin terminar para correr tras la institutriz
de la señorita De Barral era hablar con ella sobre ese recado que a sus ojos revestía la
mayor importancia. Se encogió de hombros ante el nerviosismo de los ojos y las
manos de ella, ante su murmullo semiahogado: “Tuve que salir. Apenas podía
contenerme”. Eso era asunto de ella. Con la susceptibilidad propia de un joven,
sentía cierta repugnancia ante su ferocidad. No la comprendía. Los hombres no se
entretienen en acumular pequeñas dosis de odio unos contra otros, atesorando cada
pizca cuidadosamente hasta que al fin obtienen un caudal monstruoso y explosivo.
Corrió tras ella simplemente para recordarle el saldo del banco. ¿Y si retiraran el
dinero sin dejar pasar un minuto más? Ella le había prometido no dejar nada al
marcharse.
»De Barral había alimentado con deferente prodigalidad una cuenta abierta a
nombre de la institutriz para los gastos de la casa de Brighton. La institutriz cruzó el
amplio vestíbulo para entrar en una pequeña habitación donde se sentó a
cumplimentar un cheque que el joven se apresuró a salir a cobrar como si fuera
robado o falso. Su evidente nerviosismo cuando los Fyne lo vieron abandonar la casa,
se debía a que su primer percance con la justicia tuvo que ver con un cheque de
autenticidad dudosa, por tanto, estar en posesión de un documento de idéntica

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índole le hizo sentirse inquieto hasta el momento en que pudo cobrarlo. De hecho,
aunque fuera de modo indirecto, estaban robando, porque aquel dinero pertenecía a
De Barral aunque la cuenta estuviera a nombre de la astuta dama. En cualquier caso,
el cheque pudo cobrarse. En cuanto el joven tuvo en su posesión los billetes y el oro,
recuperó su garboso porte, pues es bien sabido que en algunas naturalezas la
presencia de dinero en el bolsillo —incluso si es robado— actúa como un tónico, o al
menos como un estimulante. Se ladeó un poco el sombrero, como si hubiera bebido
uno o dos tragos... algo que en realidad pudo haber hecho, para celebrar la ocasión.
»La institutriz había estado esperando su regreso en el salón, haciendo caso
omiso de las miradas de reojo que le lanzaba el mayordomo mientras entraba y salía
quitando la mesa del desayuno. Fue ella misma quien se apresuró a abrir la puerta.
“Todo ha ido bien”, dijo él, tocándose el bolsillo de la chaqueta y ella, la infeliz
desdichada carente de ilusiones, ni siquiera se atrevió a pedirle que le entregara el
dinero. Se miraron uno al otro en silencio. Él hizo un gesto expresivo con la cabeza:
“¿Dónde está ahora?” Y ella murmuró, con una mirada oscura y maliciosa: “En el
salón. ¿Quieres verla?” Él le respondió con un susurro malhumorado: “¿Para qué
demonios querría verla? ¿No querías largarte? ¿A qué estamos esperando?”
»Ella apretó los labios en un gesto obstinado y cruel y movió la cabeza. Tenía
una idea, un plan bien elaborado. Fue entonces cuando los Fyne, todavía en la
ventana observándolo todo como una pareja de detectives privados, vieron a un
hombre de larga barba gris y rostro jovial subir los peldaños de la entrada
ayudándose de un grueso bastón y llamar a la puerta. ¿Quién podría ser?
»Era uno de los profesores de la señorita De Barral. Últimamente se había
interesado por la acuarela, tras haber leído en un semanario femenino de clase alta
que muchas de las princesas de las casas reales de Europa cultivaban ese arte.
Aquella mañana tenía clase de acuarela; el profesor, un veterano que había hecho
muchas exposiciones, de aspecto venerable y jovial, acudía con la puntualidad de
costumbre. No acostumbraba a leer los diarios matinales e incluso, de haber visto la
noticia, probablemente no habría entendido su verdadero alcance. La cuestión es que
ahí estaba, tal como la institutriz había previsto, y los Fyne lo vieron atravesar la
fatídica puerta.
»Se inclinó cordialmente ante la dama encargada de la educación de la
señorita De Barral, a quien encontró conversando con un joven caballero de muy
buen ver pero con cierto aire de tunante. Ésta se volvió hacia él con gentileza: “Flora
lo espera en el salón”.
»El cultivo de aquel arte que al parecer apreciaban las princesas se realizaba
en el salón, por ser allí donde la luz resultaba más adecuada. La institutriz acompañó

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al profesor por las escaleras hasta la estancia donde lo esperaba la señorita De Barral,
ataviada con un delantal de lienzo —del todo adecuado para dicho arte— y
sonriendo expectante. La lección de acuarela, animada por la divertida conversación
del amable y simpático anciano, siempre era muy agradable, y Flora pensó que la
compensaría de aquel aburrido comienzo del día.
»La institutriz casi siempre estaba presente durante la clase, pero en aquella
ocasión sólo permaneció sentada hasta que el maestro y la pupila comenzaron a
trabajar con ahínco; entonces, como si de repente se acordara de algo que no había
hecho, se levantó en silencio y abandonó la estancia.
»Una vez a fuera, ordenó a la doncella que reuniera a los sirvientes sin ni
siquiera hacer sonar la campanilla, pidió que llamaran un coche de alquiler y les hizo
bajar todo el equipaje al vestíbulo. La institutriz permanecía de pie en el rellano de la
escalera, junto a la puerta del salón, atenta a cada uno de los baúles y maletas de
cuero, con el ceño fruncido y una expresión tan sombría y absorta que el mayordomo
tuvo que hacer acopio de todo su valor para dirigirse a ella. Tras dudarlo un instante,
decidió que era un ciudadano británico libre y que tenía sus derechos, así que le
habló sin rodeos, aunque con su habitual actitud respetuosa.
»—Disculpe, señora... pero, ¿se marcha definitivamente?
»Y se quedó de una pieza ante el tono que ella adoptó al contestarle. Su
inesperada dureza, del todo impropia de una dama, le sonó tan desagradable como
una nota desafinada.
»—Sí, me marcho. Y lo mejor que podrían hacer ustedes es marcharse
también. Pueden irse ahora, en este mismo momento. La semana pasada recibieron
su salario. Cuanto más tiempo se queden mayor será la pérdida, pero yo no tengo
nada que ver con eso. Son ustedes sirvientes de De Barral...
»El mayordomo se quedó atónito ante el consejo y, al dirigir su mirada hacia
la puerta del salón, la institutriz extendió un brazo como para bloquearle el paso.
“Ahí no entra nadie.” Y el tono que empleó al decirlo hizo que el mayordomo
perdiera toda la apostura de su porte y la mirara con auténtico asombro. “Nadie
entrará allí hasta que yo me haya ido”, añadió, y la expresión de su rostro consiguió
intimidar del todo a aquel hombre. Éste se encogió ligeramente de hombros y, sin
más palabras, bajó las escaleras camino del sótano; al pasar por el vestíbulo se topó
con el señor Charles, que con el sombrero en la cabeza y ambas manos metidas en los
bolsillos del abrigo caminaba de un lado a otro como un centinela de guardia.
»La doncella era la única que se había quedado en el piso de arriba, rondando
por el pasillo, como curiosa y fascinada ante la presencia de aquella mujer que

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vigilaba la puerta. Cuando la institutriz le ordenó en tono imperioso que se acercara
y le pidió que le trajera, de las habitaciones ya vacías, su velo y su sombrero, únicos
objetos que quedaban allí además del mobiliario, obedeció en silencio pero con gran
agitación interior. Y mientras esperaba inquieta, sosteniendo el velo, a que aquella
mujer, sin separarse de la puerta del salón, se colocara el sombrero, con prisa y sin
mucho cuidado, pudo oír la risa de la señorita De Barral, que disfrutaba la que sería
la última lección de acuarela impartida por el jovial anciano.
»El señor y la señora Fyne, haciendo guardia ante la ventana —ocupación por
completo insólita en gente de su clase—, observaron, con renovada ansiedad, que un
coche se detenía ante la puerta y era cargado con abundante equipaje. El mayordomo
apareció un instante y luego volvió a entrar. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Iban a
llevar a Flora al encuentro de su padre o tal vez aquella gente, esa mujer y su terrible
sobrino, se la llevaban a algún otro sitio? Fyne lo ignoraba. Pero aquella segunda
posibilidad resultó del todo inviable, pues consideraba que Flora no tenía ya ningún
valor, ni positivo ni especulativo. Aunque no era muy perspicaz juzgando el carácter
de la gente, intuía que la institutriz no tenía ningún tipo de intención altruista. Me
confesó, con ingenuidad, que en aquel momento había sentido la misma excitación
que uno siente al asistir a una representación teatral. De pronto se le ocurrió que tal
vez la joven tuviera algún dinero de su propiedad, algunos recursos, quién sabe si
alguna pequeña fortuna, y que por tanto...
»Comunicó esta teoría a su esposa, quien compartió plenamente su
consternación.
»—No puedo creer que la niña se marche sin venir corriendo a despedirse de
nosotros —murmuró—. ¡Tenemos que averiguar qué sucede!— Iré a preguntárselo.
»Pero en ese preciso momento el coche partió, sin nadie en su interior, y la
puerta de la casa, que hasta entonces había permanecido ligeramente entreabierta, se
cerró de golpe.
»Ambos permanecieron mirándola en silencio hasta que la señora Fyne, sin
parecer demasiado segura, susurró: “De verdad creo que deberíamos ir a ver qué
pasa”. Fyne estuvo un buen rato sin responderle —es un hombre de talante reflexivo,
ya sabes— y de pronto, como si los susurros de su esposa tuvieran algún poder
oculto sobre la puerta, ésta se abrió y el hombre de barba blanca, con una agilidad
sorprendente, salió usando el bastón casi como una pértiga al bajar los peldaños, y se
alejó por la calle cojeando a toda prisa. Naturalmente, los Fyne se hallaban
demasiado lejos para apreciar la expresión de su rostro, pero tampoco les habría sido
de gran ayuda para adivinar la atmósfera que reinaba dentro de la casa. Su expresión
era de divertida perplejidad... nada más.

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»Y es que al terminar su lección, tras tomar su fiel bastón y abandonar el salón
con su habitual vivacidad, estuvo a punto de estamparse contra la espalda de la
institutriz de la señorita De Barral. Por suerte pudo detenerse a tiempo y ella se giró
con rapidez. Fue de lo más embarazoso; él le pidió disculpas, pero ella ni siquiera
parecía haberle visto. En su rostro había una expresión de lo más singular que hizo
que el profesor se quedara inmóvil durante un instante. A fin de ocultar su
azoramiento, éste hizo un comentario banal acerca del tiempo; pero en lugar de
responderle con alguna banalidad semejante, de acuerdo con las reglas tácitas del
juego, ella se limitó a dedicarle una sonrisa de lo más enigmática. La situación no
podría haber sido más extravagante. En el vestíbulo, el apuesto joven de aspecto
dudoso ni siquiera reparó en él. No se veía ni un solo criado. Salió sin que nadie lo
acompañara hasta la puerta y dio un estrepitoso portazo para lograr cerrarla bien.
»Cuando se hubo extinguido el eco del golpe, la institutriz, todavía en el
pasillo, se inclinó sobre la barandilla de la escalera y con cierta amargura en el tono
se dirigió al hombre que se encontraba abajo: “¿No quieres subir a despedirte?” A él
se le escapó un gesto de impaciencia con los hombros y continuó caminando de un
lado a otro como si no hubiera oído nada. Pero de repente se detuvo, permaneció
inmóvil un instante y, con el rostro sombrío y sin sacar las manos de los bolsillos,
subió a paso vivo la escalera. Una vez estuvo frente a la puerta, la mujer se volvió
hacia él y le susurró con sarcasmo: “¡Vamos! Confiesa que te morías por volver a ver
su estúpida carita”... a lo que él no se dignó responder.
»Flora de Barral, sentada todavía ante la mesa donde había estado trabajando
su boceto, levantó la cabeza al oír que la puerta se abría. La brusquedad con que los
dos irrumpieron en la estancia fue para ella toda una novedad. Los conocía muy
bien. De hecho conocía a aquella mujer mejor que a su padre. Había entre ellas toda
la intimidad que puede haber sin llegar a la proximidad del verdadero afecto. El
encantador Charley entró con los ojos fijos en la espalda de la institutriz, cuyo velo
levantado le ocultaba la frente con una franja color café sobre la línea negra de las
cejas. La joven quedó atónita y alarmada al descubrir una expresión por completo
desconocida en el rostro de aquella mujer. La vehemencia de la pasión suele revelar
aspectos de la personalidad del todo insospechados hasta para los más íntimos. De
sus ojos, y también del rostro que asomaba detrás de ella manteniendo los párpados
entornados de una manera siniestra, brotaba algo así como una emanación del mal
que alcanzó de lleno a la pobre muchacha, liberando en ella ese explosivo terror
irracional que yace oculto en el fondo de todos los corazones humanos y también en
el de los animales. Sus pupilas se agrandaron de repente y se puso en pie de un salto
como un cervatillo asustado, encontrándose de pronto en el centro de la enorme
habitación preguntando a aquellos extraños a la vez familiares y desconocidos:

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»—¿Qué es lo que quieren?
»Habrás reparado en que he dicho que les preguntó qué querían y no qué
había ocurrido. La muchacha le explicó a la señora Fyne que de repente tuvo la
sensación de que iba a ser atacada, lo cual sin duda le resultaría aterrador, pues la
mujer que tenía ante sí había sido hasta entonces la viva imagen de la prudencia, la
autoridad, la protección y la seguridad.
»Podrás imaginarte entonces la magnitud del susto, no sólo al intuir un
peligro inminente, sino también al sufrir la pérdida de la sensación de seguridad. Y
no sólo de seguridad. No sé cómo explicarlo de manera sencilla. Piensa que hasta los
niños viven, juegan y sufren en función de los términos en que conciben su propia
existencia. Imagina, si puedes, algo que de repente aparece y es capaz de hacer añicos
esa concepción. Sólo porque la muchacha era en el fondo todavía una niña pudo
salvarse de la destrucción mental, sólo por eso, en otras palabras, pudo superarlo. De
haber sido más madura, e igual de inocente, hubiera quedado tarada antes de que
todo aquello terminase. Por suerte las personas, maduras o no —¿y quién llega a
madurar verdaderamente?— en su gran mayoría son incapaces de comprender lo
que les ocurre: todo un detalle compasivo por parte de la naturaleza, que nos ayuda
así a conservar la estricta cordura necesaria para cumplir con los propósitos básicos
de este mundo...
—Pero tenemos, mi querido Marlow, la inestimable ventaja de comprender lo
que les ocurre a los demás —le interrumpí—. Al menos algunos parecemos tenerla.
¿También esto se lo debemos a la compasiva naturaleza? ¿Y con qué fin? ¿Tal vez
para que nos entretengamos hablando de los asuntos de los demás? Tú, por ejemplo,
pareces...
—No sé qué parezco —me detuvo Marlow—. Sin duda hay que entretenerse
de alguna forma. Aunque esa capacidad que dices nos sirviera sólo para
entretenernos, ese ya sería un buen propósito. Pero de dicha capacidad de
comprensión surge en nosotros la compasión, la caridad, la indignación, el
sentimiento de solidaridad y, en todo espíritu generoso, esa indulgencia tan cercana
al afecto. No quiero decir que me incline a contemplar con indulgencia a la peculiar
pareja que de aquel modo se precipitó sobre una joven desprevenida. Ambos
avanzaron con resolución —esa es la expresión que utilizó después la muchacha al
hablar con la señora Fyne— pero un grito de ella los hizo detenerse en seco. Tuvo
que sorprenderles enormemente. Fue como si les arrancaran la máscara de la forma
más inesperada. Él se quedó petrificado, incapaz de dar un paso más. En cuanto a la
institutriz, si bien ya había entrado allí con el firme propósito de dejar caer su
máscara, interpretó aquel grito de espanto como una nueva provocación:

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»—¿Por qué gritas, pequeña estúpida? —exclamó acercándose a la joven, que
estaba tan afectada como si acabase de ver la cabeza de Medusa, con sus rizos de
culebras, misteriosamente colocada sobre los hombros de una persona del todo
familiar, con su vestido color café y aquel sombrero que tan bien conocía. Esto la hizo
perder completamente la noción de la realidad.
»—No sabía ni dónde estaba —le contó a la señora Fyne—. Ni siquiera sabía
que estaba asustada. Si en aquel momento ella me hubiera dicho que todo era una
broma me habría echado a reír. Si me hubiera pedido que me pusiera el sombrero
para salir con ella, me lo habría puesto y la habría acompañado sin decir palabra;
hubiese preferido convencerme de que simplemente yo había sufrido un instante de
locura y hubiera preferido vivir con esa preocupación antes que sospechar algo de
ella o de cualquier otro. Pero la muy canalla acercó su rostro al mío y yo ya no pude
moverme. En cuanto me enfrenté a sus ojos, me sentí como pegada a la alfombra.
»Pasaron años antes de que le contara todo esto a la señora Fyne... y sólo a
ella. Nadie más escuchó la historia de sus labios. Pero ella jamás consiguió olvidarla.
Permanecería como una marca en su alma, como una especie de herida mística para
ser contemplada, para meditar sobre ella. También confesó a la señora Fyne, en el
curso de las muchas confidencias provocadas por esa contemplación, que los insultos
de aquella mujer eran casi un alivio, una especie de consuelo. Su imaginación y su
cuerpo se habían encontrado de pronto ante algo completamente desconocido y
escuchar aquellos insultos, que al fin y al cabo no eran más que insolencias de una
lengua viperina, calmaba la conmoción interior de todo su ser.
»—Me llamó pequeña estúpida más veces de las que soy capaz de recordar.
¡Estúpida yo, señora Fyne! Le aseguro que hasta entonces no había pensado jamás en
nada, en nada en absoluto. Me limitaba a vivir. Y uno no puede ser estúpido si ni
siquiera ha intentado pensar. ¿Pero en qué habría podido pensar yo?
»Sin duda —comentó Marlow— su vida había sido sólo una vida de
sensaciones... y limitarse a reaccionar ante sensaciones no puede calificarse de
estúpido o de sabio. La respuesta sólo puede ser temperamental; y en cuanto, a su
temperamento, creo que era una joven en general alegre, una muchachita normal y
corriente. Incluso cuando aquella mujer le preguntó con violencia si creía que había
algo en ella, aparte de su dinero, que pudiera interesar a una persona medianamente
inteligente, ella se limitó a contener la respiración y reprimir un sollozo, sin apenas
moverse. Cuando fue brutalmente acusada de ser una criatura de corazón, mente,
carácter y apariencia completamente corriente e insípida, lo soportó sin ira ni
indignación. Se comportó como un recipiente frágil y pasivo donde la otra pudo
verter todo el desagrado que había acumulado hacia todas sus pupilas, todo el

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desprecio ante quienes alguna vez la habían empleado —incluido el duque—, todo el
resentimiento acumulado, el odio infinito almacenado durante todos aquellos años
de hipocresía en los que no hallaba ningún alivio... no, no diré de hipocresía. La
práctica de la hipocresía es de por sí un alivio, una secreta victoria, de las más viles,
sin duda, aunque también puede ser una buena forma de responder ante las
exigencias de la moral vulgar que tanto nos hace sufrir a algunos.
¡No! Diré que fueron años apasionados y amargos, años de contención, de una
contención férrea, sabiamente ejercida en todo momento, a través de la más absoluta
corrección en el discurso, las miradas, movimientos, sonrisas, gestos... Años en los
que supo forjarse una excelente reputación, un impresionante historial de éxitos en
su esfera. Había sido como vivir semiestrangulada durante años.
»¡Y toda esta tortura al final para nada! Aquel premio que parecía aproximarse
—¡oh, sin ilusiones!, pero de todos modos un premio— se le había roto entre las
manos, convirtiéndose en polvo, el amargo polvo del desengaño. Se deleitaba ahora
únicamente en la miserable venganza —una venganza que parecía segura—
lamentando tan sólo la insignificancia de aquella jovencita que representaba todo
aquello que durante tanto tiempo había ansiado cubrir de envenenados escupitajos,
aunque sólo fuera por una vez en su vida. La presencia del joven, de pie tras ella,
aumentaba a un tiempo su satisfacción y su ira. Pero la violencia misma del ataque
estropeó su propósito, porque de alguna manera insensibilizó a la víctima. Como la
muchacha ignoraba por completo cuál podía ser la causa de semejante atropello, su
actitud era en efecto de una estupidez redomada. Y de hecho es cierto que los peores
golpes de la vida suelen recibirse sin protestas ni grandes aspavientos, sin una
corriente de lágrimas y las convulsiones de los sollozos. Y la insaciable institutriz
echaba en falta enormemente todos esos signos. Esa impasibilidad lastimosa era sólo
una provocación más. Sin embargo, la pobre muchachita estaba mortalmente pálida.
»—Me quedé helada —explicaría después a la señora Fyne—. Hubo un
momento aterrador. Acercó tanto su cara a la mía que sus dientes parecían estar a
punto de morderme. Sus ojos se habían vuelto secos, duros y pequeños, perdidos
entre un montón de espantosas arrugas. Tenía tanto miedo que no podía ni temblar,
ni siquiera fui capaz de taparme los oídos con las manos. No sabía qué insultos
seguiría profiriendo. Cuando me dijo que no era más que una miserable pordiosera...
que ya no habría más maestros, ni sirvientes, ni paseos a caballo... me pregunté: ¿Eso
será todo? Me habría echado a reír, de no ser incapaz de emitir un solo sonido por
culpa del miedo.
»Parece que la desgraciada Flora experimentó todos los matices de la angustia,
desde el pánico instintivo hasta el terror extremo que nos conduce a la prudencia,

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pasando por la etapa de desconcierto, la de parálisis total y la de mórbida palidez.
Pero cuando oyó que la acusaban de ser la hija de un tramposo y un estafador, sintió
de pronto tal repugnancia que sin darse ni cuenta lanzó un chillido: “¡No hable así de
Papá!”
»El esfuerzo la arrancó de la gruesa y lujosa alfombra en que parecían haberse
quedado clavados sus pies y se retiró a un rincón, desde donde siguió repitiendo:
“¡No lo haga! ¡No lo haga!”, como totalmente fuera de sí. Al toparse con una silla se
dejó caer en ella. Entonces los gritos cesaron y la muchacha se abandonó
completamente, exhausta y como ciega, en una habitación sumida en el silencio,
ajena a todo y sin un solo pensamiento en la cabeza.
»Le pareció que los segundos que siguieron duraron una eternidad; un negro
abismo de tiempo hasta que vio reaparecer a la institutriz y renacer su miedo. Y
aquella mujer mascullaba las palabras a través de los dientes apretados:
»—¡Que no hable de él, que no hable de él...! Todo el mundo hablará de él
mañana. Todos dirán lo mismo que yo, y hasta saldrá publicado en los periódicos. Lo
escucharás y lo leerás... y entonces sabrás de quién eres hija.
»Su rostro se iluminó con atroz satisfacción.
»—Ese padre tuyo no es más que un ladrón —gritó—. En cuanto a ti, no me
engañaste ni un momento. Cada vez me resultabas más repulsiva. Eres una persona
insignificante, estúpida y vulgar, y vas a volver a ocupar el lugar que te corresponde,
el lugar rastrero del que surgiste, y conseguirás tu pan sólo a fuerza de mendigarlo...
si es que encuentras algún alma caritativa que se apiade de ti, cosa que dudo...
»Y hubiera continuado, sin atender a los ojos como platos y la boca abierta de
la muchacha, que de repente se levantó con una palidez mortal y la expresión llena
de espanto de alguien que se está ahogando por la presión de una mano invisible en
la garganta. El impacto que tuvo esta escena en su constitución fue tan profundo, me
dijo la señora Fyne, que aunque de niña había tenido una hermosa y delicada tez,
durante los dos años siguientes siempre anduvo con el semblante pálido y sin vida, y
después siempre sería propensa a adquirir una blancura fantasmal ante la menor
emoción. La abominable escena llegó a su fin gracias al desolado y lastimoso grito
que lanzó la pobre muchacha implorando ayuda: “¡Charley! ¡Charley!”. El quejido
brotó de su garganta contraída con gran dificultad. Sus enormes ojos lo habían
descubierto allí donde había permanecido todo el tiempo, mudo e inmóvil.
»Él salió de su inmovilidad retirando bruscamente una mano del bolsillo de su
chaqueta. Se acercó a la mujer, la agarró del brazo y le dijo en un tono duro y
autoritario: “Vámonos, Eliza”. Al instante la muchacha los vio salir juntos por la

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puerta, que no escuchó ni vio abrirse ni cerrarse. Pero se había cerrado, sí.
Lentamente su mirada perdida vagó por todo el salón. Permaneció durante un rato
inclinada hacia delante, intentando reunir fuerzas, dudando de si podría ponerse en
pie. Al fin lo hizo. A su alrededor todo parecía dar vueltas en medio de un opresivo
silencio. Recordaba perfectamente, según explicó a la señora Fyne, que, aferrada al
brazo de la silla, llamó varias veces a su padre. Al darse cuenta de que estaba lejos,
en Londres, todo a su alrededor pareció inmovilizarse. Entonces, súbitamente
aterrorizada ante la soledad del salón vacío, salió corriendo a ciegas.

»Con la fatal irresolución para hacer el bien inherente a la condición humana


actual, los Fyne continuaban vigilando desde su ventana. “Siempre es tan difícil
saber qué es lo mejor que uno puede hacer”, me aseguró Fyne. Y así es. Las buenas
intenciones siempre encuentran obstáculos, mientras que cuando uno desea hacer el
mal a alguien no tiene por qué vacilar. Lo hace y punto. Nadie le reprochará sus
errores ni lo tachará de torpe o maldito entrometido. Los Fyne seguían atentos a la
puerta que daba a la calle, cerrada y de algún modo hostil a sus benévolos
pensamientos, el rostro cruelmente impenetrable de aquella mansión. El
imperturbable aspecto de las cosas inanimadas es tan impresionante a veces que
Fyne se apartó un momento de la ventana, cogió de nuevo el diario y volvió a ojear la
noticia. No había lugar a dudas. Aquello tenía muy mala pinta. Regresó a la ventana
junto a su esposa que, aunque estaba agotada, seguía allí, dispuesta a asumir su
responsabilidad. Sólo que no se atrevía a sugerir nada. Como todos, temía
espantosamente cualquier desaire, así que sólo era audaz de pensamiento, pues se
encogía con sólo pensar en la incomparable insolencia de la institutriz. Fyne se
mantuvo a su lado, como en aquellas fotografías antiguas de matrimonios, donde se
ve al marido con la mano en el respaldo de la silla de su esposa. Y permanecieron así,
tan inmóviles e ineficaces como una fotografía vieja, hasta que la señora Fyne tuvo
un ligero sobresalto. La puerta de la calle acababa de abrirse, dando paso al
detestable joven, que llevaba el sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Detrás
de él apareció la institutriz, que se volvió para cerrar la puerta con cuidado. Mientras,
el joven bajó los peldaños blancos y caminó por la calle con las manos metidas hasta
el fondo de los bolsillos de su abrigo de color beige. La mujer, aquella mujer de
movimientos tan calculados y esa pose de superioridad, echó una carrerita para
alcanzarlo y, en cuanto lo hizo, intentó introducir la mano bajo su brazo. La señora
Fyne observó el brusco movimiento del joven, el gesto de alguien que desea evitar un
contacto inoportuno. La mujer no volvió a intentarlo, pero avivó el paso para seguir a
su lado, y la señora Fyne los observó, caminando separados, hasta que giraron la
esquina y desaparecieron para siempre.

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»Los Fyne intercambiaron miradas elocuentes e inquisitivas. ¿Qué había que
pensar de aquello? Al momento, como si se hubieran puesto de acuerdo, volvieron a
dirigir la vista hacia la puerta, cerrada, maciza, oscura; la gran aldaba de bronce claro
brillaba iluminada por un quieto rayo de sol atravesado por una línea de pesada
sombra, que llegaba hasta el extremo más alejado de la calle. ¿Se habría ido ya la
joven? ¿La habrían enviado con su padre? ¿Tendría otros parientes? Nadie salvo el
propio De Barral iba jamás a visitarla, se dijo la señora Fyne, e instantáneamente
sintió una compasión profunda, maternal, ante la soledad de aquella criatura... ¡para
colmo una niña! No podía soportarlo. Además, la partida de la institutriz le dio
coraje. “Voy ahora mismo a ver qué ocurre”, declaró con resolución, pero con la vista
todavía fija al otro lado de la calle. Pero al ver que aquella puerta terrible, de brillo
sombrío, se abría de repente sobre la enorme oscuridad del vestíbulo, permaneció
donde estaba. Una pequeña figura envuelta hasta la barbilla en un delantal de lienzo,
con el cabello suelto y despeinado, salió literalmente volando, sin apenas tocar los
blancos peldaños de la entrada, y pasó como una flecha junto a una farola, junto al
buzón rojo... “¡Deprisa! —gritó la señora Fyne—. ¡Viene hacia aquí! ¡Corre, John!
¡Rápido!”
»Fyne salió de la habitación dando brincos. Ésas fueron sus propias palabras.
¡Dando brincos! Me lo aseguró, intensificando su habitual solemnidad, y lo cierto es
que la imagen del bajito y musculoso Fyne dando brincos por los estrechos pasillos y
escaleras de un pequeño hotel tuvo que ser un espectáculo por el que cualquier
persona codiciosa de impresiones memorables hubiese estado dispuesta a pagar.
Pero mientras lo miraba, conteniendo el deseo de reír que asomaba ya a mis labios,
me pregunté cuántos hombres serían capaces de comprometer su seriedad por la
insignificante hija de un financiero arruinado, sobre cuya cabeza se cernía ya un
negro nubarrón. Así que no me reí del pequeño Fyne, sino que lo alenté a continuar:
“¿De veras? Muy bien... ¿Y entonces?”
»Su principal intención fue en primer lugar ahorrarle a la joven cualquier
intromisión desagradable. Abajo había un portero y varios botones; en el pasillo
había varios clientes que se marchaban, con sus equipajes; un ómnibus que se dirigía
a la estación de ferrocarril esperaba ante la puerta; camareros de pechera blanca
trajinaban en la entrada.
»Llegó a tiempo. Estaba en la puerta antes de que ella llegase, con su ciega
precipitación. La muchacha no lo reconoció; tal vez ni siquiera lo vio. Fyne la tomó
del brazo cuando ella pasó corriendo a su lado y, mostrando gran sensatez, no
intentó frenarla, sino que se limitó a subir las escaleras con ella a gran velocidad,
provocando infinita consternación a su paso. La gente intentaba apartarse. No sé qué

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pensarían ante semejante espectáculo: un hombre de mediana edad arrastrando por
las escaleras de un hotel respetable a una jovencita aterrada, a todas luces menor de
edad. A Fyne —él mismo me lo dijo— le tenía sin cuidado lo que pensara la gente. Lo
único que quería era llegar junto su esposa antes de que la joven se desplomara.
Durante un rato ella corrió a la par de él, pero en el último tramo, tuvo que llevarla
casi en brazos. La señora Fyne aguardaba en la puerta con el rostro impasible y la
natural disposición para hacer frente a cualquier tipo de responsabilidad que la
caracterizaba ya mucho antes de que se convirtiera en una teórica inflexible. Aliviado
al ver cumplida su misión, Fyne cerró la puerta apresuradamente.
»Pero al poco rato los Fyne se asustaron. Tras permanecer un rato inmóvil en
brazos de la señora Fyne, la muchacha, que no había pronunciado palabra, se
deshizo bruscamente de aquel abrazo ligeramente rígido. Luchó terriblemente contra
ellos, no sabían por qué, sin emitir un solo sonido, hasta desmoronarse, agotada,
sobre el diván. Por suerte las niñas habían salido con las dos niñeras. La criada del
hotel ayudó a la señora Fyne a meter a Flora de Barral en la cama. Era como si se
hubiese quedado muda y perturbada. Permaneció tendida boca arriba, con el rostro
blanco como una hoja de papel y los ojos oscuros fijos en el techo; su espantosa
inmovilidad sólo era interrumpida por súbitos escalofríos y temblores, acompañados
de un fuerte castañeteo de dientes. La habitación estaba silenciosa y en sombras, ya
que habían bajado las persianas, y la señora Fyne permanecía sentada pacientemente
al lado de la niña, con los brazos cruzados, completamente conmovida en su interior
ante aquella indescifrable angustia, para la que no hallaba palabras, diciéndose para
sus adentros: “Esta niña es demasiado emotiva... ¡demasiado emotiva como para
estar completamente cuerda!” Como si alguien que no fuera de piedra pudiera estar
completamente cuerdo en este mundo. ¿Y cuerda en qué sentido? ¿Para resistir qué?
¿La fuerza o la corrupción? Además, incluso en la mejor armadura de acero hay
junturas por las que puede penetrar un golpe traidor, si así lo quiere el azar.
»Las consideraciones generales nunca alteraban demasiado a la señora Fyne.
Como la muchacha no estaba en condiciones de ser interrogada, ella se limitó a
esperar junto a la cama. Fyne se dirigía hacia la casa, pues gracias a la ansiedad por
descubrir lo que había sucedido pudo vencer todos sus escrúpulos. Ni siquiera tuvo
que tocar la aldaba; la puerta estaba abierta, dejando entrever la penumbra del
vestíbulo; entró y no vio a nadie, ya que los sirvientes se habían reunido en el sótano.
Desde allí oyeron la profunda voz de Fyne. Apareció el mayordomo, en mangas de
camisa; al principio lo miró fijamente y con suspicacia, pero cuando Fyne le explicó
que era el esposo de una señora que había visitado varias veces la casa —amiga de la
madre de la señorita De Barral—, se mostró comunicativo y mucho más humano, y le
habló de hombre a hombre con preocupación, aunque sin perder la compostura de

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un sirviente de alto rango: “¡Oh, por Dios, señor, no! Ella misma me dijo que no
piensa regresar”, le aseguró a Fyne con un asomo de desprecio en el tono.
»En cuanto a la joven, nadie sabía que había salido corriendo de la casa.
Incluso osaba asegurar que todos hubieran estado dispuestos a hacer por ella lo que
hiciese falta; ahora bien, si ya estaba con amigos de su madre...
»Parecía inquieto. Murmuró que todo aquello era totalmente inesperado y ni
siquiera sabía qué hacer con las cartas o telegramas que pudieran llegar en el
transcurso del día.
»—Las cartas dirigidas a la señorita De Barral es mejor que las traiga a mi
hotel —propuso Fyne, comenzando a sentirse extremadamente preocupado ante el
futuro.
»—Sí, señor —asintió el mayordomo—. ¿Y si llega una carta dirigida a la
señora...?
»Fyne lo detuvo con un gesto.
»—No sé... Haga lo que considere más oportuno.
»—Muy bien, señor.
»El mayordomo no cerró la puerta en cuanto hubo salido Fyne, sino que
permaneció un rato en el umbral, mirando a un lado y otro de la calle con la actitud
expectante e independiente de un hombre que vuelve a ser su propio amo. Cuando la
señora Fyne oyó que regresaba su esposo, salió de la habitación donde descansaba la
muchacha.
»—No ha habido ningún cambio —murmuró. Y Fyne sólo pudo hacer un
gesto desesperado que reflejaba su ignorancia respecto a cómo terminaría todo
aquello
»Temía que hubiera futuras complicaciones... naturalmente: era un hombre de
medios limitados, tenía un cargo público, no era dueño de su tiempo. Sí. Aquel día
en mi casa me confesó que en aquel momento se había sentido muy preocupado por
las posibles consecuencias. Cuando me hizo esta ingenua confesión, me dije a mí
mismo que, independientemente de las consecuencias y complicaciones que pudiera
haber imaginado entonces, la complicación que ahora le atormentaba nunca se le
debió pasar por la mente. Lenta pero inexorablemente, porque considero que el Libro
del Destino está escrito desde la primera a la última página, se le había estado
acercando desde hacía unos seis años... y ahora había llegado. ¡Ahí estaba aquella
complicación! Observé su firme solemnidad con la compasión un tanto divertida que
brindamos a la víctima de una buena broma un poco malintencionada.

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»—¡Al diablo! —exclamó, sin que aquel improperio pareciera tener ninguna
conexión lógica con lo que me había estado explicando. De todos modos, la
exclamación no podía ser más inteligible.
»Sin embargo, admitió, al principio no hubo demasiadas complicaciones ni
consecuencias embarazosas. Envió un telegrama a De Barral, en términos muy
comedidos, y tardó más de veinticuatro horas en recibir una respuesta. Este hecho
sin duda debió provocar cierta ansiedad a los Fyne. La respuesta llegó al final de la
tarde del día siguiente, a través de un hombre de avanzada edad. Era un individuo
de aspecto muy peculiar. Fyne me explicó que con seguridad pertenecía a aquel que
es considerado el sector más respetable de la clase media baja. Su forma de hablar era
lenta y pausada. Llevaba una levita, sus bigotes grises colgaban bajo su barbilla y al
entrar explicó que el señor De Barral era primo suyo. Se apresuró a añadir que no lo
veía desde hacía muchos años, al tiempo que miraba a Fyne (quien lo recibió a solas)
con tanta desconfianza que le hizo sentirse dolido (aquel hombre incluso rechazó su
ofrecimiento de tomar asiento) y le llevó a aclarar de manera cortante que él por su
parte no había visto al señor De Barral en su vida y que, dado que no deseaba tomar
asiento, le rogaba que expusiera con la mayor brevedad posible lo que lo había traído
allí. Aquel hombre vestido de negro accedió entonces a sentarse con una ligera
sonrisa de superioridad.
»Venía a buscar a la joven. Su primo le había pedido, a través de una nota
entregada por un mensajero, que se desplazara a Brighton de inmediato, recogiera a
“su niña”, que se encontraba con un caballero de nombre Fyne, y la alojara con su
familia durante algún tiempo. Y ahí estaba él. Su negocio no le había permitido llegar
antes. Se dedicaba a la fabricación en gran escala de cajas de cartón. Tenía dos hijas
mayores. Lo había consultado con su esposa y no había inconveniente en acoger a la
muchacha en su casa. Con toda probabilidad no sería el tipo de hogar al que la joven
estaba acostumbrada, pero etc., etc.
»En todo momento Fyne percibió en los modales de aquel hombre una
desaprobación desdeñosa hacia todo lo que no fuese estrictamente propio de la clase
media baja, un profundo respeto por el dinero, una especie de desprecio mezquino
hacia los especuladores que fracasan y una presuntuosa satisfacción respecto a su
respetable vulgaridad.
»Con la señora Fyne, el oscuro primo de De Barral se mostró un poco menos
ofensivo. Al principio la miró con cierta socarronería, pero el porte frío y decidido de
aquella mujer lo impresionó. La señora Fyne, por su parte, se sintió sencillamente
consternada ante aquel personaje, pero no dio muestras externas de ello. Ni siquiera
cuando el individuo observó con falsa sencillez que Florrie —su nombre era Florrie,

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¿verdad?— probablemente echaría de menos, al principio, a todas sus distinguidas
amistades. Cuando se le hizo saber que la muchacha estaba en cama porque no se
encontraba nada bien, mostró una sorpresa desprovista de toda compasión. No era
una inválida, ¿verdad? No. ¿Entonces qué le ocurría.
»Incluso después de tantos años, al hablarme de él el rostro de Fyne reflejaba
un desagrado extremo hacia aquel respetable miembro de la sociedad. Supongo que
al ser precisamente una de esa clase de personas con las que gente como Fyne apenas
tienen trato se sintió extremadamente enervado. Poseía todas las virtudes cívicas
pero en la forma más mezquina que éstas puedan tener y para colmo se sentía
especialmente satisfecho de poseerlas. Para empezar era extremadamente diligente.
Deseaba partir en el primer tren de la mañana siguiente. Al parecer, durante
veintisiete años no había dejado de llegar ni un solo día a su oficina de la fábrica a las
diez en punto de la mañana. No podía disimular su impaciencia al atender a las
objeciones de la señora Fyne. ¿Por qué no podía Florrie levantarse a desayunar a las
ocho, como todo el mundo? En su casa el desayuno se servía a las ocho en punto. El
cortés estoicismo de la señora Fyne consiguió al fin vencerlo. Hacer aquel viaje le
había supuesto un enorme sacrificio, aseguró con desdén, pero renunciaría a tomar el
primer tren de la mañana.
»Los Fyne no se atrevían ni a mirarse entre sí ante aquel tutor inesperado pero
plenamente autorizado, y en sus mentes surgió el mismo pensamiento: ¡Pobre chica!
¡Pobre chica! ¡Si las mujeres de esa familia resultan ser como él...! Y era evidente que
muy distintas no podían ser. ¡Pobre chica! Pero qué objeciones podían poner, por
más dispuestos que estuvieran a hacerlas. Aquel individuo de la levita tenía en su
poder la nota del padre de la muchacha; se la había mostrado a Fyne. Simplemente
era una petición de que se hiciera cargo de la muchacha, como pariente más cercano,
sin dar ninguna explicación ni aludir a la catástrofe financiera; el tono de la nota era
extrañamente desapegado y hacía sospechar que el autor no sentía ninguna
inquietud por el futuro de la joven. Tal vez por eso el primo se había puesto en
movimiento con tanta rapidez. Ha habido hombres que han salido de desastres
comerciales con propiedades en el campo y buenos ingresos, al menos para sus
esposas. Y si es posible garantizar el futuro de una esposa mediante algunos hábiles
manejos, ¿por qué no hacer lo mismo con una hija? Probablemente esta posibilidad
fue comentada en el hogar de aquel sujeto y se había juzgado que valía la pena
actuar.
»El hombre de hecho llegó a insinuar que aquella era su idea y, ante las
evasivas de Fyne, dio a entender que a él no lo engañarían con esas reticencias. Era
evidente que pensaba que los Fyne estaban decepcionados de que les quitaran a la

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muchacha. Estos, en un sacrificio diplomático por los intereses de la pobre Flora,
invitaron a aquel hombre a cenar. Este aceptó de manera descortés y observó que no
estaba acostumbrado a cenar tan tarde. Acostumbraba a comer alguna cosa hacia las
ocho y media o las nueve. Pero por una vez...
»Paseó despectivamente la mirada en torno al comedor agradablemente
decorado. Arrugó la nariz en un gesto de repugnancia ante los platos que el
camarero le ofreció, pero no rechazó ninguno, devoró la comida con gran apetito y
bebió —“engulló” diría Fyne— galones enteros de cerveza de jengibre, que le iban
sirviendo, en jarras de cerámica, a medida que las pedía. La dificultad que suponía
sostener una conversación con aquel sujeto agotó incluso a la señora Fyne, que se
había sentado a la mesa armada de una resolución inquebrantable. Lo único
memorable que dijo aquel hombre, durante una pausa en la que dejó de atiborrarse
con “todos estos platos franceses” y aprovechó para pasear la vista sin ningún decoro
por las mesas de los otros comensales, fue que su esposa había pensado por un
momento en acompañarlo, pero que se alegraba de que no lo hubiera hecho.
»—No le hubiera gustado nada ver que se bebe tanto alcohol. No le hubiera
gustado nada —declaró con gravedad.
»—Tuvo que ser para usted una velada deliciosa —le dije a Fyne— a juzgar
por lo fresca que permanece en su memoria.
»—Deliciosa —gruñó con un destello de ira, pero volviendo a adoptar en
seguida su habitual solemnidad. Tras guardar silencio durante un momento, le
pregunté si el hombre se había llevado a la muchacha al día siguiente.
»Fyne dijo que así lo hizo; por la tarde, en un coche de alquiler, con las pocas
ropas que la doncella reunió y trajo de la mansión. Fyne sólo volvió a ver a Flora diez
minutos antes de que partieran hacia la estación de ferrocarril, en la habitación del
hotel. Fueron diez minutos muy penosos para los Fyne. El respetable ciudadano
llamaba “Florrie” y “cariño” a la señorita De Barral y le hizo notar que no estaba muy
crecida: “Eres poquita cosa, cariño”, le dijo en un tono familiarmente despectivo.
Luego, volviéndose hacia la señora Fyne pero en voz bastante alta observó: “Está
muy pálida, ¿por qué?” La señora Fyne no quiso ni responder. Esa mañana ella
misma le había arreglado el cabello y quizás por eso se veía muy cambiada, repuso
Fyne. Naturalmente no pudo desempeñar más que un papel secundario. Lo único
que pudo hacer personalmente por la señorita De Barral fue acompañarla hasta abajo
y ayudarla a subir al coche, mientras su pariente más cercano, a un lado, sosteniendo
un paraguas y un bolso negro, observaba la despedida, al parecer con macabra
diversión. Era difícil adivinar lo que pensaba y sentía la muchacha. Ya no parecía una
niña. Desde el coche, le susurró a Fyne un débil “gracias” y él le dijo, con tono firme

102
y sosteniendo todavía su mano: “Le ruego que no olvide escribirle a mi esposa
dentro de un par de días, señorita De Barral“. A continuación se apartó y dejó que el
primo subiera al coche gruñendo con voz perfectamente audible: “No creo que le
moleste mucho en el futuro”. No miró a Fyne ni le hizo ni siquiera un gesto. El coche
de punto se alejó.

103
CAPÍTULO V
EL TÉ

—Una persona encantadora —observé al ver que Fyne estaba a punto de


volver a quedarse absorto en sus pensamientos, pero no pude evitar añadir con doble
intención—: Aunque, desde luego no tenía el don de la profecía.
»Fyne se levantó de golpe y murmuró:
»—No, es evidente que no.
»Estaba sombrío, vacilante. Supuse que no tendría ganas de jugar al ajedrez
aquella tarde. En ese caso me libraría de tener que abandonar mi habitación en un
día demasiado agradable como para echarlo a perder con una ardua caminata. De
modo que me sentí desilusionado cuando cogió su gorra y me dio a entender que
esperaba verme en la casita de campo a eso de las cuatro... como siempre.
»—No será como siempre —y recalqué con fuerza esa observación. Reflexionó
durante un momento y admitió que era cierto, que no sería como siempre. Añadió
que su esposa esperaba contar con mi presencia. Se había formado una opinión muy
favorable acerca de mi sagacidad práctica.
»Era la primera vez que oía algo semejante. Jamás hubiera creído que la
señora Fyne se tomara la molestia de distinguir en mi persona síntomas de sagacidad
o de estupidez. Las pocas palabras que habíamos intercambiado la noche anterior en
medio de tanta excitación —o tanto fastidio— por la desaparición de la joven, habían
sido las primeras palabras más o menos significativas que cruzamos. Siempre sentí
que para ella era el rival de ajedrez de su esposó y nada más... casi un mero utensilio.
»—Me siento muy halagado —dije—. Siempre he oído decir que la intuición
femenina no tiene límites y ahora casi me siento inclinado a creerlo. Pero de todos
modos no entiendo de qué forma mi sagacidad, práctica o de otro tipo, podría
servirle de algo a la señora Fyne. La sagacidad de un hombre es muy similar a la de
otro cualquiera. Y teniéndole a usted...
»Fyne, evidentemente sin hacer caso de lo que le decía, posó en mí su mirada
solemne e insistió:
»—Sí, sí. Es muy probable. Pero vendrá... ¿verdad?
»Había resuelto que ningún Fyne, fuera cual fuese su sexo, me haría caminar
tres millas —de ida y vuelta a la cabaña— aquel día tan agradable. Si los Fyne

104
hubieran sido simplemente una pareja de aquellas que uno frecuenta sólo porque es
necesario pasar de alguna manera los ratos de ocio, hubiera rechazado la invitación
sin más. Pero no se trataba se eso. Había que reconocer su innegable humanidad.
Pero al mismo tiempo, quería salirme con la mía a toda costa, así que le propuse que
me concediese el placer de ofrecerles una taza de té en mis habitaciones.
»Tras una breve pausa reflexiva Fyne aceptó con entusiasmo en su nombre y
en el de su esposa. Al momento escuché el ruido de la verja al abrirse y los ladridos
de éxtasis característicos de su perro, y vi pasar su perfil ante mi ventana, del otro
lado del seto, su mirada inquieta fija al frente y su mente claramente entregada a
especulaciones profundas de naturaleza intrincada. Al menos una de las muchas
amigas de su esposa se había convertido para él en algo más que una sombra.
Supuse, sin embargo, que no estaba pensando en la amiga, sino en su esposa. Era un
marido excelente.
»Me dispuse a realizar los preparativos necesarios para ofrecerles mi
hospitalidad aquella tarde llamando a la esposa del granjero y revisando con ella los
recursos de la casa y de la aldea. Era una mujer muy servicial. Sin embargo no revisé
los recursos de mi sagacidad. Salvo en lo referente a cuestiones banales, como el té y
la merienda, no realicé los preparativos adecuados para recibir a la señora Fyne.
»Me resultaba imposible realizarlos. No sabía qué es lo que pretendía de mi
sagacidad. Y en cuanto a hacer un inventario de las capacidades de mi mente,
supongo que nadie en su sano juicio desea hacerlo si puede evitarlo. Es demasiado
agradable el estado anímico que se desprende de una gran confianza en uno mismo
como para arriesgarse a perturbarlo imprudentemente con una investigación tan
delicada. Tal vez si hubiera tenido a mi lado a una mujer complaciente, a una mujer
querida, dedicada, aguda, aduladora... Hay momentos en la vida en que uno lamenta
realmente no haberse casado. ¡No! No exagero. He dicho momentos, no años ni días.
Momentos. Es evidente que no podía pedirle ayuda a la esposa del granjero. No
cabía esperar que poseyera la suficiente agudeza y dudo además de que hubiera
sabido ser lo suficientemente aduladora. Pero era servicial a su manera, con su
peculiar gorrito negro en la cabeza; en aquel momento estaría a una buena milla de
distancia, intentando encontrar algún pedazo de bizcocho comestible en alguna
tienda de la aldea. ¡Qué audacia tienen las mujeres! ¡Menudo optimismo el de esas
adorables criaturas!
»Y efectivamente consiguió encontrar algo que parecía comestible. Sólo puedo
decir que lo parecía, ya que no tuve la ocasión de comprobar si lo era. Yo jamás
pruebo el bizcocho y la señora Fyne, que llegó puntualmente, vino también sin
ningunas ganas de probarlo. No tenía apetito. Pero sí sed... señal inequívoca de una

105
emoción profunda y tormentosa. Sí, tenía que ser la emoción, y no la brillante luz del
sol... nuestro discreto sol insular, que es más brillante que cálido, nuestro discreto,
reprimido y distinguido sol insular, que nunca haría enrojecer a una dama, bajo
ningún pretexto. La señora Fyne parecía incluso fresca. Llevaba una falda y una
chaqueta blancas, y un sombrero blanco de ala ancha descansaba sobre su cabello
bien peinado. El corte de la chaqueta era similar al de una casaca militar y el estilo le
sentaba estupendamente. Me atrevería a decir que hay muchas jóvenes subalternas, y
no me refiero a las de peor aspecto, que se parecen a la señora Fyne por su corte de
cara, por el cutis bronceado, y hasta por la prestancia del porte. Pero no muchas
irradian esa disposición a asumir cualquier responsabilidad que les toque en el
mundo. Este es el tipo de coraje que se desarrolla tarde en la vida y, de hecho, la
señora Fyne era sin duda de edad madura a pesar de su rostro terso.
»Examinó la habitación y me dijo en un tono concluyente que debía sentirme
muy cómodo allí, a lo que asentí con humildad, reconociendo mi inmerecida buena
fortuna.
»—¿Por qué inmerecida? —quiso saber.
»—Reservé este alojamiento por carta sin formular preguntas. Podía haber
sido un agujero inmundo —expliqué—. Siempre hago las cosas así, para ahorrarme
molestias. No es una prueba de gran sagacidad... ¿verdad? Creo que las personas
sagaces suelen ejercitar esa facultad. He oído que no pueden evitarlo ni siquiera
cuando se trata de nimiedades. Tiene que ser estupendo. Pero yo, por mi parte, no sé
nada de eso. Creo que carezco de sagacidad... de sagacidad práctica.
»Fyne emitió un grave e inarticulado murmullo de protesta. Les pregunté por
las niñas, a las que no había visto desde mi regreso de la ciudad. Estaban muy bien.
Siempre estaban bien. Tanto Fyne como su señora hablaban de la excelente salud de
sus hijas como si fuera el resultado de algún tipo de virtud moral, y usaban un tono
peculiar que reflejaba una especie de desprecio hacia las personas cuyos hijos eran
propensos a encontrarse mal a veces. Uno casi se sentía inclinado a pedir disculpas
por haber hecho la pregunta. Y eso me molestaba, admito que sin razón, porque dar
por hecho que se posee algún mérito superior no constituye ninguna debilidad
excepcional. Con la intención de ser desagradable, a modo de represalia, observé, con
un tono de cortés interés, que las pequeñas seguramente se habrían sentido muy
extrañadas ante la desaparición de la joven amiga de su madre. ¿Habían hecho
preguntas delicadas acerca de la señorita Smith? ¿Acaso no me habían presentado a
la señorita De Barral como señorita Smith?
»La señora Fyne, mirándome con fijeza pero también con un color más
profundo bajo su bronceado, me dijo que a las niñas nunca les había gustado

106
demasiado Flora. Carecía del buen humor que permite a los adultos ganarse el cariño
de los niños saludables, explicó la señora Fyne sin amedrentarse. Flora había estado
varias veces antes en la casita de campo, continuó explicando, y lo cierto es que a
menudo les había resultado sumamente difícil tenerla allí.
»—¿Pero qué otra cosa podíamos hacer? —exclamó.
»Ese pequeño grito de angustia, bastante genuino en su inexpresividad,
cambió mis sentimientos hacia la señora Fyne. Hubiera sido tan sencillo no hacer
nada y no pensar más sobre todo aquello. Comencé a tomarle aprecio cuando
empezó a contarme la noche que pasó junto al lecho de la joven, la noche anterior a la
partida con aquel desagradable pariente. Dudo mucho de que la señora Fyne
encontrara la forma de consolarla. No tenía la suficiente habilidad como para reparar
el daño que una mujer enfurecida había originado tan a conciencia.
»Posiblemente estarás pensando que las impresiones infantiles no son muy
duraderas. Es cierto, pero en este caso decir que era una niña es sólo una manera de
hablar. La muchacha estaba a punto de cumplir dieciséis años; tenía edad suficiente
para que aquel golpe la hiciese madurar. El propio esfuerzo que tuvo que hacer para
transmitirle aquella impresión a la señora Fyne, recordando los detalles, buscando las
palabras adecuadas... o las palabras que fuese, tuvo que ser una experiencia
terriblemente iluminadora, capaz de hacerla envejecer. Había hablado durante
mucho rato, sin que la señora Fyne la interrumpiera, con un asombro y una pena
infantiles, deteniéndose de vez en cuando para intercalar la misma pregunta
lastimosa: “Fue cruel por su parte. ¿No le parece cruel, señora Fyne?”
»Para Charley encontraba excusas. Al menos él no había dicho nada y parecía
triste y abatido. No podía tomar partido contra su tía... ¿verdad? Y al fin y al cabo lo
había hecho cuando ella le suplicó que se llevara de allí a “esa mujer cruel”. La había
sacado de la habitación arrastrándola del brazo. Ella lo vio con sus propios ojos. Lo
recordaba muy bien. ¡Eso era! Esa mujer estaba loca. “¡Oh! Señora Fyne, no me diga
que no estaba loca. Si le hubiera visto la cara...”
»Pero la señora Fyne tenía la firme convicción de que lo mejor para la
muchacha era decirle toda la verdad, hasta donde se pudiera, pues temía que su
destino fuera vivir expuesta a la cruda realidad de las existencias carentes de
privilegios. Le explicó que había en el mundo personas egoístas, malévolas. Gente sin
escrúpulos... Aquellas dos personas habían ido detrás del dinero de su padre. Lo
mejor que podía hacer era olvidarlas.
»—¿Detrás del dinero de papá? No entiendo —había murmurado la pobre
Flora de Barral, permaneciendo inmóvil, como tratando de comprenderlo en el

107
silencio y las sombras de la habitación, donde sólo ardía una tenue lamparilla. De
pronto tuvo un prolongado estremecimiento, durante el cual mantuvo apretada la
mano de la señora Fyne, cuya paciente inmovilidad junto a la cama donde yacía
aquella infancia brutalmente asesinada hacía infinito honor a su humanidad. Me di
cuenta de que aquella vigilia debió resultarle doblemente penosa, porque noté que en
ningún momento había considerado a la víctima especialmente encantadora o
simpática. Fue una demostración de compasión pura, de compasión sin más, por
decirlo de algún modo, que no muchas mujeres habrían sido capaces de desplegar,
con esa firmeza además inquebrantable. Cuando cesó de estremecerse, las siguientes
palabras de la joven, acompañadas de un estallido de sollozos, fueron: “¡Oh! Señora
Fyne, ¿de verdad soy tan horrible como ella dijo?”
»—¡No! ¡No! —protestó la señora Fyne—. Es tu antigua institutriz la que es
horrible y detestable. Es una mujer vil. No puedo decirte que estuviera loca, pero sí
supongo que estaba fuera de sí, llena de ira y de malos pensamientos. Tienes que
procurar no seguir pensando en esas cosas abominables, querida niña.
»No eran cosas en las que conviniera seguir pensando, aseguró la señora Fyne
en un cortante tono afirmativo. Todo aquello fue muy penoso. La muchacha era
como una criatura luchando bajo una red.
»—¿Pero cómo voy a olvidarlo? ¡Llamó a mi padre tramposo y estafador!
Señora Fyne, dígame que eso no es verdad. No puede ser verdad. ¿Cómo va a ser
verdad?
»Se incorporó en la cama con un movimiento repentino, como a punto de
levantarse de un salto para huir de las palabras que acababa de pronunciar. La
señora Fyne la contuvo, la apaciguó, la indujo al fin a apoyar la cabeza otra vez en la
almohada, asegurándole en todo momento que nada de lo que esa mujer había
tenido la crueldad de decir merecía ser tomado en cuenta. La muchacha, agotada,
lloró en silencio durante un buen rato. Tal vez había percibido las evasivas que
encerraban los consuelos que le ofrecía la señora Fyne. Al poco rato, sin moverse,
murmuró con voz entrecortada:
»—Esa espantosa mujer me dijo que todo el mundo insultaría a papá de ese
modo horrible. ¿Es posible? ¿Es posible?
»La señora Fyne guardó silencio.
»—Dígame algo, señora Fyne —insistió la hija de De Barral con el mismo
murmullo débil.
» La señora Fyne volvió a advertirme que todo había sido muy difícil.

108
Terriblemente difícil. “Sí, gracias, un poco más”, se recostó en la silla con los brazos
cruzados mientras yo le servía otra taza de té y Fyne salía a tranquilizar al perro que,
atado bajo el porche, de repente se mostraba enormemente indignado porque alguien
había tenido la desfachatez de pasar ante la casa. La señora Fyne revolvió el té
durante un rato, dio un sorbo, dejó la taza y dijo, con ese aire de quien está dispuesto
a aceptar todas las consecuencias que se avecinan:
»—Habría sido injusto seguir en silencio. No creo que hubiera sido nada
amable por mi parte. Le dije que debería estar preparada para afrontar la severidad
con que el mundo juzgaría a su padre...

—¿No le parece admirable? —exclamó Marlow interrumpiendo su relato—.


¡Admirable!
Y puesto que yo observaba con recelo su repentino entusiasmo, comenzó a
justificarse a su manera.
—Digo admirable por lo peculiar que fue. Fue perfecto. Sólo un genio podría
haberlo superado. ¡Y fue completamente natural! Como se dice de la obra de un
artista: fue algo verdaderamente Fyne. Compasión... prudencia... y todo tan bien
medido. Nada de desórdenes sentimentales. ¡Y qué corrección! Debes reconocer que
no pudo ser más correcta. Estuve a punto de gritar “¡Bravo! ¡Bravo!”, pero no lo hice.
Tomé un pedazo de bizcocho y salí decidido a sobornar al perro de los Fyne para que
se controlara un poco. Sus agudos y ridículos ladridos eran insoportables, como
cuchilladas en el cerebro, y las reconvenciones profundamente moduladas de Fyne
parecían no avergonzar al vivaz animal más de lo que el murmullo profundo y
paciente del mar avergonzaría a un bufón negro en una playa atestada de gente.
Cuando llegué a su lado Fyne ya había comenzado a injuriar al animal, en un tono
bajo, sepulcral. En cuanto me vio, el perro se mostró desmesuradamente expresivo, a
punto de estrangularse con el collar, los ojos desorbitados y la lengua afuera, presa
de un excesivo e incomprensible afecto hacia mí. Todo esto antes de fijarse en el
bizcocho que yo llevaba en la mano. Prosiguió con una serie de saltos verticales
altísimos y luego, cuando se apoderó del bizcocho, perdió instantáneamente
cualquier interés por todo lo demás.
»Fyne se sintió un poco molesto conmigo. Aunque era el amo más amable que
un perro podría desear, no aprobaba que se le diera bizcocho al animal. El perro de
los Fyne debía llevar una existencia espartana, con una dieta de repugnantes galletas
y algún que otro hueso seco e higiénico de vez en cuando. Fyne miró sombríamente
al animal, que ya se había tranquilizado. Yo también observé a aquel estúpido perro

109
y, ya sabes cómo se estimula de pronto la memoria, visualicé, con una claridad casi
dolorosa, el rostro pálido y fantasmal de la muchacha a quien vi por última vez
acompañada de aquel perro... abandonada por aquel perro. Creí volver a oír su voz
angustiada, como si estuviese a punto de echarse a llorar presa del resentimiento,
llamando a aquel perro que no le manifestaba ninguna simpatía. Tal vez ella no
tuviera la capacidad de inspirar simpatía, ese don personal por el que se apela
directamente a los sentimientos del prójimo. Desconfiando de la actitud
despreocupada que mostraba ahora el perro, le pregunté a Fyne:
»—¿Por qué no lo deja entrar?
»¡Qué va! ¡Ni pensarlo siquiera! Pude haberme ahorrado la pregunta. Sabía
que una de las normas sagradas de los Fyne en este mundo, además de su
solemnidad y su sentido de la responsabilidad, era no dejar que un perro entrara en
una casa. Resultaba completamente inadecuado permitir que el perro entrara a una
casa donde ellos estaban de visita... aunque la casa fuera de un soltero descuidado
que además estaba de vacaciones y era amigo personal del perro. Ni hablar. Sin
embargo sí estaban dispuestos a permitir que uno enloqueciera por tener que
soportar sus ladridos junto a la ventana. Mantenían los dos una extraña coherencia
en su falta de comprensión imaginativa. Así que no insistí, sino que regresé con él
hasta la casa alentando la esperanza de que durante la siguiente hora no pasara nadie
que perturbara la tranquilidad del perro.
»La señora Fyne, que permanecía inmóvil ante la mesa llena de platos, copas,
jarras, una tetera fría, migajas y los desperdicios del convite, se volvió hacia nosotros
al oírnos entrar.
»—Se dará usted cuenta, señor Marlow —dijo en un inesperado tono de
confidencia—, de que son completamente incompatibles.
»Al principio no supe a qué se refería con aquel comentario. Pensé primero en
Fyne y el perro. Después me remonté al asunto que habíamos estado tratando, que
no era más ni menos que una fuga. ¡Sí, por Dios! Era algo muy similar a una fuga...
aunque tuviera algunas inusuales características propias que la hacían en cierto
modo equívoca. Con divertida sorpresa recordé que se requería mi sagacidad en
relación a aquel asunto. ¡Qué inesperado! Nunca sabemos a qué pruebas se verán
sometidas nuestras dotes. Lo primero que dicta la sagacidad es cautela. Fyne tomó
asiento como si se dispusiera a presenciar un juicio, pensé.
»—¿Está usted segura, señora Fyne? —pregunté sagazmente—. Es evidente
que está usted en una posición... —iba a continuar con todo mi tacto cuando ella me
interrumpió bruscamente exigiendo mi conformidad inmediata.

110
»—¡Evidente! ¡Está clarísimo! Usted mismo admitirá...
»—Pero, señora Fyne —protesté—, se olvida usted de que yo no conozco a su
hermano.
»Este argumento, que no sólo era sagaz sino cierto, abrumadoramente cierto,
irrefutablemente cierto, pareció sorprenderla.
»Me pregunté por qué. Yo no sabía de su hermano prácticamente nada, de
modo que ni, siquiera podía hacerme una idea aproximada de cómo sería. No lo
había visto jamás. Hasta tal punto lo ignoraba todo de él que, por contraste,
podríamos decir que era como si conociese a la señorita De Barral desde la cuna, a
pesar de que solo la había visto en dos ocasiones, que juntas sumarían como mucho
unos sesenta minutos, y apenas había intercambiado con ella unas sesenta palabras.
Sin embargo tal vez, pensé al tiempo que bajaba la vista para observar a la señora
Fyne —yo había permanecido de pie—, tal vez ella consideraba que aquello bastaba
para que yo diera mi sagaz conformidad a su comentario.
»Se mantuvo en silencio y yo, mirándola con cortés expectación, continué
dirigiéndome a ella, sólo para mis adentros, en un tono de familiar aprobación que
sin duda la hubiera sorprendido de haber sido audible: “Usted, querida, al menos es
una mujer sincera...”
»—Llamo sincera a una mujer —prosiguió Marlow después de ofrecerme un
cigarro y encender otro para él—, llamo sincera a una mujer cuando pronuncia una
frase que tiene algún parecido, aunque sea remoto, con lo que en realidad desearía
decir, o mejor, con lo que piensa que debería decir si no fuera por esa necesidad de
proteger la estúpida susceptibilidad de los hombres. El juicio de una mujer es más
duro, más simple, más directo, y abarca la verdad completa, aunque el tacto que
poseen, su desconfianza ante el idealismo masculino, les impide expresarlo en su
integridad. Y este tacto es infalible. No podríamos soportar que las mujeres nos
dijesen la verdad. No lo resistiríamos. Sería causa de sufrimiento infinito y
provocaría las más terribles perturbaciones en este mediocre aunque idealista paraíso
de tontos donde todos vivimos nuestra pequeña vida... tan sólo una unidad en la
enorme suma de la existencia. Y ellas lo saben. Por eso tienen misericordia. Sin
embargo esta generalización no se aplica con exactitud al estallido de sinceridad de
la señora Fyne ante aquel asunto, donde en realidad no estaban comprometidos mis
afectos o mi vanidad. Tal vez precisamente por eso se mostró tan osada. Teniendo en
cuenta que era una mujer, podemos decir que se mostró conmigo tan clara como la
luz del día. Lo que acababa de decirme contenía prácticamente toda la esencia de su
pensamiento. Creyó conveniente arriesgarse. Seguramente habría razonado más o
menos de la siguiente manera: he aquí un hombre que posee cierta suma de

111
sagacidad...
Marlow se detuvo y me miró de forma enigmática. Había pronunciado las
últimas palabras con el cigarro entre los dientes. Se lo quitó de la boca con un amplio
movimiento del brazo y exhaló una tenue nube de humo.
—¿Sonríes? Habrías sido más amable evitándome el sonrojo. Aunque en
realidad lo cierto es que no tendría por qué sonrojarme. Esto no es vanidad; es
capacidad de análisis. Dejemos de lado la sagacidad, aunque también deberemos
observar qué representa exactamente la sagacidad en todo este asunto. Cuando lo
entiendas, verás que no hay nada en ello que comprometa mi modestia. No creo que
la señora Fyne me atribuyese la posesión de esa especial sabiduría templada por el
sentido común. Y aunque hubiera poseído yo toda la sabiduría de los Siete Sabios de
la Antigüedad, ello no habría bastado para inspirar su confianza o su admiración. Es
ilimitado el desprecio secreto de las mujeres hacia la capacidad de examinar con
sensatez y exponer con profundidad una conclusión meditada. No les interesan esos
ejercicios elevados que contemplan como una especie de juego puramente masculino,
entendiendo por juego una ocupación respetable ideada para matar el tiempo, en
esta vida dispuesta con arreglo a las prioridades masculinas que de un modo u otro
debe sobrellevarse. Lo que la agudeza femenina en realidad respeta son las “ideas”
ineptas y los impulsos de borrego que determinan nuestras acciones y opiniones en
todos los asuntos de auténtica importancia. Porque si bien las mujeres no son
racionales, sin lugar a dudas sí son muy agudas. Hasta la señora Fyne lo era. Aquella
buena mujer trataba de ganarse los favores del compañero de ajedrez de su esposo
sencillamente porque había percibido en él una minúscula porción de “feminidad”,
aquella gota de esencia superior de la que yo mismo estoy al tanto y que, reconozco
con agradecimiento, me ha salvado de una o dos desventuras a lo largo de mi vida,
no sé si ridículas o lamentables, no sé cuál de las dos expresiones resulta más precisa.
De todos modos importa poco. Desventuras al fin y al cabo. Observa que dijo
“feminidad”, un privilegio... no “feminismo”, una actitud. No soy feminista. Era
Fyne quien por ciertos graves motivos había adoptado esa actitud mental, pero
bastaba mirarlo de reojo, allí sentado, para observar que era completamente
masculino de la cabeza a los pies, sólida, densa, divertida... desesperadamente
masculino.
Lo miré. Cuando la esposa de otro hombre aprecia tu sagacidad, uno no
puede menos que sentir una especie de necesidad de mirar a ese hombre a cada rato.
De modo que volví a mirarlo. Muy masculino. Tanto, que “desesperadamente” no es
la palabra apropiada. Estaba completamente indefenso. Frenado por su
masculinidad. Y a pesar de que movido por los oscuros dictados de mi

112
temperamento reservado lo contemplara con maliciosa ironía, dado que por
definición, y sobre todo por convicción profunda, era de hecho un hombre, me fue
imposible dejar de sentir compasión por él. Viéndolo tan desarmado, tan por entero
cautivo de la naturaleza de las cosas, me dirigí a él con amabilidad:
»—Bueno, ¿y usted qué opina?
»—No sé. ¿Qué puedo decirle? Lo que sí creo es que se trata de un hecho
consumado y ya no hay nada que hacer —respondió aquella criatura tan masculina
con toda la franqueza de su innata solemnidad.
»La señora Fyne se movió un poco en su silla. Me volví hacia ella y observé
con amabilidad que el tipo de crítica que ella había hecho era en realidad del todo
corriente. A propósito de algunas parejas muchas personas se preguntan qué pudo
ver él en ella, y otras qué pudo ella ver en él. Ambas cuestiones expresan una falta de
adecuación.
»Todavía cruzada de brazos y con todo el énfasis que pudo, la señora Fyne
repuso:
»—Sé perfectamente lo que Flora ha visto en mi hermano.
»Incliné la cabeza ante la borrasca, pero continué con mi discurso:
»—La cuestión es que en la mayoría de esos casos el matrimonio no resulta ser
peor que los demás, por no aventurarme a decir que puede llegar a ser mejor.
»A la señora Fyne le desilusionó aquel giro optimista de mi sagacidad.
Descansó la mirada sobre mi rostro, como dudando de que hubiera en mí la
feminidad suficiente como para comprender aquel caso.
»Esperé a que se pronunciara. Era como si se estuviera preguntando: ¿Merece
realmente la pena hablar con este hombre? Comprenderás que para mí eso era una
provocación. Rebusqué en mi mente con la intención de encontrar algo realmente
estúpido que decir para afligir y tomarle un poco el pelo a la señora Fyne. Resulta
humillante confesar que fracasé. Cabría pensar que un hombre de mediana
inteligencia es capaz de dominar la estupidez a su antojo. Sin embargo no es así.
Supongo que se trata de un don especial o que la dificultad estriba en ser pertinente.
Al comprobar que no se me ocurría ninguna estupidez realmente oportuna, me
contenté con lo que mejor podía suplirla: una perogrullada. Manifesté, como si
hablara con gran sentido común, que en lo tocante al matrimonio el hombre sólo
debía mostrarse autocomplaciente consigo mismo.
»La señora Fyne ni se inmutó. En cambio, el varonil pecho de Fyne, como era
de prever, fue perforado por aquel viejo dardo. Fyne dio un gruñido muy sentido.

113
Me dirigí a él con falsa sencillez:
»—¿No está de acuerdo conmigo?
»—Es exactamente lo que le he estado diciendo a mi esposa —exclamó con
voz masculina voz de bajo—. Hemos estado discutiendo...
»¡Una discusión en el hogar de los Fyne! ¡Insólito! Tal vez aquella fuese la
primera diferencia que había surgido entre ellos: la señora Fyne resuelta y preparada
para asumir cualquier responsabilidad, Fyne solemne y encogido... y las niñas arriba
en sus camas. Afuera los campos oscuros, los sombríos contornos de la tierra ante el
fondo estrellado y la negrura del universo, y aquella luz cruda que escapaba por la
ventana abierta, como sirviendo de faro para aquella tunante que ya nunca
regresaría, aquella fugitiva. Una fugitiva que se había marchado con su botín. Era la
huida de una ladrona... ¿o de una traidora? Aquel asunto del hermano raptado, como
yo lo llamaba para mis adentros, presentaba una fisonomía de lo más peculiar.
Aquella muchacha debía estar desesperada, pensé, al tiempo que oía la profunda voz
de Fyne pero sin llegar a captar para nada el sentido de sus palabras, salvo las
últimas, que fueron éstas:
»—Por supuesto, es extremadamente angustioso.
»Lo miré inquisitivamente., ¿Qué era aquello tan angustioso? ¿Qué el hijo del
poeta tirano hubiese sido raptado por la hija del financiero convicto? ¿O
simplemente, si puedo aventurarme a decirlo, que la polvareda provocada por su
huida hubiese perturbado la solemne placidez de la atmósfera doméstica de la
familia? Mi incertidumbre no duró mucho, pues Fyne en seguida añadió:
»—La señora Fyne me insta a ir de inmediato a Londres.
»Podía adivinarse, casi sin mirarlo, el profundo desagrado que le inspiraba
aquel viaje, y la angustia que le producía semejante diferencia de sentimientos con su
esposa. Por la seriedad con que se tomaba la comedia terrenal, Fyne sufría al no ser
capaz de estar completamente de acuerdo con el criterio de su esposa, tal como
acostumbraba a suceder, como si éste fuera el pago que le debía por haberla
convencido en aquella ocasión en que accedió a fugarse con él... dando el paso más
trascendental imaginable en la vida de una joven. Desde entonces había intentado
compensarla, dando siempre por sentada la corrección de los sentimientos de ella en
toda ocasión y esto se había convertido finalmente en una especie de hábito. Y nunca
es agradable saltarse un hábito. Por eso Fyne estaba muy inquieto.
»—¿De veras!? ¡Ir a Londres!
»Me miró a los ojos en silencio. Resultaba patético a la vez que divertido.

114
»—Y usted, por supuesto, considera que es inútil —añadí.
»Evidentemente, así lo creía, aunque no dijo nada. Se limitó a seguir
mirándome, al tiempo que parpadeaba con una lentitud solemne y cómica.
»—A menos que vaya usted a transmitirle el beneplácito de la familia —
observé, continuando con mi actitud bromista pero de forma más bien solapada,
pues ni siquiera me atrevía a mirar a la señora Fyne, que se encontraba a mi derecha,
de donde no venía ni un sonido, ni un movimiento—. Naturalmente, usted cree que
oponer buenas y sólidas razones a las apasionadas conclusiones del amor constituye
un desperdicio intelectual que raya en el absurdo.
»Fyne me miró sorprendido, como si yo acabara de hacer un descubrimiento
de lo más astuto. Él, pobre hombre, era incapaz de pensar. Sólo sabía que no deseaba
ir a Londres con aquella misión. Mera delicadeza masculina. De repente se llenó de
entusiasmo:
»—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es! Un hombre enamorado... ¿Lo oyes, querida? Aquí tienes
una opinión imparcial...
»—¿Hay algo más inútil —insistí para complacer al pequeño Fyne, que estaba
fascinado— que contraponer la razón al amor? Debo confesar, sin embargo, que
cuando pienso en la barbilla puntiaguda de la pobre muchacha, me pregunto si...
»Mi ligereza fue excesiva para la señora Fyne. Todavía recostada en el
respaldo de la silla, exclamó:
»—¡Señor Marlow!

»Como misteriosamente afectado por la indignación de su dueña, el ridículo


perro de los Fyne comenzó a ladrar en el porche. Aunque quizás se trataba
simplemente de un abejorro que pretendía colarse en la finca. Ese animal era capaz
de cualquier excentricidad. Fyne se levantó inmediatamente y salió a ver que pasaba.
Creo que se alegró de tener la oportunidad de dejarnos a solas para que
discutiéramos el asunto de su viaje a Londres. Una especie de viaje anti sentimental.
Al parecer también él confiaba en mi sagacidad. Y esa confianza me resultaba
conmovedora. Sin duda era más sincera que la confianza que aquella mujer fingía
tener en el hombre que había sido compañero de ajedrez de su esposo durante tres
vacaciones consecutivas. ¡Menuda confianza la suya! ¡Sagacidad... ya lo creo! Había
venido sencillamente, sin sombra de duda, para que yo la respaldara. Pero se había
puesto en mis manos...
Interrumpiendo la narración, Marlow se dirigió a mí con su peculiar actitud

115
medio seria y medio bromista, un tanto siniestra:
—Tal vez no supieras que soy un hombre de carácter vengativo.
—No, no lo sabía —repuse con una sonrisa—. Es algo poco usual en un
marino. Siempre he creído que los marinos eran los hombres menos vengativos del
mundo.
—¡Mmm! Son almas simples —masculló Marlow con aire taciturno—. Será
por falta de oportunidades. El mundo los deja a solas la mayor parte del tiempo. Yo,
por mi parte, me siento particularmente vengativo con las mujeres, aunque de una
manera modesta. Admito que es modesta. También es cierto que nunca se me
presentan grandes ocasiones. Sobre todo me molesta que pretendan manejarnos a su
antojo, como si se creyeran con derecho. No es que suelan alcanzar grandes
resultados. En realidad encuentran pocas oportunidades de importancia. Lo que me
parece irritante es que den por sentado que en cada uno de nosotros hay una mezcla
de niño y de imbécil. No tienes por qué mirarme como si me estuviera saliendo fuego
y humo por las narices. No soy un monstruo devorador de mujeres. Ni siquiera soy
lo que técnicamente se denomina “una bestia”. Espero que haya en mí lo suficiente
de niño y de imbécil como para cumplir algún día con las expectativas de alguna
mujer valiosa... algún día... algún día. ¿Qué es lo que te asombra? ¿Crees que me da
miedo casarme? Tal suposición me resultaría ofensiva...
—Jamás pretendería ofenderte —repuse.
—Muy bien. Pero, por el momento, recuerda, por favor, que yo no estaba
casado con la señora Fyne. Con lo cual ella no tenía la posibilidad de manejarme a su
antojo. Yo no me había fugado con ella. Era Fyne quien lo había hecho. Así que, por
lo que a mí respecta, podían obligarlo a encorvarse tanto como aguantara su columna
vertebral... e incluso más. El hecho de que escapara de la discusión con el pretexto de
ir a calmar al perro confirmaba mi impresión de que su natural flexibilidad estaba
sometida a una gran tensión. Hice frente a la señora Fyne con la firme resolución de
no ayudarla en su pretensión eminentemente femenina de obstaculizar los planes de
otra mujer.
»Ella intentó conservar su actitud de serena superioridad. Protegida tras la
mesa del té, ese excelente símbolo de la vida doméstica en su hora más ligera y su
perfecta seguridad, tenía un aire familiar y olímpicamente altivo. Con unas cuantas
palabras severas y sobrias me dio a entender que había tenido la osadía de esperar
alguna idea verdaderamente valiosa por mi parte. Ante esta declaración que era casi
una reprimenda —dado que mi ánimo vengativo raramente va más allá de querer
molestar un poco— respondí que estaba haciendo todo lo que podía. Y que siendo un

116
fisonomista...
»—¿Siendo qué? —me interrumpió.
»—Un fisonomista —repetí levantando un poco la voz—. Un fisonomista,
señora Fyne. Y basándome en los principios de esa ciencia quiero señalar que esa
pequeña barbilla puntiaguda es suficiente para entrometerse. Porque usted desea
entrometerse... ¿no es así?
»Sus ojos se agrandaron perceptiblemente. Nunca antes en la vida se habían
burlado de ella. El método de resultar desagradable propio del difunto poeta era la
simple grosería sin contemplaciones. Y en cuanto a Fyne, éste había sido siempre
solemnemente servil. Ignoro qué otros hombres conocía, pero supongo que serían
personas caballerosas. Y respecto a sus jóvenes amigas, sabemos que se sentaban a
sus pies. ¿De qué modo podría haber reconocido mis intenciones? No sabía cómo
debía interpretar mi tono.
»—¿Está usted hablando en serio? —preguntó con lentitud. Y fue
conmovedor. Era como si por un momento hubiera hablado una muchacha muy
joven y confiada. Sentí que me ablandaba.
»—No, señora Fyne —respondí—. No sabía que, además de sagaz, debía ser
serio. No. Esa ciencia es absurda y, por tanto, no estaba hablando en serio. La verdad
es que la mayoría de las ciencias son absurdas, salvo aquellas que nos enseñan cómo
relacionar ciertas cosas.
»—La cuestión aquí es cómo mantener separadas a estas dos personas —
interrumpió. Se había recuperado. Admiré la rapidez de la inteligencia femenina. La
agilidad mental es una habilidad poco corriente. ¡Y acaso no son ágiles! ¡Acaso no
son... justas! ¡Y tenaces! Cuando se aferran, ya puede uno arrancar el árbol de raíz y
sacudirlo, pero esto no hará que ellas caigan de la rama. De hecho, cuanto más
sacuda uno... ¡No hay más que fijarse en el encanto de sus contradictorias
perfecciones! No es extraño que los hombres cedan... por lo general. No estoy
diciendo que me sintiera subyugado ante el encanto de la señora Fyne. No me sentía
encandilado por ella. Lo que me afectaba no era en realidad lo que exhibía, sino
aquello que no podía ocultar. Y aquello era nada menos que su emoción. Su
expresión era seca, casi autoritaria... pero su tono no. Había en su voz un ligero
temblor, sonreía débilmente; y cuando nos miramos a la cara observé que sus ojos
brillaban de una forma muy peculiar. Estaba afligida. Y el hecho mismo de que
hubiera recurrido a mí era una prueba de su profunda aflicción. “Por Dios, también
está desesperada”, pensé. A este hallazgo siguió un impulso instintivo de alejarme de
un asunto tan poco razonable y nada masculino. Todas eran iguales; su interés

117
supremo sólo se despertaba cuando luchaban unas con otras por algún hombre: un
amante, un hijo, un hermano.
»—¿Pero cree que aún estamos a tiempo de hacer algo? —le pregunté.
»Encogió los hombros con impaciencia, sin separarse del respaldo de la silla.
¡A tiempo! ¡Por supuesto! Hacía menos de cuarenta y ocho horas que ella lo había
seguido a Londres... No es que yo sea un experto en esos asuntos, pero insinué algo
acerca de las licencias de matrimonio de carácter extraordinario. A esas alturas
ignorábamos lo que podía haber ocurrido. Sin embargo ella sí lo sabía, observó con
desprecio. No había ocurrido nada.
»—Es muy poco probable que ocurra nada, por lo menos hasta el viernes de la
semana próxima... como muy pronto.
»Aquella observación me pareció de una precisión prodigiosa. Seguidamente,
tras una pausa, añadió que nunca se perdonaría no haber hecho un intento, una
súplica.
»—¿A su hermano? —pregunté.
»—Sí. John debe partir mañana. En el tren de las nueve.
»—¡Tan temprano! —exclamé. Pero no pude encontrar ánimos para continuar
la conversación en tono jocoso. Le ofrecí varios argumentos de lo más convincente,
dictados al parecer por el sentido común, pero que en realidad eran obra de mi
secreta compasión. La señora Fyne los hizo a un lado, con el egoísmo
semiinconsciente de quienes tienen una existencia consolidada y segura. Se conocían
muy poco. Tan sólo desde hacía tres semanas. Y de ese tiempo, demasiado corto para
el nacimiento de cualquier sentimiento serio, debía restarse además la primera
semana. Al principio apenas se miraban. Flora hizo caso omiso de la presencia del
capitán Anthony. Buenos días... buenas noches... eso era todo... su relación se
limitaba exactamente a eso. El capitán Anthony era un hombre callado, para nada
acostumbrado a la compañía de ninguna clase de jóvenes, y tan tímido que incluso
evitaba mirarla cuando se sentaban a la mesa. Era completamente absurdo. Incluso a
ella, a la señora Fyne, le resultaba incómodo, embarazoso... Después del desayuno,
Flora salía sola a dar un largo paseo y el capitán Anthony —a veces la señora Fyne lo
llamaba Roderick— se quedaba con las niñas. Aunque era demasiado tímido hasta
para llevarse bien con sus propias sobrinas.
»Esto me hubiera parecido digno de lástima de no haber conocido a las hijas
de los Fyne, que eran a la vez solemnes y maliciosas y abrigaban un secreto desprecio
hacia todo el mundo. ¡Quién se llevaría bien con esos jóvenes monstruos, frescos y

118
bonitos! Apenas toleraban a sus padres y parecían tener entre sí una especie de
acuerdo para burlarse de todos los desconocidos, aunque sin embargo no parecía que
hubiera entre ellas ningún tipo de afecto. Tenían la costumbre de intercambiar
miradas burlonas, que debieron resultar muy molestas para un hombre tímido. Sin
duda considerarían que su tío era un pesado y tal vez también lo creían un idiota.
»No me sorprendió escuchar que muy pronto Anthony adquirió la costumbre
de cruzar los dos campos vecinos para procurarse la sombra de un grupo de olmos
situados a buena distancia de la casita de campo, donde se tendía sobre la hierba y
fumaba su pipa toda la mañana. A la señora Fyne le sorprendieron los indolentes
hábitos de su hermano. Es cierto que al principio le había pedido libros, pero había
pocos en la casita de campo. Los leyó en tres días y luego siguió tendido boca arriba,
sin más compañía que su pipa. ¡Sorprendente indolencia! La señora Fyne, ocupada
con sus escritos en la planta superior, lo veía desde la ventana durante toda la
mañana. Tenía muy buena vista de lejos y aquellos olmos estaban agrupados sobre
una elevación del terreno. La indolencia de Anthony quedaba plenamente expuesta a
sus críticas, allí tendido sobre una ligera pendiente verde. La señora Fyne estaba
intrigada, y también disgustada. Pero, como ya sabes, hacía muy poco que se había
“estrenado como autora” y no podía dejar de lado la fascinante novedad. Así que
permitió que su hermano se revolcara en su vicio. Imagino que el capitán Anthony
debió de pasar una temporada bastante agradable y muy tranquila. Recuerdo que
aquel fue un verano seco y caluroso, que invitaba a la vida contemplativa al aire
libre. La señora Fyne estaba escandalizada. Las mujeres no comprenden la fuerza de
un temperamento contemplativo. Simplemente las sorprende. Por instinto sienten
que un temperamento contemplativo es el que mejor escapa del dominio de las
influencias femeninas. Las encantadoras niñas se dedicaron a intercambiar
observaciones burlonas sobre “el vago del tío Roderick”, sin ningún disimulo, al
alcance del oído indulgente de la señora Fyne. Ésta, por su parte, me comentó que la
conducta de su hermano le parecía de lo más extraña, ya que cuando era un
muchacho se podría haber dicho cualquier cosa de él salvo que fuera indolente. Todo
lo contrario. Siempre estaba entregado a alguna actividad.
»Observé que un hombre de treinta y cinco años ya no es un muchacho. Fue
una perogrullada que ella oyó sin inmutarse. Me dijo con convicción que los mejores
hombres, los más agradables, seguían siendo muchachos toda la vida. Le disgustaba
no poder percibir ya nada juvenil en su hermano. Lo lamentaba mucho, muchísimo.
En unos quince años, más o menos, no lo había visto más que en tres o cuatro
ocasiones durante unas pocas horas. No. No quedaba en él ni rastro del muchacho
que había sido.

119
»Permaneció un momento en silencio y yo aproveché para entregarme a
elucubraciones ociosas sobre la juventud del pequeño Fyne. Me era imposible
imaginar cómo habría sido. Su rasgo dominante era sin duda un residuo de tiempos
muy tempranos, porque jamás he visto una mirada tan fija y solemne como la de
Fyne salvo en bebés muy pequeños. ¿Pero, por cierto, dónde estaba él durante
aquellos días? ¿Se habría contagiado de la indolencia del capitán Anthony? Lo
pregunté. Ella me explicó que en aquella época Fyne estaba muy poco por allí. Un
colega suyo estaba convaleciente tras una grave enfermedad, en una pequeña aldea
cercana a la costa, y Fyne iba todas las mañanas en tren a pasar el día con aquel
anciano inválido, que no tenía quién lo atendiera. Se me antojó una excusa muy
loable para desatender a su cuñado, “el hijo del poeta, ya sabe”, con quien no tenía ni
remotamente algo en común. Hubiera bastado con que el capitán Anthony —
Roderick— fuera aficionado a las caminatas, pero no lo era. De todos modos, algunas
tardes salía a pasear despacio, solo, por supuesto, ya que las niñas le habían hecho
definitivamente el vacío y su única hermana estaba ocupada con aquella obra
incendiaria que haría arder el mundo poco más de un año después. Al parecer, sin
embargo, sí era capaz de apartar de cuando en cuando los ojos de su tarea, al menos
por un instante, porque fue desde aquella buhardilla acondicionada como estudio
que una tarde vio a su hermano y a Flora de Barral caminando juntos por el sendero.
Se habían encontrado accidentalmente en algún lugar —lo que no sé es cuál de los
dos se cruzó en el camino del otro, como suele decirse— y regresaban juntos para la
hora del té. La señora Fyne observó que parecían conversar sin sentirse cohibidos.
»—Fui tan ingenua como para alegrarme —comentó la señora Fyne con una
risita seca—. Me alegré por los dos.
»A partir de aquel día el capitán Anthony abandonó su indolencia y
acompañó con asiduidad a la señorita Flora en sus paseos matutinos. La señora Fyne
se seguía sintiendo complacida. Ahora podía desatenderlos a los dos y entregarse de
lleno a los deleites del pensamiento audaz y la composición literaria. Fue sólo una
semana antes de la catástrofe que, al levantar por un momento la vista del papel, vio
dos figuras sentadas en la hierba a la sombra de los olmos. Le fue posible distinguir
una blusa blanca. No podía haber error.
»—Supongo que se creían ocultos por el seto. Sin duda olvidaban que yo
trabajaba en la buhardilla —comentó con amargura—. O tal vez les traía sin cuidado.
Y tenían razón. Yo soy una persona bastante sencilla... —volvió a reírse—. Fui
incapaz de sospechar semejante doblez.
»—Doblez es una palabra fuerte, señora Fyne, ¿no cree? —objeté—. Y teniendo
en cuenta que el propio capitán Anthony...

120
»—Sí, bueno... tal vez —me interrumpió. Sus ojos, que en ningún momento se
apartaron de los míos, sus facciones fijas y su figura inmóvil... ¡qué bien conocía yo
ese aspecto de una persona que “está decidida”! Una actitud desesperada, sobre todo
en las mujeres. Desconfié de la concesión que con tanta facilidad, tan fríamente,
acababa de hacer. Reflexionó un instante—. Sí. Tal vez debí haber dicho... ingratitud.
»Tras haber disculpado de aquel modo a su hermano y haberse desquitado un
poco más con la pobre muchacha—¿acaso no demuestran las mujeres una
inteligencia completamente diabólica cuando realmente se las pone a prueba?— y
haberme demostrado además que yo no estaba a su altura, continuó su relato
mostrando muchos escrúpulos:
»—Tampoco me agrada emplear esa palabra. Es posible que sea excesiva. Fue
tan poco lo que pudimos hacer por ella. Con todo...
»—Lo entiendo —exclamé, en un alarde de diplomacia—. Pero lo cierto,
señora Fyne, es que resulta imposible descargar a su hermano de cualquier tipo de
responsabilidad...
»—Ella se arrojó a sus brazos —afirmó con contundencia la señora Fyne.
»—Pero él no tenía la obligación de abrir los brazos para recibirla —repuse
riéndome enfadado. Aunque su mirada fija parecía tener el propósito de intimidarme
no me contuve. No le tenía miedo, pero de pronto me di cuenta de que estaba a
punto de dejarme llevar y acabar enfrentándome con una dama, que para colmo era
mi invitada. Allí estaban la tetera, ya fría, y las tazas vacías, emblemas de
hospitalidad. No podía ser. Reprimí mi risa airada al tiempo que la señora Fyne
murmuraba con un ligero movimiento de hombros:
»—¡El! Pobre hombre. Cómo iba a...
»Con un gran esfuerzo de voluntad me fue posible sonreír cortésmente y
hablar con la debida delicadeza.
»—Mi querida señora Fyne, olvida usted que yo no lo conozco... ni siquiera de
vista. Resulta difícil concebir una víctima tan pasiva; pero si le concedemos esa —
estuve a un tris de decir imbecilidad, pero me contuve a tiempo— inocencia al
capitán Anthony, ¿no cree, francamente, que usted tiene un poquito de culpa en lo
ocurrido? ¡Usted los presentó, usted dejó a su hermano a merced de esa muchacha!
»La señora Fyne se incorporó en su asiento, apoyó el codo sobre la mesa, se
sostuvo la cabeza con la palma de la mano y bajó la mirada. ¿Remordimiento? Sin
duda había tratado a su hermano de una forma muy descortés, teniendo además en
cuenta que éste había venido a visitarla por primera vez en quince años. Supongo

121
que muy pronto ella descubrió que no tenía nada en común con aquel marino, aquel
extraño, formado y curtido por el mar durante sus largos viajes. Llevada por su
espíritu independiente había optado por evitar actitudes fingidas y dedicarse por
entero a sus escritos, que le interesaban inmensamente. La sinceridad de su conducta
sería digna de elogio... si no fuera porque en ocasiones rayaba la crueldad. Pero no
creo que sintiera remordimiento. Ése es un sentimiento poco frecuente en las
mujeres...
—¿Ah sí? —interrumpí indignado.
—Tú conoces a más mujeres que yo —repuso Marlow, como siempre sin
inmutarse—. Te dedicas a conocerlas... ¿no es así? Vas con toda clase de gente. Eres
un observador razonablemente honesto. Bien, trata de recordar cuántos casos de
remordimiento has presenciado. Estoy dispuesto a creer en tu palabra.
¡Remordimiento! ¿Has visto alguna vez siquiera su sombra? ¿Alguna vez? Tan sólo
una sombra... una sombra pasajera. Te digo que es tan infrecuente que puede decirse
que no existe. Las mujeres son demasiado apasionadas. Demasiado pedantes.
Demasiado valientes en lo que más directamente las atañe... quizás. No, no creo que
la señora Fyne sintiera el menor asomo de remordimiento por el trato que le había
dispensado a su hermano marino. Y en cuanto a él, ¿quién sabe qué pensaría? Es
posible que se preguntara por qué habían insistido tanto en que viniera. Es posible
que se lo preguntara con amargura... o con rabia... o con humildad. También podía
ser que solamente se sintiera sorprendido y aburrido. De haber sido en su manera de
comportarse tan sincero como su única hermana, es probable que se hubiera
marchado al segundo día de estar allí. Pero tal vez temiera parecer cruel. Estoy casi
convencido de que, entre la sinceridad de su hermana y la de sus queridas sobrinitas,
el capitán Anthony del Ferndale debió sentir la soledad anidando en su pecho por
primera vez en su vida, a una edad, treinta y cinco años más o menos, en que uno
tiene la madurez suficiente como para sufrir el desgarro que ese descubrimiento
puede producir. Enfadado o solo triste, pero desde luego desilusionado, iría
deambulando sin rumbo fijo cuando, una tarde, se encuentra con la joven y, bajo el
influjo de un sentimiento fuerte, olvida su timidez. No se trata de una suposición,
sino de un hecho. Hubo un encuentro en el que la timidez pereció ante no sabemos
qué estímulo o ante el descubrimiento de una comunión de espíritu que alguna
palabra casual hizo evidente. Recordarás que la señora Fyne los vio regresar juntos
una tarde. ¿No crees que yo he captado la psicología de la situación?
—Sin duda —comencé a ponderar.
—En aquel momento estaba seguro de mis conclusiones —continuó con
impaciencia Marlow—. Pero no vayas a creer que la señora Fyne, en su nueva actitud

122
y jugueteando pensativamente con la cucharilla del té, estaba a punto de darse por
vencida. Murmuró:
»—Es lo último que hubiera esperado que ocurriese.
»—No los creyó lo suficientemente románticos —sugerí secamente.
»Pasó por alto mi comentario y dijo resueltamente, como hablando para sí:
»—Es preciso advertir a Roderick.
»No tuve tiempo de preguntarle qué era lo que había que advertirle. Levantó
la cabeza y se dirigió a mí:
»—La resistencia del señor Fyne me sorprende y apena más de lo que soy
capaz de expresar. Siempre habíamos sido de la misma opinión en todo. Y que ahora
estemos en desacuerdo precisamente en algo que toca tan de cerca a mi hermano
constituye una sorpresa muy dolorosa para mí —su mano hizo sonar la cucharilla
con brusquedad involuntaria—. Es intolerable —añadió tempestuosamente;
tempestuosamente teniendo en cuenta que se trataba de la señora Fyne, quiero decir.
Supongo que en el fondo tenía nervios, como cualquier otra mujer.
»En el porche, donde Fyne se había refugiado junto al perro, reinaba el
silencio. Lo tomé como una prueba de gran sagacidad. Y no me refiero al perro, que
era a todas luces estúpido.
»Pregunté:
»—¿Está convencida de que desea intervenir?
»La señora Fyne asintió de forma apenas perceptible.
»—Bueno... yo por mi parte... en realidad no sé cómo están las cosas en estos
momentos. Usted recibió una carta de la señorita De Barral. ¿Qué es lo que dice?
»—Pide que se le envíe su maleta a su dirección en la ciudad —contestó la
señora Fyne de mala gana, y se detuvo. Esperé un poco... y después estallé.
»—¡Bueno! ¿Y qué hay de malo? ¿Dónde está el problema? ¿Se opone a eso su
esposo? ¿Me está diciendo que él pretende que usted se apropie de las ropas de la
muchacha?
»—¡Señor Marlow!
»—Bien, me habla usted de una dolorosa diferencia de opinión con su esposo
y luego, cuando le pido más información sobre el asunto, saca a relucir la maleta. Y
hace tan sólo un instante me reprochaba mi falta de seriedad. Me pregunto quién de
los dos se comporta con menos seriedad.

123
»La señora Fyne sonrió ligeramente y con una actitud amistosa, de lo cual
inferí que no tenía intención de mostrarme la carta de la joven; dijo que sin duda la
carta revelaba que entre el capitán Anthony y Flora de Barral había un acuerdo.
»—¿Qué tipo de acuerdo? —la presioné—. Un compromiso es un acuerdo.
»—No están comprometidos... todavía no —repuso con decisión—. La carta,
señor Marlow, está redactada en términos muy vagos. Es por eso...
»La interrumpí sin ceremonias.
»—Por eso usted alberga la esperanza de que su intervención dé resultado.
¿No es así? ¿Cierto? ¿Pero cómo le habría sentado a usted que alguien hubiera
pretendido interferir en sus planes y los del señor Fyne en la época en que todavía
era posible describir en términos vagos el acuerdo que había entre ustedes?
»Tuvo un movimiento de genuina sorpresa e indignación y con un tono
completamente sincero me gritó:
»—¡Pero no es lo mismo! ¿Cómo se atreve?
»¡Desde luego, cómo me había atrevido! Las consecuencias de la conducta de
la hija de un poeta y de la hija de un convicto no son comparables aunque pueda
existir en sus comportamientos cierta similitud. Entre esas consecuencias, pude intuir
la existencia de parientes del todo indeseables para sus adoradas y saludables niñitas
y otros motivos similares de vergüenza futura.
»—¡No! No puede estar hablando en serio —estalló una vez más la señora
Fyne presa del resentimiento—. No habrá pensado...
»—¡Oh, sí, señora Fyne! He pensado. Sigo pensando. Incluso trato de pensar
como usted.
»—Señor Marlow —dijo con gravedad—, créame cuando le digo que en
realidad estoy pensando en mi hermano, en todo este...
»Le aseguré que no lo dudaba. De hecho no hay una ley de la naturaleza que
haga imposible pensar en más de una persona a la vez. Entonces dije:
»—Ella debe haberle contado a usted todo sobre su vida, por supuesto.
»—Todo, sí —convino la señora Fyne, con un aire, sin embargo, de tener aún
ciertas reservas que no me detuve a investigar.
»—¡Su vida! —repetí—. Esa muchacha lo debió pasar muy mal.
»—Terriblemente mal —admitió la señora Fyne, con una franqueza muy
encomiable dadas las circunstancias y una calidez en el tono que me hizo dirigirle

124
una mirada amistosa—. Terriblemente mal. ¡No! No puede usted imaginar de qué
personas tan vulgares pasó a depender... Ya sabe que su padre jamás se propuso
verla, antes de entrar en la cárcel. Tras su detención, dio instrucciones a aquel
pariente... aquella persona tan desagradable que se la llevó de Brighton... para que se
ocupase de su hija y no la dejara acudir al tribunal durante el juicio. Rehusó
mantener con ella ningún tipo de comunicación.
»Recordé lo que la señora Fyne me había contado acerca de la imagen que
pudo ver años atrás, cuando De Barral se aferraba a la niña junto a la tumba de su
esposa y, después, cuando ambos caminaban de la mano junto al mar, observados
por todos los ojos. Figuras que parecían sacadas de Dickens... preñadas de patetismo.

125
CAPITULO VI
FLORA

»—Una prohibición muy singular —observó la señora Fyne tras un breve


silencio—. Aquel hombre parecía querer a su hija.
»Estaba intrigada. Yo supuse que podía tratarse del resentimiento de un
hombre inconsciente de su culpa, que se mantiene firme para luchar contra sus
“perseguidores”, como él los llamaba; también podía ser que temiera que la emoción
lo ablandara y debilitara su actitud desafiante; puede que incluso se sacrificara, en un
acto de abnegación, a fin de ahorrarle a la muchacha la imagen de su padre en el
banquillo, acusado de fraude, sentenciado como estafador... en este último caso
demostraría poseer cierta delicadeza moral.
»La señora Fyne no sabía qué pensar. Suponía que se trataba de pura
insensibilidad. Lo cierto es que las personas entre las que había ido a parar la joven
no tenían ni una pizca de delicadeza moral. De eso estaba segura. La señora Fyne
afirmaba no ser capaz de transmitirme ni siquiera una idea aproximada de su
abominable vulgaridad. Flora le había contado algo de la vida que había llevado con
aquella familia, allá por Limehouse. Era increíble. Superaba la capacidad de
comprensión de la señora Fyne. Era una suerte de salvajismo moral que ella jamás
hubiera creído posible.
»Yo, por el contrario, lo creía muy posible. Me era fácil imaginar lo
desconcertada y herida que debió sentirse la pobre muchacha ante la forma en que
fue recibida por aquella familia... Envidiarían su pasado y ella se hallaría indefensa,
entregada a la caridad de personas carentes del más elemental refinamiento de
sentimientos o de mente, incapaces de comprender su sufrimiento, groseramente
curiosas, incapaces de interpretar sus buenos modales más que como desdén y su
encogimiento silencioso más que como orgullo. La esposa del “odioso individuo” era
estúpida, necia y presuntuosa. De las dos muchachas de la casa, una era beata y la
otra alocada; y ambas tenían una mentalidad de lo más burda... si es que era posible
atribuirles algún tipo de mentalidad. En cuanto a los varones de la familia, bastante
numerosos, eran o bien pesados y gruñones o pesados y guasones. Entre aquel
mugriento grupo no hubo nadie que fuera lo suficientemente humano como para
dejarla tranquila. Al principio le prestaron una atención excesiva, de una forma
ofensivamente condescendiente. El vínculo de la muchacha con el gran De Barral les
resultaba satisfactorio para su vanidad, incluso en aquel momento de ruina.
Arrastraban a Flora hasta su altar particular, cualquiera que fuera, y allí la

126
admiraban, y organizaban fiestas donde invitaban a sus semejantes y exhibían a la
joven con satisfacción innoble. Flora no sabía defenderse ante tantos fastidios,
insolencias y exigencias. Vivía entre ellos como una víctima pasiva, con los nervios
siempre a flor de piel, como si estuviera despellejada. Después del juicio su posición
empeoró aún más. A la menor ocasión, e incluso sin ningún pretexto, la regañaban o
se burlaban de su posición de dependencia. La beata la sermoneaba por sus defectos
y la alocada la molestaba con comentarios despectivos sobre sus logros, y se pasaba
la vida buscando disputas absurdas con ella por algún que otro “amigo”. La madre
respaldaba invariablemente a sus hijas, añadiendo sus propias observaciones,
estúpidas e hirientes. Debo decir que es probable que no fueran conscientes de su
mala conducta. Tenían la costumbre de comportarse entre sí de esa forma harto
desagradable; sus disputas resultaban siempre repugnantes por sus motivos, su
forma y el egoísmo mezquino que delataban. Estas mujeres, además, parecían
disfrutar enormemente cualquier tipo de reyerta y estaban siempre dispuestas a
unirse para hacerle escenas espantosas a la pobre muchacha, con pretextos
increíblemente endebles. Así, en cierta ocasión Flora acabó siendo presa de la ira y la
desesperación, vio lacerados sus sentimientos más secretos, obtuvo una imagen de la
extrema bajeza a que puede descender la naturaleza humana... no diré à propos de
bottes como dirían excelentemente los franceses, sino literalmente à propos de unos
adornos de encaje barato para un camisón que la alocada se estaba haciendo. Sí, ése
fue el origen de una de las escenas más violentas que, repitiéndose, debieron tener un
efecto deplorable sobre el carácter todavía no completamente formado de la más
desgraciada de las víctimas de De Barral. Lo supe por la señora Fyne. La joven
apareció en su casa a las nueve y media de una noche fría y lluviosa. Supongo que
habría hecho el camino con la cabeza al descubierto, tal y como había huido de la
casa, desde algún lugar de Poplar hasta la Plaza Sloane... sin detenerse, sin tomar
aliento ni siquiera para sollozar.
»—Teníamos invitados a cenar —explicó con ansiedad la hermana del capitán
Anthony.
»Oyó el timbre de la puerta principal y se preguntó quién sería. La doncella
logró decírselo en un susurro, sin llamar la atención de los invitados. La irrupción de
aquella muchacha atormentada, con la falda llena de lodo y mechones de cabellos
húmedos sobre las mejillas pálidas, asustó a los sirvientes. Sin embargo ya la habían
visto antes. Aquella no fue la primera ocasión, ni sería la última.
»En cuanto le fue posible escapar de sus invitados, la señora Fyne subió
escaleras arriba.
»—La encontré en el dormitorio de las niñas, de cuclillas en el suelo, la cabeza

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apoyada en la cama de mi hija menor. La mayor se había incorporado en su cama y la
miraba desde el otro extremo de la habitación.
»Sólo había una lamparilla encendida. La señora Fyne la ayudó a levantarse y
la llevó al vestidor del señor Fyne, al otro lado del pasillo, junto a una chimenea para
que pudiera secarse, y la dejó allí. Tenía que regresar con sus invitados.
»Ésta debió haber sido una sorpresa muy desagradable para los Fyne. Más
tarde, subieron juntos a interrogar a la joven. Ésta se puso en pie de un salto al oírlos
entrar. Se había soltado el cabello, empapado; y los ojos los tenía secos... por el calor
de la ira.
»Puedo imaginar al pequeño Fyne con su compasión solemne, con su escucha
solemne, y retirándose, aún más solemne, a su dormitorio conyugal. La señora Fyne
consiguió calmar a la joven y, afortunadamente, había una cama en el vestidor que
pudieron prepararle.
»—¡Qué otra cosa podíamos hacer! —concluyó la señora Fyne.
»Esta exclamación estereotipada, que expresaba la dificultad del problema y
su buena disposición a actuar con las mejores intenciones, me hizo sentir, como otras
veces, mayor simpatía por ella.
»A la mañana siguiente, muy temprano, mucho antes de que Fyne saliera para
su oficina, apareció el “individuo detestable”, esta vez de manera no tan inesperada,
pero de todos modos sorprendente, aunque sólo fuera por la rapidez de su acción.
Según contó la propia Flora a la señora Fyne, parece que, sin ser perceptiblemente
menos “detestable” que su familia, de forma más bien misteriosa había interpuesto
su autoridad para proteger a la joven.
»—No es que yo le importe —había explicado Flora—. Estoy segura de que
no. Además no podría soportar la idea de agradarle a ninguno de ellos. Si creyera
que le agrado, preferiría ahogarme antes que regresar con él.
»Porque, por supuesto, había venido a llevarse a “Florrie” a casa. La escena
tuvo lugar en el comedor: el desayuno interrumpido, los platos enfriándose, la
tostada del pequeño Fyne cada vez más correosa, Fyne levantado de espaldas al
fuego, el periódico sobre la alfombra, los sirvientes sin poder entrar, la señora Fyne
rígida en su sitio con la muchacha sentada a su lado; aquel “individuo detestable”
había irrumpido allí casi sin saludar, paseando la mirada de Fyne a su esposa como
divirtiéndose secretamente por algo que supiera de ellos, y de pronto había iniciado
su discurso de forma un tanto irónica. Aclaró que no se disculpaba por interrumpir el
desayuno de Fyne y su “amable señora” porque sabía que no deseaban tenerla allí —

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señaló a la joven con la cabeza— más de lo estrictamente necesario. Había venido tan
pronto como le había sido posible, porque tenía que atender su negocio. No recibía
un salario elevado —dijo esto mirando a Fyne— ni trabajaba en una oficina
lujosamente amueblada. Él no. Había ascendido a contratista de mano de obra y
debía dar un buen ejemplo.
»Creo que el sujeto era consciente de la consternación que su presencia
provocaba en los Fyne, y disfrutaba de ello en silencio. Se volvió bruscamente hacia
la joven. La señora Fyne me confesó que los tres habían permanecido callados e
inmóviles. Se dirigió a la muchacha:
»—¿A qué estás jugando, Florrie? Más vale que no sigas. Si pretendes que
salga corriendo a buscarte por todo Londres cada vez que tengas un disgustillo con
tu tía o tus primas estás equivocada.
No puedo permitírmelo.
»Disgustillo... fue una de esas expresiones que cortan el aliento, teniendo en
cuenta que la palabra “presidiario” y la palabra “indigente” habían sido
pronunciadas un momento antes de que Flora de Barral huyera de la disputa sobre
las puntas de encaje. ¡Sí, esas palabras! Al menos eso fue lo que le había contado la
muchacha a la señora Fyne la noche anterior. Calificar el asunto con la palabra
“disgustillo” tenía un sabor particular, un efecto paralizante. Todos se quedaron
mudos. El pariente de De Barral procedió de inmediato a un despliegue de
magnanimidad:
»—Tu tía me ha pedido que te diga que lo siente... Y Amelia (la hermana
alocada) no te volverá a molestar. Yo me encargaré de eso. Deberías estar contenta.
No olvides tu situación...
»Envalentonado por la absoluta quietud que invadía la habitación, se dirigió a
la señora Fyne con una insólita desfachatez:
»—Creo que la gente en general debería ser más tolerante. Ésta no soporta que
le tomen el pelo. Se da grandes aires. No aguanta ni una broma de personas que
valen tanto como ella. Somos gente sencilla y esa actitud no nos gusta nada. Por eso
surgen los problemas.
»Insensible a la pétrea mirada de tres pares de ojos que, de ser ciertas las
historias de nuestra infancia sobre el poder del ojo humano hubieran intimidado a un
tigre, ese imperturbable fabricante del East End hincó los dientes, hablando de forma
figurada, sobre la pobre chica, dispuesto a arrastrarla como a una presa, para deleite
de sus cachorros de ambos sexos.

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»—Tu tía tuvo el detalle de recordarme que te trajera tu sombrero y tu abrigo.
Los tengo ahí fuera, en el coche.
»La señora Fyne miró mecánicamente por la ventana. Ante la verja, bajo un
cielo lloroso, había un coche de alquiler. El cochero, con su capa cónica y sombrero
de lona impermeabilizada, chorreaba agua. El desfallecido caballo parecía haber sido
pescado, semiinconsciente, en un estanque. La señora Fyne sintió cierto alivio al
contemplar aquel triste espectáculo, lejos de la habitación en la que la voz del jovial
visitante resonaba con vulgares inflexiones exhortando a la oveja descarriada a
regresar al confortable redil que la estaba esperando.
»—Vamos, Florrie, muévete. No tenemos todo el día.
»La señora Fyne oyó estas palabras sin apartar la vista de la ventana. Fyne, de
pie sobre la alfombra cercana a la chimenea, también tuvo que oírlo y verlo todo. No
oso aventurarme a hacer ninguna conjetura sobre la verdadera naturaleza de aquel
suspense. Los Fyne, tan bondadosos, debían de sentirse llenos de ansiedad. La
muchacha apoyaba las manos en su regazo y tenía la cabeza baja, como si estuviera
sumida en pensamientos profundos, y aquel otro sujeto continuaba entonando una
especie de homilía. En ella condenaba la ingratitud y señalaba lo pecaminoso que es
el orgullo... junto con el hecho proverbial de que “antecede a la caída”. Hizo también
algunas sólidas observaciones acerca del peligro de las ideas insensatas y las
desventajas de un temperamento impulsivo, que lo alejan a uno hasta de sus mejores
amigos. “Y si a alguien le hacen falta amigos en este mundo es a ti, mi niña.” Incluso
llegó a invocar el respeto que se debe a la autoridad paterna. “En cuanto tu padre se
vio envuelto en problemas, me escribió para que me ocupara de ti... no lo olvides. Sí,
a mí, un hombre sencillo, y no a ninguno de sus amigos del West End. No debes
olvidarlo. Y un padre es un padre, no importa en qué lío se haya metido. No vas a
renegar de tu propio padre... ¿verdad?”
»Era difícil decir si aquel hombre era más absurdo que cruel o más cruel que
absurdo. La señora Fyne, con su fino oído femenino, creyó detectar una intención
burlona en aquel tono mezquino y pomposo, lo cual es sin duda más vil que la mera
crueldad. Lanzó una mirada rápida por encima del hombro y vio que la muchacha se
llevaba ambas manos a la cabeza para dejarlas después caer nuevamente sobre el
regazo. Fyne, de pie junto al fuego, parecía la víctima de un hechizo malvado...
incapaz de hablar o de moverse, pero obviamente atravesado por el dolor. Hubo una
breve pausa de silencio absoluto, y después, aquel “individuo detestable” (tuvo que
haber sido un individuo realmente notable en su género) dio rienda suelta al
sarcasmo.
»—¿Y bien?

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»Se hizo un nuevo silencio.
»—Si has llegado a un acuerdo con la dama y el caballero aquí presentes para
que te den alojamiento y comida es mejor que lo digas. Yo no voy a entrometerme en
un asunto que ni me va ni me viene. Pero me pregunto cómo se lo tomará tu padre
cuando salga... ¿o acaso crees que no saldrá jamás?
»La señora Fyne me explicó que en aquel momento sus ojos se cruzaron con
los de la joven y ella sintió la necesidad de cerrarlos. También sintió ganas de taparse
los oídos con las manos. Sin embargo, se contuvo y el “hombre sencillo” pasó, con
espantosa versatilidad, del sarcasmo a la amenaza velada.
»—Así es... ¿eh? Muy bien. Pero antes de marcharme a casa permíteme
pedirte, mi pequeña, que pienses si el hecho de rechazarnos de este modo no
repercutirá más tarde de alguna manera en contra de tu padre. Simplemente
piénsalo.
»Miró a su víctima con un aire astuto y misterioso. Ella dio un brinco tan
repentino que hasta él mismo se sobresaltó. La señora Fyne se incorporó y hasta el
hechizo que inmovilizaba a su esposo pareció romperse. Sin embargo, al momento, la
joven volvió a desplomarse en la silla y giró la cabeza para mirar a la señora Fyne.
Esta vez no fue el encuentro accidental de dos miradas furtivas. Hubo una deliberada
intención de comunicación. Al preguntarle yo sobre la naturaleza de esa
comunicación, la señora Fyne respondió que no lo sabía.
»—¿Fue una súplica? —inquirí.
»—No —repuso ella.
»—¿Había miedo, cólera, abatimiento, resignación?
»—¡No! ¡No! Nada de eso.
»Pero sí, los ojos de Flora delataban su miedo. Lo recordaba. Desde entonces
siempre había creído detectar, en todas sus miradas, el reflejo de aquella. Cuando
estaba atenta, cuando estaba distraída, incluso en sus miradas de gratitud, en la
expresión de sus más dulces estados de ánimo.
»—¿Así que también tiene sus momentos dulces? —pregunté con interés.
»La señora Fyne, muy conmovida por sus recuerdos, no hizo caso de mi
pregunta. Toda su energía mental se hallaba concentrada en dilucidar la naturaleza
de aquella mirada memorable. La tradición general de la humanidad nos enseña que
las miradas ocupan un lugar muy relevante en la forma de expresión femenina. La
señora Fyne estaba poniendo todo su empeño en que pudiera hacerme una idea clara

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de lo que quería decir con aquella mirada, tal vez para aliviar tanto su propia
desazón como mi curiosidad. En su intento, fruncía el entrecejo como lo hacen
algunos niños... lo delicioso de las mujeres es que muy a menudo parecen niños
inteligentes... quiero decir, hasta las más malhumoradas, las más avinagradas, las
más maltratadas incluso, lo parecen... a veces. Fruncía el entrecejo, como iba
diciendo, y yo ya comenzaba a esbozar una sonrisa, cuando de repente salió con algo
totalmente inesperado.
»—Fue terriblemente gracioso —dijo.
»Supongo que se sintió satisfecha ante mi repentina seriedad, porque me miró
de forma amistosa.
»—Sí, señora Fyne —dije ya sin sonreír—. Me hago cargo. Supongo que debió
ser terrible, hasta si uno lo imagina como una escena teatral.
»—¡Ah! —me interrumpió... y en realidad creo que su cambio de actitud
(volvió a cruzarse de brazos) fue para contener un estremecimiento—. Pero no fue
una escena teatral, y ella no se rió.
»—Sí. Sin duda fue terrible —insistí—. Y supongo que al final tuvo que irse...
¿Usted no dijo nada?
»—No —respondió la señora Fyne—. Hice sonar la campanilla y pedí a una de
las sirvientas que fuera al coche a traer el sombrero y el abrigo. Y nos limitamos a
esperar.
»No creo que jamás hubiera una espera como esa, salvo posiblemente en la
cárcel, algún amanecer que presidiera una ejecución. La sirvienta apareció con el
sombrero y el abrigo y entonces, exactamente como en la mañana de una ejecución,
cuando, según tengo entendido, se ofrece un desayuno al condenado, la señora Fyne,
ansiosa porque la muchacha de rostro pálido comiera algo caliente antes de
abandonar su casa y emprender un viaje interminable, expuesta al frío y a la lluvia a
bordo de un coche mojado, decidió romper aquel terrible silencio:
»—Deberías comer algo —dijo con su característica resolución. Y con idéntica
determinación, se volvió hacia el “individuo detestable”^—. Tal vez usted también
pueda sentarse y beber una taza de café.
»El muy digno “contratista de mano de obra” se sentó. Puede que las maneras
autoritarias de la señora Fyne, que en aquel momento no hizo nada por conciliarse
con él, lo sobrecogieran. Tomó asiento con ciertas reservas, como quien se encuentra,
en contra de su voluntad, en compañía muy dudosa. Aceptó sin ninguna cortesía la
taza que le tendía la señora Fyne, bebió de mala gana uno o dos sorbos y la dejó a un

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lado como si en el café de esos “ricachones” hubiera algún tipo de contaminación
moral. De cuando en cuando dirigía algunas miradas misteriosamente inexpresivas
al pequeño Fyne que, según tengo entendido, no desayunó nada aquella mañana.
Tampoco desayunó nada la joven, que no levantó las manos de su regazo hasta que
aquel que había sido nombrado su tutor se puso en pie, dejando a medias su taza.
»—Bien, si no piensas aprovechar el amable ofrecimiento de esta dama, es
mejor que te lleve a casa ahora mismo. Quiero empezar mi jornada.
»Tras los pocos minutos, silenciosos y densos, que Flora tardó en ponerse el
sombrero y la chaqueta, los Fyne, inmóviles y sin decir palabra, vieron como ambos
abandonaban el comedor.
»—No volvió la vista para mirarnos —explicó la señora Fyne—. Se limitó a
seguirlo. Jamás tuve una impresión tan desoladora de la lamentable dependencia de
las chicas... de las mujeres. Se trataba de un caso extremo. Pero un joven... cualquier
hombre... podía haberse ido a picar piedra o algo así... o podía haberse alistado... o...
»Era muy cierto. Las mujeres no pueden ir a ganarse la vida picando piedra, ni
siquiera cuando lo que está en juego sea su propia dignidad, su independencia o su
existencia misma. Pero lo que me hizo interrumpir la diatriba de la señora Fyne fue
mi profunda sorpresa ante el hecho de que aquel respetable ciudadano estuviera tan
dispuesto a mantener en su casa a toda costa a aquella pobre chica que carecía de un
lugar en el mundo. Y no sólo estaba dispuesto, sino que parecía quererlo así. No
podía suponerle impulsos generosos, pues a partir de lo que sabía de él me parecía
evidente que, por decirlo con suavidad, no era una persona impulsiva.
»—Me confieso incapaz de comprender sus motivaciones —exclamé.
»—Esto era precisamente lo que a John le inquietaba al principio —repuso la
señora Fyne.
»Para entonces había surgido entre nosotros un grado de intimidad que,
aunque no era el de la confidencia, le permitía referirse a su esposo como John.
»—Ya le he dicho que fue incapaz de abrir la boca en ningún momento —
continuó—. No lo culpo por su contención, todo lo contrario. ¿Qué podía haber
dicho? Además me di cuenta de que estuvo observando a aquel hombre con suma
atención.
»—De modo que el señor Fyne escuchaba, observaba y reflexionaba —
afirmé—. Ésa es una excelente manera de llegar a una conclusión. ¿Puedo
preguntarle a qué conclusión logró llegar? ¿Cuál fue la respuesta a esa cuestión tan
inexplicable? Porque no puedo admitir que aquel individuo obrara movido por su

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humanidad. Sería demasiado monstruoso.
»Nada de eso, me aseguró la señora Fyne algo resentida, como si yo acabara
de poner en entredicho la cordura del pequeño Fyne. Haciendo alarde de gran
sensatez, Fyne se había impuesto la tarea de averiguar qué intereses podía tener
aquel personaje. Yo jamás lo hubiera creído capaz de semejante cinismo. Se dijo que
para individuos de esa calaña —dejando de lado los temores religiosos o la vanidad
de la rectitud— el dinero, no las grandes riquezas, sino el dinero, simplemente un
poquito de dinero, es la medida de la virtud, de la conveniencia, de la prudencia... de
casi todo. Sin embargo la muchacha estaba en la indigencia más absoluta. Su padre se
hallaba en la cárcel, tras la catástrofe financiera más brutal y vergonzosa de los
tiempos modernos. Y entonces Fyne comprendió que ahí estaba la clave. ¡Aquella
catástrofe, aquella polvareda levantada por los millones desaparecidos! ¿Era posible
que hubiera desaparecido hasta el último centavo? ¿No habría de quedar por fuerza
algo sólido en algún lugar, algún fragmento que se hubiera salvado de la ruina?
»—¡Eso es! —había exclamado Fyne, sorprendiendo a su esposa con esa
explosiva apertura de sus labios menos de media hora después de la partida del
primo de De Barral con la hija de De Barral. Todavía se hallaba en el comedor, y se
acercaba la hora en que debía salir a hacer frente a los elementos para ofrecer otro día
de trabajo al servicio de su patria. Todo cuanto pudo decir en aquel momento para
aclarar esa salida de tono tan ajena a su plácida solemnidad habitual fue:
»—Ese individuo cree que De Barral ha escondido parte del botín en algún
sitio.
»Ésta era la teoría a la que había llegado Fyne, y la justificó argumentando que
se sabía de muchos individuos que, habiéndose declarado en bancarrota, habían
tomado esta precaución y era posible que eso mismo hubiera hecho De Barral. Fyne
llegó tan lejos en su despliegue de pesimismo cínico como para decir que era, de
hecho, extremadamente probable.
»Le aclaró a la señora Fyne que evidentemente De Barral no le había confiado
esto a nadie, pero en la mente mezquina del asqueroso pariente había surgido esa
sospecha. Era egoísta y despiadado en su estupidez, pero estaba claro que albergaba
la idea de reclamarle a De Barral, cuando éste saliera de presidio, una compensación
por los “cuidados” —así lo hubiera expresado él— dispensados a su hija. Sin duda
acariciaba esta esperanza en secreto y era de suponer que se lo habría ocultado
incluso a su esposa.
»Pude verlo con claridad. Esa idea explicaba el misterio de que intercediera a
favor de la muchacha. Él era el único protector que ella tenía. Era como si Flora

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estuviera condenada a vivir siempre rodeada de traiciones y mentiras que ahogarían
cualesquiera de sus buenos impulsos, cualquier aspiración instintiva de su alma
hacia la confianza y el amor. Esto hubiera sido más que suficiente para conducir a
una naturaleza delicada a la locura de la desconfianza universal... a cualquier tipo de
locura. No sé hasta dónde puede acompañarnos el sentido del humor. Quizás hasta
el pie de la horca. Pero, por lo que yo recordaba de Flora de Barral, temía que no
tuviera gran sentido del humor. Se había echado a llorar cuando el estúpido perro de
los Fyne la había abandonado. Y aquel animal sin duda carecía de cualquier tipo de
doblez. La indignación de la joven ante su comportamiento completamente instintivo
había sido ridícula, incluso cómica, pero revelaba una enorme carencia de sentido del
humor.
»Como podrás imaginar, no tenía demasiadas ganas de reanudar la discusión
en torno a la necesidad, la conveniencia, la eficacia, o lo que fuese, del viaje de Fyne a
Londres. No es que me hubiese desentendido del pequeño Fyne, que seguía en el
portal con el perro. (Se mantenían asombrosamente callados. ¿Se habrían dormido?)
Simplemente sentía que mi sagacidad o mi conciencia saldrían dañados en esa
batalla. Y ningún hombre se expone voluntariamente al daño moral. No quería librar
una batalla con la señora Fyne. Prefería escuchar algo más sobre la joven. Dije:
»—Así que se marchó con ese respetable rufián.
»La señora Fyne se encogió hombros.
»—¿Qué otra cosa podía haber hecho.
»Me mostré de acuerdo con ella, haciendo otro gesto resignado. A una joven
como Flora de Barral no le hubiese sido fácil convertirse en operaría de una fábrica,
patética costurera o camarera. No hubiera sabido ni por dónde empezar. Era víctima
de la peor suerte concebible. Y no había en ella mezquindad suficiente como para
afrontarlo. Cabe señalar que muchas personas nacen asombrosamente ineptas para la
suerte que les aguarda en la tierra. Como no deseo que pienses que soy demasiado
parcial con la muchacha, diremos que decididamente no logró granjearse el cariño de
aquella familia sencilla, virtuosa y, según creo, abstemia. Tengo la convicción de que
ni siquiera un ángel lo hubiera conseguido. No merece la pena entrar en detalles;
baste decir que antes de finalizar aquel año volvió a presentarse ante la puerta de los
Fyne.
»Esta vez la acompañaba un joven corpulento. Su rostro alargado y pálido
mostraba una sonrisa estúpida amargada por el enojo. Vestía ropa nueva y la
indescriptible elegancia del corte, de un género que la señora Fyne jamás había visto
antes, la dejó estupefacta justo cuando salía al vestíbulo con el sombrero puesto, pues

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se disponía a acudir al recital de una nueva pianista en casa de una amiga. El joven se
dirigió con descaro a la señora Fyne y le rogó que no permitiera “que esta tonta
regrese con nosotros”. Por culpa de ella, dijo, en las últimas tres semanas no había
habido en casa más que “jaleos”. Toda la familia estaba harta de peleas. Su padre le
había pedido que la llevara a esa dirección y les dijera a la dama y al caballero que
allí encontraría que podían quedarse con ella. Carecía de la sensibilidad suficiente
como para apreciar un hogar inglés sencillo y honrado, así que era mejor que se
marchase.
»Aquel joven con rostro de granuja estaba molesto por la tarea que le había
encomendado su padre. Le había supuesto dejar de acudir a una cita que tenía
aquélla tarde con cierta joven con la que estaba comprometido. Por eso pretendía
volver cuanto antes, para verla aquella noche “aunque tuviese que reventar”.
»—Adiós, Florrie. Buena suerte... y espero no tener que volver a ver tu cara.
»Tras decir esto salió corriendo con la premura de un enamorado, dejando
abierta de par en par la puerta del vestíbulo. La señora Fyne no había podido decir
una palabra. La sorpresa ni siquiera la dejaba respirar bien. Pero tuvo la presencia de
ánimo suficiente como para coger a la muchacha del brazo justo cuando ésta también
se precipitaba hacia la calle... con la premura de la desesperación, supongo, y para
acudir a quién sabe qué trágica cita.
»—La detuvo usted con sus propias manos, señora Fyne —comenté—.
Supongo que pretendía escapar. Esa muchacha no es ninguna comediante... si no me
equivoco al juzgarla.
»—¡Sí! Tuve que emplear la fuerza para hacerla entrar, casi a rastras.
»A la señora Fyne no le era difícil decir la verdad.
»—Yo estaba a punto de salir cuando ellos llegaron, de modo que, cuando
aquel desagradable joven se marchó, me encontré a solas con Flora. Lo único que
podía hacer era retenerla en el vestíbulo mientras llamaba a los sirvientes para que
vinieran a cerrar la puerta.
»Yo mismo visualicé la historia, ya que tengo esa costumbre, esa debilidad, o
ese don, no sé muy bien qué. Me es imposible evitarlo. Y la imagen de la señora Fyne
vestida para esa función bastante especial, enfrascada en una lucha con una
muchacha de rostro pálido y ojos desorbitados, tenía cierta fascinación dramática.
»—¡De veras! —murmuré.
»—¡Oh! No hay duda de que luchó —comentó la señora Fyne. Apretó los
labios un momento y luego añadió—: En cuanto a que sea o no una comediante, esa

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es otra cuestión.
»La señora Fyne había vuelto a cruzarse de brazos. Vi ante mí a la hija del
refinado poeta, aceptando la vida en su conjunto, con sus inevitables condiciones,
una de las cuales es el instinto de supervivencia y el egoísmo de toda criatura
viviente.
»—La cuestión es que fue usted... usted misma... dicho con sus propias
palabras, quien la metió a rastras en la casa —insistí en tono de broma pero con
intención seria.
»—¿Qué podía hacer? —exclamó la señora Fyne con exasperación casi
cómica—. ¿Me acusa de haber sido demasiado impulsiva?
»Y pasó a aclararme que no lo era en absoluto. Una de las recomendaciones en
que siempre insistía —supongo que a sus amigas— era vigilar los impulsos.
¡Siempre! Pero yo no había estado allí para ver el rostro de Flora en aquel momento.
De haber estado, me perseguiría todavía hoy. Nadie, a menos que fuese de hierro,
habría permitido que una persona con aquella expresión se precipitara sola a la calle.
»—¿Y no la persigue a usted aquella imagen, señora Fyne? —pregunté.
»—No, ahora no —dijo en un tono implacable—. Puede que si la hubiera
dejado marcharse sí me persiguiera... Sin embargo, no crea que estoy insinuando que
en aquel momento interpretaba una comedia por el hecho de que tras la lucha del
principio terminara por quedarse. Se rindió de repente. Se desplomó en nuestros
brazos, en los míos y en los de la criada que vino corriendo en respuesta a mi
llamada, y...
»—Y la puerta se cerró —completé la frase a mi manera.
»—Sí, la puerta se cerró.
»La señora Fyne bajó y subió la cabeza lentamente.
»No le pedí más detalles. De lo que sí estoy seguro es de que la señora Fyne no
acudió aquella tarde a la función musical. Sin duda le molestaría bastante verse
privada del privilegio de escuchar a una joven pianista en privado, una mujer que
más tarde llegó a convertirse en una intérprete reconocida. La señora Fyne no se
atrevió a marcharse de la casa. En cuanto a cuáles fueron los sentimientos del
pequeño Fyne cuando regresó de su oficina justo media hora antes de la cena,
después de pasar por el club, no tengo ninguna información. Pero me aventuro a
afirmar que en general fueron buenos sentimientos, aunque es posible que en un
primer momento de sorpresa haya tenido que contener alguna que otra maldición.

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»En resumidas cuentas, al día siguiente los Fyne decidieron confiar su secreto
a una anciana adinerada. A algunas ancianas el paso de los años les devuelve una
especie de sosegada y juvenil disposición sentimental, una perspectiva optimista, un
gusto por la novedad, por el experimento. La anciana se mostró muy interesada:
“¡Dejadme ver a la pobrecilla!” Por tanto, se le permitió ver a Flora de Barral en el
vestidor de la señora Fyne un día que no había allí nadie más y la anciana le dedicó
un sermón con una autoridad encantadora y mostrándose muy comprensiva:
»—La única forma de hacer frente a nuestros problemas, querida niña, es
olvidarlos. Debes olvidar los tuyos. Es muy sencillo. Mírame a mí. Siempre olvido los
míos. A tu edad se debe ser alegre.
»Más tarde, cuando se quedó a solas con la señora Fyne, le confió:
»—Espero que la chica consiga volverse alegre. No soporto caras tristes a mi
alrededor. A mi edad se necesitan compañías alegres.
»Y con esa esperanza se llevó a Flora de Barral a Bournemouth durante los
meses de invierno, en calidad de lectora y acompañante. Le dijo con jovial
cordialidad: “Lo pasaremos bien juntas. No soy una vieja gruñona”. Sin embargo, en
cuanto regresó a Londres, procuró ver de inmediato a la señora Fyne. Había
descubierto que Flora no era de naturaleza alegre. Cuando se esforzaba en serlo, el
resultado era todavía peor. La anciana no podía soportar la tensión que ello le
producía. Y además, para ser del todo sincera, no podía soportar la compañía de
alguien que no la quisiera, y estaba convencida de que Flora no la quería. ¿Por qué?
No sabía explicarlo. Además, algunas veces había sorprendido a la muchacha
mirándola de un modo extraño. ¡Oh, no! No era una mirada maligna... era una
expresión peculiar, que no se podía comprender. Y cuando recordaba que su padre
estaba en la cárcel, encerrado junto a un montón de delincuentes... se sentía muy
incómoda. ¡Si al menos la muchacha hubiese tratado de olvidar sus problemas! Pero
evidentemente era incapaz o no estaba dispuesta a hacerlo. Y eso era algo perverso...
¿o no? De modo que, en definitiva, creía que probablemente sería mejor.
»La señora Fyne asintió apresuradamente a la conclusión tácita.
»—¡Oh, por supuesto! ¡Por supuesto! —se preguntaba que haría con Flora,
pero no le sorprendía demasiado el cambio de actitud de la anciana. Casi lo
comprendía.
»Luego vino una familia alemana, conocidos de la esposa de uno de los
colegas de Fyne en el Ministerio del Interior. Sin demasiadas contemplaciones, la

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Flora de mirada enigmática fue despachada con aquella familia. Como no se
consideró necesario ponerles al corriente de la historia de la muchacha con todos sus
detalles, no esperaban que fuera especialmente alegre ni se sentían especialmente
turbados ante la indescriptible calidad de sus miradas. La mujer alemana era
bastante vulgar y Flora tenía dos niños a los que cuidar, supongo que vulgares
también, con los que se mostraba muy atenta, según tengo entendido. Si les enseñó
algo debió de haber sido por pura inspiración, pues sin duda no sabía nada sobre la
enseñanza. Pero lo que le pedían era sobre todo “conversación”. Flora de Barral
conversando con dos niños pequeños alemanes, de forma regular, aplicada,
concienzuda, a fin de mantenerse viva en el mundo que le deparó el pasado que ya
conocemos y un futuro de calidad aún más indeseable... se me antoja un panorama
bien curioso. Pero creo que no le fue tan mal. Según contó por carta, su trabajo era
para ella como una droga misericordiosa. Había aprendido a “conversar” el día
entero, de forma mecánica, ausente, como en trance. ¡Tuvo que ser un trance difícil!
Sus peores momentos los pasaba en sus ratos libres... sola por la noche, encerrada en
su cuartito, sus pensamientos embotados se despertaban lentamente hasta que
cobraba plena conciencia de su posición, como una persona que despierta en contacto
con algo venenoso —una serpiente, por ejemplo— y experimenta el impulso
enloquecido de arrojarla lejos y salir corriendo y chillando a esconderse donde sea.
»Durante aquella época, Flora de Barral le escribía a la señora Fyne, no con
regularidad, pero sí con cierta frecuencia. No sé cuánto tiempo hubiera continuado
“conversando” y ayudando, de vez en cuando, a supervisar los armarios roperos
bellamente provistos de prendas de lino de aquel acomodado hogar alemán, si el
señor de la casa no hubiera desarrollado, en sus ratos de ocio —era comerciante y
tenía por tanto un carácter muy casero— cierta similitud psicológica con la anciana
de Bournemouth. Al parecer, él también quería ser amado.
»Sin embargo, no era el suyo el temperamento de un conquistador... no era un
libertino que robara besos y rompiera puertas. Incluso en el acto de desviarse del
camino de la virtud seguía siendo un respetable comerciante. Tal vez hubiera sido
mejor para Flora que se tratara de un salvaje. Pero emprendió su siniestra empresa
de una forma sentimental, prudente, casi paternal y pensó que no tenía nada que
temer de una bonita huérfana. La joven, a pesar de toda su experiencia, era todavía
demasiado inocente, y además no tenía plena conciencia de sí misma como mujer,
con lo que no supo desconfiar de esas maniobras de acercamiento enmascaradas. En
realidad, no se daba cuenta de nada. Creía que aquel hombre era comprensivo... la
primera persona abiertamente comprensiva que había conocido. Era tan inocente que
ni siquiera pudo comprender la furia de la alemana, pues, como podrás imaginar, la
esposa no se dejó engañar durante mucho tiempo... siendo además algo mayor que

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su marido. Éste, por su parte, con la peculiar cobardía que da la respetabilidad, no
dijo una sola palabra en defensa de Flora. Se mantuvo al margen y escuchó cómo la
injuriaban en los términos más groseros, limitándose a asentir y fruncir levemente el
entrecejo de vez en cuando. Para que te hagas una idea de la inocencia de la
muchacha te diré que al principio creyó que aquella tormenta de reproches
indignados se debía al descubrimiento de su verdadero nombre y de su parentesco
con un presidiario. Estaba allí con un nombre falso... como huérfana de origen
respetable y con buenas recomendaciones. Su angustia, sus mejillas encendidas y sus
intentos de expresar su arrepentimiento por este engaño fueron tomados como una
confesión de culpa. “Intentaste traer el deshonor a mi hogar”, le gritaba la alemana.
»¡Aquí tienes un auténtico malentendido! Flora de Barral, que se sentía
avergonzada pero no creía que su padre fuese culpable, respondió con fiereza: “De
todos modos, soy tan honrada como usted”. Entonces la alemana casi sufre un ataque
de rabia. “Haré que te arrojen a la calle”.
»Flora no fue exactamente arrojada a la calle, creo, pero sí expedida con su
equipaje en un vapor rumbo a Londres. ¿Te dije que esa gente vivía en Hamburgo?
Bien, pues la enviaron al muelle en una lluviosa tarde de invierno con un lacayo
socarrón e insolente que la dejó en cubierta ardiendo de indignación, medio
despeinada, temblando de nervios, tan asustada que poco le faltó para tener un
ataque de histeria. De no ser por la camarera que, sin hacerle preguntas, Dios la
bendiga, se ocupó de ella y la condujo hasta el salón de damas —que por suerte
estaba vacío— quien sabe si hubiera llegado a Inglaterra. No sé si una brizna de paja
ha salvado alguna vez a un hombre que se ahoga, pero sí sé que una mirada puede
calmar la desesperanza. El suicidio, sospecho, es muchas veces resultado del
agotamiento mental... no un acto de energía salvaje, sino el síntoma final del
desmoronamiento completo. Los cuidados tranquilos y prácticos de la camarera del
barco, que no parecía conocer más agonía humana que el mareo, que hablaba del
tiempo que probablemente haría durante el viaje —creía que iba a ser una noche
dura— y que insistía con profesionalidad: “Permítame que la ayude a instalarse
abajo, señorita” como si solo pensara en su propina, bastaron para disipar las
sombras de la muerte que se habían congregado en torno al agotamiento moral y al
pensamiento desatinado que con tanta frecuencia hacen de la idea de renunciar a la
vida algo tan atractivo para los jóvenes. Flora de Barral se acostó y cabe presumir que
durmió. Sea como sea, sobrevivió al viaje por el Mar del Norte y se lo contó todo a la
señora Fyne, sin esconder nada ni ser reprendida de ninguna manera, pues las
opiniones de la señora Fyne, pese a su pedantería, eran harto liberales. Sostendría,
supongo, que la mujer tiene todo el derecho —o posee una excusa perfecta— para
escapar a su manera de un mundo tan mal dirigido por los hombres.

140
»Cabe hacer notar que una vez en Londres, la pobre Flora, aún habiendo
tenido tiempo para reflexionar, distaba mucho de estar segura de la verdadera razón
de su violento despido. Y sentía aquella humillación con un resentimiento casi
enloquecido.
»—¿Y usted no la ilustró sobre ese punto? —me aventuré a preguntar.
»La señora Fyne se encogió de hombros como si aceptase con resignación
todas las necesidades que no deberían serlo. Tenía que decirle algo, murmuró. Le
dijo lo justo para permitirle que llegara a la conclusión correcta.
»—¿Y lo hizo?
»—Sí, por supuesto. No es tonta —respondió la señora Fyne en tono cortante.
»—Entonces su educación está terminada —observé con cierta amargura—.
¿No cree que hay que darle una oportunidad?
»La señora Fyne entendió lo que pretendía decir.
»—Eso sí que no —respondió bruscamente de forma muy femenina—. Me
parece muy bien que usted intervenga en su favor, pero yo...
»—No intervengo en su favor. Le he hecho una simple pregunta. Me ha
parecido natural preguntarle qué pensaba.
»—Lo que importa es lo que siento. Y no puedo evitar mis sentimientos. Como
usted comprenderá —añadió en tono más suave— mis sentimientos tienen que ver
sobre todo con mi hermano. Nos tenemos mucho afecto. No nos llevamos muchos
años. Supongo que sabe que es un poco más joven que yo. Siempre fue muy sensible.
Y con tendencia a la melancolía. No tiene sentido que le oculte que en casa no éramos
felices. Sin duda habrá oído... ¿Sí? Bueno, yo era todavía más desdichada que él,
estaba herida... no me importa contárselo. Él se marchó con unos parientes lejanos de
nuestra madre, unos parientes que mi padre ni siquiera conocía, según creo. No voy
a juzgarlos.
»Llegados a este punto interrumpí a la señora Fyne. No es que Fyne fuera
demasiado comunicativo, pero se notaba que estaba orgulloso de su suegro...
“Carleon Anthony, el poeta, ya sabe”. Le enorgullecía su celebridad, aunque no
aprobara su carácter. Tengo la fuerte sospecha de que ésa era la razón por la que se
aferraba con avidez a la teoría de que el genio poético está emparentado con la

141
locura, que tomó de un libro idiota que todo el mundo leía hace algunos años4. Dicha
teoría le pareció la verdad absoluta, esclarecedora como el sol. La adoptó como un
devoto. Incluso en ocasiones me aburría hablándome de ella. Una vez, sólo para
callarlo, le pregunté, con cordialidad, si esa teoría que consideraba tan
incontrovertible no inquietaba un poco a su esposa y a sus queridas hijas. Me
traspasó con una mirada de compasión y, con su voz profunda y solemne, me instó a
que recordara el “hecho comprobado” de que la genialidad no es hereditaria.
»Me limité a decir “Oh, ¿no lo es?” y creyó haberme silenciado con un
argumento irrefutable. Pero siguió hablando de su glorioso suegro, y durante el
curso de esa conversación me contó que cuando los parientes de Liverpool de la
difunta esposa del poeta se dirigieron a él bastante preocupados, proponiéndole que
hablaran sobre el futuro del muchacho, el indignado —pero siempre refinado—
poeta les escribió en respuesta una carta de cortesía donde se limitaba a exhibir un
estilo perfectamente elegante que los ofendió muchísimo. Este derroche de ingenio
que en realidad escondía mortificación y rabia les pareció tan cruel que optaron por
quedarse con el muchacho. Y lo dejaron hacerse a la mar no porque les molestara,
sino porque éste les rogó con insistencia que le permitieran ir.
»—¡Oh! Usted ya sabe —exclamó la señora Fyne después de una pausa—.
Bueno... yo me sentí muy abandonada. Y luego, la vida que escogió... tan
extraordinaria, tan infortunada, podría decirse. Sufrí mucho. Me hubiera gustado
que se convirtiera en un hombre distinguido... o al menos que permaneciera en una
esfera social en la que ambos pudiéramos tener intereses, conocidos, pensamientos
comunes. No es que me haya distanciado de él, pero lo cierto es que tengo la
sensación de que no lo conozco. Cuando estuvo aquí, me afectó mucho ver lo difícil
que nos era encontrar un tema de conversación.
»Mientras la señora Fyne hablaba de su hermano, dejé que mis pensamientos
abandonaran la habitación para llegar hasta el pequeño Fyne, que, al dejarme a solas
con su esposa, de algún modo me había confiado su paz doméstica.
»—Bueno, señora Fyne, ¿no cree que dadas las circunstancias sería razonable
dejar que su hermano cuide de sí mismo?
»—Supongamos que tengo razones para creer que no puede cuidar de sí
mismo en determinadas circunstancias —al decir esto titubeó de una manera

4Se refiere a la obra Degeneración, de Max Nordau. Este médico, poeta, sociólogo, novelista e
historiador húngaro sostenía la tesis de que ciertos escritores, tales como Baudelaire, Verlaine o
Mallarmé, eran tan degenerados como los criminales, prostitutas, anarquistas y lunáticos. (N. del T.)

142
graciosa y tímida que despertó mi interés. Luego añadió con una seguridad
forzada—: Creo que los marineros son muy susceptibles.
—»Lancé una carcajada que sólo sirvió para aumentar la frialdad de su mirada
escrutadora.
»—Lo son. ¡Inmensa e irremediablemente susceptibles! Mi estimada señora
Fyne, es mejor que se dé por vencida. Sólo conseguirá hacer desgraciado a su esposo.
»—Yo también soy desgraciada. Esta es en realidad nuestra primera
diferencia...
»—¿En relación a la señorita De Barral? —pregunté.
»—En relación a todo. Y me resulta completamente intolerable que esa
muchacha haya sido el desencadenante. Creo que él debería ceder.
»Giró un poco la silla y, tomando el libro que yo había estado leyendo aquella
mañana, comenzó a pasar las hojas distraídamente.
»Ya que no me miraba, pensé que podía permitirme la libertad de abandonar
la habitación. Su atmósfera se había hecho desesperante para la paz doméstica del
pequeño Fyne. Ríete si quieres, pero lo cierto es que para las personas solemnes todo
reviste solemnidad. Y mi sagacidad me alcanzaba para darme cuenta de eso.
»Así que salí al porche. El perro dormitaba a los pies de Fyne. Aquel
hombrecillo musculoso, que contemplaba el paisaje apoyado en su codo, tenía un
aire de desamparo. Se giró enseguida, pero al ver que venía yo solo, volvió a
entregarse a la contemplación taciturna de aquel paisaje verde.
»Dije en voz alta y clara:
»—He salido a fumar un cigarrillo —y me senté junto a él en el banco de la
entrada. Entonces, bajando la voz, añadí—: La tolerancia es una virtud
extremadamente difícil. Para algunos más que el heroísmo. Más que la compasión.
»Evité mirarlo. Sabía perfectamente bien que no le agradaría mi manera de
empezar. Las generalidades no le gustaban. Desconfiaba de ellas. Encendí un
cigarrillo, no porque deseara fumar, sino para poder volver a considerar mi consejo...
el diplomático consejo que había decidido darle. Y proseguí en un tono apagado.
»—Mi comentario se debe a lo que he podido descubrir cuando nos dejó a
solas. Lo sospeché desde el principio y ahora estoy seguro de ello. Lo que su esposa
no puede tolerar en todo este asunto es que la señorita De Barral sea lo que es.
»Hizo un movimiento, pero yo mantuve mi mirada apartada y no me detuve.

143
»—Es decir... no soporta que sea una mujer. Tengo cierta idea de la actitud
mental de la señora Fyne hacia la sociedad, con sus injusticias y con sus ridículas o
atroces convenciones. Cualquier acción emprendida contra ellas, por audaz que sea,
no recibirá la sanción de su esposa. Creo que la doctrina que inculca en las lindas
cabecitas de sus invitadas es casi vengativa. Una especie de doctrina moral a sangre y
fuego. No soy yo quien debe decir hasta qué punto es una sabia lección. No me
permito juzgarlo. Pero tengo la impresión de que sus encantadoras discípulas se
quemarán con las antorchas y se cortarán los dedos con las espadas que les
proporciona la señora Fyne.
»—Mi esposa defiende sus opiniones con absoluta seriedad —murmuró Fyne
de repente.
»—Sí, no cabe duda —afirmé, también en voz baja—. Pero se trata de un mero
ejercicio intelectual. Lo que creo es que, al tratar con la realidad, la señora Fyne
pierde por completo su sentido de la tolerancia. En otras palabras, no puede
perdonar a la señorita De Barral que sea una mujer y se comporte como una mujer. Y,
sin embargo, la actitud de la muchacha no es sólo razonable y natural, sino que es su
única posibilidad. Una mujer sola frente el mundo no dispone más que de sus
propios recursos. Su única posibilidad de acción es pasar a ser lo que es. Usted
entiende a lo que me refiero.
»Fyne balbuceó entre dientes que sí lo entendía, pero no se mostraba muy
interesado. Lo que esperaba de mí era que lo sacara de una situación difícil. No sé si
esto les sonará creíble a parejas casadas menos solemnes, pero lo cierto es que para
Fyne discrepar con su esposa era un incidente notable. Casi un desastre.
»—Parece como si no me importara lo que pueda ocurrirle a su hermano —
comentó—. Y, al fin y al cabo, si hay algo...
»Lo interrumpí, impaciente, pero conseguí no alzar el tono:
»—¿Qué? La posibilidad de verse condenado a trabajos forzados se parece a la
genialidad precisamente en que no es hereditaria. ¿Y qué otra objeción podría
hacérsele a la muchacha? Toda la energía contenida en sus sentimientos más
profundos, que consumiría en balde enfrentándose al peligro y la fatiga de luchar
contra la sociedad, podrá convertirse en cariño devoto hacia el hombre que le ofrece
una forma de escapar de la que habría sido una vida de continuas angustias
espirituales. Por no mencionar las dificultades estrictamente materiales.
»Mirando a Fyne por el rabillo del ojo descubrí que me prestaba atención. Me
hizo notar que debí decirle todo eso a su esposa. Su observación era oportuna, pero
yo había dado a su esposa por imposible. Le pregunté si creía que ésta pretendía

144
encomendarle una carta para su hermano.
»No. No tenía esa impresión. Había ciertas razones por las cuales la señora
Fyne se resistiría a llevar sus argumentos al papel. Lo que haría es instruir a Fyne
para que los transmitiese, sin embargo, si éste persistía en su negativa, ella no tendría
más remedio que escribir.
»—No desea que yo vaya si no estoy absolutamente convencido de que ella
está en lo cierto —dijo Fyne con solemnidad.
»—Es muy exigente —comenté. Y me di cuenta de que estaba acostumbrada a
serlo—: ¿No podría conformarse con menos, por esta vez?
»—No estará usted insinuando que ella debería ceder... ¿verdad? —preguntó
Fyne en un susurro de alarmada suspicacia.
»Como era exactamente eso lo que intentaba decir, dejé que todo el peso de mi
comentario le cayese encima. Se movió aguadamente. Podríamos decir que se
retorcía, si es que puede emplearse esta palabra para hablar de un personaje tan
solemne. Y cuando la horrible revelación le llegó hasta los talones, por decirlo de
algún modo, se quedó perfectamente inmóvil. Permaneció sentado, contemplando
impávido el espacio delimitado por las amarillentas y requemadas laderas del
terreno que se elevaba a un par de millas de distancia. El rostro de la colina mostraba
la cicatriz blanca de la cantera donde no más de dieciséis horas antes Fyne y yo
habíamos estado buscando a tientas en la oscuridad, con el horrible temor de que
nuestras manos toparan con el cuerpo destrozado de la joven. Además yo recordaba
mi encuentro con ella. Sin duda caminaba muy cerca del borde... sintiéndose tentada
ante una solución siniestra. Pero ahora que el más inesperado azar la había hecho
tropezarse con un hombre había encontrado otra forma de escapar del mundo, de
aquel mundo que se abría ante ella... un mundo sin honor, ni pan, ni cobijo. Como
mucho habría encontrado en él una precaria limosna fruto de la caridad, que iría
disminuyendo conforme aumentaran sus años. El encanto de Flora, la niña
abandonada, había sido irresistible para la compasión de los Fyne, pero ahora ya se
había convertido en una mujer y la señora Fyne oponía una implacable resistencia
frente a una transacción particularmente femenina. Podría decir triunfalmente
femenina. Es cierto que la señora Fyne no deseaba que las mujeres fuesen mujeres. Su
teoría era que debían convertirse en unas pesadas asexuadas y sin escrúpulos. En
algún lugar de su pecho albergaba el alma de una teórica despechada. No sé qué
pretendía que hiciera Flora de Barral para intentar salvarse de una existencia
miserable, pero sospecho que le habría sido más fácil perdonarle un auténtico delito,
por ejemplo que desvalijara la mesa de trabajo de la anciana de Bournemouth. Y
además —dado que la señora Fyne era muy mujer— tenía un sentido muy fuerte de

145
la propiedad y, aunque su hermano le sirviera de bien poco, de todos modos no
deseaba verlo unido a otra mujer, a una mocosa. Y, para colmo, una mocosa como
ésa. En este mundo nada es más cierto que el hecho de que los desafortunados no
tienen ni siquiera el derecho de disfrutar sus pocas oportunidades... como si la
desgracia fuera una especie de descalificación legal. Los sentimientos de Fyne —
como suele ocurrir en un hombre— poseían mayor estabilidad. Gran parte de su
compasión sobrevivía. De hecho, le oí murmurar “Menudo fastidio”, pero sabía que
estaba pensando en la integridad de su vida conyugal. Con la mirada fija en el perro,
que dormía acurrucado en medio del porche, sugerí en un tono tranquilo e
impersonal:
»—Sí. ¿Y por qué no cede usted?
»Nunca antes había visto al pequeño Fyne en una actitud menos solemne.
Masculló entre dientes que iba a ser muy difícil persuadirlo de “aplastarle la cabeza a
una pobre chica que se había comportado con valentía”... y resopló. Todavía
contemplaba la distante cantera y creo que aquella imagen lo afectaba. Le aseguré
que en ningún momento había pretendido aconsejarle algo tan cruel. Estoy
convencido de que siempre había dudado de la solidez de mis principios, porque se
giró con rapidez hacia mí como si hubiera estado todo el tiempo en guardia,
esperando que yo cometiera un desliz.
»—¿Entonces qué pretende? ¿Que finja?
»—¡No! ¡Qué tontería! Eso sería inmoral. De todos modos le confesaré que,
puesto en la disyuntiva, yo preferiría hacer algo inmoral antes que algo cruel. Lo que
intentaba sugerirle es que, ya que usted no cree en la eficacia de su intervención, el
problema se reduce a que consienta hacer lo que su esposa desea que haga. No es
más que actuar como un caballero. Y es también actuar con generosidad, pues
comprendo lo incómodo que le resulta. Generalizando, puede considerarse que una
acción altruista es una acción moral. Le diré una cosa: iré con usted.
»Se volvió hacia mí y me miró con sorpresa y suspicacia.
»—¿Iría usted conmigo? —repitió.
»—No lo ha entendido —le respondí, divertido ante el disgusto y la
incredulidad que expresaba su tono—. Debo ir a la ciudad mañana por la mañana.
Vayamos juntos. Usted tiene un juego de ajedrez de viaje.
»Su fisonomía, hasta entonces contraída por gran variedad de emociones, se
relajó un poco ante la idea de una partida. Añadí que, ya que debía ocuparme de
negocios en los muelles, le acompañaría hasta el barco.

146
»—Nos entretendremos durante el camino a esos remotos lugares del East
End con una conversación instructiva —lo alenté.
»—Mi cuñado se hospeda en un hotel... el Hotel Eastern —me informó
volviendo a ponerse sombrío—. No tengo la menor idea de dónde está.
»—Conozco el lugar. Lo dejaré en la puerta y usted sentirá la satisfacción de
estar cumpliendo con su deber, ya que complace a una dama sin hacer daño a nadie.
»—¿Está usted seguro? ¿No le haré daño a nadie? —insistió indeciso.
»—Le aseguro que lo que va a hacer no servirá de nada —afirmé con todo el
énfasis que pude, lo cual, al parecer, únicamente contribuyó a aumentar el solemne
descontento de su semblante.
»—Pero para que mi viaje sea del todo sincero, primero debo convencer a mi
esposa de que no valdrá de nada —objetó portentosamente.
»—¡Oh, es usted un sofista! —exclamé. Y no añadí más porque en aquel
momento la señora Fyne salió de la casa. Ambos nos pusimos en pie cuando
apareció. Su mirada clara, incolora, inmutable, nos envolvió a los dos con actitud
crítica. Respondí a aquella frialdad con una sonrisa, pero Fyne, en cambio, optó por
agacharse para soltar al perro. Aquello le llevó algún tiempo; entonces, justo cuando
volvía a ponerse derecho, el animal pasó de golpe del sueño más profundo a la
actividad más frenética. Envuelto en el tornado de sus correteos y estúpidos ladridos,
estreché la mano completamente rígida que la señora Fyne me ofrecía y me incliné
sobre ella con deferencia. Después se encaminó por el sendero sin pronunciar
palabra; Fyne se le había adelantado y la esperaba ante la verja abierta. La
atravesaron y se alejaron por el camino envueltos en la pequeña nube de polvo que el
perro levantaba al dar vueltas enloquecidas en torno a sus dos figuras, que
caminaban lado a lado con rectitud y decoro y —no sé por qué— me pareció como si
acabaran de anexionar la totalidad del condado. Tal vez fuera que me habían
impresionado con sus aires de superioridad. ¿Pero de qué superioridad se trataba?
Tal vez su única superioridad estaba en sus propias limitaciones. Era evidente que
ninguno de los dos se iba con una buena opinión acerca de mí. Sin embargo, lo que
más me afectó fue la indiferencia de su perro. Hubo un tiempo en que se precipitaba
sobre mí, a toda velocidad, dando un salto aterrador hasta alcanzar mi chaleco; al
menos hacía eso una vez en cada uno de nuestros encuentros. En cambio esta vez
había olvidado esa ceremonia, a pesar de mi conducta correcta e incluso
convencional al ofrecerle un trozo de bizcocho; aquello me pareció un símbolo de mi
separación definitiva de la familia Fyne. Y recordé, en contra del animal, cómo aquel
día había abandonado a la pobre Flora de Barral... que sufría de una sensibilidad

147
enfermiza.
»Me senté en el porche y, tal vez inspirado por un secreto antagonismo hacia
los Fyne, me dije que el capitán Anthony debía ser una buena persona. Sin embargo,
por los datos que de él tenía, podía ser que fuese un hombre peligrosamente frívolo o
un canalla redomado. Había conseguido que una joven desgraciada, desesperada, lo
siguiera a Londres clandestinamente. Es cierto que la muchacha había escrito
después una carta, pero la señora Fyne fue extraordinariamente vaga en relación a su
contenido. Sus comentarios habían sido del todo insatisfactorios. Hasta donde me fue
posible discernir de sus insinuaciones más bien misteriosas, no parecía que la carta
anunciara inminentes nupcias. Aunque bien pudiera ser que su falta de experiencia
la hubiese llevado a interpretar mal las cosas. No es posible sondear la inocencia de
una mujer como la señora Fyne que, pese a ser capaz de aventurarse tan lejos en el
campo teórico, no sabe absolutamente nada del aspecto real de las cosas. Sería
divertido que estuviera haciendo tanto alboroto en balde. Pero opté por abandonar
esta sospecha, por simple respeto a la naturaleza humana.
»Imaginé al capitán Anthony sencillo y romántico. Esta idea era mucho más
agradable. El genio no es hereditario, pero el temperamento puede serlo. Y él era al
fin y al cabo el hijo de un poeta dotado de una admirable capacidad para impregnar
lo banal y cotidiano de un aire etéreo y peculiar, para convertir las convenciones más
insulsas de esa existencia que se hace llamar refinada en algo conmovedor, delicado,
fascinante.
»Lo que no podía entender era esa actitud de perro del hortelano de la señora
Fyne. ¡Sentimentalmente necesitaba tan poco a ese hermano suyo! ¿Qué podía
importarle lo que hiciese de su vida... más allá del elemental sentido humanitario,
que debería inspirarle al menos una actitud neutral? A menos que todo obedeciera al
funcionamiento ciego de esa ley que hace que en nuestro mundo azaroso los
desgraciados siempre se equivoquen.
»Y reflexionando así sobre la inclinación general de nuestros instintos hacia la
injusticia, me encontré de repente, al doblar un recodo del camino, por así decirlo,
con la sombra de un engaño. Podía ser inconsciente por parte de la señora Fyne, pero
me pareció que su verdadera intención no era conservar ni proteger a su hermano,
sino librarse de él definitivamente. No podía albergar ninguna fe en ser capaz de
detener los acontecimientos. Era demasiado sensata para eso. Hasta una persona
sacada de un asilo de imbéciles hubiera tenido la sensatez suficiente para darse
cuenta de eso. Deseaba que su protesta se hiciera con énfasis, y que Fyne estuviera
completamente de acuerdo con ella, a fin de que todo trato social futuro resultara
imposible. ¡Con semejante intervención conseguirían que aquella pareja se alejara

148
para siempre de los Fyne! Ella en realidad entendía muy bien a su hermano y
también a la joven. Serían felices juntos y jamás les perdonarían esa abierta
hostilidad... y si el matrimonio fracasaba... bueno, ocurriría lo mismo. No es probable
que ninguno de los dos fuera a contarle sus desdichas a la lúcida profeta de sus
males.
»Sí. Esa tenía que haber sido su intención, inspirada por un maquiavelismo
posiblemente inconsciente. O quizás temía tener que cuidar de su cuñada durante las
largas ausencias del esposo, o le horrorizaba la posibilidad más o menos remota de
que su hermano fuese persuadido de abandonar el mar, el amistoso refugio de su
infeliz juventud, y se asentase en tierra, trayendo hasta su propia puerta esa
indeseable y vergonzosa relación. Quería acabar con todo aquello... tal vez
sencillamente por la fatiga que supone ese permanente esfuerzo de debatirse entre el
bien y el mal que, en la mayoría de los mortales corrientes, da origen a tantas y tan
sorprendentes incoherencias de conducta.
»No sé si en mis pensamientos había colocado a la señora Fyne entre los
mortales corrientes. Estaba demasiado segura de sí misma para figurar entre ellos.
Sin embargo el pequeño Fyne, cuando lo espié la mañana siguiente —a través de una
ventanilla del tren— y lo vi correr a lo largo del andén, parecía un mortal del todo
corriente, muy agitado, a punto de perder su tren: la mirada fija y desorbitada, el
rostro tenso y excitado, su caminar aturdido, todos los síntomas corrientes estaban
presentes, acentuados, si cabe, por su solemnidad natural, que se agitaba a su
alrededor como una prenda en desorden. ¿Habría opuesto resistencia a su esposa
hasta el último minuto, me pregunté con interés, para después, tras el último
argumento concluyente, echar a correr como si de pronto le hubieran apuntado con
una pistola cargada? Abrí la puerta del vagón y un vigoroso mozo lo levantó del
suelo justo en el preciso momento en que la rústica plataforma del andén desaparecía
bajo sus pies. Jadeaba, mientras yo esperaba con cierta curiosidad el instante en que
recuperara el habla. Ese momento llegó. Me dio los buenos días todavía jadeando,
permaneció en silencio durante otro minuto, y luego sacó de su bolsillo el tablero de
ajedrez de viaje y, con él en la mano, me dirigió una mirada interrogante.
»—Sí, por supuesto —dije, muy decepcionado.

149
CAPÍTULO VII
EN LA CALLE

»—Fyne no tenía ganas de hablar, pero dado que yo ya estaba al corriente de


todo el asunto, el hombrecillo fue lo bastante considerado como para reconocer que
tenía cierto derecho a ser informado, si insistía en ello. E insistí, después de la tercera
partida. Todavía faltaba bastante para el final del trayecto.
»—Oh, si se empeña en saber... —comenzó, bastante impaciente. Y a
continuación comenzó a hablar con bastante soltura. En primer lugar, su esposa no le
había dado a leer la carta de Flora —yo había sospechado que la llevaba en el
bolsillo—, pero le había contado todo su contenido. La carta no era de ningún modo
adecuada, ni siquiera en el caso de que la muchacha pretendiera defender su derecho
a hacer caso omiso de los sentimientos de los demás. Lo cierto es que sus propios
sentimientos parecían haber sido pisoteados y revolcados en el barro hasta quedar
completamente desfigurados. Un hecho extraordinario... observaría yo, para una
joven de su edad. Todo el tono de aquella carta era equivocado, completamente
equivocado. Sin duda no era el producto de una mente equilibrada.
»—Si hubiese dispuesto de algún apoyo en este mundo —comenté—, aunque
no fuera mayor que la palma de mi mano, probablemente hubiera aprendido a
mantener un mejor equilibrio.
»Fyne pasó por alto este discreto comentario. Su esposa, dijo, no era alguien a
quien pudiera hablársele medio en broma de un asunto serio. Y en aquella carta
había un toque de desagradable ligereza, incluso en las referencias al propio capitán
Anthony. Tener en consideración este hecho, había señalado su esposa, era suficiente
para sentirse alarmado en relación al futuro, incluso aunque las circunstancias no
hubiesen sido tan descabelladas como en realidad eran. También había en la carta
ciertos pasajes cuyo tono parecía desafiante, en los que se animaba a los Fyne a
aprobar la relación, al tiempo que se dejaba entrever que a ella le daba igual, que era
simplemente por su propio bien, el de los Fyne, que esperaba que “se opusieran al
mundo... a ese mundo horrible que ha aplastado al pobre papá”.
»Fyne me instó a que reconociera que había en todo aquello bastante
desfachatez... teniendo en cuenta las circunstancias. Y había algo más. Al parecer,
durante los últimos seis meses Flora había estado ayudando (por un salario irrisorio)
a dos damas que tenían una guardería en Bayswater, y había dedicado todo su
tiempo libre a estudiar el juicio. Examinó archivos de diarios viejos y se había

150
indignado ante lo que llamaba la injusticia y la hipocresía del proceso. Su padre, me
recordó Fyne, había tenido algunos aciertos ante el tribunal y ella se aferraba
triunfalmente a ellos. Tras muchas cavilaciones había llegado a la conclusión de que
su padre era inocente. La señora Fyne insistía a su marido sobre el peligro que esto
entrañaba.
»El tren entró en la estación y Fyne, que se bajó de un salto en cuanto se
detuvo, pareció alegrarse de interrumpir la conversación. Caminamos un tramo en
silencio, recorrimos otro trecho en coche de línea y luego volvimos a caminar.
Supongo que Fyne, desde los días de su infancia, cuando sin duda lo habrían llevado
a ver la Torre de Londres, no había vuelto a estar al este de Temple Bar. Miraba
ceñudamente a su alrededor y, cuando le señalé a lo lejos la fachada redondeada del
Hotel Eastern, en la bifurcación de dos calles muy anchas, pobres y de aspecto
lastimoso, elevándose como una torre de estuco gris sobre los tejados bajos de casas
de dos plantas de un color amarillento y sucio, se limitó a emitir un gruñido de
desaprobación.
»—Yo no haría demasiado hincapié en lo que me ha estado contando —
observé con calma cuando nos acercamos a aquel edificio tan poco atractivo—.
Ningún hombre estaría dispuesto a considerar poco equilibrada a una joven que
acaba de aceptar su oferta de matrimonio... sabe.
»—¡Oh! Aceptar su oferta —murmuró Fyne, que ahora parecía muy seguro de
todo—. Puede que fuera al revés. Sea como sea —añadió— voy a aclarar este asunto.
»Le dije que me parecía muy encomiable, pero que le convenía tener cierta
moderación al expresarse... Hizo un gesto con la mano y aceleró el paso. Supuse que
estaba ansioso por cumplir con su misión lo antes posible. Apenas se entretuvo en
darme la mano y entró apresuradamente por la estrecha puerta de cristal en que se
leía “Entrada al Hotel”, que se cerró a sus espaldas sin más ruido que el que haría el
mordisco de una mandíbula desdentada.
»La absurda tentación de esperar allí para enterarme de lo que iba a ocurrir
pudo conmigo. Daba vueltas sin acabar de decidirme, preguntándome cuánto tiempo
requeriría tratar un asunto de esa índole y si Fyne, al salir, consentiría en mostrarse
comunicativo. Temía que se sorprendiera al encontrarme allí, que considerara
inadecuada mi conducta y me tratara con desprecio. Me alejé unos pocos pasos.
Quizás me fuera posible leer algo en el rostro de Fyne cuando saliera y, de creerlo
necesario, tendría la posibilidad de eclipsarme discretamente tras la puerta de algún
bar. La planta baja del Hotel Eastern era una taberna desvergonzada, con la fachada
de cristal traslúcido, un despliegue de barandillas de bronce y dividido en muchos
compartimentos, cada uno con su propia entrada.

151
»Pero todo esto era una tontería. El matrimonio, el amor, los asuntos del
capitán Anthony no tenían nada que ver conmigo. Estaba a punto de alejarme por la
calle definitivamente cuando una joven que se acercaba a la entrada del hotel desde
el oeste me llamó la atención. Vestía de negro, muy modestamente. Fue su sombrero
de paja, blanco, bonito y adornado con un ramillete de rosas pálidas, lo que llamó
primero mi atención. Después noté que toda ella me resultaba familiar. ¡Por
supuesto! Era Flora de Barral. Se dirigía al hotel, iba a entrar. ¡Y Fyne allí, con el
capitán Anthony! No le resultaría nada agradable encontrarse con él. Quise salvarla
de aquella situación embarazosa y, mientras me preguntaba qué hacer, ella levantó la
vista y nuestros ojos se encontraron en el preciso momento en que ya se disponía a
cruzar la puerta. Instintivamente extendí el brazo, lo cual bastó para detenerla.
Supongo que tenía la vaga sensación de haberme visto antes en algún sitio. Avanzó
despacio hacia mí, prudente y atenta, observando mi débil sonrisa.
»—Disculpe —le rogué en cuanto la tuve lo suficientemente cerca—. Es
posible que le convenga saber que el señor Fyne se encuentra en este momento arriba
con el capitán Anthony.
»Emitió un débil “¡Ah, el señor Fyne!” Pude leer en sus ojos que me había
reconocido. Su expresión de seriedad extinguió la estúpida sonrisa que yo era
consciente de exhibir. Me quité el sombrero. Ella respondió con una leve inclinación
de cabeza mientras su mirada luminosa y desconfiada, de jovencita, parecía
murmurar: “¿Qué está haciendo éste aquí?”
»—Vine a la ciudad con Fyne esta mañana —dije en tono serio—. Tengo que
ver a un amigo en el Muelle de las Indias Orientales. Fyne y yo acabamos de
despedirnos aquí en la puerta...
»La joven me dirigió una mirada ensombrecida.
»—La señora Fyne no ha acompañado a su esposo —continué, y luego vacilé
ante ese rostro blanco, tan quieto bajo la sombra nacarada del ala del sombrero—.
Pero ha sido ella quien lo ha enviado —murmuré a modo de advertencia.
»Parpadeó lentamente, con la misma mirada fija. Supongo que en realidad no
estaba demasiado sorprendida.
»—Vivo muy lejos de aquí —susurró.
»Mecánicamente pregunté: “¿De veras?” Y los dos nos quedamos mirándonos.
La palidez uniforme de su rostro no era la de una anémica. Poseía una vitalidad
transparente y, en aquel preciso momento, mientras me contaba que el capitán
Anthony iba a mostrarle su barco aquella mañana, tenía un tono levemente rosado,

152
un mero atisbo de color, que en otra muchacha equivaldría, supongo, a sonrojarse
como una peonia.
»Era fácil comprender que no deseaba encontrarse con Fyne. Cuando
murmuré, con discreción, que Fyne había venido a raíz de su carta, echó un vistazo
hacia la puerta del hotel y se alejó unos pasos para poder vigilar la entrada sin que la
vieran. La seguí. Se detuvo en una acera ancha, en el cruce de dos grandes calles,
donde había poco tránsito, y se volvió hacia mí con aire desafiante:
»—De modo que está usted enterado de todo.
»Le dije que no había leído la carta, que tan sólo me la comentaron. Se mostró
un poco impaciente.
»—Quiero decir que está usted enterado de todo acerca de mí
»Sí, lo sabía todo acerca de ella. La aflicción de los Fyne —sobre todo de la
señora Fyne— era tan grande que la hubieran compartido casi con cualquiera...
siempre que no perteneciera a su círculo de amistades. Y resultó que yo estaba a
mano... eso era todo.
»—Comprenderá usted que no soy amigo de ellos. Soy sólo un conocido de
vacaciones.
»—¿Estaba muy preocupada? —preguntó Flora de Barral, refiriéndose, por
supuesto, a la señora Fyne. Y admití que lo estaba menos que su esposo... e incluso
menos que yo. La señora Fyne era una persona dueña de sí misma, incapaz de que
nada la sobresaltara lo suficiente como para sacarla de su extremado encasillamiento
teórico. No se alteró ni siquiera cuando Fyne y yo propusimos ir a la cantera.
»—Fue usted quien les metió esa idea en la cabeza —dijo la joven.
»Aclaré que ellos ya tenían la idea en la cabeza, pero que en mi cabeza era aún
más vivida, puesto que yo la había visto allí arriba con mis propios ojos, tentando a la
Providencia.
»Me observaba con extrema atención, y murmuró:
»—¿Eso fue lo que les dijo? Tentando a...
»—No. Les dije que usted estaba decidiendo qué hacer y en ese momento
llegué yo. Les dije que la había salvado. Fue mi grito lo que la detuvo... —ella negó
suavemente con la cabeza—. ¿Ah no? Bueno, si usted lo dice.
»Pensé para mí: Fía encontrado otra salida. Ahora lo que quiere es olvidarse
de aquello. Y no me extraña. Desea convencerse de que jamás ha existido ese
momento tan desagradable y doloroso en su vida.

153
»—Al fin y al cabo —le concedí en voz alta—, las cosas no son siempre lo que
parecen.
»Su cabecita, con esos profundos ojos azules, ojos tiernos y a la vez airados
bajo el arco negro de sus cejas finas, permanecía inmóvil. Sus labios parecían muy
rojos en el rostro blanco que asomaba bajo el velo, y su pequeña barbilla puntiaguda
tenía algo agresivo en su forma. Menuda e incluso de formas angulosas y con su
modesto vestido negro resultaba atractiva... sí... tenía una figurita deseable.
»Sus labios se movieron con rapidez al preguntarme:
»—¿Y lo creyeron sin dudarlo?
»—Sí, sin dudarlo. La orden de la señora Fyne no pudo ser más clara: “¡Id!”
»El blanco destello que asomó entre sus labios rojos fue tan corto que no supe
si acababa de sonreír o si había mostrado con ira sus dientecitos uniformes. En su
rostro seguía esa expresión inocente, tensa y enigmática. Habló precipitadamente:
»—No, no me detuvo su grito. Llevaba allí bastante rato antes de que usted
me viera. Y no estaba tentando a la Providencia, como usted dice. Fui allí por... por lo
que usted creyó que iba a hacer. Sí. Había saltado dos vallas. No pensaba dejarle
nada a la Providencia. Creo que hay personas por las que la Providencia no puede
hacer nada. Supongo que le escandaliza oírme hablar así.
»Negué con la cabeza. No estaba escandalizado. Lo que la había detenido todo
el tiempo, hasta que yo aparecí en escena allí abajo, continuó, no había sido el miedo
ni cualquier otro tipo de vacilación. A veces se llega a un punto, dijo con una
aterradora y juvenil sencillez, en que ya nada de lo relacionado con uno importa.
Pero hubo algo que la retuvo. Yo jamás lo hubiera adivinado. Ella misma confesó que
era un poco ridículo admitirlo. Fue el perro de los Fyne.
»Flora de Barral se detuvo, mirándome con una expresión extraña, y luego
continuó. Creía que el perro se había apegado extremadamente a ella, ¿comprendes?
Se le metió en la cabeza que el animal podía caerse o saltar detrás de ella. Intentó
alejarlo. Le habló con severidad, y él respondió poniéndose más juguetón, ladrando y
saltando alrededor de su falda, con su estupidez habitual. Correteaba entre los pinos
haciendo círculos, se abalanzaba sobre ella y saltaba hasta su cintura. Ella insistía:
“Vete, vuelve a casa”. Incluso cogió del suelo una ramita y se la arrojó. Ante este
gesto el deleite del animal no tuvo límites; sus carreras se hicieron más rápidas y sus
ladridos más fuertes. Parecía estar pasándoselo en grande. Ella estaba convencida de
que si se arrojaba al vacío, el animal saltaría detrás de ella como si fuera una parte
más del juego. Estaba tan enfadada qué se le escapaban las lágrimas. También estaba

154
conmovida. Y cuando el perro se detuvo, a cierta distancia, como clavado de repente
en el suelo, moviendo la cola lentamente y mirándola intensamente con los ojos
brillantes, otro temor la sobrecogió. Se imaginó muerta e imaginó a la pobre criatura
sentada al borde del precipicio, con la cabeza alzada hacia el cielo, aullando horas y
horas. No podía soportar esa imagen. Entonces fue cuando mi grito alcanzó sus
oídos.
»Me contó todo esto con mucha sencillez. Mi voz había destruido su aplomo...
el aplomo suicida de su mente. Cada uno de nuestros actos, hasta el más criminal, el
más enloquecido, presupone cierto equilibrio de pensamiento, sentimiento y
voluntad, como si se tratase de adoptar la actitud correcta para lograr un movimiento
eficaz en una partida. Y yo lo había echado todo a perder. Ya no estaba preparada
para hacer lo que se proponía. Sin embargo, tampoco se sintió demasiado molesta.
Lo haría al día siguiente. Tendría que escabullirse sin que el perro se diera cuenta.
Pensó en ese requisito casi con ternura. Bajó por el camino soportando su
desesperación con tranquila lucidez, pero cuando vio que el perro la abandonaba,
tuvo el impulso de regresar, subir de nuevo y hacerlo. En realidad ni siquiera le
importaba a ese animal.
»—Yo había creído que me tenía apego. ¿Si no, por qué iba a comportarse así?
Creí que ya nada podría herirme. Oh, sí. Hubiera vuelto a subir, pero de repente me
sentí tan cansada. Tan cansada... Y además, usted estaba allí. No sabía qué sería
capaz de hacer. Tal vez intentara seguirme y yo no me sentía capaz de correr... cuesta
arriba... en aquel momento no...
»Había levantado un poco su rostro blanco y era extraño oírle decir esas cosas.
A esa hora de la mañana no hay demasiada gente en esa parte de la ciudad. La
perspectiva ancha, interminable, de la Calle del Muelle de las Indias Orientales, la
enorme perspectiva de monótonos muros de ladrillo, de aceras grises, de calles
embarradas que retumban en tono sombrío al paso de los coches y furgones de
equipaje, se perdía en la distancia, imponente y lastimosa en la enorme humildad de
su aspecto, en su inconmensurable pobreza de formas, de colorido, de vida... bajo un
cielo severo e indiferente secado por el viento hasta alcanzar un color azul claro.
Había llovido durante la noche. Hasta la luz del sol parecía pobre. De vez en cuando,
algunos pedacitos de papel, o un poco de polvo y briznas de paja pasaban
revoloteando junto a nosotros en el ancho promontorio de la acera donde estábamos,
ante la fachada redondeada del hotel.
»Flora de Barral permaneció un rato en silencio. Yo dije:
»—Y al día siguiente se lo pensó mejor.

155
»Volvió a posar sus ojos en los míos con aquella curiosa expresión de
inocencia avisada y, de nuevo, sus mejillas blancas adquirieron el más pálido tono
rosado... la mera sombra de un sonrojo.
»—Al día siguiente —pronunció con claridad— no pensé nada. Recordé. Con
eso bastó. Recordé lo que nunca debí haber olvidado. Nunca. Y el capitán Anthony
llegó aquella tarde a la casa.
»—Ah, sí. El capitán Anthony —murmuré.
»Y ella repitió, también en un murmullo:
»—¡Sí, el capitán Anthony.
El débil rubor de vida cálida abandonó su rostro. Bajé la voz aún más y, sin
mirarla, aventuré:
»—¿Le pareció amable?
»Bajó un poco sus largas pestañas, con calculada discreción. Al menos eso es
lo que a mí me pareció. Eso fue lo que pensé aunque nadie podría decir que yo
estuviera en contra de la muchacha. ¡Pero, ya ves! Explícalo como quieras, pero la
cuestión es que en este mundo los que no tienen amigos, igual que los pobres,
resultan siempre algo sospechosos, como si la honestidad y la delicadeza sólo
pudieran encontrarse en los pocos privilegiados.
»—¿Por qué me hace esa pregunta? —dijo al poco rato, posando de repente
sus ojos en los míos con un candor que, por el mismo principio (el de que no puede
confiarse en los desheredados) pudo ser calificado de ambiguo.
»—Si se refiere a qué derecho tengo...
»Me interrumpió con un leve gesto de su mano, enfundada en un guante
marrón gastado, como para indicar que una marginada como ella no podía impugnar
el derecho de nadie. Quizás debí haberme sentido conmovido; pero sólo noté una
total ausencia de humildad...
»—No tengo ningún derecho —continué— sólo interés. La señora Fyne... es
difícil explicar cómo ha sido... en fin, me ha hablado de usted... largo y tendido.-
»No hay duda de que la señora Fyne me había contado la verdad, dijo Flora
bruscamente con una inesperada aspereza en su tono. Hasta el vestido que llevaba
puesto se lo había regalado la señora Fyne. Por supuesto que me fijé en él. No podía
tratarse de un regalo reciente. Negro y ajustado, con adornos de seda en forma de
heliotropo bajo un tul estampado, distaba mucho de ser nuevo, y parecía incluso
estropeado. De hecho, acentuaba la delgadez de su figura y encajaba perfectamente

156
con la idea de luto que inspiraba su rostro blanco, en el que tan sólo los labios rojos
parecían animados por la preciosa sangre de la vida y la pasión.
»El pequeño Fyne llevaba demasiado tiempo allí dentro. ¿Estaría discutiendo,
sermoneando, haciendo reproches? ¿Quizás le habría encontrado el gusto a ese tipo
de cosas? ¿O, por el contrario, ya que le desagradaba tanto su cometido, estaría
dando rodeos y desconcertando al capitán Anthony, aquel hombre providencial que,
si esperaba que la joven apareciera en cualquier momento, debía de estar sobre
ascuas todo el tiempo y lleno de impaciencia, deseando que su cuñado se marchara
cuanto antes? Pero si así era, ¿cómo podía ser que no se hubiera librado de Fyne
todavía? No estoy sugiriendo que lo arrojase por la ventana, pero sí podía haber
utilizado alguna otra forma igual de práctica.
»Seguramente Fyne no lo habría impresionado. No es que dude de que
Anthony fuera un hombre impresionable. La presencia de la muchacha allí, en la
acera conmigo, lo dejaba bien claro... y además de una forma muy conmovedora.
»De repente nuestras miradas, que se movían de un lado a otro, volvieron a
encontrarse. Había algo cómico en aquella situación, la pobre muchacha y yo
esperando juntos en aquella acera ancha, en la esquina de un bar, por culpa de la
ridícula misión de Fyne. Pero lo cómico, cuando tiene que ver con lo humano, se
vuelve enseguida doloroso. Sí, ella estaba infinitamente ansiosa. Y yo empezaba a
preguntarme si esa dolorosa tensión que la embargaba se debía —lo diré sin
tapujos— al hambre o al amor.
»La respuesta podía haber sido de algún interés para el capitán Anthony. Yo
por mi parte, en presencia de una joven, siempre me convenzo de que las fantasías
del sentimiento —igual que los consoladores misterios de la Fe— son invencibles, de
que nunca, jamás, es la razón la que rige a los hombres y a las mujeres.
»¿Pero qué sentimiento podía albergar ella? Recordaba su tono hacía tan sólo
un momento, al decir: “El capitán Anthony llegó aquella tarde a la casa.” Y teniendo
en cuenta las repercusiones que había tenido la llegada del capitán Anthony, me
sorprendió que pudiera mencionar aquel hecho con tanta calma. Había llegado a la
casa por la tarde. Yo conocía aquel tren vespertino. Es probable que hiciera a pie el
camino desde la estación. La tarde debía estar bien avanzada. Casi me era posible ver
su figura, oscura, indistinguible, abrir la portezuela del jardín. ¿Dónde estaría ella?
¿Lo vería entrar? ¿Tal vez se hallaba cerca y oyó, sin sentir la más leve premonición,
aquellos fatídicos pasos que el azar condujo por el camino enlosado que llevaba hasta
la puerta de la casita? En la sombra de la noche, para ella más cruel debido a la
sombra de la muerte, él debió de parecerle demasiado extraño, demasiado remoto y
desconocido como para que su presencia realmente la impresionara de una manera

157
vivida... con esa fuerza que un hombre puede ejercer en el destino de una mujer.
»Flora volvió a mirar hacia la puerta del hotel; yo hice otro tanto y nuestros
ojos volvieron a encontrarse, esta vez de manera intencionada. Comenzaba a surgir
entre nosotros una intimidad tentativa, incierta. Ella dijo con sencillez:
»—Está esperando que salga el señor Fyne, ¿verdad?
»Admití que esperaba que saliera el señor Fyne. Eso era todo. No es que
hubiera nada especial que quisiera decirle.
»—Ayer le dije todo lo que tenía que decirle —añadí de manera significativa—
. En realidad sé lo dije a los dos. Y también escuché todo lo que ellos quisieron
decirme.
»—¿Sobre mí? —preguntó en un murmullo.
»—Sí. La conversación fue sobre usted.
»—Me pregunto si se lo contaron todo.
»Si ella se lo preguntaba, yo no podía hacer más que preguntármelo también,
pero no se lo dije, me limité a sonreír. Lo importante era que había que contárselo
todo al capitán Anthony, pero estaba seguro de que la buena de su hermana se
encargaría de hacerlo. ¿Acaso había algo más que revelar... algún otro sufrimiento,
algún otro engaño del que la muchacha hubiera sido víctima? Parecía poco probable,
ni siquiera era fácil de imaginar. Lo que más me sorprendía era lo que podría
denominarse su compostura. No estaba seguro de que entendiera lo que había hecho.
Era imposible no tener dudas al respecto. No es que aquella muchacha resultara
ilegible sino que más bien parecía un libro en blanco, y yo no sabía si admirarla por
ello o desecharla de mis pensamientos viéndola como la víctima pasiva de un feroz
infortunio.
»Recordando la ocasión en que hablamos por primera vez en el camino de la
cantera, tuve que admitir que parecía problemática en varios aspectos. No sé por qué
imaginaba al capitán Anthony como ese tipo de hombres que difícilmente toma la
iniciativa, tal vez no por indiferencia, sino por una peculiar timidez ante las mujeres
que muchas veces va acompañada de instintos caballerosos y de una gran necesidad
de afecto y estabilidad de sentimientos. Estos hombres se conmueven con facilidad.
Cuando reciben el mínimo aliento, avanzan con el entusiasmo, con la temeridad del
famélico. Esto explicaría lo repentino del asunto. ¡No! A pesar de toda su
inexperiencia aquella muchacha no debía haber encontrado grandes dificultades a la
hora de su conquista. Seguramente ella dio el primer paso. Y allí estaba, paciente,
casi impasible, casi digna de lástima, esperando en la calle como una mendiga, sin

158
más derecho que la compasión, sin más derecho que una limosna.
»A cada instante pasaban ante nosotros personas que iban solas, o en parejas,
o en grupos de tres; habitantes de aquella parte de la ciudad en que la vida
transcurre sin los adornos de la gracia o el esplendor. Pasaban junto a nosotros con
sus ropas gastadas, sus rostros cetrinos y demacrados, ansiosos o cansados, o
simplemente inexpresivos, en una corriente sombría y adusta, formada no de vidas,
sino de meras existencias anodinas, cuyas alegrías, esfuerzos, pensamientos, pesares
y esperanzas eran miserables, carentes de atractivo y de importancia para el mundo.
Sólo con pensar en su realidad a uno se le oprimía el corazón. Sin embargo, entre
todas las personas que pasaron por allí, ninguna me pareció tan patética en su
inconsciente paciencia como la joven que tenía ante mí, nadie me resultaba tan difícil
de entender. Quizás era porque se me ocurrían muchas preguntas que no podía
hacerle.
»En realidad no teníamos nada que decirnos, pero lo cierto es que, siendo
extraños el uno para el otro, habíamos hablado sobre el tema más íntimo y definitivo,
el tema de la muerte, y este hecho había hecho surgir entre nosotros algo parecido a
un vínculo. Nuestro silencio era pesado e incómodo. Debí haberla dejado en ese
preciso momento y lugar, pero, como creo que ya te he dicho, el hecho de que mis
gritos la hubieran alejado del borde del precipicio me hacía sentirme de alguna
manera comprometido con su situación. Había además entre nosotros un tema, aún
más íntimo si cabe, que hacía todavía más pesado e incómodo nuestro silencio. El
tema del matrimonio. No me refiero a la ceremonia en sí —en relación a este aspecto
no me cabía la menor duda de que el capitán Anthony era un sujeto decente— y
tampoco me refiero a la institución social del matrimonio, sobre la cual no tengo
opinión, sino que hablo de la relación humana. Las dos primeras acepciones del
término carecen de interés. Supongo que la ceremonia resulta apropiada y que la
institución es útil, pues imagino que de lo contrario no habría sobrevivido. Pero la
relación humana reconocida bajo el nombre de matrimonio es algo misterioso en sus
orígenes, en su carácter y en sus consecuencias. Lamentablemente no puede
abordarse a una muchacha con la familiaridad que uno emplearía al tratar con un
joven. Creo que ni siquiera una mujer podría hacer tal cosa. Le faltaría la confianza
necesaria. Entre las mujeres no existe ese fondo de lealtad, aunque sea condicional,
que puede haber entre los hombres. Creo que cualquier mujer confiaría antes en un
hombre que en otra mujer. En fin, lo difícil, en la delicada situación en que me
encontraba, era cómo abordar el asunto.
»De modo que guardamos silencio en medio del desagradable tumulto de
aquella ancha avenida cada vez más abarrotada de pesados vehículos. Grandes

159
furgones con enormes cargas apiladas como montañas avanzaban balanceándose.
Era como si el mundo entero existiera únicamente para vender y comprar, de modo
que quienes no tuvieran nada que ver con el movimiento de mercancías no contaran
en absoluto.
»—Supongo que está usted cansada —comenté. Era preciso decir algo, aunque
sólo fuera para reafirmarse ante esa barahúnda tediosa, desapasionada y aplastante.
Levantó los ojos un instante. No, no lo estaba. No mucho. No había recorrido a pie
todo el trayecto. Fue en tren hasta la Estación de Whitechapel y sólo había caminado
desde allí.
»Fue una peregrinación desagradable, quién podría decir si motivada por
amor o por necesidad. Y eso era precisamente lo que me hubiera gustado averiguar,
pero no era una pregunta para hacer a quemarropa y no se me ocurría ningún rodeo
eficaz. También pensé que quizás ni siquiera ella lo sabía muy bien... quiero decir,
reflexivamente. Era evidente que la joven había pensado en la muerte y había llegado
a formarse alguna idea acerca de ella. Pero en cuanto a su compañero fatal, el amor,
estoy seguro de que jamás había reflexionado sobre su significado.
»Sentí que el caso de aquel hombre que estaba en el hotel, a quien yo no
conocía, y de aquella muchacha que estaba ante mí en la calle era realmente
excepcional. Él había roto con su entorno; ella estaba al margen de la sociedad. Hay
un aspecto de las convenciones que pierden de vista las personas que declaman
contra ellas y es que éstas hacen más llevaderas tanto la dicha como el sufrimiento.
Pero aquellos dos seres estaban más allá de cualquier convención. En cierto sentido
estaban tan libres de ataduras como el primer hombre y la primera mujer. El
problema era que yo no lograba imaginarme nada entre Flora de Barral y el hermano
de la señora Fyne. O, si se prefiere, podía imaginarme cualquier cosa, lo cual viene a
ser prácticamente lo mismo. La oscuridad y el caos son primos hermanos. Hubiera
deseado hacerle a la joven alguna pregunta que sirviese de guía a mi imaginación,
¿pero cómo podía ser tan osado? A veces puedo resultar tosco, pero no soy un
impertinente. Por ejemplo, me hubiera gustado preguntarle: “¿Usted es consciente de
lo que está haciendo?”. Una pregunta de este estilo. En cualquier caso, ya iba siendo
hora de que alguno de los dos dijese algo. Tenía que ser necesariamente una
pregunta. Y la pregunta que formulé fue: “¿De modo que él va a mostrarle el barco?”
»Pareció alegrarse de que por fin hubiera hablado y de tener la oportunidad
de responder.
»—Sí. Dijo que lo haría... esta mañana. ¿Dice usted que no conoce al capitán
Anthony?

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»—No. No lo conozco. ¿Se parece a su hermana?
»Pareció sorprendida y murmuró:
»—¡Su hermana! —con un tono de perplejidad que me extrañó—. ¡Oh! La
señora Fyne —exclamó recobrando la compostura y evitando mis ojos, que la
miraban con curiosidad.
»¡Qué extraordinario desapego! Y todo el tiempo el torrente de individuos
harapientos pasaba con prisa junto a nosotros, arrastrando sus pies cansados. La luz
del sol que caía sobre la suciedad de la acera, sobre la pobreza de tonos y formas,
parecía de calidad inferior, desprovista de toda alegría, con su brillo manchado y
polvoriento. Tuve que alzar la voz para hacerme oír por encima del ruido vibrante y
sordo de la calle.
»—¿No irá a decirme que ha olvidado su parentesco?
»—Estaba distraída —respondió rápidamente. Y entonces, mientras yo me
preguntaba qué imágenes podrían estar ocupando su mente en aquellos momentos,
me lanzó esta pregunta—: Usted no vio la carta que le escribí a la señora Fyne,
¿verdad?
»—No, no la vi —grité. En aquel preciso momento el ruido era ensordecedor.
Ante nosotros pasaba un carro tirado por dos caballos, cargado con barras de hierro
sueltas—. No tuvo tanta confianza en mí como para enseñármela —y, recordando las
insinuaciones de la señora Fyne acerca del desequilibrio de la muchacha, añadí—:
¿Acaso escribió usted una confesión sin reservas?
»No me respondió enseguida y, mientras esperaba, pensé que nada lo hace a
uno parecer tan loco como una confesión, y de todas las confesiones, la escrita es la
más perjudicial en todo sentido. ¡No te confieses nunca! ¡Nunca jamás! Una broma
inoportuna es siempre fuente de amargo arrepentimiento. A veces puede arruinar a
un hombre, pero no por ser una broma, sino por ser inoportuna. Y una confesión, de
cualquier tipo, es siempre inoportuna. Lo único que puede hacerla soportable
durante un rato es la curiosidad. ¿Sonríes? Te aseguro que es así o, de no ser por la
curiosidad aquel que confiesa se quedaría solo al llegar a la segunda frase. ¿Cuántas
almas realmente compasivas conoces en el mundo? ¿Una de cada diez, una de cada
cien... de cada mil... de cada diez mil? ¡Ah! ¡Menudo engaño son las confesiones!
¡Qué terrible engaño! Lo que uno busca con ellas es compasión y lo único que
obtiene, a lo sumo, es una efímera sensación de alivio. Porque una confesión,
cualquiera que sea, mueve las secretas profundidades del carácter del oyente. A
menudo profundidades de las que él mismo es sólo vagamente consciente. De modo
que los virtuosos se sienten en secreto triunfantes, los afortunados se divierten, los

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fuertes se disgustan, los débiles se preocupan o se irritan con uno, según sea la
medida de su propia sinceridad. Y todos ellos, en lo profundo de su corazón, lo
tendrán a uno por loco o por imprudente...
Pocas veces antes había visto a Marlow tan vehemente, tan pesimista, tan
ardorosamente cínico. Interrumpí su declamación preguntándole qué respuesta
había dado Flora de Barral a su pregunta.
—¿Admitió la pobre muchacha haber disparado sus confidencias, ocho
páginas de escritura apretada, contra la señora Fyne... o algo así?
Marlow negó con la cabeza.
—No me lo dijo. Acepté su silencio a modo de respuesta y le hice notar que
hubiera sido mejor darle la noticia a la señora Fyne cara a cara en la casa de campo.
»—¿Por qué no lo hizo así? —le pregunté a quemarropa.
»—No soy muy valiente —respondió, y me miró añadiendo de forma
significativa—: Y usted lo sabe. Y sabe por qué.
»Debo decir que parecía haberse convertido en una joven muy sumisa desde
nuestro primer encuentro en la cantera, muy diferente de aquella muchacha
desafiante, airada y desesperada, de labios temblorosos y miradas resentidas.
»—Creo que fue muy sensato por su parte alejarse de aquel precipicio —dije.
»Me miró con un atisbo de su antigua expresión.
»—No me refería a eso. Veo que sigue convencido de haberme salvado la
vida. Pero se equivoca. Me preocupaba aquella ruin bestiecilla, el perro. ¡No! Era la
idea de... de poner fin a mi vida la que fue cobarde. A eso me refería al decir que no
soy muy valiente.
»—¡Oh! —repuse con ligereza—. El perrito. En realidad no es un mal perro.
»Pero ella bajó los párpados y continuó.
»—Era tan desgraciada que no podía pensar más que en mí misma. Eso es
mezquino. Y también cruel. Además, todavía no había renunciado a mi idea, no
entonces.

Marlow cambió de tono.


—No sé mucho de psicología de la autodestrucción. Es el tipo de tema que
tiene uno pocas oportunidades de estudiar de cerca. En cierta ocasión conocí a un

162
hombre que se presentó en mi habitación una noche y, mientras se fumaba un
cigarro, me confesó con aire taciturno que estaba intentando dar con alguna forma
elegante de acabar con su existencia. No estudié su caso, pero al día siguiente lo vi
jugando al criquet, en compañía de algunas mujeres, pasando un buen rato. Esa me
parece una actitud bastante razonable. Considerado como un pecado, el suicidio es
una acción de la que hay que arrepentirse ante el trono de un Dios misericordioso.
Sin embargo imagino que la religión que pudo aprender Flora de Barral estando al
cuidado de aquella distinguida institutriz no pudo haber sido más que una
formalidad exterior. Por lo que a mí respecta, el remordimiento en forma de
vergüenza lacerante y dolor estéril sólo me parece comprensible cuando se ha hecho
daño a un semejante.
»Pero que aquella muchacha cuya existencia había sido tan sufrida, por así
decirlo... se retorciera de remordimiento en su interior sólo porque en determinado
momento tuvo la idea de librarse de una vida que, en todo sentido, no era nada más
que una maldición... eso no lo podía comprender. Pensé que seguramente sería culpa
de alguna influencia oscura de formas comunes de discurso, de algún sentimiento
tradicional o heredado... la vaga noción de que el suicidio es un crimen jurídico;
palabras de viejos moralistas y predicadores que quedan en el aire y contribuyen a la
formación de todas las convenciones morales autorizadas. Sí, su remordimiento me
sorprendía. De pronto bajó la mirada inesperadamente hasta que sus oscuras
pestañas parecieron descansar sobre sus mejillas blancas, adoptando un aire de
perfecto recato. Me resultó tan atractivo que no pude evitar una débil sonrisa. Que
Flora de Barral tuviera el poder de evocar una sonrisa era lo último que se me
hubiera ocurrido. Tras una breve vacilación, continuó:
»—Otro día volví a dirigirme hacia allí, hacia aquel lugar.
»¡Observa la influencia de un mero juego de fisonomía! Recuerda que hace un
momento estaba diciendo que jamás hubiera sospechado que aquella recatada
jovencita pudiera provocarme una sonrisa. Debo añadir también que en aquel
momento sentí hacia ella una disposición más amistosa que nunca.
»—¿De veras? ¿Se dirigió allí para saltar? Es usted una joven decidida. Bueno,
¿qué ocurrió esa vez?
»Una alteración casi imperceptible en su porte; una ligera inclinación de la
cabeza... una insignificancia... la hizo parecer aún más recatada.
»—Había salido de la casa —comenzó con cierta precipitación—. Iba por el
camino... ya sabe usted qué camino, con la firme resolución de que esta vez no
regresaría.

163
»No negaré que esas palabras, dichas bajo el ala del sombrero (sí, realmente
había bajado la cabeza) me hicieron estremecer; nunca había dudado de su
sinceridad. Su desesperación jamás pudo ser fingida.
»—Sí —murmuré—. Iba usted por el camino.
»—Cuando... —de nuevo vaciló, con una inocente timidez que parecía muy
alejada de cualquier desenlace trágico; después se apresuró—; cuando de repente
apareció el capitán Anthony del otro lado de una cerca.
»Tosí para disimular un inoportuno ataque de risa y me avergoncé de mí
mismo. Sus ojos, que alzó un instante, parecían llenos de inocente sufrimiento y creí
notar una amenaza solapada en lo más profundo de sus dilatadas pupilas, envueltas
en anillos de color azul oscuro. Fue —¿cómo lo diría?— como un efecto nocturno en
que uno cree ver formas vagas y no sabe exactamente con qué va a toparse en
cualquier momento. Entonces bajó de nuevo los párpados, despojando la situación
de todo misterio más allá del recuerdo sereno de aquella mirada nocturna bajo la luz
del sol, expresivamente inmóvil en la brutal agitación de la calle.
»—De modo que el capitán Anthony se le unió... ¿no es así?
»—Abrió la puerta de la cerca y salió al camino. Vino a mi encuentro y
continuó conmigo. Llevaba su pipa en la mano. Me preguntó; “¿Pensaba ir lejos esta
mañana?”
»Esas palabras —yo contemplaba su rostro blanco mientras hablaba— me
provocaron un ligero estremecimiento. Ella seguía recatada, casi remilgada. Y
observé.
»—Habían hablado antes, por supuesto.
»—No más de veinte palabras desde su llegada —declaró sin énfasis—. Aquel
día me había dado los buenos días cuando nos vimos en el desayuno, dos horas
antes. Y yo le había respondido. Después no volví a verlo hasta que apareció por el
camino.
»Pensé para mis adentros que aquél no había sido un encuentro accidental. Él
la había estado observando. También estaba seguro de que él no le había hecho
ninguna pregunta a la señora Fyne.
»—Yo no lo miré —dijo Flora de Barral—. Ya no miraba a la gente. Él me dijo;
“Mi hermana no se ha tomado muchas molestias con nosotros. Será mejor que nos
hagamos compañía. Yo ya he leído todos los libros que hay en la casa”. Seguí
caminando. Él no se apartó de mi lado. Pensé que debía hacerlo, pero no lo hizo.
Parecía no darse cuenta de que yo no le hablaba.

164
»Ahora estaba perfectamente inmóvil. Sostenía su miserable sombrilla con las
manos entrelazadas, cerca de su vestido. Yo estaba rígido, completamente atento. No
todos los días se obtiene semejante confidencia voluntaria de labios de una joven. Los
molestos ruidos de la calle se alzaron de pronto impidiéndome oír lo que dijo a
continuación. Era irritante. La siguiente palabra que pude distinguir fue
“preocupada”.
»—Le preocupaba tenerlo allí, caminando a su lado.
»—Sí, precisamente —continuó con la mirada baja.
»Había algo en su actitud y en su tono de voz que resultaba bastante cómico,
mientras yo me imaginaba a esa pobre chica de rostro blanco avanzando hacia la
muerte, con un hombre a su lado inconsciente de todo. ¿Inconsciente? No lo sé. En
primer lugar, estaba seguro de que no se trataba de un encuentro casual. Algo había
ocurrido antes. ¿Sería tal vez uno de esos hombres propensos al coupe-de-foudre,
susceptibles de ser de pronto heridos por el iluminador rayo del amor? No lo creo.
Por suerte ese tipo de susceptibilidad es muy poco común. Un mundo de amantes
apasionados estilo Romeo y Julieta muy pronto acabaría sumido en la barbarie y la
miseria. Pero es un hecho cierto que en todo hombre —no en toda mujer— habita un
amante, un amante cuyas capacidades salen con frecuencia a la luz gracias a los
detalles más insignificantes... siempre que se den en el momento psicológico
oportuno: la visión momentánea de un rostro en un ángulo inusual, un gesto fugaz, o
la curva de una mejilla, que tal vez se ha visto en infinidad de ocasiones pero que de
repente parece cargarse asombrosamente de significado. Se trata de grandes
misterios, por supuesto. Señales mágicas.
»No sé en qué pudo haber consistido la señal en este caso. Tal vez fuera su
palidez —no era demacrada ni tampoco del color del papel—, aquel rostro blanco
con esos ojos azules con destellos de fuego y esos labios como carbones rojos. Bajo
determinada iluminación y en ciertas posiciones su cabeza sugería un dolor trágico.
O tal vez habían sido las ondas de sus cabellos. O quizás esa barbilla puntiaguda, que
sobresalía un poco, como con un aire de resentimiento no especialmente distinguido,
que eliminaba el misterioso retraimiento de su frágil presencia. Sea como sea, la
cuestión es que en un momento dado, repentinamente, Anthony tuvo que haberse
fijado en la muchacha. Y entonces, algo le sucedió. Quizás simplemente se le
ocurriera la idea de que era una mujer accesible.
»¡Y a partir de ahí comenzó el abordaje! Su carácter resuelto me hace
sospechar que fue la barbilla, ese toque de “vulgar mortal” que tan útil resulta a
algunas mujeres. Porque los hombres, me refiero a los hombres realmente
masculinos, aquellos a través de cuyas generaciones ha evolucionado el concepto de

165
mujer ideal, suelen ser muy tímidos. ¿Quién no sería tímido ante su ideal? Es la
persona frívola y sentimental, que casi estuvo a punto de no ser nada, la que es
emprendedora, sencillamente porque es fácil parecer emprendedor cuando uno en
realidad no está poniendo a prueba las propias creencias.
»Bueno, sea lo que sea lo que alentó al capitán Anthony, la cuestión es que
perseveró con Flora de Barral de una forma que en cualquier hombre tímido hubiera
podido llamarse heroica de no haber sido tan sencilla. Fuera por política, diplomacia,
simpleza o sólo inspiración, él continuó hablando, de manera más bien calculada,
haciendo muy pocas pausas. Entonces, de repente, como preso de un repentina
lucidez, observó:
»—Es curioso. No parece usted molesta conmigo porque la esté acompañando
sin que me lo haya pedido. ¿Pero por qué no dice nada?
»Le pregunté a la señorita De Barral cuál había sido su respuesta.
»—No respondí —dijo con ese tono de voz bajo, monocorde, carente de toda
emoción, que por lo visto era el que empleaba en sus confidencias más delicadas—.
Seguí caminando. A él no pareció importarle. Llegamos al pie de la cantera, donde
empieza el sendero que sube la loma, más allá del lugar en que usted estaba sentado
aquel día. Comencé a preguntarme qué hacer. Al llegar a la cumbre, el capitán
Anthony me dijo que no había paseado con una dama desde hacía muchísimos
años... casi desde que era un niño. Nos encontrábamos ya donde yo pensaba dar la
vuelta y atravesar el campo. Se me ocurrió que podía echarme a correr, pero él me
hubiera alcanzado. Estaba segura de que me habría seguido. No podía escaparme.
»—¿Por qué no le pidió que la dejase a solas? —pregunté con curiosidad.
»—No me habría hecho caso —continuó sin interrumpirse—. ¿Y entonces qué
hubiera hecho yo? No iba a pelearme con él... ¿verdad? No tenía energía suficiente
para enfurecerme. De repente me sentí muy cansada y seguí avanzando por el
camino a trompicones. El capitán Anthony me contó que la familia con la que estuvo
viviendo en Liverpool, unos parientes de su madre, se había dividido y que desde
entonces no había vuelto a hacer amigos. Todos habían tomado rumbos distintos. Las
chicas se habían casado. Eran muchachas muy agradables y buenas amigas suyas
cuando él era poco más que un niño. “Eran unas muchachas muy agradables,
divertidas, inteligentes”, repitió. Yo me senté en un terraplén, junto a un seto, y me
eché a llorar.
»—El debe de haberse sorprendido bastante —observé.
»Por lo visto Anthony permaneció en el camino, mirándola. No intentó

166
acercarse a ella y no hizo ningún tipo de gesto o movimiento. Flora de Barral me
contó todo esto. Ella podía verlo a través de sus lágrimas, a veces borroso como una
mera sombra en el camino blanco, y a veces con más claridad, pero siempre
completamente inmóvil y como perdido en sus pensamientos, ante un extraño
fenómeno que exigía su más atenta concentración.
»Flora supo más tarde que él nunca había visto llorar a una mujer, al menos
no de aquella forma. Se sintió impresionado y a la vez interesado por el misterioso
efecto que le causó. Ella era muy consciente de que él la miraba, pero no podía dejar
de llorar. De hecho, era incapaz de hacer cualquier tipo de esfuerzo. De repente él
avanzó dos pasos, se inclinó sobre ella, la tomó de las manos, que descansaban sobre
su regazo y la ayudó a levantarse; Flora se encontró de pie junto a él casi antes de
darse cuenta de lo que él había hecho. En aquel momento algunas personas se
acercaban a buen paso por el camino y el capitán Anthony murmuró:
»—No querrá que la vean. ¿Qué le parece si cruzamos esa cerca? ¿Podremos
regresar a través del campo?
»Ella liberó sus manos de las de él —al parecer él había olvidado soltárselas—,
se alejó y cruzó por encima de la cerca. De aquel lado había un extenso prado,
salpicado profusamente de ovejas blancas. Un camino de tierra lo atravesaba en
diagonal. Cuando estaba ya a la mitad del camino, volvió la cabeza por primera vez.
Unos cinco pies detrás iba el capitán Anthony, siguiéndola con aire de extremo
interés. Interés o ansiedad. Sea como sea, ella percibió en su rostro una expresión que
la asustó, pero no tanto como para echarse a correr. De hecho, sólo algo realmente
terrible habría hecho correr a una joven que había agotado su valor para vivir.
»Como alentado por esa mirada, el capitán Anthony tuvo la audacia de
acercarse a ella y, ahora que él estaba a su lado, ella sintió su proximidad de un modo
muy íntimo, casi como si la tocara. Intentó no hacer caso de esta sensación, pero lo
cierto es que ya no estaba molesta con él. No merecía la pena. Le agradecía que
hubiera tenido la sensatez de no preguntarle por qué lloraba. Por supuesto que no se
lo había preguntado porque no le importaba. Ella no le importaba a nadie en el
mundo, ni a quienes fingían un falso interés ni a quienes no lo fingían. Ella prefería a
estos últimos.
»El capitán Anthony le abrió la puerta de la cerca de otro prado; la
atravesaron y él siguió caminando junto a ella, casi codo con codo. La voz de él
sonaba agradablemente en su oído. Comentó que estar en ese lugar tan aburrido
bastaba para deprimir a cualquiera. Su hermana se pasaba el día entero
emborronando papeles. Sin duda era muy poco considerado por su parte. Tildó a sus
sobrinas de monitas egoístas y groseras, sin sentimientos ni modales. Y pasó a hablar

167
de su barco, que estaría desarmado durante un mes porque necesitaba reparaciones.
Lo peor había sido que al llegar a Londres descubrió que no podría hospedarse en las
habitaciones que solía ocupar, donde le brindaban todas las comodidades que podía
aspirar a tener en tierra un lobo de mar empedernido como él.
»Esforzándose por contener y mantener bajo control a fuerza de palabras la
atracción profunda y misteriosa que ya sentía por aquel delicado ser de carne y
hueso, de mejillas pálidas, pestañas oscuras y ojos con destellos de ardientes
lágrimas, siguió hablando de sí mismo declarándose un enemigo redomado de la
vida en tierra firme, perfecta imagen del terror para un hombre sencillo, con sus
modas, sus ceremonias y sus convenciones. Nada de eso le agradaba. Sencillamente
no estaba preparado. Sólo en el mar encontraba descanso, paz y seguridad.
»Esto nos da una imagen del capitán Anthony como ermitaño retirado del
malvado mundo. A mí simplemente me resultó inesperadamente divertido, nada
más. Pero aquel alma joven debió de sentirse súbitamente atraída, herida, golpeada.
Aunque todavía rehuyera su cercanía, habría terminado por escucharlo con avidez.
Su voz profunda y susurrante la tranquilizaba. Pero de repente la asaltó la idea de
que también en la tumba habría paz y descanso.
»Mire a mi hermana —oyó que él decía—. No es que sea una mala persona.
Me invita aquí porque es lo correcto y apropiado, supongo, pero no le intereso para
nada. Así es la gente de tierra. Comprendo muy bien a los que lloran. Yo ya me
hubiera ido de aquí, sólo que, a decir verdad, no tengo amigos a quienes acudir. ¿Y
usted? —preguntó bruscamente.
»Ella hizo un leve gesto en señal de negativa. Seguramente él la habría estado
observando y sacaría sus conclusiones. Tras una pausa, añadió con sencillez:
»—Al llegar, la tomé por la institutriz de las niñas. Mi hermana no me dijo una
sola palabra sobre usted.
»Entonces Flora habló por primera vez:
»—La señora Fyne es mi mejor amiga.
»—También la mía —repuso él sin el menor asomo de ironía o amargura. Eso
demuestra —añadió con convicción— como es la vida en tierra. Así que más vale
estar lejos.
»Cuando ya estaban cerca de la casa, volvió a oírse la voz de él, como si no
hubiera habido una larga y silenciosa caminata desde sus últimas palabras.
»—En cualquier caso, no pienso preguntarle a mi hermana nada sobre usted.

168
»Se detuvo en seco y ella continuó caminando sola. Sus últimas palabras la
habían impresionado. Todo lo que él había dicho parecía albergar algún significado
oculto. Sintió sus ojos fijos en ella hasta que entró en la casa.
»Eso fue todo. El capitán Anthony logró hacerse sentir. Podría decirse que la
joven hasta entonces iba dando tumbos, expuesta al enfurecido oleaje de la vida sin
posibilidades de defenderse y, de repente, sentía la presencia de alguien junto a ella
en esas aguas amargas. Se trataba de un evento moral de gran importancia, fuera ella
consciente o no. Volvieron a encontrarse para el almuerzo, a la una en punto. Me
inclino a pensar que, siendo una muchacha saludable a pesar de su aspecto frágil,
aquella caminata rápida y ese llanto que podríamos llamar de desahogo —hay
muchas formas de llanto— le darían hambre, por lo que almorzaría bien. Era el
capitán Anthony quien no tenía apetito. Su hermana hizo al respecto una
constatación seca, formal, y la mayor de sus deliciosas sobrinas dijo en tono burlón:
“Hiciste demasiado ejercicio esta mañana, tío Roderick”. El afable tío Roderick se
volvió hacia ella con un “¿Qué sabes tú de eso, jovencita?” tan cargado de violencia
reprimida que a todos en la mesa se les cortó la respiración; él permaneció en silencio
el resto de la comida. No le prestó atención a Flora de Barral. No creo que fuera por
prudencia ni por algún motivo calculado. Supongo, más bien, que estaba tan
conmovido por ella que no deseaba mirarla en presencia de otras personas que
obstaculizaban su imaginación.
»Ten en cuenta que llegados a estas alturas reconstruyo la historia a partir de
frases inconexas. Al día siguiente, Flora lo encontró apoyado en la cerca que rodeaba
el prado. Cuando me lo dijo no le pregunté, por supuesto, qué hacía ella allí. Es
probable que ni siquiera hubiera podido responderme. La dificultad estriba en no
perder de vista el carácter de su existencia en aquel entonces, una mezcla de tristeza
y horror.
»Aquel ermitaño, pero no exactamente misántropo marinero, estaba apoyado
sobre la cerca con aire taciturno. Cuando vio a Flora, inquieta y pálida, vagando por
el camino como perdida, se guardó la pipa en el bolsillo y la saludó con un “Buenos
días, señorita Smith” sorprendido y feliz. Ella, con un pie en la vida y otro en una
pesadilla, estaba a la vez inerte e inestable, a la merced de impulsos repentinos. Se
giró y se dirigió hacia él aturdida y, mirándolo directamente a los ojos, le soltó:
»—No soy la señorita Smith. Ese no es mi nombre. No me llame así.
»Temblaba como si estuviera sacudida por una pasión. Los ojos del capitán
Anthony no expresaban nada; se limitó a abrir la cerca en silencio, la tomó del brazo
y entonces la hizo entrar. Después cerró la cerca de una patada.

169
»—¿No es su nombre? No me importa. Su nombre es lo que menos me
interesa de usted.
»Con firmeza la iba apartando de la cerca, mientras ella oponía una débil
resistencia. Había en sus ojos una especie de alegría que la asustaba.
»—No es usted una princesa disfrazada —dijo con una carcajada inesperada
que a ella le heló la sangre—. Y eso es lo único que importa. Haría bien en entender
que no soy ciego ni tonto. Y hasta un tonto vería claramente que usted está
atravesando momentos difíciles. Está usted encallada en tierra, a sotavento, y con el
corazón comido por la angustia.
»Lo que más la asustaba era la euforia que brillaba en sus ojos, la sonrisa voraz
que iba y venía por sus labios como si se regodeara en su desgracia. La desgracia de
ella era una oportunidad para él y por eso se alegraba, a la vez que la compasión más
tierna parecía inundar todo su ser. Observó que ella sí sabía quién era él. Era el
hermano de la señora Fyne. Y, en fin, si su hermana era la mejor amiga que ella tenía
en el mundo... por Dios, ya era hora de que alguien viniera a cuidarla un poco.
»Flora había intentado soltarse más de una vez, pero él la sujetaba entonces
del brazo con más fuerza e incluso llegó a sacudirla un poco mientras le hablaba. La
cercanía de su rostro la intimidaba. Parecía esforzarse en leer sus pensamientos. Era
evidente que el mundo la había maltratado. Y a medida que él expresaba su
indignación ante ese hecho, las propias marcas y el sello que ese maltrato había
dejado en ella parecían sumarse al inexplicable atractivo que sentía por su persona.
No creo que fuese sólo compasión. Era algo más espontáneo, perverso y excitante.
Tenía la sensación de que si lograba hacerla suya, ninguna otra mujer podría llegar a
pertenecerle de un modo tan completo.
»—No importa cuáles sean sus problemas —le dijo—, yo soy el hombre que
puede librarla de ellos, si confía en mí. Me dijo que no tenía amigos. Yo tampoco.
Hasta donde soy capaz de recordar nadie se ha ocupado de mí. Quizás usted pueda
hacerlo. Es verdad que vivo en el mar. Pero si viniese conmigo, ¿de quién se estaría
separando? De nadie. No hay nadie que le pertenezca.
»En ese momento ella se soltó y echó a correr. Él no la persiguió. Los altos
setos agitados por el viento, los extensos campos, las nubes que atravesaban el cielo y
hasta el mismo cielo parecían girar a su alrededor formando una masa verde, blanca
y azul, como si el mundo se hubiera deshecho al ser sacudido por un torbellino y al
dar el siguiente paso su pie fuera a encontrarse con el vacío. Llegó hasta la cerca, la
cruzó y, una vez en el camino, descubrió que no tenía el valor de mirar hacia atrás.
Pasó el resto del día con las niñas, que la hicieron sentirse torpe e inútil. Mucho

170
después del té, casi al atardecer, el capitán Anthony —el hijo del poeta— se plantó de
repente ante ella en el jardincito que había frente a la casa. Estaban solos. El viento se
había calmado. En el tranquilo aire vespertino se oían las voces de la señora Fyne y
de las niñas, que paseaban por el camino sin rumbo fijo. El capitán Anthony le
preguntó, con tono severo:
»—¿Ha comprendido?
»Ella lo miró en silencio.
»—... que la amo? —terminó.
»Ella hizo un leve movimiento con la cabeza.
»—¿No me cree? —preguntó él en voz baja, furiosa.
»—Nadie me amaría —respondió ella con mucha calma—. Nadie podría.
»Él se quedó mudo un instante, increíblemente asombrado. Llegó a dudar de
lo que había oído. Estaba indignado.
»—¿Qué? ¿Cómo? ¿Que no puedo amarla? ¿Qué sabrá usted de eso? ¿Acaso
no es asunto mío? ¡Se atreve a decirle eso a un hombre que acaba de confesar que la
ama! ¡Tiene que estar loca!
»—Casi —repuso ella con acento de reprimida sinceridad y hasta con alivio,
ya que tenía la oportunidad de decir algo que creía completamente cierto. Durante
los últimos días se había sentido varias veces al borde de la locura, que no es más que
un modo de comprensión de una lucidez insoportable.
»Las voces de la señora Fyne y las niñas se oían ya más cerca, sonando con
afectación en medio de la paz de una tierra cargada de pasión. El capitán Anthony se
apresuró a vociferar:
»—¡Tonterías! Que nadie podría... ¡No me diga! ¡Bah! Le demostraré que
alguien puede. Yo puedo. Que nadie... —de pronto emitió un despectivo siseo—. Es
más probable que sea usted quien no puede. Hay algo que le han hecho. Algo que ha
acabado con su valor. Es usted incapaz de mirar a un hombre a la cara...
eso es. ¿Por qué le pasa eso? ¿De dónde viene? La han engañado. Bribones...
sean quiénes sean, hombres o mujeres, parece que le han robado hasta su nombre.
Dice que no es la señorita Smith. ¿Quién es usted entonces?
»Ella no respondió. Él masculló: “No es que me importe”. Y se quedó en
silencio, pues la fatua cháchara de las presuntuosas hijas de los Fyne se oía ya ante la
verja. Pero todavía no se iban a la cama y siguieron de largo. El capitán Anthony
esperó un poco, silencioso e inmóvil, luego dio una patada contra el suelo y volvió a

171
perder el control. Comenzó a proferir gruñidos, presa de una pasión salvaje. Ella
creyó que la estaba amenazando e insultando. Ya sabemos que estaba acostumbrada
a los insultos, pero el tipo de ferocidad de aquel hombre era algo nuevo para ella.
Comenzó a temblar. Lo más aterrador era que no entendía la naturaleza de esas
horribles amenazas e insultos. No entendía ni una palabra. Sin embargo no sentía la
angustia y la vergüenza que había experimentado en tantas otras escenas vejatorias.
Haciendo un gran esfuerzo, a pesar de que le temblaban las rodillas, con un hilo de
voz le suplicó que la dejara entrar en la casa.
»—No me detenga. Es inútil. Es inútil —repetía débilmente, sintiendo que en
su interior crecía una obstinación invencible, a pesar de que no sentía ninguna ira
contra aquel hombre enfurecido.
»Él recuperó de pronto el control y, sin alzar la voz, dijo en tono
perfectamente audible:
»—¡Es inútil! ¡Inútil! Usted se atreve a decirme que es inútil... usted, que no es
más que un pedacito de mujer de rostro pálido, usted, jirón de niebla, minúsculo
fantasma de todos los dolores del mundo. ¡Se atreve! ¿Cree que no la he estado
mirando? Es usted toda ojos. Dígame, ¿qué es lo que ha visto para que sus mejillas
estén siempre tan pálidas...? No me lo diga. Me encantan... ¡Es inútil! ¡Y de veras cree
que ahora puedo hacerme a la mar durante un año o más, hasta llegar a algún lugar
al otro lado del mundo, dejándola atrás! Desaparecería usted... o lo poco que queda
de usted. Algún viento fuerte se la llevaría. No tiene nada que la sostenga en la tierra.
Bueno, pues confíese a mí... al mar... que es tan profundo como sus ojos.
»—Imposible —respondió ella.
»Él guardó silencio un momento y luego le preguntó, con un tono
completamente distinto, un tono de abatida curiosidad:
»—¿No me soporta? ¿Es eso, verdad?
»—No —respondió ella, con más aplomo—. Ni siquiera estoy pensando en
usted.
»Las estúpidas voces, agudas y claras, de las hijas de los Fyne, llamándose la
una a la otra, se oyeron desde la oscuridad de los campos.
»—Al menos podría intentarlo. A no ser que esté pensando en otro —masculló
él.
»—Sí, estoy pensando en otro. En alguien que no tiene a nadie que piense en
él, aparte de mí.

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»La umbría silueta del capitán Anthony se hizo a un lado y se apoyó contra la
estructura de madera del porche. Y mientras ella permanecía inmóvil, sorprendida
por ese movimiento tambaleante, le habló en un tono que le resultó de lo más
extraño:
»—Entre pues. Salga de mi vista... Pensé que había dicho que nadie podría
amarla.
»Ella pasó junto a él y de repente se dio cuenta de que estaba tan triste que
sintió la necesidad de decirle algo:
»—Nadie me ha amado nunca... no de esta forma que usted me ama... si a eso
se refiere. Nadie lo haría.
»El capitán Anthony se apartó bruscamente del poste donde estaba apoyado y
ella no retrocedió; pero la señora Fyne y las niñas ya estaban ante la verja.
»Lo único que entendió el capitán Anthony fue que aquello aún no estaba
terminado. No había tiempo que perder. Esperó a que la señora Fyne y las niñas
cruzaran la verja y entonces le susurró a Flora un “espere”, con tal autoridad —no en
vano era hijo de Carleon Anthony, el autócrata doméstico— que ella se sintió
obligada a detenerse un momento, lo suficiente para que él le dijera que no podía
dejarlo así de intrigado toda la noche, dándole vueltas a tonterías. Era preciso que se
escabullera y saliera al jardín, más tarde, cuando pudiera hacerlo sin que nadie la
oyese. Él estaría allí esperándola hasta... hasta que amaneciera. No creería que iba a
ser capaz de dormirse, ¿verdad? Y sería mejor que acudiese, pues de lo contrario... se
interrumpió y dejó la amenaza en suspenso.
»Flora desapareció en la oscuridad del interior de la casa en el momento en
que la señora Fyne subía los escalones del porche. Nerviosa, conteniendo la
respiración en el salón a oscuras, oyó que su mejor amiga decía: “Debiste haber
venido con nosotros, Roderick”. Y añadió: “¿Has visto a la señorita Smith en alguna
parte:
»Flora se puso a temblar, esperando que Anthony estallara en imprecaciones
traidoras sobre la señorita Smith y diera lugar a una explicación dolorosa y
humillante. Lo imaginó presa de su misteriosa ferocidad. Para su gran sorpresa, la
voz de Anthony sonó como de costumbre, tal vez con un ligero dejo de severidad:
“¡La señorita Smith! No. No he visto a la señorita Smith.”
»La señora Fyne pareció satisfecha... y en realidad no demasiado interesada.
»Flora, aliviada, se apresuró a subir a su cuarto, en la planta de arriba, cerró la
puerta silenciosamente y se dejó caer en una silla. Estaba acostumbrada a los

173
reproches, a los insultos, a todo tipo de malos tratos... a excepción de las palizas. Iras
inexplicables habían herido, golpeado y pisoteado sin misericordia su juventud... al
parecer, simplemente por ser hija del financiero De Barral y estar condenada a una
pobreza denigrante debido a la deslealtad de hombres traidores que le habían dado
la espalda a su padre en su hora de mayor necesidad. Y, con el afecto más tierno
posible, pensó en aquella figura erguida, con su larga levita abotonada y esa voz
suave que tan poco tenía que decirle a su hija. Creyó sentir su mano agarrando la
suya. En sus rápidas visitas a Brighton siempre caminaban cogidos de la mano. La
gente los miraba a hurtadillas; la banda tocaba, y allí estaba el mar... la alegría azul
del mar. Juntos disfrutaban de una felicidad apacible... ¡Todo había terminado.
»Una inmensa angustia por el presente oprimió su corazón hasta hacerla casi
gritar. Recordó el curso de tantos años detestables que habían ido menguando su
valor y tuvo un acceso de pánico, un pánico como aquel que ya dos veces la había
conducido hasta el borde de un despeñadero. Se levantó de golpe y se dijo: “¿Por qué
no ahora? ¡De una vez! Sí. Lo haré ahora... ¡en la oscuridad!” El propio horror de
aquella idea la hizo sentirse aún más decidida.
»Bajó en silencio la escalera y sólo cuando estaba a punto de abrir la puerta y
comprobó que no estaba cerrada con cerrojo, recordó que el capitán Anthony le había
advertido que pasaría toda la noche en el jardín. Vaciló. No entendía con claridad el
talante de aquel hombre. Era violento. Pero ella estaba ahora por encima de esas
cosas. ¿Qué pensaría él cuando la viera aparecer en el jardín y creyera que había
bajado a verlo? Pero ni siquiera eso tenía importancia. No podría despreciarla más de
lo que ella misma se despreciaba. Tenía que estar muy aturdida, porque incluso llegó
a pensar que si él perdía el control preso de un furia irreprimible por culpa de la
decepción y por ventura la estrangulaba, aquella sería una forma tan buena como
cualquier otra de terminar con todo.
»—¡Tuvo usted semejante idea! —exclamé sorprendido.
»Con la mirada baja y hablando con esmerada precisión —sus rojos labios
parecían moverse únicamente lo indispensable para que se la oyera— dijo que sí, que
aquella idea había acudido a su mente. Este tipo de cosas hacen que uno se
estremezca ante las misteriosas formas en que las jóvenes adquieren el conocimiento.
Porque aquella idea, admito que bien disparatada, sólo podría surgir de las
profundidades de un tipo de experiencia que ella sin duda no había tenido e iba
mucho más allá de la concepción que una joven puede tener sobre las emociones
humanas más fuertes y ocultas.
»—Y él estaba allí, por supuesto —dije.

174
»—Sí, allí estaba.
»En cuanto Flora salió del porche, lo vio de pie en medio del sendero. Estaba
muy quieto. Como si llevase allí horas parado, mirando hacia la puerta.
»Conmovido por las oscilaciones de la pasión y la ternura, estaría preparado
para afrontar hasta la conducta más extravagante. Yo ya sabía del profundo silencio
que cada noche trae consigo a aquel rincón del país, por eso me era posible entender
que ambos tuvieran la sensación de ser las dos únicas personas en la faz de la tierra.
Una hilera de seis o siete olmos de gran altura, que se alzaban al otro lado del
camino, frente a la casa, hacía la noche aún más oscura en aquel pequeño jardín.
Apenas podían distinguirse el uno al otro.
»—¡Bueno! ¿Y estaba usted muy asustada? —pregunté.
»Me hizo esperar un poco antes de contestar, levantando la vista.
»—Él fue la dulzura personificada.
»De pronto me percaté de tres abominables holgazanes, borrachos como
cubas, cetrinos y sucios, que se habían situado a diez pasos de nosotros, frente al bar.
Contemplaban fijamente la espalda de Flora de Barral, como sin verla,
apesadumbrados.
»—Alejémonos un poco —propuse.
»Ella se volvió de inmediato y dimos unos pocos pasos, no tantos como para
perder de vista la puerta del hotel, pero casi. Yo apenas podía mantener mis ojos en
ella. Después de todo, no había pasado demasiado tiempo con la muchacha. Si te fijas
en mis comentarios verás que las palabras que realmente intercambiamos no fueron
tantas, aun si incluimos toda la historia que tan inesperadamente pasó a referirme.
No, no fueron muchas. Y en aquel momento me pareció que ya no habría más. ¡No!
No podía pedir más. Su confidencia había sido lo bastante maravillosa hasta donde
había llegado, y tal vez no hubiera podido pretenderla de ninguna otra muchacha en
el mundo. Me sentí un poco avergonzado. El origen de nuestra intimidad era
demasiado terrible. Parecía que, escuchándola, había aprovechado la oportunidad de
descubrir su pobre alma, desconcertada y aterrada, desnuda. Pero, para ser justo y no
pecar de falsa modestia, debo reconocer que sentía curiosidad; estaba ansioso,
ansioso por saber un poco más.
»Lo cierto es que al hacer una observación aparentemente inocente, en el
fondo me sentí como un chantajista.
»—¿Y finalmente renunció al paseo que pretendía hacer?

175
»—Sí, renuncié al paseo —dijo lentamente, antes de levantar la mirada.
Cuando lo hizo, el efecto fue extraordinario. Fue como ver un pedazo de cielo azul,
una franja de mar abierto. Y por un instante comprendí el deseo de aquel hombre
para quien el mar y el cielo de su vida solitaria resultaban de pronto incompletos sin
esa mirada que parecía pertenecer a ambos. No en balde era hijo de un poeta.
Contemplé aquellos ojos serenos mientras la joven continuaba hablando; ahora
estaba muy seria, ya no conservaba su apariencia recatada y la precisión de su tono.
Las mujeres son muy cambiantes.
»—Quisiera que usted comprendiera, señor... —tuvo que hacer un esfuerzo
para recordar mi nombre—, señor Marlow, que es verdad lo que le he escrito a la
señora Fyne... que yo no he hecho nada para que el capitán Anthony se comporte
conmigo como se ha comportado. No, no he hecho nada. No hubo ningún plan por
mi parte. No es culpa mía... aunque ella insista en verlo así. Además ella, con sus
ideas, debería ser la primera en comprender que yo no podría, que no podría... Ya sé
que ahora me odia. Creo que en realidad nunca le gusté. Creo que jamás le he
importado a nadie. Una vez me dijeron que nunca le interesaría a nadie y me parece
que es cierto. Soy incapaz de olvidarlo.
»Su abominable experiencia con la institutriz había implantado en su
desafortunado pecho una duda persistente, una desconfianza permanente respecto a
sí misma y a los demás.
»—Recuerde, señorita De Barral, que para ser justa debe confiar en un hombre
plenamente... o no confiar en él en absoluto —le dije.
»De repente bajó la mirada. Me pareció escuchar un débil suspiro. Intenté
retomar el asunto adoptando un tono más desenfadado, pero me parecía imposible
abandonar mi posición ante ella.
»—La señora Fyne es absurda —continué—. Es una mujer excelente, pero no
puede pretender que desaproveche la oportunidad de su vida sólo para que ella
conserve una opinión favorable sobre usted. Eso sería excesivo.
»—Yo no pensaba en mi vida cuando el capitán Anthony me... hablaba —
aclaró Flora de Barral haciendo un esfuerzo.
»Le dije que entonces estaba equivocada. Tenía que haber pensado en su vida
y no sólo en la suya, sino también en la de aquel hombre. Me dejó terminar y después
sacudió la cabeza con impaciencia.
»—Me refiero... a la muerte.
»—Bueno —argumenté—, él allí plantado, frente a la casa, de hecho se

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interpuso entre usted y la muerte. Usted misma lo ha dicho. No puede negarlo.
»—Si quiere creer que me salvó la vida, de acuerdo, créalo. Pero no fue por eso
que yo... ¡Oh, no! No fue por eso... ¡No fue por miedo! Y no importa lo que usted crea
—terminó con petulancia.
»Bajó la cabeza y balanceó ligeramente su sombrilla de un lado a otro. Pensé
un poco.
»—¿Sabe usted francés, señorita De Barral? —pregunté.
»Asintió con la cabeza, pero sin mostrar ninguna sorpresa ante la pregunta y
sin dejar de mover la sombrilla.
»—Bueno, por alguna que otra razón, tengo la sensación de que el capitán
Anthony es lo que los franceses llaman un galant homme. Quisiera creer que recibe el
trato que se merece.
»Sus labios —podía verlos bajo el ala del sombrero— adoptaron de pronto una
expresión muy seria. La sombrilla dejó de balancearse.
»—Le he dado lo que él quería... es decir, a mí misma —afirmó sin titubear y
con una dignidad sorprendente.
»Impresionado ante el tono y la franqueza de sus palabras, por un instante no
supe qué decir. Y entonces tomé la decisión de aclarar el asunto.
»—¿Y usted también ha conseguido lo que quería? ¿No es eso?
»La hija del egregio financiero De Barral no respondió de inmediato a esta
pregunta, que de hecho apuntaba al meollo de la cuestión. Al cabo de un momento
levantó la cabeza, y mirando ansiosamente al otro lado de la ruidosa calle, donde
había una intensa actividad comercial, dijo con suma gravedad:
»—Él ha sido sumamente generoso.
»Me agradó oír esas palabras. No es que dudara del enamoramiento de
Roderick Anthony, pero me gustó comprobar que ella era sensible y capaz de
sentirse agradecida, cosa que en aquella situación me parecía significativa. Ante el
deseo de un hombre puede excusarse que una mujer se considere inestimable. Me
refiero a una mujer de nuestra civilización, que ha establecido una fraseología
ditirámbica para la expresión del amor. Un hombre enamorado aceptará cualquier
convención que exalte al objeto de su pasión y de manera indirecta su pasión misma.
No imagino muy bien de qué manera demostraría el capitán del Ferndale su
exaltación amorosa, pero me satisfacía ver que ella se mostraba agradecida. Es una
suerte que a las mujeres les complazcan los pequeños detalles. Y no es ninguna

177
tontería que sepan mostrarse complacidas. Es en esos pequeños detalles donde mejor
puede expresarse la lealtad profunda, la que ellas más necesitan, la lealtad de los
momentos fugaces.
»Se había quedado pensativa, dejando que sus profundos ojos inmóviles
descansaran en la confusión del tránsito. De repente dijo:
»—Yo quería preguntarle a usted... en realidad... me alegro de haberle
encontrado. ¡Quién hubiera dicho que iba a encontrarle justo aquí, frente al hotel!
Nunca se me hubiera ocurrido... Verá... usted es consciente de lo mucho que todo
esto significa para mí. Usted es la única persona que sabe... la única que realmente
sabe...
»—¿Que sabe qué? —pregunté, al principio sin sospechar en qué podía estar
pensando. De pronto lo comprendí—. ¿Por qué no se olvida de eso? —protesté, algo
molesto ante la posición que en cierta forma me forzaba a adoptar—. Es cierto que yo
fui la única persona que la vi en ese trance —añadí—, pero después de su misteriosa
desaparición les conté a los Fyne la historia de nuestro encuentro.
»Sus ojos se alzaron hasta los míos y pude ver en ellos un candor insondable,
soñador, me atrevería a decir. Y si te estás preguntando a qué me refiero, sólo puedo
explicarte que he visto en el mar, una o dos veces, una expresión similar, poco antes
del amanecer de un nuevo y sereno día. Como si estuviera pensando en voz alta, dijo
que le parecía poco probable que los Fyne comentaran algo de aquel asunto. No
imaginaba ninguna situación en la cual... ¿Por qué iban a hablar de eso?
»Ya que había adoptado una entonación interrogativa, respondí.
»—Es cierto. No hay ninguna razón —pensé para mis adentros que era
probable que guardaran silencio respecto a aquello. Tenían otras cosas de que hablar.
Y entonces, al recordar que el pequeño Fyne llevaba allí arriba demasiado tiempo, el
suficiente para relatar su vida entera, supuse que seguramente el capitán Anthony no
tendría nada que aprender de él sobre Flora de Barral. Hasta entonces era eso lo que
yo había dado por sentado. De pronto vi mi error. Ni siquiera la mujer más sincera
del mundo le haría a un hombre confidencias innecesarias. Y así es como debe ser.
»—¡No, no! —insistí con el fin de tranquilizarla—. Es del todo improbable. ¿Le
preocupa mucho?
»—Bueno, usted ya sabe, cuando bajé... —dijo de nuevo en aquel tono
reservado— cuando bajé... al jardín, el capitán Anthony malinterpretó...
»—Claro que la malinterpretó. Los hombres son tan presuntuosos —comenté.
»Me daba perfecta cuenta de que él debía de haber creído que ella había

178
bajado a verle. ¿Qué otra cosa podía pensar? Y entonces había sido “la dulzura
personificada”. Una experiencia del todo nueva para aquella pobre, delicada y sin
embargo tan resistente criatura. ¡Dulzura en la pasión! ¿Qué podía haber resultado
más seductor para el corazón aterrado y hambriento de aquella joven? Tal vez si él se
hubiera mostrado violento ella habría sido capaz de decirle que bajaba a encontrarse
con la muerte... y no con el amor. Mientras la miraba, con su aspecto tan joven y
frágil, tan intensamente viva en su quietud, se me ocurrió que tal vez ni siquiera ella
sabía a qué tipo de cita se dirigía al bajar.
»Sonrió débilmente, casi con torpeza, como si no estuviera nada acostumbrada
a sonreír, ante mi broma barata. Y entonces, con una precisión forzada, con una
especie de recato consciente, dijo:
»—No quise que lo supiera.
»Aprobé sinceramente aquella actitud. Muy bien. Mucho mejor. Sería mucho
más halagador para él permanecer en aquel error.
»Intentaba mantener aquel tono cómico en la conversación, pero creo que ella
era demasiado sencilla para comprender mi intención. Continuó, con la mirada baja:
»—¡Oh! ¿De veras lo cree? Cuando lo vi a usted, no entendí por qué estaba
aquí. Me alegré de que me hablara, porque eso era exactamente lo que deseaba.
Quería pedirle que si se encontraba con el capitán Anthony... por cualquier
casualidad... en cualquier lugar... usted también es marino, ¿no es así?... quería
pedirle que nunca... nunca mencionara... que... que me había visto allí.
»—Mi querida joven —exclamé, espantado ante aquella suposición—. ¿Por
qué iba a hacerlo? ¿Qué le hace pensar que se me ocurriría?
»Ella alzó la cabeza ante mi vehemencia. No lo comprendía. El mundo la había
tratado de una forma tan deshonrosa que no tenía ni la más ligera idea de lo que eran
los sentimientos decentes. No era culpa suya. ¿Por qué habría de confiar en las
promesas de alguien? Pensé que de todas formas lo mejor sería hacerle una promesa,
de modo que le aseguré que podía confiar en mi más absoluto silencio.
»—Además, no es probable que llegue a ver al capitán Anthony —añadí con
convicción, como una garantía más.
»Aceptó mis palabras en silencio, sin un gesto. Su gravedad tenía cierto aire de
agudeza, tal vez por su barbilla. Mientras aún nos mirábamos, declaró:
»—No hay ningún engaño en lo que hago. Quiero que comprenda que si estoy
aquí ahora no es por miedo. ¡No lo es!

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»—Lo comprendo muy bien —le respondí, pero vi que la sombra de una duda
atravesaba su mirada firme, aunque cohibida—. De veras —insistí—. Comprendo
perfectamente que usted no tenía miedo a la muerte.
»Bajó los ojos lentamente y continué:
»—En cuanto a la vida, eso es otra cosa. Y no creo que tenga usted ninguna
culpa... aunque es cierto que el paso que pretendía dar era excesivo. Lo que ahora me
pregunto es si no fue la fealdad, más que el dolor de la lucha lo que...
»Ella se estremeció visiblemente.
»—Pero yo sí me culpo —exclamó con sentimiento—. Estoy avergonzada.
»Y, al bajar la cabeza, por un instante pareció la viva imagen del
remordimiento y la vergüenza.
»—Bueno, pronto dejará atrás todos estos horrores —observé—. Y estoy seguro
de que no le teme al mar. Según tengo entendido es usted nieta de un marino.
»Dejó escapar un profundo suspiro. Apenas recordaba a su abuelo. Era un
hombre bien afeitado, de tez rubicunda y largos cabellos, totalmente blancos. Él la
sentaba en sus rodillas y, acercando su rostro al suyo, le hablaba en un cariñoso
susurro. ¡Si viviera todavía.
»Permaneció un rato en silencio.
»—¿No está ansiosa por ver el barco?
»Bajó todavía más la cabeza para no permitirme ver nada en su rostro.
»—No sé —murmuró.
»Yo empezaba a sospechar que desconocía sus propios sentimientos. Toda
aquella obra del más puro azar había sido tan inesperada, tan repentina. Y ella no
tenía nada en que apoyarse, la única experiencia que poseía sólo podía servirle para
hacer tambalear su fe en cualquier ser humano. Estaba terrible y lastimosamente
desamparada. Casi con la intención de consolarme a mí mismo, observé con alegría:
»—Bueno, sé de alguien que debe de estar enormemente ansioso por verla.
»—He llegado antes de tiempo —confesó con sencillez, algo más animada—.
No tenía nada que hacer, así que salí.
»De pronto me vino a la mente la imagen de un cuartito sórdido y solitario, al
otro extremo de la ciudad. De pronto se le habría vuelto insoportable. Sólo con
pensar en él se sentía oprimida. Flora de Barral miraba con franqueza al confidente
que el azar le había deparado.

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»—Así que vine para aquí —continuó—. Fui yo quien fijó ayer la hora, pero al
capitán Anthony no le habría importado que apareciera un poco antes. Me dijo que
se dedicaría a examinar unos documentos hasta que yo llegara.
»La imagen del hijo del poeta, el salvador de la damisela más desgraciada de
los tiempos modernos, hombre vehemente, tierno y generoso, sumergido hasta el
cuello en las cuentas del barco, me resultó divertida.
»—Estoy seguro de que no le habría importado —asentí sonriendo. Pero la
mirada de la joven era sombría, su delgado y pálido rostro reflejaba una profunda
preocupación.
»—Todavía no puedo creerlo —murmuró con ansiedad.
»—Es completamente real. No tema —le dije, intentando animarla; pero tuve
que cambiar rápidamente de tono—. Será mejor que se aparte un poco —le advertí
bruscamente.

»Había visto a Fyne salir a grandes zancadas por la puerta del hotel. La
muchacha, que era inteligente, sin entretenerse a formular preguntas, se alejó
discretamente por una calle mientras yo me apresuraba a encontrarme con Fyne, que
se acercaba por otra, con su ritmo de caminante. Mi objetivo era detenerlo antes de
que llegara a la esquina. Debía estar completamente inmerso en sus pensamientos,
pues parecía no percatarse de nada a su alrededor. Me interpuse en su camino y casi
choca conmigo.
»—¡Hola! —exclamé.
»Su sorpresa fue extrema.
»—¡Usted aquí! No me diga que me ha estado esperando.
»Sin darle importancia le expliqué que un asunto inesperado me había
detenido en los alrededores y que por eso lo había visto salir.
»Me miró con un aire distraído y a la vez solemne, sin duda pensando en otra
cosa. Le sugerí que podíamos tomar el siguiente tranvía hacia el centro. Estaba como
atontado e intuí que profundamente perturbado. Ya que la señorita De Barral, que
había desaparecido de nuestra vista, no podría acercarse a la puerta del hotel
mientras permaneciéramos allí, le propuse cruzar al otro lado de la calle para esperar
el tranvía. Reaccionó, más por la ligera presión de mi mano en su brazo que por mis
palabras y, mientras cruzábamos la amplia calzada sorteando el tránsito, que
avanzaba pesadamente, dejó escapar una profunda exclamación:

181
»—¡No sé cuál de los dos está más loco!
»—¡Cierto! —dije, al tiempo que tiraba de él para apartarlo del hocico de dos
enormes caballos de tiro que parecían adormilados. Con un brusco movimiento
instintivo los evitó y de un salto se subió al bordillo de la acera. Su mente no estaba
para nada pendiente de sus movimientos. Incluso en medio del salto, suspendido en
el aire sin perder su característica gravedad, continuó expresando su indignación.
»—¡Es increíble! ¡Están locos!
»Tuve la precaución de colocarme en una posición que lo hiciera a él estar de
espaldas al hotel para mirarme. Me pregunté si no habría entendido mal lo primero
que me dijo al salir del hotel, que el capitán Anthony se había alegrado de verle.
Realmente era difícil creer que, en cuanto abrió la puerta, el “hermano-marino” de su
esposa hubiera exclamado: “¡Ah, es usted! Precisamente la persona que deseaba ver”.
»—Lo encontré sentado ante su escritorio —continuó Fyne con su
impresionante voz de pecho—. Estaba redactando su testamento.
»No esperaba oír un dato como éste, pero mantuve una actitud prudente,
sabiendo muy bien que nuestras acciones no son por sí solas muestra de cordura o de
locura. Lo cierto es que no alcanzaba a sospechar a qué podía deberse tanta
excitación por parte de Fyne, pues estaba claramente excitado. Empecé a entender
algo cuando supe que el capitán del Ferndale deseaba que el pequeño Fyne fuera uno
de sus fiduciarios. Lo dejaría todo a su esposa, una solicitud que lo hacía participar
en una acción contra la cual su propia esposa lo había enviado, debió de haberle
parecido a Fyne una total locura.
»—¡Yo! ¡Yo, entre toda la gente del mundo! —repetía con impresionante
gravedad. Pero me era posible ver que estaba asustado. ¡Semejante falta de tacto!
»—El sabía que su hermana me había enviado a visitarle. No es correcto poner
a nadie en una posición tan incómoda —se quejaba Fyne—. Este hecho me llevó a
oponerme con mucha más virulencia a todo este penoso asunto.
»Le señalé de forma concisa, y sin apartar los ojos de la puerta del hotel, que él
y su esposa eran el único vínculo que el capitán Anthony tenía con tierra. ¿A quién
más podía dirigirse?
»—Yo le advertí que él estaba rompiendo ese vínculo —declaró solemnemente
Fyne—. Rompiéndolo para siempre. ¿Y con qué finalidad... para qué?
»Me miró. Tal vez podía haberle dado algún indicio de con qué finalidad, pero
no dije nada. El empezó otra vez:

182
»—Mi esposa me asegura que la muchacha no lo ama en absoluto. Se basa en
la carta que recibió de ella. Hay un pasaje donde prácticamente admite que careció
de escrúpulos al aceptar el ofrecimiento de matrimonio, pero le dice a mi esposa que
supone que ella sabrá disculparla... puesto que actuó en defensa propia. Mi esposa
tiene sus propias ideas, pero ésta es desde luego una forma indignante de
interpretarlas. Indignante.
»El buen hombrecillo hizo una pausa y añadió con gravedad:
»—No le hablé de estas cosas a mi cuñado... quiero decir, de las ideas de mi
esposa.
»—No. ¿De qué habría servido? —observé.
»—Se trata de un enamoramiento —convino el pequeño Fyne como si acabara
de hacer un descubrimiento terrible—. Jamás en mi vida he visto algo tan
inexplicable y desesperante. Me... me sentí asustado y también compadecido —
añadió, mientras yo lo miraba preguntándome con curiosidad si aquel excelente
empleado público y notable excursionista habría sentido el hálito de un enorme y
fatal hechizo amoroso pasar junto a él en la habitación de aquel hotel del East End.
Lo cierto es que por un momento parecía que había visto un fantasma, algo de otro
mundo. Pero esa impresión se desvaneció al instante cuando hizo un gesto de
exasperación ante algo que sin duda pertenecía a este mundo... fuera lo que fuese—.
Este es un mal asunto. Mi cuñado no sabe nada sobre mujeres —exclamó, con el aire
de poseer una profunda y experimentada sabiduría.
»No sabría decir qué creía saber él sobre las mujeres. Ignoro qué
oportunidades de aprender algo de ellas pudo haber tenido. Pero desde luego éste es
un tema que, si se enfoca con indebida solemnidad, puede escapar enteramente a
nuestra capacidad de comprensión. Sin duda Fyne sabía alguna cosa sobre una mujer
determinada, la hermana del capitán Anthony, pero éste, hay que reconocerlo, había
sido un estudio de honda gravedad. Le sonreí con gentileza y, no sé si con eso lo
alenté o contribuí a provocarlo, pero lo cierto es que completó su exposición de un
forma bastante explosiva.
»—Y esa joven no comprende nada... Es una auténtica locura.
»—No sé —repuse— si las circunstancias de aislamiento del mar aliviarán de
algún modo el peligro. Pero lo que sí es seguro es que tendrán la oportunidad de
aprenderlo todo el uno sobre el otro, en un solitario tête-a-tête.
»—¡Pero demonios! —gritó con un tono cavernoso que a la vez encerraba una
amarga ironía; nunca antes había oído un sonido tan extrañamente desagradable,

183
casi espantoso—. Olvida usted al señor Smith.
»—¿A qué señor Smith? —pregunté inocentemente.
»Fyne hizo una mueca extraordinariamente simiesca. Creo que fue
involuntario, ya sabes que un rostro grave, arrugado y bien afeitado, cuando se
distorsiona de una manera inusual se asemeja enormemente al de un mono. Fue una
imagen sorprendente y no sólo me dejó mudo sino que detuvo completamente el
curso de mis pensamientos. Supongo que debí de adquirir un aspecto notablemente
imbécil.
»—A mi cuñado le pareció divertido tomarme el pelo respecto al hecho de que
le presentáramos a la joven como la señorita Smith —dijo Fyne poniéndose hosco en
un instante—. Dijo que tal vez si hubiera sabido su nombre desde el principio habría
podido contenerse. La cuestión es que hizo el descubrimiento demasiado tarde. Me
pidió que le dijera esto a Zoe, junto con otras muchas tonterías.
»Parecía que Fyne acababa de escapar de un hombre que había hecho alarde
de una excesiva exhibición de buen humor. Tuvo que resultarle muy desagradable;
incluso percibí que su solemnidad había resultado herida. Presentaba agujeros a
través de los cuales pude ver a un nuevo Fyne, desconocido.
»—Usted no lo creerá —continuó—, pero le aseguro que la joven no puede ver
a su padre más que como una víctima. No sé —estalló de repente a través de un
enorme boquete abierto en su solemnidad— si lo considera exactamente un santo,
pero lo que está claro es que lo ve como un mártir.
»Es una de las ventajas de ese magnífico invento que es la cárcel; uno puede
olvidar a las personas que van a parar allí, como si hubieran muerto. No hay que
preocuparse por ellas. No puede evitarse nada de lo que les ocurra. Y ellas no
pueden hacer nada que afecte a nadie. Algún día salen de allí, pero eso difícilmente
puede parecer una ventaja para ellos mismos o para los demás. Yo me había
olvidado por completo del financiero De Barral. Para mí la joven era huérfana, pero
ahora de repente comprendía el peso de aquella frase de Fyne: “en cierta medida”.
Habría sido infinitamente más considerado para todos que la ley hubiera hecho
fusilar, decapitar, ahorcar o destruir de cualquier otra forma a ese absurdo De Barral,
que representaba un peligro para un mundo moral habitado por una multitud
crédula incapaz de protegerse a sí misma. Al margen de todas estas consideraciones
le advertí a Fyne que, por más disparatada que fuera la visión de la muchacha, ese no
era suficiente motivo para tacharla de loca.
»—Así que ella piensa en su padre... ¿no? Supongo que nos parecería más
cuerda si pensara sólo en sí misma.

184
»—Estoy seguro —dijo Fyne con seriedad— de que exhibió ante Anthony sus
ojitos desesperados...
»—¡Oh, vamos! —lo interrumpí—. Usted no la ha visto nunca poner ojitos
desesperados. Ni siquiera sabe de qué color son sus ojos.
»—¡Muy bien! No importa. La cuestión es que nada hubiera ocurrido si ella
no... En fin, qué más da. Le digo que si ella lo engatusó, ó simplemente lo aceptó, si
así lo prefiere, fue únicamente pensando en su padre. Yo opino que Anthony no le
importa en absoluto. Nadie le importa. Jamás demostró el menor afecto por nadie.
Pregúnteselo a Zoe. Yo personalmente no la culpo —añadió Fyne, ofreciéndome un
nuevo aspecto insospechado a través de los andrajos y los harapos de su dañada
solemnidad—. ¡No! ¡Cielos! Yo no la culpo... pobre diablo.
»Convine con él en silencio. Supongo que los afectos, en cierto modo, deben
aprenderse. Aunque existe en todos nosotros una chispa natural de amor es preciso
aventarla en nuestra juventud. En el caso de esa muchacha, esa chispa, si es que
alguna vez la hubo, tuvo que haber sido empapada por el líquido corrosivo más
espantoso que quepa imaginar. Pero me sorprendió que Fyne lo hubiese intuido,
aunque fuera oscuramente.
»—Ella no siente afecto más que por ese ridículo tiburón de la propaganda —
continuó venenosamente y de un modo más calculado—. Y Anthony lo sabe.
»—¿Lo sabe? —pregunté dudoso.
»—Incluso ella misma es muy capaz de habérselo dicho —afirmó Fyne con
sorprendente perspicacia—. De todas formas yo desde luego se lo dije.
»—¿De veras? Por encargo de la señora Fyne, por supuesto.
» Ante mi alarde de astucia Fyne se limitó a entornar los ojos como una
lechuza.
»—¿Y cómo recibió el capitán Anthony esta interesante noticia? —inquirí.
»—Con muy poco decoro —repuso Fyne, que se hallaba en un estado en que
no le preocupaba lo más mínimo ser indiscreto—. Ese hombre ya no es el que era. Me
rogó que le dijera a su hermana que él no se dedicaba a hacer comentarios sobre su
conducta. Una observación indecorosa e ilógica. Dijo... Yo estaba cansado de discutir.
Le dije que me hacía cargo del estado de excitación en que se encontraba.
»—Sabe, Fyne —dije—, un hombre encarcelado me parece algo tan
inverosímil, tan cruel y tan angustioso que apenas puedo creer en su existencia. Y
menos aún en relación con cualquier otra existencia.

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»—Pero demonios —gritó Fyne—, no está encerrado de por vida. Lo dejarán
salir. ¡Va a salir! Ahí está precisamente el problema. Y para qué lo van a dejar salir,
me pregunto. Me parece aún más cruel que haberlo encerrado. Esa ha sido nuestra
preocupación durante semanas. ¿Lo ve ahora?
»¡Veía tantas cosas! Justo ante mí veía la excitación del pequeño Fyne...
alimento para el asombro. Más lejos, en una suerte de penumbra a salvo de la luz del
día y del ajetreo de la calle, podía ver la figura de un hombre, tieso como una estaca,
que avanzaba a pequeños pasos e iba acompañado de la frágil silueta de una
muchacha. Y la penumbra era como la de los sórdidos barrios bajos, la penumbra de
la pobreza, de la desdicha, de la existencia hambrienta y degradada. Fue un alivio
que apenas alcanzara a ver sus espaldas cubiertas de harapos y desesperanza. Él era
un horrible fantasma. Aunque llamarlo fantasma era sólo un eufemismo, una cortesía
verbal, una forma de ocultar el terror que nos inspiran ese tipo de imágenes. Las
cárceles son artilugios magníficos. Se abren... se cierran. Todo muy pulcro. Se abren...
se cierran. Y algo parecido a un cadáver sale a caminar atrozmente por el mundo, un
mundo donde no encontrará amistades posibles, arrastrando consigo la aterradora
atmósfera corrupta de su morada silenciosa. Maravilloso artilugio. Funciona
automáticamente y, cuando se observa bien, su perfección provoca nauseas, lo cual
no es un triunfo mediocre para un mero artilugio. Nauseabundo y aterrador. La
pobre muchacha debió de haberse llevado un susto de muerte. ¡Tener que darle la
mano a una cosa así! Ahora comprendía el remordimiento que había percibido en sus
palabras.
» —¡Por Júpiter! —dije—. ¡Están a punto de soltarlo! No se me había ocurrido.
»Fyne mostró su desprecio, no sé si hacia mí o hacia todo en general.
»—¿No creería que iban a tenerlo en la cárcel de por vida?
»En aquel momento vi a Flora justo donde se unían las dos calles. Entonces
pasaron varios vehículos, uno tras otro, que me taparon por un momento aquella
delgada silueta vestida de negro, con sólo un toque de color en el sombrero.
Caminaba lentamente, no sé si por cautela o por renuencia. Mientras escuchaba a
Fyne, yo me asomaba por encima de su hombro intentando volver a verla. Fyne
continuaba hablando con gran energía, los harapos de su solemnidad se le iban
cayendo a cada frase.
»Así era. Su esposa y él se habían enterado de todo. Por supuesto que la joven
jamás hablaba de su padre con la señora Fyne.
Supongo que le resultaría muy difícil, teniendo la teoría de que él era inocente.
Pero seguramente pensaba en eso noche y día. ¿Qué haría con él? ¿A dónde iría?

186
¿Qué harían para sobrevivir? El nunca había hecho amigos. Sus únicos parientes eran
esos siniestros primos del East End, y ya los conocemos. Dondequiera que mirase
sólo encontraría desdicha, en este mundo injusto y lleno de prejuicios. Sólo el hecho
de tener que mirarle a la cara y no poder ofrecerle nada le pareció desesperante.
»No es que yo me entretuviera a pensar todo esto. No me hacía falta. Lo tenía
claro en mi cabeza, mientras estaba tan concentrado en alcanzar a ver el otro lado de
la calle que ni siquiera escuchaba al pequeño Fyne, hasta que éste elevó el tono de su
profunda voz, completamente indignado.
»—No culpo a la joven —decía—. Él está encaprichado. Cualquiera se daría
cuenta. Lo que no entiendo es cómo ha conseguido ella influenciarle tanto. Le dio el
“sí” sólo por ese fatuo estafador que tiene por padre. Uno lo ve perfectamente claro
con sólo pensarlo un momento. En realidad ni siquiera hay que pensarlo. Lo sabemos
de su puño y letra. En la carta que envió a mi esposa afirma haber actuado sin
escrúpulos. Lo ha confesado, pues, porque qué otra cosa podría querer decir con eso.
De modo que se casarán antes de que ese viejo idiota sea puesto en libertad... Qué
sorpresa se va a llevar —añadió Fyne en un tono peculiarmente malicioso—. Cuando
salga de la cárcel lo estará esperando una tal señora Anthony, esposa del capitán
Anthony. Muy agradable para Zoe. Y, según tengo entendido, mi cuñado pretende
estar allí también. Un pequeño acontecimiento familiar. Es extremadamente
agradable imaginarlo. Delicioso. Una encantadora reunión familiar. Nosotros tres
contra el mundo... y todo ese tipo de cosas. ¿Y por qué? Por una muchacha a la que él
no le importa un rábano.
»El demonio del rencor se había adueñado del pequeño Fyne. Yo estaba tan
sorprendido como si su piel hubiera pasado del blanco al negro. Era realmente un
prodigio. Y no acabó ahí.
»—Por suerte, que él sea marinero tiene algunas ventajas. Mientras desafíen al
mundo hallándose en alta mar, a unas dieciocho mil millas de aquí, no me preocupa
mucho. Me pregunto qué dirá ese viejo e interesante sujeto. Se llevará otra buena
sorpresa cuando vea que pretenden arrastrarlo a bordo de un barco. Operación de
rescate. Piense que Roderick Anthony al fin y al cabo es hijo de un caballero...
»Tuve un ligero sobresalto. Creí que iba a decir “el hijo del poeta”, como
siempre, pero por lo visto no estaba para ese tipo de vanidades. Puede que en su
interior acabase la frase añadiendo “y tío de mis hijas”. Sospecho que el capitán
Anthony lo había vapuleado de lo lindo allí arriba, y el resentimiento había resultado
ser un tremendo estímulo para su torpe ingenio. Cuando algo aviva la imaginación
de los hombres de temperamento sobrio el resultado es asombroso.

187
»—¡Imagíneselo! —gritó—. Los tres apretados en un coche de punto y
Anthony mirando con deferencia a ese viejo pájaro enjaulado, que estaría atónito.
»El buen hombrecillo se echó a reír. Un sonido del todo inapropiado brotó de
su pecho viril y lo peor era pensar que por un pelo podía haberse tomado todo aquel
asunto con cierto sentimentalismo. Pero por lo visto Anthony no tenía nada de
diplomático. Su cuñado debió de parecerle, para emplear el lenguaje de la gente de
tierra, un perfecto filisteo con corazón de pedernal. Ignoro a qué se refería Fyne
exactamente al mencionar la palabra “altercado”, pero no me cabía duda de que los
dos habían tenido un “altercado” de dimensiones perturbadoras. No tenía idea de
hasta qué punto podía estar afectado el otro, pero el hombre que tenía ante mí desde
luego estaba hondamente conmocionado.
»—¡En un coche de punto! ¡Llevarlo a bordo! —murmuré, sorprendido ante el
cambio que se operaba en Fyne.
»—Ése es el plan... nada menos. Si debo creer lo que se me ha dicho, sus pies
apenas tocarán el suelo, pues pasará directamente de las rejas de la cárcel a la
cubierta de ese barco.
»Fyne, que parecía otro, hablaba en un tono forzadamente bajo, que sin
embargo yo oía sin dificultad. Los ruidos y el estruendo de la calle habían
disminuido, durante una de esas repentinas pausas en el tránsito, como si el flujo de
la corriente comercial hubiera dejado de manar de su fuente. Al disfrutar de una
vista sin obstáculos por encima del hombro de Fyne, me sorprendió comprobar que
la muchacha aún estaba allí. Yo creía que se habría ido hacía rato. Pero ahí estaba su
esbelta figura negra, su rostro blanco bajo las rosas del sombrero. Estaba de pie ante
el bordillo de la acera tal como se detienen las personas a la orilla de un arroyo, muy
quieta, como esperando... o sin saber dónde estaba. Me pareció que los tres borrachos
deprimentes —podía verlos también, no se habían movido una pulgada— la estaban
observando. Era espantoso.

»Entretanto Fyne continuaba refiriéndome cosas bastante extraordinarias...


extraordinarias considerando que provenían de él. Primero declaró que en cierto
sentido aquello era una bendición. Luego me preguntó si no opinaba que era una
auténtica locura arruinarse la existencia de un modo tan irreversible. La existencia
cotidiana. Una existencia aislada y limitada por el mar. Añadir una tensión adicional
a esa soledad que ya sería difícil de soportar entre dos personas era sin duda
descabellado. Bastante desagradable es ya soportar a los parientes indeseados en
tierra, donde uno puede romper con ellos, o al menos olvidar su existencia de

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cuando en cuando. Él desde luego estaba dispuesto a olvidar la existencia de su
cuñado hasta donde le fuera posible.
»Éstos fueron más o menos sus comentarios, aunque no sus palabras exactas.
Me dije que la existencia del hermano de su esposa nunca le había resultado
embarazosa, sin embargo era evidente que a partir de ahora debería abstenerse de
sus alusiones al “hijo del poeta”. Yo me limitaba a afirmar “sí, sí” cuando él hacía
alguna pausa, ya que no deseaba que se girase; y en ningún momento aparté la vista
de la muchacha. Fue entonces cuando creí entender lo que había querido decir con su
“ha sido muy generoso”. Sí. Un carácter generoso puede permitir a un hombre
sobrellevar cualquier tipo de situación. ¿Pero por qué no estaba ahora con su
generoso prometido? ¿Por qué permanecía allí, como aferrada a esta tierra que sin
duda aborrecía, como se aborrece cualquier lugar en que uno se ha sentido
atormentado, desesperado, infeliz? De repente se puso en movimiento. ¿Iría a
cruzar? No. Se volvió y comenzó a caminar lentamente cerca del bordillo,
recordándome la vez que la había descubierto caminando al borde de aquel
precipicio de noventa pies. Tuve la misma impresión, había el mismo porte en su
andar, derecha, esbelta, con la cabeza rígida y las dos manos ligeramente
entrelazadas... sólo que ahora sostenía entre ellas una pequeña sombrilla. Creí
percibir algo fatídico en aquel andar pausado hacia la invisible puerta del hotel, con
el rótulo de “Entrada” en los cristales.
»Al llegar hasta la puerta creí que volvería a detenerse, ¡pero no! Se giró
bruscamente... en ese momento nadie pasaba a su lado; tenía aquel pedazo de acera
para ella sola... se movía lentamente, con una especie de inercia, como si algo la
empujara.
»—¡Maldito presidiario! —estalló Fyne.
»Al tiempo que el sonido de esas palabras ofendía mis oídos, vi que la joven
extendía el brazo, empujaba la puerta un poquito y se deslizaba dentro. Pude ver con
claridad aquel movimiento, su mano adelantándose en un gesto sonámbulo.
»Había desaparecido. Su figura negra se había fundido en la oscuridad de la
puerta abierta. Fyne permaneció un rato en silencio, y yo me entretuve imaginando a
la muchacha subiendo las escaleras y apareciendo ante aquel hombre. ¿Se mirarían
en silencio con esa sensación de estar solos en el mundo que invade a los amantes en
el momento del encuentro? Quizás ese dulce olvido de todo fuera imposible para
Anthony el marino, justo después de la polémica entrevista con Fyne, emisario de un
orden de cosas que deja de existir ahí donde el mar empieza. No sabiendo lo que el
impetuoso amante habría tenido que escuchar ignoraba hasta qué punto podía estar
perturbado.

189
»—Van a llevarse a una persona anciana a surcar los mares con ellos —
comenté—. Bueno, lo cierto es que no sé qué otra cosa podrían hacer con él. ¿Le dijo a
su cuñado cuál era su opinión al respecto? Me pregunto cómo se lo tomó.
»—De una forma muy inapropiada —insistió Fyne—. Se mostró ofensivo y
despectivo desde el principio. No estoy diciendo que usara palabras groseras.
Demonios, no soy un imbécil despreciable. Pero era evidente que estaba lleno de
orgullo por haberse ganado a esa desafortunada muchacha.
»—Lo cierto es que a partir de ahora ya no será tan pobre y desafortunada —
murmuré.
»Parecía que el júbilo del capitán Anthony le había destrozado los nervios a
Fyne.
»—Le dije a ese individuo con toda claridad que se había mostrado
miserablemente egoísta —afirmó de modo inesperado.
»—¡De veras! ¡Egoísta! —exclamé bastante sorprendido—. ¿Y si la joven
creyese, por el contrario, que ha sido muy generoso?
»—¿Qué sabe usted de esto? —rugió Fyne. Los desgarrones y tajos de su
solemnidad comenzaban a cerrarse, pero para dejar ver una solemnidad de lo más
hosca—. ¡Generosidad! Yo le daría otro nombre. No, locura no —me gritó como si yo
pretendiera interrumpirlo—. Otro. Mucho peor. No es necesario que le diga cuál es
—añadió con mala intención.
»—No, claro. No tiene por qué... a menos que lo desee —dije sin saber a qué se
refería.
»El pequeño Fyne nunca me había interesado hasta que comenzó todo aquel
asunto Anthony De Barral; fue entonces cuando por primera vez percibí
posibilidades en él. Las posibilidades de los hombres aburridos son excitantes,
porque cuando se manifiestan hacen pensar en legendarios casos de “posesión”, no
exactamente demoníaca, pero si de un orden espiritual extraño.
»—Le dije que era una vergüenza —continuó Fyne—. Incluso si era la
muchacha quien lo había provocado... aunque estoy de acuerdo con usted en que no
lo hizo. ¡Sí! Es una vergüenza aprovecharse de la desesperación de una joven... una
joven que además no le ama.
»—¿De verdad le parece todo tan horrible? —pregunté—. Porque ya sabe
usted que a mí no.
»—¿Qué quiere que piense? —me respondió dirigiéndome una mirada

190
solemne—. Me baso en la carta que recibió mi esposa.
»—¡Ah! La famosa carta. Pero usted en realidad no la ha leído —observé.
»—No, pero mi esposa me habló de ella. Está claro que es la carta más
inadecuada que podía escribir dadas las circunstancias. A la señora Fyne le dolió
descubrir hasta qué punto había sido malinterpretada. Pero lo que está escrito no es
todo, mi esposa, además, fue capaz de leer entre líneas. Y afirma que la muchacha
está completamente aterrada.
»—La vida no le ha dado muchas oportunidades de desarrollar un coraje
especial o una gran confianza en la humanidad, eso es muy cierto, pero me parece
que está exagerando.
»—Quisiera saber qué razones lo llevan a decir eso —preguntó Fyne
mostrándose solemne y ofendido—. Yo no veo ninguna. Lo que sé es que tuve la
suficiente autoridad para decirle a mi cuñado que si creía que yo iba a hacer algo
caballeroso y elegante, estaba en un error. Puedo ver con mucha claridad que él hará
todo lo que ella le pida que haga... pero me sigue pareciendo una transacción
despiadada.
»Por un instante pensé que quizás tuviera razón. Fyne vio que se acercaba un
tranvía y bajó de la acera para tomarlo.
»—¿No podría mirárselo de un modo más compasivo? —le grité, él ya de
espaldas. No respondió, subió a la plataforma trasera y sólo entonces volvió la
mirada. Intercambiamos un mecánico gesto de despedida. Creo que él me miraba
con cierto enojo, yo a él con asombro. Debo decir que aquella fue la última vez que lo
vi. Desde aquel día no he vuelto a ver a ninguno de los Fyne. Me ocurrió algo
inesperado, como suele sucederme. No tuvo nada que ver con Flora de Barral. El
hecho es que tuve que partir. Mi reclamo no tuvo nada que ver con el de ella. A mí
no se me instó con vehemencia apasionada o con tierna gentileza a la que se suma el
atractivo de la generosidad, virtud tan misteriosa como cualquier otra pero con un
encanto especial. No, simplemente tuve un prosaico ofrecimiento de empleo en
condiciones bastante ventajosas; lo acepté sin recelo, con una repentina sensación de
haber perdido suficiente tiempo en tierra. Habiendo vencido mi indolencia partí,
como de costumbre, muy muy lejos y durante mucho, mucho tiempo. Lo que en
realidad no es más que otra prueba de mi indolencia. No sé cuán lejos fue Flora, pero
te diré lo que creo: creo que fue lo más lejos que pudo... tan lejos como le fue posible
soportar... tan lejos como tuvo que ir...

191
PARTE II

EL CABALLERO

192
CAPÍTULO I
EL FERNDALE

Ya he dicho que la historia de Flora de Barral me fue referida por etapas.


Llegados al punto de la narración en que me he detenido estuve algún tiempo sin ver
a Marlow. Al fin, una noche, bastante temprano, muy poco después de la cena,
acudió a visitarme a mis habitaciones.
Desde que lo había visto por última vez tenía preparada una observación que
no se me había ocurrido hasta que se hubo marchado aquel día.
—Me pregunto —lo abordé de inmediato— cómo puedes estar tan seguro de
que Flora de Barral finalmente se hizo a la mar. Al fin y al cabo, la esposa del capitán
del Ferndale... “la dama que no había que molestar” mencionada por el viejo vigilante
del barco... pudo no haber sido Flora.
—Bueno, estoy seguro —respondió— porque me he mantenido en contacto
con el señor Powell.
—¡De veras! —exclamé—. Primera noticia. ¿Y desde cuándo?
—Bueno, desde el primer día. Me dejaste en la taberna cuando te fuiste a la
ciudad. Dormí en tierra. Por la mañana, el señor Powell vino a desayunar y, tras esa
primera sensación embarazosa que te sobreviene al encontrarte con un hombre con
quien has estado conversando largamente la noche anterior, descubrimos que
teníamos cierta afinidad.
Como había descubierto antes que ellos esa afinidad no me sorprendió.
—De modo que os mantuvisteis en contacto —dije.
—No fue difícil. Como él siempre andaba por el río, alquilé el buque de tres
toneladas con aparejos de balandro de Dingle, para que estuviéramos a la misma
altura. Powell se mostraba amistoso, pero esquivo. No creo que deseara evitarme,
pero lo cierto es que desaparecía del río de forma a veces muy misteriosa. Podía
atracar en cualquier parte y salir disparado tierra adentro... ¿pero qué hacía con su
cúter de cinco toneladas? No se puede llevar en la mano como una maleta.
»Entonces reaparecía en el río en forma igualmente repentina, cuando uno ya
lo había dado por perdido. No me gusta que me confundan, por eso contraté el barco
de Dingle. En él sólo había espacio para que durmieran un hombre y un perro, pero
yo no tenía ningún perro amigo a quien invitar. Mi último perro amigo había sido el

193
de los Fyne, aquél que le salvó la vida a Flora de Barral. Andaba navegando por allí,
bastante solitario, pero eso en el río también tiene su encanto, a veces. Perseguía el
misterio de las desapariciones de Powell como en un sueño, mirando las naves que
me rodeaban, pensando en la joven, en Flora, en las cosas de la vida... y, sabes, era
muy sencillo.
—¿Qué es lo que era sencillo? —pregunté con inocencia.
—El misterio.
—Casi siempre lo son —repuse.
Marlow me miró un momento de una forma peculiar.
—Bueno, el asunto es que descubrí el misterio de las desapariciones de
Powell. Aquel individuo se metía en una de esas calas estrechas de la costa de Essex.
Llaman tan poco la atención que fue después de estudiar la carta con sumo cuidado
cuando me percaté de su existencia. Una tarde, descubrí el barco de Powell, que se
dirigía a tierra. Al acercarme a la marisma ya había desaparecido, pero yo ya
alcanzaba a ver la boca de la cala. Me adentré por ella, a pesar de que la marea
comenzaba a retirarse y corría el riesgo de encallar de repente en el fango. Lo único
que me servía de guía era el techo de un edificio pequeño. Conseguí avanzar, más
por buena suerte que por buen manejo. El sol se había puesto ya hacía un rato; mi
nave se deslizaba en una especie de zanja sinuosa entre dos orillas bajas cubiertas de
hierba; a ambos lados tenía la llanura de las marismas de Essex, totalmente en calma.
Sólo vi moverse una garza, que volaba bajo y desapareció en la oscuridad. No había
avanzado ni media milla cuando llegué junto al edificio cuyo techo veía desde el río.
Parecía un pequeño establo. Una hilera de pilotes clavados en la blanda ribera frente
a él, con unos cuantos tablones encima, hacía las veces de muelle. Entre tanta
oscuridad todo se veía negro y apenas conseguía distinguir los surcos blancuzcos de
un camino, que se extendía por la marisma hacia las tierras más altas, a lo lejos. No se
oía el menor ruido. Contra el bajo haz de luz del cielo podía ver el mástil del cúter de
Powell amarrado a la orilla, a unas veinte yardas, no más, más allá del negro establo
o lo que fuese aquello. Saludé con un fuerte grito, pero no obtuve respuesta. Después
de amarrar mi barco por la popa, caminé a lo largo de la orilla para darle un vistazo
al cúter de Powell. Como era mucho más grande que el mío, ya estaba encallado.
Tenía las velas aferradas y la escotilla cerrada con candado. Powell no estaba. Se
habría adentrado por aquella marisma oscura, inmóvil. Yo no había visto una sola
casa en los alrededores; no parecía haber ninguna construcción humana en varias
millas; y ahora, a medida que la oscuridad se hacía más densa sobre la tierra, ya no
podía distinguir el brillo de una sola luz. Sin embargo, supuse que no muy lejos tenía
que haber alguna aldea o caserío, o al menos una de esas pequeñas y misteriosas

194
tabernas que se encuentran en los lugares más inesperados y solitarios.
»La quietud era opresiva. Regresé a mi barco, preparé café con una lamparilla
de alcohol, devoré unas cuantas galletas y me estiré en la popa a fumar y contemplar
las estrellas. La tierra era tan sólo una sombra, informe, silenciosa y vacía, hasta que
de algún lugar apareció un buey, también en penumbras. Llegó hasta la orilla del río
a paso rápido, como si pretendiera subir a bordo, estiró el hocico sobre mi barco,
resopló con fuerza una vez y se alejó despectivamente, para adentrarse en la
oscuridad de la que había surgido. Yo no tenía prevista la visita de un buey, aunque
de detenerme a pensar un momento hubiera comprendido que tenía que haber
mucho ganado vacuno y lanar en aquella marisma. Luego todo volvió a quedar tan
en calma como antes. Pude haber imaginado que me encontraba en una isla desierta.
De hecho, cuando me hallaba reclinado fumando, tuve una sensación de soledad
absoluta. Y justo cuando más intensa era esta sensación, de manera abrupta y sin
ningún ruido que sirviera de preludio, oí unas pisadas firmes y rápidas en el
pequeño muelle. Alguien que venía por el camino acababa de detenerse ante una
verja que se mecía sobre los tablones. No podía ser más que el señor Powell; se había
detenido de repente, al descubrir que había dos mástiles en la orilla. Se acercó en
silencio por la hierba. Cuando me dirigí a él se quedó atónito:
»—¡Quién iba a decirme que iba a encontrarlo aquí! —exclamó después de
haberme dado las buenas noches en respuesta a mi saludo.
»Le dije que había ido en busca de compañía, lo cual era rigurosamente cierto.
»—¿Sabía que yo estaba aquí? —preguntó.
»—Por supuesto —repuse—. Le digo que vine en busca de compañía.
»—Realmente es usted muy buena persona —continuó Powell, y al parecer se
recuperó rápidamente de su sorpresa, pues de la forma más natural exclamó—: Suba
a bordo conmigo, tengo comida suficiente para los dos.
»Llevaba un paquete grande en los brazos. Como podrás suponer, no esperé a
que me repitiera la invitación. Su cúter tiene un pequeño camarote muy agradable,
del tamaño suficiente para que dos hombres no sólo puedan dormir en él, sino que
también puedan sentarse a fumar. Dejamos la escotilla bien abierta, por supuesto. En
cuanto a sus provisiones para la cena, no eran de lujo. Se quejó de los comercios de la
aldea. Por lo visto había una aldea grande a milla y media. Pensé que había tardado
mucho en hacer sus compras, pero por supuesto no hice ningún comentario. Mi
único propósito era hacerle hablar a él.
—¿Y lo conseguiste? —pregunté.

195
—Lo conseguí —respondió Marlow, y sus rasgos compusieron una expresión
impenetrable, que de alguna manera me aseguraba su éxito mejor que si hubiera
adoptado un aire de triunfo.

—¿Lo hiciste hablar? —pregunté tras un silencio.


—Sí, lo hice hablar... acerca de sí mismo.
—¿Y de lo que te interesaba a ti?
—Si te refieres al viaje del Ferndale, sí, también —convino Marlow—. Conseguí
que me hablara de aquel viaje que, por cierto, no fue el primer viaje de Flora de
Barral. Ya te he dicho que era un hombre sencillo, y su capacidad de asombro no es
muy grande. Es una de esas personas que no construyen teorías a partir de los
hechos. Las personas sin dobleces pocas veces lo hacen. Tampoco es muy perspicaz,
pero en su caso eso no es importante. Yo... bueno, nosotros tenemos ya un
conocimiento profundo. Conocemos la historia de Flora de Barral. Sabemos algo del
capitán Anthony. Sabemos el secreto de la situación. Aquel hombre estaba
embriagado por la piedad y la ternura. ¡Oh, sí! Embriagado no es una palabra
excesiva, ya sabes que el amor y el deseo adoptan múltiples disfraces. Yo creo que la
muchacha había sido franca con él, con esa franqueza de las mujeres, claro, a las que
les resulta imposible ser completamente francas, dado que una parte muy grande de
su seguridad depende de reticencias juiciosas. No me estoy permitiendo burlas
baratas. Hay en estas cosas un elemento de necesidad. Y además, ella no pudo
haberse mostrado segura ante tanto ímpetu por parte de él, ya que no tuvo tiempo de
comprender el estado de sus sentimientos o la naturaleza precisa de lo que hacía.
»Y aunque hubiese hablado con claridad meridiana, él, a mi entender, estaba
demasiado eufórico para comprenderla cabalmente. No estoy insinuando que fuese
tonto. ¡Oh, claro que no! Pero no estaba habituado a las convenciones usuales, y
debemos recordar que no tenía ninguna experiencia con las mujeres. Sólo podía tener
una concepción ideal de su posición. Y un ideal, a menudo, no es más que una visión
apasionada de la realidad.
»Aparece Fyne ante él, como un torbellino, si puedo permitirme esta
irreverencia, extremadamente excitado por culpa de la interpretación que su esposa
ha hecho de la carta de la joven. Llega allí hablando de vileza y crueldad, lo cual
surte el efecto que provocaría un cubo de agua sobre la llama. Sin duda fue un golpe.
Sin embargo, los efectos de un cubo de agua son diversos. Según el tipo de llama.
Podríamos estar hablando de una mera llamarada en la paja seca, por supuesto...
pero no, la paja no tiene nada que ver con lo que nos ocupa. Anthony el capitán del

196
Ferndale no era ni podría haber sido nunca un espécimen masculino relleno de paja.
Hay llamas que un cubo de agua puede avivar hasta el cielo.
»Podríamos preguntarnos qué ocurrió cuando Fyne se hubo marchado y la
joven, vacilante, por fin subió y abrió la puerta de aquella habitación donde sin duda
se hallaba nuestro hombre, pues estoy seguro de que no se había extinguido. ¡Qué
va! No importa lo que hubiese ocurrido, ni siquiera se habría enfriado.
»Es concebible que en un primer momento de humillación, de exasperación,
hubiera gritado: “¡Ah, eres tú! ¿Qué haces aquí? Si te resulto tan desagradable que
necesitas escribirle a mi hermana para contárselo, te devuelvo tu palabra”. Pero, ¿te
das cuenta de que no pudo haber sucedido esto? Estoy prácticamente convencido de
que poco después salieron juntos a ver el barco en un coche de punto, tal como
habían acordado. Por eso sostengo que Flora de Barral sí embarcó...
—Sí, parece concluyente —convine—. Si es verdad, tal como pareces insinuar,
que la desolación de aquella joven poseía algo así como un encanto perversamente
seductor que se abrió paso a través de la compasión de aquel hombre hasta afectar
sus sentidos... esas palabras no pudieron haber sido proferidas.
—Se le pudieron escapar de forma involuntaria —observó Marlow—. De
todas formas hay un hecho concreto que resulta decisivo. Fueron juntos a ver el
barco.
—¿De ahí concluyes que no hablaron sobre lo que acababa de suceder? —
inquirí.
—Me hubiera gustado ver la primera mirada que intercambiaron allí arriba —
reflexionó Marlow—. Puede que no comentaran nada, pero nadie sale de un
“altercado”, como lo llamó Fyne, sin que le queden algunas huellas. Y puedes estar
seguro de que una muchacha que ha recibido golpes por todas partes tiene
sensibilidad para detectar el más ligero toque de cualquier cosa parecida a la
frialdad. Era desconfiada, no podía evitarlo: la influencia del mal es mucho más
fuerte que la influencia del bien, y ella no podía evitar seguir viendo a su abominable
institutriz como una autoridad. ¿Cómo pretender que se liberara fácilmente de la
influencia infame de aquel largo dominio? No podía evitar creer lo que aquella mujer
le había dicho, que, por algún motivo, ella era detestable e incapaz de despertar
amor. Ésa era la cruel verdad.... El oráculo lo había vaticinado. Simplemente ocurría
que algunas personas no se daban cuenta de manera inmediata. No estoy diciendo
que Flora de Barral se creyera todo aquello a pie juntillas. Esto difícilmente sería
posible. ¿Pero acaso no es cierto que hasta los más adulados, los más engreídos
tenemos momentos de duda? ¿No es verdad? Bueno, no sé. Tal vez haya en este

197
mundo seres afortunados incapaces de dudar de sí mismos. Por mi parte, te diré que
una vez, hace ya muchos años, me enteré de que un sujeto con quien había
participado en una transacción... un tipo astuto al que en realidad despreciaba...
andaba diciendo por ahí que yo era un redomado hipócrita. No tenía ninguna razón
para decir eso, simplemente tenía ganas de decirlo. Yo no le había dado ningún
motivo para que esparciera esa calumnia. Pero hasta el día de hoy hay momentos en
que no puedo dejar de preguntarme: “¿Y si fuera cierto?” Es absurdo, pero en una o
dos ocasiones esa infamia casi ha llegado a afectar mi conducta. Y eso que yo no era
un joven impresionable e ignorante. Además hacía tiempo que era consciente del
carácter despreciable de aquel sujeto. Nunca había sido una autoridad para mí, como
aquella terrible institutriz para Flora de Barral. ¿Ves hasta qué punto somos
sugestionables? Vivimos a merced de una palabra malévola. Un sonido, una mera
perturbación del aire, se nos clava a veces en el alma. Flora de Barral se había dejado
arrastrar por el ímpetu de Roderick Anthony, más por la sorpresa que por otra cosa.
Se dejó llevar por una fuerza misteriosa que surgía de su interior, del mismo modo
que su padre se había dejado arrastrar por el inesperado poder de una publicidad
exitosa.
»Subieron a bordo aquella mañana. El Ferndale acababa de llegar a su muelle
de carga. La única criatura viviente que había a bordo era el vigilante del barco... no
sé si sería el mismo que el señor Powell nos describió u otro. Probablemente era otro.
Éste, según sus propias palabras, al mirar por la borda vio que el capitán aparecía
por la esquina del cobertizo más cercano acompañado de una joven. Bajó la
escalerilla hasta el embarcadero...
—¿Cómo sabes todo eso? —lo interrumpí.
—Lo entenderás a su debido tiempo —se impacientó Marlow—. Primero
subió Flora y se quedó inmóvil en cubierta, hasta que el capitán la tomó del brazo y
la condujo a la popa del barco. El vigilante los acompañó hasta el salón. Tenía todas
las llaves e iba tras ellos marcando el paso. El capitán le ordenó que abriera todas las
puertas, todas las benditas puertas: camarotes, pasillos, despensa, la cabina de proa...
y luego lo despidió.
»El Ferndale tenía magníficas instalaciones. Al final de un pasillo que salía del
alcázar había un salón grande, su suntuosidad tal vez algo deslustrada, pero sin
duda amplio y cómodo. Las alfombras estaban colocadas, las lámparas colgadas y
todo se encontraba en su sitio, incluso la platería en el aparador. Dos grandes
camarotes de popa se abrían a él, uno a cada lado de la carcasa del timón. Esos dos
camarotes se comunicaban por un bafiito que había entre ellos, y uno estaba
arreglado para el capitán. El otro estaba desocupado y amueblado con sillones y una

198
mesa redonda; se parecía a cualquier habitación de tierra firme, salvo por el largo
sofá curvo que se adaptaba a la forma de la popa del barco. En un borroso espejo
inclinado, Flora pudo ver la imagen hasta la cintura de una muchacha de rostro
pálido con un sombrero de paja blanco adornado de rosas, una imagen distante e
imprecisa, como sumergida en el agua, y se sobresaltó al descubrirse en aquel
entorno. Le pareció arbitrario, singular, extraño. El capitán Anthony avanzó y ella lo
siguió. Le mostró los demás camarotes. Le hablaba todo el tiempo con energía, con
una voz que a ella le resultaba extraordinariamente familiar; y, sin embargo, se daba
cuenta de que no la había oído en su vida. En realidad ni siquiera entendía lo que le
estaba diciendo. Hablaba de cosas sin importancia, en un tono bastante taciturno,
pero ella se sentía como acariciada por aquella voz. Y cuando él se detuvo pudo oír,
alarmada en medio del repentino silencio, el precipitado latir de su corazón.
»El vigilante del barco se escabulló por el alcázar, tratando de pasar
inadvertido. Aprovechando que todas las puertas estaban abiertas, con habilidad y
prudencia podía observar al capitán y a “esa muchacha” sin que ellos se percataran.
El capitán se lo estaba mostrando todo de forma minuciosa. Desde el otro extremo
del pasillo, hacia popa desde la perspectiva del salón, el vigilante tuvo varias
oportunidades de verlos entrar y salir de los distintos camarotes, cruzando de un
lado a otro; permanecían invisibles cada vez que entraban en alguna estancia y
pronto reaparecían un poco más lejos. La muchacha, que siempre seguía al capitán,
llevaba en las manos su sombrilla. Casi siempre tenía la cabeza baja, pero de vez en
cuando levantaba la mirada. Tenían mucho que decirse y parecían haber olvidado
que no estaban solos en el barco. De pronto vio que el capitán ponía la mano en el
hombro de la joven y, cuando ya se preparaba para contemplar con entusiasmo lo
que vendría, “el viejo” pareció recuperar la compostura y atravesó el salón a grandes
pasos. El vigilante se escabulló rápidamente de su vista, como podrás imaginar, y
oyó que el capitán cerraba de golpe la puerta del pasillo. Tras aquella desilusión, el
vigilante esperó con resentimiento a que abandonaran el barco, cosa que se produjo
mucho antes de lo que esperaba. La joven fue la primera en salir a cubierta. Igual que
antes, ni siquiera miró a su alrededor. No se fijó en nada, y tenía tanta prisa por
desembarcar que se dirigió a la pasarela y comenzó a bajar la escalera sin esperar al
capitán.
»Pero lo que más sorprendió al vigilante del barco fue la expresión ausente, la
mirada perdida del capitán, que caminaba detrás de la joven. Pasó junto a él sin
percatarse de su presencia, sin darle una orden, sin dirigirle ni tan sólo una mirada.
El capitán jamás había hecho eso antes. Siempre tenía un gesto de saludo y una
palabra amable para todos. Por culpa de aquel desaire, el vigilante del barco sacó una
conclusión desfavorable de aquella desconocida. Les dio tiempo de llegar al muelle

199
antes de que él cruzara la cubierta para darle otro vistazo a la pareja. El capitán tomó
a la muchacha del brazo justo antes de que un par de vagones de ferrocarril tirados
por un caballo los ocultaran para siempre a los ojos del vigilante.
»Al día siguiente, cuando el primer oficial subió a bordo, el vigilante le contó
aquella visita, hablándole en tono desdeñoso de la muchacha que “había atrapado al
capitán”. No parecía muy saludable, explicó, y “además iba mal vestida”, añadió
despechado.
»El oficial se mostró muy interesado. Llevaba muchos años con Anthony, y en
el curso de varios viajes largos había cultivado la relación de familiaridad que cabe
esperar mantener con un hombre de su talante. Pero ni siquiera en esa intimidad que
lentamente se había forjado en el mar, una intimidad larga y salpicada de soledad en
la que forzosamente hay momentos en que uno no es precavido, no había habido
ninguna conversación que lo preparara, ni siquiera remotamente, para asociar la
imagen del capitán con ninguna clase de mujer. Había tenido la impresión de que
para el capitán Anthony las mujeres no existían. ¡Exhibirse con una joven! ¡Con una
joven! ¿Qué tenía que ver él con una joven? ¡Llevarla a bordo y mostrarle los
camarotes! Aquello resultaba excesivo. El capitán Anthony debería ser el primero en
darse cuenta.
»Franklin —el primer oficial se llamaba Franklin— se sintió defraudado, casi
desilusionado. ¡Qué tontería! Dar de qué hablar a un desgraciado vigilante de barco.
Le hizo un desplante al vigilante y trató de no pensar más en aquella tontería
insignificante, pues a los ojos de un subordinado celosamente devoto como él
disminuía al capitán Anthony.
»Franklin tenía más de cuarenta años; su madre vivía aún. Para él ocupaba el
primer lugar entre todas las mujeres, del mismo modo que el capitán Anthony
ocupaba el primer lugar entre todos los hombres. Cabría suponer que ninguno de
estos dos grupos era demasiado grande. Se había hecho a la mar a edad muy
temprana. Los sentimientos que hacían que estas dos personas eclipsaran
parcialmente al resto de la humanidad no eran similares, por supuesto, aunque con
el tiempo había desarrollado la convicción de que él estaba encargado “del cuidado”
de aquellos dos seres. Evidentemente debía cuidar de “la anciana señora” mientras
estuviera con vida. Y respecto al capitán Anthony, solía decir: “¿por qué habría de
abandonarle?” No era probable que encontrara un marino mejor, o un hombre mejor
o una nave más confortable. En cuanto a la posibilidad de obtener algún ascenso,
había que tener en cuenta que los contratos de mando no crecían bajo las piedras, y la
verdad es que era tan probable que lo ascendiera el capitán Anthony como cualquier
otro.

200
»Según la descripción del señor Powell, Franklin era un hombre de estatura
baja, grueso, de cabellos negros y calvo en la coronilla. Tenía la cabeza hundida entre
los hombros; sus ojos saltones de mirada fija y su rostro colorado le daban una
apariencia más bien apoplética. En reposo, su rostro congestionado poseía una
expresión graciosamente melancólica.
»Cuando el vigilante del barco le hubo entregado todas las llaves el señor
Franklin lo despidió, advirtiéndole que no se inmiscuyera en los asuntos ajenos y no
hablara de lo que no era de su incumbencia, y se dirigió a popa. Abrió una puerta
tras otra y examinó el salón, el camarote del capitán y todo el barco, esperando, con
ansiedad, encontrar algo inusual... en los mamparos, en cubierta, en el aire... algún
signo, marca, emanación, sombra... ni siquiera sabía qué... algún cambio sutil
provocado por el paso de la joven. Pero no encontró nada. Entró en el camarote
desocupado y se entretuvo allí algún tiempo destornillando las dos portillas de popa.
Dado que no había ninguna prueba material se fue tranquilizando. Dirigió una
última mirada a su alrededor y justo al salir se topó con el capitán, que avanzaba
desde el otro extremo del salón.
»De inmediato Franklin buscó a la joven con la vista. Pero no estaba allí. El
capitán se acercó con rapidez.
»—¡Oh, está usted aquí, señor Franklin!
Y el oficial respondió:
»—Estaba aireando un poco el lugar, señor.
Entonces el capitán, con el sombrero tapándole los ojos, colocó el bastón sobre
la mesa y, haciendo gala de su habitual amabilidad, le preguntó:
»—¿Cómo está su madre, Franklin?
»—Está estupendamente, señor. Gracias.
»Y ya no encontraron nada más que decirse. Fue una sensación extraña y
perturbadora para Franklin. ¡El acababa de agotar su permiso, el barco acababa de
arribar al atracadero de carga, el capitán subía a bordo y, al parecer, no tenían nada
que decirse! Todas las preguntas que creía estar ansioso por formular sobre diversos
asuntos habían huido de su mente. Él realmente no encontraba nada que decir.
»El capitán agarró el bastón que había dejado sobre mesa, entró en su
camarote y cerró la puerta. Franklin permaneció inmóvil un momento y luego se
dirigió lentamente a cubierta. Pero antes de atravesar salón, oyó que lo llamaban por
su nombre. Se giró. El capitán lo miraba desde la puerta de su camarote. Franklin
dijo: “Sí, señor”. Pero el capitán permaneció en silencio, y únicamente se inclinó un

201
poco hacia delante, agarrado del picaporte. De modo que Franklin se dirigió a popa,
sin quitarle los ojos de encima. Cuando estaba bastante cerca de él repitió sus
palabras, pero esta vez en tono interrogativo. Tampoco hubo respuesta. Al oficial no
le agradaba que lo miraran de ese modo, un modo completamente nuevo en su
capitán, una mirada desafiante y a la vez cohibida, como un hombre que se siente
enfermo y quiere que uno se percate de ello. Franklin observó a su capitán, sintió que
algo ocurría y, con su característica sencillez, expresó sus sentimientos preguntando
a quemarropa:
»—¿Algo no marcha bien, señor?
»El capitán tuvo un ligero sobresalto y su mirada pasó a reflejar una especie
de siniestra sorpresa. Franklin se sintió muy incómodo, pero el capitán preguntó con
negligencia:
»—¿Qué le hace pensar que algo no va bien?
»—No lo sé exactamente señor, pero usted está distinto —confesó Franklin.
»—Parece que tiene usted un ojo endemoniadamente agudo —comentó el
capitán en un tono tan agresivo que Franklin se vio obligado a defenderse.
»—Llevamos juntos más de seis años, señor, de modo que me permito
suponer que le conozco un poco. En cuanto le vi subir a bordo me di cuenta de que
algo no iba bien.
»—Señor Franklin —dijo el capitán—, llevamos juntos más de seis años, es
cierto, pero no sabía que tuviera usted la habilidad de leer los rostros ajenos. Sin
embargo no los lee bien. Las cosas distan mucho de no estar bien, ¿comprende? Lo
que ocurre es precisamente todo lo contrario. Esto debería enseñarle a no hacer
conjeturas a la ligera. Deje que eso lo haga la gente de tierra. Tienen una
extraordinaria habilidad para descubrir cuando algo no va bien. Me atrevería a decir
que es porque saben lo que le han hecho al mundo. Y lo que le han hecho es un
pésimo favor, está claro. El mundo es un lugar endemoniadamente feo, señor
Franklin. ¿No se ha dado cuenta? Bueno... no, nosotros los marinos no lo sabemos.
Sólo muy de vez en cuando nos topamos con algo cruel o turbio que nos pone los
pelos de punta. Y cuando tropezamos con la maldad descubrimos que arreglarla no
es tan fácil como parece... ¡Oh! Sólo le he llamado para decirle que a primera hora de
mañana subirán a bordo muchos obreros, carpinteros y todo eso... para comenzar a
hacer arreglos en los camarotes. Deberá ocuparse de que no holgazaneen. No
tenemos mucho tiempo-
»Franklin quedó impresionado con esa inesperada conferencia sobre la

202
maldad de esa tierra firme rodeada de las aguas saladas e incorruptibles donde él y
su capitán habían vivido toda la vida en feliz inocencia. Lo que no entendía era a qué
se debía todo aquel discurso y qué relación guardaba con los cambios que iban a
hacerse en el barco. No le parecía que el trabajo corriera tanta prisa. ¿Qué cambios se
necesitaban? Era un lugar muy cómodo, espacioso, bien distribuido; quizás el plano
era algo anticuado y la decoración estaba un poco estropeada, pero sólo hacía falta
un poco de barniz, un toque de dorado aquí y allá. Lo cierto es que más comodidad
no podía haber. Le desagradaba que hubiera cambios, pero se limitó a asegurar que
vigilaría a los trabajadores si el capitán le dejaba conocer la naturaleza de la obra que
quería llevar a cabo.
»—Encontrará una nota en esta mesa. La dejaré allí antes de bajar del barco —
respondió con prisa el capitán Anthony.
»Franklin creyó que la conversación se había acabado y se dispuso a
abandonar el salón, pero, después de una breve pausa, el capitán continuó:
»—Sin duda se sorprenderá cuando lo vea. Habrá muchos cambios. Todo se
debe a que vendrá una dama con nosotros. ¡Voy a casarme, señor Franklin!

203
CAPÍTULO II
EL JOVEN POWELL OBSERVA Y ESCUCHA

—Recordarás —continuó Marlow— que yo temía que la falta de experiencia


del señor Powell obstaculizara su apreciación de cualquier cosa que resultase
inusual. Además, lo que tenía yo en mente era algo muy sutil: ansiaba estar al tanto
de cualquier detalle que se escapara de lo corriente en las relaciones matrimoniales.
Era muy lógico que dudara de la capacidad de un joven demasiado interesado en el
desempeño meritorio de sus deberes profesionales como para observar lo que ya de
por sí no es fácilmente observable, y mucho menos en circunstancias especiales. En la
mayoría de los barcos, un segundo oficial no tiene muchos puntos de contacto con la
esposa del capitán. Se sienta con ella a la mesa durante las comidas, de vez en
cuando puede formularle alguna pregunta, de manera amable, sobre asuntos
insignificantes y tiene la oportunidad de brindarle algunas pequeñas atenciones en
cubierta. Y eso es todo. En estas condiciones, sólo un ojo agudo y experimentado
podría hallar indicios de algo inusual. Me estoy refiriendo a cuestiones que suelen
ser sutiles hasta el punto de no ser comprendidas ni siquiera por los propios
corazones que resultan devastados o ensalzados por ellas.
»Sí, el señor Powell, a quien el azar de su nombre había arrojado al escenario
flotante de aquella tragicomedia, hubiera sido perfectamente inútil para mi propósito
de no ser porque algo a todas luces inusual llamó su atención desde el principio.
»Conocemos las circunstancias que lo llevaron a unirse al barco que apareció
tan de repente como para colmar su ansioso deseo de iniciar su vida profesional.
Había llegado a bordo jadeante tras el arreglo apresurado de sus asuntos en tierra,
acompañado por aquellas dos horribles aves nocturnas, escoltado por un policía del
muelle, había sido recibido por la sombra asmática del vigilante del barco y se le
había advertido, en medio de la oscuridad del pasillo, que no hiciera ruido porque el
capitán y su esposa se hallaban a bordo. Ya de por sí esto era bastante inusual. Los
capitanes y sus esposas, por regla general, no se embarcan antes de lo necesario.
Prefieren pasar los últimos momentos con sus amigos y parientes. Un barco atracado
en uno de los muelles más viejos de Londres, con todas sus restricciones en cuanto a
iluminación y tantas otras cosas, no es lugar ideal para pasar la noche. No obstante,
ya que la marea les sería favorable a las seis de la mañana, podía entenderse que
prefirieran pasar la noche a bordo en lugar de embarcar muy temprano.
»Además, en aquel momento el joven Powell pensaba que cualquiera estaría
encantado de separarse de tierra firme. Sabemos que era huérfano desde edad muy

204
temprana, y que no tenía hermanos ni parientes cercanos de ningún tipo, creo, a
excepción de una tía que se había peleado con su padre. Ningún afecto obstaculizaba
la tranquila satisfacción que lo invadía al sentir que todas sus preocupaciones habían
quedado atrás, que sólo tenía ante él obligaciones concretas, que sabía perfectamente
lo que debería hacer en cuanto rompiera el alba y durante una larga sucesión de días.
Aquella certidumbre lo tranquilizaba. Disfrutaba de ella en la oscuridad, acostado en
su litera, tapado con sus sábanas nuevas. En tierra, más allá de la entrada del muelle,
un reloj dio las dos. Después ya no oyó nada más, porque cayó en un sueño ligero,
del que se despertó sobresaltado. Ni siquiera se había quitado la ropa, no merecía la
pena. Se puso en pie de un salto y salió a cubierta.
»La mañana era clara, incolora, el cielo, a lo lejos, estaba gris; la dársena era
como una lámina de cristal oscuro donde se reflejaban, invertidos, los almacenes, los
cascos y los mástiles de las naves silenciosas. Algunas figuras, escasas, deambulaban
aquí y allá en los muelles distantes. Cerca había un pequeño grupo de hombres, con
maletas y baúles de madera a los pies. Otros se acercaban por la estrecha callejuela
que había entre las altas paredes de las fachadas, trayendo una carretilla cargada con
más maletas y cajas. Era la tripulación del Ferndale. Comenzaron a subir a bordo.
Powell escudriñó sus rostros según pasaban ante él, llenando la cubierta con el
sonido de sus pasos y el murmullo de sus voces, como el despertar a la vida de un
mundo a punto de ser lanzado al espacio.
»A lo lejos, en el tramo cristalino situado en el centro de la larga dársena,
Powell podía ver los remolcadores, que entraban en silencio por las compuertas
abiertas. De pronto oyó tras él una voz firme, aunque contenida, que interrumpió su
contemplación. Era Franklin, el robusto primer oficial, que lo escrutaba con sus
prominentes ojos negros:
»—Será mejor que se lleve a un par de tipos con usted para vigilar las
maniobras desde la popa. Vamos a soltar amarras.
»—Sí, señor —respondió Powell con la presteza adecuada; sin embargo, por
un instante, permanecieron mirándose fijamente. Y algo parecido a una débil sonrisa
asomó a los labios del primer oficial justo antes de alejarse con su paso ligero.
»Al dirigirse a la popa, Powell se cruzó con el capitán Anthony, que iba solo, y
lo saludó con la gorra. Me contó que ésa fue la primera vez que se fijó en él. El día
anterior, en la oficina naviera, con tan mala iluminación y toda su excitación ante el
brusco y poco escrupuloso milagro que le había hecho obtener el puesto, apenas lo
había visto. De hecho le había parecido mucho mayor y más grande. Esa segunda vez
le sorprendió su figura flexible, ancha de hombros pero estrecha de caderas, el fuego
de sus ojos profundos, su agilidad al andar. El capitán le dirigió una mirada atenta,

205
lo saludó con una leve inclinación de cabeza y siguió caminando por la popa con aire
distraído, la cabeza rígida, los movimientos rápidos.
»Powell le echó varias miradas de reojo, con una curiosidad muy natural
dadas las circunstancias. Llevaba una chaqueta gris, corta, y una gorra también gris.
A la luz del alba, que más que brillante era límpida, Powell pudo ver sus mejillas,
ligeramente hundidas bajo la barba recortada, una arruga vertical en su frente, algo
duro y decidido en la expresión de sus labios.
»Era todavía muy temprano y el trabajo en la dársena aún no había
comenzado. El agua brillaba plácidamente y no se observaba ningún movimiento en
los muelles; sólo había algunos trabajadores que se afanaban en torno al Ferndale;
muy seguros de lo que hacían, permanecían casi siempre en silencio e
intercambiaban a veces unas pocas palabras en voz baja, como si ellos también
supieran que había una dama “a la que no se debe molestar”. El Ferndale era el único
barco que zarparía aprovechando aquella subida de la marea. Los demás parecían
todavía dormidos; no se oía el menor ruido, tan sólo una figura aquí y allá se
asomaba al castillo de proa y se apoyaba en la barandilla para contemplar
ociosamente los preparativos. Sin altercados ni alboroto, y casi en silencio, el Ferndale
abandonaba tierra, como escabullándose. Incluso los remolcadores, ahora con los
motores detenidos, se le acercaban sin apenas agitar el agua, el bote de remos, de
aspecto sólido, iba delante, mientras el otro, de motor pero más pequeño, se dirigía a
popa con tanta suavidad que no perturbaba la calma de la superficie, sino que
parecía deslizarse sobre ella como sobre una hoja de cristal opaco. Sólo había un
hombre en la proa, además del timonel, visible sólo de cintura para arriba,
semioculto tras el puente de mando blanco; ambos tenían la mirada tan fija que el
joven Powell se sintió fascinado hasta el punto de olvidarse completamente de sí
mismo y quedarse inmóvil. Se hallaba sumido en la quietud general de cuanto le
rodeaba, recordando aquella frase: “es una dama a la que no se debe molestar”. Y sin
darse cuenta iba repitiéndose: “No, no será molestada. No será molestada”. De
pronto se sobresaltó al oír un penetrante grito, las primeras palabras en voz alta
aquella mañana, que rompieron la extraña calma de la partida: “Ahí va ese cabo”. El
cabo pasó zumbando sobre su cabeza, uno de los marinos de popa lo atrapó y
terminó la fascinación, aquella calma espiritual que lo había invadido en el preciso
momento de la partida. Desde entonces y hasta dos horas más tarde, cuando el barco
hubo fondeado en una de las cuencas bajas del Támesis, cuya costa parecía
inhabitada, cerca de una especie de ensenada donde sólo podían verse dos barcazas
ancladas que llevaban banderas rojas, Powell estuvo demasiado ocupado para
pensar en la dama “a la que no se debe molestar”, en su capitán... o en cualquier otra
cosa que no guardara relación con sus deberes inmediatos. De hecho, no tuvo ocasión

206
de ir a la popa, ni siquiera de dirigir la vista hacia ella, pero cuando el barco estaba a
punto de echar el ancla, al volver sus ojos en esa dirección, tuvo la absurda impresión
de que su capitán —que se encontraba allí, por supuesto— estaba sentado a ambos
lados de la última lumbrera5. Lo cierto es que se hallaba demasiado ocupado como
para detenerse a reflexionar acerca de este curioso fenómeno perceptivo, y se limitó a
sonreír para sí, diciéndose que veía doble como si hubiera bebido un poco de más.
»Tal como suele ocurrir después de un amanecer gris, el sol se había elevado
con todo su esplendor cálido y glorioso sobre la inmensa llanura resplandeciente del
amplio estuario. Briznas de neblina flotaban como rastros de polvo luminoso, y en
los reflejos deslumbrantes del agua y del vapor, las costas habían adquirido la
oscuridad turbia y semitransparente de sombras proyectadas misteriosamente desde
las profundidades. Powell, que durante toda su joven vida marinera había zarpado
siempre desde Londres, me dijo que fue entonces, aproximadamente una hora
después de la salida del sol, durante una especie de visión extasiada, cuando el río le
pareció uno de esos bellos rostros que aunque los hayamos contemplado muchas
veces antes, de pronto nos revelan una belleza interna e inesperada, aquel algo
singular que nos despierta una pasión llena de asombro y fidelidad y que nos hará
recordar para siempre su encanto. El casco del Ferndale, que giró hacia el este, quedó
de pronto iluminado, sus altos mástiles y jarcias empapados de un rojo dorado,
desde la línea de flotación, llena de brillo, hasta la arboladura, ligera y reluciente,
recortada sobre la delicada inmensidad azul.
»—Ya es hora de comer algo —dijo una voz a su lado. Era el señor Franklin,
aquel primer oficial de la cabeza hundida entre los hombros y los ojos
melancólicos—. Que los hombres desayunen, contramaestre —prosiguió— y que el
fuego en la galera esté apagado a lo sumo en media hora, de modo que podamos
llevar a nuestro lado esas barcazas de explosivos. Venga, joven. No sé su nombre. No
he podido hablar con el capitán desde ayer por la tarde, cuando se marchó a toda
prisa a buscar un segundo oficial en alguna parte. ¿Dónde lo encontró a usted?
»El joven Powell, un poco tímido a pesar del ánimo amistoso de aquel
hombre, respondió con una sonrisa, consciente de que había cierta ansiedad en esa
pregunta, al fin y al cabo natural... Explicó que se apellidaba Powell y que había sido
el señor Powell, el funcionario de enrolamiento, quien le había conseguido el puesto.
Se sonrojó.

5 Escotilla, generalmente con cubierta de cristales, cuyo objeto casi único es proporcionar luz y
ventilación a determinados lugares del buque y principalmente a las cámaras. (N. del T.)

207
»—Ah, ya entiendo. Veo que no ha perdido usted el tiempo. El vigilante del
barco, antes de irse, me dijo que había llegado a la una. Yo no dormí a bordo anoche.
Qué va. Hubo un tiempo en que nunca abandonaba el barco más que un par de horas
por la noche, incluso cuando estaba en Londres, pero ahora, desde...
»De golpe se interrumpió y volvió sus ojos saltones hacia el joven recién
llegado. Al mismo tiempo comenzó a guiarle a través del alcázar, bajo la popa hasta
el largo pasillo que conducía a la puerta del salón. Estaba cerrada. Pero el señor
Franklin no llegó hasta ella. Tras pasar la despensa, para gran sorpresa de Powell,
abrió de repente una puerta situada a la izquierda.
»—Nuestro comedor —dijo entrando en un pequeño camarote pintado de
blanco, desnudo, iluminado por la lumbrera más cercana a proa y amueblado sólo
con una mesa y dos asientos de respaldo móvil—. ¿Le sorprende? Bueno, ya sé que
no es corriente. En realidad no ha sido siempre así. Es así desde...
»Se contuvo de nuevo.
»—Sí, aquí comeremos usted y yo, cara a cara, durante los próximos doce
meses, o más... ¡Dios sabe cuánto más! En buen tiempo el contramaestre vigila la
cubierta durante las comidas.
»No es que resollara al hablar, pero sí parecía que le faltaba un poco el aliento
y que tenía el espíritu amargado por algún misterioso agravio —el joven Powell no
podía evitar tener esa sensación.
»Había allí bastantes elementos inusuales como para que incluso el joven
Powell, con su falta de experiencia, se percatase. Los oficiales debían abstenerse de
entrar en el salón, algo del todo inhabitual, y después... aquel acento en las palabras
del oficial. Franklin no parecía pretender mantener una conversación fácil con el
segundo oficial. Realizó algunas observaciones acerca del anterior, deplorando el
accidenté. Fue molesto, muy molesto que ocurriera algo así en vísperas de un viaje.
»—Se fracturó la clavícula y el brazo —suspiró—. Triste, muy triste. ¿Observó
si el capitán estaba afectado? ¿Eh? Supongo que lo estaría.
»Ante aquel rostro congestionado y esos ojos saltones vueltos con anhelo hacia
él, el joven Powell —debe tenerse en cuenta que en aquellos momentos era sólo un
joven—, que no podía recordar ningún indicio de aflicción en el capitán, confesó, con
una risa azorada que, dado el carácter repentino de su golpe de suerte, no estaba en
condiciones de observar el estado de otras personas.
»—Estaba tan contento de haber conseguido por fin un barco —murmuró,
más desconcertado aún por una especie de gravedad contenida que pudo observar

208
en el señor Franklin.
»—Lo que para un hombre es alimento para otro es veneno —observó el
primer oficial—. Eso es cierto no sólo en relación con los víveres. Supongo que no se
detuvo usted a pensar que aquel era un golpe duro para un buen hombre.
»El señor Powell admitió abiertamente que no lo había pensado. Estaba
dispuesto a reconocer que aquella era una actitud muy censurable, pero al parecer
Franklin no tenía intenciones moralizantes. Tampoco guardó silencio. Lo que hizo
fue comentar que había habido un tiempo en que el capitán Anthony se mostraba
interesado por cualquier cosa que le ocurriera a uno de sus oficiales. ¡Sí, hubo un
tiempo!
»—Y observe —continuó, alzando la voz y dejando de repente sobre la mesa
media rebanada de pan con mantequilla—, que el pobre Matthews era el hombre que
llevaba más tiempo a bordo después de mí. Yo soy el más antiguo aquí. Él vino un
mes después que yo... unos pocos días antes que el camarero. El contramaestre y el
carpintero se nos unieron en el siguiente viaje. Son hombres formales. Todavía están
aquí. A ningún buen marino se le ocurriría dejar el Ferndale, a menos que fuese un
tonto. Algunos hombres buenos son tontos. No saben lo que les conviene. Me refiero
a aquellos hombres que son los mejores entre los buenos, aquellos por los que uno
haría cualquier cosa. Están ahí durante años y, de repente...
»Nuestro joven amigo escuchaba al oficial con creciente incomodidad, porque
era como si el señor Franklin estuviera pensando en voz alta y de esta manera lo
colocaba a él en la delicada posición de una persona que escucha a escondidas. Pero
en el comedor había ahora alguien más. Era el camarero, que había entrado trayendo
una cafetera de hojalata con un asa grande y permanecía en silencio: un hombre de
mediana edad, de rostro cetrino, facciones alargadas, párpados pesados y un bigote
gris al estilo de un soldado. Llevaba una chaqueta negra corta y de mangas estrechas,
sus largas piernas estaban enfundadas en unos pantalones muy apretados, que le
daban un aspecto juvenil, ágil y esbelto. De repente se adelantó e interrumpió el
monólogo del oficial:
»—¿Más café, señor Franklin? Es bueno y está recién hecho. Bien caliente. Voy
a servir el desayuno en el salón y el cocinero está apagando el fuego. Aproveche la
oportunidad.
»El oficial, que debido a su peculiar constitución no podía mover la cabeza con
entera libertad, giró un poco su grueso tronco y volvió así sus ojos negros hacia el
camarero.
»—¿Ya se ha levantado nuestra querida pareja? —gruñó.

209
»El camarero, sirviendo el café en la taza del oficial, murmuró en voz
mortecina pero clara:
»—La señora aún no estaba cuando puse la mesa.
»Los oídos de Powell eran lo suficientemente finos como para detectar cierta
hostilidad cuando hablaban de la esposa del capitán. ¿Porque de qué otra persona
podían estar hablando? El camarero añadió con una sombría especie de
imparcialidad:
»—Pero estará allí cuando vaya a servirles. Nunca provoca el menor percance.
Hay que reconocerlo.
»—No, eso es cierto —convino el señor Franklin, y luego ambos miraron a
Powell, un extraño en el barco, y no dijeron nada más.
»Pero esto había bastado para despertar su curiosidad. La curiosidad es
natural en el hombre. Por supuesto, no se trataba de esa curiosidad maliciosa que, si
bien no es exactamente natural, se halla con bastante frecuencia en los hombres y
quizás con mayor frecuencia aún en las mujeres... sobre todo si dicha curiosidad tiene
a la vez algo que ver con otra mujer, y más todavía si se trata de una mujer que está
bajo sospecha, por decirlo de algún modo. Y Flora de Banal estaba destinada a vivir
bajo sospecha, incluso en el mar. Sí. Sobre ella pendía ese tipo de oscuridad que
persigue sin descanso a las mujeres que no tienen un lugar claro en el mundo. Sí.
¡Incluso en el mar!

»Es ésta la tragedia de ser mujer. Un hombre puede luchar por conseguir su
lugar o puede perecer en el intento. Pero el rol de la mujer es pasivo, puedes decir lo
que quieras y barajar los hechos de este mundo a tu antojo, puedes atribuirlo a su
falta de energía, de prudencia, de coraje... Pero en realidad, casi todas las mujeres
poseen esas cualidades... a su manera. Lo que pasa es que no están hechas para el
ataque. Deben esperar. Hablo de las mujeres que son verdaderamente mujeres. Y de
nada sirve hablar aquí de oportunidades. Sé que algunas mujeres emplean este
término, pero no las mujeres de verdad. Esas son las que saben. Nada puede ganarle
a una verdadera mujer en lo tocante a una visión clara de la realidad, diría una visión
cínica si no temiera herir tus sentimientos caballerosos... por los cuales, a propósito,
las mujeres no sienten tanto agradecimiento como los hombres de tu temple
pensáis...
—Caramba, Marlow —exclamé—, ¿por qué me atacas de ese modo? Sería
incapaz de usar una palabra malsonante en contra de una mujer, ¿pero qué derecho

210
tienes a imaginar que ando en busca de gratitud?
Marlow levantó una mano en actitud conciliadora.
—¡Vamos! ¡Vamos! Retiro la palabra malsonante, sin embargo me permito
observar que eso del cinismo me parece un término inventado por hipócritas. Pero
dejemos este tema. En lo tocante a las mujeres, éstas saben que el hecho de clamar
por oportunidades de convertirse en lo que no pueden llegar a ser es tan poco
razonable como si la humanidad entera comenzara a reclamar oportunidades para
alcanzar la inmortalidad en este mundo, en el que la muerte es la propia condición
de la vida. Debes comprender que no me refiero a la existencia material. Eso se
sobreentiende, naturalmente; pero no puedes sostener que una mujer que por
ejemplo se haya enrolado, y ha habido casos de ello, ha conseguido conquistar su
lugar en el mundo. Simplemente habrá encontrado una forma de ganarse la vida... lo
cual tiene su mérito, pero no es lo mismo.
»Estoy seguro de que todas estas reflexiones surgidas en mí al retomar el hilo
de la historia de Flora de Barral no se le ocurrieron a Powell... no me refiero al señor
Powell que conocemos, el que realiza cruceros solitarios los fines de semana en el
estuario del Támesis, con sus misteriosas escapadas a ensenadas solitarias, sino al
joven Powell, aquel que por azar devino segundo oficial del Ferndale, comandado por
Roderick Anthony —el hijo del poeta... ya sabe—, quien también era su dueño casi
por completo. Un señor Powell mucho más delgado que nuestro robusto amigo, con
el color rosado de la inocencia en las mejillas y capaz no sólo de interesarse sino
también de sorprenderse ante las experiencias que la vida le deparaba. A eso se debe
que recordara todo aquello con tantos detalles. Por ejemplo, las impresiones, visuales
y mentales, de su primer desayuno a bordo del Ferndale estaban en él tan frescas
como si las hubiera recibido el día anterior.
»Es fácil comprender que la sorpresa surgía de su incapacidad de interpretar
correctamente las señales que la experiencia —algo ya de por sí misterioso— ofrece a
nuestra inteligencia y a nuestras emociones. Porque nunca es más que eso. La
experiencia nunca penetra en la sangre y en los huesos. Permanece siempre fuera de
uno. Es por eso que nos sorprendemos al mirar hacia el pasado. Incluso llegados a
ese punto en que estamos tan endurecidos que nada de aquello que nos encontremos
en ese rápido parpadeo que es nuestra vida, donde apenas tenemos tiempo de captar
un rayo de sol, nada, decía, puede sorprendernos ya. No de un modo inmediato,
quiero decir. Si más tarde recuperamos nuestra capacidad de sorprendernos y
proferimos alguna exclamación como “¡Vaya, vaya! Que me aspen si alguna vez...’'
probablemente es porque el propio hecho de que haya un pasado que recordar, el de
otras personas, resulta ya de por sí del todo sorprendente si uno se detiene, apenas

211
un instante, fugaz a la vez que inmenso, a pensar en ello...
Estaba a punto de interrumpir a Marlow cuando él mismo lo hizo
repentinamente, sus ojos fijos en el vacío o, tal vez —no seré demasiado duro con
él— en una visión. Tiene la costumbre o el defecto, podríamos decir, de esos relojes
de chimenea que se detienen de pronto en medio de un tic-tac. Si alguna vez has
convivido con un reloj que sufra esta perversidad, sabrás lo incómodo que resulta...
que se detenga de ese modo. Yo estaba molesto con Marlow, que sonreía débilmente
mientras me hacía esperar. Incluso se rió un poco. De pronto le pregunté con actitud
mordaz:
—¿Debo entender que has descubierto algún detalle cómico en la historia de
Flora de Barra!?
—¡Cómico! —exclamó—. ¡No! ¿Qué te hace pensar...? Oh, me he reído,
¿verdad? ¿Pero acaso no sabes que la gente se ríe de cosas absurdas que distan
mucho de ser divertidas? ¿No has leído los últimos libros sobre la risa de filósofos y
psicólogos? Hay montones...
—Me atrevería a decir que se han escrito muchas tonterías sobre la risa... y
también sobre las lágrimas, por cierto —repuse con impaciencia.
—Dicen —continuó Marlow sin inmutarse— que nos reímos por un
sentimiento de superioridad. Observa que nos reímos de la simplicidad, de la
honradez, de los sentimientos cálidos, la delicadeza de corazón y de conducta, la
confianza en uno mismo, la magnanimidad, porque la presencia de estos rasgos en el
carácter de un hombre suele colocarlo en situaciones difíciles, crueles o absurdas y
hace que nosotros, normalmente libres de estas peculiaridades, nos sintamos
agradablemente superiores.
—Habla por ti mismo —dije—. ¿Pero descubriste tú solo todas estas preciosas
cualidades en la historia o te las hizo ver el señor Powell, con su ingenua charla?
¿Acaso os desternillasteis de risa juntos? ¡Dime! ¿Todavía te duele el estómago de
tanto reírte, Marlow?
A Marlow no le ofendieron mis bromas. Estaba bastante serio.
—No quisiera hablar de este asunto a la ligera —prosiguió con una cautela
que me resultó divertida—. Lo cierto es que la situación era lo bastante tensa como
para que el señor Powell se percatara de detalles sorprendentes... ninguno realmente
escandaloso por sí solo, pero capaces, en su conjunto, de llamar notablemente la
atención. La primera sorpresa la tuvo muy pronto, cuando los explosivos —dinamita
en cajas y pólvora en barriles a los que debía su repentina oportunidad de empleo—

212
ya estaban a bordo, la escotilla principal cerrada para zarpar, el cocinero entregado a
sus funciones, el ancla levada y el remolcador delante, doblando South Foreland, con
el sol hundiéndose, claro y rojo, en el panorama púrpura del canal, y él se dirigió a la
popa; es cierto que estaba de guardia, pero por fin tendría tiempo de respirar
libremente por primera vez en el curso del ajetreado día de la partida. El práctico
estaba todavía a bordo; éste le dedicó primero una mirada silenciosa y luego hizo
una observación intrascendente, después reanudó su paseo entre el timón y la
bitácora. Powell, con modestia, ocupó su sitio en el saltillo de popa. A través de una
lumbrera pudo ver una cabeza con una gorra gris. Pero cuando, al rato, cruzó hasta
el otro lado de la cubierta, descubrió que no se trataba de la cabeza del capitán. Se
dio cuenta de que bajo la gorra asomaban cabellos grises y rizados. ¿Cómo podía
haberse confundido tanto? Pero es lógico que a bordo de un barco alejado de tierra
uno no espere toparse con un extraño.
»Powell pasó junto a aquel hombre. Un rostro delgado, algo hundido, con los
labios apretados, contemplaba la distante costa de Francia, vaga como una sólida
oscuridad que se insinúa, yaciendo de través, más allá de la luz nocturna reflejada
por las aguas quietas, que poco a poco se hacían más sombrías que el cielo. Aquel
hombre tenía la mirada fija; Powell pasó ante él dedicándole tan sólo un vistazo de
reojo, que le bastó para observar su quietud imperturbable. Aquellos ojos no se
inmutaron ante su presencia, como si él fuera tan inmaterial como un fantasma. Esta
incapacidad de su persona para producir la menor impresión lo afectó extrañamente.
¿Quién sería aquel anciano?
»Powell sintió tanta curiosidad que incluso se aventuró a preguntárselo en voz
baja al práctico. Éste resultó ser un individuo de naturaleza amable, condescendiente
y comunicativo. Había comido en el camarote principal y tenía algo que explicar.
»—¿Ese? Un tipo raro... ¿eh? Es el padre de la señora Anthony. Me lo
presentaron en el desayuno. Se llama Smith. Me pregunto si está bien de la cabeza.
Lo han traído con ellos. No parece muy feliz, ¿verdad?
»De pronto cambió de tono abruptamente y le pidió a Powell que llamara a
todos los marineros a cubierta para izar las velas.
»—Sólo los entretendré media hora. No se preocupe, tendrá usted tiempo
suficiente para averiguarlo todo acerca de ese viejo caballero —añadió con una
carcajada.

»Secretamente emocionado por poder dar su primera orden como oficial en


pleno ejercicio de responsabilidad, el joven Powell se olvidó rápidamente del

213
anciano. Durante los días siguientes, debido a la atención que debía dedicarle al
barco, a la tripulación y a sus deberes en esa primera etapa de adaptación no exenta
de ansiedad, su curiosidad disminuyó, pero, por supuesto, las palabras del práctico
no la habían extinguido.
»El carácter amistoso de su superior inmediato, el primer oficial, le facilitó la
adaptación. Powell no podía dejar de sentir cierta simpatía hacia aquel hombre calvo
y regordete, con su figura cómica, su tez rubí y cierto patetismo en esa forma que
tenía de poner en blanco sus inquietos ojos negros sin apenas mover la cabeza.
Además demostraba tener mucho tacto al dar por supuesta la competencia de
Powell.
»No puede haber nada más tranquilizador para un joven que emprende por
primera vez el trabajo de su vida. Powell, con la conciencia tranquila respecto a sus
obligaciones, tenía tiempo de observar con interés amistoso a las personas que lo
rodeaban. Una vez iniciada la travesía, muy pronto se dio cuenta, y le resultó
bastante divertido, de que aquellos a los que Powell había incluido en el grupo que
secretamente llamaba “los viejos” —consciente de que lo consideraban una especie
de intruso— estaban resentidos por el matrimonio del capitán Anthony.
»A veces las miradas que intercambiaban, sus tonos, sus gestos, eran los de
hombres que han conocido tiempos mejores. Powell no entendía muy bien qué podía
molestar, por ejemplo, al contramaestre o al carpintero, pero ambos ponían caras
largas e incluso dirigían miradas hostiles a la popa. Al cocinero y al camarero quizás
podía afectarles de manera más directa, sin embargo a veces el camarero comentaba:
“Oh, la verdad es que ella no da trabajo extra”, con una escrupulosa imparcialidad
teñida de cierta tristeza. Era un hombre más bien silencioso, que tenía en gran estima
su propio valor y hacía discursos comedidos. El cocinero, un hombre pulcro con
patillas rubias, que llevaba en el barco sólo tres años, parecía el menos preocupado
de todos. Incluso se sabía que en alguna ocasión había preguntado si alguno de sus
platos había sido del agrado de la esposa del capitán, actitud que era considerada
como una especie de deslealtad hacia el sentimiento imperante.
»Era más fácil entender el enfado del primer oficial. Antes de que hubiera
concluido la primera semana de travesía le comentó a Powell: “No esperará que me
alegre de que me echen del salón, como si no fuera lo bastante bueno para sentarme a
comer con esa mujer”. Pero se apresuró a añadir: “No crea que culpo al capitán.
No es hombre de conducta reprobable. Usted, señor Powell, es demasiado
joven para entender estos asuntos”.
»Bastante tiempo después, al final de una de esas conversaciones donde daba

214
rienda suelta a su rencor, se explayó un poco más: “¡Sí, usted es demasiado joven
para entender estas cosas! No pretendo poner en duda su sensatez. Está usted
trabajando muy bien aquí. Muchísimo mejor de lo que yo esperaba, aunque le
confieso que su aspecto me causó buena impresión desde el principio”.
»Fue una noche, en la zona donde soplan los vientos alisios, bajo un cielo
aterciopelado, cubierto de estrellas, vigilando las sombras del mar, que brillaban
misteriosamente en la estela del barco, al tiempo que el ocioso sonido del agua a
sotavento era como un somnoliento comentario a su avance. El señor Powell expresó
su satisfacción con una risa un tanto tímida. El primer oficial continuó con sus
reflexiones: “Claro que usted no ha conocido el barco tal como era antes. Parecía un
auténtico hogar. No era como las otras naves y navegar con el capitán Anthony no
era como navegar con cualquier otro capitán. Tampoco ahora es una nave cualquiera.
Pero lo cierto es que antes uno no tenía el menor motivo de preocupación en relación
al barco o al capitán. No, no había por qué preocuparse”.
»El joven Powell no veía que hubiera tampoco entonces ningún motivo de
preocupación. La serenidad de aquella noche tranquila parecía tan vasta como la
inmensidad del espacio y tan perdurable como la propia eternidad. Es verdad que el
mar está lleno de incertidumbre, pero ningún marinero piensa en eso cuando se halla
bajo su poder cautivador, del mismo modo que un amante jamás pensaría en la
proverbial inconstancia de las mujeres. Y el señor Powell, joven como era, se decía
con ingenuidad que siendo el capitán un hombre casado no podía haber motivos de
ansiedad en este sentido. Supongo que para él la vida, tal vez no tanto la suya como
la de los demás, era todavía algo similar a un cuento de hadas con el consabido final:
“fueron felices y comieron perdices”. Somos criaturas influidas por nuestra literatura
de entretenimiento mucho más de lo que suele sospecharse en un mundo que se jacta
de ser científico y práctico y de estar en posesión de teorías incontrovertibles. El
hecho de estar en alta mar incrementaba esta sensación del joven Powell, pues en el
mar el capitán de un barco es una criatura distante, inaccesible, algo así como el
príncipe de un cuento de hadas, por entero distinto a los demás, que no depende de
nadie, que no ha de responder más que ante poderes invisibles y tan remotos que
para el resto de la tripulación son prácticamente sobrenaturales.
»De modo que no comprendía el hecho de que el primer oficial se sintiera
ofendido... o más bien lo comprendía oscuramente, entendiéndolo como una reacción
a cuestiones muy sencillas, una reacción del todo inadecuada. En realidad se hubiera
sacado todo esto de la mente con un despectivo “¿y a mí qué diablos me importa?” si
la esposa del capitán no hubiera sido tan joven. Cuando la vio por primera vez tuvo
un gran sobresalto. Tenía ideas preconcebidas acerca de las esposas de los capitanes

215
y abrió sus ojos como platos, dudando de lo que veía. La miró fijamente hasta que la
esposa del capitán se dio cuenta y volvió el rostro. ¡La esposa del capitán! Esa joven
cubierta de mantas en una tumbona. ¡Su esposa...! Ahogó un grito en su interior. La
esposa de un capitán tenía que ser una mujer susceptible de ser descrita como gorda
o delgada, jovial o refunfuñona, pero siempre madura, e incluso, en comparación con
la edad que él tenía, francamente vieja. ¡Pero aquello! Se sintió moralmente tan
desconcertado como si acabara de descubrir un caso de secuestro o algo igual de
sorprendente. Comprenderás que no hay nada tan turbador como el derribo de una
idea preconcebida. Cada uno de nosotros tenemos una determinada concepción del
mundo. Encontrarnos con una jovencita cuando esperábamos ver a una mujer
relativamente mayor puede ser un impacto de los más fuertes...
Marlow se detuvo, sonriendo para sí.
—Después de todos estos años Powell aún seguía impresionado por aquel
recuerdo —continuó, en un tono divertido pero no burlón—. El otro día aún notaba
un deje de sorpresa en su voz cuando me decía: “Parecía tan joven, tan niña, que no
pude evitar mirar a mi alrededor en busca de una mujer que pudiera ser la esposa
del capitán, aun sabiendo que no había otra mujer a bordo de aquel barco”. En el
viaje anterior, al parecer, la esposa del camarero había hecho de doncella de la señora
Anthony, pero esta vez no la habían traído, por alguna razón que él ignoraba. ¡La
señora Anthony...! De no haber sido la esposa del capitán la habría visto como una
chiquilla. Pero supongo que debe de haber algún tipo de salvaguardia divina en la
esposa de un capitán, por increíble que parezca, que impedía aplicarle esa definición
irreverente, ni siquiera en sus pensamientos más recónditos.
»Le pregunté cuándo había tenido lugar aquel episodio y me dijo que fue tres
días después de que se separaran del remolcador, justo al dejar canal, para ser más
precisos. Había venido un viento de proa y el tiempo era húmedo y desagradable.
Sintiéndose todavía en gran medida un extraño y un oficial sin experiencia, a las seis
de la tarde había subido a sotavento de la popa para hacer su guardia. Verla fue tan
inesperado como una aparición. Cuando la esposa del capitán volvió la cabeza, él
recobró su compostura y bajó la mirada. Lo que pudo ver entonces fue solo, junto a la
tumbona en que ella estaba recostada, un par de piernas largas y delgadas embutidas
en unas botas de tela negra, en el asiento más cercano a la lumbrera. De ahí concluyó
que el “anciano caballero” que llevaba una gorra gris como la del capitán estaba
sentado junto a ella... que debía de ser su hija. El asombro que experimentó al verla lo
había dejado paralizado, y ahora se sentía completamente avergonzado por haber
dejado traslucir su sorpresa de aquel modo. Pero no podía darse vuelta y salir
disparado de la popa. Había ido allí por motivos de trabajo. De modo que, todavía

216
con la mirada baja, pasó junto a ellos. Sólo al llegar al enrejado del timón levantó la
vista. El respaldo de la tumbona ocultaba a la joven, pero podía ver al propietario de
las piernas viejas y delgadas sentado junto a la lumbrera, con sus mejillas bien
afeitadas, su delgada boca apretada, hundida en las comisuras y esos escasos
mechones grises que escapaban de su gorra de tweed y se rizaban ligeramente sobre
el cuello del abrigo. Estaba levemente inclinado hacia la señora Anthony, pero no
hablaban. El capitán Anthony, que caminaba de extremo a extremo del otro lado de
la popa con paso ágil y apresurado, miraba hacia delante. El joven Powell pudo
haber creído que su capitán no se había dado cuenta de su presencia, pero no se fiaba
de aquel aire aparentemente distraído, y pasó una hora muy incómodo, inmóvil
junto a la brújula, hasta que su capitán detuvo sus rápidos paseos y, con evidente
esfuerzo, le hizo alguna observación en voz baja acerca del tiempo. Antes de que a
Powell, sobresaltado, se le ocurriera alguna respuesta, el capitán reanudó sus
interminables caminatas, con la mirada fija. Y hasta que se oyó la campana
anunciando la cena, el silencio habitó en la popa como un encantamiento maléfico. El
capitán caminaba de un lado a otro, mirando al frente, el timonel llevaba el rumbo,
mirando las velas, el viejo caballero, junto a la lumbrera, miraba a su hija... y el señor
Powell me confesó que no sabía a dónde mirar y se sentía completamente fuera de
lugar... lo cual era absurdo. Finalmente clavó los ojos en la rosa de los vientos,
refugiando su espíritu en la bitácora. Se sintió helado, más de lo normal, en medio de
aquel frío anochecer que caía sobre el enlodado mar verde donde se reflejaba un cielo
nublado y uniforme. Un viento intermitente azotaba la desolada inmensidad y la
nave, navegando al compás del viento y a veces casi detenida, avanzaba a
trompicones, contra las olas que batían sus costados y parecían rugir.
»El joven Powell pensó que nunca antes había visto el mar vespertino bajo un
aspecto más deprimente. Se alegró cuando oyó el sonido de la campana y vio que los
demás ocupantes abandonaban la popa. Primero el capitán, que alteró con un giro
repentino el rumbo de sus paseos y se dirigió hacia la escotilla, sin ni siquiera dirigir
una mirada a su esposa ni al padre de ésta. Ambos se levantaron y se encaminaron
también hacia la escotilla; el anciano caballero muy erguido, los finos rizos
golpeando suavemente contra su nuca y llevando las mantas sobre el brazo. La
muchacha, que era la señora Anthony, bajó primero. El oscuro crepúsculo dibujaba
sombras profundas en su rostro. Miró de pasada al señor Powell, y éste pensó que
estaba muy pálida. Tal vez fuese por el frío. El anciano caballero, delgado y rígido, se
detuvo un momento ante el joven, y en voz baja pero suficientemente clara y sin
ninguna entonación en particular —ni siquiera interrogativa— dijo:
»—Usted es el nuevo segundo oficial, supongo.

217
»El señor Powell respondió afirmativamente, preguntándose si aquélla sería
una tentativa de acercamiento amistosa. Había observado que los ojos del señor
Smith parecían mirar hacia adentro, como si su entorno le desagradara o lo
desdeñara. La esposa del capitán ya había desaparecido por la escalera. El señor
Smith exclamó “¡Ah!”, y después de un silencio hizo otra pregunta, en aquel tono de
voz completamente neutral.
»—¿Y conoció al hombre que estaba aquí antes que usted?
»—No —respondió el joven Powell—. Antes de enrolarme no conocía a nadie
de este barco.
»—Era mucho mayor que usted. Le doblaba la edad. Tal vez más. Sus cabellos
eran de color gris acero. Sí. Sin duda tenía más que el doble de su edad.
»Aquella voz baja y contenida se interrumpió, pero el anciano no se marchó,
sino que al cabo de un momento añadió:
»—¿No es insólito?
»El señor Powell estaba sorprendido, no sólo ante el hecho de que aquel
hombre hubiera entablado una conversación con él, sino también ante el carácter que
ésta tenía. Quizás fuese el poder de sugestión de las palabras de aquel anciano, lo
cierto es que a partir de aquel momento se hizo claramente consciente de que había
algo ciertamente insólito, no sólo en aquel encuentro sino en todo en general, en la
atmósfera. Incluso el mar, con cortos centelleos de espuma que estallaban aquí y allá
en las distancias sombrías, ese mar imperturbable y seguro que protege al hombre de
todas las pasiones salvo de su propia ira, le pareció extraño cuando lanzó una rápida
mirada a barlovento, donde el horizonte, ya borrado, no ofrecía un límite
tranquilizador a la mirada. En el crepúsculo difuso, que ya expiraba, y antes de que
la noche nublada dejara caer su misterioso velo, la inmensidad del espacio se hacía
visible... casi palpable. El joven Powell lo sentía. Lo sentía en aquella repentina
sensación de aislamiento; la nave poderosa y segura que había conocido le parecía
ahora una mancha minúscula, apenas distinguible, nada más que un sitio donde
apoyar las plantas de sus pies antes de que el anciano reanudara su charla en medio
de aquel universo ensombrecido.
»Le llevó un momento entender el sentido de la pregunta. Repitió con
lentitud:
»—Insólito... Oh, quiere decir que no es habitual que un hombre mayor sea
segundo oficial de un barco. No sé. Hay muchos que no ascienden. El no ascendió,
supongo.

218
»Su interlocutor mantenía la cabeza un poco inclinada y parecía escuchar muy
atentamente.
»—Y ahora lo han llevado al hospital —comentó.
»—Eso creo. Sí. Recuerdo que el capitán Anthony dijo eso en la oficina
naviera.
»—Tal vez a punto de morir —prosiguió el anciano en su tono
cuidadosamente preciso—. Y puede que hasta se alegre de morir.
»El señor Powell era lo suficientemente joven como para sorprenderse ante
esta idea, que además a la luz del crepúsculo adquiría un tinte confidencial y
aterrador. Con dureza respondió que era poco probable, como defendiendo a la
víctima ausente de un comentario algo injusto. Se sentía realmente indignado. El otro
emitió una risita ahogada de naturaleza conciliadora. La segunda campanada sonó
bajo la popa; el anciano, al oírla, hizo un movimiento, pero sin embargo permaneció
donde estaba.
»—No hablaba en serio —murmuró con ese extraño aire de quien teme que lo
oigan—. En este caso no. Conozco a ese hombre.
»La situación, o mejor, lo inoportuno de aquella situación, había agudizado las
percepciones del segundo oficial del Ferndale, aunque fuera una persona bastante
inexperta. Se percataba del más ligero matiz en el tono y tuvo la sensación de que la
expresión “conozco a ese hombre” debía ir seguida de la aclaración “no era amigo
mío”. Pero tras una pausa brevísima el anciano caballero siguió murmurando con
voz clara y uniforme:
»—Usted en cambio jamás lo ha visto. De todos modos, cuando haya vivido
tantos años como yo, comprenderá que un accidente que ponga fin a la propia
existencia no es siempre inoportuno. Por supuesto, hay accidentes estúpidos. Pero ni
siquiera esos deberían molestarnos demasiado. Al fin y al cabo, ¿qué supone verse
privado de la vida? Ocurre tan rápido. Sin embargo, ¿cómo cree que puede sentirse
un hombre a quien otros le arrebatan la vida? ¡A quien se la roban de la forma más
mezquina, quiero decir!
»Se interrumpió de pronto y permaneció inmóvil lo bastante como para que el
asombrado Powell tuviera tiempo de murmurar: “¿Qué quiere decir? No lo
comprendo”. Entonces dio las buenas noches en voz baja, se deslizó unos pocos
pasos y se hundió en la sombra de la escotilla, apenas iluminada por la luz de la
lámpara que había abajo.
»Aquellas extrañas palabras, el tono cauteloso, toda su persona inquietó

219
mucho al señor Powell, que comenzó a caminar por la popa preso de una gran
confusión mental. Se sentía desorientado. Sin duda aquello había sonado muy raro. Y
ese tono cauteloso, como si alguien lo vigilara, era realmente extrañísimo. El joven
segundo oficial vaciló antes de decidirse a saltarse una regla disciplinaria presente en
cualquier barco, pero finalmente no pudo resistir la tentación de hablar de aquello
con alguien, y se dirigió al timonel.
»—¿Ha oído lo que me ha dicho ese caballero?
»—No, señor —respondió en voz baja el marinero. Pero alentado por esa
muestra de confianza de su oficial se atrevió a añadir, a modo de tentativa—: Es un
tipo raro, señor —y como el señor Powell, absorto en sus propios pensamientos, no
dijo nada, se atrevió a ir más lejos—. En realidad son más bien pasajeros. A veces se
ven pasajeros extraños.
»—¿Quiénes son más bien pasajeros? —preguntó Powell con brusquedad.
»—Pues esos dos, señor.

220
CAPÍTULO III
SIRVIENTES DEVOTOS... Y LA LUZ DE UNA BENGALA

—El joven Powell se dijo: “El resto de la tripulación también lo nota”. La


conducta del capitán para con su esposa y el padre de ésta era cuando menos
sorprendente. Los trataba como a una pareja de pasajeros no demasiado agradables.
Pero quizás no siempre había sido así. Tal vez el capitán estuviera molesto por algo.
»Cuando el ofendido Franklin subió a cubierta, el señor Powell hizo una
observación a este respecto, pues se le había despertado la curiosidad.
»El oficial gruñó: “¿Eso cree?... ¿Le pareció irritado?” Se abotonó la gruesa
chaqueta hasta la garganta y sólo entonces añadió un lúgubre “sí, es probable” que
no daba pie a continuar la conversación. Aunque ninguna incitación hubiera servido
para que el recién enrolado segundo oficial se decidiera a adentrarse en el camino de
las confidencias. La suya era una prudencia instintiva. Powell no sabía por qué
prefería mantener en secreto su charla con el señor Smith, pero lo que estaba claro
era que su curiosidad no dormía. Poco tiempo después, de nuevo en un cambio de
guardia, durante el curso de una pequeña conversación, mencionó como de pasada
al padre de la señora Anthony, con la pretensión de intentar descubrir quién era.
»—Haría falta alguien muy astuto para averiguarlo, tal como están las cosas a
bordo en estos momentos —respondió el señor Franklin, mostrándose
inesperadamente comunicativo—. La primera vez que lo vi fue cuando ella lo trajo
en un coche de punto una mañana a eso de las once y media. El capitán había subido
a bordo temprano y se encontraba en el camarote que le habían preparado. ¿Le he
dicho que si necesita al capitán para algo debe golpear en la cubierta a babor? Así es.
Este barco ya no es lo que era, pero sigue siendo distinto a cualquier otro. ¿Ha oído
usted de algún barco en el que la habitación del capitán se encuentre a babor? Los
dos camarotes de popa se han acondicionado como un palacio. Un equipo de
primera del West End estuvo a bordo durante quince días colocando cortinajes y
muebles, como si la Reina fuera a embarcarse con nosotros. Por supuesto, el camarote
de estribor es el dormitorio, pero el pobre capitán duerme en un sofá a babor, para
que la señora Anthony no se asuste si él tiene que acudir a cubierta por la noche.
¡Nerviosa! ¡Bah! Opino que una mujer que se casa con un marino y se decide a
hacerse a la mar no debería ser tan nerviosa. Pero no importa. La cuestión es que en
cuanto el viejo coche apareció en la esquina del almacén avisé al capitán que su
señora estaba a punto de embarcarse. Me respondió, pero no vi que se dispusiese a
salir, así que yo mismo bajé la pasarela para ayudarla a apearse. Ella saltó del coche

221
presa de excitación, sin apoyarse en mi brazo ni darme siquiera las gracias, los
buenos días o cualquier otra cosa, se volvió hacia el coche y el viejo salió lentamente.
Yo no lo había visto. No sabía que venía alguien más. Me sorprendió. Ella nos
presentó: “Mi padre... el señor Franklin”. El viejo me miraba con los ojos de un búho.
“Mucho gusto, señor”, dije yo. Los dos estaban muy extraños. Como si les hubiera
ocurrido algo por el camino. Se quedaron quietos, y yo permanecí allí, esperando. El
capitán apareció en la popa; lo vi mirarnos desde allí y luego desaparecer, yo supuse
que para encontrarse con nosotros en tierra. Pero sencillamente había vuelto abajo.
De modo que, al ver que no aparecía, dije: “Permítame ayudarlo a subir a bordo,
señor”. “¡A bordo! —repitió él un poco tontamente—. ¡A bordo!” “La escalera no es
muy buena, pero es firme”, comenté yo cuando dio muestras de inseguridad. No es
que fuera un anciano decrépito. Usted mismo ve que no lo es. Va derecho como un
palo y todavía parece tener bastante vida en su interior. Pero no se movía y yo
comenzaba a sentirme tonto. Entonces ella se adelantó un paso: “Oh, gracias, señor
Franklin. Yo misma ayudaré a subir a mi padre”. Me dejó atónito... que me apartara
de ese modo, abriéndose paso entre él y yo sin ni siquiera dirigirme una mirada. De
modo que, por supuesto, me desentendí del asunto. ¿Qué le parece? Me aparté.
Hubiera querido regresar a bordo de inmediato y dejarlos en el muelle para que
subieran o se quedaran allí hasta la semana siguiente, pero me bloqueaban el camino.
No iba a empujarlos para que se hicieran a un lado. Sólo el diablo sabe qué se traían
entre manos. Ahí estaba ella, pálida como la muerte, hablando con él
atropelladamente. Él de pronto se puso tan rojo como un pavo... que me muera si no
es cierto. Puedo asegurarle que era un hombre de mal carácter. Y también una mala
persona. No me haga mucho caso. En realidad no podía oír nada de lo que ella le
decía, pero no me cabe duda de que era importante, pues parecía muy agitada.
Parecía... —sólo digo que parecía— que no deseaba subir al barco. Por supuesto que
no podía tratarse de eso. Bueno, la cuestión es que ella lo agarró del brazo, por
encima del codo, como para guiarlo o, más bien, empujarlo. Yo estaba parado a
menos de diez pies de distancia. ¿Por qué iba a apartarme? Mi intención era regresar
a bordo en cuanto me lo permitieran. No es que quisiera escuchar sus malditos
susurros. Pero no podía quedarme allí para siempre, de modo que intenté pasar junto
a ellos. Y de ese modo no pude evitar oír algunas palabras. Era el viejo... hizo un
comentario desagradable sobre estar “bajo el talón” de alguien. Y a continuación
afirmó: “No deseo este sacrificio”. No sé qué significaba aquello. Era una discusión...
de eso estoy seguro. Ella miró por encima de su hombro y vio que yo me hallaba
muy cerca. No sé qué sería lo que le dijo al oído, pero él cedió de inmediato. Me
dirigió también una mirada y ambos subieron a bordo con tal rapidez que cuando
llegué al alcázar apenas tuve tiempo de ver cómo la puerta del interior del pasillo se

222
cerraba tras ellos. Curioso... ¿verdad? Si sólo fuera curioso no tendría importancia.
Aquella tarde llegaron a bordo baúles nuevos con equipaje y zarpamos a media
noche. Y que me cuelguen si sé quién es ese hombre. No lo he podido averiguar.
Puede haber sido cualquier cosa. Sólo sé que una vez, hace años, cuando fui al Derby
con un amigo, vi a un tipo todo emperifollado idéntico al misterioso padre que salió
de aquel coche.
»El oficial de ojos saltones había contado todo esto con voz resentida y
melancólica, entre pausas, como dirigiéndose al gentil murmullo del mar. Para él era
una especie de amargo placer tener a su disposición los oídos frescos de un recién
llegado, a quien podía repetir todos los pesares y sospechas que ya habría comentado
hasta la saciedad con la pandilla de fieles subordinados del capitán Anthony. Era un
alivio tan grande para su acongojado espíritu que hasta llegaba a olvidar la
conveniencia de ser discreto ante un perfecto desconocido. Aunque en realidad, con
el señor Powell no tenía de qué preocuparse. Al principio esas quejas le resultaban
graciosas y las provocaba para divertirse. Después, cuando comenzó a darles vueltas
en su cabeza, se impresionó. Y al aumentar esta impresión conforme pasaban los
días, su resolución de mantenerlo todo en secreto cobró también mayor fuerza.

»Lo que le facilitó mantener con firmeza su resolución fue que el sentimiento
de divertida sorpresa de Powell hacia algo que encontraba simplemente absurdo no
estaba exento de indignación. Era demasiado joven, su cargo demasiado reciente, su
confianza en sus propios juicios no era todavía lo suficientemente firme como para
que se atreviera a expresarla. Y además... ¿de qué hubiera servido, al fin y al cabo... y
qué necesidad tenía de hacerlo?
»Pero lo cierto es que todo este asunto, familiar a la vez que misterioso,
ocupaba su imaginación. La soledad del mar intensifica nuestros pensamientos y
experiencias, hasta el punto de que éstos parecen ocupar el centro del mundo, ya que
la nave que lo transporta a uno es siempre la figura central en un horizonte redondo.
Comenzó a ver al oficial apoplético de ojos saltones y al camarero melancólico de
ojos pesados como las víctimas de una peculiar y secreta locura que envenenaba sus
vidas. Pero esto no le hacía compadecerse de ellos. No. Aquella extraña aflicción
despertaba en él una especie de asombro suspicaz.
»En cierta ocasión... también de noche, hay que aclarar que los oficiales del
Ferndale que hacían guardia del modo acostumbrado en aquellos tiempos tenían
pocas ocasiones de relacionarse... en cierta ocasión, digo, el robusto señor Franklin,
cuya figura resultaba especialmente voluminosa bajo las estrellas, habituales testigos
de sus desahogos, le preguntó con una brusquedad que no era falta de tacto, sino

223
sencillamente su manera directa:
»—Tengo entendido que sus padres no viven...
»El señor Powell respondió que había perdido a su padre y a su madre a edad
temprana.
»—Mi madre todavía vive —declaró el señor Franklin en un tono que dejaba
traslucir que este hecho le agradaba—. Se encuentra muy bien. Por supuesto, necesita
comodidades. A las mujeres hay que cuidarlas y, si de eso se trata, yo la verdad es
que prefiero cuidar de mi madre. Me atrevo a decir que si no me hubiera durado
tanto tal vez me hubiera casado. Aunque no estoy muy seguro. Nosotros los marinos
no tenemos mucho tiempo para perseguir nuestros propósitos. Sea como sea, ya que
mi madre estaba ahí puedo decir que no he buscado una chica en toda mi vida. No
significa que en mis tiempos no haya sido aficionado a la compañía femenina —
añadió con entonación patética mientras el blanco de sus ojos saltones brillaba
amorosamente bajo el cielo de la noche despejada—. Puedo decir que he sido incluso
muy aficionado a ella.
»Estas confidencias divertían mucho a Powell y como sólo tenían lugar
cuando el oficial era relevado de la guardia, no podía poner ninguna objeción. La
compañía del oficial hacía que como mínimo la primera media hora de su guardia en
cubierta pasara con rapidez. Si a su superior no le importaba perder parte de su
descanso, Powell no tenía por qué preocuparse. Franklin era una buena persona. No
pretendía jactarse de su devoción filial.
»—Por supuesto, me refiero a compañía femenina respetable — explicó—. El
otro tipo no viene al caso. No quiero juzgar la conducta de nadie, pero un joven bien
educado como usted sabe que de ese otro tipo de compañía se saca poco provecho —
exhaló un profundo suspiro—. Ojalá la madre del capitán Anthony hubiera vivido
tanto como la mía. Así habría tenido que cuidarla, y sé que lo hubiera hecho bien. El
capitán Anthony es un hombre recto. Y de esa manera se habría salvado del más
estúpido...
»No terminó la frase, que sin duda le resultaba amarga. El señor Powell pensó
para sí: “Ya estamos otra vez”. Y se rió un poco.
»—No entiendo por qué es tan duro con el capitán, señor Franklin. Creía que
eran grandes amigos.
»Ante este comentario, el señor Franklin lanzó una exclamación. No estaba
siendo duro con el capitán. Nada más lejos de su intención. ¡Amigo! Por supuesto
que él era buen amigo y fiel servidor del capitán. Le rogó a Powell que tuviera en

224
cuenta que si al día siguiente el capitán Anthony decidía hacer un trato con el
demonio y el demonio se portaba bien con el capitán, él —Franklin— encontraría en
su alma la manera de amar al demonio por el bien del capitán. Así de simple. Y si
apareciera un santo, un ángel de alas blancas y...
»Se interrumpió, como asustado ante su propia vehemencia. Entonces, con esa
voz tensa y patética que nunca elevaba de tono, observó que no valía la pena hablar.
Cualquiera podía ver cuánto había cambiado el capitán.
»—Respecto a eso —replicó el joven Powell— yo no puedo opinar.
»—¡Santo Dios! —susurró el oficial—. ¡Un joven educado y listo como usted
con un par de ojos y un poco de criterio no puede opinar! ¿Acaso le parece un
hombre feliz? ¿Eh? Puede que usted sea joven, pero no es ningún niño; le desafío a
que diga que sí.
»El señor Powell no aceptó el desafío. No sabía qué pensar de la opinión del
oficial. De todos modos, parecía de pronto más comprensivo, y reconoció que el
capitán realmente no tenía buen aspecto.
»—Claro que no tiene buen aspecto —repitió con voz lastimera el oficial—.
¿Usted cree que un hombre con esa expresión en la cara puede pensar en continuar
viviendo? No habrá tenido usted todavía muchas experiencias, pero es un marino,
dice que ha estado en tres o cuatro barcos... Bueno, ¿alguna vez ha visto a un capitán
caminando por la cubierta de su propio barco como si no supiera lo que hay bajo sus
pies? ¿Lo ha visto? Que me cuelguen si no tengo razón cuando digo que se olvida de
dónde está. Por supuesto que sigue siendo un marino excelente, pero la verdad es
que tiene suerte de llevarme a bordo. Yo sé lo que quiere que haga sin que ni siquiera
tenga que decírmelo. ¿Sabe que no me ha dado una sola orden desde que zarpamos?
¿Sabe que no ha despegado los labios ante mí a menos que yo le hablara antes? ¡Ante
mí! Su primer oficial, su camarada de a bordo durante seis años enteros, a quien no
ha tenido que levantar la voz ni una sola vez... ni una sola vez en todo ese tiempo. Sí.
Ni siquiera ha tenido que mirarme con enfado. Es cierto que cuando yo le hablo
vuelve a ser en cierto modo el que era, con su mirada despierta y su voz amable. No
podría ser de otro modo con su viejo amigo Franklin. ¿Pero dé qué sirve? Sus ojos, su
voz, toda su persona están a millas de distancia. A pesar de que tomo la precaución
de no dirigirme jamás a él cuando la popa no está despejada. ¡Sí! Sólo le hablo
cuando estamos a solas, con el mar como única compañía. Usted creerá que entonces
hablar con él es muy fácil; soy el único primer oficial que ha tenido... señor Franklin
esto y señor Franklin lo otro... cuando algo iba mal la primera palabra que se oía en
cubierta era “¡Franklin!”... soy trece años mayor que él... no tendría por qué haber
problemas, ¿verdad? Nosotros dos solos en esta popa en que nos vimos por primera

225
vez, cuando él era un joven capitán y me dijo que confiaba en mí... los dos solos y
treinta y un días en el mar... pero de nada vale. Es como hablar con cualquier hombre
en tierra firme. No puedo conseguir hacerlo volver. No puedo llegar a él. A veces
siento ganas de agarrarlo de un brazo y sacudirlo: “¡Despierte! ¡Despierte! ¡Lo
necesitamos, señor...!”
»El joven Powell reconoció en estas palabras la expresión de un sentimiento
verdadero, algo muy poco corriente en este mundo, donde parece haber tantas
personas mudas, además de excelentes razones para que un hombre en su sano juicio
se contenga, incluso en el mar; frente a semejante estallido expresivo sintió algo muy
parecido al respeto. No fue excesivo. Aquella silueta grotesca y rechoncha, cuya
cabeza parecía haber sido clavada entre los cuadrados hombros por el golpe de una
porra, se movió vagamente en un espacio circunscrito por los dos toneles amarrados
a la barandilla frontal de la popa, sin hacer aspavientos, con las manos en los bolsillos
de la chaqueta, los codos apretados a los lados y una voz que, sin resonar, pasaba de
la ira a la consternación y de nuevo a la ira, sin que ninguna palabra fuera
pronunciada en un tono más elevado que las demás durante aquella atropellada
perorata, interrumpida tan sólo por leves jadeos en busca del aire, como si aquel que
habla se ahogara por el esfuerzo de reprimir su dolor.
»El señor Powell, aunque estaba en cierta medida conmovido, no se dejó
arrastrar. Y en el preciso momento en que creyó que todo había terminado, oyó de
nuevo al otro, que se movía inquieto en la oscuridad y volvió a estallar,
completamente turbado pero sin levantar la voz, respetando el silencio del barco y la
enorme paz vacía del mar.
»—¡Le han hecho algo! ¿Qué es? ¿Qué puede ser? ¿No lo imagina? ¿No lo
sabe?
»—¡Santo Dios! —el joven Powell se quedó estupefacto cuando comprendió
que se estaba dirigiendo a él—. ¿Cómo diablos voy a saberlo?
»—Usted habla con esa persona de rostro blanco y ojos negros... Les he visto
hablando más de una docena de veces.
»El joven Powell, cuya compasión se había enfriado de repente, observó con
tono desdeñoso que la señora Anthony no tenía los ojos negros.
»—No me importa de qué color sean, ojalá nunca los hubiera puesto sobre el
capitán —replicó Franklin—. Ella y ese viejo de mandíbula raspada que se sienta a su
lado y contempla, con sus ojos amarillos, ese rostro blanco como el de un muerto...
¡malditos sean! ¿No irá a decirme que sus ojos no son amarillos?

226
»Powell, que no tenía el menor interés en el color de los ojos del señor Smith,
hizo un gesto vago. Amarillos o no, tanto le daba.
»El primer oficial murmuró para sí:
»—No. No puede saberlo. ¡No! Si usted no es más que un bebé. Para entender
algo hace falta un poco más de cabeza.
»—Ni siquiera entiendo lo que intenta decirme —observó fríamente el señor
Powell.
»—Hasta la mente más perspicaz se quedaría atónita ante una obra tan
diabólica —continuó el oficial, en un murmullo—. He oído hablar de mujeres que
embrujan a los hombres de multitud de maneras en tierra firme, ¡pero traer la
brujería hasta mar y amarrar a un hombre como él! Eso es algo que no puedo
entender. Pero puedo observarlos. ¡Más les vale irse con cuidado!
»Al ser incapaz de inclinarse por su absoluta falta de flexibilidad su cuerpo no
podía expresar el abatimiento. De repente pareció muy cansado y se dispuso a
abandonar la popa arrastrando los pies. Pero antes de salir, después de haber
sacrificado casi una hora de su descanso allí abajo, se dirigió una vez más a nuestro
joven, que se hallaba de pie junto a los obenques de mesana, con un estado de ánimo
nada receptivo que se dejaba ver a través de su silencio y su inmovilidad. Le dijo que
no lamentaba haber hablado abiertamente sobre un asunto de tanta gravedad.
»—Desconozco la gravedad del asunto, señor —fue la franca respuesta de
Powell—, pero si cree que me ha contado algo muy nuevo se equivoca. La
tripulación habla todo el tiempo de lo mismo. Lo que me ha dicho usted es más o
menos lo que vengo escuchando desde que estoy a bordo.
»En honor a la verdad hay que decir que el señor Powell no pretendía resultar
ofensivo. Era prudente por naturaleza e intuía que aquel asunto era bastante grave,
sobre todo porque no parecía tener nada que ver con la razón. No deseaba
enemistarse con el primer oficial. Y hay que decir que el señor Franklin no se ofendió.
Respondió a la sincera afirmación del señor Powell con idéntica sinceridad y
sencillez, aceptando que sí, que era muy probable, muy probable. Con un asunto
como éste en la cabeza —un asunto que tenía que ver casi con la hechicería—, lo raro
es que pudiera pensar en otra cosa. El pobre hombre, turbado por sus propios
pensamientos, quizás tenía la sensación de hallarse involucrado en medio de quién
sabe qué combate con alguna fuerza maligna, porque sus últimas palabras, cuando
bajaba lentamente la escalerilla de popa, expresaron la curiosa esperanza de que
Powell acabara por ponerse “también de nuestra parte”.

227
»El señor Powell —limítate a imaginar a un joven marinero honrado que es
asaltado de este modo en alta mar— sólo pudo responder con una risa avergonzada
e incómoda que reflejaba de una forma muy precisa el estado de su alma inocente. El
oficial apoplético, que ya había bajado la mitad de la escalera, volvió a subir tres
peldaños. Pues sí. El oficial esperaba que un joven honrado no se quedara de brazos
cruzados viendo a un hombre en apuros, un hombre que además era un buen marino
y su propio capitán; lo apropiado era ponerse de su parte y en contra de esa pareja de
tierra que... el señor Powell lo interrumpió con impaciencia preguntándole cuáles
eran exactamente los apuros.
»—¿Qué insinúa usted? —exclamó presa de una irritación inexplicable.
»—No me gusta imaginármelo allí abajo solo con esos dos —murmuró
Franklin con solemnidad—. Le doy mi palabra de que así es. Sólo Dios sabe qué
puede estar pasando allí... No se ría... Bastante malo fue ya el viaje anterior, cuando
la señora Brown tenía un camarote en la popa, pero esto es mucho peor. Estoy
asustado. Cuando pienso que él está allí solo, separado de todos nosotros, no puedo
dormir.
»La señora Brown era la esposa del camarero. Debes saber que poco después
de su visita a la casa de los Fyne, con todas las consecuencias que ésta tuvo, Anthony
recibió la oferta de ir a las Hébridas y traer de vuelta la carga de un barco que,
dañado en un choque o una encalladura, no estoy muy seguro, se había refugiado en
San Miguel y estaba allí desahuciado. Roderick Anthony tenía contactos que le
procuraban a veces este tipo de trabajo bien remunerado. De modo que Flora de
Barral había hecho un viaje de cinco meses, apenas una excursión, como estreno de lo
que iba a ser su vida en el mar. Y Anthony, sin duda procurando ser lo más atento
posible, había convencido a la señora Brown, esposa de su fiel camarero, para que
viajara con ellos en calidad de doncella de su esposa. Ahora bien, por alguna razón,
este acuerdo no continuó los viajes siguientes. Y el oficial, con una actitud alarmista,
atormentado por vagas premoniciones, lo lamentaba. Lamentaba que Jane Brown ya
no estuviera a bordo, como representante de los fieles servidores del capitán
Anthony, para observar en silencio lo que ocurría en aquella parte del barco que ese
fatal matrimonio había cerrado a su vigilancia. Hubiera sido perfecto, porque aquella
era una mujer digna de confianza.
»Powell no veía que pudiera tener tanta importancia lo que parecía ser un
simple trabajo de espionaje. Con su característica sencillez comentó que la señora
Anthony estaría contenta de que hubiera otra mujer a bordo. Pensaba en la
personalidad infantil de aquella joven de rostro blanco, que parecía necesitar muchos
cuidados. Joven e inocente como era, creía que aquella muchacha era inmadura, casi

228
una niña todavía.
»—¡Ella! ¡Contenta! Pero si fue ella quien la echó. No quería a nadie en la
cámara. La señora Brown notaba ese rechazo y se lo comunicó a su esposo.
Pregúntele al camarero y verá lo que le dice. Aquello no me gustó nada. Era una
mujer competente, que sabía donde estaba. Pero no. Tuvo que irse. Sin cometer
ningún tipo de falta, que conste. El capitán sintió vergüenza al despedirla. Pero esa
esposa suya... sí, esa encantadora pareja lo tiene bien agarrado. No puedo hablar un
minuto con él en la popa sin que ese estafador se nos acerque. Le contaré algo. Una
vez oí sin querer —Dios sabe que fue sin querer, él no se dio cuenta de que yo estaba
con el sextante, al otro lado de la lumbrera— ...le oí decir... ya sabe cómo se sienta,
arrimándose a ella y hablando sin abrir bien la boca... sí, lo oí con toda claridad.
Llamaba al capitán “el carcelero”. ¡El carce...!
»Franklin se interrumpió para lanzar una imprecación blasfema. Durante
largo tiempo reinó el silencio y el balanceo ligero y agradable del barco, que se
deslizaba suavemente gracias a los vientos alisios del noreste, parecía casi un
sortilegio capaz de calmar y adormecer las sospechas de los hombres que se confían
al mar.
»Se oyó de pronto un profundo suspiro, seguido por la voz del oficial, que se
preguntaba, desconsolado, si aquella era la manera apropiada de hablar de un
hombre a quien deseaba lo mejor. No hacían falta más pruebas de que algo iba mal.
Ya a punto de irse volvió a insistir en que esperaba que el señor Powell se pusiera de
su parte. Y esta vez el señor Powell no dejó escapar una risa azorada.
»El joven oficial estaba cada vez más sorprendido por la naturaleza de las
incongruentes revelaciones que le llegaban de su entorno y de la atmósfera del mar
abierto. Es difícil para nosotros comprender su inexperiencia en toda su extensión y
plenitud, porque no nos hicimos a la mar recién salidos de una pequeña escuela
privada a los catorce años y nueve meses de edad. Apoyado sobre su codo en el
obenque de la mesana y tan inmóvil que el timonel, al otro lado de la popa pudo
haber sospechado, y probablemente sospechó, que se había dormido
vergonzosamente en plena guardia, intentaba “entender todo aquello” de acuerdo
con sus rudimentarias nociones de psicología. “¿Por qué demonios estarán tan
preocupados?”, se preguntaba con una impaciencia teñida de confusión y desprecio.
De todos modos, había que reconocer que era extraño eso de llamar a un hombre
“carcelero”; desde luego era muy poco amable, poco amistoso, desagradable.
Lamentaba que el señor Smith fuera culpable en este sentido porque, a decir verdad,
en cierta medida le había agradado que el padre de la señora Anthony se hubiera
dirigido a él de aquella forma tan tranquila. Los jóvenes aprecian este tipo de

229
reconocimiento, que es la forma más sutil de adulación que alguien de edad les
puede ofrecer. El señor Smith había aprovechado todas las oportunidades de
acercarse a él en cubierta. A veces sus observaciones eran un tanto extrañas y
enigmáticas. Sin lugar a dudas era un anciano caballero excéntrico, pero de ahí a que
pusiera apodos desagradables a su yerno —a quien nunca se acercaba en cubierta—
mediaba una gran distancia.
»Y el señor Powell se asombraba...
»Mientras me contaba todo esto —Marlow cambió de tono— yo me
asombraba aún más. Era como si la desgracia marcara a sus víctimas en la frente para
que la multitud las rechazara. No me estoy refiriendo a números. Dos hombres
pueden comportarse como una multitud, y tres sin duda lo harán cuando sus
emociones se hallen comprometidas. Al parecer, Flora de Barral tenía una marca en
la frente. ¿Acaso la muchacha había nacido para ser una víctima, para despertar
siempre aversión y ser aplastada como si fuera demasiado buena para hallar un lugar
en este mundo? O demasiado desafortunada... ya que también eso suele considerarse
un pecado.
»Sí, mi asombro tenía que ser aún mayor que el suyo, puesto que yo sabía más
cosas acerca de la joven que el señor Powell... para empezar sabía su verdadero
nombre; y también sabía más cosas acerca del capitán Anthony... sabía al menos que
era hijo de un distinguido poeta erótico de temperamento marcadamente refinado y
autocrático. Sí, sabía historias que el señor Powell desconocía. El capítulo que él abría
ante mí, el capítulo del mar, con personajes nuevos, como ese primer oficial
sentimental y apoplético y ese camarero melancólico, por sorprendente que resultara
para él, lo era sin duda mucho más para mí, que lo contemplaba como parte de una
serie, después del capítulo que se desarrolló frente al Hotel Eastern y en el que yo
mismo desempeñé un papel. Teniendo en cuenta lo que ella me había confesado y las
sabias observaciones que yo le había hecho, lo que acababan de contarme me
resultaba especialmente sorprendente. Flora tenía buenas intenciones y sin duda yo
también. El capitán Anthony, hasta donde pude saber por el pequeño Fyne, también
las tenía. Si es que podemos usar expresiones elevadas para referirnos a los oscuros
personajes de esta historia, podríamos decir que todos estábamos llenos de los más
nobles sentimientos y propósitos. Allí estaba el mar, para ofrecerles el abrigo de su
soledad, libre de las mezquinas tentaciones de tierra. Podía estar bien maravillado
ante lo que había ocurrido.
»Si el señor Powell vio la sonrisa que dejé escapar en aquel momento espero
que me perdonase. La luz del camarote de su pequeño cúter era débil. Y mi sonrisa
fue débil también. Débil y fugaz. La vida de esa muchacha me parecía de repente una

230
aventura tragicómica, la más triste de la tierra, transcurriendo entre carcajadas sin
freno y lágrimas incontenibles. Sí, los hechos más tristes son los más corrientes y, por
ser corrientes, son tal vez los que más merecen nuestra piedad incondicional.
»La realidad puramente humana es susceptible de lirismo, pero no de
abstracción. Sólo la evidencia de vínculos racionales entre los personajes y los hechos
puede servirnos para comprenderla. Y comenzando por Flora de Barral, a la luz de
mis recuerdos, estaba seguro de que ella habría mantenido un papel pasivo, pues
éste es necesariamente el papel de las mujeres, este estar a la espera de ver cumplirse
su destino, aunque algunas de ellas, y no precisamente las más inteligentes, lo
disimulen con vanas apariencias de agitación. Flora de Barral no era
excepcionalmente inteligente, pero sí completamente femenina. Adoptaría un actitud
pasiva —que no significa inanimada— en circunstancias en las que el mero hecho de
ser mujer bastaría para otorgarle una importancia oculta y suprema. Y sabría ser
paciente, esa es la esencia del poder visible y tangible de la mujer. De eso estaba
seguro. ¿Acaso no lo había sido ya? Sin embargo, es muy cierto que el germen de la
destrucción yace al acecho de los mortales, incluso al acecho de la misma fuente de
nuestra fuerza, es cierto que podemos morirnos por tener demasiada paciencia, tanto
como por tener demasiado poca.
»Éste era el curso de mis pensamientos. También recordé aquella primera vez
que la vi... cuando jugaba o tal vez mantenía una seria conversación con las
posibilidades que le ofrecía un precipicio. Pero me abstuve de preguntarle al señor
Powell con ansiedad que había sido finalmente de la señora Anthony. Dejé que
siguiera su propio ritmo, sintiendo que en realidad no me importaba qué extraños
hechos tuviera que revelar, pues estaba seguro de saber mucho más de lo que él sabía
o creía intuir...
Marlow hizo una pausa bastante larga. Parecía sentirse inseguro, como si
creyera haber dicho más de lo que yo podía comprender. No quise darle ninguna
señal.
—¿Entiendes? —preguntó.
—Perfectamente —repuse—. Tú eres el experto en las inmensidades de la
psique. Ésta parece una de esas historias de pieles rojas en las que los magníficos
salvajes raptan a la chica y el honrado habitante del bosque, con su incomparable
conocimiento, les sigue la pista, leyendo los indicios de lo ocurrido, a través de una
huella aquí, una rama rota allá, una baratija tirada en el camino. Siempre me han
gustado esas historias. Continúa.
Marlow sonrió con indulgencia ante mi broma.

231
—No es exactamente un cuento infantil —comentó—. Continuaré pues. Los
indicios, como tú les llamas, no fueron muy abundantes, pero sí muy oportunos, y
cuando el señor Powell supo (pues en cierto momento me sentí obligado a decírselo)
que yo había conocido a la señora Anthony antes de su matrimonio y que en cierta
medida había sido su confidente... Porque no puedes negar que en cierta medida lo
fui... Bueno, digamos que tuve la oportunidad de contemplar... Una joven, sabes, es
algo similar a un templo. Uno pasa junto a él y se pregunta qué ritos misteriosos se
celebrarán adentro, qué oraciones, que visiones habrá. El hombre privilegiado, el
amante, el esposo que recibe la llave del santuario no siempre sabe cómo usarla. En
cuanto a mí, sin tener derecho ni haber hecho ningún mérito, simplemente por obra
del azar, pude mirar a través de la puerta entreabierta y lo que vi fue la profanación
más triste que pueda imaginarse, la brillantez de la juventud marchita, un espíritu
aún no encogido ni embotado pero como desconcertado y temblando de
desesperanza por culpa de una crueldad gratuita; la confianza en sí misma destruida
y, en su lugar, Una temeridad resignada, una insensibilidad lastimosa... y todo esto
con absoluta sencillez, casi con ingenuidad... ante las dificultades materiales y
morales de la situación. ¡La angustia pasiva del desafortunado!
»Me preguntaba si no se habría agotado aún su mala suerte, esa mala suerte
que es como el odio de poderes invisibles en acción, que se vuelve perceptible e
injurioso gracias al proceder de los hombres.
»Como podrás imaginar, el señor Powell abrió los ojos como platos ante mi
comentario. Pero estaba tan concentrado en rememorar sus experiencias a bordo del
Ferndale y tan sorprendido ante la casualidad de haberse visto envuelto en todo lo
ocurrido tan sólo porque su apellido fuera el mismo que el de uno de los
funcionarios encargados del enrolamiento, que cualquier otra coincidencia, por
curiosa que fuese, no le resultaba al fin y al cabo tan sorprendente.
»Aquel incidente asombroso se mantuvo tan presente en su mente durante
todo el tiempo que estuvo en el barco que siempre había tenido la sensación de estar
allí por una especie de fraude. Y aquella sensación era tan incómoda que se armó de
valor para enfrentarse a la extraordinaria reserva de su capitán. Deseaba confesárselo
todo. Yo imagino que la juventud debió resultarle en este caso de gran ayuda al señor
Powell. Oh, sí. La juventud es un poder. Incluso el capitán Anthony se sentiría
probablemente un poco influido por ella, le resultaría refrescante ver algo todavía
intacto, sin cicatrices, no endurecido aún por el sufrimiento. O tal vez simplemente el
hecho de ver un rostro nuevo a bordo de un barco en que había visto las mismas
caras durante años atraería su atención.
»No sé si un día el capitán hizo algún comentario a su nuevo segundo oficial o

232
si simplemente le dirigió una mirada, la cuestión es que el señor Powell aprovechó la
oportunidad, cualquiera que ésta fuera. El capitán, que había comenzado sus
interminables y ágiles paseos, se detuvo, dejó enseguida de fruncir el ceño, lo
escuchó hasta el final y luego se rió un poco.
»—¡Ah! Esa es la historia. Sintió que era su deber aclarármela.
»—Sí, señor.
»—No importa cómo llegó a bordo —comentó Anthony. Y continuó,
demostrando que tal vez no estaba tan completamente ausente del barco como
suponía Franklin—. No hay problema. Parece que se lleva bien con todo el mundo —
añadió con su apresurado tono seco, como si hablar le doliera, al tiempo que su
mirada volvía a extraviarse, como siempre, en el mar.
»—Sí, señor.
»Powell me contó que al ver reaparecer en su rostro aquella expresión
angustiada, tuvo el impulso, movido por algún confuso sentimiento amistoso, de
añadir:
»—Soy muy feliz a bordo, señor.
»La firmeza de la mirada que le dedicó avergonzó al señor Powell, haciéndole
incluso retroceder un poco. El capitán parecía haber olvidado el significado de la
palabra “feliz”.
»—Usted... ¿qué? Ah, sí... Usted... por supuesto... feliz. ¿Porqué no?
»Esto último apenas lo masculló y, al instante, volvió a sus precipitados
paseos, su mirada perdida en la lejanía del mar.
»Es habitual que el marino tienda a mirar a lo lejos, pero en el caso del capitán
Anthony había —según expresó Powell— algo especial, algo deliberado en esa
actitud, como si quisiera huir de algún dolor o tentación. Una vez que uno había
llegado a verlo de este modo resultaba muy evidente. Antes, lo que se sentía era una
extrañeza pronunciada. No es que el capitán —Powell puso cuidado en aclararlo—
no contemplara las cosas como debería hacerlo el capitán de un barco. La prueba está
en que en aquella misma ocasión, por ejemplo, después de un rato de silenciosos
paseos, de repente le había pedido que arriara la vela de estay, y comenzó a hacer
algunas observaciones acerca de ese tipo de velas cuando la señora Anthony, seguida
por su padre, apareció por la escotilla. Como de costumbre se recostó en su tumbona,
a sotavento del cielo. Inmediatamente el capitán interrumpió lo que estaba diciendo
y al poco rato bajó.

233
»Le pregunté al señor Powell si el capitán y su esposa nunca conversaban en
cubierta. Respondió que no, como mucho intercambiaban unas pocas palabras. Había
entre ellos cierta tirantez. Por ejemplo, en aquella misma ocasión, cuando la señora
Anthony apareció, se miraron y los ojos del capitán la siguieron hasta que se sentó,
pero no le dijo nada ni se acercó a ella; cuando más tarde abandonó la cubierta ni
siquiera volvió la cabeza para mirarla.
»Le pregunté al señor Powell qué había hecho él aquel día al marcharse el
capitán.
»—Fui a hablar con la señora Anthony. Pensé que debía aburrirse mucho.
Parecía tan fuera de lugar en el barco.
»—Su padre estaba allí, por supuesto.
»—Como siempre —repuso Powell—. Siempre estaba allí, sentado junto a la
lumbrera, como si la estuviera vigilando. Y creo —añadió— que a ella eso la
incomodaba. No es que lo hiciera notar. La señora Anthony siempre permanecía en
silencio y siempre estaba dispuesta a mirarlo a uno directamente a la cara.
»—¿Conversaban mucho? —continué investigando.
»—En general dejaba que hablara yo —confesó el señor Powell—. No creo que
le interesase mucho lo que decía... pero la cosa es que me dejaba hablar. Nunca me
interrumpió.
»Todas las simpatías del señor Powell estaban de parte de Flora Anthony, De
Barral cuando era soltera. Era la única persona más joven que él a bordo del barco,
puesto que el Ferndale no llevaba niños y toda la tripulación estaba compuesta de
marineros capaces. ¡Sí! La juventud había creado un lazo entre ellos. Entre tantos
rostros maduros, ásperos, hoscos e incluso hostiles, la expresión franca de Powell
debía resultarle muy agradable a la muchacha. El joven Powell estaba de su parte,
por así decirlo, con la cálida generosidad de su edad, incluso antes de saber que en
aquel barco era necesario tomar partido. Había una muchacha. Una muchacha
agradable. El no se hacía preguntas. Flora de Barral no era mucho más joven que él,
pero por alguna razón, tal vez por contraste con la idea preconcebida que se tiene
acerca de la esposa de un capitán, no podía verla más que como una criatura
extremadamente juvenil. Al mismo tiempo, al margen de que ella estuviera en una
posición más elevada, ejercía sobre él esa supremacía que una mujer ejerce sobre un
hombre de su misma edad gracias a su más temprana madurez. De hecho, podemos
intuir que aunque nunca hubieran hablado durante más de media hora seguida y
manteniendo debidamente las distancias, poco a poco se iban haciendo amigos... bajo
la mirada constante del anciano, supongo.

234
»Powell relata de la siguiente forma cómo entró por primera vez en contacto
con la esposa de su capitán. Fue mucho antes de su memorable conversación con el
primer oficial y poco después de haber dejado atrás el canal. Hacía mal tiempo;
teníamos el viento en contra, soplando casi como durante un temporal; el Ferndale,
con las velas recogidas, atravesaba el sendero de las naves que regresan a casa,
apenas deslizándose por el agua, ya que no valía la pena darse prisa y el tiempo
parecía amenazador. Alrededor de las diez de la noche Powell se encontraba solo en
la toldilla, de guardia, sujetándose a la barandilla para mantenerse en popa y
mirando hacia barlovento, cuando, en medio de las olas blancas y encrespadas bajo el
cielo negro, divisó las luces de un barco. Las estuvo observando un buen rato. El
viento lo hacía avanzar deprisa, por supuesto. Pasará muy cerca, se dijo, y de repente
sintió una gran desconfianza hacia aquel barco. Se dirige directamente a nosotros,
pensó. No le correspondía al Ferndale cambiar de ruta. Al contrario. Y su inquietud
creció al recordar las cuarenta toneladas de dinamita que llevaban en las bodegas; no
es el tipo de carga en que uno piensa con ecuanimidad cuando hay una amenaza de
colisión inminente. Fijó la vista en aquellas dos pequeñas luces en la oscura
inmensidad donde se oía la cólera del mar. Quedó fascinado por ellas, hasta que la
claridad con que las veía le hizo convencerse de que era obvio que estaban en
peligro. Sabía lo qué debía hacer en caso emergencia, pero sintió que lo más correcto
era llamar inmediatamente al capitán.
»Atravesó el puente de un salto. Desde los tiempos más remotos las
costumbres del mar dictan que la habitación del capitán se encuentre a estribor.
Suponer que el capitán pueda tener su camarote a babor de la nave sería tan absurdo
como pretender que tenga la nariz en la nuca. Powell olvidó por completo lo que le
había dicho el primer oficial acerca de este punto. Como he dicho, salió disparado,
dio un golpe con el pie y arrimándose a la lumbrera de ventilación, gritó: “Por favor,
suba a cubierta, señor”, con una voz que sin llegar a ser temblorosa ni traslucir
miedo, bien podríamos calificar de bastante expresiva. No podía dudarse de la
urgencia de su llamada. Pero en lugar del “¡De acuerdo!” que esperaba escuchar,
seguido del ruido de pasos apresurados allí abajo, tan sólo oyó una débil
exclamación... y luego silencio.
»¡Imagínate su sorpresa! Permaneció allí, con el oído pegado a la lumbrera y
los ojos fijos en las luces amenazantes que bailaban a merced de las ráfagas de viento
que azotaban la airada oscuridad del mar. Le parecía que llevaba esperando una
hora, pero sin duda pasó mucho menos de un minuto antes de que bramase
claramente en el ancho tubo: “¡Capitán Anthony!” Lo que oyó abajo fue un agitado
“¿Qué ocurre?” pronunciado por la señora Anthony y unos pasos rápidos y
livianos... ¿Cómo es posible que ni siquiera intentara despertarlo? “Necesito al

235
capitán” gritó, y acto seguido decidió darse por vencido y se dirigió
apresuradamente a la chupeta6, donde guardaban un farol, resuelto a actuar por su
cuenta.
»Al pasar junto al timonel, cuyo rostro, iluminado por las lámparas de la
bitácora, parecía relajado, le dio una orden: “Prepárate para hacer girar el timón en
cuanto te lo ordene”. “Sí, señor”, contestó el hombre con voz firme. Entonces Powell,
tras gritarle al vigilante de cubierta que se situara a popa, fue corriendo hasta un
costado de la nave y encendió el farol sobre la barandilla.
»Sólo consiguió unas ridículas y diminutas chispas. La mecha, tal vez afectada
por la humedad, no llegó a encenderse. Todas estas acciones no le llevaron más que
segundos. Powell me confesó que ante este fracaso experimentó una parálisis de
pensamiento, de habla y de todos sus miembros. Lo inesperado de este fracaso
venció de modo concluyente sus facultades. Aquello era lo único para lo que su
imaginación no estaba preparada. Quedó completamente fuera de combate. Cuando
se recuperó fue con la certeza de que debía hacer algo de inmediato o se produciría
un choque de costado acompañado por una explosión de dinamita en que ambas
naves volarían por los aires y todos sus ocupantes desaparecerían de la faz de la
tierra en medio de una llamarada y una barahúnda enormes.
»Vio que la catástrofe iba a producirse y, antes de que pudiera abrir la boca o
mover un dedo para conjurar aquella visión, oyó una voz muy cerca de su oído, la
voz comedida del capitán Anthony:
»—No se quiere encender, ¿eh? ¡Pues tírela! Corra a buscar la bengala.
»Powell se puso en acción con toda su energía. Dio un salto. La bengala estaba
guardada en la chupeta, junto a una caja de cerillas. Antes de darse cuenta de que se
había movido ya había deslizado el pestillo de la chupeta. Encontró la lata en la
oscuridad e intentó encender una cerilla. Pero tenía que sujetar el portabengalas
apretándolo con un brazo contra su pecho; tenía los dedos húmedos y entumecidos y
las manos le temblaban un poco. Se le rompió una cerilla. Otra se le apagó. A la luz
de la pequeña llama pudo ver el rostro pálido de la señora Anthony, un poco más
abajo, de pie ante las escaleras de la cámara. Los ojos, muy cerca de los suyos —él
estaba de cuclillas en el peldaño superior— parecían arder oscuramente en la luz que
se desvanecía. En cubierta se oyó de repente la voz del capitán, que sonó
inesperadamente sarcástica:
»—Más vale que se dé prisa si quiere llegar a tiempo.

6 Pequeña cámara que hay a popa en la cubierta principal de algunos buques. (N. del T.)

236
»—Deme la caja —le pidió la señora Anthony, en un susurro apresurado y
familiar que sonó casi divertido, como si fueran dos niños haciendo travesuras detrás
de un muro. A Powell le alegró aquella propuesta, que le pareció muy natural y sin
formalidades innecesarias:
»—Aquí tiene. Cójala.
»Sus manos se rozaron en la oscuridad y ella agarró la caja mientras él
sostenía la antorcha empapada de parafina en su soporte de hierro. Pensó advertirle
que tuviera cuidado, pero antes de que le fuera posible articular la frase, la llama
ardía con violencia entre los dos y vio como ella se echaba hacia atrás cubriéndose el
rostro con un brazo. “Vaya”, exclamó él, pero no pudo detenerse ni un momento
para preguntarle si se había hecho daño. Salió disparado para darle la bengala al
capitán, quien la agarró y la sostuvo por encima de su cabeza.
»Aquella llama feroz se agitó como una bandera de seda al viento, lanzando
sobre la popa un brillo airadamente oscilante mezclado con sombras móviles,
iluminando las superficies cóncavas de las velas, refulgiendo sobre la pintura
húmeda de las barandillas blancas. Y el joven Powell volvió los ojos a barlovento
conteniendo la respiración.
»La extraña nave, una sombra amenazadora en la noche, no parecía avanzar,
sino sólo hacerse más nítida en ángulo directo con la quilla, contemplando al Ferndale
con un ojo verde y otro rojo7que oscilaban y se zarandeaban como si pertenecieran a
la cabeza inquieta de algún monstruo invisible emboscado de noche entre las olas.
Transcurrió un momento, largo como la eternidad, y, de pronto, aquel monstruo que
parecía adquirir la forma de una montaña, cerró su ojo verde sin ni siquiera avisar
con un pestañeo.
»Powell respiró aliviado.
»—Todo en orden —dijo el capitán Anthony en tono tranquilo. Entregó la
bengala ardiente a Powell y se dirigió a popa para contemplar el paso de aquella
amenaza de destrucción que ahora avanzaba ciegamente, con su mirada multicolor
atenta a la noche tenebrosa, en las alas de un viento arrollador. Ahora era posible
distinguir su forma, negra y alargada, entre los sibilantes parches de espuma que
estallaban a su paso.
»Como ocurre siempre con una nave que avanza con el viento y el mar en
contra, al observador no tiene la sensación de que ésta se mueva con demasiada

7 Se refiere a las luces de navegación; roja la de babor y verde la de estribor. (N. del T.)

237
rapidez, sino que más bien parece comportarse con indolencia y despreocupación,
entre saltos y pausas en medio del oleaje que la atrapa. Fue sólo cuando pasó muy
cerca de la popa, al alcance de la voz del Ferndale, que su gran velocidad se hizo
evidente a la mirada. Con la luz roja fuera de la vista e irguiéndose como una
inmensa sombra en la cresta de una ola, se perdió de vista en un gran impulso hacia
delante, disolviéndose en el espacio sin luz.
»—Ha pasado cerca —comentó el capitán Anthony con voz indiferente y con
el justo volumen para hacerse oír por encima del viento—. Hay un lote de ciegos a
bordo de ese barco. Apague ya la bengala.
»En silencio, Powell invirtió el soporte y asfixió la llama en la lata,
consiguiendo, con sólo girar la muñeca, que la oscuridad cayera sobre la popa. Al
mismo tiempo se desvaneció en su mente la imagen de otra llamarada, enorme y
fiera, que habría surgido con violencia de una mancha blanca agitándose en medio
del mar, que habría iluminado incluso las nubes y habría hecho saltar por los aires,
en su ráfaga volcánica, palos, cadáveres y fragmentos de dos barcos destruidos. Tal
visión se desvaneció y él sintió un inmenso alivio. Me dijo que hasta que todo hubo
terminado no supo realmente hasta qué punto se había asustado ante aquella imagen
conjurada por su imaginación. Supo cuánto había sido su miedo por la sensación de
fatiga y de cansancio que le sobrevino de inmediato.
»Caminó hasta la chupeta y, al agacharse para colocar la bengala en su sitio,
distinguió en la oscuridad el rostro pálido, inmóvil y ovalado de la señora Anthony,
que susurró con suavidad:
»—¿Va a pasar algo? ¿Qué es?
»—Ya pasó todo —le respondió él también en un susurro.
»Permaneció agachado, contemplando aquel fantasmal óvalo blanco. Se
preguntaba por qué la muchacha no se había precipitado a cubierta. Se había
quedado allí quieta. Eso era valor. Había demostrado tener un maravilloso dominio
de sí misma. Y no era ninguna tonta. Comprendió que había un peligro inminente y
es probable que tuviera alguna noción de la naturaleza de éste.
»—Se ha quedado usted aquí, en espera de lo que vendría —murmuró Powell
admirado.
»—¿No era lo mejor que podía hacer? —preguntó ella.
»El no lo sabía. Tal vez. Le confesó que él no habría sido capaz. Él no. Su carne
y su sangre no se lo hubieran permitido. Sentiría que tenía que ir a ver lo que iba a
ocurrir. Entonces recordó que al encender la llama quizás ella se había quemado la

238
cara y le expresó su preocupación.
»—No es nada. No me duele. ¿Nota el olor del cabello quemado?
»Había una especie de alegría en su tono. Quizás había pasado miedo, pero
era evidente que no estaba abrumada ni conmocionada por lo que había ocurrido.
Esto confirmó y aumentó, si es que era posible, la buena opinión que Powell tenía de
aquella muchacha que él veía como una “chica jovial”, aunque le parecía del todo
inapropiado referirse en estos términos a la esposa de su capitán. “Pero es que ella no
lo parece”, pensó extenuado, e iba a decirle algo más sobre la bengala cuando se oyó
otra voz, diciendo algo que no se entendía. El tono era despectivo; venía de abajo, de
la parte inferior de la escalera. Era una voz que venía del camarote. Y la única voz
que podía venir del camarote principal a esas horas de la noche era la del padre de la
señora Anthony. Aquel óvalo blanco e impreciso desapareció con tanta rapidez de la
vista del señor Powell que apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que sucedía.
Permaneció un instante ante la entrada de la chupeta; ahora que la delgada silueta de
la joven ya no obstruía la escalera estrecha y curva, las voces llegaban más fuertes,
pero las palabras seguían resultando incomprensibles. El anciano caballero estaba
inquieto por algún motivo y la señora Anthony intentaba “manejarlo”, ésta fue la
expresión que usó Powell. Se alejaron de la escalera y Powell abandonó la chupeta.
Pero creyó haber oído, justo antes de marcharse, las palabras “perdida para mí”.
Habían sido pronunciadas por el señor Smith.
»El capitán Anthony no se había alejado del coronamiento8. Continuaba en la
misma posición que había adoptado para ver pasar la otra nave, girando y
balanceándose en medio de las sombras del tumultuoso mar que la seguía. No se
movió y Powell, que se hallaba cerca de él, no se atrevía a hablarle, tan enigmática
parecía a sus jóvenes ojos aquella figura contemplativa en medio de la noche:
inmóvil, absorta en la oscuridad, presa de algún dolor, deseo o arrepentimiento
incomprensible.
»¿Por qué será que la inmovilidad de un ser humano suele impresionarnos
tanto, por qué nos evoca algo funesto... como si nuestro destino consistiera en
entregarnos a una agitación incesante? La inmovilidad del capitán Anthony le resultó
casi intolerable a su segundo oficial. Mientras merodeaba junto a la lumbrera, Powell
deseaba que su capitán abandonara cuanto antes la cubierta. “¿Por qué no baja?”, se
preguntaba con impaciencia. Incluso se atrevió a toser.
»Fuera o no por el efecto de la tos, el capitán Anthony le habló. No hizo ni el

8 Parte de la borda que corresponde a la popa del buque. (N. del T.)

239
más mínimo movimiento. Todavía de espaldas, le preguntó al señor Powell con
cierta brusquedad si el primer oficial no le había dicho que encontraría al capitán a
babor.
»—Sí, señor —respondió el señor Powell acercándose a su espalda—. El oficial
me dijo que golpeara con el pie a babor cuando deseara llamarlo, pero en aquel
momento no lo recordé.
»—Debe recordarlo —advirtió el capitán haciendo un esfuerzo. Y, hablando
entre dientes, añadió—: No quiero que la señora Anthony se asuste, ¿comprende?
»—Esta vez no se asustó —repuso inocentemente Powell—. Fue ella quien
encendió la bengala, señor.
»—Esta vez... —exclamó el capitán Anthony y se volvió—. ¿La señora
Anthony encendió la bengala? ¡La señora Anthony...!
Powell le explicó que se había quedado todo el tiempo en la chupeta.
»—Todo el tiempo —repitió el capitán Anthony. A Powell le pareció extraño
que, en lugar de ir él mismo a comprobarlo, el capitán le preguntara...
»—¿Todavía está ahí?
»Powell le dijo que había bajado después de que la otra nave pasase sin tocar
al Ferndale. El capitán Anthony ya se dirigía hacia la chupeta cuando Powell añadió:
»—El señor Smith llamó a la señora Anthony desde el salón, señor. Creo que
ahora están hablando allí.
»Se sorprendió al ver que el capitán abandonaba su intención de bajar.
»Sin tener en cuenta el frío, el viento húmedo y las salpicaduras del oleaje,
comenzó a dar vueltas por la popa, a pesar de que iba en ropa de dormir y zapatillas.
Powell se colocó en el saltillo de popa que le servía de puesto de observación.
Cuando al rato volvió la cabeza para echar una mirada a su excéntrico capitán, no
consiguió divisar su activa figura en sombras andando de un lado a otro. El segundo
oficial del Ferndale caminó por la popa mirando a su alrededor y se dirigió al timonel.
»—¿Ha bajado ya el capitán?
»—Sí, señor —respondió el hombre; el tabaco de mascar abultaba su mejilla
izquierda y mantenía los ojos fijos en la carta de navegación—. Acaba de bajar. Se iba
riendo.
»—Riendo —repitió Powell con incredulidad—. ¿Dices que el capitán se reía?
Debes estar equivocándote. ¿De qué iba a reírse?

240
»—No lo sé, señor.
»Aquel viejo marinero manifestaba una profunda indiferencia hacia las
emociones humanas. Sin embargo, tras una pausa bastante prolongada, se dignó a
conceder unas cuantas palabras más a la debilidad del segundo oficial.
»—Sí, caminaba de un lado a otro por cubierta, como de costumbre, cuando de
repente rió un poco y se dirigió a la chupeta. Se le debió de ocurrir de repente algo
divertido.
»¡Algo divertido! Powell no lo podía creer. En aquel momento no se preguntó
por qué. No es raro que a los hombres les vengan pensamientos divertidos a la mente
en cualquier clase de situaciones, a todo tipo de hombres. Sin embargo Powell se
sorprendió al enterarse de que el capitán Anthony se había reído sin una razón
evidente aquella noche. Además, por algún motivo, aquello le impresionó de un
modo desagradable. Y fue entonces, casi acabada su guardia, con las frías ráfagas del
viento azotándole desde la oscuridad y el mar bramando amenazadoramente
alrededor del barco, cuando acudió por vez primera a su ingenua mentalidad la idea
de que tal vez las cosas no fueran lo que confiadamente se esperaba de ellas, que era
posible que el capitán Anthony no fuera un hombre feliz... Habrás notado que hasta
ahora en cierta medida parecía estar preparado para las lamentaciones del apoplético
y sensible Franklin sobre su capitán. Y aunque de un modo espontáneo las
despreciaba, me confesó que, muy en su interior y en contra de su voluntad, surgió y
creció la sospecha, inexplicable e incómoda, de que no todo iba bien en aquel
camarote, tan extrañamente aislado del resto del barco.

241
CAPÍTULO IV
ANTHONY Y FLORA

Marlow se separó de la sombra que proyectaba la biblioteca para coger un


cigarro de la caja que estaba sobre la mesita que había a mi lado. Al observarlo a la
luz de la habitación, pude ver en sus ojos esa expresión ligeramente burlona con la
que suele encubrir sus arranques de risa y de piedad ante las complicaciones tan
poco razonables que el idealismo humano quiere ver en un problema tan simple,
aunque profundo, como es el de la conducta en esta tierra.
Escogió y encendió un cigarro con afectada atención y se volvió hacia mí, que
lo había estado observando en silencio.
—Supongo —dijo, mientras la burla que reflejaban sus ojos dio una
transparencia especial a su tono— que piensas que ya es hora de que te cuente algo
definitivo, quiero decir, algo sobre el misterioso malestar psicológico (pues es
evidente que tenía que ser psicológico) que reinaba en aquel camarote y afectaba tan
profundamente al señor Franklin, el primer oficial, y llegaba incluso a perturbar la
serena inocencia del señor Powell, el segundo al mando del Ferndale, comandado por
Roderick Anthony... el hijo del poeta, ya sabes.
—Ahora es cuando vas a confesarme que no llegaste a averiguar qué pasaba
—afirmé con fingida indignación.
—Merecerías que dijera algo así, pero no lo haré. Sí averigüé algo. Sin
embargo, confieso que estuve intrigado durante bastante tiempo. Pero he visto al
señor Powell en muchas ocasiones y bajo condiciones muy favorables... y, además,
descubrí una inesperada fuente de información... Pero no importa. Mis fuentes sólo
deben interesarte en la medida en que tengan alguna relación directa con la historia.
Admitiré que durante el período en que me entregué al método de la vieja solterona
que intenta ir atando cabos no conseguí dar con una teoría coherente. Hablo ahora
casi como un detective... como un hombre de espíritu deductivo. Con lo que sabemos
de Roderick Anthony y Flora de Barral me era imposible deducir cómo una
discrepancia matrimonial ordinaria pudo haber madurado de una forma tan
extraordinaria en menos de un año... ¿verdad? Si me preguntas qué es una
discrepancia matrimonial ordinaria te diré que es una diferencia por una nadería,
quiero decir, una de esas naderías por las que, como nos dijo el señor Powell el día
que lo conocimos, las personas de tierra son tan propensas a iniciar una pelea y
alimentarla con odio por un sentimiento de agravio completamente infundado, por

242
una especie de perversión de la ambición y también por otro tipo de razones de lo
más aparatosas. En tierra no hay actores tan humildes y oscuros como para no tener
su propia galería, esa galería que envenena la obra con burlas disimuladas,
exclamaciones de ira, comentarios jocosos o palabras de pérfida compasión. Pero los
Anthony estaban libres de toda influencia desmoralizante. En el mar, como sabes, no
hay galería. Allí no se oyen los ecos atormentadores de la propia pequeñez, sino el
gran bramido de las fuerzas de la naturaleza, desafiantes desde el cielo, que todo lo
acallan, o por el contrario, el silencio de esas fuerzas, en medio de la quietud infinita
del universo.
»Al recordar a Flora de Barral sumida en las profundidades de su desgracia y
a Roderick Anthony impulsado por una ráfaga de apasionada ternura, me pregunté:
¿tan pronto lo olvidaron? ¿Qué fue lo que tan rápido y radicalmente los apartó al uno
del otro, estando como estaban tan lejos de todas las tentaciones, en medio de la paz
del mar y en un aislamiento tan completo que, de no haber sido porque la celosa
devoción del sentimental Franklin despertó la atención de Powell, no hubiera
quedado ningún registro ni evidencia de lo ocurrido?
»Debo confesar que de quien yo sospechaba era de Flora de Barral. Tal como
está organizado este mundo hoy en día las mujeres constituyen la mitad sospechosa
de la población. Hay buenas razones para ello. Con sólo reflexionar un poco éstas se
revelan tan evidentes que no merece la pena que te las detalle. Sólo te hago notar lo
siguiente: ya que las mujeres tienen tanta capacidad de “influencia”, sus acciones
poseen cierto aire oculto y misterioso que no es del todo digno de confianza, igual
que ocurre con todas las fuerzas de la naturaleza que, por culpa de nuestra
imperfecta capacidad de comprensión, nos resultan en cierta manera oscuras en su
modo de comportarse.
»Si las mujeres no fueran una fuerza de la naturaleza, ciegas en su potencia y
caprichosas en su poder, no desconfiaríamos de ellas. Pero no podemos evitarlo.
Dirás que esta fuerza, presente en Flora de Barral, fue capturada por Anthony...
Bueno, sí. Supo manejarla de una forma magistral. Pero el hombre también ha
capturado la electricidad. Ésta ilumina su camino, calienta su casa e incluso le sirve
para cocinar su comida... más o menos como una mujer. ¿Pero qué tipo de conquista
es ésta? En realidad lo ignora todo acerca de ella. Debe tener mucho cuidado con lo
que hace con su cautiva. Y cuanto mayores sean las exigencias que le haga, en un
alarde de orgullo, más probabilidades hay de que se vuelva contra él y lo reduzca a
cenizas...
—Un paralelismo de lo más rocambolesco —observé fríamente a Marlow, que
había regresado al sillón situado a la sombra de la biblioteca—. Pero si aceptamos tu

243
punto de vista, todo se reduce a un uso adecuado. Y si intentas decir que ese voraz
Anthony...
—Voraz es una buena palabra —me interrumpió Marlow—. Estaba
hambriento y sediento de que la feminidad entrara en su vida de una forma
inconcebible para cualquier feminista. Pienso que el disgusto de Fyne se debía en
gran parte a eso. El pequeño Fyne. No tienes idea del daño infernal que provocó con
su visita al hotel. Pero bueno, ¿quién habría sospechado que Anthony era una
criatura heroica? Hay varios tipos de heroísmo y uno de ellos es de lo más idiota:
aquel que se presenta bajo el aspecto de una delicadeza sublime. Y al parecer era éste
el heroísmo del hijo del delicado poeta.
»Sin duda se parecía a su padre, quien por cierto agotó a dos mujeres sin
obtener de ello la menor satisfacción, simplemente porque no estaban a la altura de la
exquisita delicadeza tan perceptible en sus versos. Ahí tienes al poeta. Exige
demasiado a los demás. Y su hijo, aunque incapaz de expresarse, también había
desarrollado esa necesidad de encarnar en su conducta los sueños, la pasión, los
impulsos que el poeta traslada a sus versos, que le resultan más queridos aún que su
propio ser... y que a veces hacen que su propio ser parezca sublime a los ojos de los
demás, e incluso a sus propios ojos.
»¿Deseaba Anthony parecer sublime a sus propios ojos? No quisiera acusarlo
de ello, aunque sin duda existan otras muchas ambiciones en el mundo menos nobles
ante las que nadie se atrevería ni siquiera a sonreír. La verdad es que no creo que
hubiera en lo que hizo ni siquiera una elevada y consciente confianza en sí mismo,
ese acusado sentido del poder que con tanta frecuencia conduce a los hombres a
situaciones imposibles o equívocas. Considerada en abstracto —que es la manera en
que la verdad suele presentarse en su forma real— su vida fue una vida de soledad,
de silencio... y de deseo.
»El azar arrojó a esa muchacha en su camino y, si bien podemos sonreír ante
su violenta conquista de Flora de Barral, también debemos admitir que su ansia de
apropiación era sin duda el ansia de un hombre lleno de soledad y de deseo; un
hombre que, a menos que fuera un redomado imbécil, forzosamente sería presa de
ensueños largos y ardientes durante los cuales una pasión sincera habría madurado
lentamente en los rincones más recónditos de su corazón. Y sé también que cuando
una pasión, dominante o tirana, invade a un hombre por completo, subyugando
todas sus facultades en orden a un fin único, puede conducirlo a todo tipo de
aventuras, al borde de peligros insondables, a los límites de la temeridad, la locura y
la muerte.
»Ante ese hombre acostumbrado a un silencio que es tanto más impresionante

244
en virtud del contraste con los truenos y murmullos inarticulados de los grandes
mares, un hombre completamente ajeno al extraño guirigay de las lenguas, se
presenta el musculoso y pequeño Fyne, el más notable representante de esa
humanidad cuya voz le resulta tan extraña, el marido de su hermana, una
personalidad que destaca entre la multitud difusa y remota. Llega y en una sola hora
le habla más de lo que le han hablado nunca, abordando además las cuestiones más
profundas que Anthony ha descubierto en su ser, y lanzándole palabras como
“injusto”, cuyo mero sonido le resulta aborrecible. ¡Injusto! ¡Decirle a él que se ha
aprovechado de un modo injusto! ¡El! ¿Injusto con la muchacha? ¡Cruel con ella!
»No había desprecio que estuviera a la altura de la impresión que le
provocaron esas acusaciones, hechas además con acaloramiento y convicción. Lo
sacudieron. Vibraban todavía en el aire de aquella cargada habitación de hotel,
terribles, perturbadoras, imposibles de borrar, cuando la puerta se abrió y entró Flora
de Barral.
»El ni siquiera se dio cuenta de que llegaba tarde. Estaba sentado en el sofá,
sumido en la más profunda tristeza. ¿Sería cierto? Como él siempre había dicho
exactamente lo que pensaba, imaginaba que la gente —con excepción de las personas
mentirosas, y por supuesto su cuñado no podía ser un mentiroso— nunca decía más
que lo que pretendía decir. La profunda voz pectoral del pequeño Fyne resonaba
todavía en sus oídos. “Él sabe”, dijo Anthony para sí. Pensó que lo mejor era
marcharse y no volverla a ver, pero ella estaba allí ante él, acusadora y a la vez
suplicante. ¿Cómo podía abandonarla? Imposible. No tenía a nadie. O, mejor dicho,
tenía a ese padre. Anthony estaba dispuesto a creer a pies juntillas la valoración que
ella hacía. Ese hombre pudo haber sido víctima de la más atroz injusticia, ¿pero qué
podía hacer un hombre salido de la cárcel? Además un anciano. Y... ¿qué clase de
hombre sería? ¿Y qué harían los dos solos? Anthony tuvo un ligero estremecimiento,
y la débil sonrisa con que Flora había entrado en la habitación desapareció de sus
labios. Estaba acostumbrada a su impetuosa ternura. Ya no le tenía miedo. Pero
nunca le había visto así antes y de inmediato sospechó que iba a ser víctima de una
nueva crueldad de la vida. Anthony se puso en pie con su ardor habitual pero con la
serenidad de quien acaba de tomar una decisión importante, y dijo:
»—No. No puedo abandonarte. Te he conocido. Me has contado tu historia.
Eres honesta. Nunca me dijiste que me amabas.
»Ella esperó, diciéndose que él nunca le había dado ocasión de decirlo, que
nunca se lo había preguntado. ¡Y que ella, en realidad, no lo sabía!
»Me inclino a pensar que así era. Como las mujeres no suelen tener
demasiadas experiencias casi nunca son expertas en relación a los sentimientos. Es el

245
hombre quien tiene la posibilidad de “verse a sí mimo”, por dentro y por fuera, y en
general lo hace. El autocontrol que tienen las mujeres es pura apariencia; en su
interior se agitan, están agitadas, tal vez porque se sienten comprometidas, o porque
lo están. Estoy hablando en general. En el caso particular de Flora de Barral,
podemos decir que desde el preciso momento en que Anthony había irrumpido en su
cruel y desesperada existencia, vivía como una persona a quien un cataclismo
natural, una tempestad o un terremoto libera de la celda de los condenados a muerte;
no completamente aterrada, porque nada puede ser peor que la víspera de una
ejecución, pero sí atónita, desconcertada... abandonada pasivamente a él. No quiso
hacer el menor sonido ni el menor movimiento. No tenía fuerzas. Y además, de
hacerlo... ¿qué habría ganado? En su interior, y de una manera casi inconsciente, se
sentía seducida por tener el respaldo de esa violencia, una sensación que nunca antes
había experimentado.
»¡Y de repente sentía como si ese torbellino de algún modo se calmara! Como
si ese sentimiento que hasta ahora le había servido de apoyo, que la tentaba a cerrar
los ojos deliciosamente y dejarse llevar hacia lo desconocido, a un lugar no profanado
por experiencias inmundas, fuera de pronto menos firme, como si se hubiera
tambaleado amenazadoramente. Intentó leer en el rostro de él, en ese rostro enérgico
y amable al que tan pronto se había acostumbrado; pero todavía no era capaz de
entender su expresión. Asustada, desencantada ya en el umbral de su adolescencia,
lanzada al sufrimiento moral del tipo más amargo, no había aprendido a leer... no esa
clase de lenguaje.
»Si el amor de Anthony hubiera sido tan egoísta como en general suele ser el
amor, habría sido mayor que el egoísmo de su vanidad, o de su generosidad, si se
prefiere, y todo esto podía entonces no haber sucedido. No se le hubiera ocurrido esa
renuncia, ante la cual no sabe uno si echarse a reír o a temblar. También es cierto que
en ese caso no se hubiera prendado de la infeliz hija de De Barral. Pero aquel amor
suyo surgía de esa rara piedad que nada tiene que ver con el desprecio, sino que
encuentra sus raíces en una fuerte y abrumadora capacidad para la ternura... una
ternura fiera y depredadora, la ternura de los hombres silenciosos y solitarios, esos
hombres espontáneos y apasionados que se hallan al margen de la sociedad. Al
mismo tiempo, me siento obligado a creer que su vanidad tuvo que haber sido
enorme.
»—Qué ojos tan grandes tiene —se dijo sorprendido.
»No es extraño que lo pensara. Flora lo miraba como si toda la fuerza de su
alma despertara lentamente de un sueño envenenado, en el que sólo podía
estremecerse de dolor, sin conseguir estirarse ni moverse. Él se lanzó al interior de

246
aquellos ojos, tenso y casi sin aliento, se arrojó al fondo de aquellos ojos como un
marino enloquecido que, desesperado, se lanza desde el mástil al insondable mar
azul que tantos hombres han execrado y amado al mismo tiempo. Su vanidad era
inmensa. Y había sido herida donde más duele por ese pequeño Fyne, musculoso y
feminista. “¡Yo! ¡Aprovecharme yo de su desamparo! ¡Yo injusto con esta criatura...
esta brizna de bruma, esta sombra pálida y sin techo en un mundo despiadado.
Podría haberla hecho volar de un soplo”, se decía con horror. “¡Nunca!” Toda aquella
extremadamente refinada y delicada ternura que Carleon Anthony expresaba en
elegantes versos, inundó el gran cuerpo de aquel hombre, adquiriendo el tamaño de
una pasión que le llenaba de sollozos interiores; el cuerpo de aquel hombre que
nunca en su vida había leído una sola frase de ninguno de esos famosos sonetos que
cantaban al amor caballeresco más civilizado, de aquellos sonetos que... Tú sabes que
están publicados en un volumen. Mi edición tiene el retrato del autor a los treinta
años y, cuando el otro día se lo mostré al señor Powell, exclamó: “¡Fantástico! Podría
pensarse que es el retrato del capitán Anthony, pero...” Quise saber cuál era ese
pero... Sin embargo, Powell no lo aclaró. Había algo... una diferencia. Tenía que
haberla... quizás se trataba del refinamiento. El padre, maniático, cerebral, que rehuía
de manera enfermiza cualquier contacto, sólo pudo cantar con armoniosas rimas lo
que el hijo sentía con sinceridad muda y temeraria.

»Poseído por la conmovedora ilusión que la mayoría de los hombres se hacen


acerca de la debilidad de las mujeres y su fragilidad espiritual, a Anthony le pareció
que corría el peligro de destruir a aquella muchacha, de romper algo muy precioso
en su interior. En parte, eso equivaldría casi a asesinarla. Esto puede parecer excesivo
como influencia de las palabras de Fyne; lo cierto es que Anthony, poco
acostumbrado a la forma de hablar en tierra firme, nunca se detuvo a preguntarse
qué valor podían tener aquellas palabras considerando que provenían de boca de
aquel hombre. De hecho, simplemente el sonido oscuro que éstas tenían resultaba de
todo punto aborrecible para su rectitud innata, curtida y endurecida por los vientos
de los amplios horizontes, clara como el día.
»Deseaba dar rienda suelta a su indignación, pero lo detuvo la actitud
expectante con que ella lo miraba. Su incomodidad era tan notoria que inquietaba a
la joven. El solo era capaz de repetir: “Sí, eres perfectamente honesta. Podrías... pero
me atrevo a decir que tienes razón. En cualquier caso, nunca me has dicho nada que
no hayas sentido”.
»—Nunca —murmuró ella después de una pausa.
»Anthony parecía trastornado, ahogado por una emoción que ella era incapaz

247
de comprender, pues se parecía demasiado a la vergüenza, y ese era un sentimiento
inconcebible en aquel hombre.
»Flora se preguntaba qué cosa tan inconveniente podía haber dicho ella, y
recordaba que en realidad apenas había hablado con él, salvo para brindarle un
escueto resumen de su historia, que él apenas tuvo la paciencia de escuchar,
interrumpiéndola constantemente con exclamaciones de horror y de ira, con
gruñidos fieramente sombríos de “¡Basta! ¡Basta!” y sobresaltos de alarma en medio
de su forzada inmovilidad, como si pretendiera precipitarse afuera de inmediato y
vengarse de todos. Se dijo que Anthony había atrapado sus palabras al vuelo, sin
dejarle nunca terminar de expresar sus pensamientos. Honesta. Honesta. Sí, sin duda
lo había sido. La carta que dirigió a la señora Fyne fue un acto de honestidad. Pero,
con tristeza, se dijo que en realidad nunca había sabido qué decirle a él, que tal vez
no tuviera nada que decirle.
»—Pero verás que yo también puedo ser honesto —estalló él en un tono
amenazante que ella había aprendido a apreciar con un estremecimiento de agrado.
»Ella se preparó para escuchar lo que vendría. Pero él lo dejó suspendido en el
aire. Miró a su alrededor con desagrado, como si pudiera ver en las paredes de la
habitación las huellas de todos los huéspedes ocasionales que la habían ocupado. La
gente habría tenido peleas en aquella habitación, habría caído enferma; en aquella
habitación habría habido pobreza, maldad, tal vez crímenes... y muy probablemente
muerte. No era un lugar adecuado.
Rápidamente agarró su sombrero. Acababa de tomar una decisión. El barco,
aquel barco que conocía desde que había salido del astillero, su hogar... sería el
abrigo de ella... aquel barco honrado, no contaminado, sería el lugar.
»—Vamos a bordo. Hablaremos allí —propuso—. Y vas a tener que
escucharme, porque ocurra lo que ocurra y digan lo que digan, no puedo dejarte
marchar.
»Estarás de acuerdo en que —con recelos o no— ella no podía hacer más que
acompañarlo a bordo. Era lo que habían acordado hacer aquella mañana. Durante el
trayecto, Anthony se mantuvo en silencio. Él era incapaz de condenar
convencionalmente a cualquier ser humano, de menospreciar o despreciar el
infortunio, ni siquiera cuando era merecido. Estaba dispuesto a aceptar al viejo De
Barral, el presidiario, a creer sin la menor reserva en la valoración que su hija hacía
de él. Pero un amor como el suyo, aunque pueda arrastrar a un hombre a la locura
más insensata debido a la conciencia orgullosa de su propia fuerza, posee sagacidad
propia. Y en aquel momento, sintiéndose, gracias a su renuncia, como elevado a una

248
región serena y superior, fue capaz de reflexionar por primera vez en aquellos
últimos días. Y se dijo: “No conozco a ese hombre. Ella tampoco lo conoce. Tenía
apenas dieciséis años cuando lo encerraron. Era una niña. ¿Qué va a decir él? ¿Qué
hará? No —concluyó—, no puedo dejarla con un hombre que aparecerá en este
mundo como salido de la tumba”.
»Subieron a bordo en silencio, y fue después de haberle mostrado el lugar,
cuando ya habían regresado al salón, que la asaltó de aquel modo suyo, fiero y
autoritario. Al principio ella no lo entendía. Entonces, cuando comprendió que él le
estaba devolviendo su libertad, se puso rígida de pies a cabeza, la mano descansando
en el borde de la mesa, el rostro fijo como una escultura en mármol blanco. Todo
había terminado. Aquella abominable institutriz se lo había advertido. Ella era
insignificante, despreciable. Nadie podría amarla. La humillación se aferró a ella
como un sudario frío del que nunca podría despojarse, ni siquiera esa generosa
locura podría darle algo de calor.
»—Sí. Éste será tu hogar. No puedo entregártelo y marcharme, pero es lo
suficientemente grande para los dos. No tengas miedo. Si me lo pides, ni siquiera te
miraré. Recuerda ese hombre de pelo cano en quien has estado pensando día y
noche. ¿Dónde va a descansar? ¿Dónde si no aquí, un lugar en el que nada podrá
hacerle daño? ¿No comprendes que no puedo permitirte que compres mi cobijo con
el pago de tu propia alma? No lo haré. Significas demasiado para mí. Desde que te
conozco me he encontrado a mí mismo y preferiría entregar mi alma al diablo antes
que permitir que rechaces mi amparo. Pero debo tener el derecho.
»Se alejó bruscamente para cerrar la puerta que conducía a cubierta y volvió a
recorrer el camarote repitiendo:
»—Debo tener el derecho legal. ¿Te avergüenza dejar que la gente te crea mi
esposa?
»Abrió los brazos como si fuera a estrecharla contra su pecho, pero contuvo
aquel impulso y agitó los puños cerrados ante ella, repitiendo:
»—Tienes que concederme ese derecho, aunque sólo sea por tu padre. Debo
tener ese derecho. ¿Dónde lo vas a llevar? ¿A casa de ese maldito fabricante de cajas?
No sé qué me impide ir a buscarlo a su virtuoso hogar para aplastarle la cabeza.
Acordarme de él me resulta insoportable. ¡Escúchame, Flora! ¿Oyes lo que te digo?
¿No serás tan orgullosa como para no poder comprender que, como hombre,
también tengo mi orgullo?
»Vio que una lágrima aparecía bajo cada uno de sus párpados entornados y se
deslizaba por sus mejillas blancas. Entonces, bruscamente, Flora abandonó el

249
camarote. Anthony permaneció inmóvil un momento, concentrado, midiendo sus
propias fuerzas, interrogando su corazón, antes de apresurarse a seguirla. Ella ya
había llegado al muelle.
»Al oír las pisadas que la perseguían, su firmeza la abandonó. ¿Cómo iba a
escapar? Cómo escapar de esa nueva perfidia de la vida que se presentaba bajo la
forma de magnanimidad. Incluso la voz de Anthony había cambiado. Sintió que el
torbellino que por un momento la había sostenido la abandonaba, para que volviera
a tropezar, debilitada por la nueva cuchillada, despojada del apoyo moral que es más
importante en la vida que las caridades de la ayuda material. Nunca lo había tenido.
Nunca. Ni por parte de los Fyne. ¿Pero a dónde iba ir? Ah, sí... ese muelle... esa
plácida superficie de agua, tan al alcance. Pero estaba aquel anciano con quien había
caminado de la mano por la orilla del mar. Le parecía verlo venir hacia ella, digno de
lástima, un poco más canoso, con la mirada suplicante y un brazo extendido y
trémulo. Ahora era ella quien debía coger de la mano a aquel hombre agraviado, más
indefenso que un niño. ¿Pero a dónde lo llevaría? ¿A dónde? ¿Y qué iba a decirle?
¿Qué palabras de ánimo, de valor, de esperanza? No las había. El cielo y la tierra
permanecían mudos, indiferentes a su reencuentro. Pero aquel otro hombre se le
acercaba. Ya estaba muy cerca. Su fiera persona parecía irradiar calor, una vibración
perceptible en la atmósfera. Ella estaba agotada, aturdida, temerosa de tropezar,
dispuesta a caer. Le pareció que podía oír la respiración de él. Lina oleada de
lánguida calidez se apoderó de ella, sintió que perdía el contacto con el suelo que
había bajo sus pies y, cuando sintió que él deslizaba la mano bajo su brazo, no hizo el
menor intento de liberarse de ella, que se cerró insinuante y firme.
»Anthony la guió entre los peligros del muelle. Flora tenía la vista nublada.
Un furgón en movimiento le parecía una montaña deslizándose junto a ella. Los
hombres pasaban a su lado como entre brumas y los edificios, los almacenes, los
inesperados espacios abiertos, los barcos, tenían formas que le parecían peligrosas,
distorsionadas, extrañas. Pensó que era bueno no preguntarse por el significado de
todas esas cosas en el plan de la creación —si es que había algo que pudiera estar
dotado de significado—, contemplarlas sólo como materia apilada sin ningún
sentido. Le pareció que jamás había tenido ningún vínculo con este mundo.
Únicamente la unía a él aquel brazo que la asía con firmeza justo por encima del
codo. Aquello era estar cautiva. Que lo fuera. Durante el trayecto que recorrieron
hasta llegar al coche de punto que esperaba junto a las verjas, Anthony le dirigió la
palabra una sola vez, comenzando bruscamente pero en el tono más gentil que había
escuchado jamás de sus labios.
»—Por supuesto que debí suponer que un hombre como yo, un extraño, no te

250
agradaría. Pero quien calla otorga, ¿verdad? No deseo ese tipo de otorgamiento. Y
salvo que un día sientas que puedes hablar... ¡No! ¡No! Nunca te lo pediré. Te irás a
la tumba con los labios sellados si esperas una señal mía. ¡Pero debes hacer lo que te
he dicho!
»Inclinó la cabeza sobre ella con tierno cuidado. Al mismo tiempo, Flora sintió
en su brazo una presión y una sacudida muy discretas pero evidentes.
»—Tienes que hacerlo —fue un pequeño zarandeo que nadie que pasara por
allí habría podido advertir, y además estaban en una zona desierta del puerto—.
Tienes que hacerlo. ¿Me oyes? ¿O prefieres regresar con mi hermana?
»Su tono irónico, tal vez por falta de uso, tenía una ferocidad terriblemente
crispante.
»—¿Volverías con ella? —repitió con el mismo tono extraño—. ¡Tu mejor
amiga! Y le dirías amablemente que lo sientes. ¿Eso harías? ¡No! No podrías. Hay
cosas que ni siquiera tú, pobre niña, podrías soportar, ¿verdad? Antes la muerte. Eso
es. Claro que sí. ¿O acaso estás pensando en llevar a tu padre a casa de ese maldito
primo suyo? ¡No! No digas nada. No podría soportarlo. ¡Te seguiría y aporrearía la
puerta!
»El temblor de su voz la sorprendió porque era muy parecido al de un sollozo.
También se asustó. La idea que le vino a la cabeza fue: “Que no llore”. Él la ayudó a
subir al coche. “Oh, que no llore, que no llore.” Se asustó todavía más cuando vio que
Anthony se estremecía de pies a cabeza. Desconcertada, encogida en un rincón
dentro del coche, aunque evitaba mirarle a los ojos no pudo dejar de notar el temblor
de su boca e hizo un intento desesperado por sonreír, lo que rompió la rigidez de sus
labios e hizo castañetear sus dientes.
»—No te acompaño —le dijo él—. Le diré al hombre... No puedo. Es mejor que
no. ¿Qué ocurre? ¿Tienes frío? ¡Vamos! ¿Qué te ocurre? Sólo se trata de hacer un
trámite en un maldito cuarto mal ventilado, una oficina parecida a un agujero. No
nos llevará ni un cuarto de hora. Iré a buscarte... dentro de diez días. No pienses
demasiado en ello. No pienses en ningún hombre, mujer o niño de esa necia multitud
que entorpece el paso. No pienses tampoco en mí. Piensa en ti. Por fin estarás a salvo,
nada podrá hacerte daño. No digas nada. No te muevas. Yo lo dispondré todo; y
mientras no te disguste mi simple presencia... y sé que no es así... no tienes nada que
temer. Sólo hemos de ir a una de esas ridículas oficinas con un par de chupatintas sin
importancia, pobres diablos que hacen garabatos.
»El coche se alejó con Flora de Barral en su interior, totalmente inmóvil, con la
mente en blanco, simplemente feliz de poder descansar, de estar a solas y tranquila,

251
alejándose sin esfuerzo, en medio de la soledad y el silencio.
»Anthony vagó por las calles durante horas, sin ser capaz de recordar por la
noche dónde había estado... a la manera de un amante jubiloso y feliz. Sin embargo, a
juzgar por su rostro, que no mostraba indicios de anticipar ninguna futura felicidad,
nadie hubiera dicho que era un amante. Jubiloso estaba, pero se trataba de un tipo
especial de júbilo que parecía agarrarlo del cuello como un enemigo.
»Las últimas palabras que Anthony dirigió a Flora se referían a la Oficina del
Registro Civil, donde se casaron diez días más tarde. Durante ese tiempo, Anthony
no vio nada ni vio a nadie, aunque no paró de moverse inquieto, de aquí para allá,
entre hombres y cosas. Ese es el estado especial tan característico de los amantes
corrientes, que, como ya se sabe, sólo tienen ojos para la contemplación, real o
imaginaria, de un único ser humano que para ellos contiene el alma del mundo
entero en toda su belleza, perfección, variedad e infinitud. Debe ser extremadamente
agradable. Pero la felicidad no le estaba permitida a Roderick Anthony. No era un
amante del tipo convencional y se le castigaba por ello, como si la Naturaleza —que
según se dice aborrece el vacío— fuera tan convencional como para aborrecer
también cualquier tipo de conducta excepcional. Roderick Anthony ya había
empezado a sufrir. Tal vez por eso se movía con tanta diligencia entre sus
congéneres, quienes se habrían sentido sorprendidos y humillados de saber la poca
solidez e importancia que tenían a sus ojos. Pero no podían sospechar algo tan
extraño. Durante esa quincena no detectaron nada extraordinario. La prueba de ello
es la buena disposición que tuvieron para negociar con él. De hecho fue entonces
cuando una empresa de agentes marítimos, que desde luego no dudaba de su
cordura, le hizo el ofrecimiento de fletar el barco con la misión especial de dirigirse a
las Islas Hébridas.
»Es probable que pareciera lo bastante sensato para manejar las cuestiones
prácticas de la vida comercial. Pero realmente no estoy seguro de que en aquella
época estuviera perfectamente cuerdo.
»Sea como sea, aceptó la oferta al vuelo. La providencia le ofrecía esa
oportunidad de acostumbrar a la joven a la vida del mar en un viaje relativamente
corto. En aquella época cualquier cosa que ocurriera, todo lo que oía... palabras
casuales, frases inconexas, le parecía una provocación o un estímulo que lo
reafirmaba en su resolución. Lo cierto es que ocuparse de cuestiones materiales y
prácticas es la mejor forma de protegerse de la reflexión, los temores, las dudas...
todas aquellas cosas que se interponen en nuestros logros. Supongo que un sujeto
que se propone degollarse experimenta una suerte de alivio cuando se entretiene en
afilar adecuadamente la cuchilla.

252
»Y Anthony puso un exquisito cuidado en preparar para sí mismo y para la
infeliz Flora una existencia imposible. Y lo hizo sin más temblores que los que
hubiera podido sentir estando relleno de harapos o hecho de hierro y no de carne y
hueso. Recuerda que estoy hablando de una existencia que ya en tierra, en medio de
esa humanidad que tiene tan variados intereses y donde hay infinitas oportunidades
de distraerse y de mantener cierta distancia, resultaría difícilmente concebible, pero
que a bordo de un barco, en el mar, cara a cara, durante días, semanas y meses
juntos, no podía ser más que una auténtica tortura mental, un exquisito y absurdo
tormento. Era un alma sencilla. Su ingenuidad desesperante, masculina, quedó
puesta en evidencia de forma conmovedora en ese gesto de procurarle a Flora una
mujer que la atendiese. La necesidad de que todo fuese perfectamente respetable le
provocó momentos de ansiosa preocupación. Al acordarse de repente de la esposa de
su camarero seguramente exclamaría “¡eureka!” con un júbilo especial. No me
gustaría llamar burro a Anthony, ¡pero ocurrírsele la idea de colocar a cualquier
mujer a una distancia en que puede oler semejante secreto y suponer que no le
seguiría el rastro!
»Ninguna mujer, por sencilla que fuera, sería tan ingenua. No sé qué pensaría
Flora de Barral cuando le comunicó su decisión, entre todos los demás detalles con
los que pretendía hacerla sentirse cómoda. Supongo que, a pesar de su simplicidad,
tuvo que haberse sentido consternada. Anthony se presentó ante ella el día acordado,
en apariencia más tranquilo que nunca. Y precisamente esa tranquilidad, esa actitud
escrupulosa que, por honor, se sentía obligado a asumir entonces y para siempre, a
menos que ella tuviese la condescendencia de hacerle alguna señal en el futuro, fue
otro motivo de pesadumbre que se sumó al corazón de la joven, un corazón inocente
de la más perdonable astucia.
»La última noche Flora había dormido mejor que en las diez anteriores. La
juventud y el cansancio terminan por afirmarse contra la tiranía de la tensión
desgarradora. Había dormido, pero se había despertado con los ojos inundados de
lágrimas. Sin embargo no había ni rastro de esas lágrimas cuando se encontraron en
la pequeña y sórdida antesala de la planta baja. Se las había tragado. No iba a dejar
que las viera. Por honor, se sentía obligada a aceptar para siempre aquella situación,
para siempre... a no ser... ah, a no ser... Disimuló todos sus sentimientos, pero no se
trataba de doblez por su parte. Todo lo que deseaba era alcanzar la verdad, ver qué
saldría de todo aquello.
»Lo venció en el juego del honor que él había propuesto; su perfecta serenidad
terminó por desconcertar un tanto a Anthony. Fue él quien tartamudeó a la hora de
hablar. Sin embargo aquella ferocidad reprimida de su carácter le permitió continuar

253
con suficiente autoridad tras las primeras palabras. Era como si ambos hubieran
mordido el mismo fruto amargo. Él pensaba con profundo pesar no exento de
sorpresa: “Ese Fyne me dijo la verdad. Yo no le importo lo más mínimo”. Se sentía
humillado, pero al mismo tiempo aumentaba su compasión por aquella muchacha
que, en su vida de oscuridad, de lucha y desesperación, había caído en poder de su
voluntad más fuerte, abandonándose en sus brazos como lo haría un naufrago. Por
su parte Flora, con una intuición parcial, pues las mujeres nunca tienen la ceguera
total que aqueja a los hombres, lo miraba con cierta piedad, a la vez que sentía
también piedad hacia sí misma. Era un rechazo, una expulsión: nada nuevo para ella.
Pero a pesar de que a aquellas alturas había dado por muerta toda su sensibilidad,
descubrió que sentía cierto resentimiento ante aquella traición final. Esta vez no se
resignaba. Con una especie de amargura en su interior se decía: “Bueno, aquí estoy.
Aquí estoy, sin tonterías. No es culpa mía ser un despreciable objeto digno de
lástima”. •
»Y todas estas cosas que era capaz de decirse con la conciencia clara le servían
más de lo que la apasionada obstinación de sus propósitos podía servir a Roderick
Anthony. Ella estaba mucho más segura de sí misma que él. Tales son las ventajas de
la mera rectitud por encima de la generosidad más exaltada.
»Y así fue que se casaron, sin que la gente de la casa en que ella se alojaba
abrigara la menor sospecha. Simplemente les llamó la atención que un “caballero
amigo” —un hombre muy correcto, además— visitara a la señorita Smith; era aquella
la primera visita que recibía desde que se hospedaba en esa casa. Cuando regresó, ya
que después regresó sola, hicieron algunos comentarios sobre su salida. A la hora de
las comidas tenía que estar con esa gente, bastante vulgar. La mujer de la casa, una
persona huesuda y cortés, incluso intentó provocar confidencias. A diferencia de lo
que le ocurría al capitán Anthony, ese rostro blanco con profundos ojos azules no les
parecía el rostro del mundo sufriente. Su afligida reserva no tenía el poder de
imponer en ellos el decoro.
»Bueno, regresó sola a casa... como de hecho cabría esperar. Al salir de la
oficina del Registro Civil, Flora de Barral y Roderick Anthony habían estado
paseando por el parque. Supongo que sería un parque del East End, pero no estoy
seguro. Sea como sea, dieron un paseo. Era un día soleado. El le dijo:
»—Todo lo que tengo en el mundo te pertenece. He hecho los trámites
pertinentes sin molestar a mi cuñado. No tienen por qué intervenir.
»Flora caminaba apoyando levemente su mano en el brazo que él le había
ofrecido al salir de la notaría y ella había aceptado en silencio. Llevaba la cabeza baja,
y parecía estar dándole vueltas a algo. Refiriéndose a los Fyne, dijo:

254
»—Han sido muy buenos conmigo.
»Ante esta afirmación, él exclamó:
»—Nunca te comprendieron. Bueno, no te comprendieron bien. Mi hermana
no es una mala persona, pero...
»Flora no protestó, sólo se preguntaba si él creería comprenderla mucho
mejor. Apartando a su familia de sus pensamientos, Anthony continuó:
»—Sí, todo lo que tengo te pertenece. No me he reservado nada. En cuanto al
papel que acabamos de recibir de ese miserable escribano, si no fuera por la ley, no
me importaría que lo rompieras aquí mismo, ahora, en este momento. Pero no lo
hagas, a menos que algún día sientas que...
»De repente se atragantó con saliva. Ella reflexionó, y tras un instante de
vacilación, tuvo el coraje de decidirse:
»—Yo tampoco me he reservado nada.
»¡Lo había dicho! Pero él, en su ciega generosidad, supuso que se refería a su
deplorable historia y se apresuró a refunfuñar:
»—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! No digas más. He pasado muchas noches en
vela pensando en todo eso.
»Hizo un movimiento con el otro brazo, como conteniéndose de agitar el puño
indignado contra el universo, y ella ni siquiera se atrevió a mirarlo. Su voz sonaba
extraña, increíblemente falta de vida en comparación con los apasionados acentos
que tenía en medio del campo ancho y en la oscuridad del jardín; ella había sentido
que esa pasión hacía temblar la tierra bajo sus pies cansados y desesperados.
»Flora lo lamentaba. Al oír que a ella se le escapaba un suspiro, Anthony, en
lugar de agitar el puño contra el universo comenzó a dar golpecitos en la mano que
descansaba en su brazo y luego desistió, de repente, como si se quemara. Entonces,
después de un silencio...
»—Mañana tendrás que ir tú sola. Yo... No, creo que no debo ir. Será mejor
que no. Lo que tendréis que deciros mañana...
»Ella se apresuró a interrumpirlo...
»—Papá es inocente. Fue víctima de un engaño cruel...
»—Sí, por eso mismo —insistió Anthony con ansiedad—. Y tú eres la única
persona capaz de ayudarlo. Sólo tú puedes hacer que se reconcilie con el mundo, si
es que hay alguna posibilidad. Claro que lo harás. Encontrarás las palabras

255
adecuadas. Oh, sabrás hacerlo. Sólo con verte se sentirá aliviado...
»—Es el más noble de los hombres —lo interrumpió ella de nuevo.
»Anthony movió la cabeza.
»—Haría falta una generosidad infinita, una nobleza infinita, para perdonar
una cosa así. Yo en su lugar hubiera preferido que me mataran, que acabaran
conmigo de una vez. No hubiera sido peor para ti... y supongo que era en ti en quien
pensaba mientras esos abogados infernales lo acosaban en el tribunal. En ti. Y ahora
que lo pienso, creo que volver a verte tal vez le traiga a la memoria todo aquello.
Todos estos años, todos estos años en los que tú, su hija, ha estado sola en el mundo.
Yo hubiera enloquecido, incluso de ser culpable...
»—Pero no lo es —insistió Flora de Barral con ferocidad inesperada—. No
debes ni siquiera suponerlo. ¿No has leído los informes del juicio?
»—No supongo nada —se defendió Anthony. Únicamente recordaba haber
oído alguna cosa sobre el juicio. Le aclaró que por entonces no estaba en Inglaterra;
era el segundo viaje del Ferndale. En aquella época iba cruzando el Pacífico desde
Australia y no vio los diarios durante semanas y semanas. Se interrumpió para
sugerirle:
»—Lo mejor será que le digas enseguida que eres feliz.
»Tartamudeó un poco al decir esto, y Flora de Barral le respondió con un
conciso y circunspecto “sí”.
»Siguió un breve silencio. Flora retiró la mano de su brazo. Se detuvieron.
Anthony tenía el aspecto de alguien a quien le ha sobrevenido una catástrofe
totalmente inesperada.
»—Ah —exclamó—. Te parece mal...
»—¡No! Creo que es lo mejor —murmuró ella.
»—Supongo que sí. Supongo que sí. Tráelo directamente a bordo mañana. No
te detengas en ningún sitio.
»Flora sintió por un momento una vaga gratitud, un sentimiento momentáneo
de paz que relacionó con el hombre que tenía ante ella. Levantó la mirada hacia
Anthony. Su rostro era sombrío. Parecía estar a millas de distancia y murmuró como
para sí:
»—Claro que... ¿dónde iba a querer detenerse él?
»—No hay un solo ser en la tierra a quien yo quisiera mostrarle su rostro

256
querido, no lo llevaría ante nadie voluntariamente —dijo Flora, extendiendo la mano
en un gesto de franqueza y con la voz levemente rota—, ante nadie salvo ante ti...
Roderick.
»Él tomó su mano y la sintió muy pequeña y delicada en su ancha palma.
»—Está bien. Está bien —dijo con consciente y viva cordialidad; y de pronto,
como si repentinamente se avergonzara ante el sonido de su propia voz, se dio vuelta
y se alejó de la joven, que permaneció inmóvil. Incluso resistió la tentación de mirar
hacia atrás; y cuando por fin lo hizo ya era demasiado tarde. El sendero de gravilla
estaba desierto hasta la verja del parque. Se había ido... había desaparecido. Sintió
que había perdido una oportunidad. Estaba triste. La excitación que le había hecho
mantenerse en pie durante los últimos diez días ya no lo sostenía. ¡Lo había
conseguido!
»Caminó sin rumbo fijo, presa de una dulce melancolía. Anduvo y anduvo.
Había poca gente en aquel espacio de recreo en medio de un pobre vecindario. Bajo
ciertas condiciones de la vida queda muy poco tiempo para darse un respiro. De
todos modos, había unas pocas personas, aquí y allá, que se permitían ese lujo; por
pocas que fueran, al capitán Anthony, aun siendo el menos selectivo de los hombres,
le molestaba su presencia. La soledad había sido su mejor compañera. Deseaba un
lugar donde pudiera sentarse y estar a solas. Y, presa de esta necesidad, sus
pensamientos se volvieron hacia el mar, que en tantas ocasiones le había procurado
esa agradable soledad. Allí, aunque siempre en compañía de su barco —pero ese
barco era ya una parte de su ser— podía estar siempre tan solo como deseara. Sí.
¡Hacerse a la mar!
»La noche de la ciudad, con sus hileras de luces, rígidas y entrecruzadas como
una red de llamas arrojada sobre la sombría inmensidad de negras paredes, se cerró a
su alrededor, con un brillo artificial por el que se colaba una intensa negrura, con una
especie de animación antinatural propia de una humanidad inquieta y excesiva. Sus
pensamientos, que, en cierto sentido lo inclinaban a compadecerse de cada sombra
que pasaba a su lado, de cada persona que distinguía bajo la luz de alguna farola,
descansaron al fin en una figura que no se hallaba presente aquella noche. Una figura
que le era desconocida, que hasta la mañana siguiente permanecería encerrada tras
altos e infranqueables muros de piedra o ladrillos... La figura del padre de Flora de
Barral. De Barral el financiero... el presidiario.
»Hay algo en esa palabra, con sus connotaciones de culpa y castigo, que nos
fuerza a detener el pensamiento. Nos sentimos en presencia del poder de la sociedad
organizada... algo ya de por sí misterioso y más misterioso aún por lo que implica.
Culpable o inocente, era como si el viejo De Barral hubiera estado en las Regiones del

257
Infierno. Imposible imaginar qué traería de allí para ponerlo a la luz de este mundo
dé hombres no condenados. ¿Qué pensaría? ¿Qué tendría que decir? ¿Y qué podría
uno decirle?
»Anthony, algo sobrecogido, como siempre que se está ante una gama de
sentimientos que se extiende más allá de lo que uno alcanza a comprender, se
consolaba con la idea de que era probable que el viejo tuviera poco que decir. No
desearía hablar de lo ocurrido. Nadie desearía hacerlo. Tuvo que haber sido un
auténtico infierno para él.
»Y entonces Anthony, al final de aquel día en que había celebrado su
ceremonia nupcial con Flora de Barral, dejó de pensar en el padre de Flora salvo para
considerarlo, de algún modo, como el cautivo de su triunfo. Se recreó en el recuerdo
de aquel rostro blanco, delicado, atractivo, de grandes ojos azules, que había visto
llorar, maravillarse y mirarlo intensamente, a veces con incredulidad, a veces con
dudas y tristeza, pero siempre irresistible por su capacidad de abrirse camino hasta
su pecho, de provocar allí una profunda respuesta que era algo más que amor —se
decía— tal como los hombres lo entienden. ¿Algo más? ¿O era simplemente otra
cosa? Sí. Era otra cosa. Más o menos. Algo tan increíble como la realización de un
sueño sorprendente e insólito en el cual podía sostener el mundo entero entre sus
brazos —todo el mundo sufriente— no para poseer su lastimada belleza, sino para
consolarlo y acariciarlo en su dolor.
»Anthony caminó lentamente hacia su barco y esa noche durmió sin soñar.

258
CAPÍTULO V
EL GRAN DE BARRAL

—Realmente el salón del Ferndale se había remodelado por completo para


recibir a la “desconocida”. Había perdido la suavidad de su decorado antiguo,
deslucido. Y al mirar a su alrededor Anthony pudo apreciar el fulgor, los destellos, el
color de las cosas nuevas, sin estrenar, muy brillantes... demasiado brillantes. Los
trabajadores habían terminado apenas la noche anterior y lo último que habían hecho
había sido colocar las pesadas cortinas enrolladas en el centro del salón, que al
soltarse lo dividían en dos, con lo que la parte trasera, donde estaba la escalera de
toldilla9 que conducía directamente a la popa, quedaba separada de la parte anterior
con su salida a cubierta, creando una especie de rincón íntimo dentro de un espacio
ya íntimo, como si el capitán Anthony necesitase colocar más y más obstáculos entre
su nueva felicidad y los hombres que compartían con él la vida en el mar.
Inspeccionó aquella nueva disposición con una mirada de aprobación y luego visitó
el resto de las reformas, terminando por abrir una puerta que conducía a un
camarote grande formado por dos que se habían unido. Estaba muy bien amueblado
y, en lugar de la sencilla cama que era habitual encontrar en los camarotes, había allí
una sofisticada cama-mecedora de último modelo. Anthony la empujó un poco para
probarla. “El viejo estará muy cómodo aquí”, se dijo, y regresó al salón tras cerrar la
puerta suavemente. Entonces se dio cuenta de algo, algo que era obvio pero que
curiosamente se planteaba por primera vez. ‘¡Por Dios! Qué sorpresa va a llevarse”,
eso fue lo que pensó Roderick Anthony.
»Se dirigió apresuradamente a cubierta:
»—Señor Franklin, señor Franklin.
»El oficial no estaba muy lejos.
»—Oh, aquí está. La señorita... la señora Anthony vendrá pronto a bordo.
Avíseme en cuanto vea el coche.
»Entonces, sin percatarse de la tristeza que reflejaba el rostro del oficial, volvió
a retirarse. Ni una palabra amistosa, ninguna observación de índole profesional ni
ninguna broma, ni siquiera un sencillo y convencional “bonito día”. Nada. Sólo se
dio media vuelta y se marchó.

9Cubierta parcial que tienen algunos buques a la altura de la borda, desde el palo mesana al
coronamiento de popa. (N. del T.)

259
»Sabemos que, llegado el momento, lo pensó mejor y prefirió encontrarse con
el padre de Flora en la intimidad del camarote principal que con tanto esmero había
acondicionado. Resulta difícil explicar por qué Anthony de algún modo se echó atrás
ante la posibilidad del contacto, es extraño en un hombre como él, con suficiente
confianza en sí mismo no sólo para afrontar sino además para crear, impulsado por
su audaz generosidad, una situación casi de locos. Tal vez cuando salió a la popa
para echar un vistazo vio que aquel hombre tenía un aspecto tan diferente a lo que
esperaba que prefirió encontrarse por primera vez con él en un sitio privado.
Probablemente el secreto de su relación con la joven pudo haber influido en él.
Quizás estaba consternado. La llegada de aquel hombre contribuyó a que se hiciera
consciente de la necesidad de decir y actuar una mentira, de parecer lo que no era y
nunca podría ser salvo, salvo...
»En resumen, si te parece bien, diremos que por varias razones, relacionadas
todas ellas con la delicada rectitud de su naturaleza, Roderick Anthony —un hombre
del que su primer oficial solía decir que no sabía lo que era el miedo— estaba
atemorizado. Existe una Némesis que alcanza también la generosidad, como todas
las demás imprudencias de los hombres que se atreven a ser orgullosos y despreciar
la ley...
—¿Por qué dices eso? —pregunté; Marlow se había interrumpido de repente y
se mantenía en silencio a la sombra de la biblioteca.
—Lo digo porque el hombre que el azar había arrojado al camino de Flora era
ambas cosas: orgulloso y sin ley. No importa que él lo supiera o no. De hecho es muy
probable que no lo supiera.
Uno puede lanzarle un guante a la cara a la naturaleza y al propio sufrimiento
moral con absoluta inocencia, con una sencillez que adopta el aspecto de un
engreimiento perfectamente satánico. Sin embargo, como ya he dicho, no importa el
hecho de que se haga de manera inocente. De todos modos es una transgresión y hay
que pagar por ella de la forma habitual. Pero no tiene importancia. Me he detenido
porque, tal como Anthony, temo enfrentarme al viejo De Barral.
»Recordarás que yo alcancé a verlo una vez. No era un tipo demasiado
impresionante: alto, delgado, erguido, tieso, desvaído, de pasos cortos y
movimientos suaves, voz baja y uniforme. Cuando el mar estaba agitado no solía
aparecer en cubierta... al menos no paseaba por allí. Como mucho, pasaba
agarrándose a todo lo que podía y se arrastraba hasta llegar a la lumbrera, donde
permanecía horas sentado. Nuestro entonces joven amigo se ofreció a ayudarle una
vez y aquella ocasión fue el comienzo de algo parecido a una amistad. Se aferraba a
uno con fuerza... me dijo Powell, en sentido literal. Powell siempre procuraba

260
ayudar, ayudar sobre todo a la señora Anthony, porque el viejo se aferraba a ella con
tanta fuerza que Powell temía que la hiciera caerse al suelo, a pesar de que ella
pronto adquirió firmeza en su caminar, incluso cuando las condiciones atmosféricas
eran adversas. Y por entonces Powell era el único dispuesto a echarles una mano, ya
que Anthony parecía tener miedo de acercárseles; Franklin, que no perdonaba,
miraba siempre hacia otra parte lleno de ira; el contramaestre, si estaba allí, actuaba
del mismo modo, aunque con timidez; y los marineros que se encontraran en la popa
—en un barco los sentimientos se extienden de manera misteriosa— lo evitaban
como si se tratase del mismísimo diablo.
»Sabemos cómo llegó a bordo. Por mi parte, sé tan poco de cárceles que no
tengo ni la más remota idea de cómo se sale de ellas. Esa liberación me parece una
operación tan abominable como la otra, el encierro, un portazo, el deslizarse de un
pestillo, el choque y ese silencio vacío ahí fuera... donde un instante antes uno
estaba... estaba... y ya no puede estar. Completamente diabólico. ¡Y la liberación! No
sé qué es peor. ¿Cómo lo harán? Tiran de la cuerda, la puerta se abre de golpe, el
hombre sale por ella: ¡Fuera! ¡Adiós!10 Y en ese espacio del que un segundo antes uno
no formaba parte, en ese espacio silencioso aparece una figura que se aleja, cojeando.
¿Por qué cojeando? No lo sé. Es así como me lo imagino. Se tiene la idea de que ha de
haber un proceso de deterioro, de mutilación, de que el individuo forzosamente debe
regresar dañado de alguna forma sutil. Admito que se trata de una fantasía, pero no
puedo evitar que me influya. Por supuesto, sé que se emplean los mejores
procedimientos y maquinaria diseñados por la humanidad, y con juicioso cuidado.
Sé que parezco absurdo, sin duda, pero de todos modos... Sí, es estúpido. Cuando
paso por uno de esos sitios... ¿te has dado cuenta de que hay algo infernal en cada
una de sus piedras o ladrillos, algo malvado, como si la materia disfrutara su
venganza sobre el despreciable espíritu del hombre? ¿Lo has notado? ¿No? ¿Eh?
Bueno, quizás sea que yo estoy un poco obsesionado en relación a este tema. Cuando
paso por uno esos sitios, tengo que volver la vista. Yo tampoco hubiera podido ir a
recibir a De Barral. Me habría echado atrás ante tan dura prueba. Ya has visto que al
parecer Anthony —un hombre indudablemente valiente— también retrocedió.
Aquella fantasía del pequeño Fyne, los tres viajando en el fatídico coche de punto —
¿recuerdas?— se apartó bastante de la verdad. En el coche había sólo dos personas:
Flora no se echó atrás. Las mujeres son capaces de soportarlo todo. Esas adorables
criaturas dejan de lado la imaginación cuando deben enfrentarse a los sólidos hechos
de la vida. Dejo de lado las cuestiones sentimentales. Eso es algo totalmente distinto.

10 Curiosamente en español y cursiva en el original. (N. del T.)

261
Allí retroceden o corren a abrazar los fantasmas de su propia creación del mismo
modo que lo haría cualquier hombre tonto.
»No. Supongo que Flora cumplió con su deber de un modo razonable. ¡Y
cómo no iba a ser así! Aquel era el momento para el que había estado viviendo, lo
único que la ataba a la existencia. Oh, sí. Los Fyne la habían ayudado. Y con
amabilidad, desde luego. Con amabilidad. Pero eso no basta. Hay una forma amable
de ayudar a nuestros congéneres que puede romperles el corazón, al tiempo que
salva su envoltura exterior. Qué frío, qué frío infernal tuvo que sentir... salvo cuando
la hacían arder de indignación o de vergüenza. Sabemos que no sólo de pan vive el
hombre, pero que me ahorquen si no creo que hay mujeres que pueden vivir sólo de
amor. Si existe una llama en los seres humanos que se alimenta con diversos
ingredientes terrenales y espirituales que la tiñen de distintos matices, creo que veo
de qué color es la llama de ellas. Es azul celeste... ¿De qué demonios te ríes?
Marlow dio un salto y se apartó de la sombra como si la indignación lo
impulsara, pero había en sus labios el esbozo de una sonrisa.
—Dices que no conozco a las mujeres. Tal vez. Puede que sea mejor no
acercarse demasiado a su santuario. Pero tengo un concepto claro de la mujer. En
todas ellas, arpía, coqueta, gruñona, lavandera, intelectual, proscrita, o incluso en la
tonta corriente del comercio corriente, queda algo, aunque sólo sea una chispa. Y
donde hay una chispa, siempre puede haber una llama...
Volvió a colocarse a la sombra y se sentó.
—No estoy diciendo que Flora de Barral fuera el tipo de mujer que puede
vivir sólo de amor. De hecho, había logrado vivir sin él. Pero, de todos modos, a
pesar de la falta de confianza en sí misma y en los demás, buscaba amor, cualquier
clase de amor, como es propio de las mujeres. Y esa maldita cárcel era el único lugar
donde creía poder encontrarlo... ya que no tenía razones para desconfiar de su padre.
»Llegó puntual. La imagino contemplando, desde el otro lado de la carretera,
aquellos muros que eran, hablando con propiedad, terribles. En las líneas y ángulos
de aquella nefasta mole uno creía poder percibir la caída del tiempo, gota a gota,
hora tras hora, hoja por hoja, con una lentitud suave e implacable. Y una melancolía
silenciosa se cierne sobre uno, invasora, aplastante como un sueño, penetrante y letal
como un veneno.
»Cuando apareció De Barral Flora experimentó una especie de sacudida al ver
que estaba tal como lo recordaba. Tal vez era un poco más pequeño. Por lo demás no
había cambiado nada. Ya sabes que se sale de allí con la misma ropa que se llevaba al
entrar. No sé si él esperaba encontrarla. Sin duda la buscaría con la mirada. ¿La

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reconocería? Es muy probable que sí. Flora cruzó la carretera y, como por alguna
jugarreta mágica, inmediatamente se reprodujo, con años de distancia, aquella escena
tan familiar de la Explanada de Brighton: el financiero De Barral caminando de la
mano de su única hija. Uno sale de la cárcel con la misma ropa que llevaba el día que
fue condenado, no importa cuánto tiempo haya estado allí. ¡Oh, la ropa se conserva!
¡Dura! Pero hay algo que la vida carcelaria conserva incluso mejor que la ropa
almacenada: la fuerza, la intensidad de los sentimientos. Lo mismo pasa en un
monasterio, la diferencia es que en el enclaustramiento profano de una cárcel uno
está únicamente a merced de sí mismo, pues Dios y la Fe no se hallan presentes.
Mientras que las personas del exterior dispersan sus afectos, en la cárcel uno atesora
los suyos, los cultiva hasta hacer que ganen intensidad. Todo aquello que afuera los
hombres dejan escapar, lo que olvidan con cada movimiento, con cada cambio de la
vida en libertad, uno lo aferra con todas sus fuerzas, lo amplifica, lo exagera,
convirtiéndolo en un fértil cultivo de recuerdos. Quienes están fuera pueden
sonreírse ante los problemas y dolores del pasado, pero no quien está dentro. Los
viejos dolores te siguen royendo el corazón, los viejos deseos, los viejos engaños, los
viejos sueños te asaltan en la quietud total del presente, donde nada se mueve salvo
los irrecuperables minutos de la vida.
»De Barral había salido y, al principio sin habla, era conducido por su hija,
antes de haber tomado posesión del mundo libre. Flora supo controlarse. Caminaron
un buen trecho rápidamente. El coche estaba a la vuelta de la esquina... bueno, a la
vuelta de varias esquinas. De Barral parecía nervioso, jadeaba, ella lo ayudó a subir al
coche y subió tras él. Una vez dentro de aquella caja rodante, al volverse hacia
aquella presencia recién recuperada con el corazón demasiado desbordado para decir
una palabra, sintió que el deseo de llorar que hasta entonces se había esforzado en
contener la abandonaba de repente, y también su exaltación, una mezcla de congoja y
de júbilo, se calmaba. Todas las fibras de su cuerpo, que por un momento se había
relajado presa de la ternura, se endureció al mirarlo de cerca a la cara. Estaba
distinto. Había algo. Sí, había algo entre ellos, algo duro y a la vez impalpable, el
fantasma de aquellos altos muros.
»¡Qué viejo estaba! ¡Qué distinto!
»Intentó alejar esa impresión, sorprendida y asustada por ella, por supuesto. Y
también llena de remordimiento. Naturalmente.
Le echó los brazos al cuello. De Barral le devolvió el abrazo torpemente, como
si no tuviera un perfecto control sobre sus brazos, con una presión titubeante e
insegura. Flora ocultó el rostro en su pecho. Se separaron y, al poco rato, el coche
trotaba hacia los muelles, con esas dos personas sentadas en esquinas opuestas, lo

263
más lejos posible la una de la otra.
»Tras un silencio en el que ambos se entregaron al examen mutuo, De Barral
articuló su primera frase coherente fuera de los muros de la cárcel.
»—Lo que me hicieron fue por envidia. Envidia. La mayoría de ellos
reventaban de envidia con sólo mirarme. Me iba demasiado bien. Por eso fueron a la
Fiscalía Pública...
»Ella repuso con premura:
»—¡Sí! ¡Sí! Lo sé.
»Y él la miró con resentimiento, como si le diera rabia que aquella niña se
hubiera convertido en una mujer joven sin esperar a que él saliera de la cárcel.
»—¿Qué sabrás tú de eso? —espetó—. Eras demasiado pequeña.
»Hablaba en voz baja. ¡Aquella voz, aquella voz de antaño! Ella se estremeció.
Reconocía aquella dulzura insulsa, sin matices, siempre idéntica dijera lo que dijese.
Y recordó que cuando iba a verla él nunca tenía mucho que decirle. Era ella quien
hablaba y hablaba durante sus paseos, mientras él, erguido y con la cabeza rígida,
soltaba de vez en cuando alguna palabra amable.
»Conmovida ante aquellos recuerdos que de pronto despertaban, le explicó
que durante el último año había leído y estudiado a conciencia el informe del juicio.
»—Examiné los archivos de varios periódicos, papá.
»Él la miró con suspicacia. Era probable que los informes fueran muy
incompletos. Sin duda los reporteros habrían tergiversado los hechos. Estaban
decididos a no darle una oportunidad, ni en el tribunal ni ante la opinión pública. Se
trataba de una conspiración...
»—Mi abogado también era un tonto —añadió—. ¿Te diste cuenta? Un
perfecto imbécil.
»Ella le tocó el brazo con ternura.
»—¿Crees que vale la pena hablar sobre algo tan terrible? Ahora ya queda tan
lejos.
»Sintió un ligero estremecimiento al pensar en todos aquellos horribles años
pasados, sin sospechar que para él todo había ocurrido apenas ayer. De Barral cruzó
los brazos sobre su pecho, se recostó en su rincón y bajó la cabeza, pero, al poco rato,
la levantó con una sacudida para preguntar de repente:
»—¿Quién se ha quedado con el Ferrocarril del Valle Solitario? Iban

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principalmente detrás de eso. Alguien se lo tiene que haber quedado. Fueron Parfitts
y Compañía... ¿verdad? O fue aquel tal Warner...
»—No... no lo sé —respondió ella, bastante asustada al ver que a él le
temblaban los labios.
»—¡No lo sabes! —exclamó en voz baja. Así que su primo no se lo había dicho.
Ah, claro. Los había dejado... es cierto. ¿Por qué? Esa fue la primera pregunta que le
hizo sobre su persona, pero Flora no respondió. No quería hablar de aquellos
horrores. Eran indescriptibles. De todos modos se dio cuenta de que él no esperaba
una respuesta, pues le oyó murmurar para sí que “allí había medio millón
acumulado, en mano de obra y en material”.
»—No debes pensar en esas cosas, papá —le dijo con firmeza. Y él le preguntó
con aquella dulzura imperturbable, en la que ella creyó percibir esta vez algunos
matices desagradables, que en qué otra cosa iba a pensar. Si lo hubieran dejado en
paz uno o dos años más, a él y a todos los demás les habría ido bien, se hubieran
bañado en dinero y ella, su hija, hubiera podido casarse con cualquiera... con quien
quisiera. Hasta con un noble.
»Le parecía que todo eso había sido ayer, un largo ayer, un ayer que había
repasado, analizado, estudiado innumerables veces año tras año. Todo lo ocurrido
conservaba para aquel anciano una intensidad y una fuerza que su hija, habiendo
vivido apartada del mundo, no podía ni siquiera sospechar. Ella era para él la única
figura viva de ese pasado y tal vez fuera con perfecta buena fe que añadió fríamente,
inexpresivo y con los labios en tensión:
»—Puedo decir que he sobrevivido sólo por ti. Supongo que lo comprendes.
Sólo estábamos tú y yo.
»Conmovida por esta declaración, y a la vez sorprendida de no sentir más
calor en su corazón, Flora murmuró algunas palabras de cariño, mientras sentía
crecer su preocupación ante la nueva situación de la que debía pasar a ponerle al
corriente. Con ansiedad había esperado que él le hiciera preguntas acerca de ella... y
al tiempo que lo deseaba, se encogía sólo de pensar en las respuestas que debería
darle. Pero su padre parecía no sentir la menor curiosidad, cosa extraña y
antinatural. Por lo visto no iba a haber preguntas. Sea como sea, sus últimas palabras
de algún modo le brindaban una oportunidad de comenzar. Y comenzó. Comenzó
diciendo que siempre había sentido que había esa comunión entre los dos. Sólo
estaban ellos dos y debían vivir el uno para el otro. ¡Si supiera lo que había tenido
que soportar!
»Instalado en su rincón, con los brazos cruzados, De Barral contemplaba la

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calle desde la ventanilla del coche. En realidad aquel hombre había cambiado muy
poco. Tenía la misma expresión inmóvil, la misma mirada desvaída que Flora se
había acostumbrado a ver cuando caminaban cogidos de la mano por la explanada y
ella levantaba la vista hacia su rostro al tiempo que hablaba y hablaba. Era la misma
figura silenciosa y erguida dispuesta a entrar en cualquier momento a cualquier
tienda para comprarle cualquier cosa que a ella se le ocurriera pedir. A Flora de
Barral le falló la voz. Él le dirigió aquella mirada que tan bien recordaba, aquella en
la que de niña nunca había sabido leer nada, salvo la conciencia de su propia
existencia. Y eso era suficiente para una niña que nunca había conocido
demostraciones de afecto. Pero ahora, después de una vida tan hambrienta de todo
sentimiento, eso ya no le bastaba. ¿De qué podía servir contarle ahora la historia de
todos aquellos sufrimientos que pertenecían ya al pasado, de todas aquellas
dificultades y humillaciones abrumadoras? Bastante difícil era ya lo que no tenía más
remedio que decirle. Se decidió a empezar con un alegre comentario:
»—Ni siquiera me has preguntado a dónde te llevo...
»De Barral se sorprendió, como un sonámbulo al que despiertan de repente, y
su mirada cobró de pronto cierto significado, parecía estar reflexionando muy
alarmado. Abrió lentamente la boca. Flora continuó con una alegría forzada:
»—No lo adivinarías jamás.
»Él esperó, todavía más sorprendido y suspicaz:
»—¡Adivinar! ¿Por qué no me lo dices?
»De Barral descruzó los brazos y se inclinó hacia ella, que aprovechó para
cogerle una mano.
»—Primero debes saber... —hizo una pausa y, tras un esfuerzo añadió—:
Estoy casada, papá.
»Por un momento permanecieron perfectamente inmóviles, dentro de aquel
coche que avanzaba con un trote monótono por las estrechas y animadas calles de la
ciudad. Flora podía haber esperado cualquier reacción, pero no que él retirara su
mano de la de ella, como si quemara o estuviera contaminada. De Barral, recién
salido de ese encierro tormentoso que es la cárcel —donde nunca acontece nada— no
había previsto ni por asomo semejante noticia. Fue como si se hubiese atragantado.
Con la voz estrangulada, gritó:
»—Tú... ¿casada? ¡Tú, Flora! ¿Cuándo? ¡Casada! ¿Para qué? ¿Con quién?
¡Casada!
»Sus ojos, azules como los de ella, aunque desvaídos, sin profundidad,

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parecían a punto de salirse de sus órbitas. Realmente daba la impresión de estar
ahogándose. Incluso se llevó la mano a la garganta...

»Sabes —continuó Marlow a la sombra de la biblioteca, casi invisible en las


profundidades de la butaca—, la única vez que lo vi me dio una impresión de total
rigidez, como si se hubiera tragado un palo. Pero por lo visto podía desmoronarse.
Me cuesta imaginarlo. Pero en cierto sentido entiendo que se desmoronase en su
rincón del coche. Lo inesperado de la noticia tuvo que aplastarlo. Flora lo miró
perpleja, con lástima, un tanto desilusionada y asintió con gravedad: Sí, casada. Lo
que no le gustó fue verlo esbozar una sonrisa que distaba mucho de ser una sonrisa
capaz de alentar la devoción de una hija. Había en aquella sonrisa algo
involuntariamente salvaje. El viejo De Barral todavía no había logrado recuperar el
control sobre sus músculos, pero sí recuperó la dulzura de su voz:
»—Estabas diciendo que en todo el ancho mundo tú y yo sólo nos tenemos el
uno al otro.
»Flora pudo entrever la mordaz intención que acechaba en la suavidad de
aquel tono, en esas palabras que irónicamente aludían a las suyas. Y se defendió.
Nunca, ni por un solo instante, había dejado de pensar en él. El repuso que tampoco
él había dejado de pensar en ella, con el énfasis más siniestro de que fue capaz.
»—Pero, papá —gritó Flora—, yo no he estado encerrada como tú —se atrevía
a mencionarlo porque tenía la convicción de que él era inocente. No lo habían
comprendido. La suya fue una desgracia de las más crueles, aunque no más que una
enfermedad, un accidente mutilante o cualquier otro azote del destino ciego—. Y
ojalá lo hubiera estado. He vivido sola en el mundo, en este mundo horrible, el
mismo que tan mal te ha tratado a ti.
»—¿Y no pudiste estar en él sin dejar de encontrar a alguien de quien
enamorarte? —preguntó.
Un arrebato de cólera celosa afectó su cerebro como el espíritu del vino,
elevándose desde las profundidades secretas de su ser, tanto tiempo privado de
cualquier tipo de emoción. Las marcas de las comisuras de sus labios se hicieron más
pronunciadas ahora que sus mejillas se hinchaban. Las imágenes y apariciones
obsesionan con una fuerza especial a los hombres retirados de las visiones y sonidos
de la vida activa.
»—¡Y no hice más que pensar en ti! —exclamó despectivamente entre
dientes—. ¡Pensar en ti! Te digo que me atormentabas.

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»Flora se dijo que había un ser que la amaba.
»—Entonces nos atormentábamos el uno al otro —declaró ella con una
punzada de remordimiento. Porque en realidad él la había atormentado casi hasta el
punto de hacerla abandonar este mundo, hasta el punto de conducirla a una
deserción final e irremediable—. Algún día te contaré... No. Creo que nunca podré
contártelo. Hubo un momento en que enloquecí. ¿Pero qué importa? Todo eso ha
terminado. Lo olvidaremos todo. No habrá nada que nos lo recuerde.
»De Barral se encogió de hombros.
»—Creo que es una locura que te hayas atado a... ¿Cuánto hace que te casaste?
»Ella respondió:
»—No hace mucho —pues esa fue la única respuesta que se atrevió a dar.
Todo era tan distinto a como lo había imaginado.
Él quiso saber por qué no le había contado nada en sus cartas, en su última
carta. Ella explicó:
»—Fue después.
»—¡Tan reciente! —exclamo—. ¿No pudiste esperar al menos a que yo saliera?
Me lo podías haber dicho, habérmelo consultado. Dejarme saber...
»Flora negó con la cabeza y De Barral quedó consternado. Pensó para sí:
¿Quién será? Algún joven tonto, deplorable, sin un penique. O tal vez un bribón. No
hizo ningún gesto expresivo, pero se retorció las manos hasta que le crujieron los
nudillos. La miró. Era bonita. Habría dado con algún canalla de baja estofa que
después la abandonaría. Algún vagabundo persuasivo...
»—No pudiste esperar, ¿eh?
»Ella volvió a negar discretamente con la cabeza.
»—¿Por qué no? ¿Por qué tanta prisa?
»Ella bajó la mirada.
»—Era necesario. Sí. Fue precipitado, pero era necesario.
»De Barral se inclinó hacia ella, la boca abierta, los ojos salvajes, reflejando una
intensa cólera, pero al encontrarse con el candor absoluto de su mirada, se volvió a
desplomar en su rincón.
»—Así que os enamorasteis tremendamente... ¿fue eso? No pudisteis permitir
que un padre tuviera por lo menos un día a su hija para él solo, después de una

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separación... una separación como la nuestra. Tú sabías que yo nunca tuve a nadie.
No tenía amigos. ¿Qué tenía que ver yo con esa gente que uno conoce en la City? Los
mejores están dispuestos a degollarte. ¡Sí! No importa que sean hombres de negocios,
caballeros, cualquier clase de hombres o mujeres... acabarían contigo por despecho o
por conseguir algo. Oh, sí, son capaces de soltarte bellos discursos si piensan que
pueden sacarte algo... —su voz era apenas un murmullo, pero cada palabra le llegaba
a Flora con tanta claridad como si estuviera cargada con todo el poder conmovedor
de la pasión—. Mi niña, yo los veía adularme y me decía: “¡Y a mí qué me importa
todo eso! Soy un hombre de negocios. Soy el gran De Barral...” Sí, sí, había quien
hacía una mueca con la boca al oír mi nombre, pero yo era el gran De Barral... y tenía
a mi hijita. Nunca necesité ni tuve a nadie más.
»Una emoción sincera había despegado sus labios, pero las palabras que salían
de ellos no eran más fuertes que el murmullo de una brisa ligera. Y ese murmullo
pronto se extinguió.
»—Precisamente por eso —dijo Flora en voz baja.
»Sin despegar los ojos de ella De Barral se quitó el sombrero. Era un sombrero
de copa. El mismo que había llevado en el juicio. Aquel sombrero que aparecía en las
pequeñas reseñas de todos los diarios ilustrados. ¡Se sale de la cárcel con la misma
ropa que se llevaba al entrar, pero la reclusión cuenta! Es bien sabido que imágenes
espeluznantes acosan a los hombres que viven aislados, a los monjes, a los
ermitaños... ¿por qué no a los presos? De Barral el presidiario se quitó el sombrero de
seda que había llevado De Barral el financiero y lo depositó en el asiento delantero
del coche. Después hinchó los carrillos. Estaba colorado.
»—¿Y qué es lo que ocurre? —comenzó de nuevo con aquella voz contenida—
. Que aquí estoy; derrotado, destruido por culpa de la envidia, la malicia y la falta de
compasión. Salgo en libertad... ¿y qué es lo que encuentro? Me encuentro con que a
mi hija Flora le ha dado por casarse con un hombre cualquiera, tal vez un idiota,
cómo voy a saberlo... o tal vez... en cualquier caso, no puede ser lo suficientemente
bueno.
»—No sigas, papá.
»—Con toda probabilidad se trata de una estupidez —continuó en un tono
monótono torciendo sus delgados labios, hundidos en las malaventuradas comisuras
de su boca—. Y además resulta muy sospechoso por parte de una hija devota.
»Flora trató de interrumpirlo, pero él continuó, hasta que finalmente ella le
tapó la boca con una mano. De Barral abrió los ojos como platos, pero permaneció en
silencio cuando ella retiró la mano.

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»—Espera, debo decirte... Ante todo, papá, tienes que entender una cosa, la
más importante: él es el hombre más generoso del mundo. Es...
»De Barral, muy quieto en su rincón, hizo un esfuerzo para conseguir
murmurar:
»—Estás enamorada de él.
»—¡Papá! Fue él quien se acercó a mí. Yo pensaba en ti. No tenía ojos para
nadie. Ya no podía soportarlo más. Fue entonces cuando él llegó. Justo entonces. En
un momento en que... en que iba a darme por vencida.
»Contempló sus ojos de un azul desvaído como buscando comprensión,
ánimo, serenidad... alguna palabra de apoyo. El declaró mortecinamente:
»—Me gustaría retorcerle el pescuezo.
»En su interior Flora profirió la exclamación propia de quienes se hallan
abrumados, “¡Ay, Dios mío!”, y lo miró con ojos asustados, pero De Barral no parecía
enfurecido ni en modo alguno imponente. Esto la tranquilizó. Guardaron silencio
durante un rato. De repente, De Barral preguntó:
»—Entonces, ¿cuál es tu apellido?
»Por un instante, en medio de aquella situación conflictiva, Flora no
comprendió el significado de la pregunta. Luego, con el rostro ligeramente
enrojecido, murmuró: “Anthony”.
»Su padre, con una mancha de rubor en cada mejilla, apoyó la cabeza con
cansancio en su rincón del coche.
»—Anthony. ¿Y quién es? ¿De dónde salió?
»—Papá, fue en el campo, en un camino...
»De Barral rugió “en un camino” y cerró los ojos.
»—Es demasiado largo para explicártelo ahora. Tendremos mucho tiempo.
Hay cosas que ahora no podría contarte. Pero algún día... algún día... porque ya nada
podrá separarnos. Nada. Mientras vivamos estaremos a salvo... nada podrá
interponerse entre nosotros.
»—Estás encaprichada con ese individuo —observó De Barral sin abrir los
ojos.
»Y ella repuso en voz baja:
»—Confío en él. Los dos debemos confiar en él.

270
»—¿Quién demonios es?
»—Es hermano de la señora... tú conoces a la señora Fyne, ella conocía a
mamá... fue muy amable conmigo. Yo estaba en el campo, en una casita campestre,
con los Fyne. Allí nos conocimos. Él llegó de visita y se fijó en mí. Yo... bueno... ahora
estamos casados.
»Flora agradecía que él tuviera los ojos cerrados. Eso le facilitaba la tarea de
hablar sobre un futuro que ella había dispuesto y que ahora era inalterable. No se
adentró por el camino de las confidencias. Eso era imposible. Sentía que no la
comprendería. También notaba que él sufría. Una y otra vez sentía que una gran
ansiedad se apoderaba de su corazón llenándolo de un misterioso sentimiento de
culpa... como si hubiera entregado a su padre a manos de un enemigo. Con los ojos
cerrados, De Barral tenía un aire meditativo, piadoso y agotado. A ella le daba
miedo. De pronto sintió que una gran compasión por él llenaba su corazón. Y en el
fondo había remordimiento. El rostro de su padre se contraía casi
imperceptiblemente de cuando en cuando. De Barral logró mantener los párpados
cerrados hasta que oyó decir que el “esposo” era un marino y que él, el padre, sería
conducido directamente a bordo de un barco listo para zarpar y alejarse de este
mundo abominable de traiciones y desdenes y envidias y mentiras, lejos, lejos, al mar
azul, el refugio seguro, inaccesible, puro y espacioso de las almas heridas.
»Algo así. Puede que no fueran las palabras exactas, pero éste era el sentido
general de su abrumador argumento... el argumento del refugio.
»No creo que Flora hiciese ninguna alusión a las condiciones materiales. Pero
como parte de su razonamiento, expuesto de forma entrecortada, como si temiera no
poder continuar si se detenía un instante, mencionó que aquella generosidad
tempestuosa llegada del mar la había alcanzado justo cuando ella estaba a punto de
un acto inconfesable, alejándola, con su primera ráfaga ardiente, de aquel abismo, y
ahora podían confiar, confiar absolutamente, en que los llevaría a ambos, el uno
junto al otro, a la seguridad más completa.
»Así lo creía, y así lo afirmaba. Finalmente De Barral consiguió entenderlo
todo, y fue entonces cuando en el interior de aquel coche, de un aspecto tan pacífico
para quienes caminaban por la acera, devino una escena de gran agitación. La
generosidad de Roderick Anthony —el hijo del poeta— afectó de tal modo al antiguo
financiero De Barral que Flora sin duda tuvo que haber comprendido lo
extremadamente arduo que resulta ser mujer. Ser mujer es una ocupación
terriblemente difícil puesto que consiste principalmente en lidiar con los hombres.
Este hombre —el que iba dentro del coche— abandonó su rígida placidez y se
comportó como un animal. No lo digo en un sentido ofensivo. Lo que hizo fue dar

271
rienda suelta a un pánico instintivo. Como una criatura salvaje asustada ante el
primer contacto con una red que cae sobre ella, el viejo De Barral comenzó a luchar,
desgarbado y anguloso, dando golpes contra el aire, contra el poco aire que había en
el coche, con los ojos desorbitados y la boca jadeante, consiguiendo que su hija se
alejara de él lo más posible en aquel reducido espacio.
»—Detén el coche. Te digo que lo detengas. ¡Déjame bajar! —fueron las
exclamaciones entrecortadas que oyó Flora. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para hacer qué?
De Barral no reparaba en nada. Flora le gritó:
»—¡Papá! ¡Papá! ¿Qué quieres hacer?
»Y lo único que obtuvo por respuesta fue:
»—Para el coche. Necesito bajarme. Quiero pensar. Tengo que bajarme a
pensar.
»Fue una suerte que no intentara abrir la puerta de inmediato. Sólo sacó la
cabeza y los hombros por la ventanilla y le gritó al cochero. Flora imaginó las
consecuencias: el coche se detendría, una multitud se reuniría en torno a un anciano
caballero enloquecido... En ese terrible asunto que es ser mujer, tan lleno de sutiles
matices, de delicadas perplejidades —y de muy pocas recompensas— nunca puede
saberse qué arduo trabajo habrá que hacer en cualquier momento. Sin vacilar, Flora
agarró a su padre por el torso y lo atrajo hacia adentro... sorprendida ante la facilidad
que tuvo para conseguir colocarlo de nuevo en su asiento. Lo mantuvo allí
resueltamente, presionándole el pecho con una mano e, inclinándose sobre él, fue ella
quien sacó entonces la cabeza y los hombros por la ventanilla. Para entonces el coche
ya se había acercado al bordillo de la acera y se había detenido.
»—¡No! He cambiado de idea. Por favor, continúe hasta donde le había dicho.
Hasta el muelle.
»Le sorprendió la firmeza de su propia voz. Oyó gruñir al cochero y el coche
comenzó a moverse de nuevo. Sólo entonces se arrellanó en su asiento, sin quitarle
los ojos de encima a su acompañante. A esas alturas era poco más que eso. Salvo por
las impresiones que guardaba de su infancia era tan sólo... un hombre. Casi un
extraño. ¿Cómo tratarlo? Y estaba además aquel otro hombre. Casi un extraño
también. El oficio de ser mujer es bien difícil. Demasiado difícil. Flora cerró los ojos y
se dijo: “Si pienso demasiado en esto, me volveré loca”. Volvió á abrirlos y le
preguntó a su padre si la perspectiva de vivir para siempre con su hija, recibiendo
sus cuidados y su afecto lejos de aquel mundo que no estaba dispuesto a honrar sus
canas, le parecía tan terrible.

272
»—Dime, ¿te parece tan terrible?
»Formuló la pregunta con tristeza, pero sin amargura. El famoso —o notorio—
De Barral había perdido toda su rigidez. Estaba doblado: Y nada es más
deplorablemente inútil que un mástil doblado. No dijo nada. Ella añadió con
gentileza, conteniendo con dificultad un suspiro de arrepentimiento:
»—Podía haber sido peor. Pudiste no haber encontrado a nadie, a nadie en
toda la ciudad, a nadie en todo el mundo, ni siquiera a mí. ¡Pobre papá!
»Cargada de mala conciencia, se acercó a él, pensando: “Oh, soy horrible, soy
horrible”. Y el viejo De Barral, asustado, cansado, perplejo ante las extraordinarias
sorpresas sufridas tras su liberación, se balanceó y acabó recostando la cabeza en el
hombro de Flora, como afligido ante su libertad recién recobrada.
»El gesto en sí fue conmovedor. Flora, que lo sostenía ligeramente, creyó que
estaba llorando, y al pensar que si aquel hombro se hubiera destrozado en una
cantera, junto a otros de sus huesos, aquella cabeza cana y lastimosa no habría tenido
donde apoyarse, también derramó lágrimas. Éstas brotaron calladamente, aliviando
sus nervios, que habían estado sometidos a una tensión excesiva. De pronto De
Barral la apartó de su lado, de modo que la cabeza de Flora chocó contra un lateral
del coche, y rehuyó su contacto como si acabara de recibir un aguijonazo.
»De la emoción de Flora desapareció toda calidez. Las últimas lágrimas se
enfriaron en sus mejillas. Pero habían cumplido su cometido. Flora consiguió
armarse de coraje, de resolución, como les sucede a las mujeres tras un buen llanto.
Cubriéndose con las manos la parte superior del rostro, como queriendo ocultar sus
ojos o apartar una imagen insoportable, De Barral, en su rincón, recobraba su
característica rigidez de estaca. Ella lo miraba en silencio. Los obstinados y finos
labios de su padre se movían. Profirió el nombre de su primo... aquel hombre, te
acordarás, al que no le agradaban los Fyne y de quien, justa o injustamente,
sospechaba el pequeño Fyne, viendo en él motivaciones interesadas provocadas por
la idea de que De Barral tal vez hubiera escondido en algún lugar algo del botín antes
de la caída.
»Debo aclararte que de ese primo no se supo nada más. Pero De Barral
sostenía la opinión —y lo hacía en voz baja y con la mano sobre la boca— de que ese
pariente habría estado muy bien dispuesto a recibir sus consejos.
»—Por supuesto, yo no podría presentarme con mi propio nombre, pero el
consejo de un hombre de mi experiencia vale una fortuna para cualquiera que desee
aventurarse en el mundo de las finanzas. Lo que se consigue una vez puede volver a
conseguirse.

273
»Movió un poco los pies, dejó caer la mano y, volviendo con cuidado hacia su
hija sus hinchadas mejillas redondas y su redondeada barbilla, que descansaba sobre
el cuello de la camisa, concentró sobre ella la mirada desvaída, resentida, de sus ojos
pálidos, que estaban húmedos.
»—Al principio lo único que se necesita es una publicidad discreta. No hay
ninguna dificultad. Y entonces es cuando uno... —volvió el rostro—. Al fin y al cabo,
sigo siendo De Barral, el famoso De Barral. ¿No lo recuerdas?
»—Papá, escucha —le pidió Flora—. Eres tú quien debe recordar que ya no
eres De Barral... —él la miró de soslayo, con ansiedad—. Existe un señor Smith a
quien no pueden herir ni turbar las mentiras ofensivas de la gente malvada.
»—Señor Smith —repitió él lentamente—. ¿De dónde sale ése? Ni siquiera hay
una señorita Smith.
»—Está tu Flora.
»—¡Mi Flora! Pero tú... no soporto pensar en ello. Es horrible.
»—Sí. A veces ha sido bastante horrible —admitió Flora con sentimiento
porque, de algún modo, oscuramente, lo que este hombre decía la atraía como si
fuera su propio pensamiento revestido de una emoción enigmática—. A veces me
avergüenzo al pensar que yo... No, todavía no. No te lo diré. Al menos no por ahora.
»El coche llegó al portalón del muelle. Flora le dio el sombrero a su padre.
»—Toma, papá. Por favor, pórtate bien. Supongo que me quieres. Si no es así,
me pregunto a quién...
»El se puso el sombrero e, irguiéndose en su rincón, siguió mirando a su hija
de soslayo.
»—Trata de ser agradable, hazlo por mí. Piensa en los años que te he estado
esperando. Lo que realmente necesito es apoyo... y paz. Un poco de paz.
»Tomó de repente su brazo con ambas manos, presionando con toda su
fuerza, como para acabar con la resistencia que sentía en él.
»—No podría tener paz si no estuvieras conmigo. No dejaré que te vayas. No
puedo, después de todo lo que he pasado. No lo haré —la fuerza y los nervios con
que lo agarraba lo asustó un poco. Flora de repente se echó a reír—. Es absurdo. Es
como si te estuviera pidiendo un sacrificio. ¿Qué es lo que me da miedo? ¿A dónde
ibas a irte? Quiero decir ahora, hoy, esta noche. No puedes contestarme. ¿Te lo has
planteado? Bueno, yo estuve pensando en eso todo el año pasado. O más. Casi
enloquezco pensando en eso. Supongo que en realidad llegué a estar loca durante

274
algún tiempo, si no jamás se me hubiera ocurrido...

—Este fue el momento en que estuvo más cerca de una confesión —observó
Marlow cambiando de tono—. Me refiero a la confesión de aquel paseo a la cima de
la cantera que tan amargamente se reprochaba. Y él entendió lo que le dictó su
fantasía. No pudo haberse hecho una idea precisa. El coche se detuvo al lado del
barco y ellos se apearon, protagonizando la escena descrita por el sensible Franklin.
No sé si al final del viaje cada uno de ellos albergaba sospechas respecto a la cordura
del otro, pero es posible. Todos parecemos un poco locos a ojos de los demás, una
excelente excusa para el grueso de la humanidad, que encuentra en ello un motivo
fácil de perdón. Flora atravesó el alcázar rápidamente, impulsada por una aprensión
que le resultaba ya insoportable. Deseaba que aquello terminara cuanto antes. Al
mirar hacia atrás, agradeció que él la siguiera. “¡Si echa a correr —pensó— sabré que
no soy nada! Que nadie me quiere, que las palabras y acciones y declaraciones y todo
lo que hay en el mundo es falso... y saltaré al agua. Esa al menos no me mentirá.”
»Bueno, no sé. Llegado el caso, con toda probabilidad la hubieran rescatado,
teniendo en cuenta su natural mala suerte y las muchas personas que había en el
muelle y a bordo. Justo donde estaba amarrado el Ferndale —conozco el atracadero—
había un muro de donde colgaban un rollo de soga, un palo y un salvavidas
dispuestos allí para sacar a las personas que caen al agua. No era tan fácil como ella
creía escapar de las traiciones de la vida. Pero rio fue necesario. De Barral la siguió,
con su rápido andar deslizante. ¡El señor Smith! De Barral, el presidiario liberado,
abandonaba la tierra por primera vez y desaparecería para siempre, y el señor Smith
se sumaría al mundo de las aguas, que alberga tantos peces raros. Un viejo caballero
con sombrero de seda, lanzando miradas cautelosas. La siguió simplemente porque
la existencia tiene exigencias que se obedecen mecánicamente. No me cabe duda de
que su figura parecía respetable. Un suegro. Nada más respetable. Pero llevaba en el
corazón el confuso dolor del desaliento y el afecto, de la repulsión involuntaria y la
compasión. Muy parecido era lo que le ocurría a su hija. Sólo que él además sentía
unos celos furiosos hacia el hombre que iba a conocer.
» Siempre hay un residuo de egoísmo en todo afecto... incluso en el paterno. Y,
en el aislamiento de la cárcel, este hombre había desarrollado un sentido de la
propiedad sobre aquel único ser humano en quien podía pensar que a nosotros nos
parecería inconcebible, ya que no hemos cumplido una larga —y malignamente
injusta— sentencia de trabajos forzados. Sin duda ella habría sido lo único en que sus
pensamientos hallarían descanso durante todos aquellos años. Era la única vía de
escape para su imaginación. Está claro que no tenía muy desarrollada esa facultad,

275
pero lo que no le faltaba era la fuerza de la concentración. Se sentía ultrajado, y
puede que fuese absurdo por su parte, pero me aventuro a decir que era más el grado
que la clase de ultraje lo que lo ofendía. Tengo la impresión de que a ningún padre
corriente, normal, le agrada separarse de su hija. No. Ni siquiera cuando comprende
razonablemente que “ya no tendrá que encargarse de Jane”, quizás incluso ni
siquiera cuando puede alegrarse ante una boda ventajosa. En el fondo, muy en el
fondo, allá en lo oscuro, puede hallarse —en algunos casos sólo excavando— cierta
repugnancia... Con las madres es, por supuesto, diferente. Las mujeres son más
leales, no las unas con las otras, sino con su común feminidad, que contemplan
triunfantes con una satisfacción secreta y profunda.
»Las circunstancias de aquella unión se sumaban a la indignación del señor
Smith. Y, si bien siguió a su hija hasta el camarote principal de aquel barco, lo hizo
como si estuviera entrando a una casa deshonrosa y sólo porque todavía se hallaba
desconcertado ante la rapidez de lo ocurrido. Su voluntad, tanto tiempo en barbecho,
fue vencida por la determinación de su hija y por un vago temor ante aquella libertad
recuperada.
»Te agradará escuchar que Anthony, aunque ciertamente eludió el
recibimiento en el muelle, se comportó de un modo admirable, con la simplicidad de
un hombre carente de bajeza, sin reservas mezquinas. No apartó la mirada ni se le
trabó la lengua. Fue, lo supe de fuente fidedigna, admirable en su seriedad, en su
sinceridad y también en su comedimiento. Estuvo perfecto. Sin embargo, la vitalidad
de aquel desconocido que se dirigía a él con tanta familiaridad bastó para aturdir al
señor Smith. Flora vio temblar todo el exiguo cuerpo de su padre, a pesar de que se
mantenía más erguido que nunca, si es que era posible. Murmuró algo entre dientes
y al fin logró articular una frase, no en voz alta, por supuesto, pero sí con mucha
claridad:
»—Estoy aquí contra mi voluntad —las comisuras de sus labios se hundían
con desdén y sus ojos transmitían una frialdad glacial—. Estoy aquí contra mi
voluntad. Hubo una conspiración para encerrarme. Yo...
»Se llevó las manos a la frente... justo al entrar, con un gesto de desprecio,
había dejado su sombrero de seda sobre la mesa, con el ala hacia arriba... se llevó las
manos a la frente.
»—Me parece injusto. Yo... —se interrumpió de nuevo.
»Anthony miró a Flora, que se hallaba de pie junto a su padre.
»—Bueno, señor, pronto se acostumbrará a mí. Sin duda tanto usted como ella
han de estar hartos de la gente de tierra y han tenido más que suficiente de sus

276
malditas mentiras y verdades a medias. Además, ya sabemos cuál es su sentido de la
compasión. Pregúnteselo a Flora. Me estoy refiriendo a mi propia hermana, su mejor
amiga, que por otra parte no es una mala persona, teniendo en cuenta que es de
tierra —el capitán del Ferndale se detuvo—. Fue una suerte que yo estuviera allí para
intervenir. Deseo que se sienta como en su casa y dentro de poco...
»La mirada desvaída del Gran De Barral silenció a Anthony con su
inexpresiva fijeza. Entonces éste le señaló con los ojos a Flora la puerta del camarote
preparado especialmente para recibir al señor Smith, un hombre libre. Flora recogió
de la mesa el sombrero de aquel hombre libre y le condujo del brazo cariñosamente.
»—Sí, ésta es nuestra casa. ¡Ven a ver tu cuarto, papá!
»El propio Anthony abrió la puerta y Flora tuvo la precaución de cerrarla una
vez ella y su padre estuvieron dentro.
»—Ves —comenzó, pero desistió porque era evidente que él no miraría
ninguno de los artefactos dispuestos allí para su comodidad. Ni siquiera ella los
había visto bien antes. De Barral sólo miraba la alfombra nueva, mientras Flora
esperaba que levantara la vista.
»Él no lo hizo, se limitó a decir con su tono característico:
»—De modo que ése es tu esposo, ése... ¡Y yo encerrado!
»—Papá, ¿qué ganas insistiendo en eso? —le reprochó ella sin levantar la
voz—. Es un buen hombre.
»—Y vas y te casas con él para que sea amable conmigo. ¿Es eso? ¿Cómo
sabías que yo quería que alguien fuera amable conmigo?
»—¡Qué extraño eres! —comentó ella pensativamente.
»—A un hombre que ha pasado por lo que yo he tenido que pasar le es difícil
sentir lo mismo que los demás. ¿No se te había ocurrido eso? —al fin levantó la
mirada—. Señora Anthony, no soporto ver a ese sujeto.
»Flora lo miró a los ojos sin rechistar y él añadió:
»—Supongo que ahora querrás ir a su lado.
»Sus modales algo mecánicos parecían deberse a un enorme dominio de sí...
sin embargo, curiosamente ella lo recordaba siempre de aquel modo. Sintió que una
ola de frío invadía su cuerpo.
»—Sí, por supuesto, debo ir a su lado —convino con un ligero respingo.
»Él hizo rechinar los dientes y Flora salió.

277
»Anthony no se había movido. Una de sus manos descansaba sobre la mesa.
Flora fue hacia él, por un momento se detuvo y luego se le acercó lentamente.
»—Gracias, Roderick.
»—No tienes que darme las gracias —murmuró él—. Soy yo el que...
»—No, tal vez no tenga por qué hacerlo. Tú haces lo que deseas. Pero lo estás
haciendo muy bien.
»El suspiró y luego, con un tono de voz que era apenas un susurro, porque
estaban cerca de la puerta del camarote, preguntó:
»—Está molesto, ¿eh?
»Ella no respondió ni hizo ningún tipo de gesto. La enorme falsedad de la
situación pesaba sobre ambos, pero él era el más valiente de los dos.
»—Es normal, al principio. ¿Le dijiste que eras feliz?
»—No me lo preguntó —repuso ella, sonriendo débilmente. Su tranquilidad la
decepcionaba—. No dije de mí más que lo que no tuve más remedio que decir —
comenzaba a sentir cierta irritación hacia aquel hombre—. Le dije que había tenido
mucha suerte — continuó, sintiéndose de pronto abatida, pues echaba de menos el
talante autoritario de Anthony, ese algo despótico y a la vez tierno que, si bien al
principio le había producido cierto temor, después se había acostumbrado a esperar
con placentera aprensión. Él la miraba sin comprender. Ni siquiera se había quitado
la ropa de calle, el sombrero, los guantes. Parecía estar de visita. Además de pronto
hizo un gesto que parecía estar indicando el final de una visita no demasiado
satisfactoria—. Tal vez sería mejor que desembarcáramos. Todavía estamos a tiempo.
»Anthony dio muestras de su temperamento no contenido con un vehemente
“¡Cómo te atreves!” dicho en voz baja, que se le escapó de los labios con una
inflexión de lo más amenazadora.
»—¡Cómo te atreves! ¿Qué pasa ahora?
»Estas últimas palabras no iban dirigidas a la muchacha, sino a alguien
situado detrás de ella. Mirando por encima de su hombro Flora vio la cabeza calva
con algunos mechones de cabello negro del congestionado y devoto Franklin —
llevaba la gorra en la mano— que, con sus ojos de langosta, miraba sentimentalmente
desde la puerta del salón. Desde allí le oyeron decir, en un tono de inocencia herida,
que el jefe del atracadero estaba en el muelle y deseaba llevar el barco hasta la
dársena antes de que la tripulación subiera a bordo.
»El capitán gruñó:

278
»—De acuerdo, que lo haga —y despidió al espíritu lastimado y patético que
se hallaba tras esos ojos prominentes, que todavía permanecían fijos en la mujer que
tanto le ofendía mientras se retiraba lentamente. Anthony se volvió hacia Flora.
»—No puedes haber hablado en serio. Eres honesta como pocas.
»—Intento serlo.
»—Entonces no bromees de ese modo. Piensa en lo que sería de... mí.
»—Oh, sí. Fue un descuido. No, no quería decir eso. No es que estuviera
bromeando. Simplemente fue un descuido. Nunca te hubiera hecho esa injusticia. No
habría sido capaz de irme. Estoy... estoy demasiado cansada.
»Anthony vio que Flora se tambaleaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo por
contenerse y no agarrarla en sus brazos; su cuerpo temblaba de miedo como si se
hubiera sentido tentado a un acto de traición sin parangón posible. Se apartó a un
lado y, bajando la mirada, señaló la puerta del camarote de popa. Sólo levantó la
vista cuando ella hubo pasado junto a él, así que no pudo ver la mirada airada que
ella le lanzó antes de marcharse. La siguió con la vista. Flora volvió a tambalearse
ligeramente justo antes de alcanzar la puerta, salió y la cerró nerviosamente tras de
sí.
»Anthony —que sintió el portazo como si se lo hubieran dado en el propio
pecho— permaneció inmóvil un instante y luego llamó a gritos a la señora Brown.
Era la esposa del camarero, su afortunada idea para brindar comodidad a Flora.
»—¡Señora Brown! ¡Señora Brown!
»Al fin ésta apareció de alguna parte.
»—La señora Anthony está a bordo. Acaba de entrar en su camarote. ¿No
estaría bien que viera si necesita su ayuda en algo?
»—Sí, señor.
»Y volvió a quedarse a solas con la situación que había originado por culpa de
la intrepidez e inexperiencia de su corazón. Pensó que sería mejor subir a cubierta.
De hecho, ya hacía un rato que debía haber estado allí. Pero el sonido de unos
murmullos y débiles golpes le llamó la atención. Se dio cuenta de que procedían del
camarote del señor Smith. Aquello era extraordinario. “Está hablando solo —pensó
Anthony—. Parece estar golpeando el mamparo con los puños... o con la cabeza.”
»Los ojos de Anthony se abrieron sorprendidos al oír aquellos ruidos. Estaba
tan atento que ni siquiera vio a la señora Brown hasta que ella se plantó ante él para
decirle:

279
»—La señora Anthony no desea ninguna ayuda, señor.
»Todo esto, como ya supondrás, ocurrió en la travesía anterior a aquella en
que el señor Powell —por aquel entonces el joven Powell— se unió al Ferndale,
habiendo dispuesto el azar que el inicio de su carrera se produjera en aquel barco y
no en cualquier otro entre todos los que entonces se encontraban en el puerto de
Londres. El barco más inquietante que zarpara jamás de cualquier puerto de la tierra.
No me estoy refiriendo a sus cualidades de navegación. Según afirma el señor Powell
era tan firme como una iglesia. Digo que era inquietante en el sentido en que, por
ejemplo, es inquietante este planeta nuestro... una atmósfera incómoda perturbada
por pasiones, celos, amores, odios y los problemas originados por las mejores
intenciones trascendentales que, aunque sean valiosas desde un punto de vista ético,
sin duda suelen provocar más infelicidad que las conspiraciones de la más perversa
naturaleza. Para quienes se niegan a creer en el azar, él, me refiero al señor Powell,
debe haber estado claramente predestinado a sumar su natural ingenuidad a todas
aquellas otras que iban a bordo del honrado barco Ferndale. Era demasiado ingenuo.
Todos a bordo lo eran, a excepción del señor Smith, que a su manera era bien
sencillo, con esa terrible simplicidad de quienes tienen una idea fija, para la que hay
también otro nombre que los hombres pronuncian con temor y aversión. Su idea fija
era salvar a su niña del hombre que se había posesionado de ella —uso estas palabras
intencionadamente, porque la imagen que sugieren se ajusta a la que sin duda tenía
en mente el señor Smith—, injustamente, mientras él, su padre, se hallaba encerrado.
»—No descansaré hasta que te haya separado de ese hombre — solía
murmurar tras largos ratos de reflexión. Gracias a Powell sabemos que se sentaba
junto a la lumbrera, cerca de la tumbona en que se recostaba Flora, contemplando su
rostro desde arriba con una actitud de centinela y a la vez de detective.
»Resulta prácticamente imposible precisar si en algún momento llegó a
considerar racionalmente la situación. Lo que sí está claro es que la transformación
de Dé Barral en el señor Smith no se había efectuado sin una conmoción. Es posible
que alejara de su mente cualquier tipo de consideración práctica, dejando así espacio
para visiones nítidas y terribles que después nada pudo ahuyentar. Quizás fuese la
tenacidad, una tenacidad nada inteligente lo que impulsara a aquel hombre a
empeñarse en arrojar los millones ahorrados por otras personas al Ferrocarril del
Valle Solitario, los muelles del Labrador, la Mina de Cobre del Leopardo Manchado y
otras grotescas especulaciones que se expusieron durante el famoso juicio, entre
murmullos de estupefacción mezclados con estallidos de risa. Porque es en los
tribunales donde la comedia encuentra su último refugio, un lugar privilegiado en
medio de nuestro mundo devastadoramente serio. En cuanto a lágrimas y lamentos,

280
éstos no se oyeron en el augusto recinto de la comedia, porque a ellos se entregaron
en privado varios miles de hogares donde, con un elegante efecto dramático, el
Hambre había ocupado el lugar del Ahorro.
Pero hubo al menos una persona que no se rió en el tribunal. Esa persona fue
el acusado. El notorio De Barral no se reía porque estaba indignado. Era inmune a las
palabras, a los hechos, a las inferencias. En el caso de que alguien hubiera intentado
discutir con él habría resultado imposible hacerle ver su culpabilidad o su insensatez,
ni siquiera usando pruebas o argumentos.
»Su hija Flora tampoco intentó discutir con él. La crueldad de la situación en
que de pronto se encontraba era tan extrema, sus complicaciones tan espinosas, que
su mejor refugio fue una actitud pasiva... como les ocurre a tantas mujeres.
»Esa especie de inercia femenina es siempre enigmática y, por tanto,
amenazante. Lo obliga a uno a detenerse. Una mujer puede ser tonta, una tonta
aletargada, una tonta agitada, una tonta terriblemente dañina, e incluso
sencillamente una atontada. Pero nunca será profundamente estúpida. Nunca estará
completamente hecha de madera como es el caso de algunos hombres. En la mujer
hay siempre, en algún lugar, algún resorte. No importa lo que los hombres ignoren
acerca de las mujeres —sea mucho o poco— el caso es que todos, incluso si son
padres, saben esto. Y es por eso que tantos hombres temen a las mujeres.
»Creo que el señor Smith se inquietaba ante la calma de su hija, que, por
supuesto, interpretaría a su manera.
»Se sentaba junto a la lumbrera, como explicaba el señor Powell, y se inclinaba
sobre la joven, que se hallaba recostada, preguntándose qué habría detrás de esa
mirada perdida bajo los párpados oscurecidos de aquellos ojos inmóviles. Miraba y
miraba y entonces afirmaba, o más bien susurraba, pues no hacía falta mucho para
que su voz se convirtiera en un débil susurro... declaraba, paseando su mirada
desvaída por el horizonte, que no descansaría hasta que “la hubiera apartado de ese
hombre”.
»—No sabes lo que dices, papá.
»Flora trataba de no mostrar su hastío, la tensión nerviosa que le provocaba el
antagonismo de esos dos hombres, que era en realidad la causa de su actitud
lánguida, pues lo cierto es que el mar le sentaba bien a su temperamento.
»Con toda probabilidad, Anthony estaría caminando al otro lado de cubierta.
La tensión le hacía sentirse inquieto. No podía estar tranquilo en ningún lugar. A
veces se encerraba en su camarote, pero no le servía de nada. Sentía de repente la

281
necesidad de levantarse de un salto y acudir rápidamente a cubierta a caminar,
caminar de un lado a otro de la popa hasta estar a punto de desfallecer, sin haber
conseguido agotar la agitación de su espíritu, un espíritu sin duda generoso, pero
que cargaba con el peso de una envoltura de sangre, músculos y huesos y resultaba
perjudicado por un cerebro que creaba nítidas visiones y especulaba, especulaba
interminablemente... buscando señales, atento a cualquier síntoma.
»Y el señor Smith, junto a los peldaños, al otro lado de la lumbrera,
sacudiendo ligeramente hacia atrás su pequeña cabeza, insistía, con esa terrible voz
desesperadamente amable, en que sabía muy bien lo que estaba diciendo. ¿No era
cierto que ella se había entregado a ese hombre mientras él estaba encerrado?
»—Indefenso, en la cárcel, sin nadie en quien pensar, nada que esperar, salvo
mi hija. Y entonces, cuando al fin me sueltan, me encuentro con que se ha ido...
porque eso es lo que ha ocurrido. Vendida. Te has vendido... sabes que es así.
»Con su redondo rostro inmutable, los finos cabellos blancos alborotados por
el viento de la vela cangreja y la mirada puesta en el mar, parecía estar dirigiéndose
al universo entero, más que a su hija recostada en la tumbona. A veces ella
protestaba.
»—Desearía que no hablaras así, papá. Sólo consigues atormentarme y
atormentarte a ti mismo.
»—Sí, estoy muy atormentado —admitía de manera significativa. Pero añadía
que no era hablar de ello sino simplemente pensar lo que lo atormentaba. Sentarse
allí y verlo era peor para él de lo que pudo haber sido para ella entregarse, con todo
lo malo que tuvo que haber sido.
»—Porque es evidente que sufriste. No me digas que no fue así. Tienes que
haber sufrido.
»Ella había renunciado muy pronto a cualquier intento de protestar. Era inútil.
No habría conseguido más que empeorar las cosas y no deseaba pelearse con su
padre, el único ser humano que en realidad la quería, por entero, claramente,
completamente... hasta el final. No es que hubiera en él piedad, generosidad,
ninguno de esos sentimientos delicados... aquel ser humano la quería simplemente
por ser ella. Esa certidumbre era la que le hacía soportar los peores tormentos.
Porque, por supuesto, ella también estaba atormentada. También se sentía indefensa,
como si aquella situación la sobrepasara. Pero esa convicción era la que le daba una
aparente tranquilidad. Se estaba convirtiendo en una fatalista.
»Lo que tenía que resultar terrible debían de ser los simples contactos

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cotidianos estrictamente necesarios, esas pequeñeces. Por supuesto tenían que
continuar. Se daban los buenos días, se sentaban juntos a la mesa... y supongo que a
veces jugarían alguna partida de cartas al atardecer, por lo menos al principio. Lo
que más asustaba a Flora era la malicia de su padre, al menos eso que parecía
malicia, cuando recordaba los murmullos persistentes con que la acosaba en cubierta.
Sin embargo, su padre había sido una persona taciturna desde los tiempos en que
podía recordarlo mejor... en la Explanada. Entonces era ella quien hablaba, sin
preocuparse jamás por descubrir si él sentía agrado o desagrado. Y ahora no podía
comprender sus sentimientos. Y tampoco podía hablar con él. Por su parte Anthony,
con una sonrisa como congelada en los labios, parecía agradecer el hecho de no tener
que hablar. El señor Smith en ocasiones permanecía tanto rato ensimismado
estudiando sus cartas que Flora tenía que hacerlo volver a la realidad susurrándole
“Papá... sales tú”. Entonces, él pedía disculpas con una débil exclamación, como
interior: “Lo siento, capitán”. Naturalmente, ella llamaba Roderick a Anthony y él a
ella la llamaba Flora. Eso era más que suficiente para exasperar al anciano, a juzgar
por la mueca que adoptaban sus labios cada vez que oía pronunciar el nombre de
“Flora”. Por otra parte, al oír los infrecuentes “Rodericks”, hacía una mueca de
desprecio tan débil, desvaída y marchita como toda su rígida persona.
»El era siempre el primero en retirarse. No estaba enfermo. También a él
parecía sentarle bien la vida a bordo. Movida quizás por un sentido del deber, o por
afecto, o para aplacar su furia oculta, la hija siempre lo acompañaba hasta el
camarote, “para ayudarle a acomodarse”. Le encendía la lámpara, le ayudaba a
ponerse la bata o le alcanzaba algún libro de la estantería; aunque esto último ocurría
muy raras veces, porque el señor Smith solía declarar que “no era lector” con algo
parecido al orgullo en su tono. Muchas veces, al darle un beso de buenas noches en la
frente, él la obsequiaba con alguna observación fastidiosa como:
»—Esto es igual que estar en la cárcel, te doy mi palabra. Supongo que ese
hombre te está esperando. ¡El carcelero jefe! ¡Ah!
»Flora sonreía débilmente y, con intención conciliadora, murmuraba “qué
absurdo”. Sin embargo en cierta ocasión, perdió la paciencia y le dijo con bastante
dureza:
»—Basta ya. Me haces daño. Cualquiera diría que me odias.
»—No es a ti a quien odio —repuso él en un tono monocorde, al tiempo que
resollaba—. No, no es a ti. Pero si viera que amas a ese hombre, creo que podría
llegar a odiarte a ti también.
»Esas palabras hirieron el corazón de Flora.

283
»—No serías el primero —musitó amargamente.
»Pero él estaba demasiado concentrado en su idea fija y con una terrible
tranquilidad observó:
»—¡Pero tú no lo amas! ¡Pobre desventurada!
»Ella lo miró fijamente durante un rato y luego dijo:
»—Buenas noches, papá.
»En realidad, Anthony se quedaba muy pocas veces esperándola solo en la
mesa, con las cartas dispersas, los vasos, la jarra de agua, las botellas y todo lo demás.
No aprovechaba más oportunidades de estar a solas con ella que las estrictamente
necesarias para la edificación moral de la señora Brown, excelente y leal mujer,
esposa de su aún más excelente y leal camarero. Y Flora deseaba ver bien lejos a
todas aquellas excelentes personas fieles a Anthony, especialmente a la agradable
señora Brown, con su hablar tan correcto, con sus ojos móviles, redondos y brillantes
y su “sí, por supuesto, señora”, donde ella detectaba un eco burlón. Y así terminó esa
corta travesía a las Islas Hébridas. Fue tan corta que cuando el joven Powell se unió
al Ferndale por aquel memorable golpe del azar sólo habían pasado siete meses desde
la... digamos la liberación del presidiario De Barral y su transformación en el señor
Smith.

»Mientras el barco estuvo atracado en Londres, Anthony alquiló una casita


cercana a una pequeña estación campestre de Essex para albergar al señor Smith y a
su hija. La idea fue suya. No sé hasta qué punto era necesario el retiro rural para el
señor Smith. Tal vez fuera en cierta medida una decisión sensata. Aunque hubiera
sido liberado, De Barral tenía algunas obligaciones —como presentarse ante la
policía, supongo— que el señor Smith no tenía ningunas ganas de cumplir. De Barral
debía desaparecer; existía la teoría de que De Barral había desaparecido y era
necesario sostenerla. A la pobre Flora le gustaba el campo, aunque aquel lugar no
tenía nada digno de recomendación, más que el hecho de ser un lugar apartado.
»De vez en cuando, el capitán Anthony se acercaba por allí, pero la estación
era en realidad un apeadero del que no salían trenes a primeras horas de la mañana,
de modo que sólo podía quedarse allí a pasar la tarde. Al parecer tenía que dormir en
la ciudad para poder estar temprano a bordo. El tiempo era magnífico y siempre que
en una tarde brillante se veía venir por el camino al capitán del Ferndale, el señor
Smith cogía su bastón y se alejaba para dar un paseo solitario. Pero ya fuera porque
se cansaba, porque le daba cierta satisfacción ver marcharse a “ese hombre”... o por

284
alguna taimada razón personal, siempre regresaba una hora antes de la partida de
Anthony. Al acercarse a la casita, solía encontrar a “ese hombre” tendido en la hierba
del huerto a alguna distancia de su hija, que se sentaba en una silla traída del salón
de la casa. El señor Smith se dirigía invariablemente a ellos e invariablemente tenía la
sensación de que al acercarse no interrumpía una conversación demasiado íntima. Se
sentaba con ellos en silencio durante aproximadamente una hora y luego Anthony
tenía que marcharse. El señor Smith, tal vez por discreción, desaparecía con
naturalidad uno o dos minutos antes y se dedicaba a observar a través de los cristales
romboidales de una habitación de la planta de arriba cómo “ese hombre”
contemplaba un rato a Flora desde el otro lado de la verja, saludaba con el sombrero
como lo haría un visitante y después bajaba por el camino. Sólo entonces el señor
Smith se reunía otra vez con su hija.
»Y esos eran malos momentos para ella. No siempre, por supuesto, pero sí
bastante a menudo. No era nada extraordinario que el señor Smith hiciera entonces
alguna observación amable como ésta:
»—Ese hombre se está cansando de ti.
»Nunca pronunciaba el nombre de Anthony. Siempre era “ese hombre”.
»En general, Flora permanecía muda, con los ojos bien abiertos y la mirada
perdida entre los nudosos árboles frutales. Sin embargo en cierta ocasión se levantó
de la silla y entró en la casita. El señor Smith la siguió, llevándose la silla. De pronto
la dejó en el suelo dando un golpe y, con ese suave e inexpresivo tono suyo que
tantos oídos se inclinaban ansiosamente para oír cuando él era el gran De Barral, dijo:
»—Vámonos.
»Ella tuvo la suficiente presencia de ánimo para no girarse. Por el contrario, se
acercó hasta un gastado pedacito de espejo que había en la pared. En aquel cristal
verdoso su propio rostro parecía estar lejano, como el rostro lívido de un cadáver
ahogado en el fondo de un estanque. Rió débilmente.
»—Te digo que ese hombre se está...
»—Papá —lo interrumpió—, no me hago ilusiones con respecto a mí misma.
Ya me ha ocurrido antes, pero...
»Cuando de repente le falló la voz, su padre insistió con inusitada animación:
»—Apresurémonos pues.
»Tras dominar su miedo y su amargura, Flora se giró, se sentó y dejó ver su
estupefacción. El señor Smith se sentó también, las rodillas juntas y dobladas en

285
ángulo recto, las delgadas piernas paralelas una a la otra y las manos descansando en
los brazos del sillón de madera. Le había crecido el cabello, tenía la cabeza rígida;
había en su aspecto algo fatuamente presuntuoso.
»—Él no puede importarte. No digas nada. Comprendo tus motivos. Te he
llamado desgraciada. Y es que eres tan desgraciada como si estuvieras abandonada
en las calles. Sí. No me interrumpas, Flora. Durante el juicio me interrumpieron
continuamente y no puedo tolerarlo más. No permitiré que mi propia hija me
interrumpa. Y cuando pienso que fue precisamente la víspera de mi liberación
cuando tú...
»Para entonces ya le había sonsacado ese dato porque Flora había terminado
por cansarse de eludir la pregunta. Y aquel detalle lo afligía mucho. ¿Era ésa la
confianza que ella le tenía? ¿Acaso era ésa una prueba de confianza y amor?
¡Precisamente el día de antes! No le había dado ninguna oportunidad. Igual que en el
juicio. No le dieron nunca una oportunidad. No le dieron tiempo. Y su hija actuaba
exactamente igual que sus enemigos más encarnizados. ¡No le daba tiempo!
»La monotonía de aquella voz apagada adormecía la consternación de Flora.
Se limitaba a escuchar todo aquello que era inevitable que él dijera:
»—¿Pero qué fue lo que indujo a ese hombre a casarse contigo? Por supuesto
que es un caballero. Eso se nota. Y eso es lo peor. Los caballeros no entienden nada
de asuntos comerciales... de finanzas. ¡Vaya si no! La empresa que empezó mi
persecución era una empresa de caballeros. El fiscal, el juez... todos eran caballeros...
y no sabían nada. No tenían ni idea de... Y además es un marino. Un simple capitán
de barco...
»—Mi abuelo no era más que eso —lo interrumpió Flora, haciendo un gesto
desmañado de impaciencia.
»—Sí, ¿pero qué sabe de negocios un estúpido marino? Nada. No tiene ni idea.
No puede saber lo que significa ser la hija del señor De Barral... incluso aunque éste
haya sido aplastado por sus enemigos. ¿Qué demonios lo indujo a...
»Ella hizo un movimiento brusco porque aquella voz de tono invariable le
estaba crispando los nervios. Él se detuvo, pero volvió a continuar en seguida en el
mismo tono:
»—Por supuesto que eres bonita. Y es por eso que estás perdida... como
muchas otras pobres muchachas. Desgraciada es la palabra que mejor te sienta.
»Flora repuso:
»—Puede ser. Tal vez esa sea la palabra justa, pero oye una cosa, papá:

286
pretendo ser honrada.
»Él continuó con su sermón.
»—El es precisamente el tipo de hombre que un buen día se cansa, te
abandona y se larga con su maldito barco. De todos modos nunca podrías ser feliz
con él. Mira su cara. Quiero salvarte. Mira, quizás yo no fui muy buen esposo para tu
pobre madre. Le hubiera convenido dejarme mucho antes de morir. He estado
pensando en eso. No quiero que seas infeliz.
»La miró con una atención sorprendente. Luego continuó:
»—¡Mmmm! Sí, es mejor que nos larguemos antes de que sea demasiado
tarde. En silencio, tú y yo.
»Como inspirada, y con esa calma que a veces nos da la desesperación, Flora
respondió:
»—No tenemos dinero para irnos, papá.
»Él se levantó, irguiéndose como si su cuerpo estuviera articulado con
bisagras. Ella continuó con decisión:
»—Y, por supuesto, a ti no se te ocurriría abandonarme, papá.
»—Por supuesto que no —le oyó decir con su tono apagado. Y se marchó,
deslizándose con ese andar que según el señor Powell era tan uniforme y cauteloso
como su voz. Caminaba como si llevara un vaso de agua sobre la cabeza.
»Naturalmente, Flora no le contó a Anthony nada de aquella edificante
conversación. A pesar de su generosidad, pudo haberse alarmado, y ella no quería
acabar sola cuidando de su padre. Además, era demasiado honesta. Y seguiría
siéndolo, a toda costa. No sería la primera en hablar. Nunca. Una idea le vino a la
cabeza: “¡Es cierto que soy una criatura desgraciada!”.
»Fue pura casualidad que Anthony, al ir allí a pasar la tarde dos días después,
sostuviera una conversación con el señor Smith en el jardín. Por alguna razón, Flora
los dejó a solas un rato y Anthony aprovechó la ocasión para hablar con franqueza
con el señor Smith. Le dijo:
»—Me parece, señor, que usted cree que Flora no ha hecho una buena
elección. En fin, respecto a eso no puedo decir nada. Lo único que quiero que sepa es
que he intentado actuar correctamente —entonces le explicó que le había dejado en
herencia a Flora todo lo que poseía—. Supongo que ella no se lo ha dicho.
»El señor Smith sacudió débilmente la cabeza y Anthony, todavía tratando de
mostrarse amistoso, continuó diciéndole que se proponía realizar una travesía que

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duraría al menos dos años. “Creo, señor, que es lo mejor desde todo punto de vista.”
Cuando regresó Flora la conversación acabó interrumpida, languideciendo hasta
llegar a extinguirse. Aquella noche, horas después de haberse marchado Anthony,
cuando estaban a punto de separarse para ir a la cama, el señor Smith, después de un
largo rato de cavilación, le hizo notar a su hija:
»—Un testamento no significa nada. Puede romperse y hacerse otro —luego,
tras un minuto de reflexión, añadió fríamente—: O se puede mentir sobre su
contenido.
»Armándose de paciencia, Flora, que se había endurecido a fuerza de heridas
y disgustos hasta el punto de sorprenderse a sí misma, respondió:
»—Estás llevando demasiado lejos tu aversión hacia... Roderick, papá. No
tienes ninguna consideración conmigo. Me haces daño.
»Él, inexpresivo como siempre, hasta el punto de que Flora a veces se sentía
aterrorizada por el contraste entre su placidez y sus palabras, apartó de ella sus ojos
desvaídos.
»—Lo que yo me pregunto es hasta dónde llega tu propia aversión —
comenzó—. Incluso su nombre se te atraganta. Lo he notado. Y me duele. ¿Qué me
dices? Podrías tener en cuenta que no eres la única persona herida por tu locura, por
tu precipitación, por tu imprudencia —volvió a mirarla a la cara—. Y precisamente el
día anterior a que me soltaran.
»Su débil voz le falló de pronto completamente, los labios fuertemente
apretados le temblaron un momento antes de que pudiera añadir, con aquella
extraordinaria u