Está en la página 1de 3

Congreso Iberoamericano de filosofía

Propuesta de ponencia:

Políticas de la memoria: desapariciones, víctimas y testigos de paz

El pasado pertenece a los muertos y el sobreviviente no se reconoce en las imágenes


o ideas que le atribuyen los discursos. Desplazar la experiencia de su desaparición implica la
muerte, la muerte total, absoluta, donde el significado se rompe y enmudece toda lengua. Su
muerte acompaña nuestra vida, la hace imposible en la dislocación del pensamiento, del
sentido y de la muerte misma. Post festum cruel da la existencia. Quien sobrevive es
acompañado por la culpa y el desamparo. La propensión a escuchar el testimonio de quienes
sobreviven primero infunde respeto y dolor, vergüenza, después se convierte en un recurso
mediático que provoca furor en los supermercados ideológicos de una sociedad angustiada,
porque ahí donde sucedió, puede volver a suceder en cualquier hora y en cualquier lugar.

La situación de los desaparecidos fue tratada con una indignación radical y un clamor
exigente de justicia. Pero pronto le sucedieron la popularización y la explotación. La sociedad
perdió el respeto y se le despojó de su intensidad. En la visibilización de la tragedia su causa
fue ultrajada, su apertura fue tierra abonada para uso de una multiplicidad de discursos,
excepto para la justicia. La banalización de la muerte y desaparición radical del otro, es el
fantasma que recorre nuestros espacios. Cierto que estos esfuerzos tratan de esclarecer los
motivos de su desaparición como un programa básico, pero poco puede aportar en la forma
adecuada de restitución simbólica y real de la desaparición, si es que puede realizarse. Sin
embargo, el espacio de su acontecimiento es el punto de partida para apuntar que no sólo
fueron los criterios modernos o póstumos para cristalizar la espacialidad pública como
criterio de desaparición, pues los conceptos parecen obsoletos para tal aspiración, sino la
invención de una sociedad inmortal organizada por un ideales abstractos donde el espíritu
habla en su raza, simula la tragedia vivida en la forclusión del otro como una práctica
cotidiana en sus espacialidades.

La consolidación conservadora del discurso moral, incluye posiciones libertarias,


verifica la solidez del discurso privilegiado caracterizado por una apertura fútil y comodina;
el incluyentismo disolutor de los derechos humanos, genera disposiciones para la
constitución de las democracias supuestamente postdictatoriales. Así, en el marco de
transición política de México realizada en el dos mil, se puntuaron las coordenadas para una
flexibilización absoluta donde la discresionalidad gubernamental se apertura con las
aspiraciones de contener las actividades delictivas. La medida fue presentada como
provisional, en tanto se procedía al saneamiento del cuerpo social, con las implicaciones bio,
anatomo y necropolíticas, así comenzó el terror; la venganza de un régimen transicional
desacreditaba a todo lo que se le atravesaba en el camino; luego, los adversarios eran
eliminados, para después, desatar el exceso de lo imaginable en una arbitrariedad déspota e
impune que genera violencia y crueldad en la desaparición sistemática de los ciudadanos. En
dieciocho años el espacio público se transformó en el lugar de la desaparición, en dieciocho
años la territorialidad de nuestras vidas pasó del miedo al espacio del terror.

Los testimonios han convocado a una justicia institucional tartamuda. Cuyo balbuceo
no quiere decir la verdad de lo acontecido. Los documentos y declaraciones testimoniales
han puesto de manifiesto una indulgencia notable, así como la vergüenza de fiscales y
tribunales que se resisten a establecer precedentes de verdad. Prefieren el legado del horror a
la justicia por las víctimas. Los medios de comunicación social negacionistas se esfuerzan
por transmitir una conciencia histórica donde la muerte y las desapariciones dejen una lección
que deja una enseñanza paradigmática. La historia se encarga de su olvido y sólo ciertos
periodistas y algunas organizaciones no gubernamentales se encargan de investigar procesos,
establecer relaciones y documentar casos de algunas historias, reunir declaraciones
testimoniales y sacan indicios de innumerables espacios de violencia y crueldad asesina, que
circundan la espacialidad civilizada de nuestras ciudades y pueblos; pero, en tanto se conocen
algunos hechos, la violencia y la crueldad se disemina, se dispersa como el fantasma que
recorre nuestros espacios y deambula por nuestros territorios.
Miguel Angel Martínez.

Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Miembro del Sistema
Nacional de Investigaores, Nivel 1. Profesor Investigador del Instituto Tecnológico de Estudios
Superiores de Monterrey (ITESM), Campus Ciudad de México. Profesor de la Maestría en
Psicoanálisis de la Universidad de Londres. Miembro del Grupo de Investigación de Ética y Estudios
de Paz del ITESM. Miembro del Claustro de Profesores del Programa de Estudios Humanísticos en
Maestría y Doctorado del ITESM, Campus Monterrey. Ha publicado el libro La Formación
Biopolítica del Espacio Público Moderno, Saberes en Conflicto. Realidades, Teorías y Prácticas.
Fractales de una ciudadanía en tránsito. También ha publicado artículos en revistas nacionales e
internacionales. Ha impartido conferencias en coloquios nacionales e internacionales. Los campos
de investigación atraviesan disciplinas como filosofía, literatura, psicoanálisis para abordar temas
sobre cuerpo, subjetividad, violencia. Actualmente desarrolla una investigación sobre el espacio
público y su relación con las desapariciones forzadas.