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LAS PRÁCTICAS NARRATIVAS, UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA DE SU

1
DESARROLLO

Ps. Juan Antonio Bustamante Donoso2

El desarrollo de lo que se ha conocido como enfoque narrativo (White, 1997),


terapia narrativa (White & Epston, 1993) y posteriormente prácticas narrativas (White, M.
2007) ha sido principalmente el desarrollo de terapeutas en el campo de la terapia familiar
y la terapia de pareja (Freedman & Combs, 1996; Polkinghorne, 2004). Su desarrollo
emana de las prácticas, de la implementación de técnicas e ideas tal como lo han
expresado sus principales contribuyentes: “la mayoría de los “descubrimientos” que han
jugado un papel importante en el desarrollo de nuestras prácticas han ocurrido después
de los hechos (en respuesta a los logros extraordinarios en nuestro trabajo con familias)
donde las consideraciones teóricas nos han asistido para explorar y extender los límites
de estas prácticas” (White & Epston, 1993).
Tal como lo plantean los autores, los desarrollos de las prácticas narrativas han
sido informados por diversas ideas y enfoques teóricos, con el objetivo de dar sentido a
las prácticas y también de expandirlas a otros contextos. Donald Polkinghorne (2004)
plantea, desde un enfoque histórico del desarrollo de las prácticas narrativas, que el
desarrollo de este nuevo enfoque narrativo hacia la terapia de hecho precedió el atractivo
que significó la incorporación de las ideas de algunos autores posmodernos como soporte
teórico y explicación de esta nueva forma de práctica terapéutica.
La terapia narrativa, a partir de los desarrollos en Oceanía, ha dado a luz un
amplio cuerpo de literatura relativa a intervenciones (White & Epston, 1993; Epston, 1994;
White, 1994; White, 1997; White, 2007; Dulwich Centre Publications, 2003),
intervenciones que han resonado con este enfoque desde distintas partes del mundo y
aplicadas a diferentes ámbitos de la práctica terapéutica tanto familiar como individual
(Freedman & Combs, 1996; Anderson, 1999; Polkinghorne, 2004), el trabajo comunitario
(Denborough, 2008) y las intervenciones en los ámbitos de la violencia(Mann et al,2003) y

1
El presente artículo constituye un extracto de la introducción de la tesis para optar al Postítulo en
Intervención en Violencia Intrafamiliar y Abuso Sexual Infantil, Escuela de Psicología, Universidad
de Valparaíso. El artículo original se titula “Terapia Narrativa: Modelos de Intervención en Abuso
Sexual” por Juan Antonio Bustamante D., Francisco Jorquera S. y Melody Smith A.
2
Psicólogo, Postítulo en Intervención en Violencia Intrafamiliar y Abuso Sexual Infantil,
Magistrando en Psicología Clínica y Psicoterapia Universidad de Valparaíso. Psicólogo Equipo de
Apoyo, Instituto San Lorenzo, Rancagua, Chile

1
abuso sexual. En la presente monografía se abordan las intervenciones desarrolladas por
Sue Mann y Shonna Russell y Alan Jenkins, Rob Hall y Maxine Joy (Sue Mann et al.,
2003), con el objeto de constituir un mapa orientador de los abordajes que este enfoque
aporta al desarrollo de la asistencia a personas que han vivido experiencias de abuso
sexual, como también aquellas que buscan abordar el problema del abuso sexual desde
los que la han ejercido hacia otros. Para realizar esta revisión consideramos importante,
como un primer paso, contextualizar histórica y teóricamente el enfoque narrativo.

Contexto de desarrollo de la terapia narrativa y consideraciones teóricas

El desarrollo de las prácticas narrativas ocurre en el seno de los desarrollos


posteriores de la terapia familiar sistémica, con un fuerte énfasis en el significado. La
teoría sobre la terapia familiar había pasado por varias etapas (Polkinghorne, 2004;
Gergen & McNamee, 1996; Anderson, 1999) entregando un énfasis inicial a la
aproximación estructural en la que los síntomas de los miembros de la familia eran
entendidos como esfuerzos para mantener el equilibrio homeostático de la familia, una
aproximación en la que los problemas o bien son entendidos como bucles recurrentes de
comportamiento disruptivo en los que las familias podían quedar atrapadas (Polkinghorne,
2004), o bien como interacciones jerárquicas inapropiadamente balanceadas (Minuchin,
1997). Posteriormente en una segunda fase, el entendimiento se orientó hacia la
funcionalidad familiar entendida como la capacidad de poder cambiar y evolucionar,
basando la comprensión de los sistemas familiares en la metáfora biológica y ecológica
(en oposición a la metáfora mecánico-cibernética que daba sentido a la aproximación
estructural). En este punto se pone en relevancia el interés de considerar al terapeuta
como parte importante del sistema, considerando el cambio como un proceso co-creativo
(o co-construido). En ambas fases el enfoque estuvo puesto en el comportamiento o las
acciones del sistema familiar, sin embargo, las aportaciones de Paul Watzlawick y su idea
del reencuadre (Watzlawick, 1982) pusieron en relevancia que el significado que se le
atribuye a los comportamientos de los otros es la base del comportamiento propio. Este
desarrollo histórico ha sido señalado (Eron & Lund, 1996) como una apertura para la
consideración del significado en las prácticas narrativas que serían posteriormente
desarrolladas en la década de los 80s.
Para comprender lo que caracteriza a la terapia narrativa en su desarrollo histórico
es útil considerar las ideas de Polkinghorne (2004) y Freedman & Combs (1996), quienes

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plantean que el desarrollo de la terapia narrativa, su distanciamiento de los enfoques más
tradicionales de terapia familiar sistémica y su aproximación interesada en el significado,
puede ser entendido a la luz de la comprensión de los desarrollos contemporáneos que
estaban dando lugar, y de los cuales formó parte, a finales de la década de los 80 en el
campo de la terapia familiar como son: (a) el énfasis en las fortalezas de los consultantes,
(b)la visión del consultante y terapeuta como socios, (c) la adaptación a una aproximación
construccionista del significado y (d) el énfasis en la narrativa o la forma de relato del
significado.
El énfasis en las fortalezas de los consultantes (a) implicó un cambio en la
estrategia de identificación de las debilidades y desadaptaciones como la fuente de su
problema, hacia el poner atención a las fortalezas, habilidades y conocimientos de los
consultantes como la fuente de resolución de sus problemas (White, 1994). Los
principales antecedentes pueden ser hallados en los desarrollados por de Shazer (1998) y
de los trabajos en conjunto e individuales de White y Epston (1991, 1994). El énfasis en la
fortaleza y habilidades de los consultantes implica el elicitar conversaciones sobre las
competencias que éstos pueden emplear para defenderse de los problemas y sus efectos,
así como un mayor interés en abordar y otorgar importancia a lo que los consultantes
realizan cuando no ocurre o no les afecta el problema.
La visión de los consultantes y los terapeutas como socios o colaboradores (b)
surge del cuestionamiento por parte de los terapeutas de la idea de que los clientes son
objetos sujetos de ser observados, clasificados y manipulados por un terapeuta-
observador objetivo. Con el planteamiento del noruego Tom Andersen (Andersen, 1991)
en la práctica de equipos reflexivos, se reforzó esta visión alternativa de la relación
consultante-consultado, inicialmente como una respuesta a la impresión de los
consultantes de ser objetos a ser analizados. En la práctica de los equipos reflexivos la
terapia es conducida por un equipo donde los roles de observador son intercambiados
entre aquellos que observan el proceso terapéutico; éstos , a intervalos, tienen la
posibilidad de dialogar con el consultante sobre su experiencia de la terapia y el trabajo
del terapeuta, sobre lo que puede ser hecho o abordado para lograr los objetivos de la
terapia. De esta forma el mensaje que se busca entregar es que el control y la
responsabilidad por el cambio están distribuidos entre los miembros participantes del
proceso.
La adaptación a un enfoque construccionista del significado (c) como desarrollo en
el campo de la terapia familiar puede ser entendido como un giro o desplazamiento del

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foco desde el comportamiento o las tensiones intrapsíquicas de los miembros de la familia
hacia la cualidad generadora de significado que le atribuye la narrativa a la naturaleza
humana (Bruner, 1991). La visión de que los seres humanos son activos constructores del
significado fue reconocida en un primer momento como constructivismo (Mascolo &
Pollack, 1997), movimiento que ha dado a luz un amplio espectro de enfoques y
aproximaciones particularmente en la terapia familiar. En la actualidad este enfoque se ha
diversificado y generado incluso conflictos relativos al origen y lugar del significado en la
experiencia.
El conflicto relativo al origen y lugar del significado en la experiencia ha sido sujeto
de considerable literatura en la terapia familiar e individual (Neimeyer & Mahoney, 1998;
Gergen & McNamee, 1996) dando lugar a diferentes posiciones siendo una de ellas la
constructivista, (Neimeyer & Mahoney, 1998) que estima que el significado es derivado de
múltiples fuentes como las experiencias personales, el ambiente social, la maduración
física y los esquemas desplegados en el desarrollo (Piaget, 1973; Guidano, 1987). Una
segunda posición plantea que el significado humano es derivado del sistema
lingüístico/social del que forma parte una persona, planteamiento teórico que ha venido a
ser llamado construccionismo social (Gergen, 1996; Gergen & McNamee, 1996; Danziger,
1997). Desde este enfoque se plantea que el lenguaje sirve como modelo para la
generación de significado. Los actos, expresiones, palabras y demás manifestaciones
complejas de la experiencia humana sólo cobran sentido en la participación en un sistema
social que posee un lenguaje determinado y en donde se ponen en juego diferentes
discursos que organizan y relacionan el significado en distintas maneras. Este giro
ontológico en la consideración del significado, su lugar y despliegue constituye el contexto
en el que se desarrolla el énfasis en la forma narrativa o “historiada” del significado (d), a
la cual los autores narrativos recurren para dar sentido a sus prácticas.
Las narrativas personales constituyen el material central con el que los terapeutas
narrativos realizan su trabajo. Desde este enfoque se plantea que la forma del lenguaje en
la que las personas entienden sus vidas es la narrativa. A partir del trabajo de Jerome
Bruner en psicología narrativa, Michael White plantea la adscripción a la metáfora de la
narración (White & Epston, 1993, cap. 1). La metáfora narrativa permitiría entender la vida
y experimentarla en un desenlace temporal, pues es una forma de discurso que
concatena los eventos a través del tiempo y refleja la dimensión temporal de la existencia
humana. Las narrativas personales proveen el contexto en el que los eventos de su vida
adquieren significado. Estos relatos se encuentran íntimamente ligados a las identidades

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y los contextos culturales de quienes los narran y viven, existiendo un juego de poder
entre los relatos, por un lado dando significado a las vidas de las personas pero también
generando alianzas con ciertos discursos culturales (White, 1997). Los relatos se vuelven
problemáticos cuando fallan y no logran otorgar significado o sentido a la vida de una
persona, volviéndose constrictivos al aliarse con discursos culturales que limitan o
restringen su experiencia.
La terapia narrativa ha sido llamada en otros lugares “terapia posmoderna”
(Freedman & Combs, 1996), “terapia postestructuralista” (White & Epston, 1993; Galarce,
2003; García, 2006) puesto que además White & Epston informan su enfoque de los
planteamientos del filósofo postmoderno Michel Foucault (1978) quien sostiene que las
tramas o discursos dominantes son productos de quienes se encuentran en el poder,
posición que los pone en ventaja para construir el significado que las personas adjudican
a su vida. Desde el enfoque narrativo se considera que los consultantes llegan a terapia
pues sus historias “se quebraron” y sus vidas parecen tener poco o ningún sentido. White
& Epston explican que estas historias “quebradas” están enraizadas en discursos
culturales dominantes, son historias que descalifican, limitan o niegan aspectos
significativos de su experiencia y su sentido de identidad (White & Epston, 1993). Esta
influencia postmoderna en la terapia narrativa no sólo está caracterizada por la
adscripción al concepto de discurso y biopoder de Michel Foucault (White, 1993; Foucault,
1978 y 1996) sino también del concepto de “deconstrucción” del filósofo francés Jacques
Derrida como el proceso dialógico desmitificador del origen, implicancias y efectos de un
discurso o práctica social (en White, 1991). La influencia de las ideas postmodernas han
venido más directamente de lo que se conoce como antropología postmoderna a través
del diálogo y trabajo conjunto con David Epston quien había trabajado como antropólogo
mucho antes de ejercer como terapeuta familiar (Epston, 1994; White 1994). En este
sentido los planteamientos hermenéuticos del antropólogo Clifford Geertz han servido
para fundamentar la idea de que las acciones de las personas están basadas en el
significado interpretativo que le asignan a las experiencias de la mismidad, los otros y su
medio ambiente, más que en un conocimiento directo de estos fenómenos (Geertz, 1973).
Lo planteamientos de Geertz sobre la hermenéutica descriptiva han servido también para
caracterizar y enriquecer la aproximación al trabajo terapéutico con las narraciones: el
concepto de descripciones magras ha sido utilizado para hacer alusión a las historias
dominantes, saturadas de problemas que oscurecen las relaciones de poder y los actos
de resistencia de la persona. Los terapeutas narrativos, informados por las ideas sobre

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conocimiento local e interpretación del significado cultural de Geertz, buscan desarrollar
en el contexto terapéutico descripciones densas, historias alternativas con descripciones
ricas y detalladas de la experiencia del consultante, sus habilidades, conocimientos,
valores y actos de resistencia (Morgan, 2000).En la literatura sobre terapia narrativa
también es posible encontrar la influencia del sociólogo Erving Goffman (1974)
particularmente a través de la adopción del término logros extraordinarios como el nombre
de las acciones y experiencias que han sido dejadas fuera e invisibilizadas por el relato
dominante y que constituyen el material con el cual se lleva a cabo el fortalecimiento de
las historias alternativas (White, 2002).
Para finalizar y resumir este acercamiento al desarrollo de la terapia narrativa y
sus antecedentes teórico-conceptuales, se hace útil utilizar la clasificación que utiliza
Galarce (2003) y García (2006) de las característica de la terapia narrativa de White y
Epston respecto a sus planteamientos acerca del (a) problema psicológico, (b) la
concepción de la terapia, (c) la relación consultante-terapeuta y (d) su visión del cambio
terapéutico.
El problema psicológico (a) desde este enfoque es entendido como la constricción
y limitación que imponen las historias dominantes, historias “quebradas” cono las que los
consultantes entran en el proceso terapéutico. Estos relatos dominantes incluyen todas
las conductas y significados que elaboran las personas en torno la situación que les
preocupa. Estas historias dominantes están directamente enraizadas en discursos
dominantes que promueven el disciplinamiento del cuerpo, los pensamientos y las
conductas y que descalifican, limitan o niegan aspectos significativos de su experiencia y
su sentido de la identidad (White & Epston, 1993)
La terapia es concebida (b) como un espacio en el que las historias dominantes
pueden desligarse de las identidades de las personas, debilitando los lazos con los
discursos culturales que las sostienen. White (1993 y 2002) y Epston (1994) sostienen
que la terapia se alza como un espacio disponible para la elaboración de historias
alternativas. Más que la búsqueda de soluciones a los problemas, este enfoque busca
nuevas historias donde el problema y las personas se logren entender por separado
(Freedman & Combs 1996; Tomm, 1989)
Desde esta aproximación la relación consultante-terapeuta (c) es concebida de manera
recíproca (White 2002), donde se busca debilitar las posibilidades de generar un vínculo
de dominación y control (a) reconociendo la contribución de los saberes y habilidades de
las personas al trabajo y a la vida del terapeuta (White, 1997), (b) generando relatos que

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se alejen de la definición desde el déficit que los colocan como objetos pasivos a merced
de las técnicas de cambio de los terapeutas y (c) contribuyendo a enriquecer también los
relatos de vida del terapeuta al relacionar estos relatos con las historias y experiencias
significativas de su trabajo.(White, 2007).
Finalmente, en relación a la concepción del cambio terapéutico (d) podemos
encontrar en la literatura sobre terapia narrativa dos ideas principales. La primera, siendo
la aseveración de que el propósito de la terapia lo constituye fundamentalmente la
generación de una nueva narrativa que logre ser más satisfactoria para el consultante o la
familia; aquella que logre incluir más ámbitos y contenidos de las experiencias, con
descripciones más enriquecedoras de las identidades, relaciones, contextos y
posibilidades futuras y que a su vez otorgue un sentido protagónico de agencia personal a
las personas en su relato vital (White, 1997). Una segunda viene siendo la adscripción de
White & Epston (1993) a la metáfora del “rito de pasaje”, propuesta por Van Gennep
(citado en White, 1997) y enriquecida por los aportes de Victor Turner (citado en White,
1997). El entendimiento de la terapia como un rito de pasaje implica reconocerla como
parte de este fenómeno universal que se produce en las culturas humanas para facilitar
las transiciones, en la vida social, de un estado a otro. Esta metáfora implica entender el
proceso según las tres fases que reconoce Van Gennep; la primera de separación donde
se invita a los consultantes a considerar el problema como algo fuera de ellos mediante la
“externalización del problema” (White & Epston, 1993; Tomm, 1989; White 2007)
liberándolos de esta manera de las historias dominantes, las descripciones y
entendimientos internalizadores y culpabilizantes que pueden estar guiando sus vidas. En
una segunda etapa liminal se crea el espacio para el surgimiento de nuevas posibilidades
en la exploración y generación de conocimientos alternativos, en la medida en que los
consultantes empiezan a imaginar una identidad personal alternativa. En esta etapa se
inserta lo que Karl Tomm ha llamado internalización de la agencia personal (Tomm,
1989), permitiendo que los consultantes se perciban como actores protagonistas de sus
historias. Finalmente en la fase de reincorporación los conocimientos que se han
generado o rescatado son autentificados en presencia de otros, de una audiencia (White,
1997). La visibilización a través de la reincorporación de la familia y el sistema comunitario
más amplio, autentifica y reconoce las posibilidades de una identidad renovada a la luz de
los desarrollos de relatos alternativos.

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Los desarrollos de la terapia narrativa, con su origen en la terapia familiar, han
devenido en una ampliación de su espectro de abordaje, desarrollándose ideas,
aplicaciones e intervenciones que van desde la intervención individual terapéutica, de
pareja, familiar, hasta las intervenciones colectivas.

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