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EL IMAGINARIO POPULAR EN UN CLASICO

AMERICANO: LAS T R A D I C I O N E S P E R U A N A S DE
RICARDO PALMA

Eva Ma VALERO
Universidad de Alicante

Quizá la forma más adecuada de esbozar un primer acercamiento a la figura de Ricardo


Palma, sea justificar la elección de este autor atendiendo a la temática del Congreso. «La
lengua, la academia, lo popular, los clásicos...»; este título me sugirió la necesidad de recordar
al infatigable intelectual peruano que demostró su pasión por el mundo de las letras desde los
más diversos escenarios intelectuales: escritor, Correspondiente de la Real Academia Española
y Director de la Academia Peruana de la Lengua, lexicógrafo, editor, director de la Biblioteca
Nacional de Perú..., es un abanico lo suficientemente amplio para darnos una idea global de la
trascendencia de Ricardo Palma en el ámbito cultural latinoamericano de finales del siglo XIX.
Pero, ¿qué lugar ocupa «lo popular» entre todas las facetas filológicas que acabo de enume­
rar? Precisamente, la recuperación de las leyendas populares es uno de los ingredientes princi­
pales de la obra de Ricardo Palma; recuperación que le permitió cumplir un objetivo para él
fundamental: afirmar literariamente una identidad nacional. A la función que desempeña el
imaginario popular en esta literatura dedico buena parte de mi exposición, que trataré de
completar con algunas notas sobre el trabajo lexicográfico desempeñado por el polígrafo perua­
no. Como veremos, el anhelo de distinción y originalidad que se desprende de la obra principal
de Palma — las Tradiciones peruanas— está íntimamente relacionado con su preocupación por
el idioma y la defensa de las voces americanas que trató de incluir en el Diccionario de la Real
Academia Española.
Para profundizar en ese imaginario popular que surge de las Tradiciones Peruanas, es
necesario recordar que a Ricardo Palma, desde finales del siglo XIX, se le otorgó el título
simbólico de primer fundador de la Lima literaria o de cronista clásico de la Lima del pasado;
en definitiva, se le consideró el creador de esa dimensión mítica que la literatura confiere a las
ciudades.
Desde los primeros tiempos de la Colonia, la llamada Ciudad de los Reyes había comenzado
a adquirir presencia en los escritos de los poetas que residían en la capital y que plasmaron en
sus versos la epopeya de su fundación y los fastos que en ella se celebraban. Sin embargo, no
será hasta la aparición de las Tradiciones Peruanas, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando
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la ciudad adquiera esa especie de «plusvalía literaria» 1 que la transforma en un espacio mítico2.
Las Tradiciones constituyen un corpus narrativo prolifico y consistente, publicado en seis
volúmenes (entre 1872, 1883, y 1911), que, como ha señalado Enrique Pupo-Walker, significan
en la literatura del Perú el nacimiento del cuento como género de profunda raigambre nacional,
en el que por primera vez —anticipándose a la novela— , se mitifica la historia peruana34.
En este sentido, creo conveniente recordar las siguientes palabras de Julio Ramón Ribeyro,
sucesor de Palma en el siglo XX en lo que se refiere a la literatura urbana limeña. En ellas
encontramos la clave para entender la ficcionalización del imaginario popular en las Tradicio­
nes:

La literatura sobre las ciudades las dota de una segunda realidad y las convierte
en ciudades míticas.
Que estas representaciones sean fidedignas no tiene mucha importancia. Si lo son,
poseen a parte de su valor estético uno documental [...]. Pero pueden ser también
representaciones equivocadas, tendenciosas o fantasistas. La Habana de Lezama
Lima puede ser delirante, la Praga de Kafka onírica y el Bagdad de Las Mil y una
Noches fabuloso. Pero es gracias a estos autores o libros que dichos espacios dejan
de ser espacios geográficos para convertirse en espacios espirituales, santuarios que
sirven de peregrinación y de referencia a la fantasía universa f .

La obra del tradicionista es un ejemplo emblemático de esa literatura que utiliza la recupe­
ración de la tradición popular para crear un discurso que se acomoda en los lindes difusos entre
la historia y la literatura, entre la realidad y la ficción. Ribeyro consideró que la historia y la
memoria de los limeños pervivió gracias a la obra de Ricardo Palma, quien, en las siguientes
palabras, nos da la mejor definición de ese género original que es «la tradición»: El tradicionista
tiene que ser poeta y soñador; el historiador es el hombre del raciocinio y de las prosaicas
realidades.
El sentido de esta originalidad de las Tradiciones se encuentra en la creación del viaje
irrepetible hacia el pasado, a través de una conjunción que nadie antes había cultivado: la
fundación literaria de la historia —preferentemente colonial, pero también incaica y republica­
na^— y, como fiel discípulo del costumbrista Manuel Ascencio Segura, la visión criollista,
popular y chispeante, de la literatura limeña. A esta última la enriqueció con la marca inconfun­
dible de un estilo, al que la oralidad, unida al recuerdo, imprime su peculiaridad formal. En
cualquiera de las nueve series que componen las Tradiciones peruanas se pueden encontrar
múltiples ejemplos de esta recuperación de la memoria oral y de la lengua coloquial en la
escritura:

¡Cómo! ¡Qué cosa! ¿No conoció usted á las Pantojas? ¡Chimbambolo! ¡Pues hom­
bre, si las Pantojas han sido en Lima más conocidas que los agujeros de los oídos!5

1 Julio Ramón Ribeyro, «Gracias, viejo socarrón», en su Antología Personal, México, Fondo de Cultura Econó­
mica, 1994, pág. 128.
2 Recordemos la aseveración de Raúl Porras Barrenechea: «La ciudad —ya lo sabéis— la fundaron en colabora­
ción don Francisco Pizarro y don Ricardo Palma». En su Pequeña antología de Lima. El río, el puente y la alameda,
Lima, Instituto Raúl Porras Barrenechea, 1965, pág. 9.
3 Enrique Pupo-Walker, «Prólogo», El cuento hispanoamericano, Madrid, Castalia, 1995, pág. 51.
4 Julio Ramón Ribeyro, «Gracias, viejo socarrón», op. cit., págs. 128-129. La cursiva es nuestra.
5 Ricardo Palma, «Sabio como Chavarria», en Tradiciones peruanas, tomo II, Barcelona, Montaner y Simón,
1894, pág. 123.
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Siempre he oído decir en mi tierra, tratándose de personas testarudas ó reacias


para ceder en una disputa: «Déjele usted, que ese hombre es más terco que un
camanejo»6.
Era como refrán en Lima, allá en los días de mi mocedad, el decir por toda
solterona en quien disminuían las probabilidades de que la leyese el cura la epístola
de San Pablo: «¿Si le habrá caído á ésta la maldición del general Miller?» 7

Pero la plasmación del habla popular dista mucho de generar un estilo descuidado en su
escritura. Tal y como Palma recuerda en diversos escritos, la esencia de la «tradición» estaba en
la elaboración formal y no tanto en el fondo de lo narrado, pues en ella se revela el pretendido
espíritu popular de esta literatura:

A mis ojos la tradición no es un trabajo que se hace a la ligera: es una obra de arte.
Tengo una paciencia de benedictino para limar y pulir mi frase. Es la forma más que
el fondo lo que las hace populares (carta a Vicente Barrantes)8.

El fruto de esta hibridez entre el criollismo popular y la predilección por el pasado, que
combina y reformula las características inherentes a las corrientes costumbrista y romántica9,
fue un género fundacional por lo novedoso y original. Diversos críticos han abordado la
dificultosa tarea de definir este nuevo género, del que siempre se destaca la heterogeneidad
literaria y la fusión entre aspectos dispares. Así, por ejemplo, José Miguel Oviedo define la
«tradición» como

un género híbrido [...] Es un cruce de raro equilibrio, el fruto de un mestizaje literario


que funde alegremente lo vernáculo y lo clásico, lo limeño y lo hispánico, la historia
y el cuento10.

En este mismo sentido de hibridez literaria incide la definición de Raúl Porras Barrenechea:

[Es un] producto genuino limeño y criollo. No es historia, novela, ni cuento, ni


leyenda romántica. De la historia recoge sus argumentos y el ambiente, pero le falta
la exactitud y el cuidado documental. Palma no concibe la historia sin un algo de
poesía y de ficción...

6 Ricardo Palma, «Refranero limeño», en Tradiciones peruanas, tomo IV, op. cit., pág. 329.
7 Ricardo Palma, «La maldición del general Miller», ibidem , pág. 351.
8 Cit. en Jorge Cornejo Polar, «Palma, entre el costumbrismo y la novela», en Estudios de Literatura Peruana,
Lima, Universidad de Lima y Banco Central de Reserva, 1998, pág. 147.
9 Ventura García Calderón acusa la emulación y la superficialidad del romanticismo peruano, al que opone el
«criollismo» y la «tradición» como propuesta literaria original del Perú: «en realidad, ningún otro pueblo menos
romántico que el peruano. [...] El individualismo exasperado de los románticos, característico de la escuela violenta,
debía de parecer una exageración inmotivada a este pueblo tranquilo, donde el robusto personalismo de los primeros
conquistadores se transformaba en pereza; [...] todos estos sentimientos frenéticos eran extranjeros a una raza apacible,
realista, superficial en religión, profundamente sociable. [...] mientras los unos proferían lamentos, los otros simplemen­
te reían. [...] Como no existen, en el pequeño medio, crisis violentas, vida intensa, en vez de escribir vastas novelas se
trazan en miniatura artículos de costumbres. [...] Pero lo más nacional, lo más original también de esta vena criolla, es
la «tradición» de Ricardo Palma». Del romanticismo a l modernismo, París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísti­
cas, 1910, págs. VI, XIV y XV.
10 José Miguel Oviedo, Ricardo Palma, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968, pág. 32.
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La «tradición» es, pues, un pequeño relato que recoge un episodio histórico


significativo, anécdota jovial, lance de amor o de honra, conflicto amoroso o político
en que se vislumbra repentinamente el alma o las preocupaciones de una época o se
recoge intuitivamente, por el arte sintético del narrador, una imborrable impresión
histórica. [...] Es la gran historia realizada con la técnica fragmentaria y liviana del
pintor de azulejos. [...] Es la historia popular contada, según lo dijo él mismo, como
la cuentan las viejas y el vulgo...".

La reelaboración escrita de la tradición oral está en la base de la invención del mito urbano.
Y la imprecisión histórica, uno de los rasgos característicos de la memoria oral, se convierte en
el mejor instrumento para crear una Lima inventada, pero henchida de esa verdad proverbial que
se desprende de la historia popular112. Ahora bien, Palma, a pesar de conferir veracidad a los
hechos que narra, no pretendió en ningún momento hacer historia, tal y como manifiesta
explícitamente en más de un fragmento:

Menos pañito y más chocolate. Basta de guaraguas y á la Conga. Pero como no


me propongo hacer historia contemporánea [...] escribiré sólo lo pertinente á mi
tema13.
No sé precisamente en qué año del pasado siglo vino de España á esta ciudad de
los reyes un mercenario [...] con el título de Visitador general de la Orden: Lo de la
fecha importa un pepino; pues no porque me halle en conflicto para apuntarla con
exactitud, deja de ser auténtico mi relato. Y casi me alegro de ignorarla14.

A través de la fusión entre la oralidad, el recuerdo y la fantasía, Palma creó la Lima del
imaginario popular, se negó al ser el «hombre del raciocinio y las prosaicas realidades»,
infundió aliento a la historia, y recorrió en su imaginación tanto «la ciudad silenciosa de la
conquista»15 — monótona, apacible y pueblerina—, como la ciudad en que vivió, entristecida y
pobre tras el embrollado proceso republicano; aldea silenciosa como en la colonia, pero ahora
con tonalidades y matices decadentes. En suma, construyó una Lima poética a través de la
anécdota colorista, y sustituyó la provecta veracidad histórica por el pintoresquismo de la
leyenda popular, que le permitió dotar a la ciudad del embrujo de su alma graciosa y singular.
Luis Alberto Sánchez, en el libro que dedica a la ciudad creada por Palma, acierta en utilizar
en el último capítulo el «Símbolo de Gulliver» para el análisis de esa Lima imaginaria pintada
con sonrisas y excesos: «para la pequeñez del asunto, sus ojos tuvieron exageraciones
macroscópicas. [...] trató de revivir la época, valiéndose de anécdotas y leves aventuras, agigan­
tadas por su imaginación»16.

11 Raúl Porras Barrenechea, El sentido tradicional en la literatura peruana, Lima, Instituto Raúl Porras Barrenechea,
1969, págs. 57 y 59.
12 En el siguiente fragmento, Martín Adán dilucida este aspecto fundamental de la Lima imaginaria proyectada
por Palma en las Tradiciones: «Palma hace de la imprecisión su mejor instrumento, su prodigioso tirafondo: con una
fecha, un refrán, una sonrisa y un nombre hace un párrafo henchido de verdad transparente. Detrás de Palma, no está
sino la sombra de la Lima que inventa. La Lima sustancial e indispensable del limeño está entre éste y Palma, la
deseamos, la reparamos y la ganamos. [...] Muchísimo más ha dicho de verdadero la mentira cordial, la euforia cabal,
que la probidad narrativa o descriptiva». De lo barroco en el Perú (1968), en El más hermoso crepúsculo del mundo
(Antología), México, F.C.E., 1992, pág. 366.
13 «La Conga», Tradiciones peruanas, tomo IV, ed. cit., págs. 315 y 318. La cursiva es del autor.
14 «Cada uno manda en su casa», Tradiciones peruanas, tomo II, ed. cit., pág. 74.
15 Luis Alberto Sánchez, Don Ricardo Palma y Lima, Lima, Imprenta Torres Aguirre, 1927, pág. 54.
16 Ibidem, pág. 111.
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Palma rescata las imágenes inveteradas de la ciudad, aúna una visión intrahistórica con su
aguda inventiva, de forma que la ciudad colonial adquiere vida propia en el relato, ya no como
mera imagen poética, o como objeto de análisis de un libro de viajes, sino como escenario y
ambiente y, sobre todo, como ciudad anímica, es decir, como espacio en el que sus moradores
obtienen todo el protagonismo e imprimen a la ciudad sus formas, sus anhelos e ilusiones, su
carácter propio, en definitiva, su idiosincrasia. Surge así en las «tradiciones» la identificación
entre la ciudad y sus habitantes, cuyo sesgo común se unifica en esa característica definitoria de
lo urbano limeño que en esta literatura es el criollismo.
En las Tradiciones, los limeños contemporáneos a Palma, saturados de historia entre real e
inventada, podían adivinar en cada calle de su ciudad una anécdota del tradicionista, de forma
que el hortus clausum virreinal se impregna de historia y de leyenda y se integra decididamente
en la conciencia republicana de mediados de siglo. Y de esa integración surge una revaloriza­
ción de lo genuinamente limeño, que se encuentra adherido en su más auténtica expresión a las
clases medias de la sociedad virreinal. Palma, divertido y socarrón, se entusiasma con estos
agudos personajes que hacen alarde de ingenio, e insiste en el realce de lo propio y autóctono,
llevado a la exageración y a la caricatura. Tanto es así, que Porras Barrenechea le ha denomina­
do «el más grande forjador de peruanidad»17.
Un buen ejemplo de la utilización de lo popular como medio para la afirmación de la
identidad a través de la literatura podría ser «La tradición de la saya y el manto», más cercana
a la crónica de costumbres que al relato. Aquí, el discurso pretende hacer memoria de esta moda
femenina, remontándose al año 1560 hasta llegar al siglo XIX, para darnos el testimonio directo
de su desaparición. Pero lo más interesante para lo que estoy tratando de plantear es la manera
en que Palma describe dicha moda como una de las características exclusivas que identifican,
diferencian y confieren personalidad propia a la Lima de la Colonia:

Tratándose de la saya y el manto, no figuró jamás en la indumentaria de provincia


alguna de España ni en ninguno de los reinos europeos. Brotó en Lima tan espontá­
neamente como los hongos en un jardín.
[...] Nadie disputa a Lima la primacía, o mejor dicho la exclusiva, en moda que no
cundió en el resto de América....
En el Perú mismo, la saya y el manto fue tan exclusiva de Lima, que nunca salió
del radio de la ciudad. Ni siquiera se la antojó ir de paseo al Callao, puerto que dista
dos leguas castellanas de la capital18.

En este ejemplo comprobamos el afán de Palma por la captación de lo autóctono limeño. El


anhelo de distinción es equiparable a la esencia de la «tradición», que se instaura como género
propio y como una literatura diferente. Al igual que la saya y el manto, la «tradición» «nunca
figuró en provincia alguna de España ni en ninguno de los reinos europeos», y realzó el carácter
de una literatura nacional19.

17 Raúl Porras Barrenechea, Tres ensayos sobre Ricardo Palma, Lima, Juan Mejía Baca, 1954, pág. 20.
18 Ricardo Palma, Tradiciones peruanas (selección), Madrid, Cátedra, 1994, págs. 625-626.
19 Carlos Villanes Cairo incide en la originalidad de la «tradición», como propuesta literaria inédita y novedosa:
«[La tradición] es una revelación de la historia que no aparece en los textos, es la certificación de un lenguaje castizo,
pero con el ingente valor añadido de cuanto hizo América por la lengua general, es una manera inédita de contar un
acontecimiento, desvelar un misterio o satisfacer una curiosidad, es correr el velo que envuelve secretos de palacio, casa
de gobierno, claustros, alcobas y conventillos, por eso Palma de los cuatrocientos y tantos fragmentos de sus tradiciones
hace un gran coipus que lo convierten en un clásico». «Prólogo» a su edición de Tradiciones peruanas, Madrid,
Cátedra, 1994, pág. 56.
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En suma, en las Tradiciones peruanas el escritor utiliza la recuperación del imaginario


popular como medio para la definición literaria de esa identidad nacional que el momento
independentista no había logrado impulsar, dado que la literatura costumbrista que se escribió
en aquel momento privilegió los valores del presente e impuso un olvido del pasado. «La
tradición de la saya y el manto» quizá es uno de los mejores ejemplos de esa reivindicación
identitaria, que repercute en varios niveles: la recuperación de las tradiciones populares propias
y exclusivas, y su plasmación en un género literario original (y no imitativo de modelos
europeos).
Desde esta perspectiva, considero fundamental conectar dicha significación principal de las
Tradiciones con la faceta de Palma como lexicógrafo, Miembro Correspondiente de la Real
Academia Española desde 1878, y Director de la Academia Peruana de la Lengua desde 1914
hasta el año de su muerte en 1919.
En 1892, Ricardo Palma viajó a España para asistir al IV Centenario del Descubrimiento de
América en calidad de Ministro residente y el cargo de Delegado del Perú a los Congresos
Americanista, Literario y Geográfico. Este viaje le permitió hacer realidad un encuentro entra­
ñable con algunos admirados escritores españoles, pero también supuso una gran decepción
cuando hubo de enfrentarse a la intransigencia de la Real Academia Española. Palma había
traído a España el fruto de muchos años de trabajo lexicográfico: en concreto, varios centenares
de voces americanas como butaca, andino, refranero, rifle, solucionar..., atestiguadas en la
tradición oral y en la escrita; voces que, a pesar de todo, no fueron admitidas por la Academia,
aunque el tiempo se encargaría de darles entrada en el Diccionario de la Lengua Española de la
RAE.
Como recuerda don Alonso Zamora Vicente en su Historia de la Real Academia Española:
«La insistencia de Palma en defensa de sus propuestas se [estrelló] ante la escasa receptibilidad
de los académicos españoles»20.
Sin embargo, el pretendido purismo de la Academia —opuesto a su idea vitalista del
lenguaje21— no desalentó el afán por preservar todas aquellas voces americanas que vieron la
luz en la publicación de dos libros principales: Neologismos y americanismos (1896) y Papele­
tas lexicográficas. Dos mil setecientas voces que hacen falta en el Diccionario (1897). Lo que
más me interesa destacar de estas publicaciones es su recepción en España, y en concreto, la
opinión que le merecieron a Miguel de Unamuno, «el más fecundo de los neólogos»22 en
palabras de Palma; opinión expresada en la interesantísima correspondencia que ambos mantu­
vieron durante años. El juicio de Unamuno fue severo y rotundo:

El pecado original de la Academia es aspirar a ser una autoridad que define lo que
es bueno y lo que es malo, y no una corporación que investigue el lenguaje. Tan

20 Alonso Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa-Calpe, 1999, pág. 364.
21 Tal y como ha explicado Alberto Escobar en su artículo «Tensión, lenguaje y estructura. Las Tradiciones
peruanas», «serán dilema para Palma la selección de vocabulario y las limitaciones del purismo. En que no se sometiera
totalmente a la Academia influyeron, sin duda, su espíritu liberal, su fe en un nacionalismo positivo, y su imagen
dinámica, vitalista, del lenguaje. [...]. Los argumentos invocados por Palma merecen ser atendidos. Se remite a dos
fuentes: la consagración de esas voces por el uso popular constante, así como su empleo por los escritores latinoameri­
canos; es decir, la fuente oral y la fuente escrita. [...]. Para Palma el lenguaje no podía vivir de espaldas a los
requerimientos de la vida material y cultural de los hablantes, aunque repite que ese liberalismo tiene su control en la
aceptación popular y en el uso literario. Por eso rechazaba el purismo; por estacionario». Patio de letras, Caracas,
Monte Ávila Editores, 1971, págs. 129-130.
22 «Dice usted, señor Palma, en su libro, que soy el más fecundo de los neólogos». Carta de Miguel de Unamuno
a Ricardo Palma en Salamanca, a 29 de octubre de 1903». Miguel de Unamuno, Epistolario americano (1890-1936),
Laureano Robles (ed.), Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 1996, pág. 170.
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absurdo me parece que niegue entrada a un vocablo usado en extensa región, como el
que una Academia de Ciencias naturales rechace a un insecto porque no lo conoció
antes23.

Y respecto a la intransigencia con que la Academia rechazó los americanismos propuestos


por Palma, Unamuno prosigue:

Lo que me dice de la testarudez académica es el evangelio puro. Mas aquí cada


vez nos hacemos menos caso de la tal Academia y el lenguaje se ensancha y flexibiliza
sin contar con ella. Su papel debe ser aceptar lo que aceptó el pueblo. Pero, por
desgracia, lejos de ser una corporación conservadora lo es reaccionaria24.

Estas manifestaciones se producían en un momento crítico de las relaciones entre España y


los países de América Latina tras la pérdida de las últimas colonias en 1898; relaciones que sin
embargo generaron un fecundo acercamiento entre intelectuales de ambos lados del Atlántico.
Tal es el caso de la fraternal comunión espiritual entre Unamuno y Palma, o la admirable labor
de acercamiento desarrollada por otro español que se convirtió en uno de los principales
intelectuales americanistas de principios de siglo. Me refiero a Rafael Altamira, literato, jurista
e historiador que desarrolló una acción importantísima para restablecer las relaciones entre
España y América Latina en los términos de una necesaria comunicación recíproca entre las
naciones hermanas. Altamira, junto con Unamuno —entre otros intelectuales españoles del
momento—■,fue uno de los principales impulsores de la necesidad de una orientación liberal en
la enseñanza, y, para realizar esa formulación, recordaba a Ricardo Palma en los siguientes
términos:

Hace años [...] hice constar que la condición requerida, como base para una
intimidad de relaciones, por los americanos, era una franca orientación liberal por
nuestra parte.
Apoyábame en declaraciones recientes de varios escritores de América, entre
ellos Ricardo Palma y Valentín Letelier, quienes, «con la España inculta, estancada
en su progreso y reaccionaria en su política, nada quieren, porque otra cosa será
contradecir los mismos principios de vida de las repúblicas americanas»25.

Esa España reaccionaria, contra la que lucharon Unamuno o Altamira, generó también la
queja de Palma, quien en el siguiente párrafo confirma las ideas que acabamos de escuchar en
palabras de Altamira:

Las fiestas del Centenario colombiano han dado el tristísimo fruto de entibiar
relaciones. Los americanos hicimos todo lo posible, en la esfera de la cordialidad,
porque España, si no se unificaba con nosotros en lenguaje, por lo menos nos conside­
rara como a los habitantes de Badajoz o de Teruel, cuyos neologismos hallaron cabida
en el léxico. Ya que los otros vínculos no nos unen, robustezcamos los del lenguaje.. ,26.

23 Ibidem.
24 Carta de Unamuno a Ricardo Palma, en Salamanca, a 18 de abril de 1904. Ibidem, pág. 180.
25 Rafael Altamira, España en América, Valencia, Casa Editorial F. Sempere y Compañía, 1908, pág. 48.
26 Ricardo Palma, Neologismos y americanismos, en Tradiciones peruanas completas, Madrid, Aguilar, 1952,
pág. 1379. Cit. por José Miguel Oviedo, op. cit., pág. 48.
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En este mismo sentido, conviene recordar algún breve fragmento de las manifestaciones de
Palma que don Alonso Zamora Vicente recoge en su Historia de la Real Academia Española:

No le perdono a la mayoría académica su desdén por nuestros neologismos.


Durante mi permanencia en España fue ese desdén lo único que me mortificó.
Adquirí la convicción de que, en España, hay por los americanos mucha estudiada
cortesanía, pero que, en el fondo, se nos ama muy poco. Y esta convicción mía es la
de todos los que fuimos allá con el carácter de delegados de las repúblicas.. ,27.

Sin embargo, aquella ingente labor lexicográfica no cayó en el olvido, y muy pronto vio la
luz en las dos publicaciones que hemos mencionado. Como recuerda Carlos Villanes Cairo, cien
años después, en 1992, la vigésima primera edición del Diccionario de la Lengua Española,
celebratoria del Quinto Centenario-Encuentro de Dos Mundos, incluye gran cantidad de los
vocablos propuestos por Palma, fruto de su apasionada labor lexicográfica28. Una dedicación
que no es sino otra de las manifestaciones del talante que alentó su actitud como intelectual
latinoamericano: la necesidad de afirmar y formular una identidad nacional.
Las Tradiciones peruanas, situadas en el origen de la narrativa breve en Hispanoamérica,
convierten a Palma en un clásico. Y el afán de distinción y exclusividad que se desprende tanto
de la fijación de la tradición vernácula como del género literario que le da vida —la tradición—,
se vio refrendado por la labor desarrollada como lexicógrafo29. Con la recuperación de varios
centenares de voces americanas, y la mitificación del imaginario popular limeño en las Tradi­
ciones, Palma consiguió dar voz —valga la redundancia— a la conciencia nacional peruana en
la menuda o gran historia de su leyenda interior.

27 Ricardo Palma, carta a Víctor Balaguer (Lima, octubre, 2, 1895). En Alonso Zamora Vicente, op. cit., pág. 364.
28 Carlos Villanes Cairo, «Introducción» a Tradiciones peruanas, Madrid, Cátedra, 1994, pág. 28.
29 Sobre la unión indisoluble entre la labor lexicográfica y literaria desarrollada por Palma, Alberto Escobar
comenta: «el tema de la lengua, en tanto problema cultural, entrañó en el pensamiento de Palma antes que como
especulación como experiencia creadora. Pero ambos planos se corresponden: su visión de la lengua aparece en las
Tradiciones con plenitud y transparencia inhallables en sus pocas líneas teóricas o en las listas de los opúsculos citados;
y, a su turno, la unicidad artística de las Tradiciones demanda ser vinculada con aquellla imagen de la lengua que
preside sus páginas. Por ende, si estudiamos el estilo de las Tradiciones no hay modo de soslayar esa otra línea del
quehacer paimista, dispersa, pero significante en su mundo novelesco. Al rechazar la intransigencia purista y aceptar los
límites que imponen el uso popular y el literario, Palma asume dos actitudes que tienen realidad material en su prosa».
«Tensión, lenguaje y estructura. Las Tradiciones peruanas», en op. cit., pág. 131.